The Project Gutenberg EBook of Orlando Furioso, by Ludovico Ariosto

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Title: Orlando Furioso
       Tomo II

Author: Ludovico Ariosto

Translator: Manuel Aranda y SanJuan

Release Date: May 28, 2015 [EBook #49063]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORLANDO FURIOSO ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                          LOS GRANDES POEMAS.


                   JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.


               PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE

                      D. FRANCISCO JOS ORELLANA.


                       TOMO III DE LA COLECCION.




                            ORLANDO FURIOSO


                       POEMA ESCRITO EN ITALIANO

                                  POR

                           LUDOVIGO ARIOSTO

                  Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO

                                  POR

                      D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.


                               TOMO II.

                              BARCELONA.


                   EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
                    CALLE DE MENDIZBAL, NMERO 4.
                                 1872.




                             ES PROPIEDAD.


                              BARCELONA.
              ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE JAIME JEPS.
                   CALLE DE PETRITXOL, NM 9, BAJOS.
                                 1872.




ORLANDO FURIOSO.




CANTO XXV.

  Rugiero libra  Riciardeto del suplicio de las llamas,  que le habia
  condenado el rey Marsilio.--Riciardeto refiere minuciosamente 
  Rugiero la causa de haber sido condenado  muerte.--Los dos jvenes
  pasan luego al castillo de Aldigiero, que los recibe poseido de una
  gran tristeza, y  la maana siguiente salen armados  impedir que
  Malagigo y el buen Viviano caigan en poder de Bertolagio.


Cun violenta es la lucha que sostienen en un corazon juvenil los
deseos de gloria y los impulsos del amor! Tan pronto vencedor como
vencido uno  otro sentimiento, todava se ignora cul de ellos ejerce
un dominio ms absoluto. Mucho influy sin duda alguna en el nimo de
los dos adversarios el sentimiento del deber y del honor, para que
suspendieran su amorosa contienda  fin de volar en auxilio de los
suyos; pero pudo mucho ms el amor, porque de no habrselo exigido
as la seora de sus pensamientos, aquella terrible lucha no habria
terminado hasta que uno de los dos contendientes alcanzara el laurel
de la victoria; y mientras tanto, Agramante y el resto de su ejrcito
estarian esperando intilmente su auxilio. Bien podemos decir por esto,
que no siempre es funesto el amor; pues si con frecuencia perjudica,
otras veces es til.

Habiendo convenido los dos caballeros paganos en diferir sus querellas,
se dirigieron juntamente con Doralicia hcia Paris para salvar al
ejrcito africano: con ellos iba tambien el diminuto enano que habia
ido siguiendo las huellas del Trtaro, hasta conseguir que el celoso
Rodomonte le alcanzara. Llegaron  un prado, donde estaban descansando
 orillas de un arroyo dos caballeros desarmados, y otros dos cubiertos
con los yelmos, acompaando  una dama de bello rostro. En otra parte
os dir quines eran estos personajes; pues antes es preciso que vuelva
 hablaros del buen Rugiero,  quien dej en el momento en que arrojaba
su escudo en un pozo.

Apenas hubo andado una milla, cuando encontr uno de los correos que
el hijo del rey Trojano mandaba  todos los caballeros solicitando su
socorro. El mensajero le anunci tambien que Crlos tenia puestos 
los sarracenos en tan apurado trance, que si no recibian sin la menor
tardanza auxilios, en breve perderian el honor  la vida. Asaltado
Rugiero por una multitud de pensamientos, no sabia  cual dar la
preferencia, si bien es verdad que ni el sitio ni la ocasion eran los
ms  propsito para que se formara maduramente su opinion. Por ltimo,
dej marchar al mensajero, y revolvi su caballo en la direccion que
le indicaba la afligida dama, la cual iba estimulndole incesantemente
para que acudiera en defensa del doncel, sin permitirle el menor reposo.

Siguiendo, pues, su marcha, llegaron  la caida de la tarde  una
ciudad situada en medio de la Francia, la cual estaba en poder del
rey Marsilio, quien la habia conquistado en aquella guerra. No se
detuvieron en el puente ni en las puertas; pues aun cuando en torno
del rastrillo y de los fosos se veia un gran nmero de soldados y de
aprestos belicosos, nadie les estorb el paso. Como los soldados
conocian  la dama que iba en compaa de Rugiero, le dejaron pasar
libremente, sin preguntarle siquiera de donde venia. Lleg  la plaza,
encontrndola llena de una multitud cruel, apiada en derredor de
una siniestra pira, sobre la cual divis plido y macilento al jven
condenado  perecer entre sus llamas.

En cuanto Rugiero fij sus miradas en aquel rostro abatido y lloroso,
crey ver  la misma Bradamante; tal era la semejanza del jven con
ella. Cuanto ms detenidamente contemplaba su faz y su talante,
tanto ms se convencia de que era ella, diciendo para s:  esa es
Bradamante,  no soy yo el mismo Rugiero que antes. Arrastrada por su
audacia, habr querido tal vez defender al cautivo, y teniendo mal
xito su empresa, habr quedado aprisionada, como estoy viendo. Por
qu esa precipitacion que no le ha permitido esperarme para compartir
conmigo los peligros de esta aventura? Ah! gracias  Dios, he llegado
 tiempo de salvarla!

Y sin vacilar un solo instante, desenvain la espada (porque su lanza
habia quedado hecha pedazos junto al castillo de Pinabel), y lanzando
su caballo sobre aquella multitud inerme, empez  describir crculos
con su acero, cortando frentes, rostros y gargantas. El populacho
emprendi la fuga, despidiendo gritos atronadores, quedando muchos
tendidos en el suelo, los ms atropellados y los otros con la cabeza
rota. Cual bandada de pjaros que, revoloteando seguros por las orillas
de un estanque, en busca de su alimento, al ser acometidos de improviso
por el rapaz halcon que se apodera de uno de ellos, se dispersan todos,
abandonando al prisionero sin cuidarse siquiera de librarlo de las
garras de su enemigo, as hizo aquella multitud en cuanto el valiente
Rugiero di tras ella. A cuatro  seis de los que fueron ms lentos en
huir les cort la cabeza  cercen con la mayor limpieza; hendi  otros
tantos hasta el pecho, y  muchos ms hasta los ojos  los dientes.
Verdad es que ninguno de ellos llevaba casco, sino cofias de brillante
hierro; pero aun cuando hubiesen sido yelmos del temple ms fino, los
habria partido del mismo modo,  poco menos.

No se encuentra en ningun caballero moderno la fuerza de que estaba
dotado Rugiero; fuerza que superaba  la del oso,  la del leon, y 
la de cualquiera de los animales conocidos: tal vez podria compararse
 la de un terremoto,   la del Gran Diablo[1], no el del Infierno,
sino el de mi Seor; que con su fuego hace retroceder al cielo,  la
tierra y al mar. Cada uno de sus golpes derribaba por lo menos un
hombre; con frecuencia dos, y algunas veces hasta cuatro  cinco: as
es que pronto dej ciento tendidos  sus pis. Su centelleante espada
cortaba el ms duro acero cual si fuese blanda cuajada. Falerina forj
aquella espada terrible en el jardin de Orgagna, para dar con ella la
muerte  Orlando, pero harto le pes haberla fabricado, pues vi su
jardin destrozado con su propia obra; y si entonces caus tanta ruina
y tal estrago, qu no deberia hacer  la sazon, manejada por un hroe
cual Rugiero? Si alguna vez se sinti este guerrero poseido de furor;
si hizo alarde de su fuerza; si di las ms ostensibles pruebas de su
valor indomable, nunca como entonces lo sinti, lo hizo  las di,
creyendo batirse por su amada. Las turbas se defendian de l, ni ms
ni menos que una liebre perseguida por galgos: muchos fueron los que
quedaron en el sitio; infinitos los que huyeron.

       [1] Nombre bajo el cual se designaba vulgarmente una enorme
       pieza de artillera que poseia el duque de Ferrara en tiempo de
       Ariosto.

[Ilustracin: Rugiero salva  Riciardeto, condenado  perecer en las
llamas.
                                                          (Canto XXV.)]

La dama habia desatado entre tanto las ligaduras que al jven
sujetaban, y le arm como pudo, presentndole un escudo y una espada:
al verse libre el ofendido mancebo, procur vengarse  su sabor de
aquella gente, y di tan evidentes muestras de su vigoroso brazo, que
en breve fu tenido por valiente y esforzado. Ya habia sepultado el
Sol sus doradas ruedas en los mares de Occidente, cuando el victorioso
Rugiero sali con su protegido de la ciudad. Luego que el doncel se
hall en completa seguridad fuera de las puertas, di  su libertador
una y mil veces las gracias, con palabras nobles y delicadas y gentil
donaire, por haberle socorrido,  pesar de no conocerle, arriesgando
para ello su vida, y termin rogndole que le dijese su nombre,  fin
de saber  quin debia tanto agradecimiento.

--Esas son, decia entre s Rugiero, las bellas facciones, la graciosa
apostura y el rostro encantador de Bradamante; pero su dulce voz no
es la que oigo, ni el modo de manifestarme su gratitud es el que ella
usaria con su leal amante. Pero si es en efecto Bradamante, cmo ha
podido olvidar tan pronto mi nombre?

Para asegurarse de la verdad, Rugiero dirigi con cierta astucia al
mancebo esta pregunta:

--Estaba pensando en que os he visto en otra parte, y por ms que
esfuerzo mi imaginacion, no s ni puedo recordar en qu sitio: quereis
decrmelo vos, si os acordais, y quereis decirme tambien vuestro
nombre,  fin de saber  quien ha salvado hoy de las llamas mi oportuno
socorro?

--Bien podr ser que me hayais visto en otra parte, respondi el
jven; pero  mi vez ignoro dnde y cundo, porque tambien yo voy
recorriendo el mundo en busca de aventuras. Es posible asimismo que
hayais visto  una hermana mia, que viste armadura y cie espada:
somos mellizos, y nuestra semejanza es tal, que ni los individuos de
nuestra familia pueden distinguirnos  uno de otro. No sois el primero,
ni el segundo, ni el cuarto de los que han incurrido en este error,
tanto ms disculpable, cuanto que caen con frecuencia en l nuestro
padre, nuestros hermanos y hasta nuestra madre. En lo nico que me
diferenciaba de mi hermana era en los cabellos, que yo llevo cortos y
descuidados como hacen los dems hombres, al paso que ella los tenia
largos y trenzados en derredor de la cabeza; pero desde que recibi
en la cabeza una herida, cuyo motivo seria harto prolijo referir, y
un siervo de Dios le cort la cabellera  la altura de la oreja para
curarla, no ha quedado una sola seal que nos distinga, excepcion hecha
del sexo y el nombre. Yo me llamo Riciardeto, ella Bradamante, y ambos
somos hermanos de Reinaldo. Y si no fuera por temor de molestaros,
os referiria una aventura que os dejaria asombrado, originada por mi
semejanza con mi hermana, y que si al principio me caus algun placer,
trocse pronto en acerbo disgusto.

Rugiero, para cuyo oido no habia versos tan armoniosos ni historias tan
halageas como cuanto tuviera relacion con su amada, dirigi las ms
vivas instancias  Riciardeto para que le refiriera aquella aventura:
el jven, accediendo  ellas, prosigui hablando de esta suerte:

--Sucedi en aquel tiempo, que pasando mi hermana por uno de los
bosques prximos, fu herida por la saeta de un sarraceno, en ocasion
en que no llevaba puesto el yelmo, vindose obligada  cortarse sus
largos cabellos para sanar de la peligrosa herida que recibiera en
la cabeza. Restablecida y rapada, como digo, volvi  internarse en
el bosque, y vagando por l, lleg  un manantial al que prestaban
los rboles grata sombra. Como estaba rendida y disgustada, se
ape del caballo, quitse el casco, y qued en breve dormida sobre
la fresca yerba. No creo que pueda contarse una fbula ms bella ni
extraordinaria que esta aventura. Mientras descansaba Bradamante,
acert  pasar por all Flor-de-Espina de Espaa, que andaba cazando
por el bosque, y cuando tropez con mi hermana que estaba completamente
armada, pero con la cabeza descubierta, y ceia una espada en vez de
empuar una rueca, crey hallarse en presencia de un caballero. Tanto
tiempo estuvo contemplando su hermoso rostro y su varonil aspecto, que
qued prendada de mi hermana;  invitndola  cazar, se alej de sus
compaeras, y se ocult con ella en lo ms espeso del bosque.

As que hubo llegado  un sitio solitario en donde no temia que la
sorprendieran, con sus palabras y acciones fu poco  poco descubriendo
la aguda herida de su corazon traspasado; sus ojos ardientes, sus
abrasados suspiros no tardaron en descubrir el deseo que consumia
su alma; su rostro perdia el color y se encendia alternativamente,
hasta que por ltimo, fuera de s, se atrevi  darle un beso. Mi
hermana habia conocido desde luego la equivocacion que aquella dama
padecia; pero, imposibilitada de satisfacer sus deseos, se encontraba
en el mayor compromiso.--Mejor ser, decia entre s, apresurarme 
deshacer su error, revelndole mi verdadero sexo, que consentir en que
me tenga por un caballero descorts.--Y decia la verdad; porque era
una villana, propia tan solo de un hombre hecho de estuco, dejarse
requebrar por tan linda doncella, llena de dulzura y de amorosa pasion,
y entretenerla con palabras vanas permaneciendo con las alas bajas como
un buho. Procur, pues, con la mayor prudencia descubrirle la verdad,
manifestndole que era tambien una doncella, que buscaba la gloria
por medio de las armas, cual otra Hiplita  Camila; aadiendo que
habia nacido  orillas del mar de frica, en la ciudad de Arcilla, y
que desde su edad ms temprana se habia ejercitado en el manejo de la
espada y de la lanza.

Esta confesion no apag una sola chispa del fuego que abrasaba  la
enamorada doncella: tanto era lo que Amor habia profundizado su dardo,
que este remedio fu demasiado tardo para su penetrante herida. A
pesar de tal revelacion, no le pareci menos bello el rostro, menos
bella la mirada, ni menos bellos los atractivos todos de mi hermana;
as como tampoco logr recobrar su corazon, que, separado de su pecho,
se solazaba en los amados ojos de Bradamante. Imagin que, mientras
la viera cubierta con su armadura, tal vez podria conseguir que no
la consumieran sus mismos deseos; mas cuando consideraba que era una
mujer, suspiraba, gemia, y demostraba el dolor ms vivo. Cuantos
hubiesen escuchado aquel dia sus querellas y sus llantos, habrian
llorado seguramente con ella.--Qu tormentos, decia, ha habido tan
crueles que no lo sean ms los mios! Fcil me habria sido alcanzar el
trmino deseado de cualquier otro amor, inocente  culpable; habria
sabido separar la rosa de las espinas; solo  mi anhelo no hallar fin.
Oh Amor! si has querido atormentarme, porque te pesaba mi feliz y
tranquilo estado, debieras contentarte con hacerme sentir los martirios
que impones  los dems amantes. Entre los hombres y los animales,
jams he visto que la hembra ame  la hembra: nunca ha seducido la
belleza de una mujer  otra, as como la cierva no se ha enamorado
de otra cierva, ni la oveja de otra oveja. De cuantos seres existen
en la tierra, en el aire y en el mar, yo soy la nica que padece tan
insoportable martirio: sin duda has pretendido que mi lastimoso error
sea el ejemplo ms terrible de tu inmenso poder. La esposa del rey
Nino[2], al amar  su propio hijo, sinti deseos tan nefandos como
impuros: la pasion que concibi Mirra por su padre y la Cretense por
el toro[3] fu odiosa sin duda; pero la mia es ms insensata que todas
ellas. La hembra se enamor del varon, esper el fin de sus deseos y lo
consigui: Pasifae se meti en una vaca de madera para lograrlo, as
como otros lo realizaron por varios medios y de diferentes modos; pero
aunque me socorriese Ddalo[4] con todo su ingenio, no podria desatar
el nudo que form con demasiada habilidad el poderoso Hacedor de cuanto
existe en la naturaleza.

       [2] Semramis, reina de Babilonia.

       [3] Pasifae, mujer de Minos, rey de Creta, que se enamor, segun
       la Fbula, de un toro, y segun algunos autores, de un general
       llamado Taurus.

       [4] Clebre mecnico ateniense, que construy la vaca de madera
       en que se encerr Pasifae para satisfacer sus bestiales deseos.

Tales eran las quejas y lamentos de la hermosa doncella, que se
consumia interiormente, sin poder recobrar la perdida calma. Tan
pronto se golpeaba el rostro, como se mesaba los cabellos  procuraba
vengarse de s contra s misma. Mi hermana no pudo menos de condolerse
de aquella afliccion y derramar algunas compasivas lgrimas, procurando
calmar tan loca como vana pasion; pero se esforzaba intilmente
en consolarla. Flor-de-Espina, que deseaba auxilio y no consuelo,
continuaba lamentndose ms y ms, y exhalando incesantes sollozos.
Empezaban ya los ltimos rayos del Sol  teir de prpura el Occidente,
y se aproximaba la hora de que buscara ms seguro asilo todo el que no
quisiera pasar la noche en la selva, por lo cual la doncella ofreci 
Bradamante hospitalidad en esta ciudad, poco distante del bosque. Mi
hermana no pudo resistir  sus ruegos y lleg en su compaa al sitio
en que la muchedumbre perversa y cruel me habria arrojado  las llamas,
si no os hubiseis presentado.

Flor-de-Espina dispuso que acogiesen  mi hermana con el mayor
agasajo,  hizo adems que trocara su frrea armadura por un rico
traje propio de su sexo, para que todos conocieran que era una mujer
la que la habia acompaado; pues comprendiendo que ninguna utilidad
le reportaria el aspecto varonil de mi hermana, deseaba por lo menos
evitar las malignas suposiciones que no dejarian de hacerse al verla
tan afectuosa con un caballero. Lo hizo tambien con el objeto de ver si
podia desechar totalmente de su imaginacion el error en que la habia
hecho incurrir el traje guerrero de Bradamante, contemplndola ms
detenidamente vestida con el que le era adecuado y le revelaba toda
la verdad. Aquella noche participaron ambas del mismo lecho, pero su
reposo fu muy diferente; pues mientras la una dormia, la otra gemia
y lloraba, lamentndose de que su deseo fuera cada vez ms ardiente.
Si el sueo cerraba por algunos momentos sus prpados, la atormentaban
imaginarios ensueos, figurndose ver que el cielo le concedia que
Bradamante trocara su sexo por otro mejor. Cuando un enfermo, devorado
por la sed, logra conciliar el sueo, mientras le abrasa la fiebre,
en medio de su agitado reposo se le aparecen las cristalinas aguas de
todos los manantiales que recuerda: Flor-de-Espina, lo mismo que el
sediento enfermo, veia entre sueos las imgenes ms deliciosas y ms
propicias  sus deseos; pero al despertarse, tropezaba siempre con la
triste realidad. Cuntas splicas, cuntas promesas hizo durante toda
la noche  Mahoma y  todos los Dioses para que por medio de un milagro
sorprendente y ostensible cambiaran  Bradamante en mejor sexo! Todos
fueron intiles y quizs el cielo no hizo otra cosa sino reirse de ella.

Pas la noche, y Febo sac del seno de las ondas su blonda cabellera,
iluminando el mundo. En cuanto apareci el dia y dejaron ambas el
lecho, sinti Flor-de-Espina aumentarse su dolor; pues Bradamante,
que anhelaba salir de tan embarazosa situacion, manifest que debia
ausentarse. La bella princesa quiso que se llevara en memoria suya un
magnfico corcel, enjaezado con franjas de oro, y adems una sobrevesta
ricamente tejida por sus propias manos. Despues de haberla acompaado
hasta una larga distancia, regres  su palacio, derramando copiosas
lgrimas.

Mi hermana camin con tal rapidez, que aquel mismo dia lleg 
Montalban. Nuestra madre y todos nosotros la recibimos poseidos del
mayor jbilo; porque careciendo de noticias suyas estbamos con el
mayor cuidado por ella y llegamos  temer que hubiese muerto. Al
quitarse el casco, reparamos en que habian desaparecido las hermosas
trenzas que hasta entonces rodeaban su cabeza; examinamos tambien
maravillados la peregrina sobrevesta que llevaba, y entonces ella
nos refiri desde el principio al fin todo cuanto acabo de narraros,
dicindonos cmo fu herida en el bosque; cmo se vi precisada 
permitir que le cortaran los cabellos para curar su herida; cmo la
sorprendi, mientras estaba durmiendo  la orilla de un arroyo, una
linda cazadora,  quien dej prendada su falsa apariencia, y cmo se
retir con ella  un sitio apartado. Nos habl tambien de la afliccion
de Flor-de-Espina, que nos conmovi sobremanera, y por ltimo, nos
particip su permanencia en el castillo, y todo cuanto hizo hasta
regresar  nuestro lado.

Yo conocia  Flor-de-Espina por haberla visto en Zaragoza y luego
en Francia: sus lindos ojos y sus tersas mejillas me habian agradado
en extremo; pero no dej que tomaran cuerpo mis deseos, convencido de
que es un sueo  una locura el amor sin esperanza. Al presentrseme
entonces aquella ocasion tan propicia, sent de improviso que se
reavivaba en mi pecho la antigua llama. Amor se vali de esta esperanza
para tejer las redes en que de otra suerte no me hubiera prendido:
ca entonces en ellas, y l me inspir medios ms  propsito para
conseguir de aquella doncella lo que yo deseaba. Mi estratagema no
podria menos de tener buen xito; pues as como mi semejanza con mi
hermana habia engaado  muchos, tal vez engaaria del mismo modo 
la apasionada jven. Estuve por algunos momentos indeciso; pero al
fin me pareci que siempre es bueno procurarse lo que nos agrada. No
particip  nadie mi proyecto, ni quise que nadie me diese su parecer
con respecto  l. Durante la noche, fu al sitio donde mi hermana
tenia recogidas sus armas; me las puse, y sal del castillo cabalgando
en el corcel de Bradamante, sin detenerme siquiera  esperar que
amaneciese. Guiado por el amor, fu  buscar  la bella Flor-de-Espina,
y llegu  su palacio antes de que el Sol se ocultara de nuevo. Por
dichoso se tuvo el que consigui antes que nadie anunciar  la Reina mi
llegada, esperando, en recompensa de tan buena noticia, obtener gracias
y favores: como todos participaban del error en que tambien vos habeis
incurrido, me habian tomado por Bradamante, con tanto mayor motivo,
cuanto que yo llevaba el traje y el caballo con que habia salido mi
hermana el dia anterior.

A los pocos momentos sali Flor-de-Espina  recibirme, colmndome
de las ms tiernas caricias, con rostro tan radiante de jbilo, que
no podia demostrarse ms. Rode mi cuello con sus hermosos brazos,
y estrechndome suavemente, me bes en la boca. Podeis pensar si el
agudo dardo que entonces me dispar el amor dejaria traspasado mi
corazon. Cogime de la mano, y me condujo presurosa  su cmara, donde
me quit el yelmo, las espuelas y las armas, sin querer confiar  nadie
este cuidado. Orden despues que trajeran uno de sus trajes ms ricos
y lujosos; lo desdobl por s misma y se puso  vestirme como si yo
fuese en efecto una mujer, encerrando, por ltimo, mis cabellos en una
redecilla de oro. Yo procuraba que en mis miradas y en mi expresion se
retratase la mayor modestia, lo que consegu tan bien, que ninguno de
mis ademanes revelaba mi sexo; y como por la voz se me podia tal vez
conocer, procur fingirla de modo, que nadie concibi la menor sospecha.

Entramos despues en un salon, donde se hallaban reunidos muchos
caballeros y damas, de los cuales fuimos recibidos con los honores que
se conceden  las reinas y grandes seoras. Ms de una vez tuve ocasion
de reirme de aquellos seores, que no sabiendo que bajo aquel traje
femenil se ocultaba un hombre gallardo y animoso, me enamoraban con
sus miradas lnguidas  lascivas. Cerca ya de media noche, y despues
de levantar la mesa, que habia estado cubierta de los manjares ms
exquisitos que ofrecia la estacion, no esper Flor-de-Espina  que yo
solicitase de ella lo que habia sido causa de mi estratagema, sino que
me invit galantemente  que durmiese aquella noche con ella. Despues
que nos hubieron dejado solos los pages, los escuderos, las doncellas y
las dueas que nos servian, y cuando ya estuvimos desnudos en un lecho
iluminado por tantas luces que parecia de dia, dirig  Flor-de-Espina
estas palabras:

--No os maravilleis, seora, de haberme visto regresar tan pronto 
vuestro lado, cuando tal vez estarais pensando en que no volveria
 hallarme en vuestra presencia sabe Dios hasta cuando. Os dir en
primer lugar la causa de mi marcha, y despues la de mi regreso. Si mi
permanencia aqu hubiese bastado para calmar vuestros ardorosos deseos,
habria consentido de buen grado en no separarme de vuestro lado un solo
momento, conceptundome feliz con vivir y morir en vuestro servicio;
pero en vista que mi presencia solo servia para aumentar vuestra
afliccion, eleg,  falta de otro medio mejor, el de ausentarme. El
hado sin duda me apart del camino recto,  hizo que me internara en
un bosque inextricable, en el que o cercanos lamentos, cual si fueran
despedidos por una mujer en demanda de auxilio. Corr hcia donde
resonaban, y  la orilla de un lago cristalino v  un fauno, que
acababa de coger en sus redes  una doncella desnuda,  la que habia
sacado del agua con objeto de devorarla viva. Me precipit sobre l,
y con la espada en la mano, porque no me era dado socorrerla de otro
modo, arranqu la vida al infame pescador. La doncella se arroj al
momento al agua y me dijo:--Tu auxilio no quedar sin recompensa,
porque sabr premiarte esplndidamente: pdeme lo que quieras: soy
una Ninfa que vive en el seno de estas linfas transparentes, y tengo
suficiente poder para hacer las cosas ms asombrosas, y hasta para
que obedezcan  mi voz los elementos y la naturaleza. Pdeme todo
aquello  que se extienda mi valimiento, y despues deja  mi cuidado la
satisfaccion de tus deseos. A mis cnticos baja la Luna desde el Cielo,
se hiela el fuego y se solidifica el aire, y ms de una vez han bastado
mis ms sencillas palabras para hacer temblar la Tierra y detener al
Sol en su curso.--Yo no ped,  pesar de tantos ofrecimientos, ni
los ms preciados tesoros, ni dominar pueblos y naciones, ni brillar
doblemente por mi virtud y mi valor, ni vencer con honor en todos
los combates: nicamente solicit de ella que me allanara un camino
cualquiera para satisfacer vuestros deseos, sin indicarle este  el
otro medio, sino dejndolo enteramente  su arbitrio. Apenas le hube
expuesto mi demanda, cuando se sepult otra vez en el lago, y por
nica respuesta me roci con algunas gotas de agua encantada. Apenas
me alcanzaron varias de ellas al rostro, me encontr, sin saber cmo,
enteramente transformada, y aun cuando lo veo y lo siento, no puedo dar
crdito  una metamrfosis, que de mujer me ha convertido en hombre.
Vos tampoco lo creerais si no os fuera fcil convenceros ahora mismo
de ello. Como todo mi anhelo se cifra en complaceros, lo mismo ahora
que cuando pertenecia  otro sexo, mandad, y me encontrareis dispuesto
siempre  serviros y obedeceros.

As le dije, y Flor-de-Espina no tard en convencerse de la verdad de
mis palabras. Sucede con frecuencia al que ha perdido la esperanza de
alcanzar una cosa ardientemente deseada, que mientras ms se lamenta
por verse privado de ella, ms se aflige, se atormenta y encoleriza,
y si bien llega  conseguirla, es tanto el pesar que siente por haber
estado largo tiempo sembrando en la arena, y tan malos los resultados
de la desesperacion, que no puede dar crdito  sus ojos y permanece
en la mayor confusion. Esto mismo le aconteci  la jven que,  pesar
de haberse persuadido de la realidad, temia aun ser presa de un sueo
halagador. Convencida, por ltimo, exclam fuera de s: Oh cielos,
si esto es tan solo un sueo, haced que no despierte nunca!--No fu
necesario el agudo sonido de los clarines ni el ruido atronador de los
tambores para empezar el amoroso asalto; bastaron como seal para
darlo los besos que, cual amantes palomas, empezamos  cambiarnos, y
sin necesidad de saetas ni de hondas, me apoder de la fortaleza en que
plant mi estandarte victorioso, humillando  mi dulce enemiga.

Si el lecho de Flor-de-Espina habia sido la noche anterior testigo de
sus quejas y suspiros, en aquella lo fu de nuestras risas, fiestas y
suaves placeres. Los flexibles acantos no entrelazan ms estrechamente
con sus nudos las columnas y los capitales, como pasamos toda la noche
Flor-de-Espina y yo en brazos uno de otro.

Oculto entre ambos el secreto de nuestro amor, disfrutamos de
sus placeres por espacio de algun tiempo; mas no falt quien lo
descubriera, y hasta lleg  oidos del Rey, por mi desgracia. Vos,
seor, que me habeis arrancado de las manos de los que encendieron la
hoguera en la plaza, comprendereis fcilmente el resto; pero solo Dios
conoce el desconsuelo en que he quedado.

[Ilustracin: Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.
                                                          (Canto XXV.)]

En tales trminos refiri Riciardeto sus aventuras  Rugiero, haciendo
con este relato menos pesada su nocturna marcha, mientras subian por
un monte rodeado de peascos y precipicios. Un escarpado sendero,
angosto y lleno de rocas, les abria camino con fatigosa llave. En la
cima de aquel monte se asentaba el castillo de Agrismonte del que era
gobernador Aldigiero de Claramonte: este era hijo bastardo de Buovo
y hermano de Malagigo y de Viviano, aunque algunos, con temerario
aserto, han asegurado que era hijo legtimo de Gerardo. Pero fuese
lo que quiera, lo cierto es que era valeroso, prudente, liberal,
corts y humano, y guardaba dia y noche cuidadosamente el castillo
fraternal. Aldigiero, que amaba en extremo  su primo Riciardeto,
dispens  Rugiero la corts acogida que le era debida, y Rugiero
le correspondi del mismo modo por respetos  su jven compaero. Sin
embargo, no sali  su encuentro tan alegremente como solia, sino que
los acogi con triste semblante, por haber recibido aquel dia una
noticia que anubl la ordinaria serenidad de su corazon y de su rostro.
En vez de saludar  Riciardeto, le dijo:

--Primo mio, tenemos malas noticias: he sabido hoy por conducto de
un mensajero de toda confianza, que el infame Bertolagio de Bayona
ha convenido con la cruel Lanfusa en que le haria presentes de gran
valor, con tal que ella le entregara  nuestros dos hermanos Malagigo
y Viviano. Desde el dia en que Ferrags los hizo prisioneros, los ha
tenido Lanfusa encerrados en un sitio malsano y privado de la luz
del dia, hasta el momento en que ha ajustado con Bertolagio el pacto
brbaro y desleal de que te hablo. Maana los debe entregar al de
Maguncia en uno de sus castillos, situado en los confines de Bayona. l
mismo debe ir en persona  pagar el precio de la sangre ms ilustre que
existe en Francia. Acabo de avisar  nuestro Reinaldo lo que ocurre,
por medio de un mensajero diligente; pero no creo que pueda llegar 
tiempo, porque el camino es largo y penoso. No cuento con bastante
gente para salir de estas murallas, y si bien mi deseo es grande, los
medios no me acompaan. Si aquel traidor logra tenerlos en su poder,
los inmolar sin remedio: as es que no s qu hacer ni qu decir.

Mucho afligi  Riciardeto tan triste nueva; y Rugiero, al ver pesaroso
 su amigo, se contrist tambien; mas observando que uno y otro
guardaban silencio, y que no se les ocurria ningun medio para evitar
aquel conflicto, les dijo con su decision habitual:

--Calmad vuestra inquietud; que yo solo me encargo de esta empresa:
este acero que veis valdr por mil, tratndose de libertar  vuestros
hermanos. No necesito ms gente ni ms ayuda; pues me considero
bastante para cumplir yo solo lo que ofrezco: nicamente os pido un
guia que me conduzca al sitio donde debe tener efecto el cange, y en
cambio os prometo que desde aqu habeis de oir los gritos de cuantos
presencien tan impa accion.

As exclam, y por cierto que no dijo una cosa nueva para Riciardeto,
que ya habia tenido ocasion de ser testigo de sus proezas; pero
Aldigiero le oia como se suele escuchar  un hombre que habla mucho y
sabe poco. Riciardeto le llam aparte y le refiri cmo, merced  l,
acababa de librarse de las llamas, asegurndole que cuando llegara la
ocasion sabria hacer mucho ms de lo que prometia. Entonces Aldigiero
le escuch con mayor atencion, form de l el concepto que por su
valor merecia, y le ofreci una cena abundante y esplndida en la
cual le dispens los mismos honores que si fuese su seor. Habiendo
convenido, por ltimo, en que era posible rescatar  los dos hermanos
sin necesidad de ms ayuda, se retiraron  descansar, y pronto cerr
el sueo los prpados de todos los moradores del castillo, excepto
los de Rugiero, que permaneci despierto, molestado por una punzante
idea Pesaba cual una losa sobre su corazon la noticia del peligro
en que se hallaba Agramante, segun le habia participado aquel mismo
dia el mensajero de dicho rey. Veia claramente que la menor demora
en socorrerle redundaba en su deshonor, y consideraba con espanto la
infamia, el escarnio que sobre l recaerian, yendo con los enemigos
de su seor. Y cun grande no seria su falta, y el desprecio con
que todos le mirarian, si escogiera tal momento para bautizarse! En
cualquiera otra circunstancia hubirase creido que su conversion era
inspirada por una verdadera f; pero entonces, cuando ms necesitaba
Agramante de su auxilio para romper el cerco en que le tenian
estrechado, todos hubieran creido que la cobarda y la pusilanimidad,
y no la conviccion de abrazar una creencia ms pura, eran los mviles
verdaderos de su determinacion.

Esta idea fatal traspasaba el corazon de Rugiero, aunque tampoco dejaba
de atormentarle la de tener que ausentarse sin despedirse de su amada.
Asaltado sin cesar por tan encontrados pensamientos, tan pronto se
decidia su vacilante corazon por unos como por otros. Por mucho tiempo
tuvo formado el designio de ir  buscar  Bradamante al castillo de
Flor-de-Espina, adonde debian haberse dirigido los dos para salvar
 Riciardeto. Acordse despues de que le habia prometido esperarla
en Valleumbroso, y consideraba cul seria el asombro de la doncella
al encontrarse en el monasterio sin su amante. Si al menos pudiera
enviarle un mensajero  una carta,  fin de que ella no tuviese que
lamentarse de la poca obediencia de su Rugiero y de que l se hubiese
alejado sin decirle una palabra!

Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidi 
escribir  Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cmo
enviarle la carta de modo que llegara  sus manos con toda seguridad,
no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria
fcilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin ms tardanza, salt
del lecho y pidi papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos
escuderos del castillo facilitaron  Rugiero cuanto les habia pedido,
y l se puso  escribir, empezando su carta por los cumplimientos de
costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido
de Agramante reclamando su auxilio y asegurndole al propio tiempo
que si no se apresuraba  prestrselo quedaria muerto  en poder de
los enemigos. Continu luego haciendo ver  su amada el baldon eterno
que caeria sobre l si se negaba  prestar  su rey el auxilio que le
pedia en su peligro inminente, y aadi que, debiendo ser su esposo
tarde  temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha,
que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procur
despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera  adquirir
un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una
vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba
conservarlo  toda costa, ahora lo procuraba ms y ms  fin de hacerla
partcipe de l, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo
no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos.
Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente  Bradamante,
ofrecindole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el
cual estaba obligado  servir lealmente  su rey, y dado caso de que
no muriese, se convertiria  la f cristiana tan ostensiblemente como
en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que
inmediatamente pediria su mano  Reinaldo,  su padre y  sus dems
parientes.

Te suplico, aadi, que me concedas permiso para salvar al ejrcito
de mi Seor,  fin de sellar los lbios del vulgo ignorante, que no
dejaria de decir, para vergenza y baldon mio:--Mientras la fortuna se
mostr favorable  Agramante, Rugiero no le abandon un solo momento;
pero ahora que ha pasado  favorecer  Crlos, l se ha puesto al lado
del vencedor!--Solo te pido quince  veinte dias de trmino; el tiempo
necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper
el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscar un
pretexto justo y conveniente para volver  tu lado. A esto se reduce
cuanto solicito de t para salvar mi honor; despues te consagrar el
resto de mi vida.

Con estas  semejantes frases fu Rugiero expresando en su carta
cuantos pensamientos se agolpaban  su imaginacion, los cuales fueron
tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no di fin
 su epstola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de
concluida, la cerr y guard en su pecho despues de sellarla, esperando
encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto  su dama.
Cuando tuvo cerrada la carta, cerr ms tranquilo los ojos en el lecho,
hasta que acudi el sueo, rociando su cuerpo con las ramas empapadas
en el licor del Leteo: durmi hasta la hora en que se ven vagar esas
nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los
risueos lmites del Oriente las ms brillantes y matizadas flores.

No tard en salir el dia de su urea morada, y en cuanto los pjaros,
ocultos en la enramada, empezaron  saludar  la nueva aurora, salt
del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia  Rugiero y  su primo,
para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar  sus dos
hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huspedes, se
levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos
y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues
de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran  l solo
el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar
 sus hermanos, y no parecindoles decoroso abandonar  Rugiero, se
negaron  ello ms firmes que las rocas, y no quisieron consentir en
que partiese solo.

Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos
hermanos: era una vasta llanura, abrasada por los ardientes rayos del
Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni
hayas: tan solo se veian plantas raquticas  alguno que otro humilde
arbusto, jams molestado por el azadon  por el arado. Los tres audaces
guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y
vieron venir hcia ellos un caballero, que llevaba una armadura
con adornos de oro, y por ensea, en campo verde, el ave hermosa y
peregrina que vive ms de un siglo. Pero basta ya, Seor; que he
llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.




CANTO XXVI.

  Malagigo explica  sus compaeros la significacion de las esculturas
  que ven en una fuente.--Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden
  luchas parciales con unos y otros.--La Discordia vaga en torno de
  ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.--El valiente Rey de
  Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras l.


Hubo en la antigedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud  las
riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas
que no sobrepongan  todo el inters. Cun dignas son de alcanzar la
felicidad en esta vida y una fama gloriosa  imperecedera despues de
su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan
los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fu
Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y podero,
sino en la virtud, en el esforzado nimo y en la sin par gallarda de
su Rugiero, mereciendo que tan valeroso jven cifrara en ella todo
su cario  hiciera en su obsequio cosas que pasmarn  las futuras
generaciones.

He dicho antes que Rugiero, acompaado de los dos vstagos de la casa
de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para
rescatar  los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto
dirigirse hcia ellos  un caballero de arrogante aspecto, el cual
llevaba por ensea la imgen del ave, nica siempre en el mundo, que
renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoci,
por los ademanes de los tres caballeros, que estaban all preparados
para combatir, dese probarse con ellos,  fin de conocer si su valor
correspondia  su marcial apostura.

--Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale ms que yo,
peleando  lanza  espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla,
arroje de la suya  su adversario?

--Aceptando tu reto, contest Aldigiero, cruzaria de buena gana la
espada contigo  romperia una lanza, si no fuera porque estamos
preparados para llevar  cabo otra empresa, de la cual podrs ser
testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto
grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar
contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando
seiscientos hombres  quiz ms, con los cuales hemos de medir nuestras
fuerzas,  fin de arrancar de sus manos  dos hermanos nuestros, 
quienes traern cargados de cadenas por este mismo sitio. El cario
fraternal y la compasion nos darn el valor que necesitamos.

Y prosigui exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos
para el combate.

--Es tan justa la razon que alegas, respondi el guerrero, que no
puedo menos de aceptarla; estando adems persuadido de que sois tres
caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos  tres golpes con
vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero
desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis  costa de
otros. Quisiera hacer ms aun: desearia unir  los vuestros mi casco y
mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy
indigno de tal compaa.

Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre
del recien llegado, que ofrecia  Rugiero y  sus dos compaeros
participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no
debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que oblig al msero Zerbino
 acompaar  la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen
Rugiero la aceptaron gustosos en su compaa, creyendo que era un
caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.

No tard Aldigiero en descubrir y sealar  sus compaeros una bandera
que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre
numerosa: cuando esta se fu aproximando y pudieron distinguir los
trajes rabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de
que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos  los
prisioneros,  quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para
entregarlos al de Maguncia  cambio de oro.

--Ya estn ah! exclam Marfisa. Qu esperamos para dar principio 
la funcion?

Rugiero respondi:

--No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores.
Preprase un magnfico baile, y debemos hacer todo cuanto est de
nuestra parte para que sea ms solemne. Ya no pueden tardar mucho.

Acababa de pronunciar estas palabras, cuando aparecieron los traidores
de Maguncia: ya faltaba poco para empezar la danza.

Llegaban por una parte los de Maguncia, conduciendo varios mulos
cargados de oro, de telas y otros preciosos objetos; por la otra parte,
se adelantaban, entre lanzas, espadas y ballestas, los dos hermanos,
tristes y macilentos, vindose prximos  la muerte, mientras que
Bertolagio, su irreconciliable enemigo, cambiaba algunas palabras
con el jefe sarraceno. Al ver  aquel traidor, no pudieron contener
su furia el hijo de Buovo ni el de Amon, y colocando uno y otro la
lanza en el ristre, le acometieron  la vez. La lanza de uno de ellos
atraves el arzon delantero y el vientre del de Maguncia; la del otro
le pas el rostro de parte  parte. Ojal sufriesen igual castigo
todos los malvados!

La acometida de los dos primos fu la seal para que Marfisa y Rugiero
atacasen  su vez: la lanza de la primera no se rompi sino despues
de haber muerto, uno tras otro,  tres adversarios. Rugiero dirigi
su asta contra el jefe de los sarracenos, que cay instantneamente
sin vida; el mismo golpe hizo que otros dos le acompaaran en su viaje
 las regiones infernales. Esta brusca acometida produjo entre los
atacados un error que les condujo  su perdicion; pues mientras los de
Maguncia se creyeron vendidos por los sarracenos, estos, al verse de
tal modo heridos, empezaron  llamarles asesinos, trabndose en seguida
entre ambas partes una lucha terrible  lanza, espada y ballesta.

Rugiero se precipitaba, ora entre un bando, ora entre otro, derribando
tan pronto diez como veinte guerreros: la doncella inmolaba otros
tantos lo mismo de una que de otra parte. Las tajantes espadas hacian
saltar sin vida de la silla  todos cuantos alcanzaban; las corazas y
los yelmos les ofrecian menos resistencia que la lea seca de un bosque
 la accion devoradora de las llamas. Si recordais haber visto  oido
referir alguna vez que, cuando las abejas abandonan su colmena y se van
combatiendo por los aires, suele suceder que la hambrienta golondrina
las acomete, y las devora, las mata  las dispersa, podeis imaginar que
Marfisa y Rugiero hicieron otro tanto con aquella gente.

Riciardeto y su primo no imitaban  sus dos compaeros en cuanto 
sus alternativos ataques  uno  otro bando: sin cuidarse de los
sarracenos, descargaban nicamente su ira sobre los de Maguncia.
El hermano del paladin Reinaldo unia  su esforzado nimo un brazo
vigoroso, y en aquella ocasion redoblaba sus fuerzas el dio que
abrigaba en su corazon contra los de Maguncia.

Por igual causa parecia un leon el bastardo de Buovo; el cual, sin
conceder el menor reposo  su espada, hendia todos los yelmos  los
aplastaba como si fueran huevos. Y quin no se mostraria atrevido, 
no seria tenido por un nuevo Hctor, yendo acompaado por Rugiero y
Marfisa, que eran la flor y nata de todos los guerreros?

Marfisa, al mismo tiempo que combatia, observaba las acciones de sus
compaeros, y al ver que no la cedian en bravura, ensalzaba atnita
sus proezas; pero excitaba particularmente su asombro el increible
valor de Rugiero, tan extraordinario, en su concepto, que no creia
tuviera igual en el mundo, suponiendo tal vez que era el mismo Marte
que habia bajado  aquella llanura desde el quinto Cielo[5]. Admiraba
aquellas horribles estocadas; pero era mayor su asombro al ver que
nunca las descargaba en vano: no parecia sino que los fendientes de
Balisarda tropezaran con armas fabricadas de carton y no de duro metal.
Lo mismo partia los yelmos que las ms recias corazas; hendia los
hombres de arriba  abajo hasta el caballo,  los partia por medio en
dos pedazos, arrojndolos sobre la yerba de la pradera  uno y otro
lado. Algunas veces la misma cuchillada daba muerte al caballo y al
caballero; separaba con la mayor limpieza las cabezas de los hombros, y
con frecuencia tambien segaba los cuerpos por la cintura. Ocasion hubo
en que de un solo tajo mat cinco enemigos, y si no fuese por temor de
que no se diera crdito  una verdad, que revestiria cierta apariencia
de mentira, diria ms; pero considero mejor limitarme  lo ya dicho. El
buen Turpin, persuadido de que dice la verdad, deja que cada cual crea
lo que juzgue conveniente; y refiere cosas tan admirables de Rugiero,
que si las oyseis, dirais que son ficciones.

       [5] Segun el sistema astronmico da Ptolomeo, el planeta Marte
       ocupaba el quinto lugar entre los cielos que formaban dicho
       sistema.

Marfisa, por su parte, parecia una antorcha inflamada, y de hielo todos
sus contrarios: as como ella admiraba las hazaas de Rugiero, este
contemplaba con estupor las de la doncella; y si Marfisa habia creido
ver en l  Marte, el jven habria supuesto que se hallaba en presencia
de Belona[6], si hubiese podido adivinar que bajo aquella armadura
se ocultaba una mujer. Tal vez esta misma admiracion que uno  otro
se causaban, hacia nacer en ambos una emulacion fatal para aquella
desgraciada gente, de cuya sangre, carne, huesos y nervios, se servian
para probar quin de los dos tenia ms pujanza.

       [6] Diosa de la guerra, hermana y mujer de Marte.

Bast el nimo y valor de los cuatro para dispersar  los soldados de
uno y otro bando, los cuales, arrojando las armas, se declararon en
vergonzosa fuga. Felices aquellos que poseian un caballo veloz, pues
 la sazon no era cosa de ir al paso ni al trote! Desgraciados los
que de l carecian, porque  su costa comprendieron lo triste que es
practicar  pi la profesion de las armas!

Los vencedores quedaron dueos del campo de batalla y del botin por
no haber quedado un solo infante enemigo. Por un lado huyeron los
de Maguncia; por otro los moros, abandonando stos los prisioneros,
y aqullos las acmilas. Apresurronse los caballeros  cortar, con
rostro placentero y ms alegre corazon, las ligaduras que sujetaban 
Malagigo y  Viviano, mientras los escuderos, no menos diligentes que
ellos, se ocuparon en desatar los fardos y descargar las mulas. Adems
de una abundante vajilla de plata, de algunos trajes de mujer del mayor
lujo y de esquisito trabajo, de magnficos tapices de oro y seda,
tejidos en Flandes y dignos de adornar una estancia real, y de otras
muchas cosas ricas y admirables, hallaron manjares suculentos, pan, y
frascos de vino.

Al quitarse los yelmos los cuatro campeones, conocieron por los
cabellos rubios y rizados de Marfisa y por su faz bella y delicada,
que era una doncella la que les habia dado tan generosa ayuda. La
colmaron de toda clase de atenciones, y le rogaron que no ocultase su
nombre, digno de imperecedera gloria: ella, que siempre fu corts con
los amigos, se apresur  satisfacer su deseo. No se podian cansar de
contemplarla, recordando las proezas que habia llevado  cabo; pero
ella solo hacia caso de Rugiero; tan solo  l dirigia la palabra,
teniendo al parecer en poco  los otros dos caballeros. Entre tanto,
vinieron los escuderos  anunciarles que podian participar de los
manjares abandonados por los fugitivos, con los cuales habian preparado
una comida al lado de una fuente, defendida por un montecillo de
los rayos del Sol. Esta fuente era una de las cuatro que Merlin
habia construido en Francia, rodendola de mrmoles tersos, finos y
brillantes, y ms blancos que la leche. El encantador habia esculpido
en ellos diferentes imgenes de un trabajo admirable: parecia que
respiraban, y si no hubiesen carecido de voz, dirase que estaban vivas.

Estaba en aquella fuente representada una fiera de aspecto horrible,
feroz y repugnante, que parecia salir de la selva: sus orejas eran de
asno; la cabeza y los colmillos, de lobo, y estaba demacrada por el
hambre: tenia garras de leon; el resto de su cuerpo era de zorra, y
andaba al parecer recorriendo Francia, Espaa, Inglaterra, Italia, y
en una palabra, el orbe entero[7]. Por todas partes habia ido hiriendo
y matando gente, desde las clases ms humildes hasta las ms elevadas,
y cebando especialmente su saa en los reyes, seores, prncipes y
magnates. En la corte romana fu donde hizo ms estragos: pues inmol
su furia papas y cardenales, mancill la hermosa silla de Pedro, y
profan escandalosamente la f. Al menor contacto de aquella bestia
horrenda caian derribadas las murallas y fortalezas: no habia ciudad
que pudiera resistirle, ni castillo que no le abriera sus puertas.
Parecia que aspirara  los honores divinos, y que el vulgo necio le
prestara adoracion; dirase por ltimo que se manifestaba orgullosa de
tener en su poder las llaves del Cielo y del profundo abismo.

       [7] En esta fiera est representada la Avarcia.

En pos de ella se veia un caballero con los cabellos ceidos por el
laurel imperial, acompaado de tres jvenes, cuyas reales vestiduras
estaban sembradas de lises de oro: un leon adornado con las mismas
insignias marchaba con ellos contra el mnstruo. Unos llevaban
sus nombres escritos sobre la cabeza y otros bajo los pis. El
caballero que sepultaba su espada hasta el pomo en las entraas de
la maligna fiera llevaba escrito: _Francisco I de Francia:_  su
lado estaba Maximiliano de Austria: el emperador Crlos V traspasaba
con su lanza el cuello del mnstruo, y Enrique VIII de Inglaterra
le habia atravesado el pecho con un dardo. El Leon que aferraba con
sus dientes las orejas de la fiera, llevaba escrita en el lomo la
palabra _Dcimo_[8], y tenia tan abatido al mnstruo con sus violentas
sacudidas, que los caballeros pudieron aproximarse  l y herirle 
su sabor. Parecia hallarse ya el mundo libre de todo temor, y varios
hombres ilustres, aunque no muchos, acudian al sitio en que se quitaba
la vida  la fiera, para arrepentirse de sus pasados extravos.

       [8] Segun algunos comentadores, este leon representa al Papa
       Leon X.

Marfisa y sus compaeros manifestaron vivos deseos de saber quines
eran los vencedores del terrible mnstruo que habia esparcido el
terror por todo el universo; pues aun cuando sus nombres estaban
grabados en la piedra, no les eran manifiestos; por cuya razon se
rogaban mtuamente que, si alguno de ellos sabia aquella historia, la
refiriese  los otros. Volvise entonces Viviano hcia Malagigo, que
sin pronunciar una palabra, escuchaba  sus compaeros, y le dijo:

--A t te toca narrar esa historia; pues, por lo que veo, no debes
ignorarla. Quines son esos guerreros, cuyas lanzas, flechas y espadas
han dado muerte  tan horrible fiera?

Malagigo respondi:

--Ningun autor ha podido conocer todava esa historia. Habeis de saber,
que los caballeros, cuyos nombres estn grabados en el mrmol, no han
visto aun la luz del dia; pero dentro de setecientos aos sern honra
y prez de su siglo. Merlin, el sbio encantador de la Gran Bretaa,
hizo construir esta fuente en tiempo del rey Arturo,  hizo tambien
esculpir en ella por los ms excelentes artfices los acontecimientos
venideros.

Esa bestia cruel sali de las profundidades del Infierno en los
tiempos en que se pusieron lmites en los campos, se empezaron  usar
pesos y medidas, y se hicieron los pactos por escrito[9]. Sin embargo,
al principio no recorri todo el mundo, sino que dej de visitar
bastantes pases: mas hoy son ya muchos los pueblos en que ejerce su
perniciosa influencia, aun cuando solo ofende al populacho ms abyecto
y soez. Desde su orgen hasta nuestros dias no ha cesado un punto de
crecer, y seguir creciendo, hasta que con el tiempo llegue  ser el
mnstruo mayor y ms horrible de cuantos haya visto el universo. La
serpiente Piton[10], tan celebrada por los poetas  causa de su tamao
y ferocidad, no tenia la mitad de las dimensiones de aquel, ni era tan
abominable y repugnante. Adems de sus crueles estragos, contaminar 
infestar todos los pases; y en esas esculturas no estais viendo ms
que un plido reflejo de sus nefandos y terribles efectos. Cuando el
mundo est ya ronco  fuerza de pedir socorro, aparecern para auxilio
de la humanidad esos prncipes, cuyos nombres hemos leido, los cuales
brillarn ms que el rub por sus esplendorosas acciones.

       [9] Porque hasta entonces no habian dado los humanos muestras
       de la avaricia que empezaba  dominarles. La doctrina que aqu
       asienta el Autor es comunista y absurda; porque, si se pusieron
       lmites  los campos, se usaron pesas y medidas, y se pact por
       escrito, fu para reprimir y contener los efectos de la codicia
       y el afan de apoderarse de lo ajeno.

       [10] Serpiente monstruosa que apareci en la Tierra cuando se
       retiraron las aguas del diluvio de Deucalion. Apolo la mat 
       flechazos.

El que ms ha de ensaarse con la fiera ser Francisco, rey de
los franceses; y forzoso es que as suceda puesto que ninguno le
aventajar en valor, siendo muy contados los que en l le igualen;
por sus virtudes y su rgia magnificencia oscurecer el recuerdo de
los personajes que hayan alcanzado mayor renombre, lo mismo que todo
esplendor desaparece ante la radiante luz del Sol. En el primer ao
de su venturoso reinado, y antes de que la corona est bien ceida
 sus sienes, atravesar los Alpes, desbaratando los proyectos del
que se proponga cerrarle el paso[11],  impulsado por una justa y
generosa indignacion, vengar los ultrajes, hasta entonces impunes, que
habr inferido al ejrcito francs un pueblo arrastrado por su furor
lejos de sus rebaos y sus hogares. Descender desde all  las ricas
llanuras de la Lombardia, rodeado de lo ms selecto de sus guerreros,
y destrozar de tal modo al helvtico[12], que en vano intentar
despues hacer resonar los instrumentos blicos para llamar al combate
 sus soldados. Para vergenza y baldon de la Santa Sede, de Espaa y
de Florencia, se apoderar luego del castillo, tenido hasta entonces
por inexpugnable[13]. Para conquistar esta fortaleza, le servir, con
preferencia  otras armas, la honrosa espada de que se habr valido
antes para dar muerte al mnstruo corruptor de todas las naciones: ante
ella huirn  quedarn abatidas las banderas de la Europa entera;
y ni los fosos ms profundos, ni los reductos ms fuertes, ni las
murallas ms slidas podrn defender  las ciudades de sus terribles
efectos. Ese prncipe estar dotado de cuantas virtudes deban adornar
al emperador ms dichoso: al nimo del gran Csar, reunir la prudencia
demostrada por el vencedor de Trasimeno y Trebia, y la fortuna de
Alejandro, sin la cual los planes mejor formados se disipan como el
humo. Por ltimo, ser tan liberal y tan magnnimo, que no encuentro
con quien compararle dignamente.

       [11] Francisco I de Francia, poco despues de su advenimiento al
       trono, resolvi apoderarse del ducado de Milan, ocupado  la
       sazon por Maximiliano Sforza;  este efecto, reuni un numeroso
       ejrcito, y despues de haberle dividido en tres cuerpos, pas
       los Alpes en tres dias, lo que realiz sin dificultad alguna
       puesto que el ejrcito suizo no le esperaba ms que en un punto
       por donde el monarca francs procur no pasar.

       [12] En la batalla de Marignan, conocida con el nombre de
       batalla de los Gigantes, que dur dos dias: perdida por los
       suizos y milaneses, se vi obligado el duque Sforza  ceder
       la corona ducal al monarca francs, mediante una honrosa
       capitulacion.

       [13] La ciudadela de Milan.

As decia Malagigo, y su relato inspir  sus oyentes el deseo de saber
el destino de algun otro de aquellos hroes, que, exterminando  la
fiera infernal, legaran un digno ejemplo  sus descendientes. Uno de
los nombres que all sobresalan era el de Bernardo[14], ensalzado por
Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced  l, seria
Bibiena tan conocida como su vecina Florencia  como Siena. Pero nadie
lograria aventajar  Sigismundo Gonzaga[15],  Juan Salviati[16], ni 
Luis de Aragon[17], cada uno de los cuales se mostr irreconciliable
enemigo del mnstruo. All se veia  Francisco Gonzaga[18], y siguiendo
sus huellas  su hijo Federico: no muy lejos del primero iban su
cuado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido
Ubaldo[19], hijo de uno de estos prncipes, se mostraba deseoso de
que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de
su padre  de cualquier otro hroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco,
animados de igual ardor, hostigaban  la fiera, mientras que Luis de
Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que
le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciera su propia espada.
Dos Hrcules, dos Hiplitos de Este, otro Hrcules de Gonzaga y otro
Hiplito de Mdicis, no se separaban de las huellas del mnstruo, hasta
conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni
Fernando por su hermano; as como Andrs Doria se mostraba dispuesto
al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara ms que
l. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que
oprime con su peso desde la cabeza  la cola de serpiente del impo
Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de valos[20].
No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar
al mnstruo: el uno tenia escrito  sus pis el nombre del invicto
Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero dnde
dejo  Gonzalo Fernandez[21], honor y prez de Espaa, tan encomiado
por Malagigo, que pocos de los citados llegaban  igualrsele? Entre
los que habian dado muerte al feroz animal, se veia  Guillermo de
Montferrato; pero todos sus enemigos formaban un nmero insignificante
en comparacion de los mortales  quienes habia herido  devorado.

       [14] Bernardo Dovizi, natural de Bibbiena en Italia, cardenal y
       literato, y maestro del Papa Leon X.

       [15] Cardenal, hijo de Federico Gonzaga I; mand las tropas de
       su hermano Federico II, marqus de Mantua.

       [16] Obispo de Ferrara y cardenal; fu sobrino del Papa Leon X:
       desempe varias misiones diplomticas; protegi las ciencias y
       las artes y muri en 1553.

       [17] Rey de Sicilia, cuyo pas gobern con prudencia y sabidura
       hasta su sentida muerte.

       [18] Juan Francisco Gonzaga II, marqus de Mantua: escogido por
       el Papa, los venecianos, la Espaa y el duque de Milan para
       mandar sus tropas reunidas contra Crlos VII de Francia, cuando
       este prncipe invadi la Italia, gan algunas victorias sobre el
       ejrcito francs.

       [19] Guido Ubaldo I, duque de Urbino, hijo de Federico III.

       [20] Los marqueses de Pescara y del Vasto, de quienes se ha
       hecho mencion en dos notas del canto XV.

       [21] Gonzalo Fernandez de Crdoba, generalmente conocido bajo el
       nombre del Gran Capitan, por las increibles muestras de pericia
       militar y de valor que di en Espaa y en Italia.

Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas plticas 
honestos pasatiempos, los cuatro compaeros dejaron transcurrir las
horas del calor, tendidos sobre finsimos tapices  la sombra de los
arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo
y Viviano tenian apercibidas sus armas  fin de que sus amigos se
entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron  una jven
que se dirigia presurosa hcia ellos, enteramente sola. Esta era
Hipalca,  quien Rodomonte arrebat el excelente caballo Frontino.
Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano,
suplicndole unas veces y denostndole otras; mas viendo que no sacaba
partido de sus splicas ni de sus denuestos, volvi atrs esperando
hallar  Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cmo, que le
encontraria all con Riciardeto; y sindole conocido el pas, por haber
estado en l otras veces, se encamin en derechura  la fuente, y vi
junto  ella  Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena
y cauta mensajera, que sabe desempear una comision mucho mejor de lo
que le han encargado, as que vi al hermano de Bradamante, fingi no
conocer  Rugiero.

Aproximse  Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y
en cuanto la conoci el jven, sali  su encuentro, preguntndole el
objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todava encendidas
por lo mucho que habia llorado, le contest suspirando, pero en voz
bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:

--Conducia de la brida, por rden de tu hermana, un magnfico y
maravilloso caballo, llamado Frontino,  quien ella tenia en mucha
estima: ya habia andado ms de treinta millas en direccion  Marsella,
donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me
encarg que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo
temerariamente quizs, en que no habria un hombre de tan arrogante
corazon que se atreviese  arrebatrmelo, como yo le dijese que
pertenecia  la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se
apoder de l ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por ms que
le dije quin era el dueo de Frontino, no se mostr dispuesto 
devolvrmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido
rogndole y suplicndole; pero en vista de que tan intiles eran mis
ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenndole de injurias y
maldiciones,  poca distancia de aqu, donde reventando al caballo y
aun reventndose l mismo, procura resistir con las armas en la mano 
un guerrero, que no dudo me vengar bien pronto, segun lo acorralado
que tiene al infame sarraceno.

Rugiero, que  duras penas habia podido contener su impaciencia para
escuchar el fin de este relato, se puso en pi en cuanto call Hipalca;
y dirigindose  Riciardeto, le pidi como un favor y como recompensa
del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con
Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo.
Aun cuando el jven no creia decoroso confiar  otro una empresa, que
 l, y  nadie ms, correspondia, accedi sin embargo  los deseos
de Rugiero, el cual se despidi sin perder tiempo de los restantes
compaeros, y se alej con Hipalca, dejndolos, no ya maravillados,
sino estupefactos al considerar su admirable valor.

Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le
manifest que la dama que tan impreso tenia su valor en el corazon
la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva  un lado, le
sigui participando cuanto Bradamante le encargara, aadiendo que, si
antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto.
Manifestle adems, que el que le arrebat el caballo, habia contestado
 sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:--Puesto que este
caballo es de Rugiero, me apodero ahora de l con mayor jbilo; y por
si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme,
y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo
entero.

Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba
pintando la clera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho
 su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien
por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido  su
valor: adems consider que seria para l mengua y baldon no arrancarlo
inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna
venganza.

Entre tanto la doncella continuaba guiando  Rugiero, sin permitirse
el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente  frente:
as llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el
uno descendia al fondo de un valle y el otro subia  la cumbre de una
colina: ambos iban  parar al sitio en que la doncella habia dejado 
Rodomonte: el segundo era escabroso, pero ms corto; el primero, aunque
ms largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar  Frontino y ver
vengada su afrenta, se decidi  seguir el camino del monte, por donde
era el trecho ms corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba
cabalgando por el otro en compaa del Trtaro y de los dems que he
referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero
se alejaba de ellos cada vez ms.

Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro
de Agramante, y que les acompaaba Doralicia causa de todas sus
discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian
directamente el camino que conducia  la fuente donde descansaban
tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y
Viviano. Accediendo  las instancias de sus compaeros, se habia puesto
la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor
maguntino crey destinar  Lanfusa, y por ms que casi nunca abandonara
la coraza y las dems piezas de su armadura, se las quit aquel dia,
presentndose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados
compaeros.

Apenas vi el Trtaro  Marfisa, se propuso apoderarse de ella,
creyendo que seria fcil lograrlo, con el objeto de ofrecerla 
Rodomonte en recompensa   cambio de Doralicia; como si Amor pudiese
consentir en que un amante vendiera  permutara  su dama,  fuera
fcil consolarnos de la prdida de una con la adquisicion de otra.
Deseoso, pues, de proporcionar al rey de Argel una doncella,  fin
de no tener que desprenderse l de Doralicia, determin entregarle
 Marfisa, cuya belleza y donosura le parecieron dignas del amor de
cualquier caballero, suponiendo sin duda que para su rival lo mismo
seria una mujer que otra; y en su consecuencia, ret  singular batalla
 todos los guerreros que acompaaban  Marfisa.

Malagigo y Viviano, que no habian abandonado sus armas  fin de velar
por sus compaeros, se levantaron del sitio donde estaban sentados,
dispuestos ambos al combate, porque creian tener que habrselas con los
dos paganos; pero el Africano, que no pensaba en tal cosa, permaneci
tranquilo; por lo cual, Mandricardo fu el nico que tom parte en
la lucha. El primero que se lanz animosamente sobre su adversario
enristrando un grueso lanzon fu Viviano; el Rey pagano, por su parte,
le acometi con la pujanza y denuedo que le eran habituales. Ambos
dirigieron sus golpes al sitio donde creian herir con ms ventaja:
Viviano alcanz intilmente en el yelmo  su enemigo; pues, lejos de
derribarle, ni siquiera logr moverle. El Rey pagano, cuya lanza era
ms dura, atraves el escudo de Viviano como si fuese de vidrio, y le
hizo saltar de la silla, arrojndole entre las yerbas y las flores de
la pradera. Acudi entonces Malagigo dispuesto  vengar sin tardanza
 su hermano; pero tuvo tal prisa de reunirse con l, que en vez de
vengarle, fu  hacerle compaa. Ms rpido Aldigiero que su primo
para cubrirse con sus armas, salt sobre el corcel, y desafiando al
Sarraceno, le embisti valerosamente  rienda suelta: el golpe que
descarg fu  dar un dedo ms abajo de la visera del sarraceno; vol
la lanza al cielo hecha cuatro pedazos, pero Mandricardo permaneci
firme en la silla. El pagano le hiri en el lado izquierdo; y como el
golpe fu dirigido con terrible fuerza, de poco le valieron  Aldigiero
su escudo y su coraza, porque se abrieron cual si fuesen de delgada
corteza. El hierro cruel penetr en el hombro; se tambale el herido
caballero sobre el caballo, y por ltimo fu  dar con su cuerpo en
tierra, quedando las armas enrojecidas con su sangre, y mortalmente
plido su rostro. Riciardeto acudi en seguida con herica audacia:
al enristrar su lanza, se echaba de ver, como lo habia demostrado
en diferentes ocasiones, que era un digno paladin de Francia:
probablemente habria hecho conocer al Trtaro que le igualaba en valor,
si no le hubiera impedido arremeterle la caida de su caballo, que
cogindole debajo, y no por culpa suya, le priv de todo movimiento.

Como no quedaba ya ningun caballero que hiciese frente al pagano,
supuso este que era ya suya la doncella, premio del vencedor, y
aproximndose  ella, le dijo:

--Hermosa jven, sois nuestra, si no hay alguien que monte  caballo en
favor vuestro. No podeis excusaros ni negaros  ello; pues tales son
las leyes de la guerra.

Marfisa, levantando el rostro con ademan altivo, contest.

--Tu opinion es harto errnea: podria concederte que tuvieses razon
al decir que te pertenezco por derecho de conquista, cuando fuese
mi seor  mi caballero alguno de esos que has derribado. Pero no
soy suya, ni pertenezco  nadie ms que  m misma: por lo tanto,
el que desee poseerme debe conquistarme luchando conmigo. Tambien
yo s manejar la lanza y el escudo, y he tendido  mis pis  ms
de un caballero.--Dadme mis armas y mi corcel, exclam en alta voz
dirigindose  sus escuderos, los cuales se apresuraron  obedecerla.

Quitse sus vestidos femeniles, y luci ms y ms sus raras
perfecciones y su bien formado cuerpo:  no ser porque las delicadas
facciones de su rostro revelaban su sexo, hubirasela tomado por el
mismo Marte. As que tuvo puesta la armadura, cise la espada, y
de un salto se coloc sobre el caballo, al que clav tres veces el
acicate, hacindole caracolear  uno y otro lado: luego, desafiando al
Sarraceno, empu la rcia lanza, y comenz una lucha que recordaba la
sostenida al pi de los muros de Troya por Pentesilea contra el tesalio
Aquiles[22]. Al primer choque, rompironse las lanzas hasta el regaton,
cual si fueran de vidrio; pero no se observ que ninguno de los dos
combatientes se plegara hcia atrs una sola lnea. Marfisa, ansiosa
de conocer si combatiendo ms de cerca le resistiria de igual modo el
sarraceno, se volvi contra l espada en mano. Mandricardo prorumpi
en blasfemias contra el cielo y los elementos, al ver  su enemiga
inmvil en la silla, mientras esta, que habia esperado atravesarle el
escudo, increpaba no menos irritada al cielo: tanto el uno como la otra
descargaban recprocamente terribles cuchilladas sobre sus armas; pero
en vano, porque las de ambos estaban encantadas, lo cual nunca fu ms
necesario que aquel dia. Tan buenas eran sus mallas y corazas, que no
habia espada  lanza que las atravesara; de modo que el combate podia
durar todo aquel dia y hasta el siguiente, si Rodomonte no se hubiera
interpuesto para interrumpirle, reconviniendo  Mandricardo por su
demora y dicindole:

       [22] Pentesilea, reina de las amazonas, figur entre los aliados
       de Priamo durante los ltimos aos del sitio de Troya. Pereci
       en un combate que sostuvo con Aquiles.


--Si es que tanto deseo tienes de pelear, ms vale que terminemos
nuestra propia lucha. Ya sabes que la suspendimos para acudir con
ms prontitud en socorro de nuestro ejrcito, y que convinimos en no
acometer otro nuevo combate  cualquiera otra empresa hasta haber
cumplido este deber.

Despues se dirigi con la mayor cortesa  Marfisa, participndole que
Agramante les habia enviado un mensajero para reclamar su inmediato
auxilio. Rogle en seguida que se dignara, no solo renunciar  aquel
combate  diferirlo para mejor ocasion, sino tambien partir en su
compaa para prestar su poderosa ayuda al hijo del rey Trojano,
aadiendo que de este modo podria adquirir una fama que hasta el cielo
se remontara, mejor que impidiendo un intento tan generoso con una
pelea ignorada y sin importancia.

Marfisa, que siempre habia tenido el ardiente deseo de medir sus
fuerzas con los paladines de Carlomagno, y cuyo nico objeto, al pasar
 Francia desde las ms remotas comarcas, era el de conocer por s
misma si su glorioso renombre era  no exagerado, acept la proposicion
de Rodomonte, en cuanto tuvo noticia de la apurada situacion de
Agramante.

Entre tanto Rugiero habia seguido en vano  Hipalca por el camino del
monte, y cuando lleg con ella al sitio designado, vi que Rodomonte
se habia marchado por el otro camino. Suponiendo que no podia hallarse
muy lejos, y que habria tomado el sendero que conducia directamente 
la fuente, volvi las riendas  su corcel, y sigui con paso veloz las
huellas recientemente impresas en la arena. Quiso que Hipalca regresara
 Montalban, de cuyo castillo solo les separaba una jornada; porque si
volvia de nuevo  la fuente, se alejaria demasiado del camino recto, y
le dijo que estuviese segura de que recuperaria en breve  Frontino,
como no tardaria en saberlo, bien en Montalban,  bien en cualquier
otro punto en que se hallara. Dile adems la carta que escribi en
Agrismonte y que llevaba desde entonces en el pecho, y le dijo otras
muchas cosas, rogndole encarecidamente que le disculpara con su amada.
Hipalca fij en su memoria todos los encargos de Rugiero; despidise de
l, volvi riendas, y no ces de andar hasta llegar  Montalban aquella
misma tarde.

A pesar de haber seguido Rugiero diligente las huellas del Sarraceno,
que aparecian en el camino de la llanura, no pudo alcanzarle hasta
que le vi con Mandricardo junto  la fuente. Los dos sarracenos se
habian prometido mtuamente que no se atacarian por el camino, ni antes
de socorrer el campamento africano tan estrechamente asediado por
Crlos. Al llegar all, Rugiero conoci  Frontino; por l conoci
al guerrero que le montaba, y enristr en el momento mismo su lanza,
desafiando al Africano con frases altaneras. Rodomonte hizo aquel
dia ms que Job; porque consigui domar su fiero orgullo y rehus el
combate, l, que siempre habia tenido la costumbre de ser el primero en
buscarlo. Aquella fu la primera y ltima vez en su vida que se negase
 combatir; pero le parecia tan honroso el deseo de acudir en auxilio
de su Rey, que aun cuando hubiese tenido  Rugiero ms aferrado entre
sus uas que una liebre oprimida por las garras del gil leopardo,
no habria querido sacrificar ni el tiempo indispensable para cambiar
con l una  dos estocadas. Adase  esto, que sabia que Rugiero,
con quien debia combatir por causa de Frontino, era un caballero tan
famoso, que su gloria no tenia rival; que Rugiero era el hombre con
quien siempre habia deseado batirse, para conocer por s mismo hasta
dnde alcanzaba su denuedo; y  pesar de esto, no quiso aceptar aquel
reto: tanto era lo que le inquietaba el peligro de su Rey! A no ser
por esta causa, hubiera ido hasta el confin de la Tierra, tan solo
por realizar tal combate; pero en aquel momento, aunque le hubiese
desafiado el mismo Aquiles, no dejara de hacer lo propio: tan oculta
estaba entonces la llama de su habitual furor. Manifest  Rugiero la
causa que le impedia aceptar su reto, y aun le rog que les prestara
su auxilio en aquella empresa; porque, de obrar as, haria lo que todo
caballero leal est en el deber de hacer en obsequio de su seor;
aadiendo que tan luego como se levantara el asedio, tendrian tiempo de
terminar sus querellas.

Rugiero le respondi:

--No tengo inconveniente en aplazar esta pelea hasta que Agramante
quede libre del poder de Crlos, con tal de que me devuelvas desde
luego  Frontino. Si quieres que difiera para cuando estemos en la
corte el probarte la falta que has cometido, y la accion indigna de un
caballero valiente que has llevado  cabo arrebatando  una dbil mujer
mi caballo, deja  Frontino y devulvemelo. De lo contrario, hars mal
en suponer que yo renuncie  la contienda ni que te conceda una sola
hora de tregua.

Mientras Rugiero exigia al Africano la restitucion de Frontino 
un inmediato combate, y mientras Rodomonte, negndose  combatir y
 devolver el caballo, aplazaba para ms adelante una y otra cosa,
adelantse Mandricardo y suscit una nueva contienda al ver que Rugiero
llevaba por blason la reina de las aves. Rugiero ostentaba en su escudo
el guila blanca sobre campo azul, emblema de los troyanos, porque le
pertenecia de derecho como descendiente que era del esforzado Hctor,
pero como Mandricardo lo ignoraba, no quiso tolerar que otro usara
en su escudo el guila blanca del hroe troyano, tenindolo  grave
injuria. Mandricardo llevaba tambien como ensea el ave que arrebat
en el monte Ida  Ganimedes: no dudo que sabreis cmo la conquist
aquel dia que sali vencedor en el peligroso castillo, y cmo se la
di aquella Hada juntamente con las preciadas armas que forj Vulcano
para el guerrero de Troya. Mandricardo y Rugiero se habian ya batido
en otra ocasion por esta misma causa, y como ya sabeis el motivo que
tuvieron para separarse, escuso referirlo de nuevo. No habian vuelto
 encontrarse hasta entonces, as es que en cuanto Mandricardo vi el
escudo, prorumpi en amenazas con ademan arrogante, gritando  Rugiero:

--Te reto  singular pelea. Todava te atreves  usar, temerario,
la ensea que me pertenece? No es este el primer dia que te he
reconvenido por ello. Insensato! Has podido creer que, porque una vez
te perdon, he de tolerarlo siempre? Pero ya que ni el perdon ni las
amenazas han sido bastantes para hacerte olvidar semejante locura, voy
 ensearte cunto ms te hubiera valido obedecerme que desafiar mi
saa.

As como un leo seco y bien caldeado se enciende al ms pequeo soplo,
del mismo modo se inflam la clera de Rugiero desde la primera amenaza
que oy de Mandricardo.

--Te has figurado, le dijo, que podrias dominarme  tu antojo, porque
me ves empeado en otra contienda? Si as lo has creido, pronto te
demostrar que tan capaz soy de obligar  Rodomonte  que me devuelva
mi Frontino, como de quitarte el escudo de Hctor. No hace aun
mucho tiempo que combatimos por el mismo motivo; pero me abstuve de
arrancarte la vida porque no llevabas espada. Lo que entonces fueron
conatos, hoy sern hechos palpables y evidentes, pudiendo asegurarte
que esa guila blanca, antiguo blason de mi estirpe, ser para t
fatal: t la has usurpado; yo la llevo con justo derecho.

--T eres el usurpador de mi divisa, exclam Mandricardo, desnudando
el acero que Orlando, en su locura, habia abandonado poco antes en el
bosque.

El buen Rugiero, que jams habia desmentido su generosidad, cuando
vi que el pagano desenvainaba la espada, dej caer en el suelo su
lanza, y empuando la excelente Balisarda, embraz el escudo; pero
en aquel momento lanz Rodomonte su caballo entre ellos, seguido por
la diligente Marfisa, procurando tanto el uno como la otra separar 
los contendientes, y rogndoles que no pasaran adelante. Rodomonte se
lament de que Mandricardo hubiese roto por dos veces el pacto entre
ellos estipulado; la primera, cuando combati con varios caballeros,
creyendo conquistar  Marfisa, y la segunda por desposeer de su divisa
 Rugiero. Irritado por el poco inters que al Trtaro le inspiraba el
peligro de Agramante, le dijo:

--Si has de proceder siempre de esta manera, es preferible que
terminemos nuestro combate, mucho ms justo y necesario que todos
cuantos despues has emprendido. Con esta condicion qued establecida la
tregua que subsiste entre nosotros. As que concluya contigo, me batir
con Rugiero por el caballo que reclama; y t, si conservas la vida,
podrs continuar la querella suscitada con l por causa de tu escudo;
aun cuando espero darte tanto qu hacer, que no se fatigar mucho
Rugiero.

--Padeces un error grosero, respondi Mandricardo: yo soy quien ha de
darte qu hacer ms de lo que deseas, y quien te har sudar de pis 
cabeza. No me faltarn vigor ni audacia, as como no falta el agua de
un manantial, para batirme despues con Rugiero, y no solo con l, sino
con otros mil que se presentaran, y hasta con el mundo entero, si se
atreviese  hacerme frente.

Por una y otra parte iban en progresivo aumento la clera y las
amenazas. Mandricardo, brio de furor, queria pelear  un tiempo
mismo con Rodomonte y con Rugiero: este, poco acostumbrado  soportar
el menor ultraje, no queria ya escuchar palabras de conciliacion,
sino apelar  las armas. Marfisa iba de un lado  otro, procurando
calmar los nimos; mas no teniendo quien la ayudara, se esforzaba
en vano. As como un campesino, al ver salir de madre un rio, cuyas
turbulentas aguas se abren  travs de los campos un nuevo camino,
acude presuroso  impedir que la inundacion destruya sus mieses y su
forraje, y mientras se ocupa en oponer un dique, y otro, y otro  las
aguas, observa consternado que si consigue cerrarles el paso por un
lado, no tardan en rebasar por otro los obstculos que les ha puesto,
precipitndose entonces toda su masa con mpetu ms destructor, as
tambien, mientras Rugiero, Mandricardo y Rodomonte disputaban colricos
entre s, pretendiendo cada uno de ellos mostrarse ms esforzado, y
exceder en denuedo  los otros dos, procuraba Marfisa apaciguarlos,
cansndose y perdiendo el tiempo y el trabajo; pues mientras conseguia
disuadir  uno de ellos de sus belicosos intentos, se denostaban los
dos restantes con creciente ira.

La guerrera, insistiendo en ponerlos de acuerdo, les decia:

--Caballeros, escuchad, por favor, mis consejos. Es de todo punto
necesario que aplaqueis todas vuestras querellas para cuando
Agramante est fuera de peligro. Si cada uno de vosotros se empea,
 pesar de esto, en seguir adelante con su contienda, har  mi vez
uso del derecho que me asiste de continuar mi interrumpida lucha
con Mandricardo, y entonces ver si es tan capaz, como supone, de
conquistarme por medio de las armas. Pero si hemos de socorrer 
Agramante, hagmoslo sin dilacion, y no se hable ya de nuevas luchas
entre nosotros.

--Por m no ha de quedar, exclam Rugiero, desde el momento en que se
me devuelva el caballo. Una de dos;  me restituye el corcel,  de lo
contrario que lo defienda de m: estoy firmemente resuelto  perecer en
este sitio,   regresar al campamento cabalgando en Frontino.

Rodomonte contest:

--Probablemente ser ms fcil lo primero que lo segundo.--Y
aadi:--Por lo dems, protesto aqu de que si nuestro Rey padece algun
revs, tuya ser la culpa; pues yo no habr sido causa de que no se
haga  tiempo lo que se debe hacer.

Rugiero no hizo caso alguno de tales protestas: arrastrado por la
clera, desnud el acero, y se arroj como un javal sobre el rey de
Argel,  quien empez  golpear de tal modo con el escudo y con la
hombrera, que lo descompuso hasta el extremo de hacerle perder uno de
los estribos. Entonces Mandricardo le grit:--Suspende, Rugiero, ese
combate,  lucha conmigo.--Al decir esto, ms cruel y felon de lo
que fuera hasta entonces, descarg un terrible cintarazo en el casco
de Rugiero, el cual se vi obligado  bajar la cabeza hasta el cuello
de su caballo, sin que pudiera enderezarse cuando lo intent, porque
el hijo de Ulieno aprovech aquel momento para darle un nuevo y ms
tremendo golpe. Si el yelmo de Rugiero no hubiera sido de un temple
diamantino, aquel tajo le habria hendido la cabeza hasta las mejillas.
El dolor le hizo abrir ambas manos, abandonando la una la espada y la
otra las riendas: el caballo se lo llev  travs de los campos, y
Balisarda qued abandonada en el suelo.

Marfisa, que habia sido aquel dia su compaera de armas, se sinti
abrasada por la ira, al ver que dos caballeros habian puesto en aquel
estado  uno solo: llevada de su natural magnnimo y generoso, se
arroj sobre Mandricardo, y reuniendo todas sus fuerzas, le descarg
un tremendo mandoble en la cabeza. Rodomonte sali en persecucion de
Rugiero, persuadido de que si conseguia darle un nuevo golpe, quedaba
vencido el jven guerrero y Frontino en su poder para siempre; pero
Riciardeto y Viviano, que lo observaron, corrieron  interponerse
entre su amigo y el Sarraceno. El primero acometi  Rodomonte, le
hizo retroceder, y le oblig  cesar en su persecucion; el segundo se
acerc  Rugiero, ya vuelto en s, y le present su propia espada.

En cuanto el valiente Rugiero recobr los sentidos y empu la espada
que Viviano le ofrecia, no quiso demorar la venganza de su agravio, y
se precipit sobre el rey de Argel como el leon que acaba de ser herido
por las astas de un toro y no siente el dolor de su herida: tanta era
la saa, el mpetu y el furor que le estimulaban  tomar una sangrienta
venganza.

Cay como un rayo su acero sobre la cabeza del Sarraceno, y si en vez
de haberle descargado aquel mandoble con la espada de Viviano, lo
hubiese dado con su Balisarda, que, como he dicho, se le escap de las
manos al principio de esta lucha  causa de una cobarde felona, creo
que el yelmo de Rodomonte no bastara  proteger su cabeza, por ms que
dicho yelmo fuese el que se mand fabricar el rey de Babel[23] cuando
intent declarar la guerra  las estrellas.

       [23] Nemrod, nieto de Cham, fundador del imperio de Babilonia,
       quien se supone que aconsej la construccion de la torre de
       Babel.

Convencida la Discordia de que all no podia haber ms que contiendas y
rias, que alejarian para siempre de entre los cuatro caballeros toda
esperanza de paz y tregua, dijo  su hermana, la Soberbia, que podian
regresar con toda confianza al lado de sus buenos frailes. Dejmoslas
marchar, y volvamos  Rugiero, que acababa de dar un tremendo golpe en
la frente de Rodomonte.

El golpe de Rugiero fu tan terrible, que el Sarraceno toc en la grupa
de Frontino con su yelmo y con aquella piel impenetrable y escamosa
que cubria sus espaldas; tres  cuatro veces se le vi oscilar con
el cuerpo inclinado para caer en tierra, y hubirasele escapado la
espada,  no tenerla atada  la mueca.

Entre tanto Marfisa atacaba con tal insistencia  Mandricardo, que
el Trtaro tenia baados en sudor la frente, el rostro y el pecho;
otro tanto le sucedia  la guerrera; pero la armadura de ambos era
tan impenetrable, que no conseguian atravesarlas por ninguna parte:
hasta entonces no se llevaban la menor ventaja; pero un paso en falso
dado por el caballo de Marfisa, fu causa de que la jven necesitara
el auxilio de Rugiero. Al dar el corcel una vuelta harto brusca,
en un sitio donde la yerba estaba mojada, resbal de tal suerte,
que la guerrera no pudo impedir que cayera sobre el lado derecho;
y en el momento en que procuraba levantarse precipitadamente, el
descorts pagano lanz sobre ella  Brida-de-oro, que atropellndola
de travs, la hizo caer de nuevo. Al ver Rugiero  la doncella en tan
crtica situacion, se apresur  socorrerla, ya que en aquel momento
podia hacerlo, porque Frontino se llevaba  Rodomonte privado de
conocimiento: el jven guerrero descarg un golpe tan violento en el
casco del Trtaro que de seguro le habria partido la cabeza como un
troncho, si hubiese empuado  la sazon  Balisarda,  si Mandricardo
se hallara cubierto con otro yelmo.

Vuelto en s el rey de Argel durante este corto intervalo, mir en
su derredor, vi  Riciardeto, y recordando que habia salido  su
encuentro para impedirle que hiriera nuevamente  Rugiero, lanzse
sobre l,  indudablemente le habria dado una recompensa poco
envidiable por el oportuno auxilio que proporcionara  su enemigo,
 no haberlo estorbado Malagigo por medio de nuevos encantamientos.
Malagigo conocia el arte de los encantos tan bien como el mgico ms
preeminente; y aun cuando  la sazon no tenia el libro, merced al
cual le era fcil detener al Sol en mitad de su carrera, recordaba sin
embargo los conjuros con que solia hacerse obedecer de los espritus
infernales: inmediatamente oblig  uno de ellos  penetrar en el
cuerpo del caballo de Doralicia, que se encabrit furioso. Pocas
palabras bastaron al hermano de Viviano para que entrara uno de los
ngeles de Minos en el manso palafren que montaba la hija del rey
Estordilano; y aquel caballo, que no se movia nunca como  ello no le
obligara la mano que le guiaba, di sbitamente un salto de treinta
pis de largo y diez y seis de altura. Grande fu el salto, pero no
tan violento que derribara de la silla  la que en ella iba montada.
La jven, al verse hendiendo los aires, se tuvo por muerta y lanz
gritos penetrantes, mientras que el caballo, conducido por el diablo,
emprendi una carrera tan vertiginosa, que no le hubiera alcanzado una
saeta, llevando consigo  la jven, la cual no cesaba de pedir socorro.

El hijo de Ulieno fu el primero en suspender la lucha, al oir aquellas
voces, y se lanz  escape tras el desbocado palafren, con objeto de
auxiliar  la doncella: Mandricardo no tard en imitarle; y cesando en
sus ataques contra Rugiero y Marfisa, vol en seguimiento de Rodomonte
y Doralicia, sin pedir  sus adversarios tregua  paz.

Entre tanto la guerrera se levant del suelo, y ardiendo en iracunda
saa, iba  vengarse de su afrenta, cuando ech de ver que su enemigo
estaba harto lejos para alcanzarle. El inesperado fin de la pelea, no
solo hizo suspirar  Rugiero, sino rugir como un leon herido: aumentaba
su desesperacion el convencimiento de que con sus caballos no era
posible dar alcance  Brida-de-oro ni  Frontino.

El jven no hacia nimo de renunciar al combate hasta que el rey de
Argel le devolviera el caballo; la doncella, por su parte, no queria
terminar aun su contienda con el Trtaro, por no haber probado su valor
 su entera satisfaccion: dejar en suspenso la querella les parecia 
ambos deshonroso; por lo cual resolvieron, de comun acuerdo, seguir las
huellas de los que tanto les habian ofendido. Tenian la seguridad de
encontrarlos en el campamento sarraceno, si antes no lograban hallarse
de nuevo frente  frente, suponiendo que acudirian  l para hacer
levantar el asedio antes de que el rey de Francia se apoderara de todo.
Emprendieron, pues, la marcha hcia donde creian hallar otra vez  sus
enemigos; pero entonces no se alej Rugiero tan precipitadamente que se
olvidara de despedirse de sus compaeros.

Acercse al hermano de su adorada Bradamante, y se le ofreci como un
verdadero amigo, lo mismo en la prspera que en la adversa fortuna; le
suplic despues, con la mayor galantera, que saludara en su nombre 
su hermana, empleando para ello frases tan convenientes y oportunas
que ni Riciardeto ni sus compaeros concibieron la menor sospecha.
Dirigi el ltimo adios  este jven,  Viviano,  Malagigo y al herido
Aldigiero, los cuales  su vez se manifestaron en extremo agradecidos
 sus servicios, y le aseguraron que los tendria  su disposicion en
cualquier parte que se hallasen.

Marfisa estaba tan deseosa de ir  Paris que se olvid de despedirse de
los amigos: as es que Malagigo y Viviano se vieron obligados  correr
tras ella para poderla saludar desde lejos. Lo mismo hizo Riciardeto:
tan solo Aldigiero no pudo imitarles por tenerle postrado su herida.
Rodomonte y Mandricardo habian seguido ya el camino de Paris, y  la
sazon lo emprendian Rugiero y Marfisa. En el otro canto os referir,
Seor, los hechos maravillosos y sobrehumanos que los cuatro guerreros
de que os hablo llevaron  cabo con grave dao de los soldados de
Carlo-Magno.




CANTO XXVII.

  Los tres guerreros paganos y el valiente Rugiero obligan  Carlomagno
   refugiarse en Paris.--Cunden las rencillas en el campamento
  africano, hasta tal extremo que el Rey se reconoce impotente para
  calmar los nimos.--El rey de Argel, despechado al ver que su dama se
  ha decidido por Mandricardo, abandona el campamento.


La mayor parte de las determinaciones de las mujeres producen mejor
resultado cuando son efecto del primer arranque de su viva imaginacion,
que si son fruto de una reflexion detenida; lo cual no deja de ser
un don especial con que, entre tantos y tantos, las ha favorecido
prdigamente el Cielo: no sucede lo mismo con respecto  las decisiones
de los hombres; pues suelen salirles mal cuando no las han meditado con
madurez, cuando no han pesado detenidamente todas las circunstancias
que pueden acompaarlas,  no han empleado mucho tiempo y mucho estudio
antes de ponerlas por obra.

En el primer momento pareci excelente la estratagema de Malagigo; mas
desgraciadamente no fu as, por ms que, como he dicho, se librara
merced  ella de un inminente peligro su primo Riciardeto. Al evocar
Malagigo al espritu infernal, lo hizo con el objeto de alejar de
aquel sitio  Rodomonte y al hijo del rey Agrican; pero no tuvo en
cuenta que el demonio los conduciria  causar gran dao en el ejrcito
cristiano. Si hubiese tenido tiempo para reflexionar en lo que iba 
hacer, debe suponerse que habria podido salvar con la misma facilidad
 su primo, sin causar el menor perjuicio  las tropas cristianas.
No podia haber ordenado al espritu que se llevara  la doncella
hcia Oriente  Occidente, y alejarla tanto, que no se volvieran
 tener noticias suyas en Francia? Sus amantes la habrian seguido
hcia cualquier otro punto, lo mismo que la seguian hcia Paris; pero
esta consideracion pas desapercibida  Malagigo por causa de su
precipitacion, y el ngel rebelde arrojado del Cielo, ansioso siempre
de estrago, sangre y ruina, emprendi el camino ms  propsito para
afligir  Carlomagno, por lo mismo que el mgico no le prescribi la
direccion que debia seguir.

El palafren que tenia el demonio en el cuerpo, continu llevndose 
la aterrada Doralicia, sin que los rios, los fosos, los bosques, las
lagunas, las montaas ni los precipicios fueran un obstculo para
detenerle en su desatentada carrera. Atraves con ella del mismo modo
por en medio de los campos francs  ingls, y por entre todas las
tropas agrupadas en torno de la ensea de Cristo, y no par hasta
llegar  la tienda del rey de Granada, padre de Doralicia.

Rodomonte y el hijo de Agrican pudieron seguirla algun tiempo durante
el primer dia, pues no dejaron de divisarla, aunque  lo lejos; pero de
pronto la perdieron de vista, y entonces fueron en pos de sus huellas,
como el sabueso acostumbrado  seguir el rastro de la liebre  del
cabritillo, y no cesaron de andar hasta que hubieron llegado al campo
sarraceno, donde supieron que Doralicia estaba ya en poder de su padre.

Mucho cuidado necesitas ahora, oh Crlos; pues se amontona tanta
clera sobre t, que no s cmo podrs librarte de ella! Y no solo
debes precaverte de esos dos guerreros tan temibles, sino tambien del
rey Gradasso, que avanza con Sacripante, dispuestos ambos  volver sus
armas contra t. Mientras tanto la veleidosa Fortuna, para aumentar tu
martirio, te priva al mismo tiempo de las dos brillantes antorchas de
ciencia y de valor, que hasta ahora te habian acompaado, dejndote
sumido en las tinieblas ms profundas. Me refiero  Orlando y 
Reinaldo: el primero, enteramente loco y adems furioso, vaga desnudo
por montes y llanuras, soportando del mismo modo la lluvia, el frio
y el calor: el segundo, cuyo juicio no est mucho ms sano, se aleja
de t precisamente cuando su auxilio es ms necesario, y camina  la
ventura por ver si halla el menor vestigio de su adorada Anglica.

Recordareis que al principio de esta historia os dije, que un viejo y
fementido encantador habia hecho creer  Reinaldo que Anglica huia
con Orlando, y herido entonces su corazon por los celos ms terribles
que ha podido sentir amante alguno, se dirigi  Paris, en cuya
ciudad le toc por suerte el encargo de pasar  Bretaa en demanda de
socorro. Terminada la batalla en que le correspondi el honor de haber
encerrado  Agramante en su campo, regres  Paris, y registr todos
los conventos de monjas, las casas y recintos fortificados, siendo
tan minuciosas sus pesquisas, que de seguro habria encontrado  su
Anglica, como no estuviese emparedada. No viendo en ningun sitio  su
amada ni  Orlando, prosigui con nuevo ardor sus investigaciones por
fuera de Paris.

Sospech que su rival se la habria llevado  Anglante   Brava[24],
donde estaria gozando tranquilamente de sus encantos entre fiestas
y placeres, y march  uno y otro punto sin obtener mejor resultado.
Volvi de nuevo  Paris, creyendo que no podria menos de encontrar
al Paladin en el camino, porque su ausencia no dejaba de tener
inconvenientes. Permaneci uno  dos dias en aquella ciudad, y viendo
que Orlando no llegaba, dirigise otra vez  Anglante y  Brava, donde
procur adquirir noticias suyas; y cabalgando dia y noche, as en
las frescas horas de la maana, como en las ardientes del medio dia,
lo mismo  la luz del Sol, que  la claridad de la Luna, recorri el
camino de Paris  dichas ciudades, no ya una, sino doscientas veces.

       [24] Antiguas ciudades de Francia, llamadas hoy Angers y Blaye.

Entre tanto, el antiguo adversario del gnero humano, el que incit
 Eva  arrancar con mano culpable la manzana prohibida, fij sobre
Crlos sus torvas miradas, un dia que el valiente Reinaldo se hallaba
ausente; y viendo el estrago que en aquella ocasion podia causar en el
pueblo cristiano, concit contra l todos los guerreros ms escogidos
con que contaban los sarracenos. Inspir  Gradasso y Sacripante, que
caminaban juntos desde que salieron del palacio encantado de Atlante,
la idea de acudir en auxilio del asediado monarca sarraceno, y destruir
el ejrcito del emperador Crlos, sirvindoles de guia al travs de
pases desconocidos, y haciendo de este modo ms corto su viaje. Di 
otro de los demonios que estaban  sus rdenes el encargo de apresurar
la marcha de Rodomonte y Mandricardo, siguiendo la ruta por donde su
otro colega obligaba  ir al caballo de Doralicia. Envi adems otro
demonio para que Marfisa y Rugiero no permaneciesen ociosos; pero
el que gui  estos dos guerreros, procur refrenar sus corceles,
haciendo de modo que llegaran al campamento con posterioridad  los
otros. Por esta razon, Marfisa y Rugiero se presentaron  Agramante
media hora despues que sus compaeros; pues queriendo el ngel negro
y astuto causar la mayor pesadumbre  los cristianos, hizo lo posible
para impedir que la querella ocasionada por la posesion de Frontino
se reprodujese, estorbando sus planes, como indudablemente se habria
reproducido si hubiesen llegado Rugiero y Rodomonte al mismo tiempo.

Los cuatro primeros llegaron juntos  un sitio, desde el que podian
reconocer perfectamente las posiciones del ejrcito opresor y del
oprimido, y las banderas que ondeaban  merced del viento: celebraron
consejo, y resolvieron de comun acuerdo auxiliar  Agramante, 
pesar de Crlos, y librarle del asedio que le tenia encerrado en su
campamento. Formaron en seguida un grupo compacto, y penetraron en
medio de los reales cristianos, gritando sin cesar: frica y Espaa!
y presentndose arrogantemente como enemigos. Las tropas francesas
empezaron  gritar  su vez: A las armas,  las armas! pero antes
sintieron los terribles golpes de los moros, y una gran parte de la
retaguardia huy aun sin ser atacada, poseida de un terror pnico. El
resto del ejrcito cristiano, puesto en conmocion, se desorden sin
saber la causa, que en concepto de muchos consistia en alguna disputa
trabada entre suizos  gascones, segun su costumbre; mas como para la
mayor parte era todava un misterio lo que pasaba, los soldados de cada
nacion se fueron agrupando en torno de sus banderas,  los toques de
los clarines  los tambores, produciendo todo esto un estruendo que
retumbaba en el Cielo.

El gran Emperador, completamente armado, aunque con la cabeza
descubierta, estaba rodeado de sus paladines, y preguntaba en vano
el motivo del desrden que observaba en su ejrcito: con aspecto
amenazador, detuvo  los fugitivos, y vi con sorpresa que muchos
estaban heridos en el rostro  en el pecho, que acudian otros con la
cabeza  el cuello ensangrentados, y alguno con una mano  un brazo
menos. Avanz algun tanto, y hall un considerable nmero de sus
soldados tendidos en tierra, revolcndose horriblemente en un rojo
lago de su propia sangre, y sin que nadie los auxiliara en su agona:
encontr el campo sembrado de cabezas, brazos y piernas separadas de
los cuerpos, y en fin, por donde quiera que fu, observ estremecido
los mismos estragos. El reducido grupo de los cuatro sarracenos,
digno de eterna y explendente fama, habia dejado una memorable y
sangrienta huella de su paso. Crlos iba contemplando aquella espantosa
carnicera, tan asombrado como lleno de ira y de despecho, semejante 
aquel en cuya morada ha caido un rayo y va examinando con dolor todos
los destrozos que ha hecho en su camino.

Acababa de llegar apenas este primer auxilio  los parapetos del
campamento de Agramante, cuando por otro lado se present el animoso
Rugiero en compaa de Marfisa. Despues de haber recorrido una  dos
veces con la vista la situacion de sitiados y sitiadores, y conocido
cul era el camino mas breve para socorrer al monarca sarraceno,
embistieron con denuedo  los cristianos. As como cuando se da fuego
 una mina, la llama devoradora recorre el largo surco de la negra
plvora con una rapidez tal que la vista apenas puede seguirla, y se
oye despues el estruendo producido por los muros  peascos al ser
arrancados violentamente de su base, del mismo modo cayeron Rugiero
y Marfisa sobre los franceses, produciendo igual estrpito en su
embestida. Empezaron  dar tajos  diestro y siniestro, hendiendo
cabezas y cortando brazos y hombros de cuantos no se apresuraban 
dejarles el camino libre y expedito. El que haya observado el paso de
una tormenta, que, mientras hace sentir sus destructores efectos en
una parte de un valle  de un monte, deja libre de ellos  la otra,
podr figurarse el paso de Rugiero y de Marfisa por el campamento
cristiano.

Muchos de los que habian huido del furor de Rodomonte y sus tres
compaeros, daban gracias  Dios por haberles concedido unas piernas
tan ligeras; pero encontrndose luego por su desgracia con Rugiero y
Marfisa, conocian, al ver su esperanza burlada, que el hombre, tanto
si huye como si permanece firme, no es dueo de evitar su buen  mal
destino; pues el que se escapa de un peligro cae bien pronto en otro,
y paga su merecido  costa de su cuerpo, parecindose entonces  la
tmida zorra, que al sentirse sofocada por el humo y el fuego colocado
por el cazador  la entrada de su madriguera, sale de ella con sus
hijuelos esperando salvarse, y va  parar entre los dientes de los
perros que la aguardan para despedazarla.

Marfisa y Rugiero, despues de atravesar el campo cristiano, llegaron
ilesos al de los sarracenos, donde todos elevaron al Cielo sus ojos,
dndole gracias por tan feliz acontecimiento. Desapareci como por
encanto el temor que les infundian los paladines; el infiel ms
acobardado se mostraba ya dispuesto  combatir con un centenar de
enemigos, y resolvieron unnimemente renovar las hostilidades sin
dilacion alguna.

Pronto atronaron el espacio con sus blicos sonidos las trompas, las
bocinas y las chirimas moriscas; y se vieron tremolar  impulsos
del viento las banderas y estandartes africanos. Los capitanes de
Crlos reunian tambien  los alemanes, britanos, franceses, italianos
 ingleses, trabndose  los pocos momentos una pelea espantosa y
sangrienta. La fuerza del terrible Rodomonte, la del furibundo
Mandricardo, la del animoso Rugiero, modelo de bravura, la del rey
Gradasso, tan famoso en el mundo, la de la intrpida Marfisa y la del
rey de Circasia, que  nadie cedia en denuedo, obligaron al rey de
Francia  implorar el favor de San Juan y San Dionisio, y  guarecerse
bajo los muros de Paris.

El ardor invencible y la admirable actitud de estos caballeros y de
Marfisa fueron tales, Seor, que no es posible imaginarlos, cuanto
menos describirlos: por esto podreis suponer qu multitud tan inmensa
de cristianos caeria bajo sus golpes, y cun grande seria el descalabro
que sufri Crlos. Ferrags y otros muchos caballeros moros corrieron
 unirse con los vencedores. No bastando el puente para dar paso 
todos los fugitivos, se precipitaron muchos de estos en el Sena, donde
se ahogaron: otros varios, al verse amenazados de una muerte segura
por delante y por detrs, hubieran deseado poseer las alas de caro.
Casi todos los paladines franceses cayeron prisioneros, excepto Ogiero
y el marqus de Vienne, si bien el primero sali del combate con la
cabeza rota, y el segundo herido en un hombro. Si Brandimarte hubiese
abandonado  Paris, como Reinaldo y Orlando, Crlos se habria visto
obligado  huir de la ciudad, en el caso de que le fuera posible
escapar con vida de tan gran incendio. Brandimarte hizo todo lo que
estuvo en su mano; y cuando ya no pudo ms, cedi ante el furioso
ataque de los moros. La Fortuna sonri  Agramante de tal suerte, que
el monarca sarraceno volvi  sitiar de nuevo  Carlomagno en su misma
capital.

Los gritos y los lamentos de las viudas, de los tiernos hurfanos y
de los ancianos ciegos, se elevaron desde nuestra atmsfera sombra
hasta las puras regiones celestiales en que reside Miguel, llamando
su atencion hcia  los pueblos leales de Francia, de Inglaterra y de
Alemania, cuyos cadveres, abandonados,  la voracidad de los lobos y
de los cuervos, cubrian la llanura. Enrojecise el rostro del ngel
bienaventurado, al ver que el Creador habia sido tan mal obedecido,
y se crey engaado y vendido por la prfida Discordia, quien, sin
embargo de habrsele encargado reiteradamente que suscitara incesantes
querellas entre los sarracenos, se veia claramente por la muestra que
habia hecho todo lo contrario de lo que se le ordenara. As como un
criado fiel, ms falto de memoria que de buena voluntad, al observar
que ha olvidado un encargo que debia haber tenido tan en cuenta como
su vida y su propia alma, procura diligente enmendar su falta, y no se
atreve  presentarse ante la vista de su amo hasta haberla reparado,
del mismo modo se negaba Miguel  remontarse hasta el slio del Eterno,
mientras no quedaran cumplidas sus rdenes.

Dirigise con raudo vuelo al monasterio en que la otra vez habia
hallado  la Discordia, y la vi sentada en medio de los monjes
reunidos en captulo para la eleccion de los prelados, contemplando
con deleite cmo se arrojaban aquellos buenos padres los breviarios 
la cabeza. Asila el ngel por los cabellos y le di un sin nmero de
golpes con las manos, con los pis y con el cuento de una cruz que le
rompi en la cabeza y las costillas. La msera prorumpi en estridentes
gritos, pidiendo misericordia y abrazndose  las rodillas del divino
mensajero, el cual no la dej tomar aliento hasta verla dispuesta 
volar al campamento del rey de frica, dicindole al marcharse: Cuenta
con otro castigo peor, si te veo un solo instante separada de los
sarracenos.

La Discordia, que habia salido con la cabeza y los brazos rotos,
temiendo volver  sufrir aquellos rudos golpes, aquel furor tremendo,
cogi presurosa los fuelles de que se servia para atizar su llama, y
aadiendo nuevo pbulo  las hogueras cuyo fuego permanecia latente,
encendi otra ms terrible que comunic en breve su voracidad  muchos
corazones. De tal modo inflam  Rodomonte, Mandricardo y Rugiero,
que les oblig  acudir  la presencia de Agramante, aprovechando la
oportunidad de que Crlos se habia retirado y el campo quedaba por
ellos. Expusieron al monarca africano sus mtuos resentimientos, as
como las causas que los produjeron, y sometieron  la consideracion
del Rey que decidiera cules de ellos habian de ser los primeros
en combatir. Marfisa habl tambien de su cuestion con Mandricardo,
manifestando que estaba resuelta  terminar su interrumpida pelea con
l, que fu el primero en provocarla, y que no se hallaba dispuesta
 tolerar ni un dia, ni una sola hora de retraso, para dar lugar 
que los otros se batieran. En su consecuencia, dirigi las ms vivas
instancias  Agramante para que consintiera en su inmediata lucha con
el Trtaro.

Rodomonte no se manifestaba menos decidido que ella  ser el primero en
terminar con su rival la empresa que habia suspendido hasta entonces
para socorrer  los sarracenos. Interrumpile Rugiero diciendo, que
no podia sufrir por ms tiempo que Rodomonte estuviese en posesion de
su caballo, ni que combatiera con otro antes que con l. Para agriar
ms la cuestion, adelantse Mandricardo, y sostuvo que Rugiero no
tenia el menor derecho para ostentar en su blason el guila blanca:
arrastrado por su insensato furor, queria terminar  un tiempo sus
tres contiendas, desafiando  la vez  todos sus contrincantes, y los
habria atacado simultneamente, si Agramante accediera  tal pretension.

El rey de frica emple toda clase de splicas y reflexiones para
reconciliarlos; pero vindolos al fin sordos  su voz y firmes en su
resolucion, parse  discurrir el modo de ponerlos de acuerdo para que
consintiesen en combatir uno tras otro, y por ltimo adopt como mejor
partido el de fiarlo  la suerte. Hizo escribir sus nombres en cuatro
papeletas: en una iban juntos los de Mandricardo y Rodomonte; en otra
los de Rugiero y Mandricardo; en otra los de Rodomonte y Rugiero y
finalmente, en la ltima, los de Marfisa y Mandricardo. Despues hizo
sacar una de las papeletas al arbitrio de la voluble diosa: la primera
que sali contenia los nombres del rey de Sarza y Mandricardo: la
segunda, los de este y Rugiero: la tercera, los de Rugiero y Rodomonte,
quedando en el fondo la en que estaban escritos los de Marfisa y
Mandricardo; lo cual caus el mayor despecho  la doncella. Tampoco se
mostr muy contento Rugiero, porque conocia demasiado el vigor de los
dos primeros para presumir que saldrian tan mal parados de la pelea que
se verian imposibilitados de luchar despues con l  con Marfisa.

No lejos de Paris se extendia un terreno de una milla de circunferencia
prximamente; estaba rodeado de un margen algun tanto elevado que
hacia de l una especie de anfiteatro. En otro tiempo, existi all un
castillo, cuyos muros habian sido arruinados por medio del hierro y
del fuego: en el camino de Parma  Borgo puede verse uno semejante 
l. En dicho sitio se prepar el palenque, rodendole de una estacada
de mediana altura, y formando un recinto cuadrado  propsito para el
objeto, con dos puertas bastante capaces, segun se acostumbraba.

Llegado el dia prefijado por el Rey para que se efectuara el desafo
de los pertinaces adversarios, se levantaron  uno y otro extremo del
palenque dos grandes pabellones cerca de la empalizada y al lado de
las puertas. El pabellon que estaba hcia Poniente era el destinado al
gigantesco rey de Argel: el audaz Ferrags y Sacripante le ayudaban 
cubrirse con la piel escamosa de la serpiente. El rey Gradasso y el
vigoroso Falsiron ocupaban la tienda que miraba  Levante, poniendo
por s mismos la armadura troyana al sucesor del rey Agrican. Los
monarcas de frica y de Espaa estaban sentados en un palco anchuroso
y elevado, y  su alrededor se agrupaban Estordilano y los principales
capitanes del ejrcito sarraceno. Por dichosos podian tenerse los que
lograban colocarse en alguna eminencia  en la copa de un rbol, que
les permitiera descubrir el sitio de la lucha. La muchedumbre que
acudi  presenciarla era inmensa, apindose por todos lados en torno
de la extensa empalizada. Acompaaban  la reina de Castilla otras
muchas reinas, princesas y nobles damas de Aragon, de Sevilla y de
Granada, y de las dems naciones que se extienden hasta las columnas
de Hrcules: entre ellas figuraba la hija del rey Estordilano, cuyo
suntuoso traje estaba formado de dos telas: la una de un color de rosa,
tan desvaido que casi habia perdido su matiz, y la otra verde. Marfisa
vestia un traje adecuado  su doble carcter de mujer y de guerrera:
el Termodonte[25] vi ms de una vez en sus orillas  Hiplita y las
amazonas adornadas de un modo semejante.

       [25] Rio del Asia, llamado hoy Thermeh, que baaba las llanuras
       en que acampaban las amazonas, una de cuyas reinas fu Hiplita.

No tard en presentarse en medio del palenque un heraldo, ostentando en
su cota de armas la divisa del rey Agramante, y public en alta voz
las leyes del combate; y la prohibicion impuesta  los espectadores
de dar ninguna clase de seal  auxilio  los campeones. La compacta
muchedumbre esperaba impaciente la seal de la lucha, y se quejaba
ya de la lentitud de los dos famosos caballeros, cuando de pronto se
oy en el pabellon de Mandricardo un gran rumor que iba creciendo por
momentos. Sabed, Seor, que el rey de Sericania y el Trtaro eran los
que lo producian. El primero habia armado ya completamente al segundo
 iba  ceirle la famosa espada que fu de Orlando, cuando ley el
nombre de Durindana, grabado en su empuadura, y vi adems en ella el
blason usado por Almonte,  quien Orlando, muy jven todava, habia
arrebatado aquella arma en Aspromonte. Examinla con ms detencion, y
se cercior de que era la misma del Seor de Anglante; la espada por
cuya conquista se decidi  levantar el mayor y ms excelente ejrcito
que jams saliera de los pases orientales, con el cual habia subyugado
el reino de Castilla y vencido  los franceses pocos aos antes; pero
por ms que reflexionaba, no podia calcular cmo habia pasado  poder
de Mandricardo.

Preguntle dnde y cundo habia adquirido aquel acero, y si se hallaba
 la sazon en su poder por haberlo conquistado  la fuerza,  mediante
algun convenio hecho con el Conde;  lo cual respondi Mandricardo
que, por apoderarse de l, habia sostenido un reido combate con
Orlando, y que el paladin se habia finjido loco, esperando de este modo
encubrir el miedo de tener que luchar continuamente con l, mientras
no le cediera su espada, imitando as al castor que se arranca sus
rganos genitales, al verse hostigado por el cazador, por saber que su
persecucion solo consiste en el deseo de apoderarse de tal presa.

Apenas oy Gradasso semejante explicacion, cuando exclam:

--No, no quiero cedrtela ni  t, ni  nadie: he consumido tanto oro,
tanto afan, y tanta gente por alcanzar la posesion de esa arma, que no
puede menos de pertenecerme con justo motivo. Procura proporcionarte
otra espada: yo quiero esta, lo cual no debe asombrarte. Que Orlando
est loco  cuerdo, poco me importa: hallo su espada, y me apodero de
ella donde la encuentro. T la usurpaste en medio de un camino sin
tener testigo alguno: yo espero obtenerla por medio de un combate. La
cimitarra que empuo ser mi ltima razon: vamos, pues,  decidir esta
cuestion en la palestra. Antes de dirijir contra Rodomonte ese acero
tan mal adquirido por t, habrs de conquistarlo: es costumbre antigua
la de comprar las armas de uno  otro modo antes de utilizarlas en la
batalla.

--No hay meloda tan grata  mis oidos, replic el Trtaro, irguiendo
soberbio la cabeza, como la voz del que me provoca al combate; pero haz
de modo que Rodomonte consienta en el que me propones; procura que te
ceda la preferencia que le corresponde para pelear conmigo, y no temas
verme rehusar tu reto ni el de cuantos se presenten.

Rugiero exclam entonces:

--Jams consentir en que se falte  lo acordado, ni en que se altere
el rden establecido para los combates.  Rodomonte entra primero en
la liza,  habr de acceder  batirse despues que yo. Si prevalece la
razon alegada por Gradasso, de que es forzoso adquirir las armas antes
de servirse de ellas, tampoco debes usar t el guila blanca de mi
blason mientras no la hayas ganado: pero ya que consent en someterme
 la decision de la suerte, no quiero apelar de mi sentencia: sea el
rey de Argel el primero en combatir, y yo el segundo. Como llegueis
 trastornar en parte el rden prefijado, os prometo que yo lo he de
trastornar por completo; pues no puedo consentir en que sigas haciendo
uso de mi blason, si en este momento no me lo disputas con las armas en
la mano.

--Aun cuando cada uno de vosotros fuese el mismo Marte, repuso
Mandricardo arrebatado por la clera, ni el uno seria capaz de
arrancarme la espada, ni el otro el blason.

Y ciego de furor, lanzse con los puos cerrados sobre el rey de
Sericania, y le descarg tan tremenda puada en la mano derecha,
que le hizo soltar  Durindana. No creyendo Gradasso que el Trtaro
tuviese tan loca temeridad, qued sorprendido un momento ante tan
brusco ataque, y Mandricardo se aprovech de su estupor para recobrar
el disputado acero. Repuesto Gradasso de su sorpresa, sinti la ms
viva indignacion al verse afrontado de aquella manera, y sobre todo en
un sitio tan pblico, que era lo que ms le afligia y le irritaba: se
hizo atrs, ardiendo en deseos de venganza, y desenvain su cimitarra.
Mandricardo confiaba tanto en sus fuerzas, que no solo se prepar 
empezar aquella lucha, sino que desafi tambien  Rugiero.

--Venid contra m los dos juntos, les decia, y venga tambien Rodomonte,
y la Espaa, y el frica, y el gnero humano; que yo no dejar nunca de
hacer frente.

Diciendo estas palabras, el indomable sarraceno esgrimia en todas
direcciones la espada de Almonte, embrazaba el escudo,  insultaba,
desdeoso y soberbio, lo mismo  Rugiero que  Gradasso.

--Djame el cuidado, decia  ste el rey de Sericania, de curar por m
solo  ese loco.

--No he de consentirlo, vive Dios! exclamaba Rugiero;  m me toca
castigarle: retrate; djame solo con l.

Y continuaban ambos disputando de esta suerte, mientras atacaban 
su adversario. Tan desigual combate hubiera tenido un fin trgico, 
no haberse interpuesto entre los tres adversarios algunos guerreros
con demasiada impremeditacion; pues se vieron expuestos  saber por
experiencia lo que cuesta la pretension de salvar  los otros con
peligro propio; y sin embargo, aunque hubiera acudido el mundo entero,
no lograria contenerlos, si no se hubiese presentado el hijo del famoso
Trojano con el rey de Espaa, ante los cuales todos dieron muestras de
reverencia y de respeto.

El rey Agramante hizo que le explicaran la causa de aquella nueva y
encarnizada lucha, y despues de muchos esfuerzos, logr que Gradasso
consintiese en ceder  Mandricardo la espada de Hctor por aquel dia
solamente y hasta que terminase la contienda que tenia pendiente con
Rodomonte. Mientras Agramante procuraba apaciguarlos, dirigiendo
tanto  unos como  otros todo gnero de reflexiones, se oy en el
otro pabellon el rumor de una querella suscitada entre Rodomonte y
Sacripante.

El rey de Circasia, segun he dicho antes, ayudaba  Rodomonte 
cubrirse con las armas de su antepasado Nemrod, en cuya operacion le
auxiliaba Ferrags. Aproximronse despues al sitio en que, tascando
el rico freno y llenndolo de espuma, se hallaba Frontino, aquel
caballo cuya usurpacion tenia tan indignado  Rugiero. Sacripante, que
servia de padrino al rey de Argel, empez  examinar cuidadosamente
si el caballo estaba bien herrado, bien ensillado, y en una palabra,
dispuesto como era de rigor para la lucha que se preparaba. Fijndose
con ms atencion en sus miembros esbeltos y proporcionados y en ciertas
seales particulares, conoci, sin que le cupiera ningun gnero de
duda, que aquel corcel era su Frontalate[26],  quien habia tenido en
tanta estima, y por el que hubo de sostener mil cuestiones: su prdida
le afligi hasta el extremo de que, durante mucho tiempo, no quiso
caminar sino  pi. Brunel habia tenido la destreza de quitrsele de
debajo en Albracca, el mismo dia en que rob  Anglica el anillo,
al conde Orlando su Balisarda y su trompa, y su espada  Marfisa; y
cuando el bribon regres  frica, regal  Rugiero la espada Balisarda
juntamente con el caballo, al que el jven guerrero puso despues el
nombre de Frontino.

       [26] Frente de leche.

Cuando el rey de Circasia estuvo seguro de que no se equivocaba,
dirigise al de Argel, dicindole:

--Sabes, seor, que ese caballo es mio? Es el mismo que me robaron en
Albracca, segun podrian atestiguar muchas personas; pero como todas se
hallan muy lejos de nosotros, si acaso hubiere alguno que se atreviera
 contradecirme, le probaria la verdad de mi aserto con las armas en la
mano. Accedo gustoso, en atencion  la intimidad que en estos ltimos
dias ha reinado entre nosotros,  que hagas hoy uso de mi caballo pues
bien veo que no podrias pasar sin l; pero ha de ser bajo la condicion
de declarar que me pertenece, y que te lo he prestado: de otro modo, no
pienses montar en l,  no ser que quieras disputarme su posesion por
medio de las armas.

Rodomonte, el ms orgulloso de cuantos caballeros han ceido espada, y
tambien, en mi concepto, el ms fuerte y valeroso de cuantos hroes han
existido en la antigedad, respondi:

--Sacripante, si otro se hubiera atrevido  hablarme en los trminos
que t lo has hecho, no tardaria en conocer, por su mal, que le
valdria ms no haber nacido. Pero en obsequio  la intimidad que,
segun me has dicho, nos une de pocos dias  esta parte, me limitar
 aconsejarte amistosamente, que aplaces la empresa que te propones
llevar  cabo, hasta ver el resultado del combate que voy  sostener
con el Trtaro, y entonces espero ofrecerte tal ejemplo, que no podrs
menos de decirme: Por favor, qudate con el caballo.

--La mejor cortesa con un hombre como t es ser villano, exclam el
Circasiano lleno de ira y de despecho; as, pues, te dir ahora lisa y
llanamente, que no debes contar con ese caballo, porque estoy resuelto
 prohibirte que hagas uso de l mientras mi mano pueda sostener este
vengador acero; y, aun cuando no tuviera ms armas que las uas y los
dientes para defenderlo, sabria mantener mi derecho.

De estas palabras pasaron ambos  las injurias,  los gritos,  las
amenazas, y por fin  las manos, trabndose entre ellos una lucha
encendida por su ira con mayor rapidez de la que el fuego enciende una
paja. Rodomonte estaba completamente armado: Sacripante no tenia coraza
ni cota de malla; pero era tan diestro en el manejo de la espada, que
se resguardaba perfectamente con ella de los golpes de su adversario.
Aunque el vigor y el denuedo de Rodomonte eran incomparables, no
prevalecian sobre la destreza y la agilidad con que Sacripante suplia
la desventaja de su fuerza. La muela que tritura el grano en un molino,
no ha girado nunca con tanta rapidez como Sacripante dando vueltas en
derredor de su enemigo, y colocndose con presteza en los puntos donde
podia atacar sin ser atacado. Al fin, Ferrags y Serpentino sacaron con
bastante atrevimiento sus espadas, y se lanzaron entre ellos, seguidos
del rey Grandonio y de otros muchos jefes del ejrcito mahometano.

Esta era la causa del rumor que oyeron en el otro pabellon los que  l
habian acudido para apaciguar, aunque en vano, al Trtaro,  Rugiero
y al rey de Sericania. No falt quien llevase al rey de frica la
noticia de que Rodomonte y Sacripante estaban batindose con extremada
furia por causa del corcel; y el Rey, confuso y atnito al ver tantas
querellas, dijo  Marsilio:--Permanece aqu para impedir que estos
guerreros se acometan de nuevo, mientras yo procuro apaciguar  los
otros dos.

