Project Gutenberg's Un libro para las damas, by Mara del Pilar Sinus

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Title: Un libro para las damas
       Estudios acerca de la educacin de la mujer

Author: Mara del Pilar Sinus

Release Date: October 5, 2014 [EBook #47052]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UN LIBRO PARA LAS DAMAS ***




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                        [Ilustracin: Portada]




                        UN LIBRO PARA LAS DAMAS.

                                ESTUDIOS

                                 ACERCA

                      DE LA EDUCACION DE LA MUJER,

                              ESCRITOS POR

                        MARA DEL PILAR SINUS.

                            TERCERA EDICION.

                                MADRID,
            OFICINAS DE LA ILUSTRACION ESPAOLA Y AMERICANA,
                 CALLE DE CARRETAS, NM. 12, PRINCIPAL.

                             MDCCCLXXVIII.

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                                                           Es propiedad.


    MADRID, 1878.--Imprenta, estereotipia y galvanoplastia de Aribau
    y C. (sucesores de Rivadeneyra), Impresores de cmara de S. M.

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                       DOS PALABRAS DE LA AUTORA.

La mayor parte de los escritores de nuestra poca que se han ocupado de
la constitucion de la familia, se hallan conformes en la persuasion de
que uno de los motivos que ms frecuentemente produce su
quebrantamiento, y un  veces su completa disolucion, es la gran
diferencia que media entre el nivel intelectual que hoy alcanza la
cultura del hombre, y la casi absoluta falta de ilustracion que
generalmente se advierte en nuestro sexo.

No pertenezco yo al nmero de las que creen que las mujeres debemos
legislar en los congresos y dictar sentencias en los tribunales; sino
que ntes bien me parece que la mision de la mujer debe ser realizada
en el interior del hogar domstico.

Formar el corazon de sus hijos; elevar sus sentimientos por el amor 
lo bello y  lo bueno; ser la consejera ntima, la amiga de su marido;
poner en todo lo que la rodea el sello de su bondadosa  inteligente
dulzura, h aqu, segun mi opinion, el deber social de la madre de
familia.

Pero si la mujer ha de cumplir dignamente sus obligaciones en el
interior de la familia, necesita comprenderlas bien; necesita saber que
son enteramente distintas de las del hombre: las de ste son
exteriores, y constituyen esa lucha apasionada, donde los intereses del
momento procuran siempre triunfar de las dificultades materiales; las
de la mujer se cien  procurar la dicha, el sosiego y el bienestar de
los seres amados que la rodean.

Y sin embargo, la unidad, la santa armona del pensamiento es
indispensable para una union feliz; cuando todo lo que le interesa al
esposo es indiferente y desconocido para su mujer, hay un grmen de
desunion entre ambos, que comienza por producir la frialdad en sus
relaciones, y  veces termina por una ruptura definitiva y completa del
vnculo conyugal.

Es absolutamente necesario que se eduque  la mujer en relacion al fin
social que est llamada  cumplir; es necesario que el sentimiento
inteligente de la mujer alcance, aunque por otro camino, los mismos
grados de elevacion que la cultura intelectual del hombre.

Si la madre es la que forma y debe formar siempre el corazon de sus
hijos, claro aparece que el hombre no puede pasar, en la esfera del
sentimiento, los lmites que le marc su educacion primera, en la cual
se funda necesariamente el desenvolvimiento de toda su vida.

Penetrada yo del convencimiento de que son verdaderos todos los
principios generales que dejo expuestos, he procurado en mis escritos
contribuir, segun la medida de mis fuerzas,  la educacion de la mujer
por medio del sentimiento de lo bello y de lo bueno, pues de este modo
es como comprendo la moralidad que el arte puede y debe producir en la
sociedad humana.

La contemplacion de la belleza purifica y eleva los sentimientos del
alma, sobre todo en nuestro sexo. Si el hombre con su razon llega  las
ms elevadas cspides de la verdad cientfica, la mujer con el
sentimiento debe adivinar todo lo que ignora; debe seguir  su
compaero en la vida, apoyada en la fe, que es el presentimiento de
todo lo que no sabemos, y fijando sus ojos en ese ideal de lo
perfectamente bello, que es al propio tiempo la esperanza celeste de
toda alma generosa.

No soy yo de las que abogan por la emancipacion de la mujer, ni un
entro en el nmero de las personas que la creen posible: espritu
dbil, creo que toda la fuerza de mi sexo consiste en la bondad, en la
virtud, en el amor: creo que la mujer necesita constantemente el amparo
de un padre, de un esposo, de un hermano, de un hijo; pero creo tambien
que ella puede ser  su vez el apoyo moral de los suyos, el consuelo y
la alegra de los que la aman; creo que la esfera de accion de la mujer
es tan extensa como la del hombre, pero en condiciones completamente
distintas: el hombre, por medio de la razon, debe realizar todos los
hechos de la vida exterior: la mujer, por medio de su bondad
inteligente, debe dirigir toda la vida interior de la familia. El
hombre est llamado  instruir  sus semejantes por medio de la
ciencia; la mujer  educar  sus hijos por medio del arte, que es lo
bello. Porque la instruccion es lo externo, es lo que se adquiere por
el ejercicio de la inteligencia. La educacion es lo interno, es lo que
cada uno consigue mediante su ntima reflexion, avivada por el
sentimiento fundado en el amor  todo lo verdadero,  todo lo bello, 
todo lo bueno que existe inextinguible en el fondo del alma humana.

Este libro no tiene otra pretension que el de ser de alguna utilidad al
corazon de la mujer: los artculos de que se compone se dividen en
_religiosos, morales, filosficos y de costumbres_; pero todos son
sencillos, todos al alcance de la comprension femenina y un infantil,
y en todos preside la santa, la augusta idea de Dios y de sus preceptos.

Ningun inconveniente pueden tener las madres en dejar este libro en las
manos de sus hijas; he procurado que los artculos de que se compone
tengan la mayor variedad posible, alternando los ms serios con los ms
ligeros, y los que encierran alguna verdad triste, con los ms jocosos.

Quiz alguna encantadora jven de la clase media,  la que la modesta
fortuna de sus padres no le permite asistir  las reuniones y teatros,
se distraer con la lectura de estas pginas y hallar en ellas alguna
sana verdad, algun consejo til que le sirva para cuando constituya
familia; quiz la esposa que mece la cuna de su nio enfermo, hallar
en este libro el amigo de su velada solitaria; quiz la anciana que ha
quedado aislada porque cada uno de sus hijos ha edificado ya su nido
conyugal, halle aqu conformidad y consuelo; si as sucede, mi
esperanza ms bella, mi ambicion ms alta, se vern cumplidas.




                     LA POESA DEL HOGAR DOMSTICO.


                                   I.

No es la poesa tan slo aquel rayo que ilumina la mente del que hace
versos.

La poesa est en el mundo bajo diversas formas, y vive entre nosotros
sin que nos apercibamos de su presencia.

La poesa en la mujer es hermana del sentimiento, es la blanca y
perfumada flor que brota en el corazon: cuando el huracan del dolor ha
agostado todas las demas flores del alma, la de la poesa desplega su
corola ms hermosa que nunca.

Las lgrimas son su roco; la resignacion es el sol benfico que la
calienta con sus tibios resplandores.

La poesa es la compaera inseparable de la mujer buena y la que
embellece el hogar domstico. Desgraciada la mujer que la desconoce, y
desgraciado tambien el hombre que busca, para compaera suya, una mujer
prosaica y materialista! Si busca un alma fria, se encontrar con un
alma dura; si busca un corazon destituido de ilusiones, ser fcil que
halle un corazon vaco y desgarrado.

Toda mujer que cuida de embellecer su casa y de hacer dichosa  su
familia, tiene un alma potica.

Una madre meciendo  su hijo sobre sus rodillas, junto  un balcon
entoldado de flores, est rodeada,  mis ojos, de una poesa tan bella
como elocuente.

Una jven sentada al lado de su anciano padre, leyendo con suave y
dulce voz, para distraerle en las largas noches de invierno, ofrece un
cuadro de tierna y sublime poesa.

No he conocido un sr ms potico que una jven, hija de un anciano
militar, que se cas con un pobre empleado de pocos aos y de mnos
haberes: yo la conoc despues de casada y madre de un nio de algunos
meses; vivia ademas con ellos su anciano padre, compartiendo la modesta
y casi msera existencia de sus hijos.

El tedio se apoderaba de mi nimo cuando iba con mi madre  casa de
alguna de sus opulentas y ociosas amigas: mi corazon, tan jven que un
no saba darse cuenta de sus emociones, se adormecia en el fondo de mi
pecho.

Aquella montona magnificencia; aquellos salones en los que el lujo se
aglomeraba bajo mil diferentes aspectos, respirando en todos la
vanidad; aquellas pesadas colgaduras de seda, que velaban el resplandor
del sol; aquellos divanes, en fin, destinados  enervar en una
soolienta molicie al que los ocupase, me causaban un hasto que no
podia vencer.

Con qu afan deseaba que mi madre me concediera permiso para ir  casa
de mi jven amiga!

Margarita me atraia con una simpata incomprensible en mi edad, pues yo
no tena an doce aos, y la amaba con la mayor ternura. Ella contaba
apnas veintidos primaveras, y su carcter, lleno de una apacible
alegra, alejaba de aquella casa  la tristeza, que no perdia la
ocasion de asomar  la puerta su torva faz.

Mi amiga cuidaba de su padre, de su esposo y de su hijo: su carioso
esmero se extendia tambien al balcon de su cuarto, que era un verdadero
jardin, y  dos trtolas que, prisioneras en una jaula de caas,
colocada entre las macetas, se arrullaban dulcemente y se alisaban con
su pico la delicada y sedosa pluma.

Siempre que iba yo  ver  Margarita la encontraba en su casa; su
pequeo gabinete no tena otros muebles que algunas sillas de enea, una
mesa de graciosa hechura, sobre la cual habia siempre dos jarros de
loza llenos de flores, y un armario y la cuna del nio, velada con
cortinas de muselina blanca: junto  aquella cuna bordaba Margarita
todo el tiempo que la dejaban libre sus deberes domsticos; el sueldo
de su esposo era muy corto, y ella haca el sacrificio de sus horas de
reposo, entregndose  aquella ocupacion que producia algun dinero, con
que contribuia al bienestar de su familia. Los que dicen que el trabajo
perjudica  la salud, asientan un error: Margarita era un prodigio de
belleza floreciente, de dulce y encantadora lozana: cubria sus
mejillas un sonrosado delicioso, y sus ojos brillaban con la dicha y el
contento.

La ocupacion contnua es lo que conserva la tranquilidad en el espritu
de la mujer, lo que le trae una grata calma, y esa alegra igual y
dulce que nace de la quietud del nimo; el ocio es su ms cruel
enemigo, porque el ocio vicia su corazon, embota su entendimiento,
hiela su alma y adormece todos sus buenos instintos.


                                  II.

Margarita vivia con su familia en una pequea habitacion, enfrente de
la que ocupaba yo con la mia; todas las maanas se levantaba  las
siete, y cantando como un pjaro, aseaba su pequea sala y el gabinete
de las flores, como yo le llamaba: lugo vestia al nio, que ya andaba
solo, y ayudaba al tocador de su anciano padre.

Veala yo con un placer indefinible entrar y salir y repartir sus
cuidados entre los tres seres que cifraban en ella toda su ventura:
mirbala cambiar el agua de sus trtolas y darles alimento, y esperaba
con impaciencia la hora de su tocador, para asistir  l oculta entre
los pliegues de las cortinas que guarnecian mi ventana.

Concluidos sus quehaceres, se quitaba su gorrito blanco y desataba sus
hermosos cabellos castaos, que caian por su espalda en largos rizos;
peinbalos con maravillosa agilidad y los enlazaba despues con graciosa
forma detras de su cabeza: un vestido blanco era su nica gala en el
verano: en el invierno le reemplazaba con uno de lana oscuro. Despues
de vestida se sentaba  trabajar, mintras el abuelo jugaba y reia con
el nio.

Cuando por la tarde volvia su esposo, Margarita conocia sus pisadas;
dejaba su labor, y tomando al nio en los brazos, salia  recibirle.
Cun dichoso debia sentirse aquel hombre al estrechar contra su
corazon  su angelical esposa y  su inocente hijo! Muy grande debia
ser su ventura, pues se grababa en todas sus facciones con caractres
visibles y profundos.

Mintras comian, no cesaba yo de oir la risa sonora y dulce de
Margarita; no obstante, el corto tiempo que permanecian en la mesa
acusaba la frugalidad de los manjares.

Muchas noches alcanzaba yo permiso de mi madre para pasar la velada en
casa de Margarita: sta acostaba  su hijo y volvia  su bordado,
mintras mecia la cuna con su lindo y ligero pi:  las diez dejaba la
aguja y tomaba un libro, en el cual leia con dulce voz hasta las doce.

Cun atentos estbamos  la lectura su padre, su esposo y yo! Sentado
el anciano enfrente de ella, escuchaba su voz en una especie de
xtasis, y el jven esposo, con la mejilla apoyada en la mano, parecia
pendiente de los labios de Margarita.

sta tomaba los libros que ms le agradaban en la biblioteca de mi
padre, y la eleccion de ellos atestiguaba ms que nada la lucidez
modesta de su talento; de un talento que brillaba con la suave y grata
belleza de la perla, sin deslumbrar, como el diamante, con sus
soberbias facetas.


                                  III.

Todo lo bueno es potico y bello, y la mujer ha recibido de la
naturaleza la mision de sembrar con flores los eriales de la vida; mas
para que la cumpla es preciso que desde muy temprano se procure elevar
su entendimiento, y se la ensee el amor de lo bello en lo moral, en lo
intelectual y hasta en lo fsico.

Se ve muchas veces  una jven dulce, potica, elegante, casi ideal
ntes de casarse, convertirse despues de casada en una mujer colrica,
prosaica y vulgar, y no hace mucho tiempo que sostuve yo con una amiga
mia el dilogo siguiente:

--No te conozco! Qu genio malfico te ha vuelto tan descuidada, no
slo para tu casa, sino tambien para tu persona? Quin te ha cambiado
as?

--El fastidio!

--Te aburres?

--Mortalmente! Para qu violentarme ya? Mi marido slo est en casa 
las horas de comer y dormir, y no repara en que la casa est peor 
mejor arreglada; la he dejado al cuidado de los criados.

--Yo s que ntes l enseaba su casa con cierto orgullo  sus amigos!

--No merece la satisfaccion de ese orgullo el que yo me moleste
cuidando de mil detalles fastidiosos.

--Y sin embargo, querida Julia, esos detalles son los que,  semejanza
de las ligaduras invisibles de Gulliver, sujetan  los hombres  su
hogar.

--No lo creas; no reparan en esas pequeeces.

--Quiz te engaes... pero y tu persona?

--Para qu cansarme en un peinado esmerado y en cambiar cada dia de
traje?

--Tu elegancia era lo que ms agradaba  tu marido! No te acuerdas?

--Para un marido nunca es elegante su mujer, y las admiraciones de
novio de mi esposo, cesaron el dia en que se cas conmigo.

--Quin te ha dicho eso? Piensas que los gustos y hasta las ideas de
un hombre varian en un dia? No temes que se halle mejor que en su
desordenada casa, en otra mejor cuidada y ms elegante? No temes que
alguna coqueta le prenda en sus redes?

--Yo no tengo tiempo de pensar en esas cosas, contest Julia, herida
por mis observaciones; mis hijos me ocupan mucho: una esposa, una
madre, debe cuidarse ante todo de sus deberes.

--Uno de sus primeros deberes es agradar  su marido; no le basta con
ser virtuosa, aburrindose: debe ser bella y feliz.

La pobre Julia no tuvo la fortaleza de violentarse un poco, y todas sus
buenas prendas de madre excelente y de ama de casa, no evitaron que mis
temores se realizasen.

El hogar domstico sin poesa es para el espritu fuerte del hombre una
crcel mezquina y helada: si la mujer sabe embellecerlo, es el osis
donde crecen palmas y flores, donde el agua murmura dulcemente, donde
el alma reposa de las luchas y de los dolores de la vida.




                               LOS CELOS.


                                   I.

No hace muchos dias que me hallaba yo por la noche en casa de una
seora, que tiene dos hijas encantadoras.

La mayor, llamada Mara, cuenta diez y seis aos, y es perfectamente
bella, y ademas un ngel de bondad y de dulzura.

La segunda, nombrada Isabel, es mucho mnos bonita y su aspecto es
constantemente triste y desapacible.

La madre prefiere  la mayor, y, fuerza es confesarlo, hay muchas
personas que la prefieren tambien.

La noche de que voy hablando me fij con ms atencion que de costumbre
en la expresion del semblante de Isabel, y hall en ella alguna cosa de
acre, de amargo y triste.

--Qu tiene? le pregunt  su madre, mostrndola  la plida nia, que
muda  inmvil permanecia en un rincon.

--Tiene celos de su hermana mayor, me respondi.

--Celos! repet, eso no puede ser; los celos son hijos del amor; si
estas dos nias tuvieran otra edad, y amran al mismo hombre, podria
decirse que Isabel tena celos de Mara. As es imposible.

--Acaso los celos slo pueden nacer del amor?

--Slo: no habiendo amor no hay celos: lo que Isabel siente es envidia.

--No es la misma cosa?

--No, seora; en los celos hay cierta nobleza y cierta abnegacion; en
la envidia todo es pequeo y miserable; pero la envidia puede curarse,
y la curacion de los celos es muy difcil, si no imposible.


                                  II.

Entre las mil torturas que afligen  la mujer, que martirizan su
corazon, que amargan su vida, hay algunas que ella misma se inventa por
la actividad de su fogosa imaginacion, por la extremada debilidad de su
espritu,  por efecto de su educacion descuidada.

De los ms amargos dolores que se crea, son la envidia y los celos.

Los celos, dardo emponzoado y forjado por el infierno.

La envidia, sierpe venenosa, que roe el corazon de que se posesiona,
hasta dejarlo vaco como un sepulcro.

La envidia nace de la pequeez del alma; los celos, de la gran
sensibilidad del corazon.

Suele vituperarse  una persona que tiene celos, pero se la compadece
siempre.

Una persona envidiosa solamente inspira desprecio, y todo lo que en su
favor alcanza, es una lstima desdeosa.

Los celos engendran el dio; pero en cuanto el celoso es feliz,
compadece  la persona sobre la cual ha triunfado.

La envidia no conoce la compasion; el envidioso quisiera que el mundo
entero fuera desgraciado, para reunir l todas las riquezas y todas las
prosperidades.

Los celos se sienten nicamente cuando un amor grande, inmenso, llena
el corazon.

Si causa dolor el que la persona que los inspira sea bella, rica y est
dotada de relevantes cualidades, es tan slo porque estas ventajas
conquistan el amor que el infeliz que los siente quisiera para s.

Los celos ambicionan amor.

De todo lo demas, ni siquiera se acuerdan.


                                  III.

Deplorable cosa es que los celos debiliten el nimo y quiten la
facultad de reflexionar; porque,  no ser as, las desdichadas, heridas
de esa pasion podrian conjurar el mal en vez de acrecentarlo,
entregndose  los extremos de un violento dolor.

Oid, las que sufrais ese tormento, el consejo de una amiga vuestra: no
os quejeis demasiado, no hagais del llanto vuestra ocupacion contnua,
no deis al mundo el espectculo de vuestra pena; ocultadla, si os es
posible, porque vuestros lamentos, vuestras lgrimas, vuestro dolor, no
es probable que os ganen de nuevo el corazon que hayais perdido.

No intenteis tampoco vengaros, aconsejadas de vuestro despecho, pagando
desvo con desvo  infidelidad con infidelidad: entnces perderais
tambien lo nico que puede serviros de consuelo: perderais la paz de
la conciencia y el derecho de levantar la frente limpia de toda mancha.

Una suave y digna resignacion, una conducta irreprensible y decorosa,
una firmeza noble  igual en los modales, y una prudente reserva en la
vida ntima, quiz os devuelvan el sitio que es vuestro, en los
corazones que hayais perdido.

Nada de quejas, nada de lgrimas, nada de splicas; no seamos ni
vctimas ni verdugos, porque es tan degradante y tan odioso lo uno como
lo otro.


                                  IV.

Mujeres conozco que han atormentado de tal suerte  sus maridos, con
celos infundados, que aqullos tenian por la mayor desgracia el
quedarse solos con ellas; las mujeres de que os hablo les contaban los
minutos que estaban fuera de casa y el dinero que gastaban; les
impedian cumplir en sociedad con los deberes de buena educacion; les
pedian cuenta de todas sus acciones, de todos sus pensamientos, y
cuando los sabian, les regaaban sin cesar.

Los maridos as asediados no tardan en engaar  sus mujeres.

Les ocultan que han ido al caf, como si esto fuera un pecado mortal.

Si han ido al teatro, les dicen que han estado acompaando  un amigo
enfermo; y poco  poco dejan de amarlas, y el hasto ms profundo se
apodera de su vida, hasta que hallan una mujer amable, graciosa,
coqueta, que les seduce con un carcter completamente opuesto al
tirnico de sus esposas.

El hombre ha nacido libre, y libre debe vivir. Conquistad el corazon de
vuestros esposos, no con la virtud ceuda, sino con la virtud dulce,
con la bondad, con la coquetera.

Hacedles agradable su casa y amable vuestro trato; sed sus amigas,
partid sus alegras, consolad sus tristezas, endulzad sus dolores,
cuidad sus enfermedades; procurad que nada les falte en las comodidades
del hogar; velad por los intereses de la casa, que son los de ambos;
haceos, en fin, necesarias  su dicha y dejadlos libres, completamente
libres.

No les pregunteis adonde han ido, que ellos mismos os lo dirn.

No les pregunteis el dinero que han gastado, que los humillais; y las
heridas del amor propio son las que mnos han de perdonaros.

El hombre es el jefe natural de la familia y el dueo de su casa; para
impedir sus extravos no teneis ms medio lcito que imperar en su
corazon.

Y si os ofenden, sed templadas y generosas.

No rechaceis con dureza al que os ofendi cuando os d alguna muestra
de arrepentimiento, por ligera que sea; no os vengueis de l cuando la
sociedad le arroje lleno de amarguras y decepciones.

Vosotras, dichosas criaturas, que estais escudadas y protegidas con un
amor tierno y profundo, no le perdais por vuestra imprudencia 
impremeditacion.

No pidais al hombre ms de lo que puede concederos; no querais
violentar sus gustos, sus sentimientos, sus inclinaciones.

Respetadle al mismo tiempo que le ameis; pero sabed haceros precisas 
su bienestar,  su dicha,  su vida domstica, que es la sola ciencia y
el gran talento que debe ostentar la mujer.




                           ENFERMEDAD MORTAL


                                   I.

Voy  dedicar  mis amables y benvolas lectoras una noticia de las
necesidades del dia.

Estamos atacados de una enfermedad mortal: del amor al lujo
desenfrenado; nos importa mnos ser que parecer; la vanidad nos mata;
el mal ha llegado  las mujeres, y stas estn ms profundamente
heridas que los hombres.

La mujer no vive hoy por el corazon, vive por el cerebro: casi todas
anhelan ese ruido que se llama _celebridad_; nuestras madres cifraban
su gloria en el silencio en que se dejaba su nombre, y el elogio que
ms deseaban era que no se hablase de ellas ni bien ni mal: hoy las
mujeres quieren ser citadas por su belleza y su elegancia en los
peridicos de _sport_ y de _high-life_; esto constituye su alegra y la
gloria de su familia.

Nunca la acre sed de goces ha abrasado con un fuego ms devorador las
entraas de la humanidad; nunca las tendencias materialistas se han
dibujado tan claramente como en nuestros dias, y como no hay hecho
aislado en el mundo, todo se encadena y todo se deduce con una lgica
inflexible y despiadada.

Lo caro de las habitaciones y su suntuosidad (algunas veces vulgar)
trae el lujo exagerado del mobiliario; nadie se atreveria  poner una
sillera de reps de lana en un salon deslumbrante de dorados.

Son precisos el damasco y el brocado esmaltado de flores que se invent
para Mad. de Pompadour.

Y qu contraste haria un traje sencillo con estas suntuosidades, con
esas esplndidas colgaduras?

Las fbricas de Lyon no saben ya tejer raso, gro y terciopelo que sean
bastante ricos, y estos trajes exigen como complemento indispensable
las joyas; los diamantes juegan sus luces en torno del cuello, y las
perlas del ms grande tamao lucen, en los pendientes y en los
brazaletes, su deslumbradora blancura.

El traje de los seores se refleja fatalmente en la librea de los
criados; los lacayos se doran  fuego en todas las costuras; y no
siendo posible usar tanta esplendidez en un coche de alquiler, la
seora tiene sus caballos y su carruaje; el gran cup para salidas de
noche; para el paseo la carretela de ocho resortes.

Y quin paga? El marido sin duda,  mnos que le sea imposible
soportar ese lujo... porque, en fin, lo imposible nadie puede
hacerlo... pasemos... alejmonos pronto... nos hallamos al borde del
abismo.


                                  II.

Otro rasgo fatal del cuadro de nuestras costumbres es la tendencia,
cada dia ms clara y ms audazmente confesada, de una sensualidad que
se desborda; la preocupacion de comer y de beber bien ha invadido 
todos; la cocina tiene hoy sus peridicos como el salon, y los ms
acreditados publican de contnuo la lista de un _menu_ variado y
esplndido.

No se habla ms que de salsas y de zumos, de _entremets_ y de _hors
d'oeuvre_ incitativos; el lujo de la mesa ha seguido la misma
progresion que todos los otros; una comida es hoy un gran negocio que
cuesta mucho dinero; ya no es permitido  nadie el dar de comer  sus
amigos, sin ceremonias; el comedor se ha vuelto un campo cerrado como
el salon; todas las rivalidades se encuentran all y se libran una
batalla: all tambien se hace gala de ingenio y de magnificencia; all
tambien se lucha en excentricidad.

Se violenta el rden de las estaciones, se sirven primicias marchitas y
costosas mucho tiempo ntes de que la naturaleza, que hace bien lo que
hace, les d madurez sabrosa; se sirve, ms para los ojos que para el
paladar,  la rusa, con una abundancia exagerada de cristales y luces,
con _surtouts_ de plata, de los cuales el precio podria pagar una aldea.

Se trae de todos los pases el fondo mismo del festin: bien fcil sera
dar una leccion de geografa en cualquiera de esas comidas, , ms
bien, recibirla del maestre-sala  jefe de comedor, slo con que l
nombrase los platos presentes: el caviar viene de San Petersburgo; el
_sterlet_, del Volga  del Moldau; las lenguas de venado, de Noruega;
los jamones, del condado de York; los mariscos, de Escocia; los
faisanes, de Bohemia; los pollos, de Rusia; los lomos de oso, de los
Alpes  de los Pirineos.

Todava queda el captulo de las excentricidades: se cortan chuletas de
una langosta y se presentan liebres asadas sin despojarlas de su piel:
no hace muchos dias asist  una comida que empez por una sopa de
nidos de golondrinas, traidos expresamente de China con este objeto;
otro de los platos era un gigantesco pastel de corazones de palomas,
que habia debido costar ms dinero que el que necesitan seis familias
indigentes, para alimentarse durante un ao.

Los vinos no pueden quedarse detras de los manjares, ni como variedad
ni como calidad; y como la produccion ha llegado  ser inferior al
consumo, su valor ha ascendido  un extremo fabuloso.

Mas qu importa? Cuanto ms caro cuestan estos vinos, ms cantidad se
desea beber! Y sin embargo, esta profusion ruinosa no puede ser
agradable. El anfitrion que hace colocar diez copas delante de cada
plato, no posee el verdadero sentido de las cosas; esos aromas
distintos, y algunas veces opuestos, que es preciso saborear en un
reducido espacio de tiempo, deben perjudicarse los unos  los otros; y
sin embargo, los criados, pasando por detras de los sillones de cuero
de Rusia que ocupan los convidados, van nombrando pomposamente el
_Montrachet des Chevaliers_, el _Clos-Vougeat del 54_, el _Johanisberg_
sellado del Prncipe, el _Tockay de Esterhazy_, el _Chateau Larose_ y
el _Chateau Iquem_.

Estas bebidas, dignas de las mesas de los reyes, se suceden en un
opulento desrden; el caso es deslumbrar  los convidados, que envidian
no poder hacer otro tanto. Qu importa el precio de esta satisfaccion?


                                  III.

Estos hechos son desgraciadamente de una autenticidad indiscutible, y
estos hechos ay! acusan un desrden crnico y profundo que podria
llegar  ser incurable, porque no hiere slo al alma, hiere tambien la
economa social y lleva inevitables y crueles perturbaciones al seno de
las familias.

Este cuadro de delicias y de locos gastos, dibujados por mi dbil pluma
en las ms altas regiones de la sociedad, tiene sus copias cada dia ms
numerosas en la clase media; el mal lo invade todo, y de l nace esa
sed de especulaciones temerarias, esa fiebre de agiotaje, que es
tambien uno de los rasgos caractersticos de la poca: hay necesidad de
improvisar recursos y de encontrar en la especulacion el dinero que no
da ni el patrimonio, ni tampoco el trabajo; ese otro patrimonio de la
honradez y del decoro.

Mas ay! la fortuna ciega suele recoger lo que ha dado, y despues de
haber dejado saborear las alegras peligrosas de una riqueza ficticia,
hace parecer ms amarga la pena de una ruina demasiado positiva.

Una sola cosa puede traer al mundo social una reaccion provechosa; el
amor, es decir, la mujer. Tenemos en la naturaleza un tipo encantador:
la jven, la hija de familia; ella trae  la existencia real su
frescura nativa, su dulce brillo, su gracia inocente; el corazon se
dilata  la vista de esa primavera de la vida. Cuando se aproxima, se
serenan como por encanto las tormentas del alma; los mnos buenos temen
turbar la atmsfera de calma y de serenidad que rodea su inocencia;
cada uno se vuelve mejor cuando est  su lado.

Jvenes amigas mias!  vosotras, y slo  vosotras, toca traer el
remedio con vuestras inocentes manos para esta llaga inmensa; casaos
con el alma enamorada y no por clculo  por interes; y si amais de
vras  vuestros esposos, no les pediris un lujo desenfrenado y loco;
os avergonzaris de esa lucha con las demas mujeres y de esas
exigencias que se tragan el sosiego y se pueden tragar el honor de la
familia.

El desenfreno de que Francia ha dado tan largo y triste ejemplo ha sido
su ruina. Escarmentemos al recordar la nueva Nnive, abrasada por la
justicia celeste!




                        LA ROMERA DE SAN ISIDRO


                                   I.

El dia 15 del florido mes de Mayo del ao de gracia de 1872, y apnas
la aurora asomaba en el oriente su bello rostro, una jovencita, no
mnos linda que aqulla, abria la pequea ventana de una buhardilla,
situada sobre el tejado de una hermosa casa que ocupa el nmero 40 de
la esplndida calle de Alcal.

Algunas de vosotras, lectoras mias, no sabris acaso cmo son las
buhardillas de Madrid: exteriormente tienen la forma de una caja de
muerto, colocada sobre el tejado: tantas buhardillas, tantos ataudes
que rematan en una ventana pequea y guarecida de vidrios.

El interior es algunas veces hediondo y triste: esto sucede cuando las
habita la miseria: mas si es la pobreza la que se aposenta en ellas,
entnces son alegres, risueas, aseadas, y en cada ventana hay una 
ms macetas de flores y hierbas de olor.

Porque entre la pobreza que cuenta con lo necesario, y la miseria que
de todo carece, hay un abismo.

La buhardilla  cuya ventana se habia asomado la jovencita tena en el
exterior un aspecto alegre: dos macetas de barro encarnado hacian
centinela  la ventanita, y contenian: la una, un alel cuajado de
flores encarnadas, y la otra, una frondosa mata de sndalo: en las
vidrieras se veian cortinillas de muselina blanca cogidas con unos
lacitos de cinta rosa.

La jven asom su bella cabeza, peinada ya, rosada y alegre: dos
gruesas trenzas de cabellos castaos se enlazaban en un ancho rodete en
aquella cabeza llena de animacion y de gracia: el cabello de las sienes
se levantaba naturalmente ondeado, y sus ojos castaos, con largas
pestaas negras, recorrian el sereno horizonte que puro y sin nubes,
presagiaba un dia sereno y radiante.

--Pero, hija, ya te has levantado?--pregunt desde el interior de la
habitacion una voz femenina.

--S, ya estoy peinada, madre! Vamos, vstase usted para marcharnos,
que voy  llamar  la seorita Julia: aunque ella ir  las ocho en el
coche con el seor Marqus, me dijo que la llamase temprano.

La jven dej la ventana abierta, sali de la buhardilla y baj
corriendo cuatro pisos, hasta llegar  la magnfica puerta del
principal; llam y un criado vino  preguntar quin era.

--Diga V.  la doncella de la seorita que la llame para ir  San
Isidro,--dijo la muchacha,--tiene que ponerse un vestido nuevo y
necesita tiempo, segun me dijo anoche.


                                  II.

Una hora despues la graciosa habitante de la buhardilla subia con su
madre  uno de los muchos mnibus que conducen,  2 rs. por asiento, 
los infinitos romeros que acuden  San Isidro.

La muchacha se llamaba Juana y era de oficio _ribeteadora_  costurera
de botas de seora: tena diez y siete aos y vivia con su madre,
viuda; sta habia sido nodriza de la hija del Marqus que ocupaba el
cuarto principal de la casa, y que las queria mucho por su honradez y
por ser Juana hermana de leche de su hija.

Juana llevaba vestido de percal de 3 rs. vara, de fondo blanco y
lunares negros, pauelo de talle de crespon amarillo, bordado con sedas
de colores, delantal negro de tafetan, collar de corales y pendientes
de lo mismo; una rosa lucia su fresco colorido al lado izquierdo de la
cabeza, colocada entre las ricas trenzas de la jven. Su novio, que era
el primer oficial de la tienda donde Juana trabajaba, las esperaba en
el mnibus que, lleno ya, ech  correr al trote de sus cuatro caballos.

La pradera de San Isidro presentaba el golpe de vista ms pintoresco:
la citada fiesta no es otra cosa que la romera de los habitantes de
Madrid  la ermita del Santo labrador, patron de la villa, que est al
otro lado del Manzanres, y que fund la Emperatriz Isabel, esposa de
Crlos V, quien la hizo edificar el ao 1528, en agradecimiento de
haber recobrado la salud el prncipe don Felipe, su hijo, con el agua
de la fuente inmediata, abierta por el Santo, segun la tradicion, con
un instrumento de labranza.

La capilla est situada en uno de los cerros ms elevados de las
cercanas de la crte, y desde la puerta se descubre un animado
panorama: despliganse, en primer trmino, los verdes arbolados del
Canal, y en lontananza progresiva parte del real sitio del Buen Retiro,
algunos pueblecitos de los alrededores de Madrid y los lindos
jardinillos del Campo del Moro, Cuesta de la Vega y Montaa del
Prncipe Po: en los ltimos horizontes se ven las cumbres del
Guadarrama cubiertas con su manto de nieve: en la colina de la ermita
el cielo es ms azul, el aire ms puro y la vegetacion ms risuea.


                                  III.

Juana, su madre y su novio, _desembarcaron_ del mnibus  la entrada de
la pradera, donde la animacion rayaba en frenes; por entre las
dilatadas calles formadas con los toldos de las tiendas y llenas de
puestos de rosquillas, de frutas, de telas, de juguetes, de fondas, de
botijos llenos de leche del inmediato pueblo de las Navas, y de
confiteras ambulantes, bullia una muchedumbre inmensa: el pueblo,
engalanado con sus mejores trajes, se mezclaba con las damas ms
opulentas, con las hijas de la aristocracia, que, vestidas de percal,
habian ido  _dar una vuelta_: la ermita despedia sin cesar oleadas de
gente, y  la espalda, al derredor de la fuente, la muchedumbre se
apiaba para beber el agua bendita: las fondas estaban ya llenas; en
los salones de baile, formados con viejos tapices y cortinas, sonaban
las msicas; los caballos de madera del Tio Vivo volteaban llenos de
retozonas parejas; los vendedores gritaban para animar la venta, que
por cierto ya no podia estar ms animada: como dice un excelente
escritor espaol contemporneo: Los ejrcitos de Jerjes, Tamerlan y
Napoleon, reunidos y con ayuno de tres dias, no devorarian ni beberian
de seguro lo que en la pradera se bebe y se devora el 15 de Mayo de
cada ao; podranse edificar torres de pan, ciudadelas de rosquillas y
bollos del inmediato pueblo de Fuenlabrada; castillos de chuletas:
pirmides de frascos de licor, de dulces, asados y otros artculos de
fonda y repostera; formaranse arroyos de aguardiente, rios de licores
y ocanos de vino. Cada tenducho al aire libre, cada barraca mal
cubierta, cada fonda improvisada de lienzos, palos, esteras  tablas,
con pretensiones artsticas algunas de ellas, ostenta ya al lado, ya
sobre la techumbre, abigarradas banderolas, y en su parte anterior
aparadores ms  mnos surtidos, as de comestibles y bebidas como de
santos y figuras de barro, madera y plomo. Qu pueblo, qu pas no
envidian nuestras romeras, y en particular la de San Isidro en Madrid?
Hasta los franceses, que son gente de broma, se quedan con la boca
abierta contemplando tan bello espectculo: nada dirmos de los
alemanes y de los ingleses, cuyas fiestas populares son, en comparacion
de las nuestras, fiestas de difuntos.

Juana, su madre y su novio, aunque acostumbrados de todos los aos 
ver este espectculo, quedaron contemplndole llenos de admiracion.

--Mire V. cunto coche, seora Pepa! dijo el zapatero, airoso jven
que vestia pantalon ajustado color de rata, chaqueta de pao fino azul,
sombrero hongo y camisa con chorrera.

--Y de qu distintas figuras! observ la buena mujer, colocndose bien
en el brazo una cesta de mimbres que llevaba cubierta con una blanca
servilleta, y que contenia el almuerzo de los tres, preparado la noche
anterior.

Con efecto: en la falda de la pradera se veia una nube de carruajes que
iban y venian en todas direcciones: veanse en revuelta confusion la
opulenta carretela, la tartana oriunda de Valencia, el fiacre, el
vivaracho tres por ciento, la pesada galera, el carromato perezoso, el
mnibus que se asemeja  una barca veneciana, el coche de principios
del siglo, semejante  un castillo gtico medio arruinado, y la calesa
clsica del ao ocho, pintarrajeada, retozona y saltarina, ocupada por
un matrimonio jven  por una amante pareja del barrio de Lavapis.

--Madre, dijo Juana: mire V. en aquella carretela azul con caballos
oscuros  la seorita Julia con el seor Marqus! Mrala, Antonio, qu
guapa viene! Trae vestido lanilla de rayitas blancas y azules, sombrero
de paja y sombrilla azul. Verdad que es muy bonita?

--Ms lo eres t! respondi el zapatero mirando  su novia tiernamente.

--Quita all, zalamero! dijo Juana dejando, no obstante, asomar  sus
ojos la alegra que llenaba su corazon, por aquella amorosa respuesta.


                                  IV.

Algunos instantes despues detuvo el cochero el soberbio tronco de la
carretela, baj el Marqus y di la mano  su hija. Juana corri hcia
ellos: su madre y su prometido la siguieron.

--Has paseado mucho, Juana? habeis almorzado ya? Pap y yo vamos 
tomar algo  esa fonda, y despues de dar una vuelta por aqu nos
volvermos  casa, dijo la hija del Marqus.

--Pues nosotros, hija mia, dijo la seora Pepa, que llamaba de t  la
que habia alimentado  su seno, traemos el almuerzo, porque aqu todo
es caro y malo: anoche arregl una menestra con jamon y una tortilla.

--Sintense VV.  almorzar donde yo los vea, dijo el Marqus, para que
les envie Julia los postres y el caf, y yo unos cigarros puros.

--All madre, dijo Juana, en ese jardinillo, al lado de la fuente.

--Vamos all, y tantas gracias, seor Marqus, dijo el zapatero.

Extendironse dos blancas servilletas sobre la hierba, y madre, hija y
novio empezaron  comer la menestra con apetito: el vino se compr en
un puesto inmediato.

El Marqus y su hija entraron en la fonda de enfrente, y pidieron leche
de las Navas y fresa, sentndose en la nica mesa que habia desocupada.

Al empezar Juana  partir la tortilla, que era el segundo plato de su
almuerzo, lleg un criado de la fonda conduciendo una bandeja con
pasteles, un plato de fresa, un mazo de cigarros habanos y el caf
prometido.

Media hora despues el crculo se habia ensanchado con algunas amigas y
conocidos que tocaban guitarras, bandurrias y panderos y cantaban
alegremente, en tanto que Juana y sus amigas bailaban con sus novios.

       *       *       *       *       *

El Marqus y su hija se hallaban de vuelta  las doce y almorzaban en
su elegante comedor de Madrid.

Juana, su madre y su novio volvian al anochecer, acompaados de varios
amigos de ambos sexos, y engrosando el cordon humano que llega desde la
cuesta de la Vega hasta la ermita del Santo y que no se habia
interrumpido en todo el dia.




                               LIBERTAD!


                                   I.

Una de las palabras ms bellas que contiene el diccionario de la lengua
es la que sirve de epgrafe  estas lneas, cuando no se la da una
aplicacion viciosa, como suele acontecer; y, sin embargo, si hubiera un
diccionario aparte para nuestro sexo, era la primera que en l debiera
suprimirse.

La dependencia, si es un yugo para la mujer, es tambien para ella el
amparo, la proteccion, y debe desear solamente que no se lo impongan de
hierro, y que aunque cia su cuello, deje  su corazon y  su
pensamiento la facultad de obrar los prodigios de bondad que nuestro
sexo sabe llevar  cabo.

Por eso la emancipacion de la mujer es un sueo peligroso, y llegaria 
ser una gran desgracia si se realizase.

La mujer para ser dichosa necesita de amparo y proteccion, moral y
materialmente hablando, y el dia que lo olvide, puede decir que ha
arrojado al abismo todas sus probabilidades de dicha, y debe resignarse
 una vida solitaria y triste, que debe considerarse como una muerte
moral.


                                  II.

Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consiste en su educacion
atrasada, y en que ningun estudio serio ha venido  endurecer su
carcter y  dar un temple firme  su corazon; ms la verdad, esto, 
mi juicio, le hace muy poca falta, y con tal que sepa lo necesario para
dar  sus hijos la educacion moral y religiosa que necesitan, con tal
que ensee  sus hijas  ser buenas esposas y buenas madres, ha llenado
por completo su modesta, pero importante mision.

Creo, ademas, que  ningun espaol le agradaria para esposa una mujer
sbia y cientfica, que por ir  explicar una ctedra, dejase sus hijos
y su casa  merced de los criados.

No es esto que yo abogue por la ignorancia de la mujer: pienso, al
contrario, que debe cultivarse con cuidado su espritu; pues como dice
con mucha gracia una poetisa amiga mia,

                 _No porque haya faroles en la villa,
                 Ha de estar el hogar sin lamparilla._

Pero esta lamparilla debe encenderse para que su suave luz ilumine  la
familia y comunique un dulce y grato resplandor  la casa.

Nunca como hoy es necesaria la mujer en su casa: en otro tiempo, el
hombre era el administrador natural de la fortuna de la familia; el que
calculaba y el que cuidaba del porvenir de su esposa  hijos; hoy,
sobre todo en Madrid, las discusiones polticas, las juntas
patriticas, los clubs, las manifestaciones en que de contnuo pasea
las calles, absorben todo su tiempo, y apnas est en su casa las horas
precisas para comer y dormir.

Si  la mujer se la hace sbia y se la da ademas la libertad de emplear
y lucir su sabidura, quin velar por la fortuna y por la educacion
de sus hijos? quin por el buen rden de la casa, por la armona
interior, por el bienestar domstico, nico positivo de la vida?

El hombre, fatigado por las luchas de la poltica, por el malestar y
las decepciones que traen consigo los negocios, necesita el fresco
osis donde descansar del abrasado arenal, que cada dia tiene que
cruzar en el desierto de la existencia.

Cuanto ms se haga dificultoso el camino, ms la compaera que ha
elegido necesita hacerle grato y sosegado el lugar del reposo. Al
entrar en su casa debe hallar el dulce silencio de la paz y las
melodas de la risa, que son la expresion de la alegra y de la
felicidad: el rden, que es el bienestar, la armona, que es la gracia,
le harn grata la estancia en su casa, y tal vez, como el ilustre y
desgraciado escritor Crlos Bernard, tendr el buen gusto de preferir
el blando sosiego de su salon  las luchas de afuera, y  los salones
donde impera la ambicion.


                                  III.

El dilema es claro y cualquiera espritu sano lo puede resolver sin
dificultad.

Puesto que el hombre no est jamas en su casa, nunca como ahora ha sido
la casa el lugar que debe ocupar la mujer.

Puesto que la mujer hace falta en la casa y no fuera, lo lgico es que
se la eduque para la casa y que se la ensee, no slo lo necesario para
dirigirla bien, sino lo preciso para que la embellezca: la msica, el
dibujo, los idiomas, para que pueda conocer la literatura extranjera
con perfeccion, para que pueda elevar su entendimiento, cultivar su
espritu, empaparse en los buenos ejemplos  imitar los modelos de las
virtudes.

Y puesto que la mujer tiene dentro de las paredes de su casa tan
florido y tan bello campo donde moverse; puesto que tiene  su cargo la
noble tarea de hacer la dicha de los suyos; puesto que le es dado
pensar y sentir, para qu necesita la libertad y para qu ha de
drsele?

Qu puede hacer de su libertad la hurfana que ha perdido  los
autores de sus dias?

Adnde ir sola? Podr viajar? Podr presentarse en los salones sin
una compaa respetada y respetable? Podr recibir  sus amigos? Qu
har, pues, de su libertad? Qu objeto tiene?

La libertad completa se llama y debe llamarse aislamiento, tratndose
de la mujer, que se mueve en una esfera muy limitada, esfera de
sentimiento y no de pasiones  intereses materiales.

La que pierde  un marido  quien amaba, ni estima su libertad ni hace
tampoco uso de ella. Qu hay comparable al lazo de flores de una union
feliz? Qu hay en el mundo ms bello que las dulces alegras de una
union legtima, bendecida de Dios, aprobada por los hombres, sancionada
por todas las leyes morales, indisoluble por las armonas del alma y
por las afinidades del espritu? Y cuando todo esto se ha perdido, hay
acaso fuerza en el alma para tratar de buscarlo de nuevo? Hay
probabilidades de hallarlo, aunque se busque? Qu es la libertad,
cuando se ha perdido aquel bien inapreciable, que es tan raro en la
vida, y por lo mismo tan precioso? Las vulgares coqueteras y los
afectos vulgares, podrn llenar aquel vaco?


                                  IV.

un la mujer que ha quedado libre por la muerte de un marido que valia
poco, queda ms oprimida con su libertad que ntes se hallaba con su
esclavitud, porque en el mismo sufrimiento, llevado con resignacion,
hay siempre consuelo, como compensacion otorgada por el cielo al deber
cumplido; la vida sin deberes es una vida estril, triste, ms triste
que la que tiene rudas obligaciones que llenar.

Es preferible vivir en el dolor  vegetar sin emociones y sin afectos;
es preferible sufrir  no sentir nada.

Las palabras deber y sacrificio son incomprensibles para las almas
dbiles y los espritus viciados; mas para las organizaciones escogidas
y nobles estn llenas de encanto, y en el cumplimiento del deber, en la
abnegacion del sacrificio, hallan sublimes compensaciones.

Ay de aquella que no tiene deberes que cumplir! Ms ganaria en
tenerlos muy rudos!

Slo cuando la mujer ha llegado al invierno de la vida es cuando puede
considerarse un tanto libre  costa, sin embargo, de estar ms aislada.
Con los cabellos blancos puede salir, recibir  ir  todas partes sola;
pero,  cun subido precio habr comprado esa independencia!

--La vida acaba donde termina el amor--dice San Bernardo, y nunca como
en la vejez se ansa inspirar y sentir afecciones verdaderas y
legtimas.

Amemos los lazos que nos unen al deber, y no ambicionemos una libertad
de que no sabemos qu uso hacer cuando el alma conserva su santo pudor.




                               EL CHISTE.


                                   I.

La reputacion de bufo est hoy  la moda, y, sin embargo, me parece la
mnos envidiable de las reputaciones.

Me gusta la seriedad en los hombres, y ms un en las mujeres.

No obstante,  mi juicio, el carcter de la seriedad en ambos sexos
debe ser muy diferente. La seriedad varonil debe ser grave; la femenil,
dulce.

La seriedad en la mujer, significa y debe llamarse _dignidad_; en el
hombre es simplemente _seriedad_.

Repito que no me gustan los hombres chistosos: por lucir una gracia,
por hacer alarde de ingenio, sacrificarn  su hermano,  su mejor
amigo.

El chiste es siempre resbaladizo y peligroso; muchas veces es cruel:
nada respeta,  todo se atreve, y por lo mismo prueba poca altura de
sentimientos.

Pascal lo ha dicho: _palabras chistosas, mala alma_; y sta es una de
las verdades terribles del gran pensador.

Pero si el chiste es desagradable y antiptico cuando lo usa un hombre,
no sabria expresar lo odioso que me parece en una mujer.

La prefiero sentimental, romntica; prefiero uno de esos figurines
atrasados, del tiempo de los poetas melenudos y llorones; una de esas
mujeres que se rodeaban el rostro de tirabuzones (propiamente dicho) y
bebian vinagre para palidecer.

 lo mnos aqullas lo amaban todo, todo lo lloraban, todo lo
compadecian; y sa es la mision de la mujer, ya sienta con mesura, ya
exagere la expresion de sus sentimientos.

El chiste lo materializa todo, y el tomar la vida por su lado material
es odioso tratndose de nuestro sexo. La mujer debe vivir slo por el
sentimiento y para el sentimiento: una mujer chistosa es una triste
anomala en su especie: ms simptica es  mis ojos, como he dicho
ntes, la romntica, y ms lo es tambien la marisabidilla, porque sta
ama, como la otra, alguna cosa: ama el estudio y tiene la noble
ambicion de poseer talento; pero las mujeres chistosas se inmolan  lo
ms prosaico,  lo ms miserable de la tierra, sin mirar jamas al
cielo, patria del alma.


                                  II.

Yo amo  la mujer sonriente; pero me disgusta mucho riendo 
carcajadas, porque la risa destemplada, brutal, por decirlo as, est
siempre inspirada por el ridculo, es decir, por la muerte moral de
alguno  quiz de muchos seres.

Y ademas, qu ternura puede existir en el corazon de una mujer que se
burla de todo?

Qu hay para ella de sagrado, de noble  interesante?

La reputacion de chistosa es mortal para una jven, porque se halla en
completa oposicion con todas las leyes del pudor, de la dulzura y de la
reserva.

El amor y la amistad huyen de ella asustados, porque el amor busca las
almas que le ofrecen un nido de bellas y perfumadas flores, y la
amistad no tiene la abnegacion que impide ver los defectos y que los
perdona aunque los vea.

Reconvenase en cierta ocasion  una madre porque en vez de moderar la
excesiva sensibilidad de su hijo, la excitaba, llevndole  socorrer 
los pobres y  los enfermos y contndole historias tristes, y le decian
que lo haria desgraciado afinando as las fibras ms delicadas de su
alma.

--Prefiero,--respondi aquella tierna madre,--el que mi hijo sea bueno
 que sea feliz.

Admirable respuesta, y que prueba el temple de alma de aquella mujer
superior.


                                  III.

Se oye algunas veces decir:

Qu alegre y animada es la seora A.  la seorita X!...

Es decir, qu burlona, qu franca en sus modales, qu propensa  la
hilaridad, qu chistosa, en fin!

Libre Dios  las amigas de mi alma de semejante elogio!

Lbreos Dios de l, mis amadas lectoras! El pudor, la decencia, la
cortesa, la amable y santa benevolencia, tienen reglas fijas, 
infringirlas es muy perjudicial y muy triste.

Ningun hombre valiente, generoso, dotado, en fin, de cualidades srias,
es chistoso.

Ninguna mujer suave, dulce, modesta, digna y bien educada lo es tampoco.

Hay, s, en algunas almas una cierta alegra serena y pura que jamas ve
negro en los horizontes de la vida, que mira cada cosa por su lado
mejor, y que no se deja abatir por las penas pequeas y mezquinas; pero
estas bellas almas estn dotadas de una esperanza, de una resignacion,
de una tranquilidad, de una dulce alegra que no excluye el
sentimiento, y que est muy ljos de la grosera y vulgar alegra que
produce el chiste. Yo he dicho en una _Plegaria  la Vrgen_, que acaso
conoceris algunas de vosotras...

                   La vida es buena: si en el bien se emplea,
                 Resbala alegre en la modesta casa;
                 Risuea corre en la pajiza aldea,
                 Vuela feliz si en la opulencia pasa.

                  *       *       *       *       *

S; la vida es buena para el que trabaja, para el que piensa, para el
que ama, sobre todo; y el que se burla de cuanto conoce, ni ama, ni
espera, ni es feliz, porque la burla deja en el alma un sabor amargo.


                                  IV.

Triste tarea es buscar en todo el ridculo, que es como si dijramos,
el padre del chiste: verdad es que hay gustos tan puros y tan nobles,
que al instante le advierten; mas tambien la amable benevolencia de
carcter trae la indulgencia consigo y suaviza todo lo que es
desagradable  los otros. El chiste, no solamente nota el ridculo,
sino que lo busca donde no existe, y ridiculiza todo lo que hay de ms
noble y ms santo en la tierra, sin que los espritus celestes escapen
siempre de su tijera envenenada.

Yo veo siempre al chiste envuelto en un vapor de sangre, porque s que
un chiste ha costado la vida  muchas personas y la felicidad  muchas
familias.

As, pues, mis amables lectoras, reprimid todo lo posible la propension
que sintais  reiros de algunas cosas y  ridiculizar otras; respetadlo
todo, excusadlo todo, admirad lo bello, que esto hace bien al alma, y
cuando veais al mal, llorad en vez de reiros.

