The Project Gutenberg EBook of Fgaro, by Mariano Jos de Larra

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Title: Fgaro
       (Artculos selectos)

Author: Mariano Jos de Larra

Release Date: March 7, 2010 [EBook #31541]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACIN

MARIANO JOS DE LARRA

FGARO

(ARTCULOS SELECTOS)

SEGUNDA EDICIN

BUENOS AIRES
1907

Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires.




NDICE


                                                                  _PGS._

Mi nombre y mis propsitos                                             1

Una primera representacin                                             7

Yo quiero ser cmico                                                  18

El castellano viejo                                                   25

Entre qu gentes estamos?                                            38

Las casas nuevas                                                      47

El duelo                                                              55

El lbum                                                              63

Los calaveras                                                         71

Modos de vivir que no dan de vivir: oficios menudos                   87

La fonda nueva                                                        98

La vida en Madrid                                                    105

La diligencia                                                        110

Varios caracteres                                                    119

La Noche Buena de 1836: yo y mi criado: delirio filosfico           124

El mundo todo es mscaras: todo el ao es carnaval                   134

Empeos y desempeos                                                 149

Cartas a Andrs Niporesas, por el bachiller don Juan de Mungua      160

Ya soy redactor                                                      180

Don Timoteo, o el literato                                           186

La polmica literaria                                                195

Don Cndido Buenaf, o el camino de la gloria                        202

El hombre pone y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista      210

El siglo en blanco                                                   213

Un peridico nuevo                                                   217

El hombre globo                                                      226

Vuelva usted maana                                                  235

Cuasi: pesadilla poltica                                            247

La sociedad                                                          253

Las palabras                                                         262

Por ahora                                                            265

El ministerial                                                       269

En este pas                                                         275

La alabanza, o que me prohban este                                  283

Las circunstancias                                                   290

La junta de Castel-o-Branco                                          295

Nadie pase sin hablar al portero, o los viajeros en Vitoria          306




FGARO

DON MARIANO JOS DE LARRA


Naci don MARIANO JOS DE LARRA en Madrid, el 24 de marzo de 1809, para
ejercer grande y casi decisiva influencia en la literatura, y ms que en
la literatura en el periodismo de Espaa y de todos los pases del habla
castellana,--entre los que est muy lejos de ser excepcin el nuestro.

Desconocido en un principio por la crtica, fue desde el primer momento
el mimado del pblico;--que no siempre deja de ser verdad lo de que
_tout Paris a plus d'esprit que M. de Voltaire_. Y como era un escritor
valiente, un ingenio agudo, un satrico acerbo y un observador de muchos
quilates,--pese a la persecucin de los gobiernos y las ms mortales
an, mordeduras de la envidia, Larra se impuso en vida, lleg a ser
gloria en muerte, y fue una vez ms la sancin del soberano parecer del
pueblo.

Durante su rpida cuanto fecunda carrera periodstica, no tuvo
competidores, y el mismo clsico e ingenuo Mesonero Romanos tuvo que
ceder el paso al maestro--entonces,--y hoy desaparece en la penumbra de
aquella gran sombra. Leer hoy los artculos de ambos, es recordar maana
exclusivamente a Fgaro.

Y, sin embargo, este hombre que a tales alturas intelectuales alcanz,
que sus artculos se leen ahora como si an estuviera fresca la tinta
con que fueron escritos; este hombre, cuyo escepticismo parece el
resultado de larga y amargusima experiencia; este hombre, cuyos
artculos ms insignificantes pueden todava servir de inspiradores, si
no de modelos,--muri cuando an estaba por llegar a la madurez, antes
de alcanzar los treinta aos. Pero por qu conjeturar lo que
producira, si basta y sobra con lo producido?

Y tanto como basta! Los ms brillantes periodistas argentinos son hijos
de Fgaro, si no en otra cosa, en la audacia para romper viejos lazos,
derribar arcaicas supersticiones y rebelarse contra los antiguos e
innocuos catecsmos.

       *       *       *       *       *

Respecto de la presente edicin, slo aadiremos que se ha cuidado de
seleccionar todo lo ms fresco, todo lo ms _actual_, que haya brotado
del ingenio de Fgaro, de manera tal, que este libro parezca un
peridico acabado de escribir por l... para maana.




MI NOMBRE Y MIS PROPSITOS

     _Figaro._--...Ennuy de moi, dgot des autres... suprieur aux
     vnements, lou par ceux-ci, blm par ceux-l; aidant au bon
     temps, supportant le mauvais; me moquant des sots, bravant les
     mchants... vous me voyez enfin...

     _Le comte._--Qui t'a donn une philosophie aussi gaie?

     _Figaro._--L'habitude du malheur. Je me presse de rire de tout, de
     peur d'tre oblig d'en pleurer.

                  BEAUMARCHAIS

             _Le barbier de Sville_, act. I.


Mucho tiempo hace que tena yo vehementsimos deseos de escribir acerca
de nuestro teatro, no precisamente porque ms que otros le entienda,
sino porque ms que otros quisiera que llegasen todos a entenderle. Helo
dejado siempre, porque dudaba las unas veces de que tuvisemos teatro, y
las otras de que tuviese yo habilidad; cosas ambas a dos que crea
necesarias para hablar de la una con la otra.

Otras dudillas tena adems: la primera, si me querran or; la segunda,
si me querran entender; la tercera, si habra quien me agradeciese mi
cristiana intencin, y el evidente riesgo en que claramente me pusiera
de no gustar bastante a los unos y disgustar a los otros ms de lo
preciso.

En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuando
uno de mis amigos (que algn nombre le he de dar) me quiso convencer, no
slo de que tenemos teatro, sino tambin de que tengo habilidad; ms
fcilmente hubiera credo lo primero que lo segundo, pero l me concluy
diciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien deba de
decrselo al pblico; y en lo de si tengo habilidad para ello, que el
pblico era quien me lo haba de decir a m. Acerca del miedo de que no
me quieran or, asegurome muy seriamente que no sera yo el primero que
hablase sin ser odo, y que como en esto ms se trataba de hablar que de
escuchar, ms preciso era yo que mi auditorio.

--Ridculo es hablar--me aadi--no habiendo quien oiga; pero todava
sera peor or sin haber quien hable.

Acerca de si me querran entender, me tranquiliz afirmndome que en los
ms no estara el dao en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Y
en lo del riesgo de gustar poco a unos y disgustar mucho a otros:

-Pardiez!--me dijo--que os embarazis en casos de poca monta. Si
hubieren cuantos escriben de pararse en esas bicocas, no veramos tantos
autores que viven de fastidiar a sus lectores; a ms de quedaros siempre
el simple recurso de disgustar a los unos y a los otros, dejndolos a
todos iguales; y si os motejan de torpe, no os han de motejar de
injusto.

Desvanecidas de esta manera mis dudas, quedbame an que elegir un
nombre muy desconocido que no fuese mo, por el cual supiese todo el
mundo que era yo el que estos artculos escriba; porque esto de decir,
yo soy fulano, tiene el inconveniente de ser claro, entenderlo todo el
mundo y tener visos de pedante; y aunque uno lo sea, bueno es, y muy
bueno, no parecerlo. Djome el amigo que deba de llamarme Fgaro,
nombre a la par sonoro y significativo de mis hazaas, porque aunque ni
soy barbero, ni de Sevilla, soy, como si lo fuera, charlatn, enredador
y curioso adems, si los hay. Me llamo, pues, Fgaro; suelo hallarme en
todas partes; tirando siempre de la manta y sacando a la luz del da
defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la
gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me llaman por
todas partes mordaz y satrico; todo porque no quiero imitar al vulgo de
las gentes que, o no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo que
dicen.

Parceme que por hoy habr hecho lo bastante si me doy a conocer al
pblico yo y mis intenciones. El teatro ser uno de mis objetos
principales, sin que por eso reconozca lmites ni mojones determinados
mi inocente malicia, y para que se vea que no soy tan satrico como dan
en suponerlo; mil pequeeces habr que deje a un lado continuamente, y
que muy de tarde en tarde har entrar en la jurisdiccin de mi crtica.

Con respecto, por ejemplo, a los actores, y sobre todo a los nuevos que
nos van dando continuamente, y los cuales todos dara el pblico de
buena gana por uno solo mediano, ya me guardara yo muy bien de fundar
sobre ellos una sola crtica contra nuestro ilustrado ayuntamiento.
Acaso rija en los teatros la idea de aquel famoso general, de cuyo
nombre no me acuerdo, si bien he de contar el lance que los actores,
muchos, pero malos, me recuerdan.

Hallbase con su gente este general en su posicin, y recibi aviso de
que se acercaba a ms andar el enemigo.

--Mi general--le dijo su edecn,--el enemigo!

--El enemigo, eh?--pregunt el general.--Djele usted que se acerque.

--Seor, que ya se le ve!--dijo de all a un rato el edecn.

--Cierto, ya se le ve!

--Y qu hacemos, mi general?--aadi el edecn.

--Mire usted--contest el general, como hombre resuelto,--mande usted
que le tiren un caonazo, veremos cmo lo toma.

--Un caonazo, mi general?--dijo el edecn.--Estn muy lejos an.

--No importa, un caonazo he dicho--repuso el general.

--Pero, seor--contest el edecn despechado,--un caonazo no alcanza.

--No alcanza?--interrumpi furioso el general con tono de hombre que
desata la dificultad,--no alcanza un caonazo?

--No, seor, no alcanza--dijo con firmeza el edecn.

--Pues bien--concluy su excelencia,--que tiren dos.

Eso decimos por ac. Darle un actor malo al pblico a ver cmo lo toma.
No alcanza, no gusta? darle dos.

Menos dir, por consiguiente, que tanto los nuevos como los viejos creen
que su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrpulo
de conciencia que los ms dicen sus papeles, pero no los hacen, porque
acaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que viva en Madrid,
no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicacin con su
familia. Movido de los ruegos de sta, fuele a visitar un amigo, y en el
desorden de su cuarto not entre otras cosas que no deba de hacer nunca
su cama; tal estaba ella de malparada.

--Pero es posible, seor don Braulio--le dijo el amigo al loco,--es
posible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha de
hacer usted, ni?....

--No, amigo, no; es mi sistema.

--Pero qu sistema?

--Tengo razones.

--Razones?

--No, amigo--respondi el loco,--no har mi cama, no la har,--y
acercndosele al odo, aadi con aire misterioso;--no la hagas y no la
temas.

A este refrn se atienen, sin duda, nuestros cmicos cuando no hacen una
comedia. No hacemos la comedia, dicen como el loco, porque no la hagas
y no la temas.

Pues tan comedido como con los teatros, he de ser, poco ms o menos, con
todas las dems cosas. Ni pudiera ser de otra suerte; en poltica, sobre
todo, y en puntos que ataen al gobierno, qu pudiera hacer un
periodista sino alabar? Como suelen decir, esto se hace sin gana, y si
ya desde hoy no nos soltamos a encomiarlo todo de una vez, es porque
somos como cierto sujeto de Ubeda, cuyo caso no he de callar por vida
ma, mas que en cuentos y relatos me llame el lector pesado.

Haba llamado el tal a un pintor, y mandndole hacer un cuadro de las
Once mil vrgenes, y el contrato haba sido darle un ducado por virgen,
que por cierto no fue caro. Llev el pintor el cuadro al cabo de cierto
tiempo, pero era claro que ni cupieran once mil cuerpos en un lienzo, ni
haba para qu ponerlas todas; haba, pues, imaginado el pintor de Ubeda
figurar un templo de donde iban saliendo, y as slo podran contarse
alguna docena en primer trmino, dos o tres docenas en segundo, e
infinidad de cabezas que de las puertas salan. Cont callandito el
aficionado a vrgenes las que alcanzaba a ver, y preguntole en seguida
al artista cunto vala el cuadro conforme al contrato. Respondiole
aquel, que claro estaba: que once mil ducados.

--Cmo puede ser eso?--le repuso el que haba de pagar,--si aqu no
cuento yo arriba de cien cabezas.

--No ve vuestra merced--contest el pintor,--que las dems estn en el
templo y por eso no se ven? Pero...

--Ah! pues entonces--concluy el aficionado,--tome vuestra merced por
hoy esos cien ducados que corresponden a las que han salido, y con
respecto a las dems yo se las ir pagando a vuestra merced conforme
vayan saliendo.

Vaya, pues, haciendo nuestro ilustrado gobierno de las suyas, que
conforme ellas vayan saliendo, nosotros se las iremos alabando.

As que, me ir muy a la mano en estas y en todas las materias, y antes
de pronunciar que hay una sola cosa reprensible, ver cmo y cuando, y a
quien lo digo, asegurando desde ahora que no s qu ngel malo me
inspira esta maldita tentacin de reformar, y que entro en esta
obligacin con la misma disposicin de nimo que tiene el soldado que va
a tomar una batera.




UNA PRIMERA REPRESENTACIN


En los tiempos de Iriarte y de Moratn, de Comella y del abate Cladera,
cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de librera a
librera, de corral a corral, las burlas y los epigramas, la primera
representacin de una comedia (entonces todas eran comedias o tragedias)
era el mayor acontecimiento de la Espaa. El buen pueblo madrileo, a
cuyos odos no haban llegado an, o de cuya memoria se haban borrado
las encontradas voces de tirana y libertad, haca entonces la vista
gorda sobre el gobierno. Su Majestad cazaba en los bosques del Pardo, o
reventaba mulas en la trabajosa cuesta de la Granja; en la corte se
intrigaba, poco ms o menos como ahora, si bien con un tanto ms de
hipocresa; los ministros colocaban a sus parientes y a los de sus
amigos; esto ha variado completamente; la clase media iba a la oficina;
entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, el
heroico pueblo iba a los toros a llamar bribn a boca llena a Pepe-Hillo
y Pedro Romero cuando el toro no se quera dejar matar a la primera.
Entonces no haba ms guerra civil que los famosos bandos y
parcialidades de chorizos y polacos. No se sospechaba siquiera que poda
haber ms derecho que el de tirar varias cscaras de meln a un
morcillero, y el de acompaar la silla de manos de la Rita Luna, de
vuelta a su casa desde el teatro, lloviendo dulces sobre ella. En
aquellos tiempos de tirana y de inquisicin haba, sin embargo, ms
libertad; y no se nos tome esto en cuenta de paradojas, porque al fin
se saba por dnde poda venir la tempestad, y el que entonces la pagaba
era por poco avisado. En respetando al rey y a Dios, respeto que
consista ms bien en no acordarse de ambas majestades que en otra cosa,
poda usted vivir seguro sin carta de seguridad, y viajar sin pasaporte.
Si usted quera escribir, imprima y venda cuanto a mientes se le
viniese, y ah estn si no las obras de Saavedra, las del mismo Comella,
las de Iriarte, las de Moratn, las poesas de Quintana, que escritas en
nuestros das no podran probablemente ver en muchos aos la luz
pblica. Entonces ni haba espas, ni menos polica: no lo ahorcaban a
usted hoy por liberal y maana por carlista, ni al da siguiente por
ambas cosas: tampoco haba esta comezn que nos consume de ilustracin y
prosperidad: el que tena un sueldo se tena por bastante ilustrado, y
el que se diverta alegremente se crea todo lo prspero posible. Y
esto, pesado en la balanza de las compensaciones, es algo sin duda.

Haba otra ventaja, a saber, que si no quera usted cavar la tierra, ni
servir al rey en las armas, cosas ambas un si es no es incmodas; si no
quera usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes o de medicina;
si no tena usted ramo ninguno de rentas donde meter la cabeza, ni
hermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo hubiese sido; si no
poda usted ser paje de bolsa de algn ministro o consejero, deca usted
que tena una estupenda vocacin; vistiendo el tosco sayal tena usted
su vida asegurada, y dejando los estudios, como fray Gerundio, se meta
usted a predicador. El oficio en el da parece tambin haber perdido
algunas de sus ventajas.

Por nuestros escritos conocern nuestros lectores que no debemos
alcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero quin no es hijo de
alguien en el mundo? Quin no ha tenido padres que se lo cuenten?

Entonces, en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustrado
pblico, menos descontentadizo, era a la par ms indulgente. Lo que por
aquellos tiempos poda ser una primera representacin, lo ignoramos
completamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres de
nuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiado
esta ignorancia.

En el da, una primera representacin es una cosa importantsima para el
autor de... de qu diremos? Es tal la confusin de los ttulos y de las
obras, que no sabemos cmo generalizar la proposicin. En primer lugar,
hay lo que se llama comedia antigua, bajo cuyo rtulo general se
comprenden todas las obras dramticas anteriores a Comella; de capa y
espada, de intriga, de gracioso, de figurn, etc.; hay, en seguida, el
drama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno literario,
traduccin de la _Porte Saint-Martin_ como _El Valle del Torrente_, _El
Mudo de Arpenas_, etc.; hay el drama sentimental y terrorfico, hermano
mayor del anterior, igualmente traduccin, como _La hurfana de
Bruselas_; hay despus la comedia dicha clsica de Molire y Moratn,
con su versito asonantado o su prosa casera; hay la tragedia clsica,
ora traduccin, ora original, con sus versos pomposos y su
correspondiente hojarasca de metforas y pensamientos sublimes de sangre
real; hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traduccin de
Scribe: insulsa a veces, graciosita a ratos, ingeniosa por aqu y por
all; hay el drama histrico, crnica puesta en verso o prosa potica,
con sus trajes de la poca y sus decoraciones _ad hoc_, y al uso de
todos los tiempos; hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el drama
romntico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oda, cometa que
aparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colas
de sangre y de mortandad, el nico verdadero; descubrimiento escondido a
todos los siglos y reservado slo a los Colones del siglo XIX. En una
palabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad en
literatura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.

He aqu que el autor ha dado su ltima mano a lo que sea; ya lo ha
cercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de que
se puede representar y de que acaso es cosa buena.

Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad la
prxima representacin, y en todos los peridicos se lee, entre las
noticias de facciosos derrotados completamente, la clusula que sigue:

Se nos ha asegurado, o sabemos (el sabemos no se aventura todos los
das), que se va a poner en escena un drama nuevo en el teatro de...
(por lo regular del Prncipe). Se nos ha dicho que es de un autor muy
conocido ya ventajosamente por obras literarias de un mrito
incontestable. Deben desempear los principales papeles nuestra clebre
seora Rodrguez y el seor Latorre. La empresa no ha perdonado medio
alguno para ponerlo en escena con toda aquella brillantez que requiere
su argumento; y tenernos fundados motivos (la amistad nadie ha dicho que
no sea motivo, ni menos que no sea fundado) para asegurar que el xito
corresponder a las esperanzas y que por fin el teatro espaol, etc., y
as sucesivamente.

Luego que el pblico ha ledo esto, es preciso ir al caf del Prncipe;
all se da razn de quin es el autor, de cmo se ha hecho la comedia,
de por qu la ha hecho, de que tiene varias alusiones sumamente
picantes, lo cual se dice al odo; el caf del Prncipe, en fin, es el
memorialista, el valenciano del teatro.

--Ha visto usted eso del drama que trae _La Revista_?

--Qu drama es ese?

--No s.

--S, hombre: si es aquel que estaba componiendo...

--Ah! s. Hombre, debe ser bueno!

--Precioso.

--Cmo se titula?

--_Fulano_!

--A secas?

--No s si tiene otro ttulo.

--Es regular.

--Cuntos actos?

--Cinco, creo.

--No son actos--dice otro.

--Cmo? No son actos?

--S, son actos; pero... yo no s.

--Ah! s.

--Y muere mucha gente?

--Por fuerza! Dicen que es bueno.

--Gustar!--dicen en otro corrillo.

--Hombre, eso, como este pblico es as... yo no me atrevera... pero mi
opinin es que o debe alborotar, o le tiran los bancos.

--Hola!

--No hay medio. Hay cosas atrevidas, pero qu escenas! Figrese usted
que hay uno que es hijo de otro.

--Oiga!

--Pero el hijo est enamorado... Deje usted: yo no me acuerdo si es el
hijo o el padre el que est enamorado. Es igual. El caso es que luego se
descubre que la madre no es madre; no; el padre es el que no es padre;
pero hay un veneno, y luego viene el otro, y el hijo o la madre matan al
padre o al hijo.

--Hombre! Eso debe ser de mucho efecto.

--Ya lo creo! Y hay una tempestad y una decoracin obscura, ttrica,
romntica... en fin, con decirle a usted que la dama ayer en el ensayo
no poda seguir hablando.

--Ui!

Si la cosa es por otro estilo, aunque ahora no hay cosas por otro
estilo:

--Es bonita--dicen,--slo que es pesada; pero a mi me hizo rer mucho
cuando la le; es clsica, por supuesto; pero no hay accin; no sucede
nada.

El autor, entretanto, se las promete felices, porque en los ensayos han
convenido los actores (que son muy inteligentes) que hay una escena que
levanta del asiento; slo se teme que el galn, que ha credo que el
papel no es para su carcter, porque no es de bastante bulto, le haga
con tibieza; y el segundo gracioso, no ha entendido una palabra del
suyo, no hay forma de hacrselo entender. Por otra parte, una dama est
un poquillo ofendida porque la protagonista, que naci demasiado pronto,
tiene ms aos de los que ella quiere aparentar. Y los segundos papeles
estn en malas manos, porque como aqu no hay actores...

Esto sin embargo, los ensayos siguen su curso natural; el autor se
consume porque los actores principales no dicen su papel en el ensayo,
sino que lo rezan entre dientes.

--Un poco ms energa--se atreve a decir el autor en ademn de pedir
perdn.

--No tenga usted cuidado--le responden;--a la noche ver usted.

Con esto, apenas se atreve a hacer nuevas advertencias; si las hace,
suele atraerse alguna risilla escondida; verdad que, a veces, el autor
suele entender de representar menos todava que el actor.

--Qu saco yo en la cabeza?--le pregunta una joven.--Diadema?

--No es necesario.

--Como soy...

--No importa, se va usted a acostar cuando sucede el lance.

--Es verdad.

--Y yo, qu saco en las piernas?

--La poca, el calzn ajustado, pie y brazo acuchillados.

--Es que no tengo.

--S, tienes--dice un compaero,--el calzn que te sirvi para Dido.

--Ya; pero eso debe ser otra poca.

--No importa: le pones cuatro lazos y es eso.

--Yo saco peluca rubia--dice el gracioso.

--Por qu rubia?

--No tengo ms que rubias; todas las hacen rubias.

--Bien; as como as la escena es en Francia.

--Ah, entonces!... los franceses son rubios.

--Y calva, por supuesto?

--No, hombre, no: si no tiene usted ms que cincuenta aos.

--Es que todas mis pelucas tienen calva.

--Entonces saque usted lo que usted quiera.

--Yo necesito un retrato, qu saco?--dice otro.

--No, un medalln: cualquier cosa: desde fuera no se ve.

Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones
harn efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabelln de la
Expiacin, en ponindole cuatro retratos, es romntica enteramente, y si
se aaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la Edad Media; la de
tal otra comedia, en abrindole dos puertas laterales, y en cerrndole
la ventana, es el cuarto de la dama.

Si hay comparsas, se arma una disputa sobre si se deben afeitar o no; si
tienen que afeitarse, es preciso que se les den dos reales ms; se han
de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economa, se
conviene en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los que
estn en segundo trmino, o confundidos en el grupo, pueden ahorrarse
las navajas. Si deben salir msicos, es obra de romanos encontrarlos;
porque es cosa degradante soplar en un serpentn, o dar porrazos a un
pergamino a la vista del pblico; cuando van por la calle o de casa en
casa, entonces nadie los ve.

Por fin, ha llegado la noche: merced a los anuncios de los peridicos y
de los carteles, en los cuales se previene al pblico que si se tarda en
los entreactos es porque hay que hacer, y que como la funcin es larga,
no admite intermedio ni sainete; merced a estas inocentes estratagemas,
se acaban los billetes al momento, y a la tarde estn a dos, tres duros
las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comido
con l, le tranquilizan, asegurndole que si el drama fuera malo se lo
hubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hecho
previamente en casa de ste o de aqul. Todo lo contrario: se han
extasiado: y no es decir que no lo entiendan. El buen ingenio anda aquel
da distrado; no responde con concierto a cosa alguna; reparte algunos
apretones de manos, lo ms expresivos posible, a cuenta de aplausos, y
est muy modesto; se cura en salud; refuerza alguna sonrisa para
contestar a los muchos que llegan y le dicen embromndole, sin temor de
Dios:

--Conque hoy es la silba; voy a comprar un pito.

--Las seis! es preciso asistir al vestuario.

--Qu tal estoy?

--Bien: parece usted un verdadero abate; dese usted ms negro en esa
mejilla; otra raya; es usted ms viejo. Usted s que est perfectamente,
seor, y cierto que dara los mejores trozos de mi comedia por ser el
galn de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que est fro el
segundo galn.

--Ah! no; ya lo ver usted; ahora est bebiendo un poco de ponche para
calentarse.

--S, eh? Magnfico! No se le olvide a usted aquel grito en aquel
verso.

--No se me olvida, descuide usted; aturdir el teatro.

--S, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Conque
salga como en el penltimo ensayo, me contento. Alborota usted con ese
grito. A m me estremeci usted, y soy el autor!...

--La orden! La orden!--gritan a esta sazn.

--Cmo la orden?--exclama el autor asustado.--La han prohibido?

--No, seor, es la orden para empezar; habr venido Su Alteza.

--Suena una campanilla. Fuera, fuera! y salen precipitadamente de la
escena aquella multitud de pies que se ven debajo del teln.

--Cuidado con los arrojes, seor autor!--dice un segundo apunte
tomndolo de un brazo.

--Qu es eso?

--Nada; los arrojes son cuatro mozos de cordel que hacen subir el teln,
bajando ellos colgados de una cuerda.

Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina, y el ingenio
se refugia a un rincn de un palco segundo, detrs de su familia o de
sus amigos, a quienes mortifica durante la representacin con repetidas
interrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda como cavador,
cierra las manos, hace gestos de desesperacin cuando se pierde un
actor.

--Si lo dije, si no sabe el papel.

--Silban?

--Qu murmullo es ese?

--Bien, bien; este aplauso ha venido muy bien ah: esto va bien; ese
trozo tena que hacer efecto por fuerza.

--Brbaros! Por qu silban? Si no se puede escribir en este pas;
luego, la estn haciendo de una manera... Yo tambin la silbara.

En el auditorio son las expresiones fugitivas.

--Vaya! Ya tenemos el teln bajando y subiendo.

--Bravo! se han dejado una silla.

--Mire usted aquel comparsa. Qu es aquello blanco que se le ve?

--Hombre, en esa sala han nacido rboles! Lo mat? Ah, ah, ah! Si
morir el apuntador.

--Pues, seor, hasta ahora no es gran cosa.

--Lo que tiene es buenos versos.

Entretanto la condesita de *** entra al segundo acto dando portazos para
que la vean; una vez sentada no se luce el vestido; los _fashionables_
suben y bajan a los palcos: no se oye: el teatro es un infierno: luego
parece que el pblico se ha constipado adrede aquel da. Qu toser,
seor, qu toser!

Llega el quinto acto, y la mareta sorda empieza a manifestarse cada vez
ms pronunciada: a la ltima pualada el pblico no puede ms, y
prorrumpe por todas partes en ruidosas carcajadas: los amigos defienden
el terreno; pero una llave decide la cuestin: sin duda no es la llave
con que encerraba Lope de Vega los preceptos; y cae el teln entre la
majestuosa algazara y con toda la pompa de la ignominia.

No s qu propensin tiene la humanidad a alegrarse del mal ajeno; pero
he observado que el pblico sale ms alegre y decidor, ms risueo y
locuaz de una representacin silbada: el autor, entretanto, sale confuso
y renegando de un pblico tan atrasado: no estn todava los
espaoles--dice--para esta clase de comedias: se agarra otro poco a las
intrigas, otro poco a la mala representacin, y de esta suerte ya puede
presentarse al da siguiente en cualquier parte con la conciencia
limpia.

Sus amigos convienen con l, y en su ausencia se les oye decir:

--Yo lo dije; esa comedia no poda gustar; pero, quin se lo dice al
autor? Quin pone cascabel al gato?

--Yo le dije que cortara lo del padre en el segundo acto: aquello es
demasiado largo; pero se empe en dejarlo.

He observado, sin embargo, que los amigos literatos suelen portarse con
gran generosidad; si la comedia gusta, ellos son los que como
inteligentes hacen notar los defectillos de la composicin, y entonces
pasan por imparciales y rectos; si la comedia es silbada, ellos son los
que la disculpan y la elogian; saben que sus elogios no la han de
levantar, y entonces pasan por buenos amigos. En el primer caso, dicen:

--Es cosa buena, cmo se haba de negar? No tiene ms sino aquello, y
lo otro, y lo de ms all... ya se ve; las cosas no pueden ser
perfectas.

En el segundo, dicen:

--Seor, no es mala; pero no es para todo el mundo: hay cosas demasiado
profundas: tiene bellezas: sobre todo hay versos muy lindos.

Pero la parte indudablemente ms divertida es la de or, acercndose a
los corrillos, los votos particulares de cada cual: ste la juzga mala
porque dura tres horas; aqul porque mueren muchos; el otro porque hay
gente de iglesia en ella; el de ms all porque se muda de
decoraciones: esotro porque infringe las reglas: los contrarios dicen
que slo por estas circunstancias es buena. Qu Babilonia, santo Dios!
Qu confusin!

Al da siguiente los peridicos... Pero, quin es el autor? Es un
principiante, un desconocido? Qu nube! Es algo ms? Qu reticencias!
Qu medias palabras! Qu exacto justo medio!

Despus de todo eso haga usted comedias!




YO QUIERO SER CMICO

Anch'io son pittore.


No fuera yo Fgaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa ndole que
malas lenguas me atribuyen, si no sacara a luz pblica cierta visita que
no ha muchos das tuve en mi propia casa.

Columpibame en mi mullido silln, de estos que dan vuelta sobre su eje,
los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a
muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin
saber cul de mis numerosas apuntaciones elegira para un artculo que
me corresponda ingerir aquel da en la Revista. Quera yo que fuese
interesante sin ser mordaz, y conoca toda la dificultad de mi empeo, y
sobre todo que fuese serio, porque no est siempre un hombre de buen
humor, o de buen talante para comunicar el suyo a los dems. No dejaba
de atormentarme la idea de que fuese histrico, y por consiguiente
verdico, porque mientras yo no haga ms que cumplir con las
obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no
se me podr culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias
por una stira ms o menos.

Hallbame, como he dicho, sin saber cul de mis notas escogera por ms
inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me depar
felizmente la casualidad, materia sobrada para un artculo, al
anunciarme mi criado a un joven que me quera hablar indispensablemente.

Pas adelante el joven hacindome una cortesa bastante zurda, como de
hombre que necesita y estudia en la fisonoma del que le ha de favorecer
sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento para conformarse
prudentemente con l; y dando tormento a los tirantes y rudos msculos
de su fisonoma para adoptar una especie de careta que desplegase a mi
vista sentimientos mezclados de efecto y de deferencia, me dijo con voz
forzadamente sumisa y cariosa:

--Es usted el redactor llamado Fgaro?...

--Qu tiene usted que mandarme?

--Vengo a pedirle un favor... Cmo me gustan sus artculos de usted!

--Es claro... Si usted me necesita...

--Un favor de que depende mi vida acaso... Soy un apasionado, un amigo
de usted!

--Por supuesto... siendo el favor de tanto inters para usted...

--Yo soy un joven...

--Lo presumo.

--Que quiero ser cmico, y dedicarme al teatro...

--Al teatro?

--S, seor... como el teatro est cerrado ahora...

--Es la mejor ocasin.

--Como estamos en cuaresma, y es la poca de ajustar para la prxima
temporada cmica, deseara que usted me recomendase...

--Bravo empeo! A quin?

--Al Ayuntamiento.

--Hola! Ajusta el Ayuntamiento?

--Es decir, a la empresa.

--Ah! Ajusta la Empresa?

--Le dir a usted... segn algunos, esto no se sabe... pero... para
cuando se sepa.

--En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...

--Sin embargo, como yo quiero ser cmico...

--Cierto. Y qu sabe usted? Qu ha estudiado usted?

--Cmo? se necesita saber algo?

--No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...

--Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con pie
en una corporacin.

--Ya le entiendo a usted: usted quisiera ser cmico aqu, y as ser
preciso examinarle por la pauta del pas. Sabe usted el castellano?

--Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...

--Pero la gramtica, y la propiedad, y...

--No, seor, no.

--Bien, eso es muy bueno! Pero sabr usted desgraciadamente el latn, y
habr estudiado humanidades, bellas letras...

--Perdone usted.

--Sabr de memoria los poetas clsicos, y los comprender, y podr
verter sus ideas en las tablas.

--Perdone usted, seor. Nada, nada. Tan poco favor me hace usted! Que
me caiga muerto aqu si he ledo una sola lnea de eso, ni he odo
hablar tampoco... mire usted...

--No jure usted. Sabe usted pronunciar con afectacin todas las letras
de una palabra; y decir unas voces por otras, actitud por aptitud, y
aptitud por actitud, diferiencia por diferencia, hyamos por hayamos,
dracmtico por dramtico, y otras semejantes?

--S, seor, s; todo eso digo yo.

--Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. Aprendi usted
historia?

--No, seor; no s lo que es.

--Por consiguiente, no sabr usted lo que son trajes, ni pocas, ni
caracteres histricos...

--Nada, nada; no seor.

--Perfectamente.

--Le dir a usted... en cuanto a trajes, ya s que en siendo muy antiguo
siempre a la romana.

--Esto es: aunque sea griego el asunto.

--S, seor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o la antigua
espaola; segn... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es
ms moderna o del da, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos,
casacn, y media en los padres.

--Ah, ah! Muy bien.

--Adems, eso en el ensayo general se le pregunta al galn o a la dama,
segn el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos
tienen en sus arcas, as...

--Bravo!

--Porque ellos suelen saberlo.

--Y cmo presentar usted un carcter histrico?

--Mire usted: el papel lo dir, y luego como el muerto no se ha de tomar
el trabajo de resucitar slo para desmentirle a uno... adems, que gran
parte del pblico suele estar tan enterado como nosotros...

--Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...

--No es gran cosa; pero eso no es esencial.

--Y de educacin, de modales y usos de sociedad? a qu altura se halla
usted?

--Mal; porque si se va a decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era
escribiente en una mala administracin; me echaron por holgazn, y me
quiero meter cmico, porque se me figura a mi que es oficio en que no
hay nada que hacer...

--Y tiene usted razn.

--Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente, no conozco esos seores
usos de sociedad que usted dice, ni nunca trat ninguno de ellos.

--Ni conocer usted el mundo, ni el corazn humano.

--Escasamente.

--Y cmo representar usted tantos caracteres distintos?

--Le dir a usted: si hago de rey, de prncipe o de magnate, ahuecar la
voz, mirar por encima del hombro a mis compaeros, mandar con mucho
imperio...

--Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y
corteses, y como estn acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos
a la menor indicacin, mandan poco y sin dar gritos...

--S, pero ya ve usted! en el teatro es otra cosa.

--Ya me hago cargo.

--Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque est delante de seoras
o en casa ajena, no me quitar el sombrero, porque en el teatro la
justicia est dispensada de tener crianza; dar fuertes golpes en el
tablado con mi bastn de borlas, pondr cara de caballo, como si los
jueces no tuviesen entraas...

--No se puede hacer ms.

--Si hago de delincuente, me har el perseguido, porque en el teatro
todos los reos son inocentes.

--Muy bien.

--Si hago un papel de pcaro, que ahora estn en boga, cejas arqueadas,
cara plida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes
melodramticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas,
carreritas de pies y lengua, vueltas rpidas y habla ligera... Si hago
un barba, andar a comps, como un juego de escarpias, me temblarn
siempre las manos como perltico o descoyuntado; y aunque el papel no
apunte ms de cincuenta aos, har del tarato y decrpito, y apoyar
mucho la voz con intencin marcada en la moraleja, como quien dice a los
espectadores: all va esto para ustedes.

--Tiene usted grandes calvas para los barbas?

--Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el
colodrillo; bien que sta la reservo para las grandes solemnidades. Pero
aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

--Y los graciosos?

--Esto es lo ms fcil: estirar mucho la pata, dar grandes voces, har
con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas
contorsiones que alcance, y saldr vestido de arlequn.

--Usted har furor.

--Vaya si har! Se morir el pblico de risa, y se hundir la casa a
aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, dir directamente
al pblico todos los apartes, monlogos, gracias y parlamentos de
intencin o lucimiento que en mi parte se presenten.

--Y memoria?

--No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta
el estudio. Adems que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida se
le lanza de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al
pblico: Ven ustedes qu hombre!

--Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una
carreta, y sacndole a usted la relacin del cuerpo como una cinta. De
esa manera, y hablando l altito, tiene el pblico, el placer de or a
un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

--S, seor; y, en fin, cuando uno no sabe su relacin se dice cualquier
tontera, y el pblico se la re. Es tan guapo el pblico! si usted
viera!

--Ya s ya!

--Vez hay que en una comedia en verso se aade un prrafo en prosa: pues
ni se enfada, ni menos lo nota. As es que no hay nada ms comn que
aadir...

--Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, seor, usted es cmico, y bueno.
Usted ha representado anteriormente?

--Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el _Garca_ y el
_Delincuente honrado_.

--No ms, no ms; le digo a usted que usted ser cmico. Dgame usted,
sabr usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los
entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es,
o por el verso mas que no entienda siquiera lo que es prosa?

--Pues no tengo de saber, seor? eso lo hace cualquiera.

--Sabr usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal
contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no
lo hace todas las noches sobresalientemente? sabr usted decir de los
periodistas que quin son ellos para?...

--Vaya si sabr; precisamente ese es el tema nuestro de todos los das.
Mande usted otra cosa.

Al llegar aqu no pude ya contener mi gozo por ms tiempo, y arrojndome
en los brazos de mi recomendado:

--Venga usted ac, mancebo generoso--exclam todo alborozado;--venga
usted ac, flor y nata de la andante comiquera: usted ha nacido en este
siglo de hierro de nuestra gloria dramtica para renovar aquel siglo de
oro, en que slo coman los hombres bellotas y pacan a su libertad por
los bosques, sin la distincin del tuyo y del mo. Usted ser cmico en
fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.

Diciendo estas y otras razones, desped a mi candidato, prometindole
las ms eficaces recomendaciones.




EL CASTELLANO VIEJO


Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de
vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no
he abandonado mis lares ni un solo da para quebrantar mi sistema, sin
que haya sucedido el arrepentimiento ms sincero al desvanecimiento de
mis engaadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial
que en su trato tenan adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar a
veces ciertos convites, a que parecera el negarse grosera, o por lo
menos ridcula afectacin de delicadeza.

Andbame das pasados por esas calles, a buscar materiales para mis
artculos. Embebido en mis pensamientos me sorprend varias veces a m
mismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente
los labios; algn tropezn me recordaba de cuando en cuando que para
andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser
poeta ni filsofo; ms de una sonrisa maligna, ms de un gesto de
admiracin de los que a mi lado pasaban, me haca reflexionar que los
soliloquios no se deben hacer en pblico; y no pocos encontrones que, al
volver las esquinas, di con quien tan distrada y rpidamente como yo
las doblaba, me hicieron conocer que los distrados no entran en el
nmero de los cuerpos elsticos, y mucho menos de los seres gloriosos e
impasibles. En semejante situacin de espritu, qu sensacin no
debera de producirme una horrible palmada que una grande mano, pegada
(a lo que por entonces entend) a un grandsimo brazo, vino a descargar
sobre uno de mis hombros que, por desgracia, no tienen punto alguno de
semejanza con los de Atlante?

No queriendo dar a entender que desconoca este enrgico modo de
anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda haba querido
hacrmele ms que mediano, dejndome torcido para todo el da, trat
slo de volverme por conocer quin fuese tan mi amigo para tratarme tan
mal; pero mi castellano viejo es hombre que, cuando est de gracia, no
se ha de dejar ninguna en el tintero. Cmo dir el lector que sigui
dndome pruebas de confianza y cario? Echome las manos a los ojos, y
sujetndome por detrs:

--Quin soy?--gritaba alborozado con el buen xito de su delicada
travesura.--Quin soy?

--Un animal--iba a responderle; pero me acord de repente de quien
podra ser, y sustituyendo cantidades iguales:

--Braulio eres!--le dije.

Al orme suelta sus manos, re, se aprieta los ijares, alborota la
calle, y pnenos a entrambos en escena.

--Bien, mi amigo! Pues en qu me has conocido?

--Quin pudiera ser sino t?...

--Has venido ya de tu Vizcaya?

--No, Braulio, no he venido.

--Siempre el mismo genio! Qu quieres? es la pregunta del espaol.
Cunto me alegro de que ests aqu! Sabes que maana son mis das?

--Te los deseo muy felices.

--Djate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y
castellano viejo: el pan, pan, el vino, vino; por consiguiente, exijo de
ti que no vayas a drmelos, pero ests convidado.

--A qu?

--A comer conmigo.

--No es posible.

--No hay remedio.

--No puedo--insisto temblando.

--No puedes?

--Gracias!

--Gracias? Vete a paseo! Amigo, como no soy el duque de F... ni el
conde de P...

--Quin se resiste a una sorpresa de esa especie? Quin quiere parecer
vano?

--No es eso, sino que...

--Pues si no es eso--me interrumpe,--te espero a las dos; en casa se
come a la espaola, temprano. Ir mucha gente; tendremos al famoso X.,
que nos improvisar de lo lindo; T. nos cantar de sobremesa una rondea
con su gracia habitual; y por la noche, J. cantar y tocar alguna
cosilla.

Esto me consol algn tanto, y fue preciso ceder; un da malo--dije para
mi--cualquiera lo pasa; en este mundo, para conservar amigos, es preciso
tener el valor de aguantar sus obsequios.

--No faltars si no quieres que riamos.

--No faltar--dije con voz exnime y nimo decado, como el zorro que se
revuelve intilmente dentro de la trampa donde se ha dejado tomar.

--Pues hasta maana!--y me dio un torniscn por despedida.

Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y
quedeme discurriendo cmo podan entenderse estas amistades tan hostiles
y tan funestas.

Ya habr conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino,
que mi amigo Braulio est muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran
mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase
inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que rene
entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene
una cintita atada al ojal, y una crucecita a la sombra de la solapa; que
es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera
se oponen a que tuviese una educacin ms escogida y modales ms suaves
e insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido
casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda
nuestra clase baja.

Es tal su patriotismo, que dar todas las lindezas del extranjero por un
dedo de su pas. Esta ceguedad le hace adoptar todas las
responsabilidades de tan inconsiderado cario; de paso que defiende que
no hay vinos como los espaoles, en lo cual bien puede tener razn,
defiende que no hay educacin como la espaola, en lo cual bien pudiera
no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es pursimo,
defender que nuestras manolas son las ms encantadoras de todas las
mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien sucede
poco ms o menos lo que a una parienta ma, que se muere por las
jorobas, slo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia
bastante visible sobre entrambos omoplatos.

No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos
mutuos, de estas reticencias urbanas, de esta delicadeza de trato que
establece entre los hombres una preciosa armona, diciendo slo lo que
debe agradar, y callande siempre lo que puede ofender. El se muere por
plantarle una fresca al lucero del alba, como suele decir, y cuando
tiene un resentimiento, se lo espeta a uno cara a cara. Como tiene
trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que
quiere decir cumplo y miento; llama a la urbanidad hipocresa, y a la
decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje
de la finura es para l poco ms que griego; cree que toda la crianza
est reducida a decir Dios guarde a ustedes al entrar en una sala, y
aadir con permiso de usted cada vez que se mueve; a preguntar a cada
uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas
que as se guardar l de olvidarlas como de tener pacto con los
franceses. En conclusin, hombres de stos que no saben levantarse para
despedirse, sino en corporacin con alguno o algunos otros; que han de
dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su
cabeza, y que, cuando se hallan en sociedad, por desgracia sin un
socorrido bastn, daran cualquier cosa por no tener manos ni brazos,
porque, en realidad, no saben donde ponerlos ni qu cosa se puede hacer
con los brazos en una sociedad.

Llegaron las dos, y como ya conoca yo a mi Braulio, no me pareci
conveniente acicalarme demasiado para ir a comer; estoy seguro de que se
hubiera picado; no quise, sin embargo, excusar un frac de color y un
pauelo blanco, cosa indispensable en un da de das en semejantes
casas: vestme, sobre todo, lo ms despacio que me fue posible, como se
reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien
pecados ms cometidos que contar para ganar tiempo; estaba citado para
las dos, y entr en la sala a las dos y media.

No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la
hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no
eran de despreciar todos los empleados de su oficina con sus seoras y
sus nios y sus capas y sus paraguas y sus chanclos y sus perritos;
djome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al seor de los
das; no hablo del inmenso crculo con que guarneca la sala el concurso
de tantas personas heterogneas, que hablaron de que el tiempo iba a
mudar, y de que en invierno suele hacer ms fro que en verano. Vengamos
al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados.
Desgraciadamente para m, el seor de X., que deba divertirnos tanto,
gran conocedor de convites, haba tenido la habilidad de ponerse malo
aquella maana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para
otro convite; y la seorita que tan bien haba de cantar y tocar, estaba
ronca, en tal disposicin, que se asombraba ella misma de que se le
entendiera una sola palabra, y tena un panadizo en un dedo. Cuntas
esperanzas desvanecidas!

--Supuesto que estamos los que hemos de comer--exclam don
Braulio,--vamos a la mesa, querida ma.

--Espera un momento--le contest su esposa casi al odo;--con tanta
visita yo he faltado unos momentos de all dentro, y...

--Bien, pero mira que son las cuatro...

--Al instante comeremos.

Las cinco eran cuando nos sentbamos a la mesa.

--Seores--dijo el anfitrin, al vernos vacilar acerca de nuestras
respectivas colocaciones;--exijo la mayor franqueza: en mi casa no se
usan cumplimientos. Ah, Fgaro! quiero que ests con toda comodidad;
eres poeta, y adems, estos seores, que saben nuestras ntimas
relaciones, no se ofendern si te prefiero; qutate el frac, no sea que
le manches.

--Qu tengo de manchar?--le respond, mordindome los labios.

--No importa; te dar una chaqueta ma; siento que no haya para todos.

--No hay necesidad.

--Oh, s, s! mi chaqueta! Toma, mrala; un poco ancha te vendr.

--Pero, Braulio,..

--No hay remedio, no te andes con etiquetas!

Y en esto me quita l mismo el frac, _velis_, _nolis_, y quedo sepultado
en una cumplida chaqueta rayada, por la cual slo asomaba los pies y la
cabeza, y cuyas mangas no me permitiran comer probablemente. Dile las
gracias: al fin el hombre crea hacerme un obsequio.

Los das en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa
baja, poco ms que banqueta de zapatero, porque l y su mujer, como
dice, para qu quieren ms? Desde la tal mesita, y como se sube el
agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando
despus de una larga travesa; porque pensar que estas gentes han de
tener una mesa regular y estar cmodos todos los das del ao es pensar
en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalacin de una gran mesa
de convite era un acontecimiento en aquella casa; as que se haba
credo capaz de contener catorce personas que ramos, una mesa donde
apenas podran comer ocho cmodamente. Hubimos de sentarnos de medio
lado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los
codos de los convidados ntimas relaciones entre s, con la ms
fraternal inteligencia del mundo.

Colocronme, por mucha distincin, entre un nio de cinco aos
encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento,
porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven _ad ltere_, y uno
de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya
corpulencia por todos lados se sala de madre de la nica silla en que
se hallaba sentado, digmoslo as, como en la punta de una aguja.

Desdoblronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad,
porque tampoco eran muebles en uso para todos los das, y fueron izadas
por todos aquellos buenos seores a los ojales de sus fraques, como
cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.

--Ustedes harn penitencia, seores--exclam el anfitrin, una vez
sentado;--pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys--frase
que crey preciso decir.

--Necia afectacin es sta, si es mentira--dije yo para mi;--y si es
verdad, gran torpeza convidar a los amigos a hacer penitencia.

Desgraciadamente no tard mucho en conocer que haba en aquella
expresin ms verdad de la que mi buen Braulio se figuraba.

Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y
recibir cada plato nos aburrimos unos a otros.

--Srvase usted.

--Hgame usted el favor.

--De ninguna manera.

--No lo recibir.

--Pselo usted a la seora.

--Est bien ah.

--Perdone usted.

--Gracias.

--Sin etiqueta, seores!--exclam Braulio, y se ech el primero con su
propia cuchara.

Sucedi a la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias
de este engorrossimo, aunque buen plato; cruza por aqu la carne; por
all la verdura; ac los garbanzos; all el jamn; la gallina por la
derecha; por medio el tocino; por la izquierda los embuchados de
Extremadura. Siguiole un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y a
ste otros, y otros y otros; mitad trados de la fonda, que esto basta
para que excusemos hacer su elogio; mitad hechos en casa por la criada
de todos los das, por una vizcana auxiliar tomada al intento para la
festividad, y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe
estar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.

--Este plato hay que disimularle--deca sta de unos pichones;--estn un
poco quemados...

--Pero mujer...

--Hombre, me apart un momento, y ya sabes lo que son las criadas!

--Qu lstima que este pavo no haya estado media hora ms al fuego!

--Se puso algo tarde.

--No les parece a ustedes que est algo ahumado este estofado?

--Qu quieres! una no puede estar en todo.

--Oh, est excelente, excelente!--exclambamos todos, dejndonoslo en
el plato;--excelente!...

--Este pescado est pasado.

--Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de
llegar, el criado es tan bruto!

--De dnde se ha trado este vino?

--En eso no tienes razn, porque es...

--Es malsimo!

Estos dilogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas
furtivas del marido para advertir continuamente a su mujer alguna
negligencia, queriendo darnos a entender entrambos a dos, que estaban
muy al corriente de las frmulas que en semejantes casos se reputan en
finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca
han de aprender a servir. Pero estas negligencias se repetan tan a
menudo, servan tan poco ya las miradas, que le fue preciso al marido
recurrir a los pellizcos y a los pisotones; y ya la seora, que a duras
penas haba podido hacerse superior hasta entonces a las persecuciones
de su esposo, tena la faz encendida y los ojos llorosos.

--Seora, no se incomode usted por eso--le dijo el que a su lado tena.

--Ah! les aseguro a ustedes que no vuelvo a hacer estas cosas en casa;
ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos a la fonda, y
no tendrs...

--Usted, seora ma, har lo que...

--Braulio! Braulio!...

Una tormenta espantosa estaba a punto de estallar; empero, todos los
convidados a porfa probamos a aplacar aquellas disputas, hijas del
deseo de dar a entender la mayor delicadeza, para lo cual no fue poca
parte la mana de Braulio y la expresin concluyente que dirigi de
nuevo a la concurrencia, acerca de la inutilidad de los cumplimientos,
que as llama l a estar bien servido y al saber comer. Hay nada ms
ridculo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la ms
crasa ignorancia de los usos sociales? Que para obsequiarle le obligan
a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su
gusto? Por qu habr gentes que slo quieren comer con alguna ms
limpieza los das de das?

A todo esto, el nio que a mi izquierda tena, haca saltar las
aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de
mis ojos, que no volvi a ver claro en todo el da; y el seor gordo de
mi derecha haba tenido la precaucin de ir dejando en el mantel, al
lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que haba
rodo; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se haba
encargado de hacer la autopsia de un capn, o sea gallo, que esto nunca
se supo; fuese por la edad avanzada de la vctima, fuese por los
ningunos conocimientos anatmicos del victimario, jams parecieron las
coyunturas.

--Este capn no tiene coyunturas!--exclamaba el infeliz, sudando y
forcejeando, ms como quien cava que como quien trincha.

Cosa ms rara! En una de las embestidas resbal el tenedor sobre el
animal, como si tuviera escama, y el capn, violentamente despedido,
pareci querer tomar el vuelo como en sus tiempos ms felices, y se pos
en el mantel tranquilamente, como pudiera hacerlo en un palo de
gallinero.

El susto fue general y la alarma lleg a su colmo cuando un surtidor de
caldo, impulsado por el animal furioso, salt a inundar mi limpsima
camisa; levntase rpidamente, a este punto, el trinchador, con nimo de
cazar el ave prfuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que
tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando la
posicin perpendicular, derrama un abundante cao de Valdepeas sobre el
capn y el mantel; corre el vino, aumntase la algazara, llueve la sal
sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por
debajo de l una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro
de tantas ruinas.

Una criada, toda azorada, retira el capn en el plato de su salsa; al
pasar sobre m hace una pequea inclinacin, y una lluvia malfica de
grasa desciende, como el roco sobre los prados, a dejar eternas huellas
en mi pantaln color de perla; la angustia y el aturdimiento de la
criada no conocen trmino; retrase atolondrada, sin acertar con las
excusas; al volverse tropieza con el criado que traa una docena de
platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y
toda aquella mquina viene al suelo con el ms horroroso estruendo y
confusin.

--Por San Pedro!--exclama, dando una voz, Braulio, difundida ya sobre
sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de
su esposa.--Pero sigamos, seores, no ha sido nada--aade, volviendo en
s.

Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio final
constituyen la felicidad diaria de una familia! Huid del tumulto de un
convite de das! Slo la costumbre de comer y servirse bien
diariamente, puede evitar semejantes destrozos!

Hay ms desgracias? Santo cielo! S, las hay para m, infeliz! Doa
Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y
con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y
tragar; el nio se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes
los huesos descarnados de las cerezas; don Leandro me hace probar el
manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva
las indelebles seales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin
cesar y me hace can de su chimenea; por fin, oh ltima de las
desgracias! Crece el alboroto y la conversacin; roncas ya las voces
piden versos y dcimas, y no hay ms poeta que Fgaro...

--Es preciso! Tiene usted que decir algo!--exclaman todos.

--Dsele pie forzado; que diga una copla a cada uno.

--Yo le dar el pie: _a don Braulio en este da_.

--Seores, por Dios!

--No hay remedio.

--En mi vida he improvisado.

--No se haga usted el chiquito.

--Me marchar!

--Cerrar la puerta! No se sale de aqu sin decir algo.

Y digo versos, por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la
bulla y el humo y el infierno.

A Dios gracias, logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya
respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya
no hay castellanos viejos a mi alrededor.

--Santo Dios, yo te doy gracias--exclamo respirando como el ciervo que
acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus
ladridos;--pero de aqu en adelante no te pido riquezas, no te pido
empleos, ni honores; lbrame de los convites caseros y de das de das;
lbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en que
slo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacer
obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas, en que se
dicen versos, en que hay nios, en que hay gordos, en que reina, en fin,
la brutal franqueza de los castellanos viejos! Quiero que, si caigo de
nuevo en tentaciones semejantes, me falte un _roastbeef_, desaparezca
del mundo el _beefsteak_, se anonaden los timbales de macarrones, no
haya pavos en Perigueux, ni pasteles en Prigord, se sequen los viedos
de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo, la deliciosa espuma del
champaa!

Concluida mi deprecacin mental, corro a mi habitacin a despojarme de
mi camisa y de mi pantaln, reflexionando en mi interior que no son unos
todos los hombres, puesto que los de un mismo pas, acaso de un mismo
entendimiento, no tienen unas mismas costumbres, ni una misma
delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vstome, y
vuelvo a olvidar tan funesto da entre el corto nmero de gentes que
piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educacin,
libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse
mutuamente, para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentacin
de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, querindose y estimndose
tal vez verdaderamente.




ENTRE QUE GENTES ESTAMOS?


Henos aqu refugindonos en las costumbres; no todo ha de ser siempre
poltica; no todos facciosos. Por otra parte, no son las costumbres el
ltimo ni el menos importante objeto de las reformas. Sirva, pues, slo
este pequeo prembulo para evitar un chasco al que forme grandes
esperanzas sobre el ttulo que llevan al frente estos renglones, y vamos
al caso.

No hace muchos das que la llegada inesperada a Madrid de un extranjero,
antiguo amigo mo de colegio, me puso en la obligacin de cumplir con
los deberes de la hospitalidad. Acaso sin esta circunstancia, nunca
hubiese yo solo realizado la observacin sobre que gira este artculo.
La costumbre de ver y or diariamente los dichos y modales que son la
moneda de nuestro trato social, es culpa de que no salte su extraeza
tan fcilmente a nuestros sentidos; mi amigo no pudo menos de abrirme el
camino que el hbito tena cerrado a mi observacin.

Necesitbamos hacer varias visitas: Un carruaje! dijimos; pero un
coche es pesado; un cabriol ser ms ligero: no bien lo habamos dicho,
ya estaba mi criado en casa de uno de los mejores alquiladores de esta
corte, sobre todo, de esos que llevan dinero por los que llaman _bombs
decentes_, donde encontr, efectivamente, uno sobrante y desocupado,
que, para calcular cmo sera el maldecido, no se necesitaba saber ms.
Dej mi criado la seal que le pidieron, y dos horas despus ya estaba
en la puerta de mi casa un birlocho pardo con varias capas de polvo de
todos los das y calidades, el cual no le quitaban nunca porque no se
viese el estado en que estaba, y aun yo tuve para m que lo deban de
sacar en los das de aire a tomar polvo para que le encubriese las macas
que tendra. Que las ruedas haban rodado hasta entonces, no se poda
dudar; que rodaran siempre y que no haran rodar por el suelo al que
dentro fuese de aquel inseguro mueble, eso era ya otra cuestin: que el
caballo haba vivido hasta aquel punto no era dudoso; que vivira dos
minutos ms, eso era precisamente lo que no se poda menos de dudar
cada vez que tropezaba con su cuerpo, no perecedero, sino ya perecido,
la curiosa visual del espectador. Cierto ruido desapacible de los
muelles y del eje le haca sonar a hierro como si dentro llevara medio
Rastro. Peor vestido que el birlocho estaba el criado que le serva, y
entre la vida del caballo y la suya no se poda atravesar
concienzudamente la apuesta de un solo real de velln: por lo mal
comidos, por lo estropeados, por la vida, en fin, del caballo y el
lacayo, por la completa semejanza y armona que en ambos entes
irracionales se notaba, hubiera credo cualquiera que eran gemelos, y
que no slo haban nacido a un mismo tiempo, sino que a un mismo tiempo
iban a morir. Si andaba el birlocho, era un milagro; si estaba parado,
un capricho de Goya. Fue preciso conformarnos con este elegante mueble:
sub, pues, a l y tom las riendas, despus de haberse sentado en l mi
amigo el extranjero. Retirose el lacayo cuando nos vio en tren de
marchar, y fue a subir a la trasera; sacud mi fusta sobre el animal,
con mucho tiento por no acabarle de derrengar: mas, cul fue mi
admiracin, cuando siento bajar el asiento y veo alzarse las varas
levantando casi del suelo al infeliz animal, que pareca un espritu
desprendindose de la tierra? Y qu dirn ustedes que era? que el
birlocho vena sin barriguera, y lo mismo fue poner el lacayo la planta
sobre la zaga, que, a manera de balanza, vino a tierra el mayor peso, y
subi al cielo la ligera resistencia del que _tantum pellis et ossa
fuit_.

--Esto no es conmigo--exclam;--bajamos del birlocho, y a pie nos fuimos
a quejar y reclamar nuestra seal a casa del alquilador. Preguntamos y
volvimos a preguntar, y nadie responda, que aqu es costumbre muy
recibida: pareci por fin un hombre, digmoslo as, y un hombre tan mal
encarado como el birlocho: expsele el caso, y pedle mi seal en vista
de que yo no alquilaba el birlocho para tirar de l, sino para que
tirase l de m.

--Qu tiene usted que pedirle a ese birlocho y a esa jaca sobre
todo?--me dijo echndome a la cara una interjeccin expresiva y una
bocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos.

Despus de semejante entrada nada quedaba que hablar.

--Veale usted despacio--le contest, sin embargo.

--Pues no hay otro--sigui diciendo;--y volvindome la espalda:--A
Pars por gangas!--aadi.

--Diga usted, seor grosero--le repuse,--ya en el colmo de la clera,
no se contentan ustedes con servir de esta manera, sino que tambin se
han de aguantar sus malos modos? Usted se pone aqu para servir, o para
mandar al pblico? Pudiera usted tener ms respeto y crianza para los
que son ms que l.

Aqu me ech el hombre una ojeada de arriba abajo, de estas que
arrebaan a la persona mirada; de stas que van acompaadas de un gesto
particular de los labios; de stas que no se ven sino entre los majos
del pas.

--Nadie es ms que yo, don caballero o don lechuga; si no acomoda,
dejarlo. Mire usted con lo que se viene el seor levosa! A ver, chico,
saca un bomb nuevo; ah en el bolsillo de mi chaqueta debo tener uno!

Y al decir esto, sali una mujer y dos o tres mozos de cuadra; y
llegronse a or cuatro o seis vecinos y catorce o quince curiosos
transentes; y como el calesero hablaba en majo y responda en
desvergonzado, y fumaba y escupa por el colmillo, e insultaba a la
gente decente, el auditorio daba la razn al calesero, y le aplauda y
soltaba la carcajada, y le animaba a seguir: en fin, slo una retirada a
tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba a
hacernos pasar el concurso que all se haba reunido.

--Entre qu gentes estamos?--me dijo el extranjero asombrado.--Qu
modos tan raros se usan en este pas!

--Oh! es casual--le respond algo avergonzado de la inculpacin,--y
seguimos nuestro camino.

El da haba empezado mal, y yo soy supersticioso con estos das que
empiezan mal: acaban peor.

Tena mi amigo que arreglar sus papeles, y fue preciso acompaarle a una
oficina de polica.

--Aqu ver usted--le dije--otra amabilidad y otra finura!

La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrbamos; pero no habamos
andado cuatro pasos, cuando una especie de portero vino a nosotros,
gritndonos:

--Eh, hombre! a dnde va usted? fuera!

--Este es pariente del calesero--dije yo para m.

Salimos fuera, y sin embargo, esperamos el turno. Vamos, adentro.

--Qu hacen ustedes ah parados?--dijo de all a un rato para darnos a
entender que ya podamos entrar.

Entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de arriba abajo, no
creyeron que deban contestar al saludo, se pidieron mutuamente papel y
tabaco, echaron un cigarro, nos volvieron la espalda, y a una indicacin
ma para que nos despachasen, en atencin a que el Estado no les pagaba
para fumar sino para despachar los negocios:

--Tenga usted paciencia--respondi uno,--que aqu no estamos para servir
a usted. A ver--aadi dentro de un rato,--venga eso--y cogi el
pasaporte y lo mir.--Y usted quin es?

--Un amigo del seor.

--Y el seor? algn francs de esos que vienen a sacarnos los cuartos.

--Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si est ese
papel en regla.

--Ya le he dicho a usted que no sea insolente si no quiere usted ir a la
crcel.

Brincaba mi extranjero, y yo le vea dispuesto a hacer un disparate.

--Amigo, aqu no hay ms remedio que tener paciencia.

--Y qu nos han de hacer?

--Mucho y malo.

--Ser injusto.

--Buena cuenta!

Logr, por fin, contenerle.

--Pues ahora no se le despacha a usted; vuelva usted maana.

--Volver?

--Vuelva usted, y calle usted. Vaya usted con Dios.

Yo no me atreva a mirar a la cara a mi amigo.

--Quin es ese seor tan altanero--me dijo al bajar la escalera--y tan
fino, y tan?... Es algn prncipe?

--Es un escribiente que se cree la justicia y el primer personaje de la
Nacin: como est empleado, se cree dispensado de tener crianza.

--Aqu tiene todo el mundo esos mismos modales, segn voy viendo.

--Oh! no; es casualidad.

--_C'est drle_--iba diciendo mi amigo, y yo:

--Entre qu gentes estamos?

Mi amigo quera hacerse un pantaln, y le llev a casa de mi sastre.
Esta era ms negra: mi sastre es hombre que me recibe con sombrero
puesto, que me alarga la mano y me la aprieta; me suele dar dos
palmaditas o tres, ms bien ms que menos, cada vez que me ve; me llama
simplemente por mi apellido, a veces por mi nombre como un antiguo
amigo; otro tanto hace con todos sus parroquianos, y no me tutea, no s
por qu: eso tengo que agradecerle todava. Mi francs nos miraba a los
dos alternativamente, mi sastre se rea; yo mudaba de colores, pero
estoy seguro que mi amigo sali creyendo que en Espaa todos los
caballeros son sastres o todos los sastres son caballeros. Por supuesto
que el maestro no se descubri, no se movi de su asiento, no hizo gran
caso de nosotros, nos hizo esperar todo lo que pudo, se empe en
regalarnos un cigarro y en drnoslo encendido l mismo de su boca;
cuntas groseras, en fin, suelen llamarse franquezas entre ciertas
gentes! Era por la maana: la fatiga y el calor nos haban dado sed:
entramos en un caf y pedimos sorbetes.

--Sorbetes por la maana!--dijo un mozo con voz brutal y gesto de
burla. Que si quieres!

--Bravo!--dije para m.--No presuma yo que el da haba empezado
bien? Pues traiga usted dos vasos pequeos de limn...

--Vaya, hombre! anmese usted; tmelos usted grandes--nos dijo entonces
el mozo con singular franqueza,--si tiene usted cara de sed.

--Y usted tiene cara de morir de un silletazo--repuse yo ya
incomodado;--sirva usted con respeto, calle, y no se chancee con las
personas que no conoce, y que estn muy lejos de ser sus iguales.

Entretanto que esto pasaba con nosotros, en un billar contiguo, diez o
doce seoritos de muy buenas familias, jugaban al billar con el mozo de
ste, que estaba en mangas de camisa, que tuteaba a uno, que sobaba a
otro, insultaba al de ms all, y se hombreaba con todos: todos eran
unos.

--Entre qu gentes estamos?--repeta yo con admiracin.

--_C'est drle!_--repeta el francs.

--Es posible que nadie sepa aqu ocupar su puesto? Hay tal confusin
de clases y personas? Para qu cansarme en enumerar los dems casos de
este gnero que en aquel bendito da nos sucedieron? Recapitule el
lector cuntos de stos le suceden al da y le estn sucediendo siempre,
y esos mismos nos sucedieron a nosotros. Hable usted con tres amigos en
una mesa de caf: no tardar mucho en arrimarse alguno que nadie del
corro conozca, y con toda franqueza meter su baza en la conversacin.
Vaya usted a comer a una fonda, y cuente usted con el mozo que ha de
servirle como pudiera usted contar con un comensal. El le bordar a
usted la comida con chanzas groseras; l le har a usted preguntas
fraternales y amistosas... l... Vaya usted a una tienda a pedir algo.

--Tiene usted tal cosa?

--No, seor; aqu no hay.

--Y sabe usted dnde la encontrara?

--Toma! qu s yo! Bsquela usted. Aqu no hay.

--Se puede ver al seor de tal?--dice usted en una oficina.

Y aqu es peor, pues ni siquiera contestan no: ha entrado usted? como
si hubiera entrado un perro. Va usted a ver un establecimiento pblico?
Vea usted qu caras, qu voz, qu expresiones, qu respuestas, qu
grosera. Sea usted Grande de Espaa; lleve usted un cigarro encendido.
No habr aguador ni carbonero que no le pida la lumbre, y le detenga en
la calle, y le manosee y empuerque su tabaco, y se le vuelva apagado.
Tiene usted criados? Haga usted cuenta que mantiene unos cuantos
amigos; ellos llaman por su apellido seco y desnudo a todos los que lo
sean de usted, hablan cuando habla usted, y hablan ellos... Seor,
seor! entre qu gentes estamos? Qu orgullo es el que impide a las
clases nfimas de nuestra sociedad acabar de reconocer el puesto que en
el trato han de ocupar? Qu trueque es ste de ideas y de costumbres?

Mi francs haba hecho todas estas observaciones, pero no haba hecho la
principal; faltbale observar que nuestro pas es el pas de las
anomalas; as que, al concluirse el da:--Amigo--me dijo,--yo he
viajado mucho; ni en Europa, ni en Amrica, ni en parte alguna del
mundo, he visto menos aristocracia en el trato de los hombres; este es
el pas adonde yo me vendra a vivir; aqu todos los hombres son unos;
se cree estar en la antigua Roma. En llegando a Pars voy a publicar un
opsculo en que pruebe que la Espaa es el pas ms dispuesto a
recibir...

--Alto ah, seor observador de un da--dije a mi extranjero
interrumpindole;--adivino la idea de usted. Las observaciones que ha
hecho usted hoy son ciertas; la observacin general, empero, que de
ellas deduce usted, es falsa; esa es una anomala como otras muchas que
nos rodean y que slo se podran explicar entrando en pormenores que no
son del momento; ste es, desgraciadamente, el pas menos dispuesto a lo
que usted cree, por ms que le parezcan a usted todos unos. No confunda
usted la debilidad de la senectud con la de la niez: ambas son
debilidad; las causas son, no obstante, diferentes; esa franqueza, esa
aparente confusin y nivelamiento extraordinario, no es el de una
sociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza, porque yo llamo
empezar...

--Oh! s, s, entiendo. _C'est drle! C'est drle!_--repeta mi
francs.

--Ah ver usted--repeta yo--entre qu gentes estamos.




LAS CASAS NUEVAS


La constancia es el recurso de los feos--dice la clebre Ninn de
Lenclos en sus lindas cartas al marqus de Sevign;--las personas de
mrito, que saben que por donde quiera han de encontrar ojos que se
prenden de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; los
feos, los necios, los que viven seguros de que difcilmente podrn
encontrar quien llene el vaco de su corazn, se adhieren al amor que
una vez por acaso encontraron, como las ostras a las peas que en el mar
las sostienen y alimentan.

Estos son generalmente los que, temerosos de perder el bien, que
conocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud y
hacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y la
sucesin de sensaciones tan vivas como diferentes.

Aquella mxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta,
porque no a todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin embargo
profunda y filosfica, y aun puede, fuera del amor, encontrar ms de una
exacta aplicacin. Pero mi propsito no es hundirme en consideraciones
metafsicas acerca del amor; tengamos lstima al que le ha dejado tomar
incremento en su corazn, y pasemos como sobre ascuas sobre tan
quisquilloso argumento. El hecho es que no tena yo la edad todava de
querer ni de ser querido, cuando entre otras varias obras francesas que
en mis manos cayeron, haca ya un papel muy principal la de la famosa
cortesana citada. Chocome aquella mxima, y fuese pueril vanidad, fuese
temor de que por apocado me tuviesen, adoptela por regla general de mis
aficiones. Tuve que luchar en un principio con la costumbre, que es en
el hombre hija de la pereza y madre de la constancia. El hombre,
efectivamente, se contenta muchas veces con las cosas tales cuales las
encuentra, por no darse a buscar otras, como se figura acaso difcil
encontrarlas; una vez resignado por pereza, se aficiona por costumbre a
lo que tiene y le rodea; y una vez acostumbrado, tiene la bondad de
llamar constancia a lo que es en l casi naturaleza. Pero yo luch y al
cabo de poco tiempo de ese empeo de cerrar mi corazn a las aficiones
que pudieran llegar a dominarle, agregado esto a la necesidad de viajar
y variar de objetos, en que las revoluciones del principio del siglo
haban puesto a mi familia, lograron hacer de m el ser ms veleidoso
que ha nacido. Pesndome de ver a las mismas gentes todos los das, no
hay amigo que me dure una semana; no hay tertulia adonde pueda concurrir
un mes entero; no hay hermosa que me lo parezca todos los das, ni fea
que no me encante una vez siquiera al mes; esto me hace disfrutar de
inmensas ventajas, porque slo se puede soportar a las gentes los quince
primeros das que se las conoce. Qu de atenciones en ellas! Qu de
sinceros ofrecimientos! Pasaron aqullos? Se intim la amistad?
Adis! como ya de cualquier modo tienen cumplido con usted, todos son
desaires, todas crudas y cidas respuestas. Pesndome comer siempre los
mismos alimentos, hoy como a la francesa, maana a la inglesa, un da
ceno y otro meriendo; ni tengo horas fijas ni hago comida con concierto.
Y esto tiene la ventaja de predisponerme para el clera. Pesndome
hablar siempre en espaol, tengo amigos franceses slo para hablar en
francs una hora al da; me trato con los operistas para hablar una vez
a la semana en italiano; aprend griego por conocer una lengua que no
habla nadie; y sufro las impertinencias de un ingls a quien trato, por
darme a entender en el idioma en que deca Carlos V que hablara a los
pjaros. Pesndome de que me llamen todos los das, desde el ao 9 en
que nac, por el mismo apellido, cien veces dej aqul con que vine al
mundo, y ora fui el _Duende satrico_, ora el _Pobrecito hablador_, ora
el _Bachiller Mungua_, ora _Andrs Nipresas_, ora _Fgaro_, ora... y
qu s yo los muchos nombres que me quedarn an que tomar en los muchos
aos que, Dios mediante, tengo hecho propsito de vivir en este bajo
suelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir; y si he de
decir la verdad, consiste esto en que a fuerza de meditar he venido a
conocer que slo viviendo podr seguir variando. Por ltimo, y vengamos
al asunto, pesndome de vivir todos los das en una misma casa, la vista
de un cuarto desalquilado hace en mi nimo el mismo efecto que produce
la picadura del pez en el corazn del anhelante pescador que le tiende
el cebo. Corro a mi casa, pongo en movimiento a mi familia, hgome la
ilusin de que emprendo un viaje, y de cuartel en cuartel, de calle en
calle, de manzana y hasta de piso en piso, recorro alegremente y
reconozco los ms recnditos escondrijos y rincones de esta populosa
ciudad. Si la casa es grande: Qu hermosura!--exclamo;--esto es vivir
con desahogo, esto es lujo y magnificencia. Si es chica: Gracias a
Dios--me digo,--que sal de esos eternos caserones que nunca bastan
muebles para ellos; sta es a lo menos recogida, reducida, propia, en
fin, del hombre tan reducido tambin y limitado. Si es cuarto bajo: No
tiene escalera, digo y el hombre no ha nacido para vivir en las
estrellas. Si es alto el piso: Bendito sea Dios, qu claridad, qu
ventilacin y qu pureza de aires! Si es caro: Qu importa? lo
primero es tener buena habitacin. Si es barato: Mejor; con eso
emplear en galas lo que haba de invertir en mi vivienda.

Nadie, pues, ms feliz que yo, porque en cuanto a las habladuras y
murmuraciones del mundo perecedero, as me cuido de ellas como de ir a
la Meca. Pero es el caso que tengo un amigo que es de esos hombres que
se dejan impresionar fcilmente por la ltima persona que oyen, de esos
caracteres dbiles, flojos, apticos, irresolutos, de reata, en fin, que
componen el mayor nmero en este mundo, que nacieron, por consiguiente,
para obedecer, callar y ser constantemente vctimas, y cuya debilidad es
la ms firme columna de los fuertes.

Oyome este amigo las reflexiones que anteceden, y vean ustedes a mi
hombre descontento ya con cuanto le rodea; ya que no lo puede mudar
todo, quiere cuando menos mudar de casa, y htele buscando conmigo
papeles en los balcones de barrio en barrio, porque sta es muy de
antiguo la seal que distingue las habitaciones alquilables de esta
capital, sin que yo haya podido dar hasta ahora con el origen de esta
conocida costumbre, ni menos con la de poner los papeles en las esquinas
de los balcones cuando la casa es slo alquilable para huspedes.

Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madrid
rapidsimamente, estn reducidas a una o dos enormes piezas y muchos
callejones interminables; son demasiado grandes; son obscuras por lo
general a causa de su mala reparticin y combinacin de entradas,
salidas, puertas y ventanas.

Dirigmonos, pues, a ver las casas nuevas; esas que surgen de la noche a
la maana por todas las calles de Madrid; esas que tienen ms balcones
que ladrillos y ms pisos que balcones; esas por medio de las cuales se
agrupa la poblacin de esta coronada villa, se apia, se sobrepone y se
aleja de Madrid, no por las puertas, sino por arriba, como se marcha el
chocolate de una chocolatera olvidada sobre las brasas. La poblacin que
se va colocando sobre los lmites que encerraron a nuestros abuelos, me
hace el efecto del helado que se eleva fuera de la copa de los sorbetes.
El caso es el mismo: la copa es pequea y el contenido mucho.

Muchas casas muy lindas vimos. Mi amigo observ, con razn, que se sigue
en todas el mtodo antiguo de construccin: sala, gabinete y alcoba
pegada a cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la misma cocina,
donde se preparan los manjares, colocado inoportuna y puercamente el
sitio ms desaseado de la casa. No pudiera darse otra forma de
construccin a las casas, de suerte que este sitio quedase separado de
la vivienda, como en otros pases lo hemos visto constantemente
observado? No pudieran llegarse a desusar esos vidrios horribles,
desiguales, pequeos, unidos por plomos, generalmente invertidos en las
vidrieras? No se les podran substituir vidrios de mejor calidad, de
ms tamao, y unidos entre s con sutiles listones de madera, que haran
siempre mejor efecto a la vista y daran ms entrada a la luz? No
convendra desterrar esas pesadas maderas que cierran los balcones,
llenas de intiles rebajos y costosas labores, sustituyndoles
puertas-ventanas de hojas ms delgadas y lisas? No pudiera
introducirse el uso de las comodsimas chimeneas para las casas, sobre
todo ms espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa? Tanto
perderamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que nos
abrasan las piernas, dejndonos fro el cuerpo y atufndonos con el
pestfero carbn, y que son restos de los zahumadores orientales
introducidos en nuestro pas por los moros? Qu mal haramos en
desterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunir
sobre el pobre transente, adems del agua que deba naturalmente caerle
del cielo, toda la que no deba caerle, y en substituirles los conductos
vertederos semejantes a los de correos, pegados a la pared?

Los caseros, ms que al inters pblico, consultan el suyo propio:
aprovechemos terreno; se es su principio: apiemos gente en estas
diligencias paradas, y vivan todos como de viaje; cada habitacin es en
el da un bal en que estn las personas empaquetadas de pie, y las
cosas en la posicin que requiere su naturaleza; tan apretado est todo,
que en caso de apuro todo podra viajar junto sin romperse. Las
escaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra que
se roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco ms de hombre o
un poco menos de escalera, y sern una sola cosa hombre y escalera.

Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura de
una de las casas nuevas, la monera de las acomodadas piececitas, el
estado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborzase, y:

--Este cuarto es mo!--exclama.

--Pero acabemos de ver.

--Nada, intil, quiero casa nueva, casa nueva; no hay remedio.

De all a media hora estbamos ya en casa del casero. Intil es decir
que el casero tena mala cara; todos la tienen; es la primera cosa que
hacen en comprando casa; a lo menos tal nos parece siempre a los
inquilinos, sin que esto sea decir que no pueda ser ilusin de ptica.

--Qu tiene usted que mandarme?...

--Usted es el dueo de la casa que se est haciendo?...

--S, seor.

--Hay varios cuartos en la casa.

--Estn dados.

--Cmo! si no estn hechos.

--Ahi ver usted.

--Pero, no habra?...

--Un tercero queda.

--Bueno; he dicho que quiero casa nueva.

--No es tampoco de los ms altos, caballero; no tiene ms que noventa y
tres escalones y un tramito.

--Ya se ve que no es mucho; se baja uno a Madrid en un momento; quiero
casa nueva.

--Pagar usted adelantado?

--Hombre, adelantado? A m nadie me paga adelantado.

--Pues, djelo usted.

--Ah! no, eso no; bien; pagar, un mes?

--Tres meses o seis.

--Pero, hombre...

--Dejarlo.

--No, bien, bien, cunto renta? Es tercero y tiene pocas piezas y
estrechas, y...

--Diez reales diarios; d usted gracias que no se le pone en doce.

--Diez reales!

--Si no acomoda...

--S, seor, s. Cmo ha de ser! Casa nueva!

--Fiador.

--Fiador?

--Y abonado.

--Bueno, paciencia! Tengo amigos, el marqus de...

--Marqus? no, no, seor.

--El coronel de...

--Militar? menos.

--Un mayordomo de semana.

--Tiene fuero? no, seor.

--Pero, hombre, adnde he de ir a buscar?

--Ha de tener casa abierta.

--Pero si yo no me trato con taberneros, ni...

--Pues dejarlo.

--Voto va!

No hubo ms remedio que buscar el fiador; ya daba mi amigo la mudanza a
todos los diablos. Vencironse por fin las dificultades; ya cogi las
llaves, y cogi al celador, y cogi el padrn, y cogi... qu haba de
coger por ltimo? el cielo con las manos, lectores mos. Comenz la
mudanza; el sof no cupo por la escalera; fue preciso izarle por el
balcn, y en el camino rompi los cristales del cuarto principal, los
tiestos del segundo, y al llegar al tercero, una de sus propias patas,
que era precisamente la que le haba estorbado; si se hubiese roto al
principio, pleito por menos; fue preciso pagar los daos; el bufete
entr como taco en escopeta, haciendo ms all la pared a fuerza de
rascarle el yeso con las esquinas; la cama del matrimonio tuvo que
quedarse en la sala, porque fue imposible meterla en la alcoba; el
hermano de mi amigo, que es tan alto como toda la casa, se levant un
chichn, en vez de levantar la cabeza, con el techo que estaba hombre en
medio con el piso. En fin, mal que bien, estuvo ya la casa adornada,
pero oh desgracia! mi amigo tiene un suegro sumamente gordo; verdad que
es monstruoso; y es hombre que ha menester dos billetes en la
diligencia para viajar; como a ste no se le poda romper la pata como
al sof, no hubo forma de meterlo en casa. Qu medio en este conflicto?
Reir con l y separarse porque no cabe en casa? no es decente.
Meterlo por el balcn? no es para todos los das. Santo Dios! que no
se hagan las casas en el da para los hombres gordos! En una palabra,
desde ayer estn los trastos dentro; mi amigo en la escalera mesndose
los cabellos, luchando entre la casa nueva y el amor filial; y el viejo
en la calle esperando, o a perder carnes o a ganar casa.




EL DUELO


Muy incrdulo sera preciso ser para negar que estamos en el siglo de
las luces y de la ms extremada civilizacin: el hombre ha dado ya con
la verdad, y la razn ms severa preside a todas las acciones y
costumbres de la generacin del ao 1835.

Dejaremos a un lado, por no ser hoy de nuestro asunto, la perfeccin en
que se ha llegado en punto a religin y a poltica, dos cosas
esencialsimas en nuestra manera actual de existir, y a que los pueblos
dan toda la importancia que indudablemente se merecen. En el primero no
tenemos preocupacin ninguna, no abrigamos el ms pequeo error; cuando
decimos con orgullo que el hombre es el ser ms perfecto, la hechura ms
acabada de la creacin, slo aadimos a las verdades reconocidas otra
verdad ms innegable todava. Hacemos muy bien en tener vanidad. Si
hemos adelantado en poltica, dgalo la estabilidad que alcanzamos, la
fijacin de nuestras ideas y principios: no slo sabemos ya cul es el
buen gobierno, el nico bueno, el verdadero secreto para constituir y
conservar una sociedad bien organizada, sino que lo sabemos establecer y
lo gozamos con toda paz y tranquilidad. Acerca de sus bases estamos
todos acordes, y es tal nuestra ilustracin, que una vez reconocida la
verdad y el inters poltico de la sociedad, toda guerra civil, toda
discordia, viene a ser imposible entre nosotros; as es que no las hay.
Que hubiese guerra en los tiempos brbaros y de atraso, en los cuales
era preciso valerse hasta de la fuerza para hacer conocer al hombre cul
era el Dios a quien haba de adorar o el rey a quien haba de servir...
nada ms natural. Ignorantes entonces los ms, y poco ilustrados, no
fijadas sus ideas sobre ninguna cosa, forzoso era que fuesen presa de
multitud de ambiciosos, cuyos intereses estaban encontrados. Empero
ahora, en el siglo de la ilustracin, es cosa bien difcil que haya una
guerra en el mundo. As es que no las hay. Y si las hubiera sera en
defensa de derechos positivos, de intereses materiales, no de un
apellido, no del nombre de un dolo. La prueba de esto mismo es bien
fcil de encontrar. Esa poca de guerra, que empieza ahora, en nuestras
provincias, es indudablemente por derechos claros y bien entendidos:
sobre todo, si alguno de los partidos contendientes pudiese ir a ciegas
en la lid, e ignorar lo que defiende, no sera ciertamente el partido
ms ilustrado, es decir, el liberal. Este bien sabe por lo que pelea;
pelea por lo que tiene, por lo que le han concedido, por lo que l ha
conquistado.

En un siglo en que ya se ven las cosas tan claras, y en que ya no es
fcil abusar de nadie, en el siglo de las luces, una de las cosas sobre
que est ms fijada la pblica opinin, es el honor, quisicosa que, en
el sentido que en el da le damos, no se encuentra nombrada en ninguna
lengua antigua. Hijo este honor de la Edad Media y de la confluencia de
los Godos y los Arabes, se ha ido comprendiendo y perfeccionando a tal
grado, a la par de la civilizacin, que en el da no hay una sola
persona que no tenga su honor a su manera: todo el mundo tiene honor.

En los tiempos antiguos, tiempos de confusin y de barbarie, el que ha
faltado a otro, abusaba de cualquier superioridad que le daban las
circunstancias o su atrevimiento, se infamaba a s mismo, y sin hablar
tanto de honor, quedaba deshonrado. Ahora es enteramente al revs. Si
una persona baja o mal intencionada le falta a usted, usted es el
infamado. Le dan a usted un bofetn? Todo el mundo lo desprecia a
usted, no al que le dio. Le faltan a usted su mujer, su hija, su
querida? Ya no tiene usted honor. Le roban a usted? Usted, robado,
queda pobre, y, por consiguiente, deshonrado. El que le rob que qued
rico, es un hombre de honor. Va en el coche de usted y es un hombre
decente, caballero. Usted se qued a pie, es usted gente ordinaria,
canalla. Milagros todos de la ilustracin!

En la historia antigua no se ve un solo ejemplo de un duelo. Agamenn
injuria a Aquiles, y Aquiles se encierra en su tienda, pero no le pide
satisfaccin. Alcibades alza el palo sobre Temstocles, y el gran
Temstocles, segn una expresin de nuestra moderna civilizacin, queda
como un cobarde.

El duelo, en medio de la duracin del mundo, es una invencin de ayer:
cerca de seis mil aos se ha tardado en comprender que cuando uno se
porta mal con otro, le queda siempre un medio de enmendar el dao que le
ha hecho, y este medio es matarlo. El hombre es lento en todos sus
adelantos, y si bien camina indudablemente hacia la verdad, suele tardar
en encontrarla.

Pero una vez hallado el desafo, se apresuraron los reyes y los pueblos,
visto que era cosa buena, a erigirlo en ley, y por espacio de muchos
siglos no hubo entre caballeros otra forma de enjuiciar y sentenciar el
combate. El muerto, el cado, era el culpable siempre en aquellos
tiempos; la cosa no ha cambiado por cierto. Siguiendo, empero, el curso
de nuestros adelantos, se fueron haciendo cabida los jueces en la
sociedad, se levant el edificio de los tribunales con su squito de
escribanos, notarios, autos, fiscales y abogados, que dura todava y
parece tener larga vida, y se convino en que los juicios de Dios (as se
haba llamado a los desafos jurdicos, merced al empeo de mezclar
constantemente a Dios en nuestras pequeeces) eran cosa mala. Los reyes
entonces alzaron la voz en nombre del Altsimo, y dijeron a los pueblos:
No ms juicios de Dios; en lo sucesivo, nosotros juzgaremos.

Prohibidos los juicios de Dios, no tardaron en prohibirse los duelos;
pero si las leyes dijeron: No os batiris, los hombres dijeron: No os
obedeceremos; y un autor de muy buen criterio asegura que las pocas de
rigurosa prohibicin han sido las ms sealadas por el abuso del
desafo. Cuando los delitos llegan a ser de cierto bulto, no hay pena
que los reprima. Efectivamente, decir a un hombre: No te hars matar,
pena de muerte, es provocarlo a que se ra del legislador cara a cara;
es casi tan ridculo como la pena de muerte establecida en algunos
pases contra el suicidio; sabia ley que determina que se quite la vida
a todo el que se mate, sin duda para su escarmiento.

Se podra hacer a propsito de esto la observacin general de que slo
se han obedecido en todos tiempos las leyes que han mandado hacer a los
hombres su gusto; las dems se han infringido y han acabado por caducar.
El lector podr sacar de esto alguna consecuencia importante.

Efectivamente, al prohibir los duelos en distintas pocas, no se ha
hecho ms que lo que hara un jardinero que tirase la fruta queriendo
acabarla; el rbol en pie todos los aos volvera a darle nueva tarea.

Mientras el honor siga entronizado donde se le ha puesto; mientras la
opinin pblica valga algo, y mientras la ley no est de acuerdo con la
opinin pblica, el duelo ser una consecuencia forzosa de esta
contradiccin social. Mientras todo el mundo se ra del que se deje
injuriar impunemente, o del que acuda a un tribunal para decir: Me han
injuriado, ser forzoso que todo agraviado elija entre la muerte y una
posicin ridcula en sociedad. Para todo corazn bien puesto, la duda no
puede ser de larga duracin: y el mismo juez que con la ley en la mano
sentencia a pena capital al desafiado indistintamente o al agresor, deja
acaso la pluma para tomar la espada en desagravio de una ofensa
personal.

Por otra parte, si se prescinde de la porcin de preocupacin ms o
menos visible o sublime del pundonor, y si se considera en el duelo el
mero hecho de satisfacer una cuenta personal, dir francamente que
comprendo que el asesino no tenga derecho a quitar la vida a otro, por
dos razones: primera, porque se la quita contra su gusto, siendo suya;
segunda, porque l no da nada en cambio.

Los duelos han tenido sus pocas y sus fases enteramente distintas: en
un principio se batan los duelistas a muerte, a todas armas, y tras
ellos sus segundos: cada injuria produca entonces una escaramuza.
Posteriormente se introdujo el duelo a primera sangre; el primero lo
comprendo sin disculparlo; el segundo ni lo comprendo ni lo disculpo; es
de todas las ridiculeces la mayor: los padrinos o testigos han sucedido
a los segundos, y su incumbencia en el da se reduce a impedir que su
mala fe abuse del valor o del miedo. Al arma blanca se substituye muchas
veces la pistola, arma de cobarde, con que nada le queda que hacer al
valor sino morir; en que la destreza es infame si hay superioridad, e
intil si hay igualdad.

La libertad, empero, si no es la licencia de mi imaginacin, me ha
llevado ms lejos de lo que yo pretenda ir: al comenzar este artculo
no era mi objeto explorar si las sociedades modernas entienden bien el
honor, ni si esta palabra es algo; individuo de ellas y amamantado con
sus preocupaciones, no ser yo quien me ponga de parte de unas leyes que
la opinin pblica repugna, ni menos de parte de una costumbre que la
razn reprueba. Confieso que pensar siempre en este particular como
Rousseau, y los ms rgidos moralistas y legisladores, y obrar como el
primer calavera de Madrid. Triste lote del hombre el de la
inconsecuencia!

Mi objeto era referir simplemente un hecho de que no ha muchos meses fui
testigo ocular; pero como yo no presenci, digmoslo as, ms que el
desenlace, mis lectores me perdonarn si tomo mi relacin _ab ovo_.

Mi amigo Carlos, hijo del marqus de ***, era heredero de bienes
cuantiosos, que eran en l, al revs que en el mundo, la menos
apreciable de sus circunstancias. Adorado de sus padres, que haban
empleado en su educacin cuanto esmero es imaginable, Carlos se present
en el mundo con talento, con instruccin, con todas esas superfluidades
de primera necesidad, con una herencia capaz de asegurar la fortuna de
varias familias, con una figura a propsito para hacer la de muchas
mujeres, y con un carcter destinado a constituir la de todo el que de
l dependiese.

Pero desgraciadamente, la diferencia que existe entre los necios y los
hombres de talento, suele ser slo que los primeros dicen necedades, y
los segundos las hacen: mi amigo entr en sociedad, y a poco tiempo hubo
de enamorarse; los hombres de imaginacin necesitan mujeres muy picantes
o muy sensibles, y esta especie de mujeres deben de ser mejores para
ajenas que para propias. La joven Adela era, sin duda alguna, de las
picantes: hermosa a sabiendas suyas, y con una conciencia de su belleza,
acaso harto pronunciada, sus padres haban tratado de adornarla de todas
las buenas cualidades de sociedad; la sociedad llama buenas cualidades
en una mujer, lo que se llama alcance en una escopeta y tino en un
cazador; es decir, que se haba formado a Adela como una arma ofensiva
con todas las reglas de la destruccin: en punto a la coquetera era una
obra acabada, y capaz de acabar con cualquiera muy poco sensible; en
realidad, poda fingir admirablemente todo ese sentimentalismo, sin el
cual no se alcanza en el da una sola victoria; contaba con una
languidez mortal; le miraba a usted con ojos de vctima expirante,
siendo ella el verdugo; bailaba como una slfide desmayada; hablaba con
el acento del candor y de la conmocin; y de cuando en cuando un
destello de talento o de gracia vena a iluminar su ttrica
conversacin, como un relmpago derrama una rfaga de luz sobre una
noche obscura.

Cmo no adorar a Adela? Era la verdad entre la mentira, el candor entre
la malicia, deca mi amigo al verla en el gran mundo; era el cielo en
la tierra.

Los padres no deseaban otra cosa: era un partido brillante, la boda era
para entrambos una especulacin; de suerte que lo que sin razn de
estado no hubiera pasado de ser un amor, una calamidad, pas a ser un
matrimonio. Pero cuando el mundo exige sacrificios los exige completos,
y el de Carlos lo fue; la vctima deba ir adornada al altar. Negocio
hecho: de all a poco Carlos y Adela eran uno.

He odo decir muchas veces que suele salir de una coqueta una buena
madre de familia: tambin suele salir de una tormenta una cosecha: yo
soy de opinin que la mujer que empieza mal acaba peor. Adela fue un
ejemplo de esta verdad: medio ao haca que se haba unido con santos
vnculos a Carlos; la moda exiga cierta separacin, cierto abandono.
Cunto no se hubiera redo el mundo de un marido atento con su mujer?
Adela, por otra parte, estaba demasiado bien educada para hacer caso de
su marido. La sociedad es tan divertida y los jvenes tan amables! Qu
hace usted en un rigodn si le oprimen la mano? Qu contesta usted si
le repiten cien veces que es interesante? Si tiene usted visita todos
los das, cmo cierra usted sus puertas? Es forzoso abrirlas, y por lo
regular de par en par.

Un joven del mejor tono fue ms asiduo y maoso, y Adela abraz por fin
las reglas del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cmulo de
adoradores de camino trillado parece despreciar a Adela; con mujeres
coquetas y acostumbradas a vencer, rara vez se deja de llegar a la meta
por ese camino. Adela no quera faltar a su virtud!... pero Eduardo
era tan orgulloso! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era un
juego; siempre se empieza jugando. Cmo se acaba no lo dir; pero as
acab Adela, como se acaba siempre.

La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega a una
edad avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los ojos, l
slo entreviese primero su destino, y lo supiese despus positivamente.
La cosa, desgraciadamente fue escandalosa, y el mundo exiga una
satisfaccin. Carlos hubo de drsela. Eduardo fue retado, y llamado yo
como padrino no pude menos de asistir a la satisfaccin.

A las cinco de la maana estbamos los contendientes y los padrinos en
la puerta de... de donde nos dirigimos al teatro frecuente de esta
especie de luchas. Esta no era de aquellas que deban acabar con un
almuerzo. Una mujer haba faltado, y el honor exiga en reparacin la
muerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.

Se eligi el terreno, se dio la seal, y los dos tiros salieron a un
tiempo: de all a poco haba expirado un hombre til a la sociedad.
Carlos haba cado, pero haban quedado en pie su mujer y su honor.

Un ao hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos lo
lloran todava.

He aqu el mundo, he aqu el honor, he aqu el duelo!




EL ALBUM


El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta o aquella
clase de la sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser de
ninguna de ellas ledo, debe de figurarse al menos, mientras que su
modestia o su desgracia no sean suficientes a hacerle dejar la pluma,
que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han de dar
vida al cuadro de las costumbres de un pueblo o de una poca pudieran
por otra parte tomarse en un clculo determinado y reducido; la mezcla
atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede nicamente
formar el todo, y es forzoso ir a buscar en distintos puntos las tintas
fuertes y las medias tintas, el claro obscuro, sin los cuales no habra
cuadro.

La cuna, la riqueza, el talento, la educacin, a veces obrando
separadamente, obrando otras de consuno, han subdividido siempre a los
hombres hasta lo infinito, y lo que se llama en general la sociedad, es
una amalgama de mil sociedades colocadas en escaln, que slo se rozan
en sus fronteras respectivas unas con otras, y las cuales no rene en un
todo compacto en cada pas sino el vnculo de una lengua comn, y de lo
que se llama entre los hombres patriotismo o nacionalismo. Hay ms
puntos de contacto entre una reunin de buen tono de Madrid y otra de
Londres o de Pars, que entre un habitante de un cuarto principal de la
calle del Prncipe y otro de un cuarto bajo de Avapis, sin embargo de
ser estos dos, espaoles y madrileos.

Sabiendo esto el escritor de costumbres, no desdea muchas veces salir
de un brillante _rout_, o del ms elegante sarao y previa la conveniente
transformacin de traje, pasar en seguida a contemplar una escena
animada de un mercado pblico, o entrar en una simple horchatera a ser
testigo del modesto refresco de la capa inferior del pueblo, cuyo
carcter trata de escudriar y bosquejar.

Qu de costumbres diversas establecidas en una atmsfera, que en otra
inferior, ni aun sabindolas se comprenderan! El ttulo de este
artculo, sin ir ms lejos, es verdadero griego para la inmensa mayora
que compone este pueblo. No harn, pues, un gesto de desagrado nuestras
elegantes lectoras cuando nos vean explicar la significacin de nuestro
ttulo: esta explicacin no es ciertamente para ellas; pero nosotros no
tenemos la culpa si su extraordinaria delicadeza y si su civilizacin
llevada al extremo, que forma de ellas un pueblo aparte, y pueblo
escogido, nos pone en el caso de empezar por traducir hasta las palabras
de su elegante vocabulario, cuando queremos dar cuenta al pblico entero
de los usos de su impagable sociedad.

El que la voz lbum no sea castellana, es para nosotros, que ni somos ni
queremos ser puristas, objecin de poqusima importancia; en ninguna
parte hemos encontrado todava el pacto que ha hecho el hombre con la
divinidad ni con la Naturaleza de usar tal o cual combinacin de slabas
para explicarse: desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra
se entiende, ya es buena: desde el punto en que una lengua es buena para
hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor ser
indudablemente aquella cuya elasticidad le permite dar entrada a mayor
nmero de palabras exticas, porque estar segura de no carecer jams de
las voces que necesite: cuando no las tenga por s, las traer de fuera.
En esta parte diremos de buena fe, lo que pona Iriarte irnicamente en
boca de uno que estropeaba la lengua de Garcilaso:

    Que si l habla la lengua castellana,
     Yo hablo la lengua que me da la gana.

Pasando por alto este inconveniente, el lbum es un enorme libro, en
cuya forma es esencial condicin que se observe la del papel de msica.
Debe de estar, como la mayor parte de los hombres, por de fuera,
encuadernado con un lujo asitico, y por dentro en blanco: su carpeta,
que ser ms elegante si puede cerrarse a guisa de cartera, debe ser de
la materia ms rica que se encuentre, adornada con relieves del mayor
gusto, y la cifra o las armas del dueo: lo ms caro, lo ms ingls, eso
es lo mejor: razn por la cual sera muy difcil lograr en Espaa uno
capaz de competir con los extranjeros. Slo el conocido y el hbil
Alegra podra hacer una cosa que se aproximase a un lbum decente. Pero
en cambio es bueno advertir que una de las circunstancias que debe
tener, es que se pueda decir de l:

--Ya me han trado el lbum que encargu a Londres.

Tambin se puede decir en lugar de Londres, Pars; pero es ms vulgar,
ms trivial. Por lo tanto, nosotros aconsejamos a nuestras lectoras que
digan Londres: lo mismo cuesta una palabra que otra; y por supuesto, que
digan de todas suertes que se lo han enviado de fuera, o que lo han
trado ellas mismas cuando estuvieron all la primera, la segunda, o
cualquiera vez, y aunque sea obra de Alegra.

Y para qu sirve, me dir otra especie de lectores, ese gran librote,
esa especie de misal, tan rico y tan enorme, tan extranjero y tan raro?
De qu trata?

Vamos all. Ese librote es, como el abanico, como la sombrilla, como la
tarjeta, un mueble enteramente de uso de seora, y una elegante sin
lbum sera ya en el da un cuerpo sin alma, un ro sin agua, en una
palabra, una especie de Manzanares. El lbum, claro est, no se lleva en
la mano, pero se transporta en el coche; el lbum y el coche se
necesitan mutuamente: lo uno no puede ir sin lo otro; es el agua con el
chocolate; el lbum se enva adems con el lacayo de una parte a otra. Y
como siempre est yendo y viniendo, hay un lacayo destinado a sacarlo;
el lacayo y el lbum es el ayo y el nio.

De qu trata? No trata de nada; es un libro en blanco. Como una bella
conoce de rigor a los hombres de talento en todos ramos, es un libro el
lbum que la bella enva al hombre distinguido para que ste estampe en
una de sus inmensas hojas, si es poeta, unos versos, si es pintor, un
dibujo, si es msico, una composicin, etc. En su verdadero objeto es un
repertorio de la vanidad: cuando una hermosa, por otra parte, le ha
dispensado a usted la lisonjera distincin de suplicarle que incluya
algo en su lbum, es muy natural pagarle en la misma moneda; de aqu el
que la mayor parte de los versos contenidos en l, suelen ser
variaciones de distintos autores sobre el mismo tema de la hermosura y
de la amabilidad de su dueo. Son distintas fuentes donde se mira y se
refleja un solo Narciso. El lbum tiene una virtud singular, por la cual
deben apresurarse a hacerse con l todas las elegantes que no lo tengan,
si hay alguna a la sazn en Madrid: hemos reparado que todas las dueas
de lbum son hermosas, graciosas, de gran virtud y talento, y
amabilsimas: as consta a lo menos de todos estos libros en blanco,
conforme van tomando color.

Como el caso es tener un recuerdo, propio, intrnsecamente de la persona
misma, es indispensable que lo que se estampe vaya de puo y letra del
autor; un lbum, pues, viene a ser un panten donde vienen a enterrarse
en calidad de prstamos adelantados hechos a la posteridad una porcin
de notabilidades; a pesar de que no todos los hombres de mrito de un
lbum lo son igualmente en las edades futuras. Y como por una
distincin de exquisito precio, la amistad participa del privilegio del
mrito, de poner algo en el lbum, y como se puede ser muy buen amigo y
no tener ninguna especie de mrito, un lbum viene a ser frecuentemente,
ms bien que un panten, un cementerio, donde estn enterrados, tabique
por medio, los tontos al lado de los discretos, con la nica diferencia
de que los segundos honran al lbum, y ste honra a los primeros.

Sabido el objeto del lbum, cualquiera puede conocer la causa a que debe
su origen: el orgullo del hombre se empea en dejar huellas por todas
partes; en rigor, las pirmides famosas, qu son sino la firma de los
Faraones en el gran lbum de Egipto? Todo monumento es el _facsmile_
del pueblo que lo erigi, estampado en el gran lbum del triunfo. Qu
es la historia sino el lbum donde cada pueblo viene a depositar sus
obras?

La Alhambra est llena de los nombres de viajeros ilustres que no han
querido pasar adelante sin enlazar con aquellos grandes recuerdos sus
grandes nombres; esto, que es lcito en un hombre de mrito, confesado
por todos, es risible en un desconocido, y conocemos un sujeto que se ha
puesto en ridculo en sociedad por haber estampado en las paredes de la
venerable antigedad de que acabamos de hablar, debajo del letrero
puesto por Chateaubriand: Aqu estuvo tambin Pedro Fernndez, el da
tantos de tal ao. Sin embargo, la accin es la misma, por parte del
que la hace.

He aqu cmo motiva el origen de la moda del lbum un autor francs, que
escriba, como nosotros, un artculo de costumbres acerca de l el ao
11, poca en que comenz a hacer furor esta moda en Pars:

El origen del lbum es noble, santo, majestuoso. San Bruno haba
fundado en el corazn de los Alpes la cuna de su orden; dbase all
hospitalidad por espacio de tres das a todo viajero. En el momento de
su partida se le presentaba un registro, invitndolo a escribir en l su
nombre, el cual iba acompaado, por lo regular, de algunas frases de
agradecimiento, frases verdaderamente inspiradas. El aspecto de las
montaas, el ruido de los torrentes, el silencio del monasterio, la
religin grande y majestuosa, los religiosos humildes y penitentes, el
tiempo despreciado, y la eternidad siempre presente, deban de hacer
nacer bajo la pluma de los huspedes que se sucedan en la augusta
morada, altos pensamientos y delicadas expresiones. Hombres de gran
mrito depositaron en este repertorio cantidad de versos y pensamientos
justamente clebres. El lbum de la Gran Cartuja es incontestablemente
el padre y modelo de los lbums.

Esta aficin, recin nacida, cundi extraordinariamente; los ingleses
asieron de ella; los franceses no la despreciaron, y todo hombre de
alguna celebridad fue puesto a contribucin: el valor, por consiguiente,
de un lbum, puede ser considerable; una pincelada de Goya, un capricho
de David, o de Vernet, un trozo de Chateaubriand, o de lord Byron, la
firma de Napolen, todo esto puede llegar a hacer de un lbum un
mayorazgo para una familia.

Nuestras seoras han sido las ltimas en esta moda como en otras, pero
no las que han sabido apreciar menos el valor de un lbum: ni es de
extraar: el libro en blanco en un templo colgado todo de sus trofeos,
es una lista civil, su presupuesto, o por lo menos el de su amor propio.
Y en rigor, qu es una bella sino un lbum, a cuyos pies todo el que
pasa deposita su tributo de admiracin? Qu es su corazn muchas veces
sino un lbum? Perdnesenos la atrevida comparacin; pero dichoso el
que encuentra en esta especie de lbum todas las hojas en blanco!
Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de uno el
madrugar) puede ser siquiera el ltimo!

El lbum no se llama nunca el lbum, sino mi lbum; esto es esencial. En
rigor las seoras no han tomado de l ms que la parte agradable: todos
los inconvenientes estn de parte de los que han de quitarle hoja a hoja
la calidad de blanco. Qu admirable fecundidad no se necesita para
grabar un cumplimiento, por lo regular el mismo, y siempre de distinto
modo, en todos los lbums que vienen a parar a manos de uno! Luego hay
tantas mujeres a quienes es ms fcil profesar amor que decrselo!
Cunta habilidad no es menester para que, comparados despus estos
diversos depsitos, no pueda picarse ningn amor propio! Qu delicadeza
para decir galanteras, que no sean ms que galanteras, a una hermosa
de la cual slo se conoce el lbum!

Si ste es el mueble indispensable de una mujer de moda, tambin es la
desesperacin del poeta, del hombre de mrito, del amigo. Siempre se
espera mucho del talento, y nunca es ms difcil lucirlo que en
semejantes ocasiones.

Nosotros, para tales casos, si en ellos nos encontrsemos, reclamaramos
siempre toda indulgencia, y no concluiremos este artculo sin recordar a
las hermosas que cada una de ellas no tiene ms que un lbum que dar a
llenar, y que cada poeta suele tener a la vez varios a que contribuir.




LOS CALAVERAS

I


Es cosa que dara que hacer a los etimologistas y a los anatmicos de
lenguas, el averiguar el origen de la voz _calavera_ en su acepcin
figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la
designacin del crneo de un muerto, ya vaco y descarnado. Yo no
recuerdo haber visto empleada esta voz, como substantivo masculino, en
ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepcin
picaresca es de uso moderno. La especie, sin embargo, de seres a que se
aplica, ha sido de todos los tiempos. El famoso Alcibades era el
_calavera_ ms perfecto de Atenas: el clebre filsofo que arroj sus
tesoros al mar, no hizo en eso ms que una _calaverada_, a mi entender
de muy mal gusto: Csar, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera
pasado en el da por un excelente _calavera_: Marco Antonio echando a
Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del Imperio, no poda
ser ms que un _calavera_; en una palabra, la suerte de ms de un pueblo
se ha decidido a veces por una simple _calaverada_. Si la historia, en
vez de escribirse como un ndice de los crmenes de los reyes y una
crnica de unas cuantas familias, se escribiera con esta especie de
filosofa, como un cuadro de costumbres privadas, se vera probada
aquella verdad; y muchos de los importantes trastornos que han cambiado
la faz del mundo, a los cuales han solido achacar grandes causas los
polticos, encontraran una clave de muy verosmil y sencilla
explicacin en las _calaveradas_.

Dejando aparte la antigedad (por ms mrito que les aada, puesto que
hay muchas gentes que no tienen otro), y volviendo a la etimologa de la
voz, confieso que no encuentro qu relacin puede existir entre un
_calavera_ y una _calaverada_. Cunto exceso de vida no supone el
primero! Cunta ausencia de ella no supone la segunda! Si se quiere
decir que haya un punto de similitud entre el vaco del uno y de la
otra, no tardaremos en demostrar que es un error. Aun concediendo que
las cabezas se dividan en vacas y en llenas, y que la ausencia del
talento y del juicio se refiera a la primera clase, espero que por mi
artculo se convencer cualquiera de que para pocas cosas se necesita
ms talento y buen juicio que para ser _calavera_.

Por tanto, el haber querido dar un aire de apodo y de vilipendio a los
_calaveras_, es una injusticia de la lengua y los hombres que acertaron
a darle los primeros ese giro malicioso: yo por m rehso esa voz;
confieso que quisiera darle una nobleza, un sentido favorable, un
carcter de dignidad que desgraciadamente no tiene, y as slo la usar,
porque no teniendo otra a mano, y encontrando esa establecida, aquellos
mismos cuya causa defiendo se harn cargo de lo difcil que me sera
darme a entender valindome para designarlos de una palabra nueva; ellos
mismos no se reconoceran, y no reconocindolos seguramente el pblico
tampoco, vendra a ser intil la descripcin que de ellos voy a hacer.

Todos tenemos algo de _calaveras_, ms o menos. Quin no hace locuras y
disparates alguna vez en su vida? Quin no ha hecho versos, quin no ha
credo en alguna mujer, quin no se ha dado malos ratos algn da por
ella, quin no ha prestado dinero, quin no ha debido, quin no ha
abandonado alguna cosa que le importase, por otra que le gustase, quin
no se casa en fin?... Todos lo somos; pero as como no se llama locos
sino a aquellos cuya locura no est en armona con la de los ms, as
slo se llama _calaveras_ a aquellos cuya serie de acciones continuadas
son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.

El _calavera_ se divide y subdivide hasta lo infinito, y es difcil
encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor
nmero de castas distintas: tienen todas, empero, un tipo comn de donde
parten, y en rigor slo dos son las calidades esenciales que determinan
su ser, y que las renen en una sola especie: en ellas se reconoce al
_calavera_, de cualquier casta que sea.

1. El _calavera_ debe tener por base de su ser lo que se llama talento
natural por unos; despejo por otros; viveza por los ms: entindase esto
bien; talento natural: es decir, no cultivado. Esto se explica: toda
clase de estudio profundo, o de extensa instruccin, sera lastre
demasiado pesado que se opondra a esa ligereza, que es una de sus ms
amables calidades.

2. El _calavera_ debe tener lo que se llama en el mundo poca aprensin.
No se interprete esto tampoco en mal sentido. Todo lo contrario. Esta
poca aprensin es aquella indiferencia filosfica con que considera el
qu dirn el que no hace ms que cosas naturales, el que no hace cosas
vergonzosas. Se reduce a arrostrar en todas nuestras acciones la
publicidad, a vivir ante los otros, ms para ellos que para uno mismo.
El _calavera_ es un hombre pblico cuyos actos todos pasan por el tamiz
de la opinin, saliendo de l ms depurados. Es un espectculo cuyo
teln est siempre descorrido; qutensele los espectadores, y adis
teatro. Sabido es que con mucha aprensin no hay teatro.

El talento natural, pues, y la poca aprensin, son las dos cualidades
distintas de la especie: sin ellas no ser _calavera_. Un tonto, un
timorato del qu dirn, no lo sern jams. Sera tiempo perdido.

El _calavera_ se divide en silvestre y domstico.

El _calavera silvestre_ es un hombre de la plebe, sin educacin ninguna
y sin modales; es el capataz del barrio, tiene honores de jaque, habla
andaluz; su conversacin va salpicada de chistes; enciende un cigarro en
otro, escupe por el colmillo; convida siempre, y nadie paga donde est
l; es chulo nato; dos cosas son indispensables a su existencia: la
querida, que es manola, condicin _sine qua non_, y la navaja que es
grande; por un qutame all esas pajas le da honrosa sepultura en un
cuerpo humano. Sus manos siempre estn ocupadas: o empaqueta el cigarro,
o saca la navaja, o tercia la capa, o se cala el chapeo, o se aprieta la
faja, o vibra el garrote: siempre est haciendo algo. Se le conoce a
larga distancia, y es bueno dejarle pasar como al jabal. Ay del que
mire a su Dulcinea! Ay del que la tropiece! Si es hombre de levita,
sobre todo, si es seorito delicado, ms le valiera no haber nacido. Con
esa especie est a matar, y la mayor parte de sus _calaveradas_ recaen
sobre ella; se perece por asustar a uno, por desplumar a otro. El
_calavera silvestre_ es el gato del lechuguino: as es que ste le ve
con terror; de quimera en quimera, de qu se me da a m en qu se me da
a m, para en la crcel; a veces en presidio, pero esto ltimo es raro:
se diferencia esencialmente del ladrn en su condicin generosa: da y no
recibe; puede ser homicida, nunca asesino. Este _calavera_ es
esencialmente espaol.

El _calavera domstico_ admite diferentes grados de civilizacin, y su
cuna, su edad, su profesin, su dinero le subdividen despus en diversas
castas. Las principales son las siguientes:

El _calavera lampio_ tiene catorce o quince aos, lo ms diez y ocho.
Sus padres no pudieron nunca hacer carrera con l: le metieron en el
colegio para quitrsele de encima, y hubieron de sacarle porque no
dejaba all cosa con cosa. Mientras que sus compaeros ms laboriosos
devoraban los libros para entenderlos, l los despedazaba para hacer
balitas de papel, las cuales arrojaba disimuladamente y con singular
tino a las narices del maestro. A pesar de eso, el da de examen el
talento profundo y tmido se cortaba, y nuestro audaz muchacho repeta
con osada las cuatro voces tercas que haba recogido aqu y all, y se
llevaba el premio. Su carcter resuelto ejerca predominio sobre la
multitud, y capitaneaba por lo regular las pandillas y los partidos.
Despreciador de los bienes mundanos, su sombrero, que le serva de
blanco o de pelota, se distingua de los dems sombreros como l de los
dems jvenes.

En carnaval era el que pona las mazas a todo el mundo, y aun las manos
encima si tenan la torpeza de enfadarse; si era descubierto haca pasar
a otro por el culpable, o sufra en el ltimo caso la pena con valor, y
rindose todava del feliz xito de su travesura. Es decir que el
_calavera_, como todo el que ha de ser algo en el mundo, comienza a
descubrir desde su ms tierna edad el germen que encierra. El nmero de
sus hazaas era infinito. Un maestro haba perdido unos anteojos que se
haban encontrado en su faltriquera: el rap de otro haba pasado al
chocolate de sus compaeros, o a las narices de los gatos, que recorran
bufando los corredores con gran risa de los ms juiciosos; la peluca del
maestro de matemticas haba quedado un da enganchada en un silln, al
levantarse el pobre Euclides, con notable perturbacin de un problema
que estaba por resolver. Aquel da no se despej ms incgnita que la
calva del buen seor.

Fuera ya del colegio, se trat de sujetarle en casa y se le puso bajo
llave, pero a la maana siguiente se encontraron colgadas las sbanas de
las ventanas; el pjaro haba volado; y como sus padres se convencieron
de que no haba forma de contenerle, convinieron en que era preciso
dejarle. De aqu fecha la libertad del _lampio_. Es el ms pesado, el
ms incmodo: careciendo todava de barba y de reputacin, necesita
hacer dobles esfuerzos para llamar la atencin pblica; privado l de
medios, le es forzoso afectarlos. Es risa orle hablar de las mujeres
como un hombre ya maduro; sacar el reloj como si tuviera que hacer;
contar todas sus acciones del da como si pudieran importarle a alguien,
pero con despejo, con soltura, con aire cansado y corrido.

Por la maana madrug porque tena una cita: a las diez se vino a
encargar el billete para la Opera, porque hoy dara cien onzas por un
billete; no puede faltar. Estas mujeres le hacen a uno hacer tantos
disparates! A media maana se fue al billar; aunque hijo de familia no
come nunca en casa; entra en el caf metiendo mucho ruido, su duro es el
que ms suena; sus bienes se reducen a algunas monedas que debe de vez
en cuando a la generosidad de su mam, o de su hermana, pero las luce
sobremanera. El billar es su elemento: los intervalos que le deja libre
el juego suleselos ocupar cierta clase de mujeres, nicas que pueden
hacerle cara todava, y en cuyo trato toma sus peregrinos conocimientos
acerca del corazn femenino. A veces el _calavera lampio_ se finge malo
para darse importancia; y si puede estarlo de veras, mejor; entonces
est de enhorabuena. Empieza asimismo a fumar, es ms cigarro que
hombre, jura y perjura y habla detestablemente; su boca es una sentina,
si bien tal vez con chiste. Va por la calle deseando que alguien le
tropiece; y cuando no lo hace nadie, tropieza l a alguno; su honor
entonces est comprometido, y hay de fijo un desafo; si ste acaba mal,
y si mete ruido, en aquel mismo punto empieza a tomar importancia; y
entrando en otra casta, como la oruga que se torna mariposa, deja de ser
_calavera lampio_. Sus padres, que ven por fin decididamente que no hay
forma de hacerle abogado, le hacen meritorio; pero como no asiste a la
oficina, como bosqueja en ellas las caricaturas de sus jefes, porque
tiene el instinto del dibujo, se muda de bisiesto y se trata de hacerlo
militar: en cuanto est declarado irremisiblemente mala cabeza se le
busca una charretera, y si se encuentra ya es un hombre hecho.

Aqu empieza el _calavera temern_, que es el gran _calavera_. Pero
nuestro artculo ha crecido debajo de la pluma ms de lo que hubiramos
querido, y de aquello que para un peridico convendra: tan fecunda es
la materia! Por tanto, nuestros lectores nos concedern algn ligero
descanso, y remitirn al nmero siguiente su curiosidad si alguna
tienen.


II


Quedbamos al fin de nuestro artculo anterior en el _calavera temern_.
Este se divide en paisano y militar; si el influjo no fue bastante para
lograr su charretera (porque alguna vez ocurre que las charreteras se
dan por influjo), entonces es paisano; pero no existe entre uno y otro
ms que la diferencia del uniforme. Verdad es que es muy esencial, y ms
importante de lo que parece: el uniforme ya es la mitad. Es decir, que
el paisano necesita hacer dobles esfuerzos para darse a conocer; es una
casa pblica sin muestra; es preciso saber que existe para entrar en
ella. Pero por un contraste singular, el _calavera temern_, una vez
militar, afecta no llevar el uniforme, viste de paisano, salvo el
bigote; sin embargo, si se examina el modo suelto que tiene de llevar el
frac o la levita, se puede decir que hasta este traje es uniforme en l.
Falta la plata y el oro, pero queda el despejo y la marcialidad, y eso
se trasluce siempre; no hay pao bastante negro ni tupido que le ahogue.

El _calavera temern_ tiene indispensablemente, o ha tenido alguna
temporada una cerbatana, en la cual adquiere singular tino. Colocado en
alguna tienda de la calle de la Montera, se parapeta detrs de dos o
tres amigos, que fingen discurrir seriamente.

--Aquel viejo que viene all: mrale qu serio viene!

--S; el de la casaca verde, va bueno!

--Dejad, dejad. Pum! en el sombrero. Seguid hablando y no miris.

Efectivamente, el sombrero del buen hombre produce un sonido seco: el
acometido se para, se quita el sombrero, lo examina.

--Ahora!--dice la turba.--Pum! otra a la calva.

El viejo da un salto y echa una mano en la calva; mira a todas partes...
nada.

--Est bueno!--dice por fin, ponindose el sombrero;--algn
pillastre... bien podra irse a divertir...

--Pobre seor!--dice entonces el _calavera_, acercndosele;--le han
dado a usted? es una desvergenza... pero le han hecho a usted mal?...

--No, seor, felizmente.

--Quiere usted algo?

--Tantas gracias.

Despus de haber dado gracias, el hombre se va alejando, volviendo poco
a poco la cabeza a ver si descubra... pero entonces el _calavera_ le
asesta su ltimo tiro, que acierta a darle en medio de las narices, y el
hombre derrotado aprieta el paso, sin tratar de averiguar de dnde
procede el fuego; ya no piensa ms que en alejarse. Sultase entonces la
carcajada en el corrillo, y empiezan los comentarios sobre el viejo,
sobre el sombrero, sobre la calva, sobre el frac verde. Nada causa ms
risa que la extraeza y el enfado del pobre; sin embargo, nada ms
natural.

El _calavera temern_ escoge a veces para su centro de operaciones la
parte interior de una persiana; este medio permite ms abandono en la
risa de los amigos, y es el ms oculto; el _calavera_ fino le desdea
por poco expuesto.

A veces se dispara la cerbatana en guerrilla; entonces se escoge por
blanco el farolillo de un escarolero, el fanal de un confitero, las
botellas de una tienda; objetos todos en que produce el barro cocido un
sonido sonoro y argentino. Pim! las ansias mortales, las agonas, y los
votos del gallego y del fabricante de merengues, son el alimento del
_calavera_.

Otras veces, el _calavera_ se coloca en el confn de la acera, y
fingiendo buscar el nmero de una casa, ve venir a uno, y andando con la
cabeza alta, arriba, abajo, a un lado, a otro, sortea todos los
movimientos del transente, cerrndole por todas partes el paso a su
camino. Cuando quiere poner un trmino a la escena, finge tropezar con
l, y le da un pisotn; el otro entonces le dice: perdone usted; y el
_calavera_ se incorpora con su gente.

A los pocos pasos se va con los brazos abiertos a un hombre muy formal,
y ahogndole entre ellos:

--Pepe--exclama,--cundo has vuelto? S, t eres!

Y lo mira: el hombre, todo aturdido, duda si es un conocimiento
antiguo... y tartamudea..... Fingiendo entonces la mayor sorpresa.

--Ah! usted perdone--dice retirndose el _calavera_:--cre que era
usted un amigo mo...

--No hay de qu.

--Usted perdone. Qu diantre! No he visto cosa ms parecida.

Si se retira a la una o a las dos de su tertulia, y pasa por una botica,
llama: el mancebo, medio dormido, se asoma a la ventanilla.

--Quin es?

--Dgame usted--pregunta el _calavera_,--tendra usted espolines?

Cualquiera puede figurarse la respuesta: feliz el mancebo, si en vez de
hacerle esa sencilla pregunta no le ocurre al _calavera_ asirle de las
narices a travs de la rejilla, dicindole:

--Retrese usted; la noche est muy fresca, y puede usted atrapar un
constipado.

Otra noche llama a deshoras a una puerta.

--Quin?--pregunta de all a un rato un hombre que sale al balcn medio
desnudo.

--Nada--contesta:--soy yo, a quien no conoce; no quera irme a mi casa
sin darle a usted las buenas noches.

--Bribn! insolente! Si bajo...

--A ver cmo baja usted, baje usted: usted perdera ms: figrese usted
dnde estar yo cuando usted llegue a la calle. Conque buenas noches:
sosiguese usted, y que usted descanse.

