The Project Gutenberg eBook, El pecado y la noche, by Antonio de Hoyos y
Vinent


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Title: El pecado y la noche


Author: Antonio de Hoyos y Vinent



Release Date: April 23, 2009  [eBook #28592]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PECADO Y LA NOCHE***


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EL PECADO Y LA NOCHE

ANTONIO DE HOYOS Y VINENT

[imagen]







MADRID
RENACIMIENTO
SOCIEDAD ANONIMA EDITORIAL
PONTEJOS, 3
1913+

Es propiedad. Queda hecho
el depsito que marca
la ley.

Imp. Jos F. Zabala.--Valverde, 40, Madrid.




INDICE

Las Ciudades Sumergidas

La Noche del Walpungis

Hermafrodita


FICHAS ANTROPOMETRICAS

El Hombre de la Msica Extraa

Una Hora de Amor

La Santa

La Caja de Pandora

Los Cmplices

La Domadora


EL DEMONIO

Embrujamiento

Las Preciosas Ridculas

Madame d'Opporidol

Miss Decency

Ninn



La Noche.--Peligroso? Yo misma no s cmo me las compondra si alguna
de estas puertas de bronce se abriesen sobre el abismo... Hay aqu, todo
alrededor de esta sala, dentro de cada una de esas cavernas de basalto,
todos los males, todas las enfermedades, todos los horrores y todas las
catstrofes que afligen a la humanidad desde el comienzo del mundo.
Bastante trabajo me ha costado encerrarles con ayuda del Destino, y no
sin trabajo mantengo el orden entre todos esos indisciplinados
personajes!... Ya se ve lo que sucede cuando alguno logra escapar y se
presenta sobre la faz de la Tierra.

MAURICIO MTERLINCK




LAS CIUDADES SUMERGIDAS


Agua, fuego, lodo. Quimricas nubes de maravilla que dorms sepultadas
por una venganza de la Naturaleza; ciudades en que florecieron los siete
pecados, en que las manos bblicas trazaron sus misteriosos conjuros y
las voces de los Profetas fulminaron anatemas; ciudades de pecado y de
abominacin en que las cortesanas bailaron desnudas en los templos y las
reinas se prostituyeron a los mercenarios; ciudades de leyenda en que
rein la Lujuria, en que los apstoles fueron lapidados y la hija del
Rey de Is evoc al Demonio. Los hombres os han hecho salir a la
superficie, han arrancado la lava que el cielo escupi sobre vosotras, y
cnicas, desnudas en vuestra liviandad, vais surgiendo en los lbricos
frescos de vuestros lupanares y en los libertinos mosaicos de vuestros
baos patricios. Algunas veces, en las estancias recatadas de una
habitacin, surge una momia en un espasmo de lubricidad grotesca.

Y su gesto es el mismo gesto de siempre.

Y el Demonio ha vuelto a reinar sobre la Tierra.




LA NOCHE DEL WALPURGIS




I


--Will we go in?

--As you like.

Se miraron burlones y echronse a rer. En los ojos de ambos brillaba el
mismo deseo, la misma perversa curiosidad de seguir la aventura equvoca
hasta el fin. Pese a los disfraces innobles que les sirvieran para, en
las propicias promiscuidades del Carnaval, embarcarse con rumbo a
aquella Citerea canalla, los dos tenan una elegancia frvola, alada y
aristocrtica de personajes de la Comedia Italiana.

Bajo el blanco atavo de Pierrot (un Pierrot de percal, srdido y
sucio), conservaba Jimmi la nobleza de su figura vagamente andrgina,
pero no afeminada, si no ms bien pueril, resuelta y petulante, con una
gracia de hroe nio o de arcngel insexuado. Eso era, un arcngel. El
rostro correcto, voluntarioso; la boca plida y sonrosada; los ojos
azules, cndidos, luminosos, y los largos y lacios cabellos de oro que
escapaban del gorro de punto negro, dbanle extraa semejanza con esos
vagos ensueos del hermafroditismo cristiano. Revestido de larga tnica
transparente y un nimbo de oro en torno a la cabeza, pequea y bien
moldeada, o pertrechado de argentada coraza, casco incrustado de
pedreras, flamgera espada entre las manos y grandes alas blancas,
hubiese servido a un Sandro Botticelli o a un Filippo Lippi para uno de
los ambiguos personajes que se yerguen sobre sus cndidos paisajes, un
Gabriel amenazador o un vengador San Miguel.

Frente a l, Nieves Sigenza, ms actual, ms perversa, ms complicada,
tena un encanto ultramoderno, acre y voluptuoso de flor del mal, el
inquietante encanto de esos iconos que asomando entre las vestiduras de
oro muestran el rostro de marfil bajo su cabellera de negro jade. Era el
suyo de una blancura de hostia, absoluta, cegadora, sin matices ni
claroscuros, slo interrumpida por la sangrienta sonrisa de los labios,
rojos como cerezas, gruesos, golosos, sensuales. Nimbando aquella
eucarstica palidez, la cabellera de bano, pesada, espessima,
retorcase en pequeos rizos. Los ojos...

    ...son regard qui voltige et butine
    Se pose au bord de tout, prand a tout un reflet.

Sus ojos, grandes y luminosos, tenan bajo la sombra de las largas
pestaas negrsimas, una lquida transparencia de mbar. El contraste
con las cejas aterciopeladas, de fino trazo, hacanles an ms dorados,
ms claros, dndoles la cabalstica apariencia de dos grandes y tostados
topacios. Y aquellas pupilas de reina fabulosa miraban unas veces con
burlesco descoco de pilluelo y reflejaban otras una melancola casi
dolorosa.

Y completando la figura frgil y graciosa de marquesa del siglo XVIII,
en tren de aventuras, bajo el hrrido capuchn de satn rosa, lazado de
verde manzana, asomaban los detalles de la mujer elegante: los zapatos
de terciopelo negro, hebillados de diamantes; las medias de transparente
seda, las manos finas, blancas, cuidadas, de uas como ptalos de rosa.

Tornaron a consultarse con los ojos y tornaron a rer. Al deseo que se
lea en las pupilas de Nieves, respondan con su curioso deseo las de
Jimmi. Se haban quitado las caretas, y con pueril inconsciencia, como
si ignorasen los peligros que les rodeaban en el antro prostibulario
donde su enfermizo e inquieto decadentismo les llevara en busca de
sensaciones raras, sin prestar mientes a la curiosidad que su presencia
despertaba, ni leer los malos deseos--odios, concupiscencias, envidias,
lujurias--que se asomaban en las miradas como se asoman los criminales a
las rejas de la crcel y las fieras a los barrotes de la jaula, rean
alegres.

Los tres toreros, en pie ante ellos, esperaban su respuesta.

Eran tres figuras muy diferentes. _Joselete_, el matador, representaba
el tipo clsico del espada, el torero que pintaron Goya y Lucas: bien
plantado y arrogante, pero tosco y vulgar, bronceado de rostro, de pelo
negro, spero y rizado, ojos negros y brillantes y dientes blanqusimos
de salvaje; el traje _de seorito_ que vesta despegbase del cuerpo
fuerte, musculoso, que perda la mitad de su plebeya belleza encerrado
en el antiesttico atavo, y solo rimaban bien con su persona el grueso
calabrote de oro que penda sobre el chaleco, sosteniendo enorme
herradura de pedrera, y las sortijas con gruesos brillantes ostentadas
en las manos grandes y ordinarias. El segundo, _el Serranito_, era un
torero de Zuloaga: alto, delgado, esbelto, casi aristocrtico dentro del
atavo gris claro, tena una distincin un poco cansada de raza. Su
rostro era enjuto, alargado, y en la morena palidez los ojos muy
abiertos, grandes, negros y profundos como la noche--ojos de petenera o
de saeta--, lucan melanclicos y soadores con la serena tristeza del
alma mora. Sobre la frente noble, libre del cordobs echado a la nuca,
caan los sombros cabellos, apenas ondulados. Por ltimo, completaba la
triloga Pepe, _el Marrn_, el picador. Era el tal un bruto; ni en el
rostro de gruesos belfos, chata nariz y frente estrecha, a que el pelo
cerdoso, espessimo, recortado en el centro y peinado en tufos sobre las
sienes robaba toda nobleza, haba el menor vestigio de inteligencia; ni
en los ojillos pequeos, turbios y saltones, vivacidad ninguna; ni en la
sonrisa que rasgaba los morrudos labios de negro cimarrn sobre los
dientes sucios, negros, podridos por el tabaco, el alcohol y el
mercurio, la menor simpata. Era un animal salvaje que no pensaba sino
en comer, dormir y las hembras. Las hembras! A la evocacin de la mujer
sus labios se cubran de saliva y sus ojos rebrillaban como los de los
chacales en la noche. Las hembras! Ninguna idea sentimental, pasional,
ni aun utilitaria, despertaba su evocacin en l, sino tan slo una
lujuria feroz, rabiosa, exasperada, de fiera en celo. Vesta de corto, y
el castizo atavo marcaba ms lo innoble de su figura; cuadrado de
torso, tena las piernas y los brazos demasiado cortos, peludas y
gruesas las manos, y el cuello de toro, ancho, formidable, con venas
como sogas.

Como pasaba el tiempo y Nieves, en vez de responder, limitbase a mirar
a su amigo y a rer luego, _Joselete_ reiter su invitacin:

--Acepta _ust_?... La _convo_ con _er_ amigo a beberse una botellita
de _Agustn Blzquez_.

Pero vena un chulo--un chulo clsico de los de la antigua escuela:
traje perla, pantaln de talle, pauelo azul al cuello y onda rizada
sobre la frente, a sacarla a bailar:

--Oiga usted, joven... como me diga que s, nos vamos a marcar una
polca usted y yo que ni los de la aristocracia!

Nieves lade la cabecita, estirando los labios con una mueca
deliciosamente pueril, de chiquilla voluntariosa a quien ofrecen algo
que desea, pero que quiere hacerse rogar. Y luego, de improviso, solt
el fresco chorro de su risa cristalina y echose en los brazos de su
improvisado galn, con una entrega absoluta, como si en lugar de la
efmera posesin del baile, tratasen de otras ms trascendentales
posesiones; echose con uno de esos impulsos de abandono frecuentes en
ella y que le hacan semejar a esas gatas mimosas que gustan de la
caricia, y al sentir la mano de su amo, cierran los ojos, esconden las
uas y se dan con una pasividad de muerte. Volviendo el rostro hacia sus
interlocutores, ofreci:

--Vuelvo ahora mismo... Un par de vueltas...

Bailaban lentamente; el organillo, en un rincn, cantaba las cadenciosas
notas de una polca popular--uno de esos nmeros zarzueleros que se pegan
al odo y que tararean las modistas al ritmo de la mquina y las
cocineras acompaadas por el chisporrotear de los sarmientos al
quemarse--, y Nieves, a los lnguidos acordes de la msica, se mova con
ritmo voluptuoso. El chulo mantena uno de los brazos rgido,
sosteniendo en su mano abierta la de su pareja, mientras que con la
otra, colocada un poco ms abajo de la cintura frgil de la dama, la
oprima contra s. Danzaba pausadamente, muy serio, la cara casi
contrada por la atencin, los ojos en alto, como si desempease papel
importantsimo en algn sagrado rito. Danzaba muy despacio, marcando el
comps con todo el cuerpo, detenindose un instante para, al atacar el
piano de manubrio una nota ms viva, girar rpido y recomenzar otra vez
el lento balanceo. Nieves rea ante la gravedad de su pareja, tratando
de distraerle y de hacerle perder el comps. Sus ojos pcaros buscaban
los del galn, y sus labios, purpreos y codiciables, se le ofrecan con
impudor burln.

Pasaban las dems parejas--chulos plidos, descoloridos, la color
enfermiza y los ojos grandes y tristes de bestias de amor, cernidos de
libores; seoritos achulados, guasones, chabacanos; horteras de
cursilera agresiva, presumiendo de chulos, de Don Juan y de elegantes;
artesanos de una alegra ruidosa, grosera, molesta, llevando entre sus
brazos hembras de enjalbegados rostros, en que el bermelln de los
labios formaba un contraste casi macabro con el albayalde de las
mejillas--; y los miraban curiosamente, con irona un tanto despectiva.

Los amplios salones de La Dalia, _sociedad recreativa de baile_,
hallbanse de bote en bote. Bien acreditados estaban los festejos que en
honor de madama Terpscore verificbanse en el local; famosos eran los
_grandes bailes_ con que celebraban Gervasio, _el Rubio_, y Froiln
Cascajares, _el Chicuelo_, su beneficio; bailes que ellos, con singular
galantera (y advirtiendo que el ambig corra por cuenta de los
organizadores), dedicaban A las seoritas siguientes: a las hermanas
Frascuelo, a Rosario (la _Descarada_) y su hermana Petra, a Vicenta (la
_Modista_) y sus tres primas, a Luca R., a Juanita y su hermana
Sinforiana, a Josefina Gmez, y a los seores siguientes: a los cuatro
amigos de Gervasio, a Ramn (el _Chofer_), a la pareja de baile
Fuentes-Ooro, al distinguido matador de novillos-toros _el Pelusa_, a
Diego y Nemesio y a Don Romualdo Cazorro y a toda su distinguida
clientela. Pero aquel no era un baile as como as, si no un festejo de
carnaval, un _Gran baile de trajes_, organizado por la _Sociedad
recreativa El Jipi-Japa_, y dedicado a todas las _artistas de variets_
y camareras de Madrid, y como tal, la concurrencia, adems de numerosa
era de _lite_.

Las dos grandes salas que formaban _la sociedad_ hallbanse adornadas
para tan trascendental acontecimiento, adems de las bombillas
elctricas (pocas y de no muy rutilantes resplandores), y de los
carteles de toros que, pegados sobre el papel oscuro, con flores doradas
de los muros, constituan el habitual decorado, por policromas
guirnaldas, tejidas con cadenas de papel, cruzadas en todas direcciones.
En el primer saln hallbase la cantina (_ambig_ llambanlo
pomposamente), con cuantos bebestibles inventaron la naturaleza y la
qumica, y en el segundo el organillo, y a su lado Serafn, _el de la
Polita_, que muy fachendoso, con su abotinado pantaln trtola y su
negra americana de altas hombreras, no cesaba de dar vueltas al
manubrio.

Los disfraces eran pocos y vulgares, y si de algo pecaban, no poda
decirse ciertamente que fuera de lujosos. De hombres apenas vease algn
horterilla vestido de patudo beb, o tal cual tendero de comestibles,
que en plena madurez ya, desahogaba su vehemente necesidad de hacer el
burro, escondiendo la redonda panza en astrosa indumenta de diablillo,
ocultando el curtido rostro, de grandes bigotes negros, en una careta de
perro, arrastrando mugriento rabo y adornando su frente con dos cuernos
(adems de los que por clasificacin le correspondan) de pelote y
percalina. Con el sexo dbil ya era otra cosa. No que abundasen los
disfraces, pero los que haba presentbanse ms limpios y cuidados que
los masculinos. Fuera de unos cuantos trajes de nio chico que permitan
lucir las pantorrillas a sus dueas, de un par de atavos de torero en
traje de calle que servan para mostrar formas de exuberancia tentadora,
de algn disfraz de albail que haca las veces de vlvula al
androginismo grosero de tal cual prjima, lo que dominaba eran los
mantones de Manila. Las arreboladas rosas, los purpreos gerneos y los
claveles de color de fuego envolvan los cuerpos, que bajo el gayo iris
y entre los pliegues blandos, suaves, moldeadores del crespn, aparecan
ms garbosos, ms finos, ms llenos de ritmo y elegancia. Y entre
aquella orga de colorines, los rostros asomaban con una inquietante
semejanza de combinacin de espejos cncavos y convexos. Efectivamente,
fuera de unas cuantas mujeres que, sudorosas, despeinadas, el moo
torcido y las ropas en desorden, bailaban, denunciando en su falta de
gracia, en la torpeza de sus movimientos tardos y pesados y en su
antiesttica indumentaria, su calidad de criadas o menegildas, y fuera
tambin de unas pocas que, ms modositas y recatadas e inseparables de
un mismo varn toda la noche, podan clasificarse entre el comercio
modesto, las dems eran iguales. Gordas o flacas, altas o bajas, rubias
o morenas, todas se parecan con un extrao aire de familia. Parecan la
misma; la misma, con zancos o en cuclillas, con peluca rubia o negra, en
los huesos o con exagerados rellenos, pero la misma siempre. Todas
tenan el mismo rostro blando, fofo, embadurnado de rojo; las mismas
mejillas marchitas bajo el carmn; iguales labios chorreando bermelln;
idnticos ojos pintarreados; peinados semejantes.

Bailaban las unas muy lento y muy ceido, casi con tanta solemnidad como
sus parejas ventilaban las otras por los rincones sus diferencias con
algn galn; dos o tres, echndoselas de rumbosas (ellas tenan siempre
cinco duros para gastrselos con un hombre!), obsequiaban en el _bufet_
a sus chulos; no unos chulos as como as, a la antigua, sino chulos
_modernistas_, de los de _jersey_ y gorra con vistosas insignias de
fantsticos _clubs_, chulos _sportsmants_, como si dijsemos maestros en
artes mecnicas, _chauffeurs_ y aviadores.

Acababa la polca; el organillo emiti algunas notas vertiginosas y call
sbitamente con un golpe seco, sin que las armonas se prolongasen en
sonoras ondas, como sucede con otros instrumentos musicales. Nieves
volvi al grupo en que los tres toreros esperaban su respuesta. Jimmi la
interrog:

--Con que t dirs... Estos seores aguardan tu contestacin.

Sonriendo picaresca, mientras los ojos de princesa remota les desafiaban
cnicos y tentadores, formul:

--De veras tienen tanto empeo en que vaya?

_Joselete_ se encarg de dar una respuesta galante:

--Figrese usted!... Siempre hay ganas de ver una mujer bonita de
cerca!

Conquistada por el piropo ri, aceptando.

--Pues vamos all!




II


_Joselete_ palmote:

--Chico!... Vino!--Y como el camarero, previniendo el objeto de la
llamada, entrase trayendo en una bandeja de zinc dos botellas de
_Agustn Blzquez_ y algunos chatos y empezase a romper los lacres
trabajosamente para descorchar, el torero se la arranc de las manos:

--Esto se _jace_ as!

Form un anillo con los dedos, y, girando rpidamente la botella, salt
el lacre.

Nieves, encantada de todo aquello, conceptundolo muy castizo, muy
tpico y hasta muy _chic_, palmote:

--Bravo! Bravo!

_La Ansiosa_, sin hacer caso de los dems, prisionera por completo de su
nuevo amor, inclinose hacia Jimmi, descansando sobre el brazo del
Pierrot la enorme mole de sus ubres bovinas:

--Chaval! Gitano! Que te voy a querer!...--Y en el rostro enharinado
de luna llena, los ojos grandes y salientes, voltearon voluptuosos.

Sin entusiasmo ninguno por su conquista, sino por el contrario, harto
de su pesadez, Jimmi se dej besar. Una aceituna disparada con certero
tino por la _Pechuguita_, que pueril, cnica y procaz, con su rostro
plido y demacrado de cortesana enferma de tuberculosis, su flequillo de
paje y sus ojos burlones de golfo callejero, atalaybase entre Don
Simen y Gorritua, vino a interrumpir el idilio, acompaado de amicales
apstrofes:

--Ladrona! Ansiosa!

Haban salido del baile Nieves y Jimmi con los tres toreros, cuatro
prjimas que estaban con ellos, ms algunos amigos que se les
incorporaron. Ambularon por unos cuantos callejones silenciosos y
desiertos para llegar por fin al colmado que haba de ser escenario de
la juerga. Una vez all, en vez de penetrar por la tienda, cruzaron el
portal, internronse por un pasillo largo y oscuro, atravesaron un
patinillo lbrego, hmedo y srdido, donde, de unas cuerdas, penda ropa
puesta a secar; luego otro pasillo, otro patio, y, por fin, llegaron a
los reservados, construidos al fondo de la casa para mayor garanta de
discrecin. Al ver el lugar, casi temeroso, donde les conducan, el
Arcngel anunciador busc con sus ojos inquietos los de su amiga, pero
ella, posando de valiente, sacole la lengua con un gesto delicioso de
burla, y se ech a rer.

Ahora, en el gabinete con tabiques de madera que les serva de cenculo
y en que apenas caban las trece personas que formaban el elenco, a la
menguada luz de la bombilla elctrica, prensbanse en torno de la mesa
cargada de botellas.

Nieves, deliciosa de inconsciencia, en sus labios carmeses una sonrisa
de chicuela que, prisionera en la jaula de las fieras, creyese dominar a
los leones con una caricia de sus manitas de marfil, presida entre
_Joselete_ y el _Marrn_. Frente a ella, Jimmi era disfrutado como una
presa--presa de juventud, de gracia y de vida--por la _Ansiosa_ y Pilar
la _Redicha_. La _Ansiosa_ pona en la conquista toda la abundosa
exuberancia de sus pechos colosales y de sus caderas formidables; la
Pilar, en cambio, no era fea; un poco agarbanzada tambin, tena, sin
embargo, una arrogancia castiza, una gracia muy madrilea, que viva en
el ritmo entero de su persona, en sus ojos de gacela, grandes y oscuros,
y en su boca fresca y reidora. El _Serranito_, sentado junto a su
querida, permaneca mudo, melanclico y soador, con los ojos fijos en
el espacio y los labios plegados por un rictus casi doloroso. Ella, la
_Vinagre_, era una mujer alta y delgada, artificialmente rubia; tena
los ojos grises, fros; la nariz larga y recta y los labios crueles;
arropada en el mantn alfombrado pareca friolenta; era muy antiptica;
apenas beba, y hablaba escupiendo las palabras con chasquidos secos,
como si siempre estuviese irritada con una irritacin contenida,
rabiosa. Los dems--un sastre aficionado a los toros, un pelotari
bilbano, de cabeza amelonada, pelo rizado, apenas cubierto por la boina
de inverosmil pequeez, rostro enjuto y anguloso y lacios bigotes, y
dos chulos sietemesinos, esmirriados y descoloridos--habanse instalado
a la buena de Dios.

Todos rean; Nieves, contenta de sentir rugiente a su lado la bestia del
deseo, aquel deseo animal, salvaje, feroz, que tantas veces evocase
nostalgia ante las almibaradas palabras y las romnticas razones de sus
admiradores. Ah, el encanto de sentirse deseada hasta la violencia,
hasta el crimen! Los dems rean borrachos, estpidos: la _Vinagre_, con
risa casi estridente; el _Serranito_, con una sonrisa plida, que slo
brillaba en los labios, mientras las pupilas tristes seguan el vuelo de
un ensueo.

_Joselete_ y el _Marrn_ hacan la corte a su manera a la aristocrtica
muequilla, y ella, inquietante y perversa, complacase en excitarles
con miradas lnguidas, sonrisas prometedoras, algn furtivo apretn de
manos y tal cual fortuito pisotn; pero mientras ellos, cada vez ms
excitados, se inclinaban hacia ella, los ojos dorados de reina de Saba,
buscaban los melanclicos ojos del gitano y tropezaban a veces con las
fras miradas de la _Vinagre_.

La _Ansiosa_ se inclin hacia Jimmi:

--Tu boca, mi nene!... gitano! lucero! cielo!... me vas a querer t
a m!--Y trat de morder los rojos labios del chiquillo.

El la rechaz impaciente:

--No seas sobona!

--No me quieres!--gimi ella, con su vozarrn de vaca.

Jimmi se sinti chulo:

--Que te voy a querer! _Amos_, t ests _chal_!

Mientras tanto, _Joselete_ formalizaba en toda regla el sitio que tena
puesto a Nieves:

--Porque si usted quisiese, prenda, iba a ver lo que es un hombre.

Ella ri hermtica, y mientras el torero, en rapto de mal contenida
pasin, se inclinaba para besar su mano, busc con los ojos al
_Serranito_.

La _Vinagre_, alerta siempre por los rabiosos celos que todas las
mujeres despertaban en su desconfiado espritu de mujer madura,
intercept la mirada, y encarndose con la traviesa dama, apostrof:

--Cochina! puerca! bribona! pa!

Todos la miraron asombrados por el exabrupto, y el matador,
contemplndola severo, interrog:

--Qu es esto? _Pa_ gritar a la plaza de la Cebada! A ver si va a
poder ser que te calles y no metas el remo!

La _Pechuguita_ intervino a su vez:

--Mujer! no eres t nadie chillando! Qu mosca te ha _picao_!

--Que qu mosca me ha _picao_! Que el _Serranito_ es mo, mo y mo, y
_na_ ms que mo, y no me da la pajolera gana que venga ninguna seora
con su pan _como_ a _camelrmelo_! ests t?--Call un instante, roja
de ira, y luego, con risa epilptica y voz chirriante, ahogndose de
coraje, sigui:--Seoras! seoras! Ja! Ja! Aparte usted, hija, que
me tizno! Seoras! Y luego, en cuantito que ven unos pantalones!...
catapum! adis, seoro! Seoras! me ro yo de _tantismo_ seoro!
Ms seora soy yo, que me lo gano con mi cuerpo _pa_ gastrmelo con un
hombre a quien quiero, que otras que yo me s, que andan por ah
presumiendo _pa_ luego venir a quitarnos lo nuestro!... Pues...

Joselete cort airado, empuando una botella en ademn de tirrsela a la
cabeza:

--A ver si va a poder ser que te calles, burra, o te rompo los morros
de un botellazo!

Y como rezongando siempre, la prjima obedeciera, se encar galante y
rendido con Nieves:

--Qu van a mirar estos ojitos de sol al banderillero, teniendo al
matador _mochales_ por ellos! Verdad, lucero?--e inclinndose hacia
ella, intent robar un beso a los labios de grana.

Pero Nieves, echndose hacia atrs rpidamente, rehuy la caricia, y ni
corta ni perezosa le plant una bofetada:

--Quieto!

La _Vinagre_ ri con cruel satisfaccin:

--Anda! _Pa_ que te metas con seoronas!

Los dems, conociendo la saa feroz del torero, aquella ira blanca que
herva en l, sobre todo cuando tena los nervios excitados por el
alcohol, le miraron temerosos; pero _Joselete_ pareci echarlo a broma:

--Mozo! Vino!--Y sigui como si tal cosa. Slo en los ojos haba una
luz maligna, cruel.

Ahora era Jimmi el que se defenda de las mujeres:

--Basta de besos, que no soy el Nio de la Bola!

--Pero te quiero! Te quiero, mi negro!--Musitaba la _Ansiosa_ con
suspiros que levantaban con sacudidas volcnicas la enorme pechera.

--Ay, nene! Qu rico eres!--Y la Pilar le besaba anhelante.

Segua la juerga. La _Pechuguita_ se haba arrancado con una copla; los
chulos palmoteaban, y el peligro pareca conjurado. Pero Nieves, incapaz
de estarse quieta, deseosa de emociones fuertes, no dejaba dormir a las
fieras. Habase encarado con el _Marrn_, que echado hacia atrs en la
silla, apoyada en la pared, el cordobs a la nuca, los cabellos
pegoteados a la frente por el sudor, desabrochado el chaleco y el rostro
abotargado, dormitaba la borrachera, y esbozando una caricia pasole la
mano por la cara e interrog:

--Y t, chotillo? A ver si no te duermes!

El picador, despierto por el contacto de la piel perfumada, suave y
sedea, lanz un mugido de toro satisfecho y aprision el brazo. Comenz
a cubrir de besos ansiosos los finos dedos y luego la palma de la mano.
Nieves le dejaba hacer risuea. Pero l, enardecido, segua subiendo,
paseando por el brazo los gruesos labios. Entonces ella quiso arrancarle
la presa, pero l, brutal, enloquecido por el vino y la lujuria, la
mantuvo prisionera entre sus brazos, buscando ansioso con la boca voraz
la fresca boca de la chiquilla. Ella forcejeaba por desasirse,
bromeando primero, furiosa luego; sus manos caan sobre la cara enorme
del stiro, abofetendole sin piedad; las uas de ptalos de rosa
clavbanse en la piel dura, spera, curtida, haciendo correr la sangre;
pero l, sordo y ciego, insensible a todo lo que no fuera su sed de
posesin, se enardeca ms y ms.

La _Vinagre_ le animaba:

--Duro con ella!

Y el mismo _Joselete_, mostrando en una sonrisa mala los dientes de
carnvoro, insinu burln:

--Que te puede!

Nieves, vencida, sintiendo flaquear sus fuerzas, impetr auxilio de su
amigo:

--Jimmi, a m!

Quiso l levantarse para ayudar a su compaera, pero la _Ansiosa_ le
ech los brazos al cuello:

--Djala! Qu te importa! T _pa_ m!

Jimmi sacudiole un puetazo en pleno rostro que la hizo echarse hacia
atrs, manando abundante sangre por las narices.

Iba ya a levantarse el muchacho, cuando la mujerona torn a caer sobre
l; no se poda decir esta vez si para matarlo o para poseerlo. Las
otras siguieron su ejemplo, y las tres arpas comenzaron a su vez una
lucha pica de mordiscos, besos, golpes.

De pronto, la bombilla elctrica cay rota y se hizo la oscuridad. En
las tinieblas segua la lucha brbara entre gritos, lamentos, gemidos,
juramentos y maldiciones. Rod la mesa, y sobre ella cayeron todos en
montn, y en el suelo prosiguieron an. En las sombras reson,
angustiosa, la voz de Jimmi:

--Me han matado!

Hubo un momento de confusin y luego un impulso de fuga.

Cuando acudieron con luces, en el suelo, en el montn que formaba la
mesa hecha astillas, sobre el mantel manchado de sangre y vino, yacan
yertos, rgidos, inanimados, Nieves y Jimmi, como dos pobres muecos de
cera.





HERMAFRODITA

    Vers l'archipel limpide, ou mirent les Iles.
    L'Hermafrodite nu, le front cenit de jasmin,
    puise ses yeux verts en un rve sans fin;
    Et sa souplesse torse emprunte aux reptiles,

    Sa cambrure lastique et ses seines rectiles
    Suscitent le dsir de l'impossible hymen,
    Et c'est le monstre clos, exquis et surhumain,
    Au ciel suprieur des formes plus subtiles.

    La perversit rde en ses courts cheveux blonds
    Un sourire ternel frre des sous profonds
    S'estope en velours d'ombre a sa bouche ambigu,

    Et sur ses pales chairs se trane avec amour
    L'ardent soleil paen, que la fait natre un jour
    De ton cume d'or,  Beaut suraigu.

Albert Samain.




I


Primero haba sido la palabra grave, sonora, un poco enftica y engolada
de Don Clodoveo Zurriola, el sabio arquelogo, la que en perodos
acabados, correctos, acadmicos, que armonizaban bien con la noble
serenidad de la fbula griega, narrara la historia del hijo de Hermes y
Afrodita. La figura venerable del escritor, que supla con la rigidez lo
escaso de la estatura; su gesto sobrio, pero oratorio y elegante; su
empaque un poco finchado dentro de la corta y estrechsima levita,
adornada en el ojal por multicolor roseta, y del enorme cuello que
apareca en dos inacabables picos por cima de la formidable corbata,
sostenida con un camafeo, sentaban a maravilla al severo decorado del
saln. Pero lo que sobre todo daba suprema nobleza al viejo caballero
era el rostro, un rostro de pergamino en que lucan dos ojos azules,
claros y serenos, ojos de nio o de poeta habitante de una Arcadia
feliz. Completaban el conjunto larga perilla de plata y nevada trova
que nimbaba de luz la cabeza. Hablaba lentamente, mejor dicho recitaba
su prosa con enftica entonacin, cambiando de registro segn convena a
la ndole de los perodos descriptivos, trgicos o jocosos, haca largas
pausas y saba rematar las parrafadas.

Mientras peroraba, sus manos blancas y delgadas de patriarca bblico
trazaban un gesto abarcador, y de vez en cuando posbanse en la amplia
frente. Gustbale de recrear a aquellas seoras con alguna de las
leyendas de la mitologa griega, en que mezclaba con su portentosa
erudicin un humorismo un poco pueril, muy _vieux jeu_, pero honesto,
limpio y de buen gusto.

Oanle ellas embelesadas, pese a su gran recato y a lo escabroso de los
asuntos, que abundaban en episodios asaz libres; pero la mitologa tiene
eso: aun en los momentos en que narra las liviandades a que tan
aficionados mostrbanse los seores del Olimpo, aun en aquellos otros en
que nos presenta las mayores aberraciones, hasta cuando Parsifae se
entrega bajo la apariencia de una vaca de bronce a las caricias del toro
o Calimante pone sus pecaminosos deseos en el melenudo rey del desierto,
incluso en las creaciones de equvocos personajes, hay en ella una
diafanidad, una serena fe en el amor y la vida, que permite a los odos
ms pudibundos y fciles de ofender escucharla sin menoscabo de su
honestidad. Guardan los amores y aventuras de dioses y diosas, de hroes
y ninfas, de reinas y monstruos, sobre todo evocados por la severa
palabra de un sabio-poeta, un no s qu de estatuario, de ecunime, de
plstico, que ahuyenta toda idea de lubricidad y de morbosa deleccin.

La mitologa fue esencialmente moral. Era, s, la religin del amor;
pero, al mismo tiempo, era la religin de la Naturaleza, de la fuerza,
de la juventud. Nunca el espritu ha estado ms lejos de la carne; la
carne viva y el espritu somnolaba plcidamente alejado de enfermizas
inquietudes. Nuestras almas son como el mar, como l tienen sus mareas,
su movimiento de aproximacin y de retraimiento; sino que en ellas es al
travs de los siglos. Hay momentos en la historia de la humanidad en que
las almas han estado a flor de piel, y es el momento de las inquietudes,
de los grandes pecados y de los monstruosos impulsos de santidad. El
amor tiene el perverso encanto del pecado, y no es el _amor_, es algo
macerante que puebla las noches demasiado castas de calenturientas
aberraciones. En otros perodos, al contrario, el alma duerme y la carne
reina. Entonces se ama con impudor inconsciente, las mayores
aberraciones parecen juegos de nios egostas; apartan los humanos de
su lado a los dbiles, a los deformes, a los tristes, y si alguna vez se
mata es con un gesto magnfico de desdn por la inutilidad de los
viejos, de los enfermos o de los cobardes. En la India, en Egipto, en
todos los pases del remoto pasado, fue el reinado del alma; en Grecia y
Roma triunf el cuerpo y fue como un paseo victorioso de Venus y Baco a
travs del mundo entre faunos, stiros, silvanos y tigres y panteras,
montadas por bacantes coronadas de pmpanos. En la Edad Media la carne
torturada por el ayuno y las disciplinas agoniza entre alucinaciones, y
el espritu bulle siniestro como un fuego fatuo: es el tiempo de los
iluminados y los posedos, de las brujas y de los quiromnticos, de
Prelatti y Gilles de Rais.

Cont, pues, Don Clodoveo, la historia de Hermafrodita, su peregrina
belleza y cmo sorprendido en el momento de baarse en una fuente
situada en las cercanas del Halicarnaso por la indiscreta y seguramente
no muy pudibunda ninfa Salmacis, enamorose sta perdidamente del apuesto
mozo. Describi los desdenes con que el doncel agobiara a la infeliz
enamorada, y por fin la gracia que, presa de loca desesperacin, implor
ella de los dioses, de fundirse en una sola persona con su amado, y an
hizo algunas veladas y discretas alusiones a cmo, concedido tal favor,
conservara el nuevo ser los caracteres de ambos sexos.

Hasta aqu habanse mantenido las cosas en las serenas esferas de las
especulaciones estticas, pero comenzaba a llegar gente joven procedente
del Real y de otras tertulias, y con ellos vientos revolucionarios. Las
ltimas palabras del sabio prestronse a chirigotas, salieron a relucir
ancdotas picantes, y las malas lenguas emprendieron la caritativa tarea
de disecar a los amigos ausentes.

Doa Recareda Witiza, que acurrucada en su sillita de tijera, la
inseparable labor de gancho entre los dedos y las gafas en la punta de
la nariz, haba escuchado la narracin embebecida y sin comprender muy
bien aquello de los dos sexos, que, como lo de la manzana del Paraso,
lo del sacrificio de Santa Mara Egipciaca, las tentaciones de los
Padres del yermo y tantas otras cosas, era para sabido, credo y aun
admirado, pero no para que una mujer honrada metiese las narices en
ello; comenzaba a sentir sobresaltos ante las pseudoprocacidades de la
juventud.

Doa Elvira era una institucin en aquella casa; lloviese o hiciese
luna, helrase el aliento o asranse los pjaros, all estaba ella,
sentada en su sillita de tapicera, sin darles paz a los dedos,
escuchando atenta y alzando, cuando oa algo que le causaba gran
efecto, los ojillos grises por cima de los redondos quevedos de plata.
Bajita, menuda, lisa como una tabla, sin que ni pecho ni caderas
acusasen su feminilidad, tena, pese a su frgil contextura, cierta
apariencia masculina agravada por el rostro desproporcionado, demasiado
grande para la pequeez del cuerpo. Era el suyo un rostro largo,
arrugado, bigotudo y hasta con algo de barba; la nariz de gancho; la
boca grande, de gruesos labios y dientes caballunos, puntiagudos y
amarillos, y la frente anchsima, coronada de escasos cabellos grises,
dbanle aspecto hombruno. Sabalo ella e irritada por aquella jugarreta
de la naturaleza, exageraba lo menudo de sus gestos, ya harto dengosos,
y atiplaba su vozarrn de bajo profundo. Si bien con ello no consegua
ser completamente femenil, en cambio adquira el ambiguo aspecto de esos
viejos pulcros, atildados, untuosos, que pasean por los jardinillos de
las plazas pblicas en las primeras horas de la noche su sonrisa hmeda
y sus pupilas lascivamente escrutadoras. El sencillo hbito del Carmen
que vesta siempre y los gruesos zapatones en que esconda sus pies,
desentonaban con la elegancia de las damas que desfilaban por el saln;
pero la condesa, verdadera gran seora a la antigua espaola, mujer de
corazn, aleccionada adems por el destierro y los aos, era consecuente
con sus viejos amigos y no olvidaba a los que fueron buenos con ella en
los das de prueba; y si, mujer de mundo, acoga con una sonrisa de
benvola complacencia y una buena palabra a las elegantes que acudan
todas las noches a casa de _ta_ Malvina, porque era _chic_ y tena un
_gran aire_ hacer una paradita all despus del Real y de otras
tertulias de trueno, guardaba las efusiones de su generoso corazn para
sus amigas _de siempre_, y en boca de la dama aquel _siempre_
significaba muchas cosas.