Slo una cosa ahoga el ridculo, la sangre; la persona de figura ms
risible, si al entrar en un salon dispara un tiro al primero que vea se
burla de l, adquiere en el instante la terrible majestad del crmen y
de la venganza.

Un chiste puede traer un ridculo incurable, y por lo mismo puede
causar la muerte de alguno.

Que vuestros puros labios no se manchen jamas con la risa burlona y con
las chanzas atrevidas: todos los seres de la creacion merecen nuestro
respeto, y el ms abyecto merece nuestra consideracion, nuestra
simpata, nuestra compasion siquiera.

El ridculo no est en lo que miran los burlones: existe,  mi ver, en
su perversion interna; hay aberraciones en el espritu, como en el
cuerpo hay dolencias; pero si provocan una sonrisa no deben hacer que
nos cebemos con malignidad en los que las padecen.

Sobre todo, jvenes lectoras,  las que amo tanto y cuya felicidad
tanto me interesa, huid de la reputacion de chistosas; y si vuestro
carcter es alegre, que sea el rayo de sol que todo lo embellezca y
fecundice, y no el relmpago de crdena luz, que d  los objetos
tintas lvidas y sombras.




                              DESALIENTO.

                                         Lo primero, lo indispensable
                                         es amar: no importa  quin, no
                                         importa qu: amad, y estais
                                         salvados...

                                                         (DUMAS _hijo_.)


                                   I.

--Para qu?

Ved aqu la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa
sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la savia de las
ilusiones y seca todas las flores del corazon.

Para qu? es decir,  qu conduce eso? Qu beneficio  qu placer me
reporta? Qu me importa la opinion ajena? Qu el bien parecer? Qu
la dicha de los otros?

La primera vez que o aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se
apoder de m, porque adivin que salia de un corazon yerto y sin calor.

El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el
otoo de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de
cabellos blancos.

Hablbale yo de su talento, que haca tiempo no producia obra alguna, 
pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su
pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.

--Para qu? me pregunt, encogindose de hombros con tristeza.

--Para qu! repet; para complacer al pblico y  sus amigos de usted!

Volvi  repetir el mismo triste y desolado movimiento.

--Para tener gloria  aumentar la que ya ha alcanzado!

--La gloria es humo!

--Para ganar dinero!

--Me sobra con lo que tengo.

--Csese usted.

--La mujer  quien amaba me ha engaado, y no puedo ya ponerme  la
persecucion de un nuevo amor.

--Dios mio! si no cree V. en el amor ni en la gloria, en qu cree?

--Casi en nada.

--Ni en la amistad?

--Ni en la amistad.

--Comprendo ahora el suicidio por la primera vez, pens con tristeza.

--As, continu mi amigo, no hago esfuerzo alguno para salir del
marasmo en que me encuentro: si voy  trabajar, no hallo motivo para
ello; nadie me interesa ni  nadie intereso yo.

--No ama V.  nadie?

--Ya he dicho  V. que am; am con fe, con entusiasmo, con pasion, y
fu engaado... una mujer es la que ha llevado  cabo mi destruccion
moral.

--Pero todas las demas no han de ser como esa mujer.

--La creia la mejor... piense V. cmo juzgar  las otras; algunas
veces he deseado volver  querer, y siempre me he hecho esta pregunta:

--Para qu?

--Fatal pregunta!

-- la que contestan siempre la lgica y la razon.

--Qu responden?

--Que la dicha es un sueo; que todo es mentira en la tierra, y que
slo imperan en ella el clculo y el egoismo.

Inclin la cabeza con amargo desaliento; no asintiendo  las ideas de
aquel pobre sr desengaado, sino lamentando el no poder hacer brotar
una flor en el erial de su corazon, disecado por el dolor.


                                  II.


Era una hermosa tarde.

Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de
verdor: grandes pinos y lamos gigantes crecian all haca muchos aos,
con la libertad que slo es una verdad en la naturaleza: un arroyo
murmuraba entre los rboles, y extendia su ancha cinta de plata entre
una doble guirnalda de flores.

Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que slo
piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de
despedida  la tarde: un el sol iluminaba el valle con sus rojos
resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y
serena en el cielo, pronta  derramar en la campia sus argentados
rayos.

Sentados el escptico y yo al lado de una ventana, guardbamos
silencio: yo contemplando el paisaje; l con la mirada fija en el
vaco: un resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion
anterior, y queriendo verter una gota de blsamo en aquella alma
ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no
queria llegar hasta mi mente.

Al fin me aventur con timidez  tomar la palabra; y digo con timidez,
porque no hay nada que intimide tanto al dbil y tierno espritu
femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V.
nada,--le dije,--tampoco quiere V. nada ni  nadie?

--Creo que no.

--No tiene V. padres?

--Hace ya largo tiempo que los perd.

--Ni hermanos?

--Tengo una hermana de leche, madre de cinco nios: me escribe cada mes.

--Lugo le quiere  V.!--exclam alegre al ver este rayo de luz entre
tantas tinieblas.

--No,--repuso l,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la
cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el
dinero sin carta, y le importa tan poco de m, que ni un renglon me ha
dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibi el dinero
y le basta.

--Escrbale usted.

--Para qu?

--Para saber de ella: acaso est enferma.

Mi amigo meci negativamente la cabeza.

En aquel instante una mujer apareci en la calle de rboles que vena 
espirar al pi de la montaa.

Vena lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran
pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por
el arroyo brill en sus ojos una rfaga de alegra: inclinse y llen
el hueco de su mano de agua fresca, que llev  sus labios: el
descreido la vi, dej su asiento, y como un ments dado  su fatal
para qu?, se lanz  su encuentro.


                                  III.

--A qu has venido?--pregunt  la mujer tomndola una mano.

--A verte!--respondi ella,--muchos dias he estado esperando tu
acostumbrada carta: al ver que no llegaba, he temido que te hallases
enfermo.

--No ha llegado el dinero?

--S, ha llegado, pero ah! qu importa el dinero cuando se trata de
tu salud?

Al hablar as aquella mujer, fijaba en su hermano de leche una mirada
llena de ternura, y cubierta de lgrimas.

--Y has dejado  tus hijos?--pregunt l.

--S.

--Solos?

--Solos: la mayor cuenta ya diez aos.

--Y los has dejado por m?

--Slo por verte.


                                  IV.

Al siguiente dia la pobre viajera se hallaba en cama y atacada de una
fuerte calentura; la fatiga de un largo viaje en un caluroso dia de
Julio, habia encendido la sangre en sus venas.

La ciencia no pudo salvarla.

Dos dias ms tarde las campanas doblaban por ella: muri con
tranquilidad y sonriendo.

--Est V. arrepentida de lo que ha hecho? ha sentido venir aqu?--la
pregunt el sacerdote que asistia sus ltimos instantes.

--No, padre mio,--contest;--hice lo que mi corazon me dictaba; el
Seor me ha llamado  s, qu ms da en esta ocasion que en otra?
Hgase su santa voluntad!

Mi amigo no ha vuelto ya  pronunciar su terrible para qu?

Trabaja sin descanso para sus cinco hijos, como l llama  los
hurfanos, y cuando la fatiga le abruma, mira al cielo con los ojos del
alma, y all ve la sombra de su hermana.

El sacrificio le ha mostrado el amor.

La muerte le ha mostrado  Dios: hoy su vida tiene un noble objeto: la
felicidad de cinco desvalidas criaturas.




                        LA BELLEZA Y LA GRACIA.

                                  Los aos, los dolores, las tempestades
                                  de la vida, marchitan
                                  la hermosura y hasta destruyen
                                  sus ltimos rasgos: la gracia,
                                  que nace del sentimiento de lo
                                  bello y de una inteligencia superior,
                                  la gracia sola, es inmortal.

                                                              (ANNIMO.)


                                   I.

No es la belleza sola la que adorais, vosotros, los que pretendeis ser
hroes en el amor: yo os hago la justicia de creer que si pasais por
delante del cuadro de _Las tres Gracias_,  de la esttua de Vnus, les
concederis una mirada de admiracion y nada ms.

Acaso podris apasionaros con el entendimiento de una obra de arte y
pasar largas horas extasiados ante una de esas dos bellas creaciones;
porque el arte tiene inmensa  indefinible atraccion; pero esa
admiracion apasionada os la inspirarn lo mismo _Los Nios coronados de
flores_, del Dominiquino; _El Caballero de Malta en oracion_, de
Hobemma, y la _Joconda_, annima, que cada dia encadena  sus pis,
durante algunas horas,  muchas grandes inteligencias, en el museo del
LOUVRE.

La mujer que subyuga con un sentimiento grande y profundo es,  no
dudarlo, algo ms que bella: es preciso que tenga el supremo encanto de
la gracia inteligente.

No hay duda en que la belleza admira  primera vista, pero la gracia
atrae y cautiva con una fuerza irresistible.

Se ven hombres casados que poseen una mujer muy hermosa, y sin embargo,
se apasionan verdadera y profundamente de otra tan poco favorecida por
la naturaleza, que  primera vista no se comprende cmo pueda
preferirla; pero si una persona inteligente trata con intimidad  la
esposa y  la amada, pronto comprender la causa de que as suceda.

El libertinaje, que es vulgar, como todo lo malo, atribuye aquella
sinrazon, muy general en la sociedad,  una bien pobre causa: afirma
que la posesion apaga el cario, y que la mujer propia, en el hecho de
serlo, ya no puede ser amada,  lo mnos por largo tiempo.

Parceme esto un grosero error; tanto valiera que el que ha admirado un
soberbio lienzo de Rubens, en tanto que estaba de venta  que le poseia
un vecino suyo, lo arrojase  la calle  los dos dias de haber
conseguido comprarlo.

Slo en un caso podria comprenderse que lo hiciera; si el cuadro, desde
el instante de estar en su poder, empezase  perder su brillante
colorido, si se borrasen de l las huellas del genio sublime que lo
habia producido y se convirtiese en un lienzo vulgar, se comprende que
el poseedor se llamase engaado, se irritase y se olvidase de l.

No es, pues, la posesion lo que apaga el amor que inspiran las mujeres
hermosas; es que si no tienen ms que hermosura, la vista se acostumbra
 ella, y no hallndose alimentada el alma, no hay amor que dure y que
resista el cansancio.

Ademas, las mujeres son casi todas graciosas ntes de hallar un esposo:
pero una vez conseguido, podria creerse que su gracia era un anzuelo, y
que conseguida la pesca lo han arrojado como cosa incmoda  intil.

Desde la hermosa Esther, reina de los judos, que pas de la esclavitud
al trono, hasta nuestros dias, la mujer que quiere y sabe conseguirlo,
es siempre adorable y adorada.


                                  II.

He visto algunas mujeres que equivocan la gracia con el gracejo, y que
slo creen poseerla usando de maneras desahogadas y de palabras libres.

Eso no es la gracia;   lo mnos, no es la gracia tal como yo la
entiendo y como se admira en la buena y culta sociedad.

La gracia es la reunion encantadora del candor pdico, de la decencia
irreprochable, del natural cultivado, que se manifiesta con el lenguaje
dulce y corts: la gracia es un compuesto de benevolencia, de elegancia
natural y perfecta, de maneras distinguidas: la gracia, cuando
verdaderamente la posee una mujer, traspira en todo lo que hace, y en
todo lo que toca, y hasta en todo lo que la rodea.

Una mujer dominante y de carcter duro  irascible, no tendr jamas
gracia; por eso las virtudes rgidas, severas, y perfectas en una
palabra, tienen siempre muchos mnos adeptos que las amables
debilidades de algunas mujeres: parece como que la mujer debe estar
siempre envuelta en una delicada nube, que es la mitad decoro y la
mitad coquetera, y que la gracia debe flotar en la atmsfera que
respira, como un perfume impalpable.

La mujer es amable cuando llora, cuando rie y hasta cuando padece, si
es que quiere serlo: siempre que se descubra en ella la gracia y la
suavidad y que sus impresiones demuestren una alma noble y un buen
corazon, puede estar segura de su imperio.


                                  III.

No es la gracia patrimonio de la juventud y tambien le lleva sta gran
ventaja  la belleza: dos excelentes escritores franceses han
demostrado que la mujer, en su edad madura, y un en su ancianidad,
puede poseer una gracia suprema. Mad. d'Aubray, adorable creacion de
Dumas (hijo), es una prueba de este aserto, y Octavio Feuillet ha
presentado otra no mnos convincente en su precioso proverbio titulado,
_La Partida de damas_.

Las mujeres que ms adoradas han sido, no han estado dotadas de gran
belleza; ninguna de ellas pertenece  la tribu divina de que nos habla
Balzac en _La Coussine Bette_.

Cleopatra, Mad. de Pompadour, Enriqueta de Inglaterra, Mara Antonieta
de Francia, Isabel de Aragon, la Duquesa de Borgoa, la hija del
Regente, Gabriela de Estres y Agripina la Grande, no eran ms que
mujeres agradables; pero todas estaban dotadas de elevada inteligencia
y de la gracia infinita que de ella nace, cuando  aquel dn del cielo
va unido un carcter sensible y el sentimiento de lo bello, que revela
una alma de artista.

Indudablemente, lo que comunica al trato ms gracia y ms encanto es
una buena educacion: la grosera y la vulgaridad son insoportables:
separad de las familias el delicado velo del decoro, y slo quedarn
las sinuosidades del carcter y lo prosaico, es decir, lo odioso de la
vida: desnudad el amor de las atenciones, de las delicadezas;
desposeedlo de una educacion perfecta y distinguida, y el amor morir
ahogado por el materialismo, como muere una bella rosa que ha nacido en
un zarzal, sofocada por las punzantes ramas, que no permiten llegar
hasta ella las brisas y el sol.


                                  IV.

Puede asegurarse que la gracia en la mujer es producto de un bello y
dulce carcter,   lo mnos de un deseo constante de agradar. El arte
de decir  cada uno aquello que puede serle ms grato; de complacer en
la mesa individualmente; de hacer con talento los honores de un salon;
de mantener la conversacion viva y agradable; de vestirse bien y segun
conviene para cada hora del dia; de hablar con dulzura; de sonreirse 
tiempo, y sobre todo de dar  cada uno en la sociedad el lugar que le
corresponde, es lo que constituye todo lo que de explicable hay en la
gracia; pero hay otros mil detalles que no se pueden definir, y que son
los que constituyen ese encanto de algunas mujeres tan poderoso como
irresistible.

Yo deseo  mi sexo, ms que belleza, gracia; pues en sta y no en
aqulla estriba su imperio: aqulla puede compararse  una dalia, que
slo cautiva los ojos: sta,  una rosa que satura de un precioso aroma
el sitio donde reside.




                        LA VERDADERA CRISTIANA.


                                   I.

Yo no s  qu atribuir el que, por ms que lo procuro, no puedo
admirar  esas mujeres que se pasan la vida en las iglesias rezando
partes de rosario y ensartando oraciones.

Cuando las veo, pienso, sin poderlo remediar, en que su casa estar muy
mal arreglada, y sus hijos, si los tienen, muy mal cuidados, y en que
sus maridos sern muy poco dichosos.

Me honro con la amistad de un virtuossimo sacerdote, eminente en
saber, y que derrama  torrentes la luz en la ctedra del Espritu
Santo, al cual he oido decir, hablando con una seora amiga mia y que
se hallaba en mal estado de salud:

--No vaya V.  la iglesia, pues eso la puede hacer dao.

--Slo voy  misa, respondi la doliente con alguna tristeza.

--No vaya V.  misa tampoco.

--nicamente asisto los domingos.

--No vaya V. ni siquiera ese dia: el ambiente frio del templo la
empeorar.

--Dios mio! exclam mi amiga: parecer entnces que no soy cristiana!

--Dios est en todas partes, y de todas partes oye, seora mia: lea V.
la misa en su casa, en su gabinete abrigado, sentada en un sillon, y
por eso Dios no escuchar mnos sus preces que nacen del alma.

Mi amiga meci tristemente la cabeza, y despues de un rato de silencio,
repuso:

--No se puede V. figurar, seor, lo angustiada que tengo la conciencia,
me gustaba tanto ir  la iglesia! Aquel ambiente saturado de
incienso, aquellas luces, la vista de las flores frescas en los
altares, de las cuales yo enviaba algunas, la imgen del Redentor del
mundo y de su Madre hacian bien  mi alma afligida, y hallaba la
tranquilidad en mi conciencia, porque saba que al ir  la iglesia
cumplia con un deber!

--Hija mia, respondi con dulzura el buen sacerdote, el ir  la casa
de Dios, donde tan dulce paz se respira, haca bien, no  su
conciencia, sino  su corazon: ha perdido V. al esposo, al compaero de
su vida que la amaba, al objeto de su nico amor, y slo ante el que es
el supremo consolador de todos los dolores halla paz su pecho
dolorido!...  Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como
tantas veces hacemos: ljos de tener su conciencia intranquila por no
poder ir  la iglesia, resgnese  esta privacion, y llvela con
paciencia por el amor de ese mismo Dios.

--ntes me confesaba cada ocho dias! Y ahora, como me pongo mala cada
vez que voy temprano  la iglesia, slo puedo ir de mes  mes!

--Y un es demasiado.

--Demasiado!

--S, por cierto: qu delitos, qu graves culpas puede haber en su
vida ordenada, modesta y apacible que necesiten exponerse tan
repetidamente ante el tribunal de la penitencia?  qu desprestigiar
con la costumbre lo que la prctica tiene de grande y bueno? No se
puede mirar al sacerdote como al confidente ordinario de todas las
pequeeces de la vida: en ese caso deja de ser el mdico del alma: no
se le puede mezclar en las debilidades ni en los secretos de la
familia: el sacerdote no es el amigo ntimo, ni debe escuchar
escrpulos pueriles y mezquinos: la mision del sacerdote es altsima, y
no se puede abusar de ella sin quitarle algo de su augusto prestigio,
de su delicadeza y de su santidad.

Cuando el buen sacerdote dej de hablar, la pobre enferma del alma dej
ver una bella sonrisa, que decia claro habia comprendido  aquel varon
ilustre, y que quedaba consolada con su dulce y elocuente palabra.

Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad, y desde su
gabinete habla con Dios, y le ofrece sus dolores, y la privacion de no
poderle visitar en la iglesia, de no poder orar al pi de los altares.

Sern agradables esas oraciones al Dios todo amor y misericordia? No
debemos dudarlo.


                                  II.

Me parece que son tan agradables al padre de las misericordias un acto
de perdon, la ddiva de una limosna, una lgrima dedicada al infortunio
ajeno, como dos horas de rezo.

Me parece tambien que ninguna mujer se ha de condenar porque deje de
oir misa algun dia, si su madre, su esposo  sus hijos se hallan
enfermos, y necesitan de sus cuidados.

Me parece asimismo, que tan bueno, por lo mnos, como irse  confesar
todas las semanas, es no murmurar, hacer todos los favores que se
puedan y llevar con resignacion las pruebas de la vida, que nunca le
faltan ni un al sr ms dichoso y ms opulento.

Yo no digo por esto que no sea muy necesario el aproximarse con
frecuencia  la mesa celestial, donde el alma halla tan delicioso y
nutritivo alimento; pero hay muchas mujeres que se creen buenas
cristianas porque oyen misa diariamente, porque rezan cierto nmero
fijo de oraciones y porque se confiesan con mucha frecuencia, y pasan
el resto de su vida en murmurar, en penetrar las vidas ajenas y en
buscar las faltas de todos.

Slo pensarlo sera un sacrilegio.

La virtud para serlo y para hacerse amar necesita ser dulce, tolerante,
benvola, y hay algunas mujeres cuyas debilidades son la ms bella
apologa de su corazon y un de su carcter.

He conocido, entre otras, una que fu la ms coqueta, la ms seductora,
la ms agraciada, la ms simptica de las jvenes de su edad, segun
afirman personas del gran mundo que la han conocido; despert
innumerables pasiones, y ms de una tuvo un desenlace fatal.

Pero el matrimonio no se hallaba bien con su carcter independiente y
con su deseo de libertad: pasaron los aos; sus gracias perdieron con
la juventud todo su prestigio; los adoradores se retiraron, y cuando ya
no era tiempo, aspir  tener un esposo, un protector, un amigo.

No pudo alcanzar esta suprema dicha, y su carcter se volvi acre y
amargo: la juventud, la hermosura llegaron  serla odiosa, porque ella
no las poseia ya: censur  los hombres y ms  las mujeres: todo lo
bueno, todo lo bello se le hizo profundamente antiptico, y mordia y
destrozaba moralmente con una saa implacable.

As dispuesta, fea de cuerpo y ms fea de alma, se hizo beata 
santurrona.

Beata!

Horrible palabra, que encierra un mundo de amargura, de dio y de hiel!

Vistise con un traje de jerga negra, psose una mantilla de lana, unos
zapatos gruesos; dej las manos sin guantes; recogi el escaso cabello,
dejando todo lo horrible posible su cara flaca y amarillenta, y as
dispuesta, es decir, arrojando los ltimos restos de belleza, de gracia
y un de decencia, detras de ella, empez  ir  la iglesia, donde se
pasaba los dias, y  confesar todas las semanas, criticando  las que
no lo hacian.

Creern esas mujeres que Jesus, el dulce, amante y hermoso Jesus,
admite todo lo que hay en ellas de malo, que es lo que van  ofrecerle,
despues de haber dado al mundo lo poco bueno que tenian?


                                  III.

Imitemos  Jesus, oh mujeres cristianas!  Jesus, que no llevaba el
azote en la mano, sino la miel en los labios.

_l_ no culpaba: aconsejaba y redimia de la culpa.

Era piadoso y benigno para todos: era el supremo consolador de cuantos
se le acercaban.

Ya que los hombres no sepan imitar al divino modelo, imitmosle las
mujeres.

La verdadera cristiana ha de ser siempre tolerante y piadosa: ha de
tener alumbrado su hogar con la dulce luz del buen ejemplo, y adornado
con las flores de la paciencia y la resignacion.

La verdadera cristiana es como la mujer fuerte de la Escritura: atiende
 todo, de todo cuida, y su benfica influencia se deja sentir por
todas partes.

La verdadera cristiana tiene siempre muchas y variadas ocupaciones,
porque  la vez que se dedica  hacer la dicha y  iluminar el
entendimiento de los suyos, se ocupa tambien de todas las labores de su
casa y del bienestar material de los que ama.

Cuidando de la dicha de los suyos es una mujer buena cristiana.

He visto algunas que, bajo el pretexto de que tenian que confesarse al
siguiente dia, se han negado  ir al teatro con su marido, y este
marido, desairado y contrariado, ha renegado de la religion de su mujer
que le privaba de su compaa.

Esa mujer faltaba  sus deberes, al primero de sus deberes, negndose 
acompaar  su marido.

Una buena cristiana puede tener su casa muy bien dispuesta, sus hijos
muy elegantes, su mesa muy bien servida, y puede ser,  pesar de todo
esto, muy agradable  Dios, y un serle agradable por lo mismo que hace
todo esto, pues es gravsima falta el rodear  nuestra santa y benigna
religion de fealdad, de acritud y de intolerancia.


                                  IV.

La resignacion es otro de los adorables beneficios de nuestra religion
sacrosanta.

He visto  una madre que adoraba  su hijo nico, mirarle muerto en la
cuna, plida, temblorosa, como una flor tronchada por el huracan, y
decir, alzando los ojos al cielo:

--Seor, era tuyo y te lo has llevado; hgase tu santa voluntad!

Si aquella mujer se hubiera sublevado contra la mano que la heria, si
hubiese acusado  la Providencia, aunque despues la hubiera yo visto
rezar, bostezando, veinte partes de rosario, no me hubiera parecido tan
verdaderamente cristiana.

Un solo grito del alma, un latido del corazon, bastan para probar 
Dios nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra gratitud.

No son necesarias las exterioridades ni las prcticas rutinarias de la
devocion exagerada  ignorante: Dios ve el fondo del alma, y el elevar
los ojos  la bveda celeste es ya un consuelo inefable.

No puedo expresar el disgusto que me causa cuando en la iglesia oigo
rezar casi en voz alta, darse violentos golpes de pecho y lanzar
suspiros dolorosos.

Semejantes extremos slo sirven para distraer la atencion de los que
verdaderamente hablan con Dios por medio de su pensamiento recogido y
absorto en la grandeza de la divinidad.

Cuntas (y un cuntos) hay que mezclan  los suspiros y  las
palabras de la oracion ruidosos bostezos, productos del brbaro ayuno 
que se condenan?

Cuntas que enferman de dolores reumticos por pasarse en las frias
maanas del invierno, cuatro, cinco y seis horas sobre el helado
pavimento de la iglesia?

Cuntas que no comen de los postres, con risa interior de los criados
y admiracion dolorosa de su familia, porque lo han ofrecido como prueba
de mortificacion?

Y cuntas inspiran  sus hijos, con esas prcticas, terror hcia una
religion que impone semejantes sacrificios?

Oh, no, tiernas jovencitas, amigas mias! No creais que esa es la
religion de Jesus! Elevad el alma y huid de esas preocupaciones de los
espritus estrechos! Disfrutad honesta y legtimamente de los bienes
que Dios mismo os ha concedido; no os martiriceis ni os hagais feas,
que eso no agrada al que es fuente de toda belleza y orgen de todo
amor.

Amaos los unos  los otros!

Esto es lo nico que ordena: es decir, sed tolerantes, benvolas,
agradables; no calumnieis, no mintais y haced el bien posible.

Dejadme  m el cuidado de la venganza.

Esta es otra de las rdenes de nuestro Padre celestial; es decir,
perdonad, excusad y no ultajeis jamas, ni devolvais el mal con el mal,
sino con el bien.

Mujeres catlicas! Cuanto ms amables, ms dulces, ms caritativas,
ms benvolas y ms bellas seais; cuanto ms perdoneis, consoleis y
hagais ms grata y ms hermosa la vida de los vuestros, seris ms
verdaderas cristianas!




                      EL BRAZALETE DE ESMERALDAS.


                                   I.

Siete aos hace que pas en Madrid, casi ignorado de todos, el terrible
drama que voy  referir.

La Condesa de M., viuda y riqusima, vivia  los 32 aos con su hijo
Gonzalo, que iba  cumplir 16.

Madre  hijo se adoraban; pero la Condesa era an jven y necesitaba
otro amor que llenase su corazon.

Se habia casado  los 15 aos con un anciano de cabellos de plata y
corazon de oro, que la habia hecho muy feliz ensendola  vivir segun
su conciencia, despreciando las murmuraciones del mundo.

Ademas, la Condesa era italiana, y la libertad de costumbres en que se
habia criado haca su carcter ms independiente, su ternura ms
expansiva y sus sentimientos mnos reprimidos de lo que generalmente se
ve en las mujeres del gran mundo.

En Italia se habia casado: en seguida vino  Espaa, patria de su
esposo, y un ao despues di  luz  Gonzalo.

El Conde crey volverse loco de alegra: viudo dos veces cuando cas
con Elena, habia renunciado  la ternura paterna y recibi  su hijo
como una flor enviada por Dios para perfumar su ancianidad.

La condesa Elena era casi una nia; el amor materno llen enteramente
su corazon, y durante diez aos nada ech de mnos sobre la tierra,
pasando su vida en acariciar  su hijo, y en prevenir todos los deseos
de su anciano esposo.

ste empez  decaer visiblemente; una enfermedad de consuncion, de
esas  las cuales la medicina no halla causa, se apoder de l; feliz y
sonriendo veia demacrarse su cuerpo y caer sus cabellos blancos, y
ljos de amargarse su bondadoso carcter con la idea de su prximo fin,
solia decir que Dios, cansado de verlo ya en el mundo, lo llamaba  s,
sin pena y sin dolor.


                                  II.

Un dia sali el Conde en carruaje y rehus absolutamente que le
acompaase Elena; pero exigi que fuese con l su hijo, que  la sazon
contaba cerca de 11 aos.

El anciano di  su cochero las seas de uno de los mejores joyeros de
Madrid, y se ape trabajosamente  la puerta de su almacen.

Pidi que le sacasen las pedreras de ms valor que hubiese, y
extendieron ante sus ojos un tesoro.

Las miradas del anciano se fijaron desde lugo en un soberbio brazalete
de esmeraldas montadas en oro: la pureza, igualdad y tamao de las
piedras, su engaste y su prodigioso nmero, le haca la ms rica joya
de cuantas habia all.

Formaba una ancha cinta de esmeraldas, cerrada con una estrella de las
mismas piedras, en cuyo centro habia una mucho mayor que las demas.

El Conde hizo el ajuste y le compr.

Lugo volvi  subir al coche con su hijo, y se dirigi  su casa.

--Elena, dijo  su esposa, dentro de pocos dias ya no existir yo; toma
este brazalete, ltima ddiva que te hago y la nica que te quedar,
pues hace largo tiempo que no te regalo nada, con el fin de que cuanto
te he dado quede consumido ntes de mi muerte. Elena, no te prohibo que
busques tu dicha en una nueva union; lo que te ruego es que no
consientas que las miradas de tu esposo profanen los dones que debiste
 mi ternura; si algo me sobrevive, qumalo  encirralo en donde sola
t puedas verlo.

En cuanto  este brazalete, continu el Conde, el dia que te unas 
otro hombre entrgaselo  tu hijo, que lo guardar en memoria mia.

La Condesa no respondi ms que con lgrimas; pero Gonzalo ech sobre
el brazalete una mirada ardiente y sombra.

Dos dias despues muri el Conde, como habia predicho.


                                  III.

Elena se retir  Sevilla y pas, en una casa de campo que poseia all
los dos primeros aos de su viudez, nicamente ocupada de su hijo; la
soledad hizo de aquellos dos hermosos seres uno solo, pues sus almas se
confundian en una tierna y deliciosa simpata.

La Condesa volvi al fin  Madrid, y pronto se vi asediada por una
crte tan numerosa como brillante.

Desde entnces Gonzalo apareci dominado por una tristeza amarga y
sombra; rehusaba acompaar  su madre  toda reunion y pasaba los dias
enteros sentado ante un retrato de su anciano padre.

Lleg por fin la hora del amor para la Condesa; el jven Marqus de B.
conquist su corazon, que un permanecia cerrado  las pasiones, y
Elena se abandon  la que supo inspirarle el Marqus, con toda la
delicia de la que le siente por la vez primera.

Pobre Gonzalo! Qu era entre tanto de l? Ay, ya no pasaba slo los
dias sentado ante el retrato de su padre; pasaba tambien las noches, y
 la luz vacilante de su lmpara le parecia ver animarse aquellas
facciones venerables y entreabrirse aquellos labios que tantas veces le
habian cubierto de besos!

Elena, ocupada toda en su amor, nada saba de esto: en una ocasion
estuvo ocho dias sin ver  su hijo ni preguntar por l.

Por fin, la noche del octavo se le ocurri que podria estar enfermo, y
vol  su cuarto.

Habase quedado dormido de rodillas ante el retrato del Conde, y Elena
se estremeci al ver el estado de demacracion espantosa de su pobre
hijo!


                                  IV.

Tres dias despues le particip con blandura que iba  unirse  otro
hombre, asegurndole que jamas le faltaria su ternura.

--Espero, mam, que me dars tu brazalete de esmeraldas, fu la nica
respuesta de Gonzalo.

--El dia de mi casamiento, hijo mio, contest Elena.

--No, no, ha de ser ahora, mam; desde el momento en que s que vas 
tener otro esposo, debe estar en mi poder.

Elena, asustada al ver la lgubre expresion de las facciones de su
hijo, desabroch el brazalete de su brazo y se lo di.

El nio le tom, dej caer en l una lgrima y le guard en su seno.

Lleg por fin el dia de la ceremonia,  la cual no asisti Gonzalo; al
llegar  casa de vuelta de la iglesia Elena fu  buscarle  su cuarto;
la puerta estaba entornada, llam, y no contestndole entr presurosa.

Gonzalo no estaba all: entr en la alcoba y qued petrificada de
horror al verle tendido en su lecho, inmvil y descolorido.

La desgraciada madre se arroj sobre l, toc su corazon y estaba
helado; fu  tomar una de sus manos, y entnces vi que tena asido
el fatal brazalete de esmeraldas!... Pero cosa extraa! faltaban  la
alhaja todas sus piedras, que habian sido desmontadas.

Elena, siempre silenciosa, revolvi por la alcoba sus secos y
extraviados ojos; entnces vi sobre la mesa de noche un papel, que
tom y devor con nsia.

Decia as:

--Madre mia: Hoy me he tragado una  una las piedras que componian el
brazalete de esmeraldas que te di mi padre; no queria ver  otro
hombre ocupando el lugar del que me llam su hijo, robndome toda tu
ternura.

No queria tampoco que volvieras  ver esta alhaja, que hubiera sido
para t un remordimiento perptuo, ni he podido dejarla abandonada,
porque es para m una reliquia... He guardado para el instante que ds
el fatal s la esmeralda mayor, y ella me ahogar, librndome de la
odiosa carga de la vida.

Adios, madre mia! S feliz y perdona  tu hijo!--GONZALO.

La desgraciada madre sali demente de aquel cuarto, y un mes despues
se la hall cadver sobre la tumba de su hijo!




                         LAS ARMAS DE LA MUJER.


                                   I.

En la poca belicosa que atravesamos; en esta poca en que se inventan
caones, fusiles, pistolas; mquinas de batir ejrcitos, medios de
arrasar ciudades y todo gnero de instrumentos destructores de la
humanidad, como si la vida fuese tan larga y tan exenta de peligros; en
esta poca guerrera y valerosa, no parecer extrao que yo haga tambien
ostentacion de las armas de nuestro sexo, enumerndolas, elogindolas y
recomendando su uso constante, para defensa de nuestros derechos y de
nuestro bienestar.

Nuestras armas son numerosas y fuertes, tan fuertes, que sabindolas
esgrimir bien, y sobre todo  tiempo, el guerrero ms temible, ms
audaz y ms fiero depone su lanza, inclina la cabeza y pide gracia y
misericordia.

Qu loca mana invade hoy las cabezas femeninas al querer dejar los
privilegios del sexo dbil, tan bien armado, tan seguro siempre de la
victoria?

Por qu quieren ceir el birrete de abogado  de doctor, dejando las
blondas y las flores que tan graciosamente coronan las blancas sienes
de la mujer?

Con la blanda sumision, con la amorosa obediencia abdican todo su
poder, y entregan las armas bellas que poseen.

Los hombres no las contarn como sus iguales; no es la ciencia y el
estudio lo que da la energa del alma, la fuerza del carcter, y de
poseer estas prendas, la mujer dejaria de serlo.

Yo no quiero parecerme en nada al sexo fuerte, y prefiero escudarme con
mi debilidad  tener la terrible responsabilidad de la fuerza.

_Obedecer_ es mucho mejor, ms fcil y ms dulce que _mandar_.


                                  II.

Pasemos revista  nuestras armas, oh, mis lectoras! y la que haya
olvidado las suyas, que las prepare y las tenga prontas para el combate.

La dulzura es el auxiliar ms poderoso para conquistar todo cuanto
apetecemos: pues seamos dulces en todo, en el carcter, en las
acciones, en la expresion del rostro, en las inflexiones de la voz, en
la mirada y en la sonrisa.

Cuando un hombre se deja llevar por la clera y se olvida de lo que se
debe  s mismo, una palabra dulce le desarma y una dulce mirada le
avergenza.

El contraste es la gran elocuencia y la gran leccion de la vida.

Una dulce sonrisa da las gracias con ms verdad que una arenga, y una
dulce inflexion de voz alcanza ms que todas las instancias.

Todos los poetas han vestido sus canciones inmortales con el ropaje de
la dulzura: qu otra cosa sino su imgen son _la Cordelia_, de
Shakespeare; _la Cossete_, de Vctor Hugo; _Mme. de Tecle_, de
Feuillet, y _Corina_, de madame Stal?

La msica, nos encantaria si no hubiera en ella dulzura y sentimiento?

Amariamos las flores  no ser por su dulce perfume y su suave belleza?

El grato ambiente de la primavera no parece reanimarnos con su
penetrante dulzura?

S; la dulzura es lo ms bello que se conoce y lo que ejerce un
predominio mayor en nosotros, y con el manto de la dulzura se adorna
todo lo que es inmortal; seamos dulces, aunque tengamos razon para
estar resentidas, y mostremos _sentimiento_, pero _clera_, jamas.

Julieta sedujo  Romeo por su inefable dulzura de carcter: as lo dice
el poeta y as lo demuestra en la deliciosa escena de _Adios!_ que los
dos jvenes tienen  la aurora del dia que los separa para siempre, y
en la que la amada dice al amante, para retenerle ms, que no es la
alondra la que canta, sino el ruiseor el que se deja oir entre las
sombras de la noche.

Habr quien comprenda y ame  la mujer fuerte y enrgica, y yo siento
no ser de ese nmero para amar de otro modo nuevo  la mujer; mas un
cuando la voy  buscar para admirarla al campo del pasado y entre las
pginas de la historia, admiro ms  la mrtir de las oscuras penas del
hogar domstico que  las heronas como Juana de Monforte y la Monja
Alfrez.

Bastantes hombres hay que derraman la sangre de sus semejantes.

 las mujeres toca, no herir, sino curar, amar y bendecir.


                                  III.

La resignacion es otra de las armas mejores, y  la vez una de las
santas coqueteras de la mujer.

No es la falta de sentimiento; es el sentimiento mismo, domado,
suavizado, embellecido, por decirlo as, con la dulzura y la paciencia.

No hace mucho tiempo que reconvenia yo  un hombre de mrito que,
casado con una bella jven, haca la crte  otra mujer no tan bella.

Hacale yo notar que no ganaba en el cambio, y me respondi:

--Usted se engaa, amiga mia, gano y mucho; mi mujer tiene un carcter
insoportable, y en casa de esa persona descanso de oirla quejarse de
todo; justamente esa otra no se queja de nada.

--Porque le quiere  V. mnos.

--Pues desearia que mi mujer no me quisiera tanto, y sera ms feliz;
cario que se expresa mortificando, no sirve para nada.

--Y no le remuerde  V. la conciencia de ser infiel  su mujer?

--Absolutamente; pasaria muy malos ratos si la viera resignada y
triste, pero dulce; mas ha tomado un camino que me absuelve; se enoja,
se encoleriza, y me creo en paz con mi conciencia en atencion  lo que
me hace sufrir.

--Si ella supiera que le era V. fiel, no estaria incomodada.

--Lo estaba lo mismo cuando yo lo era; lo ha estado siempre y siempre
lo estar; as es que tanto me sirve obrar bien con ella como obrar
mal, y no veo la razon de por qu no he de ser yo feliz, hacindome
ella tan desdichado.

Cunto hubiera ganado aquella pobre mujer por medio de la dulzura y de
la resignacion!

No hay hombre de corazon tan duro que al ver sufrir  su esposa
silenciosa y noblemente por sus extravos, no se avergence de ellos y
no procure corregirlos.

La clera exaspera al sexo fuerte; semejante al clarin del combate,
convida  la batalla y hace desafiar todos los peligros.

La resignacion es una hija del cielo, tan hermosa, tan dulce, tan
benfica, que en el alma de la criatura ms afligida, ms infeliz y ms
perseguida, derrama la tranquilidad y el blsamo del consuelo; no hay
pena que no dulcifique, ni herida cuyos dolores no alivie.


                                  IV.

Rstame hablar de la ms bella de nuestras armas; del pualito con cabo
incrustado de pedrera y delicadamente cincelado; del primoroso juguete
cuyo resplandor atrae y seduce.

Esta es... la coquetera.

Os asustais? No hay por qu; la coquetera no tiene nada que ver con
el coquetismo.

Es sencillamente el deseo de agradar y el arte de conseguirlo.

La mujer necesita conservar la coquetera para su felicidad, porque la
coquetera es una especie de conocimiento de su propio mrito, que la
induce  realzarlo en cuanto puede y  aumentarlo con mil graciosos 
inocentes recursos; puede decirse que la coquetera es amable; puesto
que se ocupa de complacer.

Entre una mujer que descuide su traje y su atavo y una mujer vestida
con coquetera, no hay que dudar cul de las dos alcanzar ms
victorias: no ser la ms buena, sino la ms agradable.

Casi todos los maridos negarn una cosa justa, solicitada en nombre del
derecho por su esposa, y no resistirn  la vista de un brazo blanco y
torneado que se apoya en su hombro, en tanto que los labios piden por
favor la misma cosa entre dos lgrimas y una sonrisa.

Oh, las lgrimas! Las lgrimas  tiempo son otro de los auxiliares de
la coquetera.

Pero las lgrimas vertidas dulcemente, y, sobre todo, sin clera,
aunque sea con sentimiento.

Ellas son las balas de que debemos servirnos para tomar las fortalezas
ms inexpugnables.

La dulzura, la persuasion, la belleza, el llanto; y cuando nada de esto
baste, la paciencia; h aqu nuestros medios de conquista y nuestros
recursos diplomticos para alcanzar la felicidad en esta vida.




                              EL TRABAJO.


                                   I.

En medio de todas las amarguras, de todas las penas de la vida, Dios
nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio; amigo fiel que nunca
engaa, consolador incansable y lleno de abnegacion, refugio seguro y
jamas asaltado por las tempestades.

El trabajo.

Dios nos lo impuso como castigo y como ley: mas nos di tambien en l
un inmenso beneficio,  la manera que un padre pone en un rincon del
encierro donde ha confinado  su hijo travieso, un alimento sano y
nutritivo que sostenga sus fuerzas.

Las diversiones que el mundo ofrece son impotentes para calmar los
grandes dolores, para consolar las penas del corazon; el que es
verdadera y profundamente desgraciado, se halla solo con su desconsuelo
en medio de la multitud; slo ve tinieblas en su interior y en derredor
suyo; la alegra de los demas le fatiga y le parece un insulto; en el
egoismo de su dolor quisiera que la naturaleza entera estuviese de
luto, y se cree con derecho para exigirlo; su amargura es terrible,
inagotable, desolada; mas si llega  recurrir al trabajo, si halla
valor para vencer su pena durante algun tiempo y busca  aquel fiel
amigo, est salvado.

Verdad es que las primeras horas le costarn un esfuerzo supremo;
verdad es que durante algun tiempo desmayar, y el desaliento invadir
de nuevo su espritu como una ola negra; mas poco  poco el trabajo le
ir calmando y se ir insinuando como un amigo dulce y firme  la vez,
que le infundir nimo y confianza.

El trabajo hace las veces de la familia de que se carece; del amor que
se perdi en el vaco del cansancio  en la amargura de los desengaos;
de los hijos que duermen en el sepulcro; de la fortuna que ha
naufragado; de todos los bienes de la vida; llena no slo el tiempo
sino el pensamiento, y las horas vuelan rpidas cuando el dolor las
haca eternas.


                                  II.

Os voy  referir lo que yo misma he visto, pues el precepto sin el
ejemplo no convence gran cosa.

Conoc  una mujer muy bella y que poseia una fortuna ms que regular;
su marido la amaba, y era madre de dos hijos que adoraban los dos.

Todas sus amigas envidibamos  aquella mujer; en su casa slo habia
delicias; la paz, la alegra, moraban all; era un compuesto de risas
de nios, msicas, flores, lujo y aromas; la mesa, esplndida, atraia
amables y risueos amigos; la magnificencia de su salon, amigas bellas
y elegantes; cada uno hallaba en aquella casa lo que preferia, as es
que todos se apresuraban  ir  ella.

Por las noches se reunia una concurrencia tan numerosa como escogida;
se cantaba, se leian versos, se tomaba t, se hablaba de arte y de todo
lo que es bello y agradable. Luisa, que as se llamaba mi amiga, vivia
en un cielo; as deciamos cuantas personas la tratbamos.

Cuando pasaba con su marido y sus hijos, recostada en un soberbio
carruaje por las anchas calles de la Fuente Castellana, todos decian:

--Ah va la mujer ms dichosa de Madrid.

De repente la vimos enflaquecer, y sus mejillas perdieron el bello
matiz de rosa; parecia triste y preocupada, pero  nadie confi el
secreto de su pena, que permaneci guardado en su pecho.

Pocos dias despues de esta mudanza, empez  correr un rumor extrao.

Se decia que el esposo de Luisa haca la crte  una amiga de su
esposa, muy  la moda y muy elegante, aunque de escasa fortuna.

Una noche Luisa fu al teatro con su marido y algunas personas llegaron
 saludarla. As que estuvo acompaada, le dijo aquel que iba  salir
un instante y que volvia; la funcion termin y Luisa esperaba an  su
esposo. Tom su coche y volvi sola  su casa.

Le esper toda la noche en vano: no volvi.


                                  III.

El esposo y la amiga habian huido juntos, llevndose toda la fortuna.

Slo se salv el dote de Luisa, que era corto, pues su marido se habia
casado con ella por amor y no por miras interesadas.

--Qu se han hecho de tantas amigas y tantos amigos como yo tena?--me
preguntaba un dia Luisa,--todos han desaparecido con mi felicidad y mi
opulencia; desde que vivo en esta modesta casa,  nadie veo.

--Te quedan tus hijos,--le dije,--no te quejes ni eches de mnos lo que
tan poco vale.

Luisa se resignaba abrazando  los dos nios. De repente fu el mayor
atacado de viruelas malignas; contagise el segundo, y en el trmino de
quince dias los perdi  los dos.

Entnces aquella pobre alma cay en la ms negra desesperacion.

--Trabaja,--le dije un dia,-- te matars.

--Trabajar!--exclam con amargura,--para qu? para quin?

--Para distraerte.

--Piensas que el coser  el bordar me distraer?

--No hablo del trabajo mecnico; ocupa tu pensamiento; traduce para un
editor; y con lo que te d, socorre  los que tienen mnos que t: eso
te producir dos bienes: la distraccion y el poder aliviar la desgracia.

Luisa sigui mi consejo; la soledad de sus dias se los haca eternos;
su dicha habia huido como el humo, para no volver.

Saba el ingls y el frances y se puso  traducir.

Cuando se cansaba de este trabajo, tomaba una obra de tapicera y
copiaba de los dibujos que se venden para este fin, pinturas y paisajes
enteros, con una facilidad y belleza sorprendentes.

As la combinacion de los colorea y detalles ocupaba su imaginacion,
tanto como su mano.

Luisa saba dibujar con perfeccion, y utilizaba su talento dibujando
con su aguja.

De todo esto sacaba algun dinero y socorria algunas desgracias.

Lo que no hubieran alcanzado las diversiones y las distracciones del
mundo, lo consiguieron el trabajo y la ocupacion contnua.

Luisa se consol poco  poco de la injusticia de su suerte, y dej de
pensar en los amigos ingratos y egoistas, en las amigas que la
explotaban sin amarla, y que huyeron de su lado el dia de la
desventura; pensaba en sus hijos, que le guardaban un sitio en el
cielo, y se ocupaba de aliviar las desgracias ajenas, que es el solo
medio de ser dichoso en el mundo.

Un dia supo que su marido, arruinado por la mujer  la que todo lo
habia sacrificado, se hallaba miserable y careciendo de recursos. Luisa
le envi todos los que tena, y redobl su trabajo.

Su marido, avergonzado, conmovido, quiso salir de la abyeccion en que
estaba,  imit su noble ejemplo; busc trabajo  su vez, lo encontr y
fu  llamar  la puerta de su mujer.

--No hablemos del pasado,--le dijo sta,--yo no me acuerdo de nada; me
hallas honrada como me dejaste; trabajemos juntos.

As se hizo; Luisa sigui traduciendo y bordando; su marido acept un
modesto destino, y en breve un agradable y tranquilo bienestar
reemplaz  su pasada opulencia.

Un hijo ocup el lugar de los que habian volado al cielo, y fu para
los esposos un nuevo lazo. Este nio, educado para el trabajo, ser
algun dia uno de los grandes artistas de quien nuestra patria se
envanecer con ms justicia.




                            LA BENEVOLENCIA.

                                              El ser buena es una ganga;
                                              para ser feliz ser buena.

                                                           LUIS EGUILAZ.

                                             (_La Cruz del matrimonio._)


                                   I.

Oh vrgen celeste, suave, pura, amable, tan adorada y tan digna de
serlo! Oh dulce y modesta benevolencia! Quin no te acoger en su
seno! Quin no te dar un blando asilo en su alma! Quin no querr
hacer de t la compaera de su vida!

Bajo tu blanco velo se cobijan todos los desdichados, y tu grata
sonrisa borra todos los defectos: en vano la intolerancia te muestra su
torva y adusta faz; serena y apacible, t le muestras tu tranquila
mirada y grata sonrisa.

Puede decirse que t haces ms bien que la caridad; porque sta slo
alivia las grandes desgracias y t endulzas las mil amarguras de la
vida.


                                  II.

No hay nada que ms se tema, y por consiguiente que mnos se ame, que
una persona excesivamente rigorista: un hombre de carcter duro 
intratable inspira temor, y se desea estar siempre ljos de l; pero si
estos defectos recaen en una mujer, la hacen insoportable y causan su
eterna desgracia.

Es natural suponer en la mujer un carcter dulce, apacible y blando, un
corazon tierno y sencillo, y gran flexibilidad de voluntad; nadie se
admira de que una mujer sea excesivamente tmida y dcil, pero  lo que
nadie puede acostumbrarse es  ver  una mujer dura  intolerante.

La que se halle dotada de estos hirientes defectos no conocer nunca la
amistad, ni acaso el amor.

La benevolencia es la llave que abre todos los corazones, y parece tan
natural en la mujer como el perfume en la flor. No sera extrao que
una bella rosa exhalase miasmas ptridos?

Tan extraa me parece una mujer intolerante y malvola.

Cuntas veces ha conquistado una amistad eterna una sola palabra
indulgente!

Cuntas el rencor ha caido deshecho como nube de verano ante una dulce
y confiada sonrisa! Hay pocas personas y pocas acciones que merezcan
ser miradas con rigor y calificadas con dureza: un en el fondo de los
crmenes se ocultan casi siempre grandes y aterradoras desgracias.

Una de las reglas ms seguras de la buena educacion es darse por
ofendido en sociedad las mnos veces posible; el ofenderse, ademas de
demostrar mal carcter, humilla al enojado; la verdadera dignidad hace
imposible hasta el pensamiento de que se le falte, y quita la
susceptibilidad ridcula, dejando la noble  inquebrantable fortaleza
con que debe rechazarse siempre el verdadero insulto.


                                  III.

Es imposible llevar nada en la vida con un rigor extremado, porque es
imposible que los que nos rodean lleguen  la perfeccion que nosotros
mismos no podemos alcanzar.

La tolerancia, la benevolencia, son necesarias no slo con la sociedad
y con nuestros amigos, sino hasta con la propia familia.

Exigir que un hombre abrumado con los cuidados de la vida sea siempre
afable  indulgente, galante, carioso y lisonjero, es una utopia que
nunca llegar  verdad, es una ilusion que jamas podr verse realizada.

Nadie nace perfecto: el carcter tiene sus alternativas, como las tiene
el corazon: como el mar tiene sus mareas, como el cielo sus nubes: toda
persona que siente mucho es desigual, porque la variedad de sus
impresiones se refleja en el exterior si no tiene gran dominio sobre s
misma.

La benevolencia es, pues, uno de los ejes sobre que gira la felicidad
humana; cuando alguna accion desagrada, es necesario ponerse en el
lugar del que nos ofendi y preguntarnos:

Qu hubiera yo hecho en su caso? Con su educacion y en sus
circunstancias especiales, hubiera hecho otro tanto?

Este exmen de s mismo trae,  no dudarlo, la indulgencia.

 no haber mucha benevolencia, tampoco lograrmos nunca tener amigos:
es preciso tomar  las personas con sus defectos y sin la pretension de
corregirlas: por el contrario, hay que excusar estos defectos por el
recuerdo de las buenas cualidades: apnas habr una persona que no sea
apreciable por alguna sobresaliente y bella dote de corazon  de
carcter.

Las personas ms intolerantes y ms rgidas aprecian y admiran  las
benvolas y corteses.

Hace poco tiempo o yo decir  una persona que era ms que intolerante,
maldiciente:

--El Sr. N.... es sumamente apreciable y tiene la ms distinguida
educacion, porque jamas habla mal de nadie.


                                  IV.

La murmuracion, ese vicio que tan arraigado se halla en la sociedad, y
un en los crculos ms elevados y escogidos, es enemiga mortal de la
benevolencia, y la que hace alarde de ella demuestra, no slo malos
sentimientos, sino tambien mala educacion.

El tocado, la figura, los modales, las costumbres de las personas 
quienes tratan, ofrecen incesante pasto  la murmuracion de algunas
mujeres, y no pocas veces me he preguntado yo si sern tan dichosas que
la escasez de sus propios cuidados les haga pensar tanto en los ajenos.

Las que as viven, las que de eso se ocupan, deben tener un corazon muy
seco, una cabeza muy vaca y una casa muy mal arreglada.

La felicidad y el buen rden de una familia exigen una atencion
constante y grande cuidado.

Cmo pensar en lo que le concierne quin slo se ocupa de investigar
y de censurar lo que hacen los demas?

Es de todo punto imposible combinar el deseo de saber y de criticar
vidas ajenas, con el cuidado de la propia.

La benevolencia trae consigo una dulce paz y una inefable quietud,
porque no habiendo amargura en el alma es segura la dicha.

Hacer bien! Qu grata ocupacion!

Pensar bien! Qu noble empleo de la inteligencia!

Disculpar, amar, consolar; qu tres cosas tan dulces y tan fciles!

Cuando nos creemos ofendidos, olas de amargura invaden el nimo, y la
sed de la venganza es como la tnica de Neso, que abrasaba al que la
llevaba consigo.

Una mujer que adoraba  su marido fu no slo olvidada de ste, que se
aburri de ella, sino perjudicada en sus intereses, casi arruinada por
l.

--Por qu le sufres eso? le preguntaba un dia una amiga suya,
indignada de verla soportar con paciencia uno de los ultrajes ms duros
que puede sufrir una mujer.

--Porque le am, respondi la pobre ofendida.

--Y hoy le amas?

--Ya no.

--Por qu dejas que te arruine?

--Porque le am.

--Si  lo mnos dijeras que un le quieres, tendriais disculpa en tu
debilidad.

