Project Gutenberg's Cuentos de Amor de Locura y de Muerte, by Horacio Quiroga

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Title: Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

Author: Horacio Quiroga

Release Date: September 20, 2004 [EBook #13507]
[Last updated: August 17, 2013]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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#Cuentos de Amor de Locura y de Muerte#


HORACIO QUIROGA

1917




#INDICE#


Una estacin de amor
Los ojos sombros
El solitario
La muerte de Isolda
El infierno artificial
La gallina degollada
Los buques suicidantes
El almohadn de pluma
El perro rabioso
A la deriva
La insolacin
El alambre de pa
Los Mens
Yagua
Los pescadores de vigas
La miel silvestre
Nuestro primer cigarro
La meningitis y su sombra









#UNA ESTACION DE AMOR#




#Primavera#


Era el martes de carnaval. Nbel acababa de entrar en el corso, ya al
oscurecer, y mientras deshaca un paquete de serpentinas, mir al
carruaje de delante. Extraado de una cara que no haba visto la tarde
anterior, pregunt a sus compaeros:


--Quin es? No parece fea.

--Un demonio! Es lindsima. Creo que sobrina, o cosa as, del doctor
Arrizabalaga. Lleg ayer, me parece...

Nbel fij entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era
una chica muy joven an, acaso no ms de catorce aos, pero
completamente nbil. Tena, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de
suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio
exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdindose
hacia las sienes en el cerco de sus negras pestaas. Acaso un poco
separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o
de gran terquedad. Pero sus ojos, as, llenaban aquel semblante en
flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nbel detenidos un
momento en los suyos, qued deslumbrado.

--Qu encanto!--murmur, quedando inmvil con una rodilla sobre al
almohadn del surrey. Un momento despus las serpentinas volaban hacia
la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente
colgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonrea de vez en cuando al
galante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y an
carruaje: sobre el hombro, la cabeza, ltigo, guardabarros, las
serpentinas llovan sin cesar. Tanto fu, que las dos personas
sentadas atrs se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron
atentamente al derrochador.

--Quines son?--pregunt Nbel en voz baja.

--El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es la
madre de tu chica... Es cuada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la seora se sonrieran
francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nbel se crey en el
deber de saludarlos, a lo que respondi el terceto con jovial
condescencia.

Este fu el principio de un idilio que dur tres meses, y al que Nbel
aport cuanto de adoracin caba en su apasionada adolescencia.
Mientras continu el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas
increbles, Nbel tendi incesantemente su brazo hacia adelante, tan
bien, que el puo de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

Al da siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se
reanudaba de noche con batalla de flores, Nbel agot en un cuarto de
hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la seora se rean,
volvindose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nbel.
Este ech una mirada de desesperacin a sus canastas vacas; mas sobre
el almohadn del surrey quedaban an uno, un pobre ramo de
siemprevivas y jazmines del pas. Nbel salt con l por sobre la
rueda del surrey, dislocse casi un tobillo, y corriendo a la
victoria, jadeante, empapado en sudor y el entusiasmo a flor de ojos,
tendi el ramo a la joven. Ella busc atolondradamente otro, pero no
lo tena. Sus acompaantes se ran.

--Pero loca!--le dijo la madre, sealndole el pecho--ah tienes
uno!

El carruaje arrancaba al trote. Nbel, que haba descendido del
estribo, afligido, corri y alcanz el ramo que la joven le tenda,
con el cuerpo casi fuera del coche.

Nbel haba llegado tres das atrs de Buenos Aires, donde conclua su
bachillerato. Haba permanecido all siete aos, de modo que su
conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mnimo. Deba
quedar an quince das en su ciudad natal, disfrutados en pleno
sosiego de alma, si no de cuerpo; y he ah que desde el segundo da
perda toda su serenidad. Pero en cambio qu encanto!

--Qu encanto!--se repeta pensando en aquel rayo de luz, flor y
carne femenina que haba llegado a l desde el carruaje. Se reconoca
real y profundamente deslumbrado--y enamorado, desde luego.

Y si ella lo quisiera!... Lo querra? Nbel, para dilucidarlo,
confiaba mucho ms que en el ramo de su pecho, en la precipitacin
aturdida con que la joven haba buscado algo para darle. Evocaba
claramente el brillo de sus ojos cuando lo vi llegar corriendo, la
inquieta espectativa con que lo esper, y--en otro orden, la morbidez
del joven pecho, al tenderle el ramo.

Y ahora, concludo! Ella se iba al da siguiente a Montevideo. Qu
le importaba lo dems, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?
Por lo menos ira con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante l, Nbel lleg al
ms alto grado de pasin que puede alcanzar un romntico muchacho de
18 aos, que se siente querido. La madre acogi el casi infantil
idilio con afable complacencia, y se rea a menudo al verlos, hablando
poco, sonriendo sin cesar, y mirndose infinitamente.

La despedida fu breve, pues Nbel no quiso perder el ltimo vestigio
de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Volveran a Concordia en el invierno, acaso una temporada. Ira l?
"Oh, no volver yo!" Y mientras Nbel se alejaba, tardo, por el
muelle, volvindose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la
cabeza un poco baja, lo segua con los ojos, mientras en la planchada
los marineros levantaban los suyos risueos a aquel idilio--y al
vestido, corto an, de la tiernsima novia.




#Verano#


El 13 de junio Nbel volvi a Concordia, y aunque supo desde el primer
momento que Lidia estaba all, pas una semana sin inquietarse poco ni
mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relmpago de
pasin, y apenas si en el agua dormida de su alma, el ltimo
resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Senta, s, curiosidad de
verla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastr de
nuevo. El primer domingo, Nbel, como todo buen chico de pueblo,
esper en la esquina la salida de misa. Al fin, las ltimas acaso,
erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la
fila de muchachos.

Nbel, al verla de nuevo, sinti que sus ojos se dilataban para sorber
en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esper con ansia
casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un sbito
resplandor de dichosa sorpresa, lo reconoceran entre el grupo.

Pero pas, con su mirada fra fija adelante.

--Parece que no se acuerda ms de ti--le dijo un amigo, que a su lado
haba seguido el incidente.

--No mucho!--se sonri l.--Y es lstima, porque la chica me gustaba
en realidad.

Pero cuando estuvo solo se llor a s mismo su desgracia. Y ahora que
haba vuelto a verla! Cmo, cmo la haba querido siempre, l que
crea no acordarse ms! Y acabado! Pum, pum, pum!--repeta sin darse
cuenta, con la costumbre del chico.--Pum! todo concludo!

De golpe: Y si no me hubiera visto?... Claro! pero claro! Su rostro
se anim de nuevo, acogindose con plena conviccin a una probabilidad
como esa, profundamente razonable.

A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era
elemental: consultara con cualquier msero pretexto al abogado, y
entretanto acaso la viera. Una sbita carrera por el patio respondi
al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse
violentamente a la puerta vidriera. Vi a Nbel, lanz una
exclamacin, y ocultando con sus brazos la liviandad domstica de su
ropa, huy ms velozmente an.

Un instante despus la madre abra el consultorio, y acoga a su
antiguo conocido con ms viva complacencia que cuatro meses atrs.
Nbel no caba en s de gozo, y como la seora no pareca inquietarse
por las preocupaciones jurdicas de Nbel, ste prefiri tambin un
milln de veces tal presencia a la del abogado.

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente
y, como tena 18 aos, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y
sin cortedad, su inmensa dicha.

--Tan pronto, ya!--le dijo la seora.--Espero que tendremos el gusto
de verlo otra vez... No es verdad?

--Oh, s, seora!

--En casa todos tendramos mucho placer... supongo que todos! Quiere
que consultemos?--se sonri con maternal burla.

--Oh, con toda el alma!--repuso Nbel.

--Lidia! Ven un momento! Hay aqu una persona a quien conoces.

Nbel haba sido visto ya por ella; pero no importaba.

Lidia lleg cuando l estaba de pie. Avanz a su encuentro, los ojos
centelleantes de dicha, y le tendi un gran ramo de violetas, con
adorable torpeza.

--Si a usted no le molesta--prosigui la madre--podra venir todos los
lunes... qu le parece?

--Que es muy poco, seora!--repuso el muchacho--Los viernes
tambin... me permite?

La seora se ech a reir.

--Qu apurado! Yo no s... veamos qu dice Lidia. Qu dices, Lidia?

La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nbel, le dijo _s_!
en pleno rostro, puesto que a l deba su respuesta.

--Muy bien: entonces hasta el lunes, Nbel.

Nbel objet:

--No me permitira venir esta noche? Hoy es un da extraordinario...

--Bueno! Esta noche tambin! Acompalo, Lidia.

Pero Nbel, en loca necesidad de movimiento, se despidi all mismo, y
huy con su ramo cuyo cabo haba deshecho casi, y con el alma
proyectada al ltimo cielo de la felicidad.


II

Durante dos meses, todos los momentos en que se vean, todas las horas
que los separaban, Nbel y Lidia se adoraron. Para l, romntico hasta
sentir el estado de dolorosa melancola que provoca una simple gara
que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus
ojos azules y su temprana plenitud, deba encarnar la suma posible de
ideal. Para ella, Nbel era varonil, buen mozo e inteligente. No haba
en su mutuo amor ms nube para el porvenir que la minora de edad de
Nbel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y
superfluidades por el estilo, quera casarse. Como probado, no haba
sino dos cosas: que a l le era _absolutamente_ imposible vivir sin su
Lidia, y que llevara por delante cuanto se opusiese a ello.
Presenta--o ms bien dicho, senta--que iba a escollar rudamente.

Su padre, en efecto, a quien haba disgustado profundamente el ao que
perda Nbel tras un amoro de carnaval, deba apuntar las es con
terrible vigor. A fines de Agosto, habl un da definitivamente a
su hijo:

--Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. Es
cierto? Porque t no te dignas decirme una palabra.

Nbel vi toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le
tembl un poco.

--Si no te dije nada, pap, es porque s que no te gusta que hable de
eso.

--Bah! cmo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo...
Pero quisiera saber en qu estado ests. Vas a esa casa como novio?

--S.

--Y te reciben formalmente?

--C-creo que s.

El padre lo mir fijamente y tamborile sobre la mesa.

--Est bueno! Muy bien!... Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte
el camino. Sabes t bien lo que haces? Has pensado en lo que
puede pasar?

--Pasar?... qu?

--Que te cases con esa muchacha. Pero fjate: ya tienes edad para
reflexionar, al menos. Sabes quin es? De dnde viene? Conoces a
alguien que sepa qu vida lleva en Montevideo?

--Pap!

--S, qu hacen all! Bah! no pongas esa cara... No me refiero a tu...
novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. Pero
sabes de qu viven?

--No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre...

--Bah, bah, bah! Deja eso para despus. No te hablo como padre sino
como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te
indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,
qu clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su
cuado, pregunta!

--S! Ya s que ha sido...

--Ah, sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? Y que l u otro
sostienen la casa en Montevideo? Y te quedas tan fresco!

--...!

--S, ya s, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya s! No hay
impulso ms bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes
llegar tarde!... No, no, clmate! No tengo ninguna idea de ofender a
tu novia, y creo, como te he dicho, que no est contaminada an por la
podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
matrimonio, o ms bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
dle que el viejo Nbel no est dispuesto a esos trficos, y que antes
se lo llevar el diablo que consentir en eso. Nada ms te
quera decir.

El muchacho quera mucho a su padre a pesar del carcter duro de ste;
sali lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto ms
violenta cuanto que l mismo la saba injusta. Haca tiempo ya que no
ignoraba esto: la madre de Lidia haba sido querida de Arrizabalaga en
vida de su marido, y an cuatro o cinco aos despus. Se vean an de
tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus
artritis de enfermizo soltern, distaba mucho de ser respecto de su
cuada lo que se pretenda; y si mantena el tren de madre e hija, lo
haca por una especie de compasin de ex amante, rayana en vil
egosmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que
hinchaban su vanidad.

Nbel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco
por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos
y reclinados una _Illustration_, haba credo sentir sobre sus nervios
sbitamente tensos, un hondo hlito de deseo que surga del cuerpo
pleno que rozaba con l. Al levantar los ojos, Nbel haba visto la
mirada de ella, en lnguida imprecisin de mareo, posarse pesadamente
sobre la suya.

Se haba equivocado? Era terriblemente histrica, pero con rara
manifestacin desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban
hacia adentro, y de aqu la sbita tenacidad en un disparate, el
brusco abandono de una conviccin; y en los prodromos de las crisis,
la obstinacin creciente, convulsiva, edificndose a grandes bloques
de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por
elegancia. Tena treinta y siete aos; era alta, con labios muy
gruesos y encendidos, que humedeca sin cesar. Sin ser grandes, los
ojos lo parecan por un poco hundidos y tener pestaas muy largas;
pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vesta, como la
hija, con perfecto buen gusto, y era sta, sin duda, su mayor
seduccin. Deba de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora
la histeria haba trabajado mucho su cuerpo--siendo, desde luego,
enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos
se empaaban, y de la comisura de los labios, del prpado globoso,
penda una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma
histeria que le deshaca los nervios era el alimento, un poco mgico,
que sostena su tonicidad.

Quera entraablemente a Lidia; y con la moral de las histricas
burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz--esto es,
para proporcionarle aquello que habra hecho su propia felicidad.

As, la inquietud del padre de Nbel a este respecto tocaba a su hijo
en lo ms hondo de sus cuerdas de amante. Cmo haba escapado Lidia?
Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasin de chica que
surga con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no
prueba de pureza, sino de escaln de noble gozo por el que Nbel
ascenda triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la
flor que peda por l.

Esta conviccin era tan intensa, que Nbel jams la haba besado. Una
tarde, despus de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
haba sentido loco deseo de verla. Su dicha fu completa, pues la
hall sola, en batn, y los rizos sobre las mejillas. Como Nbel la
retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recost en el muro.
Y el muchacho, a su frente, tocndola casi, sinti en sus manos
inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fcil le
habra sido manchar.

Pero luego, una vez su mujer! Nbel precipitaba cuanto le era posible
su casamiento. Su habilitacin de edad, obtenida en esos das, le
permita por su legtima materna afrontar los gastos. Quedaba el
consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

La situacin de ella, sobrado equvoca en Concordia, exiga una
sancin social que deba comenzar, desde luego, por la del futuro
suegro de su hija. Y sobre todo, la sostena el deseo de humillar, de
forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma
inconveniencia que despreci.

Ya varias veces haba tocado el punto con su futuro yerno, con
alusiones a "mi suegro"... "mi nueva familia"... "la cuada de mi
hija". Nbel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con
ms fuego.

Hasta que un da la llama se levant. Nbel haba fijado el 18 de
octubre para su casamiento. Faltaba ms de un mes an, pero la madre
hizo entender claramente al muchacho que quera la presencia de su
padre esa noche.

--Ser difcil--dijo Nbel despus de un mortificante silencio--. Le
cuesta mucho salir de noche... No sale nunca.

--Ah!--exclam slo la madre, mordindose rpidamente el labio. Otra
pausa sigui, pero sta ya de presagio.

--Porque usted no hace un casamiento clandestino verdad?

--Oh!--se sonri difcilmente Nbel--. Mi padre tampoco lo cree.

--Y entonces?

Nuevo silencio cada vez ms tempestuoso.

--Es por m que su seor padre no quiere asistir?

--No, no seora!--exclam al fin Nbel, impaciente--. Est en su modo
de ser... Hablar de nuevo con l, si quiere.

--Yo, querer?--se sonri la madre dilatando las narices--. Haga lo
que le parezca... Quiere irse, Nbel, ahora? No estoy bien.

Nbel sali, profundamente disgustado. Qu iba a decir a su padre?
ste sostena siempre su rotunda oposicin a tal matrimonio, y ya el
hijo haba emprendido las gestiones para prescindir de ella.

--Puedes hacer eso, mucho ms, y todo lo que te d la gana. Pero mi
consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, jams!

Despus de tres das Nbel decidi aclarar de una vez ese estado de
cosas, y aprovech para ello un momento en que Lidia no estaba.

--Habl con mi padre--comenz Nbel--y me ha dicho que le ser
completamente imposible asistir.

La madre se puso un poco plida, mientras sus ojos, en un sbito
fulgor, se estiraban hacia las sienes.

--Ah! Y por qu?

--No s--repuso con voz sorda Nbel.

--Es decir... que su seor padre teme mancharse si pone los pies aqu?

--No s--repiti l con inconsciente obstinacin.

--Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese seor! Qu se ha
figurado?--aadi con voz ya alterada y los labios temblantes.--Quin
es l para darse ese tono?

Nbel sinti entonces el fustazo de reaccin en la cepa profunda de su
familia.

--Qu es, no s!--repuso con la voz precipitada a su vez--pero no
slo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

--Qu? qu se niega? Y por qu? Quin es l? El ms autorizado
para esto!

Nbel se levant:

--Seora...

Pero ella se haba levantado tambin.

--S, l! Usted es una criatura! Pregntele de dnde ha sacado su
fortuna, robada a sus clientes! Y con esos aires! Su familia
irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! Su
familia!... Dgale que le diga cuntas paredes tena que saltar para
ir a dormir con su mujer, antes de casarse! S, y me viene con su
familia!... Muy bien, vyase; estoy hasta aqu de hipocresas! Que lo
pase bien!


III

Nbel vivi cuatro das vagando en la ms honda desesperacin. Ou
poda esperar despus de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer,
recibi una esquela:


     "Octavio: Lidia est bastante enferma, y slo su
     presencia podra calmarla.

     Mara S. de Arrizabalaga."


Era una treta, no tena duda. Pero si su Lidia en verdad...

Fu esa noche y la madre lo recibi con una discrecin que asombr a
Nbel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que
pide disculpa.

--Si quiere verla...

Nbel entr con la madre, y vi a su amor adorado en la cama, el
rostro con esa frescura sin polvos que dan nicamente los 14 aos, y
el cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su
plena juventud.

Se sent a su lado, y en balde la madre esper a que se dijeran algo:
no hacan sino mirarse y reir.

De pronto Nbel sinti que estaban solos, y la imagen de la madre
surgi ntida: "se va para que en el transporte de mi amor
reconquistado, pierda la cabeza y el matrimonio sea as forzoso". Pero
en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecan adelantado y
gratis a costa de un pagar de casamiento, el muchacho, de 18 aos,
sinti--como otra vez contra la pared--el placer sin la ms leve
mancha, de un amor puro en toda su aureola de potico idilio.

Slo Nbel pudo decir cun grande fu su dicha recuperada en pos del
naufragio. El tambin olvidaba lo que fuera en la madre explosin de
calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero
tena la ms fra decisin de apartar a la madre de su vida una vez
casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama de
que se haba destendido una punta para l, encenda la promesa de una
voluptuosidad ntegra, a la que no haba robado ni el ms
pequeo diamante.

A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nbel hall el
zagun oscuro. Despus de largo rato, la sirvienta entreabri
la vidriera:

--No estn las seoras.

--Han salido?--pregunt extraado.

--No, se van a Montevideo... Han ido al Salto a dormir abordo.

--Ah!--murmur Nbel aterrado. Tena una esperanza an.

--El doctor? Puedo hablar con l?

--No est, se ha ido al club despus de comer...

Una vez solo en la calle oscura, Nbel levant y dej caer los brazos
con mortal desaliento: Se acab todo! Su felicidad, su dicha
reconquistada un da antes, perdida de nuevo y para siempre! Presenta
que esta vez no haba redencin posible. Los nervios de la madre
haban saltado a la loca, como teclas, y l no poda hacer ya
nada ms.

Comenzaba a lloviznar. Camin hasta la esquina, y desde all, inmvil
bajo el farol, contempl con estpida fijeza la casa rosada. Di una
vuelta a la manzana, y torn a detenerse bajo el farol. Nunca, nunca!

Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fu a su casa y carg el
revlver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrs haba prometido a un
dibujante alemn que antes de suicidarse--Nbel era adolescente--ira a
verlo. Unalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad,
cimentada sobre largas charlas filosficas.

A la maana siguiente, muy temprano, Nbel llamaba al pobre cuarto de
aqul. La expresin de su rostro era sobrado explcita.

--Es ahora?--le pregunt el paternal amigo, estrechndole con fuerza
la mano.

--Pst! De todos modos!...--repuso el muchacho, mirando a otro lado.

El dibujante, con gran calma, le cont entonces su propio drama de
amor.

--Vaya a su casa--concluy--y si a las once no ha cambiado de idea,
vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qu. Despus har lo que
quiera. Me lo jura?

--Se lo juro--contest Nbel, devolvindole su estrecho apretn con
grandes ganas de llorar.

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:


     "Idolatrado Octavio: Mi desesperacin no puede ser ms
     grande, pero mam ha visto que si me casaba con usted
     me estaban reservados grandes dolores, he comprendido
     como ella que lo mejor era separarnos y le jura no
     olvidarlo nunca

     tu Lidia."


--Ah, tena que ser as!--clam el muchacho, viendo al mismo tiempo
con espanto su rostro demudado en el espejo.--La madre era quien
haba inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no haba
podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo
su amor en la redaccin. Ah! Si pudiera verla algn da, decirle de
qu modo la he querido, cunto la quiero ahora, adorada del alma!

Temblando fu hasta el velador y cogi el revlver, pero record su
nueva promesa, y durante un rato permaneci inmvil, limpiando
obstinadamente con la ua una mancha del tambor.




#Otoo#


Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nbel de subir al tramway, cuando
el coche se detuvo un momento ms del conveniente, y aqul, que lea,
volvi al fin la cabeza. Una mujer con lento y difcil paso avanzaba.
Tras una rpida ojeada a la incmoda persona, reanud la lectura. La
dama se sent a su lado, y al hacerlo mir atentamente a Nbel. Este,
aunque senta de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre l,
prosigui su lectura; pero al fin se cans y levant el rostro
extraado.

--Ya me pareca que era usted--exclam la dama--aunque dudaba an...
No me recuerda, no es cierto?

--S--repuso Nbel abriendo los ojos--la seora de Arrizabalaga...

Ella vi la sorpresa de Nbel, y sonri con aire de vieja cortesana
que trata an de parecer bien a un muchacho.

De ella, cuando Nbel la conoci once aos atrs, slo quedaban los
ojos, aunque ms hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos
verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
pmulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendan
ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se
vea viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las
arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la
elegante mujer que un da hoje la _Illustration_ a su lado.

--S, estoy muy envejecida... y enferma; he tenido ya ataques a los
riones... y usted--aadi mirndolo con ternura--siempre igual!
Verdad es que no tiene treinta aos an... Lidia tambin est igual.

Nbel levant los ojos:

--Soltera?

--S... Cunto se alegrar cuando le cuente! Por qu no le da ese
gusto a la pobre? No quiere ir a vernos?

--Con mucho gusto--murmur Nbel.

--S, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para... En fin, Boedo,
1483; departamento 14... Nuestra posicin es tan mezquina...

--Oh!--protest l, levantndose para irse. Prometi ir muy pronto.

Doce das despus Nbel deba volver al ingenio, y antes quiso cumplir
su promesa. Fu all--un miserable departamento de arrabal.--La seora
de Arrizabalaga lo recibi, mientras Lidia se arreglaba un poco.

--Conque once aos!--observ de nuevo la madre.--Cmo pasa el
tiempo! Y usted que podra tener una infinidad de hijos con Lidia!

--Seguramente--sonri Nbel, mirando a su rededor.

--Oh! no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su
casa... Siempre oigo hablar de sus caaverales... Es ese su nico
establecimiento?

--S,... en Entre Ros tambin...

--Qu feliz! Si pudiera uno... Siempre deseando ir a pasar unos
meses en el campo, y siempre con el deseo!

Se call, echando una fugaz mirada a Nbel. Este con el corazn
apretado, reviva ntidas las impresiones enterradas once aos en
su alma.

--Y todo esto por falta de relaciones... Es tan difcil tener un amigo
en esas condiciones!

El corazn de Nbel se contraa cada vez ms, y Lidia entr.

Estaba tambin muy cambiada, porque el encanto de un candor y una
frescura de los catorce aos, no se vuelve a hallar ms en la mujer de
veintisis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sinti en la mansa
tranquilidad de su mirada, en su cuello mrbido, y en todo lo
indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que deba
guardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoci.

Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discrecin de personas
maduras. Cuando ella sali de nuevo un momento, la madre reanud:

--S, est un poco dbil... Y cuando pienso que en el campo se
repondra en seguida... Vea, Octavio: me permite ser franca con
usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo... No podramos pasar
una temporada en su establecimiento? Cunto bien le hara a Lidia!

--Soy casado--repuso Nbel.

La seora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
decepcin fu sincera; pero en seguida cruz sus manos cmicas:

--Casado, usted! Oh, qu desgracia, qu desgracia! Perdneme, ya
sabe!... No s lo que digo... Y su seora vive con usted en
el ingenio?

--S, generalmente... Ahora est en Europa.

--Qu desgracia! Es decir... Octavio!--aadi abriendo los brazos con
lgrimas en los ojos:--a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi
hijo... Estamos poco menos que en la miseria! Por qu no quiere que
vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesin de madre--concluy
con una pastosa sonrisa y bajando la voz:--usted conoce bien el
corazn de Lidia, no es cierto?

Esper respuesta, pero Nbel permaneci callado.

--S, usted la conoce! Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar
cuando ha querido?

Ahora haba reforzado su insinuacin con una leve guiada. Nbel
valor entonces de golpe el abismo en que pudo haber cado antes. Era
siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja,
la morfina y la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez haba sentido
un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya
estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecan, se ech en
brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

--No sabes, Lidia?--prorrumpi alborozada, al volver su hija--Octavio
nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. Qu
te parece?

Lidia tuvo una fugitiva contraccin de las cejas y recuper su
serenidad.

--Muy bien, mam...

--Ah! no sabes lo qu dice? Est casado. Tan joven an! Somos casi
de su familia...

Lidia volvi entonces los ojos a Nbel, y lo mir un momento con
dolorosa gravedad.

--Hace tiempo?--murmur.

--Cuatro aos--repuso l en voz baja. A pesar de todo, le falt nimo
para mirarla.




#Invierno#


No hicieron el viaje juntos, por ltimo escrpulo de casado en una
lnea donde era muy conocido; pero al salir de la estacin subieron en
el brec de la casa. Cuando Nbel quedaba solo en el ingenio, no
guardaba a su servicio domstico ms que a una vieja india, pues--a
ms de su propia frugalidad--su mujer se llevaba consigo toda la
servidumbre. De este modo present sus acompaantes a la fiel nativa
como una ta anciana y su hija, que venan a recobrar la
salud perdida.

Nada ms creble, por otro lado, pues la seora decaa
vertiginosamente. Haba llegado deshecha, el pie incierto y
pesadsimo, y en su facies angustiosa la morfina, que haba
sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nbel, peda a gritos una
corrida por dentro de aquel cadver viviente.

Nbel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, saba lo
suficiente para prever una rpida catstrofe; el rion, ntimamente
atacado, tena a veces paros peligrosos que la morfina no haca sino
precipitar.

Ya en el coche, no pudiendo resistir ms, haba mirado a Nbel con
transida angustia:

--Si me permite, Octavio... no puedo ms! Lidia, ponte delante.

La hija, tranquilamente, ocult un poco a su madre, y Nbel oy el
crugido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.

Sbitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubri
como una mscara aquella cara agnica.

--Ahora estoy bien... qu dicha! Me siento bien.

--Debera dejar eso--dijo rudamente Nbel, mirndola de costado.--Al
llegar, estar peor.

--Oh, no! Antes morir aqu mismo.

Nbel pas todo el da disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera
posible sin ver en Lidia y su madre ms que dos pobres enfermas. Pero
al caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilar
las uas, el celo de varn comenz a relajarle la cintura en lasos
escalofros.

Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de
una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.

--Huy! qu repugnancia! No la puedo pasar. Y quiere que sacrifique
los ltimos aos de mi vida, ahora que podra morir contenta?

Lidia no pestae. Haba hablado con Nbel pocas palabras, y slo al
fin del caf la mirada de ste se clav en la de ella; pero Lidia baj
la suya en seguida.

Cuatro horas despus Nbel abra sin ruido la puerta del cuarto de
Lidia.

--Quin es!--son de pronto la voz azorada.

--Soy yo--murmur Nbel en voz apenas sensible.

Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta
bruscamente en la cama, sigui a sus palabras, y el silencio rein de
nuevo. Pero cuando la mano de Nbel toc en la oscuridad un brazo
tibio, el cuerpo tembl entonces en una honda sacudida.

       *       *       *       *       *

Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya haba conocido el amor
antes que l llegara, subi de lo ms recndito del alma de Nbel, el
santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jams, de no haber
robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante
candor. Pens en las palabras de Dostojewsky, que hasta ese momento no
haba comprendido: "Nada hay ms bello y que fortalezca ms en la
vida, que un puro recuerdo". Nbel lo haba guardado, ese recuerdo sin
mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho aos, y que ahora estaba
all, enfangado hasta el cliz sobre una cama de sirvienta...

Sinti entonces sobre su cuello dos lgrimas pesadas, silenciosas.
Ella a su vez recordara... Y las lgrimas de Lidia continuaban una
tras otra, regando como una tumba el abominable fin de su nico sueo
de felicidad.


II

Durante diez das la vida prosigui en comn, aunque Nbel estaba casi
todo el da afuera. Por tcito acuerdo, Lidia y l se encontraban muy
pocas veces solos, y aunque de noche volvan a verse, pasaban an
entonces largo tiempo callados.

Lidia tena ella misma bastante qu hacer cuidando a su madre,
postrada al fin. Como no haba posibilidad de reconstruir lo ya
podrido, y an a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nbel
pens en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una maana que entr
bruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba
precipitadamente las faldas. Tena en la mano la jeringuilla, y fij
en Nbel su mirada espantada.

--Hace mucho tiempo que usas eso?--le pregunt l al fin.

--S--murmur Lidia, doblando en una convulsin la aguja.

Nbel la mir an y se encogi de hombros.

Si embargo, como la madre repeta sus inyecciones con una frecuencia
terrible para ahogar los dolores de su rin que la morfina conclua
de matar, Nbel se decidi a intentar la salvacin de aquella
desgraciada, sustrayndole la droga.

--Octavio! me va a matar!--clam ella con ronca splica.--Mi hijo
Octavio! no podra vivir un da!

--Es que no vivir dos horas si le dejo eso!--cort Nbel.

--No importa, mi Octavio! Dame, dame la morfina!

Nbel dej que los brazos se tendieran intilmente a l, y sali con
Lidia.

--T sabes la gravedad del estado de tu madre?

--S... Los mdicos me haban dicho...

El la mir fijamente.

--Es que est mucho peor de lo que imaginas.

Lidia se puso lvida, y mirando afuera entrecerr los ojos y se mordi
los labios en un casi sollozo.

--No hay mdico aqu?--murmur.

--Aqu no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

Esa tarde lleg el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nbel
abri una carta.

--Noticias?--pregunt Lidia levantando inquieta los ojos a l.

--S--repuso Nbel, prosiguiendo la lectura.

--Del mdico?--volvi Lidia al rato, ms ansiosa an.

--No, de mi mujer--repuso l con la voz dura, sin levantar los ojos.

A las diez de la noche Lidia lleg corriendo a la pieza de Nbel.

--Octavio! mam se muere!...

Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya
el rostro. Tena los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por
entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:

--Pla... pla... pla...