Era la tertulia de la condesa de Campazas cosa nica en su gnero. En
primer lugar la composicin de la escena no tena nada de teatral.
Aquello no era una decoracin _para interior de casa grande_ (trmino de
entre bastidores, que viene aqu como anillo al dedo). Ni reposteros
blasonados, ni fantsticos retratos de guerreros y obispos, ni armaduras
histricas; nada. Fuera quedaba el estrado, ms solemne (aunque tampoco,
a decir verdad, con pretensiones de feudal, si no ms bien tocado de la
amazacotada elegancia que a mediados del siglo XIX presidiera el triunfo
de las plutocracias), con su zcalo de madera imitando mrmol, su techo
de falso artesonado blanco y oro, las paredes revestidas de raso
amarillo _capiton_, lunas encerradas en marcos enormes, araas y
brazos de pared de cristal y bronce, pesados, de mal gusto y hasta un
tanto de pacotilla, y muebles grandes dorados, recargados de molduras,
sin la suntuosa armona de Luis XV ni la gracia alada del Luis XVI; y en
contraste con tanta cosa fea y como sello de la estirpe, dos retratos de
Goya prodigiosos--un caballero de ancha frente, penduliforme nariz y
mandbula prominente, vestido con bordado casacn de terciopelo azul, y
una dama pcara de ojos, golosa de labios, fosca de cabellera y morena
de color, muy grcil y movida en los albos tules de su traje, que se
rasgaba en cuadrado escote mostrando el provocativo repujado de los
senos--. Tambin veanse en la sala dos braseros, pues la condesa, pese
al calor de las chimeneas, no renunciaba al clsico artefacto que, segn
ella, fue su nico compaero en algunas veladas del destierro. La sala
tambin, a ltima hora, llenbase de gente; quedaba para los extraos,
sin embargo, mientras Doa Malvina con los de su tertulia preferan el
billar. Aquello ya era otra cosa, aunque tampoco un dechado de buen
gusto, pues en aquellos das de mescolanzas de estilos en que triunfaban
los muebles de _Boule_ y los rasos abullonados, poca cuya
caracterstica podra considerarse el reinado del tapicero, el mal gusto
era endmico; el billar tena un aspecto ms familiar, simptico y
habitable. Sobre las paredes de damasco verde lucan algunos cuadros,
casi todos modernos. Dos marinos de Montelen, una Sagrada Familia, que
si no fuese por aquello de que la intencin salva, hubiese valido el
fuego eterno a su perpetrador; unas monjas de Franco, dos cuadros
pintados por la duea de la casa--paisajes de una Buclica feliz--una
Concepcin de colorido chilln y otra atribuida con algn fundamento a
Antolnez, el Malo. La mesa de billar, de troneras, apareca cubierta
por un pao de peluche rojo con aplicaciones de bordados antiguos, y los
muebles, salvo la mesa, que cubra un tapete bordado tambin en oro y
sedas, eran amplios y cmodos, tapizados de pao verde con franjas e
iniciales de pao negro.

En aquel ambiente familiar encontrbase la condesa a gusto, rodeada de
sus ntimos, _sus fieles_ llambales ella cariosamente. Para ser
admitidos en tal intimidad no eran menester sino dos cosas: talento y
corazn. All la gente no era lo que representaba en el mundo, sino lo
que mereca ser. No haba valores convencionales, que el gran espritu
de bondad y de rectitud de la dama, defendidos por su prestigio y
posicin, rechazaban, si no valores reales. Luego, a ltima hora,
tocbale el turno a la feria de vanidades pero a prima noche slo
formaban los elegidos.

Componan la tertulia seis u ocho invitados a mesa (clsica, espaola,
sencilla y abundante) y cuatro o cinco ms que llegaban al caf. All,
en primer lugar, y como uno de los habituales, Facundo Robledo, el gran
poltico, el rbito de la Restauracin, haca pinitos literarios, deca
chistes de _su pueblo_, y hasta alguna vez, excitada su confianza y buen
humor por la cordialidad que flotaba en el ambiente, mostraba, como uno
de esos modernos ilusionistas que fan ms en su arte que en la
curiosidad del pblico, los secretos de la poltica menuda. All tambin
Manuel Salgado, el estilista portentoso, abandonadas las palmetas de
crtico y el cincel de artfice nico, contaba, con el gracejo de la
tierra de Mara Santsima, cuentos subiditos de color. Junto a ellos, el
general marqus de San Florentn defenda los viejos moldes y recitaba
con nfasis versos de Don Juan Nicasio Gallego, de Hartzenbusch y de
Garca Gutirrez. El general era un escritor menos que mediocre, pero
por aquellos tiempos de generales poetas y curas guerreros haba
alcanzado gran boga, y as como era moda entre las damas tener un
retrato pintado por el duque de Rivas, ralo tambin guardar en el
lbum de tapas de peluche y bronce una composicin potica en que las
Musas colaboraron con harta mala gana. Aquello era lo ms saliente de la
tertulia; como discretos comparsas haba otras gentes oscuras, cuya
nica razn de ser era su amistad con la condesa; gentes que en el
destierro fueron amables con la gran dama y que cuando hallbase sola
ofrecieron el noble homenaje de las personas de corazn a las majestades
cadas; un pintor de historia premioso, machacn, pesadsimo, acompaado
de su esposa, mujer insignificante, y de su hija, una seorita redicha,
que ahuecbase constantemente los pompones de la falda y abra y cerraba
el abanico dengosamente a cada instante; Doa Recareda y dos o tres
insignificancias ms.

Y presidindoles a todos, con su aire inimitable de gran seora, fresco
el rostro a pesar de los aos, los blancos cabellos cubiertos por la
negra cofia, y por los hombros la manteleta de encaje, que prenda al
pecho con antiguo broche de lapizlzuli y brillantes, la condesa
sonrea, abanicndose lentamente con uno de aquellos admirables abanicos
que constituan su pasin. Porque los abanicos eran su vicio: tenalos
de oscura concha, incrustada de oro y plata a la moda del reinado de
Luis XIV; de ncar, con soberbias incrustaciones, como los que en
algunas escenas violentas de la Corte rompieran las blancas manos de la
Pompadour; de largas varillas de marfil, con pintadas miniaturas, como
los que entre los dedos de la Dubarry sealaron a los Borbones la ruta
de la guillotina.

Era la condesa de Campazas mujer de talento extraordinario: saba hablar
sin pedantescos desplantes, pero con la autoridad que le daban los aos
y la experiencia, y lo que es mejor, tena el raro arte de saber
escuchar. Con singular gracejo pona el comentario, lleno de filosofa,
o colocaba un chiste de buena ley, terciaba en las discusiones
acaloradas, suavizaba asperezas de juicios apasionados, velaba la broma
con exceso subida de color, y, sin ofender al maldiciente, echaba un
capote por el ausente amigo.

Aquella noche, sin embargo, las horas habanse deslizado gracias a la
serena palabra de Don Clodoveo Zurriola, con una placidez que, puesto
que a ella contribuan las ninfas y pastores de la fbula, podemos
llamar pastoril. An no haba acabado el sabio su disertacin y el grupo
de oyentes (cuyas exclamaciones y dicharachos asustaban a la Witiza),
engrosado, llegaba ya al saln.

Iban llegando damas procedentes del Teatro Real, donde la Saralto haba
cantado un _Bale in Maschera_, y junto con ellas los muchachos que
hacan su escala all antes de irse al _Veloz_ a tirar de la oreja a
Jorge, y los viejos del palco de _la Infantil_, ms entusiastas de la
bella tiple que de la pera, que, por no ser menos, seguan la misma
ruta de los muchachos.

Pero ni la voz admirable de la Bezk, ni los devaneos de la Sanz, ni los
simpares gorgoritos de la Patti, consiguieron distraer la atencin del
primer sujeto. Haba, por el contrario, tomado la palabra Ramn Alvarez
de Simancas, uno de los recin llegados, y con su estilo jocoso,
desvergonzado, haca la aplicacin de la fbula de Hermafrodita a
algunos amigos y amigas ausentes.

Alto, fornido, guapo, con varonil belleza, era arrogante, bravucn,
rendido con las damas, a las que trataba con una mezcla extraa de
respetuosa pleitesa y atrevimiento, confianzudo, mirndolas siempre en
mujer, nunca en seora; sencillo con sus amigos, altivo con los
extraos, aficionado con exceso a cuentos y chascarrillos verdes.
Constitua el tipo perfecto del antiguo elegante espaol, antes que el
sport convirtirale en una caricatura del extranjero, transnochador,
aficionado a alternar con pelanduscas y toreros, dado a la burla,
apasionado de la fiesta nacional, jugador y pendenciero.

Contaba ahora la historia de cierta dama que, culpable de lesbiana
pasin por una amiga suya, no haba discurrido mejor ardid que en una
noche de fiesta escabullirse del saln, merced al bullicio, e irse a
esperarla en su propio lecho.

Y prosegua su historia, contando cmo cierto galn, harto audaz en
lides de amor, y animado por no s qu insinuaciones de la dama, decidi
seguir la misma ruta que la descarriada seora, y cmo, tras un discreto
desposeerse de ropas en la oscuridad, habanse encontrado entre las
sbanas, con los episodios a que tan donosa equivocacin dio lugar. El
saln entero, convertido en Decamern por obra y gracia de aquellos
cuentos dignos del seor de Bocaccio, rea de buena gana la
desvergonzada aventura. La misma condesa sonrea benvola; slo Doa
Recareda, estremecida de horror, ansiaba que se la tragase la tierra
para no ver profanados sus castos odos con tales aberraciones, y miraba
a todas partes buscando la manera de escapar. Imposible. El saln
rebosaba gente. Y qu gente!

En pie, junto a la mesa de billar, la duquesa de Lorena escuchaba
risuea, reverberando en el esplendor de su distincin suprema. Era una
belleza del norte, fra y dura, que por su boda con el duque de Lorena
haba venido a ocupar uno de los primeros puestos en la sociedad
madrilea, ciendo sus sienes, que en lejano pas de brumas oprimiera la
diadema de los Prncipes mediatizados, con los ducales florones de los
Grandes de Espaa. Tena un aire portentoso, una elegancia seoril que
se reflejaba en sus menores gestos, una nobleza innata, inimitable. Su
perfil correcto, enrgico, sus ojos dominadores y sus labios desdeosos,
aislbanla en una impenetrabilidad de diosa. El cabello castao caa
sobre la frente en abundantes rizos, que escalonndose por la cabeza,
concluan en la nuca alabastrina en catarata de pequeos bucles; el seno
blanco, nevado, emergiendo del cuadrado escote del vestido, serva de
estuche a soberbio collar de perlas negras; el corpio de raso corinto
oprima el talle inverosmil, y mientras por delante formaba largo pico
sobre el delantal de terciopelo, de igual color que el vestido, bordado
en dorados vidrios, por detrs formaba graciosas aldetas que caan sobre
los pomposos _petits motives_ de raso, sostenidos, primero por el oculto
polisn, luego por grandes golpes de abalorios, y acabados por fin en
larga cola redonda, pomposa, frufruante, prendida a la enagua de
almidonados encajes por grandes lazos de seda. Y completando el
conjunto, tena brazos de estatua, que enfundados hasta el codo en las
estrechas mangas, ocultbanse luego en largos guantes de Grecia; y poco
ms all, y compartiendo su atencin entre las historias y las tonteras
que murmuraba a su odo Fernando Romn, Julia Rialta, morena, graciosa,
vivaracha, ms morena an en el traje de gro rosa con grandes _poufs_
lazados de terciopelo negro, triunfaba en su castiza gracia de madrilea
neta. Junto a ella, Felisa Zamora sonrea, sonrea siempre con su eterna
sonrisa estereotipada, contenta de su belleza de Ofelia, de sus cabellos
de oro plido, que, tras partirse en dos rizos sobre la frente, formaban
gruesa trenza en torno a la cabeza; de sus ojos cndidos, azules de
cielo; de su blancura maravillosa de nardo, que luca entre el tul
celeste del escote, en forma de corazn, y de su talle inverosmil. Era
tonta, con tontera inofensiva de grabado de modas; ahora mismo,
mientras los dems hablaban, ella estaba pendiente de no descomponer los
frgiles pompones de plido matiz azulado, que sostenidos sobre la falda
de pequeos volantes por guirnaldas de rosas salvajes, constituan la
obra ms elegante que sali jams de las manos de Worth.

En contraste con ella, toda malicia, gracia e inteligencia, la baronesa
de Montevideo, sentada en un _puf_ turco, vestida toda de raso coral con
guiones de terciopelo azul; menuda, frgil, los ojos verdes de gata, y
el pelo de oro rabioso subrayaba los equvocos con risitas burlonas o
haca comentarios cortantes como filos de cuchillo, y daba empujones con
el codo a Escipin Cimarra, que pretenda compartir el asiento con ella.

La Witiza se sinti anonadada. No poda salir! Y las cosas tomaban cada
vez peor cariz. Ahora haban dejado a un lado las historias burlescas y
tocbale el turno a las narraciones truculentas. El marqus viudo de
Casa Guzmn contaba cosas horribles, misteriosos hechos, fenmenos de
transformacin, raros caprichos de la Naturaleza; descubra monstruos
humanos, casos de locura... La conversacin despebase por los abismos
de la pesadilla, y como en los cuadros de Bosco o en las aguas fuertes
de Goya, iban y venan en raras zarabandas seres absurdos, criaturas
hbridas, que se contorsionaban saliendo de lo grotesco para entrar en
los linderos de lo doloroso.

Doa Recareda no pudo resistir ms, y ponindose en pie se despidi de
la condesa:

--Yo me voy.

--Pero ha venido ya Rosendo--Rosendo era un viejo servidor de la
Witiza--a buscarte?--interrog la dama cariosamente.

Habase dado perfecta cuenta del malestar de su amiga; si hubiese
habido menos gente, hubiese intentado cortar la conversacin; pero con
la casa llena era punto menos que imposible. Adems, no la gustaba
actuar de _dmine_, y mientras permaneciesen en los lmites que marca la
buena educacin, prefera dejarles en libertad de desbarrar.

Doa Recareda minti por primera vez en su vida:

--S, ya me han avisado.

--Pues no he odo nada--murmur extraada la dama.

Cruz la vieja el saln haciendo equilibrios para no pisar las colas que
se abran en insolentes abanicos, y repartiendo reverencias, que la
Montevideo calific burlescamente de _reverencias para uso de artista
pedicure en Versalles_, lleg al fin a la antesala, fra y
destartaladota, adornada con dos o tres reposteros y algunos bancos.
All esperara. Que estaban los criados? Bah! Eran viejos servidores
respetuosos, que la conocan bien y la rendiran pleitesa y que
seguramente no contaran cuentos verdes delante de ella. Pero s, s!
No contaba con la huspeda! Para evitar a las seoras la molestia del
humo y para hablar con ms libertad, habanse salido all unos cuantos
muchachos a fumar un cigarro, y en cuanto la vieron roderonla con
afectuosas cuchufletas. Desesperada la infeliz, decidi partir, aunque
hubiese de esperar en la escalera la llegada de su criado, y zafndose
de sus manos, sali.

Estaba de Dios que en ninguna parte pasase tranquila aquella infausta
noche. Como a los viejos Padres del desierto, Satans entretenase en
ponerle a cada paso, ante los ojos, un cuadro de disolucin o una imagen
de pecado. En el ltimo descansillo de la escalera, Petra Galvn hablaba
con Gaspar Monvar, y el calor con que discutan y la distancia que les
separaba no eran precisamente los exigidos por el recato. Doa Recareda
Witiza crey que su sola presencia tendra la virtud de separarles y
hacerles tornar a los senderos del bien; pero se equivoc. La Galvn
limitose a alzar sobre sus hombros, iluminados por los fulgores de
soberbio collar de esmeraldas, la amplia capa de seda blanca, forrada de
albas pieles de cabra del Tibet, y dando un puntapi a la cola de
terciopelo caf, forrada de raso caf con leche y bordada en cuentas de
colores, sigui hablando como si tal cosa con el apuesto hsar, que a su
vez limitose a pasar una mano acariciadora por la sedosa barba negra,
partida por raya central.

Despus de poner su pensamiento en Dios, la buena seora tom una
resolucin heroica. Se helara en el portal, pero prefera cualquier
cosa a la contemplacin de tales vergenzas. Abri la puerta y... estuvo
a punto de desmayarse. En el amplio zagun, enarenado, bajo la vacilante
luz del farol central, los cocheros y lacayos, con sus gorras de visera
y sus capotones oscuros, cubiertos por siete esclavinas de vivos
chillones--el amarillo, el rojo, el verde de la herldica de
librea--hablaban, y lo que es peor, retozaban con retozos de faunos
salvajes con cuatro o cinco ninfas callejeras, que entre pellizcos,
achuchones y encontronazos, rean, aullaban y barbarizaban. La
apocalipsis! Y para eso Dios haba redimido al gnero humano!
Indudablemente el fuego del cielo volvera a caer para arrasar tanto
pecado como antao cay sobre las urbes malditas. Las ciudades de
Pentpolis quedaban en mantillas ante tanto vicio triunfante! Pero
mientras las divinas llamas venan a purificar el fango, el ngel que
haba de ser gua del justo (encarnado ahora en la vulgar figura de
Rosendo) no llegaba, y Doa Recareda decidi irse sola. Todo menos
quedarse all! Santiguose mentalmente, y como quien en los horrores de
un naufragio se echa al agua, lanzose a la calle.

Deprisa, muy deprisa, con andares hombrunos, subi la calle de Segovia.
Por aquel camino, cruzando la de la Pasa, la Plaza del Conde de Barajas
y la Escalinata, en un momento estaba en la Plaza Mayor, y de all al
Postigo de San Martn, donde viva, no haba ms que un paso. El camino
rale harto conocido, y lo modesto de su atavo la ayudaba a pasar
desapercibida, de modo que, fuera de los encuentros con las nocturnas
palomas y con algn rezagado borracho, nada haba que temer.

En Puerta Cerrada respir. Pese al valor que procuraba infundirse
repitiendo a cada paso y como entreacto a las oraciones que rumiaba para
impetrar auxilio de la Providencia frases alentadoras: Estoy a un paso
de casa. En dos minutos estoy en mi calle. A lo mejor me tropiezo
con Rosendo. Iba temblorosa y llena de pavura. Las extraas historias
odas en casa de la condesa bullan en su cerebro, poblando su
imaginacin de raros monstruos. Las escenas ms absurdas--escenas de
Sabat en que se mezclaba lo lbrico y lo terrible--aparecanse ante ella
con una claridad de linterna mgica. Como las monjas posedas por el
_Malo_ de la Edad Media, vea poblarse la noche de seres absurdos,
inclasificables, dotados de los ms extraos e indescriptibles
atributos. Y los monstruos enlazbanse y desenlazbanse en nunca vistas
combinaciones, hacan muecas lascivas o burlonas, tejan guirnaldas de
cuerpos deformes, y entre aullidos y risotadas, que sonaban alucinantes
en sus odos, se desvanecan en las tinieblas.

Apret el paso, y cruzando rpida el callejn de la Pasa, lleg a la
Plaza del Conde de Barajas. Al desembocar en ella sinti una impresin
de inmensidad o de vaco y se detuvo con el corazn oprimido por sbita
angustia. Parecale hallarse ante un precipicio sin fondo, abismo de
negruras o enorme lago de quietas aguas turbias y verdosas; o mejor an,
haber llegado a la inmensa plaza de una ciudad muerta, donde no quedaban
ni vestigios de la vida remota que en ella debi haber antao. La
atmsfera transparente y fra y el cielo de una serenidad polar,
contribuan a la sensacin de soledad y quietud mortuorias. Dominose;
santigundose cruz la pequea explanada y tom la calle de Cuchilleros.
Helada de espanto torn a pararse. Ahora escuchaba tras de ella pisadas,
pero no unas pisadas vulgares, sino unas pisadas opacas, silenciosas,
pisadas de orangutn, de secubo o de personaje felino. Permaneci
quieta, sin atreverse ni aun a respirar; pero como nada suceda y las
pisadas parecan haber cesado, hizo un esfuerzo y mir atrs. Nada.
Riose de su miedo y continu la ruta.

En los escalones que suben a la Plaza Mayor dorman, hacinados,
miserables trotacalles, golfos y pordioseros. Entre los montones de
andrajos surgan de vez en cuando caras barbudas, enjutas, amarillentas,
dignas de los viejos mendigos de Rivera; deformes rostros de goyescas
zurcidoras de gustos, trgicas caretas pintarreadas de vendedoras de
amor. Pareca aquello los despojos de un campo donde en una noche de
aquelarre se hubiese librado una batalla. Un hedor a suciedad y miseria
flotaba sobre los durmientes, apestando el aire. Y, sin embargo, Doa
Recareda Witiza respir satisfecha. Se encontraba ms segura all que en
la soledad de la noche, perseguida por los trasgos evocados en las
fatales conversaciones de casa de su amiga.

Al desembocar en la Plaza Mayor y cuando ya casi se conceptuaba segura,
tropez con un grupo de mozas del partido que se dejaban conquistar por
unos arrieros. Trat de esquivarles y ellas, que notaron la maniobra,
empezaron a lapidarla con groseras cuchufletas. Huyendo de la rociada,
la dama cruz a los jardinillos. All la luz era ms escasa; los
faroles, con sus temblorosos mecheros, no bastaban a disipar las
tinieblas, y rboles y arbustos adquiran apariencias fantasmagricas.
La Witiza redobl el paso; de pronto surgieron ante ella tres hombres.
Vestan a la moda chulesca: de ancho sombrero y capa uno de ellos, a
cuerpo, con altas gorras de seda que dejaban escapar los tufos peinados
en persianas sobre las sienes, los otros dos. Deban de ser borrachos,
por cuanto despedan un olor a vinazo que tiraba de espaldas. Uno de los
tres, el de la capa y el sombrero cordobs, cortola el paso, y
plantndose ante ella, salud jacarandoso:

--Ol las mujeres!

Doa Recareda, dando un rodeo, procur zafarse; pero cuando ya lo
consegua, los otros dos la cogieron por las faldas:

--Desprecios? Recontra con la seora! A nosotros no nos desprecia
_naide_ est ust?

Indignada y aterrada a un tiempo, conmin:

--Sultenme ustedes!

El vozarrn hombruno son ms bronco y spero que nunca.

Ellos parecieron ligeramente desconcertados. El ms entero de los tres
sac una caja de cerillas, y encendiendo una con no poco trabajo, la
aproxim al rostro de la asustada seora.

Un triple juramento, brbaro, grosero, sali de las tres bocas:

--Remonche, si es un to!

Aprovechando el primer momento de asombro, la Witiza consigui librarse
de ellos y ech a correr con toda la fuerza de sus piernas; pero pasada
la sorpresa, los otros, con el tesn y la tozuda pesadez de los
borrachos, echaron tras ella gritando:

--A ese! A ese!

Al estrpito de los gritos y carreras, las prjimas y sus adoradores
lanzronse tambin a la persecucin de Doa Recareda, y al fin
consiguieron detenerla en el momento en que jadeante, prxima a
desmayarse, se haba detenido. Todos la interrogaron a la vez:

--Pero qu pasa?

--Qu, _lan quero rob_?

--Los _guindas_?

Con palabra entrecortada, comenz:

--Es que... que...

Pero llegaban sus perseguidores:

--Que es un to que anda disfrazada de mujer!

El grupo prensose curiosamente en torno de la infeliz. Seis o siete
voces distintas formularon otras tantas preguntas:

--Un ladrn?

--Un alcahuete?

--Un guasa viva!

-Un...

--Un to faroles que anda buscndole tres patas al caballo de bronce!

--Soy una seora, y hagan el favor de dejarme en paz!

El vozarrn son bronco, spero. Uno imit el rugido de un trombn. Otro
anunci con cavernoso sonido:

--Paso! Paso, que es doa Trueno!

Aunque tarde, comprendi que su voz empeoraba la situacin, y trat de
dulcificar el tono, consiguiendo slo aflautarla:

--Djenme, por Dios! Soy una seora...

Una voz de tiple gimi burlona.

--Ay, mam, que me comen, que me comen!

Y otra, tambin con relamido acento:

--Ay, Jess!

Trat de imponrseles:

--O me dejan o llamo.

Pero sus enemigos encendan cerillas y estudiaban su rostro hombruno,
adornado de barba y bigote.

--Es un hombre!

--Un to!

--Ladrn gorrino!

--Asqueroso!

Las mujeres eran las ms indignadas. Convertidas en furibundas arpas,
azuzaban a los hombres:

--Arrastrarle!

--Matarle!

--A darle una paliza que lo deslome!

Enloquecida de miedo, gema:

--Soy una seora! Por Dios! Por Dios!

Una de las hembras tuvo una idea luminosa:

--A verlo! Desnudarle!

Diez manos audaces se posaron en ella para consumar el sacrificio; pero
atrados por el escndalo, acudan ya el sereno y unos guardias:

--A ver si _sus llevamos_ a la Delegacin! Qu _escndalo_ es este?

Todos quisieron explicar a la autoridad su accin vindicadora:

--Es que...

--El to este...

--Nosotros...

Una, ms expedita, narr el suceso:

--Es un to marrano que anda con faldas.

Doa Recareda, casi sin fuerzas ya, protest dbilmente:

--Soy una seora!

Pero el vigilante nocturno, escamado por la voz de bajo profundo, haba
aplicado la luz al velludo rostro y lanzaba una exclamacin:

--Pues s que es un _tiu_!--Y como ella an intentase un postrer
esfuerzo...--Hala para all; en la Delegacin _veremus_!

En aquella crisis de espanto, algo absurdo, inaudito, sucedi en el
cerebro de la infeliz seora. Las historias odas cobraron realidad; los
monstruos quimricos se animaron con calenturienta vida. Ella no era
Doa Recareda Witiza, la honesta y noble dama, era uno de aquellos seres
ambiguos, insexuados, hbridos, de la fbula. Y de pronto se irgui, y
con los ojos fulgurantes como los de una iluminada, apostrof a sus
sayones:

--Atrs, canallas! Yo soy la hija de Hermes, hijo del Cielo y de la
Noche, y de la divina Afrodita, hija de Urano y el Mar! Soy
Hermafrodita!

Y cerrando los ojos rod por tierra.




FICHAS ANTROPOMETRICAS




EL HOMBRE DE LA MUECA EXTRAA


--La fbula de Prometeo creando la estatua e infundindole vida. Pero
esta vez animndola no con el fuego del cielo, sino con llamas robadas
qu s yo dnde, creo que al mismsimo infierno, a Satans en persona;
un fuego maldito de locura, de pecado, de horror; en fin, algo
escalofriante, terrible, ultramoderno...

--Poe?

--No. Poe es demasiado metafsico y la historia de Guillermo Novelda es
ms pedestre; no hay nada que no sea explicable, fcil, comprensible;
pero al mismo tiempo se unen de tal modo en ella la locura, el vicio y
el miedo, que llegan a un paroxismo de horror alucinante.

--Vamos, como en Teresa Raquin.

--No, tampoco; Zola resulta excesivamente sucio y no tiene el instinto
de la esttica. La muerte de Guillermo es algo tan tremendo, tan
trgico, que sin querer hace pensar en los posedos del demonio.
Justamente, eso fue l, un posedo del demonio de la lujuria. Quiso
asomarse al abismo en que el monstruo de los cien tentculos dorma,
bajar al fondo del mar para contemplar la sepulta ciudad de Is y qued
prisionero para siempre. Tuvo una hora de supremo goce, y luego fue
resbalando hasta caer en la muerte.

Nos habamos reunido en el despacho de Gustavo Mondragn, a pretexto de
tomar una taza de t y charlar, unas cuantas damas y algunos amigos,
enfermos todos de literatura.

Anocheca. Fuera, entre hilos de lluvia que caan con monotona
abrumadora, finaba el crepsculo de un da invernal, fro, gris y
tristn, en que el cielo plomizo se reflejaba en los grandes charcos de
la calle. Dentro, una penumbra temerosa iba invadiendo los rincones.

El despacho era el de un artista, el de un refinado, quizs el de un
decadente, pero sobrio, sencillo, sin estrafalarias suntuosidades de
novela. Nada de emular las magnificencias de Bizancio, ni los estticos
alardes de Corte de los Mdicis, ni siquiera las, elegancias del XVIII
francs; menos an uno de esos rebuscados y artificiosos decorados del
snobismo moderno; limitbase a ser grande, alto de techo, con amplio
ventanal sobre un jardn vulgar. Damasco verde oscuro cubra los muros;
los muebles eran ingleses, de cuero; en un rincn, un gran divn de
damasco agobiado de almohadones, hechos con viejos brocados; dos
bibliotecas de caoba y bronce encerraban libros de Poe, de Baudelaire,
de Wilde, de Essebacc, de D'Anunzio, de Moreas, de Rollinat, Lorraine,
Rodenbach, Verlaine, Rossetti, Ekheold, Rachilde--la flor y nata del
decadentismo--, con raras encuadernaciones; sobre las libreras, por
cima de la chimenea del escritorio y de las mesillas volantes que
llenaban la habitacin, veanse retratos de aristocrticas damas, de
actrices, de aventureras, de mujeres famosas en el mundo de la
galantera, de tenores, de grandes artistas, de literatos, de toreros,
de acrbatas, con pomposas dedicatorias o extraas frmulas; mezclados
con ellos algunas armas antiguas--dagas de puo enjoyado y puales cuya
adamasquinada hoja triangular se hunda entre las pginas de un libro--y
algunos barros y porcelanas antiguos, y, por fin, sobre el damasco de
los muros y pendientes de largos cordones de seda, unas cuantas
acuarelas y algunas aguafuertes. Nada de Moreau, ni de Goya, ni de
Durero; por el contrario, eran obras de principiantes, obras ingenuas,
demasiado brillantes de color o sombras con exceso, pero en que la
fantasa, exaltada por cierto perverso intelectualismo y sin el freno
an de la experiencia y del temor a los juicios del mundo, galopaba por
campos de quimera. Las tres ciudades del pecado, Salom, Belkis y
Cleopatra, unos interiores de manceba muy goyescos, algunos personajes
mitolgicos--Gaminedes, Narciso, Hermafrodita--interpretados de un modo
ambiguo, y unas imgenes alucinantes de brevario medioeval.

Sobre aquel fondo propicio, destacbanse las figuras actuales. En primer
lugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigenza, presidiendo la asamblea,
sentadas en el divn; en torno a ellas las dems.

Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, ms que
moldeada podasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muy
llamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. El
rostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamente
rosa, tena ojeras azules con exceso y labios que sangraban
exageradamente embadurnados de pintura. El pelo teido de rubio oro
(_blond d'or, goold watter_) rizbase artificialmente bajo la toca
empenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, en
extravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandra
vestida a la moda de Pars, posea dos ojos de mirada cndida, luminosa
y azul, que saban mirar con ternura apasionada.

Nieves Sigenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme tambin de
lneas, pero ms mujer y menos mueca, era mimosa, ondulante, gatuna.
Tena un rostro inquietante que destacbase a modo de careta de
alabastro azulado, traslcida, bajo una cabellera de bano tallado en
grandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella mscara
de Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labios
rojos, gruesos, golosos y sensuales, rean provocativos, y engarzados en
dos levsimos trozos de azabache que fingan las pestaas, dos tostados
topacios de cbala lucan a modo de pupilas. Por fin, completaban la
extraa incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frvolo y
galante sobre el libor de la trgica mascarilla. Ms complicada y
erudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueos, y
saba hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Tecrito, y de la
ms prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento de
Lorrain.

Frente a ellas, sentada en un silln, las manos cerleas cruzadas sobre
el regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueo, Nora
Halm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen de
balada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba con
atencin meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, posea, en
contraposicin con la exuberancia de las otras, una alegra serena, un
callado arte de saborear la vida, aprendido en los interminables
inviernos pasados en la mortuoria tristeza de los _fiords_.

Junto a ella, _Beni_ Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuando
rea con su risa seriecita de _buen chico_. Aquella muchacha con el pelo
corto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavo
sastre y el alto cuello almidonado, tena una _allure_ muy varonil, que
subrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.

Eran los dems contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente que
tena el gesto rgido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasos
encontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, _el seor
Heliogbalo_, siempre con su inquietante apariencia de personaje de
ultratumba invitado a una fiesta de espritus; Julito Calabrs,
abracadabrante en su atavo _fasshionable_, y Jaime Sigenza y Gregorito
Alsina.

Hablaban del _caso_ de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la que
sacara la conversacin. Ella haba amado mucho. En un tiempo, su frgil
belleza de mueca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornato
de los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseada
y, piadosa, no supo negarse. El _Club_ entero pas por sus brazos. No
exiga de sus amantes sino una condicin: la elegancia. Jvenes o
viejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todos
saba encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste,
_un no s qu_... Con lo nico que era inexorable era con el _chic_. Y
los hombres se la disputaron entre el odio y la saa de las dems
mujeres. Hubo desafos, suicidios, broncas, escndalos. Pero envejeci y
los amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entonces
la Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosas
misteriosas del ms all la atrajeron con su peligroso encanto y su
escalofriante inters, que sacuda sus nervios de _detraque_ con nuevas
emociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba de
contarlas y orlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad del
lecho (oh crueldad inexorable de los aos!), estremecerse de miedo, y,
tapndose la cabeza con las sbanas, santiguarse muy deprisa. Cada vez
que mora un amante (cosa que, tratndose de una seora que tuvo tantos,
forzosamente tena que suceder con harta frecuencia), Lidia sufra un
ataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que slo se
extingua cuando al correr de los das, el difunto, bien hallado de su
nuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando el
espanto de sta lleg al paroxismo fue cuando el suicidio de Pepe
Madariaga. Aunque ella nada tena que ver, pues las causas fueron el
tapete verde, cierto Don Isaas Iscariote que practicaba la usura y una
pjara francesa, metisela en la cabeza ser la razn del drama. Pas
noches atroces en que a cada instante crey ver la sombra del difunto, y
hubo momento en que pens en la conveniencia de implorar al sereno.

Ahora, como siempre, haba sido ella la que en los azares de la charla
evoc aquellas cosas. Rodando, rodando la conversacin, haba llegado a
Guillermo Novelda, y Gustavo Mondragn, gran amigo suyo en vida, contaba
el sucedido.

--Yo no s si ustedes se acordarn bien de Guillermo...

--No habamos de acordarnos!--habl Lidia--. Era un artista, msico,
literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera.
Todava recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muecos.
El mrmol o el bronce--deca el pobre Noveldason demasiado inmutables,
y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, la
cera es ms dctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece...
Una estatua siempre es un trozo de mrmol o de bronce, mientras que una
figura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaa, nos habla en
el silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...

--S; Guillermo fue un gran _dilettante_ de todas las artes.

Lidia protest con vehemencia:

--_Dilettante_ no; un artista, un verdadero artista. En sus obras hay
chispazos, llamaradas de genio...

--Justamente--concedi Gustavo, razonando con las palabras de la dama--.
Llamaradas, chispazos, pero nada ms. Un contraste de color, la
ejecucin de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispacin de
una mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obra
maestra qued por hacer. Dej retazos, fragmentos, bocetos; pero todo
incompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un _dilettante_,
genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada ms que un
_dilettante_.

--Y las figuras de cera?

--En eso, s--asinti Mondragn--En las figuras de cera fue un artista
nico. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tent siempre.
Puso en l una inspiracin enfermiza, malsana, que rimaba a maravilla
con la materia prima.

Lidia Alcocer se estremeci al recuerdo. Casi temerosa, interrog:

--Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidar nunca. Jams he
visto nada ms atroz, ms impresionante, que aquella coleccin de
muecos. Casi todos eran personajes de novela pero con una vida! con
una expresin! Haba caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, de
lujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con una
expresin de angustia suprema. Cuando me las ense estuve mala tres
das; luego, so con ellas mucho tiempo--. Y aadi a modo de
conclusin:--Era un gran artista!

Gustavo sostuvo tercamente:

--Un gran _dilettante_.

Nieves terci en defensa del amigo muerto:

--Pues lo que es simptico lo era y de verdad.

--Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teora de Oscar Wilde: El
slo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora a
una persona. Vive el poema que no supo escribir, as como otros escriben
el poema que no supieron vivir. Guillermo vivi el arte que no supo
crear.

--Qu agradable y qu divertido era!--insinu la rubia Nora.

_Beni_ adhiriose a la opinin de su amiga:

--Encantador.

Nieves, ms psicloga, dio una opinin complicada, en consonancia con su
laberntica espiritualidad:

--Era muy simptico, con aquella alegra ruidosa, comunicativa, en cuyo
fondo haba como un yacimiento de amargura, una tristeza un poco
irnica, un desdn compasivo para las flaquezas de los dems y para sus
propias flaquezas. Y era artista por naturaleza, artista del gesto, de
la palabra, de la idea. Posea el secreto de encontrar belleza en todo,
una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste que
estaba en sus ojos de l y que saba hacer sentir a los dems. Pareca
superficial; pero lo ntimo de su espritu...

--Yo, que he ambulado por ah con l a las altas horas de la
noche--interrumpi Gregorito Alsina--, podra hablar mejor que nadie. La
verdad, cre que era _posse_, pero su muerte trgica fue la firma que
sell la veracidad de todo ello. Guillermo tena como nadie el arte de
saborear la sensacin. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qu de
las cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsos
generosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma misma
complaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a la
vergenza. Y en el fondo, qu cruel escepticismo!

Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanud:

--Pues ya se acordarn ustedes que primero le dio por frecuentar los
salones, donde le acogieron en palmas. La vida fcil, alada,
insustancial; la moral harto elstica y convencional, la frvola
perversidad de todas aquellas gentes, le encantaron. Luego sinti la
curiosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, segn el mismo, no
hizo ms que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajes
incongruentes, en que unas veces apareca en las misteriosas ciudades
del remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegu a
creer que dbase esas caminatas por el gusto de epatarnos con una
acuarela exuberante de color desde la India, una narracin misteriosa
desde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde la
Costa Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches y
trotacalles desde Pars o Londres. As recorri la India, China, Persia,
Egipto; rehizo el Calvario, busc las huellas de las ciudades del
Pentpolis, so con el Templo de Salomn y las magnificencias de
Tadmor, y un da...

Y un da desapareci. Por lo menos desapareci para todo el mundo; pero
yo, que estaba unido a l por antigua y sincera amistad, an segu
recibiendo vagas noticias de l. Primero unas postales fantsticas desde
Ceyln, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en que
deca haber encontrado el Paraso terrenal; despus unos renglones desde
Pars, deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto,
un descorazonamiento sin lmites, y por fin nada. Ces toda
correspondencia e ignor su paradero.

Un ao despus y otoando en la capital de Francia, supe casualmente sus
seas. Al da siguiente me encamin a visitarle. Viva al otro lado de
los puentes, en una calle del viejo Pars, junto a la rue de
l'Universit, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calma
provinciana, su poco trnsito y lo vetusto de las edificaciones, lo que
la Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Camin un rato entre
los altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandes
ventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto;
los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecan
cerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otras
vidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginacin me
ofreca extraas imgenes, cuadros de la vida que fue. Parecame que al
travs de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejos
estrados _Regencia_ de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillones
de talla y panzudas consolas, que sostenan bajo fanal un reloj rematado
por amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. En
el saln haba un clavicordio, y una damisela momificada, vestida con
pomposas sedas, polvorientas y desvadas, pasaba por el teclado
amarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental;
mientras, un galn, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella,
para pasar las hojas del papel de msica, y en una _bergre_, junto a la
chimenea apagada, dorma un viejo caballero de blanca peluca y casaqun
bordado.

Por fin tropec con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados y
sombros hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entre
patio y jardn, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII y
principios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeo, macizo,
con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada.
A un lado y por encima de alto muro, divisbanse algunos rboles
centenarios, que aumentaban an el aire de tristeza de la casa. Vacil
un instante, sobrecogido por el aspecto lgubre de la morada que haba
ido a elegir Guillermo, y al fin, con sbita decisin, llam.

Pas un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo haberme
equivocado, la puerta gir silenciosamente y en el dintel apareci un
hombre:

--T!

--T!

Era Guillermo en persona. Vesta un pijama a rayas blancas y amarillas,
y al primer golpe de vista me pareci demacrado y envejecido. Al verme
haba esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominndose, sonrea
forzadamente. No caba duda, mi presencia all le sobresaltaba
penosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease tener
oculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepcin, balbuce:

--Si te molesta mi visita...

