Project Gutenberg's El misterio de un hombre pequeito, by Eduardo Zamacois

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Title: El misterio de un hombre pequeito

Author: Eduardo Zamacois

Release Date: December 15, 2016 [EBook #53743]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEITO ***




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                  EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEITO

                            DEL MISMO AUTOR

                 (PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)


                         NOVELAS

                                               Pesetas.

        =El otro= (segunda edicin)            3,50

        =La opinin ajena=                     3,50

        =La cita= (_Biblioteca popular_)       1




                           EDUARDO ZAMACOIS

                              EL MISTERIO
                             DE UN HOMBRE
                               PEQUEITO

                                NOVELA

                        [Illustration: colofn]

                             RENACIMIENTO

                                MADRID

                            San Marcos, 42.

                             BUENOS AIRES

                            Libertad, 170.

                                 1914

                             ES PROPIEDAD


   Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Prez.--Campomanes, 4.

     _No sern los ensueos, hermanos de la Noche y de la Luna, como
     ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? No
     constituirn un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro
     por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas
     personas--aborrecidas  deseadas--viven lejos de nosotros?_




EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEITO




I


Mediaba la tarde cuando empez  llover. La misma violencia inicial del
aguacero, enga  los vecinos; crean todos que el chaparrn, como de
Mayo, amainara pronto; pero no fu as, y la voz gradualmente ms
fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes 
columnas de humo, que velaban la crestera de los montes mayores,
aseguraron la persistencia del mal tiempo.

Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado
en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos.
Hllase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo,
circudo por una breve campia que, muy luego, arrepentida de su
humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser
orgullosa montaa; y as el pueblo queda hundido en el centro de un
anfiteatro ciclpeo alrededor del cual los altos cerros coronados de
castaares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos,
componen fabulosas graderas. En aquel escenario abrupto, puesto  cerca
de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosfricos
tienen energa extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor
asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el
trueno suscitan en las concavidades granticas de la cordillera ululeos
y resonancias imponentes.

Y como la regin, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y
movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el
caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir
lo ofrecido, generosos  hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y
bravos, cual corresponde  la tradicin, tantas veces centenaria, de la
ejemplar Castilla.

La historia de Puertopomares es dilatadsima. Sus fundadores, gentes
dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizs construyeron las primeras
viviendas junto al ro Malamula, que en todo tiempo corre cristalino
como un llanto perpetuo de la sierra, y as parece indicarlo la vejez
secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal  extremo
ms miserable del pueblo. Despus los aborgenes, hostilizados por
tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y 
l subieron pidindole favor contra la desamparada mansedumbre de la
llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo.
Varios siglos pasaron. Dominando la parte ms altiva hicironse al fin
los muros aspillerados de un castillo romnico, cuyos salones sirven
ogao de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes
todava, constituyen la armazn  esqueleto de todo el villorrio.
Examinando su recia disposicin, surgen  montones huellas de
civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso,
y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son
romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesin de
los merlones y de las almenas, sealan el paso de la poca gtica. Ms
adelante la fbrica aborigen trocse en alcazaba y los rabes dejaron en
el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura.
Posteriormente el feudalismo grab el sello de su rudeza guerrera y
sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cmaras. Todo
all interesa: cada piedra tiene una historia, cada puado de argamasa
una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es
ceniza de hroes.

Una piedra gerarca defiende todava la memoria del caballero leons don
Fadrique Ballesteros de Guzmn, seor de Cantagallos y de Fuenfra,
quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, gan el castillo
de Puertopomares  la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del
Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su
linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastarda tanto el resalto de
la lnea transversal como la disposicin del yelmo que lo cubre y se
halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes
haban de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo
empinante aseveran la elevacin de ideas y el temerario coraje de don
Fadrique, as como una mano dice su liberalidad hidalga, y las lneas
verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su
asctico silencio y la contenida afliccin de su nimo.

De Ballesteros de Guzmn nada escribieron los cronistas de la poca;
quizs sucumbi oscuramente en la batalla del Salado, y otro seor, de
nombre desconocido, le arrebat su feudo. La guerra contra la Media Luna
prosegua implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los
moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratgico era muy
codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don
Siro, emparentados por la rama cogntica con uno de los principales
linajes de Aragn, aparecen all ms tarde, y sus crueldades,
violaciones y rapias, siembran el espanto en la regin. Menos
sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros 
otras tierras, y los seores bajan al pueblo libremente y cuentan por
cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastarda parece descender
de la montaa.

Siglos despus, la miseria que ocasionaron la expulsin de los judos y
la conquista de Amrica, las invasiones extranjeras, las contiendas
civiles, los aos de paz con su abandono ms funesto para las
edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras,
resquebrajando bvedas y arruinando poco  poco los muros hasta dar con
varios de ellos en el suelo. Entonces fu cuando la gente pobre, los
menesterosos del llano, se acercaron al titn, y perdindole el miedo
comenzaron  quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este
llevbase unos sillares, aqul unos horcones  unos azulejos, 
levantaba su casa afirmndola contra las adarajas de algn muralln;
esotro pastor acotaba el extremo de una galera y en ella encerraba de
noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenan all y, sin
reverencia, para calentarse, encendan hogueras. Haba en esta
expoliacin pacfica una especie de aborrecimiento subconsciente, de
odio atvico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y
violador, los hijos del siervo.

Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada  la vida de
Puertopomares de manera tal, que imposible sera demoler una casa sin
tropezar en ella con algn macho  lienzo de pared, perteneciente al
coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por
las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival;
y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados
exagonales conservan intactos los follajes y adornos del Renacimiento.
Un salmer sirve de base  una escalera moderna. Una lnea de dovelas, da
 una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos romnicos enormes,
tendidos  traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una
vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del
capitel de una columna hundida all hace siglos. Insensiblemente la
fbrica primitiva experiment mutaciones incontables: la iglesia que
comenzaron  levantar adosada  una muralla, se apoder de un bastin
mudjar y con ciertos aditamentos lo cambi en torre; un primer reducto
fu convertido ms tarde en crcel; un arbotante en el arrimo principal
del edificio destinado  Casino, la cruja en callejn, la saetera en
ventana, el foso en atajo, el temido ergstulo en bodega, y en
desabrigada plazoleta pblica la severidad del antiguo patio de armas.
Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los
baluartes soberbios  las mrgenes humildes del ro, fueron aprovechados
luego en la construccin de puentes, fbricas y represas. El cadver del
titn conserva todava piedra suficiente para construir un segundo
pueblo, y el de Puertopomares contina robndole cuanta necesita.
Tambin le debe su fuerza centrpeta, la virtud coercitiva que parece
sujetar inexorablemente sus casas unas  otras;  veces, registrando la
secreta estructura de varias viviendas, la observacin descubre, bajo
una mscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastin  acitara
que, semejante  un nervio, las sujeta  todas.

Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de
Puertopomares dos fisonomas perfectamente distintas. La parte Sur, que
enfrenta la estacin del ferrocarril, es ms apacible; hay menos
peascales y los bosques de castaos y de fresnos mustranse lozanos y
tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los
montes, y entre el silencio de la espesura virgiliana blanquean
risueas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje
arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pmpanos y
los tejados son ms rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren,
abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente  de
ltigo; en las vas de descarga, vagones oscuros y hermticos, irradian
la melancola de su quietud. La estacin es pequea, tranquila y tiene
un andn de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre
salediza. Desde all al pueblo,  travs de la umbra del bosque,
cigzaguea un camino. Al pie del monte un tnel abre la tiniebla de su
medio crculo, y luego, doblndose como un alfanje, pasa al otro lado;
toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre l.
Los trenes que van  Salamanca cruzan el tnel, salvan el ro por un
puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden
en la sierra. Al desaparecer, sbitamente su estrpito se apaga.

Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor clera de los
vientos, es fosco, batallador, de una acritud estril, hirsuta y
primitiva. La tierra all hzose roca. Abundan los yacimientos
granticos cortados  tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra.
Como la vertiente es rapidsima, el desmoronamiento y cada de los
nobles muros belicosos debi de ser terrible. Muchos sillares,
arrancados de los propugnculos derrudos por el tiempo y las gestas,
rodaron con tal mpetu que pasaron el ro y en la opuesta orilla se
afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua
murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente
en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y
todava amenazan. Aqu y all, en grupos, cual guerrilleros lanzados 
la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos rboles, y en
el amplsimo teln verde de la pendiente numerosas casas, construdas
tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota,  sobre la
slida anchura de un adarve, levantan su alegra de hogar.

Arriba, en el fastigio  acirate, y de Levante  Poniente, el lugarejo
muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre
todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga,
donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa
Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de
Este  Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso  la
Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte
culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro,
por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el medioda, le
son paralelas, pero hllanse en niveles tan desiguales, que varias casas
de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y
aun cuatro pisos. Anloga desproporcin existe entre la de Amor de Dios
y Pozo de Don Ramiro, construda  trechos sobre los bloques antemurales
ms avanzados del castillo, por cuanto estas vas se encuentran, unas
con respecto  otras, como los bancales en las laderas de los oteros y
colinas. Las dems callejas son pequeas y fueron abiertas de Sur 
Norte, perpendicularmente  las ya citadas. La parte menos alta la
integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales
arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algn
furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las ms
humildes, las ms viejas, y sealan el camino por donde la gente de la
tierra baja trep  la montaa. Surgen despus  intervalos algunos
largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y
cubiertos de murdago y de hiedra; y  continuacin, interpolado
pintorescamente  las reliquias del muerto castillo, el pueblo: un
casero original de contextura arbitraria, de balconajes volados y
grandes como galeras, de espadaas tristes y sutiles, de hostigos
cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca
y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y
medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios das del verano,  la
pinturera reverberante de las ciudades andaluzas.

Aquella tarde de Mayo llovi como en los das peores del invierno. En la
lejana plomiza, las montaas y las nubes se emborronaban; un relmpago
que fingi piruetear de un cerro  otro, ba el espacio en vivsimo
resplandor, y casi simultneamente la voz abracadabra del trueno
tablete horrsona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvan aquel
atabaleo trgico que resonaba de valle en valle, de gollizo en caada,
como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojse el Malamula con el
aguacero, y su musiteo tornse rumor de amenaza. El viento dorma y en
las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, slo vibraba
el acorde monorrtmico del chaparrn semejante  un siseo continuado, 
una orden de silencio. El agua salise de los alcorques, y desbordndose
de las canales caa ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de
humedad oscurecan las fachadas; por las viejas troneras, por las
grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrbase
bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida
horconadura, y  travs de los cristales, mujeres de mejillas flacas
color cera y de ojos intensos y negrsimos, mujeres de labios finos y
cabellos lustrosos peinados simtricamente sobre la frente, mujeres
resignadas de Castilla, hacan labores que,  intervalos, interrumpan
para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregn, ni un
ruido; nicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero
respondiendo al sollozo profundo del ro. Hasta el martillo de don
Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes,
muchas gallinas se haban buscado un refugio en el quicio de las
puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y ms aun
por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en
forma de escalera, el agua descenda impetuosa, espumeante, cobrando
rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las
esquinas. A poco levantse el viento y su furia arranc  las
encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtise en granizo y
una nueva melancola aceler la rapidez gris del crepsculo; bajo tan
densa brumazn el casero de Puertopomares, con la plateresca disonancia
de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de
ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tena la
muda desolacin de una aldea abandonada.

Slo una voz implorante y sin timbre rompa de cundo en cundo la
quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado
_Ramitas_, que lloraba porque la duea del Caf de la Amistad no le
haba permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplgico del
lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tena un brazo encogido
y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven,
mojado por la lluvia y las lgrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes
algunos chiquillos gritbanle burlones y crueles:

--Tonto Ramitas!... Eh!... Te han pegado?...

El idiota volva la cabeza. Acaso comprenda su abandono, su desgracia
que  nadie inspiraba piedad, y prorrumpa en llanto amargusimo. Mojado
hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de
comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le
despedan.

--T, Ramitas!... Fuera de aqu!...

Le tenan asco. El segua adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco,
doliente, iba alejndose, arrastrndose  lo largo de las calles, como
el lamento de un animal herido.

A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de
Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la
Estacin, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de
colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio
aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.




II


A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendi las luces y
frot cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mrmol de los
veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y
agradable, que mantena relaciones con Dominga, la sobrina de don
Valentn Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El da de
la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y
acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una
ansiedad y una melancola.

Las mesas de tresillo y las de billar, hallbanse ocupadas, y las voces
de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del
suelo, producan regocijo.

El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposicin, mereca
serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado permetro de
la poblacin un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestbale
cimiento. Constaba de dos cmaras espaciosas y de mucho puntal; las
ventanas de una de ellas abocaban  una plazuela lamentable, de
fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algn
terremoto, y entristecida bajo la umbra de unos soportales. El otro
saln se destinaba exclusivamente  bailes, y lo rodeaban largas
banquetas de paete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas
para mayor pulcritud y conservacin, adornaban los muros pintados al
temple. Contiguo  este saln haba una galera abierta al Sur, sobre un
panorama magnfico. Su fenestraje, que visto desde el valle, pareca
arder con el sol, dominaba la estacin del ferrocarril oprimida bajo su
techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda
de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los
viciosos castaares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de
los lejanos montes, ceidos de nubes, semejantes  volcanes humosos.
Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultndose
alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conduca 
la ermita de San Fernando, semejante  una piedra, por lo pequea, y
desde cuyo atrio todos los aos, y con notable concurrencia y zambra de
romeros, un sacerdote, en el mes ms propicio  la vida, bendeca los
campos. Las otras habitaciones  dependencias del Casino eran la alcoba
de Teodoro, la cocina que se encenda rara vez, pues casi ningn socio
almorzaba ni coma all, la sala de juego y la habitacin destinada 
biblioteca; un cuarto desabrigado y minsculo, ocupado por un largo
pupitre y varios estantes con libros. No llegaran stos  trescientos.
En lugar bien visible y preferente, haba dos retratos al leo: el del
seor don Filiberto Prez y el del alcalde seor Martnez Rodrguez.
Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y
la estrechez de sus levitas con trencilla sealaban una poca distante.
Don Filiberto tena los cabellos cortados al rape, la frente oscura y
el bigote rubio y cado; el seor Martnez Rodrguez estaba afeitado y
en su rostro plebeyo y trivial fulgan unos ojos chiquitos, negros y
redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada,
llena, sin duda, de iniciativas, filantropa, sacrificios y nobles
desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se haba perdido.
Toda la buena sociedad puertopomarense les conoca de verles all, en la
biblioteca del Casino, y nada ms. A sus nombres vulgares no iba unido
el recuerdo de ninguna hazaa capaz de imponerse  la ingratitud del
tiempo. Don Filiberto Prez haba sido notario y muri soltero; Martnez
Rodrguez fu alcalde, restaur  sus espensas la torre de la iglesia y
tuvo varios telares. A esto reducase la vida de ambos prceres. Sin
embargo, cuando algn forastero visitaba el Casino, las personas que le
acompaasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos
trescientos volmenes polvorientos, que nadie lea, eran el orgullo del
vecindario, su ms limpio timbre de progreso.

--Hasta ahora--decan--no hemos conseguido hacer ms. Esto debemos
reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... mucha cultura!... En
fin, ms adelante... poco  poco... ya veremos! Luchamos contra dos
enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. Quiere usted
creer que se pasan los aos sin que  ninguno de los doscientos y pico
de socios que nos reunimos aqu, se le ocurra pedir un libro?

Tampoco dejaban de tributar  los retratos un elogio breve y ferviente:

--El seor Martnez Rodrguez; el seor don Filiberto Prez; dos
conterrneos insignes...

En estas palabras vibraba siempre cierto nfasis; un orgullo de
campanario, una vanidad lugarea que utilizaba aquel momento para
ponerse de puntillas. El forastero se inclinaba corts ante aquellas
figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los aos mejoraban, y su
rostro expresaba devocin y melancola, cual si realmente lamentase no
haber conocido  dos personas de tanto mrito.

A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una
existencia pobre. Aos atrs, se celebraban all todos los domingos
bailes,  los que concurra lo ms granadito de la poblacin. De estas
reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elas Fernndez
Parreo, que acababa de licenciarse mdico en Salamanca, con
Presentacioncita Tejas, la heredera ms rica de la localidad. Luego, sin
causa ostensible, el celo de tales divertimientos fu apagndose; el
pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de
su funda gris, sonaba intilmente; huyendo de las mujeres los hombres se
refugiaban en la sala de juego  asaltaban las mesas de tresillo, y las
muchachas no tenan con quien bailar. Las ms alegres valsaban unas con
otras, como para afear  los galanes su huraa descortesa. Poco  poco
los bailes, semejantes  una fruta que fuera secndose, redujronse 
dos mensuales; ms tarde,  uno; finalmente se suprimieron, y las
mujeres, haciendo de su orgullo resignacin, no demostraron sentirlo.
Teodoro achacaba esta decadencia  los hombres. La juventud masculina
vea en el baile un riesgo, una peligrosa ocasin de galantera y
coqueteo que acaso pudiera trocarse despus en grave amor; no son buenos
juegos los que terminan cindose coronas de responsabilidades y
obligaciones, ni cmodos los labios femeninos que, para besar, exigen la
previa sancin del cura y del juez, y as, el miedo al matrimonio ech
del Casino al genio celestinesco del baile.

En Puertopomares, el nmero de solteros era enorme; haba muchos
individuos ricos, independientes y de juveniles costumbres, que
llegaron  los cuarenta aos sin noviar con nadie. Estos refinados
egostas satisfacan sus apetitos en las infelices habitantes de una
manceba miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del ro, en
un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedan ms;
los que necesitaban dar  sus licenciosos gustos mayores libertad y
lujo, se iban  Salamanca. Amor sin amor--pensaban--amor pagado
inmediatamente, fu siempre el ms barato y el ms cmodo. Las mozas
casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el
recogimiento, el pudor, la mesura ms escrupulosa en sus acciones y
palabras. Oh!... Para qu?... Quin agradecera su sacrificio
vestal?... Millares de entre ellas llegaron  la vejez solteras,
afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y
perdurable. Y haba en la lenta consuncin de aquellos azahares
intiles, en la sempiterna agona interior de tantas vrgenes estriles,
el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia
social.

Generalmente al Casino los socios slo concurran de nueve  doce de la
noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo 
en la calle por la tempestad, acudieron  guarecerse all.

En la galera, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban
hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agona crepuscular
desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplacin
profunda, el xtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra
algo mstico el fenmeno fecundante de la lluvia. Los relmpagos
pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, giles como
vboras. El aire ola  tierra hmeda. Del valle suba el rumor, hondo,
interminable--lamento de mar--del viento, entre los rboles. Muy lejos,
la corriente del Malamula grua rencorosa.

Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas
y relaciones haban consagrado diputado  travs de todas las
legislaturas; don Elas, el mdico; don Ignacio Martnez, el
veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don
Valentn, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueo de una
ferretera de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y
don Ignacio, beban coac; los dems, cerveza. Durante mucho rato todos
hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aport  la
conversacin un dato interesante.

--Dicen--exclam don Elas--que en Nava de Pomares llueve desde anoche
torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.

--Cmo lo sabe usted?--pregunt don Niceto.

--Porque esta maana fu Luisito Cruz  decirme que su madre haba
amanecido peor, y l vive en la Nava...

--Tiene usted razn; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.

Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; dirase que la
afirmacin, en Nava de Pomares est lloviendo mucho, era tan grande,
tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz
ruda--voz de mando--de don Ignacio Martnez, deshizo el encanto.

--En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de
all, que me ha trado  herrar dos caballeras.

--Pues si diluvia en Candelario--observ don Isidro--habr llovido
tambin en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fu
as, y conocida la disposicin de la sierra no puede ser de otro modo.

--Yo creo que esta vez hubo agua de sobra--replic el mdico--; lo malo
es que nunca llueve  gusto de todos. El chubasco, por ejemplo, que
favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es
beneficio, es muerte en aquel predio.

Agotada la conversacin, reducido el tema de los cambios admosfricos 
reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las
posibilidades con esa machaconera minuciosa de que slo la gente
rstica es capaz, el dilogo orientse hacia otros rumbos. Alguien habl
del vidriero Jess Ochoa, fallecido aquella tarde. De la srdida
avaricia y misrrimo fin de aquel hombre referanse escenas
inverosmiles. Ochoa mora septuagenario; nunca quiso casarse y no tena
herederos; los das de su mezquina vida los pas en una tienducha
lbrega, especie de ftido chiscn situado detrs de la iglesia y en un
plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus ltimos instantes el
anciano vidriero demostr un valor y una clarividencia que,  no
emplearse en la ms torpe codicia, hubiesen sido admirables.

En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los
parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un
determinado nmero de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso
de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, 
la salida del camposanto, vuelven  pesarse, y la diferencia entre ambas
pesadas, que seala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga.
Ochoa, que careca de familia y que,  tenerla, probablemente no se
hubiese fiado de ella, discuti por s mismo el precio de la cera que
haba de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sinti la
audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, nico goce
de su vida.

--En la botica de don Artemio lo referan esta maana unos amigachos del
difunto--dijo don Isidro--; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria,
estaba asombrado de tanta fortaleza de nimo. Es increble ese valor
en un viejo de ms de setenta aos!...

Los entierros eran de dos categoras. En los mejores, denominados con
salida, el clero acompaaba al cadver desde la iglesia hasta la
Glorieta del Parque; en los de segunda clase,  sin salida, los curas
rezaban el ltimo responso bajo el prtico del templo; que tan lejos
alcanza la virtud del oro que hasta la oracin, lo inefable, se rindi
mercenariamente  su poder. Don Niceto pregunt si el entierro de Ochoa
sera de segunda clase.

--Naturalmente!--interrumpi el mdico--; pues, cmo pensaba usted que
fuese?... Y, gracias  que lleg  una avenencia con Teobaldo; pues de
no ponerle ste la cera al precio que l exiga, capaz es de seguir
viviendo. Conozco  los avaros; hasta para morirse buscan el momento ms
econmico.

El acre humorismo de Fernndez Parreo fu saludado con una carcajada
general. Este pequeo xito empurpur las mejillas de don Elas y
obligle  bajar los prpados. Era un hombre corpulento, de miembros
bien trabados, de aspecto ecunime y simptico,  quien, como  todo
miope, la necesidad de acercarse mucho  los objetos para distinguirlos,
haba encorvado cortesmente hacia adelante. Tena los ojos zarcos y el
bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban  las
expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca
sin anteponer  sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus
cincuenta aos y la decorativa hinchazn de sus diagnsticos habanle
granjeado mucho crdito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tena
clientes, y hasta de Salamanca, segn testigos, le llamaron una vez.
Este fu el mayor orgullo de su vida.

Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de
Fernndez Parreo reducase  repetir, como papagayo, los anuncios que
con gran acopio de nombres tcnicos publican los vendedores de
especficos en la cuarta plana de los peridicos. Algo de esto haba,
efectivamente: don Elas, poco accesible  las fiebres de la curiosidad
cientfica, apenas termin su carrera cerr los libros, pero con tal fe
y sincera decisin, que no volvi  tocarlos. Era pobre y ni su misma
penuria decidale al trabajo. Su tarda voluntad encomendbase  la
rutina. Ms sabe un practicn que cien doctores--pensaba--. Por el
momento bastbale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentacin, la
unignita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamorse de l, y
los dos millones de reales que aport al matrimonio aadieron  su
gallarda figura y  su ttulo de mdico los debidos prestigios. Otro, en
su lugar hubirase echado  la vida bartola. Don Elas, ms
quisquilloso, ms caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su
riqueza, y la misma holgura de su posicin le capt en seguida clientela
abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba
anualmente, que unidas  su amable trato y  la pacificadora labor del
tiempo, ayudaron  desvanecer,  cuando menos  suavizar, el recuerdo de
que Fernndez Parreo, segn cierta frase cruel, muchas veces repetida,
 imitacin de las cortesanas haba ganado su fortuna de noche...

Comentada suficientemente la muerte de Jess Ochoa, se habl de mujeres,
tpico alegre en que las opiniones, aun de los hombres ms desemejantes
y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenz el dilogo, tom,
con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto haba
dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendi 
Romualdo Prez, gerente del tejar _La Honradez_, hablando con doa
Quintina. Hallbanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al
pblico, como si no quisieran ser vistos.

--Yo, por lo mismo, me fu  ellos derechito--continu don Niceto--,
salud  Quintina y  Romualdo le pregunt por Micaela, la hija mayor de
doa Virtudes.

--Y qu respondi?

--Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien;
pero la cara se le puso como una cereza.

Don Juan Manuel interrumpi  Olmedilla.

--Amigo mo, preguntar al hombre que hallamos acompaado de una mujer
por otra mujer, aunque sta sea la suya legtima, es una indiscrecin;
porque usted no sabe si l, con la seora que tiene delante, presume de
soltero. Adems, acordarnos de una mujer teniendo  nuestro lado otra,
implica siempre hacia la segunda cierta descortesa.

--Muy finamente sentido y muy bien expresado!--exclam Martnez,
sirvindose un coac--; esa carambola se la apunta don Juan.

El juez municipal se desconcert.

--Hombre... yo cre...

--Nada, nada--repiti el albeitar--; esa carambola se la apunta don
Juan Manuel!...

El diputado, que padeca ciertas inclinaciones oratorias, prosigui:

--Otro tanto podra razonarse de la fesima costumbre, bien
generalizada, ciertamente, de decir  la persona  quien saludamos:
Ayer le vi  usted en tal sitio; ... anoche le vieron  usted por
cual parte... La indiscrecin de estas palabras es evidente. Qu nos
proponemos con ellas? Molestar  nuestro interlocutor significndole
que conocemos  vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos
incurrido en una grosera y vulnerado el santo derecho que todo
ciudadano tiene de ir adonde le parezca. Lo hicimos sin malicia y slo
por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio
delito de tontera. Voy,  propsito de esto,  referir  ustedes una
ancdota...

Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le
conferan su urbana distincin de hombre que viva en Madrid la mayor
parte del ao, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en
los cincuenta aos, aun cuando l, siempre que  su presencia se
suscitaba tan impertinente cuestin, declarase muchos menos. Nunca quiso
casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada
abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de
sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos,
desprendase una regocijadora emocin de salud. Su mucha hacienda,
puesta al servicio de su evanglico y munfico corazn, haba remediado
bastantes dolores. Estas virtudes hacanle simptico y servan de alivio
 sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados
mayores. A don Juan Manuel la opinin pblica toleraba lo que no hubiera
consentido  ningn otro vecino de Puertopomares: una querida. El
diputado no viva con ella, pero iba  visitarla diariamente y sin
guardarse de nadie, y esta pequea irregularidad de costumbres, que
rompa el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perda en
el concepto de las mujeres.

Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando  don Niceto,
merecieron la alborozada adhesin y caluroso entusiasmo de don Ignacio
Martnez. El veterinario no olvidaba que la nica vez que enga  su
Fabiana, sta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que
con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurri  los cinco meses y
un da cabales de su matrimonio, y ni un detalle haba palidecido en el
espejo, cruelmente fiel, de su memoria.

Don Ignacio y su mujer salan del Caf de la Amistad, situado en la
calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acerc  saludarles, le
dijo: Anoche, ya tarde, le vieron  usted en Candelario. Y como
Martnez, para disimular su emocin, tratara de mostrarse sorprendido,
el indiscreto agreg bromeando: S, seor;  eso de las once; no lo
niegue usted... Con lo que doa Fabiana, que andaba picada por el
tbano de los celos, no necesit ms. Esta escena sirvi de prlogo 
vanos das terribles. Diez aos transcurrieron desde entonces y, sin
embargo, don Ignacio, que segua enamoradsimo de su mujer, todava
apretaba los puos.

--Afortunadamente--prosigui--tuve la suerte de tropezarme con el
correveidile que as, en mis propias narices, le fu  Fabiana con el
soplo. Necio  malintencionado, se llev buen castigo. Ya le conocis:
Pedro Sez, cuado de Jos, el de la zapatera. A puetazos le puse la
cara como un tambor; quince das estuvo sin salir  la calle.

En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy
difcil  nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza  referir
para distraer el fastidio de la tertulia, podra decirlo tambin
cualquiera de sus oyentes, y as el dilogo se reduce  una rumiacin 
comentario de hechos notorios, cados en el dominio pblico y
recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes,
enterados de cuanto van  oir, afirman. Lo propio suceda con la
historia que don Ignacio trajo  colacin. Hasta el tonto Ramitas, el
tipo ms infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria.
Por esta razn tal vez, para que las gallardas del albeitar no cayesen
en la descortesa y frialdad del silencio, Fernndez Parreo creyse
obligado  esbozar una observacin.

--Creo, amigo Martnez, que  Pedro Sez le tir usted al suelo.

--S, seor.

--Y cuando el pobre hombre estaba as, tripa arriba y sin poder
valerse...

El veterinario sinti el placer vengativo de concluir la frase, y se la
arrebat  don Elas de los labios.

--Precisamente, s, seor; cuando cay  mis pies le puse los tacones de
mis botas en la cara hasta cansarme, que fu mucho despus de perder l
los sentidos. El adagio lo dice:  borrica arrodillada doblarla la
carga.

Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, mir 
Martnez con repulsin.

--Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad.

Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reir, repuso:

--Eso es llamarme brbaro, pero no me ofendo. Soy as... y que nadie
toque  los mos, ni les d el menor disgusto, porque me lo como!

Mir  don Niceto y  don Isidro, y aadi:

--Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente
delante del juez y del seor alcalde; por ms que ya sabemos: can que
madre tiene en villa, nunca buena ladrida...

Olmedilla, que se llevaba su bock  los labios, aparent no haber odo.
Don Isidro sonri. Las ltimas palabras, un poco desafiadoras y
petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros
contertulios miraban al paisaje; don Elas haba sacado de su cartera
una tijerita de bolsillo. En realidad  don Ignacio, peleador, sanguneo
y cerrado de entendimiento, todos le teman. Era ancho de mandbulas y
de espaldas, y muy cejudo: tena los ojos vivos, la nariz corta, el
canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados  mquina, y
sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Adems de su
aficin  los refranes, especialmente  los que citaban nombres de
animales--refranes de veterinario los llamaba l--sus amigos le
conocan un gesto, un tic inconsciente, que revelaba la disposicin
exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia  de
clera, Martnez se morda las uas; pero la ua elegida variaba segn
el grado de sobresalto de su espritu. Esta concomitancia
psiquico-fsica nunca fallaba. Si su agitacin era muy violenta, la ua
mordida corresponda  cualquiera de ambos pulgares; si muy grave,  los
ndices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos
mayor y anular hasta detenerse en los meiques. La vinculacin entre
estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los produca,
era lgica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser
estos los dedos que ms pronto se acercan  la boca; para morder los
otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una
pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexin que, sea cual fuese
su brevedad, haba de contradecir, de enfriar, la furia del impulso.
Roerse la ua de un meique constitua para don Ignacio un pasatiempo,
casi una coquetera. Sus uas, de consiguiente, formaban una especie de
columna baromtrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero,
el del dedo pulgar, corresponda  la temperatura moral ms alta y
temible, mientras los dedos pequeos estaban muy cerca de la ecuanimidad
y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los
meiques, el ramo de oliva. Martnez era alborotado, fuerte, bajo y
macizo. A propsito del espesor  densidad de su figura, y de las
hostilidades de su carcter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una
frase feliz.

--Ese hombre--haba dicho--grueso, inquieto y chiquito, me da la
sensacin de un dedo pulgar.

Don Niceto se puso en pie y comenz  frotarse las piernas hacia abajo,
para estirarse bien el pantaln. Luego acercse al mirador y unos
instantes su cabeza lvida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de
un cuello de camisa mugriento, rodo y excesivamente ancho, perfilse
sobre las ltimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y
cinco aos. Era dbil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los
labios salivosos se abran con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y
exanges, de uas cuadradas y sucias, tenan, como su pescuezo, la
amarillez de las retamas.

--Se marcha usted, amigo Olmedilla?--pregunt Rubio.

El juez municipal examinaba el cielo.

--S, seor; aprovecharemos esta pequea tregua que nos da el mal
tiempo.

--Llueve todava?

--Muy poco.

Para cerciorarse sac el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien
abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese  jurar. Don Ignacio
copi aquel gesto.

--Algo chispea todava--dijo--, pero es la ocasin de irse.

--Creo que nos vamos todos--repuso don Isidro levantndose.

Don Juan Manuel llam  Teodoro para que le restituyese el impermeable y
los chanclos que le entreg al llegar. Los contertulios se haban
agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruicin rstica el olor
de la tierra y de los bosques hmedos. En la oscuridad los entintados
montes componan una especie de oleaje inmvil. Acull, lejos, bajo el
silencio negro, griseaba el andn de la estacin.

--Saldr usted despus de cenar, don Juan?--interrog el mdico.

--No es probable; esta noche no debo moverme de casa; necesito escribir
varias cartas urgentes.

Martnez interpel  don Elas y  don Isidro.

--Ustedes tienen luego algo que hacer?

--Nada--respondieron.

--Y usted, don Niceto?

El juez neg lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tena
nada que hacer.

--Entonces--repuso el veterinario--podemos reunirnos aqu esta noche.
Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe
al doctor.

Agreg dirigindose  los otros dos individuos que, durante el
transcurso de la tarde, apenas haban hablado.

--Ustedes vendrn?

--Bueno--contest el ms alto.

--Y usted?

--Tambin.

--Perfectamente--exclam Martnez;--me gustan las tertulias grandes;
siempre  ms gente hay ms alegra.

Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don
Ignacio, tena inters en volver al Casino aquella noche. Ir  no ir...
no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartan
equitativamente la direccin y dominio de aquellos espritus anodinos.
El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restitua  ellos
horas despus. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban
en el Casino, con los naipes en la mano  ante las mesas de billar. Qu
esperaban? En lo futuro, ni una emocin, ni una sorpresa, como no fuese
la de la muerte. Mirar hacia el porvenir, no equivala exactamente 
rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban
consigo, desde la niez, la aridez del desierto, el inenarrable horror
de las cosas eternamente inmviles y semejantes  s mismas, no se
perpetuaba el espanto anacrnico de que lo futuro fuese algo sabido,
familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotona de los
pueblos, cuntas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos?
All, donde no hay emociones; quin contara los millares de
momentos--tantos como das que cada individuo vivi y torn  vivir, su
propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idnticos caminos y el
cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotona se desprende un
vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y as en cada una
de esas almas--y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan--se
repite, de padres  hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no
escrito an, del hombre que nunca tuvo  dnde ir...

Esta era la situacin de nimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernndez
Parreo, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando,
parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo
trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora
separarse; en ellos, el hbito de esperar haba matado la alegra de la
accin. Adems, convencidos tcitamente de que todo era igual,
adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto  su alrededor pudiese
ocurrir, lo tenan previsto. Este clculo alcanzaba an  los detalles
menores. Verbigracia: Martnez saba que,  su paso habitual, tardaba
exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino  su casa, y
cuatro minutos si este camino lo recorra en sentido inverso, porque era
cuesta arriba. El mdico, con aquella miopa que pareca obligarle 
dedicar  cada idea  objeto una atencin mayor, pujaba su minuciosidad
bastante ms lejos. Fernndez Parreo llevaba en la memoria cifras
absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino,
por ejemplo, haba mil doscientos ocho metros; desde el Casino  la
botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilmetro justo
separaba su casa de la de su antigua cliente doa Amelia Ruiz, viuda de
Guijosa, la mujer ms gorda de Puertopomares. Estos nmeros los haba
descubierto con la ayuda del tiempo y  fuerza de repetir cotidianamente
el mismo itinerario.

Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones,
lanz la seal de marcha.

--Vmonos, seores?

--Vmonos, s.

Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclam,
mirando su reloj.

--Qu hora ser?...

Fernndez Parreo consult el suyo, que levant  la altura de la nariz.

--Las siete.

--Yo--repuso Martnez--tengo las siete menos diez.

Con esa costumbre irrazonada que obliga  todas las personas  tener ms
confianza en el reloj del prjimo que en el suyo, aadi:

--Debo de ir atrasado...

Y, sin vacilar, rectific la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire
versallesco:

--Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don
Elas, tambin atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al
revs que para conservar  nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos
posible. Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el
desorden!...

Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la
umbra de los soportales, un hombre silencioso, pequeito, intensamente
amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.

Martnez exclam dirigindose al mdico:

--Ah va don Gil Toms. Tena usted razn. Deben ser, efectivamente, las
siete en punto.




III


Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de
Frasquito Miguel, quien, segn costumbre, volvera borracho. Terminada
la cena, Rita Paredes levant el mantel, y,  falta de caf, Toribio
dile un largo tiento al porrn del vino, la rapada cabeza echada hacia
atrs y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una
mano dejaba suavemente el porrn en el suelo, con el dorso de la otra se
restreg y sec los labios. Cuarentn ya, mostraba el pelo canoso, el
rostro rasurado, flaco y de lneas salientes, los ojos carniceros,
redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por
manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceo, con esa
flexibilidad y aridez de carnes que da  sus habitantes el solar
castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tena algo de mastn. Una
vieja cicatriz endurecale el rostro. Levantse, y acercndose  una
ventana examin el cielo, estrellado, lmpido, transparente, despus del
furibundo aguacero de aquella tarde. Bostez malhumorado.

--Buenas noches.

--Ya vas  dormir?

--Necesito madrugar. Maana hay mucha faena. A las cinco me llamas.

Fatigadamente, los brazos cados, el paso largo, grave el rostro,
desapareci en la oscuridad de un aposento inmediato.

Rita, con notables disposicin y rapidez, sacudi el mantel bajo la
campana del hogar, freg los platos, enluci los cubiertos, y lo
sobrante del guisote familiar lo coloc en un pucherito junto al
rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentse
despus  coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas,
flacas y de articulaciones nudosas, tenan una impaciencia agresiva. La
herencia haba dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos.
Como los ojos de Toribio, los de Rita abranse pequeos y bermejos, y
sus labios delgados, circudos de pequeas arrugas, adquiran al
cerrarse, expresin cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles.
Sus treinta y cinco aos, los trabajos, la miseria y la epilptica
violencia de sus instintos, haban destrudo en ella las blandas curvas
de la femineidad; y coronando aquel corpachn anguloso de hombre, una
cabeza pequea, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos
rtilos y lisos, recogidos atrs. En el pueblo  los Paredes les
llamaban _los Rojos_, y sus costumbres y combativas apariencias les
hacan temibles.

La mujerona suspendi su labor para escuchar al sereno, que cantaba una
hora: las diez: pero inmediatamente reanud el trabajo, y haba en su
diligencia una especie de clera. Todo  su alrededor era silencio;
nicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el
copiossimo llanto de las montaas y de las nubes, gema clamoroso.

Varios aos haca que Rita habitaba aquella casuca de planta baja,
construda entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del
ro y en la lnea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del
resto de la poblacin. Fuese  vivir all poco antes de que su amante
Vicente Lpez, apodado _el Charro_,  quien conoci en un lupanar de
Cceres, la abandonase para irse  Salamanca con otra mujer. De aquel
amor, que fu muy grande, le qued  Rita un hijo. Vindose sola abri
un tabernucho al amparo del cual recobr sus hbitos de manceba. Este
trfico, durante las semanas que tard su cuerpo en ser conocido,
produjo dinero; luego, no.

Por entonces lleg casualmente  Puertopomares Toribio, que ejerca de
pueblo en pueblo el oficio de bujero. Aos haca que los dos hermanos no
se abrazaban, y su asombro rivaliz con el contento de volver  verse.
Ni una carta se haban escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi
nios y el azar tornaba  reunirles cuando ambos llevaban sobre la
frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio haba
inconexiones, parntesis misteriosos, que Rita, necesitadsima tambin
de indulgencia, no intent esclarecer. A los diecisiete aos Toribio
Paredes se alist voluntario para la guerra de Cuba y asisti  la
accin de Peralejo, donde fu herido. Le licenciaron. En la Habana,
primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerci diversos empleos.
Estuvo en Puerto Rico y en Mjico. Despus regres  Espaa y en Cdiz,
 los pocos das de desembarcar, hiri mortalmente al dueo de un
garito. En la pelea no hubo traicin, pero la justicia sentenci al
homicida  ocho aos de presidio. En el de Ceuta expi su condena. Al
salir dedicse sucesivamente, como en Cuba,  distintos oficios. Cuando
llegaba ocasin, ejerca el suyo primitivo, de carpintero; despus,
vendi baratijas por las ferias, fu leador, aplicse al chalaneo y 
la recova y mont un To-Vivo. Finalmente deshzose de l y recobr su
profesin de gorgotero  bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos
desembolsos y hallbase muy en armona con sus inclinaciones vagabundas.

A las confesiones de Toribio correspondi Rita con las suyas. Habl de
su primer amante, el amo de una fbrica de corss, donde ella trabajaba.
Al conocer su embarazo el burlador la despidi. Miserable! Poco
despus, cay enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si
no la llevan al hospital. All di  luz y el nio fu  la Cuna. No
haba vuelto  saber de l. Despus entr  servir en una casa de donde
la echaron cuando supieron su aventura con el dueo de la fbrica de
corss. Una vecina les fu  sus amos con el soplo. Al verse de nuevo
sin albergue, rostro  rostro con la miseria, la mujerona pens: Esta
noche yo como y duermo bajo techado. Y esper  que su delatora, cuyo
domicilio conoca, saliese  la calle. La sangre que encerr  Toribio
en Ceuta, herva en ella. No tena armas, pero tampoco las necesitaba;
sus dientes y sus uas bastaban  su clera. Fu una escena horrible.
Rita cay sobre su presa, la tir al suelo y tenindola sujeta bajo las
rodillas comenz  despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puados la
mesaba el pelo, y  mordiscos la arranc una oreja y la desfigur
brbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la vctima
desapareci, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea
supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo haba
tragado. Rita Paredes fu condenada  tres aos de reclusin en el penal
de Alcal. All ri con otra reclusa,  quien maltrat ferozmente, y
por ello sufri dos aos ms de encierro. Desde Alcal se traslad 
Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la
justicia, por corrupcin de menores, la propuso ir  Cceres...

Al llegar  este captulo, el ms sucio, quizs, de su negra historia,
la mujerona vacilaba: tambin en su vida, como en la de su hermano, del
monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron
pginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenan
qu recriminarse; del mismo vientre nacieron, y  su tiempo ambos
rodaron hacia el dolor; si ella se haba prostitudo, l haba robado;
los dos malditos, los dos iguales.

Finalmente, Rita explic sus relaciones con _el Charro_, y cmo ste la
abandon y no se preocupaba de su hijo, que ya tena cinco aos.

--Podas quedarte aqu, conmigo--aadi--; estando juntos viviramos
mejor.

Toribio aprob; rato haca que en aquello mismo estaba l pensando. A
pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro,
volvan  sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto
de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si
nunca se hubiesen separado. La miseria eneanch y afirm la obra de la
herencia: ella fu mala por las razones mismas que l no pudo ser bueno;
causas anlogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de
otra, el instinto; y as, al trmino de varios aos, perdonronse
mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir
tan juntos.

Toribio relat  su hermana la constitucin ntima de sus negocios: l,
que continuaba en la pobreza, haba llegado  Puertopomares con su socio
capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convena
separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tena una historia nebulosa.
En Madrid, siendo mozo, ejerci la profesin de trapero. Ms adelante,
de acuerdo con otros individuos, abri una carnicera destinada 
sucursal  principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias
comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tard en echarlo 
perder la polica; fu un mal negocio que di con sus iniciadores en la
crcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladse  Mlaga, y
en arriscados lances de contrabando vi medrar su hacienda. Otras
oscuridades y lagunas haba en su vida. l y Toribio se conocieron en la
feria de Badajoz, y aparejados desde haca dos aos por el inters, ms
que por la simpata, operaban juntos: unas veces vendan paos, otras,
juguetes y baratijas de similor. Dnde guardaba el seor Frasquito los
fondos de la sociedad, arcano fu que Toribio Paredes no consigui
esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre
llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder
ningn buen negocio. Tras una lucrativa excursin por diferentes pueblos
de la serrana salmantina, llegaron ambos  Puertopomares y en la Fonda
del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quera
absolutamente dormir solo.

--Son datos en que debes fijarte--deca el narrador  su hermana.

Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirbale fijamente, y sus ojos,
rodeados de pestaas bermejas, se abran y cerraban, revelando con aquel
seguido guiar un agudo esfuerzo de comprensin. En sus labios, finos y
oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.

Toribio concluy:

--Los das que estemos aqu, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ,
al menos, almorzar y cenar en nuestra compaa. No te parece? T,
procura esmerarte en la comida. El es buena persona y soltern... y con
el tiempo... quin sabe!... llevndonos todos bien...

Sus cbalas fueron cumplindose una  una. Frasquito, receloso al
principio, acab enamorndose de Rita. De estas relaciones naci un
nio,  quin bautizaron con el nombre de Jos y los apellidos de su
madre, pues el seor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los
ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse  reconocerle.
Aquel muchacho aadi nuevos vnculos  los lazos de inters y amistad
que unan  los dos hombres, y as decidieron establecerse juntos.
Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan
irreductible oposicin hall en sta y en su hermano, que desisti. Ya
reunidos todos, acordaron recogerle un poco las riendas  la vida y
aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia
 de cuartel general, de donde saldran  recorrer, peridicamente,
los otros pueblos de la provincia.

La casuca que cobij los amores de Rita con el Charro y que ella
transform luego en taberna y disimulada manceba, el seor Frasquito
Miguel y su cuado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron,
ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de
almacn. Para hallarse ms separados y con mayor honestidad, levantaron
un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la
despensa, que era espaciosa, despus de bien enjalbegada y solada,
sirvi de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas
las goteras del pajar, ste ofreci  su vez condiciones excelentes de
seguridad.

Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta
entonces slo aprovech para gallinero y pudridero de basuras. All un
viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde
de su copa recogida, sensible al viento. Este rbol fu en tiempos atrs
como un gesto de orga, como una cimera  penacho de escndalo, alzado
sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la
barragana de tantos, se distingua y sealaba entre todas por aquel
chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarn. Desde muy lejos se
divisaba. La gente rstica que se acercaba  Puertopomares por el lado
opuesto del ro, lo conoca bien; los mozos se lo mostraban unos 
otros, extendiendo un brazo:

--Es all...--decan.

Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, lleg 
adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cmo
tales luces, balancendose en la oscuridad  impulsos del aire,
ejercan sobre los hombres,  una distancia de varios kilmetros,
irresistible atraccin. Apropsito de aquel rbol popular y de las
trazas hombrunas de su duea, alguien haba dicho: Eres, Rita, como el
chopo: alta y grande, pero de mala sombra. La frase gust y vivi
muchos aos.

Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron
el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates ms
largos del corraln, improvisaron  la izquierda un amplio departamento
de mampostera, seco, claro y slido, bueno para depsito de
mercaderas; y  la derecha, un soportal  cobertizo de tejas, sostenido
por pilares de ladrillo, destinado  caballeriza.

Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la
rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz
remate que dieron  todo. En su maera traza y gil disposicin
claramente echbase de ver la complejidad pcara de sus vidas. Ningn
oficio les era extrao: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una
habitacin,  disponan los batientes de una puerta, modelaban  yunque
y martillo una reja, componan una cerradura, herraban un caballo 
compraban animales que saban vender luego  mejor precio. Este
abigarramiento de aptitudes resplandeca tambin en la diversidad
plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de
quincalla, los racimos de zapatos y las pirmides de sombreros y otros
artculos de poco peso, eran subidos al desvn; lo mejor, lo ms caro,
los paos, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo
almacn, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de
carbn. Una yegua y una mula, servanles para transportar sus
mercancas. A veces salan de Puertopomares al despuntar la aurora,
otras  prima noche, segn la estacin y la longitud del itinerario que
hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y
al trmino de ellas el seor Frasquito y Toribio reaparecan con las
caballeras muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso
contento de los buenos negocios.

Tan activo trfico dur varios aos, en los cuales Frasquito Miguel y su
coima hubieron dos hijos ms: Mara Luisa y Francisco. No obstante estas
novedades, la disposicin sentimental de aquellas tres personas nada
haba variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriqueca sin
acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por
sus instintos de crueldad y de rapia: la homogeneidad de los ambientes
donde desenvolvieron sus vidas les impidi diversificarse: una y otro
eran egostas, violentos y srdidos, cual si sobre ellos gravitase una
herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito
Miguel,  pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero
con que porfiadas veces coadyuv al bienestar comn, siempre sera un
advenedizo, un extrao, casi un enemigo. El, receloso y astuto, deba de
comprenderlo as y sentir la traicin que le acechaba, por cuanto
constantemente de todos se retraa y guardaba un poco.

Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio  que Rita
se haba dedicado, demostraban  los Paredes cierta hostilidad.
Atenindose  la indudable semejanza habida entre cada individuo y las
personas de su afecto y predileccin, razonaban que Toribio sera, en
punto  rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel
tampoco deba de tener muy severa moral cuando tan bien hallado pareca
en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante fro y torvo
del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejeras y
disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecan el lar.
El famoso chopo del corraln, cuyo perfil flico recordaba  los mozos
del campo el misterio de Elusis, haba desaparecido, pero su leyenda
golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos la casa
del chopo, donde, segn los viejos, quince  veinte aos antes, fu
asesinado un hombre, pareca irradiar una pavura carcelaria, un enigma
de antro. La honesta labor  que sus actuales moradores se aplicaban, no
lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corran sin
conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, 
pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien
florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita
 comprar algo, raras veces se decidan  trasponer el quicio de la
puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna
pareja de la Guardia civil pasaba por all, nunca lo haca sin inmergir
una mirada fiscal en el zagun hmedo, lbrego y sumido, como una vieja
boca. El vecindario siempre esperaba una emocin: que  los Paredes,
verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de
la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.

Al trmino de algunos aos, los graves achaques del seor Frasquito
contribuyeron  ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su
hermano. Agravse el fro de aquellas relaciones preparadas por la
codicia y el clculo. El antiguo trapero, que ya contaba ms de
cincuenta aos, enferm de reuma: comenz  padecer en las
articulaciones dolores agudsimos; se le inflamaron las rodillas,
retorcironsele y trastornronsele como sarmientos los dedos de las
manos, y vise obligado  renunciar, casi completamente, al trabajo.
Aquel invierno Toribio Paredes sali solo  vender; su cuado, medio
paraltico, quedbase en casa y  intervalos los gritos que as la
clera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual
le arrancaban, rompan lgubremente la paz de la calle.

El desvalimiento del seor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos
meses pareca haber envejecido varios aos, empeor su situacin moral.
Rita, que no haba olvidado  Vicente Lpez, ni poda hablar de l sin
verter lgrimas, y acaso por obra de los poticos mirajes del tiempo le
amaba ms que nunca, empez  aborrecer  Frasquito. Al principio de sus
relaciones, le acept con gusto, por codicia; luego le fu indiferente;
despus esta indiferencia amistosa perdi cuanto pudiese haber de
simpata, se enfri y fu desdn; ltimamente, el desdn se mud en
desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenz  sentir
hacia su ltimo amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y
el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre,  quien muchas
maanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos
anquilosados y trmulos no le obedecan, era una carga. Qu necesidad
tena ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces
una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba  su conciencia palabras
de Evangelio; pero inmediatamente el egosmo y la sordidez tronaban con
espantoso gritero. Qu hubiese hecho el seor Frasquito  ser ella la
intil? Probablemente echarla  la calle,  marcharse, y si la suerte
permiti que el enfermo fuese l, por qu no imitarle dejndole?...

De sus cuatro hijos  la mujerona slo la interesaba realmente
Deogracias, el primero, en quien reviva la figura del Charro. Los hijos
de Frasquito, Pepe, Mara Luisa y Francisco, la servan nicamente de
estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban
frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocan la utilidad de
deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo;
pero al llegar  cierto extremo difcil de su conversacin, los dos
callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y
devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la
justicia, unido  las torvas memorias de sus aos carcelarios, dejaba en
sus almas oscuras un fro.

El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra
Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradsima avidez,
la habilidad omnisciente, con que el enfermo saba esconder su dinero.
Dnde lo guardaba? A qu prodigios de escamoteo,  qu recursos de
nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su
desaparicin no dejase rastro?...

Antes de afincarse en Puertopomares Toribio crey siempre que su socio
depositaba sus ahorros en algn Banco de Salamanca, de Badajoz  de
Madrid, y nicamente llevaba consigo las seis  siete mil pesetas
indispensables  las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya
todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposicin, dedicse
 leer cuantas cartas el seor Frasquito reciba:  tal fin las colocaba
unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y
el vapor desprenda la nema del sobre tan limpiamente, que luego de
repegada era imposible conocer la traicin. Este acecho, minucioso y
perseverante, de varios meses, demostr que el paero no mantena
relaciones con ninguna casa de banca, ni reciba otra correspondencia
que las de los fabricantes  almacenistas al por mayor, de quienes l y
Toribio se provean; de donde los hermanos Paredes concluyeron que,
segn una rancia costumbre espaola, heredada quizs de los judos y de
los rabes, Frasquito Miguel deba de recatar sus ganancias en una 
varias orzas escondidas, probablemente,  muchos metros bajo tierra.

Esta segunda parte de la cuestin fu tambin objeto de investigaciones
y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y
villas, Toribio, que jams perda de vista  su adjunto, y de noche
utilizaba mltiples  ingeniosos ardides para saber si sala de su
habitacin, lleg  convencerse de que Frasquito no tena fuera de
Puertopomares ningn tapujo, ni sitio, encrucijada  mesn, que le
mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa
donde el ladino viejo esconda su tesoro; que  tan preeminente y
codiciable categora remontaba la imaginacin de los Paredes la fortuna
de aqul.

Relacionando diversos datos y pormenores cazados hbilmente en el
transcurso de dos  tres aos, la mujerona y su hermano dedujeron que el
seor Frasquito tena soterrado su dinero en el corraln, bajo la
raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la
frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su
empeo en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual
si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista
enardeci la codicia de los Paredes, y agrav su avariento sobresalto la
consideracin de que las orzas  pucheros donde Frasquito Miguel fu
servido de meter sus ahorros, empujados por las races, vivas an, del
rbol, iban hundindose ms y ms, de suerte que si transcurra mucho
tiempo llegara  ser muy difcil dar con ellas.

Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallndose los tres de
sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual crea
necesario remover bien la tierra y arrancar las races que endurecan y
arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y
decisin, produjeron en Frasquito Miguel, fu terrible. Quedse plido,
luego lvido; hasta que su corazn reaccion y su rostro cetrino se
llen de sangre; despus aquel aborrachado color empez  debilitarse y
sus mejillas y su frente tuvieron la blancura de los cadveres. Su
sorpresa mudbase en clera. Frunci las cejas, baj la cabeza, tir
nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba  cortar una
rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobr afanoso cual si acabase de
sentir la necesidad de tener un arma.

--El patio-grit--no se toca.

Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolucin irrevocable. Los
hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegra feroz,
de sordidez ardiente prxima  saciarse, y unos momentos, bajo el
apacible claror plata de la lmpara, aquellas dos cabezas fraternales,
cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se haba
pintado, adquirieron una expresin pattica. Toribio quiso argir algo,
pero su cuado le ataj.

--He dicho que el patio se deja segn est: lo dispuse as y no
consiento que se toque en l ni  un, jaramago!

Toribio repuso cazurro:

--Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada,
descuida. Qu aspavientos!... Cualquiera creera que bamos  robarte
un tesoro!...

El tono zumbn y la reticencia con que estas palabras fueron dichas,
desconcertaron al seor Frasquito, quien trat de enmendar su yerro y la
aspereza de su actitud con algn donaire  frase oportuna. Pero la
explosin de clera que acababa de experimentar haba sido demasiado
violenta, los msculos faciales hallbanse endurecidos an, y ni supo
dar gracia  sus palabras, ni cordialidad y simpata  su rostro. Desde
aquel momento los Paredes adquirieron la conviccin, la certidumbre
irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tena
enterrado su dinero en el corral.

Con la llegada de la primavera le volvieron las fuerzas al enfermo y
hallse de nuevo en situacin de volver al trabajo; esto, al menos,
creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin
embargo, ech de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes;
as porque sus piernas le obedecan mal, como porque con las energas
musculares se le fueron tambin las lucrativas capacidades y oportunos
ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba
mucho menos; desaparecieron sus trujamaneras y gitanas zangamangas de
mercader; ya no sabia engaar vendiendo como oro el similor y por nuevo
lo usado. No convenca, no alucinaba; perdi la gracia; fu un
arruinamiento general que abri en la suma de los ingresos un dficit
considerable.

Poco  poco el seor Frasquito lleg  reconocer tambin su inutilidad,
y como esta humillacin le hiriese en lo ms altivo y sensible de su
alma, para olvidarla se dedic  la bebida. El momentneo bienestar que
sta le produca incitle  seguir bebiendo, y lo que empez siendo
arrimo y recurso, creci rpidamente y fu pasin. Toribio Paredes,
maldeca de l: en las ferias no le serva de nada, pues tardaba en
emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se
echaba  dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando,
bambolendose como un polichinela y agarrado  la cola de la ltima
caballera. La gente haca escarnio de l. Una vez Toribio regres 
Puertopomares y entr en su casa llevando al seor Frasquito atravesado
en la yegua. El viejo, que haba perdido los sentidos, iba con el
vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos
y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le
cogieron y metieron en el zagun,  presencia de un grupo de vecinos
que, pensando ver  Frasquito Miguel herido  muerto, acudieron
consternados, y cuando tuvieron noticia de la inverosmil cantidad de
vino que traa en el cuerpo, empezaron  reir y  burlarle. Aquella
madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en la casa
del chopo grandes porrazos,  cada uno de los cuales responda un
lamento flbil y expirante, como de persona del otro mundo; despus los
quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al da siguiente revol de
puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al
seor Frasquito  la virtud de la sobriedad, le haban administrado una
muy gentil paliza.

Frasquito Miguel no volvi  salir con su cuado; ayudbale  enjaezar y
disponer la carga de las caballeras, pero luego Toribio se marchaba
solo. La vergenza de verse preterido, la amargusima pena de su
inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida
continu y exacerb la obra del artritismo. El desdichado empez 
hincharse, amortiguse su mirada y bajo los ojos la piel form hondas
bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenan la
indecisin de la somnolencia. Los nicos sitios que frecuentaba eran el
merendero de Luis, situado cerca del ro, al pie del cementerio viejo, y
el caf de La Amistad, vulgarmente llamado caf de la Coja. Todas las
maanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los
santos; de da quedbase en casa, unas veces en el zagun, otras junto 
la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la
invencible obsesin de no alejarse de all; y entre tanto emplebase en
reponer asientos  las sillas  arreglar el calzado viejo  cortarles
calzones y baberos  los muchachos, que para estos y otros diversos
menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena
traza. En la mesa apenas diriga la palabra  sus familiares, ni
regaaba  los nios, ni levantaba del plato los ojos, y con el ltimo
bocado de la cena en la boca, se iba  la calle. Cuando volva, lo que
nunca suceda antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.

Esta abominable costumbre y ms an, la particularidad de que el seor
Frasquito, que haca tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres 
cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de
Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el
papel de zngano; viva y no trabajaba. Por qu no se marchaba de una
vez con sus hijos? Y si no quera irse, por qu no le despedan ellos?
Qu ley  documento les obligaba  seguir juntos?... Los Paredes, sin
embargo, no se atrevan  desahuciarle; y era la codicia, la ilusin
avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detena.




IV


Bajo el claror lechoso de la lmpara, Rita segua cosiendo, y el choque
de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro,
la curvatura de la nariz, la demacracin de los pmulos, la fortaleza
carnicera de la mandbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella
tarde Frasquito Miguel, acobardado quizs por la tormenta, no haba ido
 cenar.

--Si no volviese!--pensaba la mujerona.

Un recuerdo la oblig  mirar  su alrededor, como si en la blancura de
aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspir: se acordaba de
Vicente y esto gui sus ojos hacia la puerta del aposento donde dorman,
Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vstagos de Frasquito Miguel.
A stos les aborreca. Rita tir su labor y por dos veces sus manos
nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y
planchados, sobre la redondez pequea de la cabeza. En sus pupilas la
clera, durante segundos, encendi una luz.

--Podan morirse--murmur--y ni ellos ni yo perderamos nada.

Recobr su costura. La habitacin donde se hallaba abocaba  la calle;
tena el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido
densamente por el humo del fogn. Viejos cromos que decan los amores
del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcn
de la ropa, el armario que serva de alacena, eran de pino blanco.
Cubran las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.

Poco  poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el
rumor del Malamula iba acallndose. El sereno cant otra hora; las once.
Luego, nada dentro de la casa dormida: la lmpara vertiendo
montonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre
el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos
 inmviles, con inmovilidad cabalstica, contra la albura de las
paredes.