Nbel vi en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi
vaco.

--Es claro, se muere! Quin le ha dado esto?--pregunt.

--No s, Octavio! Hace un rato sent ruido... Seguramente lo fu a
buscar a tu cuarto cuando no estabas... Mam, pobre mam!--cay
sollozando sobre el miserable brazo que penda hasta el piso.

Nbel la puls; el corazn no daba ms, y la temperatura caa. Al rato
los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes
manchas violeta.

A la una de la maana muri. Esa tarde, tras el entierro, Nbel esper
que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las
valijas en el carruaje.

--Toma esto--le dijo cuando se aproxim a l, tendindole un cheque de
diez mil pesos.

Lidia se extremeci violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
de lleno en los de Nbel. Pero ste sostuvo la mirada.

--Toma, pues!--repiti sorprendido.

Lidia lo tom y se baj a recoger su valijita. Nbel se inclin sobre
ella.

--Perdname--le dijo.--No me juzgues peor de lo que soy.

En la estacin esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla
del vagn, pues el tren no sala an. Cuando la campana son, Lidia le
tendi la mano y se dispuso a subir. Nbel la oprimi, y qued un
largo rato sin soltarla, mirndola. Luego, avanzando, recogi a Lidia
de la cintura y la bes hondamente en la boca.

El tren parti. Inmvil, Nbel sigui con la vista la ventanilla que
se perda.

Pero Lidia no se asom.









#LOS OJOS SOMBRIOS#




Despus de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude
evitar asistir a un baile. Hallbame haca largo rato sentado y
aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, vindome all, vino a
saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de
carcter. Lo haba estimado muchos aos atrs, y entonces volva de
Europa, despus de larga ausencia.

As nuestra charla, que en otra ocasin no hubiera pasado de ocho o
diez frases, se prolong esta vez en larga y desahogada sinceridad.
Supe que se haba casado; su mujer estaba all mismo esa noche. Por mi
parte, lo inform de mi noviazgo con Elena--y su reciente ruptura.
Posiblemente me quej de la amarga situacin, pues recuerdo haberle
dicho que crea de todo punto imposible cualquier arreglo.

--No crea en esas sacudidas--me dijo Zapiola con aire tranquilo y
serio.--Casi nunca se sabe al principio lo que pasar o se har
despus. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente ms
complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido
ms feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podr serle de gran
provecho. Hace cinco aos me vi con gran frecuencia con Vezzera, un
amigo del colegio a quien haba querido mucho antes, y sobre todo l a
m. Cuanto prometa el muchacho se realiz plenamente en el hombre;
era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y
exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran
enfermizas, y usted no ignora de qu modo se sufre y se hace sufrir
con este modo de ser.

Un da me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casara muy
pronto. Aunque me habl con loco entusiasmo de la belleza de su novia,
esta apreciacin suya de la hermosura en cuestin no tena para m
ningn valor. Vezzera insisti, irritndose con mi orgullo.

--No s qu tiene que ver el orgullo con esto--le observ.

--Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos
mirajes y debo equivocarme siempre. T, no! Lo que dices es la
ponderacin justa de lo que has visto!

--Te juro...

--Bah; djame en paz!--concluy cada vez ms irritado con mi
tranquilidad, que era para l otra manifestacin de orgullo.

Cada vez que volv a verlo en los das sucesivos, lo hall ms
exaltado con su amor. Estaba ms delgado, y sus ojos cargados de
ojeras brillaban de fiebre.

--Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado
de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No s si usted ha sufrido una impresin semejante; pero cuando
ella me extendi la mano y nos miramos, sent que por ese contacto
tibio, la esplndida belleza de aquellos ojos sombros y de aquel
cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

--Y?... es como te he dicho?

--S--le respond.

--La gente impresionable puede entonces comunicar una impresin
conforme a la realidad?

--Esta vez, s--no pude menos de reirme.

Vezzera me mir de reojo y se call por largo rato.

--Parece--me dijo de pronto--que no hicieras sino concederme por suma
gracia su belleza!

--Pero ests loco?--le respond.

Vezzera se encogi de hombros como si yo hubiera esquivado su
respuesta. Sigui sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al
fin volvi otra vez a m sus ojos de fiebre.

--De veras, de veras me juras que te parece linda?

--Pero claro, idiota! Me parece lindsima; quieres ms?

Se calm entonces, y con la reaccin inevitable de sus nervios
femeninos, pas conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasndose al
recuerdo de su novia.

Fu varias veces ms con Vezzera. Una noche, a una nueva invitacin,
respond que no me hallaba bien y que lo dejaramos para otro momento.
Diez das ms tarde respond lo mismo, y de igual modo en la siguiente
semana. Esta vez Vezzera me mir fijamente a los ojos:

--Por qu no quieres ir?

--No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para
esas cosas.

--No es eso! Es que no quieres ir ms!

--Yo?

--S; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente
esto: Por qu no quieres ir ms?

--No tengo ganas!... Te gusta?

Vezzera me mir como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un
hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se
precipitaba su tisis.

Se observ en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

--Hace das que las noto ms flacas... Sabes por qu no quieres ir
ms? Quieres que te lo diga?

Tena las ventanas de la nariz contradas, y su respiracin acelerada
le cerraba los labios.

--Vamos! No seas... clmate, que es lo mejor.

--Es que te lo voy a decir!

--Pero no ves que ests delirando, que ests muerto de fiebre?--le
interrump. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empuj
cariosamente.

--Acustate un momento... ests mal.

Vezzera se recost en mi cama y cruz sus dos manos sobre la frente.

Pas un largo rato en silencio. De pronto me lleg su voz, lenta:

--Sabes lo que te iba a decir?... Que no queras que Mara se
enamorara de ti... Por eso no ibas.

--Qu estpido!--me sonre.

--S, estpido! Todo, todo lo que quieras!

Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqu a l.

--Esta noche vamos--le dije.--Quieres?

--S, quiero.

Cuatro horas ms tarde llegbamos all. Mara me salud como si
hubiera dejado de verme el da anterior, sin parecer en lo ms mnimo
preocupada de mi larga ausencia.

--Pregntale siquiera--se ri Vezzera con visible afectacin--por qu
ha pasado tanto tiempo sin venir.

Mara arrug imperceptiblemente el ceo, y se volvi a m con risuea
sorpresa:

--Pero supongo que no tendra deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamcin no peda respuesta, Mara qued un
instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba
con los ojos.

--Aunque deba avergonzarme eternamente--repuse--confieso que hay algo
de verdad...

--No es verdad?--se ri ella.

Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatacin de las narices
de Vezzera, conoc su tensin de nervios.

--Dile que te diga--se dirigi a Mara--por qu realmente no quera
venir.

Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo mir con verdadera rabia.
Vezzera afect no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con
el convulsivo golpeteo del pie, mientras Mara tornaba a contraer
las cejas.

--Hay otra cosa?--se sonri con esfuerzo.

--S, Zapiola te va a decir...

--Vezzera!--exclam.

--... Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribua para no
venir ms aqu... sabes por qu?

--Porque l cree que usted se va a enamorar de m--me adelant,
dirigindome a Mara.

Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer;
pero tuve que hacerlo. Mara solt la risa, notndose as mucho ms el
cansancio de sus ojos.

--S? Pensabas eso, Antenor?

--No, supondrs... era una broma--se ri l tambin.

La madre entr de nuevo en la sala, y la conversacin cambi de rumbo.

--Eres un canalla--me apresur a decirle en los ojos a Vezzera, cuando
salimos.

--S--me respondi mirndome claramente.--Lo hice a propsito.

--Queras ridiculizarme?

--S... quera.

--Y no te da vergenza? Pero qu diablos te pasa? Qu tienes contra
m?

No me contest, encogindose de hombros.

--Anda al demonio!--murmur. Pero un momento despus, al separarme,
sent su mirada cruel y desconfiada fija en la ma.

--Me juras por lo que ms quieras, por lo que quieras ms, que no
sabes lo que pienso?

--No--le respond secamente.

--No mientes, no ests mintiendo?

--No miento.

Y menta profundamente.

--Bueno, me alegro... Dejemos esto. Hasta maana. Cundo quieres que
volvamos all?

--Nunca! Se acab.

Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

--No quieres ir ms?--me dijo con voz ronca y extraa.

--No, nunca ms.

--Como quieras, mejor... No ests enojado, verdad?

--Oh, no seas criatura!--me re.

Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra m...

Al da siguiente Vezzera entr al anochecer en mi cuarto. Llova desde
la maana, con fuerte temporal, y la humedad y el fro me agobiaban.
Desde el primer momento not que Vezzera arda en fiebre.

--Vengo a pedirte una cosa--comenz.

--Djate de cosas!--interrump.--Por qu has salido con esta noche?
No ves que ests jugando tu vida con esto?

--La vida no me importa... dentro de unos meses esto se acaba...
mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez all.

--No! ya te dije.

--No, vamos! No quiero que no quieras ir! Me mata esto! Por qu no
quieres ir?

--Ya te he dicho: no-qui-e-ro! Ni una palabra ms sobre esto, oyes?

La angustia de la noche anterior torn a desmesurarle los ojos.

--Entonces--articul con voz profundamente tomada--es lo que pienso,
lo que t sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo...
Bueno, dejemos, no es nada. Hasta maana.

Lo detuve del hombro y se dej caer en seguida en la silla, con la
cabeza sobre sus brazos en la mesa.

--Qudate--le dije.--Vas a dormir aqu conmigo. No ests solo.

Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articul sin
entonacin alguna:

--Es que me dan unas ganas locas de matarme...

--Por eso! Qudate aqu!... No ests solo.

Pero no pude contenerlo, y pas toda la noche inquieto.

Usted sabe qu terrible fuerza de atraccin tiene el suicidio, cuando
la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habra
sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.
Y an as, persista siempre el motivo.

Pas lo que tema. A las siete de la maana me trajeron una carta de
Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrs. Me deca en ella que era
demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de m. Que
en cuanto a Mara, tena la ms completa certidumbre y que yo no haba
hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir ms all. Que
estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.
Pero l no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egosta
felicidad, y por eso nos dejaba libre a m y a ella. Adems, sus
pulmones no daban ms... era cuestin de tiempo. Que hiciera feliz a
Mara, como l hubiera deseado..., etc.

Y dos o tres frases ms. Intil que le cuente en detalle mi turbacin
de esos das. Pero lo que resaltaba claro para m en su carta--para m
que lo conoca--era la desesperacin de celos que lo llev al
suicidio. Ese era el nico motivo; lo dems: sacrificio y conciencia
tranquila, no tena ningn valor.

En medio de todo quedaba vivsima, radiante de brusca felicidad, la
imagen de Mara. Yo s el esfuerzo que deb hacer, cuando era de
Vezzera, para dejar de ir a verla. Y haba credo adivinar tambin que
algo semejante pasaba en ella. Y ahora, libres! s, solos los dos,
pero con un cadver entre nosotros.

Despus de quince das fu a su casa. Hablamos vagamente, evitando la
menor alusin. Apenas me responda; y aunque se esforzaba en ello, no
poda sostener mi mirada un solo momento.

--Entonces,--le dije al fin levantndome--creo que lo ms discreto es
que no vuelva ms a verla.

--Creo lo mismo--me respondi.

Pero no me mov.

--Nunca ms?--aad.

--No, nunca... como usted quiera--rompi en un sollozo, mientras dos
lgrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

Al acercarme se llev las manos a la cara, y apenas sinti mi contacto
se estremeci violentamente y rompi en sollozos. Me inclin detrs de
ella y le abrac la cabeza.

--S, mi alma querida...quieres? Podremos ser muy felices. Eso no
importa nada...quieres?

--No, no!--me respondi--no podramos... no, imposible!

--Despus, s, mi amor!... S, despus?

--No, no, no!--redobl an sus sollozos.

Entonces sal desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel
imbcil, al matarse, nos haba muerto tambin a nosotros dos.

Aqu termina mi novela. Ahora, quiere verla?

--Mara!--se dirigi a una joven que pasaba del brazo.--Es hora ya;
son las tres.

--Ya? las tres?--se volvi ella.--No hubiera credo. Bueno, vamos.
Un momentito.

Zapiola me dijo entonces:

--Ya ve, amigo mo, como se puede ser feliz despus de lo que le he
contado. Y su caso... Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer:

--Le contaba a X cmo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonri a su marido, y reconoc aquellos ojos sombros de que
l me haba hablado, y que como todos los de ese carcter, al reir
destellan felicidad.

--S,--repuso sencillamente--sufrimos un poco...

--Ya ve!--se ri Zapiola despidindose.--Yo en lugar suyo volvera al
saln.

Me qued solo. El pensamiento de Elena volvi otra vez; pero en medio
de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresin que recibi
Zapiola al ver por primera vez los ojos de Mara.

Y yo no haca sino recordarlos.









#EL SOLITARIO#




Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesin, bien que no
tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo
su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como
las suyas para los engarces delicados. Con ms arranque y habilidad
comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco aos
prosegua en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exange sombreado por rala barba
negra, tena una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de
origen callejero, haba aspirado con su hermosura a un ms alto
enlace. Esper hasta los veinte aos, provocando a los hombres y a sus
vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, acept nerviosamente a Kassim.

No ms sueos de lujo, sin embargo. Su marido, hbil--artista
an,--careca completamente de carcter para hacer una fortuna. Por lo
cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de
codos, sostena sobre su marido una lenta y pesada mirada, para
arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al
transeunte de posicin que poda haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
trabajaba tambin a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando Mara
deseaba una joya--y con cunta pasin deseaba ella!--trabajaba de
noche. Despus haba tos y puntadas al costado; pero Mara tena sus
chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas lleg a hacerle amar las
tareas del artfice, y segua con ardor las ntimas delicadezas del
engarce. Pero cuando la joya estaba concluda--deba partir, no era
para ella,--caa ms hondamente en la decepcin de su matrimonio. Se
probaba la alhaja, detenindose ante el espejo. Al fin la dejaba por
ah, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y
la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

--Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,--deca l al fin,
tristemente.

Los sollozos suban con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en
su banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a
consolarla. Consolarla! de qu? Lo cual no obstaba para que Kassim
prolongara ms sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer
se detenan ahora con ms pesada fijeza sobre aquella muda
tranquilidad.

--Y eres un hombre, t!--murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

--No eres feliz conmigo, Mara--expresaba al rato.

--Feliz! Y tienes el valor de decirlo! Quin puede ser feliz
contigo? Ni la ltima de las mujeres!... Pobre diablo!--conclua con
risa nerviosa, yndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la maana, y su mujer
tena luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
labios apretados.

--S... no es una diadema sorprendente!... cuando la hiciste?

--Desde el martes--mirbala l con descolorida ternura--dormas de
noche...

--Oh, podas haberte acostado!... Inmensos, los brillantes!

Porque su pasin eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
Segua el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
apenas aderezada la alhaja, corra con ella al espejo. Luego, un
ataque de sollozos.

--Todos, cualquier marido, el ltimo, hara un sacrificio para
halagar a su mujer! Y t... y t... ni un miserable vestido que
ponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto lmite de respeto al varn, la mujer puede
llegar a decir a su marido cosas increbles.

La mujer de Kassim franque ese lmite con una pasin igual por lo
menos a la que senta por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
joyas, Kassim not la falta de un prendedor--cinco mil pesos en dos
solitarios.--Busc en sus cajones de nuevo.

--No has visto el prendedor, Mara? Lo dej aqu.

--S, lo he visto.

--Dnde est?--se volvi extraado.

--Aqu!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se ergua con el
prendedor puesto.

--Te queda muy bien--dijo Kassim al rato.--Guardmoslo.

Mara se ri.

--Oh, no! es mo.

--Broma?...

--S, es broma! es broma, s! Cmo te duele pensar que podra ser
mo... Maana te lo doy. Hoy voy al teatro con l.

Kassim se demud.

--Haces mal... podran verte. Perderan toda confianza en m.

--Oh!--cerr ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
puerta.

Vuelta del teatro, coloc la joya sobre el velador. Kassim se levant
y la guard en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
sentada en la cama.

--Es decir, que temes que te la robe! Qu soy una ladrona!

--No mires as... Has sido imprudente, nada ms.

--Ah! Y a ti te lo confan! A ti, a ti! Y cuando tu mujer te pide
un poco de halago, y quiere... me llamas ladrona a m! Infame!

Se durmi al fin. Pero Kassim no durmi.

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante ms
admirable que hubiera pasado por sus manos.

--Mira, Mara, qu piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sinti respirar hondamente sobre
el solitario.

--Una agua admirable...--prosigui l--costar nueve o diez mil pesos.

--Un anillo!--murmur Mara al fin.

--No, es de hombre... Un alfiler.

A comps del montaje del solitario, Kassim recibi sobre su espalda
trabajadora cuanto arda de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.
Diez veces por da interrumpa a su marido para ir con el brillante
ante el espejo. Despus se lo probaba con diferentes vestidos.

--Si quieres hacerlo despus...--se atrevi Kassim.--Es un trabajo
urgente.

Esper respuesta en vano; su mujer abra el balcn.

--Mara, te pueden ver!

--Toma! ah est tu piedra!

El solitario, violentamente arrancado, rod por el piso.

Kassim, lvido, lo recogi examinndolo, y alz luego desde el suelo
la mirada a su mujer.

--Y bueno, por qu me miras as? Se hizo algo tu piedra?

--No--repuso Kassim. Y reanud en seguida su tarea, aunque las manos
le temblaban hasta dar lstima.

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
plena crisis de nervios. El pelo se haba soltado y los ojos le salan
de las rbitas.

--Dame el brillante!--clam.--Dmelo! Nos escaparemos! Para m!
Dmelo!

--Mara...--tartamude Kassim, tratando de desasirse.

--Ah!--rugi su mujer enloquecida.--T eres el ladrn, miserable!
Me has robado mi vida, ladrn, ladrn! Y creas que no me iba a
desquitar... cornudo! Aj! Mrame... no se te haba ocurrido nunca,
eh? Ah!--y se llev las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando
Kassim se iba, salt de la cama y cay, alcanzando a cogerlo de
un botn.

--No importa! El brillante, dmelo! No quiero ms que eso! Es mo,
Kassim miserable!

Kassim la ayud a levantarse, lvido.

--Ests enferma, Mara. Despus hablaremos... acustate.

--Mi brillante!

--Bueno, veremos si es posible... acustate.

--Dmelo!

La bola mont de nuevo a la garganta.

Kassim volvi a trabajar en su solitario. Como sus manos tenan una
seguridad matemtica, faltaban pocas horas ya.

Mara se levant para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
ella. Al final de la cena su mujer lo mir de frente.

--Es mentira, Kassim--le dijo.

--Oh!--repuso Kassim sonriendo--no es nada.

--Te juro que es mentira!--insisti ella.

Kassim sonri de nuevo, tocndole con torpe cario la mano.

--Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levant a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
manos, lo sigui con la vista.

--Y no me dice ms que eso...--murmur. Y con una honda nusea por
aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fu a su cuarto.

No durmi bien. Despert, tarde ya, y vi luz en el taller; su marido
continuaba trabajando. Una hora despus, ste oy un alarido.

--Dmelo!

--S, es para ti; falta poco, Mara--repuso presuroso, levantndose.
Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dorma de nuevo. A las dos
de la maana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
resplandeca, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fu
al dormitorio y encendi la veladora. Mara dorma de espaldas, en la
blancura helada de su camisn y de la sbana.

Fu al taller y volvi de nuevo. Contempl un rato el seno casi
descubierto, y con una descolorida sonrisa apart un poco ms el
camisn desprendido.

Su mujer no lo sinti.

No haba mucha luz. El rostro de Kassim adquiri de pronto una dura
inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
desnudo, hundi, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
entero en el corazn de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta cada de
prpados. Los dedos se arqueron, y nada ms.

La joya, sacudida por la convulsin del ganglio herido, tembl un
instante desequilibrada. Kassim esper un momento; y cuando el
solitario qued por fin perfectamente inmvil, pudo entonces
retirarse, cerrando tras de s la puerta sin hacer ruido.









#LA MUERTE DE ISOLDA#




Conclua el primer acto de _Tristn e Isolda_. Cansado de la agitacin
de ese da, me qued en mi butaca, muy contento con la falta de
vecinos. Volv la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un
palco balcn.

Evidentemente, un matrimonio. El, un marido cualquiera, y tal vez por
su mercantil vulgaridad y la diferencia de ao con su mujer, menos que
cualquiera. Ella, joven, plida, con una de esas profundas bellezas
que ms que en el rostro, an bien hermoso, estn en la perfecta
solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos.
Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo ms mnimo
provocativa; y esto es precisamente lo que no entendern nunca
las mujeres.

La mir largo rato a ojos descubiertos porque la vea muy bien, y
porque cuando el hombre est as en tensin de aspirar fijamente un
cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenz el segundo acto. Volv an la cabeza al palco, y nuestras
miradas se cruzaron. Yo, que haba apreciado ya el encanto de aquella
mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viv en un segundo, al
sentirla directamente apoyada en m, el ms adorable sueo de amor que
haya tenido nunca.

Fu aquello muy rpido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi
largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a m.

Fu asimismo, con la sbita dicha de haberme soado un instante su
marido, el ms rpido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra
vez, pero en ese instante sent que mi vecino de la izquierda miraba
hacia all, y despus de un momento de inmovilidad de ambas partes, se
saludaron.

As, pues, yo no tena el ms remoto derecho a considerarme un hombre
feliz, y observ a mi compaero. Era un hombre de ms de treinta y
cinco aos, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura,
que expresaba inequvoca voluntad.

--Se conocen--me dije--y no poco.

En efecto, despus de la mitad del acto mi vecino, que no haba vuelto
a apartar los ojos de la escena, los fij en el palco. Ella, la cabeza
un poco echada atrs, y en la penumbra, lo miraba tambin. Me pareci
ms plida an. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del
mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantena
inmviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvi un instante la cabeza. Pero
antes de concluir aqul sali por el pasillo opuesto. Mir al palco, y
ella tambin se haba retirado.

--Final de idilio--me dije melanclicamente.

El no volvi ms y el palco qued vaco.

       *       *       *       *       *

--S, se repiten--sacudi amargamente la cabeza.--Todas las
situaciones dramticas pueden repetirse, an las ms inverosmiles, y
se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su
_Tristn_ tambin, lo que no obsta para que haya all el ms sostenido
alarido de pasin que haya gritado alma humana... Yo quiero tanto
como usted a esa obra, y acaso ms... No me refiero, querr creer, al
drama de _Tristn_, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera
de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como
una pesadilla, los personajes que sufren la alucinacin de una dicha
muerta, es otra cosa... Usted asisti al preludio de una de esas
repeticiones... S, ya s que se acuerda... No nos conocamos con
usted entonces... Y precisamente a usted deba de hablarle de esto!
Pero juzga mal lo que vi y crey un acto mo feliz... Feliz!...
Oigame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo
ms... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por
dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo
que era yo entonces--en lo bueno nicamente, por suerte.--Y segundo,
porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,
despus de lo que va a oir. Oigame:

La conoc hace diez aos, y durante los seis meses que fu su novio,
hice cuanto me fu posible para que fuera ma. La quera mucho, y
ella, inmensamente a m. Por esto cedi un da, y desde ese instante,
privado de tensin, mi amor se enfri.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba
con la dicha de mi nombre--se me consideraba buen mozo entonces--yo
viva en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con
muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llev conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a
un extremo tal, que me exasper y la pretend seriamente. Pero si mi
persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a
prometerle el tren necesario, y me lo di a entender claramente.

Tena razn, perfecta razn. En consecuencia flirte con una amiga
suya, mucho ms fea, pero infinitamente menos hbil para estas
torturas del tte-a-tte a diez centmetros, cuya gracia exclusiva
consiste en enloquecer a su flirt, mantenindose uno dueo de s. Y
esta vez no fu yo quien se exasper.

Seguro, pues, del triunfo, pens entonces en el modo de romper con
Ins. Continuaba vindola, y aunque no poda ella engaarse sobre el
amortiguamiento de mi pasin, su amor era demasiado grande para no
iluminarle los ojos de dicha cada vez que me vea entrar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,
habra cerrado los ojos para no perder la ms vaga posibilidad de
subir con su hija a una esfera mucho ms alta.

Una noche fu all dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo
mismo. Ins corri a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente plida.

--Qu tienes--me dijo.

--Nada--le respond con sonrisa forzada, acaricindole la frente. Dej
hacer, sin prestar atencin a mi mano y mirndome insistemente. Al fin
apart los ojos contrados y entramos.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo slo un
momento y desapareci.

Romper, es palabra corta y fcil; pero comenzarlo...

Nos habamos sentado y no hablbamos. Ins se inclin, me apart la
mano de la cara y me clav los ojos, dolorosos de angustioso examen.

--Es evidente!...--murmur.

--Qu--le pregunt framente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo ms dao que mi voz, y su rostro
se demud:

--Que ya no me quieres!--articul en una desesperada y lenta
oscilacin de cabeza.

--Esta es la quincuagsima vez que dices lo mismo--respond.

No poda darse respuesta ms dura; pero yo tena ya el comienzo.

Ins me mir un rato casi como a un extrao, y apartando bruscamente
mi mano y el cigarro, su voz se rompi:

--Esteban!

--Qu--torn a decirle.

Esta vez bastaba. Dej lentamente mi mano y se reclin atrs en el
sof, manteniendo fijo en la lmpara su rostro lvido. Pero un momento
despus su cara caa de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

Pas un rato an. La injusticia de mi actitud--no vea ms que
injusticia--acrecentaba el profundo disgusto de m mismo. Por eso
cuando o, o ms bien sent, que las lgrimas salan al fin, me
levant con un violento chasquido de lengua.

--Yo crea que no bamos a tener ms escenas--le dije pasendome.

No me respondi, y agregu:

--Pero que sea sta la ltima.

Sent que las lgrimas se detenan, y bajo ellas me respondi un
momento despus:

--Como quieras.

Pero en seguida cay sollozando sobre el sof:

--Pero qu te hecho! qu te he hecho!

--Nada!--le respond.--Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo
que estamos en el mismo caso. Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente mucho ms dura que mis palabras. Ins se
incorpor, y sostenindose en el brazo del sof, repiti, helada:

--Como quieras.

Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor
propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

--Perfectamente... Me voy. Que seas ms feliz... otra vez.

No comprendi, y me mir con extraeza. Haba cometido la primer
infamia; y como en esos casos, sent el vrtigo de enlodarme ms an.

--Es claro!--apoy brutalmente--porque de m no has tenido
queja...no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme
agradecida.

Comprendi ms mi sonrisa que las palabras, y sal a buscar mi
sombrero en el corredor, mientras que con un ah!, su cuerpo y su alma
se desplomaban en la sala.

Entonces, en ese instante en que cruc la galera, sent intensamente
cunto la quera y lo que acababa de hacer. Aspiracin de lujo,
matrimonio encumbrado, todo me resalt como una llaga en mi propia
alma. Y yo, que me ofreca en subasta a las mundanas feas con fortuna,
que me pona en venta, acababa de cometer el acto ms ultrajante, con
la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los
Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin:
ansia de sacrificio, de reconquista ms alta del propio valer. Y
luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las
lgrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que
le hemos causado, es la ms bella luz que pueda inundar un corazn
de hombre.

Y concludo! No me era posible ante m mismo volver a tomar lo que
acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la
mereca ms. Haba enlodado en un segundo el amor ms puro que hombre
alguno haya sentido sobre s, y acababa de perder con Ins la
irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entraablemente.

Desesperado, humillado, cruc por delante de la puerta, y la vi echada
en el sof, sollozando el alma entera sobre sus brazos. Ins!
Perdida ya! Sent ms honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor,
sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi,
me detuve.

--Ins!--llam.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debi notarlo bien, porque su
alma sinti, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le
haca mi amor, esta vez s, inmenso amor!

--No, no...--me respondi.--Es demasiado tarde!

       *       *       *       *       *

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura ms agotada y
tranquila que la de sus ojos cuando concluy. Por mi parte, no podan
apartar de los mos aquella adorable belleza del palco, sollozando
sobre el sof...

--Me creer--reanud Padilla--si le digo que en mis muchos insomnios
de soltero descontento de s mismo, la tuve as ante m... Sal de
Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran
fortuna... Volv a los ocho aos, y supe entonces que se haba
casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torn a alejarme, y hace
un mes regres, bien tranquilizado ya, y en paz.

No haba vuelto a verla. Era para m como un primer amor, con todo el
encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre
hecho, que despus am cien veces... Si usted es querido alguna vez
como yo lo fu, y ultraja como yo lo hice, comprender toda la pureza
viril que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropec con ella. S, esa misma noche en el
teatro... Comprend, al ver a su marido de opulenta fortuna, que se
haba precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al
verla otra vez, a veinte metros de m, mirndome, sent que en mi
alma, dormida en paz, surga sangrando la desolacin de haberla
perdido, como si no hubiera pasado un solo da de esos diez aos.
Ins! Su hermosura, su mirada, nica entre todas las mujeres, haban
sido mas bien mas, porque me haban sido entregadas con
adoracin--tambin apreciar usted esto algn da.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me romp las muelas tratando
de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa
partitura de Wagner, ese grito de pasin enfermante, encendi en llama
viva lo que quera olvidar. En el segundo o tercer acto no pude ms y
volv la cabeza. Ella tambin sufra la sugestin de Wagner, y me
miraba. Ins, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos,
estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentr
en su palidez la sensacin de esa dicha muerta hacia diez aos. Y
_Tristn_ siempre, sus alaridos de pasin sobrehumana, sobre nuestra
felicidad yerta!

Sal entonces, atraves las butacas como un sonmbulo, aproximndome a
ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez aos no hubiera
yo sido un miserable...

Y como diez aos atrs, sufr la alucinacin de que llevaba mi
sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pas, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.
Como diez antes sobre el sof, ella, Ins, tendida en el divn del
antepalco, sollozaba la pasin de Wagner y su dicha deshecha.

Ins!... Sent que el destino me colocaba en un momento decisivo.
Diez aos!... Pero haban pasado? No, no, Ins ma!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los
sollozos, murmur:

--Ins!

Y como diez aos antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me
respondi bajo sus brazos:

--No, no...Es demasiado tarde!...









#EL INFIERNO ARTIFICIAL#




Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas
con paso singularmente rgido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un
gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensacin de estar
pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notara que camina
con los pulgares del pie doblados hacia abajo.

No tiene esto nada de extrao, porque el sepulturero abusa del
cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el
anestsico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difcilmente
suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y
como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable
teatro de sus borracheras.

El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiracin; la segunda,
inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a
la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego
pasan cosas singulares.

Es as como la fantasa de su paso ha llevado al sepulturero hasta una
tumba abierta en que esa tarde ha habido remocin de huesos--inconclusa
por falta de tiempo. Un atad ha quedado abierto tras la verja, y a su
lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en
l.

... Ha odo algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo,
entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se
arrodilla y junta sus ojos a las rbitas de la calavera.

All, en el fondo, un poco ms arriba de la base del crneo, sostenido
como en un pretil en una rugosidad del occipital, est acurrucado un
hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene
la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada
enloquecida de ansia.

Es todo cuanto queda de un cocainmano.

--Cocana! Por favor, un poco de cocana!

El sepulturero, sereno, sabe bien que l mismo llegara a disolver con
la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo
prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.

Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiqun del cementerio
le ha proporcionado. Pero cmo, al hombrecillo diminuto?...