--Pero mentiria: ya no le quiero; y no obstante, le quise tanto, que el
recuerdo de aquel amor basta para que le perdone.

--Lo que t buscas siempre es motivo para no acusarle.

--Es verdad.

--Y cuando no encuentras motivo, hallas pretexto.

--Tambien es cierto: y al obrar as, miro por mi tranquilidad: no me
aconsejes la desesperacion negra, sombra y desolada: djame para
alivio la benevolencia, esa suave hija del cielo que cobija mi sueo
con sus alas, que hace dulces lgrimas de los raudales de mi amargo
llanto: siendo indulgente y generosa, soy mnos infeliz.




                      SENSIBILIDAD Y SENSIBLERIA.

                                   I.

No os ha llamado la atencion alguna vez, lectoras mias, la errada
manera con que generalmente se juzgan en el mundo, no slo las
acciones, sino hasta los sentimientos?

Raras, rarsimas veces se da  las cosas el nombre que les corresponde,
y esa terrible _opinion pblica_,  que tanto y con tanta razon tememos
todos, tiene ordinariamente un punto de vista que no puede ser ms
equivocado.

Se llama, por ejemplo, _bondadosa_,  una persona que slo es amable;
_dulce_,  la que no se cuida de que el mundo se desplome; _cariosa_,
 la que hace algunas zalameras de rutina, sin pensar jamas en las
desgracias ajenas; _prudente_,  la que deja ofender con una cobarda
indigna  un amigo ausente; _indulgente_,  la que mira con
indiferencia los yerros y un las faltas de las personas que deben
serle ms amadas, y as se juzga de todo lo demas.

Por lo que toca  la mujer, la opinion pblica anda an ms
descaminada: la modestia y un la dignidad se toma muchas veces por
escasez de inteligencia, al paso que se da el nombre de _talento_  la
osada para hablar de todo, bien  mal.

Pero dejando las vrias equivocaciones que tanto dao hacen al sexo
dbil, vengamos al asunto que es objeto de este pobre artculo; es
decir,  la definicion de una especie que abunda mucho y que merece ser
conocida.

Voy  hablar de las _sensibles_ y de las _sensibleras_, y quisiera
hacerlo de un modo que aqullas y stas quedasen en el lugar que les
corresponde, para que no se pudieran confundir en adelante como hasta
hoy.


                                  II.

La sensibilidad es uno de los ms bellos atributos de la mujer, y sin
ella puede decirse que no tiene de mujer ms que el nombre.

Pero aquella bella y dulce cualidad no se da  conocer por alardes
contnuos: una pequeez la descubre, y acaso ni ella misma sospecha que
existe: la sensibilidad es una compasion natural y tierna de las penas
y de los dolores de los otros; es el deseo de ayudarlos; es el generoso
anhelo de la felicidad ajena: una lgrima es  veces un testimonio
irrecusable de la sensibilidad del corazon: el cuidado de los animales
indefensos, el cario que se les profesa lo es tambien: no hay ninguna
persona verdaderamente sensible que maltrate  un animal.

Hace pocos dias fu yo  ver  una jven muy bella que conozco: su aire
de hada, la delicadeza encantadora de sus facciones, la dulzura de su
voz y la elegancia de sus modales, hacen de ella, ms bien que una
mujer, una slfide: ademas est siempre hablando de su sensibilidad:
jamas va  ver un drama, porque se pone mala: las emociones, segun ella
dice, la matan, y se queja contnuamente del corazon.

Cuando yo llegu  su casa se me hizo entrar en una pequea habitacion,
donde se hallaba: delante del balcon, y acostada en un canastillo,
habia una gata rodeada de cuatro hijuelos que habia dado  luz: la
slfide eligi el de la piel ms bonita, y seal los otros tres  un
criado, dicindole:

--Vaya V. ahora mismo  tirarlos ljos de aqu.

Este rasgo acaso parezca insignificante  muchas personas: qu
importa, en efecto, la vida de tres animalillos recien nacidos?

Nada  primera vista; y sin embargo, yo no he podido ya estimar  la
delicada persona que decret la muerte de aquellos infelices bichos,
con la sonrisa en los labios, con tan perfecta tranquilidad.

Una mujer sensible puede alumbrar sin palidecer para que corten un
brazo  una persona querida, si de esto depende la conservacion de la
vida de aquella persona, y no ser extrao que al ver  un anciano
tenderle una mano en demanda de una limosna prorrumpa en lgrimas.

Una frase de un drama  de un libro humedece  veces los ojos de una
mujer, y (bueno es decirlo en loor suyo) los ojos de un hombre tambien;
y sin embargo, acaso esta mujer y este hombre no se habrn sabido
desmayar en toda su vida, ni habrn dicho ninguna frase pomposa y
estudiada.

Dejemos  las sensibles para acudir  las _sensibleras_, no sin
asegurar ntes que la sensibilidad es silenciosa y se oculta en el
misterio y en la sombra.


                                  III.

--Oh! Yo soy muy sensible! No puedo pasar por delante de la casa
donde viv con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de m
una viuda bonita y muy coqueta.

--Ah! Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jven  quien
tambien conozco, no quiero estar en ella durante la agona de mi padre!

--Y sin embargo, mi querida sobrina, objet una hermana del que
agonizaba, tu padre moriria ms tranquilo si pudiera verte hasta el
ltimo instante!

--Oh! Pero yo sufriria horriblemente!

La anciana seora se encogi de hombros, y una amarga sonrisa
entreabri sus labios.

La hija sali de la casa, conducida por una amiga que elogiaba su
_sensibilidad_, y el padre muri sin el consuelo de fijar su ltima
mirada en los ojos de su hija.

Cualquiera podria pensar que aquella jven ha deplorado el no haber
recibido el ltimo abrazo de su padre; pero nada de eso: se crey en su
derecho huyendo de un espectculo que la haca padecer.

En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven,
padecen de convulsiones, desmayos, sncopes y risas nerviosas, en tales
trminos, que su salud est siempre quebrantada, y que es preciso
mimarlas de contnuo y sin descanso.

Las _sensibleras_ creen que todo se les debe de justicia: yo he escrito
una novela titulada _El Sol de invierno_, en la que pint una de esas
mujeres monstruos de egoismo con cara de ngel, y algunas de la especie
se han visto retratadas all con sobrada fidelidad, lo que no es
extrao, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus
detalles.

En este libro, Gertrdis  los veinticinco aos ve partir  su marido 
Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que
asistir al siguiente dia  un baile: confia despues la educacion y el
cuidado de sus hijas  una aya, porque _le hacen sufrir horriblemente_
las dos nias con los cuidados que exigen: doce aos despues es una de
las mujeres ms  la moda de Madrid, y la llaman _Tulita_, gastando su
caudal en mantener parsitos y amigas ntimas, que contemplan su
sensibilidad y la llenan de mimos: y diez aos ms tarde se convierte
en santurrona, pasndose las maanas en oir misas y las tardes en rezar
trisagios, dejando  sus hijas que pasen  su vez el tiempo como mejor
les parezca, y evitndose cuidados que _le hacen sufrir mucho_.

Este retrato es el de muchas _sensibleras_, de voz melosa y plaidera,
de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni
estiman  nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por s mismas
y cuidar su extrema impresionabilidad.

Muchas de esas seoras no saben si su marido tiene disgustos, ni  qu
hora sale de casa, ni  la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y
si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran
toda clase de cuidados.

--Oh! decia hace pocos dias delante de m una sensiblera: no hay nada
mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible  la piedra! Para
conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!

--Pero y los goces del sentir? le pregunt una persona de su familia,
rindose por adelantado de la respuesta que iba  darle.

--Oh! Sentir es el castigo de la humanidad! Slo el que no siente es
feliz!

--Entnces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun t?

--Alcornoque quisiera yo ser!

--Y lo eres! murmur la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.


                                  IV.

Habeis visto alguna carta de una sensiblera?

Qu estilo tan romntico!

Qu profusion de exclamaciones!

Cunto! Ah! Oh! Ay!

Qu lacrimosas frases!

Qu perodos tan tiernos, tan exagerados, para decir la cosa ms
trivial y ms pequea!

El tormento que esas personas imponen es irresistible: es preciso
amarlas mucho, porque, segun dicen, para ellas _el amor es la vida_; y
hay que compadecerlas de contnuo por sus males imaginarios.

La sensibilidad verdadera, por el contrario, es pudorosa y reservada;
se explica casi siempre por una lgrima furtiva, y enjugada ntes de
que nadie se aperciba de su aparicion.

Una mujer verdaderamente sensible se desmaya y grita pocas veces; pero
es fcil que se muera de dolor con la sonrisa en los labios, y haciendo
la dicha, mintras viva, de cuantos la rodean.




                            LA IMPACIENCIA.


                                   I.

Dice no s qu pensador profundo, que de casi todas nuestras desdichas
debemos pedir perdon al cielo.

Lo que quiere decir, que de todas nuestras desdichas tenemos nosotros
la culpa.

Esto parecer aventurado y duro; y sin embargo, reflexionndolo bien,
se ve que dicha afirmacion encierra una gran verdad.

Hay dos cosas que se pagan caras en el mundo, y que tienen su castigo
prximo y cruel: la impaciencia y la necedad.

Muchas empresas han abortado por no tener un poco de paciencia. Hay
quien lleva  cabo una grande obra, y acabndose su paciencia cuando
llega  los ltimos detalles, pierde todo cuanto en ella ha trabajado.

La perseverancia ha alcanzado triunfos increibles. Una persona de muy
pocos alcances puede llegar con la constancia adonde no llega el ms
luminoso y elevado talento, y es que por lo regular al gran talento va
unida la carencia de perseverancia y de fe.

Por el contrario, una inteligencia limitada se reconoce incapaz de
hacer grandes cosas, y se aplica con todas sus fuerzas  lo que
emprende.


                                  II.

Es muy comun en el mundo hacer juicios errados y equivocar lo que es
consecuencia de altas cualidades del espritu con defectos de carcter.

No hace mucho tiempo que oia yo  unas jvenes quejarse de que su madre
tena mal genio, y esto lo oia por la milsima vez.

Nunca habia querido discutir con aquellas personas, temiendo que acaso
no comprendiesen lo que iba  decirles; mas la acusacion esta vez me
pareci ms injusta que otras, ya por la particular disposicion de mi
nimo, ya porque era ms claro el error de aquel aventurado juicio.

--Vuestra madre, dije, no tiene mal genio, y vosotras la juzgais con
injusticia.

--Pues no ves, me respondieron, cmo se enfada? Nos podrs negar que
su carcter es impaciente?

--No, porque lo es.

--Y el ser impaciente, no equivale  tener mal genio?

--Es muy distinto; vuestra madre se impacienta porque la hers; porque
es excesivamente sensible, y porque la lastimais de contnuo. No
habeis reparado que la menor palabra vuestra la tranquiliza y la
aplaca? Pues el carcter que se doblega as no es malo.

--Querrs decir que lo tiene dulce?

--No, lo tiene impaciente, y se es un mal ms bien para ella que para
vosotras. Vuestra madre siente con vehemencia y expresa con sinceridad:
eso es todo.

--Y nos hace  los demas completamente infelices con esas dotes.

--No sostendr lo contrario; pero lo que os hace infelices es la
exageracion de esas dotes, y, sobre todo, la impaciencia, que es
consecuencia inmediata.

En efecto: si aquella madre hubiera sabido reprimir la impaciencia, sus
hijas la hubieran amado mucho ms y estimado mucho ms tambien de lo
que la estimaban.

Hay personas muy pacientes y hasta muy apacibles; pero es porque no
sienten. Todo lo miran con indiferencia, y aunque el mundo se desplome,
si salvan su individualidad no pasan pena alguna. Su semblante no se
contrae jamas, la sonrisa no desaparece de sus labios y se hallan
siempre en una perfecta tranquilidad moral y material.

La impaciencia les es perfectamente desconocida, y es que, como nada
les interesa, por nada se apresuran, pues, lo repito, miran ante todo
por su individuo.

Estas personas pasan generalmente por muy buenas, muy bondadosas, muy
angelicales, cuando no son ms que... muy impasibles.

Si la paciencia fuese nuestra fiel  inseparable compaera, seramos, 
no dudar, muy dichosos, porque cuando no reside en el alma, sta se
halla amargada, sufre, se queja, y ve todas las sinrazones con cristal
de aumento.

Por el contrario, la paciencia es un estado de perfecta quietud: el que
sabe esperar y sufrir, lo sabe todo; y en cuanto  las mujeres, la
paciencia es la ms adorable de las virtudes que pueden poseer.


                                  III.

Oponiendo la paciencia  la injuria y  la sinrazon se han conseguido
grandes resultados: una mujer desdeada de su marido, slo con la
paciencia puede volver  conquistarle, porque la paciencia es la suave
valla que impide romper los diques al decoro y que conserva la dignidad
en el interior de la familia.

En tanto que media el respeto y la consideracion entre los esposos, no
hay que temer que se derrumbe el edificio conyugal; pero la impaciencia
de la mujer es lo que le hace muchas veces venirse al suelo; la
impaciencia hace acudir  los labios las palabras descompuestas y
duras, las injurias y los denuestos; la impaciencia acrece los
defectos, y ve, como ya dije, con cristal de aumento las faltas ms
leves y ms ligeras.

En muchas ocasiones, la paciencia equivale  un rasgo de talento,
porque vale mucho ms aparentar que se ignoran las faltas que
impacientarse por ellas.

Mas donde la impaciencia causa un dao horrible es en la educacion de
los hijos: la dignidad paternal y maternal dependen, sobre todo, de la
gran calma y serenidad del nimo: el padre, y un ms la madre, que se
descompone delante de sus hijos, baja de su alto puesto, y dejndole,
no puede exigir que los demas se lo conserven.


                                  IV.

Si las mujeres no hallsemos en nuestra razon y en nuestro corazon
bastantes motivos para obligarnos  tomar el partido de la dulzura y de
la complacencia, deberamos pedirlas  la habilidad: sta nos
ensearia, en efecto, que la violencia puede imponer ciertos
sacrificios, pero que el que los lleva  cabo se sustrae ms pronto 
ms tarde  esta dura dominacion: la habilidad en defecto de la bondad
nos impone la paciencia y el disimulo de las contrariedades, y en las
personas que saben discurrir, la habilidad inspira concesiones
equivalentes  las que impone la abnegacion.

Qu grandes cosas ha producido la santa, la modesta paciencia!
Cuntas gloriosas empresas ha deshecho la falta de aqulla! Aun en las
cosas ms triviales de la vida vemos muchas veces que la impaciencia es
un dao muy grave.

--Este vestido no ha quedado bien, porque no he tenido paciencia para
terminarle, dice una jven avergonzada del mal efecto de su traje entre
otros bien concluidos.

--Tena tal impaciencia al ver que no vena mi modista, que no he
querido salir, y he pasado una tarde aburridsima, aade otra.

--Es tanto lo que me impacientan mis criados, que estoy siempre mala, y
ademas, los cambio todos los dias, o decir hace poco tiempo  una
seora.

Est, pues, probado, que la impaciencia, ms bien que hacer dao  la
persona que la inspira lo hace  la que la siente, y que debe dominarse
como un azote de nuestra existencia.

La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos
rodean, y ljos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque
no hay persona constantemente descompuesta  impaciente que inspire
cario, confianza y estimacion, ni  sus amigos ni un  su propia
familia.




                              LA CARIDAD.


                                   I.

Hay un consuelo para todas las penas de la vida: un blsamo para todos
los dolores: un rayo de sol que disipa todas las tinieblas que
incesantemente oscurecen el horizonte de nuestra existencia: la caridad.

Se han visto personas cuyo corazon se hallaba yerto y marchito  fuerza
de sentir amargos sinsabores, que en el ejercicio de esta virtud han
hallado un consuelo supremo  inagotable, y que en pos de la caridad ha
venido  visitarles la esperanza, esa hermosa mensajera del Dios de las
misericordias.

La caridad es un beneficio para el que la ejerce, porque nada es tan
consolador como el espectculo del bien que se ha hecho, de la
felicidad que es obra nuestra y que ha reemplazado al llanto de la
desesperacion.

La caridad lleva en su manto el consuelo y la alegra. El que la ejerce
ama  Jesucristo en el mendigo andrajoso y macilento, en la enferma
anciana y desvalida, en el nio lloroso y abandonado.

Oh caridad! la pureza inmaculada de tu ropaje y la blancura de tus
alas toman nueva brillantez al rozarse con la miseria que procuras y
consigues aliviar. T extiendes tanto tus beneficios que es imposible
sealarles un trmino! No te contentas con dar pan al hambriento, con
vestir al desnudo y con prestar consuelo  todos los dolores! Perdonas
ademas todas las penas, y no hay injuria que no haga olvidar tu plcida
dulzura!


                                  II.

La caridad es un deber para todos, pero este deber se convierte en una
satisfaccion muy dulce para la mujer, porque es innegable que la mujer
ha nacido con un caudal ms rico de sentimiento que el que ha sido
otorgado al hombre.

El destino, la principal ocupacion de la mujer, es el amor. Y qu otra
cosa es la caridad que un amor grande, generoso y purificado?

El clculo y el trabajo constituyen la vida del hombre: la de la mujer
est consagrada, como ya dije, al amor.

La caridad debe ser, pues, una ocupacion en la mujer, por avenirse
mejor con su organismo y con el destino que el cielo la ha deparado
sobre la tierra.

 la mujer que reciba en su pecho  esa bella hija de la religion, Dios
la colmar de dicha y de prosperidades: con la caridad vendrn la
esperanza y la fe, y su vida ser feliz y estar exenta de pesares,
pues no hay dolor que no endulcen esas hijas del cielo.

Feliz aqulla que las abriga bajo su techo!

Feliz la que consiga que se reclinen en las cunas de sus hijos!

Feliz la que les rinde el amoroso culto que merecen!

Las malas pasiones no desgarrarn jamas su seno; la felicidad no se
apartar de su hogar, porque la felicidad reside en nosotros mismos, y
slo una conciencia pura puede darla.


                                  III.

Si por vuestro dao habeis nacido con una imaginacion ardiente, no la
atormenteis con sueos vanos, lectoras mias.

El poder y la gloria no se han hecho para la mujer; su poder est en el
ascendiente que pueden darle su dulzura y el exacto cumplimiento de sus
deberes; su gloria en la prctica de las virtudes, y su felicidad
depende en gran parte de las dulces emociones de la caridad.

Siembre la mujer beneficios en derredor suyo, y los desgraciados 
quienes consuele implorarn para ella las bendiciones del cielo; cuide
del hurfano, y el Seor de todo lo creado conservar la hermosura y la
salud de sus hijos.

Practicad segun vuestro estado la santa caridad, y las lgrimas que
enjugueis sern recogidas en una copa de oro por el ngel de vuestra
guarda, y se convertirn en perlas que servirn para tejeros una corona
en el cielo.

La caridad extender su manto sobre vuestras cabezas para protegeros
contra la desgracia, y despues que hayais pasado  una vida mejor,
cubrir con l vuestros sepulcros y har brotar en ellos flores
hermosas, imgen de vuestras virtudes.




                         EL VERDADERO TALENTO.


                                   I.

Entre las infinitas cosas que se confunden en el mundo, hay dos que lo
estn casi siempre, y que difieren tanto entre s, como una malva loca
de un hermoso rosal, esmaltado de sus incomparables flores.

Estas dos cosas son la osada y el talento.

El talento es bello y luminoso: hijo del alma, ni grita, ni hace ruido,
ni rivaliza, ni lo necesita.

La osada no va jamas solitaria por el mundo: le acompaan el
charlatanismo, la vanidad, el afan de figurar, el lujo y lo que se
llama en lenguaje grfico, aunque no sea muy castellano, la cursilera,
que es el empeo de aparecer, en primer trmino.

Nada hay ms cndido, ms noble, ms leal, que el verdadero talento: la
osada le engaa con su malicia siempre que quiere, porque el talento
se mece en regiones ideales y no entiende nada de las miserias y
pequeeces de la vida; vuela y no rastrea; da y no calcula; sufre y no
se queja. No conoce la envidia, porque, grande por s mismo, se basta
para abrirse ancho y hermoso camino, que al cabo le ceden las medianas
que han querido cerrarle el paso.

Como se da el nombre de _amor_, profanndolo,  muchos sentimientos que
nada de semejante tienen con aqul, se da tambien el nombre de
_talento_  muchas cosas que, como la osada, son graves defectos de
carcter y de educacion.

De una mujer habladora, sin saber lo que decia, he oido asegurar _que
tena mucho talento_; he oido aclamar _el talento_ de otra mujer
custica, burlona y maldiciente, y bautizar tambien con el nombre de
_talento_ la mana de intriga, la tenacidad para conseguir sus fines y
la falta de dignidad de muchas otras.

--Concha tiene _mareado_ al seor de Castro,--decia hace pocos dias una
amiga mia  otra seora,--se casar, y har de l lo que quiera. _Qu
talento tiene esa_ muchacha!

--Los hombres que se dejan _marear_  _engaar_, que es la misma
cosa,--repuso su interlocutora,--son tontos, y no es gran hazaa el
aturdirlos, ni cuesta gran trabajo.

En efecto, no hay en el mundo un marido peor que un hombre engaado, de
cuyos ojos ha caido la venda.


                                  II.

Hay dos clases de talento, aunque ambas forman un todo que, cuando
alguna mujer lo llega  poseer, constituye el bello ideal de nuestro
sexo: mas aunque slo posea una de estas dos clases, puede ya ser amada
y estimada en alto grado.

Aparte del _talento artstico_, que es el primero y ms brillante,
aparte del talento que crea y embellece, del talento literario, en fin,
est el talento de la vida, el talento de saber llevar una existencia
decorosa y honrada, de cuidar su casa y sus intereses.

Este talento hace tomar el lado bueno en todas las cosas de la vida y
huir el malo; ensea el modo de unir la exquisita distincion  la
prudente economa; la dignidad  la bondad; el rden, que es la gracia,
con la amable libertad del espritu, que no conocen los caractres
sistemticos y meticulosos.

Este talento es el que ms conviene  la mujer; el artstico no se
elige. Dios lo da  lo niega, segun sus altos designios; pero el
talento de la vida puede adquirirse, y es indudable que se adquiere con
la reflexion y hasta con la prctica del mundo.

Ya la educacion de la mujer se ha hecho ms extensa, y su ilustracion
va tomando cada dia ms rpido vuelo: ya la mujer lee, y, como
consecuencia natural, comprende muchas cuestiones sociales, puede
reflexionar acerca de ellas, y puede ser la compaera y la amiga del
hombre y el primer Mentor de sus hijos.

La vida tiene una doble fase: el lado serio (y ste es el ms
importante) y el lado frvolo, ligero y agradable. El verdadero talento
de la mujer consiste en llenar los deberes que los dos imponen;
consiste en cuidar del gobierno interior de su casa, de la dicha de su
marido, de la educacion y bienestar de sus hijos: mision que no puede
llenarse sin una razon clara y sin una tranquila fortaleza de espritu.

En el terreno prctico de la vida, la clera y los arrebatos que sta
produce no sirven para nada; son precisas la prudencia, la calma, la
reflexion, gran suma de dulzura y de paciencia, y no menor de fortaleza
y dignidad de carcter: con la diplomacia se consigue mucho: con la
fuerza no se alcanza nada.


                                  III.

La parte ms frvola de la vida es quiz la que hace ms agradable  la
mujer, y un aadir, sin temor de equivocarme, que es lo que la hace
ms amada.

Porque, fuerza es confesarlo en detrimento de la fortaleza humana, la
virtud desnuda de atractivos seduce poco, generalmente hablando, y una
mujer agradable obtiene tantas simpatas, por lo mnos, como una mujer
buena.

La elegancia es uno de los mayores atractivos de la mujer, y es desde
lugo un atractivo mucho ms poderoso y durable que el de la hermosura.

Para ser elegante una mujer no debe nunca _competir_, sino
_distinguirse_; la competencia es un escollo odioso; la distincion es
una gracia y una gran prueba de talento. La competencia provoca
enemistades; la distincion atrae el afecto y hasta la admiracion.

As, pues, mis queridas seoras, no imiteis nada; inventad, y si teneis
un poco de buen tacto y de buen gusto, seris vosotras las imitadas.

Si teneis pocos medios de fortuna, el sistema de no imitar os librar
de muchos sinsabores; y desde lugo os impedir el sentir los dolores
intolerables de la envidia, madre infernal de la competencia; en vez de
caer en el gnero _cursi_, que es el querer aparentar lo que no se
tiene, arreglad vuestra casa de un modo que est en relacion con
vuestros medios, y vestid con arreglo  los mismos; el aseo y la
elegancia se hallan al alcance de todos.

Cuando una mujer debe asistir  una reunion de personas donde se sabe
de antemano que el lujo ha de ser esplndido, dar una gran prueba de
talento vistiendo con una sencillez tal, que haga contraste con todas
las maravillas adonde no puede ni debe llegar; la sencillez en ese caso
ser una gran distincion.

Lo que no puede suprimirse jamas es el decoro, la gracia y la modestia,
que es el adorno ms bello de la mujer y la hija encantadora del
verdadero talento.


                                  IV.

El verdadero talento tiene una magia que no posee el talento slo de
apariencia: todo lo ilumina, todo lo embellece, todo lo suaviza, y
puede decirse que lo alcanza todo.

No es slo una gran penetracion y un entendimiento extraordinario lo
que lleva  cabo grandes obras morales, empresas difciles  negocios
arriesgados; es preciso utilizar todos estos recursos en tiempo y
ocasion oportunos; es preciso no malgastar las fuerzas, cuando hay que
reservarlas para ocasiones ms importantes  ms decisivas.

Esto es lo que adivina el talento, porque su intuicion es maravillosa;
sabe hacer tres cosas que parecen insignificantes y que tienen, sin
embargo, importancia suma en la vida y en el logro de todas las
empresas.

Estas tres cosas son: _callar_, _escuchar_ y _esperar_.

Callar! qu elocuencia hay en algunas ocasiones, comparable  la
dignidad, al dolor  al desden del silencio?

Escuchar! dnde hay complacencia ms amable que la de oir
pacientemente los proyectos de un sabio, las esperanzas de un poeta, 
las quejas de un desgraciado?

Esperar! cuntas dulzuras encierra esta palabra! qu consuelo para
las penas! qu grato y poderoso antdoto para la impaciencia!

Estos tres grandes recursos los posee el verdadero talento; se doblega
sin humillacion, acaricia para conseguir, y le sirven, no slo para las
cosas grandes, sino tambien para lo que se llama _pequeeces_, y que en
la vida de la mujer ocupan tan gran lugar.

El verdadero talento se aviene  todo, se doblega  todas las
situaciones, y pone constantemente en prctica esta gran verdad de un
gran escritor.

Se debe aceptar de buen grado todo aquello que es irremediable.

La familia, la amistad, el hogar domstico, la fortuna, todo gana, todo
est bien conducido, todo est floreciente, todo est bien y bellamente
ordenado, cuando la mujer posee, no el talento que brilla, que
deslumbra y que se agita, sino el bello, el grato, el tranquilo y
modesto, en fin, el verdadero talento.




                              LA TIMIDEZ.


                                   I.

Voy  hablar de un defecto que perjudica de una manera extrema y
lastimosa  los pobres seres que le padecen, y sealadamente  las
mujeres, en cuyas blandas y suaves naturalezas se arraiga de una manera
terrible.

Nada ms ljos de mi deseo que el ver el atrevimiento en una jven
residiendo en todo su sr como en morada propia; la mujer debe ser
modesta, reservada, tmida en muchas ocasiones; pero la timidez extrema
le causa tambien un grave perjuicio y oscurece muchas veces, no slo
sus gracias, sino hasta sus buenas cualidades.

Voy  trascribir aqu la carta que una jven, amiga mia, me escribe
acerca del ridculo que ha caido sobre ella, por no saber vencer su
timidez extremada.

Fu invitada  comer, me dice,  casa de los seores T...., que tienen
tres hijas de mi edad, y no puedes figurarte cunto d que reir, y la
serie de torpezas que comet  causa de mi invencible cortedad de genio.

En vano fu que mi madre me amonestase ntes de salir y que emplease
toda clase de advertencias,  fin de precaverme contra mi enemigo; yo
me creia fuerte en casa porque habia ensayado dos  tres cortesas;
tena pensado todo cuanto debia hablar; pero ay, amiga mia! qu gran
diferencia hay de la teora  la prctica, y cmo he visto que el
aplomo debe tenerse sobre el terreno y que no basta todo el que tenemos
en nuestro gabinete, porque ste desaparece cuando ms falta nos hace!

Cuando entr, toda la familia se hallaba reunida en la biblioteca.
Esta familia consta de la madre, dama elegante y acostumbrada al trato
de la sociedad ms distinguida; del padre, caballero lleno de cortesa
y de benevolencia, y de tres jvenes, amables, dulces y bien educadas.

Cuando entr, el portero hizo sonar una campana anunciando visita;
pero yo, que me forjo terrores  cada instante, cre que era la del
comedor y que por m se esperaba para sentarse  la mesa, y ya sub la
escalera con el corazon oprimido.

Al entrar en la biblioteca lo hice con tanta prisa que pis al pobre
Sr. T.... de una manera tal, que le hice dar un grito: este accidente
aument mi turbacion de un modo indecible; me inclin para saludar  la
seora de la casa y tropec con un velador, el que se tambale, y
hubiera caido al suelo  no haberlo sostenido la mayor de las jvenes.

La corts y benvola acogida de toda la familia me tranquiliz algun
tanto; cada uno se esforz para hacerme olvidar mi torpeza, y yo admir
profundamente el poder de la buena educacion, que di fuerzas al Sr.
T.... para ocultar el dolor fsico que mi pisada debi causarle, y que
se tradujo por el grito que en el primer instante no pudo retener, y
que todos oimos.


                                  II.

Hablamos de las obras nuevamente puestas  la venta, y el seor T....
me ense una de la cristiana y dulce escritora belga Mad. Bourdon, tan
poco conocida como digna de serlo; sealme en un estante un volmen
elegantemente encuadernado, dicindome que aqulla era su ltima
produccion; yo quise tomarla; el buen seor fu  adelantarse  mi
deseo; pero yo, para no molestarle, alargu vivamente el brazo; el
libro pesaba mnos de lo que era de esperar, atendido su tamao; sali
con violencia, cay en el mismo velador que ya estuve yo para tirar al
suelo, y derrib un tintero que sobre l habia; todos echaron  broma
el suceso y me dijeron que no tuviese pena ninguna; pero yo vi la tinta
caer sobre la alfombra, y sin saber lo que haca, trmula, confusa,
yerta de terror, me inclin y... oh colmo de ridiculez! me puse 
recogerla con mi pauelo; tal era mi turbacion y mi dolor por mi
torpeza.

En el mismo instante un criado vino  anunciar que la comida se
hallaba servida, y yo le vi contener la risa al advertir lo que estaba
haciendo; encarnada como una grana segu al comedor  la familia; la
seora T.... me daba el brazo y me coloc entre ella y su hija mayor,
graciosa y dulce jven, cuya modestia nada tena parecido  mi torpeza
y timidez excesivas.

La amabilidad de la seora de la casa empezaba  tranquilizarme,
cuando el mal genio que me perseguia me di otra prueba de su
encarnizamiento contra m; habia yo colocado el plato de sopa demasiado
cerca del borde de la mesa; al volverme para contestar  una pregunta
de mi vecina, la seorita de la casa, que admiraba mi cuello de encaje,
dej caer el plato con todo su contenido sobre mi falda;  pesar de
haber empapado mi servilleta y otras vrias que me fueron ofrecidas, mi
traje verde luz se inund de aquel lquido craso y todava hirviente;
record entnces el valor con el cual el dueo de la casa habia
disimulado el dolor que mi pisada le habia ocasionado, y puse de mi
parte todo lo posible para imitar su tranquilidad.


                                  III.

Una de las seoritas me suplic que le acercase un asado colocado
cerca de m; en mi afan de complacerla puse en la boca un pedazo de
budin que tena en el tenedor sin pensar en que estaba abrasando;
entnces me fu imposible disimular mi tormento; la garganta se quemaba
conforme iba pasando por ella el budin; los ojos se me querian salir de
las rbitas; cada uno de los presentes me propin un remedio distinto:
el uno me aconsejaba vino, otro aceite; yo ped agua, y un criado trajo
un vaso lleno; pero sea que se equivocase, sea que el traidor quisiera
burlarse de m, me trajo aguardiente en vez de agua fresca; lanc un
grito, y el lquido sali por las narices y por mi boca en un acceso de
tos; la seora ri  su criado; ciega con el dolor de la quemadura y
del aguardiente, llev  la cara el pauelo con el que habia secado la
tinta; una risa general estall entnces, porque la ms exquisita
cortesa no bastaba ya ante tanta ridiculez, y hu  mi casa sin
despedirme de nadie y loca de dolor.

Oh invencible timidez! Yo te maldigo como  mi ms cruel enemigo.


                                  IV.

La carta que precede dice ms que cuanto yo pudiera encarecer, acerca
de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de nimo en el trato
social.

La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la
absoluta falta de confianza en el propio mrito, que conduce  una
timidez invencible.

Es necesario apreciarse de una manera equitativa, saber conservar su
dignidad y no desestimarse por completo, dando  los demas un exceso de
consideracion y de condescendencia, porque las ms bellas disposiciones
desaparecen cuando una excesiva timidez se apodera de nuestro espritu
y nos arrebata la serenidad y la facultad de discernir.

Hay algunas personas tan excesivamente tmidas, que no saben jamas qu
hablar ni qu postura adoptar en visita; para estos pobres seres, el
trato, lazo de seda que une  la gran familia humana, es un tormento
insoportable: como nadie ama lo que le mortifica, huyen de hacer y de
recibir visitas, convirtindose su cortedad de genio en una grosera
que les enajena todas las voluntades, y en una feroz misantropa.

En la mujer es casi preferible que se estime demasiado alto  que se
estime demasiado poco: de la gran estimacion de s misma nace la
dignidad, la aversion  las familiaridades y  las habladuras, y hasta
una gran virtud; pero la timidez, cuando es en grado exagerado, la
lleva, no slo  las ridiculeces que  mi pobre amiga, sino  otros
extremos ms graves.

Poco tiempo hace que estando yo de visita en un salon donde se hallaban
reunidas vrias personas, o criticar amargamente  una bella seora
que no se hallaba all, pero que yo conocia de vista.

Todos los presentes dieron un araazo ms  mnos grande en aquella
reputacion indefensa: la frialdad de mi semblante y mi silencio
protestaron contra la cobarda de la agresion.

Cuando me levant, una amiga que all se hallaba sali conmigo.

--Por qu has callado--le pregunt indignada--al oir censurar as 
una persona que tratas? Ms bien; por qu has hecho coro con todos
esos necios de mala intencion, con todas esas envidiosas?

--Y qu querias que hiciera? respondi: yo no tengo el valor de ir
contra la corriente de todos: no me atrevo  tanto.

--Qu indigna cobarda! exclam llena de enojo.

--Qu quieres? soy tmida, y as son casi todas las gentes: piensa en
que al Redentor le crucificaron: qu harian conmigo?

No he vuelto  saludar  aquella mujer: hay una clase de timidez
inofensiva que me compadece: hay otra culpable y que es slo ruin
pusilanimidad, que me indigna y que desprecio.




                         LAS PEQUEAS VIRTUDES.


                                 Los negocios domsticos, los deberes
                                 sociales, los estudios, las facultades
                                 del espritu y del corazon, ofrezcamos
                                 todo esto  Dios: mi querida
                                 seora, sed amable para l, humilde
                                 y paciente por l, y tendris un
                                 tesoro de horas afortunadas; no de
                                 horas sin pesares, pero s dichosas,
                                 porque estarn en armona con vuestra
                                 conciencia y con el divino modelo;
                                 all est el mrito; all est la
                                 paz; all est la caridad; all est la
                                 fuerza.

                                                         SILVIO PELLICO.

                                                   (_Carta  una dama._)


                                   I.

Virtudes pequeas, qu dulce es vuestro poder y que necesidad tenemos
de vuestro auxilio las mujeres!

Qudense para el sexo fuerte las grandes, las que producen acciones
heroicas que se esculpen en bronces y en mrmoles. El brioso alazan
necesita la inmensidad para lanzarse en la brava carrera: el cisne
necesita slo el dulce y lmpido lago, y el pajarillo la embalsamada y
escondida floresta: as nosotras, tanto  ms que las relevantes
cualidades, mucho ms que la ciencia y la grave y slida instruccion
del espritu, necesitamos rodearnos de las pequeas flores del
Evangelio, abiertas bajo los pasos de aqul que fu dulce y humilde de
corazon.

Paciencia, dulzura, indulgencia, afabilidad, cortesa, olvido,
ignorancia de la falta de los otros, caritativa condescendencia para
las debilidades de los demas, yo os llamo desde lo ntimo de mi corazon
para que hagais mi vida apacible y feliz.

Fuerza es que yo lo confiese; las grandes virtudes, tales como en
general se entienden, me han asustado mucho siempre, y un ms el
aspecto de los que las practican, porque las personas de gran virtud se
me han presentado constantemente ceudas, mal vestidas, mal peinadas,
regaonas  intolerantes.

Cuntas dulces y pequeas virtudes he visto ocultas, por el contrario,
bajo la graciosa apariencia de la belleza y la elegancia!

--Esa es una persona de gran virtud, he oido asegurar algunas veces; yo
me he vuelto llena de aquel amor y veneracion que profeso  todo lo
bueno, y me he hallado con una mujer fea, flaca, vestida de mala
manera, huraa, regaona, con el traje roto y descuidado.

--Est slo dedicada  servir  Dios, me han dicho, y su
desprendimiento de las cosas terrenas es profundo y absoluto.

--Y qu! exclam yo un dia con la ingenuidad de doce aos que contaba
entnces, porque se sirva y se ame  Dios se ha de vestir as? Impone
su servicio por librea la miseria y la fealdad? Yo he leido en mis
libros de estudio, que los antiguos coronaban de flores los blancos
becerros y los hermosos corderillos que sacrificaban  sus dioses:
merece mnos nuestro Dios que aqullos dolos? Merecen mnos tambien
sus servidores que aquellos animales?

Debo confesarlo: nadie hall que responderme; pero la servidora del
Dios de bondad y de misericordia me ech una mirada de clera y de
encono, y o salir de entre sus labios, plidos y secos por el ayuno,
el dictado de chiquilla insolente con que me regalaba.


                                  II.

--Parece, continu yo rindome de la horrible cara que me puso, parece
que slo se ofrece  Dios lo que el mundo ya no quiere, lo peor y lo
ms feo! Todas las mujeres excesivamente devotas son solteronas viejas
 que se han vuelto muy feas, y  m me parecen criadas del diablo!
Jesus es muy hermoso: su madre es hermossima, y se deben disgustar de
los santurrones de ambos sexos. Y lugo, yo s, porque lo dice la
Historia Sagrada, que Abel elegia para el altar del Seor sus ms
bellos y sazonados frutos, sus ms frescas y perfumadas flores: estos
dones los consumia la llama divina, y los de Can quedaban intactos,
porque llevaba al altar lo peor que tena. Lugo esta seora se parece
 Can, pues no se dedic al Seor cuando era jven y bonita, sino
ahora que ya no es lo uno ni lo otro!

Una carcajada acogi esta salida, ms sincera que corts, y ms lgica
que agradable para la seora de gran virtud.


                                  III.

No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y
para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser
Cornelia  Arria: hay otras virtudes pequeas, ocultas, del dominio de
la mujer cristiana, que, parecidas  modestas violetas, embalsaman aqu
bajo el hogar domstico, y que tal vez un dia formarn una diadema  la
que las haya amado y cultivado constantemente.

Pequeas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! Vosotras
pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida
soportable! Quines sois? La indulgencia, que perdona los defectos,
bien que no pueda prometerse el perdon para s misma; el piadoso
disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad
del espritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las
ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud
amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que
viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien
posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la
impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea
decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipata; el
olvidar una pequea injusticia  procurarlo  lo mnos; el escuchar con
cortesa paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto  un
juego,  una diversion, frecuentemente ms penosa que el ms rido
trabajo.

Oh, no! no son brillantes estas pequeas y dulces virtudes, y no
atraen ni los ojos ni los elogios. El que est presente no sabe por
qu se dice una palabra y por qu se calla otra: no penetra en el
santuario del pensamiento para leer all que la manera de ver es
diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos
estn contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carcter
y la virtud! Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el
sacrificio queda cumplido!


                                  IV.

Pequeas, bellas y delicadas virtudes! Perlitas puras de la cadena de
la vida, hecha de tanto hierro! Yo os amo, os venero y os llamo en
auxilio mio  todas horas! Os necesito, porque adoro vuestra belleza!
Abridme vosotras los corazones y conquistadme afectos! Sed mis
protectoras, y que vuestro dulce y santo perfume anuncie mi presencia!

Amables y lindas jvenes que leeis estas lneas, mejor sentidas por mi
corazon que trazadas por mi mano: la virtud que resulta de todas estas
pequeas virtudes reunidas, es tambien una gran virtud, como es bello y
admirable un mosaico compuesto de partculas diminutas y delicadas;
pero esta gran virtud que poseeris practicando las pequeas, no es
fea, sino bella, adorable, llena de poesa y de gracia: esta gran
virtud os exige el ser agradables, bonitas, elegantes, afables y
dulces: os ordena cultivar vuestro talento y vuestras gracias, y es la
sola verdaderamente grande y digna de ser ofrecida al Dios, todo amor,
todo grandeza, bondad y misericordia.




                             LA DESGRACIA.


                                   I.

Empezar copiando un bello y elocuente prrafo del ilustre escritor
frances Mr. Jules Janin, que servir como de tema y sumario  las
desaliadas lneas de este pobre artculo.

Vosotras,--dice  las damas parisienses,--pagais muy caro el ir  ver
tragedias llenas de exageraciones, ejecutadas en verso, por buenos 
malos actores: el dinero que gastais sin placer, por lo que llamais
vuestros placeres, deberiais llevarlo all arriba, cerca del cielo,
bajo los techos donde el esto es abrasador, y donde en el invierno se
tiembla de frio; en esas alturas dolorosas, Dios slo sabe cuntos
dramas crueles podriais encontrar! Dios sabe si enjugariais lgrimas
verdaderas! En esos sitios, visitados por vosotras, os sentiriais
bendecidas, amadas y alabadas; desde el fondo de los corazones
conmovidos, las lgrimas que vertierais serian muy dulces.

Por qu vais, pues,  vuestras fiestas,  vuestros espectculos, 
vuestras exposiciones,  vuestras matanzas? All verteis lgrimas
estriles, sobre buhardillas de tela pintada y compadeciendo el corazon
desgarrado de una mujer, que despues cenar perfecta y alegremente:
all la orquesta es la que agita vuestros nervios, y las ficciones las
que exaltan vuestra imaginacion. Id  buscar las desgracias verdaderas;
y por la noche, en lugar de soar con tiranos de melodramas, armados de
puales y de copas llenas de veneno, soaris con las desgracias que
habeis socorrido; veris  la madre de familia cuyo hijo habeis
salvado, y oiris las bendiciones del anciano. H aqu los dramas que
traen paz al alma, y  la noche sueos dulces, y consoladores!

Este predicador mundano y elegante ha encontrado, observando lo que
pasa en derredor suyo, los acentos puros y nobles de la verdad, y nada
mejor podemos hacer las mujeres que seguir su consejo.

No es la desgracia que se ostenta la ms digna de compasion y de
lstima: es la que se oculta; la que se avergenza de s misma: es la
que vive bajo las apariencias de la decencia, la que est valerosamente
combatida por la dignidad.

Cuntas y cun diversas fases tiene la desgracia! Desde la escasez,
donde empieza la pobreza, hasta la miseria que es su ltimo grado, la
desgracia se presenta  nuestros ojos mil veces al dia, pasa al lado
nuestro, nos implora, y nos tiende la mano  cada instante, sin que nos
apercibamos  queramos apercibirnos de su presencia.


                                  II.

Habia, segun me ha contado una anciana amiga mia, una mujer, tan
dichosa, al parecer, que todos la envidiaban; tena una fortuna ms que
regular, un esposo que la adoraba, hijos hermosos y llenos de promesas,
amigos fieles y cariosos; y sin embargo de todo esto, se tena algunas
veces por desgraciada; el alma, como el cuerpo, tiene sus
desfallecimientos, y  veces se fatiga acaso por el mismo exceso de su
tranquilidad.

Aquella mujer, jven, hermosa, rica, querida y estimada de todos, era
infeliz, y entrando en el fondo de su deseo, nada hallaba que desear.

En la misma ciudad habia otra mujer de edad madura, que iba vestida con
excesiva modestia, de aspecto dulce, respetable y reservado: esta
persona era maestra de escribir, y pasaba su vida, ya en dar lecciones
 los nios, ya en copiar documentos para los comerciantes y oficinas:
la tranquilidad y la dicha resplandecian en su frente, y no obstante
jamas se habia casado y vivia sola en el mundo.

La seora M. que as se llamaba la dama que se tena por tan
desgraciada, la llam para que diese leccion  sus hijos, nios de
corta edad; y preguntndole un dia, supo por fin el secreto de la
felicidad de aquella humilde criatura.

--He vivido siempre para los otros y jamas para m,--le dijo,--el yo es
el enemigo ms formidable de toda dicha. Muy jven an, qued sin padre
y sin otro talento que una bonita letra; procur utilizarla y busqu
algunas lecciones que dar; mi madre, anciana y enferma, necesitaba de
m, y esto me daba valor, envindome Dios como supremo consuelo, la
esperanza: daba lecciones durante el dia; por la noche copiaba
manuscritos: tena ademas nociones de dibujo; procur perfeccionarlas,
y trat de copiar algunas flores y grabados que se vendian bastante
bien.

De repente mi hermana mayor, viuda y madre de cuatro hijos, muri, y
los cuatro huerfanitos quedaron sin amparo: qu hacer? Los traje
conmigo, y la pluma corri ms de prisa sobre el papel. Dios, que es el
padre de todos, reprodujo el milagro del pan y los peces con nosotros:
mi pluma di para todo durante quince aos: mi anciana madre muri sin
que la faltase nada, y yo ya no tuve la dicha de trabajar para ella;
pero pocos instantes ntes de cerrar los ojos, me dijo:

--Hija mia, en el mundo he sido una carga bien penosa para t; pero
ahora en el cielo te pagar mi deuda, y rogar  Dios que recompense
tus virtudes: hija mia, yo te lo aseguro; nada te faltar.

--Mi madre muri; yo eduqu  mis huerfanitos con todo el amor y
cuidado posibles: los nios aprendieron una bonita letra y los coloqu
bastante bien en el comercio: la nia aprendi el lindo y aseado oficio
de modista.

Cuando ya no tuve que trabajar ms que para m, me puse muy triste...
Esto era una desgracia, pues toda mi vida la habia dedicado al bien de
los otros: mas sabido es que nunca faltan pobres: doy lecciones  los
nios de mi barrio, hijos de honrados artesanos, y ademas, con lo que
gano dando otras lecciones y haciendo copias, les regalo de vez en
cuando, ya un vestido, ya una camisa, ya ropa blanca que yo misma coso
en mis ratos de ocio; todos me quieren, yo quiero  todos y soy dichosa.

La seora de M.... oy casi avergonzada la historia de aquella noble
criatura, dicindose que la desventura puede salir del seno de la
felicidad, y que la dicha ms pura puede salir del seno de la desgracia.


                                  III.

Las ms brillantes posiciones ocultan  veces desgracias terribles.

El desaliento del corazon, lacerado por mil amargos desengaos; el
sufrimiento del alma, producido por decepciones en los afectos: la
saciedad, que lleva consigo la riqueza y el abuso de todos los goces
frvolos, estas cosas reunidas y un cada una de por s, producen un
malestar, una angustia moral, una falta de fe, que constituyen la ms
horrible de las desgracias.

No amar  nadie, no esperar nada, es tan triste que valiera ms morir.

As, pues, aquellas de vosotras, mis amadas lectoras, que halle en su
camino una persona atea  fuerza de sufrir, que se dedique 
consolarla,  endulzar su amargura,  reanimar su fe y su esperanza, y
har una obra tan meritoria como dando pan  un infeliz pordiosero,
porque la miseria del alma no es mnos dolorosa que la del cuerpo.

Slo aliviando la desgracia podemos hallar la felicidad: busqumosla
por todas partes, y cuando la hallemos en nuestro camino, socorrmosla
con todas las fuerzas de nuestra voluntad y de nuestro ingenio,
privndonos de algo suprfluo, para dar  los desdichados lo necesario.




                      LA HERMOSURA Y LA ELEGANCIA.


No hace muchas noches que nos hallbamos reunidas algunas personas,
enlazadas por los vnculos de la amistad ms verdadera, en el lindo
gabinete de una simptica jven, casada hace poco ms de un ao con un
hombre respetable por su talento y las nobles prendas de su carcter.

No ramos muchos los concurrentes y ninguno contaba muchos aos: el
esposo de nuestra amiga era la persona ms grave, y no ha llegado
todava  la edad madura.

En tanto que la parte masculina de la reunion hablaba de poltica y de
obras dramticas, la parte dbil se ocupaba en bordar y charlar de
modas y de las novedades del dia.

--Qu os parece de Luisa R....?--dijo de repente la seora de la casa,
dirigindose  nosotras,--deseo saber vuestra opinion, porque me admiro
de oir contnuamente sus alabanzas, cuando yo la encuentro con mrito
muy escaso.

Al oir nombrar  Luisa R. todos los caballeros dejaron sus
conversaciones y escucharon, al parecer, con religiosa atencion.

--Lo veis?--exclam mi amiga entre risuea y enojada,--en nombrando 
Luisa todos se vuelven oidos y mi marido el primero. Qu tendr esa
mujer?

--Yo no lo s,--respondi una de las jvenes,-- m me parece muy
grande su boca y demasiado corta su nariz.

--Pues  m,--dijo otra,--me parecen muy hermosos sus ojos azules, tan
dulces y expresivos.

--Yo no la encuentro bonito nada ms que el talle.

-- m me gusta la expresion de su rostro.

--Pero seores, quieren VV. volver  su conversacion?--exclam una de
las presentes,--no es muy doloroso que ni un delante de nosotras
hayan VV. de contener su admiracion por la seorita R....?

--Es un delito de lesa galantera,--aadi otra.

--Es insoportable,--agreg una tercera.

--Mi marido tiene la culpa,--dijo la seora de la casa.--Quereis creer
que es uno de los ms acrrimos partidarios de Luisa?

--No lo niego,--respondi sonriendo el aludido,--me agrada esa jven, y
si eso es delito, todas estas seoras me excusarn, estoy seguro de
ello.

--Nosotras?--grit airado el coro femenino.

--Sin duda: y si no, veamos: en la parte bella de esta reducida
reunion, algunas han dicho que les agradaba Luisa y otras que no les
gusta: no es cierto?

--S: pero qu tiene eso que ver?...

--Paciencia! Hay aqu una sola que haya dicho que Luisa es fea 
desagradable?

--No la creemos ninguna de las dos cosas.

--Hay alguna que haya encontrado de mal gusto su modo de vestir, 
faltas de elegancia sus maneras?

--Oh, no! dijo la esposa del que hablaba, yo soy justa: he visto muy
pocas personas de modales ms distinguidos.

--Ni de ms variada y dulce conversacion.

--Ni de una sencillez ms elegante en el vestir.

--Ni de ms gracia en todas sus acciones.

--Ved aqu, seoras, explicada la causa del imperio que esa jven
ejerce en nosotros y un en su mismo sexo, lo que es mucho ms raro,
dijo triunfante nuestro antagonista: la belleza es relativa; es decir,
agrada segun el gusto de la persona que la contempla; la elegancia es
absoluta, es decir, que agrada  todos y  todos cautiva: podrn VV.
expresar su gusto acerca de las facciones de Luisa, que  unas
agradarn y  otras no; pero con respecto  su perfecta educacion y 
su carcter simptico, nadie halla defectos que ponerla.

La llegada del t impidi que respondiramos  aquellas palabras
sensatas y llenas de verdad; pero as que la parte masculina nos dej
para ir  saborear sus habanos, nosotras volvimos  hablar de Luisa.

--Mi marido tiene razon, es preciso concederlo, dijo nuestra amiga: no
s por qu nos admiran las inmensas simpatas que alcanza Luisa: no
habeis reparado con qu gracia se viste, qu dulzura hay en sus
palabras, qu encanto hay en su voz?

--Y lugo, aadi otra, su elegancia es incomparable: sabe de qu modo
se ha de vestir  todas horas, y lo hace con un gusto exquisito.

--No ser, pues, por su riqueza.

--No por cierto! Sus medios no pueden ser ms escasos, y  no ser por
su habilidad...

--Es, en efecto, positivo, dijo nuestra amiga, que en la sociedad
rendimos culto--y  veces hasta involuntariamente-- todo lo que es
bueno y bello: la simpata es una ley poderosa, y slo la dedicamos 
quien la merece: pocas veces se engaa la simpata, y un es ms fcil
que se engae el amor, porque en ste tienen su parte los encantos del
rostro, en tanto que aqulla nace casi siempre del conocimiento de las
bellas prendas del alma y de una educacion esmerada.

Vemos algunas veces una figura muy bella, pero que no nos agrada: sin
embargo, siempre seducen y cautivan la verdadera elegancia, los modales
escogidos, y en fin, la distincion natural de aquella,  quien un
carcter dulce hace ms encantadora.




                            VALOR FEMENINO.


                                   I.

No es, por cierto, la cualidad moral que se lee al frente de estas
lneas peculiar slo del hombre,  necesaria nicamente al sexo fuerte;
la mujer necesita tambien ser valerosa, y lo es muchas veces, si bien
en una esfera ms humilde y ms silenciosa que aqul; porque todas las
virtudes de la mujer--y el valor es en ella una virtud,--brillan y
deben brillar poco, y se desarrollan y lucen entre las paredes
solitarias del hogar domstico.

No busqueis el valor en la mujer cuya cabeza turbulenta  vaca la
aleja de su familia para ir en pos de las fiestas y los placeres; sa
ser, no tmida, sino pusilnime: el valor de la mujer se apoya desde
lugo en un perfecto raciocinio, en un juicio slido, en un casto
decoro.

