The Project Gutenberg EBook of La Casa de los Cuervos, by Hugo Wast

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Title: La Casa de los Cuervos

Author: Hugo Wast

Release Date: May 30, 2019 [EBook #59631]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CASA DE LOS CUERVOS ***




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                            LA CASA DE LOS CUERVOS


                              OBRAS DE HUGO WAST

                                    NOVELAS

        =Alegre.=--6. edicin.--Librera Ollendorff, Pars
          (en prensa).

        =Pequeas Grandes Almas.=--Montaner y Simn,
           Barcelona.

        =Flor de Durazno.=--5. edicin.--Librera Ollendorff,
           Pars.

        =Fuente Sellada.=--Librera Ollendorff, Pars.

        =Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--Biblioteca
           Patria, Madrid.

        =Fantasas y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada.

        =La Casa de los Cuervos.=--Biblioteca del Ateneo Nacional.
           Buenos Aires.


                                    POESAS

        =Rimas de Amor.=--2. edicin.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada).


                                    VARIOS

        =A dnde nos lleva nuestro pantesmo de Estado?=--3.
           edicin.

        =El Enigma de la Vida.=--(Estudio biolgico).--Librera
           Alfa y Omega, Buenos Aires.

        =Un Pas mal administrado.=--(Estudio econmico).
           Arnoldo Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).


                                 EN PREPARACIN

        =Las bases de la sociologa.=

        =Un Pas mal administrado.=--2. edicin.





                                   HUGO WAST

                            LA CASA DE LOS CUERVOS

                                 PRIMER PREMIO

                EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL

                                 NUEVA EDICIN

                                  6. MILLAR

                                 BUENOS AIRES
                  Agencia General de Librera y Publicaciones
                             1571--Rivadavia--1573




                                    NDICE


                                 PRIMERA PARTE
                                                              Pg.

           I.--Don Serafn Aldabas                              9

          II.--Una voce poco fa!                              22

         III.--La conspiracin                                 34

          IV.--La levita de Cullen                             49

           V.--En la tarde del baile                           58

          VI.--Una sombra en el hueco de la puerta             65

         VII.--El indio Jos                                   76

        VIII.--El baile de Montarn                            95

          IX.--El pauelo rojo                                113

           X.--La noche trgica de Syra                       128

          XI.--La derrota                                     139


                                 SEGUNDA PARTE

           I.--Por el alma de los muertos!                   161

          II.--La mala nueva                                  174

         III.--La mano suave                                  184

          IV.--La yerra                                       194

          V.--El secreto                                      208

         VI.--Sobre las huellas de Insa                      224


                                 TERCERA PARTE


          I.--En la casa de Bayo                              245

         II.--El aviso                                        259

        III.--El incendio del garzal                          267

         IV.--Yo lo mat, pero voy a morir                    293

          V.--La batalla de los Cachos                        304





                                 PRIMERA PARTE


                            LA CASA DE LOS CUERVOS




                                       I

                              Don Serafn Aldabas

En los das de sol, durante el hmedo invierno, aquellas casas viejas
toman su expresin evocadora y triste.

Detrs de sus tapias rodas por el tiempo y coronadas a veces de
enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso
follaje y su fruta dorada.

En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo
verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los
oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un
muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un
tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los
gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se
envuelve en el humo azulado y tibio del hogar.

En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido
desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur
y hasta hace poco mantenase intacta, en la calle que en los tiempos
de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante
cuarenta aos, don Serafn Aldabas ense a leer a los nios, que por
alguna razn no hallaban sitio en el colegio de los Jesutas.

Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad
que aprovechaba don Serafn para or la banda, que tocaba, jueves y
domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase.

Cubierto el crneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de
lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos
azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhbiles,
cuando no esgriman el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de
don Serafn, no haba ms detalle interesante que la gruesa cadena
de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca
inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria.

Envolvase severamente, aun en los das de calor, en una capa con forro
de terciopelo carmes, y como a todo propsito, para salir de una duda,
para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el
reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar
y abotonar su levita.

Era de la Corua, y sus traviesos discpulos que haban sorprendido
la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llambanle
"Curua", mote al cual, despus de treinta aos, se iba acostumbrando.

Llegado al pas en los tiempos ms sangrientos del gobierno de Rozas,
tmido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria
aficin a la poltica que slo conceba rodeada de misterios, de tal
modo que su imaginacin enviciada transformaba las cosas ms simples en
espeluznantes incidentes.

Y en la Santa Fe del ao 77, no necesitaba forzar la fantasa para
llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de
Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la
acera con el cuerpo de algn unitario degollado a cercn, mientras
por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas,
pregonando su siniestra mercanca como si fueran zapallos.

Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las
frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para
derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del
doctor Simn de Iriondo.

En Santa Fe no era posible desinteresarse de la poltica: o se era
opositor, o se era gubernista.

Slo el msero don Serafn Aldabas, no tena derecho a ser ni lo uno
ni lo otro. Por su escuela haban pasado casi todos los jvenes que
militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos
a la causa de la revolucin.

Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin
riesgo para su escuela, que no viva de las insignificantes cuotas,
impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvencin de
cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas
indiscreciones haban puesto ya en peligro.

Haca un mes que funcionaban las clases, despus de las vacaciones,
mediaba Abril, y todava el humilde "Curua" no haba percibido un solo
peso del vencido semestre.

Don Pablo Ferrer, el cataln dueo del almacn de la esquina en que
don Serafn se surta, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida
la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de
majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasin
de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su
despacho del Cabildo.

La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero
encuadrbanla construcciones ms bajas, y eso pareca agrandarla.

Al naciente tena el colegio de los Jesutas ocupando las dos terceras
partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur,
alzbase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con
recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una
sencilla baranda de hierro.

Todava se ve en la esquina de San Gernimo, una de las raras casas
de alto que haba entonces, y que parecan ser indicio de riqueza, no
obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre
hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeas y su baranda de
hierro en el tejado.

De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con
algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de
portland, balcones y adornos del ms abominable Luis XV.

Ha desaparecido el local en que durante aos funcion el caf del
Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la
construccin que hoy se levanta en lugar del clebre caf, el vetusto
casern que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de
conspiraciones.

La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era,
con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta,
pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepcin de
la casa que don Simn de Iriondo inaugur por aquellos aos y que era
con sus dos pisos de galera a la calle y lo estudiado de sus lneas,
la ms hermosa de la ciudad.

Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafn Aldabas
suspenda la clase. Su magnfico reloj "Losada", segn poda leerse en
la esfera, abierto sobre el pupitre, le sealaba la hora sin discrepar
un minuto en un ao con el cuadrante solar del colegio de los Jesutas.

En el preciso momento cortaba la leccin, an cuando fuera en mitad de
una frase, ponase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al
levantarse tumbaban los escaos y coreaba un "Ave Mara".

Y despus, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando
a las pacficas gallinas del vecindario, atradas por el trbol que
creca alrededor de la glorieta, don Serafn segua el ancho camino
enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al
doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles
un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvencin.

Cuando vea acercarse a alguien, don Serafn procuraba imprimir a su
persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas
piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en
lo ms recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda
solemnidad.

No obstante, la gente le apreciaba, y retribua su saludo con afecto,
aunque no tan ceremoniosamente como l habra querido; y era un triunfo
para l, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora.

Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador sola rendirle
ese homenaje consultndole.

Don Serafn, con el casquete en la mano, miraba el reloj y responda:

--Son las cinco y siete minutos y medio, excelentsimo Seor.

Y luego agregaba, con la emocin de un desacato, a la suprema autoridad
que a un paso de l, le atenda de igual a igual:

--Se podra saber qu hora es en el reloj de V. E.?

El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua
saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el
invariable comentario de don Serafn.

--Si V. E. tuviera un "Losada"...!

Cuando finaliz el sexto mes impago, como coincidiera con el trmino
de las vacaciones, durante las cuales don Serafn no haba percibido
un ochavo de sus alumnos, se encontr en apuro tan grave que resolvi
confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasin que tuviera el
honor de ser consultado por la hora.

Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su
propietario hubiera perdido su aficin a la exactitud, el hecho es
que don Serafn irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la
plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer ms que contestar sus
saludos.

Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador sala tarde
de su despacho, acompaado siempre por alguien, y sin detenerse
llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si
tuviera un cmulo de trabajo o la estada en la calle se hubiera hecho
peligrosa.

Solamente una vez, en aquellos primeros das de Abril se detuvo en la
plaza, y fu porque se encontr con don Simn de Iriondo, que lo tom
del brazo y lo llev por las callejas enarenadas del centro.

Era jueves y la banda de polica tocaba un trozo del "Barbero de
Sevilla", msica que en la vida sin pasiones de don Serafn, haba
llegado a ser una pasin.

Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfona, se
acerc hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentse en un
banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del
mundo.

Las retretas en verano se hacan a la noche; pero ya en Abril, con
el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente
desacostumbrada, en los primeros das apenas concurra, por lo que en
esa ocasin, aparte de don Serafn y de algunos nios que jugaban en el
trebolar del centro, slo se vea la pareja de personajes oficiales, el
Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de ste.

La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo,
hombre grueso y bajo.

Don Simn vesta de levita, y en ese momento llevaba en la mano el
sombrero de copa gris, lo que permita apreciar la extraordinaria
hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tena con el
cabello profuso, peinado hacia atrs, la elegancia violenta y a la vez
fcil de los gestos del len.

Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con
vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con
la contera del bastn la arena del suelo.

En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoal, se
desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa".

Don Serafn beba con fruicin la msica admirable, alejado mil leguas
de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que
reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se
salvaba an, gracias a la amplitud de la capa.

Distrado as, no vi llegar hasta l a Bayo y a Iriondo, y slo cuando
ste apoy su mano firme sobre su hombro, advirti su presencia.

--Doctor Iriondo! Excelentsimo seor Gobernador!--exclam don
Serafn, alzndose del banco, con una profunda reverencia y echando
mano al reloj.

--Qu hora es, don Serafn?--le interrog Iriondo, complaciente con la
inofensiva mana del maestro.

--Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos...

--Don Serafn!--le interrumpi el Gobernador,--percibe siempre la
subvencin de la escuela?

--Ah, seor don Servando!--exclam el msero guardando su reloj con
mano trmula--mi escuela se muere de hambre...

--Con maestro y todo?--insinu risueamente don Simn.

--Hace seis meses, Excelentsimo Seor...

Don Serafn vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el
gobierno. Mas Iriondo, que conoca el estado precario de las finanzas
no tuvo reparo en concluir la frase.

--Seis meses que no le pagan?

--As es, doctor Iriondo; y cmo...

--Maana cobrar--dijo el Gobernador--Vaya a verme al despacho a las
ocho en punto.

--Ah, Seor...

Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se call. Dara
vacacin, inventando algn pretexto; los alumnos le agradeceran y l
ira a cobrar.

Mientras hablaban desarrollbanse los ltimos compases de la msica de
Rossini. Call luego la banda y los msicos empezaron a enfundar sus
instrumentos para marcharse.

Don Serafn reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compaa
con los dos hombres poderosos de la provincia.

Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a l, con
un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastn.
Aquella nerviosidad, en l, hombre flemtico, era seal de graves
preocupaciones.

El director de la banda se acerc a saludarlos, pero Bayo no le
dispens una acogida muy afectuosa y el pobre msico se fu, consolado
con el cordial apretn de manos de Iriondo. Don Serafn comenzaba a
sentirse intranquilo, ignorando si deba irse o quedarse.

Anocheca rpidamente. Los nios que jugaban, haban desaparecido, con
lo que la plaza qued silenciosa y desierta.

Don Simn tom del brazo al Gobernador, y dieron algunos pasos. Bayo
se volvi a don Serafn, el cual ech mano al reloj.

--Hace mucho que no ve a Cullen?

El maestro pens un momento sin comprender.

--A don Patricio Cullen--explic Bayo.

--Ah! Dos meses a lo menos, seor don Servando.

--Y a Montarn?

--Don Pedro Montarn estuvo ayer en mi casa--respondi con cierta
vanidad el maestro.

--Fu de visita?--No le pregunt por...?

Don Simn hizo un gesto que contuvo al Gobernador en mitad de la frase.
Se mordi los labios, y entonces Iriondo, poniendo la mano sobre el
hombro de don Serafn, le dijo con insinuante diplomacia:

--La subvencin de su escuela es de cien pesos no?

--Oh, qu esperanza! Cuarenta pesos, no ms!

--No ms? Seor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia
no podr vivir con eso...

--Vaya maana a verme--dijo Bayo--a las ocho en punto.--Y luego
agreg:--Tiene en su escuela algn nio pariente de Montarn?

--No, seor Gobernador. Don Pedro Montarn fu a pedirme nuevas de mi
sobrino el capitn Insa...

No bien don Serafn oy el sonido de su propia voz, pronunciando aquel
nombre, se le estrech el corazn, porque record que Insa y Montarn
constituan con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra
el gobierno de Bayo y al revelarle a ste el objeto de la visita,
quizs estaba comprometiendo algn plan.

No hablaron ms y all se separaron.

En el crepsculo escaso ya, don Serafn vi a Iriondo entrar en su
casa, llevando siempre del brazo al Gobernador.

El se qued slo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su
propia voz indiscreta.

La luz de la lmpara recin encendida en el boliche de don Pablo
Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos.

Ahora podra pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le
iban a pagar la subvencin y su desgraciada cuenta sera cancelada.

Se encamin a su casa, cruz la calle acercndose al almacn, para que
Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando l pas, el spero
cataln estaba arreglando el tubo de su humosa lmpara, pendiente de
uno de los tirantes del techo, y no lo vi.

Cruz de nuevo el arroyo y entr en su escuela, empujando la puerta de
calle, asegurada por una gruesa piedra.

--Rosarito, Rosarito!--grit.

Rosarito era su hija, toda la poesa de la vida del pobre hombre, y
todo lo que le haba hecho amar el trabajo y soportar la miseria.

Tena diez y ocho aos, y su sola presencia llenaba la casa.

A la voz de su padre corri la nia hasta el zagun obscuro, y antes de
que l le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al odo
con voz trmula:

--Est Francisco Insa, pap, y no quiere que nadie lo sepa.

Los remordimientos de Don Serafn recrudecieron y empez a sospechar
que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitacin a ir a
su despacho, tena relacin con la repentina llegada del capitn Insa.




II

Una voce poco fa!


La vida del maestro encerraba una novela que el mundo haba olvidado.

Muchos aos antes, tantos que l mismo ya no quera contarlos, porque
su recuerdo se haca ms doloroso cuanto ms lejano, l, joven, lleno
an de las ilusiones que le haban hecho cruzar el mar, recin llegado
a Santa Fe, encontr un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa
de comercio de don Agustn Insa, uno de los estancieros ms fuertes
del pas.

Insa tena muchos hijos, pero slo una hija, la menor, que en el
tiempo en que don Serafn comenz a hacer nmeros en los grandes
libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete aos, rubia y
de ojos azules, que ms de una vez volc el tintero sobre las pginas
que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para
ella. l se encaden a la casa obscura y triste en que su patrn viva
enriquecindose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma
hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado
solo.

ste finga no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma
simulaba, cuando sintindola detrs se volva de pronto y la alzaba en
los brazos y la pona encima del alto pupitre donde l trabajaba de pie.

All se quedaba Rosarito--era su nombre--muy seria, esperando que su
amigo concluyera la tarea; y haba que ver cmo volaba la pluma de ave
sobre el spero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y
hermosos nmeros espaoles, hoy pasados de moda.

Cuando era invierno haca un intenso fro en la pieza de techo de paja,
paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero
senta que los ojos de la nia, siguiendo los movimientos de su mano
desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazn y le desentumecan
los dedos.

Y cuando era verano, y la lbrega estancia sofocaba como un horno, la
sola idea de que ella estaba all, mirndolo siempre, aunque l no la
mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el montono trabajo.

Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de
arenilla las pginas frescas, seal de que el trabajo haba concludo,
y cerrara con estrpito aquellos libros enormes, que le daban la
ilusin de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su
reloj de oro, su hermoso reloj ms seguro que el sol, segn decan.

Entonces l la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus
rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y
acordndose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al
alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche,
cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas
del mar.

Pasaron largos aos, variando apenas los episodios de aquella amistad
que iba trocndose en amor silencioso y apacible.

Don Agustn Insa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus
complicados negocios, no sospech nunca el idilio que se iba tejiendo
en su propia casa, y cuando un da alguien le cont lo que pasaba,
mont en clera y cay como un huracn sobre el cajero y sobre la nia,
que era ya una linda joven de diez y ocho aos.

Ambos confesaron la verdad; el empleado fu despedido, por haber alzado
los ojos hasta la hija del patrn, y ella enviada a un colegio de
Buenos Aires, para que olvidara su locura.

Ni l ni ella olvidaron, y cuando algunos aos despus volvi Rosarito,
mayor de edad y libre para disponer de su corazn y de su persona,
con una frrea voluntad que nadie habra sospechado bajo su grcil
hermosura, huy de su casa y fu a pedir asilo a una ta, y se cas
con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.

Durante muchos meses el episodio fu en Santa Fe el asunto palpitante,
que se comentaba en todas las reuniones.

El padre se veng de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en
forma que a su muerte, que ocurri poco despus, los hijos lo tuvieran
todo y ella nada.

Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situacin, le don la
casa en que don Serafn instal su escuela, nico medio de vida que le
qued despus de su aventura.

Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres
aos despus Rosarito muri al nacer su hija, el pobre maestro crey
que el mundo se iba a quebrar y que l se hundira en el espacio como
un pedazo de estrella.

No ocurri la catstrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida
ordinaria; sus cuados ni siquiera fueron al entierro, y l mismo
sigui viviendo una vida ms obscura, envuelto en inofensivas manas
que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que creca
ignorante del mal que haba hecho; hasta que un da, como un volcn que
renace, irrumpi en el corazn del maestro, que se haca viejo, un amor
inmenso hacia la nia, que llevaba el nombre de su madre.

No tena de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el
cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la haca
estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.

La nia creci sola en el antiguo casern de la escuela. Una mulata
fiel, hija de una esclava de los Insa, sirviles all hasta que muri,
y ense a Rosarito a rezar y a ser duea de casa, mientras su padre la
atiborraba con su ciencia, y despus de las lecciones, le llenaba la
cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores,
que le conquistaron el amor de la madre.

Cuando muri la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito,
que tena quince aos, con todo el quehacer de la casa.

El maestro daba sus clases en un largo saln, enladrillado, que tena
una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la
riqueza de sus dueos, en los tiempos en que se construy, hubiera
querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con
prodigiosos adornos a escoplo.

Ya en los aos de don Serafn, aquella casa ms que secular, se
apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del
cedro empleado en sus techos.

Y don Serafn en los das de hambre, llamaba a su hija y le mostraba
aquello:

--Sabes? si nosotros quisiramos!

Cuando la nia era pequea, asista a las clases y aprenda a la par
de los otros alumnos: cuando fu mayor, y quedaron solos, mientras su
padre repeta las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como
una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardn.

El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados haba corredores
de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur
y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que
se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores
capitosas.

En el centro del patio, crecan profusamente las plantas que entonces
se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la nia.

Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasbase a una
huerta contigua, llena de naranjos, en la que haba adems una
antiqusima higuera, maravillosa por su frondosidad, que haba hecho
alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, cadas hasta
el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde slo
se poda entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el
ramaje.

En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del
maestro.

Rosarito amaba su jardn y su huerta, donde estaban todas sus
amistades. Las gentes parecan olvidadas de la novela del maestro, pero
continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por
su parte no trat nunca de salir.

Orgullosa por instinto de raza, lastimbala el poco aprecio que hacan
de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tena realmente la sonoridad
aristocrtica del de su madre.

Rara vez sala, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y
algunos das en que estaba triste, y anhelaba un consuelo ms alto que
el que podan darle las gentes, que apenas la conocan. Pasaba por la
plaza, para llegar al colegio de los Jesutas, y en su ignorancia de
las modas, se vesta siempre como le ense la mulata que la criara, de
blanco y con un manto celeste.

Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores
de su jardn, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvan a
mirarla, porque era su figura como un sueo que pasa.

Por eso prefera las horas en que las calles estaban solitarias y
cerradas las puertas.

En la humildad de su vida tambin ella, que haba heredado la ternura
de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de
todos, y cuya intriga le pona en los ojos azules una pincelada de
ensueo, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su
voluntad, templada para todas las batallas que poda reservarle el
destino.

La ta lejana, en cuya casa hall refugio su madre, muerta haca
tiempo, dej un nio al cuidado del maestro.

Francisco Insa entr as en la casa de Rosarito, mayor que ella
bastantes aos, de tal modo que cuando ella no era ms que una
chicuela, l era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.

Se criaron juntos en la escuela. l la protega como a una hermanita,
y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las
penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insa
estaba siempre pronto a repartir puetazos entre los que hubieran osado
tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaos que llenaban de sombra
sus ojos inocentes.

Pero Francisco debi abandonar la escuela de don Serafn, porque ni la
estril gramtica ni la complicada aritmtica, las dos materias fuertes
de la institucin, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia
Sagrada, que se les haca leer en la obra de Mazo, no sac en limpio
ms que una profunda admiracin por los filisteos gigantes y por el
incontrastable Sansn.

Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesutas, donde
no pudo estar tres aos; disgustle la frrea disciplina y se hizo
expulsar.

Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad,
sometidos a l por la destreza insuperable con que boleaba patos y
chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y
aun por su descreimiento en las cosas que no se vean.

Una noche hizo una apuesta, salt las tapias del cementerio de San
Antonio y se fu a apedrear las lechuzas entre las cruces de los
sepulcros; y para ms estupor de sus camaradas, se qued a dormir en la
capilla, que haban dejado abierta.

A la maana siguiente lleg a casa del maestro, plido pero sonriendo,
para disipar la angustia de Rosarito que haba pasado la noche llorando
por l.

Slo a ella le confi la verdadera historia de aquella aventura, que le
haba ganado para siempre la admiracin de cuantos llegaron a saberla,
pero que dej en su alma un germen de terror supersticioso.

--"Ya ves--le dijo--yo no creo en las nimas, pero anoche tuve miedo,
miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco
de luz cuando saliera la luna, dej entornada la puerta y me ech a
dormir sobre la tarima del altar. Me despert el ruido de la puerta
que se cerr de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pens
que era el viento, pero cerca del techo haba una claraboya y a la luz
de la luna, alta ya, se vean las ramas de un ciprs inmvil. No era
el viento. Quise saber quin haba entrado, pero no me anim; tuve
miedo de moverme, sin saber por qu. Me qued quieto, sin respirar,
parecindome que algo andaba cerca de m, no por el suelo como un
hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era
algo tan grande que llenaba la iglesia. Sent un aletazo en la cara y
me qued helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para
no ver, pero conteniendo la respiracin para or mejor. Me pareci
entonces que "aquello" estaba all, a mi cabecera y que respiraba como
un nio. No s cunto tiempo pas de ese modo; o las campanas de Santo
Domingo que tocaban antes del alba y abr los ojos. La iglesia negra y
silenciosa, pareca atravesada por una espada de oro, y era un rayo de
luna.

"Por la claraboya veanse las ramas del ciprs, que empezaban a temblar
al viento de la maana. Sintiendo siempre cerca de m aquello que haba
entrado a pasar la noche conmigo, me atrev a mirar y v un cuervo
inmvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de
cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me par
de un salto, pero l no se movi, y entonces v una mano blanca, larga
como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tena entre
las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a m,
como si me hubiera penetrado el olor de cadver que despeda la mano, y
el cuervo creyera que yo era el muerto."

A los aos, aquella aventura que l le confi, permaneca viva como un
relato reciente, en la memoria de Rosarito.

l le haba dicho: No contars a nadie que tuve miedo? Y ella se lo
prometi y haba cumplido.

Francisco Insa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas,
desde que fu hombre pasaba lo ms del tiempo en sus estancias, bajando
rara vez a la ciudad, casi siempre con propsitos revolucionarios.

Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema
de todos los gobiernos, agracile con el cargo honorfico de capitn
de guardias nacionales, y con esa designacin lleg a los tiempos
de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario ms perseverante
y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la polica
echaba detrs de l sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.

Una tarde--aquella tarde en que don Serafn tuvo la buena fortuna de
hallarse con el Gobernador y con Iriondo,--Rosarito, sola, en la gran
casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche,
sentada sobre un poyo del jardn, en el centro del patio cuadrado,
escuchaba la msica de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con
el perfume otoal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.

Senta el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre
que la quera como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.

El da anterior estuvo don Pedro Montarn a pedir noticias de l, y eso
era seal para ella de que algo se tramaba. Llenbasele de angustia el
corazn, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrbala
el presentimiento de que l vendra.

"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de polica, y las
frases vehementes de esa msica, le daban la impresin de que si ella,
alguna vez no se decida a confesarle su amor, l pasara a su lado sin
sospecharlo.

Sinti que la puerta de calle se abra, arrastrando la piedra que la
calzaba, y creyendo que fuera su padre, se qued all, persiguiendo su
ensueo, entre las sombras de la noche que haban ganado el jardn.

Slo vi que era Francisco Insa, cuando l la apret en sus brazos y
la bes en la frente.

--Francisco!

l la hizo callar.

--Que nadie sepa mi llegada. Tu padre? Est en la plaza? Mi cuarto?

En el casern de la escuela haba siempre lista para l una pieza, que
Rosarito cuidaba con incansable esperanza.

Pero esa vez tena otros designios.

--Ahora no quiero dormir all. Es necesario que si alguien viene y
entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o
tres das, nada ms. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas
del cielorraso, estar seguro y cmodo.

Ella lo miraba hablar, penetrada de admiracin y de ternura, y llena de
recelos.

Cuando lleg don Serafn, ya el capitn Insa tena su escondrijo,
difcil de encontrar, y poda aguardar, sin peligro, la visita de los
que con l tramaban la revolucin.




III

La conspiracin


Al toque de nimas esa noche, la ciudad pareca desierta.

En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios ms poblados, no se
vea un solo farol encendido. Durante el da se haba estado anunciando
la tormenta, que a esa hora barra con impetuosas rachas de viento y de
lluvia el polvo del arroyo, que pronto fu un lodazal.

Cuando el trueno callaba sentase la voz lamentable de la campana de
San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que haban dado las
ocho y deban rezar por las almas de los muertos.

Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tena su
casa en la calle principal, a poco ms de dos cuadras de la plaza, y
no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relmpagos,
poda advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas
obscuras, que desde haca ms de una hora desafiaban all el vendaval y
la lluvia.

Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de polica, a quien el
gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro
era su secretario y cuado, el joven teniente de milicias nacionales
Carmelo Borja.

Jarque era espaol, amigo, casi camarada de don Serafn Aldabas, aunque
ms joven y llegado al pas muchos aos despus que l.

Ocupado en la polica como escribiente en los tiempos de Iriondo,
elevronle al rango de comisario, y de tal manera acredit su sagacidad
en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la ms
grave misin de la polica de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno,
lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en l un
enemigo terrible, que por vas misteriosas se apoderaba de todos sus
secretos.

Y as las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e
improvisadas, hechas sin plan y sin ms propsito que mantener la
alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a
lo menos mientras Jarque estuviera en la polica, en un arte de
conspiracin prolijo y difcil.

Era el jefe un hombre fro y perseverante, de fsico mezquino, calvo
a los cuarenta aos, con una pierna ms corta que le haca rengar,
defecto que l procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprenda
lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.

Haca dos aos que se haba casado con Gabriela Borja, casamiento
inesperado, que no deba ser feliz, por cuanto l viva en la ciudad,
mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua
estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a
ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.

Desde algunos meses atrs, Jarque, gracias a los espas que tena
diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen,
Montarn e Insa, comprenda que se estaba urdiendo una revolucin,
cuyo desenlace no pareca lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas
visitas sospechosas, y de algn movimiento de peonadas en las colonias
del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenan una
gran popularidad entre los colonos extranjeros.

Lo que desorientaba todos los clculos era la inaccin, aparente a
lo menos, del capitn Insa, quien no se mova de su estancia, ni
demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba
para dos o tres meses ms tarde.

Cuando Insa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que haca en
el otoo, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de
aquellos lugares, que acudan a prestar su ayuda, con el propsito de
participar en el interminable jolgorio de la faena; y haba aos que
los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados,
haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final
de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros
puestos bajo la clebre marca de Insa, un corazn partido por una
flecha.

Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones,
solan servir de preludio a la revolucin. Las conversaciones, el
relato de aventuras polticas, el licor repartido sin tasa, caa del
Paraguay, apenas rebajada con agua, encendan el entusiasmo opositor, y
sin ms preparativos, se ponan en marcha a caballo, hacia la capital,
a la que entraban de noche, rumbo a la polica, mal armados, disparando
trabucazos al azar, siendo rechazados fcilmente y con escasas prdidas.

Cuando Jarque se hizo cargo de la polica, hicironse ms raras
tales asonadas. Sabase que el jefe no deseaba que se concluyeran
los movimientos revolucionarios, sin que l tuviera ocasin de hacer
un escarmiento. Creasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los
cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle
el cargo a l y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la
intranquilidad en que vivan, cerraban los ojos y le dejaban hacer.

Las revoluciones entraron as en un perodo de laboriosa preparacin,
pues los opositores haban comprendido el riesgo de toda aventura
mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar
ningn lance, sino con las mayores probabilidades de xito.

Hacan la revolucin, como una funcin normal en su vida poltica, sin
grandes odios personales, por el slo deseo de tumbar un gobierno, que
los mantena a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran
las circunstancias propicias, que un da Jarque tuvo la sospecha de que
haban llegado.

Don Pedro Montarn iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de
su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.

Montarn era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para
costear las revoluciones.

El jefe de polica sospech que aquel baile poda ser un pretexto
para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con l, y que
no obstante la diversidad de opiniones polticas, no se negaran a
asistir. Retenidos en la fiesta, poda el capitn Insa con su gente
caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los
asistentes a ella.

Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarn
haba visitado al inofensivo don Serafn, y por el Gobernador supo el
objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la
llegada de Insa.

Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances,
logr entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la polica de Jarque,
de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se
guarecan de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les
permita observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de
sospechar que l ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente
a Cullen y a Montarn con quienes deba planear los detalles de la
revolucin para la noche del baile.

Hacia el extremo de la galera del naciente, haba en la escuela una
extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor,
el punto de cita, por estar lejos de la calle y prximo a la huerta,
para el caso de una sorpresa de la polica.

Al toque de nimas, esa noche, haba concludo la cena frugal, y
don Serafn busc su silla hamaca, en que sola dormitar despus de
comer, la acerc a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado
de lluvia, que chispeaba a la luz de los relmpagos, y se qued
all distrado mientras llegaba el sueo, persiguiendo las siluetas
esfumadas de sus antiguos recuerdos.

Junto a la mesa--una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se
plegaban o se abran para agrandarla--sentronse Rosarito e Insa, a
relatar la historia de los das pasados sin verse.

Una lmpara con pantalla de cartn, fabricada por la nia, diseaba un
disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes
las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez plida
tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su
pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban
sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por
los pensamientos cariosos, tena puesta una de las suyas, que se
abandonaba confiada en la de l.

Los ngulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaos, arrimados
a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafn
tena pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una
alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una
rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza
enorme y fra, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de
lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y
cruja como si fuera a rasgarse.

A cada ruido Insa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito
sonrea.

--Siempre es as--le deca.

Y l continuaba el relato de su vida, que ella atenda con ansiedad,
buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto
pensara en l, la huella de algn pensamiento que l le hubiera
dedicado enteramente.

Montarn fu el primero en llegar a la cita. Entr al lbrego casern
de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas
tapias escal, porque daban a los fondos de su casa.

Era un hombre de cincuenta aos, bajito, regordete, pero gil y
movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises
cortados al rape, su fisonoma rubicunda, animada por una constante
sonrisa, tena algo de eclesistico.

Era muy rico, y al revs de Insa, no tena una sola vaca, pero s
mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.

Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrs, se hallaba tan
vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que all pensaba
morir.

Al ruido que hizo sacudindose las botas y la capa embarrada, despert
don Serafn, que se alz de la silla alarmado, sacando su reloj.

--Seor don Pedro!--dijo con profunda reverencia.

--Seor don Serafn!--respondi estrechndole la mano, y entr al
comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueo que envolva,
a los ojos cndidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.

Abraz fuertemente a Insa, arrastr uno de los escaos hasta la mesa,
negndose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sent
buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.

Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.

Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por
diferentes sentimientos, un empujn dado a la puerta de la calle, cuya
piedra se arrastr sobre las losas del zagun, les anunci la llegada
de un nuevo contertulio.

Deba de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insa sali a recibirlo
y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de
los revolucionarios entrara sin llamar.

Don Serafn, que no le esperaba, vindole llegar sinti crecer su
alarma y torn a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurra en los
casos apurados.

Adivin qu poda significar aquella reunin y cuchiche al odo de
Cullen:

--As pues, seor don Patricio, se trata de una revolucin?

Don Patricio le apret la mano con una gran cordialidad y le respondi
sonriendo:

--Si fuera as, mi amigo, podramos contar con usted?

--Conmigo?--exclam el maestro, retirando su silla del hueco de la
puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en
toda la ciudad y l temiera la repentina irrupcin de la polica.

--S, don Serafn; necesitamos que usted nos d la hora para que
todos nuestros relojes estn de acuerdo. El secreto del xito en las
revoluciones est en que se produzcan en el momento preciso.

--Ah, seor don Patricio!--respondi sbitamente interesado el
maestro--si ustedes tuvieran un "Losada"...

El ex gobernador de Santa Fe haba tomado asiento ya en la silla que le
ofreci Rosarito, junto a la de Insa, la que ella ocupaba.

Don Serafn en pie, aguardando una explicacin que no vino, miraba con
nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacfica lmpara.

Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y
era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su aficin a
las intriguillas polticas, la cosa pareca ms seria que de costumbre,
y la conspiracin se realizaba all, bajo el techo de su escuela, cuya
existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.

--Seores!--les dijo; pero la voz se le anud en la garganta.

Los tres lo miraron.

--Usted nos dar la hora;--volvi a indicarle don Patricio, con amable
sonrisa,--hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.

--Mudo sobre todo, mi to--aadi Insa, haciendo luego una sea a
Rosarito para que los dejasen solos.

El maestro sali suspirando y palpando su reloj, con una explicable
angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa mquina
estaba encerrado el minuto decisivo de la revolucin.

--Mi reloj, mi reloj!--exclamaba, siguiendo dcilmente a su hija, que
lo hizo acostarse.

--Es seguro ese hombre?--pregunt Cullen cuando quedaron solos.

La luz de la lmpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don
Patricio, y su barba castaa, abierta sobre el pecho adquira tonos
dorados.

--Completamente seguro--respondi Insa--y su casa debe ser hoy el
punto de cita menos sospechoso.

Montarn arrug la nariz, con gesto de duda.

--No tanto. Ayer me cruc en la puerta con uno de los pesquisas de
Jarque. Por lo que se hizo el indiferente al verme, sospecho que no
dej de notar mi presencia en el sitio. Por eso he venido hoy como un
ladrn o como un enamorado, saltando las tapias, procedimiento que
aconsejara a don Patricio, si viviera ms cerca.

Don Patricio sonri; era muy grueso y lo que para aquel hombrecillo
rechoncho, pero gil, resultaba un juego, para l habra sido lo ms
difcil de la revolucin.

--La noche es a propsito para merodeos de esta clase--observ
Cullen.--Yo he podido salir sin que nadie me viera, porque en toda la
calle Comercio, embarrada y tenebrosa, no se hallara alma viviente.
La luz de los relmpagos me guiaba, para no estrellarme contra las
rejas salientes de las ventanas, y para cruzar sin riesgos mayores los
fangales de cada esquina.

Hablaba despacio, con voz suave, insinuando ms que diciendo lo que
pensaba. Montarn le escuchaba con una sonrisa que poda seguir
siendo un gesto de duda; Insa, grave y triste, como oprimido por un
presentimiento.

Afuera, la lluvia, ms intensa que a la hora de nimas, segua cantando
en los caos de teja, de donde caan chorros sonoros que corran luego
por los albaales a engrosar el torrente de la calle.

Un momento prestaron odo a los rumores que venan de afuera. Insa
pens en Rosarito, dormida quizs, y comenz luego a explicar su plan
revolucionario.

Tena listos ciento veinte hombres, acampados a esas horas en los
sauzales del arroyo de Leyes; a la maana se pondran en marcha sobre
la ciudad, segn las rdenes que les haba dejado, y entraran a la
oracin.

Tenan dos chalanas cargadas de lea, en que llegaran al puerto,
cruzando la laguna. Otros estaban ya en la ciudad, adonde haban
llegado en carros de colonos, tirados por buenos caballos, que les
serviran para montar, o haban entrado como peones de estancia, a
buscar provisiones.

--Bien armados?--pregunt Montarn.

--Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una
caa tacuara.

--Y los otros?

--Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados
con carabinas y con rmingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La
municin es escasa, pero no se necesitar mucha.

--As es--observ Cullen--el xito est en sorprender a la polica. Si
no entramos en el primer asalto, la batalla est perdida, y no habr
ms que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo.

La luz de la lmpara le molestaba, por lo cual haba buscado la sombra
y hablaba desde all. Slo Insa permaneca al lado de la mesa y sus
ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de
su lujosa juventud.

--Y los que han llegado--interrog--dnde estn?

--En la barraca de Fosco, a orillas del ro, al Sud, que es donde
atracarn las chalanas, para estar ms cerca de la polica.

Hubo una pausa, en que los tres prestaron odo al rumor de la lluvia,
que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno.

--Mi mayor confianza est en lo que hagamos en el baile--dijo Montarn,
bajando la voz--Iriondo y Bayo irn; Jarque ciertamente no faltar, y
como no estarn prevenidos, en cuanto suenen los primeros tiros en la
plaza podremos tomarlos como en una ratonera.

Insa no pareca participar de esa opinin.

--Eso no es pelear--objet--eso es entrampar a los hombres, como si
fueran ratones. Prefiero el ataque, lanza en ristre, al frente de mi
caballera...

--Ellos son ms y estn mejor armados.

--Nuestros hombres no pelean por la paga, como los de ellos; y esa es
una ventaja que compensa el nmero y la diferencia de las armas.

--Tendremos que ir contra el batalln "7 de Abril", que es de lnea,
capitn--observ Montarn.

--Mejor; eso enardece. Lo que desmoraliza es pelear contra flojos que
se esconden o disparan.

Tras un momento de silencio, Cullen, deseando armonizar las dos
opiniones, dijo acercndose a la luz:

--Las dos cosas deben hacerse. Es necesario el asalto a la polica,
y al mismo tiempo la celada del baile. Una maniobra sin la otra nos
llevara al fracaso, que ha sido siempre el trmino de nuestras
revoluciones. El capitn Insa mandar el asalto; y nosotros, en el
baile, en cuanto suenen los primeros tiros, aprovechando la sorpresa
de los iriondistas, caeremos sobre ellos. Apresados Iriondo y Bayo, la
tropa del gobierno se rendir. Hay entre ellos partidarios nuestros que
iniciarn el desbande.

Hizo una pausa, esperando alguna observacin, y como no la hubo,
prosigui, con su voz suave y sus ademanes tranquilos:

--Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son nios. Es verdad que toda
nuestra mozada distinguida estar en el baile, y se pondr a nuestro
lado, pero las cosas no se llevarn a cabo sin riesgos; porque supongo
que no sern esos dos los nicos iriondistas que habr invitado usted a
su fiesta.

--He invitado a todos los que significan algo--respondi Montarn--no
s quienes irn, mas podemos contar con que no faltarn ni el ministro
Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habr que tenerlos en cuenta;--y
agreg haciendo uso de un trmino gauchesco--no son gente de arriar con
la mano.

Insa acab por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en
verdad, poda ser ms eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos
a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una
hora despus del ataque.

Mediaba la noche y la lluvia haba escampado, cuando los conspiradores,
despus de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunin.

Don Pedro Montarn escurrise de nuevo hacia la huerta, y salt la
tapia. Don Patricio Cullen, se envolvi en una capa obscura, con
vueltas de terciopelo, y sali franca y gallardamente a la calle, como
si nadie pudiera sospechar de l.

Al cruzar la esquina de la Matriz, no vi entre los arcos del prtico
una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no haba
querido confiar a nadie la delicada misin de averiguar las andanzas
del jefe de los revolucionarios.