Rita, de sbito, alz la cabeza y un fro extrao y rpido,  un temblor
 flor de piel, pareci deslizarse por entre la raigambre de sus
cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de
inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitacin en lnea recta desde
la ventana al aposento donde dorma Toribio. La mujerona abri bien los
ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya
no vi nada. Aquel fenmeno, fuese impresin real  alucinacin vacua de
sus sentidos, apenas dur un segundo, y no obstante, haba sacudido sus
nervios con la violencia de una descarga elctrica. Ni el ms tenue
ruidito  su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared
blanca. Levantse, sin embargo, dcil  un raro terror supersticioso, y
fu  cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la
calle estaban echados. Mir hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de
luna, mostrbanse apacibles; y luego  las cortinas, muertas, sin un
temblor. Rita permaneca suspensa, asustndose del roce de sus vestidos
y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazn descarnada y varonil,
aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arranc  sus
labios, descoloridos por el miedo  lo invisible, una interjeccin soez.
Volvi  sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su
alma estuviera all, hirila, de improviso. Tembl y ya iba  levantarse
cuando su razn y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente,
ella no pudo ver nada; todo habra sido un guio  intermitencia de la
luz,  la levsima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones
continuaba teniendo miedo: aquella ficcin rapidsima, aquella especie
de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de
huracn y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes
ms pequeos se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al
cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes sigui cosiendo.

Las doce eran dadas cuando Toribio comenz  soar en alta voz. A travs
de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrbanse
inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque
aquel fenmeno repetase casi diariamente. Luego demostr preocuparse:
la pesadilla deba de ser muy fuerte, pues Toribio se rebulla mucho,
articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si
algo muy pesado le oprimiera el pecho. Intilmente trat Rita de
comprender lo que su hermano deca. Otra vez la mujerona tuvo miedo.
Aunque nada  muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto,
siempre envolvern las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio.
El verdadero origen de los sueos es exclusivamente fisiolgico,  
esos accidentes circulatorios y digestivos  que la medicina los
atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafsica?... Un ensueo se
reduce, tal vez,  un dinamismo incompleto y pasajero del aparato
cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivin en ellos
mucho ms. Oh, la terrible, la abracadabra emocin, la sugestin
fascinante, que anima las actitudes de quien suea en voz alta! Aquellos
ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de
alegra, de sorpresa, de clera, que correspondiendo  imgenes venidas
del ms all estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y  las
que l, empero, responde... No sern los ensueos, hermanos de la Noche
y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de
otra vida? No constituirn un nexo entre la realidad sensible y el
mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de
cuantas personas--aborrecidas  deseadas--viven lejos de nosotros?...

Rita llam, por dos veces:

--Toribio... Toribio!...

El dormido exclam levantando mucho la voz y con perfecta claridad:

--No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.

Su diccin volvi  emborronarse; no fraseaba; las slabas se
confundan.

--No puede ser... no... pue... de... ser...

Esta negativa la repiti hasta que dentro de su boca las palabras mal
pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de grgara; pareca que
iba  ahogarse. Su hermana le grit:

--Toribio!... No oyes?... Despierta!... Ests soando!... D... no
oyes?...

A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recoga con una
mano, presentse Paredes. Hallbase en ropas menores, y la inmovilidad
de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decan claramente que
estaba sonmbulo. Unos segundos permaneci boquiabierto, como
sorprendido y detenido por la luz; gui los prpados, sacudi la
cabeza; quera despertar. Despus avanz y la cortina, al caer otra vez,
sirvi de fondo  su figura. La mujerona se levant y empu unas
tijeras: su imaginacin relacionaba la sombra amarillenta, entrevista
momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso
terror la invadi.

--Dnde vas?...

Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se
apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se produca.

--Dnde vas?--repiti Rita.

Cautamente habase colocado detrs de la mesa, en actitud defensiva. Su
hermano la oy y repuso marcando con lentitud las palabras.

--Voy con l.

--Con l?... Quin es l?...

--Ese... don Gil Toms... Me voy con don Gil Toms.

Palideci Rita.

--Qu dices? No entiendo; dnde te espera don Gil?

--Ah, ah!... Viene  buscarme.

Extenda un brazo hacia la puerta de la calle. De sbito comenz 
restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agreg:

--Ha dicho l que te espera?

--S... s...

--Cundo?...

--No; no me lo ha dicho... Es que conversbamos... Don Gil ha salido...

Por momentos hablaba con mayor limpieza, di algunos pasos hacia
adelante y despert. Su cara entonces cubrise de sorpresa; tuvo
conciencia plena de s mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...

--Qu significa esto?--balbuce.

En el sonmbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus
ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada
sbitamente, Rita volvi  sentarse.

--Estabas soando--dijo--y  no ser por m te echas  la calle segn te
ves.

Muy despacio, porque no conclua de recobrar la posesin de s mismo,
Toribio Paredes repuso:

--Hablaba con don Gil Toms.

--Eso me dijiste, y queras marcharte con l.

--Es cierto!... Quise marcharme con l. Mir  la mujerona.

--T le viste salir?

--Que si yo vi salir  don Gil?... Y de dnde?...

--De ah, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.

La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente
hallbase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la
sugestin de lo soado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca
los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubri el
rostro huesudo y macho de Rita.

--Ests dormido an--exclam-- perdiste el seso?... D... Quieres
explicarte de una vez?...

Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogi una silla y se
sent. De su camiseta burda, color tabaco, emerga el cuello cenceo y
nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida,
rojiza y pequea. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se
sujetaban con cintas  las piernas peludas; los pies, endurecidos sobre
los caminos por donde muchos aos anduvieron descalzos, eran grandes,
angulosos, oscuros; parecan de bronce  de tierra. Un rato estvose
callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante
taciturno y perplejo; y, segn el curso de sus cavilaciones, sus miradas
iban unas veces  la ventana, otras al dormitorio,  hacia la puerta. A
ratos parecale, efectivamente, haber soado: pero apenas lo crea
cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales
eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de
realidad, con que las imgenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban
su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban
aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le
hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio
espritu.

Toribio, ya completamente despavilado y sobre s, no saba an si lo
sucedido era una verdad tan espantosa que pareca sueo,  una pesadilla
de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad.
Estrilmente buscaba en su interior; la meditacin, lejos de esclarecer
su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado all mismo
con don Gil Toms: le vi, oy su voz, sinti en su mano ruda el fro de
la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo
aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, haba
sido sueo. Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre,
aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se
equivoquen as?...

Intrigada por los enigmticos ojeos de su hermano, la mujerona exclam:

--Qu haces?... Me das miedo. Quieres hablar?

Toribio Paredes tard en responder. Meditaba. Repentinamente se levant
y de un salto desapareci en la alcoba. Iba  vestirse. Necesitaba
penetrarse de la certidumbre  mentira de lo sucedido; de lo contrario
parecale que la zozobra le volvera el juicio. En un santiamn se puso
el pantaln, se endos la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo,
regres al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un
miedo de supersticin. Ella le pregunt:

--Dnde vas?

Su hermano arque las cejas y se llev un ndice  los labios.

--Chist!... Luego te lo dir; aguarda...

Abri la puerta y sali  la calle, y en el silencio Rita oy la carrera
sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esper,
acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante
de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de
la bruja. Transcurridos pocos minutos volvi Toribio; jadeaba y el
cansancio le descolora los labios; en cada una de las profundas arrugas
de su frente el sudor pona un hilo de plata. Ella interrog:

--Qu traes? Viste algo?

El se desplom sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los
dos hermanos empezaron  hablar. Toribio procur explicar su
alucinacin: era algo muy raro.

--Yo--dijo--acababa de acostarme y sin duda dorma. Slo recuerdo que me
circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: Ah viene don Gil
Toms. No le vea an, pero estaba cierto de que se hallaba aqu.
Despus fu como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir
 recibirle; porque yo saba que mi cuerpo se quedaba all, en la
alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se
personaron en esta habitacin, y todo lo apreciaban y reconocan segn
ahora lo veo: la lmpara encendida, los muebles, los cuadros, t
cosiendo al lado de la mesa... Mi hermana--discurr--no puede verme;
me cree dormido...

Se interrumpi y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente
absorta y estrecha. Su concepcin tena una diafanidad y sus palabras
una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron  la mujerona.
Dirase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba an la luz de otro
entendimiento ms sutil. El bujero continu subrayando y fijando bien
las palabras con el ademn:

--Yo estaba ah, en semejante sitio y de cara  la ventana, cuando
apareci por ella don Gil. En su mirada comprend que necesitaba
anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la
alcoba, donde mi alma, no s cmo, volvi  meterse dentro de mi cuerpo.
Todo lo que cuento tardara en ocurrir segundos nada ms. Al llegar este
momento hay una sombra; el sueo parece interrumpirse; luego se reanuda
del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil
sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia m; y como es tan
pequeito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces
hablamos...

Call Toribio unos segundos y despus su voz fu ms dbil y tuvo una
emocin punzante de confesin y de drama.

--Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...

Ella le interrumpi, anhelante:

--No, pero s lo que t contestabas. Tu decas: No puede ser; eso no
puede ser.

--As le repliqu, en efecto... porque don Gil pretenda que entre t y
yo matsemos  Frasquito. Porfi mucho. Yo me encargo--aada--de que
nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo ira por las
noches  su cama, y en hallndole dormido, le quitara esa idea...

En el supremo inters de un silencio, Rita Paredes dej caer estas
palabras terribles:

--Tambin  m muchas veces, en sueos, don Gil Toms me aconsej lo
mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.

La cabeza roja de Toribio palideci, y en su repentina lividez las pecas
bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana
expresin.

--Ah!... T lo sabas!...

--Dice que el dinero lo esconde en el patio.

--Entre las races del chopo?

--Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.

--En tres grandes orzas verdes.

--Justo, hermano; hasta el color!...

Cuchicheaban presurosos, arrebatndose mutuamente las palabras de los
labios, trmulos de codicia. Rita habl de aquel temblor amarillo y
amorfo que momentos antes vi ir desde la ventana al cuarto de Toribio,
y ste ratific sus declaraciones. Sus ojos volvanse automticamente
hacia la puerta de salida.

--Al marcharse don Gil--exclam--quise preguntarle algo que ahora no
recuerdo, y para alcanzarle me tir de la cama. Fu entonces cuando t
me detuviste, preguntndome adnde iba y si estaba soando. Dormido me
hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la
luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cmo yo
las vea; y as, aun despus de reconocer que toda mi conversacin con
ese hombre fu obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme ms de
ello sal  la calle. Llegu hasta la casa de don Gil, y anduve
examinando los balcones por si en alguno de ellos haba luz. Mas todos
estaban oscuros y la verja del jardn cerrada con llave, como siempre...

De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueos dedujeron ambos
hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna,
que deba de ser cuantiosa, el seor Frasquito la guardaba all mismo,
metida en tres magnficas orzas verdes, bajo las races del chopo
legendario. Ni un momento detuvironse  pensar que el motivo probable
de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos
tenan en la riqueza del seor Frasquito; tampoco les alarm el inters,
al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo
contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles 
ellos. Su avaricia desbridada de sbito por la proximidad del oro, todo
lo juzgaba llano y fcil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, para
qu iba  vivir ms? Y, considerando su innoble aficin al alcohol,
vicio que, da por da, exaltaba su degradacin y embrutecimiento,
desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de
justicia, que casi tena el perfil de una caridad.

Los dos hermanos seguan agitando en silencio la hrrida tiniebla de sus
instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada
cual vea reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro.
Asesinar  Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en
seguida huir del pueblo. No dibujaban estas tres afirmaciones una lnea
recta, fcil y de absoluta lgica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes
volvan  reunirse en el espanto de los mismos propsitos, concatenados
siempre,  despecho del sexo y de los aos que anduvieron separados, por
el genio sanguinario de su infame raza. All estaba el estigma, la
herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En
la realidad, como en el mundo de lo soado, sus espritus marchaban
sobre los mismos fangales. Oh!... Por qu el Azar no les habra
permitido aliarse un poco antes?...

El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la
calle, delante de la ventana, interrumpi la conversacin. Llamaron 
la puerta y Rita sali  abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba
cincuenta y tantos aos: era de mediana estatura, el busto delgado y
ancho, las piernas dbiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos
cabellos tenan una albura brillante de plata. El rostro afeitado,
expresaba cobarda y humildad.

--Buenas noches--murmur.

Segn costumbre, el seor Frasquito iba borracho. Sin mirar  sus
familiares, muy rgido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto,
el sombrero sobre las cejas, dirigise hacia su habitacin. Como nadie
contestase  su saludo, repiti:

--Buenas noches.

--Buenas noches--dijo Toribio entre dientes.

--No cenas?--pregunt Rita.

El repuso balbuceando:

--No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...

Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los
hermanos Paredes cambiaron, no habra podido dormir.




V


Don Gil Toms, el hombre ms chiquito de Puertopomares, viva en un
hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos,  dos pasos
de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco aos, y tena
un metro treinta y nueve centmetros de estatura. Amn de ser el vecino
ms pequeo era tambin el ms original, lo que le infunda  despecho
de su huraoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la
amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin
militar en ningn partido poltico, ni exhibirse, ni hacer nada que
pudiese atraer la pblica atencin, aquel individuo minsculo ejerca
sobre sus conterrneos un raro dominio, una especie de fascinacin 
distancia. Coma de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y
en su casa, donde le acompaaban dos criadas, que eran tambin sus
mancebas, nunca reciba visitas. Una indefinible emocin de silencio le
preceda, le acompaaba y quedaba flotando tras l. Cuando iba por la
calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y
de la Fonda del Toro Blanco, interrumpan sus dilogos al verle
acercarse, le cedan la acera y le saludaban con un comedimiento que
pareca encubrir un temor; luego que haba pasado, todos,  la vez, se
quedaban mirndole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurra pocas
veces, instalbase aparte y ojeaba los peridicos. No buscaba
relaciones, pero tampoco negaba  nadie su saludo; ni amiguero ni
misntropo, mostrbase cuidadoso de no rebasar nunca los lmites
vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y aadan  su
equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que,
para subirse  los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse
con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los
de un pelele, tena una capacidad centrpeta enorme.

Buena parte de este poder provena evidentemente de la fuerte
extravagancia de su figura.

Tena don Gil los hombros angostos y cados, lo que entristeca su
empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy
bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca
ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la
expresin metlica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de
esa tonalidad aceitosa que flucta entre el ocre caliente del azafrn y
la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus
proporciones, de un individuo alto, absorba toda la vida de don Gil
Toms y causaba, efectivamente, en cuantos le vean, impresin anormal y
durable. El resto del raqutico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro,
con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de
cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo
emerga con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo
mismo que los pies, diminutos como los de un nio, y las manos blandas,
suaves y fras. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento,
alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguilea, las
pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios
bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde
toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. Contraste terrible!
Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tena la
expresin lvida, la expresin de eternidad, de una cabeza trunca.

Por esto,  pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave
que ridcula. Si,  primera vista sola mover  burla, luego de
examinada unos instantes, impona seriedad. El observador adivinaba tras
ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de
ausencia, posea el vigor sigiloso del enigma. Atraa, obsesionaba, y la
emocin de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.

Contribua  robustecer esta expresin la tristeza absoluta, jams
interrumpida por ningn accidente  donaire, de don Gil. Nadie, ni
siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de
gracioso, poda jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco
platicadores de don Gil, ignoraban la simpata de la risa; movanse
para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocan la
hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metlicos brillaban un poco
ms que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ah.
Aquel enano amarillo y pequeo, no haba redo nunca.

Cuando don Gil Toms lleg  Puertopomares, seis  siete aos antes, la
expresin esttica y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad
de cuantos ociosos haba en el andn. Todos miraban sorprendidos aquella
cabeza robusta sembrada sobre un trax raqutico que apenas alcanzaba 
la ventanilla del vagn, y creyeron perteneca  un individuo
excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectacin
trocse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la
persona  quien tan descomunal cabeza corresponda, estaba de pie. Sin
embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fu objeto de mofa.
Algo magntico le nimbaba y defenda como una armadura, y todos los
vecinos, tcitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un
enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de
cristal, descenda  lo ms hondo. Hubo nunca nada ms sospechoso, ms
inquietante, que un hombre serio y pequeito?...

Meses despus, el forastero compr un hotelito en el Paseo de los
Mirlos, esquina  la Glorieta del Parque, y ello esclareci su nombre y
sirvile de recomendacin. Quien ms, quien menos, todos procuraban
abordarle, y  excitar este deseo contribua el mismo perezoso inters
que l demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fu una de las
personalidades ms notorias de la poblacin: su aire reservado, sus
rentas, que le permitan vivir holgadamente mano sobre mano, la
circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por
arte de embeleco  sugestin, supo convertir en coimas  las dos lindas
mozas que tom  su servicio, sirvieron  su alfeicada figurilla de
plataforma. Al contrario de lo que sucede  muchas personas, que se
desprestigian segn de ms cerca se las trata y conoce, aquel hombre
pequeito y hermtico, enalteca sus mritos cuanto mejor se mostraba.
Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre
estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de
los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distraccin
perpetua de los ojos que parecan constantemente abiertos sobre el
panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su
caminar, rasgos y perfiles excelentsimos eran capaces de resistir el
ms descontentadizo anlisis. Las gentes, sin razn ninguna, le
admiraban, y por instinto le teman. Gracias  esta alabanciosa unidad
de criterios, lleg  ser una de las cosas ms notables de
Puertopomares; se hablaba de l como de algo peregrino y selecto; se le
celebraba, se aseguraba que su carcter y condiciones eran dignos de
estudio, y todas sus palabras revestan importancia. Su fama igual y
hasta nubl un poco la del viejo castillo. Cuando algn forastero
llegaba al pueblo, sus acompaantes le decan:

--Antes de que se marche usted queremos presentarle  don Gil Toms.
Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre
pequeito, de color de boj, que no ha redo nunca...

A propsito de l  inspirndose en la brevedad de su nombre, don Juan
Manuel tuvo una frase feliz:

--Me da la impresin--haba dicho el diputado--de un monoslabo.

Esa inevitable concatenacin entre los rasgos anatmicos y morales de
cada individuo, resplandeca acentuadamente en don Gil, quien, dcil 
la ley comn, sumaba  su extravagante complexin y amarillez, otra
anomala de orden metafsico. Aquel hombre pequeito esconda un
misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud tergica el vulgo
sagaz, aunque sin comprenderla, haba adivinado.

Don Gil Toms era natural de Puertopomares, de donde sali muy nio, y
su madre, muriendo al darle  luz, pareci imprimir  su vida un sesgo
trgico. Dos aos ms tarde su padre sucumbi  mano airada, sin que
nadie pudiese averiguar quines fueron sus matadores, pues del nmero y
clase de heridas que recibi la vctima dedujeron los peritos que deban
los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno
primero, y de un hermano de su padre despus, pas don Gil su
adolescencia. Para ofrecer  la vanidad de sus deudos un ttulo
acadmico, curs en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando
la insignificancia cmica de su figura, no quiso abrir bufete ni
casarse, y dedicse con resignacin y humildad ejemplares al cuido de su
hacienda.

Esta vida de concentracin y retraimiento, sirvi para dotar  su
espritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los trminos de la
segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experiment su
actividad cerebral una desviacin peregrina. Apenas dormido,  su
idiosincrasia cotidiana, apacible  iscrona, suceda otra voluntad
aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabtica
corra libremente, multiplicando  capricho sus amoros y sus viajes.
Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su
figura en las horas de vigilia, reproducanse con exasperadas
vehemencias bajo la generosa gida del sueo. Entonces su espritu
arda, tostbase y devorbase  s mismo, como en una llama. Una
clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias ms nobles. Todo
lo vea con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado,
permitale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro.
Dormido don Gil era inteligentsimo, elocuente, impulsivo, insaciable en
sus determinaciones y apetitos, y no haba diques, ni cerrados lugares,
ni voluntad capaces de resistir  las apremiantes sugestiones de su
deseo: en sueos el discuta con los hombres, les arrancaba sus secretos
ms ocultos, les diriga, les impona sus propsitos, y si le eran
agradables les inspiraba ideas que ms adelante, en el transcurso de los
das vulgares, parecan surgir naturalmente del limo de sus
cerebraciones inconscientes para convertirse en accin y provecho; l,
finalmente, hallbase presente  todas las conversaciones, y horro de
escrpulos deslizbase lascivo y sultn en el lecho de cuantas mujeres
hermosas, casadas  doncellas, vi y apeteci en la calle.

Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre
prepotentes, sombras de muertos que, segn la cosmogona egipcia,
acudan  disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia
sexual que alimentaba el frenes de la misa negra, la encarnacin del
deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el
brujo, que rea en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino
vibraba, semejante  un imperativo especfico inexorable, los millones
de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A
tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y,  la maana siguiente,
nada: la inaccin otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la
fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el
cansancio de lo soado iba aadiendo, da por da, una amarillez
nueva...

Esta doble vida de la que, al despertar, no tena conciencia, este
agudizado instinto de lo arcano que le eriga en gnomo del misterio,
permitironle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin
de su padre. La revelacin, venida inesperadamente del mundo de las
sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte,
realizse durante el hrrido filar de una pesadilla.

Las denominadas ideas-imgenes ofrecanse en el curso de aquel ensueo
con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los
pensamientos que no llegaron  traducirse en ademanes, ni siquiera en
palabras, todo adquira en la imaginacin del dormido perfiles
terminantes.

So, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba  Salamanca
llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el
buen don Alonso rindi siempre pleitesa apasionada. Iba el pobre
caballero, que  la sazn frisaba en los cincuenta aos, gineteando una
mula de muy rebelde y alborotadiza condicin. El dormido dbase cuenta
precisa de la hora crepuscular en que acaeci el lance: la color del
cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario,
abierto entre boscajes de copudos castaares y de alisos. En un recodo
umbro, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio
esperaban  don Alonso con propsito de robarle y, por consiguiente, de
asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase
desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conoca
mucho, salile al encuentro, saludndole con sealada reverencia, y so
pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de
entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un
poco fatigado, desestrib el pie izquierdo y sentse  mujeriegas, la
pierna de aquel lado puesta sobre el arzn delantero de la silla. En tal
instante Antonio, que se haba escondido tras unos rboles, dispar su
escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la
nuca cay al suelo, donde Frasquito Miguel le remat  cuchilladas y
desfigurndole de manera que cost despus gran trabajo identificar el
cadver. Despojada la vctima de su dinero, los matadores huyeron,
internndose en Portugal y sin dejar rastro de su fechora.

Varias noches consecutivas so don Gil la misma escena, pero su
intensidad era tan penetrante y dolorosa y remova con tal fuerza sus
nervios que le despertaba, y as la truculenta pelcula quedaba rota.
Hasta que la repeticin casi cotidiana de aquella pesadilla,
desimpresionndole un poco, permitile seguir adelante. Acompa  los
foragidos en su xodo, viles repartirse lo robado y emprender, unas
veces en Portugal, otras en Espaa, diversos negocios. Falleci Antonio
Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito qued sujeto
 la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeito le
sugiri, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba
 visitarle  la crcel, atormentndole con infernales pesadillas, y ms
tarde asisti  los lances de contrabando, en los cuales, bien 
despecho de su invisible enemigo, el seor Frasquito acrecent su
fortuna. Durante aos,  lo largo de los caminos unas veces, otras en
los dormitorios de las posadas, el esforzado espritu del hijo de don
Alonso, acompa al criminal. El bujero lleg  sentir en torno suyo la
presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendase expiado y adquiri
la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolva;
de esto naci aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de
que Toribio y Rita Paredes diversas veces haban hablado.

La accin demoledora del tiempo, con alcanzar  tanto, no gastaba los
caudales de odio que don Gil Toms llevaba consigo; y  este rencor,
estril pues que no rebasaba los lmites de lo subconsciente, obedeca
la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la
expresin de frialdad y lejana de sus ojos, la sobriedad esquiva de su
trato, su aire siempre distrado y toda aquella emocin de pesadumbre y
silencio, en fin, semejante  un vaho, que irradiaba su diminuta
persona.

Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo
trascendi de ellas, algo dej aquel hondo oleaje de rencores en las
playas tranquilas de la conciencia; y fu que don Gil, sin conocer
personalmente al seor Frasquito, experimentaba la necesidad de no
separarse de l. Todos sus traslados y mudanzas respondan  esta causa
ignorada. As, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, all vivi
don Gil; y cuando el bujero alz su tienda bohemia para trasladarse 
Avila, don Gil, sin saber por qu, comenz  aburrirse en Badajoz y 
pensar que en la ciudad de Avila vivira mejor. Sus amigos, sorprendidos
de aquellas aficiones vagabundas, solan preguntarle:

--Por qu viaja usted tanto?...

El hombre pequeito lo ignoraba.

--Es que me canso--deca--de ver siempre los mismos objetos: necesito
variar...

Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existan. En realidad
era la atraccin del seor Frasquito, lo que tiraba de l.

La aparicin de don Gil en Puertopomares, acaecida un ao despus de
instalarse all Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, seal en la
vida moral ms ntima del vecindario un grave trastorno. La figura del
enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines
blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantaln, impresionaba
fuertemente  las mujeres, de da, y luego las acompaaba de noche en su
alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones anlogas, y
acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegra de la Vida
como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de
castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.

La historia de los ncubos demuestra que stos suelen revestir las
trazas  apariencias ms repugnantes: mendigos, epilpticos, leprosos,
viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraos, mitad hombres,
mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las
delirantes piruetas del Diablo.

Jams estudi la teratologa monstruos ni prodigios semejantes  los
fantaseados por el espritu masoquista de la mujer, para quien las
espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la
natural y sana voluptuosidad de la cada, en el sufrimiento  castigo
que frecuentemente acompaa  la posesin. Como las hembras de todas las
especies, la mujer espera  ser tomada, y constituyen legin las que,
llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe  la caricia. Las
mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el
acicate del dolor fsico; dirase que el tormento de la desfloracin
perdura en ellas como un rito, y que en su alma dcil, reducida de
madres  hijas  ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de
voluptuosidad se confunden. Sufri la hembra la primera vez que el deseo
del esposo se detuvo en ella; sufri cuantas veces el egosmo varonil la
tom y fatigado luego, la dej sin curarse de su placer; padeci ms
tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite
vanamente esperado, se agarraron voraces  su seno. Ella nunca se queja;
con su sexo recibi el culto al dios dolor, la terrible divinidad
ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para
los flancos de sus siervas disciplinas de llamas.

Esta necesidad de tortura explica la inclinacin de la fantasa femenina
 revestir de apariencias llenas de suciedad  de horror, los espritus
viciosos que de noche van  visitarla. Un ncubo bello y joven no
satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al
martirio; el ncubo preferido ser aborrecible, viscoso y se aduear de
ella por fuerza: unas noches tendr la forma de una araa de patas
peludas y tenazas palpitantes; otras ser un mono cornudo y con hocico
de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo,  un hampn erisipeloso,
 un lagarto fro, que apoyar sobre el vientre y entre los senos de la
dormida, el espanto de su cabeza verde...

La complexin de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo,
las espuelas  complementos ms eminentes de la emocin sexual; y
tambin el sutil trampantojo excusador de la cada. Esta malsana
derivacin hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre
el mujero de Puertopomares comenz  ejercer, desde los primeros
momentos, el hombre pequeito. Por eso, nada ms: porque era amarillo y
su rostro tena la rigidez enloquecedora de las cartulas; porque sus
pies eran minsculos y sus manos muelles y blanqusimas; por la tortura
de aquella frente socrtica, la mezquindad de aquellos hombros
resbaladizos y el vaivn cmico que, al andar, sus perneras repetan
sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el
presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la
habituacin de soar con l. La misma pesadilla, dulce y horrible por
igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al
lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil apareca en los
dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar
adelantbase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinacin,
que rob  muchas caras virginales su color y entristeci precozmente el
mirar de algunas nias, fu como una de aquellas epidemias de ninfomana
que los obispos medioevales combatan con el fuego y el agua bendita.

Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevsimo necesit el
enano para imponer su extrao amor  cuantas mujeres bonitas vea, y era
tal la diligencia de sus propsitos, que en una misma noche, segn luego
se supo, asalt varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda,
hijas del mdico don Elas Fernndez Parreo; doa Evarista Garrido, la
protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la
austera y seversima seora doa Virtudes, viuda de Castro,  quien
tambin,  pesar de sus aos y slo quizs por humorismo y donaire,
visit el ncubo; Rosario, la coja rubia, duea del caf de La
Amistad, y otras muchas. Ricas, como doa Quintina,  plebeyas y
cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, 
todas se atreva y su apasionado celo  hermosas y  feas alcanzaba y
beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni
siquiera perdon  la viuda de Guijosa, doa Amelia Ruiz, la mujer ms
gorda de Puertopomares. Esta perenne donacin de amor era como una
galantera, acaso como una caridad, que don Gil derramaba munficamente.
Su gusto, no obstante, tena distinciones y preferencias; especies de
hostales donde, en aquel largusimo viaje hacia Citeres, su deseo se
complaca con satisfaccin y reposo mayores: tales, Mara Jacinta, de
veinte aos, hija nica de don Artemio Morn, el boticario, y su prima
Flora. La primera, especialmente, hallse durante varios meses tan
acosada, tan furiosamente sujeta y poseda, que perdi el apetito,
cubrironse sus ojos de sombras violetas y di en enflaquecer de manera
que todos juzgaron comprometida su salud.

Ninguna de estas vergonzosas intimidades cay en los librrimos campos
de la pblica murmuracin hasta pasado cierto tiempo, pues las
muchachas, aun las ms solicitadas por don Gil, abstenanse celosamente
de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron,
aunque siguiendo los maraosos caminos  que la hipocresa las obligaba.
Fueron Micaela de Castro y Mara Jacinta Morn, las que antes hablaron:
Micaela refiri  su hermana la esclavitud sexual  que el enano del
Paseo de los Mirlos la tena sujeta; lo propio hizo Mara Jacinta con su
prima Florita. Tanto sta como Enriqueta conocan por personal
experiencia el sabor, simultneamente regalado y acerbo, de tales
posesiones, lo que no las impidi admirarse y aun ruborizarse
taimadamente de cuanto oan, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo
que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergenzas,
faltlas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y as fueron sus
labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.

Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicrselo  nadie,
Enriqueta de Castro deca  sus amigas:

--Sabis lo que me ha confesado mi hermana?...

Florita, por su lado, haca lo mismo:

--Queris saber por qu est quedndose tan anmica Mara Jacinta?

Estas indiscreciones provocaban otras de anloga ndole y atrevimiento.
En los pueblos pequeos todo se descubre y conoce, cual si hasta los
muros ms densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doa Quintina saba
por Raimunda, la primognita de Fernndez Parreo, que  su hermana
Anita la visitaba don Gil, y  doa Evarista la haba informado doa
Fabiana, la mujer de Martnez, el veterinario, que  idnticos peligros
hallbase expuesta la mirlada castidad de doa Virtudes; esto ltimo se
averigu por una indiscrecin del cura don Martn, pues la tribulacin
y el pnico que la excelente seora tena  morir en pecado mortal eran
tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llev su
cuita al confesionario...

En mucho tiempo las amigas ntimas no supieron hablar de otro asunto,
aunque conservando siempre el hipcrita cuidado de referir  una tercera
persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad remova hasta
los detalles ms arriesgados, enardecanse sus imaginaciones y la
evocacin de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos
desfallecimientos de harn. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y
ondulantes, otras negras y lisas, apretujndose para charlar en voz baja
con el inters acre de las conversaciones prohibidas, componan
ramilletes de flores extraas sobre las cuales el recuerdo de don Gil
zumbaba semejante  un moscardn cabalstico.




VI

Cuntos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo
reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido  la presencia
de aquel hombre pequeo y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el
distrado espritu popular no se fija y concreta sin una abundante
sntesis de fenmenos iguales: de suerte que cuando la opinin comenz 
decir que don Gil era brujo, fu porque de sbito crey ver en l
numerossimos rasgos y momentos que lo atestiguaban as.

Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi 
continuacin el uno del otro, y que dictados parecan por un mismo
criterio de venganza, sirvieron de coyuntura  motivo para que este
supersticioso juicio se afirmase.

A los tres aos de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de
enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio
Prez Izquierdo, y una de las muchachas ms lindas de la provincia. Tan
urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho
donaire atizaron en don Gil, que no pudo ste retenerlos ocultos, y as,
desoyendo las voces de su modestia, aventurse  dejar que la cuita de
su corazn le subiese  los labios festar (?) su cuita poniendo en los
labios su corazn. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas
del galn, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sinti
germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.

Transcurrieron varios meses. Una maana Ursula Izquierdo se levant muy
triste. Sus padres la acosaban  preguntas impresionados por aquella
lividez.

--Qu tienes?...

--Nada; pena... Nada!...

A la hora del almuerzo no quiso comer. Tena fro, calor y, sobre todo,
miedo... un miedo horrible  algo que, segn ella, estaba  su lado y
nadie vea. Por la tarde, en una tertulia de amigas ntimas, declar la
razn de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestin de una pesadilla
vitanda. Haba soado hallarse en un jardn con varias muchachas; todas
rean, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de
un cenador apareci la Muerte, embozada en un peplo blanqusimo y con
las apariencias esquelticas que le atribuyen los pintores. La Fra
quedse observando atentamente  las jvenes, como si buscase entre
ellas una vctima; todas habanse vuelto de espaldas y procuraban
esconder su rostro en el seno de una compaera. Cesaron las risas y un
soplo helado atraves el jardn; amortiguse la luz en el espacio;
palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el
cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la
tarde; sin duda quera ver...

A su lado, de improviso, surgi don Gil Toms, vestido de negro y
llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la
enormidad de su cara color de limn. El hombre pequeito mostrbase
aliado de la Lvida; hasta la protega.

--Qu quieres?--la pregunt.

Repuso la Muerte:

--No hallo lo que busco.

Y don Gil:

--Yo s  quin buscas. Era  sta?...

Adelantse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperiment una angustia
indecible; quiso gritar y los msculos de su garganta, pasmados y mudos,
no la obedecieron; castaetearon sus dientes; sus sienes humedecironse
con el mador de las agonas. Procur entonces ovillarse ms,
acuclillarse mejor, tapndose con las haldas de sus compaeras. Pero el
enano no la perdonaba: le oy acercarse y sinti en la nuca el contacto
de su mano fra y parva.

--No te escondas--dijo don Gil--, es  ti,  quien busca la Muerte.

Tir de ella con fuerza, obligndola  levantarse, y como Ursula, aun 
despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibi en ellos el
maleficio que irradiaban las cuencas vacas de la Flaca y el desencanto
nevado de su risa.

--Era sta tu elegida?--insisti don Gil.

La Muerte repuso, sin aproximarse:

--Esa es.

Volvise el hombre pequeito hacia la vctima:

--Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu
conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres das.

Con esto desvanecise la pesadilla, y la descripcin que de ella hizo
Ursula  sus amigas no las impresion mayormente. La alucinacin, sin
duda, era interesante, estaba desenvuelta con lgica y testimoniaba el
odio que roa el hermtico corazn del enano; pero cuntas
extravagancias peores disponen y trenzan  cada instante los espritus
absurdos del sueo?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no poda hurtarse
 la emocin de una escena que vi y oy y estremeci su nimo, con el
vigor de la verdad. Su pesadilla ocurri en la noche de un jueves, y la
joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno  uno los
momentos de aquellos tres das que don Gil puso de trmino  su vida. El
sbado despertse muy contenta y por la tarde asisti  un bautizo. El
lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada  la hora de
costumbre, fueron  su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo
estaba ya rgido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus
postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fu cuando el ensueo de
Ursula Izquierdo se divulg: las mujeres se lo referan sintiendo fro
en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeito en la
calle, se signaban,  miraban  otra parte, esquivando la _jettatura_ 
mal hechizo de sus pupilas color de cobre,  procuraban agarrarse  una
reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.

El otro hecho que ayud  consolidar el tablado de nigromancia 
brujera en que don Gil Toms iba colocndose, ofreci tambin
significativa originalidad.

A pesar de la templanza que don Gil pona en todas sus palabras y
acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba
recatarse, no falt quien, intemperante y mal educado, le buscase
camorra. Iba el hombre pequeito por la calle Larga, en direccin al
Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distrado, tropez con
un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros
cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustse el animal, acaso ms
que de la fortaleza del encontrn, que no pudo ser grande dado el poco
peso de don Gil, de la extravagante figura de ste, y metindose
alborotadamente en la acera y aculndose contra la pared rompi varios
cacharros. Pateaba el bruto sobre los aicos, y con el ruido ms se
empavoreca y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas
producan en la ancheta. El hombre pequeito, avergonzado de su mala
obra, no saba qu hacer. En estas apareci el dueo del burro, quien
trabndolo por el ronzal y administrndole algunos puntapis en los
hijares, fcilmente lo redujo  obediencia y quietud. Luego, ya
enfurecido, revolvise contra don Gil, insultndole y propasndose 
tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena,
intervinieron, librndole de tanta humillacin. El hombre pequeito,
convencido de su debilidad, no haba intentado defenderse; ni siquiera
habl; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como
una ola lvida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronronse en
la misma nube blanca; su biliosa amarillez hzose nieve; estaba
horrible, epilptico, fantasmal, y los transeuntes mirbanle asustados:
hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no pareca haber
quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.

El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y viva con su mujer y
cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la
noche  su domicilio, refiri su disgusto con don Gil, y los incidentes
del lance sirvieron, durante la colacin, de asunto de pltica. La
mujer, no obstante, rea poco; estaba preocupada;  ella, aquel
hombrecito descolorido y minsculo la inspiraba miedo.

--Hiciste mal en provocarle--murmur--; porque, segn dicen, ese don Gil
es brujo.

Noches despus, Manuel Ayala se acost recomendando mucho  su mujer que
le despertase temprano, pues  las cinco de la maana pensaba marcharse
 Candelario, donde haba feria. Pero, aunque dormiln, no necesit que
al otro da nadie le vocease ni rebullese, porque l mismo,
expontneamente, se levant el primero. Y como su cnyuge se maravillase
de verle tan despavilado, Ayala repuso:

--Y  que no sabes t quin me ha despertado?... Pues, don Gil Toms.

Palideci la mujer y l agreg, un tanto sorprendido de la coincidencia:

--Yo dorma profundamente... como que del lado que ca anoche he
amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo,
como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: Manuel, que
tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. No tenas que ir 
Candelario?... El pasmo de verle as,  dos pasos de mi cama, segn
estoy vindote  ti ahora, me despert. Me tiro al suelo, miro el
reloj... y, exacto: las cuatro y media. T lo comprendes?...

Tras un breve silencio, la esposa murmur proftica:

--Yo, en tu lugar, no iba  Candelario.

No prest atencin Manuel Ayala  estas palabras, concluy de vestirse,
aparej el burro y fuese despidindose de los suyos hasta la noche.
Alegre y por su pie se march, y muerto y atravesado en una caballera
le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano,  quien
acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le parti
el corazn.

De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con
velocidad elctrica de hogar en hogar, derivse el taladrante prestigio
fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase  todos los vecinos,
lleg  ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de
supersticin y de dolor. Los hombres recelaban de l y la mayora de
las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus
brazos raquticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad
del miedo y del asco.

Cmo explicar el origen de los ensueos plenamente y de un modo que por
igual complazca  la ciencia y  la fantasa? Cmo desenmaraar los
linderos que separan la vida orgnica, de aquellos mirficos donde
campea la conciencia?...

Para el materialismo, la actividad mental es una secrecin enceflica;
para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente
diferentes y hasta antagnicas, pero entre las cuales, y mientras dura
el fenmeno de la vida, persisten relaciones anlogas  las del jinete
con su caballo,   las del inquilino con la casa que habita. Si la casa
se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega 
seguir andando, el jinete desmonta y contina solo su camino; cuando el
cuerpo, sujeto  todas las laceras y dolamas de la arcilla cobarde,
envejece y retorna  la interminable pudricin de la tierra, el espritu
abre hacia la increada luz sus alas inmortales.

Pero, as como la primera de estas escuelas filosficas deja
inexplicadas las maravillas de la telepata, los presentimientos, los
sueos profticos, las visiones  distancia y otras sutiles y
multiplicadas emociones que nos rozan  cada paso como rfagas tenues 
sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse  nosotros, de igual
modo la segunda carece de verdadera trabazn cientfica: pues si la
materia se divorciase de la fuerza, se dividira y subdividira ms all
del tomo; su disgregacin sera infinita; y entre tanto la fuerza, por
s sola, la fuerza aislada, la fuerza pura, cmo ejercitara su
actividad si sus mismas limpieza y abstraccin la incapacitaban para
todo contacto fsico?...

De ello dedcese, que preferible sera colocarse en un sincretista
trmino medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos
orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espritu
de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como
una funcin  producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle
una substancia ms delicada, inteligente y sutil, que la puesta al
alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado an, que participe
por igual de los elementos fsico y moral, y asegure, si no la
inmortalidad, al menos una limitada continuacin  persistencia de la
conciencia despus de la muerte.

nicamente aceptando esta hiptesis podra aclararse el enigma de los
sueos, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las
civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.

Para los mdicos, los diversos estados del ensueo responden 
ideas-imgenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisilogos
esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo,
el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchsima
mayor lentitud que durante la vigilia, contina circulando por l, lo
que mantiene alerta el dinamismo de algunas clulas y de consiguiente
cierto tragn mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequea, sus
imgenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud  momento
puramente fsico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dej
doblado sobre su pecho, puede sugerirle despus la alucinacin de ir
subiendo una montaa y de hallarse fatigadsimo; la persona que se
acost sedienta, no es difcil que suee naufragios  imagine estar
bandose en un ro; una hiperestesia heptica determinar en el sujeto
ideas truculentas...

Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana,
constituyen los estados inferiores del sueo. Mas hay otros en que es
el alma quien toma todas las iniciativas, y  veces su alboroto es tan
intenso, tan radiante, que bajo su accin el dormido habla, improvisa
versos y traduce libros impresos en extraos idiomas, con una rapidez y
una luminosidad intelectual de que l mismo luego se pasma y admira. Tal
sucede con cuantos fenmenos abarcan los interesantes captulos del
sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el
sonmbulo ve los objetos: la puerta que se dispone  abrir, los
peldaos de la escalera que bajar despus; y, si le hablan, oir
efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tmpanos y
responder  ellas. Segn otros, el sensorio del sonmbulo permanece
apagado y  oscuras, y, de consiguiente, su alma no siente, sino que
recuerda, por cuanto lo que pareca sensacin es obra  fenmeno de
memoria.

Cul de ambas hiptesis se avecina ms  la verdad?... Probablemente
sta no fraterniza con ninguna de ellas, y as, unindose las dos, acaso
dieran la solucin del misterio, porque la naturaleza esencialmente
armnica, comprensiva y sinttica, aborrece la estridente grosera de
los radicalismos. Sin duda el sonmbulo percibe directamente la realidad
objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energa interior
rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia,
pues entre todos los momentos de su alucinacin hay un nexo lgico. Qu
importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo 
hizo mientras dorma? Bastar esto  denegar la certidumbre de esa vida
cerebral devanada bajo el misterio de la noche y  la cual el reposo del
cuerpo confiere la inmvil majestad de la muerte?...

A tan sutiles honduras psicolgicas urga acogerse para explicar la bien
delineada separacin entre la carne y el alma de don Gil, y aquella
increble y jocunda autonoma de su voluntad.

El hombre pequeito no era sonmbulo; su cuerpo enano jams sali de su
hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en
cambio, su espritu bordonero y licencioso, condenado pareca  la sed
de Tntalo.

Esta aptitud girvaga obra fu indudablemente de una largusima
gestacin, y no comenz  manifestarse hasta que motivos especiales de
despecho y venganza, sacudindole terriblemente, llevronle  disponer
el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel
momento su alma adquiri una independencia casi absoluta, una
elasticidad vencedora de cuantos obstculos la separaban del mundo
objetivo, y entonces se hizo ncubo y aclar las sombras que tantos aos
ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil
Toms no saba nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo
vejetaba pacficamente en la paz lugarea; pero, apenas dormido, su
imaginacin recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores
corsarios de venganza y lujuria le escandecan. En la misma noche el
vampiro visitaba  Mara Jacinta, su favorita;  Enriqueta de Castro,
otra de sus predilectas, y  tres  cuatro mozas ms; y luego iba  casa
de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todava
vago deseo de asesinar y robar al seor Frasquito. Para esto don Gil,
que conoca las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo
la raigambre del chopo, le hablaba  Toribio de ellas continuamente, y
as exacerbaba su codicia;  su hermana tambin la enalteca la magnitud
de tales tesoros, y describala los aburrimientos de su vida, que
pudiendo ser divertidsima era abominable por la blandura y apagamiento
de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un
aliado, plantbase en Salamanca y en el domicilio de Vicente Lpez, 
quien hablaba de volver  reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna
que sta iba  heredar.

La influencia de don Gil debilitbase mucho con la vigilia, pero nunca
llegaba  perderse completamente. Al abrir los ojos  la luz de la
maana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su
ensueo de la vspera; otras lo recomponan borrosamente; otras, en fin,
no hubiesen podido afirmar si soaron  no; pero, aun en stas, las
emociones de la olvidada pesadilla jams fracasaban del todo,  iban 
sumarse  ese lgamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados,
de ideas deshechas, donde el sentido ntimo hunde sus races.

El mundo psquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y
as, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma
nativo, del que slo conoce un exiguo nmero de palabras, le acontece,
pero en una proporcin infinitamente mayor, con su vida mental. Cuntos
fenmenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y
melodas, que llegaron  los odos y no los conmovieron; tonalidades,
panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las
pupilas; rebabas de deseos, de imgenes, de entusiasmos, de recuerdos,
que un instante vibraron en el espritu, pero de modo tan somero que la
conciencia no los advirti. Acaso esto no rellena y colma las tres
cuartas partes de nuestra zona tica? De donde dedcese que la notoria
poquedad y miopa del sentido ntimo acorta, en ms de la mitad, la
angustiosa rapidez de nuestra vida, pues  las horas que descuida
durmiendo deben aadirse los millares de momentos por entre los cuales,
sin sospecharlo, va filando el espritu.

Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las
ideas de rebao, de multitud. En una nacin las capacidades directoras,
los principios inteligentes y activos, estn reducidos  unos cuantos
cerebros: ellos marcan la orientacin, el rumbo, del alma colectiva. El
resto lo constituye la muchedumbre, el poder brbaro del nmero; son
los ceros, los infinitos ceros, puestos  la derecha de la cifra
provista de valor sustantivo. As las imgenes y determinaciones en
nuestro carcter: cada pasin, cada fanatismo, cada capricho, cada
antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo
ms inestable, lo ms fugitivo y  ras de piel, por el hecho nico de
ser consciente, , lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar
detrs,  modo de oscuro convoy, ejrcitos de sensaciones y de ideas
eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra.
En la vida moral todo es complejsimo, y lo que pareca ms sencillo
mustrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada
sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos
parasitarios que viven de l, cual los infusorios en la gota de agua.
Qu taumaturgo sabra dnde y cundo comenz  formarse el dao que, 
lo largo del tiempo, ha de herirnos? No es la herencia, quizs, el
vehculo mejor de la muerte? Y de igual manera; quin podra enumerar
todos los grmenes que justifican una lgrima  una alegra?...

En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los
Mirlos, como muchos llamaban  don Gil Toms, significaba la
personificacin  expresin material del arcano inconsciente. Ms 
menos de soslayo, su vida enigmtica afectaba  la de la comunidad,
porque su imagen medrosa haba vibrado, siquiera un instante, en todas
las memorias. Se le apreciaba, se le tema; el vulgo adivinaba en aquel
cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no saba reir, mociones y
potencias tergicas de las que nadie era capaz.

Muchas veces, de noche, hallndonos en nuestra habitacin sumidos
apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de
las manos, sobre el cuello   lo largo de la espalda, puntos los ms
agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extrao; la presencia de
algo objetivo; una emocin innegable, que positivamente viene de afuera.
Sorprendidos miramos  nuestro alrededor y nada vemos, pero el dbil
contacto suele repetirse, distrae nuestra atencin y concluye
imponindonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar.
Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la
puerta que qued entornada. Quin nos acompaa? Qu humanos efluvios
rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de
difuntos, vinculadas  nosotros por recuerdos de aborrecimiento  de
amistad; tal vez espritus de personas no muertas, sino dormidas, que
acuden  conocer nuestro hogar y  informarse de lo que hacemos.

Al cabo de cierto tiempo, la esculida figurilla de don Gil, fortalecida
por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuan, lleg 
rendir la imaginacin pblica con tan vertical y absorbente tenacidad,
que si alguien reciba esas, que pudieran llamarse emociones
epidrmicas de la soledad, inmediatamente se acordaba de l. Las
mujeres no podan olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el
dueo, el marido de todas, el sultn. Daba miedo. Cuando iba por la
calle, su cuerpecito expanda esa emocin de oscuridad, de silencio, que
dejan los entierros.

Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartan la intimidad del
hombre pequeito, padecan la sugestin de su rostro amarillo. Pilar era
morena; Maximina, rubia. Por cobarda, ms que por inclinacin carnal,
una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del
hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos
castaos de India, no salan casi nunca;  las ventanas, siempre
celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecan
contentas. Cmo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? Era
interesado clculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para
heredarle? Era amor  sumisin carnal  su insaciable ginecomana?

Evidentemente, en el redao de aquella humildad haba un miedo. Ni
Maximina ni Pilar podan experimentar simpata hacia el enano. Cuando
ste, despus de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de
cualquiera de ellas, la elegida le segua sin manifiesta repugnancia,
pero tambin sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente
se escurra fuera del lecho. La idea de que don Gil Toms era brujo y
poda aojarlas, las obsesionaba, y  su lado no hubieran podido
conciliar el sueo.

Adems, tanto Maximina como Pilar haban comprobado que, no bien cerraba
los prpados, el hombre pequeito se quedaba fro...




VII


No eran an las nueve cuando don Gil suba las escaleras del Casino.
Teodoro, que estaba barriendo el zagun, camin tras l, para servirle.
Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y
sobre el flaco pestorejo y  modo de bufanda, un trapo de sacudir el
polvo.

--Voy con usted, don Gil--dijo--, porque supongo que querr usted tomar
algo.

--S; tomar un ajenjo.

El hombre pequeito cruz el saln de baile, que rpidamente iba
llenndose de sol, y en la galera busc una mesa desde donde atalayar
la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre
el intenssimo ail celeste, las montaas, cubiertas de tupidos bosques,
se recortaban magnficamente. En la blanda lozana vernal de la vega
albeaban numerosas casitas; enfrente de la estacin haba detenido un
tren de mercancas, y el humo de la locomotora elevbase verticalmente
en la atmsfera tibia y quieta. Don Gil ocup una silla y se quit el
sombrero, que coloc cuidadosamente en un velador prximo.

Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso.
Apoy los pies sobre el travesao delantero de la silla y con un pauelo
enjugse el sudor de su frente plida. Su cabeza era tan grande para la
parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se
hallaban en la misma lnea perpendicular.

Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.

--Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.

--Me ech  la calle muy antes de que saliera el sol. Ms de tres leguas
llevo andadas.

--De paseo, verdad?

--De paseo: ir  Torres de la Encina y volver.

--Hace usted bien; el ejercicio es el mejor mdico. A don Juan Manuel
tambin le gusta levantarse temprano. No le ha visto usted hoy?

--No.

--Va mucho por ah, porque en el trmino de Torres de la Encina tiene un
olivar.

--A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estacin, es al seor
Frasquito Miguel.

--Ira  Navahonda.

--No lo s.

--Llevaba el carro?... Pues entonces iba  Navahonda, por lea. Va
todas las semanas.

Don Gil aderez su ajenjo y pidi los peridicos del da. Trjoselos
Teodoro y seguidamente marchse  proseguir el barrido y buena limpieza
del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de
la galera, el hombre pequeito, amarillento, encogido y trajeado de
negro, pareca un nio enfermo. Absorto en la lectura de _El
Adelantado_, diario conservador de Salamanca, don Gil no vi  un hombre
que, habindole observado unos instantes desde la puerta del saln, se
retir sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspenda su lectura,
empuaba la botella del agua y verta algo de su contenido sobre el
terrn de azcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la
copa. El agua, filtrndose  travs del azcar, caa gota  gota, y
abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente
palideca. La figura inmvil de don Gil daba  la sencilla operacin una
expresin medrosa y rara, un enigma de maleficio.

Terminada su faena, Teodoro reapareci y fu  sentarse al extremo
opuesto de la galera. Encendi un cigarro. Sus ojos azules, dciles,
buenos, iban de un lado  otro, con la satisfaccin de la labor
realizada, y  ratos se detenan en don Gil. Desde all slo poda verle
la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el
peridico abierto.

Teodoro pensaba:

--Verdaderamente, el pobre es muy pequeito...

Luego, su nimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba
lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; haba fregado los
espejos y cepillado el pao de las mesas de billar; nicamente le
quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monlogo
interior lo interrumpa de vez en vez don Gil, quien, para continuar
leyendo, daba  _El Adelantado_ un nuevo doblez.

Entonces Teodoro volva  decirse:

--Pero qu chiquito es!...

A media maana don Gil Toms, que haba concluido de beber su ajenjo,
dej los peridicos, se puso el sombrero y se desliz de la silla abajo.
Primero apoy en el suelo un pie, despus el otro.

Teodoro tambin se levant, servicial y reverente.

--Ya se marcha usted?

--S; me voy  casa. Hasta luego.

--Hasta luego  hasta maana.

--Adis, Teodoro.

Sali y camin por la calle Larga. La conviccin de que era ridculo le
cohiba y no miraba  nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el
portal de la ferretera de don Isidro Peinado, vi  Mara Jacinta, la
hija del boticario, y  otras dos muchachas. Saludlas tocndose con una
mano el ala del sombrero.

--Buenos das.

--Buenos das, don Gil...

De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.




VIII


Seran las siete de la maana cuando en el vano de la ancha puerta,
llena de sol, perfilse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba
del ronzal una mula.

--Buenos das, don Ignacio.

--Hola, hombre, buenos das! Adelante!

Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena
para saludar.

--Buen da nos d Dios.

Cojeaba el seor Frasquito, cojeaba la caballera. El veterinario
exclam:

--Qu te trae por aqu?

--Pues, una desgracia que me sucedi ayer.

Los ojos del chaln pasearon por todas partes una mirada furtiva y
segura. El local donde don Ignacio tena su clnica era espacioso, el
suelo de tierra, cubierto de boigas y de estircol, el techo bajo y
envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo,
adosada al testero ms oscuro, vease una larga pesebrera: colgadas de
las sucias paredes y en ringlera haba abundante nmero de herraduras, y
sobre los entrepaos de un armario, martillos, pinzas, un trabn ingls,
especie de pulsera con que se sujeta  los caballos para castrarlos, una
cartula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchn de basura
que cubra el pavimento y ceda muellemente bajo los pies, en la clida
y pestilente fermentacin de tantos abonos corrompidos, bulla,
semejante  una devoradora comezn, la inquietud sanguinaria de las
garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacan su
agosto; zumbaban las moscas y los tbanos. El ambiente conservaba el
inconfundible olor spero del casco quemado.

Don Ignacio Martnez, pequeo, slido, esparrancado sobre el estircol,
en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del
chaleco, callaba esperando  que su interlocutor se explicase. Mascaba
una tagarnina, que con un impaciente guio de labios se trasladaba 
cada momento de un lado  otro de la boca: tena cargados de sueo los
ojos, y el ancho rostro, que aun no haba tenido tiempo de lavarse,
macilento y de pocos amigos.

El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo
 quince  veinte personas de calidad, tuteaba  todo el mundo. El seor
Frasquito adelantse algunos pasos y deslizando una mano bajo las
crecidas haldas de su sombrero, comenz  rascarse el cogote, como si
aquella rascadura ayudase al nacimiento y composicin de sus ideas.

--Pues, ya est usted viendo cmo viene la mula.

Mostraba el desdichado animal, que apenas poda moverse, el lado derecho
cubierto desde el anca  la cruz, por una bermeja, cruel y ardentsima
llaga. Tratbase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad
las llamas mordieron en la carne, que royndola toda dejaron al aire los
costillares. Segn Frasquito Miguel explic, el accidente haba ocurrido
en el camino de Navahonda  Puertopomares. Iba l durmiendo en lo alto
de su carro cargado de lea. El tiro lo componan tres mulas; de julo
llevaba un pollino. De sbito despert medio asfixiado por denssimos
remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la
causa del siniestro; el convoy arda, crepitaba, hecho un volcn.
Afortunadamente el seor Frasquito se recobr  tiempo, y con la
inesperada agilidad que le di el peligro salt  tierra. El burro y las
dos caballeras delanteras sacaron de su pnico fuerzas para romper los
tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del
vehculo, no pudo imitarlas. Fu una escena terrible: el animal,
hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba
esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron
los quijotes, su pnico trocse en desesperacin y locura, y tales
fueron sus brincos y corcovas, que volc el carro. De entre las varas de
ste logr sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirndole 
dos manos de la brida, y luego de cortar  cuchillo cuantos arreos y
guarniciones lo sujetaban; pero  pesar de su caritativa diligencia,
cuando lo consigui ya las llamas hambrientas haban mordido mucho en
l.

Pasados unos instantes de meditacin, el veterinario exclam:

--No comprendo cmo ocurri el accidente que acabas de contarme. T
fumas?

--No, seor.

--Ni sueles llevar cerillas?

--Nunca. A qu fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que 
cualquiera de los mozos que ayudaron  cargar el carro se le cayese una
caja de fsforos entre los haces de lea, inflamronse aquellos despus
con el sol y la carga empez  arder.

Call, mir al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.

--Por cierto que ayer  poco de salir de casa me cruc en el Camino Bajo
de la estacin con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me
dije: Mala sombra. Palabra de honor que lo pens as!...

--Djate de pataratas!--interrumpi Martnez con brusca exaltacin y
mordindose la ua del anular--; si hubieras ido andando, segn era
deber tuyo, no hay fuego; pero como queris ir por atn y  ver al
duque... esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien
dicen que por un clavo se pierde una herradura.

Repuso el seor Frasquito:

--Tiene usted razn; pero es imposible preverlo todo, y, adems, hay
das en que la fatiga no le deja  uno ni tirar de los pies. En fin,
ahora lo necesario es que la mula sane pronto.

Replic don Ignacio:

--Sanar en seguida si cuidis de que no la piquen las moscas. T mismo
puedes curarla; todo se reduce  que la laves diariamente con cido
pcrico. Has comprendido?

--S, seor.

--Quieres la receta por escrito?

--No, no hace falta: cido pcrico dijo usted?

--Eso es: cido pcrico, al cincuenta por ciento. Ve  la botica de don
Artemio y te servirn bien. Despus del lavaje, y pasado un rato, cubres
toda la quemadura con glicerina; ms adelante, si la llaga sigue
cicatrizndose, bastar secarla con polvos de almidn  de arroz.

El animal,  quien el seor Frasquito tena del cabestro, conservbase
inmvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una
actitud de sufrimiento y pasividad. Martnez llegse  l, frunciendo
las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la
herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban,
con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realiz un
esquince y alz la cabeza; un extravo de clera abras sus pupilas.

--No me detengo  curarlo--dijo don Ignacio--, porque dispongo de poco
tiempo. Hoy cumple aos Fabiana y tenemos invitados  comer, y luego
baile. Adems, ya sabes: cido pcrico al cincuenta por ciento, es lo
mejor...

Salud Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvise hacia
la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro.
Dcilmente la bestia le sigui. Entonces don Ignacio se acord de decir:

--Y en tu casa?

Detvose el interpelado, escorzndose un poco para contestar, pero sin
volver la cabeza:

--Bien todos, muchas gracias.

--Y tu mujer?

--All, la pobre, con los chicos; rabiando...

--Y Toribio?

--Por esos mundos, ganndose el pan. En Torres de la Encina, debe de
hallarse ahora.

--Bueno, hombre; dales recuerdos.

--Gracias, don Ignacio, y  mandar... Arre, Pascuala!... Arre,
Pascualita!...

Nuevamente la caballera camin en pos de su amo. Este, con la
anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su
trax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios
entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobrea del rostro, pareca
sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas poda seguirle. Una
tras otra, sus figuras tristes recortronse en el rectngulo soleado de
la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...

Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvi  cantar.




IX


Inmediatamente Martnez dirigise al fondo de la clnica, empuj una
puertecilla y sali  un patio rectangular, bastante grande, con solado
de hormign y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de
una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso
principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas
galeras encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. All encontr
 Fabiana, su mujer, y  su hija, ocupadas en sacudir las paredes y
traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche
haban de reposarse. Don Ignacio llegse  ellas y las oprimi contra su
pecho, besando  la nia y pellizcando sabrosamente  la madre en las
posaderas. Despus, informado de que las criadas haban sabido comprar
todo lo necesario para la cena, aadi:

--Cuntos invitados tenemos?

--Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.