El valor en el sexo bello est sostenido por la dignidad: as, pues, la
jven coqueta, la esposa ligera, la viuda verde y pretenciosa, no
pueden poseerlo; pero la mujer cristiana, suave y fuerte  la vez, como
la de la Escritura, puede dar ejemplos de valor al ms esforzado
guerrero.

Y no hay que pensar que yo, al hablar del valor en la mujer, trato de
que, como Judit, quiera aqulla libertar  la patria,  como Juana de
Monforte defender sus estados,  como Catalina de Mdicis tener sujeta
 su familia con un yugo de hierro, no; yo no he pensado jamas, al
pensar en el valor de la mujer, en las guerreras, en las polticas, en
las avaras, en las intrigantes, que en todas pocas han brillado en el
mundo.

Tampoco he confundido nunca con el valor la sangre fria con que he
visto  algunas mujeres engaar al padre, al hermano y al esposo; el
verdadero y santo valor de la mujer est ljos de la mentira, del
fraude, de la ambicion y hasta de la ligereza; la mujer para ser
valerosa ha de empezar por ser humilde, modesta, piadosa, amable,
digna, prudente, buena hija, buena esposa y buena madre.

Porque el valor en ella es el resultado y el punto de partida de todas
las demas virtudes que la enaltecen.


                                  II.

Nunca he podido oir hablar de la emancipacion de la mujer sin que una
sonrisa de lstima se haya asomado  mis labios.

Para qu quiere la mujer vivir por s sola? Tal como vive hoy tiene
ancha esfera donde moverse y donde lucir santas y adorables virtudes; y
ljos de separarla del hombre, convendria educarla para que viviese 
su lado, y para que fuese lo que debe ser.

No h menester el valor para seguir una carrera de ridos y montonos
estudios; no le necesita para manejar por s sola sus negocios, para
luchar con dificultades, para vencerlas, para defender un pleito  para
matar  quien la calumnie  la ofenda; necesita el valor para sufrir
como cristiana, para soportar las amarguras de la vida, y para separar
de los suyos las espinas, dejndoles ver slo las flores.

Necesita el valor para conservar en su hogar el calor y para que brille
en l la luz suave y vivificante de las creencias religiosas,
mantenidas con su ejemplo.

Le necesita para trabajar en las ms prosaicas tareas de la casa,  fin
de que no falte  su familia la decencia, lujo de las fortunas
modestas,  la limpieza, lujo de la desgracia.

Le necesita para educar  sus hijos, para consolar  su marido si
sufre, para alegrar los ltimos dias de sus ancianos padres: ste es el
valor, sta es la hermosa ciencia de la mujer, y no la que puede hallar
en las aulas  el que puede desplegar en los combates.

Mujeres valerosas necesita ms que nada la sociedad: mujeres valerosas
que se priven animosamente de las galas que puedan arruinar  su
marido: que se humillen  los importantes, aunque al parecer ftiles
cuidados del ama de la casa: que se doblegue  coser,  zurcir, 
ensear  su cocinera el modo de condimentar un plato y  arreglar sus
habitaciones: para defender las grandes cuestiones sociales, para
hablar en la tribuna, para verter sangre en la guerra, para las
ctedras y para otros elevados destinos estn los hombres; si algun dia
llega en que la mujer sepa desempear todas esas cosas y en que no le
sea necesario el hombre, en ese dia fatal habrn recibido una herida de
muerte el hogar y la familia: porque el prestigio de la mujer debe
cifrarse en valer para las cosas insignificantes en la apariencia, pero
que son en realidad el eje en que descansa el gran edificio de la dicha
domstica.


                                  III.

Voy  poner algunos ejemplos, de cmo comprendo el valor en la mujer.

Creo que al casarse una jven--casi siempre de muy pocos aos--no se
deja el corazon en la iglesia, y desgraciado de su marido si tal
hiciera.

Y bien: ese corazon que se ha abierto al amor del hombre  quien ha
elegido por esposo, como una flor al roco de la aurora; ese corazon
tierno, sensible, lleno de ilusiones, puede verse destrozado por
amargos desengaos, puede helarse al soplo del egoismo marital, como
sucede muchas veces.

Pero como las heridas del corazon no afean el rostro, sino que, por el
contrario, suelen hacerle ms interesante, la pobre esposa inspira 
otro hombre simpata y afecto verdadero: entnces compara entre el
esposo desencantado y el galan rendido; entre el que la deja sola y el
que anhela verla un instante; entre el que la desdea y el que la ama;
quin puede salvar  esta mujer del precipicio cuando  nadie puede
pedir consejo? su valor; ese valor que est apoyado en el sentimiento
del deber, en su fe cristiana, en su propia dignidad.

Con valor generoso huye de ver  quien la persigue, y con valor
contesta negativamente  todas sus aspiraciones.

Valor necesita para sofocar su sed de ternura, su necesidad de afectos,
y este valor slo  Dios lo pide; slo de Dios puede venir.

Valor necesita para preferir el abandono en que la deja su marido y la
soledad de su casa,  las dulces plticas del amor mutuo y
correspondido; para dejar las flores por las espinas, lo agradable por
lo enojoso, la alegra por la tristeza, las sonrisas por las lgrimas;
y sin embargo, este valor lo tiene siempre la mujer honrada.

Busquemos  la esposa en otra esfera; imaginemos que ha pasado ya la
edad del amor,  que, por dicha suya, no lo ha inspirado  ningun otro
hombre ms que  su marido; pero supongamos que este marido es
irascible, colrico, grosero, mezquino, en una palabra, insoportable.

No es un valor heroico el de la mujer que  todos estos defectos opone
las cualidades contrarias? No hay un valor sublime en oponer la
conformidad y la dulzura  la ira, la moderacion  la grosera, la
paciencia  la mezquindad, la resignacion  la injusticia y el silencio
digno al insulto?

Hablemos an de la esposa; ved  esta otra afanada en arreglar su casa
todo lo posible con el escaso sueldo de su marido; vedla ideando mil
prodigios de economa, arreglando de su ropa los trajecitos que han de
engalanar  sus hijos; mirad el vestido de la mayor; es uno de los que
su madre se hizo para casarse; la blusita del segundo est hecha de la
nica bata de abrigo que tena; la colgadura de la cama en que duerme
el nio que un alimenta  su pecho, es de su blanco vestido de boda.
Ella cose, borda, plancha, lava, y por la noche, cuando estn dormidos,
reza por la dicha de su esposo y de sus hijos, en vez de descansar de
las fatigas del dia.

Y en la mesa? la comida, dispuesta por sus manos, no es ni muy
abundante ni muy delicada; ella hace platos para ofrecerlo casi todo 
su marido y  sus hijos, y desde lugo todo lo mejor; pobre mujer! la
fatiga, los cuidados, la falta de buen alimento, han marchitado su
belleza y el delicado color de sus mejillas; se apag el brillo de sus
ojos, pero un se ve en su rostro la sublime expresion del amor, de la
esposa y de la madre. Y ljos de agotarse su valor, cada dia se levanta
alegre y esforzada  sufrir las mismas penas,  soportar las mismas
privaciones; y no se crea que esta mujer ha sido nunca vulgar 
prosaica; si tiene algunos minutos de tiempo, en tanto que sus hijos
duermen, toca el piano; esta mujer piensa y siente; gusta de leer y
comprende lo que lee; no lee nunca libros necios  inspidos, y sabe
distinguir, as en la lectura como en todo, lo que es bueno de lo que
no lo es; tiene instinto de lo bello y una poesa natural que se
comunica  cuanto toca y la rodea; no es, en fin, una mujer ordinaria,
sino una criatura noble, dotada de una naturaleza exquisita; por eso
tiene todas las virtudes, por eso es admirablemente valerosa para
descender  todas las realidades de la vida, para soportarlas y para
cumplir con sus deberes de esposa y madre.


                                  IV.

La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.

Dgalo si no Mad. de Lafayette, que ocup en la prision el lugar de su
marido, haciendo huir  ste disfrazado con sus vestidos.

Dgalo Mara Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.

Dgalo la madre de Calgula, la gran Agripina, dejndose morir de
hambre para devolver  sus hijos, con su muerte, el rango y la
libertad, y ocultando  estos mismos hijos su sublime sacrificio.

Dgalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doa Urraca,
mezclndose con sus parciales en lo ms recio del combate, y
animndoles con su voz y con su presencia.

Dgalo Santa Teresa de Jesus, llevando  cabo sus reformas y sus
fundaciones de la rden del Crmen,  traves de tantas tempestades y
persecuciones.

Dgalo Mara Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le
habian usurpado, ceidas la corona y la espada de San Estban, y  la
cabeza de un corto nmero de caballeros.

Pero,  qu negarlo?  la que esto escribe,  fuer de mujer, le agrada
ms en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el
que se ostenta; el que slo espera su recompensa en el cielo, que el
que lleva en pos de s el aplauso general y la admiracion de las
naciones.

Ademas, para ese gnero de valor se necesita estar en circunstancias
especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho ms
campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.

El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heronas,
admiracion para las guerreras; para las valerosas mrtires del hogar
domstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es ms, ni ellas
lo esperan, ni lo desean.

Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de
la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de
ngel.

Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con
valor la colosal empresa de educar  su marido y que ha conseguido, 
fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un
hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y
honrado; pero de qu modo? aceptando un martirio de todos los
instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada;
oponiendo  las malas razones las palabras suaves y cariosas; buscando
las santas coqueteras del hogar para que no la abandonase por el
juego; esperndole hasta el dia para ver si por lstima  su soledad,
queria retirarse ms pronto; cuidando de su persona, para que su marido
la hallase ms agradable que  las demas mujeres que iba  buscar;
rodendole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolvindole,
en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha domstica, nica
legtima, nica dulce, nica que llena el corazon.

Qu valor se necesita para llevar  cabo estas trasformaciones! qu
abnegacion! qu constancia y qu fortaleza! qu ardiente fe y qu
inagotable y noble paciencia!

Ved  la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha
recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desrden en
desrden; con qu afan oculta  todos las faltas de este hijo ingrato!
Con qu heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los
maldicientes! Cmo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado
caso que le quede alguna) del hijo rebelde! Con qu dulzura persuasiva
le amonesta! Con qu paciencia, y  la vez con cunta afliccion le
espera! Antes se cansar l de ser malo que su madre de disculparle y
amarle; ntes ser l dbil en su inicua mision, que su madre en su
sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle,
nacer su cobarda para seguir adelante en la senda del mal, y dia
llegar en que le diga:

--Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! Si me hubieras
abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!


                                   V.

Fuerza es, pues, educar  la mujer para que sepa sufrir con valor las
contrariedades y dolores de la vida; fuerza es inspirarle ese valor que
no deja subir al labio la queja, que enmudece ante el agravio, que
perdona la injuria en vez de vengarla, que absuelve siempre, y siempre
disculpa.

Las mujeres varoniles llamarn quiz  este valor _debilidad_; pero la
que esto escribe, muy dbil materialmente, slo concibe as la
fortaleza femenina, slo as procura ejercitarla, slo as la aconseja,
slo as la desea, y slo as la cree la mejor corona de su sexo.




                              LA CORTESA.


                                   I.

La verdadera cortesa nace de la bondad del corazon y es la llave que
nos abre todos los corazones; es la expresion  la imitacion de las
virtudes sociales; y estas virtudes son las que nos hacen tiles y
agradables  las personas con quienes tenemos que vivir.

En sociedad se perdona rara vez una falta de cortesa, porque no hay
otro modo de demostrarse afecto y benevolencia que las mutuas
atenciones, triviales en la apariencia, pero que muchas veces nos
conquistan afectos profundos y sinceros.

Una visita de atencion, el sencillo y cordial ofrecimiento de un libro,
de un grabado de modas  de una pieza de msica, un simple recado que
manifieste interes, nos abren  veces un corazon bueno y leal, cuyo
cario es eterno.

Verdad es que la cortesa impone algunas molestias; pero es como un
freno saludable que nos impide entregarnos  nuestras pequeas
pasiones; es decir, es como un velo delicado con el cual podemos cubrir
nuestros defectos, impidindoles salir  la luz y mostrar toda su
fealdad.

La amabilidad, la cortesa son como precisas en la edad juvenil, en esa
edad en que el corazon, sin penas an y sin sacudimientos, debe estar
todo dispuesto  la dulzura y  la indulgencia.

Nada es ms bello y nada hace formar mejor y ms noble idea del
carcter de una jven que la deferencia y las atenciones que consagra 
los amigos de sus padres; algunas veces estos amigos son ancianos, y su
trato, por consecuencia, es poco entretenido, porque adolecen de mil
rarezas; pero los padres acogen, no slo con benevolencia, sino con
cario  las jvenes amigas de sus hijas; sonrien con tierna
indulgencia oyendo sus conversaciones superficiales y sus juegos
ruidosos, y encuentran en s mismos algun destello de alegra que
mezclar  la de aqullas, no porque ellos se diviertan, sino porque las
ven dichosas.

Una jven no debe consentir jamas que la antigua amiga de su madre
ocupe un asiento incmodo, teniendo ella otro mejor; debe escuchar
cuanto diga con aspecto de verdadero interes, y ceder en todo  la
opinion de las personas mayores que han adquirido la triste ventaja de
la experiencia.


                                  II.

Tanto como en sociedad,  acaso ms, es precisa la cortesa en el seno
de la familia.

Procurad, amigas mias, ser atentas con vuestros hermanos y hermanas,
esos primeros amigos de nuestra existencia; no seais jamas con ellos
secas, difciles, dscolas, tales, en una palabra, como os
avergonzarais de aparecer  los ojos de los demas.

Por qu arrebatarse entre hermano y hermana un libro que agrada, un
sitio cmodo? Por qu armar disputas por las cosas pequeas? Esas
querellas, que parecen tener tan pocas consecuencias como tienen
fundamento, van minando lentamente el edificio de la mutua
consideracion; llega una de las grandes crsis de la vida en que se
necesita el amor de las familias, y ste ya no existe!

La dulce intimidad que reina bajo el techo domstico, no debe degenerar
nunca en esa grosera franqueza, que debilita y rompe los lazos ms
sagrados.

No es de buen gusto la familiaridad que algunas jvenes ostentan con
sus padres; la que esto escribe no acepta la desatenta llaneza ni un
en la amistad ms ntima; la cortesa, los modales atentos son el mejor
sosten de los afectos, un de los ms santos y legtimos, y muchas
veces le ha lastimado profundamente el ver confundir con el cario la
desatencion, que est muy cerca de la insolencia. He visto hijas que se
presentaban ante sus padres mal vestidas y con un desalio que se
hubieran avergonzado de mostrar ante la persona ms indiferente; las he
visto tomar posturas contrarias  la buena educacion, cantar, responder
con aspereza y negligencia, murmurar del mandato paternal  materno, y
estar en la mesa como si se hallasen con sus iguales  inferiores,
sirvindose, comiendo y levantndose con la ms extraa libertad.

Por qu no se han de guardar con nuestra familia todas las atenciones
que la educacion ordena y el decoro manda con los extraos? Por qu
una jven no ha de ser para con sus padres y hermanos lo que es para
todos los demas?


                                  III.

Hablar de s mismo es un escollo en el que casi todos tropezamos.

Nada hay tan enemigo como el yo de la verdadera y dulce cortesa que
nos gana todos los corazones.

En sociedad es preciso olvidarse de s mismo para atender  las penas,
 las molestias y hasta  las excentricidades de los demas; es preciso
manifestar interes por los negocios y los placeres ajenos; es preciso
enterarse con discrecion y dulzura de todo lo que en primer lugar les
preocupa; es preciso, en fin, hacer abstraccion de s mismo, y ser
amables si queremos ser amados.

Pocos afectos nacen espontneos,  no ser el amor; el cario, la
amistad, la verdadera estimacion, se conquistan y se conservan; la
dulzura y la benevolencia del carcter, las atenciones para con los
demas, se miran, y con razon, como una prueba de la bondad del
carcter. Una de las primeras reglas de la cortesa es no decir jamas
ninguna cosa que desagrade  ofenda  quien nos escucha; si las
personas habladoras son tan insoportables, consiste en que hablando sin
reflexionar, dicen mil inoportunidades.

--Yo soy muy franco, se oye afirmar algunas veces  personas que dicen
cuanto les ocurre, hiriendo profundamente el amor propio, y hasta el
corazon de alguno de sus oyentes.

Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal
educadas, y estn dotadas de una crueldad de corazon, que las hace
odiosas y repulsivas  todos.

Hay detalles en la cortesa  buena educacion que varian con la moda:
en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las seoras permanecian
sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la
moda exige que las damas se pongan en pi para saludar, y si el
visitante es anciano, que se le acompae hasta la primera puerta.

Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de
atencion, porque no hay cosa ms desagradable que el parecer como
figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la
exquisita y delicada cortesa, que hacen tan amable, tan amada y tan
distinguida  la mujer.

En la mesa la cortesa,  mejor dicho, la expresion de la misma ha
cambiado tambien: hoy el papel de los dueos de la casa es mucho ms
sencillo y ms fcil de desempear que hace veinte aos: el cuidado de
trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando
los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para
que stos repitan de los manjares estn completamente suprimidas, y 
mnos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer
finezas  ninguna de las personas que nos acompaan  comer; pero la
seora de la casa tiene otros mil medios de complacer  sus convidados:
la colocacion de los asientos, aproximando  los que ms puedan
simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de
los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.

Despues del caf, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en
pro  en contra de la cortesa de la seora de la casa: el salon debe
ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las
personas que asisten  l se hallen, no slo bien, sino perfectamente.

Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en
cuando manos artsticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre
todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una
inteligencia femenina, jamas estar solo.

Cuando me hablan de las tertulias ntimas de nuestros padres y busco la
causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.

En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo  la frivolidad,
y el hombre, cansado de frivolidades,  la ambicion: la vanidad y el
afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el
medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia ms
fortuna.

 la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece
con su talento, con su bondad, con la cortesa, que es la expresion de
aqullas, la sociedad le deber un voto de gracias.




                            PENSAR Y SENTIR.


                           CARTA  UNA JVEN.


                                   I.

Puesto que deseas saber mi opinion, querida Valeria, acerca de si es
preferible para la felicidad de la vida el que la mujer sepa pensar 
sepa sentir, voy  decrtela, no dndotela en absoluto, sino
sencillamente, como una opinion que me es propia, y nada ms.

Creo, mi amada Valeria, que el sentimiento puede llegar  ser un mal no
estando guiado por la razon; es decir, que el sentir solo no es
bastante para la felicidad de la vida si no se piensa tambien, para
regular nuestras acciones del modo ms acorde, no slo con el buen
parecer, sino tambien con la tranquilidad  que debemos aspirar.

Personas hay en las que el sentimiento por lo extremado puede llamarse
enfermizo, y la que te escribe estas lneas es una prueba de ello: todo
lo que sienten es con tan inmensa fuerza, que la razon no se muestra
sino generalmente traida por algun amargo desengao; es decir, que no
dan cabida jamas  esa augusta huspeda cuando tienen el alma llena de
flores y de armona, sino cuando el dolor la ha convertido en un rido
desierto, cuando slo ven tinieblas y soledad dentro y fuera de s.

Si  la par que el alma se eleva  las regiones del sentimiento, el
pensamiento caminase tranquilo por el sendero de la razon; si
meditsemos en vez de dejarnos llevar por los sueos vanos y peligrosos
de la fantasa, entnces podriamos ser dichosos y labrar  la vez la
dicha de cuantos nos rodean.

Pero ay! cuanto ms se siente mnos se piensa, y si observas, Valeria,
lo que pasa al derredor tuyo, te convencers de esta triste verdad, lo
mismo que si te observas  t misma; t amas, y el anhelo de estar
constantemente al lado del objeto de tu amor, el exceso mismo del
sentimiento que te inspira, no te deja pensar en que puede cansarse de
estar siempre en tu compaa; en que en vez de desear que llegue el dia
de ser tu esposo, puede temerlo como un mal irremediable. El amor,
Valeria mia, necesita de una atmsfera pura y serena, y no puede
existir en un ambiente sofocante. El amor ha de vivir libre y no
prisionero; el amor ha de ser espontneo y no impuesto; y si no piensas
en esto, si te limitas sola y nicamente  sentirlo,  acrecentarlo
cada dia y  exigirle ms sacrificios, el amor morir y huir de t,
dejndote destrozado el corazon, donde con tanta intensidad, donde con
tan ardiente exclusivismo le albergaste.

El amor verdadero, el amor noble, profundo y generoso, tiene su
carcter propio, tiene sus manifestaciones, tiene sus distintivos, por
decirlo as; una vez convencida de que existe, no te empees en
sostenerle con artificios, cuando puede vivir por s solo; djale
completa libertad, deja que luzca la llama sin darle la presion de un
fanal, porque toda luz as velada, es ms opaca y mnos pura.

Ni te empees tampoco, llevada por el exceso mismo del sentimiento, en
creer toda la dicha de la tierra encerrada en tu amor.

He visto desdichadas mujeres vestir con las galas de su imaginacion,
rica y entusiasta, un dolo de barro; prodigbanle las perlas y las
flores, y le veian, no cual era, que entnces se hubieran asustado,
sino como ellas lo querian ver.

Ay! Cuanto ms elevaban el dolo, cuanto ms levantaban el pedestal,
ms lo alejaban de ellas! Llegaba el dia en que, cansadas de
sostenerlo, en que rendidas de aquel trabajo sin recompensa y sin
gloria, de aquel trabajo vil, que la ingratitud no reconocia y que el
mundo acusaba, dejaban caer los brazos, y entnces el dolo vena al
suelo, se haca pedazos y dejaba ver el polvo vil que constituia su sr.

Esta es, Valeria mia, la amarga historia del corazon de muchas mujeres:
historia triste, que va envuelta en un dolor mortal, y que no lleva
consigo ni un la gloria del martirio.

Piensa, pues, y rechaza los dolos de barro; no des tu corazon ms que
 un hombre digno de t, pero no pidas tampoco  este hombre ms que lo
que un hombre puede conceder, ni llegues  las exageraciones del
sentimiento.

El sentimiento exagerado no halla su recompensa, ni es pagado jamas.


                                  II.

En el matrimonio te recomiendo ms todava el pensar: las sublimidades,
querida mia, no lo son en la vida real sino cuando van acompaadas de
la augusta luz de la razon: si no haces ms que sentir, eres mujer
perdida: el raciocinio es de todo punto indispensable para guiarnos en
las sinuosidades del camino: el sentimiento nos extrava muchas veces,
 ms bien nos extrava siempre.

Hay que sentir, por decirlo as, con medida, y hay que pensar mucho:
hay que pensar en la dicha de toda una familia, y hay que poner al
sentimiento lmites muy estrechos las ms veces, por ms que el
sentimiento parezca ilimitado como todo lo infinito.

Ya en la edad madura, presumo que el pensar se sobrepondr en t al
sentir, como sucede  todas las mujeres. La ancianidad: h aqu el
puerto de paz de las mujeres que sienten con exceso: la ancianidad con
su velo blanco apaga el fuego de la pasion, y trae  la razon por la
mano, como fiel y cariosa compaera.

En las nobles y elevadas regiones del arte, el pensar y el sentir son
tambien dos cosas que deben ir juntas si el artista ha de producir
obras de esas que no mueren jamas; pero en el artista el sentimiento ha
de preceder al pensamiento, y ha de ser ms grande; se necesita sentir
en s mismo la belleza ideal, y lugo pensar con firmeza en la
ejecucion; pensar incesantemente en la necesidad de llevarla  cabo; el
trabajo constante es la ley del arte, como es la ley de la vida.
Paganini, dice Balzac, que haca vibrar su alma en las cuerdas de su
violin, hubiera llegado  ser un violinista ordinario si hubiera pasado
tres dias sin estudiar.

Y en otra pgina de sus libros inmortales aade el mismo gran escritor
frances:

El arte es la creacion idealizada: as los grandes artistas, los
poetas completos no esperan ni los encargos ni los compradores: crean
hoy, maana, siempre; y de esto resulta esa costumbre del trabajo y ese
perptuo vencimiento de las dificultades, que les mantiene en eterno y
amoroso lazo con su musa protectora y con sus fuerzas intelectuales.
Canova vivia en su taller, como Voltaire en su gabinete: Homero y
Fdias han debido vivir tambien as.

Si el artista se deja llevar sola y exclusivamente del sentimiento,
degenerar en soador, y entnces no hay gloria posible para l; porque
la pereza es el estado normal de todos los artistas, pudiendo ocuparla
con sus sueos sin fin, y es muy fcil convertirse de pensador en
soador y sumergirse en esa peligrosa reverie, enfermedad del alma, y
abismo donde quedan sofocadas las nobles aspiraciones del arte y del
trabajo.


                                  III.

Mas hablemos de nosotras,  ms bien de t, amada Valeria, de t que
pones ahora el pi en el florido sendero de tu vida; de t, que tienes
el alma llena de fe y henchida de esperanza, y que me preguntas con el
santo candor de la inocencia:

Qu har? Conviene ms  la mujer pensar  sentir? Deber crear en
los mundos de la pasion,  fabricarme una vivienda en los de la razon?

Ni lo uno ni lo otro, Valeria: vive en ambos, y no renuncies del todo 
ninguno de los dos: lbreme Dios del dolor de verte _racionalista_ como
del dolor de verte soadora: aquello es el desierto de hielo; esto la
perptua y dolorosa decepcion: vive sobre todo para el amor, pero deja
 la razon que modere la impetuosidad de tus impresiones y que las
regule, como un hbil mecnico regula el movimiento de una magnfica
pndola, para que marque el trascurso del tiempo; el decorado de esta
pndola puede ser tan bello como el sueo de un poeta: mas esto no
impide que la mquina sea de una exactitud y regularidad perfectas,
sino que, por el contrario, estas condiciones hacen de ella una obra
maestra, y completan la admirable armona del conjunto.




                              LAS VISITAS.


                                   I.

--Estoy siempre debiendo visitas,--decia no h muchos dias, en
presencia mia, una seora jven y bella,--cada dia tengo ms: es una
fatiga: pasan de cuatrocientas! As es que siempre estoy en falta con
las gentes: mi ltima enfermedad me ha atrasado de tal modo, que no s
qu hacer.

--Hay un medio fcil de salir del paso,--opin otra amiga de ambas que
la oia,--se toma un carruaje durante ocho dias seguidos, y se hacen
cada dia veinte  treinta, dejando tarjetas en las porteras 
subindolas el lacayo.

--Magnfica idea!--exclam la dama,--lo salva todo: cumplo con las
gentes, como quien dice, sin tiempo.

Formaba parte de la reunion un anciano, respetable por su elevada
inteligencia, no mnos que por su edad avanzada: era tio de la que
acababa de hablar, y la queria con un afecto completamente paternal.

--Por qu haces t visitas?--le pregunt, despues de haberla mirado en
silencio durante algunos instantes, con la penetrante y dulce expresion
que le era habitual.

--Hago visitas, querido tio, para cumplir con las gentes.

--Slo por eso?

--Y por qu otro motivo se hacen?

--Por afecto  las personas  quienes se va  visitar.

--Dios mio!--exclam la jven seora,--si furamos  amar  todas las
personas  quienes visitamos, dnde habria corazon para tanto? Ademas,
amistades verdaderas hay tan pocas!

--Por cierto, hija mia, que dices ahora lo que sientes, y veo en tu
rostro que este conocimiento te causa no pequea tristeza: tienes
razon: la amistad verdadera es difcil hallarla, y las personas que
llevan el gnero de vida que t llevas no la encontrarn nunca, porque
todo lo que dais  la frivolidad, se lo quitais al corazon.

--No lo entiendo  V., mi querido tio.

--Yo me explicar: por qu visitas  tanta gente?

--Porque toda esa gente me visita  m.

--Y entre todas esas personas hay muchas que te aman?

--Acaso ni una sola,--contest con un suspiro mi amiga,--acaso ni una
sola se interesa por m!

--Y eso en qu consiste? Siendo dulce, bondadosa, amable en tu trato,
cmo es posible que seas generalmente antiptica?

--Tio! No creo que nadie me profese antipata!--exclam la jven
resentida.

--Entnces, eres indiferente  todos?

--Eso ser ms bien! pero antiptica? oh, no! A nadie he hecho dao
en toda mi vida!

--Lo s, y por eso te pregunto si sabes la causa de esa carencia de
afectos, de esa frialdad que te rodea, pobre hija mia.

--No la conozco, ni habia pensado nunca mucho en ella, porque me
entristecen esos pensamientos.

--Ahora hablemos de t. Tienes t afecto, no  todas, pues ya veo que
eso es imposible, sino  alguna de las personas que te visitan?

--No les tengo afecto, pero tengo inclinacion  algunas, y si no fuera
porque una invencible timidez me lo impide y porque me falta tiempo
para ello, desearia cultivar su amistad.

--Ya est explicado el enigma!--exclam el anciano,--la falta de
tiempo! La falta de tiempo que se pierde en un trato frvolo  intil,
y que se echa de mnos para los afectos verdaderos!


                                  II.

Mi amiga mir asombrada  su tio, que prosigui:

--No se pueden tener muchas amistades si se han de tener algunos
amigos, hija mia; la vida est llena con dos afectos, y bastan si se
sienten profundamente: el amor y la amistad son dos dulces necesidades
del corazon, y para satisfacerlas todo el tiempo es corto.

A qu ese cmulo de frvolas visitas? Puede creer en tu simpata 
interes la dama que slo conoce de t el nombre inscrito en las
tarjetas que le sube el lacayo? Puedes t creer en los suyos, cuando
ella hace lo mismo?

--Pero si esa es la costumbre!

--Costumbre absurda y no tan generalizada tampoco como t crees;
llvate siempre esta regla en tu trato: ni buscar amistades, ni
perderlas.

Las visitas son necesarias para conservar las relaciones sociales; son
la expresion de la deferencia hcia los que nos son superiores; de la
simpata  nuestros iguales, de la piedad hcia los que sufren; son, en
fin, el lazo que une  la gran familia llamada sociedad, y bajo este
punto de vista son, no slo necesarias, sino agradables; pero lo que es
intil y absurdo es ese afan de visitar que se ha desarrollado en
nuestros dias y que  nada conduce ms que  perder el tiempo y la
paciencia: si se dedican todas las horas de que se puede disponer  las
visitas de cumplido, qu tiempo dedicarmos  las de afecto? Y cmo
expresarmos ste sino yendo  ver de cuando en cuando  las personas
que nos lo inspiren?

--Lo que me ha herido profundamente,--dijo la jven,--es que durante
los dias de mi enfermedad apnas ha venido nadie  verme; nadie se ha
ofrecido  velarme; nadie me ha acompaado una hora.

--En cambio, desde que saben que te levantas, tienes al criado de la
antesala constantemente anunciando visitas y recibiendo tarjetas:
ademas, la lista que se ponia  la puerta de la habitacion estaba llena
todos los dias.

--S! de nombres que venian  escribir criados  conocidos de mis
amigos.


                                  III.

--La sociedad exige mucho y da muy poco,--dijo nuestro anciano
amigo,--despues de una noche de baile que has pasado sin dormir y
empaquetada en un traje incmodo: despues de un dia de visitas,
fatigoso y eterno, vuelves  tu casa con el espritu alegre y el
corazon tranquilo?

--Nunca, tio mio! Mi cuerpo llega cansado! Mi espritu, vaco y
triste!

--As sucede  casi todas las personas, y desde lugo  todas las que
piensan y sienten.

--En qu consiste, pues, que algunas jvenes que yo trato estn slo
contentas as?

--Porque ni sienten ni piensan; porque esa frivolidad basta para
llenar su tiempo y divertirlas; porque no tienen recursos en s mismas;
en una palabra, hija mia, porque miran siempre  la tierra y jamas al
cielo! Pero eso no da la felicidad, ni la alegra, ni un la
tranquilidad: adquiere la costumbre de preguntarte cada noche al
recogerte: Qu he hecho hoy?--y vers qu dolor sientes al tener que
contestarte:--Nada que valga algo.--Lugo he arrojado un dia al
abismo! _Diem perdidi_, como decia el Emperador Tito.

--Pero seor,--observ un jven elegante y perfumado que se hallaba
presente tambien,--se ha de retirar la seora de todo trato? Bella,
rica, libre, pues es viuda, y en lo ms florido de la juventud, va 
dedicarse slo  pensar y  sentir? Y el buen tono? Y su proverbial
elegancia? Se ha de eclipsar? Se ha de morir moralmente?

--No, seor, ntes por el contrario, le aconsejo una resurreccion  la
dicha,  la paz consigo misma: que entre todas esas innumerables
visitas elija aquellas que le sean ms simpticas  que sean
verdaderamente distinguidas por sus talentos y virtudes: que elija, en
una palabra, lo que le agrade, lo que pueda amar,   lo mnos estimar;
para la amistad, que se dedique ms  conquistar afectos que  provocar
envidias; ms  ser amiga que  ser rival; ms  ser til que 
deslumbrar; que desee ms ser querida por sus bondades que ser citada
por modelo de elegancia, y que prefiera la dulce intimidad de algunas
pocas y elegidas personas, al gran crculo en el que slo se admiran
sus trajes y sus prendidos sin pensar en las nobles cualidades de su
carcter y de su corazon.

Mi amiga bes tiernamente la mano de su tio, prometindole as, de una
manera tcita, seguir sus consejos.




                         CUALIDADES Y DEFECTOS.


                                   I.

Mis amadas lectoras--pues yo no me atrevo  hablar  los hombres acerca
de mis opiniones--mis amadas lectoras, no habeis notado alguna vez que
hay personas insufribles en el trato ntimo, y  las que, sin embargo,
la sociedad aclama como modelo de todas las virtudes?

Para que entendais lo que os pregunto, os voy  citar un ejemplo.

Conozco yo una madre y una hija en contnua y perfecta disidencia en el
interior de su casa,  pesar de juzgarlas todo el mundo, como
vulgarmente se dice, unidas por el ms tierno afecto.

As debia ser, y por eso se cree as: la madre es una seora jven un,
de un talento ms que regular, de perfecta educacion, de trato dulce y
agradable, distinguida y simptica  todos.

La hija es una criatura bella, modesta, afectuosa, de condicion
amorosa, blanda y benvola naturalmente; todos sus hermanos han muerto,
y ella ha llegado  ser el nico amor y la sola compaa de su madre.

Yo oigo decir en torno suyo:

--Qu felices deben ser!

--Cunto se aman!

--Esa jven no se casar jamas, por no separarse de su madre!

--Si esa madre perdiera  su hija, se moriria!

De todas estas opiniones slo la ltima encierra acaso una verdad; es
posible que si esta madre perdiese  su hija, sucumbiese al dolor de
haberla perdido.

Y sin embargo, es imposible imaginarse una vida ms amarga que la que
llevan estas dos pobres mujeres, que no pueden sufrirse la una  la
otra.

No os parece esto horrible, lectoras mias, sobre todo cuando sucede
entre madre  hija?

Pues un es ms horrible, cuando la extrema y contnua diversidad de
opiniones tiene lugar en el matrimonio.

Y la tiene tantas veces, tantas... que causa espanto el saberlo y un
el adivinarlo!

No obstante, repito lo que dije al empezar; casi siempre estas personas
insufribles para la vida ntima, pasan por modelos de virtud y de
moralidad entre las gentes que las tratan poco.

Demostrada la llaga, veamos si podemos adivinar lo que la ocasiona, y
cul es el remedio que la conviene.


                                  II.

En mi pobre opinion de mujer, creo que para la vida interior  de
familia, es mucho mejor tener un solo vicio que muchos defectos.

En primer lugar, un vicio puede curarse; una fuerte sacudida moral, una
desgracia originada por ese mismo vicio, suelen ser el cauterio de la
llaga; pero de los defectos nadie se cura jamas, pues casi siempre los
creemos cualidades relevantes.

Refirindome de nuevo  la madre y  la hija de quienes ya he hablado,
puedo asegurar que las dos tienen la culpa del malestar en que viven, y
del completo y triste desacuerdo  que han llegado.

La madre quiere que su hija sea perfecta.

La hija quiere,  su vez, que su madre sea una madre modelo.

Cayendo en la mana comun, llama la madre  sus exigencias de
perfeccion AMOR, y la hija las llama TIRANA.

Ambas carecen de la ms amable de las cualidades: de la que es el
copito de algodon en rama, dulce, suave y blando, que iguala todas las
sinuosidades del carcter y todos los lados salientes de las
situaciones: carecen de benevolencia; han llegado  no entenderse, que
es la mayor de las desgracias en la intimidad de la familia.

Esos dos pobres seres viven juntos y est cada uno de ellos solo,
eternamente solo!

Dios mio! Qu sacrificio puede parecer penoso si precave el llegar 
tan horrible estado? Y qu es un poco de tolerancia, comparada con las
ventajas y la paz que trae consigo?

Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza! Adorables virtudes, que
el cielo ha sealado como cardinales y primeras! Vosotras sois las
cuatro fuertes columnas en las que descansa todo el edificio de la paz
domstica! Vosotras dais la dicha y la paz al hogar, la calma  la
conciencia y la tranquilidad al alma!

La prudencia calla y tolera los defectos ajenos, pensando en los
propios.

La justicia mide las circunstancias atenuantes de lo que da impulso 
las acciones, que  primera vista parecen culpables.

La fortaleza perdona las injurias despues de soportarlas con valor.

La templanza contiene los movimientos descompuestos de la ira, y
derrama un blsamo exquisito en el alma herida.

Oh, nobles virtudes! Sed siempre las santas compaeras de mi dbil
sexo! Sed siempre los ngeles guardadores de la mujer!


                                  III.

No s qu deplorable flaqueza nos impele siempre  ver en cada uno de
nuestros defectos una cualidad.

Las personas muy mezquinas, se creen _econmicas_ y _arregladas_.

Las dominantes, se juzgan llenas de abnegacion hcia las otras.

Las oficiosas, _serviciales_.

Las aduladoras, _amables_ y _cariosas_.

Las despilfarradoras y manirrotas, _generosas_.

Las maldicientes, _listas_, contonendose muy huecas con esta idea.

El que me la pegue  m!...

He visto  un hombre muy cobarde y villanamente insultado, que,
preguntado por un hermano suyo que por qu no pedia satisfaccion de
aquella ofensa, contest:

--Yo soy un hombre prudente que me debo  mis hijos: stos me necesitan.

--Ms necesitan el honor que t les quitas con tu cobarda! exclam
irritado su hermano.

As cegados los ojos de nuestra razon, en vez de combatir nuestros
defectos como  enemigos, los acariciamos y cuidamos como  cualidades
relevantes que nos ensalzan.


                                  IV.

El motivo, el grande y triste motivo de que algunas personas muy
elogiadas por todos y muy dignas de serlo, sean insoportables para la
vida ntima, es la poca atencion que ponemos en estudiarnos cada uno,
evitando todo lo que puede molestar  los demas: es la falta de cuidado
en corregir los defectos del carcter, esos defectos que hacen la vida
ms amarga que un vicio por arraigado que est: el nsia de perfeccion
ajena, que es lo que se llama intolerancia; el descuido de la propia;
el egoismo; la murmuracion; la costumbre de exagerar y un de mentir;
el hbito de impacientarse por poca cosa, todo esto constituye un
conjunto insoportable, y que convierte en vctimas  los que viven en
derredor nuestro.

Nada hay comparable  la dicha de la paz y de la alegra domstica; el
que se halla mal en su hogar, en vano ser que vaya  buscar fuera la
felicidad: no puede hallarla: por eso quiero que todos nuestros
esfuerzos, lectoras mias, tiendan  conservarla y que empleemos todas
las delicadezas y todas las ternuras que nos son propias, para que
reinen en el seno de la familia la dulce concordia, la grata avenencia,
la hermosa unidad de las voluntades y de los corazones.




                              LA COQUETA.


                                   I.

Cuando he tratado de escribir algun artculo de costumbres, y he
pensado retratar en l un tipo, he buscado alguno que sea, no slo
conocido, sino _mal conocido_: es decir,  excesivamente alabado, 
vilipendiado en demasa.

 la coqueta se la juzga con arreglo  uno de estos dos extremos: el
dio de todas las mujeres y de algunos hombres, y las simpatas de una
no pequea parte del sexo fuerte.

 mi juicio, hay diversidad en la especie de las coquetas, y sin amor
propio puedo decir que el juicio de una mujer en este asunto, es de
mucha mayor validez que el de un hombre.

Si no me engao, es nuestro esclarecido poeta D. Toms de Iriarte el
que ha definido  la coqueta en estos cuatro versos:

                          Es la coqueta, mujer
                        Que pasa alegre su vida,
                        Anhelando ser querida
                        Y no pensando en querer.

Mas desde que se escribi esta definicion, la especie ha adquirido
variedades notables.

La coqueta de que habla Iriarte tiene en su carcter algo de noble y de
bello: el anhelo del cario dice mucho en favor de quien le abriga, y
no ser extrao que esa coqueta, un sin pensar en querer, quiera
cuando mnos lo espere, y quiera con pasion y con lealtad.

La coqueta que piensa y siente no es muy temible: pero hay otra que si
piensa no siente, y esa es el verdugo de todo el que siente por ella.

La clase de mujeres  que me refiero anhela inspirar pasiones, pero con
la decidida intencion de burlarse de esas pasiones: ansian siempre lo
imposible, y el hombre que ms estimasen, el que les fuese ms
agradable, le desdearian si le viesen realmente apasionado de ellas.

Estas mujeres temibles quieren dominar en general al sexo que llamamos
fuerte; su anhelo no es de amor, sino de dominio; su afan no es de
afecciones ni de ternura, sino de homenajes; el cario las fatiga y las
aburre, y no se libra de sus tiros ni el honrado y ejemplar padre de
familia; si hay en ellas alguna capacidad para el sentimiento, tal vez
alcanza  interesarlas el que ms resiste  sus manejos y  sus
_avances_, como dicen nuestros vecinos los franceses.


                                  II.

La coquetera y el coquetismo se confunden generalmente, y no obstante,
son muy diferentes: la primera la sienten todas las mujeres desde que
despunta la luz de su razon, y algunas veces no las abandona hasta el
sepulcro: el segundo no se siente, se ejerce; porque ljos de ser un
sentimiento, es un sistema calculado y sujeto  reglas.

El coquetismo, y no la coquetera, es lo que hace las coquetas; porque
el coquetismo lo ejercen nicamente las mujeres de corazon frio y de
poco elevados sentimientos.

La coquetera es conveniente: constituye el principal encanto de la
mujer, y necesita conservarla para su felicidad, porque la coquetera
es una especie de conocimiento de su propio mrito, que la induce 
realzarlo en cuanto puede con mil graciosos  inocentes recursos; puede
decirse que la coquetera es un deseo constante de agradar.

Hay algunas mujeres dotadas de encantadora coquetera en su juventud;
todo participa de ella; sus acciones, su traje, sus palabras, y hasta
sus menores movimientos; su ms vivo deseo es complacer; y yo encuentro
en esa constante ocupacion del placer de los demas algo de generoso y
tierno.

Su coquetera las hace siempre amables y dulces: su coquetera las
inclina  cultivar todo gnero de habilidades, y  presentarse, un en
familia, bien y elegantemente prendidas: su casa est siempre cuidada
con esmero, y en la colocacion de los muebles, en los pliegues de las
cortinas, en la fisonoma general que presenta su domicilio, se ve ese
anhelo de complacer que cautiva todas las voluntades.

No, no es la coquetera lo que hace las coquetas; porque la coquetera,
la amable y graciosa coquetera se emplea tambien con xito para
alcanzar las simpatas de nuestro sexo; coqueteras son los mil
pequeos servicios que una mujer puede prestar  otra para captarse sus
simpatas.

Cuntas cosas que parecian imposibles ha conseguido una dulce mirada,
una palabra amable, una frase dicha  tiempo, y dicha con deseo de
agradar!


                                  III.

El coquetismo no tiene la abnegacion y la generosidad de la coquetera;
no imprime en la que lo ejerce el sello del talento, sino el de la
astucia y falsedad; el coquetismo es fastuoso y deslumbrador, pero
carece de ese atractivo inherente  todo aquello en que toma parte el
corazon; anhela que se le rinda tributo, no amor; es vano, pero no
sensible; arrogante, pero no digno: como ya he dicho, el coquetismo y
no la coquetera es lo que da  la mujer el odioso nombre de coqueta.

El coquetismo es intolerante, mordaz y despiadado hasta con las mismas
que le dan abrigo, pues no bien los aos empiezan  escribirse en su
frente con amargos y helados caractres, las abandona, sin dejarlas
otra cosa que vaco y soledad; porque el coquetismo espanta al
matrimonio, en vez de atraerlo como la coquetera. La pobre mujer de
quien hace presa adquiere por l patente de malos sentimientos y de no
buena moral.

Por eso muy pocos quieren  la coqueta para depositaria de su honor y
para madre de sus hijos.

El coquetismo es dispendioso, y le gustan las galas vistosas;
compaeras del coquetismo son la vanidad y la ambicion; y es de tal
modo cruel, que se complace en conquistar corazones para desgarrarlos
despues con crueles desengaos.

Si la coqueta puede elegir esposo, se ve generalmente que escoge  una
persona rica, aunque le doble la edad  sea deforme y ridcula; porque
para la coqueta no hay otra dicha que los goces de la vanidad y del
lujo; su corazon es mudo y helado; una vez casada, es cosa muy comun
verla abandonarse  una existencia de comodidades, y enteramente
egoista, para indemnizarse de los cuidados que le cost alcanzar la
posicion social que ambicionaba.


                                  IV.

Hay otra clase de coquetas muy inocente, y  ella pertenecen las nias
que entran en el camino de la vida por la puerta de flores de la
adolescencia; sta es la que se prolonga hasta una edad muy avanzada si
no se cuida mucho de elevar y de despertar un corazon que se presenta
tan superficial, y con una ausencia tan completa de sentimiento; estas
mujeres son las que ejercen de una manera despiadada el coquetismo,
cuando llegan al esto de la vida, ya por la ausencia de ternura en el
alma, ya porque acaso ignoran el dao que causan, ya tambien por la
absoluta carencia de una educacion ntima y tierna, que slo una madre
inteligente  ilustrada puede dar.

La coquetera es una dulce amiga que embellece nuestra vida y la de
todos los seres que nos rodean, y  la que, ljos de rechazar 
desconocer, debemos amar, hacindola nuestra compaera inseparable;
ella da encanto  nuestra casa, elegancia  nuestro traje y hasta
belleza  nuestra fisonoma; ella es una hada bienhechora que nos
ensea  complacer  las personas que amamos, y nos sonrie siempre.

El coquetismo es un monstruo detestable que se traga nuestros buenos
instintos, y que nos hace aborrecibles  todos, porque endurece el
corazon al invadirlo.

La coquetera es amiga de la virtud; el coquetismo es su enemigo ms
implacable; en una palabra, la coquetera es la base de la dicha y el
sosten de todas las bellas cualidades de la mujer; el coquetismo es el
prlogo de su perdicion, y tiene por eplogo el desprecio y el abandono
de todos.

No se deben ahogar en una jven el amor  lo bello, el constante deseo
de agradar, la gracia nativa que la inclina  complacer, las
expansiones del alma, que demuestran su temple apasionado y amante. Lo
que debe corregirse, lo que debe extirparse, como las malas hierbas de
un jardin, en una alma jven, es el afan de homenajes, el empeo de
llamar la atencion, el desden soberbio, la vanidad y el orgullo del
carcter; porque todos estos defectos fatales van creciendo con la
edad, y constituyen el sr odioso y aborrecible que se llama _coqueta_,
y que, si llega al deplorable perfeccionamiento de la especie, es uno
de los borrones de la sociedad actual, es uno de los baldones de
nuestro sexo.




                              LAS PAGANAS.


                                   I.

Ningun sr que ama  otro sr apasionadamente es completamente digno de
compasion, porque no es completamente desgraciado.

Un afecto profundo ocupa la mayor parte de la vida, y  veces la llena
toda.

Es verdad que muchas veces este amor es pagado con ingratitud, y que
estas pasiones suelen tener su calvario y su cruz; pero hay en el amor
una exaltacion que hace preferir el martirio por la persona querida, 
la ms completa felicidad sin ella.

El primero de los amores, el ms grande, el ms puro, el que da al
corazon una felicidad ms perfecta, es el divino: el amor  Dios,
supremo consolador de todos los males, padre tierno y previsor, que
jamas nos abandona; ese amor llena, no slo la vida, sino tambien el
alma, de la dicha ms completa y ms dulce.

Despues del amor divino hay algun amor mundano, que  fuerza de ser
grande llega hasta el heroismo, y que aunque contravenga algunas veces
 las leyes del deber, se hace perdonar,  disculpar al mnos, por ser
inmenso.

Hay tambien quien ama  sus padres con la mayor ternura: y del amor 
los hijos creo intil hablar, porque hay muy pocas mujeres que no sean
capaces de sacrificar  su amor maternal hasta su propia vida.

En la amistad se han visto tambien ejemplos admirables de grandeza y
abnegacion, y dos damas holandesas, las fundadoras de la novela en su
pas, vivieron unidas desde su juventud ms tierna por los lazos de una
amistad tan slida, que han pasado  ser citadas como ejemplo hasta
nuestros dias.

Todo esto es posible, y lo vemos cada dia; todas estas variantes del
amor se admiran, se comprenden y las alabamos con razon; pero hay otra
clase de amor que no es noble, ni grande, ni disculpable siquiera, y de
este amor voy  tratar en el prrafo siguiente.


                                  II.

--Dime, querido Crlos, preguntaba un dia el Marqus de...  su hermano
mayor, qu te parece mi mujer?

--Una pagana, respondi speramente el Duque, que era el hermano 
quien esta pregunta se dirigia.

El que habia interpelado qued un instante suspenso,  pesar de serle
bien conocido el carcter brusco, excntrico y demasiadamente sincero
de su hermano primognito.

--Yo creo muy cristiana  la Marquesa, repuso sonriendo al cabo de
algunos instantes; pero tu opinion es para m de tal importancia, que
te ruego me ds la explicacion de lo que has dicho.

--Digo que tu mujer es una pagana, y as la califiqu desde el dia de
tu casamiento, tres meses hace.

--Y por qu la juzgas as?

--Se llaman paganos los que adoran dolos, no es cierto?

--Sin duda.

--Tu mujer adora dos dolos.

--Cules son?

--El lujo y el placer.

--Y qu tiene eso de extrao? Es tan bonita!

--Lindsima!

--Y tan jven!

--Diez y nueve aos; lo s.

--Ya variar.

--Cuando yo me vuelva jven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya
contaba cincuenta aos, y era pequeo y jorobado.

Este hombre regaon y arisco tiene razon: la jven Marquesa es una
pagana que se adora  s misma y  todo lo que puede aumentar su
belleza y sus gracias.

Hija de una madre severa y rgida, pas en una pension los diez y seis
primeros aos de su vida, y vivi lugo, hasta su casamiento, en el ms
completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna
expansion dejaba  su carcter y  sus inclinaciones; el casamiento fu
para ella como una carta de libertad, y  pesar de que su esposo le
llevaba veinte y un aos, le acept y le mir como  un bienhechor que
le abria las puertas de su crcel domstica.

No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella
esposa que podia ser su hija. Blanca, que as se llama--pues un
vive--ha pasado algunos aos dedicada slo  frecuentar los salones del
gran mundo;  llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el
Botnico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y
 provocar la envidia de las damas ms hermosas, por sus gracias
encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus
trajes.

Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado  la
Marquesa en la libertad ms completa; y aunque los mdicos le han dicho
vrias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era
debido  la vida agitada que ella haca,  la presion del cors,  los
insomnios y  la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha
sido imposible renunciar  una existencia que era la ms conforme  su
gusto y la nica que comprendia ya.

El mundo seca la savia del alma y devora  las pobres vctimas que se
entregan ciegamente  l.


                                  III.

La vida de la Marquesa no tena otro mtodo que la de tantas otras
seoras de su clase: se levantaba  la una, la recogian sus doncellas
el cabello y la ponian una bata elegante, para almorzar, sin gana, 
las dos; haca algunas visitas  recorria algunos almacenes de modas,
hasta las cuatro en invierno, hora en que iba  dar algunas vueltas 
la Castellana; se vestia para comer,  las siete; iba  su platea del
teatro Real  las nueve; volvia  su casa  las doce; se vestia de
nuevo y se iba  uno  otro salon, hasta las tres de la maana:  esa
hora la desnudaban sus doncellas y se dormia, ya bien entrado el dia.

Jamas leia, porque aunque en la mesa del centro de su salon habia
algunos libros nuevos, ella no les haca el honor de consagrarles una
mirada: dej olvidar la msica, que saba bien; el dibujo, en el que
sobresalia cuando nia, y perdi el raciocinio que, aunque no en gran
dsis, algun dia habia poseido.

No miraba jamas los cuadros ni los bronces que decoraban su suntuoso
palacio, y lleg, en fin,  no saber hablar ms que de modas, de
trajes, de brillantes y de chismes de salon.

As aquella pagana se convirti en fantica adoradora de la tontera,
de la venalidad, de lo que hay de ms frvolo en el mundo, y el culto
del lujo y de la ostentacion fu el solo que sobrevivi  todos los
cultos,  todas las adoraciones de las almas nobles y escogidas.

Pobre Blanca! Tan bonita, dotada de tan dulce carcter, tan simptica
 todos por sus gracias, y haber caido en tal frivolidad, que bien
merece el nombre de idiotismo!

Rebajar su espritu en vez de elevarlo! Ocuparse slo de lo material
sin pensar en lo moral, en lo intelectual, en lo bello, en lo grande!
Mirar siempre  la tierra y jamas al cielo! Qu inmensa, qu terrible
desgracia!


                                  IV.

Hoy la Marquesa tiene cuarenta aos: las arrugas van surcando sus
blancas sienes y su graciosa frente: arrugas prematuras, que han
llegado conducidas por las veladas de muchos aos, por la vida agitada
del gran mundo, tan distinta de la apacible vida de la madre de
familia, de la buena esposa que se dedica  cuidar y  embellecer su
hogar.