--Por las fisuras craneanas!... Pronto!

Cierto! Cmo no se le haba ocurrido a l? Y el sepulturero, de
rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la
jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.

Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo
se adhiere desesperadamente. Despus de ocho aos de abstinencia, qu
molcula de cocana no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?

El sepulturero fij sus ojos a la rbita de la calavera, y no
reconoci al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no
haba el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se
entremordan con perezosa voluptuosidad que no tendra explicacin
viril, si los hipnticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos,
sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasin
que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

--Y eso, as... la cocana?--murmur.

La voz de adentro son con inefable encanto.

--Ah! Preciso es saber lo que son ocho aos de agona! Ocho aos,
desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de
una gota!... S, es por la cocana... Y usted? Yo conozco ese olor...
cloroformo?

--S--repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraso
artificial. Y agreg en voz baja:--El cloroformo tambin... Me
matara antes que dejarlo.

La voz son un poco burlona.

--Matarse! Y concluira seguramente; sera lo que cualquiera de esos
vecinos mos... Se pudrira en tres horas, usted y sus deseos.

--Es cierto;--pens el sepulturero--acabaran conmigo. Pero el otro no
se haba rendido. Arda an despus de ocho aos aquella pasin que
haba resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba
la muerte capital del organismo que la cre, la sostuvo, y no fu
capaz de aniquilarla consigo; que sobreviva monstruosamente de s
misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final,
mantenindose ante la eternidad en una rugosidad del viejo crneo.

La voz clida y arrastrada de voluptuosidad sonaba an burlona.

--Usted se matara... Linda cosa! Yo tambin me mat... Ah, le
interesa! verdad? Pero somos de distinta pasta... Sin embargo,
traiga su cloroformo, respire un poco ms y igame. Apreciar entonces
lo que va de su droga a la cocana. Vaya.

El sepulturero volvi, y echndose de pecho en el suelo, apoyado en
los codos y el frasco bajo las narices, esper.

--Su cloro! No es mucho, que digamos. Y an morfina... Usted conoce
el amor por los perfumes? No? Y el Jicky de Guerlain? Oiga,
entonces. A los treinta aos me cas, y tuve tres hijos. Con fortuna,
una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz.
Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha
visto. Usted no... en fin... ha visto que las salas lujosamente
puestas parecen ms solitarias e intiles. Sobre todo solitarias. Todo
nuestro palacio viva as en silencio su estril y fnebre lujo.

Un da, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dej por
seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fu con su
hermano, y mi mujer se ech desesperada sobre lo nico que nos
quedaba: nuestra hija de cuatro meses. Qu nos importaba la difteria,
el contagio y todo lo dems? A pesar de la orden del mdico, la madre
di de mamar a la criatura, y al rato la pequea se retorca convulsa,
para morir ocho horas despus, envenenada por la leche de la madre.

Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco ms de dos das, nuestra casa
qued perfectamente silenciosa, pues no haba nada que hacer. Mi mujer
estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un
ruido. Y dos das antes tenamos tres hijos...

Bueno. Mi mujer pas cuatro das araando la sbana, con un ataque
cerebral, y yo acud a la morfina.

--Deje eso--me dijo el mdico,--no es para usted.

--Qu, entonces?--le respond. Y seal el fnebre lujo de mi casa
que continuaba encendiendo lentamente catstrofes, como rubes.

El hombre se compadeci.

--Prueba sulfonal, cualquier cosa... Pero sus nervios no darn.

Sulfonal, brional, estramonio...bah! Ah, la cocana! Cunto de
infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama
vaca, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una
sola gota de cocana! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso,
momentos antes; sbita y llana confianza en la vida, ahora;
instantneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez
centmetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por
entre la aguja de platino. Y su cloroformo!... Mi mujer muri.
Durante dos aos gast en cocana muchsimo ms de lo que usted puede
imaginarse. Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de
morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey lleg a
tomar durante quince aos dos gramos por da; vale decir, cuarenta
veces ms que la dosis mortal.

Pero eso se paga. En m, la verdad de las cosas lgubres, contenida,
emborrachada da tras da, comenz a vengarse, y ya no tuve ms
nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones
que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera
el demonio, sin resultado. Por tres veces resist un mes a la cocana,
un mes entero. Y caa otra vez. Y usted no sabe, pero sabr un da,
qu sufrimiento, qu angustia, qu sudor de agona se siente cuando se
pretende suprimir un solo da la droga!

Al fin, envenenado hasta lo ms ntimo de mi ser, preado de torturas
y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre,
sin vida--miseria a que la cocana prestaba diez veces por da
radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez ms
hondo, al fin un resto de dignidad me lanz a un sanatorio, me
entregu atado de pies y manos para la curacin.

All, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente
para que no pudiera procurarme el veneno, llegara forzosamente a
descocainizarme.

Sabe usted lo que pas? Que yo, conjuntamente con el herosmo para
entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un
frasquito con cocana... Ahora calcule usted lo que es pasin.

Durante un ao entero, despus de ese fracaso, prosegu inyectndome.
Un largo viaje emprendido dime no s qu misteriosas fuerzas de
reaccin, y me enamor entonces.

La voz call. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa
fija siempre en su cara, acerc su ojo y crey notar un velo
ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su
vez, se resquebrajaba visiblemente.

--S,--prosigui la voz,--es el principio... Concluir de una vez. A
usted, un colega, le debo toda esta historia.

Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: un morfinmano,
o cosa as! Para la fatalidad ma, de ella, de todos, haba puesto en
mi camino a una supernerviosa. Oh, admirablemente bella! No tena
sino diez y ocho aos. El lujo era para ella lo que el cristal tallado
para una esencia: su envase natural.

La primera vez que, habindome yo olvidado de darme una nueva
inyeccin antes de entrar, me vi decaer bruscamente en su presencia,
idiotizarme, arrugarme, fij en m sus ojos inmensamente grandes,
bellos y espantados. Curiosamente espantados! Me vi, plida y sin
moverse, darme la inyeccin. No ces un instante en el resto de la
noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me haban visto
as, yo vea a mi vez la tara neurtica, al to internado, y a su
hermano menor epilptico...

Al da siguiente la hall respirando Jicky, su perfume favorito; haba
ledo en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnticos.

Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de
un modo anormal, para que se comprendan tanto ms ntimamente, cuanto
ms extraa es la obtencin del goce. Se unirn en seguida, excluyendo
toda otra pasin, para aislarse en la dicha alucinada de un paraso
artificial.

En veinte das, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y
elegancia, qued suspenso del aliento embriagador de los perfumes.
Comenz a vivir, como yo con la cocana, en el cielo delirante de
su Jicky.

Al fin nos pareci peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por
fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraso. Ninguno mejor que
mi propia casa, de la que nada haba tocado, y a la que no haba
vuelto ms. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y all, en
el mismo silencio y la misma suntuosidad fnebre que haba incubado la
muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lmpara
encendida a la una de la tarde; bajo la atmsfera pesada de perfumes,
vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido
inmvil con los ojos abiertos, plido como la muerte; ella echada
sobre el divn, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el
frasco de Jicky.

Porque no haba en nosotros el menor rastro de deseo--y cun hermosa
estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el
ardiente lujo de su falda inmaculada!

Durante tres meses consecutivos raras veces falt, sin llegar yo jams
a explicarme qu combinaciones de visitas, casamientos y garden party
debi hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones
llegaba al da siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su
sombrero con un ademn brusco, para tenderse en seguida, la cabeza
echada atrs y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que
los organismos envenenados lanzan en explosin sus reservas de
defensa--los morfinmanos las conocen bien!--sent todo el profundo
goce que haba, no en mi cocana, sino en aquel cuerpo de diez y ocho
aos, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su
belleza surga plida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala
iluminada. Tan brusca fu la sacudida, que me hall sentado en el
divn, mirndola. Diez y ocho aos... y con esa hermosura!

Ella me vi llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me mir
con fra extraeza.

--S...--murmur.

--No, no...--repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en
pesados movimiento de su cabellera.

Al fin, al fin ech la cabeza atrs y cedi cerrando los ojos.

Ah! Para qu haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si
mi orgullo de varn no reviva ms! Estaba muerto para siempre,
ahogado, disuelto en el mar de cocana! Ca a su lado, sentado en el
suelo, y hund la cabeza entre sus faldas, permaneciendo as una hora
entera en hondo silencio, mientras ella, muy plida, se mantena
tambin inmvil, los ojos abiertos fijos en el techo.

Pero ese fustazo de reaccin que haba encendido un efmero relmpago
de ruina sensorial, traa tambin a flor de conciencia cuanto de honor
masculino y vergenza viril agonizaba en m. El fracaso de un da en
el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en
comparacin del de ese momento, comprende usted? Para qu vivir, si
el infierno artificial en que me haba precipitado y del que no poda
salir, era incapaz de absorberme del todo! Y me haba soltado un
instante, para hundirme en ese final!

Me levant y fu adentro, a las piezas bien conocidas, donde an
estaba mi revlver. Cuando volv, ella tena los prpados cerrados.

--Matmonos--le dije.

Entreabri los ojos, y durante un minuto no apart la mirada de m. Su
frente lmpida volvi a tener el mismo movimiento de cansado xtasis:

--Matmonos--murmur.

Recorri en seguida con la vista el fnebre lujo de la sala, en que la
lmpara arda con alta luz, y contrajo ligeramente el ceo.

--Aqu no--agreg.

Salimos juntos, pesados an de alucinacin, y atravesamos la casa
resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoy contra una puerta y
cerr los ojos. Cay a lo largo de la pared. Volv el arma contra m
mismo, y me mat a mi vez.

Entonces, cuando a la explosin mi mandbula se descolg bruscamente,
y sent un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazn tuvo dos
o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en
mis nervios y en mi sangre no hubo la ms remota probabilidad de que
la vida volviera a ellos, sent que mi deuda con la cocana estaba
cumplida. Me haba matado, pero yo la haba muerto a mi vez!

Y me equivoqu! Porque un instante despus pude ver, entrando
vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos
muertos, que volvan obstinados...

La voz se quebr de golpe.

--Cocana, por favor! Un poco de cocana!









#LA GALLINA DEGOLLADA#




Todo el da, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro
hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenan la lengua entre
los labios, los ojos estpidos, y volvan la cabeza con la
boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El
banco quedaba paralelo a l, a cinco metros, y all se mantenan
inmviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba
tras el cerco, al declinar los idiotas tenan fiesta. La luz
enceguecedora llamaba su atencin al principio, poco a poco sus ojos
se animaban, se rean al fin estrepitosamente, congestionados por la
misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegra bestial, como si
fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando
al tranva elctrico. Los ruidos fuertes sacudan asimismo su inercia,
y corran entonces, mordindose la lengua y mugiendo, alrededor del
patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombro letargo de
idiotismo, y pasaban todo el da sentados en su banco, con las piernas
colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantaln.

El mayor tena doce aos y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y
desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, haban sido un da el encanto de sus
padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su
estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir
mucho ms vital: un hijo: Qu mayor dicha para dos enamorados que esa
honrada consagracin de su cario, libertado ya del vil egosmo de un
mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin
esperanzas posibles de renovacin?

As lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo lleg, a los
catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La
criatura creci, bella y radiante, hasta que tuvo ao y medio. Pero en
el vigsimo mes sacudironlo una noche convulsiones terribles, y a la
maana siguiente no conoca ms a sus padres. El mdico lo examin con
esa atencin profesional que est visiblemente buscando la causa del
mal, en las enfermedades de los padres.

Despus de algunos das los miembros paralizados recobraron el
instinto; pero la inteligencia, el alma, an el instinto, se haban
ido del todo; haba quedado profundamente idiota, baboso, colgante,
muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

--Hijo, mi hijo querido!--sollozaba sta, sobre aquella espantosa
ruina de su primognito.

El padre, desolado, acompa al mdico afuera.

--A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podr
mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no
ms all.

--S!... s!...--asenta Mazzini.--Pero dgame: Usted cree que es
herencia, que...?

--En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que cre cuando vi a
su hijo. Respecto a la madre, hay all un pulmn que no sopla bien. No
veo nada ms, pero hay un soplo un poco rudo. Hgala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobl su amor a su
hijo, el pequeo idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo
asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo ms
profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de
otro hijo. Naci ste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el
porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del
primognito se repetan, y al da siguiente amaneca idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperacin. Luego su sangre,
su amor estaba maldito! Su amor, sobre todo! Veintiocho aos l,
veintids ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un
tomo de vida normal. Ya no pedan ms belleza e inteligencia como en
el primognito; pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un
loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su
ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitise el
proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
compasin por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la ms
honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No
saban deglutir, cambiar de sitio, ni an sentarse. Aprendieron al fin
a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
obstculos. Cuando los lavaban mugan hasta inyectarse de sangre el
rostro. Animbanse slo al comer, cuando vean colores brillantes u
oan truenos. Se rean entonces, echando afuera lengua y ros de baba,
radiantes de frenes bestial. Tenan, en cambio, cierta facultad
imitativa; pero no se pudo obtener nada ms.

Con los mellizos pareci haber concludo la aterradora descendencia.
Pero pasados tres aos desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
fatalidad.

No satisfacan sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
exasperaba, en razn de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
momento cada cual haba tomado sobre s la parte que le corresponda
en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redencin ante las
cuatro bestias que haban nacido de ellos, ech afuera esa imperiosa
necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio especfico de los
corazones inferiores.

Inicironse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a ms del
insulto haba le insidia, la atmsfera se cargaba.

--Me parece--djole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
lavaba las manos--que podras tener ms limpios a los muchachos.

Berta continu leyendo, como si no hubiera odo.

--Es la primera vez--repuso al rato--que te veo inquietarte por el
estado de tus hijos.

Mazzini volvi un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

--De nuestros hijos, me parece?

--Bueno; de nuestros hijos. Te gusta as?--alz ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expres claramente:

--Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

--Ah, no!--se sonri Berta, muy plida--pero yo tampoco, supongo!...
No faltaba ms!...--murmur.

--Qu no faltaba ms?

--Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entindelo bien! Eso es
lo que te quera decir.

Su marido la mir un momento, con brutal deseo de insultarla.

--Dejemos!--articul, secndose por fin las manos.

--Como quieras; pero si quieres decir...

--Berta!

--Como quieras!

Este fu el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
inevitables reconciliciones, sus almas se unan con doble arrebato y
locura por otro hijo.

Naci as una nia. Vivieron dos aos con la angustia a flor de alma,
esperando siempre otro desastre. Nada acaeci, sin embargo, y los
padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequea llevaba a
los ms extremos lmites del mimo y la mala crianza.

Si an en los ltimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
nacer Bertita olvidse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasbale lo mismo.

No por eso la paz haba llegado a sus almas. La menor indisposicin de
su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores
de su descendencia podrida. Haban acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se
verta afuera. Desde el primer disgusto emponzoado habanse perdido
el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con
cruel friccin, es, cuando ya se comenz, a humillar del todo a una
persona. Antes se contenan an por la comn falta de xito; ahora que
ste haba llegado, cada cual, atribuyndolo a s mismo, senta mayor
la infamia de los cuatro engendros que el otro habale forzado
a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores
afecto posible. La sirvienta los vesta, les daba de comer, los
acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban
casi todo el da sentados frente al cerco, abandonados de toda
remota caricia.

De este modo Bertita cumpli cuatro aos, y esa noche, resultado de
las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la
criatura tuvo algn escalofro y fiebre. Y el temor a verla morir o
quedar idiota, torn a reabrir la eterna llaga.

Haca tres horas que no hablaban, y el motivo fu, como casi siempre,
los fuertes pasos de Mazzini.

--Mi Dios! No puedes caminar ms despacio? Cuntas veces?...

--Bueno, es que me olvido; se acab! No lo hago a propsito.

Ella se sonri, desdeosa:

--No, no te creo tanto!

--Ni yo, jams, te hubiera credo tanto a ti...tisiquilla!

--Qu! qu dijiste?...

--Nada!

--Si, te o algo! Mira: no s lo que dijiste; pero te juro que
prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido t!

Mazzini se puso plido.

--Al fin!--murmur con los dientes apretados.--Al fin, vbora, has
dicho lo que queras!

--S, vbora, s! Pero yo he tenido padres sanos, oyes?, sanos!
Mi padre no ha muerto de delirio! Yo hubiera tenido hijos como los
de todo el mundo! Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explot a su vez:

--Vbora tsica! eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
Pregntale, pregntale al mdico quin tiene la mayor culpa de la
meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmn picado, vbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de
Bertita sell instantneamente sus bocas. A la una de la maana la
ligera indigestin haba desaparecido, y como pasa fatalmente con
todos los matrimonios jvenes que se han amado intensamente, una vez
siquiera, la reconciliacin lleg, tanto ms efusiva cuanto hiriente
fueron los agravios.

Amaneci un esplndido da, y mientras Berta se levantaba, escupi
sangre. Las emociones y mala noche pasada tenan, sin duda, su gran
culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella llor
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir
una palabra.

A las diez decidieron salir, despus de almorzar. Como apenas tenan
tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El da radiante haba arrancado a los idiotas de su banco. De modo que
mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrndola
con parsimonia (Berta haba aprendido de su madre este buen modo de
conservar frescura a la carne), crey sentir algo como respiracin
tras ella. Volvise, y vi a los cuatro idiotas, con los hombros
pegados uno a otro, mirando estupefactos la operacin. Rojo... rojo...

--Seora! Los nios estn aqu, en la cocina.

Berta lleg; no quera que jams pisaran all. Y ni an en esas horas
de pleno perdn, olvido y felicidad reconquistada, poda evitarse esa
horrible visin! Porque, naturalmente, cuanto ms intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, ms irritable era su humor con los
monstruos.

--Que salgan, Mara! Echelos! Echelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a
dar a su banco.

Despus de almorzar, salieron todos. La sirvienta fu a Buenos Aires,
y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,
pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija
escapse en seguida a casa.

Entretanto los idiotas no se haban movido en todo el da de su banco.
El sol haba transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos
continuaban mirando los ladrillos, ms inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,
cansada de cinco horas paternales, quera observar por su cuenta.
Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quera trepar,
eso no ofreca duda. Al fin decidise por una silla desfondada, pero
faltaba an. Recurri entonces a un cajn de kerosene, y su instinto
topogrfico hzole colocar vertical el mueble, con lo cual triunf.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cmo su hermana
lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cmo en puntas de pie
apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
tirantes. Vironla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para
alzarse ms.

Pero la mirada de los idiotas se haba animado; una misma luz
insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
hermana, mientras creciente sensacin de gula bestial iba cambiando
cada lnea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
pequea, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a
horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintise cogida de
la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le
dieron miedo.

--Soltme! dejme!--grit sacudiendo la pierna. Pero fu atrada.

--Mam! Ay, mam! Mam, pap!--llor imperiosamente. Trat an de
sujetarse del borde, pero sintise arrancada y cay.

--Mam, ay! Ma...--No pudo gritar ms. Uno de ellos le apret el
cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa maana se
haba desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancndole la vida
segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, crey oir la voz de su hija.

--Me parece que te llama--le dijo a Berta.

Prestaron odo, inquietos, pero no oyeron ms. Con todo, un momento
despus se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero,
Mazzini avanz en el patio:

--Bertita!

Nadie respondi.

--Bertita!--alz ms la voz, ya alterada.

Y el silencio fu tan fnebre para su corazn siempre aterrado, que la
espalda se le hel de horrible presentimiento.

--Mi hija, mi hija!--corri ya desesperado hacia el fondo. Pero al
pasar frente a la cocina vi en el piso un mar de sangre. Empuj
violentamente la puerta entornada, y lanz un grito de horror.

Berta, que ya se haba lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso
llamado del padre, oy el grito y respondi con otro. Pero al
precipitarse en la cocina, Mazzini, lvido como la muerte, se
interpuso, contenindola:

--No entres! No entres!

Berta alcanz a ver el piso inundado de sangre. Slo pudo echar sus
brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de l con un
ronco suspiro.









#LOS BUQUES SUICIDANTES#




Resulta que hay pocas cosas ms terribles que encontrar en el mar un
buque abandonado. Si de da el peligro es menor, de noche no se ven ni
hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor
de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas.
Recorren as los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen da no llegaron a puerto, han
tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan
por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto.
Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.
Los buques se detienen, por fin, aqu o all, inmviles para siempre
en ese desierto de algas. As, hasta que poco a poco se van
deshaciendo. Pero otros llegan cada da, ocupan su lugar en silencio,
de modo que el tranquilo y lgubre puerto, siempre est frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las
tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos
errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede
incluir lo acaecido al _Mara Margarita_, que zarp de Nueva York el
24 de Agosto de 1903, y que el 26 de maana se puso al habla con una
corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas ms tarde, un
paquete, no teniendo respuesta, desprendi una chalupa que abord al
_Mara Margarita_. En el buque no haba nadie. Las camisetas de los
marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida an. Una
mquina de coser tena la aguja suspendida sobre la costura, como si
hubiera sido dejada un momento antes. No haba la menor seal de lucha
ni de pnico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. Qu pas?

La noche que aprend esto estbamos reunidos en el puente. Ibamos a
Europa, y el capitn nos contaba su historia marina, perfectamente
cierta, por otro lado.

La concurrencia femenina, ganada por la sugestin del campo de batalla
presente, oa estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer
inquieto odo a la voz de los marineros en proa. Una seora recin
casada se atrevi:

--No sern guilas?...

El capitn se sonri bondadosamente:

--Qu, seora? Aguilas que se lleven a la tripulacin?

Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.

Felizmente un pasajero saba algo de eso. Lo miramos curiosamente.
Durante el viaje haba sido un excelente compaero, admirando por su
cuenta y riesgo, y hablando poco.

--Ah! si nos contara, seor!--suplic la joven de las guilas.

--No tengo inconveniente--asinti el discreto individuo.--En dos
palabras--y en los mares del norte, como el _Mara Margarita_ del
capitn--encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo--viajbamos
tambin a vela--nos llev casi a su lado. El singular aire de abandono
que no engaa en un buque, llam nuestra atencin, y disminumos la
marcha observndolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se hall
a nadie, y todo estaba tambin en perfecto orden. Pero la ltima
anotacin del diario databa de cuatro das atrs, de modo que no
sentimos mayor impresin. An nos remos un poco de las famosas
desapariciones sbitas.

Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo
buque. Viajaramos de conserva. Al anochecer nos tom un poco de
camino. Al da siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el
puente. Desprendise de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron
en vano el buque: todos haban desaparecido. Ni un objeto fuera de
lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensin. En la
cocina herva an una olla con papas.

Como ustedes comprendern, el terror supersticioso de nuestra gente
lleg a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vaco, y yo
fu con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compaeros se decidieron a
beber para desterrar toda preocupacin. Estaban sentados en rueda y a
la hora la mayora cantaba ya.

Lleg medioda y pas la siesta. A las cuatro, la brisa ces y las
velas cayeron. Un marinero se acerc a la borda y mir el mar
aceitoso. Todos se haban levantado, pasendose, sin ganas ya de
hablar. Uno se sent en un cabo y se sac la camiseta para remendarla.
Cosi un rato en silencio. De pronto se levant y lanz un largo
silbido. Sus compaeros se volvieron. El los mir vagamente,
sorprendido tambin, y se sent de nuevo. Un momento despus dej la
camiseta en el cabo arrollado, avanz a la borda y se tir al agua. Al
sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceo
ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la
apata comn.

Al rato otro se desperez, restregse los ojos caminando, y se tir al
agua. Pas media hora; el sol iba cayendo. Sent de pronto que me
tocaban en el hombro.

--Qu hora es?

--Las cinco--respond. El viejo marinero me mir desconfiado, con las
manos en los bolsillos, recostndose enfrente de m. Mir largo rato
mi pantaln, distrado. Al fin se tir al agua.

Los tres que quedaban se acercaron rpidamente y observaron el
remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista
perdida a lo lejos. Uno se baj y se tendi en el puente, cansado. Los
otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el ltimo se levant,
se compuso la ropa, apartse el pelo de la frente, camin con sueo
an, y se tir al agua.

Entonces qued solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos,
sin saber lo que hacan, se haban arrojado al mar, envueltos en el
sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al
agua, los otros se volvan momentneamente preocupados, como si
recordaran algo, para olvidarse en seguida. As haban desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del da anterior, y los otros y los
de los dems buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

--Y usted no sinti nada?--le pregunt mi vecino de camarote.

--S, un gran desgano y obstinacin de las mismas ideas, pero nada
ms. No s por qu no sent nada ms. Presumo que el motivo es ste:
en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra
lo que senta, como deben de haber hecho todos, y an los marineros
sin darse cuenta, acept sencillamente esa muerte hipntica, como si
estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
centinelas de aquella guardia clebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondi. Se fu al
rato. El capitn lo sigui un rato de reojo.

--Farsante!--murmur.

--Al contrario--dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su
tierra.--Si fuera farsante no habra dejado de pensar en eso, y se
hubiera tirado al agua.









#EL ALMOHADON DE PLUMA#




Su luna de miel fu un largo escalofro. Rubia, angelical y tmida, el
carcter duro de su marido hel sus soadas nieras de novia. Lo
quera mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento
cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva
mirada a la alta estatura de Jordn, mudo desde haca una hora. El,
por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses--se haban casado en abril--vivieron una dicha
especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rgido
cielo de amor, ms expansiva e incauta ternura; pero el impasible
semblante de su marido la contena en seguida.

La casa en que vivan influa no poco en sus estremecimientos. La
blancura del patio silencioso--frisos, columnas y estatuas de
mrmol--produca una otoal impresin de palacio encantado. Dentro, el
brillo glacial del estuco, sin el ms leve rasguo en las altas
paredes, afirmaba aquella sensacin de desapacible fro. Al cruzar de
una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un
largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extrao nido de amor, Alicia pas todo el otoo. No obstante,
haba concludo por echar un velo sobre sus antiguos sueos, y an
viva dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se
arrastr insidiosamente das y das; Alicia no se repona nunca. Al
fin, una tarde pudo salir al jardn apoyada en el brazo de l. Miraba
indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordn, con honda ternura, le
pas la mano por la cabeza, y Alicia rompi en seguida en sollozos,
echndole los brazos al cuello. Llor largamente todo su espanto
callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego
los sollozos fueron retardndose, y an qued largo rato escondida en
su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fu ese el ltimo da que Alicia estuvo levantada. Al da siguiente
amaneci desvanecida. El mdico de Jordn la examin con suma
detencin, ordenndole calma y descanso absolutos.

--No s--le dijo a Jordn en la puerta de calle, con la voz todava
baja.--Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vmitos,
nada... Si maana se despierta como hoy, llmeme en seguida.

Al otro da Alicia segua peor. Hubo consulta. Constatse una anemia
de marcha agudsima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo ms
desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el da el
dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
Pasbanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordn viva
casi en la sala, tambin con toda la luz encendida. Pasebase sin
cesar de un extremo a otro, con incansable obstinacin. La alfombra
ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y prosegua su
mudo vaivn a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que
caminaba en su direccin.

Pronto Alicia comenz a tener alucinaciones, confusas y flotantes al
principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los
ojos desmesuradamente abiertos, no haca sino mirar la alfombra a uno
y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se qued de repente
mirando fijamente. Al rato abri la boca para gritar, y sus narices y
labios se perlaron de sudor.

--Jordn! Jordn!--clam, rgida de espanto, sin dejar de mirar la
alfombra.

Jordn corri al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia di un alarido
de horror.

--Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo mir con extravo, mir la alfombra, volvi a mirarlo, y
despus de largo rato de estupefacta confrontacin, se seren. Sonri
y tom entre las suyas la mano de su marido, acaricindola temblando.

Entre sus alucinaciones ms porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en
la alfombra sobre los dedos, que tena fijos en ella los ojos.

Los mdicos volvieron intilmente. Haba all delante de ellos una
vida que se acababa, desangrndose da a da, hora a hora, sin saber
absolutamente cmo. En la ltima consulta Alicia yaca en estupor
mientras ellos la pulsaban, pasndose de uno a otro la mueca inerte.
La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.

--Pst...--se encogi de hombros desalentado su mdico.--Es un caso
serio... poco hay que hacer...

--Slo eso me faltaba!--resopl Jordn. Y tamborile bruscamente
sobre la mesa.

Alicia fu extinguindose en subdelirio de anemia, agravado de tarde,
pero que remita siempre en las primeras horas. Durante el da no
avanzaba su enfermedad, pero cada maana amaneca lvida, en sncope
casi. Pareca que nicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
olas de sangre. Tena siempre al despertar la sensacin de estar
desplomada en la cama con un milln de kilos encima. Desde el tercer
da este hundimiento no la abandon ms. Apenas poda mover la cabeza.
No quiso que le tocaran la cama, ni an que le arreglaran el
almohadn. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos
que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por
la colcha.

Perdi, luego, el conocimiento. Los dos das finales delir sin cesar
a media voz. Las luces continuaban fnebremente encendidas en el
dormitorio y la sala. En el silencio agnico de la casa, no se oa ms
que el delirio montono que sala de la cama, y el rumor ahogado de
los eternos pasos de Jordn.

Muri, por fin. La sirvienta, que entr despus a deshacer la cama,
sola ya, mir un rato extraada el almohadn.

--Seor--llam a Jordn en voz baja.--En el almohadn hay manchas que
parecen de sangre.

Jordn se acerc rpidamente y se dobl a su vez. Efectivamente, sobre
la funda, a ambos lados del hueco que haba dejado la cabeza de
Alicia, se vean manchas de sangre.

--Parecen picaduras--murmur la sirvienta despus de un rato de
inmvil observacin.

--Levntelo a la luz--le dijo Jordn.

La sirvienta lo levant, pero en seguida lo dej caer, y se qued
mirando a aqul, lvida y temblando. Sin saber por qu, Jordn sinti
que los cabellos se le erizaban.

--Qu hay?--murmur con la voz ronca.

--Pesa mucho--articul la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordn lo levant; pesaba extraordinariamente. Salieron con l, y
sobre la mesa del comedor Jordn cort funda y envoltura de un tajo.
Las plumas superiores volaron, y la sirvienta di un grito de horror
con toda la boca abierta, llevndose las manos crispadas a los
bands:--sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las
patas velludas, haba un animal monstruoso, una bola viviente y
viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia haba cado en cama, haba aplicado
sigilosamente su boca--su trompa, mejor dicho--a las sientes de
aquella, chupndole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
remocin diaria del almohadn haba impedido sin duda su desarrollo,
pero desde que la joven no pudo moverse, la succin fu vertiginosa.
En cinco das, en cinco noches, haba vaciado a Alicia.

Estos parsitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana
parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los
almohadones de pluma.









#EL PERRO RABIOSO#




El 20 de marzo de este ao, los vecinos de un pueblo del Chaco
santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar
su escopeta contra su mujer, mat de un tiro a un pen que cruzaba
delante de l. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a
una fiera, hallndolo por fin trepado en un rbol, con su escopeta
an, y aullando de un modo horrible. Vironse en la necesidad de
matarlo de un tiro.

       *       *       *       *       *

#Marzo 9--#

Hoy hace treinta y nueve das, hora por hora, que el perro rabioso
entr de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi
memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.