Claro est que el _calavera_ necesita espectadores para todas estas
escenas: slo lo son en cuanto pueden comunicarse; por tanto el
_calavera_ cra a su alrededor constantemente una pequea corte de
aprendices, o de meros curiosos, que no teniendo valor o gracia bastante
para serlo ellos mismos, se contentan con el papel de cmplices y
partcipes: stos le miran con envidia, y son las trompetas de su fama.

El _calavera-langosta_ se forma del anterior, y tiene el aire ms
decidido, el sombrero ms ladeado, la corbata ms _nglig_: sus hazaas
son ms serias; ste es aquel que se rene en pandillas: semejante a la
langosta, de que toma nombre, tala el campo donde cae; pero como ella no
es de todos los aos, tiene temporadas, y como en el da no es de lo ms
en boga, pasaremos muy rpidamente sobre l. Concurre a los bailes
llamados de _candil_, donde entra sin que nadie le presente, y donde su
sola presencia difunde el terror: arma camorra, apaga las luces, se
escurre antes de la llegada de la polica, y despus de haber dado unos
cuantos palos a derecha e izquierda: en las mscaras suele mover tambin
su zipizape: en viendo una figura antiptica, dice: aquel hombre me
carga; se va para l, y le aplica un bofetn; de diez hombres que
reciban bofetn, los nueve se quedan tranquilamente con l, pero si
alguno quiere devolverle, hay desafo; la suerte decide entonces, porque
el _calavera_ es valiente: ste es el difcil de mirar: tiene un duelo
hoy con uno que le mir de frente, maana con uno que le mir de
soslayo, y al da siguiente lo tendr con otro que no le mire: ste es
el que suele ir a las casas pblicas con nimo de no pagar: ste es el
que talla y apunta con furor; es jugador, griego nato, y gran billarista
adems. En una palabra, ste es el venenoso, el _calavera plaga_: los
dems divierten; ste mata.

Dos lneas ms all de ste est otra casta, que nosotros rehusaremos
desde luego: el _calavera-tramposo_, o trapaln, el que hace deudas, el
parsito, el que comete a veces picardas, el que empresta para no
devolver, el que vive a costa de todo el mundo, etc.; pero stos no son
verdaderamente calaveras; son indignos de este nombre: esos son los que
desacreditan el oficio, y por ellos pierden los dems. No los
reconocemos.

Slo tres clases hemos conocido ms detestables que sta: la primera es
comn en el da, y como al describirla habramos de rozarnos con
materias muy delicadas, y para nosotros respetables, no haremos ms que
indicarla. Queremos hablar del _calavera-cura_. Vuelvo a pedir perdn;
pero quin no conoce en el da algn sacerdote de esos que queriendo
pasar por hombres despreocupados, y limpiarse de la fama de carlistas,
dan en el extremo opuesto; de esos que para exagerar su liberalismo y su
ilustracin, empiezan por llorar su ministerio; a quienes se ve siempre
alrededor del tapete y de las bellas en bailes y en teatros, y en todo
paraje profano, vestidos siempre y hablando mundanamente; que hacen
alarde de...? pero nuestros lectores nos comprenden. Este _calavera_ es
detestable, porque el cura liberal y despreocupado debe ser el ms
timorato de Dios, y el mejor morigerado. No creer en Dios y decirse su
ministro, o creer en l y faltarle descaradamente, son la hipocresa o
el crimen ms hediondos. Vale ms ser cura carlista de buena fe.

La segunda de estas aborrecibles castas es el _viejo-calavera_, planta
como la caa, hueca y rida con hojas verdes. No necesitamos describirla
ni dar las razones de nuestro fallo. Recuerde el lector esos viejos que
conocer, un decrpito que persigue a las bellas, y se roza entre ellas
como se arrastra un caracol entre las flores, llenndolas de baba; un
viejo sin orden, sin casa, sin mtodo... el joven, al fin, tiene delante
de s tiempo para la enmienda y disculpa en la sangre ardiente que
corre por sus venas; el _viejo-calavera_ es la torre antigua y cuarteada
que amenaza sepultar en su ruina la planta inocente que nace a sus pies;
sin embargo, ste es el nico a quien cuadrara el nombre de _calavera_.

La tercera, en fin, es la _mujer-calavera_. La mujer con poca aprensin,
y que prescinde del primer mrito de su sexo, de ese miedo a todo, que
tanto la hermosea, cesa de ser mujer para ser hombre; es la confusin de
los sexos, el nico hermafrodita de la naturaleza; qu deja para
nosotros? La mujer, reprimiendo sus pasiones, puede ser desgraciada,
pero no le es lcito ser _calavera_. Cuanto es interesante la primera,
tanto es despreciable la segunda.

Despus del _calavera-temern_ hablaremos del _seudo-calavera_. Este es
aqul que sin gracia, sin ingenio, sin viveza y sin valor verdadero, se
esfuerza para pasar por _calavera_: es gnero bastardo, y pudirasele
llamar, por lo pesado y lo enfadoso, el _calavera-mosca_. _Rien n'est
beau que le vrai_, ha dicho Boileau, y en esta sentencia se encierra
toda la crtica de esa apcrifa casta.

Dejando, por fin, a un lado otras varias, cuyas diferencias estriban
principalmente en matices y en medias tintas, pero que, en realidad, se
refieren a las castas madres de que hemos hablado, concluiremos nuestro
cuadro en un ligero bosquejo de la ms delicada y exquisita, es decir,
del _calavera de buen tono_.

El _calavera de buen tono_, es el tipo de la civilizacin, el emblema
del siglo XIX. Perteneciendo a la primera clase de la sociedad, o
debiendo a su mrito y a su carcter la introduccin en ella, ha
recibido una educacin esmerada; dibuja con primor y toca un
instrumento: filarmnico nato, dirige el aplauso en la Opera, y le
dirige siempre a la ms graciosa, a la ms sentimental: ms de una mala
cantatriz le es deudora de su boga: se re de los actores espaoles, y
acaudilla las silbas contra el verso: sus carcajadas se oyen en el
teatro a larga distancia; por el sonido se le encuentra; reside en la
luneta al principio del espectculo, donde entra tarde en el paso ms
crtico, y del cual se va temprano; recorre los palcos, donde habla muy
alto, y rara noche se olvida de aparecer un momento por la tertulia a
asestar su doble anteojo a la banda opuesta. Maneja bien las armas y se
bate a menudo, semejante en eso al _temern_, pero siempre con fortuna y
a primera sangre; sus duelos rematan en almuerzo, y son siempre por poca
cosa. Monta a caballo y atropella con gracia a la gente de a pie; habla
el francs, el ingls y el italiano; saluda en una lengua, contesta en
otra, cita en las tres; sabe casi de memoria a Pal de Kock, ha ledo a
Walter Scott, a D'Arlincourt, a Cooper, no ignora a Voltaire, cita a
Pigault-Lebrun, mienta a Ariosto, habla con desenfado de los poetas y
del teatro. Baila bien y baila siempre. Cuenta ancdotas picantes, le
suceden cosas raras, habla de prisa y tiene salidas. Todo el mundo sabe
lo que es tener salidas. Las suyas se cuentan por todas partes; siempre
son originales: en los casos en que l se ha visto, slo l hubiera
hecho, hubiera respondido aquello. Cuando ha dicho una gracia, tiene el
singular tino de marcharse inmediatamente: esto prueba gran
conocimiento; la ltima impresin es la mejor de esta suerte, y todos
pueden quedar riendo y diciendo adems de l: Qu cabeza! Es mucho
fulano!

No tiene formalidad, ni devuelve visitas, ni cumple palabras; pero de l
es de quien se dice: Cosas de fulano! y el hombre que llega a tener
cosas es libre, es independiente. Niguesenos, pues, ahora que se
necesita talento y buen juicio para ser _calavera_. Cuando otro falta a
una mujer, cuando otro es insolente, l es slo atrevido, amable; las
bellas que se enfadaran con otros, se contentan con decirle a l: No
sea usted loco; Qu calavera! Cundo ha de sentar usted la cabeza?

Cuando se concede que un hombre est loco, cmo es posible enfadarse
con l? Sera preciso ser ms loca todava.

Dichoso aquel a quien llaman las mujeres _calavera_, porque el bello
sexo gusta sobremanera de toda especie de fama; es preciso conocerle,
fijarle, probar a sentarle, es una obra de caridad. El _calavera de buen
tono_ es, pues, el adorno primero del siglo, el que anima un crculo, el
cupido de las damas, _l'enfant gt_ de la sociedad y de las hermosas.

Es el nico que ve el mundo y sus cosas en su verdadero punto de vista:
desprecia el dinero, le juega, le pierde, le debe; pero siempre
noblemente y en gran cantidad; trata, frecuenta, quiere a alguna
bailarina o alguna operista; pero amores voladeros; mariposa ligera,
vuela de flor en flor. Tiene algn amor sentimental, y no est nunca sin
intrigas, pero intrigas de peligro y consecuencia: es el terror de los
padres y de los maridos. Sabe que, semejante a la moneda, slo toma su
valor de su curso y circulacin y, por consiguiente, no se adhiere a una
mujer sino el tiempo necesario para que se sepa. Una vez satisfecha la
vanidad, qu podra hacer de ella? El estancarse sera perecer; se
creera falta de recursos o de mrito su constancia. Cuando su boga
decae, la reanima con algn escndalo ligero; un escndalo es para la
fama y la fortuna del _calavera_ un leo seco en la lumbre; una hermosa
ligeramente comprometida, un marido batido en duelo, son sus despachos y
su pasaporte: todas le obsequian, le pretenden, se le disputan. Una
mujer arruinada por l, es un mrito contrado para con las dems. El
hombre no _calavera_, el hombre de talento y juicio se enamora y, por
consiguiente es vctima de las mujeres: por el contrario: las mujeres
son las vctimas del _calavera_. Dgasenos ahora si el hombre de talento
y juicio no es un necio a su lado.

El fin de ste es la edad misma; una posicin social nueva, un empleo
distinguido, una boda ventajosa, ponen trmino honroso a sus inocentes
travesuras. Semejante entonces al sol en su ocaso, se retira
majestuosamente, dejando, si se casa, su puesto a otros, que vengan en
l a la sociedad ofendida y cobran en el nuevo marido, a veces con
crecidos intereses, las letras que l contra sus antecesores girara.

Slo una observacin general haremos antes de concluir nuestro artculo
acerca de lo que se llama en el mundo vulgarmente _calaveradas_. Nos
parece que stas se juzgan siempre por los resultados; por consiguiente,
a veces una lnea imperceptible divide nicamente al _calavera_ del
genio y la suerte caprichosa los separa o los confunde en uno para
siempre. Supngase que Cristbal Coln perece vctima del furor de su
gente antes de encontrar el Nuevo Mundo, y que Napolen es fusilado de
vuelta de Egipto, como acaso mereca: la intentona de aqul y la
insubordinacin de ste hubieran pasado por dos _calaveradas_ y ellos no
hubieran sido ms que dos _calaveras_. Por el contrario, en el da estn
sentados como dos grandes hombres, dos genios.

Tal es el modo de juzgar de los hombres; sin embargo, eso se aprecia,
eso sirve muchas veces de regla. Y por qu?... Porque tal es la opinin
pblica.




MODOS DE VIVIR QUE NO DAN DE VIVIR

OFICIOS MENUDOS


Considerando detenidamente la construccin moral de un gran pueblo, se
puede observar que lo que se llama profesiones conocidas o carreras no
es lo que sostiene la gran muchedumbre: descrtense los abogados y los
mdicos, cuyo oficio es vivir de los disparates y excesos de los dems;
los curas, que fundan su vida temporal sobre la espiritual de los
fieles; los militares, que venden la suya con la expresa condicin de
matar a los otros; los comerciantes, que reducen hasta los sentimientos
y pasiones a valores de bolsa; los nacidos propietarios, que viven de
heredar; los artistas, nicos que dan trabajo por dinero, etc., y
todava quedar una multitud inmensa que no existir de ninguna de esas
cosas y que sin embargo existir: su nmero en los pueblos grandes es
crecido, y esta clase de gentes no pudieran sentar sus reales en ninguna
otra parte; necesitan el ruido y el movimiento, y viven, como el pobre
del Evangelio, de las migajas que caen de la mesa del rico. Para ellos
hay una rara superabundancia de pequeos oficios, los cuales, no
pudiendo sufragar por sus cortas ganancias a la manutencin de una
familia, son ms bien pretextos de existencia que verdaderos oficios; en
una palabra, modos de vivir que no dan de vivir, los que los profesan
son no obstante como las ltimas ruedas de una mquina que sin tener a
primera vista gran importancia, rotas o separadas del conjunto
paralizan el movimiento.

Estos seres marchan siempre a la cola de las pequeas necesidades de una
gran poblacin y suelen desempear diferentes cargos, segn el ao, la
estacin, la hora del da. Esos mismos que en noviembre venden ruedos o
zapatillas de orillo, en julio venden horchata, en verano son baeros
del Manzanares, en invierno cafeteros ambulantes; los que venden agua en
agosto, vendan en carnaval cartas y garbanzos de pega y en navidades
motes nuevos para damas y galanes.

Uno de estos menudos oficios ha recibido ltimamente un golpe mortal con
la sabia y filantrpica institucin de San Bernardino, y es gran dolor,
por cierto, pues que era la introduccin a los dems, es decir, el
oficio de examen y el ms fcil; quiero hablar de la candela; una
numerosa turba de muchachos, que podra en todo tiempo tranquilizar a
cualquiera sobre el fin del mundo (cuyos padres es de suponer
existiesen, en atencin a lo difcil que es obtener hijos sin previos
padres, pero no porque hubiese datos ms positivos), se esparcan por
las calles y paseos. Todas las primeras materias, todo el capital
necesario para empezar su oficio se reducan a una mecha de trapos, de
que llevaban siempre sobre s mismos abundante provisin; a la luz de la
filosofa deban tener cierto valor; cuando el mundo es todo vanidad,
cuando todos los hombres dan dinero por humo, ellos solos dan humo por
dinero. Desgraciadamente, un nuevo Prometeo les ha robado el fuego para
comunicrselo a sus hechuras, y este menudo oficio ha salido del gremio
para entrar en el nmero de las profesiones conocidas, de las
instituciones sentadas y reglamentadas.

Pero con respecto a los dems, dgasenos francamente si pueden
subsistir con sus ganancias; aquel hombre negro y mal carado, que con la
balanza rota y la alforja vieja parece, segn lo maltratado, la imagen
de la justicia, y cuya profesin es dar higos y pasas por hierro viejo;
el otro que, siempre detrs de su acmila y tan inseparable de ella como
alma y cuerpo, no vende nada, antes compra... palomina; capitalista
verdadero, coloca sus fondos y tiene que revender despus y ganar en su
preciosa mercanca; ha de mantenerse l y su caballera, que al fin son
dos aunque parecen uno, y eso suponiendo que no tenga ms familia; el
que vende alpiste para canarios, el que pregona pajuelas, etc.

Pero entre todos los modos de vivir, qu me dice el lector de la
trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre
a la madrugada, y an ms comnmente de noche, las calles de la capital?
Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa;
su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante tambin a la
abeja, vuela de flor en flor (permtaseme llamar as a los portales de
Madrid, siquiera por figura retrica y en atencin a que otros hacen
peores figuras que las debieran hacer mejores). Vuela de flor en flor,
como deca, sacando de cada parte slo el jugo que necesita: represela
de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los ms
recnditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en
esto a muchas personas de ms decente categora que ella, su gancho es
parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve
como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto
exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces, por un
sentimiento simultneo, por una relacin simptica que existe entre la
trapera y su gancho, el objeto til, no bien es encontrado ya est en
el cesto. La trapera, por tanto, con otra educacin sera un excelente
periodista y un buen traductor de Scribe; su clase de talento es la
misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado:
he ah la diferencia.

En una noche de luna el aspecto de la trapera es imponente: alargar el
gancho, hacerlo guadaa, y al verla entrar y salir en los portales
alternativamente, parece que viene a llamar a todas las puertas,
precursora de la parca. Bajo este aspecto hace en las calles de Madrid
los oficios mismos que la calavera en la celda del religioso: invita a
la meditacin, a la contemplacin de la muerte, de que es viva imagen.

Bajo otros puntos de vista se puede comparar a la trapera con la muerte:
en ella vienen a nivelarse todas las jerarquas: en su cesto vienen a
ser iguales como en el sepulcro Cervantes y Avellaneda; all, como en un
cementerio, vienen a colocarse al lado los unos de los otros: los
decretos de los reyes, los quejidos del desgraciado, los engaos del
amor, los caprichos de la moda; all se renen por nica vez las
poesas, reledas, de Quintana, y las ilegibles de A***; all se codean
Caldern y C***; all van juntos Moratn y B***. La trapera, como la
muerte, _equo pulsat pede puperum tabernas regumque turres_. Ambas
echan tierra sobre el hombre obscuro y nada pueden sobre el ilustre: de
cuntos bandos ha hecho justicia la primera! de cuntos banderos la
segunda!

El cesto de la trapera, en fin, es la realizacin nica posible, de la
fusin, que tales nos ha puesto. _El Boletn de Comercio_, y _La
Estrella_, _La Revista_ y _La Abeja_ las metforas de Martnez de la
Rosa y las interpelaciones del conde de las Navas, todo se funde en uno
dentro del cesto de la trapera.

As como el portador de la candela era siempre muchacho y nunca
envejeca, as la trapera no es nunca joven: nace vieja: estos son los
dos oficios extremos de la vida, y como la Providencia, justa, destin a
la mortificacin de todo bicho otro bicho en la naturaleza, como cri el
sacre para dao de la paloma, la araa para tormento de la mosca, la
mosca para el caballo, la mujer para el hombre, y el escribano para todo
el mundo, as cri en sus altos juicios a la trapera para el perro.
Estas dos especies se aborrecen, se persiguen, se ladran, se enganchan y
se venden.

Ese ser, con todo, ha de vivir, y tiene grandes necesidades, si se
considera la carrera ordinaria de su existencia anterior; la trapera por
lo regular (antes por supuesto de serlo) ha sido joven, y aun bonita;
muchacha, frea buuelos, y su hermosura la perdi. Fea, hubiera
recorrido una carrera obscura, pero acaso holgada; hubiera recurrido al
trabajo; y ste la hubiera sostenido. Por desdicha, era bien parecida, y
un chulo de la calle de Toledo se encarg en sus verdores de hacrselo
creer; perdido el tino con la lisonja, abandon la casa paterna (taberna
muy bien acomodada), y pas a naranjera. El chulo no era eterno, pero
una naranjera siempre es vista; un caballerete fue de parecer de que no
eran naranjas lo que deba vender, y le compr una vez por todas todo el
cesto; de all a algn tiempo, queriendo desasirse de ella, la aconsej
que se ayudase, y reformada ya de trajes y costumbres, la recomend
eficazmente a una modista; nuestra herona tuvo diez aos felices de
modistilla; el pauelo de labor en la mano, el fich en la cabeza, y el
galn detrs, recorri las calles y un tercio de su vida; pero cansada
del trabajo, pas a ser prima de un procurador (de la curia), que como
pariente le alhaj un cuarto: poco despus el procurador se cans del
parentesco, y le procur una plaza de corista en el teatro: sta fue la
poca de su apogeo y de su gloria; de seorito en seorito, de marqus
en marqus, no se hablaba sino de la hermosa corista. Pero la voz pasa,
y la hermosura con ella, y con la hermosura los galanes ricos; entonces
empez a bajar de nuevo la escalera hasta el ltimo piso, hasta el piso
bajo; luego mud de barrios hasta el hospital; la vejez, por fin vino a
sorprenderla entre las privaciones y las enfermedades; el hambre le puso
el gancho en la mano, y el cesto fue la barquilla de su naufragio. Bien
dice Quintana:

    Ay! infeliz de la que nace hermosa!

Llena por consiguiente de recuerdos de grandeza, la trapera necesita
ahogarlos en algo, y por lo regular los ahoga en aguardiente. Esto
complica extraordinariamente sus gastos. Desgraciadamente, aunque el
mundo da tanto valor a los trapos, no es a los de la trapera. Sin
embargo, qu de veces lleva tesoros su cesto! Pero tesoros impagables!

Ved aquel amante, que cuenta diez veces al da y otras tantas a la noche
las piedras de la calle de su querida. Amelia es cruel con l: ni un
favor, ni una distincin, alguna mirada de cuando en cuando... algn...
nada. Pero ni una contestacin de su letra a sus repetidas cartas, ni un
rizo de su cabello que besar, ni un blanco cendal de batista que
humedecer con sus lgrimas. El desdichado dara la vida por un harapo de
su seora.

Ah, mundo de dolor y de trastrueques! La trapera es ms feliz. Mrala
entrar en el portal, mrala mover el polvo! El amante la maldice:
durante su estancia no puede subir la escalera; por fin, sale y el
imbcil entra, desprecindola al pasar. Insensato! esa que desprecia
lleva en su canasta, cogidos a su misma vista, el pelo que le sobr a
Amelia del peinado aquella maana, una apuntacin antigua de la ropa
dada a la lavandera, toda de su letra (la cosa ms tierna del mundo), y
una gola de linn hecha pedazos... Una gola! Y acaso el borrador de
algn billete escrito a otro amante.

Alcnzala, busca; el corazn te dir cules son los afectos de tu amada.
Nada. El amante sigue pidiendo a suspiros y gemidos las tiernas prendas,
y la trapera sigue pobre su camino. Todo por no entenderse. Cuntas
veces pasa as nuestra felicidad a nuestro lado, sin que nosotros la
veamos!

Me he detenido distinguiendo en mi descripcin a la trapera entre todos
los dems menudos oficios, porque realmente tiene una importancia que
nadie le negar. Enlazada con el lujo y las apariencias mundanas por la
parte del trapo, e ntimamente unida con las letras y la imprenta por la
del papel, era difcil no destinarle algunos prrafos ms.

El oficio que rivaliza en importancia con el de la trapera, es
indudablemente el del zapatero de viejo.

El zapatero de viejo hace su nido en los rincones de los portales; all
tiene una especie de gruta, una socavacin subterrnea, las ms de las
veces sin luz ni pavimento. Al rayar del alba fabrica en un abrir y
cerrar de ojos su taller en un ngulo (si no es lunes): dos tablas
unidas componen su recinto: una mala banqueta, una vasija de barro para
la lumbre, indispensablemente rota, y otra ms pequea para el agua en
que ablanda la suela, son todo su menaje; cajn de las leznas a un lado,
su delantal de cuero, un calzn de pana y medias azules, son sus signos
distintivos. Antes de extender la tienda de campaa, bebe un trago de
aguardiente, y cuelga con cuidado a la parte de afuera una tabla, y de
ella pendiente una bota inutilizada; cualquiera al verla creera que
quiere decir: _aqu se estropean botas_.

No puede establecerse en un portal sin previo permiso de los inquilinos;
pero como regularmente es un infeliz, cuya existencia depende de las
gentes que conoce ya en el barrio, quin ha de tener el corazn tan
duro para negarse a sus importunidades? La seora del cuarto principal,
compadecida, lo consiente: la del segundo, en vista de esa primera
proteccin, no quiere chocar con la seora condesa: los dems inquilinos
no son siquiera consultados. As es que empiezan por aborrecer al
zapatero, y desahogan su amor propio resentido en quejas contra las
aristocrticas vecinas. Pero al cabo el encono pasa, sobre todo
considerando que desde que se ha establecido all el zapatero, a lo
menos est el portal limpio.

Una vez admitido, se agarra a la casa como una alga a las rocas; es tan
inherente a ella como un balcn a una puerta; pero se parece a la hiedra
y a la mujer; abraza para destruir. Es la vbora abrigada en el pecho:
es el ratn dentro del queso. Por ejemplo, canta y martillea, y parece
no hacer otra cosa. Error! Observa la hora a que sale el amo, qu gente
viene en su ausencia, si la seora sale peridicamente, si va sola o
acompaada, si la nia balconea, si se abre casualmente alguna
ventanilla o alguna puerta con tiento, cuando sube tal o cual caballero;
ve quin ronda la calle, y desde su puesto conoce al primer golpe de
vista, por la inclinacin del cuello y la distancia del _cuyo_, el piso
en que est la intriga. Aunque viejo, dice chicoleos a toda criada que
sale y entra, y se granjea por tanto su buena voluntad; la criada es al
zapatero lo que el anteojo al corto de vista: por ella ve lo que no
puede ver por s, y reunido lo interior y lo exterior, suma y lo sabe
todo. Se quiere saber la causa de la tardanza de todo criado o criada
que va a un recado? Hay zapatero de viejo? No hay que preguntar.
Tarda? Es que le est contando sus rarezas de usted, tirano de la casa,
y lo que con usted sufre la seora, que es una malva la infeliz.

El zapatero sabe lo que se come en cada cuarto, y a qu hora. Ve salir
al empleado en rentas por la maana, disfrazado con la capa vieja, que
va al mercado en persona, no porque no tenga criada, sino porque el
sueldo da para estar servido, pero no para estar sisado. En fin, no se
mueve una mosca en la manzana sin que el buen hombre la vea; es una red
la que tiende sobre todo el vecindario, de la cual nadie escapa. Para
darle ms extensin es siempre casado, y la mujer se encarga de otro
menudo oficio: como casada, no puede servir, es decir, de criada, pero
sirve de lo que se llama asistenta; es conocida por tal en el barrio:
se despidi a una criada demasiado bruscamente y sin dar lugar al
reemplazo? Se llama a la mujer del zapatero. Hay un convite que
necesita aumento de brazos en otra parte? Hay que dar de prisa y
corriendo ropa a lavar, a coser, a planchar, mil recados, en fin,
extraordinarios? La mujer del zapatero, el zapatero.

Por la noche el marido y la mujer se renen y hacen fondo comn de
hablillas; ella da cuenta de lo que ha recogido su polica, y l sobre
cualquier friolera le pega una paliza, y hasta el da siguiente. Esto
necesita explicacin: los artesanos en general no se embriagan ms que
el domingo y el lunes, algn da entre semana, las pascuas, los das de
santificar, y por este estilo: el zapatero de viejo es el nico que se
embriaga todos los das: sta es la clave de la paliza diaria; el vino,
que en otros se sube a la cabeza, en el zapatero de viejo se sube a las
espaldas de la mujer: es decir, que se trasiega.

Este hermoso matrimonio tiene numerosos hijos que enredan en el portal,
o sirven de pequeos nudos a la gran red pescadora.

Si tiene usted hija, mujer, hermana o acreedores, no viva usted en casa
de zapatero de viejo. Usted al salir le dir: Observe usted quin entra
y quin sale de mi casa. A la vuelta ya sabe quin debe slo decir que
ha estado, o habr salido un momento fuera, y como no haya sido en aquel
momento... Usted le da un par de reales por la fidelidad. Par de reales
que, sumados con la peseta que le ha dado el que no quiere que se diga
que entr, forma la cantidad de seis reales. El zapatero es hombre de
revolucin, despreocupado, superior a las preocupaciones vulgares, y
come tranquilamente a dos carrillos.

En otro cuarto es la nia la que produce: el galn no puede entrar en la
casa, y es preciso que alguien entregue las cartas: el zapatero es
hombre de bien, y por tanto no hay inconveniente: el zapatero puede
adems franquear su cuarto, puede... qu s yo qu puede el zapatero!

Por otra parte los acreedores, y los que persiguen a su mujer de usted,
saben por su conducto si usted ha salido, si ha vuelto, si se niega, o
si est realmente en casa. Qu multitud de atenciones no tiene sobre s
el zapatero! Qu tino no es necesario en sus dilogos y respuestas!
Qu corazn tan firme para no aficionarse sino a los que ms le pagan!

Sin embargo, siempre que usted llega al puesto del zapatero, est
ausente; pero de all a poco sale de la taberna de enfrente, adonde ha
ido un momento a echar un trago: semejante a la araa, tiende la tela
en el portal y se retira a observar la presa al agujero.

Hay otro zapatero de viejo, ambulante, que hace su oficio de comprar
desechos... pero ste regularmente es un ladrn encubierto que se
informa de ese modo de las entradas y salidas de las casas, de... en una
palabra, no tiene comparacin con nuestro zapatero.

Otra multitud de oficios menudos merecen an una historia particular,
que les haramos si no temisemos fastidiar a nuestros lectores. Ese
enjambre de mozos y sirvientes que viven de las propinas, y en quienes
consiste que ninguna cosa cueste realmente lo que cuesta, sino mucho
ms: la abaniquera de abanicos de novia en el verano, a cuarto la pieza;
la mercadera de torrados de la Ronda; el de los tirantes y navajas; el
cartelero que vive de estampar mi nombre y el de mis amigos en la
esquina; los comparsas del teatro, condenados eternamente a representar
por dos reales, barbas, un pueblo numeroso entre seis o siete; el
infinito corbatines y almohadillas, que est en todos los cafs a un
mismo tiempo; siempre en aquel en que usted est, y vaya usted al que
quiera; el barbero de la plazuela de la Cebada, que abre su asiento de
tijera, y del aire libre hace tienda; esa multitud de corredores de
usura que viven de llevar a empear y desempear; esos msicos del
anochecer, que el calendario en una mano y los reales nombramientos en
otra, se van dando das y enhorabuenas a gentes que no conocen; esa
muchedumbre de maestros de lenguas a treinta reales y retratistas a
setenta reales; todos los habitantes y revendedores del rastro, las
prenderas, los... no son todos menudos oficios? Esas casamenteras de
voluntades, como las llama Quevedo... pero no todo es del dominio del
escritor, y desgraciadamente en punto a costumbres y menudos oficios
acaso son los ms picantes los que es forzoso callar: los hay odiosos,
los hay despreciables, los hay asquerosos, los hay que ni adivinar se
quisieran; pero en Espaa ningn oficio reconozco ms a menudo, y sirva
esto de conclusin, ningn modo de vivir que d menos de vivir, que el
de escribir para el pblico, y hacer versos para la gloria: ms menudo
todava el pblico que el oficio, es todo lo ms si para leerlo a usted
le componen cien personas, y con respecto a la gloria, bueno es no
contar con ella por si ella no contase con nosotros.




LA FONDA NUEVA


Preciso es confesar que no es nuestra patria el pas donde viven los
hombres para comer: gracias, por el contrario, si se come para vivir:
verdad que no es este el nico punto en que manifestamos lo mal que nos
queremos: no hay gnero de diversin que no nos falte: no hay especie de
comodidad de que no carezcamos.

--Qu pas es ste?--me deca no hace un mes un extranjero que vino a
estudiar nuestras costumbres.

Es de advertir, en obsequio de la verdad, que era francs el extranjero,
y que el francs es el hombre del mundo que menos concibe el montono y
sepulcral silencio de nuestra existencia espaola.

--Grandes carreras de caballos habr aqu--me deca desde el
amanecer:--no faltaremos.

--Perdone usted--le responda yo;--aqu no hay carreras.

--No gustan de correr los jvenes de las primeras casas? No corren
aqu siquiera los caballos?...

--Ni siquiera los caballos.

--Iremos a caza.

--Aqu no se caza: no hay dnde, ni qu.

--Iremos al paseo de coches.

--No hay coches.

--Bien: a una casa de campo a pasar el da.

--No hay casas de campo, no se pasa el da.

--Pero habr juegos de mil suertes diferentes, como en toda Europa...
habr jardines pblicos donde se baile; ms en pequeo, pero habr sus
_Tivolis_, sus _Ranelagh_, sus _Campos Elseos_... habr algn juego
para el pblico.

--No hay nada para el pblico: el pblico no juega.

Es de ver la cara de los extranjeros cuando se les dice francamente que
el pblico espaol, o no siente la necesidad interior de divertirse, o
se divierte como los sabios (que en eso todos lo parecen) con sus
propios pensamientos: crea mi extranjero que yo quera abusar de su
credulidad, y con rostro entre desconfiado y resignado:

--Paciencia--me deca por fin;--nos contentaremos con ir a los bailes
que den las casas de buen tono, y las suars...

--Paso, seor mo--le interrump yo:--conque es bueno, que le dije que
no haba gallinas y se me viene pidiendo?... En Madrid no hay bailes, no
hay suars. Cada uno habla o reza o hace lo que quiere en su casa con
cuatro amigos muy de confianza, y basta.

Nada ms cierto, sin embargo, que este tristsimo cuadro de nuestras
costumbres. Un da slo en la semana, y eso no todo el ao, se divierten
mis compatriotas: el lunes, y no necesito decir en qu: los dems das
examinemos cul es el pblico recreo. Para el pueblo bajo el da ms
alegre del ao redcese su diversin a calzarse las castauelas (digo
calzarse, porque en ciertas gentes las manos parecen pies), y agitarse
violentamente en medio de la calle, en corro al desapacible son de la
agria voz del desigual pandero. Para los elegantes todas las corridas de
caballos, las partidas de caza, las casas de campo, todo se encierra en
dos o tres tiendas de la calle de la Montera. All se pasa alegremente
la maana en contar las horas que faltan para irse a comer, si no hay
sobre todo gordas noticias de Lisboa, o si no pasan muchos lindos talles
de quien murmurar, y cuya opinin se puede comprometer, en cuyos casos
vara mucho la cuestin y nunca falta que hacer.

--Qu se hace por la tarde en Madrid?

--Dormir la siesta.

--Y el que no duerme, qu hace?

--Estar despierto; nada ms.

Por la noche, es verdad, hay un poco de teatro, y tiene un elegante el
desahogo inocente de venir a silbar un rato la mala voz del bufo
caricato, o a aplaudir la linda cara de la _altra prima donna_; pero ni
se proporciona tampoco todos los das, ni se divierte en esto sino un
muy reducido nmero de personas, las cuales, entre parntesis, son
siempre las mismas, y forman un pueblo chico de costumbres extranjeras,
embutido dentro de otro grande de costumbres patrias, como un cucurucho
menor metido en un cucurucho mayor.

En cuanto a la pobre clase media, cuyos lmites van perdindose y
desvanecindose cada vez ms, por arriba en la alta sociedad, en que hay
de ella no pocos intrusos, y por abajo en la capa inferior del pueblo,
que va conquistando sus usos, sa slo de una manera se divierte. Lleg
un da de das? Hubo boda? Naci un nio? Dironle un empleo al amo
de la casa? que en Espaa ese es el gran alegrn que hay que recibir.
Slo de un modo se solemniza. Gran coche de alquiler, decentemente
regateado, pero ms gran familia: seis personas coge el coche a lo ms.
Pues entra pap, entra mam, las dos hijas, dos amigos ntimos
convidados, una prima que se apareci all casualmente, el cuado, la
doncella, un nio de dos aos y el abuelo, la abuela no entra porque
muri el mes anterior. Cirrase la portezuela entonces con la misma
dificultad que la tapa de un cofre apretado para un largo viaje, y a la
fonda. La esperanza de la gran comida, a que se va aproximando el coche
mal que bien, aquello de andar en alto, el rubor de las jvenes que van
sentadas sobre los convidados, y la ausencia sobre todo del diurno
puchero, alborotan a nuestra gente en tal disposicin, que desde media
legua se conoce el coche que lleva a la fonda a una familia de
enhorabuena.

Tres aos seguidos he tenido la desgracia de comer de fonda en Madrid, y
en el da slo el deseo de observar las variaciones que en nuestras
costumbres se verifican con ms rapidez de lo que algunos piensan, o el
deseo de pasar un rato con amigos, pueden obligarme a semejante
despropsito. No hace mucho, sin embargo, que un conocido mo me quiso
arrastrar fuera de mi casa a la hora de comer.

--Vamos a comer a la fonda.

--Gracias; mejor quiero no comer.

--Comeremos bien, iremos a Genyeis: es la mejor fonda.

--Linda fonda: es preciso comer de seis o siete duros para no comer mal.
Qu aliciente hay all para ese precio? Las salas son bien feas: el
adorno ninguno: ni una alfombra, ni un mueble elegante, ni un criado
decente, ni un servicio de lujo, ni un espejo, ni una chimenea, ni una
estufa en invierno, ni agua de nieve en verano, ni... ni burdeos, ni
champaa... Porque no es burdeos el valdepeas, por ms raz de lirio
que se le eche.

--Iremos a los _Dos Amigos_.

--Tendremos que salirnos a la calle a comer, o a la escalera, o llevar
una cerilla en el bolsillo para vernos las caras en la sala larga.

--A cualquiera otra parte. Crea usted que hoy nos van a dar bien de
comer.

--Quiere usted que le diga yo lo que nos darn en cualquier fonda a
donde vayamos? Mire usted: nos darn en primer lugar mantel y
servilletas puercos, vasos puercos, platos puercos y mozos puercos;
sacarn las cucharas del bolsillo, donde estn con las puntas de los
cigarros; nos darn luego una sopa que llaman de hierbas, y que no
podra acertar a tener nombre ms alusivo; estofado de vaca a la
italiana, que es cosa nueva; ternera mechada, que es cosa de todos los
das; vino de la fuente; aceitunas magulladas; frito de sesos y manos de
carnero, hechos aqullos y stas a fuerza de pan; una polla que se
dejaron otros ayer, y unos postres que nos dejaremos nosotros para
maana.

--Y tambin nos llevarn poco dinero, que aqu se come barato.

--Pero mucha paciencia, amigo mo, que aqu se aguanta mucho.

No hubo sin embargo remedio: mi amigo no daba cuartel, y estaba visto
que tena capricho de comer mal un da. Fue preciso, pues, acompaarle,
e bamos a entrar en los _Dos Amigos_, cuando llam nuestra atencin un
gran letrero nuevo que en la misma calle de Alcal y sobre las ruinas
del antiguo fign de Perona, dice: _Fonda del Comercio_.

--Fonda nueva? Vamos a ver.

En cuanto al local, no les da el naipe a los fondistas para escoger
local; en cuanto al adorno, nos cogen acostumbrados a no pagarnos de
apariencias; nosotros decimos: como haya qu comer, aunque sea en el
suelo! Por consiguiente, nada nuevo en este punto en la fonda nueva.

Choconos, sin embargo, la diferencia de las caras de ahora, y que hace
medio ao se vean en aquella casa. Vimos elegantes, y dionos esto
excelente idea. Realmente hubimos de confesar que la fonda nueva es la
mejor; pero es preciso acordarnos de que la Fontana era tambin la mejor
cuando se instal; sta ser, pues, otra Fontana dentro de un par de
meses. La variedad que hoy en platos se encuentra, ceder a la fuerza de
las circunstancias; lo que nunca podr perder ser el servicio: la fonda
nueva no reducir nunca el nmero de sus mozos, porque es difcil
reducir lo poco; se ha adoptado en ella el principio admitido en todas:
un mozo para cada sala, y una sala para cada veinte mesas.

Por lo dems, no deja de ofrecer un cuadro divertido para el observador
obscuro el aspecto de una fonda. Si a su entrada hay ya una familia en
los postres, qu efecto le hace al que entra fro y sereno el ruido y
la algazara de aquella gente toda alborotada porque ha comido? qu
miserable es el hombre! De qu se ren tanto? Han dicho alguna gracia?
No, seor; se ren de que han comido, y la parte fsica del hombre
triunfa de la moral, de lo sublime; que no debiera estar tan alegre slo
por haber comido. All est la familia que trajo el coche... Apartemos
la vista y tapemos los odos por no ver, por no or!

Aquel joven que entra vena a comer de medio duro; pero se encontr con
veinte conocidos en una mesa inmediata: dejose coger tambin por la
negra honrilla, y slo por los testigos pide de a duro. Si como son
conocidos, fuera una mujer a quien quisiera conquistar, la que en otra
mesa comiera, hubiera pedido de a dobln: a pocos amigos que encuentre
el infeliz se arruina. Necio rubor de no ser rico! Mal entendida
vergenza de no ser calavera!

Y aquel otro? Aquel recorre todos los das a una misma hora todas las
fondas: aparenta buscar a alguien: en efecto, algo busca; ya lo
encontr; all hay conocidos suyos: a ellos derecho: primera frase suya:

--Hombre! Ustedes por aqu?

--Coma usted con nosotros--le responden.

Excsase al principio; pero si haba de comer solo... un amigo a quien
esperaba no viene.

--Vaya comer con ustedes--dice por fin y se sienta.

Cun ajenos estaban sus convidadores de creer que haban de comer con
l! El sin embargo, saba desde la vspera que haba de comer con ellos:
los oy convenir en la hora, y es hombre que come los ms das de odas,
y algunos por haber odo.

Qu pareja es la que sin mirar a un lado ni a otro pide un cuarto al
mozo y...? Pero es preciso marcharnos, mi amigo y yo hemos concluido de
comer: cierta curiosidad nos lleva a pasar por delante de la puerta
entornada donde ha entrado a comer sin testigos aquel obscuro
matrimonio... sin duda... Una pequea parada que hacemos alarma a los
que no quieren ser odos, y un portazo dado con todo el amor propio de
un misntropo nos advierte nuestra indiscrecin y nuestra impertinencia.

--Paciencia--salgo diciendo;--todo no se puede observar en este mundo;
algo ha de quedar obscuro en un cuadro: sea esto lo que quede en negro
en este artculo de costumbres de la _Revista Espaola_.




LA VIDA DE MADRID


Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe
pertenecer a la clase vulgar, al justo medio de las almas; slo a las
muy superiores o a las muy estpidas, les es dado no admirarse de nada.
Para aqullas no hay cosa que valga algo, para stas no hay cosa que
valga nada. Colocada la ma a igual distancia de las unas y de las
otras, confieso que vivo todo de admiracin, y estoy tanto ms distante
de ellas, cuanto menos concibo que se pueda vivir sin admirar.

En un da de esos en que un insomnio prolongado, o un contratiempo de la
vspera preparan al hombre a la meditacin, me paro a considerar el
destino del mundo; cuando me veo rodando dentro de l con mis semejantes
por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie para qu, ni a dnde;
cuando veo nacer a todos para morir, y morir slo por haber nacido;
cuando veo la verdad igualmente distante de todos los puntos del orbe
donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en casa del vecino a
juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le ve el fin a este
cuadro halageo, que segn todas las probabilidades tampoco tuvo
principio; cuando pregunto a todos y me responde cada cual quejndose de
su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de
contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de
arrepentimientos, me admiro de varias cosas.

Primera, del gran poder del Ser Supremo, que haciendo marchar el mundo
de un modo dado, ha podido hacer que todos tengan deseos diferentes y
encontrados, que no suceda ms que una sola cosa a la vez, y que todos
queden descontentos. Segunda, de su gran sabidura en hacer corta la
vida. Y tercera, en fin, y de sta me asombro ms que de las otras
todava, de ese apego que todos tienen sin embargo a esta vida tan mala.
Esto ltimo bastara a confundir a un ateo, si un ateo, al serlo, no
diese ya claras muestras de no tener su cerebro organizado para el
convencimiento; porque slo un Dios, y un Dios Todopoderoso, poda hacer
amar una cosa como la vida.

Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos por
tipo; en las naciones civilizadas, en los pases incultos, en todas
partes, en fin. Porque en este punto, me inclino a creer que el hombre
variar de necesidades, y se colocar en una escala ms alta o ms baja;
pero en cuanto a su felicidad nada habr adelantado. Toda la diferencia
entre el hombre ilustrado y el salvaje estar en los trminos de su
conversacin. Lord Wllington hablar de los whigs, el indio nmada
hablar de las panteras; pero iguales penas le acarrear a aqul el
concluir con los primeros, que a ste el dar caza a las segundas. La
civilizacin le har variar al hombre de ocupaciones y de palabras; de
suerte, es imposible. Naci vctima, y su verdugo le persigue
ensendole el dogal, as debajo del dorado artesn, como debajo de la
rstica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la vida de
Madrid, es preciso cerrar el entendimiento a toda reflexin para
desearla.

El joven que voy a tomar por tipo general es un muchacho de regular
entendimiento, pero que posee sin embargo ms doblones que ideas, lo
cual no parecer inverosmil si se atiende al modo que tiene la sabia
naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser
enteramente tonto. Pasebame das pasados con l, no precisamente porque
nos estreche una gran amistad, sino porque no hay ms que dos modos de
pasear, o solo o acompaado. La conversacin de los jvenes ms suele
pecar de indiscreta que de reservada: as fue, que a pocas preguntas y
respuestas nos hallamos a la altura de lo que se llama en el mundo
franqueza, sinnimo casi siempre de imprudencia. Preguntome qu especie
de vida haca yo, y si estaba contento con ella. Por mi parte pronto
hube despachado: a lo primero le contest:

--Soy periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor
pblico, en escribir lo que no pienso y en hacer creer a los dems lo
que no creo. Cmo slo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida
est reducida a querer decir lo que otros no quieren or.

A lo segundo, de si estaba contento con esta vida, le contest que
estaba por lo menos tan resignado como lo est con irse a la gloria el
que se muere.

--Y usted?--le dije.--Cul es su vida en Madrid?

--Yo--me repuso--soy muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente
no escribo. Es decir... escribo... ayer escrib una esquela a Borrell
para que me enviase cuanto antes un pantaln de _patincour_ que me tiene
hace meses por all. Siempre escribe uno algo. Por lo dems, le contar
a usted. Yo no soy amigo de levantarme tarde; a veces hasta madrugo;
das hay que a las diez ya estoy en pie. Tomo t, y alguna vez
chocolate; es preciso vivir con el pas. Si a esas horas ha parecido ya
algn peridico, me lo entra mi criado, despus de haberlo hojeado l:
tiendo la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre
haberlos ledo ya; todos me suenan a lo mismo, entra otro, lo cojo, y es
la segunda edicin del primero. Los peridicos son como los jvenes de
Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que me
digan todas las maanas en artculos muy graves todo lo felices que
seramos si fusemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo. Tanto
valdra decirle a un ciego que no hay cosa como ver. Como a aquellas
horas no tengo ganas de volverme a dormir, dejo los peridicos: me rodeo
al cuello un echarpe, me introduzco en un surt, y a la calle. Doy una
vuelta a la Carrera de San Jernimo, a la calle de Carretas, del
Prncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de terreno a todos mis
amigos que hacen otro tanto, me paro con todos ellos, compro cigarros en
un caf, saludo a alguna asomada, y me vuelvo a casa a vestir.

Est malo el da? el capote de barragn: a casa de la marquesa hasta
las dos; a casa de la condesa hasta las tres; a tal otra casa hasta las
cuatro: en todas partes voy dejando la misma conversacin; en donde
entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo, y de la otra a donde
voy: esta es toda la conversacin de Madrid.

Est el da regular? A la calle de la Montera. A ver a la Gallarde o a
Toms. Dos horas, tres horas, segn. Mina, los facciosos, la que pasa,
el sufrimiento y las esperanzas.

Est muy bueno el da? A caballo. De la puerta de Atocha a la de
Recoletos, de la de Recoletos a la de Atocha. Andado y desandado este
camino muchas veces, una vuelta a pie. A comer a Genieys, o al
Comercio: alguna vez en mi casa; las ms fuera de ella.

Acab de comer? A Solito. All horas, dos cigarros, y dos amigos. Se
hace una segunda edicin de la conversacin de la calle de la Montera.
Oh! y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco se ha
ponderado, otro poco se ha... Pero en fin, en un pas donde no se hace
nada, sea lcito al menos hablar.

--Qu se da en el teatro?--dice uno.

--Aqu: 1. sinfona; 2. pieza del clebre Scribe; 3. sinfona; 4.
pieza nueva del fecundo Scribe; 5. sinfona; 6. baile nacional; 7. la
comedia nueva en dos actos, traducida tambin del ingenioso Scribe; 8.
sinfona; 9....

--Basta, basta; santo Dios!

--Pero, chico, qu lees ah? si ese es el diario de ayer.

--Hombre, parece el de todos los das.

--S, aqu es _Guillermo_ hoy.

--_Guillermo?_ Oh, si fuera ayer! Y all?

--All es el teatro de la Cruz. Cualquier cosa.

--A m me toca el turno aqu. Sabe usted lo que es tocar el turno?

--S, s--respondo a mi compaero de paseo;--a m tambin me suele tocar
el turno.

Pues bien, subo al palco un rato. Acabado el teatro, si no es noche de
sociedad, al caf otra vez a disputar un poco de tiempo al sueo. Luego
a ninguna parte. Si es noche de sociedad, a vestirme; gran tualeta. A
casa de E... Bonita sociedad; muy bonita. Ello s, las mismas de la
sociedad de la vspera, y del lunes, y de... y las mismas de las visitas
de la maana, del Prado y del teatro, y... pero lo bueno, nunca se cansa
uno de verlo.

--Y qu hace usted en la sociedad?

--Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo a la sala; entro al
ecart; vuelvo a entrar en la sala; vuelvo a salir al gabinete; vuelvo
a entrar en el ecart...

--Y luego?

--Luego a casa, y buenas noches!

Esta es la vida que de s me cont mi amigo. Despus de leerla y de
releerla, figurndome que no he ofendido a nadie, y que a nadie retrato
en ella, e inclinndome casi a creer que por sta no tendr ningn
desafo, aunque necios conozco yo para todo, trasldola a la
consideracin de los que tienen apego a la vida.




LA DILIGENCIA


Cuando nos quejamos de que esto no marcha, y de que la Espaa no
progresa, no hacemos ms que enunciar una idea relativa: generalizada la
proposicin de esa suerte, es evidentemente falsa; reducida a sus
lmites verdaderos, hay un gran fondo de verdad en ella.

As como no notamos el movimiento de la tierra, porque todos vamos
envueltos en l, as no echamos de ver tampoco nuestros progresos. Sin
embargo, cindonos al objeto de este artculo, recordaremos a nuestros
lectores que no hace tantos aos carecamos de multitud de ventajas, que
han ido naciendo por s solas y colocndose en su respectivo lugar;
hijas de la poca, secuelas indispensables del adelanto general del
mundo. Entre ellas, es acaso la ms importante la facilitacin de las
comunicaciones entre los pueblos apartados: los tiranos, generalmente
cortos de vista, no han considerado en las diligencias ms que un medio
de transportar paquetes y personas de un pueblo a otro: seguros de
alcanzar con su brazo de hierro a todas partes, se han sonredo
imbcilmente al ver mudar de sitio a sus esclavos: no han considerado
que las ideas se agarran como el polvo a los paquetes y viajan tambin
en diligencia. Sin diligencias, sin navos, la libertad estara todava
probablemente encerrada en los Estados Unidos. La navegacin la trajo a
Europa; las diligencias han coronado la obra: la rapidez de
comunicaciones ha sido el vnculo que ha reunido a los hombres de todos
los pases: verdad es que ese lazo de los liberales lo es tambin de sus
contrarios; pero qu importa? La lucha es as general y simultnea;
slo as puede ser decisiva.

Hace pocos aos, si le ocurra a usted hacer el viaje, empresa que se
acometa entonces slo por motivos muy poderosos, era forzoso recorrer
todo Madrid, preguntando de posada en posada por medios de transportes.
Estos se dividan entonces en coches de colleras, en galeras, en
carromatos, tal cual tartana y acmilas. En la celeridad no haba
diferencia ninguna: no se conceba cmo poda un hombre apartarse de un
punto en un solo da ms de seis o siete leguas; an as era preciso
contar con el tiempo y con la colocacin de las ventas: esto, ms que
viajar, era irse asomando al pas, como quien teme que se le acabe el
mundo al dar un paso ms de lo absolutamente indispensable. En los
coches viajan slo los poderosos: las galeras eran el carruaje de la
clase acomodada; viajaban en ellas los empleados que iban a tomar
posesin de su destino, los corregidores que mudaban de vara: los
carromatos y las acmilas estaban reservadas a las mujeres de militares,
a los estudiantes, a los predicadores cuyo convento no les proporcionaba
mula propia. Las dems gentes no viajaban; y semejantes los hombres a
los troncos, all donde nacan, all moran. Cada cual saba que haba
otros pueblos que el suyo en el mundo, a fuerza de fe; pero viajar por
instruccin y curiosidad, ir a Pars sobre todo, eso ya supona un
hombre superior, extraordinario, osado, capaz de todo: la marcha era una
hazaa, la vuelta una solemnidad: y el viajero, al divisar la venta del
Espritu Santo, exclamaba estupefacto:

--Qu grande es el mundo!

Al llegar a Pars despus de dos meses de medir la tierra con los pies,
hubiera podido exclamar con ms razn:

--Qu corto es el ao!

A su vuelta, qu de gentes lo esperaban, y se apiaban a su alrededor
para cerciorarse de si haba efectivamente Pars, de si se iba y se
vena, de si era, en fin, aquel mismo el que haba ido, y no su nima
que volva sola! Se miraba con admiracin el sombrero, los anteojos, el
bal, los guantes, la cosa ms diminuta que vena de Pars. Se tocaba,
se manoseaba, y todava pareca imposible. Ha ido a Pars, ha vuelto de
Pars! Jess!

Los tiempos han cambiado extraordinariamente: dos emigraciones numerosas
han enseado a todo el mundo el camino de Pars y Londres. Como quien
hace lo ms, hace lo menos, ya el viajar por el interior es una
bagatela, y hemos dado en el extremo opuesto: en el da se mira con
asombro al que no ha estado en Pars; es un punto menos que ridculo.
Quin ser l, se dice, cuando no ha estado en ninguna parte? Y
efectivamente, por poco liberal que uno sea, o est uno en la
emigracin, o de vuelta de ella, o disponindose para otra: el liberal
es el smbolo del movimiento perpetuo, es el mar con su eterno flujo y
reflujo. Y no s cmo se las componen los absolutistas; pero para ellos
no se han establecido las diligencias; ellos esperan siempre a pie
firme la vuelta de su Mesas; en una palabra, siempre son de casa; este
partido no tiene ms movimiento que el del caracol; toda la diferencia
est en tener la cabeza fuera o dentro de la concha. A propsito, la
tiene ahora dentro o fuera?

Volviendo empero a nuestras diligencias, no entrar en la explicacin
minuciosa y poco importante para el pblico de las causas que me
hicieron estar no hace muchos das en el patio de la casa de postas,
donde se efecta la salida de las diligencias llamadas reales, sin duda
por lo que tienen de efectivas. No s qu tienen las diligencias de
comn con Su Majestad; una empresa particular las dirige, el pblico las
llena y las sostiene. La misma duda tengo con respecto a los billares;
pero como si hubiera yo de extender ahora en el papel todas mis dudas,
no hara gran diligencia en el artculo de hoy, prescindir de
digresiones, y dir en ltimo resultado, que, ora fuese a despedir a un
amigo, ora fuese a recibirlo, ora en fin con cualquier otro objeto, yo
me hallaba en el patio de las diligencias.

No es fcil imaginar qu multitud de ideas sugiere el patio de las
diligencias: yo por mi parte me he convencido que es uno de los teatros
ms vastos que puede presentar la sociedad moderna al escritor de
costumbres.

Todo es all materiales, pero hechos ya y elaborados: no hay sino ver y
coger. A la entrada le llama a usted ya la atencin un pequeo aviso que
advierte, pegado en un poste, que nadie puede entrar en el
establecimiento pblico sino los viajeros, los mozos que traen sus
fardos, los dependientes y las personas que vienen a despedir o recibir
a los viajeros: es decir, que all slo puede entrar todo el mundo. Al
lado, numerosas y largas tarifas indican las lneas, los itinerarios,
los precios: aconsejaremos sin embargo a cualquiera que reproduzca, al
ver las listas impresas, la pregunta de aquel palurdo que iba a entrar
en aos pasados en el botnico con chaqueta y palo, y a quien un
dependiente deca:

--No se puede pasar en ese traje: no ve el cartel puesto de ayer?

--S, seor--contest el palurdo,--pero... eso rige todava?

Lea, pues, el curioso las tarifas y pregunte luego: ver como no hay
carruajes para muchas de las lneas indicadas: pero no se desconsuele,
le dirn la razn.

--Como los facciosos estn por ah, por all, y por ms all!

Eso siempre satisface: ver adems como los precios no son los mismos
que cita el aviso; en una palabra, si el curioso quiere proceder por
orden, pregunte y lea despus, y si quiere atajar, pregunte y no lea. La
mejor tarifa es un dependiente; podr suceder que no haya quien d
razn; pero en ese caso puede volver a otra hora, o no volver si no
quiere.

El patio comienza a llenarse de viajeros y de sus familias y amigos: los
unos se distinguen fcilmente de los otros. Los viajeros entran
despacio: como muy enterados de la hora, estn ya como en su casa: los
que vienen a despedirlos, si no han venido con ellos, entran de prisa y
preguntando:

--Ha marchado ya la diligencia? Ah, no; est aqu todava.

Los primeros tienen capa o capote, aunque haga calor; echarpe al cuello
y gorro griego o gorra si son hombres: si son mujeres gorro o papalina,
y un enorme ridculo; all va el pauelo, el abanico, el dinero, el
pasaporte, el vaso de camino, las llaves, qu ms s yo!

Los acompaantes, portadores de menos aparato, se presentan vestidos de
ciudad, a la ligera.

A la derecha del patio se divisa una pequea habitacin; agrupados all
los viajeros al lado de sus equipajes, piensan el ltimo momento de su
estancia en la poblacin: media hora falta slo: una nia, qu joven,
qu interesante! apoyada la mejilla en la mano, parece exhalar la vida
por los ojos cuajados en lgrimas: a su lado el objeto de sus miradas
procura consolarla, oprimiendo acaso por ltima vez su lindo pie, su
trmula mano...

--Vamos, nia--dice la madre, robusta e impvida matrona, a quien nadie
oprime nada, y cuya despedida no es la primera ni la ltima,--a qu
vienen esos llantos? No parece sino que nos vamos del mundo.

Un militar que va solo examina curiosamente las compaeras de viaje; en
su aire determinado se conoce que ha viajado y que conoce a fondo todas
las ventajas de la presin de una diligencia. Sabe que en diligencia el
amor, sobre todo, hace mucho camino en pocas horas. La naturaleza en los
viajes, desnuda de las consideraciones de la sociedad, y muchas veces
del pudor, hijo del conocimiento de las personas, queda sola y triunfa
por lo regular. Cmo no adherirse a la persona a quien nunca se ha
visto, a quien nunca se volver acaso a ver, que no lo conoce a uno, que
no vive en su crculo, que no puede hablar ni desacreditar, y con quien
se va encerrado dentro de un cajn dos, tres das con sus noches? Luego
parece que la sociedad no est all: una diligencia viene a ser para los
dos sexos una isla desierta; y en las islas desiertas no sera
precisamente donde tendramos que sufrir ms desaires de la belleza.
Por otra parte, qu franqueza tan natural no tiene que establecerse
entre los viajeros, qu multitud de ocasiones de prestarse mutuos
servicios, cuntas veces al da se pierde un guante, se cae un pauelo,
se deja olvidado algo en el coche o en la posada, cuntas veces hay que
dar la mano para bajar o subir! Hasta el rpido movimiento de la
diligencia parece un aviso secreto de lo rpido que pasa la vida, de lo
precioso que es el tiempo; todo debe ir de prisa en diligencia. Una
salida de un pueblo deja siempre cierta tristeza que no es natural al
hombre: sabido es que nunca est el corazn ms dispuesto a recibir
impresiones que cuando est triste: los amigos, los parientes que quedan
atrs, dejan un vaco inmenso. Ah, la naturaleza es enemiga del vaco!

Nuestro militar sabe todo esto; pero sabe tambin que toda regla tiene
excepciones, y que la edad de quince aos es la edad de las excepciones;
pasa, pues, rpidamente al lado de la nia con una sonrisa, mitad
burlesca, mitad compasiva.

--Pobre nia--dice entre dientes:--lo que es la poca edad: si pensar
que no se aprecian las caras bonitas ms que en Madrid: el tiempo le
ensear que es moneda corriente en todos los pases.

Una bella parece despedirse de un hombre de unos cuarenta aos: el
militar fija el lente: ella es la que parte; hay lgrimas, s, pero
cundo no lloran las mujeres? las lgrimas por s solas no quieren
decir nada; luego hay cierta diferencia entre stas y las de la nia:
una sonrisa de satisfaccin se dibuja en los labios del militar. Entre
las ternezas de despedida se deslizan algunas frases, que no son reir
enteramente, pero poco menos, hay cierta frialdad, cierto dominio en el
hombre. Ah! es su marido.

--Se puede querer mucho a su marido--dice el militar para s,--y hacer
un viaje divertido.

--Voto va! ya ha marchado--entra gritando un original cuyos bolsillos
vienen llenos de salchichn para el camino, de frasquetes ensogados, de
petacas, de gorros de dormir, de pauelos, de chismes de encender...
Ah, ah! ste es un verdadero viajero: su mujer le acosa a preguntas:

--Se ha olvidado el pastel?

--No, aqu lo traigo.

--Tabaco?

--No, aqu est.

--El gorro?

--En este bolsillo.

--El pasaporte?

--En este otro.

Su exclamacin al entrar no carece de fundamento; faltan slo minutos, y
no se divisa disposicin alguna de viaje. La calma de los mayorales y
zagales contrasta singularmente con la prisa y la impaciencia que se
nota en las menores acciones de los viajeros; pero es de advertir que
stos, al ponerse en camino, alteran el orden de su vida para hacer una
cosa extraordinaria; y mayoral y el zagal por el contrario hacen lo de
todos los das.

Por fin, se adelanta la diligencia, se aplica la escalera a sus
costados, y la vaca recibe en su seno los paquetes: en menos de un
minuto est dispuesta la carga, y salen los caballos lentamente a
colocarse en su puesto. Es de ver la impasibilidad del conductor a las
repetidas solicitudes de los viajeros.

--A ver, esa maleta; que vaya donde se pueda sacar.

--Que no se moje ese bal.

--Encima ese saco de noche.

--Cuidado con la sombrerera.

--Ese paquete que es cosa delicada.

Todo lo oye, lo toma, lo encajona, a nadie responde; es un tirano en sus
dominios.

--La hoja, seores, tienen ustedes todos sus pasaportes? Estn todos?
Al coche, al coche.

El patio de las diligencias es a un cementerio lo que el sueo a la
muerte, no hay ms diferencia que la ausencia y el sueo pueden no ser
para siempre; no les comprende el terrible _voi ch'intrate lasciate ogni
speranza_, de Dante.