Su esposo ha dejado de amarla; al ao de casado se convenci, y su
hermano mayor le ayud  convencerse, de que aquella linda pagana era
slo un mueble ms; el ms bello de todos los de su morada, pero sin
ms alma ni ms entendimiento que aqullos.

Los amigos, y tambien las amigas, empiezan  olvidar el camino de su
casa; porque para colmo de males, su fortuna, aunque muy pinge, no ha
podido resistir  los contnuos y exorbitantes gastos de los esposos.

El Marqus, cansado de estar siempre solo, porque siendo de ms edad
que su mujer no podia llevar la agitada vida de Blanca, convencido de
que sta no le amaba, ni le habia amado jamas, busc su distraccion en
otra parte, y se ha creado una doble familia, olvidando para siempre 
la que eligi para compaera y le ha dejado sola en el camino de la
vida: en su segunda familia tiene hijos, y en ellos ocupa todo su
tiempo y todo el afecto de su corazon.

Pobre Blanca!

Sin esposo, sin hijos, sin juventud, sin fortuna, sin afecciones de
ninguna especie, sin fe viva en el alma, qu le queda? Slo el vaco
del sepulcro, que siente ya en torno suyo.

Su carcter, que se ha agriado, se ofende y se disgusta de todo lo que
es bello y bueno: la juventud y la hermosura de las demas mujeres le
son hoy odiosas; se ha vuelto murmuradora, y casi pudiera decirse
maldiciente, porque su espritu ha ido empequeecindose, y ya no hay
en l lugar para nada que sea noble, delicado y grande.

Tal es el fin de las pobres paganas que dedican toda su adoracion al
lujo y  las distracciones del mundo, y que no ocupan su corazon en el
amor de la familia, y su fortaleza en el cumplimiento del deber.




                          DOLENCIAS DEL NIMO.


                                   I.

Uno de los mayores males de la humanidad, y que hace ver todos los
objetos y todos los intereses de la vida bajo el prisma ms triste y
ms sombro, es el descontento.

Los caractres descontentadizos son vctimas de s mismos; todo cuanto
tienen les parece lleno de defectos; y es lo ms extrao que tampoco
les agrada lo que poseen los demas, mirando el mundo como un desierto,
y su suerte como la ms desventurada.

Las personas que han tenido la desgracia de nacer con un carcter dado
al descontento, acusan hasta  la Providencia, y hallan defectos hasta
en las leyes ms sbias de la naturaleza, hasta en la perfecta y
admirable armona que rige al universo; y si ste se convirtiera en
cielo, le hallarian defectos tambien, porque el defecto est, no en lo
que miran, sino en su modo de ver.

De todas las enfermedades del espritu que se pueden padecer, un
carcter descontentadizo es la ms cruel, y quiz la ms incurable de
todas.

Esta terrible dolencia tiene sus variantes, y hay quien cree ms
felices  los otros que  s mismos, siendo el perodo de que acabo de
hablar el ms cruel y el ms grave de esta peligrosa enfermedad.

Generalmente hablando, es achaque de todo mortal, pero ms
particularmente de la mujer, el poner la dicha, no en lo que tenemos,
sino en lo que dejamos de poseer.

La que no puede negar que es rica, bien nacida y amada de su familia,
lamenta el carecer de hermosura, aunque no se la pueda llamar fea.

La que ha nacido bella, suspira por aquellas dotes,  dice que daria
toda su hermosura por un poco de talento.

Yo conozco una mujer extraordinariamente fea, pero dotada de un talento
sobresaliente; una hermosa tarde de primavera se hallaba paseando
conmigo en los frondosos jardines de Aranjuez; cansadas ya de andar,
nos sentamos en un banco rstico,  la sombra de algunos grandes
rboles, y empezamos  hablar de mil cosas diferentes.

Mi amiga despleg tal sutileza de ingenio, tal gracia y tanta lucidez
de raciocinio, que yo me entusiasm;  idlatra del talento, como he
sido siempre, no pude mnos de exclamar:

--Bendito sea Dios, que te ha dotado de tan elevada inteligencia!

Jamas olvidar el gesto de tristeza con que mi amiga sacudi la cabeza
al contestarme.

--Toda mi inteligencia, dijo, la daria yo por una cara regular!

--Oh, no! exclam yo: son mucho ms nobles, ms durables y ms
atractivos los dones de la inteligencia y del corazon!

--As se dice generalmente, repuso tristemente mi amiga, y un se cree
as; pero si la primera vista de una persona es repulsiva y antiptica,
cmo podr lugo hacerse amable y cautivar  nadie por otras dotes,
que slo el tiempo y el trato puede ir descubriendo?

--Pero cuando se llegan  conocer inspiran un afecto eterno!

--Podr ser; pero creme, amiga mia,  la mujer debe serle mucho ms
halagador, y con efecto as es, el agradar  primera vista; s
distinguir, porque, como t dices, tengo alguna inteligencia; s
distinguir la simpata de la estimacion; el amor nace  primera vista;
las prendas del alma son las que le fijan; pero yo no ser querida
jamas, aunque siempre sea muy estimada, y necesito una fuerza de
carcter que no tengo para consolarme de tan triste suerte.

As habl mi amiga, y yo no tuve valor para culpar su desaliento,
porque me pareci fundado en muy triste pero muy verdadera causa.

Lo mismo que nos sucede respecto de nuestras cualidades, nos sucede
respecto de las de los demas, y sobre todo, en el matrimonio, la mujer
es por demas intolerante.

Por qu causa es ms indulgente y ms benvola respecto de sus padres
y de sus hermanos, que respecto de su marido?

Ay! porque al casarse cree haber conquistado la libertad de ser
injusta y de juzgarlo todo con rigor, cuando debia ser todo lo
contrario.

Muchas esposas hay que, favorecidas por la suerte con hombres honrados
y que las aman de todo corazon, les echan en cara que son poco atentos,
que no las miman,  otra _gran culpa_ por este estilo.

Es decir, que fundamos siempre nuestra desgracia en lo que _nos falta_,
sin pensar en la dicha de lo que poseemos, y como dice muy bien
Carolina Coronado:

                   Es lo mismo que todos los pesares
                Del mundo tenga,  que los suee todos,
                Si se sufre igualmente de ambos modos.

Lo imaginado es muchas veces peor que lo que verdaderamente padecemos,
porque la imaginacion va en la pena mucho ms all de la realidad. Una
imaginacion demasiado viva  desordenada es tambien un gran dao que
puebla de fantasmas el cerebro, que ve el mal y el dolor donde no
existe, y que devora  los desventurados que le dan cabida.

No se puede pedir  la humanidad ms de lo que puede dar, ni exigir un
amor heroico y apasionado del esposo, de los padres  de los hijos;
cada persona quiere segun el temple de su alma, y no son siempre los
esposos que parecen ms apasionados los que aman mejor, con ms
constancia y fidelidad.


                                  III.

Hay una cosa, sin embargo, que preserva del dolor de carecer de los
bienes que envidiamos en otros, y que evita el desaliento.

La vanidad.

Las personas muy vanas creen lo que poseen perfecto, seductor,
inmejorable.

He visto hombres muy graves, hombres de mundo, hombres serios, atacados
de esa feliz dolencia hasta un punto increible, y digo feliz, porque el
modo de ver las cosas los que tal defecto tenian, era para ellos un
elemento de constante y completa dicha.

Se habla delante de esas gentes de la distribucion de la casa que cada
uno habita?

Ninguno la tiene mejor que la suya.

Se habla de caballos?

Los suyos son de la ms pura raza.

De un buen sastre?

El suyo tiene un nombre glorioso en los anales de la aguja.

De perros?

Ellos los poseen de castas desconocidas.

De la belleza de alguna mujer?

Su esposa  su prometida llaman la atencion general cuando se presentan
en pblico.

De buena mesa?

Su cocinero tiene que ir  casa de sus amigos, cuando tienen
convidados, para hacer alguno de esos platos de que l solo posee el
secreto.

Oh dicha de la vanidad! quin pudiera disfrutarte!

Estas personas son muy felices, pero son, en cambio, sumamente molestas.

Prefiero tratar con un pobre sr agobiado por un descontento incurable;
prefiero tener  mi lado  un misntropo,  tener que soportar la necia
vanidad de un tonto, cansada para el dichoso, ultrajante para el
triste, antiptica  todos.

Las personas vanidosas son las que mnos simpatas tienen: porque no se
contentan slo con la competencia; quieren sobresalir en todo y por
todo, quieren siempre ocupar el primer lugar, y no comprenden que estn
ofendiendo siempre  cuantos hablan con ellos.

Personas he visto que estando fatigadas, no slo por penas morales,
sino por privaciones materiales, han tenido el empeo de hacer creer 
todos en su felicidad y en su riqueza, y no por dignidad, que esto
hubiera merecido alabanza, sino por vanidad, por necio deseo de
inspirar envidia  otros que padecian las mismas  ms crueles penas
que ellos.

Triste aberracion, que slo les traia antipatas y enemistades de las
personas  quienes herian y humillaban!


                                  IV.

Hay otra tercera clase de personas  las que se les figura que les
falta todo,  causa de una modestia que ya llega  ser como una
dolencia del nimo.

Esta clase es tambien desgraciada, y quiz ms que ninguna, porque
cuando falta la completa estimacion de s mismo no hay valor para nada,
y el alma est en una angustia contnua.

No hay nada que me cause ms lstima que el ver  una persona dominada
por una timidez excesiva; porque hay muy pocos sufrimientos morales que
se puedan comparar  ste.

La vanidad es  la vez osada y feliz; el descontento de la vida es
altivo y algunas veces amargo; pero la excesiva modestia, el pobre
concepto de s mismo, es un mal gravsimo y de difcil curacion.

_Yo no valgo nada!_

Este pensamiento es terrible, amargo, desconsolador, y poco  poco va
empequeeciendo el nimo y amenguando insensiblemente el valor moral 
intelectual de quien le abriga.

Todos valemos algo; todos somos tiles en la tierra; todos llevamos en
el alma el grano de oro, la centella divina que, en un momento dado,
puede enriquecer y alumbrar, y todos debemos estimarnos para que nos
estimen, porque la primera condicion de la dignidad es el conocimiento
de la propia vala.

Apelemos, pues,  la razon para hallar el justo medio, que est tan
ljos de la excesiva vanidad como del extremo descontento, y tengamos
equidad para los demas,  la vez que la tenemos para nosotros mismos.




                             LOS RECUERDOS.

                                    Siempre, aunque sea en una crcel,
                                    Hay un rincon ignorado
                                    Do alguna vez se ha gozado
                                    Un instante de placer;
                                    Y al dejarle para siempre,
                                    Conociendo que le amamos,
                                    Un _adios!_ triste le damos,
                                    Sin podernos contener.

                                                             (ZORRILLA.)


                                   I.

Hay imgenes que se graban en el alma y van formando una historia
secreta  ignorada de todos, aparte de la triste historia de la vida.

Hablo de los recuerdos; de los recuerdos que nos acompaan y nos
consuelan en las rudas pruebas por que atravesamos y nos hacen
llevaderos los dolores presentes, trasladndonos con el pensamiento 
otras pocas ms dichosas.

El presente es muchas veces doloroso. El porvenir, oscuro.

Slo en el pasado es donde se puede encontrar un pedazo de cielo azul
para dejar errar la fantasa, como ave triste y enferma que ha quemado
sus alas al atravesarlos desiertos de la vida.

Por qu esto?

Ay! porque la doliente humanidad cree siempre ms dichoso el dia que
pas que el que espera; porque, como dice Chateaubriand, _en la
sociedad, cada hora abre una tumba, y hace verter una lgrima!_

La esperanza, esa deidad consoladora que, envuelta en difanos velos,
sonrie  los nios en la cuna y acaricia al hombre, se deja ver pocas
veces en torno de la mujer; flota  lo ljos como la sombra de un
sueo, y como sombra se desvanece cuando va  asirla su dbil mano.

Para la mujer es ms grato, ms dulce, ms consolador el recuerdo.

El recuerdo queda en su corazon.

La esperanza no hace ms que vagar ante sus ojos.


                                  II.

Cada vez que contemplo yo el sol, recuerdo uno de sus rayos que
calentaba mis pis cuando era nia, y  cuyo reflejo luminoso se abria
un pequeo mundo que yo abarcaba con dominio infantil.

Caia aquella rfaga de dorada luz en un pobre y hmedo cuartito, cuyo
pavimento era de yeso, resquebrajado en muchas partes.

Algunas hormigas salian de un agujero redondo y venian  dar vueltas al
sol.

Dos  tres moscas, entumecidas por el frio, se despegaban de la pared y
volaban zumbando gozosas en aquel foco luminoso que les fingia un
alegre dia de esto.

Sentbase all el gato negro y anciano, cerrando voluptuosamente sus
grandes ojos, verdes como dos esmeraldas.

Una perdiz se acercaba con menudo paso al concilibulo y picoteaba al
gato, de quien era muy buena amiga.

Tena yo un grillo que habia encerrado en una jaula muy pequea, que
tambien colocaba al sol, y encima de la cual dejaba descansar  un gran
caracol que salia de su cscara, estirndose poquito  poco, como para
observar.

En una de las grietas del suelo habian brotado dos  tres hierbecillas;
un dia, al levantarme, vi  la ms alta coronada con una flor morada
del tamao de una lenteja; aquel mensaje de la primavera me colm de
gozo y me estremeci al mismo tiempo.

Me pareci la flor una sonrisa de gratitud de aquella pobre
hierbecilla, porque yo la echaba alguna vez dos  tres gotas de agua, y
aquel dia fu uno de los ms dichosos de mi inocente vida.

Yo era la reina de aquel pequeo mundo tan alegre, tan feliz. Sentbame
all, desmigaba un poco de pan, que se comia la perdiz, y las
partculas ms pequeas se las llevaban las hormigas con un afan que
haca venir lgrimas  mis ojos.

Las moscas zumbaban; cantaba el grillo; dormitaba el gato; el caracol
se estiraba; las hormigas trabajaban, y todos ramos dichosos con un
rayo de sol y un poco de pan.

Oh, s, todos ramos felices! Yo lo era tambien, porque tena seis
aos.

Desde entnces, siempre que en una bella maana de invierno penetra un
rayo de sol en mi aposento,  traves de mi ventana, recuerdo el mundo
en miniatura donde yo imperaba cuando era nia; mi pensamiento vuela
hcia aquel pobre cuartito, recinto de mis juegos y de mis meditaciones
infantiles, donde veia tanta dicha, y que se ponia tan alegre cuando le
visitaba el sol.


                                  III.

Los recuerdos de la infancia son siempre gratos y queridos, porque
estn rodeados de inocencia; pero los ms consoladores, los que
constituyen un dn inestimable, son los del bien que hemos hecho.

Mucho se declama contra la injusticia del mundo, y es una triste verdad
que hay en l muchos ingratos; pero los beneficios llevan en s mismos
su recompensa por la dulce memoria que dejan en el alma.

Conoc  una mujer tan completamente halagada por los dones de la
naturaleza y de la fortuna, que lleg  ser completamente infeliz.

Imaginaos una mujer bella, jven y casada con un hombre, jven tambien,
opulento y que la adoraba.

No habia goce en la vida de que aquella mujer no disfrutase.

Su cuarto de dormir, situado en lo ms retirado de la casa, estaba no
slo forrado de ensambladuras de madera, sino forrado tambien de seda
algodonada para que no se percibiese el ms leve rumor que perturbase
sus sueos.

Al abrir los ojos tena al alcance de su mano un timbre, el cual, slo
con tocarle, llamaba  dos camareras serviciales, discretas 
inteligentes.

Metase en un bao de agua tibia perfumado con lirio y jazmin, y lugo
se desayunaba con su marido  sola, segun era su voluntad, que nadie
coartaba en lo ms mnimo.

Peinbala un peluquero tan hbil que no la causaba dao alguno; tena
carruajes de todas las formas y para todas las estaciones; palcos en
todos los teatros; convites para todos los salones; esplndida casa y
soberbios palacios de verano; sus diamantes eran magnficos; todos la
envidiaban, y, sin embargo, cay en un hasto mortal, por lo mismo que
nada tena que desear.

Un dia fu  visitarla una amiga suya, bastante escasa de bienes de
fortuna: llegaba llorosa y conmovida, y la opulenta dama le pregunt la
causa de su pena.

--Vengo, dijo, de ver  una familia que se est muriendo de hambre.

--De hambre! repiti la hermosa jven: debe ser muy raro eso de ver
morirse de hambre! Me alegraria ver  esa familia.

--Puedes conseguirlo al instante.

--Yo!

--Vnte ahora mismo conmigo  ver  esos desdichados.

--No les has socorrido t?

--S, pero llevaba muy poco dinero para tan grande infortunio; figrate
un padre ciego, una madre baldada en una cama, y cinco nios que piden
pan  gritos!

Las personas ricas no pueden comprender de sbito los horrores de la
miseria; as fu que mi amiga oy este relato con bastante
indiferencia; tom su bolsillo y sali con su compaera.

Cuando se hall en la msera y helada buhardilla de aquellas pobres
gentes, sinti en el alma una impresion dolorosa, penetrante,
desconocida; pero sinti algo, despues de mucho tiempo en que no sentia
nada.

Entreg su bolsillo  la pobre madre enferma sin que pensase contraer
en ello mrito alguno; pero aquella mujer bes sus manos, bandolas en
llanto, y todos los nios, conducidos por el padre ciego, se arrojaron
 sus pis colmndola de bendiciones.

Desde aquel dia la vida de aquella hermosa jven tiene un objeto noble
y grande. La caridad!

Crueles dolores la han afligido despues; grandes decepciones ha
sufrido; pero los dulces recuerdos del bien que hace la consuelan de
todos sus disgustos y sinsabores.


                                  IV.

No son slo los ricos los que pueden practicar el bien.

El que consuela al afligido con palabras dulces y afectuosas hace
igualmente un inestimable beneficio, y su recuerdo,  pesar de la
ingratitud con que pueda ser recibido, basta para hacer dichoso  quien
lo ha practicado.

Hay tambien recuerdos que matan.

Los remordimientos, los crueles  implacables remordimientos no son
otra cosa que los recuerdos del dao que se ha hecho,  los cuales va
unida la memoria de las bellas cualidades que poseian las personas 
quienes se ha ofendido  lastimado.

Al hombre le acompaan mnos los recuerdos; su vida est llena de
realidades ms  mnos penosas, ms  mnos agradables.

Los negocios absorben todo su tiempo y absorben tambien su imaginacion.

La mujer, por el contrario, relegada al hogar domstico, retirada en
l, tiene muchas veces que acogerse  sus recuerdos para ser dichosa.

 la mujer le est vedada toda ocupacion, toda actividad fuera del
crculo de su familia, y los recuerdos son para ella un mundo mejor, un
osis en el cual descansa de todos esos dolores vulgares, silenciosos y
desconocidos que combaten y envenenan su existencia.

La pradera donde corria cuando nia; los primeros libros que ley; las
oraciones que le enseaba su madre; los cuentos de la vieja nodriza;
los juegos con sus hermanos; la imgen ante la cual rezaba; las
memorias de su primer amor; aquellas emociones tan puras, tan castas,
tan indecisas, que ni un despues de mucho tiempo sabe definir; la rama
que el viento mecia en el bosque; el pjaro, que en las alboradas del
esto se posaba  cantar en las macetas de su ventana; el primer
ramillete que le regalaron y que conserva, seco ya, en el fondo de una
caja; todas estas cosas forman para la mujer un mundo de poesa y de
amor, al cual se retira para buscar la calma.


                                   V.

Jamas he podido comprender que una mujer tenga gusto en cambiar con
frecuencia de habitacion.

Dice Alejandro Dumas que los que rehusan cambiar de domicilio son, por
lo regular, personas avaras.

Yo, con permiso del fecundo narrador, dir que no soy avara, y que, sin
embargo, siento un gran dolor cada vez que he de trocar mi vivienda por
otra, aunque gane mucho en el cambio.

Cmo no amar las paredes que nos han visto llorar, reir, y que han
presenciado nuestras venturas y nuestros dolores?

Cmo no amar el primer rayo de sol que la primavera nos envia como una
bella sonrisa, y el rayo de luna que viene  quebrarse en los cristales
de nuestra ventana?

Parceme que el apego de la mujer  su casa y  los objetos que la
adornan, es inseparable de su condicion, suave, blanda y amorosa; que
la constancia en sus afectos debe serle tan propia como el culto de los
recuerdos, y que un corazon frio, egoista  indiferente es como una
anomala en nuestro sexo,  quien Dios encomend el cuidado de
embellecer el hogar, derramando en l la suave luz de la poesa y del
amor.

Haga la mujer todo el bien que le sea posible; ame y socorra  los
menesterosos; y por desgraciada que sea su vida, siempre tendr en sus
recuerdos un pedazo de cielo azul, un horizonte sereno, adonde volver
sus fatigados ojos.




                        LA POBREZA Y LA MISERIA.


                                   I.

Entre estas dos situaciones hay un abismo,  pesar de que muchas veces
se las confunde.

La pobreza no es una desgracia.

La miseria es una desgracia horrible.

La pobreza es carecer de lo suprfluo, pero tener lo necesario.

La miseria es carecer de todo: es el hambre, la desnudez, el frio, la
enfermedad, el dolor, la muerte!

He visto gentes muy contentas con la pobreza, y que habiendo llegado 
ser ricas por una herencia inesperada, por el logro de algun negocio
lucrativo, han echado de mnos el tiempo de su mediana, y han
deplorado el tener fortuna y los cuidados que sta trae consigo.

Las mujeres se lamentan de la pobreza mucho ms que los hombres, y se
han visto algunas que, solas, aisladas, sin familia, han hecho
esfuerzos inauditos para llegar  la opulencia, smbolo para ellas de
todos los goces de la tierra.

Pero la riqueza se escapa siempre de las dbiles manos de nuestro sexo:
al ingenio, al talento de la mujer le falta constantemente la principal
cualidad, la fuerza: no tiene ni las dotes ni los defectos masculinos,
por ms que se esfuerce en adquirirlos.

La energa ficticia y febril que una mujer da  su talento, es siempre
estril y pasajera: despues de estos esfuerzos, despues de estos
ataques de epilepsa intelectual, recae en el vaco, ms dbil y ms
desalentada, porque esta energa pasajera la obtiene slo  expensas de
su fuerza natural, que no reside, como la del hombre de genio, en la
violencia de las pasiones, en la gravedad de los estudios y en el vigor
de los pensamientos, sino en la profundidad de las observaciones, en la
exaltacion de las creencias y en la sublimidad de los sentimientos.

As es que pocas mujeres han llegado  la fortuna por la sola fuerza de
su talento, y en nuestro pas desde lugo, no conozco ninguna; hay
muchas que se han elevado al pinculo de sus deseos, manejando la
intriga y la lisonja en un grado ms  mnos hbil, y han llegado  un
enlace brillante, que les ha dado la opulencia y todos los goces de su
exigente vanidad.

Mas cuntas veces es posible que estas mujeres hayan echado de mnos
la apacible mediana, la casi pobreza que moraba en el techo paterno!
Cuntas veces habrn pensado en el modesto traje de lanilla, hecho por
sus manos y estrenado con tanta alegra, al sentirse devoradas por el
hasto que produce el no tener nada que desear!


                                  II.

La miseria, y no la pobreza, es la que produce los crmenes, y de esos
hombres que no tienen pan ni abrigo para su familia, salen generalmente
los infelices que llenan los presidios y que sirven de escarmiento,
cuando se aplican en todo su rigor, las leyes de la justicia humana.

Sin tener las ideas socialistas del ilustre escritor Eugenio Su, que
en su exageracion pretendia que todos los ricos eran malos y
degradados, y todos los pobres ejemplares y virtuosos, creo que todos
debemos, segun nuestras fuerzas, aplicarnos  socorrer la miseria, y
que una parte  lo mnos de lo que gastamos en lo suprfluo, debemos
dedicarlo  dar lo necesario  los que no lo tienen. La miseria tiene
varios aspectos: no es la que se ostenta la ms digna de lstima y de
socorro; es la que se oculta en las heladas buhardillas; la que
cubierta con un espeso velo pide limosna por la noche; la que no se
queja y viste an con restos de decencia, para disimular el mayor
tiempo posible la desgracia y el dolor.

Esa miseria vergonzante es la ms dolorosa y la ms digna de auxilio,
porque casi siempre procede de desgracias inmensas, de prdidas del
corazon, tan ligadas  los intereses, que han arruinado para siempre la
felicidad y la fortuna.

Se han visto familias caer de repente, desde una posicion decorosa y
desahogada, en la ms profunda miseria,  causa de algun fraude de que
han sido vctimas: una, sobre todo,  quien he conocido, cay en tan
completa desgracia, que el padre no pudo resistirla, y busc en la
muerte el descanso de un dolor que su fortaleza no alcanz 
sobrellevar: su esposa y sus dos hijas hubieron de dedicarse, primero 
labores de su sexo, que les pagaban muy escasamente; y despues, visto
que el producto de su trabajo no les alcanzaba para vivir, al servicio
domstico.

La inteligencia y buena educacion de la madre llam la atencion de la
familia  quien servia; y enterada sta de sus desgracias, hizo venir
tambien  sus dos hijas, dndoles una habitacion en su casa, mesa, una
criada y algunas labores delicadas y productivas que desempeaba una de
las jvenes, mintras la otra con su madre iba  dar lecciones de
msica.

Las tres pobres mujeres llegaron  encontrarse tan dichosas en su
modesta situacion, que la preferian  su opulencia pasada, y slo
tenian en el alma el dolor de la muerte de aquel esposo, de aquel padre
que tanto amaban, y que las habia amado tanto.


                                  III.

_La dicha de ser rico_, se llama una novela francesa de grande y justa
fama: su argumento es muy sencillo: un zapatero se hallaba muy feliz
con lo que su oficio producia, cuando tiene una herencia tan rica como
inesperada; su mujer y sus dos hijos se vuelven locos de alegra, y l
mismo da gracias al cielo por este beneficio; pero muy pronto el
cuidado de guardar su dinero le quita el sueo, le agita y le sumerge
en un pilago de inquietudes y de zozobras; ya hace una abertura en la
pared para ocultar en ella su tesoro; ya, creyndole all poco seguro,
sale al campo y lo entierra de noche con todas las precauciones que
pudiera guardar un criminal; y llegan  tal extremo su inquietud y su
angustia, que maldice su herencia y suspira por el tiempo en que vivia
sin cuidados, ni envidiado ni envidioso de los demas.

Su mujer, que le amaba, su hija y su hijo, que adoraban en l, deploran
el cambio operado en su salud, que se resiente de tantas amarguras: de
contnuo, los vecinos burlones les envian avisos annimos de que van 
robarles, asesinndoles primero; y al fin el pobre zapatero, que ntes
vivia contento con el pan de cada dia, que nada ms pedia al cielo que
pan y trabajo, que nada tena que guardar, est  punto de perder la
razon y la vida.

Una noche su esposa y su hijo salen al campo para ver si el malhadado
tesoro se halla donde le habia enterrado el pobre hombre; pero la
tierra est excavada, y el cofrecito de hierro ha desaparecido: en
lugar de lamentar la prdida, caen de rodillas y dan gracias  Dios por
ella, elevando sus ojos y sus corazones al firmamento bordado de
estrellas: el ladron fu bendecido por haberles librado de aquella
funesta riqueza.

Desde aquel dia, el zapatero y su familia recobraron la tranquilidad,
el sueo apacible, y su apetito feliz y nunca desmentido.


                                  IV.

No es generalmente la miseria dn de la Providencia divina, tan
paternal y tan previsora para todos.

La miseria es casi siempre hija de la holganza, de los vicios, de la
malversacion de los medios de vida.

Dios hace nacer pobres y ricos; la indigencia es casi siempre obra de
los extravos del hombre, y algunas veces obra tambien de los extravos
de la mujer, que gasta ms de lo que debe y puede.

La pobreza no es espantosa ni repugnante: cuntas veces no se han
alegrado nuestros ojos, al entrar en un cuarto muy alto, en un piso
cuarto  en una buhardilla? La cama, limpia y bien mullida; la ventana,
adornada con visillos blancos, sujetos con lazos rosa  azules; el
pavimento, brillante de limpieza; los muebles, barnizados; las flores
frescas, en un jarrito de cristal  de loza; todo esto lo permite la
pobreza, y todo esto la embellece y casi la santifica.

La limpieza es el lujo de los que cuentan con escasa fortuna; el
arreglo es una bella cualidad de los pobres, y se ven familias que con
muy pocos haberes viven con decencia y dignidad.

Apnas hay familia donde la esposa sepa gobernar su casa con
inteligencia, en que no haya un bienestar relativo: dirase que el buen
rden atrae el dinero, y que el desarreglo lo ahuyenta: las compras
intiles, el gusto por el fausto y por el lujo, arruinan, no slo las
fortunas modestas, sino tambien las grandes.

La pendiente de la holgura  la miseria es rpida, y se baja sin pasar
por el trmino medio de la pobreza: el que nace con lo necesario no le
falta, sabiendo conservarlo, hasta que muere; pero se han visto muchas
familias opulentas llegar, por el exceso de sus gastos,  la ms
completa desnudez;  la ms horrible miseria.

No nos rebelemos contra la pobreza, y al contrario, contentmonos con
ella si Dios nos la envia; pero evitemos con todas nuestras fuerzas la
miseria: y cuando la veamos, socorrmosla en lo posible, sin pensar en
si el desgraciado que la sufre es por su culpa,  porque el cielo, como
al santo Job, le quiere probar con ese terrible azote, que devora 
tantos desheredados de los bienes de la tierra.




                                LA VOZ.


                                   I.

Hay algunas cosas en la vida que llamamos _pequeas_, y que lo parecen
en efecto; pero que son, sin embargo, ms importantes de lo que se
cree, y de mayor influencia en nuestra suerte de la que se supone.

Al hablar de una mujer hermosa, se elogian sus ojos, su boca, su talle,
la expresion de su semblante, las gracias de toda su figura.

Cuando se menciona una mujer agradable, se habla de su talento, de su
gracia, de su amabilidad, de su instruccion: mas hay una cosa de la que
nadie se cuida y que nadie nombra. La voz.

Y sin embargo, quin que conozca el poder de los sonidos en las
imaginaciones impresionables podr negar  la voz una mgica influencia?

Quin duda que existen voces celestiales, que al hablar penetran en el
corazon y nos llevan adonde quieren, sin que nos demos cuenta de ello?

Quin no ha oido en una conversacion de muchas personas un acento
encantador que ha conquistado desde que se ha dejado oir todas nuestras
simpatas, y que ha hecho que nos interesemos inmediatamente por las
ideas de quien le posee?

No podr yo expresar  mis lectoras el valor que tiene ese rgano, que
si bien se cree muy importante cuando se trata del canto, jzgase
indiferente en lo que toca  la conversacion.

El metal de la voz despierta simpatas ms vivas, y acaso ms
irresistibles que la belleza misma.

Una mujer bella con una voz spera y bronca, pierde la mitad de su
belleza.

Por el contrario, una que sea slo agradable, cautiva de una manera
irresistible si su voz es dulce y simptica.

Y no creo que el metal de la voz es independiente de nuestra voluntad:
nosotros podemos, si no variarlo, modificarlo al mnos, y de ingrato,
hacerle dulce y agradable.

No tienen poca parte para dar el tono  la voz los sentimientos del
alma; cuando la ira domina, la voz es sofocada y spera y los sonidos
oscuros, careciendo completamente de modulaciones.

Mas cuando la dicha, la tranquilidad y la alegra tiene el nimo en una
dulce serenidad, la voz es dulce tambien y halaga al oido, casi como un
canto.

Hay mujeres, y yo misma conozco algunas, que con una voz muy dulce
tienen un corazon seco y helado: que su acento afectuoso es el disfraz
de un monstruoso egoismo; pero esto no quita su poderoso encanto  un
agradable metal de voz: ntes, por el contrario, el ver el imperio que
estas mujeres ejercen en cuantos les rodean, al observar cun bien,
pronta y fcilmente consiguen todos sus fines y llegan  las empresas
ms difciles, se comprende cun grande es el poder de una voz grata al
oido, y de un suave y melodioso acento.


                                  II.

En la mujer, sobre todo, es indispensable un eco de voz dulce y
afectuoso.

La que carece de l debe adquirirlo con el estudio, pues ya he dicho
que en gran parte la dulce emision de voz depende de nosotras.

Tal influencia ejerce en el hombre la voz dulce de la mujer, y tanto le
agrada, que apnas habr cosa que niegue al suave acento de la splica,
y apnas habr nada que conceda al duro acento del mando.

He oido hace poco tiempo preguntar  un hombre dotado de un carcter
violento y duro, su parecer acerca de una mujer muy bella.

--No me gusta, respondi secamente: tiene un metal de voz spero y
desagradable, y yo prefiero una mujer fea, dotada de una dulce voz.

En efecto: este hombre se ha casado con una mujer que nada tiene que
agradecer  la naturaleza, sino un metal de voz lleno de encanto, y que
ella modula con una destreza exquisita y una dulzura sin igual.

Los contrastes se buscan siempre, y son los que crean las ms fuertes
afecciones: aquel hombre severo, de carcter duro y seco, no podia
mnos de enamorarse de la dulzura que prometia la voz encantadora de su
esposa.

He visto este hombre arrebatado de ira en muchas ocasiones, calmarse al
oir el dulce acento de su mujer, que, aunque conociendo su ridcula 
inmotivada clera, le decia:

--Tienes razon mil veces, pero clmate por m, pues te vas  poner
malo; ya se arreglar eso de otro modo.

Alguna persona rigorista, presente como yo  estas escenas, ha dicho
que esta mujer era una hipcrita, y que culpando en el fondo de su alma
 su marido, fingia ser de su parecer; pero hubiera ganado algo la paz
de la casa y de la familia con que ella hubiese dado gritos tambien,
culpando la imprudencia y la clera de su esposo?

Sin duda que no: ella le trata como  un enfermo y hace bien, porque
realmente lo est: la ira es una cruel dolencia moral.

Algunas veces, en lo ms fuerte de sus accesos, este hombre violento se
cubre avergonzado el rostro, y una dulce palabra de su mujer es la que
causa tan maravilloso efecto, por el contraste que ofrece con su
grosera clera: la he visto en vrias ocasiones callar, hacer como que
no ve su confusion, y salir un instante, para no humillarle con su
triunfo: cuando volvia  la habitacion ya parecia no acordarse de
aquello, y hablaba  su marido de otras cosas, con tanta afabilidad
como si nada hubiera pasado.

As, la dulce influencia de aquel acento ha ido calmando las olas de la
clera del esposo: el hombre quiere ser siempre superior  la mujer, y
 ningun marido que ama  la suya, le gusta verse rebajado ante sus
ojos, y lo que es ms duro,  los ojos de sus hijos.

Es acaso esta mujer insensible?

No: es prudente; ama  su marido, y conoce bien el corazon humano.


                                  III.

Ya he dicho ms arriba que el carcter dominante y la propension  la
clera alteran la voz y le dan sonidos broncos y desagradables; as es
que la voz spera se tiene por signo de una ndole desapacible y
violenta, y por lo mismo, las mujeres de voz poco dulce son poco
simpticas al sexo fuerte.

Hay, sin embargo, mujeres dotadas de un metal de voz dulcsimo, y de
una expresion angelical en el rostro, con un carcter de hierro y una
voluntad ms firme que todas las voluntariosas  impacientes: estas
mujeres, dotadas de bastante sangre fria para no descomponerse jamas,
dan rdenes severas  ineludibles con el acento ms melodioso, y toman
resoluciones enrgicas y terribles, que rara vez adoptan las que
regaan mucho.

La fuerza de inercia es la que adoptan esas mujeres; pero sta es la
ms fuerte y la ms inquebrantable: dicen que s  todo, y slo hacen
lo que quieren  les conviene: enfrente de otra voluntad fuerte,
lloran, se desmayan, se refugian en el _no puedo_, suplican y fatigan
al que las quiere dominar, salindose siempre _con la suya_, como suele
decirse.

Esta clase de caractres no me parece digna de aprecio: pero la
prefiero con mucho  la otra clase, que encierra todas las
provocaciones de la clera grosera, todas las rplicas brutales y
descompuestas, de la impaciencia: dominar por la splica y por la
protesta de la debilidad, es ms digno y ms propio de la mujer, que
hacerse temible por las manifestaciones de su enojo.

El huracan troncha la soberbia encina, y pasa sobre la verde caa que
se doblega  su mpetu, y que vive  orillas del lago azul y
trasparente.

Mrito grande es en la mujer el ser dulce en la voz y en los modales, 
inquebrantable en la voluntad para las cosas buenas.


                                  IV.

No hay mujer ninguna,  mnos que no sea completamente insensible,
dotada de una perenne  inalterable dulzura:  la que veo siempre
complaciente, serena, con la sonrisa en los labios, y hablando
melosamente, lo confieso, no le dedico mis ms grandes simpatas.

El alma tiene sus tempestades, como el mar y como el cielo: una
contraccion de facciones, una lgrima cernindose en las pestaas, un
temblor en la voz, la palidez y el rubor sbito, son seales infalibles
de la lucha de la voluntad y de la sublime victoria que sobre ella se
alcanza: he visto, y no hace muchos dias,  una mujer jven, bella y
virtuossima, ultrajada por su marido ante un gran nmero de personas,
y digo ultrajada, porque sin motivo alguno la desminti con una
irritante  insolente grosera.

La pobre jven, al oirle, se qued plida como la muerte: un instante
despues un encarnado ardiente visti desde su frente hasta su cuello:
su seno palpit con violencia: sus ojos lanzaron un relmpago
deslumbrador... qu terrible lucha tena lugar en su corazon! Todos
los ojos estaban fijos en ella... y todos se miraron con asombro,
cuando ella, pasando una mano por sus ojos, como para no ver, dijo con
acento dulce y sumiso  su brutal marido:

--Perdona, amigo mio, me habr equivocado.

Qu gran victoria consigui aquella mujer sobre s misma! Cmo se
leia la admiracion de los presentes en sus semblantes! Y qu triste
papel el del marido dspota y grosero!

El poseer una voz agradable es un seguro antdoto contra los arrebatos
de la clera, porque las frases duras no se pueden decir con un acento
dulce y afectuoso, y la costumbre de esta gracia, sea natural 
adquirida, sirve de freno  todas las desigualdades de un carcter
desapacible.




                      EL SANTUARIO DE MONTSERRAT.

                MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISA

                     DOA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.


                                   I.

Al dedicar un recuerdo al clebre santuario de las montaas de
Catalua,  nadie mejor que  t, mi amada Antonia, hubiera podido
dirigirme:  t, que tantas veces me has instado en tus cartas para que
escribiera algo acerca de mis viajes, y  quien he prometido hacerlo:
sin embargo, no me agradezcas la presente, porque necesitaba
escribrtela para aliviar mi corazon de una emocion profunda, y para
hablarte del asilo ms grandioso que posee en la tierra la Reina de los
Cielos, la Madre Celestial, que tanto amamos t y yo.

Poco despues de las once de una calurosa maana de Julio, salimos de
Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos  eso de
las siete de la tarde[1].

     [1] El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las
     poblaciones y accidentes pintorescos del camino, se hallan en el
     curioso libro escrito por el Excmo. Sr. D. Vctor Balaguer,
     titulado _Gua de Montserrat_.

Durante dos horas, y  pesar de ir sentada en la delantera del
carruaje, mis ojos no descubrian ms que altsimos montes.

En el centro de stos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion
de todos los viajeros clebres que han escrito sus impresiones y
recuerdos, _no tiene igual ni semejanza en todo el orbe_.

Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma
dirase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad
inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que slo la
mano de Dios puede destruir.

Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pi del inmenso monte, consagrado por
la presencia de la Vrgen Madre de Dios, que ha hecho de l su palacio;
cuando en derredor mio vi aquellas enormes peas, suspendidas al
parecer en los aires y prontas  desprenderse; cuando vi la cspide del
Montserrat tocando  las nubes, tan difanas y movibles que parecian el
manto del Seor, mi corazon tembl dentro del pecho y humill la frente
confundida, no slo de mi pequeez, sino de la pequeez humana.

En la falda de la gran montaa se eleva el santuario como un puerto de
paz y de esperanza.

La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto,
incendiando y destruyendo cuanto ha hallado  su paso; pero las ruinas,
que en todas partes son tristes, respiran all una augusta y
melanclica grandeza.

Adivnase sin trabajo lo que sera el santuario ntes que los soldados
franceses arrojasen en l las teas del incendio: yo vi aquellos
majestuosos restos  la melanclica luz de la luna, y me arrodill y
or, parecindome que  traves de las arruinadas paredes veia el
semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.

El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las
gruesas paredes de piedra.

Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas,
como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, 
bien como cautivas jvenes que buscan aire y sol.

Las fugitivas estn, sin embargo, cubiertas de campanillas blancas y
azules, como si quisieran llevar consigo en la partida todas sus joyas.

No podria, no sabria, Antonia mia, decirte, aunque quisiera, hasta qu
extremo me conmovi la vista de aquel verdor lujoso, de aquella loca
lozana entre lo triste y solitario de las sagradas ruinas.

Parecame oir sonoras carcajadas de alegra entre las notas de un canto
funeral.

Creia ver jvenes vestidas de rosa y blanco, entre una cohorte de
enlutadas y afligidas ancianas.

Pero  medida que rezaba el consuelo descendia  mi alma.

Pensaba en que Dios coloca siempre la alegra junto al dolor, y que
quiz sin aquella hiedra cubierta de flores, el espectculo hubiera
sido demasiado ttrico y desconsolador para mi alma.

En el ala de la derecha del santuario se halla la hospedera: los
monjes dan all la ms cristiana y cariosa hospitalidad: cada viajero
tiene su cuarto; algunos domsticos cuidan del aseo y servicio de las
habitaciones, y por la noche se ve  los religiosos, envueltos en sus
largos mantos negros, pasar por los claustros para informarse de si los
visitadores de aquellas santas soledades estn bien asistidos.

En la cima de una roca, que desde el camino parece inaccesible, est
situada la iglesia, servida por los monjes y por algunos nios de
familias pobres,  los cuales se les proporciona una educacion
religiosa y gratuita.

La comunidad de estos nios se llama _Escolana_, y su habitacion,
situada en el interior del Monasterio, tiene sobre la puerta un cuadro
encantador, que representa  la Vrgen cobijando bajo su manto 
algunos nios casi desnudos.

Enfrente de la iglesia se extienden cordilleras de montes inmensos,
cubiertos de flores y medio ocultos en las horas de la tarde, entre las
brumas que descienden del cielo hasta los picos ms elevados.

Para t cog un pequeo ramo de aquellas flores; ya las has visto, son
pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vrgen de las
montaas, y me parecen consagradas por su presencia.

La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados
y mrmoles con que tantos reyes y prncipes cristianos la enriquecieron
en el pasado siglo, han desaparecido: ahora est blanca y pobre, como
la casta Vrgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la
pureza y de la humildad.

En el altar mayor est la hermosa imgen: es muy morena, as como el
nio que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los
historiadores estn discordes acerca de la procedencia de esta imgen,
la opinion ms vlida y admitida asegura que es la misma que trajo 
Espaa el apstol San Pedro, obra de San Lcas, y escondida cuando la
invasion de los rabes en las peas de Monserrat por el godo Gregorio y
por Pedro, obispo de Barcelona.


                                  II.

Corria el ao del Seor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron
resplandores extraos en la montaa: era el anochecer de un sbado
cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia 
Gundemaro, obispo de Vich, pas con el clero y muchos fieles al lugar
de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, 
causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequea cueva cavada en
la roca, y dentro de ella una hermosa imgen de Mara, con el nio
Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala an hoy una fragancia
exquisita.

Tomla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion 
una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero  los pocos
pasos la sagrada imgen quedse inmvil y sin poder ninguna fuerza
humana separarla de aquel sitio.

En l, pues, se le edific una capilla, que poco despues se convirti
en monasterio de religiosas de la rden de San Benito, por disposicion
y voto del conde Vifredo, el _Velloso_, del cual fu abadesa su hija la
jven y bella Riquilda.

Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituy
monjes de San Benito, traidos del convento de Santa Mara de Ripoll,
por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que
no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.

No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de la
_Baranda de los monjes_, extensa galera,  la cual se pasa por el
interior del monasterio, y que est guardada por tres colosales
estatuas de religiosos.

Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del
monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre
cuyas calvas cabezas pasan los aos y las tempestades,  cuyos pis
vuelan las guilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que
entra tambien el terror.

Cunto pudieran decir aquellas heladas bocas, si un milagro del que
todo lo puede las abriera!

Cuntos imponentes espectculos habrn contemplado aquellos ojos sin
luz!

Ellos han visto subir al santuario  los Reyes Catlicos, con su hija
_Juana la Loca_;  la emperatriz Isabel, esposa de Crlos V;  Felipe
II, que estuvo en l cuatro veces;  sus hijas las infantas Catalina 
Isabel;  Felipe III;  Maximiliano II;  D. Juan de Austria;  Crlos
III;  Crlos IV;  Fernando VII y  Isabel II.

No pueden los lmites de una carta resear detenidamente  Monserrat;
muchas deberia dirigirte para ello; pero como quieres que te escriba
sobre otros asuntos, me contento con darte en este una ligera idea del
ms grande de todos los santuarios del mundo cristiano.

El fuego, como si fuera el eterno enemigo de las santas montaas, ha
vuelto  invadirlas hace algunos aos; t lo sabes tambien, pues la
prensa toda di cuenta de ese espantoso siniestro, que atribuyeron 
una mano aleve; ya los religiosos iban  sacar de la iglesia la sagrada
imgen para ponerla  salvo de las llamas: Barcelona entera, Manresa y
todas las poblaciones inmediatas, acudieron llenas de agona 
agruparse en la hora del peligro en derredor del palacio solitario de
Mara, y sus esfuerzos lograron felizmente extinguir el fuego.

Si hubo culpables Dios los perdone en su misericordia infinita! Ni t
ni yo sabemos llamar anatemas sobre las cabezas de los extraviados.

Adios, Antonia mia, te abrazo con el corazon.




                              LA MODESTIA.


                                   I.

No hay ninguna de las grandes virtudes que admiramos por las heroicas
acciones que producen, que tenga el encanto de esta dulce y cndida
virtud.

El valor, la generosidad, la abnegacion, el sacrificio llevado  sus
lmites ms elevados y ms sublimes, admiran: pero la modestia cautiva
y atrae con un poder indecible.

Como todas las virtudes suaves, sta es ms propia de la mujer que del
hombre, y ms necesaria en sta que en aqul.

La modestia tiene la belleza y el dulce aroma de las violetas: la
modestia, como estas flores, se oculta con ese suave  inimitable rubor
de la inocencia; pero su perfume la descubre, y hace que sean admirados
sus encantos y su gracia, hasta por los ms indiferentes.

La modestia es el mayor encanto de nuestro sexo, , mejor dicho, el
complemento de sus encantos; puede compararse  esos difanos y blancos
velos que las mujeres echan sobre su rostro para parecer ms bellas. Y
as como esos velos ocultan los leves defectos del semblante,
encubrindolos vagamente, y hacen resaltar todas las perfecciones de la
que los usa, del mismo modo la modestia disimula todos los defectos del
carcter y hace resaltar todas las bellas cualidades.

No hay falsa modestia.

La mujer que, sin poseerla, pretende hacer alarde de ella, no
conseguir ms que ponerse en ridculo. Porque la modestia es tan
suavemente humilde, que ni se apercibe de su propia belleza, ni se toma
el trabajo de mostrarse. Se la adivina, como  la violeta, por su
aroma. Se la busca, y, una vez encontrada, se la contempla con
arrobamiento y se la ama.

La modestia es dulcemente majestuosa; altiva con suavidad, amable y
encantadora, como todas aquellas prendas que tienen su base en la
excelencia y bondad del corazon.

Una mujer que no haga alarde de lo que vale es una cosa tan rara,  al
mnos se considera tan escasa, atendida la vanidad que se achaca 
nuestro sexo, que, con razon, se la contempla con admiracion y simpata.

Y sabeis lo que es simpata?

Es uno de los ms dulces lazos del gnero humano. Es el trmino que
separa el cario de la indiferencia. En las mujeres, as como en los
hombres, es el primer eslabon de la cadena de la amistad. Entre un
hombre y una mujer es el primero de la cadena del amor.

Los lazos de la simpata son fuertes y durables: son gratos,
expansivos, libres de toda sujecion, porque la simpata no nace de las
leyes del deber, ni nace de la gratitud, ni es esclava de las
exigencias de la sociedad.

La simpata es espontnea, brota en el corazon como brota una
madreselva en las tapias de un huerto  de un patio.

La simpata y la modestia jamas se separan, sobre todo en la mujer:
porque la simpata que sta inspira es casi siempre emanada  nacida de
su modestia.


                                  II.

La modestia tiene dos manifestaciones.

Modesta es la mujer que en su porte, en su traje y en sus modales,
conserva aquella dulce dignidad que le impide todo movimiento
indecoroso  poco conveniente.

Y modesta es la que ningun alarde hace de su mrito, la que le deja
adivinar  que se descubra slo por su propio brillo.

Sea cualquiera de estas dos formas la que tome la modestia, cautiva
siempre.

_La alabanza propia envilece_, ha dicho un sabio, y esto lo vemos
confirmado todos los dias.

El mrito de una persona, por grande que sea, es despreciado si sta
hace de l una ridcula ostentacion,  si mira con desden el de los
demas.

Y este desprecio hcia la altanera es inherente  la naturaleza humana.

Cada uno de los mortales tiene su dignidad, que es muy peligroso
hollar, y  falta de dignidad, existe en todos un sentimiento
invencible de amor propio.

Por eso las personas modestas son tan simpticas y tienen tantos amigos.

Aunque la simpata es espontnea, casi nunca es inmotivada, y una
persona dulce y modesta despertar muchas ms simpatas que una vana y
altanera.

 la mujer modesta se le concede mrito de buena voluntad, por lo mismo
que ella parece desconocerlo.

 la que exige homenajes se le niegan hasta las atenciones ms comunes,
porque, fuerza es confesarlo, en nuestro sexo predomina la envidia; y
por eso dije en otro captulo que la mujer que ha nacido privilegiada
por las dotes intelectuales, tiene que hacerse perdonar esta ventaja
por su dulzura y suavidad.

Lo mismo que dije tocante  la belleza intelectual, digo ahora respecto
de la hermosura fsica.

La que se envanece con ella, la que exige admiracion, ljos de
obtenerla, nicamente conseguir que se le niegue todo mrito;  si se
le concede, lo que es todava peor, que se la rebaje con alguna
calumnia, inventada por la envidia y la maledicencia.

La modestia es casi siempre un puerto seguro contra todos estos
peligros; porque la modestia es tan benignamente dulce y bella, que ni
exige homenajes ni ofende  nadie.


                                  III.

La modestia impone deberes, que quiz parecern muy arduos  las
jvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy
cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carcter de sus
hijas desde su ms tierna edad.

La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos,
los trajes cuya hechura exagerada d lugar  la crtica por llamar
excesivamente la atencion.

La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que
aconseja  la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en
pblico.

La modestia exige que toda jven ignore,  al mnos aparente ignorar,
todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.

Por ms que halague  una jven, por la viveza de su carcter, esa
reputacion de _chistosa_ que se concede  otras, debe preferir la de
_modesta_.

Confundir la _gracia_ con el _chiste_ es un error lamentable. La
_gracia_ es inseparable de la modestia. El _chiste_ sienta bien algunas
veces al hombre, pero jamas  la mujer, porque es consecuencia de la
desenvoltura.

He visto muy de cerca  algunas jvenes, que apnas habian salido de la
infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes
en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.

Aquellas licencias iban creciendo poco  poco mucho ms de lo
conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:

--Qu chistes tan oportunos! Qu sal!

Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura
repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta
de pudor y de delicadeza.

Cmo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?

Quiz, sin ms faltas que sus _chistes_ y su _sal_, han perdido su
reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su
maledicencia,  blanco de sus _chispeantes_ burlas.

La que ansa la reputacion de chistosa ser muy fcil que adquiera la
de maldiciente, porque de la stira  la murmuracion es tan rpido el
declive, que no basta la dbil inteligencia de la mujer para que la
conduzca por l sin despearla.

La madre que ambicione la felicidad de su hija, hgale entender, desde
que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer
modesta que por mujer vivaz y chistosa.  estas ltimas se las teme.
Las primeras son casi siempre simpticas , al mnos, se juzgan
inofensivas.

La modestia llegar  serles natural si la buena educacion les hace
comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace
con la criatura, no lo es mnos que sta pueda adquirirla aunque haya
nacido destituida de ella.

Si  una nia en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use,
se le afean aconsejndole otros ms dulces y templados, es indudable
que dejar los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le
ensea  hablar poco y oportunamente,  no criticar  nadie y  cuidar
de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlar sin tino
cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si
se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la
modestia en fin, no har alarde de descaro ni de chistes poco
convenientes en su edad. Por ltimo, si se conserva en su alma esa flor
delicada que se llama pudor, no la veris nunca con la mirada oblcua
de la hipocresa, ni con esa otra descocada que vende el fatal _qu se
me da  m?_, cncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.


                                  IV.

La verdadera gracia, la gentil coquetera, la distincion en los modales
son inseparables de la modestia, y por lo tanto, la mujer ms
destituida de atractivos personales puede ser encantadora si es modesta.

Pocas, muy pocas nacen completamente hermosas, y as la mujer debe
buscar todo aquello que realza sus gracias personales; porque esto,
ljos de ser una falta, es un homenaje  la Providencia, puesto que se
manifiesta estimacion hcia las ventajas y los dones que nos ha
concedido.

La exageracion en el traje y en el peinado casi nunca sienta bien, sea
cualquiera la figura y facciones de la que la use.

La modestia impide que llamemos la atencion, y por eso evita casi
siempre el ridculo.

El buen gusto no es el uso de los adornos pomposos, de los colores
fuertes, de las formas extraordinarias en los vestidos; por el
contrario, en el tocado y adorno de una mujer de buen gusto preside
casi siempre una gran sencillez, y la sencillez es uno de los preceptos
de la modestia.