Luego que entr Agramante en la tienda del Africano, refren este su
ira y se retir con ademan respetuoso ante su rey y seor; el rey de
Circasia se retir asimismo con iguales muestras de respeto. El jefe
del ejrcito les pregunt con severo rostro y grave entonacion la
causa de tanta clera, y cuando la hubo conocido, procur ponerlos
de acuerdo; mas sus esfuerzos fueron intiles. El rey de Circasia
se negaba tenazmente  ceder por ms tiempo su caballo al de Argel,
mientras no se humillase hasta el punto de suplicarle que se lo
prestara. Rodomonte, soberbio como siempre, le contest:

--Ni el cielo ni t podreis hacer que yo consienta en agradecer 
nadie, sino  mi mismo, cualquiera cosa que me sea fcil obtener por
medio de la fuerza.

El Rey pregunt al Circasiano cules eran sus derechos sobre el
caballo, y cmo le fu robado. Sacripante se lo refiri minuciosamente,
y no pudo menos de ruborizarse al confesar que el diestro ladron
habia aprovechado un momento en que se hallaba sumido en una profunda
meditacion, para sacarle el caballo de debajo, dejando la silla
sostenida con cuatro estacas.

Marfisa, que habia acudido como otros muchos al ruido de la pelea,
no bien oy referir la historia del robo del caballo, se manifest
indignada, por recordar que aquel mismo dia le robaron su espada;
y entonces reconoci el caballo en que habia visto huir al ladron,
que era el mismo del buen rey Sacripante, y en el cual no se habia
fijado hasta entonces. Los caballeros que la rodeaban habian oido
muchas veces  Brunel vanagloriarse de aquellos hurtos, por lo cual
no pudieron menos de fijar la vista en el astuto sarraceno, indicando
con sus ademanes que l habia sido su autor, en trmino de que Marfisa
concibi algunas sospechas, y preguntando  unos y  otros, averigu
por ltimo que el ladron de su espada era Brunel. Supo adems que el
rey Agramante, en vez de hacerle ahorcar cual merecia por semejantes
hurtos, le habia sentado en el trono de Tingitania, dando un pernicioso
ejemplo.

[Ilustracin: Marfisa asi  Brunel por en medio del cuerpo,
levantndole de su asiento...
                                                         (Canto XXVII)]

Sintiendo renacer su antigua clera, resolvi Marfisa vengarse en el
momento mismo de Brunel, y castigar las burlas y las injurias que el
ladron de su espada le dirigiera por el camino mientras huia con su
espada. Hizo que su escudero le pusiera el yelmo, por estar ya cubierta
con sus armas restantes: no creo que se la hubiera visto diez veces sin
coraza, desde el dia en que se decidi  consagrarse  la carrera  que
la llamaba su vocacion y su ardimiento increible. Cubierta ya con el
yelmo, se dirigi  Brunel, que estaba colocado en la primera fila de
los espectadores, y en cuanto le tuvo al alcance de su mano, le asi
fuertemente por en medio del cuerpo, levantndolo de su asiento, con la
misma facilidad que el guila arrebata  un polluelo entre sus corvas
garras, y le llev de este modo al sitio en que se hallaba el hijo
del rey Trojano ocupado en dirimir la nueva contienda: mientras tanto
Brunel no cesaba de lamentarse y de pedir misericordia, conociendo las
terribles manos en que habia caido. Eran tan penetrantes las quejas y
los alaridos lanzados por Brunel en demanda de piedad  de socorro,
que  pesar del rumor, del estrpito y de los gritos que resonaban
por todos los mbitos del campo, la muchedumbre acudi en torno suyo.
As que lleg Marfisa  la presencia del rey de frica, le dijo con
semblante altanero estas palabras:

--Quiero ahorcar por mis propias manos  este ladron, aunque sea tu
vasallo, por haber tenido la osada de robarme la espada el dia mismo
en que se apoder del caballo de Sacripante: si alguno se atreviera 
decir que miento, no tiene ms que adelantarse y pronunciar una sola
palabra; que en tu misma presencia le probar la verdad de mi acusacion
y su imprudencia. Pero como se me podria reconvenir por haber esperado
 dar este paso en el momento en que las cuestiones suscitadas entre
los guerreros ms valientes de tu ejrcito les tienen harto ocupados,
demorar por espacio de tres dias el castigo  que ese infame se ha
hecho acreedor: si durante este plazo no vienes en persona  buscarle,
 no envias quien abrace su defensa, dar un buen rato  las aves de
rapia, entregndoles su cuerpo,  no ser que haya quien me lo impida.
Voy  situarme en aquella torre que se levanta  la entrada de un
bosquecillo,  tres leguas de aqu, sin llevar conmigo ms compaa que
la de una doncella y un escudero. Si hay alguien tan osado que quiera
ir  arrebatarme este ladron, vaya en buena hora, que all le esperar.

As dijo, y coloc en el arzon delantero de la silla al msero Brunel,
al que tenia aun agarrado de los cabellos, mientras el miserable
lloraba y gritaba, llamando por sus nombres  las personas de quienes
solia esperar auxilio. Agramante qued tan confuso y aturdido al verse
abrumado por tantas cuestiones, que no se le ocurria ningun medio para
arreglarlas; sin embargo, le ofendi sobremanera la audacia de Marfisa,
pues aunque no apreciaba ni queria  Brunel,  ms bien, aunque le
odiaba hacia tiempo, y habia estado muchas veces  punto de ahorcarle,
sobre todo desde que se dej arrebatar el anillo, no obstante, la
determinacion de la guerrera le pareci tan injuriosa para su honor,
que se le encendi el rostro de vergenza. Se dispuso  perseguirla en
persona para hacerle sentir todo el peso de su poder y de su clera;
pero el rey Sobrino, que estaba presente, procur disuadirle de aquella
empresa, dicindole que se avenia mal con su elevada dignidad, por ms
que estuviese firmemente convencido de obtener la victoria; lo cual, en
ltimo resultado, seria para l mengua ms bien que honor, por lo mismo
que adems de vencer con dificultad, saldria victorioso de una mujer.
Aadi que, siendo poco el honor, pero grande el peligro  que se
expondria luchando con Marfisa, le parecia ms conveniente que dejara
ahorcar  Brunel, y aunque estuviese persuadido de que le bastaba
levantar la cabeza para librarlo del suplicio, no deberia hacerlo as
por no impedir que la justicia siguiera su curso.

--Podrs enviar un mensajero  Marfisa, le decia, para rogarle que
someta este asunto  tu justicia, prometindole echar el lazo al cuello
del ladron y dejarla cumplidamente satisfecha; y si en ltimo caso se
negase obstinada  acceder  tu peticion, deja que le ahorque en buen
hora; pues con tal de conservar su amistad, no solo debes permitir que
castigue  Brunel, sino  todos los ladrones como l.

El rey Agramante sigui de buen grado el consejo discreto y prudente de
Sobrino, y desisti de perseguir  Marfisa, prohibiendo adems  todos
sus caballeros que fueran  desafiarla. Tampoco quiso rogarle  ella
que le entregara  Brunel, y toler, Dios sabe con cunto esfuerzo,
que la guerrera se tomara la justicia por su mano,  fin de prevenir
mayores males y alejar de su ejrcito tantos motivos de disension.

La insensata Discordia rease satisfecha, al ver que ya no podian
volver al campamento la tregua  la paz. Recorrilo por todas partes,
sin encontrar un sitio donde reinara la alegra. La Soberbia saltaba
y triscaba al par de su compaera, aadiendo sin cesar nuevos
combustibles al incendio; y lanz un grito tan horrible, que lleg
al alto reino donde residia Miguel, como nuncio de la victoria que
acababan de obtener. Tembl Paris, y turbronse las aguas del Sena al
escuchar aquel grito horrendo: su sonido rimbomb hasta en los bosques
de las Ardennas, obligando  las fieras  abandonar precipitadamente
sus antros: lo oyeron los Alpes, y las cumbres de las Cevenas, las
playas de Arls, de Blaye y de Ruan; lo oy el Rdano, el Saona, el
Garona y el Rhin, y hasta las madres aterradas estrecharon contra su
pecho  sus hijuelos.

Cinco eran los caballeros que debian ser los primeros en resolver
con las armas en la mano sus querellas, tan ligadas las unas  las
otras, que el mismo Apolo no hubiera conseguido separarlas. Empez
el rey Agramante  deshacer el nudo de la primera contienda sometida
 su decision, la cual era la suscitada entre el rey de Scitia y el
de Argel por la posesion de la hija del rey Estordilano. El hijo de
Trojano insisti nuevamente en ponerlos de acuerdo, esforzndose en
convencer ora  este, ora  aquel adversario, y dando pruebas tanto 
uno como  otro de su rectitud y amistad; mas encontrndolos igualmente
sordos  sus ruegos, y persistentes hasta la tenacidad en no querer
quedarse sin la dama, causa de su disension, adopt al fin, como mejor
partido, el de proponerles que se sometieran al arbitrio de Doralicia,
la cual habria de pertenecer  aquel en quien recayese su eleccion;
pero con la condicion de que, una vez emitido su parecer, el desdeado
deberia desistir de toda pretension. Los dos contendientes aceptaron
gustosos este compromiso, por abrigar cada cual la esperanza de ser el
favorecido.

El rey de Sarza, que amaba  Doralicia mucho tiempo antes de que la
conociera Mandricardo,  quien ella habia concedido todos los favores
compatibles con su honestidad, estaba persuadido de que recaeria en
l una eleccion que tan feliz debia hacerle; y esta opinion no era
nicamente la suya, sino la de todo el ejrcito mahometano. A todos
les constaba cuanto Rodomonte habia hecho por ella en las justas,
en los tronos y en las batallas, y todos suponian por lo mismo que
Mandricardo padecia un lamentable error, al fundar su esperanza en
aquella decision. Pero el Trtaro, que habia disfrutado ms veces y ms
tranquilamente de los encantos de Doralicia mientras el Sol dejaba de
iluminar la Tierra, y estaba seguro de lo que podia esperar, se rea
interiormente de la necia opinion del vulgo.

Los dos famosos campeones ratificaron en seguida su compromiso en manos
del Rey, y se dirigieron juntos adonde estaba la princesa: inclin
esta sus ojos ruborosos, y concedi la preferencia  Mandricardo, lo
cual dej absortos  los circunstantes, y tan atnito y consternado
 Rodomonte, que no se atrevia  levantar el rostro; mas no bien
desvaneci su acostumbrada ira el rojo color de la vergenza que habia
teido sus mejillas, tach de injusta y falaz aquella sentencia; y
empuando la espada, grit en presencia del Rey y de toda su corte, que
continuaba resuelto  someter al acero la decision de la contienda, y
que rehusaba someterse al arbitrio de una mujer voluble, y como tal,
inclinada siempre  hacer lo que menos debia.

Adelantse de nuevo Mandricardo hcia Rodomonte, dicindole: Sea como
quieras. De modo que habria sido preciso surcar por largo tiempo una
vasta extension de mar, antes de que el bajel entrase en el puerto,
si Agramante, obligando  Rodomonte  amainar las velas de su nuevo
furor, no le hubiera quitado la razon, convencindole de que ya no
podria hostilizar  Mandricardo por aquella causa. Al verse Rodomonte
abrumado en presencia de aquellos seores por la doble afrenta que  un
mismo tiempo recibia de su amada y de su rey,  quien solo se sometia
por respeto, no quiso detenerse ni un momento ms en aquel sitio, y
se alej del campamento sarraceno, sin llevar en su compaa ms que
dos escuderos de entre la multitud all agrupada. Semejante al toro
enfurecido, que despues de haberse visto obligado  ceder su becerra al
vencedor, va buscando lejos de los frtiles prados, las selvas y los
parajes ms solitarios  algun estril arenal, donde no cesa de mugir
dia y noche, sin desahogar por ello su amoroso furor, as se alejaba el
rey de Argel con el corazon lacerado por el dolor ms vivo, despues que
se vi despreciado por su ingrata dama.

Iba Rugiero  seguirle para recobrar su corcel,  cuyo fin habia ya
apercibido sus armas, cuando se acord de que entonces le tocaba
batirse con Mandricardo. Desisti, pues, de seguir al Africano, y
volvise para entrar con el rey Trtaro en la palestra, antes de que se
le anticipase el de Sericania, que debia batirse asimismo con l por
la posesion de Durindana. Mucho le pesaba, en verdad, que le quitaran
 Frontino en su misma presencia; pero resignse  ello, formando la
intencion de recobrarlo en cuanto terminara aquella empresa.

Sacripante,  quien no detenia como  Rugiero ninguna cuestion
pendiente, y estaba por lo tanto en libertad de perseguir al rey
de Argel, se lanz veloz tras sus huellas; y le hubiera alcanzado
bien pronto,  no haberle ocurrido en el camino una aventura que le
entretuvo hasta la tarde y le hizo perder el rastro que seguia. Al
pasar por la orilla del Sena, vi  una mujer que acababa de caer
en l, y estaba prxima  perecer, si alguien no le daba un pronto
auxilio: Sacripante se arroj al agua, y salv la vida  aquella
desgraciada. Cuando quiso montar de nuevo  caballo, vi que se le
habia escapado su corcel, el cual le oblig  correr tras l toda la
tarde, por no dejarse cojer fcilmente. Logr al fin sujetarle, pero no
pudo acertar con el sitio de donde se habia apartado, y anduvo ms de
doscientas millas por montes y llanos, antes de volver  encontrar 
Rodomonte.

No pienso referir ahora dnde le alcanz, ni el combate que se sigui
entre l y el Africano, con harta desgracia para Sacripante, que perdi
el caballo y la libertad; pues antes debo ocuparme de la desgracia y
la ira que abrasaban  Rodomonte al partir del campamento, y de las
maldiciones que lanz contra Doralicia y Agramante. Por donde quiera
que iba, inflamaba el aire con sus abrasadores suspiros, que repetia
Eco desde la profundidad de las cavernas, condolida de su afliccion.

--Oh, imaginacion femenil! exclamaba: cun fcilmente varas, dando
al olvido tus juramentos! Cun infeliz, cun miserable es el que en t
confia! Ni la ms prolongada sumision  tus caprichos, ni el inmenso
amor de que te d innumerables y brillantes pruebas, han sido bastantes
para contener tu corazon,  para hacer  lo menos que no cambiara tan
presto! No creo haber perdido tu amor por que yo te pareciera inferior
 Mandricardo, no; solo una causa encuentro para tu deslealtad, y
esta es, la de que eres mujer. Oh sexo prfido y malvado! Creo que
Dios y la Naturaleza te han puesto en el mundo para terrible castigo
del hombre, que, sin t, seria feliz, as como han producido en la
tierra los lobos, los osos y las feroces serpientes, han poblado el
aire de moscas, abispas y cnifes, y han hecho nacer entre las doradas
espigas la ortiga y la zizaa. Por qu esa vivificadora Naturaleza
no ha hecho que el hombre pudiera nacer sin t, del mismo modo que se
reproducen ingertndolos el serval, el peral y el manzano? Pero ah! la
Naturaleza no siempre hace lo ms conveniente, lo cual no es extrao;
pues si considero cmo la nombro, me convencer de que no puede hacer
nada perfecto, por lo mismo que lleva un nombre femenino. Y no os
envanezcais, mujeres despiadadas, por que el hombre sea vuestro hijo;
que tambien las rosas salen de las espinas, y la perfumada azucena de
un ftido tallo. Nacidas tan solo para eterna desgracia de la raza
humana, sois importunas, soberbias, desdeosas, sin f, sin piedad, sin
juicio, temerarias, crueles, incuas  ingratas.

Con estas y otras infinitas quejas, iba Rodomonte exhalando su mortal
despecho, y lanzando las ms terribles imprecaciones contra el sexo
dbil, en voz baja unas veces, y otras prorumpiendo en gritos, que
se oian  larga distancia. Fcil era conocer que el dolor le hacia
desvariar; pues por una  dos mujeres que sean en efecto malvadas,
debemos creer que otras ciento sern dignas de alabanza, y aun cuando
no he podido encontrar una sola verdaderamente fiel entre todas las
que he amado hasta ahora, no quiero llamar  las restantes prfidas 
ingratas, sino culpar ms bien  mi mala estrella. Muchas existen en
la actualidad, as como han existido infinitas, que no dan ni han dado
el menor motivo de queja  sus amantes; pero mi adversa fortuna hace
de modo que, si entre ciento se encuentra una sola perversa, he de ser
yo su vctima. A pesar de esto, pienso redoblar mis pesquisas antes
de morir,  ms bien, antes de que empiecen  blanquear mis cabellos,
hasta verme tal vez obligado  confesar que he dado con una que me
sea fiel. Si tal sucede, como me complazco en esperarlo, consagrar
toda mi existencia  ensalzarla con mi lengua, con mi prosa y con mis
versos, y desde mi humilde esfera, no cesar un punto de trabajar para
proporcionarle un glorioso renombre.

No menos encolerizado estaba Rodomonte contra su rey que contra la
doncella; y en su insensato furor, maldecia tan pronto al uno como
 la otra. Deseaba que llovieran sobre el reino de Agramante tantos
daos y tantas calamidades, que se vieran destruidas sus ciudades,
sin que quedara piedra sobre piedra; deseaba tambien que el monarca
se viera despedido de sus estados, y viviera sumido en el llanto y
la desesperacion, mendigando su subsistencia; pero al mismo tiempo
anhelaba ser l quien le devolviera lo perdido, colocndole de nuevo en
su antiguo slio, para darle una prueba de su lealtad, y hacerle ver
que un amigo verdadero, ya tenga  no la razon de su parte, debe ser
siempre preferido  despecho del mundo entero.

De este modo iba el Sarraceno cabalgando  grandes jornadas y
maldiciendo alternativamente  su rey y  su dama, sin que se mitigara
su clera, ni conceder apenas descanso  Frontino. Al dia siguiente 
al otro, se encontr  orillas del Saona, y se encamin directamente
hcia las costas de Provenza, con intencion de embarcarse para
regresar al frica. El rio estaba cubierto de una orilla  la otra de
numerosas embarcaciones, que llevaban desde diferentes sitios vveres
y provisiones para el ejrcito sarraceno, por haber caido en poder de
los moros las comarcas que se extienden por la orilla izquierda del
rio, desde Pars  Aguasmuertas, y por la derecha, hasta los confines
de Espaa. Las vituallas se trasbordaban desde las naves  los carros y
acmilas, y en seguida eran transportadas  donde no podian llegar los
bajeles, custodiadas por fuertes escoltas. Poblaban las orillas del rio
numerosos rebaos, procedentes de distintos pases, y sus conductores
pasaban la noche en varias hosteras, situadas junto  las mrgenes del
Saona.

Sorprendido Rodomonte por las densas tinieblas de la noche, al llegar
 aquel sitio, acept la invitacion de un hostalero del pas, que le
inst para que se albergase en su posada. Despues que hubo dejado su
caballo en la cuadra, pas  participar de una buena cena, en que le
sirvieron excelentes vinos de Crcega y de Grecia; pues el Sarraceno,
rgido observador en lo dems de las costumbres mahometanas, bebia,
sin embargo,  la francesa. El husped se esforzaba en complacer 
Rodomonte, ofrecindole buena mesa y mejor rostro, por haber adivinado
en su apostura, que era un guerrero ilustre, al par que valeroso; pero
el infiel, que tenia el alma separada del cuerpo, y aquella noche no
podia decir si conservaba el corazon, que volaba,  pesar suyo, al lado
de su adorada, dejaba pasar desapercibida la solicitud del hostalero, y
no le decia una palabra.

El buen hombre, que era uno de los ms astutos y diligentes de que
en Francia se ha conservado memoria, y habia tenido la habilidad
suficiente para salvar su posada y sus bienes,  pesar de estar
rodeado de enemigos extranjeros, vivia con algunos parientes suyos, 
quienes habia llamado para que le ayudasen  servir con ms prontitud
 Rodomonte; pero ninguno de ellos se atrevia  desplegar los lbios
al ver al Sarraceno silencioso y pensativo. Embebido este en un confuso
tropel de pensamientos, que le tenian profundamente abstraido y ajeno
 cuanto le rodeaba, estaba con la cabeza baja y sin fijar en nadie la
vista. Despues de haber permanecido inmvil durante mucho tiempo, lanz
un suspiro, como si despertara de un sueo abrumador, agit todo su
cuerpo, y levant los ojos, reparando entonces en el posadero y en su
familia.

Rompi despues su prolongado silencio, y con semblante ms agradable y
expansivo, pregunt al husped y  los que con l veia, si alguno de
ellos estaba casado. Le respondieron que todos los circunstantes lo
estaban, y entonces les exigi que le dijeran lo que cada cual creia
con respeto  la fidelidad de su esposa. Todos le contestaron, que
tenian  sus respectivas mujeres por buenas y honradas, excepto el
posadero, que exclam:

--Haceis bien en creer lo que ms os conviene; pero yo s que estais
muy equivocados. Vuestra necia credulidad es causa de que os tenga por
insensatos, en cuya opinion debe abundar tambien este caballero,  no
ser que os quiera demostrar que lo negro es blanco. As como en el
mundo no existe ms que un ave fnix, tampoco puede existir ms de un
solo hombre que consiga librarse de la infidelidad de la mujer. Cada
cual cree ser el nico y feliz mortal que tal triunfo alcanza; pero
cmo es posible que todos lo sean, si en el mundo no puede haber ms
que uno? Tambien yo, como vosotros, incurr en el grosero error de
creer que era posible la existencia de ms de una mujer casta; pero
lleg aqu, por mi buena suerte, un caballero de Venecia, el cual
presentndome las pruebas ms irrefutables, desvaneci por completo mi
ciega ignorancia. Aquel caballero se llamaba Juan Francisco Valerio:
nunca he olvidado su nombre: sabia uno por uno todos los ardides
de que suelen echar mano todas las mujeres y las amantes, y adems
de esto, conocia tan bien todas las historias antiguas y modernas
que venian en apoyo de su propia experiencia, que me dej plenamente
convencido de que jams existieron mujeres honradas, ya fueran pobres 
ricas, y de que si alguna parecia ms casta que las otras, era porque
tenia ms destreza para ocultar sus devaneos. Entre las infinitas
historias que me cont, (y fueron tantas, que no recuerdo la tercera
parte de ellas), se fij una de tal modo en mi memoria, que ni grabada
en mrmoles se conservaria mejor. Estoy seguro de que todos cuantos
oyeran su relato, modificarian inmediatamente su opinion con respeto
 esas fementidas hembras, adhirindose  mi parecer; y si no os
desagradara prestarme unos momentos de atencion, valeroso caballero, os
referiria dicha historia para confusion del otro sexo.

El Sarraceno respondi:

--No puedes hacer nada que tanto me agrade y me deleite en estos
momentos, como referirme historias  presentarme ejemplos que estn en
acuerdo con mis ideas: y  fin de que pueda oirte mejor, y t contarme
ms descansado esa historia, sintate en frente de m, para que pueda
verte el rostro.

En el canto siguiente os repetir lo que el hostalero refiri 
Rodomonte.




CANTO XXVIII.

  Rodomonte oye las peores cosas que contra las mujeres pueda decir una
  lengua falaz.--Contina despues el viaje hcia su reino; pero antes
  llega  un sitio agradable para su corazon.--Se siente abrasado de un
  nuevo amor por Isabel, y como le estorba el monje que acompaa  la
  jven, le da una muerte cruel y traidora.


Oh mujeres! Oh hombres, que teneis en mucho al bello sexo! No deis,
por Dios, oidos  la historia que el posadero refiri en desprecio
vuestro, con el objeto de hacer recaer sobre vosotras la infamia y el
vilipendio, por ms que una lengua tan viperina no pueda mancillaros
ni aumentar vuestra estimacion, y sea achaque antiguo en el vulgo
ignorante el de atreverse  todo y complacerse en hablar de lo que
menos entiende. Pasad este canto por alto; pues no por eso quedar
truncada esta historia, ni ser menos clara mi narracion. Habiendo
hallado el cuento del posadero en los escritos de Turpin, lo he
colocado tambien en mi obra; pero sin malevolencia ni daada intencion.
Podeis estar persuadidas de que os amo, no solo por habroslo expresado
as mi lengua, que jams ha sido avara en cantar vuestras alabanzas,
sino por haberos dado repetidas pruebas de mi afecto, demostrndoos que
ni soy ni puedo ser ms que vuestro. Pasad, pues, si quereis tres 
cuatro pginas sin leer una sola lnea: el que se aventure  recorrer
su contenido, debe darle el mismo crdito que si se tratara de una
ficcion  una insensatez.

Pero volviendo  coger el hilo de mi discurso, os dir que, en cuanto
el hostalero vi que todos estaban dispuestos  escucharle, y despues
de haber tomado asiento enfrente del caballero, empez su historia en
estos trminos:

--Astolfo, rey de los Lombardos,  quien su hermano cedi la corona
para vestir el hbito religioso, fu tan bello y apuesto en su
juventud, que pocos mortales llegaron  igualarle. Con dificultad
hubieran podido reproducir en el lienzo sus admirables facciones el
clebre Zeuxis  el mismo Apeles,  otro pintor ms eminente que estos,
si es que ha existido. Todos convenian en que era hermoso y gentil,
pero el jven lo creia as ms que nadie. No le envanecia tanto la
superioridad en que, por razon de su elevada dignidad, se encontraba
con respecto  los magnates de su reino, ni ser el monarca ms poderoso
de cuantos en aquella region existian, ni tener  su disposicion
considerables riquezas y numerosos ejrcitos, como la celebridad que
alcanzaba en todo el mundo por su donaire y gentileza. Siempre que oia
encomiar sus atractivos, sentia el mismo placer que disfrutamos cuando
ensalzan la cosa que ms amamos.

Entre los varios magnates de su corte, distinguia particularmente con
su afecto  un caballero romano llamado Fausto Latino, ante el cual se
alababa con frecuencia de la perfeccion de su rostro  de sus manos.
Preguntndole un dia si habia visto en su vida un hombre de formas tan
esbeltas y proporcionadas como las suyas, oy una respuesta contraria 
la que esperaba.

--Segun lo que veo, respondi Fausto, y lo que oigo repetir por todas
partes, tu belleza tiene pocos rivales en el mundo, y aun estos pocos
los reduzco yo  uno. Este es un hermano mio, llamado Jocondo. Si
se excepta mi hermano, no dudo que dejes  todos atrs en punto 
belleza; pero estoy persuadido de que l te iguala y quizs te aventaja
en hermosura.

Al Rey se le hacia difcil creer que existiera quien le arrebatase
la palma de la belleza, por lo cual manifest los ms vivos deseos de
conocer al jven  quien tanto le encomiaban. Sus repetidas instancias
arrancaron  Fausto la promesa de hacer venir  la corte  su hermano,
 pesar de que le costaria un mprobo trabajo obligarle  acceder;
porque Jocondo era un hombre que jams habia salido de Roma, donde
gozaba de una existencia tranquila y sin afanes, disfrutando de los
bienes que la suerte le concediera, y sin haber hecho el menor esfuerzo
para aumentar  disminuir el patrimonio que le dej en herencia su
padre: as es, que un viaje  Pava le pareceria mucho ms largo que 
otros ir al Tana[27]. Pero la mayor dificultad consistiria en poderlo
separar de su mujer,  la que profesaba un amor tan entraable, que
no tenia ms voluntad que la suya. A pesar de todos estos obstculos,
dijo Fausto que por obedecer  su Rey, marcharia  Roma y haria ms de
lo que le fuera posible en este asunto. El monarca uni  sus ruegos
tantos ofrecimientos y regalos, que no hubo medio de resistir  sus
deseos.

       [27] Rio de Noruega, que desagua en el Ocano glacial Artico.

Emprendi Fausto la marcha, y  los pocos dias se encontr en Roma
y en el hogar paterno. Fueron tantos los ruegos y las splicas que
dirigi  su hermano, que al fin logr hacerle consentir en acudir
al llamamiento del Rey. Consigui adems,  pesar de ser bastante
difcil, que su cuada no se opusiera  sus intentos, hacindole ver
las ventajas que de ello reportaria y el agradecimiento eterno  que
le quedaria obligado. Fij Jocondo el dia de la partida, y entre tanto
se provey de caballos y criados, y se mand hacer trajes magnficos,
suponiendo con razon que el adorno da mayor realce  la belleza. La
mujer no se apartaba un momento de su lado, llorando dia y noche, y
dicindole que no sabria cmo soportar aquella ausencia sin que le
costara la vida, cuando al pensar en ella solamente sentia que el dolor
le arrancaba el corazon.--No llores, vida mia, le decia su esposo,
y mientras tanto derramaba l un copioso llanto.--Ojal me sea tan
prspero el viaje, como es cierto que no tardar dos meses en volver
 tu lado; pues aunque el Rey me cediese la mitad de sus estados,
no consentiria en prolongar mi ausencia ni un solo dia ms de dicho
trmino.

La afligida esposa no se consolaba,  pesar de tales seguridades,
dicindole que el plazo era demasiado largo, y que si al regresar no la
encontraba muerta, solo podria atribuirlo  un gran milagro del Cielo.
Tan grande era el dolor que dia y noche la atormentaba, que se resistia
 tomar toda clase de alimento, y ni siquiera podia conciliar el sueo;
llegando  tal extremo, que Jocondo, movido  compasion, se arrepentia
ya de haber accedido tan fcilmente  los deseos de su hermano.
Quitse ella un collar del cual pendia una cruz guarnecida de piedras
preciosas, que contenia reliquias santas recogidas en muchos sitios por
un peregrino bohemio. Al regresar este peregrino de Jerusalen, aquejado
de una violenta enfermedad, recibi franca hospitalidad en casa del
padre de la dama; y habiendo muerto en ella, dej  su husped heredero
de la misma cruz que entonces recibia Jocondo de mano de su esposa;
la cual le suplic que la llevara siempre colgada al cuello, cual
constante recuerdo y prenda de su amor.

Acept el esposo con agrado aquel presente, aun cuando no tenia
necesidad de l para no olvidar  su adorada compaera; pues ni el
tiempo, ni la ausencia, ni la prspera  adversa fortuna podrian
borrar de su corazon el recuerdo eterno  indestructible que de ella
conservaria mientras existiera y aun despues de la muerte. Durante la
noche que precedi  la maana fijada para la partida de Jocondo, no
parecia sino que su esposa iba  quedar muerta en sus brazos ante la
idea de verse sin l. El sueo huy de sus prpados, y una hora antes
de despuntar el dia, le di su esposo el ltimo adios. Mont  caballo
y se puso en camino, dejando todava  su mujer en el lecho.

Aun no habia andado dos millas, cuando se acord de la cruz que, por
un olvido deplorable, habia dejado debajo de la almohada, donde la
coloc al entregrsela su esposa.--Necio de m! exclamaba. Cmo
hallar una disculpa aceptable, para que mi mujer no vaya  creer
que agradezco tan poco su inmenso amor?--Ninguna de las excusas que
buscaba en su imaginacion le parecian buenas ni aceptables: as es que
se decidi  buscar la cruz olvidada, prefiriendo recogerla por s
mismo  mandar un criado  otra persona menos interesada. Se detuvo,
y dijo  su hermano:--Sigue andando ms despacio hcia Baccano, y
esprame en la primera hostera que all encuentres; porque yo he de
volver forzosamente  Roma, aunque regresar tan pronto, que espero
alcanzarte en el camino. Nadie sino yo puede desempear la comision
que me obliga  retroceder; pero no temas, que pronto ser contigo.
Adis.--Al decir estas palabras, volvi riendas y se alej  galope,
sin permitir que le acompaara ninguno de sus criados.

Cuando pas nuevamente el rio, el Sol empezaba ya  disipar las
sombras de la noche. Apese  la puerta de su casa, entr en ella, se
dirigi  su lecho, y encontr en l  su mujer profundamente dormida.
Descorri del todo las cortinas sin decir una palabra, y se ofreci 
su vista lo que menos esperaba: vi  su casta y fiel esposa dormida
en brazos de un jven,  quien conoci al momento; pues era un mancebo
de su servidumbre, de linaje oscuro, y  quien habia criado en su casa.
Si Jocondo qued atnito y desesperado, no hay para qu decirlo: vale
ms suponerlo y prestar crdito al relato de otros, que verse obligado
 saber por experiencia propia lo que con gran dolor de su corazon supo
el engaado marido. Impelido por la clera, tuvo intencion de sacar la
espada y atravesar con ella  entrambos; pero el amor que aun sentia
hcia su mujer se lo impidi bien  pesar suyo. Este mismo insensato
amor (hasta tal extremo le tenia avasallado!) no le permiti tampoco
despertarla, por ahorrarle la vergenza de verse sorprendida por l en
tan grave falta. Sali de la estancia tan silenciosamente como pudo,
baj las escaleras, mont de nuevo  caballo, y desgarrando los hijares
del animal con el acicate, del mismo modo que l tenia desgarrado el
corazon por el aguijon de los celos, alcanz  su hermano antes que
este hubiese llegado  la posada.

Observaron al momento sus compaeros de viaje la alteracion de
sus facciones, y conocieron que su corazon estaba oprimido por la
tristeza; pero ninguno de ellos podia suponer aproximadamente la causa
que la producia, ni mucho menos penetrar su secreto. Creian que se
habia separado de ellos para ir  Roma, cuando donde habia ido era 
Corneto[28]. Sospechaban, es cierto, que amor era el motivo de su mal;
pero nadie imaginaba de qu modo tan cruel lo era. Suponia Fausto que
la afliccion de su hermano procedia de haber dejado sola  su mujer,
cuando, por el contrario, lo que ms irritaba y ponia fuera de s 
Jocondo, era haberla encontrado demasiado acompaada. El infeliz, con
el entrecejo fruncido y contraidos los lbios, no levantaba los ojos
del suelo, mientras Fausto procuraba por todos los medios posibles
consolarle; mas de poco le servian, por lo mismo que ignoraba la causa
de su pena. De esta ignorancia resultaba, que ponia en su herida un
blsamo enteramente contrario; pues recordndole su mujer, no hacia
otra cosa que aumentar su dolor, cuanto ms se esforzaba en calmarlo.

       [28] Ciudad de los antiguos Estados Pontificios, al N. de
       Civitavecchia. Fcilmente se comprender el juego de palabras
       que aqu emplea el poeta.

Jocondo no disfrutaba el menor reposo ni de dia ni de noche: su
apetito huy con el sueo, y su rostro, tan bello hasta entonces,
experiment tal mudanza, que no parecia el mismo. Parecia que los ojos
se le habian hundido en el cerebro; que la nariz habia crecido en su
descarnado semblante, quedndole ya tan poco de su pasada belleza, que
en vano hubiera pretendido sostener el paralelo con la hermosura del
Rey. Su dolor incesante le caus una fiebre tan molesta, que se vi
obligado  detenerse algun tiempo en las orillas del Arbia y del Arno,
desvanecindose all los ltimos restos de su belleza, cual se marchita
una rosa privada de la luz del sol.

Aun cuando Fausto se lamentaba del estado  que veia reducido  su
hermano, se lamentaba mucho ms de ser mirado como un impostor por
aquel prncipe  quien en tan alto grado le alabara. Habale prometido
presentarle el hombre ms gentil de cuntos existian, y ya no podia
hacerle ver sino al ms feo de todos: sin embargo, continuando su
camino, lo llev consigo hasta que llegaron  Pava. Como no queria
que el Rey le viese de improviso, exponindose  que le tachara
de insensato, le advirti por medio de una carta, que su hermano
acababa de llegar con pocas esperanzas de vida, y que una pena cruel,
acompaada de una fiebre devoradora, habian marchitado de tal modo sus
facciones, que estaba desconocido.

La llegada de Jocondo caus al Rey el mismo regocijo que la del amigo
ms querido; pues nada habia deseado en su vida tanto como conocerle.
Regocijse interiormente al ver que le era inferior en belleza, si bien
conocia, que,  no ser por la enfermedad que le aquejaba, le seria
superior,  por lo menos igual. Le aloj en su mismo palacio, donde le
visitaba diariamente, informndose  cada hora de su estado, y procur
rodearle de las mayores comodidades y ofrecerle toda clase de honores
y consideraciones. Jocondo languidecia de dia en dia, pues el doloroso
recuerdo de su criminal mujer, le roia incesantemente el corazon; y ni
las fiestas, ni los juegos, ni la msica, disminuian en lo ms mnimo
su acerba pena.

Ocupaba un departamento situado en el piso superior del edificio,
y antes de llegar  l habia un salon antiguo. Como le incomodaba
toda distraccion y toda compaa, solia pasearse enteramente solo por
dicha estancia, aadiendo continuamente nuevo peso  los abrumadores
pensamientos que oprimian su corazon; y sin embargo, quin lo creyera!
encontr en aquel salon el remedio de su profunda herida. En uno de
los ngulos de la estancia en que mayor oscuridad reinaba, porque casi
nunca se abrian las ventanas, observ que el tabique no se unia bien al
muro, y daba paso  un rayo de luz. Mir Jocondo por aquella rendija, y
vi lo que pareceria increible  cualquiera que lo oyese referir; pero
l no lo oy decir  nadie, sino que lo vi, y  pesar de esto no podia
dar crdito  sus ojos.

Desde su extrao observatorio, descubri por completo el retrete ms
secreto y ms suntuoso de las habitaciones de la Reina, donde nadie
podia penetrar excepto las personas de su mayor intimidad. Examin
atentamente lo que all pasaba, y vi  la Reina abrazada estrechamente
con un enano, el cual habia sido tan diestro, que consigui dominarla y
hacerse dueo de su corazon. Jocondo permaneci un largo rato atnito,
estupefacto, y creyendo ser presa de un engaoso sueo; mas cuando
vi que el sueo no era tal, sino una evidente realidad, no tuvo ms
remedio que dar crdito  sus ojos.--Es posible, exclam, que se
someta de tal modo  un ser deforme y despreciable esa dama, cuyo
marido es el rey ms poderoso, ms gentil y ms amable del mundo? Oh
lascivia!

Acordse entonces de su mujer,  quien maldecia sin cesar por haberla
sorprendido concediendo sus favores  un criado jven; y al compararla
con la Reina, no pudo menos de excusar algun tanto su falta, por creer
que esta no procedia enteramente de su voluntad, sino de la inclinacion
de su sexo, que no puede contentarse con un solo hombre y si todas
tenian alguna mancha que ocultar,  lo menos la suya no habia elegido
un mnstruo.

Al dia siguiente, volvi  la misma hora y al mismo sitio, y vi
de nuevo  la Reina y al enano haciendo al Rey idntico ultraje.
Por espacio de muchos dias se repiti la fiesta; y sin embargo, la
princesa, con gran sorpresa de Jocondo, se lamentaba siempre del poco
amor del enano. Un dia, entre otros, observ que la Reina, turbada,
impaciente y melanclica, habia mandado llamar dos veces por una de
sus doncellas al enano, el cual no se presentaba. Orden por tercera
vez que le llamaran, y la doncella entonces le dijo:--Seora, est
jugando, y por no perder un sueldo, se niega el muy bribon  acudir 
vuestro llamamiento.

Ante tan extrao espectculo, Jocondo recobr su perdida serenidad,
y hacindose digno de su nombre[29], se mostr contento, y troc en
risa su llanto. Con su alegra reaparecieron sus colores y sus buenas
carnes, hasta el punto de parecer un ngel del Paraiso, dejando
asombrados al Rey,  su hermano y  toda la corte ante tan repentina
mudanza. Si el Rey deseaba oir de los lbios de Jocondo la causa de su
rpida curacion, no se mostraba este menos deseoso de manifestrsela,
 fin de hacerle sabedor de tamaa injuria; pero como no queria
que el Rey impusiese  su esposa el castigo que l habia dejado de
imponer  la suya, antes de explicarle aquel misterio, le hizo jurar
solemnemente que en ninguna ocasion habria de vengarse de cuanto le
dijera  le hiciera ver, ya le fuese desagradable,  ya conociese
que era una ofensa hecha directamente  la majestad de que estaba
revestido; exigindole adems la promesa de guardar silencio, con el
objeto de que el culpable jams pudiera sospechar, ni por palabras, ni
por obras, que el Rey conocia su crmen. Astolfo, que podia imaginar
cualquier cosa menos la de que se trataba, jur sin vacilar todo cuanto
quiso Jocondo, y entonces este le revel la causa de su prolongada
enfermedad, dicindole que procedia de haber encontrado  su infiel
consorte en brazos de un humilde criado, y que sin duda habria muerto
de desesperacion  no haber hallado tan pronto el remedio. Aadi que
precisamente en el palacio real habia visto una cosa que mitigaba su
quebranto, al considerar que si bien habia caido sobre l una grave
deshonra, estaba seguro de no ser  lo menos el nico deshonrado.
As diciendo, condujo al Rey  la rendija del salon, y le ense el
horrible enano que se solazaba  sus anchas con la Reina.

       [29] _Giocondo_ en italiano significa alegre, contento, lo mismo
       que _jocundo_ en castellano anticuado.

Fcilmente comprendereis, sin necesidad de que yo lo jure, la
indignacion que semejante espectculo caus  Astolfo: faltle poco
en su rabia para perder el juicio  para estrellarse la cabeza contra
las paredes. Estuvo  punto de gritar y de romper su juramento; pero
preciso le fu sellar sus lbios y devorar su amargo ultraje, puesto
que lo habia jurado as sobre la sagrada hostia.

--Qu debo hacer, qu me aconsejas, amigo mio, dijo  Jocondo, ya que
me has privado de saciar la justa indignacion que arde en mi pecho con
la ms terrible y la ms merecida de las venganzas?

--Abandonemos para siempre  nuestras ingratas mujeres, respondi
Jocondo, y probemos si todas son tan fciles de conseguir como ellas:
hagamos con las mujeres ajenas lo mismo que los dems han hecho con las
nuestras. Los dos somos jvenes y dotados de tantos atractivos, que
con dificultad encontraremos quien nos aventaje. Habr alguna mujer
que se muestre esquiva con nosotros, cuando vemos que no resisten 
las seducciones de seres abyectos y deformes? En el caso de que no
nos valgan para rendirlas ni la juventud ni la belleza, apelaremos 
otro atractivo ms irresistible; el oro. No debemos cejar en nuestro
propsito hasta haber conquistado los pimos despojos de mil mujeres
ajenas. La ausencia, la variacion de climas y de pases, el trato con
las damas extranjeras curarn,  no dudarlo, las penas del amor que hoy
laceran nuestro corazon.

Astolfo hall excelente el plan de Jocondo, y no queriendo aplazar
un solo momento la partida, se puso en camino  las pocas horas,
acompaado solamente del caballero romano y de dos escuderos. Visitaron
de incgnito la Italia, la Francia, el pas de los flamencos y el
de los ingleses, sin encontrar una mujer hermosa que no cediera 
sus ruegos. Pagaban con liberalidad los favores que recibian, y con
frecuencia se reintegraban de los dispendios hechos: muchas hermosas se
ablandaron  sus splicas; pero en cambio otras tantas les ofrecieron
con instancias sus favores. Permaneciendo un mes en un pas, dos en
otro, adquirieron el ntimo convencimiento de que las dems mujeres no
eran ms fieles ni ms castas que las suyas. Al cabo de algun tiempo,
empez  cansarles aquella vida agitada, aquel afan de ir siempre
en busca de cosas nuevas, y sobre todo, la obligacion que se habian
impuesto de cazar en cercado ajeno, exponindose continuamente  la
muerte, y pensaron que era mucho mejor buscar una mujer de rostro y
carcter agradables  entrambos, que les proporcionara en comun los
placeres del amor, y de quien no tuvieran que sentir el aguijon de los
celos.

--Prefiero que seas t ms bien que cualquier otro mi compaero de
amor, decia el Rey  Jocondo, por lo mismo que s que entre todas las
que componen la gran falanje femenil, no hay una sola que se contente
con un hombre nada ms. Bstanos con una sola para gustar los deleites
amorosos, sin abusar de nuestra naturaleza, y nicamente cuando se
manifiesten nuestros deseos. De este modo, no tendremos jams disputas
ni disensiones, ni creo que ella pueda quejarse; porque es indudable
que si toda mujer tuviera dos maridos, les seria ms fiel que  uno
solo, y tal vez no habria tantas querellas entre los matrimonios.

Jocondo aplaudi las palabras del Rey, y resueltos  llevar  cabo
tal proyecto, empezaron  buscar por montes y llanuras la mujer que
deseaban. Encontraron al fin lo que convenia  sus miras en la hija de
un posadero espaol, que tenia una hostera en el puerto de Valencia,
la cual era una muchacha de esbelto talle y agradable presencia, y
cuyo lozano semblante anunciaba que apenas habia entrado en la florida
primavera de su vida. El padre, que estaba cargado de hijos y era
enemigo mortal de la pobreza, consinti fcilmente en entregar su
hija  los dos caballeros, para que pudiesen llevrsela donde ms les
agradara, puesto que le habian prometido tratarla bien.

Llevronse  la muchacha, y disfrutaron alternativamente de sus
encantos en amor y santa paz, semejantes  los fuelles de una
fragua, que soplando uno tras otro, no dejan que se apague el fuego.
Proponindose recorrer toda la Espaa y pasar desde ella al reino de
Sifax[30], salieron de Valencia y se detuvieron el mismo dia en una
posada de Jtiva. Los dos amigos se dedicaron  visitar los templos,
los palacios, los establecimientos pblicos y las calles y plazas,
siguiendo la costumbre que observaban en todas cuantas ciudades
recorrian. Dejaron  la muchacha en la posada con sus dems criados,
los cuales se pusieron  hacer las camas,  acomodar los caballos en
las cuadras   preparar la cena para cuando volvieran sus seores.

       [30] La Numidia, parte septentrional de frica.

En aquella posada estaba de criado un mancebo que habia servido en
otro tiempo en casa del padre de la jven, de la cual fu amado en sus
ms tiernos aos, y con la cual habia gustado las primicias del amor.
Conocironse al instante, pero procuraron disimularlo, por temor de que
lo notaran los dos amigos; mas en cuanto se alejaron estos y vieron
 los dems criados dedicados  sus quehaceres, dejaron aparte todo
disimulo. El jven pregunt  la muchacha el objeto de su viaje, y 
cul de los dos seores pertenecia: entonces Flameta (que tal era el
nombre de la muchacha, as como el Griego el del jven) le respondi,
manifestndole la verdad.

--Ay de m! exclam el Griego: cuando cre llegado el tiempo de vivir
siempre contigo, Flameta mia, vas  ausentarte, y te perder tal vez
para siempre! Mis dulces designios van  convertirse en amargas penas,
puesto que perteneces  otros, y te alejas tanto de m! A fuerza de
trabajos y de sudores, con lo que habia ahorrado de mis salarios y con
las propinas de muchos viajeros, he logrado reunir algun dinero, y
pensaba volver  Valencia para pedirte  tu padre por esposa y casarnos
inmediatamente.

La jven se encogi de hombros, y por toda respuesta le dijo que habia
llegado demasiado tarde. El Griego empez  llorar y  lamentarse,
aunque  la verdad, con algun fingimiento.

--Quieres dejarme morir as? le dijo: estrchame  lo menos entre tus
brazos, y permite que desahogue en tu seno esta pena que me atormenta.
Seria tan dulce para m la muerte si pudiera pasar  tu lado todos los
instantes que faltan hasta tu partida!

La jven, compadecindose de su afliccion, le respondi:

--Puedes creer que no lo deseo menos que t; pero no encuentro sitio
ni ocasion oportuna aqu, donde nos observa tanta gente.

El Griego replic:

--Estoy seguro de que si me amaras tan solo la tercera parte de lo
que yo te amo, hallarias esta misma noche la ocasion de que pudiramos
solazarnos un poco.

--Y cmo conseguirlo, repuso Flameta, si duermo todas las noches
entre los dos caballeros, prodigndome cada uno alternativamente sus
caricias, y tenindome siempre alguno de ellos entre sus brazos?

--Ese inconveniente no debe tener importancia para t, contest el
Griego; pues demasiado sabrias evitarlo y aun escaparte furtivamente de
su lado, si quisieras, como querrs sin duda en cuanto te conmueva mi
profundo dolor.

Flameta permaneci algunos momentos pensativa, y despues dijo al
mancebo, que fuese  buscarla cuando presumiera que todos dormian
en la posada, informndole minuciosamente de lo que debia hacer,
tanto al reunirse con ella, como al retirarse. Siguiendo el Griego
sus instrucciones, en cuanto conoci que todos estaban entregados
al sueo, se dirigi  la puerta del cuarto de su amada, la empuj
cuidadosamente, y se adelant muy despacio y caminando con suma
cautela. Movia los pis con toda precaucion, hacindose firme en el de
detrs, y adelantando el otro como si temiera tropezar en el vidrio
 fuera pisando huevos: con los brazos extendidos del mismo modo fu
vacilando hasta dar con el lecho, en el cual se meti de cabeza con
el mayor silencio por el sitio donde los otros tenian los pis. Fu
deslizndose suavemente por las piernas de Flameta, que estaba echada
boca arriba, y as que lleg  la altura de su rostro, la abraz
estrechamente, y permaneci con ella hasta que empez  despuntar la
aurora, gustando ansioso toda la noche de las voluptuosas delicias de
su ardiente amor.

Tanto el Rey como Jocondo habian notado aquella amorosa lucha; pero
engaados por un comun error, crey cada cual que su compaero habia
sido el afortunado. Cuando el Griego hubo satisfecho sus lascivos
deseos, volvi  salir del mismo modo que habia entrado, y como
empezara el Sol  lanzar sus fulgurantes rayos desde el horizonte,
salt Flameta del lecho,  hizo entrar  los criados. Astolfo se
dirigi  su compaero, dicindole en tono de broma:

--Amigo, mucho has debido caminar esta noche: tiempo es ya de que
descanses, puesto que no has parado un momento.

Jocondo le respondi en el mismo tono:

--Buena es esa! me ests diciendo lo mismo que yo iba  decirte: t
eres el que debe descansar, porque has estado cazando hasta la llegada
del dia.

--Tambien yo hubiera deseado correr un poco, replic el Rey, si me
hubieses prestado el caballo, hasta dejar satisfecho el deseo.

Jocondo respondi:

--Soy tu vasallo, y por lo tanto puedes hacer y deshacer conmigo toda
clase de pactos: de consiguiente, si no te convenia observar nuestras
mtuas condiciones, bastaba que me dijeras francamente: Djala estar.

Tanto replic el uno y tanto aadi el otro, que la cuestion iba
agrindose por momentos. Sus palabras eran cada vez ms insultantes,
porque cada cual temia ser burlado por el compaero: llamaron  Flameta
(que no estaba muy lejos, temerosa de que se descubriera su trama), 
fin de que aclarara en presencia de ambos lo que uno y otro parecian
ocultarse con sus negativas.

--Dime, le dijo el Rey con mirada severa, y no temas que ninguno de
los dos te hagamos dao alguno: quin ha sido el dichoso que ha pasado
toda la noche en tus brazos, sin permitir que nadie participara del
mismo placer?

Entrambos esperaban ansiosos la respuesta, creyendo cada cual que iba
 dejar al otro por embustero, cuando Flameta, temiendo por su vida
al verse descubierta, se arroj  sus plantas pidindoles perdon, y
confesando que arrastrada por la pasion que sentia hcia su primer
amante, y subyugada por la compasion que le inspiraba un corazon
atormentado que habia sufrido mucho por ella, incurri en la noche
anterior en la falta, ocasion de su querella, y prosigui refirindoles
con todos sus detalles el ardid de que se habia valido, para que ambos
creyeran que su compaero era el dichoso.

El Rey y Jocondo estuvieron un gran rato contemplndose mtuamente,
atnitos y estupefactos: hasta entonces no habia llegado  su noticia
que dos hombres pudieran ser engaados de aquel modo. Acometiles
despues un acceso de risa tan violento que se dejaron caer sobre
la cama con la boca abierta, los ojos cerrados y pudiendo respirar
apenas. Despues de haber dado rienda suelta  su hilaridad, hasta el
extremo de dolerles el pecho y tener los ojos llenos de lgrimas,
exclamaron:--Cmo hemos de poder vigilar  nuestras mujeres  fin de
que no nos engaen, si  pesar de tener  esta muchacha tan ntimamente
unida  nosotros, que siempre la tocaba uno de los dos, nos ha burlado?
Aunque un marido tuviera ms ojos que cabellos, no podria librarse de
una traicion semejante. Hemos puesto  prueba la virtud de mil mujeres,
 cual ms bellas, y ni una sola se nos ha resistido: podramos
hacer la misma prueba con otras mil, y de seguro que harian lo mismo
que aquellas; pero debemos darnos por satisfechos con la ltima
experiencia. Por lo tanto, estamos en el caso de creer que nuestras
mujeres ni son ms perversas ni menos castas que las otras, y puesto
que son lo mismo que todas las de su sexo, lo mejor ser volver  su
lado.

Una vez tomada esta determinacion, hicieron que la misma Flameta
llamara  su amante, y en presencia de cuantos habia en la posada, se
la dieron por mujer juntamente con un buen dote. Montaron despues 
caballo, y en vez de seguir su camino hacia Poniente, volvieron hcia
Levante, y regresaron al lado de sus mujeres, sin inquietarse en lo
sucesivo por lo que hacer pudieran.

El posadero puso fin con estas palabras  su historia, que fu
escuchada con suma atencion por los circunstantes. El Sarraceno guard
completo silencio mientras dur su relato: despues dijo:

--Estoy firmemente persuadido de que los ocultos ardides de las mujeres
son innumerables, y tanto, que no bastaria todo el papel del mundo para
recordar una milsima parte de ellos.

Entre los presentes, se hallaba un hombre de edad madura, de ms
prudencia, ms juicio y ms atrevimiento tambien que los dems, y
no pudiendo sufrir en silencio por ms tiempo que se censurara tan
acerbamente  todas las mujeres, se volvi al que habia narrado la
historia, y le dijo:

--Todos los dias estamos oyendo referir cosas que no encierran el menor
fondo de verdad: probablemente tu fbula ser una de estas. No doy
crdito alguno al que te la cont, por ms que en lo restante fuese
tan verdico como un evangelista; pues de seguro, esa historia es hija
de una falsa opinion, y no de su experiencia en asuntos femeniles. La
malevolencia hcia una  dos mujeres le oblig sin duda,  odiar y
vituperar  todas las dems, traspasando los lmites de la cortesa;
pero si se mitiga su ira, estoy cierto de que le oirs ensalzarlas
mucho ms de lo que ahora las calumnia. Cuando quiera alabarlas,
tendr ms ancho campo del que tuvo para hablar mal de ellas, y por
una mujer infeliz, merecedora de vituperio, hallar ciento dignas
de honor y de respeto. En vez de censurarlas  todas, se deberia
aplaudir la bondad de infinitas; y si tu Valerio dijo lo contrario,
obedeci  su despecho y no  lo que su corazon le dictaba.--Y ahora
decidme: Acaso hay entre vosotros alguno que haya guardado  su
mujer la fidelidad debida? Podreis negar que cuando os ha parecido
conveniente, habeis perseguido  la mujer ajena, apelando hasta  las
ddivas para conseguirla? Creeis encontrar en todo el mundo un hombre
que no haya obrado as? El que lo diga, miente; y el que lo crea, es
un insensato.--En cambio, habeis hallado alguna mujer que os ofrezca
su amor, exceptuando  las mujeres pblicas  infames? Sabeis de
alguno que no haya abandonado  su mujer, aun cuando fuese muy bella,
para irse con otra, como estuviera persuadido de alcanzar en breve
y fcilmente sus favores? Qu haria aquel marido si le rogara  le
ofreciera alguna recompensa una mujer  una doncella? Estoy seguro de
que, por complacer  una   otra, nos expondramos todos  perder la
vida.--La mayor parte de las mujeres que abandonan  sus maridos tienen
las ms de las veces un justo motivo para hacerlo as; porque les ven
despreciar el bien que les pertenece, para correr afanosos en busca del
ajeno. Si quieren ser amados, preciso es que empiecen por amar y dar
otro tanto de lo que reciben. Como estuviera en mis manos, habria de
instituir una ley  la que nadie pudiera oponerse. Esta ley dispondria,
que toda mujer sorprendida en flagrante adulterio fuese condenada 
muerte, como no pudiese probar que su consorte habia cometido una vez
la misma falta; pero si as lo probara, quedaria absuelta, y nada
tendria que temer de su marido ni de la sociedad. Entre sus sublimes
preceptos, nos ha dejado Cristo el de no hacer al prjimo lo que
no se quiera para s mismo. El mayor mal de que se puede acusar 
las mujeres, y no  todas, es el de la incontinencia; pero en esta
parte, quin es ms culpable? Ellas,  nosotros, para quienes la
continencia es una cosa completamente desconocida? Y si de esta falta
no se sonroja el hombre, como debiera, cunto mayor no deberia ser su
sonrojo y su vergenza cuando blasfema, cuando se entrega al robo, al
fraude,  la usura, al homicidio, y  todos los peores crmenes, si es
que existen otros peores, y que practican exclusivamente los hombres?

Disponase el sincero y justo anciano  apoyar sus razones con
algun ejemplo ofrecido por esas mujeres virtuosas, cuyas acciones
y cuyos pensamientos fueron siempre reflejo de su castidad, cuando
el Sarraceno,  quien repugnaba oir la verdad, le lanz una mirada
terrible y amenazadora. El temor oblig al buen viejo  guardar el
silencio; pero no le hizo variar de opinion.

Habiendo terminado el Rey pagano la cuestion de este modo, dej la
mesa, y se tendi despues en su lecho para disfrutar algun reposo
hasta la llegada de la aurora; pero invirti la noche, ms bien que en
dormir, en lamentarse de la ofensa que le infiriera Doralicia. Apenas
apareci el primer albor matutino, se puso en marcha con intencion
de embarcarse en el rio; porque teniendo al excelente caballo de que
se habia apoderado  despecho de Sacripante y de Rugiero toda la
consideracion que debe tener un buen ginete, y reflexionando que por
espacio de dos dias consecutivos le habia hecho galopar ms de lo
justo, quiso proporcionarle el descanso necesario, hacindole entrar
en una barca, considerando por otra parte que el viaje seria as ms
rpido. Mand al momento  los barqueros que se alejaran de la orilla
 hicieran fuerza de remos, y la embarcacion, no muy grande y poco
cargada, se desliz velozmente por el curso del Saona.

Rodomonte no se veia libre de sus abrumadores pensamientos, lo mismo
por la tierra que por el agua: si iba  caballo, los llevaba  la
grupa; si embarcado, se le ofrecian en la proa y en la popa del bajel.
Oprimiendo alternativamente su corazon  su cabeza, le arrebataban todo
consuelo y toda esperanza de sosiego: no sabia qu partido adoptar
para hallar un alivio  su afliccion al ver que sus enemigos quedaban
libres  impunes, ni de quin esperar merced, puesto que los suyos eran
los que le hacian la guerra: el cruel amor, que debia acudir en su
socorro, era el que ms tenazmente le perseguia, sin concederle tregua
ni sosiego. Naveg todo aquel dia y la noche siguiente, siempre agitado
por el mismo afan; nada podia borrar de su imaginacion la injuria que
habia recibido de su rey y de su dama. La misma pena y dolor que sentia
 caballo los sentia tambien en la nave. Las aguas que iba surcando no
podian apagar el incendio que le abrasaba, ni la variacion de sitios
y de paisajes era bastante  variar su triste estado. Como el enfermo
que, rendido y aniquilado por una fiebre devoradora, busca nuevas
posiciones en su lecho, y volvindose tan pronto de un lado como de
otro, espera encontrarse mejor, aun cuando no consigue descansar ni
sobre el derecho ni el izquierdo, sintindose incmodo y mal de todos
modos, as tampoco experimentaba el pagano alivio alguno  su dolencia
ni en la tierra ni el agua.

No teniendo ya paciencia para continuar embarcado, salt en tierra, y
pas por Lyon y Vienne; sigui desde aqu  Valence, y despues vi 
Avignon con su magnfico puente. Todas estas ciudades y otras muchas,
situadas entre el rio y los montes Celtberos, estaban sometidas 
Agramante y al rey de Espaa desde el dia en que penetraron en aquellas
comarcas. Corrise Rodomonte por la izquierda hcia Aigues-Mortes,
con nimo de embarcarse lo ms pronto posible para Argel, y lleg 
un rio,  cuya orilla se asentaba una ciudad favorecida por Baco y
Ceres, cuyos habitantes la habian abandonado, obligados  ello por
las incesantes exacciones de los soldados sarracenos. Por un lado se
descubria la inmensa superficie del mar; y por otro se veian ondear en
los valles  impulsos del viento las doradas espigas. Descubri all
una capilla, recientemente edificada sobre una colina, pero abandonada
de los sacerdotes desde el principio de la guerra. Rodomonte la eligi
para vivienda suya, por haberle agradado tanto  causa de su pintoresca
situacion y de estar lejos del ruido de las armas que habian llegado
 serle odiosas, que la prefiri  su reino. Renunciando  pasar al
frica, se aloj all con sus escuderos, su caballo y sus equipajes.
Aquel sitio estaba  pocas leguas de Montpellier,  la orilla de un
rio y prximo  algunos castillos ricos y habitados, de suerte que era
fcil proporcionarse lo necesario para la subsistencia.

Estando un dia el Sarraceno entregado  sus tristes pensamientos,
como solia estarlo la mayor parte del tiempo, vi venir por en medio
de una florida pradera  una doncella de hermoso rostro, acompaada
por un monje de luenga barba: seguales un corcel de gran talla,
cargado con un bulto cubierto con un pao negro. Fcilmente habreis
conocido quines eran la dama, el monje y lo que conducia el caballo:
era Isabel, que llevaba consigo los restos de su idolatrado Zerbino.
La dej avanzando por el camino de Provenza, sirvindole de guia y
compaero el anciano venerable, que la habia persuadido  consagrar 
Dios el resto de su casta vida.

Aun cuando el rostro de Isabel estaba  la sazon plido  impregnado
de melanclica tristeza, y sus cabellos desordenados;  pesar de que
no cesaban de escaparse profundos suspiros de su acongojado pecho,
y sus ojos estaban convertidos en dos fuentes, y se conocian en
toda su persona las huellas de su dolor y sufrimiento, estas mismas
circunstancias realzaban de tal modo su belleza, que el Amor y las
Gracias no hubieran esquivado recrearse en ella.

En cuanto el Sarraceno vi aparecer aquella dama tan bella, sepult
en lo ms recndito de su mente el propsito de maldecir y odiar
eternamente  la hermosa mitad del gnero humano, que es el mejor
adorno del mundo, y le pareci Isabel la doncella ms digna, en
quien debia poner su segundo amor, borrando totalmente el recuerdo
del primero, del mismo modo que un clavo saca otro clavo. Sali  su
encuentro, y con el acento ms dulce y el ms halageo semblante de
que supo revestirse, le hizo algunas preguntas referentes  su persona.
Ella satisfizo su curiosidad ingnuamente, manifestndole que estaba
determinada  dejar el mundo y sus insensatas vanidades, para atraerse
la bendicion del Eterno por medio de prcticas piadosas. El orgulloso
pagano, que no creia en Dios y menospreciaba toda ley y toda religion,
prorumpi en una risa burlona; calific de errneo y poco meditado el
proyecto de la jven, y le dijo que su designio era tan censurable como
el del avaro que sepulta sus riquezas, sin obtener de ellas la menor
utilidad y sin provecho para los dems hombres; aadiendo, por ltimo,
que los encierros se habian hecho para los leones, los osos y las
serpientes, y no para las cosas bellas  inofensivas.

El monje, que no perdia una sola de las palabras del Sarraceno, ni
se separaba de la incauta jven para acudir siempre en su socorro,
apartndola del tortuoso camino del mal, como no se aparta del timon
el experto navegante, quiso entonces ofrecer  entrambos en suntuosa
y esplndida mesa el ms delicioso manjar espiritual; pero Rodomonte,
que naci con mal gusto, no bien lo hubo probado cuando lo hall
desagradable; y al ver que en vano procuraba interrumpir al monje sin
lograr imponerle silencio, rompi el freno  su paciencia, y se arroj
sobre l enfurecido. Mas como podria pecar de difuso si continuara
hablando, dar fin aqu  mi canto, por temor de que me suceda lo mismo
que le sucedi al monje por hablar demasiado.




CANTO XXIX.

  Isabel se hace cortar la cabeza por no satisfacer los lbricos deseos
  del Pagano; el cual, advertido de su error, procura en vano aplacar
  su doliente espritu.--Construye un puente en el que se apodera de
  los despojos de cuantos lo atraviesan.--Lucha con Orlando y caen
  ambos al rio.--Maravillosos hechos del Paladin.


Oh imaginacion calenturienta y mudable del hombre, cun grande es tu
inconstancia! Con qu facilidad variamos de designios, sobre todo si
son hijos de un amoroso despecho! No hace mucho, v al Sarraceno tan
profundamente irritado contra las mujeres y tan exajerado en su dio,
que llegu  figurarme, no solo que fuera inextinguible, sino que jams
llegaria  entibiarse. Oh sexo encantador! Es tanto lo que me han
ofendido los indebidos ultrajes que ese impo os ha prodigado, que no
he de perdonarle su temeridad hasta demostrarle, por su mal, el grosero
error en que ha incurrido. Con mi pluma y mi papel, har de modo que
todos convengan en que le hubiera sido ms conveniente no desplegar los
lbios,  morderse la lengua antes que hablar mal de vosotras. Que se
produjo como un necio  como un insensato, harto os lo habr demostrado
vuestra clara inteligencia; pues desnud el acero de su ira contra
todas, sin hacer la menor distincion. Y sin embargo, ha bastado una
sola mirada de Isabel, para dar al traste con todos sus propsitos, y
apenas la ha visto, cuando, sin conocerla siquiera, desea que ocupe en
su corazon el sitio abandonado por Doralicia.

Abrasado repentinamente el Pagano por aquel amor naciente, intent
desvanecer con algunas ftiles razones el propsito firme y ardoroso
que habia formado Isabel de dedicar su vida al Seor de todo lo
creado; pero el eremita, que le servia de escudo y de defensa, acudi,
como he dicho, en auxilio de la jven, empleando los argumentos ms
terminantes  irrefutables para hacerla perseverar en sus piadosos
intentos. Cansado Rodomonte de sufrir impaciente la enojosa locuacidad
de aquel anciano, despues de haberle advertido que podia volverse 
su soledad sin la doncella cuando quisiera; exasperado al ver que se
oponia francamente  sus designios, y que no estaba dispuesto  cejar
en su oposicion, le agarr de la barba con tal furia, que le arranc
una gran parte de ella. Excitada ms y ms su clera, concluy por
asir al monje del cuello tan fuertemente, que sus dedos parecian unas
tenazas, y hacindole dar una  dos vueltas en el aire, lo lanz con
tal mpetu, que fu  parar al mar. No s ni puedo decir lo que fu de
l, porque las versiones son muy contradictorias. Unos dicen que se
hizo pedazos contra una roca, de tal suerte, que no se podia distinguir
los pis de la cabeza: otros, que fu  caer en el mar, distante ms de
tres millas, y que se ahog en l por no saber nadar,  pesar de sus
muchos ruegos y oraciones: otros, que acudi un Santo en su socorro, y
le sac  la orilla con mano visible. Alguna de esas versiones debe de
ser la verdadera; pero mi libro no vuelve  ocuparse de l.

Despues que el cruel Rodomonte se hubo desembarazado del locuaz
eremita, se acerc con aspecto menos fiero  la atribulada doncella, y
empez  decirle, con la fraseologa peculiar  los amantes, que era
su vida, su corazon, su consuelo, su esperanza ms querida, y todas
esas expresiones que siempre van juntas, esforzndose en aparecer
tan comedido, que no di el menor indicio de violencia. El rostro
gentil que le enamoraba parecia extinguir  refrenar su acostumbrada
arrogancia; y aun cuando era rbitro de cojer el fruto desde luego,
no le pareci oportuno pasar de la corteza, suponiendo que no estaria
bastante sazonado hasta que ella se decidiera  ofrecrselo como
presente: el insensato se figuraba que de esta suerte iria disponiendo
poco  poco  Isabel  que accediera  sus deseos.

Isabel, que se veia en aquel sitio solitario y salvaje, como el raton
entre las zarpas del gato, hubiera preferido hallarse en medio de las
llamas, y no cesaba de buscar en su imaginacion algun partido, algun
camino por donde le fuese posible escapar intacta  inmaculada. Estaba
firmemente resuelta  darse la muerte por su propia mano, antes que
someterse  la voluntad del brbaro Sarraceno, y ultrajar de este
modo la memoria del amante, cuya suerte cruel y despiadada le habia
llevado  morir en sus brazos, y  quien jurara fidelidad eterna. Sin
embargo, no sabia qu hacer; y mientras tanto crecia por momentos el
lascivo apetito del Rey pagano: le veia ya decidido  abusar de ella
torpemente, destruyendo sus castos propsitos, cuando  fuerza de
pensar, se le ocurri  Isabel el medio de salir ilesa y de salvar su
virtud, haciendo su nombre ilustre y glorioso.

Al ver que el Sarraceno la hostigaba con palabras y ademanes muy
distintos de las atenciones que le habia guardado anteriormente, le
dijo:

--Oh, seor! Si me asegurais no atentar contra mi honor, si me
prometeis que puedo permanecer sin temor al lado vuestro, os ofrecer
en cambio una cosa que tendr para vos mucho ms valor que abusar de mi
honestidad. No desprecieis una dicha eterna, una satisfaccion verdadera
y sin par, por un placer harto pasajero, que tanto abunda en el mundo.
Os ser fcil encontrar otras mil mujeres hermosas que correspondan 
vuestra pasion; pero no existe en la Tierra,  son por lo menos muy
contados, los que puedan proporcionaros lo que os ofrezco. Conozco una
yerba, que he visto al venir aqu y podria encontrarla  pocos pasos de
este sitio, que cocida con hiedra y ruda en un fuego de lea de ciprs,
y exprimida despues por manos inocentes, suelta un jugo cuya virtud es
tan grande, que basta mojarse tres veces el cuerpo con l, para que se
endurezca hasta el punto de hacerse inpenetrable al hierro y al fuego.
Prctica, como estoy, en el modo de preparar ese lquido, hoy mismo
puedo hacerlo y ofreceros hoy tambien una prueba de su maravillosa
eficacia, estando segura de que la apreciareis en ms que la conquista
de la Europa entera. En recompensa del secreto que os ofrezco, solo
deseo que me jureis por vuestra f de caballero respetar mi castidad,
as en vuestras palabras como en vuestras acciones.

Esta proposicion produjo el efecto apetecido, haciendo que Rodomonte
refrenara sus lascivos mpetus, y que, deseoso de verse invulnerable,
prometiera  Isabel ms aun de lo que ella exigia. El Sarraceno ofreci
 la jven respetarla hasta ver los resultados de tan admirable
lquido, y esforzarse en reprimir todo acto  todo conato de violencia;
si bien en su interior formaba el propsito de no cumplir su palabra,
porque no respetaba ni temia  Dios ni  los Santos, y en cuanto 
falta de f dejaba muy atrs  sus infieles compatriotas. As es que
di  Isabel las mayores seguridades de que no la molestaria, con tal
de que ella se pusiera desde luego  extraer el filtro que le habia de
conceder el don que en otro tiempo disfrutaron Cygno y Aquiles[31].

       [31] Hijo de Marte el primero, y conocido hroe griego el
       segundo, ambos invulnerables.

Isabel empez  explorar los valles y las sombras caadas, lejos de
las ciudades y aldeas, recogiendo una gran cantidad de yerbas, mientras
el Sarraceno no se separaba un solo momento de su lado. Despues de
haber recogido por muchos sitios las yerbas que crey suficientes, unas
con raices y otras sin ellas, regresaron tarde  su vivienda, donde
la desolada jven, modelo de continencia y recato, pas toda la noche
cocindolas con mucho cuidado, en tanto que el rey de Argel examinaba
curiosa y atentamente todos aquellos preparativos. Rodomonte psose
despues  jugar con los pocos criados que le acompaaban, y el calor
del fuego que viciaba la atmsfera de aquel estrecho recinto les di
tal sed, que de libacion en libacion, llegaron  vaciar dos barriles de
vino griego, robados por los escuderos, uno  dos dias antes,  unos
transeuntes.

Rodomonte no estaba acostumbrado  beber vino, por prohibrselo
su religion; pero en cuanto lo prob, le pareci un licor divino,
preferible al nctar y al man. Burlndose del rito mahometano,
continu bebiendo  tazas y aun  botellas enteras; lo cual, unido 
lo espirituoso del vino y  su falta de costumbre, hizo que pronto
perdieran la cabeza todos los bebedores.

Cuando Isabel juzg que aquellas yerbas estaban bastante cocidas,
apart la caldera del fuego, y dijo  Rodomonte:

--Para que te convenzas de que no he lanzado mis palabras al viento,
y para que veas la distancia que hay de la verdad  la mentira, voy 
ofrecerte una prueba capaz de convencer  los ms incrdulos; y esta
prueba no se ha de hacer en otros, sino en m misma. Quiero ser la
primera en experimentar los preciosos efectos de ese lquido divino,
 fin de que no vayas tal vez  figurarte que contiene un veneno
mortfero. Me mojar con l la cabeza, el cuello y el seno, y en
seguida ensayars en mi cuerpo la fuerza de tu brazo y el filo de tu
espada, y veremos si el uno tiene bastante vigor y si la otra se mella.

Base como dijo en aquel agua, y acto contnuo present con aire
tranquilo y risueo su cuello desnudo al incauto pagano, que estaba
turbado quizs por los efectos del vino, y ante cuyo vigor, de
nada servian los yelmos ni los escudos. Aquel hombre bestial di
entero crdito  las palabras de Isabel, y le descarg tan terrible
cuchillada, que separ de los hombros la hermosa cabeza en que Amor
tenia su deliciosa morada.

Tres veces salt el ensangrentado busto de la jven, y de sus lbios
yertos sali claramente pronunciado el nombre de Zerbino: por volar 
su lado y por librarse del poder del Sarraceno, habia elegido Isabel
tan extraordinario camino.

Oh alma pura, que no titubeaste en sacrificar tu vida y tu florida
juventud, antes que faltar  la f y  la castidad,  esa rara virtud
que en nuestro tiempo apenas se conoce de nombre! Descansa en paz,
alma hermosa y bienaventurada! Quisiera que mis versos tuviesen
la fuerza y el poder de que desearia dotarlos con todo el arte de
la florida elocuencia y todas las galas de la divina poesa, para
hacer que tu preclaro nombre viviera mil y mil aos en la memoria de
los mortales! Vuela en paz al slio del Eterno, legando  las dems
mujeres un alto ejemplo de tu fidelidad!

Ante una accion tan incomparable y asombrosa, el Creador dirigi
aqu abajo sus miradas, y exclam:--Eres ms digna de alabanza, que
aquella cuya muerte cost el trono  Tarquino[32]: por esta causa
quiero instituir una ley que resista, como todas las mias,  la accion
destructora del tiempo, y juro por las sagradas ondas, que nada podr
jams alterarla. Quiero que toda mujer que en adelante lleve tu
nombre, est dotada de sublime ingenio, de belleza, gracias, bondad y
prudencia; que sea un acabado modelo de pureza, de modo que todos los
poetas celebren  porfa tu nombre, y que las cumbres del Parnaso, del
Pindo y del Helicon resuenen sin cesar con el nclito y digno nombre de
Isabel.

       [32] Habiendo sido deshonrada Lucrecia, esposa de Colatino, por
       Sexto, hijo de Tarquino el Soberbio, rey de Roma, confes su
       desgracia  su marido y  su padre, y se di la muerte. Este
       sucoso fu causa de que el pueblo romano, acaudillado por L.
       Junio Bruto y Colatino, derribara la monarqua y estableciera la
       repblica.

As exclam el Eterno, y acto contnuo serense el aire y aquietse
el mar ms de lo que nunca lo habian estado. El alma casta de Isabel
volvi al tercer cielo, pasando  disfrutar en los brazos de su Zerbino
de las delicias de los bienaventurados, y dejando en la tierra,
confundido de vergenza y de estupor,  aquel nuevo Breusse feroz
 impo, que maldijo su error y qued como anonadado en cuanto se
disiparon los vapores del vino. Presa de un verdadero remordimiento,
crey aplacar,  satisfacer los manes de Isabel, dando vida  su
memoria, ya que habia dado muerte  su cuerpo: el medio ms  propsito
que se le ocurri con este objeto, fu el de convertir la capilla que
habia escogido por morada y en que inmol  Isabel en un sepulcro, y h
aqu de qu modo.

Por medio de promesas  de amenazas, reuni en aquel sitio todos los
obreros de los alrededores, en nmero de unos seis mil: hizo que
arrancaran enormes peascos de los montes vecinos, y colocndolos
unos sobre otros, form con ellos una gran masa, que desde la base 
la cspide media noventa brazas: este monumento, muy parecido  la
soberbia mole construida por Adriano  las orillas del Tber[33],
contenia en su interior la capilla, dentro de la cual reposaban los
cuerpos de los dos amantes. Al lado del sepulcro levant una elevada
torre, donde determin residir por algun tiempo, y construy adems un
puente de unas dos brazas de anchura sobre el rio cuyas aguas lamian la
falda de aquella colina. El puente era largo, pero tan estrecho, que
apenas podian pasar por l dos caballos, ya marcharan ambos de frente 
en direccion encontrada, y como carecia de pretil  parapeto, era muy
fcil caer al agua por todas partes. El rey de Argel se propuso hacer
pagar caro el paso de este puente  todos los guerreros, ya fuesen
infieles  cristianos, por haber jurado adornar con mil trofeos la
tumba de Isabel y Zerbino.

       [33] El sepulcro de Adriano, que hoy es el castillo de Santo
       Angelo en Roma.

En menos de diez dias qued terminada la construccion del puentecillo;
mas no pudo llevarse tan de prisa la del sepulcro ni la de la torre.
Concluyronse al fin todos los trabajos, y en la cima de la torre
coloc un centinela que hacia constantemente el servicio de viga, y en
cuanto divisaba un caballero dispuesto  pasar el puente, hacia con
una trompa la seal convenida de antemano. Entonces se armaba Rodomonte
y salia al encuentro del recien llegado, ora por una orilla, ora por
la otra; de suerte que si el guerrero se presentaba por el lado de la
torre, el rey de Argel le cortaba el paso por la orilla opuesta. El
puentecillo era el campo de batalla, y en tan reducido espacio, el
corcel que traspasaba un poco los bordes, caia irremisiblemente al rio,
que estaba muy por debajo del puente y era profundo. En todo el mundo
no ha existido un paso ms peligroso. Habia reflexionado el Sarraceno,
que exponindose con frecuencia  caer de cabeza desde el puentecillo
al rio, donde forzosamente deberia beber mucha agua, llegaria  expiar
el error en que le habia hecho incurrir el exceso del vino. Como si
el agua pudiera borrar las faltas que el vino nos hace cometer con la
lengua  con las manos!

En pocos dias llegaron muchos guerreros  aquel sitio; los unos para
dirigirse  Espaa  Italia, por ser aquel camino el ms directo y el
ms frecuentado; los otros para probar su valor y alcanzar un renombre
que tenian en ms que la vida; pero en vez de obtener la palma de la
victoria, veanse obligados  quedarse sin armas, y algunas veces
sin existencia. Si los vencidos eran paganos, contentbase Rodomonte
con despojarles de sus armas, y las colocaba en el sepulcro como un
trofeo, con una inscripcion que indicaba el nombre de los caballeros 
quienes habian pertenecido: si eran cristianos, los retenia cautivos, y
sospecho que los enviaba despues  Argel.

Todava no estaban concluidas las obras, cuando lleg por casualidad el
loco Orlando  la orilla del rio, donde, como he dicho, hacia construir
Rodomonte el sepulcro y la torre que no habia llegado  su fin, y el
puente que apenas estaba terminado. En el momento en que Orlando se
present cerca del rio y del puente, se hallaba el Pagano cubierto con
todas sus armas, pero sin casco. El Conde, impelido por su habitual
furor, salt la valla y ech  correr por el puente; mas Rodomonte
quiso ahuyentarle con torva faz desde el pi de la torre en donde 
la sazon se encontraba, dicindole con tono amenazador, aunque sin
dignarse desenvainar la espada:

--Indiscreto villano, temerario, importuno y arrogante, detente: este
puente solo se ha hecho para caballeros nobles, y no para un bruto como
t.

Pero Orlando, que tenia distraida su imaginacion por una profunda
idea, seguia adelante, sin hacer caso de tales voces.--Fuerza ser
castigar  ese insensato, exclam el pagano; y se dirigi hcia l
con intencion de precipitarlo en el rio, sin sospechar siquiera que el
Conde pudiera hacerle frente.

En aquel momento, una gentil doncella, de rostro hermoso y noble porte,
vistosamente engalanada, lleg  la orilla del rio con objeto de pasar
el puente. Era, Seor, si no la habeis olvidado, aquella jven que iba
buscando las huellas de su adorado Brandimarte por todas partes, menos
por Pars, donde precisamente se encontraba. En el momento en que lleg
 aquel puente Flor-de-lis (que tal era el nombre de la doncella),
aferrse Orlando  Rodomonte que queria arrojarle al rio. La doncella,
acostumbrada  ver al Conde en la corte, le conoci al momento; pero se
qued estupefacta al reparar en aquella locura que le hacia ir desnudo
por todas partes. Detvose para ver el resultado de la lucha trabada
entre dos adversarios tan vigorosos, que hacian uso de toda su fuerza
para arrojar el uno al otro del puente abajo.

--Cmo es posible que un loco resista tanto?--decia entre dientes
el irritado pagano: y se volvia y revolvia  uno y otro lado, lleno
de enojo, de soberbia y de ira, buscando el sitio ms  propsito
para sujetar al Conde. Tan pronto adelantaba un pi como otro para
hacerle tropezar,  bien procuraba maosamente echarle la zancadilla
para derribarle, semejante al estlido oso que se empea en arrancar
el rbol de que ha caido, y al que acomete con rabia como si tuviera
la culpa de su caida. Orlando, cuya imaginacion vagaba no s por
dnde, y que en semejante lucha tan solo hacia uso de aquella fuerza
extraordinaria que no conocia igual en el universo, se dej caer de
espaldas al rio arrastrando al Pagano tras de s. Ambos llegaron
abrazados al fondo de las aguas, que saltaron hasta el cielo, haciendo
resonar ambas orillas con el estrpito que produjo la caida. Al
verse en aquel hmedo lecho, desasironse precipitadamente los dos
adversarios. Orlando, que estaba desnudo y nadaba como un pez, di tres
 cuatro brazadas, sali  la orilla fcilmente, y ech  correr de
nuevo sin esperar  conocer el resultado de su lucha, ni cuidarse del
elogio  la censura que pudiera haber merecido. El Pagano, embarazado
con el peso de sus armas, sali ms tarde y ms trabajosamente  la
orilla.

Flor-de-lis habia pasado entre tanto con toda seguridad el rio y
el puente, y reconocido por todas partes el sepulcro, para ver si
encontraba en l cualquier vestigio de Brandimarte: no viendo all ni
sus armas ni su manto, pas  buscarlo  otra parte. Pero volvamos 
ocuparnos del Conde, que se alejaba de la torre, del rio y del puente.

Seria locura en m pretender referiros una por una todas las que
cometi Orlando; pues fueron tantas, que no sabria cuando acabar; pero
me ocupar de alguna que otra de las ms extraordinarias y  propsito
para celebrar en mis versos, as como ms conveniente para mi historia,
y sobre todo no omitir el hecho milagroso que llev  cabo en los
Pirineos cerca de Tolosa.--Habia ya recorrido el Conde muchos pases,
siempre impulsado por su furioso delirio, cuando lleg  la cumbre
de los montes que separan al Franco del Tarraconense: encaminbase
entonces hcia Occidente, y seguia un estrecho sendero que dominaba
un valle profundo. Toparon con l en tan reducido paso dos montaeses
jvenes, que llevaban delante un asno cargado de lea, y como en el
semblante de Orlando conocieron ambos que estaba privado de razon,
empezaron  gritarle con voz amenazadora que se hiciera atrs   un
lado y les dejara el paso libre. El loco no les respondi una palabra;
pero descarg en el pecho del asno un tremendo puntapi con aquella
fuerza que excedia  cualquier otra, y le lanz por el espacio  tan
considerable altura, que parecia un pajarillo hendiendo los aires,
yendo  caer en la cima de un monte, distante ms de una milla  la
otra parte del valle. Arremeti despues  los dos jvenes, uno de los
cuales, impelido por el miedo y con ms suerte que prudencia, se arroj
al fondo del precipicio, que tendria ms de sesenta brazas de altura,
y tropezando en su caida con el espeso ramaje de un matorral lleno
de espinas, agarrse  l y logr salvarse  costa no ms de algunos
araazos en el rostro. El otro procur encaramarse  un peasco que
salia fuera del monte, esperando librarse de los golpes del loco, si
lograba trepar  su cima; pero Orlando, decidido  matarle, lo agarr
por un pi mientras se esforzaba en subir, y extendiendo cuanto pudo
los brazos, lo desgarr dividiendo en dos trozos su cuerpo, del mismo
modo que vemos dividir una garza  un pollo, cuando el halconero quiere
dar sus entraas  un halcon   un azor. Hizo muy bien en no morirse
el compaero que estuvo  punto de romperse el cuello; pues refiriendo
 otras personas esta aventura, di lugar  que llegara  oidos de
Turpin, y que este la dejara consignada en sus escritos.

Orlando continu haciendo otras cosas tan estupendas como la que
acabo de manifestar, mientras atravesaba aquellos montes. Despues
de dar muchas vueltas, baj por el Mediodia hcia las llanuras de
Espaa, y sigui caminando por la orilla del mar que baa las costas
de Tarragona. Inspirado por su misma insensatez, quiso detenerse en
aquella playa; y para preservarse de los rigores del Sol, se sepult
en la menuda y estril arena. Mientras all descansaba, la casualidad
llev  aquel sitio  la bella Anglica y su esposo, que  la sazon
bajaban desde los Pirineos  la costa de Espaa, segun os dije ms
atrs. Anglica lleg casi al lado de Orlando sin conocerle siquiera.
Y cmo presumir que aquel ser repugnante fuese el clebre Paladin, si
le veia tan variado y tan diferente de lo que siempre habia sido! Desde
que su razon estaba sometida al imperio de su insensato furor, siempre
iba enteramente desnudo, as al Sol como  la sombra; de suerte que
aun cuando hubiera nacido en la abrasada Siena,  en el pas de los
Garamantas,  en los montes donde nace el Nilo, su piel no estaria ms
tostada. Sus ojos estaban hundidos en las rbitas, sus mejillas enjutas
y descarnadas, sus cabellos enmaraados y scios, y su barba larga,
erizada y asquerosa.

En cuanto Anglica le vi, retrocedi temblando de espanto, y dando
un grito penetrante, corri  ponerse bajo la salvaguardia de Medoro.
Mas apenas observ el loco su presencia, se levant de un salto para
apoderarse de la jven, cuyo rostro le agrad en extremo y cuyos
atractivos le inspiraron los ms fogosos deseos. No conservaba ya en
su imaginacion el menor recuerdo de su antiguo amor, pero persigui
entonces  Anglica del mismo modo que un perro perseguiria  una
fiera. Al ver Medoro la intencion del loco, le ech encima su caballo,
y empez  darle tajos y estocadas por la espalda, con el propsito de
cortarle la cabeza; pero tropez con una piel ms dura  impenetrable
que el hueso  el acero, porque el cuerpo de Orlando, como he dicho,
era invulnerable y encantado. Al sentir este que le pegaban por detrs,
volvise y descarg un puetazo descomunal sobre el caballo que el
sarraceno le echaba encima. El noble animal cay instantneamente
muerto, con la cabeza destrozada, cual si hubiera sido de vidrio, y
Orlando, sin ocuparse ms de Medoro, volvi  emprender nuevamente
la persecucion de su fugitiva. Anglica seguia lanzando su yegua 
todo escape, excitndola con el acicate y el ltigo, y aun cuando
el excelente bruto excedia en rapidez  la flecha desprendida del
arco, la jven se lamentaba de su desesperante lentitud: acordndose
entonces de que podia salvarla el anillo que llevaba en el dedo, se lo
puso en la boca; y aquel talisman, que no perdia nunca su virtud, la
hizo desaparecer como  impulso de un soplo desaparece la luz. Bien
fuese efecto del temor  bien del movimiento que hizo al quitarse el
anillo del dedo,  quiz por haber tropezado la yegua, pues no puedo
afirmar una cosa  otra, lo cierto es que en el momento mismo en que
Anglica se puso su talisman en la boca y ocult  la vista de todos
su agradable presencia, levant las piernas, sali de la silla, y cay
tendida en la arena cuando no la separaban de Orlando ni siquiera
dos dedos de distancia:  no ser as, hubiera caido tropezando con
l, y probablemente el choque producido por la violenta carrera del
loco le habria quitado la vida: una casualidad feliz pudo tan solo
salvarla. Fuerza le ser ahora buscar por medio de otro hurto una nueva
cabalgadura, porque no volver  ver ms  la que oprimia la arena
huyendo del paladin.

[Ilustracin: ...Y ech  correr tras la fugitiva Anglica.
                                                          (Canto XXX.)]

Mas como, segun presumireis, no le ser difcil proporcionarse
otra, dejmosla y sigamos  Orlando, cuya impetuosidad y rabia no
pudo mitigar la desaparicion de Anglica. Continu persiguiendo 
la yegua por la desnuda arena, acortando cada vez ms la distancia
que de ella le separaba; y alcanzndola al cabo, pudo cogerla luego
de la crin, de la brida despues, y por ltimo, la sujet y detuvo,
considerndose entonces tan feliz como el hombre que consigue hacer
suya  una doncella: arreglle las riendas y el freno, y dando un
salto, se coloc en la silla. As que estuvo montado, la oblig 
galopar muchas millas seguidas en todas direcciones, sin permitirle
el menor reposo, sin quitarle nunca el freno ni la silla, y sin
dejarla probar alimento alguno. Al intentar saltar una zanja, cayeron
pesadamente en ella la caballera y el ginete: este no se hizo dao,
ni siquiera sinti la sacudida; pero la msera bestia se disloc una
pata. No viendo el Paladin otro medio mejor de sacarla de all, se la
ech  cuestas, subi con ella al camino y la llev de este modo hasta
la distancia de unos tres tiros de flecha, no obstante lo mucho que
pesaba. Resintindose entonces sus hombros de tanto peso, la dej en
tierra y quiso hacerle andar, tirndole de las riendas; mas la yegua
le seguia con paso tardo y cojeando. Anda, anda, le decia Orlando,
pero era intil: aun cuando le hubiera seguido  galope, siempre seria
lenta su marcha, comparada con los insanos deseos del loco. Por ltimo,
cogi el Paladin una de las riendas, y atndola  la pata derecha de
la yegua, empez  tirar de ella, arrastrando tras s al pobre animal
y asegurndole que de este modo podria caminar con ms comodidad;
cuando es lo cierto que iba dejando las crines y la piel pegadas  los
guijarros del escabroso camino, hasta que por fin muri de cansancio,
de dolor y de hambre; en tanto que Orlando proseguia su marcha sin
reparar en ella y sin ver que arrastraba un cadver, dirigindose con
su velocidad acostumbrada hcia Occidente. Siempre que el loco se
sentia estimulado por el hambre, saqueaba las aldeas y las cabaas para
satisfacerla; se apoderaba de los frutos, de la carne y del pan que en
ellas encontraba, y arremetia  cuantos intentaban oponrsele, matando
 unos, lisiando  otros, y siguiendo siempre adelante sin detener un
momento su asoladora marcha. Igual  semejante suerte hubiera sufrido
Anglica,  no haber tenido la precaucion de ocultarse; porque el loco
no distinguia lo blanco de lo negro, y creyendo hacer un favor  sus
semejantes, cometia con ellos mil violencias.

Ah! Maldito sea el anillo encantado y el caballero que se lo di 
Anglica! A no ser por l, Orlando se hubiera vengado  s mismo y
habria vengado  otros mil amantes al propio tiempo. Y no era aquella
veleidosa mujer la nica que debiera caer en manos del furioso paladin,
sino cuantas hoy existen, cuya ingratitud se echa de ver en todas
sus acciones y cuya maldad excluye de su corazon todo lo bueno y lo
virtuoso. Pero antes de que las aflojadas cuerdas de mi lira produzcan
un sonido discordante, ser oportuno suspender aqu mi canto, para
hacerlo menos enojoso al que me escucha.




CANTO XXX.

  Orlando contina haciendo cosas asombrosas durante su
  marcha.--Rugiero mata  Mandricardo.--Bradamante espera impaciente
  y angustiada en Montalban la llegada de su amante, que por hallarse
  herido se ve imposibilitado de cumplir su promesa.--Reinaldo va 
  socorrer al Emperador acompaado de sus hermanos.


Cuando permitimos que la impetuosa clera venza  nuestra razon, sin
oponer resistencia alguna, y nos dejamos arrastrar por los impulsos de
un insensato furor, hasta el extremo de que nuestra lengua  manos no
respeten  nuestros amigos, de poco nos sirven luego los lamentos y
los suspiros, pues no consiguen borrar nuestra falta. Necio de m! En
vano ser que me aflija y me arrepienta de cuanto dije, obedeciendo 
un irascible arrebato, al terminar el canto anterior. Soy semejante 
un enfermo, que despues de agotar su paciencia y su sufrimiento, para
resistir al dolor, si cree que este no tiene ya remedio, se abandona 
la desesperacion y prorrumpe en horribles blasfemias; pero en cuanto
llega  calmarse, van cediendo poco  poco los impulsos de la clera
que habian desatado su lengua de un modo tan reprensible, y entonces
reconoce su falta, y se acusa y se arrepiente de haberla cometido; mas
ya no le es posible retirar las incuas palabras proferidas.

Oh mujeres virtuosas! De vuestra inextinguible bondad espero el perdon
que humilde os imploro. No es cierto que disculpareis mi delirante
frenes, al confesarme vencido por una pasion contrariada? Preciso
es que culpeis  aquella cuyos rigores me tienen en un estado cual
no puede haber peor, y que me obliga  decir lo que tanto me pesa
despues. Bien sabe Dios cun poca razon la asiste; y harto conoce ella
mi acendrado amor.

No estoy menos fuera de m de lo que Orlando estaba, ni soy menos digno
de lstima que el desgraciado Paladin, el cual vagando por montes 
llanuras recorri una gran parte del reino de Marsilio, arrastrando
por espacio de muchos dias el cadver de la yegua, sin abandonarlo un
momento; pero al fin se vi precisado  dejarlo  la orilla de un rio
que desembocaba en el mar: l se arroj al agua, y sabiendo nadar como
una anguila, sali en breve  la orilla opuesta, donde encontr  un
pastor que se encaminaba hcia el rio para abrevar en l al caballo en
que iba montado: aunque el pastor vi  Orlando corriendo hcia l, no
crey necesario retroceder al observar que iba solo y desnudo.

--Quisiera hacer un cambio con mi yegua y tu caballo, le dijo el loco.
Te la ensear desde aqu, si quieres, pues la he dejado en la otra
orilla: verdad es, que est muerta; ms para m no tiene otro defecto,
y luego t le podrs dar alguna medicina. Como me gusta tu caballo,
espero que me hagas el favor de apearte de l, y aceptar el cambio que
te propongo, dndome algo encima.

El pastor, por toda respuesta, echse  reir, se apart del loco y
continu su camino hcia el vado.

--Yo quiero tu caballo: no me oyes?--repuso Orlando; y sigui
encolerizado tras el pastor. Llevaba este un palo grueso y lleno de
nudos, con el cual di un golpe al Paladin. La rabia y el furor que
de Orlando se apoderaron entonces fueron tales, que, ms terrible
que nunca, descarg un terrible puetazo en la cabeza del pastor,
hacindole pedazos el crneo y tendindole muerto  sus pis. Mont
en seguida  caballo, y continu recorriendo diferentes caminos,
sealando su paso con los lamentables efectos de su locura, sin dar al
animal descanso ni alimento alguno, de suerte que en pocos dias muri
como el otro. No por esto quiso el Conde resignarse  caminar  pi,
ni  carecer de cabalgaduras, por lo cual fu apoderndose de cuantas
encontraba, despues de matar  sus dueos.

Lleg por fin  Mlaga, en cuya ciudad hizo ms daos que cuantos hasta
entonces habia cometido; pues adems de saquear toda la poblacion,
en trminos de no bastar dos aos para reponerse de sus prdidas,
mat tan gran nmero de habitantes y arras  incendi tantas casas,
que destruy la tercera parte del pas. Saliendo de all, pas 
otra ciudad llamada Algeciras, situada en el estrecho de Gibraltar 
Gibelterra, pues con ambos nombres se le designa; y al llegar  ella
vi que se apartaba de la playa una barca llena de bulliciosos jvenes,
que iban  solazarse paseando embarcados por aquellas ondas tranquilas
y oreadas por las frescas auras matutinas. Deseando el loco participar
de aquel esparcimiento, empez  gritar:--Esperad, esperad;
pero sus gritos fueron de todo punto intiles, porque nadie carga
voluntariamente su buque con una mercanca semejante. El esquife seguia
cortando las aguas con una rapidez igual  la de la golondrina cuando
hiende el espacio: Orlando entonces hostig  su caballo, y le impeli
hcia el mar pegndole con una vara. En vano se encabrit y resisti el
corcel cuanto le fu posible: al fin no tuvo ms remedio que entrar en
el agua metiendo poco  poco las patas, luego el vientre y la grupa, y
el cuello despues, hasta que apenas se le distinguia en la superficie:
no podia ya retroceder  la orilla, mientras sintiera entre sus orejas
la amenazadora vara: no le quedaba al desgraciado ms alternativa que
la de ahogarse en el camino,  atravesar  nado el estrecho hasta las
playas africanas.

Ya habia perdido Orlando de vista la tierra y la barca que le hiciera
abandonar la enjuta playa, pues una y otra estaban muy lejanas, y las
elevadas y movibles ondas las ocultaban  sus miradas,  pesar de lo
cual seguia excitando  su caballo, dispuesto  atravesar el mar de
una  otra costa; mas el corcel, lleno de agua y vaco de alma, dej
de vivir y de nadar  un tiempo mismo, yndose al fondo, donde habria
precipitado  su ginete, si Orlando no tuviera los brazos fuera del
mar. El Paladin empez  agitar las piernas y las manos, sostenindose
 flor de agua, y apartando con sus vigorosos resoplidos las olas
que iban  estrellarse en su rostro. El aire era muy suave y el mar
estaba tranquilo: harto necesitaba el Paladin de aquella tregua que los
elementos le concedian; pues  poco que el primero hubiese agitado al
segundo, probablemente habria perecido sepultado en el abismo; mas la
Fortuna, protectora de los locos, le hizo arribar  una playa situada
 unos dos tiros de flecha de las murallas de Ceuta. Durante algunos
dias fu recorriendo  la ventura y con su ordinaria rapidez toda la
costa en direccion de Levante, hasta que se encontr con un innumerable
ejrcito de guerreros moros formado en la playa.

Dejemos al Paladin vagando errante, pues ya tendremos tiempo de
volver  ocuparnos de l. En cuanto  lo que fu de Anglica despues
de haberse librado tan oportunamente de las manos del Conde y de
proporcionarse un buen bajel, que con un tiempo bonancible la
transport  su patria, en donde di  Medoro el cetro de la India, tal
vez lo cantar otro con mejor plectro que yo. Por lo que  m hace,
tengo tantas otras cosas que referiros, que no pienso tratar ya de
esta.

Necesito pulsar las cuerdas de mi lira cantando los hechos del Trtaro,
el cual, una vez ahuyentado su rival, disfrutaba contento de la
posesion de la mujer ms encantadora que existia en Europa desde que
parti Anglica y subi al cielo la casta Isabel. Pero el altanero
Mandricardo no pudo gozar por mucho tiempo de los deleites que le
ofrecia la predileccion demostrada hcia l por Doralicia, porque aun
tenia dos contiendas pendientes: la una con el jven Rugiero, que no
le cedia el guila blanca; y la otra con el famoso rey de Sericania,
que pretendia arrebatarle la espada Durindana. Agramante y Marsilio
se esforzaban intilmente por hacerles llegar  un acomodo; pero
lejos de lograr de ellos que renovaran su antigua amistad, no podian
siquiera conseguir que Rugiero cediese  Mandricardo el escudo del
hroe troyano, ni que Gradasso renunciara  sus pretensiones sobre la
famosa espada: el primero estaba decidido  impedir que el Trtaro se
sirviera de su escudo en una nueva lid, y el segundo se negaba asimismo
 consentir que hiciese uso del acero tan gloriosamente manejado por
Orlando, como no fuera combatiendo con l. Al fin dijo Agramante:

--Basta ya: la fortuna decidir esta cuestion: sometmonos  ella
y aceptemos lo que prefiera. Y si deseais complacerme y merecer mi
gratitud eterna, echad suertes para saber quin de los dos debe
combatir el primero; mas con la condicion de que el favorecido se
encargar de sostener ambas contiendas, de suerte que al ganar su
causa, ganar tambien la de su compaero, y si la pierde, se entender
que ha perdido por los dos. Poca  ninguna diferencia creo que haya
entre el valor de Rugiero y el de Gradasso, y estoy persuadido de que
cualquiera de los dos  quien designe la suerte, enaltecer el lustre
de sus armas. La victoria recaer despues en quien disponga la divina
Providencia: y el vencido no ser objeto de censura, porque todo se
atribuir  la veleidosa fortuna.

Rugiero y Gradasso escucharon en silencio la proposicion de Agramante,
y convinieron despues en que cualquiera de ellos que fuese designado,
deberia sostener sus respectivas contiendas. Escribieron en seguida sus
nombres en dos papeletas de igual forma y tamao, las echaron en una
urna que agitaron algun tiempo, y luego un nio meti la mano en ella,
sacando uno de los dos billetes, el cual contenia el nombre de Rugiero,
quedando por lo tanto dentro el del Sericanio. No es posible decir la
alegra que sinti Rugiero al oir su nombre, ni el dolor que su mala
suerte caus  Gradasso; mas le era fuerza someterse  los designios
del cielo. Desde el mismo momento cifr todo su conato en ayudar y
favorecer  Rugiero, dndole uno por uno todos los consejos que le
suministraba su experiencia, ya dicindole el modo de cubrirse con el
escudo  de parar los golpes con la espada, ya designndole cules
debian ser los ataques falsos y cules los seguros, y ya tambien en qu
casos era conveniente aventurar un golpe  abstenerse de darlo.

Pas el resto de aquel dia aconsejndole, mientras los amigos de
Mandricardo hacian lo mismo con respecto  este, segun era uso y
costumbre. El pueblo, vido de presenciar la lucha, se agolp presuroso
en torno del palenque, y no contentos muchos con tomar puesto desde
antes del amanecer, pasaron en l toda la noche. Aquella muchedumbre
insensata gozaba de antemano con la pelea de dos valerosos caballeros;
pues como siempre acontece al populacho, no comprendia ni veia ms
all de lo que tenia delante de los ojos; pero Sobrino, Marsilio y
otros jefes ms expertos y prudentes, que sabian distinguir entre lo
til y lo perjudicial, censuraron griamente aquella lucha, y sobre
todo  Agramante, porque toleraba que se llevase  cabo. No cesaban de
recordarle los graves perjuicios que causaria al ejrcito sarraceno
la muerte de Rugiero  del Trtaro, cualquiera que fuese el designado
por su mala estrella, asegurndole que ms necesidad tendrian de uno
solo de los dos guerreros para hacer frente  los soldados del hijo de
Pepino, que de otros diez mil mahometanos, entre los cuales costaria
trabajo encontrar uno bueno. Harto conoci el rey Agramante la razon
que asistia  los que as le aconsejaban; pero ya era tarde para
retirar su consentimiento. Suplic, no obstante,  Mandricardo y 
Rugiero que le devolviesen la palabra empeada, con tanto mayor motivo,
cuanto que su querella no tenia importancia alguna, y por lo mismo,
no era digna de que empuasen las armas para resolverla; aadindoles
que, si  pesar de estas reflexiones se negaban  complacerle, debian
por lo menos diferir la lucha por cinco  seis meses, ms  menos,
hasta el momento en que consiguieran arrojar  Crlos de sus estados,
despojndole del cetro, de la corona y del manto. Aun cuando tanto
uno como otro deseaban ardientemente obedecer  su rey, los dos
permanecieron inflexibles, temiendo el baldon que recaeria sobre el
primero que accediese  ajustar la tregua propuesta por Agramante.

La hermosa hija de Estordilano uni sus ruegos  los del Rey,
esforzndose con la mayor vehemencia en aplacar la furia de su amante,
y gastando intilmente sus palabras, sus splicas, sus lamentos y sus
lgrimas. Le rogaba que consintiera en lo propuesto por el monarca
africano, y que quisiera lo que todo el ejrcito queria, y se lamentaba
de que su tenacidad la hacia arrastrar una existencia llena de
angustia y de zozobras.

--Triste de m! exclamaba: cmo he de hallar remedio  mi constante
inquietud, si siempre os veo dispuesto  vestir la armadura y empuar
la espada contra unos  otros? Qu consuelo puede haber proporcionado
 mi afligido corazon el gozo de ver terminada la querella que por
m se suscit entre vos y Rodomonte, si va  estallar el incendio de
otra ms terrible? Ay de m! Cun necia fu en mostrarme orgullosa
al ver que un rey tan digno, un caballero tan fuerte, exponia su
vida en peligrosa y sangrienta lid por alcanzar mi posesion, cuando
hoy le veo arrostrar la misma suerte por un motivo tan frvolo! La
ferocidad innata en vuestro corazon fu la que entonces os inspir,
y no el amor que por m sintierais! Pero si es verdad que vuestro
amor sea tan grande como habeis pretendido manifestarme siempre, por
l os ruego, y por el insufrible martirio que me lacera el alma y me
despedaza el corazon, que no os cuideis de si Rugiero ostenta todava
en su escudo el guila blanca; pues no se me alcanza el perjuicio  la
utilidad que podeis reportar de que se desprenda de tal ensea  que
contine usndola. De la batalla que estais dispuestos  llevar  cabo,
no puede resultar ninguna ventaja, y s un inmenso dao. Suponiendo
que despues de mucho trabajo arranqueis el guila  Rugiero, qu
recompensa esperais obtener? En cambio, si os vuelve el rostro la
Fortuna,  la que no teneis por cierto asida de su cabello, causareis
un dao tan enorme, que solo al pensar en l siento que el corazon se
me parte de dolor. Si teneis en tan poco la vida, que no vacilais en
exponerla por un guila pintada, deberais apreciarla, aunque solo
fuera porque vuestra vida es la mia; porque no se extinguir la una sin
que se extinga la otra, y porque, como no me ser doloroso morir con
vos, estoy dispuesta  seguiros en muerte lo mismo que en vida os he
seguido; pero no quisiera que mis ltimos momentos fueran tan amargos
como lo sern si pereceis antes que yo.

Con estas y semejantes palabras, acompaadas de lgrimas y suspiros,
no ces Doralicia en toda la noche de incitar  su amante  la paz.
Mandricardo, aspirando el dulce llanto que brotaba de los hmedos ojos
de la jven, as como las enamoradas quejas que exhalaban aquellos
lbios ms encendidos que la rosa, respondi, dando  su vez libre paso
 las lgrimas:

--Por piedad, vida mia, no os atormenteis as por una cosa tan
insignificante; pues aunque Carlomagno y el rey de frica con sus
ejrcitos de sarracenos y franceses reunidos desplegasen sus banderas
en contra mia, no deberais abrigar el ms ligero temor. En poco
estimais mi esfuerzo y mi denuedo si un solo Rugiero os hace temblar
por mi suerte. Habeis olvidado, por ventura, que solo, sin espada
ni cimitarra, y sin tener ms armas que el asta de una lanza, me
abr paso  travs de una multitud de guerreros armados? Aunque
con vergenza y dolor, no tiene Gradasso inconveniente en referir
 cuantos se lo preguntan, que le retuve cautivo en uno de mis
castillos de Siria. Y sin embargo, la fama de Gradasso aventaja  la
de Rugiero. Tampoco niega este mismo rey, ni vuestro Isolier, ni el
rey circasiano Sacripante, ni los famosos Grifon y Aquilante, ni otros
cien guerreros, as moros como cristianos hechos prisioneros el dia
anterior, que nicamente  m debieron su libertad. Aun no ha cesado
el asombro que les caus la extraordinaria hazaa que llev  cabo
aquel dia, mucho mayor de lo que pudiera serlo la destruccion del
ejrcito moro y del cristiano por mi solo esfuerzo. Y ahora podr
Rugiero, jven inexperto, causarme algun dao  la menor afrenta,
luchando conmigo frente  frente? Y ahora que poseo  Durindana y
la armadura de Hctor, ha de infundirme miedo ese Rugiero? Ah! Por
qu me habeis impedido demostrar si yo era capaz de obtener vuestra
posesion por medio de las armas? Si as hubiera sido, estoy seguro de
que conocerais mi valor lo bastante para prever el fin que le espera
 Rugiero. Enjugad, por Dios, esas lgrimas: no me hagais tan tristes
presagios, y estad persuadida de que mi honor, y no el guila pintada
en un escudo, es el que me obliga  batirme maana.

En estos trminos se expres el Trtaro; pero su tristsima amada opuso
tales razonamientos  los suyos, que no solo eran capaces de hacerle
mudar de propsito, sino tambien de conmover  una roca. Iba ya 
vencer su resistencia, por ms que solo pudiera oponer sus dbiles
atavos mujeriles  la armadura de Mandricardo, y ya le habia arrancado
la promesa de complacerla en el caso de que el Rey volviera  hablar
de nuevo acuerdo, como indudablemente lo habria hecho; pero tan pronto
como brill la risuea aurora, precursora del Sol, el animoso Rugiero,
deseoso de demostrar  los ojos de todos que llevaba el guila con
justo derecho, y por no oir hablar ms de treguas ni de aplazamientos,
cuando lo que anhelaba era abreviar la lucha, se present haciendo
resonar su trompa en el palenque, en cuya estacada se agolpaba una
numerosa muchedumbre.

No bien lleg  los oidos del orgulloso Trtaro el arrogante sonido
que le retaba  singular batalla, cuando salt del lecho negndose 
escuchar una palabra ms de paz, y pidi sus armas, con tan terrible
aspecto, que la misma Doralicia no se atrevi  insistir en sus
splicas, dando ya por inevitable la pelea. Mandricardo se arm
apresuradamente, esperando con la mayor impaciencia que sus escuderos
concluyeran de servirle; salt en seguida sobre el excelente corcel que
perteneci en otro tiempo al bravo defensor de Pars, y parti  escape
hcia el terreno elegido para terminar con las armas en la mano la
contienda, llegando  l al mismo tiempo que el monarca; de suerte que
no se hizo esperar mucho la seal del ataque.

Colocaron  los dos adversarios sus lucientes yelmos en la cabeza, les
entregaron sus respectivas lanzas, y el agudo sonido de los clarines,
que reson acto contnuo, demud los semblantes de mil espectadores.
Los caballeros pusieron la lanza en ristre; clavaron los acicates en
los hijares de sus corceles, y se acometieron con tal mpetu, que no
parecia sino que el Cielo iba  hundirse y  abrirse la Tierra.

Por una y otra parte se veia acudir la blanca ave que sostiene  Jove
por la region del aire, como todava se la ve volar por la Tesalia, si
bien con distinto plumaje. Al verles blandir sus macizas entenas, se
conocia la nobleza y ardimiento de uno y otro campeon, y mucho ms al
verles resistir ese choque terrible, tan vigorosamente como las torres
resisten el huracan,  los escollos  los furiosos embates de las
olas. Las lanzas volaron hechas pedazos hasta el Cielo, y segun afirma
Turpin, verdico en este punto, dos  tres de aquellos fragmentos
volvieron  caer en la Tierra encendidos, por haber penetrado en la
esfera del fuego.

Los caballeros desnudaron inmediatamente sus espadas, y sin que su
corazon diera cabida al ms mnimo temor, volvieron  acometerse,
dirigiendo cada uno la punta de su acero al rostro de su adversario.
Hirironse en la visera al primer encuentro; y aun cuando ambos
intentaban derribarse mtuamente, no quisieron matar los caballos, lo
cual fuera una cosa censurable, porque los pobres animales no tienen la
culpa de las luchas de sus seores. El que suponga que habian convenido
de antemano en respetar la vida de sus corceles, ignora la costumbre
antigua y se equivoca mucho; porque sin necesidad de pacto alguno, se
consideraba como un acto vergonzoso y digno de vilipendio el de herir
al caballo del enemigo. Hirironse en las viseras, que,  pesar de
ser muy dobles, apenas resistieron la violencia del golpe: estos se
renovaban sin cesar, cayendo sobre las armaduras ms espesos que el
granizo cuando destroza las ramas, las hojas, los frutos y destruye
las codiciadas mieses. Ya sabeis si Durindana y Balisarda tenian buen
temple, y lo que valian manejadas por tales manos.

Mas aun no se habian dado ningun golpe digno de su brazo: tan sobre
aviso estaban uno y otro! Mandricardo fu el primero en causar dao
 su enemigo, poniendo  Rugiero  punto de perecer. Uno de esos
mandobles tremendos que solo aquellos campeones sabian dar, parti
por la mitad el escudo de Rugiero, le abri la coraza  hizo penetrar
el cruel acero hasta la carne viva. Aquella terrible sacudida hel de
espanto  los circunstantes, temerosos de la suerte de Rugiero, hcia
quien se mostraban favorablemente dispuestos todos  la mayor parte de
ellos; y si la Fortuna se mostrara propicia  los deseos de la mayoria,
ya hubiera sido muerto  aprisionado Mandricardo: h aqu la causa de
que aquel golpe alcanzara  todos los presentes. Yo creo que algun
ngel se interpuso para salvar entonces al caballero.

Rugiero, ms terrible que nunca, correspondi dignamente y sin demora 
tan cruel acometida, descargando otro golpe ms violento con su espada
en la cabeza del Trtaro; pero su impetuosa clera le hizo obrar con
demasiada precipitacion, por lo cual le disculpo si entonces no hiri
de corte  su adversario. Si Balisarda le hubiera alcanzado de filo,
de nada habria servido el yelmo de Hctor,  pesar de estar encantado.
Tan aturdido dej aquel golpe  Mandricardo, que se le escap la brida
de la mano, y oscil tres veces en la silla, prximo  caer de cabeza,
mientras iba corriendo al rededor del palenque aquel Brida-de-oro; cuyo
nombre ya conoceis, que soportaba mal de su grado el peso de su nuevo
seor. La serpiente que se siente pisada  el leon herido, no sienten
una clera y un furor semejantes al del Trtaro en cuanto se rehizo del
golpe que le habia privado de sentido:  medida que crecian su ira y su
despecho, crecian tambien su fuerza y su valor. Hizo dar  Brida-de-oro
un salto hcia Rugiero, levant la espada, empinse en los estribos,
y dirigiendo el tajo al almete, crey rajarle aquella vez desde la
cabeza al pecho; pero Rugiero fu ms diligente, porque aprovechando
el momento en que su enemigo tenia el brazo levantado para herirle,
le introdujo la punta de su cortante espada en el sobaco derecho,
defendido tan solo por la cota de malla; hizo en esta un gran boquete,
y retir de nuevo su Balisarda teida en roja y humeante sangre. De
este modo impidi que Durindana cayera impetuosa sobre l con inminente
riesgo de su vida; mas no pudo evitar por completo el golpe, que le
oblig  caer sobre la grupa con los ojos cerrados por el dolor: si el
yelmo de Rugiero hubiera sido de peor temple, aquella cuchillada habria
dejado eterna memoria de sus funestos efectos.

Incansable Rugiero, atac otra vez  Mandricardo, alcanzndole con
su acero en el costado derecho: de nada sirvi la escogida calidad
del metal, ni lo perfecto de su temple, contra aquella espada que
jams caia en vano; pues estaba encantada con el nico objeto de que
no pudieran resistirle ni las corazas, ni las mallas encantadas.
Raj cuanto encontr  su paso, y caus una nueva herida en el
costado del Trtaro, el cual prorumpi en blasfemias contra el Cielo,
manifestndose tan furiosamente irritado, que el tempestuoso mar es
menos pavoroso. Para hacer un esfuerzo supremo y decisivo, arroj lejos
de s el escudo azul en que campeaba el guila blanca, y empu el
acero con ambas manos.

--Ah! exclam Rugiero: basta esta accion para probar que eres indigno
de llevar esa ensea: la abandonas ahora y antes la cortaste; ya no
podrs sostener que te es necesaria.

Al decir estas palabras, sinti caer  Durindana sobre su cabeza con
tanta furia, que le habria parecido menor el peso de una montaa. El
acero le parti por medio la visera, y fu una suerte para l que se
hallase separada del rostro: desde all baj hasta el arzon, que 
pesar de estar forrado con dos chapas de hierro no opuso resistencia; y
lleg al fin al arns, abrindole cual si fuese de cera, juntamente con
la mantilla que le cubria,  hiri tan gravemente  Rugiero en un muslo
que su curacion fu despues larga y penosa.

Dos regueros de sangre teian ya las armas de ambos combatientes:
los circunstantes no podian calcular quin llevaba la mejor parte
en aquella lucha. Pero Rugiero disip pronto esta duda por medio de
su espada, tan funesta para muchos; pues esgrimindola de punta, la
dirigi hcia el sitio que el Trtaro dej en descubierto despues de
haber arrojado su escudo. El acero atraves la coraza por el lado
izquierdo, en donde penetr ms de un palmo, abrindose paso hasta el
corazon; por lo cual Mandricardo tuvo que renunciar  sus pretendidos
derechos sobre el guila blanca y sobre la famosa espada de Orlando,
renunciando al mismo tiempo  su vida, que le era mucho ms preciosa
que la espada  el escudo. Pero no expir sin venganza: en el momento
en que recibia el golpe mortal, descarg precipitadamente la espada,
que tan sin derecho estaba en su poder, sobre Rugiero, al cual habria
partido la cabeza, si este jven guerrero no le hubiese privado
antes de su fuerza y debilitado su vigor. Sin embargo, Mandricardo
pudo herir  Rugiero en el momento mismo en que este le arrancaba
la vida, rompiendo con su Durindana un crculo de hierro bastante
grueso y una cofia de acero: la espada del Trtaro desgarr la piel
y traspas los huesos, penetrando ms de dos dedos en la cabeza del
amante de Bradamante que cay aturdido en la arena, vertiendo un rio
de sangre por su herida. Rugiero fu el primero en medir el suelo: su
adversario tard aun algunos instantes en caer, por lo cual creyeron
todos los circunstantes que Mandricardo era el vencedor; y hasta la
misma Doralicia, que todo aquel dia habia pasado por mil distintas
alternativas de afliccion y alegra, particip del error comun, y elev
las manos al Cielo en accion de gracias al Eterno por que hubiese
tenido tal trmino la pelea. Pero cuando por algunas seales harto
manifiestas apareci vivo el que vivia y sin vida el muerto, sustituy
la satisfaccion  la tristeza en el pecho de los amigos de Rugiero.

El Rey, los prncipes y los caballeros ms nobles corrieron  abrazar
al jven hroe, que se levantaba penosamente, y le felicitaron
ensalzando su victoria hasta lo infinito: todos se alegraban del
triunfo de Rugiero, expresando sus lbios lo que su corazon sentia,
menos Gradasso que pensaba de un modo muy diferente de como se
expresaba, y si en su rostro se veia retratado un fingido gozo,
envidiaba en su interior tan gloriosa victoria, y maldecia el destino 
la casualidad que hizo salir de la urna el nombre de Rugiero.

Cmo podr describir los plcemes y los innumerables agasajos, llenos
de cario y sinceridad, que el monarca africano prodig aquel dia 
Rugiero, sin cuyo auxilio no habia querido desplegar al viento su
banderas, ni salir de frica, ni arrostrar los azares de la guerra, 
pesar de las numerosas huestes con que contaba? Pero despues de haber
dado muerte al hijo del rey Agrican, tenia  su vencedor en ms que 
todos los guerreros del mundo reunidos. Y no eran solamente los hombres
los que celebraban  porfa la intrepidez de Rugiero, sino tambien las
hermosas damas que habian acudido al territorio franco desde frica y
Espaa con los ejrcitos sarracenos: hasta la misma Doralicia, que,
baada en llanto, se dolia de su afliccion junto al helado cadver de
su amante, hubiera tal vez imitado  las dems, si no la contuviera
la vergenza. Esto lo supongo, ms no lo afirmo, aun cuando es muy
posible; porque adems de que la belleza, los mritos, el noble aspecto
y los atractivos de Rugiero rendian todos los corazones, sabemos por
experiencia que Doralicia era tan veleidosa, que por no verse privada
de amor, habria fijado sin dificultad su pensamiento en el jven
guerrero. Mandricardo le convenia mientras estaba vivo; pero qu habia
de hacer de l despues de muerto? Forzoso seria sustituirle con otro
amante apuesto, vigoroso y dispuesto  calmar el ardor de sus deseos.

En el nterin habia llegado con presteza el mdico ms hbil de la
corte, el cual, despues de examinar todas las heridas de Rugiero,
declar que no eran mortales. Agramante hizo llevar  su tienda
al herido, deseando tenerle  su lado dia y noche para demostrarle
su afecto y sus solcitos cuidados. Suspendi por su propia mano 
la cabecera de su lecho, el escudo y todas las armas que fueron de
Mandricardo, excepto Durindana, que entreg al rey de Sericania.
Juntamente con dichas armas puso  disposicion de Rugiero 
Brida-de-oro, aquel arrogante corcel que Orlando abandonara al ser
acometido por su delirante furor. Rugiero, deseoso de ofrecer al
afectuoso monarca un obsequio que no podia menos de serle grato,
le regal este mismo caballo. Pero cesemos por ahora de hablar del
hroe, y volvamos  ocuparnos de quien por l gime y suspira en vano.
Fuerza me ser describir los amorosos tormentos que aquella prolongada
expectativa hacia sufrir  Bradamante.