Don Patricio lleg a su casa, tranquilizado por la misma siniestra
lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin
empedrado.

Cuando Insa apag la lmpara y sali del comedor para llegar hasta
el escondrijo en que deba pasar la noche encontr en la galera a
Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra.

Insa le estrech la mano y le dijo con voz baja una frase que a ella
la hizo estremecerse:

--Has nacido para mujer de un revolucionario!




IV

La levita de Cullen


Fu ese el primer da fro del otoo que empezaba a dorar el follaje
de los rboles caducos y las frutas de los naranjos entre el verde
lustroso de sus hojas persistentes, y alfombraba el suelo hmedo de las
huertas, con el manto amarillo de las hojas secas.

La lluvia de la noche haba lavado el cielo, y el sol se miraba
esplendoroso en los charcos de las calles, donde los nios, que no iban
a la escuela, chapoteaban el barro con los pies desnudos.

A las ocho en punto, la puerta de la escuela de Don Serafn, estaba
sitiada por una banda turbulenta de escolares, sorprendidos por lo
extraordinario del caso.

Qu poda haberle ocurrido al puntualsimo "Curua", que no haba
abierto a la hora precisa, como acostumbraba, para que esa fuera la
seal de arreglar los relojes del barrio?

A las ocho y cuarto empezaron los chicuelos a armar una tormentosa
baranda, ante la puerta cerrada.

Los de familias pudientes haban sacado esa maana por primera vez
en el ao, sus capas o sus abrigos de invierno, porque el pampero
que traa el fro de las nieves del Sur, daba la seal de cambiar de
ropa. Los ms pobres, habran tiritado bajo sus trajecitos de brin,
si la algazara y el movimiento no les hubiera hecho bullir la sangre.
Casi todos, en bolsas de tela, suspendidas de un bramante que les
cruzaba la espalda, llevaban sus librejos envejecidos por el manoseo de
algunas generaciones de escolares, que se los pasaban unos a otros, al
abandonar las aulas.

Algunos revelaban su pobreza, no slo en su traje inadecuado para la
estacin, sino en el detalle sobrado elocuente de carecer de libros y
cuadernos, lo cual les obligaba a aprender en los Mazos rotosos que don
Serafn pona a disposicin de ellos en la clase.

No eran los menos bulliciosos, empero. Todos, pobres y ricos, picados
por la curiosidad golpeaban la puerta gritando ansiosos por entrar
no al aula, donde se aburran, sino al patio bajo cuyas anchurosas
galeras podran jugar a la rayuela o las bolitas si es que "Curua"
estaba enfermo o haba muerto y se impona la vacacin.

No estaba muerto el msero, mas habra deseado estarlo, porque en ese
momento pasaba las angustias de un ajusticiado, bajo el ojo severo de
su amigo Jarque.

Se levant ms temprano que de costumbre, y por lo menos una hora antes
de las ocho, estuvo dispuesto para acudir a la cita que le diera el
gobernador la noche antes.

No era cosa mayor su traje, pero envuelto en su capa--regalo del
capitn Insa--poda disimular la fementida levita y engaar al
espectador en cuanto a la integridad de los pantalones.

Cuando empez a trepar las escaleras del Cabildo, hacia el despacho
del gobernador, record su pecado de esa noche dando albergue a los
conspiradores y le temblaron las rodillas.

Parecile un calvario aquella ascensin y cuando lleg a la sala de
espera, donde aguardaban los postulantes, consult su reloj para
comprobar la marcha de un pndulo que all haba.

En este momento se le acerc Jarque y lo tom del brazo y lo llev
con alguna prisa, que llen de pavor al maestro,  la oficina de la
Jefatura de Polica, que formaba cuadro con el saln de espera, en una
de las alas del edificio.

Entraron al despacho, una pieza grande y fra, con pobrsimos muebles,
una mesa de caoba y algunas sillas de estera. Jarque cerr la puerta,
aumentando la confusin del maestro, que todo trmulo, busc asiento,
sin atreverse a despegar los labios ni a hacer ms gesto que el de
consultar su reloj, el cual marcaba las ocho menos cuarto.

Por fin, mientras el jefe acercaba otra silla, se anim a decirle con
cierta altivez que son bien en sus propios odos:

--Te advierto, Braulio, que tengo una cita con el seor Gobernador.

--A qu hora?

--A las ocho; y estaba haciendo tiempo...

Jarque ech una despreciativa mirada sobre el reloj que don Serafn
tena en la mano, y sentndosele al lado, le dijo con tono zumbn:

--Tu reloj atrasa, muchacho. Hace un cuarto de hora que el gobernador
te esperaba; ahora, me ha encargado tu asunto, porque l atiende a
otros visitantes.

Don Serafn se haba puesto de pie, con el pelo encrespado por la
indignacin.

--El "Losada", seor jefe de polica, no atrasa nunca!

--Entonces est parado--le respondi Jarque, hacindolo sentar de nuevo.

El maestro acerc al odo su maravillosa mquina, y constat con horror
que en efecto se haba parado algunos minutos antes, falto de cuerda.

--Ah, miserable!--exclam golpendose la frente.--He deshonrado
mi reloj. Por primera vez en treinta aos, anoche por culpa de las
visitas, me acost sin darle cuerda.

Jarque sonrea.

--Tuviste visitas, Serafn? Haces tertulia ahora? Ests por casar tu
hija?

El maestro, que daba cuerda a su "Losada", se qued fro al or
aquello. Un poco ms y en su turbacin habra puesto al astuto jefe de
polica sobre la pista de la conspiracin tramada en su casa.

Jarque observ la ingrata impresin que caus su pregunta, y para no
espantar la caza, se puso a hablar del asunto que ms interesaba a su
amigo.

--Realmente--le iba diciendo--era una iniquidad que un hombre del
mrito de don Serafn Aldabas, que serva a la provincia con tanta
abnegacin, educando a los futuros ciudadanos, pasara miserias por
negligencias del gobierno en cumplir sus promesas.

--No es verdad?--exclam encantado el maestro--es lo que digo; un
maestro es un servidor de la provincia.

La misma subvencin--seguale diciendo el jefe--era irrisoria; ya el
Gobernador se lo haba dicho. Deba drsele cuarenta pesos por lo menos.

--Cuarenta pesos? Es lo que tengo ahora.

--S? Bueno; eso mismo es poco; habra que ponerle cincuenta...

--Cien me dijo ayer el seor Gobernador.

--Bueno; cuanto ms mejor; ya me encargar de recordrselo.

--Y sobre todo--insinu dulcemente don Serafn--que me paguen los seis
meses que me adeudan.

--Oh, por supuesto!

--No sera posible hoy?

El jefe sacudi la cabeza.

--No hay fondos, quizs? y la mitad... la tercera parte... un mes
siquiera?

Jarque haca seas de que no era posible.

--Hay fondos--dijo--y la voluntad del Gobernador era mandar pagarte;
pero hoy mismo le han trado una denuncia que te compromete.

Don Serafn sinti que las piernas le empezaban a temblar, y ech mano
del reloj.

Jarque se puso a mirarlo y sus ojos astutos lo turbaron ms.

--Deja el reloj, Serafn; y si no quieres perderte dime la verdad: a
qu fu don Patricio Cullen a tu casa anoche?

El maestro se qued lvido, pero decidido a morir antes que delatar a
sus amigos, contest con un soplo de voz:

--A visitarme...

--Aprovechando la bondad de la noche... eh? Serafn!, Serafn!

--No; la noche era mala, muy mala, quizs la peor que he pasado en mi
vida...

--S, lo creo; y esa visita a esa hora, y la turbacin que muestras y
que dice ests mintiendo, han puesto en peligro la subvencin de tu
escuela, y lo que es ms grave, tu seguridad personal. Por qu me
engaas? Don Patricio no fu a visitarte.

Don Serafn tuvo entonces un rayo de luz. Se acord de algunos rasgos
nobilsimos del carcter de Cullen, el cual disimulaba sus caridades
con tacto exquisito y se anim a echar una mentira salvadora.

--Oh, Braulio! Desconfas de m! Sabrs, entonces, toda mi vergenza:
Don Patricio fu a llevarme una levita.

--Una levita?--exclam Jarque sorprendido.--Para qu te fu a llevar
una levita?

--Mira!--contest don Serafn, ponindose de pie, y dejando caer la
capa, con el gesto de Frin delante de sus jueces.

Y Jarque pudo ver, en efecto, que su amigo tena urgente necesidad de
una levita, porque la que llevaba no mereca tal nombre, pues a ms
de los faldones que le faltaban, empleados en menesteres escolares,
careca de forros y los bolsillos no habran podido cumplir su misin
de tales.

La capa de don Serafn guardaba celosamente aquel secreto y por eso, de
su levita ningn ojo extrao conoca ms que las solapas.

Jarque se ech a rer, ante la figura desguarnecida de su amigo, y ste
se puso rojo de clera.

--Lo ves? Lo sabes ya? Comprendes ahora todo el valor del obsequio,
y toda la nobleza de ese hombre, que no ha querido envirmelo con una
criada charlatana, sino que ha ido l mismo, en persona, en una noche
desagradable, a llevrmelo, como una prueba de afecto?

Se arreboz de nuevo en la capa y se dej caer sobre una silla.

--Y por qu no te la has puesto?

Don Serafn tartamude un instante:

--Pues, porque--ah vers!--no tenemos el mismo cuerpo, y Rosarito ha
debido encargarse de achicarla.

Jarque pareci satisfecho y el maestro se qued ntimamente halagado
por su destreza, que haba despistado al astuto jefe de los polizontes,
y pens que bajo su capa se ocultaba un fino espritu revolucionario.

Hablaron luego de otras cosas, y de pronto Jarque pregunt:

--Siempre es tu hija tan bonita?

--Es como antes.

--Y siempre tan hacendosa?, aquellas empanadas que ella haca!...

Rosarito tena una habilidad muy celebrada entre sus relaciones para
confeccionar empanadas exquisitas, con que alguna vez obsequi a
Jarque, como a algunos otros personajes de la ciudad.

--Cuando las haga--dijo el maestro--te har mandar media docena.

--Gracias; prefiero ir un da de estos a comerlas en tu propia mesa.

--Cuando gustes, Braulio--respondi tristemente don Serafn, pensando
si su hija no habra perdido ya la habilidad, dado el tiempo que no se
hacan empanadas en su casa, por falta de recursos.

El jefe se haba quedado caviloso.

--No sera posible hoy?--dijo.

El maestro vacil. Cmo iba a costear el gasto?

--Te ser franco, Braulio. Si hoy me pagaran, siquiera un mes, podra
surtirme de nuevo en el almacn, y habra en casa cmo hacer empanadas.
Si no...

El jefe de polica no aguard ms. Escribi unas lneas, que meti en
un sobre y mand con un ayudante a su destinatario, que don Serafn no
pudo saber quin era, pero que deba ser el ministro o el Gobernador
mismo, porque volvi al cabo de pocos minutos con otro sobre en que
vena el dinero de cinco de los meses atrasados, doscientos pesos.

Deslumbrado por aquella fortuna, el maestro baj tambaleando las
escaleras del Cabildo, atraves la plaza a grandes zancadas, sin
cuidarse de su capa que flotaba a sus espaldas como dos alas abiertas,
permitiendo a los ojos profanos iniciarse en el secreto de aquella
levita misteriosa.




V

En la tarde del baile


La imagen de Syra Montarn, a los veinte aos, debe perdurar en la
memoria de los que la conocieron, como queda en los ojos la impresin
del sol, cuando se lo mira.

En los pases tropicales, el tipo de la hija de Montarn, es ms comn
que en las orillas del Paran. Pero aun as, en la pequea ciudad de
entonces, que los naranjos de las huertas sahumaban de azahar, con
sus calles desiertas y sus tapias oscuras, rodas por el musgo, y sus
siestas estivales, silenciosas y largas, y sus dos ros y su gran
laguna, que la cean en un abrazo de frescura, Syra Montarn estaba
ms en el marco apropiado para su belleza de reina mora, que la suave
hija del maestro, con su vestido blanco y su manto azul, como una
aparicin.

Durante cinco aos haba permanecido enclaustrada en un colegio de
Buenos Aires, saliendo solamente en los veranos, que pasaba en una
quinta prxima a la gran ciudad, en casa de sus abuelos; y cuando al
cumplir veinte aos, volvi a Santa Fe, traa con las galas novedosas,
adquiridas all, y que eran raras en las tiendas santafesinas, una
sabia coquetera de portea.

Su madre, una paraguaya melanclica, con quien Montarn se cas en uno
de sus viajes, pasbase los das en su dormitorio, que daba a la calle,
chupando naranjas y leyendo novelas.

Syra tena de ella la cabellera negra y abundante con reflejos de oro
a la cruda luz del sol, y la tez plida, con un leve color de trigo en
la era. Pero sus ojos, negros tambin, no aparecan, como los de ella,
anegados en la penumbra de un alma perezosa; sino encendidos en la
llama de una voluntad imperiosa, que se adivinaba, asimismo, en su boca
algo grande, roja, de firme dibujo.

La casa de Montarn en la calle del Cabildo, a media cuadra de la
plaza, era de dos pisos, recin construda con un lujo desusado
entonces, por el mismo arquitecto que edific la de don Simn de
Iriondo, lo cual halagaba la vanidad del opulento banquero.

Bajo los corredores que daban a la calle, enlosados de mrmol, paseaban
los galanes. En los primeros tiempos de la llegada de Syra, fueron
muchos, hasta que ella los alej con sus desdenes, que slo uno de
ellos perdon, porque estaba profundamente enamorado.

Era Borja, el teniente de milicias, joven y gallardo, con su vistoso
uniforme, su chaqueta de pao azul, galoneada de oro, pantaln rojo con
franja dorada, su deslumbrante espadn que rozaba las paredes, con un
ruido metlico, que un da fu para Syra la seal de salir al balcn a
verle pasar.

Y eso ocurri en la pasada primavera, cuando en la plaza se vestan
las acacias de racimos blancos, cuyo perfume penetrante trastornaba el
corazn y la cabeza. Syra sinti llegar el amor, como un sol que nace,
y ella le confes que lo amaba, y que haba tardado en decrselo, para
probar su constancia.

El opulento Montarn quera festejar el compromiso oficial de su hija
con una fiesta, que sera a la vez una hbil celada.

En la tarde del baile, Syra llena de presentimientos que la
angustiaban, fu a casa de una vecina amiga, donde sola encontrarse
con su novio.

Vesta de luto, por un duelo de familia, y el traje negro, que esa
noche dejara de usar, pona en su soberana figura una nota trgica,
que Carmelo Borja observ con fro en el alma.

Se hallaban solos, en un patio de naranjos que la tarde llenaba de
sombras. La tierra verta agua, por la lluvia reciente, y entraron
a una pieza, que tena sobre el patio una ventana enrejada, en cuyo
dintel se sentaron, buscando las ltimas luces del crepsculo.

Sin haberse hablado, habanse trasmitido la indefinible pesadumbre que
embargaba sus almas.

Syra conoca las opiniones polticas de su padre, y da por da
aguardaba el estallido de una revolucin en que l o su novio,
combatiendo en filas opuestas, podan hallar la muerte.

Montarn conservaba una relacin lo ms estrecha posible, dadas sus
ideas, con las familias de los hombres contra cuyo gobierno conspiraba,
y cuando su hija le anunci el noviazgo con el joven militar,
secretario de Jarque, ni por un momento vacil en franquearle la
entrada de su hogar.

Y en las tertulias frecuentes que se hacan los das de visita,
Montarn siempre dueo de casa y dueo de s mismo, saba ser
exquisito, aun con los adversarios que asistan a ellas, y en quienes
produca la impresin de que Jarque lo haba curado de sus veleidades
revolucionarias, no dejando llegar a trmino ningn complot.

Syra comprenda, empero, que su padre tramaba la cada de Bayo.
Continuos y misteriosos "chasques" o mensajeros, que llegaban de noche,
y entraban, sin llamar, por una puertecilla falsa, le daban a entender
que se aproximaba, quizs, el desenlace temido.

Montarn disimulaba ante ella, no queriendo exponerse al evento de su
discrecin de mujer enamorada.

En la noche de la lluvia, Syra sorprendi a su padre llegando de la
huerta, con el traje embarrado, indicio elocuente de su excursin harto
sospechosa a esa hora y con ese tiempo, y como en los ltimos das
haban aumentado las maniobras sospechosas, que la alarmaban, adivin
que los sucesos estaban prximos, y se llen de terror.

En cualquier movimiento revolucionario, su novio, por su cargo, tena
sealado un puesto de peligro.

Cmo advertirle sin descubrir a su padre?

Doa Celia, que pasaba su vida en la hamaca o en un silln frente a una
ventana de la calle, anegada en su modorra habitual, no era capaz de
desahogarla del peso de aquellos temores.

En la tarde del baile, vi a su padre alistar unas armas, y sintindose
morir, bajo la angustia, corri a la casa vecina donde al entrar la
noche sola encontrarse con su novio.

Cuando se hall frente a l, le falt la voz, y se ech a llorar,
escondiendo la cara sobre el hombro de l.

Borja tambin presenta los sucesos que se aproximaban. Jarque se
haba apoderado de los hilos de la conjuracin, y aunque ignoraba las
circunstancias en que se desarrollara el episodio revolucionario,
comprenda que estaban envueltos en una intriga, que no poda tener ms
que un sangriento desenlace.

Aquel llanto de Syra, cuyo padre deba ser de los ms comprometidos,
aument su zozobra, porque era evidente seal de que ella haba
sorprendido algo que no poda confiarle.

--Syra! Syra!--le dijo--antes me hiciste sufrir con desdenes, y ahora
me haces sufrir con misterios, ocultndome lo que te apena.

--Es cierto--dijo ella, apartndose y dejando de llorar.--Has sufrido,
porque no adivinaste que te quise desde el primer da en que te v,
aunque no lo pareciera, porque fu injusta y coqueta. Y ahora sufres,
porque tengo un secreto y no te lo puedo confiar.

Sospech l de qu se trataba, y no quiso hablar, por no obligarla a
traicionar a su padre.

Ella continu dicindole:

--Estoy llena de miedo. Yo no s nada, me parece que he soado lo que
he visto, porque ni siquiera puedo decir que he visto algo; y me parece
que todo se vuelve en contra de nosotros. Estamos a tres horas de la
fiesta, y me vengo a llorar...

l le acarici la cabeza que haba vuelto a apoyar en su hombro, como
buscando un refugio que la salvara de las visiones que la acosaban.

--Me da miedo la tarde, y me da miedo la noche que llega. Carmelo...
no temen nada, nada?...

--Qu podramos temer? Todo est tranquilo, a su fiesta irn amigos
y adversarios del gobierno, y ser sa una ocasin de acercarse, de
tratarse, quizs de hacer la paz que todos anhelan.

Un rato habl as, tranquilizndola, y sintiendo que sus propias
razones le tranquilizaban a l mismo, hacindole ver cun vanos y
ridculos eran los recelos.

--Esta noche, Syra, te pido que cantes los versos del doctor Goyena,
los que comienzan as: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."

Ella no lo haba besado nunca, pero esa vez, dominando todo su pudor,
acerc su cara a la de l y lo bes apasionadamente, como si fuera a
partir para un largo viaje.

Y sali huyendo de la casa, sin saludar a nadie, atravesando medrosa el
patio, en que la noche haba cado como un crespn negro, envolviendo
los sombros naranjos de amargo perfume.




VI

Una sombra en el hueco de la puerta


Borja no ignoraba que el da anterior Jarque, su jefe, haba tenido un
encuentro que poda ser un grave indicio.

Por la maana a eso de las nueve, don Serafn volvi a su escuela que
resonaba con la bulla de los nios, a los cuales Rosarito les haba
franqueado la entrada para que jugasen en el recinto abrigado de las
galeras.

Ella misma, despus de llevar el desayuno a Insa que se aburra en
la soledad de su escondrijo, baj a jugar con ellos. El patio estaba
empapado por la lluvia, pero las galeras anchas, con su techo de
caas, cubierto con largas pajas de las islas, y sostenido por slidos
pilares de algarrobo, tenan un piso de tierra endurecida, donde los
chicuelos ms hbiles podan dibujar sus complicados cuadros de rayuela.

Rosarito se sent en un rincn, donde la cocina formaba un reparo, en
el extremo del corredor, y los ms pequeos corrieron a ella, para que
les contara aquellos cuentos que iluminaron la niez de su madre.

La nia era como un hada en el sombro recinto de la escuela.

Cuando en las horas de clase, por animar un poco a los alumnos, entraba
al saln, buscando un sitio vaco en los bancos, todos la reclamaban
para tenerla cerca, y aun cuando fuera la clase de gramtica, si estaba
ella, y los nios podan ver sus ojos animadores y su boca juvenil que
sonrea, y su vestido alegre, en la pesada tristeza de las cosas viejas
que llenaban el aula, los minutos parecan tener alas y volar.

El maestro no se inmutaba por la presencia radiante, y segua llamando
al pizarrn, uno por uno, a los chicuelos, para que dieran la leccin.

Les entregaba un mezquino pedacito de tiza, y se calaba las gafas para
vigilar los garabatos que la trmula mano trazaba en el tablero. Y
cuando el nio se equivocaba, corra l con el desgarrado faldn de su
levita en la mano y borraba lo escrito.

--Quin mat a Csar?--deca a modo de comentario invariable, y los
alumnos en coro gritaban:

--Bruto!

Don Serafn tena una regla larga como un puntero, que manejaba
nerviosamente. Se quitaba su casquete de seda, porque el mucho hablar
le haca sudar el crneo; alzaba las gafas hasta la frente, donde
revoloteaban algunos mechoncitos grises, con aire ms divertido que
el de los alumnos, y aquello era seal de que comenzaba la clase de
gramtica.

Llamaba a uno de los nios hasta su estrado; se envolva cuidadosamente
en la capa, celoso del misterio de su levita, y preguntaba alzando la
regla y mirando al alumno con sus ojillos glaucos:

--Cuntos son los acentos?

El interrogado se quedaba pensativo, y don Serafn le insinuaba,
marcando cada palabra con un reglazo en el pupitre:

--Tres! Agudo, grave y es... dr... julo.

Cuando deca "dr" se iba a fondo, con la regla a guisa de florete
y pinchaba al nio en la barriga, con gran regocijo de la infantil
concurrencia.

La leccin de los acentos era, por su episodio, lo ms ameno de la
gramtica.

Concluda la clase, los nios se ponan de pie y rezaban un avemara,
que entonaba el maestro, y luego con sus libros y sus gorras en la
mano, salan en ruidoso tropel a la calle, dejando en el aire confinado
del saln el polvo de los rojos ladrillos, flotando en un rayo de sol,
que entraba a veces como una espada fulgurante.

Si estaba Rosarito, la ltima mirada era para ella, que se quedaba con
el corazn estremecido, porque los amaba a todos.

Cuando su padre volvi, la maana en que fu al Cabildo, no era ya hora
de iniciar la clase, por lo cual despidieron a los nios que jugaban
en las galeras, cerraron la puerta de calle, y llamaron a Insa, que
baj de su buhardilla, contento como un prisionero libertado.

A l y a Rosarito les relat don Serafn su conferencia con el jefe
de polica, detallando prolijamente la manera en que eludi toda
contestacin comprometedora.

Nunca haba querido dejar adivinar de Insa su pobreza rayana en la
miseria, mas tuvo esa vez que confesar el episodio de la levita,
mezclado con su pequea aventura de esa maana, y todo lo dijo
sonriente, enrojeciendo a veces de vergenza, pero satisfecho de su
inesperada habilidad para burlar al fino sabueso del gobierno.

--Hoy Jarque vendr a comer tus empanadas, Rosarito, hija ma...

La nia se alarm oyendo aquello, porque sospech que eso podra ser
un pretexto para una visita del jefe, pero no el verdadero motivo. Sin
duda quera comprobar lo dicho por su padre.

Se visti con su sencillo traje de salir, y se fu al boliche de don
Pablo Ferrer; pag la cuenta, y se aprovision de lo que le haca falta
para confeccionar sus empanadas; y luego corri a casa de don Patricio
Cullen.

Llena de confusin refiri al caudillo de los revolucionarios aquella
aventura de la levita, que la obligaba a pedir una, a fin de que Jarque
la hallara, en verdad arreglndola al cuerpo de su padre. Y fu tan
afortunada y hbil, que esa tarde, a la hora de la siesta, en que el
jefe de polica acudi a la escuela, pudo obsequiarle con empanadas
sacadas del horno, sirvindoselas en una punta de la mesa del comedor y
atendindole ella desde la otra, donde a toda prisa descosa una levita
de don Patricio Cullen, para adaptarla al mezquino cuerpo de Aldabas,
cuya voz se oa explicando la leccin de los acentos.

Pero Jarque no se dej engaar del todo. Los indicios que haba
sorprendido de estar cerca la revolucin eran tan evidentes, que
perdida una pista, buscaba otra, seguro de sorprender el complot.

Se estuvo toda la tarde en la escuela, porque teniendo la certeza de
que la revolucin no estallara sin que Insa llegara a la ciudad,
quera a toda costa saber si l estaba ya en Santa Fe o iba a llegar de
un momento a otro.

Cuando anocheci, algo decepcionado se despidi del maestro, que haba
concludo su clase y de su hija que segua trabajando en la levita. Mas
se fu tranquilo, porque la ausencia de Insa poda significar que la
revolucin an tardara.

No bien se hubo marchado baj Insa de su escondrijo, donde haba
pasado cuatro mortales horas oliendo el cedro secular de las vigas del
techo; y como era necesario prevenir para esa misma noche al dueo de
la barraca donde se refugiaran los revolucionarios que llegaran por
el ro, aprovech para salir la obscuridad que reinaba, con el cielo
nublado, amenazando lluvia.

La barraca de Fosco, al Sur de la ciudad, a pocos pasos del arroyo
Quill, un brazo del ro, era un vasto recinto cuadrado, con paredes
de tapia, detrs de las cuales se amontonaban cargamentos copiosos de
frutos del pas, cueros, cerdas, huesos, lanas a la espera de un barco
que los llevara a Buenos Aires.

El anterior dueo de la barraca se haba arruinado, y un colono suizo
de Helvecia, que logr algunos aos de buenas cosechas, se qued con
ella y abandon el campo.

Era Fosco; viva con su familia haciendo un modesto negocio que le
permita tener influencia entre sus compatriotas, partidarios de Cullen
todos, y esperar el triunfo de la revolucin, que estaba dispuesto a
ayudar, para tumbar el gobierno.

En la obscuridad de la noche Insa vi aparecer a lo lejos la masa
negra de la coposa arboleda que rodeaba la barraca, haciendo ms
discreto el refugio.

En esos lugares no haba ya casas ni calles. Las carreteras, acolchadas
de tierra blanda, transformadas por la lluvia en profundos barrizales,
descendan la barranca hasta el desplayado del riacho. Cerca del agua,
que no se vea en la sombra, al borde mismo de la pequea barranca,
creca un aromito y a su sombra se alzaba una casucha de paja y de
barro, de algn barquero, que viva all a la vera de su barca.

Ladraban los perros al spero rumor de los rboles, que se mecan al
viento en la sombra y misteriosa quinta de Fosco.

Insa no pudo dejar de sentir un estremecimiento, como un aletazo del
miedo, al llegar a aquellos lugares en que poda hallar la muerte, si
Jarque daba con su pista.

Marchaba a grandes trancos, hundiendo sus botas en el barro para no
perder tiempo en buscar senderos enjutos. Iba embozado en una capa, con
que en las calles del centro haba disimulado su figura, para pasar sin
que le reconocieran.

Desde el portn de fierro que serva de entrada a la barraca, cerrado a
esa hora, vi la casa blanqueando en la sombra, sin luz, como dormida.

Llam con las seales que sus dueos conocan.

Fosco estaba advertido por el mismo don Patricio de la inminencia de
una revolucin, a la que se dispona prestar su concurso, tanto ms
apreciable, cuanto que la ubicacin de la barraca deba esa vez hacerla
poco sospechosa.

Generalmente los revolucionarios invadan la ciudad por el Norte,
viniendo de las estancias de Cullen o de Insa, y era casi seguro que
el mayor empeo de la polica se pondra en vigilar el camino de Santa
Rosa, descuidando la barraca a orillas del ro, excelente lugar de
desembarco, por la menor distancia a que de all estaba el Cabildo, que
iban a atacar.

A la seal de Insa, un poderoso mastn de largas lanas se ech
sobre la puerta, que poco despus abri Fosco, acallando al perro y
recatndose an, por si no eran los amigos que esperaba.

De una numerosa familia, Fosco no conservaba consigo ms que a su mujer
y a una hija, a quienes hall Insa en la pieza del piso bajo de la
casa, cuando entr con el suizo por gua.

--Seor capitn!--le dijeron al saludarle, y l not en sus ojos la
misma luz de inteligencia con que le acogiera el dueo de casa. Era
gente fiel, dispuesta a servirle hasta la muerte.

Fosco andaba cerca de los sesenta aos, pero de recia musculatura, y
buen tirador, poda ser un buen soldado.

En el comedor, al lado de la alhacena, vease colgado un rmington,
enaceitado y limpio, seal del aprecio en que lo tenan.

Insa sonri echndole una mirada significativa.

--Seor capitn--le dijo Fosco.--En Helvecia ramos cien familias
suizas. Todos los hombres tiraban como yo, y todos estaban y estn hoy
dispuestos a hacerse matar en la revolucin.

Insa le apret la mano, sin decirle palabra, y tom asiento al lado de
la mesa, bajo la luz de la lmpara. Fosco y las dos mujeres permanecan
de pie. Saban que en aquella intentona por derrocar al gobierno se
jugaban la libertad, la paz, la fortuna y quizs la vida, pero estaban
dispuestos.

Como Insa vacilaba en hablar, Fosco mand a las mujeres que salieran
del cuarto, y una vez solos dijo:

--Son fieles y discretas, pero es mejor que ignoren lo que ha de
ocurrir.

--As es--respondi Insa.--Maana vendrn nuestros amigos. Viajan en
chalanas cargadas de lea, por el ro, y atracarn en la costa del
arroyo, a cien metros de aqu. Otros estn llegando desde ayer, en
carros y a caballo, como si fueran gente de campo que viene a hacer
provisiones. Esta noche, llegarn los que faltan, y, sin duda, buscarn
albergue en la barraca, para estar al habla. Son los ms seguros los
que as vienen, pero en las chalanas est el grueso de las fuerzas. Las
manda Alarcn que sabe hacer las cosas y el indio Jos...

--Jos Golondrina?--pregunt vivamente Fosco.

--S; lo conoce?

--Lo conozco; lo conoc en Helvecia--vacil un momento y dijo:--Yo no
lo crea bueno para esto.

--Por qu?

--No s, a la verdad no s; pero nunca me ha parecido hombre de
confianza.

--Es mi asistente hace aos--observ Insa.

--Entonces debe ser bueno--contest sin mucha conviccin el colono.

Insa continu dando instrucciones, para que todos obraran de acuerdo y
no se perdiera ni un minuto ni un hombre. Las revoluciones fracasaban
siempre por falta de organizacin, y con esa dura experiencia, haban
aprendido lo que vala el orden en toda batalla.

Cuando no tuvo ms que recomendar, volvi a la ciudad, donde se
encontrara con Cullen y Montarn.

Veanse algunos faroles encendidos en las esquinas, uno precisamente
en el ngulo que haca cruz con la iglesia Matriz. Derramaba un fulgor
mezquino, que pareca ms dbil ante el gran cuadro sombro de la
plaza, con sus negras acacias, que un viento suave meca desgranando
sus hojas secas.

Insa tranquilo por la soledad de las calles, se atrevi a pasar
cerca del farol, y al llegar a la esquina de la escuela, se encontr
bruscamente con Jarque.

Supo que era l, porque al moverse para no cruzarse en su camino,
observ que rengaba, mas tuvo la esperanza de que no lo hubiera
conocido, por lo que iba embozado en la capa, y para despistar sus
sospechas no se detuvo ante la puerta del maestro, sino que pas de
largo, como si all no viviera.

Sinti que le segua y apret el paso, con la seguridad de
adelantrsele y anduvo as, un cuarto de hora, haciendo recodos, y
cruzando calles; cuando supuso que el jefe de polica haba abandonado
su persecucin, regres a la calle de la Matriz.

El farol de la esquina se haba apagado, y era extrao, porque el
viento apenas soplaba.

Nada se vea en la calle lbrega. El almacn de Ferrer estaba cerrado,
y todo el barrio, pareca dormido bajo los oscuros tejados a dos
aguas. En una guardilla, a lo lejos temblaba una luz.

Lleg Insa hasta la puerta de la escuela, y la empuj de golpe, y al
entrar vi que del hueco de una puerta casi contigua, sala un hombre,
que sin duda estuvo al acecho.

Comprendi que Jarque en vez de seguirle a travs de las calles,
sospechando quin era, lo haba aguardado all, para cerciorarse de
ello, y averiguar lo que tanto le interesaba.

Era un episodio lamentable, porque obligaba a los revolucionarios a
variar sus planes.




VII

El indio Jos


En los sauzales del arroyo de Leyes acamparon los hombres que mandaba
Juan Alarcn.

Era la poca de las lluvias y los campos bajos del litoral estaban
anegados. El Saladillo Dulce, riacho que all cerca se juntaba con el
arroyo de Leyes, y que suele ver mermar su caudal de agua hasta secarse
enteramente, entonces tena un ancho de media legua y avanzaba en
una turbia napa que el viento rizaba en olas pequeas, fatigando las
plantas acuticas que se alzaban del fondo y salan al sol, sirviendo
de gua a los que se aventuraban por el curso tortuoso y difcil.

Insa haba ideado bien aquella invasin de la ciudad por el ro. La
inundacin haba hecho huir a los escasos pobladores de las mrgenes,
y la pequea expedicin que se embarc en el Saladillo, a la altura de
Helvecia, de donde haba llegado cruzando a caballo campos de Cullen,
hizo el viaje sin hallar a nadie.

Navegaba en dos grandes lanchones de fondo plano que podan marchar en
dos cuartas de agua, y llevaban a popa del mayor una pequea canoa para
explorar los baados.

En las isletas verdes y montuosas, que se alzaban como una ondulacin
de aquellas tierras bajas, veanse ranchos, de los cuales uno que otro
segua habitado por mseros paisanos, que vivan en el agua, pescando
con espinel o cazando nutrias para trocar sus cueros en las pulperas
de tierra adentro por azcar y yerba o tabaco.

Al ver pasar los lanchones llenos de gente, acostumbrados como estaban
a las repetidas intentonas revolucionarias, y vecinos de los Cachos,
paraje donde los Cullen tenan una de sus estancias, habitual refugio
de los opositores, adivinaban el objeto de la expedicin.

Una de las lanchas llambase "Mocoret".

Era la mayor, tena un medio puente y a bordo caban holgados 30
hombres. Una trinquetilla que hinchaba el viento hmedo del Este la
haca marchar.

A popa un baqueano, conocedor de las inverosmiles revueltas del cauce,
llevaba el timn. A proa un mocetn flaco y gil, con una larga caa
sondeaba la hondura, cantando rtmicamente con voz aniada:

--Cuatro cuartas! cuatro largas! cinco escasas! cuatro a la marca!

Algunas veces cruzaban un remanso y la punta de la caa no alcanzaba el
fondo:

--No toca!--gritaba el sondeador, y todos respiraban satisfechos,
porque se alejaba el peligro de una varadura contra aquellas barrancas
de greda pegajosa, donde se adhera con fuerza la panza de la
embarcacin, obligndoles a echarse al agua, para sacarla del mal paso
a fuerza de hombros.

El viento era fro y arreaba gruesas y redondas nubes desde el mar
lejano, por lo cual el sol, brillando solo a ratos, no alcanzaba a
secarles las ropas mojadas, y as deban seguir el viaje, tiritando.

La otra lancha se llamaba "La Avispa". En ella iba Alarcn, y navegaba
sin sondear, porque l conoca perfectamente el curso del Saladillo;
pero siendo menos marina, por sus perfiles pesados, era ms lenta y
marchaba detrs, impulsada por una velita triangular a proa y por los
botadores, largas perchas que dos hombres afirmaban contra la costa o
contra el fondo del ro, conforme a la hondura.

En ambas lanchas, por orden de Alarcn se guardaba silencio. Solamente
se oa el grito agudo del sondeador en la primera y de cuando en cuando
la voz breve y ronca del indio Jos Golondrina que la mandaba.

Pero cuando pasaban cerca de alguna de las isletas de la costa y
divisaban algn cazador de nutrias, inmvil, en la orilla, afirmado en
su largo fusil, compaero inseparable de su soledad, o en la "fija",
especie de arpn terrible en su mano segura, no siempre los hombres,
aburridos de la inaccin, acallaban un saludo o un comentario malicioso.

Los cazadores de nutrias eran generalmente hombres enflaquecidos por la
vida miserable que llevaban viviendo en los esteros, consumidos por las
sabandijas, rudos y huraos, descalzos, vestidos con una camisa y una
manta o un pedazo de arpillera que les rodeaba las piernas.

Y los de las lanchas, peones de estancia o colonos de Helvecia, mejor
alimentados y vestidos, reanse de su miseria o de su flacura:

--Lindo cebo para un chicharrn!--deca un gringuito joven, rubio,
de la colonia suiza, donde don Patricio encontraba sus ms fieles
partidarios.

Llambase Moor; iba en la lancha "Mocoret".

A pesar de su juventud se le tena en mucho porque manejaba el fusil
con una insuperable destreza.

Alarcn lo reprenda cada vez que haca rer a sus hombres a costa
de algn "nutriero". Despus de todo, no era muy difcil que alguno
de stos, picado por las bromas o simplemente deseoso de ganarse una
recompensa, saltara en su canoa, que poda navegar a travs de los
esteros, cortando los campos inundados y llegara antes que ellos a
Santa Fe, con la denuncia de que los revolucionarios marchaban sobre la
ciudad.

Tal peligro creca a medida que se aproximaban a la laguna de Setbal,
regin ms poblada, que se vigilaba con gran cuidado por la gente del
gobierno.

Hacia medioda el sol abri y cambi el viento. Navegaban ya en
el curso profundo y encajonado del arroyo de Leyes, cuyas orillas
cubiertas de sauzales, solan servir de escondite a los gauchos
matreros, ladrones de haciendas, que huan de los policianos.

Alarcn di orden de atracar en una isleta de la margen izquierda y los
dos lanchones se arrimaron lentamente a la costa, cubierta de carrizas
verdes y de camalotes aguachentos que chupaban los sbalos.

Siguiendo como hasta entonces en aquella marcha, y ayudados por la
correntada ms fuerte del arroyo de Leyes, deban llegar al puerto de
la ciudad poco despus de la oracin, y eso era un peligro.

Insa haba ordenado que no entraran antes de las once de la noche,
hora en que menguaba la vigilancia de la polica.

Adems era necesario cargar de lea las dos lanchas, en forma que
permitiera ir a los hombres a bordo, disimulando su presencia. Se
necesitaban para ello largas varas flexibles, y all el tupido sauzal
ofreca cargamento fcil de cortar, para toda una flota.

Teniendo, pues, varias horas libres, antes de ponerse en marcha
nuevamente, los tripulantes saltaron a tierra, regocijados con la
perspectiva de poder encender fuego en el centro de la isleta y tomar
mate sin riesgo de llamar la atencin de los policianos, si es que
merodeaban por all.

La presencia de las lanchas con tres o cuatro hacheros cargndolas, no
despertara sospechas, porque el negocio de la lea ocupaba a muchos en
Santa Fe.

Bajo la bveda sombra que formaban los sauces, creciendo estrechados
unos por otros, el suelo estaba lodoso y cubierto de pastos de agua.

Cuatro hombres, con sendas hachas, se pusieron a la obra.

Los troncos delgados y rectos, vestidos de enredaderas floridas, a
pesar del otoo que llenaba la fronda de hojas doradas, caan sin ruido
sobre el hmedo colchn de pasto.

De la tierra empapada suba un vaho penetrante y clido, mezcla de
todos los olores de aquellas hierbas corrompidas por la humedad, y del
humus secular que tapizaba la isla con una capa fofa y negra.

Hacia el interior, el suelo se alzaba y apareca ms rido y seco.

Crecan all los "curupes" y los aromitos y algn algarrobo de spero
tronco y vasta copa.

Buscando sitio a propsito para encender el fuego, marchaban en grupo
Alarcn, Jos Golondrina y Moor, el joven suizo. Pronto hallaron lo
que deseaban: un espeso rodeo de rboles, donde haba lea fuerte en
abundancia y poda hacerse una hoguera con ramas secas, que no dieran
humo.