La casa no tena puertas sino en la pieza que habitaba mam, pues como
haba dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en
los primeros das de urgente instalacin, que aserrar tablas para las
puertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor
desahogo de trabajo, mi mujer se haba contentado--verdad que bajo un
poco de presin por mi parte--con magnficas puertas de arpillera.
Como estbamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no daaba
nuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que da
al corredor central, fu por donde entr y me mordi el perro rabioso.

Yo no s si el alarido de un epilptico da a los dems la sensacin de
clamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a m. Pero
estoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina de
noche alrededor de nuestra casa, provocar en todos la misma fnebre
angustia. Es un grito corto, metlico, de agona, como si el animal
boqueara ya, y todo l empapado en cuanto de lgubre sugiere un
animal rabioso.

Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayor
contrariedad, desde que llegramos no haba hecho ms que llover. El
monte cerrado por el agua, las tardes rpidas y tristsimas; apenas
salamos de casa, mientras la desolacin del campo, en un temporal sin
tregua, haba ensombrecido al exceso el espritu de mam.

Con esto, los perros rabiosos. Una maana el pen nos dijo que por su
casa haba andado uno la noche anterior, y que haba mordido al suyo.
Dos noches antes, un perro barcino haba aullado _feo_ en el monte.
Haba muchos, segn l. Mi mujer y yo no dimos mayor importancia al
asunto, pero no as mam, que comenz a hallar terriblemente
desamparada nuestra casa a medio hacer. A cada momento sala al
corredor para mirar el camino.

Sin embargo, cuando nuestro chico volvi esa maana del pueblo,
confirm aquello. Haba explotado una fulminante epidemia de rabia.
Una hora antes acababan de perseguir a un perro en el pueblo. Un pen
haba tenido tiempo de asestarle un machetazo en la oreja, y el
animal, babeando, el hocico en tierra y el rabo entre las patas
delanteras, haba cruzado por nuestro camino, mordiendo a un potrillo
y un chancho que hall en el trayecto.

Ms noticias an. En la chacra vecina a la nuestra, y esa misma
madrugada, otro perro haba tratado intilmente de saltar el corral de
las vacas. Un inmenso perro flaco haba corrido a un muchacho a
caballo, por la picada del puerto viejo. Todava de tarde se senta
dentro del monte el aullido agnico del perro. Como dato final, a las
nueve llegaron al galope dos agentes a darnos la filiacin de los
perros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado.

Haba de sobra para que mam perdiera el resto de animacin que le
quedaba. Aunque de una serenidad a toda prueba, tiene terror a los
perros rabiosos, a causa de cierta cosa horrible que presenci en su
niez. Sus nervios, ya enfermos por el cielo constantemente encapotado
y lluvioso, provocronle verdaderas alucinaciones de perros que
entraban al trote por la portera.

Haba un motivo real para este temor. Aqu, como en todas partes donde
la gente pobre tiene muchos ms perros de los que puede mantener, las
casas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a que
los peligros del oficio--un tiro o una mala pedrada--han dado
verdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los msculos
flojos. No se siente jams su marcha. Roban--si la palabra tiene
sentido aqu--cunto les exige su atroz hambre. Al menor rumor--no
huyen porque esto hara ruido, sino se alejan al paso, doblando las
patas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan as, tranquilamente,
media o una hora, para avanzar de nuevo.

De aqu la ansiedad de mam, pues siendo nuestra casa una de las
tantas merodeadas, estbamos desde luego amenazados por la visita de
los perros rabiosos, que recordaran el camino nocturno.

En efecto, esa misma tarde, mientras mam, un poco olvidada, iba
caminando despacio hacia la portera, o su grito:

--Federico! Un perro rabioso!

Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega
lnea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retroced,
sin volver el cuerpo, para descolgar la escopeta, pero el animal se
fu. Recorr intilmente el camino, sin volverlo a hallar.

Pasaron dos das. El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza,
mientras el nmero de perros rabiosos aumentaba. Como no se poda
exponer a los chicos a un terrible tropiezo en los caminos infestados,
la escuela se cerr, y la carretera, ya sin trfico, privada de este
modo de la bulla escolar que animaba su desamparo, a las siete y a las
doce, adquiri lgubre silencio.

Mam no se atreva a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido
miraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anocheca, vea avanzar
por entre el pasto ojos fosforescentes. Concluda la cena se encerraba
en su cuarto, el odo atento al ms hipottico aullido.

Hasta que la tercera noche me despert, muy tarde ya: tena la
impresin de haber odo un grito, pero no poda precisar la sensacin.
Esper un rato. Y de pronto un aullido corto, metlico, de atroz
sufrimiento, tembl bajo el corredor.

--Federico!--o la voz traspasada de emocin de mam--sentiste?

--S--respond, deslizndome de la cama. Pero ella oy el ruido.

--Por Dios, es un perro rabioso! Federico, no salgas, por Dios!
Juana! Dile a tu marido que no salga!--clam desesperada,
dirigindose a mi mujer.

Otro aullido explot, esta vez en el corredor central, delante de la
puerta. Una finsima lluvia de escalofros me ba la mdula hasta la
cintura. No creo que haya nada ms profundamente lgubre que un
aullido de perro rabioso a esa hora. Suba tras l la voz
desesperada de mam.

--Federico! Va a entrar en tu cuarto! No salgas, mi Dios, no
salgas! Juana! Dile a tu marido!...

--Federico!--se cogi mi mujer a mi brazo.

Pero la situacin poda tornarse muy crtica si esperaba a que el
animal entrara, y encendiendo la lmpara descolgu la escopeta.
Levant de lado la arpillera de la puerta, y no vi ms que el negro
tringulo de la profunda tiniebla de afuera. Tuve apenas tiempo de
asomar el cuerpo, cuando sent que algo firme y tibio me rozaba el
muslo; el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le ech
violentamente atrs la cabeza con un golpe de rodilla, y sbitamente
me lanz un mordisco, que fall en un claro golpe de dientes. Pero un
instante despus sent un dolor agudo.

Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me haba mordido.

--Federico! Qu fu eso?--grit mam que haba odo mi detencin y
la dentellada al aire.

--Nada: quera entrar.

--Oh!...

De nuevo, y esta vez detrs del cuarto de mam, el fatdico aullido
explot.

--Federico! Est rabioso! Est rabioso! No salgas!--clam
enloquecida, sintiendo el animal a un metro de ella.

Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia de un legtimo
razonamiento: Sal afuera con la lmpara en una mano y la escopeta en
la otra, exactamente como para buscar a una rata aterrorizada, que me
dara perfecta holgura para colocar la luz en el suelo y matarla en el
extremo de un horcn.

Recorr los corredores. No se oa un rumor, pero de dentro de las
piezas me segua la tremenda angustia de mam y mi mujer que esperaban
el estampido.

El perro se haba ido.

--Federico!--exclam mam al sentirme volver por fin.--Se fu el
perro?

--Creo que s; no lo veo. Me parece haber odo un trote cuando sal.

--S, yo tambin sent... Federico: no estar en tu cuarto?... No
tiene puerta, mi Dios! Qudate adentro! Puede volver!

En efecto, poda volver. Eran las dos y veinte de la maana. Y juro
que fueron fuertes las dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luz
prendida hasta que amaneci, ella acostada, yo sentado en la cama,
vigilando sin cesar la arpillera flotante.

Antes me haba curado. La mordedura era ntida, dos agujeros violeta,
que oprim con todas mis fuerzas, y lav con permanganato.

Yo crea muy restrictivamente en la rabia del animal. Desde el da
anterior se haba empezado a envenenar perros, y algo en la actitud
abrumada del nuestro me prevena en pro de la estricnina. Quedaban el
fnebre aullido y el mordisco; pero de todos modos me inclinaba a lo
primero. De aqu, seguramente, mi relativo descuido con la herida.

Lleg por fin el da. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, un
transeunte mat de un tiro de revlver al perro negro que trotaba en
inequvoco estado de rabia. En seguida lo supimos, teniendo de mi
parte que librar una verdadera batalla contra mam y mi mujer para no
bajar a Buenos Aires a darme inyecciones. La herida, franca, haba
sido bien oprimida, y lavada con mordiente lujo de permanganato. Todo
esto, a los cinco minutos de la mordedura. Qu demonios poda temer
tras esa correcin higinica? En casa concluyeron por tranquilizarse,
y como la epidemia--provocada seguramente por una crisis de llover sin
tregua como jams se viera aqu--haba cesado casi de golpe, la vida
recobr su lnea habitual.

Pero no por ello mam y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuenta
exacta del tiempo. Los clsicos cuarenta das pesan fuertemente, sobre
todo en mam, y an hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el ms
leve trastorno, ella espera el da de maana para echar de su
espritu, en un inmenso suspiro, el terror siempre vivo que guarda de
aquella noche.

El nico fastidio, acaso, que para m ha tenido esto, es recordar
punto por punto lo que ha pasado. Confo en que maana de noche
concluya, con la cuarentena, esta historia, que mantiene fijos en m
los ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran en mi expresin
el primer indicio de enfermedad.

       *       *       *       *       *

#Marzo 10--#

Por fin! Espero que de aqu en adelante podr vivir como un hombre
cualquiera, que no tiene suspendidas sobre su cabeza coronas de
muerte. Ya han pasado los famosos cuarenta das, y la ansiedad, la
mana de persecuciones y los horribles gritos que esperaban de m,
pasaron tambin para siempre.

Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modo
particular: contndome, punto por punto, todos los terrores que han
sufrido sin hacrmelo ver. El ms insignificante desgano mo las suma
en mortal angustia: Es la rabia que comienza!--geman. Si alguna
maana me levant tarde, durante horas no vivieron, esperando otro
sntoma. La fastidiosa infeccin en un dedo que me tuvo tres das
febril e impaciente, fu para ellas una absoluta prueba de la rabia
que comenzaba, de donde su consternacin, ms angustiosa por furtiva.

Y as el menor cambio de humor, el ms leve abatimiento,
provocronles, durante cuarenta das, otras tantas horas de inquietud.

No obstante esas confesiones retrospectivas, desagradables siempre
para el que ha vivido engaado, an con la ms arcanglica buena
voluntad, con todo me he redo buenamente.--Ah, mi hijo! No puedes
figurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de que su
hijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa...pero rabioso,
rabioso!...

Mi mujer, aunque ms sensata, ha divagado tambin bastante ms de lo
que confiesa. Pero ya se acab, por suerte! Esta situacin de mrtir,
de beb vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza de
muerte, no es seductora, a pesar de todo. Por fin, de nuevo!
Viviremos en paz, y ojal que maana o pasado no amanezca con dolor de
cabeza, para resurreccin de las locuras.

       *       *       *       *       *

#Marzo 15--#

Hubiera querido estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. No
hay ya ms, creo, posibilidad de que esto concluya. Miradas de soslayo
todo el da, cuchicheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyen
mis pasos, un crispante espionaje de mi expresin cuando estamos en la
mesa, todo esto se va haciendo intolerable.--Pero qu tienen, por
favor!--acabo de decirles.--Me hallan algo anormal, no estoy
exactamente como siempre? Ya es un poco cansadora esta historia del
perro rabioso!--Pero Federico!--me han respondido, mirndome con
sorpresa.--Si no te decimos nada, ni nos hemos acordado de eso!

Y no hacen, sin embargo, otra cosa, otra que espiarme noche y da,
da y noche, a ver si la estpida rabia de su perro se ha
infiltrado en m!

       *       *       *       *       *

#Marzo 18--#

Hace tres das que vivo como debera y deseara hacerlo toda la vida.
Me han dejado en paz, por fin, por fin, por fin!

       *       *       *       *       *

#Marzo 19--#

Otra vez! Otra vez han comenzado! Ya no me quitan los ojos de
encima, como si sucediera lo que parecen desear: que est rabioso.
Cmo es posible tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora no
disimulan ms, y hablan precipitadamente en voz alta de m; pero, no
s por qu, no puedo entender una palabra. En cuanto llego cesan de
golpe, y apenas me alejo un paso recomienza el vertiginoso parloteo.
No he podido contenerme y me he vuelto con rabia:--Pero hablen,
hablen delante, que es menos cobarde!

No he querido oir lo que han dicho y me he ido. Ya no es vida la que
llevo!

       *       *       *       *       *

#8 p.m.#

Quieren irse! Quieren que nos vayamos! Ah, yo s por qu quieren
dejarme!...

       *       *       *       *       *

#Marzo 20--(6 a.m.)#

Aullidos, aullidos! Toda la noche no he odo ms que aullidos! He
pasado toda la noche despertndome a cada momento! Perros, nada ms
que perros ha habido anoche alrededor de casa! Y mi mujer y mi madre
han fingido el ms perfecto sueo, para que yo solo absorbiera por los
ojos los aullidos de todos los perros que me miraban!...

       *       *       *       *       *

#7 a.m.#

No hay ms que vboras! Mi casa est llena de vboras! Al lavarme
haba tres enroscadas en la palangana! En el forro del saco haba
muchas! Y hay ms! Hay otras cosas! Mi mujer me ha llenado la casa
de vboras! Ha trado enormes araas peludas que me persiguen! Ahora
comprendo por qu me espiaba da y noche! Ahora comprendo todo!
Quera irse por eso!

       *       *       *       *       *

#7.15 a.m.#

El patio est lleno de vboras! No puedo dar un paso! No, no!...
Socorro!...

       *       *       *       *       *

Mi mujer se va corriendo! Mi madre se va! Me han asesinado!... Ah,
la escopeta!... Maldicin! Est cargada con municin! Pero no
importa...

       *       *       *       *       *

Qu grito ha dado! Le err... Otra vez las vboras! All, all hay
una enorme!... Ay! Socorro, socorro!!

       *       *       *       *       *

Todos me quieren matar! Las han mandado contra m, todas! El monte
est lleno de araas! Me han seguido desde casa!...

Ah viene otro asesino... Las trae en la mano! Viene echando vboras
en el suelo! Viene sacando vboras de la boca y las echa en el suelo
contra m! Ah! pero ese no vivir mucho... Le pegu! Muri con
todas las vboras!... Las araas! Ay! Socorro!!

       *       *       *       *       *

Ah vienen, vienen todos!... Me buscan, me buscan!... Han lanzado
contra m un milln de vboras! Todos las ponen en el suelo! Y yo no
tengo ms cartuchos!... Me han visto!... Uno me apunta...









#A LA DERIVA#




El hombre pis algo blanduzco, y en seguida sinti la mordedura en el
pie. Salt adelante, y al volverse con un juramento, vi una
yararacus que arrollada sobre s misma esperaba otro ataque.

El hombre ech una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre
engrosaban dificultosamente, y sac el machete de la cintura. La
vbora vi la amenaza, y hundi ms la cabeza en el centro mismo de su
espiral; pero el machete cay de plano, dislocndole las vrtebras.

El hombre se baj hasta la mordedura, quit las gotitas de sangre, y
durante un instante contempl. Un dolor agudo naca de los dos
puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
se lig el tobillo con su pauelo y sigui por la picada hacia
su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensacin de tirante abultamiento, y
de pronto el hombre sinti dos o tres fulgurantes puntadas que como
relmpagos haban irradiado desde la herida hasta la mitad de la
pantorrilla. Mova la pierna con dificultad; una metlica sequedad de
garganta, seguida de sed quemante, le arranc un nuevo juramento.

Lleg por fin al rancho, y se ech de brazos sobre la rueda de un
trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecan ahora en la monstruosa
hinchazn del pie entero. La piel pareca adelgazada y a punto de
ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebr en un
ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

--Dorotea!--alcanz a lanzar en un estertor.--Dame caa!

Su mujer corri con un vaso lleno, que el hombre sorbi en tres
tragos. Pero no haba sentido gusto alguno.

--Te ped caa, no agua!--rugi de nuevo.--Dame caa!

--Pero es caa, Paulino!--protest la mujer espantada.

--No, me diste agua! Quiero caa, te digo!

La mujer corri otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre trag
uno tras otro dos vasos, pero no sinti nada en la garganta.

--Bueno; esto se pone feo--murmur entonces, mirando su pie lvido y
ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pauelo, la
carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedan en continuos relampagueos, y
llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el
aliento pareca caldear ms, aumentaba a la par. Cuando pretendi
incorporarse, un fulminante vmito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quera morir, y descendiendo hasta la costa subi a
su canoa. Sentse en la popa y comenz a palear hasta el centro del
Paran. All la corriente del ro, que en las inmediaciones del Iguaz
corre seis millas, lo llevara antes de cinco horas a Tacur-Puc.

El hombre, con sombra energa, pudo efectivamente llegar hasta el
medio del ro; pero all sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
canoa, y tras un nuevo vmito--de sangre esta vez--dirigi una mirada
al sol que ya traspona el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y
dursimo que reventaba la ropa. El hombre cort la ligadura y abri el
pantaln con su cuchillo: el bajo vientre desbord hinchado, con
grandes manchas lvidas y terriblemente dolorido. El hombre pens que
no podra jams llegar l solo a Tacur-Puc, y se decidi a pedir
ayuda a su compadre Alves, aunque haca mucho tiempo que estaban
disgustados.

La corriente del ro se precipitaba ahora hacia la costa brasilea, y
el hombre pudo fcilmente atracar. Se arrastr por la picada en cuesta
arriba, pero a los veinte metros, exhausto, qued tendido de pecho.

--Alves!--grit con cuanta fuerza pudo; y prest odo en vano.

--Compadre Alves! No me niegue este favor!--clam de nuevo, alzando
la cabeza del suelo.--En el silencio de la selva no se oy un slo
rumor. El hombre tuvo an valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogindola de nuevo, la llev velozmente a la deriva.

El Paran corre all en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes,
altas de cien metros, encajonan fnebremente el ro. Desde las orillas
bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
tambin. Adelante, a los costados, detrs, la eterna muralla lgubre,
en cuyo fondo el ro arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en l un
silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombra y
calma cobra una majestad nica.

El sol haba cado ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de la
canoa, tuvo un violento escalofro. Y de pronto, con asombro, enderez
pesadamente la cabeza: se senta mejor. La pierna le dola apenas, la
sed disminua, y su pecho, libre ya, se abra en lenta inspiracin.

El veneno comenzaba a irse, no haba duda. Se hallaba casi bien, y
aunque no tena fuerzas para mover la mano, contaba con la cada del
rocio para reponerse del todo. Calcul que antes de tres horas estara
en Tacur-Puc.

El bienestar avanzaba, y con l una somnolencia llena de recuerdos. No
senta ya nada ni en la pierna ni en el vientre. Vivira an su
compadre Gaona en Tacur-Puc? Acaso viera tambin a su ex-patrn
mster Dougald, y al recibidor del obraje.

Llegara pronto? El cielo, al poniente, se abra ahora en pantalla de
oro, y el ro se haba coloreado tambin. Desde la costa paraguaya, ya
entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el ro su frescura
crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una
pareja de guacamayos cruz muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

All abajo, sobre el ro de oro, la canoa derivaba velozmente, girando
a ratos sobre s misma ante el borbolln de un remolino. El hombre que
iba en ella se senta cada vez mejor, y pensaba entretanto en el
tiempo justo que haba pasado sin ver a su ex-patrn Dougald. Tres
aos? Tal vez no, no tanto. Dos aos y nueve meses? Acaso. Ocho
meses y medio? Eso s, seguramente.

De pronto sinti que estaba helado hasta el pecho. Qu sera? Y la
respiracin tambin...

Al recibidor de maderas de mster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo haba
conocido en Puerto Deseado, un viernes santo... Viernes? S, o
jueves...

El hombre estir lentamente los dedos de la mano.

--Un jueves...

Y ces de respirar.









#LA INSOLACION#




El cachorro Old sali por la puerta y atraves el patio con paso recto
y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estir al monte,
entrecerrando los ojos, la nariz vibrtil y, se sent tranquilo. Vea
la montona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte,
monte y campo, sin ms color que el crema del pasto y el negro del
monte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres lados
de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extenda en
abra, pero que la ineludible lnea sombra enmarcaba a lo lejos.

A esa hora temprana, el confn, ofuscante de luz a medioda, adquira
reposada nitidez. No haba una nube ni un soplo de viento. Bajo la
calma del cielo plateado, el campo emanaba tnica frescura que traa
al alma pensativa, ante la certeza de otro da de seca, melancolas de
mejor compensado trabajo.

Milk, el padre del cachorro, cruz a su vez el patio y se sent al
lado de aqul, con perezoso quejido de bienestar. Permanecan
inmviles, pues an no haba moscas.

Old, que miraba haca rato la vera del monte, observ:

--La maana es fresca.

Milk sigui la mirada del cachorro y qued con la vista fija,
parpadeando distrado. Despus de un momento, dijo:

--En aquel rbol hay dos halcones.

Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron
mirando por costumbre las cosas.

Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el
horizonte haba perdido ya su matinal precisin. Milk cruz las patas
delanteras y sinti leve dolor. Mir sus dedos sin moverse,
decidindose por fin a olfatearlos. El da anterior se haba sacado un
pique, y en recuerdo de lo que haba sufrido lami extensamente el
dedo enfermo.

--No poda caminar--exclam, en conclusin.

Old no entendi a qu se refera. Milk agreg:

--Hay muchos piques.

Esta vez el cachorro comprendi. Y repuso por su cuenta, despus de
largo rato:

--Hay muchos piques.

Callaron de nuevo, convencidos.

El sol sali, y en el primer bao de luz, las pavas del monte lanzaron
al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros,
dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie
en beato pestaeo. Poco a poco, la pareja aument con la llegada de
los otros compaeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio
superior, partido por un coat, dejaba ver dos dientes, e Isond, de
nombre indgena. Los cinco fox-terriers, tendidos y muertos de
bienestar, durmieron.

Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del
bizarro rancho de dos pisos--el inferior de barro y el alto de madera,
con corredores y baranda de chalet--haban sentido los pasos de su
dueo que bajaba la escalera. Mster Jones, la toalla al hombro, se
detuvo un momento en la esquina del rancho y mir el sol, alto ya.
Tena an la mirada muerta y el labio pendiente, tras su solitaria
velada de whisky, ms prolongada que las habituales.

Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas,
meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros
conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Se alejaron con
lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo
presto abandonar aqul por la sombra de los corredores.

El da avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco,
lmpido, con catorce horas de sol calcinante que pareca mantener en
fusin el cielo, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada
en costras blanquecinas. Mster Jones fu a la chacra, mir el trabajo
del da anterior y retorn al rancho. En toda esa maana no hizo nada.
Almorz y subi a dormir la siesta.

Los peones volvieron a las dos a la carpicin, no obstante la hora de
fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los
perros, muy amigos del cultivo, desde que el invierno pasado haban
aprendido a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba
el arado. Cada uno se ech bajo un algodonero, acompaando con su
jadeo los golpes sordos de la azada.

Entretanto el calor creca. En el paisaje silencioso y encegueciente
de sol, el aire vibraba a todos lados, daando la vista. La tierra
removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la
cabeza, rodeada hasta los hombros por el flotante pauelo, con el
mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban de planta, en
procura de ms fresca sombra. Tendanse a lo largo, pero la fatiga los
obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor.

Reverberaba ahora delante de ellos un pequeo pramo de greda que ni
siquiera se haba intentado arar. All, el cachorro vi de pronto a
mster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se
puso en pie, meneando el rabo. Los otros levantronse tambin,
pero erizados.

--Es el patrn,--exclam el cachorro, sorprendido.

--No, no es l,--replic Dick.

Los cuatro perros estaban juntos gruendo sordamente, sin apartar los
ojos de mster Jones, que continuaba inmvil, mirndolos. El cachorro,
incrdulo, fu a avanzar, pero Prince le mostr los dientes:

--No es l, es la Muerte.

El cachorro se eriz de miedo y retrocedi al grupo.

--Es el patrn muerto?--pregunt ansiosamente. Los otros, sin
responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud de
miedoso ataque. Sin moverse, mster Jones se desvaneci en el aire
ondulante.

Al oir los ladridos, los peones haban levantado la vista, sin
distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si haba entrado algn
caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.

Los fox-terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado
an, se adelantaba y retroceda con cortos trotes nerviosos, y supo de
la experiencia de sus compaeros, que cuando una cosa va a morir,
aparece antes.

--Y cmo saben que ese que vimos no era el patrn?--pregunt.

--Porque no era l,--le respondieron displicentes.

Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueo, las miserias, las
patadas, estaba sobre ellos. Pasaron el resto de la tarde al lado de
su patrn, sombros y alerta. Al menor ruido gruan, sin saber
adonde. Mster Jones sentase satisfecho de su guardiana inquietud.

Por fin el sol se hundi tras el negro palmar del arroyo, y en la
calma de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del
rancho, en cuyo piso alto mster Jones recomenzaba su velada de
whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la doble cada de las
botas en el piso de tablas, y la luz se apag. Los perros, entonces,
sintieron ms el prximo cambio de dueo, y solos, al pie de la casa
dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos
convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolacin, que
la voz cazadora de Prince sostena, mientras los otros tomaban el
sollozo de nuevo. El cachorro ladraba. Haba pasado media hora, y los
cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico
extendido e hinchado de lamentos--bien alimentados y acariciados por
el dueo que iban a perder--continuaban llorando su domstica miseria.

A la maana siguiente mster Jones fu l mismo a buscar las mulas y
las unci a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba
satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no haba sido nunca
bien rastreada, las cuchillas no tenan filo, y con el paso rpido de
las mulas, la carpidora saltaba. Volvi con sta y afil sus rejas;
pero un tornillo en que ya al comprar la mquina haba notado una
falla, se rompi al armarla. Mand un pen al obraje prximo,
recomendndole el caballo, un buen animal, pero asoleado. Alz la
cabeza al sol fundente de medioda e insisti en que no galopara un
momento. Almorz en seguida y subi. Los perros, que en la maana no
haban dejado un momento a su patrn, se quedaron en los corredores.

La siesta pesaba, agobiaba de luz y silencio. Todo el contorno estaba
brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho, la tierra blanquizca
del patio, deslumbraba por el sol a plomo, pareca deformarse en
trmulo hervor, que adormeca los ojos parpadeantes de los
fox-terriers.

--No ha aparecido ms--dijo Milk.

Old, al oir _aparecido_, levant las orejas sobre los ojos.

Esta vez el cachorro, incitado por la evocacin, se puso en pie y
ladr, buscando a qu. Al rato el grupo call, entregado de nuevo a su
defensiva cacera de moscas.

--No vino ms--dijo Isond.

--Haba una lagartija bajo el raign,--record por primera vez Prince.

Una gallina, el pico abierto y las alas cadas y apartadas del cuerpo,
cruz el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la
sigui perezosamente con la vista, y salt de golpe:

--Viene otra vez!--grit.

Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que haba ido el
pen. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con prudente
furia a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza
baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba a seguir. Al pasar
frente al rancho di unos cuantos pasos en direccin al pozo, y se
degrad progresivamente en la cruda luz.

Mster Jones baj; no tena sueo. Disponase a proseguir el montaje
de la carpidora, cuando vi llegar inesperadamente al pen a caballo.
A pesar de su orden, tena que haber galopado para volver a esa hora.
Culplo, con toda su lgica nacional, a lo que el otro responda con
evasivas razones. Apenas libre y concluda su misin, el pobre
caballo, en cuyos ijares era imposible contar el latido, tembl
agachando la cabeza, y cay de costado. Mster Jones mand al pen a
la chacra, an rebenque en mano, para no echarlo si continuaba oyendo
sus jesuticas disculpas.

Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrn,
se haba conformado con el caballo. Sentanse alegres, libres de
preocupacin, y en consecuencia disponanse a ir a la chacra tras el
pen, cuando oyeron a mster Jones que gritaba a ste, lejos ya,
pidindole el tornillo. No haba tornillo: el almacn estaba cerrado,
el encargado dorma, etc. Mster Jones, sin replicar, descolg su
casco y sali l mismo en busca del utensilio. Resista el sol como un
pen, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.

Los perros le acompaaron, pero se detuvieron a la sombra del primer
algarrobo; haca demasiado calor. Desde all, firmes en las patas, el
ceo contrado y atento, lo vean alejarse. Al fin el temor a la
soledad pudo ms, y con agobiado trote siguieron tras l.

Mster Jones obtuvo su tornillo y volvi. Para acortar distancia,
desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, march en lnea
recta a su chacra. Lleg al riacho y se intern en el pajonal, el
diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado, retoado desde
que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en
bveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La
tarea, seria ya con da fresco, era muy dura a esa hora. Mster Jones
lo atraves, sin embargo, braceando entre la paja restallante y
polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga
y acres vahos de nitratos.

Sali por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer
quieto bajo ese sol y ese cansancio; march de nuevo. Al calor
quemante que creca sin cesar desde tres das atrs, agregbase ahora
el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no
se senta un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardaca
que no permita concluir la respiracin.

Mster Jones se convenci de que haba traspasado su lmite de
resistencia. Desde haca rato le golpeaba en los odos el latido de
las cartidas. Sentase en el aire, como si de dentro de la cabeza le
empujaran violentamente el crneo hacia arriba. Se mareaba mirando el
pasto. Apresur la marcha para acabar con eso de una vez... y de
pronto volvi en s y se hall en distinto paraje: haba caminado
media cuadra, sin darse cuenta de nada. Mir atrs y la cabeza se le
fu en un nuevo vrtigo.

Entretanto, los perros seguan tras l, trotando con toda la lengua de
fuera. A veces, agotados, detenanse en la sombra de un espartillo; se
sentaban precipitando su jadeo, pero volvan al tormento del sol. Al
fin, como la casa estaba ya prxima, apuraron el trote.

Fu en ese momento cuando Old, que iba adelante, vi tras el alambrado
de la chacra a mster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia
ellos. El cachorro, con sbito recuerdo, volvi la cabeza y confront.

--La Muerte, la Muerte!--aull.

Los otros la haban visto tambin, y ladraban erizados. Vieron que
atravesaba el alambrado, y un instante creyeron que se iba a
equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, mir el grupo con
sus ojos celestes, y march adelante.

--Que no camine ligero el patrn!--exclam Prince.

--Va a tropezar con l!--aullaron todos.

En efecto, el otro, tras breve hesitacin, haba avanzado, pero no
directamente sobre ellos como antes, sino en lnea oblicua y en
apariencia errnea, pero que deba llevarlo justo al encuentro de
mster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo conclua,
porque su patrn continuaba caminando a igual paso como un autmata,
sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Hundieron el rabo y
corrieron de costado, aullando. Pas un segundo, y el encuentro se
produjo. Mster Jones se detuvo, gir sobre s mismo y se desplom.

Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero
fu intil toda el agua; muri sin volver en s. Mster Moore, su
hermano materno, fu de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y
en cuatro das liquid todo, volvindose en seguida. Los indios se
repartieron los perros que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e
iban todas las tardes con hambriento sigilo a comer espigas de maz en
las chacras ajenas.









#EL ALAMBRE DE PUA#




Durante quince das el alazn haba buscado en vano la senda por donde
su compaero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de
capuera--desmonte que ha rebrotado inextricable--no permita paso ni
an a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por all por donde
el malacara pasaba.

Ahora recorra de nuevo la chacra, trotando inquieto con la cabeza
alerta. De la profundidad del monte, el malacara responda a los
relinchos vibrantes de su compaero, con los suyos cortos y rpidos,
en que haba sin duda una fraternal promesa de abundante comida. Lo
ms irritante para el alazn era que el malacara reapareca dos o tres
veces en el da para beber. Prometase aqul entonces no abandonar un
instante a su compaero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja
pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga
a rastra, se internaba en el chircal, y cuando el alazn, al darse
cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecucin, hallaba el monte
inextricable. Esto s, de adentro, muy cerca an, el maligno malacara
responda a sus desesperados relinchos, con un relinchillo a
boca llena.