Al regresar Hipalca  Montalban, se apresur  comunicar  la jven
las noticias que con tan viva impaciencia esperaba, refirindole
primeramente cuanto le sucedi con Rodomonte por causa de Frontino;
despues le manifest cmo habia encontrado  Rugiero en la fuente con
Riciardeto y los hermanos de Agrismonte, y cmo se alej en compaa
del jven guerrero con la esperanza de encontrar al Sarraceno y
castigarle por la felona que habia cometido con una dama al apoderarse
del corcel que llevaba: aadile que se habia frustrado su designio por
haberse marchado Rodomonte por otro camino, y le di cuenta por ltimo
de la causa que impedia  Rugiero ir  Montalban, sin olvidar ninguna
de las palabras que en su descargo le habia encomendado el jven que
trasmitiera  Bradamante. Despues se sac del seno la carta que para
ella le habia dado su amante, y se la entreg.

Bradamante, con rostro ms bien turbado que sereno, ley aquella carta,
que le habria satisfecho mucho ms, si no estuviese de antemano
consentida en ver  Rugiero. El temor, el despecho y la tristeza que
le caus la recepcion de una simple misiva, en vez del amante  quien
esperaba, turbaron la serena tranquilidad de su rostro,  pesar de lo
cual bes cien y cien veces la carta, dirigiendo su corazon al que la
habia escrito. Sus ardientes suspiros habrian abrasado aquel papel, 
no haberlo impedido las lgrimas que sobre l derram. Ley cinco 
seis veces su contenido,  hizo que Hipalca le repitiera otras tantas
todos los detalles de su entrevista con Rugiero. Las lgrimas no la
abandonaban un momento, y es de creer que no hubiera tenido trmino su
llanto, si no lo calmara la esperanza y el consuelo de ver pronto  su
amado. Este habia prometido ir  Montalban en el trmino de quince 
veinte dias, y as se lo habia asegurado  Hipalca, jurndole que no
dejaria de cumplir su promesa.

--Y quin me asegurar, exclamaba Bradamante, que no le puede
sobrevenir alguno de esos accidentes que ocurren en todas partes, y
mucho ms en medio de los azares de la guerra, y le aparte tanto de su
propsito que le impida para siempre su regreso? Ay de m! Rugiero,
ay de m! Quin podria creer que amndote yo ms que  m misma, no
tuvieras reparo en sacrificar mi amor por dedicarlo  tus enemigos
ms irreconciliables? Das tu generosa ayuda  los mismos que debieras
oprimir: y en cambio oprimes  los que debes auxiliar. Al ver que tan
ciegamente premias  castigas, dudo si es baldon  es alabanza lo que
crees merecer. Tu padre fu inmolado por Trojano; debes saberlo, porque
hasta las piedras tienen noticia de esta muerte; y t, sin embargo,
procuras que el hijo de Trojano no tenga que sufrir dao ni deshonra.
Es as como vengas  tu padre, Rugiero? Toda la recompensa que  tus
ojos merecen los que le han vengado, consiste en hacerme morir de pena
y de dolor,  m, que soy de la misma sangre de sus vengadores?

Tales reconvenciones dirigia la afligida Bradamante, no una, sino
muchas veces,  su ausente Rugiero, con voz ahogada por su llanto.
Hipalca procuraba consolarla, asegurndole que el guerrero guardaria
eternamente sus juramentos, y aconsejndole que le esperase, ya que
no podia hacer otra cosa, hasta el dia fijado por l mismo para su
regreso. Las consoladoras palabras de Hipalca, y la esperanza que
jams abandona  los amantes, lograron calmar el temor, el llanto y la
afliccion de Bradamante. Decidiose, pues,  permanecer en Montalban
hasta que terminara el plazo designado por Rugiero y tan mal observado
por l, aunque si falt  su promesa, no tuvo por cierto la culpa;
pues juguete de acontecimientos diversos, se vi obligado  aplazar el
trmino pactado. Por otra parte, sus heridas exigieron que yaciese ms
de un mes tendido en el lecho  las puertas de la muerte: tanto fu lo
que se agravaron despues de su lucha con el Trtaro.

La enamorada jven le esper ansiosa  intilmente todo el dia, sin
tener otras noticias de Rugiero que las suministradas por Hipalca y
despues por su hermano, que le di cuenta del desinteresado auxilio
que le prest el jven y de la libertad devuelta por l  Malagigo y
Viviano. Estas noticias, en extremo gratas para su corazon, produjeron
en l cierta amargura. Riciardeto le habia ponderado el gran valor y
la belleza de Marfisa, y le habia aadido que Rugiero se march en
su compaa, diciendo que debian dirigirse  auxiliar  Agramante,
acorralado y sin fuerzas para sostenerse ya en su campamento.
Bradamante aprob que Rugiero fuera tan dignamente acompaado; pero
ni pudo aplaudirlo ni alegrarse, por lo mismo que oprimia su pecho
una cruel sospecha. Si Marfisa era tan bella como pregonaba la fama,
y hasta aquel dia habian viajado siempre juntos, seria un milagro que
Rugiero no la amase ya. Desechaba despues esta idea, y esperaba y
temia al mismo tiempo, aguardando con zozobra el dia que debia hacerla
dichosa  desventurada, sin alejarse un solo momento de Montalban.

Sucedi por entonces que el Seor del castillo, el primero de sus
hermanos (no por la edad, pues habia dos mayores que l, sino por su
ilustre fama), Reinaldo, en fin, cuya gloria y esplendor se reflejaban
en su familia como los rayos del Sol en las estrellas, lleg un dia
al castillo  la hora de nona[34], no llevando ms que un paje en
su compaa. La causa de su venida consisti en que, al regresar un
dia desde Brava  Paris, camino que, segun he dicho, recorria con
frecuencia por ver si lograba dar con las huellas de Anglica, lleg
 sus oidos la fatal noticia de que Malagigo y Viviano iban  ser
entregados al de Maguncia, por lo cual se encamin  Agrismonte. All
supo que se habian salvado con la destruccion y muerte de todos sus
adversarios; que  Marfisa y Rugiero se debia tan herica y humanitaria
accion, y que sus hermanos y primos estaban ya de vuelta en Montalban.
Impaciente entonces por estrecharlos contra su pecho, le parecia un
ao cada hora que pasaba sin verlos, y vol hcia el castillo, donde
tuvo el placer de abrazar  su madre, su mujer, sus hijos y sus
hermanos, as como  los primos que habian gemido hasta entonces en la
cautividad, asemejndose, cuando se vi rodeado de todos sus parientes,
 la golondrina que regresa al nido de sus hambrientos hijuelos
llevndoles el alimento en el pico.

       [34] Una de las horas en que los romanos dividian el dia, y
       equivale  las tres de la tarde.

[Ilustracin: Regreso de Reinaldo  su castillo.
                                                          (Canto XXX.)]

Habiendo descansado un dia  dos en el castillo paterno, se ausent
de nuevo haciendo que le acompaaran sus hermanos Riciardo, Alardo,
Riciardeto y Guiciardo el mayor de ellos, as como Malagigo y Viviano,
todos los cuales tomaron las armas y siguieron al valiente Paladin.
Bradamante, esperando que se aproximara el tiempo que tan lentamente
transcurria para su anhelante deseo, dijo  sus hermanos que se hallaba
indispuesta, y se excus de ir con ellos. Con harta razon les manifest
que estaba enferma; pero no por causa de la fiebre  de algun dolor
fsico, sino por el deseo que excitaba su alma y la hacia padecer una
languidez amorosa.

Reinaldo no quiso detenerse ms en Montalban, y se llev consigo la
flor de los guerreros de su familia. El canto siguiente os dir cmo se
acerc  Paris, y cunto auxilio di  Carlomagno.




CANTO XXXI.

  Guido combate con Reinaldo; pero conocindose despues mtuamente,
  suspenden la lucha y se prodigan las mayores muestras de
  cario.--Siguen su marcha  Paris, y derrotan  las gentes de
  Agramante.--Brandimarte encuentra  Rodomonte mientras iba
  en busca de Orlando, y se bate con l, saliendo vencedor el
  Sarraceno.--Reinaldo sostiene una lucha ms terrible con el rey de
  Sericania, por haberse empeado este en arrebatar al Paladin su
  caballo Bayardo.


Qu otro estado puede haber ms dulce y ms placentero que el de un
corazon enamorado? Qu otra existencia ms feliz y ms envidiable
que la del que est sujeto al yugo del amor, si el hombre no se
viera excitado continuamente por esa cruel sospecha, ese temor, ese
martirio, ese frenes, esa rabia, en fin, que llaman celos? Cualquiera
otra amargura que se interponga entre los suavsimos deleites del
amor no hace ms que aumentar, perfeccionar y purificar, si cabe, su
exquisita delicadeza. La sed hace que el agua nos parezca sabrosa y
agradable, y el hambre permite que apreciemos mejor los manjares que
la satisfacen: el que no ha experimentado los desastres de la guerra,
desconoce el inapreciable valor de la paz. Aun cuando los ojos no ven
lo que nunca se aparta del corazon, el de todo amante se resigna  la
ausencia del objeto amado; pero al regresar este, la alegra es tanto
mayor cuanto ms prolongada ha sido la ausencia. Puede soportarse el
yugo del amor cuando este no es correspondido, si nos queda algun
indicio de esperanza; pues tarde  temprano se alcanza la recompensa
que la constancia merece. Los desdenes, las negativas, todas las
penas y los martirios que el Amor ocasiona, redundan en su mismo
beneficio; porque el placer que ms nos ha costado conseguir, es el
que se disfruta con mayor deleite. Pero si el contagio infernal de los
celos derrama su mortfero veneno en un alma agitada y predispuesta 
recibirlo, no logra el amante destruir sus perniciosos efectos, aun
cuando su presencia devuelva la alegra y el consuelo  aquella alma
atormentada. Los celos producen la ms cruel y emponzoada de las
heridas, contra la que no valen medicinas, ni emplastos, ni exorcismos,
ni hechiceras, ni la prolongada observacion de los astros, ni todos
los experimentos que durante su vida pudo hacer Zoroastro, el inventor
del arte mgica: herida terrible, que hace sentir al hombre todos los
dolores conocidos, y le mata de desesperacion.

Oh llaga incurable, tan fcilmente impresa en el corazon de un amante
por la ms leve sospecha, falsa  verdadera! Llaga que se apodera
del hombro hasta el punto de ofuscarle la razon y la inteligencia y
alterar por completo su primitivo aspecto! Oh celos incuos, que
tan injustamente habeis arrebatado  Bradamante todo consuelo! No me
refiero ahora precisamente  lo que Hipalca y Riciardeto le dijeron, y
que tan amargamente impreso qued en su corazon, sino  otra noticia
infausta y desconsoladora que recibi algunos dias despues. Todo cuanto
he dicho hasta ahora es nada en comparacion de lo que tengo aun que
referiros; pero lo aplazo para otra ocasion, pues antes es preciso que
volvamos  reunirnos con Reinaldo y sus compaeros, que se dirigian 
Pars.

Hacia la tarde del segundo dia de viaje, encontraron  un caballero,
cuya sobrevesta y escudo eran negros, si bien el segundo estaba
atravesado por una faja blanca. Aquel caballero iba acompaando  una
dama. En cuanto estuvo  corta distancia de Reinaldo y sus compaeros,
desafi  Riciardeto, que iba delante de todos, y que por su aspecto
parecia un animoso campeon: Riciardeto, pronto siempre  aceptar
tales proposiciones, volvi riendas, tom el terreno necesario, y sin
decirse una sola palabra ni preguntarse siquiera su condicion, se
lanzaron de improviso uno contra otro. Reinaldo y los dems caballeros
se hicieron  un lado para ver el resultado de aquel encuentro.--No
tardar en derribar  mi adversario, si consigo que mi lanza tropiece
donde acostumbro  dirigir el bote, decia para s Riciardeto; pero el
efecto no correspondi  su intencion: el caballero le di una lanzada
en la visera del casco con tal violencia, que lo arranc de la silla
y lo ech  rodar por el camino  bastante distancia de su caballo.
Alardo quiso encargarse en el acto, de vengarle, y  su vez midi el
suelo, aturdido y maltrecho: tan terrible fu aquel encuentro, del que
sali adems con el escudo hecho pedazos. Guiciardo enristr sin demora
la lanza, en cuanto vi  sus hermanos por el suelo;  pesar de que
Reinaldo gritaba: Detente, detente, que ahora me toca  m. Aun no
se habia puesto el casco, cuando ya Guiciardo se precipitaba sobre su
adversario; pero no supo sostenerse mejor que los dos anteriores, y sin
saber cmo se encontr tendido  su lado.

Riciardo, Viviano y Malagigo quisieron hacer frente al guerrero
desconocido; mas Reinaldo, armado ya completamente, interrumpi su
generosa porfa, exclamando:

--Necesitamos estar pronto en Pars, y llegaramos demasiado tarde,
si tuviese que esperar  que cada uno de vosotros fuese derribado
sucesivamente.

Pronunci estas palabras de modo que no le oyeron los dems; pues de lo
contrario hubiera sido una injuria demasiado grave para ellos.

Reinaldo y su contendiente tomaron el terreno necesario, y se
acometieron con sin igual violencia. Rudo fu el choque; pero el
Paladin, que valia por s solo tanto como todos sus compaeros juntos,
permaneci firme en la silla: las lanzas se hicieron aicos, como
si fueran de vidrio; mas ninguno de los combatientes se inclin una
sola lnea hcia atrs. Los corceles chocaron uno contra otro con tal
fuerza, que se vieron obligados  doblar los cuartos traseros: Bayardo
se rehizo al momento, de modo que apenas interrumpi su carrera; pero
el caballo del guerrero negro sali con la columna vertebral rota,
y cay sin vida. El caballero, al ver muerto  su corcel, dej los
estribos y se puso rpidamente en pi, diciendo al hijo de Amon, que se
dirigia hcia l sin empuar otra arma:

--Seor: el sentimiento que me ha causado la muerte de este corcel,
 quien tuve en grande estima mientras vivi y del que acabas de
privarme, no me permite dejarle sin venganza, porque va en ello mi
honra: as, pues, preprate  empezar de nuevo el combate; pero te
aconsejo que eches mano de toda tu bravura para defenderte de m.

Reinaldo le respondi:

--Si la prdida de ese caballo es el nico motivo que tienes para
renovar la lucha, te dar uno de los mios no menos excelente que el
tuyo, y de este modo quedar aquella recompensada.

--Equivocado ests, replic el desconocido, si me crees tan cuidadoso
por la carencia de caballo. Veo que no has comprendido bien mi idea,
por lo cual me explicar con ms claridad. Quiero decir que creeria
cometer una gran falta al retirarme sin haber experimentado tu valor
espada en mano, y sin llevar la seguridad de que tu esfuerzo es igual
al mio,  si vales ms  menos que yo. Contina  caballo  apate de
l: lo dejo  tu albedro; pues con tal que sostengas la lucha, estoy
dispuesto  concederte toda clase de ventajas, segun lo que me estimula
el deseo de conocer por m mismo si sabes manejar la espada.

Reinaldo le respondi al momento, y sin la menor vacilacion:

--Acepto el desafo; y  fin de que combatas sin recelo, y no puedas
desconfiar de mis compaeros, har que se alejen hasta que me reuna con
ellos, y nicamente quedar conmigo un paje para guardar mi caballo.

Al decir esto, previno  sus compaeros que le dejasen solo. Esta
muestra de delicadeza del Paladin lo enalteci sobremanera en el
concepto del guerrero incgnito. Reinaldo se ape, entreg las riendas
de Bayardo  uno de sus escuderos, y en cuanto hubo perdido de vista
 sus parientes, embraz el escudo, desnud el acero y se puso  las
rdenes de su adversario. Inmediatamente se trab entre ellos la lucha
ms terrible que pudiera haberse visto, quedando ambos asombrados
de hallar una resistencia tan tenaz y prolongada en su adversario
respectivo: mas as que conocieron su mtuo denuedo, dejaron  un lado
el orgullo  el furor que pudiera perjudicarles, y procuraron conservar
su sangre fria para aprovechar todas las ventajas que les concedia su
experiencia en los combates. Resonaban  gran distancia con horrible
fragor los golpes despiadados y crueles que se daban: cada cuchillada
hacia volar fragmentos de sus recios escudos, desgarraba sus cotas
de malla  arrancaba los clavos de sus corazas. Persuadidos ambos de
que el ms lijero descuido podia ocasionarles un dao inmenso, y no
queriendo ceder una pulgada de terreno, ponian tanto cuidado en herir
como en parar los golpes.

Ms de hora y media duraba ya el combate: el Sol se habia ocultado bajo
las olas; las tinieblas de la noche se extendian hasta los lmites del
horizonte, y sin embargo, los combatientes no se daban tregua ni reposo
alguno, como si el dio  la venganza, y no el deseo de gloria, fuera
el nico motivo de su ruda pelea. Reinaldo no cesaba de pensar en quin
podria ser aquel caballero tan esforzado, que se defendia de sus golpes
con tanto vigor y audacia, que ms de una vez habia puesto su vida en
peligro, y cuyos ataques le tenian ya rendido y fatigado, hasta el
extremo de inspirarle alguna inquietud el resultado del combate, y de
desear que este terminara pronto, con tal de sacar ileso su honor. El
guerrero desconocido, por su parte, no sospechaba siquiera que fuese
el seor de Montalban, tan famoso entre todos los guerreros del mundo,
aquel con quien luchaba por un motivo de tan escasa importancia: solo
sabia que era imposible hallar un hombre ms sobresaliente en el manejo
de las armas. Se arrepentia ya de haber acometido la empresa de vengar
la muerte de su caballo, y de buen grado pondria fin  aquella danza,
si no le resultara algun baldon.

Era ya tan densa la oscuridad, que erraban casi todos sus golpes: no
sabian donde descargarlos ni cmo pararlos, y apenas se distinguian
sus espadas en la mano. Por fin, el seor de Montalban se decidi 
proponer que no continuaran batindose  oscuras, y que valia ms
diferir la contienda para cuando el sooliento Arcturo[35] se hubiese
alejado con la noche. Invit en seguida  su rival  que pasara 
descansar en su tienda, ofrecindole que estaria en ella tan seguro,
honrado y agasajado como en el mejor castillo  cuya puerta hubiera
pedido hospitalidad. El caballero incgnito acept la oferta sin
hacerse rogar mucho, y ambos se dirigieron al sitio en que habian
plantado sus tiendas los compaeros de Reinaldo. El Paladin cogi
entonces el caballo de uno de sus escuderos, y regal  su corts
adversario aquel corcel, que era un animal soberbio, ricamente
enjaezado y  propsito para toda clase de combates.

       [35] Nombre griego dado  la constelacion conocida con el nombre
       de _Osa menor_.

El caballero negro habia oido  Reinaldo pronunciar su propio nombre
antes de reunirse con sus parientes, y conociendo entonces que el
guerrero con quien acababa de pelear era su propio hermano, sinti su
corazon conmovido por la ms dulce y afectuosa solicitud, y derram
lgrimas de gozo y de ternura. Aquel guerrero era Guido el Salvaje;
el mismo que, segun recordareis, habia viajado por mar mucho tiempo
en compaa de Marfisa, Sansonetto y los hijos de Olivero. El traidor
Pinabel le impidi ver ms pronto  su familia, por haberle tenido
cautivo y obligado  defender la incua costumbre establecida por l.
Al oir Guido que aquel caballero era Reinaldo, el ms famoso de los
hroes conocidos,  quien habia deseado ver con mayor vehemencia que el
ciego la perdida luz, exclam lleno de jbilo:

--Ah Seor! qu fatalidad me ha arrastrado  pelear con vos,  quien
por espacio de tanto tiempo he amado y amo, y  quien deseo manifestar
mi inmenso respeto? Yo soy Guido, descendiente, como vos, de la sangre
ilustre del generoso Amon. Constanza fu mi madre, y nac en las
lejanas costas del mar Euxino[36]. La causa de mi venida  este pas
no es otra que el ardiente deseo de conoceros y de conocer asimismo 
mis dems parientes; y sin embargo, en vez de honraros, como era mi
intencion, veo que os he causado una grave injuria. Srvame de excusa
para tan lamentable error la circunstancia de no haberos conocido:
decidme cmo podr borrar mi falta, pues  todo estoy dispuesto para
lograrlo.

       [36] Antiguo nombre del mar Negro.

Despues de abrazarse y de darse recprocamente las mayores muestras de
cario, Reinaldo le respondi:

--No teneis por qu arrepentiros del combate que habeis sostenido
conmigo; pues para probarme que sois un digno vstago del rbol de
nuestro linaje, no podais haberme ofrecido mejor testimonio que el
gran valor de que habeis dado tan arrogantes muestras. No merecerais
tanto crdito, si vuestras costumbres hubieran sido ms tranquilas y
pacficas; pues el leon no engendra al gamo, ni el guila  el halcon 
la paloma.

Hablando de esta suerte, llegaron  la tienda, donde Reinaldo manifest
 sus compaeros que aquel caballero era Guido  quien deseaban conocer
tanto tiempo hacia. Todos le acogieron con sumo gozo, y  todos les
pareci que se asemejaba  su padre. No me detendr en explicar la
acogida que le hicieron Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos,
as como Viviano, Aldigiero y Malagigo, sus primos, ni repetir tampoco
las cariosas frases que mtuamente se dirigieron; solo dir, en
conclusion, que fu cordialmente recibido por todos ellos.

Si en todo tiempo hubiera sido grata  sus hermanos la presencia de
Guido, lo fu para ellos mucho ms en aquella ocasion en que tan
tiles podian serles sus auxilios. Apenas el nuevo Sol sali del seno
de las aguas, coronado de luminosos rayos, cuando Guido emprendi la
marcha con sus hermanos y primos bajo el estandarte de Montalban. Tan
rpidamente caminaron por espacio de dos dias, que llegaron  la orilla
del Sena,  unas diez millas de las asediadas murallas de Paris, donde
su buena fortuna hizo que encontrran  Grifon el blanco y Aquilante el
negro, los dos guerreros de impenetrable armadura, hijos de Gismunda
y de Olivero. Estaban conversando con una doncella que por su aspecto
no parecia de condicion humilde, pues vestia un rico traje blanco,
adornado con franjas de oro: su rostro era plcido y bello; aun cuando
lo anublaba algun tanto el llanto y la tristeza: en la expresion de
sus facciones y en sus ademanes se conocia que hablaba de cosas muy
importantes.

Guido conoci al instante  entrambos caballeros, y fu conocido
tambien por ellos, en atencion  que no hacia muchos dias que se habian
separado.

--H ah, dijo  Reinaldo, dos guerreros  quienes pocos aventajan en
valor: si llegaran  reunirse con nosotros en defensa de Crlos, seguro
estoy de que los sarracenos no se atreverian  hacernos frente.

Reinaldo confirm la opinion de Guido, manifestando que los dos
hermanos eran unos perfectos campeones. Tambien l los habia conocido
en el esmerado adorno de sus personas y en las sobrevestas, blanca
la del uno y negra la del otro, que llevaban constantemente sobre
la armadura. Grifon y Aquilante se apresuraron  saludar  Guido, 
Reinaldo y sus hermanos, y olvidando antiguas disensiones, estrecharon
amistosamente al seor de Montalban entre sus brazos. En otro tiempo
se batieron con encarnizamiento por culpa de Trufaldin, cuya aventura
seria larga de contar; pero  la sazon se acogieron con cario
fraternal, dando su rencor al olvido. Reinaldo se volvi despues 
Sansonetto, que habia tardado un poco ms en reunirse con ellos, y le
salud con la reverencia debida  su reconocido valor, del que estaba
ya plenamente informado.

En cuanto la doncella vi llegar  Reinaldo y le hubo conocido (pues
trataba  todos los paladines), le comunic una noticia harto triste.

--Seor, le dijo, tu primo Orlando,  quien tanto deben la Iglesia
y el Imperio; ese hroe tan famoso y tan prudente hasta ahora, ha
perdido el juicio y vaga errante por el mundo. Ignoro las causas de un
suceso tan extraordinario como deplorable; pero s puedo asegurarte
que he visto su espada y sus dems armas esparcidas por el campo; y he
visto adems cmo un caballero corts y compasivo las fu recogiendo
una  una, y form con ellas un hermoso trofeo, colgndolas en un
arbusto, de donde el hijo de Agrican arranc aquel mismo dia la espada,
quedndose con ella. Gran desgracia ha sido para los cristianos el que
Durindana haya vuelto otra vez  poder de los infieles! Mandricardo
se apoder asimismo de Brida-de-oro, que vagaba libremente en derredor
de las armas de su dueo. Aun no hace muchos dias, que v  Orlando
correr desnudo por los montes, sin rubor y sin conocimiento, lanzando
gritos y aullidos espantosos: en resmen, te afirmo que est loco, y
nunca hubiera podido dar crdito  un acontecimiento tan cruelmente
deplorable,  no verlo por mis propios ojos.

Despues refiri cmo le habia visto caer del puente abajo, luchando 
brazo partido con Rodomonte.

--Hablo de estos sucesos, aadi la doncella, con todos aquellos 
quienes creo amigos de Orlando, para ver si entre tantos hay alguno
que, movido  compasion, procure traerlo  Paris   otro sitio seguro,
donde permanezca hasta recobrar la razon.

Aquella dama era la bella Flor-de-lis,  quien Brandimarte amaba ms
que  s mismo, la cual se dirigia  Pars por ver si all lograba
encontrar  su amante. Puso tambien en conocimiento de Reinaldo las
disputas y combates sostenidos entre el Sericanio y el Trtaro por la
posesion de Durindana; dicindole por ltimo, que  causa de la muerte
de Mandricardo, habia pasado  poder de Gradasso.

Al recibir una noticia tan extraordinaria como triste, Reinaldo
prorumpi en desconsoladores lamentos, sintiendo que su corazon se
deshacia en llanto, lo mismo que el hielo se deshace al calor de los
rayos del Sol. Al instante form la incontrastable resolucion de buscar
 Orlando, donde quiera que se hallara, lisonjendose de antemano
con la esperanza de obtener su curacion si llegaba  encontrarle;
pero ya que por la voluntad del cielo,  por efecto la casualidad se
habia reunido en aquel sitio un grupo de guerreros tan escogidos, no
quiso alejarse de all sin poner antes en fuga  los sarracenos, y
obligarles  levantar el asedio de Pars. Crey, no obstante, oportuno
diferir el ataque hasta que se hiciera completamente de noche, lo cual
redundaria en ventaja suya, y resolvi por lo tanto acometer al enemigo
hcia la tercera  cuarta vigilia, cuando el agua del Leteo hubiera
esparcido el sueo por todos los prpados.

Hizo que sus compaeros se retiraran  un bosque, donde permanecieron
ocultos durante el resto del dia; pero en cuanto el Sol, dejando 
la Tierra envuelta en la oscuridad, regres al seno de su antigua
nodriza, y los osos, cabras, serpientes y otras fieras[37], que
habian estado ocultas mientras brillaba el ms resplandeciente de los
astros, adornaron el cielo, Reinaldo puso en movimiento su silenciosa
hueste, y seguido de Grifon, Aquilante, Viviano, Alardo, Guido y
Sansonetto, se adelant cosa de una milla  sus dems compaeros, con
paso cauteloso y sin proferir una sola palabra. Hall dormidos  los
guardias de Agramante; los pas  cuchillo sin perdonar  uno solo
la vida, y lleg en seguida hasta el centro del campamento moro con
tanto sigilo, que no fu visto ni oido. Tan destrozada dej Reinaldo
la primera guardia que encontr en el campo de los infieles, que
no qued un solo guerrero con vida; de suerte que los sarracenos,
soolientos, aterrados  inermes, no pudieron oponer gran resistencia
al choque irresistible de sus impetuosos acometedores. Para infundir
mayor espanto en los sorprendidos mahometanos, hizo Reinaldo que sus
compaeros lanzaran penetrantes gritos, mezclando con los sonidos de
sus trompas y clarines su nombre invencible y famoso. Lanz al combate
 su Bayardo, y el noble bruto, animado del mismo ardor que su dueo,
traspuso de un salto las barreras, derrib ginetes, aplast peones,
y destroz pabellones y barracas. Al oir resonar por el aire los
formidables nombres de Reinaldo y Montalban, no hubo un solo soldado en
el ejrcito pagano, por valiente que fuese,  quien no se le erizaran
los cabellos. Espaoles y africanos empezaron  huir en confuso tropel,
sin perder tiempo en recoger sus armas y equipages; pues ninguno queria
detenerse  probar los crueles efectos del impulso asolador de sus
enemigos. Guido iba en pos de Reinaldo, y tanto l como los dos hijos
de Olivero, Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, imitaban las
hericas acciones del Paladin: Sansoneto se abria ancho camino con su
espada, y Aldigiero y Viviano daban evidentes pruebas de su destreza en
el manejo de las armas: todos, en fin, competian en denuedo y bizarra,
agrupndose en torno del estandarte de Claramonte.

       [37] Alusion  las constelaciones llamadas _Osa mayor y menor_,
       las _cabrillas_, etc.

Reinaldo tenia en Montalban y en las aldeas inmediatas setecientos
soldados acostumbrados  soportar en todo tiempo las fatigas de la
guerra, aunque no tan malos como los mirmidones de Aquiles[38]. Cada
uno de por s era tan ardoroso en el combate, que mil contrarios no
hubieran podido hacer huir  un centenar de ellos, y puede asegurarse
que muchos de tales soldados competirian ventajosamente con los
caballeros ms afamados. Aun cuando Reinaldo no poseia grandes riquezas
en tesoros ni en ciudades, su generosidad, sus modales francos y su
sencillez le habian granjeado la estimacion y el cario de aquellos
soldados, en trminos de que ni uno solo quiso abandonar jams su
bandera,  pesar de las ms brillantes ofertas. El Paladin no alejaba
nunca de Montalban  su pequeo ejrcito, excepto cuando  ello le
obligaba una necesidad imperiosa; pero entonces, deseando prestar 
Carlomagno un eficaz auxilio, se decidi  dejar en su castillo una
guarnicion muy reducida, y acudi con sus tropas  atacar  Agramante.
Los pocos centenares de hombres, de quienes acabo de ocuparme, hicieron
en los sarracenos el mismo estrago que causa el lobo voraz en los
rebaos de ovejas que pastan en las orillas del falanteo Galeso[39],
 el terrible leon en los de cabras que se apacientan junto  las
mrgenes del brbaro Cinifio[40].

       [38] Los mirmidones habitaban una comarca de la Tesalia que
       componia parte del reino de Aquiles. Tambien habia mirmidones,
       en la isla de Egna, y segun cuenta la fbula, Jpiter convirti
       las hormigas de la isla en hombres despues del diluvio.

       [39] Pequeo rio del reino de Npoles que desagua en el golfo
       de Tarento, cuyo golfo debe su nombre  la ciudad fundada por
       Falanto, de quien se ha hecho mencion en otra nota del canto XX.

       [40] Nombre antiguo de un rio de frica, en el estado de
       Trpoli, hoy llamado Guad-Quaham.

Reinaldo habia dado al Emperador aviso prvio de su llegada  las
inmediaciones de Pars, y de su intencion de asaltar por la noche de
improviso el campamento mahometano: en virtud de dicho aviso, hizo
Carlomagno los preparativos convenientes, y cuando lleg el momento
oportuno, acudi en auxilio del Seor de Montalban con sus Paladines
y con el hijo del rico Monodante, el prudente y leal amante de
Flor-de-lis,  quien esta jven habia ido buscando en vano durante
tantos dias por casi toda la Francia. La doncella conoci  Brandimarte
desde lejos por la ensea que acostumbraba llevar, y en cuanto l la
conoci  su vez, dej el combate, y lleno de gozo, corri  abrazarla
estampando en sus mejillas mil cariosos besos. En los tiempos antiguos
se tenia tal confianza en la virtud de las doncellas y de las mujeres,
que las dejaban viajar sin compaa alguna por montes y llanuras y por
los pases extranjeros:  su regreso las tenian por tan buenas y puras
como al partir, sin que en el corazon de los amantes  de los maridos
se albergara la ms lijera sospecha en contra de su honestidad.

Flor-de-lis se apresur  participar  su amante que Orlando se habia
vuelto loco. Parecile  Brandimarte tan increible y desconsoladora
aquella noticia, que  haberla oido de otros lbios, la habria tenido
por una calumnia; pero no pudo dudar de la veracidad de la hermosa
Flor-de-lis,  quien solia dar crdito en cosas ms graves. Afirmle
la doncella, que no habia oido, sino visto por sus propios ojos tan
lamentable desgracia, y que conocia perfectamente al Conde  quien
solia tratar con alguna intimidad: le dijo el sitio y el momento en que
le vi, y le describi el puente peligroso donde Rodomonte se oponia al
paso de todos los caballeros, si no le entregaban sus ropas y sus armas
para engalanar con ellas un sepulcro suntuoso construido por su rden.
Aadi que habia presenciado la furiosa locura de Orlando, vindole
llevar  cabo cosas horribles y prodigiosas, y concluy describiendo
la lucha del Paladin con el Pagano, que estuvo  punto de perecer
sepultado en las aguas.

Brandimarte, que amaba al Conde cuanto es posible amar  un compaero,
 un hermano   un hijo, se dispuso  buscarlo, arrostrando si
necesario fuese las mayores fatigas y peligros para lograr que el
arte de la medicina  el de los encantamientos restituyera la razon
 aquel cerebro enfermo; y armado  caballo, como estaba, se puso en
camino, acompaado de Flor-de-lis. Dirigieron su ruta hcia el sitio
en que la doncella habia visto al Conde, y de jornada en jornada,
llegaron al puente guardado por el rey de Argel. El viga hizo la
seal acostumbrada: los escuderos presentaron las armas y el caballo
 Rodomonte, el cual termin sus preparativos blicos en el momento en
que Brandimarte se presentaba en la entrada del puente. El Sarraceno le
grit con su ferocidad habitual:

--Quien quiera que seas, t,  quien un extravo del camino  de la
mente ha hecho que la suerte dirija hasta aqu tus pasos, apate del
caballo, abandona tus armas y tributa homenaje  este sepulcro, si no
quieres que te inmole y te haga servir de vctima propiciatoria  los
manes de la que en l yace. Yo sabr obligarte  ello, si as no lo
haces, y entonces no tendr consideracion contigo.

Brandimarte no se dign responder al arrogante Sarraceno sino
enristrando su lanza. Clav el acicate  Batoldo, su excelente corcel,
y se lanz sobre el infiel con una bizarra digna de competir con la
de los campeones ms formidables. Rodomonte,  su vez, atraves el
puente  rienda suelta y lanza en ristre. Acostumbrado el caballo del
infiel  recorrer aquel estrecho paso, y  hacer caer con frecuencia
desde l ya  uno, ya  otro caballero, avanzaba con entera seguridad;
pero el de Brandimarte se adelantaba vacilante, espantado y tembloroso.
Extremecise el puente: al peligro que ofrecia su angostura y la falta
de pretiles, aadise el riesgo de un inminente hundimiento.

Los dos caballeros, diestros en toda clase de combates, empezaron 
descargarse golpes nada suaves con sus lanzas, que parecian vigas, y
conservaban el mismo espesor que tenian al ser cortadas de sus troncos
silvestres. El vigor y la agilidad de sus respectivos caballos no
pudieron contrastar la violencia de los golpes; por lo cual ambos
corceles cayeron sobre el puente, revueltos en confuso monton con
sus ginetes. Al quererse levantar con la precipitacion  que los
excitaba la aguda  insistente punta del acicate, les falt el
terreno necesario para afirmar la planta, y cayeron ambos en el agua,
produciendo un estrpito que reson en los Cielos, lo mismo que en otro
tiempo reson en ellos el estruendo producido por nuestro rio cuando se
precipit en l el inexperto conductor de la luz[41].

       [41] Alusion  la caida de Faeton, hijo de Apolo, en el Eridano,
       rio de Italia, cuando se empe en regir los caballos del carro
       del Sol.

Los caballos fueron  parar con todo el peso de sus ginetes, que
permanecieron firmes en la silla, hasta el fondo del rio, con intencion
sin duda de ver si encontraban alguna ninfa bella. No era aquel el
primero ni el segundo salto que el Pagano habia dado en aquellas ondas
con su intrpido corcel, por lo cual sabia cmo estaba el fondo, dnde
se hallaba el terreno firme  blando, y los sitios en que las aguas
eran ms  menos profundas: as fu que sac inmediatamente fuera
del rio la cabeza y los brazos, y procur alcanzar  Brandimarte,
valindose de todas sus ventajas. Este se vi al principio arrastrado
por la corriente; pero despues su caballo se hundi en la arena, y no
pudiendo salir de ella, puso al ginete en inminente peligro de perecer.
Asaltles despues una ola con tal fuerza, que elevndolos  una
considerable altura, los hizo rodar por donde habia mayor profundidad,
quedando Brandimarte debajo de su caballo.

Flor-de-lis, plida y afligida, presenciaba desde el puente aquella
lucha; y al ver el peligro de su amante, recurri  las lgrimas,  los
ruegos y  los votos.

--Ah, Rodomonte! exclamaba: en nombre de aquella cuya memoria quieres
honrar, no seas tan cruel que dejes perecer ahogado  tan valiente
caballero. Si has amado alguna vez, generoso guerrero, apidate de m,
que tanto amo  tu adversario. Contntate, por favor, con hacerle
prisionero, y con que sus armas adornen ese sepulcro; porque esas armas
sern el trofeo ms brillante de cuantos has formado en l con los
despojos de tantos caballeros.

Tan penetrantes al par que expresivas fueron las splicas de la
atribulada doncella, que conmovieron al Rey pagano,  pesar de su
crueldad, haciendo que se apresurara  socorrer  Brandimarte,  quien
tenia su corcel sepultado en el abismo, y estaba prximo  perecer
 causa de tanta agua como habia tragado. Sin embargo, antes de
auxiliarle, le quit el Sarraceno la espada y el casco, despues de lo
cual le sac del rio,  hizo que le condujeran  la torre con los dems
cautivos.

Cuando Flor-de-lis vi  su amante sepultado en una prision, perdi
toda esperanza; sin embargo, antes que verle perecer en el rio,
preferia mil veces aquel triste resultado del que se culpaba 
s misma, y  nadie ms; pues ella habia sido causa del viaje de
Brandimarte, por haberle referido su encuentro con el Conde en el
peligroso puente. Alejse de all con la esperanza de llevar 
Reinaldo, Guido el Salvaje, Sansoneto  otro caballero de la corte
de Pepino, famoso por sus hazaas en Mar y Tierra,  propsito para
hacer frente al Sarraceno y si no ms valiente, ms feliz al menos de
lo que Brandimarte habia sido. Muchos dias anduvo sin encontrar un
caballero que por su aspecto le pareciera capaz de luchar con Rodomonte
y salvar  su amado. Despues de buscar con insistencia un guerrero tal
como lo deseaba, tropez por fin con uno, que llevaba una sobrevesta
rica, lujosa y recamada de ramas de ciprs. Ms adelante os dir quin
era este caballero, pues antes me es forzoso regresar  Pars, para
continuar refirindoos el destrozo que en los moros causaron Reinaldo y
Malagigo.

Imposible de todo punto me seria contar el nmero de los fugitivos
y mucho menos el de los que fueron  parar  los rios del Infierno.
Turpin, que se habia tomado el trabajo de contarlos, no logr terminar
por haberle sorprendido en su tarea las sombras de la noche[42].

       [42] Turpin, de quien tantas veces hace mencion el Autor, fu un
       monje de San Dionisio, y despues arzobispo de Reims, secretario,
       amigo y compaero de armas de Carlomagno. Se le atribuy
       indebidamente un libro titulado: _De vita Caroli Magni et
       Rolandi_, ms conocido con el nombre de _Crnica del arzobispo
       Turpin_.

Entregado al primer sueo estaba en su tienda el rey Agramante, cuando
despert sobresaltado al oir  un caballero, que le gritaba que huyera
cuanto antes, si no queria caer prisionero. Tendi el monarca una
mirada en torno suyo, y qued asombrado al ver el desrden de sus
gentes, que huian  la desbandada en todas direcciones, sin pensar
en hacer frente al enemigo, desarmados y desnudos, pues ni tiempo
habian tenido para embrazar sus rodelas. Turbado, confuso y sin saber
qu partido tomar, hizo Agramante que le pusieran la coraza, cuando
se presentaron Falsiron, su hijo Grandonio, Balugante y los dems
capitanes, participndole el peligro que corria de quedar muerto 
prisionero; aadiendo que, si lograba salvar su persona, bien podia
decir que le era propicia la suerte. Esta fu la opinion unnime de
Marsilio, Sobrino y todos los dems jefes sarracenos; los cuales
aseguraron al monarca que su ruina no pendia ms que de la llegada de
Reinaldo, el cual avanzaba rpidamente, y que si esperaba  que viniese
el Paladin con toda su gente, podia tener por cierto que l y sus
amigos perderian la vida  serian hechos prisioneros por el enemigo.
Aconsejronle en tan apurado trance que reuniera los escasos restos de
su ejrcito, y se retirara con ellos  Arls  Narbona, plazas fuertes
ambas y capaces de mantener un sitio prolongado: de este modo lograria
dos cosas: poner en salvo su persona, y vengar tarde  temprano aquella
afrenta, rehaciendo de una vez sus tropas, que tomando nuevamente la
ofensiva, conseguirian  no dudarlo aniquilar  las de Carlomagno.

Agramante acept el parecer unnime de sus capitanes, por ms que lo
creyese muy duro, y emprendi la retirada hcia Arls, marchando,
 mejor dicho, volando por el camino que ms seguro le pareci,
favorecido en su fuga por las tinieblas nocturnas y por los excelentes
guias que llevaba. Entre espaoles y africanos, apenas pudieron
escapar veinte mil hombres de la bien urdida emboscada de Reinaldo.
El que pudiera contar los infieles que acuchill el Paladin, los que
degollaron sus hermanos y los dos hijos del seor de Viena, los que
mordieron el polvo  los golpes de los setecientos hombres de armas de
Reinaldo, y los que, en su desatentada fuga, se ahogaron en el Sena,
contaria tambien las hojas que esparcen Favonio y Flora en el mes de
Abril.

Hay quien supone que  Malagigo se debi en gran parte aquella victoria
nocturna, no porque hubiese cortado muchas cabezas, ni enrojecido
el campo con la sangre de sus enemigos, sino porque con el poder de
su arte hizo que saliera de las profundas cavernas del Trtaro una
inmensa multitud de espritus infernales con tantas banderas y tantas
lanzas, que en toda la extension de la Francia no podria colocarse
otro ejrcito igual al que formaron. Supnese tambien que hizo resonar
tantos clarines, tantos tambores y tan discordantes ruidos, tantos
relinchos de caballos, tantos gritos y tal tumulto y confusion, que
sus ecos vibraron en las llanuras, montes y valles de las comarcas ms
lejanas, infundiendo de este modo un pnico irresistible en los moros,
que no pudieron menos de buscar su salvacion en la fuga.

No olvid el Rey de frica  Rugiero, que continuaba enfermo de
gravedad  consecuencia de sus heridas; hizo que le colocaran lo ms
cmodamente posible en un corcel de suave andadura, y cuando lleg  un
sitio en que ya no habia peligro, lo mand trasladar  una nave que le
condujo hasta Arls, en cuya ciudad debia reunirse todo su ejrcito.
Los que  Reinaldo y  Carlomagno volvieron las espaldas (cien mil, 
poco menos, segun creo), procuraron escapar de manos de los franceses,
dispersndose por los campos, los bosques, los montes y los valles;
pero la mayor parte de ellos encontr el paso interceptado, y enrojeci
con su sangre lo que era verde y blanco.

No corri igual suerte el rey de Sericania, cuya tienda estaba
bastante apartada del campamento. Al llegar  su noticia que el seor
de Montalban era el que atacaba  sus amigos, inund tal jbilo su
corazon, que se entreg  los ms vivos arrebatos de alegra, dando
gracias  su Dios por haberle proporcionado aquella noche la deseada
ocasion de conquistar  Bayardo, aquel incomparable corcel. Creo
haberos dicho ya en otra parte, que el rey Gradasso habia anhelado
durante largo tiempo dos cosas: ceir la excelente Durindana, y
cabalgar en el sin par Bayardo. Con este objeto pas  Francia  la
cabeza de un ejrcito de cien mil hombres, y habia desafiado  Reinaldo
para disputarle la posesion de su caballo, acudiendo  la orilla del
mar donde esperaba efectuar la pelea; pero Malagigo ech por tierra
sus planes, haciendo que su primo se alejara  pesar suyo de aquellas
costas  bordo de un bajel. Seria prolijo referir esta historia; pero
s debo hacer constar que desde entonces tuvo Gradasso por cobarde y
vil al esforzado Paladin. Por este motivo se alegr tanto el Sericanio
al oir que Reinaldo era quien atacaba el campamento sarraceno. Psose
sin demora sus armas, mont en su alfana, y se dirigi en busca del
seor de Montalban  travs de la oscuridad. Fu tendiendo  sus pis
sin vida  cuantos encontraba: sin cuidarse de si los que le salian
al paso eran soldados franceses  africanos, vibraba indistintamente
contra ellos su temible lanza. Recorriendo el campo en todas
direcciones, cuidaba tan solo de buscar  Reinaldo, llamndole muchas
veces por su nombre con estentrea voz: poco  poco se fu acercando al
sitio en que eran ms espesos los cadveres de los combatientes, hasta
que al fin logr hallarse frente  frente con el Paladin, y del primer
choque volaron sus lanzas hechas astillas hasta el estrellado carro de
la noche.

Cuando Gradasso conoci al Paladin, no por que viera en l ensea
alguna, sino por sus horribles golpes, y por Bayardo que parecia dueo
absoluto del campo, no tard en echarle en cara lo indignamente que en
otro tiempo falt  su palabra, dejando de presentarse en el terreno el
dia en que debia batirse con l.

--Esperabas sin duda, aadi, que porque entonces pudiste escapar
de mis manos, no volveramos  encontrarnos nunca: bien ves ahora
que tus esperanzas han quedado defraudadas. Debes estar persuadido
de que, aun cuando te ocultaras en las profundidades de la laguna
Estigia  te remontaras hasta el cielo, lo mismo te seguiria  travs
de las tinieblas eternas, que  travs de la luz celestial, mientras
conservaras en tu poder ese caballo. Si tu corazon no te proporciona
el nimo suficiente para contrarestarme; si ests convencido de que no
puedes igualarte  m, y prefieres la vida al honor, fcilmente puedes
salvarla, con tal que me entregues en paz tu palafren. De este modo
podrs vivir, ya que te es tan cara la vida; pero vivirs  pi, porque
sers indigno de montar  caballo, ya que tan mal cumples con las
reglas de caballera.

Riciardeto y Guido el Salvaje estaban presentes cuando el Sarraceno
dirigi los anteriores reproches al Paladin,  irritados al ver tanta
insolencia, desenvainaron  un tiempo sus aceros para castigarle
por ella; mas Reinaldo se opuso  su resolucion, y no toler que se
infiriese el menor ultrage  Gradasso, exclamando:

--Por ventura, no soy yo solo suficiente para escarmentar al que se
atreve  ultrajarme?

Dirigindose despues hcia el Pagano, aadi:

--Escucha, Gradasso: quiero ante todo probarte, si me prestas atencion,
que fu  la playa con objeto de llevar  cabo nuestro combate,
despues de lo cual sostendr con las armas en la mano la verdad de
mis palabras: por de pronto te dir, que mientes como un villano al
acusarme de haber faltado  las reglas de caballera. Rugote, sin
embargo, que antes de empezar esta nueva lucha, ds oidos  mi legtima
y verdadera excusa,  fin de que no vuelvas  dirijirme injustas
reconvenciones: en seguida disputaremos  pi la posesion de Bayardo,
frente  frente, y en sitio apartado, tal como en tu primer desafo
deseaste.

El rey de Sericania era corts, como suelen serlo todos los que
tienen un corazon magnnimo, y accedi  oir las excusas del Paladin.
Encaminse con l  la orilla del rio, donde Reinaldo, en breves
frases, expuso claramente los motivos de su ausencia, poniendo al cielo
por testigo de la veracidad de sus asertos: llam despues al hijo
de Buovo, el nico que estaba completamente informado de todas las
circunstancias que para aquella mediaron, el cual explic, sin aadir
ni quitar una slaba, el encanto de que se habia valido para impedir la
realizacion del combate.

--Lo que acabo de probarte por medio de testigos, concluy diciendo
al Paladin, quiero demostrrtelo tambien con las armas, y espero que
ellas te servirn de testimonio ms convincente en este mismo momento 
cuando te plazca.

El rey Gradasso, que no queria dejar por la segunda su primera
querella, escuch tranquilamente las disculpas de Reinaldo, aunque
dudando si eran falsas  verdaderas. Designaron para teatro de su
segundo combate, no ya la playa de Barcelona, donde debi efectuarse
el primero, sino una llanura regada por una fuente cercana,  la
que convinieron en acudir  la maana siguiente. Reinaldo prometi
llevar all su caballo, que seria colocado  igual distancia de ambos
contendientes, con la condicion de que si el Rey mataba al Paladin,
 le hacia prisionero, quedaba el corcel por suyo; pero si Gradasso
resultaba muerto,  se entregaba  su adversario, Durindana pasaria 
poder de este. Segun dije antes, Reinaldo habia oido de los lbios de
Flor-de-lis, con gran asombro y mayor desconsuelo, que su primo habia
perdido la razon, as como la contienda que se suscit despues por
causa de sus armas, y finalmente que Gradasso logr quedarse con aquel
acero que tantos laureles proporcionara  Orlando.

Una vez puestos de acuerdo, volvi el rey de Sericania  reunirse
con sus escuderos,  pesar de que el Paladin le dirigi las ms
vivas instancias para que aceptara su hospitalidad. Apenas despunt
el alba, armse el Rey pagano: Reinaldo hizo otro tanto, y ambos
llegaron simultneamente cerca de la fuente, donde debia decidirse
quin seria el dueo de Bayardo y Durindana. Los amigos de Reinaldo
parecian temerosos por el xito del combate que debia llevarse  cabo
sin testigos entre este y Gradasso, y de antemano se lamentaban de la
decision del Paladin: Gradasso unia  su extraordinaria sagacidad una
audacia y un vigor incomparables, y como adems,  la sazon cea la
espada del hijo del gran Milon, su temor por Reinaldo era hasta cierto
punto natural. Pero  quien tenia especialmente inquieto y desasosegado
aquel desafo, era al hermano de Viviano, que de buena gana hubiera
hecho lo posible por dejarlo sin efecto; mas no se atrevi  arrostrar
por segunda vez el enojo y la clera que le habia demostrado su primo,
cuando impidi que se realizara el primer combate arrebatando al
Paladin  bordo de una nave.

Mientras que todos estaban temerosos, inquietos y angustiados, Reinaldo
se alej alegre y tranquilo esperando librarse del baldon que una
sospecha injuriosa habia hecho recaer sobre l, para sellar eternamente
los lbios de los seores de Hautefeuille y Poitiers. Caminaba, pues,
con celeridad, seguro y confiado en alcanzar los honores del triunfo.
Cuando Reinaldo por un lado y Gradasso por otro llegaron casi al mismo
tiempo junto  la cristalina fuente, se saludaron con suma cortesa,
y se trataron con tan amistosa cordialidad cual si les unieran los
estrechos vnculos del cario y de la sangre. Creo oportuno dejar para
otra ocasion el relato del combate que se sigui entre ambos.




CANTO XXXII.

  Mientras Bradamante esperaba  Rugiero, recibe noticias que le
  oprimen el corazon. Dcenle que Marfisa ha conquistado su amor, por
  lo cual se entrega al dolor y al llanto.--Aljase enteramente sola
  de Montalban para dar muerte  Marfisa, y en el camino encuentra 
  Ulania con tres reyes,  los que desafa y vence.


Recuerdo ahora que debia hablaros de una sospecha que asalt la
imaginacion de la hermosa dama del herido Rugiero (y  decir verdad,
aunque os lo habia prometido, se me olvid despues); de una sospecha
mucho ms desagradable y cruel que la primera, y tambien ms aguda y
emponzoada que la que le atraves el corazon con su acerado dardo, 
consecuencia de las noticias que Riciardeto le diera. Debia ocuparme
de ella y empec, sin embargo,  hablar de otra cosa, por haberse
interpuesto Reinaldo, y porque luego Guido me di bastante qu hacer,
cuando entretuvo algun tiempo al Paladin en su camino. Pasando as de
uno  otro asunto, result que me olvid de Bradamante; pero ya que
ahora he refrescado mi memoria, seguir mi interrumpido relato antes
de referir la pelea de Reinaldo y Gradasso. Sin embargo, antes de
proseguir, os dir algunas palabras acerca de Agramante, que se ocupaba
en reunir en Arls el resto de las tropas que habian podido librarse de
la matanza nocturna.

La ciudad de Arls era un lugar muy  propsito para servir de punto de
reunion, y para aguardar refuerzos y proveerse de vveres, teniendo la
Espaa prxima, el frica en frente, y bandola un rio que desemboca
en el mar. Marsilio hizo que se reunieran bajo sus banderas todos
los hombres de sus estados aptos para el combate, as infantes como
ginetes, y dispuso adems que se armaran en Barcelona, de grado  por
fuerza, todos los buques  propsito para sostener una batalla naval.
Agramante celebraba diariamente consejo con sus capitanes; no perdonaba
gasto ni fatiga alguna, y agoviaba con ruinosos impuestos y exacciones
 todas las ciudades de frica. A fin de obtener, aunque en vano, de
Rodomonte que regresara  su lado, hizo que le ofrecieran en su nombre
la mano de una prima suya, hija de Almonte, prometindole en dote el
hermoso reino de Oran. El arrogante sarraceno se neg  alejarse del
puente, donde habia vencido  cuantos caballeros llegaron al peligroso
paso, y habia reunido ya tantas armas y despojos, que el sepulcro casi
desaparecia bajo ellos.

Marfisa no quiso observar la conducta de Rodomonte: apenas supo que
Agramante habia sido derrotado por Carlomagno; que sus gentes habian
quedado muertas, prisioneras  fugitivas, y que l mismo se habia visto
en la dura necesidad de retirarse  Arls con los escasos restos de
su ejrcito, sin esperar otro aviso, acudi presurosa  su lado para
prestarle el apoyo de su brazo, y ofrecerle su vida y hacienda. Llev
consigo  Brunel, y se lo restituy sano y salvo al monarca, despues
de haberle tenido diez dias y diez noches en medio de las angustias
que le causaba la cruel espectativa de verse ahorcado de un momento
 otro; pero como la guerrera vi que nadie abrazaba su defensa ni
lo reclamaba, le devolvi la libertad por no manchar sus manos con
sangre tan ruin y despreciable. Perdonle, pues, todas sus antiguas
injurias, y le llev consigo  Arls, ofrecindolo  Agramante.
Fcilmente supondreis el jbilo que al monarca causaria el inesperado
auxilio de la doncella: para demostrarle de un modo evidente la gran
estimacion que de l hacia, quiso valerse de Brunel, como de la prueba
ms terminante, y di rden de que le impusieran el mismo suplicio con
que le habia amenazado la guerra: Brunel fu ahorcado, y su cadver,
abandonado en un sitio inculto y yermo, sirvi de pasto  los cuervos y
 los buitres. La justicia divina hizo entonces que Rugiero estuviese
enfermo y no pudiera interceder por el ladron,  quitarle del cuello
el lazo mortal, como ya lo hizo en otra ocasion: cuando lo supo, ya
se habia llevado  cabo la ejecucion, de suerte que Brunel pereci
abandonado de todos.

Bradamante se lamentaba entre tanto de la lentitud con que transcurrian
los siete dias, trmino fijado para que Rugiero regresara  su lado
y abrazase la verdadera f: su impaciencia solo era comparable  la
de los que gimen en la esclavitud  en el destierro, los cuales creen
que no llega nunca el dia en que han de recobrar su libertad  han
de disfrutar de la vista siempre anhelada y agradable de la patria
querida. Ms de una vez pens, en medio de su abrumadora espectacion,
que Eton  Pirous[43] se habrian quedado cojos,  que las ruedas del
carro del Sol estarian estropeadas, cuando tardaban en girar mucho
ms tiempo del acostumbrado. Cada dia que pasaba le parecia ms
largo que aquel en que el justo Hebreo, lleno de f santa, produjo
un entorpecimiento en el cielo[44], y cada noche ms prolongada que
aquella en que Hrcules fu concebido[45]. Ah! Cuntas veces envidi
la suerte de los osos, de los lirones y de los tejones soolientos!
Hubiera querido pasar durmiendo, sin despertar un momento, todo el
tiempo que faltaba para que Rugiero se presentase, y sin poder oir
otra cosa hasta que su amante la sacara de su sueo con su grata voz;
pero no solo no le era posible hacerlo as, sino que ni siquiera
lograba conciliar el sueo por lo menos una hora cada noche. Agitbase
continuamente en el lecho; huia de ella el reposo;  cada momento se
levantaba  abrir la ventana para ver si la esposa de Titon empezaba 
esparcir sus blancas azucenas y encarnadas rosas  los primeros albores
del Sol naciente. Y sin embargo, en cuanto aparecia este con todo su
fulgor, ansiaba ya ver el cielo cubierto de estrellas.

       [43] Nombres de dos de los cuatro caballos del carro del Sol.
       Los dos restantes se llamaban Eos y Flegon.

       [44] Cuando Josu, lleno de f santa, detuvo el curso del Sol
       para terminar su combate con los Jebuseos.

       [45] Enamorado Jpiter de Alcmena, esposa de Anfitrion,
       aprovechse de la ausencia del marido que estaba en la guerra
       para presentarse  Alcmena bajo el aspecto de Anfitrion.
       Engaada ella por este ardid, acogi alegremente  Jpiter y
       durmi con l, quedando en cinta de Hrcules. Como el amor que
       el Dios tenia  Alcmena era infinito, dcese que no se content
       con pasar una noche, sino que reuni tres en una para dedicar
       ms tiempo  su placer.

Cuando solo faltaban tres  cuatro dias para que expirara el plazo,
aguardaba llena de esperanza  cada momento que se presentara un
mensajero dicindole: Ya est aqu Rugiero. Subia con frecuencia 
una elevada torre, desde la que se descubrian  lo lejos los bosques,
los campos y el camino que conducia de Pars  Montalban. Si veia
brillar una armadura,  divisaba  alguno que por su aspecto le
pareciera un caballero, creia conocer en l  su deseado Rugiero, y se
despejaba su frente y sus radiantes ojos. Si veia algun transeunte 
pi  desarmado, creia ver en l al mensajero de su esperanza; y aun
cuando resultaban siempre defraudados sus deseos, reproducanse en
ella, no obstante, las mismas alternativas de esperanza y contrariedad.

Esperando encontrarle, cubrase algunas veces con sus armas, bajaba del
monte y recorria la llanura: como no le veia por ninguna parte, suponia
que habria llegado ya  Montalban por otro camino, y entonces regresaba
al castillo con la misma ansiedad con que de l habia salido, sufriendo
una nueva decepcion. De este modo pas dias y dias  cual ms tristes,
y entre tanto expir el plazo tan esperado por ella. Pero transcurri
otro dia, dos, tres, seis, ocho y veinte sin ver  su esposo ni
recibir la menor noticia suya: entonces, convertida su angustia en
desesperacion, prorumpi en quejas tales, que hubieran sido capaces de
enternecer  las mismas Furias coronadas de serpientes en sus antros
infernales; se golpe el seno y se mes los dorados cabellos.

--Ser posible, exclamaba, que me vea obligada  perseguir con mi
amor al ingrato que huye y se aparta de m? Habr de adorar al que
me desdea? Debo suplicar al que se muestra sordo  mis quejas? He
de tolerar que reine en mi corazon el que as me dia, al que tan
envanecido est de s mismo, que solo una diosa inmortal descendida
del Olimpo podria encender en su pecho la llama del amor? Ay! Harto
sabe ese guerrero altivo que le amo y le adoro con toda mi alma, y sin
embargo, no me quiere ni por amante ni por esclava: convencido est de
que por l padezco y me muero, y probablemente espera para socorrerme
 que la muerte haya cerrado mis ojos! Teme ver mis lgrimas y oir el
relato de mi contnuo sufrimiento, que bastaria para obligarle  ceder
en su proterva tenacidad, y se oculta de m, como puede ocultarse
el spid para conservar su venenosa ira cuando teme oir sonidos
armoniosos. Amor, deten por piedad  ese rebelde, que huye libre y
velozmente de mi lenta persecucion,  vulveme al feliz estado del
que me hiciste salir cuando no estaba sojuzgada por t ni por nadie.
Pero cun necia soy al confiar en t! Demasiado s que no te ablandan
los ruegos ni las splicas, y que te deleitas,  ms bien que vives y
te alimentas tan solo de las lgrimas que haces brotar  raudales de
los ojos de tus vctimas. Mas ah! Desgraciada! A quin he de acusar
sino  mi insensata pasion, que me remonta  tanta altura  travs de
los aires, que llega hasta la region donde se abrasan sus alas, y no
pudiendo sostenerse, me precipita desde el Cielo  la Tierra? Y si
 lo menos concluyeran aqu mis males!... Pero no; es forzoso que mi
pasion vuelva  remontarse y arder de nuevo, para que el dolor que
sufro no tenga nunca fin! Mas, en vez de lamentarme de mi pasion, no
debo culpar ms bien  mi propia insensatez, que me oblig  darle
entrada en mi corazon y dejarla adquirir un dominio tan grande sobre
l, que ha arrancado  la razon de su asiento, vindome ya sin fuerza
para resistir  su poder? Ya no es tiempo de vencerla ni dominarla,
aunque me lleva constantemente de mal en peor, y estoy segura de que
bajar pronto al sepulcro, porque esta ansiedad aumenta por momentos
mi martirio.--Pero por qu me acrimino de este modo? En qu ha
consistido mi falta sino en amarle? Y es esto de extraar cuando su
hermosura se apoder de improviso de mis sentidos, dominados por la
debilidad natural de mi sexo? Por qu habia de resistir y defenderme
de su extremada belleza, de su noble apostura y de sus expresivas
frases? Ah! Cun desgraciado es el que se niega  ver la luz del
Sol! Y adems de que as lo quiso mi destino, no consiguieron vencer
mi resistencia otras palabras dignas de crdito? No se me pint con
los colores ms vivos la felicidad que debia ser la recompensa de este
amor? Si los acentos persuasivos de Merlin fueron finjidos, si sus
consejos fueron engaosos, deber lamentarme de su falacia, pero no
dejar de amar  Rugiero. De Merlin, y aun tambien de Melisa me quejo y
me quejar eternamente; pues si hicieron que los espritus infernales
me ofrecieran  la vista los descendientes de mi estirpe, fu tan solo
para tenerme en una esclavitud perptua por medio de una esperanza
engaosa, aun cuando no comprendo la razon que les instig  obrar as,
como no fuera la de estar envidiosos de mi dulce, segura y tranquila
felicidad.

Tanto abrumaba el dolor  Bradamante, que hacia inaccesible su corazon
 todo consuelo; y sin embargo,  pesar de su intensidad, no pudo
impedir que se abriera paso hasta su pecho un rayo de esperanza,
trayendo  su memoria las tiernas frases con que Rugiero se habia
despedido de ella, cuyo recuerdo, venciendo  los contrarios afectos
que  la doncella agitaban, hizo que esperara de hora en hora el
regreso de su amante con ms resignacion. Esta esperanza la sostuvo por
espacio de un mes, despues de transcurridos los veinte dias,  hizo ms
llevadera su cruel y continuada angustia.

Un dia que, segun su costumbre, iba recorriendo el camino por donde
esperaba que vendria Rugiero, lleg  sus oidos una noticia que
disip la dbil esperanza que aun la sostenia. Encontr casualmente
 un caballero gascon, procedente del campamento africano, donde
habia permanecido prisionero desde el dia en que se di la gran
batalla delante de Paris. Despues de dirigirle varias preguntas sobre
diferentes asuntos, Bradamante entr de lleno en la cuestion, causa
de su constante inquietud, y le pidi noticias de Rugiero, limitando
 l desde entonces toda su conservacion. El caballero le suministr
las noticias que deseaba, pues estaba perfectamente enterado de
cuanto habia ocurrido en la corte de Agramante, y le describi el
combate personal que Rugiero sostuvo con Mandricardo, diciendo que el
Trtaro habia quedado muerto en el campo; pero que su vencedor sali
tan mal herido, que permaneci ms de un mes postrado en el lecho,
inspirando su vida srios temores. Si el caballero hubiese terminado
aqu su narracion, esta sola hubiera bastado para disculpar  Rugiero;
mas luego aadi que se encontraba en el campo africano una doncella
llamada Marfisa, tan valiente como hermosa, y experta en el manejo
de las armas, la cual amaba  Rugiero de quien era correspondida, en
trminos que rara vez se les veia separados, por lo cual todos estaban
en la persuasion de que se habian prometido eterna f, y de que, en
cuanto Rugiero estuviera completamente restablecido, celebrarian
pblicamente sus desposorios con gran placer de todos los reyes y
prncipes paganos que conocian el valor sobrehumano de uno y otro,
y esperaban que de su union saldria una raza de guerreros la ms
esforzada que jams hubiese existido.

Motivos tenia el Gascon para creer lo que decia, pues tal era la
version ms acreditada y unnime en el campamento africano, y tal lo
que pblicamente se decia. Dieron orgen  estos rumores las repetidas
muestras de benevolencia que mediaban entre Rugiero y Marfisa; y ya
sabemos que la Fama, al difundir una noticia, buena  mala, se complace
en abultarla conforme va pasando de boca en boca. La circunstancia de
haberse presentado la guerrera con Rugiero para pelear en favor de
los moros y de vrseles siempre juntos, apoyaba hasta cierto punto
esta sospecha, que tom mayor incremento al observarse que, habindose
ausentado Marfisa llevando consigo  Brunel, como ya he dicho, regres
sin que nadie la llamara, solo por ver  Rugiero. Unicamente por
visitarle, cuando sus heridas le tenian postrado en el lecho del dolor,
habia ido al campo, no una, sino muchas veces: permanecia  su lado
durante el dia, y se separaba de l al hacerse de noche, dando con su
conducta mucho que hablar  los sarracenos; pues suponindola todos
tan altiva y desdeosa, que apenas encontraba un caballero digno de
aprecio, solo con Rugiero se la veia humilde y bondadosa.

Luego que el Gascon termin su relato, asegurando  Bradamante que
era la historia fiel de lo ocurrido, apoderse de la doncella tanta
pena y tan cruel desesperacion, que estuvo prxima  caer del caballo.
Volvi riendas sin decir una palabra, henchida de ira, de rabia y de
furiosos celos, y regres  su castillo furibunda y sin el menor resto
de esperanza. Armada como estaba se dej caer en el lecho, apoyando su
rostro y sus lbios en las almohadas,  fin de ahogar el rumor de los
sollozos que podrian descubrir el estado de su alma. Repitiendo las
palabras del caballero Gascon, cay en tal desaliento y dolor, que no
le fu posible contenerlo, y se vi obligada  exhalarlo de esta suerte:

--Ay msera de m! A quin podr dar crdito en lo sucesivo? Fuerza
ser decir que todos los hombres son prfidos y crueles, si lo eres
tambien t, Rugiero mio,  quien yo creia tan tierno y tan leal! Se
vi nunca una crueldad, una traicion ms odiosa? Cualquiera otra es
insignificante, si se compara con el pago que has dado  los beneficios
que me debias! Ya que no existe un solo caballero que pueda igualarse
 t en ardor, en belleza, en varonil denuedo, en costumbres y en
bizarra, por qu no aades, Rugiero,  tan ilustres y virtuosas
dotes, la de la constancia? Por qu no se ha de decir tambien que es
inviolable tu firmeza y tu lealtad, esa virtud ante la cual ceden
todas las dems? Ignoras, por ventura, que si la lealtad no existe,
pierden todo su esplendor el valor ms herico y las proezas ms
brillantes, lo mismo que sin la luz no puede verse ningun objeto, por
hermoso que sea? Harto fcil te fu engaar  una doncella de quien
eres seor, rbitro y dios, y  la que podias haber hecho creer con
tus palabras que el Sol era oscuro y frio, si as te lo hubieses
propuesto. Prfido! Si ahora no te arrepientes de dar muerte  la que
tanto te ama, qu cosa habr capaz de hacerte sentir remordimientos?
Si la falta de f y lealtad es para t una cosa tan leve qu otro
peso podr oprimir tu corazon? Qu suplicios guardas para los que
te aborrecen, cuando  m, que tanto te amo, me haces sufrir estos
tormentos? Ah! Si no consigo una pronta venganza, afirmar que en
el Cielo no hay justicia! Si la ingratitud es el pecado que grava con
mayor peso la conciencia del hombro, y por ella fu precipitado el ms
hermoso de los ngeles desde el Cielo  los profundos Infiernos, y si
todo crmen encuentra un castigo proporcionado, cuando una cumplida
enmienda no lava las culpas del corazon, procura guardarte del castigo
que te espera como merecida recompensa de tu ingratitud para conmigo,
ya que no quieres reparar tu falta. Tambien debo acusarte, cruel, de
otro vicio ms infame; del de ladron: y no porque me hayas arrebatado
el corazon, pues voluntariamente te absuelvo de este robo, sino porque
habindote entregado  m, te me has sustraido contra toda razon y
justicia. Restityeme tu corazon, impo, pues harto sabes que no hay
salvacion para el que guarda lo que no le pertenece! Me has abandonado
Rugiero; yo no quiero, y aunque quisiera, no podria abandonarte: mas,
para poner trmino de una vez  mis torturas y sufrimientos, puedo y
quiero arrancarme la existencia. Un solo pesar me atormenta: el de no
morir poseyendo tu cario; pues si los dioses me hubiesen concedido
la gracia de exhalar el ltimo suspiro cuando me amabas, jams muerte
alguna fuera tan agradable.

Al decir estas palabras, salt del lecho dispuesta  morir, y
arrebatada por la clera, dirigi contra su corazon la punta de la
espada; pero la armadura que llevaba impidi la realizacion de su
criminal propsito. Entonces se abri paso en su turbada mente una idea
ms digna, y desliz en su corazon estas palabras:--Oh! doncella
nacida de una estirpe esclarecida: por qu intentas poner fin  tus
dias de un modo tan innoble y bochornoso? No vale ms, acaso, que te
lances en medio de los combates, donde  todas horas se puede encontrar
una muerte gloriosa? Podr muy bien suceder que expires  la vista de
Rugiero, que tal vez derramar algunas lgrimas  tu memoria; y si
llegases  sucumbir bajo sus golpes, qu otra muerte ms apetecible
podrias esperar? Razon ser que el mismo Rugiero te arranque la vida,
ya que es causa de que vivas en un perptuo tormento. Podr tambien
suceder que, antes de morir, encuentres una ocasion oportuna para
vengarte de aquella Marfisa, que con sus prfidos y deshonestos amores
te ha conducido al borde de la tumba, privndote de tu Rugiero.

Estas reflexiones parecieron mejores y ms razonables  la guerrera,
y en seguida aadi  sus armas una divisa, que era el emblema de su
desesperacion y de sus deseos de morir. Su sobrevesta era del color
amarillento que toman las hojas cuando las han arrancado de sus ramas,
 cuando al rbol que las hojas sostenia llega  faltarle la svia que
le daba vida: en la orla estaba recamada de troncos de ciprs, cual si
estuviera marchito despues de haber sentido el filo de la dura hacha.
Con este traje, tan adecuado  su dolor, salt sobre el caballo que
solia montar Astolfo, y cogi aquella lanza de oro, cuyo solo contacto
bastaba para lanzar de la silla  los caballeros ms valientes. No creo
necesario repetir ahora por qu, dnde ni cundo se la entreg Astolfo,
ni de qu modo habia pasado  manos del duque ingls. Bradamante se
arm con ella, ignorando, sin embargo, su prodigiosa propiedad.

[Ilustracin: Vi venir una dama con un escudo pendiente del arzon.
                                                        (Canto XXXII.)]

Sin escudero y sin compaa alguna, baj del monte y se dirigi por
el camino ms corto para llegar  Pars y al sitio en que poco antes
se hallaba establecido el campamento sarraceno; pues aun no habia
circulado por Montalban la noticia de que el paladin Reinaldo, ayudado
de Carlomagno y de Malagigo, habia obligado  los moros  levantar el
asedio de Pars. Ya habia dejado  sus espaldas  Quercy, la ciudad de
Cahors y las montaas donde nace el Dordoa, y descubria las comarcas
de Clermont y Montferrand, cuando vi venir por el mismo camino una
dama de benigno aspecto, que lleva un escudo pendiente del arzon de
la silla:  su lado iban tres caballeros, y la acompaaba adems un
squito numeroso de doncellas y escuderos.

La hija de Amon pregunt el nombre de aquella dama  un escudero que
pas por su lado, y este le contest:

--Es una embajadora, enviada al Rey del pueblo franco desde un pas
situado ms all del polo Artico, la cual ha venido tras una larga
navegacion desde una isla que unos llaman Perdida y otros Islandia,
cuya reina, admirable por su belleza sin igual en el mundo, belleza que
solo  ella, y  nadie ms, ha concedido el Cielo, envia  Crlos el
escudo que veis; pero con la condicion expresa de que ha de entregarlo
al mejor caballero que, segun su opinion, exista en el mundo. Como ella
se tiene, y con razon, por la ms hermosa de las mujeres, quisiera
encontrar un caballero que  su vez fuese el ms audaz y valiente de
los hombres; porque ha formado el incontrastable designio, al que nada
podr hacerle faltar, de no entregar su corazon y su mano, sino al
que descuelle sobre todos por sus sealadas proezas. Espera encontrar
en Francia, y entre los famosos paladines de Carlomagno, el caballero
que haya dado mayores pruebas de ser ms fuerte y denodado que otro
cualquiera. Los tres seores que veis al lado de esa embajadora son
tres reyes: el uno de Suecia, el segundo de Gocia, y de Noruega el
tercero; en valor pocos,  ninguno, les igualan. Esos tres, cuyos
estados son los menos lejanos de la Isla Perdida, as llamada porque
sus costas son muy poco conocidas de los navegantes, eran y son
todava amantes de la Reina: por obtener su mano, cuya posesion se
disputan mtuamente, y por hacerse agradables  sus ojos, han llevado
 cabo tales proezas, que durar su memoria mientras la bveda celeste
gire sobre sus ejes: pero ella no quiere  ninguno de los tres, como
desdear  todo aquel que no est reconocido por el primer guerrero
del mundo.--Poco me importan, suele decirles, los triunfos que
consigais en estos pases. Si uno de vosotros sobrepuja  los otros
dos, como el Sol sobrepuja  las estrellas, reconocer su mrito, y no
podr menos de ensalzarle por l; pero no creo que eso baste para que
tenga la pretension de ser el mejor caballero que haya ceido espada.
Pienso enviar un rico escudo de oro  Carlomagno,  quien estimo y
venero como el monarca ms sbio que existe en el mundo, con el encargo
de que lo entregue al caballero que consiga la palma del valor y de la
bizarra. Que sea el vencedor vasallo suyo  de otros, poco me importa:
me someter gustosa al parecer de aquel rey. Si despues de haber
llegado ese escudo  poder de Carlomagno y de darlo al caballero de
ms ardor y fortaleza que, segun su opinion, exista en su corte  en
otra cualquiera, es uno de vosotros el que con el auxilio de su valor
trae el escudo, cifrar en l todo mi amor, todo mi anhelo, y ese ser
mi esposo y mi dueo.--Esta promesa ha hecho venir hasta aqu  estos
tres reyes, cuyos estados se encuentran muy remotos de la Francia, con
el firme propsito de conquistar el escudo  perecer en la demanda.

Bradamante escuch con la mayor atencion la respuesta del escudero,
el cual se despidi de ella, y lanzando su caballo  galope, se
reuni en breve  sus compaeros. La guerrera no sigui tras l, sino
que continu su camino tranquilamente, vaticinando en su interior
diferentes cosas que sobrevendrian,  no dudarlo, y especialmente
la de que aquel escudo seria un manantial inagotable de rencillas
y discordias entre los paladines y dems caballeros de la Francia,
si Carlomagno se decidia  declarar cul de ellos fuese el mejor y
entregrselo  l. Esta idea oprimia su corazon, pero mucho ms y de
peor manera se lo destrozaba el recuerdo del abandono en que la habia
dejado Rugiero por entregar su amor  Marfisa. Tan fija y tenazmente
estaba grabado en su imaginacion este pensamiento, que caminaba  la
ventura, sin saber donde iria  parar, ni si encontraria un cmodo
asilo donde albergarse durante la noche. As como la nave separada de
la orilla por los vientos  por cualquier otro accidente, boga privada
de piloto  timonel por donde quiere llevarla la corriente, as la
guerrera, preocupada constantemente con la idea de Rugiero, se dejaba
llevar por Rabican, del que no se cuidaba en lo ms mnimo.

Alzando por fin los ojos, vi que el Sol habia vuelto la espalda 
las ciudades de Bocco[46], y se habia sepultado, como un pez, en el
seno de su anciana nodriza, ms all de Marruecos. No podia pensar en
cobijarse bajo la enramada, porque soplaba un viento frio, y el Cielo
encapotado anunciaba de un momento  otro lluvia  nieve. Apresurando
el paso de su corcel, no tard mucho en ver  un pastor que estaba
recogiendo sus ganados: preguntle con mucho inters si habia por all
cerca algun albergue bueno  malo donde pudiera recogerse, pues como
quiera que fuese, de seguro estaria en l bastante mejor que expuesta 
la lluvia. El pastor respondi:

       [46] Rey de Mauritania, en frica.

--No conozco otro sitio que poder indicaros, como no sea un castillo
llamado la Roca de Tristan, que est  cuatro  seis millas de aqu:
pero no es muy fcil encontrar asilo en l, porque todo caballero tiene
que conquistar su hospitalidad con las armas en la mano, y defenderla
despues de los que acuden nuevamente  pedirla. Si cuando se presenta
algun guerrero, est desocupada la estancia, el Castellano le recibe
sin ninguna dificultad; pero le exige la promesa formal de que ha de
salir  pelear contra todos los que vayan llegando posteriormente. Si
no se presenta nadie, el caballero pasa tranquilamente la noche; pero
si llega algun viajero, est obligado  requerir sus armas y  luchar
con l, debiendo el vencido ceder su puesto al vencedor, y resignarse
 pasar la noche  la intemperie. Si dos, tres, cuatro  ms guerreros
juntos hallan vaco el castillo, se albergan en l con toda paz y
sosiego: el que llega despues, tiene peor suerte, porque ha de combatir
con todos los primeros. Por el contrario, si es uno solo el que ha
recibido hospitalidad, bien necesita de todo su vigor y destreza;
porque est obligado  pelear con dos, tres, cuatro,  con cuantos se
presenten despues que l. Una costumbre anloga rige con respecto 
las damas  doncellas que llegan solas  acompaadas al castillo: la
hospitalidad corresponde de derecho  la ms hermosa, y la que lo sea
menos, tiene que cederle el puesto y quedarse fuera de la fortaleza.

Bradamante pregunt dnde estaba situado aquel castillo, y el buen
pastor, en vez de contestarle, se limit  designrselo con el dedo
 una distancia de cinco  seis millas. A pesar de la rapidez de
Rabican, no pudo Bradamante hacerle caminar de prisa por aquel terreno
pantanoso y difcil  causa de lo lluvioso del tiempo, y lleg despues
que la noche hubo tendido su espeso manto. Hall cerrada la puerta del
castillo, y dijo al que lo custodiaba, que deseaba alojarse en l. Le
contestaron que estaban ya ocupadas las habitaciones por algunas damas
y guerreros que habian llegado antes que ella, y estaban esperando en
torno de un buen fuego que terminaran los preparativos de la cena para
sentarse  la mesa.

--Como no se la hayan comido ya, exclam la doncella, no creo que
el cocinero la haya guisado para ellos. Ve, pues, y diles que aqu
les espero; que conozco la costumbre que rije en este castillo, y me
propongo observarla.

Corri el centinela  llevar  los caballeros esta embajada,
tanto menos agradable para ellos, cuanto que estaban descansando
cmodamente, y se veian obligados  salir fuera del castillo con un
tiempo borrascoso, y cayendo la lluvia  torrentes. Se levantaron,
sin embargo; cogieron sus armas con mucha calma, y se dirigieron con
bastante lentitud  donde les estaba esperando la guerrera. Aquellos
tres caballeros valian tanto, que muy pocos podian igualrseles en el
mundo: eran los mismos  quienes habia encontrado Bradamante durante
el dia al lado de la embajadora; y habian venido  Francia desde
Islandia para conquistar el escudo de oro. Como habian caminado con
ms rapidez, llegaron al castillo antes que la guerrera. Muy pocos les
aventajaban en el manejo de las armas; pero Bradamante era una de estos
pocos, y adems, por ningun concepto se resignaba  permanecer fuera
del castillo aquella noche, mojndose y sin tomar alimento.

Los habitantes de la fortaleza se asomaron  las ventanas y galeras
para ver la lucha  la incierta y dbil claridad que la Luna esparcia,
 pesar de las nubes y de la copiosa lluvia. Deseosa Bradamante de
medir sus armas con los tres caballeros, as que oy abrir las puertas
y bajar el puente levadizo, y vi salir por l  sus tres adversarios,
sinti una alegra semejante  la de un amante apasionado, que procura
entrar furtivamente en la estancia de su amada, cuando despues de mucho
esperar, oye por fin la silenciosa llave dando vuelta  la cerradura.
En cuanto vi  los tres guerreros salir  un tiempo  con poca
diferencia fuera del puente levadizo, retrocedi para tomar terreno,
y lanz en seguida su excelente corcel  rienda suelta, enristrando
la lanza que le confiara su primo, aquella lanza que derribaba
indefectiblemente del caballo  todo campeon, aun cuando fuera el mismo
Marte. El rey de Suecia, que fu el primero en acometer, fu tambien el
primero en quedar tendido en el campo: con tanta violencia di contra
la visera de su yelmo aquella lanza que nunca se habia enristrado en
vano! Embisti despues el rey de Gocia, y encontrse sin saber cmo
lejos de su corcel con los pis en el aire: el tercero, por fin, midi
asimismo el suelo con sus espaldas, quedando medio enterrado en el agua
y el barro.

En cuanto Bradamante hubo derribado  sus tres contendientes con otros
tantos botes de su lanza, se dirigi al castillo, donde debia recibir
la hospitalidad que habia conquistado: mas antes de entrar en l,
le hicieron jurar que saldria  combatir con todo caballero que se
presentara. El seor del castillo, que acababa de apreciar su valor, le
prodig toda clase de atenciones: por su parte, hizo lo mismo la dama
que habia llegado  la fortaleza con los tres vencidos, la mensajera
enviada al rey de Francia desde la isla Perdida. Salud cortesmente 
la jven, y con el agrado y afabilidad, naturales en ella, sali  su
encuentro, la cogi de la mano,  hizo que se sentara  su lado cerca
del fuego.

Bradamante empez  desarmarse, y ya se habia quitado el escudo y el
yelmo, cuando sali unida  este una cofia de oro en que acostumbraba
recoger sus cabellos, los cuales cayeron en ondulantes rizos sobre sus
hombros, y descubrieron que aquel guerrero era una doncella tan hermosa
como valiente. A la manera que al levantarse el telon suele aparecer
la escena, iluminada con mil luces, y adornada con arcos y soberbios
monumentos llenos de oro, de esttuas y de magnficas pinturas, 
como cuando el Sol, al rasgar una nube, ostenta su disco refulgente y
esplendoroso, as tambien, al quitarse Bradamante el yelmo, pareci
mostrar el Paraiso abierto  los ojos atnitos de los circunstantes.
Habian crecido los hermosos cabellos que le cortara el monje, y eran ya
tan largos, que podia sujetarlos trenzados en la parte posterior de la
cabeza, si bien todava no tenian su primitiva longitud. El seor del
castillo habia visto otras veces  Bradamante: as es que la conoci en
seguida, y redobl su solicitud y sus cuidados para con ella.

Sentados al rededor del fuego, entretuvieron sus oidos con agradables
al par que honestas plticas, mientras preparaban otro alimento, que
proporcionara un placer semejante  sus cuerpos. La doncella pregunt
 su husped si la costumbre que veia establecida en el castillo para
albergar  los transeuntes era de fecha reciente,  si contaba ya
algunos aos de antigedad; as como cundo y quin la estableci. El
Castellano satisfizo su curiosidad en los siguientes trminos:

--En el reinado de Faramundo, su hijo Clodion amaba  una jven, donosa
y bella, que por sus atractivos no tenia rival en aquella poca remota.
Tan enamorado estaba de ella, que continuamente se le veia  su lado
con una asiduidad igual  la que, segun es fama, empleaba para guardar
 Io su pastor[47]; pues en el corazon del prncipe dominaban por igual
el amor y los celos. La tenia en este mismo castillo que le habia
regalado su padre, y rara vez salia de l: vivian aqu con Clodion diez
de los mejores caballeros que por entonces habia en Francia. Cierto
dia lleg  esta fortaleza el valiente Tristan, acompaando  una
dama,  quien pocas horas antes acababa de arrancar de las manos de un
gigante feroz. Presentse Tristan cuando el Sol habia ya vuelto las
espaldas  las playas de Sevilla; y como no habia otro albergue en un
rdio de diez millas, pidi aqu hospitalidad. Clodion, que, segun he
dicho, estaba tan furiosamente enamorado como celoso, habia resuelto
negar la entrada en su castillo  todo caballero indistintamente,
mientras permaneciera en l su amada. Viendo Tristan que  pesar de sus
repetidos ruegos no encontraba la hospitalidad que pedia, esclam:

       [47] Celosa Juno de la ninfa Io, amada de Jpiter, la convirti
       en vaca, y confi su custodia  Argos, prncipe que tenia
       todo su cuerpo lleno de ojos y no los cerraba sino sucesiva y
       alternativamente.

--Yo sabr obligarte  hacer,  pesar tuyo, lo que no han conseguido
mis instancias.

Y desafi  Clodion y  los diez caballeros que con l estaban,
dicindoles con arrogante voz, que con su lanza y su espada les daria
una leccion de cortesa y nobleza; mas habia de ser con la condicion de
que si los derribaba  todos ellos, y l permanecia firme en la silla,
deberia quedar dueo del castillo por aquella noche, mientras que los
vencidos estarian obligados  pasarla fuera de l. El hijo del rey de
Francia corri un inminente peligro de muerte por no sufrir tal baldon;
pues fu derribado violentamente de su caballo: igual suerte cupo  sus
diez compaeros; y el vencedor Tristan, dejndolos  la puerta, entr
en el castillo, donde hall  aquella jven tan amada de Clodion: la
naturaleza, tan avara en repartir los dones de la hermosura, parecia,
sin embargo, haberse complacido en adornar  la linda dama con toda
clase de atractivos. Tristan empez en seguida  hablar con ella,
mientras que el insoportable torcedor de los celos martirizaba fuera
del castillo  su amante, el cual no tard en dirigir al caballero las
splicas ms ardientes, rogndole que le restituyera su amada.

Aun cuando Tristan no estaba muy prendado de la jven, pues la
pocion encantada que en otra ocasion habia bebido no le permitia amar
 ninguna mujer ms que  Isota, deseoso, sin embargo, de vengarse
de la ruda y descorts acogida de Clodion, le contest que creeria
incurrir en una imperdonable falta, si consintiera en que una dama tan
bella saliese del castillo.--Si Clodion se lamenta de dormir solo 
la intemperie, aadi al mensajero, y desea compaa, le enviar una
jven que tengo conmigo, fresca, sonrosada y bella, aunque no tanto
como su amada. Acceder  que la doncella que le ofrezco pase  su lado
la noche y obedezca todos sus mandatos; en cuanto  la ms bella, me
parece justo y conveniente que quede  disposicion del ms vigoroso.

Despechado Clodion con tal respuesta,  inflamado de clera, anduvo
toda la noche dando vueltas en torno del castillo, como si estuviera
encargado de velar por el reposo de los que dentro de l dormian 
sus anchas; lamentndose de que le hubieran privado de su dama mucho
ms que del frio y del viento. A la maana siguiente, se la devolvi
Tristan, condolido de su tristeza, librndole al mismo tiempo del
doloroso peso que le oprimia el corazon; pues le asegur clara y
firmemente que se la entregaba tal cual la habia encontrado, y que
aun cuando la dureza del prncipe para con l le hacia acreedor del
mayor ultraje, se daba por satisfecho con haberle tenido toda la noche
 la intemperie. Clodion intent disculpar su conducta, diciendo que
el amor le habia hecho incurrir en tan grave falta; pero Tristan no
quiso aceptar tal disculpa, replicndole que el amor debe excitar en el
corazon del hombre sentimientos generosos, y nunca actos tan villanos.

Clodion no permaneci mucho tiempo en este castillo despues de la
partida de Tristan, sino que cambi de morada, regalando esta  un
caballero  quien tenia en grande estima, con la expresa condicion
de que, tanto l como sus sucesores habrian de observar, siempre que
se les pidiese hospitalidad, la costumbre siguiente: el caballero
ms valiente y la dama ms hermosa deberian ser los preferidos para
albergarse aqu, y el que resultara vencido estaria obligado 
abandonar el puesto, y  dormir en el prado  donde ms le agradara.
Tal es la ley cuya observancia se ha conservado hasta nuestros dias.

Mientras el Seor del castillo entretenia  sus oyentes refirindoles
esta historia, el mayordomo habia estado disponiendo la mesa en
el gran salon, pieza notable por su asombrosa suntuosidad, al cual
pasaron los convidados  la luz de las antorchas. Al entrar en dicho
salon Bradamante y su jven y donosa compaera, lo recorrieron con
la vista y observaron que sus soberbias paredes estaban cubiertas
de pinturas magnficas. Maravilladas al ver aquella estancia tan
lujosamente adornada, casi se olvidaban de disfrutar de los manjares
por contemplarla,  pesar de que necesitaban restaurar sus fuerzas,
casi aniquiladas por las fatigas de aquel dia, y  pesar tambien de que
el mayordomo y el cocinero se impacientaban al ver que las viandas se
enfriaban en los platos, atrevindose  decir estas palabras: Mejor
ser que ante todo deis alimento  vuestros estmagos, pues tiempo os
quedar para drselo  los ojos.

Estaban ya sentados  la mesa,  iban  empezar la cena cuando el
Seor del castillo repar en que faltaba  la ley si permitia que se
alojaran dos damas en la fortaleza; preciso era que la ms hermosa
continuara en ella y saliera la otra  pesar de la lluvia y de la
violencia del huracan; pues como no habian llegado las dos al mismo
tiempo, la costumbre exigia que se hiciera as. Llam  dos ancianos y
algunas dueas de la casa, que servian de rbitros en tales casos, y
designndoles ambas doncellas, les orden que dieran su parecer sobre
cul de las dos era la ms hermosa. Qued resuelto por unanimidad que
la ms bella era la hija de Amon, la cual sobrepujaba en gracias  la
otra dama del mismo modo que en valor habia sobrepujado  los tres
reyes. El Castellano dijo entonces  la embajadora de Islandia, que
presenciaba la deliberacion no sin algun recelo:

--No debe pareceros descortesa que observemos la ley cual corresponde.
Forzoso os ser, pues, buscar otra morada donde albergaros, puesto
que todos hemos convenido en que esa jven os aventaja en belleza y
donosura, por ms que est despojada de todo adorno.

Cual se ve de improviso  una negra nube subir desde un hmedo valle
hasta el cielo, cubriendo con su tenebroso crespon la faz del Sol poco
antes radiante y esplendorosa, del mismo modo se demud el semblante de
la dama, al oir la dura sentencia que la obligaba  arrostrar la lluvia
y el frio fuera del castillo, en trminos de que ya no parecia la misma
jven plcida y serena que pocos momentos antes.

Cubrise su rostro de una palidez mortal, muestra evidente del
desagrado que le causaba tan inhumana sentencia; pero observndolo
Bradamante y conmovida por una tierna compasion, quiso oponerse  que
saliera aquella dama diciendo:

--No puede parecerme justo ni bien meditado todo fallo que se prenuncie
sin oir de antemano cuantas razones quiera alegar en su defensa la
parte condenada. Yo, aceptando la defensa de esta causa, y haciendo
abstraccion completa de si mi belleza es superior  inferior  la de
esta dama, dir que no he venido aqu como mujer, ni quiero tampoco
que se me considere como  tal. Y quin se atrever  asegurar, como
no consienta en desnudarme de mis vestidos, que soy,  no soy, lo que
esa jven es? Lo que no se sabe, no debe afirmarse, y mucho menos
cuando tal afirmacion puede perjudicar  otro. Muchos conozco que
tienen los cabellos largos como yo, y sin embargo, no son mujeres.
Si he conquistado la hospitalidad que me concedeis, como caballero 
como mujer, harto claramente lo habeis visto. Por qu pues habeis de
calificarme de mujer, si todas mis acciones son de hombre? Vuestra ley
tan solo establece que las damas han de ser vencidas por las damas,
y no por los guerreros. Supongamos, sin embargo, admitiendo vuestro
parecer, que yo fuese mujer (lo cual no concedo en manera alguna), pero
que mi belleza no llegara  igualar  la de esa dama: no creo que por
esta causa os resolvierais  dejarme sin la recompensa de que mi valor
me hiciese acreedora, por ms que mi rostro no la mereciese; porque
seria una punible injusticia negarme por falta de atractivos lo que
mi valor me hubiera hecho conquistar por medio de las armas. Y aunque
la costumbre dispusiera que el que pierde en punto  belleza debe
abandonar el puesto, yo querria permanecer en l  todo trance. Por lo
tanto, no siendo iguales las circunstancias que concurren entre esa
dama y yo, debo inferir que, sentada la cuestion bajo el punto de vista
de la belleza, puede perder mucho y no ganar nada conmigo, y donde
las prdidas y las ganancias no son iguales en todo, no puede tampoco
establecerse una competencia honrosa: por consiguiente, ya sea favor 
justicia, no prohibireis  esa dama que pase la noche en este castillo.
Si hay alguno que se atreva  decir que mi opinion no es justa y
razonable, pronta estoy  sostener como guste, que su parecer es falso,
y verdadero el mio.

La hija de Amon, compadecida de que tan sin razon se viese aquella dama
obligada  salir al campo, donde caia una copiosa lluvia y no habia
un solo abrigo donde guarecerse, supo persuadir al seor del castillo
con sus razonables y sensatas palabras, y especialmente con su ltima
proposicion,  que se estuviera quieto, y conviniera con ella en cuanto
habia expuesto. As como durante el ardiente calor del esto, cuando
ms sedientas estn las agostadas plantas, se reanima la flor, prxima
 marchitarse por falta de aquel jugo que la sostenia, en cuanto
siente la anhelada lluvia, as tambien la embajadora, al verse tan
brillantemente defendida, ostent en su rostro la apacible belleza que
la adornaba anteriormente.

Preparronse entonces  disfrutar de los placeres de aquella cena que
aun no habian tocado, y no fu ya turbado su contento por la llegada
de ningun caballero andante. Todos hicieron honor al banquete, excepto
Bradamante, que continuaba triste y afligida como siempre; pues aquel
temor, aquella terrible sospecha que la oprimia sin cesar, le quitaba
el gusto para todo. Una vez terminada la cena (que se habria prolongado
ms, si no lo hubiera impedido el deseo de satisfacer la curiosidad),
se levant Bradamante, imitndole la mensajera. Por rden del
Castellano, encendi un paje una multitud de bugas, que esparcieron la
ms viva claridad en todo el salon. En el canto siguiente dir lo que
ocurri.




CANTO XXXIII.

  Bradamante ve representadas las guerras futuras en las pinturas
  del castillo cuyas puertas le abri su valor.--La fuga de Bayardo
  interrumpe el combate de Reinaldo y el rey de Sericania.--Astolfo,
  que daba la vuelta al mundo  travs de los aires, llega  Nubia de
  donde espulsa  las feroces arpas, que devoraban los manjares de la
  mesa del rey, y las persigue hasta la boca del infierno.


Timgoras, Parrasio, Protgenes, Polignoto, Timante, Apolodoro,
el ilustre y universalmente conocido Apeles, Zeuxis[48], y todos
los pintores ms famosos de la antigedad, cuyo renombre ( pesar
de Cloto[49] que destruy sus cuerpos y despues sus obras) vive y
vivir en el mundo, mientras se lea  escriba, merced  los poetas;
cuantos existieron  aun existen en nuestro tiempo, como Leonardo de
Vinci, Andrs Mantegna, Juan Bellini, los dos Dossi, y el que pinta y
esculpe con igual talento, Miguel, ms bien que mortal, ngel divino;
Sebastiano del Piombo, Rafael, Ticiano, honra de Venecia y Urbino
los primeros y de Cadore el ltimo, y todos aquellos cuyos trabajos
compiten con las obras maestras de la antigedad; cuantos artistas,
en fin, gozan hoy de alguna fama  la han tenido hace mil y mil aos,
representaron con sus pinceles en lienzos  edificios nicamente los
sucesos que ya acaecieron; pero jams habreis oido decir que ningun
pintor antiguo ni moderno haya pintado los acontecimientos futuros, y
sin embargo, se han encontrado cuadros representando historias, que se
pintaron antes de que sucedieran.

       [48] Clebres pintores de la antigedad todos ellos. Timgoras,
       de Calcio, fu el primero que desafi en su arte  otro pintor y
       le venci: Parrasio, de Efeso, el primero que sujet  reglas el
       arte de la pintura, vivi hcia el ao 420 antes de Jesucristo,
       y estaba tan envanecido de su talento, que llevaba generalmente
       un vestido de prpura y una corona de oro, calificndose  s
       mismo de rey de los pintores: Polignoto, de Thasos, fu el
       primero que retrat  las mujeres con vestiduras brillantes y
       lujosas: Protgenes, de Rodas, consigui tanta celebridad por
       sus obras, que cuando Demetrio siti  Rodas y se apoder de
       la ciudad, mand que se respetase del saqueo el barrio en que
       l trabajaba: Timante, de Cythnos,  Sicion, fu contemporneo
       y rival de Parrasio Apolodoro, pintor griego, que excedi en
       su arte  sus antepasados: Apeles, de Colophon el pintor ms
       clebre y conocido de la antigedad, el nico  quien Alejandro
       el Grande permiti que le retratara: Zeuxis, otro pintor griego
       de fama universal.

       [49] Una de las tres Parcas: la que tiene la rueca  hila el
       destino de los hombres.

No puede envanecerse de hacer otro tanto ningun artista, vivo 
muerto; porque este arte pertenece tan solo  los encantadores, 
cuyos conjuros se estremecen los espritus infernales. Valindose
Merlin de un libro que se proporcion en el lago Averno[50]  en las
grutas Nursinas[51], oblig  los demonios  construir en una sola
noche el salon de que he hablado en el canto anterior. El arte mgica
con que nuestros antepasados hicieron tales prodigios, se ha perdido
completamente.

       [50] Lago de la Campania,  3 leguas de Npoles. Tiene la forma
       de un pozo muy profundo, y exhalaba vapores ftidos, por lo cual
       le consideraban los antiguos como la entrada de los Infiernos.

       [51] Grutas situadas en la montaa de Norsia, cerca de
       Npoles, donde es fama que en la ms profunda de ellas tenia
       su residencia habitual la Sibila de Cumas. Acudian muchos 
       ella para consultar el porvenir, para aprender el arte de
       los encantamientos y para hacer sagrados  los demonios los
       libros que llevaban; pero no podian salir de la gruta hasta que
       transcurriera un ao, un mes y un dia, y si se olvidaban de
       efectuarlo en el trmino fijado, quedaban en ella para siempre.

Pero volviendo donde me estarn esperando los que ansiaban contemplar
las pinturas de aquella sala, dir que  una seal dada por el Seor
del castillo, trajo un escudero varias antorchas encendidas, cuya luz
disip las tinieblas que en torno reinaban, produciendo tal claridad
que parecia de dia. El Castellano dijo entonces:

--Habeis de saber, que de todos los combates que aqu estn
representados, son todava muy pocos los que han acontecido, porque
se pintaron antes de que sucedieran; pero su autor supo tambien
adivinarlos. A la vista teneis las victorias  derrotas que nuestros
soldados conseguirn  tendrn que sufrir en Italia. El profeta
Merlin se esmer en reproducir en esta sala todas las batallas
prsperas  adversas que los franceses habian de dar al otro lado de
los Alpes, desde la poca en que l vivi hasta mil aos despues. El
rey de Bretaa envi  Merlin  disposicion del rey franco sucesor
de Marcomiro[52]: os dir en pocas palabras la causa de la venida de
Merlin, y por qu ejecut este trabajo.

       [52] Marcomiro V, rey franco, padre de Faramundo,  quien muchos
       historiadores tienen por el primer rey de Francia.

El rey Faramundo, que fu el primero que invadi la Galia atravesando
el Rin  la cabeza del ejrcito franco, despues de conquistar este
pas, form el designio de sojuzgar tambien la soberbia Italia, en
vista de que el Imperio romano iba decayendo de dia en dia; y con
este objeto quiso aliarse con el britnico Arturo, contemporneo
suyo. Arturo, que no emprendia cosa alguna sin consultar prviamente
el parecer de Merlin, del sbio encantador hijo del demonio, que
profundizaba los arcanos del porvenir, supo por l los peligros  que
expondria  sus soldados si penetraba en la region que dividen los
Apeninos y est limitada por el mar y los Alpes, cuya profeca se
apresur  poner en conocimiento de Faramundo. Merlin anunci al Rey
franco que todos cuantos empuaran el cetro de Francia despues de l,
verian sus ejrcitos destruidos por el hierro, el hambre  la peste,
y que sus pretensiones sobre Italia solo les reportarian alegrias
transitorias y prolongados lutos, pocas ventajas  interminables daos,
porque las lises no podrian arraigarse jams en aquel pas. Faramundo
di tal crdito  los vaticinios del encantador, que dirigi hcia otra
parte sus armas; y Merlin, previendo los acontecimientos futuros como
si en realidad hubieran tenido efecto, accedi  los ruegos del Rey,
segun se cree,  hizo por medio de encantamientos esas pinturas que
representan todos los hechos de armas que deberian llevar  cabo los
franceses, como si ya se hubiesen realizado. El monarca francs quiso
dar  entender  sus sucesores que as como podria alcanzar triunfos y
honores todo el que abrazara la defensa de Italia contra cualquiera de
sus enemigos, del mismo modo deberia estar seguro de hallar abierta la
tumba en sus montaas si se dirigia  ella con intencion de saquearla 
tiranizarla, hacindole soportar el yugo de la esclavitud.

As dijo, y en seguida condujo  los circunstantes hcia el cuadro
donde empezaban las historias, mostrndoles  Sigeberto, que estimulado
por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio,
bajaba desde el monte de Jove  la extensa llanura regada por el Lambro
y el Tesino. Vease en l  Autharis, no solo rechazando la invasion de
los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejrcito[53].

       [53] Deseoso Mauricio, emperador de Constantinopla, de arrojar
       de Italia  los lombardos, incit  Sigeberto, rey de Austrasia,
        que tomara las armas contra ellos, ofrecindole en cambio
       ricos presentes y donativos esplndidos. Sigeberto pas los
       Alpes  la cabeza de un numeroso ejrcito, y lleg  la Galia
       Cisalpina. Autharis, rey de los lombardos, apenas supo su
       venida, se fingi temeroso y se encerr dentro de los muros de
       Milan; entonces los franceses, haciendo gala de mayor audacia y
       seguridad de la que les convenia, descuidaron toda vigilancia, y
       aprovechndose Autharis de este descuido, cay sobre ellos y los
       destroz, causndoles una mortandad horrorosa.

En otro cuadro se veia  Clodoveo atravesando los Alpes  la cabeza
de un ejrcito de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que
no contaba para hacerle frente ms que con un nmero muy reducido de
tropas, fingia abandonar el campamento,  fin de que cayera el enemigo
en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el
vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en l,
como las moscas en la miel[54].

       [54] Clodoveo, rey de Francia, pas con un numeroso ejrcito 
       Italia, con objeto de destruir el poder de los lombardos. Como
       Grimoaldo, duque de Benevento,  quien correspondia la corona de
       Lombardia, estaba  la sazon ocupado en pelear con los hermanos
       Pertarita y Gondiberto, que se la disputaban, se conoci
       impotente para resistir  los franceses, y determin valerse
       de la astucia. Con las escasas fuerzas de que disponia simul
       un ataque contra Clodoveo, y huyendo despues atrajo al enemigo
       al campamento lombardo, que estaba abundantemente provisto de
       vveres y vino. La intencion de Grimoaldo tuvo cumplido efecto,
       porque abalanzndose los franceses sobre los barriles de vino,
       no tardaron en embriagarse, y cuando Grimoaldo los vi por la
       noche brios y soolientos, cay sobre ellos y los derrot de
       tal suerte, que no qued uno solo que pudiera llevar  su pas
       la noticia de su derrota.

En el cuadro siguiente se veia  Childeberto enviando  Italia una
inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder
envanecerse, ms que Clodoveo, de haber saqueado  vencido al lombardo;
porque cay sobre su ejrcito la espada del Cielo produciendo en l
tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadveres
franceses, muertos de calor  de disentera, en trminos que de cada
diez no volvi uno sano[55].

       [55] Queriendo vengar Childeberto, sucesor de Clodoveo, la
       derrota que  este hiciera sufrir Grimoaldo, envi  Italia
       una poderosa hueste dividida en tres cuerpos: el jefe de la
       primera fu atravesado por una saeta delante del castillo de
       Milan, por cuya causa sus soldados se desbandaron, pasando
       algunos  reunirse con los otros dos cuerpos: el segundo anduvo
       recorriendo y devastando la Venecia y la Lombardia. El tercero
       puso sitio  Milan, donde pas algun tiempo esperando socorros
       del emperador de Oriente, y como estos no llegaran y el ejrcito
       francs sufriera entre tanto una pestilente mortandad, los pocos
       soldados que quedaban regresaron  sus hogares.

El Castellano les mostr despues  Pepino y en seguida  Crlos, que
bajaban uno tras otro  Italia, consiguiendo ambos ver coronada su
empresa de un xito feliz, por lo mismo que no la habian llevado 
cabo con objeto de asolar el pas, sino con el de defender el primero
al oprimido Pastor Esteban, y el segundo  Adriano y  Leon despues.
El uno conseguia domear al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer
prisionero  su sucesor, reponiendo al Papa en su honorfico puesto[56].

       [56] Exaltado Esteban II al slio pontificio, Astolfo, rey de
       Lombardia, empez  vejarle de diversos modos, llegando hasta
        apoderarse de Rvena,  pesar de los dones que el Papa le
       ofrecia para contenerle. En su consecuencia, Esteban II pidi
       auxilio  Pepino, rey de Francia, el cual atac  Astolfo, le
       venci y le oblig  restituir  la Santa Sede cuanto le habia
       usurpado. En cuanto Pepino regres  Francia, empez de nuevo
       Astolfo sus ataques contra Roma, por lo cual, llamado otra vez
       el monarca francs, oblig tambien al lombardo  cejar en sus
       persecuciones. Muerto Astolfo, le sucedi su hijo Desiderio,
       que fu vencido y encerrado en Lyon por Carlomagno, segun se ha
       dicho en el canto III.--Al papa Adriano sucedi Leon III, el
       cual fu acometido una maana mientras celebraba los divinos
       oficios por sus competidores Pascual Primicerio y Gampdo
       Preste, que arrancaron al Papa sus vestiduras, lo arrojaron
       al suelo, le quisieron sacar los ojos y la lengua, y se le
       llevaron por fin prisionero. El Papa pudo escaparse, merced 
       su camarero Albino, y fu  pedir auxilio  Carlomagno, que
        la sazon estaba en guerra con los sajones. No pudiendo el
       Emperador acompaarle, le envi  Roma con una numerosa escolta
       y le restableci en su trono. En agradecimiento, Leon III puso
       en la cabeza de Carlomagno la corona imperial. Los dos culpables
       fueron despues aprehendidos y llevados  Francia, donde murieron
       en el cautiverio.

Mostrles  continuacion al jven Pepino, que con su ejrcito parecia
cubrir todo el territorio que se extiende desde el P hasta las costas
orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente
en Malamocco, cuyo extremo llegaba  Rialto, para combatir sobre l.
Despues estaba representado en actitud de huir, dejando  los suyos
sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y
el viento[57].

       [57] Pepino, hijo de Carlomagno y coronado rey de Italia por
       el Papa Leon III, declar la guerra  los venecianos por
       apoderarse de la Dalmacia. Despues de haberse hecho dueo de la
       campia de Venecia y de muchas islas cercanas, intent asaltar
       el palacio de Rialto, adonde se habia trasladado el Dux desde
       el de Malamocco, y no pudiendo conseguir su objeto por tierra,
       construy un puente de tablas sobre toneles vacos en el canal
       de Orfano que es muy profundo, para que sus soldados, poco
       acostumbrados  los combates navales, lucharan sobre l con ms
       comodidad. Pero los venecianos, defendindose en sus lanchones,
       y auxiliados por un viento impetuoso que agit fuertemente
       las aguas, hicieron pedazos el puente, precipitando  los
       franceses en el canal, y Pepino tuvo que abandonar la empresa, 
       consecuencia de las prdidas que sufri.

Seguia  continuacion Luis de Borgoa, que descendia  la llanura en
que debia quedar vencido y prisionero, obligndole su vencedor  jurar
que nunca volveria las armas contra l. Por haber cumplido mal su
juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando
en l los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de
los Alpes[58].

       [58] Reinando Berengario I en Italia, Luis III de Francia, hijo
       de Boson, rey de Borgoa, quiso disputarle la corona; pero
       vencido por Berengario, le jur que no volveria  tomar las
       armas contra l. Olvidando  los cuatro aos su juramento, le
       declar de nuevo la guerra, pero fu sorprendido en Verona por
       su competidor, el cual se apoder de l, hizo que le sacaran los
       ojos, y le envi  Francia, donde desde entonces le apellidaron
       el _Ciego_.

Representaba la pintura siguiente las portentosas hazaas de Hugo de
Arls, arrojando de Italia  Berengario, y derrotndole dos  tres
veces seguidas,  pesar del auxilio de los hunos y de los bvaros.
Obligado despues  ceder al nmero, capitulaba con el enemigo; pero
no sobrevivia mucho tiempo  esta afrenta, y su sucesor, no menos
infortunado que l, se veia precisado  ceder  Berengario todos sus
estados[59].

       [59] Reinaba en Italia Berengario II, en cuyo tiempo Rodolfo,
       rey de Borgoa, pas  Italia, llamado por muchos seores que
       odiaban  aquel, le venci y le priv de la corona. Berengario
       solicit el auxilio de los hunos, los cuales pasaron  Italia
       y la devastaron. Viendo esto los italianos,  irritados con la
       pusilanimidad de Rodolfo, llamaron  su vez  Hugo, conde de
       Arls, que despues de expulsar  los hunos y  Rodolfo, rein
       diez aos. Por entonces entraron en Italia los bvaros con un
       grande ejrcito; pero fueron vencidos por Hugo. Berengario
       III, sucesor de su padre, intent recobrar despues sus estados
       hereditarios; y auxiliado por los hunos y los bvaros, oblig 
       Hugo  pedir la paz, bajo condicion de que l saldria de Italia
       dejando en rehenes  su hijo Lotario. Al poco tiempo Hugo muri
       en Arls, y su hijo, que estaba encerrado en Pava, solo le
       sobrevivi dos aos.

Ms all contemplaron  otro Crlos, que para consuelo del buen Pastor,
encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas
daba muerte  dos reyes:  Manfredo, primero, y  Conradino despues.
Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejmenes, se
diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada
al toque de vsperas[60].

       [60] El buen Pastor  que se refiere Ariosto fu Urbano IV,
        quien llama bueno por irona; pues en vez de practicar
       obras santas, llam  Crlos de Anjou para encender la guerra
       en Italia. Este prncipe pas en efecto  la Pennsula con
       un ejrcito francs y derrot  Manfredo, rey de Npoles,
       que muri en la batalla. En cuanto  su sobrino y sucesor
       Conradino, logr escaparse; pero vendido por algunos de los que
       protegian su fuga, fu entregado  Crlos, el cual, cediendo 
       las sugestiones del Papa, le hizo decapitar en la plaza de la
       Anunziata de Npoles.--Poco tiempo despues fu exterminado el
       ejrcito francs por los sicilianos, cuya matanza es bastante
       conocida con el nombre de _Vsperas sicilianas_.

El Castellano les ense despues (dejando en claro una larga srie
de aos, y aun de lustros), un capitan francs que descendia de los
Alpes para hacer la guerra  los ilustres Viscontis, el cual sitiaba 
Alejandra con un numeroso ejrcito, compuesto de infantes y ginetes:
el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al
mismo tiempo preparaba no lejos de all una emboscada,  la que con
astucia y maa sabia atraer  los imprudentes franceses. El Conde
de Armaac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos
cadveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del
ejrcito caian prisioneros en Alejandra: aumentado el caudal del
Tnaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el P
enrojeciendo sus aguas[61].

       [61] Molestados los florentinos y boloneses por Galeas Visconti,
       duque de Milan, se conjuraron contra l con la mayor parte de
       los prncipes italianos,  hicieron que pasara desde Francia
        auxiliarles el conde de Armagnac con un ejrcito de 20,000
       hombres, que pusieron sitio  Alejandra: entonces Galeas,
       dejando una fuerte guarnicion en la ciudad, sali con el resto
       de sus tropas, y dando un gran rodeo, cay sobre la retaguardia
       del enemigo, mientras los sitiados hacian una salida vigorosa,
       de suerte que los franceses, cogidos entre dos fuegos, quedaron
       muertos  prisioneros. El conde de Armagnac muri  consecuencia
       de sus heridas.

Mostrles  continuacion un seor de la Marca y tres condes de Anjou,
diciendo:

--Ved cun molestos son estos guerreros  los habitantes de la Daunia y
de los Abruzzos,  los Marsos y  los Salentinos[62]; pero de nada les
valdrn los auxilios que reciban de Roma  de Francia para conseguir
afirmar su planta en aquellos pases; y si no, ved cmo Alfonso y
Fernando les arrojan del reino cuantas veces intentan penetrar en
l[63].

       [62] Daunia: region de la Italia meridional, que hoy forma,
       poco ms  menos, la Capitanata.--Marsos: pueblo de la Italia
       antigua, que habitaba en las montaas que rodean el lago Fucino,
       en el reino de Npoles.--Salentinos: pueblo antiguo de la Italia
       meridional, al que se coloca en la costa de Calabria.

       [63] Casado Jacobo, conde de la Marca y descendiente de los
       reyes de Francia, con Juana II, reina de Npoles, olvid lo
       prometido al casarse,  intent gobernar con exclusion de su
       esposa. Juana, auxiliada por Francisco Sforza, duque de Milan,
       oblig  su marido  huir  Francia.--Alfonso, hijo adoptivo
       y sucesor de Juana, tuvo que combatir contra los condes Luis
       y Renato de Anjou, los cuales le disputaban la corona por
       descender de Crlos III; pero Alfonso los venci y se hizo dueo
       del reino. A la muerte de Alfonso, Renato de Anjou declar la
       guerra  su sucesor Fernando, inducido  ello por muchos seores
       italianos; pero el nuevo rey alcanz la victoria y se estableci
       en el trono,  pesar de que los franceses ayudaron  Renato con
       hombres y dinero.

Ah teneis  Crlos VIII, que desciende de los Alpes, llevando
consigo la flor de los guerreros franceses: atraviesa el Liris[64] y
se apodera de todo el reino sin desenvainar la espada  enristrar la
lanza, excepto del escollo que se extiende por los brazos, el pecho y
el vientre de Tifeo[65], en donde no pudo vencer la resistencia del
valeroso Iigo del Vasto, descendiente de la estirpe de valo[66].

       [64] Rio de Italia, que desagua al E. de Gaeta. Hoy se llama el
       Garigliano.

       [65] Este escollo es la isla de Ischia, situada  la entrada
       del golfo de Npoles, bajo la cual suponian algunos poetas que
       estaba sepultado el gigante Tifeo, uno de los que intentaron
       asaltar el Olimpo.

       [66] Crlos VIII de Francia quiso conquistar el reino de
       Npoles, haciendo valer ciertos derechos que los prncipes de la
       casa de Anjou habian legado  su familia. En cinco meses llev 
       cabo dicha conquista, contando con el auxilio de muchos magnates
       italianos; pero no pudo apoderarse de la fortaleza levantada en
       la isla de Ischia, que defendi valerosamente Iigo del Vasto,
       en favor de Fernando II de Npoles.

El seor del castillo, que iba describiendo aquellas historias 
Bradamante, aadi al mostrarle la isla de Ischia:

--Antes de seguir ms adelante, quiero referiros lo que solia contarme
mi abuelo cuando yo era nio: es un suceso que l habia oido relatar 
sus padres  abuelos, y estos  los suyos, remontndose de esta suerte
la tradicion hasta aquel de mis ascendientes que oyera la historia de
los propios lbios del que hizo sin necesidad de pincel las variadas
imgenes que aqu veis. Cuando Merlin mostr al Rey el castillo
edificado sobre la empinada roca que os estoy designando, le dijo lo
que vais  escuchar:--Esa isla llegar  ser defendida un dia por un
caballero, cuya audacia despreciar las llamas que hasta el mismo Faro
le han de rodear por todas partes; y por aquella poca  poco despues
(le design el dia y el ao) deber nacer de su sangre un guerrero,
que dejar muy atrs  todos los ms valientes que existan  hayan
existido. No fu tan grande la belleza de Nireo[67], ni el valor de
Aquiles, ni la audacia de Ulises, ni la velocidad de Lada[68]; no
fu tan prudente Nstor, que tanto supo y vivi tanto[69], ni Csar
tan liberal y magnnimo como la antigua fama nos lo representa, que,
comparados con el varon ilustre que debe nacer en Ischia, no queden
oscurecidas todas las virtudes que los han hecho famosos. Y si se
envaneci la antigua Creta cuando vi nacer en ella al nieto del
Cielo[70]; si Hrcules y Baco hicieron  Tebas gloriosa[71]; si Delos
se alab de haber llevado  los dos gemelos[72], no dejar esa isla de
estremecerse de gozo y de adquirir un renombre que por todo el orbe
resuene, cuando nazca en ella aquel gran Marqus[73]  quien el Cielo
prodigar todos sus dones.--As le dijo Merlin, y repiti muchas veces
que estaba reservado para ver la luz primera en el instante en que
ms oprimido se viera el romano Imperio,  fin de que, merced  l,
recobrara su libertad.--Pero como os he de ensear ms adelante algunas
de sus hazaas, no quiero hablaros de ellas prematuramente.

       [67] Rey de Naxos: era despues de Aquiles el ms hermoso de
       todos los griegos que fueron al sitio de Troya.

       [68] Lada, segun los historiadores, fu tan veloz en la carrera,
       que cuando corria no dejaba la huella de sus plantas en el suelo.

       [69] Nstor, rey de Pylos, es celebrado entre los poetas por su
       sabidura y elocuencia, y lleg  una edad tan avanzada, que,
       segun Homero, vivi tres edades de hombre.

       [70] Jpiter, fu hijo de Saturno, el cual lo fu del Cielo,
       segun la fbula, por cuya razon Ariosto llama  Jpiter, nieto
       del Cielo. Este dios fu criado secretamente en la isla de
       Creta, adonde le envi su madre Rhea para impedir que su padre
       lo devorase, como hacia con todos sus hijos varones.

       [71] Por haber nacido en ella.

       [72] En Delos, una de las islas Ciclades, nacieron Diana y
       Apolo, hijos de Jpiter y Latona. Segun la fbula, la celosa
       esposa de Jpiter oblig  la Tierra  no dar refugio  Latona
       mientras estaba encinta; pero Neptuno, movido  compasion,
       hizo salir del fondo del mar la isla de Delos, donde Latona se
       refugi. Esta isla estuvo fluctuando sobre las aguas, hasta que
       Latona di  luz  los dos gemelos, y entonces se fij entre las
       dems del archipilago griego.

       [73] Fernando Francisco de valos, marqus de Pescara, de quien
       se ha hablado ya en el canto XV.

As dijo el Castellano, y volvi  ocuparse del cuadro en que estaban
representadas las nclitas proezas de Crlos.

--Ved ah, les decia, cmo se arrepiente Luis de haber hecho que Crlos
acuda  Italia; pues su intencion al llamarle solo ser la de que le
preste auxilio contra su inveterado rival, y no la de que le despoje de
sus estados. Por esta razon se aliar  los venecianos, y al regreso de
Crlos, intentar apoderarse de l. Mirad cmo baja la lanza el animoso
Rey, se abre un camino sangriento y se aleja,  pesar de los esfuerzos
de sus enemigos. Mas las tropas que habr dejado para conservar el
nuevo reino, sufrirn una suerte bien distinta; pues Fernando, ayudado
por el Seor mantuano, reunir tantas fuerzas en su contra, que en
pocos meses no dejar un francs vivo, lo mismo en el mar que en la
tierra. Sin embargo, la prdida de un solo hombre muerto  traicion,
har desaparecer todo el jbilo de la victoria[74].

       [74] Habiendo muerto Galeas Sforza, duque de Milan, dej un hijo
       de corta edad llamado Juan Galeas, en cuyo nombre gobernaba el
       estado su tio Luis Sforza, llamado el _Moro_,  causa de su
       color moreno. Intentando este usurpar  su sobrino la corona
       ducal, y contrariado en sus propsitos por Alfonso, rey de
       Npoles, indujo  Crlos VIII de Francia  que pasara  Italia
       con objeto de conquistar el reino de Npoles, cuya conquista
       llev Crlos  cabo, segun se ha dicho en una nota precedente.
       No tard el francs vencedor en publicar sus propsitos de
       apoderarse de toda la Italia, y recelosos por esta causa los
       prncipes italianos, y en especial Luis Sforza, que era ya
       duque de Milan por muerte de su sobrino y estaba arrepentido
       de haber llamado  Crlos VIII, formaron entre los milaneses,
       los venecianos y los mantuanos una alianza para oponerse  las
       pretensiones del nuevo rey de Npoles. Los ejrcitos de ambas
       partes vinieron  las manos en las mrgenes del Taro, y despues
       de combatir con indecisa fortuna, lograron los franceses abrirse
       paso. Mientras tanto el rey Fernando, sucesor de Alfonso sali
       de Ischia y entr en Npoles, cuyos habitantes, cansados del
       orgullo  insolencia de los franceses, le recibieron con los
       brazos abiertos, y auxiliado por los venecianos, extermin 
       todos los enemigos que quedaban en el reino.