--Mi teniente--dijo Moor a Alarcn, as que la llama flame alegremente
en el discreto reparo del boscaje--yo estoy gordo y tierno, y los
compaeros tienen hambre. Si me dejo estar aqu, mientras ellos
matean, me van a asar con cuero. Si me voy a rodar tierras, todava
puedo dar con alguna ternera orejana que me libre y nos quite el hambre.

Los paisanos en cuclillas, alrededor del fuego, unos, echados otros de
bruces sobre el musgo seco que alfombraba la tierra, y de pie los ms,
tranquilos, esperando los sucesos, comentaron aquella salida con una
carcajada aprobatoria.

Alarcn vacil un momento.

Haba sido poco previsor y sus hombres estaban casi en ayunas, desde el
amanecer, hora en que les reparti un churrasco, la ltima racin de la
carne que le dieron en Helvecia.

Iba a autorizar al suizo para que se rebuscase la ternera, entre las
haciendas numerosas que pastaban en los alrededores, cuando habl Jos
Golondrina, que haba callado hasta entonces.

--Mi teniente--dijo alzando apenas la voz, en cuclillas, segn estaba
mirando al suelo, como si hablara para s mismo--no hay necesidad de
carnear ajeno; si ust quiere, aqu cerca hay relaciones que pueden
darnos o vendernos una vaquilla.

--Dnde?

--A media legua al naciente, en la Casa de los Cuervos.

--Conocs el paraje?

--S, mi teniente.

--Conocs a los dueos?

--S, mi teniente.

--Bueno, and.

El indio se levant; era petizo, gordo, de tez amarilla, con tonos de
aceituna, pero de facciones extraordinariamente finas.

Hablaba poco y era habitualmente esquivo a la compaa de los hombres.

Fuerte, diestro, conocedor de todos los secretos recursos de las islas,
nadador como uno de los yacars que poblaban las aguas fangosas de
aquellos riachos, Insa lo consideraba elemento indispensable en sus
excursiones y le daba cierta jerarqua sobre todos, despus de Alarcn.

Y esto era motivo de un oculto rencor del indio hacia su amo,
considerndose pospuesto con injusticia, en la tropa revolucionaria.

Disimulaba sus sentimientos bajo una untuosa sumisin, que no haba
logrado engaar, sin embargo, el ojo experto de Alarcn, el cual
recelaba de la fidelidad de Jos Golondrina.

Por eso, cuando lo vi alejarse hacia el centro de la isleta, buscando
un sendero para ir hacia donde l haba dicho, lo llam con un silbido.

--Vamos los dos--le dijo.

--Vamos,--contest Jos Golondrina sin volver la cara.

Y quedaron los hombres all, mandados por Moor, que era el tercero, no
obstante su juventud, en la jerarqua establecida por Insa.

Y el fuego chisporroteaba alegremente, devorando las secas ramillas de
los aromitos, y haciendo brasas grandes y rojas con la madera fuerte de
los algarrobos.

Tres pavas de hierro, negras de holln, empezaban a cantar la alegre
cancin del agua dispuesta para el mate, confortante y engaador para
los estmagos vacos, y mientras eso ocurra, aquel muchachn que
sondeaba en la lancha la profundidad del ro, y que era a la vez el
despensero, distribua "los vicios"--azcar y yerba--entre los que
haban de cebar el mate.

Un pichel de ginebra, tasado por Alarcn, circulaba en la rueda,
despertando a su paso las conversaciones, chispeantes como la hoguera.

Juan Alarcn marchaba al lado del indio chafando con su paso firme los
camalotes que cubran la tierra en las hondonadas, sealando los sitios
hasta donde haba llegado el agua de las crecientes.

Era un mozo de treinta aos, vestido con esmero, chambergo de alas
rectas y anchas, botas amarillas y cuidadas, tirador guarnecido de
monedas de plata y largo facn que le cruzaba la espalda, a ms del
revlver que brillaba al alcance de la mano.

Difcilmente se habra hallado un tipo de criollo ms hermoso. Era
nativo de San Jos del Rincn, donde una mezcla ignorada de sangres, ha
producido una casta absolutamente especial de morenos de ojos azules y
facciones caucsicas.

Alarcn era en los rodeos el ms fuerte entre toda la peonada, y sus
brazos firmes como un palenque, y sus manos slidas, como un torno,
bastaban para sujetar un novillo arisco, cogindolo por los cuernos y
clavndolo en la tierra sobre las cuatro pezuas rgidas.

Insa que no toleraba superioridad en nadie, porque l tambin posea
suma destreza para los trabajos del campo, y su vigor se comentaba aun
en los sitios donde no se le conoca sino por el relato de sus hazaas,
haba concludo por resignarse a ser menos fuerte que aquel hermoso
gaucho de tez ligeramente tostada y de ojos profundamente azules.

Se haban conocido de nios, en las andanzas de Insa por el Rincn,
como aos despus Alarcn anduviera rodando de estancia en estancia,
buscando un patrn que supiera apreciar su trabajo en lo que vala,
el joven caudillo lo llev a su lado y lo hizo su capataz en el
establecimiento y su teniente en las campaas revolucionarias.

Jos Golondrina no poda olvidar que Alarcn le haba privado a l
de esos mismos cargos, y tena, para agravar sus enconos, motivos
especiales que venan de muy lejos.

El padre de Insa posea una gran estancia en los quebrachales de
Calchaqu.

All haba nacido Jos Golondrina, hijo de una india criada al amparo
de las casas.

Contbase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus ms
grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejrcito de
lnea, se refugi en la estancia de Insa, y al huir de nuevo cuando la
tropa se acercaba, dej entre otras mujeres, a su hija, que encomend
al amo, dicindole que alguna vez volvera a buscarla de su Chaco
misterioso, donde criara hermosos caballos para l.

La indiecita lleg a ser una hermosa muchacha y no falt quien dijera
que el nio que un da naci de ella, el indio Jos, mayor que
Francisco Insa algunos aos, era el hijo primognito del dueo de
la estancia, y habra sido el heredero de toda aquella riqueza a no
cruzarse en su destino el nio blanco, de casta noble.

Fuese que Insa creyera realmente en aquel parentesco, que se haba
hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de
Jos Golondrina, ste permaneca siempre con l, mas no en la estancia
de Calchaqu, a donde no le haba enviado desde nio, sino en la de la
costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente
el punto de cita de los revolucionarios en la campaa.

Pero el indio conservaba en la memoria la impresin indeleble de los
paisajes de Calchaqu, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto
de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podra albergarse toda
su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo persegua con
implacable tenacidad.

Un da, siendo l nio, muerta ya su madre, una india vieja, de las
que quedaron en la estancia cuando el cacique huy y que pasaba por
hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le cont su
historia y le ense a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insa, a
quien all no conocan an, pero de cuya existencia en la ciudad lejana
se hablaba entre los peones.

"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos--le
dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tena
su rancho, lejos de las otras casas.--El abuelo de tu abuelo, era
el cacique ms poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los
blancos, mil lanzas y gan la batalla.

"Y yo he visto en las estrellas, que este monte ser otra vez de la
tribu, cuando muera ese nio que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser
amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del ltimo cacique."

En el espritu taciturno de Jos Golondrina, aquella prediccin
engendr una llama que le consuma.

Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba
pacientemente para los das que haban de venir.

Lo que hubiera en l de sangre blanca estaba anegado en la ola
ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le haca sentirse indio
hasta la mdula de los huesos, y encenda en su corazn la silenciosa
esperanza de ser algn da el redentor de su tribu.

Insa recelando quizs aquella ambicin, nunca lo mand a su estancia
de Calchaqu y como el volver a los campos donde pas su sombra
niez, era la secreta obsesin de Jos Golondrina, nunca quiso l,
por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las
revoluciones que alguna vez podan servir a sus planes.

Y as vi prepararse aqulla, en cuya aventura se encontraban lanzados
ya, y fu desde el primer momento el ms activo de los colaboradores
del capitn sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de
Alarcn.

Caminaba ahorra al lado de ste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo
sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le
costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto:

--Me has dicho que conocas al capataz.

--S, seor.

--Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco.

--No es raro; muri ya el dueo; se vendi la estancia y cambiaron el
personal.

--No era el finado Liborio Borja?

--S, seor.

--Y hoy, quin es el dueo?

--Ser su viuda, que vive en la estancia...

Se call un momento, como si hubiera deseado no hablar ms, pero
Alarcn lo interrog:

--No es de la viuda ya?

--No, seor, la vendieron.

--Sabs a quin la vendieron?

El indio vacil un momento.

--A don Braulio Jarque--respondi luego.

--Jarque... Quin es Jarque?--pregunt Alarcn detenindose en medio
del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombras
de unos grandes eucaliptus.

Jos Golondrina agach la cabeza y dijo no saber quin era Jarque,
aparte de lo dicho, y Alarcn volvi a ponerse en marcha, repitiendo
aquel nombre, seguro de haberlo odo en alguna parte.

La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban
las ms altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes,
caudaloso y profundo, comunicndose con el Paran, como un brazo de l
que era.

La construccin era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas
con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galeras a uno
y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y
poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un
bosque de eucaliptus, a travs de cuyo espeso follaje apenas se vea la
casa como una mancha clara.

En los ltimos tiempos, la estancia haba cambiado varias veces de
dueo, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja,
ocurrida un ao atrs, su viuda, para redimir las deudas que pesaban
sobre ella la vendi a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela,
la cual viva con ella.

Como el nuevo propietario no manifestara aficin a la vida campera,
encargse doa Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda,
que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna.

Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abra en dos hileras a un
costado de la casa y conduca hasta su entrada principal, Alarcn,
preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez haba odo,
se acord de quin era.

Jos Golondrina calmaba a los perros, que haban salido a ladrar a los
visitantes, y que se acallaron sbitamente al sentir su voz.

Alarcn tuvo la sospecha de que el indio haba querido adelantrsele,
para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la
estancia, la noticia de la expedicin.

Haba salido el capataz y Alarcn mir a Jos, mas no advirti que
parecieran reconocerse.

El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz salud
a Alarcn que le pidi una ternera para carnear y dar de comer a su
gente, colonos y leeros que iban a la ciudad a surtirse de vveres
diversos.

As habl, y agreg para evitar toda suspicacia en aquel paisano
reservado, que le atenda frunciendo el ceo:

--Comprara una ternera, si no me pide caro.

El capataz entr en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se
vi aparecer un momento en la galera, y volvi con el permiso de
arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero.

Mont a caballo y los gui hasta el sitio en que a esa hora deba
hallarse la mayor parte de la hacienda.

Alarcn y su compaero caminaban a pie, detrs de l, que iba
enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra
negra daba unos pastos de engorde superior.

Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se
dej echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcn pag
sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzg
afortunado viendo que el capataz no insista en acompaarles hasta la
costa.

--Tengo que encerrar los terneros de las lecheras--dijo--y se despidi
all mismo.

Marcharon los dos, Jos tirando del lazo, arrastrando a veces al animal
que empezaba a rebelarse, y atrs Alarcn arrendolo con una varilla
y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habra
dejado de recelar de tanta gente reunida all.

Y aquella imprudencia que le haba hecho cometer el indio, no le
pareci que fuera involuntaria.

Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que
alfombraba la altura desprovista all de monte, vieron venir una majada
de ovejas que pareca vagar sin pastor y sin perros.

Jos Golondrina mostr las ovejas a Alarcn.

--La cuidan los cuervos--le dijo--y por eso es el nombre de la estancia.

Y era as en efecto.

Desde muchos aos atrs en la propiedad de los Borja, dos cuervos
criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto,
que rayaba en leyenda.

Por la maana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en
que el fro amenguaba, los dos cuervos, que dorman sobre un algarrobo
seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el
corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacan salir,
las conducan a travs de los campos, en las lomas donde el pasto era
tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver.

Los tmidos animales, acostumbrados ya, obedecan a los cuervos como
habran obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se
haban vinculado a la vida de la estancia, que sta tom su nombre de
ellos, y se rode de una fama misteriosa.

--Son eternos--dijo el indio Jos--y cuentan los viejos que ellos saben
y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir.

La majada pas cerca de los dos hombres que llevaban la vaca.

Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el
velln iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar
por la que iba atrs de todas.

Era risueo el caso, y no obstante Alarcn no sinti ganas de rer,
cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeos brillantes
negros se posaron sobre l.

Atardeca rpidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse
en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las
barcas.

En aquellos terrenos bajos no era fcil hallar los senderos, por donde
podan pasar sin hundirse en las aguas muertas de los baados.

Deban a ms carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa
operacin preocupaba a Alarcn porque el fuego en la noche poda atraer
sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solan recorrer
la laguna Setbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas
veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el
curso del ro.

La noche caa rpidamente, porque en esa estacin los das eran cortos.

Llegaron al sauzal con las ltimas luces del crepsculo.

Estaba silencioso y slo se oa el ruido de los pjaros asustados que
levantaban el vuelo, atropellando las ramas.

--Es raro--dijo Alarcn.--Nos habremos perdido?

El indio lo mir y los ojos le brillaron en la sombra.

Alarcn ech a correr hacia la orilla del ro. No se vea a nadie.
Saltaba sobre los camalotes que cedan como un colchn bajo sus pies.
Extraaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente
en esa direccin, y de no verla, por lo menos deba or el ruido de las
hachas cortando la lea.

Cuando lleg al borde de la isla, que lama el riacho curvo y lento,
al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conoca por
estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce
cortadas, solt una maldicin.

Las lanchas haban desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal
negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningn rumbo la mancha ms
obscura, que en la noche,--que envolva ya todas las cosas,--le hubiera
indicado la presencia de sus embarcaciones.




VIII

El baile de Montarn


Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de
faroles que corran a lo largo de las cornisas, llenando la calle de
luz.

En la casa de Montarn, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se
suba a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera
de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino
rojo de tripe, hasta una galera interior cerrada con una mampara de
cristales.

All se abran las tres anchas puertas del deslumbrante saln, que
ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada
extremo, constitudas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos
para el ambig los de la derecha, y los otros para la tertulia de las
seoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.

Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba
a orse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el prtico,
sirvientes del barrio en su mayora, que daban las buenas noches a cada
pareja que entraba.

Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando
el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zagun, con zcalo
de mrmol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce,
pendiente del techo.

Hacia las nueve de la noche haban comenzado a llegar los invitados.

Era lo ms distinguido de la sociedad de Santa Fe.

Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios
y crujientes vestidos de seda; escotadas las jvenes y aun algunas que
haban dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en
sus capas.

Con una nerviosa solicitud, haca Montarn los honores de la casa.

Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestbulo iluminado
por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el
patio inmenso como una huerta; suba la escalera, y despus de cambiar
algunas palabras corteses arriba, en el gran saln, bajaba, saltando de
dos en dos los escalones.

Su fisonoma habitualmente regocijada, tena esa noche un sello visible
de preocupacin, y el mismo empeo que pona en disimular, haba
chocado a Syra, la cual segua a su padre, en todos sus movimientos,
con ojos angustiados.

Rasurado prolijamente, pequeo, y rosado como un jovencito, su
fisonoma no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque,
observndolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella
movediza personilla pudiera tejerse una revolucin.

El jefe de polica lleg temprano, con su secretario, el teniente Borja.

Montarn, que se senta espiado por su hija, para desorientar sus
sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella ms tranquila
junto a su novio, paseaba de su brazo por el saln.

La luz de las araas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida
en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres
de brillantes.

La inquietud de esa tarde, mantenala an aturdida y apasionada,
fulgurantes los magnficos ojos, que habran querido penetrar en las
almas para ver qu nefastos designios se ocultaban en ellas, que
pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo
firme se apoyaba su mano trmula.

Borja saba, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque
haban disminudo, y confiado en su sagacidad slo pensaba en la gloria
de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que
pudieran haber dudado.

Festejbase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba
su espritu, no daban lugar a las sombras sospechas que su novia le
sugiriera esa tarde.

Conocanse todos los hombres que podan entrar en la revolucin, por lo
cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al saln, Borja, habituado
a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no
obstante su charla con Syra.

Don Servando Bayo entr de los primeros con el doctor Pizarro, su
ministro.

Lleg de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra vindolo se
sinti aliviada.

Un momento despus lleg Cullen, a quien segua la mirada cautelosa
de Jarque, situado afuera del saln, en la galera de cristales,
conversando con Montarn, mas sin perder un solo gesto de los hombres
que le interesaba vigilar.

La fisonoma despreocupada de Cullen, sus maneras afables,
distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas,
desorientaban toda sospecha.

Acercse a los novios y al cumplimentarlos su voz fu tan natural que
Borja sinti desvanecerse sus ltimos recelos, y al apartarse de l,
buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde
poda hacer sus confidencias a la nia, le dijo, aludiendo por primera
vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:

--Ya ves, Syra; si Cullen est aqu, siendo el jefe de los opositores,
es porque nada se prepara. Estara as, tan afable y tranquilo si
hubiera el peligro de una revolucin?

La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de
blanco, plida por una emocin que, a pesar de esas buenas razones no
poda dominar, permaneca de pie al lado de l, que se haba sentado en
un silln invitndola.

l no pudo ver quin era el que entraba al saln, haciendo cesar el
rumor de las conversaciones, de tal modo que slo se oa la msica de
la orquesta en la galera de cristal; pero ella, atenta a los detalles
de la fiesta, sinti como un golpe en el corazn, pues lo que faltaba
para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitn
Insa, y era l, precisamente, el que acababa de entrar.

Borja, a quien Jarque le haba confiado el encuentro de la noche
anterior a la puerta de la escuela, se alz del silln, calmoso y
tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emocin,
le dijo:

--Insa! All est Insa! Oh, Dios mo!

Haca ms de un ao que Insa no vena a la ciudad, y no obstante su
vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que
llevaba con fcil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los
secretos de la cortesa.

Jarque al verle llegar sinti que se derrumbaba el laborioso edificio
de sus conjeturas, porque si Insa estaba all, vestido de frac;
si tena a su lado a Montarn, que le contaba prolijamente cmo se
injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el saln atendiendo a
las damas, todos con la ms natural despreocupacin, era porque el
temido complot slo exista en su imaginacin.

Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho,
abandon su sitio junto a la puerta de la galera y entr al saln.

La orquesta, cuyos principales elementos haba hecho venir Montarn de
Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.

Toc lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas
figuras.

Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insa, que pareca absorto
en decir gentilezas a su compaera en la danza.

--Si debiramos temer algo--murmur Borja al odo de la hija de
Montarn--Insa no estara aqu. Es el brazo derecho de Cullen y el
verdadero jefe de todos los ataques de caballera.

Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo,
que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompaarla
en algunas figuras.

Habra deseado saber, si ya no era para esa noche, para cundo seran
los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza
juvenil y enrgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su
lado, a ella y a su novio.

Insa, desde que entr en el saln, comprendi que algunos ojos lo
vigilaban.

En un rincn, Jarque sentado, pareca dormitar, pues segn su
costumbre, entornaba los prpados. Insa, no obstante esa disimulada
apariencia, senta sobre l la mirada del jefe de polica.

En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarn, atenda algunas damas
indiferentes al baile.

Insa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no haba llegado
an, y su tardanza le tena inquieto, pues podran verse obligados
a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban
previstas.

Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habra convenido, mas
debi ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo haba
conocido la noche anterior cuando entr l a la escuela, de regreso de
la barraca de Fosco.

Estando en la ciudad, ms extrao habra sido no ir, que ir a casa de
Montarn, al que lo ligaba una antigua amistad.

De acuerdo los tres principales conjurados, se fij la hora de la
revolucin.

Insa saldra del baile a las once, procurando no ser visto, y se
reunira con su gente en la orilla del ro, y desde all invadira la
ciudad, marchando sobre la polica.

Antes de atacar, Insa volvera a la sala de baile, para ayudar a sus
amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien
sonaran los primeros tiros. Alarcn mandara el asalto, y echara un
pelotn de hombres sobre la casa de Montarn, para ayudarles.

La trama del complot era simple; y a Insa slo le preocupaba la
ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno,
poda hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.

Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los
caballeros agradecan a sus damas y las llevaban del brazo hasta los
sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino
silencio por la entrada de alguien.

Era Iriondo; vena solo, circunstancia que no escap a los
revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de l, cuando
sospechaba que haba peligro, y a fin de mostrar su valor personal o
su presencia de espritu; Montarn, ms solcito que nunca le sali al
encuentro, deshacindose en cumplimientos, que Iriondo acoga con una
reservada cortesa, gustando la impresin que causaba con su presencia.

No era ya la actitud algo brava de Insa, lo que atraa las miradas:
era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo
y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores,
sin que tuviera que sonrer ni saludar, para imponerse a los que lo
rodeaban.

Ms de un ao haca que Insa no se encontraba con l, y al verle as,
tan dueo de s mismo, adelantndose a saludarlo, a l que si no poda
vencerle estaba resuelto a matarlo, sinti conmovida la confianza que
hasta ese momento lo animaba.

Montarn, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones
descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores
sospechas en el jefe de polica, que se haba vuelto a sentar en un
rincn solitario, despus de saludar a Iriondo.

Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente
y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura
de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios
adversarios.

Bayo pareca ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le
relataba con animada mmica.

Ocupaban los dos un pequeo sof de nogal acolchado de damasco, y
sobre ellos caa la luz de un candelabro lleno de bujas, puesto a sus
espaldas sobre una consola.

Tenan al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les
permita mirar todo el saln sin volver la cabeza.

Iriondo con algunos amigos, se refugi en uno de los saloncitos, y su
ausencia calm un tanto los nervios de Insa, que volvi a mezclarse en
las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana
en que poda morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por
gozar de aquellos fugitivos minutos.

Montarn sali hasta la galera, por esquivar las pupilas de Jarque,
cuyos ojos semicerrados nadie saba dnde miraban, aunque l en todo
momento senta la impresin de que estudiaban cada uno de los gestos
que l haca.

La hora en que haban convenido que Insa saliera, estaba prxima y no
se vea cmo podra abandonar el saln sin hacer notar su ausencia.

El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la
galera vi a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas
seoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si l tambin
sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.

Montarn vi pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y
empez a torturarle un remordimiento, que durante el da lo acosara, y
que ahora despertaba de nuevo en su corazn angustiado.

Haban convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya
fiesta serva a sus planes, pondran empeo especial en ahorrar la vida
de Carmelo Borja, pero aun as comprendase el gran peligro que deba
correr.

Por encima de todas sus ambiciones, Montarn miraba a su hija, como
el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y
pronunciada quizs, la sentencia de muerte de muchos de aquellos
brillantes militares que llenaban el saln, presenta el rencor de la
joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que
atentara contra la vida de su novio.

Conoca su temperamento ardoroso, capaz de madurar en silencio una
venganza y comprenda que l mismo no escapara al encono de esa alma
apasionada, si por obra de l se desgarraban las ilusiones de aquella
hermosa noche de fiesta.

Por un momento con el corazn oprimido, dese el fracaso del complot.

Se sinti viejo por el amor de su hija, a quien haba vuelto a tener a
su lado, despus de muchos aos de ausencia, y estim la paz de su vida
cerca de ella, en mucho ms que sus inquietas ambiciones polticas.

Mir el reloj y vi que slo faltaban algunos minutos para las once.

Iba a entrar al saln, cuando desde el lugar en que estaba oy la voz
de Jarque, hablando a su hija.

--Si usted canta "El Ciprs", yo le acompao en el piano.

El jefe de polica era apasionado por la msica, y sus gustos,
en armona con los de la poca, le hacan preferir las canciones
romnticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras.

Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que haba
odo cantar a Syra, con su esplndida voz, llena de sentimiento,
escoga siempre esa endecha lacrimosa del Ciprs, en cuya sombra se
transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado.

Syra record el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos
los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero
gustbanle ms los del "Ciprs", y esa noche sentase llevada por
fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza.

Montarn asistiendo a la escena, comprendi que si Jarque iba al piano,
Insa aprovechara su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos
que un instante haba deseado que no ocurrieran, slo dependeran ya de
la mano de Dios.

Vi levantarse al jefe y cruzar el saln con su desairada figura, y
por una reaccin de su temperamento verstil, pens que era mejor que
sucedieran las cosas que con tanta audacia haban preparado, para
derrocar el gobierno que execraban.

Despus de todo Borja era militar y sabra defenderse, y l mismo en su
casa, hallara manera de salvarlo.

Por encima del frac toc disimuladamente su revlver.

Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa
confiada a l, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfeccin.

All cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez
paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por l mismo en la
casa sin que nadie los viera, aguardaban su seal, mezclados entre el
grupo denso de curiosos que haba invadido el zagun, y se derramaba ya
por las galeras.

En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insa
sali del saln.

Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en
lugar del sombrero de copa, escurrise hasta la huerta para salir por
la escuela de don Serafn, de modo que los policianos de Jarque, de
guardia frente a la casa de Montarn, no pudieron notar su escapada.

Syra haba empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida:

      Si por mi tumba pasas un da
    y amante evocas el alma ma,
    vers un ave sobre un ciprs;
    habla con ella, que mi alma es.

De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeo
escote, y al cuello un collar de perlas que parecan desgranar sobre
el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra haca temblar el
corazn de su novio.

Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprs no fuera la de ella
sino la de l, cul sera el destino de la hermosa joven que lo amaba?

Si l mora, pensaba Borja, ella algn da, cuando lo hubiera olvidado
sera de otro.

La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como
nunca. Pens que podan ser verdad los oscuros presentimientos de Syra.
Mir a su alrededor buscando a los jefes de la oposicin, para ver si
alguien faltaba, y not inmediatamente la ausencia de Insa.

Vi a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecan
absorber toda su atencin, porque se haban retirado al fondo de uno de
los saloncitos.

Syra segua cantando y era tal la sugestin de su voz, que los
concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota
de la triste cancin:

      Si t me nombras, si t me llamas,
    Si all repites que an me amas,...

Borja se imagin a Insa corriendo por las oscuras calles para reunir a
su gente.

Aguzaba el odo y parecale sentir el rumor de pasos de una patrulla,
ahogado por doliente msica, en que temblaba el alma de su novia.

Aproximse a Jarque arrebatado por el espritu romntico de los
fnebres versos, y le toc en el hombro.

Jarque lo mir con mirada abstrada y sin pensamiento y sigui haciendo
correr sus dedos sobre el armonioso teclado.

Por no alarmar a Syra, no se atrevi a insistir y aguard angustiado el
final de la cancin.

Cuando la nia, con los ojos llenos de lgrimas se volvi hacia l,
despus del ltimo verso, el joven teniente le dijo:

--Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios
que la blanca luna..."

Jarque se haba levantado, porque Syra iba a cantar acompandose ella
misma.

Cuando la vi sentarse en el pequeo taburete del piano, Borja
aprovech la ocasin para hacer notar al jefe la ausencia de Insa,
indicio grave, sin duda.

Rpidamente Jarque resolvi lo que deban hacer.

--Te vienes t conmigo, sin decir palabra.

Y as, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de
la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salan del
saln, se envolvan en sus capas y se echaban a la calle.

En la esquina del Cabildo se acerc Jarque a dos de sus agentes de
polica, encargados de vigilar la casa de Montarn: estaban alerta y
fumaban para matar el tiempo.

--No habis visto a nadie?

--No, seor jefe.

--Nadie ha salido del baile?

--Nadie, seor.

--Sin embargo, hay una persona que no est all. Os habris dormido.

Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego:

--Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse
escondido en la casa misma o haber salido por los fondos.

Borja que oa sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina
estaban, agarr de pronto el brazo de Jarque y le mostr un bulto que
cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre
los troncos de los parasos, sobre el fondo claro de una casa recin
blanqueada.

Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener
a aquel transente trasnochador.

Jarque sereno y valiente, sac su revlver para llevarlo presto.
Borja a quien el espadn colgante al cinto le estorbaba al andar, lo
desprendi tomndolo en la mano, pronto a desnudarlo.

De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba gilmente a su lado,
cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie.
Frunca el ceo para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad
de lebrel que persigue su presa.

Su instinto, ms seguro que su vista, le haca comprender que era Insa
el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareci como si
lo hubiera tragado la tierra.

Y era Insa, en verdad, que haba penetrado en la casa de don Serafn
Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que sola
hacer Montarn.

gil y fuerte como era, saltaba los obstculos apoyndose en los puos,
sin mancharse apenas el frac.

Tena empeo en volver intacto a la sala del baile, para encargarse
l mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella
sospechosa de aquella correra quedara en su traje.

Al llegar al jardn de la escuela, en la sombra de la galera del Sur,
divis la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en
la silla hamaca de su padre, pensando o rezando.

--Sos vos, Francisco?--le dijo la nia acercndosele;--habra tenido
miedo, si en estos das no me hubieras acostumbrado a tus misterios.

La dulzura de aquella frase en que la nia se asociaba secretamente a
sus empresas, penetr en el corazn turbulento del revolucionario, que
se sinti inundado por una ola de afecto hacia la compaera de su niez.

sta volva a hablar. l le tom una mano, fra por la emocin, entre
las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre.

--Ha concludo ya el baile?

--No; si hubieras ido...

--Esas cosas no son para m--observ ella, y agreg, deseosa de entrar
en el secreto de aquella vida que amaba--por qu has salido?

Insa queriendo llevarse como un talismn que le diera suerte los votos
de la nia, le contest al odo:

--La revolucin! Dentro de media hora, seremos dueos del Cabildo.
Piensa en nosotros, Rosarito...

Ella, que sospechaba la existencia de la conspiracin tembl, sin
embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno.

--Dios mo!--exclam apretando con sus manos las del joven
revolucionario--Francisco, Francisco! y si no volvieras ms?

--Volver--respondi l, que tena fe en su estrella.

Rosarito se sinti ganada por la misma confianza que a l lo animaba,
pero pens que su vida brillante se alejara ms, con el triunfo, de la
humilde existencia de ella.

Feliz, no obstante, con las cosas que a l le regocijaban, le dese la
victoria y como l sintiera en su mano la caricia tibia de una lgrima
de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules
anegados en llanto, sabore de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura
que lo acercaba a ella.

Y para templar mejor su espritu la tom en los brazos, la apret
contra su pecho vigoroso, y la bes en los labios, que sonrieron a
travs de las lgrimas, sonrisa que tampoco l vi, y que fu en el
alma solitaria de la nia, como una estrella que se levanta.




IX

El pauelo rojo


La puerta de la escuela se cerr sin ruido tras aquel bulto negro, que
se perdi inmediatamente entre los parasos de la plaza.

La gente de Insa aguardaba la seal del ataque en la barraca de Fosco.

Las chalanas que mandaba Alarcn se haban atrasado, y un da entero se
las esper con temor de que no llegaran a tiempo.

Fosco vea en aquella tardanza maniobras de Jos Golondrina, cuya
lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra.

Cuando Alarcn y el indio Jos llegaron, arreando la vaca, a la orilla
del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente haban
desaparecido.

Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran
tomado, se hacan imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el
horizonte por todos lados.

Alarcn, sin decir palabra, intent treparse en uno de los sauces ms
altos, para escudriar el ro, que de una gran anchura all, y lleno de
curvas y de isletas montuosas, apareca en la obscuridad como un charco
de agua quieta y negra.

Lo detuvo la voz tranquila del indio que deca:

--Aqu est el gringo Moor.

De un salto Alarcn se ech al suelo, y el joven le inform en voz baja
como si temiera ser odo, lo que ocurri durante su ausencia.

Deseoso de arponear algunos sbalos, esa tarde para asarlos en la
hoguera encendida en el montecito de algarrobos, l con un compaero
conocedor de aquellos lugares, cruzaron el ro en una de las canoas de
las chalanas, buscando un sitio donde el baado de la otra orilla era
abundante en pescados.

Llevaba la fija, arpn terrible con su hierro dentado y su mango de
caa tacuara, que Moor empez a manejar, no bien llegaron al lado
opuesto, ensartando de un golpe recio los sbalos de estrecho lomo que
nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuticas.

Al cortar as las aguas playas del baado, avanzaron de nuevo hasta el
ro, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caa, vi Moor
a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal.

Dile un vuelco el corazn, y se aplan sobre la canoa para no ser
visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubran el baado.

La embarcacin a la vista tena una chimenea, y por ella conoci que
era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la
laguna y que a esa sazn remontaba los riachos para prevenir toda
intentona por all.

Por el humo que arrojaba la chimenea sospech el joven suizo que estaba
lista para marchar, ro arriba sin duda, y no esper ms para volver
adonde haba dejado las chalanas.

A impulso de las palas, que movan echados en el fondo de la canoa,
cruz el baado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol
poniente.

En pocos minutos lleg, y orden a su gente que se embarcara, y con
los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de
la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podan ofrecerle un refugio en
alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una
baha.

Y as fu; cuando la lancha del gobierno pas siguiendo el cauce del
arroyo de Leyes frente al lugar en que haban estado fondeadas las dos
chalanas de los revolucionarios, ya stos se hallaban escondidos en
un brazo del riacho, donde no poda entrar el vaporcito, por su mayor
calado, y como el crepsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno
de sus tripulantes advirti la presencia de las embarcaciones.

Alarcn apret cordialmente la mano del bravo mocetn que los haba
salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendindose con
sus hombres, habra podido vencer a los otros.

Pero era arriesgar el xito de la revolucin, y vala ms eludir todo
incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre
la ciudad.

El da estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar
teniendo prxima la rpida embarcacin, que no tardara en regresar,
porque una legua ms arriba, no hallara agua bastante para su calado.

Era as preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha
probabilidad habra cesado la infructuosa vigilancia del ro, para
entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la
revolucin.

Y fu ese el motivo que dilat un da entero la llegada de las fuerzas
de Alarcn. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile,
fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz
doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gernimo.

En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron
refugindose uno a uno los revolucionarios, se reunieron ms de cien,
y aunque no todos bien armados, la aventura pareca tan bien dispuesta
que ninguno dudaba del triunfo.

A las once de la noche deba Insa ir en su busca, para dirigir el
ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para
los de la polica, hizo variar un tanto aquel plan.

Insa se limitara a dar breves instrucciones a su gente reunida en la
barraca de Fosco; encargara a Alarcn la direccin del ataque, y l
regresara a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a
Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros.

Su presencia en la fiesta, mantendra a Jarque en la duda, sobre
aquellos sucesos que presenta.

No todo ocurri, sin embargo, como l lo pensara.

Su breve demora en el patio de la escuela, despidindose de Rosarito,
di tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo
que l.

Alcanz a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos
hombres que aparecan en la calle de la esquina de Montarn, y para
despistarlos, si acaso tenan intenciones de seguirle, corri por el
costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobl hacia
el norte por la calle del Comercio.

All di vuelta a la manzana, y sigui corriendo como una sombra
impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente.

De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algn portal o detrs
de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes
acomodadas y miraba si alguien le segua.

Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto lmpido
de un cielo sin estrellas.

Un viento suave del Sur traa dispersas armonas de la sala del baile.
Volvi a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser ms
raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los
suburbios, dobl hacia el Sur, siguiendo la franja sombra de un pencal.

Los perros, que abundaban all, ladraban a la luna que sala,
destiendo el azul intenso del horizonte.

Deban de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le
aguardaban impacientes y listos para el combate.

Fu a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareci
sentir un ruido metlico, como de una espada que se golpea.

Calle derecha, hacia el norte, alcanz a ver de nuevo las mismas
dos siluetas de la plaza, y comprendi que eran vigilantes que lo
perseguan y haban dado ya con su pista.

Como no poda correr sin exponerse a ser visto, se meti por entre el
pencal, defendindose con su capa de las espinas y aguard que llegaran.

Marchaban rpidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del
sitio en que Insa se haba escondido, que los pudo conocer, al uno
porque rengaba al correr, y al otro, porque vi la contera de una
espada asomar por debajo de la capa.

--El novio de Syra!--pens el revolucionario, recordando con qu
empeo Montarn les rog que ahorraran su vida, si acaso entraba l en
la lucha.

Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de
luz se le presentaba en ese instante. Deba seguirles, sin dejarse
ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y
matarlos, privando as al gobierno de sus mejores servidores.

No quiso pensar ms, para evitar la compasin que poda nacer en su
alma, recordando la splica de Montarn. Empu su revlver y cruz de
nuevo por debajo de los espinosos cactus y sali a la calle.

Las dos siluetas se perdan ya a lo lejos, entre las sombras de los
matorrales de la acera, donde crecan algunos corpulentos parasos.

Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparicin de Insa, se
haban echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareci la
mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco.

Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurri que se poda ser el
escondrijo de los revolucionarios.

Cmo no lo haban pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia
viva en un impenetrable misterio que les haba hecho creer que era
alguna inofensiva mana del hombre viejo?

Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del
vetusto casern.

--Que me lleve el diablo si no se ha metido aqu!--dijo con fastidio y
entre dientes.

Vacil un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete
con que rodear la vasta construccin, que se vea all, reposando
plcidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascenda.

Borja a su lado escudriaba el casero, por si algn indicio les
revelaba lo que queran saber.

De pronto un terrible empelln lo tumb en tierra, y son un tiro. El
fogonazo lo deslumbr, y cay enredado en su larga capa, y el revlver
que empuaba en la mano izquierda salt a varios pasos de all. Tena
la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el
cual no pareca herido, gritaba haciendo fuego contra Insa, que se
echaba sobre l.

--Ah! misera...!--exclam, y la palabra se rompi entre sus dientes
apretados, y cay herido en la frente por otro balazo cuyo estampido
ensordeci a Borja, quien, ciego de furor, arremeti con su espada.

Insa vi el relmpago del acero y salt como un jaguar; pero la punta
penetr en el flotante pao de su capa, que se desprendi de sus
hombros y cay cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque.

--Rndase, no quiero matarlo--dijo con su voz breve y tranquila
apuntando a Borja, que arranc su espada con violencia y se ech de
nuevo sobre su adversario.

A la luz de la luna baando la extensa planicie, en cuyo centro se
desarrollaba la sangrienta escena, vease a Insa de frac, la blanca
pechera, sealando el sitio en que deban herirle, y lleno de elegancia
el gesto de su mano que empuaba el revlver apuntando al joven
teniente, que un momento se qued paralizado ante aquella serenidad,
que pareca atarle los brazos.

En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora
sealada para que estallara la revolucin, despert una extraordinaria
inquietud.

Los cien hombres all encerrados corrieron a sus armas; los jinetes
montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y
Alarcn y Fosco fueron hasta el portn de madera de la entrada, que
tena rodo el borde de abajo, por donde el perro guardin sacaba el
hocico y ladraba.

Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor
de la espada cortando el humo del segundo disparo.

Alarcn reconoci a Insa, comprendi que se bata y corri, seguido de
un grupo de hombres.

Oy el jefe revolucionario el tropel de su gente que corra, llenando
la noche con el metlico rumor de las armas, y dijo a Borja, que haba
saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revlver que
brillaba en tierra a dos pasos de all.

--No se mueva o lo mato--y aadi con dulzura, sin dejar de
apuntarle,--quiero que viva para su novia.

El joven teniente sinti la penetrante irona de aquella compasin.

--Cobarde!--grit--A l lo has muerto a traicin y yo lo voy a
vengar!--y volvi a cargar con su espada sobre la blanca pechera que
atraa sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con
giles movimientos.

En un salto que di Borja, asent el pie sobre el revlver de Jarque, y
antes que Insa previniera su accin, arroj la espada y alz el arma
del suelo.

Insa no pestae y de un balazo en el pecho lo ech por tierra.

--Oh, Dios!--exclam Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas.
La capa, como una gran ala rota, qued abierta debajo de su cuerpo. Era
de pao azul, pero por su forro de terciopelo rojo, pareca una gran
mancha de sangre, tiendo el pasto verde que alfombraba la planicie.

Alarcn y sus hombres llegaron en ese momento. Insa con tristeza les
seal el cuadro y les dijo:

--No quera matarlo, pero l se empe.

Cogi su revlver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fu
a recoger su capa negra, echada como un manto fnebre sobre el cuerpo
an tibio de Jarque. La sacudi y se envolvi en ella.

Di sus rdenes precisas; la gente deba marcharse enseguida y atacar
el Cabildo. Un piquete deba al mismo tiempo invadir la casa de
Montarn, adonde l habra llegado ya, para ayudar a sus amigos.

Y con esas palabras separronse dejando sobre el campo verde los dos
cuerpos inmviles que la luna envolva en su luz impasible.