Hasta que esa maana el viejo alazn hall la brecha muy
sencillamente: Cruzando por frente al chircal que desde el monte
avanzaba cincuenta metros en el campo, vi un vago sendero que lo
condujo en perfecta lnea oblicua al monte. All estaba el malacara,
deshojando rboles.

La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un da el chircal, haba
hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado.
Repiti su avance a travs del chircal, hasta llegar a conocer
perfectamente la entrada del tnel. Entonces us del viejo camino que
con el alazn haban formado a lo largo de la lnea del monte. Y aqu
estaba la causa del trastorno del alazn: la entrada de la senda
formaba una lnea sumamente oblicua con el camino de los caballos, de
modo que el alazn, acostumbrado a recorrer sta de sur a norte y
jams de norte a sur, no hubiera hallado jams la brecha.

En un instante estuvo unido a su compaero, y juntos entonces, sin ms
preocupacin que la de despuntar torpemente las palmeras jvenes, los
dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que saban ya
de memoria.

El monte, sumamente raleado, permita un fcil avance, an a caballos.
Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros
de ancho. Tras l, una capuera de dos aos se empenachaba de tabaco
salvaje. El viejo alazn, que en su juventud haba correteado capueras
hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigi la marcha, y en media
hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta donde
alcanza un pescuezo de caballo.

Caminando, comiendo, curioseando, el alazn y el malacara cruzaron la
capuera hasta que un alambrado los detuvo.

--Un alambrado,--dijo el alazn.

--S, alambrado,--asinti el malacara. Y ambos, pesando la cabeza
sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde all se vea
un alto pastizal de viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y
una plantacin nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los
caballos entendan ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a
la derecha.

Dos minutos despus pasaban: un rbol, seco en pie por el fuego, haba
cado sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que
sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la
escarcha, vieron entonces de cerca qu eran aquellas plantas nuevas.

--Es yerba,--constat el malacara, haciendo temblar los labios a medio
centmetro de las hojas coriceas. La decepcin pudo haber sido
grande; mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a
pasear. De modo que cortando oblicuamente el yerbal, prosiguieron su
camino, hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeronlo
con tranquilidad grave y paciente, llegando as a una tranquera,
abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno
camino real.

Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tena
todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad
presente, haba infinita distancia. Ms por infinita que fuera, los
caballos pretendan prolongarla an, y as, despus de observar con
perezosa atencin los alrededores, quitronse mutuamente la caspa del
pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su aventura.

El da, en verdad, favoreca tal estado de alma. La bruma matinal de
Misiones acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo sbitamente
puro, el paisaje brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma,
cuya cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, el camino de
tierra colorada cortaba el pasto delante de ellos con precisin
admirable, descenda al valle blanco de espartillo helado, para tornar
a subir hasta el monte lejano. El viento, muy fro, cristalizaba an
ms la claridad de la maana de oro, y los caballos, que sentan de
frente el sol, casi horizontal todava, entrecerraban los ojos al
dichoso deslumbramiento.

Seguan as, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de
luz, hasta que al doblar una punta de monte, vieron a orillas del
camino cierta extensin de un verde inusitado. Pasto? Sin duda. Mas
en pleno invierno...

Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al
alambrado. S, pasto fino, pasto admirable! Y entraran, ellos, los
caballos libres!

Hay que advertir que el alazn y el malacara posean desde esa
madrugada, alta idea de s mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni
monte, ni desmonte, nada era para ellos obstculo. Haban visto cosas
extraordinarias, salvando dificultades no crebles, y se sentan
gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisin ms
estrafalaria que ocurrrseles pudiera.

En este estado de nfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas
detenidas a orillas del camino, y encaminndose all llegaron a la
tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban
inmviles, mirando fijamente el verde paraso inalcanzable.

--Por qu no entran?--pregunt el alazn a las vacas.

--Porque no se puede--le respondieron.

--Nosotros pasamos por todas partes,--afirm el alazn, altivo.--Desde
hace un mes pasamos por todas partes.

Con el fulgor de su aventura, los caballos haban perdido sinceramente
el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a
los intrusos.

--Los caballos no pueden,--dijo una vaquillona movediza.--Dicen eso y
no pasan por ninguna parte. Nosotras s pasamos por todas partes.

--Tienen soga--aadi una vieja madre sin volver la cabeza.

--Yo no, yo no tengo soga!--respondi vivamente el alazn.--Yo viva
en las capueras y pasaba.

--S, detrs de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.

La vaquillona movediza intervino de nuevo:

--El patrn dijo el otro da: a los caballos con un solo hilo se los
contiene. Y entonces?... Ustedes no pasan?

--No, no pasamos,--repuso sencillamente el malacara, convencido por la
evidencia.

--Nosotras s!

Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurri de pronto que las
vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del
Cdigo Rural, tampoco pasaban la tranquera.

--Esta tranquera es mala,--objet la vieja madre.--El s! Corre los
palos con los cuernos.

--Quin?--pregunt el alazn.

Todas las vacas volvieron a l la cabeza con sorpresa.

--El toro, Barig! El puede ms que los alambrados malos.

--Alambrados?... Pasa?

--Todo! Alambre de pa tambin. Nosotras pasamos despus.

Los dos caballos, vueltos ya a su pacfica condicin de animales a que
un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por
aquel hroe capaz de afrontar el alambre de pa, la cosa ms terrible
que puede hallar el deseo de pasar adelante.

De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el
toro. Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en tranquila
recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente su
inferioridad.

Las vacas se apartaron, y Barig, pasando el testuz bajo una tranca,
intent hacerla correr a un lado.

Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la tranca no
corri. Una tras otra, el toro prob sin resultado su esfuerzo
inteligente: el chacarero, dueo feliz de la plantacin de avena,
haba asegurado la tarde anterior los palos con cuas.

El toro no intent ms. Volvindose con pereza, olfate a lo lejos
entrecerrando los ojos, y coste luego el alambrado, con ahogados
mugidos sibilantes.

Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado
lugar el toro pas los cuernos bajo el alambre de pa, tendindolo
violentamente hacia arriba con el testuz, y la enorme bestia pas
arqueando el lomo. En cuatro pasos ms estuvo entre la avena, y las
vacas se encaminaron entonces all, intentando a su vez pasar. Pero a
las vacas falta evidentemente la decisin masculina de permitir en la
piel sangrientos rasguos, y apenas introducan el cuello, lo
retiraban presto con mareante cabeceo.

Los caballos miraban siempre.

--No pasan,--observ el malacara.

--El toro pas,--repuso el alazn.--Come mucho.

Y la pareja se diriga a su vez a costear el alambrado por la fuerza
de la costumbre, cuando un mugido, claro y berreante ahora, lleg
hasta ellos: dentro del avenal, el toro, con cabriolas de falso
ataque, bramaba ante el chacarero, que con un palo trataba de
alcanzarlo.

--A!... Te voy a dar saltitos...--gritaba el hombre. Barig,
siempre danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes.
Maniobraron as cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a
la bestia contra el alambrado. Pero sta, con la decisin pesada y
bruta de su fuerza, hundi la cabeza entre los hilos y pas, bajo un
agudo violineo de alambres y de grampas lanzadas a veinte metros.

Los caballos vieron cmo el hombre volva precipitadamente a su
rancho, y tornaba a salir con el rostro plido. Vieron tambin que
saltaba el alambrado y se encaminaba en direccin de ellos, por lo
cual los compaeros, ante aquel paso que avanzaba decidido,
retrocedieron por el camino en direccin a su chacra.

Como los caballos marchaban dcilmente a pocos pasos delante del
hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueo del toro,
sindoles dado oir la conversacin.

Es evidente, por lo que de ello se desprende, que el hombre haba
sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por
inaccesibles que hubieran sido dentro del monte; alambrados, por
grande que fuera su tensin e infinito el nmero de hilos, todo lo
arroll el toro con sus hbitos de pillaje. Se deduce tambin que los
vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueo, por los incesantes
destrozos de aquella. Pero como los pobladores de la regin
difcilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por
duros que les sean, el toro prosegua comiendo en todas partes menos
en la chacra de su dueo, el cual, por otro lado, pareca divertirse
mucho con esto.

De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al
polaco cazurro.

--Es la ltima vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro!
Acaba de pisotearme toda la avena. Ya no se puede ms!

El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con extraordinario y
meloso falsete.

--Ah, toro, malo! M no puede! M ata, escapa! Vaca tiene culpa!
Toro sigue vaca!

--Yo no tengo vacas, usted bien sabe!

--No, no! Vaca Ramrez! M queda loco, toro!

--Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe tambin!

--S, s, alambre! Ah, m no sabe!...

--Bueno!, vea don Zaninski: yo no quiero cuestiones con vecinos, pero
tenga por ltima vez cuidado con su toro para que no entre por el
alambrado del fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo.

--Toro pasa por camino! No fondo!

--Es que ahora no va a pasar por el camino.

--Pasa, toro! No pa, no nada! Pasa todo!

--No va a pasar.

--Qu pone?

--Alambre de pa... pero no va a pasar.

--No hace nada pa!

--Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a
lastimar.

El chacarero se fu. Es como lo anterior, evidente, que el maligno
polaco, rindose una vez ms de las gracias del animal, compadeci, si
cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado
infranqueable por su toro. Seguramente se frot las manos:

--M no podrn decir nada esta vez si toro come toda avena!

Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su
chacra, y un rato despus llegaban al lugar en que Barig haba
cumplido su hazaa. La bestia estaba all siempre, inmvil en medio
del camino, mirando con solemne vaciedad de idea desde haca un cuarto
de hora, un punto fijo de la distancia. Detrs de l, las vacas
dormitaban al sol ya caliente, rumiando.

Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron
los ojos despreciativas:

--Son los caballos. Queran pasar el alambrado. Y tienen soga.

--Barig s pas!

--A los caballos un solo hilo los contiene.

--Son flacos.

Esto pareci herir en lo vivo al alazn, que volvi la cabeza:

--Nosotros no estamos flacos. Ustedes, s estn. No va a pasar ms
aqu,--aadi sealando los alambres cados, obra de Barig.

--Barig pasa siempre! Despus pasamos nosotras. Ustedes no pasan.

--No va a pasar ms. Lo dijo el hombre.

--El comi la avena del hombre. Nosotras pasamos despus.

El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente ms afecto
al hombre que la vaca. De aqu que el malacara y el alazn tuvieran fe
en el alambrado que iba a construir el hombre.

La pareja prosigui su camino, y momentos despus, ante el campo libre
que se abra ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer,
olvidndose de las vacas.

Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se
acordaron del maz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al
chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre
rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.

--Le digo que va a pasar,--deca el pasajero.

--No pasar dos veces,--replicaba el chacarero.

--Usted ver! Esto es un juego para el maldito toro del polaco! Va
a pasar!

--No pasar dos veces,--repeta obstinadamente el otro.

Los caballos siguieron, oyendo an palabras cortadas:

--... reir!

--... veremos.

Dos minutos ms tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote ingls.
El malacara y el alazn, algo sorprendidos de aquel paso que no
conocan, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.

--Curioso!--observ el malacara despus de largo rato.--El caballo va
al trote y el hombre al galope.

Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa
maana. Sobre el cielo plido y fro, sus siluetas se destacaban en
negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazn
detrs. La atmsfera, ofuscada durante el da por la excesiva luz del
sol, adquira a esa hora crepuscular una transparencia casi fnebre.
El viento haba cesado por completo, y con la calma del atardecer, en
que el termmetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado
expanda su penetrante humedad, que se condensaba en rastreante
neblina en el fondo sombro de las vertientes. Reviva, en la tierra
ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino
costeaba el monte, el ambiente, que se senta de golpe ms fro y
hmedo, se tornaba excesivamente pesado de perfume de azahar.

Los caballos entraron por el portn de su chacra, pues el muchacho,
que haca sonar el cajoncito de maz, oy su ansioso trmulo. El viejo
alazn obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la
aventura, vindose gratificado con una soga, a efectos de lo que
pudiera pasar.

Pero a la maana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa
neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez
el tabacal salvaje, hollando con mudos pasos el pastizal helado,
salvando la tranquera abierta an.

La maana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el
calor excesivo prometia para muy pronto cambio de tiempo. Despus de
trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas
en el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excit sus orejas y
su paso: queran ver cmo era el nuevo alambrado.

Pero su decepcin, al llegar, fu grande. En los postes
nuevos,--obscuros y torcidos,--haba dos simples alambres de pa,
gruesos, tal vez, pero nicamente dos.

No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras haba
dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron
atentamente aquello, especialmente los postes.

--Son de madera de ley--observ el malacara.

--S, cernes quemados.

Y tras otra larga mirada de examen, constat:

--El hilo pasa por el medio, no hay grampas.

--Estn muy cerca uno de otro.

Cerca, los postes, s, indudablemente: tres metros. Pero en cambio,
aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del
cercado anterior, desilusionaron a los caballos. Cmo era posible que
el hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al
terrible toro?

--El hombre dijo que no iba a pasar--se atrevi, sin embargo, el
malacara, que en razn de ser el favorito de su amo, coma ms maz,
por lo cual sentase ms creyente.

Pero las vacas lo haban odo.

--Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barig pas
ya.

--Pas? Por aqu?--pregunt descorazonado el malacara.

--Por el fondo. Por aqu pasa tambin. Comi la avena.

Entretanto, la vaquilla locuaz haba pretendido pasar los cuernos
entre los hilos; y una vibracin aguda, seguida de un seco golpe en
los cuernos dej en suspenso a los caballos.

--Los alambres estn muy estirados--dijo despus de largo examen el
alazn.

--S. Ms estirados no se puede...

Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en
cmo se podra pasar entre los dos hilos.

Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.

--El pas ayer. Pasa el alambre de pa. Nosotras despus.

--Ayer no pasaron. Las vacas dicen s, y no pasan,--oyeron al alazn.

--Aqu hay pa, y Barig pasa! All viene!

Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros an, el
toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente
al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los
caballos, inmviles, alzaron las orejas.

--Come toda avena! Despus pasa!

--Los hilos estn muy estirados...--observ an el malacara, tratando
siempre de precisar lo que sucedera si...

--Comi la avena! El hombre viene! Viene el hombre!--lanz la
vaquilla locuaz.

En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el
toro. Traa el palo en la mano, pero no pareca iracundo; estaba s
muy serio y con el ceo contrado.

El animal esper a que el hombre llegara frente a l, y entonces di
principio a los mugidos con bravatas de cornadas. El hombre avanz
ms, y el toro comenz a retroceder, berreando siempre y arrasando la
avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del
camino, volvi grupas con un postrer mugido de desafo burln, y se
lanz sobre el alambrado.

--Viene Barig! El pasa todo! Pasa alambre de pa!--alcanzaron a
clamar las vacas.

Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro baj la cabeza y
hundi los cuernos entre los dos hilos. Se oy un agudo gemido de
alambre, un estridente chirrido que se propag de poste a poste hasta
el fondo, y el toro pas.

Pero de su lomo y de su vientre, profundamente abiertos, canalizados
desde el pecho a la grupa, llovan ros de sangre. La bestia, presa de
estupor, qued un instante atnita y temblando. Se alej luego al
paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se
ech, con un ronco suspiro.

A medioda el polaco fu a buscar a su toro, y llor en falsete ante
el chacarero impasible. El animal se haba levantado, y poda caminar.
Pero su dueo, comprendiendo que le costara mucho trabajo curarlo--si
esto an era posible--lo carne esa tarde, y al da siguiente al
malacara le toc en suerte llevar a su casa, en la maleta, dos kilos
de carne del toro muerto.









#LOS MENS#




Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvan a
Posadas en el _Silex_, con quince compaeros. Podeley, labrador de
madera, tornaba a los nueve meses, la contrata concluda, y con pasaje
gratis, por lo tanto. Cay--mensualero--llegaba en iguales
condiciones, mas al ao y medio, tiempo necesario para chancelar
su cuenta.

Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos
tajos, descalzos como la mayora, sucios como todos ellos, los dos
mens devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y
Glgota de sus vidas. Nueve meses all arriba! Ao y medio! Pero
volvan por fin, y el hachazo an doliente de la vida del obraje, era
apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban all.

De cien peones, slo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria
de una semana a que los arrastra el ro aguas abajo, cuentan con el
anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante,
espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carcter y de
profesin, ante las cuales los mens sedientos lanzan su ahij! de
urgente locura.

Cay y Podeley bajaron tambaleantes de orga pregustada, y rodeados de
tres o cuatro amigas, se hallaron en un momento ante la cantidad
suficiente de caa para colmar el hambre de eso de un mens.

Un instante despus estaban borrachos, y con nueva contrata sellada.
En qu trabajo? En dnde? Lo ignoraban, ni les importaba tampoco.
Saban, s, que tenan cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad para
llegar a mucho ms en gastos. Babeantes de descanso y dicha
alcohlica, dciles y torpes, siguieron ambos a las muchachas a
vestirse. Las avisadas doncellas condujronlos a una tienda con la que
tenan relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al
almacn de la casa contratista. Pero en una u otro las muchachas
renovaron el lujo detonante de sus trapos, anidronse la cabeza de
peinetones, ahorcronse de cintas--robado todo con perfecta sangre
fra al hidalgo alcohol de su compaero, pues lo nico que el mens
realmente posee, es un desprendimiento brutal de su dinero.

Por su parte Cay adquiri muchos ms extractos y lociones y aceites
de los necesarios para sahumar hasta la nusea su ropa nueva, mientras
Podeley, ms juicioso, insista en un traje de pao. Posiblemente
pagaron muy cara una cuenta entreoda y abonada con un montn de
papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora despus
lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de
botas, poncho al hombro--y revlver 44 en el cinto, desde
luego--repleta la ropa de cigarrillos que deshacan torpemente entre
los dientes, dejando caer de cada bolsillo la punta de un pauelo.
Acompabanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya
magnitud se acusaba en la expresin un tanto hastiada de los mens,
arrastrando consigo maana y tarde por las calles caldeadas, una
infeccin de tabaco negro y extracto de obraje.

La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas
damiselas avisadas inducan a beber a los mens, cuya realeza en
dinero de anticipo les haca lanzar 10 pesos por una botella de
cerveza, para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin
ojear siquiera.

As en constantes derroches de nuevos adelantos--necesidad
irresistible de compensar con siete das de gran seor las miserias
del obraje--el _Silex_ volvi a remontar el ro. Cay llev compaera,
y ambos, borrachos como los dems peones, se instalaron en el puente,
donde ya diez mulas se hacinaban en ntimo contacto con bales,
atados, perros, mujeres y hombres.

Al da siguiente, ya despejada las cabezas, Podeley y Cay examinaron
sus libretas: era la primera vez que lo hacan desde la contrata. Cay
haba recibido 120 en efectivo, y 35 en gasto, y Podeley 130 y 75,
respectivamente.

Ambos se miraron con expresin que pudiera haber sido de espanto, si
un mens no estuviera perfectamente curado de ese malestar. No
recordaban haber gastado ni la quinta parte.

--A...!--murmur Cay--No voy a cumplir nunca...

Y desde ese momento tuvo sencillamente--como justo castigo de su
despilfarro--la idea de escaparse de all.

La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente
para l, que sinti celos del mayor adelanto acordado a Podeley.

--Vos tens suerte... dijo.--Grande, tu anticipo...

--Vos tras compaera--objet Podeley--eso te cuesta para tu
bolsillo...

Cay mir a su mujer, y aunque la belleza y otras cualidades de orden
ms moral pesan muy poco en la eleccin de un mens, qued satisfecho.
La muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de raso, falda
verde y blusa amarilla; luciendo en el cuello sucio un triple collar
de perlas; zapatos Luis XV, las mejillas brutalmente pintadas, y un
desdeoso cigarro de hoja bajo los prpados entornados.

Cay consider a la muchacha y su revlver 44: era realmente lo nico
que vala de cuanto llevaba con l. Y an lo ltimo corra el riesgo
de naufragar tras el anticipo, por minscula que fuera su tentacin
de tallar.

A dos metros de l, sobre un bal de punta, los mens jugaban
concienzudamente al monte cuanto tenan. Cay observ un rato
rindose, como se ren siempre los peones cuando estn juntos, sea
cual fuere el motivo, y se aproxim al bal, colocando a una carta, y
sobre ella, cinco cigarros.

Modesto principio, que poda llegar a proporcionarle el dinero
suficiente para pagar el adelanto en el obraje, y volverse en el mismo
vapor a Posadas a derrochar un nuevo anticipo.

Perdi; perdi los dems cigarros, perdi cinco pesos, el poncho, el
collar de su mujer, sus propias botas, y su 44. Al da siguiente
recuper las botas, pero nada ms, mientras la muchacha compensaba la
desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros despreciativos.

Podeley gan, tras infinito cambio de dueo, el collar en cuestin, y
una caja de jabones de olor que hall modo de jugar contra un machete
y media docena de medias, quedando as satisfecho.

Haban llegado, por fin. Los peones treparon la interminable cinta
roja que escalaba la barranca, desde cuya cima el "Silex" apareca
mezquino y hundido en el lgubre ro. Y con ahijs y terribles
invectivas en guaran, bien que alegres todos, despidieron al vapor,
que deba ahogar, en una baldeada de tres horas, la nauseabunda
atmsfera de desaseo, patchul y mulas enfermas, que durante cuatro
das remont con l.

       *       *       *       *       *

Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario poda subir a siete
pesos, la vida de obraje no era dura. Hecho a ella, domada su
aspiracin de estricta justicia en el cubicaje de la madera,
compensando las rapias rutinarias con ciertos privilegios de buen
pen, su nueva etapa comenz al da siguiente, una vez demarcada su
zona de bosque. Construy con hojas de palmera su cobertizo--techo y
pared sur--di nombre de cama a ocho varas horizontales, nada ms; y
de un horcn colg la provista semanal. Recomenz, automticamente,
sus das de obraje: silenciosos mates al levantarse, de noche an, que
se sucedan sin desprender la mano de la pava; la exploracin en
descubierta de madera; el desayuno a las ocho, harina, charque y
grasa; el hacha luego, a busto descubierto, cuyo sudor arrastraba
tbanos, barigs y mosquitos; despus el almuerzo, esta vez porotos y
maz flotando en la inevitable grasa, para concluir de noche, tras
nueva lucha con las piezas de 8 por 30, con el yopar del medioda.

Fuera de algn incidente con sus colegas labradores, que invadan su
jurisdiccin; del hasto de los das de lluvia que lo relegaban en
cuclillas frente a la pava, la tarea prosegua hasta el sbado de
tarde. Lavaba entonces su ropa, y el domingo iba al almacn a
proveerse.

Era ste el real momento de solaz de los mens, olvidndolo todo entre
los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo indgena
la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a
cinco pesos por machete, y ochenta centavos por kilo de galleta. El
mismo fatalismo que aceptaba esto con un a! y una riente mirada a
los dems compaeros, le dictaba, en elemental desagravio, el deber de
huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta ambicin no estaba en
todos los pechos, todos los peones comprendan esa mordedura de
contra-justicia, que iba, en caso de llegar, a clavar los dientes en
la entraa misma del patrn. Este, por su parte, llevaba la lucha a su
extremo final, vigilando da y noche a su gente, y en especial a los
mensualeros.

Ocupbanse entonces los mens en la planchada, tumbando piezas entre
inacabable gritera, que suba de punto cuando las mulas, impotentes
para contener la alzaprima, que bajaba a todo escape, rodaban unas
sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, todo bien
mezclado. Raramente se lastimaban las mulas; pero la algazara era
la misma.

Cay, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de
revirados y yopars, que el pregusto de la huda tornaba ms
indigestos, detenase an por falta de revlver, y ciertamente, ante
el winchester del capataz. Pero si tuviera un 44!...

La fortuna llegle esta vez en forma bastante desviada.

La compaera de Cay, que desprovista ya de su lujoso atavo lavaba la
ropa a los peones, cambi un da de domicilio. Cay esper dos noches,
y a la tercera fu a casa de su reemplazante, donde propin una
soberbia paliza a la muchacha. Los dos mens quedaron solos charlando,
resultas de lo cual convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el
seductor se instal con la pareja. Esto era econmico y bastante
juicioso. Pero como el mens pareca gustar realmente de la dama--cosa
rara en el gremio--Cay ofrecisela en venta por un revlver con
balas, que l mismo sacara del almacn. No obstante esta sencillez,
el trato estuvo a punto de romperse, porque a ltima hora Cay pidi
se agregara un metro de tabaco en cuerda, lo que pareci excesivo al
mens. Concluyse por fin el mercado, y mientras el fresco matrimonio
se instalaba en su rancho, Cay cargaba concienzudamente su 44, para
dirigirse a concluir la tarde lluviosa tomando mate con aquellos.

       *       *       *       *       *

El otoo finalizaba, y el cielo, fijo en sequa con chubascos de cinco
minutos, se descompona por fin en mal tiempo constante, cuya humedad
hinchaba el hombro de los mens. Podeley, libre hasta entonces,
sintise un da con tal desgano al llegar a su viga, que se detuvo,
mirando a todas partes qu poda hacer. No tena nimo para nada.
Volvi a su cobertizo, y en el camino sinti un ligero cosquilleo en
la espalda.

Saba muy bien qu eran aquel desgano y aquel hormigueo a flor de
estremecimiento. Sentse filosficamente a tomar mate, y media hora
despus un hondo y largo escalofro recorrile la espalda bajo
la camisa.

No haba nada que hacer. Se ech en la cama, tiritando de fro,
doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes,
incontenibles, castaeaban a ms no poder.

Al da siguiente el acceso, no esperado hasta el crepsculo, torn a
medioda, y Podeley fu a la comisara a pedir quinina. Tan claramente
se denunciaba el chucho en el aspecto del mens, que el dependiente
baj los paquetes sin mirar casi al enfermo, quien volc
tranquilamente sobre su lengua la terrible amargura aquella. Al volver
al monte, hall al mayordomo.

--Vos tambin--le dijo ste, mirndolo--y van cuatro. Los otros no
importa... poca cosa. Vos sos cumplidor... Cmo est tu cuenta?

--Falta poco... pero no voy a poder trabajar...

--Bah! Curate bien y no es nada... Hasta maana.

--Hasta maana--se alej Podeley apresurando el paso, porque en los
talones acababa de sentir un leve cosquilleo.

El tercer ataque comenz una hora despus, quedando Podeley aplomado
en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no
pudiera ir ms all de uno o dos metros.

El descanso absoluto a que se entreg por tres das--blsamo
especfico para el mens, por lo inesperado--no hizo sino convertirle
en un bulto castaeteante y arrebujado sobre un raign. Podeley, cuya
fiebre anterior haba tenido honrado y peridico ritmo, no presagi
nada bueno para l de esa galopada de accesos casi sin intermitencia.
Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no haba cortado a ras el segundo
ataque, era intil que se quedara all arriba, a morir hecho un ovillo
en cualquier vuelta de picada. Y baj de nuevo al almacn.

--Otra vez vos!--lo recibi el mayordomo.--Eso no anda bien... No
tomaste quinina?

--Tom... No me hallo con esta fiebre... No puedo trabajar. Si
quers darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane...

El mayordomo contempl aquella ruina, y no estim en gran cosa la vida
que quedaba all.

--Cmo est tu cuenta?--pregunt otra vez.

--Debo veinte pesos todava... El sbado entregu... Me hallo muy
enfermo...

--Sabs bien que mientras tu cuenta no est pagada, debs quedar.
Abajo... pods morirte. Curate aqu, y arregls tu cuenta en seguida.

Curarse de una fiebre perniciosa, all donde se la adquiri? No, por
cierto; pero el mens que se va puede no volver, y el mayordomo
prefera hombre muerto a deudor lejano.

Podeley jams haba dejado de cumplir nada, nica altanera que se
permite ante su patrn un mens de talla.

--No me importa que hayas dejado o no de cumplir!--replic el
mayordomo.--Pag tu cuenta primero, y despus veremos!

Esta injusticia para con l cre lgica y velozmente el deseo de
desquite. Fu a instalarse con Cay, cuyo espritu conoca bien, y
ambos decidieron escaparse el prximo domingo.

Pero al da siguiente, viernes, hubo en el obraje inusitado
movimiento.

--Ah tens!--grit el mayordomo, tropezando con Podeley.--Anoche se
han escapado tres... Eso es lo que te gusta, no? Esos tambin eran
cumplidores! Como vos! Pero antes vas a reventar aqu, que salir de
la planchada! Y mucho cuidado, vos y todos los que estn oyendo!
Ya saben!

La decisin de huir, y sus peligros, para los que el mens necesita
todas sus fuerzas, es capaz de contener algo ms que una fiebre
perniciosa. El domingo, por lo dems, haba ya llegado; y con falsas
maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal
o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cay se
encontraron de pronto a mil metros de la comisara.

Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonaran la picada;
Podeley caminaba mal. Y an as...

La resonancia peculiar del bosque trjoles, lejana, una voz ronca:

--A la cabeza! A los dos!

Y un momento despus surgan de un recodo de la picada, el capataz y
tres peones corriendo. La cacera comenzaba.

Cay amartill su revlver sin dejar de avanzar.

--Entregte, a!--gritles el capataz.

--Entremos en el monte--dijo Podeley.--Yo no tengo fuerza para mi
machete.

--Volv o te tiro!--lleg otra voz.

--Cuando estn ms cerca...--comenz Cay.--Una bala de winchester
pas silbando por la picada.

--Entr!--grit Cay a su compaero.--Y parapetndose tras un rbol,
descarg hacia all los cinco tiros de su revlver.

Una gritera aguda respondiles, mientras otra bala de winchester
haca saltar la corteza del rbol.

--Entregte o te voy a dejar la cabeza...!

--And no ms!--inst Cay a Podeley.--Yo voy a...

Y tras nueva descarga, entr en el monte.

Los perseguidores, detenidos un momento por las explosiones,
lanzronse rabiosos adelante, fusilando, golpe tras golpe de
winchester, el derrotero probable de los fugitivos.

A 100 metros de la picada, y paralelos a ella, Cay y Podeley se
alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los
perseguidores lo presuman; pero como dentro del monte, el que ataca
tiene cien probabilidades contra una de ser detenido por una bala en
mitad de la frente, el capataz se contentaba con salvas de winchester
y aullidos desafiantes. Por lo dems, los tiros errados hoy haban
hecho lindo blanco la noche del jueves...

El peligro haba pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley
se envolvi en el poncho, y recostado en la espalda de su compaero,
sufri con dos terribles horas de chucho, el contragolpe de
aquel esfuerzo.

Prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando la
noche lleg, por fin, acamparon. Cay haba llevado chipas, y Podeley
encendi fuego, no obstante los mil inconvenientes en un pas donde,
fuera de los pavones, hay otros seres que tienen debilidad por la luz,
sin contar los hombres.

El sol estaba muy alto ya, cuando a la maana siguiente encontraron al
riacho, primera y ltima esperanza de los escapados. Cay cort doce
tacuaras sin ms prolija eleccin, y Podeley, cuyas ltimas fuerzas
fueron dedicadas a cortar los isips, tuvo apenas tiempo de hacerlo
antes de enroscarse a tiritar.

Cay, pues, construy solo la jangada--diez tacuaras atadas
longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada.