As diciendo, les mostr al marqus Alfonso de Pescara, y prosigui:

--Despues que los lauros alcanzados en mil empresas hayan hecho brillar
 ese guerrero ms que el resplandeciente rub, caer en una asechanza
que le tender un malvado etope por medio de un tratado doble, y ah
podeis ver cmo cae el mejor caballero de aquella edad con la garganta
traspasada por una saeta[75].

       [75] Quedaba aun en poder de los franceses el castillo nuevo
       de Npoles, cuando un esclavo moro que estaba  su servicio,
       prometi  las tropas napolitanas y aragonesas que en una noche
       dada incendiaria la armada francesa, y les abriria las puertas
       de la iglesia de Santa Cruz. Alfonso de Pescara, llamado  media
       noche por aquel malvado, acudi  conferenciar con l desde el
       pi de las murallas del castillo, y entonces el moro le lanz
       una saeta lunada que le dej muerto en el acto.

En seguida les ense al rey Luis XII atravesando los montes al frente
de un ejrcito italiano, el cual, venciendo al Moro, plantaba la flor
de lis en el terreno fecundo propiedad de los Viscontis. Desde all
enviaba sus soldados por el mismo camino que ya habia seguido Crlos,
 fin de que echaran un puente sobre el Garellano; pero no tardaban en
ser derrotados, y en quedar muertos  ahogados en el rio[76].

       [76] Poco despues de su advenimiento al trono de Francia,
       intent Luis XII recobrar el Milanesado, y  este fin se ali
       con el Papa Alejandro VI y los venecianos contra Luis Sforza
       el Moro,  quien desposey de sus estados obligndole  pedir
       auxilio al emperador Maximiliano. Aliado despues Luis XIII con
       el rey de Espaa acometieron juntos  Federico de Aragon, rey de
       Npoles, le vencieron y se repartieron su reino; pero habindose
       suscitado algunas disensiones entre los espaoles y franceses 
       causa de esto reparto, acudieron  las armas para dirimirlas, y
       encontrando Gonzalo de Crdoba al ejrcito francs en el momento
       en que intentaba pasar el Garigliano, le caus una sangrienta
       derrota.

--Contemplad, decia el Seor del castillo, esa nueva y terrible matanza
del ejrcito francs, obligado  emprender la fuga; el espaol Gonzalo
Fernandez es el que por dos veces le ha hecho caer en la trampa. Ved,
sin embargo, cmo la Fortuna, que tan adversa se mostrara entonces al
rey Luis, le sonre despues ms benigna en las ricas llanuras que el P
divide entre los Apeninos y los Alpes, hasta donde se oyen los bramidos
del Adritico[77].

       [77] Despues de la derrota del Garigliano, los espaoles
       consiguieron vencer  los franceses en Ceriola, ciudad del
       reino de Npoles, en cuya batalla pereci el Duque de Nemours,
       generalsimo del ejrcito francs; y  consecuencia de estas
       dos victorias, los franceses, que ya solo conservaban la plaza
       de Gaeta, tuvieron que abandonarla, y con ella el reino.--La
       victoria que consigui el rey Luis XII posteriormente fu la de
       Rvena, mencionada ya en otro canto.

Al decir estas palabras, se reconvino  s mismo por haber olvidado
lo que debia referir de antemano; y volviendo atrs, les design un
traidor que vendia al enemigo el castillo que su seor le confiara; el
prfido suizo, que ms adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba
sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de
Francia sin necesidad de combatir[78].

       [78] En cuanto Luis XII entr en Milan, abandonada por su duque
       Luis el Moro, se fueron rindiendo  sus armas todas las ciudades
       del ducado, incluso Gnova, cuyo castillo vendi por dinero su
       gobernador, que era suizo, al ejrcito francs. Apenas regres
       Luis XII  sus estados, ocurrieron algunos choques entre los
       milaneses y la guarnicion francesa y aprovechando Luis el Moro
       esta circunstancia, recuper en breve su patrimonio, auxiliado
       por un ejrcito suizo. A los pocos dias volvieron los franceses,
       le atacaron, y los suizos que auxiliaban al Duque de Milan,
       ganados por el oro francs, se pasaron al enemigo, entregando 
       Luis el Moro, que fu llevado cautivo  Francia, donde muri 
       los diez aos de cautiverio.

A continuacion les hizo reparar en Csar Borgia, que con el auxilio de
aquel Rey, aumentaba su podero en Italia, y desterraba de Roma  su
albedro cuantos grandes y seores le eran molestos[79]. Despues les
indic el mismo Rey, que hacia desaparecer de Bolonia la sierra, la
reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga  los genoveses que se le
habian rebelado, y subyugaba su ciudad[80].

       [79] Csar Borgia, hijo natural de Rodrigo Borgia, que despues
       fu Papa con el nombre de Alejandro VI, se hizo clebre por
       sus crmenes y sus perfidias. Su padre le hizo cardenal, y en
       seguida le oblig  abandonar la prpura para tomar la espada.
       Cas con una hija de Juan de Albret, rey de Navarra y pariente
       de Luis XII de Francia, el cual le ayud  apoderarse en 1501
       de la Romana, Urbino, Camerino y Sinigaglia, envenenando 
       la mayor parte de los pequeos prncipes de estos pases, y
       cometiendo inauditas crueldades con los nobles.

       [80] Ayudado el Papa Julio II por los franceses, arroj de
       Bolonia en 1508  la familia Bentivoglio, que llevaba por ensea
        blason una sierra, redujo  la ciudad  su obediencia y puso
       en ella el Roble, que era su blason.

--Mirad ah, continu diciendo, cun cubierta de cadveres est la
campia de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y
ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cmo este no consiente
al Papa que, pasados los lmites de la Romana, arrebate la ciudad
de Mdena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al
Pontfice  detener su invasion y  respetar los estados de aquel
duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega  la familia
de los Bentivoglio. Contemplad ms all al ejrcito francs saqueando
 Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cmo socorre 
Felsina, y dispersa casi  un tiempo mismo al ejrcito papal.--El uno y
el otro se encuentran luego frente  frente en las llanuras que riega
el Chiese. Por un lado el ejrcito francs, y por el otro el del Papa,
reforzado con un numeroso cuerpo de espaoles, traban una sangrienta
batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el
suelo; todos los fosos y zanjas estn llenos de sangre humana. Marte
no sabe  quien conferir la palma de la victoria; pero merced  la
intrepidez de un Alfonso, ceden los espaoles, y los franceses quedan
dueos del campo:  consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad
de Rvena, y el Papa, mordindose los lbios de desesperacion, hace
que una multitud de alemanes descienda  modo de tempestad, desde las
montaas vecinas, los cuales, arrollando en todos los encuentros  los
franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un
vstago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro[81].
Ved cmo vuelve el francs, y cmo le derrota el suizo desleal, llamado
por el jven en su auxilio,  pesar del riesgo  que se exponia por
haber sido el mismo que vendiera y aprisionara  su padre[82]. Pero
mirad cmo ese mismo ejrcito, que habia caido debajo de la rueda de la
Fortuna, se prepara  vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo
rey, y pasa  Italia bajo mejores auspicios[83]. Ah teneis  Francisco
I destrozando  los suizos de tal modo, que casi los extermina
completamente, y hacindoles adems perder para siempre el ttulo de
domadores de prncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que
aquellos villanos mal nacidos se engalanaban. Mirad cmo,  pesar de
la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jven Sforza. Ved  Borbon
que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman.
Ved despues cmo, mientras est ocupado el monarca francs en empresas
de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que
hacen gala los suyos, le arrebatan  Milan.

       [81] Habiendo quitado los venecianos al Papa Julio II muchos
       pueblos al Norte de Italia, el Pontfice form en 1508 con Luis
       XII de Francia, Fernando V de Espaa y el emperador Maximiliano
       la liga de Cambrai, y oblig  Venecia  aceptar condiciones
       desventajosas. Cuando no necesit de los socorros de Luis XII
       le suscit enemigos, y  este fin se ali nuevamente en 1511
       con los espaoles y con los mismos venecianos, y declar la
       guerra  Alfonso, duque de Ferrara. Acudi Luis XII en auxilio
       de este; venci al Papa en Bolonia, de cuya ciudad le despoj
       restituyndola  la familia Bentivoglio, saque  Brescia
       y alcanz una nueva victoria en Rvena, de la que ya se ha
       hablado. Irritado el Papa con estos reveses, hizo entrar en
       la liga, que se llam _Liga Santa_  los ingleses, alemanes y
       suizos; y todos juntos causaron  los franceses en Cuinegatte
       una espantosa derrota, que les oblig  retroceder hcia el
       Piamonte, donde quisieron hacer frente, pero fueron vencidos
       segunda vez y abandonaron la Italia. A consecuencia de todo
       esto, Maximiliano Sforza, hijo de Luis el Moro, fu repuesto en
       el trono de Milan.

       [82] Despues de abandonar la Italia, Luis XII hizo la paz
       con los venecianos, y alindose con ellos, envi otra vez su
       ejrcito al mando de La Tremouille. Maximiliano Sforza, al
       saberlo, pidi auxilio al Papa y  los suizos,  pesar de
       haber sido estos los que vendieron  su padre. Encontrando los
       milaneses y suizos al ejrcito francs en Novara le causaron una
       derrota espantosa; por lo cual confi el Papa  los segundos
       la defensa de la bandera eclesistica, y les di el ttulo de
       defensores de la libertad de la Iglesia contra los Prncipes
       soberbios.

       [83] En el canto XXVI queda dicho cmo pas Francisco I de
       Francia los Alpes, destroz  los suizos en Marignan, vengando
       la derrota de Novara, y se apoder de Milan, concediendo una
       pension al jven Sforza en cambio de su perdida corona.

Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo,
no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de
expulsar  los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo
ptrio[84]. Ved cmo vuelve Francia, pero conteniendo sus mpetus, y
sin recorrer con rpido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo
Duque de Mantua sale  oponrsele en el Tesino y le corta el paso.
Federico, en cuyo rostro no apunta todava el bozo de la pubertad, se
hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender  Pava del
furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo
uso de su diligencia y sagacidad ms bien que de las armas[85].

       [84] El emperador Crlos V aliado con el Papa Leon X, determin
       arrojar  los franceses de Milan para colocar en su trono 
       Francisco Sforza, nieto del primero de igual nombre  hijo
       segundo de Luis el Moro. Los espaoles mandados por el marqus
       de Pescara derrotaron  los franceses, que lo estaban por
       Trivulcio, el cual fu hecho prisionero, y Sforza restituido en
       el trono de Milan.

       [85] El Rey de Francia envi un nuevo ejrcito  las rdenes
       del Duque de Saboya para recobrar  Milan, cuya ciudad asedi
       tan infructuosamente, que se vi obligado  levantar el sitio.
       El Duque de Saboya pas  Pava, de cuya plaza era gobernador
       Federico Gonzaga, duque de Mantua, el cual  pesar de su corta
       edad, supo resistir y rechazar  los franceses y venecianos
       coaligados.

Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y
honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo
nido. El primero es hijo de aquel marqus Alfonso, con cuya sangre
vsteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que
un negro le tendiera. Ved cuntas veces son arrojados de Italia los
franceses, merced  sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y
apacible, es seor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente
caballero de quien os hablaba cuando os ense la isla de Ischia, y con
respecto al cual dijo tantas cosas Merlin  Faramundo, profetizando
que aplazaria su nacimiento para cuando ms necesidad tuviesen de su
ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes
de los brbaros. Mirad cmo, puesto  las rdenes de su primo el
de Pescara, y bajo los auspicios de Prspero Colonna, hace que los
suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de
Bicocca[86]. Ved cmo Francia se apresta de nuevo  vengar las afrentas
recibidas, bajando su rey con un ejrcito  Lombardia y enviando otro 
talar el reino de Npoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales
como el viento con el rido polvo, al cual hace describir rpidos
remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en
la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que
cree tener reunido en torno de Pava un ejrcito de cien mil hombres,
cuando  pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus
gentes aumentan  disminuyen: as es que por culpa de algunos ministros
avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos
los que acuden  reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche
el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz espaol, que
sostenido por los dos ilustres descendientes de valos, seria capaz
de abrirse paso hasta el Cielo  el Infierno. Ved lo ms selecto de
la nobleza de Francia llenando con sus cadveres el campo; ved  su
Rey animoso, que  pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y
de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido,
aun cuando todo el ejrcito enemigo se precipita sobre el, y hcia
l solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le
socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende 
pi; pero preciso es que el valor ceda al fin  la fuerza. Ved al Rey
prisionero, y vdlo luego en Espaa, y mirad cmo se concede el laurel
de la victoria y de la prision del monarca al Marqus de Pescara y 
su inseparable compaero el del Vasto. Queda un ejrcito deshecho en
Pava: el otro que se dirigia  invadir  Npoles, se queda  su vez
como una luz cuando le falta la cera  el aceite. Contemplad al Rey,
que deja  sus hijos en la prision ibera, y vuelve  sus estados: ved
cmo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio
pas. Mirad cuntos homicidios y rapias afligen  Roma por todos sus
mbitos, siendo mancilladas con estupros  incendios lo mismo las cosas
divinas que las profanas. El ejrcito de la Liga contempla de cerca
el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en
vez de oponerse  l, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro
caiga prisionero[87]. El Rey envia  Lautrec con nuevas tropas, no ya
para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impas y
criminales, la cabeza y dems miembros de la Iglesia; pero Lautrec
retrasa tanto su marcha, que al llegar  Roma encuentra ya al Padre
Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio  la
ciudad donde est sepultada la Sirena[88], y recorre todo el reino[89].
Ved cmo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro 
la ciudad asediada, y ved  Doria cul le sale al encuentro, y la
destroza, incenda  echa  pique. Pero mirad cmo la Fortuna, hasta
aqu tan propicia  los franceses, les retira sus favores, y les hace
perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en trminos que de
cada mil hombres apenas vuelve uno  su amada Francia[90].

       [86] Ciudad de Lombardia, donde los franceses, mandados por
       Lautrec, fueron derrotados en 1522 por los imperiales. Defendian
        dicha ciudad, adems de los espaoles, los milaneses y los
       suizos, mandados por Prspero Colonna. Estos ltimos habian
       prometido al general francs que quitarian  los espaoles toda
       la artillera, y mientras estaban efectundolo as durante la
       batalla, fueron sorprendidos por Colonna, el cual les oblig 
       llevarla sobre las espaldas para servirse de ella, ocasionando
       de este modo la muerte de un gran nmero de suizos.

       [87] Habindose aliado el Papa Clemente VII con Francisco I
       de Francia, el Rey de Inglaterra y varios prncipes italianos
       contra el emperador Crlos V, este monarca envi  Italia un
       ejrcito  las rdenes del Condestable de Borbon, el cual se
       apoder de Roma, la saque cruelmente, y redujo  prision al
       Papa que permaneci cautivo siete meses, obteniendo su rescate
        cambio de 400 mil ducados y doce rehenes. Los prncipes
       italianos no se atrevieron  acudir en defensa del Papa su
       aliado.

       [88] Esta Sirena fu Partnope, que enamorada de Ulises, no pudo
       resistir los desdenes de este hroe, y se arroj al mar, cerca
       del sitio donde existe la ciudad de Npoles, que se llam al
       principio como la Sirena.

       [89] Francisco I envi  Lautrec con un numeroso ejrcito para
       salvar al Papa y  los cardenales de la cautividad en que los
       tenia Crlos V; pero cuando el general francs lleg  Italia,
       ya estaba el Pontfice en libertad, por lo cual tuvo la audacia
       de querer apoderarse de todo el reino con la gente que llevaba,
       y siti  Npoles, devastando todo el pas con incendios y
       rapias.

       [90] Hugo de Moncada, el Marqus del Vasto y Ascanio Colonna
       acudieron con tres galeras y dos fustas en socorro de los
       napolitanos sitiados por Lautrec; pero fueron atacados por ocho
       galeras que mandaba Doria, que  la sazon estaba al servicio de
       la Francia, derrotados y hechos prisioneros. Los napolitanos,
       reducidos al ltimo extremo, inundaron la campia con las aguas
       del rio que entraba en la ciudad; estas aguas se unieron 
       las de las lagunas prximas  Npoles, infestaron el aire y
       produjeron en el ejrcito francs una mortal pestilencia, de
       la que muri Lautrec y tan gran nmero de soldados, que apenas
       volvieron  Francia dos mil.

Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar,
pintadas con los ms vivos y variados colores, estaban representadas en
aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas.
Bradamante y su compaera quisieron verlas dos  tres veces, porque no
se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras
doradas se veian al pi de cada una de ellas; y despues de pasar
algunos momentos comentando lo que acababan de ver, fueron  ocupar
las habitaciones que el seor del castillo, acostumbrado  tratar 
sus huspedes con toda clase de consideraciones, les design para
que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente,
Bradamante se decidi  acostarse; pero no hizo ms que dar vueltas en
su lecho  uno y otro lado, sin poder conciliar el sueo. Al acercarse
la aurora, consigui dormir algunos momentos, y le pareci ver en
sueos la imgen de Rugiero que le decia:--Por qu te consumes dando
crdito  una falsedad? Antes retrocedern los rios en su curso,
que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis
pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar  mi propio corazon
ni  las pupilas de mis ojos.--Y parecia aadir:--He venido  recibir
el bautismo y  cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha
sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce
el Amor.--Al llegar aqu desapareci el sueo, y con l, la imgen de
Rugiero: la guerrera se entreg de nuevo  su afliccion, profiriendo
mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:

--Ay msera de m! Solo fu un sueo lo que era grato  mi corazon, y
en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien
fu un sueo demasiado rpido en desvanecerse; pero no es sueo, no,
este terrible martirio. Ah! Por qu mis sentidos despiertos no ven
y oyen lo que crey ver y oir mi pensamiento? A qu condicion habeis
quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos,
el mal! El dulce sueo me prometia paz; pero el amargo despertamiento
renueva mis torturas: el dulce sueo ha sido, por mi mal, harto falaz;
pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y
me consuelan las ilusiones, permita el Cielo que no vuelva yo  oir
ni  ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando
desgraciada, ojal me sea dado dormir sin despertar jams! Cun
felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir
los ojos, entregados  un sueo profundo! Poco me importa que un sueo
semejante se parezca  la muerte, que permaneciendo en vela se viva ms
tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria  la de todos los humanos,
encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte  tal
sueo se asemeja, oh Muerte, ven cuanto antes  cerrar mis prpados!

Empezaba el Sol  teir de prpura los lmites del horizonte, las
nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso
que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tom sus armas para
continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Seor del
castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia
guardado. Al salir del castillo, vi que la embajadora se le habia
anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio
en que la estaban esperando los tres reyes  quienes la guerrera
derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos
una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio,  cuyos males
debia aadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido
que resignarse  un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando
el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la
mensajera pusiera en conocimiento de su seora, aparte de las dems
circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza
que en Francia se volvi contra ellos.

Resueltos  perecer   tomar una pronta venganza del ultraje recibido,
 fin de que Ulania rectificara el juicio que de su valor habia
formado, retaron  nueva lid  la hija de Amon, en cuanto esta acab de
pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban  una doncella,
pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jven, que
iba de prisa y no queria perder tiempo, rehus al pronto el combate;
pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo
negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes
derrib  los tres en tierra, con lo cual termin el combate: despues,
sin dignarse siquiera mirarlos, les volvi las espaldas, y se alej
rpidamente.

Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo
por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una
palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo
que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse
 levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas
veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no
habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso
de los tres. Deseando la dama humillarles ms y castigar su desmedida
arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien
les habia arrojado de la silla.

--Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, qu no debereis
pensar con respecto  la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con
mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de
ellos conquista el escudo, sereis capaces por ventura de disputrselo
con ms valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por
m no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros
ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba
ms clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario
que desee hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo,
solo conseguir aadir el dao  la vergenza que por dos veces habeis
encontrado en este pas,  no ser que juzgue ms til y glorioso
recibir la muerte por mano de tales guerreros.

Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella
la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya
circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su
squito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron
 punto de volver contra s mismos sus aceros; y arrastrados por su
despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin
conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo,
jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado,
hacindoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un ao entero
sin usar armas de ninguna clase y sin caminar ms que  pi por toda
clase de caminos, y aadiendo que hasta que hubiera transcurrido
el ao, no vestirian otras armas ni montarian ms caballos que los
que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta,
emprendieron de nuevo su viaje; ellos  pi y desarmados, y Ulania y su
servidumbre  caballo.

Bradamante lleg por la noche  un castillo que habia en el camino de
Pars, y supo all que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno
y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontr una cordial
hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible  los solcitos
cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba
reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de
Bradamante, que vaya por ella  descuidar  aquellos dos caballeros que
habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.

El combate que voy  describir no tenia por objeto la conquista de una
ciudad, ni de una corona; sino el de ver cul de los dos deberia quedar
en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de
clarin  trompeta para dar la seal del combate; sin heraldo que les
recordase la defensa  el ataque y excitase su valor, desnudaron al
mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto
reson el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien
empez la ira  dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas,
por ms firmes, slidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto 
mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes;
pero las de ambos guerreros eran tan slidas y tal la seguridad que una
larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre s mil y
ms veces sin peligro de romperse.

Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maa y arte, esquivaba
los tremendos tajos de Durindana, por constarle cun bien hendia el
acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes
con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era
siempre en sitio donde podia hacer muy poco dao. Reinaldo calculaba
mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su
acero penetraba  veces por los costados  por las junturas del yelmo
y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no
conseguia romper  desunir una sola malla; porque, merced al arte de
los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin
concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos 
herir  parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se
separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una
nueva ria llam su atencion y di tregua  su furor.

[Ilustracin: Suspendieron el combate, al ver  Bayardo en gran peligro.
                                                       (Canto XXXIII.)]

Volvieron ambos la cabeza simultneamente al oir un grande estrpito,
y vieron  Bayardo riendo con un mnstruo ms grande que l y cuyas
formas eran de ave. Su cabeza tenia ms de tres brazas de longitud; los
miembros restantes eran de murcilago; el plumaje negro como la tinta;
las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada
torva y las alas tan enormes, que ms bien parecian dos velas. Quizs
fuera un ave verdadera; pero no s si en otro pas se habr hallado
otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada
con respecto  l, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin.
Esta consideracion me hace creer que el pjaro en cuestion seria un
espritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma,  fin
de impedir el combate. Reinaldo lo sospech tambien as, y dirigi
despues las ms grias reconvenciones  su primo, el cual rechaz
semejante imputacion; y para convencer  Reinaldo de su sinceridad, le
jur por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.

Fuese ave  demonio, lo cierto es que el mnstruo cay sobre Bayardo
y lo aferr con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo,
rompi las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y clera, se
volvi contra su acometedor  coces y mordiscos: el ave le solt, y
remontndose velozmente por los aires, volvi  precipitarse sobre
l, clavndole sus punzantes uas y hostigndole sin cesar. Herido el
corcel,  incapaz de resistir  su enemigo, huy rpidamente hcia la
selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso ces de
perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del
bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se intern este
en la enramada, que al fin logr guarecerse en una cueva. En cuanto el
mnstruo alado perdi sus huellas, remontse al cielo, para buscar otra
presa.

Al ver Reinaldo y Gradasso que se les escapaba el caballo, causa de su
combate, convinieron en diferirlo hasta salvar  Bayardo de las garras
que le hacian huir por la oscura selva; pero con la condicion de que el
primero que lograra cogerle habia de volver con l  aquella fuente,
para terminar la interrumpida contienda. Se apartaron de la fuente,
siguiendo las huellas recientemente impresas en la tierra, pero Bayardo
se alejaba cada vez ms de ambos adversarios, que no podian competir
con l en velocidad. Gradasso salt sobre su Alfana,  internndose por
la selva, dej muy atrs al Paladin, triste y en extremo descontento.
A los pocos pasos, perdi Reinaldo el rastro de su corcel, que en su
vertiginosa carrera, habia ido buscando los rios, los rboles, los
peascos, los senderos ms escabrosos y salvajes para librarse de las
terribles garras que, cayendo del cielo, se clavaban en sus lomos.
Convencido Reinaldo de la inutilidad de sus pesquisas, volvi  la
fuente  esperarlo, por si Gradasso le llevaba all, tal como habian
convenido de antemano; mas cuando vi que esperaba en vano, se dirigi
de nuevo al campamento  pi y sumido en una profunda tristeza.

Pero volvamos al rey de Sericania, cuya suerte fu ms propicia que
la del paladin; pues su buena estrella, ms bien que su derecho, hizo
que oyera los relinchos de Bayardo, al cual encontr en la profunda
cueva, tan poseido de espanto todava, que no osaba salir fuera de
ella; de cuya oportunidad se aprovech el pagano para apoderarse de l.
Aunque Gradasso recordaba perfectamente su promesa de volver con l 
la fuente, no se mostr dispuesto  cumplirla, y se hizo el siguiente
razonamiento:

--Conqustelo en buen hora el que lo desee por medio de las armas: yo
prefiero apoderarme de l en paz. Tan solo por hacer mio  Bayardo he
venido de uno  otro extremo de la Tierra; ya que le tengo en mi poder,
harto loco ser el que crea que pienso desprenderme de l. Si Reinaldo
quiere recuperarle, que haga un viaje  la India, como yo lo he hecho
 Francia: tan seguro estar en Sericania como yo lo he estado las dos
veces que he venido  este pas.

As diciendo, se dirigi por el camino ms transitable hcia Arls,
donde logr reunirse con el ejrcito sarraceno, y se embarc en una
galera despalmada[91] con Bayardo y Durindana. En otra ocasion hablar
de l; que ahora debo dejar atrs  Gradasso,  Reinaldo y  toda la
Francia, y ocuparme de Astolfo, que, merced  la silla y el freno,
hacia ir al Hipogrifo por los aires  guisa de palafren, con tan rpido
vuelo que no lo es tanto el del guila  el halcon.

       [91] Dcese as de los buques cuyos fondos acaban de limpiarse y
       ensebarse.

Despues que Astolfo hubo recorrido toda la Galia de uno  otro mar
y desde los Pirineos al Rin, volvi hcia los montes que separan la
Francia de la Espaa. Pas por Navarra y luego por Aragon, maravillando
 todo el que le veia; dej  Tarragona  la izquierda y  Vizcaya 
la derecha, lleg  Castilla y vi  Galicia y al reino de Lisboa:
despues dirigi su vuelo hcia Crdoba y Sevilla, sin que quedara en el
interior  en las costas una ciudad que no visitara. Vi  Gades, y la
meta que puso el invencible Hrcules  los primitivos navegantes[92].
En seguida se dispuso  recorrer el frica desde el mar de Atlante
hasta los confines del Egipto; visit las Baleares famosas, pasando
por encima de Ibiza, y volviendo las riendas, emprendi su vuelo en
demanda de Arzilla, sobre el mar que la separa de Espaa.

       [92] Los montes Calpe y Avila, que dividen el estrecho de
       Gibraltar, y  los cuales se di el nombre de columnas de
       Hrcules, por suponerse que este semidios los habia colocado
       all.

Vi  Marruecos, Fez, Oran, Hipona, Argel, Buga, ciudades soberbias
que cien la corona de otras muchas ciudades, pero coronas de oro
y no de hojas  yerbas. Adelantse despues hcia Biserta y Tnez;
vi  Capisa, la isla de Alzerbe, Trpoli, Benghazzi y Tolemaida
hasta donde el Nilo dirige su curso al Asia. Despues recorri todas
las comarcas situadas entre el mar y las pobladas cumbres del fiero
Atlas; y volviendo la espalda  los montes de Carena, se lanz hcia
los Cireneos, atraves los desiertos de arena y lleg  Halbay en
los confines de la Nubia, donde permaneci algun tiempo ms all del
sepulcro de Bato[93] y el gran templo de Ammon, que hoy se halla
destruido[94]. Desde all se dirigi  la otra Tremecen sometida 
las leyes de Mahoma, y en seguida dirigi su raudo vuelo hcia la
parte de la Etiopa que est al otro lado del Nilo. Detvose por fin
en la ciudad de Nubia, que est situada entre Dobada y Coalle, cuyos
habitantes son cristianos, mientras que sus vecinos adoran al falso
profeta, y tanto unos como otros estn siempre con las armas en la mano
en los confines de sus respectivos territorios. A la sazon era Senapo
el emperador de Etiopa, el cual en lugar de cetro ostentaba una cruz:
sus riquezas y podero eran inmensos, y sus dominios tan vastos, que
se extendian hasta la entrada del mar Rojo. Su religion era casi la
nuestra, la nica que podia concederle la salvacion eterna, y en sus
estados, si no me equivoco, se empleaba el fuego para lavar la mancha
del pecado original.

       [93] Fundador de Cirena en frica,  cuyo pas llev una colonia
       de griegos por rden del orculo de Delfos.

       [94] Templo dedicado  Jpiter por los egipcios, entre cuya
       idolatra fu el nombre de Ammon el ms famoso con que
       designaban  este dios.

El duque Astolfo se ape en la gran corte de Nubia, y visit  Senapo.
El palacio donde tenia la residencia el soberano de Etiopa era mucho
ms rico que fuerte: las cadenas de los puentes y de las puertas, los
goznes, las cerraduras, los cerrojos y todo cuanto en nuestros pases
es de hierro, era all de oro macizo; pero aunque este finsimo metal
abundaba tanto, sabian, sin embargo, apreciar su valor. Las galeras
del rgio alczar estaban formadas por columnatas de trasparente
cristal: bajo los ventanales del palacio lanzaba vivos destellos
un magnfico friso rojo, azul, amarillo, blanco y verde, hecho con
incrustaciones de rubes, esmeraldas, zafiros y topacios, colocados con
la ms admirable proporcion. Las paredes, los techos, los pavimentos
estaban tambien recargados de perlas y de piedras preciosas. All es
donde se recoge el blsamo con una abundancia tal, que la de Jerusalen
no podia sostener la comparacion. El almizcle que se recibe en Europa,
de all sale; de all procede el mbar, que se reparte por otras
marismas; en suma, de aquellas regiones recibimos las cosas que tanto
valor tienen en las nuestras.

Dcese que el Soldan de Egipto paga tributo  aquel rey y le presta
vasallaje,  fin de que no vare el curso del Nilo, como podria
hacerlo si quisiera, lo cual seria para el Cairo y toda aquella
region una causa de terrible escasez y calamidades. Los etopes
llaman Senapo  su monarca; nosotros le llamamos Preste,  ms bien
Preste Juan. De cuantos reyes existieron en Etiopa, aquel era el
ms rico y poderoso; pero  pesar de todo su poder y sus tesoros,
habia perdido desgraciadamente la vista, y aun no era este el mayor
de sus males: mucho ms molesto y enojoso se le hacia el de estar
atormentado de un hambre perptua,  pesar de todas sus riquezas.
Cuando el infeliz monarca, excitado por su constante apetito, iba 
beber   comer alguna cosa, aparecia inmediatamente el infernal tropel
de las arpas[95], monstruosas, repugnantes y nefandas, y con sus
inmundas bocas  sus rapaces uas vaciaban los vasos y devoraban las
viandas: cuando sus estmagos voraces no podian contener ms alimento,
infestaban y ensuciaban los manjares restantes.

       [95] Mnstruos alados de la fbula, hijas de Neptuno y de la
       Mar; eran tres: Aello, Ocypete y Celeno, aunque Ariosto hace
       ascender su nmero  siete. Tenian cara de vieja, cuerpo de
       buitre y uas retorcidas. Habitaron primero en Tracia, pero
       fueron arrojadas despues  las islas Strofades.

Tal era el castigo  que Senapo se habia hecho acreedor, porque
vindose, cuando estaba en la flor de su edad, rodeado de tantos
honores y consideraciones, poseyendo inmensas riquezas, y siendo el ms
vigoroso y osado de todos los etopes, se apoder de l la insensata
soberbia que perdi  Lucifer, y se atrevi  declarar la guerra  su
Hacedor. Con este objeto levant un numeroso ejrcito, y se dirigi con
l  la montaa donde nace el rio de Egipto, porque habia oido decir
que en aquel monte salvaje, cuya cumbre se lleva  travs de las nubes
y llega hasta el mismo Cielo, existia el Paraiso llamado terrenal donde
habitaron Adan y Eva. El arrogante monarca avanzaba  la cabeza de
un innumerable ejrcito, compuesto de infantes y ginetes montados en
caballos, camellos y elefantes, con el mayor anhelo, y jactndose de
someter  sus leyes  todos los habitantes del Paraiso. Dios reprob
su temeraria audacia, y envi contra aquella muchedumbre  uno de sus
ngeles, el cual extermin  ms de cien mil hombres, y conden 
Senapo  vivir en perptua noche. Despues hizo que acudieran  su mesa
los mnstruos horrendos de las grutas infernales, que le arrebataban y
contaminaban todos los alimentos, sin permitirle que gustara  bebiera
uno solo. Habia venido  aumentar su desesperacion un vaticinio, que le
anunciaba que sus manjares dejarian de ser arrebatados  infestados,
cuando viera aparecer por el aire un caballero cabalgando en un caballo
alado; y como le parecia imposible esta maravilla, vivia triste y
melanclico y privado de toda esperanza.

Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las
murallas y las torres  Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron
presurosos  avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la
prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegra,  coger el fiel
bculo que le servia de guia y apoyo, sali al encuentro del volador
caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se pos
en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos crculos
en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del
Duque, arrodillse y exclam con las manos cruzadas:

--Oh, ngel de Dios! oh, nuevo Mesas! Si no merezco perdon por mis
pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza,
y que  vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de
la enormidad de mi crmen, no te pido, no me atreveria  pedirte que
me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo,
porque eres uno de los bienaventurados espritus  Dios tan gratos.
Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no sindome posible
contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente.
Impide por lo menos que las ftidas arpas arrebaten todos mis
alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital un
templo de mrmol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y
est adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo
colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en l el
milagro que hayas hecho en favor mio.

As decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los
pis de Astolfo, el cual le respondi:

--Ni soy ngel de Dios, ni nuevo Mesas, ni vengo del Cielo: soy tan
solo un mortal, pecador como t,  indigno de las mercedes que el Seor
me prodiga. Sin embargo, har cuanto est de mi parte para alejar de
tu reino  esos mnstruos malvados, ya ahuyentndolos,  ya dndoles
muerte. Si as lo consigo, no debes darme las gracias, sino  Dios, que
dirigi mi vuelo hcia aqu para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus
votos para el Omnipotente,  quien nicamente se deben, y  quien debes
consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.

Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos  palacio, rodeados
de los personajes ms ilustres de la corte. El Rey di rden  sus
servidores de que preparran inmediatamente una comida suntuosa,
esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los
manjares. Sirvise  los pocos momentos un esplndido banquete en un
salon magnfico. Astolfo fu el nico que se sent  la mesa al lado
de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oy
resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles
alas de las arpas ftidas y repugnantes, que acudian atraidas por el
olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian
rostros de mujer, lvidos, enjutos y demacrados por una prolongada
abstinencia: su aspecto era ms horrible que el de la misma muerte.
Sus alas eran inmensas, deformes y scias: en vez de manos estaban
provistas de garras, terminadas en uas encorvadas y retorcidas; sus
vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se
enroscaba formando crculos como la de una serpiente.

Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vi  todas
precipitarse simultneamente sobre la mesa, derribando los vasos y
apoderndose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez,
que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel
hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la clera, desnud el acero
contra aquellas aves insaciables, y lo descarg sobre el cuello, la
espalda, el pecho  las alas de unas y otras; pero como si pretendiera
herir  un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban
sin efecto. Mientras tanto, las arpas no dejaron una copa ni un plato
intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su
voracidad  contaminado cuanto no pudieron devorar.

El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria 
las arpas; mas viendo luego su esperanza defraudada, empez  gemir y
suspirar, volviendo  su acostumbrada desesperacion. Acordse entonces
el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros,
y calcul que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de
tales mnstruos. Hizo que el monarca y todos los seores de su corte
se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general
cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogi las bridas del
Hipogrifo, se acomod en la silla, empu su preciosa trompa,  indic
por seas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su
consejo, prepararon en una galera otra nueva mesa. En cuanto empezaron
 servirla, presentronse las arpas, segun su costumbre; entonces
requiri Astolfo su trompa, y los mnstruos, que no tenian tapados
los oidos, no pudieron permanecer un momento ms en la estancia, as
que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron  la desbandada, llenos
de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clav los
acicates en los hijares de su corcel, el cual sali volando fuera de
la galera; abandon el castillo y la gran ciudad, y se remont por
los aires persiguiendo  los mnstruos. Astolfo no daba tregua  sus
resoplidos en tanto que las arpas continuaban huyendo hcia la zona
del fuego, hasta que se encontraron en el elevadsimo monte en que el
Nilo tiene su orgen, si es que le tiene en alguna parte.

Casi en las mismas raices de la montaa, se encuentra una cueva
profunda que desaparece en las entraas de la Tierra, la cual, segun se
dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar
al Infierno. La turba inmunda corri presurosa  guarecerse en aquella
gruta, como en el albergue ms seguro, y descendi hasta las orillas
del Cocyto[96] y aun ms all, para no escuchar los sonidos de la
trompa.

       [96] Rio cenagoso del Infierno.

El nclito duque di fin  sus insoportables resoplidos cuando lleg
 la infernal y caliginosa boca que da libre acceso  todo el que
abandona la luz,  hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de
llevar ms lejos  nuestro hroe, y en vista de que he llenado el papel
por todos lados, descansar un momento siguiendo mi costumbre, y dar
fin  este canto.




CANTO XXXIV.

  Oye Astolfo la lamentable historia de Lidia en la gruta infernal:
  casi consumido por el fuego que sale del subterrneo, sube en su
  caballo alado, y llega al Paraiso terrenal. Recorre despues el Cielo,
  acompaado de S. Juan,  informado detalladamente por l de cuanto
  ve, coge el juicio de Orlando y parte del suyo propio: visita  las
  que hilan el estambre de nuestra vida, y se aleja de all.


Oh famlicas, incuas y fieras Arpas, enviadas por la justicia divina
 todas las mesas de la ciega y extraviada Italia[97], para castigar
tal vez nuestros antiguos pecados!

       [97] Es decir,  todas las comarcas de Italia.

Ah! Cuntas criaturas inocentes, cuntas tiernas madres perecen de
hambre y de miseria, mientras contemplan cmo devoran esos mnstruos en
una sola cena lo que bastaria para sostener su existencia! Maldicion
al que abri las cavernas en donde habian permanecido encerradas por
espacio de muchos aos, dando lugar  que se esparciera por Italia la
fetidez y la estpida gula, causa de sus males presentes! La paz y las
buenas costumbres desaparecieron desde entonces, y  la bienhechora
tranquilidad que se disfrutaba han sucedido guerras incesantes,
miseria, zozobra y ansiedad, cuyo trmino no es dado prever, como no
llegue un dia en que tirando de los cabellos  sus perezosos hijos, les
arroje de las orillas del Leteo, exclamando:--No habr ninguno entre
vosotros, cuyo valor iguale al de Calais y Cethes[98], y sea capaz
de librar  la Italia de sus garras y pestilencia, devolvindole su
halagea y perdida pulcritud?

       [98] Hermanos gemelos, hijos de Breas y de Oritia: formaron
       parte de la expedicion de los argonautas, y arrojaron  las
       arpas, que atormentaban  su cuado Fineo robando los manjares
       de su mesa  infestando cuanto tocaban; cuyo castigo impusieron
       los dioses  Fineo por haber sacado los ojos  sus dos hijos, 
       consecuencia de falsas acusaciones hechas por su madrastra.

El Paladin hizo con las arpas que molestaban al Rey etope lo mismo
que hicieron aquellos dos hermanos con las que tan desesperado tenian
 Fineo. Segun dije antes, Astolfo habia ido persiguiendo  aquel
tropel de mnstruos con los sonidos de su trompa, hasta que se detuvo
al pi de un monte,  la entrada de la cueva donde aquellos se habian
refugiado. Psose  escuchar atentamente, y lleg  sus oidos un
discordante rumor de alaridos, ayes y lamentos sin fin, seal evidente
de que all estaba el Infierno. Resolvi penetrar en la gruta y
contemplar  los que habian dejado de existir, con intencion adems de
llegar hasta el centro de la Tierra, recorriendo todos los crculos
infernales.

--Qu puedo temer, decia para s, entrando en esa caverna, mientras
conserve en mi poder esta trompa? Con ella har huir  Pluton, 
Satans y al Cancerbero.

Esto diciendo, se ape prontamente del algero corcel y le dej atado
 un rbol: en seguida se hundi en el antro, empuando prviamente
el cuerno en que cifraba toda su esperanza. Pocos pasos habia andado,
cuando sinti sus narices y sus ojos ofendidos por un humo insoportable
y ms denso que el de la pez  el azufre;  pesar de lo cual sigui
adelante. Pero  medida que avanzaba, iban condensndose los espesos
vapores y aumentndose las tinieblas, de suerte que empez  temer que
no podria ir ms all y le seria forzoso retroceder. De pronto vi
sobre su cabeza un objeto cuyas formas no pudo distinguir, pero que se
parecia mucho al cadver de un ahorcado movido por el viento despues
de haber estado muchos dias expuesto al Sol y  la lluvia. Tan escasa
era la claridad que habia en aquel ahumado y lbrego camino, que el
Duque no acertaba  comprender en qu consistia aquel objeto que iba
por los aires: para averiguarlo, se decidi  pegarle dos veces con
su espada, y dedujo que debia ser un espritu, pues sus golpes no
encontraron mayor resistencia que si los hubiera descargado sobre la
niebla. Entonces oy que una voz afligida le dirigia estas palabras:

--Sigue descendiendo, sin hacer dao  nadie. Demasiado me atormenta
el negro humo del fuego del Infierno que inunda este recinto!

El Duque se detuvo sorprendido, y dijo  la sombra:

--As Dios rompa las alas de ese humo para que no pueda subir hasta
t, como yo desearia que me dijeras cul es tu suerte! Y si quieres que
lleve noticias tuyas  la Tierra, habla; estoy dispuesto  complacerte.

La Sombra replic:

--Me halaga tanto la idea de volver, aunque solo sea en memoria,  ese
mundo de luz radiante y esplendorosa, que el deseo de alcanzar tal don
desata forzosamente mi lengua, y me obliga  revelarte mi nombre y mi
historia, por ms que su relato me sea penoso[99].

       [99] Todo este pasaje es una imitacion de Dante.

La Sombra hizo una pausa, y luego prosigui:

--Me llamo Lidia, Seor, y nac en elevada cuna, pues soy hija del
poderoso Rey de Lidia. Por haber sido ingrata y desdeosa mientras viv
con el ms fiel de los amantes, el alto juicio de Dios me ha condenado
 permanecer eternamente en medio de este humo. Esta caverna est
llena de un nmero infinito de mujeres, condenadas  la misma pena
por la misma falta. La cruel Anaxareta[100] se halla ms abajo, donde
el humo es ms denso y el tormento mayor. Su cuerpo qued en el mundo
convertido en piedra, mientras que su alma pas  estas profundidades,
por haber mirado con indiferencia el suicidio de su desesperado amante.
No muy lejos de aqu se encuentra Dafne, arrepentida, aunque tarde, de
haber hecho correr tanto  Apolo[101]. Seria harto prolijo enumerar
uno  uno los infieles espritus de las mujeres ingratas que aqu se
hallan: son tantos, que llegan hasta lo infinito; pero seria mucho ms
largo designarte el nmero de hombres que hoy deploran su ingratitud, y
que en castigo de ella han sido precipitados  un sitio ms profundo,
donde el humo les ciega y les devoran las llamas. Siendo las mujeres
ms crdulas y fciles de engaar, sus seductores se han hecho dignos
de mayor suplicio. Harto lo saben Teseo[102], Jason[103], el que turb
el antiguo reino latino[104], el que suscit el sanguinario enojo de
su hermano Absalon por causa de Tamar[105], y otra inmensa multitud
de infieles de ambos sexos, unos por haber abandonado  sus mujeres y
otros  sus maridos.

       [100] Hermosa y noble doncella de Salamina, transformada en
       esttua de mrmol por haberse manifestado insensible  las
       splicas de su amante Iphis, que se ahorc de desesperacion.

       [101] Dafne, hija de Ladon  del rio Peneo, fu amada de Apolo.
       Un dia que este dios perseguia  su amada, y que iba ya 
       alcanzarla  orillas del Peneo, Dafne implor el socorro de su
       padre, quien, para salvarla, la convirti en laurel.

       [102] Rey de Atenas, que tuvo por querida  Ariadna, hija de
       Minos, y la abandon durante su sueo en la isla de Naxos cuando
       se cans de ella.

       [103] Jefe de los argonautas. Habiendo pasado  la Clquide con
       objeto de conquistar el vellocino de oro, venci los obstculos
       que se oponian  su empresa con el auxilio de la hechicera
       Medea, hija del rey Eetes,  la que habia inspirado una viva
       pasion, y con la que se cas. Enamorado despues de diez aos
       de union con Medea, de Creusa, hija de Creon, rey de Corinto,
       repudi  su mujer para casarse con su nueva amante. Medea
       asesin  su rival, al padre de esta, y degoll en presencia de
       Jason  los dos hijos que habia tenido de Creusa.

       [104] Este fu Eneas, que despues de la ruina de Troya, pas al
       Lacio, siendo causa de la guerra que se suscit entre Lavino,
       rey del Lacio, y Turno, rey de los rtulos, por haber disputado
        este la mano de Lavinia, hija del rey Latino, con la que cas
       por ltimo. Algunos autores suponen que Eneas, hastiado de
       Casandra, hija de Priamo, su primera mujer, la abandon en una
       selva.

       [105] David tuvo de Aquinoe un hijo llamado Amnon, y de Mancha
       otro hijo y una hija, Absalon y Tamar. Enamorado Amnon de
       Tamar, se le ocurri como medio para conseguirla el de fingirse
       enfermo, y pidi  su padre como gracia especial que le
       asistiese su hermana. Concediselo David, y apenas qued Amnon
       solo con ella, realiz sus deseos  la fuerza, y despues arroj
       de su lado  Tamar. Esta acudi llorosa  su hermano Absalon,
       dndole cuenta de su afrenta. Absalon medit durante dos aos
       su venganza, y al cabo de este tiempo, convid  su hermano
       Amnon  un banquete, en el que le hizo degollar por mano de sus
       servidores. (_Libro de los Reyes_, c. XIII.)

Mas como debo hablarte de m con preferencia  los dems, y confesar
la falta que aqu me trajo, te dir que fu en vida tan bella y
orgullosa, que no s si ha habido otra mujer que pudiera igualrseme:
tampoco podr decir cul de estas dos cosas sobresalia ms en m,
aunque la belleza que  todos cautivaba, engendr el orgullo y la
fastuosidad. En aquel tiempo vivia en Tracia un caballero, reputado
como el ms valiente del mundo, el cual oy ponderar mi belleza y mis
atractivos por ms de un conducto fidedigno; y en consecuencia, form
el designio de concederme todo su amor, esperando que su valor le
haria digno de que yo aceptase con gratitud su corazon. Pas  Lidia,
y apenas me hubo visto, cuando qued sujeta su voluntad por un lazo
mucho ms fuerte. Ocup un distinguido lugar entre los caballeros de
la corte de mi padre, en la cual acrecent su fama. Seria prolijo
ponderarte su herico valor, las increibles proezas que llev 
cabo, y los merecimientos de que se hubiera hecho digno si hubiese
dado con un hombre ms agradecido. Merced  l, mi padre someti 
la Panfilia, la Caria y la Cilicia; y tanto era as, que jams se
decidi  acometer con su ejrcito  los enemigos, sino cuando  l
le parecia conveniente. Por fin, un dia se atrevi  pedir al Rey mi
mano en recompensa de tantas victorias, persuadido de que sus mritos
le daban derecho para obrar as; pero el monarca se neg desdeoso 
tal demanda, porque queria unir  su hija con un prncipe poderoso y no
con un caballero particular, que no tenia ms bienes que su valor: mi
padre, guiado tan solo por el inters y la avaricia, orgen de todos
los vicios, apreciaba la honradez  admiraba el valor, lo mismo que un
asno los melodiosos acordes de la lira.

Alcestes (que este era el nombre del caballero de quien te hablo),
al verse desdeado por el mismo que le era deudor de las mayores
recompensas, se alej de la corte, amenazndole al marchar con que
le haria arrepentirse de no haberle concedido la mano de su hija.
Pas en seguida al servicio del Rey de Armenia, antiguo mulo del de
Lidia y su enemigo capital; y tanto le estimul, que le dispuso 
tomar las armas y declarar la guerra  mi padre. En atencion  sus
nclitas y famosas acciones, obtuvo el mando del ejrcito armenio,
y manifest que todas sus conquistas serian para el Rey de Armenia,
excepto la de mi persona, que reservaba para s como recompensa de su
valor en cuanto se apoderase de todo. Imposible me seria manifestarte
los inmensos perjuicios que Alcestes ocasion  mi padre en aquella
guerra. Destroz cuatro ejrcitos, y en menos de un ao le redujo 
tal extremo, que de todos sus estados no le qued ms que un castillo,
cuya elevada posicion le hacia casi inexpugnable, en el cual se encerr
el Rey con sus ms fieles servidores y los tesoros que pudo reunir
precipitadamente. Alcestes fu  sitiarnos all, y al poco tiempo nos
coloc en tan desesperada situacion, que mi padre habria consentido
en entregarme  l, no como mujer, sino como esclava, juntamente con
la mitad de su reino, con tal de salir en libertad y sin sufrir ms
daos; pues estaba seguro de perder sus riquezas y de morir cautivo.
Antes de arrostrar este terrible golpe, quiso valerse de todos los
medios que estuvieran en su mano; y  este fin, me orden que saliera
del castillo para conferenciar con Alcestes, puesto que yo era la causa
de tantos males.

Me puse en camino con la intencion de ofrecer al vencedor por precio de
la paz mi persona, y de rogarle que conservase la parte que quisiera
de nuestro reino. Al tener noticia Alcestes de mi llegada, sali  mi
encuentro plido y tembloroso:  juzgar por su semblante, parecia ms
bien un vencido cargado de cadenas que un vencedor. Adivinando yo en
su turbacion la intensidad de su ardiente pasion hcia m, desist de
hablarle tal como estaba dispuesta  hacerlo, y en vista de aquella
oportunidad, modifiqu mi opinion en consonancia con el estado en que
le veia. Empec por maldecir su amor y dolerme de su crueldad, que le
habia incitado  oprimir tan inicuamente  mi padre, y  apoderarse
de m por medio de la fuerza, asegurndole que otra hubiera sido 
los pocos dias su suerte, si hubiese sabido continuar portndose
del modo cmo empez, y que tan grato nos habia sido  mi padre y 
todos. Le aad que, si bien mi padre se habia opuesto al principio
 su recta demanda, consistia en su rudeza natural, que le impedia
acceder  la primera peticion, lo cual no debi haberle servido de
pretexto para dejar de prestarle sus buenos servicios y para vengarse
tan precipitadamente; cuando si hubiera obrado mejor, podria haber
alcanzado de seguro la recompensa que anhelaba. Djele adems que, aun
suponiendo que mi padre hubiese insistido en su negativa, mis splicas
hubieran sido tan incesantes, que al fin habria accedido  hacer de
mi amante mi esposo; y en ltimo resultado, si persistiera en su
resolucion, yo me habria portado de tal modo, que Alcestes se hubiera
envanecido de poseerme; pero ya que crey mejor intentar otros medios,
yo por mi parte estaba resuelta  no amarle, y al ir  entregarme 
l, lo hacia solo por salvar  mi padre. Termin dicindole, que no
contara con disfrutar por mucho tiempo el placer que bien  pesar mio
le proporcionaba; pues estaba decidida  derramar mi sangre en el mismo
momento en que yo hubiera satisfecho con mi persona todo cuanto sus
impdicos deseos le hicieran obtener por medio de la violencia.

Estas y otras parecidas frases emple conociendo mi dominio sobre
Alcestes, y le dej ms arrepentido por lo que habia hecho que lo
estuviera el mayor santo en su solitario yermo. Cay  mis plantas,
y suplicme encarecidamente, presentndome un pual y empendose
tenazmente en que lo cogiera, que me vengase de su enorme crmen.
Aprovechando la disposicion en que le veia, form el propsito de
seguir obrando del mismo modo hasta sujetarle  mi albedro; y  este
fin, le d esperanzas de que aun podria hacerse digno de obtener mis
favores, si enmendando su falta, conseguia que se restituyeran  mi
padre las provincias conquistadas, y si andando el tiempo procuraba
merecer mi mano, no por medio de las armas, sino sirvindome y
amndome. Alcestes prometi obedecerme, y me dej regresar al castillo
tan inclume como habia salido de l, y sin atreverse siquiera  darme
un beso: ved cun sujeto le tenia el yugo que supe ponerle, y si era
profunda la llaga que por m le habia infligido Amor para no tener
necesidad de aguzar nuevas saetas.

Alcestes se present en seguida al Rey de Armenia,  quien, en
virtud del pacto formado de antemano, correspondia todo el pas que
se conquistase; y del mejor modo que le fu posible, le rog que
regresara  Armenia, restituyendo  mi padre las tierras que habia
sometido y devastado. El monarca, encendido de ira, dijo  Alcestes que
alejara tal pensamiento de su mente; pues estaba decidido  no envainar
su espada mientras mi padre conservara un solo palmo de terreno:
aadile que, si las palabras de una vil mujerzuela le habian hecho
variar de propsito, sufriese l solo las consecuencias: en cuanto 
l, no estaba dispuesto  sacrificar por tan leve causa las conquistas
que eran fruto de un ao de trabajos y peligros. Alcestes insisti en
sus splicas, lamentndose de que no tuvieran el efecto deseado: por
ltimo, mont en clera y exigi del Rey con amenazas que hiciera de
grado  por fuerza lo que le pedia. Lleg  tal extremo su ira, que de
las palabras irrespetuosas pas  vias de hecho; y desenvainando la
espada, se arroj sobre el monarca, y le quit la vida,  pesar de los
esfuerzos de los numerosos soldados que le rodeaban. En seguida llam
en su auxilio  los Cilicios y  los Tracios, que estaban  su sueldo,
y  otros de sus secuaces, y derrot aquel mismo dia  los Armenios.
Continuando sus triunfos,  sus solas expensas, y sin recurrir  mi
padre, en menos de un mes le restituy todas sus provincias; y para
indemnizarnos de las enormes prdidas que nos hiciera sufrir su rencor,
nos entreg un botin abundante y valioso, exigi un fuerte tributo  la
Armenia y  la Capadocia, su limtrofe, y tal toda la Hircania hasta
las orillas del mar.

Volvi  nuestra corte; pero en lugar de ofrecerle los honores del
triunfo, resolvimos darle la muerte, aun cuando por entonces nos
detuvo la consideracion de que estaba rodeado de muchos amigos fieles,
que podian vengarle con dao nuestro. Fing, pues, corresponder  su
pasion, y procur de dia en dia avivar sus esperanzas de alcanzar
mi mano, exigiendo antes de l que diera nuevas pruebas de su valor
venciendo  otros enemigos nuestros. Le mand luego con frecuencia
que acometiera por s solo,  acompaado de un nmero reducido de
soldados, empresas extraordinarias, tan peligrosas algunas, que ms de
mil campeones hubieran encontrado en ellas irremisiblemente la muerte;
pero lograba siempre un xito tan feliz, que volvia victorioso, aun
despues de luchar muchas veces con seres horribles y monstruosos, con
gigantes y con lestrigones[106] que infestaban nuestros estados. El
invencible Alcides no tuvo que arrostrar tantos peligros, por rden
de su madrastra  de Euristeo, en Lerna, en Nemea, en Tracia, en
Erimanto, en la Numidia, en los valles de Etolia, en las orillas del
Tber, en las del Ebro y en otras partes[107], como los que arrostr mi
amante siempre que yo se lo rogaba con fingidas splicas y designios
homicidas; pues mi intento no era otro que el de librarme de su
presencia. No pudiendo conseguirlo por estos medios, puse por obra
otros de ms seguro efecto: supe inducirle  que infiriera los ms
graves ultrajes  sus mejores amigos, y suscit de este modo el dio de
todos contra l: Alcestes, cuya dicha mayor consistia en anticiparse
 mis deseos, los satisfacia prontamente, sin que le detuviera
consideracion alguna y sin oponer la ms mnima dificultad.

       [106] Pueblo mitolgico de la Sicilia oriental, compuesto de
       gigantes y antropfagos.

       [107] Alusion  los doce trabajos de Hrcules, tan conocidos,
       que creemos excusado detallarlos.

Cuando, merced  estos indignos manejos, conoc que habia exterminado
 todos los enemigos de mi padre, y v que Alcestes, supeditado  mi
voluntad, no contaba con un solo amigo, le declar explcitamente lo
que hasta entonces le habian ocultado mis fingimientos, dicindole
que me inspiraba un dio tan mortal, que me habia propuesto hacerle
perecer; pero considerando despues que una accion semejante podria
acarrearme la execracion pblica, porque sabindose demasiado cunto
le debia, me tacharian de cruel, me daba por satisfecha con prohibirle
que volviera  presentarse ante mi vista.--Desde entonces no quise
verle ni hablarle ms, y me negu  recibir sus cartas  recados.
Causle tal tormento mi negra ingratitud, que abrumado al fin por
el dolor, y viendo que eran intiles sus constantes splicas, cay
enfermo y muri. En castigo de mi crmen estoy condenada  sufrir las
molestias de ese humo que me hace llorar y me ennegrece el rostro: as
estar eternamente, pues no hay misericordia para los que gimen en el
Infierno.

Luego que la desdichada Lidia ces de hablar, procur Astolfo seguir
adelante para saber si all habia otros condenados; pero aquel humo,
vengador de la ingratitud, fu hacindose tan denso, que no le permiti
avanzar un solo paso; fuerza le fu retroceder y salir de aquel recinto
con paso presuroso, antes de exponerse  perecer entre tan densos
vapores. Se dirigi hcia la salida con tal rapidez, que al poco rato
divis la entrada de la caverna, pudo ver la luz del dia  travs del
aire ttrico y caliginoso de esta, y por ltimo,  fuerza de trabajo y
de cansancio, sali del antro, dejando el humo  sus espaldas.

Con objeto de cerrar para siempre el camino  aquellos mnstruos de
insaciable estmago, fu amontonando piedras y derribando rboles, con
los cuales construy del modo que mejor pudo una especie de reducto
 la entrada de la caverna, cerrndola tan bien, que las Arpas no
pudieron volver nunca  la Tierra.

El negro humo de la pez no solo ennegreci  infest los vestidos del
Duque mientras estuvo en la ttrica caverna, sino que, abrindose paso
 travs de ellos, le ensuci todo el cuerpo; por lo cual fu buscando
algun tiempo un sitio en donde hubiera agua, hasta que al fin encontr
en una floresta un manantial que brotaba de entre las hendiduras de
una roca, en el cual se lav de pis  cabeza. Mont luego sin perder
tiempo en el Hipogrifo, y se elev por el aire para llegar  la cumbre
de aquella montaa que juzgaba prxima al crculo de la Luna. En su
deseo de contemplar lo que all existiera, atraves veloz la inmensidad
del espacio, sin dignarse dirigir una mirada  la baja tierra; y tan
rpidamente hendi los aires, que al fin lleg  la cspide del monte.

Las flores que por aquellas placenteras regiones matizaban las
auras podrian compararse al zafiro, al rub, al oro, al topacio, al
crislito, y  las perlas, diamantes y jacintos. Las yerbas eran de un
verde tan admirable, que si las poseyramos aqu abajo, desdearamos
por ellas las esmeraldas: igual belleza reunian las ramas de los
rboles, cargadas siempre de frutas y flores: entre el frondoso ramaje
cantaban preciosos pjaros de plumaje azul, blanco, verde, rojo y
amarillo: los murmurantes arroyuelos y tranquilos lagos vencian al
cristal en transparencia, y una brisa suave, de soplo dulce, igual y
apacible, producia en el aire un estremecimiento  propsito para que
no molestase el calor del dia, y desprendia los diferentes aromas de
las flores, de los frutos y de las hojas, formando con todos ellos una
mezcla que inundaba el alma de embalsamada suavidad. En medio de la
meseta del monte se elevaba un palacio, que parecia encendido por las
ms refulgentes llamas: tan grande era el esplendor que irradiaba en
torno suyo, que desde luego se conocia no ser obra de ningun mortal.

Astolfo refren su corcel, dirigindolo  paso lento hcia el
palacio, que tenia ms de treinta millas de circunferencia, y se puso
 contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo
ftido y deleznable que habitamos le pareci entonces, comparado con
la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel pas, una
mansion miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo
y de la naturaleza. Cuando lleg cerca del refulgente edificio, se
qued exttico de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado
por una sola piedra preciosa, ms roja y brillante que el carbnculo.
Obra sublime de un arquitecto superior  Ddalo! Cul de nuestros
ms afamados edificios podr compararse  t? Enmudezca  tu lado la
gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!

En el luciente vestbulo de aquella morada dichosa se present al Duque
un anciano, cubierto con un manto ms rojo que el minio y una tnica
ms blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo
la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable
parecia uno de los bienaventurados elegidos del Paraiso. Dirigindose
con agradable rostro al Paladin, que acababa de apearse respetuosamente
de su corcel, le dijo:

--Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado
hasta el Paraiso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje,
y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no
sin misterio has llegado hasta aqu desde el hemisferio rtico. Has
atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oir mis consejos
y saber cmo has de socorrer  Crlos, y librar  la Santa F del
peligro en que se encuentra; pero gurdate, hijo mio, de atribuir tu
presencia en estos sitios  tu ciencia   tu valor, pues de nada
te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo
hubiese permitido. Ms tarde trataremos de este asunto detenidamente, y
te dir cuanto debes hacer: ahora ven  recrearte con nosotros, pues tu
prolongado ayuno debe serte ya molesto.

El anciano prosigui hablando con Astolfo, y le dej sumamente
maravillado cuando, revelndole su nombre, le dijo que era uno de los
evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras
hicieron creer  sus hermanos que la muerte no pondria fin  sus
dias, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera  Pedro:--Por qu
te inquietas, si quiero que l se quede hasta mi vuelta[108]?--Y
aun cuando no dijo:--No debe morir, ellos lo supusieron as. Fu
transportado  aquellos lugares, donde encontr  Enoch juntamente con
el gran profeta Elias,  quien habia precedido, los cuales no han visto
aun llegar su ltima hora, y gozarn de una primavera eterna, lejos de
una atmsfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas anglicas
anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.

       [108] Sic eum volo manere donec veniam, quid ad te?--S. JUAN,
       XXI, 22.

Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le
ofrecieron una habitacion en el palacio. El Hipogrifo encontr en otro
departamento pienso excelente y abundante. Sirvironle al Paladin
diversos frutos de tan delicioso sabor, que consider disculpables
 nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les oblig 
desobedecer las rdenes del Eterno Padre. Luego que el Duque venturoso
hubo satisfecho la necesidad inherente  su naturaleza humana,
tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo,
pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades
y atenciones, dej el lecho cuando la Aurora habia salido ya de los
brazos de su anciano esposo,  quien ama  pesar de su edad avanzada,
y vi que se dirigia hcia l el discpulo ms querido del Seor, el
cual le tom de la mano, y empez  tratar con l de muchas cosas que
deben permanecer en silencio. Despues le dijo:

--Tal vez ignoras, hijo mio, lo que en Francia sucede, aun cuando
vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado
su deber, ha sido castigado por Dios,  quien ofenden doblemente las
faltas de sus hijos ms queridos que las de los que niegan su santa
ley. Orlando, que recibi de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un
denuedo extraordinario, y alcanz el don no concedido  mortal alguno
de ser invulnerable, porque el Seor quiso constituirle en defensa
y escudo de su santa F, como constituy  Sanson en defensa de los
Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos
beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandon al pueblo
cristiano en los momentos en que ms necesitaba de su auxilio, y
arrastrado de su amor criminal hcia una infiel, por dos veces ha
intentado, cruel  impo, quitar la vida  uno de sus primos. Para
castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de
razon y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia,
que no le es dado conocer  nadie, ni aun  s mismo. Segun se lee en
los libros santos, Nabucodonosor sufri un castigo semejante: el Seor
hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete aos privado
de juicio y apacentndose de yerba y heno como un buey; pero como el
delito del Paladin ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad
divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgndolo.
As, pues, el nico objeto que el Redentor ha tenido para permitirte
llegar hasta aqu, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de
restituir su juicio  Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro
viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al crculo
de la Luna, que es de todos los planetas el que ms prximo est de
nosotros; porque solo en l existe la medicina que ha de curar 
Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz
sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.

Durante el resto del dia, trat el Apstol de estas cosas y otras
muchas; pero tan luego como el Sol se sepult en el mar y asom sus
cuernos la Luna, preparse un carro que estaba destinado para recorrer
las regiones celestiales: era el mismo en que desapareci en otro
tiempo Elias de ante la vista de la asombrada multitud en las montaas
de la Judea. El santo Evangelista unci  l cuatro corceles ms
resplandecientes que las llamas; Astolfo se coloc en l, empu las
riendas y lo lanz hcia el Cielo. Remontse el carro por los aires con
tanta velocidad, que lleg en breve  la region del fuego eterno; pero
el Santo amortigu milagrosamente su ardor mientras la atravesaron.
Despues de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde
ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como
un acero bruido y sin mancha, y lo encontraron igual,  poco menos,
contando en su tamao los vapores que le rodean,  nuestro globo
terrqueo con los mares que lo circundan y limitan.

Astolfo consider all con doble asombro que aquel astro, el cual nos
parece un reducido crculo cuando le examinamos desde aqu abajo, era
inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detencion sus
miradas cuando queria distinguir la tierra y el mar que la rodea,
pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde
aquella elevada altura sus contornos. Descubri en la Luna rios, lagos
y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles,
otras montaas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras
casas de una elevacion cual nunca habia visto el Paladin: all existen
adems extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en
dar contnua caza  las fieras.

Como la causa de la ascension del Duque  las regiones de la Luna
no habia sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse
 apreciar su conjunto, y sigui al santo Apstol, que le condujo
 un valle encerrado entre dos montaas, en el cual se hallaban
admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa
nuestra, por causa del tiempo  por los reveses de la fortuna: en una
palabra, todo cuanto aqu se pierde va  parar all. No hablo de los
reinos  de las riquezas que la suerte prodiga  arrebata, sino de lo
que esta no tiene facultades para dar  quitar. All se encuentran
muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y
concluye por destruir: all se hallan infinitos ruegos y votos que los
pecadores dirigen  Dios: las lgrimas y suspiros de los amantes, el
tiempo que se pierde intilmente en el juego, la ilimitada ociosidad
de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan  ejecutarse, los
deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte
de aquel valle: en resmen, all arriba podreis encontrar todo cuanto
aqu abajo habeis perdido.

Conforme iba pasando el Paladin por entre aquellos montones de cosas
perdidas, dirigia preguntas  su guia con respecto  ellos: llamle,
sobre todo, la atencion uno de estos formado por vejigas hinchadas, en
cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que
eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y los
griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Despues
vi una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos
que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen  los reyes,  los
prncipes y  los poderosos. Vi unas guirnaldas, entre las que habia
redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oy que eran las
lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates
estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los
amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de
pedrera. Repar en un monton de garras de guila, y supo que eran el
emblema de la autoridad que los reyes dan  sus ministros: los fuelles
que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaa, eran las
promesas y los favores que los prncipes conceden  sus Ganimedes, y
que se disipan con la edad florida de estos. Adems vi Astolfo ruinas
de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: pregunt  su guia
por ellas, y supo que eran tratados  conjuraciones mal encubiertas.
Vi serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los
ladrones y monederos falsos; y vi bocas destrozadas de diferentes
maneras, resultado de la triste condicion de los cortesanos. Repar
en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y pregunt al
Apstol lo que aquello significaba.--Es la limosna, le dijo, que deja
alguno para que se reparta despues de su muerte. Atraves despues
una montaa cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo
exhalaban un olor agradable, convertido  la sazon en un insoportable
hedor: era la donacion (si es lcito decirlo) que Constantino hizo al
buen Silvestre. Vi una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que
eran oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.

No acabaria nunca, si hubiera de enumerar en mis versos todas las
cosas que all vi Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se
encuentra all reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni
en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. All
contempl Astolfo los dias que habia malgastado en su vida y sus
acciones intiles: pero no habria podido conocerlos en sus distintas
formas, si su guia no le hubiera llamado la atencion sobre ellos.
Despues lleg donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que
jams se nos ocurre pedir  Dios que nos lo conserve; hablo del juicio,
el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas
las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un lquido sutil y
hmedo, pronto  evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba
contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados  tal
objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del seor
de Anglante, y le encontraron fcilmente entre tantos, porque llevaba
esta inscripcion: Juicio de Orlando. Los dems frascos tenian escrito
tambien el nombre de aquellos cuyo juicio contenian. El Duque vi que
su correspondiente frasco estaba vaco en gran parte; pero observ con
sorpresa que muchos de los que l suponia en el pleno uso de su razon,
no tenian mucha,  juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos
respectivos. A unos se la habia hecho perder el amor;  otros el deseo
de honores;  otros el afan de atesorar riquezas, que les obligaba
 cruzar la vasta extension de los mares: estos la habian perdido
por tener demasiada confianza en sus seores; aquellos por ir tras
las farsas de la mgia; varios por su pasion por las alhajas,  los
cuadros; y otros, en fin, por aquello que ms anhelaban. Los sofistas,
los astrlogos y aun los poetas tenian all como en depsito gran parte
de su juicio.

Mediante la vnia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se
apoder del suyo: aproxim  sus narices el cuello de la botella que
lo contenia, y crey sentir que la parte de juicio que habia perdido,
volvia  colocarse en su primitivo asiento; lo cual seria as, puesto
que Turpin confiesa que Astolfo se port durante mucho tiempo con la
mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometi, le trastorn
otra vez el cerebro.

El Paladin cogi tambien la botella ms grande y ms llena, donde
estaba el juicio que solia hacer prudente y sbio al Conde; la cual
no era tan lijera como presumi al verla reunida  las otras en la
montaa. Antes que el Paladin descendiese de aquella esfera llena de
luz, el santo Apstol le condujo  un palacio situado  orillas de
un rio: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda,
algodon y lana, teidos de variados colores, unos vivos y brillantes,
y otros scios y oscuros. En la primera galera, una mujer entrada en
aos iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se
ve  las aldeanas en el Esto devanar la seda de los capullos mojados,
durante la poca de la recoleccion. Cuando se concluia un copo, otra
anciana acudia con uno nuevo, y se llevaba  otra parte lo ya devanado,
mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos ms finos de
los ms toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separacion.

--Qu trabajo se hace aqu, pregunt Astolfo  Juan, que no lo puedo
comprender?

--Esas viejas son las Parcas, respondi el Apstol, y con esos
estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida
humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento ms. La Muerte
y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aqu constantemente, para saber
la hora en que cada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se
cuida de escoger los hilos ms hermosos, porque se tejen despues para
servir de adorno al Paraiso: con los ms toscos se hacen fuertes
ligaduras para los condenados.

Todos los copos que habian pasado ya por las devanaderas, y estaban
preparados para otros trabajos, tenian puestas unas pequeas planchas
de hierro, de oro  de plata con los nombres de aquellos  quienes
correspondian. Despues se iban haciendo con ellos compactos montones,
y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin
cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel
viejecillo era tan listo y gil, que parecia haber nacido para correr
constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las
llevaba  otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os dir
dnde se dirigia y el objeto de su trabajo, si me indicais que teneis
placer en ello, prestndome la halagea atencion que acostumbrais.




CANTO XXXV.

  El apstol San Juan elogia  los autores y poetas.--La bella hija
  de Amon, defendiendo  Flor-de-lis, desafa y vence  Rodomonte, y
  se apodera del buen Frontino. Llega  Arls, y envia su caballo 
  Rugiero, desafindole al mismo tiempo: mientras el guerrero forma
  distintas conjeturas para adivinar quin puede haberle devuelto su
  caballo, Bradamante derriba  Grandonio, Serpentino y Ferrags.


Ah, seora de mis pensamientos! Quien querr apiadarse de m y subir
al Cielo para recoger en l mi perdida razon que va extravindose sin
cesar, desde el momento en que sali de vuestros hermosos ojos el
dardo que me atraves el corazon? No me quejaria, sin embargo, de esta
prdida, si estuviera seguro de conservar el poco juicio que ahora
tengo; pero mucho me temo llegar  ser tal cual he descrito  Orlando,
si contina debilitndose progresivamente. Creo, no obstante, que para
recobrar mi razon no tendria necesidad de remontarme hasta el crculo
de la Luna  el Paraiso, pues no la supongo colocada en tan elevadas
regiones: antes al contrario, la veo vagar errante por vuestros
bellos ojos, por vuestro rostro sereno, por ese seno de marfil y esos
turgentes pechos, en donde de buen grado la recogeria con mis lbios,
si me permitiseis recobrarla.

El Paladin iba recorriendo los anchurosos departamentos de aquel
palacio, contemplando las generaciones futuras, despues de haber visto
cmo daban vueltas en las fatales devanaderas las que ya estaban
hiladas, cuando llam su atencion un copo ms resplandeciente que si
fuera de oro puro: si las piedras preciosas pudieran triturarse 
hilarse despues con cierto arte, no podrian resistir la comparacion con
aquel copo: al ver su belleza asombrosa  incomparable, sinti Astolfo
un vehemente deseo de saber  quin perteneceria tal vida y cundo
disfrutaria de ella. El Evangelista satisfizo su curiosidad dicindole
que tendria principio veinte aos antes de que con la M y con la D se
designase el ao corriente de la encarnacion del Verbo divino[109]; y
as como aquel copo no tenia igual  semejante en brillo y en belleza,
tampoco lo tendria la afortunada edad en que deberia existir en el
mundo aquel sin par varon, porque todas las cualidades ms preciosas y
raras que la Naturaleza, la Fortuna  el estudio pueden conceder al
hombre, las reuniria aquel en s, cual dote perptua  infalible.

       [109] Es decir, el ao 1480 de Jesucristo.

--Entre los arrogantes deltas del rey de los rios, le decia el Apstol,
se asienta hoy humilde una pequea aldea; ante s tiene el P, y por
detrs la defiende un nebuloso abismo de pantanos extensos. Andando el
tiempo, llegar  ser esa aldea la ms ilustre de todas las ciudades de
Italia, no por la solidez de sus murallas, ni la magnificencia de sus
suntuosos edificios, sino por la cultura de las ciencias y artes, y por
sus esclarecidas costumbres. Tanta y tan rpida exaltacion no ser obra
de la casualidad, sino que as lo ha dispuesto el Cielo para que sea
digna cuna del hombre de quien te hablo, del mismo modo que el labrador
atiende con esmero al tierno arbolillo que ha de producir frutas
esquisitas y el artfice suele afinar el oro en que ha de engastar
piedras preciosas. Nunca hubo en aquel reino terrestre un alma que
estuviera revestida de cuerpo ms hermoso y agradable: con dificultad
ha bajado  bajar de estas esferas celestiales un espritu tan
digno como el que la Suprema Sabiduria, en sus altos designios, har
descender para animar  Hiplito de Este. Tal ser el nombre del varon
 quien Dios conceder tan inestimables dones. Todas esas prendas, que
distribuidas entre muchos,  muchos bastarian para hacerlos ilustres,
las reunir para su eterna gloria el prncipe de quien has querido
que te hable. Las virtudes, los estudios sern ensalzados por l, y
si hubiera de describirte todas sus brillantes cualidades, acabaria
tan tarde, que Orlando esperaria intilmente la restitucion de su
juicio[110].

       [110] Debisele ocurrir ms tarde al Autor, que estas y otras
       alabanzas que contiene su poema, pertenecen al nmero de las
       _cigarras_ que coloc en la Luna entre las _cosas perdidas_.

De este modo iba hablando con el Duque el imitador de Cristo, y
cuando hubieron visitado todas las estancias del extenso palacio donde
se trabajaban las vidas de los mortales, se dirigieron hcia el rio,
cuyas aguas, mezcladas con arena, se deslizaban scias y enturbiadas,
encontrando en la orilla  aquel anciano  quien vimos recogiendo
las madejas con sus inscripciones. No s si le recordareis: hablo
de aquel hombre de quien me ocupaba en el fin del otro canto, viejo
de rostro; pero de miembros tan giles, que superaba al ciervo en
velocidad. Se llenaba el manto con los nombres de otros, cercenando el
monton de madejas que jams se acababan, y se alijeraba de su peso en
aquel rio que se llama Leteo,  ms bien, perdia en l su rica carga.
Quiero decir que en cuanto llegaba  la orilla del rio, aquel viejo
prdigo sacudia su manto lleno, y precipitaba en las turbias ondas
todas las planchas que contenian las inscripciones mencionadas. Un
nmero infinito de ellas llegaba al fondo, de suerte que ya no podian
utilizarse para otro uso; y de cada cien mil de las que quedaban
sepultadas en el arenoso lecho, apenas salia una  flor de agua. A lo
largo y en torno de aquel rio iban revoloteando bandadas de cuervos,
buitres, cornejas y otras aves, que producian un discordante rumor
con sus graznidos estridentes; y en cuanto veian al viejo arrojando
aquel nmero prodigioso de chapas, se lanzaban en tropel sobre ellas,
cogindolas con el pico  las encorvadas garras; pero no se las
llevaban muy lejos, porque al querer remontar su vuelo por el espacio,
se quedaban sin fuerzas para sostener su peso, de modo que el Leteo
devoraba la memoria digna de preciados nombres.

Mas  pesar de los malignos propsitos del viejo, que queria
sepultarlas todas en el rio, las bienhechoras aves lograban salvar
algunas: el resto yacia para siempre sumido en el olvido: los cisnes
sagrados, ora se alejaban nadando con su presa, y ora agitando sus
alas por los aires, se dirigian  un collado prximo, donde existia un
templo consagrado  la Inmortalidad, y en l una Ninfa que descendia
hasta las mrgenes del Leteo implacable, y cogia los nombres del pico
de los cisnes, los llevaba al templo y los fijaba en torno de una
columna que se elevaba en su centro con este objeto.

Astolfo deseaba conocer los profundos misterios y enigmticos
significados que estaban representados en aquel viejo, en su afan de
precipitar en el rio, sin fruto alguno, todos aquellos nombres, en
aquellas aves, y en el sagrado recinto desde donde la Ninfa habia
bajado al Leteo, acerca de lo cual dirigi algunas preguntas al hombre
de Dios, que le respondi de esta suerte:

--Debes saber, que no se mueve una sola hoja en el universo sin
que aqu se ordene su movimiento. Todo efecto ha de corresponder
exactamente entre el Cielo y la Tierra, pero de distinto modo. Aquel
viejo, cuya barba inunda el pecho y cuya velocidad nada detiene,
desempea aqu arriba el mismo trabajo y produce iguales efectos
que el Tiempo all abajo. En cuanto los hilos han concluido aqu
de dar vueltas en derredor de la rueda, all llega  su trmino la
existencia humana. All queda el recuerdo, aqu la nota; ambos divinos
 inmortales, si no fuera porque all el Tiempo, y el viejo de luenga
barba aqu, se apoderan de ellos y los desvanecen: este los arroja,
como ves, en el rio; aquel los sepulta en las tinieblas del olvido.
As como aqu arriba los cuervos, los buitres, las cornejas y otras
varias aves se esfuerzan en sacar fuera del agua los nombres que les
parecen ms bellos, del mismo modo abajo los rufianes, los aduladores,
los bufones, los favoritos, los delatores y cuantos viven en las
cortes y merecen ms distinciones que los hombres virtuosos y buenos,
apellidndoles cortesanos gentiles, porque saben imitar al asno y al
cerdo, cuando la justa Parca,  ms bien Venus y Baco, ha cortado el
hilo de la vida de sus seores, esos seres de que te hablo, inertes,
viles y nacidos tan solo para llenar sus estmagos  sus bolsas  costa
agena, repiten durante algunos dias el nombre de los difuntos; despues
los dejan caer en los abismos del olvido como una pesada carga. Pero
as como los cisnes, que cantando alegres, ponen en salvo las medallas
en el templo, de igual suerte los poetas salvan  los hombres dignos de
inmortalidad de un olvido mucho peor que la misma muerte.

Oh Prncipes discretos y prudentes que segus el ejemplo de Csar!
Al distinguir  los escritores con vuestra amistad, poco temor deben
infundiros las aguas del Leteo. Los poetas verdaderamente dignos de
este nombre son tan raros como los cisnes, ya porque el Cielo no
consiente que en el mundo existan los hombres esclarecidos en gran
nmero, ya tambien por culpa de la avaricia de los seores, que dejan
mendigar su sustento  los ms ilustres ingenios, y oprimiendo la
virtud y galardonando los vicios, arrojan de su lado las artes y las
ciencias. Cree firmemente que Dios ha privado  tales ignorantes
de su inteligencia y les ofusca los sentidos: no les ha permitido
comprender las dulzuras de la poesa,  fin de que al morir no quede
de ellos ni aun el recuerdo. Si hubiesen sabido granjearse la amistad
de Sciras[111], no solo saldrian vivos del fondo de sus sepulcros
aun cuando todos hubieran observado las peores costumbres, sino que
exhalarian un perfume ms grato que el del nardo  de la mirra. No fu
Eneas tan piadoso, ni Aquiles tan fuerte, ni tan terrible Hctor,
como supone la fama y como han sido otros mil y mil que con ms
justicia deben anteponrseles; pero la munificencia y generosidad de
los descendientes de aquellos hroes les han hecho merecer los honores
sublimes  infinitos con que los escritores supieron conservar su
memoria. No fu Augusto tan santo y tan benigno cual nos ha indicado
la trompeta de la fama puesta en boca de Virgilio: el buen gusto que
demostr por la poesa no puede perdonarle sus incuas proscripciones.
Nadie sabria si Neron fu injusto, ni su fama seria tal vez menos
buena, aunque hubiese sido enemigo implacable del Cielo y de la Tierra,
si hubiera sabido captarse la amistad de los escritores. Homero
cant las victorias de Agamenon, pint  los troyanos como viles y
pusilnimes, y nos hizo saber que Penlope[112], fiel  su esposo,
habia tenido que sufrir mil ultrajes de los suyos; pero si quieres
saber la verdad desnuda, vuelve toda esa historia al contrario, y vers
que los griegos salieron derrotados, los troyanos vencedores y que
Penlope fu una meretriz. Recuerda por otra parte la fama que de s
ha dejado Elisa[113], aquella pudorosa doncella,  quien se calific
de prostituta, solo porque Maron no fu muy amigo suyo. Por lo dems,
no debe sorprenderte mi exaltacion ni verme tratar tan difusamente
este asunto; pues, aparte de que amo  los escritores, cumplo con mi
deber defendindolos, porque en vuestro mundo yo tambien fu escritor,
y supe adquirir mejor que todos los dems una gloria que no podr
arrebatarme el tiempo ni la muerte: mi alabado Cristo se ha dignado,
en su justicia, concederme un galardon de tan envidiable naturaleza.
Cunto compadezco  los infortunados que viven en la triste poca en
que la hidalgua tiene cerrada su puerta,  la cual llaman dia y noche
intilmente con rostro plido, demacrado y moribundo! De aqu resulta
(volviendo  lo que anteriormente trataba), que los poetas y los
hombres estudiosos sean pocos; pues hasta las mismas fieras abandonan
los sitios en que no hallan abrigo ni alimento.

       [111] Uno de los sobrenombres de Minerva, diosa de la Sabiduria.

       [112] Mujer de Ulises. Se hizo clebre por la tenaz resistencia
       que opuso  los que pretendian su mano durante la ausencia de
       su marido, que dur 20 aos, y por las estratagemas con que
       aplazaba su resolucion indefinidamente. Una tradicion contraria
       negaba esta perseverante fidelidad.

       [113] Nombre con que algunos historiadores designan  Dido,
       reina de Cartago,  quien Virgilio Maron, apartndose de la
       opinion general, pint en la _Eneida_ como entregada  amorosos
       devaneos.

Al pronunciar el bendito anciano estas palabras, brillaban sus ojos
como si despidieran fuego; pero recobrando en el acto la serenidad de
su rostro, se volvi hcia el Duque con dulce sonrisa. Qudese por
ahora Astolfo con el escritor del Evangelio: en cuanto  m, no puedo
permanecer ms tiempo en aquellas regiones elevadas, y quiero dar el
salto necesario para pasar desde el Cielo  la Tierra, y volver 
hallar  la hermosa doncella  quien hirieron los celos con su dardo
emponzoado.

Dej  Bradamante en el momento en que, tras breve lucha, acababa de
derribar sucesivamente  tres reyes, y dije que, habiendo llegado  un
castillo situado en el camino de Paris, supo que Agramante, derrotado
por Reinaldo, se habia refugiado en Arls. Convencida de que su
Rugiero debia estar con aquel rey, en cuanto apareci en el cielo la
nueva luz, se puso en camino hcia Provenza, donde Crlos se disponia
 perseguir  su enemigo. Durante este viaje, que procur hacer por
la via ms corta, encontr  una jven bella y agraciada, aunque su
rostro estaba triste y lloroso. Era la doncella enamorada del hijo de
Monodante; aquella dama gentil que habia dejado en el puente fatal  su
amante cautivo de Rodomonte. Iba buscando  un caballero que estuviera
acostumbrado  combatir en la tierra y en el agua, y tan valiente que
se atreviera  hacer frente al Pagano. Cuando la desconsolada amiga de
Rugiero encontr  aquella jven no menos desconsolada que ella, la
salud cortesmente y le pregunt la causa de sus cuitas. Flor-de-lis la
examin un breve espacio, y creyendo hallar en ella el caballero que
buscaba, le refiri la aventura del puente cuyo paso interceptaba el
rey de Argel, y en el que habia hecho prisionero  su amante, no por la
superioridad de su valor, sino porque sabia prevalerse astutamente del
auxilio que le proporcionaban el rio y la angostura de aquel paso.

--Si eres, le dijo Flor-de-lis, tan audaz y corts como se adivina en
tu aspecto, vngame, por Dios, del que me ha privado de mi amante, cuya
esclavitud es causa de mi incesante angustia,  al menos dime en qu
pas podr hallar un caballero tan capaz de resistir al Pagano y tan
ejercitado en los combates y las armas, que haga intil el auxilio del
rio y del puente. Si as lo haces, adems de portarte cual corresponde
 todo hombre bien nacido y  todo caballero andante, prestars tu
apoyo al ms fiel de todos los amantes fieles: no soy yo quien debe
mencionar sus dems virtudes, pues son tantas y tantas que el que de
ellas no tenga noticia, bien puede decirse que carece de la vista y del
oido.

La magnnima Bradamante, que acogia con placer cualquier empresa que
pudiera hacerla digna de alabanza  inmarcesible gloria, no vacil un
solo instante en dirigirse al puente con tanta mayor voluntad cuanto
que entonces estaba desesperada y dispuesta hasta  perder la vida;
pues creyndose abandonada de su Rugiero, le era odiosa la existencia.

--Enamorada jven, respondi  Flor-de-lis: me ofrezco en cuanto
valgo  acometer esa empresa peligrosa: aparte de otras razones que me
impulsan  hacerlo as, existe en particular, la de que, segun dices,
tu amante es tan leal como son muy pocos hombres; pues creia y te lo
juro,  f mia, que en amor todos eran perjuros.

Dijo estas ltimas palabras exhalando un suspiro que salia de lo ms
profundo de su corazon, y aadi: Marchemos!. Al dia siguiente
llegaron al rio y  la entrada del temible puente. Descubiertas por
el viga que solia avisar  su seor resonando una trompa, se arm
el Pagano, y segun su costumbre, sali  esperarlas  la orilla del
rio. En cuanto vi aparecer  aquella guerrera, prorumpi en amenazas
de muerte, ordenndola que dejara en el sepulcro, cual ofrenda
expiatoria, sus armas y el corcel en que montaba. Bradamante, informada
por Flor-de-lis de la lamentable historia de Isabel, que yacia all
inmolada por mano del infiel, respondi al altivo Sarraceno:

--Por qu pretendes, hombre bestial, que los inocentes expen tu
delito? Solo tu sangre es la que debe aplacar los manes de tu vctima,
pues t la asesinaste, como es bien notorio; por lo cual, la muerte
que espero darte por mi mano en venganza suya, ser para ella una
oblacion y una vctima mucho ms gratas que todas las armas y arneses
de tantos caballeros como has derribado del caballo. Y este don que le
ofrecer mi mano, lo agradecer con tanto mayor motivo cuanto que soy
mujer, como ella: y si he venido hasta aqu, ha sido con el deseo, con
el nico objeto de vengarla; pero antes de medir nuestras fuerzas, es
preciso que arreglemos las condiciones de la pelea. Si soy vencida,
hars conmigo lo que has hecho con los dems prisioneros; pero si es
mia la victoria, como creo y espero, me pertenecern tu caballo y tus
armas; colgar estas en el sepulcro, quitando de sus mrmoles los
dems trofeos, y tus cautivos quedarn en libertad.

Rodomonte respondi:

--Me parece justo que sea como dices; pero no podr entregarte los
prisioneros, porque no los tengo aqu. Los he enviado  mi reino
de frica; mas te prometo, y te lo juro por mi f, que si por caso
inopinado sucede que contines en la silla y yo me quede  pi, har
que todos sean puestos en libertad en el tiempo que se necesita para
enviar un mensajero que ejecute rpidamente mis rdenes. Pero si te
toca caer debajo, que es lo ms regular y lo que yo creo, no pretendo
que dejes las armas, ni que tu nombre figure grabado entre el de los
vencidos: tu hermoso rostro, tus bellos ojos, tus rizados cabellos que
respiran amor y gentileza, sern el premio de mi victoria, y me bastar
que sustituya el amor  tu clera. Mi valor y mi fuerza son tales, que
no debers avergonzarte de tu derrota.

En los lbios de la jven se dibuj una sonrisa, pero una sonrisa
amarga, seal evidente de su ira; y sin responder una palabra al
arrogante infiel, se dirigi  la cabeza del puente, aguij  su
caballo, y con la lanza de oro en ristre, corri al encuentro del
orgulloso moro. Rodomonte, por su parte, se aprest  la lucha, y
avanz  todo escape, haciendo resonar el puente con un estrpito tan
terrible, que era capaz de atronar los oidos de cuantos estuvieran 
una larga distancia. La lanza de oro produjo su efecto acostumbrado;
arranc de la silla  aquel pagano, invencible hasta entonces, lo
suspendi en el aire, y le hizo caer de cabeza en el puente. Como aquel
estrecho paso apenas dejaba espacio suficiente para que el corcel de
la guerrera fijara la planta, la jven corri un riesgo inminente de
caer precipitada en el rio; pero Rabican,  quien el viento y el fuego
habian engendrado, era tan gil y diestro, que pas fcilmente por la
margen derecha, y hubiera sido capaz de pasar tambien por el filo de
una espada.

Bradamante se volvi, dirigindose hcia el vencido Pagano, al cual
dijo con irnico acento:

--Ya puedes ver cul de los dos ha perdido, y  quin ha tocado quedar
debajo.

Rodomonte qued mudo de asombro al contemplarse derribado por una
mujer, y no pudo  no quiso responder  sus palabras, permaneciendo
algun tiempo semejante  un hombre poseido de estupor   un idiota.
Se levant, por fin, triste y silencioso, y as que hubo andado cuatro
 seis pasos, se quit el escudo, el yelmo y las armas restantes y las
arroj contra las peas. En seguida se alej de aquellos sitios solo
y  pi, despues de haber ordenado  uno de sus escuderos, que fuera
 poner en libertad  sus cautivos, con arreglo  lo pactado, y pas
mucho tiempo sin que se tuviera de Rodomonte ms noticia sino la de que
se habia retirado  una oscura caverna.

[Ilustracin: Bradamante vence  Rodomonte.
                                                         (Canto XXXV.)]

Despues de la partida del Sarraceno, Bradamante colg sus armas en el
elevado sepulcro; hizo quitar de l todas las que habian pertenecido 
los caballeros de la corte de Crlos, conocindolas por sus respectivas
inscripciones, y no descolg ni permiti que se descolgasen las de
los sarracenos vencidos. Adems de la armadura del hijo de Monodante,
encontr all las de Sansoneto y Olivero, que habian llegado al puente
buscando las huellas del seor de Anglante: all fueron vencidos,
hechos prisioneros y enviados al frica la vspera del combate de
Bradamante con el orgulloso infiel: la jven orden que se quitaran
aquellas armaduras del sitio en que estaban suspendidas, y que se
guardaran dentro del sepulcro. En cuanto  las pertenecientes  los
caballeros paganos, quedaron, como ya he dicho, colgadas de las peas.
Entre ellas estaban las de un rey, cuyos esfuerzos por apoderarse de
Frontino fueron tan multiplicados como infructuosos: me refiero al rey
de Circasia, que despues de andar vagando mucho tiempo por montes y
llanuras, fu  perder en aquel sitio su segundo corcel, y se march
aligerado del peso de sus armas.

Aquel Rey pagano se habia alejado del peligroso puente, desarmado y
 pi, pues Rodomonte dejaba en libertad  todos los guerreros que
pertenecian  su secta; pero no tuvo valor para regresar de nuevo al
campamento, porque despues de tantas fanfarronadas como en l habia
propalado, consideraba muy afrentoso volver vencido y desarmado.
Entonces sinti renacer en su corazon el deseo de buscar  su
inolvidable Anglica, y por fortuna suya tuvo noticia (no se por qu
conducto) de que habia regresado  su patria: excitado, pues, por su
inextinguible amor, se apresur  seguir sus vestigios.

Pero volvamos  la hija de Amon. En cuanto puso en aquel sitio una
inscripcion para recuerdo de su victoria, pregunt con dulzura 
Flor-de-lis, cuyo corazon estaba oprimido,  inundado de lgrimas su
abatido rostro, dnde queria encaminarse al abandonar aquel pas.
Flor-de-lis respondi:

--Deseo ir al campamento sarraceno, que est bajo las murallas de
Arls, donde espero encontrar un buque y un buen guia que me conduzca 
las playas de frica. No me detendr mientras no consiga reunirme con
mi esposo y seor, y har todos los esfuerzos imaginables para romper
sus cadenas; porque si no se realiza la promesa de Rodomonte, quiero
tener  uno y otro cerca de m.

--Me ofrezco  acompaarte durante una parte de tu viaje, dijo
Bradamante: pero tan pronto como lleguemos  la vista de Arls, deseo
que, en obsequio  m, vayas  buscar en el campo de Agramante  ese
Rugiero, cuyo nombre resuena en todo el mundo, y que le devuelvas este
excelente caballo del que he derribado al arrogante africano: quiero
adems que le repitas estas mismas palabras: Un caballero que espera
probar  la faz del mundo entero que has faltado  la f que le debias,
me ha confiado este corcel, encargndome que te lo entregara,  fin de
encontrarte dispuesto y preparado. Dice que apercibas todas tus armas
y que le esperes para luchar con el. No aadas una palabra ms, y si
quisiere saber por t quien soy yo, dile que lo ignoras.

Flor-de-lis respondi con su amabilidad acostumbrada:

--Siempre me hallars dispuesta  prodigar en tu servicio, no ya las
palabras, sino hasta la vida, en justa reciprocidad de lo que has hecho
por m.

Bradamante le di las gracias, cogi  Frontino, y present sus riendas
 la doncella.

Las dos jvenes y hermosas viajeras emprendieron su marcha por la
orilla del rio, y caminaron con tanta rapidez que no tardaron en
distinguir los muros de la ciudad de Arls y en oir el rumor producido
por las olas al estrellarse en las costas vecinas. Bradamante se detuvo
 la entrada de los arrabales, con el fin de dejar  Flor-de-lis el
tiempo suficiente para que pudiera entregar  Rugiero su caballo.
Adelantse Flor-de-lis; atraves el rastrillo, el puente y la puerta, y
se proporcion un guia que la acompaara hasta la posada donde residia
Rugiero; apese del caballo al llegar  ella, y desempe su embajada
en los mismos trminos que le habia encargado Bradamante, devolviendo
el excelente Frontino al jven guerrero: despues, sin aguardar
respuesta, se march presurosa, para poner por obra el designio que
habia formado.

Rugiero qued confuso y sumamente pensativo, no pudiendo adivinar quin
le enviaba aquel reto, precedido de tan grave ultrage, y seguido al
mismo tiempo de una accion tan corts y delicada: no podia comprender
cmo habia un hombre capaz de motejarle de falta de f: de todos
sospechaba menos de Bradamante, y atribuia principalmente aquel paso al
irreconciliable Rodomonte, si bien no atinaba con el motivo que este
pudiera tener para obrar as. Exceptuando al rey de Argel, no recordaba
que en todo el mundo hubiera nadie con quien tuviera una cuestion
pendiente. Entre tanto la doncella de Dordoa hacia resonar su trompa
en seal de desafo.

Lleg  noticia de Agramante y de Marsilio que  las puertas de la
ciudad habia un caballero que pedia el combate. Serpentino, que
casualmente se hallaba con ellos, les pidi licencia para cubrirse
con sus armas y salir  castigar  aquel guerrero temerario. Corri
el pueblo en tropel  las murallas: no qued nio ni anciano que no
acudiera  ver quin seria el vencedor. Serpentino de la Estrella se
present en el terreno de la lucha, cubierto con una magnfica armadura
y una rica sobrevesta; pero al primer encuentro midi el suelo, y su
caballo huy cual si tuviera alas. La galante guerrera se lanz en pos
de l, y trayndole de la brida, se lo present al Sarraceno dicindole:

--Monta, y haz que tu seor me mande un caballero mejor que t.

El Rey africano, que estaba presenciando el combate desde las murallas,
rodeado de todos sus cortesanos, qued sorprendido al ver la accion
corts que habia usado la doncella para con Serpentino. Tenia derecho
para retenerlo cautivo, y no lo ha hecho, exclam Agramante en alta
voz y en presencia del pueblo sarraceno. Lleg Serpentino, y cumpliendo
el encargo de Bradamante, pidi al rey de su parte que enviara contra
ella un caballero mejor. Grandonio de Volterna, el caballero ms
orgulloso de Espaa, hizo con sus ruegos de modo que le designaran para
suceder  Serpentino: sali furibundo y amenazador al campo, diciendo 
la doncella:

--De muy poco ha de servirte tu cortesana, porque cuando quedes
vencido por m, he de llevarte prisionero  la presencia de mi seor;
pero probablemente morirs, si mi brazo hiere con su habitual pujanza.

La jven le respondi:

--La grosera de tus palabras no impedir que me muestre corts
contigo, aconsejndote que vuelvas  la ciudad antes de que tus huesos
se resientan de la dureza del suelo. Vulvete y d de mi parte  tu
Rey, que no me he tomado el trabajo de venir hasta aqu para combatir
con adversarios de tu jaez; sino que he pedido el combate, para medir
mis armas con guerreros de mayor valimiento.

Estas palabras desdeosas  insultantes excitaron una furiosa clera
en el corazon del Sarraceno, el cual, sin ser dueo de replicar una
sola palabra, revolvi iracundo su corcel. La guerrera lo revolvi  su
vez, y embisti  Grandonio con Rabican y con su lanza de oro: apenas
el asta fatal toc el escudo del infiel, cuando hizo caer  este del
caballo con los pis hcia arriba. La magnnima doncella se apoder del
corcel del vencido, y exclam:

--Demasiado te advert que te hubiera valido ms llevar al Rey mi
mensaje, que empearte  todo trance en combatir conmigo. De nuevo te
ruego que digas  tu seor, que de entre todos sus guerreros elija uno
digno de hacerme frente, y que no pretenda malgastar mis fuerzas con
hombres tan poco ejercitados como vosotros en el manejo de las armas.

Los caballeros aglomerados en las murallas no podian adivinar quin
era aquel guerrero que tan firme permanecia en los arzones,  iban
recordando los nombres de los campeones que tantas veces les habian
hecho temblar en las batallas. Muchos suponian que fuese Brandimarte;
la mayor parte se fijaba en Reinaldo; otros hubieran presumido que
seria Orlando, si no tuvieran noticia de su triste suerte.

Deseoso el hijo de Lanfusa de sostener el tercer encuentro, lo reclam
para s, advirtiendo que lo pedia, no porque esperara vencer, sino por
hacer ms disculpable, con su derrota, la de los otros dos guerreros.
Se provey de todas las armas que para tales casos se requerian, y de
los cien caballos que tenia en una cuadra, escogi uno, cuya carrera le
parecia ms veloz y ms  propsito. Sali en busca de la doncella para
empezar el combate, pero antes la salud cortesmente.

--Si es que puedo saberlo, le dijo Bradamante contestando  su saludo,
desearia que me dijseis quin sois.

Ferrags satisfizo esta curiosidad, pues rara vez solia ocultar su
nombre  sus adversarios. Bradamante aadi:

--No me desdeo de pelear con vos; pero hubiera deseado encontrar otro
enemigo.

--Quin es? pregunt Ferrags.

--Rugiero, replic la jven, pudiendo apenas pronunciar este nombre,
que al salir de sus lbios esparci por su bellsimo rostro los vivos
colores de la rosa. En seguida aadi:

--La esclarecida fama de ese guerrero me inspir el deseo de venir 
medir mis armas con las suyas. Ni anhelo otra cosa, ni nada me importa,
como no sea el conocer hasta donde llega su valor en los combates.

Dijo con la mayor sencillez estas palabras, que alguno habr
interpretado tal vez maliciosamente. Ferrags le contest:

--Primeramente hemos de ver cul de los dos es ms experto en el manejo
de las armas; y si tongo la misma suerte que mis antecesores, entonces
vendr  aliviar mi tristeza ese gentil caballero con quien tienes
tantos deseos de pelear.

Bradamante habia tenido alzada la visera mientras hablaba. Admirando
Ferrags su hermoso rostro, se sinti ya medio vencido, y decia entre
s:--No parece sino que mi adversario sea un ngel del Paraiso; y
aunque no me toque con su lanza, me tienen ya abatido sus bellos ojos.
Tomaron terreno, y al encontrarse, Ferrags salt, como los otros,
fuera de la silla. Bradamante sujet su caballo, y le dijo:

--Vulvete, y cumple lo que me has prometido.

Ferrags se alej avergonzado, y acercndose  Rugiero que se hallaba
con el rey Agramante, le hizo saber que su vencedor deseaba luchar con
l. Ignorando quin fuese el caballero que le retaba, y casi seguro de
vencerle, pidi Rugiero sus armas, poseido de la mayor alegra, sin que
los terribles botes de lanza que habian derribado  sus amigos pudieran
debilitar el nimo de su esforzado corazon. Dejo para el otro canto el
relato de cmo se arm Rugiero, cmo sali de la ciudad y lo dems que
sucedi.




CANTO XXXVI.

  Mientras Bradamante hace sentir  Marfisa todo el peso de su furor,
  los ejrcitos cristiano y sarraceno vienen  las manos.--Rugiero
  y Bradamante se aprestan despues  combatir, pero les interrumpe
  Marfisa, que pelea de nuevo con la guerrera cristiana; conociendo
  luego que Rugiero es su hermano, olvida todas sus querellas para
  entregarse  la ms viva alegra.


Todo caballero dotado de gentileza y cortesana ha de demostrarse
forzosamente gentil y corts en todas partes, y no puede menos de ser
as, porque  nadie le es dado alterar el carcter que han formado
su naturaleza y sus costumbres. Del mismo modo, todo caballero de
alma vil ha de darse  conocer por sus bajezas; pues sus instintos
le inclinan al mal, y los hbitos contraidos difcilmente se
modifican. Muchos ejemplos de cortesana y gentileza nos han legado
los guerreros antiguos: los modernos nos ofrecen muy pocos; pero en
cambio, presenciamos y tenemos noticia diariamente de las acciones
ms villanas. Como prueba de ello citar, ilustre Hiplito, aquella
guerra en que adornsteis nuestros templos con las banderas cogidas 
los enemigos y trajsteis  las costas de nuestra patria sus galeras
cargadas de rico botin[114]. Entonces se cometieron los excesos
ms crueles  inhumanos de que hayan dado ejemplo los trtaros, los
turcos  los moros, aunque no los llevaron  cabo los venecianos,
modelo siempre de justicia, sino sus impos soldados mercenarios.
No me refiero precisamente  los numerosos incendios que devoraron
nuestras ciudades y nuestros amenos campos, por ms que aquella fuera
una venganza indigna, especialmente tratndose de vos que, siendo
aliado del Csar cuando este tenia asediada  Padua, impedsteis ms
de una vez que se prendiera fuego  las ciudades y apagsteis ms de
un incendio despues de haber estallado en los templos y en las aldeas,
obedeciendo tan solo  los generosos impulsos de la magnanimidad
innata en vos. No me refiero  estos ni  otros hechos, no menos
atroces y crueles; sino  lo que es capaz de arrancar lgrimas de las
mismas peas, siempre que de ello se trate. Aquel dia, Seor, en que
envisteis  vuestros servidores en persecucion de los enemigos que,
abandonando sus buques, se habian retirado  una fortaleza, merced 
importunos auxilios, v  un Hrcules y  un Alejandro[115] arrastrados
por el mismo ardor que anim  Hctor y Eneas cuando se precipitaron
en las olas para incendiar las naves griegas; los cuales, espoleando
sus corceles, hostilizaron al enemigo en sus reductos, y tan adelante
les llev su audacia, que el segundo volvi con mucho trabajo, pero el
primero qued all.

       [114] En el canto III se ha hablado ya del orgen de la guerra
       entre los venecianos y el duque de Ferrara, y del apresamiento
       de las galeras enemigas por el cardenal Hiplito. Habiendo
       conseguido este la victoria, colg en la iglesia mayor de
       Ferrara 70 banderas cogidas  los enemigos, los cuales habian
       incendiado y asolado las comarcas ferraresas, no obstante de
       que cuando Hiplito estuvo aliado al emperador Maximiliano y
       quiso este apoderarse de Padua sin conseguirlo, se opuso  que
       los soldados alemanes saquearan las ciudades y asolaran el
       territorio.

       [115] Hrcules Cantelmo, hijo del duque de Sora, y Alejandro
       Ferrufino, cuyo ardor en el combate les hizo precipitarse en
       medio de los venecianos, quedando prisionero el primero, y
       logrando escapar el segundo  costa de grandes esfuerzos.

Salvse el Ferruffino; mas el Cantelmo fu hecho prisionero. Oh
desgraciado Duque de Sora! Cul debi ser tu dolor y tu clera al
ver  tu hijo rodeado de mil aceros, conducido  una nave, despojado
de su yelmo y decapitado! No me habria sorprendido que tan terrible
espectculo fuera capaz de darte la muerte lo mismo que el hierro  tu
hijo.

Y t, cruel esclavon, dnde has aprendido las leyes de la guerra? En
qu region de la brbara Escitia has oido decir que deba inmolarse
al que, despues de hecho prisionero, rinde las armas y renuncia 
defenderse? Y has podido darle muerte tan solo porque defendia  su
patria? Oh siglo cruel! Qu mal hace el Sol en iluminarte con sus
resplandores, cundo tanto abundan en t los Tiestes, los Tntalos
y los Atridas! Cortaste la cabeza, brbaro inhumano, al jven ms
valeroso que existia de un polo al otro polo y desde las apartadas
regiones de la India hasta aquellas en que el Sol se oculta: su
gentileza y juvenil edad hubieran movido  compasion  un Antropfago,
 un Polifemo, pero no  t, que fuiste ms perverso  implacable
que cualquier cclope  lestrigon. No creo que se halle un ejemplo
semejante entre los guerreros antiguos, que cifraron todos sus conatos
en dejar memoria de magnanimidad y de hidalgua, y eran humanos despues
de la victoria. Bradamante no solo no trataba con rigor  los que
arrancaba de la silla tocndolos con su lanza, sino que llevaba su
galantera hasta el extremo de sujetar sus caballos mientras volvian 
montar.

Os dije, hablando de esta jven valerosa y bella, que habia vencido
 Serpentino de la Estrella, Grandonio de Volterna y Ferrags, y que
despues les ayud  montar  caballo: dije tambien que el tercero
de estos habia ido  participar  Rugiero el reto que le dirigia la
doncella, en quien todos creian ver un caballero. Rugiero acept gozoso
el desafo, y mand que le trajeran sus armas. Mientras se las estaba
poniendo en presencia del Rey, volvieron los cortesanos  hacer
conjeturas sobre quin podria ser aquel guerrero incomparable que
sabia dar tan soberbios botes de lanza, y preguntaron  Ferrags si lo
conocia, puesto que habia hablado con l. El interpelado respondi:

--Tened por cierto que no es ninguno de los que habeis nombrado. Al ver
su rostro, me pareci que era el hermano ms jven de Reinaldo: pero
despues de haber experimentado su indomable valor, estoy seguro de que
Riciardeto no puede igualrsele. Ms bien estoy dispuesto  creer que
sea una hermana suya que, segun noticias, se le parece mucho, y goza la
fama de igualar en fuerza y destreza  Reinaldo y  todos los paladines
franceses. Pero despues de lo que he visto hoy, la creo superior  su
hermano y  su primo.

Cuando Rugiero oy estas palabras, sinti que su corazon se estremecia;
tise su rostro de ese rojo color que la aurora esparce por los aires,
y qued turbado  indeciso. Estimulado, al escuchar aquella noticia,
por su siempre abierta y amorosa herida, sinti que se deslizaba por
sus venas un fuego abrasador al mismo tiempo que circulaba por sus
huesos un frio glacial, producido por el temor de que algun nuevo enojo
pudiera haber extinguido el grande amor que Bradamante le dedicaba.
En esta incertidumbre no sabia si salir al encuentro de su amada 
permanecer quieto en la ciudad.

Encontrndose all Marfisa, que tenia grandes deseos de tomar parte
en aquella lucha, y estaba cubierta con sus armas de las que rara
vez se desprendia as de dia como de noche, apenas vi que Rugiero
se armaba, pens que perderia la ocasion de alcanzar la palma del
triunfo, si dejaba que el guerrero saliera antes que ella; por lo cual
se le adelant, confiada en la victoria. Mont  caballo, y sali 
escape al sitio donde la hija de Amon, palpitante de impaciencia,
estaba esperando  Rugiero, deseosa de retenerlo cautivo, y pensando
cmo dirigiria su lanza contra l de modo que menos dao le hiciera.
Marfisa apareci fuera de las puertas de la ciudad, llevando en la
cimera de su casco un fnix, emblema que lo mismo podia indicar su
orgullosa presuncion de ser la nica en el mundo en fortaleza, como
su honesto propsito de permanecer siempre vrgen. Bradamante la mir
con atencion, y viendo que no era Rugiero, le pregunt su nombre, y
supo que tenia ante s  la que le arrebataba su amor,  mejor dicho,
 la que creia su rival,  la que tanto dio  ira le habia inspirado,
 la que seria en fin causa de su muerte, si no tomaba una inmediata
venganza de las lgrimas que por su causa derramaba.

Revolvi su corcel y se precipit sobre Marfisa, no ya con la intencion
de derribarla, sino con la de atravesarla de parte  parte con su
lanza, y librarse as de sus crueles sospechas. Fuerza le fu  Marfisa
medir el duro suelo al primer bote: esta afrenta, que no estaba
acostumbrada  recibir, le caus tanta clera, que estuvo  punto de
volverse loca de furor. Apenas se vi en el suelo, sac la espada,
ardiendo en deseos de vengarse de su caida. No menos furiosa la hija de
Amon, exclam:

--Qu intentas? No sabes que eres mi prisionera? Si me he mostrado
corts y generosa con los dems, no quiero ser lo mismo contigo,
Marfisa, y estoy resuelta  castigar tus instintos villanos y
orgullosos.

Estas palabras hicieron estremecerse  Marfisa como un escollo azotado
por un viento impetuoso. Quiso contestar, pero el furor embargaba su
voz hasta el extremo de que solo pudo articular un rugido. Empez 
esgrimir su espada en todas direcciones, amenazando con ella lo mismo 
Bradamante que  su corcel; pero la guerrera cristiana le revolvia con
destreza, y lograba esquivar los golpes de su enemiga. Enfurecida en
extremo, arremeti  su vez lanza en ristre contra Marfisa, y apenas la
toc, cuando la hizo rodar por el polvo. Levantse Marfisa nuevamente y
continu descargando cuchilladas sobre su adversaria, la cual le asest
un tercer bote que produjo el mismo efecto que los otros. Aun cuando
Bradamante era esforzada, no habria triunfado con tanta facilidad de
Marfisa, que no la cedia en valor y denuedo,  no ser por la lanza
encantada.

Entre tanto, algunos guerreros del ejrcito cristiano, que estaba
acampado  cosa de milla y media de distancia, se habian ido
aproximando al campo en que tenia lugar la lucha, con objeto de
admirar la bizarra del caballero cristiano, en quien veian  uno de
los suyos, aunque ignoraban quin fuese. Al observar el generoso hijo
de Trojano la proximidad de tales guerreros, no quiso encontrarse
desprevenido; y  fin de evitar cualquier sorpresa peligrosa, orden
que una buena parte de sus tropas tomara las armas y se formara fuera
de las murallas. Rugiero,  quien el ardor de Marfisa le priv de
pelear, sali con dichas tropas. El enamorado jven estaba contemplando
la lucha, lleno de temor y de inquietud por su amada; pues harto
conocia el valor de Marfisa. Lleno de temor, como digo, las vi
dirigirse una contra otra; pero al observar que Bradamante derribaba
 su rival, qued maravillado y estupefacto: al reparar despues en
que la lucha de ambas guerreras no terminaba al primer encuentro,
como las anteriores, sinti su corazon profundamente contrariado y
temeroso de alguna desgracia. Hacia votos por la dicha y el bien de
ambas doncellas; pues amaba  las dos, aunque el afecto que por ellas
sentia era muy diferente: Bradamante le inspiraba un amor ardiente
y frentico; Marfisa, benevolencia ms bien que amor. De buen grado
habria interrumpido aquella lucha, si hubiese podido dejar  ambas en
buen lugar; pero los guerreros que con l estaban se le adelantaron,
interponindose entre las dos guerreras, para impedir que venciera
el campeon cristiano, el cual llevaba la mejor parte en la pelea.
Avanzaron  su vez los caballeros cristianos, y se empe al instante
un terrible combate, oyndose resonar por todas partes el grito de A
las armas! cosa que sucedia casi todos los dias. A caballo! Pronto,
 armarse! Agrpese cada cual en derredor de su bandera! decia con
claro y belicoso sonido ms de un clarin, recorriendo el campamento,
y as como estos llamaban  los ginetes, los tmpanos y los atabales
llamaban  los infantes.

Pronto se generaliz la pelea, que fu horrorosa y sangrienta. La
valerosa doncella de Dordoa, sumamente encolerizada por no haber
podido inmolar  Marfisa aquel dia en que tanto lo deseaba, empez 
recorrer el campo de batalla en todas direcciones, con la esperanza de
encontrar  Rugiero, por quien suspiraba sin cesar. Por fin le conoci
en el guila de plata que sobre fondo azul llevaba en su escudo, y
se detuvo para contemplar con los ojos y la imaginacion aquel pecho,
aquellos hombros, aquella agradable apostura y aquella gracia que
embellecia todos los movimientos de su amante; pero recordando despues
con gran despecho que otra mujer reinaba en su corazon, exclam poseida
de clera:

--Con que otra, y no yo, ha de besar esos hermosos lbios? Ah! no,
no; es imposible que ames  otra, Rugiero; de nadie has de ser, sino
mio. Antes que verme obligada  morir de rabia, has de perecer  mis
manos; pues si te pierdo en este mundo, por lo menos el Infierno me
devolver tu alma, y estars  mi lado eternamente. Ya que me haces
expirar de dolor, justo es que me concedas el dulce consuelo de la
venganza; porque, segun todas las leyes, el que da  otro la muerte
debe perecer. A pesar de esto, nuestro suplicio nunca ser igual;
pues t morirs con justo motivo, al paso que yo muero sin razon. Al
arrancarte la vida, har morir ay de m! al que desea mi muerte; pero
t, cruel, sacrificas  la que te ama y adora!... Mas por qu vacila
mi mano en desgarrar con su acero el corazon de mi enemigo que tantas
y tantas veces me ha herido de muerte, confiado en la impunidad que
Amor le daba, y ahora presencia, frio  indiferente, mi agona, sin
conmoverle mi dolor profundo? Despierta denodado, nimo mio, y venga
con la muerte de ese infame las mil y mil que me ha hecho sufrir!

Al decir esto, precipitse sobre Rugiero; pero antes le grit:

--Defindete, prfido. Si mi brazo secunda  mi furor, no logrars
pisotear los pimos despojos del corazon altivo de una doncella!

Cuando Rugiero oy estas palabras, crey conocer la voz de su amada,
como as era; pues la tenia tan impresa en la memoria, que la hubiera
distinguido entre mil. Harto comprendi que en aquellas palabras iba
envuelta una amarga reconvencion por no haber cumplido la promesa que
 Bradamante hiciera, y deseoso, por lo mismo, de justificarse, le
indic con un ademan que deseaba hablarle; pero la jven, arrastrada
por su dolor y por su ira, se dirigia hcia l con la visera calada,
con intencion de ponerle tal vez donde no hubiera arena. Cuando Rugiero
la vi caer sobre l tan frentica, se afirm en la silla, y enristr
su lanza; pero la tuvo suspendida  inclinada de modo que no la pudiera
herir. La jven, que le embestia con nimo implacable y dispuesta 
herirle, al llegar junto  l, no pudo resolverse  hacerle sufrir la
vergenza de una caida. Sus lanzas, pues, no produjeron efecto alguno;
pero en cambio el amor vibr contra entrambos sus armas, y les atraves
el corazon de una amorosa lanzada.

Conociendo Bradamante que no podria resolverse nunca  causar una
afrenta  Rugiero, corri  desahogar en otra parte la clera que le
abrasaba el pecho, y llev  cabo tales proezas, que sern famosas
mientras el cielo gire. En pocos instantes hizo morder el polvo con
su lanza de oro  ms de trescientos guerreros:  ella solamente se
debi aquel dia la victoria: ella sola puso en fuga  todo el ejrcito
moro. Rugiero no cesaba de dar vueltas por todas partes buscndola, y
consiguindola al fin, se le acerc y le dijo:

--Preciso es que te hable  muera! Qu te he hecho, para que as
huyas de m? Detente, por Dios, y escchame.

As como al soplo de los templados vientos meridionales, que aspiran
del mar su tibio hlito, se derriten las nieves y los hielos de los
torrentes que poco antes eran tan slidos, as tambien, al oir aquellos
ruegos, aquellos breves lamentos, el corazon de la hermana de Reinaldo
se abland compasivo, cuando poco antes la ira le habia endurecido como
el mrmol. Sin embargo, no quiso  no pudo responderle; pero clav el
acicate en un costado de Rabican, y se alej cuanto pudo del campo de
batalla, indicando con un ademan  Rugiero que la siguiera. Lleg  un
solitario valle, donde habia una pequea llanura, en medio de la cual
se veia un bosquecillo de cipreses, que parecian vaciados todos en un
mismo molde. En aquel bosquecillo se levantaba un gran sepulcro de
mrmol blanco, recientemente construido. Una breve inscripcion indicaba
 los curiosos el nombre del que en l yacia sepultado, pero Bradamante
no par mientes en ella. Rugiero excit la carrera de su corcel, y 
los pocos momentos lleg al bosque y al sitio en que se hallaba la
doncella.

Pero volvamos  Marfisa, que en el nterin habia vuelto  montar 
caballo, y procuraba buscar  la guerrera que la derribara al primer
encuentro: la habia visto alejarse del campo de batalla, y vi tambien
cmo Rugiero se alejaba  su vez, yendo en pos de Bradamante: muy
lejos de pensar que el amor le hacia seguir sus huellas, crey que la
perseguia para terminar con las armas en la mano sus mtuas querellas.
Espole su caballo, y sigui su pista, llegando al bosquecillo casi
al mismo tiempo que ellos. Todo el que viva amando, comprender sin
necesidad de que yo lo escriba, lo molesta que fu para ambos amantes
su llegada. Al ver  Marfisa, causa de todo su mal, Bradamante no pudo
permanecer tranquila; porque quin podria impedir que no creyera
como una cosa cierta, que su amor por Rugiero la hacia volar tras l?
Afirmndose en esta creencia, empez  prodigar  su amante los nombres
de traidor y perjuro, exclamando adems:

--No te bastaba, prfido, que me trasmitiera la fama tu perfidia,
sino que has querido tambien presentarme tu nueva amante? Veo que
anhelas arrojarme de tu lado: pues bien, para satisfacer por completo
tus deseos incuos  infames, estoy decidida  morir; pero no ser sin
hacer lo posible para que perezca conmigo la que es causa de mi muerte.