Se suceden los ltimos abrazos, se renuevan los ltimos apretones de
manos; los hombres tienen vergenza de llorar y se reprimen, y las
mujeres lloran sin vergenza.

--Vamos, seores--repite el conductor:--y todo el mundo se coloca.

La nia, anegada en lgrimas, cae entre su madre y un viejo achacoso que
va a tomar las aguas: la bella casada entre una actriz que va a las
provincias, y que lleva sobre las rodillas una gran caja de cartn con
sus preciosidades de reina y princesa, y una vieja monstruosa que lleva
encima un perro faldero, que ladra y muerde por el pronto como si viese
el aguador, y que har probablemente algunas otras gracias por el
camino. El militar se arroja de mal humor en el cabriol, entre un
francs que le pregunta:--Tendremos ladrones?--y un fraile corpulento,
que con arreglo a su voto de humildad y de penitencia, va a viajar en
estos carruajes tan incmodos. La rotonda va ocupada por el hombre de
las provisiones: una robusta seora que lleva un nio de pecho y un
bambino de cuatro aos, que salta sobre sus piernas para asomarse de
continuo a la ventanilla; una vieja verde, llena de aos y de lazos, que
arregla entre las piernas del suculento viajero una caja de un loro, e
hinca el codo para colocarse en el costado de un abogado, el cual hace
un gesto, y vista la mala compaa en que va, trata de acomodarse para
dormir, como si fuera ya juez. Empaquetado todo el mundo, se confunden
en el aire los ladridos del perrito, la tos del fraile, el llanto de la
criatura, las preguntas del francs, los chillidos del bambino, que
arrea los caballos desde la ventanilla, los sollozos de la nia, los
juramentos del militar, las palabras enseadas del loro, y multitud de
frases de despedida.

--Adis, hasta la vuelta, tantas cosas a Pepe: envame el papel que se
ha olvidado, que escribas en llegando.

--Buen viaje.

Por fin suena el agudo rechinido del ltigo, la mole inmensa se
conmueve, y estremeciendo el empedrado, se emprende el viaje, semejante
en la calle a una casa que se desprendiese de las dems con todos sus
trastos e inquilinos a buscar otra ciudad en donde empotrarse de nuevo.




VARIOS CARACTERES


No siempre est en mano del hombre el coordinar sus ideas y formar con
ellas una obra arreglada, con principio, medio y fin. A quin no le
habr sucedido repetidas veces abrir un libro, leer maquinalmente y no
poder establecer entre lo escrito y su cabeza ninguna especie de
comunicacin, cerrar el libro y no poderse dar cuenta de lo que ha
ledo? En estos casos, que muy a menudo me suceden, suelo echar mano del
sombrero y la capa, y no pudiendo fijar mi atencin en una sola cosa,
trato de fijarla en todas: slgome a la calle, ntrome por los cafs,
voime a la Puerta del Sol, a Correos, al Museo de pinturas, a todas
partes, en fin, y en ninguna puedo decir que estoy en realidad.
Cualquiera me conocer en estos das en que el fastidio se apodera de mi
alma, y en que no hay cosa que tenga a mis ojos color, y menos, color
agradable. En estos das llevo cara de filsofo, es decir, de mal humor;
una sonrisa amarga de indiferencia y despego a cuanto veo se dibuja en
mis labios; llevo conmigo un lente, no porque me sirva, pues veo mejor
sin l, sino para poder clavar fijamente el objeto que ms me choca, que
un corto de vista tiene licencia para ser desvergonzado; no saludo a
ningn amigo ni conocido que encuentro, porque esto sera hacer yo
tambin un papel en la comedia de que pretendo ser nicamente
espectador, y que slo para divertirme a m creo por entonces que
representa el mundo entero. Mala crianza ser, pero me acerco a escuchar
conversaciones de corrillos: es de advertir que cuando el tedio me
abruma con su peso, no puedo tener ms que tedio. Recibo insensible las
impresiones de cuanto pasa a mi alrededor; a todas me dejo amoldar con
indiferencia y abandono; en semejantes das no hay hermosas para m, no
hay feas, no hay amor, no hay odio.

Esta es la razn por qu me fuera imposible hacer hoy un artculo de
costumbres medianamente coordinado: si ha menester plan, si necesita
reflexin la cosa que hoy emprenda, intil me es emprenderla; conozco
que no he de poder llevarla a cabo. Acaso encontrara, investigando
metafsicamente mi corazn, la causa que ha podido ponerme hoy en esta
extraa disposicin de nimo; pero este trabajo me cansara, y he dicho
que no quiero hacer hoy impresiones sino recibirlas. En estos das es,
sin embargo, cuando, colocado detrs de mi lente, que es entonces para
m el vidrio de la linterna mgica, veo pasar el mundo todo delante de
mis ojos; e imparcial, ajeno de consideracin que a l me ligue, vole
tal cual se presenta en cada fisonoma, en cada accin que observo
indolentemente.

--Qu hace don Julin en ese caf? Todos los das viene al dar las
cuatro: el mozo no ha menester que le hable una palabra: apenas se ha
colocado aqul en su silla, ya tiene la cafetera encima de la mesa.
Toma, paga y se duerme. Esa es la principal ocupacin de don Julin.
Tomar caf una vez cada da.

--Y qu hace en el caf aquel viejo? Treinta aos ha que viene: todas
las tardes juega su partida de ajedrez: todas las tardes se la ven jugar
aquellos cuatro originales que tiene en derredor: ni l hace ms en la
vida, ni ellos ven otra cosa. Eso es lo que se llama aislarse en medio
del mundo.

--Quin es aqul que cruza por aquella esquina? Bello muchacho! Pero
no; conforme se acerca cuento las arrugas del rostro. Ah! es un joven
de sesenta aos. A las ocho de la maana sale vestido ya y ceido,
prendido y ajustado: ni una mota, ni una arruga lleva el frac: la bota
es un espejo: el guante blanco como la nieve: la corbata no hace un
pliegue: el pelo rizado, mejor diremos pintado: en todos los conciertos,
en todos los bailes, en el paseo, en la luneta, erguido siempre,
bailando, coqueteando. Nunca se descompone, nunca se ensucia? Qu
secreto posee? No le crece nunca la barba? Jams. Es slo de extraar
que vaya solo; o acaba de dejar algunas seoras, o va a buscarlas. Les
hablar de la pera, del figurn, de lo mal que bail el solo Gasparito;
esta es la existencia del viejo verde: miradle contraerse y revolcarse
en su vanidad al lado de una hermosa: es una serpiente que se roza
contra un rbol? No; el viejo verde al lado de las bellas es una oruga
que se desliza por entre las rosas.

--Han visto ustedes unas caras paradas, unos ojos mudos, unos
corbatines siempre iguales, un vestido regular y uniforme, unos cuerpos
ni elegantes ni mal vestidos, unos brazos que se balancean montonos,
siempre con la regularidad y comps de las aspas de un molino? Saben
ustedes que los hombres de esas seas hablen nunca nada que pueda ser
referido, escriban nada que deba ser ledo, hagan una accin digna de
ser imitada? No; esos son oficinistas o propietarios. Se levantan,
fuman, dicen palabras, dan pasos, saludan, entran, salen, se ren (stos
nunca lloran), son hombres entre otros hombres. En una palabra, duermen
despiertos.

--Cmo hace aquel original para llevar hace diez aos el mismo frac,
abrochado siempre del mismo modo, los mismos guantes, el mismo pauelo
blanco al cuello con el mismo lazo, el mismo pantaln, la misma postura
de sombrero?... No se desnuda ese hombre? No envejece? Ese es el judo
errante.

--De qu habla don Cosme? Lo dir: don Cosme viene de la calle de la
Paz; all acude todos los das a las ocho de la maana; alarga una mano
a la banasta de los peridicos: es un parroquiano a la lectura de
papeles a cuarto. Hoy la _Revista_, maana el _Boletn_... Gran
noticioso. Ese sabe siempre a punto fijo, de muy buena tinta, los
pormenores de la ltima batalla: sabe si don Miguel est en Coimbra, en
Lisboa o en Badajoz; entiende muy bien la marcha de Nicols, que as
llama l con franqueza al autcrata ruso. Suele sucederle luego que los
que l supuso entrar vencedores en un punto, entraron en l
prisioneros; pero todo es entrar. Estos hombres hablan siempre al odo:
contraen la costumbre de suponerse espiados por las grandes cosas que
creen decir; de resultas, si le encuentran a usted, le dirn al odo muy
secretamente: Buenos das; beso a usted la mano.

--Hay nada ms torpe en estos hombres amigos de usted que le ven parado
en una calle, y no conocen que cuando est usted parado es porque no
quiere andar, que cuando est callado es que no quiere hablar?

--Dios me libre de un hombre amable! No ir a su casa, porque me
convidar. No le encontrar en la calle, porque vendr a m con los
brazos abiertos aunque me haya visto ayer; se enganchar de m, me
preguntar de mi salud, de mis hijos, de mis comedias, de mis artculos,
de mis... Pero lbreme, aunque sea el Diablo, de una mujer amable; nunca
sabr si me quiere o si me estima, si es bien criada o tierna, si...
Vlgame Dios! y lbreme, aunque sea el Diablo, de una mujer amable: sa
me volvera loco.

--Oigan ustedes a don Lucas Mentirola. Ese viene siempre de donde sucede
algo. Ha habido fuego?

--Vengo de all. Hace estragos horrorosos.

--Ha llegado el tenor nuevo?

--S--responde,--le acabo de dar un abrazo: viene gordo, y su voz es un
portento; le hice entrar en un portal y cantar un rato... por m lo
hizo. Es un gran muchachn: rubio, alto, extranjero!

Al otro da se sabe que el tenor no ha llegado, y si ha llegado es
chiquito, negro, bizco...

--Est malo algn sujeto marcado?

--Hoy est mejor--dice;--se ha redo mucho conmigo; una hora he estado
con l.

Luego se averigua que el que tanto se ha redo estaba ya enterrado.

--Quin es aquel botarate?

--Aqul? un monstruo; aqul se prevale de la bondad, del candor de la
casa donde le reciben; hay una mujer hermosa, nada le dice; sin embargo,
afecta ir a la casa a horas de franqueza; la acompaa al Prado; en baile
o sarao donde est ella est l; siempre al lado de la hermosa, siempre
baila con ella; cuando ella no le ve, finge mirarla con celos de algn
otro; afecta disimulo, que en realidad no puede existir, pues nada hay
que disimular. Se retiran? Siempre da el brazo a la hermosa. Ella, en
tanto, a quien nada dice, que nada nota en l de galanteo, est bien
lejos de creer que el pblico malicioso no habla de otra cosa sino de
sus amores con fulanito. Fulanito tiene amor propio, no amor. Se
contenta con que las gentes crean que es feliz; para l no hay otro modo
de serlo. Qu horrible carcter! Qu triste buena fe la de su vctima
que no lo conoce!




LA NOCHEBUENA DE 1836

YO Y MI CRIADO

DELIRIO FILOSFICO


El nmero 24 me es fatal: si tuviera que probarlo dira que en da 24
nac. Doce veces al ao amanece, sin embargo, da 24; soy supersticioso,
porque el corazn del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando
no encuentra verdades que creer; sin duda, por esa razn, creen los
amantes, los casados y los pueblos a sus dolos, a sus consortes y a sus
gobiernos; y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede
haber para m un da 24 bueno. El da 23 es siempre en mi calendario
vspera de desgracia; y a imitacin de aquel jefe de polica ruso que
mandaba tener prontas las bombas las vsperas de incendios, as yo desde
el da 23 me prevengo para el da de sufrimiento y de resignacin; y en
dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperlo, ni apunto carta
por no perderla, ni enamoro mujer porque no me diga que s, pues en
punto a amores tengo otra supersticin: imagino que la mayor desgracia
que a un hombre le puede suceder, es que una mujer le diga que lo
quiere. Si no la cree es un tormento, y si la cree... Bienaventurado
aqul a quien la mujer dice no quiero, porque se, a lo menos, oye la
verdad!

El ltimo da 23 del ao 1836 acababa de expirar en la muestra de mi
pndola; y, consecuente en mis principios supersticiosos, ya estaba yo
agachado esperando el aguacero y sin poder conciliar el sueo. As pas
las horas de la noche, ms largas para el triste desvelado que una
guerra civil, hasta que al fin, la maana vino con paso de intervencin,
es decir, lentsimamente, a teir de prpura y rosa las cortinas de mi
estancia.

El da anterior haba sido hermoso, y no s por qu me daba el corazn
que el da 24 haba de ser da de agua. Fue peor todava; amaneci
nevando. Mir el termmetro, y marcaba muchos grados bajo cero, como el
crdito del Estado.

Resuelto a no moverme porque tuviera que hacerlo toda la suerte, inclin
la frente cargada como el cielo de nubes fras, apoy los codos en mi
mesa, y parec tal, que cualquiera me hubiese reconocido por escritor
pblico en tiempo de libertad de imprenta, o me hubiese tenido por
miliciano nacional citado para un ejercicio. Ora vagaba mi vista sobre
la multitud de artculos y folletos que yacen empezados y no acabados ha
ms de seis meses sobre mi mesa, y de que slo existen los ttulos, como
esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan ms que el
cadver, comparacin exacta, porque en cada artculo entierro una
esperanza o una ilusin. Ora volva los ojos a los cristales de mi
balcn: vealos empaados y como llorosos por dentro; los vapores
condensados se deslizaban a manera de lgrimas a lo largo del difano
cristal. As se empaa la vida, pensaba: as el fro exterior del mundo
condensa las penas en el interior del hombre; as caen gota a gota las
lgrimas sobre el corazn. Los que ven de fuera los cristales, los ven
tersos y brillantes; los que ven slo los rostros, los ven alegres y
serenos...

Har merced a mis lectores de las ms de mis meditaciones; no hay
peridicos bastantes en Madrid, acaso no hay lectores bastantes tampoco.
Dichoso el que tiene oficina, dichoso el empleado, an sin sueldo o sin
cobrarlo, que es lo mismo; al menos no est obligado a pensar; puede
fumar, puede leer la _Gaceta_!

--Las cuatro! La comida!--me dijo una voz de criado, una voz de
entonacin servil y sumisa; en el hombre que sirve hasta la voz parece
pedir permiso para sonar.

Esta palabra me sac de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar
como don Quijote: Come, Sancho hijo, come, t que no eres caballero
andante y que naciste para comer, porque al fin los filsofos, es
decir, los desgraciados, podemos no comer; pero los criados de los
filsofos! Una idea ms luminosa me ocurri: era da de Navidad. Me
acord de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los
papeles y que los esclavos podan decir la verdad a sus amos. Costumbre
humilde, digna del cristianismo. Mir a mi criado y dije para m: esta
noche me dirs la verdad. Saqu de mi gaveta unas monedas: tenan el
busto de los monarcas de Espaa. Cualquiera dira que eran retratos; sin
embargo eran artculos de peridico. Las mir con orgullo y...

--Come y bebe de mis artculos--aad con desprecio:--slo en esa forma,
slo por medio de esa estratagema, se pueden meter los artculos en el
cuerpo de ciertas gentes.

Una risa estpida se dibuj en la fisonoma de aquel ser que los
naturalistas han tenido la bondad de llamar racional, slo porque lo han
visto hombre. Mi criado se ri. Era aquella risa el demonio de la gula
que reconoca su campo.

Terci la capa, cal el sombrero y me plant en la calle.

Qu es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera
compartido el ao en trescientos sesenta y cinco das qu sera de
nuestros aniversarios? Pero al pueblo le han dicho: hoy es un
aniversario; y el pueblo ha respondido: pues si es un aniversario,
comamos y comamos doble. Por qu come hoy ms que ayer? O ayer pas
hambre, u hoy pasar indigestin. Miserable humanidad, destinada
siempre a quedarse ms ac o a ir ms all!

Hace mil ochocientos treinta y seis aos naci el Redentor del mundo,
naci el que no reconoce principio, y el que no reconoce fin; naci para
morir. Sublime misterio!

Hay misterio que celebrar? Pues comamos, dice el hombre; no dice:
reflexionemos. El vientre es el encargado de cumplir con las grandes
solemnidades. El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las
deudas del espritu. Argumento terrible en favor del alma!

Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza tan
indispensablemente como es preciso pasar por el dolor para ir desde la
cuna al sepulcro. Montones de comestibles acumulados, risa y algazara,
compra y venta, sobra por todas partes y alegra. No pudo menos de
ocurrirme la idea de Bilbao; figurseme ver de pronto que se alzaba por
entre las montaas de vveres una frente altsima y extenuada: una mano
seca y roda llevaba a una boca crdena, y negra de morder cartuchos, un
manojo de laurel sangriento. Y aquella boca no hablaba. Pero el rostro
entero se diriga a los bulliciosos liberales de Madrid que traficaban.
Era horrible el contraste de la fisonoma esculida y de los rostros
alegres. Era la reconvencin y la culpa; aqulla, agria y severa; sta,
indiferente y descarada.

Todos aquellos vveres han sido aqu trados de distintas provincias
para la colacin cristiana de una capital. En una cena de ayuno se come
una ciudad a las dems.

Las cinco! Hora del teatro: el teln se levanta a la vista de un pueblo
palpitante y bullicioso. Dos comedias de circunstancias, o yo estoy
loco. Una representacin en que los hombres son mujeres y las mujeres
hombres. He aqu nuestra poca y nuestras costumbres. Los hombres ya no
saben sino hablar como las mujeres en congresos y en corrillos. Y las
mujeres son hombres, ellas son las nicas que conquistan. Segunda
comedia: un novio que no ve el logro de su esperanza. Ese novio es el
pueblo espaol: no se casa con un solo gobierno con quien no tenga que
reir al da siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.

Pero las orgas llaman a los ciudadanos. Cirranse las puertas, brense
las cocinas. Dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a
merced de mi pensamiento. La luz que ilumina los banquetes viene a herir
mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de
la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras, se abre paso hasta
mis sentidos, y entra en ellos como cua a mano rompiendo y
desbaratando.

Las doce van a dar: las campanas que ha dejado la junta de enagenacin
en el aire, y que en estar todava en el aire se parecen a todas
nuestras cosas, citan a los cristianos al oficio divino. Qu es esto?
Va a expirar el 24, y no me ha ocurrido en l ms contratiempo que mi
mal humor de todos los das? Pero mi criado me espera en mi casa, como
espera la cuba al catador, llena de vino; mis artculos hechos moneda,
mi moneda hecha mosto, se ha apoderado del imbcil como imagin; y el
asturiano ya no es un hombre; es todo verdad.

Mi criado tiene de mesa lo cuadrado y el estar en talla al alcance de la
mano. Por tanto es un mueble cmodo: su color es el que indica la
ausencia completa de aquello con que se piensa es decir, que es bueno:
las manos se confundiran con los pies, si no fuera por los zapatos, y
porque anda casualmente sobre los ltimos; a imitacin de la mayor parte
de los hombres, tiene orejas que estn a uno y otro lado de la cabeza
como los floreros en una consola, de adorno, o como los balcones
figurados, por donde no entra ni sale nada; tambin tiene dos ojos en la
cara; l cree ver con ellos; qu chasco se lleva! A pesar de esta
pintura, todava sera difcil reconocerlo entre la multitud, porque al
fin no es sino un ejemplar de la grande edicin hecha por la Providencia
de la humanidad, y que yo comparo de buena gana con las que suelen hacer
los autores; algunos ejemplares de regalo finos y bien empastados; el
surtido todo igual, ordinario y a la rstica.

Mi criado pertenece al surtido. Pero la Providencia que se vale para
humillar a los soberbios de los instrumentos ms humildes, me reservaba
en l mi mal rato del da 24. La verdad me esperaba en l y era preciso
orla de sus labios impuros. La verdad es como el agua filtrada, que no
llega a los labios sino al travs del cieno. Me abri mi criado, y no
tard en reconocer su estado.

--Aparta, imbcil--exclam empujando suavemente aquel cuerpo sin alma
que en uno de sus columpios se vena sobre m.--Oiga, est ebrio!
Pobre muchacho! Da lstima!

Me entr de rondn a mi estancia, pero el cuerpo me sigui con un rumor
sordo e interrumpido; una vez dentro los dos, su aliento desigual y sus
movimientos violentos, apagaron la luz; una bocanada de aire colada por
la puerta al abrir, me cerr la de mi habitacin, y quedamos dentro casi
a obscuras yo y mi criado, es decir, la verdad y Fgaro, aqulla en
figura de hombre beodo arrimado a los pies de mi cama para no vacilar, y
yo a su cabecera, buscando un fsforo que nos iluminase.

Dos ojos brillaban como dos llamas fatdicas enfrente de m: no s por
qu misterio mi criado encontr entonces, y de repente, voz y palabras,
y habl y raciocin. Misterios ms raros se han visto acreditados: los
fabulistas hacen hablar a los animales, por qu no he de hacer yo
hablar a mi criado? Oradores conozco de quienes hace algn tiempo no
hubiera hecho yo una pintura ms favorable que de mi astur, y que han
roto, sin embargo, a hablar, y los oye el mundo y los escucha, y nadie
se admira.

En fin, cuento un hecho. Tal me ha pasado; no escribo para los que dudan
de mi veracidad. El que no quiera creerme puede doblar la hoja. Esto se
ahorrar tal vez de fastidio; pero una sola voz sali de mi criado, y
entre ella y la ma se estableci el siguiente dilogo:

--Lstima--dijo la voz, repitiendo mi piadosa exclamacin.--Y por qu
me has de tener lstima, escritor? Yo a ti, ya lo entiendo.

--T a m?--pregunt sobrecogido ya por un terror supersticioso; y es
que la voz empezaba a decir la verdad.

--Escucha: t vienes triste como de costumbre; yo estoy ms alegre que
suelo. Por qu ese color plido, ese rostro deshecho, esas hondas y
verdes ojeras que ilumino con mi luz al abrirte todas las noches? Por
qu esa distraccin constante y esas palabras vagas e interrumpidas de
que sorprendo todos los das fragmentos errantes sobre tus labios? Por
qu te vuelves y te revuelves en tu mullido lecho como un criminal
acostado con su remordimiento, en tanto que yo ronco sobre mi tosca
tarima? Quin debe tener lstima a quin? No pareces criminal, la
justicia no te prende al menos; verdad es que la justicia no prende sino
a los pequeos criminales, a los que roban con ganzas, o a los que
matan con pual; pero a los que arrebatan el sosiego de una familia
seduciendo a la mujer casada o a la hija honesta, a los que roban con
los naipes en la mano, a los que matan una existencia con una palabra
dicha al odo, con una carta cerrada, a esos ni les llama la sociedad
criminales, ni la justicia los prende, porque la vctima no arroja
sangre, ni manifiesta herida, sino que agoniza lentamente consumida por
el veneno de la pasin que su verdugo le ha propinado. Qu de tsicos
han muerto asesinados por una infiel, por un ingrato, por un
calumniador! Los entierran; dicen que la cura no ha alcanzado, y que los
mdicos no la entendieron. Pero la pualada hipcrita alcanz e hiri
el corazn. T acaso eres de esos criminales, y hay un acusador dentro
de ti; y ese frac elegante y esa media de seda, y ese chaleco de tis de
oro que yo te he visto, son tus armas maldecidas.

--Silencio, hombre borracho.

--No; has de or al vino, una vez que habla. Acaso ese oro que a fuer de
elegante has ganado en tu sarao y que vuelcas con indiferencia sobre tu
tocador, es el precio de honor de una familia. Acaso ese billete que
desdoblas es un annimo embustero que va a separar de ti para siempre la
mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su
perfidia. Ms de uno te he visto morder y despedazar con tus uas y tus
dientes, en los momentos en que el buen tono cede el paso a la pasin y
a la sociedad. T buscas la felicidad en el corazn humano, y para eso
lo destrozas, hozando en l como quien remueve la tierra en busca de un
tesoro. Yo nada busco, y el desengao no me espera a la vuelta de la
esperanza. T eres literato y escritor; y qu tormento no te hace pasar
tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la
envidia de otros, por el rencor de muchos! Preciado de gracioso, haras
rer a costa de un amigo, si amigos hubiera; y no quieres tener
remordimientos. Hombre de partido, haces la guerra a otro partido; o
cada vencimiento es una humillacin, o compras la victoria demasiado
cara para gozar de ella. Ofendes y no quieres tener enemigos. A m
quin me calumnia? quin me conoce? T me pagas un salario bastante a
cubrir mis necesidades; a ti te paga el mundo como paga a los dems que
le sirven. Te llamas liberal y despreocupado; y el da que te apoderes
del ltigo, azotars como te han azotado. Los hombres de mundo os
llamis hombre de honor y de carcter, y a cada suceso nuevo cambiis
de opinin, apostatis de vuestros principios. Despedazado siempre por
la sed de gloria, inconsecuencia rara, despreciars acaso a aquellos
para quienes escribes y reclamas con el incensario en la mano su
adulacin: adulas a tus lectores para ser de ellos adulado, y eres
tambin despedazado por el temor, y no sabes si maana irs a coger tus
laureles a las Baleares o a un calabozo.

--Basta, basta!

--Concluyo; yo, en fin, no tengo necesidades: t, a pesar de tus
riquezas, acaso tendrs que someterte maana a un usurero para un
capricho innecesario, porque vosotros tragis oro, o para un banquete de
vanidad en que cada bocado es un tsigo. T lees da y noche buscando la
verdad en los libros, hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni
escrita. Ente ridculo, bailas sin alegra, tu movimiento turbulento es
el movimiento de la llama, que sin gozar ella, quema. Cuando yo necesito
de mujeres echo mano de mi salario, y las encuentro, fieles por ms de
un cuarto de hora; t echas mano de tu corazn, o vas y lo arrojas a los
pies de la primera que pasa, y no quieres que lo pise o lo lastime, y le
entregas ese depsito sin conocerla. Confas tu tesoro a cualquiera por
su linda cara, y crees porque quieres; y si maana tu tesoro desaparece,
llamas ladrn al depositario, debiendo llamarte imprudente y necio a ti
mismo.

--Por piedad, djame, voz del infierno.

--Concluyo: inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias,
artes, objetos de existencia. Poltica, gloria, saber, poder, riquezas,
amistad, amor? Y cuando descubres que son palabras, blasfemas y
maldices. En tanto el pobre asturiano come, bebe y duerme, y nadie lo
engaa; y si no es feliz, no es desgraciado, no es al menos hombre de
mundo, ni ambicioso, ni elegante, ni literato ni enamorado. Ten lstima
ahora al pobre asturiano. T me mandas; pero no te mandas a ti mismo.
Tenme lstima, literato. Yo estoy ebrio de vino, es verdad, pero t lo
ests de deseos y de impotencia...!

Un ronco sonido termin el dilogo; el cuerpo, cansado del esfuerzo,
haba cado al suelo; el rgano de la Providencia haba callado, y el
asturiano roncaba.

--Ahora te conozco--exclam,--da 24!

Una lgrima preada de horror y desesperacin surcaba mi mejilla ajada
ya por el dolor. A la maana, amo y criado yacan, aqul en el lecho,
ste en el suelo. El primero tena todava abiertos los ojos y los
clavaba con delirio y con delicia en una caja amarilla, donde se lea
maana. Llegar ese maana fatdico? Qu encerraba la caja? En tanto
la Noche Buena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba
de ella, la segua llamando Noche Buena.




EL MUNDO TODO ES MSCARAS

TODO EL AO ES CARNAVAL


No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto y entregado
a profundas meditaciones filosficas nacidas de la dificultad de
escribir diariamente para el pblico. Cmo contentar a los necios y a
los discretos, a los cuerdos y a los locos, a los ignorantes y a los
entendidos que han de leerme, y sobre todo a los dichosos y a los
desgraciados que con tan distintos ojos suelen ver una misma cosa?

       *       *       *       *       *

Animado con esta reflexin, cog la pluma y ya iba a escribir nada menos
que un elogio de todo lo que veo a mi alrededor, el cual pensaba rematar
con cierto discurso encomistico acerca de lo adelantado que est el
arte de la declamacin en el pas, para contentar a todo el que se me
pusiera por delante, que esto es lo que conviene en estos tiempos tan
valentones que corren, pero tropec con el inconveniente de que los
hombres sensatos haban de sospechar que dicho elogio era burla, y esta
reflexin era ms pesada que la anterior.

Al llegar aqu arroj la pluma, despechado y decidido a consultar
todava con la almohada si en los trminos de lo lcito me quedaba algo
que hablar, para lo cual determin verme con un amigo, abogado por ms
seas, lo que basta para que se infiera si debe ser hombre entendido, y
que ste, registrando su Novsima y sus Partidas, me dijese para de aqu
en adelante qu es lo que me est prohibido, pues en verdad que es mi
mayor deseo ir con la corriente de las cosas sin andarme a buscar
cotufas en el golfo, ni el mal fuera de mi casa, cuando dentro de ella
tengo el bien.

En esto estaba ya para dormirme, a lo cual haba contribuido no poco el
esfuerzo que haba hecho para componer mi elogio de modo que tuviera
trazas de cosa formal; pero Dios no lo quiso as, o a lo que yo tengo
por ms cierto, un amigo que me alborot la casa, y que se introdujo en
mi cuarto dando voces en los trminos siguientes, u otros semejantes:

--Vamos a las mscaras, Bachiller!--me grit.

--A las mscaras?

--No hay remedio, tengo un coche a la puerta. A las mscaras! Iremos a
algunas casas particulares, y concluiremos la noche en uno de los
grandes bailes de subscripcin.

--Que te diviertas; yo me voy a acostar.

--Qu despropsito! No lo imagines; precisamente te traigo un domin
negro y una careta.

--Adis! Hasta maana.

--Adnde vas?

--Mira, mi querido Mungua, tengo inters en que vengas conmigo; sin t
no voy, y perder la mejor ocasin del mundo...

--De veras?

--Te lo juro.

--En ese caso, vamos. Paciencia! Te acompaar.

De mala gana entr dentro de un amplio ropaje, baj la escalera, y me
dej arrastrar al comps de las exclamaciones de mi amigo, que no cesaba
de gritarme: Cmo nos vamos a divertir! Qu noche tan deliciosa hemos
de pasar!

Era el coche alquiln; a ratos pareca que andbamos tanto atrs como
adelante, a modo de quien pisa nieve; a ratos, que estbamos
columpindonos en un mismo sitio, y lleg por fin a ser tan completa la
ilusin, que temeroso yo de alguna pesada burla de Carnaval, parecida al
viaje de don Quijote y Sancho en el Clavileo, abr la ventanilla ms de
una vez, deseoso de investigar si despus de media hora de viaje
estaramos todava a la puerta de mi casa, o si habramos pasado ya la
lnea, como en la aventura de la barca del Ebro.

Ello parecer increble, pero llegamos, quedndome yo, sin embargo, en
la duda de si habra andado el coche hacia la casa, o la casa hacia el
coche; subimos la escalera, verdadera imagen de la primera confusin de
los elementos; un Edipo sacando el reloj y viendo la hora que era; una
Vestal, atndose una liga elstica, y dejando a su criado los chanclos
y el capote escocs para la salida; un romano coetneo de Catn, dando
rdenes a su cochero para encontrar su land dos horas despus; un indio
no conquistado todava por Coln, con su papeleta impresa en la mano y
bajando de un birlocho; un Oscar, acabando de fumar un cigarrillo de
papel para entrar en el baile; un moro, santigundose asombrado al ver
el gento; cien domins, en fin, subiendo todos los escalones sin que se
sospechara que hubiese dentro quien los moviese, y tapndose todos las
caras, sin saber los ms para qu, y muchos sin ser conocidos de nadie.

Despus de un modesto reconocimiento del billete y del sello y la
rbrica y la contrasea, entramos en una salita que no tena ms defecto
que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello es ms
preciso tener mscaras que salas donde colocarlas. Algn ciego alquilado
para toda la noche, como la araa y la alfombra, y para descansarle un
piano, tan _piano_ que nadie lo consigui or jams, eran la msica del
baile, donde nadie bail. Ponanse, s, de vez en cuando a modo de
parejas la mitad de los concurrentes, y dbanse con la mayor intencin
de nimo sendos encontrones a derecha e izquierda, y aquello era el
bailar, si se nos permite esta expresin.

Mi amigo no encontr lo que buscaba, y segn yo llegu a presumir,
consisti en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que a
otros muchos les acontece. Algunas madres, s, buscaban a sus hijas, y
algunos maridos a sus mujeres, pero ni una sola hija buscaba a su madre,
ni una sola mujer a su marido. Acaso--decan,--se habrn quedado
dormidas entre la confusin en alguna pieza... Es posible--deca yo para
m,--pero no es probable.

Una mscara vino disparada hacia m.

--Eres t?--me pregunt misteriosamente.

--Yo soy--le respond seguro de no mentir.

--Conoc el domin; pero esta noche es imposible; Paquita est ah; mas
el marido se ha empeado en venir; no sabemos por dnde diantres ha
encontrado billetes. Lstima grande! mira t qu ocasin! Te hemos
visto, y no atrevindose a hablarte ella misma, me enva para decirte
que maana sin falta os veris en la _Sartn_... Domin encarnado y
lazos blancos...

--Bien.

--Ests?

--No faltar.

--Y tu mujer, hombre?--le deca a un ente rarsimo que se haba vestido
todo de cuernecitos de abundancia, un domin negro que llevaba otro
igual del brazo.

--Durmiendo estar ahora; por ms que he hecho, no he podido decidirla a
que venga; no hay otra ms enemiga de diversiones.

--As descansas t en su virtud; piensas estar aqu toda la noche?

--No, hasta las cuatro.

--Haces bien.

En esto se haba alejado el de los cuernecillos, y entreo estas
palabras:

--Nada ha sospechado.

--Cmo era posible? Si sal una hora despus que l...

--A las cuatro ha dicho?

--S.

--Tenemos tiempo. Ests segura de la criada?

--No hay cuidado alguno, porque...

Una oleada cort el hilo de mi curiosidad; las dems palabras del
dilogo se confundieron con las repetidas voces de: me conoces? te
conozco, etctera, etc.

Pues no pareca estrella ma haber trado esta noche un domin igual
al de todos los amantes, ms feliz, por cierto, que Quevedo, que se
pareca de noche a cuantos esperaban para pegarles?

--Chis! chis! Por fin te encontr--me dijo otra mscara esbelta,
asindome del brazo, y con su voz tierna y agitada por la esperanza
satisfecha. Hace mucho que me buscabas?

--No por cierto, porque no esperaba encontrarte.

--Ay! Cunto me has hecho pasar desde anoche! No he visto un hombre
ms torpe; yo tuve que componerlo todo; y la fortuna fue haber convenido
antes en no darnos nuestros nombres, ni aun por escrito. Si no...

--Pues qu hubo?

--Qu haba de haber? El que vena conmigo era Carlos mismo.

--Qu dices?

--Al ver que me alargabas el papel tuve que hacerme la desentendida y
dejarlo caer, pero l le vio y le cogi. Qu angustias!

--Y cmo saliste del paso?

--Al momento me ocurri una idea. Qu papel es ese?--le dije.--Vamos a
verle; ser de algn enamorado; se lo arrebato, veo que empieza: Querida
Anita; cuando no vi mi nombre respir; empec a echarlo a broma. Quin
ser el desesperado?--le deca rindome a carcajadas.--Veamos, y l
mismo ley el billete, donde me decas que esta noche nos veramos aqu,
si poda venir sola. Si vieras cmo se rea.

--Cierto que fue gracioso!

--S, pero por Dios, don Juan, de stas pocas.

Acompa largo rato a mi amante desconocida, siguiendo la broma lo mejor
que pude... el lector comprender fcilmente que bendije las mscaras, y
sobre todo el talismn de mi impagable domin.

Salimos, por fin, de aquella casa, y no pude menos de soltar la
carcajada al or a un mscara que a mi lado bajaba:

--Pesia a m!--le deca a otro;--no ha venido; toda la noche he seguido
a otra creyendo que era ella, que hasta se ha quitado la careta. La
vieja ms fea de Madrid! No ha venido; en mi vida pas rato ms amargo.
Quin sabe si el papel de la otra noche lo habr echado todo a perder?
Si don Carlos lo cogi...

--Hombre, no tengas cuidado.

--Paciencia! Maana ser otro da. Yo, con ese temor, me he guardado
muy bien de traer el domin, cuyas seas le daba en la carta.

--Hiciste muy bien.

--Perfectsimamente--repet yo para m, y salimos riendo de los azares
de la vida.

Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aqu y all
por la escalera. La noche no dej de tener tampoco algn contratiempo
para m. Yo me haba llevado la querida de otro; en justa compensacin
otro se haba llevado mi capa, que deba parecerse a la suya, como se
pareca mi domin al del desventurado querido. Ya ests
vengado--exclam,--oh, burlado mancebo! Felizmente, yo, al entregarla
en la puerta, haba tenido la previsin de despedirme de ella
tiernamente para toda mi vida. Oh, previsin oportuna! Ciertamente que
no nos volveremos a encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero;
haba salido ya de la casa, haba andado largo trecho, y an volva la
cabeza de rato en rato hacia sus altas paredes, como Hctor al dejar a
su Andrmaca, diciendo para m: all qued, all la dej, all la vi por
ltima vez.

Otras casas corrimos; en todas el mismo cuadro: en ninguna nos admir
encontrar intrigas amorosas, madres burladas, chasqueados esposos o
solcitos amantes; no soy de aquellos que echan de menos la accin en
una buena cantatriz, o alaban la voz de un mal comediante, y por tanto
no voy a buscar virtudes a las mscaras. Pero nunca llegu a comprender
el afn que por asistir al baile haba manifestado tantos das seguidos
don Cleto, que hizo toda la noche de una silla cama y del estruendo
arrullo; no entiendo todava a don Jorge cuando dice que estuvo en la
funcin, habindole visto desde que entr hasta que sali en derredor de
una mesa en un verdadero _cart_. Toda la diferencia estaba en l, con
respecto a las dems noches, en ganar o perder, vestido de moharracho.
Ni me s explicar de una manera satisfactoria la razn en que se funda
para creer que se divierten un enjambre de mscaras que vi buscando
siempre, y no encontrando jams, sin hallar a quien embromar ni quien
las embrome, que no bailan, que no hablan, que vagan errantes de sala en
sala, como si de todas les echaran, imitando el vuelo de la mosca, que
parece no tener nunca objeto determinado. Es por ventura un apetito
desordenado de hallarse donde se hallan todos, hijo de la pueril vanidad
del hombre? Es por aturdirse a s mismos y creerse felices por espacio
de una noche entera? Es por dar a entender que tambin tienen un
inters y una intriga? Algo nos inclinamos a creer lo ltimo cuando
observamos que los ms de stos os dicen si los habis conocido:

--Chitn! Por Dios! no digis nada a nadie.

Seguidlos, y os convenceris de que no tienen motivos ni para
descubrirse ni para taparse. Andan, sudan, gastan, salen quebrantados
del baile... nunca, empero, se les olvida salir los ltimos, decir al
despedirse: Maana es el baile en Sols?--Pues hasta maana.--Pasado
maana en San Bernardino? Diez onzas diera por un billete!

Ya que sin respeto a mis lectores me he metido en estas reflexiones
filosficas, no dejara pasar en silencio antes de concluirlas la ms
principal que me ocurri. Qu mejor careta ha menester don Braulio que
su hipocresa? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los das, y
reza sus devociones; a merced de esta mscara que tiene constantemente
adoptada, mirad cmo engaa, cmo intriga, cmo murmura, cmo roba...
Qu empeo de no parecer Julianita lo que es! Para eso slo se pone un
rostro de cartn sobre el suyo? Teme que sus facciones delaten su alma?
Viva tranquila; tampoco ha menester careta. Veis su cara angelical?
Qu suavidad! Qu atractivo! Cun fcil trato debe tener! No puede
abrigar vicio alguno. Miradla por dentro, observadores de superficies:
no hay da que no engae a un nuevo pretendiente; veleidosa, infiel,
perjura, desvanecida, envidiosa, spera con los suyos, insufrible y
altanera con su esposo: esa es la hermosura perfecta, cuya cara os
engaa ms que su careta. Veis aquel hombre tan amable y tan corts,
tan comedido con las damas en la sociedad? Qu deferencia! Qu
previsin! Cun sumiso debe ser! No le escojas slo por eso para
esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero de la que le entrega su
corazn. Su cara es tambin ms prfida que su careta; por sta no ests
expuesta a equivocarte, porque nada juzgas por ella; pero la otra!...
imperfecta discpula de Lavater, crees que debe ser tu clave, y slo
puede ser un prfido gua que te entrega a su enemigo.

Bien presumir el lector que al hacer estas metafsicas indagaciones,
algn pesar muy grande deba afligirme; pues nunca est el hombre ms
filsofo que en sus malos ratos; el que no tiene fortuna se encasqueta
su filosofa como un falto de pelo su _biso_: la filosofa es,
efectivamente, para el desdichado lo que la peluca para el calvo; de
ambas maneras se les figura a entrambos que ocultan a los ojos de los
dems la inmensa laguna que dej en ellos por llenar la naturaleza
madrastra.

As era: un pesar me afliga. Habamos entrado ya en uno de los
principales bailes de esta corte; el continuo transpirar, el estar en
pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar haban
debilitado mis fuerzas en tales trminos que el hambre era a la sazn mi
maestro de filosofa. As de mi amigo, y de comn acuerdo nos decidimos
a cenar lo ms esplndidamente posible. Funesto error! As se
refugiaban mscaras a aquel estrecho local, y se apiaban y empujaban
unas a otras como si fuera de la puerta las esperase el ms inminente
peligro. Iban y venan los mozos aprovechando claros y describiendo
sinuosidades como el arroyo que va buscando para correr entre las breas
de las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya: apenas haba un
plato de que disponer; pedimos, sin embargo, de lo que haba, y nos
trajeron varios restos de manjares que alguno que haba cenado antes que
nosotros haba tenido la previsin de dejar sobrantes. Hicimos semblante
de comer, segn decan nuestros antepasados, y como dicen ahora nuestros
vecinos, y pagamos como si hubiramos comido. Esta ha sido la primera
vez en mi vida, sal diciendo, que me ha costado dinero un rato de
hambre.

Entrmonos de nuevo en el saln de baile, y cansado ya de observar y de
or sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el nmero de
hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambicin
se limit a conquistar con los codos y los pies un rincn donde ceder
algunos minutos a la fatiga. All me recost, pseme la careta para
poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpindose mi
imaginacin entre mil ideas opuestas, hijas de la confusin de
sensaciones encontradas de un baile de mscaras, me dorm, mas no tan
tranquilamente como lo hubiera yo deseado.

Los fisilogos saben mejor que nadie, segn dicen, que el sueo y el
ayuno, prolongados, sobre todo, predisponen la imaginacin dbil y
acalorada del hombre a las visiones nocturnas y areas que vienen a
tomar en nuestra irritable fantasa formas corpreas cuando estn
nuestros prpados aletargados por Morfeo. Ms de cuatro que han pasado
en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no existe,
han debido al sueo y al ayuno sus estupendas apariciones. Esto es
precisamente lo que a m me aconteci, porque al fin, segn expresin de
Terencio, _homo sum et nihil humani a me alienum puto_. No bien haba
cedido al cansancio, cuando imagin hallarme en una profunda obscuridad;
reinaba el silencio en torno mo; poco a poco una luz fosfrica fue
abrindose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma mgica
se me fue acercando misteriosamente por s sola como un luminoso
meteoro. Salt un tapn con que vena hermticamente cerrada, un
torrente de luz se escap de su cuello destapado, y todo volvi a quedar
en la obscuridad. Entonces sent una mano fra como el mrmol que se
encontr con la ma; un sudor yerto me cubri; sent el crujir de la
ropa de un fantasma bullicioso que ligeramente se mova a mi lado, y una
voz semejante a un leve soplo me dijo con acentos que no tienen entre
los hombres signos representativos:

--Abre los ojos, Bachiller; si te inspiro confianza, sgueme.

El aliento me falt, flaquearon mis rodillas; pero el fantasma despidi
de s un pequeo resplandor, semejante al que produce un fumador en una
escalera tenebrosa aspirando el humo de su cigarro, y a su escasa luz
reconoc brevemente a Asmodeo, hroe del _Diablo Cojuelo_.

--Te conozco--me dijo;--no temas: vienes a observar el Carnaval en un
baile de mscaras, Necio! ven conmigo; do quiera hallars mscaras, do
quiera Carnaval, sin esperar al segundo mes del ao.

Arrebatome entonces insensible y rpidamente, no s si sobre algn
dragn alado, o vara mgica, o cualquier otro bagaje de esta especie.
Ello fue que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en
la atmsfera sobre Madrid, como el guila que se columpia en el aire
buscando con vista penetrante su temerosa presa, fue obra de un
instante. Entonces vi al travs de los tejados, como pudiera al travs
del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.

--Mira--me dijo mi extrao _cicerone_.--Qu ves en esa casa?

--Un joven de sesenta aos disponindose a asistir a una _suar_;
pantorrillas postizas, porque va de calzn; un frac diplomtico; todas
las maneras afectadas de un seductor de veinte aos; una persuasin,
sobre todo, indestructible de que su figura hace conquistas todava...

--Y all?

--Una mujer de cincuenta aos.

--Obsrvala; se tie los blancos cabellos.

--Qu es aquello?

--Una caja de dientes; a la izquierda una pastilla de olor; a la derecha
un _polisn_.

--Cmo se cie el cors! va a exhalar el ltimo aliento.

--Repara su gesticulacin de coqueta.

--Ente execrable! Horrible desnudez!

--Ms de uno ha deslumbrado tus ojos en algn sarao que debieras haber
visto en ese estado para ahorrarte algunas locuras.

--Quin es aquel de ms all?

--Un hombre que pasa entre vosotros los hombres por sensato; todos le
consultan: es un clebre abogado; la librera que tiene al lado es el
disfraz con que os engaa. Acaba de asegurar a un litigante con sus
libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido;
mira cmo cierra los libros en cuanto sali, como t arrojars la careta
en llegando a tu casa. Ves su sonrisa maligna? Parece decir: venid
aqu, necios; dadme vuestro oro; yo os dar papeles, yo os har frases.
Maana ser juez; ser el intrprete de Temis. No te parece ver al
loco de Cervantes, que se crea Neptuno?... Observa ms abajo: un
moribundo; oyes cmo se arrepiente de sus pecados? Si vuelve a la vida
tornar a las andadas. A su cabecera tiene a un hombre bien vestido, un
bastn en una mano, una receta en la otra: o la tomas, o te pego. Aqu
tienes la salud, parece decirle, yo sano los males, yo los conozco;
observa con qu seriedad lo dice; parece que lo cree l mismo; parece
perdonarle la vida que se le escapa ya al infeliz. No hay cuidado, sale
diciendo; ya sube en su bomb; oyes el chasquido del ltigo?

--S.

--Pues oye tambin el ltimo ay! del moribundo, que va a la eternidad,
mientras que el doctor corre a embromar a otro con su disfraz de
sabio... Ven a ese otro barrio.

--Qu es eso?

--Un duelo. Ves esas caras tan compungidas?

--S.

--Mralas con este anteojo.

--Cielos! La alegra rebosa dentro, y cuenta los das que el decoro le
podr impedir salir al exterior.

--Mira una boda; con qu buena fe se prometen los novios eterna
constancia y fidelidad.

       *       *       *       *       *

--Quin es aqul?

--Un militar; observa cmo se paga de aquel oro que adorna su casaca.
Qu de trapitos de colores se cuelga en los ojales! Qu vano se
presenta! _Yo s ganar batallas_, parece que va diciendo.

--Y no es cierto? Ha ganado la de ***.

--Insensato! Esa no la gan l, sino que la perdi el enemigo.

--Pero...

--No es lo mismo.

--Y la otra de ***?

--La casualidad. Se est vistiendo de gran uniforme, es decir,
disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E.; l y los que as le ven
creen que ya no es un hombre como todos.

--Ya lo ves; en todas partes hay mscaras todo el ao; aquel mismo amigo
que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la
querida que te repite que te adora, no te estn embromando toda la
vida? A qu, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal a la calle, y
vers las mscaras de balde. Slo te quiero ensear antes de volverte a
llevar donde te he encontrado, concluy Asmodeo, una casa donde dicen
especialmente que no las hay este ao. Quiero desencantarte.

Al decir esto pasbamos por el teatro.

--Mira all--me dijo--a un autor de comedia. Dice que es un gran poeta.
Est muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de
Nern, y de Otelo... Infeliz! Pero qu mucho? Un inmenso concurso se
lo cree tambin. Ya se ve! ni unos ni otros han conocido a aquellos
seores. Repara, y rete a tu salvo. Ves aquellos grandes palos
pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y
casas, y habitaciones, y qu ms s yo! Ves aquel que sale ahora?
Aqul dice que es el grande sacerdote de los griegos, y aquel otro
Edipo; los conoces t?

--S; por ms seas que esta maana los vi en misa.

--Pues mralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y
Jocasta, y el pueblo tebano entero, se van a cenar sin ms
acompaamiento, y dejndose a su patria entre bastidores, algn carnero
verde, o si quieres, un excelente beefteck hecho en casa de Genyeis.
Quieres or a Semramis?

--Ests loco, Asmodeo? A Semramis?

--S; mrala; es una excelente conocedora de la msica de Rossini.
Oste qu bien cant aquel adagio? Pues es la viuda de Nino, ya expira;
a imitacin del cisne, canta y muere.

Al llegar aqu estbamos ya en el baile de mscaras; sent un golpe
ligero en una de mis mejillas.

--Asmodeo!--grit.

Profunda obscuridad; silencio de nuevo en torno mo.

--Asmodeo--quise gritar de nuevo:--despirtame empero el esfuerzo. Llena
an mi fantasa de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes
apiados, todos los pases me rodean en breve espacio: un chino, un
marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un
escocs... Cielos! Qu es esto? Ha sonado ya la trompeta final? Se
han congregado ya los hombres de todas las pocas y de todas las zonas
de la tierra a la voz del Omnipotente en el valle de Josafat?... Poco a
poco vuelvo en m, y asustando a un turco y a una monja entre quienes
estoy, exclamo con toda la filosofa de un hombre que no ha cenado, e
imitando las expresiones de Asmodeo, que an suenan en mis odos:

--_El mundo todo es mscaras: todo el ao es Carnaval._




EMPEOS Y DESEMPEOS


En prensa tena yo mi imaginacin no ha muchas maanas[1] buscando un
tema nuevo sobre que dejar correr libremente mi atrevida sin hueso, que
ya peda conversacin, y acaso no lo hubiera encontrado a no ser por la
casualidad que contar; y digo que no lo hubiera encontrado, porque
entre tantas apuntaciones y notas como en mi pupitre tengo hacinadas,
acaso dos solas contendrn cosas que se puedan decir, o que no deban por
ahora dejarse de decir.

[1] Carnaval del ao 1832.

Tengo un sobrino, y vamos adelante, que esto nada tiene de particular.
Este tal sobrino es un muchacho que ha recibido una educacin de las ms
escogidas que en este nuestro siglo se suelen dar; es decir esto, que
sabe leer aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas
dignas de ser ledas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento
de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que l se las saben llevar;
baila como discpulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse rogar y
no estar nunca en voz; monta a caballo como un centauro y da gozo ver
con qu soltura y desembarazo atropella por esas calles de Madrid a sus
amigos y conocidos; de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder
hablar de todo con maestra. En materia de bella literatura y de teatro,
no se hable, porque est abonado, y si no entiende la comedia, para eso
la paga y aun la suele silbar; de este modo da a entender que ha visto
cosas mejores en otros pases, porque ha viajado por el extranjero a
fuer de bien criado. Habla un poco de francs y de italiano siempre que
haba de hablar espaol, y espaol no lo habla sino lo maltrata: a eso
dice que la lengua espaola es la suya, y que puede hacer con ella lo
que ms le viniese en voluntad. Por supuesto que no cree en Dios, porque
quiere pasar por hombre de luces, pero en cambio cree en chalanes y en
mozas, en amigos y en rufianes. Se me olvidaba. No hablemos de su
pundonor, porque ste es tal, que por la menor bagatela, sobre si lo
miraron, sobre si no lo miraron, pone una estocada en el corazn de su
mejor amigo, con la ms singular gracia y desenvoltura que en esgrimidor
alguno se ha conocido.

Con esta exquisita crianza, pues, y vestirse de vez en cuando de majo,
traje que lleva consigo el _qu se me da a m?_ y el _aqu estoy yo!_
ya se deja conocer que es uno de los gerifaltes que ms lugar ocupan en
la corte, y que constituye uno de los adornos de la sociedad de buen
tono de esta capital, de qu s yo cuntos mundos.

Este es mi pariente, y bien s yo que si su padre le viese, haba de
estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tan
buena cualidad como en l se ha llegado a reunir. Conoce mi Joaqun esta
fragilidad y aun suele prevalerse de ella.

Las ocho seran y vestame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi
sobrino.

--Mi sobrino? Pues debe ser la una.

--No, seor, son las ocho no ms.

Abro los ojos asombrado y me encuentro a mi elegante de pie, vestido, y
en mi casa a las ocho de la maana.

--Joaqun, t a estas horas.

--Querido to, buenos das.

--Vas de viaje?

--No, seor.

--Qu madrugn es este?

--Yo madrugar, to? Todava no me he acostado.

--Ah, ya deca yo!

--Vengo de casa la marquesita del Peol, hasta ahora ha durado el baile;
Francisco se ha ido a casa con los seis domins que he llevado esta
noche para mudarme.

--Seis no ms?

--No ms.

--No se me hacen muchos.

--Tena que engaar a seis personas.

--Engaar? Mal hecho.

--Querido to, usted es muy antiguo.

--Gracias, sobrino, adelante.

--To mo, tengo que pedirle a usted un gran favor.

--Ser yo la sptima persona?

--Querido to, ya me he quitado la mscara.

--Di el favor--y ech mano de la llave de mi gaveta.

--En el da no hay rentas que basten para nada; tanto baile, tanto... en
una palabra, tengo un compromiso. Se acuerda usted de la repeticin de
Breguet, que me vio usted das pasados?

--S, que te haba costado 250 pesos.

--No era ma.

--Ah!

--El marqus de *** acaba de llegar de Pars, quera mandarla a
limpiar, y no conociendo a ningn relojero en Madrid, le promet
envirsela al mo.

--Sigue.

--Pero mi suerte lo dispuso de otra manera: tena yo aquel da un
compromiso de honor; la baronesita y yo habamos quedado en ir juntos a
Chamartn a pasar un da; era imposible ir en su coche; es demasiado
conocido...

--Adelante.

--Era indispensable tomar yo un coche, disponer una casa y una comida de
campo... a la sazn me hallaba sin un centavo; mi honor era lo primero,
adems que andan las ocasiones por las nubes...

--Sigue.

--Empe la repeticin de mi amigo.

--Por tu honor!

--Cierto.

--Bien entendido! Y ahora?

--Hoy como con el marqus, le he dicho que la tengo en casa compuesta
y...

--Ya entiendo.

--Ya ve usted, to... esto pudiera producir un lance muy desagradable.

--Cunto es?

--Cien pesos.

--Nada ms? No se me hace mucho.

Era claro que la vida de mi sobrino y su honor se hallaban en inminente
riesgo. Qu poda hacer un to tan carioso, tan amante de su sobrino,
tan rico y sin hijos? Cont, pues, sus cien pesos, es decir, los mos.

--Sobrino, vamos a la casa donde est empeada la repeticin.

--_Quand il vous plaira_, querido to.

Llegamos al caf, una de las lonjas de empeo, digmoslo as, y comenc
a sospechar desde luego que esta aventura haba de producirme un
artculo de costumbres.

--To, aqu ser preciso esperar.

--A quin?

--Al hombre que sabe la casa.

--No la sabes t?

--No seor; estos hombres no quieren nunca que se vaya con ellos.

--Y se les confan repeticiones de 250 pesos?

--Es un honrado corredor que vive de este trfico. Aqu est. Este es el
honrado corredor.

Entr un hombre como de unos cuarenta aos, si es que se poda seguir la
huella del tiempo en una cara como la debe de tener el judo errante, si
vive todava desde el tiempo de Jesucristo. Rostro acuchillado con
varios chirlos y jirones tan bien avenidos y colocados de trecho en
trecho, que ms parecan nacidos en aquella cara que efectos de
encuentros desgraciados; mirar bizco, como de quien mira y no mira;
barbas independientes, crecidas y que daban claros indicios de no tener
con las navajas todo aquel trato y familiaridad que exige el aseo; ruin
sombrero con oficios de quitaguas; capa de stas que no tapan lo que
llevan debajo, con muchas cenefas de barro de Madrid; botas o zapatos,
que esto no se conoca, con ms lodo que cordobn; uas de escribano, y
una pierna de dos que tena, en vez de sustentar la carga del cuerpo, le
serva a ste de carga, y era de l sustentada, por donde del tal
corredor se poda decir exactamente aquello de que _Tripas llevan pies_;
metal de voz, adems, que a todos los ruidos desapacibles se asemejaba,
y aire, en fin, misterioso y escudriador.

--Est eso, seorito?

--Est; to, dselo usted.

--Es intil, yo no entrego mi dinero de esta suerte.

--Caballero, no hay cuidado.

--No lo habr ciertamente; porque no le dar.

Aqu empez una de votos y juramentos del honrado corredor, de quien tan
injustamente se desconfiaba, y de lamentaciones deprecatorias de mi
sobrino, que vea escaprsele de las manos su repeticin por una
etiqueta de esta especie; pero me mantuve firme y le fue preciso ceder
al hebreo mediante una honesta gratificacin que con sus votos
canjeamos.

En el camino nuestro _cicerone_, ms aplacado, sac de la faltriquera un
paquetillo, y mostrndomelo secretamente:

--Caballero--me dijo al odo,--cigarros habanos, cajetillas, cdulas
de... y otras frioleras por si usted gusta.

--Gracias, honrado corredor.

Llegamos por fin a fuerza de apisonar con los pies calles y
encrucijadas, a una casa y a un cuarto 4., que alguno hubiera llamado
guardilla a haber vivido en l un poeta.

No podr explicar cun mal se avenan a estar juntas unas con otras, y
en aquel tan incongruente desvn, las diversas prendas que de tan varias
partes all se haban venido a reunir. Oh, si hablaran todos aquellos
cautivos! El deslumbrante vestido de la belleza, qu de cosas dira
dentro de sus lmites ocurridas? Qu el collar muchas veces importuno,
con prisa desatado y arrojado con despecho? Qu sera escuchar aquella
sortija de diamantes, inseparable compaera de los hermosos dedos de
marfil de su hermoso dueo? Qu dilogo pudiera trabar aquella rica
capa de chinchilla con aquel chal de cachemira! Desvi mi pensamiento de
estas locuras, y pareciome bien que no hablasen. Admireme sobremanera al
reconocer en los dos prestamistas que dirigan toda aquella mquina, a
dos personas que mucho de las sociedades conoca, y de quien nunca
hubiera presumido que pelecharan con aquel comercio; avergonzronse
ellos algn tanto de hallarse sorprendidos en tal ocupacin, y
fulminaron una mirada de stas que llevan en s una larga reconvencin
sobre el israelita que de aquella manera haba comprometido su buen
nombre introduciendo profanos, no iniciados, en el santuario de sus
misterios.

Hubo de entrar mi sobrino a la pieza inmediata, donde se deba buscar la
repeticin y contar el dinero; yo imagin que aqul deba de ser lugar
ms a propsito todava para aventuras que el mismo puerto Lpice; cal
el sombrero hasta las cejas, levant el embozo hasta los ojos, pseme a
lo obscuro, donde poda escuchar sin ser notado, y di a mi observacin
libre rienda que caminase por do ms le pluguiese. Poco tiempo habra
pasado en aquel recogimiento, cuando se abre la puerta, y un joven,
vestido modestamente, pregunta por el corredor.

--Pepe, te he esperado intilmente; te he visto pasar y he seguido tus
huellas. Ya estoy aqu y sin un centavo; no tengo recursos.

--Ya le he dicho a usted que por ropas es imposible.

--Un frac nuevo! Una levita poco usada! No ha de valer esto ms de 16
pesos que necesito?

--Mire usted, aquellos cofres, aquellos armarios, estn llenos de ropas
de otros como usted; nadie parece a sacarlas y nadie da por ellas el
valor que se prest.

--Mi ropa vale ms de cincuenta pesos: te juro que antes de ocho das
vuelvo por ella.

--Lo mismo deca el dueo de aquel surt que ha pasado en aquella
percha dos inviernos; y la que trajo aquel chal, que lleva aqu dos
carnavales; y la...

--Pepe, te dar lo que quieras; mira, estoy comprometido; no me queda
ms recurso que tirarme un tiro!

Al llegar aqu el dilogo, ech mano de mi bolsillo, diciendo para m:
no se tirar un tiro por diez y seis pesos un joven de tan buen aspecto.
Quin sabe si no habr comido hoy su familia; si alguna desgracia... iba
a llamarle, pero me previno Pepe, diciendo:

--Mal hecho!

--Tengo que ir esta noche sin falta a casa de la seora de W*** y estoy
sin traje: he dado palabra de no faltar a una persona respetable. Tengo
que buscar adems un domin para una prima ma, a quien he prometido
acompaar...

Al or esto solt insensiblemente mi bolsa en mi faltriquera, menos
posedo ya de mi ardiente caridad.

--Es posible! Traiga usted una alhaja.

--Ni una me queda; t lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi
cadena... Diez y seis pesos! Mira, con ocho me contento.

--Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.

--Con cinco me contento, y firmar los diez y seis y te dar ahora mismo
uno de gratificacin...

--Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueo... A
ver el frac?

Respir el joven, sonriose el corredor; tom el atribulado cinco pesos,
dio de ellos uno y firm diez y seis, contento con el buen negocio que
haba hecho.

--Dentro de tres das vuelvo por ello. Adis. Hasta pasado maana.

--Hasta el ao que viene.

Y fuese cantando el especulador.

Retumbaban todava en mis odos las pisadas y _le floriture_ del
atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la seora de
H***, y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de s, se
precipita en la habitacin.

--Don Fernando!

A su voz sali uno de los prestamistas, caballero de no mala figura y de
muy galantes modales.