Por la acera sombra de la calleja que trepaba la barranca, se adelant
Insa casi corriendo.

Tan rpida fu la escena, que no le pareca verdad que en unos minutos
hubiera suprimido el mayor de los obstculos con que tropezaban los
planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que
estuvo a punto de desbaratar todo el complot.

Lleg a la esquina de la calle del Cabildo.

Era menor el nmero de los curiosos agolpados a la entrada de la casa
de Montarn. El sueo y el fro de la noche, haban ahuyentado a
muchos, y los que an quedaban, yacan dormidos contra los pilares o
en los rincones del zagun, esperando que la fiesta concluyera, para
acompaar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus
servicios, alumbrndoles el camino con un farolillo de aceite.

Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de
cansancio y no vieron pasar a Insa, que subi tranquilamente hasta la
sala de baile, llena de la enervante armona de una vieja mazurca.

En la galera de cristales, donde estaban los msicos, se despoj de su
capa, y fu a entrar al saln, cuando una mano vigorosa lo detuvo por
el brazo.

No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insa se
volvi con ira para ver quin era.

Hallse con Iriondo, a cuyo lado debi pasar, pero a quien no haba
visto.

Mirbalo con aquella serena mirada que se impona aun sobre los que por
primera vez se encontraban con l, y podan ignorar su prestigio y su
poder.

Le solt el brazo y le tom de la mano que Insa no se atrevi a
retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva
brusquedad.

--Hay all--le dijo Iriondo en voz baja, sealando el saln--una nia
que pregunta por su novio, que sali con usted.

La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y
la escalera se haban consumido, y aquel lugar en que estaban los dos
hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta.

Pero Insa alcanz a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo
una sagaz intencin, y respondi exagerando la calma que empezaba a
perder:

--Yo no he salido con ningn novio, doctor Iriondo.

--Ha salido solo?

--Solo.

--Yo ando siempre as--observ el jefe de los gubernistas, abandonando
la mano de su adversario--sobre todo cuando me dicen que hay peligro en
andar solo.

Pas un breve momento de silencio.

Insa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y
echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en
medio de una batalla. Por qu, pues, no lograba dominar la impresin
que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas?

Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fu a
entrar al saln, pero l lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin
violencia, que no poda rechazar.

--Va a entrar as? No ve cmo est manchada su pechera?

Insa mir la alba pechera de su camisa y se puso plido.

Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el
chaleco.

Se volvi bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un
pauelo de seda color escarlata:

--Llevaba aqu el pauelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha
desteido...

Haba perdido completamente su calma y la voz le temblaba.

Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para
arrojarse contra aquel hombre ms temible por su serenidad que por su
fuerza.

Iriondo sonrea.

En este momento apareci en la puerta del saln, por donde se vea el
cuadro brillante del baile, la magnfica figura de Syra.

--Ah, Insa!--exclam al verle, acercndosele con un apasionado
inters, mientras l se acomodaba con mano trmula, el pauelo rojo
sobre su manchada pechera.--No sali el teniente Borja con usted?

Insa se estremeci. Una inmensa angustia se pintaba en aquella
hermosa cara, y la voz temblaba como una imploracin.

Domin violentamente sus nervios, se acerc a la joven que esperaba su
respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreci el brazo, que
ella no acept, volviendo a preguntarle:

--No sali con usted, capitn? Verdad que no sali con usted?

El estampido de una descarga apag brutalmente la armona de la
orquesta.

Se produjo un remolino en la concurrencia del saln. Sin preocuparse de
su compaera que se haba erguido al rumor de la lucha, y le increpaba
preguntndole por su novio, Insa corri a la galera para arrojarse
sobre Iriondo, mas ste previ su ataque, cerrndole el paso, y en un
ademn siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tom por
la cintura, lo llev hacia afuera y tranquilamente le dijo:

--Explqueme qu es eso.

Y como Insa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha
calma alz su mano derecha en que tena un revlver, se lo puso a dos
pulgadas de la frente, y le volvi a hablar con su palabra serena e
imperiosa:

--Si se mueve, lo mato.

A la primera descarga, sucedi un vivo tiroteo, y la calle oscura se
ilumin con la luz de los fogonazos, llenndose a la vez con el humo
acre de la plvora.

El tropel y la gritera de los que invadieron la casa, y el estrepitoso
tumulto que se alz en el saln, cuyas puertas se cerraron con
violencia, dejando en la sombra la galera de cristales, de donde los
msicos huyeron, permiti a Insa alejar de un manotn el revlver que
le amenazaba.

Sali el tiro sin herirle y l con su gran fuerza, se zaf del terrible
brazo de Iriondo, mas al echarse atrs buscando su propio revlver en
momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galera,
invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas,
mezclados con los soldados de Jarque que no distinguan a unos de
otros, constat que Iriondo se lo haba sustrado al pasarle la mano
por la cintura.

--Ah, traidor!--exclam con impotente rabia, sintindose desarmado, y
como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba
a todos, los soldados se echaron sobre Insa, ste di un empelln
a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera,
atropell la puerta del saln, que se abri con estrpito, cruz el
recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas
que parecan muertas sobre la alfombra, sali al balcn y encaramndose
hasta la balaustrada salt hacia el tejado de la casa vecina, buscando
un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate
contra el Cabildo.




X

La noche trgica de Syra


A la primera descarga, Syra, intensamente plida, con los ojos
dilatados por el terror, se llev la mano al corazn, sintiendo una
gran angustia y se abati sobre un silln, llorando como un nio
castigado. No haba ya remedio!...

Las dems mujeres, sorprendidas por la revolucin, se agruparon en la
sala del ambig, para escapar de las balas que empezaban a entrar por
las maderas del balcn, destrozando los cristales. Algunos hombres las
atendan, pocos, porque casi todos haban bajado al patio donde el
tumulto era indescriptible.

En el saln, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por
Montarn, slo quedaban Cullen y Bayo, sentado ste, plido y ceudo,
comprendindolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una
violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su
prisionero.

Por un resto de cortesa, Montarn no se acercaba a su husped
traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba
por doa Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara
escondida y volva a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en
cuando, sin lograr abrirla.

Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insa en la
galera de cristales.

En la plaza, frente al Cabildo se batan los revolucionarios contra los
policianos que respondan con un vivo tiroteo. Una bala di en la araa
del centro del saln y desprendi un manojo de caireles hechos trizas.

Montarn mir a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos
se puso de pie, y muda, dominando una desesperacin que haca dar
gritos a las otras mujeres, corri a la puerta de la galera, en donde
resonaban de nuevo furiosos golpes.

Su padre abri los brazos para contenerla, pero ella lo rechaz con un
solo ademn que a l le hel la sangre en el corazn.

--Hija ma!--exclam l, y ella bruscamente como si aquel grito le
volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de
consuelo, se volvi a l y se ech llorando sobre su pecho.

l no habl, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor
silencioso en que haba anegado a su hija.

Nada saba an de lo que le habra pasado, mas tena el presentimiento
de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia.

Fu en ese momento cuando se oy que en la galera creca el bullicio,
y se sinti desembocar una oleada de gente que Montarn crey amigos
por lo que abri la puerta del saln, apartando suavemente a su hija.

Y esa maniobra salv a Insa, el cual, acosado por Iriondo, que haba
sabido prevenir su asalto, y vencido por el nmero, cruz como un
relmpago hacia el balcn, a donde Syra lo sigui mezclada entre los
hombres que le perseguan y segura de que l podra decirle dnde
estaba su novio.

Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos
hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso
seguirle, como si su esperanza huyera con l, mas alguien la contuvo y
entonces ech a correr, a travs del saln, buscando la escalera del
patio sin detenerse a ver lo que ocurra a su padre y a Cullen rodeados
ya por gentes de la polica, que Iriondo mandaba con voz serena y
ademanes precisos.

Un poco ms plido, el cabello ms revuelto, la mirada ms brillante,
eso era todo lo que en l se poda notar de extraordinario. Bayo a su
lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas rdenes con sus
gestos.

Despendose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de
las guirnaldas, lleg Syra al zagun, y como a nadie viera, sali a la
calle y corri hacia la plaza, donde era la lucha.

Vea las cosas nubladas por el humo acre de la plvora que se le
agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una
neblina, apenas servan para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar
a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotn de hombres
que desfilaban a lo largo de las paredes guarecindose de los tiros que
llovan de todas partes.

Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarn en auxilio
de los amigos.

Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fu un segundo no ms, por
mirarle la cara.

--El teniente Borja?--le pregunt ella juntando las manos.

Y el revolucionario, que un rato antes haba asistido a la rpida
escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contest
con una torpe sonrisa:

--All qued, nia! junto al ro.

Syra no vi el ademn en que le indicaba el Sur y ech a correr hacia
el Oeste buscando el ro, a cuya orilla haba ido por ese lado alguna
vez.

Pas de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadan, oy
tiros y corri con ansias, sin detenerse, hasta que dej de sentir el
siniestro silbido de las balas, que haba ido persiguindola en su
carrera como una pesadilla.

Se detuvo un momento para organizar sus ideas.

Parecale, hundiendo los pies en el colchn de polvo de la calle que
marchaba en sueos, y que ella misma, vestida de blanco con la negra
cabellera desprendida y flotante, no era ms que un fantasma.

Oanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara poda ver el
relmpago que preceda a cada estampido. El silencio de la noche
agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra senta confusamente
al pasar, que puertas y ventanas se abran y cerraban con cautela.

Por aquella parte las casas eran ms raras y las calles ms estrechas
se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por
sus temibles espinas.

Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor
de los pasos de Syra que volva a correr se arrojaban contra ella sin
salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos tambin ellos en
aquella siniestra noche.

La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el
lmpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de
ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corra, sus rayos
prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendan como
garras sobre la acongojada criatura.

Haba al final de la calle un gran omb que cerraba el paso. Las
lluvias agrietaban all el terreno y el rbol frondoso mostraba sus
gruesas races descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecan
brazos y piernas de muertos ya rgidos.

Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extraas figuras. Pens en
su novio:--"All qued!"--le haban dicho--"junto al ro".

--Qu ro? Haba un ro por ese lado? Cundo llegara? Si estaba
muerto tena todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo
y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restaar su sangre y
vendar sus heridas... oh, Dios! cundo llegara?

Se apret la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las
sienes, el latido de sus arterias.

Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueo, tan
brutal hallaba el cambio de escena. El saln brillante, la luz, la
alegra, la msica, el amor; y luego la noche, con sus sombras y
rumores terribles, y aquella frase que sin duda haba soado: "All
qued!"

Qu significaba eso? Era acaso una consigna dada al joven militar?
Estaba de guardia junto al ro? Y dnde era el ro?

Trep la barranca. A la sombra del omb crecan tupidas enredaderas,
entre cuyo matorral brillaban las lucirnagas. Las anchas ramas
cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vi el
campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el ro Salado,
cuyas aguas no alcanzaban a verse desde all, pero que en las grandes
crecientes lo inundaban.

De ese lado no haba casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto.

Syra se puso a correr de nuevo, con ms miedo al hallarse sola,
parecindole que detrs de ella corra la muerte, para llegar antes a
donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se
fatigaba.

El campo desenvolva ante ella el terciopelo de su suave y fresco
pastizal, sin una ondulacin, pero sus ojos nada vean de lo que
buscaban. Y segua corriendo, sin nocin de los rumbos, torciendo su
camino hacia el Sur.

De vez en cuando senta que el suelo ceda bajo sus pies como una
hmeda esponja, y el fro le volva un instante la sensacin de la
realidad; se acercaba a los varillales, que crecan a la margen del
ro, y donde, segn los cuentos de su niez, se guarecan los yacars
en las horas de sol.

Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volva a correr sobre el
pao verde del baado, sintiendo el cansancio que pareca romperle los
muslos.

A dnde iba? Por qu la haban engaado hacindola ir por aquel
desierto buscando su amor?

Ya no se oan los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a
lo lejos entre las sombras de las calles, se haba vuelto a dormir sin
duda; y ella estaba all, perdida en medio del campo, sin ms compaa
que la fra luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes
ladridos de los perros, que se enfurecan al verla correr como un
blanco fantasma.

En su memoria fatigada se perdan los detalles de las cosas. Slo saba
que buscaba a su novio y deba hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba
despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba
la impresin pavorosa de un lamento, y por no orlo y por llegar ms
pronto a donde l estaba, llamndola sin duda, con la esperanza de que
llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo.

--All qued, junto al ro--le haban dicho riendo.

Por fin el ro que buscaba le cerr el paso. Era all estrecho y
encajonado por una barranca no muy alta, vestida de csped hmedo bajo
el roco de la noche.

Era el arroyo del Quill, que media legua ms al Oeste se junta con el
Salado.

A corta distancia, hacia la ciudad, se vea como un escaln una segunda
barranca, ms alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras
habitaciones, algunos ranchos, y ms all la masa oscura de la barraca
de Fosco, ceida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque
sombro de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus.

Syra vi pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha
precipitada hacia el ro. No supo quines eran; habra deseado
preguntarles dnde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos
haban saltado en una lancha y huan rumbo a la isla, que no tocaron,
sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba.

La nia se qued un rato mirando la embarcacin, que ya no era ms que
una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de
arrugas; la noche se torn negra como un antro, nublada la luna por
algunas nubes tormentosas.

A algunos pasos de all vi una casucha de barro, por cuya puerta
apenas entornada se escapaba un hilo de luz.

Fu una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el
descorazonamiento. Llam a la puerta, y como no le contestaran entr de
golpe.

Un candil de sebo, puesto sobre el ngulo de una mesa alumbraba un
cuadro siniestro.

Sobre una msera cama yaca un hombre, rgido, con los ojos cerrados y
la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de
sangre, que pareca negra como la tinta.

Syra di un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de
la cama, alz la cara y vindola dijo con una voz dulce y doliente:

--Me lo han muerto, nia. Era soldado y estaba de guardia en la plaza;
los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta
su rancho para morir junto a m y a sus hijitos. Por qu me lo han
muerto, nia?

Una chiquela de cuatro aos, silenciosa, con los ojos dilatados por
el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la
terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequea,
acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato
en rato, como si hasta l llegara la ola del dolor.

Syra llorando se arrodill junto a la viuda.

--Tambin a m, tambin a m!--deca en un sollozo que la sacuda
entera, y no poda concluir la frase.--Hace horas que lo busco, muerto
o vivo: "qued junto al ro", me han dicho rindose y he corrido por la
orilla del ro, buscndolo sin encontrarlo.

La mujer se par, tom de la mano a Syra, sali hasta la puerta y le
dijo sealndole en el campo un punto ms oscuro que las sombras.

--All, all! Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas
horas. All fueron los primeros tiros...

Y Syra corri, mientras ella volva adentro a seguir llorando su
prematura viudez.

Por una desgarradura de las nubes, apareci el disco dorado de la luna
que ba de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra
llegaba hasta los cadveres de Borja y de Jarque...

Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos
barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada ms
pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que
haba quedado la ciudad.

Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si
la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus
casas.

En la barraca de Fosco, de donde ste haba hudo en las chalanas
de los revolucionarios, que volvan derrotados, las dos mujeres que
quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de all, el
lamento de Syra sobre el cuerpo rgido y yerto de su novio.

Y cuando el alba fra se derram sobre el pueblo disipando las
angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarn,
dieron con ella, sentada, como si an esperase algo, junto al cadver
del teniente Borja.

Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro.

Syra al ver llegar aquella gente se incorpor, alta y hermosa, vestida
de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor.

--All est el que buscan!--les dijo sealando a Jarque, tendido de
costado, y como dormido entre los pliegues de su capa--ste es mo y
yo soy de l! Ni lo toquen ni me toquen!

Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que haba en
todos sus gestos, se quedaron inmviles, y ella al ver su estupor, se
ech a rer con una risa desgarradora.

--Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para
vengarle y vengarme... no slo del asesino, sino de los que pagaron al
asesino...




XI

La derrota


Fu un salto magnfico. De la balaustrada de la galera que daba a la
calle, en la casa de Montarn, Insa se arroj sobre el tejado vecino.

Sinti que una teja ceda bajo sus pies, pero era gil como un jaguar y
salv el obstculo. El techo, a dos aguas, caa de una parte sobre la
calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como
estaba, e impregnado de roco, haca peligroso el andar.

Los que corrieron detrs del revolucionario, detuvironse sorprendidos.
Uno de ellos tena una carabina y le apunt. La distancia era corta y
la noche clara, por lo cual el tiro no poda errarse; pero Insa haba
previsto que le haran fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso
a correr hacia la esquina, guarecindose en el alero inclinado que daba
hacia el patio.

Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la
carabina trep a la balaustrada y desde ella salt sobre el tejado,
para cazar el fugitivo como a un gato, persiguindolo por las azoteas.
Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de
Insa, resbal sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y
soltando una maldicin se estrell en la calle.

El revolucionario alcanz a verlo y seguro de que se limitaran ya a
aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando
quisiera bajarse por all, busc manera de escurrirse hasta el patio de
la casa en cuyo techo andaba.

Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas
en ngulo recto, que se abran una sobre la calle de la plaza, otra
sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo
labrado.

La gente del boliche, un matrimonio de catalanes sin hijos, tmidos
como liebres, pero acostumbrados ya a las revoluciones, que tenan por
teatro inevitable aquel barrio de la ciudad, al or los primeros tiros,
haban atrancado sus puertas decididos a morir antes que abrir a nadie.

Insa pudo bajarse al patio solitario, donde un cuzquillo olvidado por
sus dueos, le ladr con furia al principio, y corri luego a lamerle
las manos.

A cada descarga, el jefe revolucionario senta el vuelco de su corazn.
Ya las cosas se tornaban en favor del gobierno, fracasado el recurso de
la sorpresa con que contaban. Pero aun as, confiaba Insa llegar a
tiempo a la plaza para arrojar sus hombres como una avalancha sobre el
Cabildo y entrar en l apoderndose del gobierno de la ciudad.

Reconoci de una ojeada el patio donde haba cado.

Era cuadrado y pequeo, lleno de plantas, que en la sombra afectaban
formas fantsticas. Entre unas enredaderas descubri una puertecilla
que sin duda abra paso a la huerta; la franque y atraves corriendo
un tupido planto de trtago, donde cacareaban las gallinas alarmadas.
Trep sobre la tapia del fondo, que era muy ancha, y comprendi que
caminando sobre ella podra llegar hasta la huerta de la escuela, donde
recogera sus armas y se lanzara a la plaza a ayudar a su gente.

Agazapndose para no ser visto, corri sobre el filo de la pared que se
desmoronaba al pasar l, y en pocos minutos lleg hasta la escuela.

En un rincn del patio hall a don Serafn enloquecido de terror,
mientras su hija, en el zagun, no se alejaba de la puerta, lista para
prestar auxilio a quien se lo pidiera, pensando en que poda ser l.

--Hijo mo!--le grit el anciano al verle llegar, abrazndose a
l--qu es lo que ocurre?

Con algunas amables palabras le infundi confianza de que all no poda
temer nada, y cambiando su incmodo traje de etiqueta por otro ms
holgado, se envolvi en un poncho de vicua, tom sus armas y corri
hacia la calle.

En el zagun se cruz con la hija del maestro, que nada le dijo por no
demorarle, mas lo sigui con los ojos angustiados hasta que lleg a la
plaza.

All le envolvi un tropel de gente en que reconoci a una parte de sus
hombres que empezaban a desorientarse ante la sangrienta resistencia de
los soldados del gobierno, que se batan sin peligro casi, parapetados
en el Cabildo, y bien provistos de armas de fuego con que mantenan a
raya a los asaltantes.

--Muchachos!--gritles Insa, dndose a conocer.--Al Cabildo! Viva
la revolucin!

Y su grito como un toque de clarn, vibrante en el intervalo de dos
descargas, reanim el entusiasmo ya decado de los revolucionarios, que
se agruparon a su alrededor haciendo frente de nuevo.

Los gubernistas comprendieron por qu reaccionaron sus atacantes, y un
capitn que mandaba la tropa organiz un piquete y lo mand a rodear
para tomar a los revolucionarios por la espalda.

A la aparicin de Insa, sus hombres enardecidos de nuevo, se
tendieron a lo largo del costado sur de la plaza, parapetados detrs
de los rboles y arreci el fuego que hacan, mordiendo con rabia los
cartuchos de sus largos fusiles de chispa, con el spero amargor de la
plvora en la boca.

Los hombres de a caballo, diezmados en un asalto infructuoso, se
agruparon alrededor de Insa, detrs del quiosco, que les resguardaba
un tanto de las balas del Cabildo.

Insa tranquilamente les daba instrucciones, porque iban a atacar de
nuevo, lanza en ristre. Temblaban ya las astas en las manos nerviosas
y retian las espuelas de los jinetes, entusiasmados por aquella
voz serena, que apagado el trueno de una descarga, segua explicando
la maniobra, cuando un tiro aislado que pareca venir de la casa de
Iriondo, le cort la palabra.

Estaba Insa de pie teniendo su caballo de la rienda, porque el montar
l iba a ser seal del ataque.

Se llev la mano al hombro y dijo:

--Estoy herido.

No cay, empero, mas sinti que se le nublaba la vista.

--Jos, Jos Golondrina!--haba gritado Alarcn al sentir el tiro de
aquella parte, con la sospecha de que l hubiera sido, pues acababa de
verlo correr hacia ese lado.

El indio llegaba en este momento con la carabina en la mano. Alarcn se
ech sobre l.

--Quin tir? Vos, miserable?

--All, all!--contest el indio tranquilamente, sealando la esquina
norte de la plaza que daba sobre la calle del Comercio.--Viene un
piquete.

Como una respuesta a tal advertencia, la tropa que vena a coparlos por
la espalda les abri un fuego mortfero que desmont a varios jinetes,
sembrando el espanto entre todos. Insa tuvo apenas tiempo de subir
a caballo sostenido por uno de sus hombres. No poda saber si eran
muchos o pocos los que as atacaban, la revolucin estaba perdida.

Ya no deban atinar sino a salvarse de caer prisioneros para aguardar
tiempos mejores en que la suerte les acompaara.

Grit:--Alto el fuego! Slvense, muchachos!, ser para otra vez!--y
espole su caballo, que di un salto al arrancar, agitndole violenta y
dolorosamente el brazo roto.

Todos se desbandaron. Los de a pie corrieron hacia el ro para
embarcarse en las chalanas y pasar a las islas antes que clarease el
da. Los de a caballo tomaron hacia el norte, buscando el camino de
Santa Rosa y de Helvecia, donde estaban sus hogares.

Ms de treinta quedaron tendidos sobre el pasto verde y suave de la
plaza, que el sol de esa maana hara brillar manchado de sangre.

La persecucin de los fugitivos no pudo organizarse inmediatamente
porque los caballos de la polica no estaban listos.

Insa corri entre un grupo de los suyos unas cuantas cuadras, pero fu
quedndose rezagado sin que lo observaran.

Dolale horriblemente la herida, lo que lo obligaba a ir constantemente
sostenindose el brazo, para que no se le moviera con el traqueteo de
la marcha.

A los pocos minutos pens que deba volver a la escuela, donde la hija
del maestro lo vendara para que as pudiera huir.

Volvi, en efecto, siguiendo las calles apartadas y solitarias.

Rosarito haba visto pasar el tropel de los fugitivos y comprendi que
la revolucin estaba vencida.

Quines eran los muertos?

Helada de espanto, temerosa de saber la verdad, permaneca en el
hueco de la puerta sin moverse, acechando todos los ruidos que podan
darle un indicio de lo que ocurra, rezando por los que agonizaban y
temblando de que sus rezos pudieran acompaar el alma del hombre que
amaba, cuando sinti el sordo paso del caballo de Insa, que lleg
hasta la puerta.

Don Serafn clamaba por su hija desde el rincn en donde se refugi a
los primeros tiros. Pero Rosarito oy la otra voz que la llamaba desde
la calle, y acudi a ella.

--Todo se ha concludo--le dijo Insa sencillamente--estoy herido,
quers vendarme?

--Ay!--exclam ella juntando las manos--madre ma del Rosario!--y
corri adentro a buscar un gran pauelo de seda que podra utilizar y
un frasco de rnica.

--Rosarito! Hija ma!--gema el viejo.

--Pap, Francisco viene herido!--Perdi el miedo don Serafn con
aquella noticia y corri a la puerta. Y all los dos, a riesgo de
ser sorprendidos por la gente del gobierno, vendaron al jefe de los
revolucionarios que no acept quedarse en la escuela, refugio harto
sospechoso y huy de nuevo, en su excelente caballo, dominando el
dolor de la herida y sintiendo a lo lejos temblar la tierra bajo los
cascos de la caballera del gobierno, que ya se haba lanzado en su
persecucin.

Todava era de noche, mas el alba no deba estar lejana.

Insa se encamin hacia el Noroeste de la ciudad, dispuesto a desviarse
de la carretera que generalmente seguan para ir a Santa Rosa, y que a
esa hora deba estar ya ocupada por la polica.

Quedaba aislado de sus compaeros, pero eso no le importaba; marchara
solo, hasta que no pudiera ms, y si acaso lo venca el dolor o la
fiebre, antes de llegar a Santa Rosa, se refugiara en la estancia
de Cullen cerca de los "Cachos" o se escondera en los impenetrables
sauzales del arroyo de Leyes, donde seguramente encontrara quien lo
ayudara, entre el paisanaje matrero que all merodeaba.

Llevaba el brazo firmemente vendado y sujeto por un cabestrillo al
cuerpo, lo que le permita galopar, sin grandes sufrimientos y as
march largo rato, mecido por el andar acompasado de su buen caballo.

Los terrones menudos y flojos del camino se quebraban bajo sus cascos
con un leve crujido, y reinaba un gran silencio, pues hasta los grillos
nocturnos haban callado, ante el alba que llegaba.

Empez a sufrir de sed, pero como haba ya pasado el ltimo rancho
de la ciudad, sigui galopando con la esperanza de encontrar alguna
vivienda a donde acudir.

Clareaba ya el da, cuando entre el monte de algarrobos y andubays, a
la vera del camino, vi brillar el fogn de un rancho solitario.

A aquella distancia de la ciudad, era arriesgado mostrarse a nadie,
pues denunciaba as el rumbo en que marchaba, pero la sed avivada
por un viento tibio del norte, que empezaba a soplar, causbale una
insoportable angustia, y se resolvi a pedir de beber, sin bajarse del
caballo.

Al acercarse ladrronle los perros, y se asom el dueo del rancho
que tomaba mate en rueda familiar, a la luz de un candil de sebo. Sin
mayores explicaciones, aquel paisano taciturno y corts, fu por el
agua que Insa le pidi, y sobre el caballo mismo inquietado por los
perros, bebi el revolucionario con ansia un agua salobre, pero fresca.

Y sigui galopando a la luz del da que despertaba ya los maravillosos
rumores de la selva.

Prestaba odo a todo ruido sospechoso, detenindose a veces, pero no
senta ms que el canto de los pjaros, ms numerosos que nunca en el
otoo que reinaba, y de cuando en cuando el zumbido metlico de las
alas de una perdiz, que se levantaba a su paso.

El viento norte se haba acentuado, y comenzaba a apretar el calor.

Insa para librarse de los rayos del sol, comprendiendo que ya se haba
alejado con exceso del camino de Santa Rosa, y que a esa hora las
patrullas del gobierno deban haberse replegado a la ciudad, se intern
en el monte.

Era tupida la arboleda y los churquis espinosos que nacan al pie de
los speros andubays, le cerraban el paso a cada instante, obligndolo
a buscar los senderitos tortuosos abiertos por la hacienda, hacia los
comederos o las aguadas.

Algunos toros salvajes mugan sintindole pasar; escarbaban la tierra
con rabia y echaban a andar desdeosos, buscando no al hombre, sino al
rival, que de lejos contestaba a su grito de guerra.

Las vacas inquietas y curiosas huan, detenindose a trechos y
volviendo la cabeza para mirar al fugitivo, a cuyos ojos el paisaje
apareca cubierto por ese velo de ensueo con que la fiebre parece
envolver las cosas.

Tena sed, una sed terrible, que le haca marchar con la cabeza baja,
la mirada avizora, buscando en el monte los charcos de agua ftida en
que se abrevaban las vacas.

Pensaba en sus amigos de Santa Fe, presos sin duda, a esas horas y en
cierta manera deshonrados por la derrota. Senta impulsos de correr,
lleno de saa contra el hombre invencible, que con un solo gesto haba
hecho abortar aquella noche el complot urdido en su contra.

La fiebre que le martillaba el crneo, naca ms que de su herida,
del dolor y de la vergenza de haber sido afrentado por l con tanta
gentileza. Sus amigos, al menos, no haban sufrido el latigazo de
aquella voz amable que le deca:

--No v cmo est manchada la pechera de su camisa?

Ah! La sangre de los muertos por su mano se haba vengado cruelmente
en su orgullo de jefe, derrotado por la sonrisa de un hombre:

--"Va a entrar as al saln del baile?"

Apret los ijares de su caballo y se lanz a la carrera por entre el
monte, como cuando en su estancia persegua la hacienda para traerla
al rodeo. Las altas ramas extendidas como zarpas bajbanse a veces y
le obligaban a echarse sobre el cuello de su caballo, para no romperse
el crneo contra ellas. Los matorrales, cuya ramazn flexible cruja
violentamente, cerrbanse tras l, tironendole con sus mil uas el
poncho que flotaba desgarrado a sus espaldas.

El caballo tena la boca ensangrentada y palpitantes los flancos y
empapados en sudor.

Insa corra, castigada su alma con los siniestros recuerdos de esa
noche, en que su mano haba derramado sangre inocente, y en su carrera
desatinada sus ojos encendidos por la fiebre, hallaban perfiles
fantsticos y medrosos en todos los detalles del cuadro que le rodeaba.

Senta una sed tan terrible que una vez pas la mano por el ijar
mojado en sudor de su caballo, y fu a beber. Pero era de un sabor
insoportable aquel lquido acre y tibio. Dnde estaban los charcos en
que beba la hacienda?

Mir el sol, por entre las copas despeinadas de los algarrobos y torci
bruscamente hacia el Este. Quera llegar a la laguna de Setbal, para
arrojarse con caballo y todo en su onda fresca y beber a sus anchas,
aunque all lo hubieran de prender.

Los revolucionarios, sin duda, haban tomado por el camino de San Jos
del Rincn. Para reunrseles, l deba seguir la costa, vadear el
Saladillo y la pequea laguna de San Pedro, en la punta norte de la
de Setbal, y alcanzar as el arroyo de Leyes, donde no era imposible
que se cruzara con alguna de sus chalanas, si Alarcn o cualquiera de
sus hombres se haban atrevido a huir por el ro, camino que tena sus
ventajas y sus riesgos.

Galop como una hora, torturado por la sed, que traa sobre l
infinitas alucinaciones, hacindole creer en cada revuelta del bosque
en un charco fresco de agua; hasta que ralendose la arboleda, divis a
lo lejos la cinta azul y plcida de la hermosa laguna.

El caballo, sediento como el amo, relinch olfatendola, y sus cascos
herrados llamearon al sol, sobre la llanura, que se desenvolva como un
manto verde, a lo largo de la costa, cortada por el blanco perfil del
camino.

Al cruzarlo, no vi Insa, alucinado como iba por el agua azulada y
brillante, una nube de polvo que ascenda de la carretera, hacia la
parte del Sur, donde estaba la ciudad.

Lleg hasta la barranca, no muy alta, y con grietas por donde bajaban
las haciendas, y entr en la laguna hasta que el agua lleg al pecho
del caballo.

Se quit el sombrero, lo llen de agua y se puso a beber con una
inmensa fruicin, sintiendo la frescura del lquido puro que le
aligeraba la sangre en las venas.

El caballo beba tambin interminablemente, haciendo sonar las coscojas
del freno y resoplando, a cada espumilla que la corriente le traa
hasta el hocico, cuando de pronto apareci sobre la barranca, cien
metros ms atrs, un grupo de jinetes de rojas bombachas, con sables
que brillaban al sol, y carabinas que alzaban sobre sus cabezas, dando
alaridos de jbilo.

Insa mir y comprendi. Estaba perdido; eran los policianos del
gobierno, de cuyas manos no poda escapar, porque antes que l volviera
a trepar la barranca, ellos le cerraran el paso. Pens en hacerse
matar, pero la idea de que muerto l, el gobierno quedara triunfante
y tranquilo para siempre, le encendi un spero deseo de vivir para
vengar su derrota.

Por un lado la laguna, que se extenda ante l como una inmensa tela
azul, ancha de leguas. Por el otro la barranca, las bombachas rojas, la
prisin o la muerte.

Eligi la laguna, castig a su caballo y se arroj con la insensata
esperanza de llegar a la otra costa, cuyos verdes sauzales se divisaban
en lontananza.

El caballo manote algunos pasos, perdiendo pie, y luego sin vacilar,
como si hubiera comprendido que era la salvacin de los dos, se dej
hundir hasta el pescuezo, y empez a nadar, soplando, con las narices
a flor de agua, y los ojos fijos en la orilla lejana. Insa tir la
carabina, que hasta entonces llevara a bandolera, y el poncho que se
arrastraba sobre el agua, haciendo peso y con la mano derecha se agarr
a la crn flotante de su caballo.

Era un tostado, morrudo, de cabeza descarnada y mirada inteligente.
Criado en la estancia de Insa, haba husmeado la querencia del otro
lado de la vasta laguna, y nadaba con fe en sus remos poderosos.

Los policianos haban conocido a Insa, por el poncho y el caballo,
y para no perder la extraordinaria fortuna que la casualidad les
deparaba, apartronse de la barranca, se extendieron en una lnea
prolongada, y cayeron bruscamente, al galope de sus caballos
enardecidos por sus gritos, sobre el sitio por donde haba bajado Insa
hasta el agua. Pero esos minutos perdidos en la maniobra, con que
quisieron impedir su fuga, permitieron al revolucionario alejarse un
buen trecho de la orilla.

Los policianos que nunca imaginaron que se arrojara a la laguna, al
ver apenas a flor de agua la cabeza del caballo y los hombros de l,
que se achicaba cuanto poda, le insultaron con rabia.

Uno de ellos se ech a nado, pero su caballo no aquerenciado en la
otra costa, di unos cuantos respingos, y se volvi. En vano su dueo
le golpe el testuz con el cabo de su rebenque; aquella intentona slo
sirvi para dar tiempo a que el fugitivo ganara unos cien metros ms, y
slo se divisaba ya como un punto negro sobre el agua que se quebraba
en trmulos reflejos a los rayos del sol.

Entonces el jefe de la patrulla ech pie a tierra y le apunt con su
carabina y tranquilamente, como si se tratara de tirar sobre un pjaro
o sobre un yacar, levant el gatillo. Inclinaba la cabeza sobre el
hombro derecho, para ver mejor, y se haba echado atrs el kep, cuya
visera verde tocaba con el cao reluciente del arma. Era hombre de gran
destreza en su manejo, pero el blanco movible que se alejaba siempre,
y la excitacin de su pulso agitado por la violenta carrera de toda la
maana, le hicieron errar el tiro. La bala se perdi a veinte pasos del
lugar donde se vea a Insa, avanzando siempre hacia el centro de la
laguna.

Volvi a tirar y fu lo mismo.

--Pie a tierra!--grit a sus hombres--y fuego sobre l!

Los veinte soldados que formaban la patrulla, arrodillados al borde de
la barranca, empezaron a ametrallar al fugitivo. Las balas cada vez
picaban ms cerca de l, porque la puntera se afinaba. De pronto se le
vi desaparecer, y slo su caballo sigui nadando.

Los hombres se incorporaron dando un grito.

--Una bala en la cabeza! lo hemos muerto, y con las pupilas dilatadas,
siguieron el rastro que en el agua iba trazando el valiente corcel
del caudillo, que nadaba con la misma serenidad que si la otra orilla
hubiera estado a veinte metros.

Insa haba desaparecido, y los hombres iban a montar ya, seguros de
haberle herido de muerte, cuando surgi de nuevo su cabeza, junto al
cuello del caballo.

--Maldicin!--rugi el jefe de la patrulla--se escondi para que no
le tirramos!

En ese minuto de expectativa, el revolucionario se haba puesto fuera
del alcance de las carabinas.

Siguironle mirando hasta que el punto negro se perdi en la lontananza
del agua, que agitaba el viento. Entonces todos montaron, y volvieron
riendas hacia la ciudad.

--Se ahogar antes de llegar al medio de la laguna!--dijo uno de ellos
y todos creyeron as.

Durante una hora, quizs, resisti el joven caudillo la sensacin
violenta que le produca ir a merced de su caballo, con la mano
acalambrada en su larga crn. No poda valerse ms que de la derecha,
porque la otra herida, era un miembro absolutamente intil.

La frescura del agua le haba adormecido el dolor, pero se entumeca
poco a poco, y senta que el sueo se apoderaba de todo el cuerpo, como
un veneno mortal.

Si se dorma, estaba perdido. Se soltara de su caballo y se ira al
fondo. Pens que quizs ese trmino a sus padecimientos vala ms que
la lucha por vivir; pero la prodigiosa energa que le haca ser lo que
era le sigui sosteniendo. Lleg, sin embargo un momento, en que aun
luchando contra la terrible modorra que le invada con el fro del
agua y la fiebre de la herida, dej que sus ojos se cerraran, y toda
su fuerza fu impotente para abrirlos, porque se durmi, sintiendo al
principio que su mano segua agarrada a la crn, y luego, que poco
a poco, suavemente, se dejaba invadir ella tambin por la deliciosa
sensacin de abandonarse y descansar.

                   *       *       *       *       *

Cuando abri los ojos crey que soaba.

Una habitacin cuadrada, de piso de ladrillo, de techo bajo, con
tirantes de palma enjalbegados, cubiertos de esas speras totoras de
los baados, impenetrables a la lluvia.

Una ventana ancha de vidrios pequeos, por donde mirbanse las copas de
unos altos eucaliptus, que el viento balanceaba.

Y a un lado de la ventana, un algarrobo seco, del cual no se vea ms
que una rama, estirada, como un brazo descarnado, cenicienta y pelada,
y sobre ella, inmviles, como un smbolo de eternidad, dos enormes
pjaros negros cuyas plumas sin brillo les daban un fnebre color de
crespn.

Insa, que observaba con los ojos muy abiertos, desde una cama blanda y
limpia, aquel cuadro que sin duda le pintaba la fiebre, sinti que la
sangre se le helaba en las venas.

Siempre la vista de los cuervos, desde la noche que pas en el
cementerio, obsesionado por los ojos de diamantes de aquel que vel
a su lado, devorando la mano de una muerta, le causaba una siniestra
impresin.

Alguien lo habl. Se volvi para ver quin era y se hall con un
paisano de barba encanecida, que estaba all a su cabecera, con el
sombrero puesto, en mangas de camisa, castigando las botas con la lonja
de un talero.

--Qu significa esto? Dnde estoy?

Y el paisano le contest con una hospitalaria sonrisa que dej al
descubierto sus dientes amarillentos y fuertes:

--En la estancia de doa Carmen de Borja...

--Carmen de Borja?--repiti l.

--S, y de la nia Gabriela...

--Gabriela?

--Gabriela Borja de Jarque...

--Ah!--exclam Insa y volvi la cara a la pared, penetrado hasta la
mdula de los huesos por el recuerdo de la noche de la revolucin.

--Por mal nombre--asent el paisano--le llaman la Casa de los
Cuervos.




SEGUNDA PARTE




I

Por el alma de los muertos!


La sombra de la barranca, donde estaba situada la Casa de los Cuervos,
prolongbase hasta el medio del riacho porque el sol se iba entrando.
Los altos eucaliptus, que llegaban hasta el borde mismo, pintaban sus
copas en el agua serena, que corra sin murmullo, royendo suavemente
la greda de la costa, o haciendo estremecer con su caricia las hierbas
acuticas, en la otra banda donde el campo era bajo.

El sol que traspona ya el bosque, reflejaba un disco trmulo en la
faja del ro, que pronto iba a llenarse de sombra, y Gabriela, sola en
su bote, que la haba llevado corriente arriba, gracias a la vela, en
una de sus excursiones de ensueo, descenda aprovechando la corriente
y siguiendo por un capricho la lnea indecisa que pintaban en el agua
las copas de los rboles, dormidos ante la vecindad de la noche.

De vez en cuando, con un golpe de timn rectificaba la marcha del bote,
una de cuyas bordas se baaba en el sol dorado de aquella tarde de
otoo.