Al terminar estas palabras, se precipit ms irritada que una vbora
sobre Marfisa, dndole en el escudo una lanzada con tal fuerza, que
la derrib de espaldas y le hizo clavar casi la mitad de su casco en
la tierra: no se puede decir que Marfisa estuviera desprevenida, antes
bien se preparaba  combatir  hizo lo que pudo por resistir el choque;
pero  pesar de esto di de cabeza contra el suelo. La hija de Amon,
que queria morir  dar muerte  su enemiga, estaba poseida de tan
iracunda saa, que no quiso ya servirse de su lanza para derribarla
de nuevo, sino que intent separar del tronco la cabeza de Marfisa,
medio sepultada en la arena; y arrojando lejos de s la lanza de oro,
desenvain la espada y se ape rpidamente del caballo: pero lleg
ya tarde; porque Marfisa se habia puesto en pi y se preparaba 
acometerla, tan excesivamente encolerizada al ver que en aquella nueva
lucha tambien habia sido vencida, que de nada le servian  Rugiero las
splicas, ni los gritos con que procuraba estorbar un espectculo que
le afligia vivamente: tan poseidas de furor estaban ambas guerreras
que luchaban hasta con desesperacion. Poderosamente atraidas por su
mtuo dio, fueron acercndose hasta el extremo de no serles posible
manejar los aceros ni luchar de otro modo ms que aferrndose una
 otra con las manos. Dejaron caer las espadas por no necesitarlas
en aquel extraordinario gnero de lucha, y buscaron nuevos modos de
ofenderse, mientras Rugiero se esforzaba en calmarlas con sus palabras;
pero viendo que eran completamente estriles sus ruegos, se resolvi 
separarlas empleando la fuerza, y  este fin, les arrebat los puales
de las manos arrojndolos al pi de un ciprs: cuando no tuvieron
hierro alguno con que herirse, renov sus splicas y aun sus amenazas,
pero siempre en vano, porque no pudiendo de otro modo, se ofendian
con los puos y los pis. Rugiero insista, y tan pronto sujetaba 
la una como  la otra por los brazos  las manos, separndola de su
adversaria: por ltimo, hizo tanto, que atrajo sobre s todo el dio
y furor de Marfisa. Acostumbrada esta guerrera  despreciarlo todo,
olvid la amistad que  Rugiero la unia; y dejando  Bradamante, corri
 recoger su espada, y se lanz sobre l.

--Cometes una accion villana y descorts, le dijo, viniendo 
interrumpir nuestro combate; pero esta mano, que basta  vencer 
entrambos, castigar tu audacia.

En vano procur Rugiero apaciguar  Marfisa, empleando las frases ms
conciliadoras; tan irritada la veia contra l, que conoci que era
tiempo perdido el empleado en aplacarla. Al fin, enrojecido  su vez de
clera, se vi obligado  desenvainar la espada. No creo que Atenas,
 Roma,  otro pas del mundo ofrecieran  los que lo contemplaban
un espectculo ms agradable, que lo que este combate lo fu para la
celosa Bradamante, por lo mismo que venia  echar por tierra todas sus
sospechas. Habia recogido del suelo su espada, y se mantenia apartada
observando las peripecias de aquella nueva lucha: creia ver en Rugiero
al Dios de la guerra, por su pujanza y destreza; y si este le parecia
el mismo Marte, veia en Marfisa una furia infernal, escapada del Averno.

El gallardo jven estuvo por espacio de algun tiempo sin hacer uso de
todo su vigor, pues conocia demasiado el poder de su espada, tantas
veces puesto  prueba: donde caia aquel acero, quedaban rotos  perdian
su virtud todos los encantos, por cuya causa procuraba descargar sus
golpes de plano, y no de filo  de punta,  fin de no ocasionar dao
 Marfisa. Largo rato combati de aquel modo; pero al fin perdi la
paciencia, al dirigirle su adversaria una terrible cuchillada con
intencion de dividirle la cabeza: levant el escudo con objeto de parar
el golpe, y aun cuando por estar encantado su broquel no qued rajado
 hendido, la violencia del tajo fu tal, que le dej adormecido el
brazo:  no haber poseido las armas de Hctor, hubiera perdido el brazo
izquierdo y quiz tambien la cabeza, cumpliendo as el cruel deseo de
la doncella. Al sentir el guerrero este golpe, olvid toda compasion;
despidieron rayos sus ojos, y asest  su adversaria una estocada con
toda su fuerza. Desgraciada de t, Marfisa, si te hubiera alcanzado el
acero!

No podr deciros cmo, pero el caso fu que la espada penetr ms de
palmo y medio en el tronco de uno de los muchos cipreses que all habia
plantados. En el mismo momento, un gran terremoto sacudi el monte y la
llanura, y se oy una voz estentrea, superior  la de todo mortal, que
saliendo del sepulcro que habia en medio del valle, exclamaba:

--Deteneos! Suspended ese terrible combate; pues seria inhumano 
injusto que el hermano diera muerte  su hermana  esta matara  aquel.
T, Rugiero, y t, Marfisa mia, dad crdito  mis palabras que no son
fingidas: concebidos los dos en un mismo seno por obra de un mismo
padre, vsteis juntos la luz primera. Rugiero II os engendr: llamse
vuestra madre Galaciela, cuyos hermanos, despues de haber quitado
la vida  vuestro desdichado progenitor, la expusieron en un dbil
leo al furor de las olas, sin tener en cuenta que se hallaba grvida
de vosotros, ni que procedais de su mismo tronco. Pero el destino,
que aun antes de nacer os reservaba para llevar  cabo las empresas
ms gloriosas, hizo que la barquilla llegase felizmente  las costas
deshabitadas que en frente de las Sirtes se encuentran, desde donde
subi al Paraiso el alma bienaventurada de Galaciela, despues de daros
 luz: tal fu la voluntad de Dios y tal vuestro destino. Testigo yo
de aquel suceso, d  vuestra madre una sepultura tan honrosa como
era posible en aquella playa desierta, y envolvindoos en mi manto,
os llev al monte de Carena. Hice salir una leona de las guaridas del
bosque, la amans, la obligu  abandonar  sus cachorros, y durante
veinte meses os aliment cuidadosamente con su leche. Un dia en que se
me ocurri alejarme de vuestra morada para recorrer el pas, os vsteis
sorprendidos por una horda de rabes, segun tal vez recordareis, los
cuales se apoderaron de t, Marfisa; pero Rugiero pudo salvarse merced
 la celeridad de sus piernas. Tu prdida me afligi profundamente,
y desde entonces redobl mi vigilancia para custodiar  tu hermano.
Demasiado sabes, Rugiero, los cuidados que tu maestro Atlante te
prodig durante su vida. Las estrellas fijas me predijeron que
perecerias  traicion entre los cristianos, y para apartar de tu cabeza
su funesto influjo, consagr todos mis esfuerzos  mantenerte alejado
de ellos: vindome al fin impotente para contrarestar tus deseos,
ca enfermo y perec de dolor; pero antes de expirar pude prever que
vendrias  luchar con Marfisa en este sitio,  hice que los espritus
infernales me construyeran con enormes piedras el sepulcro que estais
viendo: al mismo tiempo dije  Aqueronte con penetrante voz: No quiero
que, despues de mi muerte, arrebates mi espritu de este bosque, hasta
que llegue  l Rugiero para batirse con su hermana. Esta es la razon
de que mi espritu haya estado esperando vuestra venida bajo esta verde
enramada por espacio de muchos dias. Desecha, pues, esos terribles
celos que sientes por nuestro Rugiero,  quien tanto amas, Bradamante.
Pero me es forzoso ya abandonar la region de la luz y pasar  la
mansion de las tinieblas.

Call la voz, dejando en extremo asombrados  Marfisa,  Rugiero y  la
hija de Amon. Los dos primeros, llenos de jbilo, se reconocieron como
hermanos, y se arrojaron uno en brazos de otro, sin que Bradamante se
manifestara ya ofendida por estas muestras de cario. Ambos hermanos
empezaron  recordar con gran placer algunas de las circunstancias de
su edad juvenil, acabando de conocer as la verdad de las palabras
proferidas por el espritu de Atlante. Rugiero no quiso ocultar 
su hermana el amor que  Bradamante tenia; le refiri con palabras
afectuosas todos los grandes favores que debia  su amada, y no ces
hasta conseguir que sucediera el afecto  la clera en el corazon
de ambas jvenes  hizo que se abrazaran mtuamente en seal de
reconciliacion.

Marfisa dirigi despues algunas preguntas  Rugiero con respecto  la
patria y clase de su padre; deseaba sobre todo saber quin le habia
muerto; si su muerte ocurri en palenque cerrado  en el campo de
batalla, y quines eran los que habian intentado sepultar en las olas
 su desgraciada madre; todo lo cual se habia borrado de su memoria,
dado caso de que hubiera llegado  su noticia cuando nia. Rugiero
satisfizo su justa curiosidad dicindole que eran de orgen troyano, y
que descendian directamente de Hctor.

--Cuando Astyanax[116], prosigui diciendo, se escap de las manos
de Ulises y de los lazos que le habia tendido, dejando en lugar suyo
otro jven de su misma edad, sali de aquel pas, y despues de haber
vagado mucho tiempo por los mares, lleg  Sicilia y rein en Messina.
Sus descendientes pasaron al otro lado del Faro, y se establecieron
en una parte de la Calabria; y despues de una larga srie de aos
fueron  habitar en la ciudad de Marte. Varios emperadores  ilustres
reyes de su raza dominaron en Roma y en otras partes, desde Constante
y Constantino hasta Carlomagno, hijo de Pepino el Breve. Entre ellos
se distinguieron Rugiero I, Gianbaron, Buovo, Rambaldo, y por ltimo
Rugiero II, que fu, segun acabais de oir  Atlante, el que fecundiz
el seno de nuestra madre. La historia ha inmortalizado los preclaros
hechos de nuestros progenitores.

       [116] Hijo de Hctor y Andrmaca,  quien encerr esta en el
       sepulcro de su padre cuando fu tomada Troya, para librarlo
       del furor de los vencedores. Ulises lo descubri y le hizo
       precipitar desde lo alto de una torre.

Rugiero continu refiriendo que el rey Agolante habia ido  Francia con
Almonte y el padre de Agramante, llevando en su compaa una doncella
hija suya, tan valerosa que venci en combate singular  muchos
paladines: cediendo al poco tiempo al amor que Rugiero le inspiraba,
desoy las amonestaciones de su padre, recibi el bautismo y se cas
con su amante: pero abrasado el traidor Beltran de un incestuoso amor
hcia su cuada, vendi  su patria,  su padre y  sus dos hermanos
con la esperanza de poseerla, entreg la ciudad de Ris[117]  los
enemigos, y aquellos quedaron  merced del vencedor. Termin el jven
guerrero dicindoles que tan pronto como Agolante y sus despiadados
hijos se apoderaron de Galaciela, que se hallaba en cinta de seis
meses, la abandonaron al furor del mar tempestuoso, en medio de un
riguroso invierno y en una barquilla sin timon.

       [117] Poblacion de Francia en el departamento del Sena y Oise.

Estaba Marfisa escuchando con profunda atencion todas las palabras de
su hermano, y mientras tanto brotaban de sus hermosos ojos copiosas
lgrimas de jbilo, al pensar en que circulaba por sus venas la sangre
de los Mongrana y los Claramonte, cuyos descendientes habian sabido
brillar por luengos aos en el mundo, sobrepujando en bizarra  los
varones ms ilustres. Cuando Rugiero le revel que el abuelo, el padre
y el tio de Agramante dieron muerte  traicion  Rugiero y trataron de
un modo cruel  Galaciela, no pudo Marfisa contenerse y le interrumpi
diciendo:

--Ah, hermano mio! Perdname que te diga que has cometido una gran
falta dejando sin venganza la muerte de tu padre. Si no pudiste
derramar la sangre de Almonte y de Trojano, por estar ya muertos,
no debias hacer recaer tu clera sobre sus hijos? Es posible que
Agramante viva, viviendo t? Mancha es esa de la que tu rostro no se
ver libre jams, porque, despues de tantas injurias, no solo no has
inmolado  ese rey, sino que permaneces en su corte admitiendo un
sueldo suyo. Pero juro  Dios, ( ese Cristo, Dios verdadero,  quien
deseo adorar como lo ador mi padre) que no he de despojarme de esta
armadura hasta dejar vengados  Rugiero y  mi madre. Me lamento y me
lamentar de tu conducta, mientras te vea entre las tropas de Agramante
 de cualquier otro monarca mahometano, esgrimiendo ese acero que
debieras baar en su aborrecida sangre.

Con cunta satisfaccion levant su rostro la hermosa Bradamante al
escuchar estas palabras, que la llenaban de jbilo! La hija de Amon
se esforz en persuadir  Rugiero  que pusiera inmediatamente por
obra los consejos de Marfisa, y  que fuera  reunirse con Carlomagno,
dndose  conocer  aquel monarca, que tenia en tanta veneracion y
aprecio el recuerdo de las nclitas proezas de su padre Rugiero, que
aun le consideraba como el ms valiente de todos los guerreros. Rugiero
le respondi acertadamente, que tal debia haber sido su conducta
desde un principio, pero que habia perdido un tiempo precioso por no
haber tenido un conocimiento tan exacto de la historia de sus padres
como despues lo tuvo, y que habindole ceido Agramante la espada
de caballero, cometeria una accion indigna y una traicion infame si
le diera la muerte, despues de haberle rendido pleito homenaje. Sin
embargo, prometi  Marfisa, como se lo habia prometido en otro tiempo
 Bradamante, aprovechar la menor oportunidad que se le presentase y
emplear todos los medios que  su alcance estuviesen para acceder 
los deseos de ambas sin faltar  las leyes del honor. Aadi que si
no lo habia hecho ya, no era suya la culpa, sino del Rey de Tartaria,
que le dej tan mal parado despues de su combate con l, como era
bien notorio, y como podia atestiguar la misma Marfisa mejor que otra
persona cualquiera, puesto que entonces le visitaba diariamente.

Largo rato debatieron los tres este importante asunto, y por ltimo
convinieron en que Rugiero volviera al lado de Agramante, hasta que se
le presentara una ocasion propicia para pasar al servicio de Carlomagno.

--Djale que se vaya, dijo Marfisa  Bradamante, y desecha todo temor;
yo te prometo hacer de modo que dentro de pocos dias no obedezca las
rdenes de Agramante.

As dijo; pero se guard de revelar el propsito que al efecto habia
fraguado en su imaginacion.

Rugiero se despidi al fin de ellas, y volvia ya riendas  su corcel
para regresar al lado de Agramante, cuando llamaron la atencion de los
tres unos lamentos que salian del valle inmediato.

Escucharon ms atentamente y creyeron percibir el llanto y los gemidos
de una mujer. Pero deseo que este canto termine aqu y que secundeis
benvolos este deseo, prometiendo por mi parte narraros cosas ms
interesantes en el canto siguiente, si acuds  escucharlo.




CANTO XXXVII.

  Atraidos Rugiero y las dos doncellas por los lamentos que se oian en
  el valle inmediato, encuentran  Ulania y sus compaeras  quienes
  Marganor habia cortado los vestidos.--Los dos amantes y Marfisa
  acometen al infame y vengan aquella afrenta.--Marfisa hace cambiar la
  ley que estaba establecida en el castillo de Marganor, y este perece
   manos de Ulania.


Si as como las mujeres ponen noche y dia todo su cuidado y diligencia
en obtener los dones que la Naturaleza no puede proporcionar sin el
arte, y como han practicado con buen xito las acciones ms sublimes,
se hubieran dedicado  aquellos estudios que inmortalizan las virtudes
humanas, y hubiesen podido cantar por s mismas sus propias alabanzas
sin necesidad de mendigar el auxilio de los escritores,  quienes el
despecho y la envidia corroe el corazon de tal modo, que ocultan con
frecuencia el bien que de ellas pueden decir, y publican el mal por
todos los medios que estn  su alcance, tan enaltecido se veria su
nombre, que tal vez llegaria  empaar la brillante fama de los varones
ms eminentes. No contentos muchos poetas, en especial los antiguos,
con prodigarse mtuamente el incienso de la adulacion, estudian
asduamente el modo de poner en relieve todas las imperfecciones de
la mujer, y para impedir que llegue  prevalecer sobre el hombre, se
esfuerzan cuanto pueden en oscurecer su mrito, cual si el esplendor
del sexo femenino pudiera amenguar el del nuestro, lo mismo que las
nubes disminuyen la intensidad de los rayos del Sol. Pero jams ha
tenido bastante poder la lengua con sus discursos ni la mano con sus
escritos, por ms que hayan cifrado todos sus conatos en aumentar el
mal y disminuir el bien, para destruir la gloria de la mujer hasta el
extremo de no dejar alguna parte de ella, aun cuando desgraciadamente
han logrado que no llegara ni con mucho  donde debiera.

Harpalice[118], Tomiris[119], las heroinas, que socorrieron  Turno y
 Hctor[120], la princesa que, seguida de Tirios y Sidonios, atraves
los mares para establecerse en la Libia[121], Zenobia[122], la famosa
reina que llev sus armas victoriosas por la Asiria, la Persia y la
India[123], y otras muchas, no fueron las nicas damas dignas de la
inmortalidad por sus esclarecidos hechos de armas. Y no tan solo
Roma y Grecia tuvieron el privilegio de dar al mundo mujeres fieles,
castas, prudentes y esforzadas: todos los pases de la Tierra las
han producido, desde las mrgenes del Indo hasta las playas de las
Hesprides, donde el Sol recoje su cabellera; pero los escritores
falsos, injustos y envidiosos de su tiempo apenas nos han dejado el
recuerdo de una por cada mil. Continuad  pesar de esto vuestro camino,
oh mujeres amantes de la virtud! sin que os detenga el temor de no
adquirir la honrosa fama que vuestras elevadas acciones merecen; pues
as como no hay cosa buena que dure siempre, tampoco se perpetan las
malas, y si hasta ahora habeis carecido de escritores que enaltecieran
vuestras sublimes virtudes, en la poca actual contais con ellos. Hoy
os dedican sus cantos Marullo, el Pontan, los dos Strozzi, padre 
hijo; el Bembo, el Cappel, el que ha hecho adquirir  sus cortesanos
el mismo gusto que siente por la poesa, Luis Aleman y esos dos
prncipes, tan queridos de Marte como de las Musas y descendientes de
los soberanos de la comarca que atraviesa el Mincio y est rodeada de
anchurosos lagos. El amor, la f y el invencible y esforzado nimo
que aun en presencia de los mayores peligros ha demostrado Isabel
por uno de estos prncipes, han hecho que l os pertenezca ms que
 s mismo, aun cuando ya era inclinado por instinto  honraros y
reverenciaros, y  hacer resonar el Pindo y el Cinthio con vuestras
alabanzas, elevndolas hasta el mismo Cielo: por esta razon se
manifiesta incansable en celebraros en sus versos llenos de fuego, y
por esta razon tambien est siempre dispuesto  tomar las armas para
castigar  los que os ultrajen. No existe en el mundo un caballero
ms decidido que l  perder su vida en defensa de la virtud, y al
mismo tiempo que con sus acciones da  los poetas inagotable materia
para ensalzarle, eterniza la fama de los dems con sus escritos. Digno
es por lo tanto de que el Cielo le concediera una esposa dotada de
tan inestimables prendas como la que ms de su sexo, una esposa de
constancia inalterable, y que haya sido para l una verdadera columna,
despreciando todos los reveses de la fortuna[124]. Dnde se vieron
nunca dos esposos ms dignos el uno del otro? Coloca nuevos trofeos
en la orilla del Oglio; pues entre el fragor de las armas, de los
carros, de los incendios y de las olas ha escrito versos tan sonoros y
melodiosos, que el cercano rio se manifiesta envidioso de su gloria.

       [118] De esta guerrera se ha hablado en una nota del canto XX.

       [119] Reina de los masagetas: march contra Ciro, que habia
       invadido sus estados, le venci, le hizo prisionero y le mat
       por vengar la muerte de su hijo.

       [120] La primera fu Camila, y la segunda Pentesilea, reina de
       las amazonas, de quienes ya se ha hablado.

       [121] Dido, princesa de Sidon, y fundadora de Cartago en frica.

       [122] Reina de Palmira. El emperador romano Galieno quiso
       apoderarse de sus estados, pero no pudo conseguirlo.

       [123] Semramis, reina de Babilonia.

       [124] Esta dama era Victoria Colonna, hija de Fabricio Colonna,
       gran condestable de Npoles. Fu esposa del marqus de Pescara;
       cultiv con xito la poesa, y se hizo clebre por su ternura
       conyugal.

Al par de ese ilustre prncipe, un Hrcules Bentivoglio enaltece
vuestras virtudes en agradables poesas; Renato Trivulcio, mi querido
Guideto y Molza, favorito de Febo, segun vosotras mismas decs, os
dedican tambien sus versos, lo mismo que Hrcules, duque de los
Carnutos  hijo de mi seor, el cual despliega sus alas, y cual canoro
cisne se remonta cantando por los aires y llevando vuestro nombre
hasta el cielo. El Marqus del Vasto, no contento con ofrecer, merced
 sus prodigiosas hazaas, suficientes asuntos en que se inspiraran
todos los antiguos poetas de Roma y Atenas, se ensaya asimismo en
inmortalizaros con sus escritos. Y aparte de estos y de otros muchos
que os han glorificado y os glorifican en sus canciones, vosotras
tambien sabeis dejar eterno recuerdo de vuestras virtudes; pues
abandonando por un momento la aguja y el hilo, habeis ido y vais aun
en nmero considerable  extinguir con las Musas vuestra sed en la
fuente de Aganipe[125], regresando de ella tan inspiradas, que ms
bien necesitamos los hombres de vuestros auxilios que vosotras de los
nuestros. Si pretendiera recordar aqu los nombres de estas ilustres
poetisas, y ocuparme de cada una de ellas en particular, ponderando
cual merecen sus excelencias, me veria precisado  escribir ms de un
pliego y dedicar hoy mi trabajo exclusivamente  este asunto. Si me
limito  pronunciar cinco  seis nombres, podrn ofenderse  enojarse
con razon las que no cite. Qu har pues? Las pasar  todas en
silencio,  escoger una sola entre tantas? Escoger una sola; pero la
elegida ser tal, que su nombre har enmudecer  la envidia, y nadie
podr llevar  mal que me calle con respecto  las dems y solo  ella
la celebre. La dama  quien me refiero, no solo se ha hecho inmortal
por ese estilo tan dulce cual no he oido otro alguno, sino que con
sus palabras  escritos podria muy bien sacar de la tumba  cualquier
mortal, hacindole vivir eternamente. As como Febo derrama sobre
su cndida hermana rayos ms luminosos que sobre Venus y Maya[126]
y cuantas estrellas giran con el cielo  tienen movimiento propio,
as tambien la facundia y la elocuencia inspiran  la dama de que
os hablo ms dulcemente que  todas las dems, y prestan tal vigor
 sus altos y luminosos pensamientos, que engalana con un nuevo sol
al cielo. Victoria es su nombre, perfectamente adecuado  la que ha
nacido entre los triunfos y  la que siempre est rodeada de laureles y
trofeos, y parece haber encadenado  la victoria. Semejante  la fiel
Artemisa[127], que tan celebrada fu en la antigedad por el recuerdo
piadoso que dedic  su Mausoleo, Victoria tiene sobre aquella reina
la ventaja de que en vez de haber sepultado  su esposo, ha conseguido
resucitarle en la memoria de los vivos, obra bastante ms digna y
meritoria. Si Laodamia[128], si la mujer de Bruto[129], si Arria[130],
Arga[131], Evadne[132], y otras muchas merecieron alabanzas por
haber querido seguir  sus maridos en el sepulcro, cuntas mayores
no debern tributarse  Victoria por haber arrancado el nombre de su
esposo  las aguas del Leteo y  las del rio que rodea nueve veces
el tenebroso abismo,  pesar de las Parcas y de la Muerte? Si el
hroe macedonio envidi al fiero Aquiles la sonora trompa menica que
celebr sus hazaas[133], cunta mayor envidia te tendria oh invicto
Francisco de Pescara! si hubiese vivido en esta poca, al ver que la
ms casta de las esposas, tan adorada por t, te tributa en sus versos
el honor que se te debe, y que merced  ella resuena tu ilustre nombre
por el universo hasta el extremo que pudieras desear? Oh! Si quisiera
consignar en el papel todo cuanto pudiera  desearia decir de t,
ilustre Victoria, mi tarea seria por dems larga y prolija, aunque no
tanto que no me quedara una gran parte por manifestar, y en el nterin
dejaria en suspenso la bella historia de Marfisa y sus compaeros, que
os promet continuar si acudais  oir este canto. Ya que estais aqu
para escucharme, y yo dispuesto  cumplir mi promesa, guardar para
mejor ocasion mi propsito de cantar las alabanzas de tan esclarecida
dama, no por tener la pretension de que mis versos sean necesarios
 quien bastan y sobran sus propias y dulcsimas rimas, sino por
satisfacer mis deseos de honrarla y alabar su virtuoso corazon.

       [125] Manantial al pi del Stelicon en Fceida, que estuvo
       consagrado  las Musas, por cuya razon se les daba algunas veces
       el nombre de Aganipedes.

       [126] Nombre dado por los astrnomos  las siete plyades, que
       forman una constelacion septentrional.

       [127] Reina de Halicarnaso, clebre por su amor conyugal.
       Erigi  su esposo Mausoleo un sepulcro tan magnfico que fu
       considerado como una de las maravillas del mundo.

       [128] Hija de Acasto, rey de Yolcos, y mujer de Protesilao.
       Para consolarse de la prdida de su esposo, muerto en el sitio
       de Troya, mand hacer una esttua parecida  l, de la cual no
       se separaba nunca. Su padre Acasto hizo quemar dicha esttua,
       para quitar este triste espectculo  su hija; pero Laodamia se
       acerc  la hoguera, y arrojndose en las llamas, perdi la vida.

       [129] Porcia, hija de Caton de tica, y mujer de L. Junio Bruto.
       Despues que su esposo, vencido por Octavio en la batalla de
       Filipos, se di desesperado la muerte, Porcia le imit tragando
       carbones hechos ascuas.

       [130] Arria, dama romana, esposa de Cecina Poeto. Habiendo
       conspirado su marido contra el emperador Claudio, fu condenado
       al suplicio. Arria para decidirle  darse la muerte, hundi un
       pual en su pecho, y presentndolo en seguida  su esposo, le
       dijo: Toma, esto no hace ningun mal. Poeto la imit al momento.

       [131] Arga, hija de Adrasto y mujer de Polinice. Cuando la
       derrota de los siete jefes que perecieron delante de Tebas,
       sepult  su esposo, uno de los muertos,  pesar de las rdenes
       del cruel Creonte que lo habia prohibido, y siendo sorprendida,
       fu condenada  muerte.

       [132] Evadne, hija de Marte y de Teba, y esposa de Capaneo, uno
       de los jefes citados en la nota anterior. Fu  buscar el cuerpo
       de su marido que yacia en el campo de batalla, le puso en la
       hoguera como era costumbre, y se ech tambien en ella, muriendo
       abrasada al par del cadver de su esposo.

       [133] Entindase: si Alejandro el grande, rey de Macedonia,
       envidi la suerte de Aquiles, cuyas hazaas celebr Homero en la
       _Iliada_, etc.

Concluyo, pues, adorables mujeres, afirmando que en todos los tiempos
han existido muchas de vuestro sexo dignas de figurar en la Historia;
pero cuyos nombres han quedado sepultados en el olvido por efecto de
la envidia de los escritores, lo cual no suceder ya en adelante pues,
que vosotras mismas sabeis inmortalizar vuestras virtudes. Si las dos
cuadas hubieran sabido hacer otro tanto, hoy conoceramos con mayor
exactitud todas sus hazaas: me refiero  Bradamante y  Marfisa, cuyas
nclitas proezas procuro sacar  luz, aunque me esfuerzo en vano, pues
solo he podido averiguar la dcima parte de ellas: en cuanto  las que
conozco, ya veis cun voluntariamente las canto, no solo porque es
un deber el descubrir toda herica accion donde quiera que se halle
oculta, sino tambien porque mi mayor anhelo es el de hacerme agradable
 vuestros ojos, oh encantadoras mujeres,  quienes amo y venero!

Como os decia, preparbase Rugiero  emprender su marcha, y se habia
despedido ya de sus compaeras y sacado su espada del ciprs sin que el
rbol se lo estorbara como anteriormente, cuando oy gritos lastimeros
y cercanos que llamaron poderosamente su atencion; y seguido de las dos
jvenes, se lanz hcia el sitio de donde al parecer salian aquellos
gemidos, con objeto de prestar el auxilio que el caso requiriese.
Cuanto ms avanzaba, ms claras y distintas llegaban las quejas 
sus oidos: una vez en el valle, vieron tres mujeres desconsoladas y
llorosas y en una situacion algo extraa; pues una mano atrevida y
criminal les habia cortado las faldas de sus vestidos hasta el ombligo,
y no sabiendo cmo ocultar su desnudez, se mantenian sentadas sin
atreverse  levantarse. As como aquel hijo de Vulcano que sali del
polvo sin auxilio de madre alguna, y fu despues confiado por Palas
 los cuidados de la curiosa Aglaura, ocultaba la deformidad de sus
pis permaneciendo constantemente sentado en el carro, del que fu
inventor[134], del mismo modo ocultaban aquellas tres jvenes las cosas
que debian tener secretas, permaneciendo sentadas en el suelo.

       [134] Erichtonio, rey de Atenas, fu hijo de Vulcano, el cual le
       form de barro, animndole con el fuego de que era dios. Palas,
       hermana de Vulcano, apenas vi animado al pequeo Erichtonio, lo
       meti en un canasto de mimbre perfectamente tapado, y lo confi
        las hijas de Cecrops, fundador de Atenas, llamadas Aglaura,
       Hers y Pandroso, prohibindoles que lo abriesen; pero las dos
       primeras, no pudiendo resistir  la curiosidad, destaparon
       el canasto y descubrieron  Erichtonio, haciendo pblico el
       secreto: entonces Palas, irritada, llam  las Furias  hizo
       que se apoderasen del corazon de Aglaura y Hers, las cuales,
       perdida la razon, se arrojaron desde lo alto de la ciudadela de
       Atenas. Cecrops, para aplacar  la diosa, adopt  Erichtonio,
       y le dej heredero del trono de Atenas; pero al crecer el hijo
       de Vulcano, observ que sus piernas eran muy deformes, no
       atrevindose  presentarse  sus vasallos, invent un carro, en
       el cual iba siempre, llevando escondida la parte inferior de su
       cuerpo.

Aquel espectculo increible y deshonesto hizo que en los rostros de
las dos magnnimas guerreras apareciera el color que suele tener en
la Primavera la rosa de los jardines de Pesto. Bradamante contempl
con alguna atencion  aquellas jvenes y conoci en una de ellas
 Ulania, la embajadora que habia venido  Francia desde la isla
Perdida; y conoci tambien  las otras dos jvenes por haberlas visto
en otra ocasion acompaando  la primera. Se dirigi, sin embargo,
 la embajadora, y le pregunt qu mano impa y menospreciadora de
toda ley y toda costumbre habia podido descubrir  los ojos de los
dems los secretos que la misma Naturaleza al parecer se esfuerza en
encubrir. Ulania que conoci al instante, por sus armas y por su voz,
 la guerrera que pocos dias atrs habia derribado de la silla  tres
campeones, le refiri que los moradores de un castillo prximo, gente
perversa y despiadada, adems de inferirles la afrenta de cortarles
los vestidos, las habian azotado y causado otros daos: aadi que
ignoraba lo que habia sido del escudo de oro, y de los tres reyes que
la venian acompaando  travs de tantos pases, cuya suerte desconocia
por completo; y termin diciendo que se dirigia por aquel camino, no
obstante lo mucho que le pesaba caminar  pi, para denunciar tal
ultraje  Carlomagno, con la esperanza de que no lo dejaria impune.

[Ilustracin: Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos
cortados.
                                                       (Canto XXXVII.)]

Esta narracion, y la vista de aquella grave injuria, excit la
indignacion de Rugiero y de las dos guerreras, cuyos corazones eran tan
compasivos como fuertes y valientes; y olvidando sus propios asuntos, y
sin aguardar siquiera  que la afligida Ulania les rogara que tomasen
 su cargo su venganza, emprendieron inmediatamente el camino del
inhospitalario castillo. Pero antes se quitaron de comun acuerdo las
sobrevestas con las cuales pudieron cubrir la desnudez de aquellas
desdichadas: Bradamante no quiso tolerar que Ulania siguiera caminando
 pi, y la hizo montar  la grupa de su caballo, y Rugiero y Marfisa
hicieron lo mismo con las otras dos jvenes.

La embajadora indic  Bradamante la via que ms directamente
conducia al castillo, y en cambio la hija de Amon procur consolarla,
asegurndole que castigaria al que la habia ofendido. Salieron
del valle, y empezaron  subir una montaa por un sendero largo y
tortuoso: el Sol se habia ocultado ya tras los mares, y nuestros
caminantes no se habian concedido aun el menor reposo, cuando en
la empinada cumbre de un monte de difcil acceso vieron una pequea
aldea, en donde hallaron el mejor albergue y cena que era compatible
con las condiciones de aquel lugar. Examinaron atentamente cuanto les
rodeaba, y observaron que por todas partes habia mujeres, ya viejas,
ya jvenes, pero no vieron el rostro de un solo hombre. No fu tan
grande el asombro de Jason y de los argonautas que con l iban, al ver
que en toda la extension de la isla de Lemnos no existian siquiera dos
varones, por haber dado muerte las mujeres de la misma  sus esposos,
padres, hijos y hermanos[135], como el que experimentaron en aquella
aldea Rugiero y sus compaeras.

       [135] Habiendo pasado los habitantes de Lemnos  la Tracia
       con objeto de asolar el pas, robaron all un gran nmero de
       mujeres que llevaron  su isla, pero encolerizadas las esposas
       de aquellos cuando supieron que iban  dejarlas por las recien
       llegadas, se concertaron y en una sola noche asesinaron  todos
       cuantos hombres habia en la isla excepto uno  quien su hija
       Isifile pudo salvar.

Bradamante y Marfisa hicieron que se proporcionasen  Ulania y  las
doncellas de su servidumbre tres vestidos, si no tan lujosos como
los que llevaban,  lo menos completos. Rugiero llam  una de las
mujeres que habitaban all, y le manifest sus deseos de saber dnde
estaban los hombres de aquella tierra, puesto que no veia ninguno. La
interrogada satisfizo su curiosidad de esta manera:

--Lo que tal vez es para vos un motivo de asombro, es una pena aguda
 intolerable para nosotras, que vivimos en la soledad ms triste; y
como si sus rigores no fueran ya bastantes, nuestros padres, esposos
 hijos,  quienes tanto amamos, se hallan muy lejos de nosotras,
condenados  una triste separacion por un dueo tan tirano como cruel.
Este brbaro seor nos ha relegado  los confines de sus tierras, donde
hemos nacido, y que apenas distan dos leguas de aqu, despues de
habernos hecho sufrir mil dolorosas injurias, amenazando con la muerte
y los suplicios ms terribles  nuestros parientes y  nosotras mismas,
si ellos se atreven  venir  nuestro lado,  si llega  su noticia que
nosotras nos permitimos recibirles. Hasta tal extremo nos dia, que
no tolera nuestra proximidad  l, ni que se nos reuna alguno de los
nuestros, como si le emponzoara el olor del sexo femenino. Dos veces
se han despojado los rboles de su verde cabellera, y otras dos se han
engalanado con ella, desde que ese infame seor se entrega impunemente
 su furor sombro: sus vasallos le temen como  la misma muerte;
porque  su mal corazon ha aadido la naturaleza un vigor sobrenatural.
Su cuerpo, de estatura gigantesca, est dotado de ms fuerza que cien
hombres juntos: y su crueldad no se limita  nosotras, que somos
sus vasallas, sino que se ensaa doblemente con las extranjeras. Si
apreciais vuestro honor y el de esas tres damas que os acompaan, os
ser mucho ms til, bueno y seguro no pasar adelante y seguir otro
camino; pues este conduce al castillo del hombre de que os hablo, en
donde os ser forzoso someteros  la infame ley que ha establecido, con
dao y vergenza de las damas y caballeros que pasan por su territorio.
Marganor el felon (as se llama el seor, el tirano de aquel castillo)
supera en crueldad al mismo Neron y  cuantos se hayan hecho famosos
por sus iniquidades: su deseo de saciarse con sangre humana, y en
especial con la de las mujeres, es mayor que el del lobo ansioso de
beber la sangre del cordero; y cuantas damas llegan, por su mala
estrella,  su castillo, son arrojadas de l, despues de haber tenido
que soportar la afrenta ms vergonzosa.

Rugiero y sus compaeras manifestaron deseos de conocer la causa de
aquel dio implacable, y suplicaron  su huspeda que les hiciera la
merced de continuar,  ms bien de relatarles la historia por completo.

--El seor del Castillo, dijo la aldeana, fu siempre de instintos
crueles, inhumanos y feroces; pero durante algun tiempo supo ocultarlos
tan bien, que nadie los pudo adivinar. Mientras vivieron sus dos
hijos, cuya ndole era muy distinta de la de su padre, pues acogian
benignamente  los extranjeros, y en su corazon no tenia entrada la
crueldad ni dems villanas inclinaciones, florecian en aquella mansion
la hidalgua, las suaves costumbres y las acciones honrosas. Su padre,
 pesar de su avaricia, jams quiso privarles de cuanto les era grato.
Los caballeros y las damas que pasaban por este camino, recibian tan
halagea hospitalidad, que se alejaban prendados de la amabilidad y
galantera de los dos hermanos. Ambos habian recibido al mismo tiempo
las sagradas rdenes de caballera, y ambos eran gallardos, ardorosos
y de rgio continente: llambase el uno Cilandro, y Tanacro el otro.
Por sus hechos merecian toda clase de elogios y distinciones, como los
hubieran seguido mereciendo sin duda,  no haberse dejado dominar por
ese deseo que llamamos amor, por culpa del cual se apartaron del camino
recto y se intrincaron en el laberinto del error, mancillando de un
golpe la honrosa conducta de su vida entera.

Lleg cierto dia al castillo de Marganor un caballero de la corte
del Emperador de Oriente con una dama de recatado porte, y tan bella
como pudiera anhelar el ms exigente deseo. Cilandro se apasion de
ella hasta tal punto, que temi morir, si no alcanzaba su posesion: le
parecia que, al alejarse aquella dama, se iria con ella su existencia.
Conociendo que por medio de los ruegos no conseguiria nada, se decidi
 hacerla suya por la fuerza. Armse, y se embosc  corta distancia
del castillo, por donde debian pasar al partir: su acostumbrada audacia
y el fuego que ardia en su corazon no le dieron tiempo para reflexionar
en lo que iba  hacer; as fu que en cuanto divis al caballero, sali
 atacarle frente  frente. Creia poder vencerle al primer encuentro y
alcanzar de un solo golpe la victoria y la conquista de la dama; pero
el caballero, que era ms diestro en el manejo de las armas, le hizo
pedazos la coraza, cual si fuera de vidrio. No tard Marganor en saber
la triste nueva, y orden que trasladaran  su hijo en un fretro al
castillo: al contemplarle muerto, prorumpi en acerbo llanto,  hizo
que enterraran el cadver en el sepulcro de sus antepasados.

Esta desgracia no influy para nada en la hospitalidad que se
concedia  los caballeros y damas transeuntes; porque Tanacro no era
menos galante ni menos gentil que su hermano. En el mismo ao lleg
de lejanas tierras un magnate con su esposa; l maravillosamente
apuesto; ella tan donosa y bella cuanto es presumible, y digna de todo
encomio, lo mismo por su belleza, que por su honestidad y su esforzado
nimo. Aquel caballero descendia de una estirpe ilustre y generosa;
era tan valiente como el guerrero de mayor fama, y bien necesitaba
reunir tan envidiables dotes quien poseia el amor de una dama de tan
excelentes y valiosas prendas. Olindro de Longueville era el nombre del
guerrero: Drusila el de su esposa. Tanacro sinti por ella una pasion
tan violenta como la que concibiera su hermano por la dama, causa
de su desastrosa muerte. Lo mismo que l, busc todos los pretextos
imaginables para violar la sagrada y santa hospitalidad, antes que
resignarse  sufrir la muerte que indudablemente le ocasionarian sus
irresistibles deseos; pero recordando el triste ejemplo de su hermano,
vctima de su poco meditada resolucion, se propuso robar  la dama de
modo que Olindro no pudiera vengar su deshonra. Pronto se extingui
en l aquel virtuoso y digno proceder que guiaba todos sus pasos, y
pronto tambien se vi envuelto en las cenagosas aguas del vicio, en
cuyo fondo habia permanecido constantemente su padre. Durante la noche
reuni sigilosamente veinte hombres armados, y se embosc con ellos en
cierta gruta que habia en el camino del castillo y algo apartada de l.
Apenas se present Olindro al dia siguiente, le cerraron el paso, le
cortaron la retirada por todas partes, y  pesar de su herica y tenaz
resistencia, perdi la vida y la mujer  un tiempo mismo.

Muerto Olindro, Tanacro se llev cautiva  la hermosa dama, cuya
desesperacion era tal, que se negaba resueltamente  vivir y pedia por
favor que le arrancasen la existencia.

Decidida  no sobrevivir  su esposo, se arroj al fondo de un
precipicio; mas no pudo conseguir su intento, aun cuando qued herida
en la cabeza y lastimosamente magullada. Tanacro la hizo conducir al
castillo en unas parihuelas: mand que se la asistiera cuidadosamente,
pues no queria perder tan codiciada presa, y en tanto que se acercaba
su restablecimiento, lo iba preparando todo para celebrar la boda,
resuelto como estaba  ofrecer el ttulo de esposa  una tan bella y
honesta dama.

En esto se cifraban los pensamientos, los deseos, los cuidados y las
conversaciones todas de Tanacro. Conociendo que la habia ofendido,
confesaba su culpa y hacia cuanto le era posible por enmendarla;
pero todo en vano: cuanto mayor era su cario y ms se esforzaba en
demostrrselo, mayor era y ms intenso el dio que Drusila le tenia,
y ms firme su resolucion de vengarse de l matndole; pero este dio
no la cegaba hasta el punto de desconocer que, si queria ver logrado
su propsito, le era fuerza disimular, apelar  la astucia, hacer ver
 Tanacro lo contrario de lo que sentia, y fingir haber olvidado su
primer amor, aceptando el que el asesino de su esposo le ofrecia. Su
rostro afectaba una completa calma, pero en su corazon hervia el deseo
de venganza, nico que la animaba. Muchos planes form: adopt unos,
desech otros y aplaz algunos. Por ltimo, juzg que realizaria mejor
su intento, sacrificando ella misma su existencia; porque qu suerte
ms venturosa podria apetecer que la de perder su vida por vengar
 su adorado esposo? Mostrse, pues, sumamente gozosa, fingindose
impaciente por efectuar el matrimonio proyectado: lejos de manifestar
repugnancia, procuraba allanar cuantos obstculos podian demorarle,
y hasta se adornaba y engalanaba con cierta coquetera, ni ms ni
menos que si hubiera entregado  su Olindro al ms completo olvido.
Sin embargo, una condicion impuso: la de que las bodas se celebrasen
al uso de su pas. Nada menos cierto que la costumbre que, segun
indic, existia en su patria; pero no ocurrindosele otro medio de
matar  Tanacro, imagin un pretexto engaoso para conseguir el buen
xito de su plan. Esta costumbre era la siguiente: La que vuelve 
contraer matrimonio, antes de unirse  su nuevo esposo, debe aplacar
los manes del difunto  quien ofende, haciendo celebrar misas y honras,
en remision de sus pasadas culpas, en el templo en que descansan los
restos de su primer esposo; y una vez terminado el sacrificio, recibe
el anillo nupcial de mano de su nuevo cnyuge; pero en el intermedio,
el sacerdote que celebra la ceremonia ha de pronunciar algunas
oraciones apropiadas al caso sobre el vino preparado  tal efecto; y
despues de bendecirlo y escanciarlo en una copa, lo ha de presentar
 la esposa, que debe ser la primera en beber, pasndolo despues al
esposo.

Tanacro,  quien importaba muy poco que se hicieran las bodas como
ella deseaba, dijo:--Con tal de acelerar el trmino venturoso de
nuestra union, consiento gustoso en cuanto quieras.--El insensato no
podia sospechar que Drusila procuraba vengar por este medio la muerte
de Olindro, y que entregada  sus ideas de venganza, no hallaba cabida
en su mente otro pensamiento.

Acompaaba  Drusila una anciana, que habia sido aprisionada al mismo
tiempo que ella: llamla y le dijo recatadamente  fin de que nadie
pudiera enterarse:--Preprame un tsigo rpido y violento, de esos
que sabes componer, y tremelo en un pomo; pues he hallado el medio de
quitar la vida al infame hijo de Marganor, y el de que ambas huyamos de
este castillo, medio que te explicar cuando estemos ms despacio.--La
anciana sali, prepar el veneno, lo puso en un pomo y volvi al
palacio. Drusila verti en un frasco de dulce vino de Canda aquel
jugo emponzoado, y lo guard para el dia de las bodas, que estaba ya
prximo.

Vestida lujosamente y engalanada con ricas joyas, se dirigi al templo
el dia designado: siguiendo sus rdenes, se habia colocado sobre dos
columnas el ataud de Olindro. Inmediatamente se cant un solemne oficio
con asistencia de una concurrencia numerosa. Marganor, ms alegre que
de costumbre, formaba parte de ella, colocado al lado de su hijo y
rodeado de sus amigos. En cuanto terminaron las fnebres exequias, el
sacerdote bendijo el vino con el tsigo que contenia, y lo ech en
una copa de oro, tal como Drusila habia dicho. Esta bebi cuanto era
compatible con su decoro y podia surtir el efecto deseado, y ofreci
en seguida la copa con rostro sereno  su nuevo esposo, el cual apur
su contenido. Apenas Tanacro devolvi la copa al sacerdote, abri los
brazos para estrechar entre ellos  Drusila; pero esta, abandonando
entonces su fingida dulzura y su apacible aspecto, le rechaz
violentamente, prohibindole que pusiera en ella sus manos. Inflamados
los ojos y el rostro por su furor, oculto por tanto tiempo, esclam con
voz terrible y desentonada:

--Traidor, aprtate de m! Cmo has podido imaginar que te
concediera momentos de jbilo y placer en cambio de las lgrimas, de
las penas y martirios que me has ocasionado? Mi propsito ha sido otro:
el de que murieras  mis manos; porque has de saber que ese licor que
acabas de beber era un veneno. Lo que me pesa es que hayas tenido un
verdugo demasiado honroso para lo que t mereces, y que tu muerte sea
tan rpida y fcil; pues tu delito es tan grande, que no s dnde
pudiera hallar manos y penas bastante afrentosas para castigarlo.
Duleme tambien no haber podido proporcionarte una muerte comparable
 mi sacrificio; pues si me hubiera sido dable matarte  medida de mi
deseo, mi venganza seria completa. Perdneme mi dulce esposo, si no
lo he hecho as, y ojal acepte mi buena voluntad; bien ve que, si no
he podido hacerte morir como hubiera deseado, he empleado  lo menos
cuantos medios han estado  mi alcance! Pero me consuela la esperanza
de ver sufrir  tu alma en el otro mundo el castigo que en este no
he logrado imponerte segun mis deseos; y entonces, con cunto gozo
presenciar tu tormento!

Despues aadi con alegre rostro y elevando al Cielo sus ojos
empaados por la proximidad de la muerte:

--Acepta benigno, Olindro mio, esta vctima que te ofrece tu esposa
en venganza de tu muerte,  impetra del Eterno la gracia de que me
permita estar hoy contigo en el Paraiso! Si te dice que no pasa 
vuestro reino ningun alma que no haya contraido algun mrito especial,
dile que me he hecho acreedora  tal merced, ofrecindole en su santo
templo los pimos despojos de este mnstruo perverso y detestable, y
que no hay obra ms meritoria que la de purgar la Tierra de seres tan
abominables  impos.

Al decir estas palabras apagse su voz y su vida al mismo tiempo: aun
despues de muerta, parecia brillar en su rostro la alegra de haberse
vengado del cruel que la privara de su esposo. No s si Tanacro exhal
su postrimer aliento antes  despues que ella; aunque sospecho que
fu antes, por cuanto los efectos debieron ser ms rpidos en l en
atencion  que habia bebido mayor cantidad. Marganor, que vi caer 
su hijo moribundo, y le contempl despues sin vida entre sus brazos,
estuvo prximo  expirar del inmenso dolor que lacer su corazon.
Tenia dos hijos, y  la sazon le rodeaba la ms espantosa soledad!
Dos mujeres les condujeron  tan triste fin: la muerte del primero
habia sido causada por apoderarse de la una: la otra se la habia dado
al segundo por su propia mano. El amor, la compasion, el enojo, el
dolor, la ira, el desesperado deseo de muerte y de venganza producian
una violenta tempestad en el corazon del desgraciado y solitario padre,
que se estremecia como las furiosas olas agitadas por el viento. Fuera
de s, se arroj sobre Drusila sin tener en cuenta que era un cadver
yerto; y arrebatado por la clera, empez  ultrajar aquel cuerpo
inanimado. Cual la serpiente que en vano muerde el hierro que la tiene
clavada en la arena,  como el mastin que corre tras el guijarro
que le arroja el viandante, y mordindole intilmente con rabia, se
resiste  alejarse sin venganza, as Marganor, ms irritado que todas
las serpientes y los mastines juntos, procuraba saciar su furor en
el exnime cuerpo de Drusila; pero viendo que los destrozos que en
l ocasionaba no podian mitigar su vengativa saa, acometi  las
mujeres que habia en el templo, sin respetar  unas ms que  otras,
y desnudando cruel  impo el acero, hizo con nosotras lo mismo que
el labrador hace en la yerba con su hoz. Nada pudo detenerle, y en un
momento mat  treinta  hiri  ms de ciento. Marganor era y es tan
temido de sus vasallos, que ninguno se atrevia  afrontar su clera:
as es que mujeres, grandes y pequeos, todos huyeron de la iglesia,
considerndose dichoso el que lograba escapar.

Los amigos de Marganor lograron al fin con sus splicas y sus
esfuerzos contener su furor insensato, y le hicieron entrar en su
castillo, situado en la cima de un peasco, mientras en el valle
quedaba el pueblo poseido de la mayor consternacion. Duraba aun su
rabia contra nosotras, pero como sus amigos y sus vasallos le rogaban
que no nos inmolase, determin espulsarnos  todas, y aquel mismo
dia hizo publicar un bando previnindonos que abandonsemos el pas
y pasramos  habitar los confines de sus dominios. Desgraciada de
la que en adelante intentara aproximarse al castillo! De este modo
fueron separadas las mujeres de sus maridos; las madres de sus hijos;
y si algunos son tan atrevidos que se arriesguen  venir  vernos,
deben procurar que no lo sepa quien pueda avisar  Marganor; pues ha
castigado con gravsimas multas  muchos de los que han infringido sus
rdenes, y  otros muchos les ha hecho perecer cruelmente.

Adems de sta, ha establecido en su castillo otra ley, la ms incua
de que pueda haber noticia. Toda mujer  quien se encuentre en el
valle (y esto acontece algunas veces), debe ser azotada con mimbres
y arrojada ignominiosamente del pas; pero antes han de cortrsele
los vestidos, obligndola  ir enseando lo que la naturaleza y la
honestidad ordenan que se oculte. Las que llegan acompaadas por
caballeros perecen irremisiblemente, porque el tirano las conduce
como vctimas propiciatorias al panteon donde yacen sus hijos, y las
degella por su propia mano sobre sus tumbas. Los caballeros son
despojados vergonzosamente de sus armas y corceles, y sepultados en un
lbrego calabozo. Tanto de dia como de noche tiene mil soldados  sus
rdenes: as es que siempre est en disposicion de cumplir tan impa
costumbre. Pero aun hay ms: si por ventura deja  algun caballero en
libertad, le obliga  jurar prviamente sobre la hostia consagrada
que tendr un dio implacable al sexo femenino mientras dure su vida.
Si no os importa perder  esas damas, y perderos vosotros con ellas,
id enhorabuena  ver los muros en que se guarece el felon, y entonces
sabreis cul es mayor, si su fuerza  su crueldad.

Este relato excit en un principio la compasion de las guerreras; pero
luego sintieron tal indignacion, que si as como era de noche hubiera
sido de dia, habrian corrido al castillo, sin detenerlas consideracion
alguna. Pernoctaron, pues, en aquella aldea, y en cuanto la Aurora
apareci indicando  las estrellas que debian ceder su puesto al Sol,
tomaron las armas y montaron  caballo. En el momento en que iban 
emprender la marcha, oyeron resonar  sus espaldas un prolongado rumor
de pisadas de caballos, que les oblig  dirigir sus miradas hcia el
fondo del valle, y vieron  la distancia de un tiro de piedra un grupo
como de veinte hombres armados, unos  caballo y otros  pi, que se
adelantaban por un estrecho sendero conduciendo sobre un corcel  una
mujer, cuyo rostro indicaba su mucha edad,  la que llevaban del mismo
modo que si fuera un delincuente condenado  las llamas, al cepo  
la horca. A pesar de la distancia, todos conocieron  aquella mujer
por su aspecto y por su traje, y segun dijeron las de la aldea, era
la camarera de Drusila; la misma que, segun he dicho, fu aprisionada
con la desgraciada dama por el infame Tanacro, y  quien esta confi
el encargo de que le compusiera el veneno, tan cruel en sus efectos.
Sospechando lo que iba  suceder, no quiso entrar en el templo con las
dems mujeres, sino que, aprovechando la ocasion en que se celebraba el
matrimonio, sali de la ciudad, y fu  refugiarse donde crey estar
con toda seguridad. Algunos espas dijeron despues  Marganor que se
habia retirado  Austria, y desde entonces el vengativo seor emple
todos los medios imaginables para apoderarse de ella, con objeto de
quemarla viva  empalarla.

Sus regalos y promesas sedujeron  un baron austriaco, en quien pudo
ms la avaricia que el honor; el cual entreg  Marganor aquella
anciana,  pesar de haberle asegurado que nadie la molestaria en su
pas. La envi hasta Constanza, atada sobre una acmila, como si fuera
un fardo de mercancas, y encerrada en una caja, con objeto de impedir
que hablara con sus conductores: obedeciendo estos las rdenes de un
hombre tan despiadado como Marganor, se la llevaban para que desahogara
en ella su desenfrenada rabia.

As como el gran rio que nace en Vsulo[136], cuanto ms avanza y ms
se dirije hcia el mar, recibiendo en su curso las aguas del Lambra,
del Tesino, del Adda y de otros muchos afluentes, tanto ms crece en
caudal  impetuosidad, as tambien Rugiero y las dos guerreras sentian
aumentar su dio y enojo contra Marganor  medida que iban teniendo
noticia de sus contnuas crueldades. Bradamante y Marfisa ardian en
tanta clera y tal ira contra el felon por sus incesantes delitos que
determinaron castigarle,  pesar del crecido nmero de sus satlites;
pero les pareci que una muerte rpida seria una pena harto dulce
 indigna de tantos crmenes, y por lo tanto resolvieron hacerle
sufrir un suplicio prolongado y doloroso. Sin embargo, se propusieron
salvar  la anciana antes de que aquellos esbirros la condujeran 
la muerte. Con la brida y el acicate excitaron de tal modo el ardor
de sus corceles, que en breve alcanzaron  los soldados de Marganor.
Jams tuvieron que resistir los acometidos un choque tan impetuoso y
violento, y huyeron atemorizados, abandonando sus armas, sus escudos
y hasta la prisionera: as como el lobo que se dirije hcia su cueva
llevando la presa codiciada entre sus dientes, al ver que el cazador
y sus perros le cierran el paso cuando ms seguro se creia, abandona
su carga, y huye presuroso por donde conoce que los matorrales son
ms espesos, as los acometidos fueron tan prestos en huir como sus
acometedores en atacarles. No solo abandonaron su prisionera y sus
armas, sino tambien una porcion de caballos, y corrieron  ocultarse en
los torrentes y en las grutas, creyendo que huirian mejor cuanto ms
desembarazados estuviesen.

       [136] El P.

Rugiero y las dos jvenes se alegraron sobremanera de aquella
dispersion, que les proporcionaba tres caballos para las tres damas,
 quienes el dia anterior habian tenido que llevar  la grupa de los
suyos. Libres ya de aquel cuidado, siguieron su camino hcia la infame
 inhospitalaria ciudad, haciendo que la anciana les acompaara para
que fuese testigo de su modo de vengar  Drusila: la vieja, temerosa de
que el xito no correspondiera  sus esperanzas, se resisti cuanto
pudo, prorumpiendo en gritos, lamentos y chillidos; pero Rugiero la
coloc por fuerza  la grupa de Frontino, que parti en seguida 
galope.

Llegaron por fin  un valle, donde vieron un pueblo bastante grande y
accesible por todos lados, pues no estaba rodeado de muros ni de fosos.
En medio de l se levantaba una empinada roca, y sobre esta una elevada
fortaleza. Sabiendo que era el castillo de Marganor, se encaminaron
hcia l con gran decision. Apenas llegaron al pueblo, algunos soldados
que estaban de guardia en la entrada, cerraron una barrera que los
tres guerreros acababan de atravesar, mientras que otros acudian 
interceptarles todas las salidas:  los pocos momentos se present
Marganor, acompaado de algunos de los suyos  pi y  caballo, todos
completamente armados; y con frases breves, pero arrogantes, intim 
los recien llegados que observaran la impa costumbre establecida en
sus dominios.

Marfisa, que habia concertado de antemano con Rugiero y Bradamante el
modo cmo habian de obrar, en vez de contestar  Marganor, lanz su
caballo contra l; y desdeando servirse de la espada  de la lanza,
pues solo confiaba en su vigor y en su esforzado nimo, le descarg en
el yelmo tan terrible puetazo, que le hizo caer sin sentido sobre la
silla del caballo. Bradamante se precipit al mismo tiempo que Marfisa
sobre sus adversarios; y Rugiero, imitando  las dos guerreras, empu
su lanza, y sin quitrsela del ristre, atraves con ella seis hombres;
uno herido en el vientre, dos en el pecho, otro en el cuello, otro en
la cabeza, y al sexto que huia le entr el agudo hierro por la espalda,
y le sali por el pecho, quedando rota el asta. La hija de Amon iba
derribando  cuantos tocaba con su lanza de oro, cuyos efectos eran tan
terribles como los de un rayo abrasador desprendido del Cielo, que
arrolla, destroza y anonada cuanto encuentra  su paso.

Mientras tanto Marfisa habia amarrado fuertemente  Marganor con los
brazos  la espalda, abandonndolo  la merced de la anciana camarera
de Drusila, que se mostr sumamente alborozada con tal presa. Los
vencedores trataron despues de incendiar el pueblo,  no ser que sus
habitantes prometieran enmendar su falta, aboliendo la impa ley de
Marganor y aceptando la que ellos se propusieron  su vez establecer.
Poco trabajo les cost obtener su asentimiento; porque aquella gente,
adems de temer que Marfisa hiciera mucho ms de lo que decia (y lo
que la guerrera pretendia, era nada menos que incendiar el pueblo y
exterminar  todos sus habitantes), odiaba profundamente  Marganor y
su cruel y fementida costumbre; pero le obedecia resignada, imitando
la conducta de muchos, que prestan mayor obediencia y sumision al que
ms dian: por otra parte, vivian en una desconfianza perptua unos de
otros, y como nadie se atrevia  manifestar en alta voz sus deseos,
toleraban que Marganor desterrara  este, diera muerte  aquel, se
apoderara de los bienes de uno, y deshonrara  otro. Mas si su corazon
permanecia callado en la Tierra, las quejas secretas que de su fondo
salian se elevaban hasta el Cielo, implorando la venganza del Eterno y
de los santos; la cual, si bien es lenta en llegar, compensa despues
su tardanza con la intensidad del castigo. Ebrio entonces el pueblo de
furor y dio, procur vengarse del tirano llenndole de improperios
y de golpes, y realizando el proverbio que dice, que del rbol caido
todos hacen lea.

Sirva Marganor de saludable ejemplo  los que reinan; porque quien mal
anda, mal acaba. Chicos y grandes, todos se complacian en presenciar
el castigo de sus nefandos pecados. Muchos de los que lloraban
la prdida de sus esposas, sus hermanas, sus hijas  sus madres,
corrian  darle muerte, sin cuidarse de ocultar la intencion que los
guiaba. Rugiero y las dos magnnimas guerreras le arrancaron con sumo
trabajo de las manos del pueblo irritado, porque su intencion era la
de hacerle perecer de hambre, de angustia y de dolor. Entregronlo
desnudo  aquella vieja que sentia hcia l todo el dio de que es
susceptible el corazon de una mujer, y tan fuertemente atado, que no
podria romper sus ligaduras  pesar de todos sus esfuerzos: la anciana,
dando inmediato principio  su venganza, empez  pincharle el cuerpo
con un penetrante aguijon que le proporcion un campesino, espectador
de aquellos sucesos. Por su parte, la embajadora de Islandia y sus
dos doncellas, que no podian olvidar la vergonzosa afrenta recibida,
no quisieron permanecer inmviles, y se precipitaron sobre l con
un encarnizamiento semejante al de la vieja; pero aquel gnero de
venganza no satisfacia por completo sus deseos, y aun cuando le herian
 pedradas, le araaban, le mordian y le clavaban agujas, no veian
satisfecha su rencorosa saa. As como el torrente que, hinchado por
las lluvias  por el deshielo, emprende una marcha destructora, y
precipitndose desde las montaas, va arrastrando en su impetuoso curso
los rboles, los peascos, las cosechas y las casas, pero inclinando
al fin su orgullosa frente, se debilita tanto, que una mujer, un nio,
lo pueden atravesar por todas partes, y muchas veces  pi enjuto; as
tambien Marganor, cuyo solo nombre habia hecho temblar hasta entonces 
cuantos lo oian, una vez abatida su soberbia arrogancia, qued reducido
al extremo de que hasta los muchachos se burlaban de l, y se atrevian
 arrancarle las barbas y los cabellos.

Rugiero y sus jvenes compaeras subieron en seguida al castillo,
situado en la cima del peasco. Penetraron en l sin que opusieran
la menor resistencia los que le custodiaban, y permitieron que el
pueblo se apoderara de una parte de los ricos arneses que en l
habia, entregando la otra  Ulania y  sus ultrajadas doncellas.
Recobraron el escudo de oro, y pusieron en libertad  los tres reyes
aprisionados por el tirano, los cuales, al dirigirse al castillo,
iban  pi y desarmados, como creo haberos dicho; pues desde el dia
en que Bradamante los venci, habian caminado constantemente  pi y
sin armas, en compaa de la dama que desde tan apartadas regiones se
dirigiera  Francia. No s si fu una felicidad  una desgracia para
Ulania el que los tres reyes carecieran de armas; hubiera sido lo
primero, porque llevndolas habrian podido defenderla; pero si hubiesen
quedado vencidos en la demanda, su derrota habria causado la muerte de
la embajadora; pues Marganor, llevndola al panteon en que yacian los
dos hermanos, como solia llevar  cuantas damas iban protegidas por
caballeros armados, la hubiera ofrecido en sacrificio  los manes de
sus hijos. Preferible fu por lo tanto verse obligadas  ensear lo que
el pudor manda tener oculto, antes que arrostrar la muerte; adems de
que su oprobio quedaba disminuido en gran parte por la circunstancia de
haber tenido que ceder  la fuerza.

Antes de alejarse las guerreras, exigieron  los habitantes el
juramento de que los maridos confiarian  las mujeres el gobierno del
pas y de todo en general, dicindoles que seria castigado con las
penas ms severas el que se atreviese  infringir esta disposicion.
En una palabra, los hombres deberian ceder  las mujeres todas las
prerogativas de que en otras partes disfrutaba el sexo viril. Despues
les hicieron prometer que no darian hospitalidad, ni permitirian que
traspasasen el umbral de una sola casa cuantos transitaran por aquel
pas, fuesen nobles  plebeyos, si no juraban por Dios y por los
Santos,  por aquello que ms pudiera obligarles, que serian siempre
leales defensores de las mujeres y enemigos de sus enemigos, y que si
tarde  temprano estaban dispuestos  casarse, obedecerian sumisos los
menores caprichos de sus mujeres,  las cuales deberian permanecer
enteramente sujetos. Marfisa les anunci que volveria por all antes de
que terminara el ao y de que los rboles perdieran sus hojas, y les
amenaz con saquear y quemar el pueblo como no encontrase puesta en
vigor aquella costumbre.

No quisieron ausentarse de all sin sacar antes el cadver de Drusila
del sitio inmundo en que yacia, depositndolo juntamente con el de su
esposo en un sepulcro que hicieron construir lo ms ricamente que fu
posible. La vieja no cesaba de acribillar el cuerpo de Marganor con su
inseparable aguijon, y se lamentaba de que su edad no le permitiera
continuar sin descanso en semejante tarea.

Las animosas guerreras vieron una columna erigida en la plaza del
pueblo, al lado del templo, en cuya columna habia hecho inscribir el
impo Marganor su ley insensata y cruel: en ella colocaron,  guisa de
trofeo, el escudo, la coraza y el yelmo del tirano, y debajo de este
trofeo hicieron grabar la ley cuya observancia previnieron  su vez,
no habiendo consentido Marfisa en alejarse hasta ver terminada esta
inscripcion, totalmente contraria  la anterior que ordenaba la muerte
y la deshonra de toda mujer.

Rugiero, Bradamante y Marfisa se separaron all de la embajadora de
Islandia, la cual no quiso seguirles, con objeto de arreglarse otros
nuevos vestidos; pues no creia decoroso presentarse en la corte de
Carlomagno si no iba tan suntuosamente engalanada como de costumbre.
Quedse, pues, Ulania, conservando  Marganor en su poder; pero
temerosa de que pudiera escaparse, y  fin de evitar en lo sucesivo que
llegara  ultrajar  otras damas, le hizo arrojar desde lo alto de una
torre. Este fu el mejor salto que di en toda su vida.

Pero dejemos ya de hablar de Ulania y de sus compaeras, y volvamos 
los viajeros que se dirigian  Arls. Caminaron todo aquel dia y el
siguiente hasta la hora de tercia[137], y cuando llegaron  un sitio
en que el camino se dividia en dos, conduciendo el uno al campamento
francs y yendo  terminar el otro al pi de las murallas de Arls,
volvieron los amantes  abrazarse y  repetir su dura y triste
despedida. Por ltimo, las doncellas se alejaron en direccion del
campamento, Rugiero en la de Arls, y yo pongo aqu fin  mi canto.

       [137] Una de las horas en que los romanos dividian el dia, y
       corresponde  las nueve de la maana.




CANTO XXXVIII.

  Rugiero regresa  Arls.--Marfisa y Bradamante se presentan 
  Carlomagno: la primera abraza la f cristiana.--Astolfo se aleja de
  las regiones celestiales y devuelve la vista al Rey de Nubia. Despues
  entra con los suyos en el reino de Agramante.--Este monarca hace
  un pacto con el emperador Crlos, mediante el cual confian  dos
  guerreros la decision de sus contiendas.


En vuestros ojos leo, oh amables damas! que os dignais escuchar
benvolas mis versos, el disgusto que os causa la nueva y repentina
separacion de Rugiero y Bradamante; observo que sents casi la misma
pena que sinti esta ltima al ver alejarse al guerrero, y tal vez
llegais  sospechar que en el corazon de este no debia arder con mucha
intensidad la llama del amor. Tambien yo participaria de vuestra
opinion, si la razon que tuvo para abandonar  su amada contra su
expresa voluntad hubiera sido otra, aun cuando esperara alcanzar un
tesoro mucho ms valioso que los que Craso y Creso[138] poseyeron,
pues un gozo tan puro, un contento tan inefable no puede comprarse
con oro ni con plata; pero se trataba de salvar su honor, y en este
caso, no tan solo es digno de disculpa, sino de elogios: portndose
de otro modo, se habria hecho acreedor al mayor baldon  ignominia, y
si Bradamante se hubiese empeado en detenerle por ms tiempo, habria
dado pruebas evidentes de amarle poco  de tener poco discernimiento;
pues si bien es verdad que la mujer enamorada debe tener la vida del
hombre  quien ama en tanta  en ms estima que la suya propia (me
refiero  aquellas en cuyo corazon han penetrado profundamente las
flechas del amor), tambien lo es que  la felicidad de verle, debe
anteponer siempre el honor de su amante; el honor, ms preciado que
la misma vida, por ms que prefiramos esta  todos cuantos placeres
existen. Volviendo al lado de su soberano, hizo Rugiero lo que debia;
porque no podia abandonar su servicio sin incurrir en una ignominiosa
bajeza. Si Almonte habia hecho morir  su padre, Agramante era
completamente ajeno  este crmen, aparte de que habia enmendado las
faltas de sus ascendientes con las atenciones que de contnuo prodig
 Rugiero. El jven guerrero cumpli, pues, con su deber yendo 
reunirse con el monarca sarraceno, as como Bradamante cumpli con
el suyo, no procurando detenerle  su lado, como hubiera podido, con
sus insistentes ruegos. Tiempo vendr en que  Rugiero le sea posible
satisfacer los deseos de su amada y los suyos propios, si ahora no los
ha atendido: pero el que empaa su honor, aunque no sea ms que un
momento, no puede borrar la mancha en l producida, aun cuando viva
cien y cien aos.

       [138] Triumviro romano el primero y rey de Lidia el segundo,
       clebres por sus inmensas riquezas.

Rugiero volvi  Arls, donde Agramante habia reunido las tropas que
le quedaban. Mientras tanto Marfisa y Bradamante, que unidas casi por
los vnculos del parentesco, habian contraido una estrecha amistad,
llegaron al sitio en que Crlos, apelando  todos los medios de que
disponia, reunia un numeroso ejrcito, con la esperanza de terminar en
una sola batalla  en un asalto general aquella guerra, tan prolongada
como enojosa. Bradamante fu conocida en cuanto se present en el
campamento, y acogida con las mayores muestras de alegra y solicitud.
Todos la saludaron y honraron  porfa, mostrndose ella  su vez
afable y bondadosa con todo el mundo. Reinaldo corri  su encuentro
apenas tuvo noticia de su llegada; Riciardo, Riciardeto, sus dems
parientes, todos, en fin, se apresuraron  felicitarla por su regreso.

No bien circul la noticia de que su compaera era Marfisa, aquella
guerrera tan famosa por sus hechos de armas y que tan preciados
laureles habia conquistado desde el Catay hasta las fronteras de
Espaa, todos los guerreros, desde el ms poderoso hasta el ms
humilde, salieron de sus tiendas: la multitud, deseosa de ver
aquellas dos hermosas guerreras, acudia por todas partes  su paso,
y se agolpaba, se empujaba y se oprimia en tropel en su afan por
contemplarlas. Presentronse  Carlomagno con gran reverencia. Segun
dice Turpin, aquel fu el primer dia que se vi  Marfisa arrodillada;
pues el hijo de Pepino le pareci el nico mortal digno de semejante
homenaje, entre cuantos reyes  emperadores, as cristianos como
sarracenos, eran celebrados por sus virtudes  sus riquezas. Crlos las
acogi benignamente; sali  recibirlas fuera de su tienda, y quiso
que se sentaran  su lado con preferencia  todos los reyes, prncipes
y seores de su corte. Ordense  la multitud que se retirara, y en
presencia de lo ms selecto del squito del Emperador, de los paladines
y de los principales magnates, empez Marfisa  hablar de esta suerte
con halagea voz:

--Excelso, invicto y glorioso Augusto, que desde los mares de la India
al Tirintio estrecho[139], y desde la nevada Escitia hasta la abrasada
Etiopa haces respetar tu cndida cruz; oh t, el ms sbio y justo
de todos los reyes! sabe que vengo desde el ms apartado confin de la
Tierra, atraida por el rumor de tu fama ilustre, para la que no hay
lmite alguno. Hablndote con entera ingenuidad, te dir que nicamente
la envidia me oblig  emprender tan largo viaje, y que solo he venido
para luchar con tus guerreros, proponindome que no existiera en el
mundo un rey tan poderoso cuya religion fuera opuesta  la mia. Por
esta razon he enrojecido los campos con sangre cristiana, y estaba
dispuesta  darte otras y ms terribles pruebas de mi cruel enemistad,
si no hubiera ocurrido una circunstancia que ha trocado en amistad mi
dio. Cuando pensaba causar mayores daos  tus huestes, supe (ms
adelante te dir cmo) que fu mi padre el bravo Rugiero de Ris,
engaado y vendido traidoramente por su prfido hermano. Mi madre me
llev en su seno  travs de los mares, y dime  luz en medio de la
mayor miseria. Fu criada por un mgico, hasta que una horda de rabes
me arrebat de su lado, cuando apenas contaba siete aos: mis raptores
me vendieron en Persia como esclava  un rey,  quien d muerte cuando
llegu  la pubertad, por haber pretendido arrancarme mi virginidad.
Extermin con l  todos sus secuaces; arroj del reino  su perversa
estirpe, y me apoder del trono. Fu tal mi buena estrella, que me hice
duea de siete reinos,  pesar de que mi edad no pasaba uno  dos meses
de los diez y ocho aos. Envidiosa, como he dicho, de tu fama, form el
decidido empeo de debilitar el brillo de tu nclito renombre: tal vez
hubiera realizado mi propsito,  quizs tambien me habria engaado.
Pero habiendo sabido, despues de estar en Francia, que me unen  t los
lazos del parentesco, forzoso me ha sido domar mis insanos designios, y
hacer que mi furor plegara sus alas. As como mi padre fu tu pariente
y servidor, tambien lo soy yo, por lo cual doy al olvido aquella
envidia y aquel dio protervo que un tiempo sent contra t,  ms
bien lo reservo para hacerlo recaer sobre Agramante y sobre todos los
parientes de su padre y su tio, que con tanta perfidia asesinaron  mis
padres.

       [139] El estrecho de Gibraltar, al que el poeta llama Tirintio,
       aplicndole uno de los sobrenombres de Hrcules, que, segun la
       fbula, fu quien le abri.

Marfisa continu diciendo que queria abrazar la f cristiana, y
regresar despues de haber inmolado al rey Agramante, y con el
beneplcito de Crlos,  sus dominios de Oriente, con objeto de
bautizar  sus sbditos y empuar sus armas contra todas las naciones
que adoraran  Mahoma y Trivigante, prometiendo que todas sus
conquistas serian para el imperio y en beneficio de la religion de
Cristo.

El Emperador, cuya elocuencia igualaba  su valor y sabidura, prodig
mil elogios  Marfisa, as como  su padre y  todo su linaje: contest
con la mayor benignidad  cuanto habia dicho la guerrera, y concluy
declarando que la acogia gustoso, no solo como  pariente, sino como 
su propia hija.

Al decir estas palabras, se levant, abrazla de nuevo y la bes en
la frente en seal de adopcion. Todos los caballeros de las casas de
Mongrana y Claramonte se adelantaron entonces  felicitar  Marfisa.
Fuera prolijo referir las consideraciones que le prodig Reinaldo, el
cual habia tenido muchas veces ocasion de admirar sus proezas, cuando
fu con los suyos  asediar  Albracca. No lo seria menos manifestar
la alegra que al verla tuvieron Guido, Aquilante, Grifon y Sansoneto,
que pelearon con ella en la ciudad de las mujeres homicidas, as como
Malagigo, Viviano y Riciardeto, para quienes habia sido tan fiel 
intrpida compaera, cuando los dos primeros escaparon de las manos
de los prfidos maguntinos y de los impos moros espaoles que iban 
venderlos.

Dispsose para el dia siguiente, cuidando el mismo Crlos de todos los
preparativos, un paraje lujosamente adornado, donde Marfisa recibiera
el bautismo. El Emperador llam  los obispos y  los doctores de la
religion cristiana, encargndoles que instruyesen  la doncella en
los misterios de nuestra Santa F. El arzobispo Turpin, revestido
de pontifical, derram sobre su cabeza las purificadoras aguas del
bautismo, siendo Carlomagno su padrino en la sagrada ceremonia.

Pero ya es tiempo de llenar el cerebro vaco del insensato Orlando
con el contenido de la botella, de que el duque Astolfo iba provisto
al descender en el carro de Elias desde el cielo ms bajo[140]. Al
descender Astolfo de la luciente esfera, se pos en la montaa ms alta
de la Tierra, llevando el precioso frasco que debia sanar el juicio
del valiente entre los valientes. San Juan indic en aquella montaa
al Duque de Inglaterra una yerba de propiedad maravillosa, con la cual
quiso que frotara los ojos del rey de Nubia y le devolviera la vista,
 fin de que dicho rey, en agradecimiento de este inmenso favor y de
los ya recibidos, le proporcionara tropas suficientes para asaltar 
Biserta. El santo anciano le ense despues punto por punto el medio
de armar y disciplinar  aquellas tropas inexpertas, para que pudiera
atravesar sin peligro los desiertos de arena que tan funestos eran 
los hombres.

       [140] Segun el sistema astronmico de Ptolomeo, el cielo ms
       prximo  la Tierra, y por lo tanto el ms bajo, era el de la
       Luna.

Montando de nuevo en el caballo alado que fu primero de Atlante y de
Rugiero despues, dej el Paladin aquellas regiones bienaventuradas,
despidindose de San Juan, y siguiendo las orillas del Nilo, lleg en
breve al pas de los Nubios, y descendi en la capital, pasando en
seguida  visitar  Senapo. Extraordinario fu el jbilo que caus al
Rey su regreso, pues no habia podido olvidar el gran beneficio de que
le era deudor por haberle librado de las molestas arpas; pero cuando
Astolfo hizo desaparecer de sus ojos aquel espeso humor que le privaba
de la luz, y le devolvi la vista, le ador y reverenci como si fuera
un dios, y no solo le proporcion la gente que le pedia para llevar
la guerra al reino de Biserta, sino que puso  sus rdenes cien mil
hombres ms, ofrecindose tambien l  marchar con la expedicion. El
ejrcito era tan numeroso, que apenas cabia en una llanura extensa;
estaba formado exclusivamente de infantera, porque en aquel pas
hay mucha escasez de caballos, aunque los camellos y elefantes se
encuentran en gran abundancia. Durante la noche que precedi al dia en
que debia emprender la marcha el ejrcito de Nubia, mont el Paladin
en su hipogrifo, se dirigi con raudo vuelo hcia el Mediodia hasta
llegar al monte donde tiene su orgen el viento austral que sopla
contra las Osas, y encontr la caverna, por cuya estrecha boca se
escapa furioso aquel viento, siempre que se despierta. Siguiendo las
rdenes de su maestro, habia llevado un odre vaco, que coloc tcita
y cautelosamente en el respiradero del antro donde dormia fatigado el
fiero Noto; el cual cay tan bien en aquel lazo, para l desconocido,
que cuando al dia siguiente quiso salir de la caverna, qued cautivo y
encadenado en el odre.

Contento el Paladin con tal presa, volvi  la Nubia, y en el mismo dia
emprendi la marcha al frente de aquel ejrcito negro, seguido de un
gran convoy de provisiones. El glorioso Duque lleg al pi del Atlas
con toda felicidad y sin haber perdido un solo hombre; pues aunque tuvo
necesidad de atravesar los desiertos de arena, no pudo molestarle
el viento, puesto que lo llevaba aprisionado. Cuando hubo traspuesto
la montaa, y llegado  un sitio desde el que se descubria una
extensa llanura y las costas, eligi las tropas ms escogidas y mejor
disciplinadas de su ejrcito, y formando con ellas dos cuerpos, las
coloc  uno y otro lado de la falda del monte. Dejndolas all, subi
 la cumbre, absorto al parecer en elevados pensamientos; y cayendo de
rodillas, dirigi  su santo maestro una ferviente oracion, seguro de
que sus ruegos serian atendidos; despues de lo cual se puso  arrojar 
la llanura una gran cantidad de piedras.

Oh! cunto le es dado hacer al que deposita toda su confianza en
Jesucristo! Aquellas piedras, al rodar por la montaa, iban creciendo
de un modo sorprendente y extraordinario; formaban vientres, patas,
cuellos y hocicos, y  medida que se alejaban de la cumbre, se las
oia relinchar clara y distintamente: en cuanto llegaban  la llanura,
sacudian las grupas, y quedaban convertidas en caballos bayos,
castaos  tordos. Los soldados que estaban apostados  la entrada
del valle, se apoderaban inmediatamente de ellos; de suerte que en
pocas horas estuvieron todos perfectamente montados, pues cada caballo
habia aparecido con su silla y su freno correspondiente. As fu como
Astolfo en un dia convirti  ochenta mil ciento dos infantes en otros
tantos ginetes, con los cuales recorri toda el frica, talndolo 
incendindolo todo  su paso y haciendo innumerables prisioneros.

Agramante habia confiado la custodia del pas, hasta su regreso, al
rey Brancardo y  los de Fez y de los Algazeres, los cuales acudieron
 oponerse  las correras del Paladin; pero antes despacharon al Rey
de frica un mensajero embarcado en una nave lijera, con encargo de
que hiciera fuerza de remo y velas,  fin de informar  Agramante de
los ultrajes y daos que sufria su reino por parte del Rey de Nubia. El
enviado naveg dia y noche sin descanso, hasta llegar  las costas de
Provenza, donde encontr  su Rey cercado en Arls por Carlomagno, que
estaba acampado  una milla de distancia. Al tener noticia el monarca
africano del peligro  que dejaba expuesto su reino por conquistar
el de Pepino, reuni en un consejo general  los reyes y prncipes
del pueblo sarraceno, y despues de fijar atentamente sus excrutadoras
miradas en Marsilio y en Sobrino, los dos reyes ms ancianos y
prudentes de cuantos habian acudido  su llamamiento, se expres en
estos trminos:

--Por ms que est convencido del mal efecto que produce el oir
lamentarse  un general en jefe de su falta de prevision, no tendr
reparo en confesar la mia, mucho ms cuando mi sinceridad puede servir
de legtima excusa  un error, orgen de males que no estaban al
alcance de la inteligencia humana. Confieso, pues, ingnuamente que
comet un error al dejar el frica indefensa sin prever que el ejrcito
nubio podia invadirla. Pero quin, sino Dios, nico que conoce el
porvenir, hubiera podido pensar que viniese  talar nuestros Estados
el ejrcito de un pas tan apartado del nuestro, y del que nos separan
inmensos desiertos de movediza arena? Sin embargo, nada ms cierto:
aquella nacion enemiga ha puesto sitio  Biserta, despues de dejar el
frica despoblada en su mayor parte. Ahora bien: deseo saber vuestra
opinion sobre tan importante asunto. Debo alejarme de aqu sin recoger
el fruto de nuestros trabajos,  proseguir esta empresa hasta llevarnos
 Crlos prisionero? Creeis que sea posible salvar mi trono de frica
y destruir el imperial  un tiempo mismo? Si alguno de vosotros lo
cree as, le ruego que hable,  fin de adoptar el mejor partido, y
ponerlo en ejecucion sobre la marcha.

As dijo Agramante, y fij su vista en el Rey de Espaa, que estaba
sentado junto  l, como si quisiera darle  entender que esperaba su
respuesta  cuanto habia dicho. Marsilio dobl la rodilla, inclin la
cabeza en seal de reverencia, volvi  ocupar su elevado asiento, y
pronunci estas palabras:

--Seor: la fama acostumbra exajerar todas las noticias que propaga, ya
sean buenas  malas Persuadido de esta verdad, jams me abandono  la
desesperacion ni redoblo mi audacia  me entusiasmo ms de lo que es
debido, por malos  buenos que sean los casos en que la fama me haya
puesto: por el contrario, siempre temo  espero que su importancia sea
menor, y nunca creo que sucedan del modo cmo llegan  nuestros oidos
 travs de tantas bocas. Cuanta menos verosimilitud haya en lo que se
nos anuncia, tanto mayor debe ser nuestra incredulidad. Ahora bien:
es siquiera presumible que un rey de tan apartada nacion haya sentado
su planta en la belicosa frica, seguido de un innumerable ejrcito y
teniendo que atravesar las arenas por las que Cambises hizo marchar
 su ejrcito con funesto presagio?[141] Ms bien estoy dispuesto 
creer que sean rabes bajados de las montaas, que se hayan puesto 
talar y saquear el pas, cometiendo algunas muertes aisladas y haciendo
algunos cautivos, por haber encontrado poca  ninguna resistencia,
y que Branzardo, lugarteniente y virey de aquellos pases, haya
abultado los sucesos  fin de hacer ms disculpable su falta de celo
y actividad. Pero quiero conceder ms: doy por supuesto que sean en
efecto los nubios, milagrosamente llovidos del cielo,  trasladados
ocultamente entre las nubes, como lo hace creer el no haberles visto
nunca por el camino. Puedes recelar que una gente como esa saquee el
frica, aun cuando no envies tropas en su socorro? Menguado por dems
seria el valor de tus sbditos, si temieran  un pueblo tan pusilnime!
Bastar que envies algunas naves, y que se vean los colores de tus
banderas, para que esos insensatos, ya sean nubios  rabes,  quienes
la circunstancia de encontrarte aqu con nosotros, separado por el mar
de tu reino, ha infundido el atrevimiento de declararte la guerra,
huyan de nuevo  sus guaridas tan pronto como aquellas zarpen de estas
costas. Aprovecha, pues, la ocasion que te ofrece para vengarte la
ausencia del sobrino de Carlomagno. No estando Orlando aqu, ni un
solo cristiano podr resistir tu acometida. Mas si por negligencia 
imprevision dejas perder la honrosa victoria que te espera, puedes
tener por cierto que la fortuna te volver las espaldas, con gran
vergenza y eterno baldon para nosotros.

       [141] Cambises, rey de Persia y vencedor del Egipto, march
       contra Libia y destac 50,000 hombres de su ejrcito, para
       destruir el templo de Jpiter Ammon:  los siete dias de marcha
       llegaron  un Osis, y desde all continuaron su camino  travs
       de los desiertos, sin que volviera  tenerse noticia de ellos,
       por lo que se supone que todos perecieron sepultados en las
       arenas.

Con estas y otras razones se esforzaba el rey Marsilio en persuadir
al Consejo que no salieran de Francia los sarracenos hasta arrojar 
Carlomagno de sus estados. Pero el rey Sobrino, que conocia claramente
la intencion del de Espaa, y sabia que hablaba en pr de su inters
personal y no en el de sus aliados, respondi as:

--Ojal hubiera sido un falso adivino, cuando te aconsejaba, Seor,
que no rompieras la paz! Ojal hubieras creido  tu fiel Sobrino, ya
que mis presentimientos no me engaaban, en vez de escuchar al soberbio
Rodomonte,  Marbalusto,  Alzirdo y  Martasino,  los cuales
quisiera tener ahora frente  frente, pero en especial al primero,
para recordarle su presuntuosa promesa de romper la Francia cual si de
frgil vidrio fuera, y de seguir al Cielo  al Infierno tus banderas, 
ms bien, la de abrirles el camino de la victoria. Y ahora, qu es lo
que hace? En el momento en que ms necesaria es su ayuda, se entrega 
un cio indigno y despreciable, mientras yo, que fu entonces tachado
de cobarde por predecirte la verdad, no te he abandonado un momento,
como no te abandonar hasta perder esta vida, que, aunque agobiada por
el peso de los aos, arriesgar uno y otro dia en tu favor, combatiendo
contra todo el que de francs lleve el nombre. Ninguno, sea quien
fuere, se atrever  decir que he cometido una sola accion villana:
antes bien, muchos que se han jactado ms que yo, no han hecho ms ni
siquiera tanto como tu leal Sobrino. Hablo de este modo para demostrar
que lo que dije entonces, y lo que voy  decirte, no debe atribuirse 
perfidia ni  cobarda, sino que es fruto de una verdadera amistad y de
una sincera adhesion.

Yo te aconsejo que vuelvas  los estados de tu padre sin demora
alguna, pues el que pierde lo propio por conquistar lo ajeno no da
pruebas de tener el juicio sano. Si esto puede llamarse conquista,
harto lo sabes. Treinta y dos reyes feudatarios tuyos salimos contigo
de las costas africanas: si intentas ahora contarlos, los vers
reducidos  una tercera parte: los dems han perecido. Plegue al Dios
Todopoderoso que no caigan ms; porque si intentas proseguir la guerra,
mucho temo que no quede la cuarta ni siquiera la quinta parte, y que
tu pueblo sea exterminado completamente. Es indudable que la ausencia
de Orlando redunda en beneficio nuestro; porque, si l estuviera con
los suyos, tal vez no quedramos los pocos que aun vivimos; pero esta
circunstancia no aleja de nosotros el peligro, por ms que prolongue
nuestra triste suerte. Acaso no est contra nosotros Reinaldo, cuyas
hazaas le colocan  tanta altura como  su primo? No tenemos que
combatir contra todos sus parientes y contra los paladines, terror
eterno de nuestros soldados? No cuentan con el apoyo de ese segundo
Marte (y advierte que alabo  mis enemigos bien  pesar mio), con el
valeroso esfuerzo de Brandimarte, tan intrpido como Orlando, y cuya
pujanza he tenido ocasion de esperimentar en parte, y en parte la
he conocido  costa de otros? Muchos dias hace que ha desaparecido
Orlando, y sin embargo, hemos perdido ms de lo que hemos ganado.

Y si hasta aqu llevamos la peor parte, temo que en adelante nuestros
reveses sean mayores. Mandricardo ha perecido; Gradasso nos ha privado
de su auxilio; Marfisa nos ha abandonado en la ocasion ms crtica, y
lo mismo ha hecho el Rey de Argel, del cual puedo decir que si fuese
tan leal como valiente, poco nos importaria la prdida de Gradasso  de
Mandricardo. Mientras nos hemos quedado sin auxiliares tan poderosos, y
los nuestros han perecido  millares, y nuestras provincias, haciendo
el ltimo esfuerzo, nos han enviado todos sus guerreros y no esperamos
ya naves con refuerzos, han venido  colocarse bajo las banderas de
Crlos cuatro campeones, tenidos, y con razon, por tan valientes como
Orlando  Reinaldo; pues desde aqu hasta Batrun[142], con dificultad
se encontrarn otros cuatro que se les igualen. Ignoro si sabeis
quines sean Guido el Salvage, Sansoneto y los hijos de Olivero;
en cuanto  m, me inspiran ms admiracion y ms recelo que todos
los prncipes y caballeros que de Alemania  de otro cualquier pas
extranjero han venido  militar  las rdenes del Emperador en contra
nuestra. Por lo mismo, no creo que estemos en el caso de tener en poco
los refuerzos que llegan sucesivamente al campamento cristiano.

       [142] Ciudad de Siria, al S. de Trpoli cerca del mar.

Cuantas veces salgas al campo, otras tantas llevars la peor parte
 sers derrotado. Si frica y Espaa tuvieron con frecuencia que
ceder cuando eran diez y seis contra ocho, qu suceder despues que
la Italia y la Alemania se han unido con la Francia y el ejrcito
anglo-escocs, y cuando tengamos que pelear seis contra doce? Qu
otra cosa podemos esperar sino baldon y dao? Si pretendes continuar
obstinado esta empresa, perders al mismo tiempo tus soldados aqu,
y all tu corona; pero si te decides  regresar, salvars nuestros
intereses y tambien tu trono. Comprendo que seria una cosa indigna de
t abandonar  Marsilio, y que si tal hicieras todos te calificarian de
ingrato; pero queda un remedio: ajusta la paz con Crlos, cosa que debe
agradarle, si  t te agrada. Si te avergenzas de pedir la paz, t que
has sido el primero en recibir la ofensa, y no desistes de combatir,
 pesar del resultado que ests viendo, procura  lo menos quedar
vencedor; lo cual podr suceder, si me das crdito, si confias  uno
de tus caballeros el cuidado de dirimir tus querellas, y si el elegido
es Rugiero. Bien sabes, como yo, que nuestro Rugiero con las armas en
la mano vale tanto como Reinaldo  Orlando  cualquier otro caballero
cristiano; pero si te empeas en dar una batalla general, por ms que
el valor de ese jven sea sobrehumano, l no ser nunca ms que uno
solo, al paso que tus enemigos sern muchos. Mi opinion es la de que
envies  decir al Rey cristiano, si as te parece, que para terminar de
una vez la guerra, y con objeto de que cese el derramamiento de sangre
de uno y otro ejrcito, le propones un combate entre el ms valeroso
de sus caballeros y uno de los tuyos, y que reasuman ambos en s toda
la guerra, hasta que el uno venza y el otro sucumba; pero con la
condicion de que el rey del vencido haya de ser tributario del rey del
vencedor. No creo que Crlos rechace esta condicion, aun cuando conozca
la ventaja. Fio tanto en el vigoroso denuedo de Rugiero que espero que
salga vencedor; y como por otra parte nos asiste la razon, estoy seguro
de que vencer, aunque tuviese que pelear con el mismo Marte.

Con estas y otras razones no menos eficaces, logr Sobrino que se
adoptara su parecer, nombrndose acto contnuo los intrpretes, que
pasaron en el mismo dia  llevar  Crlos la embajada. El Emperador,
que contaba con tantos guerreros intrpidos, di por suya la victoria,
y nombr para llevar  cabo aquella empresa al paladin Reinaldo, en
quien, despues de Orlando, tenia mayor confianza. Uno y otro ejrcito
acogieron con jbilo este acuerdo, pues ambos estaban ya cansados y
pesarosos de una guerra que fatigaba  la vez su cuerpo y su espritu.
Cada cual se habia propuesto pasar en el reposo el resto de sus dias, y
cada cual maldecia interiormente la ira y el furor que tantas rias y
contiendas habian suscitado.

Reinaldo, que se veia tan enaltecido por la preferencia con que el
monarca cristiano le habia honrado sobre todos los dems campeones, se
aprest gozoso al combate: tenia en poco  Rugiero, y estaba persuadido
de que no podria resistirle, ni siquiera hacerle frente, por ms que
hubiera dado muerte  Mandricardo en el palenque. En cuanto  Rugiero,
si bien le envanecia el honor de haber sido elegido por su rey para tan
importante empresa como el mejor de todos los guerreros mahometanos,
se mostraba triste y apenado, no por efecto del temor; pues ni
retrocederia ante Reinaldo, ni ante l y Orlando reunidos, sino por la
idea de que su adversario era hermano de su adorada y fiel prometida,
la cual le dirigia en sus cartas contnuas quejas, mostrndose cada
vez ms contrariada y resentida. Pensaba, y con razon, que si  las
anteriores ofensas aadia la de salir  combatir y tal vez  matar 
su hermano, el amor que por l sentia hasta entonces se convertiria en
un dio tan violento, que con dificultad podria aplacarle. Mientras
Rugiero se lamentaba  sus solas por verse obligado  sostener muy
 pesar suyo aquella lucha, su amada derramaba copiosas lgrimas
por haber llegado  las pocas horas tan funesta nueva  sus oidos.
Golpebase el pecho, mesaba sus dorados cabellos, heria sus inocentes
y llorosas mejillas, y acusando al destino de cruel, llamaba  Rugiero
ingrato y despiadado. Cualquiera que fuese el resultado del combate,
no podria menos de ser terriblemente doloroso para ella. Se le partia
el corazon solamente al pensar que Rugiero pudiera sucumbir en la
contienda; pero si el Dios de los cristianos, hacindoles sentir el
peso de su enojo, permitia que la Francia fuese vencida y humillada,
resultaria para Bradamante un dao ms transcendental y lamentable;
porque no solo perderia  su hermano, sino que le seria ya de todo
punto imposible,  no ser que arrostrara la vergenza, el baldon y
la enemistad de todos los suyos, reunirse  su prometido esposo tan
pblicamente como deseaba, y tal como se habia propuesto muchas veces,
pensando en ello dia y noche: aunque por otra parte, los lazos de amor
y los juramentos que unian  los dos amantes eran tan terminantes y
formales, que no habia medio de retractarse  arrepentirse.

En medio de su desesperacion, acudi  socorrerla aquella que jams la
abandonaba en la adversidad: me refiero  la mgica Melisa, que no pudo
menos de estremecerse al oir los lamentos y sollozos de Bradamante. Se
esforz en consolarla, y le ofreci que en la ocasion oportuna pondria
remedio  sus cuitas,  impediria aquella lucha futura, causa de su
llanto y de sus desvelos.

Entre tanto Reinaldo y Rugiero aprestaban sus armas para el combate:
concedise la eleccion de estas al campeon del Romano imperio, y
Reinaldo, que desde la prdida de Bayardo no habia vuelto  montar 
caballo, quiso que la pelea fuese  pi, y que sus armas consistiesen
en coraza, cota de malla, hacha y pual. Ya fuera efecto de la
casualidad,  consejo de su cauto y perspicaz Malagigo, el cual sabia
que para los tajos de Balisarda no servian de nada las armaduras,
convinieron los dos guerreros, como he dicho, en que no harian uso de
la espada. En cuanto al sitio del combate, lo sealaron en una gran
llanura prxima  los antiguos muros de Arls.

Apenas sali la vigilante Aurora del palacio de Titon para dar
principio al dia prefijado y anunciar la hora designada para el
combate, cuando se adelantaron los heraldos de uno y otro campo, y
levantaron pabellones en los extremos del palenque, cerca de los
cuales establecieron dos altares. Al poco rato se vi salir, escuadron
por escuadron, al ejrcito pagano, y en medio de l al Rey de frica
cubierto con una magnfica armadura, y rodeado de toda la pompa y
suntuosidad orientales. A su lado cabalgaba Rugiero sobre un caballo
bayo, de negras crines, frente blanca y patas traseras de igual color:
el arrogante Marsilio no se desdeaba de servir de escudero al jven
campeon, llevando el casco que Rugiero ganara poco antes con tanto
trabajo al Rey de Tartaria, aquel casco, inmortalizado ya por otros
versos, y que mil aos antes habia usado el troyano Hctor. Otros
prncipes y seores de la corte se habian repartido las restantes
armas, incrustadas de piedras preciosas y admirablemente cinceladas de
oro.

Carlomagno sali casi al mismo tiempo de sus atrincheramientos con sus
tropas cuidadosamente formadas en rden de batalla. Rodebanle sus
famosos Pares; y junto  l marchaba Reinaldo, cubierto con todas sus
armas, menos el yelmo que fu de Mambrino, confiado  la sazon  Ogiero
el dinamarqus, uno de los paladines. Llevaban las dos hachas de armas,
una el duque Namo, y otra, Salamon, rey de Bretaa.

Crlos reuni  todos los suyos  un lado del palenque: los moros
africanos y espaoles se formaron al otro lado. Entre uno y otro
ejrcito quedaba un gran espacio vaco: cualquiera que se atreviese 
entrar en l, seria castigado con la muerte, segun mtuo acuerdo de
los dos monarcas. Despues de conceder la segunda eleccion de armas al
campeon del ejrcito pagano, se adelantaron dos sacerdotes de una y
otra religion con un libro en la mano: en el del uno estaba escrita
la perfecta vida de Jesucristo; en el del otro el Coran: el emperador
acompaaba al sacerdote del Evangelio, y Agramante acompaaba al otro.

Acercse Crlos al altar levantado por los suyos, y elevando las manos
al cielo, exclam:

--Oh Dios eterno, que quisiste morir por redimir nuestras almas! Oh
Vrgen sacratsima, cuya virtud fu tan grata al Supremo Hacedor, que
Dios tom en tus entraas la forma humana, y le llevaste nueve meses en
tu santo seno, conservando siempre tu inmaculada pureza! Sed testigos
de que prometo, si sucumbe mi campeon en la pelea, que yo y todos
mis sucesores pagaremos al rey Agramante,   quien le suceda en el
gobierno de sus estados, veinte cargas anuales de oro puro, y prometo
tambien empezar la tregua, que se convertir en paz perptua: si falto
 mi promesa, inflmese en el acto vuestra formidable clera, y caiga
sobre mi cabeza y la de mis hijos, de modo que se comprenda desde luego
que la hemos merecido por no haber cumplido nuestra palabra: solo os
suplico que mi pueblo se libre de vuestro justo castigo.

Mientras Crlos hablaba as, tenia la mano puesta sobre el Evangelio y
los ojos fijos en el cielo.

Aproximse entonces Agramante al altar que los paganos habian adornado
esplndidamente, y jur que regresaria al frica con todo su ejrcito,
y pagaria  Crlos un tributo igual, si Rugiero quedaba vencido aquel
dia, aadiendo que desde luego existiria entre ellos una tregua con
las condiciones enunciadas antes por el Emperador. Imitando  este,
puso por testigo  Mahoma, con la mano colocada sobre el libro que le
presentaba su sacerdote, de que prometia observar fielmente cuanto
habia ofrecido. Los dos monarcas se separaron en seguida con presteza,
volviendo cada cual  ponerse al frente de sus tropas. Adelantronse
acto contnuo entrambos campeones, para prestar su respectivo
juramento. Rugiero prometi que, si su rey le ordenaba por s mismo
 por cualquier otro conducto la suspension del combate, abandonaria
su servicio y pasaria  militar  las rdenes del Emperador. Reinaldo
jur  su vez que, si Carlomagno era causa de que se interrumpiera el
combate, mientras no quedara vencido ninguno de los dos campeones, se
uniria al ejrcito de Agramante.

Una vez terminadas las ceremonias preliminares, pas cada cual al lado
de los suyos, y  los pocos momentos dieron los clarines la seal del
combate. Los animosos guerreros salieron  encontrarse con paso lento
y estudiado. Inmediatamente empez el ataque, y se oy resonar el
ruido de las armas, que esgrimian con sin igual presteza. Con el hacha
 con el pual se descargaban furiosos golpes en la cabeza y en las
piernas con tal destreza y agilidad, que solo vindolo podia creerse.
Rugiero, que combatia contra el hermano de la que poseia su destrozado
corazon, procuraba herirle con tal miramiento, que le creyeron menos
valiente que su adversario: ms atento  la defensa que al ataque, l
mismo no sabia lo que deseaba; pues al paso que le hubiera disgustado
profundamente dar muerte  Reinaldo, no queria tampoco perder su vida.

Pero he llegado  un punto en que es preciso suspender este relato. En
el canto siguiente oireis su conclusion, si quereis venir  escucharla.




CANTO XXXIX.

  Agramante rompe el pacto; pero derrotado su ejrcito, se ve obligado
   retirarse al frica.--El valiente Astolfo persigue al enemigo hasta
  Biserta, cuya ciudad asedia. Orlando llega all casualmente, y el
  Duque, instruido de lo que debia hacer, le devuelve el juicio.--Dudon
  encuentra  Agramante en alta mar, y le pone en grave aprieto.


La situacion en que se encontraba Rugiero era en verdad de las ms
penosas y duras que puedan existir, por lo cual no es extrao que
padeciera fsica y moralmente, al considerar que no podia librarse
de una de las dos muertes que ante s tenia. Si se mostraba menos
vigoroso que Reinaldo, se exponia  perecer: si daba muerte al paladin,
cansarian la suya los desdenes de su amada, en cuyo dio, ms temible
que la misma muerte, incurriria sin remedio.

Reinaldo,  quien no preocupaba idea alguna, hacia todos los esfuerzos
imaginables por alcanzar la victoria, y esgrimia altivo y terrible su
hacha de armas, descargando tremendos golpes en la cabeza y brazos de
su adversario. Rugiero se servia de su arma para parar los golpes,
echndose  un lado   otro, y cuando  su vez procuraba herir 
Reinaldo, era en el sitio en que menos dao pudiera hacerle. A la mayor
parte de los seores sarracenos empez  parecerles muy desigual el
combate: pues observaban la poca animacion de Rugiero  quien tenia
casi acorralado su enemigo. El monarca africano contemplaba la lucha,
cubierto de palidez su rostro, lanzando fuertes suspiros y acusando en
su mente  Sobrino, de quien procedia aquel fatal error, puesto que lo
habia aconsejado.

Entonces fu cuando Melisa, versada en todas las supercheras del arte
de los encantadores  de los magos, troc su aspecto femenino en la
figura del gran Rey de Argel. Por su rostro, por sus movimientos, era
el vivo retrato de Rodomonte, y llevaba la piel escamosa del dragon,
la espada y el escudo que acostumbraba usar el sarraceno. Montada en
un espritu infernal que habia tomado la forma de caballo, se dirigi
hacia el desanimado hijo del rey Trojano, y le dijo con acento terrible
y fruncido entrecejo:

--Seor, habeis cometido una gran falta oponiendo  un franco tan
fuerte y tan famoso un adversario jven  inexperto, en una ocasion en
que se trata de la suerte del reino y del honor de frica. Apresuraos
 interrumpir ese combate, cuyo resultado ha de ser desastroso para
nosotros. Confiadlo  Rodomonte, sin que os importe violar el pacto
y el juramento hecho de antemano. En momentos tan crticos como los
presentes, cada cual debe demostrar hasta dnde alcanza su esfuerzo,
y mientras est yo aqu, tened por seguro que cada uno de vuestros
soldados valdr por ciento.

Estas palabras pesaron tanto en el nimo de Agramante, que, sin
reflexionar en lo que hacia, lanzse contra el enemigo. La confianza
que le inspiraba el Rey de Argel fu causa de que se cuidara muy
poco de su juramento: el auxilio que en aquella ocasion hubieran
podido prestarle mil caballeros lo habria tenido en menos que el
del solo Rodomonte. En un momento se vieron por todas partes las
lanzas enristradas y los caballos lanzados  todo escape contra los
cristianos. Melisa desapareci tan luego como, merced  sus ficciones,
vi empeada la batalla.

En el momento en que los dos campeones vieron interrumpido tan
bruscamente su combate, contra todo acuerdo y contra toda promesa,
dejaron de herirse; y deponiendo su mtua enemistad, se dieron
palabra de no volver  dirigir sus armas uno contra otro, hasta haber
averiguado con certeza cul de los dos reyes habia sido el primero en
violar el pacto, si el anciano Crlos  el jven Agramante: al propio
tiempo renovaron su juramento de declararse enemigos del perjuro.

Mientras tanto, los dos ejrcitos habian llegado  las manos: pronto
se vi quin avanzaba y quin retrocedia; quines eran los cobardes y
quines los ms valientes: todos corrian con la misma ligereza, solo
que los primeros huian al paso que los segundos perseguian.

Marfisa habia permanecido hasta entonces inactiva en compaa de
su cuada; pero tan contrariada  impaciente como el lebrel que ve
correr en torno suyo  la fugitiva fiera, y no pudiendo perseguirla
al mismo tiempo que los dems perros por tenerle sujeto el cazador,
se agita irritado, se atormenta, se aflije, se desespera, lanza
penetrantes  infructuosos ladridos, y forcejea por desasirse de la
mano que le detiene. Durante todo el dia habian estado contemplando
con cierta sanguinaria envidia  los sarracenos formados en la estensa
llanura; pero contenidas por el respeto  lo pactado, se habian
limitado  lamentar su inaccion, exhalando frecuentes suspiros. Mas
no bien observaron la violacion del pacto y de la tregua, cuando se
precipitaron gozosas en medio de las filas africanas. Marfisa atraves
con su lanza el pecho del primero que encontr, hacindola salir ms
de dos brazas por la espalda: desnud en seguida su acero, y en menos
tiempo del que se necesita para referirlo, rompi cuatro yelmos como
si fueran de vidrio. Bradamante no le fu en zaga: si su lanza de
oro producia distinto efecto, en cambio tiraba del caballo  cuantos
alcanzaba: no mat  nadie, pero derrib doble nmero de guerreros que
Marfisa. Las dos heroinas llevaron  cabo estas proezas sin separarse
hasta entonces, por lo cual fueron testigos de sus mtuas hazaas; pero
arrastradas luego por el ardor del combate, se fu cada una por su lado
haciendo sentir el peso de su ira  los aterrados sarracenos. Quin
podria contar el nmero de guerreros que derrib aquel dia la lanza de
oro? Quin podria calcular el nmero de cabezas que seg la terrible
espada de Marfisa?

As como al soplo de tranquilos vientos, cuando las cumbres de los
Apeninos se cubren de verdura, se precipitan  un mismo tiempo dos
torrentes que al caer siguen distinto curso, y van arrancando las peas
y los copudos rboles de sus elevadas mrgenes, arrastrando hcia el
valle los frutos y las mieses, como si compitiesen ambos en el deseo
de dejar huellas ms desastrosas de su paso, as tambien las dos
magnnimas guerreras, recorriendo el campo en direccion distinta, iban
causando horrorosos estragos en las filas africanas, la una con su
lanza, y la otra con su espada.

Agramante apenas podia contener  sus soldados, que empezaban 
abandonar sus banderas. En vano preguntaba por Rodomonte, en vano
le buscaba con la vista por todos lados: nadie sabia donde estaba.
Por instigacion del Rey de Argel (segun creia) habia roto el pacto
solemnemente estipulado, poniendo  Dios por testigo; y sin embargo,
este rey habia desaparecido de repente. Tampoco veia  Sobrino, que
se habia retirado  Arls, rehuyendo toda responsabilidad, y deseando
permanecer extrao al perjurio, cuyo inmediato y terrible castigo
esperaba presenciar aquel mismo dia. Marsilio se habia alejado tambien,
dominado por iguales sentimientos: as es que Agramante no pudo
resistir  las tropas de Crlos,  los italianos, alemanes  ingleses,
todas gentes aguerridas y denodadas, entre las cuales iban confundidos
los paladines, cual piedras preciosas engarzadas en oro, y cerca de
ellos algunos caballeros sin rival en el mundo, como el intrpido Guido
el Salvaje y los dos hijos de Olivero, y aquellas dos guerreras, cuyas
proezas creo intil recordar, y que seguian exterminando un nmero
infinito de moros.

Mas, suspendiendo por algun tiempo el relato de esta batalla, me
propongo ahora atravesar los mares sin auxilio de bajel; pues no es
justo que olvide  Astolfo por ocuparme exclusivamente de las cosas de
Francia.

Ya os he hablado de las mercedes que recibi del Santo Apstol, y
creo haberos dicho tambien que el rey Branzardo y el de los algaceres
aprestaban sus ejrcitos para oponrsele. Estas tropas, reunidas con
la mayor precipitacion, se componian casi de nios, ancianos y hasta
mujeres; porque Agramante, obstinado en su vengativa empresa, habia
dejado por dos veces al frica exhausta de hombres: as es que habian
quedado en ella muy pocos en estado de tomar las armas, y por lo
tanto, formaban un ejrcito cobarde  indisciplinado. No tardaron en
demostrarlo as, pues en cuanto descubrieron  los nubios  lo lejos,
huyeron desordenadamente. Astolfo lanz tras ellos  sus soldados
mucho ms aguerridos, y los fu persiguiendo como si fueran un rebao
de carneros, dejando el campo sembrado de cadveres: algunos pocos
consiguieron encerrarse en Biserta con el rey Branzardo; pero el rey
Bucifar qued prisionero, causando al primero ms dolor su prdida que
si hubiera visto destruido todo su ejrcito. Siendo Biserta una ciudad
grande, era preciso fortificarla considerablemente, y sin Bucifar
no podia llevar  cabo los trabajos necesarios. Deseoso Branzardo
de rescatarle, buscaba en su imaginacion un medio cualquiera para
conseguirlo, cuando se acord de que, muchos meses hacia, tenia en su
poder al paladin Dudon,  quien el Rey de Sarza habia cautivado en la
costa de Mnaco, en el primer viaje que hizo  Francia: desde entonces
Dudon, descendiente de Ogiero el dans, habia permanecido encerrado en
una prision.

Branzardo quiso cangearlo por el Rey de los algaceres, y con este
objeto envi un mensajero al jefe de los nubios, sabiendo que Astolfo
era un paladin, y que por lo tanto aceptaria gustoso la proposicion
de salvar  otro paladin. El gallardo Duque accedi en efecto  lo
propuesto por el sarraceno, y rescat  Dudon, el cual le di infinitas
gracias por su libertad, y se puso  su disposicion para ayudarle en
aquella guerra, tanto por tierra como por mar. Contando Astolfo con un
ejrcito tan numeroso, que no hubieran podido resistirle siete pases
tan extensos como el frica, y recordando que el santo Anciano le
habia recomendado muy eficazmente que expulsara  los sarracenos de las
costas de Provenza y Aguasmuertas de que se habian apoderado, eligi
nuevamente de entre sus soldados aquellos que ms aptos le parecieron
para los trabajos del mar, y habindose llenado las manos tanto como
pudo de hojas de laureles, cedros, olivos y palmas, se dirigi  la
playa y las arroj  las olas. Oh almas felices y queridas del cielo!
Oh efecto sublime de un poder que el Seor concede raras veces 
los mortales! Milagro prodigioso! Apenas tocaron el agua, aquellas
hojas empezaron  crecer de un modo increible; encorvronse y se
hicieron gruesas, largas y pesadas; las venas que las atravesaban
se convirtieron en duras grapas de hierro y slidos maderos, y
conservando la forma aguda de sus extremidades, quedaron en un momento
transformadas en naves de diferentes clases, y tantas cuantas habian
sido las hojas arrancadas de los rboles.

Fu en efecto un espectculo asombroso el que ofrecieron aquellas
hojas convertidas milagrosamente en fustas, galeras y otros bajeles.
No menos milagroso fu verlas provistas de velas, remos, obenques y de
todo el aparejo indispensable en un buque. Astolfo encontr bien pronto
quien supiera gobernar su flota  travs de los mares y de los vientos
embravecidos; pues las cercanas costas de la Crcega y la Cerdea le
suministraron excelentes pilotos, timoneles, marineros y patrones. La
expedicion, compuesta de veintiseis mil hombres de todas clases, tuvo
por jefe  Dudon, caballero de gran experiencia,  igualmente valeroso
en mar y tierra.

Aun estaba la flota anclada en la costa de frica, esperando un
viento favorable, cuando se present en ella un navio cargado con
los prisioneros que Rodomonte habia hecho en el peligroso puente,
donde, segun he dicho varias veces, era tan reducido el espacio para
combatir. Entre dichos prisioneros estaban el cuado del Conde, el
fiel Brandimarte, Sansoneto y otros muchos caballeros de Alemania, de
Francia y de Gascua, cuyos nombres creo ocioso recordar. El piloto,
que no sospechaba la presencia del enemigo, ech el ancla en aquella
playa, dejando muchas millas atrs el puerto de Argel donde se habia
propuesto fondear,  no habrselo impedido un fuerte vendabal que
impeli la popa ms de lo que debia. Creia llegar con toda seguridad
entre los suyos, como Progne  su bullicioso nido; pero as que vi
el guila imperial, las lises de oro y los leopardos, perdi el
color, como suele perderlo el que pone inadvertidamente su pi sobre
la serpiente venenosa dormida entre la yerba, y se retira plido y
aterrado huyendo del reptil henchido de rabia y de veneno. No pudiendo
ya el piloto huir, ni sabiendo cmo ocultar  sus cautivos, tuvo
que resignarse  saltar en tierra, y fu conducido con Brandimarte,
Olivero, Sansoneto y otros muchos  la presencia de Astolfo y del
hijo de Ogiero, que manifestaron su alegra al ver  sus amigos: en
recompensa de su trabajo, fu condenado el patron  remar en las
galeras de Astolfo.

El hijo del rey Oton recibi, como os digo,  los caballeros cristianos
con sealadas muestras de placer,  hizo que les prepararan un banquete
en su pabellon, y que les proveyeran de armas y de cuanto necesitasen.
Dudon difiri su salida del puerto accediendo  los deseos de los
recien llegados, cuya conversacion le era sumamente grata, y cuyas
noticias le sirvieron mucho ms que si se hubiera hecho  la mar uno 
dos dias antes. Por ellos vino en perfecto conocimiento del estado en
que  la sazon se hallaban los asuntos de Francia y de Carlomagno, y
supo tambien dnde podria fondear con ms seguridad y obtener mejores
resultados. Mientras estaba escuchndolos atento, se oy un rumor que
iba creciendo por momentos, y unas voces de alarma tan terribles, que
obligaron  los caballeros  hacer mil distintas suposiciones. El duque
Astolfo y sus compaeros se apresuraron  montar  caballo y  empuar
sus armas, y se dirigieron al sitio en que ms fuertemente resonaba
la gritera, inquiriendo por uno y otro lado el motivo del tumulto,
cuando vieron  un hombre tan feroz, que  pesar de ir solo y desnudo,
causaba grandes estragos en el campamento. Iba esgrimiendo un palo tan
duro, tan pesado y tan macizo, que derribaba sin sentido  cuantos
alcanzaba. Ya habia hecho ms de cien vctimas, sin que se atrevieran 
contenerle, como no fuera arrojndole saetas desde lejos, pues no habia
nadie tan animoso que osara aproximarse  l.

Dudon, Astolfo, Brandimarte y Olivero, que habian acudido presurosos
al oir aquel estrpito, estaban considerando con asombro la inmensa
fuerza y el valor inusitado de aquel hombre feroz, cuando vieron venir
 una doncella, vestida de negro, que corri hcia Brandimarte y le
salud, echndole al mismo tiempo los brazos al cuello. Era la donosa
Flor-de-lis, la doncella que tan viva pasion sentia por Brandimarte, y
que estuvo  punto de volverse loca de dolor cuando dej  su amante
cautivo en el estrecho puente. Habiendo sabido por el mismo Rodomonte
que Brandimarte habia sido enviado  Argel en compaa de los dems
cautivos, resolvi atravesar los mares para reunirse  l, y se embarc
en Marsella en una nave de Levante, que pertenecia  un caballero
anciano de la familia del rey Monodante, el cual habia recorrido muchos
pases, as por mar como por tierra, para encontrar  Brandimarte,
teniendo por ltimo noticia de que lo hallaria en Francia. Conoci
la jven al momento  Bardino, que as se llamaba aquel caballero, el
cual habia criado  Brandimarte en la Roca Silvana, despues de haberle
sustraido nio aun al Rey su padre. Cuando Bardino supo la causa del
viaje de Flor-de-lis y el modo cmo su protegido habia pasado al
frica, puso su bajel  disposicion de la doncella, y quiso acompaarla
en su travesa. Al llegar  la costa africana, supieron que Astolfo
tenia puesto sitio  Biserta, y les anunciaron que quizs Brandimarte
estaria con l.

Al ver la jven  su amante, corri  abrazarle con tanta mayor
alegra, cuanto que sus pasados sinsabores contribuian  aumentarla.
No fu menor el jbilo que sinti el gentil caballero al contemplar
all  su adorada y constante compaera,  quien amaba ms que  todo
en el mundo: le prodig las ms dulces caricias, la estrech infinitas
veces contra su corazon; sus apasionados besos se sucedian sin poder
saciar su amoroso fuego, y hubieran continuado as largo tiempo, si
Brandimarte, alzando los ojos, no hubiera reparado en Bardino, que
habia venido acompaando  la jven. Extendi las manos con intencion
de abrazarle y de preguntarle al propio tiempo el motivo de su venida;
pero se lo impidi la multitud de soldados que huian desordenadamente
ante aquel palo que el desnudo loco volteaba en torno suyo, abrindose
ancho paso.

Flor-de-lis mir atentamente  aquel insensato, y exclam dirigindose
 Brandimarte:--Es el Conde!--Astolfo conoci tambien  Orlando por
el retrato que de l le hiciera el Santo Evangelista en el Paraiso
terrestre: de otra suerte, nadie hubiera podido sospechar siquiera que
fuese el corts Paladin aquel ser scio, insensato, maltrecho y que por
su aspecto se asemejaba ms bien  una fiera que  un hombre.

Movido Astolfo  compasion, se volvi  Dudon y Olivero que estaban
cerca de l, y con lgrimas en los ojos les dijo:--Ah teneis 
Orlando.--Los dos caballeros le consideraron con atencion algunos
momentos, quedando mudos de asombro y de estupor al verle en tan
aflictivo estado. La mayor parte de los circunstantes derramaban
lgrimas que arrancaba  sus ojos la piedad y el sentimiento, pero
exclamando Astolfo:--No es ocasion de llorar, sino de pensar en
curarle,--salt del caballo, y lo propio hicieron Brandimarte,
Sansoneto, Olivero y Dudon, rodeando simultneamente al sobrino de
Carlomagno con intencion de sujetarle. Al verse Orlando encerrado en
aquel crculo, empez  esgrimir su palo insensata y desesperadamente,
 hizo sentir la fuerza de su brazo  Dudon, el cual, cubrindose la
cabeza con el escudo, pretendi acometerle, y  no haber sido porque
la espada de Olivero se interpuso amortiguando la fuerza del golpe, el
terrible palo del loco hubiera hecho pedazos el escudo, el yelmo, el
crneo y la cabeza del hijo de Ogiero. A pesar de esto, destroz el
escudo, y cay con tal furia sobre el almete, que el caballero qued
tendido en el suelo. Sansoneto descarg tambien un tajo sobre el palo,
con tal vigor, que le cort en redondo ms de dos brazas. Brandimarte
cogi entonces  Orlando por detrs, oprimindole vigorosamente con
sus brazos, mientras que Astolfo le sujetaba por las piernas; pero
dando el loco una furiosa sacudida, lanz de espaldas al Duque ingls
 ms de diez pasos de distancia, y aunque no pudo soltarse de los
brazos de Brandimarte que le tenia fuertemente asido por mitad del
cuerpo, descarg en seguida tan tremendo puetazo sobre Olivero, que
lo tendi  sus pis plido  inanimado y vertiendo sangre por nariz y
ojos. A no ser por el excelente temple del casco que llevaba Olivero,
aquel puetazo le hubiera quitado la vida,  pesar de lo cual cay el
caballero cual si su alma hubiese volado al Paraiso.

Astolfo y Dudon se habian levantado, aunque este con la cara hinchada,
y uniendo sus esfuerzos  los de Sansoneto, cuyo golpe habia sido tan
certero, acometieron nuevamente  Orlando. Dudon le sujet tambien por
detrs, procurando echarle una zancadilla para derribarle; Astolfo y
los dems le cojieron los brazos, y ni aun as podian refrenar sus
violentos mpetus. El que haya visto  un toro perseguido, cuyas
orejas sujetan con los dientes los perros de presa, y que corre
mugiendo y arrastrando consigo  los tenaces canes de quienes no puede
desprenderse, podr formarse una idea del espectculo que presentaba
Orlando arrastrando consigo  todos aquellos guerreros.

Algun tanto repuesto Olivero del puetazo que tan mal parado le dejara,
levantse del suelo, y viendo que el sistema seguido por Astolfo
no produciria el resultado que se deseaba, arbitr un medio ms 
propsito para derribar  Orlando, lo puso inmediatamente por obra y
surti el efecto apetecido. Orden que le trajeran algunas cuerdas
fuertes, en cuyos extremos hizo lazos corredizos, y logr echarlos 
las piernas,  los brazos y al cuerpo del Conde: en seguida encarg 
cada uno de los guerreros que sostuvieran fuertemente las cuerdas por
el extremo opuesto al lazo, y valindose de este medio, consiguieron
tirar al suelo  Orlando como si fuera un buey  un caballo.