--Seora!

--Me ha enviado usted esta esquela?

--Estoy sin un centavo; mi amigo no la conoce a usted... es un hombre
ordinario... y como hemos dado ya ms de lo que valen los adornos que
tiene usted ah...

--Pero no sabe usted que tengo repartidos los billetes para el baile de
esta noche? Es preciso darlo o me muero del sofoco...

--Yo, seora...

--Necesito indispensablemente cincuenta pesos, y retirar siquiera hasta
maana, mi diadema de perlas y mis brazaletes para esta noche: en cambio
vendr una vajilla de plata y cuanto tengo en casa. Debo a los msicos
tres noches de funcin; sta me han dicho decididamente que no tocarn
si no les pago. El cataln me ha enviado la cuenta de las velas, y que
no enviar ms mientras no le satisfaga.

--Si yo fuera solo...

--Reiremos? No sabe usted que esta noche el juego slo puede
producir?... Nos fue tan mal la otra noche! Quiere usted ms billetes?
No me han dejado ms que seis. Enve usted a casa por los efectos que he
dicho.

--Yo conozco... por m... pero aqu pueden ornos; entre usted en ese
gabinete.

Entrronse, y se cerr la puerta tras de ellos.

Siguiose a esta escena la de un jugador perdidoso que haba perdido el
ltimo centavo, y necesitaba armarse para volver a jugar. Dej un reloj,
tom diez, firm quince, y se despidi diciendo:

--Tengo corazonada; voy a sacar veinte onzas en media hora, y vuelvo por
mi reloj.

Otro jugador ganancioso vino a sacar unas sortijas del tiempo de su
prosperidad; algn empleado vino a tomar su mesada adelantada sobre su
sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses; algn necesitado
verdadero se remedi, si es remedio comprar un duro con dos; y slo
mentar en particular al criado de un personaje que vino por fin a
rescatar ciertas alhajas que haba ms de tres aos que cautivas en
aquel Argel estaban. Habanse vendido las alhajas, desconfiados ya los
prestamistas de que nunca las pagaran, y porque los intereses estaban a
punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda
que en aquella bendita casa se arm. Despus de dos aos de
reclamaciones intiles, hoy venan por las alhajas; ayer se haban
vendido. Jur y blasfem el criado y fuese, prometiendo poner el remedio
de aquel atrevimiento en manos de quien ms conviniese.

--Es posible que se viva de esta manera? Pero qu mucho, si el artesano
ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado ttulo, el
ttulo grande, y el grande prncipe? Cmo se puede vivir haciendo menos
papel que el vecino? Bien haya el lujo, bien haya la vanidad!

En esto sala ya del gabinete la bella convidadora; habase secado el
manantial de sus lgrimas.

--Adis, y no falte usted a la noche--dijo misteriosamente una voz
penetrante y agitada.

--Descuide usted; dentro de meda hora enviar a Pepe--respondi una voz
ronca y mal segura.

Baj los ojos la belleza, compuso sus blondos cabellos, arregl su
mantilla, y sali precipitadamente.

A poco sali mi sobrino, que despus de darme las gracias, se empe
tercamente en hacerme admitir un billete para el baile de la seora
H***.

Sonreme, nada dije a mi sobrino, ya que nada haba odo, y asist al
baile.

Los msicos tocaron; las luces ardieron.

Oh utilidad de los usureros!

No quisiera acabar mi artculo sin advertir que reconoc en el baile al
famoso prestamista, y en los hombros de su mujer el chal magnfico que
llevaba tres Carnavales en el cautiverio; y dej de asombrarme desde
entonces el lujo que en ella tantas veces no haba comprendido.

Retireme temprano, que no les sientan bien a mis canas ver entrar a Febo
en los bailes; acompaome mi sobrino, que iba a otra concurrencia. Baj
del coche, y nos despedimos. Pareciome no encontrar en su voz aquel
mismo calor afectuoso, aquel inters con que por la maana me diriga la
palabra. Un adis bastante indiferente me record que aquel da haba
hecho un favor, y que el tal favor ya haba pasado.

Acaso haba sido yo tan necio como loco mi sobrino.

--No era mucho--deca yo,--que un joven los pidiera; pero que los diera
un viejo!

Para distraer estas melanclicas imaginaciones, que tan triste idea dan
de la humanidad, abr un libro de poesa, y acert a ser en aquel punto
en que dice Bartolom de Argensola:

      De estos nios Madrid vive logrado.
    Y de viejos tan frgiles como ellos,
    Porque en la misma escuela se han criado.




CARTAS A ANDRS NIPORESAS

POR EL BACHILLER

D. JUAN PREZ DE MUNGUA


I

De las Batuecas, este ao que corre.


Andrs mo: Yo, pobrecito de m; yo, Bachiller; yo, batueco y natural,
por consiguiente, de este inculto pas, cuya rusticidad pasa por
proverbio de boca en boca, de regin en regin; yo, hablador y
careciendo de toda persona dotada de chispa de razn con quien poder
dilucidar y ventilar las cuestiones que a mi embotado entendimiento se
le ofrecen y le embarazan, y t, cortesano y discreto! Qu de motivos,
querido Andrs, para escribirte!

Ah van, pues, esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal o bien
compaginadas, derramndose a borbotones como agua de cntaro mal tapado.

No se lee en este pas porque no se escribe, o no se escribe porque no
se lee?

Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada ms.

Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser ledo;
empero ms ardua empresa se me figura a m, inocente que soy, leer lo
que no se ha escrito.

Mal haya, amn, quien invent el escribir! Dale con la civilizacin, y
vuelta con la ilustracin. Mal haya, amn, tanto achaque para
emborronar papel!

A bien, Andrs mo, que aqu no pecamos de ese exceso. Y torna los ojos
a mirar en derredor nuestro, y mira si no estamos en una balsa de
aceite. Oh infeliz moderacin! Oh ingenios limpios los que no tienen
que ensear! Oh entendimientos claros los que nada tienen que aprender!
Oh felices aquellos, y mil veces felices, que o todo se lo saben ya, o
todo se lo quieren ignorar todava!

Maldito Gutenberg! Qu genio malfico te inspir tu diablica
invencin? Pues imprimieron los egipcios y los asirios, ni los griegos,
ni los romanos? Y no vivieron, y no dominaron?

Que eran ms ignorantes, dices? Cuntos murieron de esa enfermedad?
Qu remordimientos atormentaron la conciencia de Omar, que destruy la
biblioteca de Alejandra? Que eran ms brbaros, aades? Si crmenes y
crueldades padecan, crmenes y crueldades tienen diariamente lugar
entre nosotros. Los hombres que no supieron y los hombres que saben,
todos son hombres, y lo peor es: todos son hombres malos. Todos mienten,
roban, falsean, perjuran, usurpan, matan y asesinan. Convencidos sin
duda de esta importante verdad, puesto que los mismos hemos de ser, ni
nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen pas en
que vivimos.

Oh felicidad de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!

Mira aquel librero ricachn que cerca de tu casa tienes. Llgate a l y
dile:

--Por qu no emprende usted alguna obra de importancia? Por qu no
paga bien a los literatos para que le vendan sus manuscritos?

--Ay seor!--te responder.--Ni hay literatos, ni hay manuscritos, ni
quien los lea: no nos traen sino folletitos y novelicas de ciento al
cuarto; luego tienen una vanidad, y se dejan pedir... No seor, no.

--Pero no se vende?

--Vender? Ni un libro: ni regalados los quiere nadie; llena tengo la
casa... Si fueran billetes para la pera o los toros...!

Ves pasar aquel autor esculido de todos conocido? Dicen que es hombre
de mrito. Anda y pregntale:

--Cundo da usted a luz alguna cosita? Vamos...

--Calle usted por Dios!--te responder furioso como si
blasfemases;--primero lo quemara. No hay dos libreros hombres de bien.
Usureros! Mire usted, das atrs me ofrecieron diez y seis pesos por
la propiedad de una comedia extraordinariamente aplaudida; treinta pesos
por un Diccionario Manual de Geografa, y por un compendio de la
Historia de Espaa, en cuatro tomos, o cincuenta pesos de una vez, o que
entraramos a partir ganancias, despus de haber hecho l las suyas se
entiende! No, seor, no. Si es en el teatro, cincuenta pesos me dieron
por una comedia que me cost dos aos de trabajo, y que a la empresa le
produjo diez mil pesos en menos tiempo; y creyeron hacerme mucho favor.
Ya ve usted que sala por ocho centavos diarios. Oh! y eso despus de
muchas intrigas para que la pasaran y la representaran. Desde entonces,
sabe usted lo que hago? Me he ajustado con un librero para traducir del
francs al castellano las novelas de Walter Scott, que se escribieron
originalmente en ingls, y algunas de Cooper, que hablan de marina, y es
materia que no entiendo palabra. Sesenta centavos me viene a dar por
pliego de imprenta, y el da que no traduzco no como. Tambin suelo
traducir para el teatro la primer piececilla buena o mala que se me
presenta, que lo mismo pagan y cuesta menos; no pongo mi nombre, y ya se
puede hundir el teatro a silbidos la noche de la representacin. Qu
quiere usted? En este pas no hay aficin a esas cosas.

Conoces a aquel seorito que gasta su caudal en tiros y carruajes, que
lo mismo baila una mazurca en un sarao con su pantaln coln y su clac,
hoy en traje diplomtico, maana en polainas y con chambergo y al otro
arrastrando sable, o en breve chupetn, calzn y faja? Cincuenta pesos
gasta al da, cien logra de renta; ni un solo libro tiene, ni lo compra,
ni lo quiere. Pues publica t algn folleto, alguna comedia... Prevalido
de ser quien es, tendr el descaro de enviarte un gran lacayo aforrado
en la magnfica librea, y te pedir prestado para leerlo, a t, autor,
que de eso vives, un ejemplar que cuesta veinte centavos. Ni con eso se
contenta; darlo a leer a todos sus amigos y conocidos, y por aquel
ejemplar leerlo toda la corte, ni ms ni menos que antes de descubrirse
la imprenta, y gracias si no te pide ms para regalar. Pregntale:

--Por qu no se subscribe a los peridicos? Por qu no compra libros,
ni fiados siquiera?

--Qu quiere usted que haga?--te replicar,--qu tengo de comprar?
Aqu nadie sabe escribir; nadie escribe: todo eso es porquera.--Como si
de coro supiera cuantos libros buenos corren impresos.

Por all cruza un periodista... Llmale, grtale:

--Don Fulano! Ese peridico, hombre, mire usted que todos hablan de l
de una manera!...

--Qu quiere usted?--te interrumpe;--un redactor o dos tengo buenos,
que no es del caso nombrar a usted ahora, pero les pago poco, y as no
es extrao que no hagan todo lo que saben: a otro le doy casa, otro me
escribe por la comida...

--Hombre! Calle usted!

--S, seor; oiga usted, y me dar la razn. En otro tiempo convoqu
cuatro sabios, diles buenos sueldos; redactaban un peridico lleno de
ciencia y de utilidad, el cual no pudo sostenerse medio ao; ni un
cristiano se subscribi; nadie lo lea: puedo decir que fue un secreto
que todo el mundo me guard. Pues ahora con eso que usted ve, estoy
mejor que quiero, y sin costarme tanto. Todava le dira a usted ms...
Pero... Desengese usted; aqu no se lee.

--Nada tengo que replicar--le contestara yo,--sino que hace usted lo
que debe, y llvese el diablo las ciencias y la cultura.

Lucidos quedamos, Andrs. Pobres batuecos!

La mitad de las gentes no lee, porque la otra mitad no escribe, y sta
no escribe porque aqulla no lee.

Y ya ves t que por eso a los batuecos ni nos falta salud ni buen humor,
prueba evidente de que entrambas cosas ninguna falta nos hacen para ser
felices. Aqu pensamos como cierta seora, que viendo llorar a una su
parienta, porque no poda mantener a su hijo en un colegio, calla,
tonta, le deca: mi hijo no ha estado en ningn colegio, y a Dios
gracias bien gordo se cra y bien robusto.

Y para confirmacin de esto mismo, un dilogo quiero referirte que con
cuatro batuecos de estos tuve no ha mucho, en que todos vinieron a
contestarme en substancia una misma cosa, concluyendo cada uno a su tono
y como quiera.

--Aprenda usted la lengua del pas--les deca--coja usted la
gramtica.--La parda es la que yo necesito--me interrumpi el ms
desembarazado con aire zumbn y de chulo; fruta del pas: lo mismo es
decir las cosas de un modo que de otro.

--Escriba usted la lengua con correccin.--Monadas! Que ms dar
escribir vino con _b_ que con _v_? Si pasar por eso de ser vino?

--Cultive usted el latn.--Yo no he de ser cura, ni tengo de decir misa.

--El griego.--Para qu, si nadie me lo ha de entender?

--Dse usted a las matemticas.--Ya s sumar y restar, que es todo lo
que puedo necesitar para ajustar mis cuentas.

--Aprenda usted fsica. Le ensear a conocer los fenmenos de la
naturaleza.--Quiere usted todava ms fenmenos que los que est uno
viendo todos los das?

--Historia natural. La botnica le ensear el conocimiento de las
plantas.--Tengo yo cara de herbolario? Las que son de comer, guisadas
me las han de dar.

--La zoologa le ensear a conocer los animales y sus...--Ay! Si
viera usted cuntos animales conozco ya!

--La mineraloga le ensear el conocimiento de los metales, de
los...--Mientras no me ensee donde tengo de encontrar una mina, no
hacemos nada.

--Estudie usted la geografa.--Ande usted, que si el da de maana tengo
que hacer un viaje, dinero es lo que necesito, y no geografa; ya sabr
el postilln el camino, que es su obligacin, y dnde est el pueblo a
donde voy.

--Lenguas.--No estudio para intrprete: si voy al extranjero, en
llevando dinero ya me entendern, que es la lengua universal.

--Humanidades, bellas letras...--Letras? de cambio: todo lo dems es
broma.--Siquiera un poco de retrica y poesa.--S, s, venga usted con
coplas; para retrica estoy yo! Y si por las comedias lo dice usted, yo
no las tengo de hacer; traducidas del francs me las han de dar en el
teatro.

--La historia.--Demasiadas historias tengo yo en la cabeza.--Sabr usted
lo que han hecho los hombres...--Calle usted por Dios! Quin le ha
dicho a usted que cuentan las historias una sola palabra de verdad? Es
bueno que no sabe uno de lo que ocurre en casa!

Y por ltimo concluyeron:

--Mire usted--dijo el uno,--djeme usted de quebraderos de cabeza;
mayorazgo soy, y el saber es para los hombres que no tienen sobre qu
caerse muertos.

--Mire usted--dijo el otro;--mi to es general, y ya tengo una
charretera a los quince aos; otra vendr con el tiempo, y algo ms, sin
necesidad de quemarse las cejas; para llevar el chafarote al lado y
lucir la casaca no se necesita mucha ciencia.

--Mire usted--dijo el tercero,--en mi familia nadie ha estudiado, porque
las gentes de la sangre azul no han de ser mdicos ni abogados, ni han
de trabajar como la canalla... Si me quiere usted decir que don Fulano
se granje un grande empleo por su ciencia y su saber, buen provecho!
quin ser l cuando ha estudiado? Yo no quiero degradarme.

--Mire usted--concluy el ltimo,--verdad es que yo no tengo grandes
riquezas, pero tengo tal cual letra; ya he logrado meter la cabeza en
Rentas por empeos de mi madre; un amigo nunca me ha de faltar, ni un
emplello de mala muerte; y para ser oficinista, no es preciso ser
ningn catedrtico de Alcal ni de Salamanca.

Bendito sea Dios, Andrs, bendito sea Dios, que se ha servido con su
alta misericordia aclararnos un poco las ideas en este particular. De
estas poderosas razones trae su origen el no estudiar, del no estudiar
nace el no saber, y del no saber es escuela indispensable ese hasto y
ese tedio que a los libros tenemos, que tanto redunda en honra y
provecho, y sobre todo en descanso de la patria.

--Pues no da lstima--me deca otro batueco das atrs,--ver la
confusin de papeles que se cruzan y se atropellan por todas partes en
esos pases que se llaman cultos? Vlgame Dios! Qu flujo de hablar y
qu caos de palabras, y qu plaga de papeles, y qu turbin de libros,
que ni el entendimiento barrunta cmo hay plumas que los escriban, ni
nmeros que los cuenten, ni oficinas que los impriman, ni paciencia que
los lea! Y con aquello se han de mantener un sinnmero de hombres, sin
ms oficio ni beneficio que el de literatos? Y dale con las ciencias y
dale con las artes, y vuelta con los adelantos y torna con los
descubrimientos. Oh siglo grrulo y lenguaraz! Mire usted qu mina han
descubierto!

Qu de ventajas, Andrs, llevamos en esto a los dems! Murense
miserables aqu los autores malos, y digo malos, porque buenos no los
hay; y lo que es mejor, lo mismo se han muerto los buenos, cuando los ha
habido, y volvern a morirse cuando los vuelva a haber, ni aqu se
enriquecen los ingenios pobres con la lectura de los discretos ricos, ni
tienen aqu ms vanidad fundada que la que siempre traen en el estmago,
pues por no hacerlos orgullosos nadie los alaba, ni les da qu comer.
Oh idea cristiana! Ni aqu prospera nadie con las letras, ni se cruzan
los libros y peridicos en continua batalla; aqu las comedias buenas no
se representan sino muy de tarde en tarde, sin otra razn que porque no
las hay a menudo, y las malas ni se silban ni se pagan, por miedo de que
se lleguen a hacer buenas todos los das. Aqu somos tan bien criados, y
tanto gustamos de ejercer la hospitalidad, que vaciamos el oro de
nuestros bolsillos para los extranjeros. Oh desinters! Aqu se trata
mal a los actores medianos, y peor a los mejores por no ensoberbecerlos.
Oh deseo de humildad! No se les da siquiera precio por no agitarlos.
Oh caridad! Y a la par se exige de ellos que sean buenos. Oh
indulgencia! No es aqu, en fin, profesin el escribir, ni aficin el
leer, ambas cosas son pasatiempo de gente vaga o mal entretenida: que no
puede ser hombre de provecho quien no es por lo menos tonto y mayorazgo.

Oh tiempo y edad venturosa! No pasis nunca, ni tengan nunca las letras
ms amparo, ni se hagan jams comedias, ni se impriman papeles, ni
libros se publiquen, ni lea nadie, ni escriba desde que salga de la
escuela.

Que si me dices, Andrs, que se escribe y se lee, por los muchos
carteles que por todas partes ves, direte que me saques tres libros
buenos del pas y del da, y de lo dems no hagas caso, que no es ms ni
mejor el agua de una cascada por mucho estruendo que meta, ni eso es
otra cosa que el espantoso ruido de los famosos batanes del hidalgo
manchego; despus de visto, un poco de agua sucia; ni escribe, en fin,
todava quien slo escribe palotes.

As que, cuando la anterior proposicin sent, no quise decir que no se
escribiese, sino que no se escribe bien, ni que no fuese el de
emborronar papel el pecado del da, pecado que no quiera Dios perdonarle
nunca, ni quiero yo negar la triste verdad de que no hay da que algn
libro malo no se publique, antes lo confieso, y de ello y de ellos me
pesa y tengo verdadero dolor, como si los compusiera yo. Pero todo ese
atarugamiento y prisa de libros, reducido est, como sabemos, a un
centn de novelitas fnebres y melanclicas, y de ninguna manera arguye
la existencia de una literatura nacional que no puede suponerse
siquiera donde la mayor parte de lo que se publica, si no el todo, es
traducido, y no escribe el que slo traduce bien, como no dibuja quien
estarce y pasa el dibujo ajeno a otro papel al trasluz de un cristal. Lo
cual es tan verdad, que no me dejara mentir ni decir cosa en contrario
todo ese enjambre de autorzuelos, a quienes pudiramos aplicar los
tercetos del rey de Artieda:

      Como las gotas que en verano llueven,
    Con el ardor del Sol, dando en el suelo,
    Se convierten en ranas, y se mueven:
      Con el calor del gran seor de Delo
    Se levantan del polvo poetillas
    Con tanta habilidad, que es un consuelo.

Y ms que me cuentes entre ellos, y por tanto me reconvengas, pues si me
preguntas por qu me entrometo yo tambin en embadurnar papel sin saber
ms que otros, te recordar aquello de donde quiera que fueres, haz lo
que vieres. As, si fuese a pas de cojos, pierna de palo me pondra; y
ya que en pas de autorcillos y traductores he nacido y vivo, autorcillo
y traductor quiero y debo, y no puedo menos de ser, pues ni es justo
singularizarme y que me sealen con el dedo por las calles, ni depende
adems del libre albedro de cada uno el no contagiarse de una epidemia
general. Ni a nadie hagas cargos tampoco por lo de traductor, pues es
forzoso que se eche muletas para ayudarse a andar quien nace sin pies, o
los trae trabados desde el nacer.

Y si me aades que no puede ser de ventaja alguna el ir atrasados con
respecto a los dems, te dir que lo que no se conoce no se desea ni
echa de menos: as suele el que va atrasado creer que va adelantado, que
tal es el orgullo de los hombres, que nos pone a todos una venda en los
ojos para que no veamos ni sepamos por dnde vamos, y te citar a este
propsito el caso de una buena vieja que en un pueblo, que no quiero
nombrarte, ha de vivir todava, la cual vieja era de estas muy ledas de
los lugares; estaba subscripta a la _Gaceta_, y la haba de leer siempre
desde la Real orden hasta el ltimo partido vacante, de seguido, y sin
pasar nunca a otro sin haber primero dado fin del anterior. Y es el caso
que viva y lea la vieja (al uso del pas) tan despacio y con tal
sorna, que habindose ido atrasando en la lectura, se hallaba el ao 29,
que fue cuando yo la conoc, en las _Gacetas_ del ao 23, nada ms; hube
de ir un da a visitarla, y preguntndole qu nuevas tena, al entrar en
su cuarto, no pudo dejarme concluir; antes arrojndose en mis brazos con
el mayor alborozo y soltando la _Gaceta_ que en la mano a la sazn
tena:--Ay seor de mi alma!--me gritaba con voz mal articulada y
ahogada en lgrimas y sollozos, hijos de su contento,--ay seor de mi
alma! Bendito sea Dios, que ya vienen los franceses, y que dentro de
poco nos han de quitar esa pcara Constitucin, que no es ms que un
desorden y una anarqua! Y saltaba de gozo y dbase palmadas repetidas,
esto en el ao 29, que me dej pasmado de ver cun de ilusin vivimos en
este mundo, y que tanto da ir atrasado como adelantado, siempre que nada
veamos ni queramos ver por delante de nosotros.

Ms te dijera, Andrs, en el particular, si ms voluntad tuviese yo de
meterme en mayores honduras; empero slo me limitar a decirte, para
concluir, que no sabemos lo que tenemos con nuestra feliz ignorancia,
porque el vano deseo de saber induce a los hombres a la soberbia, que es
uno de los siete pecados mortales, por el plano resbaladizo de nuestro
amor propio: de este feo pecado naci, como sabes, en otros tiempos, la
ruina de Babel, con el castigo de los hombres y la confusin de lenguas,
y la cada asimismo de aquellos fieros titanes, gigantazos descomunales,
que por igual soberbia escalaron tambin el cielo; sea esto dicho para
confundir la historia sagrada con la profana, que es otra ventaja de que
gozamos los ignorantes, de que todo lo hacemos igual.

De que podrs inferir, Andrs, cun daoso es el saber y qu verdad es
todo cuanto arriba te llevo dicho acerca de las ventajas que en esta,
como en otras cosas, a los dems hombres llevamos los batuecos, cunto
debe regocijarnos la proposicin cierta de que: En este pas no se lee
porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee; que quiere
decir, en conclusin, que aqu ni se lee ni se escribe; y cunto
tenemos, por fin, que agradecer al cielo, que por tan raro y desusado
camino nos gua a nuestro bien y eterno descanso, el cual deseo para
todos los habitantes de este incultsimo pas de las Batuecas, en que
tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir y en el cual
tendremos la paciencia de morir. Adis, Andrs.

Tu amigo.--_El Bachiller._


II

Qu pas, Andrs, el de las Batuecas! Cunto no promete! De mi
amistad exiges que siga poniendo en tu noticia la que de este
extraordinario suelo pueda alcanzar a tener? Gustote mi primera
epstola? Juro en buen hora por mi honor, y ya sabes que este juramento
es en estos tiempos y en las Batuecas cosa seria y sagrada, juro por mi
honor, digo, que no tengo de parar hasta que tanto sepas en la materia
como yo.

De poco te asombras, querido amigo: nada es lo que he dicho en
comparacin de lo que me queda que decir. Te dije que no se lea ni se
escriba. Cul ser tu asombro y tu placer cuando te pruebe que tampoco
se habla? No puedes concebir que llegue a tanto la moderacin de este
inculto pas? Y por eso lo llaman inculto? Hombres injustos! Llamis a
la prudencia miedo, a la moderacin apocamiento, a la humildad
ignorancia. A toda virtud habis dado el nombre de vicio.

Puede haber nada ms hermoso ni ms pacfico que un pas en que no se
habla? Ciertamente que no, y por lo menos nada puede haber ms
silencioso. Aqu nada se habla, nada se dice, nada se oye.

Y no se habla, me dirs, porque no hay quien oiga, o no se oye porque
no hay quien hable? Cuestin es esa que dejaremos para otro da, si bien
cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y credas ms
paradjicas que sta. Empero, contntate por ahora con saber que no se
habla; costumbre antigua tan admitida en el pas, que para ella sola
tiene un refrn que dice: Al buen callar llaman Sancho; y no necesito
decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrn, y ms un
refrn tan claro como ste.

Llgome a una ocurrencia.

--Buenos das, don Prudencio; qu hay de nuevo?

--S, calle usted--me dice con el dedo en los labios.

--Que calle?

--As; y se vuelve a mirar en derredor.

--Hombre, si yo no pienso decir nada malo.

--No importa, calle usted. Ve usted aquel embozado que escucha?... Es
un esp... un sop...

--Ah!

--Que vive de eso.

--Y se vive de eso en las Batuecas?

--Ese es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como se hay
muchos; as que todos estamos reducidos aqu a no hablar; mrenos usted
obscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del
embozo, desconfiando de nuestros padres y de nuestros hermanos... Parece
que hemos cometido todos o vamos a cometer algn delito... Imite usted
nuestro ejemplo, que en ello le va ms de lo que parece.

Hay cosa ms rara? Un hombre que vive de lo que otros hablan! Y dicen
que los batuecos no son industriosos para vivir?..........

       *       *       *       *       *

Va a edificarse un monumento que podr dar gloria a las Batuecas; el
plan es colosal, la idea magnfica, la ejecucin asombrosa; pero hay un
defecto, un defecto tambin colosal; me apresuro: yo lo har conocer, yo
lo har desaparecer.

--Seor don Timoteo, traigo un artculo para usted: insrtemelo usted en
su miscelnea.

--Ah! Esto? Es imposible, imposible!--Y me aade al odo:--Usted no
sabe que el sujeto que ha propuesto l, se llama D. Y. Z.

--Bien pudiera llamarse as ese sujeto y corregirse el defecto.

--Pero es pariente del seor...

--Y no pudiera seguir siendo su pariente despus de desaparecer el
defecto?

--Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo a
insertarlo.

Oh inagotable captulo de las consideraciones! Por todos lados adonde
nos volvamos para marchar, encontramos con la pared.

Qu de elogios no merece esta noble moderacin, este respeto a las
personas que pueden, entre los batuecos?

Encuntrome con un escritor pblico.

--Seor bachiller, qu le parece a usted mis escritos?

--Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.

--Siempre ha de decir usted cosas!...

--Y usted nunca ha de decir cosas! Por qu no fulmina usted el anatema
de la crtica contra ciertas obras que nos inundan?

--Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no
les critiquen sus obras. Zurcen un libro. Son vaciedades? No importa.
Para qu son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con
l su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que
quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace a otro que nada tiene
de comn con el tal libro, y con ese talismn caminan seguros de ofensas
ajenas. Ampranse como los nios en las faldas de mam para que pap no
les pegue.

--Por qu no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de
nuestras...?

--Ah! no conoce usted el pas? Yo satrico? Si tuviera el vulgo la
torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la
penetracin de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que
usted no ha hecho. Dice usted que es ridculo el ser un calzonazos; y
que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos
que, a costa de tener reputacin, se conforman con tenerla mala, y
exclaman a voces: Seores! Saben ustedes quin es ese Juan Lanas de
quien habla el satrico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de
entender alusiones no hay hombres como los batuecos.--Hombre, qu ha de
ser usted? Si el autor no lo conoce siquiera...--No importa; apuesto mi
cabeza a que soy yo; y os pone un cartel de desafo, y no hay sino
dejaros matar, porque l es un necio.--Quin es aquella sultana del
Oriente? le dicen a usted.--Cualquiera que se halle en ese caso,
responde usted. Picarillo! le responden; s, a m con esas... Esa es la
X***.--Como si no hubiera ms que una en Madrid.--Agregue usted a esto
que la naturaleza reparte sus dones con economa, y dando fuerzas a
aquel a quien neg el talento, corre el satrico gran riesgo en las
Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote,
encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera
que para el segundo.

--Bien, pues, no sea usted satrico: sea usted justo no ms. Cuando
representan psimamente una comedia, cuando cantan rabiando una pera,
cuando es la decoracin mezquina, por qu no levanta su voz?

--Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo dijo. Nunca
les falta algn campen que defender su pleito, campen formidable.
Adems, es ese un teclado en que no se ve ms que el exterior: nunca se
sabe quin le toca: detrs del retablo y de esas figuritas de pasta de
Gaiferos y los moros, debajo del parche de maese Pedro est Ginesillo de
Pasamonte que los mueve: ay! no tome usted la defensa de la infeliz
Melisendra, no desbarate las figuras, que si la mona se escapa al
tejado, si rompe la ilusin, si destroza las muecas, las pagar caras.
Esa es, en fin, materia sagrada, y nadie las mueva, que estar no pueda
con Roldn a prueba.

--Pero, seor, nunca se ha ahorcado a nadie por decir que Fulano es mal
cmico.

--Lo que se ha hecho, seor Bachiller, y lo que se har, mejor se est
callado.

--Se reclama, se apela...

--Seor Mungua, quiero contarle a usted un cuentecillo, y es caso
ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de las Batuecas.

Corranse un da novillos, y contra la costumbre establecida en esos
pueblos de salir enmaromado el animal, bien como deban andar por el
mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran dao,
hubieron de determinarse a dejarle suelto por las calles. Capebanle los
mozos alegremente, y fue el caso que uno de ellos, ms valentn que sus
compatriotas, en vez de sortear al novillo, se dej sortear por l;
notable equivocacin: enganchole el asta retorcida de la faja que en la
cintura traa, y an no se sabe cules hubieran sido las vicisitudes del
jaque a no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos de
aquel impulso natural que todos tenemos de amparar a los que andan
enredados con animales cornudos. Soltronle en efecto. Pero como quiera
que los novillos no valgan nada cuando no hacen alguna de las suyas,
amotinose en la plaza la parcialidad contraria a nuestro jaque, clamando
que para eso no se sacaba el novillo, y el que no supiese torear la
pagase, y que haba sido una mala partida meterse entre dos que rien a
su salvo: que aquello de ayudar al capeador haba sido una alevosa
contra el toro; y aun es fama que alguno de los ms ledos, que deba
ser sobrino del cura, trat aquello de traicin semejante a la de
Beltrn Claqun, como le llama nuestro Mariana, cuando, volviendo lo de
abajo arriba, dijo en Montiel: Ni quito ni pongo rey. Como quiera que
fuese, creci la zambra, enronquecironse las voces, alzronse los
palos, y no se sabe en qu hubiera parado aquella nueva discordia de
Agramante, a no haberse aparecido en medio de la confusin la divina
Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo Diablo no la
conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza, y sin venda,
porque es sabido, que el que no ve con los ojos abiertos, excusa
taprselos para no ver, y a su decisin prometieron resignarse todos.
Alegaron las partes, escuchlas a entrambas aquel rstico Lain Calvo,
que fue milagro que se cans en orlas para sentenciar (aunque hay quien
asegura que se durmi mientras hablaron) y dijo en conclusin alzando la
voz estentrea:--Seores, por la vara que tengo en la mano--y tena el
tal medio pino que llevamos referido,--juro a bros que me he enterado,
aunque me est mal el decirlo; y condeno a los dos primos a una multa
para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la justicia, que soy
yo, por haber quitado la accin al animal; y declaro que en lo sucesivo
nadie sea osado a ayudar en funcin de esta clase a ningn mozo, por lo
menos hasta despus de la primera embestida, porque el primer golpe es
de derecho del toro, y nadie se le puede quitar. Y Dios sea con todos.
Con cuya decisin debi quedar el pueblo sosegado y usted convencido.
Me ha entendido usted, seor Bachiller? Pregntolo, porque si no me ha
entendido ahora, excuso hacer ms preguntas, que ya nunca me entender.
As, pues, lbrese de la primera embestida, y no lo deje para la
segunda; y desengese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos
quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso
que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los
que no la representaron, se sobrepujaron a s mismos, que es frase que
quiere decir mucho, aunque no hay un cristiano que la entienda; que la
decoracin fue cosa exquisita; que el pblico anduvo acertado en
aplaudirla; que la invencin ltima es el smum del saber humano; que el
edificio y que la fuente y que el monumento, son otras tantas
maravillas; que aquella obra est planteada sobre las bases ms slidas
y los auspicios ms felices; que la paz y la gloria, y la dicha y el
contento llegaron a su colmo; que el clera no viene a las Batuecas
porque describe tringulos acutngulos, y es cosa averiguada, que todo
el que describe esta figura al andar, no puede pasar de cierto punto;
entreverar un articulejo de volapis, que esto a nadie ofende sino al
toro; ingerir tal cual examen analtico de la obra ltima entre si dir,
si no dir lo que hay en la materia, tal cual anacrentica, donde se le
digan a Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de acertijo, y
algn sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe como cada fruta
en su tiempo, y en las dems materias, chitn! que las noticias no son
para dadas, la poltica no es planta del pas, la opinin es slo del
tonto que la tiene, y la verdad estese en su punto. Adems de que la
lengua se nos ha dado para callar, bien as como se nos dio el libre
albedro para hacer slo el gusto de los dems, los ojos para ver slo
lo que nos quieran ensear, los odos para slo or lo que nos quieran
decir, y los pies para caminar a donde nos lleven. Y a alguno conozco
yo, seor Bachiller, que arga a uno de estos que pregonan la felicidad
presente; y arguyndole con ejemplos bien palpables, le repeta a cada
punto conque estamos bien? A lo que le fue respondido como respondi
Bossuet al jorobado: Para batuecos, amigo mo, no podemos estar mejor.

As ves, Andrs mo, a los batuecos, a quienes una larga costumbre de
callar ha entorpecido de lengua, no acertar a darse mutuamente los
buenos das, tener miedo, pazguatos y apocados, a su propia sombra
cuando se la encuentran a su lado en una pared, y guardndose
consideraciones a s mismos por no hacerse enemigos, sucedindoles
precisamente que se mueren de miedo de morirse, y que es la especie de
muerte ms miserable de que puede hombre morir. Bien como le sucedi a
un enfermo a quien un mdico brusista haba mandado no comer si quera
evitar la muerte, que comiendo, segn deca, lo amenazaba; el cual, a
poco tiempo de este rgimen diettico, se muri de hambre.

Por lo dems, querido Andrs, te confieso que trae muchas ventajas el no
hablar, y no quiero citarte para convencerte, entre otros ejemplos, sino
el pcaro resultado y la larga cola, que ms bien parece maza que cola,
que nos han trado aquellas palabras que se hablaron en los principios
del mundo, esto es, las que dijo a Eva la serpiente acerca del asunto de
la manzana: trance primero en que empez ya a hacer la lengua de las
suyas, y a dar a conocer para qu haba de servir en el mundo. Sin
lengua, qu sera, Andrs, de los chismosos, canalla tan perjudicial en
cualquier repblica bien ordenada? Qu de los abogados? Ni existiera
sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa la invencin de la
mordaza, ni entrara nunca el pecado por los odos, ni hubiera
murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla de todo buen
orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra ventaja que llevan
los batuecos a los dems hombres, y de qu cosa sea tan especial el
miedo, o llmase la prudencia, que a tal silencio los reduce. Te dir
ms todava: en mi opinin no habrn llegado al colmo de su felicidad
mientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es gran
cosa, y semeja slo el suave e interrumpido murmullo de viento cuando
silba por entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio;
entonces gozarn de la paz del sepulcro, que es la paz de las paces. Y
para que veas que no es slo Dios el que desaprueba el hablar demasiado
como arriba llevo apuntado, te traer otra, autoridad recordndote al
famoso filsofo griego (y no me hagas gestos al or esto de filsofo),
que enseaba a sus discpulos por espacio de cinco aos a callar antes
de ensearles ninguna otra cosa, que fue idea peregrina, y sera aquella
ctedra lo que habra que or; de donde concluyo, porque me canso, que
cada batueco es un Platn, y no me parece que lo ha encarecido poco tu
amigo--_El Bachiller._

P. D. Se me olvidaba decirte que a mi ltima salida de las Batuecas se
susurraba que hablaban ya. Pobres batuecos! Y ellos mismos se lo
crean!




YA SOY REDACTOR


Por qu extraa fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no
tiene? Preguntmosle a un joven barbilucio qu desea. Cundo tendr
barbas?--exclama en su interior.--Ncenle las barbas, y hele all
maldiciendo ya del barbero y de las navajas. Cundo hallar en mi Filis
correspondencia?--le grita en el fondo de su corazn un deseo innato de
amor y de ser amado.--Ya oy el s. Goz el bien que deseaba! Y ya
maldice del amor y sus espinas. Le prefiere Laura? Pues todo su deseo
se cifra en conquistar a Amira que lo desprecia. De qu nace esta sed
insaciable, este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos que
rpidamente se suceden sin encontrar jams sino imperfecta satisfaccin?
El padre Almeida, si mal no me acuerdo dice entre otras cosas curiosas,
y aun lo afianza, que la Providencia quiso poner en nosotros este deseo
implacable, para que nos atestiguase eternamente que no hacemos en este
mundo transitorio sino una corta peregrinacin, y que la satisfaccin de
nuestros deseos no est en esta vida, sino en otra ms perfecta y
duradera. As debe de ser, y cierto, que vivimos de todas suertes
agradecidos a la previsin y ardiente caridad con que el reverendo padre
nos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo, que no tengo un pice de
metafsico, y que dejo la resolucin de estos problemas a aquellos que
tienen ms noticias ciertas que yo de nuestro destino, me cio a decir
que el deseo existe, y esto basta para mi propsito.

Yo, Fgaro, soy de ello una viva prueba: no bien me haba tentado el
enemigo malo, y sent los primeros pujos de escritor pblico, cuando
dieron en rseme los ojos tras cada peridico que vea, y era mi po por
maana y noche:

--Cundo ser redactor de peridico?

Figurbaseme, s, desde luego obra de romanos, el llenar y embutir con
verdades luminosas las largas columnas de un papel pblico; pero en
cambio era para m de la mayor consideracin el imaginarme a la cabeza
de una seccin literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos,
viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta mis
propias ideas y las de mis amigos, y sin ms trabajo a mi parecer, que
el haber de contar y recontar al fin del mes los sonantes doblones que
el pblico desinteresado tiene la bondad de depositar, en cambio de
papel, en los arcones periodsticos de una empresa, luz y antorcha de la
patria, y rgano de la civilizacin del pas.

Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de
vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista; lo uno
porque al pblico no le importarn probablemente, y lo otro, porque a m
mismo podra serme acaso ms difcil de lo que a primera vista parece el
designarlas. El hecho es que me acost una noche autor de folletos y de
comedias ajenas, y amanec periodista: mireme de alto abajo, sorteando
un espejo que a la sazn tena, no tan grande como mi persona, que es
hacer el elogio de su pequeez, y dime a escudriar detenidamente si
alguna alteracin notable se habra verificado en mi fsico; pero por
fortuna ech de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la
exterior y palpable, tan persona es un periodista como un autor de
folletos.

--Ya soy redactor--exclam alborozado,--y echeme a fraguar artculos,
bien determinado a triturar en el mortero de mi crtica cuanto malandrn
literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdiccin.

Pero ay de mi! insensato, qu chasco sobre chasco, vivo hoy tan
desengaado de periodista como de autor de comedias. Dir brevemente lo
que me aconteci, sin descubrir, por otra parte, los recursos ocultos
que mueven la gran mquina de un peridico, ni romper el velo del
prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado e inoportuno
desinters; y juzgue el lector sino es preferible vivir tranquilamente
subscripto a un peridico, que haberle sabia y precipitadamente de
componer.

--Seor Fgaro! un artculo de teatros.

--De teatros? Voy all.

Yo escribo para el pblico, y el pblico--digo para m,--merece la
verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridcula: el actor
A es malo, y la actriz H es peor. Santo cielo! Nunca hubiera pensado en
abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a rengln seguido en
mi papel y en todos los contemporneos en que el autor de la comedia
dice que es excelente, y el articulista un _acfalo_: se conjuran los
actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y
ponen el grito en los cielos. Quin es el fatuo que nos critica?
Pcaro traductor, ladrn, pedante! Y esto logra el pobre amigo de la
verdad y de la ilustracin? Oh qu placer el de ser redactor!

Preciptome huyendo del teatro en la literatura. Un seorn encopetado
acaba de publicar una obra indigesta.

Seor redactor--me dice en una carta seductora,--confo en el talento
de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes
pruebas--por desgracia suele ser verdad,--que har un juicio crtico de
mi obra, imparcial--imparcial llama l a un juicio que le alabe,--y
espero a usted a comer para que juntos departamos acerca de algunas
ideas que convendra indicar, etc. Resista usted a estas indirectas, y
opte usted entre la gratitud y la mentira. Ambos vacos tienen sus
acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste
Fgaro. Oh qu placer el de ser redactor!

Bueno! Traducir noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el
inmenso papel extranjero; aqu van tres columnas.

--Tres columnas he dicho? Al da siguiente las busco en la Revista,
pero intilmente.

--Seor director! qu se hicieron mis columnas?

--Calle usted--me responde,--ah estn; no han servido: esta noticia es
inoportuna; es arriesgada; la otra no conviene; aquella de ms all es
insignificante; esta otra es buena, pero est mal traducida!

--Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas--replico
lleno de entusiasmo;--el hombre llega a cansarse...

--Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para
peridicos...

--Me dola ya la cabeza...

--Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...

--Oh, qu placer el de ser redactor!

Dejmonos de frrago, yo no sirvo para l. Vaya un artculo profundo;
ojeo el _Say_ y el _Smith_; de economa poltica ser.

--Grande artculo--me dice el editor,--pero, amigo Fgaro, no vuelva
usted a hacer otro.

--Por qu?

--Porque esto es matarme el peridico. Quin quiere usted que lea, si
no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene adems cinco
columnas... todos se me han quejado; nada de artculos cientficos,
porque nadie los lee. Perder usted su trabajo.

--Oh, qu placer el de ser redactor!

--Encrguese usted de revisar los artculos comunicados, y sobre todo
las composiciones poticas de circunstancias...

--Ay, seor editor, pero habr que leerlos!...

--Preciso, seor Fgaro...

--Ay, seor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince
dieces!...

--Seor Fgaro!...

Oh, qu placer el de ser redactor!

Poltica y ms poltica. Qu otro recurso me queda? Verdad es que de
poltica no entiendo una palabra. Pero en qu nieras me paro? Si ser
yo el primero que escriba poltica sin saberla! Manos a la obra; junto
palabras y digo: conferencias, protocolos, derechos, representacin,
monarqua, legitimidad, notas, usurpacin, cmaras, cortes, centralizar,
naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seduccin, tranquilidad,
guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesin, borrascas
polticas, fuerzas, unidad, gobernantes, mximas, sistemas,
desquiciadores, revolucin, orden, centros, izquierda, modificacin,
bill, reformas, etc. Ya hice mi artculo, pero oh cielos! El editor me
llama.

--Seor Fgaro, usted trata de comprometerme con las ideas que propala
en ese artculo...

--Yo propalo ideas, seor editor? Crea usted que es sin saberlo.
Conque tanta malicia tiene?...

--Si usted no tiene pulso...

--Perdone usted; yo no cre que mi sistema poltico era tan... yo lo
hice jugando...

--Pues si nos pasa perjuicio, usted ser el responsable...

--Yo, seor editor?

Oh, qu placer el de ser redactor!

Oh, si esto fuese todo, y si slo fuera uno responsable, pobre Fgaro,
de lo que escribe! Pero ah! tocamos a otro inconveniente; supongo yo
que no apareci el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgust el
artculo, sino que todo fue dicha en l. Quin me responde de que algn
maldito yerro de imprenta no me har decir disparate sobre disparate?
Quin me dice que no se pondr Camellos donde yo puse Comellas, torner
donde escrib yo Forner, ritmico donde rtmico, y otros de la misma
familia? Ser preciso imprimir yo mismo mis artculos? Oh, qu placer
el de ser redactor!

Santo cielo! Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre dbil,
lector mo, que nunca supe lo que quise; juzga t por el largo cuento de
mis infortunios periodsticos, que mucho procur abreviarte, si puedo y
debo, con sobrada razn, exclamar ahora que ya lo soy: Oh, qu placer
el de ser redactor!




DON TIMOTEO O EL LITERATO


_Genus irritabile vatum_, ha dicho un poeta latino. Esta expresin
bastara a probarnos que el amor propio ha sido en todos tiempos el
primer amor de los literatos, si hubisemos menester ms pruebas de esta
incontestable verdad que la simple vista de los ms de esos hombres que
viven entre nosotros de literatura. No queremos decir por esto que sea
el amor propio defecto exclusivo de los que por su talento se
distinguen: generalmente se puede asegurar que no hay nada ms temible
en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con alguna
superioridad sobre sus semejantes. Hay cosa ms insoportable que la
conversacin y los dengues de la hermosa que lo es a sabiendas? Mrela
usted a la cara tres veces seguidas; dirjala usted la palabra con
aquella educacin, deferencia o placer que difcilmente pueden dejar de
tenerse hablando con una hermosa; ya le cree a usted su _don Amadeo_, ya
le mira a usted como quien le perdona la vida. Ella, s, es amable, es
un modelo de dulzura; pero su amabilidad es la afectada mansedumbre del
len, que hace sentir de vez en cuando el peso de sus garras; es pura
compasin que nos dispensa.

Pasemos de la aristocracia de la belleza a la de la cuna. Qu amable es
el seor marqus, qu despreocupado, qu llano! Vedle con el sombrero en
la mano, sobre todo para sus inferiores. Aquella llaneza, aquella
deferencia, si ahondamos en su corazn, es una honra que cree dispensar,
una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate ste diariamente con l, y
al fin de la jornada nos dar noticias de su amabilidad: ocasiones habr
en que algn manoplazo feudal le haga recordar con quin se las ha.

No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta de
fundamento es sta: la que se funda en la riqueza, que todos pueden
tener; en el oro, de que solemos ver henchidos los bolsillos de ste o
aqul alternativamente, y no siempre de los hombres de ms mrito; en el
dinero, que se adquiere muchas veces por medios ilcitos, y que la
fortuna reparte a ciegas sobre sus favoritos de capricho.

Si algn orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en la
aristocracia del talento, y ms disculpable ciertamente donde es a toda
luz ms fcil nacer hermosa, de noble cuna, o adquirir riqueza, que
lucir el talento que nace entre abrojos, cuando nace, que slo acarrea
sinsabores, y que se encuentra aisladamente encerrado en la cabeza de su
dueo como en callejn sin salida. El estado de la literatura entre
nosotros, y el herosmo que en cierto modo se necesita para dedicarse a
las improductivas letras, es la causa que hace a muchos de nuestros
literatos ms insoportables que los de cualquiera otro pas: adase a
esto el poco saber de la generalidad, y de aqu se podr inferir que
entre nosotros el literato es una especie de orculo que, poseedor nico
de su secreto y solo iniciado en sus misterios recnditos, emite su
opinin obscura con voz retumbante y hueca, subido en el trpode que la
general ignorancia le fabrica. Charlatn por naturaleza, se rodea del
aparato ostentoso de las apariencias, y es un cuerpo ms impenetrable
que la clebre cua de la milicia romana. Las bellas letras, en una
palabra, el saber escribir es un oficio particular que slo profesan
algunos, cuando debiera constituir una pequesima parte de la
educacin general de todos.

Pero, si atendidas estas breves consideraciones, es el orgullo del
talento disculpable, porque es el nico modo que tiene el literato de
cobrarse el premio de su afn, no por eso autoriza a nadie a ser en
sociedad ridculo, y ste es el extremo por donde peca don Timoteo.

No hace muchos das que yo, que no me precio de gran literato, yo que de
buena gana prescindira de esta especie de apodo, si no fuese preciso
que en sociedad tenga cada cual el suyo, y si pudiese tener otro mejor,
me vi en la precisin de consultar a algunos literatos con el objeto de
reunir sus diversos votos y saber qu podran valer unos opsculos que
me haban trado para que diese yo sobre ellos mi opinin. Esto era
harto difcil en verdad, porque, si he de decir lo que siento, no tengo
fijada mi opinin todava acerca de ninguna cosa, y me siento
medianamente inclinado a no fijarla jams: tengo mis razones para creer
que ste es el nico camino del acierto en materias opinables: en mi
entender todas las opiniones son peores; permtaseme esta manera de
hablar antigramatical y antilgica.

Fume, pues, con mis manuscritos debajo del brazo (circunstancia que no
le importar gran cosa al lector) deseoso de ver a un literato, y me
pareci deber salir para esto de la atmsfera inferior donde pululan los
poetas noveles y lampios, y dirigirme a uno de esos literatazos
abrumados de aos y de laureles.

Acert a dar con uno de los que tienen ms sentada su reputacin. Por
supuesto que tuve que hacer una antesala digna de un pretendiente,
porque una de las cosas que mejor se saben hacer aqu, es esto de
antesala. Por fin tuve el placer de ser introducido en el obscuro
santuario.

Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibi en pie,
atendida, sin duda, la diferencia que hay entre el literato y el hombre.
Figrense ustedes un ser enteramente parecido a una persona; algo ms
encorvado hacia el suelo que el gnero humano, merced, sin duda, al
hbito de vivir inclinado sobre el bufete: mitad silln, mitad hombre;
entrecejo arrugado; la voz ms hueca y campanuda que las de las
personas; las manos _mijt_ y _mijt_, como dicen los chuferos y
valencianos, de tinta y tabaco; gran autoridad en el decir; mesurado
comps de frases; vista insultantemente curiosa, y que oculta a su
interlocutor por una rendija que le dejan libres los prpados fruncidos
y casi cerrados, que es manera de mirar sumamente importante y como de
quien tiene graves cuidados; los anteojos encaramados a la frente;
calva, hija de la fuerza del talento, y gran balumba de papeles
revueltos y libros confundidos, que bastarn a dar una muestra de lo
coordinadas que poda tener en la cabeza sus ideas; una caja de rap y
una petaca: los dems vicios no se vean. Se me olvidaba decir que la
ropa era adrede mal hecha, afectando desprecio de las cosas terrenas, y
todo el conjunto no de los ms limpios, porque ste era de los literatos
rezagados del siglo pasado, que tanto ms profundos se imaginaban,
cuanto menos aseados vestan.

Llegu, le vi, dije: ste es un sabio.

Salud a don Timoteo y saqu mis manuscritos.

--Hola!--me dijo ahuecando mucho la voz para pronunciar.

--Son de un amigo mo.

--S?--me respondi,--Bueno! Muy bien!--Y me ech una mirada de
arriba abajo por ver si descubra en mi rostro que fuesen mos.

--Gracias!--repuse, y empez a hojearlos.

--Memoria sobre las aplicaciones del vapor. Ah! esto es acerca del
vapor, eh? Vea usted... aqu falta una coma: en esto soy muy delicado.
No hallar usted en Cervantes usada la voz _memoria_ en este sentido; el
estilo es duro, y la frase es poco robusta... Qu quiere decir
_presin_ y...?

--S; pero acerca del vapor... porque el asunto es saber si...

--Yo le dir a usted; en una oda que yo hice all cuando muchacho,
cuando uno andaba en esas cosas de literatura... dije... cosas buenas...

--Pero qu tiene que ver?

--Oh! ciertamente oh! Bien, me parece bien. Ya se ve; estas ciencias
exactas son las que han destruido los placeres de la imaginacin: ya no
hay poesa.

--Y qu falta hace la poesa cuando se trata de mover un barco, seor
don Timoteo?

--Oh! cierto... pero la poesa... amigo... oh! aquellos tiempos se
acabaron. Esto... ya se ve... estar bien, pero debe usted llevarlo a un
fsico, a uno de esos...

--Seor don Timoteo, un literato de la fama de usted tendr siquiera
ideas generales de todo, demasiado sabr usted...

--Sin embargo... ahora estoy escribiendo un tratado completo con notas y
comentarios, mos tambin, acerca de quin fue el primero que us el
asonante castellano.

--Hola! Debe usted darse prisa a averiguarlo: esto urge mucho a la
felicidad de Espaa y a las luces... Si usted llega a morirse, nos
quedamos a buenas noches en punto a asonantes... y...

--S, y tengo aqu una porcin de cosillas que me traen a leer; no puedo
dar salida a los que... Me abruman a consultas!... Oh! estos muchachos
del da salen todos tan... Oh! Usted habr ledo mis poesas? All hay
algunas cosillas...

--S; pero un sabio de la reputacin de don Timoteo habr publicado
adems obras de fondo y...

--Oh! no se puede... no saben apreciar!... ya sabe usted... a salir
del da... Slo la maldita aficin que uno tiene a estas cosas...

--Quisiera leer, con todo, lo que usted ha publicado: el gnero humano
debe estar agradecido a la ciencia de don Timoteo... Dcteme usted los
ttulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntacin.

--Oh! Oh!

--Qu especie de animal es ste--iba diciendo yo para m--que no hace
ms que lanzar monoslabos y hablar despacio, alargando los vocablos y
pronunciando ms abiertas las _aes_ y las _oes_?

Cog, sin embargo, una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que
se llenara con los ttulos de las luminosas obras que habra publicado
durante su vida el clebre literato don Timoteo.

--Yo hice--empez--una oda a la _Continencia_... ya la conocer usted...
all hay algunos versecillos.

--_Continencia_--dije yo repitiendo.--Adelante.

--En los peridicos de entonces puse algunas anacrenticas; pero no con
mi nombre.

--_Anacrenticas_; siga usted; vamos a lo gordo.

--Cuando los franceses, escrib un folletito que no lleg a
publicarse... como ellos mandaban!

--_Folletito_ que no lleg a publicarse.

--He hecho una oda al Huracn, y una silva a Filis.

--_Huracn, Filis._

--Y una comedia que medio traduje de cualquier modo; pero como en aquel
tiempo nadie saba francs, pas por ma: me dio mucha fama. Una
novelita traduje tambin...

--Qu ms?

--Ah tengo un prlogo empezado para una obra que pienso escribir, en el
cual trato de decir modestamente que no aspiro al ttulo de sabio: que
las largas convulsiones polticas que han conmovido a la Europa y a m a
un mismo tiempo, las intrigas de mis mulos, enemigos y envidiosos, y la
larga carrera de infortunios y sinsabores en que me he visto envuelto y
arrastrado juntamente con mi patria, han impedido que dedicara mis ocios
al cultivo de las musas; que habindose luego el gobierno acordado y
servdose de mi poca aptitud en circunstancias crticas, tuve que dar de
mano a los estudios amenos que reclaman soledad y quietud de espritu,
como dice Cicern; y en fin, que en la retirada de Vitoria perd mis
papeles y manuscritos ms importantes; y sigo por ese estilo...

--Cierto... Ese prlogo debe darle a usted extraordinaria importancia.

--Por lo dems, no he publicado otras cosas...

--Conque una oda y otra oda--dije yo recapitulando--y una silva,
anacrenticas, una traduccin original, un folletito que no lleg a
publicarse, y un prlogo que se publicar...

--Eso es. Precisamente.

Al or esto no estuvo en m tener ms la risa, despedme cuanto antes
pude del sabio don Timoteo, y fume a soltar la carcajada al medio del
arroyo a todo mi placer.

--Por vida de Apolo!--sal diciendo.--Y es este don Timoteo? Y cree
que la sabidura est reducida a hacer anacrenticas? Y porque ha hecho
una oda le llaman sabio? Oh reputaciones fciles! Oh pueblo bondadoso!

Para qu he de entretener a mis lectores con la poca diversidad que
ofrece la enumeracin de las dems consultas que en aquella maana pas?
Apenas encontr uno de esos clebres literatos, que as pudiera dar su
voto en poesa como en legislacin, en historia como en medicina, en
ciencias exactas como en... Los literatos aqu no hacen ms que versos,
y si existen entre ellos algunos de mrito verdadero que de l hayan
dado pruebas positivas, no son excepciones suficientes para variar la
regla general.

Hasta cundo, pues, esa necia adoracin a las reputaciones usurpadas?
Nuestro pas ha caminado ms de prisa que esos literatos rezagados;
recordamos sus nombres que hicieron ruido cuando, ms ignorantes, ramos
los primeros a aplaudirlos; y seguimos repitiendo siempre como
papagayos: _Don Timoteo es un sabio_. Hasta cundo? Presenten sus
ttulos a la gloria y los respetaremos y pondremos sus obras sobre
nuestra cabeza. Y al paso que nadie se atreve a tocar a esos sagrados
nombres que slo por antiguos tienen mritos, son juzgados los jvenes
que empiezan con toda la severidad que aqullos merecan? El ms leve
descuido corre de boca en boca; una reminiscencia es llamada robo, una
imitacin plagio, y un plagio verdadero, intolerable desvergenza. Esto
en tierra donde hace siglos que otra cosa no han hecho sino traducir
nuestros ms originales hombres de letras.

Pero volvamos a nuestro don Timoteo. Hblesele de algn joven que haya
dado alguna obra.

--No lo he ledo... Como no leo esas cosas!--exclama.

Hable usted de teatros a don Timoteo.

--No voy al teatro; eso est perdido!...--porque quieren persuadirnos
de que estaba mejor en su tiempo; nunca ver usted la cara del literato
en el teatro. Nada conoce, nada lee nuevo; pero de todo juzga, de todo
hace ascos.

Veamos a don Timoteo en el Prado; rodeado de una pequea corte que a
nadie conoce cuando va con l: vean ustedes cmo le oyen con la boca
abierta; parece que le han sacado entre todos a paseo para que no se
acabe entre sus investigaciones acerca de la rima que a nadie le
importa. Habl don Timoteo? Qu algazara y qu aplausos! Se sonri
don Timoteo? Quin fue el dichoso que le hizo desplegar los labios? Lo
dijo don Timoteo, el sabio autor de una oda olvidada o de un ignorado
romance? Tena razn don Timoteo.

Haga usted una visita a don Timoteo; en buena hora; pero no espere usted
que se la pague. Don Timoteo no visita a nadie. Est tan ocupado! El
estado de su salud no le permite usar de cumplimientos; en una palabra,
no es para don Timoteo la buena crianza.

Vemosle en sociedad. Qu aire de suficiencia, de autoridad, de
supremaca! Nada le divierte a don Timoteo. Todo es malo! Por supuesto
que no baila don Timoteo, ni habla don Timoteo, ni re don Timoteo, ni
hace nada don Timoteo de lo que hacen las personas. Es un eslabn roto
en la cadena de la sociedad.

Oh sabio don Timoteo! Quin me diera a m hacer una mala oda para
echarme a dormir sobre el colchn de mis laureles; para hablar de mis
afanes literarios, de mis persecuciones y de las intrigas y revueltas de
los tiempos; para hacer ascos de la literatura; para recibir a las
gentes sentado; para no devolver visitas; para vestir mal; para no tener
que leer; para decir del alumno de las musas que ms haga: es un
mancebo de dotes muy recomendables, es mozo que promete; para mirarle a
la cara con aire de proteccin y darle alguna suave palmadita en la
mejilla, como para comunicarle por medio del contacto mi saber; para
pensar que el que hace versos, o sabe dnde han de ponerse las comas, y
cul palabra se halla en Cervantes y cul no, la llegado al _summum_ del
saber humano; para llorar sobre los adelantos de las ciencias tiles;
para tener orgullo y amor propio; para hablar pedantesco y ahuecado;
para vivir en contradiccin con los usos sociales; para ser, en fin,
ridculo en sociedad sin parecrselo a nadie?




LA POLMICA LITERARIA

     ... Madrid la rpublique des lettres tait celle des loups,
     toujours arms les uns contre les autres: et livrs au mpris o ce
     visible acharnement les conduit, tous les insectes, les moustiques,
     les cousins, les critiques, les maringouins, les envieux, les
     feuillistes, les libraires, les censeurs et tout ce qui s'attache 
     la peau des malheureux gens de lettres, achevait de dchiqueter et
     de sucer le peu de substance qui leur restait.

           BEAUMARCHAIS.

            _Le Barbier de Sville_, act. I.


Muchos son los obstculos que para escribir encuentra entre nosotros el
escritor, y el escritor sobre todo de costumbres que funda sus artculos
en la observacin de los diversos caracteres que andan por la sociedad
revueltos y desparramados: si hace un artculo malo, quin es l,
dicen, para hacerle bueno? Y si le hace bueno, _ser traducido_, gritan
a una voz sus amigos. Si huy de ofender a nadie, son plidos sus
escritos, no hay chiste en ellos ni originalidad; si observ bien, si
hizo resaltar los colores, y si logra sacar a los labios de su lector
tal cual picante sonrisa, es un payaso, exclaman, como si el toque del
escribir consistiera en escribir serio; si le ofenden los vicios, si
rebosa en sus renglones la indignacin contra los necios, si los malos
escritores le merecen tal cual varapalo, es un hombre feroz, a nadie
perdona. Jess, qu entraas! Habr pcaro que no quiere que
escribamos disparates! Dibuj un carcter, y tom para ello toques de
este y de aquel, formando su bello ideal de las calidades de todos? Qu
picarillo, gritan, cmo ha puesto a don Fulano! Pint un avaro como hay
ciento? Pues ese es don Cosme, gritan todos, el que vive aqu a la
vuelta.--Y no se desgaite para decirle al pblico:--Seores, que no
hago retratos personales, que no critico a uno, que critico a todos. Que
no conozco siquiera a ese don Cosme.--Tiempo perdido! Que el artculo
est hecho hace dos meses, y don Cosme vino ayer.--Nada.--Que mi avaro
tiene peluca y don Cosme no la gasta.--Ni por esas!--Psole peluca,
dicen, para desorientar; pero es l.--Que no se parece a don Cosme en
nada.--No importa; es don Cosme, y se lo hacen creer todos a don Cosme
por ver si don Cosme le mata; y don Cosme, que es caviloso, es el
primero a decir: ese soy yo. Para esto de entender alusiones nadie
como nosotros.