--Pues dispn otros tres cubiertos porque esta maana doa Virtudes me
envi recado de que vendra con sus pimpollos.

Martnez, ms chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de
impaciencias sanguneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, 
pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doa
Fabiana pregunt:

--No tenas que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?

--S, ms tarde.

Charl largo rato, hallando en aquellos dilogos familiares una dulce,
sencilla y confortadora alegra. Estimulado por la actividad de la madre
y de la hija, cogi un martillo y, encaramndose sobre un taburete, fij
varios clavos. Acomodse luego en una mecedora, apoy el tarso de una
pierna sobre la rodilla de la otra, se afloj comodonamente el cinturn,
dej ir el cuerpo hacia atrs y encendi un cigarro. A sus ojos todo
ofrecase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el
hormign, recin fregado, brillaba  la luz; sobre la celosa albura de
las encaladas paredes, la verdosidad hmeda de la hiedra pareca mayor;
desde sus jaulas, colgadas del techo de la galera, varios jilgueros y
canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de
rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croch,
y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la duea
de la casa uni unas pilastras  otras, tenan en la penumbra del patio
suaves ligereza y frescura.

Rato haca que Martnez se march y aun la decoradora faena se
prolongaba con perseverante fervor: Antoita entraba y sala de las
habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las giles
y muy discretas manos de su madre distribuan luego con acierto vistoso.

Doa Fabiana Vzquez llegaba, con los treinta aos, al lucido apogeo de
su belleza: tena de bano los undosos cabellos, morenas la bien calzada
frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos,
almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente
expresin de sanidad en toda su matronil persona. Lstima que no hubiese
crecido un poco ms, con lo que hubiera alcanzado  esa lnea de donde
arranca en las mujeres la gallarda; de lamentar tambin que sus brazos
fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la
redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada
magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba  caminar con cierta
lentitud y un anadeo que descubra, bajo la holgura de sus batas
bermejas, la disposicin maciza de las piernas. No obstante, la
hermosura rabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la
seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplan con exceso los
errores de la lnea. Era buena, era simptica, emotiva, dulce; una de
esas almas maternales  cuyo lado los desgraciados y los tmidos,
especialmente, se encuentran bien.

Antoita, su hija, tena once aos, el perfil delicado y los cabellos
encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus
brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba  ser
alta. En sus pupilas azules haba una indecisin que las agrandaba y
embelleca. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos,
influy en la grcil y espigada complexin de la chiquilla. Antoita
pareca destinada  servir de origen  troquel  un tipo nuevo; las
razas de los Martnez y de los Vzquez haban entroncado con tal
brusquedad que se anularon mutuamente, fundindose y como diluyndose
apasionadamente en su retoo. Antoita era Antoita y perdera el tiempo
quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos  cognticos una figura
que justificase la suya ante las leyes de la herencia. Se afeara ms
tarde? Cuando la niez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo
de los pueblos no favorece  las bellezas delicadas, resucitara en
ella la gordura que en plena mocedad afligi  doa Fabiana? Nada
pareca sealarlo as, y Antoita marcaba en su hogar una pincelada
inconfundible, noble y rara, semejante  esas plantas que alzan de
pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo muralln.

A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron  llegar los invitados
al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el
fresco, les acoga con sinceras demostraciones de regocijo, dbales
conversacin unos instantes y les despachaba hacia dentro, dicindoles:

--Si quieren ustedes ver  Fabiana, pueden pasar...

Ellos cruzaban la cuadra, ftida, oscurecida por el crepsculo y
cubierta de estircol; los pies se hundan en la hedionda majada donde
pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo  las cucarachas
las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Despus, empujando la
puertecilla que se abra al fondo del local, salan al patio. All les
aguardaban doa Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente
enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de
parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato,
limpio, que ola  macetas recin regadas.

Los ms puntuales en acudir  la fiesta fueron don Elas y doa
Presentacin, con sus hijas Raimunda y Anita; luego lleg don Artemio
Morn con Mara Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doa Evarista,
la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, as por el honesto
aislamiento de sus costumbres como por el considerable mrito poltico,
dinero y personales simpatas, de su protector, era en todos lados bien
recibida. La tertulia iba formndose en el patio, mientras llegaba la
hora de cenar. Las mujeres,  quienes la conversacin excita y aturde
como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicndose
nerviosamente y charlando todas muy alto y  la vez. Don Elas y don
Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron  pasearse
con andar cadencioso y las manos cruzadas atrs. Discurran
ramplonamente:

--Se ha enterado usted del pedrisco que cay anoche en Navahonda?

--Esta tarde me lo dijeron.

Don Elas mir al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.

--Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la
pena, vamos  tener mucha miseria este ao.

El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arranc un suspiro.

--Yo deba haber ido esta tarde  casa de la viuda de Guijosa; pero las
nias se empearon en que las trajese aqu...

--Cmo sigue doa Amelia?

--Peor, siempre peor; cada da ms gorda, hasta que la grasa la ahogue.
Morir del corazn.

--Diga usted--interrumpi el farmacutico--es cierto que no puede salir
de la habitacin donde est?

--Ciertsimo. Hace aos,  raz del fallecimiento de Guijosa, la pobre
mujer se meti en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten
en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, 
ella el dolor la di por engordar, y cuando  instancias mas determin
hacer un poco de ejercicio, tena las nalgas y el vientre tan enormes,
que ni de perfil caba por las puertas. Actualmente mide cincuenta
centmetros de cuello. Un monstruo! El caso de doa Amelia  un
extranjero le parecera inverosmil, pero  nosotros no debe
asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su
virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el
cors y no poner los pies en la calle.

La brusquedad de sus propias palabras enardeci  Fernndez Parreo. El
dilogo adquiri un sesgo social. Don Elas comenz  perorar
clidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y  buscar
el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas.
Nacin donde la enseanza no es obligatoria, nacin perdida. Don Artemio
haca signos de asentimiento. El mdico prosigui:

--Aqu malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres
no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo,
hubo en Salamanca una importante reunin contra la blasfemia: se
pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas
seoras se daran el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos
salieron del mitin como fueron  l; es decir: convencidos de que no se
debe blasfemar. Indudablemente esta es tambin la opinin de todos los
carreteros de Espaa, aunque jams se les haya ocurrido protestar de su
mala lengua. S, ya lo saben! Ofender  los santos no est bien... Sin
embargo, no quiera usted oir lo que dirn por esos caminos apenas se
les atasque el carro  las mulas no tiren como deben!... Y es porque el
hbito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con
palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen
implantando otras, no con bambollas retricas; la destruccin es buena 
condicin de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror
al vaco; y tales evoluciones slo se obtienen con el favor del tiempo y
dragando en los estratos ms arcanos del alma nacional.

Muy satisfecho de la callada atencin del boticario, Fernndez Parreo
continu:

--Guerra  la blasfemia, s, seor! Guerra tambin  toda clase de
feas interjecciones, especialmente  nuestra puerca, innoble, fementida
y abominable costumbre de citar  cada momento los rganos genitales,
para vergenza de nuestras mujeres, escndalo de extranjeros y mengua y
baldn de la espaola cortesa!... Luchemos contra ese fango que, antes
de macular los labios ensuci los pensamientos. Pero esto no se obtiene
con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseanza.
Un maestro deja en el espritu colectivo ms hondo surco que cien
oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento,
ponerle guiones  la voluntad, darle elegancias  la conciencia. El
hombre elegante por dentro, aunque carezca de ideas religiosas no
blasfema, pues el torpe juramento repugna  su gusto delicado; ni
incurre en otros delitos de grosera, porque la cultura as enfrena los
ademanes del cuerpo, como las ideas y propsitos, ademanes del alma.
Segn desaparecieron el miriaque y el calzn corto, as desaparecer la
blasfemia; pero, ms adelante: cuando un juramento produzca en nuestros
odos el efecto de una disonancia.

Don Artemio interrumpi al mdico:

--A propsito: conoce usted al maestro de Cantagallos?

--Don Joaqun Blanco?... Mucho!

--Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron  Madrid con idea
de ponerse  servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban das enteros
sin comer.

Don Elas lanz una interjeccin que desentonaba bastante con sus
conceptos relativos  la limpieza del lenguaje:

--Ve usted?--exclam--; cmo vamos  lamentarnos de que blasfemen los
carreteros de un pas cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...

La llegada de la seora viuda de Castro, con sus dos hijas, ataj la
peroracin de don Elas. Era doa Virtudes una mujer cincuentona, alta y
cencea de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vesta de negro en
toda estacin, ms que por reverencia al perdido esposo por melancola
y sequedad de carcter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de
sus cabellos pareca mayor. Sobre la delgadez de los labios hermticos,
la nariz larga, fina y severa, daba  sus menores palabras irrevocable
autoridad. El mirar budo de sus ojos simiescos, pequeos y muy juntos,
se resista difcilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como
potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.

Adelantronse doa Fabiana y Antoita  recibirlas, y entre cordiales
aspavientos de amistad fueron besndolas en las mejillas. Doa Virtudes
las bes tambin, di su flaca mano  la esposa y  las hijas de
Fernndez Parreo,  Mara Jacinta y  Flora, y ofreci  doa Evarista
un saludo imperceptible.

Don Artemio y don Elas reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo
dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doa Fabiana, doa
Presentacin y la seora viuda de Castro,  un lado; en el otro, doa
Evarista y la gente joven. Las muchachas rean y se sacudan las faldas.

--Verdad que hay muchas pulgas?--preguntaba Mara Jacinta.

--Muchsimas.

--Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae
hambre atrasada, porque est dndose un banquete!... Seguramente las
hemos recogido al entrar, de entre el estircol.

Un ademn algo deshonesto de Micaela, abras en relmpagos de ira las
pupilas negrsimas de doa Virtudes.

--Nia!

--Qu, mam?

--Qu gestos son esos, en una casa extraa?

--Ay, no es nada!... Quiere usted callarse?... Que me pican mucho las
pulgas!...

Doa Fabiana sonrea indulgente, segura de que las muchachas no
exageraban. Haba, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le
traan martirizado, especialmente de noche; pero, cmo acabar con
ellas?

--Yo no resisto ms!--exclam Raimunda levantndose.

Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredao del comedor, cuya
puerta cerraron. Se las oy retozar y reir. El semblante cetrino de doa
Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas
reaparecieron, doa Fabiana hizo girar las llaves de la luz elctrica y
el patio se ilumin. Algunas lamparillas oportunamente distribudas
entre la lozana fronda de la hiedra, dieron  la escena vistosidad
teatral. En la galera, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso
relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron
contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las
livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa,
de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de
las luces y la copiosa verbosidad y ornitolgica algaraba de las
mujeres, los pjaros rompieron  cantar.

Don Elas y el boticario se acercaron  la duea de la casa.

--A quien esperamos?--pregunt Morn.

--A don Niceto.

La seora de Martnez llam  su hija.

--Ve  buscar  pap; dile que estamos aguardndole.

Creyse obligada  explicar la ausencia, un tanto descorts, de su
marido, y agreg:

--Ignacio, si le dan conversacin, es capaz de charlar tres das
seguidos. No sabe despedir  nadie.

En aquel momento aparecieron Martnez y el juez municipal. Esta fu la
seal para trasladarse al comedor. Por consideracin y respeto  las
seoras, don Ignacio, que tena la costumbre de ir siempre en mangas de
camisa, fu  vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa
el avisado consejo de doa Fabiana distribuy  los invitados, segn su
edad, con lo que se formaron dos grupos  los cuales pareca separar el
gran frutero, cargado de bruidas manzanas y aterciopelados melocotones,
que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martnez, como motivo
que era de la fiesta, y ms an por sus pocos aos y juvenil ufana de
carcter, ocup, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa:
 su derecha estaban su hija, Mara Jacinta y Flora;  su izquierda,
doa Evarista, Raimunda y Anita. A continuacin de Flora y de Anita,
respectivamente, se colocaron don Artemio y el mdico; al lado de ste,
don Niceto, y luego las seoras de mayor gravedad y empaque: doa
Presentacin y doa Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequea,
alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sent don Ignacio.

Empez la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y
rajitas de salchichn, y la fuga de una aceituna que rod por el mantel,
como huyendo del tenedor de Mara Jacinta, suscit grandes risas. Los
platos, de dorada cenefa, rielaban  la luz. El vino pona en la
transparencia de las copas su encendida alegra. Dos azafatas, con
alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del
servicio.

El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando
la expresin de los rostros. En las mejillas, perversamente
descoloridas, de Mara Jacinta, comenzaba  extenderse una leve
evaporacin rosa, y en sus ojos garzos chispeaba  intervalos un fulgor.
A Flora, ms gruesa que su prima, el calor de las libaciones la haba
abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura
pareca ms blanca. A Antoita su madre la prohibi beber ms. Anita y
su hermana tambin estaban muy contentas, y entre la rubicundez
ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la
juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente
oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozana.
Eran las dos de buena estatura, slidas y esbeltas  la vez, y sus
caderas turgentes sobresalan y se desbordaban de las sillas como en una
provocacin carnal. La belleza treintaal de doa Evarista era menos
petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la
experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenan una correccin urbana
por todo extremo educada y simptica. La seora de Martnez parlaba con
todas y sus ojos negros, blandos y clidos, sus magnficos ojos de
terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.

Fernndez Parreo,  quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopa y
el brillo prcer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presida
la conversacin secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi
siempre para contradecirle. Doa Presentacin, gorda, sencilla y de buen
color, y doa Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban  oir. Don
Artemio tambin hablaba poco.

Haba en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la
lmpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia,
alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste,
emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas,
como del severo color de sus vestidos.

Fernndez Parreo, cuyas disposiciones satricas necesitaban una
vctima, complacase en hacer hito  blanco de sus burlas al boticario,
mientras don Ignacio recoga una  una aquellas ironas y exornadas con
nuevos aditamentos y donaires tornaba  echarlas sobre el mantel. De
este modo la conversacin, salvo ligeros comentarios de la gente joven,
describa una especie de tringulo en el cual cuanto don Elas iba
diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado
por Martnez.

Acodado familiarmente en la mesa, distrado y buenazo, el farmacutico
opona  las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa
imperturbable. Tena cincuenta aos, haba enviudado siendo mozo an y
como, acaso por pereza, no quiso volver  casarse, la costumbre de vivir
solo contribuy  ratificar la significacin tmida y ausente de sus
actitudes. En don Artemio, por excepcin la conciencia acompaaba al
cuerpo; , lo que es igual: rarsimas veces movase y hablaba conforme 
lo que sus sentidos iban dicindole, lo cual le daba un gesto cmico de
constante indecisin. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos,
bien claramente revelaban la buena lozana de sus aos adolescentes,
pero una cada, partindole la espina dorsal  la altura de los
omoplatos, dej en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el
equilibrio entre las extremidades y el busto, lo nico recomendable de
su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja
blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil
volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada
y abundante.

Y no era este desconcierto de huesos el menor dao que afliga al
boticario, aunque l as lo creyese, sino que con la joroba fsica
salile otra muy gravsima corcova en el alma, y fu la de la tacaera.
Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron
grandemente el desapoderado incremento de esta inclinacin. Como conoca
 todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de
sus apuros, sola facilitarles dinero mediante hipotecas terribles.
Cumplido el plazo sealado para el reintegro  devolucin de la suma
prestada, don Artemio proceda  raja tabla y gozosamente al embargo de
los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento
cuadruplic sus heredades. Pocos aos le bastaron para enriquecerse. En
Puertopomares la gente  la vez le quera y le odiaba, pues mientras
unos decan horrores de l, otros aseguraban que, fuera de su ominosa
fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y
bonsimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antao no era
as.

--A no haberse jorobado--decan--hoy no sera usurero.

Para Fernndez Parreo, que sola abrazarle pensando en que los
corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morn, con su gran cabeza
sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era
un smbolo: el smbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la
tragedia, lo grave y lo ridculo, lo ms noble y preexcelente y lo ms
ruin, marcharon siempre unidos.

La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban 
dolerse de la exigua representacin que el elemento masculino tena
all; Raimunda lamentbase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita
pregunt  don Niceto por su hermano Luis. Micaela tambin echaba de
menos  Romualdo. Doa Fabiana las tranquiliz; aludi  su marido con
un gesto.

--Nosotros--dijo--hubisemos querido invitarles  comer; pero, como
veis, la mesa es pequea para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase
apuros, porque esos seores estn invitados y  la hora del baile les
tendremos aqu.

Raimunda, la primognita de los Fernndez Parreo, cuchicheaba con doa
Evarista.

--Ya no le pican  usted las pulgas?

--Martirizada me traen, hija ma.

--Yo tengo una terrible aqu debajo... usted comprende?... La pcara
pudo irse  otro sitio, pero sin duda tena mucha hambre y eligi el
plato mayor y mejor servido...

La protegida de don Juan Manuel rea oyendo estas ligerezas, y la
hilaridad humedeca voluptuosamente sus bellos ojos.

Adelantando un poco el busto la seora de Martnez inquiri la causa de
aquel regocijo.

--Qu dice Raimunda?

--Nos quejamos de las pulgas.

Idntico dao afliga  Mara Jacinta y  Flora, y esto acuciaba en
todas el deseo de bailar. Informado de lo que suceda, Fernndez Parreo
improvis un elogio del mosquito.

Segn don Elas, el mosquito pose cualidades estticas que le hacen
infinitamente superior  la pulga: es artista porque habiendo sabido
hermanar el hambre con la msica, adorna sus picotazos cantando, y 
semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y
tambin porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A
un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin ms que quemarle las alas
con un fsforo; mientras  las pulgas es necesario descender  buscarlas
en los escondrijos del traje  del lecho donde se ocultan. Adems, la
pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, slo
por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de
visita, nos devorar el cuello; si vamos de paseo, se nos meter dentro
de una bota. Sabe nadie las ideas de desesperacin y hasta de suicidio
que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de
nuestro sombrero?...

Como lograse terminar su disertacin con notable fortuna, don Elas,
excitado al calor de sus propias agudezas, comenz  probar nuevamente
la buena paciencia de don Artemio.

Morn viva  la entrada de la Glorieta del Parque, frontero  la Fonda
del Toro Blanco, y, segn Fernndez Parreo, la distancia que separaba
la botica del Casino serva  don Artemio para someter  clculos, casi
matemticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le
dedicaba.

--No haya cuidado--aseguraba el mdico--que este hombre por nadie se
moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por
l. Es cierto no?...

El interpelado sonrea modesto, ocultando la satisfaccin de verse
comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no
obstante su rpida trivialidad, equivala  un polvillo de xito,  un
roco de gloria, que cayese sobre l.

Las festeras palabras de don Elas eran recibidas con francos
borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos.
A don Artemio Morn, verbigracia, le gustaba muchsimo charlar.
Sincretista y desocupado, amaba la conversacin por ella misma, por su
ruido, que no por estudiosa curiosidad espiritual  inteligente prurito
de discutir. As, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto
del dilogo, le interesaban mayormente. Se comentaban las ltimas
corridas de toros? Bueno. Hablaban de poltica? Adelante. Deba
charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los
asuntos parecanle igualmente oportunos para no dejar  su lengua ni 
sus odos en la ociosidad.

Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino,
procuraba no salir nunca solo de all. Si  la hora de l marcharse sus
contertulios hallbanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de
tresillo  de domin, atardaba su retirada para esperarles. Ellos,
conocindole, se hacan los remolones. Les aburra. El boticario,
parsimonioso en sus actitudes, amn de caminar muy despacio, tena la
molestsima costumbre de pararse al hablar. Mientras oa andaba, pero no
bien abra la boca se detena, cual si los dinamismos de sus labios y de
sus pies fueran rivales.

--A propsito de eso que ha contado usted--deca--voy  referirle lo
siguiente...

Y se paraba. Replicaba su acompaante, que sabedor de sus tretas
procuraba llevar las riendas del dilogo; pero haba de tenerlas muy
cogidas, pues Morn se las quitaba en seguida, y como hallaba especial
contento en escucharse no era fcil arrebatrselas despus.

A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, aada el hbito de ir
subrayando sus palabras con lneas que la contera de su bastn trazaba
sobre la acera  en la fachada de las casas.

--La liebre--explicaba--se haba escondido aqu, bajo unas matas; yo
vena por ac. Al ver al animal mis perros describieron un semicrculo
en esta forma...

Todo lo corpreo, lo susceptible de expresin grfica, le obsesionaba;
don Artemio no saba zurcir dos ideas si  medida que germinaban en su
caletre no las pintaba.

--El toro estaba all; el picador se acercaba por este lado...
Comprende usted?...

Mientras la contera infatigable de su bastn peregrinaba sobre las losas
del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, 
golpendolas sonoramente, para mejor imbuir en el nimo del oyente la
conviccin de que determinado objeto  persona ocupaba un sitio fijo,
preciso, rotundo. Comprender bien  don Artemio supona, por tanto,
escucharle  pie quieto y sin apartar de su bastn los ojos.

Todo esto daba tan fastidiosa monotona  su trato, que sus amigos del
Casino le huan. Algunos, sin embargo, solan acompaarle,  por
desocupacin y deseo moceril de trasnochar,  porque sus domicilios se
hallasen en el mismo rumbo  direccin de la botica.

Las personas de quienes don Artemio reciba tan meritsimos testimonios
de paciencia y afecto, eran el gerente de _La Honradez_, don Romualdo
Prez; Epifanio Rodrguez, estanquillero y corresponsal de peridicos;
don Valentn Olmedilla, dueo de la fonda del Toro Blanco, y don Gil
Toms. A todos ellos tenales clasificados segn el tiempo que le daban
escolta, y estableca relaciones directas entre la amistad de sus
acompaantes y la longitud del camino. A ms camino, mayor amistad. As,
el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba
en la Bajada de la Fuente,  cincuenta pasos mal contados del Casino.
Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo  las seversimas
rejas de doa Virtudes, le acompaaba hasta el callejn del Misionero.
De all  la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don
Valentn y don Gil Toms, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque
para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con l hasta su casa.

--El refinado egosmo de don Artemio--deca don Elas--tiene
clasificados  sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.

Para excitar la hilaridad del mujero, parodiaba con su cuchillo, sobre
el mantel, los geroglficos que el boticario haca en las aceras con su
bastn.

--Supongamos--continu--que se trata de un termmetro inventado por
Morn para medir la temperatura afectiva  sentimental de sus conocidos.
La ampolla  depsito del aparato lo constituye el Casino; la columna
termomtrica es la calle Larga, eje mximo  espina dorsal del pueblo
que va, como todos sabemos, desde el Casino  la Glorieta del Parque; y
el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quines
don Artemio se acompaa egostamente y con el exclusivo objeto de no
aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo seala,
por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. No es
eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejn
del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y,
solamente, don Valentn, don Gil y algn otro, llegan  la Glorieta del
Parque, que representa los cien grados, la ebullicin, la muerte de
todos los grmenes ingratos, la exaltacin  frenes de la amistad.
Anoche, alrededor de las doce, le vi  usted acarreando por la columna
mercurial  don Juan Manuel. Consigui usted que subiera mucho?...

Fernndez Parreo miraba  doa Evarista, que luca risueamente el
prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio sigui la broma.

--No crea usted--repuso--que la temperatura afectuosa sube en don Juan
Manuel fcilmente.

--Pas de la Bajada de la Fuente?

--Eso, s! Podemos decir que consegu hacerle romper el hielo; pero
se qued  la altura de Correos: no fu mucho; algo equivalente  diez 
doce grados...

Segn adelantaba la comida, la conversacin iba generalizndose y
cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino
desnudaban los caracteres que florecan en atrevimientos y expresiones
nuevas. La seora de Fernndez Parreo, admirada del frtil y ameno
ingenio de su esposo, rea sus donaires con una complacencia parecida 
un orto de amor; doa Virtudes, ocupada siempre en corregir con
fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no dispona de la
ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro
de la ms impecable correccin, una actitud fiscal; Mara Jacinta y
Flora, charlaban aparte; las hijas del mdico, doa Evarista y la seora
de Martnez, conversaban con gran alborozo y todas  un tiempo.

Servan el caf, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos,
oliendo  esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jvenes,
delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros
redondos de paja. Epifanio luca un completo gris y una corbata
encarnada; Romualdo vesta un traje azul marino con rayitas blancas y
zapatos de piel de Rusia. Su aparicin fu aplaudida y seal el momento
de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba  empezar. Cuatro
msicos, sentados en un ngulo del patio, junto  la enredadera,
preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas
de un lugar  otro ahogaron aquellos primeros compases. Los
circunstantes iban sentndose en semicrculo y segn su gusto: unos, al
aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la
galera, donde era ms spera la claridad. Y de nuevo, exasperados,
enloquecidos, por la greguera de la msica y de tantas voces, los
jilgueros y los canarios rompieron  cantar.

Muy sensible al calor don Ignacio haba resuelto ponerse en mangas de
camisa. Pequeo, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y
peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el seor
Martnez di dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro
vello hasta las uas, sonaron como tablas.

--Seores,  bailar!...

Oh, y qu blandas, qu suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron
aquellas palabras!... Fu un soplo de pagana, un estremecimiento
sabtico. Epifanio ofreci su brazo  Raimunda; Romualdo di el suyo 
Micaela. La joven se levant, el rostro baado en felicidad y alisndose
con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un
vaivn voluptuoso. Doa Virtudes la llam y en voz muy baja,
sibilante...

--Ests fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...

Micaela se encogi de hombros.

--Por Dios, mam...

Fernndez Parreo quiso danzar con doa Evarista, quien se excus
finamente cimentando en su edad su negativa, y el mdico invit  Flora.
Don Ignacio, contento y gil como un muchacho, bailaba  Mara Jacinta;
y,  pesar de su corcova, don Artemio brind galantemente su brazo 
doa Fabiana.

La correccin de don Elas y su juvenil esmero en acicalarse,
impresionaron al veterinario. No iba don Elas demasiado currutaco para
sus aos? Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...

--A rocin viejo, cabezadas nuevas!--grit Martnez.

Antoita dorma acurrucada en un silln. Doa Virtudes, doa
Presentacin, Anita y don Niceto, que no saba bailar, se sentaron en
grupo. Para oirse necesitaban hablar  gritos; al fin, ensordecidos por
la msica y el canto, cada vez ms rabioso, de los pjaros, decidieron
callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban
infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se
multiplicaban sus perfiles. Segn el trozo de patio que sirviese de
fondo  las figuras, stas perdan  ganaban en nitidez: as, sobre las
iluminadas paredes de la galera, los cuerpos de Mara Jacinta y de
Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros
cabellos de la seora de Martnez exaltaban la solemnidad de su bano;
y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros
y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se
desvanecan. La exactitud de tales contrastes poda seguirse mejor
atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de _La
Honradez_, vestido de azul, era el bailarn de la luz y de los muros
encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palideca bajo las
lamparillas elctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en
la penumbra de la hiedra.

A las once tocaba la fiesta  su apogeo. Haban llegado doa Quintina,
una jamona, alegre y apretada de carnes,  quien don Artemio no poda
mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el
prometido de Anita,  cuya sola presencia los labios hasta all
amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.

En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las
muchachas de Puertopomares, cul ms, cul menos, haba pensado alguna
vez. Socapa de estudiar Derecho vivi en Madrid varios aos, y all
aprendi  tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus
costumbres holgazanas y su mediana ilustracin le separaban del bajo
pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complaca. Era faldero
y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle
de quintas, haba agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorc
los libros, viva en la fonda del Toro Blanco y  expensas de don
Valentn, y sin mejor ocupacin que retozarle las criadas y beberle los
mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos
pormenores que de l se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de
la moral, se perecan por gustarle, y ello estimulaba la pasin en que
la menor de las hijas del mdico se derreta.

Al terminar el vals, don Artemio invit  Olmedilla  pulsar la
guitarra; acept en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y
lucirse, y apenas vibr la suave pesadumbre de las primeras coplas,
cuando Martnez, que con las frecuentes libaciones sentase enternecido
y ms enamorado de su mujer que de costumbre, determin obsequiar  sus
invitados con unas botellas de _champagne_.

A media noche los ojos de doa Presentacin y de doa Virtudes empezaron
 cerrarse de sueo, pero las muchachas tenan los suyos por momentos
ms pajareros y luminosos. La danza peda vino, y el vino, danza;
multiplicbanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban 
gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron  colacin varios
cuentos: don Elas refiri uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla
empez una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que Mara
Jacinta, Flora y las seoritas de Fernndez Parreo, comprendironse
obligadas  taparse los odos. Doa Evarista acudi en socorro de las
escandalizadas doncellas.

--Luis, las atrocidades estn prohibidas; hay demasiada gente...

--Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos
gravedad.

--Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oira eso... y
ms. En pblico, no. La vergenza femenina es un fenmeno de conjunto
que slo se produce con la aparicin de una tercera persona. Como en
el Paraiso, exactamente...

Don Elas propuso un juego de prendas, pero su opinin fu rechazada. La
juventud prefera bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las
muchachas ofrecan una tersura brillante y nacarina. Las hijas de
Fernndez Parreo, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes
amapolas. Los rostros de Flora y de las seoritas de Castro, tambin
ardan, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves
instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el
nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y
los labios viciosos de Mara Jacinta tenan arreboles de salud.

Los msicos requeran de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba
agilidades de pjaro en los pies, pidi  voces un vals. La mayora
protest: deseaban algo ms lento, ms sensual...

Doa Fabiana llam la atencin de su marido.

--Me parece que ha sonado el aldabn de la puerta de la calle.

Martnez hizo un gesto de duda.

--A estas horas? No es probable.

Fernndez Parreo ratific lo dicho por la seora de Martnez: l
tambin estaba cierto de que haban llamado. Don Ignacio se encogi de
hombros.

--Quien sea--dijo--puede entrar, porque la puerta qued entornada.

Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que
relacionaba el patio con la cuadra se abri lentamente y, sobre su
oscuridad, apareci don Gil.

La llegada inslita del hombre pequeito y astral, determin en todas
las mujeres idntica emocin de fro. Mirronle con miedo, con rubor;
con ese rubor que hay en las pupilas de las recin casadas. De emocin
Mara Jacinta, la favorita de don Gil, quedse lvida. Cesaron las
risas. La entrada de un Sultn en su serrallo, no producira otro
efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se haca hombre; el
ncubo...

En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil
Toms, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no haba redo
nunca, avanz insinuando un saludo amable...




X


Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosan  la luz de la
lmpara. Pilar era regordetilla y tena los cabellos negros, crespos y
lustrosos, de las cngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta,
plida y seoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con
ojos de tristeza, penetr en la estancia, su compaera la interrog:

--Ya se ha dormido?

--S.

--Pronto le lleg el sueo esta noche!...

--Afortunadamente...

Y ya no hablaron ms del hombre pequeito. Pusironse ambas  zurcir
porque aquella faena, dando ocupacin  sus manos, distraa de soslayo
su pensamiento y con la distraccin iba el alivio. Todas las prendas que
repasaban pertenecan  don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos,
camisitas, elsticas, de inverosmil parvedad. En el silencio nocturno,
lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente
el martillo del veterinario. Vibr la voz del sereno:

--Las once... y nublado!

--Las once ya--repiti Pilar.

--Pues don Ignacio trabaja todava.

--Sin duda por ser maana jueves, da de feria.

--Es verdad.

Hablaron de las faenas menudas de la casa.

--Quin va  lavar esta semana?--pregunt Maximina.

--Me corresponde lavar  m.

--Hay jabn?

--Me parece que no.

Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor;
latan lmpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.

--El amo ha dicho que quiere almorzar maana paella--continu Maximina.

--Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el ms grande y el ms
peleador;  sus hermanos no los deja vivir.

Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de
agua corriente, producida por el viento entre los rboles.

--Maana tendremos mal tiempo--observ Pilar.

--Creo lo mismo.

Callaron las dos azafatas y  la vez levantaron la cabeza, y sus miradas
quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se
buscaron.

--Has visto?

--S.

Examinaron la lmpara.

--Habr sido un temblequeo de la luz?

--No, s.

Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levsima, la que un
segundo--slo un segundo--imaginaron ver resbalar por la blancura de la
pared. Las pestaas, en el abrir y cerrar automtico de los prpados,
suelen echar sobre las pupilas una sombra as. Lo extrao, lo alarmante,
fu que, simultneamente, idntico fenmeno se hubiese producido en las
dos.

Maximina, con un movimiento nervioso, tir su costura al suelo, como
disponindose  huir.

--Tengo miedo--dijo--; eso es el amo, que se ha marchado.

A Pilar, las manos, de terror, se la haban puesto fras y blancas.

--Dices que es el amo?

--Estoy segura. V  ver.

--A dnde quieres que vaya?

--A su cuarto.

--Yo, no me atrevo.

Maximina, cuyo miedo, por instantes, se converta en curiosidad y valor,
se levant.

--Vamos las dos.

Cogi  su compaera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la
rechaz fcilmente; su pnico habase trocado en fuerza herclea.

--Yo, no voy... yo no me muevo de aqu!

Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por
nada se atrevera  penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la
mir con odio y desdn:

--Cobarde!... Ir yo sola.

Dirigise hacia la habitacin del enano, que estaba contigua, empuj
suavemente la puerta y, sin entrar, mir. La cabeza, grande y amarilla,
de don Gil, reposaba sobre las almohadas.

Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compaera, la haba
seguido. Pregunt:

--Est?...

Maximina volvi  cerrar la puerta y, muy plida, se retiraba de
puntillas.

--S... est...--balbuce.

Hizo un gesto y bajando mucho la voz:

--Como estar... s que est!... Y, sin embargo, no est. T
comprendes?...




XI


La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenan, aparte el
pequeo festival organizado en la plaza, todos los domingos,  la hora
de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda
del Toro Blanco, el caf de la Amistad, vulgarmente llamado de la
Coja, por serlo su duea, y la estacin del ferrocarril. De estos
lugares, los tres primeros pertenecan exclusivamente al elemento
masculino; all se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de
poltica; jugar al domin  echar un rato  carambolas. Como fatigado de
la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y
entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluda y en perpetua
inquietud de ensueo, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas
que violentamente llegan y huyen, y se va  la estacin.

El Casino era el lugar predilecto de lo ms conspicuo y benemrito de la
poblacin; lo que constitua la nata, penacho  cogollo de la mejor
sociedad, acuda all. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias 
las cortesanas marrulleras y buen unto de don Valentn, era visitado
tambin por la gente de pro, pero sealaba, dentro de la distincin, un
matiz ms familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas
de viso sentan la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don
Elas, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin nimos
para calzarse las botas nuevas;  don Artemio se haba ensuciado los
puos de la camisa con el mortero y no tena ganas de mudrselos;  don
Juan Manuel Rubio, gordo y comodn, no quera aplicarse el tormento de
un cuello almidonado, iban  la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de
consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes
cierto desalio familiar. Se hablaba ms alto y las discusiones
adquiran fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le
hubiese pedido  Teodoro te  caf, en el Toro Blanco, bajo el lozano
dosel de la parra que cubra el patio, beba aguardiente; los jugadores
de domin porraceaban con bullicioso mpetu el mrmol de las mesas, y 
nadie le pareca mal; all los cuellos anchos, deshilachados y
cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraan la murmuracin, y don
Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.

El caf de la Amistad perteneca al pueblo. Hallbase situado en el
cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local
amplsimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces
tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas.
Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un
pintor, para darle apariencias celestes, revoc de azul y adorn con una
lamentable bandada de golondrinas; el guin llevaba en el pico un ramo
de vid. Haba tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y
ocupaban el resto del saln numerosos veladores con pies de madera y
piedra de mrmol. El mostrador hallbase inmediato  la puerta que
conduca al interior del establecimiento, y ante un elevado estante,
bien repleto de botellas polcromas y exornado en su remate por un reloj
de cuco.

En el caf de la Amistad no haba camareros; Rosario, la duea, serva
por su mano  su clientela, y ello significaba el mejor sostn  razn
del negocio. Era una rubia de veinticuatro aos, desde el amanecer muy
bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con
las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y
rollizas. Para mayor provocacin, siendo nia habase roto la pierna
derecha  la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron
bien, aquella extremidad qued ms corta, lo que la constrea, al
caminar,  mover las nalgas de un modo que suspenda la atencin de los
hombres. Ms de un jugador de domin, por mirrselas, se distrajo y
neciamente perdi la partida.

Entre los contertulios asiduos del caf de la Coja, estaba Frasquito
Miguel. Iba solo y  prima noche y procuraba instalarse cerca de la
puerta, con la obsesin de embriagarse y de no llamar la atencin al
salir. El seor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. Me
gustan--deca--las armas blancas... De media en media hora peda un
vaso grande, que beba  sorbos caudales y lentos, para que el deleite
de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura
cetrina, inmvil, apoyada de codos en la mesa, perfilbase sobre la
blancura de la pared. No hablaba, no sonrea, y si alguien le diriga la
palabra, replicaba con monoslabos. Entre tanto, sus mejillas iban
congestionndose, desmaybase su labio inferior y sus ojos mortecinos
miraban idiotizados  la concurrencia. Si le invitaban  jugar una
partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No senta la
necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que
llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior,
reconcentrado, hermtico. El seor Frasquito pensaba en la coja; por
verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en
alto, iba all. Admirndola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan
pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cencea, huesuda y
desapacible, y aunque haca tiempo no pona en ella las manos, harto
recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. Si se
pareciese  la Coja!...--pensaba. Luego, ya tarde, llamaba  Rosario;
sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe
de su gasto, pagaba y muy erguido, rgidas las piernas, mesurado el
paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se diriga hacia la
puerta.

Toribio Paredes, el tonelero Eustasio Garca, Luis Olmedilla, que
gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de
sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el caf de la Amistad
slo por complacer sus ojos en la hermosura de la duea y,
particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan
 gusto de todos, salpresaba y pona de manifiesto. Este brusco vaivn
exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser
coja, y, como por ensalmo, habran disminudo sus ganancias; desde el
punto de vista econmico, aquel buen pie, que otros industriales la
envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien
convencida la hermosa mujer, y aunque tena un don Cuyo, de quien
pareca muy enamorada, fuese por inters  por pinturera y femenil
vanidad,  por ambas causas, complacase en recorrer la sala, yendo de
mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y
estudiadas sonrisas.

Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gaanes, que se la
coman con los ojos, y este represado apetito descubrase en el ardor
con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus
pies, desnudos, se retorcan. Toribio, especialmente, perecase por
ella, y tanto creci su aficin, que necesit echarla del pecho. Su
hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tena, psolo  merced
de la adorada. Rosario le escuch indulgente y con frases cordiales le
desesperanz y persuadi de la inutilidad de sus deseos: ella tena 
quin querer, y este amor grande, amor de muchos aos, exclua de su
corazn cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo,
poda haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero
acento de sus palabras convenci  Toribio: estaba bien; nunca ms,
aunque llegase  centenario, volvera  importunarla con sus ruegos. No
obstante, bajo la vertical decisin de la voluntad, el deseo embravecido
persista inexorable. Por aduearse de la Coja, Toribio Paredes
hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos
durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra  entregar
la garganta al verdugo... qu importa?... El, nada deca; antes le
hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva
al infierno de su corazn; pero cuando vea  Rosario, decolorbanse sus
labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas
por la emocin del deseo, parecan adherirse al crneo como las de las
fieras cuando van  reir.

Al Casino, por las maanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar
y nada ms. A medioda llegaban los devotos del _vermouth_: don Elas,
don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes,
especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios
acreca, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas
y de las apuestas. De noche, la animacin era an mayor. Los
contertulios se repartan: los ms jvenes, luchaban inclinados sobre
las mesas de billar; otros, acudan  la sala de juego,  fraccionados
en grupos, se abandonaban  las sorpresas del domin  del tute.

Entre los concurrentes ms tenaces estaba don Elas, quien diariamente,
 lo largo de su vida, le disputaba  don Artemio Morn el campeonato
del ajedrez. Tres aos haca que, todas las noches, aquel empeado
torneo se reanudaba: ni claudicaba el mdico, ni el boticario se renda:
si Fernndez Parreo perda, don Artemio le invitaba  desquitarse; si,
por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elas se
apresuraba  desafiarle nuevamente y agasajarle as con la perspectiva
de una victoria.

Esta tenacidad serva de argamasa  basamento  una tertulia formada por
el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Prez, Epifanio Rodrguez y don
Pepe Erato, uno de los vecinos ms insignificantes y ms buenos de la
poblacin. Don Juan Manuel, que adoraba las speras emociones del
treinta y cuarenta llegaba despus, y siempre, hubiese ganado 
perdido, su hablar cultipicao, abundante y sobrado de amables
paradojas, imprima  la conversacin rumboso incremento.

Don Ignacio Martnez, favorecido por don Dimas, el mdico, don Isidro
Peinado y otros, constitua reunin aparte: el veterinario era
vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quera sentarse  la mesa
donde otros prestigios--los de don Juan Manuel y Fernndez Parreo,
verbigracia--pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida
esta separacin y satisfecho de su independencia y hegemona, Martnez
ya no hallaba reparo en interpelar  sus amigos de otras tertulias con
razones y dichetes, y obtener as para la suya algunas migajas de la
alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.

Varias figuras, comunes  la mayora de las ciudades pequeas,
descollaban all.

Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos
los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquiri este hbito  poco de
terminar su carrera, porque, segn deca, con el mucho estudiar se le
haba fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la
atencin, de manera que no acertaba  comprender claramente lo que lea
si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban
metindosele en el alma por los odos. Un sentido ayudaba al otro. El
pblico haba aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado
por el inters de algn acontecimiento taurino,  de cualquier incidente
parlamentario ruidoso, propona: Veamos lo que dice el peridico. Sus
oyentes le contestaban enseguida: Qu prisa hay? Esperemos  que venga
don Ignacio; l lo leer. Tcitamente no reconocan otro lector: en sus
labios las noticias tenan mejor aderezo; estaban habituados  sus
ademanes,  su manera de frasear,  sus apostillas un poco anrquicas.
De bonsimo grado Martnez ejercitaba aquel cargo honorfico. Fiado en
la adhesin incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino
desdoblaba la prensa, venida de Salamanca  de Madrid, instalbase
debajo de una luz y ponase  leer de modo que todos le oyesen. Era un
lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como
su carcter, llenaba el saln. Egostamente, sin curarse de nadie, don
Ignacio lea el artculo de fondo, los telegramas, la crnica negra,
la seccin de teatros... Los circunstantes le atendan unas veces, otras
no; generalmente slo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en
traerles la caja del domin  la del ajedrez; luego se abismaban en el
juego y olvidados de Martnez disputaban y rean. Don Ignacio, sin
embargo, continuaba leyendo: primero, lea para todos; despus para
Teodoro, que sentado  su lado y codicioso de saber lo que acaeca en el
mundo, miraba al albeitar como  un orculo; pero estas devociones
siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban 
ir incesantemente de un sitio  otro. Entonces don Ignacio,
impertrrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para s mismo,
y la obstinada fe que en ello pona era la del estudiante que, en
vspera de examen, estuviera aprendindose una pgina de memoria.

Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguan por
otros rasgos  costumbres especiales.

As don Artemio Morn era el individuo ms madrugador de Puertopomares
y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la
vida secreta del vecindario. Fuese invierno  verano, apenas empezaba 
clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacbase en la puerta de
la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del
pantaln, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas an de
roco. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga,
casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo
de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien
amaneca, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morn, que vea salir
muy de maana  don Juan Manuel del domicilio de doa Evarista, llevaba
cuenta de las noches que el diputado distraa en casa de su amiga,
avizoraba tambin  cuantos mozos volvan de pernoctar en el burdel de
la Casilda, y si pasaba algn tipo desconocido, de su traza y del rumbo
que llevase deduca quin fuese. En aos anteriores, la virtud, muy
propensa  quebrarse, de doa Amparito, la esposa de don Pepe Erato,
proporcion al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que
descubriese la falta, sino el criminal regocijo que pona en contarla.
Por l, finalmente, se supo que  horas avanzadas de la noche Romualdo
rondaba las rejas de doa Virtudes, y que en aquella donde Micaela
asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de _La
Honradez_ se agarraba y cosa.

Los matuteros, y ms an los amantes clandestinos, recelaban la
centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de ms hondo
y sabroso dormir, todas las mujeres que sufran la angustia de alguna
pasin prohibida, removan al amante feliz y cansado. Con zarandeos y
palabras de alerta, espantaban su modorra.

--Levntate--decan--y vete, antes de que don Artemio abra la botica.

Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecan asustados, como huyen
los malos intentos ante la razn. En la vida de Puertopomares, don
Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.

Don Jos Erato, en punto  vigilancia, era el reverso de don Artemio.
Por no fiscalizar lo que  su alrededor suceda, ni siquiera en la vida
de su mujer se entrometi nunca, y as fueron de librrimas las
costumbres de doa Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no
pudo seguir ninguna carrera porque se dorma leyendo. Todo lo
contrario de Martnez. Los mdicos, achacando aquella modorra  una
lesin cerebral, le prohibieron el estudio. Viva, pues, de sus rentas
que, si bien modestas, bastaban  sus necesidades, y el dulce sueo que
le causaban los libros, cerrndole tambin bondadosamente los prpados
para ciertas vergenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce
ecuanimidad de su espritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe,
aislado realmente de todo por esa conflagracin de silencio y de sombras
que el mundo teje alrededor de los maridos engaados, no sospech jams
los platos de adulterio que  espaldas suyas se guisaban; pero otros, le
suponan al corriente de todo, aadiendo que era tal el imperio de doa
Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de ste hacia ella, que
por no perderla renunciaba  sus fueros de marido y su pasin resolvase
en cobarde humildad.

Al fin estos errores juveniles pasaron. Haca tiempo que los dos eran
viejos: ella tena cincuenta aos, l rondaba ya los sesenta. Vivan en
una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estacin, y,
diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les vean asomados, entre
floridas macetas,  una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:

--Buenas tardes, doa Amparo y don Jos.

--Buenas tardes...

El padeca del estmago y su semblante descolorido expresaba tristeza;
doa Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y
salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don
Pepe, que seguramente conoca todo el ridculo de su historia, nunca se
haba quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un
espritu eclctico, de limpia raigambre cristiana; un evanglico sin
hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tirana que sobre ciertos
temperamentos ejerce el deseo, pas su mansa existencia hacindose
cargo. Por lo mismo doa Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad,
comenz  quererle. Menos aqul, todos los hombres  quienes neciamente
se di la habian olvidado. Entonces su nimo tornse hacia el pobre
compaero sumiso, de manos fras y cabellos blancos, que siempre
perdon; y, por ensalmo, su desprecio hacia l evolucion y fu
simpata, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco  poco floreci
en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuy  esta
reconciliacin sin palabras, obra de arte del tiempo, la prdida de un
hijo que, suicidndose  los veinte aos por una mujer, debi de
ensearles  entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto
abrevi el otoo sentimental de doa Amparito; dentro de su cuerpo,
todava garrido, su alma flaqueaba y se cubra de arrugas, y cuando
hastiada, revolvi los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se
maravill de hallarse tan cerca de l y de quererle tanto. Fatalmente su
cansado corazn y la moral se ponan de acuerdo.

Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizs por ser tan tardo,
tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:

--Ha vuelto  el--dijo-- esa edad en que la virtud deja de ser para
nosotros un estorbo.

As era, en efecto. Pobre don Pepe! Pero, despus de la virtud que nace
del amor, la nacida del desengao y de la fatiga, no es la ms
segura?...

La Fonda del Toro Blanco tena sobre el Casino la indiscutible ventaja
de que en ella se poda comer. Segn la estacin, el pblico se
congregaba en el comedor  al aire libre, que para tales y aun mayores
esparcimientos ofreca la casa comodidades y anchura. Durante la
estacin estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio
que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes
llamaban la playa. Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de
mrmol y circudo en lo alto por una galera que sustentaban columnas de
hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le serva de dosel y las
luces elctricas distribudas equilibradamente entre la fronda, daban 
las hojas ms prximas alegras de corindn. En el nimbo plata de cada
lamparilla, las araas, silenciosas, tejan su traicin. A un lado,
negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba
el ambiente con su aliento hmedo. Aquel pozo tena una historia:  su
abismo, Luis Olmedilla, una noche, haba querido tirar  una criada.

En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastsimo local con
suelo de madera, paredes estucadas y cinco  ms ventanas  una huerta.
La nica singularidad digna de recordacin que all haba, era el
retrato de don Valentn con que el testero principal del saln se
adornaba. Cuando algn forastero, curioso, inquera el origen de aquella
obra de arte, don Valentn Olmedilla, como hombre que tiene clasificada
la gloria entre las mayores pequeeces humanas, modestamente bajaba los
ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, haba un remordimiento:
l, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan
desprendido, una vez fu cruel con un desdichado pintor vagabundo que le
adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascenda 
doscientas pesetas.

--Pues si no tiene usted dinero--haba dicho don Valentn--va usted 
pagarme hacindome un retrato.

Y como era compasivo, aadi:

--Los das que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aqu; no le
costarn nada.

Valido de esta autorizacin misericordiosa el pintor no se di prisa en
pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, slo trabajaba por las
tardes, durante una  dos horas: la seora de Olmedilla, sus hijas,
Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentn, agrupadas
tras l, sonrientes, suspensas y calladas, maravillbanse al ver cmo la
figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentn era
pequeo, viejo y feo, pero en sus ojos haba una expresin de bondad que
pronto se mudaba en simpata, ganadora de voluntades. Este gesto dcil y
servicial lo recogi bien el pintor, dando con l mrito  su obra. Don
Valentn apareca retratado hasta algo ms abajo de las rodillas y en
actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente
perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y
un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanqusima,
signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban,  la
vez, la psicologa y la figura del hostelero: ms que una cabeza, el
pintor haba compuesto una biografa.

Satisfechsimo de aquel retrato que haba de sobrevivirle y le aseguraba
una especie de pequea inmortalidad, don Valentn dispuso colocarlo en
el comedor, sobre el aparato del telfono. Era un medio infalible de
exhibicin. Durante el da,  las horas de comer, y por las noches,
cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre
telefnico, las miradas todas convergan hacia l y, de consiguiente,
tropezaban con el retrato del dueo de la casa; la cabeza perfilada y en
alto, el semblante risueo, presentando con gracia, solicitud y
desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las
rodillas de don Valentn, era, por efecto de una sencilla asociacin de
ideas, la voz del amo.

La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestra en el
dificilsimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar
indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantena floreciente
la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, econmica, limpia
y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocan. En tiempo
de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban  Puertopomares, se
alojaban all.

El isocronismo de la existencia pueblerina impona  las tertulias del
Toro Blanco, como  las del Casino y  las otras ms plebeyas, del Caf
de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de
los das, las imaginaciones se apagaban y el fastidio serva de sedante
 los nervios. La paz ambiente quitaba  las almas su fluidez y las
saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las
inteligencias se adormilaban y su propia inaccin las entumeca. Como
jams suceda nada original, digno verdaderamente de mencin, los
espritus no podan rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la
inquietud, y dedicbanse  comentar lo insignificante, lo cotidiano,
adobndolo, vistindolo y aderezndolo de mil prolijas maneras. As, la
muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraa
lisonjeramente la atencin pblica: ver al finado en su caja, informarse
de cmo lo haban vestido y de las personas que acudieron  velar el
cadver, constitua, efectivamente, un pequeo espectculo, un asunto de
conversacin con cuyos detalles los desocupados, luego, se relameran de
gusto.

Don Juan Manuel Rubio,  fuer de espritu cultivado y forastero, era la
nica persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y
donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad saba mostrarse 
tiempo y algunas noches invitaba  don Elas, al boticario, al juez y 
otras personas de su afecto y confianza,  cenar en casa de doa
Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de
complacer al diputado, rivalizaba con l en la tarea de obsequiar  sus
huspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes  su
humor juvenil y divirtindose alimentaba su influencia poltica.

Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenan otras
distracciones: los plebeyos, el Caf de la Coja; los seores, el Casino,
la Fonda del Toro Blanco  los gapes familiares de don Juan Manuel; y 
intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos
leales de divertirse, una escapatoria de cuatro  cinco das  Salamanca
  Madrid. Luego,  la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez,
 embaucar  los amigos refirindoles con exagerados aditamentos lo
hecho  dndoles tambin por sucedido lo que acaso ni siquiera
intentaron hacer;  criticar,  mentir,  ver egostamente secarse la
bonitura de las vrgenes en el suplicio de una eterna espera.

No todo reposaba, sin embargo, en la poblacin. Bajo aquellas techumbres
pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas
hermticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo
aislamiento se consuman cual lmparas votivas. Esta doncella borda,
otra recose las ropas que va sacando de un cuvano, aquella estudia
nerviosamente su leccin de piano; y mientras,  intervalos, todas
recuerdan que, un poco ms tarde, ser hora de reunirse para ir  ver el
tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses
vernales y de esto, y aun en los comienzos del otoo, el andn era el
Casino de las mujeres.

De cuantos trenes cruzaban por all, el ms interesante era el correo.
El expreso hua de largo, y su afn parecia implicar un desdn; los
mixtos llegaban  horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y
sin inexpresin. El correo, que conduca siempre muchos viajeros y
pasaba  las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas
Fernndez Parreo, las hijas de doa Virtudes, Mara Jacinta y su prima
Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir 
recibirlo. Buscbanse unas veces en casa del mdico, otras delante de la
botica  en la Glorieta del Parque, bajo los rboles, y vestidas de
gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudan  la estacin.
Marchaban en pequeos grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus
caderas retozonas movanse  comps, y el murmurio de sus risas y de su
frvolo charlar flotaba tras ellas semejante  un polvillo juvenil. El
viejo camino que empap sangre de romanos y de moros, el legendario
camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y
la inquietud de tantas haldas.

Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minsculo andn: las mozas
conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros  se paseaban. Un
gran zumbido de colmena llenaba la estacin. Por qu tanta alegra?
Haba en este regocijo inclasificable una emocin de ensueo, un
nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante
horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como
 un Rey Mago, jams falt  la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje
de castaos lo anunciaba, y de sbito apareca negro, fragoroso y
humeante. Pasaba la mquina jadeando, chorreando agua hirviendo;
rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, detenase el convoy. Las
ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos
viajeros requebraban  las vrgenes lugareas que les miraban sonriendo,
 la vez, alegres y tristes, sin saber por qu. Una voz gritaba:

--Puertopomares... un minuto!...

Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren segua,
disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el tnel.
Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio,
emprendan cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de
los cabellos rubios, y Mara Jacinta la del rostro sin color, y Micaela
y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el
mismo pensamiento:

Maana lo veremos tambin...

Y no pedan ms.

La felicidad constituye algo tan fortsimo, supereminente y precioso,
que la partcula ms nimia cada de su divino manto, puede hacer al
hombre dichoso; en lo cual se parece  la belleza, cuyas migajas son de
tan egregia condicin, que la menor de todas bastara  la inmortalidad
de un artista. Y as, con aquel minuto que el correo hizo alto ante el
andn, cuantas doncellas acudieron  recibirlo se juzgaban pagadas.
Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, no ser
espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la
fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el da. Ms
an: no haba de llegar, y el regocijo con que los corazones se
prepararon  recibirlo bastara  hacerlos dichosos. Imagen de la humana
felicidad es ese tren que todas las mozas lugareas aguardan. No son
tambin las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusin ha
de pasar?... Y si pas, en efecto, y un instante se detuvo, quin ser
tan ambicioso  insensato que se crea defraudado?... Adems: no hubo y
seguir habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente
porque murieron esperndole?...

El correo se detendra ms de un minuto, y perdera algo de su inters;
la dicha se retardara unos segundos ms en el corazn, y tal vez
pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son
bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es
recuerdo... y slo el recuerdo, por ser tristeza, es poesa!...

Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo
sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresin de la eterna mudanza
y de la universal melancola, la adivinaban las vrgenes de
Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estacin,
sentan de pronto ganas de llorar.




XII


La tragedia que por las noches,  vuelta de numerosos y crueles
ensueos, iba devanndose en la casa del chopo, continuaba su curso.

Tan fuerte y constante era la sugestin de don Gil sobre los hermanos
Paredes, que estos empezaron  confundir las fantasas de sus horas de
descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias,
hasta no saber distinguir entre lo soado y lo mucho malo que discurran
con los ojos abiertos. El propsito de deshacerse del seor Frasquito
ofrecase  la estrechez de sus magines por momentos ms llano, razonado
y viable. Unas veces suponan que la constancia de tal obsesin motivaba
las pesadillas con que el hombre pequeito les atormentaba, cual si
stas no fuesen ms que simulacin  resultado de aqulla; otras
admitan la existencia objetiva del alma de don Gil, crean que,
efectivamente, el espritu del enano iba  visitarles y, de
consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos,
era reflejo, comentario  consecuencia naturales de lo que aqul les
hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no
cejaba. Rita, en su casa, mientras cosa,  junto al fogn,  delante
del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas
chorreantes de agua enjabonada, retorcindolas como si fuesen cuellos,
repeta abstrada:

Hay que matarle...

A lo largo de los caminos  Toribio Paredes, en tanto segua el paso
lento de sus mulas cargadas, sucedale lo propio.

Hay que matar  Frasquito--pensaba.

Era un imperativo que ya resonaba dentro de l, bajo su crneo, cual eco
 voz de su cerebro; ora vibraba  su lado, junto  sus odos, bisbisado
por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Toms,
que perdieron su misterio amedrentador y llegaron  ser familiares.
Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de
don Gil, que aparecase  ellos no bien sus espritus conciliaban el
sueo. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique,
todo vibraba claramente.

--Rita--murmuraba Toribio.

--Qu?

--Me oyes bien?

--Te oigo.

--Si supieses lo que me ha dicho!...

Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al seor Frasquito que
dorma  su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de
escuchar, contraa sus labios.

--Qu ha sido?... d...

Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que
el concertarlos y reducirlos  palabras pona espanto en su corazn.

Slo es secreto lo que nunca baj de la frente  la boca. Fiel  este
criterio, el bujero musitaba evasivas.

--Es largo de contar; ya lo sabrs maana.

Con esta suprema taimera de mostrarle al hombre la ruta del crimen
lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y
los deseos de independencia, don Gil iba acercndose poco  poco al
desenlace de su venganza.

Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estacin, tropezse en la
Glorieta del Parque con Maximina, la ms joven de las dos criadas que
servan  don Gil. Contara veinte aos. Era rubia, de buen talle,
pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Haca tiempo
que el _Rojo_ clav en ella la intencin, y aunque feo y talludo
consigui llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casndose, hubiera
podido ir ms lejos. El descubrimiento y divulgacin de esta historia se
debi  don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el
sol, desde la puerta de su farmacia vi  Toribio salir furtivamente del
domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina
le sonrea desde una ventana.

En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con
estudiada llaneza amistosa, Paredes interpel  la muchacha. La noche
antes haba soado con don Gil, y tuvo su alucinacin una evidencia tan
avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de
sus manos, que al desvanecerse dud de si fuese el espritu de don Gil 
el mismsimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo
al pie de su cama entretenindole con terribles propsitos. El bujero
quera cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si haba
soado  si, efectivamente, haba visto...

A sus preguntas respondi Maximina con perfecta seguridad y
negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guindose
por aqulla en que despert de su pesadilla, deca haber visto al
hombre pequeito en la calle Larga, don Gil hallbase acostado y
apaciblemente dormido.

--Anoche, precisamente--agreg la azafata--, el amo no sali; estuvo
leyendo un rato, de sobremesa, y se acost temprano.

--A qu hora?

--Seran las diez.

Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi  la vez, una
vacilacin y una malicia.

--Y cmo sabes que  la una don Gil dorma?...

Maximina titube, no queriendo decir la verdad, demasiado spera para
confiada as,  tenazn, en odos amantes. Minti un poquito.

--Porque cuando Pilar y yo nos retirbamos  nuestra alcoba, fu  la
del amo  informarme de si necesitaba algo, y le o roncar.

Toribio no pregunt ms. El sincronismo de su pesadilla con el sueo de
don Gil, demostrbale que poda ser, efectivamente, el alma del enano, y
no la obsesin de su recuerdo, lo que tantas noches iba  turbarle. As
convencido, despidise de su coima hasta la madrugada, y por la tarde,
como se dirigiese al Caf de la Coja, la muidora casualidad psole
frente  frente de don Gil.

Segn costumbre, el hombre pequeito iba solo y despacio, vestido de
negro, casi inmviles los brazos colgantes, los menudos pies
descubrindose y ocultndose, al andar, bajo las perneras, el hongo de
duro fieltro echado hacia atrs, vencido por la exuberancia del frontal
bombeado y amarillo. Toribio experiment un vehemente deseo de hablarle,
de acercarse un poco al misterio, interrogndole habilidosamente. La
hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, adems, no le
negaba  nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educacin,
abolengo y riqueza, que entre ambos haba, represaban al paero. Al
cabo, el venenoso aguijn de la curiosidad, el bien justificado ahinco
de saber por qu don Gil solicitaba el inmediato exterminio del seor
Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas
mercaderas recin llegadas, le abord: hzolo cohibido y destocndose
torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le
serva de apoyo.