Dueo de s mismo, hall los tonos de su antigua cordialidad.

--Molestarme?... Qu disparate! Ya sabes que te quise siempre... Es
que al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamente
la esperaba.--Y luego anim:--Entra, entra...

Penetr en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cochera
cerrronse tras de m. Guillermo explic:

--Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.

El zagun era grande, lbrego. Haba all un fuerte olor a humedad, a
moho, caracterstico de las viviendas abandonadas. Haca fro, y mi
amigo, tiritando, me propuso:

--Vamos arriba. Todo esto est helado.

La escalera que arrancaba del zagun partase al llegar al primer
descansillo en dos ramales. Era una escalera seoril, con bveda de
cristales que la suciedad haba empaado y oscurecido. Los muros
agrietados tenan por todo adorno escudos de armas labrados en yeso,
rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerrados
postigos. El pasamanos de terciopelo rojo caase a pedazos, y sobre los
escalones de madera pintados de blanco, que con los aos haba tomado un
tinte crema, vease la seal de una alfombra que debi de haber en otros
tiempos.

A media escalera not que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con el
rabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa que
mostraba los dientes largos y amarillos, no me atrev a decirle nada y
seguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecan surgidos
all a la evocacin de mis sueos callejeros. Eran los viejos estrados
que mi imaginacin colocara tras los cerrados postigos; muebles Luis
Felipe, de bano, tapizados de reps granate, verde o azul, grandes,
amazacotados, exentos de toda gracia; cmodas de _Boule_, horarios de
pesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos,
con sus riscos de mazapn y sus corderillos de cartn piedra, y pesados
cortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo.
Sobre todo ello haban cado inexorables los aos; los sofaes, rotos,
despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles; los
muebles, descascarillados, arrancadas las incrustaciones, yacan
rajados, con el mrmol partido; los cronmetros, parados en horas
misteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rgido abandono de
las cortinas, no s qu inquietante secreto. De las bvedas, cubriendo
los ngulos y enlazndose con las pesadas lmparas de cristal y bronce,
pendan telas de araa. Por todas partes reinaba una semipenumbra
temerosa y un acre, violentsimo, olor a humedad.

Guillermo se disculp:

--Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y est
como la encontr al alquilarla.

Despus, abriendo una puerta y dejndome paso murmur:

--Mi estudio.

El cuarto era mayor que los anteriores. Al travs de una vidriera
entraba la luz tristona del patio; slo un rincn pareca haber sido
arreglado; all haban colocado un amplio divn hecho con tapices de
Smirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadas
sedas orientales; junto a l una mesilla de bano y marfil, y
defendindolo todo, un biombo de tapicera, sobre el que caa al
desgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estancia
corresponda en decorado y adorno al de lo dems de la casa; pero por
todas partes veanse en revuelta confusin, tiradas, cubiertas de polvo,
dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento de
inspiracin, abandonadas luego en el desaliento de una impotencia
absoluta. Cuadros empezados y sin concluir; luego estatuas inacabadas,
rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados a
modelar y abandonados luego en una monstruosa deformacin, y por fin,
sobre la mesa desordenada y polvorienta, cuartillas garrapateadas,
libros deshojados... Respirbase all una atmsfera enrarecida, cargada
de humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extrao olor
a cera quemada y flores marchitas que se respira en las cmaras
mortuorias.

Novelda dejose caer en el divn; pareca aniquilado por el esfuerzo;
estaba lvido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudor
resbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y sus
manos temblaban levemente. Con un gesto cansado me seal una butaca.
Luego suspir, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora pareca no
abandonarle nunca:

--El amor cansa mucho!

As el cable y deseoso de provocar una conversacin que disipase la
glaciedad que haba en la atmsfera, echeme a rer bromeando:

--Por eso tem haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguien
o esperases alguna visita...

Movi la cabeza negativamente:

--Mi amor est siempre conmigo.

Extraome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez cierta
inquietud indefinible que me azoraba, comenc a hablar de unas cosas y
otras. Pareca como adormilado, dndome la sensacin de que su
pensamiento estaba muy lejos de all. Mientras charlbamos le examinaba
disimuladamente; pareca imposible que aquel hombre fuese el mismo
Guillermo Novelda que yo conociera antao, alegre y dicharachero! Bajo
la liviana seda del pijama marcbase la osamenta; el rostro demacrado
tena un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo de
dos profundos surcos amoratados.

Le interrogu a boca de jarro:

--Fumas opio? Aqu huele a l.

--A mi _Lady_ le gusta el olor del opio.

Otra respuesta cabalstica! Tras ella quedamos en silencio largo rato.
Guillermo pareca nervioso, inquieto, como si fuese presa de una lucha
interior. Al fin, en la resolucin del gesto adivin que acababa de
decidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:

--Te voy a contar la verdad, toda la verdad.

Sent una sacudida elctrica, fro en la raz del pelo, un temblor que
me corra por la espalda. Qu atroz historia iba a escuchar? Qu
abismo del corazn humano iba a abrirse ante mis ojos?

--Ah, mi historia!--prosigui Novelda--. Mi historia es algo
extraordinario y vulgar, encantador y terrible. Mi historia! Si yo
hubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisicin me hubiese
quemado como posedo, como uno de esos brujos que hechizaban a las
gentes clavando una aguja en el corazn de un mueco de cera y bailando
luego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia,
quizs me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que me
sucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.

Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban hmedos y pasbase
nerviosamente las manos por los cabellos que deban erizrsele.

Reanud:

--Te acuerdas de m en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombre
feliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo el
mundo (para qu falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido,
insustituible. Un poco _poseur_...

Hizo una pausa, durante la que pareci meditar. Al fin sigui:

--La _pose_... Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la _pose_
no existe? La cultivamos ms o menos, la combatimos con armas de
vulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad est en
el fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trgico
o ridculo, pero ms fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pese
a nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos o
geniales a pesar nuestro.--Excitbase al hablar. Continu--: Yo, por lo
que a m se refiere, s decirte que lo que las gentes llamaban mi _pose_
y que yo cultivaba cuidadosamente, era ms fuerte que mi menguada
voluntad. Siempre he sentido una atraccin invencible por el misterio,
por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, los
inexplicables fenmenos de que est llena la vida humana, esas
escalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hecho
imprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no s qu
misteriosos males, me inquietaron, despertaron en m el anhelo de rasgar
el velo de Isis. Ah! Si yo hubiera posedo la caja de Pandora, la
hubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habra entretenido
en contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico la
oscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismo
moral, extrao en un nio, complacame en pasar largo rato con los ojos
fijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de color
indefinido, luminosos e hipnticos; esos ojos en que brilla la atraccin
terrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agoreros
de no s qu secretos horrores. Pues con las cortinas me suceda igual.
Cuando vivamos en la calle del Sacramento, en el viejo casern de mis
abuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos,
con su cuarto azul y su galera de retratos, a todas las alucinaciones,
llegu a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes.
Mi imaginacin enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceialos a
invisibles cuerpos, moldeaba absurdos torsos, les haca temblar en
imperceptibles estremecimientos, o los entreabra, mostrando al fondo de
oscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez en
cuando, vea surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el an ms
temeroso claroscuro de las lmparas de aceite, una mano negra y peluda o
una mano blanca, traslcida, de dedos largos y descarnados que, pareca
llamarme...

--Pues y las figuras de cera?...

Detvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Al
fin continu--: La obsesin de las figuras de cera! Esa la he sentido
siempre; creo que de muy nio me persegua ya con su inquietud, que se
traduca en una opresin, en un malestar extrao ante esos muecos,
frvolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa,
tan honda y turbadora. En las ferias, en esos barracones donde exhiben
fantoches, me gustaba ir estudindoles uno a uno; tenda la mano para
tocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con los
reptiles, y costaba trabajo arrancarme de all. Luego, hombre ya, cuando
descubr mis disposiciones para la escultura en cera, sent un gran
alivio, algo as como si me quitasen un peso de encima. Era el pretexto
conque engaarme a m mismo! Aos despus, en Viena, mi rara obsesin
resurgi sbitamente. Habamos recorrido las instalaciones de un parque
de recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevin
admirable que haba, sent otra vez angustia anhelante que se tradujo en
un deseo absurdo. Era preciso que pasase una noche all, entre todos
aquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamente
el cicerone.--Hubo otra pausa.--Nunca--, prosigui el pobre Guillermo
con voz estragada--nunca, por mucho que sea el horror de tu situacin,
podrs imaginarte nada semejante! Slo el que herido y tenido por
muerto, haya pasado la noche rodeado de cadveres en un campo de
batalla, puede figurarse algo igual. Y aun se est al aire libre!
Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche.
Los visitantes desfilaron, el director gir la ltima ronda y al fin
sent cerrarse las puertas, correrse los cerrojos y me encontr solo,
rodeado de los misteriosos personajes! Haba luna, y al travs de los
altos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbrados
los ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos.
Entonces, alardeando de un valor que no senta, gir mi visita _de
cumplido_ a mis compaeros de la noche. All estaban todos: rgidos,
hierticos, inmviles, en posturas que durante el da se nos antojaban
ridculas, afectadas, cmicas o prosopopyicas, y que as, en el
misterio de la noche, tenan no s qu prestigio de una sinceridad casi
dolorosa. All estaban, en el _hall_ central, de pie o sentados en los
bancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de la
ceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napolen, que las figuras
centrales reproducan, damas y caballeros que en la fantasmagora lunar
eran hermticos e inquietantes; all estaban el _chasseur_ que tiende
perpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se ha
dormido, la enlutada triste...

Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de mis
flaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardn
contribua a infundirme valor, pero lleg un momento en que se hizo un
silencio absoluto. An me domin. Fui a sentarme en el banco entre la
dama enlutada y el caballero. Ella gema quedamente; por el rostro muy
plido resbalaban lgrimas. Bah! Qu tontera! La volv la espalda y
entonces mis miradas cayeron sobre mi otro compaero de banco. Era un
loco!; su rostro grande y blanco plegbase en absurdas muecas; sus
cabellos crespos, peinados con cepillo, se haban erizado, y sus ojos de
cristal fosforecan siniestros. Horrorizado, me alc de all y camin a
la ventura. Pero el botones me haca muecas burlonas; los paseantes que
permanecan petrificados, como habitantes de una ciudad maldita
sorprendida por el fuego, volvan la cabeza a mi paso o tendan la mano
para detenerme. Si yo me paraba, volvan a la forzada inmovilidad, pero
yo les _senta_ remover. Entonces me confes por primera vez que tena
miedo. Desmoralizado por aquella confesin, empec a vagar de un lado
para otro, prisionero de la siniestra mascarada.

Y comenz para m espantosa pesadilla.

En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figuras
alucinantes, haba dejado atrs la sala central, y descendiendo por una
escalerilla, me encontraba en las cuevas. All estaban reproducidas
escenas de la corte de Luis XVI y de la Revolucin francesa. Primero los
das felices, las pastoriles escenas del petit Triann, el skating de
Versalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, la
archiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas,
jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la misma
archiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por una
voluptuosidad que no se saba si estribaba en el vrtigo de la rapidez o
en la apostura del galn, el vizconde de Charny, el infortunado
caballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.

Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba por
senderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y venan las extraas
escenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, las
nocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohan
con Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventuras
de Monseor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los brbaros furores del
pueblo, el asalto de Versalles, la Conserjera, el Temple... Toda
aquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me haba
parecido casi risible, as, a la dbil claridad lunar que se filtraba
trabajosamente hasta all, tena un espanto de evocacin. Los decorados
falsos, contrahechos por la falta de espacio, adquiran en la
semipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y me
contaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes,
jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleado
al explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas,
dolorosas; porque no eran la historia vista por el pblico, sino la
historia _verdad_, la que slo alent en las almas, la historia _del por
qu_ de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero de
Charny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que senta latir el
odio en derredor; Cagliostro me habl de su pasin por la infortunada
Andrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos de
ambicin. Y todos me dijeron cmo entre corderos lazados de raso,
embarques para Citerea, juegos de _ecart_ y sesiones de patines,
prepararon el drama. Slo la Lamballe, insustancial, graciosa,
inconsciente, limitbase a mover la cabeza coronada de bucles y
enguirnaldada de rosas.

Huyendo de los obsesionantes fantoches, baj an algunos escalones y me
encontr en lo que representaba las crceles: prisiones histricas,
inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacan grandes
criminales o grandes mrtires. All estaban _la Mscara de hierro_,
Juana de Arco, Gilles de Rais, Seor de Thiffages, el Marqus de Sade,
el Prncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisn, la Marquesa de
Brinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales de
relativa actualidad. Yo no s si la luz llegaba hasta all o si eran mis
ojos alucinados los que me fingan claridad en aquellas lbregas
catacumbas; pero yo _vea_, vea sobre la srdida miseria de los
calabozos las extraas figuras, que la tristeza y el largo encierro
haban demacrado y como traslcido, cobrar vida para hablar conmigo. Y
fue primero el rostro enjuto, los ojos negros, fosforescentes,
dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa de
terciopelo negro, bordada de azabache, del Marqus de Sade; luego la
brbara y altiva brusquedad del seor de Thiffages; ms tarde el
alucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisn o el
ademn equvoco de la herona de la rue de la Lune, y por fin la grosera
torpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos tambin me dijeron su
secreto. Sade, galante mundano, me habl de la voluptuosidad de ver
correr la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquel
placer ms fuerte que su voluntad; Gilles gimi en uno de sus msticos
arrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentes
que temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de una
fastuosidad salomnica, toda recargada de oro y pedreras, el rgano
entonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans,
con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bram an
bestial al recuerdo de sus vctimas. Y en el fondo de todas aquellas
vidas, lata la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador que
para la antigedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media el
pecado y para nosotros es el vicio, el huracn asolador de vidas, el
extrao monstruo que yo senta latir en mis entraas! Fue una noche de
locura, de vrtigo; una noche en que a cada instante sent vacilar mi
razn; por la maana me encontraron yerto, exnime. Llevado a mi hotel
declarseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, part para la
India.

--Call un momento Guillermo. A mi pesar sentame impresionado por tales
historias. El ambiente del saln, el olor a opio y cera, aquel abandono
de casa deshabitada, todo contribua a acrecentar mi obsesin. El
pareca fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida,
prosigui;--dbase ya en mi vida un fenmeno horrible, capaz de erizar
el cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vaco en derredor mo,
jams he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir en
la soledad cuando soy dueo del secreto de, en la soledad, poseer a la
persona amada, no me importa revelrtelo. Una misteriosa fatalidad
pareca acompaarme, algo as como una _jettatura_ que pesaba sobre
cuantas personas se acercaban a m. Yo era el manzanillo; mi sombra era
fatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cario o mi amistad en alguien;
bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que la
desgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiempos
del suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en el
Rhin, que tuvo la magnfica teatralidad de la ltima escena de una
tragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato por
los terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de Simen
Rssend, el gran banquero semita, y de la catstrofe automovilista que
cost la vida al duque d'Arconville, y de la que yo sal milagrosamente
ileso; la poca de todos aquellos extraos escndalos mundiales en que
yo me vea envuelto, segn vosotros, por _snobismo_, en realidad por una
fatalidad cruel. Huyendo de ella comenc mi xodo, y en Ceyln conoc a
Lady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de elegancia
mundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, de
enfermedades imaginarias, hay algunos verdaderos moribundos que gozan
ansiosamente de las postrimeras de la existencia--uno de los encantos
de la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que los
mismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada por
delante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas delicias
al mundo--son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en una
perptua exhibicin de joyas, de trajes, de honores y bellezas ms o
menos autnticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el _hall_ del
Indian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y qued deslumbrado.
No es dable imaginar nada ms bellamente frgil, ms delicado, ms sutil
y espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de un
gran abrigo de raras pieles, apareca envuelta en un traje de antiguos
encajes de Venecia bordados en ncar; un fastuoso collar de perlas
resbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caa hasta
las rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes,
y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oro
plido--ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan las
princesas--, el rostro de fino perfil y valo perfecto, y en el rostro
los ojos. Los ojos! Eran dos zafiros plidos que rebrillaban bajo la
dorada sombra de las pestaas. Haba en ellos algo misterioso y trgico:
el dolor de morir. Desde entonces le am; veala todos los das, siempre
sutil, frgil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes,
con no s qu de irreal, de imaginario. No pareca una criatura humana,
sino una de esas evocaciones fantsticas de los ensueos de los parasos
artificiales, la abstraccin de un pintor infiltrado por una mezcla de
paganismo y misticismo, la tentacin de un escultor asceta. En las
promiscuidades de hotel no es difcil trabar conocimiento con las
gentes, y adems Lady Judith no se haca inabordable; as que a los ocho
das haba conseguido conocerla, a los quince ramos amigos y algunos
despus hacale la corte.

Una noche estbamos solos en la terraza del _Indian_. El cielo era como
una inmensa bveda de zafiro incrustada de brillantes; al travs de un
bosquecillo de palmeras, divisbase el mar como un encantado espejo que
reflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la _chaisse longue_,
vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul,
tiritaba bajo la amplia pelliza de _renard argente_, haciendo rebrillar
el portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor.
Ella pareca escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta slo a la
armona de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta de
tzganes, al rumor de los pjaros en el bosquecillo de palmeras o al
lejano murmullo del mar. De improviso, se incorpor: Le creo a usted
sincero y voy a ser leal--habl con su voz cristalina en que vibraba
sin embargo un extrao timbre de energa.--No s si le quiero o no; s
nicamente que no ser nunca suya... suya, ni de nadie--aadi, al
sorprender en mi un gesto de amargura.--Quizs le parezca raro en una
mujer, mujer de mundo y gran seora por aadidura, esta crudeza. Lo
lgico y lo corriente sera que yo flirtease, diese largas, me negara a
tiempo... Pero hay una razn para borrar todos estos convencionalismos
sociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridad
de morir da un extrao, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujer
cualquiera, perder una semana, un mes, un ao, no importa nada. Para m
una hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario. Tres
meses de vida! Tengo tres meses de vida!...--Hizo la inglesa una
pausa.--Si le dijese que no senta morir, mentira. Pero segura de que
no hay remedio para m, me he resignado, y entre manchar mi agona con
potingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es bello
en el mundo, he preferido esto ltimo. Ya sabe usted el verso

    Un bel morire tutta una vida honora

* * *

Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Sigui:

--La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosa
belleza ma (cuando le quedan a uno noventa das de vida la modestia es
una estupidez) a la muerte se la debo. As, vindome slo en las horas
de respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, nicamente puede
apreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de ncar de mi
cutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos plidas rosas que se
marchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotros
existiese la intimidad de dos amantes, vera usted tambin el lado feo
de mi mal, y seran los espasmos de amor cortados por golpes de tos, y
los besos que sabran a sangre y a creosota... Adems, quin sabe!, yo
soy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizs interesada en el
juego, no tendra valor para acabarlo a tiempo, y asistira usted al
horror de una agona, agravada an por las ansias de vivir. Vera usted
el desmoronamiento, la descomposicin de mi hermosura, y en vez de un
bello recuerdo, tendra la sensacin de una pesadilla casi repulsiva.

--Comenc a formular un ruego--prosigui Guillermo
dificultosamente--pero ella no me dej hablar.

--Usted es artista, un grande, nico y admirable moldeador y le voy a
dar a usted lo que un artista estima ms: la belleza. Mi cuerpo ser de
los gusanos, pero mi belleza ser de usted. Moldeeme una estatua; en
estos tres meses de vida yo ser su modelo, y as, cuando yo muera, en
vez de un recuerdo repulsivo, le quedar, hasta que a su vez le llegue
la hora de morir, una imagen de belleza que ni aos ni enfermedades
podrn borrar. Como las heronas antiguas, reinar en su vida despus de
muerta.

--Y me tendi en seal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como la
de un icono.

Guillermo enjugose la frente con el pauelo y luego con trabajo continu
hablando:

--Tres das despus, comenzaron aquellas extraas sesiones de modelado.
En la pesada atmsfera del invernadero convertido en estudio, siempre
tendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofreca a mis ojos toda
desnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmrea escultura. Yo
temblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla,
contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habran
acabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebre
pasional rayana en el delirio, ensabame en el trabajo, encontrando un
acre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sera mo. Y
qu modelo! Jams pintor ni escultor alguno pudo soar nada ms bello
que aquella viviente estatua que modelaba la muerte. Nada de mrbidas
delgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces ni
de agnica viscosidad. Una elegancia insuperable, una maravillosa
armona de lnea y de contorno y una piel fina, blanca y
aterciopelada...! Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunas
veces hacale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior y
misteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero como
por obra de sortilegio, cada da acrecentbanse ms. De hora en hora,
pareca espiritualizarse, afinarse, hacerse ms sutil y transparente,
sin perder jams la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un da di mi
obra por concluida. Ya no me faltaban ms que los cabellos y los ojos,
aquellos cabellos de princesa legendaria y la lquida transparencia que
se filtraba por entre las pestaas de oro y que haca pensar en la
serena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma.
Lady Judith tuvo una de sus enigmticas sonrisas.

--Es tarde--murmur.--Esta es la ltima sesin.

--Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedar
sin concluir, aadi:--Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; s que
me muero...--Y como yo intentase atajarla, sin permitrmelo, con un vago
tinte de irona, asegur:--Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mi
marido y maana vendr con un _yacht_ a recogerme.

Yo implor an:--Esos ojos!... ese pelo!...--Sonri.--Los tendr
usted.

--Pas un mes. Yo no saba nada de Lady Woodstons. El _yacht_ segua
anclado en la baha. Al fin, un da, al salir a la terraza, vi que el
barco se haca a la mar. Lady Judith haba muerto! Loco de dolor, me
precipit al _hall_ del hotel para informarme de la catstrofe. All un
_groom_ me entreg un paquete. Su letra! Desfalleciendo de emocin sub
a mi cuarto y lo abr. Haba dos cajas. Romp las cintas que sujetaban
la mayor. All estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papel
rezaba: mi pelo. Tembloroso abr la otra: mis ojos, y vi en el fondo
del estuche dos plidos y admirables zafiros. Con todo ello complet mi
estatua, y nuevo Prometeo, me enamor de ella.

Hizo an otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan plido que tem por
un momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enrgico se puso
en pie.

--Voy a presentarte a mi Lady.

Les confieso a ustedes que sent un vago malestar. Todas aquellas
historias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor a
opio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo ms fuerte que
mi voluntad me retena prisionero all, y con los ojos fijos en la
puerta por donde haba salido Guillermo, esper. Al fin apareci en el
dintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta por
un enorme abrigo de chinchilla. Pareca enferma--una de esas irreales
enfermas que van a morir a la _corniche_, entre sonrisas, rosas y
naranjos en flor--, entregada por completo a su galn.

El gabn slo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucan los ojos
admirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo sala
la fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraa pareja al
divn, y con cuidado exquisito deposit Guillermo su carga en l.
Despus, con un gesto rpido, nervioso, como si temiese quemarse, abri
la pelliza que cubra la mueca.

Lanc un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figura
admirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y el
luminoso azul de los ojos haca presentir, acababa de ofrecerse a mi
vista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas,
los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por las
huellas de las uas que se haban clavado en l; en vez de la admirable
estatua que esperaba tena ante m una de esas figuras que los
inquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y que
quemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.

Guillermo ri sarcstico y encarose con la estatua:

--Ah! Parece que ya no gustis tanto, Milady! Parece que vuestra
belleza est en el ocaso!

Despus, dirigindose a m, habl con voz estridente, en que vibraba un
odio feroz:

--Comprendes? La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y el
olvido!... Es la liberacin!... La batalla! Comprendes? _Reinar en
su vida despus de muerta! Si ahora me entregase a usted, vera el lado
feo de las cosas, y da por da, hora por hora, enrojecera ante sus
ojos; mientras que as... as mi belleza le sobrevivir!..._ Y ha
envenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido ma, ma una vez
siquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estara para m llena de
dulzura; mientras que as, quimrica e impasible, reproduciendo su piel,
que para m no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dos
piedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los de
las muecas, la visin perptua de su desnudo maravilloso me persigue,
me obsesiona, aniquila mi vida... Y es la batalla! Ahora es ma! Ma!
Aquel amor que en vida le asustaba porque poda marchitar su hermosura,
la destroza da por da. Y hora llegar en que, fea y repulsiva, la
arroje a un braserillo, donde se derretir como los endemoniados muecos
que quemaban en las noches de aquelarre. Y ese da, por fin, ser libre
y el maleficio estar roto para siempre!

Se haba puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las rbitas.
En el divn, la figura abandonada pareca mirarle con sus pupilas azules
de cristal y sonrer irnica con los labios destrozados a mordiscos.

Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se mova. Todos escuchbamos anhelantes
la extraa historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al fin
reanud el hilo:

--Un ao despus volv a Pars. Durante el invierno, el recuerdo de
nuestro infortunado amigo me persigui como un remordimiento. Haba
hecho mal en dejarle all solo y abandonado a su extraa locura! Mi
deber era haber avisado a su familia... El egosta que todos llevamos en
nosotros sala a mi encuentro con sus fros razonamientos. A qu
familia? Guillermo no tena sino parientes lejanos a quienes nada
importaban sus cosas. Adems, con qu derecho iba yo a meterme en sus
asuntos? Quin era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida,
revelado a m en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocido
de los salones. Y me haba cruzado de brazos. Ya en Pars, decid volver
a visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbar
mis nervios con todas aquellas raras historias, me hacan retrasar de
da en da mi visita. Adems haca tanto calor! Esto suceda el verano
pasado, y ya recordar usted la temperatura senegalina de que
disfrutamos en todas partes, pero sobre todo en Pars. Por fin, un da
hice un esfuerzo, me arm de valor y me encamin a la rue de
l'Universit. Desde que pis la calle, un presentimiento me oprimi. Un
grupo no muy numeroso de gente permaneca estacionado precisamente ante
la casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otros
acab por averiguar lo que suceda: iba transcurrido ms de un mes sin
que el inquilino diese seal de vida. Como era harto misantrpico, al
principio a nadie extra no verle, pero a la larga concluyeron por
inquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez,
acudi all, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abra la
puerta, acudi a la Comisara, y por fin iban a forzar la puerta.
Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, ped
hablar al comisario; presenteme a l, no como amigo, sino como pariente,
que, inquieto ante un injustificado silencio, haba hecho un viaje
exclusivamente para saber a qu atenerse, exhibir documentos, y al fin
fui autorizado a acompaar a la justicia en sus indagaciones. La puerta
acababa de ser forzada y entramos todos en el zagun. Un olor
nauseabundo nos dio el alto. No era slo el olor a humedad que percib
la primera vez que pis aquella casa, era un olor a podredumbre, a carne
muerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que sala
ahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones,
seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita,
pero an ms lgubres, ms polvorientos, llenos de telas de araa y de
cucarachas que corran ante nuestros pasos. Y el olor hacase cada vez
ms intenso y violento, tornando la atmsfera en irrespirable. Los
agentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamos
ante la entrada del estudio: el Comisario empuj la puerta y todos
retrocedimos un paso helados de horror.

Sobre el divn, semidesnudo, yaca el cadver de Guillermo, pero el
cadver devorado por ratas y gusanos, el cadver sin labios ni nariz,
con los ojos vacos y las mejillas descarnadas; el cadver negro,
purulento, en plena fermentacin, que estrechaba ferozmente, en una
crispacin sarcstica de las mandbulas descarnadas, la figura
atrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre haban
fundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban los
gusanos. Una larva amarillenta sala de una de las vacas cuencas del
cadver y resbalaba sobre los labios destrozados de la mueca. Sobre la
escalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo de
aquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.

* * *

Haba concluido de anochecer. En el despacho no se oa ms que el
castaetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba. Despus, un
suspiro de descanso de Claudio Hernndez de las Torres, que acababa de
darse una inyeccin de morfina. Al fin Nieves Sigenza, estirndose con
voluptuosidad de gata perversa, murmur, presa de delicioso terror:

--Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a Lady
Judith.

Son la voz irnica de Gregorito Alsina:

--Lady Judith... Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoo
pasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un t de la
princesa Fornarina Pescari. All no mora tsica, mora del veneno de
Venecia, de una rara fiebre que, embellecindola, la mataba poco a
poco. Y para eternizar aquella agona, haba encendido el incendio de
una pasin que devoraba los ltimos chispazos del genio del pobre
Gustavo Golderer, el gran pintor alemn.




UNA HORA DE AMOR




I

    Donde la Sacerdotisa de Venus empieza a creer
    en la despoblacin del Bosque Sagrado.


Tan!... tan!... tan!... El reloj de la cercana iglesia de Santa Cruz
desgran las campanadas de la tercera hora, que, entre el gemir del
viento y el gotear del agua, sonaron lgubres, fatdicas, agoreras.

Llova a mares. Ni por la calle Mayor, ni por la cercana plaza,
transitaba nadie; slo en la esquina de la calle del Factor, brillaba,
mortecino, el farol de un sereno. De tarde en tarde, el vigilante
nocturno cambiaba de sitio, y entonces la lucecita corra, temblorosa,
con inquietante apariencia de fuego fatuo.

Estrella sinti ganas de llorar. Las tres de la maana y no se haba
estrenado an! Y era el tercer da que regresaba con las manos vacas!
Y ama Dolores ya le haba advertido que aquello no poda seguir; que su
casa no era ningn asilo, sino excelso templo del Amor--a dos pesetas
hora--; que no estaba para alimentar pnfilas, ni imgenes mandadas
recoger; en una palabra: que aquello no poda continuar. Ahora, parada
bajo los soportales, senta inmenso desaliento, mientras miraba con aire
estpido caer la lluvia, y evocaba la alegre facilidad de los primeros
das de galantera, sobre todo antes de su ida al Hospital. Entonces, no
haba sino mimos y halagos: hasta bata de seda tuvo! Mientras que ahora
no quedaba, de tanta belleza, ms que escaseces, palabras agrias y malos
tratos. En su sensibilidad enteramente animal, slo apta para el dolor
fsico, ms que las humillaciones y que el sentimiento de su abyeccin,
dolanla los quebrantos materiales. Ama Dolores haba llegado hasta
amenazarla, si las cosas seguan as, con echarla a la calle. La idea de
perder de vista la manceba, con su olor a almizcle, que disimulaba mal
el hedor de miseria y podredumbre, su lujo de relumbrn, digno a sus
ojos de los alczares de Solimn, el Magnfico, y, sobre todo, aquel
tener la comida segura, sin necesidad de preocuparse de buscarla con el
trabajo, le aterraba. Recomenzar la vida! Levantarse al amanecer para
salir cargada como una bestia a ganar el pan con el sudor de su frente;
pasar hambre, fro, sueo... no, y mil veces no! Prefera la vida de
animal de amor, acariciada unas veces, maltratada otras, brutalizada las
ms; pero, al fin y al cabo, sin necesidad de violentar su voluntad.

Su verdadero nombre no era Estrella. Aquel fue el apodo de guerra conque
la bautiz ama Manola, cuando, despus de cerrado el trato entre la
Celestina y Juan Ramn, su hermano de ella, qued definitivamente
adscrita como vestal del Amor en aquel templo de la calle de Tudescos,
su primera estancia en el calvario de la liviandad. Responda la moza al
feo, malsonante y nada potico nombre de Robustiana. Su vida haba sido
una de esas oscuras y tristes vidas, que empiezan en un chamizo, entre
gemidos y maldiciones, y acaban en la crcel o en el hospital. De origen
campesino, fue en su casa primero burro de carga, luego lecho de
concupiscencia, por donde, entre vahos de alcohol y estallidos de
bestialidad, pasaron padre y hermanos; al fin, objeto de rapacidad. Ya
en la villa y corte, llegaron los das buenos de tocados abracadabrantes
y comidas pantagrulicas; tras ellos, como obligado cortejo, la
miseria, la enfermedad y la vejez.

Sobre su fondo puebluno, estpido, rapaz, temeroso y spero, la vida
canalla de la urbe populosa puso un barniz de procacidad y de descoco.

En otros tiempos, sino guapa, a lo menos tuvo la frescura de las
manzanas maduras; despus de su ida al hospital, de aquella belleza no
qued nada. Si bien en su cuerpo la gallarda no era, como en
Maritornes, contrapeso de la fealdad del resto, pues ni contaba los
siete palmos, ni la carga de las espaldas hacale mirar al suelo, sino
al contrario, poda decrsele alta y derecha; en cambio, como la
asturiana, era ancha de cara, llena de cogote, y sino _tuerta de un ojo
y del otro no muy sana_, faltbale poco, pues de los pasados males
quedronle ambos asaz turbios y pitaosos.

Se haba, pues, detenido en la esquina de la calle de San Miguel.
Tiritando de fro e intentando defenderse de l, apretando el rado
mantn sobre los pechos, que pendan como dos odres vacas, apoyose en
una de las columnas que sostienen los soportales, decidida a no moverse
hasta encontrar algo. A la menguada luz de los reverberos de gas,
destacbase toda la miseria de su figura lamentable. Los cabellos ralos,
pegados por la lluvia, brillaban, grasientos, como los de acutica
alimaa; en el rostro lvido, desposedo de pintura y afeites por la
humedad, los ojos turbios, sin cejas ni pestaas, miraban asustados; el
mantn, empapado en agua, cease a las ruinosas formas del cuerpo,
moldeando una figura contrahecha de mujer, como esos lienzos mojados en
que los escultores envuelven a las estatuas a medio hacer; la falda de
percal, llena de agua, pegbase a sus piernas.

Tena los pies ateridos dentro de los zapatos encharcados, y senta
fro, un fro intenso que le suba a lo largo de las espaldas. Pero no
se ira, no se ira por nada del mundo. Haba recorrido ya los barrios
bajos, los lugares sospechosos, llenos de ladrones y borrachos, expuesta
a groseras y malos tratos, y ahora aventurbase por las calles
cntricas, desafiando las iras de los policas. Qu le importaba! El
caso era no volver as, sola y con las manos vacas, a la presencia de
ama Dolores.

Inmvil, los ojos fijos en el suelo, miraba caer las gotas de agua que,
al chocar en los charcos, rompan el quieto cristal en grandes crculos
temblorosos. En el reloj son el cuarto de las cuatro.

Pasos...




II

    En que hace su aparicin un caballero, a quien
    personas duchas en letras tomaran, quizs,
    por el de la Triste Figura.


En direccin a la de Bailn, bajaba la calle Mayor un hombre. Si
Estrella fuese mujer leda (una de esas hetairas que posan de artistas,
hacen versos y se saben a Zorrilla--afinidades nominales--de memoria),
hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido de
aquel buen burgus con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Pero Estrella era una bestia, ni aun saba leer, y no estableci
concomitancias.

El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico en
osamenta; sus piernas abranse a modo de gigantesco comps, y sus
brazos fingan aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente,
prominente de mandbula y terroso de color; sus labios, bajo los
chinescos bigotes amarillentos, dibujbanse delgados y blanquecinos, y
sus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido.
Tena el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantaln a cuadros,
un gabn caf con leche, de tan deficientes proporciones, que haca
pensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en l. Y un
pequeo sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado a
la cara, completaban su figura.

La pecadora murmur, sin esperanza de xito:

--Spch!, spch!, buen mozo.

El no pareci haberla odo, y entonces ella repiti:

--Moreno, buen mozo, vienes?

El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prjima, y ella entonces
apresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba la
fortuna. Busc en su repertorio de cortesana callejera la ms
acariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentadura
mellada y verdosa, musit insinuante:

--Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar ms gusto!...

El hombre flaco permaneci impertrrito. De sus labios exanges no
sali ni una palabra. La tentadora redobl sus esfuerzos:

--Anda, bonito, saleroso! _Pa_ m que nos vamos a dar la gran noche!
Quieres?... Anda.

Igual silencio; slo entre las pestaas grises luci un momento una
llamita azulada de alcohol, algo as como los gases que se desprenden en
la noche de los cuerpos en estado de podredumbre.

Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquista
comenzaba a inquietarla. Sera un mudo? Un extranjero? Un polica que
se finga cliente? Estrella habase cogido de su brazo, y con el cuerpo
entero cease a l, tratando de encender el fuego del deseo. Sus
vestiduras mojadas adheranse a las mojadas vestiduras del silencioso
individuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce,
son bronca, redobl las ofertas:

--Vers! Vers cmo lo vas a pasar! En la vida te has echado a la
cara una mujer como yo!

E insensiblemente tiraba de l, que, sin oponer resistencia, se dejaba
llevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento,
y llegaron a la del Conde:

--Aqu es.

Y Estrella empuj a su amado dentro de un sucio y lbrego portalillo.
Luego alz la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre los
desvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras ms,
pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asom la cabeza.
Se oy la voz spera de ama Dolores:

--Grandsima cerda! Te parece que?...

Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcific como por ensalmo, y
melosamente trat de arreglar su pifia:

--_Joss_ me valga! T! Usted disimule; pero estaba con _cuidao_. Con
la nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ah! Porque es una
perla, caballero, una perlita de coral! Se da una maa!...

Estrella descolg una llave y, seguida de su compaero, encaramose por
estrecha escalerilla de altos y crujientes peldaos de madera.

[imagen]




III

    Que cuenta cmo hace su aparicin el divino
    marqus de Sade.


Despus de cruzar la sala, pieza vulgar de manceba pobre, con muebles
de reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameado
tapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendi
la luz.

El cuarto era fro y triste; las paredes, enyesadas, hallbanse
cubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas. Una cama de hierro
pintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul,
la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componanlo un lavabo de
latn, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria con
una vela.

Estrella aproximose a su adorador, y echndole los brazos al cuello le
bes en la boca:

--Quin te va a querer a ti, saleroso?

A la menguada claridad le examin. Pareca as, despojado del gabn, an
ms flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el crneo
color pergamino, partanse, formando dos cuernecillos diablicos;
entreabrase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandes
crculos de arrugas, fosforecan con los extraos reflejos de las llamas
de azufre, y en el centro del rostro consumido, la nariz inmensa,
largusima, penduliforme, apareca lvida, teida solamente en la punta
de tenue pincelada de carmn.

Estrella, por primera vez sinti vaga sensacin de temor. Bah! Qu ms
daba aquel u otro!...

--Echate--orden l.

La prjima comenz a desnudarse.

--No hace falta; as ests bien--apresur el viejo.

Las manos le temblaban y la voz surga de la garganta ronca, opaca, con
extraas discordancias.

Ella, indiferente, obedeci con pasividad de bestia. Tan slo desabroch
los botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendan
flcidos, gelatinosos.

El stiro haba saltado junto a ella. Sus manos, unas manos fras,
hmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenan cierta semejanza
con las garras de un ave de rapia, la palpaban febriles, estrujaban sus
pobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la boca
morda su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Al
principio, Estrella, llevada de la costumbre, trat de rer; pero pronto
la risa huy de sus labios, y un hondo miedo enseoreose de ella.

El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella,
interrog ansioso:

--Me dejas, di, me dejas?

Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo de
rugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada,
filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre,
parecan prximos a salirse de las rbitas.

Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musit con voz dbil:

--Qu? Qu quiere? Djeme ya, por Dios!

Con un timbre extrao, destemplado, en que haba gritos contenidos,
brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad,
propuso l:

--Aqu... un cortecito... en el pecho... nada un poco de sangre!

--No! No, por Dios!--clam la prjima, prxima a prorrumpir en gritos
de socorro.