Consistir esto en que los criticados que se reconocen en el cuadro de
costumbres se apresuran a echar el muerto al vecino para descartarse de
la parte que a ellos les toca? Quin sabe! Confesemos de todos modos
que es pcaro oficio el de escritor de costumbres.

Con estas reflexiones encabezamos nuestro artculo de hoy, porque, no
nos perdone Dios nuestros pecados, si no creemos que antes de llegar al
ltimo rengln han de haber encontrado nuestros perspicaces lectores el
original del retrato que no hacemos.

Como cosa de las doce seran cuando cavilaba yo ayer acerca del modo de
urdir un artculo bueno que gustase a todos los que le leyesen, y
encomendbame a toda prisa, con ms fe y esperanza, a Santa Rita,
abogada de imposibles, para que me deparara alguna musa acomodaticia, la
cual me enviase inspiraciones cortadas a medida de todo el mundo.
Pedale un modo de escribir que ni fuese serio, ni jocoso, ni general,
ni personal, ni largo, ni corto, ni profundo, ni superficial, ni
alusivo, ni indeterminado, ni sabio, ni ignorante, ni culto, ni trivial;
una quimera, en fin, y pedale de paso un buen original francs de donde
poder robar aquellas ideas que buenamente no suelen ocurrirme, que son
las ms, y una baraja completa de trasposiciones felices, de stas que
el Diablo mismo que las invent no entiende, y que por consiguiente no
comprometen al que las escribe... Pero estoy para m que no deba de
hacer ms caso de mis oraciones la santa que el que hacen los cmicos de
los artculos de teatros, porque ni vena musa, ni yo acertaba a
escribir un mal disparate que pudiese dar contento a necios o a
discretos. Mesbame las barbas, y renegaba de mi mal cortada pluma, que
siempre ha de pinchar, y de mi lengua que siempre ha de maldecir, cuando
un cariacontecido mozalbete con cara de literato, es decir, de envidia,
se me present, y mirndome zaino y torcido, como quien no camina
derecho ni piensa hacer cosa buena, djome entre uno y otro piropo, que
yo ech en saco roto, cmo tena que consultarme y pedirme consejo en
materias graves.

Invitele a que se sentara, lo cual hizo en la punta de una silla, como
que no quera abusar de mi buena crianza, poniendo su sombrero debajo de
una mesa a modo de florero o de escupidera.

--Y qu es el caso?--le pregunt; porque ha de advertir el lector que
yo me perezco por los dilogos.

--Qu ha de ser, seor Fgaro, sino que yo he puesto un artculo en un
peridico, y no bien le haba ledo impreso, cuando, zs, ya me han
contestado?

--Oh! Son muy bien criados los periodistas--le dije--no saben lo que es
dejar a un hombre sin contestacin.

--S, seor; pero de buenas a primeras, y sin pedirme mi parecer, dan en
la flor de decirme que es mi artculo un puro disparate. Es el caso que
yo tambin quiero contestar, porque qu dir el mundo, y sobre todo la
Europa, si yo no contesto?

--Cierto: no se piensa en otra cosa en el da sino en Portugal y en su
artculo de usted.

--Ya se ve: y como usted entiende de achaques de contestaciones, y de
cmo se lleva por aqu eso de polmica literaria, vengo a que me
endilgue usted, sobre poco ms o menos, cuatro consejos oportunos, de
modo que la materia en cuestin se dilucide, se entere el pblico de
quin tiene razn, y quede yo encima, que es el objeto.

--Y de qu habla el artculo?

--Le dir a usted: de nada; el hecho es que en la cuestin no nos
entendemos ni l ni yo, porque como la mitad de las cosas que podran
decirse en la materia, uno y otro las ignoramos, y la otra mitad no se
puede decir...

--S... pues eso es muy fcil... pero trata de?...

--De tabacos, s, seor. Conque yo quisiera que usted me indicase todos
los hombres que han tenido que ver con tabacos desde Nicot, que los
descubri, hasta Tissot, por lo menos que est contra su uso. Con la
vasta erudicin que usted me va a proporcionar yo har trizas a mi
contrario...

--Ay, amigo--le interrump--y qu poco entiende usted de polmica
literaria! En primer lugar, para disputar de una materia lo primero que
usted debe procurar es ignorarla de pe a pa. Qu quiere usted? as
corren los tiempos. En segundo lugar, usted sabe quin es el autor del
artculo contra usted?

--Y qu falta hace, para aclarar la cuestin, al pblico, saber quin
sea el autor del artculo?

--Hombre usted est en el cristus de la polmica literaria! De dnde
viene usted? Usted no lee. En vez de buscar libros que confirmen la
opinin de usted, la primera diligencia que ha de hacer es saber quin
es el autor del artculo contrario.

--Bueno; pues ya lo s. Pero el caso no es ese, sino que un peridico
dice que mi artculo es malo.

--Calle usted. Somos felices.

--Yo pensaba dar razones y probar...

--No, seor, no pruebe usted nada. Usted se quiere perder? Diga usted,
qu seas tiene el adversario de usted? Es alto?

--Mucho; se pierde de vista.

--Tendr seis pies?

--Ms, ms: hgale usted ms favor... pero qu tiene que ver eso con la
cuestin de tabacos?

--No ha de tener? Empiece usted diciendo que su artculo de usted es
bueno: primero porque l es alto.

--Hombre!

--Calle usted. Ha escrito algunas obras?

--S, seor: en el ao 97 escribi una comedia que no vala gran cosa.

--Bravo: aada usted que usted entiende mucho de tabacos, fundado en que
l hizo el ao 97 una comedia...

--Pero seor, haremos rer al pblico...

--No tenga usted cuidado: el pblico se morir de risa, y la palestra
queda por el que hace rer. Qu ms tiene el adversario? Tiene alguna
verruga en las narices, tiene moza, debe a alguien, ha estado en la
crcel alguna vez, gasta peluca, ha tenido opinin nula?...

--Algo, algo hay de eso.

--Pues bien: a l: la opinin, la verruga; duro en sus defectos. Qu
entender l de achaque de tabacos, si escribi en los peridicos de
entonces, si el ao 8 jugaba a la pipirijaina o a la pata coja?

--Pero adnde vamos a parar?...

--A la tetilla izquierda, seor: usted no se desanime: le coge usted en
un plagio? El texto en los hocicos, el original, y ande. Sabe usted
algn cuento? a contrsele.

--Y si no vienen a pelo los cuentos que yo s?

--No importa; usted har rer, y ese es el caso. Dice l que usted se
equivoca una vez? Dgale usted que l se equivoca ciento, y pata. Usted
es un tal; y usted es ms: ste es el modo.

--Pero, seor Fgaro, y dnde dejamos ya la cuestin de tabacos?

--Y a usted qu le importa ni a nadie tampoco? Djela usted que viaje.
Por fin, luego que usted haya agotado todos los recursos de la
personalidad, concluya usted apelando al pblico y diciendo que l
sabr apreciar la moderacin de usted en la cuestin presente: que se
retira usted de la polmica: en primer lugar, porque ha probado
suficientemente su opinin acerca de tabacos con las poderosas razones
antedichas de la estatura, de la verruga, de la comedia del ao 97, de
las deudas y de la opinin del adversario: y en segundo lugar, porque
habiendo usado el contrario de mala fe y de indecorosas personalidades
(y eso dgalo usted aunque sea mentira), de que usted no se siente capaz
en atencin a que usted respeta mucho al pblico respetable, la polmica
se ha hecho asquerosa e interminable. Aqu dice usted una gracia o dos,
si puede, acerca del mayor nmero de subscripciones que rene el
peridico en que usted escribe, que es razn concluyente, y que le
piquen a usted moscas.

--Seor Fgaro, ese plan ser bueno; mas yo le encuentro el
inconveniente de que si en un pas en que tan poco prestigio tiene la
literatura y los literatos, en vez de darnos honor unos a otros nos
damos mutuamente en espectculo, derribamos nosotros mismos nuestros
altares, y nos hacemos el hazmerrer del pblico... y a m me da
vergenza...

--Ay! ay! ay! Ahora salimos con que tiene usted vergenza?... y...
voto va! Dijralo usted al principio. Usted es incorregible. Pues,
amigo, voy a concluir: hace muchos aos que ando por este mundo, y las
ms de las polmicas que he visto se han decidido por este estilo.
Fuera, pues, razones, seor mo: ltigo y ms ltigo, no s qu sabio ha
dicho que las ms de las cuestiones son cuestiones de nombre: aqu,
amigo mo, las ms son cuestiones de personas.

Y con esto desped a mi cliente, quien no s si habr aprovechado mis
consejos. Una cosa tan slo le supliqu al salir por el umbral de mi
puerta.

--Si acaso--le dije--oye usted decir a las gentes cuando le vean por el
mundo: ah va el cliente de Fgaro: ese es el del artculo.--No lo
creo, responda usted: el cliente de Fgaro es un ente ideal que tiene
muchos retratos en esta sociedad, pero que no tiene original en ninguna.




DON CNDIDO BUENAF O EL CAMINO DE LA GLORIA


Don Cndido Buenaf es un excelente sujeto, de stos de quienes solemos
decir con envidiable conmiseracin: Es un infeliz. Empleado desde
pequeo en un ramo de no mucha importancia, es todo lo ms si sabe leer
la _Gaceta_, y redactar, con mala sintaxis y peor ortografa, algn
oficio sobrecargado de frmulas y traslados, o hacer un extracto largo
de algn expediente corto; pero en medio de su escasa ciencia, es
bastante modesto para desear que su hijo Tomasito sepa ms que l, para
lo cual no le es necesario felizmente extraordinarios esfuerzos ni
sacrificios.

En el tiempo de la libertad de la imprenta lea o devoraba don Cndido
los muchos papeles pblicos que vean la luz, y lleg a formar alta idea
de todo hombre capaz de escribir para el pblico; cosa que l vea, por
consiguiente, en letra de molde, tiene para l una autoridad
irrecusable, porque cuando ve que hay quien se toma la pena de
imprimirla, mecanismo de que no tiene idea alguna, dice para s: sabido
se lo tendr! Por lo tanto, era de buena fe liberal en los aos nulos,
porque acababa de leer y exclamaba: tiene razn; y despus ha sido
realista de buena fe en los aos vlidos, porque lee la _Gaceta_ y
exclama: ya se ve que dicen bien!

Un partidario de este temple es una alhaja impagable para toda especie
de gobierno mientras haya imprenta; y ms si aadimos que cree como en
su salvacin en los partes de los encuentros y escaramuzas que en los
papeles pblicos suelen venir consignados, y se extasa de placer cuando
se encuentra con aquello de que: de los enemigos murieron tantos
centenares de hombres, y nosotros no hemos tenido ms que un contuso y
algn sargento desmayado, o cosa semejante.

--Dara yo--dice algunas veces,--la mitad de mi sueldo por poder
escribir un artculo de esos retumbantes de poltica. Voto va! qu
hombres esos!; y qu talentos! Y cmo lo convencen a uno con sus
discursos! Media vida diera yo, y la mitad de la otra media porque mi
hijo Tomasito pudiera el da de maana hacer otro tanto!

Llevado de esta idea, ha hecho aprender latn al muchacho, y en el da
le ha dado un maestro de francs, porque dice que en sabiendo francs ya
se sabe todo lo que hay que saber; y que l conoce a no pocos sabios de
campanillas en esta tierra que no saben otra cosa. Como dos meses
llevara el angelito, que tiene a la sazn catorce aos, de traducir mal
y leer peor el _Calypso se trouvait inconsolable du dpart d'Ulysse_,
cuando me lo trajo una maana su pap, y ambos a dos me hicieron una
visita, cuyos interesantes detalles no quiero en ninguna manera perdonar
a mis curiosos lectores.

--Seor Fgaro--me dijo don Cndido abrazndome,--aqu le presento a
usted a mi hijo Toms, el que sabe latn; usted no ignora que yo lo
cro para literato; ya que yo no puedo serlo, que lo sea l y saque de
la obscuridad a su familia. Ay, seor Fgaro, como yo lo vea famoso,
muero contento!

Hzome a esta sazn Tomasito una cortesa tan zurda como sus
disposiciones literarias. Su exterior y sus palabras estaban en armona
con las de casi todos los jvenes del da; djome que era verdad que no
tena sino catorce aos: pero que l conoca el mundo y el corazn
humano, _comme ma poche_; que todas las mujeres eran iguales, que estaba
muy escarmentado, y que a l no le engaaba nadie; que Voltaire era
mucho hombre, y que con nada se haba redo ms que con el _compre
Mathieu_, porque su pap, deseoso de su ilustracin, le dejaba leer
cuanto libro en sus manos caa. En cuanto a poltica me aadi:

--Yo y Chateaubriand pensamos de un mismo modo.

Y a rengln seguido me habl de los pueblos y de las revoluciones como
pudiera de sus amigos de la escuela. Confieso que se me figur el
muchacho esa fruta que suelen vender en Madrid, que arrancada verde an
del rbol, y madurada por el traqueteo y la prisa del viaje, tiene todo
el exterior de la pasada madurez, sin haber tenido nunca la lozana ni
el sabor de la juventud y de la sazn.

--Los muchachos del ilustrado siglo XIX--dije para m,--llegan a viejos
sin haber sido nunca jvenes.

Sentronse mis amigos, el viejo joven y el joven viejo, y sac don
Cndido de su faltriquera un legajo abultado.

--Dos objetos tiene esta visita--me dijo:--primero, para que Tomasito se
vaya soltando en el francs, le he dicho que traduzca una comedia; hala
traducido, y aqu se la traigo a usted.

--Hola!

--S, seor: algunas cosillas ha dejado en blanco, porque no tiene all
ms diccionario que el de Sobrino... y...

--S...

--Usted tendr la bondad de enmendar lo que no le parezca bien; y como
usted entiende eso de darla al teatro... y las diligencias que hay que
practicar...

--Ah! Usted quiere que se represente?

--Sin duda... le dir a usted: el dinerillo que saque es para l...

--S, seor--dijo el muchacho,--y pap me ha prometido hacerme un
vestido negro para cuando acabe una tragedia excelente que estoy
haciendo...

--Tragedia!

--S, seor, en once cuadros... ya sabe usted que en Pars no se hacen
ya esas obras en actos... sino en cuadros... Es una tragedia romntica.
El clasicismo es la muerte del genio, como usted sabe... Le parece a
usted que se podr representar?

--Y qu inconveniente ha de haber?

--Le dir a usted--interrumpi don Cndido,--tiene dada ya una comedia
de costumbres.

--Con perdn de usted--se apresur a decir Tomasito,--cuando la hice no
haba ledo a Vctor Hugo: ni tena los conocimientos que tengo en el
da...

--Ay! ya.

--Pues mi hijo dio esa comedia, y ver usted lo que sucedi a mi
entender. Entregmosla a un sujeto que corre con recibir las comedias:
dijo que era corriente y que la enviara a la censura: la envi, pues.

--Pap, perdone usted, primero se perdi...

--Cierto... se perdi, y nunca se pudo encontrar; hubo que sacar otra
copia, y pas a censura.

--Pap, perdone usted; que antes fue al corregimiento.

--Es verdad: fue al corregimiento, y de all... pas despus a la
censura eclesistica; por ms seas que fue a un excelente padre, y en
un momento, esto es, en un par de meses, la despach: volvi al
corregimiento y fue de all a la censura poltica; en una palabra, ello
es que en menos de medio ao sali prohibida.

--Prohibida!

--S, seor, y yo no s a la verdad... porque mi comedia...

--Diga usted que hicieron bien, seor Fgaro: ste escribe siempre con
una intencin! lo que ha mamado en sus libros... baste con decirle a
usted que su madre se mora de risa al leerla, y yo lloraba de gozo...
hubo que rehacerla... y por fin se logr que pasara la nueva.

--Hola!

--Pero aguarde usted: como los seores que dirigen la cosa no estn muy
all que digamos en eso de comedias, la hubieron de enviar a un cmico
que dicen que es hombre que lo entiende, y tiene gran mano en las
compaas: ste dijo que no vala cosa, y todo fue, segn yo pude
averiguar, porque no tena l un buen papel para lucirse: recogimos la
comedia, y ste le puso un papel que era lo que haba que ver; volvi y
dijo que tampoco vala nada, y fue, segn me dijeron, porque el papel
era muy largo y l no debe de tener muchas ganas de trabajar. Dmosla al
otro teatro, mas all contestaron que ellos no eran menos que los del
otro coliseo, y que no tomaban sobras: a fuerza, sin embargo, de emplear
ms empeos que para lograr una prebenda, se consigui una orden a
rajatabla de los seores que estaban a la cabeza del teatro; pero ya
era tema: una actriz, sobre si la haban dado el papel de segunda siendo
ella la primera, se puso mala la vspera; otro actor, tambin por
etiquetas y rencillas, arm una intriga de todos los diablos: se pag
gente para el efecto, y si una noche se represent, una noche se
silb...

--Se silb?

--Ya ve usted! intrigas.

--Picarda!

--Conque yo quisiera que no sucediese otro tanto con la traduccin sta
y la tragedia. El segundo objeto que nos trae es el de que usted lo
dirija, dndole algunos consejos a mi Tomasito, porque yo ya le he dicho
que no debe limitarse al teatro... que el campo de la literatura es muy
vasto, y que el templo de la fama tiene muchas puertas.

--Dice usted muy bien, seor don Cndido.

Aqu recapacit, coordin mis ideas un momento, y de la manera que el
lector va a ver, enderec poco ms o menos a mi joven cliente por la va
de la gloria literaria, a la cual, si l sigue y observa mi reglamento,
temprano o tarde debe sin duda llegar.

--Supongo--dije por ltimo, dirigindome a mi Tomasito,--que usted no
querr abarcar honra y provecho: esas estupendas rarezas que por ac nos
vienen contando los viajeros de los Walter Scott, los Casimir Delavigne,
los Lamartine, los Scribe y los Vctor Hugo, de los cuales el que menos
tiene, amn de su correspondiente gloria, su palacio donde se da la vida
de un prncipe, son cosas de por all y extravagancias que slo suceden
en Francia y en Inglaterra; verdad es que no tenemos tampoco hombres de
aquel temple, pero si los hubiere sucedera probablemente lo mismo. No
habiendo usted de reunir, pues, honra y provecho, querr uno u otro. Si
quiere honra, parceme que est en camino de lograrla: en primer lugar
usted no tiene sino catorce aos; esa es la edad en el da, o poco ms:
_la valeur n'attend pas le nombre des annes_. En cuanto a saber, usted
no sabe sino francs, y como dice muy bien el seor don Cndido, tiene
usted slo con eso andado ya la mitad del camino. Haga usted unas
cuantas poesas fugitivas, tal cual soneto, muy sonoro y lleno de
pmpanos poticos, y no se apure usted si no dice nada en l: corra
entre los amigos, saque usted mismo copias furtivas, y reprtalas como
pan bendito: sean destinadas sobre todo sus poesas a las mujeres, que
son las que dan fama: haga usted correr la voz de que est haciendo una
obra grande cuyo ttulo se sabr con el tiempo: procure usted fuerzas de
trasposiciones y de palabras desenterradas del diccionario, no sabidas
de nadie, que digan de l: Cmo maneja la lengua! es hombre que sabe
el castellano! Porque, aunque lo menos que puede saber un literato es su
lengua, ste es, sin embargo, el pice de la ciencia en el pas; y en
cuanto usted vea que pasa por muchacho de esperanzas, vaya usted a
viajar: est usted fuera diez o doce aos, en los cuales puede vivir
seguro de que se hablar de usted ms de lo que sea menester. Vuelva
usted entonces: rena usted en un tomo alguna comedia, media docena de
odas y un romancito: diga usted en el prlogo que las hizo en los ratos
perdidos que sus desgracias le dejaron libres; que las publica por haber
sabido que algunas composiciones de ellas se han impreso en Amberes o en
Amrica, sin licencia y con faltas, hijas de la incuria de los
copiantes, y que dedica usted a su cara patria aquel corto obsequio, y
djelas usted correr. No vuelva usted a escribir nada: silencio y
aristocracia literaria, y yo le respondo a usted de que llegar a una
edad provecta oyendo repetir a los pjaros: don Toms, don Toms, don
Toms es un sabio; y entonces ya puede usted con seguridad darle al
pblico comedias, folletos, comentarios: todo ser bueno que es de don
Toms!... Si usted no quiere honra, y s slo el corto provecho que de
aqu puede sacarse, es preciso tomar otro camino: pngase usted bien con
los cmicos; mantenga usted un corresponsal en Pars, y cada correo
traduzca una comedia de Scribe, que aqu las reciben con los brazos
abiertos: busque usted medios de ingerirse en las columnas de un
peridico, y diga usted que todo va bien, y que todos somos unos santos;
ajstese usted con un par de libreros, los cuales le darn a usted
cuatro o cinco duros por cada tomo de las novelas de Walter Scott, que
usted en horas les traduzca; y aunque vayan mal traducidas, usted no se
apure, que ni el librero lo entiende, ni ningn cristiano tampoco. _Sic
itur ad astra_, seor don Toms.

Aqu se arroj don Cndido en mis brazos; y tomando la mano a Tomasito:

--Ya se ve que dice bien el seor; llega, hijo mo--le deca,--y da las
gracias a tu protector; ya lo ves, nada necesitas saber ms de lo que
sabes ya! qu fortuna, seor Fgaro! ya tiene hecha mi hijo su
carrera! Folletos, comedias, novelas, traducciones... y todo con slo
saber francs! Oh francs, francs! Ah! Y peridicos? No es verdad,
seor Fgaro, que tambin ha dicho usted peridicos?

--S, amigo mo, lo he dicho--conclu conducindolo hasta la puerta y
despidindolos;--pero le aconsejara de buena gana que en eso de los
peridicos no se fijase mucho, porque ya sabe usted que aqu no los hay
siempre...

--S, es verdad, es una casualidad el haberlos.

--As, lo mejor ser que se atenga a mis dems consejos. Este es el
camino.




EL HOMBRE PONE Y DIOS DISPONE

o

LO QUE HA DE SER EL PERIODISTA


Gran cosa dijo el primero que anunci este proverbio, hoy tan trillado.
Si hay proverbios que envejecen y caducan, ste toma por el contrario
ms fuerza cada da. Yo, por mi parte, confieso que, a haber tenido la
desgracia de nacer pagano, sera ese proverbio una de las cosas que ms
me retraeran de adoptar la existencia de muchos dioses; porque soy de
mo tan indmito e independiente, que me asustara la idea de proponer
yo, y de que dispusiesen de mis propsitos millares de dioses, ya que
desdichadamente ha de ser hombre un periodista, y lo que es peor, hombre
dbil y quebradizo. Ello no se puede negar que un periodista es un ser
bien criado, si se atiende a que no tiene voluntad propia; pues sobre
ser bien criado, debe participar tambin de calidades de los ms de los
seres existentes: ha menester, si se ha de ser bueno y de dura, la pasta
del asno y su seguridad en el pisar, para caminar sin caer en un sendero
estrecho, y como de esas veces fofo y mal seguro, y agachar como l las
orejas cuando zumba en derredor de ellas el garrote. Necesita saberse
pasar sin alimento semanas enteras como el camello, y caminar la frente
erguida por medio del desierto. Ha de tener la velocidad del gamo en el
huir para un apuro, para un da en que Dios disponga lo que l no haya
puesto. Ha de tener del perro el olfato, para oler con tiempo dnde est
la fiera, y el ladrar a los pobres; y ha de saber dnde hace presa, y
dnde quiere Dios que hinque el diente. Le es indispensable la vista
perspicaz del lince, para conocer en la cara del que ha de disponer, lo
que l debe poner; el odo del jabal para barruntar el runrn de la
asonada; se ha de hacer, como el topo, el mortecino, mientras pasa la
tormenta; ha de saber andar cuando va delante con el paso de la tortuga,
tan menudo y lento que nadie se lo note, que no hay cosa que ms espante
que el ver andar al periodista; ha de saber, como el cangrejo, desandar
lo andado, cuando lo ha andado dems, y como esas veces ha de irse
sesgando por entre las matas a guisa de serpiente; ha de mudar de camisa
en tiempo y lugar como la culebra; ha de tener cabeza fuerte como el
buey, y cierta amable inconsecuencia con la mujer; ha de estar en
contnua atalaya como el ciervo, y dispuesto como la sanguijuela a
recibir el tijeretazo del mismo a quien salva la vida; ha de ser, como
el msico, inteligente en las fugas, y no ha de cantar de contralto ms
que escriba con trabajo; y a todo, en fin, ha de poner cara de risa como
la mona. Esto, con respecto al reino animal.

Can respecto al vegetal, parcese el periodista a las plantas en acabar
con ellas un huracn sin servirles de mrito el fruto que hayan dado
anteriormente: como la caa ha de doblar la cerviz al viento, pero sin
murmurar como ella; ha de medrar como el junco y la espadaa en el
pantano; ha de dejarse podar como y cuando Dios disponga, y tomar la
direccin que le d el jardinero; ha de pinchar como el espino y la
zarza los pies de los caminantes desvalidos, dejndose hollar de la
rueda del poderoso; en das obscuros ha de cerrar el cliz y no dejar
coger sus pistilos como la flor del azafrn; ha de tomar color segn le
den los rayos del sol; ha de hacer sombra, en ocasiones daina, como el
nogal; ha de volver la cara al astro que ms calienta como el girasol, y
es planta muerta si no; semjase a las palmas en que mueren las
compaeras empezando a morir una; as ha de servir para comer como para
quemar, a guisa de pia; ha de oler a rosa para los altos, y a espliego
para los bajos; ha de matar halagando como la hiedra.

Por lo que hace al mineral, parcese el periodista a la piedra en que no
hay picapedrero que no le quite una esquirla y que no le d un porrazo;
ha de tener tantos colores como el jaspe, si ha de parecer bien a todos;
ha de ser fro como el mrmol debajo del pie del magnate; ha de ser
dctil como el oro: de plata no ha de tener ni aun el hablar en ella; ha
de tener los pies de plomo; ha de servir como el bronce para
inmortalizar hasta los dislates de los prceres; lo ha de soldar todo
como el estao; ha de tener ms vetas que una mina, y ms virtudes que
un agua termal. Y despus de tanto trabajo y de tantas calidades, ha de
saltar, por fin, como el acero en dando en cosa dura.

En una palabra, ha de ser el periodista un imposible: no ha de contar
sobre todo jams con el da de maana: Dichoso el que puede contar con
el de ayer! No debe, por consiguiente, decir nunca como _El Universal_:
Este peridico sale todos los das excepto los lunes; sino decir: De
este peridico slo se sabe de cierto que no sale los lunes. Porque el
hombre pone y Dios dispone.




EL SIGLO EN BLANCO[2]


No s qu profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente
en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar:
porque en esto de profetas no soy muy fuerte, segn la expresin de
aquel que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y
aada de buena fe ensendosele a un amigo suyo:

--Aqu tiene usted a Jons conforme sali del vientre de la ballena.

--Hombre, a Jons?--le replic el amigo--si ste es Neptuno...

--O Neptuno, como usted quiera--replic el _cicerone_--que en esto de
profetas no soy muy fuerte.

[2] Antes de ayer apareci en esta corte el nmero 14 del peridico _El
Siglo_ con varios artculos en blanco, cuyos epgrafes eran: _De la
amnista_; _Poltica interior_; _carta de don Miguel y don Manuel Mara
Hazaa en defensa de su honor y patriotismo_; _sobre Corts, y cancin a
la muerte de don Joaqun de Pablo Chapalangarra_. Posteriormente hemos
sabido que se ha suprimido la publicacin de este peridico.

El hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia,
filsofo o dios del paganismo, no es menos cierta ni verosmil, ni ms
digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus
cosas y las ajenas como y cuando puede.

Platn, que era hombre que saba dnde le apretaba el zapato, si bien no
los gastaba, y que saba asimismo cunto tena adelantado para hablar
el que no ha hablado nada todava, haba adoptado por sistema ensear a
sus discpulos a callar antes de pasar a ensearles materias ms hondas,
y en esa enseanza inverta cinco aos, lo cual prueba evidentemente dos
cosas: primera, que Platn estaba, como nuestras universidades, por los
estudios largos; segunda, que no es cosa tan fcil como parece ensear a
callar al hombre, el cual naci para hablar, segn han credo
errneamente algunos autores mal informados, dejndose deslumbrar sin
duda por las apariencias de verosimilitud que le da a esta opinin el
don de la palabra, que nos diferencia tan funestamente de los dems
seres que cri, de suyo callados y taciturnos, la sabia naturaleza.

De cunto se pueda callar en cinco aos, podrse formar una idea
aproximada con slo repasar por la memoria cuanto hemos callado
nosotros, mis lectores y yo, en diez aos, esto es, en dos cursos
completos de Platn que hemos hecho pacficamente desde el ao 23 hasta
el 33 inclusive, de feliz recuerdo, en los cuales nos suceda
precisamente lo mismo que en la ctedra de Platn, a saber, que slo
hablaba el maestro, y eso para ensear a callar a los dems, y
perdnenos el filsofo griego la comparacin. Esto con respecto a dar
una idea de lo mucho que se puede callar en cinco o en diez aos; ahora
bien, con respecto a lo que se puede callar en un solo da, basta para
formar una idea leer, si es posible, _El Siglo_, peridico que no se
ofender si aseguramos de l que trae cosas que no estn escritas;
peridico enteramente platnico, pero que no puede haber sacado tanto
provecho como honra de su ciencia en el callar.

Confesemos, sin embargo, que lo que hay que leer es un artculo que no
est escrito. Leer palabras y ms palabras lo hace cualquiera, y toda
la dificultad, si puede cifrarse en alguna cosa, se cifra evidentemente
en leer un papel blanco.

Un artculo en blanco es susceptible de las interpretaciones ms
favorables: un artculo en blanco es un artculo en el sentido de todos
los partidos: es cera blanda a la cual puede darse a voluntad la forma
ms adaptada al gusto de cada uno. Un artculo en blanco es adems
picante, porque excita la curiosidad hasta un punto difcil de pintar.
Qu dir? Qu no dir? En un mundo como ste de ilusin y
fantasmagora, donde no se goza sino en cuanto se espera, es indudable
que el hacer esperar es hacer gozar. Las cosas una vez tocadas y
posedas pierden su mrito; desvancese el prestigio, rmpese el velo
con que nuestra imaginacin las embelleca, y exclama el hombre
desengaado: _Es esto lo que anhelaba?_ Este sistema de hacer gozar
haciendo esperar, del cual pudiramos citar en el da algn sectario
famoso, es evidente, y por l nunca podr entrar en competencia con un
artculo en blanco un artculo en negro. Este ya sabemos lo que puede
querer decir, aunque no sea ms que haciendo deducciones del color.

De esta facilidad con que puede leerse un artculo en blanco se deduce
un principio que desgraciadamente ha sido fin para _El Siglo_; a saber,
que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simptica y con
esas pantallas elegantes que toman ms o menos color segn se acercan
ms o menos a la lumbre; ledos en un gabinete ministerial, naturalmente
resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto el termmetro,
toman un colorcito subido que ofende la vista; y ledos al aire libre,
se revisten de una tinta suave que da gozo a la multitud. Pero siempre
hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con un lector
amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y en tal caso se
da un privilegio exclusivo al autor de un artculo en blanco, para que
puedan tambin quedar en blanco los nmeros sucesivos.

Bien conocer el lector, aun sin haber ledo _El Siglo_, como
probablemente no le habr ledo por aficionado que sea a leer, que no es
mi intencin defender ni acriminar los artculos en blanco, ni mucho
menos a los gobiernos, que temo, a Dios gracias.

Es nicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teora
de los artculos en blanco, gnero nuevo en nuestro pas, y para el cual
debi decir Malherbe aquellos versos:

    Et rose elle a vcu ce que vivent les roses
               L'espace d'un matin.

_Quod scripsi_, _scripsi_, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aqu
otra de las ventajas de un artculo en blanco; y si hay quien culpe
todava de poco carcter a la _Revista_, desafiamos por esta vez al
_Siglo_ a que tenga ms que nosotros. No dir por esta vez _quod
scripsi_, _scripsi_. En tiempo en que es tan de primera necesidad no
contradecirse nunca, he aqu otra ventaja de los escritores en blanco.
Ni se crea que es fcil tampoco sobresalir en este gnero: yo confieso
en verdad que, si es cierto aquello de que _principio quieren las
cosas_, al ponerme a escribir un artculo en blanco, no sabra por dnde
empezar, y en cuanto a lo de prohibirlos, confieso que me haba de ver
apurado todava.

_El Siglo es ms grande que los hombres!_ he aqu una verdad que ha
echado por tierra el tiempo. Nosotros, en realidad, al condolernos
sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: o es el siglo
ms chico de lo que habamos pensado, o no es este siglo que alcanzamos
el que habamos menester.

Inferimos que no est bastante ilustrado el pas para leer artculos en
blanco, y que es ms acertado meter las cosas con cuchara, como lo
entiende el _Boletn_: adoptamos el agero que nos ofrece nuestro
silencioso cofrade. A catorce _Siglos_ nos ha dejado este peridico; es
decir, en la Edad Media; confesemos francamente que no podemos pasar de
aqu, y quedmonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente los
puntos que ha dejado en blanco nuestro buen _Siglo_ en punto a amnista,
en punto a poltica interior, en punto a honor y patriotismo de no s
qu hazaas, y en punto, en fin, a Cortes; pero ms creemos que hubieran
sido an los puntos en blanco, si conforme era el 14 el siglo, hubiera
sido el 19. Y por ltimo, deducimos de todo lo dicho y de la muerte que
alcanza a nuestro buen _Siglo_, a pesar de toda su ilustracin y
grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y que en tiempos
como stos los hombres prudentes no deben hablar, ni mucho menos callar.




UN PERIDICO NUEVO

     Noble Espagne, o la littrature est rduite  la libert du
     monologue de Figaro.

                    F. SOULI. La Librairie  Paris.

                           _Libre des Cent-et-un._


--Por qu no pone usted un peridico suyo? Cundo sale _Fgaro_? Es
idea peregrina! Ya he visto en los dems peridicos la publicacin del
permiso para el peridico nuevo. Saldr por fin en febrero, en marzo?
Cundo? Nos har usted rer, por supuesto?

He aqu las preguntas que por todas partes se me dirigen, que me cercan,
me estrechan, me comprometen, y a las cuales me veo ms apurado para
responder, que se ven hace tres das... Iba a hacer una mala
comparacin; y si me la haba de suprimir algn amigo de stos que miran
de continuo por mi tranquilidad, suprmomela yo.

Por qu no he de publicar un peridico tambin? he dicho efectivamente
para m. En todos los pases cultos y despreocupados, la literatura
entera, con todos sus ramos y sus diferentes gneros, ha venido a
clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de los
peridicos. No se publican ya infolios corpulentos de tiempo en tiempo.
La moda del da prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Y si
hemos de hablar en razn, si slo se ha de escribir la verdad, si no se
ha de decir sino lo que de cierto se sabe, convengamos en que todo est
dicho en un papel de cigarro. Los adelantos materiales han ahogado de un
siglo a esta parte las disertaciones metafsicas, las divagaciones
cientficas; y la razn, como se clama por todas partes, ha conquistado
el terreno de la imaginacin, si es que hay razn en el mundo que no sea
imaginaria. Los hechos han desterrado las ideas. Los peridicos, los
libros. La prisa, la rapidez, dir mejor, es el alma de nuestra
existencia, y lo que no se hace de prisa en el siglo XIX, no se hace de
ninguna manera, razn por la cual es muy de sospechar que no hagamos
nunca nada en Espaa. Las diligencias y el vapor han reunido a los
hombres de todas las distancias: desde que el espacio ha desaparecido en
el tiempo, ha desaparecido tambin en el terreno. Qu significara,
pues, un autor formando a pie firme un libro, detenido l solo en medio
de la corriente que todo lo arrebata? Quin se detendra a escucharlo?
En el da es preciso hablar y correr a un tiempo, y de aqu la necesidad
de hablar de corrida, que todos desgraciadamente no poseen. Un libro es,
pues, a un peridico, lo que un carromato a una diligencia. El libro
lleva las ideas a las extremidades del cuerpo social con la misma
lentitud, tan a pequeas jornadas, como aqul lleva la gente a las
provincias. As slo puede explicarse la armona, la indispensable
relacin que existe entre la ilustracin del siglo y la escasez de los
libros nuevos. De otra suerte sera preciso inferir que la civilizacin
mata las artes y las letras. Y decimos las artes, porque aquella misma
rapidez de existencia ha lanzado sobre el terreno de la pintura la
litografa, y ha levantado al lado de las antiguas moles de arquitectura
gtica de los tiempos lentos, las modernas construcciones de las
ratoneras que por casas habitamos en el da.

Convencidos de que el peridico es una secuela indispensable, si no un
sntoma de la vida moderna, esperaran tal vez aqu nuestros lectores
una historia de esta invencin; una seria disertacin sobre los primeros
peridicos, y acerca de si debieron o no su primer nombre a una moneda
veneciana que limitaba su precio. Nada de eso. Slo diremos que los
primeros peridicos fueron _gacetas_: no nos admiremos, pues, si fieles
a su origen, si reconociendo su principio, los peridicos han conservado
la aficin a mentir, que los distingue de las dems publicaciones desde
los tiempos ms remotos; en lo cual no han hecho nunca ms que
administrar una herencia. Es su mayorazgo; respetemos ste como los
dems, pues que estamos a esta altura todava.

Inapreciables son las ventajas de los peridicos; habiendo peridicos,
en primer lugar, no es necesario estudiar, porque a la larga, qu cosa
hay que no ensee un peridico? Sabe usted por un peridico la hora a
que empieza el teatro, y algunas veces la funcin que se representa, es
decir, siempre que la funcin que se representa sea la misma que se
anuncia: esto, al fin, sucede algunas veces. Por los peridicos sabe
usted de da en da lo que sucede en Navarra, cuando sucede algo; verdad
es que esto no es todos los das; pero para eso muchas veces sabe usted
tambin lo que no sucede: no se sabe ciertamente la prdida del enemigo,
pero sa siempre debe ser mucha; y en cambio se sabe que lleg la noche,
porque la noche llega siempre; no es como la libertad, ni como las cosas
buenas, que no llegan nunca; y se sabe que los caballos de los facciosos
corren ms que los nuestros, puesto que siempre deben aqullos su
salvacin a su velocidad. As se supiera dnde diantres los van a
buscar. Esta investigacin sera de grande utilidad para mejorar
nuestras cras. Por un peridico sabe usted que hay Cortes reunidas para
elevar sobre el _cimiento_ el edificio de nuestra libertad. Por ellos se
sabe que hay dos Estamentos, es decir, adems del de Procuradores, otro
de Prceres. Por los peridicos sabe usted, _mutatis mutandis_, es
decir, quitando unas cosas y poniendo otras, lo que hablan los oradores,
y sabe usted, como por ejemplo ahora, cundo una discusin es tal
discusin, y cundo es meramente _conversacin_, para repetir la frase
feliz de un orador.

A quin debe aquel orador de caf, que perora sobre la intervencin
extranjera, sus vastos conocimientos acerca de las intenciones de Luis
Felipe, sino a los peridicos? Dnde habra aprendido aquella columna
de la Puerta del Sol, que hace la oposicin de corrillo en corrillo, lo
que es un tory y un whig, y un reformista, y lo que puede una alianza,
sobre todo si es cudruple, y una _resistencia_, sobre todo si es una?
Dnde aprendera, siendo espaol, lo que es progreso? En qu libro
encontrara lo que quiere decir un _ministro responsable_, y una _ley
fundamental_, y una _representacin nacional_, y una _fantasma_? En qu
universidad podra aprender la sutil distincin que existe entre las
_fantasmas que matan_ y _las que no matan_? Distincin por cierto
sumamente importante para nosotros, pobres mortales, que somos los que
hemos de morir.

Convengamos, pues, en que el peridico es el grande archivo de los
conocimientos humanos, y que si hay algn medio en este siglo de ser
ignorante, es no leer un peridico.

Estas y otras muchas reflexiones, las cuales no expongo todas, por ser
siempre mucho ms lo que callo que lo que digo, me movieron a ser
periodista; pero no como quiera periodista, atenido a sueldos y
voluntades ajenas, sino periodista por m y ante m.

Dicho y hecho, concibamos el plan. El peridico se titular _Fgaro_, un
nombre propio; esto no significa nada y a nada compromete, ni a
_observar_, ni a _revistar_, ni a ser _eco de nadie_, ni a _chupar
flores_, ni a _compilar_, ni a maldita de Dios la cosa. Encierra slo un
tanto de malicia, y eso bien s yo que no me costar trabajo. Con slo
contar nuestras cosas lisa y llanamente ellas llevan ya la bastante sal
y pimienta. He aqu una de las ventajas de los que se dedican a
graciosos en nuestro pas: en sabiendo decir lo que pasa, cualquiera
tiene gracia, cualquiera har rer. Sea esto dicho sin ofender a nadie.

El peridico tratar... de todo. Qu menos? Pero como no ha de ser ni
tan grande como nuestra paciencia, ni tan corto como nuestra esperanza,
y como han de caber mis artculos, no pondremos las reales rdenes. Por
otra parte, no gusto de afligir a nadie; por consiguiente no se pondrn
los reales nombramientos: menos gusto de estar siempre diciendo una
misma cosa; por lo tanto fuera los partes oficiales. Estoy decidido a no
gastar palabras en balde; mi peridico ha de ser todo substancia; as
cada sesin de Cortes vendr en dos lneas; algunos das en menos; como
de esas veces no ocupar nada.

Artculos de _poltica_. Los habr. Estos, en no entendindolos nadie,
estamos al cabo de la calle. Y eso no es difcil, sobre todo quien no
los ha de entender es el censor. Oposicin: eso por supuesto. A m,
cuando escribo, me gusta siempre tener razn.

De _hacienda_. Largamente, pero siempre en broma, para nosotros ser un
juego esto; no nos faltar a quien imitar. Los asuntos de cuentas slo
son serios para quien paga; pero para quien cobra...

De _guerra_. Tambin daremos artculos, y en abundancia: buscaremos
primero quien lo entienda y quien sepa hablar de la materia; por lo
dems, saldremos del paso, si no bien, mal; nunca sern los artculos
tan pesados como el asunto.

De _interior_. Hasta los codos. Desentraaremos esto; y tanto queremos
hablar de esta materia, que no nos detendremos en enumerar lo que se ha
hecho; slo hablaremos de lo que falta por hacer.

De _estado_. Aqu nos extenderemos sobre el _statu quo_ y sobre el
Estatuto, y nos quedaremos extendidos; ni moveremos pie ni pata.

De _marina_. Esto es ms delicado. Ha de ser _Fgaro_ el nico que
hable de eso? No me gusta ahogarme en poca agua.

De _gracia y justicia_. He dicho muchas veces que no soy ministerial:
har por lo tanto justicia seca. Ojal que me dejen tambin hacer
gracias!

De _literatura_. En cuanto se publique un libro bueno, lo analizaremos;
por consiguiente, no seremos pesados en esta seccin.

De _teatro espaol_. No diremos nada mientras no haya nada que decir.
Felizmente va largo.

De _actores_. Aqu seremos malos de buena fe: seremos actores hablando
de actores.

De _msica_. Buscaremos un literato que sepa msica, o un msico que
sepa escribir: entre tanto, _Fgaro_ se compondr como se han compuesto
hasta el da los dems peridicos. Felizmente pillaremos al pblico
acostumbrado; y l y nosotros estamos iguales.

_Modas_. En esta seccin hablaremos de emprstitos, de intrigas, de
favor... en una palabra, lo que corre... a la _dernire_ siempre.

De _costumbres_. Por supuesto: malas: lo que hay: escribiremos como
otros viven sobre el pas. _Fgaro_ hablar, bajo este ttulo, de
paciencia, de tinieblas, de mala intencin, de atraso, de pereza, de
apata, de egosmo. En una palabra, de nuestras costumbres.

_Anuncios._ Queriendo hacer lo ms corto posible esta parte del
peridico, slo anunciar las funciones buenas, los libros regulares,
las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrn las
prdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sera no
acabar nunca.

He aqu el peridico de _Fgaro_. Ya est concebida la idea. Sin
embargo, no es eso todo. Es preciso pedir licencia; pero para pedir
licencia es preciso poder presentar fianzas. Si las tuviera no sera yo
el que me pusiera a escribir tonteras para divertir a otros, _o tener
empleo con sueldo_... Pero si tuviera empleo, y jefe, y a hora fijas, y
onces, y expedientes, y la cesanta al ojo, no tendra yo humor de
escribir peridicos... _o ser catedrtico_... pero si fuera catedrtico,
sabra algo, y entonces no serva para periodista...

Est decidido que no sirvo para pedir licencia. Otro al canto; un
testafrreo; un sueldo al testafrreo; seguridades contra seguridades,
fianza, depsito, licencia, en fin. He aqu ya a _Fgaro_ con licencia:
no esa licencia tan temida, esa licencia-fantasma, esa licencia que nos
ha de volver al despotismo, esa licencia que est detrs de todo,
acechando siempre el instante, y el ministro, y el... No, sino licencia
de imprimirse a s mismo.

Ya no falta ms que imprenta. Corro a una...

--Aqu es imposible: no hay letra.

Corro a otra.

--Aqu, le dir a usted francamente, no hay prensa.

A otra.

--Aqu no queremos peridico, hay que trabajar de noche. Dios ha hecho
la noche para dormir.

--S, pero no el impresor--contesto furioso.

--Qu quiere usted? Luego, es trabajo en que no se gana: como no hay
cajistas en Espaa, piden un sentido, se hacen valer; el pblico no
quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato.

--Conque es imposible imprimir un peridico?

--Poco menos, seor; y si acaso se lo imprimen a usted, ser caro y mal.
Pondrn unas letras por otras.

--Eso pardiez! no ser imprimir mi peridico, sino otro del cajista.

--Pues eso, seor, suceder; en habiendo un da de formacin no tendr
usted cajistas; y si usted se enfada algn da por una errata, lo
dejarn plantado, y si no se enfada tambin.

Es posible? Conque no hay _Fgaro_? Oh! Habr _Fgaro_, habr
_Fgaro_! Venceremos las dificultades... Ah! se me olvidaba: Papel! A
una fbrica, a otra, a otra... Este es chico, este caro, este grande,
este moreno, este con demasiada cola...

--Mire usted, como usted lo quiere no lo hay--me dicen por fin--. Es
preciso mandarlo hacer.

--Pues lo mando hacer: para dentro de ocho das.

--Seor, la fbrica est a sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y
luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego, traerlo... y el
ordinario echa quince das o veinte... y...

--No hay quien le eche a usted a los infiernos?--grito
desesperado.--Pas de obstculos!

Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habr todo... demasiado va a
haber luego... esta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya
editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces tambin habr
censor... Eso s, eso siempre lo hay... ni hay que mandarlo hacer, ni
hay que esperar...

Aqu acabo de perder la cabeza, encirrome en mi casa, voto va! Pues ha
de haber _Fgaro_, s, seor, por lo mismo ha de haber _Fgaro_, y ha de
hablar de todo, absolutamente de todo.

Diciendo esto llego a mi casa, me siento a mi bufete para tomar
disposiciones.

--Qu hace usted?--le digo a mi escribiente, de mal humor.

--Seor--me responde,--estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este
monlogo de su tocayo de usted, en el _Mariage de Figaro_ de
Beaumarchais, para que sirva de epgrafe a la coleccin de sus artculos
que va usted a publicar.

--A ver cmo dice?

--Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende
hasta a la imprenta; y con tal que no hable en mis escritos, ni de la
autoridad, ni del culto, ni de la poltica, ni de la moral, ni de los
empleados, ni de las corporaciones, ni de los cmicos, ni de nadie que
pertenezca a algo, puedo imprimirlo todo libremente, previa la
inspeccin y revisin de dos o tres censores. Para aprovecharme de esta
hermosa libertad anuncio un peridico...

--Basta--exclamo al llegar aqu mi escribiente,--basta; eso se ha
escrito para m; cpielo usted aqu al pie de este artculo: ponga usted
la fecha en que eso se escribi...--1784.--Bien. Ahora la fecha de
hoy.--22 de enero de 1835.--Y debajo:--_Fgaro_.




EL HOMBRE-GLOBO


La fsica ha clasificado los cuerpos, segn el estado en que los pone el
mayor o menor grado de calrico que contienen, en slidos, lquidos y
gaseosos. As, el agua es slido en el estado de hielo, lquido en el de
fluidez, y gas en el de la evaporacin. Es ley general de los cuerpos la
gravedad, o la atraccin que ejerce sobre ellos el centro comn; es
natural que esta atraccin se ejerza ms fuertemente en los que renen
en menor espacio mayor cantidad de las molculas que los componen: que
stos por consiguiente tengan ms gravedad especfica, y ocupen el
puesto ms inmediato al centro. As es que en la escala de las
posiciones de los cuerpos, los slidos ocupan el puesto inferior, los
lquidos el intermedio, y los gaseosos el superior. Una piedra busca el
fondo de un ro; un gas busca la parte superior de la atmsfera. Cada
cuerpo est en continuo movimiento para obedecer a la ley que le obliga
a buscar el puesto variable, que corresponde al grado de intensidad que
adquiere o que pierde. La nube, conforme se condensa, baja, y cuando se
liquida, cae; este mismo cuerpo, puesto al fuego, se dilata, y cuando se
evapora y se gasifica, sube.

No trato de instalar un curso de fsica, lo uno porque dudo si tengo la
bastante para m, y lo otro porque estoy persuadido de que mis lectores
saben de ella ms que yo; no hago ms que sentar una base de donde
partir.

Igual clasificacin a esta que ha hecho la ciencia de los fenmenos en
los cuerpos en general, se puede hacer en los hombres en particular.
Probemos.

Hay hombres slidos, lquidos y gaseosos. El hombre slido es ese hombre
compacto recogido, obtuso, que se mantiene en la capa inferior de la
atmsfera humana, de la cual no puede desprenderse jams. Slo el
contacto de la tierra puede sostener su vida; es el Anteo moderno, y
usando de un nombre atrevido, el _hombre-raz_, el _hombre-patata_:
arrancado el terrn que le cubre, deja de ser lo que es. Es el slido de
los slidos. Toda la ausencia posible de calrico le mantiene en un
estado tal de condensacin, que ocupa en el espacio el menor sitio
posible; gravita extraordinariamente; empuja casi hacia abajo el suelo
que le sostiene; est con l en continua lucha, y le vence y le hunde.
Le conocern ustedes a legua: su frente achatada se inclina al suelo,
su cuerpo est encorvado, su propio pelo le abruma, sus ojos no tienen
objeto fijo, ven sin mirar, y en consecuencia no ven nada claro. Cuando
una causa, ajena de l, le conmueve, produce un son confuso, brbaro y
profundo, como el de las masas enormes que se desprenden en el momento
del deshielo en las regiones polares. Y como en la naturaleza no falta
nunca, ni en el hielo, cierto grado calrico, l tambin tiene su alma
particular; es su grado de calrico; pero tan poca cosa, que no
desprende luz; es un fuego fatuo entre otros fuegos fatuos; sirve para
confundirle y extraviarle ms; el _hombre-slido_, por lo tanto en
religin, en poltica, en todo, no ve ms que un laberinto, cuyo hilo
jams encontrar; un caos de fanatismo, de credulidad de errores. No es
siquiera la linterna apagada; es la linterna que nunca se ha encendido,
que jams se encender: falta dentro el combustible. El _hombre-slido_
cubre la faz de la tierra; es la costra del mundo. Es la base de la
humanidad, del edificio social. Como la tierra sostiene todos los dems
cuerpos, a los cuales impide que se precipiten al centro, as el
_hombre-slido_ sostiene a los dems que se mantienen sobre l. De esta
especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto; en una palabra, el
que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice de l. No raciocina,
no obra, sino sirve. Sin _hombres-slidos_ no habra tiranos; y como
aquellos son eternos, stos no tendrn fin. Es la muchedumbre inmensa
que llaman pueblo, a quien se fascina, sobre el cual se pisa, se anda,
se sube: cava, suda, sufre. Alguna vez se levanta, y es terrible, como
se levanta la tierra en un terremoto. Entonces dicen que abre los ojos.
Es un error. Tanto valdra llamar ojos de la tierra a las grietas que
produce un volcn. Ni ms ni menos que una piedra, no se mueve de su
sitio si no le dan un empelln; de la aldea donde naci (si es que el
_hombre-slido_ nace; yo creo que al nacer no hace ms que variar de
forma); del caf donde le pusieron a servir sorbetes; del callejn donde
limpia botas; del buque donde carga las velas o les toma rizos; del
regimiento donde dispara tiros; de la cocina donde adereza manjares; de
la esquina donde carga bales; de la calle donde barre escorias; de la
mquina donde teje medias; del molino donde hace harina, de la reja con
que separa terrones. Es el primer instrumento adherido siempre a los
dems instrumentos.

El _hombre-lquido_ fluye, corre, vara de posicin; vuela a ocupar el
vaco, tiene ya mayor grado de calrico; serpentea de continuo encima
del _hombre-slido_, y le moja, le gasta, le corroe, le arrastra, le
vuelca, le ahoga. En momentos de revolucin l es el empujado; pero se
amontona, sale de su cauce, y como el torrente que arrastra rboles y
piedras, lo trastorna todo aumentando su propia fuerza con las masas de
_hombres-slidos_ que lleva consigo. Pero, as como el torrente no sabe
la fuerza que le impele, ni se hace al correr dao o provecho, as el
_hombre-lquido_, al moverse, no es ms que un instrumento menos
imperfecto, que subleva instrumentos ms ignorantes; pero lleno ya de
pretensiones, mete ruido, desafa al cielo, enuncia una voz, produce
eco. Esta es una diferencia esencial del slido al lquido para nuestro
asunto; la piedra no suena sino cuando la impelen a rodar; el agua
murmura slo corriendo y existiendo. La clase media de la humanidad, as
tambin, va siempre murmurando. Un golpe dado en un cuerpo slido le
arranca un pedazo; el golpe dado ya en el lquido encuentra resistencia,
produce ondas, imprime movimiento. He aqu otra observacin. El golpe
dado al pueblo simplemente es slo perjudicial para l: el que se da en
la clase media suele salpicar al que le da.

El _hombre-lquido_ tiene un alma menos compacta, y en ella ms grados
de calrico, pero alma de imitacin; como todo lquido, remeda al
momento la forma del vaso donde est; en pequea cantidad se le da la
figura que se quiere, en gran porcin toma la que puede. El
_hombre-lquido_ es la clase media, le conocern ustedes tambin al
momento; su movimiento continuo le delata; pasa de un empleo a otro, va
a ocupar los vacos de las vacantes: hoy en una provincia, maana en
otra, pasado en la corte; pero por fin, como todo lquido, encuentra el
mar, donde se para y se encarcela; no le es dado correr ms. Hoy es
arroyo, maana ro caudaloso. Igual. Hoy es meritorio, maana
escribiente, pasado oficial; su instinto es crecer, rara vez separarse
del suelo; si se alza momentneamente, vuelve a caer.

Dada una idea rpida y general del _hombre-slido_ y del
_hombre-lquido_, pasemos al objeto de nuestro artculo, al
_hombre-gas_. De las dos especies referidas est lleno el mundo; no se
ve otra cosa. Pero como para la formacin de la tercera se necesita un
grado altsimo de calrico, hay regiones enteras que carecen del
suficiente para formarla.

He aqu nuestra desgracia; siguiendo el camino que nos seala nuestra
nueva metafsica, estamos, por ahora, en las regiones rticas del
pensamiento. Lo probar.

El _hombre-gas_, llegado a adquirir la competente dilatacin, se alza
por s solo donde quiera que est, y se sobrepone a ocupar el puesto que
le corresponde en la escala de los cuerpos, llega hasta la altura que su
densidad le permite, y se detiene en ella; no hay obstculos para l,
porque si pudiera haberlos, rompera, como el vapor, la caldera, y
escapara. Ponedle en una aldea, l vencer la distancia y llegar a la
capital; tirar el arado; pondr un pie en el _hombre-slido_, otro en
el _lquido_, y una vez arriba: Yo mando--exclamar,--no obedezco.
Tales son las leyes de la naturaleza. Una vez comprendido este principio
general de fsica, mis lectores conocern al _hombre-gas_ a primera
vista. Su frente es altiva, sus ojos de guila, su fuerza irresistible,
su movimiento el del tapn de una botella de champaa. Pero para dar al
gas una forma, no hay ms medio que el de encerrarle en un continente
que la tenga. Nada, pues, ms natural que el que demos a esta especie el
nombre de _hombre-globo_: slo as podemos hacerle perceptible a
nuestros sentidos.

De todos nuestros lectores es conocida la historia de los globos desde
las primeras mongolfieras hasta el ltimo experimento de la direccin
emprendido y malogrado ltimamente en Pars: todos saben que hay gases
de gases, y que los hay especficamente mas ligeros que otros; pero no
todos se habrn parado a considerar detenidamente hasta qu punto
podemos vanagloriarnos en nuestro pas de la perfeccin de los gases que
artificialmente necesitamos producir para nuestras ascensiones. Yo creo
que nuestra vanidad no debe hacernos perder la cabeza, si queremos
reparar en su equvoca calidad.

Es claro que en tiempos pasados la atmsfera en que poda elevarse el
_hombre-globo_ entre nosotros, era sumamente limitada: los que ms se
haban podido separar del suelo haban hecho consistir todo su esfuerzo
en llegar a los escalones del trono, y si un _hombre-globo_ llegaba a
ser entonces Ministro, haba hecho toda la ascensin que se poda de l
esperar: uno solo conocieron nuestros fsicos ms experimentados que
consigui remontarse en aquella poca hasta las ms altas cornisas del
coronamiento del real palacio; pero sea por falta de direccin una vez
en el aire, sea por haber calculado mal la intensidad de su gas, una
rfaga violenta bast para romper el globo, y el aire se lo llev hasta
caer todo agujereado a orillas del Tber, donde yace todava malparado:
culpa acaso tambin de no haber hecho uso de su paracadas, aunque, como
dice muy bien don Simplicio de Bodilla, para cadas no hay como un globo
roto.

Pero cuando posteriormente se han visto en todos los pases elevarse
muchos a alturas desmesuradas y mantenerse mas o menos tiempo en ellas,
no se concibe nuestra casi total ausencia de _hombres-globos_ que se
elevan verdaderamente, sino atribuyndolo a desgracia del pas mismo.
Los Estados Unidos tuvieron un _hombre-globo_ que subi cuanto pudo, y
manejando diestramente su vlvula, descendi como y cuando le plugo; de
Francia hicieron mil su ascensin, que estn todava en altura, haciendo
la admiracin de los espectadores; la Suecia mira uno en su pinculo
todava; y si el mayor de todos fue a parar hasta Santa Elena, es
preciso confesar que hay descensos gloriosos, como retiradas honrosas.

Ahora bien, observamos al _hombre-globo_ en nuestro pas. El ao 8
empezaron a quererse henchir multitud de mongolfieras: pero estbamos
indudablemente al principio de la invencin, y no debieron de tener gas
mejor que el humo de paja, porque los unos dieron al traste con su globo
en el Estrecho, los otros quisieron sostenerse en tierra firme; pero han
ido poco a poco deshinchndose, y una rfaga ha acabado con unos, otra
con otros.

El ao 20 quisieron repetir el experimento: pero por lo visto no haban
aprendido nada nuevo: no contaron nuestros _hombres-globos_ con el aire
del Norte, que los envolvi, peg fuego a unos que cayeron
miserablemente donde pudieron, y arrebat a otros a caer de golpe y
porrazo en pases remotos y extranjeros. Raro fue el que cay
suavemente. Pero adelanto positivo para la ciencia no hubo ninguno.

He aqu sin embargo a nuestros _hombres-globos_ probando de nuevo otra
ascensin; pero escarmentados ya nuestros antiguos y derretidos caros,
tienen miedo hasta al gas que los ha de levantar: y en una palabra,
nosotros no vemos que suban ms alto que subi Rozzo. Para nosotros
todos son Rozzos.

Vean ustedes sin embargo al _hombre-globo_ con todos sus caracteres.
Qu ruido antes!

La ascensin! Va a subir. Ahora, ahora s va a subir!

Gran fama, gran prestigio. Se les arma el globo; se les confa: ved cmo
se hinchan. Quin dudar de su suficiencia? Pero como casi todos
nuestros globos, mientras estn abajo entre nosotros, asombra su
grandeza, y su aparato y su fama. Pero conforme se van elevando, se les
va viendo ms pequeos; a la altura apenas de palacio, que no es grande
altura, ya se les ve tamaos como avellanas, ya el _hombre-globo_ no es
nada: un poco de humo, una gran tela, pero vaca, y por supuesto, en
llegando arriba, no hay direccin. Es posible que nadie descubra el
modo de dar direccin a este globo!

Entretanto el _hombre-globo_ hace unos cuantos esfuerzos en el aire, un
viento le lleva aqu, otro all, descarga lastre... intiles afanes! al
fin viene al suelo: slo observo que estn ya ms duchos en el uso del
paracadas: todos caen blandamente, y no lejos: los que ms se apartan
van a caer al Buen Retiro.