En cuanto le vieron caer en tierra, se arrojaron todos sobre l, y le
ataron ms slidamente de pis y manos: en vano forcejeaba Orlando
desesperado y furioso; sus esfuerzos eran ya impotentes. Astolfo
dispuso acto contnuo que le trasladaran de aquel sitio, manifestando
que queria curarle de su locura; y como Dudon era el de mayor estatura
de todos aquellos guerreros, carg con l y le llev hasta la misma
orilla del mar. Astolfo orden que le lavaran el cuerpo siete veces,
y que le metieran otras tantas en el agua, hasta hacer desaparecer
de su rostro y de sus miembros la endurecida mugre que los cubria:
despues le tap la boca, que despedia fuertes resoplidos, con ciertas
yerbas cogidas  este efecto, de modo que solo pudiera respirar por
las narices: destapando en seguida la redoma en que estaba encerrado
el juicio de Orlando, se la aplic tan cerca de la nariz, que al hacer
Orlando una fuerte aspiracion la vaci completamente. Oh prodigio
admirable! El Conde recobr en el acto la razon, y sinti renacer
su inteligencia con mayor claridad y lucidez que nunca. Sucedile 
Orlando, en cuanto Astolfo hizo desaparecer su locura, lo que al hombre
que despierta de un sueo profundo y penoso: no duerme ya, est en
la plenitud de sus sentidos, y sin embargo, todava cree contemplar
asombrado las formas horribles de desmesurados mnstruos, que ni
existen ni pueden existir, y se le figura estar haciendo aun las cosas
extraas  inusitadas que su imaginacion le representaba durante su
sueo.

El Paladin permaneci algunos momentos absorto y estupefacto; mir sin
pronunciar una palabra  Brandimarte, al hermano de la hermosa Alda
y al que le restituy el juicio, y estuvo largo rato pensando cmo y
cundo habia ido  parar  aquellas playas. Despues pase sus miradas
en todas direcciones, sin poder conocer el sitio en que se encontraba,
ni adivinar el motivo de hallarse desnudo y atado de pis  cabeza con
tantas cuerdas. Por fin, dijo, como Sileno  los que le tenian sujeto
en una caverna: Desatadme, con rostro tan sereno, con mirada tan
segura y tan distinta de lo que hasta entonces habia sido, que sus
amigos le complacieron, apresurndose  vestirle un traje que mandaron
traer, y esforzndose en consolarle del dolor que le causaba su pasada
locura.

Al volver Orlando  su primitivo estado, ms prudente y varonil que
nunca, se sinti tambien emancipado de su funesto amor, hasta el
extremo de que la misma mujer cuyas gracias y perfecciones admiraba
antes, y  quien tan frenticamente habia amado, le parecia ya un ser
envilecido  indigno de su estimacion, y cifr desde entonces todos sus
deseos y conatos en recobrar cuanto aquel amor le habia arrebatado.

Mientras tanto Bardino particip  Brandimarte la muerte de Monodante,
su padre, y le anunci que venia  ofrecerle la corona, en primer
lugar, de parte de su hermano Giliante, y despues, de la de los
habitantes del archipilago que se extiende en las ms apartadas
regiones del Oriente, pas el ms rico, ms populoso y ms placentero
del mundo. Para determinarle  aceptar, adujo, entre otras varias
razones, la de que tal era su deber; le pint las dulzuras del suelo
ptrio, y le asegur que en cuanto las hubiera disfrutado, aborreceria
para siempre su vida errante. Brandimarte le contest que estaba
decidido  permanecer al lado de Orlando, sirviendo  Crlos mientras
durara la guerra, y que si lograba ver el trmino de esta, pensaria ms
detenidamente en sus propios asuntos.

Al dia siguiente, se hizo  la vela la escuadra mandada por el hijo
del Dans con rumbo  las costas de Provenza. Orlando, sabedor por
Astolfo del estado en que se hallaba la guerra, se uni  l, y ambos
se dedicaron  estrechar el cerco de Biserta, concediendo, sin embargo,
al Duque ingls los honores del mando,  pesar de que este no hacia
ms que lo aconsejado por el Conde. Si por ahora no me ocupo de su
plan de ataque, ni de cmo, cundo y por qu lado se di el asalto 
la gran Biserta, ni de la batalla que precedi al asalto, ni de los
que compartieron con Orlando la gloria de aquel dia, no os d cuidado
alguno, porque pronto volveremos  encontrarlos. Dignaos, entre tanto,
escuchar el relato de la derrota que los francos hicieron sufrir  los
moros.

El rey Agramante se vi casi abandonado en lo ms fuerte del peligro;
pues los reyes Marsilio y Sobrino se retiraron con muchos paganos  la
ciudad de Arls, y despues se embarcaron en sus respectivas escuadras,
temerosos de no poder salvarse en tierra: un gran nmero de gefes y
caballeros del ejrcito moro imit en breve su ejemplo. Agramante
continu resistiendo,  pesar de esta defeccion; pero cuando ya no pudo
ms, volvi las espaldas y corri  encerrarse en la ciudad que estaba
prxima. Bradamante se lanz en su seguimiento, estimulando  su veloz
Rabican, pues anhelaba darle muerte por haberla privado tantas veces
de su querido Rugiero. Marfisa,  quien animaba el mismo deseo, por
vengar, aunque algo tarde, la muerte de su padre, excitaba  su corcel
con el acicate, comunicndole en cuanto le era posible la misma prisa
que ella tenia. Pero ninguna de las dos pudo llegar  tiempo de impedir
que el Rey penetrase en la ciudad murada, y se salvase luego  bordo de
sus naves.

Cual dos sabuesos esbeltos y valientes, que soltados al mismo tiempo de
la trailla, regresan tristes y pesarosos por haber seguido intilmente
 los ciervos   las cabras monteses, pareciendo como avergonzados
de su lentitud, as retrocedieron las dos doncellas, suspirando al
ver al Pagano en salvo. Sin embargo, no permanecieron ociosas, y
precipitndose en lo ms espeso de la fugitiva multitud, hicieron caer
 los botes de su lanza, para no volver  levantarse,  un crecido
nmero de contrarios. En mala ocasion habian sido derrotados los
moros, pues ni aun huyendo podian salvarse; porque Agramante, para
mayor seguridad suya, mand cerrar las puertas de la ciudad que daban
al campo y cortar todos los puentes que habia sobre el Rdano. Ah
infelices pueblos! Siempre que los tiranos creen reportar alguna
utilidad, os tratan como rebaos de carneros  de cabras! Muchos de
los fugitivos se arrojaron al rio; otros al mar; otros enrojecieron
la tierra con su sangre. Pereci la mayor parte de ellos; solo unos
cuantos quedaron prisioneros, porque los dems no podian ofrecer un
buen rescate.

Aun quedan vestigios en Arls de las espantosas prdidas que ambos
ejrcitos sufrieron en aquella batalla, si bien fu mayor la que en los
Sarracenos causaron Bradamante y Marfisa: no lejos de la ciudad y donde
el Rdano se estanca, se ve todo el campo cubierto de sepulcros.

El rey Agramante habia hecho entre tanto cortar las amarras y dirigir 
alta mar los navios mayores de su flota, dejando los ms lijeros cerca
de la costa para recoger  los que  su bordo querian salvarse. Estuvo
dos dias  la vista del puerto para socorrer  los fugitivos, y porque
los vientos le eran contrarios: al llegar el tercero se di  la vela,
con la esperanza de regresar en breve al frica.

Temeroso el rey Marsilio de que entonces le tocara  su Espaa pagar el
desquite de aquella guerra, y de que se desencadenara sobre sus estados
tan negra y deshecha tempestad, hizo rumbo  Valencia, y se dedic
solcito  poner sus fortalezas en estado de defensa, aprestndose para
la lucha que fu causa de su ruina y de la de sus aliados.

Agramante bogaba en tanto hcia las costas de frica en buques mal
armados y peor tripulados; tan exhaustos de hombres, como llenos de
quejas y reconvenciones. Como habian perecido en Francia las tres
cuartas partes del ejrcito, unos acusaban al monarca de orgullo, otros
de crueldad, otros de insensatez, y cual suele suceder en semejantes
casos, todos le maldecian interiormente; pero contenidos por el temor,
permanecian quietos  la fuerza. Dos  tres hubo, sin embargo, que
siendo amigos y teniendo ms confianza entre s, se atrevieron 
despegar los lbios y  desahogar su clera y su despecho; mientras el
msero Agramante, no viendo en torno suyo ms que fingidos semblantes,
y oyendo sin cesar palabras aduladoras, falsas y engaosas, estaba
todava persuadido de que todos le amaban y le compadecian. El Monarca
africano habia resuelto no desembarcar en las playas de Biserta, porque
sabia positivamente que estaban en poder de los nubios; y por lo tanto
dispuso que su flota fondeara en un punto bastante lejano de la ciudad
sitiada, y  propsito para saltar en tierra con toda seguridad:
una vez logrado esto, pensaba dirigirse en derechura  socorrer 
su afligido pueblo. Mas no correspondiendo su destino adverso 
aquella intencion justa y prudente, quiso que la escuadra formada tan
milagrosamente en las costas africanas con hojas de rboles, que iba
surcando las olas con rumbo  Francia, encontrara  la suya durante la
noche, con un tiempo nebuloso, oscuro y triste, para que fuese mayor el
desrden producido por tan inesperado encuentro.

Agramante ignoraba de todo punto que Astolfo enviara contra l una
flota tan numerosa, y aun cuando se lo hubiesen dicho, tampoco hubiera
creido que una sola rama pudiese producir cien naves; por lo cual
seguia su derrotero sin desconfianza alguna, y sin cuidarse de poner
centinelas ni vigas en las gabias para que le dieran parte de lo que
descubrieran. Las naves cuyo mando confi Astolfo  Dudon, tripuladas
por gente resuelta y animosa, habian divisado la flota mora al ponerse
el Sol; dirigieron las proas en su demanda, abordaron de improviso 
los desprevenidos enemigos, y en cuanto se convencieron por su lenguaje
de que eran moros y por lo tanto adversarios suyos, echaron los ganchos
de abordaje y los garfios encadenados. Fu tan rudo el choque y tan
impetuoso, que muchos buques sarracenos fueron echados  pique por los
grandes navios de Dudon,  los que impela adems un viento favorable.
En seguida trabse una lucha desesperada, lloviendo sobre los bajeles
de Agramante, el hierro, el fuego y piedras enormes, con tanta furia,
que parecia aquello una tempestad ms terrible que cuantas el mar habia
presenciado.

Los soldados de Dudon,  quienes el cielo infundia entonces ms pujanza
y denuedo que de ordinario, porque habia sonado la hora de castigar
los infinitos crmenes de los sarracenos, sabian dirigir desde cerca
 desde lejos tan certeros golpes, que Agramante no encontraba sitio
donde guarecerse: caia sobre l una verdadera lluvia de saetas, y por
todas partes se veia amenazado de espadas, garfios, picas y hachas. Las
mquinas de guerra y los tormentos[143] vomitaban sin cesar piedras
enormes y pesadas, que destrozaban los bajeles de popa  proa, y abrian
en ellos ancho paso  las olas; pero el mayor dao lo causaban las
materias inflamables, produciendo en los buques el incendio tan fcil
de prender como difcil de apagar.

       [143] Dbase este nombre en lo antiguo  ciertas mquinas de
       guerra, que servian para disparar piedras y otros proyectiles.

La infortunada chusma sarracena, por evitar un peligro se lanzaba
en otro ms inmediato, pues los unos, huyendo del acero enemigo, se
arrojaban al mar, donde perecian ahogados; los otros, moviendo  un
tiempo pis y brazos, intentaban salvarse en las lanchas; pero los
que las tripulaban, temerosos de zozobrar por verlas excesivamente
cargadas, rechazaban  los fugitivos. Cuantos se agarraron  los botes
para subir  ellos, dejaron la mano clavada en su borde, yendo su
cuerpo  enrojecer las agitadas olas. Muchos de los que habian contado
con la probabilidad de salvar  nado su vida  de perderla al menos
de un modo menos doloroso, al ver su esperanza burlada, empezaban 
desfallecer; y para librarse de perecer en el agua, volvian  los
buques que abandonaran por temor al incendio: al llegar junto 
ellos, se abrazaban  un madero ardiendo, y por escapar  dos gneros
de muertes, hallaban en ambos  un mismo tiempo el trmino de su
existencia. Algunos, aterrados por las saetas  las hachas que veian en
torno suyo, se precipitaban en el mar, pero en vano; porque no tardaba
en alcanzarles una piedra  un venablo que impedia su fuga.

Pero ser tal vez ms til y conveniente suspender mi canto, puesto
que todava lo escuchais con deleite, antes de que os llegue  causar
fastidio  hasto si lo prolongo demasiado.




CANTO XL.

  El rey Agramante se ve obligado  huir, y contempla desde lejos el
  incendio de Biserta. Habiendo conseguido saltar en tierra, encuentra
  al Rey de Sericania, que le da nuevas pruebas de lealtad.--Gradasso
  desafa  Orlando y  otros dos caballeros cristianos, jactndose de
  que dar muerte al primero.--Rugiero combate con Dudon por librar 
  siete reyes de la esclavitud.


Pecaria de difusa mi narracion, si quisiera referir todos los episdios
de aquel combate naval: relatarlos ante vos, oh hijo magnnimo del
invicto Hrcules! seria, como vulgarmente se dice, llevar jarros 
Samos, murcilagos  Atenas y cocodrilos  Egipto; porque no solo
habeis presenciado escenas semejantes  las que describo de oidas, sino
que las habeis hecho presenciar  otros con admiracion. Vuestro leal
pueblo fu testigo de un grandioso espectculo, la noche y el dia que
estuvo contemplando en el P, como si fuera en un teatro, la escuadra
enemiga acosada por el hierro y el fuego. Entonces vsteis, y dsteis
 conocer  muchos todo el horror de los gritos y lamentos que pueden
oirse en un combate naval, el de las aguas enrojecidas por torrentes
de sangre, y el de los mil gneros de muertes que se encuentran en
semejantes luchas. Yo no pude verlo[144]; hacia seis dias que, viajando
de distintos modos y por diferentes caminos, habia ido con toda la
celeridad que me fu posible  echarme  los pis del gran Pastor para
impetrar socorros; pero no necesitsteis, Seor, ginetes ni peones para
romper mientras tanto los dientes y las garras del Leon de oro[145], ni
para humillarlo hasta el extremo de no haberse atrevido  molestarnos
ms desde aquel dia. Supe entonces vuestro triunfo por Alfonso Trotto,
que se hall en la batalla; por Anbal y Pedro Moro, Afranio, Alberto,
los tres Ariostos, el Bagno y el Zerbinatto, los cuales me dieron
tan minuciosos detalles, que no pude poner en duda aquella brillante
victoria, de la que me ofrecieron una prueba fehaciente las numerosas
banderas depositadas en el templo, y las quince galeras que, con una
multitud de bajeles de otros portes, fueron apresadas y conducidas 
nuestros puertos.

       [144] Estando asediada Ferrara por la escuadra veneciana,
       el Duque, temeroso de perder sus estados, envi  Ariosto
        suplicar al Pontfice que le proporcionara los socorros
       necesarios para resistir al enemigo; pero entre tanto, el
       cardenal Hiplito consigui destrozar la armada enemiga,
       segun se ha dicho en el canto III. Al regresar Ariosto de su
       mision, supo por sus amigos la victoria conseguida, y vi, como
       testimonio de ella, las banderas venecianas depositadas en la
       iglesia mayor de Ferrara.

       [145] El Leon dorado de S. Mrcos, smbolo de la seora de
       Venecia.

Cuantos vieron aquellos incendios, aquellos naufragios, el apresamiento
de la escuadra enemiga, y las escenas de muerte y desolacion tan
variadas que acontecieron en venganza de los estragos causados en
nuestras ciudades, podrn formarse una idea de los destrozos y la
matanza que sufrieron los mseros africanos con su rey Agramante,
durante la noche oscura en que fueron atacados por Dudon.

Cuando se empe el combate, era ya de noche, y todo estaba rodeado de
profundas tinieblas; pero en cuanto el azufre, la pez y el alquitran,
lanzados en gran cantidad, comunicaron el fuego desde la proa  la
popa, y las voraces llamas empezaron  abrasar y consumir las galeras
y naves mal defendidas, se veian con tal claridad todos los objetos,
que no parecia sino que la noche hubiese dado paso  la luz del dia.
Mientras dur la oscuridad, no le inspir gran cuidado  Agramante
el enemigo, ni le creia tan fuerte que, como lograra prolongar su
resistencia, no pudiera rechazarlo; pero en cuanto se disiparon las
tinieblas, y vi contra lo que esperaba, que las naves contrarias eran
dos veces ms numerosas que las suyas, opin de muy distinta manera.
Seguido de algunos de sus guerreros, salt  una lancha,  la que
habian trasbordado  Brida-de-oro y sus objetos ms preciados, y se
fu deslizando con el mayor silencio por entre las naves de su flota,
hasta llegar  un sitio ms seguro y lejos de los suyos  quienes Dudon
seguia acosando con encarnizamiento y reducindolos al ms lamentable
extremo. Mientras se escapaba el Monarca africano, causa principal de
tantos desastres, el fuego, el mar y el hierro abrasaba, absorbia y
exterminaba  sus infelices soldados. Sobrino acompaaba en su fuga 
Agramante, que se lamentaba con aquel prudente rey de no haberle dado
crdito, cuando previ con inspiracion proftica y divina los males que
 la sazon le abrumaban con su doloroso peso.

Pero volvamos al paladin Orlando: comprendiendo este hroe la necesidad
de apoderarse de Biserta, para que no volviera  molestar con nuevas
guerras  la Francia, aconsej  Astolfo que la arrasase, antes de
que que pudiera recibir auxilios; y en su consecuencia, se orden al
ejrcito que lo tuviera todo dispuesto para el amanecer del tercer
dia. El Duque ingls habia preparado muchos buques con este objeto,
pues no quiso que toda la escuadra siguiese  Dudon, y confi su mando
 Sansoneto, tan buen guerrero en el mar como en la tierra, el cual
fu  anclar frente  Biserta,  una milla de la entrada del puerto.
Cumpliendo cual verdaderos cristianos, que no se determinan  acometer
empresa alguna sin implorar la gracia de Dios, Astolfo y Orlando
dispusieron que el ejrcito dedicase  la oracion y al ayuno los dias
que faltaban para el ataque, y que al llegar el tercero, estuviesen
todos preparados para marchar  la primera seal sobre Biserta, que
una vez conquistada, deberia ser entregada al pillaje y al incendio.
Despues de haber cumplido con las prcticas piadosas ordenadas por
sus jefes, los parientes, amigos y conocidos pasaron reunidos 
disfrutar de los modestos banquetes que debian restaurar sus fuerzas,
y  su conclusion se abrazaron repetidas veces derramando lgrimas y
dirigindose las tiernas palabras de despedida que suelen usarse entre
personas amadas en el momento de una separacion.

Dentro de Biserta, los sacerdotes y el afligido pueblo sarraceno hacian
tambien oracion, golpendose el pecho y llamando entre interrumpidas
lgrimas  su Mahoma, que no podia escucharlos. Cuntos ayunos,
cuntas promesas, cuntos donativos se ofrecieron privadamente al falso
profeta, y cuntos templos, altares y esttuas se le prometieron como
recuerdo de aquel apurado trance! Despues de recibir la bendicion del
Cad, el pueblo tom sus armas y volvi  guarnecer las murallas.

Descansaba aun la bella Aurora en su lecho al lado de su esposo Titon,
y la oscuridad reinaba todava por todas partes, cuando Astolfo por
un lado, y Sansoneto por otro, se apercibieron para el combate, y en
cuanto oyeron la seal dada por el Conde acometieron con irresistible
mpetu  Biserta. Baaba el mar dos lados de la ciudad: los otros dos
se asentaban sobre tierra firme, y estaban defendidos por elevados
muros de construccion antigua y singular. Estas eran sus nicas
fortificaciones; pues desde que el rey Branzardo se vi obligado 
encerrarse en ella, no pudo disponer de tiempo y brazos suficientes
para aumentar los medios de defensa.

Astolfo encarg al Rey de Nubia que causara en las almenas el mayor
dao posible con falricas[146], hondas y ballestas,  fin de quitar 
los sitiados las ganas de asomarse  ellas, y de que pudieran circular
sin dificultad ninguna los ginetes y peones que llevaban al pi de
las murallas piedras, tablas, vigas y mquinas de guerra. Pasbanse
de mano en mano los materiales necesarios para cegar los fosos, cuya
agua se habia cuidado de cortar el dia antes, por lo cual en muchos
sitios quedaba descubierto su cenagoso fondo: los soldados de Astolfo
trabajaron con tal ardor, que en breve los dejaron obstruidos y llenos,
y completamente nivelado el suelo hasta el mismo muro. Astolfo, Orlando
y Olivero dieron entonces la seal del asalto.

       [146] Arma enastada, arrojadiza, en cuyo hierro se ataban mechas
       de estopa untadas con pez, y les pegaban fuego cuando las
       arrojaban.

Los nubios, poseidos de una febril impaciencia, arrastrados por
la esperanza del saqueo, y sin hacer caso del peligro  que se
exponian, arremetieron los primeros contra la ciudad, cubiertos con
testudos[147], y llevando sus arietes y dems instrumentos blicos 
propsito para destruir las torres  derribar las puertas; pero no
hallaron desprevenidos  los sarracenos, que haciendo llover sobre
ellos,  manera de tempestad, hierro, fuego, piedras y enormes trozos
de almenas, desencajaban las tablas y las vigas de las mquinas de
guerra construidas en su dao. Mientras rein la oscuridad y durante
las primeras acometidas, sufrieron dolorosas prdidas los soldados
cristianos; pero en cuanto sali el Sol de su esplndido palacio, la
Fortuna volvi la espalda  los sarracenos.

       [147] Mquina blica  manera de concha de galpago con que se
       cubrian los soldados para arrimarse  las murallas y defenderse
       de las armas arrojadizas.

El conde Orlando hizo que se renovara el asalto con ms furia, tanto
por mar como por tierra: Sansoneto, que habia permanecido hasta
entonces en alta mar con sus buques, entr en el puerto, se acerc
 la ciudad, y desde bordo molestaba al enemigo con hondas, arcos y
varios tormentos, y al propio tiempo hacia desembarcar lanzas, escalas,
pertrechos de guerra y marineros, que auxiliaran  los de tierra.
Olivero, Orlando, Brandimarte y Astolfo combatian valerosamente en la
parte de la ciudad que se extendia tierra adentro. Cada uno de ellos
iba al frente de uno de los cuatro cuerpos en que habian dividido sus
huestes, y llevaban  cabo las ms brillantes proezas, ya en los muros,
ya en las puertas  en varias partes  la vez. De este modo se podia
apreciar el valor de cada cual mucho mejor que si hubiesen estado
reunidos: de este modo podian conocer los numerosos testigos de sus
hazaas cul de ellos era ms digno de premio  de alabanza.

Empujronse hcia las murallas torres de madera construidas sobre
ruedas,  hicieron que se adelantaran los elefantes, llevando otras
torres sobre sus anchos lomos, las cuales llegaban  tanta altura, que
excedian en elevacion  las almenas. Acudi Brandimarte, apoy una
escala contra el muro, y subiendo por ella, excit  sus soldados 
imitar su ejemplo. Los ms intrpidos se lanzaron tras l, bastndoles
para creerse seguros el tenerle en su compaa: nadie se tom el
cuidado de reparar si la escala era  no bastante slida para soportar
tanto peso: en cuanto  Brandimarte, no se ocupaba ms que del enemigo;
lleg combatiendo hasta lo alto de la escala, y al fin logr asirse
de una almena. Ayudndose con pis y manos, salt  ella, y empez
 esgrimir en torno suyo su terrible acero, y  hendir crneos y
atravesar pechos, magullando y derribando  cuantos se le oponian,
y haciendo prodigios de valor: pero en aquel momento, no pudiendo
resistir la escala el enorme peso que gravitaba sobre ella, se rompi,
y excepto Brandimarte, fueron  caer en el foso unos sobre otros todos
cuantos subian.

A pesar de este contratiempo, ni perdi el intrpido paladin su
audacia, ni pens en retroceder, por ms que se encontraba solo y
siendo blanco de los sitiados. Sus compaeros le gritaban que volviese
atrs, pero no quiso hacerles caso; y dando un salto desde el muro,
que tendria ms de treinta brazas de altura, cay en el interior de
la ciudad, sin hacerse dao alguno y como si hubiese hallado el duro
terreno lleno de pluma  paja. Acometiendo en seguida  cuantos vi
en su derredor, les hizo morder el polvo, atravesndolos  rajndolos
con su acero, como se atraviesa  corta un delgado pao. En su
incansable ardor, lo mismo embestia  unos que  otros, y tanto unos
como otros procuraban ponerse fuera de su alcance. Sus compaeros, que
le habian visto saltar al interior de la ciudad, temieron no poder
llegar bastante pronto para socorrerle. El rumor del riesgo que corria
circul en breve de boca en boca por todo el campo; la Fama, con rpido
vuelo, fu difundiendo la noticia y acrecentando el peligro, y lleg
sin plegar un momento sus voladoras alas  los diferentes sitios en
que Orlando, el hijo de Oton y Olivero se hallaban combatiendo. Estos
guerreros, y en especial el Conde, que amaban  Brandimarte y le tenian
en singular estima, sabiendo que el menor retraso podria hacerles
perder tan excelente compaero, se abalanzaron  las escalas; subieron
 las murallas por distintos puntos  la vez, y rivalizando en audacia,
se mostraron tan resueltos y animosos  la par, que su solo aspecto
hizo temblar  los enemigos.

As como en medio de una deshecha tempestad, acometen las olas  un
temerario bajel, procurando entrar por la proa  por los costados
con rabia y con furor, mientras el piloto suspira, gime y pierde el
valor y las fuerzas en el momento en que deberia echar mano de todos
sus recursos, hasta que una ola ms poderosa que las dems logra
penetrar en el buque, y da libre paso  las otras, que se precipitan
por donde entr aquella, as tambien, en cuanto escalaron los muros los
tres paladines, abrieron tan ancho camino, que sus soldados pudieron
seguirles con toda seguridad, subiendo por las mil escalas que habian
fijado al pi de las murallas. Entre tanto, los macizos arietes abrian
numerosas brechas con tan buen xito, que por ms de un sitio podian
acudir los sitiadores en socorro del animoso Brandimarte.

Con un furor igual al que anima al altivo rey de los rios, cuando
rompe sus mrgenes y diques y se abre ancho paso  travs de los
campos ocneos, arrastrando entre sus turbias ondas los feraces surcos,
las fecundas mieses, las cabaas, los rebaos, los perros y hasta
los pastores, y haciendo que los peces naden sobre las copas de los
olmos en donde poco antes solian revolotear los pajarillos, con un
furor semejante se precipit la impetuosa hueste cristiana por las
distintas brechas de las murallas, entrando con la tea incendiaria y
con el hierro  destruir la mal defendida ciudad. El asesinato, el
saqueo, el incendio y todos los excesos imaginables consumaron en un
momento la ruina de la rica y triunfal Biserta, de aquella ciudad reina
de toda el frica. El suelo estaba sembrado de cadveres por todas
partes: la sangre derramada por infinitas heridas formaba un lago ms
scio y cenagoso que el que cie en torno la ciudad de Dite: el fuego,
comunicndose de unos edificios  otros, devoraba palacios, prticos
y mezquitas: los lamentos, los alaridos y el rumor de los golpes
con que cada cual se heria el pecho en su desesperacion, resonaban
lgubremente en las estancias vacas y saqueadas.

Vease salir  los vencedores por las funestas puertas cargados de rico
botin; unos con vasos preciosos, otros con riqusimas telas y otros con
objetos de oro y plata dedicados desde tiempo inmemorial al servicio
de las mezquitas: muchos soldados se llevaban cautivos  los nios,
otros  sus madres desconsoladas; se cometieron, por fin, estupros,
violaciones y otros actos de barbarie, que ni Orlando ni el Duque
ingls pudieron evitar,  pesar de haber llegado  su noticia una gran
parte de ellos.

El bravo Olivero di la muerte  Bucifar, rey de los algaceres:
Branzardo, reducido al ltimo extremo y perdida ya toda esperanza, se
quit la vida por su propia mano: el duque del Leopardo hizo prisionero
 Fulvo, que muri  consecuencia de las tres heridas que recibiera.
Tal fu la suerte de los tres guerreros  quienes el Rey de frica
confi al partir la custodia de sus estados.

Entretanto Agramante habia abandonado su escuadra y huido con Sobrino:
al ver desde lejos el incendio que se extendia por la costa, llor
y suspir por su Biserta; pero cuando supo al saltar en tierra los
desastres que habian acontecido en su reino, quiso suicidarse,
y hubiera llevado  cabo su intento si Sobrino no lo impidiera,
dicindole:

--No podrian alcanzar tus enemigos una victoria ms grata que la de
saber que te habias dado la muerte, porque de este modo alimentarian la
esperanza de gozar tranquilamente de sus conquistas. Tu vida impedir
semejante alegra, pues mientras existas tendrn siempre motivos de
temor: harto conocen que no pueden enseorearse por mucho tiempo
del frica, como no sea por muerte tuya. Al morir, privarias  tus
sbditos de la esperanza, nico bien que nos queda. Si vives, confio
en que nos salvars, alejando los males que pesan sobre nosotros,
y restituyndonos la tranquilidad y la alegra. Muriendo t, estoy
persuadido de que seremos esclavos del vencedor, y el frica su
desolada tributaria. Vive, pues, Seor, si no para t,  lo menos para
no agravar la desesperada situacion de los tuyos. Tienes la seguridad
de que el Soldan de Egipto, con cuyos estados confina tu reino, te
auxiliar con gente y dinero; pues nunca sufrir que el hijo de Pepino
adquiera tal predominio en frica: adems, tu pariente Norandino vendr
con todas sus fuerzas para devolverte lo perdido, y en cuanto llames 
los turcos, armenios, persas, rabes y medos, acudirn veloces en tu
socorro.

Con estas y parecidas frases procuraba el prudente anciano avivar
en el corazon de su seor la esperanza de reconquistar en breve el
frica, por ms que l mismo careciera de ella. Demasiado sabia cunto
gime y suspira en vano y cun apurada y extrema es la situacion del
que se deja arrebatar su reino y acude al auxilio de los Brbaros
para rescatarlo. Una prueba de esta verdad nos la ofrecieron Annibal
y Yugurta en los tiempos antiguos[148]; y en los modernos, Luis el
Moro, cautivo de otro Luis. Escarmentado con tales ejemplos vuestro
hermano Alfonso ( vos me dirijo, Seor mio), ha considerado siempre
como un loco al que fia en los otros ms que en s mismo; y por esta
razon, cuando la clera implacable de un pontfice irritado le declar
la guerra, supo resistir  las promesas y  las amenazas, y no quiso
ceder  otros sus estados, aunque en sus escasos medios de defensa no
le fuera posible extenderse demasiado, y  pesar de ver arrojados de
Italia  sus defensores y dueos del reino  sus enemigos[149].

       [148] Derrotado Annibal por Escipion el Africano, se refugi
       en los estados de Prusias, rey de Bithinia. Habiendo pasado
       Flaminio  la corte de Prusias, en calidad de embajador de Roma,
       el rey de Bithinia, queriendo congraciarse con los romanos,
       mand prender  Annibal para entregrselo; pero advertido el
       general cartagins, se envenen con un tsigo que llevaba
       siempre en una sortija.

       Yugurta, rey de Numidia, fu vencido dos veces por los romanos
       y obligado  refugiarse en los estados de Boco, rey de Numidia,
       que le entreg al dictador romano Sila.

       [149] Como el duque Alfonso de Ferrara ayud  los franceses
       en la batalla de Rvena, se acarre la enemistad del Papa, el
       cual le declar la guerra apoyado por los suizos; pero aunque
       Alfonso veia entonces  Ferrara asediada por los venecianos, 
       los espaoles sus enemigos dueos de Npoles, y expulsados de
       la Pennsula  los franceses sus aliados, no quiso apelar al
       socorro de los alemanes, ni ceder el Estado  quien se lo pedia
       ofrecindole defenderle de aquellas injurias.

El rey Agramante habia mandado hacer rumbo hcia Levante,  iba
navegando por alta mar, cuando se vi sorprendido por una violenta
tempestad producida por un impetuoso viento de tierra. El piloto que
gobernaba el buque exclam:

--Veo que se prepara una tormenta tan borrascosa, que la nave no podr
resistirla. Si quereis seguir mi consejo, seores, ser conveniente
arribar  una isla prxima que est  la izquierda, y en la que
podremos esperar  que pase el furor de la tempestad.

Consinti Agramante en ello, y se salv de aquel peligro refugindose
en la isla, que para abrigo de los navegantes est situada entre el
frica y las fraguas del Vulcano[150]. No se veia habitacion alguna
en toda la isla, cuyo suelo estaba cubierto de humildes mirtos y de
enebros: retiro plcido y favorito de los ciervos, de los gamos,
liebres y cabritos, era conocida tan solo de los pescadores, que solian
tender y secar sus hmedas redes en las peladas zarzas, concediendo
mientras tanto algun reposo  los pescados en el fondo del mar.

       [150] Esta isla es la de Lampedusa, situada en el Mediterrneo 
       36 leguas S. E. de Sicilia y 20 E. de frica.

All encontraron otro bajel que por fortuna suya habia podido
guarecerse de la tempestad:  su bordo se hallaba, procedente de
Arls, el gran guerrero que ceia la corona de Sericania. Cuando los
dos monarcas se vieron en la playa, corrieron  abrazarse con alegra
y deferencia, pues ambos eran muy amigos, y poco antes habian peleado
juntos ante los muros de Pars. Gradasso escuch el relato de las
desventuras de Agramante con verdadero disgusto, y procur consolarle,
ofrecindose en persona  auxiliarle; pero le disuadi de ir al desleal
pas de Egipto en demanda de socorro.

--Pompeyo ensea  los reyes fugitivos, le dijo, si es  no peligroso
pasar  aquel pas[151]; y como me has dicho que Astolfo ha venido 
arrebatarte el frica con la ayuda de los etopes, sbditos del rey
Senapo, que ha reducido  cenizas la capital, y que  su lado pelea
Orlando, cuya cabeza estaba hasta hace poco tan exhausta de razon, se
me ha ocurrido un magnfico remedio para hacerte salir de situacion
tan angustiosa. Acometer en favor tuyo la empresa de retar al Conde 
combate singular; y aunque su cuerpo fuese de cobre  de hierro, estoy
seguro de que no podr resistirme.

       [151] Vencido Pompeyo por Csar en la batalla de Farsalia, huy
        Egipto, cuyo rey Tolomeo XII le hizo degollar y envi su
       cabeza al vencedor.

Muerto el Conde, las huestes cristianas huirn ante nosotros como los
corderillos ante un lobo hambriento: despues me ser muy fcil obligar
 los nubios  que evacuen el frica; har que los otros nubios,
separados de tus enemigos por el Nilo y por la diferencia de religion,
y los rabes y macrobios, ricos de oro y de gente los primeros y de
caballos los segundos, los persas, los caldeos, pueblos todos  los
que con otros muchos alcanza mi cetro, lleven de tal modo la guerra 
la Nubia, que sus habitantes no permanecern por mucho tiempo en sus
estados.

Parecile muy oportuno  Agramante el segundo proyecto del rey
Gradasso, y di mil gracias  la Fortuna por haberle llevado  la isla
desierta; pero no quiso consentir bajo ningun concepto que Gradasso
peleara con Orlando por su causa, aunque la reconquista de Biserta
fuese el premio de su victoria, parecindole que su aquiescencia
menoscabaria su honor.

--Si se ha de desafiar  Orlando, respondi, soy yo quien debe pelear
con l: pronto me vers dispuesto  retarle; despues, haga Dios lo que
mejor le parezca de m.

--Hagamos otra cosa mejor que se me ha ocurrido ahora, repuso Gradasso;
luchemos los dos  la vez con Orlando y con otro cualquiera de los
suyos.

--Con tal de que yo tome parte en el combate, replic Agramante, poco
me importa ser el primero  el segundo: por lo dems, confieso que no
podria encontrar en el mundo un compaero de armas mejor que t.

--Y yo, dnde me quedo? pregunt entonces Sobrino. Si os parezco
demasiado viejo, tengo en cambio ms experiencia, y en el peligro, es
conveniente en alto grado unir la pericia  la fuerza.

Era Sobrino un anciano que,  pesar de su avanzada edad, conservaba
todo su vigor y robustez, y era capaz de llevar  cabo todava famosos
hechos de armas: l mismo aseguraba que sentia circular la sangre por
sus venas con igual ardor que en sus verdes y juveniles aos.

Admitieron su demanda como justa, y acto contnuo se procuraron un
mensajero que pasase  la costa africana  desafiar de su parte
al conde Orlando, el cual deberia pasar con otros dos caballeros
armados  Lampedusa, pequea isla baada en todo su derredor por el
Mediterrneo. El mensajero naveg sin cesar haciendo fuerza de vela y
remo, y lleg en breve  Biserta, donde encontr  Orlando ocupado en
repartir entre sus soldados el botin y los cautivos.

El enviado desempe pblicamente la comision que le confiaran
Gradasso, Agramante y Sobrino, oyndola con tanto jbilo el prncipe
de Anglante, que le colm de esplndidos y honorficos regalos. Habia
sabido por sus compaeros que Gradasso llevaba ceida su excelente
Durindana, y en su afan de recobrarla, tenia resuelto ir hasta la
India, creyendo que el Rey de Sericania no podria estar en otra parte
despues de haberse ausentado de Francia. Al recibir la noticia de que
se hallaba tan cerca de l, se apresur  aceptar el reto, esperando
recobrar su espada, la hermosa trompa de Almonte y el excelente
Brida-de-Oro, que, segun supo tambien, habia ido  parar  poder del
hijo de Trojano.

Eligi por compaeros de aquel combate al leal Brandimarte y  su
cuado, cuyo valor habia tenido ocasion de conocer, y le constaba
asimismo que ambos le amaban en extremo. Dedicse  buscar por todas
partes buenos caballos, buenas corazas, buenas mallas, y espadas y
lanzas para s y para sus compaeros; pues segun debeis saber, no
contaban en frica con sus armas habituales. Os he dicho muchas veces
que el seor de Anglante fu arrojando por el suelo todas las suyas
cuando se sinti acometido por su furor insensato, y que Rodomonte
se habia apoderado de las de los otros dos caballeros, que estaban
depositadas en la torre contigua al sepulcro de Isabel. En frica no
podian proporcionarse muchas, tanto por haberse llevado Agramante todo
lo que era  propsito para combatir en Francia, como tambien porque
en aquel pas siempre habia pocas. Sin embargo, Orlando orden que
se reunieran todas las que pudieran hallarse, bruidas  mohosas, y
mientras tanto paseaba por la playa hablando con sus compaeros de la
lucha futura.

Sucedi que habindose alejado del campamento ms de tres millas, al
tender la vista por el mar, vi un buque que se dirigia  toda vela
hcia la costa de frica. Aquel bajel se adelantaba solo, sin piloto ni
marineros, y  merced del viento  de la suerte: as es que, al llegar
cerca de la costa, encall en la arena.

Pero antes de seguir ocupndome de este asunto, el cario que siento
por Rugiero me obliga  continuar su historia, ordenndome que prosiga
narrando lo que  l y al seor de Claramonte se refiere. Dej 
entrambos guerreros en el momento en que suspendian su combate, al
ver rotos los convenios y los pactos y trabada la batalla entre
los dos ejrcitos. En seguida procuraron inquirir por medio de sus
respectivos compaeros de armas quin habia sido el primero en violar
sus juramentos y dado lugar  tanto dao, si el emperador Crlos  el
rey Agramante.

En tanto, uno de los escuderos de Rugiero, jven fiel, astuto y
perspicaz, que no habia perdido de vista  su seor  pesar de lo
confuso y encarnizado de la batalla, se lleg  l, presentndole su
espada y su caballo, para que pudiese socorrer  los africanos. El
hroe mont en su palafren, cogi la espada, y no queriendo tomar parte
en la pelea, alejse del campo de batalla, despues de ratificarse en el
convenio que habia hecho con Reinaldo; esto es, de que si Agramante era
realmente el perjuro, le abandonaria con su infame secta.

Durante todo aquel dia no quiso Rugiero hacer uso de sus armas:
cuidse tan solo de detener  unos y  otros, preguntndoles quin
fu el primero en acometer, si su monarca  el de los cristianos.
Oy confesar  todos que fu Agramante quien viol sus juramentos;
pero como el jven guerrero amaba  su seor, creia cometer una grave
falta dejando su servicio por esta causa. He dicho antes que el
ejrcito sarraceno fu dispersado, deshecho y precipitado desde lo
alto de la voluble rueda de la Fortuna, como plugo  Aquel que hace
girar el mundo. Recogido en s mismo Rugiero, se puso  reflexionar
en si deberia quedarse  seguir  su seor: por una parte, el
amor de Bradamante refrenaba sus deseos de regresar al frica, y
le incitaba  quedarse, amenazndole con una pena dolorosa, si no
observaba estrechamente el juramento y el pacto que habia hecho con
el paladin Reinaldo: por otra parte le estimulaba con no menos fuerza
la consideracion de que, si abandonaba  Agramante en situacion tan
crtica, podrian tacharle de vil y de cobarde, y de que si para muchos
seria buena la causa de su permanencia, otros muchos la admitirian
con dificultad, y no pocos dirian que no debe observarse un juramento
ilcito  injusto.

Todo aquel dia, la noche siguiente y el otro dia estuvo  solas, y sin
que su fatigada mente le sacara de aquella perplejidad. Por ltimo,
resolvi reunirse  Agramante, y pasar al frica con este objeto. Mucho
podia en l el amor conyugal; pero era mayor el imperio del deber y el
honor.

Volvi  Arls, esperando encontrar todava la armada que le
trasportara al frica; pero no hall bajel alguno en el mar ni en el
rio, ni vi ningun sarraceno, como no fuesen los muertos en la batalla.
Agramante se llev al partir todas sus naves mejores,  incendi en
el puerto las dems. Viendo Rugiero burlada esta esperanza, dirigise
 Marsella, siguiendo el camino de la costa, y llevando el propsito
de apoderarse de un buque que de grado  por fuerza le condujera  las
playas africanas. Ya habia llegado all el hijo del dans con la armada
de los brbaros cautiva: el inmenso nmero de embarcaciones ancladas en
el puerto y cargadas de vencedores y vencidos cubria de tal modo las
aguas, que no se hubiera podido echar en ellas un grano de mijo. Dudon
habia conducido  Marsella todas las naves de los paganos que pudieron
escapar del fuego y del naufragio aquella terrible noche, excepto unas
pocas que consiguieron huir: entre los cautivos figuraban siete reyes
de diferentes pases de frica, que al ver destrozada la flota, se
rindieron con sus siete navios, y estaban agobiados por un profundo
sentimiento, mudos y llorosos.

Dudon habia saltado en tierra con el objeto de ir aquel mismo dia 
presentarse al Emperador: desembarc con toda pompa, seguido de los
cautivos y del botin conquistado, de modo que su entrada en Marsella
fu una marcha triunfal: despues coloc los prisioneros  lo largo
de la playa, en torno de los cuales circulaban alegres los nubios
vencedores, haciendo resonar el aire con el nombre glorioso de Dudon.

Rugiero, que se hallaba todava  alguna distancia, supuso que aquella
era la armada de Agramante, y para saber la verdad, clav el acicate
 su caballo; pero al llegar ms cerca, conoci entre los cautivos al
Rey de los nasamones,  Bambirago, Agricalte, Farurante, Rimedonte,
Manilardo y Balastro, que tenian la cabeza inclinada derramando tristes
lgrimas. Rugiero sentia hcia ellos un afecto sincero, y por lo mismo
no pudo tolerar que estuvieran reducidos  tan miserable suerte:
comprendiendo que en aquella ocasion era preciso recurrir  la fuerza,
pues los ruegos serian completamente intiles, baj la lanza, acometi
 los guardias que los custodiaban, y empez  hacer sus proezas
acostumbradas: empu en seguida la espada, y en un instante tendi 
ms de cien contrarios  sus pis. Dudon oy los gritos, vi el estrago
que en los suyos hacia Rugiero, aunque sin conocer al que lo causaba;
contempl  los nubios que huian sin aliento y sobrecogidos de temor
y de angustia, y requiriendo su escudo, su yelmo y su corcel, mont 
caballo, empu la lanza y vol animoso al combate, cual convenia  un
paladin de Francia. Orden  los suyos que se retirasen, y clavando los
acicates al caballo, lleg donde estaba Rugiero, que entre tanto habia
hecho otras cien vctimas y reanimado la esperanza de los cautivos: al
ver  Dudon que se dirigia hcia l, solo y  caballo, mientras que los
dems estaban  pi, juzg que era el jefe de aquellas tropas, y le
embisti  su vez.

Al observar Dudon, en medio de su veloz carrera, que Rugiero le
acometia sin lanza, arroj la suya, desdeando la ventaja que le
proporcionaba sobre su adversario. Rugiero, comprendiendo toda la
delicadeza de aquella accion, dijo entre s:--Mi enemigo no puede
menos de ser uno de esos guerreros esforzados  quienes se llama
Paladines de Francia. Antes de pasar adelante, quiero saber su nombre,
si tiene  bien decrmelo.--Preguntselo as, y supo que era Dudon,
hijo de Ogiero el dans. Igual pregunta dirigi este  Rugiero, el cual
satisfizo su curiosidad con no menor cortesa. Una vez conocidos sus
nombres, se desafiaron y empez el combate.

Dudon empuaba la ferrada maza, que en mil empresas le habia dado
eterno renombre: al esgrimirla, demostraba claramente que era digno
hijo del valeroso dans. Rugiero desenvain aquella espada que no
tenia rival en el mundo para abrir cascos y corazas, y en breve hizo
conocer que su valor en nada desmerecia al del paladin Dudon; pero,
como tenia constantemente fija en su imaginacion la idea de ofender 
su dama lo menos que le fuese posible, y le constaba que hiriendo  su
contrincante, la ofenderia (pues conocedor de las casas ms ilustres de
Francia, sabia que la madre de Dudon era Armelina, hermana de Beatriz
y tia de Bradamante), procuraba por esta razon no herirle de punta, y
se limitaba  dirigirle escassimas cuchilladas, y  defenderse de los
golpes de la maza, ya parndolos, ya esquivndolos.

Turpin es de opinion de que la victoria habria quedado por Rugiero,
pues  los pocos golpes le hubiera sido fcil dar muerte  Dudon; pero
todas las veces que este qued al descubierto, se content con herirle
de plano. Rugiero podia usar tanto de plano como de filo su espada, que
era bastante gruesa; y en esta ocasion la vibraba con tanta fuerza y
agilidad, que deslumbrado y aturdido Dudon por el contnuo martilleo,
apenas podia sostenerse en la silla.

Pero  fin de ser ms agradable al que me escucha, aplazar mi canto
para otra ocasion.




CANTO XLI.

  Dudon cede  Rugiero los siete reyes cautivos.--El campeon sarraceno
  se embarca con ellos: una deshecha tempestad echa  pique su
  nave.--Rugiero se salva  nado.--Un verdadero siervo de Dios le
  convierte al cristianismo.--Combate de Orlando, Brandimarte y Olivero
  con los tres reyes moros, en el que queda herido Sobrino y muertos
  Gradasso y Agramante.


Los perfumes que un apuesto jven  una hermosa doncella,  quienes
el amor causa con frecuencia apasionado llanto, esparcen en sus
cabellos  en sus elegantes trajes, exhalan y desprenden en derredor
sus aromticos efluvios, y durante muchos dias conservan su fragancia,
dando un testimonio claro y evidente de su excelencia primitiva. El
benfico licor que, por desgracia suya, hizo Icario probar  sus
pastores[152], y en cuya busca pasaron los Alpes en otro tiempo los
celtas y los boios sin sentir el cansancio[153], manifiesta que si al
principio es dulce, lo es mucho ms pasado un ao. El rbol que no
pierde sus hojas durante el rigor del invierno, demuestra que al llegar
la primavera conservaba todava su verde ramaje. La nclita estirpe que
de tan diversos modos se mostr siempre rodeada de la aurola de la
hidalgua, cuyo brillo y esplendor aumenta sin cesar, atestigua y hace
presumir claramente que el progenitor de la ilustre casa de Este debia
brillar, como el Sol entre las estrellas, por esas obras virtuosas y
laudables que remontan  los hombres hasta el Cielo.

       [152] Icario, hijo de Ebalo y padre de Erigona, di 
       Baco hospitalidad en cierta ocasion, y queriendo el Dios
       recompensarle, le regal una cepa de via, le ense  hacer el
       vino y le dej un odre lleno de este licor. Habiendo Icario dado
       vino  algunos de sus pastores, se emborracharon, y creyendo que
       les habia dado veneno, le mataron y arrojaron  un pozo.

       [153] Los celtas, boios y otros pueblos de orgen galo
       diseminados por la Galia y la Germania, atraidos por las
       dulzuras del vino, atravesaron los Alpes para pasar  Italia, y
       apoderndose de los cultivados campos de los etruscos, llevaron
        sus pases muestras de vino para incitar  las dems gentes 
       apoderarse totalmente de la Italia.

Acostumbrado Rugiero  imprimir en todas y cada una de sus notables
acciones el ostensible sello de su valor sublime y de su cortesa, y 
patentizar la magnanimidad siempre creciente de su corazon, se mostr
del mismo modo en su combate con Dudon, abstenindose de emplear todo
su vigoroso esfuerzo por temor de darle muerte. Dudon sospech con
verosimilitud que Rugiero no queria matarle, porque habindose quedado
ms de una vez  descubierto, y estando tan cansado que apenas podia
resistir  su adversario, este renunci  hacer uso de su superioridad.
Cuando se persuadi de que Rugiero respetaba su vida y procuraba no
herirle, resolvi igualarle en delicadeza, ya que en fuerza y vigor era
muy inferior  l.

--Por Dios, le dijo, dejemos el combate, ya que la victoria no puede
ser mia. As lo reconozco, y me confieso vencido y  merced de tu
generosidad.

Rugiero le respondi:

--Tambien yo deseo la paz, pero con la condicion de que me entregues en
libertad  esos siete reyes que tienes ah encadenados.

Y le mostr los siete reyes que estaban cargados de cadenas y con la
frente inclinada, segun dije antes, exigiendo que no le estorbara su
regreso al frica con ellos. El Paladin accedi  tal demanda, y le
concedi adems que eligiese el buque que fuera ms de su agrado para
pasar  su pas. Rugiero lo hizo as; se desataron las amarras de la
nave, desplegronse las velas y se entregaron  merced del viento,
que al principio impuls con soplo favorable la hinchada lona con
gran contento del piloto. Fu huyendo la costa de la vista de los
navegantes, y al poco tiempo acab por desaparecer de tal modo, que no
parecia sino que el mar se habia quedado sin lmites ni orillas.

Hcia la caida de la tarde di  conocer el viento claramente su
perfidia y sus malas artes: desde la popa salt  la proa, en la que no
permaneci fijo mucho tiempo, sino que fu dando vueltas en derredor
del buque, y burlando los esfuerzos del piloto; pues tan pronto soplaba
por delante como por detrs  por los costados: elevbanse las olas
arrogantes y amenazadoras, produciendo montaas de mugiente espuma:
cada una de ellas parecia mostrarse pesarosa  indecisa de tantas
muertes como todas juntas iban  producir.

Los vientos continuaban encontrados: unos hacian avanzar la
embarcacion, otros la obligaban  retroceder y otros la acometian de
travs, amenazndola todos con sumergirla. El piloto que dirigia la
maniobra, lanzaba fuertes suspiros; plido y turbado gritaba  indicaba
intilmente por medio de seas que virasen  amainasen las velas; pero
de poco le servian sus seas y sus gritos, pues la lluvia y las sombras
de la noche impedian que se distinguieran los ms prximos objetos, y
la voz iba  perderse sin dejarse escuchar por el aire, herido entonces
con mayor fuerza por los gritos unnimes de los navegantes y por el
fragor que producian las olas al romperse, de suerte que en la popa, en
la proa  en una y otra banda era absolutamente imposible oir las voces
de mando.

El viento despedia horribles silbidos al chocar contra el aparejo:
inflamaban el aire frecuentes relmpagos: en el Cielo rimbombaban
truenos espantosos. Corrian los marineros aterrados, unos al timon,
otros  los remos; otros se esforzaban en atar  desatar las cuerdas,
segun la necesidad, y muchos se dedicaban  extraer el agua de la
embarcacion, devolviendo el mar al mar. El soplo incesante del Breas,
cada vez ms furioso, daba nuevo aliento al fragor creciente de aquella
horrible tempestad: las velas azotaban  los mstiles, produciendo
estridentes sonidos: las olas se elevaban cada vez ms, y casi llegaban
al Cielo: hicironse pedazos los remos, y la implacable borrasca desat
su impetuoso furor hasta tal extremo, que se inclin el buque por la
proa, tocando en la superficie del mar su desarmada borda. Toda la
banda derecha fu  parar debajo del agua, y el buque estuvo  punto de
quedar con la quilla hcia arriba; al verse los tripulantes expuestos 
caer en el profundo abismo, lanzaron gritos de terror, encomendndose
al Todopoderoso. Juguetes de la Fortuna, librronse de aquel peligro
para precipitarse en otro no menos terrible; pues la nave empez 
abrirse por muchas partes, dando paso  las enemigas olas.

El impetuoso temporal no cedia en sus embates crueles y aterradores. A
veces veian los navegantes que avanzaban las olas tan desmesuradamente
elevadas, que parecian tocar con su espumosa cresta en los cielos:
otras veces se veian ellos mismos levantados  tanta altura, que al
mirar abajo creian ver los abismos infernales. Poca  ninguna era ya
su esperanza, y si acaso les quedaba alguna, se desvanecia ante el
espectculo de una muerte inevitable.

Toda la noche fueron recorriendo errantes los distintos mares
adonde les arroj el viento, que, en vez de cesar, redobl su furia
al amanecer. De pronto descubrieron un pelado escollo: hicieron
desesperados esfuerzos para esquivarlo, pero no les fu posible, porque
el tempestuoso mar y el aquilon les echaban sobre l  pesar suyo. El
piloto, plido de espanto, apel tres  cuatro veces  todo su vigor
para dar vuelta al timon; pero rompindose este, fu arrebatado por el
mar. El viento hinchaba las velas con tanta fuerza, que no era posible
calarlas poco ni mucho: prximos  estrellarse contra aquel fatal
peasco, no tenian ya tiempo para deliberar ni para evitar su ruina.

Conociendo que no habia remedio para la irreparable prdida de la
nave, cada cual se atuvo  su inters particular; cada cual atendi
exclusivamente  salvar su vida, y todos  porfa se precipitaron en
la lancha, que repentinamente cargada con el peso de tanta gente como
en ella procuraba refugiarse, amenazaba zozobrar. Rugiero, que vi
al cmitre, al contramaestre y al resto de la tripulacion abandonar
en tropel el buque, quiso asimismo salvarse en la frgil barquilla,
sin armas y en jubon como se hallaba; pero la encontr tan cargada
ya, y eran tantos los fugitivos que sucesivamente la invadian, que
fu hundindose por momentos hasta desaparecer enteramente bajo las
olas, sepultando en ellas  cuantos esperaron librarse de la muerte
abandonando el bajel. Entonces se oyeron angustiosos y lastimeros
gritos implorando el socorro del Eterno; pero estos gritos no llegaron
hasta las celestiales regiones, porque precipitndose el mar lleno
de furiosa rabia, cerr de improviso toda salida  los quejidos y
lamentos. La mayor parte de los nufragos qued para siempre en el
fondo del abismo; los otros pudieron salir, flotando  merced de las
olas; otros sacaban la cabeza y procuraban salvarse  nado: por un lado
veanse brazos luchando con la muerte; por otro piernas desnudas.

Rugiero, despreciando el furor de la tempestad, se remont desde el
fondo  la superficie de las aguas, y vi  corta distancia el pelado
escollo de que l y sus compaeros habian procurado huir intilmente.
Esperando hallar un refugio en la roca, se puso  nadar vigorosamente,
despidiendo fuertes resoplidos  fin de rechazar las importunas olas
que inundaban su rostro.

Mientras tanto el viento y la tempestad iban empujando la vaca
embarcacion, totalmente abandonada por aquellos que, en su afan de
salvarse, corrieron por desgracia suya  la muerte. Cun falaz es
la esperanza humana! Salvse la nave que debia perecer, en cuanto el
piloto y los marineros la dejaron flotar sin rumbo ni gobierno. No
parecia sino que el viento hubiese cambiado de opinion al ver la fuga
de todos los tripulantes; pues apenas evacuaron estos el buque, hizo
que siguiera mejor rumbo, sin tocar tierra y deslizndose por mares ms
tranquilos: mientras que bajo la direccion del piloto fu incierto su
derrotero, apenas careci de ella, lo enderez directamente al frica,
fu  parar cerca de Biserta, dos  tres millas ms hcia Egipto,
y faltndole el viento y el agua, qued encallado en la estril y
desierta arena.

La casualidad hizo que Orlando se paseara por aquella playa cuando var
la nave. Deseoso el Paladin de saber si venia sola, vaca  cargada,
salt en un ligero esquife, acompaado de Brandimarte y Olivero, y
los tres pasaron  su bordo. Pusironse  registrar la embarcacion
por todas partes, y quedaron sorprendidos al no ver en ella ningun
ser humano: tan solo encontraron el caballo Frontino, la armadura y
la espada de Rugiero, el cual, en su precipitacion por salvarse del
naufragio, no habia tenido tiempo de recoger sus armas. Orlando conoci
en seguida aquella espada, llamada Balisarda, por haberle pertenecido
en otro tiempo. Tengo noticia de que habeis leido la historia en que
se manifiesta cmo se la arrebat  Falerina, cuando destruy sus
magnficos jardines; cmo Brunel se la rob despues al Conde, y cmo la
regal el astuto africano  Rugiero al pi del monte de Carena.

Orlando habia tenido frecuentes ocasiones de experimentar las
maravillosas propiedades de aquel acero: por eso se llen de jbilo
al verle de nuevo en su poder, y di fervorosas gracias al Eterno,
persuadido (como lo manifest despues repetidas veces) de que Dios se
lo enviaba para que se sirviese de l en su prximo combate con el
seor de Sericania, que  su incontrastable valor, reunia la doble
ventaja de poseer  Bayardo y Durindana. En cuanto  la armadura, como
ignoraba su procedencia, no le pareci una cosa tan sublime como se lo
parecia al que acostumbraba  resguardarse con ella; y aun cuando la
crey buena, admir mucho ms su adorno y su riqueza. Siendo su cuerpo
invulnerable, poca falta le hacian las armas defensivas: as es que
cedi todas aquellas  Olivero, menos la espada, que tuvo buen cuidado
de ceirse: Brandimarte se qued con el corcel. De esta suerte, quiso
el Conde que se repartieran entre los tres compaeros de armas los
objetos hallados en el buque.

Deseando todos ellos presentarse el dia de la batalla con
magnificencia, procuraron engalanarse con trajes nuevos y ricos.
Orlando hizo bordar en su divisa la torre de Babel destruida por el
rayo. Olivero quiso ostentar un perro de plata echado, con la trailla
sobre el lomo, y estas palabras: _Hasta que venga_: quiso adems que
la veste fuese de oro y digna en un todo de l. Brandimarte determin
vestir una sobrevesta oscura y triste, en seal de luto por la muerte
de su padre, y tambien por su propia dignidad. Flor-de-lis se esforz
cuanto pudo en hacerla ms bella y airosa, aadindole en derredor
una franja de pao sencillo entretejida de piedras preciosas, que
resaltaban sobre el color oscuro del ropaje.

La tierna amante hizo por su mano aquella sobrevesta, digna de armadura
ms lujosa, que el caballero debia vestir sobre su coraza,  hizo
tambien la gualdrapa que habia de cubrir la grupa, el pecho y las
crines del caballo. Pero desde el dia en que empez aquel trabajo hasta
el en que le termin sin interrupcion y aun mucho despues, desapareci
de su rostro la alegra. Oprimia su corazon el temor, el continuado
tormento de que su Brandimarte fuese arrebatado  su cario. Ms de
cien veces le habia visto arrostrar los peligros de las batallas, y
sin embargo, nunca sinti el temor que entonces le helaba la sangre y
marchitaba los hermosos colores de su rostro. Esta zozobra, desconocida
para ella, redoblaba la angustia de su corazon.

Cuando los tres caballeros tuvieron listas sus armas y sus arneses,
se hicieron  la mar, dejando  Astolfo y Sansoneto encargados del
ejrcito y de la prosecucion de la conquista. Flor-de-lis, entregada
 la desesperacion y dirigiendo al Cielo sus querellas, fu siguiendo
con la vista el bajel hasta que desapareci en el horizonte. Astolfo
y Sansoneto no pudieron arrancarla de la playa sino  costa de mucho
trabajo, y la acompaaron al palacio, dejndola tendida en su lecho
temblorosa y desconsolada.

Mientras tanto una aura favorable impulsaba el bajel  cuyo bordo iban
los tres escogidos caballeros, que tardaron poco en llegar  la isla
en donde debia tener efecto el combate. El caballero de Anglante, su
cuado Olivero y Brandimarte saltaron en tierra, y levantaron su tienda
hcia el lado oriental de la isla. Agramante lleg el mismo dia y
acamp en el lado contrario; pero como se acercaba la noche, aplazaron
la lucha para la siguiente aurora. Por una y otra parte se apostaron
centinelas armados que custodiaron las tiendas hasta el nuevo dia.

Durante la noche pas Brandimarte, con permiso de Orlando, al
alojamiento de los sarracenos, con objeto de hablar al Rey de frica,
de quien habia sido amigo, y bajo cuyas banderas pas en otro tiempo
 Francia. Despues de haberse cambiado recprocos saludos y muestras
de deferencia, procur el leal caballero, con amistosas razones,
disuadir al Rey pagano del proyectado combate, prometindole en nombre
de Orlando que se le restituirian todas las ciudades situadas entre
el Nilo y las columnas de Hrcules, con tal que creyese en el Hijo de
Maria.

--El cario que siempre os he profesado y os profeso todava, me induce
 daros este consejo; y podeis creer que lo considero excelente, cuando
yo mismo lo he adoptado. Por fortuna mia he conocido que Jesucristo es
el verdadero Dios, y Mahoma un insensato; y siendo as, me complacera
en extremo veros, merced  mis esfuerzos, en el camino que yo sigo, que
es el de la salvacion, y con vos  todos cuantos amo. En esto consiste
vuestro bien; la mejor determinacion que podeis tomar es esta, pues
cualquiera otra que adopteis no os valdr tanto, y menos que todas la
de combatir con el hijo de Milon; porque la utilidad de la victoria
no podr compararse con las desgracias que sern consecuencia de una
probable derrota. Si sals vencedores, vuestras ventajas sern muy
limitadas; al paso que si sals vencidos, os exponeis  sufrir mayores
prdidas. Aun cuando mateis  Orlando y  los dos que hemos venido
 vencer  morir con l, no creo que por esto logreis recobrar los
dominios perdidos. Tampoco debeis esperar que nuestra muerte vare
el aspecto de las cosas; pues  pesar de ella, Crlos no carecer
de guerreros que sepan defender hasta la ltima torre del pas
conquistado.

As decia Brandimarte, y se manifestaba dispuesto  aadir otras
razones no menos poderosas, cuando le interrumpi el pagano, dicindole
con voz airada y altivo rostro:

--En verdad que es temeridad  locura la tuya y la de todo el que
se permita dar buenos  malos consejos  quien ni los pide ni los
necesita. Hablando ingnuamente, debo decirte, que no s cmo podr
persuadirme de que el consejo que me das proceda del cario que me has
tenido y me tienes todava, cuando te veo aqu en compaa de Orlando.
Antes bien creer que eres presa de aquel dragon que devora las almas y
desea arrastrar contigo al mundo entero  la infernal mansion del dolor
eterno. Dios, en sus altos juicios, tiene ya determinado concederme
la victoria  hacerme sufrir la derrota; reponerme en el trono de mis
antepasados  condenarme  vivir desposeido de l; pero ni  t, ni
 m, ni  Orlando nos es dado prever lo que sobrevendr. Suceda lo
que quiera, no podr obligarme el liviano temor  cometer una accion
indigna de mi elevada alcurnia, y aun cuando estuviera seguro de morir,
prefiero perder la vida antes que deshonrar mi sangre. Puedes ya
retirarte, y si maana no te muestras ms experto en el manejo de las
armas de lo que hoy me lo has parecido como orador, pobre compaa ser
la de Orlando!

Agramante pronunci estas ltimas palabras con reconcentrada y
sarcstica ira. Separronse en seguida, y se entregaron al descanso
hasta que el nuevo Sol sali de entre las olas. Apenas habia despuntado
la aurora, cuando en un momento estuvieron todos cubiertos con sus
armas y montados  caballo. Cambiaron entre s muy escasas palabras,
y sin ninguna dilacion, sin que precediera el menor intervalo,
enristraron las lanzas para acometerse.

Pero me pareceria, Seor, cometer una falta imperdonable, si,
por querer ocuparme exclusivamente de ellos, dejara  Rugiero tan
abandonado en el mar, que al fin se ahogase. El esforzado jven iba,
segun os dije, empujando con pis y brazos las horribles olas. El
viento y la tempestad se agitaban amenazadores en torno suyo, pero su
propia conciencia le agitaba mucho ms. Le aterraba la justa venganza
de Jesucristo; pues como se habia cuidado tan poco de recibir el
bautismo en las aguas puras y cristalinas del templo, cuando dispuso
del tiempo necesario, temia  la sazon encontrarlo en aquellas aguas
amargas y salobres. Entonces recordaba las promesas que tantas veces
hizo  su amada, y el juramento que pronunci antes de empezar su
combate contra Reinaldo, todo lo cual habia dejado sin cumplimiento.
Arrepentido de sus culpas y lleno de remordimientos, rog al Seor
varias veces que no le hiciera sufrir all el merecido castigo,
ofrecindole de todo corazon abrazar el cristianismo si fijaba en
tierra su planta, y no volver  esgrimir espada ni lanza contra los
fieles en favor de los moros, sino que regresaria presuroso  Francia
y prestaria homenaje  Carlomagno, cumpliendo adems los ofrecimientos
hechos  Bradamante, y llegando cuanto antes al trmino honesto de sus
amores.

[Ilustracin: Apenas hubo andado cien pasos cuando vi  un hermitao.
                                                          (Canto XLI.)]

Apenas pronunci este voto, sinti como por milagro que se acrecentaban
sus fuerzas, al paso que decrecian las del viento. Al par de la fuerza
renaci su abatido nimo: continu azotando y hendiendo las olas, que
se sucedian unas  otras sin intermision, y tan pronto le elevaban 
considerable altura, como le hacian adelantar con su violento empuje.
A fuerza de elevarse y descender alternativamente, y despues de mucha
fatiga, logr por ltimo tocar la playa, y sali, empapado en agua,
 aquella parte del islote que se metia en el mar con inclinacion
ms pronunciada. Todos los dems tripulantes del buque nufrago,
vencidos por la fuerza incontrastable de las olas, quedaron al fin
sepultados en ellas: Rugiero fu el nico que se salv en el solitario
escollo, merced  la bondad divina.

A los pocos momentos de encontrarse en aquel monte inculto y salvaje al
abrigo de los embates del mar, apoderse de su alma un nuevo recelo,
producido por el temor de verse aislado en tan reducidos lmites y
expuesto  perecer de hambre; sin embargo, se sobrepuso  aquel temor,
indigno de su corazon indomable, y dispuesto siempre  sufrir cuanto
el Cielo tenia prescrito, dirigi su intrpida planta por aquellas
duras peas, subiendo en derechura hcia la cumbre del monte. Apenas
hubo andado cien pasos, cuando vi un hombre agobiado por la edad y la
abstinencia, que por su traje y su aspecto parecia un eremita digno de
respeto y veneracion. El anciano, al ver junto  s  Rugiero, exclam,
repitiendo las palabras que el Seor dijo  San Pablo cuando le hiri
con aquel golpe saludable:

--Saulo, Saulo! por qu persigues mi f?--Creiste pasar el mar sin
pagar flete, defraudando las esperanzas de los otros: ya ves que Dios,
cuya mano es muy larga, te ha alcanzado en el momento en que creias
estar ms lejos de l.

Y continu hablando en estos trminos el santo eremita, el cual habia
tenido la noche anterior una vision, en que Dios le revel que Rugiero
se salvaria en el escollo con su ayuda, hacindole sabedor tambien de
la vida pasada y futura del jven hroe, de la muerte funesta que le
estaba reservada, y el destino de todos sus descendientes. El ermitao
estuvo algun tiempo reprendiendo severamente  Rugiero, pero despues le
dirigi palabras consoladoras. Le reprendia porque habia ido difiriendo
el momento de poner su cuello bajo el suave yugo de himeneo, y porque,
habiendo descuidado lo que debia hacer mientras era dueo de su
albedro y Cristo le atraia suplicante hcia s, lo habia hecho despues
de un modo menos meritorio, y solo cuando le vi venir amenazndole con
su terrible azote. Le consol despues, asegurndole que Cristo concede
la gloria, tarde  temprano, al que se la pide humilde; y le cit
la parbola de los obreros del Evangelio que recibieron todos igual
recompensa[154].

       [154] S. Mateo, c. IX, v. 37 y 38.

Mientras se encaminaban  la celda del ermitao, que estaba abierta en
el corazon de la roca, aquel santo varon fu iniciando  Rugiero, con
caridad y con ferviente celo, en los preceptos de nuestra Santa F.
Sobre la roca en que existia la celda, descollaba una pequea capilla,
bastante cmoda y bella, que miraba hcia el Oriente. Al pi de la
capilla se veia un bosque, que iba  parar en descenso hasta la playa,
y estaba poblado de laureles, enebros, mirtos y palmeras fructferas
y fecundas, regados siempre por una fuente cristalina, cuyas aguas
caian murmurando desde la cumbre de la roca. Cerca de cuarenta aos
hacia que el ermitao habitaba en aquel escollo, que le habia designado
el Salvador como el lugar ms  propsito para dedicarse  la vida
contemplativa. Durante tanto tiempo su alimento consisti en las frutas
que cogia de una  otra planta y en agua pura; as es que frisaba en
los ochenta aos sin haber perdido su fuerza y su energa y exento de
todo achaque.

Cuando entraron en la celda, se apresur el anciano  encender un buen
fuego, y puso en la mesa algunos frutos que Rugiero acept de muy
buen grado, despues de secar su ropa y sus cabellos. Fu aprendiendo
despues con ms despacio todos los grandes misterios de nuestra F, y
al dia siguiente le bautiz el santo anacoreta con las aguas puras del
manantial.

Rugiero se encontraba todo lo contento que era posible en aquella
morada solitaria, y mucho ms despues de haberle prometido el anciano
que le enviaria de all  pocos dias adonde tanto deseaba volver. Entre
tanto pasaba agradables ratos hablando frecuentemente con el ermitao,
ora del reino de los cielos, ora de los asuntos que con l tenian
relacion, y ora de su posteridad. El Seor, que lo sabe y lo ve todo,
habia revelado al santsimo eremita que Rugiero pereceria siete aos
despues de haberse convertido  la f cristiana; pues  consecuencia
de la muerte que Bradamante di  Pinabel y que se atribuy  Rugiero,
y  causa tambien de la de Bertolagio, le asesinarian los impos
maguntinos, quedando tan oculto este crmen, que no llegaria  noticia
de nadie, porque sus matadores tendrian cuidado de enterrarle en el
mismo sitio del asesinato. Por esta causa no podr ser vengado, hasta
transcurrido mucho tiempo, por su hermana y por su esposa, la cual,
 pesar de hallarse en cinta, le ir buscando por diferentes pases.
Bradamante dar  luz un hijo en los bosques inmediatos al frigio
Ateste, entre el Adige y el Brenta, al pi de aquellos collados que
le parecieron al troyano Antenor tan amenos con sus minas sulfurosas,
sus rios transparentes, sus campos plcidos y sus deliciosas praderas,
que dej por ellos voluntariamente el elevado Ida[155], el suspirado
Ascanio[156] y el querido Xanto[157]. El hijo de Bradamante, llamado
tambien Rugiero, crecer adornado de belleza y de valor, y reconocido
por aquellos pueblos troyanos como descendiente de su propia raza,
le elegirn por su jefe. Jven aun, prestar  Crlos su apoyo y sus
tiles servicios en la guerra contra los lombardos, y en recompensa
obtendr  justo ttulo el dominio de aquel pas que para l ser
erigido en marquesado, y como Crlos le dir en latin:--_Este_ seores
aqu[158]--cuando le haga tal merced, aquella hermosa comarca tomar
con propicio augurio el nombre de Este en el futuro siglo, perdiendo
por consiguiente sus dos primeras letras el nombre de Ateste que
antiguamente llevara.

       [155] Monte vecino de la antigua Troya.

       [156] Hijo del troyano Eneas y de Creuss.

       [157] Rio de Troya.

       [158] _Sed_ seores aqu.

El Seor predijo tambien  su siervo los efectos de la terrible
venganza que sufririan los asesinos de Rugiero, el cual se apareceria
en sueos  su fiel consorte poco antes de despuntar el dia, para
indicarle el nombre de sus matadores, y mostrarle el sitio en que
se hallar sepultado, y entonces Bradamante y su cuada destruirn
 sangre y fuego la ciudad de Poitiers. Su hijo Rugiero castigar
tambien  los maguntinos en cuanto llegue  la pubertad. El Eterno
habia hablado adems al ermitao de los Azzos, de los Albertos, de los
Obizzos y de su ilustre descendencia, as como de Nicols, Leonelo,
Borso, Hrcules, Alfonso, Hiplito  Isabel. Pero el santo anciano, que
no podia decir cuanto sabia, refiri  Rugiero lo que crey oportuno,
guardando silencio sobre lo que no juzg conveniente participarle.

Mientras tanto Orlando, Brandimarte y el marqus Olivero se
precipitaban lanza en ristre contra el sarraceno Marte (que de tal modo
se podia llamar  Gradasso) y contra los reyes Agramante y Sobrino,
que  su vez corrian rpidamente  su encuentro, resonando la playa
y el mar vecino con el estrpito producido por su carrera. Al primer
encuentro, las lanzas volaron hasta las nubes hechas astitillas; el
estruendo ocasionado por este choque hizo que el mar se hinchara, y que
resonaran sus ecos hasta en las costas de Francia. Orlando dirigi su
acometida contra Gradasso; por su valor eran dignos el uno del otro,
pero el segundo pareci ms resuelto y aguerrido, merced  la ventaja
que le proporcionaba la posesion de Bayardo. El intrpido corcel choc
tan vigorosamente contra el caballo de Orlando, cuya resistencia era
menor, que le hizo oscilar  uno y otro lado, y al fin cay en el suelo
cuan largo era. Orlando se esforz tres  cuatro veces en levantarle,
castigndole con el acicate y con la mano; pero viendo la inutilidad de
sus esfuerzos, se ape, embraz el escudo y desenvain  Balisarda.

Olivero y el Rey de frica se embistieron, sin que de su encuentro
resultase ventaja para ninguno de ambos. Brandimarte derrib  Sobrino
del caballo, no pudindose averiguar si la culpa habia sido del ginete
 del caballo, pues Sobrino no solia caer tan fcilmente; pero ya
tuviese la culpa el caballo, ya el ginete, el caso es que el sarraceno
qued debajo de su corcel. Al ver Brandimarte  su contrario en el
suelo, no quiso renovar el ataque, sino que se lanz contra Gradasso
que acababa de dejar desmontado  Orlando.

La lucha entre el Marqus y Agramante continuaba como al principio:
despues de haber roto sus lanzas contra los escudos, se acometieron
espada en mano. Orlando, que no veia  Gradasso dispuesto  embestirle
de nuevo, porque Brandimarte se lo impedia estrechndole y no
concedindole un momento de reposo, volvi la vista y vi  Sobrino,
que estaba, como l,  pi y sin tener con quien luchar. Corri  su
encuentro, y al precipitarse sobre l, hasta el mismo Cielo se asust
de su terrible aspecto. Vindose Sobrino atacado por un campeon tan
formidable, empu con ms fuerza las armas para resistir su acometida,
y as como el nauta, contra el que se dirigen mugiendo las amenazadoras
olas, presenta la proa  sus embates, y al ver cmo se hincha el mar,
quisiera encontrarse en la tierra, del mismo modo opuso Sobrino su
escudo  los desastrosos golpes de la espada de Falerina; pero era
tan fino el temple de aquella Balisarda, que no habia armadura que le
resistiera, y mucho menos estando manejada por un guerrero tan valeroso
como Orlando, nico en el mundo por su pujanza y denuedo. Aquel tajo
atraves el escudo, sin que de nada le sirviera estar reforzado por un
crculo de acero: lo atraves de parte  parte, y alcanz el hombro
de Sobrino, resguardado por una doble chapa de hierro y la cota de
malla,  pesar de lo cual penetr en la carne causndole una profunda
herida. Revolvise colrico el sarraceno, pero en vano procuraba herir
 Orlando,  quien el supremo Motor del cielo y de los astros habia
concedido la gracia de la invulnerabilidad. El valeroso Conde descarg
un nuevo tajo sobre su contrario, con intencion de separarle la cabeza
del cuerpo: conociendo ya Sobrino el vigor del de Claramonte, y lo
intil que era parar sus golpes con el escudo, se hizo atrs, pero no
lo suficiente para evitar que Balisarda le alcanzara en la frente. El
golpe cay de plano, pero fu tan tremendo, que le aboll el casco, le
atron la cabeza, y le hizo caer sin sentido en tierra, pasando mucho
rato antes de que pudiera levantarse.

Creyendo el Paladin haber terminado la lucha con l,  suponiendo que
yacia muerto, corri  atacar  Gradasso para impedir que hiciera
sucumbir  Brandimarte; porque el pagano le aventajaba en armas, en
espada, en caballo, y quiz tambien en pujanza. Montado el audaz
Brandimarte en Frontino, aquel excelente corcel que perteneci 
Rugiero, se portaba tan bien en su lucha con Gradasso, que no se
advertia gran desventaja por su parte, y aun tal vez llevara lo mejor
de la pelea si hubiese poseido una coraza tan bien templada como la del
pagano; mas no siendo as, le era forzoso esquivar los golpes de su
adversario, hacindose  uno  otro lado. No ha existido otro caballo
que comprendiera mejor que Frontino los movimientos de su ginete: cual
si estuviera dotado de inteligencia, sabia inclinarse  la derecha  
la izquierda para evitar los tajos de Durindana. Agramante y Olivero
continuaban por su parte luchando con encarnizamiento, demostrando que
eran dos guerreros igualmente ejercitados en el manejo de las armas y
poco diferentes en cuanto  vigor.

Orlando habia dejado, segun he dicho antes,  Sobrino tendido en el
suelo, y deseando socorrer  Brandimarte en su combate parcial con el
rey Gradasso, se adelantaba  pi y con la celeridad posible, cuando,
prximo ya  acometer al pagano, vi vagar libremente por el campo el
caballo de que fu derribado Sobrino, y deseando servirse de l, corri
 sujetarle. Lo consigui sin dificultad; de un salto se acomod en
la silla, y sosteniendo la espada con una mano, cogi con la otra las
lujosas riendas de aquel corcel. Gradasso vi la actitud de Orlando,
y desafiando su furor, le llam por su nombre, haciendo alarde de
vencer por s solo al Paladin,  Brandimarte y  su compaero. Dejando
 Brandimarte, volvise hcia el Conde, y le tir una estocada que
atraves la armadura hasta tropezar en la carne,  tiempo que Orlando
le descargaba un tremendo mandoble con su Balisarda; y como donde esta
caia eran intiles todos los encantos, baj hendiendo el yelmo, el
escudo, la coraza, el arns, y todo cuanto hall  su paso, dejando
herido al Rey de Sericania en el rostro, en el pecho y en el muslo,
lo cual no le habia sucedido nunca desde que llevaba aquella armadura:
por lo mismo le caus extraeza, y sobre todo despecho y sobresalto,
que aquella espada cortase de tal modo,  pesar de no ser su Durindana:
si Orlando se hubiese hallado ms cerca de su enemigo, era ms que
seguro que le habria hendido desde el crneo hasta el vientre. Gradasso
comprendi por semejante prueba, que no debia tener ya tanta confianza
en la bondad de su armadura; as es que en adelante procedi con ms
prudencia y cautela de lo que solia, y estuvo ms atento  parar los
golpes. Brandimarte,  quien la intervencion de Orlando habia dejado
sin adversario con quien combatir, se puso en medio de la liza para
acudir en auxilio del que lo necesitara.

Hallndose en tal estado la batalla, el rey Sobrino volvi en s y se
levant del suelo, donde habia permanecido hasta entonces,  pesar del
fuerte dolor que sufria en la cara y en el hombro. Tendi la vista en
todas direcciones, y observando el combate de su Seor, se dirigi
hcia l con objeto de ayudarle; pero tan cautelosamente, que nadie lo
not. Colocse detrs de Olivero, que tenia los ojos fijos en el rey
Agramante sin cuidarse de otra cosa, y de una terrible cuchillada le
desjarret el caballo, que cay en tierra instantneamente. Olivero
cay tambien, y como aquel ataque habia sido tan imprevisto, se qued
con el pi izquierdo metido en el estribo y debajo del caballo, de
suerte que eran intiles cuantos esfuerzos hacia para levantarse.
Sobrino le descarg otra cuchillada de travs, creyendo cortarle la
cabeza; pero el acero qued embotado en el yelmo terso y brillante,
fabricado por Vulcano, que Hctor us en otro tiempo.

Brandimarte vi el peligro que corria su compaero, y se lanz  toda
brida sobre el sarraceno, descargndole en la cabeza un mandoble
que le hizo medir el suelo; pero el animoso anciano se levant con
prontitud, y volvi  acometer  Olivero con intencion de abrirle el
camino de la otra vida  de no permitirle al menos que se levantara.
El campeon cristiano, que tenia expedito el mejor brazo y podia por lo
tanto defenderse con su espada, la empez  esgrimir con tal rapidez,
que oblig  Sobrino  mantenerse  una respetuosa distancia: Olivero
esperaba salir pronto de situacion tan embarazosa, si conseguia tener
 raya un breve espacio  su enemigo, pues le veia tan empapado en
sangre, y era tanta la que seguia derramando, que  su parecer pronto
debia sucumbir, siendo tal su debilidad que apenas le permitia tenerse
de pi. Olivero continuaba entre tanto haciendo los mayores esfuerzos
para levantarse, pero su caballo permanecia inmvil.

En el nterin Brandimarte habia acometido al rey Agramante, cayendo
sobre l como una furiosa tempestad: montado en aquel Frontino, que
giraba como un torno, tan pronto le atacaba por delante, como por los
lados. Si bueno era el caballo del hijo de Monodante, no era peor el
del rey del Mediodia, que cabalgaba en Brida-de-oro, el soberbio corcel
que le regalara Rugiero despues de habrselo conquistado al arrogante
Mandricardo. La armadura de Agramante, buena y perfecta  toda prueba,
era de un temple superior  la que Brandimarte cogi al acaso y tan
precipitadamente como lo exigia la perentoriedad del tiempo, confiando
en su esfuerzo para trocarla pronto por otra mejor, aun cuando el Rey
africano le habia teido en sangre el hombro derecho con una penetrante
cuchillada, despues de tener otra herida de alguna consideracion en el
costado, causada por la espada de Gradasso. El amante de Flor-de-lis
espi con tal cuidado los movimientos de su enemigo, que al fin hall
modo de descargarle un tajo, que destrozndole el escudo, penetr en el
brazo derecho, y le ocasion una lijera herida en la mano; pero todo
esto no era ms que un juego  un pasatiempo en comparacion de la lucha
espantosa que sostenian Orlando y el rey Gradasso.

Este ltimo habia casi desarmado al Paladin, cuyo casco estaba roto
por la cimera y los lados; el escudo hecho pedazos en la pradera;
la coraza y las mallas abiertas en muchos sitios; pero como era
invulnerable, no habia podido herirle. Sin embargo, el estado  que
Orlando tenia reducido  Gradasso era mucho peor; porque adems de la
primera herida, le habia inferido otras en el rostro, en el cuello y
en medio del pecho. Desesperado el sarraceno al ver correr su sangre,
mientras Orlando se conservaba inclume  pesar de tantos golpes,
empu su espada con ambas manos, con el firme propsito de abrirle la
cabeza, el pecho, el vientre y todo el cuerpo: cay el acero tan de
lleno y con tal furia sobre la frente del valiente Conde, que cualquier
otro que no fuera Orlando habria quedado hendido de arriba  abajo;
pero la espada volvi  levantarse tan luciente y tersa como si aquel
golpe hubiera sido dado de plano. El Paladin qued aturdido con la
violencia del golpe, que le hizo ver mil estrellas en el suelo: solt
la brida, y habria soltado tambien la espada,  no tenerla sujeta  la
mueca por una cadenilla. Asustado el caballo que montaba Orlando con
el estrpito de aquel golpe, ech  correr por la arenosa playa dando
 conocer la velocidad de sus piernas, y sin que el Conde, privado
todava de sentido, pudiera refrenarle. Persiguile Gradasso, y le
habria alcanzado fcilmente  poco ms que hubiese excitado  Bayardo,
cuando al volver la vista, vi en la situacion ms apurada  Agramante,
 quien el hijo de Monodante tenia sujeto con la mano izquierda, y
despues de haberle desatado el casco, procuraba introducirle un pual
por la garganta: el monarca africano no podia oponerle resistencia
alguna, por haber perdido su espada.

Dejando Gradasso la persecucion de Orlando, vol en auxilio de
Agramante, y mientras el incauto Brandimarte, no creyendo que el
Paladin dejara escapar al Rey de Sericania, estaba muy ajeno de que le
atacara, y atendia nicamente  degollar  Agramante, lleg Gradasso,
y empuando su espada con ambas manos, descarg con toda su fuerza
un descomunal fendiente sobre el yelmo del descuidado Brandimarte.
Oh Padre celestial! Dgnate conceder un lugar entre tus elegidos 
ese mrtir de tu f, que al llegar al trmino de su viaje borrascoso,
recoge sus velas para siempre en el puerto! Ah Durindana! Has podido
mostrarte tan cruel para con tu seor Orlando, que no tuviste reparo en
inmolar ante sus mismos ojos al compaero ms leal y ms querido que
tenia en el mundo? El crculo de hierro y de dos dedos de espesor que
ceia el yelmo qued roto y partido por tan vigorosa cuchillada: igual
suerte tuvo la cofia de acero que debajo de l estaba, y Brandimarte,
con rostro plido y desencajado, cay al suelo de espaldas, regando la
arena con el ancho raudal de sangre que se escapaba de su herida.

Al recobrar el Conde el sentido, volvi los ojos y vi  su Brandimarte
en el suelo y  Gradasso sobre l, en actitud que indicaba claramente
que habia sido su matador.

Ignoro si pudo ms en Orlando el dolor  la ira, pero como no tenia
tiempo para lamentarse, devor su afliccion y di rienda suelta  su
inmensa clera.

Mas tiempo es ya de terminar este canto.




CANTO XLII.

  Orlando alcanza la victoria.--Bradamante y Reinaldo se lamentan
  amargamente, la una por la ausencia de Rugiero, y por la de Anglica
  el otro.--Decdese Reinaldo  ir en busca de su amada, y encuentra
  en el camino al Desden que le protege.--A consecuencia de este
  encuentro, se dirige hcia Italia, donde le acoge placenteramente un
  caballero.


Qu duro freno, qu frreo nudo  qu cadena de diamante, si forjarse
pudiera, ser bastante  contener la impetuosidad de tu clera, de modo
que su explosion no traspase los lmites fijados de antemano, cuando
veas  la persona por quien ms cario  amistad siente tu corazon
constante, expuesta  la deshonra   la muerte por efecto de la
violencia  de la perfidia? Si una justa indignacion inclina entonces
tu nimo  la crueldad y  la venganza, merece excusa, en este caso,
porque la razon no ejerce imperio alguno en el pecho. Al ver Aquiles
que Patroclo, llevando un falso almete, enrojecia el campo con su
sangre, no se satisfizo con dar muerte  su matador, sino que llev su
venganza hasta el extremo de arrastrarle y hacerle pedazos[159].

       [159] Cuando Aquiles, enemistado con Agamenon, form el
       propsito de no batirse  favor de los griegos, en el sitio de
       Troya, su amigo Patroclo se esforz en disuadirle; pero como
       no pudiera lograrlo, le pidi sus armas tan conocidas de los
       troyanos, y cubierto con ellas, puso en fuga al enemigo que le
       tom por Aquiles; sin embargo, fu muerto por Hctor. Al saber
       esta infausta noticia, se arm Aquiles, y veng la muerte de
       su amigo en la sangre de Hctor, cuyo cadver at  la cola de
       su caballo, y le arrastr siete veces en torno de los muros de
       Troya, destrozndolo horriblemente.

Un furor parecido inflam, invicto Alfonso,  vuestros soldados el dia
en que os hiri una piedra en la frente, y al veros tan mal parado,
creyeron que habais exhalado el ltimo aliento: fu tal el arrebato de
su clera, que ni las murallas, ni los fosos, ni los parapetos pudieron
librar de ella  vuestros enemigos, todos los cuales perecieron  sus
manos, en trminos de no quedar uno solo para anunciar la derrota[160].
Casteis herido, y vuestra caida fu causa del dolor que movi  los
vuestros al furor y  la crueldad; si hubirais permanecido  su
frente, tal vez habrian refrenado su rencorosa saa. Bastaba  vuestra
gloria haber recobrado la Bastia en menos horas que dias necesitaron
para arrebatrosla las tropas cordobesas y granadinas; pero quizs la
venganza divina permiti que en aquella ocasion os hallseis herido,
 fin de que no pudirais oponeros al castigo de los criminales y
depravados escesos que aquellas tropas habian cometido poco tiempo
antes, cuando el desventurado Vestidel, herido, casi exnime y
desarmado, se entreg despues de vencido en manos de aquellos soldados,
moriscos en su mayor parte, los cuales le dieron una muerte cruel,
atravesndole con ms de cien espadas. En resmen, dir que no hay ira
semejante  la que uno siente al presenciar un ultraje inferido  su
seor,  su pariente,  su constante compaero. Por esta razon es justo
y natural que Orlando sintiera su corazon poseido por una repentina
clera, al ver  su querido amigo Brandimarte tendido en el suelo sin
vida  consecuencia de la horrible cuchillada que le descargara el rey
Gradasso.

       [160] Vase la nota 3. de la pg. 46.

As como un pastor trashumante blande colrico y rabioso su cayado
contra la fugitiva y hrrida serpiente que le acaba de matar con sus
dientes ponzoosos al hijo que jugueteaba por la arena, del mismo
modo blandi el seor de Anglante su cortadora espada, ms temible
que otra alguna: el primero que encontr al alcance de su brazo fu
el rey Agramante, que ensangrentado, sin espada, con el escudo hecho
pedazos, desatado el yelmo y lleno de heridas, se habia librado de las
manos de Brandimarte, como se libra de las garras del azor el gavilan
medio muerto, despues de haber dejado, envidioso  atontado, la cola
en poder de su enemigo. Atacle Orlando, descargndole una cuchillada
en el sitio en que la cabeza se une al cuerpo; y como el yelmo estaba
desatado  indefenso el cuello, se lo cort  cercen como si hubiera
sido un endeble junco. El pesado tronco del monarca africano cay, y
fu  dar en la arena su ltima sacudida, mientras que su alma pas
 las cenagosas aguas del Infierno, donde la recogi Caronte con un
garfio, pasndola  su barca.

Orlando se precipit en seguida sobre el Sericanio, blandiendo su
Balisarda, sin cuidarse ms de Agramante. Cuando Gradasso vi caer
al Rey de frica con la cabeza separada del tronco, sinti lo que
no habia sentido hasta entonces: tembl su corazon y palideci su
rostro. Dominado por un triste presentimiento, se crey ya vencido,
al ver venir hcia l al caballero de Anglante; y aun no habia podido
apercibirse  la defensa, cuando cay sobre l el golpe mortal. Orlando
le hiri en el costado derecho por debajo de la ltima costilla; y el
acero, despues de atravesar las entraas, sali ms de un palmo por
el costado izquierdo, teido en sangre hasta la misma empuadura, y
demostrando claramente que la mano del guerrero ms valeroso y audaz
del universo habia dirigido la estocada que arranc la vida al ms
fuerte y decidido de todos los paganos.

Poco satisfecho el Paladin con tal victoria, salt rpidamente del
caballo, y con el rostro turbado y lloroso, acudi con prontitud
adonde yacia Brandimarte. La tierra estaba inundada de sangre en torno
suyo; el yelmo, que parecia abierto de un hachazo, tal vez le habria
defendido lo mismo si hubiese sido ms quebradizo que una corteza.
Orlando se apresur  quitar el casco  Brandimarte, y vi con horror
que este tenia la cabeza partida desde el crneo hasta la boca entre
una y otra ceja: sin embargo, conservaba aun bastante aliento para
pedir hasta el ltimo instante al Rey del Paraiso la remision de sus
pecados; para aconsejar al Conde, cuyas mejillas surcaba el llanto, que
tuviera paciencia, y para decirle:

--Orlando, tenme presente en tus oraciones, tan agradables  Dios; te
recomiendo tambien  mi Flor de...

No pudo concluir de pronunciar aquel nombre y expir. Al mismo momento
se oyeron sonar en el espacio las gratas voces y armoniosos cantos de
los ngeles que recogian su alma, la cual, desligada de su corpreo
velo, subi  las regiones celestiales entre dulcsimas melodias.
Aunque Orlando debia manifestarse contento por tan devoto fin, y estaba
seguro de que Brandimarte habia volado  ms feliz morada, puesto que
vi el Cielo abierto para l, sin embargo, su condicion humana, frgil
por naturaleza, no le permiti contemplar, sin llanto en los ojos, la
prdida del jven guerrero,  quien queria ms que  un hermano.

Entre tanto Sobrino yacia tendido en el suelo, derramando por sus
heridas tan copiosa sangre, que debia tener ya casi exhaustas las
venas. Olivero continuaba en su violenta posicion, sin haber logrado
levantarse ni sacar su pi, dislocado y casi roto por el peso del
caballo; y si su cuado no acudiera  ayudarle  pesar del llanto y la
afliccion que le embargaba, no habria podido retirarlo por s mismo,
pues sufria dolores tan crueles, que an despues de levantarse, le fu
imposible apoyarse en l: tenia adems la pierna tan entumecida, que
necesitaba apoyo para dar algunos pasos.

Una victoria semejante causaba poca satisfaccion  Orlando, pues vino
 amargarla la muerte de Brandimarte y la poca seguridad que ofrecia
la vida de su cuado. Acercse  Sobrino, que, si bien respiraba
todava, estaba tan empapado en sangre propia, que el velo de la muerte
iba tendindose sobre sus ojos. El Conde hizo que le atendieran y
curaran esmeradamente sus heridas, y procur consolarle con palabras
afectuosas, como si le hubieran unido  l los lazos del parentesco:
el bravo Paladin, tan terrible en los combates, se mostraba lleno
de clemencia y humanidad despues de la victoria. Recogi las armas
y caballos de los muertos, y abandon  sus escuderos los restantes
despojos.

Federico Fulgoso manifiesta alguna duda con respecto  la veracidad
de esta parte de mi historia, y asegura que habiendo recorrido con su
armada todas las costas de Berbera, lleg  esta isla y la encontr
tan salvaje, tan montuosa y desigual, que no existe, dice, en toda su
extension un solo sitio llano donde fijar la planta; por lo cual cree
inverosmil que, en tan escabroso escollo, pudieran combatir  caballo
los seis mejores guerreros del mundo. Para semejante objecion solo
tengo una respuesta: en aquel tiempo existia en el interior de la isla
una plazoleta de las ms  propsito para este gnero de luchas; pero
un temblor de tierra ocurrido poco despues hizo pedazos un peasco,
cuyos fragmentos cubrieron por completo aquella llanura. As, pues, oh
luz radiante de la Fulgosa estirpe, antorcha serena y esplendorosa! si
por esto me has censurado tal vez en presencia de aquel invicto capitan
 quien debe vuestra patria su actual reposo, abandona tu malevolencia,
trocndola en cario, y apresrate  decirle, como te lo suplico, que
tampoco he faltado ahora  la verdad.

En aquella ocasion, dirigi Orlando sus miradas hcia el mar, y vi
que una embarcacion ligera se adelantaba rpidamente y  toda vela,
con intencion, al parecer, de fondear en la isla. En este momento no
os dir quien iba en ella, porque ms de una persona me espera en otra
parte. Veamos si en Francia estaban contentos  tristes despues de
haber expulsado  los sarracenos, y veamos lo que hace aquella fiel
amante al ver alejarse de ella  su adorado.

Me refiero  la acongojada Bradamante, que despues de haber presenciado
la violacion del juramento que Rugiero hizo pocos dias antes en
presencia de las huestes cristianas y sarracenas, no sabia ya en
qu fijar su esperanza, al ver que aquella le habia salido fallida.
Desesperada por esta nueva decepcion, reprodujo sus antiguos llantos y
querellas; volvi segun su costumbre  acusar de cruel  Rugiero y de
duro y despiadado  su destino, y dando rienda suelta  su dolor, tach
al Cielo de injusto, dbil  impotente, porque toleraba tal perjurio
sin dar muestras inequvocas de su desagrado. Prorumpi despues en
grias acusaciones contra Melisa, y maldijo tambien al orculo de la
gruta, porque sus afirmaciones engaosas la habian sumergido en el mar
de los amores, en el cual se veia prxima  perecer. Haciendo  Marfisa
partcipe de su afliccion, volvi  lamentarse con ella amargamente
de la conducta de Rugiero, que tan impamente habia faltado  sus
promesas, y con ella procur desahogarse, pidindole auxilio contra su
propia desesperacion.

Marfisa se limit  encogerse de hombros y  prodigarle los ms tiernos
consuelos, nica cosa que podia hacer, dicindole que no creia 
Rugiero tan prfido que prolongara mucho tiempo su ausencia; pero que
si no volvia, le daba su palabra de que no sufriria tan punible falta,
pues estaba dispuesta  hacerle cumplir lo prometido,   castigarle
con las armas en la mano. De este modo hizo que Bradamante refrenara un
poco su dolor; tan cierto es que las penas se mitigan cuando encuentran
un corazon amigo donde desahogarse.

Ya que hemos visto  Bradamante en medio de su afliccion llamando 
Rugiero perjuro, impo y soberbio, veamos ahora si era mejor la suerte
de su hermano, que no tenia en su cuerpo vena  nervio, hueso  mdula
que no sintiera el hlito ardiente de la llama del amor. Me refiero
 Reinaldo, el cual, segun sabeis, estaba enamorado en extremo de
Anglica la bella, aunque no era tanto la hermosura de esta jven como
la fuerza de los encantamientos lo que le habia hecho caer en las redes
de Cupido. Mientras los dems paladines disfrutaban tranquilamente
de un reparador sosiego despues de haber aniquilado las fuerzas de
los moros, l era el nico de los vencedores que se entregaba  la
pesadumbre causada por su amoroso quebranto. Cien mensajeros habian
partido por rden suya en busca de Anglica, y l mismo hizo algunas
pesquisas con este objeto; pero al fin tuvo que recurrir  Malagigo,
cuyo auxilio le habia sido tan til en distintas ocasiones, y le revel
su amor con los ojos bajos y frente ruborosa, rogndole que le indicase
el punto donde  la sazon se encontraba su deseada Anglica.

Malagigo oy con el mayor asombro esta confesion, pues sabia que
Reinaldo habia despreciado repetidas veces la posesion de la jven con
que ella misma le brindara, y aun l mismo habia hecho y dicho entonces
cuanto pudo, empleando los ruegos y hasta las amenazas, para inducirle
 que correspondiera  los deseos de Anglica, sin haber podido
conseguirlo,  pesar de que de la aquiescencia de Reinaldo dependia la
libertad de Malagigo. A la sazon le veia anhelar lo mismo que habia
rechazado, cuando ni podia servir  nadie de utilidad, ni tenia un
motivo tan poderoso para ello: por esta causa le dijo, que recordara
cun sin razon le habia ofendido en otro tiempo tratndose de este
mismo asunto, y cun cerca estuvo de perecer en una oscura prision por
efecto de sus desdenes.

Sin embargo, cuanto ms importunas parecian  Malagigo las splicas
de Reinaldo, tanto ms le patentizaban la intensidad de su pasion.
Los ruegos del Paladin no fueron intiles, pues lograron que Malagigo
sepultara en el ocano del olvido sus antiguos resentimientos, y que
se dispusiera  prestarle el auxilio reclamado: aplaz, sin embargo,
su respuesta decisiva, aunque le hizo ms llevadera esta demora con la
esperanza de que le seria favorable, asegurndole que pronto le diria
la residencia de Anglica, bien fuese en Francia  bien en otra parte.

Malagigo pas en seguida  una gruta situada entre dos montaas
inaccesibles, donde solia conjurar  los demonios: abri all su libro,
evoc en tropel  los espritus infernales, y al presentarse estos,
llam al que estaba al corriente de los casos de amor, preguntndole
la causa de que Reinaldo, cuyo corazon era antes tan duro, le tuviera
entonces tan blando y asequible al amor. El demonio consultado le
explic la virtud de aquellas dos fuentes, una de las cuales encendia
el fuego de la pasion, al paso que la otra lo extinguia, aadiendo
que el mal que causaba la una no podia remediarse de otro modo sino
bebiendo las aguas de la otra que corrian en direccion opuesta.
Malagigo supo por el mismo espritu, que habiendo bebido Reinaldo en la
fuente que inspiraba la aversion, se mostr obstinado y recio  los
incesantes ruegos de la hermosa Anglica; pero bebiendo despues, por su
mala estrella, el amoroso fuego de la otra, volvi  amar, en virtud
del influjo de aquellas aguas,  la misma que tan implacablemente habia
rechazado hasta entonces. Su mala estrella y peor destino le llevaron
 beber la llama de aquel helado manantial; pues acercndose Anglica
casi al mismo tiempo  apagar su sed en el otro, privado de dulzura,
sinti de improviso su corazon tan radicalmente curado de su amor, que
desde entonces huy del Paladin como podria huir de una serpiente: en
cambio Reinaldo la am con tanta vehemencia cuanto mayor era el dio y
el despego que hasta entonces sintiera por ella.

Aquel espritu instruy perfectamente  Malagigo de cuanto tenia
relacion con el anmalo estado de Reinaldo, y le particip asimismo
que Anglica, despues de entregarse  un jven africano, abandon las
regiones de Europa, zarpando de las costas espaolas  bordo de las
atrevidas naves catalanas, y dirigiendo su rumbo  la India  travs de
las veleidosas olas.

Cuando Reinaldo se present  su primo en busca de la respuesta
prometida, esforzse Malagigo en disuadirle de su amor hcia Anglica,
dicindole que se habia convertido en esclava de los caprichos de un
vil pagano, y que  la sazon se hallaba tan lejos de Francia, que
era imposible seguir sus huellas, pues iba navegando en compaa de
Medoro con direccion  su pas natal. La partida de Anglica no habria
parecido por s sola una cosa muy grave  su animoso amante, ni le
habria turbado el sueo  hecho desistir del propsito de ir hasta el
Oriente en su busca; pero al saber que un sarraceno habia cogido antes
que l las primicias de su amor, sinti tal pasion y desconsuelo, que
en toda su vida se vi tan desesperado.

No pudo contestar una sola palabra: un temblor convulsivo estremeci
su corazon y sus lbios: se le trab la lengua, y sinti su boca
tan amarga como si hubiera apurado un ponzooso brevaje. Alejse
bruscamente de Malagigo, y arrastrado por sus furiosos celos, determin
pasar  Oriente, despues de haber derramado copioso llanto y de dar
libre curso  sus quejas y lamentos.

Pidi licencia al hijo de Pepino para emprender aquel viaje, alegando
como pretexto el deseo de recobrar su caballo Bayardo, que Gradasso
le habia robado menospreciando las reglas de caballera, por lo cual
su honor exigia que le persiguiera,  fin de impedir que el falaz
sarraceno llegara  alabarse de haberlo arrebatado, con las armas en la
mano,  un paladin francs. Crlos le concedi la licencia que pedia
para ausentarse,  pesar del profundo sentimiento que tanto  l como
 toda la Francia causaba la partida del Paladin; pero como le pareci
justa y honrosa su demanda, no supo negarse  ella.

Dudon y Guido quisieron acompaarle; mas Reinaldo desech la oferta de
uno y otro, y se alej enteramente solo de Paris, exhalando contnuos
suspiros y entregado  su amoroso quebranto.

No podia apartar de su memoria el penoso recuerdo de las innumerables
veces que pudo haber disfrutado de los encantos de Anglica, mientras
que l, obstinado y loco, rechaz constantemente los halagos de tan
rara beldad; entonces desperdici las ocasiones ms propicias de gustar
un placer que siempre rechazaba, y ahora se daria por muy satisfecho
con poder disfrutarlo un solo dia, aunque despues le costase la vida.

Constantemente le tenia preocupado la idea, que no se apartaba un
momento de su imaginacion, de cmo podia ser que un pobre soldado
borrase del corazon de Anglica el recuerdo del amor y del mrito de
sus primeros adoradores.

Agitado por tales pensamientos, que le destrozaban el pecho, tom
Reinaldo el camino de Levante, y pas por el Rin y Basilea, hasta
llegar  la gran selva de las Ardenas. Despues de haber andado muchas
millas por aquel bosque lleno de aventuras, lejos de ciudades y
castillos, y por donde el terreno era ms spero y peligroso, vi
que el cielo se cubria de improviso con negras nubes, que ocultaban
la luz del Sol,  tiempo que salia de una caverna oscura un mnstruo
extraordinario con figura de mujer. Tenia en la cabeza mil ojos
desprovistos de prpados; no podia cerrarlos, ni creo que durmiese
nunca: el nmero de sus oidos igualaba al de sus ojos; en vez de
cabellos, rodeaba su cabeza una multitud de serpientes; y por cola
ostentaba una serpiente mayor y ms horrible, que despues de rodearle
el pecho, se enroscaba por el cuerpo, formando inextricables anillos.
Aquel sr espantoso habia salido al mundo, procedente de las regiones
infernales.

Sucedile entonces  Reinaldo lo que no le habia sucedido en mil y
mil empresas: al ver que el mnstruo se preparaba  acometerle y se
adelantaba  su encuentro, sinti circular por sus venas un terror
tan desusado, que no podia siquiera compararse con el que sienten
los ms cobardes en presencia del peligro: sin embargo, fingi un
ardimiento que estaba lejos de poseer, y empu la espada con mano
temblorosa. El mnstruo se lanzaba al combate de un modo que revelaba
su experiencia y su pericia en las luchas: vibr en sentido vertical
su venenosa serpiente, y embisti en seguida  Reinaldo, dando grandes
saltos y amenazndole por cien lados  la vez. En vano era que el
Paladin, indeciso y vacilante, le descargara numerosos tajos  diestro
y siniestro; ninguno de ellos podia herirle. Unas veces le aplicaba
el mnstruo su serpiente contra el pecho, hacindole sentir su helado
contacto bajo la armadura y hasta en el mismo corazon: otras, la
introducia por la visera del casco, deslizndola por el cuello  por el
rostro del guerrero, que renunciando  sostener aquella lucha, intent
escapar clavando desaforadamente los acicates en los hijares de su
corcel; pero la furia infernal, que no parecia coja, de un solo salto
se lanz sobre la grupa del caballo.

Por ms que Reinaldo se revolvia  la derecha,  la izquierda y  todos
lados, no podia desprenderse de aquel sr maldito, ni sabia qu medio
arbitrar para alejarlo de su lado, viendo que de nada le servian los
saltos y carreras de su corcel. El corazon del Paladin temblaba como
la hoja en el rbol, no porque la serpiente le causara herida alguna,
sino porque le hacia sentir tal horror y tal aversion, que,  pesar
suyo, se estremecia, suspiraba y hasta se arrepentia de vivir. En tanto
iba atravesando desatentado y frentico los senderos ms tenebrosos,
los sitios ms agrestes de aquel intrincado bosque, por donde eran
ms speras sus quebraduras, y por donde el terreno llano estaba ms
cubierto de espinas y maleza y ms profunda era la oscuridad, esperando
librarse de este modo de aquel mnstruo hediondo, abominable y hrrido,
y habria corrido un inminente riesgo de perecer, si no recibiera 
tiempo un pronto auxilio; pero lo socorri oportunamente un caballero,
cubierto con una armadura tersa y brillante, que usaba por cimera un
yugo roto, y en cuyo escudo se veian pintadas encendidas llamas sobre
fondo amarillo, divisa que tambien ostentaba en su lujosa vestidura y
en la manta del caballo: llevaba empuada su lanza, la espada al cinto,
y la maza de armas, despidiendo fuego, pendiente del arzon de la silla.
Aquella maza estaba llena de un fuego eterno, que ardia continuamente
sin consumirse nunca: el broquel ms duro, la coraza de mejor temple, 
el casco ms reforzado no podian resistir sus golpes; por lo cual era
forzoso dejar el paso franco  aquel caballero por donde quiera que
girara su inextinguible antorcha, siendo su auxilio el ms  propsito
para librar  nuestro guerrero de las manos del asqueroso mnstruo.

Cual convenia  un caballero de nimo varonil, corri el desconocido
 rienda suelta hcia el sitio de donde salia aquel rumor, hasta
que descubri al mnstruo enlazando  Reinaldo con los anillos de
su serpiente y hacindole sentir calor y frio  un tiempo mismo,
sin que el Paladin pudiera desembarazarse de l,  pesar de todos
sus esfuerzos. Lanzse el caballero sobre aquel sr extraordinario,
y descargndole un golpe en el costado, le hizo caer sobre el lado
derecho; pero apenas toc en el suelo, se irgui con presteza y
empez  girar y vibrar de nuevo su temible serpiente. El caballero
renunci entonces  hacer uso de su lanza y apel al fuego para
combatirle: empu la maza, y sacudindole con ella innumerables
golpes, ms espesos que el granizo, no le di tiempo siquiera para
que le acometiese  su vez. Mientras el guerrero incgnito obligaba 
retroceder  mantenia  raya al horrendo animal, hirindole y vengando
de esta suerte mil injurias, aconsejaba al Paladin que se alejara por
el sendero que subia hasta la cumbre de la montaa: Reinaldo sigui el
consejo y el camino designado, y sin volver una sola vez la cabeza para
mirar atrs, no ces de andar hasta perderle de vista,  pesar de lo
spera y difcil que era la ascension de aquella eminencia.

Cuando el caballero hubo obligado al mnstruo infernal  guarecerse en
su oscura caverna, donde qued royndose y desgarrndose  s mismo,
y vertiendo eterno llanto por sus mil ojos, subi por aquella cuesta
tras de Reinaldo, con objeto de servirle de guia, le alcanz en la
cumbre y se reuni con l  fin de sacarle fuera de aquellos sitios
agrestes y sombros. Apenas le vi el Paladin  su lado, se apresur
 manifestarle su vivo agradecimiento, dicindole que se consideraba
obligado  perder su vida por l donde quiera que se encontrase.
Despues le rog que le dijera su nombre,  fin de conocer al que le
habia dado tan generosa ayuda, y de ensalzar cual merecia su bondad
sublime en presencia de Carlomagno y de los campeones franceses. El
caballero respondi:

--No lleves  mal que por ahora te oculte mi nombre; pero prometo
revelrtelo antes de que la sombra haya crecido un paso, demora que no
debe parecerte larga.

Siguieron caminando juntos hasta llegar  un fresco manantial, cuyo
dulce murmullo solia atraer  los viandantes y pastores, que acudian
 beber en sus linfas transparentes el amoroso olvido. Aquellas eran,
Seor, las heladas aguas que apagaban el fuego del amor: al beberlas,
naci en el corazon de Anglica el dio constante que desde aquel
momento tuvo  Reinaldo. Si Anglica le habia desagradado tanto
anteriormente y si encontr en l un dio tan tenaz, no consisti,
Seor, en otra causa que en la de haber bebido Reinaldo aquellas aguas.

Al encontrarse el caballero que acompaaba  Reinaldo junto  la orilla
del manantial, detuvo su corcel jadeante de cansancio, y dijo:

--No haremos mal en reposar aqu un momento.

--No haremos sino muy bien, respondi Reinaldo; pues adems de que
va apretando el calor del medio dia, me encuentro tan asendereado de
resultas de mi combate con aquel mnstruo, que disfrutar con placer
algunos instantes de tranquilo reposo.

Aperonse ambos de sus caballos, dejndoles pastar libremente por la
floresta: tan pronto como fijaron la planta entre las florecillas de
variados colores que esmaltaban el suelo, se quit cada cual su yelmo,
y Reinaldo, abrasado por el calor y por una sed ardiente, corri al
lquido cristal, apagando  la vez la sed y el amor que le devoraban,
al primer sorbo que di en las heladas ondas.

Cuando el otro caballero vi que Reinaldo retiraba del agua sus
lbios, alejando arrepentido de su mente hasta el menor rastro de
aquel insensato deseo que le inspiraba Amor, se levant erguido, y con
semblante grave y altanero le dijo lo que se neg  revelarle poco
antes.

--Sabe, Reinaldo,--exclam--que me llamo el Desden, y que he venido tan
solo para romper un yugo indigno de t.

Apenas pronunci estas palabras, desapareci de improviso, y su caballo
con l.

Reinaldo consider como un milagro esta brusca desaparicion: dirigi
la vista  todas partes diciendo: Dnde se halla? y qued entregado
 la mayor indecision, sin poder adivinar si todo aquello habia sido
efecto de algun sortilegio, merced al cual Malagigo le habria enviado
uno de sus ministros infernales para que rompiera las cadenas que le
habian tenido aprisionado tanto tiempo,  si consistiria en que Dios,
en su inefable bondad, le habria mandado desde las regiones celestiales
un ngel que le curara de su ceguera, como en otro tiempo envi al
arcngel  curar  Tobas.

Fuese ngel, demonio  otra cosa el sr que le habia devuelto su
libertad, el Paladin no pudo menos de dar las gracias y alabar la
benfica accion de aquel caballero, de quien solo sabia que acababa de
curar su corazon de sus amorosas nsias. En el acto sinti renacer su
antiguo dio hcia Anglica, parecindole sumamente indigna, no ya de
ir  buscarla hasta tan lejos, sino de andar siquiera media legua por
ella. Sin embargo, persever en su propsito de pasar  la India con
objeto de recobrar  su Bayardo en el reino de Sericania, tanto porque
su honor se lo exigia, cuanto porque as se lo habia anunciado al
Emperador.

Entr al dia siguiente en Basilea, donde poco tiempo antes habia
llegado la noticia del combate que debia sostener Orlando contra los
reyes Gradasso y Agramante. La noticia de esta lucha no se sabia por
aviso del Conde, sino por haberla circulado como verdica un viajero
procedente de Sicilia. Reinaldo, que deseaba hallarse al lado de
Orlando en aquella batalla, vi con disgusto la gran distancia que de
l le separaba, y por lo tanto, emprendi la marcha con toda premura,
cambiando de guias y caballos de diez en diez millas, y aumentando
la rapidez de su viaje tanto como le era posible. Pas el Rhin por
Constanza, y sin detenerse un momento, atraves volando los Alpes,
entr en Italia, dej atrs  Verona y Mantua, y lleg  las orillas
del P, pasndolo con toda precipitacion.

Llegaba el Sol al trmino de su carrera y aparecia ya la primera
estrella en el Cielo, cuando, mientras estaba Reinaldo  la orilla del
rio, vacilando entre si deberia mudar de caballo,  detenerse hasta que
las sombras huyesen ante la nueva aurora, vi que se llegaba  l un
caballero de bondadoso aspecto y agradable semblante, el cual, despues
de saludarle, le pregunt si era casado. Reinaldo respondi, bastante
sorprendido al oir tal pregunta:

--Estoy, en efecto, sometido al yugo de himeneo.

El caballero repuso:

--Me alegro mucho de que as sea.

Y con objeto de explicar la causa de su pregunta, aadi:

--Rugote que te dignes aceptar la hospitalidad que para esta noche
te ofrezco en mi morada, y te har ver una cosa que merece llamar la
atencion de todo el que viva con una mujer.

Reinaldo, ya fuese porque el cansancio producido por su precipitado
viaje le invitara el reposo,  ya porque el deseo de ver y oir
contnuas aventuras era innato en l, acept la oferta del caballero y
ech  andar en su compaa.

Apenas se hubieron alejado un tiro de saeta del camino, se encontraron
delante de un gran palacio, de donde sali una multitud de escuderos
iluminando con antorchas sus inmediaciones. Entr Reinaldo en aquel
edificio, y dirigiendo la vista en torno suyo, qued sorprendido ante
su magnificencia desusada, y ante sus bellas y bien entendidas formas
arquitectnicas; riqueza, lujo y dispendios que no correspondian 
un simple particular. Piedras combinadas de jaspe y prfido formaban
el elegante arco de entrada: las puertas eran de bronce con figuras
cinceladas, que parecian moverse y respirar. Atravesbase despues un
prtico formado de admirables mosicos que recreaban la vista, y desde
l se pasaba  un patio cuadrado, que tenia en cada uno de sus lados
una galera de cien brazas de longitud. A cada una de estas galeras
daba acceso una puerta, y entre esta y la galera descollaba un arco,
desiguales todos en anchura, pero semejantes en cuanto  la variada
ornamentacion con que los habia engalanado un artista hbil y prolijo.
Desde cada arco se entraba en la respectiva galera por una rampa tan
suave, que una acmila cargada podria subir sin dificultad por ella: al
extremo de la rampa, se encontraba otro arco, y todos ellos precedian 
un salon. Los arcos superiores adelantaban tanto su bveda, que cubrian
con ellas las anchurosas puertas, y cada uno de ellos estaba sostenido
por dos columnas, de bronce  de mrmol.

No acabaria nunca, si pretendiera describir en todos sus detalles las
suntuosas habitaciones de aquel palacio, ni cuanto, adems de lo que
se veia, habia construido el hbil arquitecto debajo de tierra. Las
elevadas columnas, los capiteles de oro que servian de sostenimiento 
ricos artesonados, recargados de pedreras, los mrmoles ms peregrinos
en que una diestra mano habia esculpido caprichosos adornos, las
pinturas, las molduras, y otros mil detalles, cuya mayor parte no podia
verse  causa de la oscuridad, probaban que los tesoros de dos reyes
juntos no habian bastado para costear la construccion de tan soberbio
edificio.

Entre los ricos, bellos y numerosos adornos que abundaban en aquella
deliciosa mansion, descollaba una fuente, cuyas aguas fresqusimas
y abundantes formaban una multitud de bulliciosos arroyuelos: all
era donde los pajes habian colocado las mesas, pues estaba en medio
del patio  igual distancia de las galeras, y desde ella se veian
las cuatro puertas del magnfico palacio. Un artista diligente y
entendido habia construido aquella fuente, de un trabajo prolijo al
par que elegante: tenia la forma de un pabellon  templete octogonal,
coronado por un cielo de oro, cuya parte interior estaba esmaltada
de variados colores; ocho esttuas de mrmol blanco sostenian aquel
cielo con el brazo izquierdo. El ingenioso escultor habia puesto en la
mano derecha de cada esttua el cuerno de Amaltea, del cual caia el
agua con delicioso murmullo en un recipiente de alabastro. Aquellas
ocho esttuas representaban otras tantas matronas, y aun cuando
todas diferian en el rostro y en los trajes, eran iguales en gracia
y en belleza. Cada una de ellas tenia apoyados los pis en otras dos
bellas figuras de menor tamao, que con la boca entreabierta daban 
entender el deleite que les causaba el canto y la armona: su actitud
parecia indicar que cifraban todo su estudio y su trabajo en cantar las
alabanzas de las hermosas damas colocadas sobre sus hombros, como si
realmente fuesen aquellas cuyas facciones reproducian.

Las esttuas inferiores sostenian tambien grandes cartelones donde,
entre pomposas alabanzas, se leian los nombres de las figuras
superiores. Dichos cartelones contenian asimismo, aunque algun tanto
apartados de los otros, los de las figuras pequeas trazados con
caractres legibles. Reinaldo examin  la luz de las antorchas
aquellas damas y caballeros uno por uno. La primera inscripcion en que
fij la vista nombraba con mucho elogio  Lucrecia Borgia, cuya belleza
y honestidad deben anteponer sus compatriotas los romanos  las de la
antigua matrona del mismo nombre. Los dos caballeros que tenian  bien
sostener tan excelente y honrosa carga eran, segun la leyenda, Antonio
Tebaldeo y Hrcules Strozza: mulo de Lino el primero, y rival de Orfeo
el segundo.

No menos airosa y bella era la esttua siguiente, en cuyo cartel se
leia: Esta es Isabel, hija de Hrcules; la ciudad de Ferrara se
considerar mucho ms feliz por haberla visto nacer en su seno, que por
cualquier otro favor que, durante el rpido transcurso de los aos,
deber concederle la fortuna benigna, propicia y bienhechora.--Los
dos caballeros que la servian de sosten, mostrando en su actitud
el vehemente deseo de que resonara siempre la gloria de Isabel, se
llamaban ambos Juan Jacobo, Calandra el uno y Bardelone el otro.

En el tercero y cuarto lados del octgono, donde el agua salia del
pabellon por estrechas canales, se elevaban dos damas, cuya patria,
estirpe y fama les era comun, as como eran iguales en belleza y
elevado nimo. Llambase la una Isabel; Leonor la otra, y segun
manifestaba la marmrea inscripcion, por ellas deberia adquirir tanta
gloria la tierra de Manto, que no se envanecer tanto de haber sido la
patria de Virgilio, cuya circunstancia la honra en extremo, como de
haber visto nacer en su seno  estas princesas. Tenia la primera al pi
de la veneranda orla de su vestido  Jacobo Sadoleto y Pedro Bembo:
un elegante Castiglione y un culto Muzio Arelio servian de pedestal 
la segunda. Tales eran los nombres desconocidos entonces, y hoy tan
famosos, que se veian esculpidos en el bello mrmol.