--Qu te importa! No te har dao! Un cortecito, uno nada ms... Te
dar lo que quieras... cinco duros... diez...

Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:

--No, no!--resistiose Estrella.

--Quince!... Veinte duros! Lo que quieras!

Veinte duros! Sus deudas con ama Dolores saldadas! Unos das de
tranquilidad! Y al fin y al cabo, qu importaba? Un rasguo. Si le
haca dao, pedira socorro. Bah! Ms dola una paliza! Desfalleciendo
de terror, pero galvanizada por la codicia, murmur:

--Bueno. Pero a ver el dinero.

De un brinco psose l de pie y corri a su ropa. De los profundos
bolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.

La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con su
figura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas de
pelos erizados. Cogi el billete que le tenda, guardole en una media y
cerr los ojos.

Sentale ahora a su lado jadear fatigosamente; despus, la sensacin de
las manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin un
dolor agudo. Lanz un grito y, alzando los prpados, fij sus pupilas en
el sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flcido, y por pequea
herida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quiso
levantarse, llamar; pero el monstruo, precipitndose sobre ella,
impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rod por
tierra. Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le senta jadear,
profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento en
que flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida y
comenz a chupar la sangre. La vendedora de amor senta que la sangre
manaba en purpreo surtidor, en chorros, en ros, en cataratas; que la
boca, hmeda y desdentada, le sorba la vida, y, en un esfuerzo supremo,
librose del monstruo, salt al suelo, abri la puerta, y descendiendo,
presa de invencible pnico, las escaleras, se precipit a la calle, e
inconsciente, semidesnuda, corri, corri hasta caer al suelo, rendida
de cansancio.

[imagen]




LA SANTA




I


En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tena el prestigio
de una escenografa teatral. Arriba, el cielo azul oscuro era como un
viejo dosel florecido de lises de oro; abajo, los blancos copos tejan
un tapiz sobre la tierra y posndose en las desnudas ramas de los
rboles, trasformbales en extraos arbustos de alabastro. Otros copos
pendan en cristalinas estalactitas de las torrecillas, filigranadas
como encajes, de los vetustos palacios, o confundidos con las hojarascas
de los ventanales y cresteras, mentan grandes brillantes, que,
engastados en el granito, relucan heridos por la plida claridad de la
luna.

A un lado el ro, aquel ro de balada, ancho, hondo y azul, helado
ahora, finga un largo espejo de plata, cruzado de trecho en trecho por
los audaces arcos de algunos puentes: unos, antiguos, con pinculos de
peregrina arborescencia, estatuas de santos labradas en gigantescos
bloques y barandales de ptrea pesadez, en que monstruos de la fauna
imaginaria de los siglos de cruzada se perseguan por entre laberintos
de una floracin absurda; otros, monumentales puentes modernos con
columnatas y pretiles de blanco mrmol, que sustentaban famas, esfinges
y pegasos de bronce.

Frente al ro alzbanse los palacios, toda aquella serie de portentosos
edificios que como un anillo de ensueo encerraba la antigua urbe de
curtidores y tintoreros, capital antao del heroico principado de la
Corona de Hierro, hoy cabeza del Imperio. Dominaban las viejas
residencias histricas, las moradas de los Electores, Madgraves,
Burgomaestres y Condes Feudatarios, las Casas de los Gremios, los
Monasterios de monjes guerreros--San Teodoredo, San Eurico, Santa
Sisebuta--, antiguas habitaciones de la Edad Media, sustentadas por
columnas, altas y finas como troncos de un bosque de piedra, con grandes
balconajes labrados con minuciosidad y rematados por airosas ojivas,
grandes vitrales emplomados, filigranados herrajes y grgolas,
florones, arbotantes y torrecillas de una area elegancia de ensueo, y
flanqueando las ventanas, nobles escudos, historiados de lanzas,
castillos, lises y turbantes, hablaban de las conquistas en Tierra
Santa, de las guerras del Sarraceno y de las empresas contra el Turco.
Al lado de las vetustas edificaciones, los modernos monumentos--Museos,
Bibliotecas, Cmaras Consistoriales, Universidades, Institutos,
Academias, Teatros--procuraban imitar en su exuberante decoracin la
esotrica espiritualidad de las construcciones gticas; pero faltbales
la intensa emocin de fe traspuesta, el mstico ardor, aquel no s qu
de sobrehumano que infundan los artistas de los siglos medios a su
obra, sacrificando a ella su vida entera y dejando prisionera entre sus
piedras su alma en pena.

Sin embargo, gracias al sortilegio lunar, todos aquellos edificios
entrevistos al travs de las trgicas arboledas, desnudas de follaje, de
los jardines y del helado sudario de nieve, dorman envueltos en un gran
encanto de poesa arcaica.

Caminaba yo rpidamente, gozndome en la soledad que aumentaba el
aspecto de ciudad encantada de la gtica urbe. En aquel silencio, mis
pasos resonaban crujientes sobre la nieve. Soledad y silencio ponan a
veces un estremecimiento en mis espaldas, hacindome temblar bajo la
amplia pelliza que me defenda del fro. En el fondo estaba contento;
contento con bienestar de burgus que ha vencido su neurastenia y que,
bien abrigado, camina, tras suntuosa cena, en busca del mullido lecho.
La verdad era que estaba satisfecho de mi jornada: primero, mi visita al
fabuloso palacio de Fernando Augusto; luego, la velada de gala en el
teatro Imperial, donde pude contemplar a mi gusto a la familia augusta,
lvidos prncipes y a las altivas princesas, marcadas por el sello fatal
de los Westfalias. Y evoqu el da entero.

Muy de maana, y todava tiritando por el fro y el madrugn, habame
acomodado en el tren que deba llevarme a Rosemburg. Haba arrancado el
convoy, y, tras de serpentear algunos minutos por nevados campos,
habase precipitado en los tneles que horadaban las enormes montaas,
coronadas de eternos hielos. Tras una hora de negruras, de las que
apenas si salamos unos minutos para, en la loca carrera, contemplar
cmo se perda en las nubes la ciudad sagrada, el tren haba penetrado
en las sombras selvas en que viven an las consejas de lobos y de
trasgos, de crueles guerreros y doncellas sin fortuna, selvas milenarias
en que nunca penetra el sol, y en que las altas siluetas de los pinos
fingen los pilares de una gigantesca catedral. Otra hora an, y de nuevo
el tren se lanz a travs de un tnel interminable. Y de pronto, como
por arte de tramoya, la decoracin cambi, y tras un bosquecillo de
palmeras, rodeado de maravillosos jardines, destacose sobre la lmina
azul que fingan mar y cielo, un palacete bizantino, flanqueado por
escalinatas de mrmol, con columnas de jaspe y alabastro, y coronado por
doradas cpulas, que brillaban heridas por el sol. Rosemburg!

Aquel era el palacio de Fernando Augusto, el nio luntico, delicado y
endeble como una damisela, que, en un momento de quimera, so con
emular las magnificencias del Imperio de Oriente. Y, sin embargo, por
capricho del destino, aquel prncipe plido, exange y triste, con la
irreal apariencia de una gran lis de muerte, haba conquistado los
vastos estados y haba sido el primero en ceir sus sienes con la corona
Santa. All estaba su imagen tejida en los fabulosos tapices del
castillo, a caballo sobre blanco corcel, prisionero el cuerpo en
argentada coraza, en la mano la espada vencedora, ornada la cabeza de
lacia guedeja rubia con el laurel y las rosas de la victoria; precedido
de fastuosos heraldos, seguido de feroces hombres de guerra; con ms
apariencia de iluminada doncella libertadora que de joven hroe. El
haba construido aquel castillo, buscando sol, flores y alegra, incapaz
de encerrarse en la ciudad legendaria, perdida en las brumas de las
altas mesetas.

Rosemburg!

Recorriendo sus salas, ornadas de portentosos mosaicos, donde sobre el
fondo de oro, hroes y monstruos, santos y demonios, cantaban la gloria
de los Westfalia; visitando el panten en que el orgullo intent
eternizar la muerte, evocaba yo la historia extraa de aquella familia,
desde Wifredo, el fundador, que, nuevo azote de Dios, descendiera de la
montaa, seguido de sus brbaros, una honda en la mano y un pual entre
los dientes, hasta Claudio, el prncipe cruel, vicioso y sanguinario,
que en sus incongruencias de loco y sus furores de epilptico, quiso
emular a Nern, incendiando la ciudad; desde Federico, el Navegante, que
muri al frente de sus galeras en batalla con el turco, hasta este otro
prncipe nauta, Luis Augusto, que erraba por los mares en su _yacht_
convertido en nuevo buque fantasma; desde Otton, el Monje, que, retirado
en su monasterio de la Trapa, rigi, con mano de hierro, el Imperio,
hasta la duquesa Eudoxia, histrica e iluminada, encerrada en una casa
de salud a raz de ciertas raras visiones.

Una fatalidad extraa pesaba sobre los Westfalias: era un raro
sortilegio que les haca hroes o locos, santos o criminales; algo
anmalo, un desequilibrio que les llevaba a tambalearse entre las
cumbres de la gloria y los abismos de la nada.

Aquella noche haba yo podido contemplarles a mis anchas. Mi calidad de
periodista extranjero habame proporcionado un sitio para la funcin de
gala, y sentado en mi butaca haba visto el espectculo, fastuoso sobre
toda ponderacin, de la corte de Nordlandia. Sobre la severa suntuosidad
de la sala, severidad que acrecentaba la riqueza de los uniformes y los
tocados recargados de piedras preciosas de las damas, destacbase en el
palco regio la familia imperial. All, inmviles, graves, con aposturas
de retratos, estaban los prncipes; plidos, de opacas pupilas y
cansados labios, unos; demacrados, amarillentos, con ojos de brasa que
ardan en el fondo de moradas cuencas, otros. All, las princesas de
desvada tez y lacios cabellos color de miel, tmidas, afectadas, con
aspecto de rancias figuras de cera, las ms jvenes; acartonadas,
tiesas, finchadas en las crujientes sedas, con sus pechos planos, sus
labios llenos de desdenes, sus gestos banalmente ceremoniosos, las que
ya haban salido de la juventud. Y destacndose entre todas ellas, la
figura, llena de nobleza, del viejo soberano, con su amplia frente de
pensador, su sonrisa bondadosa y su blanca barba de patriarca bblico
cayendo sobre el pecho, constelado de cruces de diamantes. All estaban
todos: prncipes y princesas, grandes duques y grandes duquesas; todos,
menos la princesa Elvira.

La princesa Elvira! Cuntas veces haba yo odo hablar de ella!
Cuntas veces tropezaron mis ojos con su retrato entre las pginas de
una revista! Siempre modesta, humilde, vestida con pobreza, el cabello
sencillamente recogido, era el ngel de la caridad que descenda de los
palacios en busca de los humildes, de los desdichados y de los
miserables. Aquel extrao estigma que haca de los Westfalias hroes o
locos, haba hecho de la princesa Elvira una santa, pero no a la manera
de la duquesa Eudoxia, histrica y visionaria, sino toda abnegacin y
herosmo. Jams se le vea en una fiesta mundana; jams asista a una de
aquellas fastuosas ceremonias que hacan famosa la corte de Nordlandia;
en cambio, no haba catstrofe, ni guerra, ni epidemia, en que ella no
estuviese predicando con su ejemplo las ms puras mximas de la caridad
cristiana. No haba privacin que ella no resistiese, ni sacrificio que
no se impusiese en bien de sus semejantes, ni dolor, por horrendo que
fuese, que no hallara en ella amparo y consuelo. Amigos y enemigos
inclinbanse al espectculo de sus virtudes, y desde el Emperador hasta
el ltimo socialista, descubranse respetuosamente ante la princesa
Elvira.

Otra vez la figura de la princesa santa se ofreca a m tal como la
contemplaba cientos de veces en los grabados de los semanarios,
destacndose sobre el trgico escenario de los campos de batalla,
ataviada con el heroico uniforme de damas de la Cruz Roja, o en el
cruento horror de las salas de los hospitales, junto a los cuerpos
mutilados por horrendos males. Mentalmente detallaba yo su rostro de
perfil prodigiosamente sereno, su frente alta y luminosa, sus ojos
grandes, azules, llenos de dulzura, y me detena en la boca, aquella
boca que me inquietaba vagamente con su mueca enigmtica, que me traa a
la memoria, sin saber por qu, la de la Gioconda.

Record hechos memorables de su vida: la noche de la batalla de Orsova,
cuando permaneci interminables horas en medio del horror de aquella
carnicera, rodeada de cadveres que devoraban las aves de rapia, entre
el aullar de los lobos y el lejano retumbar de los caones, cuidando
heridos, alentando enfermos... Rememor tambin algunos espeluznantes
lances, en que una extraa fatalidad pareca pesar cruel sobre ella:
aquel hospital de sangre en la campaa de Oriente, donde la princesa
Elvira, casi sola, en la nerviosa energa de su herosmo, vea morir los
soldados a cientos, asistiendo a la agona, precipitada por una extraa
fiebre de locura, de los pobres muchachos; record tambin las escenas
de la peste en Salstracia, cuando en la ciudad, desierta por el terrible
azote, ella sola recorra las calles asoladas, y sosteniendo entre sus
brazos a los apestados, como bblica herona, les llamaba hermanos.

Me detuve. Haba llegado a la Gran Plaza. En el centro, y rodeado de
admirables jardines, poblados de fuentes y de estatuas, alzbase el
monumento a Wifredo, el Fundador, en que el hroe, blandiendo la espada,
lanzaba su bridn sobre una multitud, enloquecida de entusiasmo, que se
doblaba a su paso. A un lado, la catedral--San Miguel Arcngel--,
labrada en mrmol, semejaba as, en el sortilegio sideral, un gtico
relicario de marfil. Frente a ella, el palacio moderno, suntuoso, bien
proporcionado, imitando, en su presuntuosa arquitectura, los palacios de
los siglos medios, unase, por cubierto puentecillo, con el antiguo
alczar, de enormes murallones, sombro, rodeado de gruesas cadenas y
almenado como una fortaleza. Llambase el Palacio de los Suplicios, y
tena su leyenda cruel y trgica de los tiempos del Santo Oficio.
Durante muchos aos fue residencia real, hasta que, concluido el nuevo
alczar, traslad el Emperador a l su habitacin.

Entre la catedral y el palacio, abrase el laberinto de callejones de la
ciudad vieja, aquella urbe medioeval de curtidores y tintoreros, en que
las calles eran negros y hediondos arroyos, y las habitaciones sucios
chamizos que se apoyaban unos en otros, rasgados de tarde en tarde por
la maravilla de bizantino ventanal.

Permanec un momento perplejo. Los sombros laberintos me atraan con su
malsano encanto. Ah la escalofriante delicia de las nocturnas caminatas
al travs de las viejas ciudades en que an viven la lujuria, la
supersticin y el miedo! Yo he amado siempre las viejas ciudades de
grandes cuestas, de encrucijadas y de claroscuros, las ciudades en que
la lujuria es una hembra flcida y marchita, la supersticin una vieja
ducha en artes de tercera y hechizos, y el miedo un truhn disfrazado
de fantasma. En las ciudades modernas, en los grandes barrios, la
civilizacin ha desterrado lo imprevisto; la luz elctrica, los
tranvas, los automviles, han ahuyentado al miedo, y la lujuria se
llama galantera; pero en algunas grandes ciudades, antiguas an, hay
barrios en que vive la inquietud, y en que en el cuadro de luz de una
puerta vemos una mujer pintarrajeada que, con su peinado atrabiliario y
su roja bata de percal, tiene una inquietante apariencia de mueca de
cera. Sevilla, Venecia, Toledo, Amberes! Viejas urbes de pecado y de
gloria, cmo os he amado!

Al fin, mi deseo fue ms fuerte que mi voluntad, y cruc la plaza. Ante
palacio, dos centinelas, envueltos en amplios capotones grises, al
hombro el fusil, paseaban lentamente; en el prtico de la catedral,
algunos mendicantes dorman indiferentes al fro. Con resolucin penetr
por bajo el puente que une los palacios, y, como por arte de magia, la
decoracin cambi por completo. A las amplias avenidas, teatralmente
magnficas, sucedieron tortuosas callejuelas, sombras y hediondas. Eran
vas y pasadizos que bordeaban los muros del palacio real, tan
estrechos, que apenas si podan avanzar dos personas de frente; tan
altos, que la luna, que brillaba fantasmagrica en el cielo, no llegaba
a iluminarlos con su luz espectral. A mi izquierda, macizos,
misteriosos, alzbanse los muros de la regia residencia, hendidos por
algunas ventanas de gruesos barrotes, y alguna misteriosa puertecilla,
que debieron servir, en otros siglos de aventuras, para nocturnas
escapadas; a mi derecha, los agrietados muros de algunos viejos
caserones erguanse mudos y ttricos. Sin embargo, en contraposicin con
la imponente soledad de los grandes bulevares, aqu sentase prximo un
pulular de vida, y cruzbame con algunos transentes. Eran tipos
ambiguos, rufianes, lbricos vejetes, a quienes la lujuria, como escoba
de aquelarre, arrastraba por las calles, vetustas celestinas y pecadoras
de nfima condicin, mas algunos soldados, lanceros reales, con blancos
uniformes de flotante capa y casco de plata, rematado por negras alas de
guila, que, retardados en los templos de Venus y Baco, volvan
presurosos a sus cuarteles. De improviso surgi del muro, como una
visin de ultratumba, una mujer, que comenz a caminar algunos pasos
delante de m. Pasado el primer sobresalto, sonre: Bah! Qu tontera!
Una mendiga que iba a pedirme limosna. Pero no: la incgnita segua
tranquilamente su camino sin importunarme. Indudablemente, deba de ser
una celestina en funciones, que, de un momento a otro, brindarame con
mahometanos parasos. Tampoco. Aquella vieja, menuda y vivaracha, con
andares de ardilla, trabajaba por su cuenta! Cuando se tropezaba con un
transente, observbalo, y si era viejo, pareca despreciarlo; en
cambio, si era joven, acuda solcita.

Pseme a examinarla curiosamente. Un manto o chal envolva casi por
completo la cabeza, dejando en la sombra el rostro, del que no se
divisaba ms que la punta de la nariz y el fulgor de los ojos. Una
pelerina de lana, cada hasta ms abajo de la cintura, y sencilla falda
de pao, completaban su indumentaria. Su peregrino tejemaneje me
interes, y, sin darme casi cuenta, pseme a seguirla. Realmente, sus
tretas eran curiosas: caminaba lentamente; hacase la encontradiza con
los rezagados caminantes, y conclua trabando conversacin con ellos,
que al cabo hacan un gesto de desdn y seguan su ruta. Pero sus
preferencias eran por el ejrcito. Apenas vea un lancero real,
precipitbase a su encuentro, cogase a l, acariciadora, suplicante,
hasta que los pobres chicos, aturdidos por el alcohol y el sueo,
entorpecidos los movimientos por las vistosas capas y los cascos
lohengrinescos, encontraban fuerzas en el temor de un prximo arresto
para rechazar la vieja bacante y huir camino del cuartel.

Llevbamos un rato caminando a la ventura, sin que surgiesen nuevas
presas para aquella infeliz poseda del demonio; en el reloj de la
catedral sonaron las campanadas de la media noche, y yo pens: Bah! Se
acab. Los soldados estn ya recogidos, y esta buena seora tendr que
acostarse con el amante de las patas de chivo... Cuando gran estrpito
de espuelas y sables, arrastrados sobre los guijarros de la calle,
anunciaron la llegada de dos nuevos guerreros. Eran dos mocetones altos
y fornidos; venan enteramente borrachos, los cascos ladeados y los
blancos mantos barriendo las inmundicias del arroyo. No se amilan la
prjima, sino que, yendo a su encuentro, les abord resueltamente.
Primero, o risotadas y juramentos, palabras soeces, burlas; luego,
parecieron rechazarla; pero ella volvi a la carga; hubo algo como un
concilibulo, y son tintineo de dinero que contaba. Dinero! Le daban
dinero! Y el asombro ahuyent la prudencia, y, procurando ocultarme en
la sombra, di algunos pasos hacia el grupo. Era ella, ella, con su
miserable pelaje, la que les mostraba monedas de oro! Desconcertado por
el encuentro con aquella extraa compradora de amor, permanec un
instante perplejo. Cuando volv a mirar, uno de los soldados se
inclinaba y la besaba en los labios. Despus, pareca implorar algo;
ella se negaba tercamente y l insista, y, al parecer, en son de broma,
intentaba apoderarse de su bolsa. Ella resista, negndose con firme
obstinacin, y poco a poco las bromas se tornaron en veras, y a las
risas sucedieron las amenazas. La vieja resista siempre; exasperado el
soldado, tir la capa al suelo y forceje. Ella, no dndose por vencida,
resista con bravura. Sbitamente, en el silencio de la noche, reson un
juramento, y el ladrn, cogindola brutalmente, intent arrancarle por
fuerza su tesoro. Entonces ella, en gesto rpido de alimaa nocturna,
mordi la mano que le oprima. El agresor dio un grito, solt su presa,
retrocedi un paso, y luego, ciego de ira, embravecido por el castigo,
cay sobre ella y, arrojndola al suelo, comenz a golpearla
brbaramente. Despus, alzose lleno de sangre, y borracho de ira,
pisote an a la cada. Luego cogieron el dinero y, sbitamente
despejados, huyeron los dos.

Petrificado de horror, incapaz de gritar ni de acudir en defensa de la
infeliz, haba yo sido mudo espectador de la terrible escena. Al fin, me
aproxim a la vctima, que yaca inmvil en el suelo. Sobre un charco de
sangre descansaba la cabeza, convertida en informe montn de
sanguinolentos despojos. Las espuelas haban desgarrado las carnes,
arrancado los ojos, taladrado las mejillas, y las gruesas botas de
montar haban machacado los huesos.

Erizado el cabello, la frente baada en helado sudor, me alc del suelo
y pens en llamar. Entonces la idea de mi responsabilidad se me present
claramente. Y si me encontraban all, junto al macerado cadver, qu
explicacin dar? Cmo contar la extraa aventura? Me creeran?

Sonaron los pasos de una ronda nocturna, y maquinalmente ech a
correr.




I


Cuando despierto por la maana, despus de un sueo agitadsimo,
entreverado de horrorosas pesadillas, y sentado en la cama, la bandeja
del desayuno al lado, pas los ojos por los peridicos matinales, tuve
un momento de estupor. La princesa Elvira haba muerto! Una angina de
pecho haba matado a la santa princesa, gloria de la casa imperial,
consuelo de desvalidos, espejo de cristianas virtudes. Los peridicos,
todos los peridicos, imperialistas o republicanos, liberales o
moderados, lloraban aquella desgracia, y volcaban sobre el cadver la
avalancha de sus convencionales flores de trapo. Y otra vez surgan los
retratos, los fantsticos retratos, hechos en las salas de los
hospitales de epidemias y en los campos de batalla. Artificiosos?
Teatrales? No. Haba en el rostro de la santa una tensin tan dolorosa,
tanta dulzura en sus ojos de Madona, que era imposible que no fuese sino
afectacin. Y, sin embargo, aquella sonrisa, o mejor, aquella equvoca
mueca de Gioconda! Ah, el inquietante misterio de aquella sonrisa!
Volv a examinar los retratos. En una fotografa, la princesa Elvira,
sentada junto al lecho de un colrico, le oprima la mano, mientras, los
ojos en alto, pareca rezar; en otra, arrodillada en los campos de
Orsova, sin importarle las balas que silbaban en derredor suyo, sostena
a un pobre soldado moribundo, mientras le envolva en una mirada llena
de maternal dulzura; en otra an, curaba con sus manos, manos
admirables, manos de Santa y de Reina, manos de Santa Isabel de Hungra,
a un pobre leproso. Y la sonrisa estaba all, en el campo de batalla y
en la cabecera del lecho de los agonizantes; all siempre, misteriosa e
inquietante!

Por tercera o cuarta vez llam al timbre. Al fin abriose la puerta y,
todo azorado, se present el criado del hotel. Era preciso que
perdonase. El Exelsior estaba en revolucin. Haban expuesto al pblico
el cadver de la princesa Elvira en la catedral, y todo el mundo quera
verlo.

Yo tambin sent la comezn de contemplar a la mujer cuyo enigma me
inquietaba, sin saber por qu, y saltando del lecho, comenc a
vestirme.




III


Haca mucho fro. Un cielo muy bajo, plomizo, en que se apelotonaban
grandes nubarrones parduzcos, pesaba como un sudario sobre la ciudad.
Una neblina, hmeda y glacial, envolva las cosas; la nieve, mancillada
por millares de pisadas, se deslea sucia, negruzca, y sobre aquella
escenografa melanclica, inmensa avalancha de gentes caminaba presurosa
hacia la Gran Plaza, llevando en la mano flores, guirnaldas, coronas,
lazos, homenajes del humano dolor a la santa muerta. Todos caminaban
enlutados, con aspecto de profunda tristeza; en algunos ojos haba
lgrimas, y en todos los labios una palabra de sentimiento. Las campanas
de todas las iglesias tocaban a muerto, y en la tristeza inmensa del
ambiente su son era an ms angustioso.

Dejeme arrastrar por la corriente humana, y al fin me hall ante la
catedral. All, organizada por los agentes, formbase larga cola de
curiosos, que iba penetrando lentamente en el templo. En ella hube de
tomar puesto. Una hora de espera. Al fin me toc el turno, y penetr en
el sagrado recinto.

Cuatro hileras de columnas, de una elegancia insuperable, sostenan las
gticas ojivas; altos sepulcros de mrmol flanqueaban los dos lados de
la iglesia, con sus orantes estatuas de hroes y prelados, que semejaban
fantasmagricas en el claroscuro del recinto, extraa teora de
ultratumba, una de esas espectrales procesiones que surgen en las
leyendas de la Edad Media. Sobre los muros, tapices de terciopelo negro,
con las armas imperiales bordadas en plata, cubran cuadros y altares,
unidos por cordonajes rematados por argentados borlones. El altar mayor
haba desaparecido, cubierto por otro enorme pao de terciopelo, sobre
el que se destacaba una gran cruz de bano, en que agonizaba un Cristo
de marfil. En el centro del recinto, ocho candelabros sosteniendo
hachones, y ocho soldados de la guardia real, vestidos de blanco,
inmviles como estatuas, daban guardia de honor al cadver de la
princesa Elvira, que, tendida en humilde fretro, dorma en el suelo
sobre negros paos cubiertos de flores.

El rgano salmodiaba las graves notas de los oficios de difuntos, y,
mezclados con sus voces, oanse los cantos de los sacerdotes y los
gemidos de las mujeres.

Lentamente fuime acercando al lugar donde yaca la muerta, y al fin me
hall ante ella.

Jams he visto un rostro de una dulzura, de una serenidad y una placidez
igual. Slo la muerte, consagrando la santidad, era capaz de cincelar un
rostro as. Destacndose de las sombras tocas de religiosa, el perfil
de una perfeccin asombrosa tena, sin embargo, una gran bondad de
expresin. La frente era estrecha y ligeramente abombada, la nariz recta
y fina, la mejilla enjuta y la boca plida, de una casta suavidad de
lneas. Pareca dormir, y los prpados cerrados tendan sobre la cara la
azulada sombra de las largas pestaas. Nada de la equvoca sonrisa de
Gioconda, nada de la mueca mitad cruel y mitad burlona, del tenue y
apenas perceptible rictus que me obsesionara en los retratos. Por el
contrario, una calma tal, una tan bienaventurada paz, que de verla a la
luz de la luna en alguna olvidada capilla, con su correccin de perfil y
su azulada transparencia, las manos cerleas cruzadas sobre el pecho, y
sus ocho guerreros blancos dndole guardia de honor, tomrala por la
yacente estatua de alabastro de una princesa santa.

Santa! Era santa! Slo la santidad era capaz de una tal serenidad de
expresin en la muerte. Seguramente, siglos ms tarde, en una vitrina de
cristal y plata, mostrarase, para edificacin de devotos y confusin
de incrdulos, el cuerpo incorrupto de la santa princesa Elvira.

Alguien me empuj; una voz me advirti que era hora de marchar, y,
confundido entre la multitud que sollozaba, sal.




IV


Otra vez me vi en el tren. No s cmo fue; desde el momento en que me
arrancaron a mi exttica contemplacin, viv una vida tan intensa de
horror, de alucinacin y de locura, lo sobrenatural, lo absurdo, lo
quimrico, instalose de tal modo en mi vida, que aun ahora, que han
pasado muchos aos, recuerdo todo, como al travs de un espeso velo, con
esa vaguedad escalofriante con que evocamos unos meses pasados en una
casa de locos, o las horrendas pesadillas que nos acarrearon las
frecuentaciones de los venenos sabios, y mis cabellos se erizan.

Vime, pues, en el tren camino de Rosemburg. Era el departamento una
berlina, colocada junto al furgn de equipajes. Al otro extremo del
convoy, al lado de la mquina, iba el furgn mortuorio en que, rodeada
de luces y flores, dorma la princesa Elvira. En dos coches del tren
regio iban el Emperador, rodeado de los prncipes, grandes duques,
prelados y altos dignatarios de la Corte. En el resto de los vagones, el
Estado Mayor del soberano, los caballeros de San Teodorico, a quienes,
segn el ceremonial, corresponda llevar el fretro, y ms dignatarios,
empleados, sacerdotes y militares. El convoy mortuorio caminaba rpido;
slo al pasar por las estaciones refrenaba el paso, para, entre los
nobles acordes de las marchas guerreras, tocadas en sordina, desfilar
magestuosamente entre las multitudes, que permanecan en pie, aguantando
la lluvia, descubiertas las cabezas e inclinados los rostros en un dolor
mudo y respetuoso. Al fin llegamos a Rosemburg. Haca un tiempo de
invierno, fro y triste; llova sin tregua, y el cielo gris, sucio,
reflejbase en un mar de zinc. Una gran multitud invada el andn, presa
de inmenso dolor, pero no del silencioso dolor de las otras poblaciones,
sino de un dolor ruidoso, violento, agitado por rfagas de intensa
desesperacin. Rosemburg adoraba a la santa princesa, y la amargura
desconsolada de aquel pueblo deca mejor que nada el historial de sus
virtudes.

Habase organizado el fnebre cortejo. Cuatro caballeros de San
Teodorico, graves, impasibles, con quimrico aspecto de animadas
estatuas, avanzaban, tocada la cabeza venerable con el birrete azul, y
dejando arrastrar en el barro los largos mantos de lana blanca,
caminaban delante, llevando en hombros el fretro, envuelto en un pao
de terciopelo negro, bordado con las armas imperiales. Tras ellos,
rodeado del alto clero, vena el patriarca de Oriente, revestido de
atavos de una magnificencia inslita, cubierto de bordados de oro y
pedreras. Seguales un escuadrn de soldados de la Guardia Real, con
albos uniformes y argentados cascos, coronados por las sombras alas de
guila. Tocaba el turno luego al viejo Emperador, con uniforme rojo y
gris, sobre el que caa patriarcal la nieve de la barba, cercndole los
prncipes y los grandes duques, y formando el squito generales,
ministros, magnates. Toda aquella brillante procesin desfilaba
lentamente a los heroicos acordes de las marchas guerreras por entre una
muchedumbre que sollozaba amargamente.

Segua lloviendo, y bajo el velo de agua que implacable caa del cielo,
la multitud permaneca quieta, inmvil, rendida de pesar. Eran mujerucas
campesinas, flacas y acartonadas, vestidas con los aldeanos atavos de
colorines, y toscos labradores rgidos, dentro de los bastos trajes de
fiesta, que contemplaban, entre tristes y embobados, la fastuosa
procesin, presidida por los cuatro fantasmagricos caballeros
conduciendo la urna cineraria con los restos de la princesa Elvira. De
vez en cuando, sobre la quietud poblada de sollozos, alzbase una voz
que gema:

--Ha muerto nuestra madre! Ha muerto la madre de los pobres!

Y un coro de plaideras haca eco:

--Ha muerto la madre de los miserables!

Otras veces era una campesina que se arrojaba al paso del entierro, y
arrodillada en el agua y el lodo, intentaba besar los enlutados paos
que cubran la caja mortuoria. Entonces la multitud contagiada,
prorrumpa en lamentos:

--Ha muerto el amparo de los menesterosos! La paloma blanca ha volado
al cielo!

Algunas mujeres se desmayaban; otras, cadas en el suelo, mesbanse los
cabellos; algunas, trgicas, alzaban en brazos a sus hijos, y les
mostraban el fretro como el destino inexorable. El coro clamaba
siempre:

--Ha muerto la madre de los desvalidos! La estrella de plata se apag
en los cielos!

Y los himnos heroicos resonaban confundidos con los cantos litrgicos.

Al fin, llegamos a la capilla del palacio; las puertas abrironse, dando
paso al cortejo. El pueblo esper con paciencia a que se le franquease
la entrada para contemplar una vez ms a la que fue su amparo y
consuelo. En todos los labios haba una palabra de loa, y en todos los
ojos una lgrima. Al fin, la gran puerta de bronce torn a descorrerse,
y la gente penetr en el templo. Al pisar el umbral, qued deslumbrado.
Jams en correras de viajero, ofreciose a mis ojos espectculo de mayor
magnificencia ni de arte ms refinado y suntuoso. Admirables mosaicos,
en que sobre el fondo de oro, de cegadora luminosidad, destacbanse con
brillante colorido; las figuras, llenas de hiertica nobleza, cubran
los muros. Representaban la ceremonia de ungir el papa Silvestre V
Emperador a Fernando Augusto, y de ceirle la corona de hierro de los
Reyes Santos. Las figuras, cubiertas de extraas vestiduras, recamadas
de piedras preciosas, tenan esa ingenuidad que prestaban los artfices
de la Edad Media a sus creaciones, y agrupadas, en posturas
inverosmiles, rendan pleitesa al joven soberano, que, ms que la
belleza de las deidades paganas, tena la elegancia un poco melanclica
de los hroes de la leyenda cristiana. El viejo pontfice sostena en
sus manos la saya sagrada, y coronando la apoteosis, la Santa Virgen,
apareciendo entre nubes pobladas de ngeles concertantes, bendeca al
nuevo Rey. Monstruos quimricos, dragones de lengua de fuego, alados
grifos, unicornios y otras alimaas de la fauna fantstica, mezclbanse
con los personajes reales.

A la entrada de la iglesia alzbanse dos altos pilares de mrmol negro,
soportando, el uno, espantable basilisco de dorado bronce; el otro, la
imagen de San Miguel Arcngel pisando a Lucifer. Y por fin, en el centro
del templo, cuatro columnas de lapizlzuli sustentaban un baptisterio de
oro enriquecido de esmaltes y diamantes.

Avanc con el gento enloquecido en ruidosas manifestaciones de duelo, y
otra vez me hall la santa muerta. Mis ojos irreverentes buscaron
instintivamente la sonrisa de Gioconda, la enigmtica mueca que me
obsesionara siempre. Nada. El rostro conservaba su admirable serenidad
de yacente estatua. Una palidez cerlea cubra la mascarilla, encuadrada
en las blancas tocas, y la paz de los bienaventurados haba descendido
sobre su frente.




V


Tembl. Aquello era peor que una impiedad o una profanacin; aquello era
un sacrilegio. Haca siglos que ningn viviente (excepcin hecha de los
frailes), ni aun los mismos Emperadores, entraba all. El pudridero!
Para penetrar en la trgica cripta, en que se descomponan los cuerpos
de los Westfalias, era preciso haber traspuesto antes ese misterioso
umbral que se llama la muerte. Habitante ninguno de este mundo tena
derecho a visitar aquel recinto, que, como ciertos trgicos jardines de
conseja, formaba parte del _ms all_. Slo los religiosos de la sombra
Orden del Descendimiento posean el privilegio de entrar en los reinos
de la muerte. Y acaso ellos pertenecan al mundo? Sus votos de
silencio, de castidad, oscuridad y ayuno, hacan de ellos fantasmas que
habitaban un mundo imaginario de renunciamiento.

Sent el fro de ultratumba y mis dientes castaeteaban. Mir en
derredor. La pieza era una sala pequea, alta de techo, con el suelo y
los muros revestidos de basalto. En la bveda, una alegora egipcia de
la muerte; en el centro de la estancia, un lecho bajo de mrmol negro; a
la derecha, abierta en el muro, una puerta de bano y plata. En el
dintel, una estatua del Dolor, labrada en alabastro, doblada la cabeza,
oculta por el largo velo; al otro lado, un ngel, con las alas plegadas,
llevbase un dedo a los labios ordenando silencio.

Cmo estaba yo all? El dinero es una gran arma que esgrimen hoy las
poderosas empresas periodsticas; pero yo, algunas veces creo que dinero
e influencia no son sino armas de la Fatalidad, que, agazapada en la
sombra, juega con los humanos. Por qu estaba yo all? Fuera de las
suntuosidades externas y del dolor popular, qu inters poda ofrecerme
el sepelio de aquella princesa? Y, sin embargo, aquella mujer a quien no
conoca, a quien ni siquiera haba visto ms que en las pginas de los
semanarios grficos, a quien unas veces creyera hbil poltica, otras
fantica, y algunas tocada de diletantismo de abnegacin teatral, me
atraa con fuerza superior a mi menguada voluntad.

Resonaron los cantos funerales que salmodiaban los frailes; a lo lejos,
las charangas militares repicaban las blicas notas del himno guerrero
de Nordlandia; los caones hacan las salvas de ordenanza, y las
campanas tocaban a muerto. Los batientes de la puerta se abrieron y
apareci el fretro, llevado por cuatro hermanos, con el negro hbito,
bordados sobre el pecho la calavera y las tibias, la capucha cada sobre
los rostros, de los que slo se divisaban las barbas blancas, y de
improviso hzose un silencio absoluto.

Desde mi escondite, vi al viejo Emperador inclinarse, y luego, rodeado
de su squito, desaparecer. Los monjes colocaron el fretro sobre el
marmreo lecho, rociaron el cuerpo con agua bendita y salieron,
dejndome solo con el enigma de aquel cadver. Entonces, haciendo acopio
de valor, sal de mi encierro y me acerqu.

Apesar de los cinco das transcurridos desde la muerte, no se notaba en
la muerta sntoma alguno de descomposicin. El perfil correcto, los
labios plidos, los ojos cerrados, todo el conjunto del rostro
conservaba la misma beatfica dulzura. Ni una alteracin de color, ni
una mancha que denunciara la intensa fermentacin; nada. La princesa
dorma su apacible sueo, como esas bienaventuradas milenarias que
duermen en los ptreos sepulcros de las viejas catedrales. Era una
santa!... Y, sin embargo, la imagen de la sonrisa equvoca volva
inquietadora. Para ver mejor me arrodill, y pseme a examinar el
rostro, sin hallar vestigios de putrefaccin. Ni una mancha, ni una de
esas azuladas vetas que anuncian que vuelve el polvo al polvo cuando el
alma, libre de su crcel, vuela; ni esa sombra negruzca que sombrea los
labios y las aberturas de la nariz; nada, nada, nada. Sbitamente, me
ech hacia atrs con un gesto instintivo de repulsin: un violentsimo
olor a podredumbre, un hedor insoportable a cuerpo en descomposicin, un
perfume acre y macabro de tumba removida, acababa de herirme. Y el
rostro segua inmutable, sereno, dulcsimo! Mi mano sacrlega tendase
hacia la cara de la santa, y mis dedos, en vez del helado horror de la
muerte, tropezaron con una sensacin tibia. Resbal; mi mano apoyose en
el rostro de la difunta princesa, y entonces una careta de cera rod por
tierra. Y mudo de espanto, alucinado, tembloroso, mecindome sobre un
abismo de locura, vi el rostro sanguinolento, deshecho, machacado, que
contemplara la noche trgica. Pero ahora, en la informe masa pululaba el
negro hervir de los gusanos.