El hombre pequeito correspondi al ofrecimiento de Paredes con frases
sucintas y urbanas, asegurndole que, por el momento, nada apeteca.
Preguntle luego por su familia, cuyo requerimiento permiti  Toribio
llevar el dilogo  donde lo reclamaba su inters.

Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era
Frasquito. Hipcrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil
hacia el enfermo, Toribio arque las cejas, suspir tan ruidosamente
como si fuera  romprsele el pecho, y di otras muestras de atroz
pesadumbre.

--El pobrecito--dijo--empeora de da en da. Le agarr el reuma y tomle
tal cario que no quiere dejarle. Con la voluntad de mi cuado para el
trabajo! Porque Frasquito tendr sus defectos, pero  buscavidas pocos
le ganan. Yo le compadezco. Lo que rabiar vindose imposibilitado de
acompaarme! El infeliz sufre en sus huesos que, segn dice, le duelen
como si fueran  partrsele y sufre en su carcter, que jams supo
estarse quieto.

Don Gil recomend  su interlocutor los salicilatos. Sonri Toribio.

--Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio
puede decirlo mejor que yo.

--Y el yoduro?...

--Igual.

--Creo que el yoduro realiza milagros...

--No importa, seor Toms. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo
peor es que mi cuado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrn
dicho... Yo calculo que bebe, slo de aguardiente, de dos cuartillos y
medio  tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los
reumticos.

Aunque el paero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos,
nada observ en don Gil adverso al seor Frasquito; antes sus palabras y
miradas decan su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para
servicio y contento de los suyos.

No le odia--pensaba Toribio.

Ya se despeda don Gil, cuando Paredes abord bruscamente el secreto que
le obsesionaba. Ladino comenz  reir, dando tiempo  que su buen humor
sirviese de exordio  preparacin  sus palabras. Luego mostrse
obligado  razonar su hilaridad.

--Me rea de los disparates que se suean...

Interrumpise avizorando la emocin que hubiesen determinado estas
palabras. El hombre pequeito le miraba impasible y su mirar expectante
equivala  una declaracin de inocencia.

--Figrese usted, don Gil--prosigui--que anoche,  poco de acostarme,
las doce y media  la una de la madrugada seran, so con usted. Le vi
entrar en mi cuarto, sentarse  los pies de mi cama y decirme como si
estuviese usted muy informado de cuanto mi cuado, con su enfermedad y
sus borracheras, me hace sufrir: Por qu no le matas?... Yo le
respond: Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, cmo me aconseja
una atrocidad as?... Y usted: Por tu bien: yo te aseguro que si
matases al seor Frasquito nadie lo sabra.

Aun puso el hermano de Rita  estas explicaciones nuevas aadiduras y
apostillas, y segn hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeito
iba avasallando su imaginacin: otra vez padeca el imperio jorgun de
sus pupilas cobreas, de sus labios, rojos y hermticos, que nunca
haban redo, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y
tan idnticos eran aquel don Gil Toms que tena delante y el don Gil de
sus pesadillas, que unos momentos ambas imgenes se ayuntaron y
superpusieron, y crey soar.

Nada, sin embargo, sac Toribio en limpio de sus diestras trapaceras y
embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la
menor turbacin; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo
slo  dictados de su buena crianza y comedimiento, avenase  escuchar
tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concerna  la
vida noctmbula de su espritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba
inocente.




XIII


En efecto, era as. El hombre pequeito observaba la existencia recogida
que sus rentas le permitan, al par que el aislamiento ms compatible
con la ridcula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas
era un normal, lvido y grave,  quien la fecunda murmuracin pueblerina
nada concreto poda reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche,
con el sueo. Entonces su alma hua alborozada, como estudiante que
corre al baile, y su ginecomana ejercitbase insaciable en diversas
alcobas.

Semejante  Don Juan, aquel hombre pequeito tena un fuerte cario, una
de esas hondas pasiones que, completando los espritus, los saturan y
aquietan; y luego, ora por irona, ya por mera curiosidad y desocupacin
espiritual, varios amoros  caprichos con que se distraa y aliviaba de
las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no
correspondido.

En todo tiempo los fenmenos misteriosos del sueo interesaron al vulgo
y  los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos ms tarde,
los temibles arspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente  los
ensueos la virtud proftica; y la Edad Media repite esta creencia. La
madre de Confucio se siente embarazada en sueos por un rayo de sol, y
de preez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino;
Baltasar recibe, mientras duerme, la revelacin de que su imperio ha
concludo; Jos explica  Faran el sueo de las siete vacas flacas y de
las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los prpados, oye la voz de
su destino; una vieja suea que Julio Csar morir asesinado y cuando le
ve dirigirse al Senado se prosterna ante l y besndole la toga se lo
advierte;  Fernando IV de Aragn, las sombras de los nobles Carvajales,
 quienes mand despear, se le aparecieron para anunciarle su prximo
fin;  Enrique IV, una gitana le dijo que morira asesinado, sentencia
que das despus ejecutaba Ravaillac...

Estas y otras muchas alucinaciones profticas, sumadas  los
extraordinarios fenmenos telepticos que estudia la fisiologa actual y
 los maravillosos adelantos de la qumica y de la fsica, inducen 
suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna
con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente  ella. La
verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y baan
en luz la periferia  corteza de su espritu. Esta parte iluminada, muy
pequea ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidrmico: son
las sensaciones del momento, los gestos ltimos de la voluntad, los
recuerdos ms flamantes, las ideas, cbalas, inclinaciones y fantasas
ms nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos
conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espritu, es, en
realidad, la cascara del espritu. Como el sol, que nicamente alumbra
la superficie del Ocano, de parecida manera la conciencia slo ilumina
la envoltura  parte exterior del yo ntimo: el resto, cuanto el hombre
ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su
memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de
su carcter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla
de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al
individuo y alimentan su nimo, como las savias de la tierra nutren al
rbol. El sujeto que siente bullir  su alrededor la vida del momento,
no suele percatarse de esos influjos interiores  los que, fatalmente,
obedece. Lo inconsciente es lo pasado, y no tiene cada hombre el timn
de su vida en su pasado?...

Con el sueo, este mundo pretrito, reducido y acorralado en lo ms
arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su
preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozana, que ofrecen en
las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de
induccin de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo
peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de
alma ms comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de
mayores visiones y de sntesis ms fuertes. Nada sobrehumano existe en
l. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningn poder oculto,
diablico  divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutacin nacida de
los hondos entresijos y preciossimas enjundias de su propia alma.

Claro es que el mecanismo fisiolgico del sueo modifica directamente
tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada
por una disminucin  aquietamiento paulatino de la circulacin
cerebral. En este caso, ms que en otro alguno, los sistemas vascular y
nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo
mental, y  su vez ste, pacificando su dinamismo, reclama menos la
colaboracin fecundante de aqulla. El sueo tuvo siempre las mejillas
plidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazn y la
respiracin van tranquilizndose y la temperatura general del cuerpo
decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los
prpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar  l de
ms lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandbula, que entreabre
la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su
nombre, dnde est, qu piensa hacer al da siguiente, tardara en
responder. Su conciencia, cada vez ms pequea, es como fruta que fuera
secndose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para
extinguirse lanza un resplandor, igual  la ltima contorsin de una
flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Despus el sueo, imagen
de la Muerte, caricatura de la Nada...

Este descaecimiento fisiolgico seala en la vida espiritual dos
momentos. El alma, que no es una fuerza pura y s una especie de
entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y
grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del
cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras sta funcione,
mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior,
aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. As el espritu, que
en tanto la carne duerme no halla ocasin de emanciparse completamente,
pues raras veces el descanso de aqulla es absoluto. Por mucho que la
eficacia circulatoria haya disminudo, casi siempre subsiste la
necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la
imaginacin, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las
clulas cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los
esfuerzos del espritu por reducirlas  silencio  despabilarlas de una
vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los
dedos del ejecutante ms hbil se crisparn en vano. Requeridos por
aqul, los recuerdos acuden  medio vestir, descoloridos, emborronados;
la fantasa, coja tambin, los sopla y retuerce, y con tantos aicos de
imgenes traza ideaciones brbaras. De esto proviene la horrorosa
teratologa de los sueos.

En las ensoaciones cotidianas y vulgares, acurdese  no el individuo
al despertar de lo que so, el espritu nunca consigue separarse
totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta 
la rememoracin  rumiacin de sus propias ideas; y si algo
extraordinario concibe  le sucede, no es porque salga  buscarlo, sino
merced  la presencia de alguna otra alma amiga  rival, que le visite,
pues l se halla en la situacin de un prisionero asomado al ventanuco
de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los
sueos profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y
tambin en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espritu
queda libre y dueo de acudir al sabat.

Tal era la rara disposicin psquica de don Gil, y lo que le permita
vivir una vida intensa y aparte. Poco  poco su alma, demasiado fuerte
para su cuerpecillo, haba ido independizndose, y apenas el cansancio
fsico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se
evapora, hua de l. Lo que al principio era casualidad y supona
trabajo, hzose luego fcil costumbre. Entonces todas las imgenes de su
mundo ntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecan; era
alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en
ocasiones arrastr al cuerpo y sonmbulo lo llev por las calles, slo
poda ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer.
Con el canto de los primeros gallos, todo conclua. Don Gil, en
realidad, nicamente estaba despierto de noche. De da, que pareca
despierto, estaba dormido.

El nmero de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho  diez
y  todas su salacidad entretena con igual devocin.

A doa Amelia la frecuentaba por humorismo y aficin graciosa  lo
extravagante. Tambin la quera por misericordia, condolido de verla tan
obesa.

Mucho tiempo haca que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por
desilusin y empacho de todo, ni usaba cors, ni sala  la calle.

En la juventud de esta mujer se esconda una historia. Doa Amelia,
antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovs,
aventurero y galn, que lleg  Puertopomares con una compaa de
acrbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se di  l. Fu
algo irresistible y fulminante, como una cada  plomo. Durante varios
das los enamorados se reunieron en una casa de las afueras,  la
terminacin del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad
de los crepsculos favoreca las entrevistas. Cierta tarde, en que
nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbal y se quebr una
pierna. Con el dolor perdi los sentidos, y cuando brazos piadosos la
recogieron del suelo y transportaron  su casa, unas cartas que llevaba
dentro del cors descubrieron su pecado. En el pueblo decan que su
madre falleci del disgusto.

Tambin Amelia sufri mucho; el hueso roto no acababa de soldarse;
sobrevinieron complicaciones y los mdicos juzgaron necesario cortar la
pierna. Convaleciente todava fu recluda, por decisin de su padre, en
un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. All permaneci dos
aos. Ya hurfana regres  Puertopomares, y al poco tiempo un labrador
rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tom por esposa.
Ella supo agradecer esta generosidad: amaba  su marido y lleg 
quererle entraablemente: era buena, fiel, econmica, alegre y dcil.
Viva para l y haba en este caudal derramamiento de ternura, como un
deseo de borrar el pasado. La opinin, empero, nunca lleg  indultarla
completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oan
resonar en las desiertas calles,  en la iglesia, su pierna de palo, se
acordaban del prestidigitador genovs. A lo largo de los aos, la nieve
produca en ellos igual evocacin.

--Una nevada como sta--decan--cay la tarde en que Amelia, la mujer de
Guijosa, se rompi la pierna.

Y, sonriendo, contaban las historia.

El temprano fallecimiento de Guijosa, llen de lutos el corazn de doa
Amelia, y como no tena hijos, su pena fu mayor. No sala ni siquiera 
misa; no hablaba con nadie. Hzose silencio su dolor, y su pesadumbre y
su quietud se resolvieron en obesidad. Comenz  engordar y en menos de
un ao su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruin.
Creci la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la
lnea, antes grcil, de la garganta, naufrag en la flacidez de una
papada bovina; desvanecise el cuello y la cabeza qued asentada sobre
la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos
rollizos, el pechazo abultadsimo y tembln, el vientre pomposo como una
cpula, las caderas enormes, los muslos semejantes  troncos de un viejo
bosque sagrado, componan un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba
dormida en su silln, las babas que hilo  hilo fluan de la rota
granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doa
Amelia,  los treinta y cinco aos, lleg  pesar ciento sesenta kilos,
y de tan infortunada manera habase desenvuelto su carnaza, que, cuando
quiso salir del aposento donde  raz de la muerte de Guijosa permaneci
encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para
libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique,
si era necesario; mas ella no lo consinti, recelando las habladuras
irnicas del pblico, y sostenida tambin por la secreta esperanza de
adelgazar.

Doa Amelia pasaba las tardes en su balcn, sentada de espaldas  la
calle. Un da vi al hombre pequeito, don Gil la mir y aquella noche
so con l. Fu una alucinacin libertina de la que la viuda de
Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor haca tiempo, despert
avergonzada. Cmo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas
honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda.
Sin embargo, la dulce ensoacin se repiti otra y muchas veces; y no
merced  esas ideaciones difciles que la lujuria de las personas
dormidas compone, sino del modo ms hacedero y corriente. Era ella que,
obligada por la sofocante opresin de su obesidad, dorma pecho arriba,
y don Gil que apareca de pronto y, como esposo, sin otros
requerimientos, avisos ni prembulos, se acostaba  su lado. Doa Amelia
vea su cabeza lvida junto  la suya, y su alucinacin era tan precisa
que reiteradamente lleg  sentir  la altura de sus rodillas, el
contacto de los pies, generalmente fros, del enano. Habindose
habituado  estas visitas, lleg  desearlas. La noche en que don Gil no
se presentaba, la viuda de Guijosa dorma mal y  la maana siguiente
estaba triste.

Otro de los hogares predilectos de don Gil Toms, era el de doa
Virtudes. Conoci  sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un
nio de don Valentn, habl con ellas y aquel dilogo le encendi el
espritu y sirvi de simiente  su amoroso antojo. Efectivamente haba
motivos para que la casita limpia y recogida del callejn del Misionero
brindase  su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.

Una honda tristeza--tristeza de almas--llenaba aquel hogar. Esta emocin
flua del carcter y austero empaque de su duea. Como su cuerpo, alto,
rectilneo y avellanado, era su espritu, y as su gravedad no
significaba dulzura, cordialidad y templada melancola, sino concisin,
acritud, cortesa fingida y hostil. Doa Virtudes! Jams en nadie
rimaron tan bien el carcter y el nombre. Cuantas personas la conocieron
joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre haba sido
igual. Todo en ella, por tanto, era lgica, consecuencia y armona. Si
nunca falt  sus deberes conyugales, ni descuid sus hijos ni su
hacienda, tampoco en ningn momento rompieron la anquilosis de su alma,
ni la gracia de una frivolidad ni la poesa de un capricho. Era limpia
hasta la exageracin, econmica al extremo de vivir ms cerca de la
pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitan,
ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia.
Bajo su aspecto tranquilo doa Virtudes, que di  su vida el
isocronismo de un aparato de relojera, era una pobre mujer enormemente
desgraciada. Su desgracia provena de que no amaba; doa Virtudes no
quera, no saba querer; sus buenas acciones y el cario que,
sinceramente, pensaba dedicar  sus hijas y  otras personas, eran otros
tantos reflejos  variantes de la absorbente y acendradsima devocin
que se profesaba  s misma. Por eso cuanto la circua sufra la aridez
lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazn que envejeci
sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la
risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y
maldicin del cielo  su alma volva.

Tena la viuda de Castro un perro pequen, al que con sus habilsimas
manos fabric una capa  chaleco de pao negro adornado por un
cordoncillo rojo; lo nico que no le puso  tan pintoresca prenda, acaso
por falta de tela  propsito, fueron bolsillos. El pobre Tarara, que
as se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridcula que le
endosaban todas las maanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y
tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, Tarara no deba
rascarse, ni echarse  dormir, como no fuese en la yacija que la
previsin de su ama le tena dispuesta debajo del fregadero, ni
revolcarse entre la hierba del jardn. Tampoco poda ladrar ni brincar
sin exponerse  seversimos latigazos. Correras y distracciones de otra
ndole, ni por pienso. El desdn que  doa Virtudes la inspiraban los
hombres, quera que Tarara lo aplicase  las perras. De tanta castidad
y de tan riguroso encierro, el animalito enferm; no acababa de morirse,
pero nunca tena salud: llevaba el rabo cado, los ojos mustios y en los
das hmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la
perlesa. A los ocho aos aun guardaba intacto su recato: era, dentro de
su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio
de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el
santo y que tuviera el perro.

Este rgimen inflexible que afliga  Tarara, alcanzaba  cuantos
animales, chicos y grandes, vivan con l. Bajo la sedante penumbra
conventual de las habitaciones, los pjaros cantaban  horas fijas y
siempre  media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas tambin
estaban alicadas. Los conejos, habituados  una alimentacin
absolutamente reglamentada, haban acompasado sus movimientos y
expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de
cristal, sobre la mesa del comedor, pareca aburrirse.

Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de
aquel hogar: la severidad, el orden ms estricto, derramaban por las
paredes una frialdad dura. A travs del tiempo y de los acontecimientos,
prsperos  adversos, ms trascendentales, los muebles y hasta los
cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al
comprarlos, fueron colocados. Haba un lugar para cada objeto, y una
hora, siempre la misma, para cada accin: la hora de tomar el desayuno,
de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardn, de encender la luz,
de tocar el piano. Nada rompa aquella disciplina entumecedora. El nico
hijo varn de doa Virtudes, que viva en el extranjero dedicado al
comercio, despus de ocho aos de ausencia, regres unos das al lado de
su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de jbilo. Doa
Virtudes, muy contenta tambin, abraz y besuque al mozo con toda la
ternura de que su carcter entonado y vertical era susceptible.
Transcurridos los primeros momentos, el forastero pens en asearse y
pidi un cepillo.

--Dnde lo dejaste, cuando te fuiste de aqu?--pregunt la anciana.

Quedse el interpelado atnito; luego frunci las cejas; reflexionaba y
las viejas imgenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes,
inmutables, como los muros de las crceles, resucitaban sobresaltadas en
su memoria. De pronto, vi claro.

--Como no est en el hueco de la ventana del gabinete!...

Su madre sonri contenta de que aquellas primeras impresiones
perseverasen en l, no obstante los viajes y el tiempo.

--V--repuso--que all lo encontrars.

Esta fantica regularidad de costumbres trascendi y fu clebre en
Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de
compasin como de risa. La casita del callejn del Misionero, con sus
dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy
saledizo, tena el frontispicio melanclico y umbroso de un convento 
de una prisin, el aspecto amustiado del lugar donde est cumplindose
una injusticia  un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El
pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar
inflexible donde todo pareca cumplirse militarmente y  toque de
corneta, la Casa-Cuartel de doa Virtudes.

Esta inhumana aspereza de costumbres determin en Enriqueta y Micaela
una intensa reconcentracin de caracteres, una superabundancia de vida
interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de
vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente
designaban el ntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.

Un interesantsimo drama psicolgico separaba  las dos hermanas; una
gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era tambin un duelo
de vanidades.

Enriqueta, la ms joven, venca  la primognita en belleza, estatura y
seoril presencia: tena el mirar seguro y dominador, la boca
impertinente, grave el carcter, los cabellos de bano, las actitudes
teatrales. Con su hermosura corra parejas su elacin. Por egolatra,
Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre stos ninguno hubiera
podido vanagloriarse de haberla hurtado el ms leve favor. Sin embargo,
su irreductible castidad no era conviccin tica, sino orgullo.
Reconocase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el
infierno de las concupiscencias masculinas con coqueteras y miradas; 
su juicio, mostrndose slo haca bastante. Dar la mano, sonreir,
interesarse en alguna conversacin, constituan otros tintos sacrificios
para su altivo nimo. Se adoraba y nunca sinti amor por nadie. Su
moral, todo su carcter, haban cristalizado en un gesto soberbio.

Micaela, rubia y nacarina como una mueca, era linda tambin, pero
brillaba menos: la perjudicaban la tacaera de su estatura, la lnea
irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al
lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela
sufri muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban 
Enriqueta, concluan enamorndose de Micaela. Esta era la lucha ntima,
el terrible torneo sin palabras que separaba  las hermanas. Los hombres
que procuraban intilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin
advertirlo quizs, iban acercndose  la primognita y buscando en ella
un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era ms
humana, ms mujer. Su emotividad acaso fuese una disposicin de
temperamento, tal vez un clculo. Ella comprenda que  la pasin que
ruje y lo exige todo, conviene,  prudentes intervalos, concederla algo
para enardecerla y obligarla  seguir pidiendo, pues, flaco y muy para
poco es el deseo que sintindose correspondido con redoblados ahincos no
suplica y procura. La devocin que  primera vista no alcanzaba su
belleza, la obtenan luego sus ddivas. La actitud soplada, el cuello
erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecan decir:

Soy ms hermosa que t...

A cuya afirmacin rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca
encendida y festera de su hermana, respondan:

No me importa; todos tus adoradores lo sern mos, cuando yo quiera...

Y as era, en efecto, pues los hombres, generalmente ms sensuales que
artistas, ms devotos de la carne pecadora que del mrmol, prefieren 
la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad.

El espritu galn de don Gil advirti en seguida esta interesante
contienda moral y luego de estudiar bien  las dos mozas, para mejor
conocerlas, tom de ellas posesin sabrosa.

Al revs de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura
dentro de su verdadera forma corporal, don Gil hall ms emociones y
mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para
Micaela, que antes de conocer  Romualdo haba tenido un amante, las
salaces asiduidades del hombre pequeito no podan ofrecer un inters
excepcional: recibilas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillacin,
y apenas recordaba de ellas cuando al otro da se mir al espejo. Para
Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidacin
hondsima que removi y escandaliz su virginidad.

Conoca de vista  don Gil y parecale feo y ridculo; sin embargo,
cuando so hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, , ms
exactamente, la caliente acometida del stiro fue tan inesperada y tan
dulce, que no pudo rechazarla. De dnde venan aquel estremecimiento
inefable, aquella suavsima congoja, que, cubrindola de mador las
sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazn?
Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despert, por qu
senta vergenza?... Poco  poco, intent explicarse aquellas
alucinaciones; pero as como nadie logr determinar la lnea en que la
vigilia y el sueo se funden, tampoco pudo ella saber la manera y
momento en que la impura emocin se produca. nicamente precisaba los
hechos. Su espritu dorma; de pronto, su conciencia experimentaba la
nocin de hallarse inmergida en una densa sombra;  su alrededor todo
callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortsima tiniebla
palideca, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los
prpados estn cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un
temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompaaba  este
fenmeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo
dulce, que ms tena de voluptuosidad que de angustia. Hasta que,
sbitamente, apareca don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror,
contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de
aquella cabeza amarilla.

Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procur
desvanecer el sucio sortilegio. Sentase vejada, asqueada, irritadsima
consigo misma. Cmo suprimir estos desvaros que ella, recordando
ciertas lecturas, achacaba  una turbacin medular? Tambin la
encolerizaba su predileccin por lo feo. Por qu no ligaba sus ensueos
 cualquiera de los buenos mozos que conoca y gustaban de ella;  Luis
Olmedilla, por ejemplo,  al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo,
era gracioso, limpio y galn, y no al descolorido, caricaturesco y
misterioso don Gil?...

Su decisin fu tan firme, que varias noches consecutivas resisti al
sueo. Se acostaba, encenda una luz y leyendo esperaba la salida del
sol. Pero otro da, no bien cedi al cansancio, el hombre pequeito
reapareci y torn  lograrla, tan prestamente como si paso  paso
hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y
rebelde, encantaba  don Gil.

Sin embargo, Mara Jacinta, la unignita de don Artemio Morn,
interesbale infinitamente ms, y no porque aquella delgada y frgil
criatura, con sus ojos distrados y dulces y sus mejillas eucarsticas,
se acercase  la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque
la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su
imaginacin, le allanaban la tarea. La conquista de Mara Jacinta no le
cost trabajo; la seorita Morn era una neurtica expuesta 
frecuentes crisis de ninfomana. Los primeros responsables de estos
desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros
individuos de buen humor que todas las noches,  ltima hora, concurran
 la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don
Artemio, y como siempre pec de distrado, sus amigos le deslizaban
furtivamente en los bolsillos del gabn lminas y libros pornogrficos,
con la miserable intencin de que luego Mara Jacinta los viese. As
suceda, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa
relea aquellas pginas infames, y se abrasaba en la contemplacin de
los grabados obscenos. De este modo conoci todos los momentos, todos
los desvaros, del dulce secreto. Una noche, hallndose dormida, sinti
en su vientre la presin de un cuerpo, y sobre los riones la caricia de
unas manos, y entreabriendo los prpados crey ver  don Gil. El
hombrecito de color de miel no necesit esforzarse para ir tan lejos;
cuando lleg, la seduccin de la doncella, gracias  la labor
preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.

Con ser tan abundante el tragn seductor de sus noches, aun quedbanle
tiempo y ganas  don Gil para nuevos devaneos, y as, de cundo en
cundo, visitaba  Flora, la prima de Mara Jacinta, que tambin era muy
guapa;  las hijas de don Valentn, Serafina y Mercedes;  las seoritas
de Fernndez Parreo, y aun se atrevi  turbar diferentes veces el
reposo de doa Evarista, tan desengaada y separada del amor por lo
mismo que siempre vivi de l.

Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don
Gil Toms no era feliz. De da su carcter mostrbase reservn, callado,
ecunime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos
se autoinspeccionaba, refera su tristeza al aislamiento de su vida y 
su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin trmino, sin nombre,
pareca derivarse de su inaccin.

--Si yo pudiese trabajar en algo!--meditaba.

En realidad, su melancola era el reflejo  la sombra que irradiaba
sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era
desgraciado de da porque tambin lo era de noche, y esta congoja
noctmbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeito estaba enamorado,
 perder, de doa Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los
prpados, su alma retorcase, como sobre un potro, en el ardientsimo
deseo que aquella mujer, gruesa, triguea, con su hmeda y encendida
boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugera.

Pero  semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna,
tangible y soleada, en el mundo de los sueos don Ignacio Martnez
defenda  su consorte. Sorprende el paralelismo, la armona casi
perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados:
trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razn,
ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los
recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del nimo, entran en
juego como si el individuo estuviese despierto.

Generalmente el espritu de don Gil ignoraba dnde pudiera hallarse el
de doa Fabiana, aunque presuma, conocidas su apacibilidad y virtud,
que no se alejara mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre
pequeito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto haca la de don Ignacio,
empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse  Fabiana
un momento le sostena. Unas veces vigilaba desde el taller del
veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estircol; otras
escondase en el despacho  se aventuraba rampante  la hila de los
muros tapizados de hiedra, del jardn: dorman los pjaros en sus
jaulas; bajo la luna, las columnas de las galeras pintaban largas
sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la
fuente... Cierta noche consigui llegar al dormitorio de doa Fabiana y
verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la nia ocupaba
una cuna.

Con esa portentosa facilidad--rapidez de luz--de los espritus, don Gil
lo apreci todo: la amplitud del aposento, la distribucin de los
muebles y de las puertas. Tambin comprendi que el alma tranquila y
feliz--alma sin deseos--de doa Fabiana, estaba all, acurcullada dentro
de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeito de lascivia y pavura.
Oh! Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un
veneno, el recuerdo de su posesin!... Pero pronto finaron sus cbalas,
porque el alma del veterinario volva, y tuvo que escapar.

Don Ignacio, efectivamente, pareca recelar algo; en sueos, su voluntad
conservaba el impulso y la exaltacin agresiva de cuando estaba
despierto; tena celos y no saba de quien. Era un caso interesante de
adivinacin magntica. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de
oirle barbotar palabras de clera y amenaza, y rechinar los dientes.

--Qu tienes?--le deca--; oye... Me oyes?... Ests soando!...

El abra los ojos; destosa; se incorporaba.

--S--repeta--es verdad... estaba soando...

Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeito, todas las rudas
imgenes que trastornaban el alma de Martnez se haban borrado. Algo,
sin embargo, semejante  un lgamo de mal humor, dejaban en l estas
pesadillas. Al da siguiente su carcter agriado padeca tempestades
terribles de clera, que l achacaba  un exceso de bilis. Todo le
irritaba entonces, la emprenda  puntapis con los muebles, no
soportaba que nadie le contradijese y se morda todas las uas. Era un
prurito de reir, de romper.

Por las maanas, Antoita, que era muy avispada y graciosa, conoca si
su padre estaba  no de buen humor por la cola de Bock, el fosterrier
que dorma en la alcoba familiar.

Salir Bock del aposento con el rabo entre piernas, era seal infalible
de tempestad; le haban pegado; el amo estaba furioso, quera pelea. En
cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, poda asegurarse que don
Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observacin de la nia la
comprob su madre; la asociacin y sincronismo de ambos hechos lleg 
ser evidente y constante; la presin moral de Martnez se reflejaba,
como sobre un barmetro, en la cola del perro.

Don Gil y don Ignacio salan juntos algunas noches del Casino, unas
veces con don Valentn, otras solos, y en el silencio de la calle Larga
las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies
diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martnez
hablaba alto, tosa, gesticulaba levantando los brazos y con los puos
apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba  oir. En la
Glorieta del Parque se despedan, y el hombre pequeito segua hacia su
casa.

Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca haba redo, el
cenobtico retraimiento de sus costumbres, la emocin de asco y miedo
que todas las mujeres, unidas  l por un concubinaje absurdo,
experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban
afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la
muerte de Manuel Ayala y el sueo proftico de Ursula Izquierdo, y la
imaginacin frtil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de
no haber causado mal  nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso,
sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de l. Era el brujo,
el morabito jorgun portador de la mala sombra; el _jettatore_ cuyos
ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartan el mal hechizo.




XIV


En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como
la suya, iban y venan sabrosamente, horras de la dura sujecin
carcelaria del cuerpo. Con los espritus de las personas dormidas,
entremezclbanse los de las ya difuntas, y entre todos componan
multitudes numerossimas, que viajaban, se relacionaban y tenan
quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados
disfrutaban de esta segunda vida de noche y de da, sin preferir la luna
al sol, como cree el vulgo; los dormidos slo gozaban de ella de noche,
cuando el sueo les restitua su libertad. Llegaban  lo invisible por
montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, 
inmediatamente trasladbanse de un lado  otro con la misma vertiginosa
velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y as su
ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que
jams se detuvo. La agilidad de los espritus, slo  la de los
marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aqullos. Las
pesadillas ms dilatadas, ms complejas, duran instantes; una alma, para
volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la dcima
parte de un minuto tiene suficiente.

Reintegrado cada espritu  su cuerpo en el momento del despertar, raras
veces consigue acordarse de lo soado; cree haber dormido profundamente
y que en su reposo no hubo imgenes. Error. Dormir es soar, y soar
equivale  vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas
ideas-imgenes que estremecen al espritu durante sus horas de libres,
por su tenuidad, rapidez y seleccin carecen de la grosera material
necesaria para conmover los centros nerviosos. Intilmente llaman 
stos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporcin ni
equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del nio que quisiera mover
una palanca  hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la
energa de un hombre.

De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueo hllanse casi
totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en
cambio, todas las maanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa 
dormir.

Una noche don Gil Toms so que su espritu y el de Manolo Peinado,
sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abraz al hombre
pequeito con una emocin que lo mismo poda ser de zozobra que de
alegra.

--Sabe usted--le dijo--que maana me muero?

La noticia sorprendi  don Gil. Manuel Peinado era un mocetn
treintaal, que pareca derramar optimismo y salud. El enano repuso:

--Y de qu muere usted?

--Del corazn.

--Ah!...

--S, tengo un aneurisma; morir de repente. Hace tiempo lo veo formarse
y la agitacin de mis costumbres lo empeora. Yo monto  caballo y juego
 la pelota casi todos los das, y ambos ejercicios me son fatales. He
procurado advertir  mi cuerpo del peligro y obligarle  un rgimen ms
sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... Lo lamento porque el
mundo de los sentidos todava me parece bonito!...

El suspiro que Manuel Peinado aadi  esta exclamacin acrecent la
compasiva emocin de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados
de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprenda la
magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la
cancin del ro, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna
argentina plateaba la fronda de los castaares lejanos;  ratos, en la
sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.

Pregunt don Gil:

--Ha hablado usted de esto con Fernndez Parreo?

--Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre
exactamente  l con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra,
de nuestras conversaciones.

Agreg:

--Empero, ms que morirme, deploro el mal rato que Elvira va  pasar.
Porque, precisamente, est escrito que muera en su casa.

--La visita usted todas las noches?

--Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se
halla velando  una ta suya enferma; por eso me ve usted aqu. Pero
maana,  las doce de la noche ir  visitarla, y  la una en punto, en
su cama, me quedar muerto. Imagnese usted el miedo, primero, y luego
el dolor y la vergenza que la infeliz va  sufrir!... Y no s cmo
prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...

Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba as, el hombre
pequeito, que senta hacia doa Elvira una muy segura y fraternal
amistad, discurra en el modo de impedir aquella ltima cita.

Doa Elvira Ferrer viva en el camino de La Olla y  dos kilmetros de
Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardn. Era
joven y bella y sali del colegio para casarse con un ingls riqusimo.
Ernesto Wollingen tena acciones de distintos ferrocarriles, negociaba
en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin
embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeaba la poesa del
reposo, doa Elvira se aburra, y al cabo su fastidio cristaliz y se
hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba
su puesto.

Aquella noche, despus de cenar, doa Elvira Ferrer se qued dormida.
Fue un sueo brusco, que la sorprendi y venci cuando se dispona 
tomar el caf. En tal instante llegaba don Gil.

--A quin espera usted esta noche?--pregunt el enano.

La joven pens que sus mejillas se empurpuraban de vergenza y quiso
huir. Don Gil la detuvo:

--No finja usted. Yo s que tiene usted un amante y vengo  rogarla que
no le reciba. Cuando venga, recurriendo  un ardid cualquiera, despdale
usted.

Doa Elvira, como por ensalmo, pareci llena de tranquilidad y
confianza.

--Por qu me dice usted eso?

--Por su bien.

--Me amenaza algn peligro?

--S; uno muy grande.

--Vendr mi marido?

--No. Mster Wollingen se encuentra muy lejos de aqu.

--Qu debo temer entonces?...

Los ojos metlicos del hombre pequeito mudaron de expresin; una
ternura hmeda suaviz su brillo.

--Elvira--repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una
firmeza paternal--, yo, que la quiero  usted bien y deseo ahorrarla el
mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir  Manuel Peinado esta
noche.

--Pero... por qu?

Don Gil comprendi que sus reticencias no serviran de nada; era preciso
hablar.

--Porque Manuel Peinado est enfermo.

Como un eco, ella repiti:

--Enfermo...

--S.

--De qu?

--Del corazn. Manuel Peinado viene  morir aqu; se morir esta misma
noche,  la una en punto.

Doa Elvira lanz un agudsimo grito, tan estridente, que la despert.
Abri los prpados y temblando mir  su alrededor. Don Gil haba
desaparecido.

--He soado...--pens.

Esta reflexin la ayud  recobrarse. De un sorbo apur el caf, que
estaba ya fro. Dos criadas entraban y salan del comedor, levantando la
mesa. Terminada su faena se retiraron. Doa Elvira abri un libro, que
empez  leer aquella tarde. Bajo la luz de la lmpara, su cabeza rubia
tena el brillo mate y noble de las viejas onzas.

A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su
amante estaba all. Sali  recibirle. Luego, ella y l, los brazos
entrelazados, sostenindose mutuamente por la cintura, penetraron en la
alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella
murmur:

--He tenido mucho miedo!

--Por qu?...

--Pues... lo que nunca me sucede: cuando termin de cenar me qued
dormida y so con don Gil...

El recuerdo del enano volva  estremecerla, y se tap los ojos.

--Qu miedo! No quisiera acordarme... Qu miedo!...

Y seguidamente, cambiando de tono:

--A ti no te duele el corazn?

--Nunca.

--No ests enfermo de nada?

El afirm petulante.

--Tengo una salud de toro. No lo sabes?...

Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cundo en cundo se
quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras
agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: Manuel Peinado morir
esta noche,  la una en punto...

Interrog supersticiosa:

--Te irs temprano?

--No, como siempre. A qu viene eso?

--No s; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te
marches.

El la oprimi contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonse al
quebranto del deseo cumplido y cerr los prpados. Su respiracin
tornse tranquila. Doa Elvira le llam suplicante:

--Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... Oyes?... Abre los ojos. Cuando
los cierras me parece que me quedo sola.

Peinado hizo un ademn de impaciencia:

--Djame, mujer; djame dormir. Estoy cansado.

Pero ella, por momentos ms inquieta, le daba golpecitos en las mejillas
para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle 
levantar los prpados.

--No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no
hables, pero necesito verte los ojos.

No contest l, ni por su semblante pas gesto alguno. De pronto ella
sinti que los brazos con que su amante la tena sujeta, se aflojaban.
Doa Elvira exclam, conteniendo un grito:

--Manuel!...

Peinado no respondi; tena los labios entreabiertos y por su cara
acababa de extenderse una rara palidez. La joven repiti:

--Manuel...

Se incorpor y le palp la frente; bajo su mano aquella carne, por
instantes, pareca enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el
equilibrio, resbal inerte por la almohada. Doa Elvira, fuera de s, le
auscult el pecho; el corazn no lata; le busc los pulsos y no los
hall. Rpidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban
helndose. La joven cruz las manos, como si rezase. Dentro de ella una
voz murmuraba:

Ha muerto... Est muerto...

Sin hablar, con una extraa energa, brinc al suelo, se envolvi en una
bata y sali al gabinete, donde una luz haba quedado ardiendo. Sobre la
chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo
Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial,
vibr una vez. Las manecillas, sin embargo, sealaban otra hora.
Devorada por el enigma, doa Elvira, en vez de huir, se precipit hacia
l, para convencerse de si andaba. Pero nada oy; el reloj, como
siempre, permaneca callado, inmvil, semejante  un muerto. Nadie
penetrara su misterio; nadie sabra por qu cant su campana.

Escap doa Elvira de la habitacin; ms que su miedo al cadver la
impulsaba el deseo de poner su reputacin al abrigo de murmuraciones.
Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escndalo,
salvarse. Lleg al aposento donde sus azafatas dorman, y yendo
desatentada de un lecho  otro, las despert:

--Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...

En un santiamn estuvieron en pie y medio vestidas.

--Qu sucede?...

--Venid conmigo, venid...

Asustadas y restregndose los ojos, siguieron  su ama.

--Qu sucede?

--Silencio; hablad bajo...

--Se ha puesto enfermo don Manuel?

--No s; quizs est difunto; no s. Tenis que ayudarme  sacarle de
aqu.

Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los
grandes peligros, replicaron:

--Lo que usted disponga, eso haremos.

Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al
jardn. Despus, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo,
caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visin bblica;
la visin del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.

A la maana siguiente,  menos de un kilmetro de Puertopomares, unos
arrieros encontraron el cadver de Manuel Peinado al pie de un rbol. Y
meses despus la opinin pblica comenz  decir que no fu en medio del
campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doa Elvira, donde
falleci, y que su muerte la haba vaticinado don Gil Toms.




XV


Haca mucho tiempo, cerca de un ao, que los Paredes, obligados por su
codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar 
Frasquito Miguel. Pero,  qu sutilsimo ardid recurrir para que su
homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paraltico,
indefenso y confiado, no ofreca dificultad ni riesgo; lo peligroso
empezaba ms tarde. El vecindario preguntara por l. Cmo justificar
su desaparicin? Dnde inhumar el cadver?...

Casi  diario, en voz muy baja, mientras coman, Toribio y su hermana
hablaban de esto: era un propsito que volva  ellos cotidianamente con
la oscuridad de los crepsculos, y que sus espritus, tan aireados y
sueltos de intenciones como hermticos de mollera, no saban llevar 
termino.

Empeoraba la criminal disposicin de sus nimos la enfermedad del seor
Frasquito, de da en da ms intil. Apenas sala del lecho, y cuando lo
dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban
ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyndose en los
muebles, dedicbase  buscar la botella del aguardiente, y aunque sus
familiares la escondan, su instinto zahor de borracho siempre daba con
ella, unas veces en la cocina, otras en el arcn de la ropa,  en la
cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuaba y alborozadamente
se la pona en los labios: beba con sed febril, beba con rabia; aquel
alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos
torturados. Luego, si poda, regresaba  su cuarto; pero, generalmente,
le hallaban en el suelo, cado en la doble inmovilidad de la embriaguez
y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos  cada
momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de
comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el
aposento adquiri una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella
miseria, aquella lenta pudricin, exasperaban  los Paredes; cuidaban
del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, slo haba asco y
rencor. Si se muriese! Si una maana, al entrar en su cuarto, le
hallasen fro!... Este deseo infunda  todos sus ademanes una cruel
aspereza, y cuando vestan al seor Frasquito  le sentaban en una silla
mientras le aderezaban y mullan el lecho, hacanlo violentamente, 
tirones y  golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos
algo haban de contribuir  acortarle la vida. Frasquito Miguel,
comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de
aluvin, dolase amargamente de su mala fortuna, y  veces su pena era
tan grande que se afeminaba y resolva en llanto copiossimo. A
intervalos, segn el hipar de su congoja se lo permita, les
improperaba:

--Asesinos... ladrones!... Si tenis peores entraas que las
fieras!... Leche de tigres debi de daros  mamar vuestra madre!...

Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con sta el miedo  la
justicia, salanse de la habitacin. La ira extenda por sus rostros el
livor trgico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color,
los labios.

--Eh?--rezongaban--qu te parece? Vamos! Que es muy duro dejarse
insultar as!...

Una noche Toribio Paredes volvi  su casa de negrisimo humor; haba
perdido al tute, en el caf de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar 
nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de
amenaza, tir el sombrero  un rincn, y acercando con el pie un
taburete  la mesa, se dispuso  cenar. Los nios, sentados enfrente de
l, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita haba trado una cazuela
abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se
sirvi una generosa racin, porque en l la clera no exclua el
apetito, y empez  comer. No se acord de los muchachos. Estos,
sintindose olvidados, no saban qu hacer. Francisco, el ms pequeo,
empez  golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias,
Mara Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto
Deogracias, el mayor, adopt una resolucin: levantse y empu el
cucharn, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado,
volc un poco de salsa sobre el pan. Furioso su to le di una bofetada
que le tir de la silla. Empez  dolerse el muchacho con lastimeros
ayes, boca arriba, segn cay, y las manos puestas en los riones, ni
ms ni menos que si se los hubiera roto; y Mara Luisa, que era muy
traviesa y aborreca  Deogracias por primognito, empez  reir; con
cuya discordancia Toribio Paredes se exasper de modo que comenz 
repartir puetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos
como guiapos, rodaron por el suelo.

El seor Frasquito, sentado  duras penas en su camastro, denost
agriamente  Rita que se le acercaba  darle de comer.

--Pero no oyes lo que el animal de tu hermano est haciendo con los
nios? Por qu les pega?

La mujerona se alz de hombros. En aquel momento no se acordaba de
Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, 
quienes aborreca casi tanto como  su padre.

--Mira--repuso--qu bien!... Si acabase con todos!...

El enfermo no contest; no poda apartar su atencin de lo que suceda
en el comedor; la clera, la espantosa clera intil de los paralticos,
le trastornaba el rostro en rfagas alternativamente lvidas y rojas.
Empez  gritar:

--Toribio!... Ladrn, ms que ladrn!... Djales!... Deja  los
muchachos  te doy un tiro!...

Rita procur acallarle presentndole el plato de la comida.

--Vamos, toma y cllate ya...

Frasquito Miguel sigui vociferando:

--Toribio!... Canalla!... Asesino! Maldito sea tu corazn! Malditas
tu sangre y la leche que te dieron  beber, y la luz que te entra por
los ojos!... Quieres no pegarle ms  los nios?... As te quedes
ciego... as el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...

Los insultos, grrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios
trmulos  borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento
contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillera vapuleada,
retumbaban desoladores.

--To, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted ms!... No me
pegue usted ms!...

Y el estrpito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos
que huan, se entrechocaban y caan al suelo, daba una impresin de
lucha. Hasta cundo iba  durar el tormento? El seor Frasquito, 
pesar de sus dolores, intent levantarse. Bramaba de coraje. Quera
buscar su revlver.

--A ese miserable--repeta--le mato; ahora mismo le mato; no espero ms:
Le mato!...

Su barragana, asindole por un brazo, le detuvo:

--Pero,  dnde vas t, semicadver? A dnde vas t?... Toma, come y
calla...

Le presentaba el plato. Pero el seor Frasquito, con un gesto soberbio,
arrebatndoselo de las manos, lo estrell contra el suelo. Las
salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho
borrn sobre la pared encalada. Entonces fu Rita, la mujerona de los
ojos pequeos y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la
que, tremante de furor, empez  gritar:

--Canalla, marrano, grandsimo cochino!... Despus que no se puede
aguantar la peste que echas!... Cabrn!... As agradeces el pan que te
damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... Si debamos
quemarte los ojos!...

El seor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le
tena asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el dao que mutuamente
se causaban enardecieron  los dos. Ella descarg sobre el enfermo
varias bofetadas,  las que Frasquito contest magullndola la nariz de
un seguro y rectilneo puetazo.

--Creas que no poda defenderme?--barbotaba el paero--; pues vas 
echar los sesos por los odos.

Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la di varios
certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada segn estaba
sobre el lecho, Rita comenz  sangrar. Su valor flaqueaba.

En tan crtica sazn Toribio apareci; llegaba furioso. As, al ver la
escena, no se detuvo  inquerir sus motivos, ni siquiera  librar
pacficamente  su hermana, sino que, abalanzndose sobre Frasquito,
comenz  apuearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una
idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo haba
acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento fruteca y  la
par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus
brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenes brbaro de la clera,
Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:

--Toma... toma... toma...

El seor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defenda; su rostro se
amorataba y la almohada donde yaca su molida y ensangrentada cabeza,
iba tindose de prpura. A los golpes salvajes de su cuado, el infeliz
responda con ayes desgarradores. Rita permaneca suspensa, lvida, los
brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minscula,
de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleci. Acababa de ver
pasar la tragedia; comprenda que iba  cometerse un crimen, que nadie
podra evitarlo, que la ltima hora del seor Frasquito haba sonado.
Entonces sinti miedo, fro; miedo  que las gentes que transitaban por
la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en
averiguacin y conocimiento de lo que suceda; y entonces, en un
repentino alarde de refinadsima hipocresa, empez  gritar con
compasivo y maternal acento:

--Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes as, que eso no es nada! No
te apures, hijo mo, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el
dolor te pasar pronto... Djate dar la untura!... Djate dar la
untura, hombre!... Aguanta un poco!...

Cegado por la clera, Toribio Paredes, de sbito, ya no se satisfizo con
golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban 
la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que
empezaba  torcer el dolor. Entonces se palp los bolsillos, buscando un
arma, y como no la hallase mir  su alrededor con una doble expresin
de rabia y de loca angustia: necesitaba un pual, un martillo, una
hacha, una piedra... algo que le preparase  la muerte un fcil camino.
Rita entendi  su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba
vaco y el terror se agarraba  sus pies como un grillete. Este dilogo
brevsimo, dilogo sin palabras, dur el relmpago de una mirada.
Toribio iba  coger al seor Frasquito por el cuello, que bros sobrados
tena para arrancarle as, con las manos, su miserable vida; pero segn
se dispona  ello, record que la extrangulacin deja seales precisas
en la vctima, y el temor  la justicia le detuvo. Por su alma
truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refiln, en meditaciones
breves como fracciones de segundo, la razn iba midindolas todas. Al
fin, de un salto, trep  la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar,
comenz  patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.

--Socorro!... Que me matan!... No puedo ms!... Me matan!...
Socorro!...--imploraba el infeliz.

A sus voces, Rita, que haba cerrado la puerta del dormitorio temerosa
de que los nios se asomasen  ella, responda con otras mayores, de
gran zalamera y piedad:

--Frasquito, no te pongas as!... Ten paciencia..., ten paciencia!...
Ya vers cmo, con lo que estamos hacindote, pasado un ratito no te
duele nada!...

Sus palabras disimulaban una irona horrible. Toribio, enloquecido,
convulso, semejante  los brujos que danzaban en la epilepsia de los
aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entraas del cado. Un
quinqu de petrleo, puesto sobre una cmoda, alumbraba la inaudita
escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extraas contorsiones
del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos
brazos que alternativamente se abran y cerraban para mantener el
equilibrio del cuerpo, corran por el suelo  escalaban los muros como
araas. El lecho, que era endeble y de hierro, gema bajo tan fiero
trajn, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un
ritmo. Era un cuadro de pesadilla.

--Que me matan!... No puedo ms... me matan... Socorro!...

Gema desmayadamente el seor Frasquito. Y  la vez, consolando su pena,
Rita gritaba:

--Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... Ya vers cmo luego te
quedas dormido!...

La voz de la vctima, rpidamente, iba debilitndose, alejndose. Luego,
por obra de los golpes que haba recibido en el vientre, su boca se
llen de sangre. Desesperado movi la cabeza  un lado y otro,
batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus
palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se
retorca. De pronto, aquel barboteo ces tambin y las manos se
crisparon agoreras sobre las mantas. El seor Frasquito acababa de
perder el conocimiento.

En el silencio que se produjo los dos hermanos mirronse aterrados. La
mujerona susurr:

--Ya est.

Pensaba que Frasquito Miguel haba muerto. Toribio salt de la cama al
suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asust. Llevse un
ndice  los labios, significando  Rita que callase, y unos momentos
permanecieron as, los ojos muy abiertos, atentos  los menores ruidos.
En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercndose.
Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes
experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante,
por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se
alejaron iscronos, amortigundose en la distancia. Luego, nada; el
silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del
ro. Rita hizo un gesto negativo.

--No es nadie...

Toribio acerc su cabeza lvida al rostro ensangrentado, horriblemente
amoratado y torcido, del seor Frasquito, y as permaneci hasta
convencerse de que respiraba. Su hermana interrog ansiosa:

--Ha muerto?

Toribio repuso incorporndose:

--No; respira...

Esta idea les seren, producindoles un brusco  inefable
contentamiento; fu una calma parecida  la que los marinos obtienen
vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todava no eran
criminales, todava la ley poda indultarles. Pero esta nocin
consoladora dur un instante.

--Hay que rematarle--dijo Toribio.

Ella afirm con la cabeza; l agreg:

--Porque si no le rematamos, nos acusar y somos perdidos.

--Es verdad.

--Empezamos  comernos el meln, y debemos concluirlo...

La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala accin, la idea que
enloquece  los criminales y les obliga  las crueldades peores, se
aferraba  sus frentes estrechas.

Quedronse unos minutos inmviles delante del lecho, las miradas fijas
en la vctima, prontos  lanzarse sobre ella para detener en su garganta
el menor quejido. El quinqu, sin pantalla, arda serenamente. Ahora,
con el reposo de los cuerpos, las sombras haban desaparecido, y en la
habitacin de paredes encaladas todo era blanco.

--Si le matamos antes de que despierte--balbuce Rita--de aqu al
amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...

Sus ojos pequeos y rojizos, que el cansancio de la emocin haba
hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo
en ella como una piedad.

--Quin sabe--dijo--si no tendremos que rematarle; acaso se muera l
solo...

Paredes tuvo un corajoso ademn de impaciencia.

--Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo
grave es la segunda parte. Dnde escondemos el cadver? En el patio no
puede ser, no comprendes?

--Tienes razn...

--Sacarle de aqu tampoco es difcil: le metemos en un saco, le ponemos
 lomos de la mula... y andando! Luego,  dos  tres leguas, en lo ms
cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparicin picar la
curiosidad de los vecinos, que nos preguntaran por l y llegaran 
sospechar de nosotros. Si fuese antes, que sala solo  vender!... Pero
se trata de un hombre paraltico, que no iba por su pie  ninguna parte.

Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el
herido, la mujerona repeta:

--Es verdad... es verdad...

Era el negro laberinto, el terrible callejn sin escape, donde los
muertos encierran, acosan y pierden  los vivos. Transcurridos unos
instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara
resplandeci en una histrica contraccin de jbilo. Retrocedi varios
pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrndose como el cazador
que acecha  que busca una pista en el suelo.

--Ya s--musit--, ya s...

Sacudi  su hermana por una mueca y sealando al seor Frasquito con
el ademn:

--Vmonos... ven... antes de que vuelva en s. Ya s lo que debemos
hacer con l; me lo dijo don Gil anoche...

Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta
suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de
que Frasquito Miguel no les haba odo marchar, Toribio atisb por el
hueco de la cerradura el interior de la habitacin, silenciosa y baada
en luz blanca.

--Acuesta  los nios--murmur.

Con el sueo del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida,
los cuatro chiquillos dorman profundamente: Deogracias, sobre un banco;
los otros en el suelo,  la hila de los muros. En un santiamn y con
mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fu
trasladndoles  sus camas, donde les dej vestidos, y hasta bes 
Paquito, el ms chiquitn, que al sentirse removido entreabri los
prpados. Inmediatamente, con un andar rpido de furia, volvi al lado
de su hermano. Este comenz  hablarla al odo y con nerviosa
vehemencia; su boca, alargada por la emocin, pareca un hocico.

--Ahora mismo vamos  coger un trozo de madera, de aquellos que
empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de
maza... Comprendes?...

Rita Paredes, la nariz aguilea, los fieros ojos parpadeantes y
bruidos, los pmulos lvidos ms salientes que nunca, aprob:

--S... y qu?

--Lo so anoche--prosigui Toribio--, me lo dijo don Gil, y cuando l
hablaba, yo le oa y vea segn ahora mismo te oigo y te veo  ti.

La mujerona, hipnotizada, frunciendo los prpados como quien en la
oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repiti:

--S, s...

Continu el bujero:

--Luego le quitamos  la mula una herradura y la clavamos en la parte
ms gruesa de la maza, que as preparada nos servir de rompecabezas.
Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente  Frasquito, y la
gente, cuando vea la herida, pensar que se trata de una coz.

Su rostro anguloso resplandeca con la fiebre de una espantosa
inspiracin. A descompuestas zancadas dirigise hacia el patio.

--Ven... pronto!...

A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le sigui. A oscuras,
para no atraer la atencin chismera de los vecinos, salieron al patio,
sobre el cual el cielo estrellado verta un casi imperceptible claror.
Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la
puerta del almacn apareca cerrada;  la derecha, bajo la techumbre de
la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudan sus
cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos
horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la
limpieza de la pared. All los dos hermanos inclinados hacia adelante,
como sobre un rastrojo, empezaron  buscar. Rita era la ms impaciente;
casi sin interrupcin, no bien sus vidas manos tropezaban un zoquete,
interrogaba.

--Sirve este?

Toribio, tasndolo con una mirada, repeta lacnico.

--No.

--Y este?

--Tampoco.

Ella volva  preguntar:

--Y este?

Tena la obsesin de que el seor Frasquito iba  levantarse, y  cada
momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que peda socorro en la
calle.

Toribio fu quien hall el trozo de lea, largo como de un metro, recto
y macizo, que necesitaban, y con l regresaron ambos  la cocina. Tenan
trastornada la color de los rostros; el fro de la cruda emocin que les
dominaba, unido al de la noche, les haca temblar. El bujero mir al
reloj de pesas que lata en un ngulo de la estancia: iban  ser las
once.

--A las doce--dijo--la primera parte de la faena debe estar concluda.

Descolg una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente
empez  modelar el tarugo, dejndole en uno de sus extremos todo su
volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder
empuarlo fcilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, qued
transformado en maza; un enorme as de bastos pareca. Satisfecho,
Toribio lo agarr por su parte flaca y levantndolo en alto hzolo girar
sobre su cabeza. Las virutas que arranc de l, Rita haba tenido la
asotilada precaucin de arrojarlas al fuego, y as, cuando la faena
concluy, el suelo estaba limpio. Toribio pregunt:

--Qued bien cerrada la puerta de la calle?

Rita fu  asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendan
estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la
mujerona tap con una miga de pan el hueco de la cerradura.

Entonces _los Rojos_ volvieron al patio. El propsito de desherrar la
mula ofreca dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca
condicin del animal como porque necesitaban maniobrar  oscuras y
callando.

--Por qu no desherramos al burro?--insinu la mujer.

Y l, imperativo:

--No; t, cllate; yo s lo que digo: la mula es mejor.

Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante;
llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su
oficio; se acerc  la mula y comenz  acariciarla el cuello y las
ancas. Procur dar  su voz, destemplada por la vesnica tensin de sus
nervios, una inflexin dulce:

--Pascuala, Pascualita... qu tiene Pascualita?...

El bruto, cuya alborotadiza condicin haba empeorado desde que estuvo
en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba  su amo con ojos
brillantes de recelo. Toribio le ech por la cabeza un acial que sujet
 una argolla. Rita se haba quedado un poco atrs.

--Yo no veo nada--dijo--; preciso ser traer luz.

El consinti. Marchse la mujerona y tard bastante en traer bajo el
delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos
serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estircol, un temeroso
enjambre de araas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, hua
de la luz. La mula comenz  titubear los secos cuadriles con inquietud.

--T la levantas una de las patas--orden Toribio--y la sujetas bien; no
tengas miedo.

--Y por qu no la desherramos una mano? Es ms fcil.

--Es ms fcil, pero luego sera peor; yo me entiendo. Anda!

Ella, que no meda toda la sutilidad infernal del plan que su hermano
iba devanando, repuso:

--Tambin podramos clavar en la maza una herradura nueva, pues que
todas, nuevas y viejas, son del mismo tamao, y ahorraramos tiempo y
faena. No te parece?...

El vacil, vencido momentneamente por la lgica de aquella sencilla
observacin. Aadi, Rita:

--As concluiramos antes.

Pero al momento Paredes se rehizo y su reaccin tuvo la violencia de una
fe inquebrantable.

--No... no! De ninguna manera! Lo haremos todo segn me lo ha dicho
don Gil!...

La intervencin bruja del hombre pequeito en el curso de aquel drama,
decidi  Rita. Sin decir palabra cogi un trozo de cuerda que,
dispuesto en forma de nudo corredizo, enlaz  la pata derecha de la
mula. Asustada sta empez  moverse, piafando y dando furiosos tirones
del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empez 
tranquilizarla con la voz:

--Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...

Cuando la comprendieron ms sosegada, Rita volvi  trabarla de la pata,
que levant y sujet debajo de su brazo derecho, de modo que la rtula 
babilla quedaba detrs y  la altura de su hombro. Sobre su muslo, y
vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas  la
bestia, resista vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el
esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.

Hbilmente Toribio Paredes procedi  quitar la herradura. Con las
tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo
extraa con un chirrido breve.

--Fjate--dijo  su hermana--en que falta un clavo aqu,  la izquierda.

--Bueno...

--Acurdate de cual es, luego, para dejar el hueco.

--Bien, bien...

Mataron la luz y regresaron  la cocina. Arrodillado en el suelo,
Toribio procedi  clavar la herradura en la parte ms gruesa del
zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella,
del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la
precaucin de no poner el clavo que ech de menos al desherrar la mula.
Juzgando su obra bien concluda, murmur:

--Estamos listos.

Mir el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco psose
en pie:

--Vamos...

Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta
el codo, rimaban siniestramente. Avanz algunos pasos y se detuvo:

--Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...




XVI


Rato haca que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por
levantarse. Su conciencia haba encendido todas las luces y sostena un
pavoroso monlogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra l los
desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio
al apuearle y patearle, y la terrible hipocresa de su hermana.
Aquellas frases, cariosas, aquellas exclamaciones de misericordia y
emocin gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen odo
los lamentos del supliciado los atribuyesen, no  un castigo, sino  una
cura dolorosa, empavorecan al seor Frasquito. Acababa de comprender 
los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y as, no obstante la
coyuntura de postracin y flaqueza en que le haban dejado,  todo
trance quera huir. Sentase inerme, dbil como un nio, y  merced de
dos fieras.

--Les estorbo--pens--; quieren acabar conmigo, para robarme...

El silencio de la habitacin, la blancura de los muros, el fro de la
almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias,
hasta la misma luz apacible del quinqu sin pantalla, acrecentaban su
terror. Levantando la cabeza procur espiar los ruidos de la casa. Oy
en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los
animales parecan inquietos. Despus hubo un silencio; luego reconoci
los pasos de Rita y de su hermano que iban y venan. Tuvo el seor
Frasquito la visin neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja
para enterrarle.

--Temen que maana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...

Esta idea acuci sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era
posible escapar; de consiguiente, haba de salir  la calle por la
puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le
vigilaban. Merced  un titnico esfuerzo consigui incorporarse; la cama
producale espanto; que le matasen, bueno, pero hallndose l de pie;
acostado, no.

En aquel momento, por dos veces, chirri la cerradura y abrise la
puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los
brazos cruzados atrs, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una
toalla. Aquel trapo blanco asocise instantneamente en el espritu del
seor Frasquito  una idea de crimen,  una visin de sangre derramada,
de sangre suya, que sera necesario limpiar. El desdichado quiso
defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brinc sobre l y,
cubrindole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le
sujet fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como
de una brida, sac  la vctima arrastras del lecho. Cay Frasquito
Miguel pecho arriba, los brazos inertes, las flacas piernas extendidas
y lacias.