Ademas, la modestia no slo se acomoda  todas las fortunas, sino que
embellece las posiciones ms medianas.

El lujo de los pobres es la limpieza, como dijo el malogrado Su.

Si  una limpieza exquisita se reune el buen gusto y esa coquetera
propia del hogar domstico y necesaria en la mujer, sta se har
admirar en todas partes.

Vosotras, madres respetables, que por la mediana  escasez de vuestra
fortuna sufrs tanto con las privaciones de vuestras hijas; vosotras
que, al contemplar con orgullo su belleza, llorais de sentimiento por
no poder adornarla segun vuestro deseo; creedme, si son modestas y
virtuosas, vuestras hijas alcanzarn ms simpatas con su sencillez que
las opulentas damas que carecen de esta amable cualidad.

El mundo, es verdad, rinde vasallaje  la opulencia, pero slo rinde
culto  la virtud; aplaude los talentos brillantes, el fausto, todo
aquello, en fin, que deslumbra; pero al mismo tiempo trata de empaar
esos talentos con los tiros de la envidia.

nicamente ama y estima verdaderamente  la modestia, porque la
modestia es la base de muchas virtudes; y semejante  una perfumada
diadema que adorna una cabeza herida, recrea con su celestial aroma 
la sociedad, encubriendo los defectos de quien la posee.




                                 LA FE.


                                   I.

Si hay alguna cosa que disculpe en la mujer el atrevimiento de escribir
para el pblico, es sin duda la buena intencion con que debe hacerlo.

Y no creais, lectoras mias, que yo considero una culpa en mi sexo el
dedicarse  las tareas literarias: si abrigase esta persuasion, no
escribiria.

Vale ms,  mi modo de ver, llevar la frente erguida, aunque desnuda de
coronas, que inclinada con sonrojo, aunque ceida de laureles.

La mujer cuando escribe debe hacerlo guiada por una buena intencion, no
para disculpar una falta, sino para excusar un atrevimiento; que tal
considero el exponer al pblico los sentimientos del alma.

Yo soy la primera en conceder que la mujer debe concretar su talento y
su poesa al cuidado de su casa y al embellecimiento de la existencia
de su esposo y de sus hijos.

Pero si nace alguna con tan rico caudal de imaginacion y actividad que
le sobre an despues de emplear el que requiere el cumplimiento de sus
deberes; si su corazon, demasiado amante,  su imaginacion viva,  su
juventud, demasiado solitaria, necesitan mayor pasto que la
generalidad, por qu ha de privrsele de un desahogo  distraccion que
 nadie ofende y que puede ensear algo  servir de algun consuelo 
las demas mujeres?

Y no creais tampoco que la palabra _ensear_ encierra gigantescas y
ridculas pretensiones; que muy provechosas lecciones puede dar una
mujer sin ms que tener corazon,  aquellas criaturas que le tienen
dormido por su naturaleza, desgarrado por la desgracia  endurecido por
el desengao.

Yo aspiro  probar si s ensear  creer en este artculo, porque creer
es uno de los mayores beneficios de la vida.

Y no obstante, para ensear  creer se requiere tan slo no carecer de
fe, de esa fe que tiene por morada una alma tierna y un corazon sano;
se necesita haber sufrido y haber llorado, pues slo en el dolor es
cuando nuestro corazon busca un consuelo ms elevado que los que
podemos hallar en el mundo.

En la alegra olvidamos  Dios; el primer grito de nuestra pena es ste:

--Piedad, Dios mio!


                                  II.

La fe! Bendita sea!

Esta hermosa hija del cielo nos hace mucho bien para que no la acojamos
con amor en nuestro corazon.

Sin ella no habria en el mundo sentimiento alguno bueno ni honrado, ni
un mundo habria.

La fe es el orgen del amor de los esposos; del cario de los hermanos;
de la pasion de los amantes; de la tierna simpata  que damos el
nombre de amistad.

La fe nos ofrece una vida de eterna ventura, y hasta alcanzarla nos da
valor para sufrir las penas de este valle de lgrimas.

La fe ha llenado de santos mrtires el cielo y de santas vrgenes los
conventos del mundo.

La fe es la luz pursima que ilumina las almas; el rayo de sol que
alumbra la noche tenebrosa de la duda.


                                  III.

H aqu lo que dice Eugenio Pelletan en su _Profesion de fe del siglo_
XIX:

El hombre necesita creer, porque ha nacido inteligente; creer es el
medio de ser para su espritu; su espritu vive nicamente creyendo, y
ademas porque, habiendo nacido libre, tiene, en virtud de esta
libertad, una parte de accion en su destino. Debe, pues, conocer,
aunque sea en parte, ese destino para arreglar  l su conducta. De
aqu la necesidad de una creencia. Quin eres? Por qu existes? De
dnde vienes? A dnde vas? H aqu el enigma que, desde Job  Prometeo
y desde Prometeo hasta Fausto, la humanidad est contnuamente
resolviendo.

Pero qu garanta tiene el hombre de poder encontrar su solucion? Una
sola, podemos responder, y le basta; el deseo que tiene de hallarla. El
afan de buscar no es en nuestra alma ms que la anticipacion de la
verdad. La soberana armona no se engaa  s misma: no ha dado la
aspiracion  nuestra alma como el cebo de un engao. Por todas partes
donde ha puesto la sed, ha puesto al lado la fuente. Quin puede
admitir un momento que Dios seala la verdad al presentimiento para
escondrsela  la razon? Entnces no sera Dios, sera su propio
ments. Habria encendido en nosotros un deseo que sera un suplicio;
hubiera hecho de nuestro ms sublime instinto, un infierno. Semejante
hiptesis es impa, no merece ni un la refutacion. Decirla es
refutarla.

Vosotros, los que afectais no creer en nada para correr desenfrenados
de extravo en extravo; vosotros, los que no quereis dique alguno para
vuestras pasiones; vosotros, seres  quienes el mundo llama en su culto
lenguaje _despreocupados_, no podris mnos de convenir en el fondo de
vuestra alma, en que Eugenio Pelletan tiene razon; porque todos,
hastiados de los vacos goces de la vida, habris buscado _un ms all_
en vuestro destino.

Qu os ha contestado entnces vuestra razon oscurecida por las nieblas
de los goces materiales?

Qu os ha respondido vuestra conciencia, ese juez invisible, pero
rgido y severo?

Es bien seguro que vuestra razon ofuscada y vuestra fuerte conciencia
han batallado encarnizadas en el fondo mismo de vuestras almas; mas si
ha quedado la victoria por la primera, si esa razon extraviada os ha
dicho que no hay nada ms all de este mundo, qu os queda?

Sois acaso felices con los goces que l os proporciona?

La grandeza de vuestro espritu no se abate hasta desear la muerte y
el _no ser_?

No teme entnces vuestro cuerpo entrar en la tumba para volverse polvo?

No se empea otra lucha nueva entre el espritu y la materia; aqul
anhelando dejar un mundo donde no cabe; sta, aferrndose  un mundo
que le halaga ms que la nada del sepulcro?

Desdichados, que no teneis fe! Vuestra breve y emponzoada existencia
slo puede ser una cadena de dolores!

Quin os consuela cuando la muerte os arrebata el padre, la esposa 
el hijo?

Adnde volveis los ojos turbios de dolor?

A los que quedan? Ay! Estos han de morir tambien!

A sus sepulcros? Sus losas nada os dirn: slo guardan elocuentes
frases para los ojos del alma!

Los que creen en su inmortalidad acuden  postrarse ante las tumbas, y
ven en el rayo del sol  de la luna, que va  quebrarse en ellas, el
alma que amaron y que ha descendido del cielo, para que consuele la
suya.


                                  IV.

La fe tiene tiernas supersticiones que consuelan.

Las flores que brotan en la sepultura de un nio despiden para su madre
un reflejo de la risa de aquella criatura,  quien tanto am.

En su perfume cree aspirar el hlito del sr que vol desde su regazo
al cielo.

Cree ver en su blancura la imgen de la frente pursima en que tantas
veces apoy sus labios.

Y el murmullo de los cipreses del cementerio es,  sus oidos, la voz de
su hijo que canta dulcemente en su tumba.

El amor es la poesa de la religion: la fe es su beneficio.

Los pueblos ms poticos son los que ms fe tienen: ved  los
musulmanes adorando  _Al_:  los indios llamando al _Grande
Espritu_; ved  las jvenes del Missisip colgando entre las ramas de
los almendros en flor las cunas en que yacen los cadveres de sus
hijos, porque dicen que sus almas suben al cielo entre el aroma de las
flores.

Los ms crueles perseguidores de los cristianos, Diocleciano, Galerio y
Maximiliano Hercleo, tenian fe en sus dioses, fe idlatra y fantica,
pero grande y poderosa, pues alcanzaba  ahogar todos los instintos del
hombre, todas sus afecciones: nadie ignora que se vieron prefectos y
emperadores que sacrificaron  su fe hasta sus propios hijos.

A qu deidad sacrificais vosotros, ateos de nuestro siglo?

A quin rends culto?

Los persas, que adoraban  un elefante y le servian de rodillas, son
para m ms comprensibles que vosotros.

Los druidas, que consagraban sus vrgenes al culto de la luna, son ms
simpticos  mi corazon.

Las legiones romanas, que tremolaban los estandartes de Marte y de
Belona, son ms valerosas.

Los gentiles, que atribuian  Orfeo una lira divina,  Diana un amor
contemplativo y melanclico,  Jpiter una justicia inmutable, y que
esperaban en los campos Elseos, tienen para m un espritu ms elevado
que vosotros.

Porque vosotros nada creeis, y por consiguiente, nada esperais.

Abominando del mundo, no quereis dejarle, porque nada veis ms all que
os compense los mezquinos placeres que os ofrece.

Gastais prematuramente el cuerpo en los desrdenes, y no veis en la
celeste techumbre esa bendita palabra que el Eterno escribe con
estrellas: GLORIA!

Es indudable que teneis un alma, puesto que vuestro cuerpo est
animado: es forzoso que el alma busque una creencia, como dice
Pelletan: pero rechazais la sed de encontrarla.

El que dot de alma al hombre; el que puso en ella instintos de gloria
y de ambicion; el que form su corazon para el amor, es un sr grande y
benfico, y este sr, todo verdad y grandeza, no debe decir en vano al
hombre: _Cree y espera en m!_


                                   V.

No hay ms que un escudo para los golpes del infortunio: la fe.

Ved  la madre que pierde al hijo nico que era todo su amor; vedla
velar su agona, cerrar sus ojos y depositarle en su sepulcro; la fe le
presta resignacion y esperanza de encontrarle en un mundo ms dichoso,
para no separarse ya de l en toda la eternidad.

Ved  la hermosa jven que encierra en un claustro, los dias ms bellos
de su juventud; la fe hace que desee otro esposo mejor que los que el
mundo le ofrece.

Ved  la hermana de la caridad, ese tipo de la abnegacion y del
heroismo; la fe la sostiene en sus fatigas y en sus penosos deberes:
quin, sino la fe, podia obligarla  sacrificar su existencia al
alivio de la humanidad doliente?

No, no hay un solo sufrimiento, por hondo que sea, por incurable que
parezca, que no sea sanado  endulzado por la fe.

La prueba ms eficaz que tenemos de lo que alcanza la fe, la que ms
debe convencer al que no se obstine en cerrar completamente los ojos
del alma  la luz que pueda disipar las tinieblas que la oscurecen, 
la reflexion que basta  enfrenar las pasiones que la emponzoan: el
ms sublime ejemplo de la grandeza de nuestra religion, es el de la
constancia que los primeros mrtires del cristianismo han ofrecido 
los siglos venideros.

Ah teneis  Santa Ines, nia de trece aos  hija de padres gentiles,
convertidos por ella, que muere sonriendo, degollada brbaramente  los
pis del prefecto Trtulo.

Ah teneis  Santa Cecilia, doncella de diez y seis abriles, ciega y
mendiga, que espira  la primera vuelta de las ruedas del potro, sin
angustias, sin dolores, y cantando dulcemente.

Ah teneis  San Pancracio, jven de diez y ocho aos, que muere en el
anfiteatro de Roma al clavarse en su garganta las garras de una
pantera, y que deja la vida, sonriendo al tribuno Sebastian, que pronto
debe tambien seguirle en el martirio.

Ah teneis al mismo Sebastian, que espira oscuramente asaeteado, sin
testigos, en el parque de Adnis.

Ah teneis  la santa nia Emerenciana, que muere  pedradas, mintras
ora en las catacumbas.

Ah teneis, en fin,  San Casiano, que rinde el postrer aliento  manos
de sus discpulos en la misma escuela que regenta, y sin dejar escapar
una queja, sin dejar de cantar las alabanzas del Eterno.

Quin, sino la fe, pudo dar tal fortaleza  los nios y  los ancianos?

Quin estanc el llanto de las madres?

Quin di regocijo  los padres por la muerte de sus hijos?

Slo ese sagrado fanal que alumbra los ojos del alma para que crea en
otra vida mejor.

Slo la fe obra tan admirables prodigios.

Slo la fe pone dulces sonrisas en los labios de los que padecen.


                                  VI.

La fe es tan consoladora como benfica.

Ella nos hace confiar en todos cuantos nos rodean, nos hace ver en toda
su grandeza el cario de los padres, nos hace creer en la fidelidad, en
la nobleza, en el amor, porque la fe est rodeada de una crte de
hermosas criaturas, que se llaman _creencias_.

Estos seres tienen alas como los ngeles, y cuando hay algun mortal tan
desgraciado que despide  la fe de su alma, la fe vuela al cielo
seguida de sus aladas  inocentes compaeras.

Dios mismo, al bajar al mundo para hacerse hombre y morir por nosotros,
trajo consigo  la fe.

Ella cur  los tullidos, di vista  los ciegos, habla  los mudos y
alimento  los hambrientos, y un en nuestros dias pudiramos ver
muchos milagros operados por la fe.

La fe est siempre entre nosotros sin pedirnos recompensa, y  veces
sin que la conozcamos.

La fe con que ama un hombre, triunfa casi siempre de la inconstancia de
su amada.

La fe en el estudio, vence las dificultades que ste ofrece  una
inteligencia limitada.

La fe en el talento, abre al que la abriga un porvenir ms  mnos
lisonjero, ms  mnos lejano; pero siempre consolador.

La fe en la ciencia del mdico, cura  muchos enfermos de sus dolencias.

Y hasta la fe en los principios polticos ha sido provechosa, pues si
bien ha hecho infinitas vctimas, stas han espirado con la sonrisa en
los labios como los mrtires del cristianismo,  arrastran una vida de
privaciones y destierro, pacientes y resignadas.

No despidais, pues,  la fe.

Los que no la abrigueis en vuestras almas, llamadla presurosos, porque
no podeis elegir compaera ms benfica y generosa.

La negra discordia huye, bramando de furor, de la mansion que ocupa.

La desesperacion no hinca jamas su rabioso diente en el seno que la
cobija, porque la fe le defiende valerosamente de sus ataques, y hasta
acompaa al sepulcro al que la ama y la abriga.




                             LA ESPERANZA.

                                      El sepulcro de la ltima esperanza
                                      es la cuna del suicidio.

                                                                   L. V.


                                   I.

La esperanza es hermana de la fe.

Quien no abriga la fe en su corazon, no puede ser consolado por la
esperanza.

Nada son, nada valen, ni para nada sirven las esperanzas que hace
brotar la ambicion.

La esperanza, si no va sostenida por su madre la Religion y por su
hermana la fe, es tan dbil que muere al nacer.

Las ilusiones toman con frecuencia el manto de la esperanza; le dividen
en pedazos, se cubren con ellos y van  visitar las cabezas enfermizas
y los corazones estragados de los mortales.

stos las confunden con la esperanza; las acogen con amor, las
acarician, las abrigan, y las prfidas, despues de haber saciado su sed
en la savia de su cerebro, huyen rindose descompasadamente, y dejando
las ms espantosas tinieblas en el espritu dbil que las acogi.

--Por qu la esperanza se deja robar y desgarrar su hermoso manto? me
preguntaris acaso.

Y yo os contestar:

--La esperanza deja sonriendo que las ilusiones se apoderen de l, y al
mirarlas volar sobre la tierra, exclama satisfecha:

--Corto ser vuestro reinado: el mio es ms hermoso y duradero, pues
cuando abandonais  los mseros mortales desengaados y abatidos,  m
toca volar  reanimarlos y  prestarles consuelo. Vuestra mision es
herir, la mia curar las heridas que haceis.

Y en efecto, vedla al lado de todos los dolores de la vida.

Vedla sentada junto al que llora, reclinada en el lecho del moribundo.

Vedla velar las tumbas de los muertos.

Vedla, en fin, hasta en el cadalso, mostrando el cielo con su blanca
mano al delincuente que espira arrepentido.


                                  II.

Si el mundo llamase  la religion y  la fe; si no desdease la
benfica influencia con que constantemente stas le brindan, la
esperanza haria fecundos  tantos genios como se agostan con el soplo
amargo del escepticismo: habria ms gloria, poder y felicidad; no
abortarian tantas empresas, grandes en su concepcion, porque no serian
mezquinas en sus medios, y Dios no dejaria caer su mano airada sobre
nuestras cabezas.

La esperanza es la que gua todos nuestros pasos en el sendero del
bien; la madre sufre todos sus dolores, todas sus penas, no por el
egoismo que encierra la idea de que sus hijos le paguen en la
ancianidad cuanto por ellos sufri, sino alentada por la _esperanza_
generosa de contemplarlos un dia fuertes, virtuosos y felices.

El soldado arrostra los peligros del combate, porque la _esperanza_ le
ensea  lo ljos una corona de inmortal laurel.

El marino reza en la tempestad  la Reina del cielo, porque tiene su
_esperanza_ cifrada en tan cariosa y compasiva seora.

 m me conoce y ama como una amiga.

La tengo sentada frente  m, en mi mesa de escritorio.

La encuentro en el templo, apoyada junto al altar.

La veo en mis largos y solitarios paseos mecerse en las ramas de los
rboles.

La oigo en la campia cantar con los pjaros.

 su risa brotan en Mayo las flores de mis balcones.

 su arrullo me duermo.

 su dulce llamamiento me despierto.

Ella cort hoy mi pobre pluma para escribir estas lneas.

Ella hace veloces y alegres las horas de mi trabajo.

Ella, en fin, es mi mejor amiga.

Los pesares del corazon, los sinsabores del alma, los amaos de la
sociedad, las intrigas del poder, las injusticias de los hombres, los
desengaos del mundo, las decepciones ms amargas, los dolores ms
hondos, todo lo alivia la blanda sonrisa de la esperanza.

El desgraciado sufre sus dolores con paciencia, porque la _esperanza_
le promete el alivio de ellos en la tierra,  el precio de su
resignacion en un mundo mejor.

El mrtir soporta heroicamente sus tormentos, porque _espera_ el cielo
que la fe le descubre.

El poeta pasa sus breves dias con la cabeza abrasada, sus noches sin
sueo, y sus amargos desengaos, _esperando_ conquistarse un glorioso
renombre, que le compense de todas sus fatigas.

Mas ay! todas estas esperanzas se convierten en vanas ilusiones, si la
religion y la fe no las sostienen.

Oid  Alfonso de Lamartine en sus _Meditaciones_, en ese libro,
consuelo de los corazones heridos, encanto de las almas tiernas y
blsamo de la amargura del desengao: oidle, y si yo no os inspiro gran
fe al rogaros que _espereis_, tenedla al mnos en el gran poeta, cuya
inteligencia parece haber sido iluminada por el mismo Dios.

Almbrate con la antorcha de la esperanza hasta en las sombras mismas
de tu muerte, seguro de que la Providencia no tiende lazo alguno  tus
pasos; cada aurora la justifica; el universo entero se fia de ella;
slo al hombre ha ofrecido dudas; pero su venganza paternal confundir
la duda infiel en el abismo de su bondad.

S; no hay duda que la bondad suprema no confunda en el abismo de su
misericordia sin lmites. No hay vacilacion en un alma pura, que no sea
sostenida por la fe  iluminada por la esperanza.

Amantes y virtuosas madres! Vosotras, que sois los nicos seres para
quienes mi voz puede tener algun poder, ensead  vuestros hijos, desde
el momento en que su inteligencia pueda comprenderos,  _creer_, 
_esperar_ y _amar_!

Hacedles ver que toda la ciencia de los mortales debe circunscribirse 
este crculo, tan estrecho pero tan fcil, y que nicamente la fe y la
esperanza pueden labrar su dicha en esta vida, y conquistar el reino
eterno que Dios nos tiene prometido.




                           EL T Y EL USTED.


                                   I.

Hace algunos aos le en un peridico unas lneas, que me inspiraron
este artculo: aquellos renglones eran los siguientes:

La ms completa confusion deja conocer apnas quines son superiores,
quines inferiores, cules los padres, cules los hijos, pues una
_igualdad_ homicida y vergonzosa los ha confundido enteramente.

Desde entnces, como digo, pens en este artculo, pues creo que de esa
_igualdad_ que se advierte en algunas familias, no tiene la culpa el
_t_, tan amante y confiado, que los hijos emplean con sus padres: otra
base ms perjudicial tendr esa _igualdad_, tan culpable para toda
persona sensata, y de ella deberia castigarse  los padres, no por
consentir el que sus hijos les llamen de _t_, sino por no saber
guardar su lugar y su decoro.

Yo me honro con la amistad de infinitas familias en las que hablan de
t los hijos  los padres, y, sin embargo, al primer golpe de vista se
conoce cules son los padres por las distinciones, los cuidados y la
ternura de que se les rodea.

Qu espectculo es ms dulce?; el que ofrece un nio que se abraza
confiadamente  su padre y le dice al oido estas palabras: pap,
quieres que no me vaya todava  acostar?,  el que presenta una
criatura que  diez pasos de su padre murmura estas palabras: quiere
usted que me est aqu un poco ms?

Fcil ser decirlo, si se observan los semblantes de los dos; el del
primero revela la dicha y el bienestar; su mirada es leal y franca: el
del segundo retrata un temor servil; su mirada oblcua examina 
hurtadillas el rostro de su padre, que no se atreve  mirar de frente.

Y, sin embargo, aquel nio que llama de _t_  su padre, como  su
mejor amigo, es probable que sea con l ms tierno, amante y atento que
el que le llama de _usted_; los padres han sido colocados por Dios
mismo en un pedestal tan elevado, que slo pueden descender de l por
culpa suya. Si un padre comprende el sublime destino que le ha sido
conferido; si le comprende y le estima lo bastante para guardar su
propio decoro y no cometer nunca ninguna accion reprensible, sus hijos
le respetarn siempre, aunque slo sea por ese instinto que Dios mismo
ha colocado en el corazon humano, por esa necesidad que todos tenemos
de vivir sujetos  una naturaleza superior: la libertad absoluta es un
dn tan fatal, que no se hace amar de nadie.

Y no se crea que yo condeno el _usted_ por la sola razon de la
antipata que me inspira, y que manifest en una nota que coloqu al
frente de mi primera novela; yo reconozco que ese tratamiento es el
propio de la poca prosaica y materializada en que vivimos; pero ya que
en la sociedad se emplea, ya que es lenguaje usual entre personas
indiferentes y un enemigas, permtasenos no usarle con las personas
que amamos.


                                  II.

El _usted_ ha sido desterrado del seno de la amistad, porque coarta la
confianza, y contiene, ntes de que suban  los labios, las ms dulces
expansiones del corazon; por qu, pues, se ha de condenar el que se
vaya desterrando poco  poco tambien entre padres  hijos? Hay acaso
un amigo mejor y ms sincero para un jven, que su propio padre? Hay
alguno que ms se desvele por su bien? Hay alguno  quien deba amar
con ms tierno exclusivismo?

Gentes hay cuyo tipo ha descrito con inimitable maestra el ilustre
Fernan Caballero, en su bella _Gaviota_. El general Santa Mara,
colocado all  propsito para formar contraste con una dama romntica
y sujeta  todos los caprichos de la moda, es un hombre enemigo
acrrimo de esta inconstante deidad, que asienta como principio
infalible que nada de lo que de ella proviene es bueno: en nuestros
dias existen an algunas gentes as, sin querer comprender que hay
algunas innovaciones tiles y saludables, y yo creo que de esta clase
es el tratamiento de _t_ entre los padres y los hijos.

Jvenes de ambos sexos he visto, de esos cuyos padres hacen alarde de
ser _chapeados  la antigua_, que escudados con el _usted_ contestan 
los autores de sus dias una desvergenza de ms volmen que las que
algunos de los que les hablan de _t_, se atreverian  decir  sus
criados: y esto no es extrao, esos padres no educan  sus hijos ni
para el cario ni para el respeto; los educan para el miedo, y el dia
que su carcter pierde algo de la fuerza que les prestaba la edad, sus
hijos sacuden el yugo que les era tan pesado y abrumador.

Todo respeto, toda consideracion en el mundo estn basados en el valor
del que los inspira: amamos  Dios porque tenemos su imgen enclavada
en una cruz y espirando entre tormentos sin ejemplo para redimirnos: le
amamos porque sabemos que  su bondad debemos la vida, el alimento y
todos cuantos goces y placeres disfrutamos; le respetamos porque nada
reconocemos ms grande, ms poderoso que l; sean, pues, los padres,
que son su imgen en la tierra, una imgen viva de su proteccion y de
su amor: sean grandes, nobles, apasionados para sus hijos, mostrndoles
en cuantas ocasiones les sea posible, su nobleza y su amor, y estos
hijos les pagarn su cario con usura, porque la juventud es tierna; se
confiarn  ellos porque los reconocern superiores; buscarn su
consejo y les contarn sus dolores, seguros de que los han de
comprender, consolar y guiar por la senda del bien.

Estos padres justos no son nunca dbiles; sus castigos aplicados con
oportunidad y energa, son ms temibles que por su rigor, porque privan
de la amistad del que los impone por algun tiempo; un padre bueno,
recto y carioso hace igualmente buenos  sus hijos, y stos besan
sumisos la mano fuerte y protectora que sujeta las riendas de su vida y
les evita el hundirse en la sima sin fondo del mal.


                                  III.

--Jamas olvidar, me decia no hace mucho un hombre muy digno, jamas
olvidar lo que sinti mi corazon una noche que contando apnas catorce
aos, fu al cuarto de mi padre para confiarle una falta, cuyo peso me
abrumaba.

--Qu tienes, me dijo, que ests plido, hijo mio?

--Padre, respond yo bajando la cabeza, vengo  decirte que he
levantado la mano  mi hermana.

Mi padre se irgui, y sus grandes y poderosos ojos centellearon; pero
bien pronto se apag aquella luz fugitiva, desprendindose de ellos
algunas lgrimas.

--Si yo te diese ahora un golpe con toda mi fuerza, sera un cobarde,
no es verdad, Fernando? me pregunt.

--No, padre mio; tienes el derecho de hacerlo.

--El fuerte no tiene ningun derecho para maltratar al dbil; un golpe
mio te aplastaria, porque eres dbil como una doncella; lugo yo sera
un cobarde, y ademas padre brbaro y cruel.

Yo guard silencio.

--Fernando, continu mi padre, tu eres un cobarde; has pegado  tu
hermana, que cuenta dos aos mnos que t, y que es mujer.

El orgullo herido visti mi frente de una ardiente prpura; pero
devor mi ultraje y call.

--Vas  pedir perdon  tu hermana, continu mi padre; y lugo, hijo
mio, para rehabilitarte  tus propios ojos, pasars cuatro dias en tu
cuarto, sin salir ni un para comer.

Yo, por mi parte, continu abrazndome, te he perdonado ya, desde el
momento en que depositaste en m tu confianza; nunca llama en vano un
buen hijo al corazon de su padre.

El mio, prosigui mi amigo, se aneg en ternura al sentirme acariciado
por el que me podia castigar severamente; las lgrimas que veia correr
por las mejillas de mi padre hicieron brotar dos raudales de mis ojos:
aquel hombre, cuyo valor era proverbial, cuya probidad acataban todos,
y  quien yo veia cercado siempre de tanto respeto, se convirti desde
aquel instante para m en mi nico amigo y supo captarse mi confianza
hasta el extremo de ir yo  revelarle todos mis proyectos de
diversiones y amores, pudiendo confesar hoy con orgullo, que  la
amistad de mi padre debo el haber evitado todos los precipicios de que
la juventud est rodeada.

Este hombre, que, como se puede suponer, sigue con sus hijos el ejemplo
de su padre, no ha enseado  stos  llamarle de _usted_, porque est
convencido de que este tratamiento que l rechaza con sus amigos, no
debe colocarse como una barrera entre la amistad que l y sus hijos se
profesan.


                                  IV.

Nada hay ms grande, ms sublime, ms poderoso que Dios: y sin embargo,
l nos ha mandado llamarle de _t_ en las oraciones que ha hecho con
sus ngeles y que por boca de stos y de sus apstoles nos ha
trasmitido para implorarle y darle gracias: _Padre nuestro que ests en
los cielos_, dice el cristiano cada dia: _llena eres de gracia_,
pronuncia al saludar  Mara con el ngel; entre Dios y sus hijos no se
conoce el _usted_, y sera una burla sacrlega  impa emplearle con el
Criador y su divina y amantsima Madre.

Padres, que sois la imgen del Criador en la tierra! Madres, que
habeis recibido de la Madre comun de nuestro sexo el ejemplo de la ms
santa y heroica ternura! Si sois buenos  irrepensibles, no necesitais
de nada ms para inspirarles respeto, porque la tierna niez, la pura
adolescencia, aman la virtud y respetan la dignidad: mas si por
desgracia se encuentra entre ellos alguno cuya ndole indmita necesita
de rigor, usadlo  su tiempo, seguros de que, si es oportuno, os
considerarn siempre como sus mejores amigos, y revestidos ademas por
Dios de un poder semejante al suyo, que os permite castigarles y
premiarles en este mundo; que vuestro amor vaya acompaado de dignidad,
y que hallen siempre vuestro seno preparado  recibir su cabeza
culpable, y vuestra mano armada del castigo que ha de rehabilitarles;
de este modo oiris siempre en torno vuestro estas dulces y
consoladoras palabras, que tanto bien hacen al corazon, que son la
nica ventura positiva de la tierra:

--Padre mio! Madre mia! Qu buenos sois! Yo os amo ms que  todas
las cosas del mundo!




                              LA AMISTAD.


                                   I.

Con tanto asombro como pena he oido  algunas mujeres quejarse de que
no existe la amistad, y de que han sufrido ya muchas decepciones, lo
que dicho por bocas jvenes y sonrosadas me ha parecido increible, 
por lo mnos muy dudoso; creo ms bien que estas mujeres comprenden mal
la amistad, y la exigen ms de lo que puede dar, queriendo que se eleve
 la categora del ms sublime heroismo.

Y es por cierto un error bien lamentable que, as en amistad como en
amor, queramos siempre recibir y no dar; deseemos abnegacion constante
y no demos en cambio tolerancia y prudencia.

Si para conceder nuestra amistad esperamos encontrar una persona
perfecta, jamas tendrmos amigos. Ningun mortal est exento de
defectos; slo se debe, pues, procurar que los seres  quienes amemos
tengan los mnos posibles, y que sean de tal naturaleza que podamos
soportarlos sin menoscabo de nuestra dignidad.

Una seora me di no hace muchos dias, al oirme hablar as, la
siguiente lgica contestacion:

--No hay necesidad de soportar las faltas ajenas por amistad solamente:
amigos que hagan padecer no son convenientes, y mejor se est uno solo
en su casa, que sufriendo las impertinencias de los ms.

--Mas qu nos queda, repuse, si despreciamos las simpatas del alma,
si desairamos las bellas prendas que posee una persona, slo porque se
le reconoce algun defecto?

--Nos queda el estar tranquilos, y el pasar la vida con las menores
penas posibles.

--Ah, seora! exclam; nos queda slo el egoismo, y el egoismo no ha
hecho jamas la dicha de nadie; no se queje V. de que no hay amistad en
la tierra, puesto que nada quiere hacer por ella!


                                  II.

La historia guarda en sus pginas la memoria de dos mujeres, que toda
su vida estuvieron unidas por la amistad ms tierna y ms pura: Isabel
Wolf y Agata Deken, fundadoras de la novela en Holanda, cultivaron
juntas las letras, juntas escribieron, y vivieron juntas desde que la
viudez de la primera la dej sola en el mundo: esta union fu tanto ms
admirable, cuanto que  las rivalidades femeniles podrian unirse las
literarias, y la emulacion que stas llevan siempre consigo; pero ljos
de ser as, vivieron siempre unidas con la ms cariosa amistad, y la
vida arreglada, piadosa, ejemplar que llevaban, les conquistaron el
afecto universal,  la vez que una admiracion verdadera por las obras
de su ingenio.

El dia 5 de Noviembre de 1804 muri Isabel, y Agata no pudo
sobrevivirla ms que nueve dias: anciana y aislada en la tierra, pues
habia perdido  su esposo y  sus hijos, Agata mir la muerte como el
ltimo de los beneficios que Dios podia enviarle, y di, muriendo,  su
amiga la postrera y tierna prueba del dulce y profundo afecto que las
habia unido, tan raro entre dos mujeres, y quiz nico entre dos
mujeres escritoras.

Algun tiempo despues la sociedad de Ciencias y Artes de Amsterdam,
queriendo tributar un homenaje pblico  sus virtudes y talentos, honr
la memoria de las dos amigas, celebrando unos magnficos funerales, 
los cuales asistieron cuantas personas distinguidas en todo gnero
residian en aquella gran ciudad.

Es de suponer que entre estas dos seoras habria algunas desigualdades
de carcter, algunas disidencias de gustos  inclinaciones; pero es de
suponer tambien que una  otra se dispensarian, tolerndose mtuamente
sus defectos, en gracia de sus buenas cualidades.


                                  III.

Nunca se deben confiar  otra persona ni pensamientos, ni sentimientos,
hasta estar bien segura de que los puede comprender, ni jamas debe dar
el dulce ttulo de amiga una mujer ms que  la que ha dado muestras de
merecerlo: hay penas y alegras que no deben dividirse con ningun sr
indiferente, con ninguna persona de cuyo afecto no estemos
completamente seguros. Mas si debe procederse con mesura ntes de dar
nuestra amistad, una vez concedida, no se debe huir ante ninguno de los
sacrificios que esta amistad impone.

Se deben disimular  una amiga todos aquellos defectos que, no naciendo
del corazon, no pueden lastimar el nuestro; porque la indulgencia y la
moderacion son las principales cualidades de toda mujer distinguida, y
que se estima  s misma.

He visto personas tan extremadamente indulgentes, que ms bien que
estar dotadas de un bello y dulce carcter, parecian poseer un orgullo
lleno de nobleza. Hubirase dicho que estas personas estaban colocadas
en un pedestal tan alto, que nada podia ofenderlas; que todo lo miraban
desde inmensa distancia, y que despreciaban las mezquindades de los
demas; y sin embargo, no tenian enemigos, y eran, por el contrario,
universalmente estimadas.


                                  IV.

Una ilustre escritora de nuestros dias ha dicho, que la amistad es una
necesidad del corazon y que el amor es un lujo del mismo.

Me parece esto muy cierto, y un creo que deberia aadirse  tan bella
frase, que la amistad es un beneficio para el alma.

Un hombre nunca confesar  la mujer  quien ama que est pobre 
exhausto de recursos; pero se lo dir  su amigo.

La amistad es un comunismo de penas y de placeres, de dicha y de
llanto, al que nada se puede comparar, cuando est basado en profunda y
verdadera estimacion; pero esto lo encuentran pocos hombres, un mnos
mujeres, y no se puede tampoco conseguir sin poner mucho de tolerancia
y generosidad, pues no hemos de exigirlo todo sin dar nada.

Se ha notado mil veces que la amistad ms acendrada ha nacido de los
ms extraos contrastes; y todos los dias estamos viendo amigos unidos
por el ms tierno afecto, que son muy diferentes en caractres y
costumbres.

Pero en nuestro sexo, entre las mujeres, la amistad es muy difcil, y
casi pudiera decirse que es imposible; porque la emulacion quebranta el
afecto apnas ste ha nacido,  la irreflexion hace ofrecer un cario
que en breve se conoce que es imposible dar, ya por incompatibilidad de
caractres, ya por convencernos de que las bellas prendas que
suponiamos no existian ms que en nuestra imaginacion entusiasta.

Es, pues, mil veces preferible  sufrir un desengao el reflexionar
ntes de ofrecer nuestra amistad y estar seguras de que la persona que
 primera vista nos parece simptica, es-- lo mnos por las cualidades
del corazon--digna de ella; porque no hay nada ms ridculo que esos
lazos, tan pronto formados como llegados  su ms ntima estrechez y
que se rompen en breve, con un estrpito que hace formar mala idea del
carcter y del corazon de la mujer.




                                EL LUJO.


                                   I.

Cuando veo  las nias vestidas desde los ocho aos con trajes que son
una reproduccion en miniatura de los de sus madres; cuando las veo con
vestidos completamente bordados que cuestan seiscientos y mil reales,
con cintas en el talle de  dos duros la vara, con sombreros de paja de
arroz guarnecidos de plumas y flores costossimas, con botas de raso,
con guantes largos y con encajes en el cuello y las mangas; cuando veo
as vestidas  las nias, siento como una impresion de tristeza en el
alma.

Cmo se exigir de estas criaturas el amor  la sencillez, la
modestia, tan encantadora en la mujer, cuando tengan ms edad?

Cmo se les reprendern las pretensiones exageradas y el amor al lujo,
cuando la coquetera, natural en la adolescencia, ocupe el sitio de la
inocencia de la infancia?

Cmo sern buenas esposas? Y sobre todo, cmo sern buenas madres?

Acostumbrndolas al lujo, exponen las madres  sus hijas  ser muy
desgraciadas; el primer mal que las proporcionan es el hasto, que nace
de la saciedad de todos los deseos; el carcter de estas nias,  las
que el vulgo llama felices, se agria, se hace vanidoso, despreciativo,
duro para los demas, antiptico, en una palabra. Sus caprichos, sus
exigencias no tienen fin ni medida, y sus padres son las primeras
vctimas.

Cuando estas nias llegan  la edad de amar y de ser amadas, el lujo es
tambien el orgen de su desgracia; toda fortuna del que desea casarse
con ellas les parece poca; saben sumar y restar, como la Cecilia de _Le
Duc Job_, que escribi en frances Leon Laya y arregl un acadmico
espaol con el ttulo de _Lo Positivo_, y saben calcular perfectamente
lo que necesitan para alimentar la voracidad de ese dragon que se llama
lujo.

Suelen casarse, pues, no con el que aman, sino con el que es ms rico,
porque el _descender_ les sera insoportable.

Pero si la suerte inconstante convierte, por uno de esos incidentes tan
comunes en nuestra poca, la opulencia en mediana, cunto tienen que
sufrir esas pobres criaturas! Cunto ms que la que ha sido educada
con modestia y sencillez!

No entra por poco tambien el miedo al lujo en la aversion que muchos
hombres tienen al matrimonio; muy pocos hay que quieran ver sufrir  la
mujer que aman, y ntes prefieren renunciar  ella, que someterla 
privaciones de todos los instantes.

El lujo, el detestable lujo, ha hecho imposible el hogar y la familia:
el carruaje, el abono en los teatros, la modista cara, la peinadora,
las telas de valor, los encajes y las joyas, parecen en el dia--y sobre
todo en nuestra pobre Espaa--necesidades imprescindibles, necesidades
que ni nuestras abuelas, ni un nuestras madres conocian.


                                  II.

Es una cosa innegable que el lujo enfria el alma y la deja como murada
para todo sentimiento elevado y generoso.

Semejante  la pasion del juego, la pasion del lujo absorbe por
completo la existencia; como la hidra de la fbula, que siempre tena
siete cabezas, porque renacian cuantas se le cortaban, el lujo tiene
siempre hambrientas sus siete fauces, y prximas  devorar, no slo el
dinero, sino el sosiego: una mujer dedicada por completo  los cuidados
que el lujo proporciona, no piensa en nada serio, til y elevado; el
cuidado de sobresalir y de hacerse envidiar ocupa todas las horas de su
vida; y si es verdad que le causa algunas satisfacciones, es tambien
cierto que le proporciona muchos dolores.

Poco  poco, insensiblemente, el nimo de esas pobres mujeres se va
empequeeciendo, y su alma se llena de tinieblas; cuando la juventud ha
pasado, y con ella las ilusiones y la belleza; cuando se ven aisladas,
solas y tristes, el tedio las consume, y no saben qu hacer de sus
eternos dias, de sus solitarias noches.

Es, pues, preciso acostumbrar  las nias  que amen la sencillez, y
vestirlas de una manera esmerada y elegante, pero todo lo modesta
posible; si la suerte les ha favorecido con los dones de la fortuna,
podrn aumentar sus gastos cuando, en la plenitud de su razon, puedan
calcular aqullos y sus ingresos, con la saludable valla de las
costumbres modestas; si esta misma fortuna sufre reveses, no padecern
las crueles privaciones de los goces de la vanidad, tan punzantes, y 
la vez tan ridos.


                                  III.

Para que las nias tengan aficiones ms elevadas que la pasion del
lujo, debe procurarse que se acostumbren  la lectura y al trabajo;
aunque la principal ocupacion de las nias debe sr la costura y el
cuidado de las cosas tiles, como la confeccion de la lencera de la
casa, y la de sus propios vestidos, es tambien utilsimo bajo el punto
de vista de su dicha y de su tranquilidad, el que tomen aficion y apego
 las labores de adorno, como toda clase de bordados, flores
artificiales, disecacion de flores y pjaros, y cuidado de macetas
delicadas, jardineras, etc., etc.

Estos cuidados que ocupan la imaginacion mucho ms que la costura,
estas labores de capricho y agradables, absorben la atencion de las
nias y les hacen pasar horas deliciosas, porque disfrutan del goce de
crear cosas bonitas, y hallan en estas obras un inocente orgullo,
cuando las han terminado, y en tanto las llevan  cabo.

Sabido es lo mucho que entretienen las obras de tapicera, por la
combinacion de los colores y primor de los detalles; y estas obras, muy
caras, casi imposibles, para las nias hijas de las familias modestas,
son para las de opulenta fortuna un antdoto, un preservativo
saludable. Tan cierto es que las cosas varian de carcter, segun 
quien se refieren!

Es tambien muy til el procurar que las nias cultiven las artes y
hagan de ellas un estudio serio; ya porque en nuestra poca todo es
mudable y pueden servirles un dia de medios de vida, y ya porque las
distraen agradable y constantemente, hacindolas amables  todos.

La msica y la pintura ocupan de tal suerte  las jvenes que han
nacido verdaderamente artistas, que en su arte cifran toda su dicha, y
 veces el arte les hace las veces de los afectos perdidos,  no
hallados en este valle de tristezas.


                                  IV.

No solamente en las telas es de mal gusto el lujo excesivo para las
nias; lo es tambien en las hechuras: los volantes, los encajes, los
flecos caros, las pasamaneras, todo adorno costoso est proscrito para
los nios en el extranjero, y, sobre todo, en Inglaterra, donde las
seoras visten  sus hijas con la mayor sencillez, pero tambien con la
mayor elegancia.

Por grande que sea la fortuna de una jven, jamas, hasta que se case,
debe llevar encajes, joyas, y telas fuertes de seda; esto _envejece_ y
afea hasta  las ms bonitas, as como las telas ligeras y baratas, el
tafetan, el foulard, la gasa, el tul y la muselina, hablan de frescura,
de alegra y de juventud.




                                LA CASA.


                                   I.

Dulce palabra, que consuela de todas las penas! Osis de la vida,
retiro santo de la mujer, albergue grato del hombre! Cunto debemos
estimarte todos los que sabemos lo que es amar y sentir!

_Mi casa!_ El que tiene siquiera con el pan diario, debe contar como
la primera, como la ms suave y grata de todas las felicidades, el
poder pronunciar estas palabras.

La casa debe ser el santuario de la mujer y el sitio donde debe
hallarse mejor que en otro alguno; y sin embargo, vemos mujeres que
pasan su vida de fiesta en fiesta y que apnas entran en su hogar ms
que para comer y dormir.

Yo las compadezco profundamente, y siempre que las veo recuerdo una
triste historia que voy  referir  mis lectoras.


                                  II.

Una jven muy bonita y muy _ la moda_, cas har unos tres aos con un
hombre  quien amaba; era l inteligente, pero ambicioso, y conocia
perfectamente la gran frivolidad de su mujer.

 los tres meses de haberse casado, la miraba como  uno de los
hermosos cuadros que componen su soberbia galera de pinturas.

La esposa no disponia de los intereses de la casa, ni en la parte ms
pequea; no salia casi nunca con su marido; cuando ste tena _spleen_,
 algun disgusto, se encerraba en su cuarto; cuando estaba alegre se
iba  comer con sus amigos; fuerza es decir que en cambio la dejaba
salir siempre que queria, le daba la ms mplia libertad, y no bien
manifestaba deseo de poseer un traje nuevo, un aderezo, un rico encaje,
lo tena en su guardaropa  en su joyero.

--Qu mujer tan feliz, decian sus amigas; en tanto que fu soltera se
divirti cuanto quiso; hizo un soberbio casamiento, y ahora vive como
una reina!

As juzga el mundo casi siempre.

La jven frvola y ligera, que slo pensaba poco ntes en teatros,
bailes y paseos; la gentil amazona, que recorria las alamedas de la
fuente Castellana seguida de una nube de adoradores, habia empezado 
reflexionar en el aislamiento y soledad de su casa.

Su cabeza estaba vaca; pero su corazon, bueno y amante, comprendi que
no ocupaba el sitio que era suyo, ni en su hogar, ni en el cario y
consideracion de su marido.

No era su amiga ni su compaera; era _una cosa_ bonita,  la que se
cuidaba como  las porcelanas de sus consolas; era una figura mecnica,
como el autmata jugador de ajedrez, que  gran precio habia comprado
su marido en Alemania.


                                  III.

Un dia, la pobre jven fu  buscar  su marido, y al ir  hablarle
prorumpi en lgrimas.

--Qu tienes? le pregunt aqul. Deseas un traje nuevo? Tendrs dos.
Un nuevo carruaje? Lo estrenars maana.

--No, no deseo nada de eso! exclam la pobre esposa; lo que deseo es
tu cario!

--Qu motivos de queja tienes de m?

--No soy tu amiga! Voy sola  todas partes! No me confias tus penas!
No tengo en tu casa, en fin, el sitio que corresponde  tu esposa!

--Bah! respondi el marido; guarda el sitio que tienes, pues no
sabrias estar en otro.

--Pues qu! exclam ella exasperada; me niegas toda sensibilidad,
toda inteligencia?

--Desde que te conoc te he visto bajo el aspecto ms frvolo; no me
cas contigo para que dividieses las penas y las fatigas de la vida,
sino porque eras bonita y queria verte siempre.

--Ah! exclam la jven levantando su rostro plido de dolor y de
clera; yo soy una cosa bonita que compraste, pero tu amor y todo tu
tiempo lo das  otra mujer! s tus indignos devaneos, y no he de
callar ms tiempo!

El silencio sucedi  estas palabras.

--No quiero negarte lo que ya sabes, repuso el marido despues de
algunos instantes; pero consulate, esa mujer es tan fea como bella
eres t, y ademas te lleva algunos aos.

--Qu te cautiva entnces en ella?

--Su elevada inteligencia, su conversacion encantadora, su profunda
sensibilidad; cosas son stas que jamas he pensado hallar en t; la
intimidad del alma, la simpata de las ideas con otro sr, constituyen
una necesidad irresistible para el hombre, y el que halla vaco y frio
su hogar, va  sentarse en otro, donde encuentra lo que en el suyo le
falta.

Desde aquel dia la jven esposa quiso probar  su marido que podia
partir con l el peso de la existencia. Dedicse  embellecer su casa,
y retirada en ella, cambi del todo su mtodo de vida; leia, se
perfeccionaba en la msica, se acostumbraba  pensar, y fu, en fin,
_un alma_ que hall el camino de la de su marido, del cual prevenia
todos los deseos.

La maternidad vino  estrechar sus lazos, porque Dios, todo bondad y
misericordia, deja siempre un rayo de consuelo un en medio del mayor
dolor.

Su marido ha llegado  entender que tiene en su casa algo ms que un
mueble como los otros; l tambien se ha aficionado  las tranquilas
dulzuras del hogar, desde que, en vez de hallarlo solitario, lo
encuentra guardado por su bella esposa; y l, que con tan ruda
franqueza le habl, encuentra ahora un placer infinito en alumbrar con
los rayos de su propio talento esa inteligencia, ofuscada por las
nieblas de la materialista y frvola sociedad.

Ya es la amiga, la compaera y el nico amor del hombre  quien uni su
destino, que es la mayor y quiz la nica felicidad positiva de la
mujer que ha nacido con un corazon bueno y sensible.


                                  IV.

La casa! El hogar!

Dnde se descansa mejor, dnde se halla mayor satisfaccion y un
bienestar ms dulce?

Id  las fiestas ms esplndidas del mundo, y ser raro el que no
volvais  vuestra casa con el cuerpo y el espritu igualmente
fatigados; pero en la dulce tranquilidad de vuestra casa, jamas
estaris solos: los muebles, los libros, el piano, el peridico que os
trae las ms lindas novedades de la moda, el pajarito que canta en su
jaula, el ramo que os da su perfume, todos estos objetos os parecen, y
con razon, otros tantos amigos que os sonrien y os aman: all no hay
decepciones, all no hay envidia ni maledicencia; all todo es paz,
calma, armona y reposo; all, desde la sagrada imgen que escucha
vuestros ruegos, hasta las macetas de vuestro balcon, todo os es
querido, como queremos cuanto vive de nuestros cuidados.

La mujer que no se halla bien _en su casa_, ser en vano que busque la
dicha en el ruido y las fiestas; porque en el mundo y entre su ms
esplndido bullicio, el alma hurfana est tan aislada como en las ms
vastas soledades, como en los ms espantosos desiertos.




                             LA TOLERANCIA.


                                   I.

Debo hablar de una cosa que he omitido hasta aqu, para dedicarle un
captulo aparte, pues es de gran importancia en la vida de la mujer.

Esta es la tolerancia, que algunos confunden con la indulgencia, y que
es, en efecto, muy semejante  esta plcida y encantadora virtud.

No es tan bella, sin embargo; pero es en cierto modo ms til y ms
necesaria.

La tolerancia tiene lmites ms estrechos que la indulgencia, y rara
vez degenera, como sta, en una perjudicial debilidad.

La falta de tolerancia absoluta puede traer graves disgustos, y un
grandes desastres; una mujer que se queja  su marido de la falta de
respeto de otro hombre, le expone  un lance desagradable siempre;
terrible muchas veces.

Cuntos sinsabores evita en situaciones semejantes un poco de
tolerancia!


                                  II.

En sociedad se puede dar  conocer de mil maneras corteses cuando
alguna cosa nos desagrada, y esto sin que sea necesario para lograrlo
el estar dotada una mujer de un talento sobresaliente, bastando tener
buena educacion. Una palabra dicha sin acritud, pero con entereza, un
silencio digno, y  veces una sonrisa fria, bastan para cortar las
franquezas imprudentes, las palabras atrevidas, las crticas
descorteses.

Sin embargo, un en el caso de que el resentimiento sea justo, la mujer
debe evitar todo lo posible el descomponerse con la clera.

En todas las ocasiones de la vida--ha dicho Jules Janin en uno de sus
ms bellos artculos--la calma y la sangre fria es el medio mejor de
dominar las dificultades, y esto debe entenderse lo mismo colectiva que
individualmente, lo mismo tratndose de una que de muchas personas.

Hay muchas veces que es una prueba de talento y de dignidad el hacer
como que no se ven los insultos que la mala voluntad y la envidia
quieren hacernos, porque se da  conocer que nos hallamos demasiado
altos para reparar en semejantes miserias,  para darnos por enojados
de ellas.

Si la malevolencia desea molestarnos  hacernos sufrir, qu mayor
triunfo podemos concederle que el logro de sus deseos? Ni qu mayor
mortificacion que el ver que no nos llegan sus tiros envenenados, sus
injustos ataques, y  veces hasta las calumnias de la envidia, que
siempre es el orgen de todo insulto?

 propsito de esto, y para que el ejemplo siga  los preceptos,
referir un caso que presenci no hace mucho tiempo.

Una seora de mucho mrito, por su juventud, su belleza y su elevada
posicion social, frecuentaba una casa que no debiera haber frecuentado,
por la razon de que no se la estimaba en ella segun se merecia.

Por una extraa obececacion de la persona que la ocupaba como duea
absoluta,  tal vez por una envidia tan grande que no alcanzaba 
ocultarse bajo el tupido velo de las conveniencias sociales, esta
seora, ljos de profesar amistad  la que llamaba su amiga, la
detestaba profundamente, y no era, por cierto, de extraar, si se
examinan los motivos que para ello tena.

La seora de Z. era ms jven, ms bonita y ms rica que su envidiosa
amiga.

--Por qu iba, pues,  casa de sta? se me preguntar.

El motivo era bien sencillo: amigas desde la infancia, aquella jven,
hermosa y llena de mil bellas cualidades, amaba  la seora de T....,
que tena muy malos instintos: pero como para que haya malos ha de
haber buenos, sta era, sin duda, la causa de que no se rompiesen los
lazos de aquella amistad tan tierna y sincera por una parte, tan falsa
y mentida por la otra.

--Cmo har yo para echar de casa  esta insoportable mujer?
preguntaba un dia la seora de T.  uno de sus ms asiduos visitantes.

--Insoportable! repuso ste muy admirado; llama usted insoportable 
esa mujer angelical?

--Justamente; la llamo insoportable, porque para m lo es.

--Pero por qu causa? En qu ha podido ofender  usted? Ella es tan
buena, tan dulce, tan amable!...

--Por favor, caballero, basta de elogios! exclam la dama muy apurada:
ya s todo lo que es; pero un s mejor que no la quiero en mi casa, y
para que no vuelva, estoy discurriendo un medio que no me es dado
encontrar.

--Pues hay uno muy fcil, respondi l.

--Uno muy fcil? Cul es?