LA CAJA DE PANDORA




I


Entr resueltamente en el cuarto, encendi luces, muchas luces, todas
las que encontr a mano; desposeyose, con un gesto amplio, teatral, del
enorme abrigo de chinchilla, que arroj desdeosamente sobre una
butaquita; dej caer al suelo el capuchn de raso negro que le envolva
de pies a cabeza, y en pie, ante el gran espejo de tres lunas, arreglose
nerviosamente el peinado.

Tras ella, pesado, vacilante, el rostro plido, los ojos turbios,
despeinado el cabello, el sombrero cado a la nuca y la pechera sucia y
arrugada, vena Esteban. Al penetrar en la estancia habase desplomado
en una _bergre_, y all, despatarrado, innoble, sin tomarse el trabajo
de quitarse el gabn ni el sombrero, pareca prximo a dormirse.

Filomena, siempre en pie ante el espejo, trepidaba de impaciencia. Era
una mujercita deliciosa, una figura frgil y quebradiza, llena de una
gracia efmera de _bibelot_. _Muy Luis XV_, haca pensar involuntaria en
las pastorelas de Watteau, en las escenas de Boucher y en los grabados
libertinos del XVIII francs. Sus gestos de gracia alocada tenan, sobre
todo, una elegancia innata, que reflejbase hasta en sus menores
movimientos, aun en las ocasiones en que desterraba la euritmia de sus
ademanes, el enfado, la pasin o la alegra. Era una de esas mujeres
que, sin saberse por qu, recuerdan una poca; una de esas mujeres que a
cuanto tocan, imprimen el sello de un arte o de una moda, y que nos
llevan a exclamar: As debi ser Teodora, o Margarita de Valois, o la
Pompadour, o la condesa de Dubacry, o Madame de Recamier!

Baja, menuda, aunque de firmes y apetitosas curvas; pie breve, mano
fina, con uas sonrosadas como ptalos de flor; el rostro blanco y rosa,
tena los ojos de porcelana azul, de ese azul cielo cuyo secreto
guardaba la fbrica de Svres; la boca de coral, en forma de corazn
(una boca perversa e irnica, hecha a los besos furtivos y a los
epigramas de Beaumarchais); y posea tambin una cabellera sedosa y
rizada, de un rubio miel tan plido, que pareca empolvada. Al andar,
tena unas veces el ritmo ceremonioso de las pavanas; otras, la gracia
alocada de las ninfas del Triann (ninfas de pomposas sayas y altos
tacones rojos) jugando a las pastoras, con los corderillos lanados de
azul.

El traje de gasa blanca, vaporoso, de una gracia casi irreal, prendido
en _paniers_ por anchas bandas de seda celeste, salpicada de plidas
flores y sostenidas por diamantinas hebillas, contribua a marcar la
originalidad de la figura; y el cuarto, con su suntuosa elegancia _muy
Versalles_, sirvindole de fondo, hacale resaltar an.

Era aquella una habitacin amplsima, alta de techo, con dos grandes
balcones, uno al jardn, otro a un antiguo callejn del viejo Madrid.
Situado en el ngulo del palacio de los Quintalvo, habale elegido
Filomena, a raz de su boda con Florencio, como ms independiente para
hacer su habitacin. Un damasco de color rosa muy plido, cubra los
muros, encerrado en molduras blancas recargadas de conchas y hojarascas
doradas. Mofletudos amorcillos jugaban entre las nubes del techo, y aun
rodaban al azar de sus retazos en las sobrepuertas, entre guirnaldas de
frutas y flores. Algunos retratos de empolvadas damas y unos cuadros de
maestros franceses, un tanto amanerados en su mitologa convencional,
pendan de largos cordones de seda sobre los muros. Muebles de _boule_,
de moquetera y de dorada talla, llenaban la estancia, y por todas
partes, sobre las cmodas, tras los cristales de las vitrinas y sobre
las minsculas mesas, puestas al alcance de divanes y butacas, antiguos
grupos de Sajonia y Capo di Monti, en que dioses y diosas se perseguan,
y marquesas y abates danzaban pastorelas; admirables miniaturas y
abanicos de prodigioso varillaje y chinescos pases, lucan su belleza
quebradiza. Al travs de amplia arcada, sostenida por columnas, y a
medias defendida por antiguas cortinas de brocado, divisbase la alcoba,
con su lecho muy bajo, muy ancho, de talla y seda, cubierto por bordada
colcha china, como un barco ideal prximo a bogar con rumbo a Citerea.

De pie siempre ante el espejo de tres lunas, sobre cuyo dorado marco dos
palomas de talla se arrullaban, Filomena correga nerviosamente la
imaginaria rebelda de un rizo. De vez en cuando, como chispazos que
anunciasen la tempestad prxima, rumiaba algunas palabras en que ruga
una ira sorda y concentrada:

--Es una porquera!... Una vergenza!... Indigno de un caballero!

Esteban, derrengado en la butaca, no pareca prestar valor a las
palabras de su querida. Ni an remova siquiera, y hasta pareca haberse
dormido.

Filomena segua:

--Qu asco!... Dios los cra!...

Extraada por la silenciosa indiferencia que opona el muchacho a sus
apstrofes, mir disimuladamente con el rabillo del ojo. No faltaba
ms! Estaba bonito aquello! Se haba dormido! Ella desgaitndose, y
el seor tan fresco!

Furiosa, abandon sus cuidados capilares, y dando algunos pasos,
plantose ante su amigo, y all permaneci en actitud expectante, entre
asombrada y rabiosa.

Esteban dorma con el pesado sueo de los beodos. El rostro desvastado,
terroso; los ojos hundidos en anchos cercos plomizos; los labios secos y
la frente cubierta de sudor, era aquello, ms que descanso reparador,
plmbea modorra.

Filomena no pudo contenerse ms, y con el pie, como se hace para
despertar a un bichejo que nos repugna, empuj al durmiente. El abri
los ojos, fijando en ella unas pupilas turbias, que permanecan lejanas,
estpidas, ayunas de toda luz de inteligencia, como si no se diesen
cuenta del lugar donde estaban ni de la personalidad de su
interlocutor.

Le apostrof vehemente:

--Te parece bien esto? T crees que es decente?... Ja ja,--ri
sarcstica.--Qu cara de idiota!--Y bajando el tono y hablando con
reconcentrado furor:--Pero t te has credo que yo soy una de esas
pirujas amigas tuyas, una de esas tiorras que estaban en el Real
contigo?--Y sigui con creciente saa:--T te has figurado que voy a
aguantarte esto, yo, yo, Filomena Roldn de Undaneta; yo, la condesa de
Quintalvo? Ja, ja!--torn a rer. Luego, cruel, segura de herir en lo
vivo, aadi:--T te has credo que todas somos ese pendoncillo de
Constantina Gil!

Un relmpago de ira y con l un fulgor de inteligencia, pas por los
ojos del borracho al or aquel nombre; pero pronto apagose, y una
inexpresin de imbecilidad absoluta enseoreose nuevamente del rostro.
Haba vuelto a cerrar los prpados y sumiose otra vez en el sopor de que
por breves instantes arrancranle los furiosos apstrofes de la irritada
dama.

La ira ahogaba a Filomena con tal intensidad, que por un instante
privola del habla. Sus ojos echaban chispas, y en el cuadrado descote,
orlado de encajes, los senos, duros, redondos, procaces, palpitaban.
Aquello era demasiado! Dormirse otra vez! Al fin hall tonos picos
en que manifestar su justa indignacin:

--Eres un canalla! Ningn caballero, ninguno, oyes?, ninguno hubiese
hecho lo que t has hecho esta noche! Eso no tiene nombre! Es una
canallada; peor, una grosera, algo innoble, repugnante, estpido! Si
no me queras, hubiese preferido la franqueza; pero esos engaos son
bajunos, indignos de ti y de m!... Ja, ja, ja!--ri epilptica:--Me
parece estar viendo tu cara de pobrecito que en la vida ha roto un
plato! Qu fastidio! Esta noche no podr llevarte al Real, porque mi
madre no est buena y me quedo en casa... Ja, ja! Y yo, bestia de m,
que me cuelgo, loca de contenta, del telfono, para darte la noticia!
Florencio se va de caza y, como me quedo sin marido, me puedes pasear
por el baile. Burra, burra de m! Te juro que no me vuelve a suceder!
T no sabes de lo que yo soy capaz!

Era verdad. Nadie saba, bajo su aire frgil y delicado de figurita de
Sajonia, de lo que ella era capaz, ni la suma de energa que se ocultaba
bajo el picudo corpio y la falda con pompones Luis XV. Apesar de la
inexperiencia de hallarse en el segundo amante (no llevaba sino dos aos
de casada), no haba dudado en jugarse el todo por el todo. En vez de la
escena de lgrimas y reproches que otra mujer cualquiera hubiese hecho
en su caso, supo callar y disimular, para luego, sola, tener el valor de
ir al baile y all sorprenderle. De ella no se rea nadie! Y no haba
parado aqu la cosa, sino que, a fuerza de audacia, habale arrancado a
sus rivales, y as, borracho y todo, aprovechando la ausencia de su
marido, habalo llevado a su casa. Ah, nadie la conoca, ni poda
adivinar la voluntad que dorma en el fondo de su cuerpo gracioso y
liviano de mueca bonita! Siempre haba sido as. Famosa era de soltera,
por arrostrar impertrrita lances que a otras mujeres ms maduras
amilanaran. Gustbale de hablar con gentes que pasaban por osadas,
empujarles, lanzarles por despeaderos peligrosos, y luego contenerles
con una mirada. Adoraba los ejercicios violentos; jugaba al tennis medio
desnuda, con un impudor inconsciente que desconcertaba a todo el mundo;
nadaba como una sirena y arrastraba a sus adoradores mar adentro, para
dejarles luego vencidos, casi en peligro de ahogarse; bailaba, entregada
en un pecaminoso abandono de voluptuosidad, hasta que senta desfallecer
a su pareja; pero, sobre todo, gustaba de galopar en un loco vrtigo de
velocidad. Quien la hubiese visto una vez, no podra olvidar aquella
figulina airosa, llena de _chic_, con la elegancia exquisita de las
estampas cinegticas del siglo galante, que, de improviso, a lomos del
ardiente potro, seguida de su jaura de galgos, convertase en un
centauro, que galopaba enloquecido a travs de bosques y viedos,
saltaba obstculos, salvaba ros, en una loca carrera de pesadilla. Y
haba ms, lo que slo ella, el cielo, los rboles y las flores
conocan: las tardes de _Las Chumberas_, aquellas tardes andaluzas de un
bochorno imposible, cuando, tras inverosmiles galopadas, detenase en
un campo de labor, y entablando conversacin con algn tosco campesino,
iba poco a poco encendiendo en l la llama de todos los deseos. Ah! La
salvaje, la brbara voluptuosidad de sentirse deseada as! El acre
encanto de ir viendo alumbrarse en los ojos negros de abismo el fulgor
de todos los malos deseos! El placer feroz de sentir rugir la bestia
que despertaba, se desperazaba e intentaba herir! Cuntas veces en
aquel juego peligroso, el ltigo fro y cruel abati una mano audaz!
Pero lo que no olvidara nunca fue su lucha con Jos Manuel, el vaquero.
Uno de los mayores placeres de Filomena era bajar a la dehesa, y all, a
caballo en su jaca, bien empuada la garrocha, torear a los feroces
brutos. Pronto a aquel gusto uni otro. Jos Manuel, el garrochista, el
hombre casi salvaje, le amaba. Desde entonces, la muequilla comenz a
jugar con aquel amor. Los toros parecanle inofensivos junto al bruto
negro, velludo, sudoroso, que temblaba de deseo en su presencia. Ella le
irritaba, le desafiaba, le exasperaba con sabias coqueteras, con
amicales caricias llenas de ternura protectora, con una impudicia
cndida e indiferente que mostraba a los inyectados ojos del galn
prodigiosas desnudeces, turgencias de nardo, curvas suavsimas, como si
se tratase de un viejo servidor o de una bestezuela familiar. Y un da
sucedi lo que fatalmente tena que suceder, lo que era ley que
sucediese: el brbaro salt sobre ella. Fue una lucha feroz en que la
ninfa se defendi del fauno a golpes, a puntapies, a araazos, a
mordiscos; l, jadeante, enloquecido, crecindose al dolor como un
animal feroz, pugnaba por dominarla sin poderlo lograr. Cien veces
sinti Filomena deseos de dejarse tomar, y otras tantas se rehizo. Al
fin consigui desasirse, y su ltigo azot muchas veces el rostro del
salvaje. Luego comenz la retirada. Ah! La emocin tremenda y
deliciosa de aquella retirada entre los toros desmandados, teniendo que
dar cara a la fiera vencida! El escalofro nico, supremo, de aquella
marcha!

Ante su amante, ahora, dio una tregua a su ira para tomar respiro. Luego
reanud:

--Pero es que t te has credo que yo voy a tolerar esto? Es que te
figuras que yo soy una pnfila, buena para todo? No, hijo mo,
no!--prosigui, mientras su ira iba en _crescendo_--. De m no te res
t, ni nadie! Prefiero la lealtad, aunque sea cruel (en este caso no lo
hubiese sido, porque me importas t y todos los hombres habidos y por
haber, un comino!). Pero las mentiras son innobles!--Y como el
indiferente pareca adormilarse, alz el diapasn:--Esos los y esos
engaos no son dignos de personas bien nacidas! Son tretas de chulo!

Detvose de improviso. Una extraa semejanza acababa de herirle, y una
idea rara cruzaba su cerebro como la sombra de un pjaro extravagante.

Carlos permaneca siempre despatarrado, la camisa manchada de vino,
arrugada y entreabierta, y la cabeza tronchada sobre el hombro; en el
rostro, de amarillez enfermiza, las noches de crpula haban puesto un
sello de cansancio, y los cabellos, despeinados, cayendo en un gran
mechn sobre los ojos, estrechaban la frente. Un chulo! La extraa
semejanza que hallaba por primera vez en el elegante, causbale
indefinible turbacin. Era verdad; as pareca un chulo. La rigidez de
persona _comme il faut_ hua con la borrachera y, en cambio, el cuerpo
adquira una elasticidad fofa de felino en reposo, esa extraa
distensin muscular que se observa en los golfos y en los gatos dormidos
al sol. La cara hacase ms dura bajo la lividez malsana (una lividez de
hombre que vive del amor y para el amor) que la cubra; la mandbula
destacbase cuadrada, dura, cruel; un gesto cansado, malo, daino,
arrastraba la comisura de los labios avejentndole, y bajo la frente
pequea, terca, inexpresiva, frente de esclavo, de gladiador o de
torero, que, deshecho el britnico planchado del pelo, apareca ms
estrecha, oculta por lacios mechones, los ojos, cerrados, dorman en el
cansancio infinito de las ojeras parduzcas. Un chulo! Carlos as no era
el hombre elegante, el tipo _chic_, el moderno Brummel: era, lisa y
llanamente, el macho, el chulo, el hombre de placer, como dicen las
francesas, el amante. En el sutil espritu lleno de anlisis de Filomena
surgi una pregunta inquietadora: Le amara por eso? La idea aument su
rabia. Apostrofole.

--Sabes lo que me das? Asco!--Pero como viese que l sin indignarse
tornaba a dormilar plcidamente, busc algo que le hiriese mucho:--Eso
s que no! Para dormir te vas a casa del pendn de Constantina.

El golpe dio en el blanco. Carlos abri los ojos, y con voz bronca
tartamude:

--Deja a Constantina en paz!

Pero la otra acababa de ver deslizarse por las pupilas, tras los vahos
de alcohol, una llamarada de ira, y sinti la necesidad perversa de
azuzar a la fiera:

--Jess! Que no toquen a Constantina, que se rompe! Haces bien, hijo,
haces bien, porque la verdad que es una santa de mrame y no me
toques!--Y como l, despejado a medias por la indignacin, la mirase
casi amenazador, insisti:--No s por qu me miras as! Ni que fuese
alguna novedad! Todo el mundo est harto de saber que Constantina Gil
es una perdida!

Libre como por ensalmo de la torpeza, psose en pie y, cogindola por un
brazo, conminola a callar:

--Cllate!

Forceje ella:

--Ja, ja! Pgame, anda! Era lo nico que te faltaba! Aunque me
mates, no me cansar de decir que t eres un chulo y ella una golfa!

Sombro, amenazador, murmur:

--Te prohbo que la nombres! Slo con nombrarla la manchas.

--Ja, ja!--ri otra vez, procaz, Filomena--. Si sois el uno para el
otro! Un chulo y una golfa!

La ira le ceg, quitndole toda nocin de decoro y delicadeza. Como un
villano cay sobre ella, y comenz a vapulearla. Fue una escena brbara,
cruel y repugnante: la hembra, cada en el suelo, morda, araaba,
pateaba, repela la agresin con las uas y con los dientes; l,
golpeaba cruel, despiadado, borracho ahora de bestialidad. Al fin
dominose y, desplomndose en una butaquita, ocult la cabeza entre las
manos con desesperada saa.

Filomena, cada en el suelo, medio desnuda, gema quedamente.




II


--Ya no me quieres!

--Calla!

Puso Filomena en sus palabras un dejo de impaciencia, y sus ojos azules
clavaron una mirada rencorosa en el muchacho. Estaban acodados al gran
balcn que se abra sobre el jardn. La noche de junio baaba la tierra
en una paz llena de poesa. El cielo tena la serenidad demasiado
luminosa y demasiado azul de los firmamentos que pintaron los cndidos
astrnomos de los siglos medios. Sobre la bveda de zafiro, la luna,
como un palo gigantesco, brillaba plida. Bajo la plateada luz del
satlite, los rboles del viejo jardn de los Quintalvo formaban oscuras
masas pobladas de rumores. Entre las frondas albeaban algunas estatuas,
y al fondo de una calle blanca, bordeada de arrayanes, una fuente, como
un espejo roto, reflejaba, temblorosa, la faz de la luna.

Sobre los altos muros que cerraban el jardn, divisbase un trozo de
calle, una callejuela de los barrios bajos, srdida, llena de burdeles y
cafetines, por donde transitaban los chulos y las vendedoras de amor.
Tras la encantada barrera del jardn, el cuadro innoble de la calleja
era ms violento, ms detonante, ms agrio e inarmnico. Las manchas de
luz y sombra tenan una violencia hrrida, exenta de matices, y las
figuras rotundas, lamentables y grotescas, figuras de mendigos, de
golfos, de hampones, de prostitutas y celestinas, destacbanse con una
crudeza repulsiva.

Filomena y Carlos hallbanse haca rato en el balcn. Vestido l de
frac, correcto, impecable, como corresponda a un hombre de mundo que
haba venido a comer al palacio de la condesa de Quintalvo; ella,
envuelta ya en los pliegues de amplio ropn de seda, blanco, adornado de
viejos encajes de Malinas, en el abandono de un _deshabill_ de mujer
elegante, asomronse a la ventana, buscando tal vez, con un vago anhelo
irrazonado, la sombra de la ilusin que haba huido para siempre.

Desde la noche carnavalesca en que, en la ceguera del alcohol,
comportrase como un jayn, el encanto de su amor habase quebrado. Al
da siguiente de la escena canallesca, Carlos, al volver a ser el
hombre correcto, el _gentleman_ de siempre, sinti vergenza y amargura.
Un canastillo inmenso de orqudeas y una carta devota, humilde,
ferviente y apasionada, fue el primer paso. Filomena perdon fcilmente,
y las cosas volvieron a su cauce. Pero, sin saber por qu, el encanto
estaba destruido. La Quintalvo senta que le faltaba algo. No es que le
guardase rencor por las brutalidades; pero... Trat de analizar el
origen de su inquietud, y no acert a encontrar la causa. Decididamente,
rencor no era. Pero anhelaba algo extrao, desconocido; una sensacin
inexplicable le invada; la tristeza de un vaco inmenso gravitaba sobre
su vida, dndole la impresin de tedio invencible, de monotona, de una
neblina gris y uniforme que lo envolva todo. Algunas veces sorprendiose
a s misma espiando los menores gestos de su amante, buscando en ellos
la huella o el conato de una brutalidad; nada. Carlos, impecable,
caballeresco, galante, rendido, mostrbase cada vez ms enamorado, ms
entusiasta, ms fervoroso. Cada nuevo da despertaba en l una
delicadeza; haca vibrar una nueva fibra espiritual, como si esperase, a
fuerza de bondad y dulzura, hacer olvidar la hora cruel. Y, sin embargo,
Filomena no era feliz. Segn l, se entregaba hacindose romntico y
quintaesenciado; el abismo abierto en la vida de la condesa de Quintalvo
se agrandaba. Involuntariamente le zahera; involuntariamente en
injustificadas crisis de mal humor; llevbale constantemente la
contraria; trataba de irritarle, de soliviantarle, procurando, malvola,
provocar la explosin de brutalidad.

--Ya no me quieres!--repiti Carlos tristemente--Ya no soy para ti lo
que era antes! Yo no me engao y s leer en tu corazn!--Hablaba con
reprochadora melancola. Sus ojos soadores de nio grande mirbanle con
una imploracin suprema de piedad.--Yo te quiero ms que
nunca--prosigui.--Tu frialdad me hiere, me entristece, me hace dao.
Casi te preferira...

--Calla!--interrumpi ella--Qu inoportuno eres! No sientes el
encanto de la noche!

Sorda ira herva en ella contra el indiscreto que, por dos veces, rompa
la inefable sensacin de melanclica dulzura que la embriagaba como el
aroma demasiado intenso de una flor venenosa. Por vez primera, desde
haca muchos das, hallbase bien as: no deseaba nada ni esperaba nada,
en un nirvana voluptuoso y triste. Doblada sobre el barandal, con
abandono casi absoluto, dejaba colgar sus manos de marfil, largas y
finas, raramente enjoyadas, a la caricia de la brisa nocturna, y
entregbase en cuerpo y alma a la sensual dulzura que suba de la tierra
hmeda:

--Ves cmo ya no me quieres?--gimi l.

--Calla!--Ahora fue brusca e imperativa. Habase incorporado
sbitamente, y sus ojos azules, en que brillaba una claridad perversa,
hecha de lascivia y de crueldad, la luz que debi de fosforecer en los
ojos de las emperatrices ante los cristianos arrojados a las fieras,
seguan un drama lejano.

En la callejuela lbrega, situada al otro lado de los muros del jardn,
desarrollbase una escena de barbarie callejera. Una mujer de las que
hacen profesin de sus encantos, hablaba con un chulo, un tipo fuerte y
arrogante de macho. Poco a poco, los gestos, en un comienzo untuosos,
tiernos, acariciadores, fueron tornndose sobrios primero, bruscos
luego, amenazadores despus, violentos al fin. Estall la bronca. El,
violento, airado, haba cogido a la infeliz por el mantn y
zarandebala. Luego sigui una pausa, en que tornaron a hablar unos
instantes. Pero ella deba haberse negado a algo muy transcendental, por
cuanto el galn comenz a darla golpes. Eran unos golpes crueles,
dirigidos a la parte ms delicada de la infeliz: al rostro, al pecho, al
vientre; eran unos golpes violentsimos, mal intencionados, feroces. En
el claroscuro que formaban los cuadros reflejados por las puertas de las
buoleras en las sombras del callejn, la escena tena una ferocidad
cruel, que pona un escalofro en las espaldas.

Filomena, inclinada sobre el barandal, las manos crispadas, los labios
secos, jadeante el pecho y los ojos dilatados, segua la escena con un
inters de pesadilla.

La mujer, por fin, cay al suelo, y all el brbaro coceola a mansalva.
Al fin la abandon y, lentamente, comenz a alejarse. Sucedi entonces
algo extrao, absurdo; la hembra alzose trabajosamente y corri tras l.
Colgose suplicante, mimosa, de su brazo, y como l la rechazase an,
siguiole humildemente como un can.

Un velo se rasg en el espritu de la Quintalvo, y a la luz lvida de
los cafetines, bajo el maleficio de la luna, sinti el terror de la
revelacin: Ella, Filomena Roldn de Undaneta, condesa de Quintalvo,
tena un alma de prostituta!




III


Temblando de fro y de miedo, detvose junto a la puertecilla del
jardn. Por qu estaba all? Por qu en vez de permanecer en el suave
abrigo de la alcoba, clida y blanda como un nido de amor, disponase a
correr las callejuelas de los suburbios bajo el velo glacial de la
lluvia, como una ramera? Por qu ella, tan frgil, tan delicada, tan
quebradiza, lanzbase as en la noche cmplice al encuentro de lo
ignorado? Todos sus esfuerzos eran intiles; algo ms fuerte que su
voluntad le arrastraba hacia aquella _cosa_ misteriosa y terrible que
viva en el fondo del misterio. Desde que una noche nefasta la trgica
revelacin se hizo en su vida, sentase arrastrada por la resaca a no s
qu ignorados abismos. Era intil que ella, lectora de Platn y de
Descartes, familiarizada con Schopenhauer y Nietzche; ella, tortuosa y
erudita como una de aquellas marquesas de Versalles que representaban
farsas ante el Rey, flirteaban con Monseor el Cardenal de Rohan y eran
amigas de Juan Jacobo y de Voltaire, tratara de sonrer y fuese
escptica hasta en la liviandad. Algo terrible, monstruoso, fatal,
alzbase en su vida, y toda la amable frivolidad, hecha de amor y de
filosofa, descorrase como bambalinas de un teatro, y quedaba la aridez
horrible de yermo, de una vida desvastada por la lujuria, en cuyo fondo
brillaba, como nico faro, el misticismo. A l haba vuelto los ojos
angustiados, pero tambin fue estril. Era pronto an! Ante la cruz, el
macho cabro danzaba lbrico y burln, y el signo redentor no era sino
un ensueo remoto, mientras los pecados, como enfurecidas avispas,
clavaban los aguijones en su carne. Todos los das el hambre insaciable
de los posedos le arrancaba del lecho y le arrojaba al travs de la
noche.

Abri la puerta y, recatndose en la sombra, sali a la calle. Despus
comenz a caminar en busca de lo desconocido.




LOS COMPLICES




I


Cuando Narciso Alvear penetr en su despacho, desplomose en un sof, y
dejando caer, con un gesto de supremo cansancio, la mscara de altiva
satisfaccin, reflej en su semblante todo el enorme desaliento que
anonadaba su espritu.

Todava resonaban en sus odos los aplausos entusiastas, fervorosos,
inacabables; todava cegaba sus ojos el intenso fulgor de las luces, el
relumbrar de las joyas y el chisporroteo de las pupilas femeninas
incendiadas en llamaradas de entusiasmo; todava las auras del triunfo
le envolvan, y, sin embargo, sentase hundir en el abismo de vergenzas
y miserias.

All, en el cajn, al alcance de su mano, estaban las cartas, en que
Petra (aquel nombre sin apellido habale hecho el extrao efecto del
nmero de una ficha antropomtrica), averiguada, sin que l pudiese
sospechar cmo, la personalidad del grande hombre, le imploraba, le
exiga, le impona, amenazadora, una nueva cita. Y aquel contacto
sbitamente establecido, en la hora de la apoteosis, entre su pblica
vida de glorias y su misteriosa vida de abyecciones, hacale temblar
como un azote de la fatalidad que era impotente a vencer.

Petra, Rosa, Catalina... Aspasias de una hora, Thais de manceba barata,
Margaritas de encrucijada, Magdalenas de cafetn, eran para l engendros
de pesadilla, que vivan unos momentos y luego se evaporaban. Petra!
Quin poda ser aquella mujer que le conminaba, con rebuscados
trminos, en una carta, que de puro remilgada transcenda a falsedad, a
acudir a una cita? Bah! Sera instrumento de cualquier tentativa de
_chantage_.

Con amargura pens en el desnivel inmenso que hay entre la inmortalidad
y las pasiones. Sus ojos, irnicos, pasearon por el despacho, lleno de
trofeos de las victorias. Record cmo entraban all sus discpulos, sus
admiradores, sus amigos, con uncin casi religiosa. Aquel era el templo
donde la luz divina descenda sobre la frente del genio; el laboratorio
donde se elaboraban aquellas obras admirables. Irnico, sonri. Si
supiesen! Apenas si en aquel recinto pona en limpio cuartillas
nerviosamente garrapateadas en horas de fiebre. Su inspiracin no estaba
all, ante los sombros retratos de santos y guerreros, o ante las
cndidas vrgenes boticellescas; su inspiracin viva muy lejos: en los
suburbios de las ciudades populosas, en los oscuros rincones de las
tabernas, en los sombros callejones donde pululan las sacerdotisas de
Venus, guardadas por sus fieles galanes los barateros; en los misrrimos
lechos de las casas de lenocinio. Su musa no era ninguna de las nueve
hermanas: era una musa canalla que peinaba negros bucles con bandolina,
y los aprisionaba con vistosas peinetas, en los callejones del Lavapis
madrileo; ataba rojos paolillos a su cuello en los _impasss_ del
_Sebasto_ de Pars; tocbase con ligeros sombrerillos en el Graben
viens, y paseaba envuelta en el tschaffs por las calles de
Constantinopla. Su jardn interior no era el vergel de las Hesprides,
sino un museo patibulario, en que absurdas criaturas, de rostros
atrozmente embadurnados de pintura, se retorcan en muecas
trgicogrotescas de lascivia demonaca.

Volvi al asunto que le preocupaba. Ira? Sentase arrastrado por una
oculta fuerza y, al mismo tiempo, tema. Qu ms le daba! Una vez
ms!




II


Con precauciones de ladrn, mir con azoramiento a un lado y otro, para
cerciorarse que no haba ms testigos de sus nocturnas correras que la
luna, serena como el rostro de un aparecido, y las estrellas, que
parpadeaban en la azul magnificencia de la noche. Como efectivamente
nadie transitaba por el callejn a tales horas, franque la puertecilla
del jardn, y a buen paso se alej del hotel. Por la calle de Alfonso
XII sali al paseo de Atocha, y cruzndole rpidamente se intern por
las Rondas. Ya all, bajose el cuello del gabn y comenz a caminar ms
despacio.

Sin querer, volva a su memoria, con la obsesionante pesadez conque nos
atormenta, en una noche de insomnio, el estribillo de cualquier tribial
cancin, una frase de su comedia. Moderno Nabucodonosor, entre el fulgor
de luces y el resonar de aplausos de la apoteosis triunfal, vea
destacarse gneas las palabras amenazadoras: En la vida, tarde o
temprano, la hora del balance llega siempre. Los hombres, al destruir
los dioses, han credo libertarse de sus jueces, sin pensar que la vida
es el supremo juez.

Todo el horror de su existencia se alzaba ante l. Su existencia!
Aquella extraa cosa que, bajo los armnicos pliegues de la clsica
clmide del arte, como cuerpo impuro, rodo por los gusanos, el deseo,
se contorsionaba trgico o grotesco! Ah! Cuando, despus de las
clidas horas de un da de gloria, lanzbase en las sombras temerosas de
la noche, preso en el verde maleficio de la luna! El, el grande hombre,
como los extraos engendros de quimera, como las brujas y los trasgos,
como las posedas y los ajusticiados, viva una vida misteriosa y
escalofriante, al amparo de las tinieblas nocherniegas. Mientras los
dems le crean en el santuario, recibiendo la visita de la diosa
inspiracin, corra los suburbios en busca de aventuras, deslizbase por
tenebrosos callejones, penetraba en pestilentes chamizos o asombase a
extraas fiestas en que el hambre, el fro y la miseria, danzaban en
brazos de la lujuria, la embriaguez y el crimen, y algunas veces hua,
al travs de los campos, perseguido por un arma homicida, entre el
aullar de perros vagabundos y el gemir del viento.

Rememor las palabras de Dante-Gabriel-Rosetti: Hay almas dbiles,
altivas y apasionadas, que no pueden sacrificar sus deseos ni renegar
de su ideal. Y as su vida sentimental es una extraa mezcla de cadas y
redenciones, de indulgencias vergonzosas y de abnegaciones heroicas.

Segn avanzaba, el cuadro hacase ms tpico, ms temeroso e
inquietante. Quedaron atrs las calles bien empedradas, iluminadas con
arcos volticos o luces incandescentes; los altos edificios de ladrillo
y piedra; los coches y tranvas. Las casas, bajas, deformes, absurdas,
apoybanse las unas en las otras para no desplomarse, mostrando el
cinismo de sus fachadas llenas de grietas y desconchaduras, rasgadas de
vez en cuando por la roja ventana de una taberna o el lbrego portaln
de una posada. Por las aceras sin empedrar, en el espacio que quedaba
libre entre las construcciones y la menguada hilera de rboles
raquticos, torcidos, que alzaban sus ramas esquelticas al cielo,
transitaban tipos sospechosos--chulos, golfos, rufianes--con bizarros
atavos de gavilanes de amor; gentes patibularias--hombres sucios,
desgarrados, con trajes de pana, revueltas pelambreras que se salan de
la mugrienta boina, y rostros de siniestra catadura a que la barba de
ocho das aumentaba an el torvo pelaje--, o esos extraos mendicantes
que parecen escapados de una novela de Quevedo. Por el centro del
arroyo, convertido en barrizal, pasaba de tarde en tarde un carro
rezagado, que se bamboleaba, se hunda, sala dificultosamente de un
bache para caer en otro, entre furiosos juramentos y el restrallar del
ltigo carreteril. En las esquinas, a la menguada luz de los temblorosos
mecheros de gas, veanse grupos de mujeres que llamaban a los
transentes con absurdas promesas de amor formuladas en voz
aguardentosa. Unas, viejas, sucias, desgreadas, acometedoras y
procaces, hacan pensar en los aquelarres reunidos a la luz de la luna;
las otras, miserablemente ataviadas, parodiando con guiapos las soadas
galas, y embadurnados los rostros, cmicos y dolorosos, de afeites,
remedaban mscaras trgicas.

Narciso sigui avanzando; la visin de la miseria canalla, la percepcin
de aquel vicio truculento en que haba hedores de sangre, de podredumbre
y calentura, pona un escalofro de terror delicioso en su medula. Sus
narices se dilataban, venteando el heterogneo perfume--perfume de
miseria, de guisotes, de alcoba y de suciedad--que flotaba en el aire. Y
sus ojos escudriaban las tinieblas, tratando de precisar las inciertas
formas que temblaban, desbaratndose en la semipenumbra con apariencias
de goyesco capricho.

Lleg a la Ronda de Valencia. Por all estaba el lugar de la cita. A
mano izquierda, abrase, entre rotas vallas y ruinosos muros, un
callejn, especie de pasadizo, que deba dar al campo. A la entrada, un
montn de escombros obstrua el paso casi por completo. All deba de
ser. Sus ojos, acostumbrados, como los de los felinos, a tales
exploraciones, escudriaron las tinieblas; entre las sombras temerosas
de los muros, en que el miedo finga espantables figuras, crey
discernir una silueta de mujer, y oy que le llamaban:

--Spch! Spch!

Resueltamente internose en el callejn; sus pies se hundan en el barro,
que pareca querer retenerle prisionero, y de vez en cuando, en las
estrecheces del camino, enganchbasele el gabn en un clavo y se
desgarraba; un perro, tras la empalizada de un solar, lanz un aullido
lgubre, agudo, penetrante; otro perro contest de lejos, y luego otro y
otro. Un silbido rasg los aires, y Narciso se detuvo para mirar haca
atrs. Nadie. Delante de l, a treinta pasos, el fantasma femenil se
haba detenido tambin, y pareca esperarle. Como Alvear no se moviese,
torn a llamarle:

--Spch! Spch!

Reanud la marcha. El camino hacase cada vez ms angosto; el barro ms
espeso y pegajoso; ms altos los muros y valladares.

El buscador de lances comenz a sentir miedo. Sera, en vez de la
sempiterna aventura, un lazo que le haban tendido? Mir otra vez hacia
atrs; ahora, en el cuadro de claridad que proyectaba la calle en el
comienzo del sendero, vea destacarse una figura de hombre. Vacil
Narciso un momento; el hombre avanzaba rpido, con firmes pasos, como
persona conocedora del terreno que pisa; la mujer alejbase, sendero
adelante, cada vez ms a prisa.

Narciso Alvear sintiose presa del pnico. Tanteose febrilmente los
bolsillos: nada. Ni revlver, ni arma ninguna. Entonces, vencido de
terror, ech a correr tras la desconocida.




III


Corra, corra, ciego de miedo. Tras l resonaban los pasos de su
perseguidor, cada vez ms firmes y cercanos. El camino hacase
interminable; los muros, ms elevados, acercbanse hasta casi
imposibilitar el paso, y el barro, espesndose por momentos, no le
dejaba correr. Sudoroso, jadeante, agonizando de horror, el fugitivo
senta flaquear sus piernas; tropez con una piedra, y cay de rodillas
en el fango. Alzose trabajosamente y recomenz su carrera de pesadilla.
Los perros aullaban en macabro concierto; tras una nube asom la luna.

No poda ms! Ahora oa distintamente los pasos del incgnito que le
daba caza y casi senta su respiracin. All estaba! Su mano se tenda
hacia l; el fro de la hoja de un cuchillo le desgarraba las
espaldas...

Tropez y rod por el suelo. Intent levantarse y un golpe seco le hizo
caer por tierra nuevamente. Trat de luchar, de defenderse an; pero una
lluvia de palos descargando sobre su cabeza le hizo rodar por tierra con
el crneo partido y la cara baada en sangre.




IV


El asesinato de Narciso Alvear, del gran escritor, del poeta insigne,
justamente al da siguiente del triunfo, alz enorme polvoreda. Los
peridicos hicieron de ello un crimen sensacional, lleno de folletinesco
misterio. Cmo el cadver del dramaturgo haba ido a parar all desde
el hotel en que, amigos y admiradores, le haban dejado? Qu robo, qu
venganza personal, haba sido el mvil del crimen? Y se habl de novelas
extraas, de represalias femeniles, de misteriosos artes de hipnotismo,
de... qu s yo cuntas cosas!

Slo la verdad no se dijo. Para qu empaar la fama de aquel hombre que
a nadie estorbara ya, y cuya memoria a muchos podra servir? La muerte
es el Jordn en que los grandes hombres dejan vicios, debilidades y
cobardas, para entrar limpios de mcula en la inmortalidad.

Poco a poco el crimen, como tantas otras cosas, cay en el olvido. Slo
los jueces siguieron buscando. Aquella Petra de la carta era una pista.
Haba que buscar los cmplices. Si ella poda desaparecer entre la
infinidad de mujeres que pululan en los suburbios, ellos, los asesinos,
haban de ser forzosamente pjaros de cuenta en el hampa madrilea. Los
cmplices!

Y buscaron intilmente, porque de aquel crimen, como de tantos otros
crmenes impunes, los cmplices haban sido la lujuria y la noche.




LA DOMADORA




I


En la glacial serenidad de la atmsfera, reson un alarido de dolor;
luego, otro alarido ms angustioso, ms violento, hendi los aires, y
luego otro y otro. El ltigo fino, nervioso, vibrante, silb para caer
sobre las desnudas espaldas del marinero; torn a serpentear, para
tornar a caer, y luego recomenzar an una vez ms.