La embarcacin era pequea, fina de formas, pintada de blanco, y
llevaba su nombre a proa, en letras negras: "La Espuma".

De lejos, realmente, atracada a la barranca en los das de marejada,
cuando el agua profunda del riacho se llenaba de espuma, el bote
pareca un copo ms danzando en la resaca arrojada por el viento contra
la costa escarpada de la Casa de los Cuervos.

"La Espuma" era la compaera de los sueos de Gabriela.

Cuando se cas, dos aos antes, con aquel espaol que compr el campo
de su padre, ste, que haba de morir poco despus, le pregunt qu
regalo de boda quera que le hiciera; y Gabriela, sabiendo que estaba
pobre, como que era una de las secretas razones que tuvo para casarse,
sin gran amor, para que su padre pudiera conservar el campo, no le
pidi joyas ni vestidos, le pidi un bote para pasear por el ddalo
de arroyos, bordeados de sauces, que hacan el encanto de aquellos
paisajes.

Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran
distraccin. Lo conduca admirablemente. Tena un par de remos finos
y ligeros, y una velita blanca, que se tenda en una curva quebrada
como el ala de una gaviota, y haca volar el esquife con un apacible
chapoteo del agua, rota por la quilla.

Cuando muri su padre, Gabriela haca ya seis meses que estaba casada
con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de polica.

Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le
pedan nada ya. Slo deseaba acompaar a su madre, doa Carmen Liendo
de Borja, que se haba establecido definitivamente en la Casa de los
Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir,
bastante embrollados.

Jarque le permiti irse con ella, y se qued solo. En su vida prctica,
sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones polticas, el
amor no ocupaba ningn lugar. Se haba casado framente, llegado a la
mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto
se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir
las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeado, las
cuales con frecuencia le tenan noches enteras fuera de su casa.

De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitan, haca su viaje
a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del
gobierno. Visitaba a la familia, acompaado de Carmelo, su cuado, a
quien haba hecho secretario de polica; examinaba la marcha de las
cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas,
que algn da seran de su mujer, y se volva a la ciudad, satisfecho
de tener tan equilibradas todas sus pasiones.

Gabriela tornaba a sus paseos en bote. l le haba regalado una hermosa
escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones sola volver con el fondo de
la embarcacin lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas
sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al
pasar sin ruido, como un copo de espuma.

Haba en la estancia un muchachn de quince aos, hijo adoptivo del
capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del
ro, pesca y manejo de embarcaciones. l guiaba la canoa que tenan
para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer lea, y a veces
hasta Santa Fe a buscar provisiones.

Gabriela sola invitarlo a acompaarla, y l, alto, flaco y flexible
como una varilla, corra al bote, con una gran alegra, porque aquellos
paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internndose
en los esteros, que desaguaban all, eran su sueo dorado. La nia
tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caa, l como un
perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta
la cintura.

Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tenda la
vela, que haca crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para
correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas
amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar.

La joven se sentaba al timn, dejando que Jess dormitara a proa o
espiara la caza.

Pareca absorta en la maniobra, en el timn con que de trecho en
trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la
vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e
indecisa, castigando como un ltigo los maderos. Gabriela atenda todo,
pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, ms all del ro, ms
all de la laguna, ms all del mar desconocido, a donde marchaban
inevitablemente, todas las gotas de todos los ros, lo mismo de las
olas que se rompan contra la barranca, que las que ella acariciaba con
su mano pequea, abandonada por encima de la borda.

Todo iba al mar! y su pensamiento se confunda como una gaviota
perdida en el ocano, persiguiendo la visin de aquellas cosas
sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no
correspondiera con sus ideales de antes.

Gabriela tena veinte aos. El aire y el sol del campo, haban dado un
ligero color trigueo a su tez pursima, que irradiaba su juventud,
como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis,
atenuaba el contraste que habran producido en su tipo de morena, sus
ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaos, casi
rubios, que al sol parecan vivientes culebras de oro. Esbelta y gil,
vindola remar, con sus brazos firmes, diseando en el ademn la
curva llena del pecho, nadie la hubiera credo propicia para aquellas
fantasas que la llenaban de ensueos.

Vesta de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba
la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstrada,
desinteresada de las cosas prximas, pareca la herona de una
romntica leyenda.

Su madre preguntbase a veces si aquel matrimonio repentino no haba
tronchado sus ilusiones de nia, y si no estaba all la raz de la
indisimulable melancola que envolva como un velo aquella radiante
juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre
tan lejos ya de la edad en que la fantasa es el motor del alma, que
desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su
hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa.

Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que
enaltaba ms su figura frgil, en apariencia, y austera como la de una
abadesa.

Blanca, plida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban
perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios;
incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre
alerta, desde la muerte de su marido, haba concentrado todas las
potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algn da sera
de sus hijos.

Tena por el varn, que era el mayor, una pasin que desbordaba en
todas sus palabras.

Tres o cuatro das antes de esa tarde, haba estado en la Casa de los
Cuervos. Fu con Jarque, al cual la dama not preocupado por causas que
no deca. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galn que
luca en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kep, la
haca parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueos de amor.

Oh, sus sueos de amor! Doa Carmen tena en el alma impresa la imagen
de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fu a la ciudad a
pedir su mano.

Aquel compromiso que deba celebrarse con una gran fiesta, en casa de
Montarn, alegrbala por l, pero, sin que hubiera podido explicar la
ntima razn de sus recelos, tena el corazn extraamente oprimido
y todo, en su casa, en el campo, en el ro, en el cielo, le traa la
evocacin de los ojos de Syra, apasionados y tristes.

Esa tarde--la tarde del baile--Gabriela lleg en su bote hasta la
barranca, poco antes de entrarse el sol.

Vena sola por lo que ella misma tuvo que hacer la maniobra de amarrar
su embarcacin al poste clavado en la costa con ese objeto. La barranca
no era alta, un metro y medio de tierra amarilla, contra la cual el
ro golpeaba sus olas en los das de viento. El terreno suba an
ms al alejarse de la orilla, de tal modo que las casas edificadas a
cien pasos de distancia, estaban a una altura a donde no llegaban las
crecientes.

El primitivo dueo de la Casa de los Cuervos, para sanear el ambiente,
haba formado al rededor de ella, un bosque de eucaliptus, prolijamente
plantados en hileras.

Los rboles eran enormes ya, y sus copas se besaban con un melanclico
rumor de hojas, en las noches serenas en que slo soplaba la tenue
brisa de la laguna.

Arrancaba desde el frente principal de las casas, una avenida de
eucaliptus, los ms gruesos, porque fueron los plantados primeros, que
corran paralelos al riacho. Aquella avenida, envuelta en los reflejos
dorados del sol que se entraba, pareca una vieja pintura.

Al llegar a ella, Gabriela se detuvo amedrentada, arrimndose a uno de
los troncos, mondados por el otoo, que les arrancaba la corteza en
largos girones. En el fondo vi la alta figura enlutada de su madre,
que se alejaba, a pasos medidos, achicndose su silueta. Luego la vi
volver caminando suavemente, como si sus pies no tocaran la tierra,
alfombrada de las hojas secas, desprendidas por las copas sombras que
se cruzaban en lo alto.

Vea, como si lo viera por primera vez, las dos prolongadas hileras,
que se estrechaban a lo lejos, de los eucaliptus dormidos sobre el
fondo claro del cielo. La luz del crepsculo suavizaba sus perfiles,
y pona en sus troncos una pincelada de oro, que les comunicaba la
penetrante tristeza de los bosques muertos.

Haba en el ambiente una gran calma. Slo se oa el grito de las vacas
lecheras que salan del corral, con sus terneros, que a la noche seran
recogidos en los chiqueros.

Gabriela beba con los ojos la hermosura del paisaje otoal. Su madre
llegse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas.
Llevaba las manos blancas, de gran seora, metidas en las mangas de su
traje negro.

--Vamos a rezar--le dijo.

A la oracin, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos
amos y peones.

Cada da la dama, que coreaba el rezo, deca al empezar por quin deba
de rogarse.

--Por las almas del purgatorio.

--Por los caminantes y navegantes.

--Por los prncipes cristianos.

--Por los parientes difuntos.

Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que serva
de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos,
presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen
del Carmen, as que se hubieron persignado, se oy en el devoto
silencio, la voz de la dama que deca:

--Recemos por el alma de los que hoy han de morir.

Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que
acolchaba los rojos ladrillos del piso, sinti un escalofro al or
aquello. Vi de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le haba
impresionado.

Ya la noche envolva el campo, y en el silencio de los animales y
las cosas que se dorman, empezaba a orse el susurro de las hojas,
estremecidas por la brisa que despertaba.

La majada estaba ya en el corral. En el patio grazn uno de los
cuervos, seal de que volaban a pararse sobre el rbol seco en que
pasaban la noche.

Don Goyo, el capataz, lleg en ese momento a rezar con todos el rosario.

Era un hombre entrado en aos, a juzgar por las barbas encanecidas.
Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde
a cada ruido echaba una ojeada al patio. De da usaba botas, como un
signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economa,
se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura
corpulenta, no muy alta, perda casi todo su prestigio.

Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, a Floriana,
pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el
suelo acolchado con su pollera.

Ms joven que el marido, ms blanca tambin, tena en sus facciones
endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba
devotamente, y como la perseguan los bostezos, provocados segn el
ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que
bostezaba haca sobre la boca abierta la seal de la cruz.

No tenan hijos; el nico que tuvieron, y que muri casi al nacer,
de haber vivido deba ser de la edad de Carmelo Borja, al cual a
Floriana sirvi de nodriza.

Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del
capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos.

Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se
mora de sueo, estaba acurrucada en un rincn.

Tendra diez aos, y serva a la mesa de los seores.

Era toda la gente de la casa, sin contar a Jess, que no acudi al
rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros.

En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al
alba.

Esa noche, pasado el primer sueo, Gabriela se despert sobresaltada.
Dorma en la misma pieza de su madre, por tenerle compaa, aunque
muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a
rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos,
en las noches fras, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo,
mientras la nia temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que
salmodiaba.

Al abrir los ojos vi, por la ancha ventana de cristales pequeos,
el campo baado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un
esqueleto, las ramas del rbol seco donde dorman los cuervos.

Una sombra que vi moverse contra los cristales, le hizo incorporarse
en la cama.

--Jess, mam!--exclam, conociendo que era ella.

Doa Carmen de Borja no le contest; ni siquiera pareci haber odo.
Gabriela salt del lecho y corri hacia ella que con la frente pegada a
uno de los vidrios miraba al campo.

La toc en el hombro; no se movi. Le habl de nuevo y entonces ella le
dijo, sealando el rbol donde dorman los cuervos:

--Mir, Gabriela!

La joven vi, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extenda
horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos.

De dnde vena el tercero que jams haba rondado las casas?

Gabriela peg tambin su frente sobre el fro vidrio para mirar mejor,
ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un
error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, haca
la noche de una extraordinaria limpidez, y se vean hasta los ms
delicados perfiles de las cosas cercanas.

Haba tres cuervos, y mientras los miraban, vol uno de ellos, que
revolote desorientado un momento, y atropell la casa, haciendo
temblar con el spero golpe de su ala los cristales de la ventana.

Gabriela di un grito y corri al fondo de la pieza.

Cuando volvi a mirar, el cuervo se haba perdido ya detrs de la
cortina de eucaliptus.

--Recemos, Gabriela--le dijo su madre.--Esta es la noche del baile en
Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir.

Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y
la nia toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los
eucaliptus que geman al viento como almas en pena.




II

La mala nueva


Al otro da el viento soplaba del Norte, llenando el bosque de rumores
de hojas caducas. La maana era tibia y el cielo puro an, por lo cual
Gabriela se decidi a realizar una excursin, que haca mucho ansiaba,
llegar hasta la laguna.

Esa noche se durmi tarde, despus de la medrosa visin de los cuervos,
y cuando se despert supo que su madre haba salido a recorrer el
campo, en su cochecito de dos ruedas que manejaba ella misma.

Llam entonces a Jess y lo mand que preparara el bote, para ir lejos.

Se visti a prisa; meti en una canasta algunas provisiones, agitado ya
su espritu por la perspectiva de la aventura que significaba para ella
aquel paseo, y con su escopeta al hombro, corri al bote, cuya blanca
vela se agitaba alegremente a lo largo del mstil, acariciada por el
viento.

En cuanto amarr la escota, y se hinch el trapo, "La Espuma" parti
como una gaviota, navegando de costado porque el viento la tomaba de
babor.

El arroyo de Leyes cambiaba bruscamente de rumbo frente a la Casa de
los Cuervos, de tal manera que corra durante un buen trecho de Oeste a
Este, para rectificar ms adelante la curva, y llegar hasta la laguna
en un cajn derecho de Norte a Sur.

Gabriela conoca bien el curso del riacho, y saba acortar su camino,
atravesando las caadas, y seguir por los ramblones con su bote ligero
y dcil al timn o al remo.

Pero esa vez navegaba por el lecho del ro, aprovechando todo el viento
que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas
bajas y una los esteros en un vasto mar de agua plomiza.

La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores
blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos
desnudos, impeda ver ms all de la costa.

Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las
altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba
el timn, se echaba la escopeta a la cara y haca fuego, casi siempre
con xito, aunque hubiera tirado al vuelo.

Esa maana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le haca
perder tiempo. Quera aprovechar todos sus minutos para llegar lo ms
lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba ms que a tres
leguas, y su bote si el viento no caa, ayudado por la corriente, poda
hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sera la vuelta ro
arriba, y viento en contra quizs.

Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los
pajaritos que en ruidosas bandadas perseguan los insectos en los
carrizales, y aquella visin de alas llenbale el alma con la nebulosa
impresin de un sueo.

En las curvas del ro, contra la lengua de tierra que avanzaba,
formbase una pequea rompiente, donde la correntada arrojaba las
ramillas y las hojas que traa de lejos, y las blondas de espumas
que vestan sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se
condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote
cortaba con su proa.

El viento no la acompa hasta el fin. Cay de golpe, y ella y Jess
tuvieron que empuar los remos, para ayudar a la mano invisible de la
corriente que llevaba el esquife a la deriva.

Ya se vea el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia
el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se
divisaba detrs la pincelada roja de la barranca.

Gabriela palmote de entusiasmo cuando el cajn del arroyo de Leyes se
abri, de golpe casi, y el bote se encontr como desorientado, lejos de
los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje ms fuerte,
que bata sonoramente sus costados.

--Nia Gabriela!--exclam de pronto Jess, que haba parado de
remar.--Mire all!

--Qu hay?

--All, hacia el medio! Mire! un caballo que va cruzando la laguna.

Gabriela solt los remos y mir, haciendo pantalla de sus manos para
defender los ojos de la spera luz que se reflejaba en el agua.

Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atencin del
muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba
con sus resoplidos cada vez que una ola rompa sobre l.

--Es extrao--pens la joven que conoca el instinto de los
animales--cmo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el
ro?

El bote corra hacia l, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo
observar mejor; pareca cansado; la orilla, de donde partiera estaba
lejos, apenas se vea, y ya no tena ms remedio que llegar hasta la
otra costa.

De repente Jess volvi a gritar:

--Hay un hombre! mire, nia, agarrado a la clina!

Cuando el bote se acerc ms, Gabriela con el corazn palpitante, grit
al dueo del caballo, ofrecindole pasarlo, y como l no respondiera,
pues pareca muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba
la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo,
un momento pareci desorientarse; mir al bote blanco, sus dos
tripulantes, los remos que batan el agua, y perdi de vista la costa.
Volvi la cabeza, hacia el otro lado, y arranc con ms fuerza.

Fu entonces cuando Insa, aletargado por la frialdad del agua solt la
crn y se hundi.

Pero Jess que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojse
del bote y nadando como un yacar se zambull en el mismo sitio en que
acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanz a sacar.

--Bravo, Jess!--exclam Gabriela estirndole un remo, de cuya punta
se agarr el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su
propia hazaa.

Ni l, ni ella se haban preocupado de saber si el hombre viva para
sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron
izarlo a bordo y vieron que caa como una masa inerte, y que estaba
fro, los dos se pusieron lvidos de espanto:

--Est muerto!

El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadver que
haban rescatado, con riesgo de irse a pique!

Pero Jess, que se haba acercado a l, observ sus narices que
temblaban como si respirara.

--Est vivo!--grit--est desmayado! mire, nia Gabriela, cmo
respira!

Sacado del agua, que lo entumeca, renaci la vida en aquel cuerpo
joven y robusto.

Gabriela empu valientemente los remos.

--Pronto, Jess! yo voy a remar; dale friegas, lo que tiene es que se
est muriendo de fro, y que ha perdido sangre!

El bote no era ms que un punto sobre la extensa planicie de agua,
agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando
de nieblas el da.

Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se haba nublado y el cielo
ceniciento pareca pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas,
por la greda del fondo.

Pasaban algunos camalotes que servan a la nia como punto de mira para
saber si avanzaban hacia la costa, que no se vea ya, borrada por la
neblina.

Dej los remos un momento y arm la vela, que poda ser til. Jess,
en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, haca
reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insa. Gabriela se
acord de sus provisiones; tena pan, queso y carne fra, pero ms que
todo habra valido un trago de cognac o de vino; pero no haba en su
canasta.

Insa permaneca sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre
el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jess le abri la camisa, y
su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a comps de la
respiracin.

La vela se hinch, pero el viento era escaso, y la joven debi empuar
de nuevo los remos, alejndose imperceptiblemente del centro de la
laguna. El caballo de Insa haba desaparecido entre la niebla.

Una hora larga tard Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo
de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de
cabello en la frente, enrojecida por la fatiga.

--Jess, no puedo ms!--dijo al fin, y entreg los remos al muchacho y
ella se sent, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de
Insa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubra el pecho.

Gabriela conoca pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones
varoniles, aquella lnea audaz, casi ofensiva del mentn, que la barba
negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas.

Quin era? Quin poda ser?

De repente se acord, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz
en su memoria.

--Insa, Insa!--pens, asociando el recuerdo de algunas
conversaciones odas a su marido en la ltima visita. Y se le ocurri
que si aquel hombre estaba all, herido, recogido en forma tan extraa,
era porque en Santa Fe haba estallado esa noche la revolucin, que se
tema, y lo haban vencido.

Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en
la estancia y aquella siniestra visin nocturna de los tres cuervos
sobre el rbol seco, a la luz de la luna! Fu un sueo? Fu un
augurio? Fu un episodio sin sentido?

Una terrible congoja le llen el alma. Desesperada mir la vela que
el hmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Deban marchar as,
remontando la corriente del ro a fuerza de remos. Tom una larga
percha que sola servirles en los baados para impulsar el bote,
cuando no podan remar por falta de agua, y trat de ayudar a Jess,
apoyndola en el fondo del ro. Pero all era profundo y el botador se
hundi sin resultado. Se sent de nuevo, resignada a esperar su turno,
una vez que Jess se rindiera de fatiga.

--Ests cansado, Jess?

--No, nia!

Las mrgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corra con
ms fuerza, la ilusin era de que el bote no avanzaba.

--Dame los remos, Jess.

--No, nia; no estoy cansado. Dentro de un rato.

Deban de ser las doce. Insa, dormido o aletargado, continuaba
inmvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que
estaba vivo por el rumor de su respiracin. No estaban ni a la tercera
parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jess solt los
remos.

--No puedo ms, nia!--dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenz
a remar.--La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe poda haber
pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado
en el fondo de "La Espuma" poda tener la clave, le daban una
desesperacin que se transmita a sus remos.

--Se va a cansar--le deca suavemente el muchacho, cuya frente morena
brillaba sudorosa.

Y as hicieron toda la jornada.

Haba cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del ro, donde
estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indic el
sitio donde deban atracar. La negrita Encarnacin tena la luz y dijo
a Gabriela cuando la proa del bote toc el fondeadero:

--Don Goyo y los peones salieron a buscarla, nia. La seora est
llorando.

Gabriela salt a tierra.

--Qu hay!--pregunt a Floriana, que al rumor de las voces sali de
las casas.

--Ah, nia Gabriela! No sabe lo que ha sucedido?--y se ech en tierra
gimiendo como un perro castigado.

--Qu hay, Floriana! qu hay, Dios mo?--y como aquella masa humana,
tendida en el suelo no tena voz, sino llantos y gritos, corri hacia
las casas, sintiendo crecer la angustia que la haba atormentado y a la
vez sostenido en su ruda jornada.

Y fu su madre a la que hall en el dormitorio, sentada junto a la
ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que
le di la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de
traerle.

Su madre refera aquellas cosas horribles, sin el ms leve temblor en
la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela vea lucir sus ojos en
la profunda sombra.

Cuando lo supo todo, habl ella entre sollozos, y cont su aventura, y
an tuvo fuerzas para decir que el hombre que haba salvado era el jefe
de esa revolucin que enlutaba la casa.

--Y ese hombre?--pregunt lentamente doa Carmen cuando Gabriela
termin su relato--est en el bote?

--S.

Y se abati en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la
ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los
contornos de las cosas.




III

La mano suave


La arboleda tenebrosa que rodeaba la Casa de los Cuervos pareca en la
noche un inmenso crespn.

Doa Carmen de Borja llegaba de la ciudad a donde haba dado el ltimo
adis a los restos de su hijo, y donde le contaron lo que se saba de
su muerte.

Haban pasado tres das ya, y sus labios permanecan plegados; ni
una queja le arrancaba el dolor, ni una imprecacin contra los que
troncharon aquella vida que era el sol de su vejez.

Al llegar a las casas ladrronla los perros, sin conocerla. Bajse
del caballo que montaba, con gran maestra, y entr al comedor, pieza
vasta, desnuda y sonora bajo los pasos. All estaba su hija que la
esperaba con la ansiedad de conocer detalles de la inmensa desgracia
cada sobre ellas. Pero la madre no habl, y la hija se encerr a
llorar en la nueva alcoba que ocupaba, por haber cedido al inesperado
husped la mejor de la casa.

En la cena, que fu silenciosa y lgubre, oyndose afuera el medroso
rumor del monte y del ro, y en la cocina el llanto inacabable de
Floriana, doa Carmen interrog a Gabriela por el herido.

--Tuvo mucha fiebre, y pas sin conocimiento el primer da. Le lav la
herida con agua de cepacaballo, y Jess lo vel por la noche. Ayer de
maana ya conoci y el da fu bueno. A la tarde le volvi la fiebre
que no lo ha abandonado en todo el da de hoy.

--Es un hombre fuerte--murmur la dama--y es joven. Yo lo conoc
nio--y despus de una pausa:--hay que seguir lavndolo con lo mismo.
Cmo es la herida?

Gabriela describi el balazo de Insa, a la altura del hombro izquierdo.

--Tiene adentro la bala?

--Son cosas que no s--respondi Gabriela pensativa.

Doa Carmen mand llamar al capataz y le dijo:

--Maana de madrugada, irs a llamar al cura de San Pedro; sabe de
heridas, y creo que ha sido mdico en su tierra.

Haba impuesto desde el primer momento la orden ms severa de guardar
el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la
polica poda enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la
negrita Encarnacin, estaban mudos respecto de aquella aventura.

Don Julin del Monte, el cura de San Pedro, un malagueo alto, fornido,
atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con
la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que
poda estar entre los cincuenta y los sesenta aos, lleg a eso de las
ocho de la siguiente maana.

Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubra la cabeza, que
blanqueaba ya, con un chambergo negro.

Nadie conoca la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza,
era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si
temiera el exceso de las palabras.

Saban de l que ejerca con celo de apstol su ministerio de prroco,
en una zona extenssima; que amaba los nios, que montaba bien y cazaba
mejor, y eso bastaba para que viviera respetado.

A la hora en que l lleg, Insa estaba despierto, y haba saludado con
una sonrisa dolorosa a Jess, que a la cabecera de su cama cuidaba su
sueo, mandado por Gabriela.

Dos das antes, un momento vi el enfermo a la joven, y le qued una
dudosa impresin de vergenza y de dulzura por estar en manos de ella.
Despus, la fiebre que era altsima le priv del conocimiento, pero
esa maana sintindose mejor pregunt por ella a tiempo que ella misma
entraba con el cura.

Insa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanz un
grito, se recost de nuevo, cerrando los ojos.

--El dolor es ms fuerte que yo--murmur sonriendo.

El cura se le acerc y le estrech la mano:

--Yo lo conozco de nombre y de fama, seor capitn, y vengo a ver su
araazo.

Y con mano experta desat las vendas puestas por Gabriela, que
observaba silenciosa, desde los pies de la cama.

La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala haba
roto la primera costilla y perforado el omplato, pero sin fuerzas para
salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda.

El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido
lesionado tambin, y a cada movimiento que se le imprima, la cara del
enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a
Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le peda.

De un tajo rpido con una navaja de barba, abri la carne y extrajo la
bala.

--Ahora se curar, seor capitn--dijo despus de lavarle prolijamente
con infusiones de hierbas y vendarle bien.

Insa no respondi; la fiebre volva a apoderarse de l y lo haca
delirar. Durante varios das la temperatura, indicio de una grave
infeccin, fu muy alta, y lo tuvo amodorrado.

El cura vena de maana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado
siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla
del ro, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino ms
lejos, en los sauzales. All Jess lo esperaba con la canoa, porque
el ro estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo,
que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julin desde la
embarcacin, hasta la orilla opuesta donde l mismo ensillaba, y tomaba
al galope el camino de San Pedro.

Doa Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo.

Enlutada como antes, pero con un pliegue ms hondo de dolor, en la
comisura de los labios, atenda prolijamente todas las cosas que con
l se relacionaban, y sin nombrarlo jams, pareca tenerle a toda hora
presente.

Al caer la tarde reunanse en el oratorio y rezaban el rosario.

La dama haca coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los
muertos en la revolucin. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido
que le faltara la voz.

Floriana rezaba plaendo, hasta que una noche doa Carmen le dijo:

--Yo soy su madre, y no me lamento as.

La mujer guard silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su
manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles.

Un da Gabriela dijo en la mesa:

--Hoy ha amanecido sin fiebre.

La madre la mir; pareci que iba a hablar, pero no dijo nada.

--Sin fiebre y con hambre--agreg sonriendo un poco Gabriela,
ntimamente halagada de aquella curacin que en parte se deba a sus
cuidados.

Y esa tarde, Insa que dorma tranquilamente por primera vez, quizs,
desde que estaba enfermo, abri los ojos sin sueo ya, y vi a corta
distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que lea,
velndole.

No hizo ningn movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y
se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, ms conmovedora
en su luto y en la tristeza que envolva la casa. Entregado a esa
contemplacin lo sorprendi la mirada de ella, que al volver una
pgina, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que l la
observaba, quizs haca un largo rato.

--Hoy no ha venido don Julin;--le dijo, cerrando el libro--ayer lo
encontr ya bastante bien...

--Don Julin? Quin es don Julin, seorita?--dijo l avergonzado de
que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:--ah,
el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba.

--Ha sido mdico en su tierra y por eso lo llamamos.

--Tiene buena mano, pero no es a l, sin duda, al que ms debo...

--A quin entonces?--interrog ella involuntariamente.

--A usted, seorita...

--Seora,--corrigi ella suavemente.

--Ah!--dijo l recordando lo que el primer da que se vi en la Casa
de los Cuervos, le refiri el capataz.

Y se qued callado, evocando los recuerdos de la noche de la
revolucin, que no haba tenido tiempo de ordenar en su cerebro
fatigado, y que ya le parecan lejanos como un sueo.

Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros,
porque era la hora en que Floriana ordeaba las lecheras.

Gabriela para escapar de aquella situacin, que sin saber por qu
recnditos motivos la haca callar a ella al mismo tiempo que a l, se
acerc a la ventana, y luego dijo:

--No s si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentara bien. Voy a
preguntarle a mama--y sali.

El rumor de sus faldas se haba apagado, y l, no obstante lo senta
an, como un apacible zumbido de dulces abejas.

Tena vergenza, una profunda vergenza de que una mujer tan hermosa
hubiera sido su enfermera en los largos das de fiebre, en que no era
dueo de s mismo.

Se habra quejado? A cada gesto que haca para cambiar de posicin un
dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no
gritar, y de todas sus miserias, aquella le pareca la ms vergonzosa.

Qu idea haban de formarse de l, los que le oyeran quejarse como una
mujer o un nio?

Un rato despus vino Jess, con un tibio y espumoso vaso de leche, que
el enfermo bebi con desgano, y slo porque el muchacho le dijo:

--Que lo tome todo, me encarg la nia Gabriela.

Insa se qued solo, mirando declinar el da, y con el odo atento a
los rumores de afuera, en que a veces vena mezclada la voz de ella.
Cuando la sombra invadi la arboleda, y en la estancia del enfermo se
hizo la noche, vino Gabriela con una lmpara, que le haca resplandecer
el rostro y lucir los ojos garzos.

--Usted me mima--le dijo l, y ella contest cualquier cosa y se fu
dejndolo con la esperanza de que volvera a sentarse a su lado.

Mas no volvi: dos o tres veces la sinti hablar en la galera
contigua, o en la pieza de al lado, y fu todo.

Jess le trajo una taza de caldo que bebi a disgusto por complacerla
secretamente. Volvile la fiebre y pensaba que en aquella casa era un
estorbo su presencia, por lo cual deba partir al alba. Se lo dijo as
al muchacho, que lo mir extraado y llev la nueva a su ama.

Cuando sta vino, despus de cenar, Insa tena la mirada febriciente
y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala
suerte, que lo tena all, clavado en el lecho, molestando a personas
a quien no conoca. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le
replic:

--No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia.

Y con su mano pequea y suave le tom el pulso, y le palp la frente,
con lo que l se aquiet.

--Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseado don
Julin.

Aquietado sbitamente por el halago de aquella mano, Insa se resign a
que ella misma hiciese de enfermera, tratndolo como a un nio que no
puede valerse, y conociendo de cerca su miseria.

Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque
lentamente, l que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido,
volvi a sentir la vergenza de que delante de la joven en las otras
curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo.

Pareci comprenderlo Gabriela, sin que l hablara, y al terminar le
dijo:

--Es usted un hombre fuerte, seor capitn. Dice don Julin que su
herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja.

Insa sabore sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche
se durmi tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas
las cosas que hacan singularmente penosa su presencia en la Casa de
los Cuervos.




IV

La yerra


Era eso el amor?

Su corazn haba dormido tantos aos, que ella pudo creer que el
letargo sera eterno, y he aqu, que en las ms inverosmiles
circunstancias, como en un cuento de nios se prendaba de un hombre.

Haba mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a
vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recoga la majada,
porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneci con una fuerte jaqueca,
y ella deba sustituirla.

Sobre el caballo era gil y su talle fino adquira una suprema
elegancia, hija de una larga costumbre.

Haba tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jess,
cuando Insa apareci en la galera. Se levantaba haca una semana y
aunque conservaba el brazo encabestrillado, no pareca un convaleciente.

Se le acerc y le dijo:

--Por qu quiere seguir tratndome como enfermo? Si manda que me
ensillen un caballo, puedo serle til en el campo. No sabe que es mi
oficio?

Gabriela, sin pensar ms, deseosa de complacerle, mand ensillarle un
caballo, y algunos minutos despus, partan los dos, al galope, hacia
el campo.

No vi la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino,
la sombra figura de doa Carmen de Borja, que al verlos salir juntos,
sinti una llamarada de indignacin subirle al rostro.

--Oh, Dios mo!--clam llevndose las manos a la cabeza. Reprimi,
sin embargo, su disgusto, y volvi a sus quehaceres, como si para ella
fuera Insa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los
Cuervos, donde se haba ganado las voluntades.

El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos,
dejndose llevar, y senta llenrsele el corazn de una gran dulzura.

Era eso el amor? Insa le haba dicho al salir:

--Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su
husped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardar el
gobierno en saber dnde estoy. Dicen que me hace buscar.

--En nuestra casa, seor capitn, no pensar nunca.

--Pero lo harn pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a
Alarcn. No crea, Gabriela, que es mi gusto... sabe? siento alejarme
de esta casa, que ha sido un puerto para m.

--Habamos quedado--murmur Gabriela--en que no se acordara ms de eso.

--No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo
recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo ms que la vida...

--Qu es?--pregunt involuntariamente la joven, notando que l se
haba callado.

--Le debo la primera ilusin, que me ha hecho comprender realmente el
valor de la vida, que tambin le debo...

El corazn de ella lati con fuerza, agitado sin duda por la carrera
desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban
sobre el campo verde.

Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba
quebradiza por la helada de esa noche, que haba quemado la punta
de los pastos y llenado de escarcha como azcar en polvo, las ramas
escuetas de los algarrobos y andubays, que despertaban al sol de la
hermosa maana.

De la ltima lluvia, haba an charcos en las hondonadas del terreno, y
estaban cubiertos de un frgil cristal de hielo, que saltaba en agujas
lucientes, bajo el casco de los corceles. Insa contuvo al suyo.

--Le hace mal galopar?--pregunt Gabriela, siendo esa su primera
palabra, despus de lo que l le dijera.

--No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con
usted; y me parece que el galope los acorta.

Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oan bien, y
haba una vaga tristeza en el timbre de su voz.

Por primera vez en su vida apasionada, senta la nostalgia de la paz.
Era una sensacin penetrante y desconocida para l, que le haca desear
que el tiempo no corriera, como si las cosas que haban de venir
hubieran de ser fatalmente tristes.

Su espritu positivo se haba dejado envolver en la niebla de misterio
que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad pareca
enervada. A media noche sola despertarse, y por la ventana, vea
en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y senta el rumor
inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche.

Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la nica nota luminosa del
cuadro. Pero cmo poda amarla l, que tena sus manos baadas en la
sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de
la revolucin?

Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quera huir de la casa,
y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus
razones, la que lo disuada de un propsito que, en verdad, deba
rechazar.

El gobierno le persegua. Al principio se le di por muerto, y das
enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su
cadver. Despus naci la sospecha de que viva, oculto en los sauzales
con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas,
y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insa oy una tarde el ruido
de los sables en la galera, y la voz tranquila de doa Carmen de Borja
que responda a los hombres, quitndoles toda sospecha de que all
pudiera estar el que buscaban.

Desde ese da llamle ms la atencin la actitud de la dama para con
l. Ni una sola vez haba entrado en su cuarto durante la gravedad.

Y despus, cuando l se levant, y sali afuera y pudo asistir a la
mesa y a la oracin, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse,
parecile observar en ella un especial empeo en esquivarle.

Insa se estremeca pensando que pudiera haber penetrado el horrible
secreto que de noche le desvelaba y le sugera la fuga. Pero si la
madre saba, por qu ignoraba la hija?

--He mandado un chasque a Alarcn--volvi a decirle Insa, mientras
cruzaban al tranco un alto pajal, que esconda el cuerpo entero de sus
caballos;--es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente,
adems...

Gabriela lo mir; a su corazn que beba la dulzura de aquellas
palabras, en que a travs de las ideas indiferentes se trasluca el
amor, lleg la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba:
Insa preparaba una nueva revolucin.

Las miradas de ambos se encontraron: l vi en sus ojos una llama leal
como un rayo de sol, y se dej vencer por la confianza.

--Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. Ser discreta?
Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos estn libres, porque no ha
habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarn en
alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo
que acompaarles...

Dej de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por
aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pint una gran
tristeza.

--Qu le pasa, Gabriela?

Haban llegado a la orilla del pajonal, y ella castig su caballo que
parti al galope, seguido por el de Insa.

--Nada! no me pasa nada--respondi sin mirarlo.--Usted no tiene otro
pensamiento que la revolucin. No sabe el dao que me hace? Piensa
alguna vez en los muertos?

Como una pualada sinti Insa aquella respuesta.

As, pues, ella saba lo que sabra la madre? Y aquel secreto que le
roa el alma, prohibindole dejarse mecer por las ilusiones que nacan,
no era ya un secreto?

Qu iba a hacer? Por qu ella lo haba dejado acercarse,
envolvindole en su gracia que lo embriag como un vino jams gustado?

Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos
en que se deshaca la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo
del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y
desteido, slo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas
apelotonadas como un montn de caracoles rosados.

Gabriela, impresionada por la hermosura de la maana, senta su corazn
pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha.

Insa marchaba detrs de ella, y como los pjaros enmudecidos por el
fro, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando
se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algn
terreno arenoso, se oa el apacible gemido de la brisa que oreaba las
pajas brillantes de roco.

Gabriela refren un tanto su aparente fuga, y se dej alcanzar por
Insa, que galop un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella
temblaba porque pareca pesarle ahora lo que haba dicho.

Intrigada por el silencio de l, volvi la cara y lo mir, y casi
di un grito, porque fu un rayo de luz, y ante sus facciones
descompuestas, tuvo la evidencia de lo que haca tiempo flotaba en su
alma como una sospecha.

No necesit que l le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera
ledo en un libro, y no lo habra visto tan claro como en cada uno de
los gestos que recordaba de l, y que ahora se aclaraban para ella, su
reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que poda comprometerle,
su disgusto cada vez que se aluda a la noche de la revolucin en que
murieron su marido y su hermano, a quienes l nunca nombraba, como si
tuviera horror a su memoria.

Tena la clave de todo, y quiz tambin de aquella inexplicable
esquivez de su madre, que hua de encontrarse con l.

Ay, Dios! y ella lo haba dejado entrar en su alma.

Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda
era ms tupida, las caadas llenas de varillas, las azules lagunas en
que beba la hacienda, las barrancas del ro, vestidas de carrizas, los
sauzales de la margen, todo tena para ella una sugestin poderosa,
porque durante aos haba vivido en su amistad sembrando en cada uno de
los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueos de nia.

Haba pasado aquella poca, y la cruda realidad de su matrimonio sin
poesa y sin amor, haba ajado aquellas impalpables ilusiones que la
envolvieran como un velo de luz. Sin saber cmo, de pronto, por un
golpe teatral, su destino cambiaba, y volva a agitarse en ella la
misma esperanza, a cuyo calor nacieran las ilusiones de antao. Y su
sueo se rompa cruelmente. Cmo poda amar ella a aquel hombre que
tena sus manos teidas en una sangre que le peda venganza?...

Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente,
los dos, que seguan marchando juntos, sin cambiar una palabra,
entregados a sus pensamientos, hallronse con la punta de la hacienda
que venan arreando los peones.

Ese da estaba sealado para la yerra. Doa Carmen de Borja marcaba
todas las cras del ao, para que no se confundieran con las de las
estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna.

La hacienda de doa Carmen no era muy numerosa. No obstante, un ao
con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o
quinientos terneros, que servan para reponer los animales vendidos o
carneados en el ao y para aumentar el capital primitivo. La operacin
era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrs, los peones
del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia
que caracterizaba esas ruidosas jornadas.

Reunan la vacada en un vasto corral, de palo a pique, un poste de
andubay clavado contra otro y otro, de tal modo que ni los perros
podan disparar, cuando quedaban dentro, y all uno por uno iban
sacando los terneros, para marcarlos junto a la tranquera.

Al ver la hacienda que desembocaba, Gabriela se detuvo; Insa camin
algunos pasos y se detuvo tambin; estaba irritado consigo mismo, con
su propio destino, que pareca burlarse de l.

La joven esper que llegara el capataz, para comunicarle el mensaje de
su madre, y despus cuando hubo pasado toda la hacienda rodeada por los
peones, desfilando lentamente, envuelta en una nube de polvo que se
doraba al sol, siguieron los dos, al tranco, detrs de todos.

Los mugidos de los toros colricos, por ir mezclados con sus rivales,
el balido de los terneros, que se iban quedando a la trasera,
contestando a las madres que marchaban adelante, los gritos de los
peones, persiguiendo a los animales que se escapaban del montn, los
ladridos de los perros, jadeantes y embravecidos, apagaban las voces, y
les sirvi de pretexto para no hablar.

Cuando llegaron a las casas no haban cruzado una palabra.

Ya a la puerta del corral, en una fogata que encendiera Floriana, tres
marcas de hierro con un pequeo mango de hueso en el extremo de la
barra, se estaban calentando.

Don Julin, convidado a la fiesta, acababa de llegar. Se haba puesto
una sotana vieja, color tabaco en el pecho y en los codos. Quera
estar pronto para ayudar a los peones en su ruda faena.

--Vamos a marcar terneros, no ms, porque no hay hacienda grande
orejana--le dijo don Goyo, cuando el cura entusiasta le di un vigoroso
apretn de manos.

--Lo siento, porque tena ganas de desherrumbrarme las coyunturas.