--Dentro de tres dias es su santo de usted.

--Es cierto.

--Y no suele V. tener algunos amigos de ambos sexos  comer?

--S; pero qu conexion tiene?...

--No convida V. por esquelas?

--S.

--Pues bien! no envie V. esquela de convite  la seora de Z.

--Oh! pero eso es una grosera espantosa! exclam con repugnancia la
seora de T....; hace ms de veinte aos que ese dia come en mi casa.

--Pero no dice V. que desea librarse de su amistad?

--S!

--Entnces,  qu tener consideraciones con una persona  la cual se
aborrece? Para romper para siempre unas relaciones es lo mejor ese
golpe; no hay cuidado de que se puedan volver  reanudar!

--Lo pensar, dijo la seora de T....; pero confieso que me cuesta
trabajo.

Su consejero no se tom la pena de responderle, y sali de all
maldiciendo  la envidia y  los envidiosos.


                                  III.

Sin vacilar un instante, encamin sus pasos  casa de la mujer  quien
habia tratado, con sus consejos, de excluir del convite; porque hay
personas en la sociedad que se nutren de chismes y miserias, como otras
se nutren de obras buenas y elevadas.

Hall  la bella seora de Z. sola en su gabinete y leyendo; sentse, y
despues de algunas lisonjas vulgares, entr de lleno en la cuestion.

--He tenido un mal rato, dijo con aire triste.

--Un mal rato? pregunt la jven; por qu, amigo mio?

--Porque he oido hablar de V. con mucha injusticia.

--De m?

--De V., s, seora.

El buen amigo se call, esperando esta pregunta tan natural:

--Y quin habla mal de m?

Pero se enga: su interlocutora se encogi de hombros y cambi de
conversacion.

--Cmo! exclam l; no le importa  V. que la critiquen, que la
murmuren?

--No por cierto, amigo mio, porque lo hacen sin razon.

--Y eso qu importa, si lo hacen?

--Dejarlos; las calumnias caen siempre por su base.

--Pero V. tiene enemigos!

--No lo creo: no puedo creerlo.

--Ni porque se lo diga yo?

--Creo ms bien que V. se engaa.

--Pero si estoy seguro de ello! exclam el oficioso exasperado; usted
ver cmo le hacen un desaire que no se espera!

--Un desaire! A m!

--Quiere V. que le diga cul?

--No, amigo mio, respondi la seora de Z.; jamas me ha gustado sentir
males anticipados; ellos vienen sin que se puedan evitar: as, pues,
esperar esa ofensa, que su extremado celo me anuncia, con calma, sin
impaciencia ninguna porque llegue.

Y aqu la jven cambi de conversacion con una perfecta suavidad en la
apariencia, pero en realidad con una voluntad tan firme que su
visitante no pudo, por ms esfuerzos que hizo, volverla  traer al
terreno que deseaba.

La ofensa, sin embargo, no se hizo esperar.

Ajena la seora de Z.  lo que pasaba en el corazon de su amiga y  los
prfidos consejos que le daban los envidiosos, prepar un traje
conveniente para el dia del santo de aqulla y esper, no slo la
invitacion general, sino tambien la visita particular y amistosa de la
seora de T....; pero fu en vano; no recibi ni invitacion ni visita.

Este golpe la hiri profundamente, tanto por lo que tocaba  su
corazon, cuanto por lo que tocaba  su amor propio; llor mucho aquel
dia: pero  las nueve de la noche se visti con su buen gusto
acostumbrado, y se dirigi  casa de su amiga,  cuya tertulia iba
todas las noches.


                                  IV.

Todos los que la vieron entrar tranquila, serena, risuea, se quedaron
admirados, porque todos sabian la ofensa que habia recibido, y casi
todos se alegraban de ella.

Pero la que enrojeci de confusion, fu su amiga: habia pensado que el
resentimiento alejaria para siempre de su lado  la que habia ofendido,
y que no tendria que soportar el tormento y la vergenza de verla
despues de su ofensa: porque habeis de saber, lectoras mias, que para
una persona que un conserva sentimientos de delicadeza y dignidad, no
hay tormento comparable al de tener que soportar la presencia de una
persona  quien voluntariamente ha ofendido.

La seora de Z. se fu derecha al sillon que ocupaba su amiga, le tom
cariosamente la mano y le pregunt _qu tal habia pasado el dia_:
aqulla balbuce algunas palabras desacordes, y lugo empez 
excusarse con mucha confusion de no haberla convidado  comer.

--Y eso qu tiene de particular, querida mia? respondi jovialmente y
bastante alto para ser oida la jven; cada uno es dueo de tener  su
mesa las personas que sean ms de su gusto; yo tampoco hubiera podido
venir, porque tena hoy muchas ocupaciones.

 la primera ocasion que se present, no falt quien se fuera  sentar
al lado de la seora de Z. y se lamentase traidoramente de la
ingratitud de su amiga para con ella; pero aunque sufria cruelmente,
tuvo bastante fortaleza en el alma para disculpar cariosamente  su
amiga y conservar la sonrisa en los labios.

Sin embargo no era aquella mujer capaz de imponer su amistad  la
fuerza, porque tena el convencimiento de lo que valia: dos dias
despues pretext, para no asistir  la tertulia, una ligera
indisposicion; lugo fu otra noche al teatro, despues dijo que
dedicaba una noche  la semana  arreglar ciertos papeles, sola en su
casa, y que otra la destinaba para ir  la pera: por fin, dej de ir
del todo y rompi el ltimo hilo de aquel lazo que ella habia ayudado 
anudar con tanto amor, y que habia querido ahogarla, en recompensa de
sus sacrificios.

Todos conocieron y apreciaron la dignidad y el valor de aquella mujer,
y la envidia comprendi que no se la podia herir impunemente; su
ingrata amiga lament eternamente la prdida de su amistad, como una
desgracia irremediable, conociendo que la herida que habia abierto no
tena cura.

Si hubiera ido  casa de su amiga,  llenarla de dicterios; si le
hubiera escrito una carta insolente,  bien si hubiera desaparecido de
aquella casa sin volver ms, hubiera dejado al insulto y  la envidia
triunfantes.

Su venganza fu digna y generosa, y elev mucho ms el pedestal de la
consideracion que se la profesaba.


                                   V.

La dureza es bastante comun con los criados, y yo creo que es
comprender muy poco sus intereses el regaar de contnuo  las personas
que estn  nuestro servicio.

Una seora que reconviene  voces  sus criadas, se iguala con ellas,
porque es sabido que esa clase de gentes sin educacion hablan siempre
en el diapason ms alto que pueden: ademas, los criados, cuando se ven
ultrajados,  lo estn  su parecer, no escuchan en silencio las
reconvenciones, altercan olvidando todo respeto y toda consideracion, y
muchas veces se despiden por venganza y por el gusto de dejar al
cuidado de la seora todos los pormenores del servicio domstico.

Un poco de tolerancia en todas las cosas de la vida, un poco de
paciencia y de abnegacion,   lo mnos de cortesa, nos evita muchas
incomodidades, y un  veces muy graves disgustos: la amistad sobre
todo, es un cambio recproco de sacrificios de amor propio, y de
deferencias cariosas.

Donde no hay tolerancia, es imposible que haya amistad, y casi pudiera
decirse lo mismo del amor: cada uno ha de disimular los defectos del
otro, para que  su vez le disimulen los suyos propios.

Muchas veces se ven reunidas en una misma persona grandes virtudes y
grandes defectos; en estos casos, es lo ms regular y positivo que las
virtudes estn ocultas y los defectos en relieve; pero entnces es
preciso buscar el grano de oro  traves de la tosca tierra, y decir
como el filsofo:

El oro, aunque sea entre escombros, siempre es oro.

Si se carece absolutamente de tolerancia, es preciso al mnos aparentar
que se tiene.

Nada ganaramos con decir  nuestra mejor amiga:

--Qu habladora es V.!  bien:--Cunto me fastidian sus largas
visitas! Qu mal se peina! Qu mal gusto tiene para vestir!

Estas imprudentes franquezas, esta expresion de la intolerancia, ofende
siempre, hiere el amor propio del que es objeto de ella, y  veces
convierte una amistad antigua y sincera en un dio mortal y eterno.




                      ORGULLO, VANIDAD Y DIGNIDAD.


                                   I.

                                    La soberbia, el orgullo y la vanidad
                                    son tres manifestaciones distintas
                                    de un mismo vicio, que pretende
                                    encubrirse con el nombre de una
                                    virtud, la dignidad humana.

                                                                   L. V.


Existe entre estos tres sentimientos una diferencia muy notable. El
orgullo bien entendido y sentido--porque es un sentimiento ms  mnos
vehemente--con moderacion, es siempre laudable y conveniente. En este
caso los nombres _orgullo_, _dignidad_, son sinnimos.

El orgullo es muchas veces el defensor de la virtud de la mujer, un
cuando sta se halle combatida por una de esas pasiones terribles y
exclusivas, que se ven algunas veces en la vida; y de ms de una
pudiera asegurarse que, encontrndose aislada en medio del mundo, sin
padres, esposo, familia ni autoridad alguna que pudiese contenerla y
pedirle cuenta de sus acciones, ha encontrado la salvacion de su honor
en el sentimiento fuerte y noble de su orgullo.

Nadie ha presentado el orgullo bajo formas ms poticas y bellas, y al
mismo tiempo ms verdaderas, que Eugenio Su, en la lindsima novela
que lleva por ttulo _La Duquesa_, y que est basada en el primero de
los pecados capitales. La hermosa y casta Herminia, aquella jven de
diez y ocho aos, por cuya alma pursima no han resbalado nunca ms que
nobles y virtuosos pensamientos, es la personificacion de la dignidad
de la mujer,  por mejor decir, de su bien entendido orgullo; porque
este orgullo le hace sobrellevar la miseria y las privaciones con
paciencia, y hasta con alegra. Este orgullo hace frente  todas las
asechanzas de un hombre pervertido, que desea seducirla. Este orgullo
le hace respetar el secreto de su madre, consintiendo en aparentar que
ignora  quin debe la vida. Y este orgullo, en fin, le hace guardar su
lugar tan admirablemente, que la altanera Duquesa de Sennterre, una de
las damas de la ms antigua nobleza francesa, tiene que ir  su casa 
pedirle que consienta en casarse con su hijo, el heredero de todos sus
ttulos y blasones.

Al que haya leido esta lindsima novela nada puedo decirle ya en elogio
del orgullo. En ella, como dije ntes, est poetizado y embellecido de
un modo tan sublime y con tal fundamento, que necesariamente debe
convencerle de que es til y hasta necesario. Casi pudiera decirse que
el orgullo es el padre de la gentil y graciosa coquetera; porque una
mujer orgullosa es aseada, ya que no puede ser elegante, y el aseo es
el lujo y la coquetera de los pobres.

Una mujer digna lleva, con una elegancia sin igual, un vestido blanco,
cuyo coste no pase de ochenta reales, y muy econmico ademas, porque
cada vez que se lava queda nuevo y fresco, y quizs desluce con l 
otras que ostentan trajes de muy subido precio.

Una mujer digna y orgullosa, en la buena acepcion de esta palabra,
recibe, sin cortarse, en su modesta vivienda la visita ms encumbrada.
No descubre en su frente esa culpable vergenza de _no ser rica_, que
atormenta  tantas otras; hace con perfecto desembarazo los honores de
su casa, porque su orgullo, tan exigente, por lo mnos, como la ms
delicada conciencia, le grita sin cesar al oido:

_T eres noble, estimable y rica, porque eres buena._

Ademas, la mujer que posee aquel sentimiento, escucha con altivo y
generoso desden todo aquello que puede ofenderla, por ms que  sus
solas pague un justo tributo al dolor que las injusticias del mundo le
ocasionan.


                                  II.

El orgullo es tambien necesario en la vida domstica. Aunque el
destino, la condicion y el deber de la mujer le aconsejan que sea
amante y apacible, aunque la resignacion es una de las virtudes que ms
la realzan, hay casos en que  todas estas consideraciones debe
sobreponerse un noble y bien entendido orgullo.

No me entretendr yo, por cierto, en sealar cules deben ser estos
casos. En ellos el nico juez es la conciencia; pero s asegurar que
la mujer buena y religiosa debe seguir los impulsos de su orgullo,
cuando ste se levanta en su corazon herido, segura de que las
decisiones dictadas por l sern siempre justas y razonables.

El orgullo impide  la mujer el ser perjudicialmente coqueta, el
exagerar y el aventurar la ms leve mentira. El orgullo imprime  sus
modales un carcter digno y distinguido, sin que por esto dejen de ser
dulces. El orgullo, la hace solcita para sus hijos, amante de su
marido, y buena y entendida ama de su casa.

La mujer orgullosa cuida mucho de que nadie tenga nada que reprocharle.
Sus acciones son siempre buenas y leales, porque moriria de pena si
tuviese que inclinar la frente delante de alguno. Quizs no comete
faltas, por no tener cmplices que pudieran un dia echrselas en cara.
No veris nunca que una mujer orgullosa se case con una persona
deforme; primero muere soltera evitando el peligro de ser infiel  su
marido, porque slo se casa con un sr  quien pueda amar.

Dedcese de todo lo dicho que una mujer puede ser buena con solo tener
orgullo. El temor de las reconvenciones de otro, le hace cumplir con
todos sus deberes; y aunque sepa que por prudencia, y por otras
consideraciones, han de callar acerca de sus acciones, su conciencia,
en extremo intolerante y siempre alerta, no le permite el ms leve
desliz. Siempre y en todas las ocasiones de su vida es mrtir de su
deber: ni causa  sus padres el ms pequeo disgusto, ni da  sus hijos
nunca un mal ejemplo.


                                  III.

El orgullo, sin embargo, puede degenerar en un sentimiento culpable y
hasta odioso, si no va acompaado de mucha dulzura de carcter.

El orgullo inspira tambien un desmedido deseo de brillar. Pero entnces
merece el nombre de orgullo mal entendido; es decir, destituido de
dignidad y de generosa altivez.

Muchas personas confunden el orgullo con la vanidad. Nada hay, sin
embargo, ms opuesto. El orgullo, como ya he dicho, es conveniente y
hasta preciso, cuando va acompaado de buenos sentimientos y de buen
carcter. Es culpable y odioso si invade el alma completamente,
engrosado por las lisonjas del mundo, y ahoga en ella todos los
sentimientos dulces y tiernos.

Pero la vanidad es demasiado raqutica para ser mala, y sobrado
menguada para ser buena. Es mnos que buena y que mala, es ridcula.

La vanidad no se replega como el orgullo digno, ni obra con energa
como el orgullo ambicioso. Su afan est reducido  brillar, , mejor
dicho,  llamar la atencion en todas partes: las mujeres vanas eligen
lo ms _vistoso_ con preferencia  lo ms bonito, y se contentan con
los triunfos ms mezquinos, como es el despertar la envidia de las
demas mujeres.

No hay cosa que ms hiera que el ridculo. El mundo compadece quiz 
un ser culpable, pero se encarniza con el que est marcado por aqul.
As, pues, creedme, lectoras mias, huid de l y precaveos de sus tiros.
Para conseguirlo, no existe otro medio que arrojar ljos  la vanidad
cuando se acerque  vosotras. No cometais jamas el craso y lamentable
error de confundir la vanidad con el orgullo digno y altivo, que es una
de las ms bellas dotes de la mujer, y la defensa ms eficaz de su
virtud, cuando est secundada por la sublime y hermosa religion.

Y para preservaros de la vanidad, huid siempre de deseos y caprichos
dispendiosos. Cuando anheleis una cosa, un traje, una joya superior 
vuestros haberes, desechad ese deseo como culpable  hijo de la
vanidad, y como preludio de otros desordenados. La vanidad no cesa
jamas en sus perversas sugestiones, y cada dia os har desear cosas
nuevas y ms rduas. La vanidad enajena el cario de los padres, del
esposo y de los hijos, los cuales, por su parte, no pueden amar mucho
al sr que les priva de su decencia y bienestar por satisfacer sus
caprichos  inagotables exigencias. La vanidad os robar la
consideracion y el aprecio de la sociedad, que todo lo escudria; y la
envidia, que tanto dominio tiene en el mundo, buscar todos vuestros
defectos, y un os los prestar imaginarios, para vengarse de vuestra
vanidad.


                                  IV.

La vanidad no tiene nada de comun con la dignidad; aqulla es un grave
defecto, sta es una virtud bella y noble. La dignidad es puramente
defensiva; la ignorancia, no obstante, la confunde con la vanidad, que
es agresiva y que ademas se ejerce en una va completamente opuesta.

Las almas vulgares, los espritus poco cultivados no conocen la
dignidad, y, por consiguiente, no la reconocen en los otros; llaman
orgullosas  las personas reservadas, y al expresar esta opinion
errnea, les parece que expresan su desaprobacion; incapaces de
comprender ese sentimiento de delicadeza moral, que impide  los que lo
poseen el exponer al pblico sus pensamientos, sus recuerdos y sus
esperanzas, guardan una especie de rencor  las personas demasiado
_orgullosas_, para dar su alma por pasto  su vulgar curiosidad. Y
felices podemos llamarnos si su despecho se detiene en los lmites de
la desaprobacion! Muchas veces va ms all, y si un espritu limitado
se ala  una alma vil para juzgar la dignidad, sta se ver acusada de
multiplicar los velos para ocultar las faltas, y su reserva se
considerar como la manifestacion de un disimulo prudente y necesario.

Pero qu importa el juicio errneo de los que no saben comprender el
mrito de la amable y serena virtud que se llama dignidad? tanto peor
para ellos; porque la dignidad es un gran bien que nos da la estimacion
ajena, y es una adorable compaera para la mujer.




                            TIPOS FEMENINOS.


                               LA MADRE.


                           ARTCULO PRIMERO.


                                    Si deseais hallar en la tierra algo
                                    que d idea de la perfeccion divina,
                                    buscadlo en la madre.

                                                         FERRIZ VILLEDA.


                                   I.

Empiezo estos modestos estudios de los tipos femeninos por el que me
parece el ms grande, el ms sublime de todos, por el que creo que es
la base de la familia, as como la familia es la base de la sociedad.

La madre es  mis ojos la figura ms grande, ms noble y ms hermosa de
la creacion; ella es la que anima, la que sostiene, la que consuela, la
que sobre todo ama y perdona, que es la sublime mision de la mujer.

Puede el hombre atravesar por los huracanes de la vida; puede sufrir el
choque de las pasiones y ser amargado por los desengaos; puede
combatir cuerpo  cuerpo con los mayores peligros; puede ser extraviado
por sus malas pasiones, y pervertido con el contacto del mundo; pero
jamas se borrarn de su alma las primeras ideas, cuyo grmen ha
depositado en ella la mano piadosa de su buena madre.

De los pobres seres que no la tienen han salido siempre los grandes
criminales, y esos monstruos de maldad, horror de la naturaleza.

Y decimos de los hijos sin madre en absoluto, porque puede estarse sin
madre as moral como materialmente, pues hay mujeres que no merecen
este nombre sagrado, aunque hayan dado  luz numerosos hijos.

Pero los ejemplos de madres desnaturalizadas son raros, y en cambio la
historia nos los ofrece repetidsimos de heroismo materno.


                                  II.

La primera figura que se ofrece  nuestras miradas al empezar 
distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra
cuna y espa nuestra primera sonrisa.

Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirndola velar
nuestro sueo, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo
en nuestra frente el dulce calor de sus besos.

Feliz la que ha conocido jven un y hermosa  su madre!

La imgen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion fsica
 la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su
refugio en aquel recuerdo incomparable!

Pero cundo puede una madre dejar de ser bella?

Jamas!

Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estn vestidos con el matiz
de oro  de bano de la juventud, la madre est siempre rodeada de una
aureola de belleza y de poesa.

La amistad, el amor mismo nos engaan muchas veces; el amor paternal es
tambien capaz de flaqueza y de olvido; slo el amor de la madre es
infinito, como la clemencia celeste.

Una madre es la figura ms noble y ms potica que la humanidad nos
presenta.

Mara, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime,
que llega hasta la heroicidad.

La Vrgen de Jud no es ms que madre desde el instante en que el ngel
le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera
est unida  su adorado Hijo: en l piensa  todas horas, y desde el
dia que le da  luz, se consagra nica y exclusivamente al cuidado de
su infancia; sguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina
palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente,
conmovida hondamente por el raudal de sabidura que brota de los labios
de aquel hombre, el ms grande que ha nacido del seno de una mujer.

El suyo se enorgullece de haber abrigado  Jesus; su corazon palpita
acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos estn hmedos y
brillantes; la Vrgen divina deja el lugar  la Madre, que siente con
su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.

Sguele ms tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaa
durante su prolongado martirio. Qu dolores son comparables  los que
sufre aquella madre, la ms amorosa y tierna de cuantas han existido?
Qu tormentos pueden igualarse  los suyos?

La muerte es mil veces ms dulce que aquella agona prolongada,
amarga, lenta, fria, por decirlo as, pues no tena ni podia hallar
consuelo en lo humano!

Vedla despues, sentada al pi de la cruz, sin lgrimas, y contraidas
sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. Cmo
aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio?
Slo porque su mismo Hijo la impuso la vida, hacindola la Madre de
todos los hombres en la persona del discpulo amado.

--H aqu  tu Madre! dijo al apstol.

--H aqu  tu Hijo! aadi dirigindose  Mara.

De esta suerte di  la humanidad entera el santo escudo del amor
maternal.


                                  III.

Cun sublime es la mision de la madre!

Ella es la que lleva el peso de todos los cuidados de la casa; ella la
que medita, la que se desvela para que cada uno de sus hijos halle el
bienestar, segun su carcter y sus aspiraciones.

Aunque se halle dotada del organismo ms exquisito y ms potico, toma
para s las mil pequeeces materiales que fatigan su espritu, y que la
hacen vegetar en las heladas regiones del positivismo; y como descanso
de sus contnuas fatigas se refugia en la religion, para orar, ntes
que por ella, por sus hijos, que son la parte ms querida de s misma.

No es al padre  quien se confian los sueos dolorosos, que  veces nos
asombran, las ilusiones de un amor naciente, y las aspiraciones de
gloria, que al dar los primeros pasos en la senda de la juventud, se
agitan en nuestro cerebro; es  la madre! porque la madre, un ms que
aconsejar, adivina, consuela, comparte nuestras esperanzas y llora
nuestras decepciones.

Si por acaso la inteligencia de la madre no est al nivel de la de su
hijo, siempre hay en ella bastante abnegacion para comprenderlo as, y
siempre halla recursos en su imaginacion para analizar y dirigir el
pensamiento de su hijo.

Y si la madre posee elevado talento, cunto ms grande es su
sacrificio!

 la vez que madre es mujer, es decir, un sr sujeto  sueos 
ilusiones; un sr apasionado, sobre el cual ejercen una poderosa
influencia los objetos exteriores, y que por lo mismo experimenta
muchas veces una vaga tristeza, y cede con frecuencia  un profundo
desaliento, que disimula heroicamente para animar y consolar  sus
hijos.

Cuntas veces la madre tiene que combatir con su esposo, empeado en
contrariar la vocacion de su hijo acerca de la carrera que ha de
seguir,  la inclinacion amorosa de una hija!

Cmo suplica entnces!

Cmo emplea la doble elocuencia de su corazon y de su talento!

Qu inagotable es el manantial de su llanto!

Qu irresistibles argumentos halla!

Feliz aquel que ha hallado una madre inteligente y tierna apoyada en
su cuna!

Feliz quien se apoya en este amor, el ms santo, el ms sublime de
todos!




                               LA MADRE.


                           ARTCULO SEGUNDO.


                                   I.

La historia de Roma nos presenta en medio de sus escndalos, el ms
sublime ejemplo de amor maternal que puede encontrarse.

Agripina _la Grande_, la esposa de Germnico, fu desterrada despues de
su viudez, con sus hijos,  la isla Pandataria (hoy de Santa Mara) por
su tio, el cruel emperador Tiberio.

Demasiado saba la desgraciada princesa que no era  sus hijos  quien
ms dio profesaba el Emperador; era  ella  quien aborrecia;  ella,
nieta del divino Augusto, esposa del Gran Germnico, y adorada del
pueblo romano y de las legiones que por s misma habia conducido tantas
veces  la victoria, acompaando  su esposo para alentar al ejrcito.

Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba,
sino la suerte de sus hijos, condenados por ella  todos los dolores, 
todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por
eso desde el instante en que sali de Roma, en la oscuridadde una
tempestuosa noche, slo supo emplear su pensamiento en combinar los
medios de salvar  sus hijos de aquella inmensa desgracia.

Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tber,
envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando  unos contra su
seno, cubriendo  otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las
bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, nias an, pero que ya
prometian todas las gracias de una bella adolescencia.

--Qu har? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma
que no sube  los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan
profunda; que har para salvar  mis hijos?

Y la misma voz le respondia:

--Morir!

Repitindose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta
llegaron al destierro, y entnces se apoder ms que nunca de Agripina
el deseo de morir, para recomendar  sus hijos  la clemencia del
Emperador.

Pronto pudo ponerlo por obra: empez diciendo  sus hijos que queria
comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento
que sus esclavas le servian.

Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba
en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallra su cadver
arrojado  la orilla por las turbias ondas, y desisti de la idea de
buscar una muerte pronta; la del veneno, la del pual, tenian las
mismas dificultades, y opt por la ms dolorosa para ella, ansiando,
ante todo, no herir con una funesta sorpresa,  los seres que amaba con
tanto delirio.

Opt, pues, por la muerte de _hambre_, la ms lenta, la ms dolorosa de
las muertes; pero la nica tambien que podia engaar  sus hijos.

Puede encontrarse un ejemplo ms heroico de abnegacion maternal?

Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre  sus hijos  media luz,
y con la sonrisa en los labios.

Un dia se la hallaron muerta en su lecho:  su lado habia un pergamino
que contenia estas palabras, escritas con mano trmula.

--Hijos mios, no existiendo yo volveris  Roma y al lado del
Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!

El mdico, llamado para que examinase el cadver, declar que Agripina
se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre
heroica hizo Calgula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella
venganza que se cumpli, y que asombr  toda la tierra.

Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime  traves
de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas
madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.


                                  II.

Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion
al sacrificio, que nada le cuesta exponer y un dar la vida por sus
hijos.

En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es ms meritorio y ms
sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aqulla en
la familia es hoy de la ms alta importancia, y crecer an, cuando se
eduque  la mujer con ms esmero y cuidado del que se ha empleado hasta
el dia.

Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que
puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres
eminentes, contemporneo el uno, y el otro nacido en poca no remota.

Alfonso de Lamartine debe  su madre, si no su talento, el rpido
desarrollo del mismo, y el carcter noble y elevado que este mismo
talento tom: aquella madre bella, potica, entusiasta, tierna y
melanclica, model  su imgen el alma de su hijo,  ms bien el alma
del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que
sacaba celestiales melodas.

Ya en la ancianidad, el poeta se acuerda todava con ternura de aquella
madre, que, vstago de una de las ms ilustres familias de Francia, se
encerr con su esposo, sus hijos y su libro de oraciones en una pobre
casa, antigua y desmantelada, donde todo su recreo consistia en mirar
el cielo  traves de los viejos rboles y ensear  su Alfonso  pensar
y  sentir.

Bien se conoce en los escritos del poeta que el talento de una mujer
hizo brotar y dirigi sus primeras impresiones: de ah proceden esa
melancola que resalta en ellos, esa dulzura en los giros, esa belleza
en las imgenes, esa inquebrantable fe religiosa, esa exquisita
elegancia, esa poesa inagotable, que se advierten en todas las obras
de Lamartine: sus detractores dicen que su pluma es _un tanto
femenina_, y tienen razon: se es el ms alto elogio que se puede hacer
de su madre.

Cuando el poeta, hombre ya, deja para ir en busca de la fortuna el
dulce abrigo del ala maternal, aquel cario tierno  inteligente le
sigue por todas partes, excusa sus errores, le socorre secretamente en
sus locos gastos; y cuando llega la hora del amor para Alfonso de
Lamartine, la dulce madre comparte con el corazon de su hijo, no slo
todas las penas, sino todas las punzantes emociones de una pasion,
acaso culpable, pero verdadera y profunda.


                                  III.

En todos los escritos de Lamartine reside el alma grande, bella,
piadosa, tierna y apasionada de su madre; si todos los hombres tuviesen
una madre como aquella, habria tambien ms nombres gloriosos en el
mundo, y las malas pasiones no tendrian tanto imperio.

Como se ve, no quiero hablar aqu del amor ciego  ininteligente de la
madre que slo alcanza  desear una absoluta dominacion sobre sus
hijos, y que ms que abrirles el camino de la vida y de la
inteligencia, se los obstruye todos. Hablo del amor  la vez
inteligente y apasionado, como del bello ideal del cario materno; pero
un aqul es  mis ojos respetable, pues si en sus manifestaciones es
errado, en el fondo es grande y lleno de abnegacion.

En el artculo siguiente hablar de la triste influencia que su madre
ha tenido en el destino de otro hombre ilustre, y  la vez muy
desventurado.




                               LA MADRE.


                           ARTCULO TERCERO.


                                   I.

Triste es el ejemplo que vamos  ofrecer  nuestros lectores, y, sin
embargo, le elegimos entre muchos, como el ms elocuente y como el ms
propio para manifestar hasta dnde llega la influencia de la madre
sobre su hijo.

Ya hemos visto la saludable que ejerci Mad. de Lamartine en el suyo;
hablemos de la funesta, de la tristsima, que Lady Byron tuvo en el
carcter y en el destino del ilustre poeta que le debe la vida.

La orgullosa y severa Inglaterra se envanece, y con justsima razon, de
contar entre sus hijos al poeta cuyo nombre ha llenado con su gloria al
mundo entero; pero si esa nacion, moral por excelencia y amante de la
familia, separa sus ojos de madre de la entidad _poeta_ de Lord Byron,
y los fija en la entidad _hombre_ del mismo, es seguro que los cerrar
avergonzada.

Lady Byron estaba dotada de una hermosura encantadora y de un talento
tan grande, que no podia comprenderse sin asombro,  ms bien que
podian comprender muy pocas personas, pues slo la inteligencia grande
es la que sabe medir y apreciar la grande inteligencia.

Lady Byron no fu dichosa en su matrimonio;  pesar de sus
sobresalientes dotes de talento y de hermosura,  quiz  causa de
estas mismas dotes, mal apreciadas de su marido, detest el lazo eterno
que  l le unia, y el nacimiento de su nico hijo Jorge la caus ms
disgusto que placer.

La muerte desat su cadena conyugal, y, viuda ya, am  crey amar
muchas veces, engandose siempre y mirando caer  sus pis los dolos
que su propia imaginacion habia levantado y vestido con doradas galas.

En la perptua tempestad de su vida, poco  nada pensaba en su hijo,
que desde su ms tierna edad escandalizaba, con los arrebatos de su
carcter,  los sesudos profesores y  los inocentes educandos de los
colegios de nobles de Harrow y de Cambridge; si Lady Byron hubiese
modelado desde entnces el carcter de su hijo con el blando cincel del
amor materno, seguramente no se hubiesen desencadenado ms tarde las
furiosas pasiones, que sumergieron la gigantesca naturaleza de Jorge en
el abismo de todos los excesos.

Aquella madre fatal reunia una razon dbil  una imaginacion ardiente y
soadora y  un corazon rido y frio; su salvaje orgullo le haca negar
todo cuanto no comprendia; sus creencias religiosas, dbiles siempre,
desaparecieron por completo cuando ms falta le hacian; cuando la edad
del amor habia pasado; cuando su cabeza, rehusando abrigarse bajo la
santa bandera de la fe cristiana, debia quedar expuesta  todas las
tempestades de la vida.


                                  II.

Jorge Byron fu  la casa maternal, expulsado del colegio por su
desarreglada conducta, hija sobre todo del abandono en que su madre le
dejaba; y en vez de hallar en aquella madre una amiga tierna y
previsora, hall una mujer dura, fria, indiferente para l, y que en su
helado y extrao escepticismo, se reia de las cosas ms santas, y se
burlaba de todo.

No se lanza  traves de las selvas el caballo que ha roto el freno con
ms ardor y bravura en la carrera, que el jven Lord se lanz en todos
los excesos de la vida libertina; juzg  todas las mujeres en su
madre, y  todas las despreci, siendo para l juguetes que le
divertian ms  mnos tiempo; sus poemas _Childe Harold_, _El
Corsario_, _Chiam_, _La Desposada de Abidos_, _Lara_ y _Don Juan_,
elevaron su fama al ms alto grado de la gloria; pero qu vida la del
poeta! viajando sin cesar para olvidar el vaco que ni la gloria podia
llenar, cansado de honores y de riquezas, consumido de hasto, Jorge
Byron era el hombre ms desgraciado de la tierra.

Fatigado de su deplorable existencia, quiso ver si hallaba la calma en
el puerto del matrimonio, y obtuvo la mano de Mis Milblanc, jven
encantadora, que le di pronto una hija; pero los lazos de la familia
se le hicieron insoportables al poco tiempo, y huy  Ginebra,
trasladndose despues  Florencia.

Para que no existiese una desdicha que Jorge no apurase, le lleg la
hora de amar verdadera y profundamente, cuando ya estaba unido  otra
mujer; la Condesa de G.... fu la que le inspir el nico amor de su
vida, y la Condesa estaba casada como l.

No es de este lugar el referir los escndalos que estos amores
produjeron: la Condesa, cansada del carcter de Byron, agobiada con la
esterilidad de aquel corazon que slo por ella latia, pero que en todo
lo demas era de piedra, tuvo, por fin, el noble valor de desprenderse
de tan funestos lazos, y Lord Byron, desesperado, recorri la Grecia y
se ocup en conspirar, hasta que  los treinta y siete aos muri de
una fiebre inflamatoria, asistido y cuidado solamente por un fiel
criado suyo.


                                  III.

Tal fu, considerada  grandes rasgos, la vida de este gran poeta, de
quien una madre tierna y piadosa podia haber hecho un buen ciudadano,
un buen esposo, un buen padre, y sobre todo, un hombre feliz, y que fu
el ms desgraciado de los vivientes y uno de los hombres ms bajamente
viciosos.

Aquel que estudie el carcter y los escritos de Lord Byron hallar
entre unos y otros las ms extraas contradicciones; escptico en su
vida, se lamenta amargamente de no haber nacido catlico; aristcrata
por la cuna y el carcter, hace alarde de despreciar las preocupaciones
de su clase; abomina la disipacion en sus obras, y su vida no es otra
cosa que una disipacion continuada; considera el matrimonio como una
calamidad insoportable, huye de l, y escribe que el matrimonio es el
estado ms feliz de la vida.

Pobre y enferma cabeza! Pobre corazon extraviado y solitario en los
desiertos de la vida! Pobre y gigantesco pensamiento, aspirando
siempre  un _ms all_ que no encontraba! Si una madre tierna,
piadosa  inteligente te hubiera prestado el calor amoroso de su seno;
si te hubiera mostrado el cielo con la palabra y con el ejemplo de una
virtud suave y sencilla; si te hubiera abierto en su corazon un refugio
 todas las decepciones,  todos los dolores de la vida, hubieras sido
feliz, aunque no hubiera sido de otro modo que agradeciendo  Dios tu
propia grandeza!


                                  IV.

El mundo, casi siempre justo, se ha encargado del castigo de Lady
Byron; en vez de rodear su memoria de la aureola de gloria eterna que
de justicia se debia  la madre de tan gran hombre, slo la representa
cubierta con los negros velos del sombro escepticismo y del helado
orgullo.

Deploremos todas las mujeres que aquella mujer ilustre, que aquella
madre, no se haya elevado sobre su pedestal de palmas y de flores;
deploremos que no adorne su frente la augusta corona del amor materno;
cironla, es verdad, la de la hermosura y la del talento; pero qu
valen stas, si no sostiene los suaves y perfumados velos del amor
maternal y de la fe cristiana?

Nada! Todo perece en la tierra para aquella que, habiendo dado  luz
hijos, no puede esperar que se grabe en su losa funeraria:

                    _Aqu reposa una buena madre!_




                               LA MADRE.


                            ARTCULO CUARTO.


                                   I.

--Dadme hijos, Dios mio,  haced que muera!

Este era el grito que Raquel elevaba al cielo cada dia: ste era el
grito de las mujeres de la nacion predestinada, donde todas aspiraban 
ser la madre del Mesas.

Este es el grito que hoy tambien se escapa del seno de muchas mujeres,
que se inclinan sobre una cuna, un vaca.

Desde que la mujer siente un hijo en su seno, slo anhela la venida de
este hijo; su corazon se llena de la ternura ms fuerte, ms pura, ms
desinteresada; de la ternura que _da siempre_, y que _no recibe casi
nunca_: de una ternura que no agotan ni las fatigas, ni los
sacrificios, ni un la ingratitud, que es algunas veces su recompensa;
de una ternura que no se asusta de las pruebas ms duras y que, cuando
tiene su orgen en la sagrada fuente de la religion cristiana, _nutre_,
como dice San Agustin, _almas para el cielo_.

Sfora, madre de los Macabeos, supo exhortar  sus hijos  resistir al
tirano Antoco, y  desafiar el horror de los tormentos, porque aquella
valerosa madre amaba  sus hijos tanto _y tan bien_, que anhelaba
conquistarles, un  costa del martirio que su corazon sufria al verles
martirizar, la felicidad eterna.

Esta madre era--dice la Escritura--admirable y digna de vivir en la
memoria de todos.

Antoco quiso conquistar por el prestigio de las riquezas y de los
honores al ms jven de los hijos, al Benjamin de esta heroica Raquel:
mas ella, inclinndose hcia el nio, le exhort con penetrante
energa, y le rog que fuese digno de sus hermanos y de s mismo.

El Rey, inflamado en clera, fu ms cruel con este nio que con sus
demas hermanos, y aqul muri confiado en el Seor: la madre sufri la
muerte despues de todos sus hijos[2].

     [2]Libro de los Macabeos, cap. VII.


                                  II.

Virgilio ha celebrado con su poesa encantadora  la madre de Euryalo,
la nica entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el
destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza,
colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.

La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de
Eneas,  favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde
aqul ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre
se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su
corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los
brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.

Santa Mnica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostr su amor
hcia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aqul, y
ofrecindose al cielo en holocausto de sus errores.

San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal
talento: Mi madre ha sufrido mucho ms para engendrarme  la verdad y
 la virtud, que para darme al mundo.

Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres,
porque la _maternidad moral_ es el complemento de la maternidad
material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de
madres, sino educando  sus hijos y hacindolos amar la virtud.

Santa Mnica comprendia as su admirable mision: educ  su hijo con
ms tierno cuidado; le di los profesores ms distinguidos de su tiempo
para que cultivasen su talento, y ella se reserv el cuidado de formar
su corazon; siguile  Cartago,  Roma,  Milan, hablndole siempre en
lenguaje dulce y penetrante y mostrndole  la vez el ejemplo de todas
las virtudes.

Pero todo era intil: el hijo rebelde, extraviado ms bien por su
imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba
de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arroj era tan grande,
que el corazon maternal estall en sollozos profundos y desgarradores.

Dios escuch aquel grito supremo y abland el corazon del hijo, que se
volvi por entero hcia su madre.

Mnica llor veinte aos; pero obtuvo, no slo la conversion, sino la
santidad de su hijo; muri dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fu
obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabidura consumada, no
podia, ni un en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que
una gota de llanto subiese de su corazon  sus ojos.

La historia de San Agustin, de ese hijo de tantas lgrimas, es el
triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.


                                  III.

San Juan Crisstomo, ese genio admirable, debi  su madre la cultura
de su espritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso
separarse de su madre para irse  vivir entre los solitarios de Egipto;
pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable
pluma del santo ha legado  las edades futuras.

No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no
despiertes, hijo mio, un dolor que est slo dormido; espera que yo
muera; no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir 
un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jven cuando le perd,
pero Dios ha velado sobre m, yo me dediqu por completo  mi hijo y mi
corazon estaba lleno de valor; verte sin cesar, mirar en tus facciones
un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes!
Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista
sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi
cadver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende
largos viajes, cruza los mares, pues que sers dueo de tus acciones;
pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compaa de tu madre y
teme el enojo de Dios, sumergindome en un dolor que no he merecido.

Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre
las de aqulla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su
deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.

Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos,
y el filsofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta,
tan llena de abnegacion, exclamaba:

--Qu mujeres hay entre estos cristianos!

San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien  sus madres la
perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el
cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido
una buena y santa madre.

Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, form el alma de su
hijo San Luis.

La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo  su madre
Aletha: esta mujer distinguida inspir  su hijo el gusto de las
letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud  su
hermana Humbelina, le bast evocar el recuerdo de su madre para que la
jven cayese de rodillas  sus pis.




                               LA MADRE.


                            ARTCULO QUINTO.


                                   I.

De la hermosa, amable  interesante madame de Sevign es de quien vamos
 tratar en este artculo, como de uno de los modelos de amor maternal
que conocemos.

Infeliz en su enlace, no obstante que estuvo de acuerdo con su corazon,
qued viuda muy jven, y en vano fu que se viese rodeada de los ms
brillantes partidos; quedronle dos hijos, y se dedic sola y
exclusivamente _ ser madre_.

La Marquesa de Sevign amaba mucho  sus dos hijos, pero el varon no
alcanz las infinitas pruebas de ternura que di  su hija Margarita
Francisca, que lugo fu la condesa Grignan.

 la ternura maternal que la Marquesa profesaba  su hija se debe esa
obra maestra de naturalidad y de gracia, esas _Cartas_, que un nos
interesan tan vivamente: se admira en ellas el espritu ingenioso de su
autora y su imaginacion fresca y llena de brillantez; pero se admira
an ms su corazon maternal, en el que habitan como en morada propia,
una ternura y una afeccion inagotables: hay en esas cartas expresiones
mil veces repetidas, pero que parecen siempre interesantes y siempre
nuevas: su elocuencia tierna y sublime es tan natural, tan delicada,
tan persuasiva, tan amorosa, que admira profunda y tiernamente: se ve
en las cartas de esa madre  su hija, pintada la verdadera manera de
amar, que se olvida de s misma y se ocupa slo de la dicha del objeto
amado.

La Marquesa, sin embargo, no era pagada por su hija con un amor igual
al que le daba. Margarita era dura, altanera, fria de corazon, y
frecuentemente necesitaba del perdon maternal: la hija era una mujer
irreprensible, y la madre, que tena todas las amables debilidades de
su sexo, se veia juzgada duramente, y algunas veces reprendida con
severidad por la misma hija  quien adoraba.

Hemos dicho que Margarita, condesa de Grignan, tena necesidad muchas
veces del perdon de su madre, y en ninguna ocasion resplandecen mejor
la delicadeza y el profundo amor de la Marquesa  su hija, que cuando
tiene que perdonarla.

T me amas, hija mia, le escribia, y me lo dices de un modo que trae 
mis ojos abundantes lgrimas: te complaces pensando en m, y en hablar
de m, y dices que nunca eres tan dichosa como cuando me expresas tus
sentimientos; cuando estos sentimientos llegan  m, son recibidos de
un modo que slo puede ser comprendido por los que saben amar como yo
te amo; t eres para m el mundo entero, y slo  t conozco.

Este sentimiento tan vivo no hizo la dicha de madame de Sevign: vivi
separada de su hija desde el casamiento de sta, y no pens en que
cuanto ms elevamos un dolo, ms le separamos de nosotros: en todos
los amores de la tierra la ceguedad, la idolatra, slo llevan  la
desgracia.

En tanto que no sali del lado de su madre, la jven Margarita fu el
objeto de los ms tiernos cuidados de aqulla: la present en la crte,
y la adornaba del modo ms  propsito para hacer resaltar su belleza,
que era perfecta; jven un la madre, bella y ms agradable que la
hija, pues su hermosura era de un carcter infinitamente ms dulce que
la de Margarita, apnas pensaba en s misma, reservando todos sus
cuidados y desvelos para la hija que amaba ms que  s propia.

Luis XIV, prendado de la admirable hermosura de Margarita, cuando sta
fu presentada en la crte, la distingui mucho y hubo noche que bail
con ella cuatro veces seguidas. Margarita no era insensible  los
homenajes de aquel Monarca, hermoso jven y al que se miraba como  un
semidios:  los diez y seis aos no hay bastante fortaleza para
reflexionar, y el alma de aquella nia, bien que oculta tras de un
espeso velo de dureza y de egoismo, era ardiente y ambiciosa.

Madame de Sevign tuvo mucho que sufrir para combatir las seducciones
del Rey.

No se atrevia  dejar de ir  las recepciones de la crte con su hija,
pues conocia el carcter del Monarca, y temia que la misma privacion de
ver  Margarita le empujase  cometer violencias para llegar hasta ella.

Dise, pues, prisa  casarla con el conde de Grignan, hombre de edad
madura, sin que llegase  la vejez, padre de dos hijos, pero que amaba
 Margarita con todo el entusiasmo del ltimo amor.

Margarita fu dichosa en aquel enlace, pero no as su madre; habia
deseado sta ante todo que su hija no se separase de ella, y as se lo
prometi el conde de Grignan; pero en breve, rdenes superiores del
Gobierno, y que l no esperaba, le hicieron salir de Pars, al cual no
volvi en muchos aos.

De aquella separacion nacieron las cartas de madame de Sevign, cartas
admirables y de las que ya nos hemos ocupado.

La amorosa madre no pudo resistir largo tiempo sin ir  ver  su hija,
y pas  su lado algunos meses; pero sus ocupaciones y su fortuna la
llamaban de nuevo  Pars, y los dolores de la ausencia empezaron para
ella con mayor y ms profunda intensidad; para que su correspondencia
fuese interesante y no fatigase la atencion de Margarita, madame de
Sevign se informaba de todas las ancdotas de la crte, de todo lo que
sucedia, y lo referia en sus cartas  su hija, con una gracia y una
viveza encantadoras y tenindola al corriente de todas las novedades.

El amor de madame de Sevign lleg para su hija hasta la idolatra: y
nosotros creemos que son preferibles las madres cristianas como Santa
Mnica y como Blanca de Castilla,  las que, como madame de Sevign,
convierten en una pasion desordenada y ciega el amor maternal, pues
este amor, cuando no es dbil, es grande, poderoso, admirable: podria
reformar el mundo si tuviera la conciencia de su mision, si
comprendiera que no se trata solamente de amar al hijo, sino que es
preciso educarle y salvarle de los peligros que le rodean.

Es fcil y cmodo amar el cuerpo de un hijo, embellecerle y adularle;
pero cunto ms hermoso y ms grande es pensar en su alma!

El grande honor, cuando una mujer es madre, no es el sacrificio por su
hijo, porque el sacrificio es dulce para la que lo cumple; es el
sacrificar en caso de necesidad la vida misma del hijo, y estimar en
ms que esta vida tan cara, la verdad, el honor y la virtud; es querer
ms verle muerto que ver marchitas en su alma esas santas y delicadas
flores.

Reconvenian no hace mucho  una madre delante de nosotros, porque en
vez de reprimir la excesiva sensibilidad de su hijo le excitaba con
lecturas tiernas y llevndole  socorrer  los pobres y  los enfermos,
y le acusaban de que le haca desgraciado.

--Amigo mio, respondi aquella madre: prefiero el que mi hijo sea bueno
 que sea feliz.




                               LA MADRE.


                            ARTCULO SEXTO.


                                   I.

Por los ejemplos que hemos presentado  nuestras amables lectoras
creemos haber demostrado suficientemente hasta qu punto es grande y
hermosa en la humanidad la figura de la madre, hasta qu punto puede
llegar su influencia en el destino de sus hijos, y cun inmensa es la
importancia que se la debe conceder.

Si quereis mejorar la sociedad, educad  las mujeres, decia Mad.
Campan  Napoleon I; y al darle aquel consejo, debia indudablemente
pensar en las madres, porque nadie como una madre puede hacer marchar 
su familia por la senda del bien y de la virtud.

Para que una mujer sea buena madre, debe ser ante todo buena cristiana,
y ademas mujer instruida; porque su principal mision es inculcar  sus
hijos los sentimientos religiosos, que les han de servir de puerto de
paz en todas las borrascas de la vida.

Nada hay que pueda reemplazar la educacion de una buena Madre, dice
Maistre: cuando la Madre se impone el deber de imprimir el sello de la
virtud sobre la frente de su hijo, es casi seguro que la mano del vicio
no lo borra jamas.

El jven sigue su primera direccion, dice el libro de _Los
Proverbios_, y no la deja ni un en su ancianidad.

Madame de Genlis nos ha pintado, en una de sus encantadoras novelitas,
un ejemplo casi heroico del amor maternal.

Una jovencita, hija de una viuda hermosa y rica, estaba dotada de tan
rebelde  indomable carcter, que parecia haber nacido solamente para
ser el tormento de la que le habia dado el sr: no hubo pena que la
pobre madre no sufriese de su hija, y Eglantina, que este era su
nombre, en vez de agradecer  su madre el que se hubiera dedicado 
ella por completo, renunciando al amor y al matrimonio, parecia
complacerse en llenar su vida de disgustos y sinsabores.

Una terrible enfermedad acometi de repente  la jven: el cielo le
envi una viruela maligna, que le atac  la vista de tal modo, que los
mdicos la declararon en inminente riesgo de perderla.

--Slo hay un medio, dijo el ms anciano; pero lo veo imposible de
lograr.

--Hable V., doctor,! exclam la afligida madre: diga ese medio, y le
aseguro que lo encontrar.

--Imposible, seora!

--Qu hay de imposible para una madre cuando se trata de salvar  su
hija? Le digo  V. que lo hallar!

--Pues bien, es preciso buscar una mujer bastante pobre para que por
una cantidad que ella misma fije, extraiga con los labios, y de la
manera ms lenta y ms suave posible, el humor maligno que ha cargado 
los ojos de la seorita su hija de V.

--Gran Dios! exclam la madre; y dnde hallar  esa mujer?

--Creo que en ninguna parte, seora, y tanto mnos se hallar, cuanto
que es un deber de conciencia el advertirle que peligra su vida, si
traga alguna partcula de ese humor.

Aquella misma tarde, al volver los doctores, se hallaron  la madre de
Eglantina vestida con un humilde traje de algodon y con una gorra de
muselina.

--Ya se ha encontrado la persona que necesitbamos para salvar  mi
hija, dijo.

--Ha sido posible?

--S, seores.

--Y dnde est?

--Yo soy.

--Usted! exclamaron los dos mdicos.

--Yo misma; srvanse, pues, darme sus instrucciones para ir al instante
 aliviar  mi hija.

--Olvida V., seora, que expone la vida, exclamaron los doctores.

--No lo olvido, y por lo mismo que se expone la vida, es  m, y slo 
m,  quien corresponde tomar ese cargo. Cmo! me han creido VV.
capaz, seores, de ir  buscar quien por dinero llenase un oficio
repugnante, y que yo desempear con verdadera felicidad? Salvar  mi
hija! Qu ms gloria podia yo esperar que me estuviera destinada, ni
cmo cederia  nadie esta ventura? Si por un instante he podido pensar
que otra lo haria, bien pronto me he dicho que slo yo debia y podia
llenar esta sagrada obligacion.

Y la generosa madre condujo  los mdicos  la alcoba de su hija.

Eglantina tena los ojos cerrados y cargados de viruela; su madre se
inclin sobre ella, y la inform dulcemente del nico remedio que habia
para salvarla la vida.

--De esta suerte, murmur la jven con tristeza, estoy ciega para
siempre! porque quin habr que se quiera encargar de salvarme,
practicando tan repugnante trabajo?

--Ya se ha encontrado quin lo har, hija mia.

--Y quin es?

--Una pobre madre que quiere ganar la suma que yo la he prometido, y
ahora mismo va  empezar la cura: te dejo sola con ella, y vuelvo
pronto.

La madre hizo como que se iba, y volvi, arrodillndose en seguida al
lado de la cama de su hija, y dando principio  la operacion.

Quin podr pintar la sorpresa de Eglantina, al ver que era su madre
la que habia salvado su vista, y acaso su vida?

Un cambio completo se verific en su corazon, y dedic toda su
existencia  pagar  aquella madre generosa la deuda de gratitud, que
con ella habia contraido.

No hay sacrificio, ni moral ni material, que no pueda y sepa hacer una
madre, y los rasgos ms heroicos de que puede envanecerse nuestro sexo,
por las madres han sido llevados  cabo.

Venerad, pues, y amad con ternura  vuestras madres, mis queridas
lectoras, y pensad que el amor maternal es el ms santo y grande de los
amores; el ms generoso, el ms fuerte, el que perdona siempre y
siempre olvida, el que nos recibe al nacer, nos acompaa al morir, y
vela por nosotros, un despues que nuestras madres van  residir al
cielo.




                                LA HIJA.


                           ARTCULO PRIMERO.

                                     Qu es una hija?

                                     Cuando su educacion y sus propias
                                     inclinaciones la hacen buena,
                                     es la alegra de la casa, el ngel
                                     consolador de sus padres, la aurora
                                     del cielo domstico, el rayo
                                     de sol que todo lo ilumina, lo dora
                                     y embellece!

                                                    DE UN LIBRO INDITO.


                                   I.

Con verdadero placer voy  tratar de describir este tipo, el ms bello,
el ms potico, el ms risueo, el ms inocente. En la madre todo me
parece grande, casi augusto, hasta sus mismos errores: en la hija todo
lo veo dulce, suave, tierno y simptico.

_Madre_ es,  mi entender, sinnimo de sacrificio, de abnegacion, de
virtud y de nobleza.

_Hija_ es emblema de tierno afecto, de alegra, de encanto y de gracias.

Verdad es que para la que esto escribe la infancia y la juventud tienen
tal atraccion y tanta poesa, que los nios le parecen siempre
adorables, y las jvenes le son siempre queridas.

Lo duro de la condicion varonil choca acaso con su delicado y
susceptible orgullo de mujer; pero las mujeres y los nios han obtenido
siempre su ms tierno afecto; las primeras, porque comprende las
desdichas de su condicion; los segundos, por su inocencia y su
debilidad.