A los diez segundos de concluda se embarcaron. Y la hangadilla,
arrastrada a la deriva, entr en el Paran.

Las noches son esa poca excesivamente frescas, y los dos mens, con
los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. La
corriente del Paran que llegaba cargado de inmensas lluvias, retorca
la jangada en el borbolln de sus remolinos, y aflojaba lentamente los
nudos de isip.

En todo el da siguiente comieron dos chipas, ltimo resto de
provisin, que Podeley prob apenas. Las tacuaras taladradas por los
tambs se hundan, y al caer la tarde, la jangada haba descendido a
una cuarta del nivel del agua.

Sobre el ro salvaje, encajonado en los lgubres murallones de bosque,
desierto del ms remoto ay!, los dos hombres, sumergidos hasta la
rodilla, derivaban girando sobre s mismos, detenidos un momento
inmviles ante un remolino, siguiendo de nuevo, sostenindose apenas
sobre las tacuaras casi sueltas que se escapaban de sus pies, en una
noche de tinta que no alcanzaban a romper sus ojos desesperados.

El agua llegbales ya al pecho cuando tocaron tierra. Dnde? No
saban... un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inmviles,
tendidos de espaldas.

Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extenda
veinte metros tierra adentro, sirviendo de litoral a ro y bosque. A
media cuadra al sur, el riacho Parana, que decidieron vadear cuando
hubieran recuperado las fuerzas. Pero stas no volvan tan rpidamente
como era de desear, dado que los cogollos y gusanos de tacuara son
tardos fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia transform al
Paran en aceite blanco, y al Parana en furiosa avenida. Todo
imposible. Podeley se incorpor de pronto chorreando agua, apoyndose
en el revlver para levantarse, y apunt. Volaba de fiebre.

--Pas, a!...

Cay vi que poco poda esperar de aquel delirio, y se inclin
disimuladamente para alcanzar a su compaero de un palo. Pero el
otro insisti:

--And al agua! Vos me trajiste! Bande el ro!

Los dedos lvidos temblaban sobre el gatillo.

Cay obedeci; dejse llevar por la corriente, y desapareci tras el
pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.

Desde all, y de atrs, acech a su compaero, recogiendo el revlver
cado; pero Podeley yaca de nuevo de costado, con las rodillas
recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al aproximarse
Cay alz la cabeza, y sin abrir casi los ojos, cegados por el
agua, murmur:

--Cay... caray... Fro muy grande...

Llovi an toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda
de los diluvios otoales, hasta que a la madrugada Podeley qued
inmvil para siempre en su tumba de agua.

Y en el mismo pajonal, sitiado siete das por el bosque, el ro y la
lluvia, el mens agot las races y gusanos posible; perdi poco a
poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, murindose de fro y hambre,
con los ojos fijos en el Paran.

El _Silex_, que pas por all al atardecer, recogi al mens ya casi
moribundo. Su felicidad transformse en terror, al darse cuenta al da
siguiente de que el vapor remontaba el ro.

--Por favor te pido!--llorique ante el capitn--No me bajen en
Puerto X! Me van a matar!... Te lo pido de veras!...

El _Silex_ volvi a Posadas, llevando con l al mens empapado an en
pesadillas nocturnas.

Pero a los diez minutos de bajar a tierra, estaba ya borracho, con
nueva contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos.









#YAGUA#




Ahora bien, no poda ser sino all. Yagua olfate la piedra--un
slido bloque de mineral de hierro--y di una cautelosa vuelta en
torno. Bajo el sol a medioda de Misiones, el aire vibraba sobre el
negro peasco, fenmeno ste que no seduca al fox-terrier. All abajo,
sin embargo, estaba la lagartija. Gir nuevamente alrededor, resopl
en un intersticio, y, para honor de la raza, rasc un instante el
bloque ardiente. Hecho lo cual regres con paso perezoso, que no
impeda un sistemtico olfateo a ambos lados.

Entr en el comedor, echndose entre el aparador y la pared, fresco
refugio que l consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la
opinin de toda la casa. Pero el sombro rincn, admirable cuando a la
depresin de la atmsfera acompaa la falta de aire, tornbase
imposible en un da de viento norte. Era ste un flamante conocimiento
del fox-terrier, en quien luchaba an la herencia del pas
templado--Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya--donde sucede
precisamente lo contrario. Sali, por lo tanto, afuera, y se sent
bajo un naranjo, en pleno viento de fuego, pero que facilitaba
inmensamente la respiracin. Y como los perros transpiran muy poco,
Yagua apreciaba cuanto es debido el viento evaporizador sobre la
lengua danzante puesta a su paso.

El termmetro alcanzaba en ese momento a 40. Pero los fox-terriers de
buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de quietud
se refiera. Bajo aquel medioda de fuego, sobre la meseta volcnica
que la roja arena tornaba an ms calcinante, haba lagartijas.

Con la boca ahora cerrada, Yagua transpuso el tejido de alambre y se
hall en pleno campo de caza. Desde septiembre no haba logrado otra
ocupacin a las siestas bravas. Esta vez rastre cuatro de las pocas
que quedaban ya, caz tres, perdi una, y se fu entonces a baar.

A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del
bananal, exista un pozo en piedra viva de factura y forma originales,
pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habalo concludo
un aficionado con pala de punta. Verdad es que no meda sino dos
metros de hondura, tendindose en larga escarpa por un lado, a modo de
tajamar. Su fuente, bien que superficial, resista a secas de dos
meses, lo que es bien meritorio en Misiones.

All se baaba el fox-terrier, primero la lengua, despus el vientre
sentado en el agua, para concluir con una travesa a nado. Volva
luego a la casa, siempre que algn rastro no se atravesara en su
camino. Al caer el sol, tornaba al pozo; de aqu que Yagua sufriera
vagamente de pulgas, y con bastante facilidad el calor tropical para
el que su raza no haba sido creada.

El instinto combativo del fox-terrier se manifest normalmente contra
las hojas secas; subi luego a las mariposas y su sombra, y se fij
por fin en las lagartijas. An en noviembre, cuando tena ya en jaque
a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los
peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la
obstinacin del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego, si
bien la admiracin de aquellos no pasaba del cuadro de caza.

--Eso--dijo uno un da, sealando al perro con una vuelta de
cabeza,--no sirve ms que para bichitos...

El dueo de Yagua lo oy:

--Tal vez--repuso,--pero ninguno de los famosos perros de ustedes
sera capaz de hacer lo que hace ese.

Los hombres se sonrieron sin contestar.

Cooper, sin embargo, conoca bien a los perros de monte, y su
maravillosa aptitud para la caza a la carera, que su fox-terrier
ignoraba. Ensearle? Acaso; pero l no tena cmo hacerlo.

Precisamente esa misma tarde un pen se quej a Cooper de los venados
que estaban concluyendo con los porotos. Peda escopeta, porque aunque
l tena un perro, no poda sino _a veces_ alcanzarlos de un palo...

Cooper prest la escopeta, y an propuso ir esa noche al rozado.

--No hay luna--objet el pen.

--No importa. Suelte el perro y veremos si el mo lo sigue.

Esa noche fueron al planto. El pen solt a su perro, y el animal se
lanz en seguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro.

Al ver partir a su compaero, Yagua intent en vano forzar la barrera
de caraguat. Logrlo al fin, y sigui la pista del otro. Pero a los
dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna.
Eso s, no qued agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda.

Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar
muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El
perro del pen hall una pista, muy lejos, que perdi en seguida. Una
hora despus volva a su amo, y todos juntos regresaron a la casa.

La prueba, si no concluyente, desanim a Cooper. Se olvid luego de
ello, mientras el fox-terrier continuaba cazando ratas, algn lagarto
o zorro en su cueva, y lagartijas.

Entretanto, los das se sucedan unos a otros, enceguecientes,
pesados, en una obstinacin de viento norte que doblaba las verduras
en lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodas trridos. El
termmetro se mantena a 38-40, sin la ms remota esperanza de lluvia.
Durante cuatro das el tiempo se carg; con asfixiante calma y aumento
de calor. Y cuando se perdi al fin la esperanza de que el sur
devolviera en torrentes de agua todo el viento de fuego recibido un
mes entero del norte, la gente se resign a una desastrosa sequa.

El fox-terrier vivi desde entonces sentado bajo su naranjo, porque
cuando el calor traspasa cierto lmite razonable, los perros no
respiran bien, echados. Con la lengua de fuera y los ojos entornados,
asisti a la muerte progresiva de cuanto era brotacin primaveral. La
huerta se perdi rpidamente. El maizal pas del verde claro a una
blancura amarillenta, y a fines de Noviembre slo quedaban de l
columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca,
heroica entre todas, resista bien.

El pozo del fox-terrier--agotada su fuente--perdi da a da su agua
verdosa, y tan caliente que Yagua no iba a l sino de maana, si bien
ahora hallaba rastros de aperes, agutes y hurones, que la sequa del
monte forzaba hasta aqul.

En vuelta de su bao, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar
poco a poco el viento, mientras el termmetro, refrescado a 15 al
amanecer, llegaba a 41 a las dos de la tarde. La sequedad del aire
llevaba a beber al fox-terrier cada media hora, debiendo entonces
luchar con las avispas y abejas que invadan los baldes, muertas de
sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la
triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor
roja, sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un
sol que mataba instantneamente a las hormigas rubias.

Alrededor, cuanto abarcaba los ojos del fox-terrier, los bloques de
hierro, el pedregullo volcnico, el monte mismo, danzaba, mareado de
calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la
depresin de la doble sierra, el Paran yaca, muerto a esa hora en su
agua de cinc, esperando la cada de la tarde para revivir. La
atmsfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al
horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el ro,
sostenase asfixiado en perfecto crculo de sangre. Y mientras el
viento cesaba por completo y en el aire an abrasado Yagua arrastraba
por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras, recortndose
inmviles sobre el ro cuajado en rub, infundan en el paisaje una
sensacin de lujoso y sombro oasis.

Los das se sucedan iguales. El pozo del fox-terrier se sec, y las
asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yagua, comenzaron
para l esa misma tarde.

Desde tiempo atrs, el perrito blanco haba sido muy solicitado por un
amigo de Cooper, hombre de selva cuyos muchos ratos perdidos se
pasaban en el monte tras los tatetos. Tena tres perros magnficos
para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coates, lo que
envolviendo una prdida de tiempo para el cazador, constituye tambin
la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coat degella
sistemticamente al perro que no supo cogerlo.

Fragoso, habiendo visto un da trabajar al fox-terrier en un asunto de
irara, que Yagua forz a estarse definitivamente quieta, dedujo que
un perrito que tena ese talento especial para morder justamente entre
cruz y pescuezo, no era un perro cualquiera, por ms corta que tuviera
la cola. Por lo que inst repetidas veces a Cooper a que le prestara
a Yagua.

--Yo te lo voy a ensear bien a usted, patrn--le deca.

--Tiene tiempo--responda Cooper.

Pero en esos das abrumadores--la visita de Fragoso avivando el
recuerdo de aquello--Cooper le entreg su perro a fin de que le
enseara a correr.

Corri, sin duda, mucho ms de lo que hubiera deseado el mismo Cooper.

Fragoso viva en la margen izquierda del Yabebir, y haba plantado en
octubre un mandiocal que no produca an, y media hectrea de maz y
porotos, totalmente perdida. Esto ltimo, especfico para el cazador,
tena para Yagua muy poca importancia, trastornndole en cambio la
nueva alimentacin. El, que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca
simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba por tres o
cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la cocinera,
conoci la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo que come,
para concluir lamiendo el plato que sus tres compaeros haban pulido
ya, esperando ansiosamente el puado de maz sancochado que les
daban cada da.

Los tres perros salan de noche a cazar por su cuenta--maniobra sta
que entraba en el sistema educacional del cazador;--pero el hambre,
que llevaba a aquellos naturalmente al monte a rastrear para comer,
inmovilizaba al fox-terrier en el rancho, nico lugar del mundo donde
poda hallar comida. Los perros que no devoran la caza, sern siempre
malos cazadores; y justamente la raza a que perteneca Yagua, caza
desde su creacin por simple sport.

Fragoso intent algn aprendizaje con el fox-terrier. Pero siendo
Yagua mucho ms perjudicial que til al trabajo desenvuelto de sus
tres perros, lo releg desde entonces en el rancho a espera de mejores
tiempos para esa enseanza.

Entretanto, la mandioca del ao anterior comenzaba a concluirse, las
ltimas espigas de maz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano,
y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, roy las
entraas de Yagua. En aquella nueva vida haba adquirido con pasmosa
rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del
pas. Aprendi entonces a merodear de noche en los ranchos vecinos,
avanzando con cautela, las piernas dobladas y elsticas, hundindose
lentamente al pie de una mata de espartillo, al menor rumor hostil.
Aprendi a no ladrar por ms furor o miedo que tuviera, y a gruir de
un modo particularmente sordo, cuando el cuzco de un rancho defenda a
ste del pillaje. Aprendi a visitar los gallineros, a separar dos
platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con
grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoci el gusto
de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del
holln pegoteado de una olla, y--alguna vez--de la miel recogida y
guardada en un trozo de tacuara. Adquiri la prudencia necesaria para
apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguindolo con los
ojos, aguachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada
encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y
provocador del fox-terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso,
de orejas echadas atrs y rabo hundido y traicionero, que trotaba
furtivamente por los caminos.

La sequa continuaba; el monte qued poco a poco desierto, pues los
animales se concentraban en los hilos de agua que haban sido grandes
arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del
abrevadero de las bestias, con xito mediano, pues siendo ste muy
frecuentado a su vez por los yaguarete, la caza menor tornbase
desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y disgustos
con el propietario de su tierra, no tena humor para cazar, ni an por
hambre. Y la situacin amenazaba as tornarse muy crtica, cuando una
circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable jaura.

Fragoso debi ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con
l, sintieron en sus narices dilatadas una impresin de frescura
vegetal--vagusima, si se quiere,--pero que acusaba un poco de vida en
aquel infierno de calor y seca. En efecto, la regin haba sido menos
azotada, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se
sostenan en pie.

No comieron ese da; pero al regresar jadeando detrs del caballo, los
perros no olvidaron aquella sensacin de frescura, y a la noche
siguiente salan juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla
del Yabebir se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico
trmulo a la otra costa. La luna sala entonces, con su amarillenta
luz de menguante. Los perros avanzaron cautelosamente sobre el ro a
flor de piedra, saltando aqu, nadando all, en un paso que en agua
normal no da fondo a tres metros.

Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el
maizal ms cercano. All el fox-terrier vi cmo sus compaeros
quebraban los tallos con los dientes, devorando en secos mordiscos que
entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo lo mismo; y
durante una hora, en el rozado negro de rboles quemados, que la
fnebre luz del menguante volva ms espectral, los perros se movieron
de aqu para all entre las caas, grundose mutuamente.

Volvieron tres veces ms, hasta que la ltima noche un estampido
demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura
con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no sintieron mucho.

       *       *       *       *       *

Fragoso haba logrado por fin trasladarse all, en el fondo de la
colonia. El monte, entretejido de tacuap, denunciaba tierra
excelente; y aquellas inmensas madejas de bamb, tendidas en el suelo
con el machete, deban de preparar magnficos rozados.

Cuando Fragoso se instal, el tacuap comenzaba a secarse. Roz y
quem rpidamente un cuarto de hectrea, confiando en algn milagro de
lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se torn
plomo, y en las horas ms calientes se transparentaban en el horizonte
lvidas orlas de cmulos. El termmetro a 39 y el viento norte
soplando con furia, trajeron al fin doce milmetros de agua, que
Fragoso aprovech para su maz, muy contento. Lo vi nacer, lo vi
crecer magnficamente hasta cinco centmetros, pero nada ms.

En el tacuap, bajo l y alimentndose acaso de sus brotos, viven
infinidad de roedores. Cuando aqul se seca, sus huspedes se
desbandan, el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones; y de
este modo los tres perros de Fragoso, que salan una noche, volvieron
en seguida restregndose el hocico mordido. Fragoso mat esa misma
noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa.

Yagua no estaba all. Pero a la noche siguiente, l y sus compaeros
se internaban en el monte (aunque el fox-terrier no corra tras el
rastro, saba perfectamente desenfundar tats y hallar nidos de
ures), cuando el primero se sorprendi del rodeo que efectuaban sus
compaeros para no cruzar el rozado. Yagua avanz por ste, no
obstante; y un momento despus lo mordian en una pata, mientras
rpidas sombras corran a todos lados.

Yagua vi lo que era; e instantneamente, en plena barbarie de bosque
tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y
duro, y la actitud batalladora del admirable perro ingls. Hambre,
humillacin, vicios adquiridos, todo se borr en un segundo ante las
ratas que salan de todas partes. Y cuando volvi por fin a echarse,
ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas
hambrientas que invadan literalmente el rancho.

Fragoso qued encantado de aquella brusca energa de nervios y
msculos que no recordaba ms, y subi a su memoria el recuerdo del
viejo combate con la irara; era la misma mordida sobre la cruz: un
golpe seco de mandbula, y a otra rata.

Comprendi tambin de dnde provena aquella nefasta invasin, y con
larga serie de juramentos en voz alta, di su maizal por perdido. Qu
poda hacer Yagua solo? Fu al rozado, acariciando al fox-terrier, y
silb a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentan los
dientes de las ratas en el hocico, chillaban, restregndolo a dos
patas. Fragoso y Yagua hicieron solos el gasto de la jornada, y si el
primero sac de ella la mueca dolorida, el segundo echaba al respirar
burbujas sanguinolentas por la nariz.

En doce das, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox-terrier para
salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las
martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido an a la
plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permita ni la sombra de
nueva plantacin, y Fragoso se vi forzado a ir a San Ignacio en busca
de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que l no
poda ya entretener poco ni mucho. Lo haca con verdadera pena, pues
las ltimas aventuras, colocando al fox-terrier en su verdadero teatro
de caza, haban levantado muy alta la estima del cazador por el
perrito blanco.

En el camino, el fox-terrier oy, lejano, el ruido de carretera de
los pajonales del Yabebir ardiendo con la sequa; vi a la vera del
bosque a las vacas que soportando la nube de tbanos, doblaban los
catigus con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco arqueado
hasta alcanzar las hojas. Vi al mismo monte subtropical secndose en
los pedregales, y sobre el brumoso horizonte de las tardes de 38-40,
volvi a ver el sol cayendo asfixiado en un crculo rojo y mate.

Media hora despus llegaban a San Ignacio, y siendo ya tarde para
llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplaz para la maana siguiente su
visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se aventuraron
mucho a merodear en pas desconocido, con excepcin de Yagua, al que
el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del
caballo de Cooper, llevaba en lnea recta a casa de su amo.

       *       *       *       *       *

Las circunstancias anormales porque pasaba el pas con la sequa de
cuatro meses--y es preciso saber lo que esto supone en Misiones--haca
que los perros de los peones, ya famlicos en tiempo de abundancia,
llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno da,
Cooper haba tenido ocasin de perder tres gallinas, arrebatadas por
los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un
poblador haragn llega a ensear a sus cachorros esta maniobra para
aprovecharse ambos de la presa, se comprender que Cooper perdiera la
paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrn
nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la leccin era
asimismo dura.

As una noche, en el momento que se iba a acostar, percibi su odo
alerta el ruido de las uas enemigas, tratando de forzar el tejido de
alambre. Con un gesto de fastidio descolg la escopeta, y saliendo
afuera vi una mancha blanca que avanzaba dentro del patio.
Rpidamente hizo fuego, y a los aullidos transpasantes del animal
arrastrndose sobre las patas traseras, tuvo un fugitivo sobresalto,
que no pudo explicar y se desvaneci en seguida. Lleg hasta el lugar,
pero el perro haba desaparecido ya, y entr de nuevo.

--Qu fu, pap?--le pregunt desde la cama su hija.--Un perro?

--S--repuso Cooper colgando la escopeta.--Le tir un poco de
cerca...

--Grande el perro, pap?

--No, chico.

Pas un momento.

--Pobre Yagua!--prosigui Julia.--Cmo estar!

Sbitamente Cooper record la impresin sufrida al oir aullar al
perro: algo de su Yagua haba all... Pero pensando tambin en cun
remota era esa probabilidad, se durmi.

Fu a la maana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el
rastro de sangre, hall a Yagua muerto al borde del pozo del bananal.

De psimo humor volvi a casa, y la primer pregunta de Julia fu por
el perro chico.

--Muri, pap?

--S, all en el pozo... es Yagua.

Cogi la pala, y seguido de sus dos hijos consternados, fu al pozo.
Julia, despus de mirar un momento inmvil, se acerc despacio a
sollozar junto al pantaln de Cooper.

--Qu hiciste, pap!

--No saba, chiquita... Aprtate un momento.

En el bananal enterr a su perro, apison la tierra encima, y regres
profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos, que
lloraban despacio para que su padre no los sintiera.









#LOS PESCADORES DE VIGAS#




El motivo fu cierto juego de comedor que mster Hall no tena an, y
su fongrafo fu quien le sirvi de anzuelo.

Candiy lo vi en la oficina provisoria de la _Yerba Company_, donde
mster Hall maniobraba su fongrafo a puerta abierta.

Candiy, como buen indgena, no manifest sorpresa alguna,
contentndose con detener su caballo un poco al travs delante del
chorro de luz, y mirar a otra parte. Pero como un ingls, a la cada
de la noche, en mangas de camisa por el calor, y con una botella de
whisky al lado, es cien veces ms circunspecto que cualquier mestizo,
mster Hall no levant la vista del disco. Con lo que vencido y
conquistado, Candiy concluy por arrimar su caballo a la puerta, en
cuyo umbral apoy el codo.

--Buenas noches, patrn Linda msica!

--S, linda--repuso mster Hall.

--Linda!--repiti el otro.--Cunto ruido!

--S, mucho ruido--asinti mster Hall, que hallaba no desprovistas de
profundidad las observaciones de su visitante.

Candiy admiraba los nuevos discos:

--Te cost mucho a usted, patrn?

--Cost... qu?

--Ese hablero... los mozos que cantan.

La mirada turbia, inexpresiva e insistente de mster Hall, se aclar.
El contador comercial surga.

--Oh, cuesta mucho!... Usted quiere comprar?

--Si usted quers venderme...--contest llanamente Candiy, convencido
de la imposibilidad de tal compra. Pero mster Hall prosegua
mirndolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a
fuerza de marchas metlicas.

--Vendo barato a usted... cincuenta pesos!

Candiy sacudi la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista,
alternativamente:

--Mucha plata! No tengo.

--Usted qu tiene, entonces?

El hombre se sonri de nuevo, sin responder.

--Dnde usted vive?--prosigui mster Hall, evidentemente decidido a
desprenderse de su gramfono.

--En el puerto.

--Ah! yo conozco usted... Usted llama Candiy?

--As es.

--Y usted pesca vigas?

--A veces, alguna viguita sin dueo...

--Vendo por vigas!... Tres vigas aserradas. Yo mando carreta.
Conviene?

Candiy se rea.

--No tengo ahora. Y esa... maquinaria, tiene mucha delicadeza?

--No; botn ac, y botn ac... yo enseo. Cundo tiene madera?

--Alguna creciente... Ahora debe venir una. Y qu palo quers usted?

--Palo rosa. Conviene?

--Hum!... No baja ese palo casi nunca... Mediante una creciente
grande, solamente. Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.

--Y usted lleva buen gramfono. Conviene?

El mercado prosigui a son de cantos britnicos, el indgena
esquivando la va recta, y el contador acorralndolo en el pequeo
crculo de la precisin. En el fondo, y descontados el calor y el
whisky, el ciudadano ingls no haca un mal negocio, cambiando un
perro gramfono por varias docenas de bellas tablas, mientras el
pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos das de habitual
trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera.

Por lo cual el mercado se realiz, a tanto tiempo de plazo.

Candiy vive en la costa del Paran, desde hace treinta aos; y si su
hgado es an capaz de combinar cualquier cosa despus del ltimo
ataque de fiebre, en diciembre pasado, debe vivir todava unos meses
ms. Pasa ahora los das sentado en su catre de varas, con el sombrero
puesto. Slo sus manos, lvidas zarpas veteadas de verde que penden
inmensas de las muecas, como proyectadas en primer trmino en una
fotografa, se mueven montonamente sin cesar, con temblor de
loro implume.

Pero en aquel tiempo Candiy era otra cosa. Tena entonces por oficio
honorable el cuidado de un bananal ajeno, y--poco menos lcito--el de
pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en poca de creciente, derivan
vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada
en formacin, bien que un pen bromista corte de un machetazo la soga
que las retiene. Candiy era poseedor de un anteojo telescopado, y
pasaba las maanas apuntando al agua, hasta que la lnea blanquecina
de una viga, destacndose en el horizonte montuoso, lo lanzaba en su
chalana al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa
no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado
o halando de un pieza de 10 x 40, vale cualquier remolcador.

       *       *       *       *       *

All en el obraje de Castelhum, ms arriba de Puerto Felicidad, las
lluvias haban comenzado despus de setenta y cinco das de seca
absoluta que no dej llanta en las alzaprimas. El haber realizable del
obraje consista en ese momento en siete mil vigas--bastante ms que
una fortuna. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no
estn en el puerto, no pesan dos escrpulos en caja, Castelhum y Ca.
distaban muchsimas leguas de estar contentos.

De Buenos Aires llegaron rdenes de movilizacin inmediata; el
encargado del obraje pidi mulas y alzaprimas; le respondieron que con
el dinero de la primera jangada a recibir le remitiran las mulas, y
el gerente contest que con esa mulas anticipadas, les mandara la
primer jangada.

No haba modo de entenderse. Castelhum subi hasta el obraje y vi el
stock de madera en el campamento, sobre la barranca del acanguaz
al norte.

--Cunto?--pregunt Castelhum a su encargado.

--Treinticinco mil pesos--repuso ste.

Era lo necesario para trasladar las vigas al Paran. Y sin contar la
estacin impropia.

Bajo la lluvia que una en un solo hilo de agua su capa de goma y su
caballo, Castelhum consider largo rato el arroyo arremolinado.
Sealando luego el torrente con un movimiento del capuchn:

--Las aguas llegarn a cubrir el salto?--pregunt a su compaero.

--Si llueve mucho, s.

--Tiene todos los hombres en el obraje?

--Hasta este momento; esperaba rdenes suyas.

--Bien--dijo Castelhum.--Creo que vamos a salir bien. Mster
Fernndez: Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y comience
a arrimar todas las vigas aqu a la barranca. El arroyo est limpio,
segn me dijo. Maana de maana bajo a Posadas, y desde entonces, con
el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo. Entiende? Una
buena lluvia.

El encargado lo mir abriendo cuanto pudo los ojos.

--La maroma va a ceder antes que lleguen cien vigas.

--Ya s, no importa. Y nos costar muchsimos miles. Volvamos y
hablaremos ms largo.

Fernndez se encogi de hombros y silb a los capataces.

En el resto del da, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los
peones tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo, la
cadena de vigas, y el tumbaje de palos comenz en el campamento.
Castelhum baj a Posadas sobre una agua de inundacin que iba
corriendo nueve millas, y que al salir del Guayra se haba alzado
siete metros la noche anterior.

Tras gran sequa, grandes lluvias. A medioda comenz el diluvio, y
durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tron de agua. El
arroyo, venido a torrente, pas a rugiente avalancha de agua ladrillo.
Los peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la
ropa pegada al cuerpo, despeaban las vigas por la barranca. Cada
esfuerzo arrancaba un unsono grito de nimo, y cuando la monstruosa
viga rodaba dando tumbos y se hunda con un caonazo en el agua, todos
los peones lanzaban su a...ij! de triunfo. Y luego, los esfuerzos
malgastados en el barro lquido, la zafadura de las palancas, las
costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre.

Bruscamente, por fin, el diluvio ces. En el sbito silencio
circunstante, se oy el tronar de la lluvia todava sobre el bosque
inmediato. Ms sordo y ms hondo, el retumbo del acanguaz. Algunas
gotas, distanciadas y livianas, caan an del cielo exhausto. Pero el
tiempo prosegua cargado, sin el ms ligero soplo. Se respiraba agua,
y apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la lluvia
recomenz--la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El
trabajo urga--los sueldos haban subido valientemente--y mientras el
temporal sigui, los peones continuaron gritando, cayndose y tumbando
bajo el agua fra.

En la barra del acanguaz, la barrera flotante contuvo a los primeros
palos que llegaron, y resisti arqueada y gimiendo a muchas ms; hasta
que al empuje incontrastable de las vigas que llegaban como catapultas
contra la maroma, el cable cedi.

       *       *       *       *       *

Candiy observaba el ro con su anteojo, considerando que la creciente
actual, que all en San Ignacio haba subido dos metros ms el da
anterior--llevndose por lo dems su chalana--sera ms all de
Posadas, formidable inundacin. Las maderas haban comenzado a
descender, pero todas ellas, a juzgar por su alta flotacin, eran
cedros o poco menos, y el pescador reservaba prudentemente
sus fuerzas.

Esa noche el agua subi un metro an, y a la tarde siguiente Candiy
tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una
verdadera jangada de vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurub.
Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca.

All estaba su lugar. Salt en su guabiroba, y pale al encuentro de
la caza.

Ahora bien, en una creciente del Alto Paran se encuentran muchas
cosas antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego,
arrancados de cuajo y con las races negras al aire, como pulpos.
Vacas y mulas muertas, en compaa de buen lote de animales salvajes
ahogados, fusilados o con una flecha plantada an en el vientre. Altos
conos de hormigas amontonadas sobre un raign. Algn tigre, tal vez;
camalotes y espuma a discrecin,--sin contar, claro est, las vboras.

Candiy esquiv, deriv, tropez y volc muchas veces ms de las
necesarias para llegar a la presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso
al vivo la veta sangunea del palo rosa, y recostndose a la viga pudo
derivar con ella oblicuamente algn trecho. Pero las ramas, los
rboles, pasaban sin cesar arrastrndolo. Cambi de tctica; enlaz su
presa, y comenz entonces la lucha muda y sin tregua, echando
silenciosamente el alma a cada palada.

Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso
suficientemente grande para que tres hombres titubeen antes de
atreverse con ella. Pero Candiy una a su gran aliento, treinta aos
de pirateras en ro bajo o alto, deseando--adems--ser dueo de un
gramfono.

La noche, negra, le depar incidentes a su plena satisfaccin. El ro,
a flor de ojo casi, corra velozmente con untuosidad de aceite. A
ambos lados pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre
ahogado tropez con la guabiroba; Candiy se inclin y vi que tena
la garganta abierta. Luego visitantes incmodos, vboras al asalto,
las mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores
hasta los camarotes.

El hercleo trabajo prosegua, la pala temblaba bajo el agua, pero era
arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindi; cerr ms el ngulo de
abordaje, y sum sus ltimas fuerzas para alcanzar el borde de la
canal, que rasaba los peascos del Teyucuar. Durante diez minutos el
pescador de vigas, los tendones del cuello duros y los pectorales como
piedra, hizo lo que jams volver a hacer nadie para salir de la canal
en una creciente, con una viga a remolque. La guabiroba se estrell
por fin contra las piedras, se tumb, justamente cuando a Candiy
quedaba la fuerza suficiente--y nada ms,--para sujetar la soga y
desplomarse de boca.

Solamente un mes ms tarde tuvo mster Hall sus tres docenas de
tablas, y veinte segundos despus,--ni ms ni menos--entreg a Candiy
el gramfono, incluso veinte discos.