Abri los brazos poderosos, y su ancho pecho se dilat, absorbiendo una
gran bocanada de aire fro, cargado del viscoso relente de las islas,
que la brisa empezaba a barrer.

Insa que llegaba en ese instante, lo salud sin bajarse del caballo, y
los dos se quedaron all, mirando los preliminares de la operacin.

Antes de encerrar la hacienda en la ensenada--nombre que daban al
extenso corral--era necesario apartar las vacas ajenas, que llegaban
confundidas, para no marcar sus terneros como si fueran de la estancia.
Cada uno de los capataces de los campos colindantes, designaba los
animales que le pertenecan y los peones entraban dando gritos, en
el montn, para apartarlos de all, arreando o pechndolos con el
encuentro de sus caballos.

Insa silencioso, con el ceo fruncido, pensando a ratos en otras
cosas, miraba la escena que no lograba interesarle.

Las vacas desorientadas, remolineaban entrando de a pequeos grupos en
la ensenada. Haba ms de quince hombres, que corran revoleando los
taleros, y gritando: huaj! huaj!, alarido de guerra que enardeca a
los perros.

El capataz conversaba con el cura, vigilando la operacin; de cuando
en cuando daba un grito, y espoleaba a su caballo, un tostado fogoso,
mojado en sudor, que volteaba un novillo de un pechazo.

El espacio en que se paraba el rodeo era amplio, libre de rboles,
para que la gente pudiera correr sin riesgo, roda la hierba en el
sitio en que acostumbraba detenerse la hacienda, visible la tierra
negra, floja y lodosa, por el chapaleo de las pezuas. El contorno era
verde, tapizado de pasto que la helada de esa noche haba ennegrecido a
trechos. A poca distancia, la punta del baado, cubierta de camalotes,
pareca continuar el campo terso y firme, pero cuando algn pen
siguiendo un animal fugado del rodeo, se meta hasta all al galope, de
cada pata del caballo se alzaba un surtidor de agua, que semejaba un
chorro de plata a la luz del sol.

En las violentas curvas que la faena obligaba a hacer, conforme el
capricho del animal que perseguan, los caballos en su impetuoso galope
se tendan como si fueran a caer de costado.

En el aparte de la hacienda ajena, una de las vacas de doa Carmen de
Borja huy dando botes, la cola alzada y tiesa, y dos hombres se fueron
tras ella, para volverla al corral. A la distancia en la llanura, sin
trminos de comparacin, sus siluetas comenzaron a achicarse.

De pronto el animal fugitivo, fatigado quizs, se detuvo en seco, y uno
de los peones, sin tiempo para desviar su montura cay como una tromba
sobre l, y rodaron por tierra.

--Huaj!--gritaron desde el rodeo al verlo caer, y se oy la
contestacin del paisano que responda de lejos, levantndose y
volviendo a montar:

--No es nada, hermanos! Siga la farra!

Por las orillas del rodeo circulaba la yeguada, dando vueltas, oyndose
apenas el ruido del cencerro de la yegua madrina que marchaba adelante,
y detrs de ella, desfilando una a una, toda la manada, los potrillos
al lado de las madres.

Ms all era la serenidad de la naturaleza, que trabajaba en silencio
la vida de todos, bajo el toldo azul del cielo invernal.

Insa comparaba esa indiferencia de las cosas, en que durante tantos
aos haba vivido, dejndose penetrar por su belleza tranquila, con
la fiebre de la interna batalla a que de golpe lo haba arrojado el
destino.

Quin hubiera credo de l aquella repentina pasin que empezaba a
morderle como un can rabioso?

Y ella? No era ella la misma la verdadera culpable de que l se
sintiera irresistiblemente arrastrado por aquel amor que era como una
burla trgica a todas las nociones de honor que imponan y aceptaban
las gentes?

La vi llegar al rodeo, acompaando a su madre, que le salud con la
inexplicable esquivez de siempre, ponindose a hablar con el capataz
sobre la yerra que iba a comenzar.

Gabriela tena los ojos lucientes, como si hubiera llorado, y en el
rostro llevaba la marca del horror, por lo que haba adivinado. Insa
esper, la cabeza agachada, mirando al suelo, que pareca temblar con
el tropel de la hacienda. La joven lleg hasta l, y sencillamente le
dijo:

--Ha llegado Alarcn. El que usted esperaba para irse.

Y aquellas sencillas palabras, cayeron en su corazn como una
sentencia. Deba partir; ella se lo deca.




V

El secreto


En la alta noche, doa Carmen de Borja, sintiendo quieta a su hija, que
dorma en su cuarto y que en un principio haba aparecido intranquila,
se levant sin ruido, fatigada de esa cama en que no poda conciliar el
sueo, y arrebozada en un manto, se lleg hasta el comedor.

Las tinieblas que reinaban all, el silencio temeroso de su soledad,
roto bruscamente por el crujido de las maderas de algn mueble, la
atmsfera impregnada an con el vaho de la cena, todo le inspir el
deseo de respirar el aire fro y puro de la galera.

Corri los pasadores de la puerta y sali.

No haba luna, pero las estrellas dejaban caer sobre la tierra el
discreto resplandor de su luz cenicienta, buscando entre el follaje de
los eucaliptus dormidos, alguna abertura para llegar hasta el suelo.

Todo reposaba; en los rboles, los raros pjaros que desafiaban el
invierno; las bestias en el campo; las ovejas en el corral; los
perros, alerta el odo para sorprender los rumores sospechosos, que se
agrandaban con el vasto silencio, dorman amontonados, en la cocina; un
cuzquito lanudo, se haba trepado sobre el fogn y roncaba suavemente,
con el hocico pegado a la ceniza tibia del rescoldo.

Y en la rama de siempre dorman los cuervos que la dama no poda ver,
pues quedaban del otro lado de las casas.

Aquella calma apacigu sus pensamientos tumultuosos, y le trajo a la
memoria con ms nitidez que en toda la velada la palabra del cura, a
quien esa tarde llam al oratorio, para confiarle su tremenda angustia.

--Padre!--le haba dicho, arrodillada a los pies de l, que la
escuchaba sentado en un viejo silln de cuero, la cabeza apoyada en la
mano.--Padre! Mi pobre Carmelo ha sido muerto por l; Jarque tambin,
y l, ahora, ama a Gabriela, que no puede saber nada de este horrible
secreto, que me pesa como una lpida. Yo habra querido equivocarme,
pero cada da estoy ms segura de que ella tambin lo ama. Por qu, l
que sabe cul es su crimen, ha venido hasta aqu, y ha turbado la paz
de mi casa con ese amor que es otro crimen?

Doa Carmen se puso a sollozar, y el cura, con su voz llena y viril, de
maestro que indica la senda, le dijo:

--El amor puede aduearse del hombre, sin que est en su mano
libertarse.

--As es; tambin lo pienso yo,--respondi la dama.

--Saba l que aqu viva la viuda de Jarque?

--No, padre. Mi hija lo salv, cuando se estaba ahogando y lo trajo
en su bote. Volvi al conocimiento estando ya en esta casa, y yo no
supe quin era el que as recibamos como un husped, digno de nuestra
caridad, sino cuando ya era tarde para cerrarle la puerta. Dos das
pas en la ciudad, preguntando cmo fu la muerte de mi Carmelo; para
algunos era un misterio, pero no falt quien me hiciera el relato.
Cuando volv a mi casa, el horror de cuidar a ese hombre que vea
ensangrentado con la sangre de mi hijo, me hizo egosta y abandon la
tarea a Gabriela, que lo ignoraba todo. Nunca pens en lo que jams
deb descuidar. Ella ha vivido triste, como una viuda, toda su vida;
ha presentido el amor, pero no lo ha gustado, porque su matrimonio
no llenaba su corazn. Y libre, por la muerte de su marido, aquel
hombre a quien haba salvado, que era corts y hermoso, que tena el
prestigio de un soldado valiente, y que empezaba a amarla sin que yo lo
supiera, no poda menos de entrar en el alma de mi hija. Y as fu; yo
he comprendido que si l la quiere, sinceramente, como creo, ella est
embriagada por un amor que es lo que haba soado.

--Y ella? Ella... puede saber?--pregunt el cura con un ligero
temblor en la voz, porque record que esa maana, en el rodeo, algo
extraordinario revelaban los gestos de Gabriela, cuando se acerc a
Insa.

--Ella no puede saber--respondi la madre;--si lo hubiera sabido en un
principio, no habra llegado a enamorarse de ese hombre. Y sa es mi
culpa no habrselo dicho. El crimen es de l, que sabindolo se lleg
a ella y la am. Santo Dios! me tiembla el corazn y me parece or,
cada vez que pienso en esto, que mi pobre Carmelo se lamenta de que as
hayamos vengado su sangre.

--La venganza--murmur el cura--es miseria nuestra. Las almas de los
muertos, que han visto a Dios, no pueden sentirla ni desearla.

--Y ahora--prosigui doa Carmen--me aflige el presentimiento de las
cosas que pueden ocurrir, si Gabriela, que est enamorada, llega a
saber qu abismo le separa de ese hombre. Yo soy su madre, y le debo
ahora una dicha que antes por motivos egostas no le d. Su padre
quiso casarla, ella consinti, porque era buena y sumisa; y yo, que
deba oponerme, pues conoca su alma, y saba sus sueos, no me opuse,
y tambin consent. Fu su desgracia, quizs por culpa ma. Ahora no
tengo valor para contrariar de nuevo sus ilusiones, y prefiero guardar
para m el horrendo secreto, que conozco sin que nadie sospeche.

Con sus manos finas y largas, se tap el rostro descompuesto por el
dolor y murmur sofocando el grito de venganza que se alzaba en ella:

--Oh, mi Carmelo, mi Carmelo!

Don Julin tena, no obstante su aparente simplicidad, una larga
experiencia que le haca discreto y sagaz en sus consejos, y humano
por encima de todo, en cuanto se lo permitan sus rgidos principios
religiosos y morales.

Aquello que le confesaba la dama, no era todo misterio para l, que
haba husmeado el secreto que pesaba sobre ella en su propia esquivez,
y en la sombra reserva de Insa, cuando se comentaba la noche de la
revolucin, en que lo hirieron.

Conoca tambin los sueos de Gabriela, rotos por aquel matrimonio
sin amor, que fragu su padre, y alguna vez haba temido que la
desesperacin entrara en el espritu romntico de la joven, confinada
en el estrecho horizonte de la Casa de los Cuervos.

Pens tambin que Insa no era en realidad un criminal, sino un
combatiente que se defiende o ataca, sin odio y sin ms propsito que
la victoria para un ideal, y que habra sido injusto equiparar su culpa
a la de un hombre que hubiera muerto al marido para casarse con la
viuda.

--Cmo llegaron a usted los detalles de la muerte de su hijo y de su
yerno? Quin le cont? Hay muchos que lo sepan?--interrog el cura a
doa Carmen.

Y ella entonces le hizo el relato. En la noche del entierro en casa de
una parienta, un indio se acerc a contarle con toda reserva lo que sus
ojos haban visto. Nadie ms--le dijo--saba nada de aquello, y nadie
deba saberlo, era el nombre del que haba quitado la vida a Carmelo
Borja y a Braulio Jarque.

--Y ese indio quin era, y qu inters tena en decrselo a usted y en
callarlo a los otros?

--Era uno de los revolucionarios, que en los primeros momentos haba
pasado inadvertido, pero que deseaba ganarse mi voluntad para que
yo influyera ante el gobernador, mi pariente, si acaso llegaban a
prenderle.

No quera huir, porque haba desertado y los compaeros se vengaran;
conoca los secretos de la revolucin; haba presenciado la lucha de
Insa, y estaba resuelto a callar, pero que el capitn no lo castigara
si algn da se saba por l el horrendo secreto.

La madre sigui acumulando los detalles del relato que el indio le
hiciera, mientras don Julin pesaba en su conciencia el bien y el
mal que poda haber en esconder a todos el secreto que el acaso o la
providencia pona en sus manos, y dejar que las cosas siguieran sin
violencia su curso natural.

Cuando la dama se alz del reclinatorio en que haba hecho aquella
confesin que revolva todos sus dolores, su corazn estaba sometido a
lo que pudiera ser la voluntad de Dios.

Pero esa noche la soledad o el silencio, que envolva la casa dormida,
despert de nuevo en ella la rebelin que la palabra del cura haba
apagado. Escuchaba la voz de su hijo muerto, que clamaba por el crimen
que se iba a consumar, permitiendo aquel amor, y todo lo que en ella
haba de humano se sublevaba sintiendo aquel lamento, que turbaba su
sueo.

Se levant, por eso, y busc la calma de sus nervios pasendose en la
galera, donde la infinita quietud de la noche apenas turbada por el
rumor del agua del ro, volvi la paz a su espritu.

Y mientras ella paseaba, temblando de fro, creyendo a su hija dormida,
sta incorporada en su lecho, llena de espanto, vea por el postigo
abierto de la ventana pasar y repasar la sombra de su madre.

La haba sentido salir, y tuvo vergenza de hablarla, porque tambin
su conciencia era como un mar agitado, en que luchaban el nuevo amor,
con todas las fuerzas de su vida naciente, y el sentimiento de aquella
venganza que ella deba ejercer para acallar la voz de los muertos.

Oh, si su madre supiera--pensaba--que ella estaba a punto de doblarse
como una caa ante el huracn de la pasin!

Y volva a hostigarla aquella duda:

Ignoraba su madre lo que ella adivin esa maana? Si ignoraba, por
qu hua de su husped como si le horrorizara su vista? Y si saba,
por qu haba callado, por qu no se lleg hasta ella, para detenerla
al borde de este amor que era un crimen?

Con los ojos dilatados en la oscuridad, crispadas las manos sobre las
cobijas, estuvo un largo rato dudando si deba saltar de la cama, para
ir hacia su madre y pintarle su tortura.

A esa misma hora, otro pensamiento haca su misma dolorosa jornada.

Insa se haba acostado temprano, con el pretexto de su partida que
sera al alba, pero en realidad por no encontrarse ms con Gabriela,
cuyas palabras al anunciarle la llegada de Alarcn le quitaron toda
esperanza.

Antes pensaba con pena en el momento en que abandonara la Casa de los
Cuervos, para acompaar a sus amigos en la nueva campaa que se iba a
emprender. Y ahora, lo vea llegar como un alivio, y su partida era una
fuga, de aquellos lugares en que se haba encendido la primera ilusin
de su vida.

Se estremeca de horror ante la evidencia de que ella esa maana ley
en sus ojos la verdad que fu su pesadilla en sus horas de fiebre.
Cmo haba llegado a comprender ella la maldicin que pesaba sobre l?

Pero haba comprendido en efecto? Saba que era viuda por l, que no
tena hermano por l?

Revolva en su memoria todos los detalles de ese da, y serenbase
como un lago su alma atormentada, recordando que esa noche, despus de
la cena, al despedirse de Gabriela, mientras sus labios le temblaban,
balbuceando la despedida, ella lo envolvi en una profunda mirada
dolorida, que fu su primera confesin de amor.

En la insomne noche, parecale que los ojos luminosos dejaban caer
sobre l una apacible luz de perdn, porque haban comprendido que
era su destino, y no su voluntad, el que haba tejido aquella intriga
siniestra.

Ay! pero a esa intriga deba ella su libertad de amarle!

Alarcn hasta altas horas de la noche le estuvo relatando, en voz baja,
las circunstancias en que se preparaba la revolucin.

El gobierno estaba alerta como nunca, y deseoso de tomar represalias
que curasen de raz aquella perpetua zozobra en que le obligaban a
vivir.

Con la muerte inopinada de Jarque haba perdido todas las pruebas
con que hubiera podido caer sobre los cabecillas. Ni contra Cullen,
ni contra Montarn, ni contra ninguno de los conjurados que en la
noche del baile deban apresar a Iriondo y a Bayo, se pudo probar
nada en concreto. Ellos mismos, al ver cmo Iriondo escap de las
manos de Insa, invirtindose los papeles y teniendo ste que huir,
permanecieron quietos, en una actitud que poda ser sospechosa para
los que posean los hilos de la conjuracin, pero que no tena nada de
hostil contra los hombres del gobierno, que aguardaron en la casa de
Montarn, llena de tropa, el fin de la refriega que se libraba en la
plaza.

La muerte de Jarque, el adversario ms temible que tenan los
opositores, alentles a vengar cuanto antes aquella derrota, y
sigilosamente, aleccionados por la experiencia de sucesos, en cuanto
recibieron noticias de que Insa viva, empezaron los preparativos de
la nueva revolucin que haba de terminar sangrientamente en la batalla
de los Cachos.

Oyendo a Alarcn, Insa poda medir el cambio profundo que en esos das
se haba producido en l. Ya esas cosas parecanle sin sentido.

Qu le importaba a l quin gobernara, si el poder se le presentaba
como la ms estril de las vanidades?

Pensaba en su drama interior, cuyo desenlace no poda prever y senta
deseos de entrar en la accin, buscando en la lucha el reposo de su
corazn y de su conciencia atormentada.

Cuando Alarcn se durmi, compar la serenidad de aquel sueo, con
el suyo agitado por la fiebre de ese imposible amor. Y sin embargo,
los ojos de ella, que no podan haberle mentido, le haban hablado de
perdn.

Faltaba mucho an para el alba, cuando despert a su compaero para que
fuera a ensillar los caballos, que haban dejado en el corral de las
vacas a fin de tenerlos cerca.

Alarcn haba dormido sobre un apero de montar, y comenz sin ruido a
juntar las caronas, mientras Insa se vesta, precipitadamente, sin
decir una palabra, dejando traslucir en sus gestos la impaciencia de
aquella partida, que era como una fuga en medio de la noche.

Dominado por su propia voluntad imperiosa, ya no pensaba ms que en sus
amigos, en su deber, en la lucha.

Su pequea maleta pronta, abri la puerta que daba a la galera, y
sali antes que Alarcn. Encandilado por la luz de adentro, no vi la
sombra huraa de doa Carmen de Borja, que an se paseaba por all,
escabullndose hacia el comedor.

Lleg hasta el patio, cuya tierra endurecida, apenas mojaba el roco, y
sinti en la avenida de los eucaliptus el spero graznar de los gansos
que advertan su presencia.

Haca un fro intenso, mas no fu ese fro el que le hizo temblar,
corrindole por la mdula de los huesos. En la sombra siniestra de la
arboleda, a donde haba llegado, ansioso de movimiento, percibi el
susurro de las alas de uno de los cuervos, que pas rozando su cabeza.

Supersticioso como era tuvo miedo, aunque en la nueva aventura no poda
jugarse ms que la vida, que ya apenas le importaba. Para calmar sus
nervios, sintiendo pasos y creyendo que era Alarcn se ech a rer,
dispuesto a contarle el motivo de su pueril recelo.

Se volvi, y oy la voz de Gabriela que le hablaba en la sombra donde
apenas se vea su grcil figura.

--Se v?

--Oh, Gabriela! por qu ha venido?--respondi l, como un reproche,
estremecido de gratitud hasta el fondo de su alma.

--No le haba dicho adis--dijo ella con dulzura--y era de mal augurio
dejarlo partir as, como si huyera de la casa.

Insa se le acerc y le tom la pequea mano temblorosa.

--Es como una huda, en verdad...

--Y por qu?--interrog ella, vencida en su largo insomnio por el
amor, y resuelta a guardar su terrible secreto. Con tal que l no
supiera que ella saba de aquel abismo de sangre que les separaba, por
qu no haba de amarlo? Cmo poda l nunca sospechar que ella finga?

l le contestaba:

--Para qu haba de quedarme? Ayer le dije que a usted le deba la
primera ilusin de mi vida. Ahora...

--Ahora qu?--pregunt ella ansiosa, sintiendo que vacilaba y que
temblaban sus manos.

--Ahora esa ilusin se ha desvanecido. Mi vida no tiene sentido ya;
usted misma ayer me lo dijo, anuncindome la llegada de Alarcn. "Ha
venido el que esperaba para irse". No fu as?

--Ayer s, ayer fu as;--dijo con reprimida vehemencia la joven.--Hoy
no! hoy no! Por qu se ha de ir?

--Y por qu haba de quedarme?

Y ella en un relmpago de voluntad, sintiendo que l no hablara nunca,
desconfiando quizs de que ella hubiese penetrado su secreto:

--Si yo se lo pidiera...?

--Oh, Gabriela!

--Se quedara?

De nuevo sintise pasar el cuervo, echando sobre sus cabezas un viento
cargado de tufo salvaje. Pero ninguno de los dos tuvo miedo.

Ella dijo simplemente:

--Cuando vuelan los cuervos de noche es que alguien se acerca.

Despus hablaron, y la confesin del escondido amor brot con fuerza,
como una llama que disip en sus corazones el fro y la niebla de las
angustiosas horas pasadas.

Cuando volvi Alarcn trayendo los caballos, Jess haba llegado con un
farol, y alumbraba el sitio. Empezaron a ensillar. Insa hablaba con
Gabriela, en voz baja, mirando su rostro que la luz rojiza del farol
alumbraba como una de las estampas del oratorio.

Graznaron otra vez los gansos, y el ladrido de los perros confirm lo
que anunciara uno de los cuervos. Sintise la voz de un hombre que
deca:

--Manso, Batalln, Cuzco, soy yo, soy yo!--aplacando a los perros que
conocindole dejaron de ladrar.

Llegse l hasta el grupo, y Gabriela dijo:

--Es el ovejero.

Era un viejito descarnado, pequeo, gil an, vestido miserablemente,
con una vieja chaqueta azul de militar y un cuero de oveja sujeto a la
cintura con una huasca.

Salud con voz apagada y acercndose al capataz, que en ese momento
apareca, le cont en voz baja que esa noche haba llegado al rancho
donde l viva, a una legua de distancia, un hombre que pareca andaba
sobre el rastro del capitn Insa.

--Cmo es ese hombre?--pregunt Insa oyendo aquello.

--Aindiado, capitn; quizs indio de veras.

--Jos Golondrina--murmur Alarcn.

--Entonces habr que hacerle venir--dijo Insa.

Alarcn que cinchaba su caballo, dej el corren y se volvi hacia el
capitn.

--Ser mejor que no sepa donde estamos.

Lo dijo como para que Insa no ms lo oyera.

El ovejero continu:

--Por lo que me ha parecido entender, no es de los revolucionarios,
ms bien del gobierno. Entr en mi rancho, al anochecer; me pidi
carne y le d media pierna de oveja. Me dijo que era poco y me compr
un costillar. Sali para el monte, diciendo que iba a ponerlo en las
alforjas. Yo creo que no era as, y que alguien, que no quera dejarse
ver, lo esperaba all. Tal vez son varios los compaeros; el perro que
tengo ladr toda la noche, estando ya ese hombre en el rancho. Cuando
lo v dormido, me sal, y aqu estoy avisndoles y para lo que gusten
mandarme.

Hablaba despacio, con voz montona, pero se adivinaba en sus ojos
chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del
paisano, que lee las intenciones en la cara ms impasible.

Un momento Insa haba tenido la intencin de quedarse en la Casa
de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se vena a l, y
averiguar si doa Carmen de Borja, huraa con l, se negara a darle su
hija. Mas al or hablar al ovejero comprendi que el gobierno estaba
sobre su pista, y que Jos Golondrina serva sus planes. Tenan, sin
duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habra sido su
gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompaaba al indio, cedi
al pedido de Gabriela que mandaba ya en l, y resolvi huir, dejando
la promesa de volver y llevando la gran esperanza que ella haba
encendido en su corazn.

Y as, cuando estuvieron ensillados los caballos, bes la mano que
Gabriela le tenda, y con el capataz que haba de guiarles hasta
el vado, en donde estaba la canoa para pasar el ro, crecido an,
partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida
por la helada.

Gabriela sigui con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se
perdieron en la sombra.

Estaba prxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su rbol
al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el fro de la
madrugada, y al entrar en la galera, sinti Gabriela el susurro de las
alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro.




VI

Sobre las huellas de Insa


A pie, cruzando por los atajos del monte, en la niebla precursora del
alba, lleg or Basilio, el ovejero, al rancho en que viva solo, desde
haca veinte aos.

De lejos vi la llama del hogar, encendido por su husped de esa noche.
Cuando entr, halllo sentado sobre la osamenta de una cabeza de vaca,
atizando el fuego que arda sobre el suelo de tierra en medio del
rancho. En una "pava" de hierro, ennegrecida por el holln, empezaba a
calentarse el agua para el mate.

--Buenos das!--se dijeron sin mucha efusin.

or Basilio sac de un rincn una especie de morral de cuero, donde
guardaba la yerba y el azcar, tom el mate, vaciado de la yerba
vieja, y empez a cebar, tasando con escrpulo, los ingredientes del
rico desayuno. Era sumamente pobre, cuidaba de la majada a un tanto
por ciento en las cras, y slo cuando venda la lana de la esquila,
hacase de algn dinerillo para yerba y azcar. Tabaco no compraba;
cultivbalo l mismo en un cuadrito rodeado de ramillas para librarlo
de algunas gallinas que a esa hora empezaban a esponjarse, ante el da
que llegaba, en una ramadita a la vera del rancho.

Jos Golondrina, silencioso, sentado en la osamenta, miraba ir y venir
al ovejero que preparaba el mate. Lo vi ponerse en cluquillas al lado
del fuego, y coger la pava, que borbotaba con el hervor del agua, y
brindarle enseguida el primer mate.

--Srvase!

El indio, callado siempre, sorbi el contenido del mate, y al devolver
la pequea vasija, lustrada por los aos de uso, dijo a or Basilio con
una leve intencin:

--Yo soy madrugador, pero ust me gana.

--As parece,--contest el otro.

--Esa sendita que se ve entre las pajas, va a la Casa de los
Cuervos?--y sealaba una raya clara trazada en el pastizal.

--Tiene viaje para all?--interrog el viejo.

El indio movi la cabeza sin decir nada.

--Si quiere lo acompao para que no se pierda en el monte.

--No he de perderme--respondi Jos Golondrina.--Yo soy baqueano de
estos campos, aunque hace aos no vengo.

--Nunca lo vide por aqu--observ el ovejero, dndole otro mate.

El indio se puso de pie y sali del rancho. Afuera ya el alba iluminaba
el paisaje con su luz cenicienta.

Una bandada de patos "siririses", pas silbando por encima del rancho,
y Jos Golondrina se estremeci, porque era un buen cazador al vuelo.

--Qu tiro se ha perdido--dijo; mas no oy que or Basilio le
contestara nada. De cuando en cuando se miraban los dos, como si el uno
desconfiara del otro. Cuando se encontraba con los pequeos ojuelos
interrogadores del dueo del rancho, bajaba la cabeza, como si algo se
le hubiera cado.

--Voy a ensillar--dijo, concluyendo el tercer mate, que tom arrimado a
la puerta.

En ese momento, sobre la ntida raya del horizonte, sobre la infinita
llanura de la isla de enfrente, apareci el disco rojo del sol, y el
inmenso paisaje pareci vibrar herido por su luz.

El gallo cant batiendo ruidosamente las alas, y escarbando la tierra
dura como una arcilla quemada, frente a la puerta del rancho.

or Basilio sali con el mate en la mano, para espiar las andanzas de
su husped. Por lo que haba odo esa noche, el personaje no era de
mucha confianza.

Lo vi cruzar el pajonal, que ondulaba al sol, con reflejos plateados.
A lo lejos, a un tiro de fusil, en la orilla del monte, se vea el
caballo que dejara el indio, maneado y sin freno, para que paciera a su
gusto en la noche, alerta, relinchando al dueo que se le acercaba.

Jos Golondrina lo enfren, quitle la manea, y mont en pelo, para ir
hasta el rancho, en busca de su apero, que le sirvi de cama. Antes,
sin embargo, se intern en el monte, obscuro an con la sombra alargada
de los rboles.

--Va a avisar a los compaeros--pens el viejo.--Este hombre anda en
malas andanzas. Que Dios lo ayude.

Y se meti de nuevo en el rancho, satisfecho de haber llegado a
constatar que el indio no andaba solo.

Media hora despus, cuatro hombres a caballo, cruzaban el tupido
algarrobal, siguiendo un sendero abierto entre la hierba profusa, por
el paso de hacienda, en direccin a la Casa de los Cuervos.

Uno de ellos, Jos Golondrina, marchaba adelante de los otros,
sirvindoles de gua.

Eran dos soldados, sin otro distintivo que la gorra, el sable y
carabina, y un alfrez, jovencito y rubio, como un extranjero, embozado
en una capa de pao azul, con forro de bayeta roja, por debajo de cuyos
bordes apareca la extremidad de la espada.

--Dicen que es bonita la viuda de Jarque--djole sonriendo uno de los
hombres que marchaba a su lado.

El alfrez, que vena pensando en ello, alz la voz dirigindose a Jos
Golondrina, que apenas se volvi:

--Quin la conoce? Vos, indio?

--No, mi alfrez.

--Es lstima; podras darme datos.

Siguieron al trote, distinguindose del ruido sordo de los cascos en la
hierba ennegrecida por la helada de la noche, el ruido de los sables
que se golpeaban.

Jos Golondrina revolva sus viejas memorias. Pensaba en su tribu, en
su obscuro destino, en su fortuna, si aquel hombre, que iban a buscar
mora.

Haba hablado con el gobernador Bayo en la ciudad, y sin confiarle el
motivo de su odio, habase hecho el eje de la persecucin del gobierno
contra Insa, de cuya existencia tenan ya indicios seguros.

En la noche de la revolucin, l, que hiciera fuego sobre su jefe,
debi huir y refugiarse en la primera casa, cuyas tapias pudo saltar,
para escapar a la saa de los milicianos vencedores, que pasaban
sableando a los revolucionarios fugitivos.

Aquella casa era de los parientes que dieron hospedaje a doa Carmen de
Borja, cuando lleg de la estancia para enterrar a su hijo, que all
se vel.

En el tumulto de la gente que acudi el primer da, pas el indio
inadvertido, pero despus lo apresaron, y entonces aprovechando la
circunstancia de conocer el secreto de la muerte de Carmelo Borja, por
lo que oyera la noche de la revolucin, logr hablar con su madre,
y revelselo, y en cambio de aquella revelacin que haba de ser la
pesadilla de la infeliz mujer, le pidi que hablara a Bayo en su
nombre, para que le dejaran libre.

Cuatro das pas en un calabozo, con las piernas en la barra de
grillos, solo, temblando de fro, cuando una maana, el gobernador en
persona, lleg hasta su prisin deseoso de hablarle.

Sabase de la muerte de Insa, mas no se haba dado an con su cadver,
por lo cual, Jos Golondrina, que era desconfiado y astuto, tuvo la
sospecha de que haba escapado vivo de sus perseguidores, para quienes
la noticia de que haban logrado concluir con el temido caudillo fu
ocasin de un premio.

--No debe haber muerto--dijo el indio al Gobernador, que le escuchaba
de pie, junto a la barra de grillos.--Si el seor quiere, yo dar con
l.

--Si est vivo--contest Bayo.--Y si est muerto?

--Dar lo mismo con su cuerpo.

El aire sombro e inteligente del preso, interes a Bayo, que lo mand
poner en libertad, y le encarg de la pesquisa.

Con una patrulla recorri Jos Golondrina el ro, la laguna, los
sauzales de las islas, y lleg hasta la Casa de los Cuervos, cuando
Insa estaba all, luchando an con la muerte.

Doa Carmen de Borja habl con el indio, disipando su sospecha, y l
la crey porque nunca habra imaginado que aquella mujer que tena los
ojos enrojecidos de llorar a su hijo, escondiera en su misma casa al
matador.

Algunos das despus Jos Golondrina, de quien el gobernador Bayo no
estaba muy satisfecho, entr en la casa de Montarn, como pen para los
servicios pesados, partir lea, traer agua del ro, cuidar la huerta.
Nadie saba all de dnde vena: cont una historia y le creyeron.

Era sumiso y callado e inspiraba confianza, y l, poco a poco,
atisbando con astucia, se enteraba de algunos importantes secretos que
a nadie confiaba, mientras no llegara la hora.

Don Patricio Cullen iba con escasa frecuencia, mas conocase que la
relacin era estrecha y cultivada entre Montarn y l. Jos Golondrina
ms de una vez llev mensajes de ste, que ahorraban una visita.

A ninguno de los dos les haba desengaado el fracaso. Por el
contrario, su pasin poltica se exacerb ante la derrota, y
aprovechando las nuevas circunstancias, en que la muerte de Jarque
dejaba las cosas, no bien recibieron noticias de que Insa viva,
empezaron a tramar una nueva revolucin.

Jos Golondrina segua de cerca la conjuracin. As tuvo noticias de
Insa, aunque no lleg a saber cul era su paradero.

Y fu entonces cuando la astucia del indio le procur el ms eficaz de
sus colaboradores, para aquella empresa de odio que tramaba.

Syra permaneca en casa de sus padres, aunque en los primeros das
huyera de ella. Mas no tena trato con nadie. Aislada, voluntariamente,
en su cuarto, dejaba correr su vida en una sombra tristeza, llena de
rencor y guardando en su alma apasionada la memoria del muerto, cuya
sangre, en su traje de baile, que sola ponerse a solas, le peda
venganza.

El indio se enter de la historia de la joven, y vi que podra hacerla
servir admirablemente sus planes, sin que lo advirtiera, y empez a
rondar en su cercana para que le tomara apego.

As estaban las cosas, cuando un da, Cullen en una visita a Montarn,
dej escapar el nombre de la Casa de los Cuervos, en momentos en que se
acercaba el indio, que les serva el mate. Por el tono de la voz, por
la alarma que pareci causarles el que alguien hubiera odo aquello,
comprendi Jos Golondrina que doa Carmen de Borja le haba engaado
cuando l fu a la Casa de los Cuervos en busca del capitn.

Y resolvi ir otra vez. Sali esa noche de la casa de Montarn, sin ser
visto, y fu a ver a Bayo, y le prometi de nuevo dar con el paradero
del perseguido caudillo, el nico de los jefes de la revolucin contra
el cual poda hacerse un proceso que cortara para siempre en l la
vocacin revolucionaria.

Bayo, que viva intranquilo, rodeado de enemigos, contra los cuales no
tena pruebas, acept la propuesta del indio, y mand con l aquellos
tres hombres que pasaron la noche en las cercanas del rancho de or
Basilio.

El sendero que seguan por entre el monte lleg pronto al baado, que
se extenda a mitad del camino entre el rancho del ovejero y la Casa de
los Cuervos. Cuando llegaron all, se lanzaron al galope, el alfrez y
sus dos hombres adelante, el indio Jos detrs, mirando con ojo experto
los campos y las haciendas que hallaban al paso.

De pronto di un grito. En el baado, entre la caballada que paca las
hierbas altas y frescas, nacidas en aquel suelo empapado, divis el
caballo de Insa, el mismo en que huy la noche de la revolucin, un
tostado magnfico, de largas clinas, descarnado y musculoso, que su
dueo al partir esa noche haba dejado en la estancia a fin de tenerlo
cerca de la ciudad, para la prxima campaa.

Crey que era eso seal evidente de que el capitn estaba all, y como
los hombres que galopaban adelante no se hubieran dado cuenta de su
exclamacin, no dijo nada, y llegaron as a la Casa de los Cuervos.

La irrupcin de aquellos cuatro hombres armados en el patio de los
eucaliptus, provoc grande alarma. Ladraron violentamente los perros,
los sirvientes corrieron adentro, en busca del ama, que sali al rato,
cuando ya el alfrez haba echado pie a tierra ahuyentando los canes a
rebencazos, como dueo y seor de la morada.

El gesto severo de doa Carmen de Borja le impuso mayor respeto. Habl,
no obstante, con altanera:

--Venamos en busca de Francisco Insa.

--Aqu no est--respondi secamente la dama.

--El gobierno sabe que aqu se esconde.

--Se equivoca el gobierno.

--Tiene denuncias, seora.

--Lo han engaado.

Apareci Gabriela en ese momento, al lado de su madre, asustada ante
aquella violencia, por la suerte del hombre que amaba, y a quien podan
an perseguir y alcanzar en el campo.

--Mama! que registren, que pierdan tiempo--dijo hablando al odo a
doa Carmen.

El alfrez, al ver a Gabriela, haba cambiado de actitud y se
aproximaba almibarado y lleno de disculpas:

--Quizs sea as, seora; pero esas denuncias lo obligan a proceder en
esta forma, y yo no podra evitarlo.

Haba llegado hasta la galera, donde estaban ambas mujeres, de pie,
cuando Jos Golondrina, que estudiaba vidamente la cara ansiosa de
Gabriela, se acerc bruscamente, y dijo con sonrisa maligna:

--Mi alfrez, diga usted que hemos visto el caballo del capitn
comiendo en el baado.

La joven junt las manos llena de angustia, creyendo que Insa se
hubiera detenido en el monte con algn propsito que no sospechaba, y
hubiera soltado su caballo.

Pero el indio explic, mirndola siempre con una mirada que le entraba
en el alma como una hoja fra:

--El tostado malacara; lo acabo de ver yo, que lo conozco bien.

El indio vi animarse las facciones de Gabriela, y pens que aquella
hermosa mujer habra sido una reina digna para su tribu, si algn da
se cumpla la palabra de la adivina.

--Mama, que registren--dijo Gabriela.

--Vos, Jos Golondrina--observ duramente doa Carmen--ya has venido a
mi casa en busca de lo mismo: qu hallaste?

--Su merced disculpe--respondi el indio, bajando al suelo sus ojos
obscuros y maliciosos;--yo era mandado entonces y ahora. Me dicen que
busque y busco.

Ech pie a tierra, sonndole el sable y las espuelas de anchas rodajas
de plata. Un poncho de lana gruesa le cubra, arrastrando los flecos.

El alfrez habra deseado quedar bien con aquella familia por merecer
de Gabriela una buena palabra que algn da le sirviera para tornar a
la casa. Pero aquel indio, mal dispuesto, poda perderle, y se resolvi
a ordenar el registro.

--Es un nuevo agravio que se me hace--protest doa Carmen de Borja--y
yo me quejar a mi primo el Gobernador.

--l lo ha ordenado--observ el indio.

--Miserable!--contestle ella en secreto, de modo que slo l la
oyera--yo te salv de la barra, y es la segunda vez que asaltan mi
casa, por denuncias tuyas.

El indio sonri y pas la puerta que le abran para comenzar el
registro.

En el cuarto, frente al rbol de los cuervos donde hasta el da
antes estuviera Insa, hall a Gabriela, que hua del alfrez cuyas
insinuantes miradas le sublevaban.

--No lo hallarn--dijo la joven con ira--porque no est aqu.

Jos Golondrina que registraba los rincones, se volvi a ella, y le
dijo espiando su actitud:

--Mejor para l!

--Por qu? Yo no lo conozco, pero s que sabra defenderse, porque es
un hombre valiente.

--Peor para l, entonces, porque tendramos que matarle.

Gabriela se inmut.

--Esa es la orden--dijo el indio observando aquella impresin.

--Oh!--exclam la joven intensamente plida:--Es posible que se den
esas rdenes?

Jos Golondrina sonri y Gabriela comprendi, por la malevolencia de
su sonrisa, que haba adivinado el secreto de su alma. Se quedaron
silenciosos un instante: ella senta crecer la angustia de su corazn,
ante la mirada penetrante de aquel hombre, mas no se atreva a
alejarse, por miedo de provocar su encono. Habra deseado, por el
contrario, hallar una palabra que aplacara su odio contra el hombre que
ella amaba.

--Por qu lo persiguen?--se anim a decir.

El indio no respondi, sigui sonriendo, con amarga irona.

--Le ha hecho a usted algn mal?--insisti la joven.

l contest que no, moviendo la cabeza, y sonriendo siempre.

--Entonces, por qu lo odia y quiere matarle?

El indio habl despacio, con indefinible tristeza en la voz:

--Por qu si no lo conoce lo defiende? No comprende que los hombres
que la sigan y la vean como yo, van a odiarlo a l, slo porque usted
parece enamorada?

Gabriela tembl. Lo amaba tanto en verdad que ya hasta los ojos
extraos adivinaban su amor?

Jos Golondrina se acerc a ella:

--No ve, nia, que quien la vea la ha de querer y se ha de poner
celoso de que usted lo defienda?

Haba desaparecido de sus torvas facciones el gesto que haca
desconfiar de l, y slo se notaba la emocin con que deca algo que
era como una confesin de amor.

Gabriela, que tema al indio, por Insa ms que por ella, an
aterrorizada por aquella palabra, no quiso alejarse, y oy al indio que
le dijo:

--Es la tercera ocasin que me llego a esta casa, y no es la primera
vez que la veo. No sabe, nia, que un hombre puede llegar a querer con
slo una vez que encuentre a una mujer?