Era la vctima un mocetn fornido, cuadrado, de enormes espaldas y ancho
cuello. Desnudo de medio cuerpo para arriba, sus carnes se amorataban
con el fri espantoso del crepsculo rtico, y el ltigo, al caer,
dejaba hondos surcos azules. Tena las manos atadas a un palo del buque,
y la cabeza, pequea y bien hecha, doblada sobre el pecho. Su rostro
estaba cubierto de mortal palidez; los dientes, blancos y fuertes,
clavbanse en los labios, tratando de contener los gritos de dolor, y en
sus ojos, claros y azules, de nio grande, haba una angustia infinita.

Vanda Orloff, tendida en el seudolecho de almohadones y pieles,
contemplaba impasible el martirio de su vctima. Era una mujercita
menuda y frgil, toda nervios. Tena pupilas grises, vagas, borrosas,
con extraos reflejos verdes; el pelo rubio muy claro; la nariz recta;
el mentn enrgico, voluntarioso, y la boca, de labios muy plidos y
delgados, cruel. Un gorro de chinchilla cubra su cabeza casi por
completo, y amplia pelliza de la misma piel envolvala toda. A cada
golpe del ltigo, que repercuta en un aullido desgarrador, angustioso,
del mrtir, sus ojos fulguraban, en sus labios vagaba una sonrisa de
sdica voluptuosidad, y su mano, fina y menuda, crispbase sobre la
noble cabeza de Azor, el dans favorito. A su lado, Georgette Lebrune,
la lectora, esperaba, el libro cado en el regazo, la orden para
proseguir la lectura de _La Agona_, de Lombard, aquel libro lleno de
magnfica crueldad con que recrebase el espritu cansado de la
millonaria. En el rostro vulgar de la asalariada reflejbase tambin
crueldad, pero una crueldad innoble, vulgar, lejana de la refinada
crueldad de la Orloff.

La princesa Vanda Orloff era rusa. Si en vez de en estos tiempos de
prosa hubiese vivido en los siglos remotos, fuera seguramente una de
aquellas princesas legendarias que asombraron al mundo con la
magnificencia de sus crmenes. Tal vez con la tiara de oro y pedrera
aprisionando la cabellera plida, y los senos desnudos bajo los collares
de perlas, de palos, de topacios, de peridotos, de turquesas y
esmeraldas, hubiese pedido la cabeza del Bautista para beber en sus
labios el veneno de la voluptuosidad y de la muerte, o tendida en la
tienda de prpura y oro, cubierta de extraos tejidos de seda, de
vagorosos velos y de cabalsticas joyas, como Soemias, hubirase
estremecido al clido contacto de la sangre de las vctimas. Pero viva
en das de prosa y haba de contentarse con su efmero imperio de
millonaria caprichosa y cruel.

Ya de nia, su mayor placer era martirizar a los pjaros, a los perros,
a todas las bestezuelas familiares; luego, adolescente, asista,
estremecida de voluptuosidad, a los castigos que su padre, borracho,
desptico, violento, acometido de feroces ataques de ira blanca, haca
infringir a los siervos por la menor falta; mujer al fin, sintiose presa
de una lascivia taciturna y cruel, que la posey como un maleficio
diablico. Obligada, por no s qu sombras historias, a abandonar
Rusia, aquel maravilloso _yacht_ fue el misterioso alczar de Is, en que
la hija del Rey viva aprisionada por el demonio de la lujuria. Como
fantasmagrico barco de maldicin, el flotante palacio, en una pesadilla
de sangre, de lascivia y de muerte, vagaba por los mares polares, o
mecase sobre las azules ondas de las aguas del trpico, entre atroces
aullidos de dolor que se perdan en la inmensidad de la noche,
sangrientas voluptuosidades y horas de tedio anonadante.

Unos cuantos mujiks bestiales, serviles por naturaleza y por hbito,
rodeaban a la dama, siendo sus defensores y sus sayones, y el resto de
la tripulacin componanlo marineros rusos, espaoles, italianos u
holandeses, unos pobres muchachos ignorantes y aventureros, que
asistan, mudos de estupor, a los dramas de que eran protagonistas,
incapaces de otra protesta que la de su resistencia fsica, vencida por
el nmero, y la de la huida en la primera ocasin que se ofreca. Cuando
uno de ellos, ms avisado, sabedor de que en el mundo haba jueces y
tribunales de justicia y de que, desaparecido para siempre el viejo
despotismo feudal, la sociedad defenda a los dbiles contra los
caprichos de los poderosos, llenbanle las manos de oro, con oro sanaban
sus heridas, y luego, como a un testigo peligroso, abandonbanle en la
primera ocasin que se ofreca.

La tarde tena una yerta serenidad de maravilla. El mar era azul, muy
claro; en el cielo, casi blanco, el sol, un sol plido y amarillento, se
apagaba lentamente. Al horizonte, grandes montaas de hielo se
perfilaban extraas en las postreras reverberaciones solares, con la
apariencia de quimrico alczar de diamante.

El _Afrodita_, sereno, majestuoso, navegaba sobre las quietas aguas del
mar del Norte. En la proa, Venus victoriosa surga de las espumas, y su
gracia frgil, alada, peda el mar de peridotos, y la lluvia de flores
de una evocacin boticellesca. El _yacht_ era todo blanco, un soberbio
navo creado por la moderna industria para recreo de soberanos y
plutcratas. En la proa, una a modo de tienda de campaa, formada por
tapices de Smirna, chinescos bordados y estofas indias, defenda del
aire helado el divn donde Vanda reposaba, menuda, vibrante, perversa y
cruel como una bestezuela sanguinaria y lasciva.

Prosegua el suplicio. El ltigo sutil, insaciable, pintaba un enrejado
azul sobre las espaldas del desdichado; los msculos, crispados de
dolor, se anudaban, formando gruesos bultos bajo la piel macerada. Los
gritos resonaban, unas veces violentos, estridentes, desesperados;
otras, tenues, apagados, temblorosos como gemidos de agona. Al fin,
salt la sangre; por las espaldas rodaron gruesas gotas rojas. La
vctima, no pudiendo resistir ms, desplomose al suelo, y all qued
retorcido, los brazos en alto sujetos al palo, la cabeza cada hacia
atrs, los ojos cerrados y entreabiertos los labios.

Vanda sonrea.




II


Despert sobresaltada. Su primer pensamiento fue el de un motn, una
sbita rebelda conque la tripulacin sacuda su yugo, y su primer gesto
fue echar mano del minsculo revlver que dejaba siempre a la cabecera
del lecho. Pero la presencia de Georgette y de sus _mujiks_ hzole
comprender su error, y aturdida an por el sueo interrog:

--Qu pasa?

--Que nos hundimos!

Salt del lecho y, rpidamente, sin hacer caso de sus siervos--no ha
sido Cleopatra la que dijo que un esclavo no es un hombre?--, comenz a
vestirse.

No haba concluido an, cuando baj un marinero, mandado por el capitn.
Haba que darse prisa; el barco hundase rpidamente, y antes de media
hora se ira a pique. De vez en cuando escuchbanse sordos ruidos, y en
el silencio sonaba siniestro el gluglu del agua al invadir las bodegas.

Envuelta en amplia bata, por los hombros una gran capa de pieles, Vanda
subi a cubierta. La noche era serena, glacial. En la frialdad azul del
cielo rutilaban las constelaciones rticas y la luna brillaba blanca y
yerta. Al horizonte, las montaas de hielo, heridas por la claridad
lunar, subrayaban fantstica apariencia de aladinesco alczar. Arriba,
sobre cubierta, todo en confusin; el capitn daba sin cesar rdenes, y
los marineros, aturdidos, corran de un lado a otro. Misteriosas
sacudidas agitaban el barco con estremecimientos rpidos, secos,
violentos, y crugidos agoreros sonaban con extraas y escalofriantes
intermitencias de silencio. Las hlices enmudecieron, y el barco,
inmvil, cabeceaba de tarde en tarde.

La rusa encarose con el capitn, que sala a su encuentro. Con voz dura,
metlica, en que vibraba concentrada ira, interrog:

--Qu sucede?

--Que hemos chocado contra un banco de hielo y nos hundimos.

Ella asegur, con ese impulso dominador de los que no estn hechos a
encontrar obstculos:

--No puede ser! Tiene que salvarnos.

Con serenidad afirm el marino:

--Es imposible. He hecho cuanto haba que hacer, y todo ha sido intil.

--Tiene usted que salvarnos, tiene usted que salvarnos!--repiti Vanda
tercamente.

El se encogi de hombros, y sonri entre compasivo e irnico.

Irritada, enloquecida por aquella fuerza mayor que su voluntad,
apostrofole:

--Usted tiene la culpa! Todo esto es un complot, una traicin para
perderme!

Torn l a sonrer. Ms enfurecida amenaz:

--Cuando lleguemos a tierra, sabr castigar las traiciones...

--Dudo que llegue nadie--interrumpi su interlocutor--. Yo por lo menos
no llegar.

Como para subrayar la trgica verdad de sus palabras, las luces del
barco apagronse sbitamente.

--El agua ha entrado en las mquinas--afirm sin perder su serenidad--.
Dentro de diez minutos, nos iremos a fondo. Si quiere salvarse, es
preciso que se embarque enseguida en un bote.

Vanda baj la cabeza, vencida, y encaminose a la escalerilla. Cuatro
marineros, empuados los remos, esperaban ya en una barca. La Orloff
descendi seguida de Georgette. Azor salt tras ella.

Los remos hendieron el agua, y el barco comenz a alejarse. El agua
estaba quieta, tranquila; veanse flotar en la argentada superficie
grandes pedazos de hielo, semejantes a cristalinos sillares que
espantable tormenta hubiese arrancado a los palacios de la sumergida
ciudad de Is. Una calma impasible pesaba sobre el mundo; una calma de
muerte, impregnada de trgica desolacin; y as, bajo la luz blanca de
la luna, haba en la noche un horror de planeta muerto, una sensacin
abrumadora de cesacin, de acabamiento. De improviso, viose a lo lejos
la fantasmagrica silueta del _yacht_ que se alzaba un instante, y
luego, rpido, hundase en el mar. Formose un remolino horrendo, las
aguas rugieron con hervor de catarata, la barca corri hacia el sombro
abismo abierto para tragar al buque. Vanda, cada en el suelo, sinti
una sacudida espantosa; luego, violentos cabeceos; oy un grito de
angustia suprema, y al fin, nada. El Afrodita haba desaparecido, y el
bote flotaba quieto sobre el mar de hielo. En la catstrofe habanse
perdido los remos, los vveres y el timn. En sus sitios, los cuatro
marineros yacan aturdidos por el golpe. Georgette Lebrun haba
desaparecido tragada por las aguas. Azor nadaba junto al barco.




III


Amaneca. Por tercera vez, en el cielo blanquecino elevbase el sol, un
sol anaranjado, fro, sin rayos ni reverberaciones, que pareca prximo
a apagarse de un momento a otro. El barco, perdidos remos y timn,
permaneca quieto, con la rara apariencia de una nave de juguete sobre
la luna de un espejo. Las aguas yacan inmviles, grisosas; grandes
masas de hielo flotaban a flor de agua; entre ellas veanse sobrenadar
trozos de maderamen del sumergido buque, y al horizonte alzbase, roto
en prodigiosas estalactitas, como gtica catedral de embrujamiento, el
muralln de hielos. Tirados en el suelo, envueltos en trozos de manta y
en sus recios capotones, dorman tres marineros; en la proa uno solo,
sentado, los codos en las rodillas y el rostro en la palma de las manos,
contemplaba desesperadamente la solitaria lejana. Era el mismo mocetn
que Vanda hiciera azotar das antes; pero ahora en su rostro juvenil,
demacrado por el hambre, la boca se crispaba en una mueca de ansiedad y
de deseo, mientras los ojos de nio grande, redondos, dilatados de
horror, tenan una mirada cruel de carnvoro, de hiena desenterradora de
cadveres. Aquellas pupilas, antes tan claras y luminosas, parecan
arder en un fuego malsano de vesania, mientras la boca se estiraba
voraz, insaciable.

La rusa, que, sentada en la proa, dormitaba extenuada por el largo
ayuno, tiritando bajo sus pieles, abri lentamente los ojos, y sus
miradas mortecinas tropezaron con las pupilas fosforescentes del hombre.
Sinti miedo, el oscuro presentimiento de no s qu nuevo y horrendo
peligro, y rpidamente abati los prpados fingiendo dormir. Su rostro
estaba muy plido, como traslcido, con tonos amarillentos de marfil
antiguo; sus labios de coral, descoloridos, se fruncan amargos, y dos
crculos crdenos cercaban sus ojos, que se apagaban en la atroz
maceracin de sus mejillas.

Mientras, un fuego maldito arda en las entraas del marinero; el hambre
de pan y la sed atroz, rabiosa, exasperada por algunos sorbos de agua
salada que en su ansiedad haba bebido, transformbanse en un hambre de
amor furiosa, vesnica, en una lujuria ardiente, monstruosa, una
lujuria macabra de bestia agonizante en un largo suplicio de ardores.

Cautelosamente deslizose hacia la hembra, con gestos perezosos, sordos y
lnguidamente elsticos de fiera prxima a caer sobre su presa.

Vanda sinti una respiracin quemante, que le abrasaba el rostro en un
aliento seco, febril, con emanaciones violentas de animal feroz. Dio un
grito e intent incorporarse; pero era ya tarde. El marinero, cado
sobre ella, forcejeaba por poseerla. La vctima defendase furiosamente
en un esfuerzo supremo de ira, con los dientes y con las uas, mientras
l, enloquecido, indiferente para el dolor, luchaba por aduearse de su
presa. En la yerta paz de la maana, el grupo brbaro y trgico,
debatase con violentas sacudidas, que hacan oscilar la barca como si
fuese a volcar. Azor, a los pies de su ama, grua amenazador y enseaba
los dientes. Al fin, Vanda, sintindose desfallecer, pidi auxilio:

--Aqu, Azor!

El perro, de un salto, cay sobre el forzador. Entonces sucedi algo
horrible, inhumano; hombre y bestia formaron confusa masa; agitbanse en
tremendas palpitaciones de dolor; los dientes fuertes y blancos del
animal, hicieron presa en una mano de su enemigo, que lanz un alarido
de dolor, pero no renunci a la batalla, sino que, por el contrario,
enardecido, batallaba por estrangular al perro.

Los otros tres marineros se haban despertado, y estpidos,
embrutecidos, contemplaban, con los ojos agrandados de estupor, la
salvaje refriega. La herona, perdidas las fuerzas, medio desnuda,
permaneca rota, tronchada, incapaz de moverse. Y hombre y perro
forcejeaban cados en el suelo, mientras el barquichuelo, en los
furiosos vaivenes, se inclinaba hasta tocar con sus bordes el agua que
se deslizaba en l helada y cortante. Al fin consigui el hombre sacar
un cuchillo y de un tajo abrir el vientre al perro, que cay pesadamente
al mar. Entonces, echose sobre la mujer, y ensangrentado, jadeante,
chorreando agua, la posey.




IV


Borrachos de aguardiente, presas de un ataque de delirio, chillaban,
aullaban, cantaban y trataban de danzar unos danzones absurdos que
hacan tambalearse la barca como si fuera a hundirse. Eran como
fantasmas trgicos, como esos monstruosos fantasmas que contemplamos en
las lminas de los libros que anuncian el fin del mundo por la locura
universal. En las caras lvidas, consumidas, llenas de oquedades, las
bocas se deformaban en muecas de agona, en muecas de una ansiedad plena
de angustia, mientras las pupilas, dilatadas de espanto, tenan una
fijeza de obsesin. Al travs de los trajes desgarrados, aparecan los
cuerpos esquelticos, las carnes amoratadas por el fro...

Ni un soplo de aire, ni un barco en lejana, ni una ola, nada. Una paz
suprema, una paz de mundo muerto, una paz de cataclismo que dorma en
las aguas quietas, en el cielo blanco, en el sol que se extingua y en
el muro infranqueable de hielos.

Cinco das ms! Cinco das de fro, de hambre, de soledad y de calma,
sobre todo de calma, de aquella calma yerta, abrumadora, lapidaria,
calma de panten, de cementerio, de _nada_, peor que todas las
borrascas!

Vanda, acurrucada en un rincn, sentase morir. La haban robado sus
pieles, sus mantas, sus abrigos, y, aterida, agonizaba de fro, de
hambre y sed. Desde la maana de su derrota, haba perdido todo
prestigio, aquella superioridad que le daba fuerzas para imponerse y
vencer, y convirtiose en una bestezuela humilde y castigada, en que
saciaban todos sus apetitos, sus crueldades, su brutalidad, la ferocidad
inconsciente que dorma en sus almas primitivas, todas aquellas cosas
exacerbadas hasta el paroxismo por el hambre.

Como una cohorte de endemoniados chillaban y brincaban con gestos
violentos, inacordes, rotos, bruscos; sus voces roncas se apagaban o se
agudizaban extraamente. John, el ms joven, cay al suelo y sigui
retorcindose. Sus gestos siguieron siendo los mismos, pero hacindose
ms violentos; sus risas trocronse en aullidos, y palpitante de dolor
comenz a llorar, apretndose el estmago con las manos. Nino, el
italiano, el ms viejo de los cuatro, un esqueleto apergaminado, con dos
fuegos fatuos por pupilas, propuso:

--La ley del mar!

Todos asintieron, resignados de antemano con su suerte:

--La ley del mar!

De improviso, una voz opaca propuso:

--Ella primero!

--Es la ms blanca!

--Ser la ms tierna!

--La ms sabrosa!

--Ella tiene la culpa de todo!

El coro de voces alzbase amenazador en el silencio de la naturaleza,
como la fatdica condenacin de la asamblea de una tribu primitiva.

Avanzaron hacia ella. Loca de terror, Vanda les vio llegar. Un grito
supremo se escap de su pecho, y desmayose, mientras el cuchillo se
alzaba sobre su cuello y unos dientes impacientes se clavaban en su
brazo.




EL DEMONIO


    O toi, le plus savant et le plus beau des Anges,
    Dieu trahi par le sort et priv des louanges,

     Satan, prends piti de ma longue misre!

     Prince de l'exil, a qui l'on a fait tort,
    Et qui, vaincu, toujours te redresses plus fort,

     Satan, prends piti de ma longue misre!

    Toi qui sais tout, grand roi des chosses souterraines,
    Guriseur familier des angoisses humaines,

     Satan, prends piti de ma longue misre!

    Toi qui, mme aux lpreux, aux parias maudits,
    Enseignes par l'amour le got du Paradis,

     Satan, prends piti de ma longue misre!

Les Letanies de Satan,

Charles Baudelaire




EMBRUJAMIENTO


     El Laberinto estaba ingeniosamente distribuido en numerosas salas y
     pasadizos tortuosos, con el fin de ocultar a todas las miradas el
     vergonzoso ser nacido de un deseo inmundo y que haba de habitar
     all.

OVIDIO


I

EL PARAISO TERRENAL


Llegaron a la cada de la tarde, un da en los comienzos del mes de
septiembre. El crepsculo esplndido tena en su magnificencia y en su
lentitud la tristeza punzadora de ciertas agonas, esas inacabables
agonas de muchachas plidas y soadoras a que la tisis presta la alegre
neblina de las ilusiones color de rosa. En el ambiente tibio, perfumado
de aromas campesinos, haba una gran quietud. Envuelto en la claridad
violeta del atardecer, el parque dorma callado y misterioso. Era un
viejo jardn galante cortado a la moda del siglo XVIII. Tena sus
macizos de arrayanes, sus calles de rosales, su laberinto de bojes
poblado de rotas estatuas de mrmol, su fontana, su cascada y sus
puntiagudos cipreses que destacaban las negras siluetas sobre la palidez
dorada del cielo. Pero el tazn de mrmol, presidido por alado Cpido,
estaba vaco ahora; las aguas del estanque hallbanse cubiertas de
nenfares, y slo algunos tardos capullos blancos florecan en un
rosal. Al travs de los rboles, divisbase la casa con su presuntuosa
arquitectura Luis XV, sus conchas, hojarascas, lazos y delfines, llena
de desconchaduras, de manchas de humedad y de goteras que trazaron
negros surcos sobre el gris sucio de la fachada. Las persianas cerradas
estaban rotas, despintadas, carecan de listones, y la puerta, adornada
de clavos, permaneca hermtica, con goznes y cerrojos oxidados por las
injurias del tiempo, de la lluvia y del sol, en complicidad con el
abandono.

Mientras Jos Ignacio forcejeaba por abrir la verja, Fuencisla, sentada
sobre la pila de muebles y enseres que constituan su ajuar,
contemplaba, por encima de los barrotes, un poco pasmada, entre
sorprendida y satisfecha, la hermosura del parque, que se destacaba,
como un oasis, en la hosca aridez de la llanura.

Vulgar, insignificante, resultaba Fuencisla el tipo perfecto de la
muchacha pueblerina que pasa de nia a mujer, de mujer a madre, de madre
a abuela, pare, cra, muere en perenne negacin espiritual, sin pensar
jams, sin afrontar la vida, acostumbrada a obedecer al padre, al
marido, al hijo, sin haber tenido sino una confusa nocin de las cosas.
Corta de estatura, apaisada, los senos flojos y el vientre hinchado bajo
las frondosas sayas de percal y los refajos multicolores, tena el pelo
rubio, lacio, spero; el cutis tosco, malsano el color, los labios
resecos, resquebrajados, y los ojos grisosos, opacos, un poco embobados,
siempre bajos en humildad temerosa. El ademn muy tmido, muy apocado,
las manos perennemente cruzadas sobre la tripa, las pupilas abatidas al
suelo y el andar de palmpedo, acababan de subrayar la vulgaridad casi
animal del conjunto. Su habitual estupor redoblrase ahora ante la grata
sorpresa. Las ocho leguas que haba tenido que recorrer, la idea,
abrumadora para su apocamiento, de alejarse del terruo nativo, la voz
popular que marcaba con un estigma de brujera la posesin y, sobre
todo, las palabras de la _seora_, haba llevado la turbacin a su
harto cuitado nimo. Incapaz de ninguna rebelda, no haba chistado,
limitndose a obedecer, a ojos cerrados, la voluntad de Jos Ignacio.
Pero en el largo viaje, en los interminables parntesis de silencio que
su seca concisin castellana dejaba entre sobrios y espaciados perodos
de conversacin, el temor, un temor supersticioso, asaltbale y vea las
futuras noches del casern como algo pavoroso en que brujas y trasgos
celebraran ritos, danzas y concilibulos, y el mismsimo diablo
vendra, con su rabo y sus cuernos, a infestar la casa de olor a azufre.

Pero Jos Ignacio llegaba ahora a interrumpir sus divagaciones. Con tipo
clsico de labriego castellano, enjuto, anguloso, la color cetrina, los
ojos negros y negro y ondulado el pelo; el servicio militar y la
permanencia en las ciudades (capitales provincianas de segundo orden),
habanle hecho perder algo del empaque rural, aunque dejndole intacta
la alegra inocentona, una alegra meramente fsica que le llevaba a
pueriles expansiones de contento, traducida en gritos, brincos y
cabriolas, que contrastaban extraamente con su mutismo de otras veces.

--Ves qu hermoso?

Mara Ignacia sonri:

--S que es hermoso!

--Llevaba razn?--interrog con sobriedad muy de la tierra de Castilla.

Limitose ella a volver a sonrer con su sonrisa franca de humilde
contento.

No es que ella se hubiese metido a discutir con su marido la
conveniencia del viaje; su respeto de mujer y esposa cristiana vedbale
tal gnero de polmicas; pero en la vaguedad de un gesto, en la
indecisin de sus escasas palabras y, sobre todo, en el silencio turbado
con que responda a las razones que l hallaba para aquel xodo, lea
Jos Ignacio la inquietud de su compaera.

Haca ya das que la marquesa--la noble dama recluida desde la muerte de
su hija, de aquella divina Mara de la Luz, apenas entrevista rara vez
envuelta en un aura de elegancia y de perfumes, en su casern con
honores de palacio y de convento, en Segovia--, habales llamado a su
presencia. Era Fuencisla hija de antiguos servidores campesinos; madrina
de su boda fue _la seora_, y contenta de su modestia y recato siguiola
protegiendo despus de su matrimonio. Pese a la proverbial bondad de la
dama, no las tenan todas consigo cuando se encaminaron al palacio.
Aquella aristcrata severa, perpetuamente enlutada, que no sala jams
como no fuese para hacer una breve visita a _El Laberinto_, la finca
trgica en que Mara de la Luz se agost en plena juventud, les impona.
Endomingados, Fuencisla con su atavo de paleta, sus huecas sayas y su
pauelo de colorines; Jos Ignacio, ms currutaco, a la moda de la
ciudad; iba ella francamente cohibida con susto de pjaro bobo; l
fingiendo, con chabacanera aprendida en la vida cuartelera, un aplomo
que estaba muy lejos de sentir. La seoril magnificencia del palacio,
sus enormes galeras, sus salas adornadas de tapices, cuadros sagrados y
retratos de familia, acabaron de hacerles perder todo aplomo. Pero
cuando su turbacin lleg a los lmites del atontamiento, fue cuando se
vieron en presencia de la _seora_. Aquella dama, plida y triste, con
su sola presencia impona respeto. Ms que vieja, envejecida por una
secreta pena que haba derrumbado de un hachazo el robusto tronco de su
vida, permaneca hundida en su butaca, la nevada cabeza cada sobre el
pecho, y las manos, largas y blancas, de una aristocrtica elegancia
insuperable, abandonadas sobre el regazo como dos prodigiosos juguetes
de marfil. Tena la palabra afectuosa, impregnada de un vago matiz de
desencanto y amargura, el gesto reposado y la mirada dulce, pero con una
bondad indiferente, impuesta, como si su espritu estuviese muy lejos y
no le importase nada de nada.

Habales hablado llena de benevolencia afectuosa. Ella necesitaba un
guardin para su finca _El Laberinto_, y haba pensado en ellos. El
cargo era cmodo, bien retribuido; la casa del guarda, buena, alegre;
quizs necesitase alguna obra, pero ella hara lo que fuera menester;
trabajo ninguno, puesto que no quera que se tocase ni a una flor, ni a
un rbol, ni a una piedra, (y esto significaba condicin especialsima)
ni muchsimo menos a la casa. Aquello era terreno vedado; jams bajo
ningn pretexto pondran los pies all. Ellos tendran las llaves, pero
slo para un caso de fuerza mayor, un incendio, un robo... Por lo dems,
podan aprovechar los frutos del huerto, amn de, en el pequeo corral
asignado al guarda, tener gallinas, cerdos, etc., etc.

Jos Ignacio, gorra en mano, escuchaba. Haba ido recobrando el aplomo
y, ante la perspectiva del paraso de ociosidad y bienestar que se le
abra, contena a duras penas su jbilo. Fuencisla, azorada, escuchaba a
su protectora con un sentimiento de honda gratitud, que su timidez le
impeda exteriorizar.

La marquesa quedseles mirando un instante, y luego interrog:

--Qu les parece a ustedes?

La paleta balbuce palabras incomprensibles de agradecimiento. El, ms
resuelto, asegur:

--Qu quiere la seora que le digamos? Que bendeciremos su nombre toda
la vida!

La dama interrumpi sus efusiones. Antes de decidirse era preciso
decirles toda la verdad, los inconvenientes lo mismo que las ventajas,
su conciencia se lo exiga as. No es que creyese en semejantes
historias; sin embargo, ya saban ellos la fama de hechicera que pesaba
sobre _El Laberinto_. Cosas de la leyenda popular, as todo... Para ella
fue cruel aquella finca, pero...

--La muerte de mi pobre hija, de mi pobre Mara de la Luz, ha sido la
desgracia ms grande de mi vida, y all tuvo lugar. Verdad que all o en
otro lado hubiese muerto lo mismo, si esa era la voluntad de Dios.
Nunca, nunca sufrir nadie lo que yo sufr con la agona de mi Mara de
la Luz; pero, como Job, he repetido muchas veces: Dios me lo dio, l me
lo ha quitado; bendito sea su Santo Nombre. Quin sabe si fue mejor
para la salud de su alma que El se la llevase que no siguiera vegetando
en este mundo de miseria y pobredumbre.--Hizo una pausa, durante la cual
esforzose en dominar su emocin, y luego con voz serena prosigui:--En
fin, esto son penas mas, que slo a m ataen; lo dems, todas esas
historias de fantasmas y apariciones me parecen paparruchas indignas de
un buen cristiano...

Al verles silenciosos, al parecer perplejos, encarose con ella:

--Conque, Fuencisla, usted dir?

La lugarea balbuce:

--Yo, lo que la seora mande.

--No, no!--protest con gran viveza la marquesa--. Yo no mando nada.
Eso ustedes sabrn lo que les conviene.

Con su incapacidad volutiva, tuvo Fuencisla un ademn de renunciamiento:

--Yo, lo que quiera Jos Ignacio.

Apresurose l a aceptar. No haba de querer? Ya lo creo que quera!
Todo aquello de duendes y embrujamientos era como los fantasmas de la
sbana que paseaban de noche por las calles del pueblo; pamplinas para
asustar nios y viejas. Fantasmitas! Ja! Ja! El hombre que tiene
buenos puos y la conciencia tranquila no tiene que temer ms que a
Dios.

Y as qued cerrado el trato.

Ahora, despus de meter el carro dentro del jardn, trataba Jos Ignacio
de abrir la puerta del pabelln que les estaba asignado. Al fin, tras
no pocos esfuerzos, consiguieron franquear el paso y penetraron los dos.
La primera impresin fue de tristeza: una atmsfera de humedad, de moho,
de casa de larga fecha abandonada, salioles al encuentro. La primera
estancia del pabelln era una rotonda minscula, imitacin de esos
vestbulos de mrmol que se ven en algunos pabellones de caza y lugares
de descanso de los parques reales. Columnas de estuco imitando mrmol
rodeaban el cuarto, rotas, descascarilladas, maltrechas; grandes
hornacinas en que faltaban las estatuas hendan las paredes
resquebrajadas, manchadas de musgo; unos lienzos despintados pendan en
jirones del techo, mientras que las araas tejan entre ellos sus
colgantes puentes de seda. Pasaron al segundo cuarto, una habitacin
pequea, baja de techo, con muros encalados y una gran ventana de
cuarterones que cerraba mal. Tambin la humedad y el abandono haban
hecho estragos en ella; pero as todo, era ms habitable. Junto a esta
salita haba una alcoba muy pequea, y luego la cocina. Y nada ms.

Oprimida por una sensacin angustiosa de tristeza, por un presentimiento
supersticioso de desgracia, Fuencisla sinti el ansia de respirar aire
puro, y sali al jardn. El ambiente tena una dulzura adormecedora; de
la tierra suba un vaho de humedad lleno de fragancias, y en un triunfo
de aromas moran las ltimas rosas en los rosales. Sobre el cielo azul
oscuro, espolvoreado de estrellas, destacbanse las negras siluetas de
los cipreses. Y por detrs de los cipreses, enorme, redonda, teida de
sangre, una luna de presagio nefasto se alzaba lentamente.




II

EL CUARTO VEDADO

Apoyada en el quicio de la puerta, Fuencisla la mir alejarse. Su
silueta de aquelarre destacbase enrgica sobre el fondo hostil de los
campos resecos por la helada. El cuerpo sarmentoso, cubierto de hrridos
harapos, de la pordiosera; sus ojos de lechuza y su nariz ganchuda,
armonizaban a maravilla con la llanura yerma, cerrada al horizonte por
abruptos riscos.

Aquella era la nica bruja que viera en los dos meses transcurridos
desde su instalacin en _El Laberinto_, y los nicos fantasmas los que
ella evocaba con las extraas historias que Fuencisla no acababa de
comprender, pero que le apasionaban con un inters malsano. Giraban
siempre aquellas consejas en torno de los mismos hechos, la historia del
abandonado palacete y de la agona misteriosa de sus dos dueas, la
condesa Agueda y Mara de la Luz. Mezclbanse en ambas briznas de verdad
con follajes de fantasa popular, excitadas por arcaicas prcticas de
hechicera.

La condesa Agueda haba vivido en los tiempos del Rey Sol. Su belleza
peregrina triunf en la corte galante, escandaliz un poco la severa de
Madrid, y, despus de algunos pecaminosos devaneos, un da, sin saberse
la razn, tal vez porque su femenil vanidad resistase a doblar el cabo
de la edad peligrosa, fue a sepultarse en aquella olvidada posesin. De
su retiro fantaseose mucho; achacronle no s qu misteriosos tratos con
el Malo, y crearon sobre ella una leyenda oscura, poblada de ritos
nefandos. Algunos muequillos de cera, ms unos cuantos libros de
ciencia secreta y de prctica libertina, hallados despus de su muerte,
acrecentaron las sospechas. La violacin de su sepultura y la
desaparicin del cadver acab de confirmar la leyenda.

Mara de la Luz fue la hija nica de la marquesa. Nobles y plebeyos
cayeron siempre prisioneros en las redes del raro encanto de sus ojos
verdes y de la sonrisa de sus labios rojos. Tena una blancura de nardo
y una gracia efmera, voluptuosa y apasionada. Tambin ella anduvo
errante por el mundo, por los mgicos parasos que crearon los hombres,
y tambin en una hora de hasto vino a refugiarse en _El Laberinto_.
Qu misterioso drama tuvo lugar entre los muros del palacete? Slo la
marquesa y algunos viejos servidores fueron testigos, y ellos callaron
hermticos. Mara de la Luz diose a adelgazar y a entristecerse. Una
melancola invencible apoderose de su nimo, sus ojos se enturbiaron y
acab por desaparecer. Slo muy de tarde en tarde veasele pasear
lnguidamente por el jardn, cubierta de joyas, de sedas y de encajes.
Por el pas comenz a correr la especie de que la hija de la Marquesa
estaba poseda por el Enemigo. Qu lbricas escenas de locura
desarrollronse entre la damisela y el cornudo amante de las pezuas de
chivo? Nadie pudo averiguarlo jams. Unicamente veanse entrar primero
sacerdotes y frailes que exorcizaron a la poseda y conjuraron a Belceb
entre bendiciones y rociadas de agua bendita, para que abandonase su
vctima; ms tarde oyronse los gemidos de la infeliz, y los mdicos
sucedieron a los religiosos; la casa ola a ter, a antistrica, a
azahar. Un odo indiscreto crey percibir un da, al travs de la puerta
de un saln, en que la madre y cierta eminencia mdica celebraban
consulta, la voz de la dama, que desgarrada, amargusima, pero firme,
enrgica, con resolucin inquebrantable, afirmaba entre dos sollozos:
Nunca! Antes muerta! Antes tendida en una caja entre cuatro luces!
Al fin, las visitas facultativas cesaron, y sobre la casa impregnada de
fuerte olor a medicamentos cay un silencio de plomo, slo interrumpido
por los aullidos de la enferma a quien el _Malo_ visitaba a las altas
horas de la noche. Era algo horrendo, trgico y misterioso, aquella
ficticia calma, en que los alaridos angustiosos, desesperados, se
alzaban como una imploracin suprema en la paz nocherniega. Y mientras
la marquesa, horrorizada, rezaba, Mara de la Luz revolcbase en el
lecho en atroces crisis de vesania. Al fin muri.

La bruja contaba estas historias entreverndolas de pintorescos
episodios, de filtros y bebedizos, de frmulas cabalsticas y conjuros
mgicos, en que se mentaba a Salomn, el de la sabidura, y a los Magos
de Oriente; hablando de Felipe II y del Prncipe de los Hechizos, de
nuestro seor el Rey D. Carlos II y de otras cosas de romance. Y en el
fondo de todo aquello, viva una fuerza desconocida, violenta,
arrolladora, capaz de agostar las vidas en flor.

Fuencisla haba vuelto a la puerta del pabelln, y la labor abandonada
sobre el regazo, permaneca perdida en penosa divagacin, presa de
aquellas perezas anonadadoras que le acometan desde que habitaba all.

La maana tena melanclico encanto en el gran parque. Sobre el cielo
muy plido, casi blanquecino, brillaba el sol amarillento. Los rboles,
desnudos de sus galas, se retorcan esquelticos; slo los cipreses
dibujaban sus pinculos sobre el fondo claro.

Fuencisla estaba triste. Acostumbrada al trajn de una casa de labor, en
que hallbase rodeada de gente a todas horas del da y de la noche, en
que meca su sueo el hervor de la respiracin, de sus bestias
familiares, aquella soledad y aquel silencio augusto le inquietaban.
Imgenes turbadoras, desconocidas hasta entonces, poblaban sus sueos;
las historias evocadas por la mendicante despertaban en ella una
curiosidad malsana, un deseo vago de saber, y la casa, con su prestigio
de misterio, le tentaba. Qu habra detrs de aquellos postigos siempre
cerrados? Por qu la prohibicin de la seora? Qu huellas quedaban de
la condesa Agueda y sobre todo de Mara de la Luz? Senta algo que
alentaba cerca de ella. El _Malo_ la rondaba; algunas veces, en medio de
la calma de la noche, se despertaba sobresaltada creyendo sentir en la
piel el roce de unas velludas patas de macho cabro y vea fosforescer
en las tinieblas dos ojos de brasa que le miraban anhelantes. El
misterio habase instalado en su pacfica existencia y senta tras la
puerta cerrada algo terrible que le atraa con fuerzas sobrehumanas.
Hasta su mismo amor por Jos Ignacio habase modificado; ya no era aqul
cario de bestia humilde y resignada que se traduca en un trabajo
abnegado y un renunciamiento absoluto de la voluntad; era una ternura
temerosa y apasionada que la haca apretarse contra su pecho y buscar
sus labios en un anhelo infinito de algo desconocido.

El tambin se transformaba insensiblemente; la vida sedentaria, en vez
de aumentar su caudal de salud y de alegra, pareca mermarlo
insensiblemente, haciendole ms reconcentrado y taciturno. En vez del
jbilo ruidoso, un mucho pueril, de sus antiguas horas de asueto,
invadale una melancola soadora, que le haca arrastrarse
trabajosamente al travs de las interminables horas de los das de
inaccin. Permaneca largos espacios de tiempo sin hacer nada, con los
ojos perdidos en el vaco, o bien lea trabajosamente en unos novelones
hallados en un desvn. Haba perdido el apetito magnfico de hombre
primitivo y su sueo no era ya el descanso reparador del que trabaja
doce horas, sino un dormir ligero, poblado de sueos y cortados por un
despertar sobresaltado. Su cario por Fuencisla haba sufrido la misma
trasformacin que todo lo dems, y en vez del impulso fuerte del macho,
era una cosa nueva, morbosa, llena de temores, de vagas delecciones.

Hacia ella vena ahora Jos Ignacio al travs del jardn, la escopeta al
hombro y el sombrero cado a la nuca. Haba adelgazado y palidecido. Su
cara cetrina habase demacrado y los huesos se marcaban enrgicos sobre
la piel curtida. Los ojos negros brillaban en el fondo de las oscuras
cuencas y los labios contraanse en una extraa tirantez de todos los
msculos. Pareca agitado, inquieto, y como Fuencisla, pronta ahora a
todas las inquietudes, le interrogara con sobresalto, explicaba lo
sucedido.