Toribio entonces, parado delante de l, inclinado el cuerpo en la
actitud reverente de los segadores, por dos veces baj y subi la maza
que esgrima  dos manos sobre la cabeza del cado: aseguraba el golpe.
Rita, arrodillada junto  Frasquito para impedirle todo movimiento,
volva la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del
sacrificio. Toribio, de pronto, se decidi  herir; un estremecimiento
asesino sacudi su cuerpo; al unsono sus msculos enjutos vibraron; la
contraccin de los maseteros apret convulsivamente sus mandbulas y
desnud los dientes; puso las piernas en flexin, sus lomos tremaron,
sus manos crispronse frenticas sobre la empuadura de la maza que
descendi irresistible, semejante  un martillo de fragua. La muerte del
seor Frasquito fue instantnea; el porrazo le deshizo el ojo y el
pmulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia enceflica comenz
 salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de
la herradura grabaron un medio crculo que primero fue rojo y luego
negro.

--Vamos con l--mascull Toribio--, vamos pronto, antes de que se manche
ms el suelo...

--Pero hay que vestirle--observ Rita.

--Para qu? No hace falta. Mejor est as.

Le cogi por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la
habitacin; pesaba muy poco; su rota cabeza penda hacia atrs; llevaba
los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto
cuerpo unas veces se encoga y otras se estiraba, segn los que le
llevaban se acercasen entre s ms  menos. De este modo el fnebre
convoy lleg  la cuadra. El cadver, sin otra ropa que una camiseta y
el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el
estircol. Inmediatamente los Paredes regresaron  la cocina: ella, 
encender nuevamente el farolillo; l,  quitar la herradura de la maza
y reponerla en su sitio. Aquel agitadsimo trajn les tena
desemblantados y con las sienes empapadas en fro sudor. Toribio mir al
reloj y sorprendile que aun faltasen minutos para la una; los instantes
que siguieron al asesinato del seor Frasquito haban tenido en su
espritu inacabable duracin; l hubiese jurado que estaba amaneciendo.

Los dos criminales volvieron  la cuadra, dejaron la luz donde antes y
procedieron  reherrar la mula. Esta vez trabajaban con ms desembarazo
y diligencia, porque la decisin que les impela era mayor. Rita
sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los
martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente,
entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez _del
Rojo_ aument; su hermana crey que iba  perder los sentidos; el
miserable palideca de miedo; recordaba que la herradura tena todos sus
redoblones, menos uno, y no saba cul.

--El primero de la izquierda--repuso Rita.

--Ests segura?--balbuce l--Fjate bien: hay que dejar la clavera
libre; de lo contrario, podra descubrirle el engao. Fjate. Nos va en
ello la vida...

Pero la mujerona no titubeaba:

--S lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro
izquierdo; corresponde  la izquierda tuya... no comprendes?...

El rememoraba la escena del desherraje, y cmo puso en la maza la
herradura. Al fin, las imgenes emborronadas se diafanizaron; vi limpio
y alent satisfecho; aquel ltimo detalle le aseguraba la inmunidad.

--Tenas razn!--exclam.

En un santiamn la operacin qued concluda.

Despus cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba,
junto  las patas traseras de la mula. La obsesin de Toribio Paredes
era poder justificar, ante el pblico, las magulladuras que sus manos y
sus pies iracundos causaron en la vctima; para esto era indispensable
que la mula patease bien sobre el cadver. Con su cuchillo Toribio
empez  hostigar  la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso
drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba
 hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que
volva la cabeza para mirar  Frasquito Miguel,  quien demasiado
conoca. Extraaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y
acrecentndose esta extraeza pronto se exacerb y fu pavura. Quiso
huir y, tropezando con la pesebrera, lade el cuerpo; retrocedi luego y
pis el cadver; sus cascos hundironse muchas veces en el pecho y en el
vientre del muerto. Por la boca lvida, desquijarada, del seor
Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.

Toribio murmur:

--Todo ha salido bien; ahora, vmonos  dormir.

De sbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una
pincelada maestra, y aadi:

--Espera aqu...

Marchse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derram
en el suelo; la botella, casi vaca, la dej cerca del cadver. Este
ardid inducira  las gentes  creer que el seor Frasquito, cuando la
mula le mat, estaba borracho. Despus, siempre medio  oscuras y con
gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza;
disimularon la tierra removida bajo un montn de palos, ladrillos y
trozos de cascote; despus borraron escrupulosamente las manchas de
sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y segn fregaban
iban restaando la humedad de lo limpiado. ltimamente pisaban sobre
aquellas seales de pulcritud que dej la aljofifa, ensucindolas de
modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, detenindose
en quitarse los bordes rojos de las uas. Terminada, en fin, la
operacin, mal concluda casi siempre, de desvanecer esos incontables
rastros que el criminal va olvidando tras s, los Paredes se retiraron 
sus alcobas respectivas. Los nios dorman sosegadamente. En el
recogimiento de la casa, el drama pareca no haber dejado huella.

Antes de separarse, Toribio cogi  su hermana por un brazo,
atenacendoselo como si aquel dolor contribuyese  grabar sus palabras
en el remiso discernimiento de la mujerona.

--Maana--dijo--, apenas te levantes, sales al patio, entiendes?...
sales al patio, entras en la cuadra  inmediatamente empiezas  gritar y
 pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.

Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquiri:

--Por qu?

Tena su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando.
Ahora, despus de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver  la
luz del sol la cabeza violcea y tumefacta, del seor Frasquito.
Seguramente no podra resistir tan espantosa emocin.

--Es mejor--se atrevi  decir--que te levantes t primero.

--Para qu?

--Tengo miedo...

--Qu miedo ni qu porra!--mascull el paero--Te mato como  l si no
haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que
ms madrugan. Por eso maana, como de costumbre, te levantas la primera.
Luego,  tus voces, saldr yo.

No replic la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas
transcurran sin que ni ella ni l pudiesen dormir. La hiperestesia de
sus nervios daba mayor sonoridad  todos los ruidos. El murmullo del ro
pareca ms fuerte. Empezaron  cantar los gallos. En el silencio, cada
vez que oan removerse  la mula, pensaban en el cadver tirado sobre el
estircol, magullado brbaramente bajo las patas del arisco animal.
Rita, lvida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.

Pero amaneci y con la llegada de la luz solar, de la luz franca,
rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos
hermanos recobraron su serenidad.

Ya duea de s la mujerona,  la hora de costumbre, brinc del lecho,
fue al patio y apenas entr en la cuadra prorrumpi en estridentes y
atronadores alaridos. Sus estentreos gritos desgarraban el azul.

--Frasquito Miguel!... Frasquito Miguel!... Frasquito de mi alma!...
Virgen Santsima... mi Frasquito ha muerto!... Socorro, socorro!...
Socorro!!...

Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los
ojos, escap hacia la calle, solitaria y baada ufanamente en el claror
blanco de la maana. All sus voces y aspavientos redoblaron.

--A mi Frasquito le han matado! Han matado  mi Frasquito Miguel!...
Socorro!... Socorro!... Han matado  mi Frasquito Miguel!...

Casi  la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las
ventanas aparecan semblantes curiosos y atnitos, ojos deslumbrados,
cargados an de sueo. Mujeres y hombres,  medio vestir, todos
compadecidos y solcitos, salieron  la calle en tropel y rodearon 
Rita.

--Qu pasa, qu sucede?--preguntaban.

Ella no responda y desparramaba sus miradas  un lado y  otro, como si
la desesperacin la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la ms ilustre,
hubiese podido representar mejor su papel. De dnde aquella mala
hembra, inculta y torpe, poda sacar tan perfectos recursos? Qu
increble inspiracin de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus
cabellos enmaraados. Sobre su pecho rido, bajo la chambra
entreabierta, los senos flcidos colgaban tristes y parecan resbalar
como lgrimas. Su elevada estatura sobresala en medio del grupo de
curiosos. Fuera de s, comenz  mesarse los cabellos,  torturarse los
brazos, y lleg  morderse los labios tan sinceramente que la sangre
brot.

En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustndose
los calzones, apareci Toribio.

--Qu sucede--deca--, qu sucede?...

Su cabeza roja y minscula estaba nimbada de espanto. Tambin el
miserable era un soberbio actor. La mujerona le abraz llorando.

--Frasquito ha muerto... ha muerto...

--Cmo?... Que ha muerto Frasquito?

--S... le ha matado la mula...

Toribio ensanchaba los ojos; no comprenda; su frente demudada tena la
blancura del papel.

--La mula le ha matado?... No es posible!...

--S, le ha matado. En la cuadra est... yo le he visto..., le he
visto... le he visto!...

Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las
cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadver delante. Toribio
corri hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al
patio. Rita,  quien las mujeres sostenan porque estuvo  punto de
sufrir una congoja, tambalendose les sigui tambin. Sus hijos,
despertados por el tumulto, acudieron  ella; los mayores, adivinando
una desgracia, se agarraron  sus faldas, llorando.

--Mam... qu ha sucedido?... Por qu lloras, mam?

Rita les miraba sin responder; hipaba y tena en la lividez de sus
mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecan absolutamente de
expresin; dirase que el miedo y el dolor haban limpiado su espritu
de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresur, con
franqueza brutal,  informar  los nios de su infortunio.

--Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabis. Ahora, marcharos, por
ah...

Los muchachos,  coro, rompieron  llorar.

En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y  cada momento, en
grupos, llegaban ms; apenas podan rebullirse. Los que primero
acudieron permanecan inmviles ante el cobertizo de la cuadra,
contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistan el
avance de los que estaban detrs y para ver se ponan de puntillas.
nicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadver de
su cuado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por
la presencia de tanta gente, volva la cabeza donde sus ojos negrsimos
fulgan de espanto. El cuerpo del seor Frasquito qued tendido pecho
arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando as las plantas, endurecidas
por el trabajo, de sus pies.

Abrindose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre
que manaba de su labio mordido, la haba manchado el corpio; su menton
rojo formaba con la amarillez hipocrtica de los pmulos y de la frente,
una disonancia de pesadilla. Al ver el cadver empez  gritar:

--Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...

Demostr perder el conocimiento. Cay hacia atrs, rgida, y su cabeza
pequea rebot contra el suelo. Varias personas caritativas la empuaron
por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las
mujeres gritaban:

--Dadla  oler un pauelo empapado en vinagre!

Y otras:

--Mejor es ponerla una llave sobre el corazn!...

--Tambin es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...

Los chiquillos contemplaban  su padre, fluctuando entre la pena, el
cario filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo
rgido. Solamente Deogracias se atrevi  arrodillarse delante de l.

Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos  la vez
esforzndose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse 
tocar al difunto, muchos le reconocan la cabeza, donde debi de
recibir, segn todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quit
la vida. La sucinta indumentaria del cadver y la posicin en que fue
encontrado, decan que el seor Frasquito hubo de levantarse de noche
para ir  la cuadra, y al pasar junto  la mua, sta le di una coz.

Una vecina manifest que la vspera,  ltima hora de la tarde, haba
odo quejarse desesperadamente al seor Frasquito, y  Rita prodigarle
frases de maternal consuelo. Y agreg:

--Yo pasaba por la calle y me detuve  escuchar. Desde luego supuse que
al pobrecillo estaran curndole.

Toribio Paredes ratific las palabras de aquella mujer. Su cuado, que
estaba enfermo de gota, se haba agravado y fu necesario friccionarle
el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores
desacostumbrados y le arranc ayes terribles.

Con notable naturalidad aadi:

--Esta madrugada, entre sueos, me pareci oir ruido en la cocina; pens
que era mi hermana y ni siquiera abr los ojos; pero deba de ser l,
que iba  la cuadra.

Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecan 
todos muy concertadas y en su punto. Pero, qu pudo ir  buscar  la
caballeriza,  tales horas, el seor Frasquito?

--Yo crea--insinu un vecino--que el pobre, reumtico como estaba, no
poda moverse.

Toribio replic:

--No; mi cuado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrndose  las
paredes, como los nios pequeos, pero andaba...

--Y qu supone usted que fuese  hacer en la cuadra?...

El paero se encoga de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes
eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y
vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulera de tantos dilogos,
permaneci absorto. Hubo momentos en los cuales pareci que, no obstante
su entereza, iba  llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzg llegada
la ocasin de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una
casualidad favorable, la mula haba roto. Cogi uno de los aicos, el
ms grande, y con aire inquisitivo se lo acerc  la nariz.

--Esto--dijo--huele  aguardiente.

Los que le oyeron, repitieron preguntando:

--Huele  aguardiente?...

--S...

Su cara se ilumin.

--Ya s, ya me explico lo sucedido!...

Como todos saban, el seor Frasquito se emborrachaba; beba sin freno,
hasta caer. Diferentes veces se haba levantado  media noche para
beberse el vino  el aguardiente  el coac, que hubiere en la despensa.
Tanto Rita como su hermano, por consejo del mdico procuraban que el
enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las
noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces
debajo de la cmoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los
pesebres. Este ltimo lugar, como ms distante, era indudablemente el
ms seguro. Pero Frasquito Miguel,  quien su pasin inspiraba
adivinaciones extraordinarias, poco  poco, en fuerza de registrar todos
los rincones de la casa, descubri tambin aquellos escondrijos. Toribio
relacionaba unos hechos  otros. Evidentemente su cuado, que con el
masaje de aquella tarde haba sufrido mucho, llegada la noche
experiment, ms intensamente que nunca, el deseo de beber, para
adormecerse y descansar. Con este propsito registrara la casa, y no
hallando lo que quera fu  buscarlo  la cuadra. Frasquito Miguel,
aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones 
oscuras, por miedo  ser visto. El desdichado se acercara al pesebre y
cogi la botella; quizs all mismo, en pie, ponindosela sobre los
labios, agot su contenido, lo que turbndole la cabeza empeor la
inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezara entre el
estircol, para no caer se agarrara  la mula, y sta, que era muy
espantadiza, le di una coz que Frasquito, por su desgracia, recibi en
la frente...

Toribio se interrumpi; en aquel momento la Pascuala mova la cabeza
para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discrecin iba
desenredando su mentira, palideci: tuvo miedo, un miedo supersticioso;
se acord de aquella burra que habla en la Biblia, y crey que la
bestia, testigo nico de su crimen, iba  desmentirle.

Los circunstantes, que haban seguido atentamente las explicaciones del
bujero, las hallaron muy lgicas. Ni un instante la sospecha de un
asesinato removi sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocan las causas
del drama, la muerte del seor Frasquito les pareca menos triste.
Alguien dijo, con mal encubierta irona.

--En fin, si cuando el pobre recibi la coz estaba ya borracho...
tanto mejor!... porque sufrira menos...

Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes
se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.

A poco lleg el Juzgado, compuesto del seor juez, el seor secretario y
tres alguaciles.

Don Niceto Olmedilla, despus de tomar  los presentes declaraciones
minuciosas, orden el levantamiento del cadver. Casi  la vez
aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernndez Parreo, don Dimas Narro y
el veterinario. Don Elas supo lo ocurrido en la botica;  don Ignacio
fueron  decrselo  su casa. Entonces don Niceto, para esquivar
trmites y ganar tiempo, refiriles cmo haba sucedido la desgracia, y
les invit  reconocer el cadver y aadir sus dictmenes  las
diligencias sumariales que haban de incoarse. Ellos asintieron. Los
alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras  empellones,
despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual
depositaron al muerto. Toribio,  cada momento, escupa y se llevaba las
manos  los ojos.

--Yo le quera mucho--balbuceaba--yo le quera mucho. Me haba
acostumbrado  l. Era muy bueno!...

Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le
compadecan, admiraban su buen corazn y sentan hacia l una simpata
nueva. Refirindose  su cuado, el bujero pregunt:

--Debo desnudarle?

Don Niceto repuso:

--No lo creo necesario; pero eso los seores peritos han de decirlo.

Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro,
Martnez, Fernndez Parreo, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban
vibrantes de inters y de emocin. En don Ignacio la idea de alternar
mano  mano con dos mdicos en una cuestin profesional, producale
cierta escondida vanidad. El cuerpo del seor Frasquito fu colocado en
actitud supina, y como no caba en la mesa, sus piernas, ya rgidas,
quedaron en el aire.

Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa,
descompuesta por la hinchazn que sigui al golpe. La sangre se haba
coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia
cerebral. Sobre el pmulo izquierdo apareca clara, terminante, la
huella curva de la herradura. Los bordes del hierro haban grabado un
perfil inconfundible. Todos callaban consternados.

--Qu golpe!--exclam don Dimas.

No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio aadi:

--La coz que, como ve usted, est ligeramente inclinada hacia afuera,
debe habrsela dado el animal con la pata derecha.

La cabeza plida y mal afeitada de don Niceto asinti. En el medio
crculo de la herradura, las seales ms hondas que dejaron los clavos
atestiguaban la formidable violencia de la percusin. Fernndez Parreo
empez  contarlos.

--Aqu falta uno!

Repuso Martnez:

--Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fu dada con la
pata derecha, segn yo creo,  con la izquierda. Vemoslo.

Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegra. Qu certeramente
supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa,
irrebatible, que haba de ponerle  salvo de sospechas, estaba all.
Acercse  la mula con muchas precauciones. Pascuala empez 
encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche pareca
haber dejado un terror.

--Qu mala bestia!--repeta Martnez--; cuando se quem hubieran hecho
ustedes muy bien en darla un tiro.

Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobacin decisiva,
Toribio levant primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero,
bruido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los
clavos: estaban todos.

--Lo que yo dije--exclam Martnez satisfecho--la coz ha sido dada con
la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciormonos de una vez.

El bujero obedeci. Efectivamente, all faltaba un clavo.

--Ven ustedes?--insisti Martnez triunfante--fu con la pata derecha.

Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo l estaba
manchado de sangre. Volvieron al lado del cadver. En los sitios ms
profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron
partculas de estircol.

--Qu atrocidad!--repetan los mdicos--; qu fuerza la de ese
animal!...

Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre.
Todo el cuerpo que, durante horas, pate la mula, hallbase
horriblemente mutilado: el vientre apareca inflado por unas partes y
por otras deshecho; las costillas, rotas, haban desgarrado la carne y
blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos
los all presentes un movimiento de asco.

Don Niceto se volvi hacia Toribio y,  la vez compadecido y grave, le
estrech la mano. Despus aludi al cadver.

--Echenle ustedes una sbana por encima, y el entierro cuanto antes sea,
mejor.

Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vi  Rita,  quin varias
mujeres fortalecan con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla
declaracin. La mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto,
ratific cuanto su hermano haba dicho, y apenas termin de hablar cerr
los ojos y dej ir la cabeza hacia atrs, inerte y fra como si de nuevo
hubiese perdido los sentidos.

Durante la tarde los Paredes observaron idntica actitud de dolor. No
almorzaron y la debilidad les enflaqueca el rostro. Ella pareca
idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmviles
y no responda  las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de
stas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del
seor Frasquito desde un punto de vista prctico. Se trataba de un
organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. Qu
hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante aos y aos?
Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle,
constitua un bien para todos; Dios sabe siempre darle  sus hijos lo
que ms les conviene...

A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona responda con
exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los
hombros.

--Estaba tan hecha  l!--deca--; era tan trabajador, tan bueno!...

Toribio, sentado en un rincn, los codos en las rodillas y la pequea
cabeza oculta entre las manos, demostraba tambin su tribulacin con
frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo 
amistosas invitaciones, fu  la taberna, donde volvi  explicar la
fiera muerte de su cuado y las circunstancias que,  su juicio,
debieron de rodearla.

Al da siguiente, muy temprano, dieron tierra  los restos del seor
Frasquito. Compona el acompaamiento una veintena de personas. El ataud
iba llevado  hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena
voluntad. Cuando stos se cansaban otros les sustituan, pues para tan
cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrndose con
ello. _El Rojo_ era quien ms resista, y  todos sorprenda su
fortaleza, nacida evidentemente de su cario al difunto. Bajaba el
luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estacin, y Toribio, ya
fatigado, acababa de ceder su puesto  un amigo, cuando vi  don Gil
Toms que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre
pequeito, en aquellas circunstancias, emocion y acobard  Paredes.
Creerase que el brujo madrugaba para asistir  su obra. En el jbilo
rosa y azul de la maana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de
la carretera, su cuerpo minsculo, vestido de negro, echaba un
borroncillo impertinente. Toribio sinti que toda su sangre, hecha
hielo, le suba  la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No
obstante rehzose pronto y salud, concediendo  la mayor categora
social de Toms el respeto debido.

--Buenos das, don Gil.

--Buenos das, Toribio.

Ante el fretro el hombre pequeito se haba descubierto. Su rostro, de
color de miel, no delataba emocin ninguna. Evidentemente no saba quin
iba all. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal
lvido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibuj un jabeque
rojo.

Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrs!...--pensaba
Paredes.

Y  continuacin:

Y, si no se acuerda, cmo est aqu l, que se levanta siempre
tarde?...

Don Gil le interpel:

--Quin ha muerto?

Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:

--Mi cuado.

--Su cuado?... El seor Frasquito?

--S, seor.

--Oh!... Qu sorpresa!... Cundo?...

--Anteanoche. Ayer, por la maana, le encontramos muerto en la cuadra.
La mula que tenemos le haba matado de una coz.

Se interrumpi bruscamente; parecale estar diciendo palabras ociosas.
No era don Gil su cmplice?

--Pero, es cierto que no saba usted nada?--agreg.

--Nada, se lo aseguro; no haba odo decir nada... Qu desgracia!...

Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasin se
troc en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente,
tan retozona y llena de preguntas, que pareca una alegra. Cmo brot
en su alma aquella suave alacridad?...

--Cunteme, amigo Toribio--exclam--, cunteme cmo esa espantosa
desgracia ha sucedido.

--Cmo? Muy sencillo; ver usted...

Estirando las piernecillas cuanto poda, para no rezagarse, el hombre
pequeito sigui al muerto.




XVII


Teodoro entreabri la ventana.

--Est bien as, don Juan Manuel?

El diputado aprob con un gesto. Haba pedido la botella del ron y
llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decan
que don Juan Manuel iba aficionndose  la bebida con exceso. Ello
perjudicaba  su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Haba
engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad.
Nunca, sin embargo, su carcter revelse ms expansivo, ms fecundo en
dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos,
acostumbrados  entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.

Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmsfera del Casino,
llena de humo y de sol, lleg  ser irrespirable. Don Juan Manuel,
sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el divn de
la mesa, orden  Teodoro abrir la ventana ms prxima, y una corriente
de aire cruz el saln como una rfaga de salud.

Componan la tertulia del diputado, Fernndez Parreo, don Niceto y don
Luis Olmedilla, don Jos Erato y don Artemio. Acababan de terminar su
partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les
interesaron y sacudieron mucho, les haban fatigado. Al recogerse en s
todos hallronse amustiados y sin ideas; ces con el trajn de los
naipes el regocijo de la reunin; el tedio de la ociosidad, el tormento
sigiloso, mil veces renovado, de no saber  dnde ir, renaca. Antes de
marcharse  cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. Qu
hacer hasta entonces?... Y  esta pregunta, en cada alma, responda el
silencio.

Todos haban cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos
de cruda claridad. El Casino,  la sazn, estaba callado. Unicamente
resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al
billar.

Don Juan Manuel Rubio sac su petaca y ofreci tabaco  la reunin;
todos aceptaron, menos don Niceto.

--Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes ms que
de noche.

La observacin era rigurosamente cierta; el juez no beba ni fumaba
mientras el sol alumbrase el horizonte. Por qu alterar aquella
costumbre de tantos aos? El diputado no insisti.

Dijo don Artemio:

--Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?

--Yo, s--repuso don Elas.

--Yo, tambin--agreg Luis--; una corbata encarnada...

--La misma; le han visto ustedes?

--No le he visto--replic Olmedilla--, pero me la dijeron hoy,  medio
da, en el Caf de la Coja.

--Yo lo supe anoche--aadi el mdico--, me lo contaron en la fonda.

--Se la habr comprado su mujer, verdad?

--No lo creo; su mujer tiene mejor gusto.

De unos labios  otros, en el curso de aquellos dos das la corbata de
don Ignacio Martnez haba estremecido la opinin.

El sustantivo fonda, dicho por Fernndez Parreo, trajo  la distrada
memoria del seor Erato, un recuerdo.

--Diga usted, don Luis, es cierto que esta maana, un comisionista
alemn, di un escndalo en el Toro Blanco?...

La pregunta interes mucho  los circunstantes, que ignoraban el hecho.

Luis Olmedilla, siempre presumido y valentn, repuso irguindose en su
asiento y entornando los ojos con aire jaque:

--Hombre... tanto como un escndalo, no seor; porque si mi hermano
Valentn es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que
hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento,
no estaba all. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemn vino
esta maana de Salamanca, en el primer tren, y apenas lleg  la fonda,
pidi un bao. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy
bien porque est acostumbrada  tratar con buena gente, le manifest que
en casa no haba bao, pero que poda buscarle un barreo si, por
casualidad, necesitaba lavarse los pies. Me parece que la mujer no dijo
ningn disparate!...

Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchndose un poco, Luis
Olmedilla continu:

--Pues, para qu quiso oir ms el alemn!... Empez  decir que l no
necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que
los necesitados de limpieza somos nosotros, los espaoles; que si peda
un bao era por gusto, porque en su pas la gente, segn parece, se baa
todos los das. Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba  voces y
manoteando, la muchacha se asust y fu  llamar  su ama, porque
Valentn estaba en la peluquera, afeitndose. Mi cuada procur
apaciguar al alemn dicindole que ni en Puertopomares, ni en otros
pueblos de ms categora, las fondas tienen cuarto de bao, por la
sencilla razn de que nadie se baa, y mucho manos ahora, en primavera,
lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fu todo. Pero como el
extranjero gritaba y deca en su lengua palabras incomprensibles, los
criados pensaron que les estaba insultando, y  no llegar mi hermano
nadie sabe lo que hubiese sucedido.

Exceptuando don Juan Manuel, que se reserv su opinin, todos los
circunstantes, incluso Fernndez Parreo, declarronse en contra del
alemn. El mdico afirm que los baos, fuera de los meses de Junio,
Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. A quin, que no
est loco, se le ocurre baarse, por ejemplo, en Abril?...

Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer  los
extranjeros, pensaba instalar una ducha. Lstima de dinero!

--Dile  Valentn--exclam el boticario--que si las pesetas le hacen
cosquillas las emplee en ensancharnos el saloncito de tresillo, y se lo
agradeceremos todos.

Don Juan Manuel pregunt  don Niceto el resultado de la querella que
don Arstides, propietario del tejar _La Honradez_, tena entablada
contra Juanito, _el Manchego_.

--Hoy se ha celebrado el juicio--repuso el juez--, pero no hubo
sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su
denuncia no estn bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear
pleiteara con un rbol. Dice don Arstides que  una yegua inglesa, muy
buena, que tiene, la acaball un potro de Juanito _el Manchego_
hallndose la yegua sudada; que _el Manchego_ la ech el potro para
daarla, pues, segn parece, l y don Arstides se llevan mal, y la
yegua hubo de asustarse y con la impresin se la cort el sudor y desde
entonces est enferma. Por daos y perjuicios pide seis mil pesetas.
Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escap y
vino  buscar al potro,  si ste rompi el acial y se fu en busca de
la yegua, l no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y
fortuitos. Tambin asegura que la yegua no est enferma de pasmo, sino
de alguna mala hierba que ha comido. Martnez, como perito, habr de
decirlo.

Este dilogo trajo al espritu de Fernndez Parreo el recuerdo de las
dos potrancas que aquel ao deseaba llevar  la cubricin. Don Juan
Manuel posea en su finca La Evarista, as llamada para rendir pblico
testimonio de adhesin y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y
heredera, una excelente monta con magnficos caballos padres y burros
garaones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente,
desde que comenzaba la cubricin  primeros de Marzo, hasta fines de
Junio, all por San Juan, producanle muy generosos rendimientos.

--Cundo quiere usted que lleve las potras  cubrir?--pregunt don
Elas.

--Cuando usted guste. Estn en sazn?

--Desde hace tres das. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas
primerizas, tengo derecho  elegir semental...

Mientras se serva otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de
desprendimiento y elegancia.

--Le asiste  usted, amigo don Elas, efectivamente, ese derecho de
eleccin; pero aunque as no fuese, por ser usted quien es y por nuestra
buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmticas
necesite puede usar.

Agradeci Fernndez Parreo tan generoso ofrecimiento, y prometi enviar
al da siguiente las dos potrancas  la parada. Convena aprovechar la
bonanza del tiempo, pues la experiencia habale demostrado que los das
nublados no son propicios  la cubricin.

--Usted ir?--pregunt el diputado.

--Seguramente.

--Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iramos juntos y le
enseara el ltimo garan que he comprado. Merece verse!...

Esta conversacin, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como
por el inters que estos episodios de la existencia rstica inspiran 
cuantas personas viven del campo  muy cerca de l, apasion  los
circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un
pedrisco, la poca de la jifera, el jbilo verde de los bancales
enlucidos con los primeros brotes de la cosecha prxima, la preez de
las ovejas  el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre
importancia excepcional.

Don Elas explic las condiciones de sus yeguas, su complexin, su edad
y el empleo que dara  las cras. En relacin con todo esto, quera
para la potranca negra  Temerario, garan alazn; y, para la
potranca rodada,  Pensativo, soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.

Don Juan Manuel sonrea petulante.

--Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales,
podamos cerrar el cementerio.

El ejemplo de Fernndez Parreo suscit en los oyentes ideas de codicia.
Don Artemio Morn tena una pollina joven, ociosa desde haca dos aos.
Don Niceto habl de su yegua.

--Pues anmense ustedes--exclam el diputado--y vnganse maana temprano
con nosotros. Pasaremos un buen rato. Adems, ahora la cubricin est en
su apogeo, y  ustedes les conviene que la monta se realice antes de que
los machos empiecen  cansarse.

Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitacin se la dictaba 
don Juan Manuel el inters. Cobraba el diputado las cubriciones 
setenta y aun  ochenta reales, y como  su acaballadero acudan todas
las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena
reproductora alcanzaban  mucho. As, la parada de La Evarista
constitua una especie de manceba, de la que don Juan Manuel Rubio era
amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aqul, que
la arrostr bravamente, salpresndola con atrevidos donaires y uniendo
sus risas  las de todos.

A la hora de cenar la reunin se disolvi, marchndose cada cual  su
casa, pero prometiendo volver  entrevistarse luego en el Casino, para
determinar bien el sitio y momento en que  la siguiente maana haban
de reunirse.

De esto trataban  ltima hora, cuando don Gil Toms, que despus de
pasar la velada en un ngulo del saln y leyendo peridicos, se
restitua  su domicilio, se acerc  la tertulia.

--Buenas noches, seores...

--Buenas noches, don Gil.

Hicieron ademn de brindarle una silla.

--Muchas gracias. Voy ya de retirada.

Bajo la claridad de las lmparas y entre la blancura del mrmol de las
mesas, pareca un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su
cuerpo de hombros cados y estrechos. Fernndez Parreo le explic de
qu se trataba y don Gil mostrse propicio  conocer lo que, por falta
de ocasin, nunca haba visto, mas no consinti en que nadie se
molestase yndole  buscar. El, con mucho gusto, concurrira
puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse:
unos proponan el Casino, otros la farmacia. Al cabo qued concertado
que don Juan Manuel ira, en su coche,  recoger al mdico, que don
Niceto y su hermano saldran por su camino y  la hora que les
pareciese, y que don Artemio aguardara  don Gil en la botica, pero
maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre
ocho y nueve de la maana. En esta conformidad se separaron.

El acaballadero de La Evarista hallbase  poco ms de tres kilmetros
de la poblacin, inmediato al camino de Puertopomares  Torres de la
Encina, y en el hondn formado por dos alcores sembrados de olivos. Era
un vasto corraln circudo por densas acitaras de mampostera, altas
como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los
gaanes ponan las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de
la lluvia. Junto  una piedra redonda, de las empleadas en las aceas, y
que con industria fu convertida en pesebre, relinchaba furioso el
caballo catador, destinado nicamente  examinar si las hembras que
iban llegando estaban  no en sazn de ser cubiertas. El pobre animal,
los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crn, trepidante
de un furor gensico exacerbado  cada nueva cata y siempre
insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se morda los ijares.

Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado
y separados unos de otros, porque el aislamiento, segn el experimentado
saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. As,
cada garan ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que
sala para cumplir la funcin sexual y  la que era restitudo
inmediatamente despus. En aquel pequeo local cubierto de estircol y
flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la
polifona de los graves rebuznos, la estridencia blica de los
relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia
con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de
un par de coces, abra la puerta de su encierro, haciendo saltar la
cerradura.

Don Gil Toms y el boticario, que salieron de Puertopomares  paso de
tropa, alcanzaron en el camino  don Niceto Olmedilla y  su hermano.
Don Artemio llevaba  su pollina del ronzal; el juez, ms comodn, haba
recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los
cuatro, y  poco se reunieron con Fernndez Parreo y don Juan Manuel
que les esperaban  la entrada de La Evarista porque el coche no poda
seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta  pie, entre la alegra
de los olivos y de los campos donde empezaban  lozanear los primeros
brotes de la cosecha prxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal  las
dos potrancas del mdico, les preceda. El cielo era azul, tibio el
aire; las glebas, que paralelamente levant el arado, rojeaban bajo el
sol. Un jbilo afrodisaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos
tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.

Interes la atencin de don Gil el que, tanto la burra del boticario
como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen  dar
muestras de contento y, sin que nadie las estimulase  ello, se pusieran
al trote.

--Es que adivinan  dnde vamos--deca don Artemio riendo--; vea usted,
en cambio, las dos potrancas de don Elas: como son doncellas no
malician nada.

En las inmediaciones del acaballadero haba bastante rebullicio. Mujeres
y zagales acudan all, como  una fiesta dionisiaca, llevando del
ronzal  las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproduccin haba
de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus
dueos. Novias parecan. Era un cuadro pagano donde,  la picarda de
las escenas, aunbase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que
las hembras quedasen fecundadas.

Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corraln;
las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de
ver, no entraban, pero se encaramaban  los muros y sentadas sobre el
cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran
fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo
observaba todo.

A recibir  don Juan Manuel acudi Luciano, el encargado de la parada.
Vena en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era
viejo, recio y alto. Una boina negra cubra su crneo rapado y de lneas
seguras. Sus ojos pequeos y sin luz, y sus labios, renegridos por el
tabaco, daban al rostro afeitado una expresin bestial. Salud:

--Buenos das, don Juan Manuel y la compaa...

Luciano inform  su amo de cmo aquellas ltimas maanas haban sido de
trabajo incesante. Design con un gesto  las yeguas que esperaban en el
corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque tena cuidado de no
debilitar  los sementales dndoles  comer hierba fresca, no comprenda
cmo stos podan resistir tanto trabajo.

Pregunt don Juan Manuel si Temerario y Pensativo se hallaban bien
dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don
Elas no disimul su contento.

--Si todo sale bien--dijo--le har  usted un buen regalo.

Luciano, sonriendo, prometi esmerarse, tanto por respeto y cario  don
Juan Manuel, como por corresponder  las dadivosas intenciones del
mdico.

--Ya sabr usted--repuso--que tiene derecho  que cada una de sus yeguas
sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Despus
de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve das;
luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirn otros cuatro;
nueve das despus, tres ms, y, finalmente, transcurrida una semana,
otros dos...

Al saber que don Elas quera para su yegua negra al alazn Temerario,
y para la rodada  Pensativo, Luciano movi la cabeza y su semblante
se nubl. A despecho de su rusticidad, pareca un bonzo, uno de aquellos
sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces posean el don
terrible de hacer correr  de secar las fuentes del deseo.

--Veremos--exclam--; no crean ustedes que los animales me obedecen
siempre. Los animales, con perdn sea dicho, tienen sus preferencias,
como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas ms que de otras,
y  las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el
asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difcil que luego
acepte  una pollina.

Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que 
pesar de sus aos y de su jorobada figura se pereca por las faldas,
observaban descocadamente  las mozas. Ellas, avergonzadas de la
curiosidad que las haba llevado all, enrojecan, y, para disimular su
turbacin, volvanse de espaldas y miraban al campo.

La faena de la cubricin fu rpida. Desatado el potro catador,
abalanzse sobre las yeguas que le ofrecan; pero apenas sujetaba  una
entre sus patas, Luciano, tirndole violentamente del ronzal, lo
derribaba al suelo. De este modo el animal se ayunt con todas, pero con
una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor
disposicin y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al
departamento donde los garaones, que haban olfateado el banquete
sexual, relinchaban glotones, y all las ataron las patas, para que no
coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas vean la
yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetan con ella. El
mdico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don
Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce,
sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad
gensica les remova. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una
faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos
velludos, presida los ayuntamientos ordenndolos con castidad perfecta.

Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre
pequeito iba densamente plido. Varias mozas, que en sueos le tuvieron
entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un
calofro de miedo.

Ya iban llegando  la poblacin, cuando don Gil se despidi de sus
acompaantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo camin
hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llam la atencin.
Algunos hombres le saludaron respetuosamente, con ese acatamiento que
en los pueblos, ms que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de
las mujeres le seguan largo rato, inquietos y atentos, como si vieran
alejarse un peligro; nicamente los muchachos, hallndole pequeo, casi
de su tamao, le miraban de igual  igual.




XVIII


Posea don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpata,
los recursos, no menos envidiables de parecer til y de inspirar
confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su
barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la
mirada y en la voz, pormenores eran que infundan respeto y hasta temor
en las gentes sencillas.

Muchos rsticos comarcanos, tanto por motivos de economa como porque la
ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crdito, le preferan al
mdico  al albeitar, y muy de maana iban  consultarle so pretexto de
comprar cinco cntimos de vaselina  una botella de agua purgante. El
farmacutico posea un memorin formidable y conoca palmo  palmo todas
las villas de en seis leguas  la redonda. Esto le daba gran prestigio.
Adems tuteaba  sus clientes en seal de dominio, ciencia y seoro, y
tena el llamado ojo clnico, es decir: la intuicin del mdico, el
presentimiento de las enfermedades, orientacin  gua suprema del arte
de curar.

Morn reciba  su parroquia en la puerta de la botica. All empezaba la
consulta. Metido en una especie de bata  cubrepolvo de crudillo que le
alcanzaba  los pies, las manos en las faltriqueras del pantaln y un
gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio corresponda al
saludo humilde de sus visitantes con una interrogacin:

--T eres de Navahonda, verdad?

--S, seor.

Haba una breve pausa. Morn inquira, hilvanaba recuerdos...

--Eres de Navahonda  de Torres de la Encina?

--Ver usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.

Don Artemio dejaba escapar un gruido.

--Ya me pareca!... Bueno; al boticario debe decrsele siempre la
verdad. Qu te trae por aqu?...

El pparo vacilaba, no saba reducir su idea  palabras.

--Ver usted...

Se rascaba las corvas, la cabeza, haca con las cejas extraos visajes.
Morn iba en su auxilio.

--T tienes calenturas.

--S, seor...

--Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te
echan fuego.

--S, seor...

--Te duelen las articulaciones, todas las articulaciones!

--S, seor, y despus...

--No digas ms: s lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas
fiebres. Entra.

Generalmente la conversacin terminaba all mismo, delante del
mostrador, con una caja de sellos de quinina  una pocin de agua
purgante, que don Artemio venda aadiendo por la consulta, al valor de
la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad,
Morn llevaba  sus enfermos  la rebotica, donde, tendindoles en un
sof, les reconoca. Estos manejos y diversos especficos compuestos por
l mismo para curar los males de estmago y de garganta, engordar 
enflaquecer  voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor
de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas,
zarzaparrillas y ungentos de las ms diversas y pintorescas
aplicaciones, remozaban de ao en ao su popularidad y producanle
notables rendimientos.

En verano, al anochecer, sus amigos reunanse  charlar delante de la
botica. Los dilogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido
color. Algunas veces, despus de cenar, Luis Olmedilla llevaba  la
reunin la alegra de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba
hasta tarde. El sitio era muy  propsito para gozar del fresco, porque
all la calle Larga se ensanchaba y los rboles de la vecina Glorieta
del Parque diluan en la atmsfera una humedad de jardn. Don Valentn
lleg  sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro
Blanco.

Una noche, alguien habl de brujas, y este asunto, al que el silencio
aldeano fu siempre propicio, record  la reunin la muerte sbita
acaecida das atrs en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el
primer momento, por instinto, la imaginacin popular haba venteado en
el hecho aqul, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio.
Fu  la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres
hijas, ya mozas, acababan de sentarse  la mesa. Todos los operarios del
taller se haban marchado, y  excepcin del comedor, el resto de la
casa hallbase  obscuras. Un incidente trivial prepar al drama el
camino. En la mesa no haba servilletas.

--Yo ir  buscarlas--dijo Juanita, la hija menor.

Se levant y sali al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal
presentimiento, exclam:

--Ya sabes que las servilletas estn en el arcn,  la derecha. No
vayas  tropezar! Enciende una luz!

La muchacha repuso:

--No hace falta.

A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud
expectante; parecan temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita
que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba  seguirla y, sin saber
por qu, no lo hizo. Un chirrido de goznes indic que Juana haba
llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido
resonaron un grito, un horrible grito, y la percusin de un cuerpo
contra el suelo.

La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:

--Mi hija!...

Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellndose, removidos por
sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos
buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz.
Juanita yaca sobre el pavimento, y la opinin aseguraba que la
chiquilla haba muerto de miedo.

--Los doctores Narro y Fernndez Parreo--dijo Erato--hicieron la
autopsia del cadver, y han certificado que la hija de Wenceslao tena
una angina de pecho.

Los circunstantes callaban. Todos, cual ms cual menos, presentan un
misterio. La causa inmediata de aquella muerte sera la angina de que
hablaban los mdicos. Pero, por qu el mal hiri  la vctima
precisamente cuando sta se hallaba sola? Por qu no lo hizo un minuto
antes  un minuto despus? Detrs de la causa ms prxima y visible no
habra otra?

De esta opinin participaba el boticario.

--Djenme ustedes de anginas!--exclam--; en la vida ocurren sucesos
inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los
muertos. La hija de Wenceslao muri de un susto; cranme ustedes; muri
de miedo, porque al abrir la puerta de la habitacin vi algo...

Y, bajando la voz, como para contar una picarda:

--Hay fenmenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.

Mir  su alrededor, y con la mano hizo  los presentes seal de
acercarse.

--Ya conocis  Epifanio Rodrguez. Es un muchacho sencillo y buenazo 
carta cabal, pero, como dira Martnez, un tanto arrimado  la cola.
Sacndole del estanco, no sirve para nada. Hace dos  tres maanas vino
 contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no
es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle
del Sacramento.

Un indiscreto ataj al narrador.

--La hija de Lpez?

--Qu Lpez?

--Teobaldo Lpez, el notario.

--Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que
quizs no pensaba casarse con ella, quera... lo que todos, y la
muchacha, que es un poco loquilla, accedi. Entonces concertaron que l
fuese  verla una tarde,  las seis, hora en que Teobaldo est en el
Casino. Como supondrn ustedes, Epifanio no falt  la cita.

Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:

--Cmo que la chiquilla es preciosa!

--Tiene un cuerpo!

--El cuerpo?... Y los ojos?... Dnde me deja usted los ojos?

Prosigui don Artemio:

--Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle
el paladar  un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle
del Sacramento se cruz con don Gil,  quien salud, y en el acto, sin
razn, tuvo miedo... Comprenden ustedes?... Miedo de no poder
conseguir su deseo. As fu. La preocupacin hel su carne y le
inutiliz, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca,
como en aquella ocasin, estuvieron ms seguros. Y no fu sto lo peor;
sino que la desairadsima escena se repiti varias veces, porque
Epifanio no poda echar de su nimo la imagen de don Gil. Cuando el
pobre muchacho acudi  pedirme socorro contra su repentina debilidad,
pareca loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quera
asesinar  don Gil; daba lstima! Es un caso de sugestin muy raro, por
su persistencia. Yo le recomend que procurase distraerse,
tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero l deca: No
puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil
veces, y no puedo; no puedo!... Y seguramente no ha pasado de ah,
porque ahora, segn cuentan, quiere casarse.

Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente
hallaban una concatenacin secreta, una relacin manida y oscura, entre
el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El
boticario tuvo para aquel estado de opinin, una afirmacin categrica:

--Seores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos
telepata  sugestin, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de
ojo. Slo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es
el mismo.




XIX


Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los
Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aqul ntimo y seguro
bienestar experimentaba ese regocijo, esos deseos de cantar y de
moverse, que inspira la realizacin cercana de una esperanza. Los
vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante
aos, del hotelito de don Gil Toms, eran abiertas muchas maanas, y que
el hombre pequeito sala  los balcones  gozar del sol. Su cabezota de
color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba
risas.

Don Gil, sorprendido de su propia alegra, se preguntaba:

--Por qu estoy contento?...

Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su
mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su nimo entre
el sueo y la vigilia, las impresiones de sta resonaban en aqul de
idntica manera  como sus ensoaciones se proyectaban sobre su vida
real, y as, el jbilo confortador de que se reconoca acompaado era la
satisfaccin subconsciente de la cruelsima venganza que, hallndose
dormido, tom en la persona del seor Frasquito. El regocijo, de
consiguiente, que le posea y le sacaba  los balcones de su casa en las
maanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor 
sangre.

Esta satisfaccin, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera,
exacerb la ginecomana de don Gil. Jams su actividad nocturna fu
mayor; como lmpara milagrosa su impulso lascivo se encenda no bien
cerraba los prpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas
savias vernales eran fuego en sus venas.

A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasin por
doa Fabiana. La suave complacencia que, hallndose despierto, le
producan el sortilegio acariciador de su voz, el reposo clido y negro
de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su
matronil, hermosura y cierta tristeza otoal que infunda  sus
movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueo y
convertanse en furibundo frenes. Pero, cmo alcanzarla si el marido,
desconfiado y hostil, estaba all siempre?...

Slo una vez el hombre pequeito casi lleg al sabrossimo trmino de su
afn.

Generalmente Martnez no soaba; fatigado su espritu, de la diaria
labor, no se alejaba del cuerpo y permaneca acurrucado bajo las mantas
del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acert  presentarse en
la alcoba del veterinario en ocasin que el alma de ste hallbase en el
acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don
Juan Manuel le haba hablado la vspera. Tan dichoso azar suspendi al
enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro
las felicidades extremas suelen acobardar  los hombres; y fueron
aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria
necesit despus...

El ncubo examin la disposicin y moblaje del aposento: en el lecho de
bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo,
las cabezas de doa Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella,
apacible, plida, como nimbada de luz lunar; la de Martnez, cetrina,
ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada
y fuerte. Antoita dorma en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de
la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y
asiento de anea, la cmoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres
antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareas. El ambiente era
tibio. Por las rendijas de la ventana filtrbase, semejante  una
humareda, un ligersimo claror estelar. El lejano murmurio del ro
pareca agrandarse en los ngulos de la callada y cerrada habitacin.

Vibrante de deseo, avanz don Gil; su alma rijosa temblaba, se
retorca, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de
Paracelso, y su influencia magntica turb  doa Fabiana. La excelente
seora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad,
empez  soar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fcil,
rpido, sabrosamente ilgico, como el de las pelculas cinematogrficas.
Doa Fabiana gozaba de esa levedad fsica, de esa suave y vagarosa
multiplicacin de imgenes con que la morfina y el opio, los divinos
emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Segn en las comedias
de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.

Hallbase doa Fabiana asomada  un balcn de su casa, cuando por la
parte ms alta de la calle apareci don Gil: vea su cara de color de
fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar,
su figurilla vestida de negro y la lnea blanca de los calcetines entre
los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantaln. Por lo parvo, por
lo ruin, pareca un humillo que saliese del suelo. La calle mostrbase
desierta, muda, vaca, con esa total soledad que las pesadillas dan 
sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y
por aadidura comprendase que tras ellas no haba nadie. Las casas, ms
que realidades tangibles, parecan imgenes sin expresin, imgenes
muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y
tierra. La naturaleza, de sbito, se haba inmovilizado; los objetos
perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hzose trapo y
silencio. Doa Fabiana reconoca la calle Larga, la Fonda del Toro
Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros rboles del Paseo de los
Mirlos, y, sin embargo, comprenda que todo,  pesar de no haber
cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este
contrasentido, llenaba su nimo de estupor.

--En Puertopomares no hay nadie--pens--; no queda nadie, ms que don
Gil Toms.

El hombre pequeito era lo nico vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse
con l, y su congoja creca segn don Gil iba acercndose. Dentro de la
atribulada conciencia de doa Fabiana, una voz musit.

--Ests tan sola porque tu marido se ha marchado. Si l estuviese aqu,
las calles te parecera que rebosaban gente. Las personas que nos aman
son las nicas que, verdaderamente, nos hacen compaa.

Don Gil habase detenido debajo del balcn.

--Subo?...--pregunt.

Y cambiando seguidamente su interrogacin en afirmacin inflexible y
tranquila, repiti:

--Subo.

En la amarillez asitica de su rostro, sus ojos, tambin amarillos,
adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgan como
topacios.

Al mismo tiempo la esposa de Martnez advirti que, sin graduaciones ni
matices, su miedo transmutbase en suavsimo quebranto sexual. Adivinse
codiciada, sinti el calor del deseo que iba  pasar sobre su carne como
una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta
entonces, conoci la lujuria; y contribua  la exaltacin de este
pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color
y la enana ridiculez del hominicaco la producan.

Don Gil cruzaba la calle. Doa Fabiana, inclinndose un poco sobre la
barandilla del balcn, murmur:

--No puede usted subir.

Don Gil Toms levant la cabeza.

--Por qu?

--La nia est durmiendo y si le ve  usted se asustar.

--La nia--repuso el ncubo--no oir nada.

Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitacin, pero
no lo hizo. Tena miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y  la
vez un inmenso afn de ser poseda. Por su sangre, los diablos
incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corran como
centauros. De pronto, el hombre pequeito estuvo  su lado. La tuteaba.

--Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. No lo sabas?

Ella replic:

--S, lo saba.

--Y por qu no te dabas  m?

Y doa Fabiana, suspirando:

--Porque me daba usted mucho miedo.

Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tena lmites: un
pavor que era asco; un asco que era,  su vez, violento deseo de entrega
y capitulacin. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallse en su
cama, los brazos arriba y atrs, bajo la nuca, el bello cuerpo  merced
del ncubo, por momentos ms exaltado y apremiante. Con los ojos del
espritu vea  su derecha  Antoita dormida, y  su izquierda  don
Ignacio, dormido tambin. Mirndole, pens:

--Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aqu me salvara...

Y segn en la complejidad incalculable de la vida mental los
pensamientos ms antagnicos coexisten  turnan en el gobierno del
nimo, as la atribulada seora quera que su marido oportunamente
acudiese  salvarla del adulterio, como deseaba que la hrrida violacin
se consumase. Despus sinti sobre la encendida fresa de sus labios
entreabiertos por la congoja de su corazn, los labios de don Gil. Sus
mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros
y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de
pagana turgencia, los dedos del ncubo se crisparon. Experiment
entonces una repugnancia mayor; aquellas manecitas fras, alimonadas,
suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjronle la aversin
que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa
enervacin iba en aumento: la sinti en su vientre, sobre sus flancos;
una especie de ardientsimo vapor la envolva; todo su cuerpo temblaba
cual si una corriente elctrica lo sacudiese...

De sbito las imgenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un
choque. Doa Fabiana lanz un grito, entreabri los prpados y hallse
al lado de don Ignacio. Asustada, se estrech contra l. El veterinario
despert.

--Ests soando--dijo--; verdad?... Estabas soando...

Ella temblaba an bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.

--De dnde vienes?--pregunt.

--Cmo, de dnde vengo?... Despierta, mujer!... Acaso me he movido de
aqu?...

Y, recogiendo sus ideas:

--Yo, en este momento, tambin soaba. Me hallaba en La Evarista
examinando unos machos de que don Juan Manuel me habl anoche. Sabes
quin me acompaaba?... El boticario. Nos habamos enredado en una
discusin. Don Artemio sostena que uno de aquellos animales tena
muermo; yo deca que no. En stas tuve el presentimiento de que iba 
sucederte una desgracia; me pareci que gritabas... y ech  correr. Fu
cuando despert.

Doa Fabiana, temblando, murmur:

--Abrzame...

Cuando se sinti bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de
Martnez, le refiri su pesadilla, aunque guardndose de decir las
dulces ansias porque ella misma,  pesar de su recato y de la poco
amable figura de don Gil, haba pasado. Describi la escena con todo el
acre relieve de que su fantasa, caldeada an por la violencia de las
imgenes, era capaz. Explic cmo el hombre pequeito la interpel desde
la calle, cmo lleg  deslizarse en su lecho, cmo la bes, cmo sus
manos de enano la palparon...

Sin advertirlo, pona en la rememoracin de estos detalles una
minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueo, don Ignacio
sinti su tempestuoso corazn hincharse de celos.

--Quieres no contar ms desatinos?--exclam--, porque maana, si me
tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no
respondo de darle una pateadura.




XX


Frustrada aquella ocasin de victoria, el alma del hombre pequeito
comenz  recocerse en nuevas y violentsimas llamas de deseo. As,
aquel ao, la primavera encendi en las mozas de Puertopomares--ellas
atribuan el fenmeno  la primavera--inquietudes extraordinarias. La
obesa doa Amelia goz de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y
palpitaciones de corazn: las hijas de Fernndez Parreo y las de doa
Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegra
rosada de sus mejillas. Dao anlogo marchitaba  las nias de don
Valentn. En la mayora de las mujeres, aun de las casadas, los hombres
advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y rean menos que
antes, y cuando por las tardes iban  la estacin,  ver el tren,
caminaban ms despacio.

--Siempre en esta poca--pensaban los padres--la clorsis y la anemia
hacen estragos en las muchachas.

Don Elas, poco inclinado  remover la parte moral de sus enfermos,
atribua sus enervamientos  atona circulatoria   pereza estomacal, y
recetaba hierro  todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las
kolas y los glicero-fosfatos de su botica.

En sus conversaciones ms ntimas, las doncellas solan confiarse
aquellos ensueos de los cuales todas conservaban impresin ingrata.
Ellas saban que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque 
intervalos,  travs de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban 
vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que
empiezan  secarse; pero ordinariamente el ncubo adoptaba, al
presentarse, las mscaras ms horripilantes y absurdas: tan pronto era
una vieja leprosa, como un sapo, como una araa de patas aterciopeladas,
 una serpiente de verdosos anillos,  un animal con cabeza de macho
cabro y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el
suelo semejante  la cola de un vestido de baile.

De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeito no tena culpa;
antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma  su gusto,
seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese
naturalsimo prurito de agradar comn  todas las personas, sin
excepcin de sexo, edad ni social categora. No estando en sus
facultades hacerlo, mostrbase segn la ciega y cruel naturaleza le
hizo: pajizo, ridculo, insignificante, esqueltico y fro, como un nio
enfermo de consuncin. Lo que despus suceda era que las muchachas 
quienes acosaba, por obra de la imperfeccin con que trabajan los
centros cerebrales durante el sueo, no conseguan distinguir claramente
la figura del ncubo, y la entremezclaban con las imgenes que, por una
 otra razn, ms las hubiesen impresionado en el curso del da.

Por las tardes, en el aislamiento conventual de la rebotica, mientras
hacan labores, cortaban una blusa  se probaban un vestido, Mara
Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de
su mayor intimidad, Anita Fernndez Parreo y Micaela, la primognita de
doa Virtudes, se decan sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas
bajas ante la ventana y entre la alegra de los cuvanos rebosantes de
ropa y de los bastidores donde el trajn de las agujas iba pintando
flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vrgenes
levantaba un murmullo de oracin. Las cabezas pelinegras  rubias,
adornadas con lacitos de colores, se agrupaban  separaban segn creca
 menguaba el deshonesto inters de las confesiones. Las nucas blancas,
las nucas por cuya piel, en el elctrico tremar de los nervios, corren
los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecan tentadoras bajo la
luz. Anita haba dicho  su padre que dorma muy mal, pero sin
declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:

--Me ha recetado un purgante!...

Micaela, que era muy devota, sola persignarse escuchando los secretos
de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su
misticismo una amenaza del infierno.

--Estamos embrujadas--repeta--: yo creo que debemos confesrselo todo
al cura y pedirle que nos exorcise.

Estas palabras causaron impresin.

--Yo--dijo Flora--desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.

--Yo--agreg Anita--no volver  quitarme los escapularios, y de aqu en
adelante dormir con los brazos en cruz.

Micaela insista:

--Hay que decrselo al cura; creedme: debemos decrselo toda al cura...

Sus palabras devotas producan momentneamente una emocin grave. Luego
esta seriedad se desvaneca, se aclaraban las frentes y los labios
rompan  reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:

--Pero, quin tendr la desvergenza de confesar esos desatinos?...

Micaela empez  describir su ltima pesadilla.

--So que en mi cama haba muchos caracoles... Muchos!... Yo los
senta voltijear  mi alrededor y algunos me rozaban con sus
cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producan un asco
horrible...

Flora interrumpi el relato con una observacin:

--Esos caracoles estaban encima  debajo de las mantas?...

--Debajo; no digo que me hacan cosquillas en la piel?... Y, sin
embargo, los vea. Repentinamente todos se convirtieron en un solo
caracol; un caracol enorme, del tamao de un gato; yo no quera mirarlo
porque saba que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empez 
colocarse sobre m. Para defenderme, me puse de lado, pero l di la
vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y segn avanzaba
iba creciendo. Lo senta en mi vientre, y lleg  cubrirme desde las
rodillas  la garganta. Al principio era fro, luego quemaba... Yo no
poda gritar... Reconoca hallarme soando y quera despertar, y al
mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueo... Aquello era
bueno y era horrible  la vez...

Concluy:

--La explicacin de mi pesadilla est en que la vspera mi hermana y yo
fuimos  la huerta de don Arstides  coger caracoles.

Como el hombre pequeito se ofreca, generalmente,  sus concubinas, era
en forma de araa. Mara Jacinta casi siempre le vea as. Flora y
Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas
veces, sin perder la idea de su personalidad, sin olvidarse de su
nombre, soaban que eran moscas. Qu alegra, qu turbulencia, qu
dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban  los rboles, se
baaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caan en una red de
araa. Los terribles hilos de traicin pintados de violeta, de
anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban  sus miembros.
Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araa,
oculta hasta entonces, las acometa sanguinaria. Era don Gil. La red
felona se haca lecho. Ellas, sin comprender nada, volvan  ser
mujeres. En parte estas alucinaciones provenan del crecido nmero de
araas que haba en el camino de la Estacin. Entre los huecos de las
piedras  al abrigo de las raices de los viejos rboles, abundaban las
tarntulas. Las muchachas que, por las tardes, iban  ver pasar el
correo, solan detenerse  mirarlas. La ferocidad de la araa, su
nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta,
llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban  las
mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenan  examinarlas; el
horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo
de lo viscoso, de lo sucio, las retena all. Pensaban en el suplicio de
los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas
redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo
sentan como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo  la
picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno,
que destila al morder la tarntula; sino  su aspecto,  las patas que
circundan su caparazn,  toda su horrible fealdad brincando, de
sbito... Estos instantes de observacin morbosa eran cortos; las
araas, sintindose expiadas, con un movimiento rapidsimo desaparecan
en sus escondites; el cubil de la pequea fiera quedaba vaco, negro,
amenazador, y las mujeres se iban llevndose en la memoria la figura
del animal. Por la noche aquellas araas, lujuriosas y sdicas, tenan
la cara de don Gil.

Este recuerdo aadi nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de
Mara Jacinta. La hija de don Artemio cruz las manos con devocin y
susto.

--Creo--dijo--que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espritu de
las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas
veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergenza,
debemos confesrselo todo al cura.

Call y quedse triste, apagada, muda, como un lquido que, estando
hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tena miedo. A travs de los
siglos los misterios eleusacos del alma femenina, las inquietudes,
mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad
de su hogar  las tentaciones del Diablo, se repetan. La mujer, que
adora el pecado, se abraza, sin embargo,  la Iglesia. En vano quiere
ser casta; intilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas,
y fortalece su ascetismo con el miedo  las hogueras infernales. La
naturaleza prolfica, enemiga de la esterilidad, avasalla los ms
fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de Mara, la serpiente inmortal
silba de deseo.

Flora, Mara Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qu cura recibira
ms benvolamente sus confesiones.

--Don Leopoldo--dijo la hija de Fernndez Parreo--es demasiado joven.

--Y don Emilio--agreg Flora--tiene muy mal genio.