Pero, seor--me dirn,--y ha de ser siempre esto as? No les basta a
esos hombres de experiencias? Sern ellos los ltimos que se desengaen
de s mismos?

He ah una respuesta que yo no sabr dar. Yo no veo la ciencia
desesperada, creo que acaso habr por ah escondidos otros
_hombres-globos_; pero si los hay, por qu no obedecen a las leyes de
la naturaleza? Si su gas tiene ms intensidad, cmo no se elevan por s
solos, cmo no se sobreponen a los otros?

Esta investigacin me conducira muy lejos. Mi objeto no ha sido ms que
pintar el _hombre-globo_ de nuestro pas: un artculo de fsica no puede
ser largo: si fuera de poltica sera otra cosa. Har mi ltima
deduccin y concluir: los Rozzos, que hasta ahora han hecho pinitos a
nuestra vista, parece que ya se han elevado cuanto elevarse pueden.
Otros al puesto, experimentos nuevos! Si por el camino trillado nada se
ha hecho, camino nuevo.

Esto la razn sola lo indica. Si hay un _hombre-globo_, que salga, y le
daremos las gracias; mas cuenta con engaarse en sus fuerzas: recuerde
que primero hay que subir, y luego hay que dar direccin; y como dice
Quevedo, ascender a rodar es desatino; y el que desciende de la cumbre,
ataja, observe que puede sucederle lo que a los dems, que conforme se
vaya elevando se vaya viendo ms pequeo. Si no le hay, lastimoso es
decirlo, pero aparejemos el paracadas.




VUELVA USTED MAANA


Gran persona debi de ser el primero que llam pecado mortal a la
pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artculos anteriores
estuvimos ms serios de lo que nunca nos habamos propuesto, no
entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la
historia de este pecado, por ms que conozcamos que hay pecados que
pican en historia, y que la historia de los pecados sera un tanto
cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institucin ha
cerrado y cerrar las puertas del cielo a ms de un cristiano.

Estas reflexiones haca yo casualmente no hace muchos das, cuando se
present en mi casa un extranjero de estos que en buena o en mala parte
han de tener siempre de nuestro pas una idea exagerada e hiperblica,
de estos que, o creen que los hombres aqu son todava los esplndidos,
francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son
an las tribus nmadas del otro lado del Atlante: en el primer caso
vienen imaginando que nuestro carcter se conserva tan intacto como
nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y
preguntan si son ladrones que los han de despojar los individuos de
algn cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los
azares de un camino, comunes a todos los pases.

Verdad es, que nuestro pas no es de aquellos que se conocen a la
primera ni segunda vista, y si no temiramos que nos llamasen
atrevidos, lo compararamos de buena gana a esos juegos de manos
sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que
estribando en una grandsima bagatela, suelen despus de sabidos dejar
asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devan los sesos por
buscarles causas extraas. Muchas veces la falta de una causa
determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas
para mantenerlas al abrigo de nuestra penetracin. Tal es el orgullo del
hombre, que ms quiere declarar en alta voz que las cosas son
incomprensibles cuando no las comprende l, que confesar que el
ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto, no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen
muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no
tendremos derecho para extraar que los extranjeros no los puedan tan
fcilmente penetrar.

Un extranjero de stos fue el que se present en mi casa, provisto de
competentes cartas de recomendacin para mi persona. Asuntos intrincados
de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en
Pars, de invertir aqu sus cuantiosos caudales en tal o cual
especulacin industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra
patria le conducan.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me asegur
formalmente que pensaba permanecer aqu muy poco tiempo, sobre todo, si
no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome
el extranjero digno de alguna consideracin, trab presto amistad con l
y lleno de lstima, trat de persuadirle a que se volviese a su casa
cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el
de pasearse. Admirole la proposicin, y fue preciso explicarme ms
claro.

--Mirad--le dije,--monsieur Sans-dlai--que as se llamaba;--vos vens
decidido a pasar quince das, y a solventar en ellos vuestros asuntos.

--Ciertamente--me contest.--Quince das, y es mucho. Maana por la
maana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la
tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya s
quin soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado maana las presento
fundadas en los datos que aquel me d, legalizadas en debida forma; y
como ser una cosa clara y de justicia innegable--pues slo en este caso
har valer mis derechos,--al tercer da se juzga el caso y soy dueo de
lo mo. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis
caudales, el cuarto da ya habr presentado mis proposiciones. Sern
buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto; y son cinco das;
en el sexto, sptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid;
descanso el noveno; el dcimo, tomo mi asiento en la diligencia, si no
me conviene estar ms tiempo aqu y me vuelvo a mi casa; an me sobran
de los quince, cinco das.

Al llegar aqu monsieur Sans-dlai, trat de reprimir una carcajada que
me andaba retozando ya haca rato en el cuerpo, y si mi educacin logr
sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se
asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lstima que sus
planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.

--Permitidme Mr. Sans-dlai--le dije entre socarrn y
formal,--permitidme que os convide a comer para el da en que llevis
quince meses de estancia en Madrid.

--Cmo?

--Dentro de quince meses estis aqu todava.

--Os burlis?

--No por cierto.

--No me podr marchar cuando quiera? Cierto que la idea es graciosa!

--Sabed que no estis en vuestro pas activo y trabajador.

--Oh! los espaoles que han viajado por el extranjero han adquirido la
costumbre de hablar mal de su pas por hacerse superiores a sus
compatriotas.

--Os aseguro que en los quince das con que contis no habris podido
hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperacin necesitis.

--Hiprboles! Yo les comunicar a todos mi actividad.

--Todos os comunicarn su inercia.

Conoc que no estaba el seor de Sans-dlai muy dispuesto a dejarse
convencer sino por la experiencia, y call por entonces, bien seguro de
que no tardaran mucho los hechos en hablar por m.

Amaneci el da siguiente, salimos, entrambos a buscar un genealogista,
lo cual slo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido
en conocido: encontrmosle por fin y el buen seor, aturdido de ver
nuestra precipitacin, declar francamente que necesitaba tomarse algn
tiempo, instsele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos
diramos una vuelta por all dentro de unos das. Sonreme y
marchmonos. Pasaron tres das; fuimos.

--Vuelva usted maana--nos respondi la criada,--porque el seor no se
ha levantado todava.

--Vuelva usted maana--nos dijo al siguiente da,--porque el amo acaba
de salir.

--Vuelva usted maana--nos respondi el otro,--porque el amo est
durmiendo la siesta.

--Vuelva usted maana--nos respondi el lunes siguiente,--porque hoy ha
ido a los toros.

Qu da, a qu hora se ve a un espaol? Vmosle por fin, y vuelva usted
maana, nos dijo, porque se me ha olvidado. Vuelva usted maana, porque
no est en limpio. A los quince das ya estuvo; pero mi amigo le haba
pedido una noticia del apellido Dez, y l haba entendido Daz, y la
noticia no serva. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo,
desesperado ya de dar jams con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las
reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas
utilsimas pensaba hacer, haba sido preciso buscar un traductor; por
los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de
maana en maana nos llev hasta el fin del mes. Averiguamos que
necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin
embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente
hizo despus otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras,
porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este pas.

No par aqu; un sastre tard veinte das en hacerle un frac, que haba
mandado llevarlo en veinticuatro horas; el zapatero le oblig con su
tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesit quince das
para plancharle una camisola, y el sombrerero, a quien le haba enviado
su sombrero a variar el ala, le tuvo dos das con la cabeza al aire y
sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistan a una sola cita, ni avisaban
cuando faltaban, ni respondan a sus esquelas. Qu formalidad y qu
exactitud!

--Qu os parece de esta tierra, monsieur Sans-dlai?--le dije al llegar
a estas pruebas.

--Me parece que son hombres singulares...

--Pues as son todos. No comern por no llevar la comida a la boca.

Present con todo, yendo y viniendo das, una proposicin de mejoras
para un ramo que no citar, quedando recomendada eficacsimamente.

A los cuatro das volvimos a saber el xito de nuestra pretensin.

--Vuelva usted maana--nos dijo el portero.

--El oficial de la mesa no ha venido--dije yo entre m.

Fumonos a dar un paseo, y nos encontramos qu casualidad! al oficial
de la mesa en el Retiro, ocupadsimo en dar una vuelta con su seora al
hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era al da siguiente, y nos dijo el portero:

--Vuelva usted maana, porque el seor oficial de la mesa no da
audiencia hoy.

--Grandes negocios habrn cargado sobre l--dije yo.

Como soy el diablo y aun he sido duende, busqu ocasin de echar una
ojeada por el agujero de una cerradura. Su seora estaba echando un
cigarrito al brasero, y con una charada del _Correo_ entre manos que le
deba costar trabajo el acertar.

--Es imposible verlo hoy--dije a mi compaero,--su seora est en
efecto ocupadsimo.

Dinos audiencia el mircoles inmediato, y qu fatalidad! el expediente
haba pasado a informe por desgracia a la nica persona enemiga
irreconciliable de M. Sans-dlai y de su plan, porque era quien deba
salir en l perjudicado.

Vivi el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era
de esperar. Verdad es que nosotros no habamos podido encontrar empeo
para una persona muy amiga del informante. Esta persona tena unos ojos
muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus
ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.

Vuelto el informe, se cay en la cuenta en la seccin de nuestra bendita
oficina, de que el tal expediente no corresponda a aquel ramo; era
preciso rectificar este pequeo error; pasose al ramo, establecimiento y
mesa correspondientes, y htenos caminando, despus de tres meses, a la
cola siempre de nuestro expediente, como hurn que busca el conejo, y
sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso, al llegar
aqu, que el expediente sali del primer establecimiento y nunca lleg
al otro.

--De aqu se remiti con fecha tantos--decan en uno.

--Aqu no ha llegado nada--decan en otro.

--Voto va!--dije yo a monsieur Sans-dlai;--sabis que nuestro
expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe
de estar ahora posado como una paloma sobre algn tejado de esta activa
poblacin?

Hubo que hacer otro. Vuelta a los empeos! Vuelta a la prisa! Qu
delirio!

--Es indispensable--dijo el oficial con voz campanuda,--que esas cosas
vayan por sus trmites regulares.

Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejrcito militar, en
llevar nuestro expediente tantos o cuantos aos de servicio.

Por ltimo, despus de cerca de medio ao de subir y bajar, y estar a la
firma, o al informe, o a la aprobacin, o al despacho, o debajo de la
mesa, y de volver siempre maana, sali con una noticia al margen, que
deca: A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente,
negado.

--Ah, ah! M. de Sans-dlai--exclam rindome a carcajadas:--este es
nuestro negocio.

Pero monsieur de Sans-dlai se daba a todos los oficinistas, que es como
si dijramos a todos los diablos.

--Pues para esto he echado yo mi viaje tan largo? Despus de seis
meses no habr conseguido sino que me digan en todas partes diariamente:
Vuelva usted maana, y cuando este dichoso maana llega, en fin, nos
dicen redondamente que no? Y vengo a darles dinero? Y vengo a hacerles
favor? Preciso es que la intriga ms enredada se haya fraguado para
oponerse a nuestras miras.

--Intriga, M. Sans-dlai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una
intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra: esa
es la gran causa oculta; es ms fcil negar las cosas que enterarse de
ellas.

Al llegar aqu, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que
me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequea digresin.

--Ese hombre se va a perder--me deca un personaje muy grave y muy
patritico.

--Esa no es una razn--le repuse:--si l se arruina, nada se habr
perdido en concederle lo que pide: l llevar el castigo de su osada o
de su ignorancia.

--Cmo ha de salir con su intencin?

--Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, no puede uno
aqu morirse siquiera, sin tener un empeo para el oficial de la mesa?
Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera, eso
mismo que ese seor extranjero quiere.

--A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?

--S, pero lo han hecho.

--Sera lstima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. Conque,
porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, ser
preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se
debiera mirar si podran perjudicar los antiguos al moderno.

--As est establecido; as se ha hecho hasta aqu; as lo seguiremos
haciendo.

--Por esa razn deberan darle a usted papilla todava como cuando
naci.

--En fin, seor Fgaro, es un extranjero.

--Y por qu no lo hacen los naturales del pas?

--Con esas socalias vienen a sacarnos la sangre.

--Seor mo--exclam sin llevar ms adelante mi paciencia,--est usted
en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diablica
mana de empezar siempre por poner obstculos a todo lo bueno, y el que
pueda que los venza. Aqu tenemos el loco orgullo de no saber nada, de
quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han
tenido, ya que no el saber, deseos de l, no han encontrado otro remedio
que el de recurrir a los que saban ms que ellas.

Un extranjero--segu--que corre a un pas que le es desconocido para
arriesgar en l sus caudales, pone en circulacin un capital nuevo,
contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su
talento y su dinero; si pierde, es un hroe; si gana, es muy justo que
logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no
podamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este
pas, no viene a sacar de l el dinero, como usted supone;
necesariamente se establece y se arraiga en l, y a la vuelta de media
docena de aos, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus ms caros
intereses y su familia le ligan al nuevo pas que ha adoptado; toma
cario al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido
una compaera: sus hijos son espaoles, y sus nietos lo sern; en vez de
extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traa,
invirtindole y hacindole producir; ha dejado otro capital de talento,
que vale por lo menos tanto como el de dinero; ha dado de comer a los
pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse;
ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la poblacin
con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos
los gobiernos sabios y prudentes han llamado a s a los extranjeros; a
su grande hospitalidad ha debido siempre Francia su alto grado de
resplandor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado Rusia, ha
debido llegar a ser una de las primeras naciones en muchsimo menos
tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las ltimas; a los
extranjeros han debido los Estados Unidos... pero veo por sus gestos de
usted--conclu interrumpindome oportunamente a m mismo--que es muy
difcil convencer al que est persuadido de que no se debe convencer.
Por cierto si usted mandara, podramos fundar en usted grandes
esperanzas!

Concluida esta filpica, fume en busca de mi Sans-dlai.

--Me marcho, seor Fgaro--me dijo;--en este pas no hay tiempo para
hacer nada; slo me limitar a ver lo que haya en la capital de ms
notable.

--Ay! mi amigo--le dije,--idos en paz, y no queris acabar con vuestra
poca paciencia: mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.

--Es posible?

--Nunca me habis de creer? Acordaos de los quince das...

Un gesto de M. Sans-dlai me indic que no le haba gustado el recuerdo.

--_Vuelva usted maana_--nos decan en todas partes,--porque hoy no se
ve.

--Ponga usted un memorialito para que le den a usted un permiso
especial.

Era cosa de ver la cara de mi amigo al or lo del memorialito:
representbasele en la imaginacin el informe, y el empeo, y los seis
meses, y... contentose con decir: _soy extranjero_. Buena recomendacin
entre los amables compatriotas mos! Aturdase mi amigo cada vez ms, y
cada vez nos comprenda menos. Das y das tardamos en ver las pocas
rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, despus de medio ao largo,
si es que puede haber un medio ao ms largo que otro, se restituy mi
recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dndome la razn
que yo ya antes me tena, y llevando al extranjero noticias excelentes
de nuestras costumbres, diciendo, sobre todo, que en seis meses no haba
podido hacer otra cosa sino volver siempre maana, y que a la vuelta de
tanto maana, enteramente futuro, lo mejor, o ms bien lo nico que
haba podido hacer bueno, haba sido marcharse.

Tendr razn, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que
estoy escribiendo), tendr razn el buen M. Sans-dlai en hablar mal de
nosotros y de nuestra pereza? Ser cosa de que vuelva el da de maana
a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestin para maana, porque ya
estars cansado de leer hoy: si maana u otro da no tienes, como
sueles, pereza de volver a la librera, pereza de sacar tu bolsillo y
pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte
todava, te contar cmo a m mismo que todo esto veo, y conozco y
callo mucho ms, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta
influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza ms de
una conquista amorosa, abandonar ms de una pretensin empezada, las
esperanzas de ms de un empleo, que me hubiera sido acaso, con ms
actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de
hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran
podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesar que no
hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para maana; te referir
que me levanto a las once y duermo siesta, que paso haciendo quinto pie
de la mesa de un caf, hablando o roncando como buen espaol, las siete
y las ocho horas seguidas; te aadir que cuando cierran el caf me
arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo ms
que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y
bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas
noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de
mi alma, te declarar que de tantas veces como estuve en esta vida
desesperado, ninguna me ahorqu, y siempre fue de pereza. Y concluyo por
hoy confesndote que ha ms de tres meses que tengo, como la primera
entre mis apuntaciones, el ttulo de este artculo, que llam _Vuelva
usted maana_; que todas las noches y muchas tardes he querido, durante
todo este tiempo, escribir algo en l, y todas las noches apagaba mi
luz, dicindome a m mismo con la ms pueril credulidad en mis propias
resoluciones: _Eh! maana le escribir!_ Da gracias a que lleg por
fin este maana, que no es del todo malo; pero ay de aquel maana que
no ha de llegar jams!




CUASI

PESADILLA POLTICA


Hay hombres que dan su nombre a su siglo, hombres privilegiados que,
calculada la fuerza de cuanto los rodea y la suya propia, saben hacer a
la primera tributaria de la segunda; que se constituyen manivelas de la
gran mquina en que los dems no saben ser ms que ruedas. Dan el
impulso, y su siglo obedece. Hombres fascinadores, como la serpiente,
que hacen entrar cuanto miran en la periferia de su atmsfera; hombres
reverberos, cuya luz se proyecta toda al exterior sobre los dems
objetos y les da vida y color. Son los grandes mojones que el Criador
coloca a trechos en la creacin para recordarle su origen: por ellos se
ha dicho sin duda que Dios ha hecho el hombre a su semejanza.

Sesostris, Alejandro, Augusto, Atila, Mahoma, Tamerln, Len X, Luis
XIV, Napolen! Dioses en la tierra! Sus pocas participaron de su
energa y de su grandeza: en derredor suyo y a su ejemplo se produjeron,
a modo de emanaciones de ellos, multitud de hombres notables, que
recorrieron como satlites su misma carrera. Despus de ellos nada.
Despus del coloso los enanos.

Actualmente empezamos a dejar atrs una poca que tendr nombre; el
ltimo hombre reverbero ha desaparecido. Despus del hombre grande, todo
hombre es chico. Uno solo falta, y se necesitan cien mil para llenar su
vaco. Y an! Expirado el reino del hombre, entran los hombres.
Agotados los hechos, nacen las palabras.

Si habr pocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! Si
estaremos en la poca de las palabras!

Acababa de hacer estas reflexiones, cuando sent sobre m algo, ms
fuerte que yo; o sin ver, y mud de sitio sin andar.

--Ven conmigo, dame la mano. Ves esa mancha enorme que se extiende
sobre la tierra, y crece y se desparrama como la gota de aceite que ha
cado en el papel de estraza? Es la segunda Babel. Ests sobre Pars.
Mira los mortales de todos los pases. Cada cual se apresura a traer
aqu una piedra para contribuir al loco edificio. No oyes ya la
confusin de las lenguas? El ingls, el alemn, el espaol, el italiano,
el... Babel la nueva! Empiezan a no entenderse. Ya en una ocasin se
han tirado unos a otros a la cabeza los materiales de la grande obra; el
suelo ha salido de madre como un ro de su lveo; las casas se han
desmoronado... era el amago de la confusin, de la no inteligencia. Una
cadena nos pesa!--dijeron:--y en vez de aadir: Fuera
cadena!--clamaron: Otra qu no pese! _Risum teneatis._ El lobo los
coma, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos a otros.
Raro modo de entenderse. Corri la sangre, y hoy estn como estaban.

Sube a lo ms alto, y oirs el ruido inmenso, el ruido del siglo y de
sus palabras, y oirs sobre todas ellas la gran palabra, la palabra del
siglo.

--Lo que veo es los hombres muy pequeos; pero la distancia sin duda...

--Bah! de aqu no se ve ms que la verdad. Los ves pequeos? Ahora es
nicamente cuando los ves como ellos son. De cerca la ilusin
ptica--esta es la verdadera fsica--te los hace parecer mayores. Pero
advierte que esas figuras que semejan hombres, y que ves bullir,
empujarse, oprimirse, retorcerse, cruzarse y sobreponerse, formando
grupos de vida como los gusanos producidos por un queso de Roquefort, no
son hombres tales, sino palabras. No oyes el ruido que se exhala de
ellos?

--Ah!

--Palabras del derecho, palabras del revs, palabras simples, palabras
dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes,
palabras monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostmbrate a no
ver ms que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente a palabra por
barba; tampoco. Despacio. A veces en uno vers muchas palabras, tantas,
que aqul slo te parecer cien hombres; en cambio otras veces, y ser
lo ms comn, donde creas ver cien mil hombres, no habr ms que una
palabra.

Mira las palabras de dos caras, palabras-bifrontes, Janos: son las
palabras de honor, llamadas as por apodo; segn te necesiten las vers
del bueno o del mal frente. A su lado las _palabras-promesas_,
_palabras-manifiestos_, regularmente coronadas, siempre escuchadas y
credas, pero tan ambilteras como las otras; _palabras-callos_,
endurecidas, incorregibles, que han de arrancarse de raz si han de
dejar de doler.

Ves esa multitud de figurillas que se agitan, se muerden, se baten, se
matan?... Todo eso es la palabra _Honor_. Ves ese sinnmero,
muchedumbre armada, toda erizada y hostil? Lo llamis ejrcito, y no es
ms que _ambicin_; _palabra-monstruo_, _palabra-puerco-espn_, llena de
pas: _palabra-percebe_, toda patas y manos. Mira qu de furiosos; teas
encendidas, sangre, saqueo, confusin: todo ese ruido son nueve letras:
_fanatismo palabra-loco-de-atar_; sin embargo, nadie la ata.

Ah! aqu viene la _palabra-arlequn_, la _palabra-camalen_. Qu de
faces, qu soltura! todos corren tras ella: intilmente. Mira cmo la
quiere coger la _palabra-pueblo_, gran palabra. La primera tiene ocho
letras, _libertad_. Siempre que el _pueblo_ va a cogerla, se mete entre
las dos la _palabra-promesa_, _palabra-manifiesto_; pero la
_palabra-pueblo_ es de las que llam palabras-contrahechas; ciega,
sordomuda, se deja guiar e interpretar, sin hacer ms que dar de cuando
en cuando palo de ciego; como no ve, da ciento en la herradura, y
ninguna en el clavo: por lo regular se da a s misma.

Pero todo ese vano ruido se apaga y se confunde. Sitio, sitio! Plaza,
plaza! La gran palabra, la nuestra, la de nuestra poca, que lo coge y
lo atruena todo. En ella se cifra nuestro siglo de medias tintas, de
medianas, de cosas a medio hacer: de todas las palabras que reinan en
figuras de hombres y cosas por all abajo, sta es en el da la que
reina sobre todas, CUASI. Ese es todo el siglo XIX. Obsrvala: a cada
una de sus facciones le falta algo; no es ms que un perfil: ni est de
pie, ni sentada. Vestida de blanco y negro, da y noche. Ms breve:
_palabra-cuasi_, _cuasi-palabra_.

Empecemos por aqu. Mira al suelo perpendicularmente. A tus pies est la
Francia. Un pueblo _cuasi-libre_ la ocupa. En otro siglo hubiera hecho
una revolucin entera: en ste, y en su ao 30, no ha podido hacer ms
que una _cuasi_ revolucin; en el trono un _cuasi_ rey, que representa
una _cuasi_ legitimidad. Una cmara _cuasi_ nacional, que sufre en el
pas de nuevo una _cuasi_ censura, _cuasi_ abolida, por la _cuasi_
revolucin; un rey _cuasi_ asesinado; una gran nacin _cuasi_
descontenta, y por otra conmocin poltica _cuasi_ prxima.

Qu ves en Blgica? Un estado _cuasi_ naciente y _cuasi_ dependiente de
sus vecinos, mandado por otro _cuasi_ rey.

Mira la Italia. Tantos estados _cuasi_ como ciudades: _cuasi_ presa del
Austria. La antigua Venecia _cuasi_ olvidada. Un Supremo Pontfice, en
el da _cuasi_ pobre, y del cual _cuasi_ nadie hace caso.

Vulvete al Norte. Pueblos _cuasi_ brbaros, regidos por un Emperador
_cuasi_ dspota en un pas _cuasi_ despoblado y desierto. En Alemania
los pueblos _cuasi_ ms civilizados con un gobierno _cuasi_ absoluto,
_cuasi_ temperado por sus dietas, instituciones _cuasi_ representativas.
En Holanda, nacin _cuasi_ toda mercantil y navegante, un rey _cuasi_
rabioso, y cuyo poder _cuasi_ se desmorona.

En Constantinopla mismo, un Imperio _cuasi_ agonizante, una civilizacin
_cuasi_ naciente, y un sultn _cuasi_ ilustrado con costumbres _cuasi_
europeas.

En Inglaterra, una industria y un comercio, monopolio _cuasi_ del mundo;
un orgullo nacional _cuasi_ insufrible; y otro _cuasi_ rey que no decide
_cuasi_ nada; una mayora _cuasi_ whig. Un gobierno _cuasi_ oligrquico,
que tiene la audacia de llamarse liberal.

En Portugal una _cuasi_ nacin, con una lengua _cuasi_ castellana, y
recuerdos de una grandeza _cuasi_ borrada. Un _cuasi_ ejrcito, y una
_cuasi_ proteccin a Espaa, de _cuasi_ seis mil hombres, _cuasi_ todos
portugueses.

En Espaa, primera de las dos naciones de la Pennsula (es decir, de la
_cuasi-nsula_), unas _cuasi_ instituciones reconocidas por _cuasi_ toda
la nacin: una _cuasi-Vende_ en las provincias con un jefe _cuasi_
imbcil: conmociones aqu y all _cuasi_ parciales: un odio _cuasi_
general a unos _cuasi_ hombres, que _cuasi_ slo existen ya en Espaa.
_Cuasi_ siempre regida por un gobierno de _cuasi_ medidas. Una esperanza
_cuasi_ segura de ser _cuasi_ libres algn da. Por desgracia muchos
hombres _cuasi_ ineptos. Una _cuasi_ ilustracin repartida por todas
partes. Una _cuasi_ intervencin, resultado de un _cuasi_ tratado,
_cuasi_ olvidado, con naciones _cuasi_ aliadas. El _cuasi_ en fin en las
cosas ms pequeas. Canales no acabados: teatro empezado: palacio sin
concluir: museo incompleto: hospital fragmento; todo a medio hacer...
hasta en los edificios el _cuasi_.

Por ltimo, tiende la vista por doquiera: una lucha _cuasi_ eterna en
Europa de dos principios: reyes y pueblos, y el _cuasi_ triunfante de
ella y resolvindola con su justo medio de tener _cuasi_ reyes y _cuasi_
pueblos. Epoca de transicin, y gobiernos de transicin y de
transaccin: representaciones _cuasi_ nacionales, dspotas _cuasi_
populares: por todas partes un justo medio, que no es otra cosa que un
gran _cuasi_ mal disfrazado.

--Oh! dejadme respirar, por Dios; estoy _cuasi_ mareado.

Plutarco ha dicho que los pueblos seran felices _cum reges
philosopharentur_, _aut cum philosophi regnarent_. Respetando la opinin
de Plutarco, yo me atrevera a decir que los pueblos no sern nunca
felices, ni ms ni menos que los individuos que los componen. Pero
pudieran al menos ser hombres y ser pueblos si no fueran en el da
_cuasi-nada_. Luchando entre principios contrarios, sufren el tormento
del que descuartizan cuatro caballos que corren en direcciones opuestas.

Concluido este _cuasi_ sermn, ces de or: y a poco ces de ver: dejado
de la mano del ser fantstico que me sostena sobre Babel la nueva,
volv a caer en Pars, donde me encontr rodeado entre la confusin de
palabras vestidas de frac y de sombrero, que a pie y en coche corren
las calles de la gran capital. Volv a ver los hombres de nuevo, grandes
como no son; y abr los ojos buscando mi cicerone.

No vi nada, sino el gran _cuasi_ por todas partes.




LA SOCIEDAD


Es cosa generalmente reconocida que el hombre es animal social, y yo,
que no concibo que las cosas puedan ser sino del modo que son; yo, que
no creo que pueda suceder sino lo que sucede, no trato por consiguiente
de negarlo. Puesto que vive en sociedad, social es sin duda. No pienso
adherirme a la opinin de los escritores mal humorados que han querido
probar que el hombre habla por una aberracin, que su verdadera posicin
es la de los cuatro pies, y que comete un grave error en buscar y
fabricarse todo gnero de comodidades, cuando pudiera pasar pendiente de
las bellotas de una encina el mes, por ejemplo, en que vivimos. Hanse
apoyado para fundar semejante opinin en que la sociedad le roba parte
de su libertad, si no toda, pero tanto valdra decir que el fro no es
cosa natural, porque incomoda. Lo ms que concederemos a los abogados de
la vida salvaje, es que la sociedad es, de todas las necesidades de la
vida, la peor: eso s. Esto es una desgracia, pero en el mundo feliz que
habitamos, casi todas las desgracias son verdad: razn por la cual nos
admiramos siempre que vemos tantas investigaciones para buscar sta. A
nuestro modo de ver no hay nada ms fcil que encontrarla: all donde
est el mal, all est la verdad. Lo malo es lo cierto. Slo los bienes
son ilusin.

Ahora bien; convencidos de que todo lo malo es natural y verdad, no nos
costar gran trabajo probar que la sociedad es natural, y que el hombre
naci por consiguiente social; no pudiendo impugnar a la sociedad, no
nos queda otro recurso que pintarla.

De necesidad parece creer que al verse el hombre solo en el mundo,
blanco inocente de la intemperie y de toda especie de carencias, trate
de unir sus esfuerzos a los de su semejante para luchar contra sus
enemigos, de los cuales el peor es la naturaleza entera; es decir, el
que no puede evitar, el que por todas partes le rodea; que busque a su
hermano--que as se llaman los hombres unos a otros por burla sin
duda,--para pedirle su auxilio: de aqu podra deducirse que la sociedad
es un cambio mutuo de servicios recprocos. Grave error, es todo lo
contrario: nadie concurre a la reunin para prestarle servicios, sino
para recibirlos de ella: es un fondo comn donde acuden todos a sacar, y
donde nadie deja, sino cuando slo puede tomar en virtud de permuta. La
sociedad es, pues, un cambio mutuo de perjuicios recprocos. Y el gran
lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradiccin, aquello
mismo que parecera destinado a disolverla; es decir, el egosmo.
Descubierto ya el estrecho vnculo que nos rene unos a otros en
sociedad, excusado es probar dos verdades eternas, y por cierto
consoladoras, que de l se deducen: primera, que la sociedad, tal cual
es, es imperecedera puesto que siempre nos necesitaremos unos a otros:
segunda, que es franca, sincera y movida por sentimientos generosos; y
en esto no cabe duda, puesto que siempre nos hemos de querer a nosotros
mismos ms que a los otros.

Averiguar ahora si la cosa pudiera haberse arreglado de otro modo, si el
gran poder de la creacin estaba en que no nos necesitsemos, y si quien
pona por base de todo el egosmo, poda haberle substituido el
desprendimiento, ni es cuestin para nosotros, ni de estos tiempos, ni
de estos pases.

Felizmente no se llega al conocimiento de estas tristes verdades sino a
cierto tiempo; en un principio todos somos generosos an, francos,
amantes, amigos... en una palabra, no somos hombres todava; pero a
cierta edad nos acabamos de formar, y entonces ya es otra cosa: entonces
vemos por la primera vez, y amamos por la ltima. Entonces no hay nada
menos divertido que una diversin; y si pasada cierta edad, se ven
hombres buenos todava, esto est sin duda dispuesto as para que ni la
ventaja cortsima nos quede de tener una regla fija a que atenernos, y
con el fin de que puedan llevarse chasco hasta los ms experimentados.

Pero como no basta estar convencidos de las cosas para convencer de
ellas a los dems, intilmente haca yo las anteriores reflexiones a un
primo mo que quera entrar en el mundo hace tiempo, joven, vivaracho,
inexperto, y por consiguiente, alegre. Criado en el colegio, y versado
en los autores clsicos, traa al mundo llena la cabeza de las virtudes
que en los poemas y comedias se encuentran. Buscaba un Pilades; toda
amante le pareca una Safo, y estaba seguro de encontrar una Lucrecia el
da que la necesitase. Desengaarle era una crueldad. Por qu no haba
de ser feliz mi primo unos das como lo hemos sido todos? Pero adems
hubiera sido imposible. Limiteme, pues, a tomar sobre m el cuidado de
introducirlo en el mundo, dejando a los dems el desengaarle de l.

Despus de haber presidido al cmulo de pequeeces indispensables, al
lado de las cuales nada es un corazn recto, un alma noble, ni aun una
buena figura; es decir, despus de haberse proporcionado unos cuantos
fraques y cadenas, pantalones coln y mi-coln, reloj, sortijas y media
docena de onzas siempre en el bolsillo, primeras virtudes en sociedad,
introdjelo por fin en las casas de mejor tono. Un poco de presuncin,
un personal excelente, suficiente atolondramiento para no quedarse nunca
sin conversacin, un modo de bailar semejante al de una persona que anda
sin gana, un bonito frac, seis apuestas de a onza en el _cart_, y todo
el desprecio posible de las mujeres, hablando con los hombres, le
granjearon el afecto y la amistad verdadera de todo el mundo. Es intil
decir que qued contento de su introduccin.

--Es encantadora--me dijo,--la sociedad. Qu alegra! Qu generosidad!
Ya tengo amigos, ya tengo amante!

A los quince das conoca a todo Madrid: a los veinte no haca caso ya
de su antiguo consejero: alguna vez lleg a mis odos que afeaba mi
filosofa y mis descabelladas ideas, como las llamaba:

--Preciso es que sea muy malo mi primo--deca,--para pensar tan mal de
los dems.

A lo cual sola yo responder para m:

--Preciso es que sean muy malos los dems, para haberme obligado a
pensar tan mal de ellos.

Cuatro aos haban pasado desde la introduccin de mi primo en la
sociedad: habale perdido ya de vista, porque yo hago con el mundo lo
que se hace con las pieles en verano; voy de cuando en cuando, para que
no entre el olvido en mis relaciones, como se sacan aquellas tal cual
vez al aire para que no se albergue en sus pelos la polilla. Haba, s,
sabido mil aventuras suyas de stas que, por una contradiccin
inexplicable, honran mientras slo las sabe todo el mundo en confianza,
y que desacreditan cuando las llega a saber alguien de oficio, pero nada
ms. Ocurriome en esto, noches pasadas, ir a matar a una casa la polilla
de mi relacin; y a pocos pasos encontreme con mi primo. Pareciome no
tener todo el buen humor que en otros tiempos le haba visto; no s si
me busc l a mi, o le busqu yo a l; slo s que a pocos minutos
pasebamos el saln de bracero, y alimentando el siguiente dilogo:

--T en el mundo?--me dijo.

--S, de cuando en cuando vengo: cuando veo que se amortigua mi odio,
cuando me siento inclinado a pensar bien, cuando empiezo a echarle
menos, me presento una vez, y me curo para otra temporada. Pero, t no
bailas?

--Es ridculo: quin va a bailar en un baile?

--S, por cierto... si fuera en otra parte! Pero observo, desde que
falto a esta casa, multitud de caras nuevas... que no conozco...

--Es decir, que faltas a todas las casas de Madrid... porque las caras
son las mismas; las casas son las diferentes; y por cierto que no vale
la pena de variar de casa para no variar de gente.

--As es--respond,--que falto a todas. Quisiera por lo tanto que me
instruyeses... Quin es, por ejemplo, esa joven?... linda por cierto...
baila muy bien... parece muy amable...

--Es la baronesita viuda de ***. Es una seora que, a fuerza de ser
hermosa y amable, a fuerza de gusto en el vestir, ha llegado a ser
aborrecida de todas las dems mujeres. Como su trato es harto fcil, y
no abriga ms malicia que la que cabe en veintids aos, todos los
jvenes que la ven se creen con derecho a ser correspondidos; y como al
llegar a ella se estrellan desgraciadamente los ms de sus clculos en
su virtud--porque aunque la ves tan loca al parecer, en el fondo es
virtuosa,--los unos han dado en llamar coquetera su amabilidad, los
otros, por venganza, le dan otro nombre peor. Unos y otros hablan
infamias de ella; debe, por consiguiente, a su mrito y a su virtud el
haber perdido la reputacin. Qu quieres? esa es la sociedad!

--Y aquella de aquel aspecto grave, que se remilga tanto cuando un
hombre se le acerca? Parece que tema que le vean los pies segn se baja
el vestido a cada momento.

--Esa ha entendido mejor el mundo. Esa corresponde con bufidos a todo
galn. Una casualidad rarsima me ha hecho descubrir dos relaciones que
ha tenido en menos de un ao: nadie las sabe sino yo: es casada; pero
como brilla poco su lujo, como no es una hermosura de primer orden, como
no se pone en evidencia, nadie habla mal de ella. Pasa por la mujer ms
virtuosa de Madrid. Entre las dos se pudiera hacer una maldad completa:
la primera tiene las apariencias, y sta la realidad. Qu quieres? en
la sociedad siempre triunfa la hipocresa! Mira; apartmonos: quiero
evitar el encuentro de ese que se dirige hacia nosotros: me encuentra en
la calle y nunca me saluda; pero en sociedad es otra cosa: como es tan
desairado estar de pie, sin hablar con nadie, aqu me habla siempre. Soy
su amigo para los momentos de fastidio: tambin en el Prado se me suele
agregar cuando no ha encontrado ningn amigo ms ntimo. Esa es la
sociedad.

--Pero observo que huyendo de l, nos hemos venido al _cart_. Quin
es aquel que juega a la derecha?

--Quin ha de ser? Un amigo mo ntimo, cuando yo jugaba. Ya se ve;
perda con tan buena fe! Desde que no juego no me hace caso. Ay! este
viene a hablarnos.

Efectivamente, llegsenos un joven con aire marcial y muy amistoso.

--Cmo le tratan a usted?--le pregunt mi primo.

--Pcaramente; ciento sesenta pesos he perdido. Y a usted?

--Peor todava; adis...

Ni siquiera nos contest el perdidoso.

--Hombre, si no has jugado--le dije a mi primo,--cmo dices?...

--Amigo, qu quieres? Conoc que me vena a preguntar si tena suelto.
En su vida ha tenido ciento sesenta pesos, la sociedad es para l una
especulacin; lo que no gana lo pide...

--Pero, y qu inconveniente haba en prestarle? T que eres tan
generoso...

--S, hace cuatro aos; ahora no presto ya hasta que no me paguen lo que
me deben; es decir, que ya no prestar nunca. Esa es la sociedad. Y
sobre todo, ese que nos ha hablado...

--Ah! es cierto; recuerdo que era antes tu amigo ntimo: no os
separbais.

--Es verdad; y yo lo quera: me lo encontr a mi entrada en el mundo;
tenamos nuestros amores en una misma casa, y yo tuve la torpeza de
creer simpata lo que era comunidad de intereses. Le hice todo el bien
que pude, inexperto de m! Pero de all a poco puso los ojos en mi
bella, me perdi en su opinin, y nos hizo reir: l no logr nada; pero
desbarat mi felicidad. Por mejor decir, me hizo feliz; me abri los
ojos.

--Es posible?

--Esa es la sociedad: era mi amigo ntimo. Desde entonces no tengo ms
amigos ntimos que estos pesos que traigo en el bolsillo: son los
nicos que no venden: al revs, compran.

--Y tampoco has tenido ms amores?

--Oh! eso s: de eso he tardado ms en desengaarme. Quise a una que me
quera sin duda por vanidad, porque a poco de quererla me sucedi un
fracaso que me puso en ridculo, y me dijo que no poda arrostrar el
ridculo; luego quise frenticamente a una casada: sa, s, cre que me
quera slo por m; pero hubo hablillas, que promovi precisamente
aquella fea que ves all, que como no puede tener amores, se complace en
desbaratar los ajenos; hubieron de llegar a odos del marido, que empez
a darle mala vida: entonces mi apasionada me dijo que empezaba el
peligro y que deba concluirse el amor; su tranquilidad era lo primero.
Es decir, que amaba ms su comodidad que a m. Esa es la sociedad.

--Y no has pensado nunca en casarte?

--Muchas veces; pero a fuerza de conocer maridos, tambin me he
desengaado.

--Observo que no llegas a hablar a las mujeres.

--Hablar a las mujeres en Madrid? Como en general no se sabe hablar de
nada, sino de intrigas amorosas, como no se habla de artes, de ciencias,
de cosas tiles, como ni de poltica se entiende, no se puede uno
dirigir ni sonrer tres veces a una mujer; no se puede ir dos veces a su
casa sin que digan: Fulano hace el amor a Mengana. Esta expresin pasa
a sospecha, y dicen con una frase por cierto bien poco delicada: Si
estar metido con Fulana? Al da siguiente esta sospecha es ya una
realidad, un compromiso. Luego hay mujeres, que porque han tenido una
desgracia o una flaqueza, que se ha hecho pblica por este hermoso
sistema de sociedad, estn siempre acechando la ocasin de encontrar
cmplices o imitadoras que las disculpen, las cuales ahogan la vergenza
en la murmuracin. Si hablas a una bonita, la pierdes; si das
conversacin a una fea, quieres atrapar su dinero. Si gastas chanzas con
la parienta de un ministro, quieres un empleo. En una palabra, en esta
sociedad de ociosos y habladores nunca se concibe la idea de que puedas
hacer nada inocente, ni con buen fin ni aun sin fin.

Al llegar aqu no pude menos de recordar a mi primo sus expresiones de
haca cuatro aos:

--Es encantadora la sociedad: qu alegra! qu generosidad! ya tengo
amigos, ya tengo amante!

Un apretn de manos me convenci de que me haba entendido.

--Qu quieres?--me aadi de all a un rato;--nadie quiere creer sino
en la experiencia: todos entramos buenos en el mundo, y todo andara
bien si nos buscramos los de una edad; pero nuestro amor propio nos
pierde: a los veinte aos queremos encontrar amigos y amantes en las
personas de treinta, es decir, en las que han llevado el chasco antes
que nosotros, y en los que ya no creen: como es natural, le llevamos
entonces nosotros y se lo pegamos luego a los que vienen detrs. Esa es
la sociedad; una reunin de vctimas y de verdugos. Dichoso aquel que
no es verdugo y vctima a un tiempo! pcaros, necios, inocentes! Ms
dichoso an, si hay excepciones, el que puede ser excepcin!




LAS PALABRAS


No s quin ha dicho que el hombre es naturalmente malo: grande
picarda por cierto! nunca hemos pensado nosotros as: el hombre es un
infeliz, por ms que digan: un poco fiero, algo travieso, eso s; pero
en cuanto a lo dems, si ha de juzgarse de la ndole del animal por los
signos exteriores, si de los resultados ha de deducirse alguna
consecuencia, quisiera yo que Aristteles y Plinio, Buffon y Valmont de
Vaumare, me dijesen qu animal, por animal que sea, habla y escucha. He
aqu precisamente la razn de la superioridad del hombre, me dir un
naturalista: y he aqu precisamente la de su inferioridad, segn pienso
yo, que tengo ms de natural que de naturalista. Presente usted a un
len devorado del hambre (cualidad nica en que puede compararse el
hombre al len), presntele usted un carnero, y ver usted precipitarse
a la fiera sobre la inocente presa, con aquella oportunidad, aquella
fuerza, aquella seguridad que requiere una necesidad positiva que est
por satisfacer.

Presntele usted al lado un artculo de un peridico, el ms lindamente
escrito y redactado; hblele usted de felicidad, de orden, de bienestar;
y aprtese usted algn tanto, no sea que si lo entiende, le pruebe su
garra que su nica felicidad consiste en comrselo a usted. El tigre
necesita devorar al gamo; pero seguramente que el gamo no espera a or
sus razones. Todo es positivo y racional en el animal privado de la
razn. La hembra no engaa al macho, y viceversa, porque como no
hablan, se entienden. El fuerte no engaa al dbil por la misma razn: a
la simple vista huye el primero del segundo, y ste es el orden, el
nico orden posible. Dseles el uso de la palabra: en primer lugar,
necesitarn una academia para que se atribuya el derecho de decirles que
tal o cual vocablo no debe significar lo que ellos quieren, sino
cualquiera otra cosa; necesitarn sabios, por consiguiente, que se
ocupen toda una larga vida en el hablar de cmo se ha de hablar;
necesitarn escritores que hagan macitos de papeles encuadernados, que
llamarn libros, para decir sus opiniones a los dems, a quienes creen
que importan. El len ms fuerte subir a un rbol y convencer a la ms
dbil alimaa de que no ha sido criada para ir y venir y vivir a su
albedro, sino para obedecerle: y no ser lo peor que el len lo diga,
sino que lo crea la alimaa. Pondrn nombre a las cosas, y llamando a
una _robo_, a otra _mentira_, a otra _asesinato_, conseguirn, no
evitarlas, sino llenar de delincuentes los bosques. Crearn la vanidad y
el amor propio: el noble bruto que dorma tranquilamente las
veinticuatro horas del da, se desvelar ante la fantasma de una
distincin; y al hermano, a quien slo mataba para comer, matarle
despus por una cinta blanca o encarnada. Deles usted, en fin, el uso de
la palabra y mentirn: la hembra al macho por amor; el grande al chico
por ambicin; el igual al igual por rivalidad; el pobre al rico por
miedo y por envidia; querrn gobierno como cosa indispensable, y en la
clase de l estarn de acuerdo vive Dios! stos se dejarn degollar
porque los mande uno slo, aficin que nunca he podido entender;
aqullos querrn mandar a uno solo, lo cual no me parece gran triunfo;
aqu querrn mandar todos, lo cual ya entiendo perfectamente; all
sern los animales nobles, de alta cuna, quiere decir... (o mejor, no s
lo que quiere decir) los que manden a los de baja cuna; all no habr
diferencia de cuna... Qu confusin! Qu laberinto! Laberinto que
prueba que en el mundo existe una verdad, una cosa positiva, que es la
nica justa y buena, que esa la reconocen todos y convienen en ella: de
eso proviene no haber diferencias.

En conclusin, los animales, como no tienen el uso de la razn ni de la
palabra, no necesitan que les diga un orador cmo han de ser felices: no
pueden engaar ni ser engaados, no creen ni son credos.

El hombre, por el contrario, el hombre habla y escucha; el hombre cree,
y no as como quiera, sino que cree todo. Qu ndole! El hombre cree en
la mujer, cree en la opinin, cree en la felicidad... Qu s yo en lo
que cree el hombre! Hasta en la verdad cree.--Dgale usted que tiene
talento.--_Cierto!_ exclama en su interior.--Dgale usted que es el
primer ser del universo.--_Seguro_, contesta:--Dgale usted que le
quiere.--_Gracias_, contesta de buena fe.--Quiere usted llevarle a la
muerte? trueque usted la palabra, y dgale: _te llevo a la gloria_:
ir--Quiere usted mandarle? dgale usted sencillamente: _yo debo
mandarte_.--_Es indudable_, contestar.

He aqu todo el arte de manejar a los hombres. Y es malo el hombre?
Qu manada de lobos se contenta con un manifiesto? Carne pedirn y no
palabras. _El hambre oh lobos!_ decidles, _se ha acabado, ahogado el
monstruo para siempre_...--_Mentira_--gritarn los lobos...--_al redil;
el hambre se quita con cordero_...--_La hidra de la discordia oh
ciudadanos_!--dice por el contrario un peridico a los hombres,--_yace
derribada con mano fuerte: el orden, de hoy ms, ser la base del
edificio social: ya asoma la aurora de justicia por qu s yo qu
horizonte: el iris de paz_ (que no significa paz) _luce despus de la
tormenta_ (que no se ha acabado): _de hoy ms la legalidad_ (que es la
cuadratura del crculo) _ser el fundamento del procomn_... etctera.
Ha dicho usted _hidra de la discordia_, _justicia_, _procomn_,
_horizonte_ y _legalidad_? Ved en seguida a los pueblos palmotear, hacer
versos, levantar arcos, poner inscripciones.--Maravilloso don de la
palabra! Fcil felicidad! Despus de un breve diccionario de palabras
de poca, tmese usted el tiempo que quiera: con slo decir _maana_ de
cuando en cuando y de echarles palabras todos los das, como echaba
Eneas la torta al Cancerbero, duerma usted tranquilo sobre sus laureles.

Tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre...
palabras todo, ruido, confusin: positivo nada. Bienaventurados los que
no hablan, porque ellos se entienden!




POR AHORA


En nuestro ltimo artculo dejamos ligeramente apuntado que hay _cosas
buenas_ en el mundo; y probamos hasta la evidencia, como solemos, que
una de ellas es la polica. Como no nos pasa por la imaginacin que uno
solo de nuestros lectores se haya resistido a nuestras razones, tratamos
de probar hoy otra verdad ms indisputable todava, a saber: que,
sentado el principio de que hay cosas buenas, hay _palabras_ que parecen
_cosas_, es decir, que hay _palabras buenas_.

A primera vista parece que buenas deben ser todas las palabras, puesto
que sirven todas para hablar, o sea para gastar conversacin, que es el
fin que parecemos proponernos; esto es un error, sin embargo, y error
grave. Palabras hay malas, profundamente malas por s mismas, y sin
necesidad de accesorios, que forman por s solas oracin y sentido, por
ms que suelan ellas no tener sentido comn. Palabras que valen ms que
un discurso, y que dan que discurrir; cuando uno oye, por ejemplo, la
palabra _conspiracin_, cree estar viendo un drama entero, y aunque no
sea nada en realidad. Cuando uno oye la palabra _libertad_, slo ella,
solita, cree uno estar oyendo una larga comedia. Cuando uno oye la
palabra _imprenta_, no cree ver detrs la censura, el imposible
vencido, la cuadratura del crculo, la gran quisicosa? No hay quien ve
en ella el abismo, la anarqua, aquel qu s yo, que nadie sabe explicar
ni comprender? Cada una de estas palabras son verdaderas linternas
mgicas; el mundo todo pasa al travs de ellas. Una vez encendidas todo
se ve dentro.

Estas palabras que encierran por s solas una significacin entera y
determinada, son malas generalmente; las buenas son aqullas que no
dicen nada por s, como por ejemplo: prosperidad, ilustracin, justicia,
regeneracin, siglo, luces, responsabilidad, marchar, progreso, reforma,
etc. Estas no tienen un sentido fijo y decisivo; hay quien las entiende
de un modo, hay quien las entiende de otro, hay, por fin, quien no las
entiende de ninguno. Estas son buenas, porque, blandas como cera,
adptanse a todas las figuras; stas son, en fin, el alimento de toda
conversacin. Con ellas no hay discurso que no se pueda sostener, no hay
cosa que no se pueda probar, no hay pueblo a quien no se pueda
convencer. Estas son las palabras que parecen cosas.

Ahora bien; cuando dos de estas palabras insignificantes y maleables se
llegan a encontrar en el camino una de otra, nense al momento y se
combinan por una rara afinidad filolgica; y entonces no toman por eso
mayor sentido; todo lo contrario, juntas, suelen querer decir menos
todava que separadas; entonces estas palabras buenas suelen convertirse
en lo que vulgarmente llamamos buenas palabras.

He aqu las reflexiones que tenamos presentes al sentar en el papel el
titulillo de este artculo. Nadie nos negar que la palabra _por_ quiere
decir poco cuando va sola; pues de la palabra _ahora_, no decimos nada.
He aqu, pues, dos palabras excelentes, y combnense como se combinen.
Jntese el _por_ con el _que_, y resultar el _porque_. Siempre se ha
dicho que el _por qu_ de las cosas es inaveriguable; por consiguiente,
no quiere decir nada. Pngase el _ahora_ en _oracin_, y digamos, por
ejemplo: Qu hay ahora? Qu se hace ahora? Nada. Ambas son, pues,
palabras nulas, y buenas, por consiguiente. Combnense ahora juntas, y
digamos: _por ahora_, y se ver el efecto peregrino de la suma de todas
las nulidades.

Pocas palabras hay tan buenas, tan tiles en el da, tan en boga; pocas
palabras buenas que puedan tan fcilmente convertirse en _buenas
palabras_. A qu nos contesta usted con el _por ahora_? Es la espada de
Alejandro, que corta todo nudo gordiano; es la panacea universal que
templa todos los dolores. Buena jornada habamos echado, si no
pudiramos contestar a todo: _por ahora_.

Cunto no suaviza esta frase toda mala contestacin? Por mejor decir,
no hay con ella mala contestacin posible, y todo aquel que sepa lo que
es una repulsa seca, sabr apreciar cunto valen las buenas palabras.
Son el vino que se mezcla con el agua para quitarle su crudeza.
Ejemplo: _No_, quiere decir que _no_. Pero si en vez de decir _no_, dice
usted _por ahora no_, aunque usted quiera decir lo mismo, si habla usted
sobre todo con un tonto, como suele suceder, ha dicho usted una gran
cosa. Y qu cuesta decir dos palabras ms?

Convencidos hombres muy ilustrados de esta verdad, cmo pudieran no
usarlas continuamente?

Lluevan sobre ellos en buena hora demandas y peticiones, renuvese la
tabla de los derechos, clamen por todas partes tribuna y peridicos por
la libertad de imprenta; no le respondern a usted con un _no_ seco,
sino que _por ahora no conviene_. Pida usted ms garantas; abogue usted
por una verdadera seguridad individual; porque tal o cual estado es
absurdo. _Lo vemos_--respondern,--y lo que es ms, _con dolor_; empero
_por ahora_ no es oportuno. Para que un pueblo est bien gobernado, para
que sea feliz, es preciso que se difunda la _ilustracin_; para que un
pueblo sea libre, es preciso que sepa mucho... y est bastantemente
ilustrado... vanse si no Grecia y Roma; aqullos eran pueblos libres...
pero lo que se saba all! qu pueblos tan ilustrados! Qu tiene que
ver la Espaa del siglo XIX con la Grecia de Licurgo y la Roma de Numa?

Venga usted a decirme que el sistema judicial no es gran cosa. Que cada
uno multa como le da la gana, y juzga como le parece. Pero eso es _por
ahora_ no ms. Deje usted que llegue aquel da raro, aquel da
particular, que ha de ser el decisivo; da, en fin, de la oportunidad,
el da que nos convenga pasarlo bien, que ese da ser otra cosa.

Que hay confusin de poderes, de palabras y de cosas; que no nos
entendemos; que es una verdadera Babel; que no andamos un paso, un solo
paso; pero eso es _por ahora_. Todava no conviene que nos entendamos.
Es preciso buscar el momento oportuno. Pues qu, no hay ms que
entenderse cualquier da del ao, cualquier ao del siglo?

Y quin es el encargado, preguntarn ustedes, de conocer el momento?
quin es ese sabio sagaz y penetrante, que ha de conocer cundo nos
conviene ser iguales, ser libres, poder hablar, ser, en una palabra,
felices? dnde est la lnea divisoria entre la inoportunidad y la
oportunidad? quin es el ilustrado encargado de medir nuestra
ilustracin?

_Por ahora_, amigo lector, no se columbra todava a ese
sabio--responderemos;--ni nosotros hemos hecho nimo de responder _por
ahora_ a todas las preguntas; ni nos dejarn responder tampoco _por
ahora_, aunque quisiramos. Limitmonos _por ahora_ a probar que, como
hay cosas buenas entre nosotros, hay palabras que parecen cosas, y
_palabras buenas_ que nos dan por _buenas palabras_. Que las voces _por
ahora_ son las primeras de ese gnero, y si bien se mira, bastante hemos
dicho _por ahora_.




EL MINISTRIAL


Qu me importa a m que Locke exprima su exquisito ingenio para
defender que no hay ideas innatas, ni que sea la divisa de su escuela:
_Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu_? Nada. Locke
pudiera muy bien ser un visionario, y en ese caso, ni sera el primero
ni el ltimo. En efecto, no deba de andar Locke muy derecho: figrese
el lector que siempre ha sido autor prohibido en nuestra patria!... Y no
se me diga que ha sido mal mirado, como cosa revolucionaria, porque, sea
dicho entre nosotros, ni fue nunca Locke emigrado, ni tuvo parte en la
constitucin del ao 12, ni empleo el ao 20, ni fue nunca periodista,
ni tampoco urbano. Ni menos fue perseguido por liberal; porque en sus
tiempos no se saba lo que era haber en Espaa ministros liberales. Sin
embargo, por ms que l no escribiese de ideas para Espaa, en lo cual
anduvo acertado, y por ms que se le hubiese dado un bledo de que todos
los padres censores de la Merced y de la Vitoria condenasen al fuego sus
peregrinos silogismos, bien empleado le estuvo. Yo quisiera ver al seor
Locke en Madrid en el da, y entonces veramos si seguira sosteniendo
que porque un hombre sea ciego y sordo desde que naci, no ha de tener
por eso ideas de cosa alguna que a esos sentidos ataa y pertenezca. Es
cosa probada que el que no ve ni oye claro a cierta edad, ni ha visto
nunca ni ver. Pues bien, hombres conozco yo en Madrid de cierta edad, y
no uno ni dos, sino lo menos cinco, que as ven y oyen claro como yo
vuelo. Hbleles usted, sin embargo, de ideas; no slo las tienen, sino
que ojal! no las tuvieran. Y de que estas ideas son innatas, as me
queda la menor duda, como pienso en ser nunca ministerial; porque, si no
nacen precisamente con el hombre, nacen con el empleo, y sabido se est
que el hombre, en tanto es hombre en cuanto tiene empleo.

Podra haber algo de confusin en lo que llevo dicho, porque los
idelogos ms famosos, los Condillac y Destutt-Tracy, hablan slo del
hombre, de ese animal privilegiado de la creacin, y yo me cio a hablar
del ministerial, ese ser privilegiado de la gobernacin. Saber ahora lo
que va de ministerial a hombre, es cuestin para ms despacio, sobre
todo cuando creo ser el primer naturalista que se ocupa de este ente, en
ninguna zoologa clasificado. Los antiguos, por supuesto, no le
conocieron: as es que ninguno de sus autores le mienta para nada entre
las curiosidades del mundo antiguo, ni se ha descubierto ninguno en las
excavaciones de Herculano, ni Coln encontr uno solo entre todos los
indios que descubri; y entre los modernos, ni Buffon le ech de ver
entre los racionales, ni Valmont de Vaumare le reconoce; ni entre las
plantas le coloca Jusieu, Tournefort, ni de Candolle, ni entre los
fsiles le clasifica Cuvier; ni el barn de Humboldt, en sus largos
viajes, hace la cita ms pequea que pueda a su existencia referirse.
Pues decir que no existe, sin embargo, sera negar la fe, y vive Dios
que mejor quiero pasar que la fe y el ministerialismo sean cosas para
renegadas que para negadas, por ms que pueda haber en el mundo ms de
un ministerial completamente negado.

El ministerial podr no ser hombre; pero se le parece mucho, por defuera
sobre todo: la misma fachada, el exterior mismo. Por supuesto, no es
planta, porque no se cra ni se coge; ms bien pertenecera al reino
mineral, lo uno porque el ministerialismo tiene algo de mina, y lo otro
porque se forma y crece por superposicin de capas: lo que son las
diversas capas superpuestas en el reino mineral, son los empleos
aglomerados en l: a fuerza de capas medra un mineral; a fuerza de
empleos crece un ministerial, pero en rigor tampoco pertenece a este
reino. Con respecto al reino animal, somos harto urbanos, sea dicho con
terror suyo, para colocar al ministerial en l. En realidad, el
ministerial ms tiene de artefacto que de otra cosa. No se cra, sino
que se hace, se confecciona. La primera materia, la masa, es un hombre.
Coja usted un hombre (si es usted ministro, se entiende, porque si no,
no sale nada): sonrasele usted un rato, y le ver usted ir tomando
forma, como el pintor ve salir del lienzo la figura con una sola
pincelada. Dele usted un toque de esperanza, derecho al corazn, un
ligero barniz de nombramiento, y un color pronunciado de empleo, y le ve
usted irse doblando en la mano como una hoja sensitiva, encorvar la
espalda, hacer atrs un pie, inclinar la frente, rer a todo lo que
diga: y ya tiene usted hecho un ministerial. Por aqu se ve que la
confeccin del ministerial tiene mucho de sublime, como lo entiende
Longino. Dios dijo: _Fiat lux, et lux facta fuit_. Se sonri un
ministro, y qued hecho un ministerial. Dios hizo al hombre a su
semejanza, por ms que diga Voltaire que fue al revs: as tambin un
ministro hace un ministerial a imitacin suya. Una vez hecho, le sucede
lo que al famoso escultor griego que se enamor de su hechura, o lo que
al Supremo Hacedor, de quien dice la Biblia a cada creacin concluida:
_Et vidit Deus quod erat bonum_. Hizo el ministro su ministerial, y vio
lo que era bueno.

Aqu entra confesar que soy un s es no es materialista, si no tanto que
no pueda pasar entre las gentes del da, lo bastante para haber muerto
emparedado en la difunta que muri de hecho ha catorce aos, y que mat
no ha mucho de derecho al ministerio de Gracia y Justicia, que fue
matarla muerta. Dgolo, porque soy de los que opinan en los ratos que
estoy de opinar algo sobre algo, con muchos fisilogos y con Gall, sobre
todo, que el alma se adapta a la forma del cuerpo, y que la materia en
forma de hombre da ideas y pasiones, as como da naranjas en forma de
naranjo. La materia, que en forma slo de procurador produca un
discurso racional, unas ideas intrpretes de su provincia, se seca, se
adultera en forma ministerial; y aqu entran las ideas innatas, esto es,
las que nacen con el empleo, que son las que yo sostengo, mal que les
pese a los idelogos. Aqu es donde empieza el ministerial a participar
de todos los reinos de la naturaleza. Es mona por una parte de suyo
imitadora; vive de remedo. Mira al amo de hito en hito: hace ste un
gesto? miradle reproducido como en un espejo en la fisonoma del
ministerial. Se levanta el amo? La mona al punto monta a caballo. Se
sienta el amo? Abajo la mona! Es papagayo por otra parte; palabra
soltada por el que le ensea, palabra repetida. Sucdele as lo que a
aquel loro, de quien cuenta Jouy que habiendo escapado con vida de una
batalla naval, a que se hall casualmente, qued para toda su vida
repitiendo, lleno de terror, el caoneo que haba odo: pum, pum, pum!
sin nunca salir de esto. El ministerial no sabe ms que este caoneo:
La Espaa no est madura.--No es oportuno.--Pido la palabra en
contra.--No se crea que al tomar la palabra lo hago para impugnar la
peticin, sino slo s para hacer algunas observaciones, etc. Y todo
por qu? porque le suena siempre en los odos el caoneo del ao 23. No
ve ms que el Zurriago, no oye ms que Angulema.