La firma Castelhum y Ca., no obstante la flotilla de lanchas a vapor
que lanz contra las vigas--y esto por bastante ms de treinta
das--perdi muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y
visita a mster Hall, admirar sinceramente los muebles del citado
contador, hechos de palo rosa.









#LA MIEL SILVESTRE#




Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce
aos, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron
en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este
queda a dos leguas de la ciudad. All viviran primitivamente de la
caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se haban acordado
particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos
el bosque estaba all, con su libertad como fuente de dicha, y sus
peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo da fueron hallados por quienes les
buscaban. Estaban bastante atnitos todava, no poco dbiles, y con
gran asombro de sus hermanos menores--iniciados tambin en Julio
Verne--saban an andar en dos pies y recordaban el habla.

Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera ms
formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las
escapatorias llevan aqu en Misiones a lmites imprevistos, y a tal
extremo arrastr a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.

Benincasa, habiendo concludo sus estudios de contadura pblica,
sinti fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su
temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacfico,
gordinfln y de cara uniformemente rosada, en razn de gran bienestar.
En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un t con
leche y pastelitos a quin sabe qu fortuita e infernal comida del
bosque. Pero as como el soltero que fu siempre juicioso, cree de su
deber, la vspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una
noche de orga en compaa de sus amigos, de igual modo Benincasa
quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa.
Y por este motivo remontaba el Paran hasta un obraje, con sus famosos
strom-boot.

Apenas salido de Corrientes, haba calzado sus botas fuertes, pues los
yacars de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el
contador pblico cuidaba mucho de su calzado, evitndole araazos y
sucios contactos.

De este modo lleg al obraje de su padrino, y a la hora tuvo ste que
contener el desenfado de su ahijado.

--A dnde vas ahora?--le haba preguntado sorprendido.

--Al monte; quiero recorrerlo un poco--repuso Benincasa, que acababa
de colgarse el winchester al hombro.

--Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si
quieres... O mejor, deja esa arma y maana te har acompaar por
un pen.

Benincasa renunci. No obstante, fu hasta la vera del bosque y se
detuvo. Intent vagamente un paso adentro, y qued quieto. Metise las
manos en los bolsillos, y mir detenidamente aquella inextricable
maraa, silbando dbilmente aires truncos. Despus de observar de
nuevo el bosque a uno y otro lado, retorn bastante desilusionado.

Al da siguiente, sin embargo, recorri la picada central por espacio
de una legua, y aunque su fusil volvi profundamente dormido,
Benincasa no deplor el paseo. Las fieras llegaran poco a poco.

Llegaron stas a la segunda noche--aunque de un carcter singular.

Dorma profundamente, cuando fu despertado por su padrino.

--Eh, dormiln! levntate que te van a comer vivo.

Benincasa se sent bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los
tres faroles de viento que se movan de un lado a otro en la pieza. Su
padrino y dos peones regaban el piso.

--Qu hay, qu hay?--pregunt, echndose al suelo.

--Nada... cuidado con los pies; la correccin.

Benincasa haba sido ya enterado de las curiosas hormigas a que
llamamos _correccin_. Son pequeas, negras, brillantes, y marchan
velozmente en ros ms o menos anchos. Son esencialmente carnvoras.
Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: araas, grillos,
alacranes, sapos, vboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada
en una casa supone la exterminacin absoluta de todo ser viviente,
pues no hay rincn ni agujero profundo donde no se precipite el ro
devorador. Los perros aullan, los bueyes mugen, y es forzoso
abandonarles la casa, a trueque de ser rodo en diez horas hasta el
esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco das, segn su
riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

No resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el
obraje abundaba aquella, antes de una hora qued libre de la
correccin.

Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lvida de la
mordedura.

--Pican muy fuerte, realmente--dijo sorprendido, levantando la cabeza
a su padrino.

Este, para quien la observacin no tena ya ningn valor, no
respondi, felicitndose en cambio de haber contenido a tiempo la
invasin. Benincasa reanud el sueo, aunque sobresaltado toda la
noche por pesadillas tropicales.

Al da siguiente se fu al monte, esta vez con un machete, pues haba
concludo por comprender que tal expediente le sera en el monte mucho
ms til que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su
acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas,
azotarse la cara y cortarse las botas, todo en uno.

El monte crepuscular y silencioso lo cans pronto. Dbale la
impresin--exacta por lo dems--de un escenario visto de da. De la
bullente vida tropical, no hay ms que el teatro helado; ni un animal,
ni un pjaro, ni un ruido casi. Benincasa volva, cuando un sordo
zumbido le llam la atencin. A diez metros de l, en un tronco hueco,
diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acerc con
cautela, y vi en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras,
del tamao de un huevo.

--Esto es miel--se dijo el contador pblico con ntima gula.--Deben de
ser bolitas de cera, llenas de miel...

Pero entre l, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Despus
de un momento de desencanto, pens en el fuego: levantara una buena
humareda. La suerte quiso que mientras el ladrn acercaba
cautelosamente la hojarasca hmeda, cuatro o cinco abejas se posaran
en su mano, sin picarlo. Benincasa cogi una en seguida, y
oprimindole el abdomen constat que no tena aguijn. Su saliva, ya
liviana, se clarific en milfica abundancia. Maravillosos y buenos
animalitos!

En un instante el contador desprendi las bolsitas de cera, y
alejndose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las
abejas, se sent en un raign. De las doce bolas, siete contenan
polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de
sombra transparencia, que Benincasa palade golosamente. Saba
distintamente a algo. A qu? El contador no pudo precisarlo. Acaso a
resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tena la densa
miel un vago dejo spero. Mas qu perfume, en cambio!

Benincasa, una vez bien seguro de que slo cinco bolsitas le seran
tiles, comenz. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal
goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que
agrandar el agujero, despus de haber permanecido medio minuto con la
boca intilmente abierta. Entonces la miel asom, adelgazndose en
pesado hilo hasta la lengua del contador.

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron as dentro de la boca de
Benincasa. Fu intil que prolongara la suspensin y mucho ms que
repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

Entretanto, la sostenida posicin de la cabeza en alto lo haba
mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos,
Benincasa consider de nuevo el monte crepuscular. Los rboles y el
suelo tomaban posturas por dems oblicuas, y su cabeza acompaaba el
vaivn del paisaje.

--Qu curioso mareo...--pens el contador--y lo peor es...

Al levantarse e intentar dar un paso, se haba visto obligado a caer
de nuevo sobre el tronco. Senta su cuerpo de plomo, sobre todo las
piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las
manos le hormigueaban.

--Es muy raro, muy raro, muy raro!--se repiti estpidamente
Benincasa, sin escrudiar sin embargo el motivo de esa rareza.--Como
si tuviera hormigas... la correccin--concluy.

Y de pronto la respiracin se le cort en seco, de espanto.

--Debe de ser la miel!... Es venenosa!... Estoy envenenado!

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le eriz el cabello de
terror; no haba podido ni an moverse. Ahora la sensacin de plomo y
el hormigueo suban hasta la cintura. Durante un rato el horror de
morir all, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le
cohibi todo medio de defensa.

--Voy a morir ahora!... De aqu a un rato voy a morir!... Ya no
puedo mover la mano!...

En su pnico constat sin embargo que no tena fiebre ni ardor de
garganta, y el corazn y pulmones conservaban su ritmo normal. Su
angustia cambi de forma.

--Estoy paraltico, es la parlisis! Y no me van a encontrar!...

Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de l,
dejndole ntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba.
Crey as notar que el suelo oscilante se volva negro y se agitaba
vertiginosamente. Otra vez subi a su memoria el recuerdo de la
correccin, y en su pensamiento se fij como una suprema angustia, la
posibilidad de que eso negro que invada el suelo...

Tuvo an fuerzas para arrancarse a ese ltimo espanto, y de pronto
lanz un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra
la tonalidad del nio aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado
ro de hormigas negras. Alrededor de l la correccin devoradora
oscureca el suelo, y el contador sinti por bajo el calzoncillo, el
ro de hormigas carnvoras que suban.

       *       *       *       *       *

Su padrino hall por fin dos das despus, sin la menor partcula de
carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La correccin que
merodeaba an por all, y las bolsitas de cera, lo iluminaron
suficientemente.

No es comn que la miel silvestre tenga esas propiedades narcticas o
paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carcter abundan
en el trpico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayora de los
casos su condicin--tal el dejo a resina de eucalipto que crey sentir
Benincasa.









#NUESTRO PRIMER CIGARRO#




Ninguna poca de mayor alegra que la que nos proporcion a Mara y a
m, nuestra ta con su muerte.

Ins volva de Buenos Aires, donde haba pasado tres meses. Esa noche,
cuando nos acostbamos, omos que Ins deca a mam:

--Qu extrao!... Tengo las cejas hinchadas.

Mam examin seguramente las cejas de ta, pues despus de un rato
contest:

--Es cierto... No sientes nada?

--No... sueo.

Al da siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte
agitacin en casa, puertas que se abran y no se cerraban, dilogos
cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Ins tena viruela,
y de cierta especie hemorrgica que viva en Buenos Aires.

Desde luego, a mi hermana y a m nos entusiasm el drama. Las
criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no
pasen en su casa. Esta vez nuestra ta--casualmente nuestra
ta!--enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo
la amistad de un agente de polica, y el contacto con un payaso que
saltando las gradas haba tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran
acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al
primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, haba ya en
mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por
primera vez ante sus vecinillos atnitos y envidiosos.

Esa misma tarde salimos de casa, instalndonos en la nica que pudimos
hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una
hermana de mam, que haba tenido viruela en su niez, qued al
lado de Ins.

Seguramente en los primeros das mam pas crueles angustias por sus
hijos que haban besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros,
convertidos en furiosos Robinsones, no tenamos tiempo para acordarnos
de nuestra ta. Haca mucho tiempo que la quinta dorma en su sombro
y hmedo sosiego. Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados
en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras
rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca
que ahogaba los pasos, fuerte sensacin de paraso.

Nosotros no ramos precisamente Adn y Eva; pero s heroicos
Robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de
familia: la muerte de nuestra ta, acaecida cuatro das despus de
comenzar nuestra exploracin.

Pasbamos el da entero huroneando por la quinta bien que las
higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo
tambin suscitaba nuestras preocupaciones geogrficas. Era ste un
viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se haban detenido a los catorce
metros sobre el fondo de piedra, y que desapareca ahora entre los
culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester
explorarlo, y por va de avanzada logramos con infinitos esfuerzos
llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto
tras un macizo de caas, nos fu permitida esta maniobra sin que mam
se enterase. No obstante, Mara, cuya inspiracin potica prim
siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazramos el fenmeno hasta
que una gran lluvia, llenando el pozo, nos proporcionara satisfaccin
artstica, a la par que cientfica.

Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fu el
caaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido
aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales,
varas dobladas, atravesadas, rotas hacia tierra. Las hojas secas,
detenidas en su cada, entretejan el macizo, que llenaba el aire de
polvo y briznas al menor contacto.

Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la
sombra guarida de algn rincn, bien juntos y mudos en la
semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.

Fu all donde una tarde, avengonzados de nuestra poca iniciativa,
inventamos fumar. Mam era viuda; con nosotros vivan habitualmente
dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el
que haba venido con Ins de Buenos Aires.

Este nuestro to de veinte aos, muy elegante y presumido, habase
atribudo sobre nosotros dos cierta potestad que mam, con el disgusto
actual y su falta de carcter, fomentaba.

Mara y yo, por de pronto, profesbamos cordialsima antipata al
padrastrillo.

--Te aseguro--deca l a mam, sealndonos con el mentn--que
deseara vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar
mucho trabajo.

--Djalos!--responda mam cansada.

Nosotros no decamos nada; pero nos mirbamos por encima del plato de
sopa.

A este severo personaje, pues, habamos robado un paquete de
cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos sbitamente en la viril
virtud, esperamos el artefacto. Este consista en una pipa que yo
haba fabricado con un trozo de caa, por depsito; una varilla de
cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de un vidrio recin
colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores.

En nuestra madriguera del caaveral cargmosla Mara y yo con
religiosa y firme uncin. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro;
y sentndonos entonces con las rodillas altas, encend la pipa y
aspir. Mara, que devoraba mi acto con los ojos, not que los mos se
cubran de lgrimas: jams se ha visto ni ver cosa, ms abominable.
Deglut, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva.

--Rico?--me pregunt Mara ansiosa, tendiendo la mano.

--Rico--le contest pasndole la horrible mquina.

Mara chup, y con ms fuerza an. Yo, que la observaba atentamente,
not a mi vez sus lgrimas y el movimiento simultneo de labios,
lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fu mayor que el mo.

--Es rico--dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se
llev heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.

Era inminente salvarla. El orgullo, slo l, la precipitaba de nuevo a
aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que
me haba hecho alabarle la nausebunda fogata.

--Psht!--dije bruscamente, prestando odo;--me parece el gargantilla
del otro da... debe de tener nido aqu...

Mara se incorpor, dejando la pipa de lado; y con el odo atento y
los ojos escrudiantes, nos alejamos de all, ansiosos aparentemente
de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel
honorable pretexto de mi invencin, para retirarnos prudentemente del
tabaco, sin que nuestro orgullo sufriera.

Un mes ms tarde volv a la pipa de caa, pero entonces con muy
distinto resultado.

Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habanos ya
levantado la voz mucho ms duramente de lo que podamos permitirle mi
hermana y yo. Nos quejamos a mam.

--Bah!, no hagan caso--nos respondi, sin oirnos casi;--l es as.

--Es que nos va a pegar un da!--gimote Mara.

--Si ustedes no le dan motivos, no. Qu le han hecho?--aadi
dirigindose a m.

--Nada, mam... Pero yo no quiero que me toque!--objet a mi vez.

En este momento entr nuestro to.

--Ah! aqu est el buena pieza de tu Eduardo... Te va a sacar canas
este hijo, ya vers!

--Se quejan de que quieres pegarles.

--Yo?--exclam el padrastrillo midindome.--No lo he pensado an.
Pero en cuanto me faltes al respeto...

--Y hars bien--asinti mam.

--Yo no quiero que me toque!--repet enfurruado y rojo.--El no es
pap!

--Pero a falta de tu pobre padre, es tu to. En fin, djenme
tranquila!--concluy apartndonos.

Solos en el patio, Mara y yo nos miramos con altivo fuego en los
ojos.

--Nadie me va a pegar a m!--asent.

--No... ni a m tampoco!--apoy ella, por la cuenta que le iba.

--Es un zonzo!

Y la inspiracin vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con
furibunda risa y marcha triunfal:

--To Alfonso... es un zonzo! To Alfonso... es un zonzo!

Cuando un rato despus tropec con el padrastrillo, me pareci, por su
mirada, que nos haba odo. Pero ya habamos planteado la historia del
Cigarro Pateador, epteto ste a la mayor gloria de la mula Maud.

El cigarro pateador consisti, en sus lneas elementales, en un cohete
que rodeado de papel de fumar, fu colocado en el atado de cigarrillos
que to Alfonso tena siempre en su velador, usando de ellos a
la siesta.

Un extremo haba sido cortado a fin de que el cigarro no afectara
excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas haba
bastante, y en su total, todo el xito estribaba en que nuestro to,
adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su
cigarrillo.

Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni
aliento para contarlas. Slo s que una siesta el padrastrillo sali
como una bomba de su cuarto, encontrando a mam en el comedor.

--Ah, ests ac! Sabes lo que han hecho? Te juro que esta vez se
van a acordar de m!

--Alfonso!

--Qu? No faltaba ms que t tambin!... Si no sabes educar a tus
hijos, yo lo voy a hacer!

Al oir la voz furiosa del to, yo, que me ocupaba inocentemente con mi
hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucion hasta
entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrs de
mam. El padrastrillo me vi entonces y se lanz sobre m.

--Yo no hice nada!--grit.

--Esprate!--rugi mi to, corriendo tras de m alrededor de la mesa.

--Alfonso, djalo!

--Despus te lo dejar!

--Yo no quiero que me toque!

--Vamos, Alfonso! Pareces una criatura!

Esto era lo ltimo que se poda decir al padrastrillo. Lanz un
juramento y sus piernas en mi persecucin con tal velocidad, que
estuvo a punto de alcanzarme. Pero en ese instante sala yo como de
una honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi
to detrs.

En cinco segundos pasamos como una exhalacin por los durazneros, los
naranjos y los perales, y fu en este momento cuando la idea del pozo,
y su piedra, surgi terriblemente ntida.

--No quiero que me toque!--grit an.

--Esprate!

En ese instante llegamos al caaveral.

--Me voy a tirar al pozo!--aull para que mam me oyera.

--Yo soy el que te voy a tirar!

Bruscamente desaparec a sus ojos tras las caas; corriendo siempre,
di un empujn a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salt
de costado, hundindome bajo la hojarasca.

To desemboc en seguida, a tiempo que dejando de verme, senta all
en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se
aplastaba.

El padrastrillo se detuvo, totalmente lvido; volvi a todas partes
sus ojos dilatados, y se aproxim al pozo. Trat de mirar adentro,
pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces pareci reflexionar,
y despus de una atenta mirada al pozo y sus alrededores, comenz
a buscarme.

Como desgraciadamente para el caso, haca poco tiempo que el to
Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo
con sus padres, conservaba an muy frescas las estrategias
subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer
para hallarme.

Descubri en seguida mi cubil, volviendo pertinazmente a l con
admirable olfato; pero fuera de que la hojarasca diluviana me ocultaba
del todo, el ruido de mi cuerpo estrellndose obsediaba a mi to, que
no buscaba bien, en consecuencia.

Fu pues resuelto que yo yaca aplastado en el fondo del pozo, dando
entonces principio a lo que llamaramos mi venganza pstuma. El caso
era bien claro: con qu cara mi to contara a mam que yo me haba
suicidado para evitar que l me pegara?

Pasaron diez minutos.

--Alfonso!--son de pronto la voz de mam en el patio.

--Mercedes?--respondi aqul tras una brusca sacudida.

Seguramente mam presinti algo, porque su voz son de nuevo,
alterada.

--Y Eduardo? Dnde est?--agreg avanzando.

--Aqu, conmigo!--contest riendo.--Ya hemos hecho las paces.

Como de lejos mam no poda ver su palidez ni la ridcula mueca que l
pretenda ser beatfica sonrisa, todo fu bien.

--No le pegaste, no?--insisti an mam.

--No. Si fu una broma!

Mam entr de nuevo. Broma! Broma comenzaba a ser la ma para el
padrastrillo.

Celia, mi ta mayor, que haba concludo de dormir la siesta, cruz el
patio y Alfonso la llam en silencio con la mano. Momentos despus
Celia lanzaba un oh! ahogado, llevndose las manos a la cabeza.

--Pero, cmo! Qu horror! Pobre, pobre Mercedes! Qu golpe!

Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. Sacarme,
con vida an?... El pozo tena catorce metros sobre piedra viva. Tal
vez, quin sabe... Pero para ello sera preciso traer sogas, hombres;
y Mercedes...

--Pobre, pobre madre!--repeta mi ta.

Justo es decir que para m, el pequeo hroe, mrtir de su dignidad
corporal, no hubo una sola lgrima. Mam acaparaba todos los
entusiasmos de aquel dolor, sacrificndole ellos la remota
probabilidad de vida que yo pudiera an conservar all abajo. Lo cual,
hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, aviv mi sed
de venganza.

Media hora despus mam volvi a preguntar por m, respondindole
Celia con tan pobre diplomacia, que mam tuvo en seguida la seguridad
de una catstrofe.

--Eduardo, mi hijo!--clam arrancndose de las manos de su hermana
que pretenda sujetarla, y precipitndose a la quinta.

--Mercedes! Te juro que no! Ha salido!

--Mi hijo! mi hijo! Alfonso!

Alfonso corri a su encuentro, detenindola al ver que se diriga al
pozo. Mam no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto
horrorizado de su hermano, record entonces mi exclamacin de una hora
antes, y lanz un espantoso alarido.

--Ay! Mi hijo! Se ha matado! Djame, djenme! Mi hijo, Alfonso!
Me lo has muerto!

Se llevaron a mam sin sentido. No me haba conmovido en lo ms mnimo
la desesperacin de mam, puesto que yo--motivo de aquella--estaba en
verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho aos con la
emocin, a manera de los grandes que usan de las sorpresas
semi-trgicas: el gusto que va a tener cuando me vea!

Entretanto, gozaba yo ntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.

--Hum!... Pegarme!--rezongaba yo, an bajo la hojarasca.
Levantndome entonces con cautela, sentme en cuclillas en mi cubil y
recog la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquel era el
momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.

El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar
infinitas veces, tena en aquel momento un gusto a cumbar, solucin
Coirre y sulfato de soda, mucho ms ventajoso que la primera vez.
Emprend, sin embargo, la tarea que saba dura, con el ceo contrado
y los dientes crispados sobre la boquilla.

Fum, quiero creer que cuarta pipa. Slo recuerdo que al final el
caaveral se puso completamente azul y comenz a danzar a dos dedos de
mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a
destrozarme las sienes, mientras el estmago, instalado en plena boca,
aspiraba l mismo directamente las ltimas bocanadas de humo.

       *       *       *       *       *

Volv en m cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo
horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar
dormido, por lo que pudiera pasar. Sent los brazos delirantes de mam
sacudindome.

--Mi hijo querido! Eduardo, mi hijo! Ah, Alfonso, nunca te
perdonar el dolor que me has causado!

--Pero, vamos!--decale mi ta mayor--no seas loca, Mercedes! Ya
ves que no tiene nada!

--Ah!--repuso mam llevndose las manos al corazn en un inmenso
suspiro.--S, ya pas!... Pero dime, Alfonso, cmo pudo no haberse
hecho nada? Ese pozo, Dios mo!...

El padrastrillo, quebrantado a su vez, habl vagamente de
desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo para un momento de mayor
calma la solucin verdadera, mientras la pobre mam no se percataba de
la horrible infeccin de tabaco que exhalaba su suicida.

Abr al fin los ojos, me sonre y volv a dormirme, esta vez honrada y
profundamente.

Tarde ya, el to Alfonso me despert.

--Qu mereceras que te hiciera?--me dijo con sibilante rencor.--Lo
que es maana, le cuento todo a tu madre, y ya vers lo que
son gracias!

Yo vea an bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estmago
continuaba todava adherido a la garganta. Sin embargo, le respond:

--Si le cuentas algo a mam, lo que es esta vez te juro que me tiro!

Los ojos de un joven suicida que fum heroicamente su pipa, expresan
acaso desesperado valor?

Es posible. De todos modos, el padrastrillo, despus de mirarme
fijamente, se encogi de hombros, levantando hasta mi cuello la sbana
un poco cada.

--Me parece que mejor hara en ser amigo de este microbio--murmur.

--Creo lo mismo--le respond.

Y me dorm.









#LA MENINGITIS Y SU SOMBRA#




No vuelvo de mi sorpresa. Qu diablos quieren decir la carta de
Funes, y luego la charla del mdico? Confieso no entender una palabra
de todo esto.

He aqu las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la maana, recibo una
tarjeta de Funes, que dice as:

     _Estimado amigo:

     Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche
     por casa. Si tengo tiempo ir a verlo antes. Muy suyo

     Luis Mara Funes_.

Aqu ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
las siete de la maana para una presunta conversacin en la noche, sin
un motivo serio. Qu me puede querer Funes? Mi amistad con l es
bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado all una sola vez. Por
cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

As, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aqu que
una hora despus, en el momento en que sala de casa, llega el doctor
Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscpulo en el colegio
nacional, y con quien tengo en suma la misma relacin a lo lejos que
con Funes.

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

--Veamos, Durn: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a
esta hora para hablarle de pavadas; no es cierto?

--Me parece que s--no pude menos que responderle.

--Es claro. As, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
lo que tenga de indiscreta, se lo explicar en seguida. Me permite?

--Todo lo que quiera--le respond francamente, aunque ponindome al
mismo tiempo en guardia.

Ayestarain me mir entonces sonriendo, como se sonren los hombres
entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

--Qu clase de inclinacin siente Vd. hacia Mara Elvira Funes?

Ah, ah! Por aqu andaba la cosa, entonces! Mara Elvira Funes,
hermana de Luis Mara Funes, todos en Mara! Pero si apenas conoca a
esa persona! Nada extrao, pues, que mirara al mdico como quien mira
a un loco.

--Mara Elvira Funes?--repet.--Ningn grado ni ninguna inclinacin.
La conozco apenas. Y ahora...

--No, permtame--me interrumpi.--Le aseguro que es una cosa bastante
seria... Me podra dar palabra de compaero de que no hay nada
entre Vds. dos?

--Pero est loco!--le dije al fin.--Nada, absolutamente nada! Apenas
la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de
haberme visto jams. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres,
en su propia casa, y nada ms. No tengo, por lo tanto, le repito por
dcima vez, inclinacin particular hacia ella.

--Es raro, profundamente raro...--murmur el hombre, mirndome
fijamente.

Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese--y lo
era,--pisando un terreno con el que nada tenan que ver sus aspirinas.

--Creo que tengo ahora el derecho...

Pero me interrumpi de nuevo:

--S, tiene derecho de sobra... Quiere esperar hasta esta noche? Con
dos palabras podr comprender que el asunto es de todo, menos de
broma... La persona de quien hablamos est gravemente enferma, casi a
la muerte... Entiende algo?--concluy mirndome bien a los ojos.

Yo hice lo mismo con l durante un rato.

--Ni una palabra--le contest.

--Ni yo tampoco--apoy encogindose de hombros.--Por eso le he dicho
que el asunto es bien serio... Por fin esta noche sabremos algo. Ir
all? Es indispensable.

--Ir--le dije, encogindome a mi vez de hombros.

Y he aqu por qu he pasado todo el da preguntndome como un idiota
qu relacin puede existir entre la enfermedad gravsima de una
hermana de Funes, que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.

       *       *       *       *       *

Vengo de lo de Funes. Es la cosa ms extraordinaria que haya visto en
mi vida. Metempscosis, espiritismos, telepatas y dems absurdos del
mundo interior, no son nada en comparacin de este mi propio absurdo
en que me veo envuelto. Es un pequeo asunto para volverse
loco. Vase:

Fu a lo de Funes. Luis Mara me llev al escritorio. Hablamos un
rato, esforzndonos como dos zonzos, puesto que comprendindolo as
evitbamos mirarnos, en charlar de bueyes perdidos. Por fin entr
Ayestarain, y Luis Mara sali, dejndome sobre la mesa el paquete de
cigarrillos, pues se me haban concludo. Mi ex condiscpulo me cont
entonces lo que en resumen es esto:

Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa,
Mara Elvira se haba sentido mal--cuestin de un bao demasiado fro
esa tarde, segn opinin de la madre. Lo cierto es que haba pasado la
noche fatigada, y con buen dolor de cabeza. A la maana siguiente,
mayor quebranto, fiebre; y a la noche, una meningitis, con todo su
cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a ms no pedir.
Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. Las
proyecciones sicolgicas del delirio, por decirlo as, se erigieron y
giraron desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo,
pero que absorbe su vida entera. Es una obsesin--prosigui
Ayestarain,--una sencilla obsesin a 42. Tiene constantemente fijos
los ojos en la puerta, pero no llama a nadie. Su estado nervioso se
resiente de esa muda ansiedad que la est matando, y desde ayer hemos
pensado con mis colegas en calmar eso... No puede seguir as. Y sabe
Vd.--concluy--a quin nombra cuando el sopor la aplasta?

--No s...--le respond, sintiendo que mi corazn cambiaba bruscamente
de ritmo.

--A Vd.--me dijo, pidindome fuego.

Quedamos, bien se comprende, un rato mudos.

--No entiende todava?--dijo al fin.

--Ni una palabra...--murmur aturdido, tan aturdido, como puede
estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran
actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia l la
portezuela... Pero yo tena ya casi treinta aos, y pregunt al
mdico qu explicacin razonable se poda dar de eso.

--Explicacin? Ninguna. Ni la ms mnima. Qu quiere Vd. que se sepa
de eso? Ah, bueno... Si quiere una a toda costa, supngase que en una
tierra hay un milln, dos millones de semillas distintas, como en
cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio eso,
tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del
fondo, lo mismo da. Una planta magnfica... Le basta eso? No podra
decirle una palabra ms. Por qu Vd., precisamente, que apenas la
conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco ms, ha sido en su
cerebro delirante la semilla privilegiada? Qu quiere que se sepa
de esto?

--Sin duda...--repuso a su mirada siempre interrogante, sintindome al
mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito
de divagacin cerebral, primero, y en agente teraputico, despus.

En ese momento entr Luis Mara.

--Mam lo llama--dijo al mdico. Y volvindose a m, con una sonrisa
forzada:

--Lo enter Ayestarain de lo que pasa?... Sera cosa de volverse loco
con otra persona...

Esto de _otra persona_ merece una explicacin. Los Funes, y en
particular la familia de que comenzaba a formar tan ridcula parte,
tienen un fuerte orgullo; por motivos de abolengo, supongo, y por su
fortuna, que me parece lo ms cierto. Siendo as, se daban por
pasablemente satisfechos con que las fantasas amorosas del hermoso
retoo se hubieran detenido en m, Carlos Durn, ingeniero, en vez de
mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente posicin social.
As, pues, agradec en mi fuero interno el distingo de que me haca
honor el joven patricio.

--Es extraordinario...--recomenz Luis Mara, haciendo correr con
disgusto los fsforos sobre la mesa. Y un momento despus, con una
nueva sonrisa forzada:

--No tendra inconveniente en acompaarnos un rato? Ya sabe, no?
Creo que vuelve Ayestarain.

En efecto, ste entraba.

--Empieza otra vez...--sacudi la cabeza, mirando nicamente a Luis
Mara. Luis Mara se dirigi entonces a m con la tercera sonrisa
forzada de esa noche:

--Quiere que vayamos?

--Con mucho gusto--le dije. Y fuimos.

Entr el mdico sin hacer ruido, entr Luis Mara, y por fin entr yo,
todos con cierto intervalo. Lo que primero me choc, aunque deba
haberlo esperado, fu la penumbra del dormitorio. La madre y la
hermana, de pie, me miraron fijamente, respondiendo con una corta
inclinacin de cabeza a la ma, pues cre no deber pasar de all.
Ambas me parecieron mucho ms altas. Mir la cama, y vi, bajo la bolsa
de hielo, dos ojos abiertos vueltos a m. Mir al mdico, titubeando,
pero ste me hizo una imperceptible sea con los ojos, y me acerqu
a la cama.

Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos
aman, cuando uno se va acercando mucho a ellos. Pero la luz de
aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me
acercaba, el mareado relampagueo de dicha, hasta el estrabismo, cuando
me inclin sobre ellos, jams en un amor normal a 37 los volver
a hallar.

Balbuce algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus labios
resecos, que nada o. Creo que me sonre como un estpido (qu iba a
hacer, quiero que me digan!), y ella tendi entonces su brazo hacia
m. Su intencin era tan inequvoca que le tom la mano,

--Sintese ah--murmur.

Luis Mara corri el silln hacia la cama y me sent.

Vase ahora si ha sido dado a persona alguna una situacin ms extraa
y disparatada:

Yo, en primer trmino, puesto que era el hroe, teniendo en la ma una
mano ardida en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el lado
opuesto, de pie, el mdico. A los pies de la cama, sentado, Luis
Mara. Apoyadas en el respaldo, en el fondo, la madre y la hermana. Y
todos sin hablar, mirndonos con el ceo fruncido.