Todas recordaban los odios bblicos, las improperaciones virulentas con
que algunos domingos tronaba, desde el plpito, la exaltada inspiracin
de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan ntimo y
desusado, nadie mejor que don Antoln, el cura ms viejo de
Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las
sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdn
abiertas siempre  las confesiones del pecado, saban escuchar
resignadamente. Una observacin picaresca de Anita hizo prorrumpir en
carcajadas  sus amigas. Por enfriado y hecho  oir desatinos que don
Antoln estuviese, podra resistir, cuatro veces seguidas, la historia
de la araa?...

Solamente Mara Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su
repeticin y frecuencia,  ser dolorosas, no rea. En la soledad de su
dormitorio la pobre nia se extenuaba; alrededor de su lecho la
clorosis, la ninfomana, la neurastenia, la tisis, la locura, parecan
repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araa la
beba la sangre: el contacto aterciopelado y hmedo de su cuerpo lo
senta entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban
sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la
priv de conocimiento. La araa negra, de un negro musgoso, tena la
cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y
terrible, de las tarntulas que acechaban entre las piedras del camino
de la Estacin. Desde entonces, Mara Jacinta se abandonaba  ella
cerrando los ojos. No quera irritar  la fiera, cuyo aliento suba,
como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hzose
calambre y tortura. El vampiro, inmvil sobre su vctima, clavaba en
ella un extrao aguijn.

Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligi hasta echarse
 llorar. Sus amigas tambin se haban quedado tristes. Aquellos amores
solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de
humillacin  de redolor moral, parecido  un remordimiento. Cuando se
quejaban ante el mdico de sus mejillas sin color, de sus sueos
agitados, de la facilidad ridcula que tenan para convertir en risa el
llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus
palpitaciones cardacas y de otros sntomas de histeria, don Elas las
miraba entre burln y compasivo. Ellas se indignaban. Si hubieran
podido hablarle de la araa!... A sus preguntas Fernndez Parreo
contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecera
cuando se casasen. Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en
panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y
de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio,
que unas veces ser rango social, y otras medicina y otras ilusin...
Sin duda don Elas acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para
conjurar el sortilegio vitando de la araa negra. Pero si en
Puertopomares nadie se casaba! Si entre tanto mozo soltero eran
contados los que manifestaban vocacin de marido!... De todo esto se
aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habran de satisfacerse
con l de grado  por fuerza. Don Gil era el seor, el sultn. El
misoginismo cobarde de la mayora aseguraba su imperio y dictadura.

Dos hechos removieron aquel verano la atencin dormida del vecindario, y
arrojaron una alegra en las soporferas tertulias del Casino, del Caf
de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fu la probada
intimidad de las relaciones de Romualdo Prez con la hija mayor de doa
Virtudes; el otro, la trgica muerte del seor Eustasio, el tonelero.

Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominacin del hombre
pequeito, decidi conceder  su novio la sabrosas preeminencias de
amante: vera ella entonces cul de ambos maridos era ms fuerte.

El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fu don Artemio
Morn, que continuaba siendo el vecino ms madrugador de Puertopomares.
Los conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la
noticia como un caramelo. El boticario les explic su descubrimiento. De
tiempo atrs espiaba  Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez,
era muy fino. Varias noches consecutivas l y Romualdo salieron juntos,
y en llegando al callejn del Misionero, se separaban: Prez base 
charlar con su novia, y don Artemio segua hacia su farmacia. Aquel
noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban 
media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas  percibir en la
oscuridad la silueta del galn agarrado y como pegado  una de las rejas
de la Casa-Cuartel de doa Virtudes.

El azar puso  Morn sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y
slo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.

Una madrugada, el sereno del callejn del Misionero,  la hora de
retirarse, fu  la farmacia  comprar un sinapismo para su mujer, que
tena dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio
le pregunt por Romualdo. El sereno le haba visto aquella noche, como
otras muchas, en la reja de su novia.

--Por cierto--dijo deslizando en su observacin un poco de malicia--que
no s el camino que luego habr seguido para ir  su casa.

Morn asegur que por la calle Larga no haba pasado. Precisamente
aquella maana abri su farmacia ms temprano que nunca, y no se haba
movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la
seversima Casa-Cuartel de la viuda de Castro, le sacudi y fu 
recogerse alegremente en su corazn. Inmediatamente determin comprobar
su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y
retirar  la descarriada Micaela su estimacin, sino para regodearse con
la salpimienta y buena gracia de la aventura, y referirla  sus amigos.

Noche tras noche don Artemio espi  Romualdo, y su animoso afn traa
tal regocijo  su espritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores
de sueo. Con la topografa del sitio ocupado por la casa de doa
Virtudes, haba compuesto don Artemio una especie de inexorable
silogismo; y era: que si el callejn del Misionero constitua un
trnsito  pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento,
quien entrase en l, de no salir por una esquina haba de hacerlo por la
otra, como algn zagun misericordioso no le acogiera y ocultase.

La labor del viejo Morn fu ruda. Segn costumbre, procuraba salir del
Casino con Romualdo, despedase de ste frente al callejn del
Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huspedes de la Fonda del
Toro Blanco le vean llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla
despus con llaves y cerrojos.

--Deben de ser las doce--pensaban.

Y aquel fragor de hierros pareca arrojar un nuevo silencio sobre la
vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio
reapareca, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra
deslizbase por la acera ms oscura; su perfil fugitivo desvanecase 
intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y
los frontis salientes. En la esquina del callejn del Misionero se
detena, y asomando un ojo nada ms, miraba hacia el fondo pendiente y
oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido  la
reja de sus amores, producale indecible consuelo. El cuchicheo de los
novios llegaba  l como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, baado
en luna, dorma; y en su quietud, la cancin del ro, el silbido lejano
de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba una hora. La
casa de doa Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta
circunstancia Morn saba que Romualdo no poda sorprenderle, pues si
enderezaba sus pisos hacia donde l acechaba, tiempo sobrado tena de
alejarse lo suficiente para no ser visto.

Pegado  la esquina que le serva de observatorio, el farmacutico
nicamente sacaba fuera de ella, y  intervalos, la mitad del rostro.
As, aterido bajo los rigores del relente, perdi varias noches. Al
cabo, logr su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada
en las oscuridades profundas del callejn, advirti que Romualdo no
estaba. Era posible? Para desvanecer dudas, dirigise hacia la calle
del Sacramento. All, sentado en el quicio de una puerta, encontr al
sereno, quien demostr pasmarse mucho de ver  don Artemio en alpargatas
y  tales horas.

--Ha pasado por aqu Romualdo?--pregunt Morn.

--No, seor; no es hora todava; se retira siempre ms tarde.

El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una
boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si
Romualdo haba desaparecido del callejn del Misionero sin salir de l
ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba
en casa de doa Virtudes.

Don Artemio concluy declarando el jbilo que le produca el
esclarecimiento de aquel enredo.

--Es indispensable--prosigui--que esta misma noche los naipes queden
boca arriba. Nada de tapujos! Me revientan los hipcritas. Quien la
hace, que la pague. Cundo dejas t el servicio?

Repuso el sereno que  las cinco; pero que las ltimas horas de la
madrugada sola pasarlas durmiendo en un zagun.

--Pues hoy no se duerme--orden el boticario, cuyo acento fluctuaba
entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesin
y su autoridad en el Ayuntamiento--; hoy no se duerme. Entiendes bien?
Necesitamos cazar  ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le
esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestin es
cogerle. Cuando pase, le das los buenos das y nada ms; con eso tiene
bastante. Yo, en la otra esquina, har lo mismo.

No le fu difcil  Morn captarse la alianza del sereno, que para las
acciones villanas ms que para las nobles, las gentes se conciertan en
seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa
guardia. Mientras dur el acecho, ninguno tuvo fro, ni sueo. Desde su
observatorio, don Artemio vea brillar en el trmino ms hondo del
callejn el farol del sereno; como ste vislumbraba, en la esquina de la
calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos
cantaron. Palidecan las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un
claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la
torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, pareca
enredarse, sonaron las tres... las tres y media...

A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejn vibr, casi
imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de
doa Virtudes apareci Romualdo. El galn iba  seguir su camino de
siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento
volvi sobre sus pasos. Su andar tena una ligereza de fuga. Don
Artemio, en lugar de ocultarse, decidi esperarle, cachazudamente
recostado detrs de la esquina. Al doblar sta y encontrarse con el
boticario, Romualdo tembl. Imposible retroceder; haba cado en la
trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y
salutacin.

--Bien se madruga, don Artemio.

--Es verdad; pero hoy  usted tampoco se le han pegado al cuerpo las
sbanas.

--Hasta maana, don Artemio.

--Hasta maana, Romualdo.

El boticario volvi  su farmacia reventando de risa. Sabe que yo lo s
todo y va hecho un tigre--pensaba.

Romualdo dej transcurrir varios das sin ir al Casino, ni  la Fonda
del Toro Blanco. Corri la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando
reapareci, Morn, Fernndez Parreo, don Juan Manuel, don Isidro
Peinado, don Niceto... cuantos  costa de su aventura ms haban redo,
le preguntaron con evidente cario y ceremonia por su salud, y no
volvieron  mirarle en toda la noche.

El inters de este lance palideci  la semana siguiente con el trgico
fin del seor Eustasio Garca, el tonelero de la calle Arcos de la
Crcel. A su muerte, por un azar que no pas inadvertido  los
glosadores del suceso, iba ligado fatdicamente el nombre de don Gil.

El seor Eustasio era uno de los tipos ms notables, simpticos,
alegres, laboriosos y aficionados  repartir limosnas, del pueblo. No
crea en los mendigos de oficio, pues ms trabajo cuesta extender la
mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el
pan sin humillaciones. De aqu, su inagotable caridad.

--El que pordiosea--deca--es porque no puede hacer otra cosa...

Cuando alguien iba  su casa preguntando por l, la cara de la mujer que
tena establecido en el zagun un despacho de bebidas, resplandeca con
una sonrisita de satisfaccin.

--El seor Eustasio?... S, aqu es: al otro lado del patio.

Y aquella sonrisa, era como un recuerdo carioso ofrendado al inquilino
ms antiguo y mejor de la finca.

El seor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y
contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufana
resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el da,
 la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras
plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tena cinco hijos, el
mayor de diez aos. Aquella chiquillera constitua la obsesin
torturadora, y tambin el esperanzado regocijo, del tonelero.
Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener  tantos; pero
luego, cuando hasta los ms pequeines estuviesen criados, qu paz
interior, qu regocijo, qu noble orgullo patriarcal sentira viendo
asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no
cesaba nunca; aquel rudo batanear pareca la voz de la casa, una voz
saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concludo, el seor
Eustasio, de un puntapi, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio.
El barril giraba, alejndose con balanceos graciosos. Qu bonitos eran
aquellos toneles, qu elegantes, qu slidos!... Sus movimientos tenan
un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... Verdaderamente en
pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...

Pensando as el seor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un
artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrs y encenda una
pipa.

Por qu aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrin,
senta una aficin tartarinesca  las armas de fuego? Era esto una
previsin discreta? Era un atavismo,  una vanidad parecida  la de los
nios cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo
cierto es que, como otros hombres tienen un bastn, una sortija  un
perro, el seor Eustasio tena un revlver. Para justificar este
capricho blico el tonelero sola decir:

--Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, ms an que en las ciudades
grandes, ningn hombre honrado debe salir  la calle con las manos
vacas.

Aquel revlver era la ventana romntica por donde su dueo, pacfico,
metdico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba  las regiones
de lo novelesco y hazaoso. El individuo que tiene un revlver puede, en
caso necesario, llegar  ser un hroe. As, cuando se encargaba un
pantaln, lo primero que el seor Eustasio peda al sastre era un
bolsillo atrs, sobre las caderas.

--Porque yo--deca--siempre voy armado.

Aquel chisme pesado  intil le molestaba bastante, mas no por ello
dejaba de llevarlo consigo  todas partes. Algunas veces sala de su
casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces,
apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:

--Se te ha olvidado algo?

Y l responda, un poco misterioso:

--S; el revlver...

Aquel viejo revlver, grande, negro, colgado de un clavo  la cabecera
del lecho marital, infunda  los nios un temor religioso.

--El revlver de pap!...--decan.

Lo miraban, s, pero  distancia y respetuosamente; ninguno se atreva 
tocarlo; el trueno de plvora de sus entraas, les empavoreca; all
dorma la muerte; desde que nacieron estaban vindolo y, sin embargo, no
haban llegado  familiarizarse con l. La esposa tambin lo respetaba.
Era una especie de dios penate,  la vez bondadoso y terrible, que
defenda el hogar y velaba por la salud de todos.

Transcurrieron los aos: cinco, ocho, diez...; y lleg la catstrofe
con la fuerza inexorable de lo preestablecido.

Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos
iban y volvan diligentes por la panza pulida del barril que estaba
construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompa
ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbal y
cay al suelo, disparsele el revlver y el infeliz recibi de abajo
arriba, en el pecho, un balazo mortal. Revlver maldito! Por qu lo
comprara el seor Eustasio? Por qu, para morir as, lo llev con
dolor de sus riones tantos aos consigo?...

La muerte del barrilero preocup mucho  la opinin. El seor Eustasio
no tena enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y
luego, aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!...
Varios centenares de personas acudieron  su entierro y para socorrer 
la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabez con veinte duros una
suscripcin cuya suma total ascendi pronto  un millar de pesetas.

El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revlver del
seor Eustasio, certific que tena el seguro roto. Durante algunas
semanas este suceso sirvi de asunto  todas las conversaciones. Era
deplorable, tambin era cmico, el fin de aquel hombre pacfico empeado
en no separarse, ni aun en su casa, de un revlver que, la nica vez que
dispar, fu contra su amo.

Alguien dijo que, das antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo
un disgusto con don Gil Toms,  propsito de dos barriles que ste le
haba encargado. La cuestin, segn sus comentaristas, fu bastante
seria; el seor Eustasio,  pesar de su bonsimo carcter, creyendo
atropellados sus intereses lleg  amenazar al hombre pequeito, y  no
impedrselo las criadas de ste, le hubiese golpeado. Por referirse al
solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia  conseja interes
grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de
la supersticin, di la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el
Caf de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prsperos
de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y maraosos
pasadizos inmediatos  la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron
largamente el lance. Los ms viejos recordaban el sueo fatal de Ursula
Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.

Estas evocaciones contribuyeron  reforzar las sombras de brujera con
que, desde antiguo, la certera imaginacin popular rodeaba la enmelada y
tacaa figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fros y
su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle,
tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le
circundaba una sensacin de silencio; aquel silencio le segua y le
anunciaba; era un halo de enigma extendido  su alrededor. De qu
fuerzas tergicas, de qu recursos hechiceros y terribles dispondra
aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocan bien sus
perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche,
viva una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban  sus
maridos de las posesiones disparatadas  que el enano las someta, y
stos la comentaban despus entre s. Los hombres llegaron  mirarle
como  un rival. Un odio criminal germin contra l. Era el brujo aliado
del Diablo; el hierofante rbitro de todos los recursos de la
lecanomancia y de la brizomancia; el ncubo sdico para quien ningn
cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en
las mejillas de las vrgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus
senos y las enseaba las lminas lascivas del Libro del Pecado; el
iniciador astuto por quien las nias permitan  los muchachos que,
jugando, las cogan del talle,  deslizar sus manos ms abajo...

Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el seor
Eustasio, su alma impresionable tambin cay del lado de la
supersticin.

--Ahora me explico su muerte!--exclam.

Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho  diez
personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Haba que matar
 don Gil; , cuando menos, obligarle  salir del pueblo.




XXI


Ms de un ao necesitaron los Paredes para decidirse  buscar el tesoro
que, segn creencia suya, el seor Frasquito dej escondido bajo las
races del chopo. En sus frentes criminales, en sus crneos pequeos,
puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo;
el brillo petulante del dinero poda delatarles; ellos haban odo decir
muchas veces que ningn asesinato queda impune, pues siempre, tarde 
temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crmenes, cual
si los muertos, valindose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro
mundo  contarles la verdad  los vivos y  pedirles justicia.

Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un pice de
su existencia ordinaria. Segn costumbre y acaso con mayor tesn que
antes, Rita cuidaba del hogar y de los nios, y Toribio todas las
madrugadas, apenas despuntaba el da, aparejaba el burro, cargbalo bien
de paos, mantas y percales, y sala  recorrer los pueblos comarcanos.
Su itinerario variaba segn la estacin: unas veces iba  Nava de
Pomares, otras  Torres de la Encina,   La Olla; otras  Candelario,
donde el dinero corra abundante desde Noviembre  Febrero, meses
destinados  la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura
crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza
minscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quera. A pesar
de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pmulos
salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandbula descarnada era
cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondan
una amenaza. Daba la sensacin de un hombre que huye. En el campo, al
cruzarse con l las mozas apretaban el paso; tenan miedo  su mirada
tenaz,  su boca recogida y sedienta. Algo extrao, una especie de
invisible sombra, pareca marchar  su lado por los caminos.

Nunca fu simptico Toribio Paredes. Aos atrs los suburbanos de la
Puerta del Acoso, habanle tildado secretamente de mantener relaciones
con Rita. Nadie se sorprendi. Eran los tiempos en que la mujerona, de
noche, pona un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos,
abyectos, tiranizados por la ms repugnante animalidad, los dos hermanos
se buscaron. Su pasin maldita tuvo refinamientos abominables; se
emborrachaban y su satiriasis urda escenas brutales. La murmuracin
deca que una tarde, en el bosque, Rita se abalanz sobre una zagala,
sujetndola por detrs mientras Toribio la violaba.

La aparicin de Frasquito Miguel desvaneci aquellas nubes incestuosas;
Toribio recobr su puesto de hermano; el farol del chopo no volvi 
encenderse; nacieron Pepe, Mara Luisa y Francisco, y en las ventanas de
la antigua manceba hubo ropas infantiles tendidas  secar. Ante la
puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.

Muerto Frasquito, la gente reverdeci la historia incestuosa de los
Paredes. Nada, sin embargo, pareca acusarles. Eran laboriosos y
callados, y mostrbanse tristes, ms tristes que nunca, como si el
dramtico fin del seor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin
consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y,  su pesar, sus
deducciones eran favorables  los hermanos. Toribio tena su alcoba;
Rita dorma en otra habitacin con los nios. La mujerona ya no se
perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el cors como antes. El
paero, despus de cenar iba un rato al Caf de la Coja, pero se
retiraba temprano; no beba ni jugaba; tambin haba renunciado  su
enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron,
casi de sbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejent.
Muchas noches, al volver  su casa, mientras abra la puerta de la
calle, los vecinos le oan suspirar...

Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancola, los dos
hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo
como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y
las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasin
de cobrar su crimen, pero el miedo  delatarse les entumeca la voluntad
y paralizaba indefinidamente su accin. Dentro de sus conciencias
tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:

Todava es pronto...

Y esta observacin, que no suba  sus labios, produca en sus carnes la
sensacin del hielo.

Tanto ella como l tenan determinado, no bien desenterrasen el tesoro,
trasladarse  otra calle mejor, donde estableceran un comercio.
Mientras, su temor  infundir sospechas les ved alterar en nada la
disposicin de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y
en la mesa el sitio del seor Frasquito continuaba vaco, como
esperndole. Esta quietud triste pareca una ofrenda dedicada al muerto.

A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que
haba sobre la cmoda, en la misma alcoba donde le mataron. La
fotografa, hecha en Salamanca muchos aos atrs, empezaba  palidecer.
Siempre que Paredes entraba en la habitacin, los ojos del retrato,
misteriosamente, le salan al encuentro. A Rita tambin la preocupaba
aquella imagen cubierta de tristeza por la accin decolorante de la
humedad y de la luz. Un da la mujerona agarr impetuosamente la
cartulina, regres con ella al comedor, y all,  la vista de su
hermano, la parti en cuatro pedazos.

--As habremos desterrado la mala sombra!--exclam.

Y tir los aicos sobre la mesa. Su propsito, no obstante, fall. En
uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se haba librado
intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogi el pedazo y lo rompi en
dos; pero, al quebrarse el cartn, fu de manera que tambin esta vez la
cabeza se salv. Por qu es tan difcil romper un retrato? Por qu
tienen todas las fotografas, especialmente las de los muertos, algo
metafsico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la
imagen: borrronse la nariz y la boca; luego la frente; slo los ojos,
resignados, tristes, acusadores, resistan an, salvndose como de
milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeos que stos
fuesen, caban los dos. Toribio lleg  morderlos. Al cabo,
desaparecieron tambin.

El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuy 
acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables
sentanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenan miedo 
moverse. A todas horas parecales que una pupila ardiente, asomada 
las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevan  hablar, cual si
detrs de cada puerta acechase el odo de un polica.

En diferentes ocasiones Toribio manifest  sus vecinos deseos de vaciar
y solar el patio. Segn l, hallbase en malsimas condiciones, porque
la tierra se reblandeca con las lluvias y esta humedad dificultaba la
buena conservacin de las mercaderas en el almacn. Todas las personas
 quienes explicaba su propsito, lo aprobaban. Una maana se detuvieron
ante la casa de _los Rojos_, dos chirriones cargados de ladrillos, que
fueron transportados al fondo del corral. All, hacinados contra el
muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de
la buena estacin los ms expuestos  la intemperie comenzaron 
cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y
resuelta voluntad para el trabajo del paero, se asombraban de que no
diese pronto empleo  aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo
que la operacin era grave, pues necesitaban arrancar las races del
chopo, porque luego, con la humedad, podan hincharse y romper el piso;
adems, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel,  quien quiso
mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carcter
ms que los aos. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro
leguas sin fatiga, ahora, cuando volva de vender, ni alientos para
cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropa de su actitud,
procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzn y ladino,
buscaba que las gentes fuesen habitundose  la idea de que el patio,
tarde  temprano, haba de solarse, para que as no se sorprendiesen de
verlo una maana desmenuzado y removido.

Al fin, sosegados un poco todos los escrpulos y resquemores de su
prudencia, los dos hermanos decidironse  exhumar aquellas tres orzas,
repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos,
haban pensado.

Resueltos  tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus
fueros y hallronse repentinamente en posesin de abundantes energas.
Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades
interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la accin.

La noche que eligieron para la faena, no haba luna. Temerosos de que
alguien, desde algn postigo  buharda distantes, pudiera observarles,
pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendran
suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegara la sutileza tactil
de sus manos y de sus pies descalzos; que  esto redcense muchas veces
los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del
filn.

A Rita, como  Toribio, el hombre pequeito les haba dicho:

La orza ms grande se halla al trmino del patio, no lejos del pozo.
All es, de consiguiente, donde debis empezar  cavar.

La operacin, digna de cclopes, fu desde el primer momento dura y
angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo  la
maliciosa atencin del vecindario, sembraban en el espritu de ambos
hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la
templanza del ambiente la mujerona y el paero tenan los rostros
cubiertos de sudor; sus cabellos de rtilo se adheran  sus frentes
encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corra hecho
agua. Toribio, que empez  trabajar en mangas de camisa, no tard en
desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral
su torso blanco, de musculatura gil, enjuta y tremante, se remova con
flexibilidades tigrescas.

En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanz cerca de tres
metros de largo por uno de profundidad. No haban perdido el tiempo.
Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas races, torcidas
y nudosas, arracimndose aqu y all, como disciplinas, daban  la
tierra increble y desesperante cohesin. Peleaba el hombre con ella sin
desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada,
las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadn. Levantaba la
herramienta en el aire y luego la hunda, con todo el fervoroso empuje
de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba
cuando tornaba  izarla sobre su cabeza. El azadn, agudo, bruido,
dotado de una expresin hambrienta, semejante  un colmillo de acero,
morda la tierra, destrizndola. En el silencio, sus percusiones
resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecan venir de
abajo como un temblor ssmico.

La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favoreca unas veces
apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras
esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo,
desalentado de espritu, tir el azadn y dejse caer sobre un borde de
la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudi  secarle con sus faldas
el cuerpo y el rostro, y luego le ech una chaqueta por los hombros. El
buhonero no poda ms; la sospecha de que las orzas, soadas tantas
veces, no existan, acababa de quitarle los ltimos alientos; como
herida del rayo, su voluntad qued ovillada, pulverizada, muerta.

--Creo--suspir--que estamos perdiendo el tiempo.

Rita, en cuclillas  su lado, murmur:

--Pero si l lo ha dicho.

Se refera  don Gil.

--S--repuso Paredes;--l lo dijo; pero, ya ves...

Rita, suavemente, le reproch su cobarda. Si se tratase de un sueo, de
un sueo slo, ella desconfiara. Pero la pesadilla del tesoro escondido
por Frasquito habase repetido muchas, muchsimas veces, y siempre con
idntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaos
diferentes; ambos las haban visto, y describan su forma y color del
mismo modo. No bastaba esto? Adems, don Gil, que con tan resuelta
decisin les hablaba de aquella fortuna, qu empeo tendra en
engaarles?... No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de
aquella tierra no haba nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar
una  una todas las races, y en esta faena empleara una noche, dos,
tres, cuantas fuesen precisas. No seran ellos capaces de cavar tan
hondo como cav Frasquito Miguel?

Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazn de
Toribio Paredes; la quimera volvi  pasar ante sus ojos deslumbrante.
Levantse resuelto, tir al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empu
el azadn. La mujerona asi la pala. A veces la punta de aqul morda
con estridencia acre la dureza de una raz, otras se clavaba hasta la
cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala,
empujada por el pie de Rita, recoga con agrio chirrido la tierra
arenosa. As, callados y como  porfa, continuaron los dos.

De pronto recibieron una emocin alegre, vivaz y penetrante, que,
suspendindoles el aliento y paralizndoles el corazn,  durar algo ms
hubirase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy
superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza.
Milagrosamente el diente del azadn, al pasar impetuoso junto  ella, no
la rompi. Su cuerpo esfrico, lucio, hinchado probablemente de oro,
asomaba orondo en la pared del tajo, y era grande y verde, segn
Toribio y Rita la vieron en sueos.

--Mrala--balbuce la mujerona conteniendo un grito.

Y su hermano, temblando, repiti:

--Mrala...

Ciertamente, para esconder su tesoro el seor Frasquito no se haba
molestado mucho, pues lo dej  medio metro bajo el nivel del suelo,
sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia
del sitio donde estn. La orza yaca entre un puado de races, lacias,
retorcidas, semejantes  las patas de un pulpo; y aquellas races eran
como los dedos de una mano fantstica que bruscamente saliese de la
tierra  ofrecer  los dos asesinos la fortuna.

Toribio dej el azadn y, araando en la tierra y rompiendo las races
que haban tejido alrededor de su presa una especie de red, cobr la
vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrari y nub el rostro de densa
palidez.

--Est vaca?--balbuce Rita.

--Parece que s...

La contemplaba con expresin idiota. Despus la sacudi en el aire,
acercndosela al odo, para escuchar; dentro de ella percibi un rumor
vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista,
dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en
billetes de Banco. Tras una breve deliberacin acordaron cerciorarse de
lo que la orza contena, y remitir la busca de las otras dos  la noche
siguiente. As lo hicieron, y volviendo la tierra  la zanja y
apretndola luego con los pies para disimular un poco lo hecho,
regresaron  la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos
volvan  cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tena
fro, ni siquiera percatbase del dolor de sus brazos entumecidos por
el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.

Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqu, los Paredes
rompieron la orza, cuya boca haba sido cuidadosamente lacrada. La
vasija contena doce mil reales justos en billetes de veinticinco,
cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenci impvida el
asesinato de Frasquito, ahora, con el jbilo de su codicia, senta sus
piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmvil, encueros de
cintura arriba, con su crneo bermejo y puntiagudo y sus manos trmulas
de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de
palpar aquellos billetes: unas veces los cogan  puados, por la
satisfaccin de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y
desarrugaban delicadamente entre sus dedos,  acercndolos al quinqu
los examinaban al traslz, cerciorndose de que todos eran legtimos.
Luego procedieron  dividirse las ganancias;  cada uno de ellos
correspondan mil quinientas pesetas.

--Es tonto andar en particiones--dijo Toribio--pues que hemos de seguir
viviendo juntos.

--No importa--objet Rita;--con el dinero no se juega, por aquello de
que cuenta y razn conservan amistad. Adems, que, si como tenemos
pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual
sabr exactamente cunto aport al negocio.

Transigi Toribio, y ya el reparto iba  quedar hecho, cuando la dudosa
validez de un billete de cincuenta pesetas suscit entre ambos hermanos
una disputa.

--Es falso!--exclam Rita;--no conoces la moneda,  quieres engaarme?
Sobre todo, si te gusta, qudate con el y dame otro.

El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las
aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisin  su nimo.

--No seas imbcil--dijo--si todos son iguales. No ves que todos son
iguales?

--Pues no quiero ese. Cmbiamelo.

Ninguno ceda, y llegaron  mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar
amigablemente la cuestin, Toribio propuso recurrir  la suerte. Aunque
de mal talante la mujerona accedi, y l lanz al aire una moneda,
exclamando:

--Cruz!...

La moneda tintine alborozadamente contra la mesa.

--Cara--murmur Rita riendo;--me alegro; has perdido.

Su hermano, rezongando una interjeccin, recogi el billete sospechoso,
y seguros ambos de que los nios no haban despertado, se fueron 
dormir.

A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas,
cuyo fruto fu el hallazgo de dos vasijas ms, una con cuatrocientos y
otra con ciento veinte duros, que, sumados  los seiscientos de la
primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas.
Conseguido esto ya no buscaron ms. Estaban satisfechos. El hombre
pequeito no haba mentido.

Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor  ser
descubiertos, aquella misma maana los Paredes emprendieron la faena de
solar el patio. Dos das tardaron en concluirla, y al colocar sobre
aquella tierra el ltimo ladrillo, experimentaron un inefable bienestar.
Por las noches, disponan tranquilamente los horizontes de su porvenir.
Nadie deba extraarse de que dejasen la casa del chopo, foco para
ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En
cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo
amplio y cntrico. Rita haba visto un cuarto, bueno para almacn, en la
Glorieta del Parque, contiguo  la Fonda del Toro Blanco. Toribio,
calculador y reflexivo, rechaz aquella proposicin: l conoca un local
mucho mejor en la calle Larga, la ms frecuentada de Puertopomares y,
por lo mismo, la ms comercial. Tena tres huecos  puertas, de las
cuales dos, revestidas de cristales, serviran de escaparates. Era
espacioso, con habitaciones cmodas, stanos ventilados y secos, muy
idneos para guardar mercancas, y un patio, solado de cemento, que, en
caso de necesidad, poda ser fcilmente techado.

La mujerona, que tena gran fe en las iniciativas de su hermano, se dej
convencer, y de all  pocos das Toribio Paredes se entrevist con el
propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos,
tom en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.

Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvi  encontrarle por los
caminos. La vida regalona de aquellos ltimos meses haba
aristocratizado sus gustos y enfriado su devocin al trabajo. Las gentes
hallaban la explicacin de esta bonanza en la muerte del seor
Frasquito.

--El pobre hombre--decan--, con sus borracheras, traa arruinada  su
familia; Dios hizo bien en llevrsele...

Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle
Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abri sus puertas al pblico.
Hubo msica, para mayor lujo y animacin de la fiesta, y _los Rojos_
obsequiaron  sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.

Sobre el frontis del establecimiento un gran rtulo declaraba, en
caracteres negros: Paredes, Hermanos. Y explicando estas palabras, que
parecan la consagracin de dos existencias dedicadas al trabajo, y en
letras ms pequeas: Mercera. Juguetera. Mantas. Las estridencias
broncneas de la murga duraron hasta media noche, y dieron ocasin para
que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del
flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del
Casino, al pasar por all, detenanse  ver el alegre rebullicio. La
chiquillera, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los
escaparates. Las mujeres, desde la acera,  travs de los cristales,
observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposicin de la
tienda. En una de las vidrieras haba un maniqu de mujer. Sus ojos
negrsimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre,
sugestionaban la atencin de los hombres. Era guapa y miraba al suelo
como avergonzada. Tena los blanqusimos brazos al aire, y las
pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de
seda. Los pparos sonrean glotones ante aquella figura que estaba en
pantalones y luca un cors rojo muy largo.

--Si respirase!--pensaban.

Al fondo del local, y de un extremo  otro, estaban las anaqueleras,
que alcanzaban al techo, y donde todo apareca cuidadosamente ordenado.
Los artculos ms diversos fraternizaban all. Pendientes de perchas
haba boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas,
tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las
piezas de jerga, vicua y cheviot, yacan superpuestas en los entrepaos
laterales. Del techo colgaban racimos de muecas, cromos de colores
arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros,
sierras, haces de martillos y muchos enseres ms de ferretera. La
quincalla y la mercera ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de
cartn  cosidos  pequeos envoltorios de papel azul, las muestras de
botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y
cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos,
brillaban con petulante jbilo bajo la luz. Tras el mostrador, los
hermanos Paredes sonrean obsequiosos  sus parroquianos, y con su
amabilidad parecan rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir
 comprar all. Los invitados mostrbanse contentos. Ya nadie recordaba
los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su
hermana; su rpido advenimiento  la fortuna, prueba inconcusa de su
aficin al trabajo, sorprendiendo al pueblo haba sido para ellos una
especie de agua lustral.

Transcurri otro ao y los negocios de la razn comercial Paredes,
Hermanos, se desenvolvan prsperamente. Deogracias, el primognito de
la mujerona, ayudaba  su madre y  su to en el servicio de la tienda.
Pepe, el segundn, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y
juiciosa, empezaba  recordar la de su padre, el difunto seor
Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tena
tiempo para atender as al gobierno y limpieza de la casa, como al
negocio. Toribio, menos codicioso, se permita cotidianamente algunas
horas de suave holganza. Despus de cenar base  jugar al domin  la
Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia;  al Caf de
la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos
anadeos, siempre tenan la virtud de encandilarle los ojos. Estaba ms
grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle  retreparse
un poco, daba engreimiento  su persona. Del pasado los hermanos Paredes
no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les haba llevado  tan
envidiable situacin. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus
conciencias, parecales lontano y natural. Tampoco comentaban la
intervencin que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la
incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeito. Ambos
reconocanse amados y protegidos misteriosamente por l, y nunca sus
espritus tardos, incapaces de una introinspeccin inteligente,
detuvironse  existimar la razn de aquel enigma. Ni para qu, si  su
juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el
curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...




XXII


Una noche, de vuelta del caf, Toribio entr en el dormitorio de su
hermana.

--A que no sabes--dijo--con quin he estado hablando hace un
momento?... No puedes figurrtelo!...

Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado,
agreg:

--Voy  decrtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses
seguidos, no lo adivinaras: con Vicente Lpez.

La mujerona se incorpor en el lecho, removida hasta los tutanos por
una emocin que as era de agudsimo pasmo, como de alegra. El terrible
amor de su juventud, la pasin furibunda en que su carne se requem como
sobre brasas, resucitaba ante ella.

--Vicente!... Te pregunt por m?

--Apenas me vi.

Pareca contrariado; sin duda recelaba que el sbito advenimiento del
_Charro_ fuese  trastornar el lozano curso de sus negocios. Agreg:

--Se hospeda en casa de don Valentn. Yo pasaba por delante de la fonda,
cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco
canoso... y me digo: Si parece Vicente Lpez!... Y en esto, l que se
viene  m, exclamando: Toribio, no me conoces?... Con que nos
abrazamos y charlamos un rato. Lleg hoy,  medioda, de Salamanca.
Maana vendr  verte.

Rita callaba. Paredes se retir  su habitacin, se desnud y mat la
luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestacin al hilo
de sus malas cavilaciones, exclam:

--Supongo que ahora, con los cuarenta aos que tienes sobre el lomo, no
volvers  enamorarte de l, verdad?

La mujerona no contest. Aadi el buhonero:

--Tendra gracia!... Adems, si ese hombre viene  buscarte, no ser
por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dej de moza, hallndote
vieja no va  cargar contigo. Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco 
Vicente. Es un sinvergenza. Te lo advierto  tiempo para que luego no
vayamos  tener disgustos.

La idea de que la imprevista reaparicin del _Charro_, con sus antiguos
fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida,
levantaba olas de odio en su impulsivo corazn.

--Y aunque esta casa sea tuya y ma--continu--, yo soy el hombre, y no
consiento que ningn otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis
derechos.

Sus instintos homicidas despertaban. Aludi  Frasquito:

--T ya sabes cmo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas
porque le hago lo que al otro.

A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondi. De dichosa,
sentase fuera de s. Ni un instante se acord de sus hijos. Su alegra
era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de
revivir los aos lricos de la mocedad.

Voy  verle--pensaba.

Y luego:

Cmo me encontrar?... Y l... habr cambiado mucho?...

Amaneca cuando Rita se levant. No haba dormido y, sin embargo, no
estaba cansada. Ms gil que nunca, en un santiamn barri la tienda y
dispuso el desayuno. Desde sus camas, los nios se asombraron de oirla
cantar.

La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en
la tienda, empez desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora
de Toribio y por los ocho  nueve aos que vivieron ajenos el uno al
otro, no acertaban  zurcir bien la conversacin. Los hermanos Paredes
permanecan detrs del mostrador. Vicente se haba sentado en un
taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo,
con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de
menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban
explicarse las cumbres  hechos ms eminentes de sus historias
respectivas.

--Frasquito Miguel, muri--dijo Rita.

--Ya lo s.

--Cmo lo supiste?

--Por un vecino de Puertopomares, que fu  Salamanca. Conque, apenas me
dieron la noticia, pens: Pues voy  verles  Rita y  su hermano, por
si se acuerdan de m.

Agradeci Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento
de cabeza. Vicente Lpez continu:

--Te dej muchos hijos Frasquito?

--Tres.

--Tres!... Vaya por Dios! Ya son bastantes.

--Dos varones y una hembra.

Vicente repiti, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo:

--Ya son bastantes!...

Transcurridos unos segundos, agreg:

--Nuestro Deogracias estar hecho un hombrecito.

La mujerona suspir:

--T lo has dicho: un hombre.

Asomse  la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada
por la emocin, llam:

--Deogracias!... Deogracias!...

Acudi el muchacho. Era gil, simptico y tena el perfil aguileo y la
color broncinea de su padre.

--Ese seor--dijo Rita--, quiere darte un beso. Ve...

El chiquillo brinc el mostrador y con amable desenfado se acerc 
Vicente. ste le coloc entre sus rodillas y rodendole el talle con un
brazo le cubri de sonoros besos las mejillas y la frente. Segn le
tena as, recostado contra su pecho, pregunt.

--Sabe quin soy yo?...

La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el nio, por la
posicin en que se hallaba, no pudo ver. Vicente Lpez pareca
sinceramente emocionado:

--Pobrecito!--exclam--tal vez, por ahora, sea mejor as.

_El Charro_ explic  sus amigos la marcha de sus negocios. Como
siempre, continuaba dedicndose  la compra y reventa de animales, pero
este trfico, cada vez estaba peor; las ferias, de ao en ao, iban
desanimndose; escaseaba el dinero y la emigracin acarreaba, camino de
Amrica, lo mejor de cada pueblo. Suspir. Realmente, no poda quejarse
de la fortuna; trabajaba bastante y haba tenido la discrecin de no
casarse. Sin embargo, l necesitaba y mereca ms; hasta entonces haba
vivido al da, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe
preocuparse de su porvenir.

--Ms de una vez--agreg--he determinado marcharme  la Argentina; pero,
lo que sucede; ya sabis: la patria siempre tira de uno, y, por
indiferentes que seamos,  ltima hora nos falta la decisin de irnos.

Rita no le quitaba ojo; hallbale buen mozo todava y quedamente, en su
alma, los viejos recuerdos iban cubrindose de nuevos verdores. Le
haba querido tanto! Al eco de la voz adorada senta renacer lances y
mirajes insensatos de pasin. Sus manos, especialmente, sus manos de
chaln, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella
iracundas, la producan singular emocin. En los ojos grises de la
mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendi
una luz; su alma vehemente, su alma criminal, pareca alebrarse y
ondular de lujuria, como una pantera.

A cada momento la puerta del comercio se abra y entraba un comprador;
Rita  su hermano le atendan y apenas se iba, Lpez reanudaba su
pltica. Toribio comenzaba  aburrirse de aquella visita cuya finalidad
le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia,
aleg un pretexto para irse  la calle. Di la mano  Vicente.

--Cundo piensas volver  Salamanca?

--A punto fijo, no lo s; ello depende de la resolucin, ms  menos
pronta, de los asuntos que aqu me han trado; de todos modos, nunca
ser antes de cuatro  cinco das.

--Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Caf de la Coja, de
nueve en adelante, all estoy.

No bien Toribio Paredes sali, _el Charro_, casi de un salto, se acerc
al mostrador, y cogiendo  Rita por los hombros la atrajo hacia s y en
los labios y en los ojos la di muchos y ardorosos besos.

--Te quiero!--balbuceaba--Si ni un slo da dej de acordarme de ti, y
ahora, que vuelvo  verte, pienso quererte ms que nunca!...

Agradecida, dcil, trmula de emocin, la mujerona no respondi, pero
sus prpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosigui Vicente, con
miedo y prisa:

--Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos  vivir juntos;  mi
hijo yo debo criarle.

Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se haba echado hacia atrs y
miraba  su antiguo dueo con ojos relucientes de asombro y de alegra.
No deliraba? Era Vicente, por quien tanto haba llorado, el que
hablaba as?...

Tras una pausa, aqul aadi:

--Si quieres nos casamos, oyes?... Lo pasado, pasado... y nos
casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme  Amrica
contigo y con nuestro Deogracias.

Hizo una transicin.

--De quin es esta tienda?

--Ma y de mi hermano.

--La pussteis  medias?

--S,  medias; porque yo, para que lo sepas, tena un dinero...

El amor dispone del don precioso de infantilizar  los adultos,
especialmente  las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve
nia. Bajo la mirada zahor de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se
embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad.
Afortunadamente _el Charro_ la interrumpi:

--No necesito saber cmo ganaste ese dinero  quin te lo di; supongo
que sera el seor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrs y no
debe tocarse. A cunto asciende ese dinero?

--A dos mil ochocientas pesetas.

--Nada ms?

--Nada ms. Por qu?...

Su voz fue suplicante; imploraba perdn. Sbitamente, ante el hombre
amado, haba sentido el remordimiento de ser tan pobre.

--Y en esa cantidad--prosigui l--incluyes los gneros que hay en la
tienda?

--S, todo...

Por sus cejas, violentamente contradas hacia arriba, pas una terrible
ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.

--Es poco dinero!... Muy poco dinero!...

Luego, con repentina decisin:

--No importa! Con eso y lo mo, tenemos bastante. Iremos  Amrica. Yo
no me separo ms del chiquillo.

Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrog:

--Y mis otros tres hijos?

La respuesta del chaln fue categrica, terminante, como un hachazo.

--Ah! Esos no vienen con nosotros! De ninguna manera! Esos se quedan
aqu, con su to!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada
que nos recuerde lo que yo he sido y lo que t hayas podido ser.

Aun hablaron ms, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse
con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al da siguiente,  la
hora del anochecer, dentro del tnel, por la parte ms inmediata al ro.

Aquella noche, en sueos, la mujerona habl con don Gil. Dorma
tranquilamente cuando comenz  sentir una inquietud semejante  la
producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo
vislumbraba dentro de s una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo,
varias veces quiso abrir sus prpados soolientos; al conseguirlo, en
pie delante de su cama vi al hombre pequeito. No le distingua an y
saba, sin embargo, que estaba all. Parecile ms descolorido y
minsculo que otras veces. Un dilogo breve se entabl: imperioso y
dictatorial por parte de l; suave, humilde, lleno de condescendencias y
vasallaje, por parte de ella.

--Ya s que Vicente Lpez ha venido  verte.

--S, seor.

--Le mand yo venir.

--Ah! No me dijo nada.

--Es que no lo sabe: l cree haber venido por su gusto, pero fue porque
yo lo dispuse as.

Rita asinti. Cmo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro
del hominicaco apareca ante ella plido, indeciso, emborronado, al
igual de esas viejas fotografas rodas por la luz. Un claror alechigado
le envolva. No pestaeaba. Sus labios, como los labios de las caretas,
no se movan al hablar. Prosigui:

--Vicente Lpez,  quien tanto has amado, quiere llevaros,  ti y  su
hijo,  Amrica.

--S, seor don Gil.

--Es preciso que le obedezcas. Le obedecers?

--S, don Gil.

--No te ocupes de la tienda: con el dinero que l tiene y los billetes
que t guardas detrs del ropero, llevis lo necesario para el viaje.

--Bueno, don Gil; lo que usted disponga.

La mujerona experiment un terror fro, tan agudo, que hel  sus
huesos. Por obra de un inexplicable fenmeno teleptico, Rita iba
adelantndose al pensamiento de su interlocutor de modo que ste aun no
articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la haba odo.
Rita sinti que sobre las cabezas inocentes de Pepe, Mara Luisa y
Francisco, el hombre pequeito echaba una sentencia terrible, y las
palabras del enano tenan para ella la fuerza apremiante y sin evasivas,
de la fatalidad.

--Para seguir  Vicente--habl don Gil--abandonars  los tres hijos de
Frasquito Miguel. Lo hars?...

Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevi  protestar, aunque
tmidamente.

--Y no les ver ya nunca?

--Nunca.

La torturada gimi, doblegndose; su rebelda expir bajo la orden
inflexible.

--Bien, don Gil.

Volvi  temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, pareca
venir de lo arcano; su turbia imagen no se haba movido de all, y su
voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la
tierra. Los labios inmviles dispusieron:

--A tus hijos no les dejars. Es mejor que les mates.

Solloz la mujerona, y no contest.

--Yo odiaba  Frasquito Miguel--prosigui don Gil Toms--y mi odio no se
satisface con su muerte: quiero secar tambin esos tres retoos de aquel
rbol maldito. Adems, es mejor matar que abandonar, porque los
abandonados sufren, mientras los muertos no slo no sufren si no que
descansan. Rita, obedecers?...

Ella gimoteaba y se remova convulsivamente. Un instante crey soar,
pens que se haba acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se
oprima el corazn. Pero esta sospecha menos dur que un relmpago. No
soaba, no: el hombre pequeito, inexorable, inquisidor, continuaba
all.

--Si no me obedeces--agreg Toms--te perder, te pondr en manos de la
justicia, les dir  los jueces que fuiste t quien asesin  Frasquito
Miguel.

Despus de un silencio, la voz remota, ms terrible cuanto ms remota,
pregunt:

--Cumplirs mi mandato?

Rita se ahogaba; algo pesado, duro, fro, como una piedra, oprima su
garganta. Cuando pudo hablar:

--S, don Gil--murmur.

--Matars  tus hijos, Rita?

--S, don Gil.

--Pronto, verdad?

--S, don Gil.

--Y les matars sin que Vicente lo sepa?

--S, don Gil...

La imagen del hombre pequeito desapareci. La mujerona continu
durmiendo; fu como si el cristal de alguna linterna mgica y espantosa
se hubiese apagado.




XXIII


Al siguiente da y  la hora sealada, Rita y _el Charro_ acudieron al
tnel. Describa ste un semicrculo que oradaba de Norte  Sur el cerro
donde Puertopomares fu edificado. Corresponda la entrada meridional 
la estacin del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de
castaares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejbase ondulando al
comps de las montaas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y
la boca nortea, abierta  veinticinco  treinta metros del puente
tendido sobre el Malamula,  la parte ms abrupta, encrespada y fragosa.
All el viento encajonado entre altsimas laderas de granito y basalto,
recoga fielmente todos los murmullos del ro y de los rboles, los
exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la
oquedad renegrida del tnel. Sus rfagas violentsimas, cargadas de
estridencias lapidarias, producan bajo la bveda ecoica fragores
idnticos  los de un tren en marcha.

Fu all donde la mujerona y su amante se vieron, y ms de una vez,
engaados por los ululeos del aire, se apartaron de la va y se
estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbn y rezumantes de agua,
creyendo que el correo de Salamanca traspona el puente.

Comenz Vicente Lpez la conversacin exponiendo los planes que, de
tiempo atrs, tena bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta
 seguirle no deban desaprovechar momento, pues todo el dinero que
gastasen en el transcurso de aquellos das ociosos lo necesitaran luego
para el viaje: l regresara inmediatamente  Salamanca, para retirar
los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos
pendientes. Rita, con su hijo, ira  buscarle  La Corua, donde
embarcaran los tres para Buenos Aires.

--Cuando yo salga de Salamanca--agreg--te escribir dos letras,
dicindotelo. Estte prevenida porque en todo esto podemos emplear,  lo
sumo, un par de semanas.

Llam la atencin de Vicente la mansa prontitud con que su amante
aceptaba sus rdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y
sorprendale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan 
su talante y favor. Repentinamente la duda le mordi. Su espritu de
trujamn, educado en las lides y tretas del engao, recel de aquella
obediencia.

--Es que aparentas transigir--exclam--para alejarme de tu lado sin
rias y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habas de reirte de
m: por primera providencia, te quitaba el nio; despus... ya
veramos!...

La haba cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la
tortura de su carne la dureza y decisin de su voluntad. Rita Paredes
entorn los ojos; herva su sangre; aquellas manos crueles tenan para
ella la voz de fuego del recuerdo.

--No pienso engaarte--repuso--; es que te quiero, Vicente; es que no
puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me diras ven, y te
seguira aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...

Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con
que asisti al martirio del seor Frasquito y la perversidad de aquellas
exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba los lamentos
de la vctima; todo el execrable horror de su alma egosta y codiciosa,
mudbanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne
lasciva, pareci quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un
incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lvido
nimbado por el halo rtilo de sus cabellos, pareca una llama. El
escenario daba al brbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la
enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las
locomotoras; los rieles bruidos bajo el vaivn de los trenes,
alejndose  ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento;
el latir de las gotas de agua desprendidas de la bveda de la cripta, y
que resonaban en el silencio como pisadas duendes...

A las siete menos minutos reson prepotente, al lado opuesto del ro, el
silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la mquina
avisaba que iba  hundirse en el monte. El convoy cruz el puente y se
lanz jadeante por la boca del tnel. Retembl el suelo. Abermejronse
los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la
rfaga--hierro y fuego--del tren, y ante la linterna roja de la
locomotora las tinieblas huan y los muros negros, grietosos, empapados
en agua, se tieron de sangre. Un instante, desde la altura del tnder y
en el huracn de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los
maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre cados en la suciedad de
holln de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren sigui
adelante. Un momento despus, amparados bajo la oscuridad de la noche,
Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de
carbn, consumado el pecado original salan del tnel como de un
paraso.

Regres la mujerona  su casa muy tarde; para no llamar la atencin de
las personas que la conociesen, al separarse de Vicente haba ido al
ro  lavarse las ropas, y en esta faena emple cerca de una hora.
Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando termin. Su hermano,
maliciando lo ocurrido, recibila con cara y voces de vinagre. El y los
nios ya haban cenado.

--Piensas volver  las andadas?--grit--Pues no estoy dispuesto 
consentirlo! Aqu se hace lo que yo mando.

Rita le mir con fro desdn.

--Esta casa--repuso--es de los dos, y en ella mandamos los dos por
igual: ni t ms que yo, ni yo ms que t. Con que... haya paz y
callemos todos! Gurdate las uas si no quieres que yo saque las mas...

Dicho esto con dejo reposado y bravucn, sentse  cenar; y apenas qued
sola, su clera se deshizo, como licuada, en una recndita, inefable y
sedante emocin amorosa. Coma maquinalmente. Las imgenes de los
ardientes momentos recin vividos, producanse con tal vigor de verdad
en su espritu, que crea pasar de nuevo por ellos. Vicente Lpez se
hallaba  su lado, reconoca difanamente el timbre de su voz, y con los
ojos del alma vea sus gestos. Segn las diversas mutaciones de aquel
dilogo interior, la mujer sonrea  su rostro se revesta de gravedad.
A veces, afirmaba;  veces, pareca dudar;  intervalos, tambin, senta
sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del
_Charro_. Oh! Cmo haba querido  aquel hombre, y cmo le quera
an!... Era el sultn, el dueo. Ella, fuerte y rebelde como un macho, 
incapaz de conceder  nadie jefatura sobre su albedro, reconoca el
imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la
despreciase, aunque transcurriesen los aos sin saber de l, para su
enamorado corazn Vicente Lpez siempre sera el amo. Terminada su
colacin, la mujerona se acost, y, de un tirn, como cuando nia,
durmi toda la noche.

Este gratsimo contento dur varios das. Sentada detrs del mostrador,
dejaba transcurrir las horas mirando distradamente hacia la calle. Su
espritu no estaba all. A ratos asociaba un nombre  las figuras que
pasaban de largo ante las vidrieras del comercio,  se detenan 
examinar los escaparates.

--Ah va don Ignacio--pensaba.

O bien:

--Es don Elas, que vuelve del Casino...

Pero estas ideas segn se producan se eclipsaban, y la mujerona tornaba
 inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un bao. A su lado
Toribio y Deogracias se afanaban en servir  los compradores que
llegaban, registrando debajo del mostrador, subindose por una escalera
 los entrepaos superiores de la anaquelera  descolgando, con auxilio
de una percha, los objetos suspendidos del techo.

En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente
volva una vez y otra  la misma obsesin criminal:

A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el
padre debo hacer con ellos...

En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente;
no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta
lo exiga. A las empresas, para que rediten los debidos beneficios, es
necesario llevarlas  su trmino y rematarlas bien y sin miedo. Habra
conseguido algo el arquitecto que, despus de construir una casa,
empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar
sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesin al seor
Frasquito para robarle y vivir cmodamente del producto de lo robado,
no perdera el valor  recompensa de su trabajo si aquel dinero iban
comindoselo poco  poco los hijos del muerto?...

Perseguida por esta decisin, cada vez ms resuelta, Rita procuraba ver
 los nios lo menos posible. Cuando alguno se agarraba  sus faldas, la
mujerona palideca y miraba  otro lado; la dulzura de aquellos ojos
inocentes, tan candorosos, que parecan asustados, era horrible. Rita
Paredes recordaba las rdenes verticales de don Gil; el hombre pequeito
razonaba bien: urga deshacerse de aquellas criaturas que, ms adelante,
la importunaran. Don Gil aconsejaba: Los abandonados sufren, los
muertos no. Era cierto! Cmo no reconoci ella antes la certidumbre
de tales palabras?... A este pensamiento serva de abono y arrimo la
amenaza del brujo: Si no me obedeces--haba dicho don Gil--te llevar 
los Tribunales y los jueces sabrn que t fuiste quien asesin 
Frasquito Miguel. Hallbase, de consiguiente, colocada en el entronque
 bifurcacin de dos caminos: uno, el camino de Amrica, de la vida
libre, al lado de su hijo mayor y del nico hombre que haba amado; el
otro era la ruta que guiaba  la perdicin, al presidio, quizs  la
muerte. Cmo dudar entre ambos?...

La mujerona repeta:

--Esos chiquillos son una maldicin para m;  ellos  yo; no hay otro
remedio...

Discurriendo as senta que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy
caudalosas, de su amor maternal iban secndose, y que todo el odio que
profes al seor Frasquito resurga ahora con fatales verdores hacia sus
hijos.

Cumpliendo disposiciones de don Gil Toms, Rita nada de esto dijo  su
cmplice; el hombre pequeito lo decret as, tanto porque de los
asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo  que Lpez,
esquivando las derivaciones  responsabilidades criminales que tal
empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.

Segn don Gil manifest  Rita, la inesperada reaparicin de Vicente en
Puertopomares obedeca  insinuaciones suyas. Esta labor, realizada
nicamente durante las horas de descanso, fu lenta. En Salamanca los
asuntos de Lpez marchaban de mal en peor; de ao en ao los negocios
iban escaseando y las transacciones eran ms difciles. Cmo vivir en
un pas esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son  vender y
nadie compra?... Entonces surgi en _el Charro_ la idea de buscar fuera
de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia  toda
suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas
instigaciones del hombre pequeito. Don Gil, implacable, necesitaba
destruir el hogar de los hermanos Paredes y con l la raza del seor
Frasquito, pues el odio es tan recia pasin que slo se aplaca
satisfacindose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar
pronto y  buen desenlace este plan, don Gil solicit y  corto esfuerzo
obtuvo la alianza del _Charro_.

Varias semanas haca que ste, all en la posada salmantina donde tena
su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heterclitas, que
huan de su memoria apenas despertaba y parecan episodios  fragmentos
de algn gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances,
el chaln comprenda que una grave adivinacin  presentimiento
germinaba en los subsuelos de su espritu. Como esas enfermedades que,
antes de perfilarse claramente, se anuncian con errticos y variables
dolores, de igual manera aquel hondo misterio apareca y desapareca
tras un torbellino de imgenes inconcludas y vagabundas. Empero, por
estos ocultos caminos, la revelacin, laboriosamente, iba preparndose.

Una noche Vicente Lpez so con su antigua amante Rita Paredes: la
hall ms fea, ms seca, pero el dolor de sus ojos--dolor de olvido--le
impresion favorablemente. Hablaron: ella llor mucho, le explic sus
penas, sus errores, y l concluy acusndose de haberla abandonado. Al
despertar, Vicente, dominado an por el recuerdo de su pesadilla, estaba
triste. Las noches sucesivas tambin so con Rita, y tan gayamente
renacan los episodios de este viejo amor, que sinti, como un
remordimiento, el haberlo perdido. Por qu aquella figura, largo tiempo
olvidada, resucitaba as? Qu extrao poder la sac de la sombra?...

Con zozobra, _el Charro_ pens:

Habr muerto Rita?...

Otra noche so que quien haba fallecido era Frasquito Miguel, y que
Rita Paredes le hered y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz
musitadora de las pesadillas aseguraba  Vicente que su antigua manceba
no era feliz y se acordaba siempre de l. Estas figuraciones se
repitieron y con los ojos del alma, el Charro vi la tienda de los
hermanos Paredes, y  Rita detrs del mostrador, en la actitud grave y
triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de
las aventuras ha pasado. Lpez comprendi que Rita, asomada al mostrador
de su tienda, como  una ventana, le esperaba todava. Entonces sus
propsitos de expatriarse cobraron repentinos bros, y  ellos se
asociaba el deseo de conocer  su hijo. Una idea de lucro, una esperanza
de negocio, ligbase solapadamente  esta resurreccin sentimental; los
apuros econmicos con que _el Charro_ tropezaba en su oficio, el genio
bondadoso de los sueos los solucionaba, con arte mgico, por las
noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen  l no
deba importunarle, poda ser suyo.

Tanto creci esta obsesin y en tales gasas de lgica y de entraable
afecto se envolva, que la conciencia de Vicente baraj y lleg 
mezclar las imgenes de sus vigilias con las de sus sueos, explicando
las unas por las otras, viviendo como si soase y tomando sus
fantasmagoras por realidades, hasta que determin trasladarse 
Puertopomares y hablar con Rita.

Cuando _el Charro_ enfront el comercio de los hermanos Paredes y
examin su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de
juguetes y de ropas, no se sorprendi.

Todo esto--pens--lo he visto ya...

Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tena delante,
lo conoca por haberlo soado muchas veces. De noche, sin duda, su alma
recorri el mismo itinerario: lleg  la Fonda del Toro Blanco, pase la
calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese  una cita, ante el
bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las
anaqueleras, repletas de gneros, ni el maniqu que arrancaba al tonto
Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes 
estalactitas, pendan del techo envigado, ni la silueta de su antigua
barragana, lvida y rgida, detrs del mostrador. Su conversacin con
ella y todo lo que luego acaeci, parecironle tambin hechos naturales;
y as, cuando despus de firmemente unidos y concertados regres 
Salamanca, ni un momento dud de que Rita Paredes dejara de seguirle.




XXIV


Una tarde, de las ltimas de Octubre, lleg  Puertopomares la carta
donde Vicente Lpez daba orden  su amante de ponerse en camino.

Me voy  Corua esta noche--deca--y en el vapor _Carolina_, que zarpa
de all el sbado prximo, retendr tres pasajes. No malgastemos tiempo.
Recoge tu dinero y para no llamar la atencin, sin equipaje, como si
fueses  dar un paseo, te vas con el nio  la estacin y subes al
correo que llega ah  las siete y cuarenta.

Firmaba _el Charro_ slo con la inicial de su nombre; y debajo aada
previsoramente:

Rompe este papel.

La mujerona ley y reley la misiva, escrita en caracteres irregulares y
grandes, y dcil al consejo de su amante la rasg en cuatro pedazos;
pero al mismo tiempo cambi de parecer, y entreabrindose el corpio
guardse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la maana cuando
esto ocurra. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vi al
cartero. Los nios estaban en el colegio. Un alegre sol de otoo llenaba
la tienda, brua el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las
mejillas del maniqu, rielaba sobre los objetos de metal--tijeras,
cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos--puestos en
ordenadas ringleras sobre los entrepaos de las anaqueleras. Siempre
que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantn
jocundo, nuncio de ganancias, pareca convertirse en luz. Luego, dentro
del cajn donde los Paredes iban echando el importe de la venta del da,
las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su cancin pareca una
risa.