Muchas veces en el interior de una familia dividida por discordias he
admirado el poder y el prestigio de la hija de la casa; ella era la que
mediaba entre su padre y un hermano inaplicado  rebelde; ella la que
consolaba  su madre, afligida por las diferencias entre el hijo y el
esposo; ella la que hablaba y reia cuando guardaban todos un sombro
silencio; ella la que animaba, la que haca olvidar,  lo mnos, por el
momento. La hija era el rayo de blanca luna que corria el negro nublado
del cielo domstico.

Uno de los hermanos le pedia su intercesion para que le dejasen ir al
teatro; otro la ponia de mediadora para que su madre le diese una corta
cantidad de dinero; una hermanita pequea le suplicaba le alcanzase la
concesion de un sombrero de moda nueva, y hasta el que estaba en
mantillas queria ir  sus brazos para que lo llevase  ver la luz del
quinqu, hcia la que tendia sus manecitas con esa aficion  todo lo
que brilla, que ya se demuestra desde la cuna.

La hermana lograba todo para todos, y lugo cada uno le pagaba su dulce
intercesion con muchas caricias y besos.


                                  II.

La casa sin hija es como huerto sin sol. Cuando en una familia se ha
pasado ya del descontento  una guerra sorda y cruel; cuando han
surgido entre el padre y la madre diferencias imposibles de vencer;
cuando, en fin, arde en la casa la tea de la discordia, slo la rosada
 inocente boca de una hija la puede apagar.

Los hijos, por mucho talento que tengan, no lo conseguirn jamas,
porque es preciso el delicado instinto, el fino tacto y toda la gracia
y poesa de _la jven_, para apagar la sangre humeante que brota de las
llagas del corazon y del amor propio, cuando se creen ultrajados.

Feliz el matrimonio donde hay una hija, una hija dulce, sensible,
afectuosa; una hija que piense, y sobre todo _que sienta_! Jamas
llegarn  envenenarse las querellas! Jamas dividir  los consortes
el abismo!

Si la madre es la firme base y la fuerte columna en que descansa la
familia, la hija es el ngel custodio que la cubre con sus alas.

Coronemos  la madre de mirto y de laurel, y  la hija de rosas y
azucenas.


                                  III.

Pocos dias hace que una amiga mia, que acaba de casarse, me enseaba
una carta de sus padres.

--Mira, me decia, en tanto que gruesas lgrimas se deslizaban por sus
mejillas; mira lo que me escriben.

La carta empezaba as, y era la madre la que hablaba por los dos:

Desde que has salido de casa, hija mia, todo se halla mudo y vaco
para nosotros; en medio de los cuidados materiales que agobian  tu
padre, en medio de los dolores de mi siempre dbil salud, tu sola vista
nos daba la felicidad.

Cuando mirbamos tu cabecita rubia nos creiamos en la primavera de la
vida, porque los rayos de juventud que la alumbraban reanimaban
nuestros corazones.

Cuando veiamos tus dulces y lmpidos ojos, la dicha nos sonreia en
ellos, y pensbamos que nunca habiamos de perderte.

Qu se ha hecho tu grata y armoniosa risa que alegraba la casa?
Dnde est el melodioso canto que se escapaba de tus labios en tanto
que te ocupabas de tus cuotidianos quehaceres, y que era para nosotros
como un eco de bendicion y de alegra?

Aqu, hija mia, nada _vive_ desde que t nos dejaste, y la existencia
sin t nos parece tan vaca, que no merece la pena de conservarse.

Aun est tu cuarto embalsamado con el perfume que usabas siempre y que
dejabas detras de t, como un dulce y eterno recuerdo tuyo; las flores
ltimas que pusiste en las copas de tu mesa de tocador han muerto all,
como la alegra en nuestros corazones; el espejo ya no refleja tu
querida imgen; tu blanco lecho parece que te espera todava; el
crucifijo ante el cual orabas, sigue guardando tu alcoba virginal, y
todo aquel aposento se halla envuelto en una sombra tristeza, como si
lamentase tu ausencia.

Y cuando alguno de nosotros llora, ya no hay quien le consuele, sino
que todos los demas sufren con l.

Los sollozos de mi amiga, que, con el rostro entre las manos, se
entregaba al dolor que le causaba la lectura de aquella tierna y
elocuente carta, me obligaron  detenerme. Entnces, separando con
dulzura sus manos, le dije:

--Por qu esa afliccion? Clmate y espera del cielo una hija que sea
para t lo que t has sido para tus padres; esa es la ley de la
naturaleza, y feliz la que slo puede esperar de ella recompensa!

Dejar para mi artculo siguiente la demostracion con ejemplos de lo
que una hija puede y debe ser en la familia; la historia me prestar
algunos, y en nuestros mismos dias el amor filial ofrece acabados y
tiernsimos modelos de abnegacion.




                                LA HIJA.


                           ARTCULO SEGUNDO.


                                   I.

Jamas se borrar de nuestra memoria el grandioso ejemplo del amor
filial que la ilustre pluma de la Condesa de Genlis nos refiere,
afirmando ntes que es verdadero.

Para aquellas de nuestras lectoras que no le conozcan, vamos 
referirlo, no sin advertirles que, por sublime que sea, nos parece muy
natural y dentro completamente de las leyes del deber.

El Marqus de Valmore, viudo y padre de un nio de siete aos, iba 
contraer un segundo enlace con una encantadora nia de diez y seis.

Clara, que ste era su nombre, era un modelo de todas las gracias
propias de su edad, pero pobre; su padre era un emigrado espaol
llamado Montalban, y ambos habitaban en la aldea que se extendia al pi
del opulento castillo de Valmore.

El Marqus, jven de treinta aos, vi  Clara y la am; era imposible
defenderse del encanto de aquella nia, cuya plcida fisonoma
retrataba la sensibilidad y el talento, unidos  la inocencia y  la
ms perfecta hermosura.

 pesar de todas las representaciones de la madre y de la hermana del
Marqus, ste declar que su resolucion de casarse con Clara era
irrevocable, y todo se prepar para la boda.

La fortuna propia del Marqus no era muy considerable; su gran riqueza
provenia de la colosal que le habia traido su primera esposa: esta
fortuna la habia heredado de su madre el nio Eduardo, el que si moria,
debia,  su vez, dejarla  su padre.

Clara amaba al nio, de quien iba  ser segunda madre, con una ternura
sin lmites; es verdad que el nio la merecia y se la pagaba con usura:
slo al lado de Clara se hallaba contento; todo lo bello que poseia era
para Clara, y  Clara llamaba cada maana al despertarse.

El Marqus se pasaba largo rato algunas veces contemplando el grupo
encantador que formaban su prometida y su hijo, jugando como dos
hermanos sobre el csped del parque.


                                  II.

Era la vspera del casamiento: Clara habia madrugado, y vena de su
casita de la aldea trayendo en la mano una canastilla llena de frutos y
flores; reinaba esto, y la naturaleza ofrecia sus ms ricos dones: en
un lecho de rosas y de claveles venian colocados los delicados frutos
que ms apetecia Eduardo, y que pocas veces le permitian probar  causa
de su dbil salud.

Clara se parecia al ngel de la juventud y de la inocencia: llevaba un
largo traje blanco, y sus cabellos caian en largas trenzas por su
espalda, sin adorno ni sujecion alguna.

Sus ojos azules, grandes y lmpidos, reflejaban la serenidad de aquel
dia, y en su frente se veian reir todas las bellas ilusiones que traen
en sus alas la juventud y la esperanza.

El aya de Eduardo sali  recibirla.

--Ya levantada, seorita? la pregunt; aqu duermen an todos, mnos
Eduardo y yo.

--Tanto mejor, exclam Clara alegremente; mirad, mi querida seora:
esta canastilla es para dar  Eduardo una sorpresa; voy  ponerla sobre
la mesa que se halla en el templete de jazmines del jardin; ya sabeis
que est cubierta con un gran tapete; yo me esconder debajo; llamaris
al nio, ver la canastilla, y yo disfrutar de su alegra, sin que
sepa dnde estoy.

Y esto diciendo, la hermosa nia ech  correr al jardin seguida del
aya, que sonreia al pensar en el inocente complot.

Clara puso el lindo cestillo en la gran mesa que ocupaba el centro del
templete; alz el pesado tapiz que la cubria y llegaba hasta el suelo,
y ocult debajo su graciosa y potica figura.

El aya fu  llamar  Eduardo, que jugaba con su lebrel al fin del
jardin.

Algunos instantes despues se oy al nio que llegaba corriendo y
gritando alegremente: Clara le vi penetrar en el templete, y su
inocente corazon lati presuroso; pero de sbito el gorjeo infantil de
Eduardo se apag en un largo gemido... Clara vi el tapete de la mesa
alzarse por un lado... vi asomarse por el hueco la enrgica cabeza de
su padre, trastornada por una terrible expresion de gozo y de espanto 
la vez, y vi caer sobre su blanco traje un cuchillo ensangrentado.

La desgraciada nia no pudo ni lanzar un suspiro, y qued desmayada.

Cuando volvi en s se hall frente al cadver de Eduardo, cuyo pecho
infantil estaba abierto por una profunda herida; al lado de su hijo se
hallaba el Marqus de pi, sombro, lvido y con los brazos cruzados
sobre el pecho: los representantes de la ley estaban all tambien.

Detras de ellos se hallaba Montalban, que miraba  su hija con una
ansiedad profunda.

--Se os acusa de la muerte de este nio, seorita, dijo  la jven el
procurador del Rey.

-- m!...  grit Clara lanzndose sobre el cadver;  m! Quin me
acusa?

--Su propio padre: vos sabiais que muriendo este nio, el Sr. Marqus,
que iba  ser maana vuestro esposo, sera inmensamente rico, y sin
duda la ambicion os ha extraviado.

Clara saba aquello por la primera vez, y apnas oy lo que la decian
se dej caer de rodillas ante el lecho donde estaba el cadver, y puso
sus labios sobre la mano ya helada, de la inocente vctima.

--Levantaos! Miraos manchada con la sangre de mi hijo, y defendeos si
podeis! exclam sordamente el Marqus.

Clara tembl,  iba  gritar:--Soy inocente!--pero la angustiosa
mirada de su padre le cerr la boca: una palidez terrible cubri su
gracioso rostro, y dijo, alzando al cielo los ojos como para ofrecerle
su sacrificio:

--Yo he dado muerte  ese nio!

El espaol, al asesinar  la inocente criatura, queria conquistar para
su hija una opulencia de que l mismo necesitaba; pero jamas pens que
su crmen recayese sobre Clara: cuando arroj el pual bajo la mesa del
jardin, no la vi all; pensaba, y con razon, que se culparia  algun
ladron que queria asaltar la casa, y que se habia visto molestado por
la presencia del nio en el jardin.


                                  III.

Algunos dias despues Clara subia al cadalso, tranquila y firme en el
heroico propsito de salvar  su padre de la horrible suerte que ella
iba  sufrir sin merecerla; pero el hombre que tanto la habia adorado,
no pudo resolverse  dejarla morir, y un oficial del Rey lleg,
agitando una rden en su mano, y gritando estas elocuentes palabras:

--Perdon! S. M. indulta  la culpable!

Tres aos ms tarde una religiosa hospitalaria recorria una sala del
hospital de sangre de la Rochela, terminado ya su glorioso sitio; era
Clara: al llegar  uno de los lechos ocupados aquel dia, dej escapar
un grito: en l yacia herido el Marqus de Valmore.

--Clara! exclam l reconocindola tambien: Mi Clara, mi santa y
adorable Clara! te encuentro al fin... Montalban ha sido preso y
condenado  muerte por robo y asesinato en Pars... ntes de morir ha
confesado que l era el asesino de mi hijo, y que no era tu padre...
no! T eres la hija del noble y desgraciado Conde de Rosemberg, que te
confi  sus cuidados, y lugo muri en el destierro! Yo te he buscado
por todas partes, y no hallndote, he querido morir en la guerra!
Ahora ya puede Dios llamarme  s!

El Marqus cur, gracias  los cuidados de Clara, y sta se llam
algunos meses despues la Marquesa de Valmore.

--Por qu te empeastes en morir? la preguntaba tiernamente su esposo
el dia mismo de su union.

--Mi padre me habia dado la vida, y yo debia salvar la suya, contest
sencillamente Clara: ademas qu me importaba vivir siendo criminal 
tus ojos?

Este admirable rasgo de amor filial ha servido de argumento  una de
las mejores peras de un ilustre maestro; y la pura figura de Clara de
Rosemberg vivir tanto como los siglos, pues slo la virtud es inmortal.

Cuando vuestros deberes filiales os parezcan penosos, acordaos, mis
jvenes lectoras, de la que todo lo sacrific  estos deberes: su amor,
su dicha y hasta su vida; cumplidlos con exactitud y ternura, y estad
ciertas de que Dios vela siempre por los buenos hijos, y les recompensa
con creces todos sus sacrificios.

Imposible parece que existan malas hijas; pero la que merece ese triste
dictado en l mismo lleva su castigo, pues nadie querr para amiga, ni
profesar estimacion,  la que no sabe llenar el primero y el ms santo
de los deberes.




                                LA HIJA.


                           ARTCULO TERCERO.


                                   I.

No tan _eclatante_, como dicen los franceses; no tan brillante, como
nosotros decimos, como el ejemplo que acabo de ofrecer, llega otro  mi
memoria, que me ha referido una antigua y respetable amiga; pero si el
sacrificio de Clara de Rosemberg en aras del amor filial aparece
rodeado de la aureola del heroismo, por las circunstancias que le
produjeron, pues el crmen es siempre ruidoso, el que voy  dar 
conocer no es mnos grande por ser ms silencioso  ignorado, como lo
es siempre la suave y modesta virtud.

En Francia, y en una pequea ciudad de provincia, en una callejuela
oscura y solitaria, habitaba un piso bajo, escasamente alumbrado por
dos estrechas ventanas, un anciano matrimonio; la esposa era ciega, el
marido se hallaba paraltico.

Toda su compaa era una hija, la mayor de dos que habian tenido.
Marta, la ms pequea, habia sido una bella flor nacida con la aurora,
y que fu  dejar su inocente aroma en los jardines del cielo. Dolores
era el nombre de la que quedaba en la tierra.

sta no habia sido jamas hermosa; pero habia en toda su persona la
gracia exquisita de la castidad y del decoro, esa gracia inimitable,
ese encanto supremo de la inocencia y del candor: sus grandes ojos, que
ostentaban el sombro azul de la pizarra, eran elocuentes por la
dulzura y tristeza que expresaban: sus cabellos negros guarnecian su
frente en espesas y hermosas trenzas; su talle delicado era notable por
su elegancia y distincion. Dolores era bella como el sueo de un poeta,
bella con la belleza ideal que habla poco  los sentidos, pero cuya
vista deja una huella indeleble en el alma.

Un paseante extraviado la vi un dia bordando al lado de su ventana; en
el antepecho habia un vaso con flores, nicas amigas de la pobre jven,
que pasaba su vida entregaba  un asduo trabajo, y al cuidado de sus
padres.

El paseante tena una hermosa figura, y contaba la edad de Dolores, de
veintiseis  veintiocho aos; pero qu diferencia entre los dos! la
esperanza iluminaba con sus ardientes rayos la frente de aqul, y la
alegra moraba en el fondo de sus brillantes ojos. Dolores era triste
como el recuerdo del amor postrero.

El contraste trajo el amor, como sucede siempre. Mauricio ador aquella
noble y melanclica sombra: en cuanto  ella, era el primer hombre 
quien habia oido palabras de afecto: habia vivido toda su vida en el
retiro ms absoluto, y dedicada por completo al cuidado de los dos
ancianos, sobre todo desde la muerte de Marta.


                                  II.

Mauricio llevaba cada dia  la solitaria un ramo de flores, y al dia
siguiente las veia prendidas en sus cabellos y en su cintura, como para
aspirar hasta sus ltimos perfumes.

Un dia dijo Dolores:

--Entre usted.

La puerta se abri y los dos amantes se sentaron frente  frente: en el
fondo de la estancia, oscura y triste, los dos ancianos dormitaban en
sus sillones, ya casi entregados  un idiotismo completo.

--Qu le parezco  V. ahora? pregunt Dolores mirndole con sus dulces
y profundos ojos.

--Ms bella que ntes, respondi Mauricio; y la amo  V. de tal suerte,
que deseo que las primeras palabras que oiga V. de mi labio al llegar 
su lado, sean para probarle mi afecto y mi lealtad; quiere V. ser mi
esposa?

Dolores iba  responder--S!--pero se volvi  mirar  sus padres: una
nube pas por su frente, y dijo con voz trmula:

--Maana le responder  usted.

Al dia siguiente Mauricio volvi por la contestacion. Dolores le abri
la puerta, y l se sorprendi dolorosamente al hallarla plida como un
cadver, y vestida de negro.

--Mauricio, le dijo, yo le amo  V., pero no puedo ser su esposa... Me
debo  mis padres...

--Nada les faltar, repuso Mauricio; no soy pobre, y tendrn medios
para vivir rodeados de comodidades.

--Les faltarn mi amor y mis cuidados! objet la jven meciendo la
cabeza. Mauricio, no puedo casarme!

--Piense V. que dentro de dos dias salgo de aqu con mi regimiento: que
renuncia V.  m para siempre... No me ama V., Dolores?

--Con toda mi alma! Jamas he amado  nadie, ni de nadie he sido
querida, que yo sepa... Piense V., pues, en lo que es V. para m!

--Y as me rechaza V.? As renuncia V. al amor, es decir  la vida?

--Ese es mi deber!

--Amor que as est subyugado por un deber que no es una verdad, es
amor muy dbil, exclam Mauricio con amargura, y cayendo as en la
vulgar indignacion del hombre que se ve rechazado, aunque sea por el
ms santo motivo. Adios, Dolores!

Un sollozo respondi  estas palabras.

--No espere V. ya al amor, dijo Mauricio volviendo hcia ella:
desdichada! Piense en que el que yo le tengo es el ltimo rayo de
felicidad que se viene  posar en su frente.

--Lo s, murmur Dolores.

--Y no quiere V. ser mia?

--No puedo!

--Piensa V. que esos ancianos casi insensibles, le van  agradecer su
sacrificio?

--No he pensado en eso, sino en cumplir con mi deber.

Mauricio lanz una exclamacion, en la que entraban por partes iguales
la clera y el dolor, y se lanz fuera de la pobre casita.

--Adios, murmur Dolores: sombra adorada de mi primero y nico amor,
sueos de felicidad, para siempre adios!

Y cay sobre su asiento, cubrindose el rostro con las manos y
sollozando amarga y dolorosamente.

Cuando alz la frente, todo rastro de belleza y de juventud habia
desaparecido en ella; slo quedaba la grandiosa y triste poesa de un
dolor eterno.


                                  III.

Dolores volvi  tomar su labor; las ltimas flores que le habia dado
Mauricio se marchitaron en su ventana, y ella recogi cuidadosamente
sus hojas secas, como recogi en su corazon los recuerdos de su
desgraciado amor: despues, inclinndose sobre su bordado, dijo con
honda tristeza:

--As pasar ya el resto de mi vida.

Dos dias despues, y  la caida de una bella tarde de otoo, oy los
ecos de una msica militar. Era el regimiento de Mauricio que salia de
la ciudad, segun l mismo habia dicho.

Dolores sinti que alguna cosa se rompia en el fondo de su corazon.
Levantse, y se fu  arrodillar delante del lecho de su madre, que se
habia acostado ya.

--Madre mia! exclam la desgraciada: es verdad que me amas? Es
verdad que te soy necesaria? Dmelo, por Dios!

--Djame dormir, respondi speramente la anciana, volvindose del lado
de la pared.

Dolores alz al cielo sus ojos: nadie en la tierra agradecia su inmenso
sacrificio... la msica se fu perdiendo lentamente  lo largo, y se
apag al fin en el vaco...

Algunos aos despues murieron los padres de Dolores; el anciano sigui
de cerca  su esposa; la pobre hurfana qued sola sobre la tierra.


                                  IV.

Un dia recibi esta carta:

Dolores: Usted que es una santa, ruegue por m; el recuerdo ms dulce
de mi vida se dirige  V.; he sido muy desgraciado, pues he perdido 
mi esposa,  mis hijos, y estaba solo en el mundo; buscando el amor, he
caido en el libertinaje, y en un duelo he sido herido de muerte... mi
ltimo suspiro es de V., y se lo envio como mi postrer adios!

                                                            _Mauricio._

Dolores bes este billete y le puso junto  su corazon; para almas como
la suya, aquel recuerdo era una recompensa: desde aquel dia habl con
Mauricio, envindole al cielo el lenguaje de la oracion.




                                LA HIJA.


                            ARTCULO CUARTO.


                                   I.

Los dos ejemplos que dejamos expuestos en nuestros anteriores artculos
prueban hasta dnde puede llegar la ternura filial en nuestro sexo.

El uno est rodeado de la aureola del heroismo: el otro, de la suave y
dulce luz de las virtudes privadas; pero uno y otro demuestran que todo
debe posponerse  la gratitud y al amor que debemos  nuestros padres.

Se han visto malos hijos; pero de hijas malas y desnaturalizadas
presenta la historia muy raros ejemplos.

Y esto no es extrao  nuestro parecer; la condicion de la mujer,
blanda  impresionable, la inclina  venerar el ejemplo de su madre y 
seguirle religiosamente; en tanto que los hijos abandonan el hogar y
llevan ljos de l sus pasiones, sus penas y sus alegras: se alejan de
sus padres, y slo en las grandes ocasiones pueden dar  stos pruebas
de su amor.

Pero las hijas, en las que domina ante todo el sentimiento; las hijas,
que por su condicion viven y crecen al lado de los que les han dado el
sr, pueden en todas las situaciones y en todos los instantes probarles
su amor y gratitud.


                                  II.

Grande y noble es el ejemplo de amor filial que Isabel de Segura di
casndose con D. Rodrigo de Azagra, por conquistar unas cartas que ste
poseia, y que encerraban la deshonra de su madre; y el poeta eminente
que ha llevado al teatro la lastimera y tierna historia de _Los Amantes
de Teruel_, ha dado el ms grande interes  su obra, poniendo como base
de la desdicha de Diego y de Isabel, el santo sacrificio de la hija 
su madre.

Pero si la hija puede y debe en circunstancias excepcionales
sacrificarse moral y materialmente por sus padres, no es mnos cierto
que tambien puede en las naturales de la vida labrar su felicidad.

La mayor libertad que se nota cada dia en las costumbres, y la fe que
se oscurece con esta misma libertad, hace que un en las familias ms
unidas, un en los hijos ms tiernos se note cierto tono irrespetuoso y
ligero, y cierta falta de atencion que las nias excusan con la
franqueza familiar.

Esto me parece, no slo anti-cristiano, sino anti-social, y los padres
deben poner el ms grande cuidado en evitar el que sus hijos les falten
al respeto y consideracion que les son debidos.

--No aadais, dice Silvio Pellico en su libro _Deberes de los
hombres_, no aadais tristeza con vuestro modo de obrar,  las
tristezas que doblegan las cabezas que el tiempo ha blanqueado! Que
vuestra presencia reanime  vuestros padres! Cada sonrisa que llameis
sobre sus labios, cada movimiento de alegra que desperteis en sus
corazones, ser para ellos el ms bello de los goces y descender sobre
vosotros como un roco bienhechor: Dios confirma siempre las
bendiciones de los padres.

Esta bella exhortacion debe dirigirse con preferencia  las hijas, pues
ellas son las que viven ms inmediatamente al lado de sus padres, y las
que ms pueden alegrar su corazon, y distraerlos de sus pesares.


                                  III.

No espereis, mis amables lectoras,  las ocasiones solemnes para probar
 vuestros padres vuestro amor y respeto, porque stas se presentan
raras veces, y ms de una existencia se pasa sin haber podido dar
pruebas de abnegacion,  no ser en las _pequeas cosas_ de cada dia: no
dejeis pasar esas ocasiones, y pagad vuestra deuda filial en pequea
moneda, por decirlo as, ya que no os sea dado hacerlo en grandes
sumas, pues, si no, correis peligro de morir insolventes.

 todas horas y de todos modos podeis dar  vuestros padres testimonios
de afecto; la dulzura en el lenguaje, las atenciones en la mesa, en la
calle y dentro de casa, son otros tantos homenajes que les debeis, y de
los que no podeis excusaros sin falta notoria de respeto y cario.

No es de buen gusto la familiaridad chocante que algunas jvenes
ostentan con sus madres: nosotros no aceptamos la familiaridad y
desatenta llaneza, ni un en la amistad ms ntima, ni un en el amor,
ni un en el matrimonio; la cortesa, los modales afectuosos y dulces
son el mejor sosten de los afectos, un de los ms santos y legtimos;
y muchas veces nos ha lastimado profundamente el ver confundir el
cario con la desatencion, que est muy cerca de la insolencia; hemos
visto hijos que se presentaban ante sus padres mal vestidos y con un
desalio que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona ms
indiferente: los hemos visto tomar posturas contrarias  la buena
educacion, cantar, responder con negligencia y aspereza, murmurar del
mandato maternal  paterno y obrar en la mesa como si estuviesen, no
con sus iguales, sino con sus inferiores, sirvindose, comiendo y
levantndose con la ms extraa libertad.

Por qu no se han de guardar con los autores de nuestros dias todas
las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los
extraos? Por qu una jven no ha de ser con sus padres lo que es para
todos los demas?

Imposible le sera estimar quien estas lneas escribe,  una jven que
respondiese duramente  su madre, aunque sta adoleciese de los ms
graves defectos; imposible concederle el ms pequeo lugar en su
corazon, aunque por otro lado aquella hija estuviera adornada de las
ms relevantes y bellas cualidades, porque nada se puede esperar de
quien no guarda en el alma como una flor inmaculada y pura, el tierno
sentimiento del amor filial.

Jvenes que un vivs bajo el ala dulce del amor materno y paternal, 
vosotras os toca ser la alegra del hogar y el consuelo de vuestros
padres: dejad  vuestros hermanos seguir  cada uno el camino que la
suerte le destine: vosotras sois los ngeles custodios de la casa, y
las que debeis rodear  vuestros padres de cuidados y de alegra:
vosotras las que debeis evitarles las penas y las fatigas, y las que
debeis condenaros hasta  un asiduo y penoso trabajo, si es preciso,
para pagarles as la inmensa deuda de gratitud que contraeis al nacer.




                                LA HIJA.


                            ARTCULO QUINTO.


                                   I.

Pongamos ante los ojos de nuestras jvenes lectoras un otro bello y
elocuente ejemplo del amor filial.

El Prncipe Crlos Estuardo fu, no slo uno de los hombres ms
desgraciados del mundo, sino tambien uno de los mayores libertinos que
el mundo ha conocido.

En sus excesos no habia ni nobleza ni decoro, y los cometia del mismo
modo que el ltimo lacayo de su casa: si es verdad que en el
libertinaje hay sus grados, el Prncipe Estuardo habia ya descendido
hasta la ltima escala.

Pretendiente  la corona del Reino-Unido, como hijo de la casa de los
Estuardos, anduvo muchos aos errante por pases extranjeros, y
buscando partidarios que no hallaba; durante su larga y amarga
peregrinacion tuvo una hija que recogi, hizo bautizar con el nombre de
_Carlota_, y deposit para que se educase en el convento de
benedictinas de Meaux.

Algunos aos ms tarde, el Prncipe cas con la jven, bella y
encantadora Luisa Stolberg, hija del Prncipe de este nombre; pero la
ms completa oposicion de gustos y de caractres desuni este
matrimonio, y Luisa, despues de muchas escenas violentas, fu sacada de
la casa conyugal por el severo Cardenal de V...., hermano mayor de su
esposo, y depositada en un convento de rden del Papa.

La sentencia de divorcio se present al instante, y el matrimonio qued
disuelto.

Pasaron an muchos aos: las desgracias siguieron agobiando  Crlos
Estuardo: amargado, desesperando de todo, sin saber  quin volver sus
tristes ojos, tuvo un dia un pensamiento salvador; pens en su hija y
la llam junto  l.

Carlota corri al lado de aquel padre  quien no conocia, pero de quien
se decia que era desgraciado; era una hermosa nia, que un no habia
cumplido veinte aos, y cuyos largos cabellos rubios guarnecian un
rostro angelical.


                                  II.

Carlota demostr  su padre, desde el primer instante, un cario y un
respeto que elevaron  sus propios ojos  aquel hombre degradado; y el
padre quiso  su vez elevar  su hija, dndola el ttulo que habian
llevado siempre los primognitos de la casa real de Escocia.

La jven, olvidada y hurfana poco ntes, pudo usar el ttulo de
Duquesa de Albany y lo supo llevar con una nobleza verdaderamente
rgia; sus cuidados habian trasformado el pobre castillo, donde Crlos
Estuardo habia ido  ocultar su pobreza y su desventura; el rden y la
decencia reinaban en l: la jven Duquesa recibia en los salones,
abandonados desde haca largo tiempo,  una sociedad escogida, que
formaba una crte en torno del desterrado: ella habia vuelto la
dignidad  todo lo que rodeaba  su padre, y habia vuelto  ste hcia
todos los sentimientos nobles que habian honrado su juventud; el viejo,
que buscaba en la embriaguez el olvido de sus males habia desaparecido,
y habia vuelto  ser Crlos Estuardo, el caballero, el pretendiente,
del cual las ideas generosas y el valor habian levantado en otro tiempo
 la Escocia.

Sus antiguos recuerdos florecian bajo la influencia de su hija; treinta
dolorosos aos se borraban, y volvia con el pensamiento  su juventud,
tan llena de ardimiento y de generosas aspiraciones; tena el anciano
momentos de sensibilidad ardiente, cuando pensaba en la Escocia y en
sus bravos _highlanders_; algunas veces una animacion extraordinaria se
encendia en sus ojos, cuando contaba con una energa juvenil la campaa
de 1746; pero su cuerpo debilitado no pudo soportar por largo tiempo el
peso de sus emociones, y un dia, despues de haber hecho su narracion
acostumbrada  un viajero ingls que habia ido  visitarle, se desmay.

Los cuidados y el respeto de su hija le habian vuelto  s mismo; pero
no pudieron volverle  la vida; espir el 30 de Enero de 1788,
aniversario del suplicio de Crlos I, en los brazos de Carlota.

Seis meses despues esta hija tan llena de abnegacion, tan fiel, tan
tarde conocida y amada, fu  reunirse con su regio padre en las
bvedas de la iglesia de Frascati.


                                  III.

La Princesa Luisa, conocida bajo el nombre de Condesa de Albany, tuvo
una existencia larga y brillante; fu amada del gran Alfieri, y ste la
llamaba _su Musa_; Sismondi fu uno de sus ms constantes admiradores;
Mme. de Stal, cuando la escribia, la llamaba _su querida soberana_;
Lamartine adoraba la gracia y suavidad de su talento; en Florencia, en
Pars, tuvo una crte de admiradores, que los aos no despoblaron; en
fin, vivi muy dichosa, segun los hombres, muy envidiada, muy
lisonjeada, muy favorecida hasta el fin, por la fortuna y por la
naturaleza; pero su historiador, Mr. Saint Ren de Taillandier,
consigna que no pudo ver sin amargura  su esposo,  aquel Prncipe tan
heroico  los veinte y cinco aos, y degradado despues por un largo
infortunio, levantarse ya cerca de su fin, por una tierna y generosa
influencia, que no era la suya.

Luisa vi con dolor  la hija llenar con una piadosa abnegacion la
tarea que pertenecia  la esposa; y la Duquesa Carlota, levantando el
alma fatigada y abatida de Crlos Estuardo, humill  la Princesa Luisa.

La dulce figura de Carlota Estuardo nos ha parecido digna de ser puesta
ante los ojos de nuestras lectoras; esta Antgona cristiana,
consoladora de un Prncipe desgraciado, merece nuestro ms tierno
recuerdo.

Como ltima prueba de amor al padre que durante tanto tiempo la habia
olvidado, la Duquesa de Albany le sigui  la tumba, no pudiendo ya
vivir sin afectos en la tierra, despues de haber sentido el ms puro y
tierno de todos; parece como que su mision fu la de atesorar en su
retiro las bellas flores de la religion y de la piedad cristianas, y
trasmitirlas  su padre, para que se durmiese dulcemente en el sueo de
que no se despierta jamas; cumplida aquella sagrada tarea, Dios la
llam para darla  su lado el premio que reserva  los buenos y amantes
hijos.




                                LA HIJA.


                            ARTCULO SEXTO.


                                   I.

Terminemos este ligero estudio del tipo encantador que llamamos _la
hija_ con algunas consideraciones generales, y despues con otro nuevo y
elocuente ejemplo.

Nada hay ms simptico en la sociedad que una jven que tiene con sus
padres todo gnero de atenciones, que les manifiesta un tierno cario y
una profunda consideracion.

Nadie puede amar ni estimar  la que demuestra  sus padres despego, y
ms de un tierno y entusiasta amor se ha apagado ante una respuesta
dura, dada por una hija  su madre.

--Cundo se casa V.? preguntbamos hace poco   un amigo nuestro.

--No lo s, respondi con tono triste y contrariado.

--No lo sabe V.! Pues no iba  hacerse la boda?

--He desistido de ella.

--Por qu?

--La que amaba, la que creia que podria labrar mi dicha, no me conviene.

--Qu dice V.?

--Es mala hija, y no puede ser buena esposa y buena madre.

--Pero no vive con la suya? No va con ella  todas partes?

--Eso no es un obstculo para que la trate muy mal y con absoluta falta
de consideracion; una sola escena ha bastado para que yo desista del
proyecto de casarme con ella: he visto que no siente por su madre ni
respeto ni cario; y la que no profesa respeto al santo lazo del amor
filial, le profesar mnos al conyugal y al materno.

De esta suerte miran los hombres el olvido de los deberes ms sagrados,
y apnas habr alguno, por libertino que sea, que quiera unir su suerte
 la de una mujer sin corazon.

_Honrars padre y madre_, dice el declogo; y este precepto de la
religion lo impone tambien el mundo, y castiga con su desprecio  la
que falta  l.


                                  II.

Pocas hijas tan excelentes ha habido como madame Stal, autora de
vrias obras que le han dado fama inmortal,  hija del ilustre Necker,
ministro de Luis XVI.

El amor filial era el sentimiento predominante en ella, y de aquel amor
di pruebas que le conquistaron la estimacion y el afecto de todas las
personas de verdadera vala de la capital de Francia.

Apnas habia salido de la infancia, cuando ya sostenia conversaciones
srias con su padre, que  su vez la adoraba, y con todos los
ilustrados amigos de aquel hombre de Estado.

Su gran talento se desarrollaba  expensas del cuerpo, y los mdicos la
ordenaron residir en el campo, adonde su padre iba  verla con
frecuencia; la instruccion particular que su padre le daba fu la que
produjo en ella aquel entusiasmo que anim toda su vida, como una bella
llama, y una inclinacion irresistible hcia las altas cualidades que
distinguen  los hombres superiores.

Era la admiracion de todos la apasionada ternura con que se amaban el
Ministro y su hija, y la frialdad que reinaba entre la misma y su
madre; pero aunque se ha pretendido que aquella frialdad nacia de que
Mme. Necker tena celos del afecto de su esposo  su hija, es lo cierto
que no pudiendo la madre moderar  su gusto el carcter y las
inclinaciones de la nia, se fu apartando de ella poco  poco.

La severidad maternal hizo que Ana, ste era el nombre de la autora de
_Corina_, manifestase toda su ternura  su padre, y un se cree tambien
que retrat  la que la habia llevado en su seno en la severa lady
Edgermond, tan recta, tan virtuosa, pero tan intolerante y tan poco
indulgente.


                                  III.

Desde que aquella ilustre nia pudo pensar, se ocup en meditar los
graves asuntos de la poltica, por lo que podian interesar  su adorado
padre.

Para no separarse de ste, eligi, entre los numerosos pretendientes
que se presentaron  su mano,  Erico Magnus, baron de Stal Holstein,
embajador de Suecia, y que di su palabra de honor de no obligar jamas
 su esposa  dejar la Francia.

Cuando la revolucion francesa trajo el destierro para Mr. Necker, ste
se retir  Suiza y su hija le acompa; volvi  ser llamado por el
Rey, y otra vez fu con l  Pars.

En 1790 el Ministro, abrumado de injusticias y disgustos, abandon por
segunda vez  Francia. Ana acababa de dar  luz un hijo; mas olvidando
el cuidado de su propia salud, se puso en camino para seguir  su padre
 la posesion de Copelt.

Poco tiempo despues muri la Baronesa, y Ana fu entnces ms que nunca
el solo consuelo de su padre, extremadamente afligido por la prdida de
su esposa.

Desterrada ella misma, muri su padre, en tanto que sufria ljos de su
patria la prdida de su esposo y todos los dolores de una larga
peregrinacion. Entnces su desesperacion no tuvo lmites: volvi 
Copelt, reuni todas las obras de su padre y las hizo imprimir, con un
extenso artculo biogrfico, escrito por ella misma, con la
justificacion del carcter de Mr. Necker y de su vida privada.

La lectura de este opsculo da  conocer el alma apasionada de Mme.
Stal, y convence plenamente de que el sentimiento ms profundo que se
albergaba en ella era el amor filial: expresa en l, con la elocuencia
de un vivo dolor, su amargo pesar al ver que su padre descendia  la
tumba sin que los franceses hubieran apreciado su carcter noble y
superior. Aquel escrito es un quejido del alma, herida en lo ms vivo,
que hace sufrir y excita el llanto: es indudable que la autora hubiera
eternizado su nombre, un cuando fuera sta su nica produccion.


                                  IV.

De esta suerte Mme. Stal llev hasta ms all de la tumba su admirable
amor filial, y este sentimiento es acaso el que, tanto como su talento
literario, ha hecho inmortal su nombre.

Desde la muerte de su padre, la Baronesa de Stal se dej dominar por
una profunda melancola. Ni el amor de sus hijos, ni un casamiento ms
feliz que el primero, ni los halagos de la fortuna, nada pudo aliviar
aquel profundo dolor en que su alma se hallaba sumergida.

Sus hijos recompensaron su ternura filial y fueron para ella modelos de
cario y de respeto.

Cuando ya el helado dedo de la muerte se apoyaba en su frente, Mme.
Stal alz los ojos al cielo y exclam:

--Padre mio, voy  buscarte!

Este fu el grito postrero de aquel modelo de hijas.




                              CONCLUSION.


Quedan aqu terminadas estas pginas, que he ofrecido  mis benvolas
lectoras.

Ninguna vanidosa pretension me ha inducido  escribirlas, sino slo el
deseo de darles algunos consejos que puedan serles tiles en el camino
de la vida.

Para escribirlas he leido en mi propio corazon, y he acudido  mis
recuerdos, dulces  dolorosos; es decir, que este libro est escrito
con verdad y conviccion, y que lo ofrezco con la mejor voluntad al
juicio siempre imparcial y justo del pblico.

    _Madrid_, _Setiembre de 1875_.

                                                 MARA DEL PILAR SINUS.

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Footnote 1:

  El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las poblaciones y
  accidentes pintorescos del camino, se hallan en el curioso libro
  escrito por el Excmo. Sr. D. Vctor Balaguer, titulado _Gua de
  Montserrat_.

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Footnote 2:

  Libro de los Macabeos, cap. VII.




                                NDICE.


                                                              _Pginas._
  Dos palabras de la autora.                                          5

  La Poesa del hogar domstico.                                     11

  Los Celos.                                                         19

  Enfermedad mortal.                                                 25

  La Romera de San Isidro.                                          31

  Libertad!                                                         39

  El Chiste.                                                         45

  Desaliento.                                                        51

  La Belleza y la Gracia.                                            59

  La Verdadera Cristiana.                                            65

  El Brazalete de esmeraldas.                                        75

  Las Armas de la Mujer.                                             81

  El Trabajo.                                                        89

  La Benevolencia.                                                   95

  Sensibilidad y sensiblera.                                       101

  La Impaciencia.                                                   109

  La Caridad.                                                       115

  El Verdadero talento.                                             119

  La Timidez.                                                       127

  Las Pequeas virtudes.                                            135

  La Desgracia.                                                     141

  La Hermosura y la Elegancia.                                      149

  Valor femenino.                                                   151

  La Cortesa.                                                      161

  Pensar y sentir.                                                  169

  Las Visitas.                                                      175

  Cualidades y defectos.                                            181

  La Coqueta.                                                       187

  Las Paganas.                                                      195

  Dolencias del nimo.                                              203

  Los Recuerdos.                                                    211

  La Pobreza y la Miseria.                                          221

  La Voz.                                                           229

  El Santuario de Monserrat.                                        237

  La Modestia.                                                      245

  La Fe.                                                            253

  La Esperanza.                                                     265

  El T y el usted.                                                 271

  La Amistad.                                                       279

  El Lujo.                                                          285

  La Casa.                                                          291

  La Tolerancia.                                                    297

  Orgullo, Vanidad y Dignidad.                                      307

                     Tipos femeninos.--La Madre.--

  Artculo I.                                                       315

  Artculo II.                                                      321

  Artculo III.                                                     327

  Artculo IV.                                                      333

  Artculo V.                                                       339

  Artculo VI.                                                      345

  La Hija.--

  Artculo I.                                                       351

  Artculo II.                                                      357

  Artculo III.                                                     365

  Artculo IV.                                                      371

  Artculo V.                                                       377

  Artculo VI.                                                      383

  Conclusion.                                                       389




                  LA ILUSTRACION ESPAOLA Y AMERICANA.

           PERIDICO ESPECIAL DE BELLAS ARTES Y ACTUALIDADES.

              DIRECTOR-PROPIETARIO, D. ABELARDO DE CRLOS.

            SE PUBLICA LOS DIAS 8, 15, 22 Y 30 DE CADA MES.

Esta notable Revista publica en sus pginas no slo los acontecimientos
mas importantes que ocurren en el mundo, sino tambien cuantos
monumentos artsticos y notables existen en Espaa y Amrica.

Cada nmero consta de 16 pginas gran flio, con grabados en ocho de
ellas, inmejorablemente impresos sobre papel superior. Cuando las
circunstancias lo exigen se publican suplementos, grtis para los
seores suscritores. El texto y los grabados son siempre de los ms
distinguidos escritores y artistas, y la edicion tan lujosa como las
mejores de los peridicos de esta clase que se publican en el
extranjero.

                         PRECIOS DE SUSCRICION.

      +------------+--------------+---------------+-------------+
      |            |              |  PROVINCIAS   |             |
      |            |   MADRID.    |  Y PORTUGAL.  | EXTRANJERO. |
      |            +--------------+---------------+-------------+
      | Un ao     | Pesetas.  35 | Pesetas.   40 | Pesetas. 50 |
      | Seis meses |          18 |           21 |         26 |
      | Tres meses |          10 |           11 |         14 |
      +------------+--------------+---------------+-------------+




                              AO XXXVII.


                      LA MODA ELEGANTE ILUSTRADA,

                   PERIDICO DE SEORAS Y SEORITAS.

Sale  luz los dias =6=, =14=, =22= y =30= de cada mes, y cada ao
forma un hermoso volmen de unas =1.200= columnas gran flio, de
escogida lectura, conteniendo sobre =3.500= grabados intercalados de
las ms recientes modas y toda clase de labores propias de seoras;
=48= figurines grabados en acero  iluminados con colores
finos;--dibujos de tapicera;--=34= grandes patrones tamao natural,
con ms de =1.000= modelos de trajes, corazas, tnicas, delantales,
abrigos y demas confecciones. Estos patrones alternarn con las grandes
hojas de dibujos para bordados, que tanta aceptacion han tenido en aos
anteriores, y una coleccion de selectas piezas de msica moderna para
_canto y piano_ y _piano solo_, originales de los maestros compositores
ms notables de Espaa y del extranjero; =50=  ms ejercicios de
ingenio, como son Saltos de Caballo  Jeroglficos; todo lo cual
constituye un =PRECIOSO ALBUM=, digno de ocupar, por su belleza, lujo y
utilidad, un lugar preferente, lo mismo en el gabinete de la
aristocrtica familia, que en la mesa de labor de la mnos acomodada
seorita.

La lectura es selecta  instructiva, y su contenido excede en el ao de
=10= tomos en 8.

                         PRECIOS DE SUSCRICION.

   +-----------+---------------+-----------------+----------+----------+
   |           |    1.        |      2.        |   3.    |    4.   |
   |           |  EDICION.     |    EDICION.     | EDICION. | EDICION. |
   |           +---------------+-----------------+----------+----------+
   |           |Madrid.        |Madrid.          |          |          |
   |           |    Provincias |      Provincias |  Madrid  |  Madrid  |
   |           |    y Portugal.|      y Portugal.|  y Prov. |  y Prov. |
   |           +---------------+-----------------+----------+----------+
   |           |  _Pesetas._   |    _Pesetas_.   |_Pesetas_.|_Pesetas._|
   | Un ao    | 37,50 | 40,00 |  28,00 | 30,00  |  20,00   |  15,00   |
   | Seis meses| 19,00 | 21,00 |  14,50 | 16,00  |  10,50   |   8,00   |
   | Tres meses| 10,00 | 11,00 |   7,50 |  8,50  |   5,50   |   4,25   |
   | Un mes    |  3,50 |  4,00 |   5,50 |  3,00  |   2,00   |   1,50   |
   +-----------+---------------+-----------------+----------+----------+

Se remiten nmeros de muestra grtis de ambos peridicos  los que lo
soliciten, dirigindose  la

Administracion: Carretas, 12, principal. MADRID.




                   OBRAS PUBLICADAS EN LA BIBLIOTECA
                   SELECTA DE AUTORES CONTEMPORANEOS.


                           OBRAS PUBLICADAS.

ALBUM POTICO ESPAOL, por los seores Marqus de Molina, Hartzenbusch,
Campoamor, Calcao, Bustillo, Arnao, Palacio, Grilo, Aguilera, Nuez de
Arce, Alarcon y otros; un tomo, 4. mayor, 8 pesetas rstica y 12
lujosamente encuadernado.

VRIAS OBRAS INDITAS DE CERVNTES, sacadas de cdices de la Biblioteca
Colombina, por D. Adolfo de Castro; un tomo, 8. mayor frances, 8
pesetas.

DELICIAS DEL NUEVO PARASO, por don Jos Selgas; 2. edicion; un tomo,
8. mayor frances, 3 pesetas.

COSAS DEL DIA, continuacion de las _Delicias del nuevo paraso_, por D.
Jos Selgas; un tomo, 8. mayor, 3 pesetas.

ESCENAS FANTSTICAS, por D. Jos Selgas; un tomo, 8. mayor, 3 pesetas.

MARI-SANTA, por D. Antonio de Trueba; un tomo, 8. mayor, 4 pesetas.

AMORES Y AMOROS (historietas en prosa y verso), por D. Pedro Antonio
de Alarcon; un tomo, 8. mayor, 4 pesetas.

EL MATRIMONIO. Su ley natural, su historia, su importancia social,
precedido de un prlogo del Sr. D. Aureliano Fernandez-Guerra, por D.
Joaquin Sanchez de Toca; dos tomos, 8. mayor, 8 pesetas.

CUARENTA SIGLOS, historia til  la generacion presente, por D. Anselmo
Fuentes; este libro ha sido revisado por la autoridad eclesistica; un
tomo, 8. mayor frances, 8 pesetas.

RECUERDOS DE ITALIA, por D. Emilio Castelar; 3. edicion; un tomo, 8.
mayor frances, 6 pesetas.

RECUERDOS DE ITALIA, por D. Emilio Castelar; segunda parte; un tomo,
8. mayor frances, 4 pesetas.

LA CUESTION DE ORIENTE, por D. Emilio Castelar; un tomo, 8. mayor
frances, 4 pesetas.

PRINCIPIOS GENERALES DEL ARTE DE LA COLONIZACION. Obra indispensable en
toda biblioteca y utilsima  los que se dedican  estudios
estadsticos, por don Joaquin Maldonado Macanaz; un tomo en 4., 6
pesetas.

UN LIBRO PARA LAS POLLAS, novela, por doa Francisca Sarasate; un tomo,
8. mayor frances, 3 pesetas.

DISQUISICIONES NUTICAS, por el capitan de navio D. Cesreo Fernandez
Duro; un tomo, 8. mayor, 6 pesetas.

LA MAR DESCRITA POR LOS MAREADOS; MS DISQUISICIONES, por el capitan de
navio D. Cesreo Fernandez Duro; un tomo, 8. mayor frances, 6 pesetas.

EL COMENDADOR MENDOZA.--LA CORDOBESA.--UN POCO DE CREMATSTICA, por D.
Juan Valera; un tomo, 8. mayor frances, 4 pesetas.

LETRA MENUDA, prosa y versos de Don Manuel del Palacio; un tomo, 8.
mayor frances, 3 pesetas.

DE MADRID  MADRID, dando la vuelta al mundo, por D. Enrique Dupuy de
Lme; un tomo, 8. mayor frances, 4 pesetas.

UN LIBRO PARA LAS DAMAS (Estudios acerca de la educacion de la mujer),
por D. Mara del Pilar Sinus (3. edicion); un tomo, 8. mayor, 4
pesetas.

UN LIBRO PARA LAS MADRES, por Doa Mara del Pilar Sinus; un tomo, 8.
mayor frances, 4 pesetas.

LA VIDA NTIMA.--EN LA CULPA VA EL CASTIGO, por D. Mara del Pilar
Sinus; un tomo, 8. mayor, 4 pesetas.

HIJA, ESPOSA Y MADRE, cartas dedicadas  la mujer acerca de sus deberes
para con la familia y la sociedad, con un apndice titulado _Hermana_,
por doa Mara del Pilar Sinus; dos tomos, 8. mayor frances, 8
pesetas.

LA ABUELA, por D. Mara del Pilar Sinus; un tomo, 8. mayor, 4
pesetas.

SUEOS Y REALIDADES, por D. Ramon de Navarrete; un tomo, 8. mayor
frances, 4 pesetas.

GUIA ILUSTRADA DE MADRID, con ms de 150 grabados intercalados en el
texto y planos sueltos muy importantes, por el Excmo. Sr. D. Angel F.
de los Rios; un tomo, 8. prolongado, 6 pesetas rstica y 8
encuadernado.


EL BAZAR, revista ilustrada, con preciosas novelas, como _Noventa y
tres_, de Vctor Hugo. Cuatro tomos, 25 pesetas.

NUEVOS POEMAS Y DOLORAS, por D. Ramon de Campoamor; 4 pesetas.

EL MUNDO INVISIBLE, continuacion de las _Escenas fantsticas_, por D.
Jos Selgas; 4 pesetas.




                               EN PRENSA.

ADRIANA DE WOLSEY, original de Ventura Hidalgo.




                          OBRAS DE LA AUTORA.


                          NOVELAS ORIGINALES.

  El Lazo de flores.                                        1 tomo.

  La Rama del sndalo.                                         1  

  El Angel del hogar.                                          3  

   la sombra de un tilo.                                      1  

  Dos venganzas.                                               2  

  El Sol de invierno.                                          2  

  Margarita.--La flor del Castellar.                           1  

  La Senda de la gloria.                                       2  

  Amor y llanto.                                               2  

  Celeste.                                                     1  

  El Almohadon de rosas.                                       1  

  La Gitana.--Rosa.                                            1  

  Plcida.--Un Drama de Familia.                               1  

  Querer es poder.                                             1  

  Un nido de palomas.                                          1  

   rio revuelto.                                              2  

  La Vrgen de las lilas.                                      1  

  Fausta Sorel.                                                2  

  Cuentos de color de cielo.                                   1  

  El ltimo amor.                                              1  

  Veladas de invierno.                                         2  




                           MUJERES CLEBRES.


                          LEYENDAS HISTRICAS.

  Reinas mrtires.                                          2 tomo.

  Glorias de la Mujer.                                         1  

  La Condesa de Genlis.--Eva.                                  1  

  Juana d'Arc.--Catalina Gabrielli.                            1  

  Eloisa.--Mara Teresa de Austria.                            1  

  La Marquesa de Sevign.--Blanca Capelo.                      1  

  Agripina.--Santa Teresa de Jesus.                            1  

  Cristina de Suecia.--La Condesa de Albani.                   1  

  Santa Adelaida.                                              1  

  Mara Delorme.--Isabel Farnesio.                             1  

  Ana Mara de Nesle.                                          1  

  Julia Leonor de Lespinasse.                                  1  

  Sofa Cottin.                                                1  

  Mara Stuard.                                                1  

  La Emperatiz Josefina.                                       1  




                             CURSO COMPLETO
                   DE EDUCACION MORAL PARA LA MUJER.

  Un libro para las damas (tercera edicion).                   1  

  La vida ntima (tercera edicion).                            1  

  Hija, Esposa y Madre (1. y 2. serie, con un apndice
  titulado _Hermana_) (tercera edicion).                       2  

  Un libro para las Madres (segunda edicion).                  1  

  La Abuela, narracion.                                        1  




                            OBRAS DE TEXTO.

  La Ley de Dios.                                              1  

   la luz de la lmpara.                                      1  

   (Estos dos libritos, muy  propsito para la tierna capacidad
   de los nios, estn declarados de texto,  incluidos en el trienio
   escolar de 1876  1879 en todas las escuelas de la Pennsula y de
   las posesiones de Espaa en Ultramar.)


                                POESAS.

  Flores del alma.                                          1 tomo.

  Cantos de mi lira.                                           1  


                    NOVELAS TRADUCIDAS DEL FRANCES.

  Sibila, por Octavio Feuillet.                             1 tomo.

  El lazo roto, por Mme. Bourdon.                              1  

  Historia de una familia, por la misma.                       1  

  Eufrasia.--Historia de una pobre mujer,
  por la misma.                                                1  

  La Tumba de hierro, por Enrique Conscience.                  1  

  La Caballera, por Paul Fval.                                1  

  Pobre Lucila! por Wilkie Collins.                           1  

                  *       *       *       *       *




  Nota del Transcriptor:


  Las reglas ortogrficas usadas al momento de publicacin fueron
  preservadas.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  La portada fue diseada por el transcriptor y se considera dominio
  pblico






End of Project Gutenberg's Un libro para las damas, by Mara del Pilar Sinus

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United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
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that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
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same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
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distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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