Vena de dar su vuelta por el jardn, como, vigilante, haca todas las
maanas, y haba encontrado cada en el suelo una de las persianas de la
casa. No saba si habra sido el aire el que arrancara las carcomidas
maderas o era obra el desaguisado de nocturnos merodeadores; ni tampoco
la significacin que poda tener: si eran los preliminares de un golpe
de mano o si slo representaba un desperfecto fcilmente reparable.
Estaba inquieto, perplejo... Detvose ante su mujer, como solicitando
consejo, ms por una de esas frmulas que nos dicta la perplejidad que
por esperar ayuda de la sobria castellana.

Pero por primera vez en su vida la lugarea mostr su voluntad. Era
preciso entrar en la casa, asegurarse de que no haban robado nada, y
hacerse cargo de lo que all haba, para futuras contingencias. Dios
sabe lo que podra pasar el da menos pensado!...

--Ya ves, la seora prohibi...--comenz a argir l.

Pero con extraa videncia Fuencisla adivin los peligros. Como si el
velo de ignorancia que cubra su pensamiento hubirase rasgado de
improviso, hall argumentos y palabras con qu expresarlos. Si por
casualidad se efectuaba un robo, qu responsabilidad para ellos! Ni
aun sabran lo que se haban llevado los asaltantes! La prohibicin eran
palabras de la seora, que exageraban su pensamiento; lo que ella haba
querido indicar era que no curioseasen, ni se metiesen all; pero de eso
a que no vigilaran... Si la misma seora les haba dicho que slo
entrasen en _un caso de fuerza mayor!_

Fuencisla segua hablando; sus palabras hallaban eco en un secreto deseo
que germinaba en el espritu de Jos Ignacio. Al fin se dej vencer,
murmurando:

--Vamos all!

* * *

Al penetrar en el pequeo peristilo que serva de entrada a la casa, los
dos estaban turbados y sentan latir precipitadamente su corazn. Como
los nios de los viejos cuentos que, desobedeciendo a su protectora,
abren la puerta del cuarto prohibido y se disponen a explorar el
misterio, ellos, faltando a la consigna, iban a violar el secreto de
aquellos muros, tras los que dorman las dolientes sombras de la condesa
Agueda y de Mara de la Luz.

La antesala constituala minscula rotonda, rodeada de columnas de
madera con capiteles dorados. El suelo estaba cubierto de baldosines
blancos y negros, y en el centro, un Narciso de mrmol se miraba en el
tazn de una fuente sin agua. Haba all violento olor a cueva, que daba
sensacin penosa de abandono. Abrieron otra puerta, disimulada con
espejos, y hallronse un gran saln flanqueado por dos gabinetes
tapizados de damasco, uno rosa, azul el otro, frvolos y galantes, del
que slo les separaban unos arcos sostenidos por pilares de cartn
piedra. Era una sala grande y baja de techo. Las paredes, pintadas de
blanco y adornadas con ureas conchas y hojarascas, obedecan a la moda
del reinado de Luis XV. Retratos de empolvadas damas y amanerados
paisajes imitacin de Watteau y de Boucher, pendan de rojos cordones de
seda; una Anftrite surga de las aguas en un medalln que ocupaba el
centro del techo; barrocas consolas sostenan relojes y candelabros de
bronce; los muebles, de dorada talla, eran grandes y amazacotados, y un
piano de cola, con el teclado abierto, apareca semicubierto por
chinesco bordado. Pero el tiempo inexorable, ayudado por el abandono,
haba puesto su ptina a las cosas; las paredes amarilleaban; los
dorados, descascarillados y maltrechos, haban perdido su esplendor; el
suelo, de incrustadas maderas, luca opaco, mortecino; los retratos y
los paisajes estaban cubiertos por neblinosa capa de polvo; Anftrite,
arrugado el lienzo, apareca deforme, monstruosa; los pndulos, parados
en horas enigmticas, inquietaban como mudas interrogaciones, y en las
barrocas jardineras, las plantas resecas tenan un aspecto de desolacin
opresora.

Mientras Fuencisla, extasiada ante aquel lujo amable que contrastaba con
los santos macilentos, los oscuros estrados y los cortinones evocadores
de fantasmas del palacio de _la seora_, nica riqueza que ella conoca,
pasmbase de todo y en pltora de curiosidad olvidaba inquietudes, Jos
Ignacio pasaba revista a las ventanas. Todas estaban intactas, cerradas
las verdes persianas. All no era, pues. Volvi al lado de su mujer:

--Aqu no ha sido... Y ahora qu hacemos?

Torn ella a hallar los acopios de la desconocida resolucin que, como
una fuerza ciega de la naturaleza, le impela:

--Seguir, a ver dnde...

--Pero...--objet l, vacilante.

Ella, ms resuelta, animole:

--Ya... Una vez dentro, ms vale seguir adelante.

Salieron a un gran pasillo, decorado ms modestamente, pero formando un
todo armnico con el saln y los gabinetes. All haba dos puertas ms.
Abrieron la primera: el cuarto de la marquesa. Fro, triste, conventual,
tena por todo mueblaje una cama con colgaduras de seda granate, una
cmoda y algunas sillas, y por todo adorno un enorme Cristo. Tampoco
all faltaba nada. Volvieron a encontrarse en el corredor. Ante la
puerta de la otra habitacin se detuvieron. La voz de Fuencisla tembl:

--El cuarto de Mara de la Luz.

Sbitamente asustado, comenz a balbucear:

--Mejor era dejarlo.

--No, no! Aqu debe ser.

El pestillo habase enmohecido y costaba trabajo franquear el paso. Al
fin, en un esfuerzo de Jos Ignacio cedi, y los batientes se abrieron
de par en par. Retrocedieron aterrados, esperando quiz una sbita
aparicin infernal. Pero si el demonio estaba all, no se dign
presentarse, y slo se ofreci a sus ojos el ms bello nido de amor que
una mujer artista y apasionada pudo soar. Era all donde faltaba la
persiana, y a la luz plida que se filtraba al travs de rosadas
cortinillas, apareca el refugio en ideal sinfona de sedas plidas,
terciopelos y gasas... Sobre los muros de damasco rosa muy plido,
antiguos Malinas formaban pabellones sostenidos por dorados lazos.
Grabados libertinos del siglo XVIII (bellas damas de Versalles
sorprendidas en el recato de los boscajes por robustos faunos de patas
de chivo; marquesas que en la enguirnaldada elegancia de la alcoba,
desnudbanse ante los ojos concupiscentes de un negrito; gentiles
doncellitas para quienes los jardines del Triann eran frondas de Pafos
y de Citerea) pendan encerrados en dorados marcos de talla; un Psiquis
de tres lunas abrase en el centro de un muro; muebles de _boule_ llenos
de cajoncitos y secretos, parecan guardar no s qu misterios
pecadores, mientras sobre sus tableros de marquetera danzaban las
figuritas de Sajonia, y ocupando el centro de la estancia, el lecho, un
lecho muy bajo de palo de rosa y bronces, era en su apoteosis de
batistas, sedas y encajes, como un altar de Eros. Ante la ventana, la
mesa de tocador sostena ringleras de frascos en que se haban
evaporado los perfumes, dejando al fondo un poso oscuro, y entre peines,
cepillos, bruidores y otros instrumentos de embellecimiento, vease
cada una coronita de blancas rosas de terciopelo, que debi de servir
para embellecer la frente de Mara de la Luz. Y todo aquel galante
interior hallbase agravado de un mohoso olor a perfumes, a flores
marchitas, a ter, el angustioso olor a podredumbre e incienso de las
cmaras mortuorias.

Fuencisla habase aproximado al tocador y miraba reflejada en la luna
orlada de cincelada plata, su rostro bobalicn y sus ojos de pjaro
asustado. Inconscientemente, sus dedos amorcillados apoderronse de la
corona y posronse sobre los cabellos lacios y descoloridos. Sonri. En
aquel instante vio reflejarse en el azogado cristal un rostro tras el
suyo. Dos ojos negros y ardientes brillaron, y sinti unos labios de
fuego que se posaban en su cuello. La voz de Jos Ignacio suspir:

--Qu maja, mi nena!




III

EL ARBOL DE LA CIENCIA


Por centsima vez, Fuencisla acercose a la puerta y escuch; nada. Fue
entonces al balcn y, apoyando la frente en los vidrios, trat de
adivinar, en la semioscuridad, la silueta de Jos Ignacio; nada.
Anocheca; desde las tres de la tarde haba dejado de nevar, y un cielo
gris, negruzco, cubierto de espesos nubarrones, pesaba anonadante sobre
la tierra. El jardn, bajo el sudario de nieve, tena un aspecto trgico
y desolado; al otro lado de las tapias; la llanura extendase blanca,
inacabable, como una estepa inhabitable. Fuencisla, sobrecogida por el
silencio y la soledad, cerr las maderas del balcn y encendi la
lmpara de petrleo, que esparci su claridad, primero amarillenta,
vacilante, luego intensa, por el divino nido de amor. La lugarea ech
unos troncos en la chimenea, y temerosa, inquieta, sentose a la vera del
fuego.

La profanacin habase realizado. Los temores de un golpe de mano en el
palacete que abrigaba Jos Ignacio, llevronles a abandonar el pabelln
del jardn para vivir all; lo destartalado e inconfortable del resto de
la casa recluyoles en el santuario. Dorman abajo, en la pequea
antesala, pero pasaban las veladas en el cuarto de Mara de la Luz. En
un principio, l opsose a lo que consideraba abuso de confianza; pero
Fuencisla, tan tmida, tan cobarde, tan insignificante siempre, sentase
atrada por una fuerza irresistible, y hall razones y palabras con qu
apoyarlas. Sin embargo, haba algo a que l, en su recta conciencia,
negose siempre, y ese algo era violar el secreto de aquellos muebles,
abrir los cajones, los armarios, los cofrecillos, todos los sitios donde
dorma _el por qu_ del embrujamiento de Mara de la Luz.

Fuencisla, inquieta ante la larga ausencia de su marido, que habiendo
salido para girar su visita de guardin a la posesin antes de
recogerse, llevaba ms de dos horas fuera, acercose a la puerta, y,
abrindola, explor la galera, sumida en silencio y tinieblas. Una
bocanada de fro y de olor a abandono, que le azot el rostro, hzole
retroceder estremecida de misterioso pnico. Otra vez, sola en la
estancia, pase los ojos azorados por los rincones, como si esperase ver
surgir de ellos el secreto. Al fin detvolos en una _secretaire_ de
ricas maderas, adornadas de bronces y porcelanas. All estaba la clave!
Aproximose al mueble y lo examin curiosamente. No tena llave ni
vestigios de cerradura, que, indudablemente, quedaba oculta por los
bronces. Sus dedos, torpes, de lugarea, tantearon los adornos, y de
pronto, como por obra de magia, son un dbil crujido, y la compuerta
abriose lentamente, dejando ver el interior lleno de minsculos
departamentos, cerrados con esos cndidos secretos que tanto gustaban a
nuestros abuelos. Repuesta del primer pavor, la curiosidad venci al
miedo supersticioso y abri un cajn. Cartas atadas con cintas de
colores, flores marchitas, pedazos de cinta... Abri otro: unas cartas,
retratos de un guapo mozo, apuesto y fanfarrn; una corona dorada con
dos cierres de piedras preciosas, un libro de versos... Deletre:
Amor. Ya slo quedaba el departamento central, que finga la puerta
dorada de misterioso alczar. Una ligera presin an y la puertecita
abriose, dejando caer una avalancha de papeles: libros, muchos libros,
estampas de gentes desnudas, grabados de un libertinaje obsceno, figuras
ambiguas, extraas, inquietantes, gentes que se retorcan en posturas
inverosmiles, monstruos nunca vistos... Y todo ello en una apoteosis,
en una exaltacin ferviente, apasionada, mstica, casi diablica de la
carne. Fuencisla cerr los ojos para no ver aquello, pero el ruido de
alguien que entraba hzoselos abrir con sobresalto. Su marido!

Entr Jos Ignacio aterido de fro y acercose a ella, que le reprochaba
quedamente:--Cunto has tardado!

No contest l, y estrechola entre sus brazos. Fue una caricia larga,
voluptuosa, impregnada de deseo, en que los labios suban de la boca a
los ojos en suave cosquilleo y tornaban a descender hasta la boca, para
posarse all voraces, en un lento sorber de vida. Ella, a su vez, cada
sobre el pecho del varn, abandonbase en un arrobo sensual, con un
deseo loco de que la tomara all mismo, de que la macerase, la anonadase
en una caricia de macho fuerte y vencedor. Aquello no era ya el humilde
amor cristiano que santificase antao su unin, aquello era una
deleccin enfermiza, apasionada y triste; era el monstruo de cien
tentculos y sed inaplacable; era el abismo que no se ciega nunca; era
el mar sin fondo; la cosa misteriosa e inquietante que los paganos
llamaron la voluptuosidad y los cristianos el pecado. De pronto, Jos
Ignacio rompi el abrazo y acercose al mueble:

--Por qu?...--comenz a interpelar con el ceo fruncido.

Fuencisla explicose balbuciente. Ella no tena la culpa; limpiando los
dorados apoy el dedo en un resorte, y el armario abriose solo... Pero
su marido ya no la escuchaba. Cautiva su atencin de las estampas,
habase puesto a examinarlas. Fuencisla, lentamente, aproximose a l, y
juntos comenzaron nuevamente el registro. La Historia Sagrada, el
Paganismo, los mitos del mundo antiguo, desfilaban por los cartones en
una turbadora sucesin de desnudos bellsimos o lamentables. Y mientras
la luna visitaba a Eudimion en su encantadora gruta y Parsifae se
entregaba al toro, la mujer de Putifar ofreci a Jos el banquete de sus
senos desnudos, y los santos medioevales eran tentados por _el Malo_.

Haba acabado la serie de dibujos, y posedos ahora de una ansia loca de
saber, era el secreto de las cartas lo que violaban con la macabra
voluptuosidad de los necrfilos profanadores de sepulturas. Desatadas
las cintas, los trozos de papel, amarillentos por los aos, mostraban
los largos perodos, apasionados, tiernos, incoherentes. Con trabajo, el
campesino comenz a deletrear al azar:

--... No puedo vivir sin ti--decan aquellos trozos de letra nerviosa y
apretada en uno de los prrafos--. A todas horas del da y de la noche
tengo tu imagen adorada ante m. No es la sensacin dulce y resignada
del bien perdido: es algo tormentoso, violento, asolador; algo que seca
mi cerebro y pone calentura en mis venas. Siento la obsesin de tus
ojos, de tus labios, de tu cuerpo todo; la obsesin atroz, alucinante,
de la voluptuosidad exquisita, _nica_, que brota de cada uno de tus
gestos, que flota en la ms leve de tus sonrisas y se desle en la luz
verde de tus miradas... Ah, la obsesin de la voluptuosidad que se
exhala de tu cuerpo como un perfume perverso y embriagador!...

Otro deca:

--... Por qu para nosotros el amor no ha sido nunca esa cosa
sentimental y melanclica que es para otras gentes? Para nosotros, el
amor ha sido una batalla que ha tenido mucho de horror bblico; para
nosotros, el amor ha sido un fuego infernal, devorador, doloroso y
sublime, inmundo y divino!... Ah, el amor, tu amor, el amor nico,
hecho de llamas del infierno, de cieno y de luz! Ah, el portentoso
encanto de tu cuerpo moldeado para el placer, el sabio anhelo de tus
brazos, el arcano delicioso de tus labios!...

En otra an:

--No puedo ms! Hoy, en la horrible soledad de mi _garonire_, he
invocado al Demonio, le he pedido el bien de tu cuerpo en cambio de
nuestras almas. Para nosotros, el alma no ha sido ms que la lucecilla
temblorosa que ha iluminado los ritos nefandos de la carne!... He pasado
una noche atroz. Horas y horas he llamado a Satans. Me he revolcado en
el lecho como un perro rabioso y he gemido tu nombre. Mara de la Luz!
Mara de la Luz! Te necesito: tus labios son la nica fuente en que
puedo apagar mi sed de amor; tus ojos los nicos faros que pueden
guiarme en la oscura noche de mi alma...

Dejaron de leer. Un ro de lava ardiente corra por sus venas; una
sensacin de anhelo, pleno de angustia y de delicia, desconocido hasta
entonces, aduebase de ellos. En los ojos de Jos Ignacio haba
fulgores de vesania, y en las mejillas de Fuensanta rosetones de fiebre.
Sentan el vago pavor que anuncia la presencia del _Enemigo_; pero una
fuerza desconocida, superior a su menguada voluntad, les impulsaba a
seguir, a seguir siempre por las ardorosas veredas de aquella vida en
que se internaban como en un jardn maldito. Tendieron las manos
temblorosas y abrieron otro cajn. En el fondo haba un pequeo estuche
cuadrado, envuelto en un papel, con una palabra escrita: Yo. Mara de
la Luz. Apretaron el cierre y una miniatura prodigiosa se ofreci a su
vista.

Sobre el fondo clsico de un jardn pagano, una mujer toda desnuda, en
el triunfo de su belleza admirable, jugaba con un cisne. Era blanca como
la leche, grcil, area, casi irreal. En sus pupilas verdes dorman las
aguas de un lago misterioso. Tena los senos firmes, suave la lnea del
torso, largo y fino el cuello y rubio el cabello, prendido por dorada
corona a la moda de Grecia. Posea la gracia de Venus, la altivez de
Juno y la resolucin de Minerva.

Los dos permanecieron mudos, extticos, ante la aparicin. De improviso,
los ojos de Jos Ignacio clavronse, alucinados, en Fuencisla, mientras
murmuraba:

--Se parece a ti!

Halagada en su femenil vanidad, sonri ella, y, sin saber lo que haca,
busc maquinalmente la corona vista antes en el museo de recuerdos. La
encontr y colocsela sobre las speras greas.

El paleto contemplola embebecido, y preso en una fiebre de deseo, gimi
implorador:

--Desndate!

No se sublev el pudor de la campesina. Lejos, muy lejos de toda idea
convencional, perdida en un extrao laberinto, obedeci.

Fue una escena ridcula y caricaturesca; una de esas atroces ironas
conque los humoristas flagelan los desvaros humanos, agravada ahora por
la exquisita elegancia del fondo. Las burdas prendas de la indumentaria
puebluna iban cayendo: primero, la toquilla color naranja y el delantal
de percal azul; luego, los refajos, polcromos, huecos y abultados; tras
ellos, el cuerpo de lana negra; siguioles el cors gris, deforme y
remendado, las rojas medias de punto, la camisa de arpillera, y, al fin,
libre de velos, lamentable y repulsiva como una monstruosa deformacin
de la divina imagen de Mara de la Luz, el espejo reflej la figura
desnuda de la paleta. La cara y el cuello, rojos, speros, curtidos por
el aire y el agua fra; los brazos, hinchados; las manos, juanetudas:
los pechos, flcidos; el vientre, hinchado, hidrpico; las piernas,
zambas, y los pies, deformes, aplastados, anchos como remos de un
palmpedo; tena la figura una repulsin alucinante de pesadilla Goya.

Jos Ignacio, los ojos brillantes y las manos temblorosas, salt sobre
ella y la tendi sobre el lecho de sedas y encajes.




IV

EL JARDIN DE HCATE


--Jess! Jess! Si Dios quiere que no les haya pasado nada a esas
criaturas, le aseguro a usted que regalo la casa para fundar un convento
de la Trapa o de alguna Orden bien severa, donde no haya cuidado de que
el _Malo_ haga de las suyas. Y la marquesa abanicose precipitadamente.

Don Rosendo, el venerable capelln, instalado a su lado en el viejo
_landeau_ que les llevaba al _Laberinto_, sonri, asegurando
tranquilidad:

--No les habr pasado nada. Clmese la seora.

--Dios le oiga! Pero le aseguro a usted que tiemblo cada vez que me
acuerdo de mi pobre hija! Si aquella casa est embrujada! Ha sido un
crimen, un verdadero crimen mo enviar a esas criaturas ah!

Siempre conciliador, asegur el anciano:

--No habr pasado nada; pero, de todos modos, a la seora no le cabe
culpa ninguna. La gui la mejor intencin: la de hacerles un bien...

Callaron, y durante un largo espacio de tiempo permanecieron sumidos en
sus meditaciones. Haca un calor tropical, y un sol calcinador caa
implacable sobre los yermos campos de Castilla. El desvencijado vehculo
avanzaba por la blanca carretera entre nubes de polvo; los moscones
zumbaban con pesadez obsesionada, y de tarde en tarde un pjaro cruzaba
sobre el cielo ail en la bochornosa quietud de la atmsfera. Una
sensacin de invencible sopor pesaba sobre todo y sobre todos, y los
campos de tojos y trigales parecan asolados por una hecatombe
geolgica.

--Qu ganas tengo de llegar!--murmur la dama--. Nunca he estado tan
inquieta, tan nerviosa!

--Paciencia!--confort el capelln--. Ya falta poco!

En la lejana, como un oasis en el desierto, desvastado por aquel sol de
justicia, divisbanse las arboledas de la quinta. Al fin llegaron, e
impacientes hicieron repicar la campanilla. Pas un rato sin que nadie
acudiese al llamamiento. Volvieron a tirar del cordn muchas veces, pero
intilmente. La finca pareca deshabitada. Entonces Pacorro, el cochero,
salt la tapia, y ya dentro, franque la entrada a la marquesa y al
capelln.

En la casa del guarda no haba nadie, y como permaneca cerrada a piedra
y lodo, en vez de perder tiempo en tratar de penetrar all, avanzaron
hacia el palacete.

El jardn, abandonado, tena la salvaje frondosidad de una selva virgen;
los caminos se haban borrado al crecer de la hierba y de las plantas
parsitas; rboles y arbustos se enlazaban, formando misteriosas
murallas de verdura; en las fuentes, los lquenes y las adelfas cubran
el misterio de los quimricos espejos, y por todas partes flotaba una
sensacin de abandono, sobre la que se alzaba el canto de los pjaros
con ensordecedora algaraba.

Caminaban trabajosamente, apartando los jaramagos que obstruan el paso
y les desgarraban las vestiduras. De pronto, la marquesa se detuvo,
ahogando un grito, y muda de horror llevose las manos al corazn.

Por una avenida de geranios en flor avanzaba lentamente Fuencisla,
arrastrando guiapos de seda que apenas cubran sus carnes. Como una
Ofelia de pesadilla, monstruosa y grotesca, coronaba su frente de lirios
y margaritas, y sus dedos deshojaban una rosa. Tras un macizo de hojas,
Jos Ignacio, un Jos Ignacio primitivo, negro, desnudo, repulsivo, le
acechaba.

La marquesa se santigu. Acaba de ver reflejada por el sol la sombra del
_Demonio_ que hua.




LAS PRECIOSAS RIDICULAS


Las encontramos al travs del mundo, casi siempre en la feria de los
millonarios, los reyes sin trono y los aventureros, y nos hacen una
reverencia muy siglo XVIII, una reverencia que dice an de una Arcadia
de guardarropa, con pastoras de chapines de raso y Amarilis de zamarra
de terciopelo azul, ocultas en los convencionales boscajes del Triann;
o esquivan con la mano un gesto de colegiala tmida, un gesto digno de
las damiselas del ao sesenta, que usaban miriaque, peinaban bucles,
cantaban arias sentimentales y se saban de memoria los versos de
Alfredo de Musset; o se inclinan con un saludo grave y severo, lleno de
austera dignidad.

Unas, pintadas, repintadas, llenas de gasas, sedas, tules, terciopelos,
lentejuelas, flores; con grandes pelucas cargadas de rizos y
empenachadas de plumas; al cuello, collares de admirables perlas
(falsas, naturalmente); son mundanas, conversadoras exquisitas,
benvolas para las debilidades ajenas, discretas hasta ignorar todo
aquello que no deben de saber, serviciales, decorativas. Otras, son
alocadas, con un grato barniz de diletantismo, prontas siempre a ser la
musa que recite la estrofa del poeta de moda, acompae al piano al
virtuoso millonario, o a la heredera acometida de furor filarmnico, que
se cree una Patti o una Storchio, cargue con la culpa de cualquier
desafinacin e inicie los aplausos. Otras, en fin, son devotas y
filantrpicas; hablan de la caridad y del sacrificio, y en la humildad
de sus atavos de santas laicas tienen un gran prestigio de
respetabilidad.

Y todas son siempre las mismas. Siempre el mismo rostro, igual atavo,
las mismas palabras, idnticas ideas. Jams se les conoce ni una gran
pena ni una gran alegra; nunca una queja, ni una mueca de dolor, ni un
gesto de fatiga, ni un ademn de impaciencia. Las decorativas, viven
siempre sobre el fondo banal de un paisaje de Boucher o de Watteau; las
romnticas, entre las pginas de _La Melitona_; las devotas, inflamadas
en las santas palabras de la caridad cristiana. Pero ni las unas se
salen de un paso de _minuetto_, ni las otras del comps de una sonata
sentimental, ni las ltimas del cristianismo que resbala cristalino por
las pginas de Fray Luis de Len o de Ruisbrook, el _Admirable_. Nada
que desentone, nada que rompa la armona.

Un da desaparecen. Aun despus de muertas, su recuerdo nos arranca una
sonrisa. Y cuando llega la hora suprema de los balances, sabemos casi
siempre que en aquellas vidas que transcurrieron a nuestro lado, y de
las que veamos lo que de un actor se ve desde la sala del teatro, no
haba nada sino un vaco inmenso, que ellas cubran con guirnaldas de
flores de trapo. Pero tambin sabemos alguna vez que en ellas haba un
gran dolor, una gran amargura, una gran vergenza, un vicio, y aun,
raramente, un crimen.

[imagen]




MADAME D'OPPORIDOL


--La princesa Charlensko.

--Rusa?

--Rusa.

--Princesa autntica?

--Lo ms autntica posible!

Despus de saludar a la eslava, que, fastuosa en su pelliza de _renard
bleu_ y su sombrero empenachado de plumas negras, desfilaba con aire
esplndido de gran seora, ms de notar en el cosmopolitismo ferial del
_restaurant_ elegante, Julito Calabrs torn a sentarse entre Olmeido y
el marqus del Valle.

Estbamos en el _Carlton Grill_ acabando de almorzar. Era da de
carreras, y bajo la claridad de las luces elctricas, que ocultas tras
los cristales del techo creaban un da artificial, muy en consonancia
con el pblico cosmopolita que entraba y sala en incesante vaivn,
veanse mujeres a la moda, abracadabrantes en sus extraos atavos,
hombres de _sport_, banqueros, personalidades del chic mundial,
cortesanos clebres... Era un desfile de Tanagras, de figuras de vaso
etrusco y de jeroglfico egipcio, apenas moldeadas por crespones y
brocados, sobre los que resbalaban las pieles y las perlas.

Olmeido, tornado escptico por sus frecuentes permanencias en
Cosmpolis, explic su incredulidad:

--Hay tanta princesa de pacotilla por esos mundos de Dios!

El marqus del Valle quitose los lentes, y con la experiencia de sus
doce aos de viajes, impuestos por no s qu historias de sadismo
habidas en su tierra, asegur:

--Yo he conocido muchas. Mujeres de teatro a quienes el capricho senil
de un lord convirti en pairesas de Inglaterra; exbailarinas y
exqueridas de toreros, transformadas en grandes duquesas consortes, y
hasta alguna viuda de reyezuelo medio idiotizado, que, _in articulo
mortis_, haba hecho reina a una titiritera.

--Bah!--interrumpi Julito, incapaz de callar--. Yo tambin he conocido
muchas... Sin ir ms lejos, madame d'Opporidol...

--Griega?... Servia?... Albanesa?--interrog Olmeido.

--Turca; por lo menos, ella lo deca as... Pero os voy a contar la
historia.

Bebi un sorbo de Chablis, y, entre la atencin de sus amigos, comenz:

--Madame d'Opporidol!... Jams he encontrado tipo ms curioso y
original que el de aquella mujer! El primer trmite de nuestra amistad
fue una reverencia. Sucedi en el _hall_ del Austerlitz. Ya sabis que
algunas veces, a mi paso por Pars, cuando estoy muy cansado o tengo
demasiadas cosas que hacer, me gusta refugiarme en un hotel tranquilo,
huyendo del trfago del Magestic, del Astoria, del Ritz o el Meurice.
Pues bueno: all la conoc una tarde. Yo haba pedido no s qu
aclaracin sobre unas seas, en el _bureau_; el encargado era nuevo y no
daba pie con bola, y yo comenzaba a desesperarme, cuando una voz
femenina vino en mi ayuda. Volvime para dar las gracias, y entonces la
propietaria de la voz se inclin ante m en una reverencia. Y qu
reverencia! Aquello, ms que reverencia, era una zalamea oriental, pero
de un orientalismo visto al travs del siglo XVIII francs. Era una
reverencia de corte, profunda, ceremoniosa, llena de majestad; una
reverencia que estaba pidiendo la msica de _minuetto_; una reverencia
que la hubiese envidiado madame Tallien, _Notre Dame de Thermidor_, y
aun la vizcondesa de Beauharnais, la gentil Zolo y sus dos aclitas
Laureda y la Volsange, las perversas heronas del divino marqus; una
reverencia que, ahuecando las pomposas sedas en su traje, haca de ella
una figura digna de la galera de Versalles.

Olmeido ri:

--Qu exageracin!

--Exageracin? No lo creas, era tal y como yo os lo describo; la seora
tena el secreto de las reverencias. Me fij en el rostro, en el
peinado, en el traje... y vi con asombro que ello constitua un todo
armnico con la genuflexin y la voz, hecho de trmolas y gorgoritos. El
rostro era una careta trgica; la caricatura sangrienta de una mujer que
debi de ser muy bella un rostro desvastado por los aos y las luchas,
cansado, arrugado, entristecido, pero tan atrozmente estucado,
maquillado, pintado y retocado, que, bajo la capa de pomadas, polvos y
colorete, era punto menos que imposible adivinar su edad. Los ojos
debieron ser admirables, de un verde luminoso y transparente de agua de
mar; ahora aparecan enturbiados bajo las pestaas y las cejas dibujadas
con lpiz. Entre los labios, muy rojos, apareca una dentadura
prodigiosa (seguramente, postiza). Sobre aquella mascarilla burlesca de
mujer bonita, destacbase la peluca, una peluca de mueca rubia, dorada,
rizada, llena de horquillas de pedrera. El cuerpo, sostenido por el
cors cruel, rgido, fue, indudablemente, esbeltsimo, gil, flexible,
aunque ya de tanta belleza quedaban nicamente ruinas, sostenidas por el
andamiaje de ballenas. Envolvala una elegancia de guardarropa,
frufruante, area, pomposa, juvenil, vaporosa, hecha de gasas marchitas,
encajes falsos, pieles no menos ilegtimas y perlas imitadas. Tena, eso
s, pies de pequeez inverosmil y manos admirables. Pero lo que le
haca realmente extraordinaria era lo rtmico, pausado y armonioso de
sus movimientos, la gravedad ceremoniosa de sus pasos; decididamente,
aquella mujer requera msica, msica de opereta: unas veces, noblemente
pausada; otras frvola y juguetona, llena de escalas locas y fugas
rientes, y algunas, falsamente sentimental. No s por qu, pero es el
caso que la buena seora me daba la sensacin de una profesora de baile,
o mejor an, de elegancia, de las que formaban las damiselas del siglo
de Triann, hacindolas duchas en artes de sociedad, bachilleras en
alquimia y doctoras en coquetera.

--Sin darme yo mismo cuenta,--prosigui Julito--intim con ella. Ya
sabis lo fcil que eso es en la vida de hotel (cuando el hotel es
tranquilo y la vida un poco retrada), una vez cambiado el primer
saludo. Una leve enfermedad de ella, correcto inters por mi parte,
luego la recproca, la grippe que me obliga a quedarme en cama, madame
d'Opporidol, que se preocupa por mi salud y se ofrece amablemente, y
henos convertidos en los mejores amigos del mundo.

--Los primeros das de charla--y Calabrs, apasionado con su narracin,
haba dejado de comer--, la seora me habl de cosas sin transcendencia;
pero, segn fue tomando confianza, acab por abrirme su pecho.

Era turca. La fatalidad cay sobre ella, y la desgracia cerniose en su
vida. No me explicaba el gnero de desgracia a que se refera, y slo
dejaba adivinar que un drama terrible haba truncado su existencia,
tronchando sus ilusiones en flor. De aquella catstrofe misteriosa,
quedole un desencanto infinito de todos y de todo; una amargura
melanclica que matizaba de inters sus palabras. Culta, conoca bien
los poetas y novelistas en boga, y su conversar, esmaltada de una
erudicin un poco a la violeta, resultaba interesante.

Me hablaba de Turqua; de la belleza dulce y triste de Stambul; me
hablaba de la ciudad quimrica envuelta en ensoadora neblina azul,
durmiendo sumida en un silencio opresor. Stambul, la ciudad secular, la
que contemplaron los viejos Califas; la ciudad de magia concebida por
Solimn, _el Magnfico_, coronada de soberbias cpulas y empenachada de
dorados minaretes; la ciudad que apareca a los ojos como un portentoso
fantasma del pasado, como una de esas raras urbes que la leyenda hace
dormir en el fondo del mar...

--Loti?--interrumpi Olmeido, burln. Julito ri:

--Eso mismo pensaba yo!... Pero, djame seguir... Madame d'Opporidol me
hablaba tambin de la infinita tristeza del vivir de las mujeres turcas
contemporneas; me deca de cmo sus almas de excepcin, cultivadas en
la soledad de los harenes del da, esos harenes semejantes en todo,
menos en su inexpugnable aislamiento, a la casa de cualquier mujer
elegante; sus almas, pulidas en la lectura, purificadas en la soledad;
sus almas, que, aisladas por las celosas, como las flores de una estufa
estn al abrigo de las violencias del aire libre, sufran de verse
tratadas en odaliscas, en bestezuelas de placer, sin ms razn de
existir que el capricho de su amo y seor. Me hablaba de los veranos, en
que tras la inacabable monotona de los eternos das invernales,
sacudidos por el aire del mar Negro, el Bsforo reluca como colosal
zafiro, y la poblacin patricia turca refugibase en el lado de Asia,
junto al agua.

--Decididamente, la seora saba sus clsicos!--volvi a interrumpir el
portugus.

--Si no me dejas contarlo, me callo--y Julito hizo ademn de reanudar el
yantar, abandonando su historia.

--No, no; sigue--implor el marqus del Valle--. Las aventuras de tu
madama me van interesando.

Desagraviado el narrador, prosigui:

--As estbamos, cuando la buena seora cay enferma. Un inters
discreto y una caja de bombones no menos discretamente enviada para
endulzar las horas de convalecencia, acabaron; indudablemente, de
captarme su confianza, por cuanto casi repuesta ya me envi un recado,
dicindome que tendra sumo placer en verme.

Sub al cuarto (piso sexto). La _mise en scne_ estaba cuidada como
siempre. Sobre la modestia de la habitacin, su buen gusto haba marcado
un sello de elegancia un poco original. Algunos marfiles, algunos cobres
y unos viejos terciopelos con versculos del Corn, bordados en oro y
plata, impriman un exotismo un poco de bazar a la estancia. Cortinllas
de color de rosa tamizaban la luz, dejando todo en una favorecedora
semipenumbra; algunos ramos de flores mustibanse en bcaros de cristal.
Tendida en la _chaisse-longue_, sobre las pilas de almohadones
multicolores, madame d'Opporidol yaca lnguidamente envuelta en un
_teagow_ de gasa y seda negra, adornado de grandes cintas de moar rosa.

Al entrar, me tendi la mano y hasta me agraci con una sonrisa lejana.
Comenzamos a hablar de cosas balades, y llevbamos agotados dos o tres
temas, en que la conversacin se arrastraba lnguidamente, cuando de
improviso, Schezerarda (la dama se llamaba as) suspir, cerrando los
ojos:--Qu desgraciada soy!--Y como yo, un poco asombrado, la mirase
interrogador, me tendi la mano en un gesto supremo de abandono,
mientras suspiraba un enigmtico:--Si supirais!... Volv a
contemplarla; una lgrima brillaba en sus ojos y se detena en el borde
de las pestaas, asustada de los estragos que su paso podra causar en
la obra de estucado del rostro. Al fin, madame d'Opporidol pareci tomar
una determinacin transcendental, una de esas determinaciones
definitivas que marcan una efemride en la vida humana, y con voz _de
hora suprema_ comenz:

--Amigo mo: voy a contarle mi historia, mi verdadera historia, la que
nadie conoce. Es algo tan espantoso, tan terrible, que casi parece una
pesadilla. A ningn nacido se la he contado nunca; pero mi pobre corazn
no puede ya con el peso de su secreto: usted es artista, usted es un
hombre de sentimiento y sabr comprenderme!--Su voz era pattica,
altisonante.

--Soy turca--prosigui ella--. Mi padre era Kiazim Pach, y me educ
como educan ahora a todas las hijas de gran familia; como podra
educarse cualquier parisin, qu digo, mil veces mejor!, segn he
podido observar luego. Narraros mi infancia de princesa salvaje en el
viejo palacio, escondido en un rincn de Circasia, mi adolescencia de
muchacha mimada y voluntariosa, sera el cuento de nunca acabar. Fui
feliz o casi feliz. Pero casronme y con mi boda comenzaron mis
desdichas. Mi matrimonio fue lo que son all la mayora de los
matrimonios: una cosa arreglada por las familias, en que la novia
desempea el papel de _algo_ sin voluntad ni discernimiento, del que
disponen a su antojo. Mi marido era fro, taciturno, concentrado. Muy
_vieux jeu_, no comprenda a la mujer sino en cuanto era bella. Y heme
aqu a mi culta, erudita, tan vibrante, tan moderna, condenada al papel
de odalisca. Y aquello no era lo peor! Lo peor, lo irresistible, lo
anonadante, era la monotona atroz del vivir sedentario, la uniformidad
de los das que se deslizaban iguales, tristes, inacabables, en aquel
acolchado que defiende de cualquier choque exterior y que hace que, en
el atroz guateado que nos torna insensibles, echemos de menos las
zarzas y las espinas del camino.--Loti! No me caba duda de que la
cita era de Loti!

Julito hizo una pausa, y luego continu:

--Madame d'Opporidol haba callado un momento, para, con tonos ms
peripatticos, proseguir despus:--Un da da aciago, marcado con
piedra negra en la tragedia de mi vida! encontr a Jacobo. No s cmo
fue; desde entonces he credo ciegamente en la fatalidad. Si conoce
usted las costumbres turcas, debe saber la imposibilidad casi absoluta
de que una mujer musulmana hable con un infiel. En primer lugar, lo
inabordable del harem; luego, el misterio del _tcharchaf_, ese negro
capuchn que usan las mujeres en Constantinopla para salir a la calle;
la vigilancia de los esclavos que nos rodean a todas horas; pero, sobre
todo, la inconsciente vigilancia del pblico, que conceptuara un crimen
tremendo que una turca hablase a un europeo, hacen imposible todo
intento de aproximacin. Y, sin embargo, conoc a Jacobo; me am y le
am! Contarle todas las peripecias de nuestro idilio sera evocar horas
felices para m; horas de melanclicos paseos al travs de los viejos
cementerios, entre los altos cipreses centenarios, o largas caminatas
hacia Eyoub, bajo un cielo triste, sobre cuyo fondo plomizo pasaban
empujados por el viento de Asia grandes nubarrones negros; sera ir da
por da haciendo la historia de los extraos ardides de que tuvimos que
valernos para lograr encontrarnos. Todo fue bien al principio; pero el
xito engendra la audacia, y la audacia nos perdi. Una tarde, mientras
mi marido estaba en el Ildiz, hablaba yo con Jacobo. De pronto... No s
cmo fue. De todo lo ocurrido despus, conservo el recuerdo confuso de
acontecimientos borrosos entrevistos al travs de una pesadilla. Cosas
terribles, irreales, espeluznantes, me arrastraron hasta las cumbres
supremas de la tragedia. El ltimo eco de la voz de mi amante
confundiose con el primer eco de la voz de mi marido que clamaba
venganza. En el tropel de sensaciones que con rapidez vertiginosa
pasaron por mi alma, conservo tan slo la impresin de los ojos de
Abul-Baj, la mirada de suprema angustia de Jacobo al caer herido y la
glutinosa y tibia caricia de la sangre que humedeca mis manos. No s
cmo fue; una rfaga de vesania pas por mis venas, y, enloquecida de
dolor e ira, salt sobre el brbaro Otelo. Entonces pas algo salvaje,
monstruoso; mis uas se clavaron en su cuello; le sent palpitar un
segundo, y luego, nada.