A medioda Toribio necesit ir  la Estacin,  retirar unas mercancas.
Esta oportunidad la aprovech Rita para entrar en su dormitorio y coger
los billetes de Banco que escondidos tena detrs del ropero. En seguida
volvi  la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro
que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consista
en deshacerse de los tres hijos del seor Frasquito arrojndoles al
paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba;
la impunidad de su primer crimen la impela  cometer el segundo, y
hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso smbolo, en que,
sobre los mismos rieles donde los vstagos del seor Frasquito quedasen
destrozados, huyese ella despus, como por una ruta de sangre, en busca
de su hombre y con el hijo nico de su hombre...

El tempestuoso curso de estas cavilaciones llev los ojos de Rita hacia
el almanaque colocado junto  la puertecilla de la trastienda. Era
martes, da de agoreras y maleficios.

--Martes--repiti mentalmente _la Roja_--; de aqu al sbado, hay tiempo
para todo.

Un impulso ciego, una obsesin infernal, la dominaban. A la puesta del
sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejndose de dolor de cabeza,
invit  los nios  dar un paseo; aceptaron todos con alardes
extremados de alborozo, y ella, cariosa, les pein y visti
pulcramente; en los undosos cabellos claros de Mara Luisa prendi un
lindo lazo de seda azul, y accedi  que Paquito, el ms pequeo de los
tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos
detalles de amor maternal que luego podan defenderla eficazmente, si,
contra lo que don Gil haba asegurado, necesitaba andar en dimes y
diretes con la justicia. Deogracias quiso acompaar  sus hermanos;
tena celos de ellos.

--Voy contigo, mam?

--No; t te quedas al cuidado de la casa;  tu to puede ocurrrsele
salir y la tienda no debe quedarse sola.

En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantn alfombrado,
llevando de la mano  Mara Luisa y precedida de Pepe y de Francisco,
atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la
interpelaron:

--Va usted  poner escuela, seora Rita?

La mujerona rea con naturalidad.

--Salgo porque me conviene andar; desde esta maana tengo una jaqueca
horrible; quizs me alivie con el ejercicio y el aire.

Y aada, designando  los nios:

--Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasin para darles un buen
paseo. Ahora vamos  la Estacin y, luego, si hay tiempo, llegaremos al
ro.

--Ir usted por el tnel?

--Eso pensaba.

--Tenga usted cuidado con los trenes.

--Ya lo s;  ciertas horas no hay peligro.

Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que haba conocido 
Rita cuando sta encenda en el chopo de su casa el farol de los sucios
deseos, sonri bonachn  la mujerona y obsequi  los chiquillos con
caramelos, azcar cande y pastillas de goma. De bonsima gana hubiese
tuteado  Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz
travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitse  exclamar:

--Mucho cambian los tiempos, Rita.

--Mucho, don Artemio.

--Quin iba  decrnoslo entonces, verdad?... Usted, convertida en
madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. Cmo ha de
ser!...

La mujerona sigui adelante, enfrent la hostera de don Valentn, y por
la Glorieta del Parque tom el camino Alto de la Estacin. El sol,
prximo  esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la
iglesia pareca de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como
diamantes; una ligera bruma ascenda del valle, lleno de rumores
vesperales; bajo la umbra de los rboles y entre los repechos
pedregosos y oscuros, la tierra hmeda del camino tena una amarillez de
hoja seca.

Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques, corran los nios.
La mujerona iba pensando:

Son mi maldicin; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas
cadenas quedarn rotas... y ser libre...

Personas que volvan de la Estacin, la saludaban.

--Buenas tardes, seora Rita.

--Buenas tardes...

Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermn, el tartanero de la Fonda
del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanz: iban en l las
hijas de doa Virtudes, Mara Jacinta y su prima Flora.

--De paseo, eh, seora Rita?

--De paseo, s... para que los nios respiren un poco de aire.

--Muy bien, hasta luego!...

--Hasta despus, adis...

Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente
friolero de la tarde. Se encaminaban, segn costumbre,  la Estacin, 
ver pasar el tren. Sus siluetas grciles, envueltas en telas claras,
vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la
miserable, la incestuosa, mientras las vea alejarse, pensaba:

Todas stas, si hiciese falta, declararan en mi favor.

A poco, en vez de llegar  la Estacin, Rita Paredes se intern entre
los rboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron  la va del
ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una
torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estacin;
al otro apareca el tnel; delante alzbase el cerro coronado por el
casero, baado en sol, de Puertopomares; detrs, el bosque cerrado,
enigmtico, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron 
nadie;  su alrededor crecan el silencio, el desamparo, la frialdad,
todas las incontables melancolas de la tarde muriente;  lo lejos,
dispersos entre la niebla, resonaban gritos de gaanes, ladridos de
mastines, vibrar de esquilas. Faltaran minutos para las siete. Acababan
de encenderse las luces del andn.

La mujerona llam  sus hijos.

--Queris que atravesemos el tnel y vayamos al ro?...

La proposicin de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que vean al
pie de la montaa, intimid  los nios. Su primer gesto fue de defensa.
Pero en seguida cambiaron de opinin y comenzaron  palmotear. El riesgo
atrae  la infancia.

--S, s; vamos  verlo, vamos  verlo!--exclamaron  coro.

El tnel era una especie de coco para los muchachos de Puertopomares;
cuando salan al campo todos reciban de sus madres idntica
recomendacin: No entris en el tnel, no os acerquis al tnel...
Como si en aquel agujero, por donde nicamente las mquinas se atrevan
 pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusin vanidosa de
describirlo al da siguiente, en el colegio, enardeci  los chiquillos.
Al amparo de su madre nada malo les sucedera; desde el momento en que
sta, tan regaona y dispuesta siempre  contrariar sus gustos, les
haba dicho: Vamos por el tnel, es que podan ir. Adems, no teman 
los trenes; teman  la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos
saban que el silencio no mata y que al otro lado de la montaa volva 
haber luz.

Discurriendo as penetraron bajo la bveda del antro, fuerte, imponente,
como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco
iban de vanguardia; Mara Luisa caminaba agarrada  las faldas de su
madre, primero con una manecita, despus con las dos. Lo misterioso del
lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido
de sus pasos bajo la resonante oquedad de la bveda, impresionaron y
deprimieron el optimismo de los nios, que hablaban alto y se esforzaban
en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenan  mirar
hacia atrs, y el semicrculo, baado en claridad, de la entrada del
tnel, les confortaba. Poco  poco, segn decreca la luz, la verbosidad
de todos iba menguando; en sus labios el pnico helaba las palabras, y
cuando callaban el trajn de sus piececitos sobre la arena les pareca
ms grande y temeroso. Ya, apenas se vean unos  otros. Paquito, el ms
chico, experiment una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.

--Mam... mam...--balbuce.

Su madre repuso:

--Adelante, no tengis miedo, que voy yo aqu.

Paquito demostr resignarse. Despus fu Pepe, el mayor, quien sintiendo
en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidi auxilio:

--Mam, tengo miedo...

Replic ella con aspereza:

--Vamos! Tener miedo... Un hombre! No te da vergenza? Seguid, seguid
adelante, que falta poco.

En aquellos momentos la expresin de Rita Paredes, fatal y vengativa
como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impeda
ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcan sus labios, abrasaban en
clera sus ojos fros. La miserable pensaba en el tren que, de un
instante  otro, deba llegar; segn sus clculos estaba ya muy prximo
y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos
sanguinarios comenzaban  desatarse. Haba entrado en el tnel resuelta
 salir libre de l, y nada torcera su propsito. Si el tren se
retrasaba, ella era capaz de coger  los tres nios y, entre sus brazos
y contra su corazn, retenerles  la fuerza, hasta que la muerte
pasase.

Continuaron todos andando. Algunos metros ms all la galera se
curvaba, y de sbito la oscuridad fu completa. Mara Luisa rompi 
llorar.

--Tengo miedo, mam!... Mamata!... Madrecita de mi alma!... Tengo
mucho miedo!...

Haba en la voz implorante de la nia como un presentimiento de lo que
iba  ocurrir. Rita sinti que Pepe y Francisco,  quienes apenas vea,
se agarraban empavorecidos  sus rodillas. Entonces la mujerona
consider que aquel paraje fuese quizs el mejor para realizar su
intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogi
entre sus brazos  los tres nios. Ante ella,  menos de un metro, los
rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de fro, de miedo,
bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podan hablar. Al cabo,
Pepe pregunt:

--A qu esperamos aqu, mam?

--A que pase el tren.

--Por qu no seguimos? No es mejor seguir?...

--No; porque ms adelante el camino se estrecha mucho.

Transcurridos unos instantes habl Paquito:

--Mam... mam...

--Qu?

--Tardar mucho el tren?

--No; tardar poco...

Rita, sin querer, apretaba los dientes.

Mara Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor
del pecho materno, haba interrumpido su llanto. Los tres hermanos,
consolados repentinamente, parecan tranquilos. Francisco volvi 
interrogar:

--Mam... tardar mucho el tren?...

--No, vendr pronto.

--Bueno...

Aturdida por la oscuridad, Mara Luisa haba perdido la nocin del
tiempo.

--Cuando salgamos de aqu--dijo--ya ser de noche.

Volvieron  callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla hmeda del
antro. De pronto, lejos, reson un silbido agudsimo, y el fragor
creciente de algo pesado y tremendo pobl la bveda de medrosos rumores.
Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la
cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren traspona el puente con
jadeos espantosos. Volvi  silbar; iba  meterse en el tnel. Los nios
temblaban, se encogan, mudos de pavor. Unicamente Jos pudo gritar:

--Mam!... Madrecita!...

Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de s, los
labios espumeantes, le mordi en la cara con tal furia, que el muchacho,
de miedo y de dolor, perdi los sentidos. En el fondo fuliginoso
apareci la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el
convoy, negro tambin, no se distingua an. Hubo un tableteo horrsono,
una agitacin de caos, una especie de epilepsia telrica: temblaba el
suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareci
resquebrajarse y saltar en aicos la montaa.

La infanticida entonces, epilptica y terrible, comenz  gritar:

--Socorro!... Socorro!!...

Y empuando  sus hijos,  los tres, simultneamente, revueltos unos con
otros, les precipit sobre la va.

Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las
ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsin de que algn
viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:

--Socorro!... Socorro!!...

Luego, sin mantn, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita
Paredes escapaba del tnel, por el lado del ro. Momentos despus, su
figura seca, alta, desgarbada, recorra la calle Larga. Los vecinos la
miraban atnitos. Rita tena la expresin idiota; sus brazos
gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; pareca loca...

Varios transentes la detuvieron:

--Qu la sucede  usted? Por qu va usted as?...

Ella haba vuelto  encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de
estupidez y de dolor, con que una maana estuvo contemplando el cadver
del seor Frasquito.

--Los he perdido--sollozaba--los he perdido...

--A quin ha perdido usted, Rita?...

--A mis hijos...

Y segua adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetan
automticamente:

--He perdido  mis hijos... he perdido  mis hijos...

A su alrededor el nmero de curiosos aumentaba. Todos, vidos de saber y
compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llen
la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetr
en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros
interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salan del Casino, se
acercaron  la mujerona.

--Qu dice usted, Rita? Se ha vuelto usted loca? Ha perdido usted 
sus hijos?... No es posible!...

--S;  los tres.

--Cmo?... Ahora?

--S... ahora...

--Dnde?

--Abajo... all...

Con un gesto, sealaba hacia la tierra.

--Los he perdido abajo, en el tnel; abajo... los ha matado el tren.




XXV


En los tres das consecutivos  la catstrofe del tnel, el bazar
Paredes, Hermanos, permaneci cerrado. Toribio, que ignoraba la
horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se
felicitase de haberse aligerado as, tan de cuajo, de los gastos anejos
 la crianza y educacin de tres nios pequeos. Molestaban, sin
embargo,  su egosmo, las visitas al Juzgado, adonde fu varias veces 
declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora
manifestacin de duelo y simpata todos los parvulillos de
Puertopomares; la expectacin de que era objeto y la avidez con que la
pblica curiosidad le peda nuevos detalles del truculento lance; y,
finalmente, el dinero que le obligaba  perder la inexorable obstinacin
de Rita en no abrir la tienda.

Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpa en maldiciones
terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puetazos
furibundos.

--Esa mujer--aluda  su hermana--tiene menos discernimiento que un
asno; cmo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el tnel
con los nios justamente minutos antes de pasar el tren?... No merece,
por imbcil, que la tundan  palos?...

Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la
opinin general compadeca  la madre. El inaudito dolor que pesaba
sobre ella, determin en su favor una cristiana y unnime corriente de
cario. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describan
emocionadas el amor y el esmero con que llevaba  sus hijos de paseo.
Repetan sus palabras:

Los pobrecitos--haba dicho Rita--no salen nunca y necesitan tomar un
poco de aire.

La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta
de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con
zapatitos flamantes de charol blanco, y que Mara Luisa llevaba en los
cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor
de cabeza. Don Artemio Morn, con la vanidad del hombre que vivi unos
segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir 
cuantas personas llegaban  la botica:

--Por aqu pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme  la
puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llen los
bolsillos de golosinas; iban contentsimos.

_La Roja_, entre tanto, permaneca recluda en su casa; ni siquiera
sala de su habitacin. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos
pequeos y azules, de un azul gris, tenan una fijeza imbcil. El rostro
anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que
se siente morir.

Al da siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse  Salamanca,
para desde all ir  reunirse con Vicente en La Corua: pero no bien el
asesinato se consum, experiment una dispersin total de ideas, un
desastre y absoluto aniquilamiento de propsitos. Como por arte de
brujera, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareci.
Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar  sus hijos bajo las ruedas del
tren, agot las energas feroces de su voluntad; acaso las almas de los
nios sacrificados y la de su padre, el seor Frasquito, sugestionaban 
la criminal y la producan aquel invencible desfallecimiento; quizs
tambin el espritu del hombre pequeito, satisfecha su venganza, haba
renunciado  seguir protegiendo  su cmplice.

Ello fu que, de repente, la mujerona hallse desposeda del propio
dominio y como desterrada de s misma. Oa menos, vea menos y sus manos
perdieron la nocin justa de los objetos y de las distancias. Una
temerosa quietud, un hondsimo silencio de tumba, pareca desprenderse
de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quera moverse y cual si
entre el espritu y el cuerpo toda comunicacin se hubiese interrumpido,
los msculos mantenanse ociosos. Saba que Vicente Lpez la esperaba, y
no poda correr  buscarle: una fuerza suprema, un obstculo invencible,
atravesado delante de ella como un muro, la detena. En tan rigurosa
soledad, el tiempo adquira proporciones absurdas: una hora equivala 
un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razn, Rita pensaba
que, desde que sali del tnel, haban transcurrido muchos aos. A
intervalos, la miserable experimentaba una sensacin de vaco; la
emocin de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas.
Entonces pensaba:

Por qu don Gil no vendr  verme?...

La idea, por momentos ms firme, de que el hombre pequeito haba
desertado, acrecentaba sus zozobras, y lleg  sentir el miedo, un miedo
que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un
camino.

El jueves de aquella misma semana recibi una carta del _Charro_,
fechada en La Corua, y al da siguiente, otra, concisa, imperativa,
apremiante como un telegrama. Deca:

Ya no podemos embarcar en el _Carolina_, que sale de aqu maana. Qu
sucede? Por qu no vienes? Te has arrepentido? Es que ya no me
quieres?...

Estas misivas sorprendieron un poco  Rita. Con asombro y pena se
cercior de que el nombre de Vicente Lpez no suscitaba en ella ninguna
emocin simptica. No recompona bien la significacin de aquel hombre
en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. Vicente
Lpez... el padre de Deogracias!... Y qu?... Adems, aquel pasado se
hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, as la imagen del
_Charro_ cruz por su alma sin detenerse. Vicente!... Para qu
molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprenda que siempre,
mientras viviese, estara triste? Y no porque se arrepintiese de lo
hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la pareca igual.

--Vicente!--murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su
desorganizada memoria--; Vicente!... Es raro!... Por qu estoy as?
No me acuerdo bien de l!

Otra razn, de ndole muy distinta, agravaba su marasmo: era la
seguridad de que su vitando crimen no quedara impune, de que se hallaba
perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento  otro, iba
 saberlo todo. Invadala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo
miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesndose,
echara fuera de s aquella inquietud.

Pensaba:

Hablar!... Eso quizs fuese lo mejor!...

En estas incertidumbres perdi dos semanas. Vicente Lpez haba dejado
de escribir. El comercio Paredes, Hermanos volvi  abrirse, y
Toribio, detrs del mostrador, recobr su vida.

Un da, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron
pasar  Rita, en direccin  Correos, con una carta en la mano. Iba
descalza y  medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus
cabellos bermejos y revueltos la cubran los ojos; unos ojos estticos,
inexpresivos, de sonmbula. Algunos la llamaron:

--Seora Rita!... Seora Rita!...

Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto, como si la calle
estuviese vaca. Cuando lleg  la Casa-Correos, sin vacilar, ech la
carta al buzn. En aquel instante, una vecina que corra tras ella la
toc en el hombro:

--Seora Rita...

La mujerona volvi la cabeza, pareci examinar  quien le hablaba y no
contest. Tena la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco
asustada, repiti:

--Seora Rita...

Otros transeuntes se haban acercado. Los ojos de la mujerona empezaban
 parpadear y adquiran expresin. Al cabo, tras algunas degluciones
penosas, pudo responder:

--Qu?...

Su voz sonaba raramente. La preguntaron:

--Est usted dormida?

--Dormida?--repiti.

--S; est usted dormida. Por qu ha salido usted  la calle en ese
traje?

--Yo?... En la calle?... Qu calle?...

El nmero de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabri la colcha con
que se envolva. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban
intermitentes y rpidos, como rfagas nerviosas, por su rostro.

--Rita--la decan--, Rita...

--Qu?... Quin me llama?...

De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresin; renaci la
conciencia. Vise medio desnuda y en la calle, y su terror fu inmenso,
como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del
aquelarre. Empez  tiritar.

--Cmo me hallo aqu?... Cmo he venido hasta aqu?...

Estaba repugnante, sabtica, con su pelambrera rojiza, mezquina y
salpicada de cabellos blancos; sus ojuelos de lobo, amustiados por el
miedo entre la miseria de los prpados sin pestaas; la piel seca,
rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pmulos; el semblante
espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte
caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no
teniendo  mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina.
Temblaba de fro en medio del grupo, compasivo y fisgn; Rita Paredes,
enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, pareca un
espantapjaros. Todos murmuraban:

--Ha perdido la razn. Est loca. Pobre mujer!...

La noticia corra de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal,
que cuando llegaba  la Puerta del Acoso ya se saba tambin en la
Glorieta del Parque. El boticario y don Valentn, en cuanto tuvieron de
ella conocimiento, salieron  buscar detalles. Un muchacho haba ido 
despertar  Toribio. Rita, entretanto, permaneca de pie, apoyada contra
la pared de la Casa-Correos.

--Por qu estoy aqu?--balbuceaba--Qu vine  hacer aqu?...

Frunca las cejas y,  ratos, con sus dedos esquelticos, de uas
agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.

--Qu vine  hacer aqu?...

Sin embargo, no quera marcharse; esperaba algo.

La mujer que primero la vi, dijo:

--Usted, hace un momento, sali de su casa para echar una carta al
buzn.

Rita, murmur:

--Una carta?

--S, seora. La llevaba usted en la mano y la deposit usted ah.

Seal con un gesto al buzn; Rita sigui aquel movimiento; despus se
mir los dedos. Su interlocutora explic  los circunstantes:

--Pobre mujer! Est buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...

En seguida, dirigindose  Rita:

--La carta la puso usted ah. Comprende? Ah...

La mujerona volvi  mirar al buzn, que era la mscara, en mrmol, de
un len con la boca abierta. Aquella imagen morda en su memoria y la
despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarndose, y este amanecer
interior haca filar por su rostro una sucesin interminable de
penumbras, muecas y rapidsimos temblores. Sentase perdida, arrastrada,
hacia un abismo.

--A quin escribi usted?--la preguntaron.

--No s.

--Cmo? Ha olvidado usted el nombre de la persona  quien ha escrito?

Rita mova la cabeza afirmativamente. La expresin de sus ojuelos era
mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el
torturador trajn, de la evocacin. La imagen de Vicente Lpez cruz su
memoria. Vacil unos segundos y luego:

--No... no es  l--balbuce-- quien he escrito...

Despus:

--Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...

Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.

--Sabe usted para quin era la carta?

--S.

--Se acuerda usted de la persona?

--S; he escrito al juez.

Estas palabras sibilinas, que parecan envolver un enigma, produjeron en
el auditorio acre emocin.

--Ha escrito usted al juez?

--S.

--A don Niceto?

--S...

--Y para qu ha escrito usted al juez, Rita?...

--Para... para decirle... para decirle...

No concluy. Acababa de recobrar la razn y al comprenderse perdida,
lanz un grito, un horrsono grito, y cay de bruces contra el suelo. Su
cabeza lvida, al rebotar contra las piedras, se magull y cubri de
sangre.




XXVI


Semejante  un temblor de tierra, aquella noche rod por las tertulias
del Casino, del Toro Blanco y del Caf de la Coja, la noticia de que don
Niceto, acompaado de su secretario y de dos nmeros de la Guardia
civil, haba procedido  la detencin de los hermanos Paredes y que
stos hallbanse presos  incomunicados en los stanos de la crcel.

Suceso tan inverosmil puso en nerviosa conmocin al vecindario. Muchos
curiosos fueron  la tienda de los supuestos detenidos, en busca de
informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecent la
general espectacin. Todos acudieron entonces  la fonda, y don Valentn
se hall acosado y vencido  preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don
Elas, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.

--Qu sabe usted?... Y Niceto?... Dnde est Niceto?...

Desgraciadamente ni don Valentn ni sus hijas podan contestar  nada,
porque nada saban. Desde la vspera, don Valentn no vea  su hermano.
Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del
Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez haban
desaparecido. Segn en los perodos febriles la sangre se precipita con
mayor mpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas
las muchedumbres adquieren un dinamismo violento y morboso. Por las
callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad,
agitados, insomnes, alegres, los vecinos corran  caza de detalles.

Como don Niceto no haba ido  cenar  su casa ni estaba en el Juzgado,
ni era fcil, de consiguiente, dar con l, Rubio, Fernndez Parreo, don
Artemio y el veterinario, resueltos  salir de dudas, se personaron en
la crcel.

Esta, que fu construda aprovechando los restos de un torren
centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las
gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas
de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fu de
algn patio de armas, mostrbase en un plano inferior al de la calle y
como aplastada bajo la pesantez de un arco grantico.

Respondiendo  los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el mdico y
sus acompaantes, un ventanuco, defendido tambin por densos hierros, se
abri misterioso. Desde el interior oscuro una voz pregunt:

--Quin va?...

En ella don Elas adivin  Luis, el carcelero.

--Yo soy, Luis, abre.

El interpelado,  su vez, reconoci al mdico; su acento tornse ms
humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella
misma melosidad presinti Fernndez Parreo una negativa.

--Dispense usted, don Elas; no puedo complacerle. He recibido orden de
no abrir  nadie.

Fernndez Parreo, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde
todos se conocen, se tratan los asuntos ms reservados, replic:

--Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni
alcanza  las personas que me acompaan.

Luis se excus:

--Imposible, don Elas: la orden que me han dado es terminante.

Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.

--Djate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle
desobedecido, le dices que me lo cuente  m. Abre!...

Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dcil no ceda:

--Lo siento, don Juan Manuel; perdneme usted. Tengo orden absoluta de
no recibir  nadie.

--Pero, al menos--interrumpi don Artemio--podrs responder  una
pregunta.

--Segn...

--Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes estn aqu.

Luis no contest. Vacilaba.

--Tambin te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el
pueblo?--agreg el boticario exaltndose.

La voz, replic:

--S, seor; pero no pretendan ustedes saber ms: los hermanos Paredes
estn aqu desde esta tarde.

Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no exclua cierta
sequedad, se cerr el ventanillo, y del viejo portaln carcelario
pareci desprenderse, semejante  un aroma, un hondo silencio.

Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las
once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Despus lleg
Romualdo Prez que se sent aparte. El gerente de _La Honradez_ se haba
casado haca dos meses con Micaela, y estaba en vsperas de ser padre.
Don Elas le pregunt por su mujer,  quien el embarazo mortificaba.

--La pobre sigue mal--repuso Romualdo--; los vmitos no la dejan. Creo
que deba usted ir  darla un vistazo.

El boticario invit  Romualdo  jugar al domin. Prez acept. Durante
largo tiempo aliment una sorda clera contra don Artemio, por ser ste
quien descubri y divulg el secreto de sus relaciones con Micaela; pero
luego el matrimonio haba esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor
qued olvidado.

A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercse
corriendo  don Juan Manuel y  don Elas para decirles que don Niceto
suba las escaleras del Casino. El juez entr en el saln. Su figurilla
esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo
flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban
fatiga. Al verle, todos se levantaron, y salindole al encuentro le
agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda.
Don Juan Manuel le ech un brazo por el hombro, y le ofreci un lugar 
su lado, en el divn. Don Niceto, posedo de su importancia y satisfecho
de aquellas demostraciones de simpata, entornaba los ojos.

--El da de hoy--declar--no lo olvidar nunca: ha sido la jornada ms
terrible, ms llena de emociones, de mi carrera.

Ante las preguntas vehementsimas de sus amigos, adopt una actitud
reservada: no poda hablar, no deba hablar; el asunto que iba 
ventilarse revesta caracteres de gravedad y trascendencia
excepcionales.

--Se trata--aadi--de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fu
entonces el primer engaado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas
terribles, sorpresas de folletn. Ya lo vern ustedes!... De no
reducirse todo  la declaracin sin sentido de una loca, en el proceso
que va  incoarse danzarn varias personas: usted el primero, don
Ignacio; y usted tambin, don Elas...

Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbse de manera tal la
curiosidad de unos y otros, y tan desaforada avalancha de preguntas
cay sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que ste accedi 
descorrer un poquito el velo del misterio.

Aquel medio da, hallndose almorzando, recibi don Niceto una carta
suscrita por Rita Paredes, donde sta manifestaba que, espontneamente y
para aligerar su alma de remordimientos, declarbase responsable nica
de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de
Frasquito Miguel; aadiendo que el mvil de este crimen fu el robo, y
que la maza con que asesinaron al seor Frasquito haba sido enterrada
en el patio de la llamada casa del chopo.

--Se conoce--prosigui el juez--que Rita escribi su carta en un rapto
de fiebre  de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue  echarla 
Correos, donde esta maana temprano, segn he odo decir, varios vecinos
la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recib esa carta que,
por sus terribles acusaciones, ms que obra de un vivo parece dictada
por el espritu vengativo de un muerto, me person, acompaado de mi
secretario y de dos nmeros de la Guardia civil, en casa de los Paredes,
y  quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les
notifiqu su detencin. La impresin que en uno y otro hermano caus la
noticia, corrobor plenamente la sospecha que la misiva reveladora,
apenas la le, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un
crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento sala de la
trastienda, no mud de color; pareca aguardarme y baj los prpados
resignadamente. Toribio, en cambio, se qued lvido, con una lividez
tal, que desvaneci en la blancura del rostro la lnea de los labios.
Esto, tratndose de un trujamn tan valentn y experimentado como l,
significa mucho. Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afil la nariz,
se le hundieron los ojos; hzose penosa su respiracin; no poda echar
el habla del cuerpo. Adelantndome  la posibilidad de que, transcurrido
el primer momento de pnico, sus nervios tuviesen una reaccin furiosa,
mand que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre
constituye,  mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le
amarraban, murmur:

Por qu me prenden? Yo no he hecho dao  nadie.

Le ataj:

Si es usted  no responsable de algo malo, lo sabremos ms tarde. Yo,
por el momento, cumplo un deber detenindole  usted.

Rita se limit  decir:

Y mi hijo?... Qu ser de l?...

Como comprendern ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre
la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver  su hijo nunca ms. Esa
interrogacin envuelve un adis, una despedida.

Yo la contest:

No la inquiete la suerte del nio. Yo me encargo de l. Deogracias
permanecer en mi casa todo el tiempo preciso.

Enternecida me alarg una mano, que, como es natural, rehus. Entonces
murmur:

Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.

Olmedilla apur su caf, que se haba quedado fro. Despus, engredo,
apersonado, enigmtico, se puso de pie; era el protagonista, el dueo,
casi omnmodo, del drama policaco que iba  desarrollarse. Con la
importancia que tan extraordinaria situacin le confera, su alfeicada
figurilla pareca ms noble y ms alta.

Don Juan Manuel intent dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que
la primera palabra subiese  sus labios, don Niceto le ataj con un
ademn. Haba recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil,
de hombre en quien la sociedad resign la administracin de los
castigos.

--No pretendan ustedes saber ms--dijo--; sera intil. Todas las
habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y
selladas. Maana tomar minuciosa declaracin  los detenidos y
seguidamente comenzar  instruir las diligencias preliminares. Luego...
ya veremos qu resulta!...

Dicho esto salud y se fu, orondo, inquieto y ufano  la vez, como un
autor en vsperas de un gran estreno.

Don Elas, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su
tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallbanse tan descaminados y 
oscuras como antes. La inverosmil confesin de la mujerona no echaba
sobre el misterio luz ninguna. Cmo Rita, que, mal  bien,  travs de
sus aos de miseria siempre cuid de sus hijos, hubiera querido,
precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de
ellos? Lo que no hizo de moza perdida, iba  hacerlo en los umbrales de
una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, dnde estaba la causa
razonada, el motivo lgico, de tan abominable crimen?... En cuanto  que
el seor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, quin admitira
semejante patraa? No se comprob entonces que el paero falleci de la
coz que le di una mula? Don Elas, don Ignacio Martnez y los dos
mdicos titulares que reconocieron el cadver, no vieron en ste
dibujada claramente la herradura del animal?...

Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita
Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente
que don Niceto, poniendo bajo hierros  los hermanos Paredes sin ms
razones ni otros indicios que los apuntados, haba procedido con notoria
y punible ligereza.

Rozados en su vanidad profesional, Fernndez Parreo y don Ignacio
Martnez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al
accidente que priv de vida al seor Frasquito, era rigurosamente
cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podan
dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la
herida, como si acabase de verla. A don Elas sucedale lo mismo. Para
mayor demostracin, ambos estaban seguros de que en la seal que sobre
la frente de la vctima dej la herradura, faltaba la huella de un
clavo.

--Aquel, precisamente--aadi Martnez--que faltaba en la pata derecha
del animal.

Las razones aportadas por el veterinario y el mdico, resplandecan
incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y
demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de
prpados.

--Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es
mentira--exclam don Elas--, por qu no sera mentira tambin el
asesinato de los nios en el tnel?... Yo pienso, seores, que nuestro
amigo don Niceto se ha puesto en ridculo. El prurito de figurar, el
deseo de que los diarios de Salamanca hablen de l, le llevan demasiado
lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya mana consiste en
creerse criminal, como otras se dicen reinas  actrices  millonarias.
Y, si no... al tiempo!...

--Estamos de acuerdo--interrumpi Martnez--; don Niceto quiere lucirse
y se precipita: aun no ensillamos y ya cabalgamos. De ah nace su
ofuscacin.

Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fu, durante la
maana del da siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles
aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don
Valentn, que asista  las discusiones de sus clientes, lleg  temer
que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese
cometido una gravsima equivocacin.

As la sorpresa de todos fu mayor cuando,  la sobretarde, corri la
noticia de que Rita Paredes haba ratificado y ampliado ante el juez las
declaraciones de su carta, aadiendo pormenores que no daban lugar 
vacilacin ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se present en la
casa del chopo, habitada  la sazn por unos trajinantes riojanos, y
que en el patio, y en el lugar mismo sealado por Rita, haba aparecido
una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte ms voluminosa
conservaba la seal evidente de un herradura.

El vecindario torn  estremecerse; el alma sencilla y violenta de las
muchedumbres, se enardeca, vibraba de emocin, temblaba de clera. Cada
sexo diriga su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecan
 Toribio; las mujeres  Rita. Ahora todos se explicaban el rpido
encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era
fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que all vendan,
destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la
horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. Matar as, en su propio
lecho y  mansalva, al hombre con quien haba vivido tantos aos, y
asesinar luego  los hijos de sus entraas tirndoles, en racimo, bajo
las ruedas de un tren!... Es posible que haya madres capaces de dar
lecciones de ferocidad  las hienas?...

Poseda de belicosa excitacin, la gente preguntaba:

--Y Toribio? Qu dice Toribio?... Ha confesado algo?...

Estas interrogaciones iban y venan desde el Casino  la Fonda del Toro
Blanco, y desde all al Caf de la Coja. En la botica, en el taller de
don Ignacio, en la Estacin, nadie hablaba de otro asunto. Delante de
los comercios de la calle Larga, no bien se reunan tres personas, la
obsesionadora y terrible actualidad renaca. Segn las ltimas
referencias, el buhonero no haba declarado nada;  las palabras de don
Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, segn decan, terminado
el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa
locura, intent degollarse con un cristal.

Estas noticias, ms que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto
de la multitud, exasperaban la atencin general. A prima noche, los
comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y
tabernas de la Glorieta del Parque  las casucas de la Puerta del Acoso,
arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de
mujeres y hombres se haban congregado delante de Correos y miraban
hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una
venganza.

De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, grit:

--Vamos  quemar la casa!...

Instantneamente todos se aprestaron  cumplir aquella iniciativa. De un
zagun sacaron un jergn, que varias mujeres rociaron de petrleo.
Segundos despus aquel montn de paja arda, y sus llamas, disciplinadas
por el viento, iluminaron trgicamente la calle oscura. Lampazos
infernales de oro y prpura corrieron por las fachadas de los edificios.
La multitud gesticulaba, ruga, satisfecha de su obra. El escndalo se
converta en motn. Las puertas de la tienda empezaron  arder. Entonces
varios empleados de Correos acudieron resueltos  conjurar el dao.
Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sauda rebatia,
insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervencin de dos guardias, que
llegaban sable en mano, dispers  los revoltosos. El fuego qued
extinguido. Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes,
tornaron  reunirse delante de la crcel, contra cuyas ventanas
arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpan en gritos
ensordecedores de amenaza. La indignacin popular no ceda, y en tan
crticos momentos los muros de la prisin fueron para los dos acusados,
ms que castigo, garanta y defensa. Finalmente, el cansancio de todos,
antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvi al
vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron.
Renaci el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle
Larga, el frontis del comercio Paredes, Hermanos, horriblemente
chamuscado por el incendio, tena una expresin de cosa abandonada,
trgica y maldita.




XXVII


El proceso que el Juzgado de Puertopomares haba empezado  incoar para
esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, dur cinco 
seis semanas, durante las cuales el vecindario conoci una vida de
emocin completamente nueva para l. Iban los nimos de sorpresa en
sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la
multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltacin contribuan los
diarios salmantinos, que, bajo el epgrafe El crimen de Puertopomares,
insertaban informaciones prolijas del suceso. El escndalo rebas los
lmites modestos de la provincia y lleg  Madrid; una revista
cortesana, de gran circulacin, public los retratos de los hermanos
Paredes y del digno juez que instrua la causa, lo que di  ste
envidiable importancia. En pocos das don Niceto Olmedilla haba
adelgazado; su perfil de convaleciente empeor; pareca ms pequeo, ms
descolorido; las gentes, por burla, empezaban  encontrarle ciertas
semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor
profesional como por vanidad y ansias de exhibicin, haba trabajado
mucho.

El proceso, merced  las rotundas explicaciones de Rita, derivaba
derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su
palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz  travs de las tinieblas
que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y
el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana,
Toribio confes tambin. En el momento de hacerlo, su semblante se
descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le
destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua
con coac, que el miserable bebi con avidez. Don Niceto, paternal y
severo, le deca:

--Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el da de la
sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le ser ms benigna.

Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y
nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin,
engaado  ablico, habl, y sus declaraciones aadieron  la escena del
asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedise 
la exhumacin del cadver del seor Frasquito, pero el examen pericial
no di resultado, por hallarse aquel en completo estado de
descomposicin. Don Elas, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras
muchas personas, fueron llamadas  declarar, y sobre las mesas del
Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonndose. Agobiado por
tan ruda labor, don Niceto ni tena ganas de comer ni dorma  derechas.
Empero su actividad no declinaba. Resuelto  sujetar bien todos los
cabos de la maraa, envi un exhorto  la Audiencia de La Corua
pidiendo la detencin de Vicente Lpez, y ste fu preso. Ello aport al
escndalo un inesperado inters, y la figura de aquel hombre, autor
moral quizs del asesinato de los hijos de Rita, ech sobre la desalmada
madre mayores tinieblas.

La vista de la causa deba celebrarse meses despus en Salamanca, y
all, de consiguiente, era indispensable trasladar  los Paredes. Su
conduccin, desde la crcel de Puertopomares  la Estacin del
ferrocarril, ofreca serias dificultades, porque el vecindario
seguramente intentara agredirles. Comprendindolo as don Niceto y no
disponiendo de las fuerzas necesarias para domear un conflicto de orden
pblico, pidi  sus compaeros los jueces de Campanario, Cantagallos,
Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que
tuvieran, y de este modo, entre individuos de la benemrita y
municipales, form un pelotn de quince hombres.

Los presos deban ser sacados de la crcel al filo de la media noche y
con todo sigilo; mas no falt quien lo supiese, y la noticia, volando
elctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmocin al
vecindario. A la hora sealada, por todas partes un extrao y amenazador
murmullo de pasos, rompi el silencio. Misteriosamente las ventanas se
iluminaban; una especie de temblor estremeca las casas: era que sus
habitantes, informados de lo que iba  suceder, dejaban el lecho para
vestirse y salir. Las puertas se abran con chirriar impaciente de
cerraduras, y en el rectngulo negro de los zaguanes aparecan hombres
provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para
que ms de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta,
pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la crcel, cuya puerta
custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje
amarillo de su armamento y los caones de sus mausers, lucan marciales
en la oscuridad.

Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de
los dilogos se converta en rugido. Algunas piedras, disparadas al
azar, chocaron contra el frontis de la crcel. Estos preludios de
batalla enardecieron los nimos. Voces varoniles, voces de gesta,
gritaban:

--Hay que arrastrarles! No tenemos vergenza si les dejamos salir
vivos de aqu!...

Y las pedradas volvan  sonar, ahora una, luego otra, como granizos
escapados de una tempestad en formacin.

Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mand
recado  su hermano Valentn de que le enviase el coche. Era una vieja
tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros,
que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar
el vehculo la irritacin de la multitud aument. Los manifestantes
silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que
iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas
eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar,
familiarizadas con la sucia historia de la casa del chopo. Sus
pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos
hechos  pelear con la tierra, agitndose furibundos, imponan miedo.
Todas,  coro, voceaban:

--Que no se escapen! Desenganchar los caballos!...

Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no haran fuego
contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.

En aquel instante la puerta de la crcel se abri y surgi don Niceto
seguido de varios guardias civiles. A la luz dbil de los faroles, la
figura minscula y asustada del juez pareca una mancha amarilla.
Luego, entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La
muchedumbre,  quien la presencia del juez durante segundos impuso
respeto, reconoci  los criminales. La furia volvi  los corazones. En
los espritus las ideas de justicia y venganza se confundan. Las
mujeres se desgaitaban:

--Mueran los asesinos!... Mueran los asesinos!...

Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vacil y fu
retirado  la enfermera.

--Mueran los asesinos!--repeta la turba ganando terreno.

Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto
Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los
caballos partieron al paso. Alrededor del vehculo, firmes, estoicos,
con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A
intervalos, desde el pescante, Fermn, el mayoral, arengaba  los
amotinados:

--Animales, no tiris!... No veis que vamos aqu nosotros y no tenemos
culpa de nada?...

En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos aicos, y
heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita
lloraba; su hermano, callado, lvido, sin mover ni siquiera los
prpados, pareca una estatua. En medio de aquel espantoso gritero
recorri el convoy toda la calle Larga. Fermn, que tena magullado el
cuerpo  pedradas, opt por ovillarse en el suelo del pescante; los
guardias, perdida la paciencia, se defendan  culatazos; varios
paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don
Valentn, don Elas, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el
alcalde y otras personas de significacin, salieron valerosamente  la
calle, exhortando  las turbas  retirarse, pero vindose amenazados
desistieron de su empeo. Por segundos la furia popular creca. Algunas
mujeres llegaron  querer detener el coche agarrndose  las ruedas. Un
vecino de la calle del Sacramento trat de asestarle  Toribio una
cuchillada en la espalda.

Cuando los fugitivos llegaron  la Glorieta del Parque Fermn fustig
vigorosamente  los caballos, que partieron al galope, mientras los
guardias, desplegados en ala, resistan el choque de los acosadores. En
la refriega, sostenida cuerpo  cuerpo, uno de los guardias recibi un
navajazo en el vientre. Sus compaeros entonces,  quemarropa, hicieron
fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las
turbas huyeron.

De este modo, dejando tras s un reguero de sangre, salieron los
hermanos Paredes de Puertomares.




XXVIII


Consumada su venganza, don Gil, que viva completamente ajeno  las
peripecias de su vida nocturna, experiment un bienestar inesperado.
Nunca, desde la muerte del seor Frasquito, haba sentido mayor pltora
de salud. Dorma nueve horas, tena ganas de pasear, de ir al Casino y
hasta sus labios hubieron una vez un conato  intento de sonrisa. Era
una satisfaccin ntima, analptica, remozadora, que el hombre pequeito
no saba  qu ocultos motivos referir.

Estoy contento--sola decirse--; estoy muy contento, y, sin embargo,
nada bueno me ha sucedido...

Durante aos, semejante  un escultor, su alma misteriosa haba
preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de
su padre, di perseverancias sobrehumanas  su voluntad: l indujo 
Frasquito Miguel  echarse en los brazos de Rita; l dispuso su muerte y
la de sus hijos. Del odiado gorgotero no quedara nada, ni aun la
amante, que, segn cbalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano
rendira su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzse de
brazos, cansado y orondo.

Estas vacaciones proporcionaron  su alma un mayor enardecimiento
amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le
empujaba hacia doa Fabiana. Como hombre que de todos los placeres
terrenales slo apetece uno, don Gil, en sueos, meditaba:

No me importara morir si esa mujer fuese ma... siquiera una vez...

Mas, cmo separarla de su marido? Cmo preparar  su virtud una
emboscada cierta?... Esto supona que la seora de Martnez estuviese
dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo
que separa la vigilia del sueo, el veterinario no podra socorrer  su
esposa. Desgraciadamente para don Gil, doa Fabiana se acostaba siempre
despus de su marido.

Una noche, alrededor de las diez, Fermn dormitaba en el zagun de la
Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la
presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle,
le llamaba suavemente:

--Fermn..., Fermn...

Era un bisbiseo leve y blando. Abri el tartanero los ojos, y
reconociendo  su interlocutor, se levant solcito.

--Mande usted, don Gil...

--Vengo  decirte que luego,  las doce en punto, ests con tu coche
delante del portal de don Ignacio.

--Muy bien, don Gil.

--Procura ser exacto.

--Es que el seor Martnez va de viaje?

--Lo ignoro. Slo te encargo que acudas donde digo  la primera
campanada de las doce.

--Pierda usted cuidado; y, por lo que despus pueda suceder, voy 
echarles  los caballos un pienso.

En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro  su
interlocutor: parecale ms diminuto, ms amarillo, que otras veces;
como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la
que tena delante.

Fuese el enano y Fermn, malhumorado y sooliento, empez  renegar de
su rada fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo
de aquel enojo.

--Una friolera!--replic Fermn--A los pobres todo nos sale del revs.
Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta maana me levant cuando
aun haba estrellas, y acaban de decirme que vaya  media noche con la
tartana  casa de don Ignacio.

--Para qu?

--No s; me pareci imprudente preguntarlo.

--Cundo te lo han dicho?

--Ahora mismo.

--Ahora mismo?... Quin trajo el recado?

--Don Gil.

Pedro se asombr y, sin transicin, su pasmo convirtise en desdn y
risa.

--Chico!... T andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soado.
Si hace quince  veinte minutos que yo estoy ah, en la puerta, y no he
visto  nadie!...

--A don Gil Toms, tampoco?

--Tampoco; no, seor...

Fermn se alz de hombros:

--Djame de historias! El dormido  el borracho sers t. O es que yo
no conozco  las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Toms ha
estado aqu, hablando conmigo...

Incrdulo y alegre, Pedro prorrumpi en carcajadas:

--T has bebido, Fermn!... T ests peneque, Fermn!...

El tartanero, furioso, le volvi la espalda y se march rezongando
injurias.




XXIX


Haca rato que el sereno de la calle Larga cant las once y media.
Puertopomares reposaba en el crespn fresco, lleno de enigma, de una
noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el
silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de
los faroles.

Doa Fabiana que, contra su costumbre, se haba acostado temprano, crey
despertar y abri los ojos. En pie, delante de ella, vi  don Gil. A la
hermosa mujer no la extra que el hombre pequeito hubiese penetrado
hasta all y  tales horas. Sin sobresalto, le pregunt:

--Ocurre algo, don Gil?...

--S, seora; su esposo se halla en mi casa y desea verla  usted.

Presa de repentino pnico, doa Fabiana mir hacia atrs, buscando en la
cama  don Ignacio, y no le hall.

--Cmo; est enfermo mi marido?...

Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo,  la vez que se llevaba un
ndice  los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos,
fros, sin expresin, como los de los peces, sealaban hacia la nia.

--Chist!... hable usted bajo--musit--; Antoita podra despertar.

Doa Fabiana repuso, sollozante:

--Confiseme usted la verdad, don Gil: est enfermo Ignacio?...

Con la curiosidad de saber adelant un poco el cuerpo, y los encajes de
su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento
tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.

--Don Ignacio--dijo--est un poco enfermo. Vaya usted  verle cuanto
antes. Fermn la llevar  usted en su coche; le avis hace un rato y
est ah...

Quiso retirarse. Ella se incorpor, bebindose las lgrimas:

--Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.

El hombre pequeito hizo un ademn negativo, de silencio y misterio.

--No--dijo--no; yo saldr antes.

Y, mirando  la nia:

--No haga usted ruido...

Desapareci fantasmal. Inmediatamente doa Fabiana salt del lecho,
hall  tientas sus zapatillas, arropse en una bata, se ech por los
hombros un mantn y,  oscuras, busc la salida del dormitorio. Iba
ahogndose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazn; pero el
temor de despertar  Antoita, la impeda llorar. Rpidamente cruz el
patio y empuj la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el
estircol clido.

En aquel instante don Ignacio, obedeciendo  un presentimiento
indefinible, sala de su despacho. Durante varias horas estuvo
examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operacin que
 la maana siguiente deba realizar. Haba trabajado frvidamente, sin
que ni su voluntad ni su atencin desmayasen un punto; apenas el inters
de lo que estudiaba le permiti fumar. Y empero, de pronto, sin motivo,
experimentaba un desasosiego ntimo, un deseo invencible de salir fuera
de la habitacin donde se hallaba. De un salto se levant y abri la
puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atraves la longitud
del taller pintando en la suciedad del suelo un rectngulo blanco.
Martnez mir  todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vi 
Fabiana, un calofro nervioso sacudi su carne. A dnde iba su mujer?
Avanz hacia ella.

--Qu buscas aqu?...

Doa Fabiana demostr no reparar en l; sus grandes ojos negros estaban
inmviles; parecan mirar  lo lejos. Comprendi, sin embargo, lo que la
preguntaban, y repuso acorde:

--Voy  la calle; que no se despierte la nia...

Entendi don Ignacio que su mujer se hallaba sonmbula, y la habl
dulcemente.

--Vas  la calle?

--Voy  casa de don Gil.

--A casa de don Gil? Para qu?...

--Porque mi marido est all; est enfermo; don Gil ha venido 
decrmelo. Dios mo!... Dios mo!...

Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y
resonase dentro de ella misma. Su actitud rgida, hiertica, era la del
xtasis. Intent avanzar. Delicadamente Martnez la detuvo por un brazo.

--Tu Ignacio est bueno y sano.

--No! Cmo? No es verdad. Est enfermo. Me lo ha dicho don Gil.

--Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; ests en tu casa,
hablando con l. Mrame, mrame  la cara...

La cogi por la barbilla, procurando que detuviese en l los ojos.

--Mrame!...

Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martnez hasta
cuando acariciaban eran impacientes, comenz  desvanecer el
sonambulismo de doa Fabiana. Su alucinacin flaqueaba, perda color,
se deslea en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azcar.
Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:

--Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...

Don Ignacio agarr  su mujer por los hombros, y sacudindola de delante
 atrs:

--Despierta, Fabiana, despierta. Ests soando. Oye!...

--Estoy soando, verdad?

--S, s. Oyeme!...

--Verdad?... Estoy soando...

Su voz adquira una inflexin alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de
sbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces
impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivi; la emocin
arrebol ligeramente el mrmol de las mejillas. Mir en torno suyo con
espanto: reconoci el local, reconoci  don Ignacio...

--Cmo estoy aqu?...

--Venas soando--repuso Martnez.

Ella respir mejor y abraz  su marido. Senta tranquilizarse la
angustia y fatiga de su corazn.

--He tenido una pesadilla horrible--murmur--; don Gil vino  decirme
que te habas puesto enfermo en su casa...

Empez  temblar. A su nerviosidad se aada el fro que recogi al
cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castaeteaba los
dientes; se cruz de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos
yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.

Don Ignacio, diligente y con una emocin donde  la inclinacin sexual
del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arrop  su mujer en la
manta que l tena en su despacho para abrigarse las piernas, y
llevndola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su
cuerpo, la ayud  repasar el patio.

Apenas en su dormitorio, doa Fabiana se zambull en el lecho. No se
atreva  moverse; el contacta frgido de las sbanas la causaba horror.

--Acustate--dijo  don Ignacio--; ya es muy tarde.

--Estoy concluyendo de tomar unas notas--repuso l.

--Djalas para maana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva
don Gil.

Don Ignacio, resista, esclavo de su deber.

--Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo
en seguida; antes de quince minutos...

Para consolarla la palp por encima de las mantas, y sobre los labios y
en las mejillas la di muchos besos.

Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.

--Han llamado--exclam doa Fabiana palideciendo.

Don Ignacio advirti su miedo y replic zumbn:

--Si ser don Gil?...

Absorta, ella repiti:

--Si ser don Gil!...

Y hubo en su acento tal misterio que, bien  su pesar, Martnez sinti
descender un estremecimiento de terror por su espalda.

--Veamos--dijo recobrndose--quin puede llamar  estas horas.

Sac del cajn de la mesilla de noche su revlver y sali al patio. Dos
veces, sin motivo, mir hacia atrs. Una inquietud supersticiosa le
envolva. Parecale que  su lado, silenciosamente, como sobre unos pies
de terciopelo, caminaba una sombra.

Al abrir la puerta el veterinario se encontr con Fermn. Tambin
reconoci el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos
cuadriles de los caballos. El tartanero se destoc, respetuoso.

--Buenas noches, don Ignacio.

--Hola, Fermn. Qu hay?...

--Nada, don Ignacio; dispense usted si llamndole le he molestado...

--No, hombre.

--Pero, yo me dije: No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar.
Pues, desde las doce estoy aqu!...

--No... no te haba odo--repuso Martnez con aire maquinal.

--Pues... no tenga usted prisa! Acabe usted lo que est haciendo con
todo sosiego; yo aqu le aguardo.

Don Ignacio no comprenda.

--Pero, t qu buscas?... T qu necesitas  qu quieres?...

Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colrica, llenaron
de estupefaccin el semblante carrilludo y cetrino de Fermn.

--Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...

--Entonces, qu?... A qu has venido?

--Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.

--Un recado? Te han dado  ti un recado?

--S, seor.

--De parte de quin? Que me maten si entiendo!

--Qu gracia! De parte de usted!...

--De parte ma!...

Don Ignacio sinti en todo su cuerpo un fro intenso, sutil, que llegaba
 sus huesos y l atribuy  la corriente de aire establecida entre la
calle y el patio. Para guardarse de ella sali  la acera, cerrando tras
s la puerta. En las palabras del tartanero Martnez empezaba 
vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.

--D, Fermn: cundo te llevaron ese recado?

--Poco despus de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado
as, en semejante posicin, el respaldo de la silla apoyado contra la
pared. Por ms seas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareci
don Gil Toms y me dijo: Fermn: vengo  decirte que luego,  las doce
en punto, ests con el coche en casa de don Ignacio.

Al oir el nombre del enano, Martnez se desemblant y turb hasta la
lividez. Fermn lo advirti.

--Pero, no es verdad?

--No, no es verdad--repiti Martnez--; yo no he visto  don Gil.

De pronto, rehacindose, porque su animosa voluntad se doblegaba
trabajosamente al miedo:

--Pero, t has hablado con don Gil?

--S, seor.

--T ests seguro de haber hablado con l?

--S, seor... ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo
que morir. Es ms: yo le pregunt, un tanto extraado del aviso: Es
que el seor Martnez va de viaje?... A lo que respondi: No s; pero
procura acudir puntualmente adonde te he dicho...

Fermn se di una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras
de Pedro.

--Lo habr soado?--exclam.

Refiri la escena detalladamente y cmo despus que don Gil Toms se
hubo marchado, al lamentarse l de tener que enganchar los caballos,
Pedro, el cocinero, empez  embromarle, asegurndole que aquello eran
invenciones suyas, puesto que el hombre pequeito no haba estado all.

--Si lo habr soado?--repeta Fermn--; diga usted, don Ignacio, ser
yo sonmbulo? Porque es muy extrao que, hallndome dormido y Pedro
despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese  don Gil y mi
compaero no le viese. Habr escondido en alguna brujera?...

El veterinario no contest. Fermn se sign cristianamente y prosigui
hablando, porque esto le aliviaba de su emocin. Don Ignacio pensaba:

El hecho de que este mastuerzo haya soado con don Gil, y de que la
intensidad de la alucinacin haya determinado en l una crisis de
sonambulismo, no me extraa. Pero, y Fabiana? Cmo Fabiana ha soado
tambin con l?...

A este pensamiento sucedi otro:

Evidentemente hay una relacin entre ambos sueos: el de Fermn casi
explica el de Fabiana; dirase que se trata de un rapto. Estar don Gil
enamorado de mi mujer?...

Pregunt:

--Y no te dijo don Gil  dnde habas de ir despus?

--No, seor; y si me lo dijo... no lo recuerdo!

Continu devanndose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don
Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardndole, le
interrumpi:

--Bueno, Fermn: no caviles ms en eso porque vas  perder el juicio.
Todo ha sido un sueo. Ea, hasta maana!...

Fermn salud:

--Ser como usted dice, don Ignacio: lo habr soado. Buenas noches... y
dispensar...

Subi al pescante, requiri las riendas y la tartana, oscilando sobre el
pavimento desigual, se alej lentamente. Una estela de silencio quedaba
tras ella.

Don Ignacio entr en su casa y cerr la puerta. Tena fro. Mir  su
alrededor. La lmpara del despacho recortaba en el suelo un largo
rectngulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas
en ordenadas ringleras, brillaban como crneos. Martnez volvi 
preguntarse:

Cmo ha venido el coche? Por qu Fabiana quera marcharse?... Qu
misterio se esconde en todo esto?...

Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se
erizaron. No vea  nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse
solo. Tembl. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de
msculos y arrebatado de corazn, sinti el miedo.




XXX


Las ltimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en
la misma suave sinfona, glauca y oro, del paisaje y del sol. La
temperatura era agradable. A intervalos cerrbase el horizonte y caa
una grupada que mojando los edificios los oscureca, lavaba las calles
pendientes y gorgoteaba risuea en los alcorques; pero, luego, el cielo
pareca ms lmpido y ms alto, y mayor la luz. En los rboles, desnudos
an, la mirada zahor de los agricultores atisbaba, sin embargo,
indicios de una pronta resurreccin; en los troncos advertanse
manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo
se convertiran en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era
menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecan en sus
laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche
blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, 
falta de otros colores ms blandos y alegres, el paisaje se cubra de
tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba
metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del
ocre, el negro rebruido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de
plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbn, y ms
arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin,
del mundo inorgnico, toda la policroma adusta, llena de severa
aridez, de la qumica mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y
de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del
feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde
predominante  fundamental eran el negro, el berilo y el ail muy
oscuro, la crestera cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un
azul plido, fro, triste, como un convaleciente...

En toda aquella poca del ao, desde primeros de Noviembre  mediados de
Marzo, la voz del Malamula pareca ms fuerte, y el paisaje cobraba
resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin
frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la
escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas
rampantes, de lquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las
voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse
desmayadamente y como entre terciopelos, repercutan mejor. Era la
sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las
alfombras.

Los rigores atmosfricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de
sus paredes, segua igual. El tiempo, el terrible anarquizante que  las
almas, como  los edificios, lleva siempre principios de disgregacin,
olvido y renovamiento, cambiando all de tctica, sirvi de argamasa, y
con ungento de rutina, ms coercitivo que el cemento romano, asegur la
marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de
veinte aos, cas con Dominga, la sobrina de don Valentn; pero como sus
economas no le bastaban  establecerse, segua desempeando sus
funciones de camarero con aquella discrecin que estereotip en su
semblante triste y flaco--semblante de dispptico--una sonrisa
servicial. Entre los parroquianos ms antiguos notbanse algunas
deserciones. Ejemplos: Romualdo Prez, cuyo humor pareca haberse
anubarrado con las cargas matrimoniales, y slo iba al Casino los
domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus
libertinas maas y formalmente enamorado de Anita Fernndez Parreo,
apenas sala  la calle de noche. Tambin su hermano don Niceto, el
juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parlisis,
observaban vida muy apartada.

En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elas, don Isidro
Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martnez y don
Artemio, continuaba inmutable. A ella habanse agregado otros elementos:
tales don Dimas Narro, mdico joven y de mrito, que en breve tiempo
supo ganarse una clientela; y don Belisario Lpez, el dueo de la
imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas  forasteras, no aportaron
al espritu arcaico de la reunin ninguna rfaga pinturera 
extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos
cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idnticas
palabras triviales. Por obra de la desocupacin y del fastidio, lo ms
balad se glosaba hasta la saciedad y era durante das motivo de
conversacin.

La vejez que las ruinas del viejo castillo infundi  los edificios,
trascendi  los caracteres. En aquel ambiente inmvil todo era ruin y
oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crmenes de Rita,
el misoginismo de los hombres y las orgas de don Gil, la idiotez de
Ramitas y la chismorrera, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El
alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de
Castilla, sin ecos ni colores.

Unicamente los jueves, das de mercado, traan al Casino cierto
regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la maana,
bajo los rboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba all
perfectamente.

El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la
raqueta del banquero sonaba ms.

A don Juan Manuel y  don Elas les gustaba jugar, especialmente al
primero, de quien se deca que en el Casino de Madrid lleg  perder
cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno
siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no
entristecan. Don Artemio tambin sola arriesgar algn dinerillo al
vaivn cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y
producale cosquilleos recnditos; su circulacin se aceleraba; pero
como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus prdidas, nunca
excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martnez. El
albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perda, doblaba
las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carcter se
desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio,
anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con
gruidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebulla
como si le pinchasen alfileres. Fusele la suerte propicia  adversa, el
seor Martnez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelin.

Aquella noche, despus de jugar un rato, la mayora del pblico regres
al saln del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un
espejo, del cuarto verde, se abra y aparecan ms socios.
Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corra
solcito, de un lado  otro.

Don Juan Manuel Rubio examin su cartera: haba perdido cien pesetas.

--De las cuales--contest don Elas--han llegado  mis manos la mitad,
justamente. He ganado diez duros.

Don Artemio Morn no haba cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo
que se divirti tena bastante. Don Isidro y don Dimas tambin
perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.

--Entonces--exclam don Elas liberalmente--invito  ustedes. El dinero
del juego es alegre. Llamen  Teodoro y pidan lo que gusten.

El dilogo recay sobre las operaciones realizadas aquel da en el
mercado. La arroba de carne de cerdo se haba vendido  setenta reales,
y  veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y
marranos de doce. Don Juan Manuel haca signos de asentimiento; l tena
en La Evarista varios cerdos que seguramente pesaban bastante ms; lo
lamentable era la epidemia de erisipela,  mal rojo, que aquel ao
afliga  los puercos.

--A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso.
No s qu le sucede; no le encuentran ustedes distrado?...

--Pues, en su negocio--repuso don Isidro--, no debe de irle mal. Tiene
todo el trabajo que quiere.

--Yo creo que bebe--insinu malvolamente don Artemio, bajando la voz.

Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel
instante sala Martnez. Don Ignacio, el paso firme, se acerc  la
tertulia y cogiendo una silla dejse caer en ella con mpetu. Su
semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, ms enardecidos que
nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Haba perdido
cuarenta y dos pesetas. A ltima hora necesitaba un cuatro de bastos
para desquitarse, y el banquero tir una sota...

--De bonsima gana--exclam--le hubiese dado un puetazo en la
cabeza!... As!...

Y su brazo corto y musculoso se encoga, se estiraba, describiendo la
trayectoria del golpe.