--No hable as--respondile Gabriela acercndose a la puerta;--le dir
al alfrez que usted ha venido no a buscar a un revolucionario sino a
conquistar a una mujer.

Jos Golondrina volvi a sonrer.

--Tambin l hubiera hecho lo mismo si la hubiera visto como yo
pidiendo perdn por un hombre que no es su marido...

--Yo no he pedido perdn!

--Ni su hermano...

--Yo no he pedido perdn para l que es valiente--protest Gabriela,
temiendo que el indio aludiendo a su marido y a su hermano, quisiera
hacerle saber que conoca quin les haba dado muerte. Se sintieron
pasos en la pieza vecina.

El indio se le acerc; ella fu a abrir la puerta; pero l con un gesto
la detuvo y le dijo:

--No tenga miedo de m.

--No, no tengo,--respondi ella con orgullo--no tengo miedo de nadie!

--Ni por usted ni por l...

Oy apenas la palabra, mas se inflam la esperanza de que si ganaba el
corazn de aquel hombre, pudiera proteger mejor la vida de Insa en
peligro.

--Ni por l--repiti el indio mirndola fijamente, como si con la
respuesta que ella iba a dar con su palabra o con sus acciones,
pendiera toda su suerte.

Y cuando ella, sin hablar, mostr en sus ojos cunto le complaca
la seguridad que l le brindaba, y cunto amaba al caudillo
revolucionario, el indio se ech a rer con amargura, como si al
aduearse del secreto de ella, se esfumara su propia esperanza. Alarg
la mano obscura y nerviosa y la cogi con fuerza de un brazo.

Ella grit. l cerr con violencia la puerta que ella abriera, y le
dijo al odo, quemndola con su aliento:

--Est enamorada, enamorada de l! Qu miseria! No sabe que l...?

Llena de miedo y de horror Gabriela se ech atrs a tiempo que se abra
la puerta y entraba don Julin, el cura, como un ventarrn atrado por
el grito de ella.

Sonaron dos bofetadas.

--Miserable!--rugi el cura.

El indio, doblegado por aquel brazo hercleo que se abata sobre l,
solt a Gabriela, y se incorpor, con el odio pintado en el rostro
crdeno como un verdugn.

Le temblaron los labios, descoloridos: no pudo hablar, y slo cuando
sali de la pieza, logr dominar su clera salvaje, y dijo sordamente
volvindose al cura, que atenda a Gabriela, desmayada en el suelo:

--Ah, la mala mujer! Yo ser la venganza de ellos, y ella ser mi
esclava... Nadie le oy; por toda la casa circulaban los soldados
registrando minuciosamente los ltimos rincones para dar con el
caudillo.

En el patio, doa Carmen de Borja contestaba con dureza las preguntas
del alfrez.

Un instante le azot el alma el recuerdo de su hijo muerto por el
hombre sobre cuyos pasos poda ella poner a la justicia que lo
persegua. Pero fu un aletazo negro, como el que en la noche
siniestra de la revolucin, le anunci su desgracia.

Cuando los soldados partieron desengaados, despus de registrar la
casa, la silueta severa de la dama qued un rato en el mismo sitio,
mirndolos alejarse.

--Dios mo, qu horror!--exclam entrndose.--Yo lo perdono y ella lo
ama!




TERCERA PARTE




I

En la casa de Bayo


Jarque se haba llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafn
Aldabas, en cuya escuela se reunan, los conjurados, para la revolucin
de Marzo. Y a esa discrecin, impuesta por la muerte, debi sin duda el
maestro, el que no se suprimiera la modesta pensin del gobierno, que
le haca vivir.

Pero los apuros del erario provincial agravronse hacia mediados del
ao 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el
msero don Serafn crecer su deuda en el boliche del cataln.

Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Caf del Plata, frente
a la plaza 25 de Mayo, tena dos alumnas, a quienes daba lecciones a
domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situacin de
maestro otorgbale crdito en el negocio, lo que le permita sacar
al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuando su
Rosarito le sonrea, advirtindole que estaban obligados a vivir de
"mazamorra" hasta que Dios quisiera.

Ocurra, sin embargo, un fenmeno, causa de hondas preocupaciones para
el inocente maestro de escuela.

El Caf del Plata era el nidal de los opositores.

En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galera de tejas,
sombreado por hermosos naranjos, que le daban ms carcter nacional
que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueo haba
adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que
buscaban en aquellas tertulias una ocasin de hablar mal contra los
hombres del Cabildo.

La oposicin al gobierno de don Servando Bayo, detrs del cual se
notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo,
haba agrupado a las familias ms distinguidas de Santa Fe, en torno
de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres
de convicciones catlicas, predominaba una tendencia contraria, que
justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha
poltica.

El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo,
donde se impona la figura de Iriondo, seductora y enrgica.

Don Serafn haba observado que cuando sus angustias crecan, porque no
le pagaban la pensin, aumentaba su crdito en el Caf del Plata. Ms,
parecale haber observado, tambin, que se agravaron grandemente las
dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada
a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador.

De donde para el maestro surga un formidable problema: aqullos no me
pagan, porque stos me ayudan, o me ayudan stos porque aqullos no me
pagan?

Cada tarde al entrar al caf, por la sala de la calle que cruzaba
con paso blando y presuroso, como para que si haba algn espa
comprendiera que l no era un conspirador, proponase el mismo
problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volva a guardarlo,
resignado a su confusin.

Anclado as de proa y de popa, segua viviendo msera y apaciblemente,
sin otro horizonte que su escuela ni ms ilusiones que sonrer a
Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jams desmentan sus sonrisas.

Ah, su hija! cmo haba sabido acolchar su miseria para hacrsela
amable. Por ella viva y para ella quera vivir, sin saber bien qu
poda hacer l para hacerla feliz.

Un da estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente.

Fu cuando se recibi en la ciudad la noticia de la muerte de Insa.
Cmo llor su nia! Al alba del da siguiente, la vi salir enlutada,
en direccin a la iglesia de los jesutas, donde, segn le contaron,
pas una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros.

Cuando volvi, ella le dijo:

--Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto.

--Quin te lo ha dicho?

--Nadie; lo s yo, que no creer en su muerte mientras no vea su cuerpo.

Su padre movi la cabeza.

--Todos lo dicen, sin embargo,--murmur tristemente, deseoso de no
desengaarla ni de halagar su ilusin.

Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospech que su hija
estaba enamorada, y se llen de pena, porque era justamente ese amor el
ideal que vena cultivando en el secreto de su corazn, como el nico
medio de asegurar el porvenir de su hija.

Y ahora lo vea hundirse, sin que l hubiera tenido tiempo ni
resolucin de confiarlo a nadie.

Diez das pasaron as, bajo la angustiosa incertidumbre. La conviccin
de su hija le lleg a contagiar, y tambin l dud de la muerte de su
sobrino, hasta que un da, un mensaje de l, con todo misterio, les
mostr que, en verdad, el corazn de Rosarito no haba mentido.

Ms tarde se divulg en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos
saban, que Insa no haba muerto.

Hacia fines de Junio, sala una vez del Caf del Plata, despus de su
leccin, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los das
de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del spero
viento del Sur, alguien le tom del brazo y le arrastr en direccin
opuesta a la de su casa.

Lleno de sorpresa, no distingui en un principio ms que una alta
figura negra, pero conoci quin era en cuanto le habl, despus de
alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el
mezquino farol del caf.

--Ilustrsimo doctor Zavalla!

--No me ponga motes, don Serafn, no soy obispo.

--Seor Cannigo!

--No soy cannigo!

--Seor...!

Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba
a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshaca en
cortesas ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres
ms poderosos de la situacin.

Haban recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y
los hombres del gobierno comprendan que vivan sobre un volcn.

Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un
vasto complot. Don Patricio Cullen haba abandonado repentinamente la
ciudad, dbasele como residente en su estancia "Los Algarrobos", donde
en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundacin, estaba el
foco de las fuerzas con que poda contar para todo movimiento.

El gobierno saba esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que
rodeaba el paradero de Insa, el ms bravo y audaz de los jefes
revolucionarios.

Sealbase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno
que lo persegua para enjuiciarlo por la revolucin de Marzo, destacaba
una partida en su busca, sabase que haba pasado como una exhalacin a
Entre Ros o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores.

Haca un mes, sin embargo, que se le haba perdido la pista. No se
tena el ms leve indicio de su paso. Ignorbase si estaba cerca o
lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Poda,
y eran sospechas vehementes de la polica, estar oculto en la misma
ciudad, en cuyo caso deba vivir con el arma al brazo, considerando
inminente la revolucin.

Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunin; en
la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del
gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y all, con todo misterio,
se discutan y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de
polica, don Manuel Echage.

Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba
presuroso don Manuel Mara Zavalla, embozado en su lujoso manteo,
debajo de cuyos pliegues elegantes no habra nadie extraado que
apareciera la contera de una espada.

Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus
arrestos, tuvo la inspiracin de torcer su camino a fin de pasar por la
vereda misma del Caf del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar
algo y aun atrado por el peligro de algn incidente con cualquiera de
sus adversarios.

Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro
faroles de las esquinas, que parecan ms bien espesar la obscuridad de
una noche sin estrellas.

Al enfrentar al caf, en cuyo interior sentase el pacfico
chasquido de las bolas de billar, vi salir a don Serafn Aldabas,
cuyo parentesco y amistad con Insa record al momento, hacindole
interesante el inofensivo personaje.

Lo tom del brazo y le habl como si de tiempo atrs hubiera estado
buscando la ocasin de encontrarle.

--Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafn.

El maestro alz los brazos, clamando al cielo.

Su capa batida por el viento se arranc de sus hombros y cay hacia
abajo. Zavalla se ech a rer, porque le vino a la mente el recuerdo
de Frin, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la
acusacin que le enrostraban.

Ayudle a arrebozarse de nuevo y sigui caminando a prisa, agarrado a
su brazo.

--Si es mentira eso, como lo he credo siempre, y si no tiene apuro,
vngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que
hablarle del subsidio de su escuela...

--Oh, seor don Manuel Mara!

--Y de su hija Rosarito... no es mi ahijada?

--En efecto, seor don Manuel...

Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres
escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entr sin llamar a
una de las piezas laterales del ancho zagun, iluminado apenas por un
gran farol de hierro, pendiente del techo.

La pieza estaba desierta. Zavalla se sent en el sof, arreglndose
los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente
arrebujado.

Sobre una mesa redonda de mrmol, con rojo pie de caoba, que estaba en
el centro, ardan cuatro velas de esperma en un candelabro de plata.

En la pieza contigua sentanse voces de hombre. Alguien que hablaba
acaloradamente con voz timbrada y varonil que pareca que pudiera orse
desde la calle a travs de las gruesas maderas de las puertas, al
notar la presencia del recin llegado se call y se asom hasta donde
acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafn.

Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo.

Salud muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese
una sea para que los dejara solos, se volvi, mientras don Serafn de
pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintise de nuevo su voz,
ms discreta. Escuchbasele con profunda atencin, pues siendo varios
los que all estaban, slo hablaba l, mas sus palabras no se perciban
desde el rincn donde el maestro dedicaba toda su atencin a lo que le
iba diciendo Zavalla.

--Andan bien sus negocios, don Serafn? Con seguridad que el gobierno
le adeuda algunos meses...

--Doce!...--suspir el pedagogo.

Zavalla hizo un gesto de desaprobacin.

--No est bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de
usted...

Hizo una pausa llena de intencin, mirando en las pupilas a su
interlocutor, que maquinalmente sac su reloj y se puso a darle cuerda.

--Son calumnias, seor don Manuel!--exclam con un hilo de voz.--Si no
fueran esas lecciones que doy en el Caf del Plata, me habra muerto de
hambre ya.

--Bueno, lo creo. Lo esencial es que est vivo hasta ahora. Yo mismo
hablar hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le
aumenten la subvencin.

Don Serafn se acord de Jarque, y sonri con amargura. Con que se la
pagaran sera bastante...

--Me espera un minuto?--djole de pronto Zavalla, como si acabara de
tener una inspiracin.

Se levant, dejando sentado al maestro, y fu hacia la pieza vecina,
cuya puerta haban cerrado.

Don Serafn mir su magnfico reloj.

--Las siete! qu dir Rosarito de mi tardanza?

Era tan medida la existencia de Don Serafn, que cinco minutos de
retraso en volver a su casa, alarmaban a la nia, la que sospechaba
toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tmido
como un nio.

Pasado un rato, Zavalla volvi agitando un papel, cuya escritura fresca
tema borronear.

--Con esto, maana, podr cobrar sus doce meses atrasados.

Don Serafn di un salto.

--Los doce meses!--exclam, calculando que al da siguiente sera
poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe.

--S, los doce... Me he engaado? era difcil, porque el erario anda
flojo, pero hice valer un supremo argumento.

El maestro enarc las cejas, ponindose de pie al lado de su
interlocutor que se agach, murmurndole al odo:

--Le dije que necesitaba plata para el casamiento.

--El casamiento? Qu casamiento?

Zavalla lo mir con una benvola sonrisa.

--A m, que soy su padrino, me lo oculta?

--No comprendo!--balbuce don Serafn, echando mano al reloj, como en
todas sus sorpresas.

--Pero, don Serafn, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se
casa..

--Que Rosarito se casa?--interrog en el colmo de la estupefaccin el
maestro.--Con quin dicen que se casa?

--Con Insa, con Francisco Insa, que ha venido a eso, a casarse...

El maestro sonri con tristeza, deshecha su ilusin.

--No es verdad--dijo sacudiendo la cabeza.--Francisco no ha venido.

Y entonces Zavalla, simulando una gran sorpresa, exclam:

--Que no ha venido Francisco? Y entonces dnde est?

Don Serafn recapacit un segundo, bajo la mirada inquisidora de
Zavalla.

--En lo de doa Carmen de Borja, respondi.

--En la Casa de los Cuervos? All estuvo, pero ahora...

--Ahora, ahora est all.

Cuando don Serafn, exultante de alegra, lleg un rato despus a su
casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le cont la escena,
y le ense el papel que al da siguiente se trocara en dinero y
le refiri lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba plida,
sospechando alguna intriga, junt las manos:

--Oh, tata! por qu le dijo dnde estaba Francisco?

Y slo entonces comprendi el msero don Serafn que haba cado en una
hbil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependa la
suerte de la revolucin.

Insa, en verdad, haba vuelto y haca un mes que se mantena oculto
en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que saban su
paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el
gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doa Carmen de Borja,
haba resuelto que no se la molestase ms, ya que era intil.

El caudillo, desde all, al habla con los dos o tres que tenan los
hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que deba
producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus
montoneros.

Rosarito comprendi todo el alcance de la indiscrecin de su padre.
Ella conoca la Casa de los Cuervos, pues el ao antes, en las
vacaciones, Jarque los haba llevado a los dos, por una breve
temporada.

Sentse junto a la mesa, sobre la cual arda un humoso veln, cuya
vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza,
que apareca ms grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno
sobre su rostro inteligente.

Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solucin que
ella le sugiriera.

--Tata--le dijo--si no se le avisa antes de maana, lo habrn puesto
preso. Lo buscan para enjuiciarlo; adems quieren tenerlo en seguro
para impedir la revolucin.

Don Serafn asinti con la cabeza y continu callado.

--Esta noche mismo yo me ir a la Casa de los Cuervos, y le avisar
para que huya.

Se par, y su rostro qued en la sombra, donde lucan sus ojos, como si
estuvieran iluminados por la sola luz de su alma.

--Vas a ir?--gimi el maestro, que jams se haba separado de su hija.

--S, tata. Tenemos que salvarlo, y slo yo puedo ir hoy mismo. Algn
canoero me llevar. Antes del alba; saliendo ahora habr pasado la
laguna, y en dos o tres horas ms estaremos en la Casa de los Cuervos.
Ningn piquete que no salga enseguida, podra adelantrseme. Si Dios
me ayuda as lo salvaremos.

Don Serafn agach la cabeza resignado. La nia se envolvi en su
manto y se fu a la barraca de Fosco donde podran informarle sobre un
canoero de confianza.

Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de nimas, y
aquellas campanadas lgubres vibraron como si tocaran en su corazn,
anuncindole prximas desgracias.

Se estremeci de terror, y para vencer su miedo, se santigu y ech a
correr.




II

El aviso


La tarde cay como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas
sobre el ro dormido, sin una arruga entre las inmviles carrizas,
sobre el alma de la nia, que se llen de tristeza, viendo morir el
ltimo da en que an pudo guardar su ilusin.

Esa maana, al rayar el alba, haba llegado, en efecto, a la Casa de
los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes
que nadie, tuvo que ayudar al canoero.

La travesa de la laguna habanla hecho, siguiendo la costa, con un
buen viento que hinchaba alegremente la vela.

De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un
golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcacin. sta a veces
tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a
veces la pala se hunda toda entera, y el canoero se quedaba tranquilo
por un rato.

Rosarito al pie del mstil, arrebozada en un manto obscuro, temblando
de fro y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta
napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas
negras contra las bordas de la canoa.

Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfl. El viento
calmaba, y all apenas se senta, resguardado el lugar por los tupidos
sauzales de las orillas.

El canoero dej la pala y tom el botador.

--Ust, nia, si puede, aydeme con la pala, de proa.

Fueron las primeras palabras que pronunci. Pareca haber hecho dormido
el viaje hasta entonces. Rosarito obedeci, sin darse cuenta de cul
poda ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero rem con bro,
desentumecindose con el ejercicio, sintindose luego jadeante, pero
decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se
descorazonara en la extraa aventura.

No le haba preguntado por qu viajaba de noche y sola. En aquellos
tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendan informarse
de las cosas que no les ataan, por raras que le pareciesen.

Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tena derecho de
quejarse, cuando aquella nia se mostraba infatigable y valiente.

Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuticas rozaban la
borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia
hmeda y fra, por el roco, en la mano de Rosarito, que se estremeca
a su contacto.

La barca deslizbase dejando una estela en que se quebraba la luz
de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la
cercana del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel
ruido montono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de
los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el
pensamiento de la nia.

Dej la pala y se sent sobre el taco de proa. El manto que le cubra
la espalda, caa fuera de la borda, mojndose una punta.

--Estoy cansada--dijo, como una disculpa.

--Ya me pareca que as haba de ser--contest el canoero dando un
empelln ms fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por l y
no por ella.

Rosarito se adormeci temblando de fro, al dejar el violento ejercicio.

Ya no tena miedo, ni del hombre que le acompaaba, ni de la noche que
le envolva, ni de las hierbas hmedas que le besaban la mano al pasar,
con el contacto viscoso de una vbora o de un sapo. Una gran ilusin
se levantaba en su corazn, como el lucero que en ese momento anunciaba
el alba...

Cuando ella fuera hasta "l" y le dijera que haba hecho aquel viaje
descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que deba
huir, l, sin que ella hablara ms, comprendera su amor y adivinara
el temple de su carcter, que la haca digna de ser la mujer de un
caudillo.

Pero en verdad, comprendera l que ella lo amaba, que lo haba amado
siempre?

Sinti en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las
descargas de los soldados que se batan en la plaza, ella crey morir.
Por qu la haba besado antes de ir al combate si no era para decirle
que tambin l la amaba?

Su ensueo dur hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la
ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora.

El canoero, que conoca el lugar, dijo:

--Aqu es.

Y Rosarito se levant de golpe, pensando que poda hallar a Insa al
saltar a tierra.

Todo el campo apareca como sembrado de sal, y ms que en el fro,
mostrbase el invierno en la ausencia de los pjaros, y en el gran
silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya.

Slo en las casas sentase el ruido que haca un pen, martillando un
freno, que se haba doblado; y en la isla de enfrente la algaraba
spera de las gallinetas y de los chajs, que saludaban al nuevo sol
que empezaba a salir.

Lleg el capataz, al or ladrar los perros, y Rosarito pregunt por
Insa, y tuvo que explicarle de qu se trataba, para que el desconfiado
campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella
vi los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos,
posados en el suelo, devoraban su racin de la maana, antes de salir
al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sinti
el viento y el tufo que arrojaban sus alas.

No pens en nada triste, porque all estaba Insa, que la habl,
inmensamente sorprendido de verla.

--Qu hay?

Y ella le cont. Y l quiso ver entonces la canoa en que haba venido,
y fueron los dos hasta la orilla del ro, y bajaron la barranca. Ya no
estaba el canoero, que haba ido hasta las casas con el capataz, pero
la pequea embarcacin, con la proa en tierra, pareca reposar de su
larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua.

Insa comprendi la suma de valor y de destreza que haba gastado
la nia en su aventura. Se volvi a ella, que estaba a su lado,
estremecida, esperando aquella palabra con que haba venido soando.

Mas no la dijo. Le apret la mano.

--Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarn.

Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y
desencantada; l contndole a grandes rasgos lo que poda decirse de
la revolucin que preparaban, y que estaba fijada para algunos das
despus.

Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro
empez a comprender qu sortilegio haba apresado aquella alma errante,
que ella persegua con amor haca tantos aos.

En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcn
ensill los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vi a Insa
apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombra
a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus
troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad.

No pudo esconder sus lgrimas, cuando los vi venir. Pens que l la
habra besado, como en aquella noche inolvidable en que l le rob un
beso para que le sirviera de talismn en la batalla.

--Por qu lloras, Rosarito?--le pregunt l, subiendo a caballo.--No
hay peligro para m; no se ha fundido la bala que ha de matarme...

--Que Dios te bendiga!--le dijo, como una madre o como una hermana.

l parti al galope seguido de Alarcn. Gabriela se haba entrado. La
silueta severa de doa Carmen de Borja, que un momento se pintara en
la galera, baada de sol, desapareci como una sombra.

Cumplida su misin Rosarito pens volverse, mas no la dejaron,
hacindola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba
el ro, la vea pasar en canoa, adivinara que ella haba sido la
mensajera, y expondra a su padre a persecuciones o venganzas.

Hara mejor en aguardar dos o tres das antes de partir, y entonces se
ira en volanta, lo cual se prestara a menos sospechas.

Accedi, y esa tarde fu sola hasta la barranca, a despedir el canoero
que se volva, y cuando l parti, ella se qued mirando cmo se
entraba aquel sol que esa maana vi salir, con una extrema ilusin.

A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombra. El grito de
una lechuza, a la puerta de su cueva, rompa el gran silencio, apenas
turbado por el melanclico rumor del ro.

Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol pareca un enorme sello
de lacre, que tea el cielo con un reflejo crdeno.

Callaba el viento, que durante todo el da haba silbado en los duros
espartillos del campo, pero a ratos la brisa del ro, con un fro
aletazo, haca temblar a la nia, que miraba las cosas, poniendo en
cada una un poco de su tristeza.

Se ech a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que pareca una
gaviota dormida.

No sinti correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y
en el rbol seco dorman ya los cuervos.




III

El incendio del garzal


Aquella zona de la costa, que el ro inunda cuando crece o que
las lluvias anegan, transformndola en un lago inmenso, de escasa
profundidad, deba ser el pasaje de las montoneras revolucionarias, y
el gobierno continuamente destacaba piquetes que la vigilaran.

La tarea no era fcil. Salindose del camino de Helvecia, que cruzaba
por all, el terreno era liso como un plato, sin monte, sino a lo
lejos, pero cubierto de pajales, tupidos y altos, donde se guareca la
hacienda matrera, y donde poda esconderse perfectamente un hombre a
caballo.

Acercarse a aquellas isletas sospechosas, con aire de ir a explorarlas,
era exponerse a recibir una bala de un enemigo invisible.

A fines de Junio del ao 77, los lugares que se inundaron por las
lluvias estaban secos, pues haca tres meses que no llova y se haban
transformado en un escondrijo admirable para el gauchaje alzado, que
merodeaba por aquellos lugares viviendo de rapias y pernoctando en los
pajales misteriosos, llenos de extraos rumores en los das de viento.

Los mismos soldados del gobierno, en ciertas ocasiones aprovechaban el
fcil escondrijo, ya para hacer noche, ya para observar sin ser vistos,
a los viajeros que podan pasar por el camino.

Y as fu como Insa y Alarcn, que vadearon el ro buscando el mejor
camino para la estancia de "Los Algarrobos", donde esperaban reunirse
con Cullen, estuvieron a punto de caer en poder de uno de los piquetes
que vigilaban las costas.

Cuando la partida gubernista los vi pasar por el camino limpio, de
lejos reconoci al caudillo revolucionario, cuyo poncho blanco de
vicua flotaba a sus espaldas como un albornoz.

--Son ellos!--dijo el jefe.--Vamos, muchachos!

Crujieron las pajas, tronchadas por los cascos de las cabalgaduras
y surgi sobre el camino la figura salvaje de los seis hombres que
componan la partida, vestidos a medias de militares y a medias de
gauchos.

Insa y su compaero, que se alejaban al trote, resguardados por un
pequeo monte de chaares, que en aquel sitio obligaba al camino a
hacer un recodo, sintieron el ruido a sus espaldas, y a travs de los
rboles vieron la avalancha de hombres que se lanzaba sobre ellos.

El pensamiento de echar pie a tierra y contener a balazos a los seis
policianos, fu el primer recurso que se le ofreci al revolucionario.
Pero slo Alarcn tena su carabina. l llevaba su revlver, ineficaz
a esa distancia para un blanco tan movible como el que presentaban sus
adversarios, lanzados al galope.

Adems, todos ellos, armados de carabinas, habran podido con ms xito
contestar su agresin.

--Es bueno tu caballo?--pregunt a su compaero que montaba un zaino
obscuro.

--Es de "Los Algarrobos"--contest simplemente Alarcn, haciendo el
elogio, porque don Patricio Cullen tena en su estancia una cra de
caballos muy acreditada.

--Castig entonces--djole Insa que montaba su famoso tostado.

Y los dos, agachados sobre el cuello de sus cabalgaduras, empezaron una
carrera frentica que haba de durar mientras los otros no cejaran en
su persecucin.

El montecito de chaares les salv del tiroteo que los perseguidores
pudieron dirigirles al sorprenderlos a menos de medio tiro de
rmington; y cuando, ms all, el obstculo desapareci, la distancia
haba aumentado sensiblemente, dificultando la puntera.

Pronto sintieron el silbido de las balas.

Insa se ech a rer, espoleando su caballo.

--No est fundida la que me ha de matar--dijo repitiendo las palabras
que haba dicho a Rosarito.

Tena fe en su estrella. Alarcn, sin embargo, serio y triste, le
respondi:

--Toda la noche he sentido graznar a los cuervos. Dicen que eso anuncia
desgracia.

Pronto dos de los perseguidores, mal montados, fueron quedndose
atrs. Se detuvieron, abandonando la partida, echaron pie a tierra y
hubieran comenzado el fuego en condiciones mejores, si sus propios
compaeros que corran sobre la misma lnea del camino, detrs de los
dos revolucionarios que huan a quinientos metros de distancia, no los
hubieran defendido cubrindolos con sus cuerpos.

--Que Dios los ayude!--dijo uno, dejando el fusil y ponindose a
arreglar el apero de su caballo, que humeaba sudoroso.--Van bien
montados y no los alcanzaremos.

La persecucin dur algunos minutos ms. Sobre el camino blanco
brillaba al sol una prolongada nube de polvo, que sealaba el paso de
los hombres. No haba viento y quedaba flotando extenso rato a lo largo
de los pajales verdes.

El jefe de la partida, sintiendo que su mismo caballo empezaba a
aflojar, y viendo cada vez ms distantes a los dos fugitivos, solt una
maldicin y se detuvo.

--Alto!--dijo--a esos no los alcanzan ni las balas! Llevan caballos
de la marca de Cullen.

--O de la de Insa--respondi uno de los soldados--el tostado del
capitn es de su estancia del norte. Yo lo conozco; tiene fama de ser
el mejor parejero de estos pagos...

Durante algunos minutos, parados en el camino, siguieron con la vista
el pequeo grupo de los revolucionarios, que se iba achicando, hasta
que desapareci entre el polvo del camino y los pajales.

--Los cuervos han mentido--dijo Insa a Alarcn, conteniendo su
caballo, al notar que sus perseguidores haban renunciado a alcanzarlos.

--Falta mucho para que se entre el sol--observ Alarcn.--Adems, lo
que no sucede hoy, sucede maana.

--Ests con miedo?

--No, mi capitn.

--No habls entonces de cosas tristes.

Siguieron al tranco, refrenando sus corceles enardecidos por aquella
media hora de fuga frentica.

Insa pensaba que la partida que lo haba sorprendido no deba ser la
nica apostada en el camino de "Los Algarrobos", y que siguindolo
corran el riesgo de tropezar con alguna otra de la cual no pudieran
evadirse con tanta fortuna.

Los caballos hacia el medioda necesitaban descansar.

Estaban a la altura de Mocoret, lugar aislado, entre el Saladillo
y los baados de la costa del ro San Javier. Llegndose hasta all
podran tomar un camino menos peligroso, a travs del Campo del Medio,
tierra de amigos, que confinaba con la colonia Helvecia, donde Insa
contaba con el mejor ncleo de gente para la revolucin, los colonos
suizos, tiradores eximios, comprometidos a levantarse y a seguir a
Insa, cuando don Patricio Cullen les diera la seal que aguardaban
haca tiempo.

Insa y su compaero seguan a lo largo del Saladillo tortuoso,
cuya margen escarpada en aquella altura, estaba poblada de bosques
enmaraados, de algarrobos y andubays. Galopaban buscando "los
limpios", y en el profundo silencio que bajo la comba de los rboles
reinaba como un tcito gesto del invierno, no se oa, aparte de las
sordas pisadas de los caballos, ms que el crujido de alguna rama
demasiado seca, desgajndose sobre la tierra cubierta de musgo.

De pronto grit una lechuza, y Alarcn, que saba interpretar los mil
indicios del monte, se detuvo y dijo en voz baja:

--Debe de haber algn rancho por aqu.

Insa asinti y comenzaron a marchar al tranco, prestando odo a cuanto
rumor sospechoso llegaba hasta ellos.

La lechuza grit de nuevo, y Alarcn ech pie a tierra, se acost y
mir en la direccin de su grito por debajo de los rboles.

--Hay un rancho--dijo--como a dos cuadras de aqu.

Volvi a montar. El rancho quedaba entre ellos y el ro. Si haban de
cruzar ste para llegar a Mocoret, les era menester seguir la costa,
buscando un vado.

Aquella habitacin humana, que no conocan, se les hizo sospechosa.

--Debe de ser de no ha mucho--murmur Alarcn.

Caminaron un trecho callados, y luego oyeron ladrar a los perros que
los haban sentido.

--Pasemos de largo y al galope--dijo Insa.

Castigaron los caballos y cruzaron a cierta distancia del rancho, que
daba sobre la barranca, a breve trecho del ro. En un corralito de
ramas vieron algunos caballos, pero ni una sola persona se asom a la
puerta, por ms que los perros les ladraron hasta que se perdieron de
nuevo entre el monte.

--Es raro--pensaba Insa--all haba alguien. Por qu no ha salido?

Un momento tuvo intencin de volverse, sospechando que el rancho
pudiera servir de refugio a algn espa del gobierno, puesto all en el
vado, por donde pasaban los que iban a Helvecia, a travs del Campo del
Medio.

Desech tal idea, que le habra demorado, y se acerc a la costa,
buscando un paso, que les permitiera cruzar el cauce del riacho, sin
desensillar y montados.

No fu difcil hallarlo. Vieron huellas de hacienda que haba pasado,
y enderezaron por all. Los caballos olan el agua resoplando; la
corriente era fuerte, pero escasa la profundidad, y as, minutos
despus galopaban sobre la otra margen, tierras bajas, anegadas por el
ro y por las lluvias y cubiertas de tacuruces, pequeos montculos de
tierra en que anidaban las hormigas, por temor al agua, y de speros
espartillos, en que el viento se arrastraba gimiendo.

No haba arboleda. La pradera desnuda, color de pizarra, se dilataba
hacia el Este en una vasta zona, en que la vista no hallaba lindes.
Hacia el Norte se divisaba una faja obscura y lejana; eran los montes
de Mocoret, algarrobos enormes, con uno que otro fresco andubay,
abierto como un paraguas sobre un tronco recto y de ruda corteza.

Faltaba mucho an para que se entrara el sol, cuando llegaron a las
primeras filas de rboles. De all el Campo del Medio no distaba ms
de cuatro leguas, y habran podido alcanzarlo antes de la noche. Pero
los caballos estaban cansados por el largo galope y convena hacerlos
reposar algunas horas, a fin de tenerlos bien y llegar en la madrugada,
disponiendo de todo un da para hablar a la gente de esos contornos.

Insa conoca a un cuidador de haciendas, que tena un "puesto" por
aquellos lugares de Mocoret, y se dirigieron a su rancho.

Ellos mismos, en ayunas an, sentan ansia de tomar algunos mates, lo
que les sera suficiente, si no haba otra cosa, pues en ms de una
ocasin haban soportado largas abstinencias, sin otro alimento que
los cimarrones que les brindaban en las miserables chozas de aquellos
campos semidesiertos donde hallaban amigos o conocidos.

Sobre lo ms alto de la suave lomada, en que creca el monte frondoso y
virgen, en un trozo de campo, limpiado con el hacha, estaba el "puesto"
del paisano cuidador de las haciendas de Mocoret.

Viva con su corta familia, dos o tres personas, ms aisladas del mundo
que l mismo, porque siquiera l, en los das de fiesta sola llegarse
a caballo hasta la colonia, donde haba carreras o jugadas de taba.

Un grimilln de perros, que le ayudaban a rejuntar las vacas, cuando
paraba rodeo, salieron al encuentro de los dos viajeros, y a sus
ladridos apareci el paisano en el patio de tierra dura, y luego su
mujer en el umbral de la puerta, con un chicuelo en brazos.

La luna saldra tarde esa noche, e Insa pas las horas tomando mates
amargos que le cebaba Alarcn, esperando su salida, para marchar de
nuevo, mientras los caballos pastaban atados a un largo lazo, el
pasto fino, an verde, que los rboles frondosos haban librado de las
heladas.

El puestero tena carne abundante de un novillo sacrificado das antes,
y as pudieron "churrasquear" al amor del fuego, encendido en mitad de
aquel rancho de paja.

La noche lleg pronto, profunda, sin estrellas y ventosa, del lado del
Sur. Haca fro, y se estaba bien en el interior de la choza, alumbrada
por un pbilo que arda en un plato lleno de pellas de sebo. Mas cuando
contaban con un rato an de reposo, sintieron ladrar los perros, seal
de que alguien llegaba, y poco despus el rumor de algunos jinetes que
invadieron al galope el pequeo patio frente a la puerta cerrada.

Oyse ruido de armas.

Insa y Alarcn se miraron. El caudillo revolucionario vi que su
compaero, rpido y silencioso calzaba la puerta por dentro con un
mortero de algarrobo, y con el filoso facn, que le serva para cortar
la carne, se pona a abrir un boquete cortando la paja atada en
"quinchos" con guascas, que formaban la pared del rancho, en el lado
opuesto a la entrada.

El puestero contestaba en tanto a los que de afuera le hablaban.

--Abra, amigo!

--Quines son?

--Hombres de bien; abra y no tema.

Sentase rumor de sables que se golpeaban.

--Me ha pillado dormido--deca el paisano entretanto, comprendiendo que
un minuto que lograra detenerlos en la parte de afuera, sera bastante
para que sus dos huspedes se escaparan.

Despus ya sabra l cmo arreglarse con los soldados.

La mujer temblorosa permaneca en un rincn. Insa ayudaba a Alarcn
que cortaba sin ruido los quinchos de paja.

De afuera sacudieron la puerta, y se oy una voz, ms baja y melosa,
que deca:

--Abra no ms y no salga que hace fro.

--Jos Golondrina--murmur Alarcn al odo de su jefe.

Y era l en efecto. Dos das antes haba salido de Santa Fe con una
partida a la que serva de baqueano para batir las rutas y llevar
noticias de lo que pudieran observar. Haban pernoctado en el rancho,
construido expresamente sobre el vado, donde viva un isleo que era
un espa, y se disponan a seguir por la margen del Saladillo hacia el
norte, cuando esa tarde vieron pasar a Insa y a su ayudante.

Jos Golondrina dijo al jefe de la partida:

--Yo conozco estos pagos. Hay un "puesto" en Mocoret, y all han de
parar hasta que descansen los caballos que van sudados. La luna sale
tarde y no se han de ir antes que salga.

Y el jefe, que conoca la astucia del indio, los dej pasar sin
mostrarse y se prepar para caer sobre ellos cuando estuvieran
"mateando" en el rancho.

Y ocurri como lo haban previsto.

Agolpados todos cerca de la puerta, aguardaron que el dueo les
abriese, seguros de coger a Insa y a Alarcn en aquella ratonera.

Mas la tardanza en ejecutar la operacin tan simple de quitar la
tranca, disgust al jefe de la partida, el cual sospech algo.

--Abra, canejo!--grit impaciente; y sin esperar ms, volvi su
caballo, ponindolo de ancas contra la puerta, le peg un sofrenn
brusco, y el animal dolorido di tan formidable empelln, que las
maderas crujieron y la puerta cay con marco y todo.

Los cuatro hombres de la partida, se precipitaron al interior del
rancho, menos Jos el indio, que se qued fuera mirando hacia el monte,
que en la densa obscuridad apareca como una mancha de tinta.

Vi cruzar dos hombres, y grit:

--No pierda tiempo, mi jefe; ya no estn ah; all van corriendo, para
ganar el monte!

Un coro de maldiciones respondi, y un grito de dolor rasg la noche.

El jefe acababa de ver el ancho boquete abierto en los quinchos de la
pared, que el puestero haba querido en vano disimular, arrojando un
apero.

Comprendi que lo haban burlado.

Era un paisano flaco, pequeo, con ojos crueles.

Mir al puestero que temblaba de miedo, y rpido, como un gato del
monte cay sobre l, y le enterr el facn en el vientre.

La mujer di un grito, y el pobre hombre cay como un buey fulminado,
mientras la gente de la partida corra hacia el monte, donde se haban
refugiado ya Insa y Alarcn.

ste llevaba su carabina, mas no convena hacer frente. En la
obscuridad de la noche, no habra podido apuntar; lo mejor era buscar
los caballos que pastaban por all, cortar los lazos y saltar sobre
ellos, que estaban ensillados, con las riendas al pescuezo.

Cuando penetraron en la sombra del monte, oyeron el grito del indio
Jos, y luego sintieron el tropel de los soldados que corran.

Pero en pocos segundos haban saltado sobre sus caballos, y huan, como
dos centauros, tendidos sobre el cuello, a travs del bosque, sufriendo
a cada instante el chicotazo de las ramas espinosas que no podan
esquivar.

Detrs, como una avalancha, partieron sus cinco perseguidores.

El monte, de grandes algarrobos seculares, era limpio de zarzas, y
podan huir sin grandes tropiezos. De cuando en cuando les disparaban
algn tiro cuya bala se perda silbando, lejos de ellos.

Y as corrieron, aumentando la distancia, por entre la densa arboleda,
sin riesgo de que pudieran rodearles, hasta que llegaron a un terreno
bajo, donde no haba rboles, y que se extenda en un solo pastizal,
ilimitado, suave y fresco.

La luna sala, llenando de luz el baado, sobre el cual se dibujaban
ntidamente las siluetas de los dos fugitivos.

Insa temi que vindoles les hicieran fuego, mas no ocurri eso; sus
perseguidores, llegados a la vasta planicie, abrironse en dos alas,
para rodearlos.

--Maldicin!--dijo Insa, sintiendo que su caballo cansado, por la
carrera de todo el da, empezaba a aflojar.

--No importa, mi capitn!--respondile su compaero, que empezaba
tambin a quedarse atrs--si ganamos el garzal, no nos agarrarn en
toda la noche.

Al frente, en la lnea que seguan, a la luz de la luna, divisbase
el garzal, un inmenso pajonal, en cuyo centro, en una isleta casi
inaccesible de totoras, hierbas altas y fuertes como caas, anidaban
millares de garzas, tuyangos y ocs, toda la fauna acutica de aquellas
regiones, con la seguridad de que hasta all el hombre no era capaz de
llegar.

Vease que la intencin de sus perseguidores era impedirles alcanzar
este refugio, porque las alas empezaban a cerrarse, y como iban bien
montados, con caballos frescos, no hubiera sido imposible que lograran
su intento, si los caballos de los dos revolucionarios no hubieran
hecho un supremo esfuerzo, ya en el linde del garzal, donde penetraron
a saltos, quebrando las altas totoras, resecas por el invierno.