Madame d'Opporidol jadeaba, trgica, sudorosa. Despus de breve respiro,
sigui:--Hu. De aquella hecatombe conservo dos memorias sagradas: un
cofrecillo precioso, que procede del tesoro de los Osmales, una de
esas raras joyas de la orfebrera oriental y uno de los zapatos que
llevaba yo la tarde aquella--. Psose en pie, y con ojos de iluminada y
gesto proftico me dijo:--Venga usted!--Llevome ante el armario y abri
un cajn: de all sac una cajita, y con respetos de sacerdotisa que va
a mostrar una santa reliquia, la puso ante mis ojos. Luego, abriendo la
tapa, sac una babucha y anunci peripattica:--He aqu el zapato, an
conserva las manchas de la sangre!--Les confieso a ustedes que me sent
defraudado. El cofrecillo era una caja de filigrana de plata; una de
esas fciles labores orientales de escassimo mrito. Aquello, ms que
del tesoro de los Osmales, pareci procedencia de bazar cosmopolita. En
cuanto a la zapatilla de terciopelo rojo, bordada en oro y aljfar,
jurara haber visto otras semejantes en la rue Rvoli, un poco antes de
llegar a los almacenes del Louvre. Extraado, fij mis ojos en la
herona de la tragedia. Schezerarda, erguida, lejana, con el aspecto de
la protagonista de un drama de Sfocles, permaneca en pie, tremolando
con una mano la babucha trgica.

--La continuacin?--pidi Olmeido al ver que Julito, tras el postrer
efecto, callaba, hacindose el interesante.

--La continuacin? Sencillsima. Estuve ms de un ao sin volver por el
Austerlitz. Cuando el azar me llev all, lo primero que not fue la
ausencia de madame d'Opporidol. Interrogu al gerente del hotel.
Confieso que su respuesta me dej yerto. Mi amiga haba muerto!--Pero
y avisaron a Turqua, a su familia?...--pregunt. Una sonrisa irnica
fue la respuesta. Y como yo pidiese explicaciones sobre el fin de la
princesa Circasiana, el empleado se ech a rer. Madame d'Opporidol no
era turca! Era lisa y llanamente una buena burguesa, que viva de una
pensin insignificante! La descendiente de los Osmales, la esposa de
Abul-Baj, la herona del drama sangriento, era la viuda de un vista de
aduanas francs!

_Pars-Octubre 1912._

[imagen]




MISS DECENCY


--El pudor de las inglesas? Yo creo que es una cuestin de moral
pblica, es decir, ms bien decoro que pudor.

Olmeido interrumpi:

--Ms bien cuestin de recato. El evangelismo es una religin muy
severa, y como los hombres y las mujeres son los mismos en todas partes,
impone el culto a las conveniencias.

--Pues lo que es algunas se ren de las tales conveniencias!

--Que lo digan las inglesas que andan por Pars!...

Las pantorrillas, bastante flacas, y enfundadas, por aadidura, en unas
medias lamentables, de tres damas que haban subido a un _taxi_, fueron
las que provocaron la conversacin.

Estbamos en el pabelln Madrid, del _Bois_; un inoportuno chubasco nos
haba recluido dentro, y entretenamos el malhumor de la pasajera
contrariedad criticando a todo bicho viviente.

Corra el mes de agosto, y para nosotros, habituales del otoo parisin,
ofreca la gran ciudad aspectos imprevistos. Dedicbamonos por las
tardes a tomar el t en los pabellones del Bosque de Bolonia. En la
_limoussine_ de Olmeido dbamos largos paseos, que tenan siempre como
punto de arribada uno de los _restaurants_ en boga. Tocole el turno
aquella tarde al de Madrid; en l sorprendionos la lluvia, y como el
coche era abierto, no hubo ms remedio que esperar.

Sobre el decorado Luis XV, recargadsimo, tan lejos en su barroco
amazacotamiento de la elegancia versallesca del _Pre Cataln_,
destacbanse los tipos hbridos de la fauna estival; faltaban los
elegantes de los das primaverales, los artistas y los millonarios, y
veanse, sustituyndoles, inglesas feas y esculidas, muy marimachos en
sus antiestticos atavos sastre muy _Cook-Tours_, y americanas del sud
demasiado languiadas y demasiado vestidas, mal peinadas bajo las
pastoras cargadas de floripondios, apestando a perfumes violentsimos y
arrastrando con desvado ademn gasas y encajes de una limpieza dudosa.
Oase constantemente hablar espaol por gentes que gritaban demasiado y
rean con estrpito, mientras los del Reino Unido hablaban en sordina y
hacan observaciones de Bedker.

--Las inglesas de viaje!--habl el marqus del Valle--. Yo, que he
corrido tanto, he visto cosas deliciosas. Si os contara la historia de
una miss que conoc en el _Scheweizerhof_, de Lucerna!...

--Cuenta--anim Julito.

Olmeido insisti a su vez:

--Ser una obra de caridad... adems de todo, nos ayudars a matar el
aburrimiento...

El marqus del Valle quitose los lentes, limpiolos concienzudamente,
parpade y comenz su historia:

--Miss Decency. Se llamaba miss Decency. Un nombre casi simblico: la
seorita Pudor! El gnesis de nuestra amistad, como la de Julito con
madame d'Opporidol, fue una reverencia; pero no una reverencia de corte,
grave, ceremoniosa, llena de pompa, sino una reverencia severa, rgida,
muy finchada y muy _convenable_.

Haba estallado una tormenta, produciendo no s qu avera en la luz, y
nos habamos quedado a oscuras. Eran las nueve de la noche, y acabada la
comida, las gentes comenzaban a invadir los salones de _Scheweizerhof_.
Yo haba sido de los primeros en salir del comedor, y, cmodamente
instalado en el saln de tapices, disponame a saborear mi caf y a leer
los peridicos que acababan de llegar, cuando hicironse de improviso
las tinieblas.

Me gusta el _Scheweizerhof_, porque, quiz menos chic que el _National_
y menos cosmopolita que el _Palace_, es, sin embargo, el ms
confortable, y ya sabis que en la vida moderna el _confort_ es el
superlativo del bienestar. Los hoteles, muy elegantes o de mucho
movimiento, son buenos para temporadas cortas o para sitios en que riman
con el gnero de vida que uno lleva; pero para Suiza, donde se busca paz
y descanso, son mejores los hoteles cmodos.

Hallbame, pues, en el saln de msica, y encontrbame bien en la
suntuosidad discreta, alegre y simptica, de las columnas de mrmol rosa
y los tapices de cartn buclico, la orquesta de tzganes tocaba un vals
viens, frvolo y amable, que me arrullaba, mientras curiosamente
contemplaba el desfile de tipos exticos--familias alemanas, compuestas
de matrimonios gordos, colorados, un poco toscos, pero dotados de una
gran simpata cordial y acompaados de unas chiquillas deliciosas,
blancas, rubias, gentiles, y de muchachitas de frgiles bellezas de
Gretschen; adolescentes del Norte Amrica, altos, fuertes, enrgicos,
curtidos por los _sports_; damas francesas de una elegancia equvoca--;
cuando de improviso se apag la luz en el preciso momento que una
seora, en quien no haba fijado atencin, llegaba ante mi. Sorprendida
por las tinieblas, lanz un ay! de susto y se detuvo perpleja. Me
compadec de su desairada situacin, y, ponindome en pie, cogile de una
mano y le ayud a instalarse. Momentos despus, y arreglada la avera,
la desconocida me dio las gracias con una reverencia. Fue ms que
reverencia un saludo sobrio, rgido, muy correcto, muy severo, una
inclinacin de cabeza llena de dignidad. Fijeme entonces en ella y
experiment el asombro un poco irnico que nos inspiran esas figuras
pasadas de moda que encontramos al travs del mundo, y que son como
rezagadas de otros tiempos. Era la interesada una dama madura, a que el
cabello cano, muy sencillamente recogido y adornado con cofia de encaje
negro, que le caa por la espalda a modo de mantilla de corte, y las
arrugas del rostro, que libre de afeites y fregado con agua de colonia,
reluca curtido, avejentaban. Ms bien alta, aunque un poco doblada en
la cintura por el talle del cors--uno de esos talles inverosmiles que
hinchan el vientre y elevan los pechos a la hiprbole--; vesta una
falda de _gro_ malva, que formando pabellones por delante, iba a
recogerse detrs en un gran puf, sobre el que descansaban las pequeas
aldetas de terciopelo negro de la chaquetilla. Sobre el escote cuadrado,
cubierto por espeso camisoln de batista blanca, luca un camafeo, y de
las mangas hasta el codo surgan los brazos enfundados en mitones de
seda. Era, en conjunto, un figurn de hace veinticinco o treinta aos;
uno de esos figurines que nos sorprenden como una cosa carnavalesca en
las viejas revistas de modas, porque, sin ser algo familiar, tampoco han
llegado a esa consagracin artstica que da el tiempo. Llevaba un libro
en la mano, y sus ojos, de un azul pizarroso, casi gris, tenan una
extraa vaguedad. Muchas veces, luego, sent la curiosidad de aquellos
ojos; en unas ocasiones, mientras se le hablaba, permanecan alejados,
dando la sensacin de que su duea no se enteraba de nada de lo que se
le deca, y de que su pensamiento segua el dibujo de una imagen muy
alejada de all; otras, relucan con un extrao apasionamiento, que no
estaba en consonancia con la banalidad de los motivos de conversacin, y
algunos, al evocar una cosa trivial cualquiera, se llenaban de lgrimas,
como si fuese el enigma de una imagen misteriosa, que repercuta en el
fondo de su ser. Luz u opacidad en aquellas pupilas, no se ajustaban
nunca a sus palabras, y alguna vez, muy rara, tenase la sensacin
exacta de que o los ojos o las palabras mentan.

Hablamos. Era inglesa: no tena familia (su nico pariente, un primo
lejano, haba muerto en la guerra del Transvaal, y la dama ostentaba su
efigie, encerrada en un grueso medalln de oro, que llevaba pendiente de
una cadena al cuello) y andaba errante por el mundo. Su solo consuelo
era Dios, y por eso amaba tanto a Suiza, porque slo en medio del mar y
en las altas cumbres nevadas se dialoga con El, y el mar le mareaba.
Tambin la literatura la interesaba mucho... Me fij entonces en el
libro. Era italiano: una edicin antigua de La Divina Comedia.
Confesome conocer el idioma de Petrarca. Yo, amablemente, cit unos
versos del Dante:

    Per me si va nella citt dolente,
    Per me si va nell'eterno dolore
    Per me si va tra la perduta gente.

Puso cara de extraeza, como si no comprendiese bien. Apunt, a modo de
aclaracin:--Los versos que ley el poeta a la puerta del Infierno--.
Entonces ella, ante la palabra Infierno, tuvo una sonrisa de vago
sobresalto:--Oh!, no. Yo no he ledo ms que El Paraso.

* * *

--Desde aquel da--continu el marqus del Valle, mientras oscureca y
el cielo desplombase en cataratas de agua sobre el Bosque--hablamos
muchas veces de sobremesa. Miss Decency era una entusiasta fervorosa de
Espaa. Segn ella, slo dos ciudades haban grabado una huella
indeleble en su espritu: Sevilla y Venecia. Ah! Sevilla! Y la inglesa
pona los ojos en blanco y me hablaba de las noches perfumadas de
azahar, del gemir de las guitarras, y de los naranjos floridos. Para
ella, Andaluca no tena ms que un defecto: el amor.--El amor!--y la
solterona haca un gesto de espanto supremo:--Esa facilidad que hay en
su pas--me deca--para amarse, para hablar del amor, para vivir en el
amor y del amor!... All no se puede vivir; todo el mundo habla del
amor; el amor est en todas partes: en las canciones y en las estampas,
en las danzas y en las ceremonias de liturgia sagrada, en los labios y
en los ojos... Es una obsesin, una cosa horrible! All las gentes no
tienen verdadera religin, ni ideas morales, ni pudor... Viven como
faunos y bacantes en un bosque qu horror!--Y la dama, ruborizada por
lo atrevido del smil, callaba.

Porque a Miss Decency poda considerrsele la personificacin del pudor.
Era la suya una pudibundez tan frgil y quebradiza, que los hechos ms
sencillos y vulgares le sobresaltaban. Sin saberse cmo, hablando con
ella, todas las conversaciones iban a parar al mismo tema resbaladizo.
Pero su obsesin no era el sentimiento empalagoso de las solteras
sensibles, era el vicio, algo pecaminoso y nefando hecho de aberraciones
y brutalidades. Presentbasele siempre el sentimiento de Hero y Leandro,
de los amantes de Teruel, como una cosa diablica, grotesca y
alucinante, hecha de horrores y abominaciones. Saba raras historias,
lances extraos, en que pasaban cosas terribles, equvocas y
escalofriantes, y en que el amor alzbase trgico y amenazador como un
rito satnico, como esas misteriosas nigromancias a que se entregaron
Gilles de Reis, Prelatti, la Brinvilliers y el marqus de Sade. Mientras
hablaba, bosquejaba gestos de espanto, y por sus ojos dilatados de
miedo, pasaban extraas irisaciones de vesania. Era tal su obsesin, que
hasta en las cosas ms triviales y corrientes para todo el mundo, vea
ella extraas coincidencias, semejanzas turbadoras y tendencias a un
erotismo malsano, sanguinario y cruel. En el fondo de todo amor
aparecasele una inconsciente crueldad obscena y triste. De Andaluca,
de aquella encantadora tierra de sol, que deca adorar, conservaba un
recuerdo que tena algo de estampa de Rops, algo de aguafuerte de Goya,
y algo de pintura de Sorolla. En Andaluca no haba visto sino el cielo
implacable, los campos polvorientos llenos de chumberas, las danzas
brbaras de espasmos y gestos desgarrados en desesperaciones de agona
y los crmenes pasionales. Y qu escalofriantes e imprevistos detalles
descubra en aquellos crmenes! En todos adivinaba ella una lascivia
sanguinaria, un vicio concentrado, algo tremendo y alucinante. Vea
Espaa como una mezcla de barbarie, fango y sangre: un Crucificado
desmelenado y trgico, presidiendo el patio de caballos de una plaza de
toros; la Imperio bailando un garrotn en la procesin del Santo
Entierro. Por eso tema a nuestro pas, apesar de los aromas de azahar y
de los naranjos en flor.

En cambio, amaba la paz de las altas cumbres, porque en ellas moraba
Dios. En los nevados riscos que se alzaban polares bajo la luz de la
luna, en las mesetas donde nace el _edelweiss_, se oye la voz del Seor.
Su palabra tiene la terrible magnificencia del trueno y la dulzura de la
caricia. El alma, libre de impurezas, vuela por los etreos espacios, y
el humo del sacrificio se eleva directamente al cielo.

Por eso deseaba que yo hiciese una ascensin con ella.

* * *

--Confieso--reanud Valle, tras una pausa en que apur la cuarta taza de
t--que el anochecer, pese a todas las profecas, no me haba hecho
efecto. Si bien la puesta del sol tena efectos de luz muy bellos, es
lo cierto que el paisaje haba defraudado mis esperanzas y que la vista
no me indemnizaba del trabajo que me costara subir, ni de la noche de
fro que se nos preparaba. Aquello estaba demasiado alto y desde all
daba la impresin de estarse viendo todas las cosas en un mapa de
relieve; la distancia borraba los detalles que con sus contrastes forman
el encanto del paisaje, su movimiento, como si dijramos, y quedaba una
naturaleza de mundo muerto, una perspectiva rida de cataclismo
geolgico. Veanse los lagos como manchas grisosas, los pueblos
borrosos, los bosques de pinos fingan sombros borrones, y las enormes
cadenas de riscos parodiaban la osamenta de imposibles monstruos.

El ascenso, para m, poco hecho a tales hazaas, haba sido penoso en
demasa. Desde las siete de la maana, en que haba comenzado, hasta las
cinco de la tarde, que llegamos all, fue la excursin una marcha
continuada, sin ms que breves minutos de descanso y una parada ms
larga en el _Seigfred Palace_ (ltima estacin elegante de la montaa)
para almorzar. Confieso que ni el paisaje ni las peripecias me
compensaron del cansancio, y que as, poco a poco, fuese apoderando de
m un humor de todos los demonios. Miss Decency, en cambio, pareca
rejuvenecida, ms gil, alegre y emprendedora que nunca. Hasta haba
perdido algo de su habitual sequedad y hacase ms comunicativa y
parlanchina. Un color saludable invada sus mejillas, y sus ojos,
cansados, relucan llenos de viveza. Rota su correccin britnica,
hablaba al gua en alemn, le haca preguntas, bromeaba con l.
Realmente, la dama era incansable.

Y as fue todo el da. Delante, el tirols, un mocetn fornido,
musculoso y gil, ataviado a la moda del pas; las piernas, medio
desnudas, en las gruesas polainas de lana; pantaln de pana verde,
sostenido por bordados tirantes; blanca camisa, que, desabrochada,
dejaba el robusto cuello al descubierto; chaquetn de pao al hombro, y
cado sobre la oreja un fieltro verde con enhiesta pluma de guila;
detrs, la inglesa, y, por fin, yo, lamentable, arrastrndome
trabajosamente en su seguimiento. Ya arriba, izaron las tiendas de
campaa para pasar la noche (una para la buena seora y otra para m,
pues el gua dorma sobre unas mantas, a la intemperie), y disponamonos
a descansar, pues era preciso levantarse a las tres de la madrugada,
para ver la salida del sol.

Envuelto en amplio abrigo intent dormir, pero el fro y la intensidad
misma de mi cansancio me tenan nervioso, impidindome conciliar el
sueo. Al fin, desesperado, me alc del improvisado lecho y sal al aire
libre.

La noche era bellsima; en el cielo azul y luminoso, la luna brillaba
como una patena de plata. A la plida claridad del satlite, las cumbres
nevadas tenan una desolacin infinita de paisaje astral. Un silencio
augusto me envolva, y a mis pies, borrados por las tinieblas, las
minuciosidades, los abismos, eran misteriosas sombras, rotas de vez en
cuando por el espejo de un lago que reflejaba la luna. De improviso o
un quejido, un lamento de angustia, una imploracin de auxilio.
Permanec quieto, reconcentrado, prestando una atencin anhelante. El
quejido volvi a escucharse ms desgarrado que la primera vez. Ahora
dime cuenta exacta de que vena de la tienda en que dorma la inglesa. Y
el gua, qu haba sido de l? Angustiado por la soledad en que seguan
escuchndose siniestros los lamentos, hice un esfuerzo para dominarme y
me aproxim a la tienda. Junto a ella me detuve, y, conteniendo hasta la
respiracin, escuch. Ya no me caba duda! Se estaba cometiendo un
crimen. Tembloroso, horrorizado, alc con precaucin un pico del lienzo
y ahogu un grito. En el suelo, en confuso montn a que la claridad
lunar daba imprevistos claroscuros, luchaban la dama y el tirols. Era
una lucha salvaje, feroz, trgica y grotesca, en que se agitaban, se
contorsionaban, se retorcan, en posturas absurdas. Medio desnudos,
jadeantes, se revolcaban en el lecho de nieve. Una de las piernas de la
vieja, enfundada en una media escocesa a cuadros verdes, rojos,
amarillos y azules, se agitaba en el aire. El gua estaba violando a
miss Decency! Mi primer impulso fue acudir en su socorro; pero en aquel
momento l dejose caer al suelo, y la pdica salt sobre l. Era ella,
ella la vestal sagrada, la que atentaba al pudor del pobre chico!
Retroced anonadado, y silenciosamente volv a mi lecho.

* * *

Al cesar las risas, el marqus sigui su historia:

--A la maana siguiente, miss Decency vino a buscarme. Su rostro
resplandeca; semejaba as en el arrobol de las mejillas, y el fulgurar
de los ojos, ms joven, ms gil, liberada por un milagro del peso de
unos cuantos aos. Con voz velada de emocin, me interrog:--Ha visto
usted, amigo mo, qu prodigio! Verdaderamente; slo en estas alturas
nuestras almas pueden volar libres de las impurezas del mundo!

_Lucerna-Agosto._




NINON


Psose en pie, haciendo valer la innata elegancia de su figura, ese no
s qu de distincin suprema, que en el frvolo lenguaje de los salones
se califica de _un gran aire_. Era alta y delgada; el traje, de
terciopelo negro, cea la esbeltez un poco fatigada de su figura; la
piel de zibelina que rodeaba su cuello, la negra toca empenachada de
plumas que cubra sus cabellos teidos de rubio Ticiano y el espeso velo
de encaje, disimulaban los estragos del tiempo; el rostro desvastado, el
cansancio de las pupilas verdes que brillaban mortecinas en el fondo de
las cuencas violetas, y la mueca atrozmente amarga de la boca, en que
entre los labios arrugados y marchitos aparecan en una sonrisa
cruelmente dolorosa los dientes amarillentos.

--Me voy. Desde mi enfermedad de Venecia, el mdico me ha prohibido
estar en la calle al anochecer.

Maud Simson interrog con extraeza:

--Su enfermedad?... No saba...

Y Julito, a su vez, con un leve matiz irnico:

--Tal vez el veneno de Venecia?...

La sonrisa triste acentuse:

--El veneno de Venecia, s. Las emanaciones de las aguas estancadas, la
humedad malsana, el relente del anochecer... no s; una calentura
horrible, que por poco me cuesta la vida--. La voz era armoniosa,
ligeramente cascada, voz de mujer que se aleja a pasos agigantados de la
juventud. Despus, amable, encarndose con el dueo de la casa:--Ya sabe
usted que no salgo casi. Una excepcin para venir aqu.

Fred de la Croix, el baroncito atrabiliario y petulante, deslizose del
divn de damasco azul cielo con cojines de antiguo brocado y pieles de
blancas cabras del Tibet, en que yaca, y con su paso, a la vez perezoso
y elstico, que le daba una inquietante semejanza con algunos felinos,
aproximose a ella y la cogi las dos manos:

--Querida amiga!

La Fronshire sonri, y luego alejose por la galera, con su ademn
cansado de vencimiento.

El saloncillo ola a rosas y a cigarrillos turcos. Era una estancia
amable que tena de _baudoir_ de _cocotte_ y de despacho de artista:
damasco azul plido y maderas alegres; muebles cmodos, voluptuosos,
tallados en roble claro de ese estilo borroso en que el Luis XVI se ha
adaptado al _confort_ ingls; algn pastel fcil, dos o tres grabados
equvocos, y rosas, rosas por todas partes: rosas en los jarrones de
maylica, y en los bcaros venecianos y en los antiguos Svres; rosas
plidas, de suave coloracin carnosa, y bengalas rojas como la sangre;
rosas blancas, livianas y eucarsticas, y rosas amarillas; muchas,
muchas rosas, que hacan pesada la atmsfera, con pesadez de jardn
invernal.

Volva el baroncito, y los comentarios, prudentemente contenidos hasta
cerciorarse de la partida de la vctima, estallaron como implacable
pedrisco sobre la dama que acababa de marcharse.

--Qu estropeada est!

--Qu vieja!

--Yo no la hubiese conocido!--asegur Maud.

Y la Croix, cruel, implacable, con su sonrisa burlona, la nariz
respingada y los labios alzados en las comisuras, hacan an ms cnica
e insolente su ambigedad de colegial vicioso, flagel:

--Ninn, comienza a envejecer.

--Es que, realmente, es un bajn atroz--colabor la Simson.

--El veneno de Venecia!--ironiz Calabrs.

Y Olmeido, con su voz un poco estridente, tan propicia a los sarcasmos,
afirm muy serio:

--El veneno de Venecia ha sido--. Y, como todos rieran, incrdulos:--No
se figuren ustedes que es broma ma--asegur. Al ver que no le crean,
insisti en sus afirmaciones:--Si yo les contase la historia.

--S, s!--Y Fred, que se mora por los _potins_, palmoteaba.

A su vez, Julio uni, sus imploraciones a las del dueo de la casa:

--Cuenta!

Y Maud Simson, pereciendo de curiosidad, anunciole:

--Es temprano.

Como lo deseaba casi tan ardientemente como ellos, se dej convencer:

--Estbamos en Venecia el otoo pasado--comenz--. Habamos ido a bordo
del _Hamlet_, el prodigioso _yacht_ de Ofir, el judo multimillonario.
Llevbamos un mes embarcados y comenzbamos a aburrirnos. De la frvola
elegancia de las playas del Norte habamos pasado a la luminosidad
radiante de Cdiz y Npoles, y de all a la glauca transparencia de
Venecia. Al principio, la novedad de la vida a bordo se nos antoj
encantadora; pero pronto, la eterna prisin, con su forzada monotona,
nos cans. Adems, causas imprevistas disminuyeron el nmero de
invitados, y despus de haber perdido en Biarritz al gran duque Sergio,
llamado con urgencia a Moscou, Lina Monrreal y su marido acababan de
dejarnos en Cdiz. Quedbamos la princesa Orlasky, los Rodrguez Torres,
los peruanos de Pars, la Fonseca, Nino Alcolea, Lady Fronshire y yo. No
era la primera vez que me tropezaba con la inglesa; habala encontrado
ya en Escocia, en una cacera en Warthon-Castle, el castillo de lord
Warthon, en el _Pera-Palace_, de Constantinopla, y en la feria de
Sevilla. Y no s por qu, en todas partes, la elegancia serena de
aquella mujer, su extraa juventud que se conservaba prodigiosamente,
desdeosa al tiempo; su mirada altiva de diosa que camina por las nubes
indiferente para las miserias humanas, me inquietaron. Haba en su
hermetismo, en la mueca de sus labios rojos, en un gesto de rara dejadez
que pareca aflojar los resortes de su cuerpo, transformando por un
segundo su gran aire en una blanda elasticidad felina, y, sobre todo, en
sus ojos azules y profundos, unas veces, verdes y transparentes, otras,
un algo que me turbaba. Sus ojos!... Sobre la mscara de frialdad
altiva de la dama, aquellos ojos inquietaban como una desgarradura en un
tapiz de terciopelo herldico, por la que se entreviese una escena de
burdel. Yo haba sorprendido aquellos ojos una tarde de cacera, brumosa
y gris, a orillas de un lago, en un rincn de Escocia, despus de un da
de insaciable galopar, ante el cuadro cruento de los jabales muertos y
los galgos despanzurrados, fijos con una mirada ardiente en los rojos
palafreneros; haba vuelto a hallarla, siguiendo como una sombra
fatdica los pasos de un torero en el ruedo sevillano, como si esperasen
la visin cruenta de una catstrofe; y, por fin, fijos, hipnotizados por
la brbara zalagarda de unos soldados rabes en Constantinopla. Y
siempre en el fondo de las pupilas haba adivinado el mismo anhelo, la
misma ansiedad dolorosa, la misma angustia de contenido deseo.

Apesar de nuestro cansancio, Venecia nos galvaniz. Venecia! Venecia es
con Avila, quizs las dos nicas ciudades del mundo en que _se siente_
palpitar el alma de la Edad Media. Tiene de las urbes antiguas la
magnificencia y la miseria, la teatralidad propicia a los desfiles
triunfales y a las pompas litrgicas, la inconfortabilidad, la suciedad
y la incongruencia. Ah!, la quimrica maravilla de la Piacetta, con su
gtico palacio ducal, su oriental San Marcos de oro y pedreras, sus dos
obeliscos coronados por San Jorge y el Dragn, su campanile y su luz
violeta que da a las cosas un aspecto irreal! Ah la inquietadora
belleza del Gran Canal, con su doble fila de palacios de nombres
sonoros; la extraa interrogacin de la vieja ciudad con su laberntica
red de callejuelas y sus intrincados canalillos, donde al volver de un
recodo sospechoso, lleno de negros y miserables tugurios, surge el
prodigio de bizantina balconada! En Venecia queda todava la huella de
la vida remota, cruel, malsana, apasionada y fervorosa, y todava se
adivina en ella el triunfo del orgullo, de la lujuria y de la muerte.

Encantados, andbamos de un lado para otro. Mis compaeros, pasado el
primer entusiasmo, jugaban al _tennis_ o tomaban el t en el Lido, o
surcaban la laguna en las canoas automviles; pero yo, ms curioso,
atrado por la vida misteriosa de la ciudad vieja, vagaba,
complacindome en perderme en el laberinto de puentes, callejones y
encrucijadas. Un da, sin saber cmo, haba ido a parar al barrio de _la
Marinera_. Comenzaba a anochecer; en las callejas, a que la angostura,
oscuridad y elevacin de los edificios daba un aire sombro, abranse,
baadas en la claridad lvida de los mecheros de gas, tabernas y
chiscones, donde, al travs de la espesa atmsfera cargada de humo,
divisbanse equvocas figuras de la fauna del hampa mezcladas con
marineros y soldados. Mujeres sospechosas que, envueltas en sus
pauelos de crespn, tenan una extraa semejanza con las que pululan en
las noches estivales por los barrios bajos de Madrid, paseaban las
calles ofreciendo su mercanca de amor. Del fondo de las antros surgan
notas truncadas de canciones canallescas, estrofas de barcarolas
romnticas o cantos patriticos, y voces que disputaban o que gritaban
simplemente por al gusto de gritar, formando horrsona batahola.
Avanzaba entre curioso y sobrecogido, cuando una callejuela ms oscura y
angosta llam mi atencin. Era un pasadizo de metro y medio de ancho,
apenas alumbrado por la mortecina luz de un farol colocado al fondo. Un
vaho hmedo, cargado de emanaciones pestilentes de miseria, de suciedad
y de prostitucin, sala de l; un arroyo de agua ftida, negra y
viscosa, corra por el centro, y veanse confusamente figuras
sospechosas que iban y venan en las tinieblas. Valientemente, impulsado
por una curiosidad ms fuerte que el temor, me entr calle adelante. La
va, segn se avanzaba, hacase ms estrecha; a ambos lados abranse
portales negros y profundos, y al fondo de los zaguanes adivinbanse
sombras humanas, borrosas y confusas, en una hibridacin inquietadora,
de la que destacbase de tarde en tarde la falda clara de una mujer o la
blanca blusa de un marinero. Llegu al final; el pasadizo era un
callejn sin salida; en el ngulo, una mujercita, de alto peinado,
discuta con un _bersaglieri_ borracho; entonces, no sin cierta escama,
emprend la retirada. Iba a medio camino, cuando de improviso surgi de
la sombra una silueta conocida. Lady Fronshire! Dud: no era posible
aqullo. De dnde haba salido? All no haba sino antros
prostibularios o tascas infectas; indudablemente, la inglesa, paseando,
habase extraviado, y al verse en aquel callejn, retroceda. Pero cmo
no haba yo visto antes la silueta de elegancia inconfundible que
contrastaba de manera tan violenta con el ambiente canallesco? Jurara
que Lady Fronshire haba surgido de uno de aquellos inmundos
portalillos! Y era ella, ella con su gran aire, su cuerpo gil y
serpentino bajo el chic irreprochable del traje sastre. Corr para
alcanzarla, pero en aquel momento llegaba a la calle central, y dando la
vuelta desapareca. Y cuando yo, a mi vez, llegu, no quedaba huella.

--Bah! Ilusiones tuyas!--ri Julito.

--Ilusiones?--Y Olmeido, amostazado, hablaba con calor:--Pues falta la
segunda parte!

--A ver! A ver!--Y todos, interesadsimos, aprestronse a or.

El portugus continu:

--Cuatro o cinco das despus volv a tropezarme con ella. Era nuestra
ltima jornada de Venecia. Ofir, reclamado con urgencia por sus
negocios, tena que volver a Londres, y el _Hamlet_ levara anclas al
da siguiente. Todos nuestros amigos haban aprovechado el esplendor del
da (uno de los ltimos de septiembre) para hacer su postrera excursin
a Murano; pero yo haba preferido ir a dar mi adis a la vieja urbe
ducal. Despus de visitar San Marcos y el Palacio del Dux y ambular por
las calles, retornaba hacia el Lido en uno de los vaporcillos que hacen
la travesa, gozndome en la magia del atardecer. Como al travs de un
lente de amatista, vea, alzndose de la glauca superficie de la laguna,
destacarse sobre el cielo violeta la ciudad arcaica, coronada de
orientales campaniles. A la izquierda, en un islote, quedaba Santa Mara
de la Salute, que nos habla de uno de los azotes de la Edad Media, de la
peste; a la derecha, los jardines, y sobre la esmeralda lquida, las
viejas gndolas, fnebres y romnticas. Una evolucin del barco me hizo
perder de vista la ciudad, y deseoso de contemplarla an, decidime a
bajar a los departamentos de segunda clase. Descenda las escaleras,
cuando algo, sobresaltndome, obligome a detenerme. Aquella silueta!
Lady Fronshire estaba all. Indudablemente, haba tenido la misma idea
que yo, y quera tambin dar su adis a Venecia. Mi primer impulso fue
dirigirme a ella, pero una fuerza misteriosa me detuvo; por qu estaba
all? Dud; sera realmente ella? Ella, en persona; no era fcil
confundir su porte de gran seora, su elegancia innata, de raza; pero,
adems, si an fuese poco, pregonaban su personalidad el atavo de
franela blanca, que moldeaba el cuerpo de una juventud pasmosa, el hilo
de enormes perlas pendiente de su cuello (aquellas famosas perlas que
pertenecan a la Reina Isabel de Inglaterra) y los solitarios que
fulguraban en sus orejas. Disipadas mis dudas, iba a seguir descendiendo
para hablar con ella, cuando una maniobra extraa que acababa de
chocarme me detuvo. Cerca de la inglesa, dos marineros, dos mocetones
napolitanos o corsos, de tinte bronceado, casi olivceo, y rizados
cabellos, vestidos con el traje de los marineros italianos, que dejaba
al desnudo sus cuellos de hrcules, la miraban, sonrean, tornaban a
mirarla; en una palabra: la hacan el amor! Indignado por lo que
reputaba como incalificable grosera, iba a encararme con ellos, tomando
la defensa de mi amiga, cuando not con asombro que, en vez de
indignarse, pareca ella complacerse y an prestarse a ello.
Efectivamente, en lugar de alejarse de all con un gesto de asco, Lady
Fronshire les animaba con rpidas ojeadas y fugaces sonrisas, que
revoloteaban un instante en sus labios. Envalentonados, fueron
acercndose, hasta que la mano de uno, apoyada en el barandal, roz la
de la dama. Lejos de retirarla, sonri ella; entonces, el muchacho
comenz a hablar con su compaero, disimulando con risotadas y
chocarreras su turbacin. Pero la inglesa, sin volverse, sin perder su
ecunime serenidad, murmur unas palabras que sumioles en sbito
silencio. El barco se detuvo y me apresur a desembarcar. Oculto, vi
surgir la figura elegantsima de la Fronshire, gil, garbosa, noble. Una
vez en tierra, vacil un segundo, y luego, en vez de seguir el paseo que
lleva a los grandes hoteles, internose resueltamente por los arenales y
boscajes que bordean el mar, perdindose en las tinieblas nocherniegas.
Detrs de ella, a algunos pasos, los marineros la seguan.

Tres horas despus, unos paseantes rezagados recogironla medio muerta
entre las malezas. Semidesnunda, tena el cuerpo lleno de cardenales, el
rostro ensangrentado, arrancado el pelo. Las portentosas perlas, las
sortijas extraas y los gruesos solitarios, haban desaparecido. Una
oreja desgarrada, llena de sangre, pregonaba la brutalidad del drama.
Llevronla al hotel; terrible fiebre cerebral tvola muchos das entre
la vida y la muerte, y, al fin, cuando logr salvarse, su juventud, la
prodigiosa juventud que desafiaba burlona al tiempo, se haba fundido.
Por eso pasea melanclica la convalecencia de ese terrible mal, y nos
habla tristemente del veneno de Venecia.

_Venecia-Septiembre 1912._

TITULO DE LAS OBRAS


=Cuestin de ambiente.= Novela con un prlogo de la Condesa de Pardo-Bazn
y una portada de D. Jos Garnelo. (Tercera edicin.) (Agotada.)

=Mors in Vita.= Novela, con una portada de don Jos Rodrguez Acosta.
(Agotada.)

=Frivolidad.=

=A flor de piel.=

=Los emigrantes.=

=Bohemia triste.= (Edicin de _Los Contemporneos_).

=Mandrgora.= (Idem.)

=La torera.= (Idem.)

=La Reconquista.= (Edicin de _El Cuento Semanal_.) (Agotada.)

=Bestezuela de amor.= (Edicin de _Los Contemporneos_.)

=Del Huerto del Pecado.= Cuentos. Portada e ilustraciones de
Julio-Antonio. (Agotada.)

=La estocada de la tarde.= Novela, con una portada de D. Marano
Benlliure. (Edicin de _El Cuento Semanal_.) (Segunda edicin.)
(Agotada.)

=La Turbadora.= Novela, (Edicin de _Cuentos galantes_.)

=Memorias de un neurastnico.= Novela, (Edicin de _Los Cuentistas_.)

=Mi alma era cautiva...= Novela de Colette Willy; traduccin del autor.
(Edicin de _El Cuento Semanal_.)

=Las Cortes de la Muerte.= Novela, con una portada de D. Jos Moreno
Carbonero. (Edicin de _Los Contemporneos_.)

=San Sebastin Cyterea.= Novela, con una portada de D. Juan Antonio
Benlliure. (Edicin de _El Cuento Semanal_.) (Agotada.)

=La Pantera Vieja.= Novela. (Edicin de _El Cuento Semanal_.) (Agotada.)

=La vejez de Heliogbalo.= Novela. (Edicin de la _Biblioteca
Renacimiento_.)

=Los Hroes de la Puerta del Sol.= Novela. (Edicin de _Los
Contemporneos_.)

=La hora de la cada.= Novela. (Edicin de _El Libro Popular_.)

=Una aventura de la Condesa.= Novela. (Edicin de _Los Contemporneos_.)

=El Retorno.= Novela. (Edicin de _El Libro Popular_.)

=La Primera de Abono.= Dibujos de R. Marn. (Edicin de _El Libro
Popular_.)

=El Capricho de Estrella.= (Edicin de _El Cuento Galante_.)


EN PRENSA

Oro, seda, sangre y sol. Novela del Toreo.


TEATRO


=Un alto en la vida errante.= (Comedia en tres actos y un prlogo, en
colaboracin con Ramn Prez de Ayala.)

=Una cosa es el amor...= (Comedia en dos actos, en colaboracin con
Melchor Almagro.)

=Frivolidad.= (Comedia en tres actos y cuatro cuadros.)

=El Fantasma.= (Drama Grand Guignol, en un acto.)



***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PECADO Y LA NOCHE***


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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

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spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:
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works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

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