Es cangrejo porque se vuelve atrs de sus mismas opiniones francamente;
abeja en el chupar; reptil en el serpentear; mimbre en lo flexible; aire
en el colarse, agua en seguir la corriente; espino en agarrarse a todo;
aguja imantada en girar siempre a su norte; girasol en mirar al que
alumbra: muy buen cristiano en no votar; y semjase, en fin, por lo
mismo, al camello en poder pasar largos das de abstinencia; as es que
en la votacin ms decidida lzase el ministerial y exclama:--Me
abstengo!--pero, como aquel animal, sin perjuicio de desquitarse de la
larga abstinencia a la primera ocasin.

El ministerial anda a paso de reforma; es decir, que ms parece que se
columpia, sin moverse de un sitio, que no que anda.

Es, por ltimo, el ministerial de suyo tmido y miedoso. Su coco es el
urbano: no se sabe por qu le ha tomado miedo; pero que se le tiene es
evidente: semejante a aquel loco clebre que vea siempre la mosca en
sus narices, tiene de continuo entre ceja y ceja la anarqua: y as la
anda buscando por todas partes, como busca Guzmn en _La Pata de cabra_
las fantasmas por entre las rendijas de las sillas. El ministerial, para
concluir, es ser que dar chasco a cualquiera, ni ms ni menos que su
amo. Todas las esperanzas anteriores, sus antecedentes todos se
estrellan al llegar al silln; a cuyo propsito quiero contar un cuento
a mis lectores.

Era ao de calamidad para un pueblo de Castilla, cuyo nombre callar;
reuniose el Ayuntamiento, y resolvi recurrir a otro pueblo inmediato,
en el cual se veneraba el cuerpo de un santo muy milagroso, segn las
ms acordes tradiciones, en peticin de la sagrada reliquia y de alguna
semilla de granos para la nueva cosecha. Hzose el pedido, que fue al
punto mismo otorgado. Al ao siguiente pasaba el alcalde del pueblo sano
por el afligido: es de advertir que, contra todas las esperanzas, si
bien la cosecha era abundante, el cielo, que oculta siempre al hombre
dbil sus altos fines, no haba querido terminar la plaga, sin duda
porque al pueblo no le deba de convenir.

--Cmo ha ido por sta?--le preguntaba el uno al otro alcalde.

--Amigo--le respondi el preguntado, con expresin doliente y
afligida,--la semilla asombrosa... pero... no quisiera decrselo a
usted.

--Hombre! qu?

--Nada: la semilla, como digo, asombrosa, pero el santo sali flojillo.

Los ministeriales, efectivamente, amigo lector, no quisiera decirlo,
pero salieron tambin flojillos.




EN ESTE PAS


Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y
que se derraman por toda una nacin, as como se propagan hasta los
trminos de un estanque las ondas producidas por la cada de una piedra
en medio del agua. Muchas de este gnero pudiramos citar, en el
vocabulario poltico sobre todo; de esta clase son aquellas que
halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en
nuestros odos en los aos que van pasados de este siglo, tan fecundo en
mutaciones de escenas y en cambios de decoraciones. Cae una palabra de
los labios de un perorador en un pequeo crculo, y un gran pueblo
ansioso de palabras la recoge, la pasa de boca en boca, con la rapidez
del golpe elctrico un crecido nmero de mquinas vivientes la repite y
la consagra, las ms veces sin entenderla, y siempre sin calcular que
una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la
muchedumbre, inflamar los nimos y causar en las cosas una revolucin.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las
circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como
sonido vago que son, perderse en lontananza, conforme se apartan de la
causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre
nosotros, cuya existencia es tanto ms difcil de concebir, cuanto que
no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; stas sirven
en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los
cados, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la
generosa condicin del hombre; pero la frase que forma el objeto de este
artculo se perpeta entre nosotros, siendo slo un funesto padrn de
ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen: as la
repiten los vencidos como los vencedores, los que pueden como los que no
quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraos.

_En este pas_... esta es la frase que todos repetimos a porfa, frase
que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea
la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. Qu quiere usted?
decimos _en este pas!_ Cualquier acontecimiento desagradable que nos
suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: _cosas de
este pas_; que con vanidad pronunciamos, y sin pudor alguno repetimos.

Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nacin? No creo que
pueda ser ste su origen, porque slo puede conocer la carencia de una
cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los
individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estaran realmente
atrasados. Es la pereza de imaginacin o de raciocinio que nos impide
investigar la verdadera razn de cuanto nos sucede, y que se goza en
tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios
argumentos, hacindose cada uno la ilusin de no creerse cmplice de un
mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del pas en general?
Esto parece ms ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresin. Cuando se
halla un pas en aquel crtico momento en que se acerca a una
transicin, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar en
sus ojos un ligero resplandor, no conoce todava el bien, empero ya
conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa
que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucdele lo que a una joven
bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todava, ni sus
goces; su corazn, sin embargo, o la naturaleza, por mejor decir, le
empieza a revelar una necesidad que pronto ser urgente para ella, y
cuyo germen y cuyos medios de satisfaccin tiene en s misma, si bien
los desconoce todava; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansa,
sin saber qu, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del
anterior en que viva; y vsela despreciar y romper aquellos mismos
sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante
existencia.

Este es acaso nuestro estado, y ste a nuestro entender el origen de la
fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre
nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos
llegar a poseerle, si bien sin imaginar an el cmo. Afectamos, pues,
hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a los que nos oyen que
conocemos cosas mejores, y nos queremos engaar miserablemente unos a
otros estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y
aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los
mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso
del que teniendo apetito desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza
de un suntuoso convite incierto, que se verificar o no se verificar
ms tarde. Substituyamos sabiamente a la esperanza de maana el recuerdo
de ayer, y veamos si tenemos razn en decir a propsito de todo: _Cosas
de este pas!_

Slo con el auxilio de las anteriores reflexiones puedo comprender el
carcter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instruccin est
reducida al poco latn que le quisieron ensear y que l no quiso
aprender, cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en
los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros ms
filosficos; que no conoce, en fin, ms ilustracin que la suya, ms
hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que l, ni ms
mundo que el saln del Prado, ni ms pas que el suyo. Este fiel
representante de gran parte de nuestra juventud desdeosa de su pas,
fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontrele en una habitacin mal amueblada y peor dispuesta, como de
hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aqu y all, un
espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

--Este cuarto est hecho una leonera--me dijo.--Qu quiere usted? _en
este pas_...

Y qued muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido haba
encontrado.

Empeose en que haba de almorzar con l, y no pude resistir a sus
instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente
algn nuevo achaque, y no tard mucho en decirme:

--Amigo, en este pas no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que
recurrir a los platos comunes y al chocolate.

--Vive Dios--dije yo para m,--que cuando en este pas se tiene un buen
cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede
almorzar un excelente beefstek con todos los adherentes de un almuerzo
_ la fourchette_; y que en Pars los que pagan ocho o diez reales por
un _appartement garni_, o una mezquina habitacin en una casa de
huspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos
trufados ni con champaa.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los pases, y
me inst a que pasase el da con l; y yo, que haba empezado ya a
estudiar sobre aquella mquina, como un anatmico sobre un cadver,
acept inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente a pesar de su notoria inutilidad. Llevome,
pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales
contaba, habase llevado el uno otro candidato que haba tenido ms
empeo que l.

--Cosas de Espaa!--me sali diciendo, al referirme su desgracia.

--Ciertamente--le respond, sonrindome de su injusticia,--porque en
Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que
all todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretenda haba sido dado a un hombre de ms luces
que l.

--Cosas de Espaa!--me repiti.

--S, porque en otras partes colocan a los necios--dije para m.

Llevome en seguida a una librera, despus de haberme confesado que
haba publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Pregunt cuntos
ejemplares se haban vendido de su peregrino folleto, y el librero
respondi:

--Ni uno.

--Lo ve usted, Fgaro?--me dijo:--lo ve usted? En este pas no se
puede escribir. En Espaa no se puede escribir. En Pars hubiera vendido
diez ediciones.

--Ciertamente--le contest,--porque los hombres como usted venden en
Pars sus ediciones. En Pars no habr libros malos que no se lean, ni
autores necios que se mueran de hambre.

--Desengese usted: en este pas no se lee--prosigui diciendo.

--Y usted que de eso se queja, seor don Periquito, usted qu lee?--le
hubiera podido preguntar.--Todos nos quejamos de que no se lee, y
ninguno leemos.

--Lee usted los peridicos?--le pregunt, sin embargo.

--No, seor, en este pas no se sabe escribir peridicos. Lea usted ese
_Diario de los Debates_, ese _Times_!

Es de advertir que don Periquito no sabe francs ni ingls, y que en
cuanto a peridicos, buenos o malos, en fin, los hay y muchos aos no
los ha habido.

Pasbamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este
pas y clamaba:

--Qu basura! en este pas no hay polica.

En Pars las casas que se destruyen no producen polvo.

Meti el pie torpemente en un charco.

--No hay limpieza en Espaa!--exclamaba.

--En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo.

--Ah, pas de ladrones!--vociferaba indignado.

Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los
malhechores a la mitad de un da de niebla, a los transentes.

Nos peda limosna un pobre.

--En este pas no hay ms que miseria!--exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

bamos al teatro.

--Oh qu horror!--deca mi don Periquito con compasin, sin haberlos
visto mejor en su vida.--Aqu no hay teatros!

Pasbamos por un caf.

--No entremos. Qu cafs los de este pas!--gritaba.

Se hablaba de viajes.

--Oh! Dios me libre; en Espaa no se puede viajar! qu posadas! qu
caminos!

Oh infernal comezn de vilipendiar este pas que adelanta y progresa de
algunos aos a esta parte ms rpidamente que adelantaron esos pases
modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

Por qu los don Periquitos que todo lo desprecian en el ao 33, no
vuelven los ojos a mirar atrs, o no preguntan a sus paps del tiempo
que no est tan distante de nosotros, en que no se conoca en la corte
ms botillera que la de Canosa, ni ms bebida que la leche helada; en
que no haba ms caminos en Espaa que el del cielo; en que no existan
ms posadas que las descritas por Moratn en el _S de las Nias_, con
las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Prdigo, o las
malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corran ms
carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y
polacos repartan a naranjazos los premios al talento dramtico, y
llevaba el pblico al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos
la representacin de las comedias de figurn y dramas de Comella; en
que no se conoca ms pera que el Marlborough--o Mambruc, como dice el
vulgo,--cantado a la guitarra; en que no se lea ms peridico que el
_Diario de Avisos_, y en fin... en que...

Pero acabemos este artculo, demasiado largo para nuestro propsito: no
vuelven a mirar atrs porque habra de poner un trmino a su
maledicencia, y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este
pas se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, mas que a
los don Periquitos que nos rodean pese y avergence.

Cuando omos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un
pas donde las ventajas de la ilustracin se han hecho conocer con mucha
anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra
inspeccin examinar, nada extraamos en su boca, sino en la falta de
consideracin y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo
hombre honrado que la recibe; pero cuando omos la expresin
despreciativa que hoy merece nuestra stira en bocas de espaoles, de
espaoles sobre todo que no conocen ms pas que este mismo suyo que tan
injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignacin lmites en
que contenerse.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresin que no
nombra a este pas sino para denigrarlo; volvamos los ojos atrs,
comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos
comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que
el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros
vecinos; slo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros
artculos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresin que contribuye a
aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas
tenemos. Hagamos ms favor o justicia a nuestro pas, y cremosle capaz
de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada espaol con sus deberes de buen
patricio, y en vez de alimentar nuestra inaccin con la expresin de
desaliento: _Cosas de Espaa!_ contribuya cada cual a las mejoras
posibles; entonces este pas dejar de ser tan mal tratado de los
extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de l les damos
nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.




LA ALABANZA

o

QUE ME PROHIBAN ESTE


Suponiendo que se escriba con principios, se puede escribir despus con
varios fines. O se escribe para s, o se escribe para otros. Descifremos
bien esto. Lo que se escribe en un libro de memorias se escribe
evidentemente para s. De modo que un _souvenir_ es un monlogo escrito.
No dir precisamente que sea necio el decirse uno las cosas a s mismo,
porque al cabo, dnde haban de encontrar ciertos hombres un auditorio
indulgente si no hablasen consigo mismos? Lo que dir es que yo nac con
buena memoria. Ojal fuera mentira! Y tengo reparado que las cosas que
una vez me interesan, tarde o jams se me olvidan; por lo tanto nunca
las apunt; y las que no me interesaron, siempre juzgu que no valan la
pena de apuntarlas. Por otra parte, de diez cosas que en la vida
suceden, las nueve son malas, sin que esto sea decir que la otra sea
enteramente buena. Razn de ms para no apuntar. Cunto ms filosfico
y ms consolador sera substituir al _souvenir_ otro repertorio de
anotaciones llamado _olvido_! _Cosas que debo olvidar_, pondra uno
encima: figrese el lector si el tal librico necesitara hojas, y si
podra uno estar ocioso un solo instante, una vez comprometido a llenar
sus pginas de buena fe. Siempre he abundado en la idea de que se hacen
generalmente las cosas al revs: el _souvenir_ es una idea inversa; en
este sentido nunca he escrito para m.

Continuemos echando una ojeada sobre los que escriben para s.

El que escribe un memorial escribe sin duda para s. Generalmente nadie
lee los memoriales, sino el que los escribe, que es el nico a quien
importan; la prueba de esto es que cuando el empleo se ha de dar, ya
est dado antes de hacer el memorial; y cuando hay que hacer el
memorial, es seal de que no hay que contar con el empleo. Apelo a los
seores que estn colocados y a los que se han de colocar. Es, pues, ms
necio escribir un memorial, que un _souvenir_. En este sentido tampoco
he escrito nunca para m.

El que escribe un informe, un consejo, un parecer, escribe para s; la
prueba es que generalmente siempre se pide el consejo despus de tomada
la determinacin, y que cuando el informe no gusta se desecha.

El que escribe a una querida escribe para s, por varias razones; por lo
regular rara vez se encuentran dos amantes en igual grado de pasin; por
consiguiente, el calor del uno es hielo para el otro, y viceversa.
Adems, desde el momento en que dejamos de querer a nuestra amada,
dejamos de escribirle. Prueba de que no escribamos para ella.

Los autores han dicho siempre en sus prlogos, y se lo han llegado a
creer ellos mismos, que escriben para el pblico; no sera malo que se
desengaasen de este error. Los no ledos y los silbados escriben
evidentemente para s: los aplaudidos y celebrados escriben por su
inters, alguna vez por su gloria; pero siempre para s.

Quin es, pues, me dirn, el que escribe para otro? Lo dir. En los
pases en que se cree que es daoso que el hombre diga al hombre lo que
piensa, lo cual equivale a creer que el hombre no debe saber lo que
sabe, y que las piernas no deben andar; en los pases donde hay censura,
en esos pases es donde se escribe para otro, y ese otro es el censor.
El escritor que, lleno ya un pliego de papel, lo lleva a casa de un
censor, el cual le dice que no se puede escribir lo que l lleva ya
escrito, no escribe ni siquiera para s. No escribe ms que para el
censor. Este es el nico hombre en que yo disculpara que escribiese un
libro de memorias, y hasta que escribiese un memorial. A mayores
tonteras puede obligar una prohibicin.

Estoy muy lejos de querer decir que yo haya escrito nunca para otro, en
este sentido, porque, aunque es verdad que he tenido relaciones con
varios seores censores, por otra parte muy benemritos, puedo asegurar
que en cuanto he escrito nunca he puesto una sola palabra para ellos, no
porque no crea que no son muy capaces de leer cualquier cosa, sino
porque siempre acaban por establecerse entre el censor y el escritor
etiquetillas fastidiosas y dimes y diretes de poca monta, y, a decir
verdad, soy poco amigo de cumplimientos. Los de los censores me hacen el
mismo efecto que le hacan al portugus los del casteao. El cuento es
harto sabido para repetirlo. Esto sera no escribir para nadie.

Bien determinado como estoy a no escribir jams para el censor, he
tratado siempre de no escribir sino la _verdad_, porque al fin, he dicho
para m, qu censor haba de prohibir la _verdad_, y qu gobierno
ilustrado, como el nuestro, no la haba de querer or? As es que, si en
el reglamento de censura se prohbe hablar contra la religin, contra
las autoridades, contra los gobiernos y los soberanos extranjeros, y
contra otra porcin de materias, es porque se ha presumido con mucha
razn que era imposible hablar mal de esas cosas, diciendo verdad. Y
para mentir ms vale no escribir. Todo esto es claro; es ms que claro,
casi es justo.

Lo que est permitido es alabar, sin que en eso haya lmite ninguno;
porque es probado que en la alabanza ni puede haber demasa, sobre todo
para el alabado, ni puede dejar de haber verdad y justicia. Por esta
razn yo me he propuesto alabarlo siempre todo, y a este principio debo
la gran publicidad que se ha permitido a mis dbiles escritos. Sistema
que seguir siempre, y hoy ms que nunca, porque efectivamente no hay
motivo para otra cosa.

Al decidirme a este plan tuve presente otra consideracin, por mejor
decir, un principio de moral incontestable en todos los tiempos y
pases. El hombre no debe hacer cosa que no pueda confesar y publicar
altamente. Es as que no puede decir ningn escritor que se le ha
prohibido un artculo por la censura porque eso lo prohbe la ley, y la
ley no puede ser mala; luego cmo haba yo de escribir artculos que se
me pudiesen prohibir? Ni los he escrito, ni los he de escribir, ni lo
dijera, si por algn evento los hubiera escrito, ni yo lo quiero decir,
ni me dejarn tampoco, aunque yo quisiera. No hay medio. Por eso hago
bien en no querer.

Persuadir ahora de las ventajas que me trae el no escribir para otro, y
el alabar constantemente cuanto veo, parceme un tanto intil. Y tienen
mis alabanzas lo que tienen pocas, y es, que no me han valido ningn
empleo: no porque yo no pudiera servir para l sino porque ellos que no
lo dan, y yo que no lo recibo, hemos querido sin duda que mis alabanzas
sean del todo independientes.

De esta independencia nace el desembarazo con que he alabado francamente
en distintas ocasiones, ora el amor de familia con que se ha solido
colocar a los deudos y amigos de los gobernantes, cosa que ha variado ya
enteramente; ora la prudente lentitud con que se han entregado y se
entregan las armas a nuestros amigos; ora la oportunidad e idea con que
se visti a los seores Prceres, y en momentos de aprieto, fundados en
que ms da el _duro que el desnudo_; ora la perspicacia con que se han
descubierto varias conspiraciones, y se ha salvado a la patria
amenazada; ora la previsin con que se evit que se interpretase mal la
primera acometida del clera; ora la precipitacin con que se ha llevado
a su trmino la guerra civil; ora... pero a qu ms? yo no he dejado
cosa apenas que no haya alabado; y si algo me he dejado, por mi vida que
me pesa, y tngolo de alabar hoy.

Por todo lo que llevo dicho hay pocas cosas que me incomoden tanto como
el or el continuo clamoreo de esas gentes quejumbrosas, a quienes
cuanto se hace, o parece mal, o parece por lo menos poco. Aqu me
irrito, y les respondo:

--Poco, eh? Vamos a ver: cuntos meses llevamos?

--De qu?--me preguntan.

--De qu? De que... de... Estatuto Real.

--No llega a un ao.

--Y en poco menos de un ao, aqu es la ma, se han reunido dos
estamentos; se han mudado dos ministros de la Guerra; se han visto tres
ministros de lo Interior; no se ha visto ms que un ministro de Estado,
pero se le ha odo ms que si hubieran sido tres. Se ha visto un
ministro de Hacienda, y la hacienda tambin, y, como dice el refrn,
_hacienda, tu dueo te vea_; y si no se ha visto marina, eso poco
importa, que nada dice de marina el refrn. En menos de un ao se ha
abolido el voto de Santiago; ha habido tambin sus sesiones de Prceres
alguna vez; y si en menos de un ao se ha puesto la faccin sobrado
pujante, tambin en menos de un ao han penetrado los primeros talentos
de Espaa, que era preciso, por fin, hacer un esfuerzo. En menos de un
ao qu de generales famosos no se han estrellado! Qu de facciosos no
se han perdonado! Qu de gracias no se han dicho por varios insignes
oradores! Cmo en menos de un ao ha dicho el uno un chascarrillo, y
cmo le han contestado con otro y con otros! Qu de insultillos ocultos
del procurador al ministro, y del ministro al procurador!

    Cien veces ciento
    Mil veces mil.

Cunta serenidad, pues, en menos de un ao, para ocuparse en apuros de
la patria hasta de los ms pequeos dimes y diretes! Cunta
conversacin! Temstocles le deca a su general: _Pega, pero escucha!_
Cada uno de nuestros oradores es un Temstocles; con tal que le dejen
hablar, l le dir tambin a la guerra civil, al pretendiente, a toda
calamidad: _Pega, pero escucha_. Qu ms cosas queran ver esas
gentes, qu ms, sobre todo, queran or en poco menos de un ao?

--_No hay previsin_--me deca uno das pasados.

--No hay previsin!--exclam.--Esto ya es mala fe. Y todo por qu?
Porque han sucedido cuatro lances desgraciados, que a pesar de haberse
sabido no se pudieron prevenir. Pero esto qu importa? A buen seguro
que en cuanto acab de suceder lo de Correos, bien se puso un centinela
avanzada en medio de la Puerta del Sol, que antes no le haba; el cual
se est all las horas muertas, viendo si viene algo por la calle de
Alcal. Que vuelvan ahora los del 18! Y no hay previsin?

Maldicientes! Lo mismo que el entusiasmo. Mil veces he odo decir que
han apagado el entusiasmo. Y qu? Pongamos que sea cierto. No se acaba
de decir ahora que se haga entusiasmo nuevo? No se va a escribir a
todos los seores gobernadores que fomenten el espritu pblico y que
hagan entusiasmo a toda prisa? Y no lo harn por ventura? Y excelente y
de la mejor calidad. El ao pasado no haca falta el entusiasmo; como
que la faccin era poca y el peligro ninguno, nos bamos bandeando sin
entusiasmo y sin espritu pblico; y luego, que entonces estaba la
anarqua cosida siempre a los autos del entusiasmo, y ahora ya no. Y el
entusiasmo de ahora ha de ser un entusiasmo moderado, un entusiasmo fro
y racional, un entusiasmo que mate facciosos, pero nada ms; entusiasmo,
seor, de quita y pon, y entusiasmo, en una palabra, sordomudo de
nacimiento: entusiasmo que no cante, que no alborote el cotarro; que no
se vuelva la casa en un gallinero. Y ste es el bueno, el verdadero
entusiasmo. No, si no, volvamos a las canciones patriticas. Qu trajo
la ruina del sistema? Unas veces dicen que fue la libertad de imprenta,
otras que fue... No, seor, hoy estamos de acuerdo en que fueron las
canciones. Y esto no ser de alabar?

Yo alabar siempre; yo defender: reniego de la oposicin. Qu quiere
decir la oposicin?

He aqu un artculo escrito para todos, menos para el censor. LA
ALABANZA, en una palabra: QUE ME PROHBAN ESTE!




LAS CIRCUNSTANCIAS


Las circunstancias, he pensado muchas veces, suelen ser la excusa de los
errores y la disculpa de las opiniones. La torpeza o mala conducta
hallan en boca del desgraciado un tpalotodo en las circunstancias que,
dice, le han trado a menos. En estas reflexiones estaba ocupada mi
fantasa no hace muchos das, cuando recib una carta, que por confirmar
mis ideas sobre el particular y venir tan oportuna a este objeto, de que
pensaba hacer un artculo de costumbres, quiero trasladar _ad pedem
litter_ a mis lectores. Deca as la carta:

Seor Fgaro.--Muy seor mo: A usted, seor Fgaro, observador de
costumbres, me dirijo con dos objetos. Primero, quejarme de mi mala
estrella. Segundo, inquirir de su experiencia, pues le imagino a usted
por sus escritos hombre de esos que han vivido ms de lo que les queda
que vivir, si hay efectivamente de tejas abajo una fatalidad que
persigue a los humanos, y una desgracia en el mundo que se asemeje a la
desgracia ma. Soy un verdadero juguete de las circunstancias; cuyo
torrente no pude nunca resistir, y que as me envolvieron como envuelven
los violentos remolinos de una ola al inexperto nadador que se arroj
incauto en la prfida corriente del caudaloso ro.

Mi padre era ingls y rico, seor Fgaro, pero hallbase aislado en el
mundo; era naturalmente metido en s, y slo un amigo tena: antojsele
a este amigo entrometerse en una conspiracin; confi a mi padre varios
papeles importantes; descubriose la conspiracin, y ambos tuvieron que
huir. Vnose mi padre a Espaa, reducido a oro lo que pudo realizar de
sus cuantiosos bienes; vio una linda gaditana, prendose de ella, casose,
y antes de los nueve meses muri inconsolable, dando y tomando siempre
en lo de la conspiracin, que hubo de volverle el juicio. Vea usted
aqu, seor Fgaro, a Eduardo Priestley, humilde servidor de usted, cuyo
destino deba haber sido sin duda ser ingls, protestante y rico,
espaol, catlico y pobre, sin que pudiese encontrar ms causa de este
trastrueque que las circunstancias. Ya usted ve que la tomaron conmigo
desde pequeito. Mi madre era mujer de rara penetracin y de ilustradas
ideas. Criome lo mejor que supo, y en darme toda la educacin que se
poda dar entonces en Espaa, consumi el poco caudal que la dejara mi
padre. Lleno yo de entusiasmo por la magistratura, y aborreciendo la
carrera militar a que queran destinarme, estudi leyes en la
Universidad; pero puedo asegurar a usted que a pesar de eso hubiera
salido buen abogado, pues era raro mi talento, sobre todo para ese
estudio. Probablemente, seor Fgaro, despus de haber sido gran
abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado acaso una silla
ministerial, y el Consejo de Castilla me hubiera recogido al fin de mis
das en su seno, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama
imperecedera. Las circunstancias, sin embargo, me lo impidieron. Haba
un Napolen en el mundo, y fue preciso que ste quisiera ser emperador,
y emplear a sus hermanos en los mejores tronos de Europa, para que yo no
fuese ni buen abogado ni mal ministro.

Yo tena sentimientos generosos; mis compaeros tomaron las armas y
dejaron el estudiar nuestras leyes para defenderlas, que urga ms. Qu
remedio? Dej, como fray Gerundio, los estudios y me met a predicador;
es decir, me hice militar en obsequio de la patria. En la campaa perd
la carrera, la paciencia y un ojo; y las circunstancias me dejaron
tuerto y capitn: sabe el cielo que para ninguna de estas dos cosas
serva. Yo, seor Fgaro, era impetuoso y naturalmente inconstante;
menos serva, pues, para casado, ni nunca pensara en serlo; pero de
resultas del bombardeo de Cdiz muri mi madre, que gozando por sus
relaciones de familia de algn favor, hubiera adelantado mi carrera.
Otro favor que me hicieron las circunstancias. Vme solo en el mundo, y
en ocasin en que una linda aragonesa, hija de un diputado a cortes de
Cdiz, recogindome y ocultndome en su casa, cubierto de heridas, me
salv la vida por una rara combinacin de circunstancias. En mi segunda
carrera debiera haber llegado a general segn mis servicios, que a otros
fajaron hacindolos muy flacos a la patria; pero era yerno de un
diputado: quitronme las charreteras, envolvironme en la comn
desgracia, y las circunstancias me llevaron a Ceuta, adonde bien sabe
Dios que yo no quera ir; all hice la vida de presidiario y de mal
casado, que cualquiera de estos dogales por s solo bastara para acabar
con un hombre. Ya ve usted que yo no tena la culpa. Quin diablos me
cas? Quin me hizo militar? Quin me dio opiniones? En presidio no
se hace carrera, pero se hace mucho rencor. Sin embargo, salimos de
presidio, y como yo era hombre de bien, contveme; pretend, pero como
no anduve por los cafs, ni peror, medios que exigan entonces las
circunstancias para prosperar, no slo no me emplearon, sino que me
cantaron el _trgala_. Irriteme: el cielo es testigo que yo no haba
nacido para periodista; pero las circunstancias me pusieron la pluma en
la mano: hice artculos contra aquel gobierno; y como entonces era uno
libre para pensar como el que estaba encima, recog varias estocadas de
unos cuantos aficionados, que se andaban haciendo motines por las
calles. Esta fue la corona de laurel que dieron las circunstancias a mi
carrera literaria. Escapeme, y fui a reunirme con los de la fe:
dijronme all que las circunstancias no permitan admitir en las filas
a un hombre que haba sido marido de la hija de un diputado de las
cortes de Cdiz, y no me ahorcaron por mucho favor.

No pudiendo vivir como realista, fume a Francia, donde en calidad de
liberal me colocaron en un depsito, con seis cuartos al da. Vino por
fin la amnista, seor Fgaro. Eh! Gracias a una reina clemente, ya no
hay colores, ya no hay partidos. Ahora me emplearn, digo yo para m:
tengo talento, mis luces son conocidas, soy til... Pero ay! seor
Fgaro, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero, ya no
tengo amigos; las circunstancias de mi vida me han impedido adquirir
relaciones. Si llegara a hacerme visible para el poder, acaso lograra:
sus intenciones son las mejores del mundo; mas cmo abrirme paso por
entre la nube de porteros y ujieres que parapetan y defienden la llegada
a los destinos? Las solicitudes que se presentan solas son papeles
mojados. Hay tantos que piden por pedir! Hay tantos que niegan por
negar!--Cien memoriales he dado, otras tantas espaldas he visto.--Deje
usted; veremos si estas circunstancias se fijan, me dicen los
unos.--Espere usted, me responden los otros: hay tantos pretendientes en
estas circunstancias.--Pero, seor, replico yo, tambin es preciso vivir
en estas circunstancias. Y no hay circunstancias para los que logran?

Esta es, seor Fgaro, mi posicin: o yo no entiendo las
circunstancias, o soy el hombre ms desdichado del mundo. El hijo del
ingls, el que deba haber sido rico, magistrado, literato, general,
hombre ajeno de opiniones, acabar probablemente sus tres carreras
distintas en un solo hospital verdadero, merced a las circunstancias; al
mismo tiempo que otros que no nacieron para nada, y que han tenido
realmente todas las opiniones posibles, anduvieron, andan y andarn
siempre levantados en zancos por esas mismas circunstancias.--_Eduardo
de Priestley, o el hombre de las circunstancias._

No puedo menos de contestar al seor de Priestley que el dao suyo
estuvo, si hemos de hablar vulgarmente, en nacer desgraciado, mal que no
tiene remedio: si hemos de raciocinar, en traer siempre trocadas las
circunstancias, en no saber que mientras haya hombres la verdadera
circunstancia es intrigar; estar bien emparentado; lucir ms de lo que
se tiene; mentir ms de lo que sabe; calumniar al que no puede
responder; abusar de la buena fe; escribir en favor, y no en contra del
que manda; tener una opinin muy marcada, aunque por dentro se
desprecien todas, procurando que esa opinin que se tenga sea siempre la
que haya de vencer, y vociferarla en tiempo y lugar oportunos; conocer a
los hombres, mirarlos de puertas adentro como instrumentos, y tratarlos
como amigos; cultivar la amistad de las bellas, como terreno
productivo; casarse a tiempo, y no por honradez; gratitud ni otras
ilusiones; no enamorarse sino de dientes afuera, y eso de las cosas que
puedan servir...

Pero, santo Dios, gritar un rgido moralista, qu cuadro!
Maquiavlicos principios!--Fgaro no dice que sean buenos, seor
moralista, pero tampoco Fgaro hizo el mundo como es, ni lo ha de
enmendar, ni a variar el corazn humano alcanzarn todas las sentencias
posibles. Las circunstancias hacen a los hombres hbiles lo que ellos
quieren ser, y pueden con los hombres dbiles; los hombres fuertes las
hacen a su placer, o tomndolas como vienen, sbenlas convertir en su
provecho. Qu son, por consiguiente, las circunstancias? Lo mismo que
la fortuna: palabras vacas de sentido con que trata el hombre de
descargar en seres ideales la responsabilidad de sus desatinos; las ms
veces, nada. Casi siempre el talento es todo.




LA JUNTA DEL CASTEL-O-BRANCO


No hay cosa como una Junta, si se trata, sobre todo, de juntarse
aquellos a quienes Dios cri. Podrn no hacer nada las gentes en una
Junta, podrn no tener nada que hacer tampoco, pero nada es ms
necesario que una Junta; as que, lo mismo es nacer un partido, pnenle
al momento en Junta como lo haban de poner en nodriza, y no bien abre
los ojos a la luz se encuentra ya juntado, que no es poca ventaja. La
Junta, pues, es el precursor de un partido por lo regular, y esta clase
de Juntas andan siempre por esos caminos interceptando, o interceptadas,
cuando no estn fuera del reino tomando aires, o tomando las de
Villadiego, que de todo toman las juntas.

La que en el da llama nuestra atencin es la de Castel-o-Branco.
Empezara a anochecer en Castel-o-Branco, y ponase por consiguiente
obscuro el horizonte, cuando acert a pasar por all un espaol de stos
sanos de los del siglo pasado, y que poco o nada se curan del gobierno;
de stos que dicen: a m siempre me han de gobernar, tmelo por donde
quiera. A qu iba el espaol a Castel-o-Branco, eso sera averiguacin
para ms despacio. Basta saber que iba y que llegaba, cuando se hall
detenido en medio de su camino por un portugus, que con voz
descompuesta y cara de causa perdida:

--Casteao--le dijo,--es vasallo do senhor Emperante Carlos usted?
Vien de Castella?

Entendasele un poco ms al castellano de gallego que de achaques de
gobiernos, y con voz reposada y tranquilo continente:

--Yo no s de quin soy vasallo--contest,--ni me urge saberlo, sino que
voy a mis negocios: yo ni pongo rey ni quito rey: quien anda el camino
tenga cuidado...

Enfadbase ya el portugus, y era cosa temible. Conocalo el labriego, y
antes que echase la casa por la ventana, si bien all no haba casa ni
ventana:

--No se enfade vuestra merced, seor portugus--le dijo,--que yo siempre
ser vasallo de quien mande; sabido es que yo y los mos nunca
descomponemos partido. Pero quin es mi rey en esta tierra?

--Eu senhor Carlos V.

--Vaya, sea enhorabuena--contest el castellano,--porque yo por ah
atrs me dejaba reinando a mi seora la reina...

--Casteao!--No se enfade vuestra merced... y de all a poco entraban
ya compadres por el pueblo el portugus de la mala cara y el espaol de
las buenas palabras.

Pocos pasos habran andado, cuando se esparci la noticia por todo
Castel-o-Branco de cmo haba llegado un vasallo de Su Majestad
Imperial. Es de advertir que como todos los das no tiene Su Majestad
Imperial proporcin de ver un vasallo suyo, porque andan para l los
vasallos por las nubes, decidiose lo que era natural y estaba en el
orden de las cosas; y fue, que as como un pueblo de vasallos suele
solemnizar la entrada de un rey, as pareci justo que un pueblo de
reyes solemnizase la entrada de un vasallo. Echronse, pues, a vuelo las
campanas: con este motivo hubo quien dijo: _principio quieren las
cosas_, y quien aadi: _que el reinar no quiere ms que empezar_. Digo,
pues, que se echaron a vuelo las campanas, y el labriego se aturda;
verdad es que el ruido no era para menos.

--Qu fiesta es maana?--preguntaba el buen hombre.

--Festjase la llegada de vuestra merced, seor casteao.

--Mi llegada? Vea usted qu diferencia! All en Espaa nunca festej
nadie mis idas y venidas, y eso que siempre anduve de ceca en meca; ya
veo que en este pas se ocupan ms en cada uno.

En estos y otros propsitos entretenidos llegaron a una casa que tena
una gran muestra, donde en letras gordas deca:

        JUNTA SUPREMA DE GOBIERNO
    DE TODAS LAS ESPAAS, CON SUS INDIAS

No quisiera entrar el labrador; pero hzole fuerza el portugus. Agach,
pues, la cabeza, y hallose de escaln en escaln en una sala grande como
un reino, si se tiene presente que all los reinos son como salas.

Hallbase la tal sala alhajada a la espartana, porque estaba desnuda: en
torno yacan los seores de la Junta sentados, pero mal sentados, sea
dicho en honor de la verdad. Luces haba pocas y mortecinas. Un mal
espejo les serva para dos fines; para verse muchos siendo pocos, y
consolar de esta manera el nimo afligido, y para decirse de cuando en
cuando unos a otros: Mrese Su Excelencia en ese espejo. Porque es de
advertir que se daban todos unos a otros dos cosas, a saber: las buenas
noches y la excelencia.

Portero no haba; verdad es que tampoco haba puertas, por ser la casa
de estas malas de lugar que, o no las tienen, o las tienen que no
cierran. Una mala mesa en medio, y un mal secretario, eran los muebles
que componan todo el ajuar.

No s dnde he ledo yo que en cierta tierra de indios el congreso
supremo de la tribu se rene, para deliberar, en grandes cntaros de
agua fresca, donde se sumergen desnudos sus individuos, dejando slo
fuera del cntaro la cabeza para deliberar. No se puede negar que existe
gran semejanza entre la Junta de Castel-o-Branco y el congreso de los
cntaros, y que los carlistas que componen la una y los salvajes que
forman el otro, estn igualmente frescos.

Dominaba en el testero de la Sala de Juntas el tesorero general del
pretendiente, don Matas Jarana, porque en tiempos de apuro el que tiene
el dinero es el empleado principal; el cual, si no era gran tesorero era
gran cannigo. Dicho esto, me parece excusado detenernos mucho en
describirle; estamos seguros de que el inteligente lector se lo habr
figurado ya tal como era. Oprima a su lado el ministro de Hacienda una
mala banqueta, que gema no tanto por el noble peso que sostena, como
por el mal estado en que se encontraba. Tambalebase por consiguiente Su
Excelencia a cada momento: figursele al labriego temblor el movimiento
oscilante de Su Excelencia; pero est averiguado que era el mal asiento.
Flaco, seco, y con cara de contradiccin, haca de notario de reinos don
Jorge Ganza, que lo haba sido de Coria.

Vease a otra parte de pie, y en actitud de huir a la primera orden, a
un cabo del Resguardo, partidario que fue del ao 23. Representaba ste
al ministro de la Guerra, y llambase Cuadrado, adems de serlo.

Un dependiente del cabildo de Coria y dos personajes ms, en calidad de
consejeros supremos de la Junta, hacan como que meditaban, por el buen
parecer en un rincn de la sala.

Indecible fue la alegra de la Junta Suprema cuando el portugus hubo
presentado a nuestro pobre labriego en calidad de vasallo de Su Majestad
Imperial.

--Excelentsimos seores--exclam el seor Tesorero en altas
voces,--reconozcamos en ese vasallo el dedo del Seor: ya ha llegado el
da del triunfo de Su Majestad Imperial, y ha llegado ya al mismo tiempo
un vasallo; todo ha llegado. Opino que en vista de esta novedad
deliberemos.

--En cuanto a lo de deliberar--dijo entonces el seor notario,--recuerdo
al seor presidente que esto es una Junta.

--No me acordaba--dijo entonces el presidente;--ntese que esta es la
primera Junta de que tengo el honor de ser individuo.

--Se conoce--dijo el notario:--y lo apunto en el acta. Hable, pues, si
sabe y si tiene de qu el excelentsimo seor ministro de Hacienda.

--Despirtele usted--dijo entonces el presidente al portugus que haca
de ujier,--despirtele usted, pues parece que Su Excelencia duerme.

Llegose el portugus a Su Excelencia que efectivamente dorma, y djole
en su lengua:

--No haga caso Su Excelencia de que est en Junta, que es llegado el
momento de hablar.

Soaba a la sazn Su Excelencia que se le venan encima todos los
ejrcitos de la reina, y volviendo en s de su pesadilla con dificultad:

--Hablo yo?--dijo;--vamos a ver. Las mejoras, pues, aunque no nos toque
el decirlo, las mejoras...

--Al orden, al orden--interrumpi el presidente:--qu es eso de
mejoras?

--Soaba que estbamos en Espaa--contest Su Excelencia
turbado.--Perdone la Junta. Por consiguiente hable otro, que yo no estoy
para el paso. Mi intermisin por otra parte no urge. Mi ministerio...

--Excelentsimo seor--dijo el presidente,--cierto; pero acaba de
llegar...

--Ha llegado la hacienda, ha llegado mi ministerio?--pregunt azorado
el seor Tallarn, buscando con los ojos por todas partes si llegara a
ver un peso...

--Todava no, pero.

--Ah! pues entonces--repuso el ministro,--repito que no corre prisa;--y
volvindose en la banqueta y hacia el portugus:--Avseme usted seor
don Ambrosio de Castro y Pajares, Almendrugo, Oliveira y Caraballo de
Alburquerque y Santarn, en cuanto llegue la hacienda. Dicho esto,
volvi Su Excelencia a anudar el roto hilo de su feliz ensueo, donde es
fama que so que era efectivamente ministro.

--Yo hab... b... blar--dijo entonces uno de los consejeros supremos que
era tartamudo,--yo hablar, que he s... s... s... ido pro... pr... pr...
pro... curador.

--Mejor ser que no hable nadie--dijo entonces el notario al odo del
presidente,--si ha de hablar el seor...

--Di... di... dice bien el seor not... notario--dijo entonces el
consejero sentndose,--p... p... por... porque no acabaramos nunca...

--Pido la palabra--dijo el que estaba a su lado.

--Quin diablos se la ha de dar a Vuestra Excelencia--dijo entonces el
presidente amoscado,--si nadie la tiene?

--Recuerdo a Su Excelencia--dijo el notario,--que en el orden del
gobierno de Su Majestad Imperial no se puede pedir la palabra, y que es
frase mal sonante: o hablar de pronto, o no hablar.

--Si el seor Cuadrado no est para hablar--dijo entonces el
presidente,--nos iremos a casa.

--Ms estoy para obrar que para hablar--contest Su Excelencia;--pero
fuerza ser, pues no hay quien hable. Digo en primer lugar que yo no doy
un paso ms adelante si no se conviene en presentar maana a la firma de
Su Majestad Imperial un decreto... Eh?

--Adelante.

--Bueno. Y declaro como fiel y obediente vasallo de Su Majestad Imperial
el seor Carlos V, por quien derramar desinteresadamente hasta la
primera gota de mi sangre, que no sigo en el partido si Su Majestad no
lo firma.

--Mal pudiera oponerse la Junta a tanta generosidad.

--Propongo, pues--continu el excelentsimo seor cabo, ministro de la
Guerra,--el siguiente decreto que traigo para la firma. Yo, don Carlos
V, por la gracia del reverendsimo padre Vaca, y del excelentsimo seor
Cuadrado, emperador de, etc.--aqu los reinos todos.--Sin entrar en
razones quiero y mando que queden suprimidos los carabineros de costas y
fronteras, y se reorganice el antiguo resguardo: quedando todos los
fondos a disposicin del excelentsimo seor Cuadrado.--Yo el
Emperador.--Al ministro de la Guerra Cuadrado. Y por el pronto ser del
resguardo el seor vasallo que est presente, encargado por ahora, y
hasta que haya ms, de obedecer las rdenes del gobierno.

--Alto--dijo al llegar aqu el seor Cannigo presidente,--que yo traigo
tambin mi decreto y dice as el borrn, _mutatis mutandis_.

(No hemos podido haber a las manos ninguna copia de este borrn por ms
exquisitas diligencias que hemos practicado; pero ya se deja inferir
poco ms o menos su tenor. Vlgame Dios, y qu cosas se pierden en este
mundo!)

Anot el notario en el acta el segundo decreto, y pas a proponer el
siguiente que acababa de redactar como Ministro de Gracia y Justicia,
dejando aparte la gracia y la justicia: deca as el borrn:

Art. 1. En atencin a la tranquilidad con que posee y gobierna Su
Majestad Imperial el seor don Carlos V estos sus reinos, todos los que
las presentes vieren y entendieren, se entusiasmarn espontneamente y
se llenarn de sincera y voluntaria alegra, pena de la vida, en cuanto
llegue a su noticia este decreto: debiendo durar el entusiasmo tres das
consecutivos sin intermisin, desde las seis de la maana en punto, en
que empezar, hasta las diez de la noche por lo menos, en que podr
quedarse cada cual sereno.

Art. 2. No pudiendo concebir la Junta Suprema de Castel-o-Branco el
abuso de las luces introducido en estos reinos de algn tiempo a esta
parte, suprime y da por nulas todas iluminaciones encendidas y por
encender, en atencin a que slo sirven para deslumbrar las ms veces a
sus amados vasallos, y manda que no se solemnice ninguna victoria,
aunque la llegara a lograr algn da casualmente, con esa especie de
regocijo, en que nadie se divierte sino los cosecheros de aceite.

Art. 3. Quedan prohibidas como perjudiciales todas las mejoras hechas,
debiendo considerarse nula cualquiera que se hiciese sin querer, pues
queriendo no se har.

Art. 4. Convencida la Junta de que nada se saca de las escuelas sino
ruido, y que se calienten la cabeza los hijos de los amados vasallos del
seor don Carlos V, quedan cerradas las que hubiese abiertas: debiendo
olvidar cada vecino en el trmino improrrogable de tres das, contados
desde la fecha, lo poco o mucho que supiese, so pena de tenerlo que
olvidar donde menos le convenga.

Art. 5. Siendo de algn modo necesario hacerse con vasallos para ser
obedecido de alguien, la Junta Suprema perdona o indulta a todos los
espaoles que hubiesen obedecido a la Reina Gobernadora, si bien
reservndose, para cuando los tenga debajo, el derecho de castigarlos
entonces una a una o _in slidum_, como mejor le plazca.

Art. 6. No siendo regular que el Supremo Gobierno se exponga al menor
percance, tanto ms cuanto que hay en Espaa, segn parece, espaoles
que se hacen matar por su seor Carlos V, sin meterse a averiguar si Su
Majestad y sus adlteres pasan como ellos trabajos, y dan su cara al
enemigo, o si esperan descansadamente jugando a las bochas o al
gobierno, a que se lo den todo hecho a costa de su sangre para
agradecrselo despus como es costumbre de caballeros pretendientes, es
decir, a coces; la Junta Suprema y el Gobierno de Su Majestad Imperial
permanecern en Castel-o-Branco; tanto ms cuanto que hay en Portugal
muy buenos vinos y otras bagatelas precisas para la sustentacin de sus
desinteresados individuos; y slo entrar en Espaa, si entra, a recibir
enhorabuenas y dar fajas y bastones a los principales facciosos y
cabecillas que para lograrlos pelean desinteresadamente por el seor
Carlos V, y bastonazos a los dems.

--Viva, viva!--exclam al llegar aqu toda la Junta, y es fama que
despert entonces el Ministro de Hacienda, y aun hay quien aade que
ech un cigarro a pesar del mal estado de su ministerio.

Temblaba a todo esto el buen labriego, pues ya haba cado l en la
cuenta de que si todos aquellos seores haban de mandar, y no haba
otro sino l por all que obedeciese, era la partida ms que desigual.
Calculando, pues, que un pueblo donde no haba ms que la justicia y l,
l haba de ser forzosamente el ajusticiado, andaba buscando arbitrios
para escaparse del poder de la Junta; la cual as pensaba en soltarle,
como quien lo consideraba en aquellos momentos un cacho de la apetecida
Espaa, que la Providencia tiene guardada felizmente para ms altos
fines.

Pero Dios que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden
de El, lo haba dispuesto de otro modo: no bien se haba ledo el ltimo
rengln del decreto del notario, cuando se oy en la calle un espantable
ruido.

--Esto son tiros--exclam Cuadrado, que era el nico que alguna vez los
haba odo desde lejos.

--Tiros!--dijo el Presidente,--a que estamos ganando una batalla sin
saber una palabra?...

--No corremos ese riesgo--entr gritando el portugus;--slvense
Vuestras Excelencias, slvense: aqu quedo yo, que soy portugus y basto
para cien casteaos. Os perdono--dijo entonces volvindose a los que ya
entraban,--os perdono, casteaos; daos, que no os quiero matar.

Pero ya en esto, diez y nueve robustos contrabandistas haban entrado a
dar sus diez y nueve votos en la Junta, y echndose cada uno un
argumento a la cara: _Viva Isabel II!_ dijeron. Hacase cruces el
Presidente, escondase debajo de la banqueta el excelentsimo seor
Ministro de Hacienda, tapaba el notario de reinos el acta, no sala el
tartamudo de la p... inicial de perdn, y hacan los dems un acto de
traicin con ms miedo del infierno que amor de Dios. El labriego slo
era el que bendeca su estrella, y quien, echando mano de un cordel que
para otros usos traa, dispuso a la Junta en forma de tralla; la cual
en la misma, y ms custodiada que tabaco en rama, por los diez y nueve
votos de contrabando que haban levantado la sesin, se entr por los
trminos de Espaa, a las voces del portugus, que casi desde
Castel-o-Branco les gritaba todava en mal castellano:

--No tenhan miedo Vuestras Excelencias, aunque los aforquen los
casteaos; que yo en acabando de pelear aqu por Su Majestad don Miguel
I, que es cosa pronta, he de pasar la raya; y o me llevo all al
emperador Carlos V, o me traigo ac a Castilla.




NADIE PASE SIN HABLAR AL PORTERO

o

LOS VIAJEROS EN VITORIA


Por qu no ha de tener Espaa su portero, cuando no hay casa
medianamente grande que no tenga el suyo? En Francia eran antiguamente
los suizos los que se encargaban de esta comisin; en Espaa parece que
la toman sobre s algunos vizcanos. Y efectivamente, si nadie ha de
pasar hasta hablar con el portero, cundo pasarn los de allende si se
han de entender con un vizcano? El hecho es, que desde Pars a Madrid
no haba antes ms inconveniente que vencer que 365 leguas, las landas
de Burdeos y el registro de la puerta de Fuencarral. Pero hete aqu que
una maana se levantan unos cuantos alaveses (Dios los perdone) con
humor de discurrir, caen en la cuenta de que estn en la mitad del
camino de Pars a Madrid, como si dijramos estorbando, y hete aqu que
exclaman:

--Pues qu, no hay ms que venir y pasar? _Nadie pase sin hablar al
portero._

De entonces ac cada alavs de aqullos es un portero, y Vitoria es un
cucurucho tumbado en medio del camino de Francia: todo el que viene
entra; pero hacia la parte de ac est el fondo del cucurucho, y fuerza
es romperle para pasar.

Pero no ocupemos a nuestros lectores con intiles digresiones. Amaneci
en Vitoria y en lava uno de los primeros das del corriente, y
amaneca poco ms o menos como en los dems pases del mundo; es decir,
que se empezaba a ver claro, digmoslo as, por aquellas provincias,
cuando una nubecilla de ligero polvo anunci en la carretera de Francia
la precipitada carrera de algn carruaje procedente de la vecina nacin.
Dos importantes viajeros, francs el uno, espaol el otro, envuelto ste
en su capa, y aqul en su capote, venan dentro. El primero haca
castillos en Espaa, y el segundo los haca en el aire, porque venan
echando cuentas acerca del da y hora en que llegar deban a la villa de
Madrid, leal y coronada (sea dicho con permiso del padre Vaca). Lleg el
veloz carruaje a las puertas de Vitoria, y una voz estentrea, de estas
que salen de un cuerpo bien nutrido, intim la orden de detener a los
ilusos viajeros.

--Hola, eh!--dijo la voz,--nadie pase.

--Nadie pase!--repiti el espaol.

--Son ladrones?--dijo el francs.

--No, seor--repuso el espaol asomndose--son de la aduana.

Pero cul fue su admiracin cuando, sacando la cabeza del empolvado
carruaje, ech la vista sobre un corpulento religioso, que era el que
toda aquella bulla meta? Dudoso todava el viajero, extenda la vista
por el horizonte por ver si descubra alguno del resguardo; pero slo
vio otro padre al lado y otro ms all, y ciento ms, repartidos aqu y
all como los rboles en un paseo.

--Santo Dios!--exclam:--cochero! este hombre ha equivocado el camino;
nos ha trado usted al yermo o a Espaa?

--Seor--dijo el cochero,--si lava est en Espaa, en Espaa debemos
estar.

--Vaya, poca conversacin--dijo el padre, cansado ya de admiraciones y
asombros:--conmigo es con quien se las ha de ver usted, seor viajero.

--Con usted, padre! Y qu puede tener que mandarme Su Reverencia? Mire
que yo vengo confesado desde Bayona, y de all aqu, maldito si tuvimos
ocasin de pecar, ni aun venialmente, mi compaero y yo, como no sea
pecado viajar por estas tierras.

--Calle--dijo el padre,--y mejor para su alma. En nombre del Padre, y
del Hijo...

--Ay Dios mo!--exclam el viajero, erizados los cabellos,--que han
credo en este pueblo que traemos los malos y nos conjuran.

--Y del Espritu Santo--prosigui el padre;--apense y hablaremos.

Aqu empezaron a aparecer algunos facciosos y alborotados, con un Carlos
V cada uno en el sombrero por escarapela.

Nada entenda a todo esto el francs del dilogo; pero bien presuma que
poda ser negocio de puertas. Aperonse, pues, y no bien hubo visto el
francs a los padres interrogadores:

--Cspita!--dijo en su lengua, que no s cmo lo dijo,--y qu uniforme
tan incmodo traen en Espaa las gentes del resguardo, y qu sanos
estn, y qu bien portados!

Nunca hubiera hablado en su lengua el pobre francs.

--Contrabando!--clam el uno--contrabando!--clam el otro;
y--contrabando!--fue repitindose de fila en fila.

Bien como cuando cae una gota de agua en el aceite hirviendo de una
sartn puesta a la lumbre, lzase el lquido hervidor, y bulle, y salta,
y levanta llama, y chilla, y chisporrotea, y cae en el hogar, y alborota
la lumbre, y subleva la ceniza, espelznase el gato inmediato que
descansado junto al rescoldo dorma, qumanse los chicos, y la casa es
un infierno; as se alborot, y quem, y se espeluzn y chill la
retahla de aquel resguardo de nueva especie, compuesto de facciosos y
de padres, al caer entre ellos la primera palabra francesa del
extranjero desdichado.

--Mejor es ahorcarle--deca uno,--y serva el espaol al francs de
truchimn.

--Cmo ha de ser mejor!--exclamaba el infeliz.

--Conforme--responda uno,--veremos.

--Qu hemos de ver--clamaba otra voz,--sino que es francs?

Calmose, en fin, la zalagarda; metironlos con los equipajes en una
casa, y el espaol crea que soaba y que luchaba con una de aquellas
pesadillas en que uno se figura haber cado en poder de osos, o en el
pas de los caballos, o Houinhoins, como Gulliver.

Figrese el lector una sala llena de cofres y maletas, provisiones de
comer, barriles de escabeche y botellas, repartidas aqu y all, como
suelen verse en las muestras de las lonjas de ultramarinos. Ya se ve!
era la intendencia. Dos monacillos hacan en la antesala, con dos
voluntarios facciosos, el servicio que suelen hacer los porteros de
estrado en ciertas casas, y un robusto sacristn, que deba ser el
portero, de golpe los introdujo. Varios carlistas y padres registraban
all las maletas, que no pareca sino que buscaban pecados por entre los
pliegues de las camisas, y otros varios viajeros tan asombrados como los
nuestros, se hacan cruces como si vieran al Diablo. All en un bufete,
un padre, ms reverendo que los dems, comenz a interrogar a los recin
llegados.

--Quin es usted?--le dijo al francs, y el francs, callado, que no
entenda. Pidisele entonces el pasaporte.

--Pues! francs--dijo el padre...--Quin ha dado ese pasaporte?

--Su Majestad Luis Felipe, rey de los franceses.

--Quin es ese rey? Nosotros no conocemos a la Francia, ni a ese don
Luis. Por consiguiente, este papel no vale. Mire usted--aadi entre
dientes,--si no habr algn sacerdote en todo Pars que pueda dar un
pasaporte, y no que nos vienen ahora con papeles mojados! A qu viene
usted?

--A estudiar este hermoso pas--contest el francs con aquella
afabilidad tan natural en el que est debajo.

--A estudiar, eh? Apunte usted, secretario: estas gentes vienen a
estudiar: me parece que los enviaremos al tribunal de Logroo...

--Qu trae usted en la maleta? Libros... pues... _Recherches sur_...
_al sur_ eh? este _Recherches_ ser algn autor de marina: algn
herejote. Vayan los libros a la lumbre. Qu ms? Ah! una partida de
relojes, a ver... _London_... este ser el nombre del autor. Qu es
esto?

--Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.

--_De comiso_--dijo el padre--y al decir _de comiso_, cada circunstante
cogi un reloj, y metisele en la faltriquera. Es fama que hubo alguno
que adelant la hora del suyo para que llegase ms pronto la del
refectorio.

--Pero seor--dijo el francs,--yo no los traa para usted...

--Pues nosotros los tomamos para nosotros.

--Est prohibido en Espaa el saber la hora que es?--pregunt el
francs al espaol.

--Calle--dijo el padre--si no quiere que se le exorcice;--y aqu le ech
la bendicin por si acaso.

Aturdido estaba el francs, y ms aturdido el espaol.

Habanle entre tanto desvalijado a ste dos de los facciosos que con los
padres estaban, hasta del bolsillo, con ms de tres mil reales que en l
traa.

--Y usted, seor de ac?--le preguntaron de all a poco,--qu es?
quin es?

--Soy espaol y me llamo don Juan Fernndez.

--Para servir a Dios--dijo el padre.

--Y a Su Majestad la reina nuestra seora--aadi muy complacido y
satisfecho el espaol.

--A la crcel--grit una voz;--a la crcel--gritaron mil.

--Pero, seor, por qu?

--No sabe usted seor revolucionario, que aqu no hay ms reina que el
seor don Carlos V, que felizmente gobierna la monarqua sin oposicin
ninguna?

--Ah! yo no saba...

--Pues spalo, y confiselo, y...

--S y confieso, y...--dijo el amedrentado dando diente con diente.

--Y qu pasaporte trae? Tambin francs... Repare usted, padre
secretario, que estos pasaportes traen la fecha del ao 1833. Qu de
prisa han vivido estas gentes!

--Pues no es el ao en que estamos? Pesi a m?--dijo Fernndez, que ya
estaba a punto de volverse loco.

--En Vitoria--dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la
mesa,--estamos en el ao 1. de la cristiandad, y cuidado con pasarme de
aqu.

--Santo Dios! en el ao 1. de la cristiandad. Conque todava no hemos
nacido ninguno de los que aqu estamos?--exclam para s el
espaol.--Pues vive Dios que esto va largo!

Aqu se acab de convencer, as como el francs, de que se haba vuelto
loco, y lloraba al hombre y andaba pidiendo su juicio a todos los santos
del Paraso.

Tuvieron su club secreto los facciosos y los padres, y decidironse por
dejar pasar a los viajeros: no dice la historia por qu; pero se susurra
que hubo quien dijo que, si bien ellos no reconocan a Luis Felipe, ni
le reconoceran jams, podra ocurrir que quisiera Luis Felipe venir a
reconocerlos a ellos, y por quitarse de encima la molestia de esta
visita, dijeron que pasasen, mas no con sus pasaportes, que eran nulos
evidentemente por las razones dichas.

Djoles, pues, el que haca cabeza sin tenerla:

--Supuesto que ustedes van a la revolucionaria villa de Madrid, la cual
se ha sublevado contra lava, vayan en buen hora, y crguenlo sobre su
conciencia: el gobierno de esta gran nacin no quiere detener a nadie;
pero les daremos pasaportes vlidos.

Extendiseles en seguida un pasaporte en la forma siguiente:


[cruz]

AO PRIMERO DE LA CRISTIANDAD


NOS fray Pedro Jimnez Vaca--Concedo libre y seguro pasaporte a don Juan
Fernndez, de profesin catlico, apostlico y romano, que pasa a la
villa revolucionaria de Madrid a diligencias propias: deja asegurada su
conducta de catolicismo.

--Yo, adems, que soy padre intendente, habilitado por la Junta Suprema
de Vitoria, en nombre de Su Majestad el Emperador Carlos V, y el padre
administrador de correos que est ah aguardando el correo de Madrid,
para despacharlo a su modo, y el padre capitn del resguardo, y el
padre gobierno que est all durmiendo en aquel rincn, por quitarnos de
quebraderos de cabeza con la Francia, quedamos fiadores de la conducta
de catolicismo de ustedes; y como no somos capaces de robar a nadie,
tome usted, seor Fernndez, sus tres mil reales en esas doce onzas de
oro, que es la cuenta cabal: y se las dio el padre efectivamente.

Tom Fernndez las doce onzas, y no extra que en un pas donde cada
1833 aos no hacen ms que uno, doce onzas hagan tres mil reales.

Dicho esto, y hecha la despedida del padre prior, y del desgobernador
gobierno que dorma, lleg la mala de Francia, y en expurgar la pblica
correspondencia, y en hacernos el favor de leer por nosotros nuestras
cartas, quedaba aquella nacin poderosa y monstica ocupada a la salida
de entrambos viajeros, que hacia Madrid se venan, no acabando de
comprender si estaban real y efectivamente en este mundo, o si haban
muerto en la ltima posada sin haberlo echado de ver; que as lo
contaron en llegando a la revolucionaria villa de Madrid, aadiendo que
por all nadie pasa sin hablar al portero.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Fgaro, by Mariano Jos de Larra

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     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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- You comply with all other terms of this agreement for free
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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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