Vieron despues  aquella,  quien el Cielo dotar con tantas
perfecciones cuantas el prspero  adverso destino haya prodigado
 dama alguna en el transcurso de los siglos. La inscripcion de
oro indicaba que aquella princesa era Lucrecia Bentivoglio, y
entre otras muchas alabanzas, afirmaba que el duque de Ferrara se
mostraria contento y orgulloso de ser su padre. Un Camilo cantaba sus
perfecciones con voz sonora y halagea, que escuchaban el Reno y
Felsina con tanta atencion y asombro, como en otro tiempo escuch el
Anfriso[161] los cnticos de su pastor; y las cantaba tambien aquel
poeta por quien la comarca donde el Isauro derrama sus dulces aguas en
mayor vaso[162] ser mucho ms famosa desde la India  la Mauritania
y desde las regiones australes hasta las hiperbreas, que por haberse
pesado en ella el oro romano cuya circunstancia le di perptuo nombre:
me refiero  Guido Postumo,  quien Palas y Febo ceirn las sienes con
doble corona.

       [161] Pequeo rio de Tesalia, en cuyas orillas apacentaba Apolo
       los rebaos de Admeto.

       [162] La comarca donde Isauro desemboca en el mar es la de
       Psaro, llamada Pesaurum por los romanos.

La dama que sigue en rden  las precedentes es Diana. No la juzgueis
por la altivez de su semblante, decia la marmrea inscripcion; pues
su corazon ser tan bondadoso como bello su rostro.--El docto Celio
Calcagnin extender con armoniosos acentos la fama y el glorioso nombre
de esta princesa hasta el reino de Moneso y el de Juba, la India y la
Espaa; al mismo tiempo que un Marco Cavallo har brotar por ella en
Ancona un raudal de poesa tan abundante como el que hizo salir el
caballo alado en el monte, no s si del Parnaso  de Helicona.

Al lado de estos elevaba su magestuosa frente Beatriz, cuyo escrito
hacia su elogio en estos trminos:--Beatriz labrar la dicha de su
esposo mientras viva, pero la muerte de esta princesa ocasionar la
ruina de su consorte y la de toda la Italia, que siendo vencedora con
ella, gemir sin ella en la esclavitud.--Un seor de Correggio y
un Timoteo, honor de los Bendedei, parecian escribir las glorias de
Beatriz en cadenciosas rimas; los sonidos de las dulcsimas liras de
uno y otro obligarn  detener su curso para escucharlos al rio donde
sudaron los antiguos electros.

Entre el lado que ocupaban estas esttuas y el de la columna en que
estaba representada la Borgia, se veia esculpida en alabastro una gran
dama de tan noble y magestuoso porte, que,  pesar de estar velada
por un transparente tul, y de vestir un ropaje negro y sencillo, sin
ninguna clase de adornos, brocados de oro ni joyas, sobresalia por su
belleza entre las otras figuras ms engalanadas, como sobresale entre
todas la estrella de Venus. Cuanto ms fijamente se contemplaba su
rostro, menos se podia conocer lo que dominaba con preferencia en l;
si la gracia  la belleza, la magestad  el ingenio y la modestia.--El
que pretenda cantar cual corresponde las virtudes de esta dama, decia
el tallado mrmol, acometer la ms digna de las empresas, pero nunca
podr alabarse de haberla llevado al trmino que se merece.--A pesar
de la bondad y de la gracia que se veian impresas en su apacible y
perfecto continente, parecia desdeosa de que se atreviese  celebrarla
con humilde canto un ingenio tan rudo como era el nico que le servia
de pedestal, sin tener otro  su lado, ignoro por qu causa. Todas las
figuras anteriores tenian esculpidos sus nombres: la mano del artfice
habia suprimido tan solo los de estas dos ltimas.

Aquellas esttuas dejaban en medio un espacio circular cuyo pavimento
era de coral finsimo; en dicho espacio reinaba constantemente un
ambiente fresco y agradable comunicado por el puro y lquido cristal
que por fuera de aquel recinto caia en un canal fecundo, el cual,
despues de regar un pequeo prado esmaltado de verde, azul, blanco y
amarillo, se dividia en varios arroyuelos, acogidos con placer por las
mrbidas yerbas y los delicados arbustos.

El Paladin, sentado  la mesa, sostenia una amistosa conversacion
con su atento husped, recordndole con demasiada frecuencia el
cumplimiento de lo prometido; pero observaba con extraeza que el
caballero estaba muy distraido por algun pesar oculto, pues apenas
transcurria un momento sin que exhalase ardorosos suspiros. Impulsado
por la curiosidad, estuvo Reinaldo muchas veces  punto de preguntarle
la causa de su tristeza; pero contenido por una modesta delicadeza, no
se atrevi  interrogarle. Al terminar la cena, un page que desempeaba
las funciones de copero puso sobre la mesa una magnfica copa de oro
puro, llena de piedras preciosas por fuera y de vino por dentro. El
seor de la casa levant entonces la cabeza, mir  Reinaldo con una
sonrisa, en la que un observador atento hubiera adivinado ms amargura
que satisfaccion, y exclam:

[Ilustracin: Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro
                                                         (Canto XLII.)]

--Ha llegado ya el momento de cumplir esa promesa que tanto me
recuerdas: voy  suministrarte una prueba que debe ser grata y
preciosa para todo hombre casado. En mi concepto, todo marido tiene
la obligacion de averiguar si su mujer le ama, de saber si le honra 
le convierte en objeto de menosprecio, si hace que le respeten como
un hombre  le comparen  un animal. El peso de los cuernos es el ms
lijero que puede haber,  pesar de la infamia con que abruma al hombre:
todo el mundo lo ve, mientras el que los lleva no lo siente. Sabiendo 
ciencia cierta que tu mujer te es fiel, tendrs ms razon para amarla
y respetarla, que el que conoce la perfidia de la suya  el que da
cabida en su corazon  las sospechas y  los celos. Muchos maridos
estn sin razon celosos de sus mujeres,  pesar de ser castas y buenas,
al paso que otros, ciegamente confiados en la lealtad de su consorte,
van por el mundo ostentando sus cuernos. Ahora bien: si deseas estar
persuadido de la fidelidad de tu esposa (como creo que crees y debes
creer, porque es trabajo intil hacer creer lo contrario,  no ser que
tengas una prueba fehaciente de ello), t mismo podrs cerciorarte
de su lealtad, sin necesidad de que nadie te la afirme, solo con que
acerques  tus lbios ese vaso que te he hecho traer con el nico
objeto de mostrarte lo que te he prometido. Al beber en l, observars
un efecto maravilloso, porque si llevas la cimera de Cornualles, se
derramar el lquido por tu pecho sin que llegue una sola gota  tu
boca; pero si tienes una mujer fiel, apurars su contenido de un solo
trago. Haz, pues, la prueba.

As diciendo, se puso  mirar atentamente si se derramaba el vino por
el pecho de Reinaldo.

El Paladin, casi convencido y deseoso de averiguar lo que tal vez no
le hubiera gustado saber despues, extendi el brazo, cogi el vaso
y estuvo  punto de hacer la prueba; pero se detuvo, pensando en lo
peligroso que era aproximar  l los lbios.

Permitid, seor, que descanse un momento, y en seguida os referir la
respuesta de Reinaldo.




CANTO XLIII.

  El Caballero refiere al Paladin la insensata curiosidad que le priv
  de su dicha.--Reinaldo marcha  Rvena con objeto de embarcarse,
  y oye otra historia durante el viaje.--Llega  la isla en que su
  primo acababa de alcanzar la victoria que tan poco satisfecho le
  dejara.--El cenobita que bautiz  Rugiero, convierte  Sobrino al
  cristianismo y cura  Olivero.


Oh execrable avaricia! oh apetito desordenado de riquezas! No me
maravillo de que subyugues fcilmente  las almas viles  contaminadas
por el vicio: pero s me causa asombro ver que sujetas con la misma
cuerda y aferras con la misma garra  ms de un hombre, cuyo elevado
ingenio le haria digno de honor y de respeto, si supiera sustraerse
 tu vergonzoso influjo. Hombres hay que estudian la tierra, el mar
y el cielo y conocen y explican perfectamente las causas de todos
los fenmenos de la Naturaleza, remontando el vuelo de su atrevido
pensamiento hasta el mismo slio del Altsimo; y sin embargo, heridos
por tu mortfero y venenoso aguijon, no tienen ms afan ni ms idea que
la de acumular tesoros, en lo cual cifran todo su anhelo, toda su salud
y su nica esperanza.

Otros derrotan ejrcitos enteros y atraviesan las ferradas puertas de
belicosas ciudades, siendo los primeros en exponer su fuerte pecho
al acero enemigo y los ltimos en retirarse,  pesar de lo cual no
pueden librarse de que los hagas gemir en tu afrentosa prision hasta
el fin de sus dias. Muchos de los que por su talento  su aptitud
habrian conquistado un nombre ilustre y preclaro en las artes  en las
ciencias, permanecen por tu culpa sumidos en un olvido humillante.

Y qu dir de algunas damas de esclarecido linaje y de sin par
belleza,  quienes veo mostrarse duras, incontrastables, constantes
y ms firmes que columnas ante la gentil apostura, la fidelidad y la
asdua solicitud de sus adoradores? Que llega un dia en que la avaricia
produce en ellas tal mudanza, que no parece sino que las haya encantado
de improviso, y sin amor (quin lo creeria?), las ofrece como rica
presa  las seducciones de un viejo, de un sr deforme  de un mnstruo.

Ah! No sin motivo me lamento de ello: entindame quien pueda, que yo
s bien lo que me digo, y aun cuando parezca lo contrario, ni me separo
con estas quejas de mi propsito, ni olvido la materia de mi canto; mas
no quiero adaptar por ms tiempo mis palabras  lo que venia diciendo,
sino  lo que tengo que deciros. Volvamos, pues,  ocuparnos del
Paladin, que estuvo prximo  hacer la prueba de la copa.

Os decia que quiso meditar un poco antes de acercar el vaso  sus
lbios. Reflexion y despues dijo:

--Asaz loco seria el que buscase lo que no quisiera encontrar. Mi
esposa es mujer, y por consiguiente, frgil: dejemos, pues, que mi
confianza en ella siga siendo la misma; pues si hasta ahora me ha hecho
y me hace vivir tranquilo, qu ganar con someterla  una prueba?
Pocas serian las ventajas, y en cambio, me expondria tal vez  perder
mucho, porque el tentar  Dios suele  veces irritarle: no s si mi
resolucion es prudente  insensata, pero s que no quiero saber lo
que me conviene ignorar. Aprtese, pues, ese vino de mi vista: ni
tengo sed, ni deseo tenerla; porque hay cosas que el Seor nos prohibe
investigar lo mismo que prohibi  nuestro primer padre tocar el
rbol de la vida; y as como Adan, despues de haber gustado la manzana
que el mismo Dios le mand respetar, pas de la alegra al llanto, y
transcurri su vida entera sufriendo las miserias de los mortales,
as tambien se ve precipitado el hombre desde la dicha  la pena y la
afliccion de que jams logra verse libre, cuando una necia curiosidad
le mueve  averiguar cuanto hace y dice su mujer.

Mientras as decia el buen Reinaldo, iba apartando lejos de s el
odiado vaso, y al terminar sus palabras, observ que el seor de aquel
palacio derramaba abundantes lgrimas, exclamando, despues de haberse
tranquilizado algun tanto:

--Maldito sea el que me incit  hacer esa prueba, que me ha
arrebatado ay de m!  mi dulce consorte! Por qu no te habr
conocido diez aos atrs, para haber atendido tus consejos, antes de
que empezaran mis afanes y las incesantes lgrimas que me tienen casi
ciego? Pero quiero descorrer el velo que oculta esta historia,  fin de
que conozcas mis desgracias, y participes de mi afliccion, refirindote
el principio y el orgen de mi incomparable tormento.

Habrs dejado algo ms arriba una ciudad  la cual cie en torno, 
manera de lago, un claro rio, que siguiendo desde ella su curso, se
precipita en el P, y tiene su nacimiento en Benaco[163].

       [163] Este rio es el Mincio, que nace en el lago de Garda,
       _Benacus lacus_ de los antiguos, y desagua en el P, despues de
       formar en derredor de la ciudad de Mantua una especie de lago.

Esta ciudad fu construida en la poca en que quedaron arruinados
los muros de la que edificaron los descendientes del dragon de
Agenor[164]. All nac yo, de estirpe ilustre, pero bajo humilde techo
y en pobre cuna. Si la fortuna se mostr conmigo tan poco cuidadosa
que al nacer no me di riquezas, la Naturaleza supli este descuido
concedindome una hermosura superior  la de todos mis iguales. En mi
lozana juventud, v  ms de una dama y de una doncella prendadas de
mi gallarda apostura; pues, aunque parezca mal que el hombre se elogie
 s mismo, debo advertir que supe realzar mis gracias naturales con
modales distinguidos.

       [164] Mantua, segun el Poeta, fu construida en el tiempo en que
       los Epigones se apoderaron de la ciudad de Tebas, fundada por
       Cadmo, hijo de Agenor, y los cinco guerreros que habian quedado
       de los muchos en que se convirtieron los dientes de un dragon
       que devor  los primeros compaeros de Cadmo.


Vivia por entonces en mi ciudad natal un hombre de prudencia suma y
profundo conocedor de todas las ciencias, el cual, cuando cerr sus
ojos  la luz del Sol, contaba la edad de ciento veintiocho aos.
Pas su vida entera en la soledad y el aislamiento ms completos;
pero cuando llegaba  su ocaso, sinti el fuego del Amor, y  fuerza
de ddivas, obtuvo la posesion de una matrona hermosa, de la cual
tuvo secretamente una hija. Con objeto de impedir que esta imitara el
ejemplo de su madre, que vendi por oro su castidad, esa virtud ms
preciada que todos los tesoros del mundo, la apart de todo roce con
la sociedad, y la trajo  este sitio desierto y solitario, donde, por
arte mgica, oblig  los demonios  que levantaran el palacio rico,
esplndido y anchuroso que ests viendo. Confi  algunas mujeres de
edad madura y de notoria castidad la educacion de su hija, que fu
creciendo en gracias y belleza; prohibindoles estrechamente que le
permitieran ver  hombre alguno, y sobre todo, que le hablaran de
ellos en tan tierna edad; y  fin de que tuviera sanos ejemplos en que
inspirarse, hizo modelar en lienzo y en mrmol los retratos de las
mujeres ms pudorosas que con mayor fortaleza habian sabido resistir
los halagos de sus seductores; y no solo quiso que se reprodujesen las
facciones de aquellas que en los pasados tiempos fueron el ornato del
mundo por su amor  la virtud, y cuya fama, conservada en la Historia,
durar eternamente, sino tambien las de otras damas no menos honestas,
que en la edad futura darn nuevo realce  toda la Italia, como esas
ocho que ves en esta fuente.

Cuando el viejo conoci que su hija habia llegado  la edad en que
el hombre puede coger los sazonados frutos del amor, ya fuese por mi
suerte  por mi desdicha, me consider como el ms digno de todos
para ofrecerme su mano, sealndome como dote de la jven, adems de
este magnfico palacio, las extensas campias, as de secano como de
regado, que le rodean en un rdio de veinte millas. Ella era tan
hermosa y recatada cuanto pudiera apetecer el ms exigente deseo: con
respecto  las labores de aguja, competia en destreza y perfeccion con
la misma Palas; su magestuoso porte y la meloda de su voz y de su
canto le daban el aspecto de un sr celeste y no mortal; conocia tan
bien las artes liberales que rivalizaba,  poco menos, con su padre.
A su gran talento,  su incomparable belleza, que hasta  las peas
habria inspirado amorosos deseos, unia un amor, una dulzura, cuyo solo
recuerdo me traspasa el corazon. Su nico placer, su ms vehemente
anhelo, consistia en estar  mi lado por donde quiera que fuese. Mucho
tiempo vivimos de este modo, sin que la menor querella turbara nuestra
dicha: pero al fin la tuvimos, por culpa mia.

Cinco aos habian transcurrido desde que dobl la cerviz al yugo
de himeneo, cuando muri mi suegro, empezando al poco tiempo los
pesares que me abruman todava, del modo que vas  oir. Aun me tenia
cobijado bajo sus alas el amor de mi esposa, que te pondero tanto,
cuando una noble dama de este pas se apasion de m hasta un extremo
inconcebible. Aquella dama conocia el arte de los encantamientos y
sortilegios, como puede conocerlo la maga ms experta: hacia la noche
clara, el dia oscuro, detenia el Sol en la mitad de su carrera, y
obligaba  la Tierra  estremecerse; pero aun as, no tuvo suficiente
poder para inducirme  curar su amorosa herida con el remedio que
nicamente podria aplicarle faltando  la fidelidad jurada  mi esposa;
y  pesar de que era bastante bella y expresiva,  pesar de constarme
su loca pasion,  pesar de las frecuentes promesas y regalos que me
hacia, y de sus vivas y contnuas instancias, no pudo conseguir que
desprendiese una chispa de mi primer amor para drsela  ella, porque
mi confianza en la lealtad de mi mujer bastaba para refrenar mis deseos.

La esperanza, el crdito, la certidumbre que del amor de mi esposa
tenia me habrian hecho despreciar hasta los seductores detractivos de
la jven Leda,  los ofrecimientos de riquezas y sabidura que en otro
tiempo se hicieron al gran pastor del monte Ida[165]; pero todas mis
repulsas no eran suficientes  alejarla de mi lado.

       [165] Sometida al juicio de Paris, que abandonado por su padre
       Priamo, rey de Troya, pas los primeros aos de su vida entre
       los pastores del monte Ida, la decision de cual de las tres
       diosas, Venus, Minerva  Juno, habia de alcanzar el premio de la
       belleza, lo otorg  la primera,  pesar de los ofrecimientos
       que le hicieron las dos ltimas para que se declarase en favor
       suyo.

Un dia en que aquella maga, llamada Melisa, me encontr fuera del
palacio, y me pudo hablar con toda tranquilidad, hall medio de
convertir mi paz en guerra, y de arrancar con el spero aguijon de
los celos la confianza arraigada en mi corazon. Empez por alabar mi
propsito de ser fiel  quien lo fuese conmigo, y despues aadi:

--Pero t no puedes decir que tu esposa guarda la f jurada, mientras
no veas una prueba fehaciente de su lealtad. Porque ella no comete
falta alguna, cuando podria faltar, te figuras que es leal y pudorosa;
pero en qu fundas esa creencia, para decir y asegurar que tu mujer
es un modelo de castidad, cuando no te separas un momento de su lado,
ni le permites que vea  ningun hombre? Aljate un poco; aljate de tu
casa; haz circular por ciudades y aldeas la noticia de tu ausencia,
y que tu mujer ha quedado sola; deja que los amantes y sus tiernas
epstolas lleguen hasta ella, y si, resistiendo  las splicas y  las
ddivas, no mancilla el lecho conyugal,  si, mancillndolo, cree que
su falta permanecer oculta, entonces podrs decir que te es fiel.

La encantadora no ces de hablarme de este modo, hasta que me
predispuso  poner  prueba la fidelidad de mi mujer.

--Supongamos, le dije, que mi esposa sea tal cual yo no puedo creerla:
cmo podr convencerme despues de que es digna de premio  de castigo?

Melisa me contest:

--Yo te dar una copa, de una propiedad extraordinaria: la copa que
en otro tiempo hizo Morgana para descubrir  su hermano la traicion
de Ginebra. El que tiene una mujer honesta, bebe en ella sin trabajo;
pero el marido burlado no puede aproximarla  sus lbios sin que antes
se vierta el vino que contiene y se le derrame por el pecho. Antes de
partir hars la prueba, y segun lo que presumo, bebers fcilmente,
pues estoy en la creencia de que tu mujer est aun pura de toda
mancha: as vers el efecto de esa copa. Pero si al regresar repites la
prueba, no espero ver tu pecho tan limpio;  pesar de que si no queda
empapado en el vino, y bebes sin dificultad, podrs considerarte como
el ms feliz de los maridos.

Acept sin vacilar la oferta. Melisa me entreg la copa: hice la
prueba, y di el resultado previsto, atestiguando, conforme  mis
deseos, la honradez y fidelidad de mi dulce consorte. La maga exclam
entonces:

--Djala algun tiempo sola: permanece separado de ella uno  dos
meses: vuelve despues, coge el vaso de nuevo, y prueba si bebes,  si
te mojas el pecho.

A m se me hacia muy duro el partir, no tanto por demostrar de este
modo mis dudas sobre la fidelidad de mi mujer, como porque no podia
resolverme  permanecer dos dias, ni siquiera una hora, lejos de ella.
Advirtindolo Melisa, dijo:

--Yo har que conozcas la verdad por otros medios. Quiero que mudes de
voz y de traje, y que te presentes  tu esposa bajo la figura de otro
caballero.

Seor, cerca de aqu existe una ciudad defendida por los terribles
y amenazadores brazos del P, cuya jurisdiccion se extiende desde
aqu hasta la sinuosa orilla del mar. Aunque cede en antigedad  las
ciudades circunvecinas, compite con ellas en suntuosidad y ornato:
la fundaron los escasos restos de los troyanos que se escaparon del
azote de Atila[166]. Gobierna esta ciudad un caballero rico, jven
y apuesto, que siguiendo un dia el raudo vuelo de su halcon, lleg
 mi palacio, y al entrar en l, vi  mi esposa, la cual le caus
una impresion tan viva, que le qued su imgen grabada en el corazon.
Desde entonces no perdon medio alguno para inclinarla  satisfacer sus
deseos; pero fueron tantas las repulsas y los desaires de mi mujer, que
desisti de sus instancias, aun cuando no pudo borrar de su imaginacion
el recuerdo de su sin par belleza.

       [166] Algunos troyanos mandados por Antenor pasaron  Italia
       despues de la ruina de Troya y fundaron la ciudad de Padua.
       Huyendo los habitantes de esta ciudad de las terribles
       incursiones de Atila, rey de los hunos, que se llamaba  s
       mismo el _azote de Dios_, se refugiaron en Rialto y otros sitios
       pantanosos, y fundaron  Ferrara en un lugar que les pareci 
       propsito para su seguridad, por estar rodeado de un rio y de
       terrenos cenagosos.

Tanto fu lo que me inst Melisa y hasta tal punto me alucinaron sus
consejos, que me decid  tomar la forma del gobernador, y sin que
yo pueda decirte cmo, transform mi aspecto, mi voz, mis ojos y mis
cabellos. Persuadida estaba ya mi esposa de que yo habia emprendido
un viaje con direccion  Levante, cuando volv  mi casa bajo el
aspecto, traje, voz y facciones de su jven seductor. Melisa me
acompaaba, disfrazada de paje, llevando las ms ricas pedreras que
pueden producir las Indias  las costas Eritreas. Yo, que conocia las
costumbres de mi palacio, entr en l sin vacilacion alguna, seguido
de Melisa, y llegu  donde estaba mi mujer en ocasion tan oportuna,
que  la sazon no estaba  su lado ninguna doncella ni escudero. Hcele
presentes mis deseos; le present el perverso estmulo de toda mala
accion, ostentando ante su vista los rubes, diamantes y esmeraldas
capaces de conmover  la virtud ms firme, y le dije que todo aquello
era nada en comparacion de lo que podia esperar de m. Le habl despues
de la comodidad que nos ofrecia la ausencia del marido, y le record
que hacia mucho tiempo solicitaba sus favores, como no debia ignorar,
aadiendo por ltimo, que mi amorosa constancia era digna de alcanzar
la merecida recompensa.

Manifestse al principio bastante turbada y confusa; su rostro se
ti con el carmin de la vergenza, y no queria escucharme; pero al ver
los brillantes destellos de las piedras preciosas, empez  ablandarse
su corazon, y por ltimo me respondi con voz rpida y temblorosa lo
que me arranca la vida cada vez que lo recuerdo: que accedera  mis
splicas cuando estuviera segura de que nadie lo supiese jams. Esta
respuesta fu un dardo envenenado que me atraves el alma: sent que
recorria mis venas y mis huesos un frio glacial, y la voz expir en mi
garganta.

Entonces Melisa, descorriendo el velo de su encanto, me restituy
mi forma primitiva. Puedes juzgar cul seria la mortal palidez de
mi esposa al verse sorprendida por m en tan grave falta. Quedamos
entrambos lvidos, mudos y con la frente inclinada. Apenas tuve voz y
nimo para exclamar:

--Con que me harias traicion, si hubiera alguno que quisiera comprar
mi deshonra?

La nica contestacion que pudo dar  estas palabras consisti en
derramar un torrente de lgrimas. Mucha fu su vergenza, pero mayor
la irritacion que sinti al ver que era yo quien le inferia aquella
afrenta; irritacion que sigui multiplicndose hasta convertirse en
dio y en furor. En el momento mismo resolvi huir de mi lado, y  la
hora en que el Sol desciende de su carro, se dirigi al rio, salt en
una lancha, y fu surcando toda la noche su corriente: al rayar el
dia se present al caballero que tiempo atrs la habia requerido de
amores, y de cuyo aspecto y semblante me habia revestido para hacer un
cruel experimento contra mi propio honor, y como no se habia apagado
el fuego de su pasion, creo intil deciros si la recibiria con jbilo.
Desde all me envi  decir mi esposa, que renunciara para siempre 
poseerla, y  que me devolviera su amor.

Triste de m! Desde aquel dia viven juntos con gran contento,
mofndose de m, mientras yo me voy consumiendo  impulsos del mal
que entonces me procur, sin encontrar paz ni sosiego. Mi tormento
aumenta en vez de atenuarse, y estoy seguro de que me llevar al
sepulcro; porque ya no le queda mucho que hacer en m, y aun creo que
habria muerto durante el primer ao, si no me hubiese sostenido un
solo consuelo, el cual consiste en que de todos cuantos caballeros se
han albergado en mi palacio de diez aos  esta parte y  quienes he
presentado esa copa, no he visto uno solo al que no se le derramara
el lquido por el pecho. En medio de mi acerbo pesar, siento un gran
alivio al ver que tantos otros participan de mi misma suerte. T has
sido el nico prudente entre infinitos necios, porque t solo te has
negado  hacer ese ensayo peligroso.

Mis deseos de poner  prueba hasta un extremo exagerado la fidelidad
de mi esposa, hacen que mi vida, sea larga  breve, no tenga nunca
sosiego ni reposo. Melisa se manifest desde luego gozosa por este
resultado, pero su infundado jbilo dur poco; porque habiendo sido la
causa de mi mal, la odi de tal modo, que no podia soportar su vista.
Irritada ella al verse odiada por m,  quien decia amar ms que  su
propia vida, y cuando esperaba reinar como soberana en mi corazon, una
vez alejada mi esposa, tard poco en ausentarse  su vez por no tener
siempre presente la causa de su mal, y abandon este pas, de tal modo
que no he vuelto  tener noticias suyas.

As dijo el afligido caballero, y cuando puso fin  su historia,
Reinaldo se qued algunos momentos pensativo, movido  compasion:
despues exclam:

--Melisa te di  la verdad un consejo prfido, al proponerte que
hostigaras  la abeja: y  tu vez fuiste poco perspicaz corriendo en
busca de lo que no querrias haber encontrado. Si tu esposa, cediendo 
la avaricia, se vi inducida  faltarte  la f jurada, no te asombre;
porque no es ella la primera ni la quinta que ha salido vencida en esta
lucha: cuntas mujeres de mucho ms talento y de mayor fortaleza han
cometido las acciones ms bajas por menor precio! Acaso no ha habido
tambien hombres que por oro han vendido  sus seores y  sus amigos?
Si deseabas ver cmo tu mujer se defendia, no debiste atacarla con tan
terribles armas: ignoras por ventura que ni el mrmol ni el dursimo
acero pueden oponer resistencia al oro? Creo, pues, que al tentarla
incurriste en una falta mucho mayor que la cometida por tu esposa
cediendo tan pronto. Oh! Si ella te hubiese puesto  prueba del mismo
modo, tal vez habrias sucumbido con mayor facilidad.

Al decir esto, dej Reinaldo la mesa, pidiendo licencia  su husped
para retirarse  dormir, con intencion de descansar un poco y emprender
de nuevo su marcha una  dos horas antes de la salida del Sol. Como
disponia de poco tiempo, su intencion era la de aprovecharlo sin
desperdiciar un solo momento. El seor del palacio le dijo, que podia
pasar  las habitaciones interiores, donde tenia preparados estancia y
lecho, y entregarse al reposo el tiempo que tuviera por conveniente;
pero aadi que, si queria seguir su consejo, podria dormir toda la
noche  pierna suelta y viajar mientras dormia.

--Te hago preparar una barca, le dijo, en la cual podrs continuar tu
viaje, disfrutar un sueo tranquilo y sin cuidado toda la noche, y
adelantar una jornada tu camino.

Reinaldo se apresur  aceptar este ofrecimiento, dando repetidas
gracias  su amable husped, y sin ms tardanza, se dirigi al rio,
donde le estaban esperando ya los marineros. El Paladin se tendi
con toda comodidad en la barca, que cediendo al vigoroso empuje de
seis remos, se desliz por la superficie del agua con tanta rapidez
y agilidad como un pjaro por los aires. El caballero francs qued
dormido apenas inclin la cabeza, habiendo encargado antes  los
remeros que le despertasen en cuanto estuvieran  la vista de Ferrara.

El veloz esquife dej pronto  Melara  la izquierda y  Sermide 
la derecha, y pas por Figarolo y Stellata, donde el iracundo P se
divide en dos brazos. El nauta tom el de la derecha, y dej que el de
la izquierda siguiera su curso hcia el territorio de Venecia: pas
luego por Bondeno, y ya iba aclarndose el Cielo hcia la parte del
Oriente, matizada por la Aurora de blanco y encarnado con las flores
que derramaba de su canastillo, cuando se despert Reinaldo, en ocasion
en que se divisaban  lo lejos los dos castillos de Tealdo.

--Oh ciudad venturosa!, exclam, de quien me predijo mi primo
Malagigo, cuando hice este mismo viaje en su compaa, despues de
contemplar las estrellas fijas y errantes, y de evocar algun espritu
adivino, que en los futuros siglos ha de remontarse tanto tu gloria y
esplendor, que sers la honra y prez de toda la Italia!

As decia el Paladin, mientras la barca continuaba deslizndose
sobre el rey de los rios con tal velocidad, que no parecia sino que
tuviese alas: en breve lleg  la pequea isla que est ms prxima
 la ciudad, y aun cuando entonces se hallaba inculta y descuidada,
alegrse Reinaldo de contemplarla, porque no ignoraba cun bella y
prspera llegaria  ser andando el tiempo. En otra ocasion en que hizo
este mismo viaje, acompaado de Malagigo, le oy decir que cuando la
cuarta esfera hubiese girado con el carnero setecientas veces[167],
aquella isla seria la ms amena y deliciosa de cuantas se hallasen
circundadas por el mar, por los rios  los lagos, y que al verla, no
habria nadie que se acordara de ponderar las maravillas de la patria
de Nausicaa[168]. Le oy tambien decir, que por la magnificencia de
sus edificios sobrepujaria  la isla que tenia el emperador Tiberio en
tanta estima[169]; que sus deliciosos jardines, ricos en toda clase
de plantas, dejarian muy atrs  los afamados de las Hesprides; que
Circe[170] no tuvo nunca en sus rebaos ni en sus establos tan inmenso
nmero de animales, ni de tan variadas especies; que Venus abandonaria
 Chipre y  Guido para residir en aquella isla en compaa de Cupido y
de las Gracias; que tan asombrosa transformacion se deberia al trabajo
y al cuidado del que, uniendo  su poder  inteligencia la voluntad,
sabria adems rodear  su ciudad nativa de tan fuertes murallas y
baluartes, que podria defenderse de todos los ataques sin apelar al
auxilio extranjero, y que el prncipe que deberia hacer unas cosas y
otras seria hijo de un Hrcules y padre de otro Hrcules.

       [167] Cuando el Sol, que era la cuarta esfera segun el sistema
       de Tolomeo, haya pasado setecientas veces por el signo de Aries,
        lo que es lo mismo, cuando hayan transcurrido setecientos aos.

       [168] La isla de Corf, llamaba antiguamente Corcyro, en la
       que Nausicaa, hija del rey Alcinoo, socorri  Ulises y sus
       compaeros de naufragio. Los habitantes de esta isla eran
       muy amigos del lujo, de comer bien, amantes de los placeres,
       incrdulos y burlones.

       [169] La isla de Caprea.

       [170] Clebre maga que transformaba en animales  sus amantes, y
       ms tarde en puercos por medio de sus brevajes  los compaeros
       de Ulises que habian abordado  su isla.

De esta suerte iba Reinaldo trayendo  su memoria todo cuanto,
adivinando lo futuro, le habia dicho su primo, con quien solia pasar
algunos ratos en semejantes plticas, y al ver el aspecto pobre y
humilde de la ciudad, decia para s:

--Cmo puede ser que en medio de esos pantanos florezcan las ciencias
y las artes liberales? Ser posible que esa aldea miserable se
convierta en una ciudad anchurosa y esplndida, y en campias amenas y
feraces lo que hoy solo son cenagosas lagunas y estriles quebraduras?
Oh ciudad venturosa! Desde ahora me apresuro  saludar el amor, la
hidalgua, la gentileza de tus seores, y las esclarecidas virtudes de
tus caballeros y de tus egrgios ciudadanos! Ojal que la inefable
bondad del Redentor, y la prudencia y justicia de tus prncipes te
mantengan perptuamente en medio de la abundancia y la alegra, y
disfrutando de una paz y un amor inalterables! Ojal te preserven
siempre del furor de tus enemigos, descubriendo sus malas artes, y que
tu bienestar cause celos al extranjero, en vez de envidiar t la suerte
de alguno de ellos!

Mientras Reinaldo se expresaba en estos trminos, el sutil leo iba
surcando las aguas con ms rapidez que el halcon cuando desciende de
la region de los aires atraido por el seuelo y las voces del cazador.
El nauta dirigi poco despues la nave por el afluente de la derecha
del brazo derecho del P por donde iban navegando, y pronto dejaron
atrs  San Giorgio, y las torres de la Fossa y de Gaibana. Como sucede
con frecuencia que un pensamiento produce otros muchos sucesivamente,
Reinaldo se acord del caballero en cuyo palacio habia cenado la noche
anterior; record tambien que aquella ciudad era la causa de sus
tormentos, y le vino  las mientes aquella copa que revelaba las faltas
de las mujeres. Despues acudi  su memoria el experimento que el
caballero proponia  sus huspedes, sin haber encontrado uno solo, de
cuantos habian consentido en hacerlo, que pudiera beber sin mojarse el
pecho. Unas veces se arrepentia de no haber intentado tambien aquella
prueba, pero otras decia entre s:

--Ahora me alegro de haberme resistido  efectuar tal ensayo; porque
si salia bien, confirmaba mi creencia, y si no, qu partido deberia
adoptar? Mi creencia vale tanto como la ms completa seguridad, de
suerte que en muy poco podria acrecentarla; por lo cual, dado caso de
que la prueba me hubiese salido bien, seria harto dbil la utilidad
que de ella reportara: en cambio, el dao que me habia de causar
la conviccion de descubrir en mi Clarisa lo que no deseara, seria
infinito. Era, pues, correr un albur de mil contra uno, y arriesgarme 
perder mucho para ganar muy poco.

Entregado estaba el caballero de Claramonte  estas reflexiones,
con la cabeza inclinada, cuando uno de los remeros que iba enfrente
de l, se puso  mirarle con mucha atencion: y creyendo adivinar la
idea que absorbia su imaginacion por completo, le dirigi la palabra,
expresndose con elegancia y energa. Su conversacion gir sobre la
inexperta conducta del caballero que habia hecho con su esposa la
prueba mayor que puede hacerse con una mujer, conviniendo en que la
dama que defiende del oro y la plata su corazon armado de castidad, es
capaz de defenderlo ms fcilmente entre mil espadas  en medio de las
llamas.

--Con harta razon le dijiste, aadi el remero, que no debia haberle
ofrecido tan ricos presentes; pues hay muy pocos pechos que tengan la
fortaleza necesaria para rechazar semejantes ataques. No s si habrs
oido hablar de una jven, cuya historia tal vez haya llegado hasta tu
pas, que vi incurrir  su esposo en una falta igual  aquella, por
la que este la habia condenado  muerte. Mi amo debia recordar que el
oro y los regalos ablandan los corazones ms duros; pero lo olvid
cuando necesitaba tenerlo bien presente en su memoria, y se acarre su
desgracia. No obstante, l sabia tan bien como yo el ejemplo que cito,
por haber acontecido en nuestra patria, en esa ciudad de aqu cercana,
que el refrenado Mincio baa y rodea como un lago: me refiero  Adonio,
que regal  la mujer del juez un perro maravilloso.

--Esa historia no ha atravesado todava los Alpes, dijo el Paladin;
nunca he oido hablar de ella, ni en Francia, ni en las apartadas
regiones por donde he viajado: as es que, si no te sabe mal
referrmela, te escuchar de muy buena voluntad.

El remero empez aquella historia de esta suerte:

--Existi en otro tiempo en este pas un caballero llamado Anselmo, de
familia noble, que en su juventud, vestido con larga toga, se dedic
 aprender lo que Ulpiano ensea[171]. Cuando quiso elegir esposa,
busc una bella, honesta y de noble progenie, cual  su posicion
correspondia, hallando por fin en un pas inmediato una jven de
hermosura sobrehumana, la cual estaba dotada de tantas gracias y
donosura, que parecia toda amor y gentileza, mucho ms tal vez de
lo que al reposo domstico y  la profesion de su esposo convenia.
Apenas se uni  ella, cuando se convirti en el ms celoso de todos
los maridos; no porque ella le diese motivo para serlo, sino  causa
de la misma belleza y lozana de su esposa. Habitaba en la misma
ciudad un caballero de antigua  ilustre cuna, descendiente de aquella
arrogante estirpe producida por la mandbula de un dragon, de la cual
descendieron tambien Manto y los que con ella fundaron mi ciudad
natal. Este caballero, llamado Adonio, se enamor de la bella esposa
de Anselmo, y para llegar  la realizacion de sus deseos, empez 
gastar sin tasa ni medida en trajes, en banquetes, y en presentarse
con una magnificencia igual  la de los seores ms ricos y poderosos.
El tesoro del emperador Tiberio no habria bastado para tan locos
dispendios[172], de suerte que  los dos aos, segun creo, habia
derrochado ya todo su patrimonio. Su casa, frecuentada hasta entonces
maana y tarde por numerosos amigos, hallse abandonada en cuanto
faltaron en ella las perdices, las codornices y los faisanes; y Adonio,
que siempre habia sido el primero en los festines, se vi postergado y
casi reducido  mendigar, por lo cual tom el partido de ir  ocultar
su pobreza en un pas lejano, donde no fuese conocido.

       [171] Domicio Ulpiano, clebre jurisconsulto romano, que
       por espacio de muchos aos se dedic  la enseanza de la
       jurisprudencia.

       [172] Tiberio II, emperador de Oriente, vi un dia grabada
       una cruz en una losa del pavimento de su palacio, y movido de
       religiosidad, mand que se quitara para que no la pisase nadie.
       Quitse la losa, pero apareci otra y otra, de modo que  fuerza
       de ir quitando losas, encontr por ltimo un maravilloso tesoro.
       Adems, hered todas las riquezas del eunuco Narss, las de
       Rasimunda, mujer de Alboino, rey de los lombardos, y adquiri
       las que sus tropas conquistaron en la Persia.

Poniendo por obra esta resolucion, sali una maana de su patria, sin
despedirse de nadie, y mientras caminaba por la orilla del lago que
lame los muros de la ciudad, suspirando, vertiendo triste llanto y
sin poder olvidar,  pesar de lo mucho que le preocupaba su miserable
estado,  la dama que reinaba en su corazon, una aventura imprevista
vino  sacarle de la mayor indigencia para elevarle al colmo de la
dicha. Vi que un labriego estaba muy afanoso pegando palos  una
zarza con un enorme garrote; detvose y le pregunt la causa de tanto
trabajo; el campesino le contest que acababa de ver en aquel matorral
una culebra muy vieja y tan larga y gruesa como no la habia visto ni
esperaba verla en toda su vida, aadiendo que estaba resuelto  no
alejarse de all hasta haberla encontrado y muerto.

Adonio no pudo oir con paciencia las palabras del campesino, pues
solia amparar  las culebras, que eran el emblema de su linaje, en
memoria de haber salido sus antepasados de los esparcidos dientes de un
dragon; y dirigindose al labriego con amenazador aspecto, le oblig,
bien  pesar suyo,  abandonar la empresa, de modo que ni pudo matarla
ni hacerle dao alguno. Adonio continu su camino hcia el pas en que
esperaba vivir desconocido, donde pas siete aos ausente de su patria
y entregado al dolor y  la indigencia. A pesar de la ausencia y de la
estrechez en que vivia, causa suficiente de constante preocupacion,
aquel amor que se habia apoderado de su alma, no cesaba un momento
de abrasarle y profundizar la herida de su corazon, en trminos de
que al fin le fu forzoso volver  los sitios en que habitaba la dama
cuya belleza anhelaban contemplar extasiados sus ojos, y emprendi el
regreso  su pas natal, triste, aflijido, con la barba y los cabellos
largos y descuidados y pobremente vestido.

En aquella poca necesit mi patria enviar al Padre Santo un
embajador, cuya residencia en la Santa Sede debia tener una duracion
ilimitada: echaron suertes, y recay en el Juez esta mision. Oh dia
infortunado, orgen del perptuo llanto de Anselmo! En vano present
todo gnero de excusas; en vano apel  los ruegos,  las splicas
y  las promesas para evitar aquel viaje: no tuvo ms remedio que
someterse. Tan duro y cruel le parecia tener que pasar por aquel
terrible trance, como si se hubiera visto abrir las carnes  arrancar
el corazon. Plido y desencajado por la inquietud y los celos que le
habria de causar su mujer durante su ausencia, le rog suplicante, en
los trminos que consider ms eficaces, que no le faltase  la f
jurada, repitindole que  la mujer no le basta la hermosura, ni la
nobleza, ni la fortuna para ser respetada cual corresponde, como no
d  conocer en sus palabras y acciones que posee adems esa virtud
tanto ms apreciada cuanto ms pura  inmaculada se ostenta despues de
luchar y vencer, la virtud de la castidad; aadiendo, por ltimo, que
su ausencia le proporcionaria ancho campo donde poner  prueba la suya.

Con semejantes frases procuraba grabar profundamente en su pecho la
obligacion en que estaba de serle fiel. Con cuntas lgrimas, con
cunto desconsuelo se lament ella, gran Dios, de aquella partida
cruel  irremediable! En medio de su afliccion, jur  Anselmo que
el Sol perderia su luz antes de que ella fuese tan cruel que faltase
 la f jurada, y que si alguna vez llegara  sentir este deseo,
preferiria morir antes. Aun cuando el contrariado esposo di crdito 
tales promesas y juramentos, que le tranquilizaron algun tanto, quiso
obtener mayores seguridades buscando oh insensato! nuevas causas que
aumentaran su desconsuelo. Tenia un amigo, que poseia la facultad de
leer en el porvenir, y conocia del todo,   lo menos en su mayor
parte, la ciencia de la mgia y de los sortilegios. Fu  verle, y le
rog que le predijera si su mujer, llamada Arga, permaneceria sindole
fiel durante el tiempo de su ausencia,  si sucederia lo contrario. El
astrlogo, obligado por sus ruegos, se puso  trabajar sobre el punto
propuesto, y empez  trazar lneas y figuras correspondientes  las
del Cielo. Anselmo le dej dedicado  su tarea, y al dia siguiente
volvi  saber la respuesta.

El adivino permaneci silencioso al verle, por no revelar al doctor
una cosa que le afligiria seguramente; procur eludir la contestacion
con diferentes excusas, pero vencido al fin por sus ruegos importunos,
le anunci que su esposa tardaria en deshonrarle el tiempo que l
tardara en traspasar el umbral de su puerta, y que su traicion no seria
motivada por la belleza  por las splicas de un amante, sino por un
vil inters. Si acaso te son conocidas las vicisitudes del amor, podrs
apreciar por t mismo cmo se quedaria el corazon del triste Anselmo,
al oir aquellas predicciones amenazadoras de los motores celestes, que
aumentaron el temor y las dudas crueles que ya en l se abrigaban;
pero lo que llevaba al ltimo extremo la tristeza que le oprimia, no
concediendo un momento de reposo  su calenturienta imaginacion, era
la consideracion de que su mujer, vencida por la avaricia, habia de
traficar con su honra.

Poniendo cuanto estaba de su parte para evitar que incurriera en tan
lamentable falta (porque la necesidad suele arrastrar al hombre  robar
los altares, si encuentra una ocasion oportuna), la dej en posesion
de todos sus bienes (que no eran pocos), entregndole el dinero, las
alhajas, las rentas y el usufructo de sus posesiones, y en una palabra,
todo cuanto poseia.

--Paso  tus manos mi fortuna entera, le dijo, no solo para que la
disfrutes y la gastes en cubrir tus atenciones, sino para que la
consumas, la disipes, la ds  la vendas, y en fin, para que hagas con
ella cuanto se te antoje. Con tal de volver  hallarte como te dejo,
poco me importa lo dems; con tal de que contines siendo siempre la
misma, te autorizo para desposeerme de tierras y palacios.

Rogle adems que no siguiese habitando en la ciudad,  no ser que
tuviera noticia de su regreso; y le inst que se trasladase al campo,
donde podria vivir con ms comodidad, lejos del trato social. Este
consejo se lo inspiraba la creencia de que los sencillos campesinos,
dedicados al cultivo de la tierra   la custodia de sus ganados, no
podrian influir fatalmente en los honrados propsitos de su esposa.
Arga, enlazando con sus torneados brazos el cuello de su temeroso
Anselmo, y bandole el rostro en llanto que  raudales brotaba de sus
ojos, le reconvenia tristemente por suponerla tan dbil y culpable como
si ya le hubiese engaado, y porque su injusta sospecha procedia de que
no tenia confianza en su cario leal.

Pero seria harto prolijo si me propusiera referir todo cuanto
se dijeron en el momento de la separacion.--Te recomiendo mi
honor!--fueron las ltimas palabras de Anselmo: ech  andar en
seguida, y no parecia sino que el corazon iba  saltrsele del pecho
cuando volvi la brida al caballo. Ella lo sigui mientras le fu
posible con la vista anublada por las copiosas lgrimas que surcaban
sus mejillas.

Durante este tiempo, el msero y desdichado Adonio, plido y
desfigurado, segun dije, por su luenga barba, caminaba la vuelta de su
patria, esperando no ser ya conocido en ella: lleg al lago prximo
 la ciudad, y cerca del sitio donde habia prestado su auxilio  la
culebra  quien tenia acorralada un labriego dentro de un espeso
matorral con la intencion de matarla. Al llegar  aquel paraje, en el
momento en que empezaba  despuntar el dia y aun brillaban en el Cielo
algunas estrellas, vi que se adelantaba  su encuentro por la orilla
del lago una doncella, vestida con un traje extrao y de porte noble y
magestuoso, aunque no llevaba en su compaa doncellas ni escuderos.
Aquella dama se dirigi  l con agradable semblante y le dijo estas
palabras:

--Aunque no me conoces, oh noble caballero! soy pariente tuya, y te
debo adems un gran beneficio: soy lo primero, porque el esclarecido
linaje de ambos remonta su orgen al arrogante Cadmo. Soy la hada
Manto; yo fu quien puso la primera piedra de esa ciudad  la que,
segun habrs oido decir, llam Mantua, de mi nombre: soy tambien una
de las hadas, y para decirte lo que  m se refiere, te har saber
que, por nuestro fatal destino, estamos expuestas  padecer todos los
males de los humanos, excepto la muerte; pero  nuestra existencia
inmortal va unida una condicion tan funesta como la misma muerte:
cada siete dias nos vemos precisadas  tomar la forma de una culebra.
Es una cosa tan horrible el verse cubierta con esa inmunda escama,
 ir arrastrndose por el suelo, que no hay desconsuelo mayor en el
mundo, y tanto es as, que maldecimos la vida. Con decirte que en
dicho dia nos vemos expuestas  toda clase de peligros  causa de
nuestra metamrfosis, comprenders en qu consiste la gratitud que te
debo, cuyo orgen voy  recordarte. No hay animal ms aborrecido en
la tierra que la culebra; y nosotras, revestidas de su forma, tenemos
que sufrir los golpes, los ultrajes y las persecuciones de todo el que
nos descubre, y si no podemos refugiarnos debajo de tierra, fuerza nos
es soportar el peso de la mano que nos hiere. Cunto ms nos valdria
morir, que exponernos  quedar destrozadas  heridas bajo las plantas
de los hombres!

El gran favor que te debo consiste en que, al pasar cierto dia por
estas deliciosas arboledas, me libraste de las manos de un labriego que
me maltrataba:  no ser por tu generosa intervencion, habria corrido
inminente riesgo de salir con la cabeza  los riones aplastados, y aun
cuando de todos modos hubiera quedado con vida, no podria evitar que me
dejara coja  deslomada; pues durante los dias en que nos arrastramos
por el suelo cubiertas con la serpentina piel, nos vemos privadas
de nuestro poder, y el Cielo, sujeto el resto del tiempo  nuestra
voluntad, se niega  obedecernos. En los restantes dias, nos basta una
sola palabra para detener al Sol en mitad de su carrera y amortiguar su
luz; para que la inmvil Tierra d vueltas y se traslade de un punto 
otro, y para que el hielo se inflame, y el fuego se congele.

He venido ahora con objeto de darte la merecida recompensa por el
beneficio que de t recib entonces. Libre del manto viperino, puedo
conceder cuantas gracias se me pidan:  partir de este momento, quiero
que seas tres veces ms rico de lo que lo fuiste al heredar  tu padre:
no quiero que te vuelvas  ver sumido en la indigencia, sino que cuanto
ms gastes, ms se aumente tu fortuna; y como no ignoro que continas
envuelto en las redes con que Amor te prendi tiempo atrs, voy 
decirte el medio ms  propsito para que desahogues tus encendidos
deseos. Quiero que pongas en ejecucion mi consejo, mientras el marido
est ausente, y que vayas  presentarte  su mujer, que vive retirada
en el campo: yo te acompaar.

Y continu dicindole de qu modo deberia presentarse  la seora
de sus pensamientos, indicndole el traje que habia de llevar, las
palabras, los ruegos y hasta las persuasivas incitaciones de que le
convenia hacer uso. Le manifest tambien la forma en que ella pensaba
presentarse; pues,  excepcion del dia en que vagaba errante convertida
en culebra, todos los dems podia metamorfosearse del modo que mejor
le cuadrara. Hizo que Adonio se vistiese con el traje de uno de esos
peregrinos que van de puerta en puerta pidiendo una limosna por el
amor de Dios. Manto se transform en el perro ms pequeo de cuantos
haya podido crear la Naturaleza, de pelo largo y sedoso, ms blanco
que el armio, de grato aspecto y maravillosos movimientos. Una vez
disfrazados de esta suerte, emprendieron la marcha hcia la casa de
la bella Arga: al llegar cerca de algunas cabaas de labradores, le
pareci oportuno al jven detenerse, y empez  tocar una especie de
caramillo,  cuyo son se puso el perro  bailar sostenido sobre las
patas traseras.

Aquel rumor y aquella msica llegaron  oidos de Arga, que se mostr
curiosa de presenciar tan raro espectculo, y mand  decir al romero
que fuera con el perro  su morada. Comenzaba  cumplirse el destino
del doctor. Adonio empez de nuevo  ordenar al perrillo diferentes
juegos, y este, obediente  su voz, ejecut una porcion de bailes del
pas y extranjeros, con los movimientos, las actitudes y los pasos
ms apropiados; despues hizo todo cuanto le mand su amo, con tanta
atencion y dando pruebas de tan extraordinaria inteligencia, que los
circunstantes, asombrados, no se atrevian  pestaear ni  respirar
siquiera. Quedse Arga en extremo prendada de aquel donoso animalejo;
no tard en sentir un vivo deseo de poseerlo, y encarg  su nodriza
que ofreciera al astuto peregrino una cantidad no despreciable por su
adquisicion.

--Aunque tuvieseis ms tesoros de los que pueden saciar la avaricia de
la mujer, respondi el fingido romero, no serian bastantes  pagar una
sola pata de este perro.

[Ilustracin: El perrillo empez  ejecutar diferentes bailes.
                                                        (Canto XLIII.)]

Y para demostrar la verdad de sus palabras, hzose  un lado con la
nodriza, y orden al diminuto can que diese  aquella mujer una moneda
de oro, como prueba de su galantera. Sacudise el perrillo; y dej
caer una moneda, y Adonio, volvindose  la nodriza, le dijo que la
recogiese, aadiendo:

--Crees que podr dar por ningun precio un animal tan bello y til
como este? No le mando una sola cosa, sea la que quiera, que no me la
procure en seguida, y lo mismo sacude perlas que anillos, y que los
trajes ms ricos y suntuosos. Sin embargo, d  tu seora, que estoy
dispuesto  cedrselo, pero no  cambio de oro; pues un animal como ese
no puede pagarse con dinero, sino  condicion de dormir una noche con
ella.

As diciendo, le entreg una perla que acababa de dejar caer el
perrillo para que se la ofreciese  su seora. Esta proposicion pareci
 la nodriza ms ventajosa que un gasto de diez  veinte ducados.
Acercse  su ama, y trasladndole la propuesta del peregrino, la
excit con vehemencia  que no titubeara en adquirir aquel perro, ya
que podia lograrlo por un precio, que aunque se d, no se pierde.
La hermosa Arga se mostr en un principio esquiva, en parte por no
faltar  su esposo, y en parte por creer imposible todo cuanto oia con
respecto al perro; pero la nodriza no ces de acosarla y de apurarla,
recordndole que difcilmente volveria  hallar una fortuna tan grande,
y al fin consigui que Arga consintiera en ver otro dia al perro en su
propia estancia, sin tantos testigos de vista.

Esta nueva presentacion de Adonio fu tan fatal como desastrosa para
el msero doctor. El perrillo produjo doblas  centenares, sartas de
perlas, y toda clase de piedras preciosas, cuya vista conmovi el
altivo corazon de la dama, la cual perdi toda su firmeza al saber
que el peregrino era el mismo caballero que con tanta constancia la
habia amado. Las instigaciones de su infame nodriza, los ruegos y la
presencia de su amante, las riquezas que este le ofrecia, la prolongada
ausencia del msero doctor, la esperanza del misterio, todo en fin se
conjur tan violentamente en contra de sus honestos propsitos, que
por ltimo acept el hermoso perro, abandonndose en cambio en brazos
de su amante.

Adonio disfrut  su placer de los encantos de su bella dama,  quien
la hada inspir un amor tan ferviente hcia su galan, que no podia
permanecer un momento separada de l. El Sol recorri los doce signos
del Zodiaco antes de que el Juez obtuviese licencia para regresar; al
fin volvi, pero poseido de las ms crueles sospechas,  causa de la
prediccion del astrlogo. Al llegar  su patria, su primera visita
fu para l, preguntndole con grande ansiedad si su mujer le habia
sido infiel,  si le habia guardado su amor y su f. El adivino traz
por medio de sus figuras una representacion del polo con todos sus
planetas y constelaciones, y despues le respondi que habia sucedido lo
que tanto temia, cumplindose su vaticinio, y que su esposa se habia
entregado  un amante, seducida por esplndidas riquezas.

Una lanza  un venablo que se le hubiese clavado en el corazon no
habrian podido causarle una herida tan cruel. Para convencerse ms
y ms de su desgracia,  pesar de que daba entero crdito  las
afirmaciones del astrlogo, fu en busca de la nodriza, y llamndola
aparte, procur sonsacarla con cautelosa maa, empleando grandes rodeos
y circunloquios para ver si descubria el menor indicio de la verdad;
pero  pesar de todos sus esfuerzos y destreza, no pudo obtener el
ms mnimo dato, porque ella, acostumbrada al fingimiento, lo estuvo
negando todo con impenetrable rostro, y  fuerza de estudio y de
astucia, supo mantener  su seor en una irritante perplegidad por
espacio de ms de un mes.

Cun preferible le habria parecido la duda, si hubiese reflexionado
en el dolor que debia causarle la realidad! Despues de haber procurado
infructuosamente por medio de splicas y de regalos que la nodriza le
revelase la verdad, y al ver que no tocaba cuerda que no despidiese
un sonido falso, resolvi esperar prudentemente  que se deslizase
la discordia entre ellas, sabiendo que donde hay mujeres, nunca
faltan rias y pendencias. Y en efecto, no tard en suceder lo que
esperaba:  la primera disputa que aquellas tuvieron, fu la nodriza
espontneamente  contrselo todo sin ocultar el ms insignificante
detalle.

Seria largo de contar lo que pas entonces en el corazon y en la
consternada mente del desdichado Juez; baste decir que su dolor fu
tan intenso, que estuvo  punto de perder el juicio. Dominado por la
clera, se prepar  morir, pero despues de haber muerto  su criminal
esposa; queria que la sangre de entrambos, derramada por el mismo
pual, lavase la afrenta de aquella y pusiera fin  su tormento.
Regres, pues,  la ciudad, impulsado por sus ciegos y furibundos
designios, y desde ella envi al campo  uno de sus ms fieles criados,
 quien di prviamente las rdenes ms terminantes. Le mand que
pasara  ver  su mujer Arga, y le dijese de su parte, que estaba
atacado de una fiebre tan violenta, que difcilmente podria encontrarle
vivo, por lo cual, sin esperar ms compaa, deberia apresurarse 
venir con l, si conservaba algun cario hcia su esposo; y como estaba
seguro de que se pondria en marcha sin replicar una palabra, previno al
criado que en el camino le cortara la cabeza.

El enviado acudi inmediatamente en busca de su seora para cumplir
las prescripciones de su amo. Arga mont  caballo y emprendi acto
contnuo la marcha, despues de coger su perrito, el cual la habia ya
avisado del peligro que corria, aconsejndole, sin embargo, que  pesar
de l, no suspendiese su viaje, puesto que ya lo tenia todo previsto
y calculado para que no careciese de auxilio en el momento oportuno.
El criado se habia apartado del camino, y atravesando muchas sendas
extraviadas, lleg intencionalmente  la orilla de un rio que, bajando
de los Apeninos, desemboca en este que, surcamos, y corria por un
bosque espeso, oscuro y muy apartado de las ciudades y las aldeas.

Parecile aquel sitio el ms solitario y  propsito para desempear
la criminal mision que se le habia confiado, y desenvainando la espada,
particip  Arga cuanto su seor le encargaba, previnindole por
consiguiente, que antes de morir pidiese  Dios perdon de todas sus
faltas. No podr decirte cmo se ocult la dama; pero lo cierto es que
cuando el criado fu  herirla, desapareci de su vista, y  pesar de
haberla buscado cuidadosamente por todas las inmediaciones, no pudo dar
con ella, quedando burlado. Regres al lado de su seor, avergonzado,
confuso, absorto y aterrado, y le refiri aquella extraa aventura, de
la que no podia darse cuenta. Anselmo ignoraba que su mujer estuviese
protegida por la hada Manto; pues la nodriza, al descubrirlo todo, le
habia ocultado esta circunstancia, no s por qu motivo.

Al ver que no habia podido vengar su afrentoso ultraje ni mitigado
su pena, no sabia qu nueva resolucion tomar: lo que antes era una
dbil paja, se habia convertido ahora en una enorme viga, cuyo peso
oprimia horriblemente su corazon: temia que llegara  oidos de todo
el mundo la noticia de su deshonra, conocida hasta entonces de unos
pocos; y as como antes podia ocultarla, su frustrada tentativa de
venganza daria lugar  que en breve circulara por todas partes. Harto
comprendia que su esposa, despues de conocer sus prfidas intenciones,
haria lo posible por romper los lazos que  l la unian, entregndose
en manos de algun seor poderoso que la conservara en su poder con
ostensible menosprecio y vergenza de su marido,  yendo tal vez 
parar  manos de alguno que fuese bastante infame para explotar su
belleza. Para prevenir semejante desgracia, despach mensajeros en
todas direcciones con encargo de buscarla, los cuales hicieron las ms
minuciosas pesquisas por toda Lombardia, sin dejar de reconocer una
sola aldea. El mismo Anselmo sali en persona  registrar todo el pas,
sin que quedase rincon que no visitara  mandara explorar, pero no pudo
adquirir el menor indicio que le pusiera sobre las huellas de su esposa.

Al fin llam  aquel servidor,  quien habia encargado la criminal
accion que qued sin efecto,  hizo que le condujera al mismo sitio en
que Arga desapareci de su vista, sospechando que tal vez se ocultara
durante el dia entre los matorrales y pasara las noches en alguna
cabaa. El criado le condujo adonde esperaba encontrar la oscura selva,
pero en su lugar hall un gran palacio.

Mientras Anselmo practicaba las indagaciones de que me he ocupado, la
hada habia construido de improviso y por encanto,  ruegos de Arga, un
palacio de alabastro, enriquecido por dentro y por fuera con multitud
de adornos de oro. No es posible expresar, ni imaginar siquiera, la
riqueza que encerraba aquel edificio, ni su belleza arquitectnica.
El palacio de mi amo, que tan magnfico te pareci anoche, seria  su
lado una humilde choza. Los tapices ms ricos, los cortinajes de ms
admirable tejido y de distintas formas adornaban profusamente, no solo
los salones, las cmaras y las galeras, sino tambien las caballerizas
y bodegas. Veanse por do quiera innumerables jarrones de oro y de
plata; piedras preciosas azules, rojas y verdes, talladas de modo que
servian de platos, copas y jarros, y una extraordinaria abundancia de
telas de seda y oro.

Como iba diciendo, el Juez tropez con aquel palacio, cuando no
pensaba encontrar ni una cabaa, y s tan solo el bosque desierto y
solitario. Quedse tan asombrado de lo que veia, que se crey juguete
de una ilusion engaadora: no sabia si estaba brio, si soaba 
si habia perdido la razon. Vi en la puerta principal del palacio
un etope de nariz y lbios abultados, y rostro tan hediondo y
desagradable, como no recordaba haber contemplado otro en toda su vida:
su aspecto, parecido al de Esopo, segun nos le pintan, seria capaz
de entristecer al Paraiso, si en l estuviera: su traje era scio y
andrajoso como el de un mendigo: en fin, por ms que diga, no podr dar
una idea aproximada de su repugnante fealdad.

Como Anselmo no veia por all ms ser viviente que el etope 
quien pudiera dirijirse, se le acerc preguntndole el nombre del
dueo de tan suntuoso edificio.--Este palacio es mio,--contest
el interpelado. Anselmo estaba seguro de que el negro se burlaba de
l, ocultndole la verdad; pero este le afirm bajo juramento que el
palacio era suyo, y que nadie podia disputarle su posesion; en prueba
de lo cual, le brind  que entrara  visitarle, si en ello tenia
gusto, y que lo recorriera  su placer, aadiendo que si en l veia
alguna cosa que le agradara para s  para sus amigos, podia desde
luego quedarse con ella. Anselmo entreg las riendas del caballo  su
criado, se ape al umbral de la puerta y fu recorriendo las diferentes
salas y cmaras, y examinando con prolija atencion los departamentos
inferiores y superiores del palacio. Contemplaba asombrado la forma, el
buen gusto y la situacion del edificio, as como sus ricos y acabados
adornos y la suntuosidad de sus muebles, dejando escapar con frecuencia
estas palabras:

--Todo el oro que existe en la Tierra no seria suficiente para pagar
una morada tan esplndida.

El asqueroso moro le contest:

--No es absolutamente imposible adquirirla, y si no  cambio de oro 
plata, puede sin embargo pagarse con una cosa que no cuesta tanto.

Y en seguida le hizo una proposicion semejante  la que Adonio dirigi
 Arga. Al oir Anselmo una propuesta tan scia y repugnante, trat al
etope de hombre bestial  insensato, y rechaz con energa por tres
 cuatro veces sus instancias; pero el negro no cej  pesar de las
terminantes negativas del Juez, y renov con tanta perseverancia sus
ruegos, y tales medios de seduccion emple, ofrecindole siempre en
recompensa el maravilloso palacio, que al fin le redujo  acceder  sus
desenfrenados propsitos. Arga que estaba oculta cerca de all, se
present de improviso en el momento en que su marido incurria en una
falta parecida  la suya, y le dijo con penetrante voz:

--Oh espectculo digno de un doctor tenido por sbio!

Juzga, seor, cul seria la vergenza y la confusion de Anselmo
al verse sorprendido en medio de su depravada y repugnante accion:
en aquel momento hubiera deseado que la Tierra se abriese para
precipitarse en sus entraas. Arga,  fin de atenuar su propia falta y
aumentar la vergenza de su marido, empez  dirigirle las ms amargas
reconvenciones, gritndole:

--Qu castigo mereces por lo que te he visto hacer con un hombre tan
soez, cuando por haberme dejado llevar de una pasion natural quisiste
darme la muerte,  pesar de que yo ced  los ruegos de un amante
hermoso y gentil, que me habia ofrecido un presente  cuyo lado nada
vale este palacio? Si entonces me consideraste acreedora de una muerte,
debes conocer que ahora te has hecho digno de ciento. Sin embargo,
aunque en este recinto mis facultades son tales que puedo hacer
contigo lo que se me antoje, no pretendo vengarme ms cruelmente de tu
perfidia. Iguala el debe y el haber, esposo mio, y perdname, como yo
te perdono. Hagamos las paces, bajo la condicion de que olvidaremos
nuestras mtuas culpas y de que jams nos echaremos en cara nuestro
pasado error.

El marido acept con gusto este pacto, y se apresur  perdonar  su
mujer; restablecise la paz y la concordia entre ambos esposos, y desde
entonces vivieron en la mejor armona.

Call el remero, y Reinaldo no pudo menos de sonreirse al oir el final
de su historia, aunque la accion vergonzosa del doctor ti de vivo
rubor su rostro: alab, sin embargo, la determinacion de Arga, que
supo atraer  su marido  la misma red en que ella habia caido, aunque
no de un modo tan grosero como l.

Cuando el Sol estuvo algo adelantado en su carrera, el Paladin hizo
que le sirvieran algunos de los manjares de que el galante Mantuano le
habia provisto abundantemente la noche anterior. Huia entre tanto  su
derecha un pas delicioso, y  su izquierda la inmensa laguna: apareci
y desapareci en seguida Argenta y su territorio, as como la playa
donde el Santerno desemboca.

Creo que entonces no estaba aun construida la fortaleza de la Bastia,
de cuya conquista no pudieron envanecerse mucho las tropas de Espaa,
y que tan abundantes lgrimas hizo derramar  los romaoles. Desde
all dirigieron la embarcacion en filo  la margen derecha del rio,
cuyas aguas surcaba como si volara por ellas, y entraron despues en un
lago tranquilo, que los condujo hcia el Sur cerca de Rvena. Aunque
Reinaldo solia estar con frecuencia escaso de dinero, no obstante,  la
sazon tuvo el suficiente para dar una buena propina  los remeros antes
de que le dejasen en tierra.

Mudando guias y caballos, pas aquella misma noche por Rmini; no
quiso detenerse  pernoctar en Montefiore, y casi al romper el dia
lleg  Urbino. Aun no existian en esta ciudad ni Federico, ni Isabel,
ni el buen Guido, ni Francisco Maria, ni Leonor[173], cuya afable y
sencilla solicitud habria sabido decidir sin duda  tan famoso guerrero
 aceptar durante algunos dias la generosa hospitalidad, que ha tanto
tiempo vienen ofreciendo  cuantas damas y caballeros pasan por su
corte. Como nadie le detuvo en su marcha, sigui Reinaldo hasta Cagli
por el camino ms recto; atraves el Apenino por el monte que cruzan el
Metauro y el Gauno[174], dejndolo  la izquierda; pas por la Umbra y
el pas de los Etruscos, y descans en Roma: desde esta gran ciudad se
encamin al puerto de Ostia, y embarcndose all, se traslad por mar
 la ciudad en que el piadoso Eneas di sepultura  los restos de su
padre Anquises[175].

En dicha ciudad cambi de bajel, y sin prdida de momento bog en
demanda de la pequea isla de Lampedusa, que habian elegido para teatro
de su lucha Orlando y los otros cinco combatientes. Reinaldo no cesaba
de excitar al piloto, el cual aceleraba cuanto podia la marcha del
buque, haciendo fuerza de vela y remo; pero los vientos contrarios,
harto impetuosos por desgracia, no le permitieron llegar con la
oportunidad deseada.

       [173] Duques soberanos de Urbino, descendientes de la familia
       della Rovere.

       [174] Rios de Italia, que naciendo en los Apeninos pasan por las
       antiguas delegaciones de Urbino y Ancona, y desembocan en el
       Adritico.

       [175] Esta ciudad es Trpani, puerto de la isla de Sicilia.

Desembarc en el momento en que el prncipe de Anglante acababa de
dar cima  su empresa, tan til como gloriosa, arrancando la vida 
Gradasso y Agramante, por ms que la victoria le cost cara. En aquel
combate habia perecido el hijo de Monodante, y Olivero yacia tendido
en la arena, sufriendo vivos dolores  consecuencia de su caida, que
le disloc gravemente un pi. El Conde no pudo menos de derramar
abundantes lgrimas al abrazar  Reinaldo y al participarle la muerte
de Brandimarte, que le habia amado con tanto desinters y firmeza.
Otro tanto sucedi al seor de Montalban cuando vi  su desgraciado
amigo con la cabeza horriblemente dividida por el acero de Gradasso:
en seguida corri  abrazar  Olivero, que continuaba en tierra 
consecuencia de la dislocacion de su pi,  hizo cuanto le fu posible
para consolarle, aunque por su parte tambien necesitaba consuelos por
el pesar que le causaba el haber llegado  participar del banquete
cuando ya estaban levantados los manteles.

Los escuderos transportaron los cadveres de Gradasso y Agramante  la
destruida ciudad de Biserta, entre cuyas ruinas les dieron ignorada
sepultura, y en seguida divulgaron el resultado del combate. Astolfo y
Sansoneto supieron la victoria obtenida por Orlando, con suma alegra,
turbada empero por la noticia de la muerte de Brandimarte. El triste
fin del magnnimo guerrero debilit de tal modo la expansion natural de
su jbilo, que no pudieron impedir que en sus semblantes se retratara
la tristeza. Y quin de ellos se atreveria  llevar  Flor-de-Lis la
noticia de tan inmensa desgracia?

Durante la noche que precedi  aquel dia, Flor-de-Lis habia visto
en sueos la sobrevesta que teji y bord por su mano, para que
Brandimarte se engalanara con ella, salpicada de gotas rojas  manera
de lluvia tempestuosa; figurbase haberla recamado de aquel modo y
sentia una gran afliccion, diciendo al parecer entre s:--Cmo es
que habindome recomendado mi dulce dueo que fuera toda negra, la
he recamado contra sus deseos de un modo tan extrao y raro?--No
pudo menos de ver en aquel sueo un presagio funesto, cuya espantosa
confirmacion se recibi aquella misma noche; pero Astolfo procur
ocultrsela hasta que l y Sansoneto reunidos pasaron  ver  la
infeliz doncella.

Cuando llegaron  su presencia y observ Flor-de-Lis que en sus
semblantes no se retrataba esa expresion de alegra que debe inspirar
la victoria, adivin desde luego, sin necesidad de ms aviso, la triste
suerte que habia cabido  su Brandimarte. En el momento mismo sinti su
corazon tan oprimido, tan anublada su vista, y tan amortiguados todos
sus sentidos, que di con su desmayado cuerpo en tierra. Al volver en
s, sepult las manos en su abundante cabellera, y empez  herirse
desesperadamente el rostro, repitiendo en vano aquel adorado nombre;
sigui arrancndose y dispersando los cabellos, ora prorumpiendo en
agudos gritos, como si estuviera poseida de los demonios, ora dando
rpidas vueltas en derredor de la estancia, como, segun nos cuentan,
las daban en otro tiempo las Mnades errantes,  los ecos de las
bocinas[176].

       [176] Las Mnades, cuyo nombre significa _furiosas_, eran
       las sacerdotisas de Baco, que en la celebracion de los
       misterios de este dios saltaban, bailaban, hacian contorsiones
       extraordinarias y corrian como locas,  los sones de las bocinas
        atabales, llevando los cabellos sueltos y un tirso en la mano,
       y dando chillidos penetrantes y desentonados.

Tan pronto se dirigia suplicante  los caballeros, pidindoles un
pual para sepultrselo en el corazon, como queria correr  la playa
donde habia anclado la nave conductora de los cadveres de los dos
sarracenos, para mutilar los restos de uno y otro, y saciar en ellos su
furiosa y vengativa saa: otras veces pretendia atravesar el mar, para
tener la satisfaccion de exhalar su ltimo suspiro al lado de su amante.

--Ah Brandimarte mio! Por qu te dej acometer tamaa empresa sin
ir en tu compaa? exclamaba. Ni una sola vez dej tu Flor-de-Lis
de seguirte  donde quiera que fuiste! Otra fuera tu suerte, si me
hubieras tenido  tu lado; porque mis ojos no se habrian apartado
un momento de t, y en el caso de que el infame rey de Sericania te
atacara por la espalda, con un solo grito habria acudido en tu auxilio,
 tal vez hubiera alejado de tu cabeza el golpe mortal, interponindome
rpidamente entre t y tu cruel enemigo, y sirvindote mi propio cuerpo
de escudo; pues mi muerte no ocasionaria una prdida tan lamentable
como la tuya. Ahora morir de todos modos; pero sin que mi muerte sea
provechosa para nadie. Oh! Si al menos hubiese perecido en tu defensa,
de qu modo mejor podria haber sacrificado mi vida? Y aun cuando el
hado duro y hasta el mismo Cielo se hubiesen mostrado contrarios 
mis deseos, no expirarias al menos sin que yo te diese el sculo de
despedida; habria inundado al menos tu rostro con mi llanto, y antes de
que tu alma, rodeada de espritus bienaventurados, volase al seno de
su Creador, te habria dicho:--Ve en paz, y esprame en la celestial
morada; pues donde quiera que vayas, estoy dispuesta  seguirte
presurosa!--Era ese, Brandimarte, era ese el reino cuyo cetro debias
empuar? Es as como debia pasar contigo  Damogira? Es ese el rgio
trono que me tenias preparado? Ah Fortuna cruel! Cunta ventura me
arrebatas! Qu halageas esperanzas has desvanecido! Ah! Puesto que
he perdido tanto bien, qu puede ya interesarme en el mundo?

Mientras as decia, su rabia y su furor iban aumentando en tales
trminos, que volvia  arrancarse los cabellos, como si tuvieran la
culpa de su desdicha: se golpeaba y mordia las manos y se desgarraba
el pecho y los lbios con las uas. Pero volver  Orlando y  sus
compaeros, en tanto que la desdichada doncella se destroza y se
consume en estril llanto.

Deseoso Orlando de aplicar  la dolencia de su cuado los prontos
auxilios que su estado exigia, y anhelando al propio tiempo dar 
Brandimarte honrosa sepultura en un sitio ms digno, embarcse con
direccion  la montaa que ilumina la noche con su fuego, y oscurece
el dia con su denso humo[177]: el viento era favorable y la playa en
cuya demanda navegaban estaba bastante cerca hcia la derecha. Con un
viento fresco y favorable largaron las amarras al declinar el dia, y
se alejaron de Lampedusa, guiados en su derrotero por la plida luz
de la diosa de la noche: al dia siguiente fondearon en la amena playa
que rodea  Agrigento, donde Orlando dispuso para la noche siguiente
los preparativos necesarios para inhumar con pompa los restos mortales
de Brandimarte. Cuando vi cumplidas fielmente sus rdenes, y el Sol
di paso  las tinieblas nocturnas, rodeado el Paladin de un numeroso
squito de caballeros que habian acudido  Agrigento respondiendo  su
invitacion, trasladse  la orilla del mar que parecia abrasada por
la llama de infinitas antorchas, y volvi donde estaba depositado el
cuerpo del que vivo y muerto habia querido tanto, y cuya lamentable
prdida arrancaba gemidos y lamentos  los circunstantes.

       [177] El Etna.

Junto al fnebre ataud estaba llorando el anciano Bardin, que debia
tener ya secos los ojos y los prpados  causa de las incesantes
lgrimas que habia derramado en el buque. Llamando al Cielo cruel, y
perversos  los astros, rugia como el leon acometido por la fiebre, y
con sus temblorosas manos se arrancaba las plateadas canas  ofendia su
arrugada frente. Al presentarse Orlando, redoblaron con ms fuerza los
gemidos y las lgrimas: aproximse el Conde al cadver, y permaneci
algun tiempo con los ojos fijos en l, sin desplegar los lbios y tan
plido como el ligustro  el flexible acanto arrancados de su tallo por
la maana  por la noche: por ltimo exhal un profundo suspiro, y sin
separar la vista del rostro de su amigo, exclam:

--Oh valiente, leal y querido compaero, cuyo ensangrentado cadver
contemplo, aunque s que resides en el Cielo, y que has conquistado
una vida, que nada puede arrebatarte ya! Perdname este llanto que me
hace derramar, no tanto la idea de que no ests  mi lado, como el
pesar que siento por haberme quedado en el mundo, y privado por tanto
de disfrutar contigo la felicidad que te rodea. Ahora me encuentro
solo: sin t nada puede haber en la Tierra que me complazca. Si hemos
arrostrado juntos el furor de los elementos y los peligros de la
guerra, por qu no he de participar tambien de tu reposo? Grandes
deben de ser mis culpas, cuando no se me ha permitido salir de este
mundo impuro siguiendo tus huellas! Si no te abandon en los trabajos,
por qu no ha de tocarme parte de la recompensa? T has ganado,
mientras que yo he perdido: para t han sido los beneficios; para
m las prdidas.--El mismo dolor que siento ahora conmueve tambien
 la Italia, la Francia y la Alemania. Oh! Cun inmenso ser el
desconsuelo de mi Seor y tio! Cun grande la afliccion de todos
los paladines! Cun intenso el pesar del Imperio y de la Iglesia
cristiana, que han perdido en t su principal sosten! Oh! Cmo
disminuir con tu muerte el terror y el espanto de nuestros enemigos!
Cmo sentirn renacer los paganos su abatido espritu, recobrando
nuevo vigor y nueva audacia! Cul debe ser en estos momentos el
quebranto de tu desdichada esposa! Desde aqu veo su llanto y oigo sus
desgarradores gemidos: s que me acusa, y que tal vez me maldice al ver
que por mi causa ha muerto contigo toda su esperanza. Oh Flor-de-Lis!
Al vernos privados de Brandimarte, nos queda al menos un consuelo; el
de que todos cuantos guerreros hoy existen deben envidiar su gloriosa
muerte. Aquellos Decios[178], aquel que fu tragado por la Tierra en el
Foro romano[179], el mismo Codro, tan alabado por los Argivos[180], no
fueron ms tiles  su patria, ni se ofrecieron  la muerte con ms
gloria que tu amante.

       [178] Tres clebres romanos del mismo nombre y de igual familia.
       En una batalla que el cnsul Manlio Torcuato di  los latinos,
       se consagr el primero  los dioses infernales  fin de asegurar
       la victoria  los romanos, y se arroj en medio de las filas
       enemigas, donde pereci cubierto de heridas.--Su hijo hizo otro
       tanto en la guerra que los romanos sostuvieron con los cimbros,
       los samnitas y los toscanos, legando tambien la victoria 
       los suyos.--Por ltimo, su nieto imit el heroismo de sus
       ascendientes, sacrificndose por su patria en la guerra que esta
       sostuvo contra Pirro, rey de Epiro.

       [179] En el ao 392 de Roma se abri en medio de la plaza
       pblica una sima muy profunda, que no se pudo cegar,  pesar de
       haber echado en ella una inmensa cantidad de tierra. Consultados
       los augures, declararon que no se cerraria hasta arrojar en ella
       cuanto Roma tuviese de ms precioso. Marco Curcio, jven romano,
       clebre por sus hazaas, se precipit  caballo y completamente
       armado en el abismo, en cuyo momento aseguran que se cerr la
       sima.

       [180] Ultimo rey de Atenas, clebre por su heroismo. Habiendo
       dicho el orculo que en la guerra que sostenian los de Argos
       contra los atenienses saldrian estos siempre vencidos, hasta que
       su rey fuese muerto por los enemigos, los argivos lo supieron
       y prohibieron que se atentara contra la vida del monarca
       ateniense; pero Codro, decidido  sacrificarse por su patria,
       se visti de simple soldado, pas al campo enemigo, mat un
       soldado, por lo cual fu  su vez muerto por los argivos que no
       le conocieron, y libr de este modo  su patria, que derrot 
       sus contrarios.

Mientras Orlando pronunciaba estas palabras, los monjes de hbitos
negros, blancos y grises, y una multitud de clrigos iban en procesion
formando dos prolongadas hileras y rogando  Dios que concediera
al alma del difunto eterno descanso entre los bienaventurados. Las
innumerables luces que brillaban por todas partes parecian haber
convertido la noche en dia. Alzaron el fretro, en cuya conduccion
turnaron condes  ilustres caballeros,  iba cubierto con un pao de
seda de purpreo color, bordado de franjas de oro, que alternaban
con otras de grandes perlas: el cadver de Brandimarte yacia sobre
esplndidos cogines de un trabajo elegante y delicado, y cubiertos de
piedras preciosas, y llevaba puesta una sobrevesta del mismo color y
tejido que aquellos.

A la cabeza del fnebre cortejo marchaban trescientos pobres, todos
ellos cubiertos con unas tnicas negras que les llegaban hasta el
suelo: seguian luego cien pajes montados en otros tantos magnficos
caballos de batalla, y unos y otros llevaban luengos mantos de
luto que arrastraban por la tierra. Rodeaban el fretro numerosas
banderas desplegadas, en las que se veian pintadas diferentes divisas,
conquistadas todas ellas  mil vencidas huestes en favor del Csar y
de San Pedro, por aquel vigoroso brazo que pendia de un frio cadver.
Al par de las banderas, se veian infinitos escudos, que llevaban
todava los blasones de los esforzados guerreros  quienes habian sido
arrebatados. Doscientas personas destinadas  las diversas ceremonias
de tan suntuosas exequias seguian despues, llevando, como los dems,
hachas encendidas, y encerradas, ms bien que vestidas, en negro
ropaje. Cerraban el cortejo Orlando, que de vez en cuando derramaba
copiosas lgrimas de sus ojos, tristes y encendidos, y Reinaldo, no
menos aflijido que l. Olivero no pudo asistir  causa del dao de su
pi.

Seria interminable si os hubiese de referir en mis versos todos los
pormenores de las exequias, enumeraros los mantos de color oscuro 
turqu que se veian en la comitiva,  contar las infinitas hachas que
se quemaron. El fnebre acompaamiento se dirigi hcia la catedral,
haciendo que los habitantes de la ciudad vertieran tristes lgrimas 
su paso; pues las personas de todo sexo, edad y condicion no podian
menos de condolerse del desgraciado fin de un mancebo tan apuesto,
tan bueno y tan jven. Colocaron el cadver de Brandimarte en la nave
principal de la iglesia, y cuando las plaideras hubieron dado tregua
 sus intiles llantos y gemidos, y los sacerdotes pusieron fin  los
abundantes eleisones y dems oraciones dedicadas  los difuntos, que
sobre l pronunciaron, lo depositaron en una caja sobre dos columnas,
cubrindola por disposicion de Orlando con un rico pao de oro, hasta
que se le trasladara  un sepulcro ms costoso.

Antes de salir de Sicilia, mand Orlando que se acopiara una gran
cantidad de prfidos y alabastros: quiso que se trazaran los planos
del mausoleo, y dedic gruesas sumas para premiar los trabajos de
los arquitectos y escultores ms afamados. Despues de la partida de
Orlando, pas Flor-de-lis  Sicilia, en donde vigil cuidadosa la
ereccion del sepulcro, presenciando la colocacion de las losas, y de
las grandes columnas que hizo traer desde la costa de frica. Viendo
que sus lgrimas no tenian fin, que sus suspiros se obstinaban cada
vez ms en salir del pecho, y que no podia calmar su violento dolor,
 pesar de todos los oficios y misas que mandaba decir continuamente,
resolvi no separarse de aquel sitio hasta que exhalara el alma, y se
hizo construir en el mismo sepulcro una celda, en la que se encerr,
pasando all su vida.

Orlando le envi varias cartas y mensajes, que de nada sirvieron, por
lo cual pas l mismo  Sicilia para inducirla  que saliera de all,
asegurndole que si accedia  regresar  Francia, la llevaria  vivir
en compaa de Galerana, sealndole una fuerte pension: y si preferia
volver al lado de su padre, la acompaara gustoso hasta Lizza,  haria
que edificaran un monasterio para ella, en el caso de que le pareciera
ms conveniente consagrarse al Seor. A pesar de todo, Flor-de-lis no
abandon el sepulcro, y extenuada all por la penitencia, y dedicada
dia y noche  la oracion, no pas mucho tiempo sin que la Parca fiera
cortara el hilo de sus dias.

Los tres guerreros franceses habian abandonado ya la isla en que tenian
los cclopes sus antiguas grutas, alejndose tristes y afligidos por
verse precisados  dejar en ella  su cuarto compaero. Les pesaba en
extremo abandonar  Olivero sin un mdico que atendiera  su curacion,
la cual, descuidada al principio, se presentaba difcil y peligrosa.
Los lamentos del enfermo les tenian muy alarmados con respecto al
resultado de su dolencia, y en ocasion en que trataban entre ellos de
este asunto, se le ocurri al piloto una idea, que les comunic, y les
agrad sobremanera. Djoles el marino que en un islote desierto que
se hallaba  corta distancia, vivia un eremita,  quien nadie habia
recurrido en vano en demanda de socorro  de consejos, asegurndoles
que aquel solitario tenia la facultad sobrenatural de dar vista  los
ciegos, resucitar los muertos, contener el viento al hacer la seal de
la cruz y amansar el mar cuando ms furioso estuviese; por lo cual les
aconsejaba que fueran en busca de aquel varon tan favorecido de Dios,
no abrigando la menor duda de que sabria devolver la salud  Olivero,
puesto que ya habia dado otras muestras ms evidentes de su virtud.

Orlando acogi con marcada satisfaccion este consejo, y orden que
se hiciera rumbo  tan santo lugar, como en efecto lo hicieron sin
desviar la proa  uno  otro lado hasta que al romper el dia divisaron
el escollo. Guiada la embarcacion por marinos expertos, abordaron  l
con toda seguridad; en seguida, los criados y algunos remeros ayudaron
 trasladar al Marqus  una lancha, que les condujo  travs de las
espumosas olas al duro escollo; pasando acto contnuo  la santa morada
donde residia el anciano que bautiz  Rugiero.

El siervo del Seor del Paraiso recibi afablemente  Orlando y  sus
compaeros, les bendijo con plcido semblante, y les pregunt el motivo
que all les conducia,  pesar de que los espritus celestiales le
habian avisado con antelacion su llegada. Orlando le respondi, que el
objeto de su viaje no era otro que el de encontrar un remedio para su
Olivero, el cual habia sido peligrosamente herido peleando en defensa
de la F de Cristo. El santo anciano se apresur  tranquilizarle,
prometindole una curacion pronta y radical. Ignoraba la ciencia de
la medicina, y carecia de toda clase de ungentos y remedios; pero se
encamin  la capilla, dirigi una fervorosa plegaria al Salvador, y
saliendo tranquilo y satisfecho, di su bendicion  Olivero en nombre
de las tres personas eternas, Padre, Hijo y Espritu Santo.

Oh poder maravilloso que da el Seor  los que creen en l! De
repente desaparecieron todos los dolores del caballero, que sinti su
pi radicalmente curado y ms fuerte y gil que nunca. Sobrino tuvo
entonces ocasion de presenciar una cura tan prodigiosa. El monarca
sarraceno, cuyas heridas se agravaban ms de dia en dia, apenas vi el
milagro maravilloso y evidente que el santo monje acababa de hacer,
se dispuso  abjurar los errores de la religion mahometana y abrazar
la F de Cristo verdadera, suplicando, con corazon contrito, que le
iniciaran en los misterios de nuestra sublime creencia. El justo varon,
accediendo  sus deseos, derram sobre su cabeza las puras aguas del
bautismo, y le volvi, rezando,  su vigor primitivo.

Orlando y los dems caballeros se regocijaron de esta conversion casi
tanto como de ver  su Olivero completamente sano de su peligrosa
dolencia; pero fu mucho mayor el gozo que sinti Rugiero, cuya f y
cuya devocion iban aumentando progresivamente. El jven guerrero habia
permanecido en el escollo desde la noche en que lleg  l nadando.

El devoto anciano continu conversando afablemente con los caballeros,
y exhortndoles con fervientes splicas  que procuraran atravesar
limpios y puros esta oculta zanja, llena de cieno y de inmundicia, que
se llama vida, tan grata para los hombres frvolos y necios, y  que
tuvieran los ojos fijos en el camino que conduce al Cielo.

Orlando dispuso que uno de sus criados pasara  bordo del buque, y
que trajera pan y buen vino, caza y cecinas,  hicieron que el santo
varon, cuyo paladar acostumbrado  los sencillos frutos de la tierra
habia olvidado ya el sabor de las perdices, probara por caridad y
condescendencia la carne, bebiera vino,  hiciera, en fin, lo mismo
que todos. Cuando el alimento hubo restaurado sus fuerzas, empezaron
los caballeros  hablar de diferentes asuntos; y como suele suceder
que en la conversacion una cosa sirve de demostracion  otra, vinieron
 parar en que Reinaldo, Olivero y Orlando conocieron en Rugiero 
aquel campeon tan famoso por sus proezas, cuyo valor ensalzaban todos
 porfa. Reinaldo no sospech que fuese aquel guerrero con quien
habia peleado en la estacada; y aunque el rey Sobrino le conoci desde
el momento en que le vi aparecer al lado del cenobita, quiso, sin
embargo, guardar silencio por temor de equivocarse.

Cuando todos se convencieron de que tenian ante s  aquel Rugiero,
cuya audacia, cortesana y sublime valor le habian granjeado un
nombre clebre en el orbe entero, y tuvieron noticia de que se habia
convertido al cristianismo, se le acercaron con semblante alegre y
placentero: uno le estrech la mano; otro le bes con amistosa efusion,
y otro le abraz estrechamente; pero sobre todos el seor de Montalban
se esforz en acariciarle y en darle ms vivas muestras de su cariosa
solicitud.

En el otro canto, si teneis  bien escucharlo, os explicar los motivos
de tan afectuosa deferencia.




CANTO XLIV.

  Reinaldo promete  Rugiero la mano de su hermana Bradamante, y
  regresa con l  Marsella.--Astolfo llega al mismo puerto, despues
  de haber exterminado  sus enemigos, y desde all pasa  Paris,
  donde todos los caballeros son recibidos con los mayores honores y
  consideraciones.--Rugiero marcha  combatir con Leon,  quien el
  duque Amon habia prometido la mano de su hija.


Con frecuencia acontece que, bajo humildes techos y en albergues
miserables, en medio de la estrechez y de las calamidades, los
corazones se unen con los lazos de una amistad ms firme y duradera,
que entre las envidiadas riquezas  la ociosidad de los regios
alczares y de los explndidos palacios, llenos de intrigas y de
sospechas, de donde est desterrada por completo la caridad, y donde
no se encuentra amistad que no sea fingida. Esta es la causa de que
los pactos y los convenios que hacen entre s los prncipes y los
reyes sean tan fugaces. Los emperadores, los papas, los reyes, unidos
hoy por mtuos tratados de alianza, se convertirn maana en enemigos
capitales; porque ni su corazon, ni sus propsitos guardan consonancia
con su apariencia exterior, y porque, importndoseles lo mismo lo
justo que lo injusto, tan solo atienden  su conveniencia particular:
sin embargo,  pesar de que son poco capaces de comprender los dulces
sentimientos de una amistosa cordialidad, porque tan delicado afecto
no reside donde siempre se trata de l con hipocresa y disimulo, lo
mismo en las cuestiones graves que en las insignificantes, si por
casualidad llega  reunirlos en algun sitio humilde una impensada
y cruel desgracia, que les agobie mtuamente con su peso, entonces,
y solo entonces, aprenden  conocer y apreciar en poco tiempo el
valor inapreciable de la santa amistad, de que durante muchos aos no
pudieron darse cuenta. El santo anciano, en su modesto retiro, logr
unir  sus huspedes con los fuertes vnculos de un acendrado cario,
mucho mejor que otros lo hubieran hecho en la corte, y este cario
qued tan arraigado en sus corazones, que no se desvaneci sino con la
muerte. El piadoso varon los encontr  todos benignos y asequibles
 sus exhortaciones, y conoci que sus almas eran ms cndidas que
el blanco plumaje de un cisne: todos ellos eran francos, amables,
generosos,  incapaces de esa iniquidad que os he descrito, propia solo
de los que, cubiertos con la mscara de una refinada hipocresa, jams
se manifiestan como son; por lo cual, dieron al olvido sus antiguas
ofensas y querellas, y desde aquel momento se amaron ms que si los
hubieran engendrado los mismos padres.

El seor de Montalban se mostraba ms solcito que los dems en
acariciar y halagar  Rugiero, tanto por haber tenido ocasion de
conocer su valor y bizarra, cuanto por ver en l al caballero ms
afable y ms humano que existia en el mundo, y principalmente por
reconocerse deudor de los muchos favores que el esforzado jven le
habia prestado en diferentes ocasiones. Sabia que Rugiero habia salvado
 Riciardeto, cuando el Rey de Espaa le hizo encarcelar, por haberle
encontrado en el lecho con su hija: sabia tambien que habia librado
 los dos hijos del Duque Buovo, segun os he dicho, de las manos de
los sarracenos y de los malvados sicarios del maguntino Bertolagio;
y estas muestras de herica abnegacion le parecian tan grandes, que
le obligaban  amarle y  reverenciarle: lo que ms le pesaba era no
haber podido hacer lo mismo cuando militaban el uno bajo las banderas
africanas y el otro al servicio de Carlomagno; pero  la sazon, que le
veia convertido al cristianismo, se apresur  satisfacer gustoso su
deuda de gratitud, prodigando  Rugiero toda clase de ofrecimientos,
honores y demostraciones de cario.

Viendo el prudente eremita tan marcada benevolencia, tom pi de ella
para decirles:

--Ahora no falta ya ms que una cosa, que espero obtener sin oposicion;
y es que, as como acabais de uniros por los lazos de una generosa
amistad, os unais tambien por los vnculos del parentesco,  fin de que
de vuestras dos razas ilustres, cuya nobleza no encuentra igual en el
mundo, salga una estirpe que supere en esplendor  todo el que despiden
los fulgurantes rayos del Sol mientras recorre su rbita: una estirpe
cuya gloria ir en aumento conforme vayan transcurriendo los aos y los
lustros, y durar (segun lo que Dios me inspira con objeto de que os lo
revele) mientras los cielos efecten sus acostumbradas revoluciones.

Y prosiguiendo su conversacion en estos trminos, el santo anciano
concluy por persuadir  Reinaldo  que prometiera  Rugiero la
mano de su hermana Bradamante, si bien es verdad que ninguno de los
dos necesitaba tales consejos. El Prncipe de Anglante y Olivero
encarecieron  su vez la conveniencia de esta union, esperando que,
as como ellos, la aprobaran el rey Crlos y el duque Amon, y que la
Francia entera se regocijaria por ella. As decian; pero ignoraban que
Amon, con aprobacion del hijo de Pepino, se habia comprometido por
aquellos dias con Constantino, emperador de Oriente, que le pidi la
mano de Bradamante para su hijo Leon, heredero de sus vastos dominios;
el cual, sin ver  la jven, se habia enamorado perdidamente de ella
por la sola fama de sus hazaas. Amon le respondi, que por s solo
no podia decidirse enteramente hasta hablar con su hijo Reinaldo, que
por entonces se hallaba lejos de la corte; y aun cuando no le cabia la
menor duda de que su hijo daria su consentimiento, aceptando gustoso
una alianza tan ilustre, no se atrevia, sin embargo,  tomar una
resolucion definitiva  causa de la suma deferencia que le tenia.

Mientras tanto Reinaldo, separado de su padre, ignorante de los tratos
de este con el Emperador, y cediendo  su propio deseo, al parecer de
Orlando y de sus compaeros, y sobre todo  las instancias del eremita,
prometi  Rugiero la mano de su hermana, persuadido de que Amon no
podria menos de aprobar satisfecho aquel parentesco. Pasaron todo aquel
dia y gran parte del siguiente en compaa del virtuoso cenobita,
olvidndose casi de regresar  bordo,  pesar de serles el viento
favorable; pero los marinos, que se lamentaban de tanta demora, les
enviaron repetidos avisos, apremindolos para que se embarcaran, hasta
que por ltimo tuvieron que separarse del eremita. Rugiero, que habia
permanecido en aquel retiro tantos dias, sin apartarse un solo momento
del escollo, se despidi afectuosamente del santo maestro que le
iniciara en la verdadera f. Orlando le devolvi su espada, la armadura
de Hctor y el buen Frontino, tanto para darle una prueba evidente
del cario que le profesaba, cuanto por saber que antes le habian
pertenecido; y si bien el Paladin tenia ms derecho  poseer aquel
acero encantado, conquistado por l  costa de mil trabajos y fatigas
en el formidable jardin de Falerina, que Rugiero,  quien se lo habia
entregado un ladron, juntamente con Frontino, sin embargo, se lo cedi
voluntariamente, as como las dems armas  la primera indicacion.

Bendecidos los caballeros por el devoto anciano, volvieron 
embarcarse, y al instante dieron las velas al Noto y los remos al
agua. Durante su navegacion, disfrutaron de un tiempo tan sereno y
bonancible, que no tuvieron necesidad de apelar  los rezos ni  los
votos hasta que fondearon en Marsella sanos y salvos. Dejmosles all,
hasta que me sea posible conducir  aquel puerto al glorioso duque
Astolfo.

Luego que Astolfo tuvo noticia de la victoria alcanzada  costa de
tanta sangre, juzg que la Francia se hallaba para siempre libre de
los ataques del frica, y por consiguiente crey oportuno disponer
que el Rey de Nubia regresara  su pas con su ejrcito, por el mismo
camino que cruzara al marchar contra Biserta. El hijo de Ogiero habia
enviado de nuevo al frica la escuadra que destruy la de los moros,
y en cuanto desembarcaron de ella los nubios que la tripulaban, un
nuevo milagro hizo que los costados, las popas y las proas de las
embarcaciones recobraran su primitiva forma de hojas de rbol; despues
acudi el viento, y como cosa leve, las dispers por el aire y las hizo
desaparecer en un instante.

No tardaron en alejarse de frica las huestes nubias, unas  pi y
otras  caballo; pero Astolfo manifest antes su viva y eterna gratitud
al rey Senapo, por haber acudido en persona  prestarle un generoso
auxilio con toda su fuerza y todo su poder, y le entreg el terrible
y fogoso Austro encerrado en el claustro uterino: quiero decir, que
le confi el odre que contenia el viento que suele soplar del Sur con
inusitada violencia, agitando las arenas del desierto como si fueran
las olas de un tempestuoso mar, y elevndolas en confusos remolinos
hasta el mismo Cielo: encarecile la importancia de mantenerlo cautivo,
para que no les molestara en su viaje, y le recomend, por ltimo, que
al llegar  su pas, le diese libertad.

Dice Turpin, que en el momento en que el ejrcito penetr en las
gargantas del empinado Atlas, todos los caballos se transformaron de
nuevo en piedras, de suerte que los nubios se volvieron como habian
venido.

Pero ya es tiempo de que Astolfo regrese  Francia, por lo cual tan
pronto como hubo fortificado los principales puntos del reino de
frica, hizo desplegar las alas  su Hipogrifo, que de un solo vuelo
le llev  Cerdea, y de Cerdea  las playas de Crcega; desde all
prosigui el Duque su camino sobre el mar, volviendo algun tanto las
riendas  la izquierda, hasta que por ltimo contuvo la rapidez de su
carrera al dar vista  las marismas de la rica Provenza, donde hizo con
el Hipogrifo cuanto le orden el Evangelista. El santo Apstol le habia
prevenido que, una vez llegado  Provenza, dejara de espolearle, y que
cesando de oponer la silla y el freno  su natural impetuosidad, le
permitiera alejarse libremente.

Adems, el cielo ms bajo, que recibe en su seno todo cuanto pierden
los mortales, habia privado de sus sonidos  la trompa, que se qued,
no ya ronca, sino muda, cuando el guerrero puso el pi en la divina
morada.

Lleg Astolfo  Marsella el mismo dia en que desembarcaron Orlando,
Olivero y el seor de Montalban, juntamente con el buen Sobrino y el
bravo Rugiero. El triste recuerdo de la muerte de su amigo Brandimarte
impidi que los Paladines reunidos pudieran dar expansion al jbilo
que sentian por el feliz resultado de la guerra. Desde Sicilia habian
participado al Emperador la muerte de los dos reyes sarracenos, la
prision de Sobrino y el desgraciado fin de Brandimarte: tampoco
ignoraba Crlos la conversion de Rugiero, y en su corazon y en su
rostro se echaba de ver claramente el gozo que sentia, por verse libre
de aquel peso intolerable que habia gravitado sobre sus hombros, en
trminos de no poder reponerse fcilmente.

A fin de honrar cual debia  aquellos guerreros, que eran las columnas
y el principal sosten del santo Imperio, dispuso el Emperador que toda
la nobleza del reino saliera  recibirlos hasta la orilla del Saona,
y l mismo se adelant  su encuentro fuera de los muros de la ciudad
con una brillante comitiva, compuesta de reyes y duques, y en compaa
de la Emperatriz, que iba rodeada de muchas doncellas, tan notables
por su hermosura como por la elegancia y riqueza de sus galas. El
alegre Emperador, los paladines, los amigos y parientes, la nobleza y
el pueblo acogieron al Conde y  sus compaeros con las ms evidentes
muestras de carioso afecto, aclamando los nombres de Mongrana y
Claramonte.

Tan pronto como hubieron terminado los plcemes y los abrazos,
Reinaldo, Orlando y Olivero condujeron  Rugiero  la presencia del
Emperador, manifestndole que aquel jven era hijo de Rugiero de Ris,
digno heredero de las virtudes de su padre, y tan fuerte y animoso
y tan experto en los combates como podrian atestiguar los ejrcitos
cristianos. En aquel momento se presentaron Marfisa y Bradamante,
las dos amigas bellas y esforzadas: la primera corri  abrazar  su
hermano: la segunda le salud con cierta expansion contenida por el
respeto.

El Emperador hizo que Rugiero volviera  montar  caballo, del que
se habia apeado reverentemente, y quiso que cabalgara  su lado, no
perdonando la menor ocasion de honrarle y darle seales inequvocas de
su aprecio; pues sabia su conversion al cristianismo, porque apenas
desembarcaron los guerreros, se habian apresurado  poner en noticia
de Crlos los detalles de todo lo ocurrido. La noble comitiva entr en
la ciudad en medio de una pompa verdaderamente triunfal: por do quiera
se veian enramadas y guirnaldas de flores: todos los edificios estaban
colgados de vistosos tapices: sobre los vencedores caia una verdadera
lluvia de flores y de yerbas olorosas, que arrojaban  manos llenas
desde los balcones y ventanas elegantes damas y apuestas doncellas:
al recorrer algunas calles, se encontraban con arcos y trofeos
levantados en breves momentos, en que estaban representados la toma y
el incendio de Biserta y otros varios hechos de armas: en otras partes
se elevaban tablados, en los que se ejecutaban diferentes juegos,
pantomimas y espectculos escnicos, y en fin, por do quiera aparecian
fijados grandes cartelones con esta inscripcion: _A los libertadores
del Imperio_. Entre los sonidos de los penetrantes clarines, de los
canoros pfanos, y de mil armoniosas msicas; entre los aplausos, las
aclamaciones, el gozo y el afecto de una inmensa multitud que apenas
cabia en las calles, apese el magno Emperador en su palacio, donde
todo aquel brillante squito se entreg durante muchos dias  los
placeres de los torneos, de los banquetes, de los bailes, de los juegos
y de las representaciones escnicas.

Reinaldo aprovech la primera oportunidad para participar  su padre su
propsito de unir  Bradamante con Rugiero, manifestndole al propio
tiempo que se la habia prometido por esposa en presencia de Orlando y
de Olivero, los cuales apoyaron su dictmen por creer que era imposible
contraer un parentesco, que por la nobleza y valor del elegido fuese,
no tan solo igual, sino mejor que el acordado. El duque Amon no
quiso ocultar  su hijo el marcado descontento con que escuch sus
palabras, por haberse atrevido  disponer de la mano de la doncella
sin consultarle, cuando l estaba resuelto  desposarla con el hijo de
Constantino y no con Rugiero, el cual ni empuaba un cetro, ni poseia
absolutamente nada sobre la tierra, como si no supiese que la nobleza,
y especialmente la virtud, carecen de valor cuando no las acompaan las
riquezas.

Beatriz censur la determinacion de su hijo mucho ms que el Duque
su esposo, calificndola de arrogante en demasa, y declar secreta
y ostensiblemente, que se opondria  que Bradamante fuese esposa de
Rugiero, por tener resuelto hacerla  toda costa emperatriz de Oriente.
Reinaldo por su parte persistia en su obstinacion, decidido  no faltar
en un pice  su palabra. La madre, que creia  la magnnima doncella
predispuesta en favor suyo, la escitaba  confesar que preferia la
muerte  enlazarse con un caballero pobre, amenazndole al mismo tiempo
con retirarle su afecto si toleraba la grave injuria que su hermano le
inferia, y aconsejndole que se negara con audacia y firmeza, puesto
que Reinaldo no podia obligarla  acceder  sus deseos  la fuerza.

Bradamante permanecia silenciosa, sin atreverse  contradecir  su
madre, hcia quien sentia tal respeto y reverencia, que ni siquiera
podia pensar en desobedecerla; pero, por otra parte, consideraba como
un crmen prometer lo que no queria cumplir; y no queria, porque no le
era posible, pues Amor le habia arrebatado su poco  mucho albedro.
No atrevindose  rehusar, ni  dar muestras de contento, se limitaba
 guardar un absoluto silencio, interrumpido por frecuentes suspiros;
pero cuando se encontraba  solas, y en sitio donde no pudiese ser
oida, daba libre curso al llanto que en copioso raudal se escapaba
de sus ojos, haciendo sentir  su pecho y  sus blondos cabellos
los crueles efectos del dolor que la atormentaba, golpendose aquel
y mesndose lastimosamente estos. En medio de su afliccion y de su
llanto, exclamaba:

--Ay de m! Habr de querer lo que no quiere la que debe ejercer
sobre mi voluntad un dominio mayor que el mio propio? Tendr en tan
poca estima los deseos de mi madre, que me sea posible posponerlos
 mi principal anhelo? Ah! Puede haber pecado ms grave  baldon
ms vergonzoso para una doncella, que el de tomar esposo contra la
voluntad de aquellos  quienes est obligada  obedecer? Ay msera
de m! Tendr bastante poder mi cario filial para conseguir que te
abandone, Rugiero mio? Lograr que me entregue  una nueva esperanza,
 un nuevo deseo y  un nuevo amor,  haciendo abstraccion completa
de la reverencia y atencion que  los buenos padres deben los buenos
hijos, atender tan solo  mi bien,  mi dicha,  mi deleite? Conozco
cules son mis deberes, s cunto debe exigirse de una buena hija:
no lo ignoro ay de m! pero de qu me sirve si los sentidos luchan
ventajosamente con la razon, si Amor la acosa y la obliga  someterse,
y no me permite que disponga de ella ni aun de m misma sino cuando 
l le parece, reducindome  decir y hacer tan solo lo que l me dicta?
Soy hija de Amon y de Beatriz, pero tambien soy desventurada! esclava
del amor. Si falto  mis deberes filiales, espero encontrar compasivo
perdon en mis padres; pero si ofendo al amor, quin podr librarme con
ruegos y con splicas de sus furores? quin lograr que atienda una
sola de mis disculpas y no me cause una muerte desastrosa y repentina?
Ah! He procurado  costa de prolongados  incesantes esfuerzos atraer
 Rugiero  nuestra F; al fin lo he conseguido, pero qu me importa,
si mi piadoso propsito redunda en beneficio de otros, del mismo modo
que la abeja renueva su miel todos los aos, para verse privada siempre
del fruto de su trabajo? No, no! Antes la muerte que verme en brazos
de otro esposo! Si no obedezco  mi padre y  mi madre, obedecer en
cambio  mi hermano, que es mucho ms prudente que ellos y tiene su
cerebro sano y despejado. El mismo Orlando aprueba lo que Reinaldo
ordena, de suerte que cuento con el apoyo de ambos caballeros, ms
temidos y venerados en el mundo que todos nuestros dems parientes
juntos. Si no existe un solo mortal que no vea en ellos la flor, la
gloria y el esplendor de la raza de Claramonte, si todos los ensalzan
y los glorifican  porfa, por qu he de consentir que Amon disponga
de m con preferencia  Reinaldo y al Conde? No, no debo permitirlo, y
con tanto mayor motivo, cuanto que el Emperador griego solo ha recibido
de mi padre una vaga promesa, al paso que Reinaldo ha comprometido su
palabra con Rugiero.

Si Bradamante se afligia y atormentaba, la imaginacion de Rugiero no
estaba mucho ms tranquila; pues aunque la noticia de la oposicion
del Duque y de su esposa no habia circulado todava por la ciudad, el
triste jven tenia conocimiento de ella. Lamentbase de su adversa
fortuna, que no le permitia gozar de tanto bien, por haberle negado
tronos y riquezas, cuando se mostraba tan prdiga con otros mil,
indignos de poseerlas, y sin embargo, se veia dotado en tan gran
cantidad de todos los dems bienes que concede la naturaleza  los
hombres,  se alcanzan  fuerza de estudio y de fatiga, que no ha
existido mortal alguno que poseyera tantos, pues  su belleza cedia
toda otra belleza; con dificultad se hallaria quien resistiera  su
pujanza, y nadie, como l, merecia la palma de la magnanimidad y de la
rgia esplendidez; pero el vulgo, que dispone  su arbitrio de los
honores y las consideraciones, y los da  los quita como le parece (y
no se crea que eximo  nadie del nombre de vulgo, excepto  los hombres
prudentes y estudiosos; pues los papas, los reyes y los emperadores no
los hacen las mitras, los cetros, ni las coronas, sino la prudencia, el
recto criterio, cualidades que el Cielo concede  un limitado nmero de
personas), para ese vulgo, repito, que solo da valor  las riquezas, no
existe otra cosa en el mundo ms digna de admiracion, y sin ellas, nada
respeta y nada aprecia, por grandes que sean la belleza, el valor, la
pujanza, la destreza, la virtud, la sabidura y la bondad, considerando
por ltimo como lo ms insignificante de todo los amorosos quebrantos
semejantes al que me ocupa.

--Puesto que Amon est decidido, pensaba Rugiero,  que su hija sea
emperatriz, desearia que no llevara  cabo tan pronto su alianza con
Leon, y que me diera por lo menos un ao de trmino; no necesito mayor
plazo para precipitar del slio imperial  Leon y  su padre, y cuando
les haya arrancado su corona, Amon no me juzgar un yerno indigno
de s. Pero si Constantino pretende ser suegro de Bradamante con la
precipitacion que ha exigido; si no hace caso alguno de la palabra que
Reinaldo y su primo Orlando me han dado en presencia del santo eremita,
del marqus Olivero y del rey Sobrino, qu deber hacer? Tolerar
tan grave ultraje,  arrostrar la muerte antes que sufrirlo? Qu
har, Dios mio? Deber recaer mi venganza en el padre de Bradamante?
Paso por alto que no debo precipitarme para tomar una determinacion
semejante, y si obro necia  cuerdamente al intentarla; pero quiero
suponer que me sea fcil arrancar la vida al viejo insano y  toda su
descendencia: esta venganza me proporcionar alguna satisfaccion? Ah!
No: redundar, por el contrario, en contra de mi constante anhelo,
que siempre se ha cifrado en conservar el amor de mi bella dama y en
no merecer su dio; y si doy muerte  su padre,  intento  llevo 
cabo alguna accion perjudicial para su hermano  sus parientes, no le
doy un justo motivo para que me llame enemigo suyo, y se niegue con
horror  ser mi esposa? Qu debo, pues, hacer? Sufrir tal insulto?
Ah no, vive Dios! primero la muerte. Pero no, no quiero morir: antes
debe perecer con ms justicia ese Leon Augusto, que ha venido  turbar
mi inmensa alegra: deben perecer l y su infame padre. No cost tanto
Elena  su troyano amante, ni Proserpina  Piritoo en tiempos ms
remotos, como he de hacer pagar caro mi quebranto al padre y al hijo.
Y podr suceder, vida mia, que no te pese abandonar  tu Rugiero por
ese griego? Lograr tu padre arrancarte el fatal consentimiento,
aun cuando tuviese de su parte  tus hermanos? Ay! Harto temo que
tus deseos concuerden con los de Amon ms bien que con los mios, y
que te parezca mejor partido el que te ofrece un Csar que el de un
simple caballero! Podr suceder acaso que un nombre rgio, un ttulo
imperial, la grandeza y la pompa de las cortes lleguen  corromper el
levantado nimo, el gran valor y la slida virtud de mi Bradamante,
hasta el extremo de menospreciar por ellos la f jurada, y olvidar
todas sus promesas? No deberia arrostrar el enojo de Amon, antes que
dejar de decirme lo que siempre me ha dicho?

Decia entre s Rugiero estas y otras muchas cosas, profiriendo con
frecuencia sus quejas de tal modo, que llegaban  oidos de los que
se hallaban cerca de l, por lo cual Bradamante tuvo ms de una vez
noticia de su pesadumbre, causndole las penas de Rugiero un dolor no
menos vivo que las suyas propias; pero lo que ms la atormentaba de
cuanto, segun le decian, afligia  su enamorado caballero, era el
saber que su principal quebranto procedia de las sospechas de que ella
pudiese abandonarle, por entregar su mano al Griego. Con el fin de
tranquilizarle y desterrar esta creencia de su corazon, le envi un dia
 una de sus ms fieles camareras con el encargo de que le trasmitiera
estas palabras:

--Tened la seguridad, adorado Rugiero, de que continuar siendo la
misma hasta el sepulcro, y ms all, si posible fuera. Ya se muestre
el Amor benigno  altanero para conmigo, ya sea buena  mala mi
fortuna, mi constancia ser tan firme como la de una roca que sufre
incontrastable los embates del viento y del mar, segun lo he demostrado
permaneciendo, como permanecer siempre, inmutable, lo mismo en la
tempestad que en la bonanza. Una lima  un cincel de plomo podrn
tallar de varios modos el diamante antes que los golpes de la fortuna 
las iras del amor consigan doblegar mi corazon constante, y las aguas
del turbio y caudaloso rio subirn hcia la cumbre de los Alpes antes
que cualquier nuevo accidente, bueno  malo, consiga variar el rumbo
de mis ideas. A vos tan solo, Rugiero mio, he concedido el dominio
sobre mi corazon, lo que es tal vez mucho ms de lo que algunos creen.
Estoy ntimamente convencida de que mi lealtad es ms inquebrantable
que la que juran sus sbditos  un nuevo monarca: s que ningun rey
ni emperador del mundo reina en sus estados con mayor seguridad que
vos en mi albedro, y que no necesitais construir fosos ni murallas
por temor de que otro os arrebate su posesion; pues sin necesidad de
que levanteis tropas, no habr asalto que yo no rechace, ni riqueza
capaz de conquistarme, ni un corazon como el mio se adquiere  tan
vil precio; ni podr sojuzgarme la nobleza, ni el brillo de una
corona que suele deslumbrar al vulgo necio; ni existir una de esas
bellezas que tanto influyen en las imaginaciones volubles y caprichosas
capaz de impresionarme tanto como la vuestra. Desechad, pues, todo
temor de que mi corazon pueda amoldarse  las nuevas formas que se
pretenda darle, pues vuestra imgen est tan profundamente grabada en
l, que es imposible borrarla. El marfil, el diamante, la piedra ms
dura y que ms resistencia oponga al esfuerzo del lapidario, pueden
romperse, pero no es posible grabar en ellos una figura distinta  la
esculpida primitivamente. Mi corazon, que participa de la naturaleza y
propiedades del mrmol  de otra materia resistente al hierro, podr
tal vez quedar destrozado por los golpes de Amor, pero este ser
impotente para grabar en l otra imgen que no sea la vuestra.

A estas palabras aadi otras muchas, llenas de amor, de f, de
consuelo, y capaces de restituirle mil veces  la vida, si mil veces
hubiese muerto; pero cuando ms confiados estaban en haber llevado sus
esperanzas  buen puerto y al abrigo de los furores de la tempestad,
vironse de nuevo envueltos en oscuro  impetuoso torbellino, que los
arroj lejos de la playa  merced de las procelosas olas. Resuelta
Bradamante  cumplir todava ms de lo prometido, y evocando su
acostumbrada audacia, hizo caso omiso de todo respeto y reverencia, y
se present un dia  Carlomagno, dicindole:

--Seor, si mis trabajos han encontrado alguna gracia  los ojos de
vuestra majestad, dignaos concederme un don en recompensa; pero antes
de deciros en qu consiste, os ruego que me empeeis vuestra palabra
real de acceder  mi deseo, seguro de que mi demanda ser justa y recta.

--Querida hija, le respondi el Emperador, tu valor y virtud merecen
que te d cuanto me pidas, y aunque desees una parte de mis estados,
juro concedrtela con tal de contentarte.

--La gracia que espero de vuestra Alteza, repuso la doncella, es que no
permitais que me den un esposo cuyo valor sea inferior al mio. Los que
aspiren  mi mano, han de sostener antes conmigo un combate  espada 
lanza. El vencedor ser mi esposo: el vencido deber ir  otra parte en
busca de mujer.

El Emperador le contest con rostro placentero, que la demanda era en
un todo digna de la que la hacia; por lo cual podia estar tranquila,
pues l por su parte haria cuanto le rogaba.

Aquella entrevista no permaneci tan secreta, que no llegara al poco
tiempo  noticia de todos, y en el mismo dia tuvieron conocimiento de
ella el anciano Amon y su esposa Beatriz. La irritacion y el enojo
que les caus el atrevido paso de su hija, fueron indescriptibles;
porque vieron que su propsito no era otro que el de elegir  Rugiero
y rechazar  Leon. Atendiendo diligentes  impedir que se realizara
el intento que habia formado, la sacaron engaada de la corte, y se
retiraron con ella  Roca-Fuerte, castillo que Crlos habia dado pocos
dias antes  Amon, el cual estaba situado entre Perpian y Carcasona,
en un punto importante de la orilla del mar. All la tuvieron encerrada
como en una prision, con designio de enviarla cuanto antes  Oriente,
alejndola de buen  mal grado de Rugiero, para obligarla  contraer su
enlace con Leon.

La valerosa doncella, no menos sumisa que animosa y fuerte, permanecia
resignada y obediente  la voluntad de su padre,  pesar de que no le
habian puesto centinelas de vista y podia entrar y salir libremente del
castillo: sin embargo, estaba firmemente resuelta  sufrir la prision,
los tormentos ms crueles y hasta la muerte, antes que renunciar  su
Rugiero.

Al verse Reinaldo separado de su hermana  causa del ardid de Amon,
y conociendo que ya no podria disponer de ella, con lo cual quedaba
imposibilitado de cumplir su palabra, se quej amargamente de su padre,
hablando de l en trminos exentos de todo respeto filial; pero el
Duque se cuidaba muy poco de tales quejas, y seguia adelante con los
proyectos que habia formado sobre el porvenir de su hija.

Informado Rugiero de este nuevo contratiempo, temi perder para siempre
 su amada y que Leon alcanzaria voluntaria  forzosamente su mano,
si continuaba mucho tiempo vivo: obligado por tan cruel alternativa,
se propuso secreta y resueltamente inmolar  su rival, convirtindole
de Augusto en Divino, y arrancar la vida juntamente con el trono al
padre y al hijo, si sus esperanzas no quedaban defraudadas. Vistise
las armas que fueron del troyano Hctor y despues de Mandricardo, hizo
ensillar al excelente Frontino, y cambi de cimera, de escudo y de
sobrevesta. No juzg conveniente ostentar en su proyectada empresa el
guila blanca en campo azul, y en su lugar puso por divisa en su escudo
un unicornio blanco como la azucena en campo rojo. Eligi por nica
compaa al ms fiel de sus escuderos, con expreso encargo de que no
revelara en ocasion alguna el nombre de su seor.

Pas el Mosa y el Rin, atraves las provincias de Austria y de Hungra,
baj por la orilla derecha del Ister[181], y tan de prisa anduvo,
que al poco tiempo lleg  Belgrado. Cerca del sitio en que el Save
se precipita en el Danubio y marcha unido con l  desembocar en ms
anchuroso mar, vi Rugiero un numeroso ejrcito acampado en tiendas y
pabellones en torno de la ensea imperial; pues Constantino intentaba
recobrar aquella ciudad que le habian conquistado los blgaros. El
mismo Emperador, teniendo al lado  su hijo, mandaba en persona cuantas
tropas habia podido reunir en todo el Imperio. En frente de l tenia el
ejrcito blgaro, que ocupaba la ciudad y toda la montaa que la rodea,
extendindose hasta la misma orilla del Save, cuyas aguas acudian 
beber las huestes de una y otra nacion.

       [181] Antiguo nombre del Danubio.

Rugiero lleg en el momento en que los griegos se esforzaban en echar
un puente sobre el rio, mientras los blgaros procuraban impedirlo, y
encontr  los dos ejrcitos batindose con encarnizamiento.