Las crisis de mal humor del veterinario producan en don Juan Manuel
reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era clera, minutos
despus en el diputado se haca risa. Aquellos dos caracteres,
igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida
de la furia del otro; si ste se deprima aqul se exaltaba, y de su
constante oposicin derivbase una atmsfera espiritual muy grata.

El seor Martnez aquella noche estaba de malsimo temple porque el
forjador de su taller se le haba marchado  Salamanca, y no tena con
quin reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y
de pocas palabras.

--Por lo mismo--agreg--, cuando esta maana, de repente, me dijo que se
iba, no s cmo no le di con el martillo.

Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del
seor Martnez y comprendan su contrariedad, y el perjuicio que aquel
accidente le irrogaba. nicamente don Juan Manuel se ech  reir.

--Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que est
jugando y el banquero le tira una sota... Puetazo al banquero! Que se
le va un empleado y no tiene con quin sustituirle... Puetazo al
empleado! Pero usted cree que las voluntades se arreglan  golpes, como
las herraduras? A caballo corredor, cabestro corto, amigo Martnez.

--En muchos casos, s, seor.

--Pero en otros muchos casos, no, seor; y en todos es preferible pecar
de tmido que de brbaro. Burrilla mansa,  su madre y  la ajena
mama... Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que  usted
le gustan!...

Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un
filsofo epicreo, de la moza temprana y del vino aejo, sustentaba
afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendan y regocijaban
amenamente  la reunin. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio
dialctico cultivando la paradoja, era bueno y alegre porque saba
perdonar, y perdonaba fcilmente porque todo le pareca bien. Haba una
lgica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y
su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el
optimismo fragante de su corazn perfumaba su discurso, y
recprocamente, su lgica daba  sus costumbres aplomo simptico. Alto,
grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fciles
 la dicacidad y  la risa, todo armonizaba en l; el dichete agudo, lo
subrayaba la lnea oronda del abdomen.

En las discusiones que emprenda contra todos, don Juan Manuel, soltern
y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el
olvido, la indulgencia frvola, el perdn hacia cuanto siempre se crey
imperdonable.

--Creemos--deca--que en moral hemos llegado  la perfeccin, que son
inamovibles los fundamentos que dimos  las nociones de deber y
bondad, y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueologa,
la medicina, la biologa, la mecnica y la estadstica, continan
progresando. No existe entre ambas afirmaciones contradiccin?... Yo
creo que s; pues si la moral constituye el cogollo  sumidad del humano
saber, y, por lo mismo, la sntesis, resultado  abreviatura de todas
las ciencias, mientras stas no lleguen  los lmites, lejanos todava,
de lo cognoscible, la ltima palabra de la tica no podr ser escrita.
Nosotros no sabemos an, definitivamente, dnde est la virtud. La
humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de da en
da, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne
maana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que
paulatinamente va formndose en los talleres, en las fbricas, en los
laboratorios, segn las necesidades materiales y el nivel cultural de
cada poca. La aparicin de un fsil desconocido, el descubrimiento de
una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La tica, seores, es el aroma
de muchas rosas enormes que aun estn abrindose...

Don Juan Manuel Rubio, que all, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del
Parlamento, raras veces se atreva  hablar, entre un grupo de amigos
era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrera,
tanto argumento desorbitado y capcioso.

--De modo--replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba
objetivar las ideas--que si un marido descubre la infidelidad de su
compaera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo
que debe hacer...

--Perfectamente; y mientras el consejo llega  n puede perdonarla y
seguir  su lado,  separarse de ella. Todo menos creerse autorizado 
asesinar cobardemente  una pobre mujer que, despus de amarle... y
acaso sin dejar de amarle... am  otro.

--Usted lo hara, usted perdonara?

--Sin vacilar.

--Bah!... Usted habla as porque es soltero.

--Y si me hubiese casado pensara lo mismo. Adems, no lo estoy?...
Evarista, con quien tengo relaciones hace doce  trece aos, como
ustedes saben, es para m una esposa. Yo, al menos, me fastidio  su
lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfaccin consiste en saber
que Evarista me quiere porque s, y no me engaa porque me respeta lo
suficiente para no engaarme, no porque carezca en su casa de completa
libertad. Esta alegre confianza ma los celosos la ignoran. Un celoso
debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legtimo amor, sino
miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y
vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que
creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de l. En
cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas
de par en par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no
quiere irse...

Don Juan Manuel disert amenamente acerca del amor y del modo, un poco
libertino, que l tena de sentirlo.

--Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con
sinceridad, pero s aparentar  fingir magistralmente que las amamos;
pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer  tan esquisitamente
frvolas, que se contentan y satisfacen con la ficcin. Cabalmente
porque nunca las quise mucho, fu por lo que ellas, casi todas, me
quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis
teoras y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la
renovacin frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin
embargo, quiero  Evarista y probablemente no me separar de ella. Es
cierto. Pero conviene consignar aqu que  todas las pasiones de mi
vida, aun  las mayores, fu ligada siempre una abundante dosis de
pereza. Yo no suelo serles fiel  las mujeres por cario; mi constancia
no es constancia legtima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por
abandono sigo  su lado, como frecuentemente hallndonos encamados,
tenemos sed, y no nos levantamos  beber por no molestarnos en cambiar
de actitud. Anomala extraa! La costumbre, que mata al amor, es, no
obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.

Fernndez Parreo aprovech la pausa que en este momento de su discurso
hizo el diputado, para sentar la opinin de que don Juan Manuel,  por
pereza, como l crea,  por nobleza, gratitud y perseverancia de
corazn, si llegara  casarse sera un marido modelo.

Don Juan Manuel sonri y movi la cabeza, en seal de duda.

--No s, mi querido amigo--repuso--; no s qu decirle, pues tengo
poqusima confianza en m. Sucede con los amores lo que con las citas.
Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. No es
correcto hacerla esperar al aire libre--pensamos--. Lo mismo ocurre en
los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos
retrasemos, siempre acudiremos  tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda
en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse.
El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale
 una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan
cmodas, nunca sera exacto...

Se interrumpi, tuvo una sonrisita desdeosa, aplast lentamente la
blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de caf:

--Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sent
celos. Pobres cerebros pequeos, cerebros oscuros!... A veces les
compadezco,  ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro ms que nadie
de ese mal, porque mi ambicioso corazn tiene celos simultneamente de
millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas,
que llenan los teatros de Madrid y no son mias.

Hizo un mohn irnico.

--Claro es que de tan descosida aficin amorosa un hombre discreto se
alivia fcilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasin, nos hemos
dirigido la siguiente pregunta: A quin pertenecen esas mujeres tan
bellas que vemos en la calle? A qu venturoso galn rindieron la
intimidad perfumada de sus noches?... Pero no debemos desesperarnos,
pues igual interrogacin se propondrn los dueos de tales hermosuras
con respecto de nuestras esposas. Es la triste condicin humana; basta
que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se
detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber
triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos le guan y ayudan en su
camino: la vista y el tacto. Pero dirase que aquella tiene vergenza de
que su aliado, mucho ms tardo y grosero, la empareje; y as, apenas
nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente
ingratos y peregrinos, miran  otra. Ello me anima  dar  ustedes el
siguiente consejo: cuando alguien desee mucho  una mujer casada y
cegado por su deseo se torture y piense que nicamente  su lado sera
feliz, acurdese de que, junto  ella, su esposo, ms de una noche, se
aburrir horrorosamente. Esta reflexin ha de producirle gran alivio...

Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel
intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel call la
conversacin sigui rumbos ms fciles.

Don Isidro dijo que por la tarde l y su cuado salieron  dar un paseo,
y que estuvieron divirtindose en tirar piedras contra un poste del
telgrafo.

--En ese mismo poste--agreg--, siendo yo nio, grab con un cortaplumas
las iniciales de mi nombre; hoy las busqu y all estn todava.

Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza
del vivir pueblerino, arranc un suspiro  don Artemio. Tambin suspir
don Elas. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo ms
pequeo durar ms que ellos.

Hablaron de dos turistas ingleses, padre  hijo, que llegaron al pueblo
la vspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje  Salamanca al
da siguiente.

--Entre ayer y hoy--exclam don Artemio--han recorrido, no slo la
poblacin, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para
aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque
bebiendo cerveza  la puerta del parador del Sol, y retrataron  unos
trajinantes gitanos que estaban all con sus caballeras. Despus, por
el Paseo de los Mirlos, bajaron al ro y visitaron la fbrica de
tejidos de Pepe Gonzlez.

Don Isidro, que aborreca  Gonzlez por rivalidades de oficio, tuvo una
mueca desdeosa.

--Y quin les llev  casa de Gonzlez?--interrumpi.

--No lo s.

--Siempre sera el mentecato de su sobrino Juan, el marido de _la
Manca_...

Don Isidro mir  los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del
hombre acostumbrado  acertar.

--Lo comprend--agreg--en cuanto dijo usted que esos forasteros haban
estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de _la Manca_,
no sale de all. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es tambin de
Felipe Ortiz, el dueo del parador. Esposa de la mano izquierda, se
entiende! No tiene otra!...

Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar 
Gonzlez, su enemigo, aadi:

--Pues, valiente telar han ido  ensearles! Apuesto la cabeza  que no
hay trabajando all ni cincuenta obreros. Si les hubiesen llevado  la
hilandera de mi suegro!...

--Tambin la visitaron--repuso el boticario--; y retrataron  todo el
personal. Despus repasaron el ro y triscando como cabras subieron
hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio
pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografas; decan que
la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mrito. En
seguida pidieron autorizacin para visitar el cuartel; estuvieron en la
torre y bajaron  los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos
aos, lo menos treinta, estaba cerrado. Tambin celebraron con
entusiasmo los frescos de la bveda de la enfermera. Pero lo que ms
les ha gustado, segn don Valentn, es el balcn de la calle Amor de
Dios.

--El de casa de doa Francisca?--pregunt Martnez.

--Eso es. Lo saba usted?

--Me lo dijeron anoche.

--S?... Dnde?

--En la peluquera de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera
Salamanca; aqu en seguida se sabe todo.

Comentaron abundantemente cuanto los forasteros haban hecho y dicho. No
llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la
excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de
mirar, de hablar, de moverse, descubran el rango de sus personas. Los
dos se parecan extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de
movimientos y rubios; caminaban  zancadas largas y usaban monculo. Lo
que ms pasmaba  la reunin era la actividad infatigable de aquellos
trotatierras.

--De ayer  hoy--observ don Artemio--han cambiado de calzado lo menos
cinco veces.

Agotado el tema, don Dimas interpel  su colega don Elas.

--Me debe usted una merienda!...

Entre risas, explic lo ocurrido. Acababa de sentarse  tomar un
piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.

--Tir la servilleta y corr al balcn  informarme de lo que suceda;
era la jaca de nuestro amigo Fernndez Parreo, que no quera andar. El
animal reculaba y se meta en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba
consigui dominarlo. Pero cuando yo volv  la mesa me encontr con que
el gato se haba llevado mi merienda.

--Al taller fueron  decirme--exclam don Ignacio--que en la calle Larga
se espant esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don
Elas.

Y agreg doctoral, dirigindose al mdico:

--Le advierto  usted que esa jaca est medio loca y antes de un ao
ser preciso matarla. Si halla usted ocasin de venderla, hgalo. Es un
buen consejo.

Don Juan Manuel pregunt al veterinario lo que convendra hacer con los
bueyes que tena enfermos. El seor Martnez hizo un ademn impaciente.

--Esos animales--replic con hostil vivacidad--estn tuberculosos. Ya se
lo he dicho  usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamacin de
la articulacin fmororrotuliana es producida por un exceso de
trabajo... Pues, no seor! Usted, para curarlos, habr empleado
vesicantes...  les habr aplicado inyecciones de adrenalina, verdad?

--Justamente.

--Y no ha conseguido usted nada?

--Hasta ahora, nada.

--Es claro! Porque esa inflamacin de la sinovial no proviene de ningn
esfuerzo, ni es de origen artrtico, sino de origen tuberculoso. Esos
bueyes, vuelvo  repetir, no le sirven  usted y debe usted matarlos
cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.

--Maana mismo pasarn  mejor vida--repuso tranquilamente don Juan
Manuel.

Con esta promesa, que era una satisfaccin y tributo rendidos  la
practica, saber y buena amistad, del seor Martnez, ste se di por
contento, y suaviz su humor.

Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compr en
Candelario.

--Tiene furor uterino?--interrog don Ignacio.--Entonces, es lo mejor
que puede usted hacer; porque, estirpndola los ovarios, rendir mucha
ms leche. Transcurridos dos  tres aos, quedar intil, ya lo sabe
usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar
por ella lo que haya podido costarle  ms...

--Necesito castrar un potro--dijo don Elas.

--Cuando usted guste.

--Esta semana. Todava es aal.

--Mejor. As la operacin ofrece menos peligros. Despus, el tratamiento
es sencillo. Se reduce  lavar bien la herida con agua sublimada 
fenicada, y  tener al animal, durante los ocho primeros das, atado
corto al pesebre, para que no se eche.

De pronto el seor Martnez se revolvi contra el boticario; su belicosa
voluntad acababa de sentir una crisis de clera.

--Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el
favor de no meterse  recetar. Usted no es quin, para recetar. Yo hablo
muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligacin, ha de limitarse 
servir las recetas que le lleven.

La acometida fu tan  quemarropa, que don Artemio,  pesar de su flema,
se ruboriz.

--Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. A qu viene eso?...

--Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: quien del alacrn
est picado, la sombra le espanta.

--Repito que no le entiendo  usted. A qu responde ese exabrupto?

--Viene  cuento--replic el seor Martnez clavando sus ojos
tempestuosos en los del boticario--de que muchas personas, unas del
pueblo, otras del campo, van  la farmacia de usted y, para ahorrarse el
dinero del mdico  del veterinario, le consultan las dolencias que
ellos,  sus animales, padecen. Y usted... claro!... les atiende; y si
haba de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y
cuartillo, sin advertir que, aqu, en Puertopomares, hay ocho mdicos y
dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted
hay que hablarle as, porque el buey ruin en cuerno crece...

Aunque acobardado por la marcial actitud de Martnez, el boticario se
crey obligado  oponer un alarde rotundo y viril  la acusacin de que
era objeto. La presencia de dos mdicos en la tertulia acrecentaba la
gravedad y ridiculez de su situacin. Apret bien los puos bajo la
mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de l una bizarra. Hasta
don Juan Manuel, se haba quedado grave.

--Y eso lo dice usted en serio?--interrog don Artemio, templndose
para la pelea.

--En serio, s, seor. Yo soy as. Yo hablo siempre en serio y digo las
verdades en la cara.

--Pues... miente usted!...

--Que yo miento?... Ha dicho usted que yo miento?...

Levantse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo
y esgrimindola  manera de maza, la descarg sobre la cabeza del
boticario. Reson un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo
y turgente, de don Artemio, tise de sangre. El agredido vacil, pero
recobrndose quiso arremeter  su rival, cuando ste, ponindole los
puos unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcert y
zarande hasta dar con l de lomos en el suelo. Alzronse todos,
acudiendo  represar con manos y razones la desbridada furia de don
Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de s, pretenda subirse encima
del cado y patearle y exprimirle como  uva en lagar.--Al capn que
se hace gallo, azotallo!--gritaba el albeitar, que, ni aun en tan
dramtico momento, perda su culto  los refranes.

Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que haban acudido
al ruido de la trifulca, rodearon  Martnez, llevndole, casi 
rastras, al hueco de un balcn. Fernndez Parreo y don Dimas favorecan
 Morn, ayudndole  enmendar el desorden de su traje y  limpirselo
con una servilleta. Haba en su solicitud una especie de solidaridad,
una protesta tcita contra la baratera del agresor. Muy plido, la voz
agitada an por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:

--Farsante!... Calumniador!... Decir que yo receto!...

En medio de su tribulacin el pobre hombre, con su elevada estatura, su
joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automticamente
se palpaba la frente con un pauelo, y al ver que ste se cubra de
prpura, volva  restaarse la herida. Entre su enorme crneo rojo y
sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenan una lividez
cadavrica y sus amedrentados ojos parecan mayores. Todo su corpachn,
dbil y cobarde, temblaba.

--Decir que yo receto!... Embustero!... Y acometerme hallndome
desprevenido!... Claro es que esto no queda as!... Yo sabr lo que
debo hacer!...

Dolase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque,  travs de
la distancia y de las personas que le defendan, las venenosas pupilas
de Martnez le buscaban furibundas y se clavaban en l como saetas.

Trmulo de clera, con algo de jabal acosado, en la expresin de los
enrojecidos ojos, don Ignacio repeta:

--Ese viejo usurero vive porque estn ustedes aqu. Pero yo, un da, le
mato; le abro la cabeza de un garrotazo...

Tambin se revolvi lesivo contra una observacin de don Juan Manuel.

--No, seor!--grit--yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que
dice en voz alta lo que piensan muchos. Ni ms ni menos! Los ocho
mdicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos
roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...;  no me da la
gana de callarme!... Bastante prudente he sido!... Este escndalo deb
darlo hace tiempo...

Como la furia del seor Martnez no amainaba, don Dimas y don Isidro
decidieron llevarse  don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba
una ocasin discreta para poner pies en polvorosa, agradeci
sinceramente aquella intervencin, y lanzando  su contrario una mirada
de desafo, insinu hacia la puerta del saln una retirada elegante.
Sali con andar lento y ajustndose bien el sombrero sobre sus melenas
despeinadas. En medio de su espalda, sealando la cresta ms saliente de
su joroba, griseaba una mancha de polvo.

Don Ignacio le grit implacable:

--Ya nos veremos!...

Al mismo tiempo que golpendose, por dos veces, el antebrazo izquierdo
con la mano derecha, pona  su advertencia un comentario obsceno.

Cuando don Artemio se march, el seor Martnez, y cuantos con l
estaban, volvieron  sentarse. Los nimos se apaciguaban. La opinin,
que hasta all habase mostrado indecisa, reaccion en favor del
veterinario. La mayora admiraba la crudeza de sus palabras y la
excelente puntera y diligencia de sus puos. Reconocan que el
silletazo que derrib  don Artemio fu magistral. Verdaderamente, don
Ignacio estuvo muy bien, y Fernndez Parreo le testimoni su adhesin
dndole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos
todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y
cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesa.

Don Juan Manuel lanz una carcajada.

--Realmente, hasta que no le he visto  usted boxear, amigo Martnez, no
comprenda yo que se le pudiesen dar  un hombre tantas bofetadas en tan
poco tiempo...




XXXI


--Advierto desde hace tiempo--haba dicho don Valentn--que don Ignacio
no se muerde ms que las uas de los dedos pulgares...

La observacin era rigurosamente cierta. Varios meses haca que el seor
Martnez, apenas se hallaba solo, empezaba  comerse vorazmente las uas
de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en l una
impaciente y colrica preocupacin. Su inquietud provena de la noche en
que doa Fabiana se levant sonmbula para ir  casa del hombre amarillo
y pequeito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni
la de Fermn, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son
frecuentes los ensueos que sugestionan  las personas dormidas al
extremo de obligarlas  la accin. Lo inexplicable eran el sincronismo y
la absoluta concordancia de ambos fenmenos. Don Gil haba dicho al
tartanero:

A las doce en punto estars con tu coche delante de la puerta de don
Ignacio.

Y  doa Fabiana:

Su marido est enfermo. Vaya usted  verle. Fermn la llevar 
usted...

El veterinario se recoma los sesos escudriando los vnculos que
pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acrrimo
y refractario, de consiguiente,  admitir que las almas campasen solas,
bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba  toda cbala
cientfica. All haba un secreto, un enigma, demasiado complejo para
achacarlo  la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el
recelo de parecer asustadizo y de que las gentes empezasen  decir que
don Gil Toms gustaba de doa Fabiana, le contenan. Su reserva y las
supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupacin.
Como l, doa Fabiana adverta  su alrededor, especialmente de noche,
un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En
otra ocasin, Martnez hubiese achacado aquel sobresalto  un principio
de neurastenia; pero, contra esta suposicin tranquilizadora, alzbase
el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo,  la
virtud de su mujer.

--T no crees--preguntaba Martnez  doa Fabiana--que don Gil est
enamorado de ti?

--No lo creo.

--Una noche, sin embargo, soaste con l; quera abrazarte; t me lo
dijiste.

--Qu importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueos son
tonteras.

Don Ignacio desconfiaba; tema que su mujer, conociendo las violencias
de su carcter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no
ocultarle nada, y tal acento de conviccin y nobleza tenan sus
palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doa Fabiana era sincera;
el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.

Adems, la seora de Martnez no haba vuelto  soar con don Gil, y si
alguna vez le vi en sueos, fu tan ligeramente, que su imagen no dej
rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no saba
interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco,
muy pulcro, le impeda formular preguntas infames. Doa Fabiana, sin
embargo, le responda explcitamente. Demasiado comprenda las
curiosidades de su marido cules eran y por dnde iban orientadas.

--Puedes creer--le deca--que despus de esa noche de que ya hemos
hablado, no he visto  don Gil.

Con cuya misericordiosa afirmacin Martnez senta apaciguarse la
agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazn de una sofocante
pesadumbre.

Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenz  celebrarse en
Salamanca la vista del proceso instrudo contra los hermanos Paredes. La
noticia produjo en Puertopomares indecible emocin y devolvi  _los
Rojos_ todo su repugnante inters criminal. Los detalles de la causa, un
poco olvidados en el somnfero transcurso de aquel ao, readquirieron
llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada
siempre casa del chopo, miraba recelosa hacia la puerta; aquella
puertecilla srdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la
calle, por donde el cadver del seor Frasquito sali una maana
llevndose  la tierra el secreto de su agona. Nada faltaba en el negro
horror de tan inaudita tragedia policaca: las relaciones incestuosas de
Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el
planteamiento y realizacin de su crimen; el hallazgo de las tres orzas,
llenas de dinero, detalle que enardeca la imaginacin popular inclinada
 creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de
tan ominosa pelcula ofreca un intervalo de sosiego, de paz hipcrita:
el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia
honrada, frtil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de
todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta
temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente  la crianza de sus
hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las
torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de sbito, sin razn
ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar  tres nios
bajo las ruedas de un tren. Por qu aquel triple infanticidio? Qu
espritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la
ofrenda de aquella sangre inocente? Asesinando  sus hijos cumplira
Rita Paredes algn voto?...

Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles
en las posiciones que cada cual haba elegido. Rita ratificaba
puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad  su hermano. En
cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona
se aturrullaba y contradeca, su situacin era, por momentos, ms falsa.
Vicente Lpez se disculpaba diciendo que, efectivamente, l quiso
llevarse  Buenos Aires  su hijo Deogracias y  Rita, pero que no
comprenda por qu sta asesin  sus otros hijos, ni cmo pudo llegar 
tan desaforado extremo de sevicia.

Fernndez Parreo y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro
Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurri la muerte del seor
Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por
la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al
proceso, pero sirvieron para exacerbar la pblica inquietud. Los
comentarios se multiplicaban hasta lo infinito;  Epifanio Rodrguez, el
estanquillero, le arrebataban los peridicos de las manos.

En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del
Caf de la Coja, bajo el emparrado tendido,  modo de visera, ante el
Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se
reuniesen cuatro  cinco personas, siempre haba una dispuesta  leer en
alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa
salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenan un
inters nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la
vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias,
emboscadas y giles taimeras del fiscal. En el Casino, donde, segn
costumbre, Martnez era el encargado de leer los peridicos, reinaba
expectacin indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas
sobre la nariz y coga la Prensa, apagbanse todos los murmullos del
saln, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus
tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel,
Fernndez Parreo y otros amigos, los oyentes se opriman. Cada cual
coga una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el
fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas
elctricas, nicamente Teodoro, rgido y vestido de negro, las manos
atrs y la servilleta al hombro, permaneca de pie. Su cabeza plida,
cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados segn la moda francesa,
pareca de oro.

Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta
sesin. Don Ignacio Martnez, que acababa de beber una copita de coac,
se limpi los labios con la mano, pase por su auditorio una mirada
satisfecha, y empez  leer:

A las dos en punto comienza la sesin. La tribuna pblica rebosa gente;
los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de
puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el seor
presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos
aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una
puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes;
luego su hermano, Toribio Paredes; detrs, Vicente Lpez. Los tres
ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, 
lo que el seor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con
Vicente y Toribio. Este no dice nada; hllase muy abatido y no levanta
los ojos de la alfombra. Vicente Lpez, en cambio, mira al pblico con
descaro y sonre  los periodistas.

Empieza el interrogatorio. A una invitacin del seor presidente, Rita
Paredes se levanta. Parece ms alta, ms flaca, ms angulosa, que nunca.
Sus brazos descarnados forman, con la lnea de los hombros, un ngulo
recto.

Fiscal.--Veamos, Rita: el Tribunal est muy satisfecho de usted porque,
desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida  ayudarle
en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las
declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la
Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre
ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que  Frasquito Miguel le
mataron entre usted y su hermano Toribio. Es esto verdad?

Rita.--S, seor.

--En la comisin del asesinato no les ayud nadie? No tenan ustedes
algn cmplice?

--No, seor, ninguno.

--Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando l regres del
Caf de la Coja, ya de madrugada, vi  un hombre que sala corriendo de
casa de ustedes, y que en aquel individuo crey reconocer  Vicente
Lpez, _el Charro_, antiguo amante de usted.

--Es mentira.

--Fjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita
hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echara
usted sobre su conciencia una responsabilidad gravsima, si, por
favorecer  la persona que ama, acusase usted  un inocente.

--He dicho la verdad.

--Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa conviccin.
Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, segn declaracin de
diversos testigos, pareca profesar  su cuado morgantico sincero
afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle. En cambio,
hallo muy verosmil que usted y Vicente Lpez, el padre de su primer
hijo y, segn indicios, el hombre  quien usted ha querido ms,
decidiesen matar  Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir 
Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la
perpetracin del delito y el da de la fuga, no significa nada, ni pesa
nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado
por ustedes para eludir sospechas.

(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre
el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente Lpez se rebulle en
su asiento y hace con la cabeza enrgicos ademanes negativos. Uno de los
guardias que le custodian le toca en la espalda y por seas le ordena
que observe ms circunspeccin y mesura. _El Charro_ suspira y se encoje
de hombros).

Fiscal.--Qu responde usted, Rita,  lo que acabo de decir?

Rita.--Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio
no sali  la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa 
hurtadillas suyas. Adems, en aquella poca Vicente Lpez no viva en
Puertopomares.

--Dnde estaba?

--No lo s; no nos escribamos. Habamos reido y haca aos que yo no
tena noticias de l.

(El abogado de Toribio Paredes pide autorizacin para dirigir  la
acusada una pregunta. El Tribunal consiente).

El seor Garca Prez.--Cmo explica entonces la acusada que, apenas
asesinado el seor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente Lpez el
cario hacia ella? Yo invito  la Sala  fijarse en la extraa
concatenacin de estos hechos. Hay entre ambos una derivacin
perfectamente lgica. A mi juicio, si Vicente Lpez no es el ejecutor
del crimen, fu, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su
repentino amor  la acusada slo se explica por el deseo de apoderarse
del dinero de la vctima. Es cuanto tena que decir.

El seor Bastn, defensor de Vicente Lpez, exclama:

--Esa observacin carece de sentido.

El seor Garca Prez, que no ha odo:

--Cmo?

--El seor Bastn.--Se quiere, porque s, y los amores que parecan
muertos resucitan tambin porque s. Esto sucede todos los das. Decir
lo contrario es hablar como lo hara un chiquillo sin experiencia.

(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo.
El seor presidente se cree obligado  intervenir):

--Orden, seores!...

(El seor Garca Prez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja
caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la
alfombra. El seor Garca Prez hace un guio de contrariedad. Ms
risas).

Fiscal.--No obstante lo afirmado por el seor Garca Prez, la acusada
mantiene sus declaraciones?

Rita.--S, seor.

--Su hermano Toribio es el nico autor material y moral del asesinato
cometido en la persona de Frasquito Miguel?

--Cmo, moral? Qu quiere decir eso?...

--Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente Lpez, por
ejemplo,  otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto  usted
como  su hermano, desembarazarse del seor Frasquito.

(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El seor fiscal insiste):

--Dganos la verdad: Nadie indujo  ustedes al asesinato del seor
Frasquito?

--S, seor.

--Cmo? Alguien ha aconsejado  ustedes matar  Frasquito Miguel?

--S, seor.

--De ello, sin embargo, nada haba usted dicho hasta ahora...

--No, seor.

--Por qu?...

--No me haba acordado.

(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emocin. La
mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonmbula. Toribio Paredes
levanta precipitadamente la cabeza y mira  su hermana. Su rostro
refleja una ansiedad y una alegra).

Fiscal.--Supongo que no intentar usted descarrilar la accin de la
justicia inventando patraas cuya falsedad no tardaramos en comprobar.

--No, seor; juro decir verdad.

--Entonces, hable usted sin miedo. Quin aconsej  usted y  su
hermano asesinar  Frasquito Miguel?...

(Prodcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto.
Centenares de ojos, bruidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta
duda, mira al Tribunal,  los letrados y al pblico, con expresin
idiota. Por dos veces se lleva las manos  la frente y, automticamente,
se alisa los cabellos).

--Lo que voy  decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo
y, de consiguiente, que no sabr explicar...

--Hable usted como mejor sepa, Rita; aqu estamos todos dispuestos 
ayudarla.

(La voz del seor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora
dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe
hablarse  los acusados para empujarles  la sinceridad y  la
confesin. Toribio Paredes no cesa de mirar  su hermana. En la cara de
Vicente Lpez hay asombro).

Rita.--La persona que, tanto  mi hermano como  m, nos ha dicho que
debamos matar  Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Toms.

--Quin es don Gil Toms?

--Un seor que nosotros conocemos.

--Dnde vive?

--En Puertopomares,  la entrada del Paseo de los Mirlos.

--Sigue viviendo all?

--S, seor.

--Y qu inters cree usted que poda tener ese don Gil Toms en el
asesinato del seor Frasquito?

--Lo ignoro.

--Habl usted muchas veces con l?

--S, seor.

--Y su hermano?

--Tambin.

(Toribio Paredes hace, con gran energa, ademanes afirmativos. Una ola
de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la
estrecha frente cubierta de sudor. Vicente Lpez guarda la actitud
reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado,
muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).

Fiscal.--Dnde vea usted  ese don Gil Toms?

--En mi casa. Es decir: yo no le vea en ninguna parte. Yo le vea y
hablaba con l, pero era en sueos.

Al llegar  este punto don Ignacio Martnez, que, no bien ley el nombre
de don Gil, haba comenzado  dar muestras de agitacin, tir el
peridico sobre la mesa y empez  morderse el pulgar derecho. En su
rostro, crispado por una terrible emocin, los ojos pequeos y redondos
ardan y quemaban como brasas. Los circunstantes se miraban atnitos.
Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusacin lanzada por Rita
Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de
sugerirles la inslita actitud del seor Martnez.

Don Juan Manuel le interpel:

--Qu le sucede  usted? Est usted enfermo?...

Fernndez Parreo miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su
semblante sntomas de congestin. Varias personas se haban puesto de
pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquiri repentinamente la blancura
del miedo. Hubo un silencio lleno de inters, de emocin, de solicitud.
Don Ignacio, callado, continuaba mordisquendose las uas con tan saudo
ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. Por qu
aquel furor canbal? Algunos recordaron la fiel observacin de don
Valentn: Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uas que
la de sus pulgares...

Don Elas toc ligeramente en un brazo al seor Martnez.

--Qu ha sido eso?... Un mareo, verdad? Quiere usted beber un sorbo
de agua?

Don Ignacio pareci recobrarse:

--No--dijo--, no es nada; muchas gracias.

Don Elas se volvi hacia la reunin:

--Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz
aturde; he tenido ocasin de comprobarlo personalmente ms de una vez.

--No es eso--contestaba Martnez--; no es eso...

Cmo explicar en pocas palabras el efecto que la revelacin de Rita
Paredes le haba producido? Cmo decir que, asociando las sugestiones 
que la mujerona se refera con las alucinaciones de doa Fabiana y de
Fermn, acababa de tener la conviccin vertical, irreductible, de que el
hombre pequeito era un espritu sabtico?...

Para excusar explicaciones, el seor Martnez se levant:

--Seores, ustedes van  permitirme que me retire...

Fernndez Parreo, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron
acompaarle.

--Iremos con usted hasta su casa--decan.

--No, no; muchas gracias; no es preciso. Cranme ustedes: estoy bien,
completamente bien. Hasta maana...

Y se fu dejando  todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Despus
don Elas se puso sus gafas y cogi el peridico.

--Entonces, si ustedes quieren, leer yo. Dnde estbamos?... Ah, s!
Aqu: Rita haba dicho que vea y conversaba con don Gil Toms en
sueos.

Fiscal.--Cmo se explica usted eso?...

Prosigui leyendo. Su voz caa, como lluvia benfica, sobre la
curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida  una
sed...




XXXII


El proceso instrudo contra los hermanos Paredes tom, de pronto, un
sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las
contestaciones de los reos tenan una orientacin teleptica, un picante
alio abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pblica, aguijoneada
diariamente por los peridicos, tocaba  las cumbres de una excitacin
morbosa. La multitud estaba dispuesta  amotinarse contra don Gil Toms,
y haca una semana que el hombre pequeito, tildado de asesino y de
duende por la opinin, no se atreva  salir  la calle.

De este criterio pareca participar tambin la Prensa salmantina. Un
mdico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, public
una crnica explicando las relaciones entre el sueo y la vigilia, y
cmo la voz tergica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad.
Aquel artculo produjo impresin y anim  su autor  escribir otros. Un
publicista spenceriano le contest, rebatindole. Surgi una polmica.
La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se
enardeca y flameaba como una bandera.

Apenas Rita Paredes se acord de acusar  don Gil Toms de la muerte del
seor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios
cambi. Toribio,  su vez, se declar autor del asesinato del buhonero y
confirm puntualmente las palabras de su hermana.

Yo no hubiese pensado nunca en matar  Frasquito Miguel--dijo--si don
Gil Toms, en sueos, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; aadiendo
que, si yo le complaca, l sabra arreglrselas de manera que el crimen
no se descubriese.

El Tribunal pareca impresionado. Haba en las declaraciones de los
hermanos Paredes una armona absoluta, una categrica uniformidad de
detalles. A porfa Rita y Toribio citaban frases, conversaciones,
pormenores, que evidenciaban la sugestin criminal del hombre pequeito.
Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto,
inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les asegur que el seor
Frasquito tena su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y
quien explic  Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con
que haba de matar, para que ante los ojos de la opinin el mazazo se
convirtiese en coz; y quien, finalmente, oblig  Rita  desembarazarse
de sus hijos, amenazndola con delatarla  la Justicia si no lo haca.
Los jueces estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y
extravagante, caa sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permaneca
inexplicable era el motivo que pudo impelir  don Gil  exterminar de
tan excntrico y cruelsimo modo  Frasquito Miguel y  sus
descendientes. El proceso salase de sus moldes habituales y perda su
carcter contemporneo para convertirse en una de aquellas causas por
brujera, que apasionaron  la Edad Media.

Tan serio inters y alboroto acentuse ms an cuando las declaraciones
de Vicente Lpez confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto
ltimamente los hermanos Paredes haban dicho. A su vez _el Charro_
recordaba haber soado diferentes veces con un hombre amarillo y
pequeo,  quien no conoca, que porfiadamente le hablaba de que Rita
tena buenos ahorros y le aconsejaba volver  reunirse con ella. Ahora
que saba, aunque slo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba
de que fuese ste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo
explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos aos vivi
sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros
afanes ocupaban su corazn. Tampoco sufra remordimientos por haberla
abandonado; el tiempo se haba llevado su imagen muy atrs. Una vez, sin
embargo, so con ella, y cuando despert estaba triste. Varias noches
consecutivas aquel ensueo se repiti. Por qu? Vicente Lpez lleg 
preguntarse: Habr muerto?... Durante todo el da una pesadumbre
indefinible le acompa, semejante  una sombra. Es que las veleidades
y alegras de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lgrimas?
Lo que en los aos verdes fu risa, ser despus, bajo la nieve de los
cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondi un hombrecito
estrafalario. Aquel individuo exhortaba  Vicente Lpez  reunirse con
Rita. Esa mujer te quiere como nadie te quiso--le deca--; con ella y
tu hijo aun puedes ser dichoso. Sus palabras iban derritiendo poco 
poco los hielos ingratos que sobre su corazn fu echando el tiempo. Y
_el Charro_ pens: Por qu no soplar y avivar el rescoldo? Por qu no
sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?... A esta resurreccin
sentimental serva de poderoso abono el mal curso de sus negocios.
Vicente Lpez estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su
antigua amante constitua para l una salvacin. Por eso se inform del
paradero de Rita y con ansias, que igual podan ser de amor que de
lucro, fu  buscarla; pero ni saba que el seor Frasquito hubiese
muerto asesinado, ni tuvo participacin alguna en el execrable
infanticidio del tnel.

La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pes en el nimo de
los jueces y les determin  reclamar la presencia de don Gil.

Apenas el mandato judicial lleg  Puertopomares, don Niceto Olmedilla
se apresur  cumplirlo. Sin perder instante, acompaado de su
secretario y de dos alguaciles, personse en el domicilio del enano. Al
verle, el hombre pequeito se inmut, y la sorpresa acreci el livor de
sus mejillas.

--Viene usted  detenerme, amigo don Niceto?

--S, seor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de
transmitirme. Usted sabr, por los peridicos, que los Paredes le acusan
del asesinato de Frasquito Miguel.

--Efectivamente; pero su afirmacin es gratuita, descabellada... carece
de todo sentido comn!...

En la expresin de sus ojos glaucos haba una fuerte, indiscutible y
sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sinti el leal imperio de
aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliacin y
disculpa.

--Lo comprendo--repuso--pero la humana justicia procede as, y en casos
como ste, el deseo de descubrir la verdad la obliga  toda clase de
tanteos y pesquisas.

La escena se desarrollaba en el comedor. Caa la tarde. Delante de la
ventana abierta sobre el jardn, en la blanda palidez azulina del
espacio, negreaba misterioso el ramaje cnico de un ciprs. Don Gil iba
y volva por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los
bolsillos del pantaln: ms que inquieto, manifestbase humillado y
enfurecido por aquel contratiempo que,  barrisco, irrumpa en su vida y
la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostr serenarse. Mir al
reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises.
Eran las seis.

--Cundo hemos de marcharnos?--pregunt.

--El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aqu
antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se
divulgue. Ya recordar usted lo que sucedi cuando nos llevamos  los
hermanos Paredes  Salamanca.

--Es cierto!...

En un rapto de clera, don Gil levant los brazos sobre su cabeza; entre
los puos de su camisa, sus muecas dbiles y sus manecitas blancas,
impotentes, minsculas, parecan las de un nio.

--Qu contrariedad, qu trastorno! Este incidente me obligar, tarde 
temprano,  marcharme de aqu. Ya lo vern ustedes!...

Asomse  un balcn y llam  sus criadas, que platicaban en la calle
con unos vecinos  quienes haba alarmado la llegada del juez.
Obedientes  la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil
djolas brevemente lo que deban hacer durante su ausencia. Pidi luego
le colocasen en un maletn sus enseres de tocador, y sin otras
dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por
los alguaciles, sali  la calle. Noticiosas de su detencin muchas
personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque,
delante del Parador del Sol y  la entrada de la calle Larga, la gente
se detena para verle pasar.

Con este nuevo alio de brujera y ocultismo, tan del gusto popular, el
inters de la causa aument. Los nuevos interrogatorios  que el fiscal
someti  los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de stos con
el hombre pequeito, tenan una orientacin cabalstica, un aroma de
otra vida, que exasperaban la curiosidad.




XXXIII


La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo,
as en el pblico como en las personas del Tribunal, emocin fortsima.
Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minscula
figura de aquel hombrecito sobre quien,  porfa, los tres procesados
declinaban las peores responsabilidades. Tambin advirtieron la
expresin cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.

Don Gil Toms afront aquel momento con bizarra. Traspuso sereno la
barandilla que limitaba el espacio destinado al pblico, y subi los dos
peldaos que facilitaban el acceso al estrado. La inverosmil pequeez
de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y
de sus pies, y ms an la quietud de su cabeza, lvida y grave, dbanle
las apariencias de un mueco. Hubo un largo murmullo. Don Gil mir  su
alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revesta los altos
muros, el dosel que daba  la mesa del Tribunal severo paramento, el
ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes  hojas otoales,
amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo,
paredes, muebles, naufragaban en la misma ola prpura; un miraje
alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los
magistrados flotaban exanges y como truncas...

Despus de responder  las generales de la ley, don Gil esper cruzado
de brazos. Iban  carearle con Rita. Su aspecto, su respiracin, la
mirada lmpida de sus ojos, decan su inocencia. Apareci la mujerona.
Desde el primer instante el fiscal encauz el interrogatorio
diestramente y sin divagaciones.

--Como usted sabe--empez diciendo el representante de la ley--, aqu se
han lanzado contra usted acusaciones gravsimas. Dos de los tres
individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser
usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la
codicia y otras su odio al difunto, les determin y condujo al crimen.
Es cierto?

--No, seor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en
consideracin me parece ridculo.

La rplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer
un poco las cejas del seor fiscal.

--No debe el testigo--dijo--discutir los medios de que el Tribunal se
sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su
opinin acerca de esto. Limtese, por consiguiente,  contestar.

Don Gil se inclin, demostrando acatamiento y reverencia. Continu el
fiscal.

--Conoca el testigo al difunto Frasquito Miguel?

--S, seor.

--Desde hace mucho tiempo?

--Desde hace ocho  nueve aos. No sabra precisar ahora cuntos.

--Fueron ustedes muy amigos?

--No, seor. Nos saludbamos en la calle y nada ms. Puedo decir que
slo le conoca de vista, como conozco  todos los vecinos del pueblo.

--No alimentaba usted contra l ningn motivo de resentimiento?

--Absolutamente ninguno.

--Los padres de usted conocieron al interfecto?

--Lo ignoro. Supongo que no.

--Dnde estaba usted la noche de autos?...

--En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo  la calle despus
de cenar.

--Qu impresin le produjo la muerte del seor Frasquito?

--Una impresin de piedad. Le crea un hombre inofensivo y bueno.
Recuerdo que al siguiente da tropec con su entierro y me un  su
comitiva.

--Por qu?...

Esta pregunta, que en otra ocasin cualquiera habra parecido ociosa,
interes  la Sala. Tambin sorprendi  don Gil, que se alz de
hombros.

--Porque s--repuso. Su voz era tranquila.

El fiscal continu:

--No comprendo entonces la participacin activsima que Rita Paredes y
su hermano le atribuyen  usted en el asesinato del seor Frasquito.
Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte.

--Tampoco yo lo comprendo, seor fiscal.

--Frecuentaba usted el trato de Rita?

--No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la
conoca de vista, saba su historia y nada ms.

El fiscal invit  Rita Paredes  levantarse.

--Es cierto--pregunt--como diferentes veces ha manifestado usted, que
el testigo la indujo  matar  Frasquito Miguel?

--S, seor.

--Hable usted.

Con leal vehemencia, la mujerona dirigi sus miradas y sus ademanes
hacia el hombre pequeito. Un gran cimiento de lgica, un fondo de
verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazn  sus palabras, al
parecer incoherentes. Don Gil la convenci de que deba asesinar al
seor Frasquito, la dijo dnde ste guardaba sus ahorros y la asegur
que de aquel crmen la Justicia nunca sabra nada. Agreg.

--No haba noche en que don Gil  su alma...  lo que fuese!... no
compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormamos, y unas veces
 l, otras  m, siempre nos deca lo mismo: Que Frasquito Miguel no
serva para nada, y que si le matbamos podamos tener dinero y ser
dichosos...

Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeito, que empez 
gritar:

--Esa criatura est loca! Sus palabras carecen de sindresis!... Pero,
no lo comprende as la Sala?

Rita le increp con una clera que el respeto de las frases no bastaba 
encubrir:

--No, seor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los
motivos que usted tendra para odiar  Frasquito Miguel y desearle la
muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba
transcurrir si recomendarnos que le matsemos.

--Falta usted  la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni
despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.

--Que no, seor don Gil?

--No, seora.

--Y de la hecatombe del tnel, no tiene usted la culpa?

--Yo?... Yo?...

--Usted no me orden que, antes de irme con Vicente Lpez, matase  mis
hijos, pues de no hacerlo dira usted  la Justicia que entre mi
hermano y yo asesinamos  Frasquito Miguel?

A estas acusaciones replicaba don Gil Toms con negativas rotundas y
llevndose escandalizado entrambas manos  la cabeza. Cuanto Rita deca,
punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse
de acuerdo, y el careo, por tanto,  pesar de la excelente discrecin y
pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.

Otro tanto sucedi en el careo verificado al da siguiente entre el
hombre pequeito y Toribio Paredes, lo que rest algn inters  la
vista. Toribio expona lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil
en trminos idnticos  los empleados por su hermana. Asimismo don Gil
se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El
pblico empezaba  aburrirse.

En cambio, la declaracin de Vicente Lpez trajo una variante muy amena.
Al ver  don Gil, _el Charro_ tuvo un ademn de asombro; despus aquella
sorpresa fu convirtindose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su
voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse
carne; carne real, viva...

--Con este hombre--dijo--yo he hablado en sueos muchas veces.

Las palabras de Vicente Lpez causaron enorme emocin: eran sencillas,
reveladoras, implacables. El fiscal pregunt  Vicente:

--Reconoce usted bien al testigo?

--Perfectamente, seor fiscal.

--Y por la voz, le hubiese usted reconocido tambin?

--No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas
que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros
odos; quiero decir, que no suena realmente.

Las declaraciones de Vicente Lpez y de los hermanos Paredes,
ajustndose y completndose admirablemente unas  otras, constituan un
terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros
entresijos de aquel asunto haba un secreto teleptico. Si Toribio y
Rita hubiesen acusado  don Gil desde el primer momento, hubiera podido
creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los
cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones
judiciales tomaron por los trigales del misterio, surga de pronto,
cuando los procesados llevaban ms de veinte das de rigurosa
incomunicacin.

Las primeras frases en que Rita Paredes se acord de presentar  don Gil
como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos,
parecieron baar en una nueva luz la conciencia de los otros dos
acusados. Espontneamente y con el franco mpetu que inspira la verdad,
Toribio y Vicente renunciaron  las posiciones en que precavidamente se
haban encastillado: Toribio acept la parte de culpa que le
corresponda en el crimen, y _el Charro_ vi surgir del olvidado
horizonte de sus recuerdos la imgen de un hombrecillo que, usando
palabras insinuantes de amorosa emocin y melancola, le aconsejaba
buscar  Rita. La armona de estas declaraciones era rotunda. Entre las
de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una
contradiccin, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espritus, la
impresin de aquellos sueos criminales subsista intacta. Ambos, por
igual, haban experimentado las influencias telepticas de don Gil, los
dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cmo
aquellas alucinaciones nocturnas se producan, las palabras del
sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que
se presentaba y se iba. Al par de Toribio, Rita citaba momentos,
miradas, fechas y otros detalles terminantes.

Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener
semejante patraa; esto requera una memoria, un vigor de entendimiento
y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como l, eran
absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada
inventado: sus confesiones envolvan un misterio real, acaso un arcano
problema cientfico. A saber: Pueden los espritus separarse de sus
cuerpos durante el sueo? Y en caso afirmativo: Pueden las almas
conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar
despiertas lo que determinaron hacer hallndose dormidas?... Para mayor
asombro, las ltimas declaraciones de Vicente Lpez ratificaban las de
los Paredes, y eran como una firma ms estampada al pie de aquella
especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.

Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las
miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeito no saba
nada, no comprenda nada, de cuanto le decan. Todas aquellas
imputaciones parecanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas
por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acoga con
regocijo insano. l apenas haba tratado al seor Frasquito; l apenas
sala  la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes,
sin recobecos, sin negocios, deslizada pacficamente bajo las miradas de
sus vecinos. Quin poda reprocharle ninguna mala accin? A quin
haba engaado? Con quin haba reido? Para honrarle no estaba all
su historia lmpida, clara, impoluta, semejante  un cristal baado en
sol?...

Don Gil no menta, y como las agitaciones de su vida nocturna huan de
su espritu con la vigilia, este olvido daba  sus protestas un acento
irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que
contra l dirigan los procesados, no eran menos enrgicos los gestos y
las frases con que el hombrecillo se defenda; y esta indomable
sinceridad hacase temblor colrico en sus manos y fuego vengativo en
sus ojos. Escuchando desapasionadamente  unos y otros, la Sala lleg 
convencerse de que nadie menta. Eran francos los hermanos Paredes, lo
era Vicente Lpez, lo era tambin don Gil. Mas, cmo vincular la vida
real  la fantstica? Cmo conceder capacidad criminal y, de
consiguiente, valimiento jurdico,  un sueo? Los Paredes y Vicente
Lpez aseguraban haber soado muchas veces con don Gil, pero ste lo
negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante
don Gil poda ser ajeno  ellas. Los fisilogos no han conseguido medir
an el alcance de los sueos. Pudo la voluntad de don Gil presentarse
una vez y muchas  los acusados y ejercer presin en ellos; pudieron
stos asimismo, soar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre
pequeito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto 
visin de la fantasa de los durmientes. Y en esta enmaraada selva de
suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, dnde hallar la
verdad?...

Al cabo, con muy sano acuerdo, los seores jueces decidieron atenerse 
los hechos comprobados y renunciar  toda laya de pesquisiciones
metafsicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar 
Toribio Paredes la confesin de su crimen, no quisieron obtener ms de
l y restituyeron al hombre pequeito su libertad.

No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal
para el enano. Sus discusiones con Vicente Lpez y los Paredes ante la
Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra l,
ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua creencia de
que don Gil Toms, si no capacidades de hechicero, precisamente, tena,
cuando menos, ciertos dones extraos, poderes telepaticos, virtudes
hipnticas, que le permitian ejercer,  distancia, influencia sobre las
personas. La opinin elogiaba la hbil cautela con que la Audiencia
salmantina desde el aura de brujera en que los tres acusados trataron
de envolver al hombrecillo, pero reservbase el derecho de seguir
creyndole un empecatado y temible jorgun.

Como el tonto Ramitas que, de ao en ao, arrastraba por las calles su
gruido idiota, don Gil lleg  ser un tipo representativo. Ramitas
personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofera y
atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las
supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.

Tambin pareca tener el rostro de la Muerte.

A nuestro alrededor, da y noche, en todos nuestros actos, en todas las
conversaciones, en el agua demasiado fra que bebimos  destiempo, en el
rayo de sol que calent demasiado nuestra nuca, en el negocio que
emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible
considerar que la casa donde moriremos seguramente ya est edificada,
que hay una escalera cuyos peldaos bajaremos en hombros, que la madera
de nuestro atad existe ya. Cul es esa casa?--pensamos--Qu rbol,
entre los millares de rboles que vi cruzando un bosque en tren, dar la
madera de mi atad? Qu sastre har mi ltimo vestido? Cules sern el
ltimo teatro, la ltima ciudad, el ltimo paisaje, que miren mis ojos?
Y, de cuantas manos estrecharon la ma, cul cerrar mis prpados?...
Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los
Mirlos. Don Gil Toms, con su actitud, que destilaba silencio, y sus
labios sin risas, deba de poseer la clave de tan terribles preguntas.

Prodjose contra l una reaccin brbara. Los vecinos ms pacficos
pedan su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios
gitanos haban jurado matarle. Los hombres, que conocan por sus mujeres
las grandes venturas nocturnas del enano, tenan celos de l. Los
labriegos le hacan responsable de los pedriscos, de las escarchas y de
los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta,
 la hora cabalstica de las doce, vi  don Gil rondando la majada, y
habindole arrojado con certera puntera una piedra, instantneamente
ces de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su
espritu, el que por all andaba.

La historia tenebrosa del hombrecito color de limn, floreca de nuevo
en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la
Glorieta. Don Ignacio Martnez, que nunca haba hablado de la noche en
que su mujer, sonmbula, quiso ir  buscarle  casa de don Gil,
apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenan noticias de aquel
suceso por Fermn, lo describi circunstanciadamente, y su narracin
produjo emociones rayanas en el terror cerval.

--Ahora comprendern ustedes--deca el veterinario--por qu al leer que
los hermanos Paredes acusaban  ese hombre de la muerte del seor
Frasquito, tir el peridico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era
fro y me llegaba  los tutanos; miedo  lo sobrenatural,  los
muertos... no s!...

A granel iban acumulndose contra don Gil Toms recuerdos y detalles. La
memoria benedictina de unos, la imaginacin hiperblica de otros y la
ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se
recordaron el accidente que priv de la vida  Eustasio, el tonelero; la
pesadilla proftica de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto
en ria al da siguiente de tener una disputa con don Gil; el
fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y
los ltimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una
cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en sealar 
las personas de su agrado qu asuntos deban emprender  de cules les
convena guardarse, se revolvan en contra suya.

Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeito se
refugi en su casa, de la que sala apenas. Una tarde dos mujeres, que
volvan de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos
matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de l le condujeron  su
domicilio. Mientras le llevaban, rean y decan maliciosos donaires.
Pesaba tan poco!...

Meses tard don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo
nadie se interes por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla,
recin casado con Anita Fernndez Parreo, y Romualdo Prez, los autores
de tan gentil paliza.




XXXIV


Llegada la noche, que era fra, y no bien terminaron de cenar, don
Ignacio y su mujer se acostaron. Seran las nueve.

--Quin ha preguntado por m esta tarde?--deca Martnez--; Vino el
jardinero? Envi don Valentn las veinte pesetas que me debe?...

Doa Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados.
Tena sueo. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa
albura de las almohadas, aparecan las cabezas del matrimonio: ella,
saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el
bano regio de sus cabellos; l, moreno, atltico, bigotudo, con algunos
hilos de plata en el pelo spero, cortado al rape sobre la frente
estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tlamo y dentro de
una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa
azul, dorma Antoita.

Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apacigundose. Tambin
l tena sueo y tir  un rincn el chicote que estaba fumando. Doa
Fabiana bostez.

--Dormimos?--dijo.

--Bueno.

--Hasta maana, entonces.

--Hasta maana...

Cambiaron un beso. Ella di media vuelta, buscando una actitud cmoda, y
sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazn
apetecible. Don Ignacio ech fuera del embozo un brazo faunesco, velloso
y cobrizo, y apag la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad
rubia de la luna tenda en la oscuridad del dormitorio hilos
fantasmales. An doa Fabiana, la lengua entorpecida por el sueo,
interrog:

--A qu hora he de llamarte?

--A las siete, en punto.

Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron  roncar. Transcurri
mucho tiempo. Los gallos haban cantado ya varias veces. Eran ms de las
cuatro. De sbito, en la quietud del casern, la voz atiplada de la nia
vibr imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:

--Mam... mam!...

En el lecho de sus padres, sus odos, hiperestesiados por el miedo,
perciban balbuceos de angustia y rebullos extraos de lucha. Volvi 
llamar:

--Mam!... Mam!...

--Qu?... Voy...

Responda doa Fabiana entre dientes. Antonia repiti incorporndose y
con la garganta llena de lgrimas:

--Mam!!...

La seora de Martnez despert; respiraba difcilmente y tena la frente
y el cuello baados en copiossimo sudor.

--Qu es?--exclam extendiendo una mano hasta palpar  su hija--; qu
es?... Sucede algo?

Y la nia:

--Por qu gritabas, mam? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.

--He gritado, dices?...

--S; diste un grito horrible. Soabas?

Tard en responder.

--S, creo que s...

--En qu soabas?

--No s, no me acuerdo. Ea, duerme.

Destosi, se frot los ojos, procurando entrar en posesin de s misma.
Antoita deca bien: haba soado. Tena los brazos cruzados fuertemente
sobre el pecho, lo que produce pesadillas.

--S--repiti--estaba soando... Gracias  Dios, todo es mentira!...

Don Ignacio tambin comenz  removerse; forcejeaba y por entre sus
dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su
vez, doa Fabiana tuvo miedo de aquella voz que pareca venir de otra
vida. Encendi luz.

--Ignacio!...

Volvise hacia l, tocndole en la cara nerviosamente.

--Ignacio!... No oyes?... Ignacio!... Ignacio!...

Antoita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos y suplicantes,
las cejas llenas de afliccin, repeta:

--Qu tiene pap?... Qu le sucede?...

El veterinario tard en recobrarse. Al cabo abri los prpados, y haba
en su rostro la angustia del nufrago que vuelve  flor de agua tras de
una larga inmersin. Estaba fatigadsimo y alentaba con trabajo; la
violencia de las palpitaciones de su corazn le sofocaban. Sus manos,
apretadas una contra otra, parecan oprimir algo...

Doa Fabiana repeta:

--Ignacio, tienes una pesadilla... Oyes?... Tienen una pesadilla...
Despierta!...

Suspir el seor Martnez y demostr haber hallado su conciencia.

--S...--dijo--qu horror!... Es verdad... Estaba soando!...

La voz de la nia vibraba implorante y llorosa:

--No suees, pap; me das miedo.

--No, hija ma...

--Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y despus de morirte
hablas.

--Tranquilzate: es que me haba acostado del lado izquierdo. Ya todo
pas!... Ea, duerme. Hasta maana.

Antoita se acost, hundi en las blanduras de la almohada su cabecita
rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, torn  dormirse.
Doa Fabiana apag la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy
quedamente, llam don Ignacio.

--Fabiana...

--Qu?

--Tienes sueo?

--No. Habla bajo, no despierte la nia.

--Oye...

Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvise de cara  su
marido. Agradecale aquel ratito de conversacin, pues tena miedo. Le
abraz bajo la suave tibieza de las mantas. El prosigui, hablando casi
con el aliento:

--Acabo de pasar un rato malsimo. Sabes lo que soaba?... Pues que don
Gil Toms, enamorado de ti y creyndome ausente, haba entrado en este
cuarto  seducirte.

Precipitadamente doa Fabiana hubo de meterse un trozo de sbana en la
boca para sofocar un grito.

--Ignacio!--balbuce la mujer, empavorecida--Ignacio... Qu es
esto?... Yo he soado lo mismo.

El seor Martnez empez  temblar.

--Es posible?

--S.

En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sinti que algo
viscoso, fro, como una mano muerta, recorra su espalda. Efectivamente,
haba en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento
de otra vida. Prosigui:

--Nosotros nos hallbamos acostados aqu, t  mi derecha, segn estamos
ahora, cuando ese hombre lleg. Le encontr un poco raro: el semblante
ms flaco, ms amarillo; el resto del cuerpo no se distingua bien...
pareca borroso... Le soaste t as?...

--Lo mismo--repuso doa Fabiana, persignndose--; lo mismo...

--Entr deslizndose por entre ambos batientes de la puerta...

--Eso es.

--Y avanz por detrs de la butaca...

--Exacto.

--Hasta detenerse  los pies del lecho de la nia...

--Exacto, justo--repeta doa Fabiana que senta helarse su carne de
pavura.

Continu don Ignacio:

--No dijo palabra don Gil, ni yo me incomod en preguntarle  qu vena,
pues en su frente, como en un libro, le su intencin. De un brinco le
sal al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me
abalanc sobre l.

--Es verdad. Yo le haba hecho seas de que se fuera, para que t no le
vieses, pero no me entendi.

--Luchando  brazo partido caimos los dos al suelo; mas l qued debajo,
y yo, tenindole bien sujeto con mis rodillas, empec  estrangularle.
Ah, qu placer, cuando le cog por el cuello, sintieron mis manos!...
El perneaba, quera morderme, luego me pareci que vidriaba los ojos...

Doa Fabiana interrumpi  su marido.

--S, s... qu espanto! Todo eso lo he visto yo... lo juro!... lo he
visto... lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces
fu cuando di un grito y la nia me despert.

--Indudablemente--repuso don Ignacio--porque yo o ese grito y tu figura
empez  desdibujarse hasta desaparecer.

--Dejaste de verme?

--Completamente; y entonces o tu voz y despert.

La seora de Martnez, devotamente, torn  persignarse.

--Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo jurara que, hace unos
instantes, el alma de don Gil Toms ha entrado aqu.

--Creo lo mismo.

--Estar ese hombre enamorado de m? Hay en todo esto como una
brujera.

--Quin sabe!... Tal vez...

No hablaron ms y durmieron sosegadamente hasta el otro da.

A la maana siguiente corri por el pueblo la noticia de que el hombre
pequeito haba muerto. Sus criadas, cuando fueron  llevarle el
desayuno, le hallaron tendido en su cama, fro y blanco. Los mdicos 
quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encarg reconocer el cadver, no
hallando en ste nada anormal, certificaron que don Gil haba fallecido
de un derrame seroso. El parte facultativo aada que la muerte debi de
ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...

                          Madrid, Junio 1914.

                                  Fin








End of the Project Gutenberg EBook of El misterio de un hombre pequeito, by
Eduardo Zamacois

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEITO ***

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