Qu iba a hacer? Qu iba a decir? Preciso es que piensen un momento
en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos de los
mos, y recorra con dura inquietud los rostros presentes uno tras
otro, sin reconocerlos, para dejar caer otra vez su mirada sobre m,
confiada en profunda felicidad.

Qu tiempo estuvimos as? No s; acaso media hora, acaso mucho ms.
Un momento intent retirar la mano, pero la enferma la oprimi ms
entre la suya.

--Todava no...--murmur, tratando de hallar ms cmoda postura a su
cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sbanas, se renov el hielo,
y otra vez los ojos se fijaron en inmvil dicha. Pero de vez en cuando
tornaban a apartarse inquietos y recorran las caras desconocidas. Dos
o tres veces mir exclusivamente al mdico; pero ste baj las
pestaas, indicndome que esperara. Y tuvo razn, al fin, porque de
pronto, bruscamente, como un derrumbe de sueo, la enferma cerr los
ojos y se durmi.

Salimos todos, menos la hermana, que ocup mi lugar en el silln. No
era fcil decir algo--yo al menos. La madre por fin se dirigi a m
con una triste y seca sonrisa:

--Qu cosa ms horrible, no? Da pena!

Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situacin lo que
les pareca horrible. Estaba visto que todas las galanteras iban a
ser para m en aquella casa. Primero el hermanito, luego la madre.
Ayestarain, que nos haba dejado un instante, sali muy satisfecho del
estado de la enferma; descansaba con una placidez desconocida an. La
madre mir a otro lado, y yo mir al mdico: poda irme, claro que s,
y me desped.

       *       *       *       *       *

He dormido mal, lleno de sueos que nada tienen que ver con mi
habitual vida. Y la culpa de ello est en la familia Funes, con Luis
Mara, madre, hermanas, mdicos y parientes colaterales. Porque si se
concreta bien la situacin, ella da lo siguiente:

Hay una joven de diez y nueve aos, muy bella sin duda alguna, que
apenas me conoce y a quien le soy profunda y totalmente indiferente.
Esto en cuanto a Mara Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven
tambin--ingeniero, si se quiere--que no recuerda haber pensado dos
veces seguidas en la joven en cuestin. Todo esto es razonable,
inteligible y normal.

Pero he aqu que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por
el estilo, y en el delirio de la fiebre, nica y exclusivamente en el
delirio, se siente abrasada de amor. Por un primo, un hermano de sus
amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No seor; por m.

Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinacin, que har
conocer al primero de esa bendita casa que llegue a mi puerta.

       *       *       *       *       *

S, es claro. Como lo esperaba, Ayestarain estuvo este medioda a
verme. No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.

--Meningitis?--me dijo--Sabe Dios lo que es! Al principio pareca, y
anoche tambin... Hoy ya no tenemos idea de lo que ser.

--Pero, en fin--objet,--siempre una enfermedad cerebral...

--Y medular, claro est... Con unas lesioncillas quin sabe dnde...
Vd. entiende algo de medicina?

--Muy vagamente...

--Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dnde sale...
Era un caso para marchar a todo escape a la muerte... Ahora hay
remisiones--tac--tac--tac, justas como un reloj...

--Pero el delirio--insist--existe siempre?

--Ya lo creo! Hay de todo all... Y a propsito, esta noche lo
esperamos.

Ahora me haba llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije
que mi propia sustancia haba cumplido ya su papel curativo la noche
anterior, y que no pensaba ir ms.

Ayestarain me mir fijamente:

--Por qu? Qu le pasa?

--Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario all... Dgame:
Vd. tiene idea de lo que es estar en una posicin humillantemente
ridcula; si o no?

--No se trata de eso...

--S, se trata de eso, de desempear un papel estpido... Curioso que
no comprenda!

--Comprendo de sobra... Pero me parece algo as como...--no se
ofenda--cuestin de amor propio.

--Muy lindo!--salt--Amor propio! Y no se les ocurre otra cosa! Les
parece cuestin de amor propio ir a sentarse como un idiota para que
me tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceo
fruncido! Si a Vds. les parece una simple cuestin de amor propio,
arrglense entre Vds. Yo tengo otras cosas que hacer.

Ayestarain comprendi al parecer la parte de verdad que haba en lo
anterior, porque no insisti, y hasta que se fu no volvimos a hablar
de aquello.

Todo esto est bien. Lo que no lo est tanto es que hace diez minutos
acabo de recibir una esquela del mdico, as concebida:

     _Amigo Durn:

     Con todo su bagaje de rencores, nos es indispensable
     esta noche. Supngase una vez ms que Vd. hace de
     cloral, brional, el hipntico que menos le irrite los
     nervios, y vngase_.

     Dije un momento antes que lo malo era la precedente
     carta. Y tengo razn, porque desde esta maana no
     espero sino esa carta...

       *       *       *       *       *

Durante siete noches consecutivas--de once a una de la maana, momento
en que remita la fiebre, y con ella el delirio--he permanecido al
lado de Mara Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes.
Me ha tendido a veces su mano como la primera noche, y otras se ha
preocupado de deletrear mi nombre, mirndome. S a ciencia cierta,
pues, que me ama profundamente en ese estado, no ignorando tampoco que
en sus momentos de lucidez no tiene la menor preocupacin por mi
existencia, presente o futura. Esto crea as un caso de sicologa
singular de que un novelista podra sacar algn partido. Por lo que a
m se refiere, s decir que esta doble vida sentimental me ha tocado
fuertemente el corazn. El caso es ste: Mara Elvira, si es que acaso
no lo he dicho, tiene los ojos ms admirables del mundo. Est bien que
la primera noche yo no viera en su mirada sino el reflejo de mi propia
ridiculez de remedio innocuo. La segunda noche sent menos mi
insuficiencia real. La tercera vez no me cost esfuerzo alguno
sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y
sueo ese amor con que la fiebre enlaza su cabeza a la ma.

Qu hacer? Bien s que todo esto es transitorio, que de da ella no
sabe quien soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie.
Pero los sueos de amor, aunque sean de dos horas y a 40, se pagan en
el da, y mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual
est expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano amor
nocturno... Amo, pues, una sombra, y pienso con angustia en el da en
que Ayestarain considere a su enferma fuera de peligro, y no precise
ms de m.

Crueldad sta que apreciarn en toda su clida simpata, los hombres
que estn enamorados--de una sombra o no.

       *       *       *       *       *

Ayestarain acaba de salir. Me ha dicho que la enferma sigue mejor, y
que mucho se equivoca, o me ver uno de estos das libre de la
presencia de Mara Elvira.

--S, compaero--me dice. Libre de veladas ridculas, de amores
cerebrales, y ceos fruncidos... Se acuerda?

Mi cara no debe expresar suprema alegra, porque el taimado galeno se
echa a reir y agrega:

--Le vamos a dar en cambio una compensacin... Los Funes han vivido
estos quince das con la cabeza en el aire, y no extrae, pues, si han
olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a Vd. se refiere... Por
lo pronto, hoy cenamos all. Sin su bienaventurada persona--dicho sea
de paso--y el amor de marras, no s en qu hubiera acabado aquello...
Qu dice Vd.?

--Digo--le he respondido--que casi estoy tentado de declinar el honor
que me hacen los Funes, admitindome a su mesa...

Ayestarain se ech a reir.

--No embrome!... Le repito que no saban dnde tenan la cabeza...

--Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, s, eh? Para
eso no se olvidaban de m!

Mi hombre se puso serio y me mir detenidamente.

--Sabe lo que pienso, compaero?

--Diga.

--Que usted es el individuo ms feliz de la tierra.

--Yo, feliz?...

--O ms suertudo. Entiende ahora?

Y qued mirndome. Hum!--me dije a m mismo:

O yo soy un idiota, que es lo ms posible, o este galeno merece que lo
abrace hasta romperle el termmetro dentro del bolsillo. El maligno
tipo sabe ms de lo que parece, y acaso, acaso... Pero vuelvo a lo de
idiota, que es lo ms seguro.

--Feliz?...--insist sin embargo--Por el amor estrafalario que Vd.
ha inventado con su meningitis?

Ayestarain torn a mirarme fijamente, pero esta vez cre notar un
vago, vagusimo dejo de amargura.

--Y aunque no fuera ms que eso, grandsimo zonzo...--ha murmurado,
cogindome del brazo para salir.

En el camino--hemos ido al guila, a tomar el vermut--me ha explicado
bien claro tres cosas.

1: que mi presencia, al lado de la enferma, era absolutamente
necesaria, dado el estado de profunda excitacin--depresin--todo en
uno--de su delirio.--2: que los Funes lo haban comprendido as, ni
ms ni menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que
pudiera parecer la aventura, constndoles, est claro, lo artificial
de todo aquel amor.--3: que los Funes han confiado sencillamente en
mi educacin, para que me d cuenta--sumamente clara--del sentido
teraputico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la
enferma ante m.

--Sobre todo lo ltimo, eh?--he agregado a guisa de comentario.--El
objeto de toda esta charla es ste: que no vaya yo jams a creer que
Mara Elvira siente la menor inclinacin real hacia m. Es eso?

--Claro!--se ha encogido de hombros el mdico.--Pngase Vd. en su
lugar...

Y tiene razn el bendito hombre. Porque a la sola
probabilidad de que ella...

Anoche cen en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si
bien Luis Mara, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querra
decir lo mismo de la madre, pero por ms esfuerzos que haca para
hacerme grata la mesa, evidentemente no ve en m sino a un intruso a
quien en ciertas horas su hija prefiere un milln de veces. Est
celosa, y no debemos condenarla. Por lo dems, se alternaban con su
hija para ir a ver a la enferma. Esta haba tenido un buen da, tan
bueno que por primera vez despus de quince das no hubo esa noche
subida seria de fiebre, y aunque me qued hasta la una por pedido de
Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante.
Se comprende esto? No verla en todo el da! Ah! Si por bendicin de
Dios, la fiebre, fiebre de 40, 80, 120, cualquier fiebre, cayera esta
noche sobre su cabeza...

Y aqu est: esta sola lnea del bendito Ayestarain:

     _Delirio de nuevo. Venga en seguida_.


       *       *       *       *       *

Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un
hombre discreto. Vase esto ahora:

Cuando entr anoche, Mara Elvira me tendi su brazo como la primera
vez. Acost su cara sobre la mejilla izquierda, y cmoda as, fij los
ojos en m. No s qu me decan sus ojos; posiblemente me daban toda
su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus
labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oir:

--Soy feliz--se sonri.

Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me inclin otra
vez.

--Y despus...--murmur apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo
que tuvo una sbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que
extrava la mirada en los relmpagos de felicidad, inund de nuevo sus
ojos. Y esta vez o bien claro, sent claramente sobre mi rostro
esta pregunta:

--Y cuando sane y no tenga ms delirio...me querrs todava?

Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazn! _Despus_!
Cuando no tenga _ms delirio_! Pero estbamos todos locos en la
casa, o haba all, proyectado fuera de m mismo, un eco a mi
incesante angustia del _despus_? Cmo es posible que ella dijera
eso? Haba meningitis o no? Haba delirio o no? Luego mi Mara
Elvira...

No s qu contest; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la
parentela completa si me hubieran odo. Pero apenas haba murmurado
yo; apenas haba murmurado ella con una sonrisa... y se durmi.

De vuelta a casa, mi cabeza era un vrtigo vivo, con locos impulsos de
saltar al aire y lanzar alaridos de felicidad. Quin, de entre
nosotros, puede jurar que no hubiera sentido lo mismo? Porque las
cosas, para ser claras, deben ser planteadas as: La enferma con
delirio, que por una aberracin sicolgica cualquiera, ama,
_nicamente_ en su delirio, a X. Esto por un lado. Por el otro, el
mismo X, que desgraciadamente para l, no se siente con fuerzas para
concretarse exclusivamente a su papel medicamentoso. Y he aqu que la
enferma, con su meningitis y su inconsciencia--su incontestable
inconsciencia--murmura a nuestro amigo:

_Y cuando no tenga ms delirio... me querrs todava?_

Esto es lo que yo llamo un pequeo caso de locura, claro y rotundo.
Anoche, cuando llegaba a casa, cre un momento haber hallado la
solucin, que sera sta: Mara Elvira, en su fiebre, soaba que
estaba despierta. A quin no ha sido dado soar que est soando?
Ninguna explicacin ms sencilla, claro est.

Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos inmensos,
que empapndonos de dicha se anegan ellos mismos en un amor que no se
puede mentir: cuando se ha visto a esos ojos recorrer con dura
extraeza los rostros familiares, para caer en exttica felicidad ante
uno mismo, pese al delirio y cien mil delirios como ese, uno tiene el
derecho de soar toda la noche con aquel amor--o seamos ms
explcitos: con Mara Elvira Funes.

       *       *       *       *       *

Sueo, sueo y sueo! Han pasado dos meses, y creo a veces soar an.
Fu yo o no, por Dios bendito, aqul a quien se le tendi la mano, y
el brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles an
los rostros bien amados de la casa? Fu yo o no el que apacigu en
sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de
amor de mi Mara Elvira?

Si, fu yo. Pero eso est acabado, concludo, finalizado, muerto,
inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo...

Volv a verla a los veinte das despus. Ya estaba sana, y cen con
ellos. Hubo al principio una evidente alusin a los desvaros
sentimentales de la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que
cooper cuanto me fu posible, pues en esos veinte das transcurridos
no haba sido mi preocupacin menor, pensar en la discrecin de que
deba yo hacer gala en esa primera entrevista.

Todo fu a pedir de boca, no obstante.

--Y Vd.--me dijo la madre sonriendo--ha descansado del todo de las
fatigas que le hemos dado?

--Oh, era muy poca cosa!... Y an--conclu riendo tambin--estara
dispuesto a soportarlas de nuevo...

Mara Elvira se sonri a su vez.

--Vd. s; pero yo, no, le aseguro!

La madre la mir con tristeza:

--Pobre, mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han
ocurrido... En fin--se volvi a m con agrado.--Vd. es ahora--podramos
decir--de la casa, y le aseguro que Luis Mara lo estima muchsimo.

El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreci cigarrillos.

--Fume, fume, y no haga caso.

--Pero Luis Mara!--le reproch la madre, semi-seria--cualquiera
creera al oirte que le estamos diciendo mentiras a Durn!

--No, mam; lo que dices est perfectamente bien dicho; pero Durn me
entiende.

Lo que yo entenda era que Luis Mara quera cortar con amabilidades
ms o menos sosas; pero no se lo agradec en lo ms mnimo.

Entretanto, cuantas veces poda, sin llamar la atencin, fijaba los
ojos en Mara Elvira. Al fin! Ya la tena ante m, sana, bien sana.
Haba esperado y temido con ansia ese instante. Haba amado una
sombra, o ms bien dicho, dos ojos y treinta centmetros de brazo,
pues el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como
de un capullo taciturno, se haba levantado aquella esplndida figura
fresca, indiferente y alegre, que no me conoca. Me miraba como se
mira a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo
los ojos, cuando se cuenta algo o se comenta una frase risuea. Pero
nada ms. Ni el ms leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectacin
de no mirarme, con lo que haba yo contado como ltimo triunfo de mi
juego. Era un sujeto--no digamos sujeto, sino ser--absolutamente
desconocido para ella. Y pinsese ahora en la gracia que me hara
recordar, mientras la miraba, que una noche, esos mismos ojos ahora
frvolos me haban dicho, a ocho dedos de los mos:

--Y cuando est sana... me querrs todava?

A qu buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a
fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral!
Olvidarla... Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que
no poda hacer.

Ms tarde, en el hall, hall modo de aislarme con Luis Mara, mas
colocando a ste entre su hermana y yo; poda as mirarla impunemente,
so pretexto de que mi vista iba naturalmente ms all de mi
interlocutor. Y es extraordinario cmo su cuerpo, desde el ms
invisible cabello de su cabeza al tacn de sus zapatos, era un vivo
deseo, y cmo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su
falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.

Volvi, se ri, cruz rozando a mi lado, sonrindome forzosamente,
pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soando
con una sbita detencin a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas
sobre mis sienes:

--Y bien: ahora que me has visto de pie: me quieres todava?

Bah! Muerto, bien muerto, me desped, y oprim un instante aquella
mano fra, amable y rpida.

       *       *       *       *       *

Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es sta: Mara
Elvira puede no recordar lo que sinti en sus das de fiebre, admito
esto. Pero est perfectamente enterada de lo que pas, por los cuentos
posteriores. Luego, es imposible que yo est para ella desprovisto del
menor inters. De encantos--Dios me perdone!--todo lo que ella
quiera. Pero de inters, el hombre con quien se ha soado veinte
noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi
respecto, no es racional. Qu ventajas, qu remota probabilidad de
dicha puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. Mara
Elvira se precave as contra mis posibles pretensiones por aquello; he
aqu todo.

En lo que no tiene razn. Que me guste desesperadamente, muy bien.
Pero que vaya yo a exigir el pago de un pagar de amor firmado sobre
una carpeta de meningitis, diablo! eso no.

       *       *       *       *       *

Nueve de la maana.--No es hora sobremanera decente de acostarse, pero
as es. Del baile de lo de Rodrguez Pea, a Palermo. Luego al bar.
Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.

Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de
que el sueo venga. Y aqu est la causa: bail anoche con Mara
Elvira. Y despus de bailar, hablamos as:

--Estos puntitos de la pupila--me dijo, frente uno de otro en la
mesita,--no se me han ido an. No s qu ser... Antes de mi
enfermedad no los tena.

Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese
detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino ms luminosos.

Apenas comenc a responderle, me di cuenta de la cada; pero ya era
tarde.

--S,--le dije, observando sus ojos;--me acuerdo de que antes no los
tena...

Y mir a otro lado. Pero Mara Elvira se ech a reir:

--Es cierto; Vd. debe saberlo ms que nadie.

Ah! qu sensacin de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi
pecho! Era posible hablar de eso, por fin!

--Eso creo--repuse.--Ms que nadie, no s... Pero si; en el momento a
que se refiere, ms que nadie, con seguridad.

Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.

Ah, s!--se sonri Mara Elvira. Apart los ojos, seria ya,
alzndolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.

Corri un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablbamos,
supongo, y de sombra angustia para m. Pero sin bajar los ojos, como
si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesin de
film, agreg de costado:

--Cuando era mi amor, al parecer.

--Perfectamente bien dicho--le dije--su amor _al parecer_.

Ella me mir entonces, devolvindome la sonrisa.

--No...

Y se call.

--No... qu? Concluya.

--Para qu? Es una zoncera.

--No importa; concluya.

Ella se ech a reir:

--Para qu? En fin...no supondr que no era _al parecer_?

--Es un insulto gratuito--le respond.--Yo fu el primero en constatar
la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor... _al parecer_.

--Y dale!...--murmur.--Pero a mi vez el demonio de la locura me
arrastr tras aquel _y dale_! burln, a una pregunta que nunca
debiera haber hecho.

--Oigame, Mara Elvira--me inclin:--Vd. no recuerda nada, no es
cierto, nada de aquella ridcula historia?

Me mir muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con
atencin, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo
no nos disgustan.

--Qu historia?--dijo.

--La otra, cuando yo viva a su lado...--le hice notar con suficiente
claridad.

--Nada... absolutamente nada.

--Veamos; mreme un instante...

--No, ni aunque lo mire...--me lanz en una carcajada.

--No, no es eso... Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no
sepa... Quera decirle esto: No se acuerda Vd. de haberme dicho algo...
dos o tres palabras nada ms... la ltima noche que tuvo fiebre?

Mara Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levant
luego, ms altas que lo natural. Me mir atentamente, sacudiendo
la cabeza:

--No, no recuerdo...

--Ah!--me call.

Pas un rato. Vi de reojo que me miraba an.

--Qu--murmur.

--Qu... qu?--repet.

--Qu le dije?

--Tampoco me acuerdo ya...

--S, se acuerda... Qu le dije?

--No s, le aseguro...

--S, sabe... Qu le dije?

--Veamos!--me ech de nuevo sobre la mesa.--Si Vd. no recuerda
absolutamente nada, puesto que todo era una alucinacin de fiebre,
qu puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?

El golpe era serio. Pero Mara Elvira no pens en contestarlo,
contentndose con mirarme un instante ms y apartar la vista con una
corta sacudida de hombros.

--Vamos--me dijo bruscamente.--Quiero bailar este vals.

--Es justo--me levant.--El sueo de vals que bailbamos no tiene nada
de divertido.

No me respondi. Mientras avanzbamos al saln, pareca buscar con los
ojos a alguno de sus habituales compaeros de vals.

--Qu sueo de vals desagradable para Vd.?--me dijo de pronto, sin
dejar de recorrer el saln con la vista.

--Un vals de delirio... no tiene nada que ver con esto--me encog a
mi vez de hombros.

Cre que no hablaramos ms esa noche. Pero aunque Mara Elvira no
dijo una palabra, tampoco pareci hallar al compaero ideal que
buscaba. De modo que detenindose, me dijo con una sonrisa forzada--la
ineludible forzada sonrisa que campe sobre toda aquella historia:

--Si quiere, entonces, baile este vals con su amor...

--... _al parecer_. No agrego una palabra ms--repuse, pasando la mano
por su cintura.

       *       *       *       *       *

Un mes ms transcurrido. Pensar que la madre, Anglica y Luis Mara
estn para m ahora llenos de potico misterio! La madre es, desde
luego, la persona a quien Mara Elvira tutea y besa ms ntimamente.
Su hermana la ha visto desvestirse. Luis Mara, por su parte, se
permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella est
sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e
incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.

En cuanto a m, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien
quema margaritas: me quiere? no me quiere?

Despus del baile en lo de Pea, he estado con ella muchas veces--en
su casa, desde luego, todos los mircoles.

Conserva su mismo crculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y
flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre
halla modo de no perderme de vista. Esto cuando est con los otros.
Pero cuando est conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes
una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.

Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era mircoles.
Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de Mara Elvira,
lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cudruple flirt que
la rodeaba, puso su esplndida figura en nuestra conversacin.
Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato despus
se detena ante nosotros.

--De qu hablan?

--De muchas cosas; de Vd. en primer trmino--respondi el mdico.

--Ah, ya me pareca...--Y recogiendo hacia ella un silloncito romano,
se sent cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara
sostenida en la mano.

--Sigan; ya escucho.

--Contaba a Durn--dijo Ayestarain,--que casos como el que le ha
pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor
ingls, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es ms feliz que
el suyo.

--Ms feliz? Y por qu?

--Porque en aqul no hay fiebre, y ambos se aman en sueos. En cambio,
en este caso, Vd. era nicamente quien amaba...

Dije ya que la actitud de Ayestarain me haba parecido siempre un
tanto tortuosa respecto a m? Si no lo dije, tuve en aquel momento un
fulminante deseo de hacrselo sentir, no solamente con la mirada.
Algo, no obstante, de ese anhelo debi percibir en mis ojos, porque se
levant riendo:

--Los dejo para que hagan las paces.

--Maldito bicho!--murmur, ya tranquilo cuando se alej.

--Por qu? Qu le ha hecho?

--Dgame, Mara Elvira--exclam--le ha hecho el amor a Vd. alguna
vez?

--Quin, Ayestarain?

--S, l.

Me mir titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

--S--me contest.

--Ah, ya me lo esperaba!... Por lo menos ese tiene
suerte...--murmur, ya amargado del todo.

--Por qu?--me pregunt.

Sin responderle, me encog violentamente de hombros y mir a otro
lado. Ella sigui mi vista. Pas un momento.

--Por qu?--insisti, con esa obstinacin pesada y distrada de las
mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un
hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que
siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Morda un
papel--jams supe de dnde pudo salir--y me miraba, subiendo y bajando
imperceptiblemente las cejas.

--Por qu?--repuse al fin.--Porque l ha tenido por lo menos la
suerte de no servir de mueco ridculo al lado de una cama, y puede
hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se
entendiera lo que digo...comprende ahora?

Mara Elvira me mir unos instantes pensativa, y luego movi
negativamente la cabeza, con su papel en los labios.

--Es cierto o no?--insist, pero ya con el corazn a loco escape.

Ella torn a sacudir la cabeza:

--No, no es cierto...

--Mara Elvira!--llam Anglica de lejos.

Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo ms inoportuna.
Pero jams una voz fraternal ha cado en un diluvio de hielo y pez
fra tan fuera de propsito como aquella vez.

Mara Elvira tir el papel y baj la rodilla.

--Me voy--me dijo riendo, con la risa que ya le conoca cuando
afrontaba un flirt.

--Un solo momento!--le dije.

--Ni uno ms!--me respondi alejndose ya y negando con la mano.

Qu me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito hmedo,
hundir la boca en el hueco que haba dejado su rodilla, y estrellar el
silln contra la pared. Y estrellarme en seguida yo mismo contra un
espejo, por imbcil. La inmensa rabia de m mismo me haca sufrir,
sobre todo. Intuiciones viriles! Sicologas de hombre corrido! Y la
primer coqueta cuya rodilla est marcada all, se burla de todo eso
con una frescura sin par!

       *       *       *       *       *

No puedo ms. La quiero como un loco, y no s, lo que es ms amargo
an, si ella me quiere realmente o no. Adems, sueo, sueo demasiado,
y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un saln, ella toda de
blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No haba ms que personas
de edad en el saln, y todas sentadas, mirndonos pasar. Era, sin
embargo, un saln de baile. Y decan de nosotros: _La meningitis y Su
Sombra_. Me despert, y volv a soar: el tal saln de baile estaba
frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco
de Mara Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes,
pero tena ahora por cabeza un termmetro. Eramos siempre _La
meningitis y Su Sombra_.

Qu puedo hacer con sueos de esta naturaleza? No puedo ms. Me voy a
Europa, a Norte Amrica, a cualquier parte, donde pueda olvidarla.

A qu quedarme? A recomenzar la historia de siempre, quemndome
solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos
juntos? Ah, no! Concluyamos con esto. No s el bien que le podr
hacer a mis planos esta ausencia sentimental (y s, sentimental!,
aunque no quiera); pero quedarme sera ridculo, y estpido, y no hay
para qu divertir ms a las Mara Elvira.

       *       *       *       *       *

Podra escribir aqu cosas pasablemente distintas de las que acabo de
anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pas el ltimo da que
vi a Mara Elvira.

Por bravata, o desafo a m mismo, o quin sabe por qu mortuoria
esperanza de suicida, fu la tarde anterior de mi salida a despedirme
de los Funes. Ya haca diez das que tena mis pasajes en el bolsillo,
por donde se ver cunto desconfiaba de m mismo.

Mara Elvira estaba indispuesta--asunto de garganta o jaqueca--pero
visible. Pas un momento a la antesala a saludarla. La hall hojeando
msicas, desganada. Al verme se sorprendi un poco, aunque tuvo tiempo
de echar una rpida ojeada al espejo. Tena el rostro abatido, los
labios plidos, y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella siempre,
ms hermosa an para m, porque la perda.

Le dije sencillamente que me iba, y que le deseaba mucha felicidad.

Al principio no me comprendi.

--Se va? Y adnde?

--A Norte Amrica... Acabo de decrselo.

--Ah!--murmur, marcando bien claramente la contraccin de los
labios. Pero en seguida me mir, inquieta.

--Est enfermo?

--Pst!... no precisamente... No estoy bien.

--Ah!--murmur de nuevo. Y mir hacia afuera a travs de los vidrios,
abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.

Por lo dems, llova en la calle, y la antesala no estaba clara.

Se volvi a m.

--Por qu se va?--me pregunt.

--Hum!--me sonre--Sera muy largo, infinitamente largo de contar...
En fin, me voy.

Mara Elvira fij an los ojos en m, y su expresin, preocupada y
atenta, se torn sombra.

Concluyamos, me dije. Y adelnteme:

--Bueno, Mara Elvira...

Me tendi lentamente la mano, una mano fra y hmeda, de jaqueca.

--Antes de irse--me dijo--no me quiere decir por qu se va?

Su voz haba bajado un tono. El corazn me lati locamente, pero como
en un relmpago, la vi ante m, como aquella noche, alejndose riendo
y negando con la mano: "no, ya estoy satisfecha"... Ah, no, yo
tambin! Con aquello tena bastante!

--Me voy--le dije bien claro--porque estoy hasta aqu, de dolor,
ridiculez y vergenza de m mismo! Est contenta ahora?

Tena an la mano en la ma. La retir, se volvi lentamente, quit la
msica del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y
mesura, y me mir de nuevo con esforzada y dolorosa sonrisa:

--Y si yo... le pidiera que no se fuera?...

--Pero por Dios bendito!--exclam--No se da cuenta de que me est
matando con estas cosas! Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi
infelicidad! Qu ganamos, qu gana Vd. con estas cosas? No, basta
ya! Sabe Vd.--agregu adelantndome--lo que Vd. me dijo aquella
ltima noche de su enfermedad? Quiere que se lo diga? Quiere?

Qued inmvil, toda ojos.

--Si, dgame...

--Bueno! Vd. me dijo, y maldita sea la noche en que lo o, Vd. me
dijo bien claro esto: y--cuan--do--no tenga--ms--de--li--rio, me
que--rrs toda--v--a? Vd. tena delirio an, ya lo s... Pero qu
quiere que haga yo ahora? Quedarme aqu, a su lado, desangrndome
vivo con su modo de ser, porque la quiero como un idiota!... Esto es
bien claro tambin, eh? Ah! le aseguro que no es vida la que llevo!
No, no es vida!

Haba apoyado la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que
despus de lo que haba dicho, mi amor, mi alma, mi vida, se
derrumbaban para siempre jams.

Pero era menester concluir y me volv: ella estaba a mi lado, y en sus
ojos--como en un relmpago, de felicidad esta vez--vi en sus ojos
resplandecer, marearse, sollozar, la luz de hmeda dicha que crea
muerta ya.

--Mara Elvira!--exclam, grit, creo.--Mi amor querido! Mi alma
adorada!

Y ella, en silenciosas lgrimas de tormento concludo, vencida,
entregada, dichosa, haba hallado por fin sobre mi pecho, postura
cmoda a su cabeza.

       *       *       *       *       *

Y nada ms. Habr cosa ms sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es
bien posible, llorado, aullado de dolor, y debo creerlo porque as lo
he escrito. Pero qu endiabladamente lejos est todo eso! Y tanto ms
lejos porque--y aqu est lo ms gracioso de esta nuestra
historia--ella est aqu, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la
lapicera, lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas
observaciones mas; pero en honor del arte literario en que nos hemos
engolfado con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo
dems, ella cree conmigo que la impresin general de la narracin,
reconstruda por etapas, es un reflejo bastante acertado de lo que
pas, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra de un ingeniero, no est
del todo mal.

En este momento Mara Elvira me interrumpe para decirme que la ltima
lnea escrita no es verdad: Mi narracin no slo no est del todo mal,
sino que est bien, muy bien. Y como argumento irrefutable, me echa
los brazos al cuello y me mira, no s si a mucho ms de cinco
centmetros.

--Es verdad?--murmura--o arrulla, mejor dicho.

--Se puede poner arrulla?--le pregunto.

--S, y esto, y esto! Y me da un beso.

Qu ms puedo aadir?


FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos de Amor de Locura y de Muerte
by Horacio Quiroga

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE AMOR DE LOCURA Y ***

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