El nmero de los griegos era cudruple al de sus contrarios, y adems
tenian embarcaciones con puentes para facilitar el paso del rio, que
estaban empeados en atravesar  viva fuerza. Mientras una parte del
ejrcito imperial se ocupaba en esta operacion, Leon se alej del rio
por medio de un movimiento simulado, y dando un gran rodeo por el
campo, retrocedi de nuevo, ech los puentes en la orilla opuesta y
pas por ellos con toda rapidez, seguido de mas de veinte mil soldados,
entre infantes y ginetes, con los cuales march por la orilla del rio,
y cay furiosamente sobre uno de los flancos del enemigo. Tan luego
como el Emperador vi aparecer  su hijo por la margen opuesta, uniendo
puentes  puentes y naves  naves, pas  su vez con el resto de sus
tropas.

Vatrano, jefe y rey de los blgaros, guerrero de gran prez, prudente
y animoso, se esforzaba intilmente en contener por todas partes un
ataque tan impetuoso, cuando oprimindole Leon con su robusta mano, le
hizo caer debajo del caballo; y como no quiso rendirse prisionero,
perdi la vida atravesado por mil espadas. Los blgaros habian hecho
frente hasta entonces; pero apenas se vieron privados de su jefe, se
apresuraron  huir de la tormenta que en torno suyo descargaba cada vez
ms amenazadora, volviendo las espaldas hcia donde antes tenian el
rostro.

Rugiero, que habia pasado el rio confundido entre los griegos, al ver
aquella derrota, se dispuso  socorrer  los blgaros, sin pararse
 reflexionar en lo que hacia,  impulsado tan solo por su dio 
Constantino,  ms bien  su hijo Leon. Pic  Frontino, que se
asemejaba al viento en su velocidad, y se adelant  todos los ginetes,
colocndose en medio de los blgaros, que poseidos de un terror pnico,
huian al monte, abandonando la llanura. Consigui detener  muchos
de ellos, llevlos de nuevo al combate, enristr su lanza, y lanz
su caballo contra los griegos con tan terrible aspecto, que Marte y
Jpiter se estremecieron de espanto en su olmpica morada.

Fij la vista, con preferencia  los otros, en un caballero que llevaba
bordada en su purprea sobrevesta una mazorca de seda y oro, con todo
su tronco, al parecer de mijo: era hijo de una hermana de Constantino,
y su tio le amaba con paternal ternura: Rugiero le hizo pedazos, cual
si fueran de vidrio, el escudo y la coraza, y el hierro de su lanza
le sali ms de un palmo por la espalda. Despues de dejar muerto 
aquel guerrero, empu su Balisarda, se precipit sobre el escuadron
ms prximo, y repartiendo cuchilladas  diestro y siniestro, empez
 hendir troncos y cabezas,  atravesar pechos y costados y  segar
gargantas.

Pronto qued el campo sembrado de cabezas, piernas, brazos, manos y
troncos; la sangre de los muertos, formando un espantoso arroyo,
corria hasta el valle. Al ver tan descomunales tajos, no hubo un solo
griego que se atreviera  contrastarlos: aterrados estos, dejaron de
oponer resistencia, de suerte que en breve cambi la faz del combate;
pues cobrando nuevo ardimiento el blgaro fugitivo, hizo frente  su
enemigo, empez  perseguirle con denuedo, y en un momento rompi sus
apiados escuadrones  hizo emprender la fuga  todas sus banderas.

Leon Augusto se habia retirado  una eminencia, al ver la desordenada
huida de los suyos: triste y consternado contemplaba desde aquella
altura que dominaba todo el campo, al guerrero que hacia morder el
polvo  tanta gente y que era capaz l solo de exterminar  todo su
ejrcito:  pesar del gran dao que le causaba, no podia menos de
admirar su valor y elogiar sus nclitas proezas. Por la divisa, la
sobrevesta y la brillante armadura con ricos adornos de oro, que
llevaba aquel guerrero, conocia fcilmente que no era blgaro,  pesar
del generoso auxilio que les prestaba. No se cansaba de contemplar
atnito sus hechos de armas sobrehumanos, llegando  ocurrrsele que
tal vez seria un ngel exterminador bajado del Cielo para castigar
 los griegos por los pecados con que tantas y tantas veces habian
ofendido al Eterno.

Como Leon abrigaba un corazon magnnimo y sublime, qued tan prendado
de aquel campeon,  quien otros muchos en su caso habrian cobrado
dio, que deseaba verle salir ileso del combate; y tanto era as, que
hubiera preferido perder, no ya uno, sino seis de sus soldados, y hasta
una parte de su reino, antes que presenciar la muerte de tan digno
caballero.

As como el tierno nio  quien su enojada madre castiga y aleja de
s, no va  buscar un refugio al lado de su hermana  de su padre,
sino que vuelve  buscar  la que le castig, abrazndola dulcemente,
as tambien Leon no podia sentir dio alguno hcia Rugiero, por ms
que hubiese esterminado su vanguardia, y amenazara con la misma suerte
al resto del ejrcito, porque el increible valor de audaz guerrero
excitaba en su alma ms afecto que dio.

Mas si Leon admiraba y queria ya  Rugiero, creo que no obtendr la
misma favorable correspondencia; porque el bravo Paladin le odiaba con
toda su alma, y su nico deseo era el de darle la muerte por su mano.
Le fu buscando con insistencia por todas partes, preguntando  muchos
dnde podria encontrarle; pero la buena estrella y la prudencia del
prncipe griego impidieron que se hallase con l frente  frente. Leon
mand tocar retirada para evitar el total exterminio de sus huestes,
y orden que un mensajero partiera  todo escape  rogar al Emperador
que emprendiese  su vez la retirada y repasara el rio, asegurndole
que podia darse por muy satisfecho si no se lo estorbaban: mientras
tanto, l, con las escasas tropas que consigui reunir, volvi al
puente por donde habia pasado el Save. Fueron innumerables los griegos
que perecieron  manos de los blgaros en el monte y en el rio; 
indudablemente habrian perecido todos,  no haber pasado  la orilla
opuesta del rio, cuyas aguas les protegieron en su derrota. Muchos
soldados cayeron precipitados desde los puentes y se ahogaron: otros
muchos corrieron durante largo tiempo buscando un vado, sin atreverse
 volver la vista atrs, y muchos tambien cayeron prisioneros y fueron
conducidos  Belgrado.

Terminada de este modo aquella batalla, que hubiera sido funesta para
los blgaros despues de la muerte de su rey, si no hubiese vencido
por ellos el animoso guerrero que llevaba pintado en su rojo escudo
el unicornio blanco, se apresuraron los vencedores  mostrarle su
inmensa gratitud por aquella victoria, que  l tan solo debian, segun
se complacian en reconocer. Unos le saludaban, otros se inclinaban
reverentemente al llegar junto  l; estos le besaban la mano, aquellos
el pi; considerndose muy dichosos los que podian verle de cerca, y
ms aun los que lograban tocarle, por creer que tocaban una cosa divina
y sobrenatural. Por ltimo, en medio de entusiastas aclamaciones le
suplicaron unnimes que accediera  ser su rey, su capitan, su guia.

Rugiero les respondi que seria su rey y su capitan,  lo que ellos
quisieran; pero que aquel dia se negaba  empuar el cetro  el baston
de mando, y hasta  descansar en Belgrado, porque queria perseguir 
Leon antes de que se alejara ms y consiguiera vadear el rio, y no
cesar en su persecucion hasta conseguir alcanzarle y darle muerte; pues
con este solo objeto habia hecho un viaje de ms de mil millas, y no
por otra causa. Sin esperar  ms, separse del grupo que le rodeaba, y
se dirigi por el camino que, segun informes, atravesaba Leon volando,
por miedo tal vez de que le cortaran la retirada. Era tal el ardor con
que sigui las huellas de su rival, que ni siquiera se detuvo  llamar
ni  esperar  su escudero.

Leon le llevaba tanta ventaja en su huida (pues de tal puede
calificarse aquella confusa retirada), que encontr el paso libre y
expedito, rompiendo en seguida el puente  incendiando las naves.
Cuando lleg Rugiero, ya habia ocultado el Sol sus rayos; y no
encontrando un albergue donde recogerse, sigui adelante, caminando 
la dbil claridad de la Luna, sin hallar  su paso ciudad ni castillo
alguno. Ignorando  donde dirigirse para buscar un asilo, prosigui
durante la noche su marcha, sin apearse un solo momento del caballo,
hasta que al despuntar la nueva aurora, vi por fin  la izquierda
una ciudad, en donde se propuso permanecer todo el dia, con objeto de
conceder algun descanso  Frontino que tantas millas habia andado la
noche anterior sin detenerse un momento ni verse libre de la brida.

Uno de los sbditos ms queridos de Constantino, llamado Ungiardo, era
el gobernador de aquella ciudad, de la cual habia sacado el Emperador,
con motivo de la guerra, un nmero considerable de peones y ginetes.
Hallando libre la entrada, penetr Rugiero en la ciudad, en la que
le hicieron tan favorable acogida, que consider innecesario seguir
adelante para buscar un sitio mejor ni ms abundante. Hcia la tarde
alojse en la misma posada que l un caballero de Rumana, que se habia
encontrado en la terrible batalla cuando Rugiero tom parte en ella 
favor de los blgaros: aquel caballero pudo escapar milagrosamente de
las manos del prometido de Bradamante; pero tan aterrado, que aun se
sentia estremecido de espanto, parecindole ver por todas partes al
caballero del unicornio.

Apenas vi el escudo, conoci al guerrero que usaba aquella divisa,
el mismo que derrot  los griegos y  cuyas manos pereci tanta
gente. Inmediatamente se dirigi corriendo al palacio del gobernador,
solicitando una audiencia para revelarle una cosa de la ms alta
importancia,  introducido  presencia de Ungiardo, le dijo cuanto me
reservo para el canto siguiente.




CANTO XLV.

  Leon libra de la muerte  Rugiero, que habia sido
  encarcelado.--Rugiero, encubierto con la armadura del prncipe
  griego y ostentando el blason de este, vence en combate singular 
  Bradamante; el dolor y la angustia que le produce su victoria, le
  inducen  atentar contra su vida.--Marfisa emplea todos los medios
  imaginables para estorbar el matrimonio de Bradamante con Leon.


Cuanto ms alto veais al msero mortal en la inestable rueda de la
Fortuna, tanto ms rpidamente le vereis con la cabeza donde antes
tenia los pis, dando una espantosa caida. Tenemos repetidos ejemplos
de esta verdad en Polcrato[182], el rey de Lidia[183], Dionisio[184],
y otros cuyos nombres creo intil recordar, los cuales cayeron desde
la cspide de la grandeza y podero en la miseria ms extremada. En
cambio, cuanto ms deprimido, cuanto ms humillado se encuentra el
hombre en la parte inferior de la rueda, tanto ms cerca se ve de su
punto culminante, si aquella da una vuelta completa; y ms de uno
que casi tenia la cabeza metida en un cepo, al dia siguiente ha
dictado leyes al mundo. Servio[185], Mario[186] y Ventidio[187] nos
han ofrecido una prueba de esto en los tiempos antiguos, y el rey
Luis en el nuestro[188]. Este monarca, suegro del hijo del Duque mi
seor, despues de haber sido derrotado en Saint-Aubin y de caer en
las garras de su enemigo, estuvo  punto de perder la cabeza: el gran
Matias Corvino[189] corri poco antes un peligro mucho mayor, y sin
embargo, el uno subi al trono de Francia, y el otro fu coronado rey
de Hungra. Los numerosos ejemplos de que estn llenas las historias
antiguas y modernas, nos hacen ver que la desgracia va siempre en pos
de la prosperidad y vice-versa, que la gloria y el baldon se suceden
alternativamente y que el hombre no debe confiar jams en sus riquezas,
en sus estados, ni en sus victorias; pero tampoco debe abatirse por los
reveses de la Fortuna, cuya rueda est siempre dando vueltas.

       [182] Tirano de Samos, que fu mucho tiempo clebre por su
       felicidad. Se refiere que inquieto por el asombroso xito de
       todas sus empresas, quiso imponerse un sacrificio para evitar la
       envidia de los dioses, arrojando al mar una piedra preciosa que
       estimaba muchsimo; mas volvi  encontrarla en el vientre de un
       pescado. Polcrato tuvo un fin desastroso. Cuando meditaba la
       conquista de la Jonia, fu hecho prisionero  traicion por los
       persas y crucificado.

       [183] Creso, rey de Lidia, fu el hombre ms rico y envidiado de
       su tiempo; pero vencido por Ciro, monarca de los asirios, en una
       batalla, y hecho prisionero en el asalto de Sardes, capital de
       la Lidia, estuvo  punto de perecer en una hoguera, salvando su
       vida merced  la generosidad de Ciro.

       [184] Dionisio el Jven, tirano de Siracusa, fu arrojado del
       trono por sus sbditos, y habindose refugiado en Corinto, tuvo
       que dedicarse  maestro de escuela para poder vivir.

       [185] Servio Tulio, hijo de una esclava, y sexto rey de Roma.

       [186] Cayo Mario, hijo de una familia plebeya y oscura, fu
       general romano, y siete veces cnsul.

       [187] Ventidio Basso, desde la humilde condicion de esclavo de
       los romanos, lleg  ser senador, tribuno del pueblo y pretor.

       [188] Luis, hijo de Crlos, duque de Orleans, disput la
       regencia del reino  Ana de Beaujeu, durante la menor edad de
       Crlos VIII; pero vencido en la batalla de Saint-Aubin por las
       tropas de Ana, permaneci tres aos prisionero en Bourges,
       encerrndole de noche en una jaula de hierro. Muerto Crlos
       VIII, consigui ceirse la corona de Francia, despues de algunos
       descalabros y derrotas, siendo el duodcimo rey de su nombre.

       [189] Rey de Hungra, el hombre ms ilustre de su poca
       como guerrero y como legislador. Combatido por el Austria,
       la Bohemia, la Polonia, y los vaivodas de Transilvania, de
       Moldavia y de Valaquia, que le pusieron en los mayores aprietos,
       consigui al fin vencer y dispersar  todos sus enemigos.

Era tal la confianza que Rugiero tenia en su valor y su fortuna despues
de la victoria alcanzada sobre Leon y el emperador Constantino, que
se creia capaz de dar la muerte al padre y al hijo, acometindolos l
solo, sin compaa ni auxilio de ninguna clase, aunque les rodearan
cien escuadrones armados. Pero la veleidosa deidad que no quiere que
nadie confie en ella, le demostr en pocos dias con cunta facilidad
ensalza  los hombres  los precipita en el abismo, con qu rapidez
se convierte de amiga en adversa. Para hacrselo conocer as, se
vali del caballero que en la terrible batalla habia tenido no poco
trabajo en escapar de sus manos, el cual acudi presuroso  procurarle
disgustos y penalidades, haciendo saber  Ungiardo que el guerrero que
derrot y aniquil para muchos aos las huestes de Constantino, se
encontraba aquel dia en la ciudad, donde pernoctara seguramente, y
que, aprovechando una ocasion tan propicia, seria fcil aprisionarle
sin trabajo ni riesgo alguno, con lo cual se hallaria el Emperador en
disposicion de subyugar fcilmente  los blgaros.

Ungiardo habia sabido por los fugitivos que en gran nmero acudieron 
refugiarse en su ciudad, por no haber podido todos pasar el puente, las
circunstancias de aquella matanza en la que habian perecido la mitad
de los griegos  manos de un caballero, cuyo solo esfuerzo derrot
un ejrcito y salv  otro. No pudo menos de asombrarse al oir que
l mismo habia ido  caer en la red sin que nadie le persiguiera, y
demostr en su rostro y sus palabras la complacencia que le causaba
aquella noticia. Aprovechando el momento en que Rugiero estaba
durmiendo sin la menor desconfianza, envi algunas de sus gentes, que
con todo sigilo y cautela le sorprendieron en el lecho, y se apoderaron
fcilmente de l.

Descubierto Rugiero por su propio escudo, qued en la ciudad de
Novengrado prisionero de Ungiardo, hombre cruelsimo,  quien
regocij lo que no es decible tan cobarde hazaa. Qu resistencia
podia oponer Rugiero, desnudo y desarmado, cuando al despertar se
vi cargado de cadenas? Ungiardo despach inmediatamente un correo 
caballo, participando  Constantino tan feliz nueva. El Emperador se
habia alejado la noche precedente de las orillas del Save con todo su
ejrcito, retirndose con l  la ciudad de Beltek, que pertenecia
 su cuado Andrfilo, padre del jven prncipe cuyas armas habia
atravesado, cual si fuesen de cera, la lanza del gallardo caballero,
cautivo  la sazon de Ungiardo. Constantino hacia fortificar los muros
y reparar las puertas de aquella ciudad por temor de que los blgaros,
guiados por un guerrero tan valiente, le causaran otra cosa peor que
miedo, y concluyeran de aniquilar el resto de sus tropas; pero al tener
noticia de la prision del caballero, rehzose su nimo hasta el punto
de no temer ya  sus enemigos, aun cuando les hubiese auxiliado el
mundo entero.

Fu tal el jbilo que inund el corazon del Emperador, que no sabia lo
que se hacia.--Derrotaremos  los blgaros,--exclamaba con acento
alegre y con la ms completa conviccion: y as como el campeon que en
un combate ha cortado los dos brazos  su adversario, puede dar por
segura la victoria, tan cierto estaba el Emperador de la suya, luego
que supo el encarcelamiento de Rugiero. No tenia Leon menos motivos de
alegra que su padre; pues adems de lisonjearse con la esperanza de
recobrar  Belgrado y hacerse dueo de todo el pas de los blgaros,
habia formado el propsito de captarse la amistad del guerrero por
medio de beneficios sin cuento,  inducirle  que militara bajo sus
banderas. Si lo conseguia, no envidiaria ya  Carlomagno, que contaba
con paladines tan famosos como Reinaldo y Orlando.

Muy distintos  los de Leon eran los deseos de Teodora,  cuyo hijo
habia dado muerte Rugiero pasndole de parte  parte con su lanza.
Corri  arrojarse  los pis de Constantino, de quien era hermana,
derramando copiosas lgrimas que iban  caer en su seno, merced  las
cuales consigui atraerse el corazon del monarca, enternecindole y
excitando en l una profunda compasion.

--No me alzar, Seor mio, de tus plantas, mientras no permitas que me
vengue del infame que inmol  mi hijo, ya que le tenemos aprisionado.
Considera que mi hijo, adems de haber sido sobrino tuyo, te am con
entraable cario; considera tambien cuntas arriesgadas empresas llev
 cabo en tu obsequio, y juzga si hars mal en no vengarle del que le
ha arrancado la vida. Bien ves que el mismo Cielo, apiadado de nuestro
dolor, ha alejado del campo de batalla  ese impo, y le ha hecho caer
en nuestras redes, cual desatentada avecilla,  fin de que mi hijo no
permanezca mucho tiempo  orillas de la laguna Estigia, esperando su
venganza. Entrgame, Seor,  ese guerrero, y permite que desahogue mi
tormento presenciando el suyo.

El llanto, la afliccion y las eficaces palabras de Teodora, que no
quiso levantarse  pesar de las instancias de Constantino, le obligaron
por ltimo  consentir en su demanda, y  ordenar que el cautivo
fuese puesto  disposicion de su hermana. Las terminantes rdenes
del Emperador tuvieron pronto cumplimiento, y al dia siguiente ya
estaba el guerrero del unicornio en poder de la cruel Teodora, la
cual, considerando un castigo harto leve para su deseo de hacer que le
descuartizaran vivo,  el de imponerle una muerte pblica y afrentosa,
quiso inventar otro gnero de suplicio ms espantoso  inusitado. Desde
luego mand que le encerraran, encadenado de pis, manos y cuello, en
el fondo tenebroso de una torre, donde jams habian penetrado los
rayos del Sol. Concedile por nico alimento un poco de pan enmohecido,
y aun le tuvo privado de l por espacio de dos dias, y confi su
custodia  un carcelero ms dispuesto que ella misma  hacerle todo el
mal que pudiese.

Oh! Si la bella y valerosa hija de Amon,  la magnnima Marfisa
hubieran tenido noticia de los tormentos que sufria Rugiero en aquella
prision, una y otra habrian arriesgado su vida por alcanzar su
libertad, y la misma Bradamante no hubiera vacilado en arrostrar la
clera de Amon  de Beatriz con tal de volar en su auxilio.

Fiel Carlomagno  la promesa que hiciera  la doncella de no consentir
en que entregaran su mano  caballero alguno cuyo valor y audacia
fueran inferiores  los suyos, hizo publicar  son de trompa esta
decision, no tan solo en su corte, sino tambien en todos los dominios
del Imperio, desde donde se esparci en alas de la Fama por toda la
Tierra. El bando contenia estas condiciones: Todo el que aspirase 
enlazarse con la hija de Amon, deberia sostener con ella un combate
singular desde la salida hasta el ocaso del Sol, y si prolongaba su
resistencia todo este tiempo sin ser vencido, deberia entenderse que la
doncella se consideraba vencida por l, sin que ella pudiera negarse
de ningun modo  cumplir lo pactado. La eleccion de armas quedaba al
arbitrio del aspirante, pues esta circunstancia le era completamente
indiferente  la doncella. Y con razon podia hacerlo, porque las
manejaba todas  la perfeccion, lo mismo  pi que  caballo.

Amon se vi obligado  ceder, porque no se atrevi ni quiso desobedecer
al Emperador, y despues de muchas vacilaciones, se decidi  regresar 
la corte en compaa de su hija. A pesar del enojo y de la clera que 
Beatriz le causaba la determinacion de su hija, hizo que le prepararan
ricos y elegantes trajes de distintas hechuras y colores. Bradamante
pas  la corte con su padre, y no encontrando en ella al objeto de su
pasion, ya no le pareci tan bella como solia en tiempos ms felices.
As como el que admira en los meses de Abril y Mayo un jardin frondoso
y esmaltado de flores, al volverlo  ver cuando el Sol, inclinndose
hcia el Austro, va acortando los dias, lo encuentra desierto, hrrido
y salvaje, as tambien le pareci  la doncella  su regreso que la
corte imperial, abandonada por Rugiero, no era la misma que habia
dejado al ausentarse. No se atrevi  preguntar qu habia sido de su
amante, por temor de infundir mayores sospechas; pero prestaba atento
oido  las conversaciones en que de l se trataba, procurando tener
noticias suyas sin averiguar directamente lo que deseaba. De este modo
supo que habia partido; mas le fu imposible conocer con exactitud
el camino que siguiera, porque Rugiero, al ausentarse, ocult su
determinacion  todos, excepto al escudero que se llev consigo.

Ah! Cuntos suspiros exhal! Cun grande fu su temor al saber
que se habia ausentado como pudiera hacerlo un fugitivo! Cmo la
afligieron adems las punzantes sospechas de que se hubiese alejado
por olvidarla! Agitaba angustiosamente su imaginacion la idea de que
Rugiero, perdida ya toda esperanza de enlazarse con ella en vista de la
obstinada negativa de Amon, se habia alejado tal vez con el propsito
de romper sus amorosos lazos, y con el de hacer lo posible por arrancar
su imgen de su corazon, buscando de uno en otro pas una doncella cuya
belleza pudiera borrar el recuerdo de su primer amor, as como, segun
se dice, un clavo saca  otro clavo. A este pensamiento sucedia otro
nuevo, que le representaba  su amante lleno de leal ternura, y que la
obligaba  reprenderse  s misma por haber prestado oidos  tan necias
 incuas sospechas. De esta suerte iban dominando alternativamente
en su cerebro dos ideas distintas: la una defendia  Rugiero, la otra
le acriminaba: tan pronto las acogia como las rechazaba, sin saber en
cul fijarse, presa de la ms cruel perplegidad, hasta que opt por la
opinion ms favorable, desechando la contraria. Cada vez que recordaba
las tiernas y frecuentes protestas de su Rugiero, se arrepentia de
sus sospechas y de sus infundados celos, como pudiera arrepentirse
del error ms grave; y cual si estuviese en presencia de su amante,
confesaba su falta y se golpeaba el pecho, exclamando:

--Conozco que he hecho mal; pero el que  ello me ha obligado, es
tambien causa de mayores males. Toda la culpa es de Amor, que ha
grabado en mi corazon tu imgen tan bella y placentera; de Amor, que
ha impreso en l ese ardimiento, ese ingenio y esas virtudes que
todos reconocen. No debe parecerme imposible que cualquier dama
y doncella que tenga ojos para ver, no se sienta repentinamente
inflamada por tu amor, y no emplee todos los medios posibles para
romper los amorosos lazos que nos unen y atraerte  los suyos? Ah!
Ojal hubiese esculpido el Amor tus pensamientos en los mios, del
mismo modo que ha grabado en ellos tu imgen! Estoy segura de que se
ofrecerian  mi mente tan claros y ostensibles como impenetrables los
veo ahora; entonces me veria tan libre de estos insoportables celos,
que con dificultad volverian  atormentar mi corazon, y en lugar de
la indecible angustia que hoy me causan, quedarian no ya vencidos y
destrozados, sino muertos para siempre. Ahora me parezco al avaro,
cuyo corazon est tan unido al tesoro que ha enterrado, que ni le es
posible vivir contento lejos de l, ni consigue desechar el temor de
que se lo roben.

No viendo tu adorada imgen, ni oyendo tu voz, Rugiero mio, el
temor puede ms en m que la esperanza; y aunque le considero vano y
engaoso, me abandono  l  pesar mio; pero apenas brille para mis
ojos la luz de tu agradable rostro que hoy me ocultas, contra lo que
tenia derecho  esperar, no s en qu parte del mundo, desaparecer
este falso temor, arrojado en el abismo por una slida esperanza.
Vuelve, pues, Rugiero amado; vuelve y alienta la esperanza casi
desvanecida por el temor!

As como las sombras crecen  medida que el Sol se aleja, produciendo
ridculos terrores, y conforme aparecen los primeros rayos del ms
brillante de los astros se reducen las sombras, tranquilizando  los
tmidos; del mismo modo tiemblo sin Rugiero, y as tambien se desvanece
mi temor cuando le veo. Ah! Vuelve  m, Rugiero, vuelve antes de que
el temor oprima enteramente  la esperanza!

As como durante la noche lanzan todas las estrellas flgidos
destellos que se apagan en cuanto aparece el dia, as mi sol, al
privarme de su vista, me convierte en satlite del insoportable temor;
pero tan pronto como se presenta en el horizonte huye el miedo, y
renace la esperanza. Ah! Vuelve  m, vuelve, luz adorada, y expulsa
al temor que me consume!

Cuando el Sol se aleja, haciendo ms breves los dias, la Tierra se
despoja de sus galas, mugen los vientos, arrastrando las nieves y el
hielo, enmudecen las aves y desaparecen las flores y las hojas. Yo
tambien oh dulce Sol mio! cuando por desgracia apartas de m tus
esplndidos fulgores, siento tales y tan horribles tormentos, que sus
rigores son como un spero invierno que entristeciera mi alma muchas
veces al ao. Ah! Vuelve  m, Sol mio, vuelve y conduce la deseada
y dulce primavera! Disipa las nieves y los hielos, y restituye su
serenidad primitiva  mi nublada y oscurecida mente.

As como Progne  Filomena exhalan dolientes quejas cuando, al
regresar de proporcionarse el alimento necesario para sus hijuelos,
encuentran el nido vaco,  cual se lamenta la trtola que ha perdido
su compaera, as tambien se lamentaba Bradamante, por temor de haber
perdido para siempre  su Rugiero, inundando frecuentemente de lgrimas
su rostro lo ms ocultamente que podia. Oh! Cunto mayor seria su
quebranto si supiese lo que todava ignoraba; si tuviese noticia de
que su amante gemia en un hediondo calabozo, atormentado, afligido y
condenado  una muerte cruel!

La Bondad eterna permiti que llegaran  oidos del generoso hijo del
Csar las crueldades que ejercia la infame Teodora con el caballero
 quien tenia cautivo, y su propsito de darle muerte en medio de
mil inusitados tormentos; por lo cual form el decidido empeo de
auxiliarle con todas sus fuerzas,  fin de impedir que pereciera
un guerrero dotado de tanto valor. El generoso Leon, que sentia
irresistible afecto hcia aquel campeon, ignorando, sin embargo, que
fuese Rugiero atraido por aquel valor que calificaba de sin par y le
parecia sobrehumano, estuvo reflexionando mucho tiempo en los medios de
que deberia valerse para salvarle; y por fin encontr uno que crey el
ms  propsito para conseguir su intento, sin exponerse al dio de su
cruel tia. Habl secretamente con el carcelero, dicindole que queria
tener una entrevista con el cautivo, antes de que tuviera cumplimiento
la terrible sentencia fulminada contra l.

[Ilustracin: Leon pone en libertad  Rugiero.
                                                          (Canto XLV.)]

En cuanto lleg la noche, se present en la torre acompaado de uno de
sus ms fieles escuderos, hombre audaz, vigoroso y apto para la lucha,
 hizo que el carcelero le abriese as puertas de la prision, guardando
un riguroso incgnito. El carcelero, que estaba completamente solo,
introdujo ocultamente  Leon con su escudero en la torre donde gemia
el msero Rugiero destinado  sufrir el mayor de los suplicios; una
vez dentro, echaron ambos un lazo corredizo al cuello del carcelero
en el momento en que les volvia las espaldas para abrir el portillo,
y le enviaron rpidamente al otro mundo. Inmediatamente levantaron
la trampa, y el Prncipe, con una entorcha encendida en la mano, se
descolg por una cuerda colocada all  este efecto, y baj al sitio
en que yacia Rugiero privado de la luz del Sol, encontrndole cargado
de cadenas y tendido sobre una reja que apenas le separaba un palmo
del agua que por debajo de ella corria. Aquel recinto hmedo y malsano
hubiera bastado por s solo para ocasionar la muerte del prisionero en
un mes  tal vez en menos tiempo.

Leon estrech  Rugiero entre sus compasivos brazos, dicindole:

--Caballero: el maravilloso valor de que has dado tantas pruebas me une
 t con los espontneos  indisolubles lazos de una amistad eterna y
verdadera, exigindome que anteponga tu bien al mio propio, que olvide
mi seguridad por la tuya, y que sacrifique el cario de mis padres y
de toda mi familia al que deseo merecer de t. Yo soy Leon, el hijo de
Constantino, que vengo en persona, como ves,  darte auxilio,  pesar
del peligro  que me expongo (si mi padre llega  saberlo) de ser
desterrado de mi patria,  de acarrearme para siempre su enojo; pues
desde la espantosa derrota que le hiciste sufrir en Belgrado, siente
un inextinguible dio contra t.

Y continu dirigindole otras muchas frases consoladoras, y procurando
reanimar su esperanza, al mismo tiempo que rompia sus ligaduras.
Rugiero le contest:

--Ah! Os debo una inmensa gratitud! Esta vida, que me devolveis,
es vuestra; disponed de ella  vuestro antojo: en todas ocasiones me
hallareis dispuesto  sacrificarla en vuestro obsequio.

Rugiero fu sacado de aquel oscuro calabozo, sin que l ni sus
libertadores fueran conocidos de nadie, quedando en su lugar el cadver
del carcelero. Leon le condujo  su palacio, donde le aconsej que
permaneciera tres  cuatro dias oculto y silencioso, ofrecindole que
haria en tanto lo posible para que le restituyeran las armas y el
magnfico corcel de que se apoderara Ungiardo. Al dia siguiente echse
de ver la fuga de Rugiero, por haber encontrado vaca la prision y al
carcelero extrangulado. Nadie sabia  quin achacar aquella evasion,
de la que todos hablaban, pero sin atinar con lo cierto:  cualquiera
otro se habria atribuido antes que  Leon, porque muchos opinaban con
verosimilitud, que el Prncipe tenia ms motivos para exterminar  un
enemigo peligroso que para socorrerle.

Tanta hidalgua por parte de Leon no pudo menos de confundir 
Rugiero, el cual se sinti tan poseido de asombro por la conducta de
su rival, y experiment tal cambio en sus ideas, especialmente en la
que le obligara  emprender aquel largo viaje, que comparando las
ms recientes  las antiguas, resultaban totalmente distintas: sus
primitivos pensamientos rebosaban en dio, ira y veneno: los que  la
sazon dominaban en su mente estaban llenos de amor y gratitud. Embebido
en estas reflexiones noche y dia, su mayor cuidado, su principal deseo
consistia en pagar el inmenso agradecimiento que debia  Leon con una
abnegacion igual  mayor  la del Prncipe, parecindole que aunque
consagrara  su servicio los pocos  muchos aos que le quedaran de
vida,  se expusiera  mil muertes seguras, nunca haria tanto como Leon
merecia.

Entre tanto lleg  la corte de Constantino la noticia del bando
publicado por el Rey de Francia, previniendo que el que aspirara 
la mano de Bradamante deberia medir sus fuerzas con ella,  espada
y lanza. Supo el Prncipe griego esta condicion con tanto disgusto,
que su rostro se cubri de una palidez mortal; porque, conociendo
hasta donde alcanzaban sus fuerzas, estaba persuadido de que no podia
pelear con buen xito con la guerrera. Medit detenidamente el modo de
salir airoso de este compromiso, y se le ocurri que la astucia y la
sagacidad podrian sustituir  la falta de vigor, haciendo que aquel
guerrero, cuyo nombre ignoraba todava, y  quien consideraba capaz
por su pujanza y denuedo de medirse con cualquier paladin francs, se
presentara  aceptar el reto, encubierto con sus armas y blasones,
estando persuadido de que confindole tal empresa era seguro el
vencimiento y la sumision de Bradamante. Mas para esto se necesitaban
dos cosas: primera, que el caballero se prestara  secundar sus planes;
y segunda, que le sustituyese de modo que no pudiera traslucirse
semejante superchera.

Llam, pues,  Rugiero; le expuso sus proyectos y le rog con
persuasivas palabras que accediera  tomar parte en aquel desafo
con nombre ajeno y bajo mentida ensea. Grande era el poder de la
elocuencia del Prncipe, pero en el nimo de Rugiero pesaba mucho ms
que su elocuencia la inmensa gratitud que le debia y de la que no creia
verse desligado nunca; por lo cual, aunque le parecia dura y casi
irrealizable semejante proposicion, le respondi, no obstante, con una
solicitud que estaba muy lejos de sentir su corazon, que podia disponer
de l en todo y por todo. A pesar del agudo dolor que lacer su alma,
apenas pronunci esta promesa, dolor tan intenso que le atormentaba
dia y noche sin concederle un momento de reposo;  pesar de que en
tal empresa veia su sentencia de muerte, jams se le ocurri la idea
de arrepentirse; pues antes que dejar de complacer  Leon, estaba
dispuesto  arrostrar, no una, sino mil muertes. Y estaba seguro de
morir; porque renunciar  su amada, era lo mismo que renunciar  la
vida, tanto si el dolor y la amargura lograban aniquilarle, como si no
llegaban  triunfar de su vigoroso espritu; pues en uno  otro caso,
estaba resuelto  hacer pedazos el velo que rodea al alma, arrojndola
fuera de l, lo cual le seria mucho ms fcil y soportable que ver 
Bradamante en brazos de otro hombre.

Aun cuando se hallaba dispuesto  morir, vacilaba en escoger un gnero
de muerte. Asaltle la idea de fingirse menos fuerte y presentar su
pecho desnudo  los golpes de la guerrera, con lo cual, si lograba
perecer  sus manos, no habria muerte ms deliciosa que la suya;
pero al mismo tiempo reflexion que, si bien impedia de este modo el
matrimonio de la doncella con Leon, faltaria en cambio  su sagrada
deuda de gratitud y  su palabra; porque habia prometido luchar con
Bradamante en singular batalla, y no fingir  intentar tan solo el
combate de modo que Leon no tuviera por qu felicitarse de su auxilio.
Decidi, por ltimo, permanecer fiel  su promesa, y aun cuando no
cesaron de agitarle mil pensamientos contrarios, los fu alejando de su
mente, y adopt tan solo el que le exhortaba  no faltar  su palabra.

Leon habia hecho preparar en tanto, con asentimiento de su padre
Constantino, armas y caballos; y acompaado de un squito tan
distinguido y numeroso cual convenia  su elevado rango, emprendi la
marcha, llevando consigo  Rugiero,  quien hizo devolver de antemano
todas sus armas y su buen Frontino; y tanto anduvieron un dia y otro
dia, que en breve llegaron  Francia y  Pars. Leon no quiso entrar
en la ciudad; hizo plantar sus tiendas en el campo, y en el mismo dia
envi al Rey de Francia un mensajero dndole noticia de su llegada.
Carlomagno apreciaba en extremo al hijo de Constantino, como se lo
habia demostrado repetidas veces, hacindole frecuentes visitas y
colmndole de atenciones y regalos. Leon le manifest la causa de su
venida y le rog que diera rden para que se presentara cuanto antes
en el palenque la guerrera que se negaba  unirse con un marido menos
fuerte que ella; pues el nico objeto de su viaje era el de obtenerla
por esposa  perecer bajo sus golpes. Carlomagno atendi  la demanda,
 hizo que Bradamante se presentase al dia siguiente fuera de las
puertas de la ciudad, en el palenque que se construy  toda prisa
durante la noche al pi de los elevados muros de Pars.

Rugiero pas la noche que precedi al dia fijado para la batalla, como
suele pasarla el condenado que debe morir  la maana siguiente. No
queriendo ser conocido, habia optado por combatir enteramente cubierto
con la armadura; tampoco quiso hacer uso de lanza ni de caballo, ni
de ms armas ofensivas que la espada. Si rehus emplear la lanza en
la pelea, no fu por el temor que pudiera infundirle aquella lanza de
oro que solia derribar de la silla  todo caballero, y que de manos de
Argalia, pas  las de Astolfo, y ltimamente  las de la doncella;
pues nadie supo que poseyera tal propiedad  que estuviese hecha por
medio de la nigromancia, excepto el Rey que la hizo forjar, legndosela
 su hijo. Astolfo y Bradamante, que la habian usado despues, ignoraban
que estuviese encantada, y creian que  su propia pujanza, y no al
encanto, debian el triunfo en todos sus combates, creyendo tambien que
con cualquiera otra asta que hubiesen tenido  mano, habrian hecho lo
mismo. El nico motivo que tuvo Rugiero para negarse  pelear  caballo
fu el de no verse en la precision de cabalgar en Frontino; pues la
jven podria conocerlo fcilmente, tan luego como le viera, por haberlo
montado y cuidado mucho tiempo en Montalban. El jven hroe, cuyo nico
afan consistia en evitar por todos los medios posibles que Bradamante
pudiera conocerlo, no quiso hacer uso de Frontino ni de otra cualquier
cosa que pudiera dar indicios de su persona.

Tampoco quiso servirse de su espada en aquella empresa; pues harto
sabia que contra Balisarda seria toda coraza tan blanda como la cera y
todo temple irresistible  sus tajos. Ech mano de otra espada; pero
antes procur quitarle el filo  martillazos,  fin de que cortase
menos. Con tales armas se present Rugiero en el palenque al brillar en
el horizonte el primer albor matutino. Para parecerse ms  Leon, se
visti la sobrevesta que hasta entonces habia llevado este prncipe, y
ostent en su escudo el guila de oro con dos cabezas sobre fondo rojo.
Esta suplantacion era tanto ms fcil, cuanto que los dos tenian la
misma estatura y robustez; adems de que, al presentarse el uno, tuvo
el otro sumo cuidado de no ser visto de nadie.

Bradamante hacia por su parte preparativos diametralmente opuestos 
los de su amado; pues mientras Rugiero se ocupaba en embotar el filo de
su espada  martillazos, para evitar que tajase  punzara, la doncella
se entretuvo en afilar la suya cuidadosamente, anhelando que traspasara
las armas defensivas de su adversario, penetrando en su carne; quisiera
que todos sus golpes fuesen tan bien dirigidos que atravesaran de parte
 parte el corazon del Prncipe.

Cual se suele ver en las barreras un caballo rabe, esperando fogoso
la seal de las carreras, y que en su impaciencia no cesa de piafar,
hinchando las narices y enderezando las orejas, as tambien la animosa
doncella, muy ajena de presumir que su adversario fuese Rugiero,
aguardaba con una febril impaciencia la seal del combate, no pudiendo
permanecer tranquila en ningun lado y sintiendo circular por sus venas
un fuego abrasador. As como, despues de oirse el estampido del trueno,
se levanta repentinamente un viento furioso, que agita el mar hasta en
sus ms profundas capas y levanta en un momento torbellinos de polvo
que llegan hasta el Cielo, haciendo que las fieras se dispersen por
los bosques, que el pastor busque un refugio con sus ganados, y que
el aire se resuelva en lluvia y en granizo, con un furor igual empu
Bradamante la espada y acometi  su Rugiero, apenas se dej oir la
seal deseada. Pero no oponen mayor resistencia al impetuoso soplo
de Breas el roble secular,  el macizo muro de una slida torre; no
contrasta con ms vigor los embates de las procelosas olas un duro
escollo,  quien azotan por todas partes dia y noche con espantoso
fragor, como resisti Rugiero, resguardado por la impenetrable armadura
que Vulcano di en otro tiempo al troyano Hctor,  los furibundos
golpes que el dio y la clera de Bradamante hacia llover cual desatada
tempestad sobre sus costados, su pecho  su cabeza.

Tan pronto daba tajos como estocadas la doncella; todos sus conatos
se cifraban en introducir la punta de la espada por entre las junturas
de la armadura, de modo que su clera quedase satisfecha. Ora le
atacaba por un lado; ora por otro; girando aqu y all, y consumindose
de despecho y de impaciencia, al ver que sus golpes no producian
efecto alguno. As como el que asedia una ciudad de gruesas murallas
y slidos baluartes, multiplica sus asaltos, y se esfuerza en echar
abajo las puertas  las altas torres,  en cegar los fosos, y prodiga
estrilmente las vidas de sus soldados, sin encontrar un medio para
abrirse paso, as tambien Bradamante se afanaba y se deshacia en
intiles esfuerzos, sin poder romper malla ni coraza,  pesar de los
innumerables tajos y reveses que descargaba sobre los brazos, la cabeza
y el pecho de Rugiero, haciendo saltar millares de chispas del escudo,
del almete  de la coraza del guerrero  los impulsos de sus golpes,
ms espesos que el granizo que cae con sonoroso estrpito sobre los
tejados de las casas.

Rugiero se mantenia siempre en guardia, limitndose  defenderse
con gran destreza y abstenindose de ofender  su amada; detenase,
retrocedia, daba vueltas, y su mano seguia el movimiento de sus pis.
Tan pronto oponia el escudo como la espada  los tajos de la mano
enemiga, procurando no atacarla  su vez,  si lo hacia, era de modo
que no pudiese ofenderla en lo ms mnimo. Bradamante ardia en deseos
de terminar aquella lucha antes de que expirase el dia, pues recordaba
las condiciones del bando, y preveia el peligro que la amenazaba, si
no se daba prisa; vease expuesta  quedar en poder del aspirante  su
mano, si no le hacia prisionero  le arrancaba la vida.

Ya el Sol, prximo  sumergir su cabeza en el mar, se acercaba  los
lmites de Alcides, cuando la guerrera empez  desconfiar de sus
fuerzas y  perder la esperanza. A medida que esta le iba faltando,
redoblaba su dio y multiplicaba sus golpes, anhelando vivamente romper
aquellas armas que habian resistido todo un dia  su furioso mpetu,
semejante al obrero que habiendo descuidado el trabajo del dia, al ver
que la noche se aproxima, se apresura en vano, se fatiga y rinde, hasta
que le faltan  un mismo tiempo la luz y las fuerzas.

Oh desdichada doncella! Si conocieras al que deseas inmolar!
Si supieses que es Rugiero, de cuya vida depende la tuya, pronto
volverias contra t misma el acero que dirijes contra su pecho! Harto
me consta que su existencia te es ms querida que la tuya propia, y
cuando conozcas que tu adversario ha sido Rugiero, s muy bien que te
arrepentirs de la lucha que con l has sostenido!

Crlos y cuantos le rodeaban, persuadidos de que el contendiente de la
doncella era Leon y no Rugiero, al ver que era tan fuerte y gil en el
manejo de las armas como la misma Bradamante, admiraban la destreza
con que sabia defenderse sin ofenderla, y modificando sus ideas,
exclamaron:--No hay duda de que se convienen mtuamente, y son dignos
uno de otro.

Cuando Febo desapareci enteramente en el mar, el Emperador mand
suspender el combate, y declar que Bradamante estaba obligada 
aceptar  Leon por esposo, sin excusa de ningun gnero. Rugiero volvi
entonces presuroso al pabellon en donde le esperaba el Prncipe,
cabalgando en un caballo de mezquina apariencia, sin descansar un solo
instante, sin quitarse el yelmo ni aligerarse de sus armas. Leon le
estrech repetidas veces entre sus brazos con demostraciones de un
cario fraternal, y despojndole despues de su yelmo, le bes en el
rostro con grande amor.

--Quiero, le dijo, que de hoy en adelante dispongas de m  tu
albedro; mi persona, mis bienes, mis estados, todo queda desde hoy 
tu disposicion. Nunca podr remunerarte dignamente el inmenso favor
que acabas de prestarme, y aunque ciera  tu cabeza mi propia corona,
tampoco quedarias suficientemente recompensado.

Rugiero, agobiado por una pesadumbre indecible y aborreciendo la vida,
contest algunas palabras entrecortadas, y se apresur  devolver al
Prncipe su traje y enseas, tomando otra vez su blanco unicornio: en
seguida, suponindose cansado y dbil, alejse lo ms pronto que pudo,
y se retir  su alojamiento. Hcia la mitad de la noche, armse de
pis  cabeza, ensill su corcel, se coloc en l de un salto, y se
puso en marcha dejando  Frontino que siguiera el camino que mejor le
pareciese, sin llevar un solo escudero en su compaa ni ser oido de
nadie. Frontino fu caminando  la ventura, y llev  su amo tan pronto
por caminos rectos como por senderos extraviados, unas veces por los
bosques y otras por las campias, mientras el desventurado jven no
daba tregua  su llanto, llamando  la muerte, cuya presencia deseaba
para calmar su obstinado quebranto: la muerte le parecia el nico medio
de acabar con su insoportable martirio.

--Ay de mi! exclamaba. A quin debo acusar de haberme arrebatado 
un tiempo mi bien y mi esperanza? Ah! Si no deseo vengar mi injuria,
contra quin he de volverme? Nadie, nadie ms que yo me ha ofendido y
sepultado en condicion tan miserable! Preciso es, pues, que me vengue
de m contra m mismo, puesto que soy el nico culpable. Y si tan solo
me hubiera perjudicado  m, tal vez podria perdonarme aunque con
dificultad mi propia falta,  ms bien, quizs me perdonara contra
mi voluntad; pero acaso me ser posible hacerlo, cuando he causado
 mi amada una injuria igual  la mia? Aun cuando llegara yo mismo
 perdonarme, no es justo que deje  Bradamante sin venganza. Para
vengarla, pues, debo y quiero morir, sin que me pese abandonar la vida;
pues la nica cosa que puede librarme de mis tormentos es la muerte. Lo
que ms me desespera es no haber perecido antes de ofender  mi amada.
Oh! Cun feliz habria sido expirando en el calabozo en que me tuvo la
cruel Teodora! Aunque para matarme hubiese empleado los tormentos que
le inspiraba su misma crueldad, me habria quedado al menos el consuelo
de esperar que Bradamante recibiria la noticia de mi muerte con
lgrimas de compasion. Pero cuando sepa que he pospuesto su aprecio al
de Leon, y que me he desprendido de mi propia voluntad para entregarla
en sus manos, tendr razon en odiarme muerto  vivo.

Exhalando estas y otras muchas tristes quejas, acompaadas de
frecuentes suspiros y sollozos, se encontr al amanecer en un
paraje inculto y solitario, situado entre oscuros bosques; y como
su desesperacion le incitaba al suicidio, y deseaba morir oculto 
ignorado, le pareci aquel paraje el ms  propsito y mejor dispuesto
para llevar  cabo tan criminal designio. Penetr en el bosque sombro,
por donde vi ms espesas las umbrosas ramas y ms intrincada la
maleza; pero antes abandon  Frontino, quitndole el freno y la
rienda, y dejndole en completa libertad.

--Oh mi noble corcel! le dijo: si me fuera dado recompensar dignamente
tus merecimientos, tendrias muy poco que envidiar  aquel palafren
que se remont al Cielo y est colocado entre las estrellas[190]. Ni
Cilario[191], ni Arion[192], ni cuantos caballos mencionan en sus
obras los escritores griegos y latinos, fueron mejores que t, ni se
hicieron acreedores  ms alabanzas: si acaso llegaron  igualarte en
bondad, s que ninguno puede envanecerse de haber disfrutado la honra
y prez que t has tenido; pues te quiso y te cuid con tanto cario
la ms bella, valerosa y gentil de las mujeres, que ella misma te
alimentaba por su mano, y por su mano tambien te colocaba el freno y la
silla. Entonces eras grato para mi dama: ah! Por qu he de insistir
en llamarla mia, si ya no me pertenece; si la he entregado en manos
de otro? Ay de m! Por qu tardo en volver la punta de esta espada
contra mi pecho?

       [190] El Pegaso, caballo alado que brot de la sangre de Medusa,
       cuando Perseo le cort la cabeza. Al nacer se remont al Olimpo,
       y Jpiter le di el encargo de llevar el rayo y el relmpago y
       de conducir el carro de la Aurora. En el hemisferio boreal hay
       una constelacion de este nombre, que consta de 93 estrellas.

       [191] Caballo clebre, que Neptuno di  Juno y que esta regal
        Castor.

       [192] Nombre del caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con
       un golpe de su tridente, cuando disput con Minerva para ver
       cul de los dos haria  los hombres un presente ms til y ms
       rico.

Si Rugiero se afligia y atormentaba en el bosque, moviendo  compasion
 las fieras y  las aves, nicos seres animados que podian escuchar
sus querellas y ver el llanto que iba cayendo, cual copiosa lluvia,
en su pecho, no debeis figuraros que Bradamante se encontraba ms
tranquila en Pars, cuando vi que ya no podia alegar ninguna excusa
para enlazarse con el Prncipe de Grecia  dilatar por lo menos
aquella union aborrecida. Antes que aceptar otro esposo que no fuese
Rugiero, estaba resuelta  todo:  faltar  su palabra;  arrostrar la
malevolencia del Emperador, de toda la corte, de sus parientes y de
sus amigos; y cuando ya no le quedara otro recurso,  darse la muerte
con la espada  con el veneno. Preferia morir,  arrastrar una vida
angustiosa separada de su amante.

--Ay, Rugiero mio! exclamaba; dnde te encuentras? Ser posible
que te halles tan distante de m, que no hayas tenido noticia del
bando de Carlomagno, conocido de todo el orbe, y de t solo ignorado?
Estoy segura de que si hubiera llegado  tus oidos, nadie se habria
presentado  aceptar el reto tan pronto como t. Ay, infeliz de m!
Qu otra cosa debo pensar como no sean sucesos funestos? Ser acaso
posible, Rugiero mio, que nicamente t no hayas oido lo que ha llegado
 noticia de todo el mundo? Si ests informado de ello, y no has
acudido volando, forzosamente debes de haber muerto  hallarte cautivo.
Oh! Quin supiese la verdad! Tal vez ese hijo de Constantino te habr
tendido algun lazo,  interceptado traidoramente la via,  fin de
impedir que llegaras aqu antes que l. Impetr de Carlomagno la gracia
de que se negara  conceder mi mano  todo caballero cuya fortaleza
fuese inferior  la mia, creyendo que t serias el nico  quien yo no
pudiera resistir con las armas en la mano. A nadie concedia tanto valor
y pujanza como  t: Dios ha castigado mi audacia, hacindome caer en
poder de un hombre que no ha llevado  cabo en toda su vida una sola
accion honrosa. Pero deber someterme por no haber podido matar  mi
adversario ni obligarle  rendirse? No, no: seria una injusticia, y
no estoy dispuesta  resignarme  ella, ni  acatar la resolucion del
Emperador. S que todo el mundo me acusar de inconstancia, si me niego
 cumplir lo prometido; pero no ser la primera ni la ltima que haya
parecido  parezca inconstante. Me basta con tener la firmeza de una
roca para guardar  mi amante la fidelidad debida, y con aventajar en
constancia  las damas ms famosas de los tiempos antiguos y modernos.
Que me tachen de inconstante en cuanto  lo dems, poco me importa, con
tal que la inconstancia redunde en mi beneficio; y aunque todo el mundo
me crea ms voluble que una hoja, no me dar cuidado alguno, si logro
romper mi proyectado enlace con Leon.

Bradamante pas toda la noche que sigui al dia tan infausto para ella,
profiriendo tristes querellas, interrumpidas frecuentemente por los
suspiros y las lgrimas; pero tan luego como el dios de la Noche se
retir  las grutas cimerias[193] acompaado de las sombras, el Cielo,
cuyos decretos eternos habian dispuesto la union de Bradamante con
Rugiero, acudi en auxilio de la doncella.

       [193] Grutas situadas en el pas de los cimerios, antiguos
       habitantes de la pennsula de Crimea. Este pas pasaba, en
       mitologa, por ser la morada del sueo.

A la maana siguiente se present la arrogante Marfisa al Emperador,
protestando contra la grave falta que se habia cometido con su hermano,
y declarando que no estaba dispuesta  tolerar que se le arrebatara
tan arbitrariamente su esposa sin decirle una palabra. Aadi que
fcilmente podria probar que Bradamante era mujer de Rugiero, como se
lo probaria, antes que  nadie,  la misma guerrera, si se atreviese
 negarlo; pues habia dicho  Rugiero en su presencia las solemnes
palabras que forman el verdadero vnculo del matrimonio, y ambos
estaban comprometidos de tal modo que ya no eran dueos de s mismos ni
podian uno  otro aceptar desde entonces otro yugo.

Ignoro si Marfisa decia  no la verdad; pero lo que s me atrevo 
asegurar es que el deseo de impedir, con razon  sin ella, el enlace de
Leon, le dictaba estas palabras, ms bien que el propsito de decir la
verdad, y aun estoy tentado  creer que di aquel paso de acuerdo con
Bradamante, que no hallaba otro medio ms digno ni expedito de alejar 
Leon y recobrar  Rugiero.

Sorprendido el monarca al oir semejante protesta, mand llamar en el
acto  Bradamante, y en presencia del duque Amon le repiti lo que
Marfisa habia ofrecido probar.

La doncella escuch las palabras de Carlomagno, con la cabeza baja,
confusa, y sin afirmar ni negar nada, demostrando claramente en su
actitud que Marfisa habia dicho la verdad. Tanto Reinaldo como el
seor de Anglante oyeron alborozados las afirmaciones de la hermana de
Rugiero, que podrian ser causa de que no siguiese adelante la alianza
proyectada, y que Leon suponia como cosa resuelta. Merced  ellas
Rugiero llegaria  ser dueo de Bradamante,  pesar de la obstinacion
del anciano Duque, sin necesidad de apelar  nuevas cuestiones,  de
emplear la violencia para arrancarla del poder de su padre. Ambos
paladines comprendian que si, en efecto, habian mediado entre los dos
jvenes tales palabras, su union era un hecho consumado  irrefutable,
hecho que les facilitaria el cumplimiento de su promesa ms dignamente
y sin nuevas querellas.

--Ese es un engao que habeis urdido contra m, decia Amon; pero os
equivocais torpemente, porque aun cuando fuesen ciertas todas vuestras
ficciones, no lograrais doblegar mi voluntad. Aun suponiendo (y estoy
muy lejos de creerlo) que mi hija haya hecho neciamente  Rugiero las
promesas que decs, y que Rugiero le haya prometido lo mismo, quisiera
que me dijeran con ms despacio y claridad, y de un modo ms explcito,
cundo y en qu sitio ocurri eso. Estoy persuadido de que no se han
cambiado tales promesas, como no fuese antes de que Rugiero recibiera
el bautismo. Si pronunciaron esos juramentos antes de que Rugiero se
convirtiese al cristianismo, poco caso debemos hacer de ellos; porque
siendo ella cristiana y l pagano, no es vlido semejante matrimonio.
Por esta razon no creo que el Prncipe de Grecia haya luchado
intilmente, ni creo que nuestro Emperador deje de cumplir su palabra
por esta sola causa. Esta cuestion la debirais haber suscitado cuando
el suceso estaba reciente y en todo su vigor, y antes de que Crlos, 
excitacion de Bradamante, hubiera publicado el bando que ha hecho venir
 Leon  pelear desde tan lejos.

Tal fu la respuesta que di Amon  Orlando y  su hijo, con objeto
de desbaratar el mtuo convenio de los dos amantes. Entre tanto el
Emperador escuchaba atento las razones de uno y otros, sin apoyar 
ninguna de ambas partes.

As como se oye el murmullo que producen las hojas en las profundas
selvas, cuando Austro  Breas lanzan sus impetuosos resoplidos, 
cual suelen estrellarse las ondas en la playa, si Eolo se manifiesta
airado contra Neptuno, as tambien el sordo rumor de esta contienda
se esparci en breve por toda la Francia, dando tanto que oir y
escuchar, que apenas se trataba de otra cosa. Unos se pronunciaban en
favor de Rugiero; otros en el de Leon; pero la mayor parte apoyaba
al primero: Amon apenas reunia un voto favorable contra diez que le
eran contrarios. El Emperador continuaba encerrado en la ms extricta
neutralidad; mas parecindole el asunto digno de estudio, lo someti 
la decision de su Parlamento.

Al ver Marfisa aplazada la boda, como lo deseaba, volvi  presentarse
y propuso un nuevo partido.

--Puesto que Bradamante no puede ser esposa de otro, mientras viva mi
hermano, si Leon insiste en obtenerla, ser preciso que apele  todo su
valor y su denuedo para arrancar  Rugiero la vida. Una vez muerto el
vencido, el vencedor ver colmada su dicha sin temor  rival alguno.

Crlos se apresur  participar  Leon esta nueva propuesta del mismo
modo que le habia hecho conocer todo lo ocurrido. Leon estaba seguro de
vencer  Rugiero y de salir airoso de todo asunto mientras contara con
el apoyo del caballero del unicornio: acept, pues, aquel fatal reto,
porque ignoraba que su leal amigo se hubiese internado en el bosque
oscuro y solitario para dar rienda suelta  su afliccion, y pensaba que
se habria alejado tan solo una  dos millas con objeto de pasearse, y
que volveria pronto. Pero no tard en arrepentirse: pues aquel en quien
confiaba no regres aquel dia, ni en los dos siguientes, ni siquiera se
tenia noticia de l: no creyendo conveniente ni seguro aventurar sin l
un combate con Rugiero, mand  buscar al guerrero del unicornio por
todas partes,  fin de evitar el perjuicio y la afrenta que preveia.
Varios mensajeros recorrieron por rden suya las ciudades, aldeas y
castillos, hasta una larga distancia, y no contento con esto, mont 
caballo, y se puso  practicar en persona las ms minuciosas pesquisas.
Pero ni l, ni sus mensajeros habrian obtenido el menor indicio del
guerrero  quien buscaban,  no ser por el auxilio de Melisa, que hizo
lo que me propongo referiros en el otro canto.




CANTO XLVI.

  Despues de muchas pesquisas, Leon consigue encontrar  Rugiero, y
  sabedor de los vnculos que le unen  Bradamante, renuncia  sus
  pretensiones sobre la doncella, con la que por fin se une el jven
  hroe.--El Rey de Sarza es el nico que pretende acibarar el jbilo
  de los dos esposos pero es vencido por Rugiero, y muere prorumpiendo
  en horribles blasfemias.


Si mis cartas marinas no me engaan, muy pronto descubrir el puerto, y
podr cumplir en la playa los votos que he hecho  la que me ha guiado
al travs de tan anchurosos mares, donde ms de una vez he temido
extraviarme  presenciar el naufragio de mi bajel. Pero ya me parece
ver la tierra: s, s, ya la veo, y distingo perfectamente la costa.
Percibo un rumor semejante al trueno, producido por la alegra que
agita el aire y estremece las ondas, y oigo el ruido de las campanas
y los penetrantes ecos de los clarines, mezclados con los gritos de
gozo del pueblo. Empiezo  conocer los rostros de los que acuden 
ocupar las dos orillas del puerto: parece que todos se alegren de mi
feliz regreso despues de tan largo viaje. Oh! Cuntas damas nobles
y hermosas, cuntos caballeros adornan la playa con su presencia!
Cuntos amigos me esperan,  quienes debo eterno agradecimiento por el
placer con que saludan mi llegada!

En la misma punta del muelle veo  Mamma y  Ginebra con las damas de
la familia del Correggio: con ellas est tambien Vernica de Gambera,
tan querida de Apolo y del santo coro aonio. Veo otra Ginebra, de
la misma sangre que la primera, teniendo  Julia  su lado; veo 
Hiplita Sforza, y  la jven Trivulcio, educada en el bosque sagrado:
tambien os veo, Emilia Pia y Margarita, acompaadas de ngela Borgia
y de Graciosa. Ms all diviso  Ricarda de Este, con Blanca, Diana y
sus dems hermanas. Oh! Ah est la bella Brbara Turca, ms honesta
y prudente aun que hermosa, en compaa de Laura: el Sol no ha visto
nunca una pareja tan perfecta como esta, desde las orillas del Indo
hasta el confin de la Mauritania.

H ah  Ginebra, cuyas virtudes enriquecen la casa de Malatesta con
tanto brillo y esplendor, que los suntuosos palacios imperiales jams
han tenido adornos ms dignos ni ms esplndidos. Si esta doncella
se hubiera encontrado en Ariminum[194], cuando Csar, envanecido por
la conquista de la Galia, vacil en arrostrar la enemistad de Roma
atravesando el rio, estoy seguro de que, recogiendo sus banderas y
abandonando su botin y sus victoriosos trofeos, habria hecho  roto las
leyes y pactos que le dictara Ginebra, y tal vez no hubiera llegado 
oprimir la libertad de su patria.

       [194] Nombre antiguo de la ciudad de Rmini, en la Romana. En
       ella areng Csar  sus soldados para excitarles  la guerra
       civil.

H ah  la esposa, la madre, las hermanas y las primas del Seor
de Bozolo,  las Torelli con las Bentivoglio,  las Visconti y las
Pallavicini: h ah  la que arrebata la palma de la gracia y la
belleza  cuantas damas existen hoy y  cuantas griegas, latinas 
brbaras han existido dignas de fama por su donosura;  la incomparable
Julia Gonzaga, que donde asienta la planta  fija los serenos ojos, no
solo le cede la primaca toda belleza, sino que tambien la admira, cual
si fuese una diosa bajada del Cielo. Con ella est su cuada, cuya
constancia jams pudieron alterar los prolongados reveses de la fortuna.

He ah  Ana de Aragon, flgida antorcha de la estirpe del Vasto; 
Ana, bella, gentil, amable y prudente, santuario de castidad, amor y
f. A su lado veo  su hermana: los esplendentes rayos de su belleza
anublan los de cualquiera otra beldad. H ah  la que ha arrebatado
 su invicto consorte de las orillas de la laguna Estigia, hacindole
brillar en el Cielo, con ejemplo nunca visto,  pesar de las Parcas
y de la Muerte. Tambien estn all mis Ferraresas, y las damas de la
corte de Urbino, y conozco adems  las de Mantua y cuantas doncellas
galanas produce la Toscana y la Lombardia.

Si no me engaan mis ojos, deslumbrados por el brillo de tantos
rostros agraciados, ese caballero que viene entre ellas y  quien
tantas consideraciones guardan, debe de ser Unico Accolti, la antorcha
refulgente de Arezzo. All veo  su sobrino Benedicto con su manto y
su capelo de prpura, juntamente con el cardenal de Mantua y con el
Campeggio, honra y prez del sacro Colegio: si no me equivoco, observo
en sus rostros y en sus movimientos un alborozo tan grande por mi feliz
regreso, que no s cmo podr pagar tan benvola solicitud. Con ellos
estn Lactancio y Claudio Tolomei, Pablo Pansa, el Dresino, Latino
Juvenal, mis queridos Capilupi, el Sasso, el Molza, Florian Montino
y Julio Camilo, que nos ense un camino ms expedito y breve para
guiarnos  las praderas ascreas[195]. Me parece distinguir tambien 
Marco Antonio Flaminio, al Sanga y al Berna.

       [195] De Ascra, aldea de Beocia, situada cerca del Helicon, una
       de las habituales residencias de las Musas.

H ah  mi Seor Alejandro Farnesio. Cun selecta es su comitiva!
Fedro, Capella, Porzio, Filippo el bolons, el Volterrano, el Madalena,
Blosio, Pierio, el cremons Vida, manantial inagotable de elocuencia; y
Lascari, Musuro, Navagero, Andrs Maron y Severo el monje. En el mismo
grupo veo otros dos Alejandros, Guarino el uno, y Orologi el otro.
Conozco tambien  Mario de Olvito y al divino Pedro de Arezzo, azote
de los prncipes[196]. Ms all diviso  dos Jernimos, el uno es el
de Veritade y el otro el Cittadino. Veo al Mainardo, veo  Leoniceno,
al Panizzato,  Teocreno y  Celio. All estn Bernardo Capel y Pedro
Bembo, que ha sacado nuestro puro y armonioso idioma del dominio del
vulgo, ensendonosle con su ejemplo tal cual en realidad debe ser.
Aquel que va en pos de l es Gaspar Obizi, admirador y mulo de sus
glorias literarias.

       [196] Pedro Baci, llamado el Aretino, clebre por los versos
       satricos y mordaces que escribi contra Crlos V y Francisco I,
       por lo que sus contemporneos le dieron el sobrenombre de _Azote
       de los prncipes_.

Veo al Frascatoro, al Bevazzano,  Trifon Gabriele, y un poco ms all
al Tasso. Observo cmo fijan en m sus miradas Nicols Tiepoli, Nicols
Amanio, y Anton Fulgoso, que se manifiesta sorprendido y alegre al
verme cerca de la playa. Aquel que se mantiene apartado de las damas es
mi Valerio: tal vez pide un consejo al Barignan, que le acompaa, para
evitar la ardiente inclinacion que siente hcia ellas,  pesar de los
desdenes que le han hecho sufrir.

Veo al Pico y al Pio, dos ingenios sublimes y sobrenaturales, unidos
por los vnculos de la sangre y de la amistad. El que viene con ellos
es uno de los escritores ms esclarecidos; no he conocido otro  quien
se tributen tantos honores como  l: si el retrato que de l me han
hecho es verdadero, debe de ser el hombre  quien con tanto anhelo
deseo conocer; es, en suma, Jacobo Sannazar, el que obliga  las
Camenas[197] bajar dejar los montes para  las playas. He ah al
docto, al fiel, al diligente secretario Pistofilo, que junto con los
Acciajuoli y mi querido Angiar, se regocija al verme  cubierto de los
peligros de las olas.

       [197] Uno de los sobrenombres de las Musas.

Veo  mi pariente Annibal Malaguzzo, acompaado de Adoardo, el cual
me infunde la grata esperanza de que har resonar el nombre de mi
ciudad nativa desde el promontorio de Calpe hasta las orillas del Indo.
Victor Fausto, el Tancredi y otros ciento dan seales de un verdadero
jbilo al volverme  ver: veo, en fin,  todas las damas y caballeros
manifestarse contentos por mi regreso. Ea, pues! A concluir sin
tardanza el corto trecho que me resta por recorrer, ya que el viento es
favorable, y volvamos  Melisa, diciendo de qu modo salv la vida al
buen Rugiero.

Esta Melisa, segun recuerdo haberos dicho muchas veces, tenia un
vehemente deseo de que Rugiero se uniese  Bradamante con indisolubles
lazos, y tomaba una parte tan viva en las penas  placeres de los
dos amantes, que de hora en hora procuraba adquirir noticias suyas,
teniendo continuamente ocupados  los espritus infernales en ir y
venir con nuevas de sus protegidos. De este modo pudo sorprender 
Rugiero en el momento en que se encontraba en una selva oscura, vctima
del dolor ms profundo y tenaz, y resueltamente decidido  dejarse
morir de hambre: al verle la encantadora, conoci que era ocasion de
acudir en su auxilio, y saliendo de su habitual morada, march por el
camino en que estaba segura de encontrar  Leon.

El Prncipe griego habia enviado unos tras otros diferentes mensajeros
para explorar todos los lugares comarcanos, y l en persona se dedic
tambien  buscar al caballero del unicornio. Montada la sbia Maga
en un espritu, al que habia puesto freno y silla aquel mismo dia,
dndole la figura de un mal caballo, se encontr, como esperaba, con el
hijo de Constantino.

--Si la nobleza del alma es tal como indica el rostro, le dijo Melisa;
si vuestra cortesa y bondad corresponden  vuestra presencia, prestad
algun consuelo, algun auxilio al mejor caballero de nuestra poca, el
cual no tardar en exhalar el ltimo aliento, si no halla una pronta
ayuda  un consuelo rpido. El mejor caballero de todos cuantos cien
 han ceido espada y embrazado escudo; el caballero ms apuesto y
galan de cuantos existen  han existido, se encuentra prximo  morir,
si no hay quien vuele en su auxilio, tan solo por haberse portado con
extremada hidalgua. Venid, por Dios, seor, y ved si podeis hallar
algun medio para arrancarle de su situacion desesperada!

Ocurrisele  Leon en el momento que el caballero  quien se referia
Melisa debia ser aquel en cuya busca habia hecho recorrer, y aun l
mismo recorria todo el pas; por lo cual sigui en el acto presuroso 
la persona que reclamaba su apoyo en tan piadosa empresa. No anduvieron
mucho, cuando Melisa lleg con l al sitio en que se hallaba Rugiero
al borde del sepulcro. Le vieron tan plido, desencajado y abatido por
un ayuno de tres dias, que difcilmente se habria podido levantar del
suelo para volver  caer, aun cuando conservaba todava algun vigor.
Estaba tendido en la yerba, cubierto con su armadura, calado el yelmo
y ceida la espada; tenia la cabeza recostada en el escudo, donde se
veia pintado el blanco unicornio. Entregado  su afliccion, no cesaba
de pensar en la ofensa que habia inferido  Bradamante y en su negra
ingratitud para con ella: su dolor se convertia en una rabia tan
furiosa, que se mordia las manos y los lbios, mientras inundaban su
rostro torrentes de lgrimas. Tan alucinado y absorto le tenian sus
tristes pensamientos, que no vi acercarse  Leon y Melisa; por lo cual
ni interrumpi sus lamentos, ni ces en sus suspiros, ni di tregua 
su llanto.

Leon se detuvo, contemplando atentamente por algunos instantes al
caballero; apese despues de su corcel, y se acerc  Rugiero, cuyas
quejas le revelaban claramente que el Amor era causa de aquel tormento;
pero no la persona que motivaba tan violento martirio, por no haberle
oido pronunciar su nombre. Fu acercndose cada vez ms, hasta que
por ltimo se le puso delante y le salud con fraternal ternura,
inclinndose hcia l y estrechndole entre sus brazos. La llegada
repentina de Leon no creo que fuera muy grata  Rugiero, por temor
de que le molestara,  hiciese lo posible por oponerse  su fatal
proyecto. Leon le dijo con las frases ms cariosas y persuasivas que
se le ocurrieron, y con todo el afecto que pudo demostrarle:

--No te niegues  confiarme la causa de tus penas, pues en el mundo
hay pocos males tan grandes que no tengan remedio, cuando se conoce su
orgen, y el hombre no debe perder la esperanza mientras conserve un
soplo de vida. Psame en el alma que te hayas querido ocultar de m,
cuando debes estar persuadido de que soy tu mejor amigo, no solo desde
que te hiciste tan acreedor  mi gratitud que jams podr pagarte la
deuda contigo contraida, sino desde el dia en que tuve motivo para
considerarte siempre como mi enemigo ms capital: por esta razon
debes esperar que te ofrezca un desinteresado auxilio, poniendo  tu
disposicion mis riquezas, mis amigos y hasta mi vida. No te parezca,
pues, impertinente mi demanda, y permteme que procure librarte de
tu dolor, aunque para ello tenga que recurrir  la fuerza,  los
halagos,  las ddivas,  la destreza   la astucia: si mis esfuerzos
son intiles, entonces podrs apelar  la muerte como al nico remedio
de tus males; pero antes de llegar  tal extremo, no impidas que haga
cuanto cabe en lo humano.

Y sigui empleando frases tan tiernas y afectuosas, ruegos tan
eficaces, que concluy por conmover  Rugiero, cuyo corazon no era de
hierro ni de mrmol. El triste jven comprendi que, si continuaba
encerrado en su obstinado silencio, cometeria una accion descorts y
censurable; quiso hablar, pero las palabras expiraron en sus lbios dos
 tres veces. Al fin dijo:

--Seor mio: voy  decirte mi nombre; pero estoy seguro de que cuando
lo sepas, desears mi muerte con tanta  quizs con mayor vehemencia
que yo mismo: sabe que soy tu aborrecido rival, ese Rugiero que tanto
te odi. Ha muchos dias ya que sal de esta corte con intencion de
darte la muerte,  fin de no verme privado por tu causa de Bradamante,
en vista de que el duque Amon estaba decidido en favor tuyo. Pero como
el hombre propone y Dios dispone, me v en el apurado trance en que tu
extremada generosidad me hizo cambiar de opinion, y desde entonces no
solo depuse todo el dio que abrigaba en mi corazon contra t, sino que
me propuse servirte y complacerte con la adhesion ms ciega. Ignorando
que yo fuese Rugiero, me suplicaste que conquistase para t la mano
de la hija de Amon, lo cual era lo mismo que pretender arrancarme el
corazon del pecho  el alma del cuerpo. Bien has visto si he sabido
sacrificar mis deseos  los tuyos! Bradamante te pertenece: posela en
paz: tu felicidad me ser siempre mucho ms grata que la mia; pero ya
que me veo privado de ella, no te opongas  que me prive asimismo de
la vida; pues antes podr quedarme sin alma, que vivir sin Bradamante.
Adems, mientras yo exista no puedes enlazarte con ella legtimamente,
porque me unen  esa hermosa doncella vnculos sagrados, y no puede
tener dos esposos  la vez.

Quedse Leon tan lleno de asombro al oir que aquel caballero era
Rugiero, que permaneci mudo, inmvil y sin pestaear, parecindose
mas bien que  un hombre  una de esas esttuas que se colocan en
las iglesias en cumplimiento de un voto. La abnegacion de Rugiero le
pareci una cosa tan extraordinaria como no se vi ni podr verse
jams. No disminuy esta confesion el cario que profesaba al jven;
antes al contrario, se acrecent de tal modo, que se dolia de sus penas
ms que el mismo Rugiero. Por esta razon; y por mostrarse digno de su
elevado nacimiento, no quiso que el pundonoroso jven le aventajara en
generosidad y grandeza de alma, por ms que se considerase inferior 
l en todo lo dems, y le dijo:

--Rugiero, si aquel dia en que derrotaste mi ejrcito con tu valor
increible hubiera sabido, como s ahora, tu nombre, aun cuando te
odiaba, me habria prendado tu virtud del mismo modo que me prend
cuando lo ignoraba; y desterrado el dio de mi corazon, te habria
amado con un cario igual al que ahora siento hcia t. No negar que
aborrecia tu nombre antes de conocerte; pero puedes estar seguro de que
aquel aborrecimiento no ha pasado adelante, y si hubiese conocido la
verdad cuando romp tus cadenas, como la conozco ahora, habria hecho en
aquella ocasion lo mismo que estoy dispuesto  hacer hoy en obsequio
tuyo. Y si entonces, que no te debia la gratitud que ahora te debo,
me habria portado de este modo, con cunto mayor motivo no deber
portarme lo mismo en estos momentos? No hacindolo as, seria el ms
ingrato de los hombres, puesto que, ahogando tus deseos, te has privado
de tu dicha para cedrmela; pero yo te la devuelvo, y al hacerlo as,
me considero ms feliz que si la hubiese poseido. Mereces mucho mejor
que yo unirte  Bradamante; porque si bien sus mritos le han grangeado
mi estimacion, no es tan grande mi amor hcia ella que piense en
cortar el hilo de mi existencia por verla esposa de otro. No quiero de
ningun modo que tu muerte, rompiendo los lazos matrimoniales que os
unen, me facilite la legtima posesion de tan hermosa doncella. Ah!
No solo renunciaria  Bradamante, sino tambien  cuanto poseo en el
mundo y hasta la vida misma, antes que pueda decirse que un caballero
cual t ha tenido que sufrir el menor disgusto por mi causa. Lo que
s me contrista es tu poca confianza en m; pues pudiendo disponer
de mi voluntad ms que de la tuya propia, has preferido morir de
desesperacion  aceptar mi sincero y desinteresado auxilio.

Seria prolijo repetir todas las palabras que Leon aadi  las
anteriores, el cual, redarguyendo todas las observaciones que en
contrario podia alegar Rugiero, logr triunfar de su resistencia y
obtener esta respuesta:

--Me someto  tu voluntad, y prometo no atentar contra mi vida; pero
cundo podr pagarte mi gratitud por haberme salvado dos veces de la
muerte?

Melisa hizo traer al instante manjares suculentos y delicados y vinos
generosos para restaurar las abatidas fuerzas de Rugiero, prximo
 perecer de inanicion. Atraido Frontino por los relinchos de los
caballos, corri al sitio en que su seor se hallaba: hizo Leon que le
cogieran sus escuderos, le ensillaran y se lo presentaran  Rugiero,
el cual mont en su corcel con mucho trabajo,  pesar de ayudarle
Leon: hasta tal extremo habia perdido aquel vigor de que hizo gala
pocos dias antes para vencer  todo un ejrcito y para luchar ms
tarde con su amada. Alejronse de aquel sitio, y despues de haber
andado cosa de media legua, llegaron  una abada, donde juzgaron
conveniente permanecer tres dias, hasta que el caballero del unicornio
hubo recobrado su primitivo vigor: despues Rugiero volvi  la corte
acompaado de Leon y Melisa, y encontr en ella una embajada de los
blgaros, que habia llegado la noche anterior.

Aquella nacion, que habia elegido por rey  Rugiero, creyendo
encontrarle en la corte de Carlomagno, enviaba en busca suya  algunos
de sus magnates, deseando jurarle obediencia, prestarle homenaje
y coronarlo. El escudero del jven hroe, que acompaaba  los
embajadores, llev  Francia noticias suyas, refiriendo la batalla que
habia sostenido auxiliando  los blgaros en Belgrado, donde venci
 Leon y al Emperador su padre, causando  las tropas griegas una
mortandad espantosa; por cuya razon, aquellos le habian reconocido por
su Seor,  pesar de su cualidad de extranjero: aadi tambien, que en
Novengrado fu hecho prisionero por Ungiardo y entregado  Teodora, y
que se daba por muy seguro que habia logrado escapar de la prision,
cuya puerta se hall abierta y muerto al carcelero, ignorndose por lo
dems el paradero del fugitivo.

Rugiero entr en la ciudad por sitios ocultos y extraviados y sin
ser conocido de nadie, presentndose al dia siguiente  Carlomagno
acompaado de Leon. Llevaba el escudo con el guila de oro de dos
cabezas, segun habian convenido de antemano, y las mismas insignias y
sobrevesta rota y agujereada en varias partes que us en su combate con
Bradamante: as es que en el momento fu conocido por el caballero que
luch con la jven. Leon le acompaaba desarmado, vestido con un traje
riqusimo y suntuoso, y rodeado de una brillante comitiva. Inclinse
respetuosamente al llegar  la presencia del Emperador, que se adelant
 recibirle, y llevando de la mano  Rugiero, en quien tenian fijas sus
miradas todos los circunstantes, dijo as:

--Te presento al bravo caballero que supo resistir  Bradamante desde
la salida hasta el ocaso del Sol, y como esta doncella no logr
prenderle, matarle ni arrojarle del palenque, est seguro de haber
vencido, y si no ha comprendido mal vuestro bando, magnnimo seor,
cree haber conquistado la mano de la guerrera, y en su consecuencia
acude  vos para que le sea entregada. Adems de que nadie puede
disputrsela,  tenor de las condiciones del bando, hay otro caballero
ms digno que l de merecerla por su valor? Si debe poseerla el que ms
la ame, no existe un hombre que sienta por ella una pasion tan viva y
sincera como la suya, y si hay alguien que pretenda oponerse, dispuesto
est  sostener su derecho con las armas en la mano.

Crlos, y todos los que se hallaban presentes, se quedaron estupefactos
al oir estas palabras; pues estaban persuadidos de que el adversario de
Bradamante habia sido Leon, y no aquel caballero incgnito. Marfisa,
que habia acudido  presenciar aquella escena con los dems seores de
la corte, apenas pudo contenerse mientras Leon estuvo hablando, y tan
luego como este di fin  sus palabras, se adelant diciendo:

--Puesto que Rugiero no se halla aqu para dirimir la contienda
suscitada con ese caballero por causa de su esposa, yo, que soy su
hermana, no puedo consentir sin protestar en que se le arrebate por
falta de defensa, y desafo  cualquiera que pretenda tener derechos
sobre Bradamante  ms mrito que Rugiero.

Pronunci estas palabras con un tono tan irritado y amenazador, que
muchos temieron verla empezar all mismo la lucha, antes de que el
Emperador le designase el palenque. Leon no consider oportuno que
Rugiero continuara encubierto por ms tiempo, y alzndole la visera del
almete, exclam dirigindose  Marfisa:

--He aqu el adversario que est dispuesto  aceptar tu reto.

Al ver que era Rugiero el campeon  quien tenia tanto dio, se qued
Marfisa como el anciano Egeo, cuando en medio de un banquete impo
conoci que era su propio hijo aquel  quien pretendia envenenar su
incua mujer, como sin duda lo habria logrado,  poco ms que el
engaado padre tardara en conocerle por su espada[198]. Marfisa corri
 abrazar  su hermano con tanta efusion, que no podia separarse de
su cuello. Reinaldo, Orlando y el Emperador especialmente, le besaron
con cario sincero. Dudon, Olivero y el rey Sobrino no se cansaban de
colmarle de caricias, y por fin, ninguno de los paladines ni de los
barones dej de agasajarle.

       [198] Teseo, hroe ateniense, debi el ser al trato ilcito de
       Egeo, rey de Atenas, con Ethra, y fu educado en secreto por
       Piteo, su abuelo materno. Cuando fu ya jven, pas  Atenas
       para hacerse reconocer por su padre, el cual quiso envenenarle
       por instigacion de su esposa Medea; pero habindole conocido por
       la espada que llevaba, verti la copa fatal, y le retuvo  su
       lado.

Cuando terminaron los abrazos y las felicitaciones, Leon, cuya
elocuencia era notable, empez  referir  Carlomagno en presencia de
toda su corte cmo habian podido ms en l la bizarra y la audacia
desplegadas por Rugiero en Belgrado que cualquiera otra ofensa,  pesar
del gran estrago que caus en sus gentes; manifest que, estimulado
por esta sincera y repentina inclinacion, le sac, arrostrando el
enojo de todos sus parientes, de la prision donde le habian encerrado
despues de entregarle en poder de una desolada madre, que pretendia
hacerle morir en medio de los ms horribles tormentos; describi el
incomparable acto de generosidad que no tuvo ni tendr igual en los
pasados  futuros siglos, llevado  cabo por Rugiero en obsequio
suyo y en pago de la libertad que le debia, y continu refiriendo
minuciosamente todo cuanto Rugiero habia hecho por l, sin dejar de
hacer mencion del agudo dolor que lacer el alma del desdichado amante
al verse obligado  renunciar  su esposa; dolor que le arrastr al
suicidio, del que nicamente le libr un auxilio oportuno. Leon supo
pintar estas escenas con tan suaves y patticos colores, que sus
oyentes no pudieron contener las lgrimas.

Dirigise despues al obstinado Amon con tan eficaces y persuasivos
ruegos, que no solo logr conmoverle, ablandar su corazon y hacerle
mudar de dictmen, sino que tambien consigui que accediera  pedir
perdon  Rugiero por su anterior malevolencia, y  suplicarle que le
aceptase por padre y por suegro, ofrecindole la mano de Bradamante.
Varias personas amigas, lanzando alegres exclamaciones, corrieron
presurosas  anunciar tan feliz noticia  la doncella, que en aquellos
momentos estaba retirada en su ms oculta estancia, llorando sus
contnuos sinsabores y prxima  perecer de dolor. Al simple anuncio
de tan fausto suceso, qued su corazon tan exhausto de aquella sangre
que hacia afluir  l la piedad, cuando el dolor le traspasaba, que
su mismo gozo estuvo  punto de hacerle perder la vida. Debilitse su
vigor y su energa de tal modo, que apenas podia tenerse en pi, sin
embargo de poseer el nimo esforzado y varonil que os es notorio.
El condenado al cepo,  la horca,  la picota   otro gnero de
muerte peor, cuyos ojos estn ya cubiertos con la venda negra, no se
manifiesta, al oir el grito del perdon, tan alegre como Bradamante.

Regocijronse las familias de Mongrana y Claramonte al ver unidas
sus dos prximas ramas por nuevos vnculos; pero sintieron un pesar
semejante  la alegra de aquellas, Gano, el conde Anselmo, Falcon Gini
y Ginami, que procuraron disimular su negra envidia y sus prfidos
manejos, esperando una ocasion de vengarse con tanta astucia como la
zorra espera emboscada  la liebre. Aparte de que Orlando y Reinaldo
habian arrancado la vida en diferentes ocasiones  muchos individuos
de esta raza fementida, si bien los sabios y prudentes consejos de
Carlomagno pudieron conseguir que dieran al olvido sus mtuas querellas
y rencores, la reciente muerte de Pinabel y Bertolagio les di nuevos
motivos de duelo; pero ocultaban sus ruines proyectos de venganza,
fingindose ignorantes de ambas muertes.

Los embajadores blgaros que habian pasado  la corte de Carlomagno,
como he dicho, con la esperanza de encontrar en ella al bravo campeon
del unicornio,  quien habian aclamado por su rey, al saber que estaba
all, se felicitaron por su buena estrella, que habia confirmado
su esperanza, y se postraron reverentemente  los pis de Rugiero,
rogndole que volviese  Bulgaria, donde le tenian preparado el cetro y
la corona en Andrinpolis, y excitndole  que se apresurara  acudir
en defensa de su trono; porque, segun voz pblica, Constantino se
preparaba  invadir de nuevo el territorio blgaro  la cabeza de un
ejrcito mucho ms numeroso que el primero. Terminaron asegurndole
que si podian contar con el auxilio de su rey, esperaban rechazar 
Constantino, y aun arrebatarle la corona imperial de Oriente.

Rugiero acept la corona, accedi  todos los ruegos de los
embajadores, y les prometi estar en Bulgaria  los tres meses, si la
suerte no le era contraria. Noticioso Leon Augusto de lo que ocurria,
dijo  Rugiero que se atuviera  la amistad jurada, y que, siendo l
rey de los blgaros, quedaba de hecho estipulada la paz entre estos y
Constantino; aadile que l por su parte no se apresuraria  partir de
Francia para ponerse al frente de sus escuadrones, y que se comprometia
 hacer que su padre renunciara  las comarcas que hubiese arrebatado 
sus nuevos sbditos.

A pesar de todas las virtudes y mritos de Rugiero, ninguno pudo tanto
en el nimo de la ambiciosa madre de Bradamante ni consigui hacerle
grato  sus ojos como el ttulo de rey. Hicironse las bodas con rgia
esplendidez y con una magnificencia digna del que las dispuso: el
mismo Emperador se ocup en ellas, y quiso que se celebraran cual si
hubiera casado  una de sus hijas. Los servicios y merecimientos de
Bradamante eran tales, adems de los contraidos por toda su familia,
que aquel magnnimo seor no creia recompensarlos demasiado aunque para
ello tuviese que vender la mitad de su reino. Hizo publicar por todas
partes que celebraria audiencias pblicas, donde por espacio de nueve
dias podrian acudir con seguridad todos los que tuvieran alguna queja
que exponer. Hizo levantar en la campia suntuosos pabellones de oro y
seda, adornados de ramos entrelazados y de vistosas flores, los cuales
presentaban un golpe de vista tan agradable, que no se ha contemplado
en el mundo un espectculo ms bello que aquel. No cabian dentro
de Pars los innumerables forasteros griegos, latinos  brbaros,
pobres, ricos y de toda condicion que acudieron atraidos por la fama
de aquellas fiestas. Los seores, los prncipes y los embajadores que
all se reunieron, procedentes de todos los puntos del globo, eran
innumerables: por lo cual hubo necesidad de alojarlos, si bien con toda
comodidad, en pabellones, en tiendas de campaa, y entre las enramadas
de las prximas alamedas.

La maga Melisa se habia esmerado la noche anterior en adornar con
cuidado prolijo la cmara nupcial que por tanto tiempo soara.
Aquella adivina deseaba vivamente, desde una poca bastante lejana,
la celebracion de una alianza tan conveniente: prsaga del porvenir,
conocia los admirables frutos que debia producir aquella planta. Habia
colocado el lecho nupcial en medio de un pabellon anchuroso y capaz,
el ms rico, el ms adornado y admirable que, con destino  la paz 
la guerra, se haya tejido en el mundo. La hada se lo habia quitado 
Constantino, en ocasion en que estaba acampado en la costa de Tracia
con objeto de esparcirse: contando de antemano con el asentimiento
de Leon, y deseosa de presenciar su asombro, presentndole una
prueba del arte que refrena al gran gusano infernal, y probndole
que podia disponer  su antojo de l y de la raza esprea enemiga de
la divinidad, hizo que los mensajeros del Averno transportaran aquel
pabellon desde Constantinopla  Pars. Se lo quit  Constantino,
emperador de Grecia,  la luz del medio dia, con las cuerdas, los palos
y los dems accesorios interiores y exteriores: lo hizo transportar por
los aires, y lo destin para suntuoso alojamiento de Rugiero: una vez
terminadas las bodas, lo restituy milagrosamente  su primitivo sitio.

Habian transcurrido cerca de dos mil aos desde que fu tejido
aquel pabellon. Una doncella de la tierra de Ilion, que poseia la
inspiracion proftica, lo labr por su propia mano  fuerza de arte,
tiempo y paciencia. Esta doncella se llam Casandra, y ofreci aquel
trabajo como un rico presente  su hermano el nclito Hctor. Casandra
habia bordado en la tela, con oro y seda de varios colores, la efigie
del caballero ms ilustre que debia salir del tronco de su hermano,
 pesar de que no ignoraba que estaba separado de sus raices por
numerosas ramas. Hctor lo tuvo en mucha estima mientras vivi, tanto
por la mano que lo hizo como por su esquisito trabajo.

Pero despues de su muerte, cometida  traicion, y de la victoria
alcanzada sobre los troyanos por los griegos,  quienes el falso
Sinon abri las puertas de la ciudad, dando lugar  la catstrofe ms
espantosa que registra la Historia, cupo en suerte aquel pabellon 
Menelao, con el cual se traslad  Egipto, donde se vi obligado 
entregarlo al rey Proteo en cambio de la esposa que este tirano le
habia arrebatado. Elena se llamaba la dama por quien Menelao troc
su pabellon, el cual pas ms tarde  manos de los Tolomeos, de
quienes lo hered Cleopatra. Esta reina lo tuvo que ceder con otras
muchas riquezas en el mar de Leucades  las gentes de Agripa: cay
sucesivamente en poder de Augusto y de Tiberio, hasta que por ltimo
fu  parar  manos de Constantino, de aquel Constantino,  quien la
bella Italia debe recordar con dolor mientras el cielo gire. Cuando
este prncipe, disgustado de residir  orillas del Tber, pas 
Bizancio, se llev consigo aquel precioso velo, que Melisa arrebat 
otro Constantino.

De oro eran sus cuerdas; de marfil sus apoyos, y estaba todo l
entretejido con figuras ms bellas que las producidas por el diestro
pincel de Apeles. All se veian las Gracias, con trajes airosos y
elegantes, auxiliando en su alumbramiento  una reina, la cual daba
 luz un prncipe tan hermoso cual no ha visto otro la Tierra desde
el siglo primero al cuarto. Vease  Jpiter, al elocuente Mercurio,
 Venus y  Marte, derramando sobre l  manos llenas etreas flores,
dulce ambrosa y perfumes celestiales. En sus paales se leia en
pequeos caractres el nombre de HIPLITO[199]. La Ventura, precedida
de la Virtud, le guiaba en sus juveniles aos.--Ms all se veian
representados nuevos personajes, de larga cabellera y prolongadas
tnicas, que iban  reclamar  su padre el tierno nio de parte de
Corvino. Veasele alejarse reverente de Hrcules y de Leonor su
madre, y pasar  las mrgenes del Danubio, donde la gente corria
 verle y adorarle como  un Dios. Vease al prudente Rey de los
Hngaros admirando la precoz sagacidad de que daba muestras en su edad
temprana, exaltndole sobre todos sus barones, y colocando en sus manos
 pesar de sus tiernos aos, el cetro de la Estrigonia. Vease al
jovencillo continuamente al lado de aquel monarca, ya fuese en su rgio
alczar,  ya en la tienda de campaa: si aquel poderoso rey llevaba
su ejrcito contra los Turcos  contra los Alemanes, con l iba
Hiplito, contemplando fijamente sus esclarecidas y magnnimas proezas,
y aprendiendo prcticamente el camino de la virtud. Vease cmo
distribuia los primeros aos de su vida entre la cultura de las artes y
los ejercicios blicos, aleccionado por Fusco, el cual le explicaba los
pasajes oscuros y difciles de las obras clsicas. La hbil Casandra
habia representado  Fusco con tal perfeccion, que parecia orsele
decir al nio:--Si deseas ser fuerte, glorioso  inmortal, debes
imitar este ejemplo, y evitar este otro.

       [199] Hiplito de Este, hijo del duque Hrcules y de Leonor,
       hija del Rey de Npoles y hermano de Alfonso I, duque de
       Ferrara. Siendo nio, le llam  su lado Beatriz, hermana de
       Leonor y mujer de Matias Corvino, rey de Hungra, por carecer
       de hijos. Corvino sitiaba entonces  Viena, y no quiso volver 
       sus estados sin haber abrazado antes  Hiplito, como lo hizo
       en presencia de todo el ejrcito, que le acogi con grandes
       aclamaciones. Corvino le prodig toda clase de distinciones
       en su corte, le ofreci el primor lugar entre los grandes del
       reino, y le hizo donacion del arzobispado de Estrigonia, primado
       de Hungra. Luis Sforza el Moro, duque de Milan y esposo de
       Beatriz, hermana de Hiplito, le procur despues el arzobispado
       de Milan y el capelo de cardenal, y prendado de su ingenio y
       prudencia, le confi en parte el gobierno del ducado. Hiplito
       dej algun tiempo despues estos elevados empleos por el obispado
       de Agria en Ferrara. Fu el primero de los cardenales diconos
       y prefecto de los sacerdotes del Vaticano. Libr por dos veces
        Ferrara, echando la una  pique la escuadra veneciana, y
       descubriendo la otra una conspiracion tramada por sus hermanos
       contra el duque Alfonso, de que se ha hablado en una nota de la
       pg. 48 del tomo I.

Aparecia despues revestido, jven aun, con la prpura cardenalicia,
tomando parte en las deliberaciones del consistorio reunido en el
Vaticano, y sorprendiendo con su talento y elocuencia al Sacro Colegio,
cuyos individuos parecian exclamar maravillados:--Qu llegar 
ser este jven cuando alcance su edad madura? Oh! Si llega  poseer
el manto de San Pedro, qu dicha para su edad! Qu fortuna para su
siglo!

En otra parte se veian los juegos y honestos pasatiempos de su
juventud. Ora atacaba  los osos en las alpestres rocas, ora esperaba
al jabal en el fondo de los valles pantanosos, ora perseguia  caballo
con la velocidad del viento  las cabras monteses  los aosos ciervos,
y al alcanzarlos parecian caer divididos en dos partes iguales de
una sola de sus cuchilladas. En otra parte se le veia en medio de un
escogido grupo de filsofos y poetas: unos le describian el curso de
los planetas, otros la Tierra; otros le enseaban la constitucion
fsica del Cielo; estos tristes elegas, aquellos alegres versos,
cantos hericos  armoniosas odas: ms all se le veia escuchando con
placer la msica  ejecutando con suma gracia algunos pasos de baile.

Casandra habia consagrado esta primera parte de sus cuadros 
representar los hechos culminantes de la infancia del sublime mancebo;
pero en la otra procur pintar sus actos de prudencia, justicia, valor,
modestia, y de aquella virtud que estuvo unida  l tan estrechamente:
me refiero  la virtud que distribuye ddivas y favores,  esa
liberalidad esplndida en que brilla tanto como en todas las otras.
En esta segunda parte se veia al jven con el infortunado Duque de
los Insubres, sentndose  su lado en los consejos en tiempo de paz
 desplegando con l, armado, el estandarte de las culebras. Unido 
aquel duque por una f y una adhesion ilimitadas, as en los tiempos
prsperos como en los adversos, le seguia en su fuga, le consolaba en
su afliccion y le guiaba al travs de los peligros.

En otro lado se le veia profundamente pensativo, atendiendo  la
salvacion de Alfonso y de Ferrara, procurando con inusitada perspicacia
y destreza descubrir lo que recelaba, y haciendo ver palmariamente 
su justsimo hermano las traidoras y prfidas tramas que contra l
fraguaban sus ms queridos allegados, y mereciendo as el glorioso
sobrenombre que concedi  Ciceron la libertada Roma[200]. Ms all se
le veia, cubierto con una brillante armadura, volando en socorro de la
Iglesia y haciendo frente  un ejrcito aguerrido con un corto nmero
de soldados indisciplinados: su sola presencia bastaba para extinguir
el incendio que amenazaba devorar los Estados eclesisticos, de suerte
que con razon podia decir:--Llegu, v y venc!

       [200] Siendo Ciceron cnsul, el ao 63 antes de Jesucristo,
       descubri y sofoc la conspiracion de Catilina, por cuya causa
       el Senado le proclam _Padre de la Patria_.

Veasele en otra parte peleando en las playas de su patria contra la
flota ms numerosa que jams armaran los venecianos para combatir
con los turcos  los argivos: la vencia y destrozaba, entregando 
su hermano las galeras cautivas y cargadas de rico botin, sin que
guardara para s ms que el honor de la jornada, lo nico de que no
podia desprenderse.

Las damas y los caballeros contemplaban atentamente aquellas figuras,
sin saber lo que representaban, pues no tenian  nadie que les
advirtiera que todas aquellas cosas designaban algunos acontecimientos
futuros; pero se complacian en admirar unos rostros tan bellos y tan
bien hechos y en leer las inscripciones. Solo Bradamante, instruida por
Melisa, sentia una secreta satisfaccion, pues conocia perfectamente
toda la historia. Aun cuando Rugiero no estaba tan enterado de ella
como su esposa, recordaba, sin embargo, que Atlante le habia hablado
muchas veces con encomio de aquel Hiplito, que seria uno de sus nietos.

Quin podria describir en verso los infinitos agasajos que  todos
prodig el Emperador, la variedad de los juegos, la magnificencia de
las fiestas, y la abundancia y lujo de los festines? Los caballeros ms
valientes se daban  conocer por su vigor y pujanza, rompiendo millares
de lanzas cada dia: se sostenian combates  pi y  caballo, uno 
uno, dos  dos, y hacindose  veces general la lucha; pero Rugiero
descollaba entre todos, saliendo siempre vencedor,  pesar de justar
dia y noche, y lo mismo en la danza que en la lucha  en cualquier otro
juego, nadie lograba arrebatarle la palma de la victoria.

El ltimo dia de las fiestas, y en el momento de dar principio al
banquete imperial, teniendo Carlomagno  Rugiero  su izquierda y
 Bradamante  su derecha, vieron venir presuroso por la llanura,
dirigindose hcia donde estaban las mesas,  un caballero
completamente armado, de elevada estatura y arrogante aspecto, y
cubierto tanto l como su caballo de negros paos. Era el Rey de
Argel, que  consecuencia de la vergenza que le habia causado la
guerrera, cuando le derrib en el puente peligroso, jur no ponerse la
armadura, ni ceir espada ni montar  caballo, hasta haber permanecido
en una celda un ao, un mes y un dia, como un eremita. Tales eran los
castigos que los caballeros solian imponerse por sus propias faltas en
aquellos tiempos. A pesar de haber tenido noticia durante su retiro
de lo ocurrido  Crlos y al hijo de Trojano respectivamente, no
obstante, por no faltar  su voto, dej de requerir sus armas, como si
la desgraciada suerte de su seor no le alcanzase tambien; pero tan
pronto como hubo transcurrido todo el ao, todo el mes y todo el dia,
se encamin  la corte de Francia con nuevas armas y espada, y lanza y
caballo.

Sin apearse, sin inclinar la cabeza, y sin dar ninguna seal de
reverencia, presentse ante Carlomagno y toda su brillante corte con
actitud provocativa y desdeosa. Quedronse todos asombrados al ver
tanta insolencia, y suspendiendo las conversaciones y la comida, se
levantaron para escuchar las palabras de aquel guerrero, que dijo
con voz estentrea y arrogante, luego que estuvo delante de Crlos y
Rugiero.

--Soy Rodomonte, el rey de Sarza, y vengo  desafiarte,  t, Rugiero,
 singular batalla. Soy quien espera probarte, antes de que el Sol
llegue al trmino de su carrera, que has sido desleal para con tu
seor, y que eres un traidor, indigno de merecer los honores que te
dispensan estos caballeros. A pesar de que tu felona es bien patente,
pues la confirmas en el mero hecho de ser cristiano, para hacerla ms
ostensible, me presento en este campo  probrtela; y si hay alguien
que se ofrezca  combatir en tu lugar, estoy dispuesto  admitir la
lucha. Si no basta uno, poco importa; aceptar cuatro  seis, y
sostendr contra todos lo que he dicho.

[Ilustracin: Rodomonte desafa  Rugiero.
                                                         (Canto XLVI.)]

Rugiero se irgui arrogante al oir tales palabras, y, con licencia
de Crlos, contest al sarraceno, que menta l y todos cuantos
pretendieran tacharle de traidor; que siempre se habia portado con
su rey de modo que nadie podia censurarle con justicia, y que estaba
dispuesto  sostener que nunca habia dejado de cumplir sus deberes para
con Agramante. Aadi que no tenia necesidad de auxilio ajeno para
defender su causa, como esperaba demostrrselo, de suerte que tendria
bastante, y aun quiz demasiado, con un solo adversario.

Reinaldo, Orlando, el Marqus y sus dos hijos, Grifon el Blanco y
Aquilante el Negro, Dudon, Marfisa, todos  una se ofrecieron  luchar
con Rodomonte en defensa de Rugiero, procurando convencerle de que,
estando recien casado, no debia turbar la paz de sus bodas; pero el
jven les respondi:

--Esos subterfugios serian indignos de m: os ruego, pues, que
permanezcais tranquilos.

Trajronle las armas que conquist al famoso Mandricardo, y preparse
sin la menor dilacion  la lucha. Orlando calz las espuelas  Rugiero;
el mismo Emperador le ci la espada; Bradamante y Marfisa le pusieron
la coraza, y los otros caballeros el resto de su arns. Astolfo le
present de la brida su excelente corcel, cuyos estribos sostuvo el
hijo del Dans, y por ltimo, Reinaldo, Namo, y el marqus Olivero le
abrieron paso al travs de la multitud, haciendo despejar el palenque,
que estaba siembre dispuesto para semejantes usos.

Vease  las damas y  las doncellas plidas y temblorosas, cual
tmidas palomas que huyen de entre las espigas para refugiarse en sus
nidos, arrojadas del pasto por el mpetu del huracan que va mugiendo
entre relmpagos y truenos, y empujando la negra tempestad que se
desata en lluvia y granizo con grave dao de los campos: estaban
temerosas por la suerte de Rugiero, cuya fuerza consideraban inferior
 la de aquel pagano. Este temor se hacia extensivo al pueblo y  la
mayor parte de los caballeros y barones, de cuya memoria no se habia
borrado todava lo que el pagano hizo en Pars, cuando, completamente
solo, destruy  sangre y fuego una gran parte de la ciudad, en la que
se conservaban, como probablemente se conservarian por espacio de mucho
tiempo, los vestigios de aquellos estragos, los mayores que soport la
Francia.

Pero sobre todos temblaba Bradamante, no ya por creer que el sarraceno
aventajase  Rugiero en la fuerza y el nimo que presta la confianza
del propio valimiento, ni porque  Rodomonte le asistiese la razon que
casi siempre milita en favor del que la tiene, sino por ese recelo
natural en cuantos aman, el cual no dejaba de causarle cierta zozobra.
Oh! Qu de buen grado habria tomado sobre s la empresa de aquella
incierta lucha, aun cuando hubiera tenido la seguridad de perecer en la
demanda! No una, sino mil vidas habria deseado perder si las tuviera,
con tal de que Rugiero no arriesgara la suya. Pero cuantos ruegos
dirigi  su esposo para que le cediese tan rdua empresa, fueron
intiles, y tuvo que resignarse  presenciar la lucha con rostro triste
y acongojado espritu.

Dispuestos ya ambos combatientes, no tardaron en precipitarse uno
contra otro lanza en ristre. Los hierros al chocar con la armadura
parecieron de hielo: las astas, voladoras aves prontas  remontarse
hasta las nubes. El bote de la lanza del pagano, dirigido al centro
del escudo de su adversario, hizo muy poco efecto; pues se hall
contrastado por el excelente temple del acero que forjara Vulcano para
el famoso Hctor. Rugiero dirigi asimismo su bote contra el broquel
del pagano, y lo pas de parte  parte,  pesar de tener un palmo de
espesor, y de ser de hueso, cubierto interior y exteriormente con una
chapa de acero; y  no haber sido porque la lanza no resisti aquel
tremendo choque, y se quebr al primer encuentro, elevndose hasta
el cielo sus astillas cual si estuviesen provistas de alas, habria
atravesado la coraza (tanta fuerza llevaba!) aunque fuera de diamante,
quedando all mismo terminado el combate. Los corceles tocaron el suelo
con sus grupas; pero los ginetes, excitndoles con la brida y las
espuelas, les hicieron erguirse en el acto, y abandonando las lanzas,
desenvainaron los aceros y se acometieron con nueva furia.

Haciendo girar con maestra  uno y otro lado sus animosos y giles
caballos, aptos para aquel gnero de lucha, empezaron  buscar con sus
punzantes espadas la parte ms dbil de la armadura. Rodomonte no iba
defendido aquel dia por la dura y escamosa piel de la serpiente, ni
empuaba la tajante espada de Nemrod, ni llevaba cubierta la cabeza
con su yelmo acostumbrado: todas estas armas quedaron colgadas en el
sepulcro de Isabel, como creo haber dicho anteriormente, desde el dia
en que la doncella de Dordoa le venci en el puente. La armadura que
llevaba  la sazon, aunque bastante buena, no era tan perfecta como la
primera, por ms que ni la una ni la otra pudieran resistir al filo
de Balisarda, para la que eran tan intiles los encantamientos  lo
esmerado de la construccion, como la bondad del acero  la firmeza del
temple. Rugiero la esgrimi con tal destreza, que agujere las armas
defensivas del pagano por ms de un punto.

Cuando Rodomonte vi su armadura teida en sangre por tantas partes,
y que no podia evitar que cada cuchillada le rasgara la carne, sinti
ms rabia y ms furor que el tempestuoso mar en el rigor del invierno;
y arrojando el escudo, empu con ambas manos su acero, y descarg con
todo su vigor una cuchillada sobre el yelmo de su enemigo. Una fuerza
tan extraordinaria como la que tiene la mquina colocada en el P sobre
dos naves, y que levantada  impulsos de varios hombres y de muchas
ruedas, se deja caer empotrando las aguzadas vigas, llevaba el golpe
que el pagano descarg con toda su fuerza sobre Rugiero con sus dos
manos por dems pesadas; y  no tropezar con el yelmo encantado, habria
partido de un solo golpe al caballo y al ginete. Rugiero inclin por
dos veces la cabeza, y abri los brazos y las piernas, prximo  caer.
El Sarraceno redobl su terrible golpe, sin dar  su adversario tiempo
de reponerse; tras este sigui el tercero; pero la espada no pudo
soportar tan continuado martilleo, y al fin vol hecha pedazos, dejando
desarmado al cruel musulman. Este contratiempo no detuvo  Rodomonte,
que se precipit con rapidez sobre Rugiero, cuya cabeza estaba tan
atronada y tan ofuscada la mente, que no sentia nada: pero no tard el
africano en despertarle de su sueo; pues cindole el cuello con su
membrudo brazo, le aferr con tanta violencia y de tal modo, que le
arranc del arzon y le hizo rodar por el suelo.

Apenas se encontr Rugiero tendido en tierra, cuando se puso en pi,
lleno, ms que de ira, de vergenza y de despecho; porque fijando sus
miradas en Bradamante, observ la palidez del semblante sereno de su
amada, que al verle caer, se sinti desfallecida y prxima  morir
de angustia. Deseoso Rugiero de vengar aquella afrenta, empu de
nuevo su espada y arremeti furioso al pagano, el cual le ech encima
su caballo con intencion de derribarle; pero el esforzado jven supo
esquivarle hacindose rpidamente  un lado, y al pasar, cogi con
la mano izquierda las riendas del corcel, obligndole  dar vueltas,
mientras que con la derecha dirigia su espada contra el vientre, el
pecho  los costados del ginete,  quien hizo sentir por dos veces la
frialdad del acero, una en el costado y otra en el muslo.

Rodomonte, que aun conservaba el pomo y la guarnicion de su espada
rota, asestaba con ellos tales golpes  Rugiero, que fcilmente podria
aturdirle de nuevo; mas el jven,  quien asistia el derecho  la
victoria, le sujet el brazo, y ayudndose con las dos manos, empez
 tirar de l hasta que logr arrancarle de la silla. La fuerza  la
destreza del pagano hicieron que cayese de modo que quedara al igual
de Rugiero; quiero decir que cay en pi, pues por lo dems toda la
ventaja estaba  favor del segundo, que habia conservado su espada.
Rugiero se servia de ella para mantener  raya al sarraceno y quitarle
las ganas de acercarse  l: sobre todo evitaba cuidadosamente que
se le viniera encima aquel cuerpo tan grueso y tan grande, capaz de
aplastarle con su peso, y procuraba ganar tiempo  fin de que Rodomonte
fuera desangrndose por el costado, por el muslo y por sus dems
heridas, hasta dejarle tan desmayado que no tuviese ms remedio que
confesarse vencido.

Sin embargo, reuniendo el sarraceno todas sus fuerzas, arroj con
furia el pomo de la espada, que aun tenia en la mano, sobre la cabeza
de Rugiero,  quien dej ms aturdido que nunca. El golpe le alcanz
en la carrillera del yelmo y en el hombro, con tanta fuerza, que
le hizo vacilar y dar traspis, permaneciendo derecho con mucho
trabajo. El pagano quiso entonces precipitarse sobre l, pero no pudo
conseguirlo; porque la herida del muslo le impidi dar un paso, y
al esforzar su marcha ms de lo que podia, cay con una rodilla en
tierra. Rugiero aprovech rpidamente aquella ocasion propicia, y
empez  golpearle el pecho y el rostro, descargndole tal diluvio de
estocadas y estrechndole tanto, que al fin le derrib de un fuerte
empujon. Rodomonte, empero, volvi  levantarse, merced  sus esfuerzos
sobrehumanos, y logrando alcanzar  Rugiero, le oprimi vigorosamente
entre sus brazos. Entonces empez una terrible lucha cuerpo  cuerpo,
en la que cada cual de los combatientes, uniendo el vigor  la
destreza, sacudia al otro violentamente, dando contnuas vueltas y
aferrndose con inusitada fiereza.

Las heridas del muslo y del costado habian privado  Rodomonte de una
gran parte de su fuerza, al paso que Rugiero tenia destreza, una gran
inteligencia y estaba muy ejercitado en la lucha: conociendo el jven
hroe sus ventajas, quiso aprovecharse de ellas, y empez  descargar
furiosos golpes con los brazos y el pecho, y con uno y otro pi en
donde veia salir la sangre con ms abundancia, en donde ms peligrosas
eran las heridas del pagano. Rodomonte, abrasado de ira y de despecho,
cogi  Rugiero por el cuello y por los hombros; le empuj, le hizo
oscilar  uno y otro lado, y apoyndoselo en el pecho, lo levant del
suelo, mantenindole suspendido; volvi  hacerle dar vueltas y 
oprimirle estrechamente, y por ltimo, trabaj lo que no es decible
para derribarle. Entre tanto Rugiero, recogido en s mismo, echaba
mano de todo su vigor  inteligencia para quedar encima, y  fuerza
de ensayar el modo ms  propsito para realizar su intento, logr
sujetar  Rodomonte; oprimile el pecho con el costado izquierdo,
mantenindole unido  l con toda su fuerza: al mismo tiempo puso su
pierna derecha delante de la rodilla izquierda del pagano, y le pas
la otra por detrs de la rodilla derecha dndole un fuerte empujon: en
seguida le levant del suelo y le hizo caer de cabeza  sus pis.

Rodomonte dej impresas en la arena su cabeza y su espalda, y tan
violenta fu la sacudida, que enrojeci la tierra en un gran trecho con
la abundante sangre que brotaba de sus heridas. Rugiero, que se veia
ayudado por la Fortuna, procur impedir que se levantara el sarraceno,
colocndole las rodillas sobre el vientre, y sujetndole por el cuello
con una mano mientras con la otra dirigia el pual sobre sus ojos. As
como acontece alguna vez en las minas de oro de la Panonia[201]  de la
Iberia, que si algun hundimiento repentino sorprende  los que en ellas
se encuentran atraidos por una criminal avaricia, les deja tan abatidos
que apenas puede su acongojado espritu hallar una salida por donde
escaparse, del mismo modo abati el vencedor al sarraceno, en cuanto
consigui derribarle. Amenazndole con la punta del pual que habia
desenvainado, le intim la rendicion, prometiendo respetar su vida;
pero Rodomonte,  quien causaba menos temor la muerte que demostrar
alguna cobarda en la mas insignificante de sus acciones, no respondi
una palabra y empez  retorcerse y  sacudir el peso de su enemigo,
haciendo todos los esfuerzos posibles para ponerle debajo.

       [201] Antiguo nombre de Hungra.

As como el mastin, vencido por un feroz alano que ha hecho presa en
su cuello, se afana, forcejea y se debate en vano con ojos ardientes
y espumosa lengua, y no puede librarse de su tenaz enemigo, superior
en fuerza aunque inferior en rabia, as tambien se veia impotente
el pagano para salir de debajo del vencedor Rugiero. Sin embargo,
se retorci y sacudi en tales trminos, que pudo hacer uso de su
mejor brazo, y procur herir  Rugiero en los riones con el pual
que  su vez habia sacado en aquella ocasion extrema. Conoci el
jven entonces el error que iba  cometer difiriendo por ms tiempo
la muerte del impo sarraceno, y levantando su brazo cuanto le fu
posible, hundi dos y tres veces el hierro del pual en la horrible
frente de Rodomonte, librndose por fin de tan terrible enemigo. El
alma desdeosa del africano, que fu tan arrogante y soberbia en esta
vida, se separ de su helado cuerpo, y huy blasfemando  las estriles
orillas del Aqueronte[202].

       [202] El poema _Orlando furioso_ consta de 4842 octavas reales,
        sean 38,736 versos.


                           FIN DEL ORLANDO.




NDICE.

TOMO II.


                                                                Pginas.

  CANTO     XXV.--Rugiero libra de las llamas 
                    Riciardeto.--Este le refiere la causa de tal
                    suplicio.--Rugiero, Riciardeto y Aldigiero
                    acuden  salvar  Malagigo y Viviano.              5

  CANTO    XXVI.--Malagigo explica la significacion de las
                    esculturas de una fuente.--Mandricardo y
                    Rodomonte luchan con Malagigo y sus
                    compaeros.--La Discordia escita los odios
                    en el campo sarraceno.--Rodomonte persigue
                     Doralicia.                                      26

  CANTO   XXVII.--Carlomagno se ve obligado  refugiarse en
                    Pars.--Cunden las rencillas entre los
                    moros.--El Rey de Argel desdeado por
                    Doralicia, abandona el campamento.                57

  CANTO  XXVIII.--Historia de Astolfo y Jocondo.--Rodomonte
                    contina su viaje; encuentra  Isabel y se
                    enamora de ella, dando muerte al monje que
                    la acompaaba.                                    88

  CANTO    XXIX.--Isabel hace que Rodomonte le corte la cabeza
                    por no satisfacer sus deseos.--El africano
                    le erige un sepulcro, y lo adorna con los
                    despojos de muchos caballeros.--Lucha con
                    Orlando.--Maravillosos hechos del Paladin.       111

  CANTO     XXX.--Orlando contina haciendo cosas asombrosas.
                    --Rugiero mala  Mandricardo.--Quejas de
                    Bradamante.--Reinaldo, acompaado de sus
                    hermanos, socorre al Emperador.                  127

  CANTO    XXXI.--Guido combate con Reinaldo, en quien conoce
                    luego  su hermano.--Derrota de Agramante.
                    --Brandimarte es vencido y aprisionado por
                    Rodomonte.--Reinaldo disputa  Gradasso la
                    posesion de su caballo Bayardo.                  147

  CANTO   XXXII.--Bradamante recibe noticias desconsoladoras de
                    Rugiero.--Creyendo que Marfisa ha conquistado
                    su amor, va en su busca para darle
                    muerte.--Encuentra  Ulania con tres reyes, 
                    quienes desafa y vence.                         172

  CANTO  XXXIII.--Bradamante ve representadas las guerras futuras
                    en las pinturas de un castillo.--Suspndese el
                    combate de Reinaldo y Gradasso.--Astolfo llega
                     la Nubia, expulsa  las arpas y las
                    persigue hasta el Infierno.                      196

  CANTO   XXXIV.--Historia de Lidia.--Astolfo llega al Paraiso
                    terrenal; acompaado de S. Juan, recorre el
                    Cielo, recoje el juicio de Orlando, y parte
                    del suyo, y visita  las Parcas.                 231

  CANTO    XXXV.--San Juan elogia  los poetas.--Bradamante vence
                     Rodomonte, y rescata  Frontino.--Llega 
                    Arls, y envia su caballo  Rugiero,
                    desafindole, y despues vence  Grandonio,
                    Serpentino y Ferrags.                           251

  CANTO   XXXVI.--Bradamante derriba  Marfisa.-Nueva derrota de
                    los sarracenos.--Rugiero y Bradamante se
                    aprestan  combatir, pero se interpone
                    Marfisa,  quien la guerrera cristiana vence
                    de nuevo.--Atlante revela  Rugiero y Marfisa
                    que son hermanos.                                269

  CANTO  XXXVII.--Rugiero y las dos doncellas encuentran  Ulania
                    y sus compaeras,  quienes Marganor habia
                    cortado los vestidos.--Los dos amantes y
                    Marfisa vengan esta afrenta.--Marganor muere 
                    manos de Ulania.                                 287

  CANTO XXXVIII.--Rugiero regresa  Arls.--Marfisa abraza la f
                    cristiana.--Astolfo devuelve la vista al Rey
                    de Nubia, y entra con los suyos en el reino de
                    Agramante.--Pacto entre este y Carlomagno para
                    terminar la guerra.                              315

  CANTO   XXXIX.--Agramante rompe el pacto; es derrotado y se
                    retira al frica.--Asedio de Biserta.--Astolfo
                    devuelve el juicio  Orlando.--Dudon echa 
                    pique la escuadra de Agramante.                  334

  CANTO      XL.--Agramante huye y se refugia en una isla,
                    donde encuentra  Gradasso.--Los dos y
                    Sobrino desafian  Orlando, Brandimarte y
                    Olivero.--Rugiero combate con Dudon para
                    librar  siete reyes de la esclavitud.           353

  CANTO     XLI.--Dudon cede  Rugiero los siete reyes
                    cautivos.--Naufragio de Rugiero, el cual se
                    salva  nado en una isla, donde un ermitao
                    le convierte al cristianismo.--Termina el
                    combate de Orlando, Olivero y Brandimarte,
                    con los tres reyes moros.                        372

  CANTO    XLII.--Muerte de Brandimarte, Agramante y Gradasso.
                    --Reinaldo va en busca de Anglica y
                    encuentra en el camino al Desden.--Despues
                    sigue su viaje hcia Italia, donde le acoge
                    benignamente un caballero.                       394

  CANTO   XLIII.--Historia de la copa encantada, y del perrillo
                    que producia oro y ricas joyas.--Llega
                    Reinaldo  Lampedusa cuando ya habia
                    alcanzado Orlando la victoria sobre los tres
                    reyes moros.--El ermitao que bautiz 
                    Rugiero, bautiza tambien  Sobrino y cura 
                    Olivero.                                         418

  CANTO    XLIV.--Reinaldo promete su hermana  Rugiero, y
                    ambos pasan  Marsella, adonde llega tambien
                    Astolfo: desde all se dirigen  Pars, en
                    cuya ciudad se les hace un gran
                    recibimiento.--Rugiero marcha  Bulgaria
                    para dar muerte  Leon, su rival.                464

  CANTO     XLV.--Leon libra del suplicio  Rugiero, que habia
                    sido aprisionado.--Rugiero, disfrazado con
                    la armadura de Leon, vence  Bradamante;
                    despues quiere darse la muerte.--Marfisa
                    procura impedir la union de Leon y
                    Bradamante.                                      487

  CANTO    XLVI.--Leon desiste de sus pretensiones sobre
                    Bradamante, la cual se enlaza al fin con
                    Rugiero.--Presntase Rodomonte  desafiar al
                    jven guerrero, y muere  manos de este.         514




PLANTILLA

PARA LA COLOCACION DE LAS LMINAS.

TOMO II.


                                                                    Pg.

  Rugiero salva  Riciardeto.                                          9

  Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.              20

  Marfina asi  Brunel por en medio del cuerpo.                      76

  Y ech  correr tras la fugitiva Anglica.                         124

  Regreso de Reinaldo  su castillo.                                 146

  Vi venir una dama que llevaba un escudo pendiente del arzon.      182

  Suspendieron el combate al ver  Bayardo en gran peligro.          221

  Bradamante vence  Rodomonte.                                      262

  Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos cortados.    294

  Apenas hubo andado cien pasos cuando vi  un ermitao.            383

  Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro.                   416

  El perrillo empez  ejecutar diferentes bailes.                   442

  Leon pone en libertad  Rugiero.                                   497

  Rodomonte desafa  Rugiero.                                       537





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including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
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or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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