Alarcn marchaba adelante; Insa le segua, por la brecha que l
formaba aplastando las caas. De cuando en cuando torca bruscamente
el rumbo, de manera que no pudieran verlos desde afuera. La tupida
cortina de totoras se alzaba como un muralln. Ni aun de da habran
podido seguirles con facilidad sus perseguidores, y a esa hora la tarea
resultaba imposible y expuesta, porque Alarcn, que conservaba su
carabina e Insa su revlver, los habran fusilado a mansalva, antes
que ellos pudieran verles.

Por eso, cuando minutos despus llegaron los soldados hasta el garzal,
detuvironse indecisos. Haba huellas que podan guiarles, pero ya
entre las caas, altas de cuatro metros, tronchadas en diversas
direcciones por las haciendas que saban refugiarse all, no era
posible en la noche, hallar las verdaderas seales del paso de Insa.

--Hay que cuidar la parte del Este--dijo el indio Jos.--Por ese lado
han de salir, buscando el camino de Helvecia, a travs del Campo del
Medio.

Toda la partida, en efecto, continu al galope, por la costa del
inmenso garzal, que pareca un mar de plata, a los rayos de la luna que
fundan todos los perfiles.

De vez en cuando sentase el vigilante grito de los chajs, que
adivinaban la presencia de los hombres. Algunas brujas, grandes aves
nocturnas, revoloteaban, manchando con sus sombras el cielo azul,
inundado de luz.

Insa y Alarcn avanzaban siempre hacia el centro del garzal. Cuando
llegaron a los escondidos lugares donde las aves acuticas tenan
sus refugios, a cada paso que daban, encabritbanseles los caballos,
asustados, porque de entre sus patas se alzaban gritando los ocs y
las garzas, que dorman en sus nidos de caas dobladas, cimentadas con
barro, a breve distancia del suelo.

Un lodo pegajoso, indicio de que durante el verano y el otoo todo el
terreno estaba anegado, haca ms fatigosa la marcha. Los caballos
rendidos, se paraban. Dbanles un resuello, y con las espuelas
ensangrentadas ya, los obligaban a marchar, resoplando, medrosos, ante
aquellas sombras que surgan del suelo bruscamente, y aquel perpetuo
crujido de las caas que estallaban al quebrarse.

As llegaron al centro, donde haba una laguna, en que los patos
dorman en bandadas inmensas, que se alzaron con un ruido de granizo,
al sentir a los dos hombres.

El sitio era limpio, alejado casi media legua de la orilla. No haba
totoras, y la tierra cubierta de verdes canutillos, pareca un fresco
tapiz, mas los caballos se negaban a entrar, conociendo que debajo de
los pastos haba un metro de agua.

Entre las totoras de la orilla, donde el suelo era firme, aunque
barroso y hmedo, se quedaron los dos fugitivos, y echaron pie a tierra
para dejar descansar sus caballos.

--Por esta noche no hay peligro--dijo Insa, desensillando su caballo,
para soltarlo atado con el lazo que llevaba arrollado.

Del lomo sudoroso de los animales se alzaba un vaho denso. El fro era
penetrante y pareca caer como una lluvia impalpable y helada, del
cielo limpio, barrido por el viento.

--Se van a pasmar--dijo Alarcn, cortando un puado de paja seca y
friccionando rudamente la piel humeante de su caballo.

Insa, silencioso, pensaba en cosas lejanas. La vida tena ahora para
l ms precio, y an envuelto en la emocin de la lucha, senta las
ligaduras que ataban su corazn a la Casa de los Cuervos.

--Oh! Gabriela, Gabriela!--pens--qu profundamente has entrado en
mi alma!

Alarcn dej los caballos y se puso a construir una ancha cama, a la
manera de los nidos de las garzas, de totoras entretejidas y dobladas.
No bien estuvo dispuesta una, Insa se tendi sobre ella con el aire de
un hombre rendido, y se envolvi en su blanco poncho de vicua.

Su compaero sonri adivinando en qu pensaba el caudillo.

--Yo har la guardia, mi capitn--le dijo.

--Hasta la media noche--respondi Insa--a esa hora yo te relevar.
Partiremos antes del alba.

Pero antes de la hora, en el viento que empezaba a soplar con fuerza
del lado Sur, lleg una obscura cortina de humo, clido y acre.

--Mi capitn, mi capitn!--grit Alarcn.

Insa salt de su lecho de totoras.

--Han incendiado el garzal.

Los caballos empezaban a asustarse. Hacia el Sur sentanse ya los
gritos de las aves sorprendidas por el fuego, pero an no llegaba hasta
ellos el chisporroteo de la llama.

La columna de humo envolva el garzal, sin levantarse mucho, porque
arriba el viento la desgarraba, y sus blancas volutas, iluminadas por
la luna, se enredaban como banderas entre los haces de totoras.

En un minuto estuvieron ensillados los dos caballos, que amujaban las
orejas y cavaban la tierra con sus cascos impacientes.

Cuando Insa iba a saltar, Alarcn dijo:

--Mi capitn, no monte en el suyo, monte en el mo, y deme su poncho.
As nos confundirn, y podremos escapar con facilidad.

Insa que fiaba en la sagacidad de su compaero, acept el cambio, y
subi en el otro caballo, mientras Alarcn saltaba sobre el tostado
famoso del caudillo.

Entre las rachas de humo que se hacan ms espesas, contornearon
la laguna del garzal, sobre la cual revoloteaban millares de aves,
graznando, encandiladas por el incendio, y entraron entre los totorales
de la opuesta orilla, azuzando a sus caballos, ms acostumbrados ya a
romper las caas con el pecho.

De pronto dijo Insa, detenindose:

--Si han incendiado el garzal por la parte del Sur, deben cuidar el
Norte.

--As ha de ser--contest Alarcn.

--Entonces es preferible buscar camino al naciente.

--Yo creo, mi capitn, que debemos separarnos. Usted hacia el Norte, yo
hacia el naciente, aunque ellos vigilen por all. Si han incendiado el
Sur, el viento que es pampero, ha de haber hecho correr el fuego por
todo el poniente.

Y as se apartaron, citndose para el camino de Helvecia. Al
despedirse, Alarcn estir la mano a su jefe.

--Adis, mi capitn. Aunque me maten, no se olvide de m.

En la noche, entre el humo y el reflejo del incendio que llegaba ya, el
valiente revolucionario, con el poncho blanco flameando a sus espaldas,
agitado por el viento, pareca un caballero de leyenda.

Insa tuvo miedo al verle, tan fantstica era su figura en el cuadro
aquel, y tembl recordando sus presentimientos de esa maana.

Le apret la mano con extraordinaria efusin y se separaron los dos,
Insa hacia el Norte, Alarcn hacia el Este, donde quedaba el camino
del Campo del Medio.

El jefe senta el incendio a su izquierda, como si el viento,
remolineando, sin direccin fija, hubiera hecho correr la llama por
el contorno de esa parte del garzal, cuyas totoras resecas eran un
admirable pasto para el fuego.

Corra ms la llama que l, y eran como dos brazos de oro fundido
que le perseguan para estrecharlo antes de que saliera de entre los
totorales.

Lleg a pensar que habra sido mejor buscar una salida hacia el
naciente, aun defendindose a tiros, porque por all el incendio no
deba haber llegado todava.

El caballo espoleado con crueldad avanzaba dando botes. A veces caa,
resbalndose sobre las totoras, enredadas al rededor de un nido, en que
algunos polluelos estiraban sus largos pescuezos ansiosos.

Insa lo hostigaba, sintiendo en la espalda el aire abrasado, y el
pobre animal, lleno de pavor ms que de bros, soplaba con furia y se
alzaba temblando, para marchar rompiendo siempre aquella inmensa malla
de pajas crepitantes y lustrosas.

Cuando lleg al borde del garzal, cerca ya del baado, una racha de
viento desgarr la cortina de humo, que lo envolva todo, y l pudo ver
hacia el naciente el incendio ms pavoroso como si le hubieran dado
contrafuego.

Tembl por su compaero. Fu a volver, en su auxilio, por la brecha que
l mismo haba abierto, pero una inmensa columna de humo se alz de
pronto, a un centenar de pasos, de donde l estaba, entre las totoras
que acababa de cruzar, anuncindole que todo aquello no era ms que un
solo brasero.

El cielo que se haba cubierto de nubes, se enrojeca con vvidos
lamparones, que desgarraban la negrura de la noche con reflejos
sanguinolentos. Altas, muy altas, veanse cruzar las garzas
encandiladas, y graznaban las gaviotas que haban acudido al
espectculo.

En el horizonte hacia el Este, pintbase ya la barra limpia, color de
oro, anunciadora de la maana.

Un minuto que perdiera, sera su muerte, pens el revolucionario,
sintiendo los gritos de uno de los hombres, que de lejos a su
izquierda, le haba visto a la luz del incendio, y se echaba a correr
sobre l.

Espole su caballo, y empez a cruzar el baado, seco en ese tiempo,
pero difcil por la aspereza de la tierra que la hacienda haba
hollado y cubierto de infinitas madejas de camalotes resistentes como
pequeos cordeles.

Marchaba con honda pena, preocupado por la suerte de Alarcn, que poda
haberse visto envuelto en las llamas, sin camino de regreso hacia la
laguna del garzal, donde habra podido librarse del incendio.

La luz se hizo, cuando lleg al linde del baado con el monte, y los
cascos del caballo tocaron la anhelada tierra firme.

Su perseguidor de la izquierda, lo salud con un tiro cuya bala sinti
silbar, y vi entonces a la derecha el grupo de los soldados que se
echaban sobre l, a todo lo que daban sus caballos.

Y empez de nuevo la carrera, a travs del monte, lleno de silencio y
de sombra, azotndose con las ramas espinosas que se alargaban sobre
l, como para detenerlo a traicin, oyendo el resonante galope que le
persegua como un trueno lejano, y el alarido de los perros, por donde
comprenda que iba menguando la distancia y que su caballo empezaba
a aflojar. Hasta que, de pronto, parecile que todo se anegaba en el
silencio invernal del bosque, y volvi la cara no oyendo ya ni a los
perros ni a los hombres, y observ que haban desaparecido.

Comprendi que engaados por el cambio de poncho y de caballo, que le
sugiriera Alarcn, crean haber perseguido a ste, y se volvan para
rodear en el garzal incendiado al jefe de los revolucionarios, seguros
ya de no dejarle escapar.

Alarcn en tanto, quebrando la valla de totoras haba marchado hacia el
Este de la lagunita donde pasaron la noche.

Estaba seguro de que por esa parte se encontrara con los soldados, y
ese era su oculto propsito. Se hara perseguir, con su poncho blanco,
iluminado por el alba que clareaba ya, y dara tiempo a su jefe para
escapar.

Mas he aqu que siguiendo su penoso camino, cuando se haba internado
profundamente entre aquellos tupidos y recios pajales, una extensa
faja incendiada le cerr el camino con su vaho de infierno. El viento
era contrario a la llama, pero de vez en cuando algn remolino caa
sobre ella y mesndola en todas direcciones la haca penetrar en rojas
lenguas a travs de las caas secas y sonoras.

Busc una salida y no hallndola, oblicu hacia el norte, porque la
gran masa de fuego llegaba del sur, arrastrada por el pampero. Y
despus de marchar un rato, un aletazo del viento arroj sobre l una
obscura cenefa de llamas envueltas en el humo spero de los pastos
verdes.

Tena que volver, y con paciencia, comprendiendo que deba esperar en
medio de la laguna que sus perseguidores cayeran sobre l cuando el
incendio hubiera devastado su inexpugnable refugio, volvi riendas y
empez a desandar su jornada, siguiendo sus propias huellas.

Y de nuevo la llama que haba avanzado rodeando la laguna le cort el
paso.

Ni para el Norte, ni para el Sur; ni para la izquierda, ni para la
derecha. Todo estaba incendiado. Quiso cruzar la napa de fuego que
lo separaba de la laguna donde poda salvarse, y el caballo se le
encabrit y volviendo grupas empez a patear las llamas que corran
como millones de culebras de oro.

Deba morir, y se resign, con ese fatalismo criollo que se allana
mansamente al destino.

Ya l lo haba presentido, oyendo graznar a los cuervos, y aunque su
jefe no crea, l tena ya la muerte en el alma.

Haba una isleta libre entre la mar de fuego que avanzaba por todos los
rumbos, se retir al centro, y se puso a mirar con sus ojos azules,
serenos, la llama que llegaba en su busca. Las caas se retorcan
gimiendo, y en la parte hmeda y verde que se hunda en la tierra,
estallaban cohetes que asustaban al caballo.

Alarcn lo palme en el cuello para aquietarlo. Ech pie a tierra y se
puso a desensillar pensando que era una tristeza que se perdiera aquel
soberbio tostado que se haba hecho tan famoso como su dueo. Quitle
despus el freno, lo enderez hacia el Este, y le di un lonjazo para
que tratara de salvarse huyendo a travs del fuego.

Pero fu en vano; el animal corri hasta las llamas, tronchando las
totoras; y all bruscamente, volvi el anca, y se puso a dar coces sin
alejarse del fuego que avanzaba sobre l.

Alarcn agach la cabeza para no verlo. Senta los gritos de los
polluelos que se asaban en los nidos, y arriba, sobre su cabeza, la
protesta de miriadas de garzas blancas y gansos rosados, que volaban
sobre las nubes, asistiendo al incendio de su refugio y de su prole.

Un rumor como si centenares de carros volaran sobre la llanura
producan las llamas mesadas por el viento, entre las altas caas que
podan ocultar un hombre montado.

El humo y el calor de horno que le envolva empezaban a desvanecerle.
El fuego estaba a cincuenta pasos de l, y envolva totalmente el sitio
en que su caballo mora pateando siempre al invisible enemigo.

Comenz a salirle sangre por la nariz, y como de pie no poda respirar,
mir por ltima vez el cielo, manchado de nubes ahumadas y el sol que
ascenda, haciendo huir la noche en el sombro bosque, por donde a esa
hora galopaba su jefe, y se ech en tierra pegando la cara con el barro
fresco, que pudo hallar al pie de las totoras, envuelto en el poncho
blanco de Insa.

                   *       *       *       *       *

Cuando al caer la tarde se extingua el inmenso brasero del garzal que
haba ardido todo el da, Jos Golondrina, que acechara ansiosamente
para impedir la fuga del que todos crean que se estaba quemando all
adentro, mont a caballo, y se intern en la llanura cubierta de ceniza
y de matas ennegrecidas que se desmoronaban bajo las pisadas del
caballo.

De algunos montculos, donde haban estado ms tupidas las totoras,
surgan an haces de chispas, que caan como un polvo de oro sobre el
rescoldo tibio.

A tres cuadras de la laguna hall el cadver del caballo de Insa, y a
poco ms all, el cuerpo del que crey su rival, con la cara sobre la
tierra blanca de cenizas, como dormido en el profundo silencio de la
tarde.

Reconoci su poncho blanco de vicua, quemado en parte, su lujoso
apero, sus armas, y ech pie a tierra, y con el taco de su bota pis
el cuello del muerto, que envolva la manta, sintiendo que la carne
calcinada se desmoronaba tambin como aquellos montculos de que estaba
sembrado el garzal.

Y sus ojos pardos se llenaron de luces, que brillaron un momento, como
los haces de chispas que surgan de entre las matas encendidas an,
cayendo como una lluvia de oro sobre el rescoldo tibio.

Y pens que ahora poda reinar sobre su tribu reconstituda por l.




IV

Yo lo mat, pero voy a morir...


Das antes Syra, que rara vez sala desde la muerte de su novio, visit
a las vecinas, en cuya casa sola verse con l.

Empezaban a encenderse las luces cuando ella termin su visita, y se
march.

En la calle solitaria a esa hora, encontrse con una negra vieja, hija
de los esclavos de otros tiempos, limonera, que caminaba pegada a las
paredes, estirando una mano seca a los raros transentes.

Conocala Syra y la socorra en da fijo de la semana.

La vieja se le acerc, y le dijo en voz baja:

--Amita! me mandan a buscarla, si quiere ir, en inters del hombre que
llora.

--Quin te manda?

--Jos el indio.

--Dnde est?

--En el cementerio de San Antonio.

--Qu quiere de m?

--No me lo ha dicho.

Pens Syra un momento, arrimada contra uno de los pilares de su casa, a
la cual haba llegado, y tuvo el presentimiento de que la vieja esclava
deca la verdad, y que las misteriosas palabras con que haba aludido a
su novio muerto, tenan realmente relacin con la extraa cita.

Observ si alguien ms la haba visto, y creyendo que no, se arreboz
en su chal como una mora, descubriendo los ojos nada ms, y sigui la
calle del Cabildo, hacia el Oeste, para doblar al Norte tres cuadras
ms all.

El velo ceniciento que el crepsculo haba arrojado sobre la ciudad, se
iba oscureciendo como un denso crespn, y cuando Syra lleg frente a
las tapias del cementerio de San Antonio, cuya capilla abandonada, al
borde de la calle, en aquellos arrabales silenciosos, pareca llena de
las almas de los muertos, era casi de noche, y no vi la silueta del
indio, acurrucado contra la puerta.

--Nia Syra--le dijo, y ella tembl ante aquella voz que pareca surgir
de la tierra.

l se par y le murmur al odo.

--Siempre se acuerda de l?

Syra lo mir, y vi sus ojos lucientes como los de un gato en la sombra.

--Qu te importa?

--Lo has olvidado, entonces?

--Para eso me has llamado?

--S, nia, para eso. Quera saber si despus de muerto, iba a seguir
siendo agraviado.

--Por quin?

--Si su merced me manda, nia,--dijo con voz sumisa el indio,--yo le
dir; pero si lo ha olvidado ya, y no piensa vengarlo, no quiera saber
lo que iba a contarle.

Chill una lechuza bajo el alero de la capilla, y su grito glacial
entr en el alma de la joven como un escalofro. Qu poda ser aquello
que el indio le iba a contar? Ella senta pasar los das cargados de
odio, porque en su corazn apasionado, no se aplacaba el amargo anhelo
de vengar aquella sangre que manch su traje de baile y de novia.

--Qu me vas a contar?--dijo simplemente--yo no lo he olvidado.

--Pero en su casa s--respondi el indio--en la Casa de los Cuervos, ya
ni su madre lo recuerda, y su hermana est para casarse con el que lo
mat.

Dijo estas palabras en voz baja, no ms fuertes que el susurro del
spero ciprs que haba al lado de la capilla, mas parecile a Syra que
la voz retumb como un trueno, y mir a su alrededor, por si alguien
haba que pudiera escucharle.

El camposanto, sembrado de cruces negras, pareca un vasto sudario
arrojado sobre millares de muertos que yacan juntos, marcando con sus
cuerpos el pequeo relieve de los tmulos blancos.

Ni una luz se vea en ese barrio, de tapias rodas por el tiempo, y de
pencales verdes y espinosos, sealando el linde de las heredades.

Llegada la noche, aquellos parajes siniestros, adonde Syra no haba
temido acercarse, quedaban librados a los cuervos, a las lechuzas y a
los perros sin amo.

Los perros ladraban en las noches de luna; las aves callaban, y el
enorme silencio pesaba all durante horas, como una lmina de plomo,
hasta que al toque de nimas, que llegaba de todas las torres de la
ciudad, graznaban las lechuzas y resonaba el eco en la sombra capilla,
cuya puerta sola abrir el viento.

--No has mentido?

--No, nia.

--Vas a jurar?

--S, por la tierra donde duerme mi madre--dijo l, y Syra crey en su
palabra.

Esa misma noche habl a Montarn, y le anunci que se ira a la Casa de
los Cuervos a pasar una temporada de campo.

El repentino capricho pareci explicable y sus padres accedieron a
mandarla en una volanta, que sali dos das despus, cuando ya Rosarito
estaba de vuelta y Jos Golondrina persegua en el garzal a los dos
fugitivos.

Syra lleg a la Casa de los Cuervos como una amiga, disimulando su
amargura, para saber mejor aquella terrible verdad que le haban
confiado.

Doa Carmen de Borja, ante aquella joven enlutada, que comparta
su dolor, pero que la miraba con ojos extraos que buscaban su
pensamiento, sinti miedo, temiendo por el secreto de aquel perdn que
haba dado a Insa en el fondo de su alma y que nadie comprendera, si
llegaba a saberse todo lo que ella saba de la muerte de su hijo.

Y Gabriela tembl por su amor, como si en los ojos fulgurantes de Syra
hubiera ledo una sentencia; y como si ella y su madre se hubieran
puesto de acuerdo, jams nombraban al ausente en quien vivan pensando.

No nombraban tampoco a los muertos, de quienes parecan haberse
olvidado todos en aquella casa, y cuyo recuerdo Syra haba venido a
avivar, como una cicatriz que duele y se abre.

A la siesta se reunan las tres mujeres en la galera baada por el
dorado sol de invierno y dejaban correr el tiempo, sin despegar los
labios, como si sus pensamientos se hablaran en silencio.

Los peones se acercaban a pedir rdenes a la dama, que sola
levantarse, dejando sola a Gabriela y a Syra.

Gabriela senta los ojos de la hija de Montarn clavados sobre ella.
Sugestionada por aquella persecucin alzaba la frente, y la miraba.
Syra, enlutada como una viuda, le sonrea, sin hablarle, mas su sonrisa
no era amistosa.

Cuando algn incidente impona la conversacin, los espritus parecan
alejados y las palabras surgan sin cordialidad.

A veces, sin motivo, se acercaba la mujer del capataz, que rondaba
aquellas escenas, como un perro fiel, husmeando la sangre del amo.

Gabriela pensaba que a Floriana haba adivinado su secreto, porque
jams mencionaba a Insa, como si tal nombre le amargara los labios; y
si era as, la astucia de aquella mujer podra haber comprendido los
sombros proyectos de Syra, que comparta con ella sola el deseo de
vengar a los muertos.

Pasaban los das y an Syra ignoraba si en verdad doa Carmen y su hija
conocan que el hombre que albergaran en su casa era el matador de
Carmelo y de Jarque.

Pero de aquellas escenas de pesado silencio, surga la terrible
sospecha de que ambas lo saban y callaban para no romper el encanto
del amor que naca.

Una tarde lleg or Basilio el ovejero, y dijo a doa Carmen:

--En el campo de Mocoret han quemado vivo al capitn Insa. Uno de los
que andaban en su busca de parte del gobierno ha dormido en mi rancho y
me lo ha contado.

Doa Carmen guard el secreto. Nadie habra podido sospechar la
tormenta de encontradas pasiones que se levant en su alma, porque su
rostro permaneci inmutable.

Un poco ms de ternura hubo en sus ojos al mirar a su hija; y en el
pliegue de sus labios una fuerza mayor para imponer el silencio a las
expresiones de rencor satisfecho que queran desbordar.

Pero esa noche todo cambi. A la hora de la cena sintieron llegar un
caballo, que se acerc entre el ladrar de los perros hasta el rbol en
que los cuervos dorman.

Gabriela corri a mirar y dijo:

--Insa!

La madre fu a desengaarla, contndole la historia que le haban
referido, cuando entr el capataz y lo anunci, y luego el mismo
capitn, que lleg con aire de fiesta.

Sin que nadie lo advirtiera, Syra corri a su cuarto, cuya puerta daba
sobre el corredor y se encerr por no verle.

Insa se sent a la mesa, y alejados los sirvientes, habl a la madre y
a la hija.

Haba mandado un chasque a don Julin, a fin de que esa misma noche
llegara a casa de doa Carmen y deba estar al caer.

Era extrao lo que iba a decir, pero en su vida todo era as, extrao.

Doa Carmen escuchaba en severo silencio, con los ojos posados sobre el
plato y las manos tiesas sobre el mantel. Tambin en la vida de ella
todo era extrao.

Insa prosigui:

--Quiero llevarme, seora, el talismn que ha de darme suerte. La
revolucin va a estallar en el plazo de tres das. Todo est pronto, y
yo vengo a casarme, para que el amor de mi esposa sea mi fortuna en la
batalla.

Gabriela haba dado un grito. Insa se puso de pie y esper la
respuesta. Doa Carmen baj la cabeza asintiendo, mas no habl.

Sintise rumor en el patio y todos salieron de la galera. Era don
Julin que llegaba.

--Ser esta noche?--pregunt la dama a Insa.

--S, seora--contest l, inclinndose.

Doa Carmen llam a la mujer del capataz y le dijo lo que haba, a fin
de que preparase el oratorio donde deba de ser la ceremonia.

En la obscuridad del patio no vi el gesto de horror con que la mujer
se apret la cabeza.

Insa y Gabriela se paseaban en la galera del lado en que estaban los
cuervos. Uno de ellos, despierto, se espulgaba y sentan el spero roce
de su pico en el negro plumaje.

En el cuarto de los huspedes doa Carmen atenda a don Julin.
El comedor haba quedado a obscuras, y nadie vi por eso entrar a
Floriana, que se acerc hasta la pieza donde Syra se haba refugiado y
la llam suavemente.

No le abrieron; quiz no oyeron la seal, que repiti dos veces, sin
resultado. La joven, sin embargo, no dorma; sentanse sus pasos y el
rumor de su ropa.

Floriana mir por el agujero de la llave, y a la luz escasa de la vela,
vi algo cuyo significado no comprendi. Quin estaba all? Syra o
Gabriela? Quin era la novia que haba venido a buscar el capitn
Insa? Por qu si era Gabriela, Syra se vesta de blanco como si ella
fuese?

Corri al oratorio a concluir los preparativos de aquella fiesta que le
llenaba el alma de rencores y a poco sinti la voz de don Julin que
entraba con una maleta, en que traa un roquete, una estola y un libro.

Y luego llegaron todos. Gabriela vestida de negro, tal como estaba;
Insa como si terminada la ceremonia hubiera de partir al combate, doa
Carmen de Borja, plida, como una muerta, plegados los labios para no
quejarse, y los peones, que haban de servir de testigos.

Se cerr la puerta, para que el viento no apagara las velas que ardan
en dos candelabros iluminando crudamente la imagen de la Virgen rodeada
de flores, y la alta silueta del cura, que hojeaba el libro, para leer
las preces.

--Falta la nia Syra--dijo Floriana.

Doa Carmen hizo un gesto para que callara. Don Julin no la haba
odo, y llam a Insa y a Gabriela, y comenz a leer aquella augusta
alocucin, que esa noche pona un horror de tragedia en el corazn de
todos.

De pronto son una carcajada en el patio, que a Insa le hel la
sangre; se oy el graznar del cuervo despertado por el ruido, y la
puerta del oratorio se abri con violencia, y entr Syra, vestida de
blanco, semejante a una novia, hermosa como una aparicin, con el
cabello suelto, como si no hubiera podido concluir su tocado, con la
frente iluminada, y los ojos ardientes, y la risa en la boca crispada.

Apart con fuerza a los que le cerraban el paso y corri al altar y
tom a Gabriela de un brazo, y le dijo mostrando una gran mancha de
sangre que tena sobre el pecho, en el albo traje de baile:

--Yo era su novia, y l lo mat!

Y todos sintieron correr por sus venas el horror de haber comprendido,
sin que ella dijera ms, lo que significaba aquella sangre, quin era
el muerto y quin era el matador.

Se abri de nuevo la puerta, y una racha fra de viento apag las
luces, y sintise en el gran silencio que se hizo el aletazo de un gran
pjaro que haba entrado sin que nadie lo viera, y que pugnaba por
hallar la salida.

Se oy entonces la voz de Insa:

--Es cierto, es cierto! Yo lo mat!

Se le vi, en la sombra, acercarse a Gabriela que haba cado desmayada
en brazos de su madre, no se oy el ruido de su beso en la frente de
la joven, pero s la voz de l ms tranquila, hablando desde el umbral
de la puerta, como un adis a la Casa de los Cuervos.

--Yo lo mat, pero voy a morir.

No hubo un gesto de nadie para responderle, ni se tendi una mano amiga
para detenerle.

Sali; se oy el graznar del cuervo, y luego el rumor del galope de un
caballo, que se alejaba por la calle sombra de los eucaliptus.




V

La batalla de los Cachos


Una maana, el catorce de Junio, Rosarito entr despavorida en el
saln donde su padre estaba dando clase, a una veintena de chiquillos
adormilados.

--Tata!--dijo simplemente--la revolucin!--a Francisco anoche lo han
muerto, segn dicen.

Y cay arrodillada en el suelo, llorando y escondindose la cara entre
las manos, mientras los chicuelos aprovechaban el estupor causado en el
maestro por aquella noticia, para desbandarse y huir de la escuela.

Desde tres das antes viva la gente en Santa Fe aguardando la hora de
la revolucin. Saban, los que estaban en el secreto, que don Patricio
Cullen, desde "Los Algarrobos", bajaba con su gente hacia la ciudad,
sublevando las campaas con ardorosas proclamas.

Sus montoneros a caballo, mal armados, no habran podido resistir el
empuje de las fuerzas del gobierno, que contaba, como ncleo principal
de su defensa, con el histrico batalln "7 de Abril" al mando del
coronel Raimundo Oroo. Pero saban que Francisco Insa bajaba
simultneamente a encontrarse con Cullen, al frente de los "Suizos",
colonos de Helvecia, y de ms al Norte an, de la Colonia Galense,
de Romang, de Alejandra, donde la causa de los revolucionarios haba
reclutado sus mejores tropas.

Aquellos extranjeros, tiradores de primer orden, bien armados con
fusiles de precisin, valan mucho ms que las revueltas montoneras que
traa Cullen.

La revolucin deba estallar en la ciudad, no bien se supiera que
Cullen o Insa llegaban, y hubo un momento en que su triunfo pareci
seguro a los dirigentes de la conspiracin, porque el gobernador Bayo,
ignorante de todo, o confiado en exceso, habase ausentado de la ciudad
para asistir a las fiestas que en esos das celebraban en el pueblo de
San Carlos.

Montarn con un grupo de revolucionarios se encarg de apresarlo, pero
el gobernador tuvo aviso de que la muerte de Insa que das antes
le comunicaran en secreto no era verdad, y que se le haba visto en
Helvecia, moviendo su gente.

Esto le oblig a regresar, frustrando el plan de Montarn; y como
se supiera que los revolucionarios avanzaban sobre Santa Fe, se
destac una compaa del batalln "7 de Abril", para que marchara a su
encuentro, dejando el resto de la fuerza para cuidar la ciudad.

Los soldados del gobierno deban procurar unirse con la gente que desde
San Jos del Rincn llevaba el coronel don Nazario Ocampo, fuerza de
caballera de lnea, muy apreciable, no por su nmero, sino por su
calidad; y con las del coronel don Francisco Romero, que deba cruzar
desde Santa Rosa con quinientos hombres, bien armados, para cortar
la retirada de los revolucionarios, cuando bajasen a lo largo del
Saladillo.

Ocurri, sin embargo, que el 13 de Junio, al medioda, el jefe de las
tropas del gobierno que marchaban hacia el Norte, recibi noticias
de que Insa haba llegado al paso de los "Cachos", y se preparaba a
vadear el Saladillo, buscando la margen derecha, para seguir el camino
a Santa Fe.

El coronel Oroo, dudando de aquella nueva, mas deseando prevenir
el ataque si era verdad, destac una compaa de veinte hombres a
caballo, al mando del alfrez don Pedro Vias, para que efectuara un
reconocimiento hasta el mencionado paso.

Y all, aquel da, al caer de la tarde, se inici la sangrienta batalla
de los "Cachos".

Insa bajaba, en efecto, con su gente. La margen izquierda que a causa
de las vueltas del Saladillo, quedaba al Norte, estaba anegada por un
repunte del riacho en los ltimos das.

Los altos pajales podan servirles para acercarse sin ser vistos, hasta
el paso que buscaban, donde haba dos grandes canoas, en que podan
cruzar sin mojar sus ropas ni sus armas.

No todos venan a caballo; algunos, los suizos en su mayor parte
marchaban a pie, alegremente con sus rifles al hombro, y sus
cartucheras a la cintura.

Insa triste, buscando la muerte ms que la victoria, haca su jornada
en silencio y sin odio.

Cuando llegaron al vado, desde la otra orilla, que estaba a un tiro
de carabina, les hicieron una descarga. Era la gente del gobierno,
parapetada detrs de unas pilas de lea cortada, que algunos canoeros
haban amontonado y que servan de admirable trinchera.

No era fcil saber el nmero de los enemigos, pero Insa di orden de
cruzar el ro, y unos a caballo y otros en canoa empezaron la maniobra,
bajo el fuego de los soldados del "7 de Abril".

Un grupo de suizos, rodilla en tierra desde los pajales, empez un vivo
tiroteo, protegiendo a los suyos que cruzaban el ro.

El sol se iba entrando, pero el ojo experto de aquellos excelentes
rifleros, descubra detrs de los montones de lea al enemigo apenas
visible y empezaba a diezmarlo. De cuando en cuando se oa un grito:
un hombre se paraba, abra los brazos y caa y los tiradores rean.

La primera canoa, llena de hombres, armados de rifles, al llegar a la
mitad del ro se fu a pique acribillada a balazos por los del gobierno
que apuntaban a sus tablas.

Y entonces se vi a Insa, que en la otra orilla permaneca a caballo,
mandando la maniobra, con un soberbio desdn de la muerte que zumbaba
a sus odos, echar pie a tierra y meterse en el agua empujando la otra
canoa.

La llev as hasta que el agua le di al pecho, y de un poderoso envin
la arroj hacia el medio, animando a su gente, con aquel absurdo valor
del hombre indiferente a las cosas que puedan ocurrir.

Vease claramente que los soldados del gobierno lo haban conocido,
no obstante la sombra crepuscular, y que tiraban sobre l, a cuyo
alrededor en el agua, picaban las balas salpicndole el rostro.

Se volvi a la orilla y mont de nuevo en su caballo y esper el
resultado de aquella maniobra.

Ya algunos de los suyos,--lanceros que cruzaban a nado, a la par de sus
caballos,--empezaban a llegar a la opuesta orilla, y la segunda canoa
cargada de rifleros, haba pasado de la mitad del ro, cuando se vi
a los del gobierno aprovechar las sombras de la noche para dejar sus
barricadas, abandonando un puesto que no podan sostener.

Ces el fuego, mas con el ltimo tiro, se vi a Insa que abra los
brazos y caa del caballo, de bruces sobre una mata de chilcas.

Cuando lo alzaron, sobre unas parihuelas, sonrea, como si hubiera
visto venir lo que anhelaba.

--Sigan peleando, muchachos--les dijo.

Cruzaron el ro, y lo llevaron al rancho de un pescador, cercano a la
orilla, y lo dejaron all, porque tuvieron noticia de que la gente
del gobierno acampaba en San Pedro, a cosa de tres leguas, y convena
atacarla antes que recibiera los refuerzos que se esperaban de Santa
Rosa.

Pero nada pudo hacerse esa noche, porque el enemigo, al llegar ellos
haba abandonado tambin aquel punto, y cuando a la maana siguiente
lleg Cullen con su tropa, se estrell con las fuerzas del coronel
Romero, bien armadas, y no tuvo el apoyo de la caballera con que
contaba, ni de Insa, del cual no hall quien le diera noticias.

Pelearon rudamente, pero sus montoneros se desbandaron y l tuvo que
huir, por la orilla izquierda del Saladillo, con rumbo a Helvecia.

Montaba un caballo tordillo, parejero, que no era de su estancia, y
cuyas condiciones no conoca.

Perseguido de cerca, en los primeros momentos gan larga distancia,
pero pronto conoci que el caballo se le cansaba.

Su asistente, Juan Flix Lpez, sin apartarse de l, le deca:

--Castigue, don Patricio; castigue su caballo.

El jefe de los revolucionarios, comprendiendo que su caballo estaba
rendido bajo su peso, responda:

--A m me conocen y me quieren. Si caigo en manos de ellos, no tengo
que temer. Vos s; vos debs huir.

Llegaron as al monte, a la isleta de las Estacas, y all Cullen
comprendi que su caballo no dara ms y se detuvo.

Una avalancha de gauchos del gobierno dando alaridos, se ech sobre l.

Salt del caballo uno de ellos; era Jos Golondrina, y lo tom de la
rienda.

--Bjese!--le dijo,--y como no obedeciera al instante, le tir un
lanzazo y lo derrib. En el suelo, uno de los ms abyectos secuaces
llamado el "Lechuza", lo tom de la barba.

--A mi padre--alcanz a decirle don Patricio--lo degoll Rozas; no me
maten como a l. Mtenme a balazos.

Pero "Lechuza" le cort la cabeza, mientras la pequea tropa de gauchos
y de indios se cebaba en su cuerpo cribndolo a lanzazos, lo mismo que
al de su compaero Lpez.

La muerte de Cullen produjo un inmenso estupor en la ciudad, donde ni
sus adversarios ms encarnizados haban credo que pudiera llegarse a
ese extremo.

Cuando se recibi la noticia, Rosarito, acompaada de su padre, haba
salido ya en busca de Insa, herido la vspera.

La campaa tranquila se baaba en el sol de la tarde, indiferente a
aquellas pasiones que manchaban su suelo.

Don Serafn, acurrucado en un rincn, envuelto en su capa, iba contando
historias anlogas a aquel episodio, que haba visto en su vida.
Rosarito llevaba las riendas del tlbury en que viajaban al trote por
el solitario camino blanco. Ella no oa a su padre; pensaba en las
cosas tristes que rebalsaban en su alma, y tena en los labios la
amargura de una queja. Pensaba que si l haba muerto, lo hallara
donde le haban dicho, velado por Gabriela; que si an viva, l no
volvera a besarla como en la noche de la revolucin, porque su rival
estara presente.

Saba que no haba esperanza de salvarle. El que les llev la noticia,
enviado por Insa mismo, les haba explicado cmo era la herida y cmo
ni el mismo Insa pensaba vivir.

As como mand avisarles a ellos, pensaba Rosarito que habra mandado
avisar a la Casa de los Cuervos, no lejana de all.

Mas cuando llegaron al paso de "Los Cachos", hallaron al caudillo
revolucionario muriendo solo en el ranchito abandonado.

Estaba tendido en la tierra, sobre un apero, y tena cerrados los ojos.
Como obscureca ya, no conoci en la penumbra a los que llegaban, y
Rosarito, hincada a su lado, le dijo su nombre y le vi sonrer, y le
habl de su amor y de Dios, para endulzarle aquella hora suprema, y
l que en nada crea, sinti su alma iluminada por aquella verdad que
bajaba en tal momento sobre l, y llor con grandes lgrimas clidas.

--La has llamado?--le pregunt Rosarito, y l hizo seas de que no, y
la mir con profunda ternura, como dicindole que ella refunda en s
sola todas las mujeres que poda amar: su madre, su hermana y su novia.

Y ella comprendi, y cuando al siguiente da cerr l los ojos para
siempre, tranquilo como si hubiera hallado la verdad y el amor, ella
pens que era su viuda, y llor sobre su cuerpo fro, sintiendo en el
fondo de su dolor, la humilde alegra de saber que por fin l la haba
comprendido.


                   *       *       *       *       *


                        Tip. y Enc. NUEVA POCA
                       San Martn 850--SANTA FE


                               HUGO WAST
                        La Casa de los Cuervos

                             PRIMER PREMIO
             EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL


                             NUEVA EDICIN


                             BUENOS AIRES
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        =La Casa de los Cuervos.=--9. millar.--Agencia
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          Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).


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                   *       *       *       *       *


                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en negritas estn indicadas con el =signo igual=.

Algunas reglas de acentuacin del castellano cuando esta obra fue
publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se
realiz la transcripcin. El criterio utilizado para llevar a cabo esta
transcripcin ha sido el de respetar la ortografa original, salvo en
caso de errores evidentes de impresin y/o puntuacin, los cuales han
sido corregidos. El Transcriptor tambin ha respetado ciertos modismos
empleados por el autor, que son tpicos del castellano que se habla en
ciertas zonas de Argentina.

El Transcriptor desea aclarar que el autor menciona en el texto un
personaje real de la historia argentina, Rosas, pero en el texto es
mencionado como Rozas. Se ha respetado la ortografa del original.

El NDICE en la obra original se encontraba al final del
libro. El Transcriptor decidi colocarla al principio de la obra.


La cubierta del libro ha sido modificada por el Transcriptor y ha sido
agregada al dominio pblico.







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from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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warranties or the exclusion or limitation of certain types of
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violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

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trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

